Introducción
El objetivo del presente artículo es indagar sobre el modo en el que el relato por parte del Estado Argentino, respecto del genocidio impuesto bajo la última dictadura cívico-eclesiástico-militar (1976-1983) operó como un intento de realización simbólica del genocidio. Para ello, vamos a analizar aspectos de los efectos que los dos prólogos del libro Nunca Más, el primero publicado por la CONADEP en 1984 bajo el gobierno de Alfonsín y el segundo en 2006 bajo el gobierno de Kirchner, tuvieron en la elaboración del relato estatal. Si bien, estos dos prólogos serán puestos en discusión entre sí, buscamos observar el efecto del relato en el contexto del proceso histórico en el que se desenvuelven. El primero, al comienzo de la democracia y el segundo, pocos años después del levantamiento popular de 2001, el Argentinazo. Ambos procesos signados en un principio, por un masivo desprestigio y desconfianza al Estado por parte de la población y, como consecuencia de esto, los intentos de recomposición institucional del Estado argentino.
El genocidio como un proceso
Para meternos en el tema, es importante partir de las definiciones que se encuadran en los estudios sobre genocidio y que constituyen un conjunto de herramientas que nos van a permitir adentrarnos en el análisis. Dentro de los estudios sobre genocidio se ha establecido que los procesos genocidas modernos, racionalmente planificados, buscan no solo aniquilar a un sector de la población, sino destruir la identidad de los pueblos, destruir las relaciones sociales de autonomía para imponer relaciones sociales de heteronomía, basadas en la asimetría de poder (Feierstein 2007). Este proceso de destrucción identitaria, que es a la vez material y simbólico, comienza previamente a la fase de aniquilamiento y continúa una vez finalizado.
Tenemos acá entonces una primera definición que se refiere a una identidad que se busca destruir, no solo a través del aniquilamiento físico sino además en términos simbólicos. Este elemento tiene el valor adicional de permitirnos ver que los procesos genocidas tienen un alcance social mayor a la población aniquilada y que por lo tanto el genocidio opera como una forma de reorganización social, del conjunto social, necesario para imponer una reconfiguración de las relaciones sociales y económicas.
Los modos en que la sociedad se representa la experiencia genocida forman parte de un proceso complejo que se desarrolla en el terreno de las representaciones sociales (Halbawachs, 2004), y en las que se ubican recuerdos individuales en la matriz grupal de un modo igualmente complejo (Jelin, 2002). Estas representaciones sociales que se construyen con posterioridad al aniquilamiento se encuentran en disputa por hegemonizar la construcción de sentido de la experiencia atravesada. Una disputa en la que no solo participan los responsables del aniquilamiento material por imponer la identidad del opresor al conjunto social oprimido (Lemkin, 2004) sino, además, los modos en los que distintos sectores de la sociedad procesan la experiencia genocida y luchan por evitar su realización simbólica. Es decir, que se imponga el relato del genocida.
El genocidio Nazi (1933-1945) constituyó un punto de inflexión en la historia moderna en la medida en que transformó la identidad nacional alemana, e incluso la europea. Zygmunt Bauman plantea que el Holocausto fue un encuentro singular entre las antiguas tensiones, que la modernidad pasó por alto, despreció o no supo resolver — por ejemplo, la asimilación de grupos sociales a la conformación de los Estados modernos, como es el caso de los judíos o los gitanos, y los poderosos instrumentos de la acción racional y efectiva creados por los desarrollosde la modernidad (Bauman; 2005).
El genocidio es entonces característico de la modernidad. Por lo tanto, explica mucho de la sociedad moderna, es decir, de la sociedad capitalista. Es intrínseco de la sociedad capitalista moderna, no es una excepción.
La historia del capitalismo, previo a la modernidad, está impregnada de genocidios que fueron instrumentos para el control social y pavimentaron el camino a reconfiguraciones económicas. Durante la primera fase del capitalismo, en el periodo mercantilista en el que se produce la acumulación originaria, las invasiones a América fueron claves para la acumulación de riquezas y el salto en el desarrollo del comercio mundial. Los pueblos originarios fueron exterminados, así como sus símbolos sociales, lenguaje, insignias, es decir, su identidad. Esto habilitó por un lado el saqueo que preparó un salto en el desarrollo de las fuerzas productivas, la imposición de la identidad del opresor y la posterior reconfiguración de los Estados nacionales, en todo el proceso de mundialización del capital que se consolidó entre finales del siglo XVIII, en el siglo XIX y principios del siglo XX.
En estos procesos que desde el punto de vista social barrieron con culturas enteras, se buscaba homogeneizar un lenguaje económico e imponer relaciones sociales que surgen del modo de producción capitalista en todo el mundo. Sobre el suelo europeo y ya en la modernidad, Inglaterra se termina de imponer en toda Gran Bretaña e irlanda. En este último país, además de prohibir el idioma nativo y la religión católica, Inglaterra impone una hambruna en los años 1845 y 1849 que deja más de un millón de muertos y otro millón fue forzado a emigrar, distintos estudiosos de este proceso han peleado para que se reconozca esto también como un genocidio. En 1871 se lleva a cabo la «Comuna de París» y la Semana Sangrienta que aniquiló alrededor de 30 mil personas y sobre su sangre se construyó la basílica del Sagrado Corazón (Sacré-Cœur), como símbolo de «expiación», como parte del relato para consolidar la tercera República.
Luego, ya en el siglo XX, en 1915 se lleva adelante el mal llamado genocidio «armenio», del gobierno turco sobre el pueblo armenio en el marco de la primera guerra mundial, el Holocausto durante la segunda guerra, y podemos seguir con la guerra de los Balcanes, Ruanda, las dictaduras militares en América Latina durante la segunda parte del siglo XX que en Argentina nos dejó 30 mil desaparecidos/as y en países como Guatemala se aniquiló a más de 250 mil personas. Hoy asistimos al genocidio israelí sobre Palestina, el genocidio en Sudán. Por nombrar algunos de los más mencionados.
