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La Primera Guerra Mundial y el movimiento obrero internacional (1914/1919)

Por Eduardo Maro Pradas
El trabajo está dividido en tres partes.
 
En la primera, titulada “El mundo socialista de la IIa Internacional”, se describe el período de difusión del marxismo desde sus orígenes teóricos hasta la formación de los partidos obreros nacionales en Europa y la constitución de la Segunda Internacional, se explicitan sus características y se analizan las tendencias principales en vísperas de la guerra. Luego se pasa revista a los congresos de la Internacional Socialista con el objetivo de encontrar los motivos de su espectacular viraje hacia el apoyo a la guerra imperialista iniciada en 1914. Para esta introducción utilicé como bibliografía el texto (provisto por la cátedra) de Humbert Droz, Historia General del Socialismo, y como fuente utilicé los Congresos de la Internacional Socialista.
 
La segunda parte, bajo el título “Angélica Balabanov: Una testigo excepcional del naufragio", está basada en su libro de memorias (1). Se realiza allí un esbozo biográfico para presentar su vínculo con el socialismo italiano. Su relato de la última sesión del Buró Socialista Internacional antes de la guerra es muy valioso para incorporar al análisis de las posiciones políticas un perfil sicológico y del estado de ánimo de los principales dirigentes socialistas. Tratamos así de demostrar que la ola de patriotismo feroz que involucró a vastos sectores populares también había infiltrado profundamente a la propia dirigencia socialista.
 
Otro de los objetivos que me había propuesto analizar es la evolución política de los sectores que se oponen a la guerra y son minoría dentro de los partidos socialistas. Con el título de “Dejo de ser socialdemócrata y me hago comunista" se analiza, primero, la posición de Lenin y los bolcheviques ante la guerra y el derrumbe de la Internacional y, luego, la de los socialistas “pacifistas" o “neutrales". Se mencionan, luego, los intentos de reconstruir la acción internacional del movimiento obrero. Utilizamos como bibliografía la Historia General del Socialismo de Droz, el Tomo V de la Historia de las ideas socialistas de Colé y una muy mala biografía de Lenin, la de Gerad Walter, la única que tenía a mano, pero que tiene por lo menos la virtud de compendiar anécdotas y tesis de otras biografías, que me fueron de gran utilidad. Continúa destacando el papel de la política leninista de construir la IIIa Internacional y lo acertado de su política de unidad-confrontación en el movimiento de Zimmerwald. Termina con un comentario de Balavanov sobre la personalidad de Lenin destinado a contrastarlo con los líderes de la difunta Segunda Internacional.
 
Como Apéndice, me pareció ilustrativo presentar una valoración histórica hecha por Angélica Balabanov sobre el movimiento de Zimmerwald y el Manifiesto de la Conferencia de septiembre de 1915.
 
Introducción
 
Ningún historiador puede obviar referirse a la Primer Guerra Mundial en términos de guerra de rapiña y de locura colectiva.
Llegando desde el exterior, se habría asistido al espectáculo, donde los "más adelantados países de la civilización", esa sociedad que se consideraba el ‘mundo civilizado', ese dominio de la razón y la ciencia que envolvía la seguridad de la burguesía del siglo XIX, esa confianza burguesa en las “leyes”, en el progreso y en el mercado se desvanecían bajo el talón de hierro del militarismo.
 
Nadie podía imaginar antes del'14 que todo ese mundo liberal fuera barrido, en el transcurso de sólo cuatro años, por un formidable torbellino de pólvora y acero, en un torrente de barro y sangre que hundió no sólo la vida de 20 millones de hombres y mujeres, sino que con ellos se llevó también todas las estructuras económicas, sociales y políticas del siglo pasado.
 
Esta Primera Gran Guerra, que inauguró efectivamente el Siglo XX, debutó provocando sobre los trabajadores, los campesinos y el pueblo en general, una tremenda sangría, una catástrofe demográfica de grandes proporciones. Los trabajadores pasaron de ser mano de obra barata bajo el capitalismo a ser carne de cañón para aceitar la maquinaria y la industria bélica.
 
Es obvio que el gran impacto de la guerra sobre las organizaciones de los trabajadores, y en especial sobre la IIa Internacional, centro de nuestro trabajo, está vinculado a esta tragedia colectiva del mundo obrero que representaban los socialistas de principios de siglo.
 
El mundo socialista de la IIa Internacional
 
Humbert Droz describe este período, que hace transcurrir entre la disolución de la Primera Internacional hacia 1875 y el fin de la Primera Guerra, como un período de gran expansión mundial del socialismo, entendido como progreso de las organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores (2).
 
Todo este período de ascenso político, coloca en primer plano una importante lucha de tendencias, que le va a dar la supremacía al marxismo. Es el momento donde los grandes teóricos y difusores de esta corriente: "Kautsky en Alemania, Hyndman en
Gran Bretaña, Guesde y Lafargue en Francia, Pablo Iglesias en España, Plejanov en Rusia contribuyeron -pese a no comprender siempre la significación y el alcance del pensamiento marxista- a divulgar las líneas maestras del socialismo científico. El italiano Antonio Labriola fue sin lugar a dudas el más perspicaz de los comentaristas de Marx, pero no tuvo ascendiente en su época" (3).
 
