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Una historia del PS chileno

Por Marcelo Peralta
"Historia del Partido Socialista de Chile”. Julio César Jobet. Documentos/Santiago de Chile - Prólogo de Ricardo Núñez.
 
En la historiografía del movimiento obrero y la izquierda chilenos, esta obra de Jobet es considerada un "clásico”. Aunque sólo abarca hasta el inicio de la Unidad Popular y su autor falleció en 1979, la “Historia” fue reeditada en las postrimerías del gobierno pinochetista, cuando —al decir del prologuista Ricardo Núñez— el socialismo chileno atravesaba “una de sus más grandes crisis que haya vivido a través de su historia”. El libro de Jobet es, fundamentalmente, un compendio riguroso de los sucesivos Congresos partidarios, de sus debates y resoluciones. El carácter de la revolución chilena, el problema del frentismo y el internacionalismo, son temas recurrentes del libro de Jobet, militante socialista situado en el “ala izquierda” de su partido.
 
Orígenes
 
Nacionalmente, el marco histórico del surgimiento del PS está dado por el derrumbe de la dictadura pro-imperialista de Ibáñez (1931), en medio de una generalización de las luchas obreras y populares. Internacionalmente, la crisis mundial capitalista estréchalas perspectivas del régimen entreguista chileno. Pero, a la vez, los elementos activos de la intelectualidad y el movimiento obrero asisten a la degeneración stalinista y sus repercusiones sobre los partidos comunistas del mundo (entre ellos el chileno).
 
En 1932, elementos de la intelectualidad marxista y une fracción militar nacionalista se unirán para protagonizar un “putsch” en sus doce días de vida, la “revolución socialista” del 4 de junio de ese año propondrá un conjunto de nacionalizaciones y estatizaciones como respuesta a la crisis general. A pesar de su fracaso, el programa y los hombres de la asonada fundarán, un año después, el Partido Socialista de Chile.
 
En su programa de fundación, los socialistas propondrán la planificación económica integral desde el Estado. Su declaración de principios llegará a señalar que “durante el período de transformación total del sistema es necesaria una dictadura de los trabajadores organizados” ya que la “transformación evolutiva del sistema democrático no es posible”. Sin embargo, los fundadores del PS eluden un balance del movimiento obrero internacional y de sus corrientes: el PSCh “repudiaba por igual a la Segunda Internacional, conciliadora y reformista; y a la tercera Internacional, por su sectarismo exclusivista y dependencia del PC Ruso”, para concluir que “no reconocerá otra acción internacional que la que dirijan los propios trabajadores de América”. Al mismo tiempo, se pronunciaba por una “economía continental antiimperialista”. Este era el significado de la consigna de “Confederación de Repúblicas Socialistas del Continente”. A pesar de las invocaciones al socialismo, el PSCh soñaba con la “patria grande” o “nación latinoamericana” de todos los nacionalistas burgueses o pequeño burgueses del continente. La prueba de la lucha de clases demostraría, precisamente, que el PS sería incapaz de superarlas limitaciones políticas de la pequeño burguesía.
 