En el siglo XX, los procesos genocidas incorporan toda la fuerza de la tecnología moderna, racionalmente planificada, para ponerla al servicio de la destrucción humana. Mostrando la cara más bestial de la civilización moderna, y una forma de destrucción humana sin precedentes que sólo la modernidad hizo posible. Todos estos procesos genocidas tienen como característica no solo el aniquilamiento sino además la reconfiguración económica de los territorios. Se encuadran en crisis económicas, guerras (producto de las crisis económicas), revoluciones y la búsqueda de la reconfiguración territorial, ya en la fase imperialista del capitalismo, en beneficio de los intereses del imperialismo.
El fundador del término «genocidio» fue Rapahel Lemkin nacido en 1909 en Bezwodne, quien publicó en 1944 en su libro «El dominio del eje en la Europa ocupada» (Lemkin, 2009) un profundo análisis de las particularidades de la ocupación nazi en distintos lugares de Europa. Plantea una primera definición del concepto de genocidio en la que identifica las particularidades de determinados procesos de matanzas masivas que no se dirigían a individuos indiscriminados sino a grupos específicos. De este modo, lograba dilucidar que el aniquilamiento buscaba la destrucción identitaria de la población atacada y la imposición de la identidad del opresor, produciendo, una transformación estructural de la sociedad.
La Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio (CONUG) de laONU que fue finalmente votada por la Asamblea General en diciembre de 1948, plantea que «genocidio» es la matanza de un grupo, las lesiones graves a la integridad mental y física de éste, el sometimiento intencional, las medidas destinadas a impedirlos nacimientos de un grupo o el traslado por la fuerza de niños de un grupo a otro.
El concepto de Lemkin, sin embargo, nos habilita a observar al aniquilamiento en términos de indagar sobre la imposición de los patrones identitarios sobre el grupo oprimido. A la vez que nos insta a comprender aquellas relaciones que buscan ser aniquiladas y aquellas que se intentaron construir con posterioridad. Se observa entonces al conjunto social, no solamente al colectivo aniquilado, sino a las implicancias de su aniquilamiento en el conjunto social.
En las últimas décadas han emergido, dentro del campo de estudios sobre genocidio, un conjunto de autores que proponen un modo de abordaje que parece resolver esta tensión, habilitando la articulación de ambas definiciones. Estos autores, englobados en lo que se conoce como estudios críticos sobre genocidio (Hinton, 2016; Moses, 2008), han puesto el eje del debate definicional en la idea de que el genocidio no es un acontecimiento sino un proceso (Feierstein, 2007; Fein, 1990; Moses, 2008; Rosenberg, 2016; Sémelin, 2013; Stanton, 2016, entre otros). A partir de estudios comparativos más rigurosos, algunos de ellos se han volcado a la identificación de los distintos momentos o etapas de los procesos genocidas. Estos autores indagan respecto de la transformación social producto del genocidio.
Este artículo entonces se enmarca en la concepción que parte de comprender al proceso genocida como una práctica social, con efectos económicos, sociales y políticos «que exceden a la materialidad de la eliminación de masas, decenas de miles, centenares de miles, millones de cuerpos, de individualidades, de sujetos que expresaban relaciones sociales» (Feierstein, 2007 p.45).
Es partiendo de esta línea de pensamiento que pretendemos indagar, desde un punto de vista marxista, respecto de los intentos de la realización simbólica por parte del Estado Argentino, responsable del genocidio impuesto sobre la población, cuyo proceso de aniquilamiento a una población específica se desarrolló bajo la última dictadura militar y dejó 30 mil desaparecidos/as, pero cuyas consecuencias materiales (económicas) y simbólicas, continúan en curso.
La disputa por el sentido de la experiencia genocida en Argentina.
El gobierno argentino actual ha retomado el debate respecto de la experiencia de la dictadura en términos que, lejos de ser «negacionistas», avalan el accionar estatal de exterminio entre 1976 y 1983. Esto, da cuenta de que sigue habiendo un proceso abierto,como no podría ser de otra manera, porque la asimilación de la experiencia genocida está plagada de contradicciones que están a la base de las propias contradicciones de clase. Como dijimos, existe una puja, una disputa por el sentido entre las distintas clases.
El Estado, como expresión organizada de la clase dominante, busca imponer un relato para recomponer la confianza de la población sobre el mismo, justamente para que las experiencias traumáticas, como las genocidas, que como dijimos buscan destruir una identidad para reconfigurar económica y socialmente a una sociedad, no redunden en un cuestionamiento por parte de la población al sistema capitalista que le dio origen. Por el otro lado, sectores de la población oprimida que luchan por la memoria y la verdad, como un elemento vivo que no solo explica el pasado, sino también el presente. Esta disputa por el relato de la experiencia genocida está condicionada entonces por la relación de fuerza entre las clases, es decir, por el estado de la lucha de clases.
En este sentido, no se puede pensar en el relato del Estado escindido del estado de la lucha de clases que también abarca la disputa por el sentido de la experiencia genocida, y en cómo éste ha influenciado en la puja por estas representaciones entre las clases y en las distintas generaciones durante todo el periodo democrático.