Junto al marxismo y polemizando alrededor de la cuestión de la toma del poder y de los métodos para conquistarlo coexistían corrientes como el anarquismo y el reformismo.
 
En la constitución de la Segunda Internacional, en París, en 1889, ya se advierte una extraordinaria diversidad de tendencias: “Entonces hubo de hecho dos congresos: uno promovido por los ‘posibilistas’ y los trade-unionistas británicos, y otro animado por los guesdistas y anarquistas, a quienes se unieron los socialdemócratas alemanes. Este segundo congreso fue el que demostró mayor actividad creadora, j poniendo desde el primer momento en el centro de sus debates el problema de la legislación social y el planteado por la acción política, así como la cuestión de la conquista del sufragio universal en los países donde no existía" (4).
 
Esta Internacional siempre se negó a tener una estructura centralizada, solamente a partir de 1900 formó una organización administrativa.
 
Los Congresos fueron el cuadro donde se debatieron los más candentes temas de la época, el revisionismo y ministerialismo, la explotación colonial, la cuestión de las nacionalidades y la lucha contra la guerra.
 
Las resoluciones no eran obligatorias, se consideraban indicativas como recomendaciones de la Internacional.
 
Este fue el marco para un gran desarrollo de los partidos socialistas en cada país.
 
Nos vamos a encontrar, entonces, con distintos tipos de organizaciones, según su estructuración política, su vínculo con el movimiento obrero y sindical, sus tendencias.
 
Siguiendo a H. Droz vemos una gran diversidad: en Alemania, el gran movimiento histórico que fue la socialdemocracia, un modelo cuya autoridad es prácticamente indiscutible. "... El reformismo histórico debutó como revolucionario, organizando contra viento y marea un partido obrero en condiciones de proscripción y represión y se fue envileciendo en forma paralela a su enorme progreso organizativo y electoral" (5). Una organización con apariencia revolucionaria y realidad reformista.
 
El socialismo en Francia siempre fue muy pobre teóricamente, de origen heterogéneo. El revisionismo no toma cuerpo teórico sino que aparece diluido en el “ministeria-lismo". Como existe una importante influencia del anarquismo, la característica es la diversidad, al igual que en Italia donde existe también un sindicalismo revolucionario.
 
En el caso de Gran Bretaña, el socialismo está ligado a una larga tradición de lucha obrera, la evolución del marxismo de corte socialdemócrata fue frenada por la irrupción de un nuevo sindicalismo que evoluciona hacia la formación de un partido “laborista" (basado en los sindicatos) que incluye tendencias reformistas y parlamentaristas.
 
En Rusia no aparece en sus comienzos vinculado a una clase revolucionaria sino como una fracción del populismo, no existe una base constitucional y parlamentaria para expresarse.
 
Dentro de este panorama debemos incluirla aparición, en el cuadro de un periodo de relativa estabilidad capitalista, del llamado revisionismo de Edouard Bemstein que, en 1899, plantea que la misión de los socialistas no es hundir sino reformar el sistema capitalista. A pesar de ser condenado por los congresos de la socialdemocracia alemana y la Internacional, influye de manera creciente en el conjunto de los partidos europeos. Propone la alianza con los sectores más progresistas de la burguesía y la participación en los gobiernos burgueses.
 
Asimismo, después de la revolución rusa de 1905, que coloca en primer plano la huelga política de masas, se asiste a la aparición de un ala de izquierda dentro de la Internacional. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en Alemania, Gorter y Pannekoek en Holanda, Tranmel en Noruega.
 
La derrota de esta revolución rusa de 1905 va a operar como factor de reforzamiento del reformismo, que había signado al movimiento obrero a fines del siglo XIX y a comienzos del XX.
 
A partir de aquí, el reformismo va a someter por completo al movimiento obrero organizado. En los años siguientes la socialdemocracia internacional madura para el papel vergonzoso que jugó durante la guerra mundial.
 
Se puede decir, además, que ninguno de los marxistas revolucionarios de la época, incluidos Lenin y Rosa Luxemburgo, había imaginado tan plenamente la siniestra perspectiva de la alianza del capital financiero y la aristocracia obrera.
 
En vísperas de la Guerra
 
“Se pueden distinguir en el seno del movimiento socialista tres tendencias principales
 
Una tendencia centrista representada por Kautsky y la Neue Zeit (revista teórica de la socialdemocracia alemana), así como por los austro-marxistas vieneses, encabezados por Víctor Adler, que conservan el vocabulario y la ortodoxia marxista y especulan sobre el carácter irreversible de la evolución histórica que lleva irremisiblemente a la revolución, pero que en la práctica, se encierra en un quietismo expectante.
 
