fbnoscript

Los orígenes de la clase obrera argentina

Por Christian Rath
En un período relativamente breve que transcurre durante la segunda mitad del siglo pasado, los trabajadores argentinos dejarán atrás lo que puede llamarse su prehistoria, se constituirán como clase social diferenciada del resto y construirán sus organizaciones sindicales y políticas. Tempranamente, el movimiento obrero argentino expresará una conciencia de clase, un fenómeno de la moderna era industrial en una sociedad cuya primera alambrada se va a levantar en 1845.
 
En el escenario del país al momento de la batalla de Caseros (1852), en Buenos Aires y algunas ciudades importantes del interior, existe una capa de trabajadores urbanos, ya con composición inmigrante. Esta será la base social sobre la cual aparecerán las primeras expresiones de organización autónoma. En este período es cuando se va a producir la primera gran transformación capitalista en la economía argentina, que plantea un vuelco hacia el mercado exterior, con el que el país tenía hasta ese momento una vinculación restringida y marginal, a través del mercado del tasajo, carne salada para los esclavos de Brasil y Cuba, y cueros. El inicio de la producción y exportación de la lana va a plantear un conjunto de modificaciones sustantivas: primero, los productores accedieron en una escala nunca vista hasta entonces al mercado europeo; segundo, la nueva producción llevó a acelerar la conversión del gaucho -pastor seminómade a caballo-en obrero agrícola (a través del Código Rural y de la persecución contra la vagancia); tercero, nació una industria originada en la actividad agropecuaria (de la grasa, por ejemplo) y se desarrolló la agricultura complementaria de la explotación lanar, fenómenos que plantearon, en su conjunto, la necesidad de mano de obra, lo que va a dar lugar al inicio de una inmigración masiva para cubrir las nuevas necesidades de la agricultura y del artesanado.
 
Hasta ese momento, en la Argentina de la explotación ganadera, de la producción de tasajo, las necesidades de mano de obra eran mínimas. En 1837, según el cálculo de un viajero inglés (Parish) la población argentina era de 675.000 habitantes. En 1860, ya comenzado el “ciclo de la lana”, se ha duplicado (Moussy). Con el aumento de las exportaciones y un limitado progreso económico, se va a producir una ampliación del mercado interno, del consumo doméstico y, por lo tanto, del número de trabajadores manuales en las ciudades. Una porción de la inmigración va a ir creando esa base social de trabajadores y artesanos en las ciudades, otra va a convertirse en peón rural.
 
Fuera de estos sectores, en la naciente conformación de la clase obrera, va a estar presente una capa de trabajadores negros que, hacia mediados del siglo XIX, ya ha entrado en declinación por el desangre de las guerras de la Independencia y porque no es política de la clase capitalista traer esclavos para motorizar el “ciclo de la lana" (más ‘caros’ en relación con los desempleados en masa en Europa). La comunidad negra va a dar lugar a una intensa literatura, con periódicos efímeros que, prácticamente sin excepción, van a adoptar el punto de vista de la defensa de la raza. Otra capa social va a estar conformada por los trabajadores agrícolas de vieja data en el interior (Norte, Cuyo), en muchos casos a través de la explotación de mestizos e indígenas, que tienen como característica una relación de tipo semiservil, en la que la propia noción de salario no existe (el peón trabaja por el alimento, una vivienda precaria en algún caso y algún dinero excepcional en otro) y donde no se van a plantear formas de organización autónomas en todo este período.
 
La cuestión de la tierra
 
La clase estancieril volcada a la ganadería, que hasta entonces no se había preocupado por el inmigrante, descubrió a fines de la década del *80 que la economía cambiaba en forma radical. Los mercados de la lana ya habían tomado fuerza a partir de mediados de siglo; en 1880 se completa la conquista del desierto y, en las décadas siguientes, se construye una amplia red de ferrocarriles. Existe un cambio interno dentro de la propia economía ganadera que es un poderoso factor de impulso de la agricultura en la pampa: el paso a la producción de carnes selectas. Esto planteaba, para el estanciero, la necesidad esencial de roturar la tierra, destruir el pasto duro y reemplazarlo por forraje para animales refinados. Planteaba, en este escenario y por otra vía, la necesidad de mano de obra.
 
