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[CRITICA DE LIBROS] ¿Trotsky “anticatastrofista” y hasta walrasiano?

Por Norberto Malaj

‘Adueñarse’ de los textos de los clásicos, ‘monopolizar’ su edición, amputar los mismos y, sobre todo, adulterarlos con notas y/o prefacios que modifican su sentido fundamental, constituyó siempre un ‘clásico’ del stalinismo. Las ediciones rusas de las Obras Completas y/o Escogidas de Lenin, editadas en las más diversas lenguas, son un ejemplo. Ahora bien, que esto ocurra con las obras de León Trotsky es, de algún modo, una novedad.

Es lo que ocurre, sin embargo, con un conjunto de textos del ‘viejo’ sobre “el capitalismo y sus crisis”, reeditados ahora por el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones “León Trotsky” (CEIP). Desde hace casi ya veinte años, el CEIP los edita y reedita (en1999 y 2008), la primera vez, bajo el pomposo Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición. Las tres ediciones contienen una misma “Introducción” -con escasas variantes- de una destacada dirigente del PTS, Paula Bach.

Que en esa “Introducción” las crisis presentes y recurrentes del capital sean ignoradas y/o tratadas con liviandad, vaya y pase. Lo grave es que esa “Introducción” a los textos de Trotsky barre con los principios fundamentales del marxismo y quita toda significación práctica a las enseñanzas del ‘viejo’. En su lugar se exhibe a un Trotsky adocenado, asequible para medios académicos, inofensivo al capital.

Según Paula Bach, es completamente ajeno al “pensamiento de Trotsky cualquier tipo de automaticismo o catastrofismo… de ningún modo consideraba… que el capitalismo no pudiera en el futuro lograr un nuevo equilibrio”. La categoría central de “decadencia histórica” de la época imperialista abierta con la Primera Guerra Mundial, tesis nodal de la III Internacional en vida de Lenin y Trotsky y de la IV Internacional, brilla por su ausencia en el texto de Bach. “El telón de fondo de los trabajos de León Trotsky durante este período” (la compilación que recoge el libro) se debe sólo a la “decadencia de la década del ’30”. No advirtió la autora, parece ser, que esa caracterización figura reiteradamente en casi todos los textos publicados, de los cuales la mitad de ellos no son de aquella ‘década infame’ sino de la previa.

En pocas palabras, Trotsky habría renegado de la caracterización de Lenin sobre el período histórico de la época imperialista (de “guerras y revoluciones”), de “putrefacción, descomposición y decadencia”. Para Bach, eso, a lo sumo, ‘valió’ para “la década del ’30”; antes, el capital se habría recompuesto de la crisis de 1914-18; y, por supuesto, también después de la Segunda Guerra (Bach suscribe a pie juntillas la tesis del “boom de posguerra” aunque ‘avergonzada’, al parecer, luego diga que fue “ficticio”).

Bach selecciona arbitrariamente una serie de textos supuestamente “económicos” de Trotsky, a quien acusa de no haber “sistematizado sus contribuciones en este terreno”. Inexplicablemente omite de la selección textos fundamentales que no podrían faltar nunca en una recopilación sobre el tema; como, por ejemplo, los dos discursos famosos de Trotsky en el III Congreso de la III Internacional, recopilados por el propio Trotsky bajo el título de “Una escuela de estrategia revolucionaria” y el clásico “El pensamiento vivo de Carlos Marx”, que Trotsky escribió como un prefacio a una obra de Otto Rühle sobre El capital, sobre los fundamentos económicos del socialismo científico.

Que no estamos ´forzando´ en absoluto las posiciones de Paula Bach lo prueba esta afirmación: “Trotsky, a nuestro modo de ver -nos dice-, profundiza y pule las definiciones que, durante los años ’20 están delineadas, no previendo toda una época de decadencia sino más bien una victoria no demasiado lejana de la revolución proletaria” (cursivas nuestras). O sea, Trotsky y el bolchevismo habrían pecado de ‘voluntaristas’. El programa de la III Internacional, y luego de la IV, no se sostendría en la premisa de la decadencia de toda una época histórica. ¿Olvida Bach que el Programa de Transición de la IV Internacional, de 1938, salido de la pluma del ‘viejo’, se subtitula “La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional” y que su primer párrafo dice: “La premisa económica de la revolución proletaria ha llegado hace mucho tiempo al punto más alto que le sea dado alcanzar bajo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer”? La concepción marxiana de que una época revolucionaria se caracteriza por un choque irreconciliable entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, no es compartida por Paula Bach. Contra los razonamientos a lo Bach, bien plantea Isaac Deutscher en un capítulo de Trotsky, el profeta desarmado, que se incluyó en una edición, de 1973, de “Una escuela de estrategia revolucionaria”: “Si no fuera así (en los términos de la contradicción señalada), toda idea de revolución proletaria en nuestro tiempo sería quijotesca”[1]. A quien le quepa el sayo…

