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La recepción temprana de las obras económicas de Karl Marx (1867-1910)

Por Daniel Gaido
El problema que los discípulos de Karl Marx encontraron repetidamente luego de su muerte, acaecida en 1883, fue que su obra manuscrita estuvo durante cuatro décadas en proceso de elaboración. Sabemos por el prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política que Marx pretendía considerar el sistema de la economía burguesa en seis libros (capital, propiedad de la tierra, trabajo asalariado; Estado, comercio exterior, mercado mundial); sin embargo, sólo el primer volumen del primer libro fue publicado en vida de Marx. Durante varias décadas después de su muerte, nuevos e importantes manuscritos fueron apareciendo, incluyendo el segundo y tercer volúmenes de El capital y los tres tomos de Teorías sobre la plusvalía, que se terminaron de publicar recién en 1910, todos los cuales son esenciales para una comprensión completa del proyecto de Marx. Como resultado, los discípulos de Marx tenían continuamente que adaptar las interpretaciones de su obra a medida que estos nuevos materiales iban apareciendo. La historia de este proceso de descubrimiento y exégesis se reconstruye en este ensayo.
 
Miseria de la filosofía y Trabajo asalariado y capital (1847)
 
Durante la primera mitad de la década de 1840, Marx y Engels evolucionan de la filosofía hegeliana a la elaboración de los principios fundamentales del materialismo histórico. Sus escritos de esos años abundan en energía creativa, pero en muchos aspectos también fueron experimentales y provisionales en sus conclusiones. Sus ideas estaban en movimiento, y las consecuencias finales comenzarían a aparecer sólo desde finales de los años 1850 en adelante. En el camino a la economía política, Marx hizo su primera ruptura con el grupo de izquierda hegeliana[1], luego emprendió una crítica filosófica provisional de la economía política basada en el concepto de alienación (Entfremdung: enajenación) de Feuerbach en los Manuscritos de 1844 (Marx, 2010), después fue más allá de humanismo de Feuerbach mediante el concepto más activo de praxis humana (Marx, 1975a) y, finalmente, debatió cuestiones económicas directamente en su polémica contra el libro de Pierre-Joseph Proudhon, Système des contradictions économiques, ou, Philosophie de la misère, publicado en 1846 (Marx, 1987).
 
La respuesta de Marx a Proudhon apareció por primera vez en 1847 como Misère de la philosophie. En 1885, una edición alemana del libro fue publicada después de que fuera traducido por Eduard Bernstein y Karl Kautsky. En el prefacio a dicha edición, fechado el 13 de octubre de 1884, Engels señaló que “los términos empleados en esta obra no coinciden del todo con la terminología de El capital. Por ejemplo, en vez de fuerza de trabajo (Arbeitskraft), en este libro se habla todavía de trabajo (Arbeit) como mercancía, de la compra y venta de trabajo” (Marx, 1987: 181). En una nota posterior, Engels también criticó “la tesis de que el precio ‘natural’, es decir, normal, de la fuerza de trabajo coincide con el mínimo de salario, esto es, con el equivalente del valor de los medios de subsistencia absolutamente indispensables para la vida del obrero y para la prolongación de su especie”, indicando que “en El capital, Marx corrigió la mencionada tesis” (Marx, 1987: 187).[2]
 
Engels se enfrentó a problemas similares cuando preparó una nueva edición del Trabajo asalariado y capital de Marx, una serie de conferencias dictadas ante el Club de los Trabajadores Alemanes de Bruselas en 1847 -y publicadas por primera vez en varias entregas en el periódico Neue Rheinische Zeitung (Nueva gaceta renana) a partir del 4 de abril de 1849. En su introducción a la nueva edición, fechada el 30 de abril de 1891, Engels volvió a señalar que, contrariamente a lo que Marx había dicho en un principio, los trabajadores no venden su trabajo a cambio de un salario sino su fuerza de trabajo, agregando:
 
En la década del cuarenta, Marx no había terminado aún su crítica de la economía política. Fue hacia fines de la década del cincuenta cuando dio término a esta obra. Por eso, los trabajos publicados por él antes de la aparición del primer fascículo de la Contribución a la crítica de la economía política (1859), difieren en algunos puntos de los que vieron la luz después de esa fecha; contienen expresiones y frases enteras que, desde el punto de vista de las obras posteriores, parecen poco afortunadas y hasta inexactas (Marx y Engels, 1974b, introducción de Engels a la edición de 1891).
 
Fue en su exilio londinense que Marx elaboró por primera vez en forma acabada sus categorías económicas, comenzando por su análisis de la teoría del valor.
 
Contribución a la crítica de la economía política (1859)
 
Contribución a la crítica de la economía política (1859), la primera obra económica madura de Marx, es significativa hoy, principalmente, por su exposición inigualada de los principios generales del materialismo histórico en su extraordinario prólogo, en el que Marx describió la sociedad actual como la última etapa en “la prehistoria de la sociedad humana” (Marx, 2008: 6), después de la cual los productores ya no serían dominados por los productos de su propio trabajo. El capitalismo estaba creando las condiciones técnicas y sociales para la transición a una formación social superior, en la que las personas ejercerían un control consciente sobre sus procesos de producción, reduciendo la jornada de trabajo y haciendo posible la superación de la división entre el trabajo manual y el intelectual. Pero incluso este libro sigue siendo incompleto en términos de su exposición de la forma del valor (Wertform).
 
En Contribución a la crítica de la economía política, Marx todavía no distingue estrictamente entre el contenido del valor y su forma; trata al valor cuantitativamente, mientras que en El capital añadió una dimensión cualitativa: la distinción entre la “relación de valor” (Wertverhältnis) -que relaciona la cantidad de trabajo materializado en una mercancía con la de otra, mostrando su identidad como valores- y la “expresión de valor” (Wertausdruck), en la que una de las mercancías se expresa en términos del valor de uso de la otra mercancía. En este último caso, la primera mercancía asume la “forma relativa” y la segunda la “forma equivalente”, una diferencia cualitativa que apunta al valor de cambio como una “forma” de valor. Ambos lados de la ecuación todavía contienen la misma cantidad de trabajo materializado, su “denominador común”, pero el cambio de forma en la “expresión de valor” pone en marcha la transformación dialéctica (lógica e histórica) de una forma de valor a la otra. La distinción “polar” en El capital entre la forma “relativa” y la forma “equivalente” de valor apunta a la aparición del dinero, como el equivalente general, y a la distinción de Marx entre trabajo concreto y trabajo abstracto.
 
