El siglo XX fue escenario de un terremoto en la historiografía. Desde la Escuela de Annales francesa, a los marxistas británicos, incluyendo a figuras revolucionarias como León Trotsky (con su monumental Historia de la Revolución Rusa), la disciplina histórica atravesó un proceso de renovación despojándose de sus rasgos decimonónicos y de la historia rankeana a la par que el mundo era sacudido por crisis, guerras y revoluciones. En ese proceso de transformación de la práctica de la historia se inscriben los aportes y elaboraciones de Eric Hobsbawm y E. P. Thompson.
Si bien compartieron una base común, los enfoques de ambos historiadores tuvieron divergencias y matices muy marcados. Aunque estas diferencias no estallaban en polémicas abiertas, sino que se manifestaron mediante cruces indirectos y lecturas “entre líneas”. Pocas veces se citaron de manera explícita entre ellos, a pesar de que existía un reconocimiento mutuo de la grandeza intelectual del otro, ya que ambos sabían que tenían enfrente a la expresión más sofisticada y lúcida de las tendencias en disputa dentro del marxismo occidental.
Un ejemplo claro de sus divergencias fue la periodización de la era de catástrofe capitalista donde Hobsbawm se concentró en estudiar el colapso de la civilización generado por el imperialismo en la primera mitad del siglo XX, y Thompson puso su enfoque en la deshumanización moral de la expansión internacional del capitalismo del siglo XIX. Aunque poseían divergencias sobre la definición del sujeto como el motor de la transformación social.
Estas diferencias teóricas, fueron, en realidad, la expresión de la profunda crisis ideológica que fue resquebrajando al dominio del estalinismo sobre el movimiento comunista internacional, proceso que se aceleró entre las décadas del ‘50 y ‘60. La hegemonía de la burocracia soviética fue desafiada por estrategias revolucionarias (como en China en 1949 y en Cuba en 1959) y por los levantamientos internos brutalmente reprimidos por la nomenklatura, como en 1956 en Hungría y en la Primavera de Praga en 1968. Estos eventos precipitaron la disidencia del Grupo de Historiadores del Partido Comunista Británico, y la ruptura de casi todos ellos, con la excepción de Hobsbawm.
El hito fundamental en la ruptura de la autoridad internacional del estalinismo fue el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en 1956. El “discurso secreto» de Kruschov (que pretendía salvar el lugar de la burocracia estalinista responsabilizando personalmente a Stalin y a su camarilla personal de los crímenes de todo un régimen) desencadenó repercusiones en todo el campo socialista. Esto llevó a los intelectuales marxistas a cuestionar lo que ellos denominaron como la “ortodoxia” y en particular el determinismo económico vulgar que había practicado la historiografía estalinista.
A pesar de sus diferencias posteriores estos dos gigantes de la historia compartieron trinchera combatiendo a la historiografía burguesa en el influyente Grupo de Historiadores del Partido Comunista Británico (el colectivo de intelectuales del que formaron parte que incluyó a otros reconocidos historiadores como Christopher Hill, Rodney Hilton y Dona Torr, entre otros). Pero también fueron precursores de la Historia Social y de la corriente historiográfica History from Below (Historia desde Abajo) que se encargó de sacar de las sombras a las clases oprimidas, los sujetos que los libros tradicionales de historia habían borrado al centrar sus estudios en las grandes personalidades y sacralizar las fuentes escritas. Políticamente, esta disidencia fue parte del heterogéneo conjunto de tendencias que se conoció como la “Nueva Izquierda” (varios fueron promotores de la aparición de la publicación New Left Review) que era una expresión de diversas corrientes que disputaban con la “ortodoxia” estalinista.
Este artículo analiza cómo sus elaboraciones teóricas fueron forjadas como verdaderas armas intelectuales para luchas políticas cruciales dentro y fuera del Partido Comunista. La pregunta central que los dividió tuvo un carácter filosófico que guarda una gran actualidad: ¿Dónde se encuentra el motor de la historia? ¿Cuál es el sujeto de las transformaciones históricas? ¿Estas son inevitables y determinadas por la base económica de la sociedad, o se desprenden de los cambios en la conciencia humana forjada en la superestructura social de construcciones políticas e ideológicas?
Hay que señalar que esta lucha de ideas no era una simple disputa académica, no se trataba de asuntos histórico-filosóficos que partieran de la pura abstracción. Era parte de un debate candente sobre las tareas de los revolucionarios durante la hegemonía de la dirección estalinista de la URSS sobre la izquierda mundial, la intervención política frente al imperialismo y las experiencias revolucionarias que había transitado el siglo XX. Mientras Hobsbawm citaba la inmutabilidad de tendencias definidas por las grandes leyes históricas para adaptarse a la realpolitik estalinista en medio de la coexistencia pacífica impulsada por la URSS, Thompson abandonó el Partido Comunista, y centró sus estudios y su militancia en restaurar la agencia humana (human agency) -el concepto entendido no en su sentido administrativo, sino en su acepción de las ciencias sociales de capacidad de acción y voluntad colectiva- como el elemento causal de la transformación social. Su trabajo consistió en rescatar el rol del sujeto revolucionario, para promover la intervención de la clase obrera frente a la hegemonía de una dirección del movimiento comunista internacional ya burocratizada y transformada en agente contrarrevolucionaria dentro del Estado Obrero y a nivel internacional.
