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Entre la renuncia anticipada y la re-reelección

Por Jorge Altamira
Después de las elecciones de octubre pasado, el proceso político parecía encaminado hacia la formación de un gobierno de coalición posterior a los comicios del 99. De un lado Duhalde, derrotado, parecía obligado a anudar una alianza con Cavallo, que en realidad venía discutiendo desde marzo del 97. Más recientemente, Duhalde entregó la presidencia del Banco Provincia al cavallista Sánchez y buscaba una solución a la quiebra del BCP, controlado por el clero, entregando su administración a los cavallistas Liendo y Llach ambos con sólidos vínculos con el Episcopado. Del otro lado, la Alianza triunfadora debía limitarse a resolver las candidaturas para el 99 con viento a favor en las encuestas. La desintegración del régimen menemista parecía, entonces, encauzada por dos alternativas de coalición sólidamente ancladas en la defensa de los grandes intereses capitalistas y del aparato del Estado.
 
¿Cómo es que aparece, en semejantes condiciones, el planteo de la re-reelección de Menem, triplemente cuestionado, además, por la imposibilidad constitucional, por el descomunal rechazo en las intenciones de votos del electorado y por un régimen electoral que obliga a conseguir más del 50% de los votos para obtener la presidencia?
 
La crisis de las coaliciones
 
Es indudable que la primera parte de la respuesta la ofrecen las crisis que han venido afectando al duhaldismo y a la Alianza después de las últimas elecciones.
 
La derrota electoral ha producido un importante desmembramiento del duhaldismo. La disputa de la sucesión de la gobernación de la provincia de Buenos Aires ha producido por lo menos cinco variantes enfrentadas entre sí, lo cual es naturalmente aprovechado por el menemismo para desgajarle a Duhalde distritos enteros tanto en el plano municipal como partidario. La cuestión policial ha significado una quiebra importante dentro del aparato del Estado, al extremo que Duhalde ha debido reclutar al frepasista Binder para diseñar la reforma de la bonaerense.
 
Por el lado de la Alianza, la crisis no es menos evidente. Si el gobierno de la ciudad de Buenos Aires sirve como indicador, no hay ningún indicio de una administración compartida entre la UCR y el Frepaso. Como si fuera una réplica exacta del gobierno nacional, el encargado de economía de De la Rúa, Rodríguez Giavarini, maneja la hacienda del distrito como una estancia, transando con los pulpos privatizadores y procurando esquilmar el bolsillo de los contribuyentes. La Alianza se apresta a resolver sus candidaturas mediante una interna, cuando aún no hay el menor indicio de que pueda elaborar un programa común. La reciente crisis en torno a la cuestión de las leyes de impunidad, ha mandado el discurso ético de la Alianza al tacho de basura y, peor todavía, reveló la completa impotencia de la coalición que goza de la mayoría electoral, frente al menemismo.
 
Lejos de promover una ofensiva intensa contra el menemismo, las coaliciones duhaldista y aliancista se encuentran a la defensiva. Esto se ha visto claramente en la denuncia de un pacto De la Rúa-Menem, tanto o más verosímil cuanto que el gobierno de la ciudad no ha encarado ninguna investigación de los desfalcos de las gestiones menemistas. La promesa de una Conadep de la corrupción ya está completamente archivada. En la provincia existe un pacto confeso entre el Frepaso y Duhalde para salvar a la bonaerense de una limpieza a fondo y, por sobre todo, para salvar al poder judicial de la provincia, que ha resultado privilegiado por la reforma duhaldo-frepasista. El Frepaso está obligado a votar en contra de cualquier proyecto de anulación de la obediencia debida, porque en caso contrario debería desmantelar su propia reforma policial y someter a juicio a todos los mandos y sub-mandos de la policía del narcotráfico, del gatillo fácil y del crimen organizado.
 
La manifestación más contundente de la supremacía del menemismo sobre sus opositores la constituyó, por un lado, la privatización de los aeropuertos y, por el otro, la firma del acuerdo con el FMI. Ni Duhalde ni la Alianza fueron capaces de utilizar su abrumadora mayoría parlamentaria para impedir una privatización a la cual declaraban oponerse. Por el lado del FMI, el acuerdo establece la privatización del Banco Nación y una reforma impositiva que ataca violentamente a los consumidores y a los tesoros provinciales. Frente a esto, la Alianza no ha dicho ni mu, a pesar de su insistencia demagógica durante la campaña electoral en que promovería una redistribución de los ingresos a favor del pueblo por medio de una reforma tributaria y presupuestaria que gravase a los pulpos privatizados.
 
Frente a dos alternativas que rezuman impotencia y vocación de vacío de poder, ¿por qué sorprenderse de que el menemismo conserve toda la iniciativa política y coquetee, cada vez con mayor audacia, con la posibilidad de la re-reelección?
 
La patria financiera
 
Naturalmente, como conglomerado de intereses económicos, el menemismo sigue siendo el principal defensor de los especuladores internacionales y privatizadores, que igualmente actúa como procurador de los intereses norteamericanos frente a sus rivales europeos y asiáticos. A pesar de todos los operativos de seducción, el menemismo le gana por varios cuerpos a sus opositores en los favores de los dueños de la deuda externa argentina.
 
