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¿Existió la Revolución de Octubre?

Por Archibaldo Mompez
Una crítica a "Después del Estalinismo. Los Estados burocráticos y la revolución socialista" de Andrés Romero. Editorial Antídoto
 
Andrés Romero, dirigente del Mas argentino y de la LIT, ha reorientado recientemente a esta corriente en torno a la cuestión de la caracterización de la descomposición de los Estados obreros.
 
El libro que comentamos, y por lo menos otro trabajo reciente del autor (1), brindan una argumentación que ofrece el interés y la oportunidad de volver sobre esta cuestión decisiva. Romero presenta sus posiciones como un combate teórico contra la fosilización de la izquierda, invocando así su filiación marxiana. Veamos los resultados.
 
Romero parte de la tesis de que el Estado obrero en la URSS habría dejado de existir hace ya mucho tiempo: "la contrarrevolución stalinista consumada en los años treinta llegó a cambiar la naturaleza y bases económico sociales de la URSS, estableciendo formas imprevistas de explotación y alienación" (pág. 16). Una página más adelante, esa contrarrevolución es anticipada aún más en el tiempo, y así tenemos ya "siete décadas de Estado burocrático" (pág. 17), es decir, desde 1924/25.
 
Al igual que los seudocríticos de izquierda en la década del 30 Ciliga, Bruno R., Hugo Urbanhs, en Europa; Burhman y Schattman en el SWP americano, muchos de ellos renegados de la IVª Internacional, Romero niega también, aunque un poco más retrasadamente, todo resabio de la revolución de octubre pocos años después de su estallido, y aun descubre que esto sucedió desde antes de lo que lo supusieron aquellos críticos. Repitiendo una vieja cantinela, Romero sostiene que el stalinismo habría sido la expresión de una nueva formación social, es decir, de un nuevo régimen social de explotación.
 
La regresión de Romero, que omite referirse a las posiciones de Trotsky y de la IVª Internacional la producción política más importante de su vida, la de los últimos 5 años antes de su muerte, va mucho más lejos que la de quienes lo precedieron en esta teoría de la burocracia como clase social. Para Romero, esa nueva formación social se habría impuesto desde el inicio en todos los Estados surgidos de las revoluciones victoriosas de la posguerra. "Lo que está pasando en Rusia y China hace inadmisible insistir en la tautología Estado Obrero = economía nacionalizada / Economía nacionalizada = Estado obrero, que marcó (y por desgracia marca aún) la argumentación de algunos trotskistas sobre la naturaleza de los Estados del Este" (pág. 16).
 
El stalinismo no sería ya una excrecencia del primer Estado obrero, un tumor surgido de las condiciones de aislamiento de la revolución de octubre, del atraso del país y la fatiga de las masas después de la guerra civil, sino una nueva y original formación social de explotación, integrada plenamente al orden capitalista mundial. Para Romero, la burocracia stalinista se "cristalizó como un grupo social privilegiado y dominante en un grupo de países, los Estados burocráticos ... (que) nunca dejó de estar subordinada al sistema mundial de Estados y a la economía capitalista" (del artículo citado).
 
La adjudicación a la burocracia de un carácter de clase, o sea de un rol social productivo, la transforma en una necesidad histórica; por lo tanto, en el verdadero sujeto histórico que preside la revolución de octubre. La revolución proletaria, en consecuencia, habría sido una utopía. La humanidad estaba condenada a sufrir el calvario stalinista. Romero ni se molesta en sacar las conclusiones desde sus propias premisas. Si el stalinismo no hubiese sido un accidente histórico, en lugar de una necesidad, de carácter concreto, todo el combate del trotskismo habría estado mal planteado desde el inicio, y valdría lo mismo para la lucha de Lenin contra la burocracia.
 
Romero cree "haber evidenciado, después de una rigurosa investigación" (pág.11), que las revoluciones china, vietnamita, yugoslava, cubana, no representaron "una conquista del movimiento obrero", porque a "los Estados (que de aquéllas surgieron los) condujo" el stalinismo "como parte del sistema mundial de Estados y la economía dominada por el imperialismo" (ídem). Las posiciones de Romero reflejan mecánicamente la presión ideológica del imperialismo, el cual, precisamente, ha barrido las conquistas del movimiento obrero que representó la emergencia de esos Estados.
 
