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Una discusión sobre la revolución brasileña

Por Mario dos Santos

Desde hace poco menos de un año se publica en Brasil la revista "Teoría y Política”, "con el objetivo de contribuir para la afirmación y el desarrollo del marxismo", de acuerdo a la presentación formulada en su primer número por el Consejo Editorial Este está conformado por ex-militantes del Partido Comunista do Brasil (stalinista "albanés”) y, por esto, en los tres números publicados hasta ahora son numerosas las referencias a este partido. La ruptura con el PC do B provocó una polémica pública entre los editores de "Teoría y Política sobre el balance del partido y sus planteamientos políticos. Nelson Levy -"PC do B, continuidad y ruptura”- en el primer número de la revista, y Carlos Magalhaes en dos artículos -"El error de la crítica a un error” y "Las tareas democráticas y nacionales en Brasil y el socialismo"- que aparecen en los números siguientes 2 y 3, respectivamente, abordan este balance. El análisis de la estrategia y la táctica del PC do B está realizado a la luz de una caracterización de la revolución en el país y de la experiencia histórica del movimiento obrero según Marx y Lenin. En este sentido, Levy sostiene que el PC do B debe ser caracterizado como "un partido pequeño burgués radical", dado "El apego acrítico y en bloque a la tradición de una III Internacional contaminada, desde el período de Stalin, por una ideología nacional-reformista” (TP No. 1, pág. 56). El mismo Levy acusa a la dirección del partido de "comprometerse... con el presupuesto menchevique del compartimento de las etapas” (ídem, pág. 29), esto en oposición al auténtico marxismo y a las posiciones de Lenin, y a la tesis marxista de la revolución permanente (cf. en la misma página). Ya para Carlos Magalhaes esto último es "trotskismo", al que identifica como una concepción diametralmente opuesta al marxismo y a Lenin... Al margen de esta gran divergencia teórica ambos polemistas coinciden en señalar el carácter socialista de la revolución brasilera, en función de las tareas planteadas en el Brasil contemporáneo, donde -según Carlos Magalhaes- "la contradicción entre el capital y el trabajo es, en las condiciones actuales, el dato principal de nuestra realidad social (pág. 32, TP No.3), una tesis similar a la sustentada por su contrincante.

Es altamente significativo que esta polémica en el seno de una tendencia política de origen maoísta haya derivado en una escisión entre un sector que pasa a transformarse en partidario de la revolución permanente y otro sector que se compromete más profundamente con la tesis menchevique -stalinista de la revolución por etapas. Aquí se está traduciendo la lucha entre las dos tendencias básicas de la revolución latinoamericana: de un lado, el nacionalismo pequeño- burgués, el stalinismo e incluso el castrismo -que plantean una revolución democrático- nacional y un período de larga colaboración con la burguesía nacional; y del otro, el trotskismo consecuente, cuya estrategia señala que la consumación de la liberación nacional y la superación del atraso precapitalista sólo es posible por medio de la revolución proletaria y del régimen de la dictadura del proletariado.

Sin embargo, esta diferenciación en el seno de "Teoría y Política” está obscurecida por la conclusión común que ambas tendencias establecen en relación al carácter de la revolución en el Brasil. Para ambos la revolución brasileña sería socialista debido a que el desenvolvimiento de las fuerzas productivas en Brasil no estaría obstaculizado por supervivencias precapitalistas, ni por la opresión imperialista. A partir de aquí se borra la distinción entre ambas tendencias, pues no se plantearía ni la revolución permanente (transformación de la revolución democrática en socialista por medio de la dictadura del proletariado) ni la revolución por etapas (ya que no existirían tareas democráticas o nacionales pendientes).

Esta conclusión entronca a los polemistas de "Teoría y Política” junto a una creciente corriente de la pequeña burguesía intelectual latinoamericana, que niega, sea el atraso, o el carácter nacionalmente oprimido de los países latinoamericanos. Así mismo se elimina la característica decisiva de la teoría de la revolución permanente, toda vez que ésta deduce el carácter socialista de la revolución, no de la negación de la opresión nacional y precapitalista, sino de la incapacidad de la burguesía para eliminarlas, así como de la posibilidad de la toma del poder por el proletariado, apoyado en la insurrección de la mayoría nacional.

La identificación de la explotación capitalista del atraso nacional con la forma históricamente completa y acabada del capitalismo (tal como se da en las metrópolis) impone como una de sus consecuencias posibles la identificación de las diversas capas de explotados (campesinos pobres, trabajadores agrarios migratorios, pequeña burguesía artesanal, inteligencia asalariada) con el proletariado moderno. El proletariado se convierte en sinónimo de pueblo y el socialismo como el resultado de un movimiento de dirección policlasista (esto se expresa en los programas de todas las guerrillas centroamericanas). Nos volvemos a encontrar aquí con el planteo del populismo.

No se trata de negar el carácter combinado del desarrollo de las naciones latinoamericanas, en ninguna de las cuales la gran burguesía industrial nativa ha conquistado la hegemonía económica y política. De lo que se trata es de comprender que el desarrollo del capitalismo en estos países ha llegado a un punto en que ha creado un proletariado moderno, que compromete definitivamente la posibilidad de que la burguesía asuma la dirección de una revolución democrática.

Un problema de método:

Para demostrar la vigencia de la "revolución por etapas”, Carlos Magalhaes trata de explicar las razones que llevaron a Marx a hablar de "revolución permanente” en .la “Circular de la Liga de los Comunistas” de 1850; como Lenin se habría o- puesto al planteo de Marx, y las nuevas diferencias que se plantearía Mao-Tse-Tung. Como resultado de este peregrinaje Magalhaes concluye que en lugar de copiar a los clásicos se trata de aplicar "concretamente” el método marxista a situaciones específicas, históricamente diferentes. Serían estas circunstancias "concretas" las que determinarían la existencia o no de etapas en la revolución de cada país. Así como en Rusia, razona Magalhaes, lo determinante en su conformación nacional era el elemento "feudal” y, por lo tanto, lo que estaba planteado era una revolución democrático burguesa, en Brasil, en cambio, donde el elemento que predomina es el capitalista, lo que surge como necesario es una revolución de carácter socialista.

Magalhanes hace un abordaje incorrecto de lo concreto. Lejos de subrayar las peculiaridades nacionales (como parecería ser su intención) concluye refiriéndose a aquello que de más general y abstracto tiene el desarrolla nacional: feudalismo, capitalismo. Si el carácter "concreto” de Brasil es ser "capitalista” es obvio que esto no lo diferencia en nada de los Estados Unidos. Y si en un país "feudal” pudo verificarse la primer revolución proletaria de la historia, está claro que el feudalismo no refleja las peculiaridades nacionales rusas sino un espíritu de clasificación arbitrario.

Es que Magalhaes no ha entendido lo que son las peculiaridades nacionales y es de suponer que las entiende, precisamente, como un sistema de clasificaciones de formaciones sociales puras. No ha comprendido que para el marxismo el punto de partida de las peculiaridades nacionales es la economía y la política mundiales, que abrazan en un todo orgánico al conjunto de las naciones y mercados nacionales, incluyendo sus resabios precapitalistas.