La “Introducción” de Bach resulta así un completo compendio de lugares comunes, omisiones y escamoteos. Bach no sólo adultera a Trotsky, en sus volteretas cae también Marx, quien habría “dej(ado) sólo esbozados los límites a las posibilidades del desarrollo capitalista”. ¡Pobre Marx! ¡Sólo nos dejó ‘esbozos’ de una teoría del desarrollo capitalista! Habría que preguntarse ¿qué son las contradicciones irreconciliables, insuperables e irresolubles del metabolismo capitalista que describió hasta el cansancio, la tendencia a la disolución de la ley del valor y del capital que explicó en El capital y en los Grundrisse, y/o la teoría marxista del colapso capitalista -todo esto formulado en una época aún vital, de ascenso, del capitalismo? El genio de Marx ‘esbozó’ ya entonces que al capital le llegaría inevitablemente su hora, lo cual se confirmará pocas décadas después de su muerte.

El programa bolchevique-leninista se reduce, según Paula Bach, a un conjunto de frases abstractas o vacías de todo contenido concreto; son para colgar como un cuadro de efemérides. Ejemplo: cita a Trotsky: “La ‘teoría del colapso’ ha triunfado sobre la teoría del desarrollo pacífico”. Pero…, trascartón, Bach agrega (sic): “Esto sin embargo no debe ser entendido en un sentido catastrofista o triunfalista, sino sólo en el sentido de que, como él señala, el dilema se presenta ahora como ‘socialismo o imperialismo’” (cursivas nuestras).

Seamos claros. Según Paula Bach: a) en concreto, ¡no se ‘malinterprete’ a Trotsky!, pasaron casi 80 años y el capitalismo está vivito y coleando, y no ha habido ni hay catástrofe capitalista; b) ¿“crisis mortal del sistema capitalista”?, eso sólo ‘valió’ para la década del ’30, el capitalismo goza de vitalidad y cuando pierde el “equilibrio”, más tarde o más temprano, siempre lo vuelve a encontrar; c) el dilema no sería el que formularon Lenin y Trotsky, siguiendo la temprana admonición de Rosa de Luxemburgo: “socialismo o barbarie”. Si la teoría del colapso se entiende ‘a lo Bach’, ¿significa que concretamente es posible un desarrollo pacífico aún en nuestros días? ¡Paula Bach niega, 120 años después de Rosa de Luxemburgo, lo que la marxista polaca vio antes de la Primera Guerra Mundial, polemizando con Bernstein sobre el ‘reformismo’ y/o acerca de un ‘desarrollo pacífico’ del capital!

Recomendamos a Paula Bach y al PTS releer la polémica de Pablo Rieznik con los Economistas de Izquierda (EDI) de los años 2006-8 (ver En Defensa del Marxismo números 34 y 35). Paula Bach nos presenta a un Trotsky ‘a medida’ de los EDI, esto es, mutado de teórico revolucionario en un vulgar ‘comentarista’ que se adapta a los hechos consumados. O sea, a un Trotsky que habría renegado de los principios marxistas y desmoralizado. ¿Puede ser así?

‘Equilibrio’ capitalista

Una “Introducción” suele ser una síntesis o resumen de las ideas fundamentales que se desarrollan en el texto. Si de lo que se trata es de la ‘presentación’ de una selección de escritos de otro con mayor razón. Pues bien, Paula Bach transmuta sistemáticamente a Trotsky en su contrario o le imputa ideas ajenas.

