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La restauración en Rusia y la banca internacional

Por Luis Oviedo
La renuncia anticipada de Boris Yeltsin a la presidencia de Rusia en favor de su ‘delfín’, el primer ministro y ex jefe de los servicios secretos Vladimir Putin, es la expresión de una crisis mayúscula. Según la prensa italiana, el traspaso', incluso, reúne las características de un golpe de Estado palaciego orquestado por Anatoly Chubais, el hombre que privatizó los mayores activos de Rusia a precios de regalo en beneficio de un puñado de grandes burócratas y organizó la reelección de Yeltsin en 1996y, también, quien tiene las relaciones más aceitadas con el Tesoro y con la Cancillería norteamericanos (1).
 
La caída de Yeltsin debe ser analizada a la luz del derrumbe económico de Rusia y, muy especialmente, de las amplísimas consecuencias internacionales que éste ha provocado.
 
En agosto de 1998, Rusia devaluó la moneda y declaró una moratoria unilateral de una parte de su deuda. Por el lugar que había adquirido la Bolsa moscovita en los primeros meses de 1998, esta declaración de bancarrota obligadamente debía provocar gruesos efectos internacionales.
 
En lo inmediato, la devaluación del rublo y la cesación de pagos provocaron grandes pérdidas a un conjunto de bancos internacionales que operaban en Moscú o que eran sus acreedores. El Credit Suisse-First Boston reportó en 1998 pérdidas por 1.300 millones de dólares, en su gran mayoría provocadas por sus ‘negocios rusos’. Otro gran banco, el Republic Bank of New York (RBNY), que como veremos más adelante jugó un papel principalísimo en este drama, “dejó sobre el terreno” 180 millones en unas pocas horas. Otros grandes perdedores fueron los bancos alemanes Deutsche, Dresdner y Commerzbank.
 
También fueron severamente golpeados los fondos de inversión que durante buena parte del ‘97 y el ‘98 habían especulado en gran escala con las acciones de las empresas rusas en la Bolsa de Moscú. En mayo del ‘98, cuando la 'burbuja' bursátil comenzó a pincharse, la inversión externa en acciones rusas había alcanzado los 46.000 millones de dólares, más del 30% de la capitalización total de la Bolsa de Moscú (2).
 
cuando afirma que "no creo que se pueda poner dinero en Rusia sin que sea robado inmediatamente" (7).
 
Artículos que intentan responder a la oprobiosa pregunta ‘¿Quién perdió Rusia?' ocupan páginas y páginas en los principales medios imperialistas. “De acuerdo a un creciente cuerpo de opinión, las dificultades han sido empeoradas por la política de la administración Clinton hacia Moscú, una política cuyos principales arquitectos han sido Strobe Talbott, vicecanciller, y Larry Summers, secretario del Tesoro” (8). Junto a ellos, también está en el ‘banquillo’ el vicepresidente Al Gore, que formó una promocionada ‘comisión‘ con el ex primer ministro ruso Chernomyrdin, un hombre cuya fortuna personal, que proviene del acaparamiento del monopolio del gas, es estimada en varios miles de millones de dólares. Se los acusa de haber presionado al FMI para que continuara prestando millones a Rusia y de haber hecho la 'vista gorda' frente a la corrupción. La ‘política rusa’ de Clinton-Gore se ha convertido en un “serio eje del debate electoral” (9). En la campaña, advierte The Washington Post, el candidato Gore “tiene un montón de explicaciones que dar” (10).
 
Más grave todavía, medios tan importantes como The Washington Post denuncian que el gobierno norteamericano desechó reiteradas advertencias de sus diplomáticos y de sus servicios de seguridad porque no coincidían con la ‘historia oficial’ de que el régimen de Yeltsin era la encamación de la 'democracia' y la ‘reforma’ en Rusia (11).
 
Todo esto ha llevado a Zbigniew Brzezinski, ex consejero de seguridad nacional, a preguntarse si "¿hay funcionarios occidentales involucrados?" La respuesta es obvia: “Dado que hay miles de millones de dólares enjuego, no es muy probable que los únicos beneficiados fueran exclusivamente emigrados rusos (...) Mañosos rusos han sido fotografiados en reuniones de recaudación de fondos para campaña con prominentes figuras políticas norteamericanas...”. La conclusión de Brzezinski es que "el escándalo financiero ruso no es sólo una crisis rusa. Arroja dudas acerca de cómo Occidente ha manejado su política rusa e, incluso también, acerca de la integridad de nuestro proceso político” (12). El ruidoso fracaso del intento restauracionista yeltsiniano se ha convertido en uno de los nudos de la crisis política norteamericana.
 
Esta crisis internacional “intensificó lo que ciertos observadores ven ya como una intensa presión para que el presidente Yeltsin renuncie. Si no lo hace antes de que la nueva Duma asuma después de diciembre, bien podría ser sometido a juicio político y condenado. Esto podría servir a los Estados Unidos para un sutil distanciamiento de Yeltsin” (13).
 
El último día del año, Yeltsin renunció. El 'gestor’ de la renuncia fue Anatoly Chubais, un hombre con estrechas relaciones con la dique de banqueros que hoy domina Rusia y, también, con Larry Summers y Strobe Talbott, los 'arquitectos’ de la cuestionada política norteamericana hacia Moscú. Inmediatamente, el gobierno de Clinton anunció su disposición a 'colaborar' con el nuevo presidente, Vladimir Putin.
 
El Bank of New York: la “punta del iceberg” (I)
 
En agosto de 1998, el FBI anunció que desde marzo venía investigando el reciclaje de unos 10.000 millones de dólares a través de las cuentas de dos compañías ‘rusas’ en el Bank of New York (BoNY). Estas compañías eran la Benex, propiedad del emigrado ruso Peter Berlín, y la YBM, cuyo propietario era Simón Mogilevich, un hombre de reconocidas relaciones con la mafia rusa.
 
El BoNY anunció su disposición a colaborar con las investigaciones y despidió a dos ejecutivas de origen ruso, responsabilizándolas de los sucesos: Lucy Edwards, esposa de Peter Berlín, y Natalia Gurfinkel, esposa de Konstantín Kagalovsky, ex representante de Rusia ante el FMI en los primeros años de la década del 90 y actual vicepresidente de uno de los grandes bancos rusos, el Menatep, que controla la segunda mayor productora rusa de petróleo, la Yukos. El Menatep es, según distintas informaciones, una creación de la Komsonmol, la antigua juventud comunista soviética, y su dueño, Aleksandr Konanykhine, es un miembro del estrecho ‘entorno’ de Yeltsin.
 
Las cuentas de la Benex eran utilizadas para recibir capitales fugados de Rusia que, luego de pasar por el BoNY y por toda una red de bancos en todo el mundo (para limpiarlo'), recalaban en cuentas en los variados paraísos fiscales de todo el mundo (Chipre, Nassau, Antigua, Naurú, la isla de Man, en el Canal de Irlanda). La Benex, con un giro mensual de varios cientos de millones en sus cuentas, sólo contaba con una oficina y un empleado en Nueva York. Es decir que se trataba apenas de una fachada.
 
Uno de los investigadores del FBI calificó el escándalo del BoNY como “la punta de un iceberg". Ciertamente, la red de cuentas ‘pantalla’, de compañías radicadas en los paraísos fiscales con paquetes accionarios cruzados, de bancos involucrados en todo el mundo, montada para administrar depósitos por miles de millones es demasiado extendida y compleja como para que pueda ser considerado un incidente aislado” (14). Como afirma un diario financiero norteamericano, “porcada dólar que los rusos han lavado en el exterior, tuvo que haber una contraparte del otro lado (...) Se debe asumir, en consecuencia, que hay otros BoNY que no son extremadamente diligentes acerca de completar los informes sobre ‘actividades inusuales’ (de sus dientes) para los reguladores bancarios” (15).
 
Los grandes bancos de Estados Unidos y de Europa se disputaron desde el comienzo de las ‘reformas’ el acaparamiento de los ‘negocios rusos’. Entre los sospechados están el suizo UBS, el británico Barclay's y el norteamericano Credit Suisse-First Boston. Los bancos involucrados en la red encabezada por el BoNY suman más de un centenar, en los cinco continentes.
 
