En 1930, el efecto de la crisis capitalista de 1929 sobre la Argentina derrumbó la economía agro-exportadora de la burguesía agraria, que vio reducido su comerciohasta en un 40% del total de sus exportaciones de materias primas y alimentos hacia el mercado mundial, y la caída de los precios que recibía por sus ventas también en un promedio similar,en tanto que el flujo de capitales externos sobre los cuales se sostenía el sistema primario-exportador, vía endeudamiento, no sólo se estancó sino que se invirtió, con la salida masiva de capitales hacia los países de origen. En 1930 la Argentina de las vacas gordas se derrumbó, el país entró en defol, había que honrar el endeudamiento externo y, a la vez, salir al rescate de la burguesía nacional quebrada.
En ese escenario, la decadencia de la segunda presidencia de Hipólito Irigoyen convirtió al gobierno de la UCR en impotente para trasladar esa crisis al conjunto de la clase obrera y de las masas, lo que condujo a la burguesía argentina a desenvolver el golpe semi-fascista del general José Félix Uriburu, que derrocó a Irigoyen y estableció un régimen de fuerza contra la clase trabajadora argentina: Incluyó la ley marcial y fusilamientos obreros, abriendo paso a los gobiernos que fueron parte de lo que se denominó como “La Década Infame” (1930-1943).
En 1932, Uriburu fue reemplazado por otro militar, el general Agustín P. Justo, electo presidente de la nación por la vía de la manipulación electoral y la proscripción de los opositores (el “fraude patriótico”). Justo fue el arquitecto de la restauración del régimen conservador mediante el fraude, la represión y persecución al movimiento obrero, la corrupción y la subordinación al imperialismo, primero particularmente al inglés y posteriormente al norteamericano.
El doble rescate, del vínculo con el mercado mundial pagando el endeudamiento nacional, y de la burguesía criolla, subsidiando a la actividad agraria en crisis, lo pagó esencialmente la clase obrera, con la máxima desocupación conocida en el país hasta entonces, casi 400 mil desocupados según las cifras oficiales en 1932, 44% menos de trabajadores agrícolas y 37% de obreros industriales, con la caída del salario real en un 20% y del ingreso de las familias obreras en un 30%.
Mediante la devaluación de la moneda, del subsidio a la gran burguesía (precio sostén de las exportaciones argentinas por encima de los valores internacionales, compra de saldos exportables de parte del estado, regulación de la producción, aumento de precios locales y encarecimiento del consumo popular), aumento de la carestía, suba de impuestos a la población, etc., los liberales se hicieron intervencionistas, colocando al estado al servicio de su rescate, igual que lo que hace hoy el gobierno de Milei con los capitalistas argentinos.
Junto con eso, y en particular a partir de 1934, para compensar la pérdida definitiva de los volúmenes extraordinarios de exportación de materias primas y alimentos que tenía la Argentina hasta la crisis de 1929, los oligarcas promovieron el desarrollo de una industria local de consumo, en base a capitales extranjeros y al aporte local de materias primas y alimentos imposibles de colocar en el exterior, más una mano de obra abundante y barata a partir del derrumbe económico y de la desocupación masiva impuesta desde 1930. Desde ese momento en adelante la economía argentina volverá a despegar, con el aporte nuevo de un desenvolvimiento industrial muy importante, y una clase obrera súper explotada.Esta super-explotación no era una sensación, era una realidad estadística que desmiente el mito liberal de la movilidad social ascendente en la Argentina de entreguerras. Como demuestra el historiador Hernán Camarero, lejos de la «aventura del ascenso», la clase obrera vivía una realidad de estancamiento donde el salario real en la ciudad se mantuvo hasta 1942 por debajo del nivel de 1929. La «patria contratista» y los oligarcas acumulaban fortunas sobre la base de condiciones de vida inhumanas, confirmadas por los propios informes oficiales que señalaban que «todavía en 1937 un 59% de las familias obreras porteñas vivía en una sola pieza, en general, de conventillo, hotel o pensión; sólo un 8% de ellas tenía retrete propio» (Consideraciones sobre la historia social de la Argentina urbana en las décadas de 1920 y 1930, pp. 44-45). En este contexto de asfixia habitacional y salarial, la calle y la obra no eran solo lugares de tránsito, sino un campo de batalla por la supervivencia.
