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Burócratas y militantes en la época de la restauración del capitalismo

Por Boris Kagarlitsky y Renfrey Clarke
El movimiento de los trabajadores rusos no puede pavonearse de grandes éxitos. Sin embargo, es sorprendente que los sindicatos hayan demostrado su viabilidad precisamente cuando los tiempos no han sido demasiado favorables para los sindicatos occidentales, mientras que otras instituciones políticas se han desmoronado.
 
Los sindicatos tradicionales soviéticos jugaban un importante rol social, pero raramente llamaban la atención. Atendían servicios sociales; programaban actividades para los momentos de ocio de los obreros (especialmente para sus hijos); colaboraban en el suministro de bienes de consumo para los trabajadores y, a veces, consultaban con los directores de empresa cuestiones relacionadas con la seguridad en el trabajo. En una empresa, el líder del sindicato era un subdirector extraoficial con responsabilidades en asuntos sociales. Durante la perestroika, los sindicatos no se vieron afectados por las reformas. Continuaron desarrollando sus tareas habituales, distribuyendo vales para viajes y productos de consumo muy difíciles de obtener en las tiendas del Estado. No fue hasta 1990 y 1991 que se empezaron a registrar cambios drásticos en sus estructuras.
 
La huelga de los mineros del verano de 1989 mostró que las antiguas estructuras eran incapaces de hacer frente a los retos que deparaban las nuevas condiciones. En la mayoría de los casos, las huelgas no se vieron acompañadas de abandonos masivos de militantes de los sindicatos oficiales. Los mineros continuaban viendo a los sindicatos existentes como organismos útiles de distribución, a los que merecía la pena pertenecer, pero irrelevantes en cuanto a conflictos laborales. Los trabajadores entendían que sus luchas pertenecían al ámbito de los comités surgidos entre 1989 y 1990 en todas las cuencas carboníferas de la URSS. Pero a medida que pasaban los meses, los líderes de los comités de huelga empezaron a entender el potencial de los sindicatos como forma de organización. Un sector de los activistas del movimiento minero asumió cargos de responsabilidad en la estructura del sindicato tradicional y otro sector empezó a levantar un nuevo sindicato.
 
La primera generación de activistas del movimiento independiente de trabajadores albergaba numerosas esperanzas que acabaron en decepciones. Al principio, los líderes de los comités obreros recelaban de la intelligentsia, pero pronto fueron cooptados para puestos de responsabilidad por parte de los apparatchiks y de los líderes populistas locales, quienes además, los instrumentalizaron en sus intrigas particulares. En pocos años, numerosos líderes de los comités de huelga se convirtieron en prósperos hombres de negocios o fueron promovidos a cargos del Estado. El slogan "el movimiento obrero debe estar al margen de la política" les sirvió, primero, para justificar su rechazo a seguir una línea de independencia de clase, y más tarde, para ligar los comités obreros con las políticas propuestas por Yeltsin y sus socios neoliberales.
 
El surgimiento de sindicatos alternativos significó el primer reto serio a las estructuras "tradicionales". A partir de 1989 aparecieron numerosísimos sindicatos alternativos que atraían a los activistas descontentos con el burocratismo y la inactividad de las estructuras sindicales tradicionales. La más grande de las nuevas organizaciones fue el Sindicato Independiente de Mineros (NPG). Poco antes se había formado la Asociación de Sindicatos Socialistas (SOTSPROF). El término socialista de su denominación fue con mucho tacto transformado en social y, después, totalmente dejado de lado. Fue todo un síntoma de la evolución política de la organización. La izquierda socialista y los anarcosindicalistas que habían militado en el SOTSPROF, en sus primeros pasos fueron purgados de la dirección.
 
Los nuevos sindicatos lanzaron inmediatamente una furiosa lucha contra sus contrincantes tradicionales, en los que veían a sus principales adversarios. Al poco tiempo, los líderes sindicales alternativos, que en un principio habían actuado en la oposición, criticando a los viejos sindicatos por sus lazos con el Estado, empezaron a reclamar el apoyo del gobierno contra sus rivales. El anticomunismo de la mayoría de las federaciones de sindicatos alternativos los puso en brazos de los neoliberales radicales. Después del hundimiento de la URSS, cuando el gobierno centró sus objetivos en una amplia reprivatización y la construcción del capitalismo, los líderes alternativos apoyaron todas las decisiones de las autoridades rusas. Prescindieron de que muchas de esas decisiones eran abiertamente antiobreras.
 