El BoNY jugaba un papel central en la economía rusa, y no sólo por las nutridas transferencias que pasaban por sus cuentas. Su relación con el Menatep, a través del mencionado Kagalovsky, era estrecha. Menatep se apropió de la petrolera Yukos a mediados de los ‘90 a precio de regalo a través del ‘esquema 'conocido como “préstamos por acciones” (16). A principios de 1999, la Yukos -a través de una compañía pantalla con domicilio en la Isla de Man, la Valmed, que aparece frecuentemente en las transacciones del BoNY-dispersó sus activos más valiosos en seis distintas compañías off-shore, desde las Islas Vírgenes hasta el atolón de Niue en el Pacífico sur. De esta manera, los accionistas minoritarios de la Yukos (fondos de inversión y petroleras occidentales) fueron sencillamente despojados de sus inversiones. El BoNY y el banco de inversiones norteamericano Goldman Sachs financiaron estas operaciones y otras similares. Entonces, “nadie se sorprendió cuando el presidente del grupo Menatep-Yukos, Khodorkovsky, el empresario aventurero tan estudiadamente cultivado por Goldman Sachs, emergiera como figura en el escándalo del BoNY” (17).
 
cuando afirma que "no creo que se pueda poner dinero en Rusia sin que sea robado inmediatamente" (7).
Artículos que intentan responder a la oprobiosa pregunta ‘¿Quién perdió Rusia?' ocupan páginas y páginas en los principales medios imperialistas. “De acuerdo a un creciente cuerpo de opinión, las dificultades han sido empeoradas por la política de la administración Clinton hacia Moscú, una política cuyos principales arquitectos han sido Strobe Talbott, vicecanciller, y Larry Summers, secretario del Tesoro” (8). Junto a ellos, también está en el ‘banquillo’ el vicepresidente Al Gore, que formó una promocionada ‘comisión‘ con el ex primer ministro ruso Chernomyrdin, un hombre cuya fortuna personal, que proviene del acaparamiento del monopolio del gas, es estimada en varios miles de millones de dólares. Se los acusa de haber presionado al FMI para que continuara prestando millones a Rusia y de haber hecho la 'vista gorda' frente a la corrupción. La ‘política rusa’óe Clinton-Gore se ha convertido en un “serio eje del debate electoral” (9). En la campaña, advierte The Washington Post, el candidato Gore “tiene un montón de explicaciones que dar” (10).
 
Más grave todavía, medios tan importantes como The Washington Post denuncian que el gobierno norteamericano desechó reiteradas advertencias de sus diplomáticos y de sus servicios de seguridad porque no coincidían con la ‘historia oficial’ de que el régimen de Yeltsin era la encamación de la 'democracia' y la ‘reforma’ en Rusia (11).
Todo esto ha llevado a Zbigniew Brzezinski, ex consejero de seguridad nacional, a preguntarse si "¿hay funcionarios occidentales involucrados?" La respuesta es obvia: “Dado que hay miles de millones de dólares enjuego, no es muy probable que los únicos beneficiados fueran exclusivamente emigrados rusos (...) Mañosos rusos han sido fotografiados en reuniones de recaudación de fondos para campaña con prominentes figuras políticas norteamericanas...”. La conclusión de Brzezinski es que "el escándalo financiero ruso no es sólo una crisis rusa. Arroja dudas acerca de cómo Occidente ha manejado su política rusa e, incluso también, acerca de la integridad de nuestro proceso político” (12). El ruidoso fracaso del intento restauracionista yeltsiniano se ha convertido en uno de los nudos de la crisis política norteamericana.
 
Esta crisis internacional “intensificó lo que ciertos observadores ven ya como una intensa presión para que el presidente Yeltsin renuncie. Si no lo hace antes de que la nueva Duma asuma después de diciembre, bien podría ser sometido a juicio político y condenado. Esto podría servir a los Estados Unidos para un sutil distanciamiento de Yeltsin” (13).
 
El último día del año, Yeltsin renunció. El 'gestor’de la renuncia fue Anatoly Chubais, un hombre con estrechas relaciones con la dique de banqueros que hoy domina Rusia y, también, con Larry Summers y Strobe Talbott, los 'arquitectos’ de la cuestionada política norteamericana hacia Moscú. Inmediatamente, el gobierno de Clinton anunció su disposición a 'colaborar' con el nuevo presidente, Vladimir Putin.
 
El Bank of New York: la “punta del iceberg” (I)
 
En agosto de 1998, el FBI anunció que desde marzo venía investigando el reciclaje de unos 10.000 millones de dólares a través de las cuentas de dos compañías ‘rusas’ en el Bank of New York (BoNY). Estas compañías eran la Benex, propiedad del emigrado ruso Peter Berlín, y la YBM, cuyo propietario era Simón Mogilevich, un hombre de reconocidas relaciones con la mafia rusa.
 
El BoNY anunció su disposición a colaborar con las investigaciones y despidió a dos ejecutivas de origen ruso, responsabilizándolas de los sucesos: Lucy Edwards, esposa de Peter Berlín, y Natalia Gurfinkel, esposa de Konstantín Kagalovsky, ex representante de Rusia ante el FMI en los primeros años de la década del 90 y actual vicepresidente de uno de los grandes bancos rusos, el Menatep, que controla la segunda mayor productora rusa de petróleo, la Yukos. El Menatep es, según distintas informaciones, una creación de la Komsonmol, la antigua juventud comunista soviética, y su dueño, Aleksandr Konanykhine, es un miembro del estrecho ‘entorno’ de Yeltsin.
 
Las cuentas de la Benex eran utilizadas para recibir capitales fugados de Rusia que, luego de pasar por el BoNY y por toda una red de bancos en todo el mundo (para limpiarlo'), recalaban en cuentas en los variados paraísos fiscales de todo el mundo (Chipre, Nassau, Antigua, Naurú, la isla de Man, en el Canal de Irlanda). La Benex, con un giro mensual de varios cientos de millones en sus cuentas, sólo contaba con una oficina y un empleado en Nueva York. Es decir que se trataba apenas de una fachada.
 
Uno de los investigadores del FBI calificó el escándalo del BoNY como “la punta de un iceberg". Ciertamente, la red de cuentas ‘pantalla’, de compañías radicadas en los paraísos fiscales con paquetes accionarios cruzados, de bancos involucrados en todo el mundo, montada para administrar depósitos por miles de millones es demasiado extendida y compleja como para que pueda ser considerado un incidente aislado” (14). Como afirma un diario financiero norteamericano, “porcada dólar que los rusos han lavado en el exterior, tuvo que haber una contraparte del otro lado (...) Se debe asumir, en consecuencia, que hay otros BoNY que no son extremadamente diligentes acerca de completar los informes sobre ‘actividades inusuales’ (de sus dientes) para los reguladores bancarios” (15).
 
Los grandes bancos de Estados Unidos y de Europa se disputaron desde el comienzo de las ‘reformas’ el acaparamiento de los ‘negocios rusos’. Entre los sospechados están el suizo UBS, el británico Barclay's y el norteamericano Credit Suisse-First Boston. Los bancos involucrados en la red encabezada por el BoNY suman más de un centenar, en los cinco continentes.
 
El BoNY jugaba un papel central en la economía rusa, y no sólo por las nutridas transferencias que pasaban por sus cuentas. Su relación con el Menatep, a través del mencionado Kagalovsky, era estrecha. Menatep se apropió de la petrolera Yukos a mediados de los ‘90 a precio de regalo a través del ‘esquema 'conocido como “préstamos por acciones” (16). A principios de 1999, la Yukos -a través de una compañía pantalla con domicilio en la Isla de Man, la Valmed, que aparece frecuentemente en las transacciones del BoNY-dispersó sus activos más valiosos en seis distintas compañías off-shore, desde las Islas Vírgenes hasta el atolón de Niue en el Pacífico sur. De esta manera, los accionistas minoritarios de la Yukos (fondos de inversión y petroleras occidentales) fueron sencillamente despojados de sus inversiones. El BoNY y el banco de inversiones norteamericano Goldman Sachs financiaron estas operaciones y otras similares. Entonces, “nadie se sorprendió cuando el presidente del grupo Menatep-Yukos, Khodorkovsky, el empresario aventurero tan estudiadamente cultivado por Goldman Sachs, emergiera como figura en el escándalo del BoNY” (17).
 
