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La izquierda frente a la crisis mundial

Por Pablo Heller
La Izquierda Diario publica una nota de Claudia Cinatti, que intenta responder al artículo “Anticatastrofismo y política democratizante”, de mi autoría, publicado en Prensa Obrera N° 1.428 (15/9). En ella desarrollamos una crítica a las conclusiones políticas de una conferencia de la corriente internacional que integra el PTS y que sesionó en Buenos Aires en agosto del año pasado.
 
A la hora de sintetizar su caracterización de la situación mundial, esa conferencia sostiene que se está ante “una crisis de conjunto que va mucho más allá de lo coyuntural”. Se trataría, por lo tanto, de una crisis “estructural”; pero el PTS, curiosamente, la priva de cualquier alcance catastrófico. El “catastrofismo” que dicha corriente le adjudica al PO es denostado y tildado de “metafísico”. Pero el vilipendiado catastrofismo no es otra cosa que el reconocimiento de las tendencias inherentes del capital a su autodisolución -o sea, las tendencias al colapso del capitalismo. Una “crisis de conjunto” divorciada de su dimensión catastrófica es como hablar de un león sin dientes; pierde su alcance estratégico. La conferencia de la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional (FT-CI), integrada por el PTS, presenta un escenario mundial donde está ausente “el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución”1 cuando atravesamos una bancarrota capitalista, sin precedentes, que es la fuente de crisis políticas nacionales e internacionales, y el fermento para la creación de situaciones revolucionarias. Llamábamos la atención en nuestra crítica en el punto siguiente: si esa dimensión queda descartada, la crisis no pone en juego ni compromete el orden social vigente. No podemos, según esa óptica, hablar de una crisis de poder. Todo queda reducido -como surge de las conclusiones de la conferencia en cuestión- a una “deslegitimación de los partidos tradicionales” -o sea, una crisis de representación política. Toda crisis de conjunto -“orgánica”, para decirlo al uso petesiano- plantea, si es realmente tal, una cuestión de poder; de lo contrario, es una abstracción y una convocatoria a la neutralidad y a la pasividad.
 
Metafísica o catastrofismo real y efectivo
 
Cuando Lenin sintetiza la época imperialista, habla de “un período de guerras y revoluciones”, señalaba por lo tanto, mal que le pese al PTS, en términos catastróficos, el carácter de su época. En otras palabras: lo que prima es el antagonismo entre revolución y contrarrevolución (cuya expresión más avanzada y descompuesta es la guerra). La revolución social es inseparable del catastrofismo -o sea, de las tendencias a la disolución de las relaciones sociales capitalistas. Expresa que la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción han llegado a un punto culminante e insalvable. El desarrollo de las fuerzas productivas sólo puede abrirse paso si se desembaraza de su envoltura capitalista.
 
Cinatti nos acusa de “metafísica catastrofista”, pero ese mote vale, para el PTS. Divorciada de sus bases materiales, las perspectivas de la revolución socialista no pasan de una expresión de deseos, de una cuestión moral. Cinatti opone al catastrofismo la necesidad de hacer “un análisis concreto de una situación concreta”, de acudir al “alma viva del marxismo según Lenin”. No es la primera vez ni será la última que se toma un principio válido para prostituirlo o, como en este caso, para llevarlo al ridículo. El “análisis concreto”, en manos de Cinatti, es la negación de cualquier abordaje de la situación mundial. La susodicha impugna que podamos hablar de una crisis de poder y pregunta socarronamente “¿dónde se verifica, en todo el mundo?”.
 
El argumento resulta risible, porque en la política, y en la vida en general, los procesos están lejos de desenvolverse simultáneamente, lo que no impide y menos excluye la presencia de tendencias generales. Cinatti debería impugnar el “catastrofismo” de Lenin sobre aquel “período de guerras y revoluciones” y reprocharle al revolucionario ruso su visión sesgada porque la revolución no se da en todas partes y menos simultáneamente. El de Cinatti no sólo es un argumento pueril; además implica un fuerte retroceso político y teórico, porque, según su razonamiento, la economía mundial -el rasgo distintivo del capitalismo- desaparece en cuanta categoría y es reemplazada por una sumatoria de las economías nacionales. Los procesos políticos nacionales son abordados como si se tratara de compartimentos estancos, independientes los unos de los otros.
 
Lo más notable es que se siga cuestionando al catastrofismo cuando estamos en plena catástrofe. Asistimos a la crisis más severa del capitalismo, superior a cualquier otra crisis anterior, incluida la de 1929/30. La deuda y el capital ficticio son diez veces superiores al PBI mundial, una ecuación insostenible. La economía mundial está en convocatoria de acreedores y al borde de la quiebra. La crisis ha arrastrado a los Estados y a sus bancos centrales. Los rescatistas son los que tienen ser rescatados. Habiendo transcurrido nueve años del estallido de Lehman Brothers, las municiones para contrarrestar la crisis se han agotado.
 