Las peculiaridades nacionales son una combinación original, es decir, contradictoria, de las características más generales del mercado mundial y del desarrollo histórico mundial del capitalismo. En todos los países el capitalismo es la forma social dominante, no por el contingente demográfico sometido directamente a este tipo de explotación, sino por su capacidad para someter y disolver las relaciones económicas rivales o anteriores. Esta fuerza deriva del hecho de que corresponde a un régimen social históricamente superior y de que ha conquistado una hegemonía mundial. Establecer la peculiaridad de un país es señalar, precisamente, la relación específica en que han entrado estos elementos contradictorios entre sí, así como las relaciones de clase, jurídicas y políticas correspondientes. El problema de la revolución socialista se plantea desde el momento en que el capitalismo comienza a someter las formas precapitalistas, creando una economía nacional, pues sobre esa base se forma el proletariado moderno. A su vez, la conversión de ese proletariado en dirección revolucionaria requiere que adquiera una conciencia de clase que se exprese en un programa de e- mancipación social que tenga en cuenta las peculiaridades nacionales, asimilando a su perspectiva histórica todas las reivindicaciones progresivas que se albergan en una formación nacional determinada.

Magalhaes pretende interpretar la revolución alemana (a la cual la "Circular” se refería) sin considerar a la revolución europea de 1848 en su conjunto. No se ve cómo podría destacar sus peculiaridades nacionales, ya que, un fenómeno en sí mismo no tiene, por definición, ningún rasgo distintivo. Lo peculiar de la revolución alemana de 1848 fue la temprana capitulación de la burguesía en la lucha antifeudal, esto debido a la presencia del proletariado en la revolución. Lo peculiar de la revolución alemana fue, precisamente, la renuncia de la burguesía a su tarea histórica por temor al proletariado, y esto no en la persona del proletariado alemán sino del francés, que pugnaba por plantear la revolución social.

Es, precisamente, el hecho de que las peculiaridades nacionales constituyen una combinación de los rasgos generales de la economía y política mundiales, que las experiencias nacionales pueden ser traducidas a un lenguaje universal -formando una experiencia mundial. Así como un país puede asimilar la técnica más avanzada de otro (claro está que en ciertas circunstancias) lo mismo ocurre con el proletariado de una nación respecto a otra. La conclusión que consiste en repetir que la experiencia de un país no se aplica a otro es, por definición, estéril. Lo original es la forma de existencia de lo universal. Una clase que no quiere aprender de la experiencia de otras estará obligada a pasar por esa experiencia, de lo que se concluye el originalismo es la vía más segura hacia la repetición mecánica.

La incapacidad de Carlos Magalhaes de entender lo “concreto” falsea de entrada el problema que se plantea: no se trata de ver si tal o cual país está maduro para la revolución socialista en función de las características de atraso de su propio desarrollo interno consideradas en sí mismas. No, es la economía mundial la que está madura para la revolución socialista, y esto » refracta en las relaciones sociales de la inmensa mayoría de los países. Este es el punto de partida, porque el capitalismo no# impone sino cuando estructura el mercado mundial: ‘‘el modo de producción capitalista es un medio histórico para desarrollar la fuerza productiva material y crear el mercado mundial que le corresponde" (Marx). En este sentido -como lo indico Trotsky- el marxismo parte de la economía mundial, considerada no como la simple suma de sus unidades nacionales, sino como una poderosa realidad independiente, creada por división internacional del trabajo y por el mercado mundial- Porque Magalhaes no entendió esto, no se refiere en ningú11 momento al "internacionalismo”. Si algún sentido tiene el viejo principio de que la revolución socialista es "nacional por su forma pero internacional por su contenido" es justamente el poner de relieve que el carácter de la revolución en Brasil o en cualquier otro país, no puede determinarse considerándolo aisladamente (es decir, negando exactamente sus peculiaridades nacionales) ni eliminando su vínculo común con la revolución mundial contemporánea.

Marx, Lenin y la Revolución Permanente

De acuerdo a Carlos Magalhaes, “en el caso de Lenin, la idea de revolución ininterrumpida está ligada a la de una etapa democrático-burguesa a ser concluida; en Marx, en la "Circular", esta cuestión no es considerada” (TP No.3, pág. 12). En Mao, a su tumo, “la idea de hegemonía del proletariado implica la dirección del Estado por el partido proletario desde la primera etapa y el compromiso de ese mismo Estado en las tareas socialistas de forma inmediata” (TP No.2, pág. 131). Finalmente, lo que habría planteado Trotsky es, "en su esencia la tesis de que a pesar del carácter democrático burgués de la revolución rusa, el proletariado debería luchar por el poder teniendo en vista realizar de inmediato las transformaciones socialistas” (TP No.3, pág. 13). Se trata, concluye Magalhaes inmediatamente, “de una concepción diametralmente opuesta a la de Lenin” (ídem).

Existen aquí una serie de equívocos que es conveniente esclarecer por partes. Para comenzar -y contra lo que afirma Magalhaes- en Marx, en Lenin y en Trotsky, no existe la menor diferencia sobre el carácter burgués democrático de la revolución inminente. Ninguno de los tres planteó pasar por encima de las condiciones materiales en las cuales se fundaba la revolución que analizaban: la contradicción entre las fuerzas productivas nacionales burgueses y las relaciones de producción precapitalistas existentes, tanto en la Alemania de 1850 como en la Rusia de 1917. Lo que sí estuvo en debate -y vale todavía para los países atrasados, oprimidos por el imperialismo- fue la mecánica de clase del proceso revolucionario que permitiría "concluir la etapa democrático-burguesa” y la modificación que sufría esta “etapa a partir del momento en que el proletariado se hacía presente como clase en el desarrollo del proceso de la revolución burguesa.

La primera respuesta a esta cuestión figura en el “Manifiesto Comunista”, cuando se señala que "la revolución (burguesa) alemana sería el preludio de la revolución proletaria”. Aquí se cuestiona ya la idea de una separación mecánica entre la revolución burguesa y la socialista, como dos procesos separados por toda una etapa histórica, distantes una de la otra por el desarrollo y crecimiento de un régimen democrático en el cual el proletariado se educaría y organizaría para el socialismo. En Marx la revolución burguesa y la revolución socialista se integran como parte de un único proceso. Este es el sentido de la frase del “Manifiesto” y de la célebre conclusión de la circular de la Liga: “el grito de guerra de la clase obrera debe ser: Revolución Permanente”. El mismo concepto se encuentra en Lenin en 1905 cuando afirma que "de la revolución democrática, comenzaremos inmediatamente y en la medida de nuestras fuerzas -las fuerzas del proletariado concierne y organizado- a realizar la transición para la revolución socialista. Estamos por la Sud6”eLPmpida, no pararemos a mitad de camino” en ("La relación de la Socialdemocracia con el movimiento campesino”)

Afirmar que Marx – al revés de Lenin – no consideraba “una etapa democrático burguesa a ser concluida” refleja un desconocimiento elemental sobre la cuestión y para esto basta leer el programa del “Manifiesto” y de la propia “Circular” que toman una serie de reivindicaciones totalmente inscriptas en las realizaciones propias de una revolución burguesa (unificación nacional, impuestos progresivos, educación pública y gratuita, etc…) Por otra parte, el objetivo específico de la “Circular” justamente es de orientar la conducta del proletariado frente a la esperada revolución que debería llevar al partido pequeño burgués al poder. ¿Cómo se puede decir, entonces, que Marx “ni considero” la cuestión de la etapa democrático burguesa?

