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Mito y realidad de la "mundialización del capital"

Por Pablo Rieznik
La mondialisation du capital, de Frangois Chesnais (1), fue publicado en 1994. Tuvo, a partir de entonces, un reconocimiento creciente en los ámbitos académicos y de la izquierda. Algo que debe valorarse a la escala del propósito de la obra que se propone analizar “uno de los mayores fenómenos económicos de este fin de siglo”. Se refiere así a lo que en la literatura y en los discursos apologéticos se denomina “globalización”. El término apareció originalmente en los años ‘80, en los cursos y manuales de las principales escuelas norteamericanas de negocios y marketing. Chesnais prefiere hablar de “mundialización” y aclara, de entrada, que no se trata de una discrepancia meramente terminológica: su análisis se presenta como una crítica del capitalismo y aún como propio del marxismo. Chesnais, además, es conocido por su vieja militancia trotskista.
 
El hecho es que Chesnais publica su libro como “especialista de economía industrial internacional y de economía de la innovación tecnológica, economista de la OCDE”. La Organización de Cooperación y Desarrollo Económico es un organismo gubernamental sostenido por las grandes potencias capitalistas. El libro dispone, por la misma razón, de un amplio repertorio de fuentes bibliográficas que circulan en los institutos. Los autores clásicos del marxismo son citados ‘en passant’. Se diría que Chesnais quiere testimoniar su filiación ideológica de un modo vago. En otros trabajos, sus apreciaciones sobre las caracterizaciones marxistas más conocidas en torno a la internacionalización del capital y a la etapa imperialista son más puntuales (2).
 
Chesnais ha asumido una actividad creciente en la Attac, que significa Acción por una Tasa Tobin de Ayuda a los Ciudadanos, una ONG fundada en París a principios de 1998 por una serie de organizaciones sindicales y de asociaciones de diversos países. El impulso original de esta ONG provino del director de Le Monde Diplomatique (Ignacio Ramonet), un órgano del ala izquierda del imperialismo francés y su propósito central es promover el establecimiento de un impuesto mundial sobre las transacciones financieras para "oponer la mundialización de la solidaridad a la mundialización de la economía" (3). Desde su constitución Attac ha abierto filiales en numerosos países, incluida la Argentina, en cuya dirección figuran economistas de la CTA y de Izquierda Unida.
 
La mondialisation... es previa a esta iniciativa y, por lo tanto, no hay en el libro de Chesnais ninguna mención ni a la Attac ni a Tobin, el economista yanqui que originalmente formulara la idea del impuesto financiero como una tentativa de regular y 'civilizar' el funcionamiento del capital. Sin embargo, como veremos, el sendero general del libro de Chesnais, a pesar de su rechazo formal de las terapias 'reformistas’ a los efectos devastadores del capitalismo 'mundializado', conduce a justificar algo tan banal como la pretensión de una reforma del capital a favor de la "solidaridad humana’’... por vía impositiva.
 
¿Un capitalismo distinto?
 
No son pocos los comentaristas de la izquierda que han celebrado La mondialisation du capital. Impresiona seguramente el trabajo bien documentado y el extenso seguimiento de las formas que ha tenido el desarrollo de la concentración y centralización del capital así como su magnitud en términos de inversión externa, alcance y funcionamiento de las gigantescas empresas de nuestro tiempo, manipulación y control de los más modernos avances tecnológicos, dimensión de las formas especulativas propias de la época, etc. Cada uno de estos tópicos merece un tratamiento particular y de este modo La mondialisation du capital sería la síntesis de una caracterización novedosa.
 
En verdad, el propio autor es más modesto y admite que recoge lo que en el ámbito académico ya adelantaron en la década pasada Michalet -con su libro titulado, precisamente, El capitalismo mundial (4)- y también Beaud en sus obras de la misma época sobre la economía mundial (5). Habría que agregar que, aunque el autor no lo menciona, la compulsión internacional del modo de producción capitalista, dada su naturaleza intrínsecamente expansiva, se encuentra ya señalada en El Capital, de Marx, que menciona el “establecimiento del mercado mundial" como “la misión histórica” propia del capitalismo. Más tarde, en los primeros años del siglo XX, fue Bujarín quien tituló un trabajo suyo Economía mundial (6), a la que definió como “un sistema de relaciones de producción y de relaciones de intercambio correspondiente, que abarcan la totalidad del mundo". Es, por supuesto, la época del imperialismo, cuando Lenin hace referencia a la división territorial del mundo entre las potencias capitalistas, a la formación de asociaciones internacionales monopolistas y al rol preponderante de la exportación de capitales como sus elementos constitutivos (7). A esta nueva economía mundial hacen referencia también las muy conocidas obras de la época, de Rosa Luxemburgo (La acumulación de Capital) y de Hilferding (El Capital Financiero). De la constitución de esta nueva economía mundial Trotsky sacará enormes conclusiones políticas revolucionarias en su Balance y perspectivas, luego de la primera revolución rusa de 1905 (8).
 