Las conclusiones de Romero y el Mas están impregnadas del impresionismo pequeñoburgués dominante en la izquierda a escala mundial, que fue tributaria en masa del stalinismo. No se olvide que para el morenismo, las conquistas sociales de la revolución de octubre eran irreversibles, es decir, que estaban en manos seguras, y que estaba excluida una restauración pacífica por iniciativa de la burocracia. El desmentido que la historia dio a esta posición acabó con el morenismo como una tendencia específica dentro del trotskismo y ha dado, como uno de sus diversos productos, esta capitulación teórica de Romero. El titoísmo, el maoísmo, el castrismo fueron, para Moreno, faros que sustituían la lucha por una dirección cuartainternacionalista.
 
Romero dice que las "sociedades" donde se expropió al capitalismo no deben ser definidas "como Estados obreros ... De hecho, pretender definir a la URSS como Estado obrero por la base económica, las formas de propiedad o los progresos económicos y la planificación, conduce a (una) paradoja" (en el artículo citado). Para Romero, "el Estado obrero impuesto con la revolución de octubre no podría ser reconocido como tal ... (éste) no nacionalizó de inmediato toda la industria, ni tenía intenciones de hacerlo ... el razonamiento de Lenin no tiene nada que ver con la idea de que la base económica caracteriza directamente la naturaleza del Estado" (ídem).
 
Romero, es obvio, no ha entendido un ápice del planteo trotskista. Para Moreno, no para Trotsky, la economía era la base de la caracterización estatal. Para Trotsky (y para Lenin), en la URSS dominaba el "derecho burgués"; "la acumulación privada se metía por todos los poros de la propiedad estatal"; crecía la desigualdad. La expropiación del capital no se puede considerar una medida económica; y hasta supone primero un Estado que la ejecute. Si la nacionalización de la propiedad no define a un Estado obrero, hay que reconocer que sólo un Estado obrero puede emprender la confiscación general de la clase capitalista.
 
Para Trotsky, la nacionalización generalizada de la propiedad, el monopolio del comercio exterior y la planificación económica (sustitución progresiva del mercado); estas tres características, definen a una sociedad no capitalista ni socialista; intermedia o de transición. La naturaleza social de la URSS, dice Trotsky, no ha sido zanjada por la historia. Esto es lo que, en especial, Romero no entiende en absoluto, ni siquiera sospecha como caracterización histórica, precisamente porque está formado en el indeterminismo mecánico del morenismo. Es a partir de esto que se erige toda la posición de Trotsky, que dice exactamente que la dictadura del proletariado subsiste allí donde el Estado continúa actuando como garantía política de las nuevas relaciones de propiedad. Cuando esto deja de ocurrir, es decir, incluso si la propiedad continúa nacionalizada, no hay más un Estado obrero. Fue lo que ocurrió, y aun ocurre, en los ex Estados obreros, entre el ascenso de los gobiernos restauracionistas y las anteriores relaciones sociales. Las crisis políticas que viven los nuevos regímenes, el brutal hundimiento de sus fuerzas productivas y las tendencias a la guerra civil, no son más que la consecuencia, en última instancia, de la lucha entre los nuevos regímenes políticos dedicados a destruir la nacionalización de la propiedad y esta propiedad nacionalizada.
 
Que Romero no entiende, ni imagina, las posiciones de Trotsky, se manifiesta cuando dice que "la Unión Soviética nació como el poder soviético y el Estado de los obreros armados, y esto era lo que le confería su definido carácter de clase por sobre las consideraciones acerca de la base económica y los cambios impuestos en las formas de propiedad, la planificación, etc." (ídem).
 
¿Qué es lo que Romero no reconoce aquí?: la contradicción inversa a la que acabamos de citar, es decir, no la contradicción entre un régimen restauracionista y la confiscación realizada del capital, sino la contradicción entre un régimen proletario y la vigencia del monopolio capitalista de los medios de producción. Esta última contradicción sólo puede resolverse, ella también, mediante guerras civiles e internacionales: o la propiedad capitalista derriba al nuevo régimen, o éste acaba con la dominación del capital. En definitiva, el Estado es sólo potencialmente obrero, en la medida en que el régimen político está en manos de una clase social que lucha por el socialismo como objetivo histórico.
 
La caracterización que Romero hace del Estado obrero es tan abstracta como la que hace de su contrario, pues no tiene en cuenta el factor subjetivo, la contradicción entre éste y las condiciones históricas concretas; o sea, ni le importa el programa, ni la perspectiva histórica, ni las circunstancias; sólo un poder soviético (?) y que los obreros estén armados. Pero hubo muchos movimientos policlasistas que impulsaron el armamento popular. Los talibanes, por ejemplo, manipulan al pueblo en armas, pero actúan al servicio de los yanquis.
 