Ahora bien, en un artículo de 1905 y retomando un análisis hecho por Plejanov, Lenin afirmó: "(Plejanov) indica jui­ciosamente que Marx, en marzo de 1850, cuando redactaba la “Circular”, creía en la caducidad del capitalismo y conside­raba la revolución socialista ‘muy próxima’. Marx corrigió rá­pidamente su error; desde el 15 de septiembre de 1850 se se­paraba de Schapper (...) Marx le objetaba a Shapper que no se puede tomar la propia voluntad como motor de la revolu­ción, en substitución de las condiciones reales. Tal vez el pro­letariado debería sufrir, todavía 15, 20, 50 años de guerras ci­viles y de conflictos internacionales" no solamente para transformar las relaciones existentes, sino para trans­formarse a sí mismo y tomarse capaz de ejercer el poder polí­tico” (Citado por Magalhaes en TP, No.3, pág. 11). Magalhaes utiliza esta cita para (a través de Plejanov-Lenin) reprochar a Marx no haber considerado la etapa democrático-burguesa. Detengámonos brevemente en este punto.

Cuando Marx escribió la “Circular” en marzo de 1850 espera­ba no la revolución socialista sino la revolución que, debutan­do como burguesa —bajo el liderazgo de la pequeño burguesía- concluiría como proletaria si la clase obrera conseguía ocupar una posición independiente en el proceso revolucionario. Marx aplicaba a la revolución alemana las enseñanzas de la gran revo­lución francesa de fines del siglo anterior. Lo que ésta última había mostrado es que a lo largo del proceso revolucionario -que se extiende por varios años- diversas clases y fracciones ocupaban sucesivamente el escenario político, llevando la propia revolución cada vez más hacia la izquierda, hacia una ruptura radical con el pasado. Una vez alcanzado este extremo, con la dictadura jacobina, la Revolución Francesa refluyó y la curva ascendente fue quebrada con la emancipación completa del campesinado. Marx entendía que el aparecimiento del proleta­riado permitiría que la misma curva no fuese interrumpida en Alemania una vez que el poder cayese en manos de la pequeño burguesía, puesto que ahora podría haber un nuevo acto: que la clase obrera llegase al poder. En este caso se operaría el pasa­je "ininterrumpido” de la revolución burguesa a la revolución socialista. Este era el significado de la “revolución permanente” y Marx planteaba para esto la necesidad de una organización independiente de la clase obrera, la desconfianza más absoluta en la demagogia democratizante de la pequeño burguesía y la estructuración de un doble poder en el curso de la revolución para evitar un “termidor" alemán. En esta orientación Marx no cometió ningún "error" y por esto no existe ninguna auto­crítica sobre esta cuestión. Lo que Marx "corrige”, algunos meses después de redactar la "Circular" es su apreciación de los acontecimientos; la revolución que esperaba, liderada por el partido pequeño burgués democrático no se dio, mientras que la superación de la crisis económica de los años 1847/48 contribuye a dar cierta estabilidad al régimen vigente, por lo cual el propio Marx entiende que es previsible que no estalle una nueva revolución en el futuro próximo. Pero el aporte metodo­lógico y teórico de la "Circular” se mantiene incólume como un verdadero modelo de táctica obrera durante la revolución burguesa y de ahí la conocida revelación de que Lenin la sabía prácticamente de memoria.

Lo que Magalhaes entendió del artículo mencionado de Le­nin es que Marx se equivocó al esperar una revolución socialis­ta en lugar de una democrática. Pero no es esto lo que dice Lenin. Lo que éste dice es que Marx consideraba la posibilidad de arribar a la tercera etapa de la revolución (la socialista) en el curso del proceso revolucionario mismo que se abrió en marzo de 1848, debido a que consideraba al capitalismo mundial de la época “en estado de decadencia senil”. Como éste no era el caso, pasada la crisis de 1848/49, se produjo un extraordinario desarrollo de las fuerzas productivas, que inviabilizo no solo la revolución socialista sino también la democrática (parte de las tareas de esta fue realizada por regímenes de despotismo militar).

Pero si el estado de decadencia senil no era el del capitalismo en 1848, si lo era el de 1905, cuando Lenin escribía ese artículo, sin percibir aun plenamente este hecho capital, lo que ocurrirá con el estallido de la guerra y con su trabajo sobre el imperialismo (1916). Lo que Lenin nos dice de Marx sirve para entender por qué el mismo se pasaba, en 1917, a la teoría de la revolución permanente, teoría cuya vigencia acabada se produce, precisamente, en la época del imperialismo.

Como las diferencias entre Marx, Lenin y Trotsky no versan “sobre la etapa democrático burguesa a ser concluida” sino sobre la modalidad de su cumplimiento y su mecánica de clase, es exactamente sobre esto último que versa la discusión, a principios de siglo entre los revolucionarios rusos. ¿Cuál es la diferencia básica, desde el punto de vista de la clase obrera entre la Alemania de 1848 y la Rusia de 1905? Que mientras en el primer caso no existía un partido obrero independiente, en el segundo el Partido Socialdemócrata era ya una organización constituirla, una realidad política presente en la lucha de clases, y no un partido que se iría a constituir en el curso de la revolución, como en 1849 en Alemania. Es por eso que en Rusia no se planteaba la posibilidad de una revolución dirigida por la pequeña burguesía sino el problema de qué tipo de coalición debía armarse entre el proletariado y ésta. Se presenta el problema de que en la revolución triunfante el partido de la clase obrera debe formar parte del gobierno que emerja, en un bloque político con la pequeña burguesía pobre de las ciudades, de los campesinos y del proletariado. A esto se oponen los mencheviques que, desde una posición formalmente más "pura”, proclamaban que se debía rechazar toda participación en el eventual gobierno revolucionario y transformarse en la “oposición consecuente” al mismo. Su razonamiento clave era: puesto que la revolución es burguesa, debe dirigirla la burguesía. Es entonces cuando Lenin acúñala fórmula de "dictadura democrática de obreros y campesinos”.

Cuando Lenin planteó la “dictadura democrática de obreros y campesinos” no polemizaba en absoluto con Trotsky y la teoría de la revolución permanente, expuesta en el libro "Balance y Perspectivas” —que Lenin desconocía y al cual, probablemente, sólo tuvo acceso después de la revolución del 17. Con su fórmula original, Lenin buscaba resolver el problema de las relaciones entre el proletariado y la pequeña burguesía campesina. Esto planteaba para Lenin la posibilidad de un gobierno de frente entre el partido obrero y el partido que representara a los campesinos y a la pequeña burguesía (sobre cuyo desarrollo y características Lenin tejió las más diversas hipótesis): un frente opuesto, no sólo al zarismo, sino también contra la burguesía liberal comprometida por mil y una vía con los terratenientes y el orden reinante. Definiendo el carácter "democrático de la cooperación revolucionaria entre obreros y campesinos Lenin quería subrayar que la base de tal cooperación era la ejecución de las tareas burguesas, destinadas a extirpar a la monarquía, a los terratenientes y a la nobleza; imputándole el carácter de dictadura subrayaba su carácter revolucionario frente al viejo orden de cosas, la característica centralizada de su poder y la utilización del aparato del Estado para quebrar cualquier resistencia de la reacción política. Por lo tanto, la diferencia entre Marx y Lenin en relación a la mecánica de clase de la revolución no está vinculada a una etapa democrática burguesa que debe ser concluida, sino al diferente desarrollo del proletariado y del partido obrero en Alemania de 1848 en relación al de Rusia de 1905, frente a la inminencia de una revolución burguesa con decisiva participación pequeño burguesa. Sobre esto mismo versó la polémica entre Lenin y Trotsky.