¿Cuál es la noción básica del marxismo, su ‘alma’? Como diría Pablo Rieznik: la teoría del derrumbe del capitalismo que “no remite apenas a El capital y a la ‘crítica de la economía política’ sino que la precede y, más aún, hasta es posible afirmar que la condiciona”[2]. De este modo “el marxismo y la teoría del derrumbe constituyen algo así como un par inseparable”[3]. Pues bien, Paula Bach lo ignora y lo niega. Suscribe y le adjudica a León Trotsky una supuesta teoría sobre los “equilibrios” bajo el capitalismo contemporáneo, que está en las antípodas de la concepción marxiana sobre el derrumbe. Si los EDI abjuraban del marxismo en una amalgama con ideas keynesianas, Paula Bach y el PTS retroceden aún más. Cualquier teoría sobre “equilibrios” en el capitalismo es ajena al marxismo, es la piedra angular del pensamiento neoclásico, que barrió no sólo la crítica de la economía política de Marx, sino hasta la propia economía clásica (David Ricardo, Adam Smith). Fue León Walras quien, en 1874, formuló por primera vez esa teoría, paradigma del pensamiento económico neoclásico, que transformó a la economía en una entelequia ahistórica de fenómenos ‘micro’ y/o ‘macros’ en busca del ‘equilibrio’. Así la economía neoclásica, que se enseña hasta nuestros días en las universidades de todo el mundo, barrió los descubrimientos extraordinarios ya no sólo de Marx, sino hasta de la economía clásica sobre la cual se cimentó la “crítica a la economía política” de Marx. Allí donde los clásicos descubren la ley del valor-trabajo (con todas sus limitaciones), Walras y toda la escuela neoclásica no dejan ni rastro de ella. El marxismo denunció siempre la teoría neoclásica del ‘equilibrio’ como una regresión histórica. El economista marxista Maurice Dobb, como recordó Pablo Rieznik en su polémica con planteos del italiano Lucio Colletti, consideró a esa ‘escuela’ una “contrarrevolución” en materia científica.

Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Rosa de Luxemburgo, Bujarin, jamás suscribieron teoría del “equilibrio” alguna. No se encuentra una ‘categoría’ de este tipo en sus obras. En su lugar, el marxismo observó siempre el concepto de la “anarquía” mercantil: ‘regulador’ ciego (y anacrónico si se trata de satisfacer las necesidades sociales) de la civilización capitalista. El mercado, anárquico por antonomasia, opera a espaldas de los productores, no sólo del obrero enajenado bajo el látigo del capital, sino también de la propia clase capitalista. La competencia entre los capitalistas desconoce cualquier idea de ‘equilibrio’. Es esta competencia entre los capitalistas la que conduce (tendencia a la baja de la tasa de ganancia mediante) a la autodisolución del valor y del capital, así como a su colapso y/o derrumbe.

Paula Bach desconoce todo esto y nos describe a un Trotsky que habría puesto en “un lugar privilegiado” el “concepto de ‘equilibrio’… en el marco temporal de la inestable situación de la primera posguerra”. Trotsky utilizó ese concepto en una situación puntual y concreta, de ningún modo en el sentido ‘privilegiado’ que plantea Bach y, menos aún, renegando de toda la concepción bolchevique. Fue en oportunidad de los tercero y cuarto congresos de la III Internacional, cuando Trotsky (y Lenin) combatían a las tendencias ultraizquierdistas, incapaces de ver los reveses de la revolución europea y la estabilización relativa del capitalismo tras las derrotas, en Alemania sobre todo, del segundo intento revolucionario (marzo de 1921) y del ascenso del movimiento obrero italiano (septiembre de 1920) y, antes, el fracaso de la marcha del Ejército Rojo sobre Varsovia (agosto de 1920). Trotsky (y Lenin) orientaban de ese modo a los nuevos y pequeños partidos comunistas de Occidente que se deslizaban irresponsablemente hacia acciones prematuras. Trotsky formula entonces esa idea de que “el capitalismo posee un equilibrio dinámico, el cual -dice inmediatamente después- está siempre en proceso de ruptura o restauración”. Paula Bach oculta lo central de Trotsky y presenta como nudo gordiano de su pensamiento algo que saca de la galera. Isaac Deutscher, renegado del trotskismo en su momento, pero más versado obviamente que Bach y, sobre todo más honesto, cita a Trotsky en una de sus dos intervenciones en el citado Congreso de la III Internacional, de 1921, que Bach sospechosamente no incluyó en su selección: “La humanidad no se ha movido siempre e invariablemente hacia delante… Ha conocido en su historia largos períodos de estancamiento. Ha conocido recaídas en la barbarie. Ha habido casos… en que la sociedad, después de alcanzar cierto nivel de desarrollo, fue incapaz de mantenerse en ese nivel… La humanidad nunca puede detenerse completamente. Cualquier equilibrio que pueda alcanzar como resultado de las luchas entre las clases y las naciones, es inestable por su propia naturaleza” (cursivas nuestras).

