El carácter de la “Revolución de 1880” y de Roca
Uno de los temas más discutidos en la historiografía argentina es el carácter de la revolución de 1880 y de Roca. En un artículo (infobae, 11 de dic, 2023) escrito por Claudia Peiro una especie de historiadora libertaria, aparte de reivindicar torpemente a Milei por repetir una frase de Roca, la autora esgrime: “El ejército que Roca lideraba, se perfilaba como un instrumento de nacionalización en 1880, como la herramienta de la lucha del interior por limitar la supremacía de la capital y nacionalizar los recursos del puerto… A su alrededor se irán nucleando intelectuales y políticos de diferentes orígenes que serán denominados la generación del 80”. Lo que no se entiende es porque “la herramienta de la lucha del interior” estaba acompañada por un sector importante de la elite porteña como Pellegrini, Guido, Mansilla, Rocha y hasta el joven Hipólito Irigoyen (Contra la opinión de su tío, el “Crudo” y Autonomista intransigente, Alem). Es verdad, que entre los neo roquistas estaba José Hernández (el autor del Martin Fierro), de los antiguos “Hombres del Paraná” urquicista. Pero en 1880 este ya no era un defensor del derrotado interior federal rebelde. Su pensamiento para esta década fue virando y se transformó en un defensor del roquismo. Por ejemplo, en “La Vuelta” del Martin Fierro en 1879 (segundo tomo de su gran obra de literatura gauchesca), Fierro, abandona su faceta de gaucho rebelde y le recomienda a sus hijos “obedecer al que manda y trabajar”. En este escrito, no como en el anterior donde existe un frente entre gauchos y originarios contra la opresión porteña, el “indio” fue definido de forma racista como “salvaje, cruel y perezoso”. En este cuadro de desmoralización y profunda adaptación, Hernández se convirtió en uno de los principales tribunos del roquismo en el parlamento.
Los liberales mitristas, actores inmediatos en la revolución de 1880 vieron a Roca como el líder del “interior”, de la “Liga de los gobernadores”, pero que trajo el orden nacional definitivo. El recelo fundamental de este grupo contra el “Tucumano” provenía de que para llevar adelante este objetivo desplazó al “iluminismo” porteño. Por ejemplo, el diario La Nación, fundado por Mitre años antes, decía en las editoriales de mayo a junio de 1880, que Buenos Aires representaba la civilización y la libertad, mientras que el bloque de Roca representaba un retorno al caudillismo, ahora disfrazado de burocracia estatal. Después de la derrota de los amotinados porteños, estas mismas editoriales hablaban del gran sacrificio que tuvo que hacer Buenos Aires en virtud de la construcción definitiva del “estado nacional». Paul Groussac (Intelectual cercano al mitrismo) en su obra “Lo que pensaban” editada en 1919, describe el cambio de atmósfera política. «Se sentía el advenimiento de una fuerza nueva, menos pulida, más ruda. La política dejaba de ser una discusión de principios entre caballeros de Buenos Aires para transformarse en una maquinaria de influencias provinciales y presupuestos nacionales manejada por el General Roca.»
En el marco de la escuela revisionista algunos sectores lo vieron como un militar «pragmático» que finalmente sometió a los porteños; como, por ejemplo, Ernesto Palacio que plantea: “la federalización de 1880 es el triunfo del país interior sobre la soberbia de la ciudad puerto” (Historia de la Argentina 1515-1938). José María Rosa en su Historia Argentina (Tomo 8), aunque crítico del liberalismo de Roca, reconoce que en 1880 el general tucumano representaba el «sentimiento de las provincias» contra el «localismo» de Tejedor y Mitre. Para el revisionismo más de izquierda, como el grupo FORJA, el hecho de que Roca fuera del interior es secundario; lo importante es que consolidó la dependencia colonial con Inglaterra. Para Scalabrini Ortiz, el orden de Roca era el orden que Londres necesitaba para invertir sin riesgos. Otro autor de esta escuela, Rodolfo Puiggrós, en Historia crítica de los partidos políticos argentinos, desarrolla que Roca fue el jefe de una «oligarquía nacional» que entrego la soberanía económica a cambio de estabilidad política. Para él, Roca fue un centralista que puso el aparato del Estado al servicio del capital extranjero.
Para la escuela académica, que es una especie de nueva edición de la historia liberal pero más documentada y desterrada de algunos mitos, Tulio Halperín Donghi, en su trabajo “La formación de la institución estatal en la Argentina” (1862-1880) plantea: «El triunfo de Roca no es el de las provincias sobre Buenos Aires, sino el de una coalición de gobernadores que ha aprendido a utilizar el aparato estatal nacional. Esta élite provincial está ya integrada al circuito económico que domina la ciudad-puerto. Y continúa esgrimiendo “que Roca ya no era un provinciano sino que estaba porteñizado”. El mismo autor en “Una nación para el desierto argentino” (1982), plantea que Roca representa la “madurez” de una élite que entiende que el “orden” es el requisito para el “progreso”. Chiaramonte se enfoca en cómo la economía del interior se fue adaptando al modelo agroexportador, lo que vació de contenido la vieja lucha federal: «La Liga de Gobernadores no representaba un programa económico alternativo al de Buenos Aires… Lo que buscaban las élites del interior, a través de Roca, era una participación en la renta aduanera y en los beneficios del crédito externo que Buenos Aires monopolizaba” (Nacionalismo y liberalismo económicos en Argentina (1860-1880).
