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Lecturas sobre la restauración del capitalismo en China

Por Luis Oviedo
Si algo ha caracterizado al proceso de la restauración capitalista en los Estados obreros burocratizados, desde el punto de vista intelectual o científico, ha sido la completa impotencia de la ciencia social burguesa para dar una explicación de conjunto del fenómeno, para explicar sus causas y para descubrir las gigantescas (y revolucionarias) contradicciones que engendra -tanto en los países donde se restaura el capital como en el mercado mundial de conjunto.
 
A diferencia del marxismo, que señaló el carácter restauracionista de la burocracia y la inviabilidad de un desarrollo socialista encerrado en el marco de las fronteras nacionales, que señaló el carácter social transitorio -contradictorio- de los llamados estados socialistas, el cual, en última instancia, sería resuelto en la arena de la lucha de clases mundial, la ciencia social burguesa caracterizó a los regímenes burocráticos como monolíticos y sólo visualizó su derrumbe como una consecuencia de la presión militar externa (guerra). Los marxistas, en cambio, pronosticaron que no sólo era probable y hasta posible, sino que en definitiva, o en última instancia, era inevitable que si la revolución no lograba triunfar en la mayor parte de los principales países capitalistas, la presión del capitalismo mundial terminaría revirtiendo por completo las victorias o los alcances de la revolución y se produciría entonces la restauración del capitalismo.
 
El imperialismo y la burocracia establecieron, luego de la Segunda Guerra, un ordenamiento político mundial que tenía por objeto el aplastamiento de la revolución mundial; la creciente integración política (acuerdos armamentistas, organismos internacionales, etc.) y económica (endeudamiento) de la burocracia con el imperialismo fue la vía por la cual aquélla pretendía escapar a las contradicciones insolubles de sus regímenes. Los límites precisos e insalvables de esa integración no eran otros que las bases sociales antagónicas de uno y otra: la propiedad privada capitalista, de una parte; la propiedad estatizada, la economía planificada y el monopolio estatal del comercio exterior, de la otra. La ciencia social burguesa, en cambio, elaboró la llamada teoría de la convergencia, según la cual, "la lógica del desarrollo económico era tan apremiante que en el curso de la industrialización, los sistemas capitalista y socialista se volverían más y más semejantes, superando las diferentes estructuras políticas que hasta entonces los habían hecho incompatibles" (1).
 
Cuando el proceso de la restauración capitalista y de derrumbe de los regímenes burocráticos se manifestó en toda su dimensión, el marxismo pudo recurrir a todo su arsenal teórico para caracterizar que estábamos en presencia de "una crisis mundial ... que se refiere al momento en que la descomposición mundial del capitalismo (sistema mundial) adquiere la forma de crisis políticas y revoluciones, la cual integra a los Estados obreros burocratizados, ya vinculados a la circulación económica mundial, y a la burocracia como un agente de la burguesía mundial en el seno de los Estados Obreros. El desarrollo de la crisis mundial es el desarrollo de la crisis conjunta del imperialismo y la burocracia ... Si no se considera la integración económica ya operada entre los Estados obreros y el imperialismo, y, en particular, la implementación de la política fondomonetarista por parte de la burocracia y la rebelión de las masas contra esas políticas y contra las burocracias que la llevan adelante, no se puede entender el carácter histórico de la crisis, ni mucho menos, sus alcances revolucionarios de conjunto" (2).
 
La ciencia social burguesa, huérfana de explicaciones, debió recurrir a la formulación de nuevas teorías. Casi todas ellas tienen en común presentar al proceso de la restauración capitalista en los Estados obreros burocratizados y el derrumbe de esos regímenes como un fenómeno pasivo, abstracto y circunscripto. De esta manera, ocultó el carácter de la restauración capitalista como un proceso de expropiación de los trabajadores y encubrió el papel que juegan en él las clases y las capas sociales fundamentales: la burocracia, que actúa como un factor consciente de la restauración, en la que ha encontrado la vía para defender sus privilegios frente a las rebeliones y a las revoluciones de sus propias clases obreras, y el imperialismo mundial, que pretende encontrar en la restauración del capitalismo una salida para la sobreproducción mundial de mercancías y capitales, y para elevar la tasa de beneficio mediante la radical ampliación del trabajo asalariado sujeto a la extracción de plusvalía. Pero por sobre todo, estas teorías le servían para ocultar que la restauración del capitalismo en los Estados Obreros burocratizados es, antes que nada, una expresión de la crisis mundial. La ciencia social burguesa revela con estas teorías que sigue presa de lo que Marx, hace más de un siglo y medio, caracterizó como el "fetichismo de las mercancías": la ilusión de que las mercancías y las categorías económicas que se derivan de ella tienen una vida independiente, cuando en la realidad, abstraen relaciones sociales reales y concretas.
 