En el único sentido en que el marxismo trató de ‘equilibrios’ tiene que ver con la ley del valor, sentido que Bach también ignora olímpicamente. Veamos cómo lo planteaba Nikolai Bujarin: “En la sociedad capitalista no hay tal regulador consciente. Por ello la ley del equilibrio -la ley del valor- actúa como ley elemental, como ‘la ley de la gravedad cuando a uno se le cae la casa encima’. Pero, justamente, por ser una ley elemental de las fuerzas sociales elementales, se realiza a través de constantes perturbaciones. También aquí la alteración del equilibrio constituye la condición necesaria del establecimiento de un nuevo equilibrio al que sigue una nueva perturbación” (cursivas del original).[4] Más aún: en la sociedad capitalista, “las leyes del equilibrio se realizan exclusivamente por la vía de alteraciones duraderas o periódicamente repetidas del equilibrio y sólo así pueden realizarse. Por ende, la restauración del equilibrio tiene que tener como punto de partida su propia alteración. Y cada perturbación del equilibrio, cuyo significado funcional en este caso en su restablecimiento sobre base más amplia -pero a la vez más contradictoria- está ineluctablemente unida con un descenso de las fuerzas productivas, de modo que resulta evidente que en la sociedad antagónica sólo es posible un desarrollo de las fuerzas productivas por la vía de su destrucción periódica” (cursivas del original)[5].

Como explicó oportunamente Pablo Rieznik, la postura del PTS está “a la derecha de Eduard Bernstein”: “El revisionista alemán de fines del siglo XIX pretendía entonces avanzar al socialismo mediante ‘reformas’, en una época en la que no pudo reconocer la catástrofe capitalista en el momento histórico de su máximo desarrollo; el PTS desconoce la catástrofe del capitalismo en su período de agonía y descomposición”[6].

‘Automaticismo’

Paula Bach, como los EDI, polemiza sin citar a las organizaciones o a los autores que impugna, pero es claro que ataca a quienes defendemos el “catastrofismo” de Marx y nos acusa de pregonar un supuesto derrumbe ‘automático’ del capitalismo. Los que como Bach se niegan a ver la catástrofe y la barbarie del capital, sus crisis recurrentes y la tendencia al derrumbe capitalista, suscriben la tesis en boga que no es chicha ni limonada: el capitalismo sufriría -textual de la “Introducción”- una “crisis orgánica”, concepto que toma de Gramsci. Como organismo vivo que es la sociedad, igual que el ser humano, obviamente no puede sufrir crisis ‘inorgánicas’. Haciendo un paralelo con el último, pero salvando todas las distancias, el problema en un problema ‘orgánico’ es distinguir los síntomas que tratamos. La cuestión se formularía así: ¿se trata de una dolencia pasajera que corresponde a la ‘adolescencia’ de la sociedad o de graves problemas que remiten a su senectud? De esto, que es lo que importa, el concepto gramsciano[7] no nos dice nada, es pour la galerie. La revolución social se plantea como necesidad histórica sólo a partir de que las condiciones objetivas están maduras (es decir que las fuerzas productivas de la sociedad no pueden desarrollarse más en el cuadro de las relaciones de producción capitalistas). El capitalismo no sólo está ‘viejo’ y caduco: ha cumplido largamente su “misión histórica”, su perpetuación conduce a la civilización a la descomposición, a la putrefacción y a la barbarie. Para la IV Internacional son esas condiciones -objetivas- las que están históricamente maduras. Es decir, estamos en una época histórica preñada de guerras y revoluciones (lo que no significa de forma obvia, y de ningún modo, que está planteada la revolución o la guerra en cualquier circunstancia y/o país).