La interpretación de la Crítica a la Economía Política

Para entender bien las diferencias intelectuales entre E.P. Thompson y Eric Hobsbawm tenemos que remontarnos a sus interpretaciones sobre el Prólogo de la Contribución de la Crítica a la Economía Política de Karl Marx. Este texto es uno de los más importantes y más citados en el marxismo que contiene en gran parte la formulación más concisa y sistemática sobre su concepción de la historia junto con La Ideología Alemana de Marx y Engels. Hay que señalar que Marx realmente nunca utilizó el término “materialismo histórico” y eligió priorizar conceptos que describieran mejor el proceso de ruptura con el idealismo en lugar de un sistema cerrado. Los conceptos que Marx decidió utilizar fueron los de “La concepción materialista de la Historia” (die materialistische Geschichtsauffassung) o “Nuestra concepción de la historia” (en La Ideología Alemana). Acá nos encontramos con una discusión que llega al corazón de la teoría marxista.
La esquematización y la reducción del marxismo a la vulgaridad
Junto a la degeneración de la Segunda y luego la Tercera Internacional como organizaciones revolucionarias, han abundado los intelectuales socialdemócratas y estalinistas que, mientras parecían “hacer marxismo” remitiéndose a la terminología de Marx, practicaban una versión esquemática de su método histórico. En este periodo se hizo famosa la etiqueta de “materialismo histórico”, donde la concepción de Marx y sus conceptos de Base/Estructura y Superestructura fueron desnaturalizados hasta el final en una relación de determinación mecánica y unilateral.
En este modelo, la estructura económica se veía como la causa única de todo, reduciendo todo lo demás a una simple consecuencia. La Superestructura (el derecho, la política, la cultura, la conciencia social y la ideología) quedaba relegada al estatus de reflejo pasivo y automático de la base económica. La capacidad subjetiva era considerada algo secundario, sin fuerza propia ni poder real para transformar la economía. Esta visión despojaba al sujeto histórico de su capacidad transformadora, reduciéndolo a un portador (Träger) de fuerzas económicas impersonales. La historia desde este punto de vista se convertía en la manifestación de una ley inexorable que opera con independencia de la acción y la conciencia de los sujetos. La adopción de este determinismo mecanicista fue promovida por el estalinismo, ya que deslegitimaba la capacidad revolucionaria para priorizar una estrategia de espera y obediencia a “la vanguardia” que afirmaba poseer la clave para interpretar la “inevitabilidad histórica” del triunfo del socialismo. La crítica de Thompson y Hobsbawm, aunque desde distintos lugares, fue el producto de un intento de liberar a las ideas de Marx de este dogmatismo y de una interpretación vulgar.
Sin embargo, fue el propio Marx quien complejizó la causalidad al enfocarse en la dinámica de la contradicción dialéctica, en lugar del “equilibrio estático”. Si bien en la base se encuentra el fundamento material necesario, la dialéctica subraya que las contradicciones no se resuelven pasivamente, sino que escalan hasta un punto de ruptura que exige la intervención subjetiva.
El pasaje fundamental del Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política define este momento de colapso objetivo como el momento de la acción: «De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones (de producción) se convierten en cadenas suyas. Se abre entonces una época de revolución social.» (Marx,1859, p. 67)
Esta época donde la revolución se convierte en una “necesidad” es el momento de la posibilidad objetiva, la grieta estructural donde la base, al volverse un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, genera las condiciones del cambio. No obstante, Marx nunca sugirió que esta necesidad se resolviera por sí sola. La necesidad material solo crea una potencialidad, mientras que la acción organizada y consciente es lo que la convierte en una realidad histórica.
La disputa por las causas de la transformación
Lo que los historiadores británicos se preguntaron fue qué es lo que tiene mayor peso en un momento de crisis, ¿La estructura que nos limita o la acción política que intenta romperla? La causalidad estructural subraya la magnitud de las fuerzas sistémicas y la necesidad histórica objetiva. Este análisis se concentra en la prueba de que el capitalismo está agotando sus posibilidades y desarrollando una catástrofe objetiva.
Para esta corriente el motor de los grandes cambios residían en la inevitabilidad de la ley histórica que conduce a la crisis y por lo tanto a una sucesión (teleológica y lineal) de los modos de producción en la historia (comunidades tribales > esclavismo > feudalismo > capitalismo > socialismo > comunismo). La acción humana se concibe en este marco más como una respuesta informada o un reflejo de las tendencias de la estructura que como una fuerza autónoma capaz de alterar los tiempos históricos.
Por otro lado, su disidencia coloca en el centro a la causalidad subjetiva, invierte el acento en la voluntad consciente y su carácter de sujeto necesarias para romper activamente esas «cadenas» estructurales. El trabajo de Thompson se enfoca en esta dirección y en particular cómo la conciencia forjada en la experiencia es una fuerza causal que media y transforma la realidad material y no solo la refleja. Analiza la acción como un mandato ético que permite a la voluntad humana tomar las riendas para apurar o determinar el desenlace de la crisis.