¿Hace falta algo más para reconocer que estamos ante un derrumbe? “Si ésta no es una catástrofe, la catástrofe ¿dónde está?”.
 
El Partido Obrero no habla de la existencia de una absurda “bancarrota permanente”, un estadio que se mantendría imperturbable con el paso de las décadas. Eso es una invención del PTS, una cosecha propia de Cinattti. A la autora ni siquiera se le pasa por la cabeza que una “bancarrota permanente” sería lo contrario del catastrofismo, porque una enfermedad que se prolonga indefinidamente deja de ser terminal para convertirse en crónica.
 
Esta mirada se aproxima a la caracterización sobre la situación mundial del PTS, pero no a la del Partido Obrero. Nosotros no le colocamos a todo el proceso capitalista un signo igual. Distinguimos fases y, como parte de ese abordaje, identificamos la actual bancarrota como una fase peculiar, una nueva transición en el marco de la declinación histórica del capitalismo. Lo que destacamos, al mismo tiempo, es que estas fases -incluida la crisis actual- no son eslabones sueltos, sino que reconocen un hilo conductor a los que identificamos como etapas de una tendencia general al colapso de las relaciones sociales capitalistas. Esta crisis viene precedida y preparada por crisis anteriores. En el período que el PTS cataloga de “restauración burguesa” (más adelante volvemos sobre el punto) tiene lugar el “lunes negro” (1987), con un desplome espectacular de la Bolsa de Nueva York; el “efecto Tequila” y el derrumbe de la moneda mexicana (1994), la crisis de Asia y la devaluación en cascada de las monedas de la región, cuyo efecto arrastra al conjunto de la economía mundial (1997); la crisis rusa, que trae como consecuencia el colapso del rublo y su sistema bancario (1998); la crisis de las punto.com (2000) y la crisis argentina en 2001. No se debe olvidar, en el medio, el “efecto Caipirinha”, como se llamó a la crisis brasilera. Era una serie ininterrumpida de temblores preliminares, que anunciaban el terremoto que estalló en 2008.
 
La bancarrota capitalista se ha llevado puesto en la última década a 40 gobiernos de Europa. El derrumbe de los regímenes nacionalistas y progresistas en América Latina hunde sus raíces en este mismo proceso. La onda expansiva abarca a Estados Unidos. No se trata simplemente de la suerte de un gobierno, sino que lo que ha crujido es todo el régimen político, sus partidos y sus instituciones. El Brexit es una señal de las profundas tendencias vigentes a la disolución de la Unión Europea. No es ocioso señalar que la UE es el principal emprendimiento contrarrevolucionario de la posguerra, jugando un papel estratégico en el proceso de restauración capitalista del ex espacio soviético. La desintegración de la UE es un golpe decisivo al orden mundial imperialista. Ni hablar del triunfo de Trump, que ha trastocado las relaciones entre las clases y las naciones a escala planetaria. Esto no conmueve al PTS. Haciendo caso omiso a estas evidencias abrumadoras, Cinatti nos reprocha que vemos una crisis de poder de alcance mundial. La actual bancarrota ha exacerbado las tendencias a la guerra monetaria, comercial, financiera, y a la guerra misma. Guerras como las del Medio Oriente se han convertido en un conflicto internacional, a lo cual se une la guerra de Ucrania y la guerra aún en curso en Afganistán o en el norte de África. La catástrofe de los refugiados es un producto de estas guerras. Los efectos destructivos de estos acontecimientos son equivalentes a los de una guerra mundial.
 
La autora en su texto pretende desmentir nuestra apreciación sobre las conclusiones de la conferencia y retruca que “la principal conclusión de la X Conferencia es que a ocho años de iniciada la crisis, y luego de una primera etapa en la que China y, más en general los BRIC, actuaron como contratendencia a la situación más crítica en los países centrales, estamos en una nueva fase en cuya dinámica están inscriptas crisis de la magnitud de Lehman Brothers (e incluso mayores), “catástrofes” militares y también revolucionarias”. En definitiva, un escenario catastrófico: guerras, crisis revolucionarias en un marco de una bancarrota de la economía y colapsos bancarios. Aunque tardíamente les estarían dando la razón al Partido Obrero y sería un reconocimiento sobre la actualidad y vigencia del “catastrofismo”, que lejos de ser una entidad metafísica, estaría vivo y coleando.
 