Además del Menatep, el BoNY tenía “relaciones peligrosas" con otro banco del entorno yeltsiniano, el Inkombank, del que se afirma que es “una emanación de la KGB” (18). "El Bank of New York habría ayudado en forma decisiva al Inkombank a obtener de las autoridades de control (de Wall Street) la vía libre para la cotización de sus acciones en 1996 (...) a pesar de que “en aquel año, un informe del Banco Central ruso sostenía que las cuentas del Inkombank eran completamente falsas, infladas en decenas de miles de millones de rublos, que se desconocía quienes eran sus accionistas y que su actividad era completamente misteriosa" (19).
 
Para intervenir en ciertos ‘negocios rusos', el BoNY, incluso, creó una subsidiaria -el Bank of New York-lntermarine-en asociación con el banquero Bruce Rappoport, radicado en el paraíso fiscal de Antigua y embajador de esta isla ante el gobierno de Moscú.
 
El escándalo de las cuentas rusas no es un incidente “aislado"; lo que tenemos a la vista es un vasto entramado social y de negocios. Precisamente por eso, el escándalo del BoNY tiene nutridos vasos comunicantes con otros escándalos.
 
El BoNY-Intermarine, con sede en Suiza, está directamente relacionado con otros dos grandes escándalos que investiga la justicia helvética y que involucran directamente a la ‘familia’ presidencial. En el primero, Leonid Dyachensko, vemo de Yeltsin y presidente de la Aeroflot (la compañía aérea de bandera rusa), y Boris Berezovsky, mayor accionista de Aeroflot y el más poderoso de los oligarcas rusos, son investigados por el desvío de varios cientos de millones de dólares de la compañía aérea a compañías fantasmas controladas por ellos. En el segundo, por ‘retornos’ en los trabajos de remodelación del Kremlin, están directamente acusados la esposa y las hijas de Yeltsin y Pavel Borodin, administrador de las propiedades de la presidencia rusa. A raíz de estas investigaciones, la justicia suiza dictó una orden de arresto contra Borodin. Eso no es todo. “Más fascinante es el papel que puede haber tenido todo el asunto en la renuncia de Yeltsin. La orden de detención contra Borodin muestra qué peligrosamente cerca del propio Yeltsin habían llegado las investigaciones” (20).
 
Por intermedio de Kagalovsky, ex representante de Rusia ante el FMI, y del Menatep, “un banco estrechamente relacionado con el Banco Central de Rusia" (21), el BoNY está relacionado con otro de los grandes escándalos: el desvío de los fondos prestados por el FMI.
 
El Banco Central de Rusia (BCR) mantiene una red de compañías financieras y subsidiarias en el exterior; se trata de una 'herencia'de la época de Gorbachov, cuando se la usaba para fugar los fondos de la burocracia soviética. Bajo Yeltsin, esta red financiera paralela siguió funcionando pero ya no como propiedad del Estado ruso sino como 'sociedades mixtas' entre el BCR y los grandes bancos rusos.
 
El BCR giró una parte sustancial de los fondos recibidos del FMI a una de estas subsidiarias, la Fimaco, ubicada en el paraíso fiscal de Jersey (en el estrecho que separa Irlanda de Gran Bretaña). Lo hizo con un doble objetivo: el primero, esconder sus reservas al FMI, lo que le permitía solicitar mayores créditos; el segundo, especular con esa masa de fondos en los mercados financieros internacionales, en particular en el propio mercado ruso de títulos de deuda interna (denominados GKO). Esta especulación con fondos del FMI provocó una enorme suba de los GKO, que habían sido acaparados por los bancos rusos. De esta manera, los asociados al BCR obtuvieron fenomenales beneficios, que luego fueron canalizados hacia cuentas occidentales por medio del BoNY y otros (22).
 
"Este juego impulsado por el BCR que se volvía así actor y árbitro del mercado, terminó por arrastrar a Rusia, el 17 de agosto de 1998, a la quiebra financiera” (23). Cuando la quiebra se acercaba, Rusia obtuvo del FMI un nuevo préstamo, esta vez de 4.800 millones, supuestamente con el objeto de “estabilizar el rublo”. El FMI giró el dinero “a pesar de que conocía la existencia de esos manejos del BCR (...) Michel Camdessus sabía todo, desde el principio al fin sobre lo que el BCR hacía con Fimaco” (24). El “préstamo de emergencia” de fines de julio fue puesto por el BCR a disposición de un puñado de bancos, que de esta manera se deshicieron de sus tenencias de GKO y se ‘pasaron al dólar’. A pesar de este ‘salvataje’, la mayoría de los grandes bancos rusos está en quiebra, aunque “no como resultado de la cesación de pagos de la deuda de corto plazo del gobierno sino a causa de los préstamos alocados que han realizado (presumiblemente a sus propios testaferros) que nunca fueron reembolsados" (25). En otras palabras, fueron vaciados... lo que no impide que sigan funcionando.
 
Entre los favorecidos por el BCR no se encontraban tan sólo los bancos del círculo íntimo presidencial sino también algunos de los grandes ‘pesospesados’de las finanzas mundiales: el Citibank, el Credit Suísse-First Boston, el Chase y el National Republic. Todo un saqueo ‘internacional’.
 
El Bank of New York: la "punta del iceberg” (II)
 
Las investigaciones del lavado de fondos en el BoNY son la ‘punta de un iceberg' no sólo porque las operaciones de un solo banco refieren a una frondosa trama financiera internacional. Lo son también porque la cifra de 10.000 millones de dólares se refiere sólo al dinero reciclado entre agosto de 1998 y marzo de 1999, es decir en apenas ocho meses.
 
Pero la fuga de capitales no comenzó en Rusia con la devaluación. Las estimaciones más conservadoras calculan que desde el año 1991 se fugaron de Rusia unos 150.000 millones de dólares (26), una cifra varias veces superior al total de préstamos de los organismos financieros internacionales y a la inversión externa directa. Sólo entre 1992 y 1993, según esta información, se fugaron de Rusia más de 70.000 millones de dólares. Otras estimaciones, sin embargo, señalan que la fuga de divisas alcanza los 200.000 millones e, incluso, al doble.
 
Uno de los mecanismos más usuales de fuga es la llamada “transferencia de precios". Funciona de la siguiente manera: una empresa rusa, supongamos una gran petrolera, vende su producción, a los precios internos de Rusia, a una subsidiaria radicada en un paraíso fiscal del exterior, que es propiedad del mismo 'grupo de control’ de la empresa rusa. Esta ‘empresa off-shore’ vende su producción a un comprador extranjero a los precios del mercado mundial. El comprador paga en divisas y la empresa ‘off-shore’paga en rublos a la empresa rusa y mantiene en el exterior la diferencia entre el precio internacional del petróleo y el precio interno. Como en buena parte de estos años, el precio del petróleo en Rusia representaba apenas el 1% de su precio en el mercado mundial, los beneficios acumulados por los magnates petroleros rusos fueron sencillamente fenomenales. En 1992, “unos pocos gerentes de empresas, funcionarios gubernamentales, políticos y comerciantes de materias primas amasaron de esta manera no menos de 24.000 millones de dólares” (27).
 
Este mismo saqueo se repitió año tras año, con la regularidad del amanecer. La privatización de las empresas estatales no alteró esta situación. “A través del'esquema’ de ‘acciones por préstamos’ (...) a un puñado de grandes bancos se les permitió privatizar algunas grandes empresas en subastas sólo controladas por ellos. Un puñado de grandes vacas lecheras de fondos cambió de mano, en particular tres grandes compañías petroleras, Yukos, Sibneft y Sidanko. Ningún cambio cualitativo acompañó estos cambios de mano. Los nuevos dueños no se comportaron como propietarios, sino que continuaron con el robo como los gerentes, en primer lugar vendiendo los productos por debajo de los precios de mercado a sus propias compañías comerciales, dejando que las viejas compañías estatales se deterioraran” (28).
 
Que esto ocurriera no tiene nada de sorprendente. Como se señaló muchas veces en Prensa Obrera y en En Defensa del Marxismo, la entrega de las empresas a los burócratas, devenidos propietarios, sólo significaba una alteración de su status jurídico. Con toda la importancia que esto tiene, “el simple cambio de títulos jurídicos es, por sí mismo, incapaz de crear el conjunto de relaciones sociales que están, por decirlo de alguna manera, ‘adheridas’ a la propiedad privada de los medios de producción. Esto porque el capital -contra lo que dice la ciencia social burguesa- no es una ‘cosa’ sino que es una relación social históricamente determinada, precisa, entre los propietarios y los no-propietarios de los medios de producción y entre esos propietarios entre sí" (29).
 