En primer lugar, tenemos aquella generación que vivió la dictadura y que con la vuelta a la democracia recibió el discurso por parte del Estado de que la democracia era la garantía para resolverlo todo. Este discurso caló hondo y fue impuesto con fuerza en el relato oficial. El 30 de octubre de 1983 se conoce como «la fiesta de la democracia», y fue precedido por el discurso de Alfonsín sobre que con la democracia «se come, se cura y se educa». Mientras se deterioraban las condiciones de vida y mientras que, por el accionar de los organismos de derechos humanos, los partidos de izquierda y los testimonios de las víctimas, se ponía de relieve la barbarie bajo la dictadura militar; torturas, asesinatos, secuestros, robo de bebés. En este marco de fiebre democrática que se impuso, algunos sectores de la izquierda también se embanderaron con los colores de la democracia en lo que la corriente morenista llamó la «revolución democrática», como bien señala Solano en Por qué fracasó la democracia: «La fórmula programática de esta transacción fue la idea del socialismo con democracia. Dejando de lado la idea de que la democracia es un régimen capitalista, o sea, de clase, se transformaba a la democracia en una especie de sistema «neutro», algo imposible en un marco en el cual la Constitución garantiza las relaciones de clase propias del capitalismo.» (Solano: 2023)
Este elemento no es menor, porque la ecuación «democracia o dictadura» jugó un rol fundamental como herramienta de disciplinamiento social en todo el periodo democrático. Es decir, constituye una herramienta de poder. Históricamente, en nuestro país el discurso oficial del Estado ha hecho uso y abuso de las ecuaciones binominales como una forma de ordenamiento social, aunque no son un invento criollo.1Luego de la segunda guerra mundial en occidente se impuso el binomio «totalitarismo o democracia», esto constituyó un caballo de batalla por parte del imperialismo norteamericano que en nombre de la «democracia y la libertad» invadió, bombardeó e impuso gobierno títeres en distintos países. La herramienta del sionismo utilizando el mote de antisemitismo a cualquiera que se oponga al genocidio israelí también tiene la misma función. Desde el primer gobierno peronista que impuso en el discurso que quien no fuera peronista, es un gorila, no importa cuán obrero y cuánta lucha tenga encima. O luego del derrocamiento a Perón en 1955 y en todo el periodo de proscripción, si luchabas, entrabas dentro del difuso «campo popular», confundido, en el relato oficial, como peronista. Pero durante todo el periodo democrático que siguió a la dictadura, cualquier cuestionamiento a la democracia significaba ubicarse del lado de la dictadura. La izquierda argentina, con Nahuel Moreno a la cabeza, entró en la trampa sistemáticamente, por eso adoptó el discurso de la democracia y lo adaptó a su programa, borrando del objetivo la lucha por la dictadura de la clase obrera, que no es más que la única alternativa a la dictadura del capital.2La toma del cuartel de La Tablada por parte del Movimiento Todos por la Patria en enero de 1989 engloba trágicamente la vergonzosa adaptación de algunos sectores de izquierda y del morenismo en particular, a la democracia. El MTP toma el cuartel de La Tablada alegando que es un acto de defensa a la democracia frente a los levantamientos carapintadas y como respuesta el gobierno democrático de Alfonsín reprime al grupo ferozmente. El saldo del hecho deja 32 guerrilleros muertos, 9 militares y 2 policías. Frente a esto, el mayor referente público del Movimiento al Socialismo, Luis Zamora, lleva sus condolencias a LOS MILITARES muertos, mientras que el PTS, que recién había roto con el MAS difunde un volante cuestionando La Toma de la Tablada en un cierre de filas vergonzoso en favor de la «democracia».
Un cuestionamiento a la democracia implica, en el relato estatal posterior a la dictadura, una defensa a la dictadura. La «democracia» se transformó en un concepto vacío de contenido de clase, el Estado de la Tercera República pasó a ser la personificación de una democracia cuyo contenido de clase no se cuestiona. Indudablemente, este relato es parte de los intentos de realización simbólica del genocidio. Tal es así que,en democracia, la política económica, no sólo no modificó la estructura económica impuesta en la última dictadura militar, sino que la profundizó.Y como la democracia se materializa en las instituciones, la imposición del respeto a las mismas se impuso también en el relato de algunos sectores que lucharon contra la dictadura y por la justicia por los crímenes de lesa humanidad, redundando en un largo proceso de pacificación de amplios sectores que siguieron luchando por la memoria, la verdad y la justicia.
En este proceso de transición democrática, el llamado «padre de la democracia», y reivindicado como tal tanto por el radicalismo como por el peronismo, el radical Raúl Alfonsín, tuvo que llevar adelante la tarea de buscar recomponer la credibilidad de la población en las instituciones del Estado. Una tarea muy compleja porque no solo los militares, también la policía, distintos sectores de los partidos del Estado como radicales, peronistas3«Los políticos civiles también colaboraron haciéndose cargo de 794 intendencias a lo largo y a lo ancho del país: Unión Cívica Radical: 310, Partido Justicialista: 169, Partido Demócrata Progresista: 109, Movimiento de Integración y Desarrollo: 94, Fuerza Federalista Popular: 78, otros partidos: 44.»
https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-192375-2012-04-21.html, la iglesia y empresas, habían participado de la planificación sistemática del terror impuesto desde el Estado sobre la sociedad a partir del 76. Y además porque en los años previos a la dictadura, el Estado, bajo el tercer gobierno peronista, llevó adelante represiones feroces que también incluyeron secuestros, desapariciones, torturas, el uso de centros de detención clandestinos, como es el caso del Operativo Independencia bajo el gobierno de Isabel Perón, el Villazo. 4El conocido decreto que habilita el exterminio a la subversión, como sabemos fue firmado en democracia, y estaba a tono con las demandas que imponía la Doctrina de Seguridad Nacional que impartía el imperialismo yanqui desde la Escuela de las Américas. Esto estaba muy fresco en los años posteriores al fin de la dictadura, todos habremos visto cómo se expresa la profunda desconfianza al Estado en el Juicio a las Juntas en la desgarradora declaración de Adriana Calvo.
El rol que jugó el libro Nunca Más que, a través de fotos y testimonios de las víctimas representa el horror vivido por aquellos/as que sobrevivieron, y la explicación que ese libro en el prólogo vierte respecto de las razones por las que se atravesó la experiencia genocida, el modo en el que se representan a las víctimas y a los perpetradores, ha formado a generaciones de argentinos/as, siendo una herramienta fundamental del Estado para la representación simbólica y la asimilación de la experiencia.
La constitución de la CONADEP y el primer prólogo del Nunca Más.
En la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), creada a través del decreto presidencial 187 el 15 de diciembre de 1983, existía una intervención efectiva de los poderes del Estado a través de la dependencia de la Comisión del Ejecutivo y de la participación de los legisladores, además de la intervención de personajes de la»sociedad civil»: la madre de un desaparecido, Graciela Fernández Meijide; un obispo, Jaime de Nevares, enfrentado a una jerarquía eclesiástica colaboradora de la dictadura; un rabino, Marshall Meyer, y un pastor evangélico, Carlos Gattinoni, ambos luchadores por los derechos humanos; dos académicos de nota, Gregorio Klimovsky e Hilario Fernández Long; una periodista, Magdalena Ruiz Guiñazú que jugó un rol denunciando las aberraciones y por un escritor destacado, Ernesto Sábato. Un dato que resulta interesante mencionar es la efímera participación de René Favaloro quien renunció porque se opuso a que esa comisión no recibiera las denuncias de los crímenes de la Triple A cometidos durante el gobierno de Juan Perón y, sobre todo, de María Estela Martínez de Perón.5Ver: https://www.infobae.com/sociedad/2021/09/20/por-que-el-peronismo-no-quiso-estar-en-la-conadep-cuando-se-investigaron-secuestros-desaparecidos-y-centros-clandestinos/ La CONADEP buscaba presentarse como una intersección entre el Estado y la sociedad civil.
