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Un nuevo papel para la OTAN

Por Luis Oviedo
A mediados de setiembre, en una reunión a puertas cerradas, Clinton y la cúpula del Pentágono acordaron aumentar el presupuesto militar norteamericano en 20.000 millones de dólares anuales durante los próximos diez años. Así, a fines de la primera década del próximo siglo, el gasto militar norteamericano habrá aumentado más del 50% respecto del nivel actual de 270.000 millones de dólares. Llegará entonces a 420.000 millones, es decir, una suma superior a valores constantes que su máximo pico histórico, alcanzado a mediados de los años 80, en la época de la guerra de las galaxias de Reagan contra el imperio del mal soviético.
 
La noticia del sustancial aumento del gasto militar hizo trepar fuertemente las acciones de las empresas de la industria de la defensa. Fuera del complejo militar-industrial y de su lobby político, sin embargo, la medida recibió el unánime rechazo de los principales medios de prensa, que la calificaron como un desperdicio de dinero. "Los militares dice uno de ellos continúan dilapidando dinero en armas () que no son necesarias por el momento" (1). Otro agrega que "siete años después del colapso de la URSS () el ejército puede arreglarse con algunos tanques menos, la fuerza aérea puede vivir sin docenas de aviones adicionales y la marina no enfrenta amenazas que requieran la producción de nuevos submarinos. La idea de agregar 20.000 millones al año al presupuesto militar () es un insulto a los contribuyentes" (2).
 
Los generales del Pentágono justificaron el aumento con el argumento de que "los Estados Unidos deben tener suficiente capacidad para pelear simultáneamente y ganar dos guerras del tamaño de la del Golfo" (3), probablemente contra Irak y Corea del Norte. Semejante amenaza, sin embargo, no justifica ni de lejos el aumento del presupuesto militar. En su nivel actual de 270.000 millones, el gasto militar norteamericano es ¡54 veces superior! al gasto militar conjunto de Irak (2.000 millones) y de Corea del Norte (3.000 millones). Y esto sin tomar en cuenta a sus aliados de la Otan y a sus aliados extra-Otan, algunos de los cuales estarían llamados a jugar un papel decisivo en una guerra de esta naturaleza. El presupuesto militar de Corea del Sur triplica al de Corea del Norte y el de Arabia Saudita es cuatro veces superior a los presupuestos combinados de las destruidas Irak e Irán.
 
La desproporción entre las supuestas amenazas y los medios a disposición de los militares norteamericanos es tan manifiesta que la hipótesis de dos guerras del Golfo simultáneas no puede ser considerada seriamente como la causa del aumento del presupuesto militar norteamericano.
 
Otros analistas, como Thomas Friedman (4), parecen justificar el aumento del gasto en los "peligros" provocados por "el derrumbe de los pilares que estabilizaron el mundo de la posguerra fría", es decir, por el agravamiento de la crisis mundial. Friedman cita cuatro "pilares" de esa estabilización: "la idea de que Rusia había dado un salto irreversible desde el comunismo hacia el capitalismo de libre mercado"; "la derrota de Saddam a manos de Estados Unidos en la guerra del Golfo"; "el modelo económico neoliberal"; y, finalmente, "los líderes mundiales" que condujeron la salida de la guerra fría.
 
Es claro que el completo empantanamiento del régimen yeltsiniano y el derrumbe de la Rusia reformista, la crisis económica mundial que llevó a la quiebra de instituciones financieras fundamentales, como la norteamericana LTM, al derrumbe del sudeste asiático y al estallido de gruesas crisis políticas, e incluso de revoluciones, en ese subcontinente, y la crisis política en los principales países, que llevó a la "desaparición de los líderes que forjaron el mundo de la posguerra fría" (5), como la Thatcher, Kohl o Rabin y que debilitó a los que lograron mantenerse en el poder, como Yeltsin (¿por cuánto tiempo más?) o Clinton, son factores de enorme desestabilización mundial. No puede afirmarse lo mismo, sin embargo, de la permanencia de Saddam en el poder.
 
Hussein se mantiene en el poder o para decirlo más estrictamente, el imperialismo decidió no derrocarlo, incluso en los días que siguieron a la guerra del Golfo precisamente porque el dictador iraquí es un factor de estabilización en todo el Medio Oriente y el Golfo Pérsico. Saddam es, antes que nada, el represor de los kurdos, una minoría nacional oprimida que vive en los territorios de Irak, Irán y Turquía. La caída de Saddam plantearía la emergencia de un levantamiento nacional kurdo, que necesariamente se extendería a sus hermanos de Turquía e Irán. Así, la caída de Saddam tendría un efecto desestabilizador sobre toda la región del Mar Caspio y los Balcanes, dos zonas altamente sensibles para el imperialismo norteamericano.
 