En las etapas iniciales de la 'reforma', hubo otras formas de acaparamiento de los burócratas: los créditos del BCR (a tasas casi nulas cuando la inflación alcanzaba el 2500%) y la importación de alimentos subsidiados (los importadores se embolsaban los subsidios que, por ejemplo en 1992, alcanzaron el 17,5% del PBI de Rusia).
 
En los primeros años de la ‘reforma’, “en conjunto, las ganancias de estas tres actividades parasitarias alcanzaron a no menos del 79% del PBI” (30).
 
A partir de mediados de los 90, los burócratas idearon otras formas más ‘imaginativas’ y ‘sofisticadas’ para fugar sus capitales. Una de las más utilizadas es la creación de una empresa ‘pantalla’ que otorga un préstamo (ficticio) a una compañía rusa a tasas usurarias: el pago de los intereses y del capital es, precisamente, la fuga de capitales. Una variación de este ‘esquema’ es el pago de elevados dividendos a accionistas del exterior (empresas ‘pantalla’ de los grupos de control en Rusia). Una tercera variante, es la creación de empresas encargadas de ‘administrar’ las cobranzas exteriores de las compañías rusas (así fue como Berezovsky y el yerno de Yeltsin desplumaron a la Aeroflot). Finalmente, los abultados pagos en concepto de ‘asesorías’, publicidad y asistencia legal y ‘servicios’ a empresas ‘pantalla’ son otra de las formas normales de fuga de divisas de los burócratas devenidos capitalistas. Tan fenomenal es la utilización de las compañías ‘pantalla’ motorizada por los ‘nuevos rusos’ que dos pequeños territorios que han alterado su legislación para albergar a estas compañías (la isla de Man, en el canal entre Inglaterra e Irlanda; y la isla de Chipre, en el mar Egeo) viven un verdadero 'boom' económico gracias a estas actividades.
 
Pero en Rusia, el producto interno apenas llega a la mitad del de 1989; alrededor de 40 millones de personas sobreviven con menos de un dólar por día; la desocupación supera el 25%; han reaparecido enfermedades extinguidas como la tuberculosis y la difteria; la población decrece y cae la esperanza de vida. Un estremecedor informe de la PNUD (el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) señala que “casi 9,7 millones de personas figuran hoy como 'desaparecidas' en las ex repúblicas soviéticas, en los diez años que pasaron desde la caída de la URSS (...) Las causas de las ‘desapariciones’ incluyen el suicidio, la menor atención de la salud y un incremento de los comportamientos autodestructivos”. El informe agrega que el número de pobres se multiplicó por ocho entre 1989 y 1994 (31).
 
El profesor de Geografía Andrew Ryder, de la Universidad de Portsmouth hace notar en una carta a un diario financiero que “la exportación de materias primas baratas está subsidiando a la economía mundial a expensas de Rusia” (32). Pero la sobreoferta de recursos rusos, a precios inferiores a los del mercado mundial e, incluso, inferiores a su costo de producción, refuerza la sobreproducción mundial y potencia las tendencias deflacionarias. Esto ha sido particularmente evidente en la industria del aluminio. Ryder tiene toda la razón cuando sostiene que “mientras esta situación no termine, la economía de Rusia continuará declinando".
 
La masiva fuga de capital es una evidencia indiscutible de que las privatizaciones y el proceso de la restauración capitalista en Rusia, tomado en su conjunto, son antes que nada, un proceso de saqueo despiadado de los activos 'heredados’y de disolución del régimen social vigente bajo el viejo Estado obrero burocratizado. No ha dado lugar aún a un nuevo régimen social.
 
La organizadora de la fuga: la banca norteamericana
 
El FBI calificó a las investigaciones en el BoNY como “el mayor caso de lavado de dinero en la historia norteamericana". “Se cree, sin embargo, que sólo un pequeño porcentaje de los 10.000 millones supuestamente canalizados a través de la Benex es el producto de actividades criminales” (33). En una nota editorial, el diario financiero norteamericano sostiene que “en muchos casos, la fuga de capital proviene de legítimos empresarios que sienten que no tienen otra alternativa para proteger sus ingresos de las leyes impositivas confiscatorias de Rusia, de bancos no confiables y de depredadores mafiosos. Es difícil no simpatizar con ellos" (34). Se trata de una opinión generalizada: Estorbar el libre flujo de dinero como una forma de hacerles sus vidas más difícil a los sospechosos de crímenes puede terminar haciendo más mal que bien" (35). Como el propio autor ve que bordea la apología del delito, 'aclara' que “esto no quiere decir que los sospechosos de crímenes no deban ser investigados” (36). Estas declaraciones de solidaridad de principiosde los banqueros lavadores con los burócratas que fugaron sus capitales valen másque cien investigaciones: fueron ellos los verdaderos organizadores de la red de lavado que usufructuaron los oligarcas rusos.
 
El ya mencionado Zbigniew Brzezinski pregunta “¿Quién ayudó desde el exterior a la auto-enriquecida elite de Rusia a dominar los misterios de las transacciones financieras internacionales?". El mismo Brzezinski responde: "es improbable que el puñado de funcionarios y no funcionarios rusos que apenas cinco años atrás eran pobres pero ahora tienen miles de millones pueda haber maniobrado con semejante destreza en los mercados financieros internacionales sin el consejo de expertos occidentales" (37).
 
Según las palabras de un ex consejero de seguridad nacional de los Estados Unidos, fueron los propios bancos occidentales los que armaron los 'esquemas' que usaron los burócratas y oligarcas rusos. O mejor dicho, lo que hicieron fue extender a Rusia las redes que ya habían desarrollado desde hace largos años para ‘lavar’ eI dinero del más diverso origen, desde el narcotráfico al tráfico de armas, y para ‘reciclar’ los capitales fugados de todo el mundo. Se estima que, año tras año, el sistema financiero internacional ‘lava’ unos 500.000 millones de dólares y que los depósitos en bancos de terceros países (fuga de capitales) alcanzan los cinco billones de dólares. También en este terreno, los 'nuevos rusos' son, apenas, unos ‘recién llegados’.
 
"La corrupción en Rusia, dice un diario norteamericano, amenaza a cualquier institución occidental, incluyendo compañías privadas como el BoNY u organismos financieros internacionales como el FMI, que hagan negocios aquí” (38). En realidad, las cosas son al revés: es la criminalización del sistema financiero internacional la que le brinda las ‘herramientas’ a los criminales rusos para fugar sus capitales.
 
En verdad, todo lo que se ha ‘descubierto’ahora, ya se sabía desde hace rato. Karon von Gerhke-Thompson, banquera e informante de la CIA, declaró que “seis años antes del estallido del caso del BoNY sabíamos todo. Teníamos las pruebas de que Boris Yeltsin y su entorno eran la terminal de una sistemática operación de reciclaje y transferencia de riquezas de Rusia a Estados Unidos. (Sabíamos que) la ayuda internacional a Rusia se había convertido en una colosal partida de giro. El dinero sólo nominalmente iba a Rusia. Los Estados Unidos han sido cómplices conscientes de este saqueo" (39). Lo más interesante de todo el asunto es que, después de haber reunido las pruebas, los nombres de Gerhke-Thompson y el de su jefe, coordinador de las operaciones anti-reciclaje, fueron ‘entregados’a los rusos y, consecuentemente, fueron despedidos de la CIA. Es decir que el propio Estado norteamericano ‘bancaba’ políticamente la fuga de divisas de Rusia.
 
Las evidencias de que la banca y el gobierno norteamericano eran plenamente conscientes de la masiva fuga de capitales de Rusia, y que la protegían, abren la oprobiosa posibilidad de que banqueros y autoridades norteamericanas sean llamados a declarar en los tribunales rusos como "cómplices" de los oligarcas. "Lo han comprendido los grandes bancos norteamericanos que intempestivamente, en los últimos meses, han cerrado sus ‘cuentas de correspondencia' en los ‘paraísos off-shore ’. Lo han comprendido también los hombres del Departamento de Estado, de la CIA, del FBI... ” (40).
 
Camdessus-Safra: un proceso fuera de control
 
A pocos días del estallido del escándalo del Bank of New York, el banquero y ex ministro de Finanzas ruso Aleksandr Livshits formuló una advertencia: “No hay acción contra la fuga de capitales porque existe un poderoso lobby en su favor. Si alguien intentara establecer una barrera, entonces sería asesinado. Porque es un proceso demasiado grande para frenarlo" (41). Se entiende, los ‘interesados’en la continuidad del reciclado de dinero están a uno y otro lado de la difunta ‘Cortina de Hierro’.
 