La necesidad de tal distinción surgió del hecho de que Ricardo no diferencia entre el valor y el valor de cambio, debido a que para él la conversión de la mercancía en dinero parecía ser un acto puramente formal y externo. El resultado, sin embargo, fue crear un abismo infranqueable entre el valor y el valor de cambio, lo que llevó a Samuel Bailey, un crítico de Ricardo, a argumentar que la teoría laboral del valor no tiene sentido (Bailey, 1825). La diferencia entre Ricardo y Bailey fue que el primero ignoró la forma del valor, mientras que el segundo pensaba que era posible operar sin el concepto de valor. La estructura de la argumentación de Marx en El capital, a diferencia de la Contribución a la crítica de la economía política, es el resultado de la necesidad de abordar dos desafíos al mismo tiempo. En primer lugar, Marx tuvo que responder a las críticas de Bailey a Ricardo; en segundo lugar, tuvo que aclarar la confusión dejada por Ricardo mismo. Como consecuencia, Marx terminó por reescribir el material de la Contribución a la crítica de la economía política y por incorporarlo en el primer volumen de El capital bajo el título “Primera parte: Mercancías y Dinero”.
 
La recepción del primer volumen de El capital (1867)
 
En una carta a Ludwig Kugelmann, del 11 de febrero de 1869, Marx culpó a la “cobardía de los expertos, por un lado, y a la conspiración de silencio de la prensa burguesa y reaccionaria, por el otro” por la limitada circulación del primer volumen de El capital (MECW, vol. 43: 213-214). Sin embargo, en el otoño de 1871, la primera edición había sido vendida, y en el epílogo a la segunda edición, del 24 de enero de 1873, Marx respondió a dos comentarios rusos sobre su obra: el libro de Nikolai Ivanovich Sieber, La teoría del valor y del capital de David Ricardo en relación con las últimas aportaciones e interpretaciones,[3] y una reseña escrita por Illarion Ignat’evich Kaufman, “El punto de vista de Karl Marx en su crítica político-económica”. Kaufman encontraba difícil comprender la relación entre ciencia y filosofía, argumentando que Marx utilizó una terminología hegeliana en una obra que, de hecho, adoptaba el enfoque científico de las ciencias biológicas. En su epílogo a la segunda edición de El capital, Marx tradujo parte de la descripción que hizo Kaufman de su método de investigación, con el fin de demostrar que, a pesar de la aversión de Kaufman a la dialéctica, lo que en realidad describía en su reseña de El capital no era otra cosa que el método dialéctico de análisis, despojado de la influencia mistificadora del idealismo hegeliano (Kaufman, 1872).[4] Marx consideraba el movimiento dialéctico de los conceptos, descubierto a través de un análisis histórico y lógico, como formas de pensamiento que reflejan el desarrollo de la vida real.
 
Aparte de su importancia teórica, el primer volumen de El capital también tuvo un profundo efecto en la táctica de la socialdemocracia alemana, al fomentar la lucha por una jornada de trabajo normal (de ocho horas) y el desarrollo de la política sindicalista. Por ejemplo, en un artículo sobre Rodbertus, escrito en 1884, Karl Kautsky declaró:
 
Mientras el trabajo sea una mercancía, que está sujeta a las leyes de la oferta y la demanda, el único medio para mejorar su situación es la reducción de la oferta y el aumento de la demanda. En la medida en que esto es posible, se puede hacer a través de una organización sindical sólida y una corta jornada de trabajo normal. Estos son los objetivos que los trabajadores deben inicialmente fijarse (Kautsky, 1884, p. 400).
 
Este comentario aparece en uno de los primeros ensayos económicos de Kautsky, titulado “El capital de Rodbertus”, que defendía la originalidad de las teorías de Marx frente a las acusaciones de plagio que surgieron de la publicación póstuma de la cuarta “Carta Social a Kirchmann” de Rodbertus (Rodbertus-Jagetzow, 1884). Kautsky no tuvo dificultad en demostrar el método ahistórico de Rodbertus, su enfoque legalista (es decir, idealista) de la economía política, y sus nociones nacionalistas de cómo el capitalismo puede ser “regulado” con el fin de evitar las crisis periódicas. Al mismo tiempo, el ensayo de Kautsky revela las limitaciones de la comprensión existente en la socialdemocracia sobre las categorías de Marx en ese momento y la tendencia a confundirlas con la terminología de Ferdinand Lassalle. En un pasaje, por ejemplo, Kautsky escribió: “La falta de planificación del modo actual de producción y la circunstancia de que la clase obrera no recibe el producto íntegro de su trabajo hacen posible la crisis económica” (Kautsky, 1884: 398). El fin de esta confusión sólo se produjo en 1891, cuando la Crítica del Programa de Gotha de Marx fue publicada en Die neue Zeit (Marx, 1891).
 