La cuestión del frentismo
 
En el derrotero de los congresos socialistas, Jobet demuestra que éstos fueron dominados por una cuestión: el carácter del frente que debía impulsar el PS con otros agrupamientos obreros o populares.
El primero de estos debates se producirá en vísperas de las elecciones presidenciales de 1938. Inicialmente, el PS opondrá la política del “Block de Izquierda” a la del Frente Popular, que promovían el PC y un ala del partido Radical. Para el PS —según Jobet— aceptar el Frente Popular “significaba revitalizar al partido Radical, responsable de innumerables atropellos contra las clases trabajadoras”. Aunque el partido inicialmente proclama sus propios candidatos, aceptará luego concurrir y disciplinarse a una convención de izquierdas que proclamará al radical Aguirre Cerdá... El PS declinará su candidato, para sumarse a la campaña —y luego al gobierno— de Aguirre Cerdá. La colaboración con un gobierno que se mostró, desde el vamos, impotente frente a la oligarquía y al imperialismo, no tardará en desatar la primera escisión partidaria: “en el país se manifestaba una repulsa franca al carácter burgués del Frente Popular, y en el seno del PS se generalizaba un sentimiento de rechazo a la orientación de la dirección oficial” (Jobet). Aunque el PS se retira del FP en 1941, la “independencia política” sólo subsiste durante las elecciones parlamentarias de ese año... Luego, el PS vuelve al gobierno, colaboración que se continúa con el sucesor de Aguirre Cerdá y el FP, la “Alianza Democrática”. Según Jobet, entre 1941 y 1945 el PS “pasó de una escisión a otra, hasta casi desintegrarse”. En esas condiciones, el PS no participa del gobierno de “unidad nacional” (radical-comunista) de González Vi del a (1946-52), pero actúa “en el sentido de ayudar al cumplimiento del programa de su agitación electoral”. (El gobierno de González Videla desatará, a poco de andar, una desenfrenada represión contra la izquierda y las organizaciones obreras).
 
Realizando un balance de esta etapa, Jobet concluirá en que “el viraje reaccionario de González Videla canceló, en el más rotundo fracaso, la política reformista y colaboracionista traducida en las combinaciones de Frente Popular, Alianza Democrática y Unidad Nacional. Un decenio de colaboración política de los partidos obreros con los partidos demo-burgueses quedó sepultado en la traicionera entrega del radicalismo a la reacción feudo- clerical imperialista”. Lo que Jobet no consigue explicar es qué condujo al PSCh de la defensa formal de la “independencia política” a la capitulación sistemática ante el frentepopulismo.
 
Aunque Jobet afirma que a partir de 1947se abre una etapa de “renacimiento” del PSCh, el “Congreso programático” de ese año impone una abierta regresión de posiciones políticas: se aprueba un programa de nacionalizaciones en base a expropiaciones pagas. Las referencias al control obrero son reemplazadas por la “participación obrera en la dirección y utilidades de las empresas”, es decir la colaboración obrero-patronal. En un congreso latinoamericano de tendencias socialistas (1946) —donde participarán el APRA peruano y la AD venezolana— el PSCh acordará que “la transformación y el progreso de América Latina y su participación en una nueva organización mundial requieren la unidad económica y política de las naciones que la integran”. El apoyo al "panamericanismo” burgués precedió al voto y participación ministerial del PSCh en el gobierno nacionalista burgués de Carlos Ibáñez, quien rápidamente declaró la guerra a las organizaciones sindicales y reabrió la penetración del imperialismo yanqui.
 
Según Jobet, hacia 1955 “los socialistas consideraban agotada la experiencia de los frentes con los partidos burgueses, porque éstos sirven a intereses opuestos a las masas y son causantes de su explotación... únicamente un frente de partidos obreros y la CUT, un Frente de Trabajadores, podría conducir, sin claudicaciones, una política de clase...”. Sobre esta base se creará el Frente de Acción Popular (FRAP) en. 1956, con el PC y otros agrupamientos menores de la izquierda. A pesar de encarnar, para el PSCh, el “frente de clase”, el FRAP sólo llamará “a la lucha por un programa antimperialista, antioligárquico y antifeudal” es decir, burgués. El FRAP servirá a los sucesivos intentos electorales de Salvador Allende, hasta constituir la base de la Unidad Popular: en 1967, un congreso del PS vuelve a plantear la cuestión frentista, y alerta contra la incorporación del partido Radical al FRAP, ya que “lejos de fortalecer a la izquierda, la debilita enormemente y significa asegurar artificialmente la supervivencia de un partido caduco”. Dos años después, se formará la UP al incorporarse... el radicalismo a las fuerzas del FRAP: Jobet no encuentra colisión entre la UPy la política del “Frente de Trabajadores”, considerando el progreso de la “posición de izquierda del radicalismo y su depuración interna al eliminar a su sector burgués”.
 