En su ensayo, Chesnais no aborda ninguno de estos antecedentes aunque cita ocasionalmente algunos. Admite que la "mundialización” es una “fase del proceso de internacionalización del capital”. No es menos significativo que en el comienzo del libro señale que la palabra "mundialización (...) permite introducir la idea de que serían necesarias instituciones políticas mundiales capaces de dominar la economía mun-dializada”. Es un ángulo completamente restrictivo que remite a un problema “institucional”. En ninguna parte Chesnais aclara la naturaleza social y política de tales "instituciones". Aunque dice que las “fuerzas que dominan actualmente los negocios del mundo no quieren esto a ningún precio", tendremos oportunidad de verificar que el libro está consagrado a concluir que una reversión de este cuadro sería posible en otro contexto de “fuerzas” en el seno del capitalismo (9).
 
Es de notar que, sobre el final, Chesnais aclara que “teóricamente, nada permite afirmar que el capitalismo no será capaz de instaurar un modo de desarrollo que repose sobre otras formas de consumo y sobre un modo de vida totalmente diferente al que ha desarrollado en el curso de su historia". Es cierto que el autor se declara “escéptico" sobre tal posibilidad pero con ello alude a la incapacidad de los actuales liderazgos políticos. De todos modos, en el último párrafo y a modo de cierre, dice que “aunque lo dudo, puede ser que me equivoque y que por ejemplo los Estados capitalistas más avanzados restablezcan próximamente su control sobre los mercados financieros y los sometan a una regulación estricta, o que se pronuncien por la anulación de la deuda de los países del tercer y cuarto mundo, o que las empresas de una amplia mayoría de los países de la OCDE acepten por simple efecto de la persuasión intelectual, adoptar la semana de treinta y cinco o treinta horas...”. La crítica al capital es sustituida por una política de parches y de regulación de la economía mundial sobre la base del propio modo de producción capitalista. El Chesnais que pregona ahora la “solidaridad internacional" bajo el paraguas de la Attac y del impuesto a las finanzas no es ciertamente el que hablaba de la revolución proletaria internacional bajo la inspiración de Pierre Lambert. Ahora ha sucumbido a la mediocridad del pensamiento centroizquierdista.
 
El original y la copia
 
Esto explica que su peculiar definición de “mundialización del capital” haya sido motivo de celebración. Encubierto con algún ropaje marxista, no hace más que repetir lo que se escucha desde hace años: que no nos encontramos ante manifestaciones agravadas de la crisis histórica del capital sino frente a una suerte de anomalía, “neoliberal” o “neoconservadora”, que debería ser corregida por una intervención disciplinadora del Estado... capitalista. Es exactamente lo que dice Chesnais: que la “mundialización” debe ser comprendida “como resultado de las políticas de liberalización, privatización, desregulación y desmantelamiento de las conquistas sociales y democráticas que fueron aplicadas desde el debut de los años '80 bajo el liderazgo de los gobierno de Thatcher y Reagan”. Es una pura apología de este neoliberalismo, claro, referirse a la mundialización del capital como un fenómeno de los '80.
 
Pero no es, todavía, lo más importante. Ocurre que Chesnais explica que lo típico de la “mundialización" es el “fin del ciclo del capitalismo bajo el dominio del capital industrial”. Se trataría ahora de “la autonomía total del capital dinero... que imprime su marca al conjunto de las operaciones en la economía contemporánea”. En el propio libro, sin embargo, el mismo autor explica la íntima vinculación que existe entre el capital industrial o productivo y el capital dinero o especulativo. ¿Por qué esta contradicción? Porque Chesnais pretende enfrentar a este capital financiero-especulativo transformado en casino, al viejísimo ciclo del capital que se encontraba unificado por la hegemonía del capital industrial.
 