Nada más extraño en el marxismo o en el Partido Obrero, en el sentido que un derrumbe económico del capital presupone, más o menos, un derrumbe automático del capitalismo. Como lo planteó Pablo Rieznik en uno de sus últimos textos, probablemente uno de los mejores, lamentablemente inédito en papel: “El colapso no es ‘económico’, en el sentido limitante que le adjudica Lucio Colletti al término, al asociarlo a un puro efecto acumulativo o ‘cuantitativo’ de la baja tendencial de la tasa de ganancia, hasta un punto en que la máquina del metabolismo productivo dejará de funcionar como resultado de una dinámica de tipo mecánico. En un cierto (otro) sentido se podría hablar (de hecho, se lo hace) de derrumbe ‘económico’ pero como denominación poco rigurosa de un fenómeno que va más allá de lo… ‘económico’, porque expresa la disolución de la relación social de producción, resultado de su estadio terminal con relación a fuerzas productivas que no puede contener y que se encuentran en contradicción con el orden vigente. No sería la primera vez que se fuerza el significado de una palabra. Con ese colapso ‘económico’, con el conocido párrafo del “Prefacio” de Marx, queda abierto el momento histórico de la revolución social. Algo que no sería posible si no estuviera planteado el derrumbe o el colapso de la sociedad agotada y la posibilidad de su superación por un nuevo orden social. Una transición en la cual el automatismo está fuera de lugar, porque su destino dependerá de la emergencia de una lucha de clases determinada. Una lucha que, como es obvio, carece de resultados que, en modo alguno, son ‘automáticos’ y/o preestablecidos”[8].

Durante mucho tiempo se pretendió contraponer una supuesta concepción del ‘derrumbe económico’ del capitalismo a la acción del ‘sujeto revolucionario’. Bajo la acción regresiva del stalinismo, pero también del pablo-mandelismo, se ‘inventó’ tal cosa. Rieznik trae a colación al respecto la polémica de Henryk Grossman y Anton Pannekoek de los años ’30, de la cual habría nacido tal contraposición, lo cual es enteramente falso como demostró Paul Mattick hace “ya más de ocho décadas”.

“Grossman no afirma -dice Mattick-, como dice su crítico, que el capitalismo se derrumbará por motivos puramente económicos, que el derrumbe se debe llevar a cabo independientemente de la intervención humana… Ni siquiera para Grossman el derrumbe es un proceso automático, sino el acto revolucionario del proletariado. Ni siquiera para Grossman existen problemas puramente económicos. Esto no le impide, por razones metodológicas, en su análisis de la ley de la acumulación, a la definición de supuestos meramente económicos ni llegar así a captar teóricamente un punto-límite objetivo del sistema. El reconocimiento teórico de que el sistema capitalista, por sus contradicciones internas, debe necesariamente ir hacia el derrumbe, no induce en absoluto a considerar que el derrumbe real sea un proceso automático independiente de los hombres. Sin hombres no habría economía, la cual no puede ser abstraída de aquéllos. Antes de que el punto límite logrado teóricamente sobre la base de un conjunto de abstracciones encuentre su paralelo en la realidad, los obreros ya habrán realizado su revolución. Para lo que Grossman afirma que el derrumbe es inevitable, prácticamente esto significa tan sólo que la revolución es inevitable. El no sostiene un punto de vista puramente económico sino dialéctico, para el cual toda abstracción es tan sólo un medio para el reconocimiento de la realidad… no es la economía la que determina las relaciones de clase dadas, sino que son las relaciones de producción capitalista -en cuanto relaciones de clases- las que bajo las condiciones de la economía de mercado adoptan la forma fetichista de relaciones económicas, cualquier consideración ‘puramente económica’ del capitalismo y de sus leyes de movimiento constituye una imposibilidad desde el punto de vista del marxismo”[9].

La acción consciente del proletariado y, sobre todo su partido, en lucha por la independencia política de clase, nacen de esta concepción. Así formuló siempre el marxismo las cosas. El plato insulso de Paula Bach/PTS es un refrito de posiciones centristas no revolucionarias superadas… hace ya más de 80 años.

Mandelismo recargado

La “Introducción” de esta última edición de los textos de Trotsky contiene un capítulo de “reflexiones finales”, fechado en julio de 2018, que da una sucinta respuesta a cómo resultaron los “pronósticos de Trotsky” desde su muerte hasta “el período actual”.