Una tendencia revisionista profundamente arraigada en los grandes partidos -en Alemania en su aspecto teórico, en Francia e Italia a través del ministerialismo, y también en Rusia bajo la forma del marxismo legal y del economicismo- que en la práctica confía en la vía parlamentaria para mejorar la situación material de la clase obrera y admite compromisos con la ideología nacionalista y el imperialismo.
 
Una tendencia izquierdista, muy heterogénea y dispersa, en la que podemos incluir a los partidarios de Rosa Luxemburgo en Alemania, a los “tribunistas" holandeses, a los bolcheviques rusos, a los “estrechos” en Bulgaria y, también, aunque situados fuera de la tradición marxista, a los anarco-sindicalistas, que reafirman su fidelidad a la causa revolucionaria y confían en la huelga general para conseguir el colapso del mundo capitalista" (6).
 
Los congresos antes de la Guerra: radicalismo verbal + federalismo organizativo + oportunismo político = social-patriotismo
Si la IIa Internacional, dado lo heterogéneo de sus componentes, no podía trazar una política común, centralizando el accionar del movimiento obrero, es porque su internacionalismo era abstracto. Es decir, declaraban una acción que no estaban dispuestos a llevar a la práctica.
 
Como veremos en la selección de citas de los principales congresos de la IIa Internacional, abogaban por el arbitraje internacional, en oposición a "las pobres iniciativas” de los gobiernos burgueses, como si los gobiernos burgueses no hicieran arbitrajes también.
Antes del hundimiento que significó el voto a los empréstitos de guerra, está la entrada de los partidos socialistas a los ministerios burgueses. Entonces, antes de la gran traición de la defensa de la Unión Sagrada nacional contra el internacionalismo, estaban ya los elementos que la iban a justificar. Uno puede rastrearlos minuciosamente en las resoluciones de los congresos socialistas: el VII en Stuttgart, 1907; el VIII en Copenhague, 1910; o el de Basilea, 1912; de la lectura de sus resoluciones no surge una política de acción común de la clase contra la guerra.
 
La Internacional no puede encerrase, por adelantado, en fórmulas rígidas; la acción es necesariamente diversa, según las circunstancias y los medios de los distintos partidos nacionales; pero ella tiene el deber de intensificar y de coordinar, lo más posible, los esfuerzos de la clase obrera contra el militarismo y contra la guerra”, Stuttgart, 1907 (7).
 
“El congreso está convencido, además, de que bajo la presión del proletariado, la utilización seria del arbitraje internacional reemplazará, en todos los litigios, a las pobres tratativas de los gobiernos burgueses y que se podrá asegurar a los pueblos el bien del desarme general, el cual permitirá utilizar para los progresos de la civilización los inmensos recursos de energía y de dinero devorados por los armamentos y por las guerras.
 
“El Congreso declara: Si una guerra amenaza con estallar, es un deber de la clase obrera en los países afectados, y de sus representantes en los Parlamentos, con la ayuda del Buró Internacional, fuerza de acción y coordinación, el de hacer todos sus esfuerzos por impedir la guerra, por todos los medios que les parezcan mejores y más apropiados y que, naturalmente varían según lo agudo de la lucha de clases y la situación política general.
 
"No obstante, en el caso de que la guerra estalle, tienen el deber de interponerse para que cese inmediatamente y de utilizar, con todas sus fuerzas, la crisis económica y política creada por la guerra para agitar a las capas populares más amplias y precipitarla caída de la dominación capitalista", Stuttgart, 1907 (8).
 
“El Congreso aprobó una serie de recomendaciones para la acción de los legisladores socialistas de los distintos países sobre sus respectivos parlamentos, que globalmente, reconocen el espíritu de múltiples decisiones de anteriores reuniones obreras internacionales: A) Que reclamen sin cesar la solución obligatoria de todos los conflictos entre los estados por medio de arbitrajes internacionales", Copenhague, 1910.
 
“El Congreso insiste fuertemente sobre el deber de los partidos de hacer todo lo posible por cumplir las resoluciones de los Congresos Internacionales...”, Copenhague, 1910 (9).
 
Subrayamos en especial una famosa resolución del Congreso de Stuttgart, de 1907, porque tiene su propia historia, no figuraba en el texto original propuesto por el Buró Socialista Internacional y fue introducida como enmienda por el ala izquierda (Luxemburg, Martov, Lenin), y naturalmente aunque se votó por unanimidad, los únicos que lucharon por ella fueron sus promotores.
 
El caso del Congreso Extraordinario de Basilea, 1912, es el más patético, además de reafirmar laresolución sobre la guerra (Stuttgart, 1907). Fue el primer congreso que votó las resoluciones sin debates y por unanimidad y “asigna a cada partido socialista su tarea particular” (10).
 
“El congreso pide, exige la paz. Que los gobiernos sepan bien que en el estado actual de Europa, y con la disposición de espíritu de la clase obrera, no podrían desencadenar la guerra sin peligros para ellos mismos.
 