Livshits fue premonitorio. A comienzos de diciembre fue asesinado en su castillo-fortaleza de Montecarlo el banquero sirio-israelí Edmond Safra, profundamente involucrado en los ‘negocios rusos’.
 
Safra fue uno de los primeros banqueros occidentales en establecerse en Moscú y prestar su ’asesoramiento financiero’ a los oligarcas rusos. Su banco, el Republic Bank of New York, se convirtió rápidamente en uno de los 'grandes’ en el negocio de las transferencias de dinero al exterior. Los beneficios que acumuló en esos años fueron sencillamente extraordinarios.
 
Safra y el RBNY eran especialistas en el reciclaje de fondos y en el lavado de dinero. "Es lo que Edmond Safra ha hecho en América Latina por décadas. Proponía a sus millares de clientes sacar sus capitales de sus países, para ponerlos al seguro de la hiperinflación, de las revoluciones y los golpes de Estado. Trabajaba y multiplicaba ese dinero, que no era limpio... ” (42). Incluso, a mediados de los 80, se lo sindicó como uno de los ‘lavadores’ de los narcotraficantes latinoamericanos. Todo esto, además de su carácter de “banquero especializado en tres sectores que interesaban particularmente a los blanqueadores de fondos mal habidos venidos del Este: depósitos de dinero, el mercado del oro y el de diamantes” (43), le permitió ganar rápidamente una clientela en Rusia. Allí, Safra desarrolló esta tarea a una escala como nunca lo había hecho hasta entonces: las transferencias electrónicas se realizaban a un ritmo de 500.000 dólares por minuto (44). Esto explica que el banco de Safra tuviera “beneficios por encima del promedio" sin necesidad de recurrir a arriesgadas operaciones especulativas y manteniendo “relaciones de capital dos veces mayores que las requeridas por los reguladores bancarios” (45).
 
Por su gran exposición en Rusia, el RBNY sufrió grandes pérdidas con la devaluación del rublo y la cesación de pagos. El intento de recuperar esas pérdidas y cobrar las deudas que los oligarcas rusos se negaban a pagar llevó a su dueño a la tumba.
 
Conociendo a la perfección los detalles de los movimientos de fondos de los burócratas y capitalistas rusos, Safra jugó sobre seguro cuando denunció al FBI a su más fiero rival en el negocio del reciclaje de fondos, el Bank of New York. Al mismo tiempo, acordó la venta de su banco al británico HSBC para evitar represalias.
 
La denuncia de Safra era apenas el primer paso de una estrategia más general para cobrar sus deudas impagas. “El ‘plan’ del banquero era elemental: recuperar los ‘atrasos’ de sus inversiones en Rusia con el congelamiento de las cuentas en Occidente de la oligarquía que sostiene a Boris Yeltsin, más o menos quinientas personas. ¿Quién mejor que él podía hacerlo? ¿Quién mejor que él podía poner a los jueces europeos y norteamericanos detrás del tesoro de Moscú? Ya había permitido a los servicios secretos de Londres bloquear el ‘desvío’de los fondos del FMI. Los pasos sucesivos preveían la recuperación de los créditos rusos con acciones judiciales (...) Esto era mas que una amenaza al patrimonio extemo de la nomenklatura, era una declaración de guerra" (46).
 
El planteo de congelar los fondos de los oligarcas rusos fue respaldado por George Soros, otro de los grandes perdedores de la devaluación rusa, y por una serie de bancos y fondos de pensión agrupados en el llamado ‘Portfolio Managers’, creado por el mismo Safra. “El Portfolio... nació para jugar en serio. Basta de tratativas. Que los rusos se vayan al diablo con sus trucos de jugadores de tres cartas. O pagan o pierden el tesoro de Occidente” (47). A pocos días de la creación de este grupo, Safra recibió la visita de Boris Berezovsky, el más poderoso de los oligarcas rusos, pero las negociaciones fracasaron.
 
Los bancos agrupados por Safra tenían un papel relevante en el llamado ‘Club de Londres’ que agrupa a los acreedores privados de Rusia y que a comienzos de agosto debía renegociar con el gobierno de Moscú la vieja deuda soviética y los créditos impagos después de la devaluación. Una columna de opinión aparecida por esos días en el Financial Times revela que el punto de vista de Safra comenzaba a abrirse paso en los medios financieros: “Prestarle más dinero a Rusia -o perdonar sus deudas- no es en interés de los acreedores ni del pueblo ruso (...) Rusia no merece ni necesita un ‘perdón’ de sus deudas. No sólo tiene un gran superávit en cuenta corriente sino que además cubre la octava parte de la superficie del planeta. Produce el 17% del petróleo mundial, entre el 25 y el 30% del total de gas natural y entre el 10 y 20% de los metales no ferrosos, raros y nobles. Pretender que este país no puede pagar una (cuota de) deuda de 150 millones de dólares es absurdo” (48).
 
Los banqueros del Club de Londres enfrentaron a Moscú con lina posición ‘dura’: descuentos mínimos para la deuda soviética, que de ahora en más debería ‘consolidarse’ con la rusa a la que no se le otorgaba ningún ‘perdón’ o descuento. Rusia respondió con una provocación: reclamó la condonación del 40% de la deuda y la reestructuración del monto restante a 30 años, con los primeros siete sin intereses. El Club de Londres lo rechazó airadamente. Las negociaciones se interrumpieron.
 
Mientras tanto, en los tribunales norteamericanos ocumo un hecho que apuntalaba toda la estrategia de Safra: el Sputnik Fund de George Sonos y la BP-Amoco, que perdieron 500 millones de dólares en la quiebra de la petrolera siberiana Sidanko, obtuvieron de la Corte Suprema de New York un pronunciamiento que sonaba como una advertencia a los rusos: “los intereses de los ciudadanos norteamericanos podrán ser tutelados en los Estados Unidos, dice el fallo, en el momento en que estén ausentes efectivas garantías judiciales en los países que pongan en discusión esos intereses”. De este pronunciamiento al congelamiento de las cuentas de los oligarcas rusos en Estados Unidos había menos de un paso. Mientras tanto, la justicia suiza había ordenado el congelamiento de las cuentas de 24 altos funcionarios del Kremlin.
 
Una semana después de este fallo y dos días después del rechazo del Club de Londres a la propuesta rusa, Safra fue asesinado. En medio de versiones sobre la existencia de ‘contratos’ para asesinar a otros banqueros prominentes (entre ellos se menciona a Soros), el Club de Londres se declaró dispuesto a discutir la propuesta de refinanciación presentada por los rusos. Literalmente, la sangre había llegado al río.
 
La estrategia seguida por Safra y sus asociados para cobrar sus deudas era extremadamente riesgosa. No sólo porque, al impulsar el congelamiento de sus fondos en Occidente, ponía en cuestión el poder de los oligarcas rusos en Moscú y se arriesgaba a sus inevitables represalias. Sus planteos significaban, por sobre todo, una fractura abierta del frente del capital financiero que había sostenido la política del gobierno norteamericano frente a Moscú. El giro planteaba no sólo un serio choque con la burocracia sino también con el gobierno de Clinton y el FMI. No era, tan sólo, la cuestión ‘financiera’ la que estaba en controversia sino la política de conjunto frente a Rusia.
 
Las denuncias de Safra provocaron, a término, la renuncia anticipada de Michel Camdessus.
 
El director-gerente del FMI no era un funcionario menor, un ‘fusible’destinado a saltar ante la primera crisis. Era una de las cabezas del capital financiero internacional y, en particular, fue el hombre que “convirtió al FMI en el brazo financiero de la Casa Blanca” (49). Camdessus organizó, en nombre del capital financiero norteamericano, el 'salvataje'de México después del “tequilallevó adelante la política del imperialismo mundial de sostener financieramente a la mafia restauracionista rusa y, en particular, viabilizar la reelección de Yeltsin mediante el otorgamiento del préstamo más voluminoso de la historia del FMI. Más tarde, dirigió la política del gran capital financiero internacional, y en particular norteamericano, frente a la crisis asiática. En esa época recibió numerosas críticas que lo acusaban por la política que había aplicado allí, que lejos de estabilizar al Asia, había hecho la crisis más aguda y violenta. Ninguna de estas críticas rozó su blindada piel de banquero porque Camdessus no hacía más que seguir el libreto dictado por Washington y Wall Street, cuyo objetivo era, precisamente, poner a toda la región de rodillas.
 
