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La ilusión del realismo y el realismo de la utopía

Por Savas Michael-Matsas
Ensayo presentado a la Conferencia Científica Internacional organizada en la Universidad Estatal de Moscú el 22 y el 23 de junio de 1996 por el profesor Alexander V. Bouzgalin.
 
 
1. Ser un realista hoy, significa estar realmente conforme con las ideas sobre la realidad de la clase dominante incluso, si estas ideas son contradichas constantemente por la propia realidad. ¡Generalmente, cuanto más tonta es una idea dominante, más aceptada se vuelve como una verdad obvia, y más se convierte el realista, es decir, en realidad, el conformista, en un idiota significativo y muy respetado!
 
La Academia y los medios masivos de comunicación están llenos de ellos. Francis Fukuyama, en filosofía de la historia, o Jeffrey Sachs, en economía, son dos de los ejemplos más notorios. Repiten constantemente el disparate del fin de la historia, de la final y completa victoria del capitalismo liberal o de la singular eficiencia de la terapia de shock neoliberal, a pesar de que el veredicto de la historia la ha condenado para siempre.
 
Los que quieren presentar una alternativa a estos puntos de vista sólo alterando o mejorando los mismos disparates, son incluso peores. Ridículamente, repiten constantemente que "no hay fin para la historia, pero por supuesto (¡por supuesto!) el capitalismo es el único sistema posible por un período indefinido de tiempo". O "estamos de acuerdo con que la terapia de shock no fue una terapia e incluso fue peor que la propia enfermedad, pero permítannos intentar tener un poco más de terapia y un poco menos de shock", "permítannos intentar una versión más gradual de lo mismo" el llamado modelo chino o una REP, una Real Política Económica según el famoso (o mejor dicho, infame) término usado por los realistas de la escuela de Ziuganov/Partido Comunista de la Federación Rusa. Particularmente después del colapso del stalinismo en Europa del Este y la implosión de la Unión Soviética de 1989/91, la sabiduría de hoy en día es proclamar la inevitabilidad, e incluso la deseabilidad del mercado, su supuestamente probada superioridad sobre la planificación, considerada como ineficiente, sin esperanzas, enterrada de por vida bajo las ruinas del desmanejo burocrático del stalinismo.
 
En el mismo sentido, la revolución fue rechazada como una utopía y/o una catástrofe. Fue reemplazada, tanto en el Este como en el Oeste, por un giro abierto de los viejos revolucionarios hacia el reformismo en un período en el que la crisis global del capitalismo ha hecho tan problemática, y hasta sin esperanzas, la implementación de cualquier reforma seria favorable a las masas populares.
 
Todas estas pretensiones de realismo son definitivamente el polo opuesto de lo que, según el marxismo, es realmente el realismo: "la forma más de evaluación cuantitativa y cualitativa elevada de la realidad objetiva" con todas sus contradicciones en constante movimiento y cambio, en transición, "desde el punto de vista de la acción revolucionaria" (1).
 
2. La forma dominante del realismo manifiesta las ilusiones dominantes en las clases dirigentes. Pero esta ilusión de realismo no es ni un completo disparate ni un inmediato y simple efecto co-lateral de los shocks producidos por los dramáticos giros de la historia. Hay un realismo en la ilusión, un poder compulsivo y convincente en él, un elemento objetivo que no puede ser dejado de lado. Pero la peor ilusión de todas es que estas ilusiones no tienen base real en el mundo objetivo, material, y pueden ser superadas simplemente por medio de la ilustración y la retórica de la propaganda.
 
El realismo de las ilusiones está basado en contradicciones reales del mundo material, histórico, emergiendo como formas necesarias de aparición en la conciencia social de las masas, y entonces ellas son moldeadas posteriormente en formas ideológicas.
 
No estamos tratando simplemente con una falsa conciencia, ilusiones, sino con procesos que deben ser confrontados con su origen material, histórico, tanto teórica como prácticamente. El núcleo de estos procesos, su matriz, se encuentra en el fetichismo de la mercancía, analizado por Marx en El Capital, como la primordial relación de alienación donde "una relación social definida entre seres humanos asume la forma imaginaria de una relación entre cosas" (2). Esta relación fundamental, invertida, entre el sujeto y el objeto, no es estática; se desarrolla históricamente en el fetichismo del capital, cuya fórmula trinitaria abarca "todos los secretos del proceso de producción social" (3); finalmente, "las relaciones de capital asumen su forma más externalizada y fetichista en la forma de capital que produce interés" (4).
 