Pero la “felicidad”, dura poco. Esta caracterización, sin embargo, se da de patadas con la afirmación que lo que prima en el escenario internacional no es una cuestión de poder. Ya es una costumbre que se diga algo y luego todo lo contrario, que se borre con el codo lo que se escribió con la mano, incluso, en un mismo texto. El PTS también hace uso y abuso de este expediente y eso viene bien pues siempre se puede extraer una cita en que se dijo una cosa, aunque antes o después se haya dicho lo opuesto. Este tipo de recursos es funcional al centrismo que navega siempre a dos aguas, refugiándose en la ambigüedad y la confusión.
 
Crisis y recuperaciones
 
El retrato inicial “catastrófico” es reemplazado por las diatribas tradicionales contra el catastrofismo. ¿Qué dice la respuesta? “Como sabemos, hay “equilibrios inestables” (Trotsky, 1921), tendencias contrarrestantes, booms y crisis, que, entre otras cosas, hacen una diferencia en los tiempos de la política, retrasan procesos, le dan una sobrevida a otros, etcétera, y eso es vital para nuestra actividad, que es, ni más ni menos, la política revolucionaria”.
Lo de las “tendencias contrarrestantes”, la existencia de “ciclos de prosperidad y depresiones” es la fórmula usual y trillada para negar las tendencias al colapso del capitalismo. El capitalismo, cual ave fénix, se las ingenia para resurgir.
 
El PTS hace suyo el punto de vista que mayoritariamente enarbola la izquierda que ha terminado adaptándose al sistema imperante: “siempre que llovió, paró; el capitalismo se va a recuperar”. Es cierto: siempre que llovió, paró; pero también es cierto que siempre que paró, volvió a llover. Y esa nueva lluvia, lejos de solucionar los problemas acumulados, los agrava; y no sólo eso, sino que crea nuevos y es fuente de inundaciones y otras catástrofes ambientales.
 
Pero, además, los ciclos no se pueden sustraer a la etapa histórica. Así como las crisis fueron cambiando en su contenido y alcances, lo mismo puede decirse de las recuperaciones. “La capacidad y el carácter del restablecimiento de la salud de un joven no son los mismos que los de un anciano”. Esta analogía puede aplicarse al desenvolvimiento social... “los límites insalvables de un régimen social quedan en evidencia no sólo en las crisis, sino también en sus recuperaciones”.2 El capital no puede restablecerse por sus propios medios, necesita del concurso y rescate del Estado y de la emergencia de la guerra.
 
La recuperación no es un proceso indoloro. El esfuerzo del capitalismo por salir significa un costo, un sacrificio y privaciones sin precedentes, una pérdida de conquistas acumuladas que terminan siendo el fermento de la revuelta popular. El tema de la dialéctica de la crisis y su recuperación es que un sistema en decadencia, maduro, mucho más desarrollado que en cualquier otra época, tiene consecuencias devastadoras, sin que esto le asegure al capital una salida superadora.
 
Algo más sobre catastrofismo
 
Oponer antagónicamente los ciclos a las tendencias al derrumbe es grosero. Recomendamos que vuelva a releer la respuesta de Rieznik, donde entabla una polémica con compañeros de su organización que enarbolan ese argumento.
 
Al igual que Cinatti ahora, los compañeros planteaban que el capitalismo es un fenómeno “complejo” y “contradictorio” en la medida en que “la mecánica interna del desarrollo capitalista (se da) a través de la incesante alternancia de crisis y boom”.
 
La teoría del derrumbe sería “unilateral” -o “mesiánica” o “metafísica”, reproduciendo las palabras de Cinatti- por señalar la marcha al colapso sin entender que cada caída es seguida por un ascenso ulterior. “Lo cierto es que a través de su movimiento cíclico, el capitalismo se encuentra con límites absolutos que no puede superar y en esto consiste su tendencia inevitable a la descomposición. Ambas dimensiones -la que explica la sinuosa dinámica de la economía capitalista y la que revela su “irresoluble” agotamiento- deben ser integradas. Entenderlas como fenómenos antagónicos es propio del revisionismo que asegura, como el PTS, que el movimiento “complejo”, “contradictorio” y “cíclico” del capitalismo desautoriza cualquier conclusión respecto de su irreversible marcha al colapso o al derrumbe”.3
 
Para el PTS, lo único que se puede decir es que “las crisis son producto de las contradicciones del sistema y que por ello son inevitables”; una vulgaridad que no tendría problema en sostener cualquier economista, no necesariamente de izquierda”.4
 
Cinatti, al igual que sus antecesores, contrapone al catastrofismo la noción de “equilibrio inestable” y pretende respaldar esa afirmación en la autoridad de Trotsky. Se llega al desatino de oponer a Trotsky con. Marx. Pero si (bien) hay algo que presidió el accionar de los dirigentes de la revolución de Octubre fue su comprensión de las tendencias al colapso del capitalismo. La noción de “equilibrio inestable”, con la cual Trotsky hace una serie de precisiones de la coyuntura internacional, es desnaturalizada y transformada en su contrario.
 