No sorprende que los nuevos sindicatos fracasaran en su intento de ganar la confianza de la mayoría de los trabajadores. Incluso, cuando los viejos sindicatos registraron un significativo éxodo, nadie mostró ninguna prisa para afiliarse a las nuevas organizaciones. Las purgas políticas, las escisiones y los escándalos financieros en los sindicatos alternativos empezaron a ser materia de dominio público. Según informes de prensa, el NPG habría recibido dinero del gobierno ruso con el propósito de organizar la huelga anti Gorbachov de la primavera de 1991. Miembros del NPG acusaron públicamente a sus líderes de corrupción y apropiación ilícita de fondos. El SOTSPROF y otras organizaciones menores también se vieron envueltas en escándalos análogos.
 
A medida que el conflicto entre las autoridades rusas y los líderes de los sindicatos tradicionales crecía, los alternativos empezaron a disfrutar de un apoyo creciente. El número de plazas adjudicadas a los alternativos en la Comisión Trilateral de Relaciones Laborales estaba fuera de toda correspondencia con su número de afiliados. Los organismos dirigentes del SOTSPROF accedieron a oficinas propias en los edificios del Estado, por ejemplo en el Soviet de Moscú, y gozaron de una generosa publicidad en los medios de comunicación públicos. Los alternativos también recibieron un apoyo sustancial de la federación de sindicatos norteamericanos (AFL-CIO). Durante la huelga de maestros y trabajadores sanitarios, representantes del SOTSPROF pidieron a los empleados reconocidamente sin éxito que no secundaran el paro. Al cabo de dos años, los viejos y los nuevos sindicatos habían intercambiado sus papeles. Las organizaciones alternativas se habían fusionado de forma creciente con las autoridades, mientras que los sindicatos tradicionales asumieron el rol de una fuerza independiente de oposición.
Mientras tanto, los sindicatos tradicionales sufrieron una serie de cambios. Se abolió el Consejo Central Sindical y en su lugar nació la Confederación General de Sindicatos que, tras el desmantelamiento de la URSS, se convirtió en una asociación internacional. Los sindicatos rusos fundaron la Federación de Sindicatos Independientes de Rusia (FNPR), encabezada por Igor Klochkov. Los sindicatos tradicionales siguieron cumpliendo el papel de cooperativas de consumidores y el de red de servicios sociales, ayudando a sus miembros a resolver problemas cotidianos que oscilaban desde comprar azúcar barato hasta encontrar plazas en los campos de verano para los niños. En esas crudas circunstancias económicas, las funciones de los sindicatos tradicionales eran altamente valoradas. Al mismo tiempo, los sindicatos asumieron nuevas y desacostumbradas tareas. Nuevos individuos, muchos de ellos sin ninguna relación con la vieja burocracia, aparecieron en las direcciones de las organizaciones locales y territoriales. Algunos habían participado activamente en las huelgas de 1989 y 1990.
 
Los cambios en los sindicatos siguieron un curso contradictorio, pero para millones de personas que estaban sufriendo la crisis económica y las políticas del gobierno, la FNPR seguía siendo la única estructura a través de la cual al menos se podía conseguir algo. La renovación más radical tuvo lugar en la Federación Sindical de Moscú (MFP). El nuevo presidente de la MFP, Mijail Shmakov, enseguida hizo saber que tenía la intención de convertir la federación en una fuerza social capaz de defender sus posiciones tanto contra las autoridades como contra la dirección de la FNPR.
 
Shmakov, que cumplió los 45 en 1993, es un representante típico de una nueva generación de líderes que llegaron a sus puestos entre 1989 y 1992. Tan pronto accedieron a cargos de responsabilidad empezaron los cambios. Todos ellos han mostrado un especial interés en romper con el pasado de los sindicatos oficiales. Han traído consigo un nuevo estilo y nuevas ideas. Shmakov fue la primera persona del movimiento sindical ruso que aceptó dialogar con los jóvenes radicales de organizaciones informales. Algunos activistas radicales de izquierda, que antes habían lanzado furiosos ataques contra "la vieja burocracia sindical", pronto se pudieron contar entre los consejeros y los portavoces de los sindicatos. Muchos de ellos no sólo aprendieron a llevar corbata sino que además, sorprendentemente, demostraron ser muy efectivos en sus nuevos papeles.
 