La política inmigratoria del Estado argentino, dominado por la oligarquía ganadera y el capital inglés, va a ser dictada por los latifundistas de la pampa húmeda. En la década del 70, los debates sobre este punto van a aludir forzosamente a la “ley del domicilio de Estados Unidos (Homestead Law) que aseguraba la propiedad de 160 acres (64 hectáreas) a todo aspirante por un insignificante costo de escrituración. El pretendido acceso de la tierra para el inmigrante se convirtió, en el papel o en los hechos, en una farsa. En 1876 se promulgó la primera legislación de tierras nacionales, que permitía a las compañías colonizadoras privadas subdividir y colonizar tierras por su cuenta, lo que convirtió la ley en una burla. Pero aun en aquellos casos en los que se abrieron procesos de colonización en las provincias (Santa Fe, Córdoba), éstos chocaron contra el latifundio dominante en el inmenso escenario de la pampa húmeda. Toda la región libre de indios estaba monopolizada por la clase terrateniente al momento de la conquista del desierto (1879/80) y gran parte del costo militar de esta expedición fue pagada con bonos redimibles en tierras públicas en cinco años. En 1884, el Congreso aprobó una “ley de tierras” cuyas cláusulas, no casualmente, se limitaban a las tierras de pastoreo al sur del Río Negro, con la promesa de obtener 600 hectáreas si se ocupaba y mejoraba la tierra durante cinco años, una extensión que no permitía el pastoreo de ovejas en la tierra patagónica.
 
Aún con este profundo límite, se va a producir, desde 1850 en adelante, una inmigración que tiene sus momentos de flujo y reflujo, pero es constante y ascendente en el período. Influyen poderosamente los dos grandes procesos de expulsión de mano de obra en Europa; por un lado, el que se opera a partir de la revolución industrial, que constituye uno de los focos de inmigración hacia la Argentina -obreros que corresponden al norte y noroeste de Europa-; por otro, la crisis y concentración capitalista del campo, que provoca otra corriente inmigratoria que tiene su centro en el sur de Italia y, hasta cierto punto, en el de España. En términos de población, este ingreso masivo de trabajadores y campesinos arruinados va a cambiar abrupta y masivamente la composición social del país. Un indicador de este vuelco y sus características lo da el censo de 1862: la inmigración se concentra en un radio geográfico que toma como centro Buenos Aires y, en la propia ciudad, el 49% son extranjeros. En menor grado, esa presencia se va a hacer sentir en Santa Fe y Entre Ríos.
 
La naciente clase obrera
 
¿Cuál es la composición de la naciente clase obrera? Un censo provincial efectuado en 1881 plantea la existencia de saladeros y molinos harineros como concentraciones más importantes, luego talleres de carpintería, hornos industriales. Es en estas capas, básicamente urbanas, donde van a nacer los primeros procesos de organización. En primer lugar, bajo la forma de mutuales, donde se expresa la defensa corporativa del artesano con la ayuda social entre los propios socios. No es casual que la primera mutual que registra la historia del movimiento obrero sea la “Sociedad Tipográfica Bonaerense", construida por trabajadores que tienen el privilegio, respecto del resto, del trato con la palabra escrita. Le va a seguir una sociedad de zapateros y, luego, otras. La organización tiene como rasgos dominantes la ayuda social y la unión por oficio, se juntan los obreros que tienen una especialidad común.
 
Otra forma de organización va a ser la de las sociedades extranjeras, por nacionalidad, con ejemplos múltiples (el Hospital Alemán, el Hospital Francés son creaciones de estas sociedades). A diferencia de las mutuales por oficio, que tienden a tener una característica de clase, este tipo de sociedad abarca a los “connacionales" cualquiera sea el lugar que ocupan en el régimen de producción. Esto va a provocar que las sociedades extranjeras durante todo un periodo sean tributarias de corrientes liberales o agentes de determinadas camarillas vinculadas al Estado. Pero comienza a plantearse una primera forma de organización y una primera forma de diferenciación.
 
1878: la Unión Tipográfica
 
Del seno de la Sociedad Tipográfica va a surgir, en 1878, la Unión Tipográfica, que va a declarar la primera huelga obrera del país. Es un ejemplo, hasta cierto punto, clásico. La sociedad mutual va a incubar en su seno una nueva organización con rasgos sindicales, elabora un programa reivindicativo e incluso se da otro nombre para diferenciarse (y preservar) a la sociedad mutual. Este proceso lo inician los obreros tipógrafos no sólo de la Argentina sino de otros lugares de Latinoamérica y del mundo porque se trata del trabajador más culto y que además se cartea con otros obreros gráficos del mundo.
 
Esta va a ser la primera organización de nuestro país que va a vincularse con la Asociación Internacional de Trabajadores, la Ia Internacional, fundada en 1864. La Unión va a enarbolar un programa de características reformistas, 'planteando que la igualdad de los hombres se tiene que lograr por medio del reclamo ante los poderes públicos y que ésta es la función de este tipo de asociaciones. Existe una lenta evolución que va a permitir que, en 1871, en un mitin, se proclame la consigna: “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos", divisa de la Internacional.
 
