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Trotsky y Preobrazhensky: la problemática unidad de la Oposición de Izquierda

Por Richard Day
Jerry Hough ha comentado que los años 20 y el periodo del primer plan quinquenal en la Unión Soviética han “captado la atención de una generación de estudiosos y suministrado las bases para un estimulante debate y re-análisis”. Uno de los muchos temas sometidos ahora a un análisis más preciso es el carácter de la relación entre León Trotsky y Evgeny Preobrazhensky, los dos más prominentes voceros de la Oposición de Izquierda. Durante algún tiempo los historiadores han estado vagamente conscientes de una tensión latente en esta relación. Isaac Deutscher (1965: 238) atribuyó los recelos de Trotsky a un temor de que los escritos económicos de Preobrazhensky “crearan una apertura para una reconciliación intelectual con ‘el socialismo en un solo país”. En mi propio libro sobre Trotsky señalé que, a pesar de que los dos líderes acordaron en un amplio rango de cuestiones políticas, partieron de premisas teóricas divergentes y su relación estuvo, por lo tanto, caracterizada por “diferencias escondidas” (Day, 1973: 148). Una enunciación mucho menos cautelosa que la de Deutscher o la mía está contenida en la nueva biografía de Trotsky de Joel Carmichael, donde se dice que Preobrazhensky creía que el socialismo podría construirse con recursos rusos solamente y que esta creencia finalmente lo reconciliaba con el “socialismo en un solo país” (Carmichael, 1975: 333).
 
Es difícil evaluar la relación entre Trotsky y Preobrazhensky porque el carácter aparentemente contradictorio de la posición de Preobrazhensky invita a la simplificación. Como uno de los principales teóricos de la Oposición, Preobrazhensky en numerosas ocasiones denunció públicamente el lema de Stalin de socialismo en un solo país. Sin embargo, en 1928, el mismo hombre rompió con Trotsky y la Oposición sobre la base de que el “giro a la izquierda” de Stalin cumplía con todas las exigencias anteriores de la Oposición de Izquierda del Partido. ¿Preobrazhensky no vio que el “giro a la izquierda” era parte de un intento de construir el socialismo en un solo país? ¿O había ahora repudiado sus creencias anteriores? ¿Y si fuera así, cuáles podrían haber sido sus motivos? ¿Y por qué fracasó en convencer a Trotsky? El hecho de que Preobrazhensky normalmente fuera un pensador consistente hizo que Deutscher sugiriera que la “apertura” para una reconciliación intelectual con el stalinismo yacía en la teoría de la “acumulación socialista primitiva”, con su acento en la acumulación interna de capital para inversiones industriales. No hay duda de que, al expresar este punto de vista, Deutscher comprendió una parte de la explicación. Pero entonces Trotsky también se refería a la necesidad de la “acumulación socialista primitiva” y Deutscher no dio una explicación convincente del sentido en el cual los dos hombres diferían en la utilización del término. Tampoco respondió a la pregunta de cómo Preobrazhensky pudo denunciar consistentemente el socialismo en un solo país en 1927 y reconciliarse intelectualmente con el stalinismo en 1928.
 
Los archivos de Trotsky revelan que, en los años 1926-1927, estaba preocupado por los trabajos de Preobrazhensky. Pero no existe evidencia de ningún desacuerdo expresado conscientemente. Lo que parece haber sucedido es que Trotsky, por esa época, se dio cuenta del potencial para el desacuerdo que tenía la ambigüedad de Preobrazhensky. En particular, Trotsky estaba preocupado acerca de la cuestión de la relación de la Rusia soviética con la economía internacional. A mediados de la década de 1920, Trotsky estaba comprometido con un modelo de industrialización que se asentaba fuertemente en la importación de capital y la expansión de las relaciones comerciales. Preobrazhensky veía las ventajas de algunas de las propuestas de Trotsky y, sobre esa base, durante un tiempo fue capaz de mantener la unidad de la oposición. Pero no compartía el compromiso intelectual de Trotsky con el comercio internacional y la división internacional del trabajo. Su compromiso era con la industrialización como tal. Así, cuando Preobrazhensky reingresó al Partido, no traicionó ni a Trotsky ni a sus propios principios. Él y Trotsky simplemente no estaban de acuerdo. Este desacuerdo surgió de diferentes fuentes.
 
Internacionalismo y la lógica de la industrialización
 
La creencia de Preobrazhensky en el internacionalismo y en la revolución mundial ha pasado mayormente inadvertida en sus escritos, a pesar de que es esencial para abordar este tema. El texto crítico a este respecto es el libro De la NEP al Socialismo, escrito en 1922. Aquí se sostenía que el capitalismo había llevado a la economía mundial a un callejón sin salida. Las relaciones antagónicas de distribución dentro de la sociedad capitalista habían cercenado la expansión de los mercados internos, obligando a los países europeos a embarcarse en una expansión imperialista a fin de convertir en dinero el valor de su producción industrial (Preobrazhensky, 1922a: 14-15). En paralelo con la dependencia de Europa de los mercados internacionales se había llegado a una creciente dependencia de las fuentes externas de suministro de alimentos y materias primas orgánicas (Preobrazhensky, 1922a: 9, 1927: 79-80). Un abundante suministro de mano de obra barata había desalentado la mecanización de la producción rural, trayendo como resultado una “trombosis agrícola” (1922a: 123). Europa se había vuelto sobre-industrializada respecto de su base agrícola. En los años siguientes a la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos había acentuado las dificultades de Europa al invadir los antiguos mercados europeos de ultramar. La única solución a largo plazo de este dilema era vincular la industria europea con el potencial agrícola de Rusia (1922a: 125, 1922b: 47-50). Mientras tanto Europa se estancaría. La economía mundial había sido desmembrada por la guerra y la Revolución Rusa. Preobrazhensky creía que la relación económica soviética con el entorno capitalista sería de poca significancia cuantitativa hasta el momento en que los obreros tomaran el poder político en Europa.
 