El derrocamiento de Hussein tendría, además, un efecto desestabilizador sobre Arabia Saudita, donde "existe desde hace varios años una crisis política muy seria dentro de la familia reinante, que en gran parte está vinculada a la ocupación militar del país por parte de los Estados Unidos luego de la llamada guerra del Golfo de 1991" (6). La caída de Saddam fortalecería, entonces, al grupo "que reclama el retiro de las tropas yankis, un planteo que está ligado a la necesidad de independizar relativamente al país, en momentos en que la deuda externa y la caída de los precios del petróleo amenazan con provocar la bancarrota de la economía saudita" (7). Los norteamericanos necesitan el espantajo de Saddam para justificar su ocupación militar del Golfo Pérsico.
 
Finalmente, los efectos desestabilizadores de la caída de Hussein, extendiéndose por toda la región, alcanzarían a Medio Oriente, donde ya la crisis política es manifiesta. Arafat cuenta, cada vez menos, con el respaldo de los palestinos mientras que las fracturas provocadas por los acuerdos de paz en el bando sionista abren, incluso, la perspectiva de una guerra civil. En este sentido, el asesinato de Rabin a manos de un derechista israelí y los choques de los colonos sionistas con la policía son toda una señal.
 
Vigencia de la política democratizante
 
El error de Friedman, sin embargo, no se reduce a su apreciación del régimen de Saddam Hussein; tiene un carácter más general. Al ligar los "peligros" creados por el "derrumbe de los pilares del orden de posguerra" con el incremento del gasto militar, Friedman parece sugerir que el imperialismo se plantea una salida de fuerza frente al agravamiento de la crisis mundial. Semejante hipótesis implicaría un giro sustancial de la política norteamericana: el abandono de la política democratizante, que ha dominado durante las últimas dos décadas el escenario mundial.
 
La estrategia democratizante, ciertamente, le ha rendido enormes beneficios al imperialismo norteamericano. Le permitió hacer frente a las crisis revolucionarias planteadas por el derrumbe de los regímenes burocráticos de Europa Oriental y Rusia. Es el vehículo de una vasta penetración económica imperialista en los ex Estados obreros, en particular en los de Europa Oriental y China. La política democratizante es el ariete con que el imperialismo pretende derrumbar al régimen cubano y la que le permitió enterrar las situaciones revolucionarias en América Central, en Sudáfrica, en Angola y en Medio Oriente. Hasta en la propia Europa, la política democratizante ha jugado su papel, como lo prueban los acuerdos de paz que han hundido la lucha nacional irlandesa. En América Latina, el ciclo democratizante es el de la penetración financiera, económica y política del imperialismo y de liquidación de las conquistas sociales de las masas más profundo del que se tenga memoria. La monopolización económica del continente y la subordinación política de sus regímenes al imperialismo norteamericano no tiene precedentes.
 
Estados Unidos adoptó la política democratizante, además, por sus propias consideraciones internas. La burguesía norteamericana llevó adelante una salvaje reducción del salario obrero y de las conquistas sociales de los trabajadores en el cuadro de la contrarrevolución democrática reaganiana. Habiéndose agotado el ciclo reaganiano, la burguesía norteamericana todavía tiene por delante la llamada segunda generación de reformas: la privatización de los sistemas de salud, de educación y de jubilación y la destrucción de la seguridad social. Frente a estas tareas, los ataques clintonianos con una fraseología igualitaria y con el respaldo de la burocracia sindical son enormemente más efectivos para la burguesía que la política de la derecha republicana y religiosa.
 
¿El imperialismo norteamericano se apresta a abandonar una política que le ha dado resultados tan clamorosos para adoptar una salida de fuerza? La respuesta es un rotundo no.
 
El imperialismo enfrentó cada una de las crisis planteadas por "el derrumbe de los pilares del orden de posguerra" profundizando la política democratizante.
 
En Rusia, después del colapso bursátil y de la caída del fugaz gabinete de Kirilenko, los comunistas cogobiernan el país. El primer ministro Primakov subió con el respaldo explícito del PC, que además ubicó algunos de sus miembros más prominentes en el gabinete y en la presidencia del Banco Central. La entrada de los opositores al gobierno explica el fracaso de la última huelga general, convocada por esos mismos opositores.
 
En Indonesia, frente al derrocamiento de Suharto por la movilización estudiantil, fue privilegiada la salida de un gobierno de emergencia encabezado por el vicepresidente de Suharto, encargado de implementar ciertas reformas constitucionales democratizadoras y convocar a elecciones presidenciales en el plazo de un año. Incluso, fue descabezada el ala militar partidaria de una salida golpista. En Corea del Sur, gobierna la centroizquierda que ha logrado imponerles a los sindicatos una ley para forzar los despidos en masa que reclaman las patronales.
 