El libro de Jobet no agota la experiencia de la UP, y su autor no sobrevivió al pinochetismo. De haberlo hecho, habría tenido que balancear la más trágica experiencia de Frente Popular donde el gobierno de los partidos obreros —al respetar a los explotadores y su Estado— pavimentó el camino de la contrarrevolución pinochetista. Pero su libro brinda las claves para comprender las limitaciones del PSCh y de su estrategia frentista: para Jobet, ésta reside en el “rechazo inflexible a la alianza con los partidos políticos centristas, en cuyo seno se encuentran representados amplios sectores de la burguesía progresista”, al tiempo que declara al PS “enemigo de tales combinaciones por estimarlas trampas perjudiciales para el desarrollo del movimiento popular”. Para Jobet y su partido, la cuestión de la independencia política y del frentismo residen en el mero “rechazo de combinaciones políticas” con la burguesía. Bastaría, por lo tanto, un frente de partidos declarados obreros —con la ausencia física formal de representantes de los explotadores—para imprimirle al mismo un carácter clasista o revolucionario.
 
El PSCh fue prisionero de una visión superficial y formal de la cuestión frentista (del otro lado de la cordillera, otros izquierdistas le han extendido certificados “clasistas" a combinaciones electorales similares). El carácter de un frente, sin embargo, debe considerarse a la luz de su programa y de los métodos que propugna para desenvolverlo.
 
El PS nació con una concepción política nacionalista y democratizante, bien qué la misma fue ocultada bajo ciertos clichés “izquierdistas”. Cuando capituló ante los frentes populares de los años ‘30 y ´40, fue sencillamente porque la estrategia política de los mismos no era diferente a la del propio PS y no halló, por lo tanto, motivos de fondo para delimitarse y luchar contra los mismos. En esas condiciones, atribuyó el fracaso de estos gobiernos a la “presencia de los partidos burgueses y sus personeros”. Luego, cuando la radicalización de las masas ya no admitía ni a estos últimos, fueron los propios partidos obreros quienes tomaron en sus manos la defensa a ultranza del Estado burgués (UP). Los sucesivos debates frentistas—y las combinaciones censuradas por Jobet— sólo se desarrollan en el plano electoral, lo que ya delata el estrecho campo de miras de la política del socialismo chileno. Pero, ¿en qué residieron sus limitaciones programáticas?
 
El carácter de la revolución
 
Oscar Waiss, un teórico del socialismo chileno, señalaba en 1953 que “la revolución latinoamericana es un suceso histórico cuyo propio desarrollo obedece a leyes también propias, extraídas de su dinámica interna”. Esta posición —largamente reiterada en los documentos del PSCh— es clásica del nacionalismo burgués o pequeño burgués continental: la pretensión de encontrar un camino propio frente a las fuerzas sociales fundamentales de la sociedad capitalista— el imperialismo y la clase obrera— cuyo desarrollo ya ha traspuesto largamente las fronteras nacionales y los “bloques regionales”. Es la unidad de la economía y la lucha de clases mundial la que elimina, en la era del imperialismo, la distinción entre naciones maduras o inmaduras para la revolución: en las naciones atrasadas, la revolución proletaria hará de las tareas nacionales y democráticas un episodio de su propia revolución, que sólo tiene porvenir como parte de la lucha internacional por la expropiación del capital. El PSCh —que renegó desde el vamos del internacionalismo— intentó, en cambio, caracterizar a la revolución chilena o latinoamericana eludiendo aquella consideración crucial. Así, cuando quiso diferenciarse del PC—que propugnaba el frente popular y la revolución democrática— el PSCh pretendió señalar el carácter “socialista” de la revolución a partir de factores puramente nacionales: principalmente, el carácter “raquítico y entreguista de la burguesía nacional”. Pero esta condición de los explotadores nativos es el resultado de la penetración imperialista, que ha cancelado la posibilidad de un amplio desarrollo capitalista autónomo. En cambio, si el atraso chileno y el parasitismo de su burguesía es un factor “específico y propio”, entonces queda en pie la posibilidad de un capitalismo “nacional e independiente”... impulsado desde el Estado. La “revolución socialista” que propugnó el PS no superó nunca al estatismo, es decir, a la pretensión de la pequeño burguesía de suplir —con las palancas del aparato estatal— a la burguesía nacional en el proceso de acumulación capitalista. Esta fue la intentona de los ministros socialistas del Frente Popular de 1938, que luego se reeditó bajo la UP. Un autor contemporáneo al FP de Aguirre Cerdá reseñó de este modo la función de la Corfo (Corporación de Fomento) creada por inspiración socialista: la “ayuda y afluencia del capital estatal al capital privado, mediante el otorgamiento de préstamos, importación de maquinarias, y el establecimiento de nuevas industrias. Establecía la colaboración del Estado con la iniciativa privada, bajo la orientación del Estado”. (Bermúdez Miral, “El drama político de Chile”).
 