El 20 de septiembre de 1984 la CONADEP, entregó al presidente Raúl Alfonsín el Nunca Más, el informe que documentaba la existencia de 340 centros clandestinos de detención y 8.961 casos de desaparición forzada ocurridos durante la última dictadura militar.
El prólogo del informe presentaba la explicación que destacaba la existencia de la perniciosa teoría de los dos demonios que ya todos conocemos: «Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países.» Esta frase no solo juega el rol de equiparar a un ejército y todos los dispositivos estatales a grupos focalizados, guerrilleros con muchísima menor capacidad de daño, sino que además impone la idea de que el Estado fue tomado por «un demonio», algo ajeno a la sociedad civil, ajeno a la lucha de clases que se estaba desarrollando en los años previos. Demonios ajenos a la sociedad.
Previo al golpe militar del 76, Argentina estaba marcada por una aguda lucha de clases que atravesó un proceso de radicalización política cuyo punto de inflexión fueron los «azos». Particularmente el Cordobazo pero también los Rosariazos, porque marcaron un punto de quiebre entre la sociedad y el Estado. El carácter semi insurreccional de estos procesos, no estuvo marcado por un camino de cambio claro, por un programa político alternativo, sino por una irrupción de masas cuya característica principal fue la de desobedecer al mando estatal, organizar la autodefensa entre los manifestantes y enfrentar la represión estatal. Una irrupción que quebró las relaciones de heteronomía que el Estado, como manifestación de la organización política de la clase dominante, necesita imponer para ejercer su poder sobre la población. Ese resquebrajamiento, que era parte de una tendencia mundial6Los procesos revolucionarios que se abrieron en América Latina, a la aparición de las Panteras Negras y al movimiento hippie en EEUU, el Mayo Francés, la primavera de Praga. Por nombrar algunos., no solo dio como resultado la conformación de grupos guerrilleros en nuestro país, sino que también dio impulso a una tendencia clasista dentro del movimiento obrero, que le disputaba la dirección del movimiento obrero a la burocracia sindical peronista. Además de la presencia, como actor político y bien a caballo de las tendencias mundiales, de un movimiento estudiantil comprometido e involucrado en la lucha.
La tierra y el infierno
Entonces volvamos sobre el prólogo de 1984 del Nunca Más, atentos a que el objetivo de este artículo es pensar cómo el Estado, a través del relato buscó quebrar la identidad de un conjunto social. Es decir, destruir su identidad, para imponer la suya. El sociólogo Emilio Crenzel, quien analizó los prólogos del Nunca Más y entre varios artículos relacionados publica el libro «La Historia Política del Nunca Más», destaca las referencias al infierno en el relato. Dice: «El prólogo, además, retoma la metáfora del infierno y del diablo. Califica al sistema de desaparición como una «tecnología del infierno» pero, como las denuncias durante la dictadura, luego sostiene que el sadismo de los perpetradores no excluyó la regimentación de sus prácticas y subraya la responsabilidad orgánica de los altos mandos de las Fuerzas Armadas en el diseño del sistema criminal. Con igual sentido, caracteriza como «caza de brujas o endemoniados» la persecución dictatorial a la cual califica de «demencial», fruto de un «delirio semántico» proponiendo, al igual que el decreto de juzgamiento de la Juntas Militares, el carácter difuso de la frontera que, para las Fuerzas Armadas, comprendía la subversión y la «irracionalidad» que guió su persecución.»
Como bien plantea Crenzel, estas referencias poéticas y literarias del prólogo a las que también acudió Strassera en el alegato del Juicio a las Juntas, recurren a la representación que nos podemos hacer del Infierno de La Divina Comedia de Dante Alighieri, y también fueron tomadas en decenas de textos que estudian Auschwitz y el holocausto en general. Tienen el objetivo de expresar la idea de que seres irracionales y monstruosos llevaron adelante estos crímenes por el deseo vil de ver a la víctima sufrir. La referencia al infierno, a la monstruosidad «inhumana» de los perpetradores, nos llevan a pensar que solamente un sádico cruel puede llevar adelante semejantes crímenes contra la humanidad. Ese argumento es el que quiso combatir Hanna Arendt en La Banalidad del Mal y fue profundamente repudiada.Pero mientras que las puertas del infierno de Dante rezaban «Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis» (Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate), las de Auschwitz sellaron, con un sarcasmo que en los tiempos que corren estremece, «El trabajo libera» (Arbeit Macht Frei).
El recurso narrativo del infierno en el prólogo del Nunca Más ubica en la oscuridad del mal la organización de los crímenes de lesa humanidad, ajenizándolos de la sociedad capitalista y su «verdadera» moral occidental que serían la «libertad y la democracia», separándola así de sus objetivos económicos y sociales. Un sistema económico y social dominado por una clase cuya esencia, con mayor seguridad, bien podría ser explicada con los nueve círculos concéntricos del infierno de Dante.
Sin perjuicio del sadismo y la crueldad, que existieron y existen, lo monstruoso e irracional contrasta con la planificación sistemática y los objetivos sociales y económicos que se impusieron bajo la dictadura militar en Argentina.
El Estado será el encargado de juzgar al Estado
Mientras que la bronca entre la población avanzaba, las marchas de la resistencia de las Madres de Plaza de Mayo crecíany se iba construyendo la histórica marcha por la memoria, verdad y justicia en el marco de los rumores de una posible Ley de Amnistía. El prólogo que presenta el informe de la CONADEP se encarga de establecer una premisa fundamental de la democracia;es el Poder Judicial el que debe juzgar a los responsables.