Uno de los comentarios tempranos más importantes sobre el primer volumen de El capital se produjo en 1907, cuando el teórico austromarxista Otto Bauer marcó el cuadragésimo aniversario de su publicación con un ensayo titulado “La historia de un libro” (Bauer, 1908). Bauer escribía en las postrimerías de la controversia revisionista de 1898-1903, durante la cual los revolucionarios dentro de la Segunda Internacional se vieron obligados a defender la teoría marxista ante el intento de Bernstein de convertir a la socialdemocracia en un partido reformista en el marco de la democracia parlamentaria burguesa.[5]
 
Tal vez, bajo la influencia de las notas de Marx sobre el método de la economía política -hoy disponibles como introducción a los Grundrisse, pero publicadas por primera vez por Kautsky en Die neue Zeit en 1903 como “Introducción a la Crítica de la economía política” (Marx, 1903) -Bauer hizo un avance importante en relación a las exposiciones anteriores de El capital, señalando sus vínculos con las categorías de la Ciencia de la Lógica de Hegel:
 
El gran hecho que subyace a la lógica de Hegel, así como a su crítica a Kant, son las ciencias naturales. Hegel, como Kant, no deja de reconocer su carácter empírico, y no tiene dudas de que “todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia”; pero él llama característicamente a lo empírico “lo inmediato”, y al procesamiento conceptual lógico de la experiencia, la “negación de lo dado inmediatamente”.[6] Detrás de lo inmediato, Hegel busca lo verdadero y lo real. El encuentra lo verdadero y lo real en el “reino de las sombras, el mundo de las simples esencialidades, liberado de toda concreción sensible”.[7] En la categoría de existencia [Dasein], la determinación [Bestimmtheit] -la condición [Beschaffenheit] cualitativa empírica concreta- es una con el ser [Sein]; pero sólo si esta condición es sublimada [aufgehoben], planteada como indiferente, sólo entonces podemos llegar al ser puro, que no es más que cantidad. Pero la cantidad [Quantum], a la cual está ligada una existencia o una calidad [Qual], es medida [Maß].[8] La medida es la verdad concreta del ser; en ella se encuentra la idea de la esencia [Wesen]. “La verdad del ser es la esencia. El ser es lo inmediato. Puesto que el saber quiere conocer lo verdadero, lo que el ser es, en sí y por sí, no se detiene en lo inmediato y en sus determinaciones, sino que penetra a través de aquél, suponiendo que detrás de este ser existe algo más que el ser mismo, y que este fondo constituye la verdad del ser” (Hegel, 1982: 9). Este fondo, esta esencia del ser, es la medida; llegamos a ella al postular las determinaciones del ser como indiferentes, cuando pasamos de la existencia cualitativamente determinada al ser puro como cantidad pura (Bauer, 1908: 29).
 
Bauer llamó “extraña” la terminología de Hegel, afirmando que “sonaba a mística”, pero se propuso demostrar que las categorías de Hegel eran esenciales para la comprensión de la lógica de El capital de Marx:
 
Marx ciertamente imita el método de Hegel. También él busca detrás de la “apariencia de la competencia” lo verdadero y lo real. Y él también quiere encontrar la verdad detrás de la inmediatez del ser, superando la determinación cualitativa del ser en su existencia empírica, postulándola como indiferente y pasando al ser como cantidad pura. Así, en los famosos primeros capítulos del primer volumen de El capital, las mercancías concretas son despojadas de su determinación (como un vestido o 20 yardas de lino) y postuladas como meras cantidades de trabajo social. De la misma manera, el trabajo individual concreto se ve privado de su determinación y considerado como una mera “forma de manifestación” del trabajo social general. Incluso los sujetos económicos, estos hombres de carne y hueso, con el tiempo pierden su existencia aparente y se convierten en meros “órganos del trabajo” y “agentes de la producción”; uno, la encarnación de una cierta cantidad de capital social, y el otro, la personificación de un cantidad de fuerza de trabajo social. La cantidad, a la que la existencia o la calidad están ligadas como la medida de Hegel, es aquí el trabajo social. Es la esencia de los fenómenos económicos que, como decía Hegel, no sólo pasa a través de sus determinaciones -recordemos la descripción de Marx de la circulación del capital, que hace que el mismo valor asuma las formas siempre cambiantes de dinero, mercancía, dinero, capital-dinero, capital productivo, capital mercantil- sino que también les gobierna como su ley. El trabajo social se convierte finalmente -y sería una tarea atractiva desarrollar esta idea en detalle- en lo que Hegel llama sustancia, absoluta actividad-de-forma [Formtätigkeit], poder absoluto, del que todos los accidentes surgen (Bauer, 1908: 30).
 
Aunque Bauer, bajo la influencia del neo-kantismo entonces imperante en los círculos intelectuales de Viena, agregó que “ontología de Hegel nos parece hoy una aberración difícilmente comprensible después de la crítica kantiana de la razón”, estaba lo suficientemente versado en la filosofía clásica alemana para darse cuenta de que “no debe considerarse como una coincidencia el hecho de que Marx le deba su formación lógica a Hegel”. Hegel representaba “un avance significativo en relación a Kant”, ya que, “mientras la crítica kantiana del conocimiento todavía se orientaba principalmente hacia las ciencias naturales matemáticas, en Hegel la historia humana aparece en el corazón de su sistema” (Bauer, 1908: 31).
 
La recepción del segundo volumen de El capital (1885)
 
El segundo volumen de El capital fue publicado en 1885 y reseñado por Kautsky en Die neue Zeit, junto con la primera edición alemana de Miseria de la filosofía (Kautsky, 1886). Kautsky señaló que los lectores de El capital por lo general suponían que Marx era el único en atribuir el valor a la actividad laboral. De hecho, los economistas burgueses habían hecho hace mucho tiempo esta conexión. La contribución única de Marx consistió en asociar la categoría de valor con la producción de mercancías como un sistema históricamente desarrollado de relaciones sociales:
 
Lo que es peculiar en la teoría del valor de Marx no es la reducción de valor al trabajo, sino la presentación del valor como una categoría histórica, por un lado, y como una relación social, por el otro, que sólo se puede derivar de las funciones sociales y no de las propiedades naturales de la mercancía. Eso es lo que nadie había hecho antes de Marx, y eso es lo que consideramos como el rasgo distintivo propio de Marx (Kautsky, 1886: 57).
 
Kautsky ofreció la siguiente descripción del “método característico” de Marx:
 
En El capital vemos su concepción de las categorías económicas como históricas, por un lado, y como relaciones puramente sociales, por el otro, claramente diferenciadas de sus formas naturales subyacentes. Sus peculiaridades son deducidas de la observación de sus movimientos, de sus funciones, no de sus respectivas manifestaciones externas. En una palabra, Marx desarrolla las categorías económicas a partir del desarrollo y del movimiento de las relaciones sociales. Contra el fetichismo peculiar de la economía burguesa, que convierte el carácter social, económico, que las cosas reciben en el proceso de producción social en un carácter natural que brota de la naturaleza material de las cosas, Marx afirma: “No se trata aquí de definiciones bajo las cuales se subsumen las cosas. Se trata de funciones determinadas que se expresan en categorías determinadas” (Kautsky, 1886: 50, citando a Marx, 1976a: 276).
 