La historia liberal mitrista en general, es la «historia oficial de los vencedores», aunque en este caso sea la excepción que confirma la regla. Disfraza la entrega de recursos a los ingleses y la dictadura porteña posterior a la “claudicación de Urquiza”, como una acción bajo el manto de la «Civilización». Mitre no fue un “héroe civilizador”, fue el brazo armado del capital comercial-terrateniente porteño que aniquiló a las montoneras federales y destruyó al Paraguay junto al imperio esclavista del Brasil, financiado por el capital inglés. Pero no llegó a concluir su tarea, fue desplazado del poder y en sus últimos años tuvo una larga trayectoria como opositor oligarca, estuvo involucrado en tres levantamientos para tratar de retomar el poder (1874, 1880 y 1890). El relato revisionista sustituye al análisis de clases por una lucha de «geografías» o «héroes federales». Roca, aunque era del interior, no tenía nada que ver con los federales que resistieron a Buenos Aires, fue uno de los arquitectos de la dependencia con Londres y de la explotación del nuevo proletariado inmigrante. La “Escuela Académica” realizó un correcto esfuerzo de «rigor documental» que, si bien es útil para desmitificar, solo analiza la historia desde el punto de vista de las instituciones sin detenerse en su carácter de clase. Lo que importa no son los debates del congreso en 1880, porque los diferentes bandos encubrían sus verdaderas intenciones con frases demagógicas para la tribuna, sino a que clase representaban las diferentes posiciones y que perspectivas económicas-políticas ofrecían.
El problema partió de la necesidad del nuevo estado nacional de controlar los recursos existentes (Aduana y Puerto) en el marco de la nueva etapa mundial imperialista que se estaba abriendo. El Modelo Agroexportador no fue un progreso «natural», sino una imposición de la fase imperialista que la burguesía argentina aceptó sin demasiadas quejas. Donde Argentina se acoplaba al mercado inglés, vendiendo materias primas baratas y comprando manufactura cara. El imperialismo exigía como garantía para sus negocios (en diferentes provincias) y el pago de la deuda externa en crecimiento, la unificación definitiva con capital en Buenos Aires y moneda única. La derrota de Tejedor no fue la derrota de Buenos Aires, sino el triunfo de una nueva burguesía nacional, que tenía a las familias más importantes de Buenos Aires y las otras provincias importantes, todos financiadas por el imperialismo Inglés, que en su mayoría apoyaba a Roca.
La victoria roquista no sólo federalizó la ciudad a los tiros, sino que también instauró el régimen del Unicato. Los derrotados autonomistas se reciclaron en la Unión Cívica que llevó adelante la famosa “Revolución del Parque de Artillería” en 1890 y en 1891 se dividió formando al primer partido moderno de la patronal: la Unión Cívica Radical. Al mismo tiempo, la necesidad de mano de obra que reclama el modelo agroexportador, se junto a procesos económicos europeos que provocan el comienzo de la gran inmigración. Durante las últimas décadas del siglo XIX este proceso empieza a construir el proletariado argentino. El movimiento obrero argentino que nace con la lucha reivindicativa y política de esta nueva clase surge con una dirección de acción revolucionaria. Los anarquistas se expandían y fundaron los primeros sindicatos y los socialistas fundaron el primer partido obrero socialista de nuestro país y del continente.
La Argentina de 1880
La Argentina de 1880 estaba sufriendo una profunda transformación impulsada por un auge económico agroexportador, que se desarrollaba sobre todo en la pampa húmeda y el litoral. La segunda revolución industrial, un proceso que se produjo aproximadamente de 1870-1914 en Europa occidental, Estados Unidos y Japón, introdujo innovaciones muy importantes en los transportes, las comunicaciones, la producción y la energía (barcos de metal a vapor, extensión de los ferrocarriles, telégrafo, refrigeración, electricidad y petróleo como combustible). En este cuadro de mayor industrialización las potencias europeas se repartieron África durante la Conferencia de Berlín (1884-1885), lo cual marcaba claramente el inicio de la etapa imperialista. Esta evolución hacia el imperialismo no solo modifica sus estructuras capitalistas internas sino también al mercado mundial. En la época de los primeros cuatro presidentes (Mitre 1862-1868, Sarmiento 1868-1874, Avellaneda 1874-1880 y Roca 1880-1886) las grandes potencias abandonan la libre competencia que había caracterizado a las décadas anteriores del siglo XIX.
En América Latina y otras regiones atrasadas, quedó claro que el desarrollo capitalista no fue un simple proceso evolutivo donde cada país en su momento encontró el camino indicado. Como lo definió Lenin: el imperialismo es la fase del capitalismo donde dominan los monopolios y el capital financiero. La formación de estos monopolios que fijan sus condiciones en el mercado impide el desarrollo de las naciones oprimidas y atrasadas. El monopolio para mantener su tasa de ganancia necesita mantener el atraso de las naciones dependientes. Como planteaba León Trotsky: “La esencia misma del imperialismo implica la utilización de la diferencia de nivel existente en el desarrollo de las fuerzas productivas de los diferentes sectores de la economía mundial, con el objetivo de monopolizar la mayor cantidad de plusvalía posible” (Tesis sobre el colonialismo. Congreso de la III Internacional, 1922). El modelo agroexportador en la Argentina y otros países americanos enganchaba con esta nueva realidad porque se trataba de un modelo de dependencia con el imperialismo británico, basándose en la exportación masiva de materias primas agrícolas y ganaderas y la instalación de los primeros frigoríficos, a cambio de productos manufacturados industriales importados. Un intercambio claramente desfavorable para nuestro país, debido a que los productos industriales tienen mayor valor agregado. Lo cual provocaba un déficit permanente que fue financiado a partir de un enorme endeudamiento y brutales concesiones dentro del territorio nacional a los capitales ingleses.
Hasta Domingo Faustino Sarmiento, luego de su presidencia, también después de todos los hechos y escritos aberrantes que mostraron la “barbarie» de su ilustrado pensamiento, criticaba las concesiones al capital británico en las «Cartas al Director» y otros artículos de sus últimos años: “Las empresas inglesas se apoderan de los ferrocarriles nacionales. Estos contratos son ruinosos para el país, entregamos el control de infraestructuras vitales a intereses extranjeros, es un proceso que lleva a la «enajenación» de la soberanía nacional”.
Aproximadamente en 1880 comenzó un pequeño proceso de industrialización, complementario con el modelo agroexportador, enfocado en actividades de procesamiento primario (frigoríficos, curtiembres, tanino, molienda) y la producción de bienes de consumo de baja complejidad (alimentos, bebidas, textiles), esto sumado al proceso de desarrollo de los ferrocarriles que comenzó un tiempo antes.