El libro de estudios sobre las reformas de mercado en China que ha compilado y editado Richard Baum (3), profesor de ciencias políticas de la Universidad de California - Los Angeles (UCLA) y estudioso de la China moderna, es un perfecto ejemplo de la tendencia de la ciencia social burguesa a disolver los conflictos sociales que desembocaron en la restauración del capitalismo en China -y los que se derivan de ella- como un fenómeno tecnológico. Así, en su "Epílogo", donde pretende resumir y extraer una conclusión de los trabajos presentados por otros investigadores, Baum escribe que "Huntington y Brzezinski (los creadores de la teoría de la convergencia, LO) (junto con la mayoría de los estudiosos de los sistemas comunistas) fracasaron en anticipar los tumultuosos eventos de 1989/90 porque no apreciaron plenamente los potentes efectos políticos y sociales, no de la industrialización per se, sino de tres fenómenos postindustriales críticos: a) la creciente participación de los países socialistas en las transacciones internacionales que envuelven transferencias de capital, de tecnología y de manpower (es decir, la interdependencia global); b) el fin del control de las relaciones socialistas de intercambio provocado por las mejoras en la productividad orientadas por el mercado (mercantilización comercial); y c) el concurrente revolucionamiento tecnológico de los medios de comunicación de masas (la revolución informativa). En conjunto, esas tres fuerzas tuvieron un profundo efecto catalítico sobre los sistemas leninistas en todos lados, llevándolos a una serie de reformas sociales, económicas y políticas virtualmente no soñadas apenas una década atrás" (4).
 
El libro de Baum recoge una serie de trabajos de distintos investigadores sobre diversos aspectos de las reformas de mercado que han tenido lugar en China desde 1978 y que han convertido a la República Popular, más de quince años después, en el mayor centro mundial de acumulación del capital. Como ya se ha señalado, las conclusiones, corren por cuenta del propio Baum. Si hemos comenzado precisamente por estas conclusiones es porque ilustran, de conjunto, sus limitaciones insalvables. Para Baum, como para la opinión mayoritaria de la ciencia social burguesa, la historia no la hacen las clases sociales los hombres y mujeres de carne y hueso que luchan por su existencia y las superestructuras políticas partidos, Estados que se erigen sobre la división clasista de la sociedad. Para Baum, la historia se ha convertido en el dominio de oscuros y abstractos conceptos que actúan por encima de los hombres y las clases, y con completa independencia de éstos. En resumen, una versión completamente idealista y a-histórica de la historia, donde la tecnología ha venido a jugar el todopoderoso papel que antes ocuparon, sucesivamente, Dios y la Razón.
 
Salta a la vista la esterilidad de semejante enfoque a la hora de comprender las causas de la restauración del capitalismo en los Estados obreros y, por sobre todo, a la hora de formular un pronóstico sobre su desarrollo.
 
La Revolución Cultural o por qué la burocracia china se hizo reformista
 
Las reformas de mercado tuvieron su partida de nacimiento en las resoluciones del Comité Central del PCCh adoptadas en diciembre de 1978, bajo la inspiración de la fracción de Deng Xiaoping -que había desplazado de la dirección del partido a la fracción de Hua Kuofeng, designado por Mao como su heredero.
 
El primer aspecto de la reforma fue la descolectivización del campo: fueron eliminadas las comunas rurales que habían dominado el campo chino durante los veinte años anteriores y se permitió a las haciendas familiares vender libremente una parte de su producción; en la misma dirección, se las autorizó a alquilar al uso de la tierra (aunque no su propiedad), dando inicio a un proceso de concentración de la tenencia de la tierra de labranza.
 
Al mismo tiempo, los gerentes de las miles de empresas estatales recibieron libertad para acumular una parte de los beneficios obtenidos y se los autorizó a diversificar sus operaciones y a adoptar sus propias decisiones en materia de precios, inversiones, compras, ventas y apertura a nuevos accionistas. Posteriormente, se autorizó la subcontratación de las empresas estatales "al mejor postor, quienes las manejaban como empresas virtualmente privadas" (5). Consecuentemente, el Estado abandonó la centralización de la economía para contentarse con orientar a los mercados mediante instrumentos fiscales y monetarios.
 