Los “Treinta Gloriosos"
 
Lenin caracterizó, hace ya casi un siglo, que si en el desarrollo histórico del capitalismo, el capital industrial había sometido a sus necesidades al capital dinero o bancario, la evolución ulterior llevó a una particular fusión entre ambos. Tal es el significado del capital financiero. El capital financiero se desenvuelve entrelazado con el monopolio, al cual contribuye a desarrollar. Este capital, que atraviesa además las fronteras nacionales, es para Lenin un “capitalismo agonizante" o “capitalismo de transición”, es decir, de negación de las leyes de desarrollo capitalista sobre la base de este mismo desarrollo. No hay duda que el mundo cambio desde 1915 y que las formas del capital financiero conocen un desarrollo diverso, pero reforzando, y no atenuando, la caracterización de Lenin. El entrelazamiento directo entre los bancos y la industria ha sido sustituido por un entrelazamiento más indirecto, pero no menos profundo, a través de los fondos de inversión, los fondos de cobertura y las operaciones de Bolsa y fuera de Bolsa Chesnais omite este análisis porque tiraría por la borda su 'contribución' sobre una periodización completamente antojadiza de la evolución del capitalismo. En realidad, el análisis de Chesnais está impregnado de la nostalgia general que provoca en todos los medios centroizquierdistas la etapa de la posguerra, los ahora llamados “treinta gloriosos” del capitalismo, por el período de crecimiento económico que siguió a la posguerra. Es sintomático que el libro celebre las posiciones de Keynes de finales de los ‘40 e identifique la posibilidad de una marcha atrás en la financierización" del capitalismo con las políticas de intervención estatal que pregonaba el economista inglés ya en aquella época. Claro que es el fracaso de la política y los remedios keynesianos lo que condujo a la crisis contemporánea.
 
Chesnais se ha incorporado a la tropa que ha hecho una caracterización impresionista del llamado 'boom' de la posguerra. El enfoque es contable, no histórico, ni siquiera económico. Porque el crecimiento del producto bruto mundial y del comercio no revirtió sino que acentuó las características transicionales del capitalismo, el monopolio y el parasitismo, la reacción y la guerra. El derrumbe actual y, en especial, la colosal acentuación del parasitismo social, tiene como base el boom de 1950/70, más que 30,15 pocos gloriosos años.
 
Mistificación
 
El crecimiento del producto bruto no puede identificarse con estabilidad de la economía y la política mundiales de la época: esto es una ficción. Chesnais recoge este impresionismo cuando adopta el punto de vista de los regulacionistas – una escuela de economistas franceses, que se identifica por su total oposición a la caracterización marxista sobre los límites histórcos insalvables del capital. La mondialisation…. Acepta la fábula de un capitalismo “estable” que garantizó “la acumulación” y el “buen funcionamiento” del sistema hasta la crisis de los ’70. Pero el impresionismo se transforma en caracterización reaccionaria cuando se repite la vulgaricidad más reiterada de los últimos años: “la crisis actual del modo de desarrollo (sic) capitalista” se revelan en “la reducción de la capacidad de intervención de los Estados… incapaces de imponer lo que sea al capital privado…. El sistema, por primera vez en su historia, confía la suerte de la moneda y las finanzas completamente a los mercados… los gobiernos y las elites (sic) que gobiernan los principales países capitalistas avanzados dejaron que el capital dinero se transforme en una fuerza incontrolable”.
 
Al revés Chesnais, si el mercado puede reemplazar al Estado, esto es un signo de vitalidad del capitalismo, no de decadencia. El estatismo es señal de descomposición, porque significa que el capital necesita muletas.
 
¡Hoy las necesita más que nunca! Lo prueba el endeudamiento estatal mundial, de aproximadamente 20 billones de dólares: sólo Japón tiene una deuda pública de 8 billones. Pero que después de las masacres en Irak y Kosovo, después de Timor y Chechenia, después de la elaboración 'teórica' sobre el papel de gendarme mundial de la Otan más allá de los normas del “derecho internacional", después de las más brutales y despóticas intervenciones a nivel mundial en la última crisis, comandadas por el FMI, es decir, por el gobierno norteamericano; parece mentira -insistimos- que después de todo esto se pueda afirmar que el problema que enfrenta la humanidad es la imposibilidad de “intervenir” de los principales Estados capitalistas. No menos ridícula es la afirmación de que el capitalismo se ha entregado por completo a “la imposición de los mercados".
 