La política democratizante fue usada a destajo también en Albania frente a la revolución que, en marzo de 1997, derrocó al gobierno derechista de Sali Berisha. Cuando las masas exasperadas salieron a la calle, desarmaron al ejército y derrocaron al gobierno, el imperialismo reconoció como primer ministro interino al izquierdista Fatos Nanno, quien inmediatamente convocó a elecciones. El imperialismo, incluso, buscó la colaboración de los jefes de los comités que representaban a la población armada y que ejercían el poder en las ciudades del sur de Albania: el primer ministro italiano viajó con ese fin a Albania en los días más calientes de la revolución. Las elecciones convocadas por Nanno marcaron el cierre de una etapa de la revolución albanesa.
 
En Europa, la crisis de los regímenes políticos no ha dado lugar a victorias de la derecha que está fragmentada y en retroceso en todos los países importantes sino al ascenso de gobiernos de centroizquierda y hasta de gobiernos frentepopulistas, como el de la izquierda plural francesa, que incluye al PC. Incluso, cuando estos gobiernos centroizquierdistas han entrado en crisis como el del Olivo en Italia la salida que se ha impuesto no ha sido el retorno de la derecha sino la reconstrucción del centroizquierda.
 
En Ecuador, el Congreso, con el respaldo de las fuerzas armadas, montó una salida constitucional para deshacerse del presidente Bucaram y evitar su derrocamiento a manos de una movilización popular sin precedentes en la historia del país. En Colombia, el imperialismo norteamericano impulsa abiertamente las negociaciones de paz del gobierno de Pastrana con la guerrilla de las Farc.
 
Con todo, la prueba más evidente de la vigencia de la política democratizante ha ocurrido en los propios Estados Unidos, donde un presidente como Clinton, débil y jaqueado por una profunda crisis política, logró una resonante victoria en las elecciones parlamentarias apelando al espantajo de la derecha. "El paso de las expectativas de una destitución de Clinton a la derrota electoral del partido republicano indica que el régimen capitalista norteamericano rechaza a la derecha confesional como una alternativa peligrosa en la actualidad, para su estabilidad y sus intereses () la dominación política por medios democratizantes sigue siendo la opción fundamental del imperialismo a nivel mundial" (8).
 
La política democratizante, es decir el engaño democrático, tiene todavía una amplia viabilidad, en última instancia, porque las direcciones de las organizaciones de las masas la burocracia sindical, la socialdemocracia, los ex stalinistas reconvertidos, la izquierda democratizante y hasta corrientes que se reclaman del trotskismo están integradas a la política del imperialismo democrático. Ante la falta de independencia política del proletariado, la creciente polarización social no se traduce en una polarización política sobre ejes de clase. En este cuadro, el sistemático ascenso de las luchas obreras que se manifiesta en los Estados Unidos, en el sudeste de Asia y, en forma menos marcada, en América Latina y Europa, es una razón adicional para que la burguesía evite las salidas extremas. La burocracia sindical y los partidos de la izquierda democratizante se han revelado infinitamente más efectivos que la derecha para hacer retroceder y llevar a la derrota las luchas de los explotados.
 
El aumento del presupuesto militar y el rearme de los Estados Unidos debe ser explicado, entonces, en el cuadro de esta estrategia democratizante, de la cual forma parte integral, y no en oposición a ella.
 
La tendencia al fortalecimiento de los aparatos represivos estatales en el cuadro democratizante no debería sorprender. En el plano interno de los Estados Unidos, por ejemplo, la verborragia liberal de Clinton ha ido acompañada de un fenomenal reforzamiento del aparato policial-carcelario contra los explotados (crecimiento de la población carcelaria, crecimiento del número de condenas a muerte y de los crímenes castigados con la pena capital, sistemática violencia policial). Sólo un cretino puede suponer que cuando una condena es dictada por un juez o cuando el bombardeo de un país atrasado es ordenado por un organismo internacional no es represión y masacre sino justicia.
 
El orden mundial democratizante es un orden de opresión nacional, de desigualdades crecientes, de masacres contra los pueblos, de expropiación, desocupación y miseria para las 9/10 partes de la humanidad. Este orden no nos habla de un supuesto carácter democrático del imperialismo como sostienen los centroizquierdistas sino, por el contrario, del carácter imperialista de la democracia.
 
¿Terminó la guerra fría?
 
En contra de la opinión más comúnmente escuchada, lo cierto es que el gasto militar norteamericano no se ha reducido desde el fin de la guerra fría.
 
Como hace notar Gilbert Achcar en su muy detallado estudio sobre el presupuesto militar norteamericano y las hipótesis estratégicas que se desprenden de él (9), el actual gasto militar norteamericano equivale (en valores constantes) al 85% del gasto promedio durante todos los años de la guerra fría (1945/91). Incluso, si se excluyen los años de Reagan, el gasto actual resulta superior al que se registró durante ese período (con la excepción de los picos de las guerras de Corea y de Vietnam). Achcar concluía acertadamente, incluso antes del aumento que acaba de autorizarse, que "lo que realmente está buscando la administración centrista de Clinton es estabilizar el gasto militar hasta el comienzo del siglo próximo, en los niveles de la guerra fría..." (10).
 