Finalmente, se crearon zonas económicas especiales, en las que se autorizó la libre radicación de capitales externos y la formación de empresas mixtas entre el gran capital extranjero y las empresas estatales descentralizadas, "que rápidamente tuvieron un impacto dramático tanto en el comercio como en la inversión" (6).
¿Por qué la burocracia eliminó, de buenas a primeras, la centralización de la decisiones y el monopolio del comercio exterior, y favoreció la penetración del capital extranjero y su asociación con las empresas chinas? Es decir, ¿por qué adoptó una política que no podía menos que provocar la destrucción de las bases sociales del Estado que ella misma gobernaba?
 
Para Nina Halpern, una de las investigadoras recopiladas por Baum (7), "la lucha por la sucesión que siguió a la muerte de Mao fue una importante fuente de sentimientos reformistas". La explicación, sin embargo, no explica nada: la dirección del PCCh estuvo dividida en fracciones irreconciliables desde comienzos de la década del 60, que sostuvieron violentas disputas por el poder ... sin que, sin embargo, emergiera entonces una política restauracionista como la que triunfó en 1978. Lo que corresponde explicar es por qué, después de la muerte de Mao, surge un programa abiertamente restauracionista y por qué la fracción que lo defiende logra imponerse sobre sus adversarios.
 
Halpern parece dar un paso en la dirección correcta cuando señala que "la Revolución Cultural fue la segunda mayor fuente de reformismo" (8) ... pero enseguida retrocede, al afirmar que "entre las víctimas del movimiento, la Revolución Cultural engendró tanto la creencia de que una excesiva concentración del poder podría ser peligrosa como la percepción de la necesidad de regularizar e institucionalizar los trabajos del sistema político. Al mismo tiempo, las privaciones económicas y políticas que sufrieron la mayoría de los grupos de la población durante la Revolución Cultural, y la consecuente deslegitimación del sistema político, motivaron un intento para restablecer la legitimidad política" (9).
 
Aunque cueste creer que esto fue escrito después de Tienanmen, para esta investigadora, la política restauracionista establecida en 1978 constituye un intento de reconciliación de la burocracia con la sociedad.
Otro de los investigadores presentados por Baum, presenta una visión diametralmente opuesta. Para Lowell Dittmer, "los dirigentes reformistas chinos también tenían su propia vía dolorosa para recordar; pero en su caso no era la cuestión de haber sido intimidados por el aparato represivo del Estado y del partido comunista, sino el de haber sido aterrorizados por la furia desatada de las masas movilizadas por Mao. Donde la dictadura stalinista dejó un penetrante aparato represivo, la forma de despotismo populista de Mao dejó como herencia una norma particularmente destructiva de participación de las masas" (10).
 
Naturalmente, resulta un despropósito equiparar al aparato represivo estatal del stalinismo con la movilización de masas de la Revolución Cultural. Esto porque aunque un burócrata aislado e incluso todos ellos, individualmente pudiera temer a la policía política stalinista, el aparato represivo del Estado era la propia creación de la burocracia y su instrumento de defensa frente a las masas trabajadoras. Por el contrario, la burocracia china, como casta, tenía todo para temer de la movilización de los trabajadores ... aun cuando ésta se hubiera iniciado bajo el auspicio de una de sus fracciones. Es precisamente por este último aspecto, por el terror que le impuso a la burocracia en su conjunto, como casta privilegiada, que la Revolución Cultural jugó un papel decisivo en impulsarla por el camino de la restauración.
 
La Revolución Cultural fue iniciada por la fracción maoísta, cuando pretendió zanjar la crisis abierta en el aparato del PCCh recurriendo a una movilización limitada de las masas, con el objeto de depurar a los elementos hostiles a Mao que, poco antes, habían intentado desplazarlo de la dirección. Pero lo que se inició como una maniobra de aparato se convirtió, rápidamente y por la intervención de las masas, en una crisis política general y aun en una semi-guerra civil. Primero los estudiantes y luego los obreros, comenzaron a plantear sus propias reivindicaciones sociales; comenzaron las grandes huelgas, el surgimiento de organizaciones obreras independientes y el planteamiento de reivindicaciones políticas: el derecho a criticar no sólo a los privilegiadosenfrentados a Mao sino a todos los privilegiados; la libertad de prensa y de partidos "que no se opongan al socialismo" y un régimen basado en el modelo de la Comuna de París. En el curso de la Revolución Cultural comenzaba a delinearse el programa de la revolución política. El vuelo que estaba tomando la movilización obrera llenó de temor a la propia burocracia maoísta que la había desencadenado. Entonces, actuando en representación de la burocracia en su conjunto, Mao ordenó abrir fuego contra la izquierda y pasó a la represión directa sobre el movimiento obrero y los estudiantes. Fue la fracción maoísta -y no sus opositores- la que derrotó al enorme movimiento de masas que fue la Revolución Cultural.
 