“En la segunda posguerra mundial… el capitalismo logró un nuevo equilibrio” que dio lugar al “boom de posguerra”, todo lo cual se explicaría por “la variante que Trotsky no imaginó (y hasta cierto punto no podía imaginar) es que luego de la guerra y habiendo derrotado al fascismo en su propio terreno, los ‘Stalin y Molotov’ contribuirían, nuevamente aunque esta vez en escala ampliada, ‘más al mantenimiento, estabilización y salvación del capitalismo’…”. Tal es así “que la derrota del fascismo a manos de la Rusia soviética acabaría represtigiando al stalinismo” y así se “desviar(án) los procesos revolucionarios que estallaron en la inmediata posguerra”. Esto es lo mismo que planteó siempre la dirección revisionista de la IV Internacional desde fines de los años ’40, tergiversando la realidad, destruyendo todas las enseñanzas del ‘viejo’.

En primer lugar, Bach no dice que la guerra significó la mayor destrucción de fuerzas productivas de la historia del capitalismo hasta el presente como resultado del de-rrum-be capitalista, esto es, de la barbarie a que condujo el capitalismo a la humanidad.

Segundo, toda Europa fue sacudida inmediatamente tras la guerra por un ascenso revolucionario sin par, que es el que explica la liberación del fascismo en la mayoría de los países de Occidente (hasta entonces los ‘aliados’ brillaban por su ausencia). En Francia, Italia, Grecia y Yugoslavia son las masas sublevadas (ponen en pie guerrillas multitudinarias, comités de fábrica y todo tipo de organizaciones que amenazan lisa y llanamente con un doble poder), las protagonistas fundamentales de la lucha contra el fascismo. La burocracia stalinista de esos tres países no ‘desvía’ nada, sino que frente a esa quiebra inmensa del capital y de su Estado se enanca en la movilización de las masas para quebrarla, para contribuir a la reconstrucción del capital y su Estado. Todo lo cual no se hace en forma indolora, sin choques y resistencias de todo tipo. Este proceso, lejos de ‘represtigiar’ al stalinismo, lo deja inerme de cara a las masas (el stalinismo las desmoraliza -¡es esto lo que explica la ‘estabilización’, no el ‘prestigio’ del stalinismo!). Cuando esa ‘estabilización’ es alcanzada, el imperialismo que se había servido de aquél (¡cogobierna en los tres países!) se deshace de él (una vez bien ‘exprimido’).

Tercero. En los países de Europa del Este, y en Alemania en primer lugar, la intervención ‘soviética’ se ocupa, sobre todo, de evitar la intervención revolucionaria de las masas. La expropiación del capital en esa región, impuesta sólo después de varios años tras la guerra, se hace manu militari (o sea, con métodos contrarrevolucionarios, quebrando toda conciencia de clase y cualquier intervención propia de las masas). Yugoslavia conquistó su revolución contra la voluntad de Joseph Stalin que había pactado con Franklin Roosevelt y Winston Churchill la permanencia del país bajo dominio de la burguesía. En 1949, la revolución en China va a triunfar contra Stalin. ¡El ‘prestigio’ de la burocracia rusa es puro cuento! ¡En Europa del Este, tan temprano como en 1953, estalla la revolución en Hungría, primero, y en Berlín, una huelga general de masas! La restauración capitalista en toda esta región jamás podría explicarse si no es por el odio a la burocratización totalitaria del stalinismo, de la burocracia rusa en especial (intervino militarmente para aplastar todos los procesos de revolución política desde 1953 hasta 1980 -Checoslovaquia, Polonia, etc.).

Cuarto. ¿El ‘boom de posguerra’, síntoma de vitalidad del capitalismo? Las posiciones de Bach/PTS son un calco de la tesis del “neocapitalismo” acuñada por Ernest Mandel a fines de los ’50. La reconstrucción de Europa se hizo sobre las espaldas de los trabajadores que, colaboración del stalinismo mediante, impuso la norma ‘nada de huelgas, primero la producción’. En Alemania, tanto Occidental como Oriental, tras la guerra, la disciplina en el trabajo tuvo características semi-militares. Europa se reconstruyó, además, sobre la base de recuperar y reforzar sus dominios coloniales y semicoloniales. En toda Asia se produjeron levantamientos populares que fueron aplastados a sangre y fuego. En 1948 se erige el Estado sionista (con acuerdo de la burocracia soviética) y el apartheid en Sudáfrica. En 1953 se derrota una revolución en Irán. Durante toda la década del ‘50, Francia y Bélgica son sacudidas por grandes luchas. Japón, en el extremo Oriente, vive después de la guerra, veinte años de grandiosas luchas sociales. No hablemos ya de la guerra de Corea, primero, y de las revoluciones de Indonesia, una década después, y a continuación la ‘revolución cultural’ en China. Quien suscribe la falsa tesis del ‘boom de posguerra’ lo hace también con la vulgaridad de los ‘gloriosos 20/30 años de desarrollo pacífico’ del capitalismo. Los planteos de Bach y el PTS son un viejo plato recalentado, que encima se lo ‘sirve’ muy a destiempo.