Fue la crisis desatada por las denuncias de Safra lo que lo dejó cesante. “Camdessus fue la víctima propiciatoria elegida para tratar de calmar el asalto de las críticas dirigidas a la Casa Blanca (por su ‘política rusa)" (50). Que un hombre de la importancia de Camdessus para el imperialismo norteamericano haya sido ‘sacrificado’ para proteger a hombres todavía más 'daves' que él, revela la envergadura de la crisis política en el campo imperialista. Todo esto, sumado al propio asesinato de Safra, un hombre del corazón del ‘establishment’ financiero internacional (y la amenaza de que otros podrían sufrir el mismo ‘tratamiento) y a la denuncia de que “ciertos programas de armas rusos podrían haberse beneficiado del desvío de fondos” (51).
 
La impasse de la penetración imperialista
 
Los bancos y fondos de inversión agrupados por el desaparecido Safra en el ‘Portfolio../no son los únicos para los cuales el proceso de la restauración capitalista en Rusia se está convirtiendo en una pesadilla. También las compañías que han participado como accionistas minoritarias en las grandes empresas dominadas por los oligarcas, especialmente en la explotación petrolera, han visto diezmadas sus inversiones.
 
Sus ‘socios’ rusos los han desplumado recurriendo a una imaginativa serie de triquiñuelas jurídicas y contables. Una de las más comunes es el ya mencionado ‘esquema'de “transferencia de precios” (cuando las compañías extranjeras invierten en la ‘firma madre’ pero los beneficios se los lleva la ‘subsidiaria off-shore’ en la cual el inversor externo no participa). Pero hay otras, como la dilusión del capital (incorporando nuevos asociados rusos, testaferros del grupo de control), la venta de los activos más valiosos de una empresa a una subsidiaria (manejada por el grupo de control), el armado de una quiebra ‘trucha’, en la cual los acreedores son testaferros del grupo de control o, más directamente, el no pago de los dividendos.
 
El caso más sonado es el de la British Petroleum-Amoco, que en noviembre de 1997, compró el 10% de las acciones de Sidanco, una de las mayores petroleras rusas, al banquero Vladimir Potanin, uno de los miembros del entorno yeltsiniano. BP pagó por ese 10% unos 500 millones de dólares, más de lo que el banquero ruso pagó por la totalidad de la compañía en 1995.
 
Dos años después, Sidanco enfrenta un proceso de quiebra que muchos consideran fraudulento. La lucha se libra alrededor de su principal subsidiaria, la Chernogorneft, "sin la cual la compañía está muerta” (52). Una competidora de Sidanco que posee los campos petrolíferos adyacentes al de Chernogorneft, la Tyumen, compró las deudas de los acreedores de la Sidanco para quedarse con los activos en disputa. La Tyumen es una empresa cuyos propietarios son el Estado ruso y el Alfa Group, del banquero Vladimir Gussinki, otro miembro del entorno presidencial. “Pero sus críticos dicen que Tyumen se financia desviando fondos de otras compañías quebradas, incluyendo posiblemente subsidiarias de la Sidanco" (53).
 
BP-Amoco, derrotada en los tribunales rusos, logró llegar a un acuerdo extrajudicial con la Tyumen para la explotación de Chernogorneft pero su inversión ha sido severamente devaluada. El ‘mensaje’ de esta operación es claro: “Si esto le puede ocurrir a la British Petroleum y a Amoco, esto muestra que cualquiera es vulnerable" (54).
Es esta impasse del proceso restauracionista, desde el punto de vista de los intereses del capital financiero, lo que los mueve a criticarla política seguida por Clinton, Gore, Larry Summers y el FMI.
 
La naturaleza social del proceso restauracionista
 
Los críticos de Clinton aducen que la impasse del proceso de la restauración capitalista en Rusia es la consecuencia de la política aplicada por la Casa Blanca.
 
Anders Áslund, ex asesor de Gorbachov, escribió un largo artículo (55) que puede resumirse de la siguiente manera: la falta de “perspectiva estratégica" del gobierno norteamericano se manifiesta en que no prestó ‘engrande 'cuando debía hacerlo (según Aslund, en 1992/93) y sí lo hizo cuando no debía hacerlo (a partir de 1995, cuando los oligarcas rusos se apropiaron de las grandes empresas). Desgraciadamente, Áslund no explica porqué un ‘plan Marshallpara Rusia'en el ‘92, el año en que la fuga de capitales alcanzó su pico histórico, habría dado un resultado diferente. Lo más probable es que sólo hubiera servido para engordar esa fuga.
 
Las dificultades de los críticos de la ‘política oficial’ se ponen claramente de manifiesto a la hora de formular una alternativa frente a las actuales dificultades. Plantean que “no hay que aislar a Rusia" y que hay que “mantener el apoyo financiero del FMI" pero “con las debidas garantías y salvaguardas". No es muy distinto de lo que plantea el gobierno norteamericano. Un semanario británico resume el ‘estado del debate’ de la siguiente manera: “Por ahora, la combinación de corrupción, riqueza, tamaño y pésimo gobierno hacen de Rusia un país con el que es imposible tratar sobre bases normales. La ausencia de nuevas ideas sobre cómo hacerlo es apenas ocultada por el ruido y la furia..." (56).
 
Pero no fue sólo la rapacidad de los burócratas sino, por sobre todo, la incapacidad de la economía mundial capitalista para absorber su producción industrial lo que obligó a Rusia a integrarse al mercado mundial como un simple productor de materias primas baratas (petróleo, gas, aluminio, etc.). Para una economía altamente industrializada y para una sociedad con un grado de desarrollo educativo y cultural elevado como la rusa, la perspectiva de convertirse en una versión euroasiática de Kuwait o los Emiratos Árabes planteaba, desde el vamos, una enorme masacre social.
 
Pero esos recursos estaban en manos de los burócratas que habían abandonado el ‘comunismo’pero no el poder. El capital financiero internacional buscó una asociación con esas camarillas. La privatización de los principales activos rusos a través del ‘esquema ’ criminal de las “acciones por préstamos” fue presentada entonces, como se ve obligado a reconocerlo el propio Aslund, como la panacea de todos los males y la base de un nuevo régimen social.
Ese 'esquema’, en realidad, fue ideado poruña misión de ‘asesoramiento’ de la Universidad de Harvard que le ‘vendió’ la ¡dea a Anatoly Chubais. Los dos principales encargados de esta misión fueron luego despedidos y procesados por haber utilizado sus ‘conexiones’ para su enriquecimiento personal. El hombre que llevó adelante este ‘esquema’ delictivo sigue siendo, hoy por hoy, el funcionario ruso de mayor confianza de la Casa Blanca. En otra edición de En Defensa del Marxismo, comentando este episodio, señalábamos que “la ‘paternidad intelectual’, compartida entre la burocracia y el imperialismo norteamericano, del ‘esquema’ que permitió a los grandes bancos apoderarse de los principales activos industriales -y a los principales asesores norteamericanos, embolsar gruesas sumas por ‘comisiones’-da una contundente respuesta a la falsa disyuntiva planteada por la prensa internacional: si en Rusia se impondrá un ‘capitalismo de ladrones’ o un ‘capitalismo occidental’. ¿'Capitalismo de ladrones’, sí-pero ‘made in USA’.." (57).
 
Los fondos rusos eran maná del cielo para los bancos norteamericanos, que a principios de la década del '90 todavía luchaban por recuperarse de las pérdidas ocasionadas por el crack bursátil de 1987 y por el fenomenal ‘agujero negro ’ dejado por las ‘compañías de ahorro y préstamo’ (que pusieron a grandes bancos, como el Citi, al borde del abismo). Esta es la base social de la indiscutida, por entonces, política de Clinton hacia Rusia.
 