El papel de la CGT
El 27 de setiembre de 1930 se fundó la Confederación General del Trabajo, superando divisiones históricas, especialmente entre los sindicalistas y los socialistas, las corrientes más importantes del movimiento obrero de la época. No los unió ni la defensa de las reivindicaciones obreras caídas, ni la lucha para derrocar al régimen anti-obrero surgido en ese año, sino que la “represión desencadenada por el golpe militar dio el impulso decisivo para estrechar filas en torno a la defensa de la supervivencia misma de la organización sindical” (Hugo del Campo, Sindicalismo y peronismo). De tal forma, la flamante CGT, con mayoría de la corriente sindicalista en su interior, no sólo que no enfrentó al golpe fachistoide de Uriburu, sino que buscó conciliar con él.
En un comunicado dirigido por la CGT a Uriburu, en el que se pide la conmutación de la pena de muerte para tres choferes que se habían tiroteado con la policía en medio de la lucha contra los despidos, una central burocratizada desde sus orígenes proclamaba que “la CGT, órgano representativo de las fuerzas obreras sanas del país –reconociéndole al facho que había sectores obreros insanos plausibles de ser reprimidos e incluso ejecutados- convencida de la obra de renovación administrativa del gobierno provisional y dispuesta a apoyarlo como está en su obra de justicia institucional y social (…) convencida esta confederación de que el gobierno provisional no mantiene en vigencia la ley marcial sino para garantizar la tranquilidad pública (…) aún más, entendiendo que los procedimientos y sentencias se han ajustado en absoluto a los reglamentos militares, promueve esta gestión invocando como única razón el hecho de que los condenados no registran antecedentes policiales” ( La Nación, 10.12.1930, citado por del Campo).
Esta política indigna de la CGT se mantuvo luego con el presidente Justo, al que le aceptó la continuidad del estado de sitio durante buena parte de su gobierno y con el cual, desde 1933, fueron interlocutores permanentes, asistiendo a asiduas reuniones en el despacho presidencial. Con esa orientación, que los socialistas criticaban pero que nunca enfrentaron consecuentemente, la CGT se integró completamente al gobierno justista, siendo parte de comisiones junto al Departamento Nacional del Trabajo (DNT), la Unión Industrial Argentina (UIA), la Sociedad Rural Argentina (SRA) y la Unión del Comercio, la Industria y la Producción, en las que los burócratas sindicales fueron cómplices del establecimiento de normas que regían a la baja condiciones laborales del movimiento obrero. También sumaron representantes en el DNT, en las Direcciones Generales de los Ferrocarriles, etc., lo que llevó a disputas con los socialistas, que criticaban a la CGT de pasividad y complacencia con el gobierno.
Respondiendo a la acusación socialista, la Junta Ejecutiva de la CGT de mayoría sindicalista respondió apoyándose a sí misma y señalando que “se felicita de que el presidente de la República, en su entrevista del 6 del corriente, haya confirmado la orientación democrática del actual gobierno, lo que indica la necesidad de estimularlo en su decidido propósito de mantenerse dentro de la ley, luchando, para el bien general, contra todo intento de sustituir el orden sea oriundo de la demagogia (se referían a sectores críticos de la CGT desde el movimiento obrero) o venga de la reacción” (Boletín de la CGT. 25.11.1930, ídem).
La GCT defendía su lugar de intermediaria entre el régimen oligárquico y las patronales y el movimiento obrero. Esto en defensa de supuestas luchas económicas y de su posición autonómica. Igual que, en la actualidad, Hugo Yasky, que se define autónomo pero no imparcial.
En consonancia con este colaboracionismo cegetista, tanto el ajuste primero, y luego el desenvolvimiento industrial, se hicieron en base a una política creciente de pauperización de la clase obrera, en particular de los sectores más plebeyos, con salarios y condiciones laborales por debajo del año 1919, cuando estalló la gran huelga de la Semana Trágica.
Los choques al interior de la CGT por esta política derivarán en la división de la central en 1935, entre socialistas, que fundarán la CGT-Independencia, y sindicalistas, que formarán la CGT-Catamarca, identificadas por el nombre de las calles en las que se encontraba el edificio de cada organización sindical.
Recomposición obrera y nacimiento de nuevas direcciones
Con el fin del ciclo recesivo, el importante desarrollo de la industria por sustitución de importaciones, la fuerte concentración obrera, especialmente en el Gran Buenos Aires (con alrededor del 70% de los obreros del país) y en la Ciudad de Buenos Aires, los magros salarios y las pésimas condiciones laborales y de vida de la clase obrera, volvió a incentivarse muy agudamente la lucha de clases.