Llegamos así a que “la apreciación sobre el destino histórico del capital al derrumbe es reemplazada por la pavada de que el capitalismo no flota ni se hunde porque sube y baja, y lo que hoy se encuentra arriba, mañana estará abajo y viceversa, ciertamente un “equilibrio inestable”. Y esto se lo adjudican a Trotsky, transformada en una versión degradada de Keynes que ellos mismos han adoptado”.5
 
La autora recomienda releer “A dónde va Francia”, de Trotsky. Sería muy productivo que esa recomendación empiece por casa. Trotsky plantea que “la oposición absoluta entre una situación revolucionaria y una situación no revolucionaria es un ejemplo clásico de pensamiento metafísico, según la fórmula: lo que es, es; lo que no es, no es, y todo lo demás es cosa de Mandinga”.6 Trotsky polemiza contra el Partido Comunista francés, quien presentaba la situación de Francia como un escenario inmóvil y, en sintonía con ello, rechazaba la lucha por el poder y le oponía “un programa de reivindicaciones inmediatas”. “A dónde va Francia” es un alegato y una respuesta al conservadurismo y la adaptación al sistema imperante.
 
El libro destaca que lo que existe, sobre todo en la época actual, son “situaciones intermedias, transitorias”. En lugar de compartimientos estancos, es necesario concentrar la atención en la transición, en la transformación de una situación en otra.
 
Trotsky destaca que “una situación revolucionaria se forma de la acción recíproca de factores objetivos y subjetivos”, y subraya que “la primera y más importante premisa de una situación revolucionaria es la exacerbación intolerable de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de propiedad”7. ¿No es esto lo que sucede? El factor más dinámico de la situación mundial es precisamente la bancarrota capitalista, que es lo que el PTS y sus socios mutilan en su cruzada “anticatastrofista”. Estamos ante una visión conservadora de la realidad mundial, lo cual es incompatible con una estrategia revolucionaria. Vale la pena reproducir la advertencia de Trotsky al Partido Comunista francés: “Si el partido del proletariado demuestra analizar a tiempo las tendencias de la situación prerrevolucionaria y de intervenir activamente en su desarrollo, en lugar de una situación revolucionaria surgirá inevitablemente una situación contrarrevolucionaria”.
 
Subjetividad y objetividad
 
En medio de tantos lugares comunes no podía faltar aquel que advierte que el capitalismo no va a caer solo, que hace falta la acción consciente de los hombres para tirarlo abajo.
 
El catastrofismo es transformado en sinónimo de “revolución a la vuelta de la esquina”. La autora adjudica al PO una tesis fabricada antojadizamente por el PTS. No existe tal automatismo entre las tendencias disolutorias del capital y la revolución social. Pero eso no nos puede llevar a negar una premisa en nombre de la otra.
 
La subjetividad revolucionaria es la comprensión profunda del colapso capitalista en términos de programa y acción política. Si no hubiera tales tendencias catastróficas, la acción de los explotados quedaría confinada a la impotencia, a una acción quijotesca como el que acomete el personaje literario de Cervantes contra molinos de viento. Una vez más es oportuno recordar que en medio de este desbarranque político y teórico, la historia la hacen los hombres, pero no la hacen arbitrariamente, sino a partir y de cara a las condiciones materiales que los rodea.
 
No se nos escapa que la bancarrota coexiste con un enorme retraso subjetivo, que, a la par de una crisis capitalista sin precedentes, asistimos a una falta de respuesta de alcance histórico equivalente por parte del proletariado. En el campo de la izquierda mundial, la bancarrota capitalista ha reforzado las tendencias democratizantes y la colaboración con el imperialismo ‘democrático’. La izquierda ha justificado esa adaptación señalando que “las uvas están verdes”. En lugar de asumir los desafíos de la etapa, cargan las tintas en las condiciones objetivas y la capacidad del capital de neutralizar la crisis.
 
Cinatti equipara al catastrofismo con el planteo morenista, que proclamó la existencia de una situación revolucionaria que se prolonga indefinidamente, lo cual es curioso porque es el PO quien publicó una larga serie de artículos criticando la puerilidad de semejante tesis y negando la existencia de una situación revolucionaria en la Argentina, que entonces sostenía el MAS, cuando lo integraban los actuales dirigentes del PTS. Quien debe saldar sus cuentas con la herencia morenista no es el PO sino el PTS, que hasta el día de hoy sigue rengueando de la misma pata que su maestro, quien se caracterizó por enarbolar una política democratizante y tributaria del nacionalismo burgués.
 