Lo mismo ha sucedido, incluso, allí donde el proceso restauracionista estuvo bajo el directo control del capital financiero, como en Alemania. Allí, un grupo de favorecidos’, los grandes bancos e industriales alemanes, utilizó a fondo sus ‘contactos’ con el gobierno para apropiarse de las industrias de la ex Alemania Oriental y vaciarlas en su beneficio. Helmuth Kohl, canciller alemán, y todo su partido, la CDU, recibieron decenas de millones de dólares, para favorecer a uno u otro grupo. Estas coimas incluyeron, presumiblemente, fondos provenientes de actividades ilegales que fueron ‘lavados’ por esta vía. El escándalo ha provocado la expulsión del propio Kohl de la democracia cristiana, la renuncia de su reemplazante y el suicidio del ex tesorero del partido. Si como dice la prensa occidental, la causa de la corrupción en Rusia es la “ausencia de tradición jurídica y legal", luego de décadas de dictadura stalinista y siglos de dominación zarista, ¿cómo explica este escándalo en una Alemania ‘respetuosa de las leyes’?
El agotamiento propio de un régimen de saqueo como el que se montó en Rusia (58) y la lucha salvaje por el acaparamiento de la propiedad entre las camarillas del Kremlin empalmaron con la crisis capitalista mundial. El derrumbe del Asia llevó, a término, a la devaluación rusa y al estalllido de todas las contradicciones internas e internacionales del proceso restauracionista. La agudización de la crisis mundial fue el detonante del derrumbe ruso; el empantanamiento de la restauración es, en consecuencia, una expresión de la crisis capitalista mundial.
 
“Todo el poder a los servicios”
 
La envergadura de esta crisis y la “sensación de vacío de poder" (59) existente en Moscú cuando estos sucesos comenzaban a desarrollarse explican el despido del primer ministro Stepanashin y el ascenso de Putin a la jefatura del gobierno. Un hombre de los servicios dejaba su lugar a otro hombre de los servicios. También explica por qué muchos analistas internacionales atribuyeron a un complot de la oligarquía financiera la guerra en Chechenia y la colocación en el primer plano de los servicios de seguridad y las fuerzas armadas, para distraer la atención sobre su situación, para hacer frente a las por entonces cercanas elecciones parlamentarias y, llegado el caso, suspenderlas con la excusa de la ‘situación de guerra’.
 
Otra manifestación de la crisis es la llamada feudalización de Rusia’, es decir el control de los recursos de cada región por una oligarquía local que sostiene una relación más o menos laxa con el gobierno central. La prensa financiera habla, por este motivo, de una “Rusia medieval" (60). Este proceso de desintegración estatal y de aparición de centros de poder regionales” (61) explica los aparentemente contradictorios resultados de las elecciones parlamentarias de diciembre: en cada región ganó la lista respaldada por el gobernante local; lógicamente, la ganadora nacional fue una lista improvisada de candidatos y tendencias, llamada Unidad, apoyada por la mayoría de los gobernadores locales. “Cada gobernador reina sobre su territorio. Tiene sus órganos de seguridad, sus bandas, sus fiscales y sus jueces. Su único denominador común es que al enviar sus representantes a la Duma (parlamento) bajo la bandera de Unidad, estos 'feudales’ piensan que tienen más chances de mantener su poder” (62).
 
“La guerra contra Chechenia apunta a la supresión de la independencia nacional de este país, que fuera conseguida por medio del voto y de la victoria militar contra Rusia en 1994/96. Pero la necesidad de retomar Chechenia responde al problema más general que enfrenta Rusia, que es la desintegración de su periferia musulmana, tanto en la región del Cáucaso como del Asia Central. Una parte de estas zonas fueron conquistadas por los zares en forma militar, pero otras fueron el resultado, además, de un largo proceso de colonización de tierras y de espacios. Las fuerzas centrífugas de la presión económica del imperialismo capitalista se hacen sentir con toda su fuerza, ahora que no es contrapesada por la centralización brutal del zarismo y la no menos brutal del stalinismo, que fueron acompañadas ambas por una expansión económica que ha desaparecido por completo" (63).
 
Aún cuando Rusia haya tomado Grozny, la agresión militar rusa está condenada al fracaso. Es una guerra reaccionaria porqüe apunta a defender la restauración del capitalismo, la entrega al capital internacional y el saqueo económico por parte de la oligarquía. El Ejército se ha prestado a esta aventura para reivindicar sus propios intereses en la mesa del reparto, lo que significa una rehabilitación de la industria militar. Este es precisamente uno de los planteos centrales de Putin. Pero “la acción del ejército ruso no encierra ninguna posibilidad de renacimiento nacional ruso; eso sólo lo podrá producir una nueva revolución socialista, al igual -aunque esta vez superior, por el desarrollo de las fuerzas productivas- que lo hizo la primera" (64).
 
Estados Unidos y el gobierno de Putin
 
Estados Unidos apoyó el ascenso de Putin al poder (“es un hombre con el que se puede negociar" dijo un portavoz del Departamento de Estado"). También aprobó la agresión militar contra Chechenia. La propia prensa norteamericana ha llegado a acusar a su gobierno de “ayudar indirectamente el esfuerzo de guerra” de los rusos (65).
 
La razón del apoyo es clara: el imperialismo apoya la restauración capitalista pero, además, ha logrado mediante un pacto con los rusos preservar de la guerra a los países del sur del Caucaso, con fuertes recursos petroleros, como Georgia y Azerbayán, que prácticamente han pasado a la órbita de la Otan. Estos últimos han formado con Uzbekistán, Ucrania y Moldavia una asociación de carácter comercial y defensivo conocida como GUUAM. Todo esto le ha abierto a los norteamericanos las puertas de los países de Asia Central, todavía más ricos en recursos minerales y petroleros, como Kazajstán y Uzbekistán. Allí, las compañías occidentales han firmado convenios por miles de millones para la extracción de petróleo y su transporte a Occidente.
 
Los intereses norteamericanos en la región “han sido sumarizados sin ceremonias en un titular del The New York Times:1Estados Unidos busca terminar con ¡a dominación rusa sobre el Caspio’- una ambición cuyas implicaciones geopolíticas pueden traer más problemas de los que Washington hoy supone" (66). Estas 'implicaciones geopolíticas’ explican lo que algunos analistas, como el ‘kremlinólogo’ Richard Pipes, consideran una "política contradictoria de los Estados Unidos: la ampliación de la Otan y el bombardeo de Serbia, por un lado, y los ojos cerrados frente a la corrupción, por el otro” (67).
 
“Lo que seguramente explica el estrecho apoyo norteamericano'al proceso político ruso es el acuerdo para apoyar el desplazamiento del poder de la oligarquía financiera que ha comprometido seriamente la posición financiera de la oligarquía capitalista internacional” (68). Desde su llegada al poder, Putin ha desplazado al otrora poderoso Pavel Borodin, el 'tesorero'de Yeltsin, y a dos ex viceprimeros ministros y ha designado para el puesto a Mijail Kasyanov, un economista “conocido y respetado en Occidente” (69). Aunque “es sospechado de ilícitos financieros" (¿cómo encontrar algún miembro limpio’ de la nomenklatura?), el hombre “encabeza un gobierno más presentable (...) encaminado a la cooperación económica con Occidente" (70).
 
Naturalmente, los norteamericanos 'cobrarán' este respaldo. Bajo la presión de Estados Unidos, Putin le había pedido a la Duma que ratifique el tratado Start II, sobre limitación de armas nucleares. Al mismo tiempo, han comenzado las conversaciones sobre un nuevo tratado, el Start III. Se estima que el parlamento lo hará porque “los militares apoyan un compromiso que liberaría fondos para la modernización atómica y el rearme convencional” (71). Además, los norteamericanos pretenden modificar el acuerdo ABM de 1972 (sobre misiles intercontinentales), para desarrollar un sistema de defensa antimisiles. A cambio, estarían dispuestos a apoyar una rehabilitación de la industria militar rusa, con la participación de sus propios grupos armamentistas. Ya se encuentra en marcha un programa para la construcción de aviones rusos lllushyn con participación de la Boeing. Todo esto, por cierto, ha desatado nuevos choques con Europa, que quedaría aislada de esos acuerdos militares y completamente subordinada en el plano de la industria armamentista.
 
Perspectivas
 
¿Podrá el régimen encabezado por Putin evitar la desintegración estatal de Rusia y darle una 'salida’ a la empantanada restauración del capital?
 