La especie del retiro del Estado se contradice con varias de las afirmaciones del libro de que el libre mercado ha sido sustituido por la fuerza de la competencia-cooperación entre las gigantescas empresas capitalistas. ¿De qué Estado estamos hablando? Hablar de Estados débiles y de “capitales privados impunes" sólo tiene sentido cuando el pseudo análisis quiere avalar la propuesta de “Estados fuertes" y "políticas activas" para reducir la “impunidad” del capital financiero. Del Chesnais de La mondialisation... al economista de la Attac no hay demasiada distancia en la tarea de liberar al capitalismo... del peso de las finanzas capitalistas, como señalara un crítico bastante poco revolucionario del planteo de Chesnais (10).
 
Desde el punto de vista teórico, La mondialisation... es, naturalmente, un enorme retroceso respecto a los antecedentes que invoca. De la caracterización marxista, La mondialisation... elimina lo fundamental. Por eso el autor, en un trabajo secundario, dirá que la antes señalada tipificación del imperialismo como “capitalismo agonizante" o “de transición" debe ser revisada. Según Chesnais (11), las condiciones para el pasaje a un orden social superior no están dadas, como si lo habrían estado a principios de siglo, debido a las derrotas del movimiento obrero, las cuales serían el punto de partida de la etapa de mundialización del ‘80. Pero cuando Lenin habló de capitalismo “agonizante”, la clase obrera estaba en medio de una matanza generalizada, arrastrada por la traición más infame de la historia del movimiento obrero contemporáneo. En el año 1915, los intemacionalistas "entraban todos en un sillón" según la conocida afirmación de uno de los participantes de la conferencia de Zimmerwald.
 
Los limites (históricos) de la burguesía...
 
La afirmación de Lenin sobre el carácter terminal de la “fase superior” del capitalismo tiene que ver con la naturaleza del propio capital y no con la correlación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado en el terreno de la lucha de clases. Los limites definitivos para el capitalismo deben ser entendidos en este caso en el mismo sentido en que Marx señaló que el límite del capital es el propio capital, una “contradicción en movimiento". Se refería entonces a la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, fundamento de la tendencia del capital al colapso. Chesnais no puede aceptar esta caracterización porque se da de patadas con su análisis del capital financiero como una suerte de forma patológica del capital. En este punto retrocede en relación a Michalet, cuya obra, no obstante, Chesnais se propone completar y actualizar. Es que Michalet aborda al capitalismo como un “ciclo único” que integra al capital dinero, al capital productivo y al capital mercantil, mientras que Chesnais considera que cada una de estas formas debe ser analizada en “forma separada”. Pero ninguna apreciación del movimiento capitalista puede hacerse de este modo porque es precisamente la relación entre las diversas formas del capital la que marca el significado de su evolución histórica. Chesnais necesita unilateralizar el desarrollo del “capital dinero” para mantener en todos los planos el esquema de su oposición al “capital industrial". Así, luego de La mondialisation du capital, organizó otro libro, esta vez, como colección de trabajos, que se titula La mundialización financiera y que ya no es otra cosa que una suerte de folleto de propaganda de la Attac y su conocido impuesto. De este modo, la caracterización “marxista” del capitalismo moderno concluye con una apelación a los gobiernos capitalistas para una mayor intervención en rescate de la tendencia al derrumbe del capitalismo mundial. Algo redondamente contrarrevolucionario.
 
En definitiva, lo que ofrece como conclusión la obra que comentamos es la vieja cantinela de que lo que hace mal al capitalismo es la especulación, como si ella no fuera precisamente la expresión de la impasse general del propio capital productivo que mina las condiciones de su propia valorización. “Toda crisis capitalista fundamental significa que la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción existentes ha llegado a un punto de explosión. La caracterización que gira en tomo a la dicotomía entre la producción y la especulación la ignora olímpicamente y se pierde en su laberinto. El desarrollo del llamado sector financiero obedece a la necesidad del capitalismo de superar la contradicción de base que se reproduce incesantemente. Se opone al capital productivo como un hermano siamés a otro” (12). Canaliza fondos que carecen de oportunidad rentable en la órbita productiva, actuando como atenuante de la crisis... hasta que se transforma en el principal motivo de su estallido porque se hace incompatible con la creación de valor y plusvalía que es propia del capital productivo en confrontación con el trabajo asalariado. En cualquier caso, la especulación es una evidencia del horizonte insuperable de la civilización capitalista y de la necesidad histórica de su superación revolucionaria.
 
... y los del autor de La mondialisation...
 