El desarrollo histórico del fetichismo sigue el progreso histórico de las relaciones de valor y del propio capital, desde su forma mercantil hasta el capital industrial y el capital ficticio la forma dominante en el mundo de hoy de mercados financieros globalizados.
 
Ahora, permítannos tener una visión crítica sobre algunas de las concepciones dominantes en el terreno ideológico en este extraño fin de siècle. En forma particular, trataremos brevemente tres ideas muy prominentes e interconectadas sobre:
 
a) la omnipotencia de la globalización económica;
 
b) la omnipotencia de los llamados nuevos titanes, es decir, de las últimas tecnologías informáticas controladas por el gran capital financiero que gobierna en un mítico mundo posindustrial, más allá de la vieja sociedad industrial, que fue acosada por su molesto y feroz viejo fantasma, la clase obrera. No más industrias, entonces, ¡no más fantasmas!;
 
c) la supuesta irrelevancia actual de la vieja división entre la derecha y la izquierda.
 
Aparentemente, estas tres ideas conducen a la conclusión de que no es posible ninguna perspectiva de cambio revolucionario en la sociedad, ni siquiera en el más salvaje de nuestros sueños. ¡Esta es la quintaesencia del realismo en nuestros días! ...
 
3. En los últimos años, las discusiones sobre la globalización se volvieron apologéticas de la hegemonía del capital financiero: "Nadie, ningún Estado nacional, ningún gobierno nacional, y sobre todo ningún movimiento de masas, puede desafiar exitosamente el poder supremo de los mercados globalizados".
 
Este último punto está prácticamente refutado por sucesos como la rebelión zapatista contra el Nafta o la movilización de masas de diciembre de 1995 en Francia contra las directivas de Maastrich, de la Unión Europea y la dictadura del capital globalizado. 
 
Está más allá de toda duda que la globalización económica ha alcanzado dimensiones sin precedentes; que las firmas financieras capitalistas, controlando recursos mucho mayores que los que cualquier Estado nacional o gobierno incluso los más poderosos pueden tener a su disposición, están transfiriendo cada día, a cada hora o segundo, cantidades colosales de capital desde un mercado financiero a otro en la otra punta del planeta, sin que ningún gobierno, ni autoridad nacional, pueda controlar estos movimientos y sus consecuencias.
 
Es verdad que los mercados globalizados y sus demandas, que dirigen el destino de la economía de todos los países y continentes, aparecen como una fuerza extraña, que existe fuera de la real vida de la gente, fuera de su control, de su voluntad e incluso de su actividad, mandando por sobre sus vidas y muertes. La globalización del capital se convierte en una forma suprema y en fuente de alienación.
 
Al mismo tiempo, la propia globalización se convierte en la globalización de las contradicciones del capital, en el origen de sus crisis y en una forma de transición hacia un nuevo modo de producción superior, para el cual produce la necesaria base material y potencial.
 
Marx predijo estos desarrollos. Escribió en los Grundrisse: "... la universalidad por la cual se esfuerza incesantemente el capital, se levanta contra las barreras de la propia naturaleza del capital, barreras que, en cierta etapa de su desarrollo, le permitirán ser reconocido convirtiéndose a sí mismo en la mayor barrera en el camino de esta tendencia, y entonces lo conducirán hacia la trascendencia a través de sí mismo" (5).
 
Esta tendencia a la universalidad, a la formación de una división internacional del trabajo y de una economía mundial, se manifiesta desde el comienzo del capitalismo. El capitalismo es el sistema del valor que se auto-expande , que rompe todas las barreras de las economías naturales basadas en los valores de uso. La tendencia a la universalidad evoluciona con el capital, madura con él y choca con él, especialmente cuando alcanza su punto más alto bajo el capitalismo, en la etapa de su decadencia imperialista.
 
"Mientras el capital es débil, escribe Marx, busca sus propias muletas en modos de producción pasados o en modos de producción que desaparecerán con su ascenso. Tan pronto como se siente lo suficientemente fuerte, tira las muletas y se mueve según sus propias leyes. Tan pronto empieza a sentir que él mismo es, y es sabido que es, una barrera al desarrollo, se refugia en formas que, mientras aparentemente completan el dominio del capital, quebrando la libre competencia, simultáneamente proclaman la disolución del capital y del modo de producción basado en él" (6).
 