Trotsky y la revolución permanente

La teoría de la revolución permanente como "diametralmente opuesta” a la teoría de Lenin de la revolución ininterrumpida es un invento del stalinismo que, lamentablemente, Magalhaes repite puntillosamente. Criticando a su contrincante en la propia revista “Teoría y Política”, Magalhaes apunta que “es curioso observar el diplomático silencio que Levy mantiene sobre el nombre de Trotsky al tratar de este asunto (de la revolución permanente). Hablar de revolución permanente —continúa— y omitir su nombre es incurrir, por lo menos, en una injusticia histórica”. Pero la acusación es más válida todavía para el propio Magalhaes porque pretender criticar la teoría de Trotsky, repitiendo todas las falsificaciones formuladas desde Stalin, y “observar diplomático silencio” sobre la obra clásica de Trotsky sobre la cuestión -"La Revolución Permanente” es "por lo menos una injusticia histórica”. Particularmente cuando, en dicha obra, Trotsky liquida uno a uno, todos los argumentos y mentiras que el stalinismo levantaba sobre el carácter supuestamente antileninista de su teoría, que Magalhaes vuelve ahora a reiterar.

A título de ilustración: nuestro autor llega al absurdo de incluir una cita de Lenin "contra” Trotsky que en realidad ya hace 50 años se demostró que, en realidad estaba dirigida a Bujarin, Radek y Piatakov (cf. "A revolucao Permanente”, pág. 70, Ed. Ciencias Humanas). En lo que respecta a lo esencial de las diferencias entre Lenin y Trotsky vamos a resumí’: lo que éste último plantea y que Magalhaes ataca sin conocer, sin explicar y probablemente, limitándose a copiar las infames diatribas "antitrotskistas” de algunos manuales de Editorial Progreso.

"En 1905 Lenin planteaba apenas una hipótesis estratégica que debía todavía ser verificada por el curso real de la lucha de clases. La fórmula 'dictadura democrática del proletariado y los campesinos’ tenía, por sobre todas las cosas -y conscientemente- un carácter algebraico. Lenin no resolvía de antemano la cuestión de las relaciones políticas entre las dos partes de la dictadura democrática eventual: el proletariado y los campesinos. No excluía la posibilidad de que fueran los campesinos representados en la revolución por un partido especial, independiente no sólo de la burguesía sino también del proletariado y capaz de realizar la revolución democrática uniéndose al partido del proletariado en la lucha contra la burguesía liberal... Lenin admitía inclusive que el partido revolucionario campesino formase la mayoría en el gobierno de la dictadura democrática. (En lo que a mí se refiere) estaba entonces perfectamente convencido de que la revolución agraria y, por consiguiente, la revolución democrática, sólo podía realizarse en el curso de la lucha contra la burguesía liberal, por los esfuerzos conjugados de obreros y campesinos. Me oponía, sin embargo, a la fórmula de ‘dictadura democrática del proletariado y los campesinos’ por entender que tenía el defecto de dejar sin respuesta la pregunta: ¿a cuál de esas dos clases pertenecerá la dictadura real? Intentaba demostrar que, a pesar de su enorme importancia social y revolucionaria, los campesinos no son capaces de formar un partido verdaderamente independiente y, mucho menos, de concentrar el poder revolucionario en las manos de ese partido... Llegué así a la conclusión de que nuestra revolución burguesa sólo podría realizar de hecho sus tareas en el caso de que el proletariado, apoyado por millones de campesinos, concentrase en sus manos la dictadura revolucionaria”.

En este punto el pronóstico formulado por Trotsky doce años antes, se cumplió enteramente en 1917, es decir, la formula algebraica de Lenin se resolvió con el contenido preestablecido por Trotsky. Ambos fueron entonces estrechos colaboradores y la diferencia de puntos de vista (no hubo nunca una polémica franca sobre el punto entre ambos) quedo enterrada hasta que seis años más tarde, luego de la muerte de Lenin, Stalin la resucitó a los fines de la campaña faccional contra el “trotskismo”. Que el carácter algebraico de la formula “dictadura democrática de obreros y campesinos” se resolvió en el sentido de una dictadura de los obreros apoyada por los campesinos, en la conformación de un Estado obrero, y no burgués, a partir del triunfo de los bolcheviques en octubre del 17, lo adelantó por otra parte, el propio Lenin en sus “cartas sobre Táctica” de abril del mismo año y que son citadas en la revista “Teoría y Política” por Nelson Levy:

"la dictadura democrática del proletariado y el campesinado ya se realizó en la revolución rusa, pues esta 'fórmula' preveía apenas una relación entre las clases y no una institución política determinada que materializase esta relación, esa colaboración. El ‘Soviet de diputados obreros y soldados’: ésta es la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado ya realizada por la vida” (Citado en TP Nro. 1, pág. 42).

La genialidad de Trotsky consistió en haber sacado la conclusión sobre la inevitable dirección proletaria de la revolución para que esta triunfase, luego de los acontecimientos de 1905. Fue entonces que, haciendo un balance histórico de la revolución contemporánea planteó todas las consecuencias derivadas de la aparición del proletariado como clase en la propia revolución. Trotsky se adelantó a su época, criticando justamente el carácter "algebraico” de la fórmula de Lenin. Reconocía su valor revolucionario al plantear la alianza de los explotados, delimitándose de la burguesía liberal, pero señalaba el elemento conservador, ambiguo, de la misma, que podría actuar como reno al despliegue de las energías revolucionarias del proletariado en el caso de victoria de la revolución. Explicó esto en una de las modalidades polémicas más violentas -como el proteo lo señala en "La Revolución Permanente”- en un artículo e periódico de Rosa Luxemburgo en 1909:

“Si los mencheviques, partiendo de la abstracción de que 'nuestra revolución es burguesa’, llegan a la idea de la adaptación de toda la táctica del proletariado a la conducta de la burguesía liberal hasta que esta última conquiste el poder del Estado, los bolcheviques, también partiendo de la pura abstracción de una 'dictadura democrática, no socialista', llegan a la idea de una autolimitación democrático burguesa del proletariado con el poder en las manos. Es verdad que la diferencia entre ambos es muy grande: mientras que los aspectos antirrevolucionarios del menchevismo ya se manifiestan ahora con toda su fuerza, las características antirrevolucionarias del bolchevismo sólo constituyen un peligro en caso de victoria revolucionaria” (cf. "La Revolución Permanente”, Pág. 102, Ed. Ciencias Humanas)

Si Lenin supo reconocer el contenido concreto “ya realizado por la vida” de su vieja fórmula algebraica, no es menos cierto que la mayoría del equipo dirigente bolchevique ruso se apegó al elemento conservador de la consigna de la “dictadura democrática” y se planteó la tarea de sostener al gobierno burgués luego de febrero de 17.

El planteo de las posiciones “diametralmente opuestas” de Lenin y Trorsky no resiste por lo tanto la menor crítica y prueba a penas toda la reserva de stalinismo de la cual el autor no pudo desembarazarse luego de romper con un partido staliniano.

En lo que respecta a Mao debe decirse que este no aporto sino confusión a este debate teórico, confusión que era la expresión de la voluntad de la dirección maoísta de estableces un compromiso entre la revolución y el stalinismo contrarrevolucionario.

La fórmula de Mao “bloque de cuatro clases”, de una dictadura conjunta de burgueses nacionales, proletarios, etc… es el planteo stalinista clásico que entero a la revolución de 1927. Como quiera que en China se instauro un Estado Obrero y no una revolución democrático-burguesa, todas las teorizaciones de Mao sobre la confirmación de su planteo stalinista es puro alquimismo.