Esto explica el apoyo que le acaba de brindar a Menem el Consejo Empresario Argentino, el cual tuvo el descaro de presentarse en Olivos en compañía de Martínez de Hoz. En la conferencia de banqueros de Davos, Suiza, los representantes de los pulpos nacionales publicaron una declaración de apoyo al gobierno por su política económica frente a la crisis asiática. El presidente de la Ford, Jorge Mostany, no tuvo reparos en decirle a La Nación de que la re-reelección "sería una garantía absoluta de la continuidad económica". Todavía más significativo es el apoyo de la banca y del gran comercio a la reforma laboral de Erman González, o sea la del FMI, sabiendo que esto consolida un bloque político entre Menem y la CGT. Otro dato interesante es la machacona insistencia de Menem para que se establezca una moneda única del Mercosur, porque siendo inviable como planteo económico, traduce la presión de la banca norteamericana para que Brasil devalúe y ate su moneda, el real, al dólar.
 
Es que en el lapso que le queda en el gobierno, Menem puede todavía concretar grandes negociados, el más importante de los cuales es la colocación de bonos para financiar el déficit de pagos de Argentina, que es del orden de los 20.000 millones de dólares. A esto hay que añadir los DNI, el Nación, la desregulación telefónica, la venta de las acciones remanentes de las empresas privatizadas y el desarrollo de un mercado financiero de operaciones futuras (derivados) y de redescuentos de créditos hipotecarios.
 
Entonces, ¿puede haber re-reelección?
 
La impotencia del duhaldismo y de la Alianza frente a Menem, así como la tendencia de ambos a la crisis y disgregación, dejan entrever que una victoria de cualquiera de ellos en el 99 plantearía la posibilidad de un gobierno débil y hasta de un vacío de poder. Si Menem es capaz de desnudar esta posibilidad con antelación al inicio del proceso electoral, puede naturalmente plantear su re-reelección. Es decir que para conseguir sus objetivos, Menem debería buscar la creación de un clima de crisis política anticipada, que es precisamente lo que está haciendo. Al igual que lo que ocurrió en 1993, Menem procura gobernar con métodos de golpe de estado, para lo que aprovecha su derecho constitucional a emitir decretos de necesidad y urgencia. Por todas estas razones también, impuso la postergación de la designación del candidato justicialista para el 99, hasta marzo del año que viene.
 
Pero son precisamente todas las razones expuestas hasta aquí, las que plantean una posibilidad mayor que la propia re-reelección, y es la posibilidad contraria, o sea, que Menem no logre completar su mandato. Porque bien mirado, la tentativa de re-reelección está reflejando una incapacidad creciente de la gran patronal para gobernar con la participación del conjunto de las instituciones del Estado y de sus partidos. Con una deuda externa que crece en forma fenomenal en condiciones de crisis financiera mundial; con una perspectiva de caída de la producción y de las exportaciones y de aumento del desempleo; con la posibilidad de devaluación en Brasil y de una crisis bancaria y monetaria en cadena en el Mercosur; con una tendencia a la acentuación de las luchas populares, no solamente en Argentina, sino en un número cada vez mayor de países; con todo esto, la tendencia al gobierno personal y a la re-reelección deberá plantear una crisis política que sólo podría ser superada con la salida anticipada del riojano. La burguesía especuladora y privatizadora debería, en este caso, ceder una parte del poder a un gobierno de coalición, que pague los costos del hundimiento económico y de la necesidad de apaciguar a las masas.
 
Incluso podría plantearse un gobierno de coalición doblemente coaligado, es decir, que coaligue a la coalición duhaldista con la aliancista.
 
Ni coalición, ni re-reelección
 
Lo que surge claro de este panorama y de la evidencia diaria, es que ni Duhalde ni la Alianza, no hablemos de Menem, pueden representar una salida para la agobiante situación del pueblo. Esto significa que la política del MTA y la CTA, entre otros, de seguidismo a los opositores, sólo puede cosechar nuevos fracasos.
 
Para todas las organizaciones obreras que denuncian la política de Menem, debería resultar claro que las alternativas centro-izquierdistas o nacionalistas al menemismo son igualmente neo-liberales, es decir que están presididas por el objetivo de avanzar en la superexplotación laboral y en la entrega al capital especulativo internacional. Así lo demuestran Blair, Jospin, Cuahutemoc Cárdenas, Cardoso y, más recientemente, Kim Dae-jung el coreano eternamente proscripto y centroizquierdista, que aun antes de asumir la presidencia ya ha firmado con el FMI el despido en masa, la flexibilidad laboral y la estatización de la deuda externa de los pulpos privados.
 
Pero la situación política actual ni siquiera se caracteriza por la posibilidad o la ilusión de que la oposición recoja las banderas populares. Se caracteriza por una crisis política que brota de la incapacidad de todos los partidos patronales de amortiguar la crisis económica actual y prevenir, siquiera mínimamente, la que se aproxima en forma inminente. El seguidismo a las alternativas patronales significará una completa impotencia para enfrentar esta crisis política. Por eso llamamos al MTA y a la CTA, entre otros, que pongan fin a su política actual y convoquen a un congreso obrero que ponga en pie una alternativa política de masas de los trabajadores.
 
Este llamamiento se inscribe en la política del Partido Obrero de ayudar a los luchadores obreros a superar los obstáculos que se levantan contra la independencia de clase, y de este modo desarrollar un fuerte partido obrero revolucionario.
 

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