"La Revolución Cultural no fue una revolución política: aun sus elementos más izquierdistas no se proponían derrocar a la burocracia sino, apenas, renovarla y planteaban la regeneración del socialismo en un marco estrechamente nacional. Sin embargo, sirvió para dejar en claro el abismo que separaba a las masas de la burocracia, la potencialidad de la revolución política contra la burocracia y la enorme debilidad de ésta ante las masas. La victoria de la burocracia maoísta le dio al régimen político un grado de independencia respecto de los trabajadores como nunca había gozado con anterioridad. Casi de inmediato, la burocracia china comenzó a buscar una defensa y un punto de apoyo en la colaboración contrarrevolucionaria con el imperialismo a nivel mundial. Los acuerdos firmados por Nixon y Mao en 1971 contenían en germen, por así decirlo, el proceso de restauración capitalista, que no tardó en manifestarse abiertamente con la disolución de las comunas agrarias y la creación de las zonas económicas especialescosteras" (11).
 
La burocracia impulsó la restauración capitalista para defender sus privilegios, amenazados por la impasse económica y política en que había desembocado la construcción del socialismo en un solo país, y por el agotamiento político del régimen, que el odio de las masas durante la Revolución Cultural puso en evidencia. La Revolución Cultural fue, para la burocracia china, lo que el surgimiento de Solidaridad fue para la burocracia soviética: la evidencia de que, para enfrentar a las masas trabajadoras, debía buscar una asociación todavía más estrecha con el imperialismo mundial, lo que significaba abrir plenamente la economía de los Estados obreros a la penetración del capital y asociarse a éste en la explotación del trabajo asalariado de sus proletariados, en calidad de clase propietaria. En China, como en la URSS y en toda Europa del Este, el proceso de la restauración capitalista es un movimiento defensivo de la burocracia -y del imperialismo mundial- frente al peligro de la insurgencia revolucionaria de las masas.
 
Este aspecto, que es el central y decisivo a la hora de precisar las causas y los orígenes de los procesos de la restauración capitalista, se les escapa por completo a los investigadores que nos presenta Baum.
 
La función social de la corrupción
 
Dos de los trabajos que presenta Baum son investigaciones acerca de la generalizada corrupción de la burocracia china a partir de las reformas de mercado: el primero se refiere a la corrupción urbana (12); el segundo, a la rural (13).
 
Squires Meaney señala que "Las reformas proporcionaron algunas oportunidades nuevas y estructuralmente determinadas para ciertas formas de corrupción y los motivos para tomar ventaja de ellas. En particular, la economía dual del plan y del mercado que emergió después de las reformas expandió, en gran medida, las oportunidades para la usura y la especulación. La reforma de mercado ... creó una suerte de híbrido, una economía de dos velocidades de plan y mercado, en la cual aquellos con conexiones oficiales podrían beneficiarse de la disparidad de los precios (del Estado con los de los mercados libres), de la información interna y del acceso a las mercancías. Entonces, lo que emergió como consecuencia de la reforma de mercado fue ... no un verdadero mercado, sino una plétora de redes protegidas por los cuadros del partido y los burócratas del Estado, que actuaban en secreto Muchas organizaciones del Estado (y los cuadros del partido que servían en ellas) fueron dominadas por redes de cuadros dedicadas enteramente a hacer dinero (mediante) actividades que habitaban una zona gris entre lo legal y lo ilegal. Las cantidades de dinero involucradas aumentaron en gran medida como consecuencia del llamado de los reformistas a hacerse rico y por la apertura a la inversión externa y al comercio internacional. La apropiación de organizaciones oficiales por el interés privado de los cuadros y la carrera por hacer rápidas diferencias financieras alimentaron la práctica nepotística de los cuadros de ubicar a sus hijos u otros miembros de su familia en posiciones financieramente ventajosas.
 