Dado el aislamiento económico de la Unión Soviética desde 1921 en adelante, Preobrazhensky concentró su atención en el problema de la “acumulación socialista primitiva” o ahorro forzoso dentro del país, con el propósito de financiar la reconstrucción. Durante los años 1921-1926, publicó numerosos panfletos y artículos sobre este tema, cada uno de los cuales llevó el razonamiento a un mayor grado de sofisticación, culminando en La Nueva Economía. Sin embargo, detrás de cada refinamiento de la teoría de la “acumulación primitiva” se agazapaba lo que Alexander Erlich definió como el “dilema de Preobrazhensky”: la conciencia de que el capital suficiente para la industrialización no podría generarse dentro del país sin conllevar la posibilidad de una nueva guerra civil (Erlich, 1950: 80-81, 1960: 42-59).
 
El “dilema de Preobrazhensky” parece sugerir que, en el análisis final, Preobrazhensky se encontró atrapado en una contradicción lógica. La “acumulación socialista primitiva” parece ser un juego desesperado basado en una especulación inútil acerca de la posibilidad eventual de asistencia de una revolución proletaria en el Oeste. Pero Preobrazhensky era un pensador demasiado consistente para construir su recomendación política sobre la base de una contradicción tan fundamental. No solo esperaba una revolución proletaria en Europa: estaba convencido de su inevitabilidad histórica. Sus argumentos en favor de la “acumulación socialista primitiva” no se pueden interpretar adecuadamente sin hacer referencia a esta convicción fundamental, que está resumida en forma más convincente en el libro De la NEP al Socialismo.
 
En 1922, Preobrazhensky expresó su confianza en que la Unión Soviética tendría éxito en financiar mejoras graduales en la economía durante una década y que luego de ese tiempo el país entraría en un período de crisis. El capital adicional requerido para una importante transformación tecnológica de la agricultura campesina no estaría disponible. Sin embargo, la crisis en Europa maduraría aproximadamente al mismo tiempo, trayendo consigo una gran bancarrota económica y la revolución proletaria. La Europa proletaria entonces compensaría el desbalance entre su propia industria y la agricultura invirtiendo en la Unión Soviética. La respuesta al “dilema de Preobrazhensky”, en otras palabras, sería la revolución internacional. Cinco años más tarde los puntos de vista de Preobrazhensky no habían cambiado. En 1927, en vísperas del “curso de izquierda” de Stalin, Preobrazhensky escribió que las contradicciones internas de la economía soviética demostraron “con qué fuerza nuestro desarrollo hacia el socialismo se confronta con la necesidad de romper nuestro aislamiento socialista (odinoches- tvo)... y de apoyarse en el futuro en los recursos materiales de otros países socialistas” (Preobrazhensky, 1927b: 70).
Preobrazhensky no creía que el socialismo se pudiera construir solamente con recursos rusos. Como Zinoviev (1926: 273), sin embargo, pensaba que los obstáculos políticos impedirían cualquier restauración significativa de los lazos económicos con Europa hasta que los trabajadores hubieran tomado el poder. Este convencimiento generó la base para el desacuerdo con Trotsky, que finalmente llevó a la ruptura. Trotsky no estaba preparado para esperar un cambio político en Occidente. Sostenía que la unidad histórica y la interdependencia de la economía mundial estaban basadas más en los factores objetivos que en los políticos. Durante el periodo de “comunismo de guerra”, había sido renuente a restaurar contactos con Europa hasta que estuviera en marcha la recuperación de Rusia, temiendo que se dictaran términos desfavorables y que los bolcheviques se vieran forzados a admitir las deudas zaristas a cambio de “una libra de té y una lata de leche condensada” (Trotsky, 1927: 310). Cuando, en 1922, se reunió la Conferencia de Ginebra, esos temores fueron puestos a prueba. La perspectiva de asistencia económica fue presentada en forma insistente al gobierno soviético a cambio de concesiones significativas relacionadas con la propiedad nacionalizada y las deudas zaristas. Si bien muchos miembros del Partido Comunista habían abrigado esperanzas exageradas de que se pudiera llegar a un compromiso con los acreedores europeos, la conferencia terminó en un fracaso sin llegar a un acuerdo. Sin embargo, al tiempo en que la esperanza de asistencia directa se debilitaba, Trotsky se convenció cada vez más de la posibilidad de superar el aislamiento de Rusia por medio de un regreso a las exportaciones de granos y materias primas. Hacia 1925-1927 había desarrollado una detallada estrategia para la industrialización basada en la importación de equipamiento industrial y bienes de consumo manufacturados.
 