La unificación nacional tardía, el retroceso mitrista y la controversia de la federalización de Buenos Aires
Bajo el liderazgo de Mitre y Sarmiento (después de la claudicación del entrerriano Urquiza, 1861), Buenos Aires intervino en todas las provincias, derrotó violentamente a las montoneras federales e impuso la autoridad de las élites liberales bajo la hegemonía porteña. Junto con el Imperio brasileño esclavista y el gobierno uruguayo aliado (títere), invadieron Paraguay entre 1865 y 1870 para acabar con su sustentable desarrollo autónomo y afirmar la dictadura porteña sobre todo el interior argentino. La guerra contra el pueblo guaraní tuvo un enorme costo humano (300.000 paraguayos y 30.000 argentinos), agravo de forma considerable la deuda con Gran Bretaña y se caracterizó por numerosas dificultades militares. Estas complicaciones se originaron en la heroica resistencia paraguaya, la oposición interna dentro de Argentina (rebeliones en todas las provincias) y la falta de pericia militar de Mitre, cuyo error en Curupaytí causó miles de bajas, entre ellas el hijo de Sarmiento.
El desgaste de la guerra y el alto costo en vidas provocaron descontento entre sectores de la élite, que se apartaron de Mitre. Así, Mitre perdió fuerza política y no logró imponer a Elizalde como presidente; el cargo quedó en manos de Sarmiento, sanjuanino aliado de Mitre y partidario de la guerra, quien entonces estaba destinado como embajador en EE.UU. tras huir de Cuyo por la rebelión de Varela y el revuelo que causo el asesinato del “Chacho”. Desde ese momento, el mitrismo pasó a ser oposición y perdió influencia sobre la burguesía porteña. Los sectores más poderosos de esta elite se agruparon en el Partido Autonomista Nacional con Avellaneda, Roca y Sarmiento, sobre todo después de la revolución fallida de 1874.
Las campañas “pacificadoras” y la guerra contra Paraguay terminaron por doblegar la resistencia (armada e ideológica) del interior ante el predominio de Buenos Aires. Los gobiernos de Sarmiento y Avellaneda intensificaron la dependencia provincial al estado nacional. Como explica Milcíades Peña en «De Mitre a Roca», la oligarquía porteña era el grupo dominante y más desarrollado en forma capitalista. En 1874, el Partido Autonomista Nacional, fruto de la alianza entre Adolfo Alsina (autonomista porteño en ese momento conciliador) y Nicolás Avellaneda (liberal tucumano), venció en las elecciones a Mitre gracias al respaldo de la élite porteña y el presidente saliente Sarmiento. Avellaneda se consagró presidente y Mitre después de perder en estas mismas elecciones, no solo en las nacionales sino también en la legislativas (de local) se levantó en armas denunciando fraude, cuando él fue uno de los impulsores de este método (supuestamente “patriótico”) y todos los actos electorales de la época eran definidos a partir de relaciones de fuerza entre los diferentes aparatos que se disputaban el control del presupuesto. Fue derrotado por Julio Argentino Roca y el ejército nacional (como volvió a ocurrir 6 años después). José María Rosas popularizó una frase sobre la derrota de Mitre en esta ocasión: «La República ha sido conquistada por el Remington.» Que era el rifle estadounidense utilizado por el bando nacional en 1874 y tratando de demostrar la superioridad militar del ejército nacional ya en esta época. Aparte, porque la batalla más importante de esta contienda se definió por un nuevo gravísimo error militar de Mitre que hizo que la caballería rebelde cargará de frente contra un ejército bien atrincherado y armado que se divirtió practicando tiro al blanco destrozando al ejército mitrista. Los mismos burgueses porteños que antes abandonaron al “Restaurador” en las horas anteriores a su caída, en ese momento abandonaban a “Don Bartolomé”, que se había transformado en una variedad de “gran organizador de derrotas”.
En los tiempos de las “presidencias históricas” (1862-1880) los partidos políticos argentinos atravesaron profundos cambios. Desaparecieron las antiguas agrupaciones de federales y centralistas; que en un principio defendían proyectos opuestos respecto al proceso revolucionario, pero luego de la derrota de Artigas y el fusilamiento de Dorrego, los federales abandonaron posturas revolucionarias y pasaron a sostener posiciones mucho más conservadoras. Los nuevos reagrupamientos respondieron a disputas de las clases dirigentes por la conformación del Estado nacional y el control regional. Tras la caída de Rosas en 1852, federales y unitarios olvidaron viejas diferencias y fundaron el Partido Liberal Autonomista bajo el liderazgo de Mitre y Alsina (Buenos Aires contra la Federación Argentina). Luego de la “claudicación urquicista”, se dio la conciliación entre federales entrerrianos y porteños autonomistas, en perjuicio del resto del interior federal invadido por tropas de Mitre.
Este frente pro exportador del litoral-pampeano contaba con el apoyo y financiamiento de capitales británicos, siempre ligados estrechamente a la región rioplatense. El Estado argentino de esta época tenía apariencia burguesa republicana, pero carecía de una burguesía industrial, proletariado significativo o burguesía agraria. Predominaban grandes comerciantes y terratenientes exportadores. En este contexto, los partidos nacientes no representaban intereses de clases dominantes con programas distintos, sino que funcionaban como empresas políticas ansiosas de controlar el aparato estatal. Como señaló Alberdi: “El único producto propio de la universidad argentina era el abogado, produciendo más abogados que clientes; constituían una población flotante que se agrupaba naturalmente en partidos políticos cuya única y fundamental diferencia consiste en representar diferentes clientelas que se acomodarán en el estado después de conquistarlo” (Alberdi, Escritos Económicos, 1853).