Recapitulando los argumentos de Marx en el primer volumen de El capital, Kautsky deduce este doble carácter de las mercancías de la doble naturaleza del trabajo empleado en su producción:
 
Después de que Marx distingue rigurosamente el carácter social de la mercancía de la forma natural del producto del trabajo, hace una distinción igualmente importante en el trabajo en sí: por un lado, el trabajo [concreto] que determina la forma natural de la sustancia; por otro lado, el trabajo [abstracto] como un elemento social en su contexto social. Sólo en este último sentido el trabajo genera valor (Kautsky, 1886: 51).
 
Mientras que el primer volumen de El capital se ocupaba de la creación del plusvalor en el proceso de producción, y por lo tanto de la división entre el capital constante y el variable, el segundo volumen investigaba su realización en el proceso de circulación y, por ende, la consiguiente división entre capital fijo y circulante (Kautsky, 1886: 54-55, 193-194). Kautsky destacó el siguiente pasaje del segundo volumen como particularmente revelador del método de Marx:
 
El capital como valor que se valoriza no sólo implica relaciones de clase, determinado carácter social que se basa en la existencia del trabajo como trabajo asalariado. Es un movimiento, un proceso cíclico a través de distintas fases, que a su vez encierra tres formas distintas del proceso cíclico. Por eso sólo se lo puede concebir como movimiento y no como cosa estática (Marx, El capital, tomo II, vol. 4: 123).
 
Una de las contribuciones más importantes del segundo volumen de El capital, como Kautsky explica en su reseña, era la nueva descripción que Marx ofrecía de la reproducción y circulación del capital social global. Si bien el análisis de la reproducción de los capitales individuales podía dejar de lado la forma natural de los productos, la reproducción del capital total se ve afectada no sólo por las determinaciones de valor de los productos, sino también por su contenido material. Un modelo social de la producción de valores de cambio necesariamente presupone, como Marx lo demostró, que los valores de uso se producen en proporciones objetivamente determinadas.
 
El segundo volumen de El capital ha tenido una fortuna extraña. En una carta a Friedrich Sorge, del 3 de junio de 1885, Engels se preocupaba de que su tema complejo atrajera pocos lectores:
 
El segundo volumen causará gran decepción, por ser un trabajo puramente científico con poco material para la agitación. En cambio, el tercer volumen volverá a tener el efecto de un rayo, ya que tratará de la totalidad de la producción capitalista por primera vez, rechazando de plano toda la economía política burguesa (MECW 47: 296-297).
 
De hecho, sin embargo, el segundo volumen de El capital se convirtió en el objeto de mucho escrutinio crítico por dos razones principales: primero, porque su análisis del proceso de circulación del capital social global proporciona herramientas esenciales para la investigación de las crisis cíclicas[9]; y, en segundo lugar, porque sus esquemas de reproducción jugaron un papel central, tanto en la disputa de Lenin con los populistas rusos (que negaban que el capitalismo podía crear su propio mercado interno en un país predominantemente agrario)[10] y, asimismo, en la teoría del imperialismo de Rosa Luxemburg, quien también afirmaba que el capitalismo no podía llevar adelante una reproducción ampliada continua sin conquistar mercados externos no capitalistas.[11]
 
La recepción del tercer volumen de El capital (1894)
 
El tercer volumen de El capital fue reseñado en Die neue Zeit nada menos que por Eduard Bernstein, el futuro teórico del revisionismo en el Partido Socialdemócrata de Alemania (Sozialdemokratische Partei Deutschlands, SPD) (Bernstein, 1895). Su largo comentario, publicado en siete entregas separadas, hacía hincapié en que la transformación de los valores en precios de producción no era solamente una etapa en el análisis de Marx, sino que fue también un escenario histórico real en el desarrollo de la producción de mercancías, que marcó su transición a la producción capitalista plenamente desarrollada (Bernstein, 1895: 485). En el párrafo final de su reseña, Bernstein escribió:
 
Cuando apareció el primer volumen de El capital, alguien que personalmente se oponía completamente a Marx y había sido criticado amargamente por él -Johann Baptist von Schweitzer- tuvo que decirse a sí mismo después de leer esa obra: el socialismo es una ciencia. Nadie va a terminar de leer este tercer volumen sin sentir lo mismo (Bernstein, 1895: 632).
 
A pesar de esta conclusión positiva, sólo dos años más tarde Bernstein comentó, en una carta a Kautsky escrita el 1º de septiembre de 1897, que desde hacía mucho sentía algunas dudas en cuanto a El capital y que el tercer volumen fue “el colmo”: “Es una anticlímax con respecto al primer volumen, no sólo en cuanto a la forma, sino también por su contenido” (Roth, 2004: 937-8). Aunque Bernstein estaba cercano a Engels en 1895, Engels tenía sus reservas respecto a él, y consideró su reseña como “muy confusa” (Engels a Victor Adler, 16 de marzo 1895, MECW, vol. 50: 468). Gran parte del artículo consistía en largas citas de Marx, y Bernstein ni siquiera reseñó los capítulos finales del tercer tomo sobre la teoría de la renta de la tierra, que se comprometió a tratar en un ensayo posterior.
 
Una reseña mucho más sustantiva del tercer volumen de El capital provino de Werner Sombart, uno de los más destacados economistas, junto con Max Weber, de la tercera generación de la “escuela histórica” alemana de economía política (Shionoya, 2005).[12] Engels tomó los comentarios de Sombart muy en serio, respondiéndole en su “Apéndice y notas complementarias al tomo III de El capital” y en una carta personal (Engels a Werner Sombart en Breslau, Londres, 11 de marzo de 1895, MECW, vol. 50: 460-462).
 