Este enfoque sobre la industrialización resultaba de la preocupación original de Trotsky acerca de la división internacional del trabajo. Mientras que Preobrazhensky explicaba la necesidad de Europa de exportar en términos de una inadecuada demanda interna, Trotsky fue más allá de esta contradicción y se focalizó en la importancia de la tecnología moderna. El avance de la industria había traído consigo un progreso tecnológico acelerado y un muy importante aumento en la “composición orgánica del capital” -un aumento en la intensidad del capital- con la consecuencia de que la producción sólo sería rentable en una escala de crecimiento constante si se ponía al servicio de los mercados internacionales. Por lo tanto, la guerra de 1914-1918 había sido el resultado de las rivalidades comerciales causadas por la contradicción entre la tecnología contemporánea y el potencial limitado de mercado de la nación-Estado. Así, representó “una insurrección de las fuerzas productivas, esto es, de la tecnología humana, contra la necedad del hombre que había puesto a la naturaleza bajo su control pero no pudo controlar la espontaneidad de la sociedad (Trotsky, 1924). O, como comenta en otro lugar: “la base del internacionalismo no es un principio vacío, sino la falta de correspondencia entre la nueva tecnología y los mercados de la nación-Estado. De esta falta de correspondencia surgen las guerras imperialistas por un lado y el internacionalismo proletario por el otro” (Trotsky Archives, N° T-3034).
 
Para Trotsky, el internacionalismo no era un principio político sino el reflejo subjetivo del curso objetivo de la historia económica. Así como la Rusia zarista había comenzado la industrialización recurriendo a los recursos de capital de Francia, creía que la Unión Soviética se embarcaría en una construcción socialista aprovechándose de la oportunidad de importar mercancías y capital del exterior (Trotsky, 1962: 181-182). Los costos enormes del capital fijo en la industria moderna imposibilitarían cualquier esfuerzo para alcanzar la autosuficiencia económica. Confiar solamente en los ahorros internos conllevaría la inevitabilidad de una guerra civil con el campesinado. La división internacional del trabajo, como un producto histórico objetivo, en ningún caso podría alterarse sustancialmente por meros fenómenos “supra estructurales” y diferencias en la ideología (Trotsky, 1925). La industrialización soviética presupondría la amplia participación en la economía internacional en los años anteriores a la revolución socialista en Europa y después de ella. Como Trotsky escribió en 1927: “Un crecimiento adecuadamente regulado de las exportaciones e importaciones con los países capitalistas prepara los elementos del futuro intercambio de materias primas y productos (que prevalecerá) cuando el proletariado europeo asuma el poder y controle la producción”. La construcción del socialismo era un proceso ininterrumpido. No podría ser dividido en distintas etapas, separadas por un “abismo” (Trotsky Archives, ídem).
 
La interpretación de Trotsky de la dialéctica histórica fue más ambiciosa que la de Preobrazhensky. Este veía a la industria y a la agricultura campesina como una “unidad de los opuestos”, en donde el Estado obrero usaría el “intercambio desigual” para apropiarse del excedente económico de la agricultura capitalista, de la misma forma en la que el capital mercantil había transformado el excedente social de la sociedad feudal en capital industrial. Trotsky utilizó la misma analogía, pero en un sentido más amplio, aplicándola tanto a las relaciones internacionales como a las internas. A mediados de la década del 20 había llegado a la conclusión de que las economías de Europa habían reanudado la apropiación de plusvalor, pero eran incapaces de emprender las inversiones correspondientes por carecer de nuevos mercados (Trotsky, 1925b: 176, 1926: 188/200). La Unión Soviética debería, por lo tanto, suministrar los mercados requeridos a cambio de la importación del capital sobrante de Europa. La dialéctica de la historia obligaría al capitalismo a amamantar al socialismo así como el capitalismo se había amamantado del feudalismo (Trotsky, 1926b: 92). La Europa capitalista y la Rusia socialista serían una unidad de opuestos y su unidad sería dictada por la necesidad de su interacción.
 
Problemas específicos
 
De este resumen preliminar de la posición de cada hombre, resulta manifiesto que la estructura lógica del enfoque de Trotsky sobre la industrialización era significativamente diferente de la de Preobrazhensky. La diferencia era fácilmente distinguible hacia 1925, a pesar de que sus orígenes pueden ser remontarse tan lejos como a 1921 y a la introducción de la Nueva Política Económica (NEP). Al respecto, cuatro problemas específicos parecen haber sido de importancia central: 1) la política de la Unión Soviética respecto de las concesiones extranjeras; 2) las expectativas soviéticas respecto de los préstamos extranjeros directos; 3) la política de importaciones respecto del equipamiento de capital y 4) la política de importaciones respecto de los productos manufacturados de consumo. Si ahora consideramos cada una de estas áreas problemáticas en más detalle, será posible documentar con precisión las tensiones que se desarrollaron dentro de la Oposición y las consideraciones teóricas generales involucradas.
 