Derrotadas las montoneras internas, devastado Paraguay y sometidos los pueblos originarios, solo restaba resolver la federalización de Buenos Aires, tema muy polémico porque implicaba ceder el principal puerto y sus rentas aduaneras. La cuestión de la capitalización había provocado antes la caída de Rivadavia en 1827 (junto a la entregada en la guerra contra Brasil) y la ruptura de Buenos Aires con Urquiza tras la derrota de Rosas, lo que culminó en la revolución separatista del 11 de septiembre de 1852. Incluso Mitre, ya presidente en 1862, intentó federalizar la ciudad, lo que dividió al partido liberal local en alsinistas “Crudos” (liberales intransigentes autonomistas sin vueltas) y mitristas “Cocidos” (liberales conciliadores de la elite aristocrática porteña), pero debió desistir ante la resistencia bonaerense. Los poderes del estado nacional eran tratados como “huéspedes” en la ciudad más importante del país. Pero lo único eterno es el cambio y las cosas estaban cambiando. Para consolidar el modelo agroexportador resultaba indispensable eliminar las aduanas interiores y los aranceles que Buenos Aires imponía al resto del país, demanda compartida por comerciantes locales, terratenientes y empresarios ingleses.
El proyecto centralista de la burguesía porteña (Rivadavia y Mitre) siempre fue: primero someter al interior y luego unificar el país. Paradójicamente, la gran ironía histórica, es que este objetivo, promovido por la burguesía bonaerenses durante casi todo el siglo XIX, lo culminó Julio Argentino Roca, representante de las élites del interior, pero ya subordinadas a la oligarquía portuaria. No toda la elite porteña estaba con el Partido Autonomista Nacional, también existían sectores de la élite desplazados. Después de la muerte de Alsina en 1877, se agruparon en una minoría porteñista radical, encabezada por Bartolomé Mitre, Carlos Tejedor y Leandro N. Alem. Estos sectores (cambiando algunos nombres por los permanentes saltos de bandos) alejados del poder desde 1868, intentaron retomarlo infructuosamente en 1874 y volvería por más en 1880.
Esta vez: como farsa
Utilizando la famosa frase de Marx en su obra “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, 1852: «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa»-, aquí tenemos la farsa. La fracción que levantaba el ultra porteñismo, reivindicaba la revolución de 1852 de Buenos Aires como si se tratara de una repetición del mismo acontecimiento. Pero Alsina y Mitre, en 1852 estaban dispuestos a separar a la provincia del resto del país si no se aceptaban los términos exigidos por los porteños. En 1880, Tejedor y Mitre, levantaban esta bandera, pero lo hacían para tratar de apoderarse nuevamente del poder central. En 1880 era impensable la balcanización del país, mucha agua había pasado por debajo del río. Aparte después de 1852, Mitre fue el líder de la unificación con la sangrienta “Campaña de Pacificación”, el mismo como presidente intentó la federalización de Buenos Aires. Tejedor fue ministro de diferentes gobiernos nacionales. Julio Argentino Roca levantaba un supuesto nacionalismo provinciano pero venía de la mano de las familias más importantes de Buenos Aires. Como decía Sarmiento sobre la fracción roquista: “Un gran número compuesto por los mismos ciudadanos que desde hace años figuran en la escena política de Buenos Aires”. Ya en el principio del escrito se habló de los ricos intelectuales porteños que acompañaron a Roca en la famosa “generación del 80”. Pero por si queda alguna duda podemos citar la propia pluma de Julio Argentino: “Han concurrido numerosos elementos mitristas que simpatizan y trabajan activamente por mi candidatura (Unzué, Alvear, Tornquist, Lezama, Paz y muchos otros ricachos). No será difícil que también triunfemos en Buenos Aires a pesar del poder de Tejedor”.
Roca, a pesar de no era un intelectual y aparte de ser un genocida contra los originarios del sur, tenía una pluma mordaz y pragmática, que utilizaba atacando las debilidades de su oponente: “Ese Tejedor se cree un caudillo, el apóstol del localismo porteño, es imposible que deje pasar un día sin hacer alguna barbaridad. Esta rebelión, incitada por él, favorece al presidente y nosotros porque nos permite actuar y es la medida más elocuente de su estupidez”. Prosigue realizando un diagnóstico de las fuerzas del mitrismo considerando que eran un 10% de lo que supieron ser. El Partido Roquista, no solo contaba con una parte considerable de la elite porteña, sino que también tenía una cantidad de periódicos que se editaban todos los días como La Tribuna, El Porteño, La Prensa (uno de los diarios más importantes de la oligarquía porteña). El mismo Roca en su correspondencia privada ya citada se jactaba de que “no hay ningún porteño que haya tenido la cantidad de diarios que tuve yo”. Por otra parte el comercio extranjero apoyaba preferentemente a Roca, la única excepción fue la casa inglesa Hale, que apoyaba a Tejedor porque compartía negociados y coimas muy particulares. Una comisión de comerciantes extranjeros que procuro llegar a un entendimiento entre los dos bandos, quedó encantada con Roca y furiosa con Carlos Tejedor. Roca mofándose describe, en una carta enviada a Juárez Celman, de la siguiente forma los hechos: “Pereyra ya le habrá contado los incidentes con las delegaciones extranjeras. Tristan Achaval me informó que Tejedor los recibió torpemente a los que fueron a verlo. A puñetazos sobre la mesa y los trato de impertinentes”.
El único antagonismo verdadero que existía con Buenos Aires se trataba de las disputas por los puestos en el nuevo estado nacional. La unidad de las oligarquías del interior con las elites porteñas tuvo su máxima expresión en el Partido Autonomista Nacional. Una organización nacional piramidal controlada desde la antigua casa de gobierno (ubicada en la parte norte de la actual Casa Rosada), en el seno de la cual existía un frente único entre capitalistas de todo el país que buscaban prosperar en sus negocios con el orden y la administración que prometía el roquismo. Para esta altura todos los ferrocarriles que se creaban conducían al puerto porteño, en Buenos Aires; al mismo tiempo se creaba una pequeña red de ferrocarriles alrededor de la ciudad para transporte de carga y pasajeros, se realizaban obras en el puerto y se estaba planificando la construcción de dos descomunales puertos (Madero y Huergo). La enorme mayoría de los inmigrantes llegaban a Buenos Aires. El crecimiento económico y la centralidad hegemónica en el modelo agroexportador, le permitía a la patronal porteña desprenderse de ciertas reivindicaciones del pasado para poder concretar negocios muchos más interesantes para los cuales se requería del crédito británico, que veía a un estado nacional consolidado (con una Capital) como mejor garantía para sus empréstitos.