A pesar de que el flagelo de la desocupación prácticamente había desaparecido hacia 1934, los salarios alcanzaron su punto más bajo justamente ese año, en el que los ingresos de los trabajadores representaban apenas un 77% del nivel de 1929.Además, habiendo en la Ciudad de Buenos Aires más de 80 convenios colectivos de trabajo firmados con las patronales, y en el gran Buenos Aires cerca de 700, en su mayoría en este caso convenios de empresa, las condiciones de trabajo mayoritariamente eran impuestas en forma arbitraria sólo por las patronales.
En este contexto, aumentaron las luchas reivindicativas y las huelgas que, en 1934, duplicaron las existentes en 1931. En 1935 y 1936, años en los que se desenvolvió la gran huelga de la construcción, los paros se triplicaron, con una acción cegetista completamente adaptada al régimen oligárquico y que no desenvolvió desde 1930 ninguna huelga general. La pasividad y decadencia dela CGT se profundizará con la división en 1935.
La efervescencia obrera, ante el defol de la CGT, fue canalizada por nuevas direcciones sindicales, sea en el nivel de las fábricas y de las comisiones internas o en el progreso de nuevos partidos de la clase obrera, como es el caso del Partido Comunista (PC) que, si bien tiene su año fundacional en 1918, bajo el nombre de Partido Socialista Internacional, tendrá su etapa de mayor desarrollo a partir de 1929.
En ese año 1929, el PC fundó el Comité de Unidad Sindical Clasista (CUSC) que, según varios historiadores, paulatinamente no sólo fue creciendo sino que también actuó como una suerte de central sindical. Opositores a la postura de la CGT unificada en 1930, cuya constitución criticaron como una unidad de aparato, de dirigentes ajenos a las bases obreras, los militantes comunistas se dieron la tarea de poner en pie centenares de comités de fábrica independientes de los sindicatos y de la CGT. En base a ese trabajo y con un carácter combativo, fundaron importantes sindicatos por industria, ligados a los sectores más explotados de la clase obrera. Mientras los sindicalistas y socialistas se orientaban a los gremios de servicios y transporte con prácticas más conciliadoras. Vale mencionar como ejemplos la Unión Gremial de Obreros Petroleros de Comodoro Rivadavia (1931), o la Federación Obrera de la Industria de la Carne (1932), conducida por José Peter, tarea que se extiende además a tipógrafos, metalúrgicos, obreros del tabaco, madereros, textiles, y en función del tema que nos ocupa en esta nota, trabajadores de la construcción. Justamente, en 1935, unificando a trabajadores de diversos gremios de oficio (albañiles, pintores, yeseros, marmolistas, parquetistas, carpinteros, aserradores, escultores, modeladores, etc.) se fundó el Sindicato de Obreros Albañiles, del Cemento Armado y Anexos, que será el principal protagonista de la gran huelga de la construcción, que comenzó en octubre de 1935.
Antes, también en 1935, el Sindicato Único de Obreros de la Madera (SUOM), también fundado por el PC, (en el que tendría un peso importante Mateo Fossa, “comunista expulsado” que apoyo al trotskismo critico del stalinismo), fue el primero en conquistar la semana de 40 horas, contra las jornadas interminables que imponían las patronales en aquel momento.
La gran huelga de la construcción de 1935/36
Al panorama general antes señalado cabe agregar que una de las actividades industriales que más se desenvolvió y que fue un impulso del desarrollo industrial fue la construcción, en base a una gran inversión del estado en la obra pública, que benefició a importantes empresas monopólicas de la construcción, tanto de origen nacional cuanto extranjero.
Efectivamente, como señala Iñigo Carrera, “con respecto a la obra pública, durante el gobierno de Justo se construyeron en la Capital Federal y sus cercanías, entre otras obras, el edificio del Ministerio de Obras Públicas (9 de Julio y Moreno), varios edificios policiales (Garaje y talleres de la Policía de la Capital, cuartel de la Policía Montada, comisaría de Puerto Nuevo), los nuevos cuarteles de Palermo y el nuevo edificio del Colegio Militar en El Palomar, se continuó la construcción de la Cárcel de Contraventores (Villa Devoto), se completó el edificio del Colegio Nacional de Buenos Aires y se iniciaron los de la Academia Nacional de Medicina, de la Facultad de Agronomía y Veterinaria, del Museo Bernardino Rivadavia, del Ministerio de Hacienda y del Ministerio de Guerra. Se construyeron, también, barrios de viviendas, nuevos puentes sobre el Riachuelo (…), el primer tramo del subterráneo a Palermo, la rectificación del Riachuelo y el entubamiento del arroyo Maldonado, y, sobre él, la avenida Juan B. Justo” (La estrategia de la clase obrera).