Uno de los primeros en emprender este trabajo para los sindicatos fue Andrei Isaev, un prominente anarquista moscovita y organizador de algunos de los primeros mitines en 1987 y 1988. En tan sólo unos meses, lsaev, desde el puesto de redactor jefe del periódico del MFP, Solidarnost, transformó una publicación sosa e impopular en otra vivaz y original. Pasó de tirar 5.000 ejemplares en agosto de 1991 a 30-40.000 en 1993. Entre sus lectores figuraban no sólo activistas y cargos sindicales, sino también miembros de la intelligentsia en busca de una alternativa a los experimentos liberales.
 
En un esfuerzo por definir la posición de los sindicatos, Isaev hablaba de la necesidad de un "conservadurismo de izquierda". "No hemos dejado de ser revolucionarios", escribió en Solidarnost. Sin embargo, había llegado el momento de que los izquierdistas se convirtieran en conservadores. No se trataba de una paradoja: las fuerzas de la izquierda habían provocado mejoras a escala mundial. Esas conquistas debían ser defendidas de la reacción neoliberal, que se había lanzado a la ofensiva tras el hundimiento del sistema comunista. Para defender al Estado de bienestar y las conquistas sociales reales del período soviético, los izquierdistas no sólo tenían que hacer frente a la nueva administración, protestando y convocando a la lucha, sino que también debían reafirmar sus tradiciones históricas.
 
Frente al tipo de progreso sugerido por Thatcher, Yeltsin y Gaidar, Isaev argumentaba que no había nada alarmante en aparecer como conservador. La formulación de Isaev resumía el pensamiento de muchos líderes y activistas y estaba también en línea con el estado de ánimo de las masas. En concentraciones y manifestaciones se condenaba la destrucción del potencial productivo del país y se hablaba de la necesidad de salvar la infraestructura social y productiva.
 
Después de agosto de 1991, cuando el Partido Comunista fue suspendido y las estructuras de la URSS se desmoronaron, las únicas organizaciones de masas que quedaron en pie fueron los sindicatos. Más del 80 por ciento de sus afiliados permanecieron fieles a sus organizaciones, a pesar de los cambios que habían tenido lugar. La FNPR y las federaciones regionales retuvieron sus ingresos y propiedades. Comparados con el caos y la corrupción reinantes en Rusia, la burocracia sindical, que estaba acostumbrada precisamente a observar las normas tradicionales, aparecía como un modelo de honestidad y eficacia. Sin embargo, la dirección de los sindicatos no tenía ni una estrategia clara ni una comprensión plena de sus propias fuerzas.
 
En un principio, los líderes de la FNPR estaban dispuestos a conceder un apoyo crítico al gobierno ruso, mientras que la dirección del MFP era partidaria de tomar un curso más radical e independiente. Pero a medida que los costos sociales de la reforma fueron patentes, los dirigentes de la FNPR se radicalizaron. Los sindicatos lucharon por la actualización de los salarios conforme a la inflación y por el establecimiento de un salario mínimo. La privatización, acompañada de la pérdida de puestos de trabajo, y a menudo de la clausura de secciones sindicales de empresa, levantó un profundo malestar entre los sindicalistas. En el seno de la FNPR creció la convicción de que los intereses sociales de los trabajadores eran defendidos mejor en las empresas estatales que en las privadas. Esto, por supuesto, chocaba frontalmente con la filosofía del gobierno ruso.
 
Las autoridades mantuvieron conversaciones con los sindicatos e hicieron algunas concesiones en materias que no eran cruciales para las estrategias gubernamentales procapitalistas. Sin embargo, la escala móvil de salarios aprobada en 1991 nunca fue respetada. Además, el ministro de Finanzas se negó deliberadamente a suministrar los fondos necesarios para pagar los salarios de las empresas propiedad del Estado y de algunos ministerios. La radicalización de los sindicatos era lo mínimo que se podía esperar. La historia de Pavel Kudyukin, viceministro de Trabajo y único socialdemócrata del gobierno de Yeltsin y Gaidar, ilustra la situación. Después de una serie de huelgas y manifestaciones organizadas en 1992 por los sindicatos tradicionales, Kudyukin mencionó la posibilidad de confiscar las propiedades de la FNPR y mantuvo una agria polémica con la izquierda crítica con el gobierno. Pero al cabo de un año, Kudyukin dimitió y se sumó a las ásperas críticas que la FNPR hacía a las políticas antisociales de las autoridades de Moscú.
 