El nivel del gasto militar, sin embargo, no dice mucho respecto de la verdadera capacidad de combate de las fuerzas armadas norteamericanas, hoy infinitamente superior que en cualquier otro período de la guerra fría. Esto porque, aunque los armamentos actuales son mucho más costosos por unidad que los de antaño, su poder destructivo es infinitamente superior. Si bien es cierto, como argumentan los militares, que el aumento de los precios de los armamentos es superior al de la inflación, lo que realmente importa es que el aumento de su capacidad destructiva es todavía mayor que el de sus precios.
 
Si en términos absolutos, el gasto militar norteamericano no se ha reducido, en términos relativos ha crecido de una manera desmesurada. El gasto militar norteamericano es superior al gasto combinado de las seis potencias con los mayores presupuestos militares después de los Estados Unidos (Rusia, Japón, Alemania, China, Francia y Gran Bretaña). No se trata, sin embargo, sólo de una cuestión de dinero: como reconoce un diario británico, "la brecha tecnológica entre Estados Unidos y Europa está aumentando exponencialmente" al punto que las grandes potencias europeas han debido reconocer que no pueden ir a la guerra sin el respaldo norteamericano. "Tanto Francia como Gran Bretaña continúa el mismo diario tácitamente aceptan que cualquier operación futura requerirá alguna forma de involucramiento norteamericano" (11).
 
Este cálculo, sin embargo, encubre la real potencia de la maquinaria militar norteamericana, porque no considera las alianzas militares que los Estados Unidos integran y dirigen. El gasto militar conjunto de Estados Unidos y sus principales aliados militares (los países de la Otan y Japón), representa el 63% de gasto militar mundial (representaba el 50% en 1985). Pero además de estos aliados principales, Estados Unidos cuenta con otros aliados menores Israel, Arabia Saudita, Indonesia, Australia, Brasil cuyos gastos militares son también significativos. En este cuadro, no es arriesgado señalar que Estados Unidos controla, por sí mismo o a través de sus aliados, entre el 80 y el 85% del gasto militar mundial. Es decir, que se trata de una potencia militar abrumadora. A esto, Clinton y el Pentágono le acaban de agregar 200.000 millones de dólares, distribuidos a lo largo de la próxima década.
 
Citando a los propios estrategas e institutos de defensa norteamericanos, Gilbert Achcar concluye que la hipótesis estratégica que está detrás de este enorme presupuesto militar no son Irak y Corea del Norte sino Rusia y China. Achcar escribe que "la afirmación de que el presupuesto militar norteamericano está ajustado al escenario de dos grandes guerras regionales con enemigos como Irak y Corea del Norte dos países debilitados, con escasa capacidad militar parece muy probablemente una mistificación (). No hay que ser particularmente suspicaz para imaginar que el escenario de dos guerras regionales con enemigos del tipo de Irak/Corea del Norte puede ser un artificio para ocultar los postulados estratégicos que realmente dominan las opciones militares norteamericanas. En cualquier caso, sospechas de este tipo inevitablemente han comenzado a crecer en los propios Estados Unidos, en los círculos que estudian las relaciones internacionales y las cuestiones estratégicas () en este cuadro, Irak es en cierto sentido un nombre en código para Rusia y Corea del Norte un nombre en código para China () El nivel (de gasto y de equipamiento) que mantienen las fuerzas armadas de Estados Unidos se corresponde mucho mejor con dos guerras simultáneas con China y Rusia que con dos guerras limitadas (con Irak y Corea del Norte). Obviamente, las razones detrás de esta codificación (de Rusia y China) no son difíciles de comprender" (12).
 
Rusia y China
 
Tanto en China como en Rusia, el proceso de la restauración capitalista está lejos de haber concluido y enfrenta la perspectiva de enormes crisis políticas y sociales. Su comportamiento político futuro es, por lo tanto, incierto. Estos gigantes, cuyo futuro político es impredecible, cuentan con misiles intercontinentales, armas nucleares y satélites espías y de comunicación que cubren toda la superficie del globo. Ningún otro problema presenta semejante desafío potencial para Estados Unidos, en la calidad de Estado capitalista rector.
 
Esta opción estratégica norteamericana no sólo explica el nivel de sus gastos militares sino también la dominación militar que ejerce sobre sus aliados (Europa, Japón) y su cerrada negativa a posibles alianzas militares regionales (como la defensa europea reclamada por Francia) que sean capaces de cuestionar la hegemonía militar norteamericana.
 
En función de este planteamiento estratégico, Estados Unidos extendió la Otan hacia el Este: incorporó a Polonia, Hungría y la República Checa y dejó la puerta abierta para futuras incorporaciones de otros países del difunto Pacto de Varsovia. Además, reforzó la presencia de su flota en el Mediterráneo y, sobre todo, en el Mar Negro, hasta hace poco considerado virtualmente un mar interior de Rusia, e incorporó a Rumania y Bulgaria dos ex países comunistas con costas sobre el Mar Negro a la Unión Europea Occidental (WEU), una asociación con estrechos lazos con la Otan.
 