De este negocio se benefició la patria contratista local y también grandes empresas extranjeras, como Geope, SiemensBaunion, Wayss&Freytag, Polledo y Cía, Cía Hispano-Argentina (de obras públicas y finanzas), a costa de salarios y condiciones laborales paupérrimas de los trabajadores de la construcción.
El pliego de reivindicaciones por el cual se desenvolvió la gran huelga de la construcción, justamente, buscaba revertir por completo aquella super-explotación. Tenía diecisiete puntos. Entre ellos, el primero fue el reconocimiento del Sindicato de Obreros Albañiles, Cemento Armado y Anexos, y el segundo que todos los albañiles y peones deberían estar asociados al sindicato, es decir, la quiebra de la persecución no sólo contra el gremio sino también en defensa del derecho de los trabajadores a afiliarse, algo que rechazan de plano las patronales y el gobierno. Es decir, los reclamos reivindicativos comenzaron con dos planteos políticos contra la persecución del régimen oligárquico al movimiento obrero.
Luego se exigía un salario mínimo que cubriera las necesidades de la familia obrera; jornada de 8 horas (contra las hasta 14 horas que imponían las patronales); descanso dominical absoluto, los sábados se trabajará cuatro horas por la mañana solamente, supresión de las horas extras, salvo en caso de fuerza mayor, abonándose en ese caso el 75 % de lo estipulado en el artículo sobre salario mínimo, y el 100 % los días declarados feriados; a todo obrero que salga a trabajar fuera del radio de la Capital se le abonará el viaje de ida y vuelta; abolición total del trabajo a destajo; el constructor será responsable de los accidentes de trabajo, debiendo pagar al accidentado desde el día que ocurriera el mismo; todo obrero debe estar asegurado; en cada obra deberá haber un botiquín con los útiles necesarios para primeros auxilios; el pago se efectuará quincenalmente en la obra y durante el horario de trabajo cada sábado por medio; normas de seguridad esenciales para la construcción de los andamios; en caso de lluvia o falta de material, al obrero que haya trabajado más de ½ hora se le pagará un cuarto de día; y si ha trabajado más de un cuarto se le pagara ½ día; será así hasta cumplir la jornada; bolsa de trabajo; en cada obra deberá haber un delegado, el que tendrá la misión de controlar el cumplimiento de lo estipulado en el presente pliego; el constructor no podrá despedir a ningún trabajador sin causa justificada y, algo clave, no se tomarán represalias con los obreros que hayan participado del movimiento.
Un programa completo que revolucionaba toda la situación laboral y salarial de los trabajadores de la construcción que, obviamente, fue rechazado por parte de las patronales que, además, se negaban a recibir al sindicato.
Ante la negativa patronal, el 17 de octubre de 1935, en una masiva asamblea del Sindicato de Obreros Albañiles, Cemento Armado y Anexos se votó ir a la huelga, la que comenzó el 23 de octubre, duró 96 días, involucró a 60 mil trabajadores, realizó cuatro asambleas multitudinarias en el Luna Park y sistemáticas acciones de lucha, con movilización de decenas de miles. Así, la huelga indefinida de la construcción culminó con una huelga general de toda la clase obrera los días 7 y 8 de enero de 1936, convocada por un Comité de Defensa y Solidaridad con la Huelga que integraron 68 gremios, creado entre noviembre y diciembre de 1935, ante la ofensiva de las patronales, ante la represión estatal y para-estatal, que ocupó el lugar que dejó vacante la CGT con su pasividad.
En la mañana del 7 de enero el centro del combate fue en un área que abarcó los barrios de La Paternal, Villa del Parque, Villa Devoto, el Talar, Villa Mitre, Villa Urquiza, pero también hubo enfrentamientos en otros barrios, como La Boca, Villa Crespo, Parque Chacabuco, Flores, Mataderos y Liniers. Lo que los militantes comunistas denominaron “el cinturón rojoobrero y popular”, pero que se extendió también a Vicente López, San Martín, Caseros, Ciudadela, Morón, Quilmes y Berazategui.