Mientras se esforzaban por acabar con el dominio de la ideología comunista en el movimiento sindical, los líderes de la FNPR insistían en que los sindicatos se debían mantener al margen de la política y distantes de los partidos. No obstante, el intenso conflicto que mantenían con el gobierno demostró que los sindicatos no podían estar al margen del proceso político. En un mitin de masas de los activistas del MFP, celebrado en octubre de 1992, Andrei Isaev llamó a los sindicatos a proponer "un nuevo rumbo y nuevas reformas", como alternativa a las "fallidas reformas del equipo liberal de Gaidar". La propuesta de Isaev y otros radicales del movimiento obrero, implicaba una economía mixta con un fuerte sector estatal capaz de convertirse en la "locomotora del desarrollo". También añadían que era conveniente llegar a un acuerdo entre el gobierno, las direcciones de las empresas y los sindicatos para asegurar el control sobre los precios y los salarios.
 
La dirección de la FNPR empezó a buscar aliados políticos dispuestos a colaborar en su batalla por un nuevo curso. Klochkov y un buen número de dirigentes sindicales dieron apoyo a la formación centrista Unión Cívica. Mientras tanto, numerosos activistas lanzaron un conjunto de iniciativas encaminadas a la construcción de un Partido Laborista. Los sindicatos se sumaron con la Unión Cívica a la campaña por defender la actividad industrial, los lazos entre las regiones del país y desarrollar los mercados interiores. En todo caso, la Unión Cívica se dirigió sobre todo a los directores de empresa, mientras que la FNPR se aplicó en la defensa delos trabajadores asalariados. El Partido del Trabajo intentó formular un programa que expresase esos intereses, llamando a la defensa del sector público, por el pleno empleo y la aplicación de medidas de protección social.
 
En el verano de 1993, los sindicatos y el gobierno estaban en guerra abierta. En la región de los Urales, cuando las sirenas de las empresas sonaban, los trabajadores de las fábricas de armamento se reunían en mítines masivos. En la provincia sureña de Rostov, los mineros del carbón habían realizado una jornada de paro como señal de aviso. El 10 de agosto, en el distrito más lejano, en el confín del Este, imperaba la huelga general; los barcos que no habían sido descargados reposaban en los muelles y desgañitaban sus sirenas. Las tripulaciones de barcos extranjeros contestaban con sus propias sirenas como muestra de solidaridad con los huelguistas. Detrás de la huelga había una razón de peso: el gobierno había violado el acuerdo salarial que había negociado con la FNPR. En las reuniones, los trabajadores pedían no sólo el cumplimiento del acuerdo sino también la dimisión del Ejecutivo. Sólo en los primeros diez días, el número de trabajadores que participaron en las movilizaciones llegó al millón y medio.
 
A diferencia de oleadas anteriores de huelgas y manifestaciones, las luchas del verano de 1993 fueron dirigidas por sindicatos y tuvieron lugar por todo el país. Por primera vez desde 1905, los trabajadores protagonizaban acciones de protesta simultáneamente en los más diversos sectores y regiones, con reivindicaciones generales que afectaban a toda Rusia.
 
El éxito de los sindicatos tradicionales en implicar a millones de sus miembros en las movilizaciones de ese verano, tomó por sorpresa al gobierno. Ya antes, la FNPR había mostrado su habilidad en conducir duras y efectivas negociaciones alrededor de acuerdos salariales regionales y sectoriales. Pero su punto débil residía en su capacidad para atraer a los trabajadores a la lucha activa. Cuando las autoridades estudiaban la táctica para negociar con los sindicatos, explotaron conscientemente esta debilidad: hacían concesiones durante las conversaciones y después rehusaban cumplir con las obligaciones que habían aceptado, confiando en que los sindicatos no podrían reaccionar.
En 1992, la FNPR fue incapaz de contrarrestar esta política. Como resultado, las autoridades confiaban en que los sindicatos tampoco serían capaces de plantear una resistencia seria en 1993. Sin embargo, la situación había cambiado radicalmente. Dos años de reformas liberales no sólo habían producido un declive catastrófico de la producción, sino también el hundimiento del mercado interior, la caída del nivel de vida, y habían abierto la puerta a la hiperinflación. La gente acabó siendo consciente de sus intereses y sintiendo la necesidad de defender personalmente sus derechos. La oposición a Yeltsin crecía diariamente.
 