“Fin de la historia” en clave petesiana
 
Gran parte de la izquierda -viene al caso recordar- ha dado por clausurado el ciclo histórico abierto por la Revolución de Octubre. La revolución socialista, según el punto de vista mayoritario, ha perdido vigencia. Aunque el PTS procura disimularlo, su conclusión no se sustrae de esa visión.
 
El PTS considera que la etapa histórica iniciada a comienzos de la década del ’80 es de “restauración burguesa”. Dicha etapa estaría presidida por tres derrotas del proletariado mundial: la del frustrado ascenso revolucionario del período 1968-1981; la avanzada neoliberal y la restauración capitalista en la URSS, en China y en el ex espacio soviético. La escena internacional estaría dominada por la victoria de la burguesía imperialista. El PTS se contagia de todo el triunfalismo de la burguesía y sus voceros, que creyeron ver en la dilución de la URSS el fin de la historia y una nueva etapa de florecimiento del capitalismo. El PTS asume esa caracterización de manera vergonzante, por eso habla de “límites” en la restauración burguesa. Pero eso no desmiente; por el contrario, confirma esa tesis apologética, puesto que los límites sólo operan meramente como atenuantes.
 
El abordaje de la restauración capitalista es inseparable de la crisis mundial y su desarrollo, el alcance y porvenir están condicionados por ella. La restauración constituye una reacción y una tentativa de respuesta al agotamiento del ciclo capitalista iniciado en 1945. Los “treinta años gloriosos” de la posguerra (que no fueron treinta ni tan gloriosos) terminaron en un nuevo impasse. La inconvertibilidad del dólar y la recesión de 1974-75 son señales inequívocas de esta crisis del capital, que incluso puso en jaque a los regímenes burocráticos de los Estados obreros que buscaban salir de su creciente empantana- miento a través de un mayor entrelazamiento con el capital mundial. Es en este proceso donde se abren paso los levantamientos obreros y conmociones políticas como en Polonia o durante la Revolución Cultural china (1966-1976).
 
Estos estallidos revolucionarias no sólo reflejaron el agotamiento del “socialismo en un solo país”, también señalaron el impasse que sufría el capitalismo mundial. La restauración capitalista ha ampliado el radio de explotación del capital internacional y le ha permitido desembarcar en nuevos mercados. Pero, contradictoriamente, ese principio de salida a la saturación del mercado mundial ha provocado. una mayor saturación de ese mismo mercado.
 
Esto explica la paradoja siguiente: de ser la principal carta salvadora de la crisis capitalista, la restauración se convirtió en uno de los factores principales de su agravamiento. ¿Por qué? Porque en relación íntima con esa ampliación del radio de acción del capital, se ha intensificado la competencia entre los monopolios capitalistas internacionales que luchan por conquistar esos nuevos mercados y promover un nuevo reparto del mercado mundial. “Como el capital encara la restauración capitalista con los métodos que le son propios, se han reforzado también sus tendencias fundamentales: concentración de la riqueza en un polo y de la miseria social en el otro; acentuación de la anarquía económica y, por lo tanto, de las crisis financieras y comerciales; liquidación de los estratos intermedios y de la pequeña producción; incremento de las crisis agrarias y de los estallidos campesinos; un mayor bloqueo del desarrollo independiente de las naciones atrasadas. En última instancia, impulsando nuevas guerras y nuevas revoluciones”.8
 
Las Tesis programáticas de la CRCI llegan a otra conclusión: “Con la restauración capitalista, la crisis histórica del capitalismo no se ha atenuado sino que se ha agudizado. La crisis histórica del capital ha avanzado varios peldaños y ello ha reforzado la tendencia a la creación de situaciones revolucionarias y de revoluciones sociales. Se pone de manifiesto, de este modo, la tendencia del capital hacia su propia disolución”.9
 
La etapa abierta por el derrumbe de los Estados obreros degenerados ha disuelto el sistema de relaciones internacionales establecido por los acuerdos de posguerra y, con ello, ha generado crisis internacionales cada vez más profundas. El agotamiento de la “arquitectura diplomática” de la Guerra Fría indica la apertura de una nueva etapa en las relaciones entre las clases sociales internacionalmente.
 
El PTS describe, en cambio, un cuadro de atenuación y hasta de reversión de la crisis del capital. Estamos en presencia de dos análisis de la crisis diametralmente opuestos.
 
Gramsci
 
El uso que hace el PTS de Antonio Gramsci es funcional a su negación del alcance catastrófico de la crisis capitalista. Gramsci reacciona contra la política del “tercer período” llevada adelante por la III Internacional. Impugna el ultraizquierdismo inspirado en la caracterización que era la hora de la “ofensiva revolucionaria”, que condujo a los partidos comunistas al aventurerismo y una política irresponsable.
 