Quinto. ¿En qué sentido se habla de un fracaso de los pronósticos de Trotsky? Paula Bach y el PTS sostienen, igual que lo hizo el pablo-mandel-morenismo en los años ’50, la tesis de “la fortaleza del Estado obrero ruso” tras el desenlace de la guerra. Claro que mientras Pablo y Mandel sostuvieron, contra Trotsky, que la burocracia, a través de las expropiaciones de Europa oriental, encabezaba ahora el “campo de la revolución mundial”; Bach y el PTS parecieran sostener lo contrario: “semejante rol contrarrevolucionario del stalinismo eran, al menos, muy difíciles de imaginar en la preguerra” -cualquiera que lea los textos de Trotsky advertirá la falsedad. Pero dejemos a un lado el disparate. Lo cierto es que mientras los primeros terminarán haciendo seguidismo a la burocracia y pregonarán la virtual disolución de los partidos trotskistas en el stalinismo (“entrismo”); Bach y el PTS ¿dicen algo sustancialmente diferente? No. Igual que los otros, se arrodillan ante los hechos consumados. Es falso que el Estado obrero ruso se haya fortalecido tras la guerra. La ‘extensión’ del ‘mundo socialista’ sobre la base de la liquidación de la conciencia política de la clase obrera no puede confundirse nunca con el “fortalecimiento” de un Estado obrero[10]. Del mismo modo que la ‘colaboración’ stalinista en Occidente y en todo el mundo semicolonial des-pres-ti-gió al aparato stalinista (¡en Bolivia con la “rosca”, en Argentina con la Unión Democrática, en Cuba con Batista!), el totalitarismo burocrático en los Estados obreros no los fortaleció, sino que abonó el proceso restauracionista que se desatará décadas después.

En síntesis, a la luz de lo señalado, advertimos al lector de El capitalismo y sus crisis, que bien vale saltearse la “Introducción”.

 

[1]. Ediciones del Siglo, 1973.

[2]. Rieznik, Pablo: “¿Qué es la teoría del derrumbe del capitalismo? (Y cómo son las cosas)”, Hic Rodhus, 6/2014.

[3]. Idem anterior.

[4]. Teoría Económica del período de Transición, Ediciones PyP, 1979.

[5]. Idem anterior.

[6]. Catastrofismo, forma y contenido, en En Defensa del Marxismo Nº 35, 3/2008.

[7]. Sobre una crítica más amplia a la concepción gramsciana, ver “Gramsci: una lectura crítica de su legado teórico y político”, de Pablo Heller, en En Defensa del Marxismo N° 50, 11/2017.

[8]. Idem nota 2.

[9]. Pannekoek Anton, Karl Korsch y Paul Mattik: ¿Derrumbe del capitalismo o sujeto revolucionario?, Ediciones PyP, 1978.

[10]. El Partido Obrero polemizó hace muchos años con Nahuel Moreno sobre la cuestión: “El fortalecimiento del Estado obrero y las tendencias a la burocratización son un solo y mismo fenómeno: el Estado obrero se fortalece burocratizándose; de lo contrario, tiende, junto con un proceso de victorias sobre el imperialismo, a extinguirse, y no hay aquí sutilezas que valgan. Es negándose a admitir esto, obligado por su lógica de apoyo al fortalecimiento al Estado, que Moreno concluye haciendo la apología de la burocracia” (Aníbal Romero -Pablo Rieznik- en Internacionalismo N° 2, 12/1980. Crítica al libro La dictadura revolucionaria del proletariado, de Nahuel Moreno). ¡Paula Bach y el PTS hacen lo mismo!

 

* Norberto Malaj es militante del Partido Obrero y docente jubilado.

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