Sobre la caracterización de la revolución en Brasil

Las consideraciones hasta aquí desarrolladas nos permiten entrar en un problema central: la caracterización de la revolución en Brasil. El abordaje metodológico de Carlos Magalhaes y Nelson Levy es, en este caso, prácticamente idéntico y las inclusiones similares. Así, según Magalhaes,

“la revolución brasilera no puede ser caracterizada como democrático burguesa o nacional democrática. O sea: no se puede identificar al Brasil con la Rusia zarista o la China prerrevolucionaria. Sólo es posible hablar de una etapa democrático burguesa cuando efectivamente existen todavía, en un país determinado, obstáculos al desarrollo capitalista en la base económica y en la superestructura estatal. En el caso de Rusia estos obstáculos eran los restos del servilismo y el Estado zarista, aristocrático y burocrático. En China era el feudalismo (...) En Brasil, al contrario, no se puede hablar de obstáculos económicos al desarrollo del capitalismo (...) El proletariado en Brasil, no tiene ninguna etapa intermedia para vencer -en el sentido leninista de la palabra etapa- antes de ingresar en la lucha por el socialismo’’ (TP, Nro. 3, pág. 31). Levy, a su turno, insiste:

“En Rusia, la revolución se enfrentaba, en su primera etapa, con un Estado autocrático de base feudal (...). En el Brasil, hace precisamente cincuenta años, las masas cargan sobre sus espaldas el peso de la revolución democrático burguesa de 1930 (...); ante estas precondiciones, nos encontramos, (...), en un estadio democrático burgués de la revolución?  Absolutamente no...” (TP Nro. 1, pág. 50 y 51).

Los errores en estos planteos son de diverso orden. En primer lugar, comenzando por lo más “grueso”: afirmar que en "Brasil no existen obstáculos económicos al desarrollo del capitalismo”-como lo hace Magalhaes- constituye un cuestionamiento a cualquier tipo de revolución, toda vez que ésta es inviable si no hay bloqueo al desarrollo de las fuerzas productivas del país. Otra interpretación de tal afirmación sería que es el propio capitalismo el obstáculo al desarrollo de las fuerzas productivas. Pero en estos términos Brasil y EEUU ocuparían el mismo lugar en la jerarquía de clasificaciones abstractas que el autor nos presenta. Su análisis pretende ser "concreto” y destacar la particularidades del desarrollo de Brasil, pero, en realidad, acaba navegando por las aguas de las abstracciones más generales. Esto es común a ambos autores y el resultado es que nos conducen a un mundo inexistente.

Por ejemplo: Brasil no tiene ninguna barrera para el avance del capitalismo, Rusia sí, “los restos del servilismo y el Estado zarista, aristocrático y burocrático”. Si dejamos de lado el absurdo de pretender caracterizar un país y su revolución por los "restos” de relaciones de producción y formas políticas (tales "restos” se mantienen inclusive en los países más avanzados) no es verdad que esos elementos fueran sólo un obstáculo para el avance en general del capitalismo en Rusia. Eran un obstáculo para el desarrollo de un capitalismo democrático, basado en la formación de una poderosa clase media agraria. Pero el Estado zarista fue un instrumento de la penetración del capital extranjero y de la rápida concentración y centralización del capital en general. No fue simplemente un Estado feudal, desde que toda su política se orientó al impulso de la acumulación primitiva (abolición de la servidumbre).

El atraso ruso estimuló el ingreso de capitales externos que encontraban, en este contexto, una base de superbeneficios y esta penetración incentivaba a su vez al Estado zarista ruso a tratar de "acelerar” el desarrollo capitalista del país para enfrentar la presión desagregadora del capital externo. El poderoso aparato estatal del zarismo sustituyó de alguna manera a la débil burguesía rusa y procuró, a su modo, burocrático, aproximar al país a la nueva realidad del pujante capitalismo. Como régimen político, el zarismo adoptó una forma semibonapartista, de arbitraje entre el capital y la vieja aristocracia. La burguesía se recostó y amparó en este Estado que, desde la mitad del siglo XIX (abolición de la servidumbre), buscó conciliar su pasado con el nuevo desafío capitalista. Fue bajo el Estado zarista que la propia burguesía fue desarrollándose hasta asumir su total control durante la guerra y desplazar formalmente al zarismo. En realidad, el zarismo ruso fue un medio para el avance burocrático, no revolucionario, prusiano”, del capitalismo y un obstáculo para su desarrollo más progresivo, democrático, “americano". Centenares de páginas de Lenin pueden encontrarse sobre este análisis en sus trabajos iniciales y una descripción de la función del Estado en el impulso a ciertas reformas capitalistas que fue magistralmente resumida por Trotsky en el primer capítulo de “Balance y Perspectivas’’.

Las particularidades de la Revolución Rusa y de la revolu­ción en el Brasil forman parte de un mismo contexto -la etapa imperialista del capitalismo moderno- y sólo en-este contexto es que una comparación puede ser legítima. Transformando a las particularidades en una generalidad, los autores de “Teoría y Política”, establecen una distancia histórica de siglos entre un “Brasil capitalista” y una "Rusia y China feudales y servi­les". Por esto no son capaces de distinguir el carácter especí­fico del capitalismo en nuestro país en el contexto de la etapa imperialista.

Más importante todavía son las conclusiones políticas que se pueden extraer de las abstracciones planteadas. Si la tesis de inexistencia de obstáculos al capitalismo es cierta debe con­cluirse en la necesidad y viabilidad del régimen de la democra­cia burguesa en el país, puesto que este último forma parte integral del desenvolvimiento capitalista, como su forma polí­tica más acabada de dominación. Este es además el eje de la posición del PC -en tomo a lo cual se estructuran sus “tesis” para el próximo Congreso- y de una gran parte de la izquier­da del PMDB como de la derecha del PT, para quienes el país, a partir del desarrollo capitalista reciente habría conquistado la madurez para instaurar una democracia burguesa moderna. La “apertura” actual revelaría un proceso, no de crisis del capital, sino un intento de resolución de la crisis de la super­estructura, que deberá resolverse en la instauración de una só­lida democracia política. Esa misma “apertura” sería un ajuste de la forma del Estado a la base económica del país y el socia­lismo pertenecería a la culminación de toda una etapa histórica previa.

Magalhaes pretende precaverse sobre estas conclusiones cuando afirma que un rasgo distintivo de la burguesía brasilera es su “carácter antidemocrático”, "razón por la cual nunca dio a luz una democracia burguesa razonablemente constituida". El motivo sería su temor a la clase obrera y al comunismo. Per­fecto, llegamos a la conclusión de Marx de 1848. ¿Pero acaso la burguesía rusa de comienzos de siglo era “democrática" y era por esto que se planteaba la lamosa etapa democrático- burguesa? Si es por el antidemocratismo de la burguesía tanto en Rusia como en Brasil está abolida la etapa democrática bur­guesa, es decir, una revolución bajo el liderazgo de la burguesía que abra un nuevo período histórico de desarrollo capitalista de la nación. Si la burguesía no ha podido instaurar la forma acabada de su dominación política, cuando ya está amenazada por el proletariado, esto está demostrando: que la burguesía cabalmente capitalista, es decir, la burguesía industrial y el conjunto de la burguesía derivada del régimen de la gran indus­tria capitalista, no ha impuesto su hegemonía política en el s a o, donde están presentes con fuerza otros estratos explo­tares, desde los agentes que lucran como intermediarios y comisionistas del capital financiero imperialista hasta todas las formas de capitalismo comercial y financiero que lucran mediante el intercambio no equivalente con los productores agrarios que cubren distintas formas de transición al capitalismo, sea directamente o a través del Estado (deuda pública, inflación, régimen impositivo); y también nos demuestra que el proletario aparece como caudillo potencial antes de completarse la formación del régimen burgués clásico. Magalhanes y Levy llevan revelan que no entienden las diferencias históricas del desarrollo capitalista en los países imperialistas y en los dominados por el imperialismo. Por esto no entienden que la incapacidad histórica de la burguesía nativa para producir las formas burguesas más generales a su dominación (democráticas) es también una expresión del carácter atrasado del desarrollo del país, de la no resolución de tareas clásicas de la revolución burguesa: independencia nacional, desarrollo del mercado interno, revolución agraria.