Aquí tenemos un conciso resumen del desarrollo del capitalismo como "un proceso histórico-natural".
 
Si el capital mercantil está más desarrollado cuando el capitalismo está menos desarrollado, el capital industrial es su forma madura y el capital financiero es su forma dominante en la época de su declinación histórica.
 
4. Hoy, la entidad capitalista más avanzada no es la empresa industrial, incluso las altamente desarrolladas con una cadena internacional de unidades productivas y una red internacional de distribución, sino la compañía transnacional como una firma financiera, que usa sus propios activos industriales como una parte de su arsenal en sus expediciones financieras en los mercados de capitales globalizados del planeta.
 
El dominio y el parasitismo del capital financiero ha adquirido proporciones mucho mayores que en los días en que Lenin escribió su libro sobre el imperialismo.
 
Si en el primer período del imperialismo, las Big Three, las mayores empresas capitalistas del mundo, eran todavía Ford, GM y Chrysler; hoy han sido reemplazadas por un nuevo Big Three: Fidelity Investments, Vanguard Group y Capital Research & Management, que no son industrias, ni están basadas directamente en el capital industrial; manejan, como firmas financieras, enormes cantidades de fondos de pensión. La globalización, particularmente en los últimos 15 años, es la base, la fuerza conductora y el resultado de la expansión del capital financiero.
 
Para alcanzar el presente nivel de desregulación de los mercados financieros globalizados, controlando la vida económica internacional, se ha dado, primero, un período de 30 años de estallidos bélicos, revoluciones y contrarrevoluciones, desde 1914 hasta 1944, y después, un segundo período de 30 años de expansión y boom del mundo capitalista, después del fin de la Segunda Guerra Mundial, en el marco de los acuerdos de Bretton Woods de internacionalizadas políticas keynesianas.
 
Todos los equilibrios económico, social, político, geoestratégico establecidos como resultado de estos dos períodos históricos, entre las dos guerras mundiales y después, están colapsando en la última parte de este tumultuoso siglo.
 
Primero, fue el edificio keynesiano de Bretton Woods el que colapsó a principios de los 70, como resultado de una crisis sin precedentes de sobreproducción de capital, provocada por el prolongado boom inflacionario en el período de posguerra.
 
Fue bajo el impacto de esta crisis de sobreacumulación que tuvo lugar el giro al neoliberalismo y, sobre todo, una fantástica carrera hacia el capital financiero.
 
Todos los intentos de superar la crisis sólo lograron exacerbarla, expandiendo y agudizando las contradicciones.
 
La acumulación de la deuda mundial y las intervenciones del FMI para manejar el problema, la desregulación de los movimientos de capital, la introducción de tecnologías innovadoras, la reestructuración o desguace de industrias y el completo giro neoliberal anti-keynesiano iniciado por Thatcher y Reagan a comienzo de los 80, devastaron el panorama social en el mundo capitalista, tanto en los países adelantados como en los atrasados, pero fracasaron en superar la crisis.
 
Incluso, una bien conocida publicación reaccionaria de los Estados Unidos, respaldada por la CIA, como Foreign Affairs, tuvo que admitir recientemente que "el fracaso del avanzado capitalismo globalizado para mantener la expansión de la riqueza, plantea un desafío no sólo a quienes hacen las políticas, sino también a la moderna ciencia económica. Por generaciones, a los estudiantes se les enseñó que el incremento del comercio y la inversión, junto a los cambios tecnológicos, elevarían la productividad nacional y crearían riqueza. Ya en la década pasada, a pesar del boom continuado del comercio y las finanzas internacionales, la productividad se ha estancado, mientras han empeorado la desigualdad en los Estados Unidos y el desempleo en Europa" (7).
 
Lo que aparece como un espejismo post-industrial no es más que una imagen invertida del retroceso de la base productiva industrial, y de la sobre-expansión del capital financiero improductivo, ficticio, es decir, parasitario. La consecuencia es una situación dramática de desempleo crónico de masas, que tiene actualmente explosivas manifestaciones sociales. Nuevamente, como el mismo artículo de Foreign Affairs enfatiza "en Europa occidental, la cifras del desempleo asustan. En Francia, el promedio de desempleo entre 1969 y 1973 fue de 2,6%; hoy se encuentra por encima del 11%. En Alemania, la tasa estaba por debajo del 1%; hoy está cerca del 10%. En Bélgica, la tasa de desempleo se ha cuadruplicado en los últimos 20 años. Los europeos han creado una generación perdida de trabajadores..." (8).
 
