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Los Balcanes y la crisis mundial

Por Redacción
Declaración Política Internacional del Xº Congreso del Partido Obrero, aprobada por unanimidad por los 108 delegados que se reunieron entre el 8 y el 11 de julio de 1999.
 
 
La guerra de la Otan contra Yugoslavia ha concluido en la completa colonización de los Balcanes por parte del imperialismo. El bombardeo sistemático contra la infraestructura económica y la población civil, en el centro de Europa, resume la explosividad que han alcanzado las contradicciones sociales e internacionales del sistema capitalista en su conjunto. La impasse histórica del capitalismo ha quedado expuesta a la luz del día y ha desmentido la pretendida capacidad de la llamada globalización para promover el desarrollo armónico, pacífico o democrático de la sociedad. La agresión de la Otan tuvo el declarado propósito de establecer un protectorado militar, político y económico en los Balcanes. Este objetivo fue textualmente señalado en el proyecto de tratado de Rambouillet presentado por la Otan en febrero pasado. Este tratado establece explícitamente que el objetivo de la Otan es imponer el mercado libre en la región, es decir una restauración capitalista que deberá llegar hasta el Pacífico, el conjunto de la ex Asia soviética y China.
 
Asistimos a una nueva versión de la guerra del opio y de la diplomacia de las cañoneras, pero esta vez no para abrir el mercado de la China pre-capitalista, del Japón feudal o de los países atrasados de América Central sino para acabar con la propiedad estatal de los medios de producción y con la seguridad social y la garantía al empleo de centenares de millones de trabajadores. Por el carácter histórico de sus objetivos, la guerra de la Otan contra Yugoslavia se emparenta por sobre todo con la agresión hitleriana al Este en la Segunda Guerra Mundial.
 
Hasta 1990, la Otan y el FMI apoyaron la unidad de Yugoslavia. Buscaron valerse del régimen de Tito para imponer la colonización financiera de la región. También procuraron utilizarlo para desviar hacia una vía democratizante pro-capitalista los levantamientos revolucionarios que se producían en el Este, es decir, evitar que impusieran una auténtica dictadura del proletariado y desarrollaran el internacionalismo obrero hacia Occidente.
 
En la última década, en cambio, la Otan y el FMI (ahora con la abierta intervención del Vaticano) procedieron a dividir meticulosamente a la Federación Yugoslava. Las violentas contradicciones desatadas por la restauración capitalista inviabilizaron la unidad estatal de sus nacionalidades. Quedó abierto el camino al protectorado. La masacre perpetrada por la Otan no es otra cosa que el desarrollo de la política imperialista por otros medios. Es también la vía de salida del capital a la desarticulación del Estado, en Albania, como consecuencia de la revolución de 1997. En Bosnia, Macedonia, Kosovo y Albania han quedado estacionados 110.000 soldados de la Otan.
 
Las relaciones internacionales que quedaron establecidas luego de la Segunda Guerra Mundial, con la Revolución China y la expropiación burocrática del capital en Europa del Este, tenían obligadamente un carácter transitorio. O la revolución socialista se extendía a Occidente y ponía fin, al pasar, a los regímenes burocráticos en el oriente; o la restauración capitalista penetraba en el Este y en China con el objetivo último de acabar con el conjunto de las conquistas sociales arrancadas a la burguesía por el proletariado mundial en el curso del último siglo y medio.
 
En cualquiera de estas dos alternativas, el sistema político de la posguerra debía dar paso a una gigantesca crisis mundial y a conflictos internacionales más intensos, a crisis económicas más devastadoras y a nuevas guerras.
 
Durante cuarenta años, las tendencias revolucionarias y las restauracionistas se enfrentaron sin cesar. Los levantamientos y guerras revolucionarias en Alemania del Este, Vietnam, Hungría, Polonia, Cuba, Checoslovaquia, Nicaragua y varios más, se cruzaron con las intervenciones contrarrevolucionarias: intervención imperialista de Medio Oriente, de Indochina y Centroamérica, invasión rusa contra la clase obrera de Europa del Este. La actual crisis mundial significa una agudización excepcional de esta etapa de lucha entre la revolución y la contrarrevolución, no una reversión del carácter de la época actual.
 
Militarismo y crisis mundial
 
La guerra en los Balcanes tiene lugar (pues aún no ha cesado) en el marco de una declinación económica del capitalismo mundial. Los avances en la tecnología de la información y en la microelectrónica no han sino acentuado la descomposición económica del régimen burgués de explotación.
 