El último episodio en la guerra civil
El primero de mayo de 1880, el presidente Avellaneda en la apertura de las sesiones legislativas, se refirió al tema de la federalización de Buenos Aires. Argumentando que la dualidad de poderes en la ciudad hacia imposible la gobernabilidad, Roca de inmediato apoyó la iniciativa. Los años 1878 y 1879 fueron cruciales, marcados por dos procesos simultáneos: el inicio exitoso de la “Conquista del Desierto» por parte de Julio Argentino Roca y la radicalización política que preparó el terreno para el conflicto de 1880. En enero de 1878, tras la muerte de Adolfo Alsina, el presidente Nicolás Avellaneda nombró a Roca como Ministro de Guerra y Marina. De inmediato abandonó la estrategia defensiva de la «Zanja de Alsina» e impulsó una larga ofensiva contra los pueblos originarios de la Pampa y la Patagonia. Durante 1878 y especialmente en marzo de 1879, las fuerzas de Roca lograron una victoria militar decisiva. Esta campaña fue violenta y brutal. Miles fueron exterminados, los sobrevivientes obligados a desfilar encadenados por Buenos Aires. Este atroz sometimiento de las comunidades indígenas, le otorgó a Roca un inmenso prestigio entre las elites nacionales como la porteña, que se vieron beneficiadas con la entrega de enormes extensiones de tierra en este nuevo territorio austral. El éxito militar convirtió a Roca en el candidato natural y favorito para las elecciones presidenciales de 1880, con todos los apoyos descritos en los párrafos anteriores.
Paralelamente al ascenso de Roca, en la provincia de Buenos Aires se fortalecieron los autonomistas intransigentes. Con la muerte de Alsina no solo se benefició Roca, también su adversario Carlos Tejedor que, después de asumir como gobernador de Buenos Aires, se consolidó como el líder del Partido Autonomista antes dirigido por Alsina. Tras el discurso de Nicolás Avellaneda se incentivó la creación de clubes de tiro y milicias civiles (la Guardia Nacional). La Legislatura de la Provincia de Buenos Aires aprobó una ley que autorizaba al poder ejecutivo provincial (Tejedor) a invertir fondos en la compra masiva de armamento moderno y a organizar militarmente a la población civil bajo la excusa de la «defensa de las instituciones provinciales».
Tras la victoria de Roca, el rearme bonaerense se aceleró y se hizo evidente. Mientras tanto Roca preparaba al ejército nacional para intervenir. El 2 de junio de 1880 los porteños fueron sorprendidos en plena Boca del Riachuelo, pasando armas (que se compraron al imperio Alemán) de un buque mercante a los transportes “Rossetti” una especie de barcaza de carga. El objetivo era desembarcar en el puerto de Barracas, uno de los puertos con mayor actividad por estos años. En ese momento, fuerzas de la Prefectura y naves del Gobierno Nacional intentaron detener la maniobra. Las milicias de Buenos Aires, apostadas en las orillas del Riachuelo y en los muelles de la Boca, abrieron fuego para permitir el desembarco.
Fue un tiroteo intenso que duró varias horas. Los hombres de Tejedor lograron desembarcar la mayoría de los fusiles y trasladarlos al centro de la ciudad bajo custodia de la milicia porteña. Se realizó un desfile por la emblemática calle Florida donde una multitud festejaba ante la muestra del armamento ingresado a la ciudad. Si bien la intentona de Carlos Tejedor, apoyada por Don Bartolomé Mitre, tenía muchas dificultades para conquistar a la mayoría de la elite porteña como en el 1852, tuvo un resultado muy diferente con los sectores medios, que se vieron más afectados por los planteamientos localistas y funcionaron como carne de cañón. El 3 de junio, al día siguiente del combate del Riachuelo y los desfiles, Tejedor movilizó a 15.000 milicianos armados (una verdadera multitud para la época). Avellaneda tuvo que huir de la ciudad y trasladar la sede del poder nacional al pueblo de Belgrano.
Avellaneda huye a Belgrano
En estos momentos el desarrollo urbano de Buenos Aires alcanzaba un 25% del territorio que hoy ocupa la Ciudad Autónoma. Belgrano y Flores eran pueblos cercanos a la ciudad pero que no formaban parte del tendido urbano. Se llegaba a partir del ferrocarril y de los tranvías a caballo que desde 1863 habían reemplazado a las antiguas diligencias. Hacia el Norte, la ciudad culminaba después del convento de los Recoletos y de su famoso cementerio. Hacia el noroeste, ya existía el Cementerio de la Chacarita por la calle Corrientes al fondo, inaugurado al calor de la peste amarilla en 1871, pero se encontraba lejos del tendido urbano. En el Oeste, la ciudad culminaba en los corrales de Miserere, la actual plaza 11 de septiembre. Y al sur, llegaba hasta el puerto natural de la Boca y el puerto de Barracas. El tendido urbano se extendía solo hasta la calle Larga (actual Montes de Oca) en su extremo sur oeste.
El 17 de junio de 1880, cuando Avellaneda ya había abandonado Buenos Aires, ocurrió un oscuro episodio en el antiguo Congreso Nacional, que funcionaba todavía donde hoy está la AFIP frente a la segunda parte de la Plaza de Mayo que aun estaba dividida por la antigua Recova. Cuando los diputados nacionales intentaron ingresar al recinto para sesionar y dar apoyo legal a Nicolás Avellaneda, los milicianos que rodearon el edificio, apuntaron sus armas directamente contra los diputados nacionales, amenazándolos de muerte si se atrevían a votar la intervención a la provincia o el traslado del Congreso a Belgrano. Cuentan las fuentes que cuando se disponían a disparar, Don Bartolomé Mitre, que era diputado nacional y se encontraba presente, intervino gritando «No, todavía no es el momento». Mitre era perspicaz políticamente, se dio cuenta que un hecho de esas características iba a deslegitimar aún más la causa de los porteños a la cual apoyaba, prefería tratar de llegar a una solución pacífica. La mayoría de los diputados después de este tenso episodio, huyeron disfrazados a Belgrano, convencidos de que el clima en Buenos Aires era irrespirable y que había que tomar medidas inmediatas.