En el punto anterior vimos cómo los perpetradores fueron señalados; militares sádicos, endemoniados, que se hicieron con el poder para traer sufrimiento a la población. El Estado post dictadura, que no puede no hacerse eco de las movilizaciones populares por la verdad y la justicia, establece una certeza «fueron los militares, fin. Si, ok, algún que otro médico, cura, algún que otro policía, algún ex presidiario destacado por su crueldad, pero… no nos metamos en el régimen político previo, ni hurguemos fuera de la Junta Militar, porque la cosa se embarra». Y si la cosa se embarra, tiembla la estructura del Estado de conjunto, que fue desde donde se organizó la planificación racional del genocidio, y es el órgano a través del cual ejerce su poder la clase dominante. Entonces dice el prólogo: «Nuestra Comisión no fue instituida para juzgar, pues para eso están los jueces constitucionales, sino para indagar la suerte de los desaparecidos en el curso de estos años aciagos de la vida nacional«.
No es objetivo de este artículo denunciar la cantidad de jueces que fueron parte de la dictadura militar y luego se mantuvieron en funciones en democracia, y de otros que han intentado jugar un rol para avanzar en el juzgamiento, o denunciar que el Poder Judicial es el menos democrático de todos los poderes del Estado. Ese trabajo lo han hecho distintas organizaciones de derechos humanos y partidos de izquierda a lo largo de toda la transición democrática y es muy valioso. Acá nos queremos centrar en cómo el prólogo del Nunca Más, como parte de la narrativa del Estado para recomponer su legitimidad, busca alejar a la población de la posibilidad de investigar y de imponer su propia justicia. El rol de la sociedad es brindar datos para que el que investigue y juzgue, sea el Estado.
Y la referencia que tenemos a mano para representar esta maniobra del Estado en nuestra historia, es mucho más accesible que las más de 800 páginas de la Divina Comedia, con el meme del hombre araña nos podemos dar por entendidos.
La sociedad como víctima pasiva y la construcción de la «víctima perfecta».
La idea de la «víctima perfecta» aparece de manera muy marcada en los relatos oficiales de los procesos genocidas y tiene una función fundamental en el intento de realización simbólica del genocidio. Esto es, como dijimos, en el intento de destruir la identidad de la población aniquilada, despojándola de todo elemento que represente su posibilidad de autonomía, para buscar imponer la del opresor, al conjunto social. Y si pensamos a las relaciones de autonomía en contraposición a las relaciones de heteronomía que impone el Estado para ejercer su poder de clase, la autonomía entonces está relacionada a la lucha, defensiva u ofensiva, contra ese poder. Por eso, vamos a ver cómo se construye el relato oficial respecto de la víctima.
Es útil, para pensar en este problema, retomar la idea que el Estado busca imponer respecto de los perpetradores del genocidio. Recordemos, con palabras de Crenzel, «Simultáneamente, las violencias de Estado fueron caracterizadas como fruto de una decisión irracional, amplia e indiscriminada y sus perpetradores descriptos como deshumanizados ejecutores del mal, ajenos a todo imperativo moral. En este esquema binario, la política fue desplazada a favor de la figura de la víctima, pura en sus ideales, cuyo cuerpo era avasallado por las personificaciones del mal absoluto, ajenas a la humanidad del hombre y a toda razón«.7Ver: https://pdfs.semanticscholar.org/aa5c/ca271e3b48a6fd0ba08fe5e2640e224bbeec.pdf Aparece aquí, nuevamente, el esquema binario, el bien y el mal. La construcción de este binomio ayuda a angelizar a la víctima, una víctima presentada como pura, pasiva, inocente, una personificación de la civilidad frente a la barbarie. La imagen se nos presenta como la niña de la capa roja de La Lista de Schindler, o de Anna Frank, una niña dulce, creativa, llena de ilusión cuya vida fue arrebatada por monstruos.
Fijémonos cómo habla el prólogo de la víctima «En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: porque la lucha contra los «subversivos», con la tendencia que tiene toda caza de brujas o de endemoniados, se había convertido en una represión demencialmente generalizada, porque el epíteto de subversivo tenía un alcance tan vasto como imprevisible«.
En este relato, los perpetradores irracionales se excedieron de los límites que alcanzaban sólo a la subversión, para ir también por los que eran «inocentes». Esta ecuación, además de pérfida y justificadora de aquel decreto que bajo democracia habilitaba «aniquilar a la subversión», busca presentar como exceso una herramienta que el Estado utilizó para imponer el terror. Esto es, la ambigüedad de la definición del subversivo, que jugó un rol mucho más profundo que el de secuestrar indiscriminadamente, sino también el de promover la desconfianza entre la población. Una población que, en el proceso de radicalización de masas de los años previos (los «azos» y años posteriores), como dijimos, se encontró en la calle, defendiéndose entre sí para enfrentar la represión estatal. Es por eso que la ambigüedad del término subversivo, venía acompañado del llamado por parte del gobierno militar de promover la delación entre la sociedad, «si ves alguien sospechoso, denúncialo» y la ambigüedad implicaba que alguien con pelo largo o barba podía ser subversivo, también alguien que escuchara música en inglés, quien vistiera pantalones Oxford, quien se juntara con amigos en la calle, quien tocara la guitarra, quien leyera y también, quien denunciara, porque quizás mostrando buena conducta, no sería señalado como subversivo, en fin. El objetivo de este dispositivo fue romper con los lazos de solidaridad que se habían construido en aquellos años.
En la presentación de las víctimas del relato estatal argentino, por dar un ejemplo ampliamente conocido, los pibes y pibas secundarios que fueron secuestrados/as en la noche que pasó a la historia como «la noche de los lápices», solamente luchaban por un boleto estudiantil. Con esto, despojan a las víctimas de su identidad militante, combativa, y separan a los inocentes de los culpables.
Esto tiene profundas implicancias en la identidad del «ser civilizado, pacífico, puro e inocente» que el Estado busca imponer sobre la sociedad a la que quiere dominar. Tiene, además, la función de activar todas las luces de la hipocresía tan característica de la progresía. Ese «ser civilizado e inocente», no podría jamás usar la violencia cómo lo han hecho esos monstruos.8En la actualidad este recurso está bien presente en el discurso de sectores progresistas en nuestro país respecto de Palestina. A los ojos del mundo y a esta altura del genocidio israelí. Esta construcción sobre una identidad pasiva, pacífica y buena, se defiende con las palabras «como cualquier persona civilizada», a través de los canales institucionales. Lógico que los pobrecitos no podían hacerlo bajo la dictadura, pero ahora está la democracia y las leyes, también víctimas de la dictadura, cuyas funciones restablecidas, lo resolverán todo.