“Estarían locos si no sintieran que la sola idea de una guerra monstruosa provoca la indignación y la ira del proletariado de todos los países.
 
“El Congreso ordena a ese efecto que el Buró Socialista Internacional siga los acontecimientos con una atención redoblada y mantenga, pase lo que pase, las comunicaciones y los lazos entre los partidos proletarios de todos los países” (11).
 
El Congreso se levantó entre gritos de “viva la Internacional obrera” y “guerra a la guerra”.
 
Todo este palabrerío que amenazaba a la burguesía con la revolución internacional a la vez que colaboraba nacionalmente con ella, se reveló crudamente al inicio de la guerra como una política de autodestrucción de la organización obrera.
 
Los diputados socialistas votaron los créditos de guerra, entraron a los ministerios belicistas y apoyaron la guerra de su nación imperialista contra el obrero extranjero y su propia clase obrera.
 
El Buró Socialista Internacional no se reunió, no convocó el congreso preparado para 1914 en París y solamente reapareció al final de la guerra.
 
En Berna en 1919 se intentó resucitar una Internacional para que la derrota de los imperios centrales no se transformara en una crisis revolucionaria generalizada.
 
Después de entregar al militarismo a su propia clase obrera pretendían tender un cordón sanitario sobre la Rusia Soviética y evitar que extendiera ia victoria obrera de Octubre del ‘17.
 
Al votar los créditos para la guerra y romper la solidaridad internacional, la organización “modelo” de la IIa Internacional, la socialdemocracia alemana, liquidó de un plumazo 60 años de historia obrera.
 
En el terreno del movimiento obrero también se había iniciado el Siglo XX, época de guerras y revoluciones a la vez que época de traiciones y consecuencias que trajeron derrotas pasajeras y victorias decisivas.
 
Angélica Balabanov: Una testigo excepcional del naufragio
 
Por el papel que desempeñó Angélica Balabanov en el movimiento obrero de principios de siglo, su libro de memorias, que ella califica de crónica de mi colaboración con el movimiento obrero internacional, nos puede ayudar a comprender mejor cómo se procesó el inicio de la guerra y la desarticulación de la IIa Internacional.
 
Podemos encontrar en los textos de Droz o de Colé una gran erudición y son irremplazables a la hora de las fechas, de los hechos, de los planteamientos políticos de las distintas tendencias, pero los protagonistas aparecen en esos textos como simples enunciadores de políticas y doctrinas, pero nadie transpira, sufre o duda como en Mi vida de rebelde.
 
Angélica Balabanov aporta una visión de la psicología de los cuadros dirigentes de la Internacional Socialista, de sus limitaciones políticas y personales que completan el drama de los inicios de la Primera Guerra.
 
Un drama que incluye, no sólo una ola de patriotismo popular, no sólo un fervor nacionalista en la población, promovido y exaltado por todas y cada una de las burguesías militaristas europeas, sino, además una dirigencia obrera paralizada y envenenada por los mismos prejuicios nacionales.
 
Rusa de nacimiento y de origen aristocrático, Angélica Balabanov ingresó al marxismo atraída por la vida cultural europea. Huyendo de su destino familiar estudia en la Universite Nouvelle de Bruselas.
 
Allí tuvo maestros de la talla de Elíseo Reclus, anarquista que había participado de la Comuna de París, o de Emile Vandervelde, economista que sería después presidente de la IIa Internacional.
 
El “factor más decisivo en mi vida intelectual en ese período fue la obra de Jorge Plejanov”, destacado filósofo y teórico del movimiento marxista en Rusia, fundadordel Partido Obrero Socialdemócrata Ruso.
 
En Londres asiste a conferencias de Hyndman y Tomás Mann.
 
Graduada en filosofía y literatura en Bruselas, estudia economía política en Alemania y se vincula con August Bebel, líder de la socialdemocracia alemana y con Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin.
 
Se traslada a Italia, donde en la universidad “Sapienza” de Roma es alumna de Antonio Labriola.
 
Su vida de militante comienza en Suiza, organizando emigrantes italianos.
 
Se integra al Partido Socialista Italiano durante diez años como conferencista y propagandista, integra la redacción del periódico Avanti (del que va a ser director Mussolini antes de su expulsión en 1914), es miembro del Comité Central.
 
Su vida militante la lleva a un conocimiento político de todos los dirigentes socialdemócratas de la época, por loque en su crónica desfilan Martov, Axerold, Lenin, Zinoviev, Trotsky, y de todos deja un cuadro psicológico y de impresiones personales muy profundas. Participa en todos los congresos de la Internacional Socialista, primero como traductora, luego como delegada del PSI y finalmente como integrante del Buró Socialista Internacional.
 
Su relato de la sesión del Buró Socialista Internacional del 28 de julio de 1914, la última antes de la Guerra Mundial, es impresionante, ya que muestra la profunda desmoralización de los dirigentes de millones de trabajadores.
 