Política de concesiones
 
En 1921-1922 tanto Trotsky como Preobrazhensky reaccionaron negativamente a las ambiciosas propuestas de una NEP externa en la forma de una política de concesiones agresivas. Trotsky se preocupó por las condiciones que los capitalistas extranjeros impondrían a cambio de renovar sus operaciones en Rusia anteriores a la guerra. Más aún, creía que la recuperación de Europa era todavía demasiado problemática para permitir una exportación de capitales a gran escala (Trotsky, 1953: 243-244). Hacia 1925, sin embargo, Trotsky había revisado su opinión.
Europa estaba ahora recuperando su capacidad de exportar capital, en el preciso momento en el que la economía soviética requería nuevas e importantes inversiones para continuar su crecimiento más allá de los niveles anteriores a la guerra. Ahora parecía haber una base legítima para una relación mutuamente ventajosa. Así, en julio de 1925, Trotsky advirtió contra una excesiva prudencia en la política de concesiones y anunció: “Estamos ahora más inclinados que hace unos años a pagar a capitalistas extranjeros sumas importantes por (...) su participación en el desarrollo de nuestras fuerzas productivas”. La cuestión de las concesiones, explicaba, se volvería cada vez más importante cuando el gobierno soviético intentara expandir su planta industrial, porque los ahorros internos “no son suficientemente cuantiosos como para llevar hasta el fin la renovación y expansión de nuestras fábricas mediante nuestros propios recursos” (Trotsky, 1925c).
 
La actitud de Preobrazhensky hacia las concesiones era mucho más rígida. En Finances During the Epoch of Proletarian Dictatorship (Las finanzas durante la época de la dictadura del proletariado, escrito en 1921) enfatizó que la necesidad de “acumulación socialista” surgía del hecho de que la Unión Soviética no gozaba de ninguna perspectiva significativa de apoyo exterior”. Las concesiones no solamente eran poco probables, también eran peligrosas. En el otoño de 1921 escribió un artículo sobre las perspectivas de la NEP y afirmó que los concesionarios extranjeros, en caso de retornar a Rusia, serían los candidatos naturales para liderar una contrarrevolución (Preobrazhensky, 1921b: 204-205). En Questions of Financial Policy (Cuestiones de política financiera), también publicado a fines de 1921, señalaba que el monopolio del comercio exterior podría generar utilidades con las cuales moderar el déficit presupuestario.
 
“Respecto del capital concesionario”, comentó: “no podemos esperar ingresos importantes de esta fuente” (Preobrazhensky, 1921c: 47-48). En febrero de 1924, la revista de la Academia Comunista publicó un artículo de Preobrazhensky titulado “La ley básica de la acumulación socialista”. Este mismo artículo luego reapareció en 1926 en el segundo capítulo de La nueva economía, Aquí también sostenía que el capital concesionario era una amenaza para las débiles empresas soviéticas y que “una dosis excesiva de capital concesionario introducida en el organismo de la economía estatal podía comenzar a desintegrarla, así como en su época el capitalismo desintegró a la más débil economía natural”. Mientras Trotsky, por esa época, hablaba contra la excesiva precaución en esta área, Preobrazhensky sostenía que “la precaución en el campo de la política de concesiones es una necesidad política” (Preobrazhensky, 1924: 104-105). Cuando, en 1926, apareció la versión final de La nueva economía, Preobrazhensky resumió este punto de vista con el comentario “una actitud cautelosa hacia las concesiones está íntimamente conectada con todo el conjunto de mis ideas” (Preobrazhensky, 1965: 265).
 
Préstamos externos
 
Sobre la cuestión de las perspectivas de la Unión Soviética respecto de los préstamos externos a largo plazo, es evidente un idéntico patrón.
 
Como en el caso de las concesiones, durante el primer período de la NEP, Trotsky sospechaba de los planes de Grigorii Sokolnikov (el comisario de Finanzas) y de otros de llegar a un arreglo con Occidente. En una ocasión aseveró que antes de que se le diera asistencia externa, Rusia se vería obligada a entregar los depósitos de petróleo del Cáucaso, disolver el Ejército Rojo y expulsar a la Internacional Comunista (Trotsky, 1921: 48-49). En el otoño de 1922 estos temores habían sido mitigados por una buena cosecha, que aliviaba la presión inmediata sobre el gobierno soviético, abría la perspectiva de algún grado de “acumulación socialista” y, como dijo Trotsky, hacía posible “esperar un cambio de humor de parte de los capitalistas extranjeros sin ponernos excesivamente nerviosos” (1925d: 69). Las concesiones y los préstamos ahora afectarían el ritmo de la recuperación de Rusia, pero no determinarían su resultado (1927b: 300). Esta fue su posición hasta 1924, cuando la cuestión de los préstamos extranjeros volvió al tapete, como consecuencia de las negociaciones entre la Unión Soviética y el gobierno laborista de Ramsay MacDonald. Hacia 1925, por las razones ya mencionadas con la política de concesiones, Trotsky concluyó que había llegado el tiempo de buscar seriamente créditos a largo plazo. En este punto, una vez más se encontró en desacuerdo con los puntos de vista menos flexibles de Preobrazhensky.
 