Sigue el prólogo: «No estamos movidos por el resentimiento ni por el espíritu de venganza; sólo pedimos la verdad y la justicia, tal como por otra parte las han pedido las iglesias de distintas confesiones, entendiendo que no podrá haber reconciliación sino después del arrepentimiento de los culpables y de una justicia que se fundamente en la verdad. Porque, si no, debería echarse por tierra la trascendente misión que el poder judicial tiene en toda comunidad civilizada.»
Con esta frase, la CONADEP dice que la reconciliación vendrá, con el arrepentimiento de los culpables, en el marco de la trascendente misión que el poder judicial tiene en toda comunidad civilizada. La venganza y el rencor, no son atributos de un ser civilizado, la reconciliación, sí.
«Así, se limitaría a las cúpulas de dos actores la responsabilidad de la violencia política y se explicaría la violencia de Estado, aunque no sus procedimientos, por la violencia guerrillera, exculpando las responsabilidades políticas y morales de las corporaciones económicas, políticas y religiosas. La «sociedad» había sido víctima de ambas violencias, al igual que la democracia y la ley«.9Idem.
Lo que siguió al Juicio a las Juntas
Todo este relato vino acompañado por el Juicio a las Juntas que, aunque histórico, buscó cerrar el debate, condenando a solamente 5 militares entre los solamente 9 que fueron procesados. Pero la lucha por la memoria, la verdad y la justicia no cesó, sino que fue creciendo, a la vez que también crecían las presiones de los militares por conseguir la impunidad, a través de los levantamientos de los «carapintadas», aprietes, amenazas, etc. Inmediatamente después del Juicio a las Juntas, Alfonsín, avalado por el Congreso, en toda su capacidad democrática, promulga las leyes de la impunidad; Ley de Punto Final (1986) y la Ley de Obediencia Debida (1987).
Apenas asumió Menem en 1989, luego de que el descontento popular tirara abajo al gobierno de Alfonsín por las terribles condiciones de vida en las que la dictadura y el gobierno democrático, sumieron a la población llevando a una hiperinflación descontrolada, se impusieron numerosos decretos que beneficiaban a los militares. El Decreto 1002/89 que indultó a todos los jefes militares procesados que no habían sido beneficiados por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. El Decreto 1003/89 que indultó a militares uruguayos y a miembros de los grupos guerrilleros. El Decreto 1004/89 que indultó a todos los participantes de las rebeliones militares carapintadas de Semana Santa y Monte Caseros en 1987 y de Villa Martelli en 1988. Y el Decreto 1005/89 que indultó a los exmiembros de la Junta de Comandantes Leopoldo Galtieri, Jorge Isaac Anaya y Basilio Lami Dozo, condenados por los delitos cometidos en la conducción de la Guerra de las Malvinas.Luego, en 1990 estuvieron los decretos 2741/90 y 2742/90, firmados el 28 y 29 de diciembre de 1990 que, entre otros, liberaron a Videla.
Bajo el gobierno peronista y la política neoliberal impulsada por un contexto de ofensiva del imperialismo yanqui tras la caída del muro de Berlín, el Estado argentino reforzaba la represión sobre los que luchan, a la vez que crecía el descontento popular por el deterioro de las condiciones de vida y por la bronca respecto de la impunidad por lo crímenes de la dictadura. Es muy importante recordar que Menem contó con una hegemonía absoluta dentro del régimen político argentino, y en las direcciones de los sindicatos cuyos burócratas peronistas, habilitaron que pasen todos los despidos y las privatizaciones.
A mediados de los 90, la lucha de clases, luego de la ofensiva en regla de la clase capitalista contra los derechos de los trabajadores, toma un nuevo envión con la aparición del movimiento piquetero que abre un enorme proceso de luchas que confluyen con docentes, trabajadores de la salud, el movimiento estudiantil. En 1995 también, nace la agrupación HIJOS, que tiene la característica de llevar adelante escraches públicos para poner de relieve la impunidad con la que viven los militares.
Durante toda la segunda parte de la década del 90 comienzan a masificarse las luchas en la calle y los reclamos contra la impunidad están presentes en todos los ámbitos de la lucha. Comienza a cuestionarse con mucha mayor masividad la Teoría de los Dos Demonios y el rol de los gobiernos democráticos, en garantizar la impunidad.
En este contexto, de profunda precarización de las condiciones de vida, una deuda externa exuberante y la impunidad absoluta sobre los crímenes de la dictadura en el marco de un creciente autoritarismo oficial que se manejaba con decretos y una feroz represión sobre las luchas, cobró presencia en los escenarios de lucha la relación directa entre la violencia estatal, la impunidad de los crímenes de la dictadura y la regresividad de las condiciones de vida de la población. Irrumpía en la lucha de clases el cuestionamiento, ya planteado por partidos de izquierda, algunos intelectuales como Osvaldo Bayer y organizaciones de Derechos Humanos, la Teoría de los Dos Demonios que el Estado quiso imponer en todo este tramo del periodo democrático.
Como dice Crenzel, «Ahora, en un contexto signado por la impunidad de los violadores de los derechos humanos y la desigualdad creada por las políticas de «apertura económica y libre mercado» se visualizaba en la matriz de sentido del prólogo el sello de los perpetradores«.10Crenzel, E.
https://pdfs.semanticscholar.org/aa5c/ca271e3b48a6fd0ba08fe5e2640e224bbeec.pdf Cuando la crisis lleva al estallido popular en 2001, que conocemos cómo el Argentinazo llevándose puesto al gobierno de la Alianza que había intentado mostrar la inclusión del reclamo contra la impunidad incluyendo a una madre de un desaparecido e integrante de la CONADEP, Fernández Meijide11Graciela Fernández Meijide fue Ministra de Desarrollo Social y Medio Ambiente entre 1999 y marzo de 2001 durante el gobierno de Fernando de la Rúa., el hastío por la continuidad política con el periodo anterior, condujo a que, en la marcha posterior al estallido, del 24 de marzo de 2002 nos congregáramos más de medio millón de personas en la calle. La lucha contra la impunidad y la presencia política de la generación que había luchado en los 70, la imagen de los desaparecidos, la bronca popular por la impunidad de todos esos años, estaba en carne viva. Un proceso en el cual las luchas populares expresaban una desconfianza muy profunda a un Estado que ya no podía controlar la falta de legitimidad sobre la población producto del derrumbe económico y político del propio régimen democrático.