"El vigésimoquinto aniversario de la Segunda Internacional tenía que haberse celebrado en el congreso de Viena que estaba convocado para finales de agosto de 1914. Los preparativos para el congreso transcurrían en una atmósfera de creciente tensión y solemnidad. Delegados de todos los países tenían que reunirse para reafirmar la solidaridad del movimiento obrero internacional y su inquebrantable oposición al creciente peligro de guerra.” "Pero al final de unos demenciales días de julio ocurrió de verdad lo que durante años anunciábamos como inevitable en el régimen capitalista: Europa marchaba hacia el abismo. En vez de miles de socialistas alborozados reuniéndose en la alegre Viena, una veintena —sólo los miembros del Ejecutivo— nos reuníamos en una salita de la Casa del Pueblo de Bruselas, un triste día de lluvia. Era el 28 de julio, cinco días después del ultimátum de Austria a Serbia y cuatro días antes de que Alemania le declarase la guerra a Rusia" (12). "... nuestra reunión estuvo impregnada, desde su inicio, de una trágica sensación de desesperanza. Escuchábamos los discursos sintiéndonos cada vez más impotentes y frustrados” (13).
 
En la introducción presentamos, de la mano de H. Droz, a los líderes socialistas en su etapa de ascenso, como difusores del marxismo y organizadores de los partidos obreros en toda Europa. Balabanov, testigo de su caída, los describe a la hora de la verdad.
 
“Todos aguardábamos anhelantes el discurso de Víctor Adler, representante de un país que ya estaba en guerra. ¿Qué esperaba de los obreros de su nación ese político brillante y experimentado? ¿Qué efectos habría producido en ellos el estallido de la guerra? Su informe fue una amarga decepción para los que confiábamos en que las masas se sublevasen contra la guerra. Un hombre como Adler, el más entendido en política mundial, el que mejor conocía en el Ejecutivo las condiciones de su país, no logró ni siquiera pronunciar una sola palabra que indicara que podíamos confiaren una insurrección de las masas austríacas" (14).
 
Los ojos de Angélica se vuelven ahora hacia alemanes y franceses: “La actitud de Hugo Hasse, presidente del partido socialdemócrata alemán, fue sumamente simbólica y patética. Por lo general era un hombre tranquilo, pero en esa ocasión apenas podía estar quieto sobre el asiento. Su talante oscilaba entre la esperanza y el decaimiento. Habló de las grandes manifestaciones de masas que su partido organizaba en toda Alemania contra la guerra. Durante la mayor parte de su discurso parecía dirigirse, directa y especialmente a Jaurés, como si estuviera deseoso de demostrarle al gran socialista francés que los trabajadores alemanes no querían la guerra y que esperaban idéntica actitud de sus camaradas franceses.
 
“Jaurés daba la impresión del hombre que, habiendo perdido toda esperanza en una solución normal a la crisis, sólo esperaba un milagro.
“Los líderes ingleses simbolizados por el minero Hardie, eran obreros activos en sus sindicatos respectivos, esencialmente prácticos e impacientes ante generalizaciones. Cuando hablaba Hardie en seguida se percataba uno de que aquel hombre expresaba directamente los deseos y aspiraciones de las grandes masas de explotados, que sus palabras emanaban de la profundidad de la experiencia de esas masas y de la propia.
 
“No hablaba con frecuencia en los congresos internacionales, pero cuando lo hacía, su sinceridad y tenaz inteligencia, acompañadas de un profundo sentido ético, causaban honda impresión en los reunidos" (15).
 
“Keir Hardie se refirió, con modales serenos y firmes a la huelga general que ellos preconizaban como un medio de evitarla guerra. Expresó la opinión de que si Inglaterra declaraba la guerra, los sindicatos convocarían inmediatamente a la huelga general".
 
Cuando le llega el tumo a Balabanov insiste con que en anteriores congresos internacionales se había considerado la huelga general como medio primordial para enfrentar la guerra: “Adler y Guesde me miraron como si estuviera loca. El primero dejó sentado que se opondría a cualquier intento de precipitar semejante acción por considerarla utópica y peligrosa en ese momento. Guesde adoptó la posición de que, en caso de guerra, una huelga general constituía una amenaza directa contra el movimiento socialista" (16).
 
Al cierre, Jean Jaurés prepara el último manifiesto de su vida y se dirige a un mitin: “No exagero diciendo que el ‘Cirque Royal’ tembló como sacudido por un terremoto al final del magnífico discurso de Jaurés. El propio Jaurés temblaba de emoción, de temor, de intenso deseo de evitar de alguna manera el conflicto en ciernes. Nunca habló con tanto fervor como esa última vez de su vida ante un auditorio internacional" (17).
 
Mientras se apagan las luces de Europa, sobre el resplandor de los primeros cañonazos se recortan las figuras de este “Estado Mayor" del proletariado: vencidos sin dar batalla, marxistas desmoralizados y escépticos que sólo esperan un milagro.
 