Como compensación a esta expansión militar hacia sus fronteras, Rusia recibió algunos premios consuelo: su aceptación, completamente formal, en el G-7; la comprensión occidental a su injerencia política y militar en las repúblicas de la ex URSS (¡Chechenia!) y la firma del llamado acuerdo Rusia-Otan.
 
Según este acuerdo, la Otan "no tiene intención" de instalar armas nucleares en los países recién incorporados" (pero sí puede hacerlo en el futuro) y puede establecer unilateralmente el número de tropas estacionadas permanentemente en estos países y de los desplazamientos temporales (aunque afirma que "no tiene intención" de excederse más allá de los "niveles adecuados"). Peor aún, la Otan no renuncia a la incorporación de nuevos miembros hacia el Este, incluso de repúblicas que formaron parte de la antigua Unión Soviética, como las del Báltico o Ucrania. Esto no es todo. Además, "este particular acuerdo no es legalmente vinculante para la Otan y no requerirá aprobación del Senado (norteamericano). Los funcionarios de la administración lo califican como un acuerdo político, que es otra manera de decir que los Estados Unidos y sus aliados europeos pueden ignorarlo si sienten que su seguridad está amenazada" (13). Frente a semejante perspectiva, la autorización para que un representante de Moscú tenga voz en las deliberaciones anuales de la Otan suena a chiste.
 
Uno de los puntos de fricción internacionales más delicados es la llamada frontera sur de Rusia, donde en las costas del Mar Caspio, se extiende uno de los mayores campos petrolíferos del mundo. Las principales compañías norteamericanas firmaron contratos de varios miles de millones de dólares para explotar los campos gasíferos y petroleros de Azerbaiján, de Kazajstán y de toda la cuenca del Caspio. Los norteamericanos, se presentan por este motivo como los adalides de la independencia de estas naciones. La cuestión de los oleoductos que llevarán el crudo extraído en el Caspio a Occidente ha desatado incluso una dura lucha entre el gobierno y las compañías norteamericanos que prefieren una ruta económica y no política . El lobby petrolero norteamericano presiona por un restablecimiento de las relaciones con Irán, como una vía alternativa para sacar el petróleo del Caspio. La extensión de la Otan hacia el Este pretende ser, en este cuadro, una garantía para las inversiones norteamericanas en la esfera petrolera.
 
La disputa por el Caspio cambió las prioridades estratégicas de la Otan de su frente oriental (Europa Oriental) a su frente sur (el Mediterráneo). Como reconoce la propia Revista de la Otan, "frecuentemente considerada como zona de calma estratégica en la Europa de tiempos de la guerra fría, (el frente sur) podría aparecer, para Occidente, como la nueva línea de crisis frente a los desafíos estratégicos de la pos-guerra fría. Es allí que podrían estallar buen número de crisis susceptibles de amenazar la seguridad de Europa" (14).
 
La cuestión del Caspio, incluso, replanteó la importancia estratégica de los Balcanes para el imperialismo norteamericano. "El colapso del Pacto de Varsovia informaba hace ya un tiempo un diario británico redujo la importancia estratégica de Yugoslavia para Washington. A Yugoslavia se le dijo en 1989 que ya no era de importancia estratégica " (15). Con la firma de los contratos petroleros, esto ha cambiado: los Balcanes importan, no ya como tapón frente a la URSS, sino como trampolín hacia Turquía, el Mar Negro y el Caspio.
 
La importancia que adquirió el frente sur explica la cerrada oposición de los Estados Unidos al reclamo francés de que su comandante, como los de los frentes occidental y oriental, sea un militar europeo. Se trata de un reclamo, como los propios franceses lo reconocen, puramente formal porque, como los restantes comandantes de frente, estaría subordinado al comandante supremo aliado, un militar norteamericano. Sin embargo, ni siquiera esa formalidad están dispuestos a tolerar los norteamericanos. "La respuesta norteamericana no tuvo ambigüedades: ese comando jamás será entregado a un europeo en razón de la importancia que la región representa para los intereses de Washington y porque la VIª Flota norteamericana en el Mediterráneo (con armas nucleares) se estaciona allí" (16). Los norteamericanos sostuvieron su oposición aún cuando ella abriera la posibilidad del retiro de Francia de la Otan: "(en vista del fracaso), se puede pensar que la participación francesa en el Consejo de Ministros de Defensa y en el Comité Militar de la Otan ha perdido su sentido y sería lógico ponerla en cuestión" (17).
 
Frente a China, Estados Unidos ha reforzado su acuerdo militar con Japón, que se ha convertido en la segunda potencia militar del Pacífico (y en la primera en Asia). Las tareas que el acuerdo norteamericano-nipón establece para las fuerzas navales y aéreas del Japón son lo suficientemente amplias y vagas como para que China sienta amenazada su seguridad en el propio continente.
 