En oposición a esa orientación, Gramsci llamaba la atención sobre la necesidad de conquistar el apoyo de los trabajadores e impulsaba el frente único como una herramienta para obtener la adhesión de las masas. Pero Gramsci, en sus cuestionamientos, omitía también las tendencias al colapso del capitalismo. En sus análisis, Gramsci tira el agua sucia con el bebé adentro. La “revolución inminente” -la que estaría a la vuelta de la esquina- es asimilada a la teoría del derrumbe capitalista que habría estado en la base de la Revolución de Octubre y de la oleada revolucionaria inmediata que le siguió. Aunque Gramsci nunca negó que la base económica, en última instancia, gobernaba el metabolismo social y los procesos políticos, sus reflexiones van en sentido contrario, al colocar el acento unilateralmente en la superestructura política. En contraste con lo que se denomina “el modelo oriental” (incluye en él a la Revolución Rusa) en el que todo se concentraría en el poder coercitivo del Estado, las democracias occidentales habrían logrado erigir nuevas fortalezas (las instituciones de la sociedad civil) y, por ese medio, conquistar el consentimiento popular y contrarrestar las tendencias a la revolución social.
 
Sobre la base de esa distinción, el líder comunista italiano propondrá la llamada “guerra de posición” (una lucha que apuntaría a minar las fortalezas del orden social imperante y a lograr en consecuencia la hegemonía de la sociedad civil), todo eso en oposición a la “guerra de movimiento” que, según él, impulsaría la ofensiva final contra el régimen. Como destacan algunos autores, esa discusión tenía un antecedente, aunque Gramsci lo desconociera, en el debate entre Karl Kautsky y Rosa Luxemburgo, entre “guerra de desgaste” y “derrocamiento”. El meollo de la estrategia de desgaste fueron sucesivas campañas electorales que, según Kautsky afirmaba, debían dar al SPD una mayoría numérica en el Reichstag. Al negar que las huelgas agresivas de masas tuvieran alguna relevancia en la coyuntura alemana del momento, Kautsky avanzó en la idea de una separación geopolítica entre Oriente y Occidente. “En la Rusia zarista -escribió Kautsky- no había sufragio universal ni derechos legales de reunión ni libertad de prensa. En 1906, el gobierno estaba aislado en el interior, el ejército derrotado en el extranjero y el campesinado sublevado por todo el vasto y disperso territorio imperial. En estas circunstancias todavía era posible una estrategia de derrocamiento”. “Las condiciones -sostenía- para una huelga en Europa occidental, y especialmente en Alemania, son, sin embargo, ‘muy distintas de las de la Rusia prerrevolucionaria y revolucionaria’”.10
 
Rosa Luxemburgo denunció “toda la teoría de las dos estrategias” y su “crudo contraste entre la Rusia revolucionaria y la Europa occidental parlamentaria”11, como una racionalización del rechazo de Kautsky de las huelgas de masas y su capitulación ante el electoralismo.
 
No se puede obviar que Gramsci atacó la revolución permanente, a la que identificaba con el asalto final al poder, lo cual resulta paradójico pues era Trotsky el que enfrentaba la política criminal del “tercer período” y pregonaba el frente único. Hay quienes atribuyen esa confusión al hecho de que el revolucionario italiano estaba confinado en la cárcel y carecía de información sobre las luchas en curso dentro del movimiento comunista. Pero con independencia de la interpretación del hecho, lo cierto es que Gramsci se coloca en la vereda opuesta de la revolución permanente. No se trata de un hecho menor, eso define un horizonte estratégico.
 
Si se pretende rescatar el legado de Gramsci, debería empezarse por la importancia que él le daba a la necesidad de conquistar el favor popular y la hegemonía política, algo que otros revolucionarios ya habían señalado antes, e incluso con más claridad; después lo hicieron los dirigentes de Octubre y quedó escrito en los documentos de la III Internacional. En lo que pueda tener de genuina la distinción entre “guerra de posición” y de “movimiento”, la cuestión ya había sido resuelta por Lenin, quien señaló que la guerra de posición (de “desgaste”, utilizando un concepto de Kautsky) debe ser tomada como preparatoria de la guerra de movimiento. Es decir: ganar a las masas es el paso preparatorio e ineludible de la toma del poder. En ese mismo sentido se refería Trotsky al tema, incluso en el plano de la táctica militar.
 