Pero si había un ‘marxista’ que sabía estar a la vanguardia e ir a fondo en sus razonamientos éste era Jorge Plejanov, el más importante maestro de Balabanov y de toda su generación.
 
Desde Ginebra le manda un telegrama urgente pidiéndole que vaya a verlo y la consulta sobre la posición del Partido Socialista Italiano sobre la guerra.
 
Angélica fundamenta que se oponen a la guerra. "¿No has sido tú mismo quien me ha enseñado las causas verdaderas de la guerra? ¿No nos advertiste que se preparaba la carnicería ? ¿No dijiste que debíamos oponernos a ella? Plejanov contestó: Pues mira, si yo no fuera un viejo enfermo me iría al ejército como voluntario. Sería un gran placer para mí clavarles la bayoneta a tus camaradas alemanes" (18).
 
“Dejo de ser socialdemócrata y me hago comunista”
 
Como se señaló anteriormente, el 4 agosto de 1914 los socialistas 'modelos' alemanes votaron los créditos de guerra liquidando la IIa Internacional.
 
Al principio Lenin se niega a creerlo; luego al confirmarse, estalla en indignación; “A partir de hoy -exclamó fuera de sí- dejo de ser socialdemócrata y me hago comunista" (19).
 
La guerra lo ha sorprendido en Austria, que ya había declarado la guerra a Rusia. Allí es detenido por doce días. Con la guerra se inicia un período de gran reacción política, a través de la militarización de toda Europa. Los socialistas que apoyaron la guerra imperialista conocieron, como contraprestación a sus servicios, la efímera gloria de la popularidad nacionalista y se integraron al Estado como ministros de la Unión Sagrada.
 
Para los que se opusieron estaba reservada la aniquilación; el asesinato para Jean Jaurés en Francia, la cárcel para Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo en Alemania, la deportación a Siberia de los 14 diputados socialistas rusos.
 
Pero es el desarrollo de la guerra, con cada día que pasa exhibiendo la carnicería en gran escala, el que va haciendo aparecer nuevas tendencias entre los socialistas. Se desenvuelven en todos los partidos minorías que se oponen a la guerra y se replantea la necesidad de una Internacional.
 
De cómo se responda a estos dos grandes problemas van a surgir los nuevos alineamientos.
 
Recurriendo nuevamente a H. Droz: “El único grupo que parece tener una posición clara y unánime a nivel de dirigentes es el de los bolcheviques: el partido cosecha los frutos de la conciencia política que ha ido forjando a lo largo de numerosos conflictos, mientras toda la Internacional criticaba su sectarismo.
 
“Las Tesis sobre la Guerra, escritas por Lenin, son aprobadas a mediados de octubre por los dispersos miembros del Comité Central" (20).
Para los bolcheviques éste es un período de extremo aislamiento, al interior de Rusia no existe una organización central, ni periódico y los militantes más destacados están desterrados o en el exilio. Después de la prohibición de Pravda por el gobierno zarista, queda en manos del grupo exiliado en Suiza la reedición del periódico.
 
“El número 33 aparece el 1 de noviembre, tirando 500 ejemplares. Debutaba con el ‘manifiesto’ supuestamente lanzado por el Comité central. Lenin siente que pisa un terreno más sólido. Tiene un periódico, tiene partidarios. Estos, por el momento son pocos numerosos: unos quince como mucho" (21).
 
Una Conferencia de sus partidarios celebrada en Ginebra en febrero de 1915 se plantea entre una de sus tesis fundamentales: “Una propaganda revolucionaria sistemática a favor de la transformación de la guerra imperialista en la guerra civil por medio de una acción revolucionaria de la masa contra ‘su’gobierno y ‘su’burguesía, así como mediante la fraternización de los soldados de los ejércitos beligerantes a los que había que alentar por todos los medios.
 
“Trabajo preparatorio perseverante para crear una Tercera Internacional libre de cualquier oportunismo” (22).
 
Por otro lado, no todos los partidos de la IIa Internacional apoyaron la guerra; en los países que permanecieron neutrales los socialistas no estaban tan expuestos al “socialpatriotismo". Al no tener que enfrentaren su propio país a la burguesía militarista tuvieron la posibilidad de proclamarse pacifistas o neutrales. Ese fue el caso de los italianos, suizos, escandinavos, holandeses y norteamericanos. Así lo señalan Colé y H. Droz: “De estos espectadores en la gran pelea partió necesariamente la iniciativa destinada a mantener viva a la vieja Internacional...
 
“La conferencia italo-suiza realizada en Lugano, en septiembre de 1914, denunció la guerra como ‘imperialista’ y negó que alguno de los gobiernos comprometidos en ella pudiera ser considerado inocente o libre de culpa.
 