De las acciones callejeras y en los piquetes participaron las comisiones barriales, los asistentes a los comedores populares montados durante la huelga, y muy especialmente, el comité de mujeres, que “se sumaron a las demandas de sus familiares. Así cumplieron una activa campaña de agitación por la libertad de los detenidos,formaban parte de los piquetes para paralizar el transporte y del incendio de vehículos (‘una turba compuesta de obreros, entre los cuales había numerosas mujeres’), presionaron para que se produjera el cierre de los comercios. Muchas noticias informaban sobre la cantidad de mujeres detenidas y el trato ‘desconsiderado’ que recibían cuando llevaban ropas y alimentos a los varones detenidos” (Mirta Zaida Lobato, Historia de las trabajadoras en la Argentina-1869-1960).
Sostener 96 días de huelga requirió más que fondos de lucha. Se construyó una red de socialización y desarrollo de una cultura obrera alternativa en la que el PC tuvo también un rol importante. En respuesta a la feroz represión y por la libertad de los presos, la huelga general se prolongó por 24 horas más, y la huelga de la construcción continuó hasta que el gobierno y las patronales tuvieron que recular. El propio presidente Justo debió abandonar sus vacaciones en Mar del plata y regresar a Buenos Aires.
El triunfo de la huelga fue el cimiento para la fundación de la Federación Obrera Nacional de la Construcción (FONC), con más de 58 mil afiliados, el segundo gremio después de la Unión Ferroviaria.
Sobre la gran huelga general, el diario conservador Crítica señalo que “la huelga general organizada por ciertos gremios en solidaridad con los obreros de la construcción, que se venía anunciando desde hace varios días, tuvo hoy una realización de tan altos alcances que ha alterado por completo el ritmo febril de Buenos Aires y la ha inmovilizado en la mayoría de sus barrios más extensos y populosos. No se esperaba, en verdad, una demostración tan extraordinaria de solidaridad obrera (…) Barrios de Buenos Aires (…) no acusaban al mediodía ni un solo comercio abierto, ni el tránsito de un colectivo, de un ómnibus, de un tranvía, o de un automóvil de alquiler (…) En síntesis, puede afirmarse que desde hace cerca de veinte años, la Capital Federal no presenciaba un paro semejante.”
Igual imagen describió el periódico socialista “La Vanguardia”, como comenta Hugo del Campo, “poco amigo del PC”, cuyos dirigentes estuvieron a la cabeza de esta gesta obrera. La vanguardia caracterizó a la huelga como “la más grande e importante de las huelgas habidas en nuestro país en este tiempo”.
La huelga de la construcción no fue sostenida por la CGT, y la huelga general del 7 y 8 de enero de 1936 fue apoyada de forma pasiva pero no convocada por la central, sino por el mencionado Comité de Defensa y Solidaridad. La gran gesta obrera de los trabajadores de la construcción de 1935/6 no sólo quebró al régimen oligárquico sino también a la burocracia cegetista. El triunfo se alcanzó a pesar de este abandono de la central sindical a esta lucha, y también pasando por encima de las negativas de las patronales y del DNT a negociar con los huelguistas, acusados de ser “comunistas prontuariados que, lejos de tener una actuación sindical normal, en beneficio de la clase trabajadora, se hallan encauzados en una corriente política anarquizante” (del Campo, ídem).
A siete años del fin del régimen conservador de la Década Infame, la huelga general del 7 y 8 de enero había abierto un período que puso en primer orden a la cuestión del poder, tanto para los capitalistas, que sobre lo que sería el final de la segunda guerra mundial estaban frente a la disyuntiva de reconfigurar el capitalismo criollo subordinados al imperialismo norteamericano, que amanecía triunfante del conflicto inter-imperialista, cuanto para la clase obrera, que se había demostrado capaz de sumar detrás suyo a capas enteras de la población, y dar una salida obrera a la crisis que se avecinaba.