"Era evidente la multiplicación de corporaciones creadas por ministerios y burós y la diversificación de las corporaciones administrativas (con el objeto de) participar en la especulación. El número de las empresas estatales reportadas de estar envueltas en la especulación da vértigos. De acuerdo con China Daily, 250.000 de las 360.000 nuevas compañías organizadas bajo las reformas de mediados de 1987 estaban involucradas en la venta y reventa de mercancías y materias primas, beneficiándose de las disparidades entre los precios fijados por el Estado y los precios de mercado ... (y) con los préstamos estatales subsidiados a las compañías que se hubieran creado bajo las reformas ... Había una diferencia cualitativa con lo que ocurría en el pasado (porque ahora) el principal propósito de la nueva actividad era simplemente hacer diferencias financieras ...".
 
"Las operaciones de las compañías usureras eran facilitadas por el empleo de cuadros retirados, que podían tomar ventaja de sus conexiones e influencia para ayudarlas a revender mercancías, bienes de capital y aumentar los precios ... Los economistas de la República Popular China comenzaron a referir este fenómeno como la monetización o comercialización del poder administrativo ... "(14). Meaney también hace notar el enorme papel que juegan las masivas inversiones externas en la ampliación de la escala de las prácticas corruptas.
 
Jean Oi, por su parte, reporta más de quince formas habituales de corrupción rural "comúnmente citadas" en la prensa china: abarcan desde "la desigual distribución de bienes provistos por el Estado, tales como fertilizantes" a la "confiscación de bienes de los campesinos bajo pretextos ilegales", pasando por otros tales como "la deducción ilegal, por parte de los cuadros, de parte de los ingresos de los campesinos por ventas al Estado", o el cobro de peajes para acceder a los mercados locales (15). En consecuencia, "las haciendas familiares de los campesinos chinos son actualmente más dependientes de la buena voluntad y del patronazgo de los cuadros locales que antes de las reformas" (16). O lo que es lo mismo, la dominación de la burguesía se ha reforzado y la condición social de los campesinos se ha agravado como consecuencia de las reformas.
 
Semejantes descripciones de la privatización del aparato estatal en beneficio de la burocracia ilustran acabadamente el carácter no socialista, sino crecientemente capitalista, de las relaciones sociales que defiende el Estado chino y, en consecuencia, el carácter no obrero del Estado.
 
La calidad de los trabajos de Meaney y Oi, en lo que se refiere a los métodos y formas de corrupción, hace resaltar muy claramente lo que es su debilidad fundamental: ninguno de los dos investigadores se preocupa por descubrir cuál es la función económica y social de esta corrupción masiva. Si lo hicieran, podrían explicar muy rápidamente por qué "los dirigentes del partido y del Estado se mostraron incapaces de dar una efectiva respuesta" al incremento de las actividades corruptas (17).
 
La restauración capitalista es un proceso enormemente destructivo de las fuerzas productivas. Como lo revela toda la experiencia mundial, el saqueo inmisericorde de las riquezas nacionales por parte de la burocracia es un aspecto decisivo de la restauración: este saqueo es uno de los medios fundamentales a través del cual la burocracia logra convertirse en una clase propietaria.
 
Contra lo que sostiene Oi, lo que ha cambiado con las reformas no es que ahora la burocracia "puede adquirir riquezas legítimamente (y gastarlas de la misma manera)" (18). En realidad, la burocracia nunca sufrió al problema de una supuesta imposibilidad de gastar las riquezas que había acaparado; al revés, su problema real era que estaba obligada a consumirlas, porque no podía acumularlas, ya que no existía el derecho a la propiedad privada; ni tampoco podía transmitirlas a sus hijos, porque no había leyes de herencia. Ahora, con las reformas y con el derecho a la propiedad privada y a la herencia, que recibieron rango constitucional en 1982, la burocracia puede transformar sus afanes en propiedad privada. Esta es la función económica y social de la corrupción -alumbrar el nacimiento de la propiedad privada en China- y es esta función económica y social precisa la que ha desatado una lucha sin cuartel entre los burócratas por la apropiación de los recursos nacionales.
 
Tan decisivo es este saqueo para la transformación de la burocracia en una clase social propietaria, que un vocero del gran capital mundial no dudó en caracterizar que las reformas llevaron "en Moscú, Pekín y Hanoi" a "los depredadores al poder" (19). La depredación, sin embargo, es apenas un aspecto de la reconversión capitalista de la burocracia, que se completa con su integración a la circulación mundial a través del comercio, de las inversiones en el exterior y de las inversiones externas en China, de la asociación capitalista de las empresas estatales chinas con los grandes pulpos financieros e industriales del mundo, para la explotación en común de la clase obrera china.
Meaney sostiene que la corrupción es "desintegradora" (20) ... pero sólo por referencia a las relaciones sociales y al Estado establecidos por la revolución de 1949. Pero es perfectamente integradora de la transformación de la burocracia en clase social propietaria ... y de los superbeneficios que ha obtenido el gran capital asociado a ella. Así, "numerosos jefes de empresas estatales, como en Rusia, comenzaron a transferir los sectores más rentables o prometedores de sus firmas a empresas mixtas (con participación extranjera, llegado el caso) que ellos poseen en parte. Hasta la primavera de 1995, habían sido creadas 10.000 de esas empresas mixtas que implicaban a empresas del Estado, acaparando una parte significativa aunque no contabilizada de los bienes públicos, lo que equivale a un robo de esos recursos" (21).
 