El escenario de la primera huelga obrera es, a la vez, el de un vuelco mayor hacia la agricultura, a partir de la derogación por la clase capitalista inglesa de las “leyes de granos" que daban protección a los terratenientes, y que aseguraban el mercado de Gran Bretaña para su carne y sus cereales. La burguesía inglesa deroga estas leyes como una manera de abaratar el costo de la canasta familiar y extraer una mayor cuota de plusvalía de los trabajadores a partir de una rebaja del salario. Esta derogación va a jugar un efecto multiplicador en la producción de cereales en la Argentina y va a comenzar a desplazar al circuito ganadero. Entre el *80 y el ‘86, el área dedicada al sembrado de granos se va a multiplicar ocho veces y se va a plantear el empleo creciente de mano de obra en el campo y el fortalecimiento social de la clase obrera vinculada al transporte ferroviario y a la construcción. Para apreciar el vuelco inmigratorio que provoca este salto de la organización capitalista del país, basta decir que en 1862 teníamos 1.210.000 habitantes y en 1889 prácticamente el doble. Esa duplicación corresponde casi por entero a un nuevo salto inmigratorio. En la ciudad de Buenos Aires, la proporción de extranjeros ya llega al 65% y conviene retener este dato.
 
Primera oleada huelguística
 
La condición de la clase obrera es escalofriante: las jornadas son de 12 horas o más, las mujeres y los niños a la par del hombre. El salario real tiene una lenta evolución hasta el año 1886 y una caída, a partir de entonces, que tiene su origen en la crisis capitalista que va a llevar al derrocamiento del gobierno “comisionista" de la banca inglesa en 1890. El trabajador comienza a ver, hacia 1886/87, que la situación de la clase obrera comienza a empeorar porque se derrumban las exportaciones y todos los recursos públicos son destinados al pago del gigantesco endeudamiento externo producido en el país.
 
En este período, sobre la base de una diferenciación que ya ha comenzado a operarse, se va a producir el desenvolvimiento más importante de la clase obrera de la época. Las sociedades mutuales, que irrumpieron como las primeras formas de organización, van a evolucionar, producto de la situación, hacia “sociedades de resistencia" que poseen el grueso de atributos de una organización gremial.
 
Este proceso también va a llevar a una diferenciación interior de las sociedades por colectividad, se van a organizar sociedades alemanas, por ejemplo, pero de trabajadores alemanes. Se produce una diferenciación de clase en un caso y en el otro, que expresa las profundas necesidades de enfrentar un régimen de superexplotación cuando la crisis capitalista comienza a golpear aún más las penosas condiciones de vida existentes. En este período emerge la "sociedad de resistencia La Fraternidad” que agrupa a los conductores de locomotoras y que conserva este nombre durante décadas, y otras con las mismas características. La peculiaridad de estas sociedades es que van a desenvolver rápidamente un planteo reivindicativo y los pioneros son los obreros más calificados. De este modo vamos a asistir, durante el período 1887/90, a lo que se puede llamar la primera oleada huelguística en la Argentina. Es dirigida por estos gremios y reclama la defensa del salario, el acortamiento de la jomada laboral, la protección del trabajo de la mujer y de los niños. El Estado va a comenzar a cambiar su conducta. Frente a estos procesos huelguísticos, va a iniciar una persecución todavía selectiva del activismo o de los dirigentes que están a la cabeza de los movimientos de lucha.
 
En este proceso de luchas reivindicativas van a plantearse los primeros intentos de conformación política de la clase obrera y uno de sus sectores pioneros van a ser los obreros alemanes. Estos van a formar el Comité Internacional Obrero en 1889, en la sociedad alemana que se llamó “Vorwárts” y, junto a otros centros socialistas, va a tomar el planteo del Congreso de la Internacional Socialista de ese año de organizar para 1890 la jornada del 1o de Mayo. Este se va a concretar colocando a la clase obrera argentina naciente en el mismo umbral de las clases obreras más avanzadas de todo el mundo. En ese acto, revelando la conformación de la clase obrera en el período, todos los trabajadores hablan en distintos idiomas en lo que constituye la primera manifestación intemacionalista en el país, una concentración de más de 2.000 trabajadores. Es el debut político de la clase obrera. Los organizadores se plantean tres objetivos: realizar ese acto, constituir una Federación Obrera y sacar un periódico. El reclamo fundamental, común a todos los actos de ese día, es la jornada de ocho horas.
 