En ese punto, Gramsci no aporta nada original; en cambio, agrega confusión, pues varias de sus reflexiones válidas quedan integradas a un corpus teórico confuso y ambiguo -en definitiva, antirrevolucionario. “Formular una estrategia proletaria esencialmente como una guerra de posición es olvidar el carácter necesariamente repentino y volcánico de las situaciones revolucionarias, que por la naturaleza de estas formaciones sociales no se pueden estabilizar por largo tiempo y precisan, por lo tanto, de la mayor rapidez y movilidad en el ataque si no se quiere perder la oportunidad de conquistar el poder. La insurrección, como siempre enfatizaron Marx y Engels, depende del arte de la audacia”.12
 
Cinatti nos reprocha que cuestionemos el uso que el PTS hace de Gramsci, como si consideráramos un pecado sacar provecho de los aportes del pasado. Ese reproche, nuevamente, nos hace sonreír. para no llorar. Lo único que decimos en nuestra crítica es por qué, cuando hay tanta literatura sobre el tema, se da un lugar privilegiado a posturas ambiguas y hostiles a la revolución permanente. Las nociones teóricas del marxista italiano, sus inconsistencias, sus fórmulas vagas y contradictorias, su confusión, tienen el atenuante -como lo han interpretado algunos autores- de su reclusión en la cárcel, pero en el caso del PTS es toda una definición estratégica.
La razón que lo explica es sencilla: el privilegio que se le da a las categorías de Gramsci -con ese énfasis unilateralmente en la política superestructural- es funcional a su “anticatastrofismo”.
 
Crisis orgánica
 
El PTS hace suya y reivindica entusiasta la noción de “crisis orgánica”, acuñada por Gramsci. ¿Qué nos dice Cinatti? “.La categoría de ‘crisis orgánica’ implica una crisis económica, política y social (estatal, dice Gramsci) que puede ser abierta por la acción de los explotados, pero también por un ‘fracaso de la clase dominante’, que abre un período de rupturas políticas de las masas con sus partidos tradicionales y cambios en las formas de pensar. Estas situaciones en las que ‘lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer’ es propicia para el surgimiento de ‘fenómenos aberrantes’, y pone en el orden del día las ‘soluciones de fuerza’ -es decir, los giros bonapartistas y las tendencias convulsivas de la lucha de clases”.
 
Meter todos los ingredientes en el plato no asegura una comida deliciosa; más aún, esa acción presenta el peligro de transformarla en indigerible. Amontonar la crisis económica, social y política no esclarece una situación, más bien la termina de confundir. ¿Cuál es el alcance y la naturaleza de la crisis económica? ¿Cómo se articula con la crisis en el plano político y social? ¿La crisis económica tiene un alcance catastrófico o eso está excluido? Si la tendencia al colapso es pura metafísica, eso pone un límite a la crisis política y social, pues el capital podría reconstruirse o, al menos, sobrevivir, quizá con muletas, pero sobrevivir al fin.
 
Cinatti nos advierte contra el “economicismo”: “Gramsci -dice nuestra crítica- no negaba las crisis económicas, sino que le ponía un límite a lo que éstas podían hacer por sí mismas. Decía que las crisis sólo crean un terreno favorable para los revolucionarios pero no garantizan la revolución”. ¡Bravo por el descubrimiento! Pero antes de señalar los límites del economicismo es necesario esclarecer la dirección principal del proceso económico. Lo que más llama la atención es que una tontería así pueda decirse con tanta naturalidad, como si se tratara de una gran máxima. Dime de qué te jactas y te diré de qué adoleces.
 
La expresión “crisis orgánica” habría que dejarla a un lado, porque las crisis son orgánicas o no son crisis. ¿De quién va a ser la crisis? Del organismo. Descartado el catastrofismo por metafísico, la crisis capitalista queda reducida a una crisis crónica, que se prolongaría en el tiempo. Tenemos reproducida, en clave petesiana, la tesis sostenida por representantes conspicuos de la burguesía: el capitalismo habría entrado en un estancamiento de largo aliento. Esos hombres del establishment denominan “estancamiento secular” a este fenómeno, que presentaría la perspectiva de una declinación del capitalismo más serena que un derrumbe. Traducido al lenguaje petesiano, se trataría de un “equilibrio inestable” del capitalismo, que le ahorraría a la humanidad los dolores de la catástrofe: “Una crisis rastrera sin Gran Depresión, pero tampoco sin recuperación sólida”, como subraya Cinatti en su respuesta.
 
No deja de llamar la atención que el PTS reflote el corpus teórico gramsciano en momentos en que las “trincheras” que habría cavado la democracia occidental -basadas en la cultura y el consenso- para contener cualquier acción que atente contra los intereses y el dominio de los explotadores (su hegemonía) son relegadas a un segundo plano mientras se amplían las bases coercitivas del Estado. En lugar de evolucionar a formas más “occidentales” -como auguraba Gramsci- y ampliarse las “trincheras”, la línea que prevalece es a cerrarse en formas más “orientales”. La tendencia a liquidar libertades democráticas, a perseguir y limitar la acción de los medios de comunicación y de los sindicatos, a la descomposición de los partidos del régimen, a bloquear el funcionamiento de las instituciones de la misma democracia burguesa, a reforzar los presidencialismos, los bonapartismos y los regímenes de excepción son expresión del derrotero político que la burguesía asume en la medida en que la crisis no se detiene, lo cual es el fermento para alimentar la rebelión de los explotados.
 