Al mismo tiempo, el imperialismo norteamericano juega la carta de Taiwán para imponerle a China una serie de concesiones comerciales, fundamentalmente en cuanto a la apertura de China en el área de las telecomunicaciones y de la propiedad intelectual y patentes, y respecto de la venta de armamento y tecnología nuclear a países no recomendables como Pakistán e Irán.
 
Mientras penetraba aceleradamente en China a través de las inversiones externas, Estados Unidos azuzó la carrera armamentista regional y todas las divergencias y disputas territoriales que mantienen los países asiáticos con China. Así, "en esta parte del mundo, el fin de la guerra fría, lejos de reducir la tensión, parece haberla incrementado. El colapso de la URSS provocó en el Este de Asia un giro de la polarización contra Moscú y sus aliados indochinos, por parte de la mayoría de los países, respaldados por Estados Unidos y China, al ascenso de las crecientes tensiones entre una China de rápido crecimiento y el resto de la región, respaldada por los Estados Unidos" (18). Amén de Taiwán, donde la tensión entre Estados Unidos y China es "real y peligrosa" (19), China mantiene disputas territoriales con todos sus vecinos, a excepción de Rusia y Tadjikistán (India, Corea del Norte, Malasia, Brunei, Indonesia, Vietnam y Filipinas).
 
El Mar del Sur de la China es el principal escenario de estas tensiones: allí China, Vietnam, Indonesia, Malasia y Brunei se disputan el dominio de las islas Spratly, en las que presumiblemente existen grandes reservas petroleras y gasíferas. Acotación al margen: tanto China como Vietnam establecieron contratos con compañías norteamericanas y británicas para la potencial explotación petrolífera en las Spratly y en las aguas que las rodean. Queda en claro en qué consiste el nacionalismo de los burócratas reconvertidos.
 
La otra potencia que interviene activamente en esta disputa es el Japón, que aunque no plantea ningún reclamo sobre las islas, está decidido a impedir que caigan en manos de China. Esto porque por las aguas del Mar del Sur de la China circula el 80% del petróleo que importa Japón y el grueso de sus exportaciones hacia Europa, Africa y la India. Además de reducir su dependencia de las importaciones de petróleo, el dominio de las islas le daría a China un control estratégico sobre las vitales importaciones energéticas y las exportaciones manufactureras de Japón e incluso también sobre los movimientos de su flota militar. El enfrentamiento entre China y Japón se está trasladando, crecientemente, al campo de la competencia militar y al de los choques diplomáticos.
 
Aunque ha cortado en seco la carrera armamentista, la crisis económica que comenzó con la devaluación tailandesa no ha hecho más que acentuar todas estas tensiones comerciales, políticas y diplomáticas en la región.
 
La fractura del imperialismo norteamericano
 
La extensión de la Otan y la firma del acuerdo militar con Japón despertaron una enorme oposición en sectores fundamentales del propio imperialismo norteamericano.
 
George Keenan, uno de los ideólogos de la guerra fría, sostuvo que el acuerdo con Rusia es "el más desgraciado error de la política norteamericana en toda la pos Guerra Fría" (Clarín, 29/5). Lo mismo opina Caspar Weinberger, ex secretario de Defensa de Reagan, y una parte sustancial del Congreso. Para este sector, el acuerdo es una aventura que debilitará la capacidad de intervención efectiva de la Otan. Otros, al revés, lo critican por enclaustrar a Rusia, lo que sólo serviría para fortalecer las tendencias más nacionalistas y anti-occidentales de la burocracia.
 
La alternativa a este acuerdo sostienen sus defensores, entre los que se cuentan los ex secretarios de Estado Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski y Anthony Lake era el retiro de Estados Unidos de Europa y la conformación de una defensa europea, una alternativa que el imperialismo norteamericano pretende impedir a toda costa. Esto porque transformaría en un bloque militar a uno de los bloques comerciales que pretenden disputarle el predominio al capital norteamericano. El ostracismo norteamericano y la creación de una fuerza militar europea independiente serían un factor de enorme agudización de la crisis mundial.
 
No menores fueron las divergencias provocadas por la política frente a China, algo comprensible dado el nivel que allí registran las inversiones norteamericanas. Lo más notable es que los más estridentes partidarios de la extensión de la Otan hacia el Este defienden, al mismo tiempo, una política de apaciguamiento hacia China y son furiosos opositores de cualquier acuerdo militar con Japón. Al revés, los que plantean contener a China revistan en el campo de los opositores a la extensión de la Otan. Esta aparente contradicción se explica por el hecho de que todos los analistas de la estrategia militar norteamericana los partidarios de extender la Otan y sus opositores, los que defienden el acuerdo militar con Japón y los que lo critican temen que una política de hostigamiento simultáneo hacia Rusia y hacia China termine alumbrando una alianza ruso-china contra Estados Unidos.
 