En esencia, la base de la crítica que desarrollarían Hobsbawm y Thompson fue la versión distorsionada del marxismo dogmático y vulgar, partiendo de la necesidad de superar el economicismo aunque sus rutas intelectuales y políticas divergieron en ese proceso.
Hobsbawm y la primacía de la necesidad histórica frente a la catástrofe

Eric Hobsbawm, a lo largo de su monumental tetralogía histórica (La era de la revolución, La era del capital, La era del imperio, Historia del siglo XX), mantuvo un acento estructuralista que trascendió la metodología, constituyéndose como un imperativo estratégico y una filosofía histórica para una “realpolitik responsable”. Su pertenencia sostenida, a pesar de las permanentes disidencias, en el Partido Comunista de Gran Bretaña (CPGB) hasta la disolución de la URSS, expresó su convicción de que el motor de la historia residía en las fuerzas sistémicas impersonales y para la subordinación de la voluntad subjetiva de la agencia humana en la transformación.
Sin embargo, esto no significaba una total resignación. No proponía la inacción, sino un cálculo frío analizando la realidad para no arriesgar la supervivencia del socialismo con acciones que suponía que eran suicidas frente a un enemigo tan poderoso como el imperialismo estadounidense del siglo XX. Salia en defensa del stalinismo. El acuerdo estratégico con el abandono de la estrategia de la revolución socialista se expresó en la obra de Hobsbawm sobre el siglo XX con la reivindicación del Estado de bienestar y muchos rasgos del propio régimen estalinista. Esta reivindicación de aspectos de la política socialdemócrata y estalinista encajaba muy bien con la reconversión de los Partidos Comunistas europeos en partidos de la democracia burguesa que se conoció como “eurocomunismo”.
La tesis de la catástrofe objetiva y la primacía de la necesidad
La clave del argumento de Hobsbawm reside en la tesis de la “catástrofe objetiva” del siglo XX. Este concepto no mide la tragedia en el dolor moral individual (el foco de Thompson), sino en la escala sistémica de la aniquilación. Para Hobsbawm, la Primera y Segunda Guerra Mundial y el Holocausto no fueron simples aberraciones, sino la manifestación lógica e ineludible de las contradicciones internas del sistema. Veía en esta capacidad industrial para la muerte la prueba de que el capitalismo tardío, en su fase imperialista, había transformado sus fuerzas productivas en fuerzas de destrucción, agotando su potencial civilizatorio y empujando a la humanidad hacia la barbarie.
El capitalismo, en su fase imperialista y con la “guerra total”, había generado fuerzas productivas tan destructivas (tecnología bélica, producción en serie de armamento, capacidad logística de movilización) que sus relaciones de producción (la competencia por los mercados, la rivalidad entre Estados-nación) sólo podían resolverse mediante la autodestrucción en una escala sin precedentes. En conclusión la estructura no sólo condicionaba, sino que determinaba el resultado histórico.
Su método de estudio operó con una lente que abarcaba siglos y continentes, influenciado por la Longue Durée (la larga duración) del historiador francés Fernand Braudel y la Escuela de Annales, aunque Hobsbawm se diferenció del historiador francés rechazando su inmovilismo geográfico.
Mientras que para Braudel los acontecimientos políticos eran una “espuma» irrelevante frente a estructuras casi eternas, Hobsbawm politizó la larga duración y la utilizó para trazar la dinámica de tipo evolutiva de los modos de producción. Así, entendió identificar las leyes de la necesidad histórica que, según él, garantizaban la autodestrucción o el colapso final del capitalismo. Podemos decir que su posición es, en esencia, una filosofía de la historia que confía en el funcionamiento de las leyes económicas objetivas como motor primario.
El estructuralismo como arma geopolítica para la justificación de la coexistencia pacífica
La prioridad teórica de Hobsbawm estaba íntimamente ligada a su lealtad política en el contexto de la Guerra Fría y el cisma Sino-Soviético. Su análisis estructuralista se convirtió en el fundamento teórico para la línea estalinista de la «coexistencia pacífica». Justificó su “realismo radical” bajo la premisa de que la humanidad, tras el desarrollo de las armas nucleares, enfrentaba la disyuntiva de la guerra total o el colapso estructural del capitalismo por sus propias fuerzas internas. Al considerar el colapso como una certeza histórica dictada por las contradicciones del modo de producción, el imperativo estratégico de la izquierda mundial (hegemonizada por los Partidos Comunistas) no era la acción insurreccional histórica inmediata en Occidente. Tal acción sería una «aventura» ultraizquierdista o putschista que solo serviría para desestabilizar la precaria paz global y poner en riesgo la existencia del bloque socialista o la «base real» de la revolución.
En Hobsbawm, esta supuesta inevitabilidad de la ley histórica, explica su defensa de la pasividad estratégica de los Partidos Comunistas (bajo el mando de la URSS),relegando su rol a la acumulación de fuerzasen lugar de desarrollar una estrategia revolucionaria contra el capitalismo y el imperialismo como había sido la política de los bolcheviques antes de la estalinización. La defensa del «socialismo realmente existente» de la Unión Soviética se convirtió en el objetivo primario, ya que era el factor estructural que limitaba la expansión del capitalismo, independientemente de sus fallos internos y crímenes como los revelados en 1956.