Desde el Manifiesto Comunista y la Comuna de París, Marx y Engels conciben la revolución y la dictadura proletarias (Estado Obrero) como la expresión de una necesidad histórica (choque irreconciliable entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de propiedad dominantes), lo que conduce a la expropiación del capital. La revolución proletaria se plantea como fruto de la maduración de esas condiciones históricas. La revolución proletaria conjuga así un proceso objetivo en las formas de propiedad de la sociedad con la evolución de la acción subjetiva de las masas.
 
Esto es lo que precisamente omite deliberadamente el libro, que se presenta como una exposición académica y evita o trata superficialmente el análisis de las posiciones de las corrientes militantes del movimiento obrero.
 
Durante un largo período, sobre la base de las contradicciones señaladas, se formaron Estados burocráticos, cuya capa dominante adquirió, por momentos, una extraordinaria (e ilusoria) autonomía política e internacional. En el pasado se pretendió explicar caprichosamente este proceso apelando a la teoría de las nuevas formaciones sociales de explotación, del colectivismo burocrático o del capitalismo de Estado. Pero Romero va más atrás, porque se niega a definir ese nuevo tipo de clase social (explotadora). Romero habla, entonces, sin ningún fundamento, de "plusvalía estatizada" y de "ganancia social" equivalente a la ganancia capitalista, que la burocracia fraccionaría y redistribuiría. Es decir que se habrían superado las contradicciones inmanentes del sistema capitalista.
 
Para Romero, los Estados burocráticos serían "formaciones económico-sociales que no siendo capitalistas, se consolidaron como relaciones de producción, y modos o formas de propiedad, que jamás fueron socialistas, transicionales o preparatorias del socialismo" (pág. 114). Si ya el capitalismo monopólico es definido por Lenin como un régimen de transición, como preparatorio del socialismo, simplemente porque lleva al extremo la contradicción entre la producción crecientemente social y la apropiación privada en sectores más reducidos. Lo que ocurre es que Romero aún no entendió que una sociedad transitoria, o en transición, prepara para el socialismo... o para el capitalismo; por eso Trotsky decía que el carácter social de la URSS no había sido resuelto todavía por la historia. Romero, como sus predecesores, no sabe lo que es la dialéctica. Y la cuestión del estado de transición puso a dura prueba, precisamente, el método dialéctico.
 
Con todo, lo más jugoso del libro aún falta descubrirlo. Su objetivo es explicar los acontecimientos de 1989/90. Después de haber alcanzado un régimen de explotación cuasi-perfecto, los Estados burocráticos se derrumban: "todo el proceso dice Romero tiene determinantes comunes que es necesario identificar. El telón de fondo más general es la baja tendencial de las tasas de crecimiento del Producto Material Neto y, en estrecha relación con éste, una baja tendencial de la cuota de ganancia global". Es decir que la URSS sufría de un exceso de inversión de capital. Se trata de una conclusión simplemente absurda, cuando se recuerda que el régimen nunca pudo satisfacer las necesidades y posibilidades de consumo de la población. En tanto que en las naciones capitalistas desarrolladas, el armamentismo acrecentaba la producción de una economía con capacidad excedente, en la URSS provocaba el desangre de la industria civil. Es lamentable que Romero toque de oído y desconozca el abc de la crisis de desarrollo de la economía bajo el control de la burocracia.
 
"Nosotros exageramos totalmente la crisis del imperialismo en la década del 80 (...). Lo peor va a venir cuando hicimos la comparación entre la situación de la economía imperialista y la situación de la economía de los EOB. Aquí vamos a ver las cosas exactamente al revés de como realmente eran (...). al exagerar hasta el catastrofismo la situación económica del imperialismo, sacábamos la conclusión de que ésta (la economía capitalista) se desmoronaba a un ritmo mucho más rápido que la economía de los EOB (...) Al revés de lo que decía Moreno, la década del 80 significó un período de expansión débil, pero expansión al fin por parte de la economía capitalista mundial. Por el contrario, la economía de los EOB estaba en una situación 100 veces peor, prácticamente en caída libre" (pág. 138) (2).
 