Lo testimonia la última década de recesión y quiebras generalizadas en Japón; de nulo crecimiento del producto por habitante en Europa occidental; de caída en el nivel de vida en los Estados Unidos; de derrumbe de los tigres de Asia y de México y Brasil; de tendencia a la reducción del desarrollo del comercio internacional; de nivel de endeudamiento sin precedentes (pre-bancarrota) de las empresas y de los Estados en todos los países, en especial, los Estados Unidos; de concentración, y en especial de centralización, del capital cada vez en menos manos, como consecuencia de las llamadas privatizaciones, fusiones y absorciones; de descomunal crecimiento del capital financiero y del capital ficticio en general, en detrimento del industrial, o sea el desarrollo de una economía parasitaria y rentista; el monstruoso desarrollo de una economía virtual de contratos especulativos por un monto nominal que se acerca a los 100 billones de dólares, o sea que es tres veces mayor que el conjunto del producto bruto mundial. La reproducción ampliada del capital enfrenta crisis y quiebras cada vez más intensas, es decir que se ha agudizado la tendencia hacia su propia disolución.
 
El derrumbe económico de países, Estados, monopolios y regiones, en la última década, ha dislocado efectivamente las relaciones sociales y políticas de numerosas naciones y desarticulado a la economía mundial.
 
A este proceso de conjunto obedece la existencia de 40 millones de desocupados en Estados Unidos y la Unión Europea y de cerca de 1.500 millones en todo el mundo; el crecimiento pavoroso de la pobreza, incluso en los países desarrollados; la quiebra de la protección social y laboral; la criminalización de la economía y de la sociedad; el espectacular crecimiento, en llamados tiempos normales, de los aparatos represivos, penal y carcelario; la violencia urbana y agraria; los estallidos sociales; las sublevaciones de masas y las revoluciones. Todo esto define una etapa de transición histórica.
 
En lugar de abrirle una salida a la impasse histórica del capitalismo, el derrumbe de los Estados Obreros ha acentuado los antagonismos internacionales entre las clases y las naciones y ha demostrado que la restauración capitalista exige dosis de violencia cada vez mayores, guerras más letales y hasta el dislocamiento estatal y nacional. La guerra imperialista contra Yugoslavia quebró los récords internacionales en referencia a la proporción de víctimas civiles y militares: 90 contra 10%, respectivamente. El carácter específico de la guerra imperialista ha quedado al desnudo: es un método de destrucción física de la clase obrera, es decir, de masacre social.
 
La salida al derrumbe capitalista vuelve a ser el armamentismo y la guerra. La Otan está redefiniendo su estrategia militar para poder intervenir en cualquier lugar del mundo; Clinton acaba de aumentar en un 50% el presupuesto militar norteamericano; la Unión Europea ha decidido crear una fuerza de defensa dentro de la Otan para operar en forma autónoma en Europa oriental y el Cáucaso; Estados Unidos y la Unión Europea pretenden reorganizar en torno a un plan único la industria militar y aeroespacial internacional; ha comenzado el rearmamentismo de Japón en función de una redefinición de su alianza militar con Estados Unidos.
 
El armamentismo significa mayores penurias económicas para los pueblos y mayores golpes a la protección social y a los sistemas de salud y educación públicas. Pero también significa una acentuación de las rivalidades nacionales, en especial de las rivalidades interimperialistas. Por eso, la posibilidad de un régimen de protectorado único internacional regido por la Otan es una utopía. Los planes de dominación mundial se tejen en momentos en que el mercado capitalista internacional es el terreno de una lucha de intereses cada vez más brutal, en la que los monopolios capitalistas se juegan su supervivencia. Es una unilateralidad suponer que la supremacía económica y militar que goza el imperialismo yanqui lo habilita para poder controlar y someter las contradicciones mundiales en su beneficio. Las contradicciones interiores e internacionales de la economía capitalista norteamericana son aún más explosivas que las de sus competidores. La resistencia de las masas norteamericanas a las expediciones bélicas de su burguesía es mucho más intensa de lo que todo el mundo cree. La hegemonía de una única potencia capitalista presupone el fascismo.
 