Guerra en Buenos Aires
Buenos Aires quedó convertida en una fortaleza aislada del resto del mundo, defendida por cerca de 15.000 milicianos, mientras el ejército nacional rodeaba la ciudad y cortaba los suministros de agua y alimentos. Al mismo tiempo, estas fuerzas bloqueaban el puerto y la entrada al Riachuelo. Las fuerzas nacionales buscaban cerrar el cerco sobre la ciudad de Buenos Aires para obligar a la rendición de los sublevados. El puerto de Barracas, al final de la calle larga, era un punto crítico porque controlaba el acceso desde el sur. Este se conectaba de forma fluvial primero con el puerto de la Boca y luego con el puerto de la Aduana de Taylor en el Río de la Plata. Las tropas nacionales eran profesionales y contaban con artillería de campaña moderna. Venían de la “Campaña del Desierto” y anteriormente de aniquilar a las montoneras. Eran tropas ordenadas y disciplinadas en el asesinato en masa. Las milicias de Buenos Aires se trataba, en su mayoría, de civiles decididos pero poco adiestrados: los famosos voluntarios del «Tiro Nacional». Pero tenían a su favor estar fuertemente atrincherados en los edificios, azoteas y detrás de barricadas improvisadas en las calles de Barracas.
En Barracas se peleó por cada manzana. Las milicias porteñas utilizaron las casas de material y los depósitos del puerto como fortalezas. El Ejército Nacional utilizó su artillería superior para barrer las barricadas, pero el conocimiento del terreno de los milicianos porteños, el repliegue y reagrupamiento en nuevos puntos defensivos, imposibilita el avance rápido nacional. Aunque fue un enfrentamiento preliminar a la gran carnicería de Puente Alsina y Corrales (Parque Patricios), dejó cientos de muertos y heridos. Las fuerzas nacionales no lograron acercarse al centro de la ciudad de inmediato, pero consiguieron consolidar sus posiciones en la periferia sur, cortando definitivamente las líneas de abastecimiento de la ciudad. La batalla de Barracas le confirmó a los habitantes de Buenos Aires que la guerra no era solo una amenaza política, sino una realidad que ya estaba destruyendo los suburbios de la ciudad.
El 20 y 21 de junio, mientras la marina bombardeaba el barrio de Retiro, se dio la batalla de Puente Alsina. Fue el enfrentamiento más sangriento y decisivo de la Revolución de 1880. Se dio en lo que es hoy el barrio de Pompeya, en el puente de madera anterior al actual, que fue construido en 1930. En esta época todavía no era una zona poblada, el Riachuelo no había sido rectificado y todas las tierras de alrededor eran bañados inundables parecidos a la actual reserva ecológica de la Costanera Sur. Este puente periférico, en esa época, consistía en la entrada estratégica desde el sur oeste bonaerense a la ciudad. El combate se caracterizó por una ferocidad pocas veces vista en la historia argentina. El Ejército Nacional intentó cruzar el puente y las zonas linderas bajo un fuego devastador de los milicianos porteños, que disparaban desde posiciones elevadas y parapetos. Al no poder avanzar solo con artillería, la batalla se convirtió en un choque de bayonetas en los alrededores del puente. Mientras se luchaba en el Puente Alsina, otro combate de igual violencia ocurría en los Corrales (actual Parque Patricios) y Mataderos. Las fuerzas nacionales atacaban en pinza para asfixiar a la capital. Aunque los milicianos lograron frenar el avance inmediato al centro, retrocedieron en sus posiciones. El Ejército Nacional tomó el control de los pasos clave y consolidó el cerco. Se estima que solo en estas jornadas hubo entre 2.000 y 3.000 muertos y heridos.
La victoria de Roca, la instauración del Unicato del PAN y la revolución de 1890
La magnitud de la tragedia (de los enfrentamientos del 20 y 21 de julio) fue tal que los hospitales de Buenos Aires colapsaron -como nueve años antes en la “Peste Amarilla”- y se tuvo que declarar una tregua para recoger los cadáveres de las calles y las orillas del Riachuelo. Tejedor, desmoralizado por el desastre militar abandonó el mando y lo dejó en manos de Bartolomé Mitre. El temor a que los combates llegaran hasta la actual Plaza de Mayo o que la marina apostada en el Río de las Plata bombardeara el centro de la ciudad y el horror de la cantidad de muertos en los suburbios, fueron los factores determinantes que llevaron a Bartolomé Mitre a pedir el cese al fuego y negociar la rendición de la provincia de forma inmediata. El Congreso, con la mayoría de los diputados roquistas, quiso aprovechar la victoria para avanzar. La legislatura porteña fue disuelta, los diputados nacionales que apoyaron a Tejedor fueron expulsados (24). Avellaneda, todavía en Belgrano, envió el proyecto que declaraba al municipio de Buenos Aires capital definitiva de la república, el 24 de agosto de 1880. Se trató el 10 septiembre en diputados y el 20 en el senado: fue aprobado por gran mayoría.
La derrota de Tejedor golpeó duramente al Autonomismo porteño. Pero no desaparecieron, se reciclaron en la U.C. de 1890. El fundador de la UCR Leandro N. Alem, apodado el señor de Balvanera, fue el principal orador en la legislatura porteña en defensa del Tejedorismo-mitrista y participó activamente de las barricadas. Incluso más atrás también fue el segundo al mando en el bando de los “Crudos” que derrotaron el intento de federalización mitrista en 1862. Alem a pesar de ser hijo de uno de los líderes más importante de la Mazorca de Rosas y haber presenciado a los 10 años el ahorcamiento de su padre de la mano de los Liberales, su padre político fue Adolfo Alsina. Nicolás Avellaneda volvió de Belgrano y el 12 de octubre de 1880 le transfiere el mando a Julio Argentino Roca. El mismo establece el régimen del “Unicato”, un régimen ultra presidencial donde el primer mandatario controlaba los poderes ejecutivos provinciales a partir del presupuesto nacional y las intervenciones federales. El Partido Autonomista Nacional funcionaba como una máquina aceitada que servía para imponer candidatos y controlar los procesos electorales a partir del fraude. Pero al mismo tiempo Roca ejercía un control casi absoluto del poder judicial y el legislativo. Se trataba de la dictadura de la nueva burguesía nacional.