Esta fuerte postura historiográfica, trajo el peligro teórico de la naturalización y la adaptación de la degeneración soviética. El estructuralismo tendió a ver la acción humana no como un factor causal, sino como un elemento reactivo u ornamental de la historia.
La crítica que Thompson haría posteriormente en La Miseria de la Teoría (1978) se dirige precisamente a esta tendencia remarcando el riesgo de concebir la historia como un «proceso sin sujeto». Aunque Hobsbawm siempre se distanció del formalismo extremo del estructuralismo francés que encarnó Althusser, su énfasis constante en la necesidad por encima de la posibilidad y la voluntad lo sitúa en coordenadas distintas de la tendencia del “marxismo humanista y democrático” impulsado por la New Left Review(la influyente revista británica, política y cultural de izquierda marxista fundada en 1960). Thompson mismo abandonaría esta revista en 1962 poco después de que Perry Anderson tomará el control de la publicación, debido a las profundas diferencias que mantenían.
El teoricismo filosófico de Althusser
La confrontación con el dogmatismo post 1956 obligó a los historiadores marxistas a clarificar el rol de la estructura. Sin embargo, para entender el acento de Hobsbawm, es crucial distinguir su enfoque del teoricismo de Althusser, el blanco más feroz de E.P. Thompson en La Miseria de la Teoría.
Es importante señalar, que Hobsbawm a diferencia de Althusser, no borró a los sujetos de su narrativa, sino que integró el estudio de la historia social en el marco de las grandes leyes. Hobsbawm se inscribe en un estructuralismo histórico-empírico, basado en el análisis de las leyes de la catástrofe inherentes al capitalismo a gran escala. Su énfasis en la “necesidad histórica” no niega la autonomía humana de los sujetos, sino que la subordina a las fuerzas impersonales. Su trabajo inicial, como Primitive Rebels (1959) y sus ensayos sobre los bandidos sociales, demuestra un profundo interés por la conciencia popular y las formas prepolíticas de resistencia, concibiendo e impulsando la corriente historiográfica Historia desde Abajo de la cual es exponente junto a Thompson y el italiano Carlo Ginzburg (pionero de la microhistoria). Su contribución al Grupo de Historiadores del PC Británico fue precisamente la de fundir el análisis marxista de la estructura con la evidencia empírica de la cultura popular. Por ende, reducir a Hobsbawm al determinismo ciego sería un error. Su análisis histórico es que las formas de rebelión “pre-políticas” o espontáneas (bandidaje, sectas, disturbios) invariablemente fracasaban frente al Estado moderno si no se articulaban mediante una organización jerárquica. Su “estructuralismo” no era una negación de la acción humana, sino una subordinación consciente de la espontaneidad a la disciplina.
En contraste, Althusser había ido mucho más lejos y representaba la anulación filosófica del sujeto. Su estructuralismo era abstracto y teoricista, rechazando la experiencia y la moralidad como fuentes válidas de conocimiento, declarando al individuo un mero «portador (Träger)» de las estructuras.
Las diferencias dentro de estas tendencias estructuralistas fueron, por lo tanto, de naturaleza y consecuencia. Mientras Hobsbawm también difundió la Historia desde Abajo la utilizó para ilustrar la disciplina política impuesta por la base. Althusser directamente niega la validez de la experiencia para imponer una negación filosófica del sujeto. La lucha de Thompson fue contra ambos, pero se centró en restaurar la dignidad causal de la acción de los sujetos frente a lo que consideró como una verdadera tiranía intelectual “anti-humanista” promovida en su máxima expresión por el teórico francés. Sin embargo, esta batalla teórica no convencía a todos sus aliados. El propio Hobsbawm, aunque admiraba el genio de Thompson, desconfiaba de su consistencia analítica, llegando a decir que tenía “una eventual cualidad atolondrada de su poderoso e imaginativo intelecto al incursionar en la teoría” (Obituario para E. P. Thompson, 1994).
Thompson y el rescate del sujeto histórico

E.P. Thompson intentó liderar la reorientación ética y ontológica del marxismo occidental, invirtiendo radicalmente el acento determinista de los intelectuales influenciados por el estalinismo para centrarse en lo que él denominó como la agencia humana, la experiencia y la subjetividad. Su enfoque nace de una profunda ruptura política y moral con el “comunismo” burocrático de la URSS, catalizado por la represión soviética a la Revolución Húngara en 1956, lo que lo llevó a fundar la Nueva Izquierda (New Left) británica. Con el impulso de las tendencias “humanistas y democratizantes” del marxismo, que exigía rescatar la dimensión moral y consciente de la lucha de clases, se intentó alejar aún más de una crítica materialista estricta que otorgaba prioridad absoluta a lo económico.
En su periodización desplaza el foco de la «catástrofe objetiva» (las grandes fuerzas sistémicas de Hobsbawm) a la «catástrofe subjetiva y moral» del siglo XIX, la deshumanización de la disciplina fabril, la destrucción de la economía moral plebeya y la imposición de nuevas formas de opresión cultural. En su obra maestra, La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963), postula que la clase social no se reduce a una categoría sociológica o un producto inerte de la base económica, sino una formación cultural y política forjada por la experiencia y la agencia a lo largo del tiempo.