En lo inmediato, Putin ha obtenido algunas victorias. Ha logrado ganar a una parte de los políticos y gobernadores que hasta las pasadas elecciones apoyaron a los que se consideraban los principales candidatos para reemplazar a Yeltsin, el tándem formado por el ex primer ministro Eugeni Primakov y por el alcade de Moscú Luzhkov. También ha desarticulado al ‘partido comunista’, que ha respaldado su designación presidencial. “Los comunistas apoyaremos a Putin si termina con el saqueo del Estado. Pienso que es un buen hombre, muy enérgico y con mucho sentido del Estado" declaró el general Valentín Varennikov, miembro del CC del PCFR (72). Los ‘comunistas’ están irremediablemente atados al nuevo gobierno dada su defensa de la industria militar. Putin también ha logrado deshacerse sin demasiada oposición de algunos hombres de la “vieja guardia’ yelstiniana.
 
Todo esto, sumado a la toma de Grozny, la capital chechena, deberían asegurarle la victoria en las elecciones presidenciales de marzo. Esto claro, si no ocurre un desastre militar o financiero.
 
Pero allí terminan las buenas noticias para Putin. El desplazamiento del poder de la oligarquía financiera está limitado por las enormes y profundas relaciones entabladas entre ésta y los organismos de seguridad. ¿O acaso el Imkonbank no es una “emanación de la KGB ? En otras palabras, los servicios de seguridad están tan corrompidos como las otras camarillas, lo cual no debe sorprender ya que tienen un origen y una base social común, la burocracia soviética. Tampoco el ejército puede asumir la tarea de ‘limpiarlos establos del régimen yeltsiniano. "Las fuerzas armadas han perdido la capacidad de actuar como recurso último de salvación del Estado, no digamos ya de la nación rusa. Algo similar se manifestó ya con el ejército yugoslavo” (73). No hay ninguna fuerza social o política en Rusia que pueda frenar el saqueo y sostener por sí misma la unidad estatal de Rusia, fuera de la clase obrera, que aún no juega un papel político relevante.
 
En estas condiciones, la unidad estatal de Rusia se encuentra en manos del imperialismo mundial. Por eso, a pesar de la verborragia patriótica, Putin y el ejército ruso buscan su ayuda.
 
Se trata de un escenario de barbarie, que une la ocupación militar de los Balcanes y el reforzamiento de la Otan hacia las fronteras rusas con la guerra colonial de los rusos en Chechenia.
 
 
NOTAS: 
 
1. Corriere de la Sera, 2 de enero del 2000.
 
2. Anders Áslund, “Russia's Collapse". en Foreign Afíairs, septiembre/octubre de 1999.
 
3. The Wall Street Journal, 28 de agosto de 1999.
 
4. Corriere della Sera, 16 de diciembre de 1999.
 
5. The Economist, 28 de agosto de 1999.
 
6. The Wall Street Journal, 30 de agosto de 1999.
 
7. Timothy O’Brien, “Siga el dinero, si puede", en The New York Times, 5 de setiembre de 1999.
 
8. Stephen Fidler y Lionel Barber, Op. Cit.
 
9. Richerd Pipes, reportaje en Corriere delta Sera, 11 de enero del 2000.
 
10. David Ignatius, “Debacle en Rusia, escándalo en Estados Unidos", en The Washington Post, 25 de agosto de 1999.
 
11. Robert Kaiser, “Inflando el problema", en The Washington Post, 15 de agosto de 1999.
 
12. Zbigniew Brzezinski, “Bombas escondidas en el escándalo ruso", en The Wall Street Journal, 3 de setiembre de 1999.
 
13. Stephen Fidler y Lionel Barber, Op. Cit.
 
14. The Wall Street Journal, 14 de setiembre de 1999.
 
15. The Wall Street Journal, 30 de agosto de 1999.
 
16. Mediante este ‘esquema’, instaurado en 1995 por el entonces primer ministro Anatoly Chubais, el gobierno ruso cancelaba sus deudas con los bancos rusos mediante la entrega de las acciones de las principales empresas. Este ‘esquema’ permitió que un puñado de grandes banqueros se apropiara de los principales recursos rusos. “Visto hoy como un acto de colosal criminalidad, (este ‘esquema) definió la economía de Rusia..." (John Lloyd, “The Russian Devolution", en The Times Magazine, 15 de agosto de 1999).
 
17. Holman Jenkins, “Los rusos están de acuerdo: los bancos norteamericanos son los mejores”, en The Wall Street Journal, 1o de setiembre de 1999. diferenciado mío.
 
18. Corriere della Sera, 21 de setiembre de 1999.
 
19. Corriere della Sera, 31 de agosto de 1999.
 
20. Charles Clover y William Hall, “Orden de arresto acelera la caída en desgracia de Borodin", en Financial Times,
 
29 de enero del 2000.
 
21. Business Week, 31 de agosto de 1999.
 
22. En las últimos días, ha salido a la luz que también Ucrania ha desviado de manera similar fondos recibidos del FMI y el Banco Mundial hacia la especulación con bonos de su propia deuda interna, cuyos beneficios fueron fugados a través de bancos belgas y suizos. El asunto no es menor: Ucrania
 
23. Le Monde, 2 de agosto de 1999.
 
24. Idem.
 
25. The Economist, 21 de agosto de 1999.
 
26. The Guardian Weekly, 23 de mayo de 1999.
 
27. Anders Aslund, Op. Cit.
 
28. Idem
 
29. Luis Oviedo, “El carácter social de la Rusia actual’', en En Defensa del Marxismo, N° 18, octubre de 1997.
 
30. Anders Áslund, Op. Cit.
 
31. Clarín, 1o de agosto de 1999.
 
32. Financial Times, 31 de agosto de 1999.
 
33. The Washington Post, 30 de agosto de 1999.
 
34. The Wall Street Journal, 30 de agosto de 1999.
 
35. Holman Jenkins, Op. Cit.
 
36. Idem
 
37. Zbigniew Brzezinski, Op. Cit.
 
38. Timothy O'Brien, Op. Cit.
 
39. Corriere della Sera, 19 de enero del 2000.
 
40. Idem.
 
41. The Wall Street Journal, 30 de agosto de 1999.
 
42. Corriere della Sera, 15 de diciembre de 1999.
 
43. Le Monde, 7 de diciembre de 1999.
 
44. Corriere della Sera, 15 de diciembre de 1999.
 
45. Financial Times, 5 de diciembre de 1999.
 
46. Corriere della Sera, 16 de diciembre de 1999.
 
47. Corriere della Sera, 16 de diciembre de 1999.
 
48. Martin Wolf, “El precio del olvido", en Financial Times, 11 de agosto de 1999.
 
49. Corriere della Sera, 10 de noviembre de 1999.
 
50. Idem.
 
51. Zbigniew Brzezinski, Op. Cit.
 
52. The New York Times, 14 de agosto de 1999.
 
53. The Economist, 21 de agosto de 1999.
 
54. The New York Times, 14 de agosto de 1999.
 
55. Anders Áslund, Op. Cit.
 
56. The Economist, 11 de setiembre de 1999.
 
57. Luis Oviedo, Op. Cit.
 
58. “Para mantener los actuales niveles de producción (equivalentes a la mitad del pico alcanzado en 1987 de 11,47 millones de barriles diarios), la industria petrolera rusa necesita inversiones equivalentes a la mitad de todos los activos bancarios rusos" (Le Monde, 10 de agosto de 1997). Desde entonces, el saqueo ha seguido agravando la precariedad de la producción rusa de petróleo. La situación es aún peor en otras ramas.
 
59. Financial Times, 10 de agosto de 1999.
 
60. The Wall Street Journal, 10 de agosto de 1999.
 
61. Idem.
 
62. Le Monde, 23 de diciembre de 1999.
 
63. Miguel Briante, “Chechenia o la misión imposible del ejército ruso", en Prensa Obrera, N° 651, 25 de noviembre de 1999.
 
64. Jorge Altamira, “Todo el poder a los servicios", en Prensa Obrera, N° 652,6 de enero del 2000.
 
65. The Washington Post, 17 de diciembre de 1999.
 
66. William Pfaff, “Agitando un cóctel explosivo en el Caucaso", en Los Angeles Times, 17 de diciembre de 1999.
 
67. Richard Pipes, reportaje en Corriere della Sera, 11 de enero del 2000.
 
68. Jorge Altamira, Op. Cit.
 
69. Corriere della Sera, 11 de enero del 2000.
 
70. Idem
 
71. El País, 22 de diciembre de 1999.
 
72. Corriere della Sera, 3 de enero del 2000.
 
73. Jorge Altamira, Op. Cit.
 

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