La institucionalización de la memoria y el nuevo prólogo del Nunca Más
Es el peronismo, en este caso Duhalde, como presidente del PJ, quien es llamado a tomar el mando de las riendas del Estado, luego de un año de enorme inestabilidad institucional, para recomponer su legitimidad frente a la población. No es objeto de este artículo abarcar las cuestiones económicas y políticas de esta etapa, sino el análisis sobre el cual el Estado, como organización política de la clase dominante, busca sus recursos para recomponer su legitimidad, respecto de la experiencia genocida.
Cómo sabemos Duhalde llevó adelante una feroz represión sobre el movimiento piquetero cuyo punto de inflexión fue el Puente Pueyrredón, una masacre que tuvo como responsables políticos al presidente de la Nación y al Ministro de Seguridad de ese momento, Juan José Alvarez. El hecho generó un profundo repudio entre la población que se exacerbó con la confesión del Secretario General de Presidencia, Aníbal Fernández, quien, en la conferencia de prensa posterior a la masacre de Avellaneda, dio detalles sobre las asambleas previas a la movilización en Puente Pueyrredón, y dejó en evidencia el trabajo de infiltración que llevó adelante la ex SIDE a cargo de Carlos Soria. 12Ver: https://www.correpi.org/2021/juicio-y-castigo-a-los-responsables-politicos-de-los-asesinatos-de-dario-y-maxi/ Este hecho revelaba la impunidad del Estado en relación al espionaje sobre los que luchan y su intención de desarticularlas. Sacar a la gente de la calle fue el objetivo principal del Estado en esta nueva etapa. Por un lado, aislando y demonizando al movimiento piquetero que seguía luchando, un proceso largo y gradual que tiene una enorme relevancia en la actualidad porque habilitó políticamente al gobierno derechista actual a llevar a Juicio contra los mayores referentes de ese movimiento piquetero combativo (por ejemplo, Chiquito Belliboni, dirigente del Polo Obrero) y por el otro, integrando a funciones del Estado a otros sectores piqueteros.13Luis D’Elía ocupó el cargo de Subsecretario de Tierras para el Hábitat Social. Emilio Pérsico (Movimiento Evita): Se desempeñó como funcionario en el Ministerio de Desarrollo Social bonaerense.
Entonces, Néstor Kirchner asume en 2003 con el objetivo de ordenar desde el Estado un descontento social que estalló en 2001 como consecuencia de una cantidad de elementos que lo dejaban al desnudo, poniendo en evidencia su rol como garantizador de la ganancia capitalista. La impunidad, las privatizaciones, la deuda externa, articulaban, frente a la población, una relación directa de los objetivos de la etapa capitalista con los crímenes de la dictadura militar, los gobiernos posteriores y cómo el Estado fue un vehículo para imponer esto. Por lo tanto, la tarea de recomposición de legitimidad del Estado, tenía sí o sí que absorber algunos aspectos de los reclamos en la calle para quitarle el filo fatal que esta confluencia producía en la unidad de las luchas en la calle. Si antes eran los militares, ahora fueron los militares y el neoliberalismo, ahora, dice Kirchner, queremos «un país en serio».
Su política respecto de los derechos humanos consistió en separar a los «malos» de los «buenos», con gestos simbólicos y políticos que claramente generaron la conmoción de algunas organizaciones de derechos humanos y de la población en general, como el de bajar los cuadros de los dictadores Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone del Colegio Militar de la Nación el 24 de marzo de 2004 y, por supuesto, la anulación de las leyes de impunidad en 2003. Con el tiempo, el Kirchnerismo, bajo el mandato de Cristina Fernández de Kirchner haría aparecer a algunos militares, como César Milani que, aunque también jugaron un rol bajo la dictadura, aparecían ahora como la «cara renovada» del cuerpo militar del Estado. Porque el objetivo es relegitimar al Estado.
En 2006 se genera un importante revuelo cuando Eduardo Luis Duhalde, como Secretario de Derechos Humanos de la Nación, habilita la publicación de una nueva edición del Nunca Más con un nuevo prólogo que confronta con aspectos de la Teoría de los dos Demonios porque «el terrorismo de Estado fue desencadenado de manera masiva y sistemática por la Junta Militar a partir del 24 de marzo de 1976, cuando no existían desafíos estratégicos de seguridad para el statu quo, porque la guerrilla ya había sido derrotada militarmente«.
Sigue el prólogo «es inaceptable pretender justificar el terrorismo de Estado como una suerte de juego de violencias contrapuestas como si fuera posible buscar una simetría justificatoria en la acción de particulares, frente al apartamiento de los fines propios de la Nación y del Estado que son irrenunciables«. Duhalde toma el concepto de terrorismo de Estado y no de genocidio porque, cómo aclara, los fines propios de la Nación y del Estado son otros, no los que quisieron imponer particulares. Esto es muy relevante, no fue el Estado, fueron particulares que hicieron cosas terribles que no responden a la esencia del Estado. Se busca recomponer la idea de un Estado «neutro» respecto de las clases sociales.