El Partido Comunista después de la gran huelga
En forma paralela al comienzo del conflicto de la construcción, se produjo el 7° Congreso del Comintern, en el cual el estalinismo abandonó el ultra-izquierdismo del llamado Tercer Período, para asumir la política del Frente Popular detrás de la burguesía “democrática”. En ese giro, el estalinismo se incorporó a la CGT-Independencia, de mayoría del Partido Socialista, que en su primer congreso ordinario, realizado antes del comienzo de la Segunda Guerra, ratificaba “la adhesión de la clase obrera a las libertades públicas, la autodeterminación de los pueblos, la paz y la concordia en el mundo”, contra los totalitarismos nazi-fascistas y “dispuesta a cooperar esforzadamente y sin limitación alguna por el triunfo de las ideas de la paz, de la democracia y de justicia social”. La CGT-Independencia se colocaba así tempranamente en el futuro campo aliadófilo, dirigido, especialmente en América, por el imperialismo yanky.
Pocos meses después del triunfo de los trabajadores de la FONC y de la gran huelga general, que había colocado a la clase obrera como dirigente de la lucha de los trabajadores pero también de otros sectores explotados detrás suyo, el PC fue parte fundamental del acto del 1° de mayo de 1936, junto al Partido Socialista, la Unión Cívica Radical y el Partido Demócrata Progresista.
El camino de la nueva política del PC culmina siendo parte fundamental de la regimentación de la clase obrera que lo había seguido desde su ascenso en el movimiento obrero, subordinándola a frentes con partidos de la clase capitalista que terminarán, en 1946, en la Unión Democrática que, de la mano del embajador norteamericano, SpruilleBraden, va a enfrentarse con Perón en las elecciones de ese año. La experiencia de un amplio sector de la clase obrera de ver a quienes habían sido un factor muy importante de sus luchas como aliados de los patrones a los que enfrentaban, y su apoyo al imperialismo norteamericano, será uno de los factores clave que ayudará a volcar a la mayoría de la clase obrera detrás del nacionalismo burgués.
Algunas conclusiones
La lucha por las conquistas obreras de los trabajadores de la construcción obligó a la clase obrera de entonces a enfrentarse abiertamente con las patronales, el poder político y el estado. Esa lucha obrera triunfó porque llevó adelante una huelga general indefinida de los trabajadores de la construcción que, para ganar, requirió del apoyo masivo del resto de la clase obrera que, mediante la huelga general,y pasando por encima de la CGT de entonces que no quería convocar la huelga general (igual que hoy), emplazó al gobierno hasta derrotar su política anti-obrera. Como las grandes gestas, la del 7 y 8 de enero de 1936 fue una huelga política de masas contra el régimen oligárquico, cuyo triunfo fue festejado no sólo por la clase obrera sino también por otros sectores explotados, que se sumaron a la lucha para que alcanzara la victoria.
Hoy, la clase capitalista está empeñada en eliminar todas las conquistas de los trabajadores que aún siguen en pie, después de décadas de entrega de la burocracia sindical de la CGT y de las CTAs. Es la reforma laboral criminal que impulsa Milei, con el apoyo abierto o solapado de todos los partidos patronales, en primer lugar el Partido Justicialista y todos los burócratas sindicales del peronismo. La defensa de las conquistas que aún conserva la clase obrera y la reconquista de las que han sido arrebatadas por décadas de entregas de las direcciones sindicales, se podrán conseguir siguiendo el mismo método que el de la gran gesta de la huelga general de 1936, en forma independiente de los burócratas, de los capitalistas y de los partidos patronales. Un plan de lucha con paros nacionales hasta la huelga general que derrote al gobierno de Milei. La burocracia de la CGT es muy consciente de su papel de freno, y sus principales representantes declaran sin pelos en la lengua que no quieren un plan de lucha como el de los trabajadores de la construcción de 1935/6, porque no quieren derrotar al gobierno derechista de Milei.
La experiencia pasada y la actual, de una burocracia integrada al estado capitalista, desnuda las ilusiones de una parte de la propia izquierda argentina y de sectores del activismo que sostienen que si la CGT se pone a la cabeza se derrotará a la reforma laboral. El Plenario del Sindicalismo Combativo, el Movimiento Piquetero Independiente y los Jubilados en lucha, promueven, con independencia de la burocracia sindical, de los partidos patronales y del estado, un proceso de resistencia y lucha que implica organizar –como lo hicieron los trabajadores de la construcción hace 90 años- la huelga general.
La burocracia sindical peronista se erige como un muro de contención contra esta perspectiva, porque además sabe que el triunfo de los trabajadores sobre la actual ofensiva de Mileiabriría el camino de la clase obrera para una salida obrera y socialista en la Argentina.