La experiencia como bisagra dialéctica y la ruptura con el reflejo
El concepto clave que introdujo para superar el determinismo mecánico es la experiencia. Para él, la conciencia no es un reflejo directo y lineal de las relaciones de producción. La experiencia actúa como la bisagra dialéctica o el mecanismo de mediación que procesa la realidad material.
El argumento considera que las relaciones objetivas de producción (estar en una fábrica, ser desposeído) no se traducen automáticamente en conciencia revolucionaria, más bien, son «experimentadas» por los sujetos a través de sus tradiciones culturales heredadas, sus valores y sus luchas colectivas. Para evitar caer en un idealismo cultural abstracto, ancló esta experiencia en lo que denominó la “economía moral” de la multitud. La resistencia y la “moralidad” plebeya no surgían de ideas abstractas o simplemente por el hambre, sino del choque material concreto contra las nuevas leyes del mercado libre y el “laissez faire” (dejar hacer) como los precios injustos o la desregulación. La clase obrera no se formó solo por “pensar” diferente, sino por la necesidad material de defender sus costumbres de subsistencia contra la violencia del capitalismo industrial. Así, la agencia en Thompson tiene un profundo arraigo materialista ya que concibió la respuesta humana activa a la agresión económica de la Estructura. En su análisis la conciencia de clase, es el resultado de este proceso cultural e histórico donde las condiciones materiales se encuentran con las tradiciones preexistentes (como el radicalismo plebeyo o el metodismo), generando una identidad colectiva. Thompson era consciente de que este énfasis cultural era completamente ajeno al marxismo vulgar y mantuvo una crítica (velada) a Hobsbawmdiciendo que “claramente se ha mostrado molesto con algunas de las más impresionistas discusiones sobre la cultura popular” (Thompson, Las peculiaridades de lo inglés, 2002). Esa “molestia” no era un detalle menor, revelaba la tensión entre este choque de concepciones donde uno buscaba leyes fijas y otro que priorizaba la fluidez de la experiencia.
Esta perspectiva rescata la causalidad autónoma de la agencia humana. Al insistir en que la cultura, la tradición y la moral poseen una eficacia histórica propia, termina refutando la idea de que la estructura económica lo determina todo, defendiendo una autonomía relativa de las esferas ideológicas y políticas. Es en este punto donde demostró que la cultura y la moral tienen fuerza propia y no son simples reflejos de la economía. Sin embargo, este enfoque creó un punto ciego en la Nueva Izquierda que se centró tanto en la resistencia cultural y ética que subestimaron la necesidad de construir una estructura centralizada (el partido leninista) que se prepare para el asalto del poder. Hubo una prevalencia de una suerte de resistencia defensiva, sin plantear nunca una estrategia real para pasar al ataque y vencer al Estado capitalista con el fin de destruirlo para reemplazarlo por un nuevo Estado.
Reducir el pensamiento de Thompson al voluntarismo sería una simplificación injusta y poco digna para abordar a uno de los pensadores e historiadores más brillantes del siglo XX. Era completamente consciente de los límites de la acción sin estrategia: “los huesos de Che Guevara nos recuerdan que la historia es implacable. Lo que se hace sólo con la voluntad no es una revolución sino un mito” (Thompson, 1980). La resistencia de este historiador y militante al partido leninista no nació de una ingenuidad organizativa, sino de un profundo rechazo al sustituismo. Habiendo presenciado cómo el estalinismo utilizaba la “necesidad histórica” para aplastar la disidencia obrera real en Hungría, llegó a la conclusión de que ninguna vanguardia esclarecida podía sustituir el proceso de autoconstitución de la clase. Su apuesta no era contra la organización, sino a favor de una organización que prefigurara “la sociedad democrática” que aspiraba a construir, rechazando la premisa instrumental de que el fin justificaba los medios burocráticos.
Su enfoque se alinea con la definición de «determinación», entendida no como imposición total, sino como el establecimiento de límites y presiones dentro de las cuales la acción y la conciencia son posibles. También acusó al estructuralismo de promover un «marxismo ahistórico» y una «historia sin sujeto», donde las clases, las ideologías y las formaciones sociales eran reducidas a categorías estáticas, abstractas y deducidas de la teoría misma, en lugar de ser descubiertas en el proceso histórico concreto. El althusserianismo no era solo un error teórico, sino una coartada intelectual funcional a la burocracia soviética. También argumentó que al negar la validez de la experiencia y la conciencia, y al declarar al sujeto como una mera «función» de la estructura, proporcionaba un marco teórico que legitimaba el elitismo donde solo los teóricos puros podían interpretar las leyes de la estructura, descalificando el conocimiento y la moralidad generados por la experiencia directa de las masas en la lucha. Además, perpetuaba la pasividad ya que al insistir en la determinación estructural se reforzaba la idea de que la revolución es un evento que debe ser esperado por el colapso objetivo, en lugar de ser un evento que debe ser construido por la voluntad política.
Su acento en la agencia humana fue, por lo tanto, su arma de disidencia política y ética. Al reivindicar que «los sujetos hacen la historia,» Thompson refutaba directamente la justificación burocrática que utilizaba el determinismo como excusa para la pasividad y la obediencia al aparato estalinista.