Cuando la reseña de Sombart apareció en 1894, Eugen von Böhm-Bawerk, entonces el autor más famoso de la escuela austríaca de la teoría económica marginalista, consideró que hacía la apología del marxismo.[13] Desde un punto de vista político, esto era una tontería: Sombart nunca fue socialista, y sus trabajos posteriores fueron ampliamente criticados por marxistas destacados como Rosa Luxemburg, Ernest Belfort Bax y Max Adler (Luxemburg, 1900; Bax, 1900; Adler, 1903; Luxemburg, 1903). Sin embargo, la reacción de Böhm-Bawerk era bastante comprensible viniendo de un representante de la teoría subjetiva del valor, porque según Sombart, la economía política estaba dividida en “dos mundos de (...) pensamiento [que] existen uno al lado del otro, casi de forma independiente el uno del otro; dos tipos de observación científica, que no tienen nada más que el nombre en común” (Sombart, 1894: 592).
 
Por un lado, la escuela subjetivista se concentró en la determinación de precios a través de juicios individuales de utilidad en el acto de intercambio, un enfoque que, según Sombart, “desemboca naturalmente en el psicologismo”. El sistema económico de Marx, por el contrario, se caracterizaba por un objetivismo extremo, con el resultado de que “todas las contradicciones, parciales y completas, más o menos justificadas, más o menos claras, más o menos trilladas, en nuestras escuelas, que han sido tema de discusión tan a menudo últimamente, se resuelven, en última instancia, en esta oposición, metodológicamente primordial, entre el objetivismo y el subjetivismo” (Sombart, 1894: 592-593).
 
Sombart señaló que, a diferencia de Böhm-Bawerk y la escuela subjetivista, Marx subrayaba las “condiciones económicas que son independientes” de la voluntad del individuo, a fin de determinar “lo que sucede detrás de su espalda, en virtud de relaciones independientes de él”:
 
El tren de pensamiento [de Marx] es el siguiente: los precios se forman por la competencia (...) Pero la competencia está ella misma regulada por la tasa de ganancia, la tasa de ganancia por la tasa de plusvalor, y ésta por el valor, que es en sí mismo la expresión de un hecho socialmente determinado, de la productividad social [del trabajo]. [Esta sucesión] se presenta ahora en el sistema de Marx en orden inverso: valor - plusvalor - ganancia - la competencia - los precios [de producción], etc. Si quisiéramos un eslogan, podríamos decir: lo que le interesa a Marx nunca es la motivación, sino siempre la limitación del capricho individual de los agentes económicos (Sombart, 1894: 591).
 
La reseña de Sombart incluía una detallada -y, según Engels, “en general excelente”[14]- presentación de los principales argumentos en el tercer volumen de El Capital. Donde Sombart difería de Marx era en relación al valor (y, por tanto, al plusvalor), al cual consideraba como un concepto meramente heurístico, cuyo objetivo era “dar al concepto técnico de la productividad, o de las fuerzas productivas, una forma económica adecuada, haciéndolo así adecuado para el pensamiento económico”. Según Sombart, “el valor de las mercancías es la forma histórica específica en la que la productividad social del trabajo, que determina todos los procesos económicos, se manifiesta en última instancia” en una sociedad basada en el intercambio entre los productores privados (Sombart, 1894: 577). Aunque Engels tenía un alto concepto de la reseña de Sombart en términos generales, rechazaba su conclusión de que “el valor no es un hecho empírico, sino conceptual”.[15]
 
La tendencia de Sombart a considerar al valor como una construcción teórica fue también evidente en su visión de la igualación de la tasa de ganancia por la competencia entre capitales: “Esas ‘nivelaciones’ de tasas de ganancia altas y bajas, entre capitales de diferente composición orgánica, a una tasa media de ganancia, son operaciones mentales, pero no eventos de la vida real” (Sombart, 1894: 586). En su carta a Sombart, Engels señalaba que Marx no tenía en mente ni conceptos heurísticos ni operaciones mentales, sino un proceso histórico real:
 
¿Cómo se produce, pues, el proceso de nivelación? (…) En el comienzo del cambio, cuando los productos se fueron transformando paulatinamente en mercancías, se cambiaban aproximadamente con arreglo a su valor. El único criterio de la confrontación cuantitativa del valor de dos artículos era el trabajo invertido para producirlos. En consecuencia, el valor tenía una existencia inmediatamente real. Sabemos que esta realización inmediata del valor en el cambio ha cesado, no existe más. Creo que no le costará mucho trabajo advertir, al menos en rasgos generales, los eslabones intermediarios que llevan desde este valor inmediatamente real al valor bajo la forma de producción capitalista; este último está tan profundamente oculto que nuestros economistas pueden negar tranquilamente su existencia. La exposición auténticamente histórica de este proceso que, hay que reconocerlo, requiere un estudio minucioso de la materia, pero cuyos resultados serían particularmente remunerativos, sería un complemento valioso para El capital” (F. Engels a Werner Sombart en Breslau, Londres, 11 de marzo de 1895, MECW, vol. 50: 461-462).
 
Engels insistió en que “la ley del valor tiene para la producción capitalista una significación mucho mayor y determinada que la de una mera hipótesis, para no hablar de una ficción, aunque fuese necesaria” (Friedrich Engels, “Apéndice y notas complementarias al tomo III de El capital”, Marx, 1976b: 1131). En lo que respecta a la transformación de valores en precios de producción, “no sólo se trata             (…) de un proceso puramente lógico, sino de un proceso histórico y su reflejo explicativo en el pensamiento, de la consecución lógica de sus conexiones internas” (ídem). Engels resumió de esta manera su posición:
 
la ley marxiana del valor tiene vigencia general en la medida en que tienen vigencia las leyes económicas durante todo el período de la producción mercantil simple; es decir, hasta el momento en que esta experimenta una modificación por el establecimiento de la forma capitalista de producción. Hasta entonces, los precios gravitan hacia los valores determinados por la ley de Marx y oscilan en torno a esos valores, de modo que, cuanto más plenamente se desarrolle la producción mercantil simple, tanto más coincidirán dentro de los límites de diferencias desdeñables los precios medios con los valores durante prolongados períodos, no interrumpidos por perturbaciones violentas externas. Por consiguiente, la ley marxiana del valor tiene vigencia económica general por un lapso que se extiende desde el comienzo del intercambio que transforma los productos en mercancías hasta el siglo XV de nuestra era. Ahora bien: el intercambio de mercancías data de una época situada antes de cualquier historia escrita, que en Egipto nos remonta por lo menos a 3.500 o acaso 5.000 años, y en Babilonia a 4.000, y quizá 6.000 años, antes de nuestra era; por lo tanto, la ley del valor estuvo en vigencia durante un período de cinco a siete milenios (ídem).
 