El eje Moscú-Pekín aparece todavía lejano porque, como señala Achcar, "en lo inmediato cada uno necesita más de Estados Unidos que del otro" (20). Sin embargo, las relaciones entre los dos países han entrado en una nueva etapa: las tensiones del pasado han dado lugar a una serie de cumbres en las que se han resuelto las antiguas disputas fronterizas y se estableció una sustancial reducción de las tropas situadas a ambos lados de las fronteras. Rusia, además, es el principal proveedor militar de China, a la que le ha vendido docenas de barcos y aviones de combate y varios submarinos. A principios de julio, por ejemplo, se realizó en Alma Ata, la capital de Kazajstan (una ex república soviética de Asia Central), una reunión entre los presidentes de China, Kazajstán, Kirguistán y Tadjikistán (otras dos ex repúblicas soviéticas del Asia central) y el entonces canciller y ahora primer ministro ruso, Evgueny Primakov. Allí se establecieron acuerdos para la exportación de petróleo de las ex repúblicas soviéticas a China que, "en el plano estratégico no hace sino reforzar la creación de un bloque defensivo ruso-chino, que incluya también a las repúblicas de Asia Central () como respuesta a la expansión de la Otan hacia el Este" (21).
 
La hipótesis que unánimemente rechazan los estrategas norteamericanos el hostigamiento simultáneo a Rusia y a China es precisamente la que han adoptado el Pentágono y Clinton. Todas estas divergencias y choques dentro del imperialismo norteamericano desnudan la ausencia de un planteamiento estratégico común.
 
Hipótesis políticas
 
¿Cuál es la naturaleza concreta de la amenaza que representan Rusia y China para el imperialismo norteamericano?
 
La hipótesis más difundida, según un estudio realizado por la Rand Corporation para la Fuerza Aérea norteamericana, es la de que "Rusia y China podrían tener un comportamiento maligno () solamente si fracasan económicamente" (22). En otras palabras, si las reformas se hunden, Occidente debería temer. Esta posibilidad, que ha sido crecientemente analizada como consecuencia del marasmo en que se encuentra la economía rusa y la crisis mortal del gobierno de Yeltsin y la virtual quiebra del sistema bancario chino y de sus grandes empresas estatales, tiene la ventaja de que conforma el prejuicio ideológico en boga que sostiene que la restauración del capitalismo en Rusia y China debería traer la paz mundial.
 
El único problema con esta hipótesis es que no tiene asidero. En caso de que el proceso restauracionista fracase y de que Rusia y China se hundan en un caos económico, social y político, no serían para Occidente una amenaza militar sino política. Lo que las potencias occidentales deberían temer entonces no es una agresión militar sino la llamada implosión de Rusia y de China: la desintegración de los Estados y de los ejércitos centralizados, la emergencia de guerras entre los distintos componentes de los viejos estados y el estallido de revoluciones en el amplísimo territorio que se extiende desde el este de Polonia hasta el Mar de la China. A esta perspectiva parecía apuntar la secretaria de Estado norteamericana, Margaret Allbright, cuando señaló que las crisis de Bosnia y de Albania serían el modelo de las que debería enfrentar la Otan en el futuro.
 
En este sentido, la expansión de la Otan y el acuerdo militar con Japón apuntan a crear un cordón sanitario ante la eventualidad de que el proceso de la restauración capitalista desemboque en una serie de levantamientos populares o en grandes crisis político-militares.
 
Resulta evidente, sin embargo, que la Otan no bombardeará Moscú para impedir la caída de Yeltsin o la desintegración de Rusia. Al revés, "el gobierno que preside Boris Yeltsin puede caerse de espaldas sin que Washington haga gesto significativo alguno", señalaba un comentarista argentino refiriéndose a recientes declaraciones de la canciller norteamericana Margaret Allbright y de su segundo, Strobe Talbott, acerca de las condiciones impuestas por Estados Unidos a la futura asistencia financiera a Rusia (23).
 
Un diario británico brinda una pintura verdaderamente escalofriante del mundo que plantearían un colapso de Rusia o China y de la política de defensa que entonces aplicaría la Otan. "La inestabilidad política en Asia, en el Medio Oriente y en Rusia explica ha comenzado a clarificar la importancia de estrechas relaciones políticas y de seguridad entre Estados Unidos y Europa. El resultado es una mentalidad de fortaleza Europa () (La Otan) deberá centrarse en integrar plenamente a los importantes Estados de Europa central recién incorporados y construir altas murallas contra el creciente caos exterior. Los gritos de los que queden fuera de la muralla (de la Otan) crecerán ruidosamente, pero los Estados de la Otan comprenderán cada vez más que el peligro planteado por Rusia es más el de una implosión que el de una agresión externa. () Las potencias de la Otan estarán cada vez menos inclinadas a intervenir militarmente en los puntos calientes del globo. Los africanos deberán resolver sus disputas por sí mismos. Nadie intervendrá en Camboya, menos en Burma. Malasia o Indonesia pueden destruirse a sí mismas, aquellos que estén dentro de la fortaleza Atlántica estarán sentados () Nadie querrá que Occidente intervenga para frenar conflictos en Estados que están más allá de su pantalla de radar () Si India y Pakistán quieren usar sus nuevas armas nucleares, es posible que nadie intente detenerlos () ¿Quién frenará a China demostrando su preocupación por sus compatriotas que viven en Indonesia y Malasia? () Algunas veces, el vacío de poder será reemplazado por la privatización de la seguridad, (como) ya se ha visto en Africa y Yugoslavia" (24).
 