El Estado en esta etapa del relato vuelve aparecer como ajenizado de la experiencia genocida y del periodo de lucha de clases previo, también, como marca el prólogo del 84, aparece como una víctima más del autoritarismo de esos «seres endemoniados». El nuevo prólogo no pone en discusión lo que vimos con el prólogo anterior; una sociedad inocente,aunque, ahora, un solo diablo. El Estado, en sus funciones democráticas, busca aparecer como la imagen y semejanza de esa sociedad inocente, pacífica y que habla a través de las instituciones. Por eso en el discurso, la sociedad y el Estado aparecen juntas. La enorme tarea representativa que impuso el Estado en esta etapa, bajo un nuevo gobierno peronista, fue la que después se utilizó como una consigna de una experiencia ya para todos, nefasta, como la del gobierno de Alberto Fernández,»el Estado somos todos».14Esto también fue utilizado para cooptar e integrar al Estado a sectores feministas que habían jugado un rol en la «ola verde» y ahora se tapan la cara de vergüenza cuando se les recuerda que el golpeador de mujeres había declarado el fin del Patriarcado por abrir un ministerio. Con el mismo recurso simbólico peronista Fernández dijo «volvimos y somos mujeres». Cuando la crisis capitalista aparece con toda su fuerza, el discurso integrador no resulta tan efectivo.
El objetivo es la pacificación y la unidad nacional. «La enseñanza de la historia no encuentra sustento en el odio o en la división en bandos enfrentados del pueblo argentino, sino que, por el contrario, busca unir a la sociedad tras las banderas de la justicia, la verdad y la memoria en defensa de los derechos humanos, la democracia y el orden republicano.» El que odia, no es un ser civilizado. Nuevamente aparece esta idea en el prólogo de 2006. Esto vuelve a aparecer en un discurso de Cristina Kirchner un 24 de marzo de 2013 en el que reivindica a la CONADEP y destaca que «el odio nos convierte en personas feas, no se puede vivir con odio«.
Las alegorías al amor y la alegría por parte del peronismo han jugado el rol simbólico de anestesiar a la clase oprimida que sufre cotidianamente los latigazos de la clase dominante en el ámbito económico, pero que, en los momentos de profunda crisis económica capitalista, como la que estamos viviendo actualmente, desarman a los trabajadores cuando los ataques ya no pueden aparecer edulcorados y disfrazados de una identidad nacional unificada. Es decir, cuando la clase capitalista ya no puedo ocultar su odio y desprecio de clase porque tiene que ir por todo.
La generación que nació posteriormente a 2001, ante el estupor de quienes pensaban que el discurso de los derechos humanos era patrimonio del Estado como órgano puro y neutral, siente un extrañamiento absoluto con la experiencia genocida que solamente se mantiene viva en la lucha. Y es que el Estado buscó encapsular la experiencia genocida dentro de los Espacios de la Memoria y otorgarle una fecha no laborable, ajenizandola así de un pueblo que sufre cotidianamente las consecuencias económicas que fueron habilitadas por ese proceso genocida.
Conclusiones
En este artículo nos propusimos indagar respecto de los intentos de la realización simbólica de la experiencia genocida que impuso el Estado argentino sobre la población bajo la última dictadura cívico-eclesiástico-militar. Lo hicimos a partir del análisis del relato del propio Estado sobre esta experiencia. Un relato que tuvo que adaptarse, como explicamos, a las condiciones de la lucha de clases en la medida en que ésta cuestionaba la legitimidad del mismo.
Vimos cómo este relato, en una primera instancia, buscaba separar la experiencia genocida de sus intenciones económicas y sociales y ubicar «la violencia de extrema derecha con la de la extrema izquierda» como la causa del genocidio. Ese relato, luego de un levantamiento popular, casi 30 años después, modifica estos dos elementos, condicionado por el estado de la lucha de clases. Sin embargo, no modifica la idea de presentar al Estado como «neutro» en relación a las clases sociales y por lo tanto de la planificación económica en términos de las necesidades del capitalismo que implicó la dictadura militar. Lo presenta también como la víctima de, ahora, un demonio, que se impuso sobre un Estado y una sociedad esencialmente «inocente, pacífica y democrática». Este intento busca asimilar al Estado con la sociedad, ajenizando al primero de su carácter de clase, presentándose como el garante de representar lo que también sería una atribución de la sociedad, el ser «inocente, pacífico, democrático». En un intento de cerrar filas «por la democracia» buscando pacificar a los sectores que luchan por la memoria y por las degradadas condiciones económicas, separando los «buenos» de los «malos».
Todo este proceso redundó en una cooptación feroz por parte del Estado de muchos sectores que estaban en la calle luchando, buscó institucionalizar la memoria y guardarla en los centros de la memoria y en un día feriado. Intentando pacificar a quienes luchan por la memoria y quitarle a ésta el filo fatal de su relación con el presente, que no tiene que ver sólo con recordar los nombres y las caras de los/as compañeros/as desaparecidos/as, sino con la lucha cotidiana por la penosa condición económica que la reconfiguración económica que habilitó la dictadura y que luego se profundizó en democracia produjo en nuestro país. Por eso es destacable el rol del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, porque a pesar de que hay corrientes dentro del frente que tienen una tradición de adaptación a la democracia capitalista, éste juega objetivamente un rol de independencia de clase frente a las presiones democráticas que impone el Estado y ha seguido en las calles luchando a brazo partido por las condiciones de vida de los trabajadores en este país.
El gobierno derechista actual de Milei, vuelve a la carga para defender el genocidio en nuestro país porque, como dijimos, la asimilación de la experiencia genocida está plagada de contradicciones que están a la base de las propias contradicciones de clase. La clase capitalista está hoy en una ofensiva en regla contra la clase obrera en todo el mundo, producto de una profunda crisis económica capitalista que está escalando hacia una tercera guerra mundial. No es momento para guardar las formas. Hubo toda una generación, posterior a 2001 que nació y creció pensando que los/as desaparecidos/as son simplemente caras y nombres, encapsulados en los centros de la memoria, un cuento que les cuenta el Estado, y ven la experiencia genocida como absolutamente ajena a lo que sufren cotidianamente. Pero los/as compañeros/as desaparecidos/as están hoy más presentes que nunca, se encuentran en el núcleo de la crisis capitalista actual, en la cual nuestro país está siendo entregado. La lucha está más viva que nunca, es fundamental que saquemos conclusiones de todo este proceso. Hay que estar en la calle, combatiendo, como lo hicieron nuestros compañeros en los 70, enfrentando a la burocracia sindical entreguista para desarrollar la huelga general y tirar abajo este gobierno.
Hoy más que nunca, 30 mil compañeros/as detenidos/as desaparecidos/as, PRESENTE!
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