Preobrazhensky en ningún momento negaba la utilidad de un préstamo extranjero: simplemente consideraba poco probable que se materializase. Sobre esa base, rechazaba que se fijara la política interna para satisfacer los caprichos de los capitalistas extranjeros. Veía el esfuerzo del Comisariado de Finanzas para restaurar el patrón oro y, con él, la “confianza” extranjera en Rusia, como una desviación absurda de recursos desde la industria (Preobrazhensky, 1922c). Durante los primeros años de la NEP, exploró la posibilidad de un “préstamo en mercancías” donde Rusia tomaría prestados bienes de consumo terminados y pagaría con exportaciones de granos, sin que el dinero cambiara de manos, pero eventualmente abandonó este proyecto por considerarlo impracticable (Preobrazhensky, 1922d). En agosto de 1923 retornó a su tema habitual acerca de que el ahorro interno podría acelerarse a expensas del consumo porque era “altamente improbable” que Rusia recibiera importantes créditos a largo plazo en un futuro cercano (Preobrazhensky, 1923). En La nueva economía trató la cuestión de un préstamo con la distancia analítica de un escéptico (Preobrazhensky, 1965: 134-135). El capital extranjero, sostenía, “no desea afluir en una gran escala a un sistema económico de un tipo extraño a sí mismo.” (Ídem: 298) Y continuaba afirmando que “los nuevos recursos se deben reunir dentro del país” (ídem: 240). Cuando Trotsky se volvió más optimista acerca de que Rusia pudiera encontrar una relación viable con los países capitalistas, Preobrazhensky comentó que los capitalistas se estaban volviendo más antagónicos hacia la Unión Soviética (1926: 221). Esta actitud desesperada estaba subrayada por el persistente temor de Preobrazhensky de que un préstamo pudiera frustrar la industrialización antes que promoverla, que la disponibilidad de bienes manufacturados extranjeros obtenidos mediante el crédito pudiera ser utilizada para racionalizar la apatía en la construcción socialista.
 
Importación de equipamiento de capital
 
Trotsky estaba tan preocupado como Preobrazhensky con el ritmo de la industrialización, pero abordaba este problema desde un punto de vista diferente. A su juicio, la tasa de expansión no sería determinada simplemente por la tasa de acumulación, sino también por la estrategia de inversión decidida. Luego de 1925, repetidas veces señaló el largo período de gestación provocado por la intensidad del capital de la industria moderna. La construcción de proyectos a gran escala, especialmente en la industria pesada, inmovilizaría el escaso capital por un período de 3 a 5 años antes de que la nueva producción estuviera disponible. Mientras tanto, la industria liviana sufriría, el “hambre de mercancías” se haría más agudo y las relaciones con el campesinado se deteriorarían. La capacidad de importación generada por las importaciones de capital y la venta de granos, por lo tanto, deberían utilizarse para comprar equipamiento de capital barato a los productores extranjeros que atienden al mercado mundial y, por lo tanto, poseen importantes economías a escala. Los costos de capital de la autosuficiencia industrial, según Trotsky, eran prohibitivos. En el mejor de los casos, estimaba, la Unión Soviética en los años venideros podría ser capaz de producir la mitad de su propio equipamiento industrial (Trotsky, 1926b: 89). Así, la industria soviética debería especializarse en los tipos más simples de equipamiento que tuvieran la demanda más grande, maximizando la economía a escala disponible dentro del país e importando del exterior los ítems más complejos. De esta forma, los cuellos de botella económicos serían evitados, el peligro de inflación minimizado y la división internacional del trabajo sería utilizada al servicio del socialismo. La industrialización involucraría necesariamente una creciente “dependencia” de la Rusia socialista del cerco capitalista.
 
Sobre la cuestión de importar maquinaria industrial, a diferencia de lo que ocurría en el caso de los préstamos y concesiones, el punto de vista de Preobrazhensky era más compatible con el de Trotsky. Una nota al pie de página a la segunda edición de La nueva economía parece haber reflejado la influencia de Trotsky, dado que apuntaba que incluso las exportaciones “no rentables” podrían ser muy ventajosas para la economía estatal “si el comercio exterior así obtenido fuera utilizado para la importación de maquinarias para la industria, que es mucho más cara de fabricar aquí que en el extranjero” (Preobrazhensky, 1965: 105). Sin embargo los costos comparativos no serían el único criterio para determinar la política de importación, y Preobrazhensky tuvo el cuidado de señalar que, en algunos casos, el Estado debería comprar productos internos más caros en beneficio del crecimiento industrial a largo plazo (ídem: 165). En “El equilibrio económico en el sistema de la URSS”, un artículo publicado en 1927, Preobrazhensky parece haberse movido todavía más en la dirección de Trotsky. Ahora llamaba específicamente la atención sobre la posibilidad de eliminar los cuellos de botella internos a través de la importación de equipamiento extranjero, sugiriendo que “la precondición del equilibrio de nuestro sistema es el máximo enlace con la economía mundial” (Preobrazhensky, 1927a: 46-47; 1965: 165-166). El hecho de que la industria pesada europea estuviera sufriendo una “crisis permanente” debido a la capacidad excesiva y la sobreindustrialización parecía confirmar la posibilidad de que Rusia pudiera echar mano en forma más extensiva de fuentes extranjeras de suministros (1927a: 78-80).
 
Sin embargo, incluso la cuestión de la importación de maquinaria parece haber planteado una importante diferencia de principios. La idea central de Trotsky en los años 1925-1927 era evitar una excesiva concentración sobre la industria pesada y asegurar un enfoque más diversificado que garantizaría incentivos al campesinado. Sin bienes de consumo baratos, los campesinos no llevarían al mercado sus granos y la capacidad de importación del país se vería gravemente restringida. Preobrazhensky no compartía la convicción de Trotsky en cuanto a la inminencia de este problema. En un apéndice a La Nueva economía presentaba un modelo aritmético indicando que el patrón del “intercambio desigual” con el campo sólo se podría modificar seriamente luego de una concentración preliminar de recursos de inversión en el sector de bienes de capital (1965: 271). En algún lugar del mismo libro hablaba de inversiones prioritarias en industria pesada que luego se convertirían en típicas de la ortodoxia stalinista: “como sabemos (...) el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad capitalista y el desarrollo de la técnica llevan, como una regla general, a un incremento en la composición orgánica del capital, lo cual (...) significa una importancia siempre creciente de la producción de medios de producción. La posibilidad de extender la producción de bienes de consumo y su abaratamiento se logra mediante una extensión relativamente aún mayor de la producción de medios de producción” (1965: 186-187).
 