La clase obrera como proceso histórico-social
“La clase no es una cosa, sino un proceso”, este concepto nos invita a estudiar cómo se forma la conciencia obrera a lo largo de un periodo de tiempo considerable. Para él, este proceso nace de dos tipos de determinaciones, por un lado la estructura económica pone el escenario y las condiciones materiales, pero por el otro es la propia clase la que se forma a sí misma y organiza, transformando esa experiencia vivida en la lucha en identidad política y cultural.
Esta visión sentó las bases no solo para la Historia Social Británica sino también para los Estudios Culturales, al establecer que la política revolucionaria tenía que darse en el campo de la cultura popular y la moralidad, defendiendo el derecho de las “clases subalternas” a moldear su propia conciencia contra las imposiciones ideológicas de la Estructura dominante.
Esta tesis tuvo grandes detractores empíricos. En particular Hobsbawm cuestionó directamente la periodización histórica de The Making, argumentando que la clase no podía considerarse formada tan temprano. Para él, “la historia continua de los movimientos obreros británicos, incluyendo su memoria histórica, no empieza hasta mucho después de los cartistas” (Hobsbawm, El mundo del trabajo, 1984). Donde Thompson veía una clase consciente “haciéndose a sí misma” en 1832, Hobsbawm veía grupos dispersos y fragmentados que requerían una maduración y desarrollo estructural mayor hacia finales del siglo XIX. Su rescate de las experiencias de la resistencia popular a la acumulación primitiva del capitalismo como influjo a la perspectiva de la clase obrera fue sin duda enriquecedor. Sin embargo, su oposición a la concepción de Marx de conciencia de clase que tiene dos expresiones, “en sí” y “para sí”, en la cual los intereses de clase tienen un contenido objetivamente revolucionario (conciencia de clase “para sí”) son disueltos en la conciencia inmediata (consciencia de clase “en sí”, la “experiencia” thompsoniana) como lo único realmente existente y merecedor de ser estudiado. Estas concepciones que vacían a la lucha de clases de perspectivas estratégicas y dan un valor absoluto a las experiencias de lucha inmediatas dotaron a la Nueva Izquierda influida por Thompson de una fuerte impronta basista y movimientista.
La respuesta de Hobsbawm a la Nueva Izquierda
Para Hobsbawm, la postura de Thompson y la New Left no era solo un error teórico, sino una irresponsabilidad estratégica. Su argumento consistía en que el voluntarismo político es ciego si no está direccionado por las leyes económicas objetivas.
Advirtió contra lo que consideró «aventurerismo» en estas tendencia a lanzarse a la acción impulsada solo por convicciones morales o éticas, sin evaluar si existen condiciones reales para ganar. Hobsbawm lo veía como una fantasía peligrosa que podía desestabilizar la precaria paz de la Guerra Fría y poner en riesgo al socialismo mundial.
La Nueva Izquierda abrazó el «principio de esperanza», y a la par que surgía esta tendencia en el seno de la izquierda de «moralidad» y la disidencia, Hobsbawm defendió que la lealtad política a la URSS (como único baluarte real contra el imperialismo) que debía prevalecer sobre cualquier crítica ética o moral. Esta crítica se profundizó después de la crisis de 1956 reforzando su tesis con el argumento de que el capitalismo moderno es tan hábil para adaptarse, que termina absorbiendo la espontaneidad de las masas si no hay una estrategia de poder fría y calculada. Era consciente de que su «estructuralismo» tenía como base confrontar los problemas reales que atravesaba el campo socialista.
Para Hobsbawm la historia no se mueve por la indignación moral y de manera defensiva, sino por las contradicciones internas del sistema económico. Llegó a ver en el enfoque de Thompson un voluntarismo idealista que intentaba forzar los tiempos históricos. Desde este enfoque la acción revolucionaria no debía ser un intento de subvertir la realidad desde el deseo, sino una respuesta disciplinada que actúa solo cuando la Estructura abre una oportunidad real.
La ausencia de Trotsky y la restauración capitalista en el debate
Esta polarización forzada entre estructura y agencia dejó al marxismo occidental ante un vacío funcional. Las tendencias estructuralistas veían limitaciones objetivas pero carecían de un sujeto activo, en la otra vereda se recuperaba al sujeto histórico pero también se lo dejaba desprovisto de un norte estratégico. Es en este punto muerto donde la ausencia del análisis de León Trotsky deja de ser una simple omisión bibliográfica para revelarse como el eslabón perdido de la estrategia. Lo que ambos historiadores eludieron (ya sea por lealtad o por trauma) no fue solo un nombre, sino la metodología dialéctica capaz de explicar cómo una superestructura burocrática podía secuestrar la base socialista, algo que la teoría de la Revolución Permanente y el análisis del Estado Obrero Degenerado ya habían anticipado.
El valor de esta tesis se validó catastróficamente con el colapso de 1991. Este desenlace demostró que la superestructura política (la nomenklatura), actuando como una clase propietaria potencial, pudo anular la supuesta inevitabilidad histórica de la base, ejerciendo una eficacia estructural contrarrevolucionaria. La burocracia se convirtió en el agente activo que desmanteló la base socialista, revelando la limitación de la praxis incompleta de Thompson y Hobsbawm.