Pretendiendo la “independencia respecto de los grandes bloques internacionales de poder”, el PSCh fue un rehén de todos ellos: en 1940, el socialista Schnake — ministro del FP— suscribe un acuerdo de aprovisionamiento de materias primas —cobre y salitre— al imperialismo yanqui: poco después, un Congreso del PSCh propicia la ruptura de relaciones con el Eje “sobre bases y condiciones que dieran a Chile la seguridad de una amplia y efectiva colaboración financiera de los EE.UU. para ampliar su economía” (Jobet). (Varias décadas antes que los Lagos y Núñez —miembros del actual gobierno de “Concertación” con la democracia cristiana— propugnen la “modernización” de la mano del imperialismo, los fundadores del PSCh ya habían ensayado ese camino).
 
Las mismas ilusiones fueron recorridas respecto del stalinismo: en 1941, el PS rompe el Frente Popular con el PC a raíz del pacto Hitler-Stalin... y de las ilusiones socialistas en el imperialismo yanqui. Luego, las relaciones de ambos partidos se recomponen en el realineamiento común con el imperialismo “democrático”. En 1956, el PS caracterizará a la ascensión de Kruschev abriendo un “período de progresiva democratización del régimen”.
 
Raúl Ampuero —principal teórico y dirigente socialista de la época— propugnará “una integración democrática del socialismo internacional, que incorpore al frente anticapitalista a todas las fuerzas antimperialistas, aun cuando sus objetivos inmediatos y expresos no se propongan el establecimiento de una sociedad integralmente socialista”. El PSCh postulaba colocar a los movimientos nacionalistas de los países coloniales... bajo la égida de la burocracia rusa.
 
Conclusión
 
La historia del PS es la de todos los virajes e ilusiones de la pequeño burguesía izquierdista chilena que se volcó, alternativamente, hacia el nacionalismo burgués, el imperialismo o el stalinismo. El PSCh es una tentativa más de colocar a la clase obrera (o a una fracción de ella) bajo la dirección de la pequeño burguesía democratizante. Este esfuerzo exige, necesariamente, servirse de una cierta verborragia de “izquierda” y aún trotskyzante, que nunca puede ser confundida con una genuina evolución hacia posiciones revolucionarias.
 
En la actualidad, el PSCh es el más firme defensor de la continuidad del rumbo económico anti obrero del pino-chetismo, el que garantizaría —según sus teóricos— un “doloroso pero firme” tránsito a la modernización capitalista, Esta política está en abierto choque con las reivindicaciones de las camadas de obreros y jóvenes que acudieron al PS, principalmente, en las postrimerías del gobierno de Pinochet. Existe, en ese sector, un vivo debate sobre el rumbo del partido. Algunos elementos reivindican “el retorno a las bases fundacionales del PSCh”. Otro sector sindical y juvenil (en conjunción con elementos independientes o desencantados del PC) propone la formación de un PT “lulista”. Pero la propia historia del PS es un espejo anticipado del partido de Lula, esto es, déla pretensión de colocar a la clase obrera tras el “programa” y los métodos de la pequeño burguesía. La superación de esta experiencia debe dar lugar a un partido revolucionario, que señale las limitaciones insuperables de la “democracia chilena”(y por lo tanto de la colaboración obrera en sus gobiernos), luche por la dictadura del proletariado y la revolución socialista mundial.

 

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