Una divisoria de aguas
 
La guerra imperialista contra Yugoslavia y la transformación de los Balcanes en un protectorado, ha vuelto a poner de manifiesto algo que muchos han olvidado: el carácter contrarrevolucionario de los gobiernos de centroizquierda y de colaboración de clases. Lo mismo vale para los partidos socialistas, comunistas y ex comunistas que apoyaron a los gobiernos belicistas de sus burguesías; el partido comunista de Rusia actuó como un instrumento de Yeltsin para lograr el sometimiento de Yugoslavia e incluso aprobó al gabinete actual que adhirió al establecimiento del protectorado de la Otan. Los stalinistas se jactan de su reconversión , pero, al igual que en los tiempos fuertes de la burocracia rusa, han vuelto a apoyar la violación de la soberanía nacional de los pueblos del este de Europa y de los Balcanes. En lugar de los tanques de Stalin, Kruschev o Brezhnev, ahora se alinean con los aviones y los tanques de los Clinton y de los Blair... y de Yeltsin.
 
En la guerra de los Balcanes, los gobiernos de frente popular han demostrado que son el recurso último de la burguesía para hacer frente a las crisis revolucionarias. Los Bush, Thatcher, Kohl, Chirac o Berlusconi no hubieran podido ser más eficaces que los Blair, Jospin, Schroeder o DAlema, para desencadenar una guerra imperialista, es decir reaccionaria, en un cuadro democrático interno.
 
La reciente guerra ha servido para clarificar definitivamente la divisoria de aguas en la llamada extrema izquierda. Su ala democratizante, encarnada por el Secretariado Unificado (el llamado trotskismo oficial) y por sectores como el Mas argentino, adoptaron una posición de neutralidad tras la pérfida consigna "ni Otan ni Milosevic". Actuaron así a sabiendas de que el objetivo de la Otan era el de consolidar un protectorado imperialista en los Balcanes y que ello colocaba automáticamente a la Yugoslavia de Milosevic en el campo de la resistencia antiimperialista, cualesquiera fuesen las fechorías de este último contra los pueblos de Serbia y Kosovo y la necesidad de combatirlo con métodos revolucionarios. Los principales dirigentes del SU apoyaron incluso el tratado de Rambouillet y propusieron luego una salida de paz mediante la intervención de la Onu y de la Osce, es decir de las mismas potencias imperialistas (más algunos otros) que dirigen la Otan. Se han convertido en responsables intelectuales y políticos de la paz imperialista que ha convertido a los Balcanes en un protectorado del imperialismo mundial.
 
Las posiciones pacifistas no son más que una transposición de las posiciones democratizantes en las relaciones internas al campo internacional. Los democratizantes ocultan las relaciones de explotación y de opresión que operan y determinan las relaciones políticas establecidas en la Constitución. Del mismo modo, los pacifistas ocultan que bajo la máscara de la diplomacia y de las relaciones internacionales domina el imperialismo y su tendencia a la reacción y a la guerra.
 
El pro-imperialismo del SU y de sus laderos, sin embargo, no hubiera debido sorprender a nadie. En su reciente programa para las elecciones europeas, junto a Lutte Ouvrière, defiende la vigencia de la unidad política de Europa bajo formas democráticas, lo que significa no solamente la defensa de la Europa capitalista del Este sino la restauración capitalista (siempre, claro, bajo formas democráticas). Reivindica la necesidad de regular al capitalismo, mediante un impuesto a los movimientos de capital de corto plazo (impuesto Tobin), no de derrocarlo. Coincide en esto con el financista Soros, que reclama lo mismo para evitar que nuevas crisis asiáticas manden a la bancarrota a los fondos especulativos como los que él dirige. Plantea de este modo la posibilidad de reforzar aún más los presupuestos públicos de los Estados capitalistas en momentos en que el imperialismo necesita dinero para financiar su armamentismo, sus fuerzas de defensa, sus protectorados y la reconstrucción económica de las regiones que él mismo ha devastado.
 
La guerra de la Otan no solamente ha confirmado la solidez de la posición del Partido Obrero, que caracteriza al SU como contrarrevolucionario. Más importante que esto todavía, vuelve a demostrar la importancia de una delimitación política completa con el SU, cuyas posiciones son un referente internacional para todas las posiciones contrarrevolucionarias que medran en la llamada extrema izquierda y aún en el centroizquierda. Sin esta delimitación es imposible darle una base programática y una perspectiva consecuente a la reconstrucción de una Internacional Obrera.
 
La guerra, partera de la Internacional
 
A mediados de 1860, la perspectiva de una guerra a iniciativa de los zares rusos contra Polonia fue el factor final que decidió a la clase obrera a unirse en la Asociación Internacional de Trabajadores, o sea la Iª Internacional.
 