Reformas, democracia y libertades
 
Uno de los temas recurrentes entre los estudiosos burgueses de los procesos de restauración capitalista es que las reformas de mercado deberían dar lugar, más tarde o más tremprano, a una democratización de los regímenes burocráticos. Esta es la opinión de Baum y la de todos los cientistas sociales que éste presenta. Quien va más lejos en esta dirección es Edward Friedman (22), para quien la democratización no sería ya una consecuencia, sino un requisito previo para la modernización. Así, Friedman escribe que "la democratización no sólo es posible, sino que en una era de continua revolución tecnológica global, la democratización puede facilitar la modernización de los regímenes (burocráticos)" (23).
 
La identificación del mercado (capitalismo) con la democracia es históricamente falsa. La democracia es, apenas, una de las formas estatales a través de las cuales la burguesía ejerce su dominación social ... pero, por supuesto, no es la única. La democracia es la expresión mistificada de la dictadura del capital y es el complemento político de la mistificación social del capitalismo, según la cual, al obrero se le paga todo su trabajo y no sólo una parte de él.
Cuanto más universal es el desarrollo del capitalismo, mayores son las condiciones para la democracia, porque mayores son las posibilidades de someter a los explotados y al conjunto de la sociedad a una coerción velada por el mercado. Pero, precisamente, cuando las condiciones de la democracia han alcanzado su madurez, menores son sus posibilidades de desarrollo, porque con la universalidad del capitalismo también se universalizan sus contradicciones.
 
Estos investigadores parecen desconocer la propia historia del capitalismo, que no se desarrolló bajo regímenes democráticos ... a menos que se considere como tales a la Gran Bretaña del voto calificado de los siglos XVIII y XIX, la Francia de los Bonaparte, la Alemania de Bismarck o la Norteamérica esclavista. Más aún, en todos estos países, la ampliación de las libertades y derechos democráticos como la extensión del voto a toda la población, con independencia de su condición social o género fueron obtenidos en lucha contra la burguesía y contra su Estado, y muchos de los regímenes democráticos que conocemos como la República de Weimar o las democracias europeas de la posguerra fueron un recurso político de la burguesía para derrotar a la revolución proletaria.
 
Si esto ha sido así en los países capitalistas más fuertes, ¡cuánto más lo será en los regímenes burocráticos, donde el proceso de restauración capitalista debe producir una confiscación económica general y catastrófica de la población trabajadora en beneficio de un puñado de burócratas que se hacen de la propiedad y la conservan ¡gracias a su monopolio del aparato del Estado! El cataclismo social que supone la restauración del capital no puede desarrollarse si no es a través de regímenes dictatoriales ... aun cuando estén disfrazados de democracia como en Rusia.
 
La tesis de los cientistas sociales burgueses cojea, además, de la otra pata. Sucede que el capitalismo no sólo no puede ser restaurado en los países en que fue expropiado más que por métodos dictatoriales; sucede, además, que los regímenes burocráticos no son reformables ni democratizables. Esto, porque como ya se ha señalado hace mucho (24), la burocracia no puede delegar el ejercicio del poder político base del sistema representativo porque no es nada sin el manejo del aparato estatal. Los burócratas que han usado sus puestos en el aparato del Estado y en las empresas estatizadas para enriquecerse, para asociarse con los capitalistas externos y, por estos medios, para transformarse en propietarios no pueden renunciar a estos puestos sin renunciar, también y por el mismo acto, a todos sus privilegios.
 
En este sentido, es ilustrativa la investigación realizada por Nina Halpern (25). Allí se demuestra "la orientación no (e incluso anti) democrática de muchos de los reformistas económicos" y se recuerda que Zhao Ziyang uno de los más prominentes líderes del ala reformista del PCCh, defenestrado luego de Tienanmen "firmemente argumentó que la reforma económica no requiere democracia sino una dirección central firme".
 