Mientras que la cuestión de la intensidad del capital llevó a Trotsky a la conclusión de que la Unión Soviética debía convertirse en forma permanente en un importante participante de la división internacional del trabajo, Preobrazhensky veía la importación de maquinaria como un expediente más temporario. Respecto de este tema sus opiniones eran, como sugirió Deutscher, más fácilmente reconciliables que las de Trotsky con la teoría del socialismo en un solo país.
 
Importación de bienes de consumo
 
La consecuencia de este énfasis diferente respecto del campesinado se hizo evidente en conexión con el problema de la importación de bienes de consumo. Durante los inicios de la NEP, Trotsky y Preobrazhensky se opusieron conjuntamente a las importaciones en gran escala de este tipo, porque socavaban la recuperación de la industria interna como resultado de su bajo precio y calidad. Abogaron por una política de proteccionismo industrial que fuera impuesta por el monopolio estatal del comercio exterior.
 
Sin embargo, una vez que la industria liviana retornó a una condición cercana al pleno empleo, la preocupación de Trotsky se apartó de alguna forma de una protección rigurosa. La industria liviana, sostenía, de aquí en más, debería volverse más capaz de protegerse a sí misma produciendo un barato y con alta calidad. La intención de Trotsky ciertamente no era debilitar el monopolio del comercio: más bien esperaba emplearlo de una manera que hiciera frente tanto a los requerimientos de la industria como del consumidor. Con este fin sugirió que se requeriría una política de “intervención en el intercambio de mercancías” más o menos permanente, por medio de la cual las importaciones controladas de bienes extranjeros se usarían para estimular las mejoras en las empresas soviéticas y satisfacer en forma más completa las necesidades inmediatas de obreros y campesinos.
 
Preobrazhensky aprobaba la “intervención en el intercambio de mercancías” como una medida de crisis -pero solamente como una medida de crisis, no como un programa de duradero.7 En diciembre de 1925, explícitamente rechazaba las importaciones de mercancías como una política de largo plazo para lidiar con el “hambre de mercancías”. Tres meses más tarde advirtió que las importaciones permanentes de bienes de consumo podrían llevar a la “liquidación del monopolio del comercio exterior, la liquidación del proteccionismo socialista, la inclusión de la URSS en el sistema de la división internacional del trabajo sobre la base de la ley del valor y la preservación del nivel de industrialización existente en Europa por medio del aumento de la agrarización relativa de nuestro país (Preobrazhensky, 1926b: 65)”.
 
La ley del valor y la división internacional del trabajo
 
La referencia de Preobrazhensky a la ley del valor nos acerca al problema teórico subyacente, que da cuenta de las diferencias que hemos estado considerando. Según Marx, la ley del valor gobernaba tanto la fijación de los precios como la distribución de las fuerzas productivas. En la sociedad capitalista, el precio de venta de las mercancías era regulado por la competencia de forma tal que cada capitalista exitoso tendía a recuperar sus costos de producción y a obtener una ganancia promedio. Un capitalista que ganaba menos que la tasa de ganancia media invertiría su capital en otro lado. Si un capitalista obtenía una ganancia superior, su éxito provocaba una nueva competencia. En la economía internacional operaban las mismas fuerzas, estimulando movimientos de capital a través de las fronteras de las naciones-Estado desde áreas de oportunidades de ganancias declinantes hacia aquellas donde se pudieran obtener mayores beneficios. La ley del valor, en ese sentido, era el “regulador” de la economía capitalista, responsable de determinar qué capitalistas y qué países sobrevivirían en una lucha competitiva.
 
Según el pensamiento de Trotsky no había dudas de que, a pesar de la revolución, la ley internacional del valor continuaría ejerciendo una influencia reguladora sobre la economía transicional de la Unión Soviética. Esa creencia tenía dos implicaciones críticas. Primero, suministraba las bases lógicas para la convicción de Trotsky de que el capital en realidad se trasladaría desde las economías estancadas de Europa hacia Rusia, siempre y cuando el gobierno soviético estuviera dispuesto a pagar a los capitalistas extranjeros una ganancia por encima del promedio. Y, segundo, sugería que los precios soviéticos internos no podrían apartarse significativamente de los niveles mundiales sin socavar el monopolio del comercio exterior. Así, mientras Preobrazhensky exponía las ventajas del “intercambio desigual” con los campesinos a los fines de la “acumulación socialista”, Trotsky temía que los términos del comercio interno tendieran a volverse demasiado desiguales. En el caso en que los campesinos sortearan el monopolio del comercio exterior en una forma u otra, crecería el contrabando y toda esperanza de construir el socialismo se perdería. El impacto de la ley del valor podía ser controlado por el monopolio del comercio exterior, pero no podía ser negado.
 