Si con la aparición del imperialismo surgió una oposición pequeño burguesa que pretendía el retorno idílico al mundo de la libre competencia, del productor individual, de la vigencia del mercado contra el monopolio, etc., la “globalización” hizo surgir una oposición ya no pequeño burguesa sino también imperialista que procura la “autonomía" de cada Estado-potencia y se fractura en función de los choques más agudos de las diversas fracciones de capital, amenazadas por la sobreproducción y la bancarrota generalizada. La abrumadora mayoría de la izquierda europea, incluida la ’trotskista’, es tributaria de esta nueva configuración que expresa, además, el punto de vista de la burocracia sindical y sus enormes beneficios en la época de la posguerra. ¿Habrá que recordar que el fenómeno de la "aristocracia obrera” es propio de los países imperialistas?
 
Finalmente, la “mundialización del capital” es un mito en un sentido muy preciso. Chesnais reconoce su deuda con Bujarín y su ya aquí mencionado análisis de la “economía mundial’1, pero no menciona siquiera la crítica de éste a los macaneos de la “mundialización”, puesto que como resultado de las disputas por el dominio de la propia economía mundial se integran “trusts capitalistas nacionales" que rivalizan ferozmente entre ellos de modo que si la competencia tiende a reducirse al mínimo en el seno de las economías nacionales, “renace en el exterior en proporciones fantásticas, nunca vistas en épocas anteriores” (13). El capital no puede “mundia-lizarse" porque tampoco puede socializarse; su carácter privado lo condena al exclusivismo, o sea, al nacionalismo, es decir, a la guerra entre los capitalistas. El capital no es nada sin el recurso de la fuerza y del Estado que la transforma en realidad material. Las agudas manifestaciones de guerra comercial, las divisiones estratégicas entre los diversos polos del mundo capitalista, las consecuencias inevitables de su desarrollo desigual, el temor a una explosión bursátil y financiera en el corazón del mundo capitalista expresan una realidad en la que operan a la vez profundas fuerzas centrípetas y centrífugas en la economía mundial. El Estado mundial capitalista o las “instituciones mundiales”, para hablar en los términos del libro que criticamos, es una utopía reaccionaria. El capitalismo no puede funcionar de otro modo. La “mundialización del capital” fue anticipada como fantasía por Kautsky, 90 años atrás, con el nombre de “ultraimperialismo”. El pronóstico acertado fue el de sus críticos marxistas: es una época de reacción en toda la línea, de catástrofes sociales y gigantescas convulsiones económicas, de barbarie generalizada, de extensión del capital a todo el globo y, por lo tanto, de mayores desequilibrios y desigualdades, de guerras y revoluciones. Por supuesto, no hay impuesto Tobin que pueda remediar esta situación. Para bien o para mal, no hay otra salida fuera de la revolución proletaria y la expropiación del capital.
 
 
Notas
 
1. Chesnais, Frangois; La mondialisation du capital, Ed. Syros, Paris, 1994.
 
2. Chesnais, Frangois; Capitalismo de fin de século, en Coggiola, Osvaldo (org.), Globalizacao y Socialismo, Ed. Xamá, Sao Paulo. 1997
 
3. Sobre el impuesto Tobin, pueden consultarse las críticas aparecidas en En Defensa de!Marxismo N° 23 (marzo/mayo de 1999) y en En
Defensa del Marxismo N° 25 (diciembre 1999/febrero 2000).
 
4. Michalet, C. A.; Le Capitalismo mondial, Ed. Presses Universitaires de France, Paris, 1985
 
5. Beaud, M; Le Systeme national-mondial hierarchisé, Paris, La Decouverte, 1987.
 
6. Bujarin, N; El imperialismo y la economía mundial, varias ediciones.
 
7. Lenin, V. El imperialismo, fase superior del capitalismo; varias ediciones.
 
8. Rieznik, Pablo, “Trotsky e a crise da economía mundial capitalista", en Trotsky Hoje. Editora Ensaio, Sao Paulo, 1994.
 
9. Entrecomillamos la palabra para subrayar que no sólo la palabra imperialismo no aparece en el texto: las “fuerzas” sustituyen al proletariado y la burguesía como clases antagónicas de la economía mundializada
 
10. Husson, Michel; “Contra el fetichismo financiero" en Razón y Revolución. N° 5, Bs. As., otoño de 1999.
 
11- Chesnais, Capitalismo... op. cit.
 
12. Altamira, Jorge; “El alcance de la actual crisis mundial”, en En Defensa del Marxismo, N° 24 marzo-mayo de 1999.
 
13. Bujarin, N; op.cit.
 

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