En consonancia, cuando estudia las movilizaciones que tuvieron lugar a partir de 1978 (el movimiento democrático de 1979/80, las manifestaciones estudiantiles de 1985, del verano de 1986/87 y abril-junio de 1989, las protestas del Tibet de 1987, las demostraciones de los musulmanes de Xinjiang y los reportes de huelgas en las fábricas e incidentes en el campo), Halpern hace notar que "el modelo de estas movilizaciones es decir, la naturaleza y características sociales de los grupos que se volvieron políticamente activos no se corresponde particularmente bien con los efectos directos de la reforma económica". Más aún, constata que los beneficiarios de las reformas no jugaron ningún papel -ni teórico ni práctico- en estas movilizaciones; en esta dirección, Halpern define a los "empresarios privados urbanos" como "políticamente inertes" (26).
 
Estudiando más específicamente las movilizaciones de 1989 (Tienanmen), la investigadora señala que "no tuvieron precedentes en varios aspectos: el hecho de que tomara parte más de un millón de personas; el gran número de grupos sociales que participaron, y las nuevas formas de acción política que emergieron, incluyendo huelgas de hambre, formación de sindicatos obreros independientes y una petición encaminada a través de diputados del Congreso Nacional del Pueblo". Estas movilizaciones no se planteaban un programa de oposición a las reformas, pero denunciaban sistemáticamente el enriquecimiento de los burócratas ... que era la consecuencia de las reformas. Así, "el asunto de la corrupción y los privilegios de los cuadros fue probablemente la mayor cuestión que unió a los estudiantes y a los cientos de miles de habitantes de Pekín que mostraron apoyo por ellos. El reclamo de los estudiantes de que los principales dirigentes dieran a publicidad sus ingresos y los de sus familiares es emblemático en este tema" (27).
 
Aunque no es su objetivo, Halpern pone al descubierto las contradicciones que cruzaban al movimiento de 1989: mientras criticaban el enriquecimiento de los cuadros no se planteaban el derrocamiento de la burocracia sino abrir un cuadro de negociaciones con la burocracia apoyándose en su aula reformista ... que es precisamente la que se ha enriquecido con las reformas que ella misma ha propiciado.
 
Todo esto no debería extrañar porque, en realidad, la relación que existe entre el proceso de la restauración capitalista y la libertades democráticas es exactamente la inversa de la que sostienen los cientistas sociales burgueses. Ocurre que las reformas y las libertades son procesos antagónicos. A través del primero, la burocracia busca transformarse en una clase propietaria mediante la confiscación económica de las grandes masas; las movilizaciones y las libertades son los instrumentos con los cuales las masas pretenden defenderse de esa confiscación. Como ya se ha señalado, también hace mucho, la conquista de mayores libertades por las masas, mayores movilizaciones y organizaciones independientes, son un freno a la restauración, porque debilitan a la burocracia el principal actor de la restauración y su capacidad para proceder a la expropiación de los trabajadores.
La incapacidad para comprender esta relación contradictoria y antagónica, llevó a la mayoría de los investigadores presentados por Baum a poner en duda la continuidad de las reformas como consecuencia de la masacre de Tienanmen: "muy incierta" es la expresión que utiliza Halpern, para resumir una opinión generalizada (28). Incluso, aquellos que como Baum o Friedman afirman que las reformas continuarán, lo hacen pensando en el largo plazo y como consecuencia de la acción de "los mercados globalizados y los flujos de información" (29), o de la "revolución tecnológica global permanente" (30). Hoy por hoy, dice Baum en el prólogo, "la reforma está en el limbo" (31).
 
Compárense estos pronósticos con los formulados por los marxistas poco después de la masacre de Tienanmen "una derrota estratégica de los trabajadores chinos ... acentuaría cualitativamente el proceso de la restauración capitalista, dislocaría definitivamente al Estado y conduciría, por otra vía, a la guerra civil" (32) y con lo que sucedió en la realidad: China se ha convertido, efectivamente, en el mayor centro mundial de acumulación del capital.
 
El carácter de clase de las contradicciones creadas por las reformas
 
El proceso de la restauración capitalista en China creó un conjunto de contradicciones enormemente explosivas.
El crecimiento de la diferenciación social entre el campo y las ciudades, entre la costa y el interior, entre los beneficiarios de las reformas y la masa de los trabajadores es insoportable.
 