Cuando el gobierno violó los acuerdos salariales a los que había llegado con la FNPR, no previó que los sindicatos conseguirían organizar una respuesta. Las autoridades recibieron un fuerte golpe. Aun así, es importante señalar que los líderes y activistas sindicales operaron sin una clara estrategia o un programa de acción.
 
Por mucho que la FNPR se viese afectada por la burocracia sindical, su mayor problema en ese momento fue el espontaneísmo. Las reivindicaciones que reclamaban los sindicatos en el verano de 1993 habían surgido de forma espontánea de sus bases: los escalafones superiores de los sindicatos simplemente recogieron las propuestas, las resumieron y las presentaron al gobierno. La fuerza de las protestas colectivas fue en gran medida el resultado de esta solidaridad con el sentimiento de las bases. Pero la incapacidad de desarrollar un análisis coherente y la falta de un proyecto político sólido fueron debilidades cruciales. Confiando ampliamente en corregir los errores sobre la práctica, los sindicatos fueron a remolque de los hechos. La FNPR dejó pasar casi un año sin declarar su oposición a la dinámica gubernamental. Mientras que la MFP inmediatamente encontró su espacio al situarse en la oposición, la federación sindical rusa intentó mantener una línea de apoyo crítico a las reformas. Esto ocurría mientras Gaidar y su equipo aplicaban un programa dictado por el Fondo Monetario Internacional, que requería el aplastamiento de los sindicatos como órganos efectivos de autodefensa. Los activistas obreros en Rusia descubrieron el precio de estos errores en su propia carne.
 
En 1993, la FNPR rehizo el mismo camino que habían seguido los sindicatos de Moscú en 1992. Durante 1993, la MFP había moderado considerablemente su radicalismo. Sus líderes se habían convertido en rehenes de su propio éxito. Con las movilizaciones de 1991 y 1992 habían ganado concesiones del gobierno de Moscú, y ahora se esforzaban en conservarlas y en no "hacer que el barco se tambalee".
 
Los acontecimientos de octubre de 1993 acabaron en una fuerte derrota para los sindicatos rusos. Las luchas obreras prácticamente cesaron, mientras en Moscú se lidiaban los conflictos políticos. Después del asalto al Parlamento, el gobierno confiscó los fondos sociales de los sindicatos y en algunas regiones, las autoridades intentaron hacerse con las propiedades sindicales.
 
Hasta cierto punto, las movilizaciones de agosto se habían desplegado de forma espontánea, y en setiembre se marchitaron con la misma espontaneidad. En agosto se podían dibujar dos escenarios: uno, optimista, en el cual los sindicatos controlarían la situación y se convertirían en una importante fuerza social; otro, pesimista, en el cual los sindicatos perderían el control sobre los acontecimientos y se mostrarían incapaces de llevar a cabo actuaciones decisivas. Todo se desarrolló de acuerdo con el escenario pesimista. Cuando Yeltsin aprobó la disolución del Parlamento, Klochkov se encontró con una disyuntiva. Si los sindicatos no conseguían amenazar con huelgas a favor de la Constitución, en el futuro nadie se tomaría sus declaraciones en serio. Pero si los sindicatos llamaban a la huelga, no serían capaces de organizarla con éxito. El resultado fue la adopción de un llamado ambiguo a movilizaciones de protesta "que podían llegar a concretarse en huelgas": el llamado ni consiguió concretarse en una acción determinada, ni tampoco logró atemorizar a nadie. Al ver la incapacidad de la FNPR, las autoridades lanzaron un nuevo ataque: retiraron a los sindicatos su capacidad de control de los fondos sociales y amenazaron con la disolución de la Federación.
 