La situación en los Estados Unidos es diferente sólo en la forma. Como observa Edward Luttwark, "los empleos en la venta minorista, los servicios de salud, los pequeños negocios (del tipo de baño de perros en su propia casa) se han incrementado tanto en los Estados Unidos, que la tasa oficial de desempleo ha estado cayendo a pesar de todas las reestructuraciones (...) El secreto de la economía norteamericana, envidiada por su habilidad para crear trabajos, no es un misterio: es lo bastante fácil emplear gente cuando es tan barato contratarla, tan fácil despedirlos (diferenciado del autor) () durante los años de Reagan, los trabajadores de Estados Unidos perdieron los empleos industriales bien pagos, viéndose forzados a aceptar los salarios mínimos de la rama de servicios" (hamburguesas al instante).
 
En este "capitalismo turbo-acumulado", como lo llamó Luttwark, "el efecto combinado de los rápidos cambios tecnológicos, el retroceso de los controles estatales y la globalización (...) la economía de los Estados Unidos creció mucho desde 1978, pero los ingresos de siete de cada diez norteamericanos han declinado" (9).
 
Esto, por supuesto, se aplica a la sección más o menos empleada de los trabajadores blancos norteamericanos. La situación es incomparablemente peor para la comunidad afro-americana, que en sus ghettos, sostiene "una permanente intifada de jóvenes negros desempleados y que no están en condiciones de ser empleados" (10).
 
El capitalismo no sólo condena al hambre y las privaciones al 80% de la humanidad que vive en el Tercer Mundo, sino que reduce también cada vez más al status del Tercer Mundo a vastas áreas de las megaciudades de los países metropolitanos. No es accidental que en Harlem, un barrio de Nueva York, la expectativa de vida sea más baja que en Bangladesh. El capitalismo turbo-acumulado de la época de declinación se ha transformado en un infierno, una pesadilla peor que la de los días febriles del capitalismo industrial en el siglo XIX en Inglaterra, descriptos por Charles Dickens y analizados por Marx y Engels. Este es el verdadero "valiente nuevo mundo" del tipo supuestamente post-industrial.
 
5. Sobre la base de esta devastación social en los avanzados países industrializados, los sistemas políticos parlamentarios, en la forma que fueron reestablecidos en el período de la segunda posguerra, están exhaustos, completamente incapaces de manejar la crisis, o de disipar las tensiones sociales. Entonces, están cayendo. Italia fue el primero, pero no el último ejemplo. Detrás de todo lo que se dice sobre la superación de la división entre la derecha y la izquierda y sobre la actual convergencia programática de amplias coaliciones, de fuerzas autodenominadas vagamente de centroderecha o centroizquierda, detrás de las nuevas formas de realpolitik, se oculta el fracaso de todas las estrategias para encontrar una salida a la crisis capitalista en el contexto del sistema capitalista.
 
Dos estrategias económicas se convirtieron en predominantes durante diferentes períodos de este siglo de capitalismo decadente: la estrategia keynesiana de intervencionismo estatal y de expansión del Estado del Bienestar, y el giro anti-keynesiano hacia el neoliberalismo. Ambas fracasaron, dejando ruinas trás de sí.
 
Los partidos políticos establecidos en el sistema político de derecha y de izquierda, se quedaron sin ningún medio eficaz para hacer aplicables, o al menos plausibles, sus políticas. Por esta razón, tenemos actualmente en Europa esta convergencia, entre la derecha y la izquierda, hacia políticas similares, igualmente anti-populares e igualmente en bancarrota.
 
La que se presenta como una nueva izquierda realista no es tan diferente de la nueva derecha modernizada: un reformismo sin reformas, o mejor dicho, con contra-reformas, del tipo del social-neoliberalismo iniciado por el nuevo laborismo de Tony Blair en Gran Bretaña, o la coalición centroizquierdista de Prodi - Dini - DAlema - Agnelli en Italia.
 
Estas híbridas monstruosidades políticas, pueden por un corto período de tiempo atraer las inclinaciones izquierdistas de las masas, generar ilusiones e incluso hacerles aceptar sacrificios en nombre del realismo y vagas promesas de un futuro mejor. Pero en el mediano y largo plazo, no pueden controlar a las masas y están en un curso de choque contra ellas.
 