En consecuencia, Trotsky insistía en que los precios y las decisiones de inversión soviéticos deberían estar guiados por una continua referencia a las condiciones prevalecientes en el mercado mundial. Se deberían mantener “coeficientes comparativos” para medir la competitividad de los bienes soviéticos en términos de precio y calidad.8 Un coeficiente desfavorable era la señal de la necesidad de controlar las importaciones por un lado y de realizar inversiones simultáneas por el otro, diseñadas para mejorar el coeficiente y mitigar la presión sobre el monopolio.
Trotsky sostenía: “no somos libres de elegir la tasa de desarrollo, dado que vivimos y crecemos bajo la presión del mercado mundial” (1926b: 120). Los coeficientes comparativos no sólo permitirían controlar el contrabando, sino que también harían posible que los planificadores discernieran dónde estaban las ventajas comparativas de la industria soviética y servirían como guías para el modelo óptimo de especialización a seguir dentro de la división internacional del trabajo. De esta forma, la productividad del trabajo soviético se elevaría a los estándares mundiales. Como sostenía Trotsky: “todo régimen social se mide por la productividad del trabajo” (1925d).
 
Todas las diferencias entre Trotsky y Preobrazhensky convergían en esta cuestión central de la ley internacional del valor. De acuerdo con Preobrazhensky, la ley internacional del valor no operaba más en la era del capitalismo monopólico. Había sido desplazada por los trusts, consorcios y carteles. La tasa de ganancia no tendía más a ser igualada, porque varias ramas de la producción eran ya trusts y se habían transformado en “mundos cerrados, en reinos feudales de organizaciones capitalistas particulares” (Preobrazhensky, 1965: 152). La preeminencia del capital estadounidense en la economía mundial significaba que las relaciones de valor norteamericanas establecían ahora el patrón internacional. Y esas relaciones a su vez estaban dictadas en forma arbitraria por sus trusts. El único escape de la hegemonía del capital estadounidense era el socialismo, que transformaría la economía en un “organismo monolítico” -o en un “mundo igualmente cerrado”, donde la inversión y las decisiones de fijación de precios no serían más reguladas por fuerzas externas (ídem: 158). Detrás de la barrera proteccionista del monopolio del comercio exterior, los trusts soviéticos obtendrían una ganancia adicional por medio del “intercambio desigual”, sin temor a la competencia exterior. Asimismo, las decisiones de inversión estarían reguladas por la ley del valor. Así, “la base de la colocación de órdenes dentro del país no es la ley del valor de la economía mundial” (ídem: 164).
 
En un momento en el que Trotsky esperaba que la Rusia soviética retornara a la división internacional del trabajo en base a la ley del valor, aunque en una forma controlada, Preobrazhensky insistía en que la ley del valor, si se le daba rienda suelta, eliminaría las tres cuartas partes de la industria soviética (1926c: 76, 1926d: 236, 1926e: 228).
Europa ya estaba sobreindustrializada y, desde el punto de vista de la racionalidad del mercado, no había justificación para la industrialización de la Unión Soviética. Por el contrario, la libre operación de las fuerzas del mercado simplemente preservaría a Rusia soviética como una periferia agraria. De qué manera la ley del valor podría tener este efecto si ya no existía era una contradicción que parecía haber escapado a la consideración de Preobrazhensky. Sin embargo, el punto principal era que, al negar el papel regulador de la ley del valor en la economía soviética, Preobrazhensky negaba la unidad e interdependencia de la economía mundial en su totalidad. Al hacerlo, negaba cualquier importancia duradera de la división internacional del trabajo, a la que Trotsky consideraba la base objetiva del internacionalismo proletario. En otras palabras, el sistema de pensamiento de Preobrazhensky suministraba la base para una reconciliación con el nacionalismo económico, la autarquía, o el socialismo en un solo país, al menos hasta el momento en que las revoluciones proletarias ocurrieran en otros países. Así, en 1923, dos años antes de que Stalin proclamara la doctrina de los “dos campos”, el campo del socialismo y el campo del capitalismo, Preobrazhensky ya estaba escribiendo acerca de los “dos sistemas de la economía mundial”.
 
Deutscher estaba en lo cierto al señalar que Preobrazhensky acentuaba la “acumulación socialista” mucho más que Trotsky. Pero esta diferencia en el acento no es la explicación de la ruptura en 1928. Más bien, la diferencia en el acento tenía sus raíces en las interpretaciones divergentes de la ley del valor. Trotsky creía que la ley internacional del valor establecería límites objetivos a la “acumulación socialista”, una cuestión que escapaba completamente a la atención de Preobrazhensky. Como escribió Trotsky en mayo de 1926: “La interacción de la ley del valor (interna) y la ley de la acumulación socialista debe conectarse con la economía mundial. Entonces será evidente que la ley del valor, dentro de los confines de la NEP, está suplementada por una presión creciente de la ley del valor externa, que surge del mercado mundial” (Trotsky Archives, T-2984). En enero de 1927, Trotsky retornó al mismo tema: “Somos parte de la economía mundial”-explicó a otro miembro de la oposición- “y nos encontramos dentro del marco capitalista. Esto significa que el duelo entre ‘nuestra’ ley de acumulación socialista y ‘nuestra’ ley del valor está abarcado por la ley internacional del valor, lo cual (...) altera seriamente la relación de fuerzas entre las dos leyes” (ídem, T-921).
 