Sin embargo, la ausencia de esta síntesis estratégica no fue sólo producto de un cerco político externo, sino de los límites internos de sus propias tradiciones intelectuales. En Hobsbawm, la lealtad a la URSS se blindaba teóricamente bajo la convicción de que la complejidad de las sociedades occidentales hacía irrepetible el «asalto» bolchevique de 1917. Su estructuralismo no era simple obediencia, también fue la aceptación de una estrategia de «guerra de posiciones» donde la realidad geopolítica imponía la prudencia sobre la insurrección y la revolución mundial. La resistencia de Thompson tampoco nació únicamente de una reacción al estalinismo, sino de la reafirmación de una tradición radical anglosajona (empirista y romántica), que desconfiaba por naturaleza de toda teoría de vanguardia que pareciera impuesta «desde arriba» a la experiencia vivida.
La verdadera tragedia histórica reside en que el estalinismo no solo propició una destrucción física, sino que manchó la herramienta de emancipación para toda una generación generando una destrucción ideológica y estratégica. Al ver cómo la «necesidad histórica” era invocada para aplastar los consejos obreros en Hungría, Thompson rechazó la construcción de un partido leninista por considerarlo intrínsecamente autoritario. Sin embargo, al hacerlo, privó al “sujeto histórico» de la herramienta capaz de centralizar la experiencia dispersa para golpear la Estructura capitalista con eficacia para destruirla. No fue una confusión ingenua, ya que este elemento indispensable había quedado manchado y deformado por su caricatura burocrática hasta el punto de su anulación ontológica.
Aunque tanto Hobsbawm como Thompson avanzaron con respecto a la vulgaridad estalinista, no pudieron recomponer una totalidad dialéctica de marxismo revolucionario como instrumento político y concepción científica de la historia.
La tensión y la contradicción irreductible como motor de la historia, el legado de Marx y Lenin
El debate entre Hobsbawm y Thompson, lejos de resolverse en la anulación de “un polo por el otro”, debe retomarse con el lente de la práctica de la dialéctica inestable y esencialmente abierta de la concepción materialista de la historia, un proceso cuya máxima expresión histórica se encuentra en la Revolución de Octubre de 1917, nada más y nada menos que la primer revolución socialista triunfante de la historia. El gran aporte de este método es que el motor de la transformación social reside en la acción subjetiva organizada de individuos y organizaciones, en los momentos en que la base material objetiva brinda las oportunidades revolucionarias por las crisis sistémicas recurrentes del capitalismo.
Lenin y la situación revolucionaria
Para Lenin, la crisis de la base solo creaba la posibilidad mientras que la conciencia revolucionaria organizada construía la realidad. Lenin describió los elementos que constituyen una situación verdaderamente revolucionaria, estableciendo tres condiciones simultáneas, bien definidas en su análisis de “La bancarrota de la Segunda Internacional” en 1915.
Por un lado la crisis de los de arriba donde Lenin dijo que debe existir «la imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominación en forma inmutable; una u otra crisis de ‘los de arriba’… que abre una brecha por la que se precipitan el descontento y la indignación de las clases oprimidas.» Acá podemos observar el elemento de quiebre del factor objetivo o la estructura. Luego continúa el texto con el agravamiento de la miseria «una agravación, superior a la habitual, de la miseria y las calamidades de las clases oprimidas.» (Lenin, 1915).La maduración de las contradicciones materiales abre una grieta en la estructura.
El elemento subjetivo aparece con la mención de la acción histórica independiente de las masas siendo un punto crucial dicho de esta manera: «la intensificación considerable… de la actividad de las masas, que en tiempos de “paz” se dejan robar tranquilamente, pero que en tiempos turbulentos son empujadas… a una acción histórica independiente.» (Lenin, 1915). Este concepto implica que las masas dejan de ser objetos pasivos y se convierten en sujetos históricos conscientes, creando estructuras paralelas capaces de desafiar al Estado.
La complejidad del pensamiento de Lenin da un salto al aclarar que estas condiciones objetivas y la actividad de las masas no garantizan la victoria. La revolución sólo estalla cuando a estos elementos se añade el factor subjetivo y decisivo que no es otra cosa que la capacidad de la vanguardia revolucionaria organizada en un partido para aprovechar la crisis y transformarla en una ofensiva política.
La revolución de Octubre
La revolución de Octubre demostró con crudeza que la acción humana no es un mero reflejo, sino una fuerza causal capaz de intervenir y acelerar los tiempos históricos, desafiando el determinismo pasivo y fatalista. La posición menchevique, arraigada en un determinismo economicista (una visión cercana al estructuralismo más vulgar), sostenía que Rusia, por ser una nación «atrasada» y predominantemente agraria (o sea con una base material inmadura), debía completar en primer lugar una etapa de desarrollo capitalista burgués. Este era el «camino necesario» dictado por la estructura. Lenin y Trotsky, por el contrario, retomaron el enfoque de Marx y caracterizaron que la crisis estructural del imperialismo había abierto una «época de revolución social», creando una posibilidad objetiva que no se resolvería por sí misma. Su acción se basó en la premisa de que la crisis estructural solo genera la condición necesaria, pero la transformación en realidad exige que el impulso subjetivo sea inyectado y organizado.