Sepa el lector disculpar la extensión de la cita precedente, que se justifica porque muestra por boca de sectores del propio imperialismo que la perspectiva que abriría un derrumbe económico y político de Rusia o de China no es, precisamente, la de un enfrentamiento militar con Occidente, como sostiene la mayoría de los analistas norteamericanos.
 
En realidad, Rusia y China juntos o por separado sólo pueden convertirse en una amenaza real para la hegemonía norteamericana si antes logran convertirse en potencias económicas. Sólo sobre una base industrial y financiera fortalecida y amplificada, podrían dedicar los recursos necesarios para aplicar a la investigación de nuevas armas capaces de competir con las norteamericanas y para poner en pie un aparato militar de la envergadura necesaria. Esta es, sin embargo, la hipótesis menos publicitada. Como hace notar The Economist (25), "hay poco estudio público de la posibilidad más sombría: que la riqueza y la estabilidad política en Rusia y en China sean compatibles con el objetable comportamiento del tipo de una superpotencia tradicional".
 
El camino más directo para la reconstrucción económica de Rusia y China y el menos doloroso para sus pueblos sería la expropiación de la burocracia reconvertida en capitalista, la instauración del monopolio del comercio exterior y de las finanzas, el control obrero de la producción y la planificación democrática y centralizada de sus economías. Esto, claro, presupone el triunfo de la revolución.
 
En las vísperas de la Primera Guerra Mundial, los cálculos de los estrategas de las potencias imperialistas descansaban en que la guerra no desataría la revolución social porque, en todos los países, las organizaciones de las masas estaban dominadas por elementos entregados al gran capital. No parecía faltarles razón: en esos momentos, "los revolucionarios de Europa cabíamos en dos coches", escribiría más tarde León Trotsky refiriéndose a los participantes del primer intento de reagrupamiento internacionalista durante la guerra, la Conferencia de Zimmerwald. Pero las matanzas en el frente y las penurias en la retaguardia llevaron a la victoria de la revolución en Rusia, a estallidos revolucionarios en toda Europa y a la fundación de la IIIª Internacional. ¿Acontecimientos de una escala histórica equivalente la restauración del capitalismo en dos países que cuentan con un tercio de la población del planeta, la crisis económica más profunda desde la posguerra y los furiosos ataques capitalistas contra los trabajadores pasarán sin producir huellas en la conciencia de la clase obrera y en su organización política? Las leyes de la historia son más fuertes que los aparatos.
 
El análisis del presupuesto militar norteamericano pone de manifiesto, otra vez, el carácter estratégico de la dirección internacional y revolucionaria de la clase obrera. La crisis histórica de dirección del proletariado es el nudo candente de la política mundial.
 
 
 
Notas:
 
1. Time, 5/10/98.
2. The New York Times, 2/10/98.
3. Time, 5/10/98.
4. The New York Times, 31/08/98.
5. Idem anterior.
6. Prensa Obrera, 27/08/98.
7. Idem anterior.
8. Prensa Obrera, 12/11/98.
9. Gilbert Achcar, "La tríada estratégica: Estados Unidos, Rusia y China"; en The New Left Review.
10. Gilbert Achcar, Op. Cit.
11. Financial Times, 9/07/98.
12. Gilbert Achcar, Op. Cit.
13. The New York Times, 16/05/97.
14. "La seguridad en la cuenca mediterránea. Nuevos desafíos y nuevas tareas", Revista de la Otan, mayo de 1996, reproducido en André Dumoulin, "¿Cuál es el futuro de la Otan", en Problèmes Politiques et Sociaux, La Documentation Francaise, marzo de 1997. 
15. Financial Times, 2/3 de setiembre de 1995.
16. Le Monde Diplomatique, julio de 1997.
17. Idem anterior.
18. Gilbert Achcar, Op. Cit.
19. Gilbert Achcar, Op. Cit.
20. Gilbert Achcar, Op. Cit.
21. El Cronista, 3/07/98.
22. The Economist, 1/07/98.
23. Clarín, 21/11/98.
24. Financial Times, 24/09/98.
25. The Economist, 1/07/98.

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