No parece que el gobierno ruso desee la completa abolición de la FNPR, sobre todo porque hay numerosos problemas cotidianos que las autoridades son incapaces de resolver sin la ayuda de los aparatos sindicales. Sin embargo, el gobierno logró intimidar a los dirigentes sindicales. Después del bombardeo de la Casa Blanca, el pánico cundió entre los cargos sindicales. Se celebró un congreso de la FNPR y se eligió una nueva dirección. El líder de la MFP, Shmakov, fue nombrado presidente de toda la federación rusa. Se abrió un nuevo estadio en el proceso de reestructuración sindical. No obstante, Shmakov asumió el cargo en un momento en que las perspectivas para el movimiento sindical no eran nada halagüeñas. La nueva dirección se vio forzada a hacer concesiones y a tratar de evitar choques frontales con la administración. Shmakov y sus colegas insistieron en la necesidad de la moderación y al mismo tiempo se esforzaron por poner la situación bajo su control.
 
¿Tendrán éxito los intentos de reforma de la FNPR? Los miembros de la organización se enfrentan a una trama compleja de necesidades interrelacionadas: la de llevar a cabo una lucha por la construcción del movimiento obrero, si es que hay que defender los derechos de los trabajadores rusos; la de implicar a la base sindical, si se quiere que esa lucha acabe en victoria, y la de abrir las estructuras sindicales, haciéndolas accesibles y democráticas, si se quiere que esa implicación sea una realidad. No puede haber predicciones seguras sobre el resultado, la única certeza es que Yeltsin y sus ministros ofrecerán una enorme resistencia a los intentos sindicales de mantener los puestos de trabajo y de defenderse de los ataques al nivel de vida. Si bien las autoridades de Moscú y la MFP han conseguido llegar a un cierto grado de "colaboración social", esto no es repetible a escala de toda Rusia. El gobierno simplemente no tiene los recursos que las autoridades moscovitas han sido capaces de dedicar a la resolución de los problemas sociales.
 
Incluso, antes de las elecciones de diciembre de 1993, ya se pudo intuir cuál será la naturaleza de las relaciones laborales rusas en el próximo período. En noviembre, los trabajadores del sector energético ganaron dos importantes batallas contra el gobierno. Irónicamente, entre las organizaciones implicadas, se encontraba el Sindicato Independiente de Mineros, cuya dirección se ha visto obligada por los ataques del gobierno a la industria carbonífera a abandonar su posición pro Yeltsin. Una huelga de hambre de los líderes de la NPG en la cuenca minera de Vorkuta, en el norte de la Rusia europea, y la huelga general de mineros de la región en que culminó, forzaron a la dirección de la NPG a convocar una huelga general del carbón en toda Rusia para los primeros días de diciembre. La huelga fue desconvocada después de que el gobierno se comprometiera a suministrar fondos para pagar los salarios adeudados y a emprender acciones para sanear las deudas de la industria del carbón.
 
En diciembre, en la región de Nadym, en el noroeste de Siberia, una huelga de nueve días de los trabajadores de la industria del gas natural forzó a la empresa pública Gazprom a aceptar una lista de peticiones que incluía el pago inmediato de los atrasos salariales de los últimos seis meses. Los negociadores por la parte empresarial también prometieron diseñar y aplicar un programa de reimplantación de trabajadores excedentes en el sur y el centro de Rusia.
 
Pocos sindicatos rusos tienen el poder estratégico de los trabajadores de la industria del gas, y en muchos casos el gobierno, sin duda, se congratularía de que los obreros cortaran la producción en plantas que pierden dinero. Pero la caída de los salarios reales, el rápido deterioro de las prestaciones sociales y la perspectiva de niveles catastróficos de desempleo están forzando a los trabajadores a recurrir a acciones colectivas para defenderse. Si estas acciones no toman la forma de huelgas, bien pueden manifestarse en forma de abiertas luchas políticas. En cualquier caso, los obreros buscarán la forma de defender a los sindicatos como herramientas naturales de organización. La presión para renovar y democratizar las estructuras sindicales crecerá, y en la medida en que este proceso avance, la efectividad de las movilizaciones obreras se multiplicará.
 
 
Nota:
 
Boris Kagarlitsky es diputado del Soviet de la ciudad de Moscú y miembro del Partido Laborista Ruso. 
Renfrey Clark es el corresponsal en Moscú del periódico Green Left Weekly y miembro del Partido Socialdemócrata de Australia.

 

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