La debacle financiera del ’90 se produjo al cabo de una década de enorme expansión económica. “Con la pacificación definitiva y la posterior unificación monetaria en 1881 se produjo el ingreso masivo de capitales al país, que desató un verdadero descalabro. Durante toda la década del 80, en el siglo XIX, en la región pampeana se dio un boom especulativo por las enormes expectativas de crecimiento que tenía este modelo económico agroexportador. “En pocos años, el precio de los campos de Buenos Aires trepó un 1000%. La especulación se convirtió en el negocio del momento, especialmente para el grupo de que controlaba desde el Estado la comercialización de las enormes extensiones de tierra fiscal” (Prensa Obrera 147. Que paso en la Revolución del 90, 1986).
En 1889 el precio internacional del cereal cayó, se produjo una caída de la recaudación de impuestos y el oro en reserva no alcanzó para pagar la deuda externa. En este cuadro la Banca inglesa exige cobrar igual con la expropiación de la tierra; los “viejos amigos” de la Baring Brothers le exigieron al Parlamento Inglés y a la Corona, la invasión de Argentina. Esto provocó un nuevo levantamiento armado en un sector de la élite oligárquica nacional. La “Revolución del Parque de Artillería” en 1890 no fue un levantamiento popular como plantean muchos sectores de la historiografía. La tierra era la única propiedad que se reservaba solamente para sí la Burguesía Argentina y, en particular, la Porteña. Cuando el imperialismo quiso disponer de la misma como pago efectivo de la brutal deuda provocó una insurrección armada de un sector de los terratenientes liderada por Alem y, nuevamente, Don Bartolomé Mitre. La derrota de la revolución del 90 está muy asociada a la traición del bando mitrista, que en secreto tenía negociaciones con Roca, ex presidente y cuñado del presidente Juárez Celman. Después de la caída de Juárez un nuevo pacto entre Roca y Mitre (para lograr una candidatura única a presidente) hizo que Alem “intransigente” rompiera la U.C. y formara el “primer partido moderno” de nuestro país. Es, en la práctica, una superación del caudillismo y de los partidos de notables como el PAN. Es un partido que pretende incorporar a un sector de las masas más acomodadas a la vida política para defender los intereses de la patronal.
La creación de la clase obrera argentina
“Las transformaciones económicas y sociales producidas como consecuencia de la penetración de capitales extranjeros y la consolidación del Estado oligárquico crearon las condiciones para el desarrollo de una incipiente clase obrera” (Lucas Poy, La crisis de 1890 y las huelgas en Buenos Aires, En defensa del Marxismo N° 38). La instalación del modelo agroexportador hacía necesaria la introducción de mano de obra frente a una producción primaria creciente. No alcanzaba con la proletarización del gaucho o el sometimiento de los originarios. Argentina tenía una población de dos millones de personas y era necesaria la inmigración masiva. Los que vinieron eran campesinos desplazados de sus campos por el proceso de cercamiento que se estaba produciendo en Europa (España e Italia) donde las tierras comunales eran expropiadas para producir grandes concentraciones latifundistas bajo propiedad privada.
También venían de las regiones de Italia del norte que comenzó a industrializarse después de la unificación en 1861 y en las grandes fábricas el aumento de la maquinaria produjo un ejército de desocupados de reserva. De Europa del este se marchaban generalmente por problemas religiosos y étnicos, relacionados con falta de oportunidades económicas. En concreto de 1880 a 1914, ingresaron a nuestro país, casi cinco millones de personas. Una nueva clase irrumpió en ciudades como Buenos Aires y Rosario. Empleados en la construcción para construir los nuevos palacios de la “París del subdesarrollo”. También fueron empleados en los ferrocarriles, frigoríficos, las pocas fábricas existentes y el puerto. Aparte en otros oficios necesarios como zapateros, panaderos, personal doméstico, etc.
La creación del Movimiento Obrero del Plata
Para la historiografía, como para la opinión burguesa de esta época, el movimiento obrero argentino irrumpe en una tierra próspera. Pero se incubaban profundas contradicciones como la estructura de la propiedad de la tierra (latifundio), que impidió el acceso de los inmigrantes a la propiedad agraria y los obligó a permanecer en las ciudades, como también salarios demasiados bajos y alquileres en los conventillos muy caros. “Si en la década de 1870, un enviado de la Asociación Internacional de Trabajadores, Raymond Wilmarten el Río de la Plata, (La Primera Internacional) le escribió a Karl Marx que le “parecía imposible cualquier intento de organización de los trabajadores, en la segunda mitad de la década de 1880 las cosas habían cambiado” (En defensa del Marxismo N° 38). Tal como lo definió Sebastián Marotta en su clásico libro, 1888 y 1889 fueron «años de acción». La carestía producto de la crisis del 1890 produjo una primera ola huelguística que tuvo como dirección a los Anarquistas y Socialistas de “Adelante». En la década del 90 se consolida el movimiento obrero y surge como opositor popular al régimen oligárquico.
En 1875 se dio la unificación del Partido Socialista Alemán permitiendo crear el primer gran partido de masas de la clase obrera a nivel mundial. El estado del segundo imperio Alemán reaccionó con las leyes anti socialista “Sozialistengesetze» (1878-1890) que obligaron al POS a pasar a la clandestinidad. Muchos activistas se vieron forzados a exiliarse al Río de la Plata para escapar de las cárceles de Otto Von Bismarck y el Kaiser Guillermo. Pero ese entrenamiento en la clandestinidad fue lo que les permitió sobrevivir frente al gobierno represivo de Roca en la Argentina. Aproximadamente 60 alemanes, fundaron el “Club Vorwärts” (Adelante), el 1° de enero de 1882 en Buenos Aires, en un café de la calle Cangallo (actual Perón) y Suipacha aproximadamente. Se puede considerar la primera organización del socialismo científico de América latina. Fue el grupo que colocó la idea en Argentina que la clase obrera no solo debe luchar por el salario sino también construir su propio partido. Fueron los primeros en editar textos de Marx, Engels y Kautsky. Algunos autores del PC los denostaron por ser un grupo propagandista y cada tanto hacer una conferencia, como si se tratara de un “mito de origen”. Pero lo irrebatible es que su local fue un centro de la organización obrera por años y su periódico (primero en alemán y luego en castellano) tuvo influencia en la lucha de clases.