“El principal llamado presentado por la Conferencia de Lugano fue que se reuniera de inmediato el Buró Socialista Internacional, como representante de la internacional. Esta solicitud fue rechazada por Vandervelde, presidente del Buró” (23)
 
Convocaron a los representantes de todos los partidos de los países neutrales para intentar -partiendo de una base efectiva pero no estatutaria- reorganizar la Internacional y restablecer posteriormente su plena unidad. El ‘espíritu de Lugano', fruto de una estrecha colaboración ¡talo-suiza, se inserta, todavía, en lo esencial, dentro de los marcos constitucionales de la vieja mansión" (24).
 
Después de estos fracasos (las respuestas son negativas), las mujeres y la juventud toman la iniciativa de reunirse internacionalmente.
Convocadas por la alemana Clara Zetkin, se reúnen las Mujeres Socialistas en Berna en marzo de 1915, y frente al llamado de las juventudes italianas y suizas, se dan cita las Juventudes Socialistas en abril.
 
Estas reuniones casi no tuvieron repercusión pero tenían un alto valor simbólico, ya que pretendían demostrar que el movimiento intemacionalista no estaba muerto.
 
Que en plena guerra se reunieran mujeres alemanas y francesas y dirigieran a sus pueblos manifiestos antibélicos demostraba que no todos los socialistas estaban desmoralizados.
 
Que jóvenes, en su mayoría próximos a ser puestos bajo bandera, levantaran la bandera de la unidad internacional de la clase obrera, hablaba también de un proceso de radicalización de neto corte antimilitarista.
 
Es muy importante señalar, además, que cuando organizaciones y programas sufren el derrumbe que sufrió la IIa Internacional, se derrumba necesariamente la generación de militantes que la sostuvo y que la puso en pie.
 
Un impulso renovador sólo podía venir de sectores más profundamente oprimidos.
 
Era natural que el aire fresco viniera del lado de las mujeres y la juventud, dos víctimas centrales de toda guerra.
 
Zimmerwald y Kienthal: Se replantea el internacionalismo obrero
 
El fracaso de Lugano y las expectativas abiertas por las conferencias femenina y juvenil permitieron ver que en el seno de los partidos socialistas se habían formado tendencias, en casi todos los países beligerantes, que se oponían a la guerra y buscaban una centralización internacional.
 
El intento siguiente estuvo nuevamente en manos de los socialistas italianos y suizos. Ahora la convocatoria incluía, además de los partidos socialistas que no se habían comprometido con la guerra, a las minorías antibelicistas.
 
El resultado fue una conferencia en Zimmerwald, Suiza, en septiembre de 1915. Con 42 delegados y la representación oficial de partidos socialistas de Italia, Suiza, Holanda, Suecia y Noruega, de Rusia, Polonia, Rumania y Bulgaria, más delegados extraoficiales de Francia y Alemania y con la adhesión de los partidos Laborista Independiente y Socialista británicos que no llegaron porque no se les concedió pasaporte.
 
En la visión de Colé: "La Conferencia de Zimmerwald fue definitivamente antibelicista y se mostró dispuesta a culpar por la guerra a todos los gobiernos beligerantes; pero estaba constituida por elementos ampliamente diferentes.
 
“En la extrema izquierda había un pequeño grupo encabezado por Lenin, que consideraba muerta y condenada a la Segunda Internacional, por su fracaso, y querían utilizar la ocasión para establecer una nueva internacional revolucionaria y lanzar una gran ofensiva contra los ‘patriotas’..." (25)
 
La Conferencia eligió una Comisión Socialista Internacional, llamada luego ‘Comisión Zimmerwald’ integrada por dos suizos, Robert Grimm y Charles Naine y dos italianos Morgani y Angélica Balabanov.
 
Ella misma nos brinda parte de su manifiesto: “Los autores de la guerra mienten al afirmar que la guerra liberaría a las naciones oprimidas y serviría a la democracia. En realidad entierran la libertad de sus propios países al destruirla independencia de otros pueblos... A vosotros, hombres y mujeres del trabajo; a todos los que sufrís a causa de la guerra, os decimos:
 
“Abajo las fronteras, abajo los campos de batalla y los países devastados.
 
“Proletarios de todos los países, unios" (26).
 
En los primeros meses de 1916 se convoca a una segunda conferencia, esta vez en la ciudad suiza de Kienthal, donde intervienen prácticamente los mismos sectores. La novedad esta vez es que la izquierda liderada por Lenin va superando su aislamiento.
 
Si en Zimmerwald se insistía en la paz, el manifiesto de Kienthal declara ya abiertamente que no se podía lograr la paz sin una revolución social internacional que pusiera fin al capitalismo y al imperialismo y colocara en el poder a la clase trabajadora como constructora de un nuevo orden social. Si en Zimmerwald se había pedido una paz “sin anexiones ni indemnizaciones", en Kienthal se declara abiertamente que la solución al conflicto vendrá déla mano de “la conquista del poder político y la propiedad del capital por los pueblos mismos" y que “la verdadera paz duradera será el fruto del socialismo triunfante”.
 
Para Colé, “Kienthal, más que Zimmerwald, fue el verdadero antecedente de la nueva Internacional que debían establecer los bolcheviques victoriosos” (27).
 