Escisión
 
Este primer intento va a provocar una escisión que reproduce el debate en las filas del movimiento obrero a nivel mundial. Del intento de conformar una Federación y editar un periódico se van a marginar tempranamente los anarquistas. Los marxistas defendían, como principios constitutivos de la Internacional de Trabajadores, el criterio de la lucha de clases y de la clase obrera disputando el poder político de la sociedad. El anarquismo va a fundarse en el rechazo a la acción política de la clase obrera, a la necesidad de una organización centralizada y a la conquista del poder político, es decir a la dictadura del proletariado. Su negación de la acción política, a la que entienden como fuente de opresión, va a expresarse en el rechazo a la acción de los partidos, cualquiera sea su índole, y en un planteo vulgar frente al Estado, al que repudian por su acción autoritaria, pero no caracterizan en términos de clase. No comprenden las causas de la explotación ni las leyes de desarrollo de la sociedad ni la lucha de clases como fuerza creadora de la concreción del socialismo. El anarquismo es el individualismo burgués, puesto del revés. El individualismo es la base de toda la concepción anarquista del mundo, por eso plantean la defensa de la pequeña propiedad y la pequeña economía campesinas, rechazan la subordinación de la minoría a la mayoría y niegan la fuerza unificadora y organizadora del poder. Dentro de esta concepción, los anarquistas van a defender la huelga general como arma suprema contra la opresión del Estado, planteando su sustitución por una utópica federación de comunas de productores libres. A través de la negación absurda de la política en la sociedad burguesa y de toda política en general, el anarquismo va a llevar a la clase obrera a ser rehén a la política de la clase capitalista.
 
¿Una clase antinacional?
 
La clase obrera argentina tuvo un patrón de desarrollo distinto a otros países de América Latina, en los que se conforma a partir de la proletarización del campesino que es expulsado de la tierra. En nuestro caso, la conformación básica de esta clase obrera se produce a partir de la inmigración, es en su origen mayoritariamente extranjera. Para el nacionalismo burgués, éste es el pecado originar de la clase obrera argentina, del cual sólo se habría redimido en la década del ‘40 con el peronismo. Hasta ese momento, su carácter extranjerizante le habría disociado de la vida nacional, bloqueado su integración efectiva con los problemas del país y retrasado el desarrollo de la conciencia política nacional. El predominio político de anarquistas y socialistas entre los obreros habría sido un factor antinacional, resultante de la masiva importación de mano de obra de Europa.
 
En realidad, los nacionalistas ven un mal en el único beneficio que aportó la industrialización tardía y dependiente del país, que el proletariado asimilara desde su nacimiento las concepciones teóricas y las experiencias prácticas más avanzadas de la época, aportándolas a la nación en su conjunto y 'ahorrando' así un siglo de historia al país. Es la expresión de la ley del desarrollo desigual y combinado en el terreno social y político. Así como la Argentina pudo usufructuar de la técnica moderna del ferrocarril sin haber participado en la revolución industrial, la clase obrera se organizó directamente en sindicatos, haciendo sólo un breve aprendizaje mutualista (1850/70) y asimilando las principales teorías revolucionarias.
 
La inmigración representó un salto colosal para la defensa de la fuente de trabajo obrera en la terrible fase inicial de la acumulación de capital en el país. En 1877/87, ya se luchaba por aumentos de salarios, la reglamentación de la jornada de trabajo y mejoras en las condiciones laborales. Ya en 1890, un año después del Congreso constitutivo de la IIa Internacional, el proletariado argentino inaugurará, junto a la clase obrera de los países imperialistas, la conmemoración del 10 de Mayo. En 1895, los yeseros conquistan las ocho horas y un año después lo logran los pintores y constructores. Compárense estas luchas y triunfos con las condiciones próximas al servilismo que reinaban en 1860/70 entre los trabajadores manuales de la provincia y el interior para medir el fabuloso progreso histórico acelerado por la inmigración.
 
Es falsa, por lo demás, la idea de una fragmentación de la clase obrera argentina entre extranjeros y criollos. Lo característico fue la rápida asimilación de los obreros de origen nativo a los planteos políticos y sindicales aportados por los extranjeros y los reclamos comenzaron a surgir indistintamente en uno u otro sector, tanto en los gremios donde predominaba la mano de obra nativa como en aquellos en los que se destacaba la extranjera.
 
Contra lo que sostienen los nacionalistas, el proceso de sindicalización aceleró notoriamente la integración cultural y social de los trabajadores inmigrantes, porque el sindicato reunía en una misma organización a extranjeros y nativos, estableciendo un vínculo de clase entre ellos, sin distinción nacional, como las existentes en las asociaciones por colectividades.

Compartir

Comentarios