Este párrafo pone en evidencia que Romero desconoce que la crisis capitalista fue el gran factor que actuó como presión sobre los Estados obreros cuya burocracia procuraba integrar al mercado mundial. El endeudamiento gigantesco de todos los países de Europa del Este, con excepción de Rumania, es una prueba de ello. Es a partir de este endeudamiento y de la dificultad de competir en el mercado mundial, que se imponen en esos países los planes FMI y las rebeliones políticas, en particular la de 1980 en Polonia. Pero como lo demuestra el caso de la biotecnología cubana, esa dificultad para competir no es estrictamente económica: obedece a la estructuración monopólica (sostenida por los Estados) del mercado mundial.
 
Dice Romero que "tampoco escapamos (se refiere al Mas) a los dislates de la conmoción revolucionaria de 1989 ... proclamamos que todo conduciría a generalizadas revoluciones de octubre triunfantes..." (pág. 173). Era la "lógica del fatalismo optimista..." (ídem). Ahora, como ya sabemos, se cayó en el dislate del fatalismo derrotista. Pero reconocer los disparates no obliga a engañar al lector. El Mas se hizo famoso en 1988/89 cuando planteó, en ocasión de las migraciones masivas del Este alemán hacia Occidente, que los emigrados se equivocaban y próximamente reivindicarían al Estado Obrero de Alemania oriental. Pero si hubo un país donde, efectivamente, el stalinismo arrancó de raíz todo proceso revolucionario por métodos totalitarios, haciendo de la división del país, bajo ocupación del Ejército Rojo, un fenómeno reaccionario y antidemocrático, ese caso fue Alemania. El morenismo, junto a la inmensa mayoría de los trotskistas durante la guerra fría, y por casi 40 años, reivindicó a Alemania oriental como a un genuino Estado obrero. Sobre aquel dislate Romero no dice nada, y ahora, en su libro, adopta la caracterización que siempre criticó el Mas y defendió solitariamente el PO, de "Estado artificial ..." de Alemania oriental (pág. 235).
 
Romero no niega que en 1989/90 hayan existido "revoluciones" en toda Europa del Este, pero éstas habrían tenido un carácter "democrático", que ni remotamente asocia con un proceso de revolución política; es decir que las reivindica como instrumento (¿inconsciente?) de la restauración. Desde el momento que lo que allí había no eran Estados obreros, la revolución política estaba fuera de lugar. Así, la revolución democrática (un invento de Moreno, al que Romero no le reconoce paternidad) se transforma en una reivindicación del régimen puro de la democracia, es decir, de las instituciones que servirán a la restauración capitalista. Se trata de una vieja trampa del morenismo, con sus febreros y octubres.
 
Todo esto nos trae a la memoria la polémica de Moreno con Mandel, acerca de las tesis del Secretariado Unificado de 1977, que reivindican la democracia socialista (euro-comunismo). Moreno respondió a esas tesis reivindicando a la burocracia contrarrevolucionaria de los Estados obreros (3). Ahora, Romero da una vuelta de 180º. El programa, ahora, es el de la "revolución total" (?).
 
Las posiciones de Romero en relación a la cuestión de la descomposición y disolución de los Estados obreros es un indicador del pantano en que se hunden irremediablemente el Mas y la Lit. Todas las tesis del libro de Romero son convergentes con las ideas dominantes en los mentideros izquierdistas acerca de la inviabilidad de los planteamientos revolucionarios. Aunque su propósito declarado es estimular el espíritu revolucionario, en la primera página de su libro afirma que el socialismo es una "utopía" ... claro que "el primer error es considerar(lo) sólo" eso.
 
Un libro ecléctico, presidido por una ambigüedad literaria, es decir, por el macaneo.
 
 
 
Notas:
 
1. "El Socialismo y el Estado", en la revista Herramienta Nº 2, 11/96. El autor publicó también en el número anterior de esa misma revista, otro trabajo sobre el tema, que no pudimos obtener. Las citas que se reproducen entrecomilladas respetan las connotaciones del original: textos en itálicas, en negritas en el original; con una comilla e itálicas, encomilladas en el original; textos entre paréntesis dentro de citas son nuestros (salvo expresa indicación en contrario).
2. Este párrafo es de un militante del Mas con el que polemiza Romero en su libro, pero con el que "coincidimos" dice cuando la transcribe. El debate tiene que ver con la defensa que hace el compañero de la vieja fórmula de Estados Obreros Burocráticos (EOB). Todos los paréntesis del texto son del original.
3. Ver la crítica de Pablo Rieznik, en la revista Internacionalismo Nº 13, 1981.

 

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