Una respuesta al tercer volumen de El capital que, por razones de espacio, cae fuera del ámbito de este trabajo, es la aplicación, por parte de Parvus y Kautsky, de la teoría de la renta de la tierra de Marx al análisis de la crisis agraria del último cuarto del siglo XIX en Europa. Nos estamos refiriendo a la serie de artículos de Parvus “El mercado mundial y la crisis agraria” (Parvus, 1896) -ver la opinión laudatoria de la edición rusa de esta obra en Lenin (1899b)-, así como al libro de Kautsky La cuestión agraria, originalmente publicado en 1899 (Kautsky, 2002). En su reseña, Lenin calificó al libro de Kautsky como “el acontecimiento más importante de la literatura económica actual desde el tercer volumen de El capital” (Lenin, 1899c: 94).
 
La recepción de las Teorías sobre la plusvalía (1905-1910)
 
Es sólo debido a circunstancias históricas fortuitas (el hecho de que Engels muriera antes de completar su tarea de edición de los manuscritos de Marx) que la historia de la economía política escrita por Marx no apareció como el cuarto volumen de El capital. En su lugar, fue editada y publicada, en forma de borrador, por Kautsky (Marx, 1905-1910), en tres volúmenes separados y bajo un título diferente, Teorías sobre la plusvalía.[16]
 
El primer volumen de las Teorías sobre la plusvalía fue reseñado por Heinrich Cunow (1862-1936), uno de los editores de Die neue Zeit y Vorwärts, respectivamente, la revista teórica del SPD y su órgano central de prensa (Cunow, 1905).[17] Cunow haría más tarde un espectacular giro de 180 grados durante la Primera Guerra Mundial y se convertiría en un social-patriota estridente, pero por el momento era un miembro del campo “ortodoxo” y, en 1907, se convirtió en profesor de la escuela del partido en Berlín, enseñando junto a Franz Mehring, Rudolf Hilferding y Rosa Luxemburg. Sus trabajos teóricos incluyen varios estudios de antropología, una historia de la prensa revolucionaria durante la Revolución Francesa y dos pioneros análisis del imperialismo, en los que destacó el papel central de los bancos y del capital financiero en el expansionismo imperialista.[18]
 
La reseña de Cunow resume la evaluación que hace Marx de los mercantilistas ingleses[19], la fisiocracia y Adam Smith, señalando cómo el foco de la investigación económica se había movido de la esfera de la circulación en el mercantilismo a la esfera de la producción en los fisiócratas. Cunow pasa a reseñar, a continuación, el concepto de trabajo productivo e improductivo en Adam Smith y, por último, la crítica del capitalismo en el sistema económico de Marx. El único punto en el que se diferencia de Marx es en su valoración de sir James Steuart. Cunow pensaba que la evaluación que Marx hace de Steuart como mercantilista tardío era errónea, y que Marx había subestimado los logros teóricos de Steuart.
 
Pero la cuestión principal que Cunow destacó en su reseña fue la distinción entre trabajo productivo e improductivo. Explicó que el concepto de trabajo productivo está determinado por el carácter de cada formación social, con el resultado de que no hay trabajo productivo, abstractamente entendido, que puede ser tratado aparte de los modos históricamente dados de producción. En el contexto capitalista, “el trabajo productivo es el trabajo comprado por un capitalista con una parte de su capital y empleado en la producción con el fin de extraer de él plusvalor, mientras que el trabajo improductivo, por el contrario, es trabajo que proporciona a alguien servicios o valores de uso para la satisfacción de sus necesidades, y que se paga con su ingreso” (Cunow, 1905: 621).[20]
 
El segundo volumen de las Teorías sobre la plusvalía fue reseñado por Gustav Eckstein (1874-1916), más tarde un miembro prominente del “centro” kautskista, a quien León Trotsky hace referencia en su obituario como “uno de los más destacados marxistas austro-alemanes” (Trotsky, 1918). Eckstein concedía gran importancia a la crítica de Marx a la teoría de la renta, tal como ésta aparece en las obras de Smith, Ricardo y Rodbertus (Eckstein, 1906).
 
Los fisiócratas veían al trabajo agrícola como el único trabajo productivo y, por lo tanto, consideraban a la agricultura como la fuente del excedente social -aunque sacaron un corolario burgués progresista (la defensa de un “impuesto único” sobre la renta de la tierra) de su análisis aparentemente retrógrado. Thomas Malthus afirmaba que el consumo de lujo de los terratenientes era esencial para garantizar un mercado adecuado para la industria. Adam Smith y David Ricardo asignaron a los terratenientes un papel diferente, viendo la renta como una desviación de los ingresos sociales de su uso productivo. Smith escribió que “tan pronto como la tierra de cualquier país se ha convertido enteramente en propiedad privada, a los terratenientes, como a todos los hombres, les encanta cosechar donde nunca sembraron, y exigen una renta incluso por sus productos naturales” (Smith, 2007: 32). Ricardo, a su vez, derivó la renta de la tierra de los rendimientos decrecientes obtenidos del cultivo de parcelas de tierra cada vez menos productivas y explicó la tendencia decreciente de la tasa de ganancia por medio de este constante aumento de la renta. La perspectiva de una tasa decreciente de ganancia se convirtió en el principal argumento en contra de leyes cerealeras (Corn Laws) de Gran Bretaña, que eran un impuesto a las importaciones de granos y fueron derogadas en 1846. El análisis de Ricardo puso al descubierto el antagonismo de clase existente entre los terratenientes y los capitalistas, mostrando que la renta de la tierra es un ingreso no derivado del trabajo, una mera deducción de las ganancias, lo que hizo que sus discípulos más radicales llegaran a la conclusión de que la tierra debía ser nacionalizada.
 