Conclusiones
 
Hacia 1927, era obvio que Trotsky y Preobrazhensky se habían distanciado. La unidad del período temprano de la NEP se había desintegrado acerca de la cuestión del nacionalismo económico o el internacionalismo. Todo lo que quedaba era que Stalin lanzara el ataque sobre los campesinos en nombre de la industrialización. En julio de 1928, Stalin defendió el “giro a la izquierda” sosteniendo que, dado que la Unión Soviética no recibía préstamos externos ni explotaba colonias, no había otra alternativa sino “industrializar el país en base a la acumulación interna”. Respecto del campesinado, explicaba la situación de esta manera: “ellos pagan en exceso los bienes (manufacturados) y se les paga menos en los precios que reciben por la producción agrícola. Esto constituye un impuesto suplementario sobre el campesinado a los fines de la industrialización ( ) un impuesto adicional, que estamos obligados a cobrar a fin de elevar el nivel de nuestra industria”. Agregaba que sólo luego de “algunos años” sería posible eliminar este impuesto suplementario recaudado en la forma de lo que Preobrazhensky había denominado “intercambio desigual” (ídem: T-900).
 
A la luz de estos desarrollos, Preobrazhensky debe haber experimentado un profundo sentido de vindicación personal. Stalin parecía estar siguiendo al pie de la letra las recetas de La nueva economía. Más aún, las predicciones de su libro anterior De la NEP al socialismo, también parecían estar en vísperas de cumplirse. La revolución todavía no había llegado a Europa, pero Preobrazhensky veía signos de una crisis inminente en los Estados Unidos, una crisis que iba a desestabilizar las ya frágiles economías de países como Alemania o el Reino Unido. La crisis de Rusia, por lo tanto, correspondía con la crisis que llegaba de Occidente, y los trabajadores de Europa finalmente vendrían en auxilio de sus compañeros soviéticos. En estas circunstancias, era perfectamente entendible que Preobrazhensky le escribiera a Trotsky en la primavera de 1928 y le propusiera que la Oposición no solo apoyara a Stalin, sino que fuera más lejos y aceptara la “responsabilidad” por el “giro a la izquierda” (ídem, T 1262). Trotsky rehusó aceptar tal responsabilidad por las razones que ya he señalado. A su juicio, el proyecto en el cual Stalin se había embarcado era totalmente incorrecto y había sido concebido bajo la influencia de una mentalidad estrecha, provinciana.
 
Si Preobrazhensky hubiera previsto todas las consecuencias del stalinismo habría aceptado la responsabilidad en forma menos vehemente. No sería la revolución internacional lo que resolviera el “dilema de Preobrazhensky”, sino la colectivización forzosa. Y la “acumulación socialista primitiva” involucraría métodos mucho más “primitivos” que los que Preobrazhensky jamás había contemplado. Sin embargo, una vez que reingresó en el partido, Preobrazhensky fue rápidamente privado de cualquier influencia política. En 1937 fue asesinado por Stalin, una de las millones de víctimas del gran terror. Atribuir el terror exclusivamente a la “acumulación primitiva” sería una simplificación obvia, pero igualmente no hay duda de que la industrialización bajo el modelo de los planes quinquenales conllevó una supresión despiadada del consumo. A medida que se desvanecían los incentivos materiales se apeló en su lugar al terror. De este modo, si el “giro a la izquierda” reivindicó a Preobrazhensky, la experiencia de la década del 30 confirmó las premoniciones de Trotsky.
 
Si las propuestas de Trotsky habrían o no evitado estos excesos es ahora una discusión académica. Cómo se responda depende del propio juicio sobre el alcance del aislamiento que la Rusia soviética se había impuesto a sí misma. En cualquier caso, el modelo del alejamiento soviético de la economía mundial resistió un largo tiempo después de la muerte de Stalin y solo recientemente ha mostrado signos de cambio en el contexto de la détente.9 En este sentido, es interesante observar cómo los funcionarios soviéticos modernos dieron cuenta de un renovado interés de su país tanto en importaciones de capital como en el comercio exterior. En mayo de 1973, N.N.
Inozemtsev, director del Instituto de Economía Mundial y Relaciones Internacionales, escribió lo siguiente: “En nuestra era, en condiciones de rápidos desarrollos científicos y de revolución tecnológica, los cambios en los instrumentos y en los medios de producción, en los materiales y en los procesos tecnológicos, están teniendo lugar de manera tan rápida que ningún país, no importa lo grande o poderoso que sea, puede desarrollar la producción de todo tipo de producción sin excepción con igual éxito y con el mismo resultado económico” (Pravda, 16/5/1973). E. Shershnev, subdirector del Instituto sobre los Estados Unidos, sostiene que la competencia económica se ha vuelto la principal forma de lucha entre el capitalismo y el socialismo. En estas circunstancias, declara, ambos lados tienen un interés en “utilizar las ventajas de la división internacional del trabajo” (ídem, 12/6/1973). También N. Patolichev, ministro de Comercio Exterior, explicó que “no se puede alcanzar un rápido progreso tecnológico sin el uso extensivo de los logros mundiales. por ejemplo sin el desarrollo activo de la división internacional del trabajo” (27/12/1973). Resulta divertido especular cómo Inozemtsev, Shershnev y Patolichev responderían a la acusación de “trotskismo”.
 
 
Referencias
 
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