Otra de las contradicciones insuperables de nuestros dos autores es que luego de definir genéricamente el país como capitalista, para cuyo desarrollo no habría obstáculos, se refie­ren ambos a la "dominación imperialista” y a la “lucha nacio­nal”. Pero: ¿Cómo es posible tal "dominación” sin la existen­cia del atraso del país, sin la existencia de desniveles de desa­rrollo que permita la obtención de superlucros? Brasil es un país formalmente independiente, no es una colonia sino una semicolonia, se encuentra sometido por el gran capital monopólico y financiero internacional. ¿Cómo puede haber una “dominación imperialista” que no se exprese en “obstáculos” al pleno desarrollo de las fuerzas productivas nacionales (bur­guesas)? ¿Cómo se compatibiliza la definición del país como capitalista a secas, precisando de una revolución socialista pura, con la existencia de esta opresión imperialista? ¿Cuál sería entonces, la diferencia con la revolución en los propios países imperialistas? Ninguna de estas respuestas se encuentran en los análisis de Levy y Magalhaes, cuyas incoherencias se explican por la metodología incorrecta con la cual abordan el problema y por la incapacidad para determinar las peculiaridades nacio­nales de Brasil y sus expresiones en el plano político. Esta es la tarea insoslayable para quien quiere elaborar una caracteriza­ción del país, base de un programa para la revolución brasilera y es, justamente en este punto, donde el fracaso de nuestros autores se hace más evidente.

Sobre el carácter de la revolución en Brasil (II)

Si el imperialismo es la forma dominante de la economía mundial, no hay que olvidar que existen naciones imperialistas y naciones oprimidas por el imperialismo. Esta es la primera característica concreta del desarrollo brasilero: Brasil no es sólo capitalista, está también sometido a la explotación eco­nómica del gran capital financiero de las metrópolis y a la dependencia diplomática y política del imperialismo. El atraso no significa estancamiento absoluto; debe entenderse en refe­rencia a las diferencias entre fuerzas productivas nacionales, entre el imperialismo y los países que sufren su expoliación, diferencias que se reproducen a lo largo del tiempo, a través de constantes modificaciones, incluyendo la semiindustrializació0 de los países coloniales o semicoloniales. O sea, hay capitalismos y capitalismos, y es claro que el imperialismo no consiste sólo en la explotación de regiones o países no capitalistas. . existe “dominación imperialista” sobre el país -como coinciden en indicar tanto Levy como Magalhaes-: ¿cuál es s expresión en el plano económico sino la perpetuación de un atraso relativo de las fuerzas productivas locales y una acentuación de las contradicciones que obstaculizan un amplio desarrollo del mercado interior, de los cuales el imperialismo obtiene beneficios extraordinarios: mano de obra y materias primas baratas, control monopólico de los más diversos sectores, control de los canales de acceso al mercado mundial, etc..?

La penetración del imperialismo en los países atrasados muía el desarrollo capitalista. Pero sería un grueso error suponer que lo hace imponiendo las características históricamente progresivas del capital en su primera época: liquidación de clases representantes del viejo régimen, imposición de la libre competencia sometimiento de las diversas formas del capital al liderazgo de la industria, creación de un mercado nacional, etc. En otras palabras, creando las bases para un poderoso desarrollo de las fuerzas productivas de la nación burguesa y, por lo tanto, para el régimen político de la democracia. Cuando el imperialismo penetra en los países atrasados estamos ante el capital senil y decadente, que ya no repite la obra de su juventud. El desarrollo capitalista que promueve en los países atrasados es una variante histórica distinta de la que acabamos de retratar, es la no democracia ni nacional sino complementaria de la división internacional del trabajo impuesta por el gran capital metropolitano. No liquida a las viejas clases nativas sino que se asocia a las mismas, lo que bloquea la destrucción de estas clases a manos de la burguesía industrial y tiende a arruinar a la mayoría de esta, controlando las ramas enteras de la producción nacional y bloqueando el desenvolvimiento de la industrialización, entendido como la hegemonía económica de la industria nativa y como rama independiente en el mercado mundial. El imperialismo que es, en su esencia, el capitalismo' de los monopolios (Lenin), implica una tendencia al parasitismo en el orden mundial y, por lo tanto, al Treno del desarrollo de las naciones tardíamente incorporadas al mercado mundial, como es el caso de Brasil. Por lo tanto el imperialismo sí es un obstáculo a la variante democrática y amplia del desarrollo burgués de los países atrasados, es decir, es al mismo tiempo un medio y un obstáculo para su desarrollo capitalista que el propio capital monopólico procura controlar, someter y disciplinar.

La opresión imperialista y el atraso se manifiestan de una manera aguda y profunda en el plano social y político. Su manifestación más importante es la tremenda debilidad de la burguesía industrial nacional y la ausencia histórica en el país del régimen de la democracia política. Son dos fenómenos naturalmente vinculados. La democracia burguesa es históricamente la expresión del dominio de la burguesía industrial triunfante sobre las clases y grupos precapitalistas; es el régimen político que corresponde a su dominación más amplia y general. Pero este no es, como señaláramos, el tipo de desarrollo capitalista que caracteriza a Brasil, donde la gran industria no es, ni de lejos, la fracción del capital que sometió a todas las demás. Es en primer lugar, un fenómeno puramente regional: los Estados de Sao Paulo y Río concentraban en 1975 más de las dos terceras partes de toda la industria del país, en un ámbito geográfico poco superior al 3 por ciento de todo el territorio. Es, en segundo lugar, una industria cuyas ramas más dinámicas se encuentran en las manos del capital extranjero: la automovilística, la de productos electrónicos, la farmacéutica, etc... En 1970 el 38 por ciento de la producción industrial de las empresas líderes de casi 300 sectores de la industria estaba en manos de empresas extranjeras. En tercer lugar, la industria ocupa a una porción superminoritaria de la población económica activa, que supera apenas al 10 por ciento del total, mientras aún hoy la agricultura es todavía la actividad número uno en términos de trabajadores ocupados: uno de cada tres trabajadores se encuentra vinculado a una ocupación rural.

El enorme peso de la cuestión agraria es una de las características más decisivas del atraso del país. Brasil cuenta con más de 300 millones de hectáreas de tierras aptas para el cultivo, pero apenas 40 millones se encuentran explotados y zonas de nueva colonización están abriéndose permanentemente. En vastísimas áreas de la frontera agrícola se asiste en la actualidad a fenómenos característicos de la acumulación primitiva: piratería de los grandes terratenientes, ruina de los pequeños productores, conflictos armados, etc. En este país “capitalista” ni siquiera la posesión del suelo está jurídicamente consolidada, calculándose que los títulos fraudulentos representan un área igual a 3 ó 4 veces la realmente existente. No menos importante es observar el peso fantástico de la oligarquía rural e, inversamente, del minifundio: en 1978 el 1,8 por ciento de los establecimientos controlaba el 57 por ciento de las tierras registradas por organismos oficiales, mientras que el censo de 1980 revelaba que el 5 por ciento de los más ricos del campo retenían el 44 por ciento de la renta rural.