Marx criticó a Ricardo por centrarse en la renta diferencial y excluir la posibilidad de una renta absoluta, un punto que Gustav Eckstein elabora en su reseña. Eckstein mostró que la renta absoluta, derivada de la ganancia extraordinaria obtenida por el exceso de los precios de mercado sobre los precios de producción, presupone una distinción entre los valores y los precios de producción no contemplada en el sistema de Ricardo. Con libre competencia, los capitales suelen pasar de ramas con una composición orgánica superior a la media a los que tienen una composición orgánica inferior, con la esperanza de capturar un mayor porcentaje del plusvalor. Eckstein señaló que industrias “con baja composición orgánica no pueden, por regla general, evitar la afluencia de nuevos capitales y realizar para sí mismos el plusvalor superior a la tasa de ganancia” (Eckstein, 1906: 249). Sin embargo, dado que los terratenientes tienen un monopolio sobre un medio de producción no renovable, el influjo de capitales a la agricultura, con su composición orgánica típicamente baja, no ocurrirá sin una “compensación especial” que se paga a los propietarios de tierras en la forma de renta absoluta; es decir, un elemento de la renta total que no puede ser explicado en términos de la diferente productividad de la tierra. Pero este análisis también mostraba que la renta absoluta era un hecho puramente histórico, que pertenecía a una determinada fase de desarrollo de la agricultura y podía desaparecer en una etapa superior. Eckstein comentó que esta posibilidad ya se estaba materializando en 1906:
 
Antes de la introducción de maquinaria en la industria, el papel del trabajo vivo era aún mayor en la industria que en la producción primaria. Desde entonces, sin embargo, esta relación ha cambiado por completo: con el florecimiento de la química agrícola y la penetración de las máquinas [en la agricultura], un cambio de tendencia se ha producido recientemente también en este campo; la diferencia entre los valores y los precios de producción se ha reducido en la agricultura, y con ella también la renta absoluta de la tierra (Eckstein, 1906: 251).
 
Eckstein llegó a la conclusión de que, “en cuanto a la claridad metodológica, la presentación de la renta del suelo, y en particular de la renta absoluta, es superior en este trabajo en comparación con el tercer volumen de El capital” (Eckstein, 1906: 330).
 
El tercer volumen de Teorías sobre la plusvalía fue reseñado por Rudolf Hilferding en un tour de force de penetración teórica y claridad conceptual (Hilferding, 1911-1912). Dado que Ricardo no distinguía entre capital constante y capital variable, no pudo desarrollar el concepto de lo que Marx llamó la composición orgánica del capital; es decir, la relación entre los elementos constantes y variables. Tomando prestado las ideas del físico austríaco Ernst Mach sobre cómo y por qué la ciencia progresa, Hilferding atribuyó la eventual desintegración del sistema de Ricardo -el tema del tercer volumen de las Teorías sobre la plusvalía- a su incapacidad para dar cabida a un hecho fundamentalmente nuevo de la revolución industrial; a saber, que la maquinaria desplaza cada vez más trabajo vivo y da lugar a una composición orgánica creciente del capital, lo que a su vez implica una tasa decreciente de ganancia, ya que sólo el trabajo vivo puede producir plusvalor.
 
Entre los pensadores cuyas obras Marx critica, al retratar la desintegración de la escuela ricardiana, los más destacados fueron Thomas Malthus, James Mill, John Ramsay McCulloch y Richard Jones. Hilferding reseña la manera en que Mill trató de mantener la consistencia lógica del sistema de Ricardo soslayando las nuevas realidades; cómo McCulloch confundió las “acciones” de la maquinaria con el trabajo vivo y el capital fetichizado; y, por último, cómo Jones criticó el método de Ricardo desde un punto de vista historicista.
 
Hilferding consideraba a Richard Jones (1790-1855), un sacerdote anglicano y profesor de economía política conservador de la Universidad de Cambridge, como “uno de los más importantes precursores de la concepción materialista de la historia” (Hilferding, 1911-1912: 347, énfasis en el original). De todos los economistas que precedieron a Marx, “Jones fue el que más claramente reconoció y enunció el carácter histórico del capitalismo” (Hilferding, 1911-1912: 346). Jones escribió que “los principios generales de la economía política hasta ahora han sido establecidos por los escritores ingleses contemplando exclusivamente la forma y la estructura de la sociedad existente en Gran Bretaña” (Richard Jones, Lectures on Labour and Capital, en Jones, 1859: 1) es decir, en una sociedad caracterizada por el hecho de que la mayoría de los trabajadores, tanto en la industria como en la agricultura, eran obreros asalariados, empleados por una clase de capitalistas que poseen los medios de producción, distinta de la clase de los terratenientes. Tal disposición de las clases, Jones argumentó en 1833, podía ser observada sólo en Inglaterra y los Países Bajos, y en algunos lugares de Europa Occidental y de los Estados Unidos. No describía la estructura social de la humanidad durante la mayor parte de su historia, y desde luego no la de la mayor parte del mundo en el momento en el que estaba escribiendo.
 
En su comentario sobre Richard Jones en Teorías sobre la plusvalía, Marx escribió que “la verdadera ciencia de la economía política desemboca en la concepción de las relaciones de producción burguesas como relaciones puramente históricas, que conducen a otras más altas, en las que desaparecerá el antagonismo que aquéllas entrañan” (Marx, 1980, Vol. III: 380-381). En términos de Hilferding, esto significaba que
 
Con Jones, la economía política llega al punto en que su anterior suposición consciente o inconsciente -la necesidad, o la existencia asumida implícitamente, de la forma burguesa de producción- tenía que ser abandonada con el fin de hacer posible un mayor progreso de la ciencia. Es el punto a partir del cual la economía va hacia atrás, a la economía vulgar, o hacia al socialismo científico (Hilferding, 1911-1912: 352).
 