El esfuerzo teórico y político de Lenin para poner en pie el partido revolucionario fue crucial. Pero el partido no es una burocracia que interpretaba pasivamente las leyes de la historia, sino el instrumento activo para asegurar que el sujeto político consciente pudiera intervenir con fuerza decisiva en el momento de debilidad del Estado zarista y burgués. La conciencia revolucionaria, lejos de surgir espontáneamente, fue organizada e introducida al interior de la clase obrera y campesina.
La teoría de la Revolución Permanente de Trotsky, y la propia Revolución Rusa, mostraron que habíamos llegado definitivamente a la época histórica de la revolución socialista. Esto, en primer lugar por el propio desarrollo material del capitalismo, que había llegado en esta etapa a los últimos rincones de la tierra. La combinación de rasgos atrasados con desarrollo capitalista en estos países, como la propia Rusia que combinaba las fábricas más concentradas de Europa con un profundo atraso rural, no planteaba resignarse a un desarrollo gradual para completar el desarrollo capitalista, sino que existiendo la clase obrera esta era la que podía completar todas las tareas históricas pendientes junto al empuje de la revolución obrera y socialista. La voluntad revolucionaria puede dar ese salto en los momentos de crisis revolucionarias, porque las condiciones materiales se han desarrollado para el socialismo universalmente. Los teóricos de la revolución por etapas, socialdemócratas o estalinistas, no solo tienen una política contraria a la revolución, sino que son incapaces de ver como las rémoras feudales o precapitalistas, ahí donde existen, están subordinadas al sistema mundial capitalista. Imaginan una utopía reaccionaria, que va a ser el propio capitalismo el que saque a esas poblaciones del atraso, lo cual ha sido desmentido por el desarrollo histórico del siglo XX y XXI.

La dialéctica de Marx
La enseñanza teórica que surge de la síntesis del debate puede encontrarse en la dialéctica inestable de Marx. De manera contradictoria, el motor de la historia se ubica en la tensión irreductible que elimina y desdibuja los contornos de la caricatura de la metáfora arquitectónica que separa a la base y la superestructura con una cortina de hierro.
Esta relación se puede analizar a través de formulaciones que fueron canónicas en la bibliografía de Marx.
En el Manifiesto del Partido Comunista se describe un punto fundamental: «La historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de las luchas de clases». (Marx y Engels, 1848, p.30).
Esta afirmación subraya que es la lucha de clases la que impulsa a la sociedad a la transformación. Al priorizar el antagonismo y la confrontación, Marx había elevado a la acción política a un estatus causal. Así, la lucha de clases es la voluntad organizada que interviene para romper activamente las «cadenas» en el momento de la crisis.
Pero más tarde en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx establece un equilibrio reconociendo la determinación en este pasaje: «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.». (Marx, 1852, p.12).
Las «circunstancias con que se encuentran» son las que establecen los límites y las presiones dentro de las cuales la acción es posible.
Recuperar el horizonte estratégico como desafío en el presente
Este recorrido historiográfico pone de relieve la encrucijada actual, aunque bajo las formas más aterradoras, las contradicciones del capitalismo y del siglo XX. Luego de la caída del muro de Berlín y ante la ausencia de una alternativa al capitalismo reflotó con mayor fuerza la presencia de la catástrofe como resultado del avance del capital. El aumento de la explotación, la represión, la depredación ambiental, el genocidio, las relaciones coloniales, y la guerra imperialista vuelven a estar presentes ya no como amenazas, sino como una realidad de los límites inherentes al capitalismo. En este escenario caer en la disyuntiva entre la espera que ofrecen las posibilidades de “las leyes históricas” o el voluntarismo de la indignación moral que solo es capaz de ofrecer una respuesta defensiva constituye, a la vista de los resultados y enseñanzas del siglo pasado y el presente, una renuncia estratégica a la transformación social y un callejón sin salida.
La reconstrucción del partido revolucionario como la mediación política capaz de recomponer la grieta abierta entre la necesidad histórica y la libertad subjetiva nos vuelve a colocar la posibilidad del horizonte y la alternativa pérdida o fallida.
El desafío de recuperar estos debates historiográficos del marxismo, nos lleva a entender la Historia como un debate eterno entre el pasado y nuestro presente, con un estrecho vínculo con la intervención en la realidad y sus batallas. Hobsbawm y Thompson, fueron dos gigantes de la historia, que hoy nos interpelan, no como reliquias en el panteón académico o un archivo inerte, sino como grandes pensadores de una contradicción que todavía nos mantiene inquietos. Abordarlos sólo en clave académica implica neutralizar su potencia y olvidar que sus plumas estuvieron siempre al servicio de la militancia. Leerlos buscando herramientas teóricas y políticas para las batallas actuales es imprescindible.
Si la historia avanza, es porque esta dialéctica logra resolverse en el acto revolucionario, de lo contrario, la contradicción puede clausurarse por su lado más oscuro y catastrófico, que no es el socialismo, sino más bien la barbarie y la continuidad de la prehistoria de la humanidad o peor aún, su fin.ialismo, sino más bien la barbarie y la continuidad de la prehistoria de la humanidad o peor aún, su fin.