Los fenómenos de la acumulación primitiva, propia de los Primeros estadios de desarrollo del capital no son apenas características del ámbito rural sino que pertenecen a la estructura misma de la atrasada economía nacional. La gran burguesía financiera cuyos lucros han sido siderales en el último período, no es el resultado de la capitalización del beneficio Productivo y por lo tanto, de la fusión de la industria y la banca, que es lo que caracteriza al gran capital financiero moderno Presenta en verdad, la integración de distintos sectores del Capital agrario v de una parte de la industria con el poderoso jal financiero internacional. Representa una superestructura no de la gran burguesía industrial, sino de las formas cajistas paralelas a la gran industria (que tienen su origen en la disolución del precapitalismo agrario) estructuradas y potenciadas por el imperialismo. Es por eso que puede llegar a bloquear el proceso de industrialización y de desarrollo del mercado interior, cuando bloquea la capitalización industrial y es instrumento para la bancarrota de amplios sectores de la industria. El propio Estado alimenta esto con una monumental deuda pública -superior en la actualidad a los 20.000 millones de dólares— que no es una palanca para el desarrollo industrial del país sino, en lo esencial, un instrumento para el crecimiento del capital especulativo en manos de la gran banca nacional y extranjera. Las altas tasas de remuneración de los títulos de la deuda pública son determinados en función de tomar atractiva la captación de divisas en el exterior cuya función es mantener el pago puntual de la monstruosa deuda externa del país, que supera los 70.000 millones de dólares. O sea: una parte decisiva de la plusvalía obtenida en el país que es reciclada hacia el exterior. En una palabra: los acreedores internacionales tienen más peso en el aparato del Estado, y este aparato tiene que adaptarse a la forma de injerencia y dominación de estos, que la burguesía industrial.

La burguesía industrial no es, por lo tanto, una fracción hegemónica en el Brasil entre las clases dominantes, dada la preponderancia de la oligarquía, la burguesía de las finanzas y el capital imperialista en el plano económico y social; debido a la completa sumisión al gran capital financiero imperialista en el mercado mundial y al peso todavía amplio del atraso agrario. En la base de todo este contexto particular se encuentra el hecho de que el Brasil capitalista carecer de un amplio y nacional-clásico desarrollo de las fuerzas productivas nacionales y combina en su territorio las formas más diversas de producción. Excluyendo a los estados “industriales” ya citados, en el resto enorme del país priman las relaciones de tipo pre- capitalista (en relación a las formas más modernas del capitalismo), las formas más primitivas de producción, las técnicas más atrasadas y la masa pobladora rural o urbana marginal. El proletariado moderno no existe prácticamente fuera de las grandes concentraciones industriales paulistas y cariocas. No cabe duda que este diversificado panorama incluye sectores de modernísima producción capitalista, avance vertiginoso de la mecanización y elevación de la productividad del trabajo. Pero es justamente el desarrollo desigual y combinado lo que marca el atraso de cualquier país.

Las implicancias políticas de esta estructura económica y social son fundamentales. En un ámbito geográfico de dimensiones continentales que el Imperio consiguió mantener unido (la dinastía imperial acaba sólo a fines del siglo pasado), la ausencia de una estructurada clase burguesa nacional reforzó las particularidades locales y regionales, al punto en que todavía en el presente el peso de las oligarquías políticas estaduales y de las burguesías intermediarias -comerciales, financieras, agrarias, etc. es decisivo en la composición política del poder. No existen en este país partidos políticos nacionales y bajo esta forma lo que existe en realidad es una suerte de federaciones estaduales: la historia brasilera está marcada por el hacerse y deshacerse de agrupamientos políticos que articulan la composición de las oligarquías de los Estados y las fracciones de las burguesías lugareñas. El único período “democrático” de la historia brasilera -entre 1946 y 1964- no fue sino la fachada parlamentaria de una composición oligárquica y burocrática. El régimen 9e sentaba en dos partidos -PDS y PTB- que representaban, el primero, a los gobernadores y sus diques tradicionales en los estados, el segundo, a los “pelegos” del Ministerio de Trabajo y buena parte de la burocracia gubernamental. Una democracia formal de contenido proimperialista, como lo prueba el hecho de que es el período de auge de la gran inversión del capital externo en el país (gobierno Juscelino Kubitschek). En el plano del desarrollo político tiene un peso decisivo el hecho de que la centralización nacional del país no se basó en el desarrollo de una amplia base económica capitalista, sino que fue tempranamente impuesta en forma burocrática por el imperio y el Ejército, sobre la base económica del capital comercial inglés. Como quiera que esta tarea fue asumida en el último período político por un régimen militar, nacido de la reacción política y del imperialismo, esto no ha hecho más que poner en mayor relieve aún toda la impotencia de la burguesía nacional para forjar una nación moderna. Claro que el Ejército ya fue nacionalista -década-del 30, varguismo- y no está excluido que pueda asumir posiciones de choque y fricción con el imperialismo. Lo que está excluido es que pueda superar las limitaciones de la clase que representa, lo que caracteriza la caducidad histórica de la burguesía nativa, o sea, su total incapacidad para asumir el liderazgo de la movilización nacional contra la opresión imperialista, por el desarrollo del mercado interno y de las fuerzas productivas del país contra el gran monopolio y el capital imperialista.

Las formas políticas del país, la crisis interburguesa y la posición que ocupa el proletariado están vinculadas a toda esta combinación social e histórica. Fenómenos políticos como el “malufismo", los choques entre los representantes de la burguesía industrial y la bancaria, los compromisos entre la camarilla militar y las oligarquías estaduales, etc. son las expresiones de esta particular conformación de las clases dominantes en el país. ¿Cómo explicar la dictadura militar sin considerar el papel de las oligarquías estaduales, de la burguesía comercial y financiera enlazada con el imperialismo y de una burguesía industrial no hegemónica entre las clases nativas y dependientes del imperialismo?

Finalmente, es claro que la propia clase obrera no puede dejar de manifestar las peculiaridades específicas del proceso capitalista del cual es una criatura. El proletariado brasilero es tan concentrado como minoritario y geográficamente agrupado siguiendo el camino de su creador: amplios contingentes en los reductos industriales del sur, pequeños y dispersos núcleos en el resto del país. El proletariado carece de una organización nacional de masas tanto en el plano sindical como político, lo cual expresa el dominio de la política burguesa sobre sus filas. Que el proletariado se encuentre dominado a lo largo de su propia historia por variantes del nacionalismo de orden burgués también traduce las peculiaridades del Brasil atrasado. Si el país es “capitalista” sin aditamentos y el antagonismo "capital-trabajo” es el dominante, como plantean los autores de "Teoría y Política” y los partidarios de la revolución socialista pura, no podría jamás plantearse este fenómeno político. ¿O estamos acaso en un país imperialista, donde la integración de la clase obrera se realiza por la vía de la cooptación de toda una capa aristocrática del proletariado y se paga con los lucros de la explotación de la periferia semicolonial? Al revés, es un fenómeno específico de los países atrasados que las diversas alternativas del nacionalismo burgués o pequeño burgués pretendan interesar a la clase obrera y a las masas en la tarea de poner en pie un movimiento o un partido nacional con tintes democratizantes y antiimperialistas. Todo un sector de la izquierda del PMDB se plantea en la actualidad el proyecto de formar un partido nacional en el cuadro de la apertura lanzada por el gobierno militar y cuyo objetivo sería imponer una moderna democracia burguesa. No se percibe que está condenada al fracaso porque carece de las bases para desarrollarse en la misma medida en que no existe una poderosa clase burguesa industrial nativa capaz de sostener un desarrollo capitalista del país sobre sus propios hombros. La clase media sustituye su insignificancia social ocupando un plano relevante en el plano político y en los movimientos de oposición a los regímenes proimperialistas frente a la completa falta de autonomía o independencia de la burguesía.