Hilferding compartía la conclusión de Kautsky de que “Karl Marx comienza donde Richard Jones se detuvo”, a lo que añadió que “Marx también comienza donde Ricardo se detiene”: “El elemento fundamentalmente nuevo en Marx fue su intento de combinar la concepción histórica que Jones contrapone al ‘método abstracto’ de Ricardo con este último, para de esa manera completarlo y revolucionarlo” (Hilferding, 1911-1912: 350, énfasis en el original). Jones no había ido “más allá de la descripción histórica a la comprensión teórica. Ese es precisamente el logro de Marx” (Hilferding, 1911-1912: 351, énfasis en el original). Hilferding concluía que “La teoría económica del marxismo científico surgió de la unión específicamente marxista del ‘método inductivo’ de Jones y del método abstracto de Ricardo. Y las categorías económicas, una vez descubiertas, se mantuvieron históricas” (Hilferding, 1911-1912: 351, énfasis en el original). De esto, Hilferding extraía una conclusión política: “La característica distintiva del socialismo científico es precisamente que el socialismo no es más que el resultado del pleno desarrollo de la economía capitalista” (Hilferding, 1911-1912: 351).
 
La publicación del tercer volumen de Teorías sobre la plusvalía también dio lugar a una reseña conjunta de los tres volúmenes por Otto Bauer quien, en 1910, escribió que sólo después de un lapso de 51 años “tenemos la oportunidad de conocer la parte final de la obra -la parte que Friedrich Engels tenía la intención de publicar como un cuarto volumen de El capital- cuya primera parte Karl Marx publicó en 1859” (Bauer, 1910a: 365). Al igual que en su ensayo anterior para el cuadragésimo aniversario del primer volumen de El capital, Bauer explora la relación entre Marx y Hegel, en este caso entre Teorías sobre la plusvalía y el método empleado por Hegel en sus Lecciones sobre la Historia de la Filosofía:
 
Así como Hegel organiza todos los viejos sistemas filosóficos como partes integrantes de su propia sistema, como fases de su desarrollo, identificando este desarrollo con el auto-desarrollo de Espíritu en general, Marx no sólo busca las ideas básicas de su teoría, sino también cada uno de sus componentes, en los economistas de los dos siglos anteriores y muestra que el desarrollo interno de esos elementos hasta su organización sistemática en su propia doctrina refleja el desarrollo de la sociedad burguesa (Bauer, 1910a: 365).
 
Mientras que Cunow, Eckstein y Hilferding habían explorado autores particulares y problemas teóricos específicos, Bauer resume toda la historia de la economía política de Marx, explicando cómo los conceptos clave se correspondían con los preceptos fundamentales del materialismo histórico:
 
El desarrollo de las fuerzas productivas encuentra su expresión económica específica en el progreso a una composición orgánica del capital más alta. Así, la teoría supera el viejo problema estático de la distribución del valor, para investigar el problema de las leyes de movimiento de la economía capitalista. Los problemas de la acumulación y la tasa de ganancia, ya planteados por los antiguos economistas, ahora toman nueva forma (Bauer, 1910a: 374).
 
Como las contradicciones y los antagonismos se desarrollaron junto con las fuerzas productivas, el análisis del modo de producción capitalista se convirtió en su crítica y llevó al descubrimiento de que las relaciones capitalistas deben ser sustituidas por otras relaciones de producción. En este sentido, Bauer estuvo de acuerdo con Hilferding en su evaluación de Richard Jones, el cual consideraba al modo de producción capitalista como una fase transitoria en el desarrollo de la humanidad, una etapa de desarrollo que puede ser seguida por otras, en las que los propios trabajadores serán los dueños de los medios de producción y de las reservas necesarias para el trabajo. Mientras investigaba los cambios en las fuerzas productivas y en las relaciones de producción, Jones también reconoció que la superestructura ideológica cambiaba con ellos. Así, Jones ya enunció las ideas fundamentales de la concepción materialista de la historia (Bauer, 1910a: 371).
 
Más allá de El capital
 
En su ensayo “La historia de un libro” (Bauer, 1908), Otto Bauer lamentaba el hecho de que, ante la necesidad de defender a Marx contra el revisionismo, él y sus correligionarios se vieron obligados a aparecer como meros defensores “ortodoxos” de una verdad recibida. Bauer sentía que los marxistas no podían solamente defender la herencia revolucionaria de Marx, sino que también debían redescubrir su uso del método dialéctico de Hegel con el fin de aplicarlo a las nuevas circunstancias de la vida económica y política.
 
Dos años después, en junio de 1910, Bauer escribió una reseña del libro de Rudolf Hilferding, El capital financiero: Un estudio de la fase más reciente del desarrollo capitalista (Hilferding, 1985) en la que concordaba con la descripción que ofreció Kautsky del mismo como “una continuación de El capital de Marx” (Kautsky, 1911: 765). Según Bauer, la economía política marxista había hecho pocos progresos desde la muerte de Marx, sobre todo porque los marxistas “ortodoxos” se habían preocupado por la defensa de El capital contra el revisionismo. Mientras tanto, había surgido un nuevo mundo, y las antiguas presentaciones de las tendencias de desarrollo del capitalismo ya no bastaban. Bauer llegó a la conclusión de que “las lagunas resultantes de esta situación han sido, finalmente, llenadas al menos en parte. El capital financiero, de Rudolf Hilferding nos da lo que siempre hemos necesitado” (Bauer, 1910b, en Day y Gaido, 2011: 415). A la misma conclusión llegó Julian Marchlewski (Karski), uno de los colaboradores más cercanos de Rosa Luxemburg, en su propia reseña del libro de Hilferding (Marchlewski, 1910) y, por supuesto, Lenin, quien lo convirtió en la base teórica de su folleto sobre el imperialismo, escrito en 1916 para explicar las causas de la Primera Guerra Mundial (Lenin, 1974).
 
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