El retroceso económico y social en el campo el primer campo de experimentación de las reformas ha creado una masa de 120 millones de desocupados rurales que deambulan de ciudad en ciudad en búsqueda de empleo y han puesto los servicios de transporte y de salud al borde del colapso. Al mismo tiempo, la tendencia a la ruptura del equilibrio entre la producción y el consumo de alimentos es creciente, lo que ha provocado la necesidad de importaciones masivas de granos. La apertura decretó la obsolescencia de decenas de miles de empresas estatales que han ido a la quiebra, han suspendido sus actividades o se mantienen funcionando con subsidios estatales. El retroceso de las estatales implicó la desaparición o el severo recorte de los servicios sociales salud, educación vivienda, esparcimiento, jubilaciones que éstas brindaban. La masa de desocupados creada por el retroceso de la industria estatal a los que hay que agregarle los que llegan del campo y la pérdida de importantes conquistas sociales obreras han convertido a las ciudades en auténticos polvorines sociales.
 
Las reformas han creado un déficit fiscal estructural: mientras las empresas estatales, la principal fuente financiera del Tesoro, están en quiebra y la evasión de las empresas privadas es sencillamente fenomenal, el Estado está obligado a subsidiar a las empresas estatales, a importar granos y a subsidiar los alimentos que se venden en las ciudades para comprar la paz social. Además, "el gobierno ha perdido el control macroeconómico" (33) con la aparición de redes financieras y cambiarias paralelas ... pero integradas por los propios bancos oficiales.
 
El déficit fiscal y la pérdida del control macroeconómico por parte del gobierno traducen la pérdida de autoridad del centro sobre la periferia. Los caudillos de las provincias y de las principales ciudades han entrado en relaciones privilegiadas con los grandes capitalistas externos y los grupos de interés radicados en ellas que prevalecen sobre la autoridad gubernamental. Todo esto pone en evidencia la agudización de la fractura interna de la burocracia, enfrentada en una lucha a muerte por la apropiación de la propiedad. La desintegración de la burocracia, coinciden observadores de las más diversas procedencias, plantea el peligro de la feudalización de China. En este cuadro catastrófico, cada vez hay más reportes de huelgas obreras y de rebeliones campesinas.
 
Para los cientistas sociales burgueses presentados por Baum, sin excepción, estas contradicciones serían la consecuencia de la aplicación apenas "parcial" del programa reformista ... o, lo que es lo mismo, que el camino para resolverlas es ir, todavía más a fondo, por el camino restauracionista, integrando más plenamente a China al mercado mundial. A estos cientistas sociales les resulta imposible explicar por qué esas contradicciones, lejos de amortiguarse, se agudizaron brutalmente con el progreso de la restauración. La razón es que esas contradicciones son propias de un régimen social si no todavía capitalista, sí introductorio del capitalismo.
 
No es esto, sin embargo, lo único que no pueden explicar. Sucede que las reformas han creado contradicciones explosivas no sólo en China. Como ya hemos señalado, la integración de China al mercado mundial ha alcanzado un punto en el cual, dialécticamente se transformó de factor de contención de la crisis económica mundial en su contrario: un factor fenomenal de dislocación del comercio internacional y de desorganización económica a nivel planetario" (34). China es decir, los capitalistas instalados en China han copado mercados mundiales enteros y han desplazado a algunas de las potencias históricamente dominantes del comercio mundial; la baratura de las exportaciones chinas se convirtió en un factor de deflación mundial, que tiende a agudizar la recesión y la tendencia a la quiebra industrial en los restantes países.
 
En consecuencia, "una mayor integración de China al mercado mundial no sólo provocará inevitablemente una mayor sobreproducción en mercados ya de por sí saturados. Obligará, por sobre todo, a un completo reordenamiento del mercado mundial, es decir, desatará una crisis general que sólo puede ser resuelta por la vía de quiebras, convulsiones, conmociones y enfrentamientos" (35). Lo que los cientistas sociales no pueden ver es que el problema no es China sino el capitalismo mundial, que se encuentra en crecimiento vegetativo desde hace más de una década y que es incapaz de digerir la incorporación de China a la circulación mundial de mercancías y capitales. En resumen, lo que los cientistas sociales burgueses no ven y no pueden ver, por su carácter de clase es que China es, apenas, una expresión de la crisis mundial del capitalismo.
 
El entrelazamiento de las brutales contradicciones abiertas económicas, sociales y políticas, internas y externas revelan que la restauración capitalista deberá superar, todavía, enormes choques y convulsiones sociales. No será entonces la inasible revolución tecnológica ni los no menos inasibles flujos informativos y de capital sino el choque entre las clases, los partidos y los Estados, en resumen, la lucha de clases tanto nacional como internacional, la que decidirá el destino de la partida.
 

 

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