La incapacidad de la Internacional Socialista, en 1914, para hacer frente a la Primera Guerra Mundial, provocó su destrucción.
 
En 1919, esa misma guerra mundial que engendró la revolución en Europa, parió a la IIIª Internacional.
 
En 1938, la inminencia de la Segunda Guerra Mundial llevó a los revolucionarios a no dilatar más la fundación de la IVª Internacional.
 
Hay en todo esto una lógica. La guerra imperialista es el recurso extremo de sobrevivencia de los explotadores. Más que en cualquier otra forma de ofensiva del capital es imposible enfrentar la guerra dentro de los cuadros nacionales, esto es sin la confraternización de los obreros de todos los países contra los explotadores y sus estados. No solamente esto. Así como la guerra imperialista es una forma necesaria de existencia del capital, hace de la supresión del capital una forma necesaria de existencia para los obreros.
 
En los Balcanes y en Rusia ya han surgido las voces de las organizaciones obreras que llaman a la unión internacional de los trabajadores para combatir el protectorado de la Otan y la intención del imperialismo de repetir esta acción en otras partes del mundo. Hay un llamamiento concreto a una Conferencia Obrera de los Balcanes y del Danubio. Hay un llamamiento concreto de la Central sindical independiente de Serbia a reconstruir la unidad internacional con los obreros kosovares. La Otan no ha liberado a Kosovo sino que pisotea su aspiración a la independencia. La Otan va unificando a todos los pueblos balcánicos en una similar condición de víctimas del imperialismo. La reivindicación de una Federación Obrera y Socialista de los Balcanes penetra en la sangre y en la historia real de los explotados de esos países.
 
El Partido Obrero llama a todas las organizaciones realmente obreras del mundo a responder positivamente al llamado de nuestros compañeros de clase de los Balcanes y a organizar un conferencia obrera internacional para luchar contra el imperialismo; para luchar por el restablecimiento de nuestras conquistas sociales; para luchar para poner fin a todos los regímenes de explotación, miseria y guerra y sustituirlos por gobiernos de los trabajadores.
 
El Partido Obrero advierte sobre las consecuencias funestas de la victoria de la Otan en los Balcanes para los explotados de América Latina. Los misiles de la Otan son una luz verde para que los monopolios, los terratenientes y sus gobiernos desaten la guerra contra nuestros pueblos, allí donde las formas democráticas se agoten como ya está ocurriendo. A los cocaleros de Bolivia; a los campesinos-indígenas de Ecuador; a los compañeros sin tierra de Brasil y Paraguay; a nuestros trabajadores campesinos del noroeste azucarero y hortícola y del nordeste algodonero y yerbatero; a los chacareros arruinados de la pampa argentina y uruguaya; a la inmensa masa, por supuesto, del campesinado colombiano y centroamericano; el Partido Obrero les señala la tendencia de los explotadores de cada uno de nuestros países a recurrir a los gamonales, a los policías militares, a los capangas y a las milicias paramilitares, para poner fin a la lucha por la tierra.
 
El Partido Obrero llama a apoyar todas las iniciativas para unificar las luchas agrarias de las organizaciones de campesinos sin tierras o despojados de ella, de América Latina.
 
El Partido Obrero también destaca el fracaso de todas la tentativas integracionistas de los explotadores latinoamericanos, incluida la de México con el imperialismo yanqui. Todas ellas se han transformado en terreno de rivalidades capitalistas, crisis y miseria social. El Partido Obrero llama a sacar las conclusiones correspondientes y a luchar por la unificación política y social de América Latina bajo la dirección de una alianza obrera y campesina.
 
Llamamos a la clase obrera industrial de México, Brasil y Argentina a luchar por una nueva dirección obrera que unifique nuestras luchas defensivas y ofensivas contra los explotadores extranjeros y nativos.
 
El Partido Obrero ofrece esta caracterización del presente momento histórico y de las fuerzas políticas actuantes, para que los obreros avanzados tomemos conciencia de que es la hora de unir a la vanguardia con conciencia de clase en una Internacional revolucionaria. Es en función del conjunto de tareas que plantea esta declaración que llamamos a la refundación inmediata de la IVª Internacional. Es decir, de la Internacional que opone al imperialismo decadente la formación de una Federación Internacional de Repúblicas Socialistas basadas en los consejos obreros.

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