German Ave-Lallemant, quien como miembro de “Adelante” publicó un primer esbozo de historia del movimiento obrero y socialista argentino en 1896, planteaba: “aunque Vorwärts siempre conservó el carácter de un club de entretenimiento, ejerció -sobre todo a través de su periódico, que representaba, por así decirlo, su espíritu- una influencia sobre el movimiento obrero local que no debe subestimarse fundamentalmente en los años previos a la crisis de 1890” (En defensa del Marxismo N° 38). La burguesía de inmediato empezó a descargar su odio de clase contra los primeros socialistas. Por ejemplo: el principal medio oficialista de Juárez (Sud-América), antes de la crisis del 90 responsabilizaba a los socialistas foráneos por las huelgas y en un curioso artículo producto de la ignorancia, hablaba de la organización como si se tratara de una persona seguidora del propio Karl Marx: «El señor Adelante, ha venido con el propósito de hacer flamear bien alto el trapo rojo, símbolo del socialismo… Así es: el caballero Vorwaerts, es un ferviente discípulo a lo que parece de Karl Marx, el fundador de la Internacional” (En defensa del Marxismo N° 38).
Los militantes de Vorwaerts en la crisis de 1890 se opusieron tanto al gobierno de Juárez Celman, caído por el levantamiento del “Parque”, como al provisorio de Carlos Pellegrini, viéndolos como distintas alternativas del régimen oligárquico. Adelante fue el principal organizador del Primero de Mayo de 1890, siguiendo la iniciativa de la recientemente fundada II Internacional y luchando por las 8 horas de trabajo. El movimiento obrero jugó un papel clave en el año 1890, mientras un sector de la Elite (Unión Cívica) se levantó contra las pretensiones desmedidas del imperialismo inglés, la clase obrera argentina intervino de forma independiente por sus propias reivindicaciones. “La manifestación pública celebrada el 1° de mayo de en la ciudad de Buenos Aires, que ha sido marcada por todos los autores como un momento «fundacional» del socialismo y del movimiento obrero en nuestro país” (En Defensa del Marxismo N° 38). Al mismo tiempo Adelante fue una de las organizaciones promotoras de la construcción del Partido Obrero Socialista Argentino en 1896. El mismo fue el primer partido obrero de Argentina (nació con la limitación de tener a la cabeza cuadros reformistas como Justo, que priorizaba ganar bancas en el Congreso por sobre la organización de la clase obrera para la toma del poder).
También se desarrollaban las corrientes anarquistas. Por este motivo en 1885 llegó al Río de la Plata Errico Malatesta (dirigente internacional de los libertarios) quien venía huyendo de la represión en Italia. Por su orientación se oponía a la construcción de partidos y la presentación electoral. Pero introdujo la idea de que los sindicatos no tenían que ser mutuales sino organizaciones de lucha contra el capital. En 1887 fundó la “Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos». Que sirvió de modelo para todos los sindicatos anarquistas posteriores. En esta ocasión como acto de propaganda y burla al Estado y la Iglesia, bautizó a las piezas de panadería con nombres que hoy son tradicionales: vigilantes, cañoncitos, bombas, suspiros de monja y sacramentos. La Boca y Barracas, ya no eran los escenarios de la resistencia de las milicias del Tejedor-mitrismo, sino de las primeras grandes huelgas. La «huelga del Riachuelo» se convirtió en un movimiento general de agitación de los trabajadores de toda la zona portuaria: La Boca se fue transformando en un epicentro de agitación obrera. Las crónicas hablaban de «grupos de doscientos y trescientos marineros» que se agrupaban en la ribera y eran disueltos por la policía. Según La Nación (el diario de Mitre) de 1889, «el espectáculo que ofrece la Boca es, como puede suponerse, excepcionalmente animado. Hombres de todas nacionalidades discuten en todas partes la cuestión palpitante».
Malatesta le dio una impronta al anarquismo argentino relacionado con la mística de lucha y huelga general. Los Anarquistas eran los piqueteros del ayer, partidarios de la acción directa para conseguir las reivindicaciones. Convirtieron a los sindicatos en verdaderas organizaciones de lucha, con una visión clasista de la realidad. En 1890 los anarquistas denunciaron una «pelea de amos». Llamaron a los trabajadores a no derramar su sangre por facciones políticas burguesas. Su consigna era: «Ni con el gobierno, ni con la oposición: con la Revolución Social». La huelga general era la única salida.
Los Anarquistas siguieron jugando un rol principal durante la primera década del siglo XX, la clase obrera bajo su dirección realizó cuatro huelgas generales (1902, 1904, 1909 y 1910), sin contar conflictos muy importantes como la huelga de los inquilinos en 1907. Las huelgas fueron muy efectivas para arrancarle las reivindicaciones a los patrones, pero fracasaban desde el punto de vista insurreccional. El movimiento anti partido y su anti electoralismo, eran una clara limitación en su lucha por el poder. El «culto a la huelga por la huelga misma» de Malatesta no permitía una acumulación de poder real para plantearse la toma del gobierno, limitando al movimiento a un ciclo de explosiones sociales (y derrotas). La huelga general es una herramienta poderosa, pero no mágica. Si tras la huelga no hay un plan político para tomar el poder, los obreros eventualmente tienen que volver a trabajar por hambre, y el Estado burgués (que sigue teniendo las armas y el control) retoma el mando. El Partido Socialista, a pesar de su adaptación más moderada, logró la elección de Alfredo Palacios como diputado nacional. Superando el fraude reinante hasta la ley electoral de 1912, esta fue la primera banca socialista en América. Pero todo esto es parte de otra historia.