Las bases políticas y programáticas de la IIIa Internacional fueron colocadas en el período previo a su formación, en el curso de una dura lucha política contra el socialpatriotismo de la Internacional Socialista.
 
Es el planteo central de Lenin (la IIa Internacional estaba muerta y había que fundar la I IIa) lo que permite dar una salida a la radicalización política de las masas provocada por la guerra.
 
Como vimos, sobre los restos de la Internacional Socialista, en distintos encuentros y conferencias internacionales contra la guerra, se va perfilando una tendencia creciente hacia la construcción de la nueva Internacional, que aparece para un importante núcleo dirigente y militante como la única salida realista.
 
Es una política de frente único con los pacifistas contra la guerra y al mismo tiempo una rigurosa delimitación política lo que permitió madurar una vanguardia revolucionaria a escala internacional.
 
Al calor de estos combates, importantes cuadros, propagandistas y militantes “dejaron de ser socialdemócratas y se hicieron comunistas”. Uno de ellos fue nuestra Angélica Balabanov, que de secretaria de Zimmerwald pasó a secretaria de la Internacional Comunista.
En ese período Balabanov dice que no lograba entender por qué en medio de la guerra, Lenin se preocupaba tanto, siendo un emigrado, en una situación absolutamente minoritaria, por el número de votos que reunían las resoluciones, o por qué malgastaba tanto tiempo con delegados que sabía no iba a convencer.
 
La respuesta le llegó después de Octubre: “En Rusia, donde tuve la ocasión de observarle de cerca, me asombró que en períodos más graves y peligrosos dedicaba el mismo tiempo y energía a impresionar a un puñado de delegados extranjeros de dudosa influencia. Lenin abordaba a cada individuo y a cada acontecimiento desde la posición del estratega revolucionario. Toda su vida era una cuestión de estrategia y cada una de las palabras que pronunciaba en público tenía intención polémica.
 
“Cada incidente, cada corriente, era un eslabón de la causa y efecto social; había que aprovecharlo con objetivos teóricos o prácticos. Sin duda se daba cuenta de lo poco que representaban un puñado de emigrados, pero combatía por sus resoluciones durante horas y horas, aunque sólo fuese para que su opinión y sus polémicas figurasen en los anales de las convenciones y reuniones socialistas. Siempre se interesó en la importancia histórica que tendrían esos debates y esos esfuerzos” (28).
 
El verdadero banco de prueba de esta estrategia política revolucionaria serán las dos revoluciones rusas, en febrero y octubre del '17. Es la instauración del poder soviético la que va a crear las bases materiales para la proclamación de la Internacional Comunista en marzo de 1919.
 
Apéndice
 
En el prólogo a un libro sobre el movimiento de Zimmerwald, escrito para los archivos de historia del movimiento socialista y laborista, publicado en Alemania en el año 1928, Angélica Balabanov señala que "entre fines de julio de 1914 y marzo de 1919 (creación de la Tercera Internacional ) no hubo socialismo internacional organizado aparte de los partidos, grupos e individuos que se unieron en el movimiento de Zimmerwald y cuyo portavoz fue el Comité Socialista Internacional".
 
Sin la existencia de ese movimiento los historiadores podrían afirmar que la guerra había aniquilado no sólo las organizaciones, sino la esencia misma del internacionalismo obrero. Durante décadas, en Europa el socialismo organizado se había comprometido a oponerse y resistir la guerra. Cuando estalló el conflicto entre Austria y Serbia, se reiteraron esos compromisos en grandiosas reuniones de masas convocadas por los socialistas en todo el mundo. Luego, de repente, cambió el contenido y el tono de la mayoría de los periódicos del mundo del trabajo, se votaron los créditos de guerra y los camaradas de ayer se convirtieron en los “enemigos" de hoy.
 
Para comprender el aturdimiento y confusión de los hombres y mujeres que habían hecho del internacionalismo su norte y guía, es preciso tener en cuenta el pánico creado por invasiones reales o imaginarias, el caos mental provocado por el elaborado mecanismo de la propaganda nacionalista, el aislamiento que una rigurosa censura produjo entre un grupo nacional y otros. En el centro de ese caos y confusión, la voz de Zimmerwald proclamaba: “Nosotros, representantes de partidos socialistas, de sindicatos, de minorías de diversos países beligerantes y neutrales, nos hemos reunido para restaurar el vínculo internacional entre los trabajadores llamándoles a la razón y convocándolos a luchar por la paz. Es este un combate por la libertad, por la fraternidad y por el socialismo”.
 
Resulta imposible determinar hoy la influencia exacta que esas palabras ejercieron en un clima de fiebre patriotera como el que caracterizó esa época. El manifiesto iba firmado por socialistas y sindicalistas muy conocidos en sus respectivos países, y el ejemplo de su coraje y sentido de responsabilidad sólo podía ayudar a galvanizar el sentimiento intemacionalista y la decisión de luchar.
 

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