Este (contra)reformismo con orientación neoliberal tuvo, y todavía mantiene, la ambición de llenar el vacío dejado por el patético colapso del llamado socialismo realmente existente.
 
Pero incluso si la social-democracia intenta vivir a expensas del cadáver del stalinismo sigue siendo ella misma, como la describiera con exactitud Rosa Luxemburgo hace varias décadas, "un cadáver apestoso".
 
6. El colapso en el Este no hizo revivir el reformismo sólo su ilusión y la de su realismo. De hecho, esto fue la culminación de la ruptura de todos los equilibrios internacionales establecidos.
 
Después del derrumbe de la estructura internacional de Bretton Woods, de las relaciones económicas de la posguerra, a comienzos de los 70, y más tarde, a fines de los 80, de la desintegración del orden geopolítico de la posguerra establecido en Yalta, emergió un Nuevo Caos Mundial.
 
La crisis mundial del capitalismo y el colapso del burocratizado socialismo realmente (no) existente son dos aspectos del mismo proceso histórico de una transición inconclusa y temporariamente bloqueada.
 
Para que el capitalismo pueda superar su crisis y restablecer un nuevo equilibrio internacional, tiene que: a) superar la crisis de sobreacumulación de capital destruyendo al mismo tiempo todas las conquistas sociales de la clase trabajadora; b) reestablecer una nueva relación entre Estados Unidos, Europa y Japón en el sistema mundial, y c) reconectar los eslabones de su cadena internacional rotos por la Revolución de Octubre de 1917, y sus extensiones, es decir, reabsorber, por sobre todo, el viejo espacio soviético dentro del sistema capitalista mundial.
 
Estos tres procesos no pueden desarrollarse sin gigantescas luchas y explosiones sociales.
 
Estos tres procesos se interpenetran e interactúan, más estrecha e intensamente en el continente europeo. La tragedia de los Balcanes, como a principios de siglo, es sólo el primer temblor de los próximos terremotos de la historia. El siglo XXI estará marcado por la interacción de las luchas sociales generadas tanto por la presión del capitalismo globalizado y el desmantelamiento de los restos del Estado de Bienestar en Europa, como por la confrontación en la propia tierra de Octubre sobre su futuro. Sin regresar a una suerte de eurocentrismo, Europa, tanto del este como del oeste, vuelve a ser una de las ardientes arenas de la historia mundial.
 
7. En los tiempos por venir, la historia enfrenta una aporía, un círculo vicioso. La acumulación de contradicciones y obstáculos al desarrollo social no permite concesiones en el presente sistema, ni una solución gradual a la crisis. No hay lugar para las reformas y, al mismo tiempo, una solución revolucionaria aparece como muy remota.
 
Pero entre el ilusorio realismo del reformismo y la aparente utopía de la revolución, la propia realidad no le da ninguna oportunidad a la primera y le brinda a la segunda todas las materias primas necesarias. Los sacudones producidos por las convulsiones del desarrollo histórico en la forma de vida y la conciencia de las masas explotadas crean una gran receptividad a las ideas revolucionarias, y muchas más oportunidades prácticas para probar su corrección en la experiencia de millones.
 
La cuestión clave es que estas ideas revolucionarias no son dadas ni como verdades eternas, ni como dogmas. Ellas mismas deben desarrollarse de una manera revolucionaria, dando un salto cualitativo, asimilando todas las invalorables y trágicas experiencias de este siglo, superándolas, abriendo nuevos horizontes y tomando nuevos riesgos.
 
Esta es la tarea internacional de todos los marxistas revolucionarios.
 
19/20 de junio de 1996, Atenas
 
22 de junio de 1996, Moscú
 
 
 
 
Notas:
 
(*) Savas Michael-Matsas Dirigente del EEK (Partido Obrero Revolucionario), de Grecia. 
 
1. León Trotsky, New Course, 1993.
2. Karl Marx, El Capital, Progress Publishers, vol III pág. 77.
3. Op.Cit. vol. III pág. 814.
4. Op.Cit. vol. III, pág. 391.
5. cf. Marx Engels Collected Works, Progress, vol. 28 pág. 337.
6. Marx-Engels Completed Works, Progress, vol. 29 pág. 39.
7. E.B. Kapstein, Workers and the World Economy, Foreign Affairs, Mayo-Junio 1996 pág.16.
8. Op.cit., pág. 22.
9. Edward Luttwark, Buchanan has it right, London Review of Books, 9 de Mayo de 1996.
10. Op.Cit.
 

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