El problema político del proletariado brasilero sigue siendo la superación del nacionalismo pequeño burgués, que hoy se manifiesta en el programa del PT y en la hegemonía de la pequeña burguesía en su seno, lo que es una traducción de las peculiaridades del país. Este problema político es típico de una nación que es capitalistamente incompleta al mismo tiempo que integrada por el imperialismo al mercado mundial. No es negando los problemas nacionales y democráticos, sino comprendiendo que no pueden ser resueltos por "otro” desarrollo capitalista ni por la burguesía y la pequeña burguesía, que el proletariado se emancipará del nacionalismo y se convertirá en dirección revolucionaria.

Es en esta medida, en la medida en que solo el proletariado, acaudillando al conjunto de los explotados puede resolver las grandes tareas burguesas no resueltas, que la revolución brasile­ra será socialista, combinando la ejecución de medidas de orden burgués (independencia nacional, revolución agraria) y directamente socialistas (expropiación del capital, dictadura del proletariado).

Una cuestión clave: el stalinismo

Los dos autores aquí considerados realizan un análisis bas­tante amplio de la trayectoria del PC do B, en un evidente intento por resolver un balance de su propio pasado. Aunque no es el objetivo de este trabajo considerar la historia y evolu­ción del PC do B, existe una cuestión clave en el análisis, que ambos autores no toman en cuenta, y que debe ser señalada'- el carácter stalinista del partido, o más en general el significado del stalinismo.

Ya indicamos que Levy concluye caracterizando al PC do B como un "partido pequeño burgués” con una "ideología nacional-reformista”. Magalhaes, en cambio, es mucho más generoso con su viejo partido: el PC do B sería una corriente "revolucionaria, aunque basada en una concepción voluntarista y, por lo tanto, no marxista” (TP No.2, pág. 126). Para Maga­lhaes, la ruptura con el PC en el 60 fue una ruptura limitada programáticamente porque renunció a reelaborar una caracte­rización teórica justa de la revolución brasilera, ‘‘reduciéndose básicamente a la denuncia de la vía pacífica y de la subordina­ción a la política nacional reformista de sectores de la burgue­sía y de las cuestiones tácticas” (TP No.2, pág. 121).

En ambos casos se omite lo fundamental: el PC do B rom­pió con el PC pero nunca con el stalinismo. Al contrario, como maoísta más que nunca se reivindicó como heredero de Stalin alineándose a uno de los aspectos más podridos de la dirección maoísta, que opuso el supuesto carácter "revolucionario” de stalinismo al "revisionismo” de la camarilla de Moscú. Se trata de un crimen político que marcó en numerosos países latinoamericanos la profunda limitación de las rupturas que dieron en los PCs del continente en la década del 60 y que está en la base de la total descomposición a la cual llegaron los grupos maoístas que entonces florecieron. El stalinismo no es una degeneración "teórica” del movimiento obrero ni una corriente “nacional reformista” sino una casta contrarrevolucionaria chauvinista, surgida del Estado obrero degenerado por su aislamiento de la revolución mundial, y responsables por las más grandes traiciones al movimiento obrero contemporáneo: la catástrofe de la revolución china en el 27, la capitulación sin lucha frente al nazismo en el 33, la masacre de lo mejor de la vanguardia obrera y de millones de trabajadores y campesinos en la URSS.

La “ideología” del stalinismo no es “nacional reformista” como indica Levy, lo cual significaría enbellecerla. La “ideología” de la III Internacional stalinizada fue “nacional-reformista en China “pro-nazi” en Alemania del 30 “proimperialista” en la post-guerra, etc… porque no existe en realidad una “ideología” en el sometimiento de la III Internacional y de cada uno de los partidos comunistas a los intereses propios de casta, nacionalista, de la burocracia rusa. Y por esto mismo se prolonga luego de su disolución en función de los mismos objetivos: el intento de preservar los intereses de la burocracia a través de una política de colaboración y coexistencia pacífica con el imperialismo y la reacción política mundial. Es muy frecuente que los intelectuales y militantes que rompen con el stalinismo encuentren el principal problema de este último en caracterizaciones teóricas equivocadas, por ejemplo, en el énfasis sobre un supuesto “pasado feudal” de América Latina. Pero esto es tan unilateral como superficial porque no es lo que tipifica en de ninguna manera al stalinismo que lo único que ha hecho en materia teórica es apropiarse de viejos planteos liberales burgueses sobre el desarrollo histórico y de la concepción menchevique de la revolución. Como se apropió también en el pasado de fórmulas ultra- izquierdistas cuando defendía posiciones 'socialistas puras” en la primera parte de la década del treinta y en las últimas de la década anterior.

La burocracia carece de ideología porque no representa a una clase ni a un desarrollo necesario en la evolución de las fuerzas productivas y del modo de producción posterior al capitalismo, sino que constituye una excrecencia histórica, surgida del aislamiento de la revolución rusa, de las derrotas de la revolución mundial. Por esto puede tener los rostros ideológicos más diversos y aparece como tributaria del nacionalismo burgués o de la contrarrevolución directa en función de las circunstancias. ¿Qué tuvieron de "nacional reformistas” los PCs latinoamericanos, todos ellos rabiosamente gorilas, antinacionales y proamericanos, cuando finalizó la guerra? ¿Qué tiene de "nacional-reformista” el PC argentino que apoyó a la dictadura más sangrienta y antiobrera de la historia argentina?

Sobre las características stalinistas del PC do B, Magalhaes no dice una palabra, lo que coincide con su antitrorskismo primario, forjado en los pseudo-argumentos más triviales de la propia escuela de los epígonos de Stalin. Levy, por su lado, va más allá en un sentido progresivo, cuando plantea que "es importante recordar que el nacionalreformismo del viejo PCB, aunque derivase también de causas internas, no puede dejar de ser examinado a la luz de la degeneración del socialismo en la URSS y del propio PCUS” (TP No.1, pág. 56). No es capaz, sin embargo, de caracterizar el fenómeno stalinista y reduce unilateralmente su expresión al supuesto nacional reformismo invariable de los PCs, con lo cual mutila toda posibilidad de un análisis más rico y acabado. Tiene razón Levy cuando dice que, desde el surgimiento del PC do B "cerró las puertas para un análisis científico a propósito de la degeneración del socialismo en la URSS” (TP No.1, pág. 58). En esto reside lo fundamental: sin hacer las cuentas con el stalinismo no hay posibilidad de un real balance del PC brasilero y del alcance de sus escisiones. En su propia tentativa Levy llega a reivindicar la teoría de la revolución permanente pero omite lo decisivo: el papel de Trotsky y la oposición de izquierda en la lucha por la continuidad del marxismo, el papel de la lucha por la reconstrucción de la internacional revolucionaria, de la IV Internacional en el combate contra la descomposición stalinista. El escamoteo, sin embargo, no puede ser nunca la base de una tarea de clarificación programática y de recomposición revolucionaria.

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