Polo revolucionario versus centrismo
 
Cinatti opone los supuestos éxitos de su conferencia internacional al que considera el fracaso de nuestra Conferencia Latinoamericana. El autobombo y la autoproclamación son pantallas para eludir un balance de su intervención y orientación políticas. El desafío de cualquier conferencia internacional que se precie de tal es someter al escrutinio de sus propios militantes, y en general de todos los luchadores, los planteos políticos que se levantaron, y si éstos pasaron la prueba de los acontecimientos. El exitismo y la pedantería no pueden disimular el naufragio de sus posiciones en instancias decisivas de la lucha de clases.
 
¿No terminó en fracaso la política seguida por el grupo boliviano de la FT-CI respecto de la “táctica” de construir un PT mediante el seguidismo a la burocracia de la COB? El PT que proponían nunca pasó de ser una criatura artificial y amañada por una burocracia sindical en liquidación. Esa misma táctica la ensayó el PTS en la Argentina al plantear un “partido sin patrones” que pasó sin pena ni gloria. Un partido centrista que podía albergar tendencias democratizantes y hostiles a la independencia política de los trabajadores, e incluir a sectores de la burocracia sindical. Ese fue, además, uno de los planteos que Moreno sostuvo reiteradamente, llamando a construir un partido obrero a burócratas sindicales de todo color y pelaje. Aunque el PTS dice haber roto de esos progenitores, a cada paso se le ve la hilacha morenista. ¿Cuál es el balance del grupo brasileño en su intento de ingresar en el PSOL, haciendo seguidismo en ese caso a un partido que postula candidaturas abiertamente patronales? ¿Y su presentación en las boletas (chapas) del PSOL aunque pretendan disimularlo con el argumento de que la organización petesiana de ese país llamó exclusivamente a votar por sus propios candidatos? ¿Qué diferencia hay con los acoples y ley de lemas a los que nos tiene acostumbrados la izquierda oportunista que termina de colectora de partidos patronales? El gran desafío de la izquierda revolucionaria es poner en pie un polo político alternativo al nacionalismo burgués y al “progresismo” de carácter capitalista. Eso sólo puede hacerse con una implacable y rigurosa tarea de delimitación política respecto de esas fuerzas. El PTS ensayó una política de mimetización con el kirchnerismo -aunque hay que admitirlo, con pocos resultados, como lo testimonia la conducta frente a las crisis en torno de Milagro Sala o Hebe de Bonafini. Esa orientación se ha expresado en una tendencia disolvente del Frente de Izquierda. ¿A qué viene ese apuro por rebautizar al nacionalismo burgués como “neorreformismo”? ¿Cuál sería la peculiaridad que justificaría ese cambio de denominación? Esto constituye una lavada de cara de esas fuerzas en momentos en que el PTS y su corriente internacional sostienen un campo de convergencia con el nacionalismo burgués en nombre de una presunta “lucha común contra la derecha”.
 
La Conferencia Latinoamericana impulsada por el Partido Obrero y el PT uruguayo discutió y aprobó un documento que hace un balance de fondo de las principales experiencias políticas de la región, y establece una orientación para los principales desafíos de la lucha de clases en el continente. La Conferencia internacional del PTS está plagada de caracterizaciones superficiales y hasta antagónicas y, lo más importante, su punto de partida es un encubrimiento del desempeño de sus corrientes.
 
El final de la respuesta de Cinatti es imperdible. Lo que ella exhibe como el principal avance es la confesión de una bancarrota política. Su pasaje del “propagandismo internacionalista” al “internacionalismo práctico” que pregonan ahora consiste en: extender la experiencia de La Izquierda Diario, una política superestructural y lavada.
En lugar de un medio que sea el portavoz de una estrategia definida, el PTS se propone reemplazarlo por un “portal de noticias” centrista, sin fronteras políticas definidas, en la que tienen cabida multiplicidad de posiciones disímiles y contradictorias. De una orientación de esa naturaleza no puede surgir un polo revolucionario que transforme a la clase obrera en alternativa de poder. Esa perspectiva es el gran desafío que tenemos por delante, de cara a la bancarrota capitalista que transita su décimo año y cuyas premisas se han agravado y son el motor de grandes convulsiones políticas, nacionales e internacionales, así como el caldo de cultivo para la creación de situaciones revolucionarias. La perspectiva general del socialismo es la crisis mundial del capitalismo, porque si un sistema social no logra funcionar es evidente que toda la humanidad empieza a empujar, dependiendo de la claridad que tenga, por un cambio del sistema. En esto reside el alcance que tiene la cuestión de la crisis, punto de partida insoslayable para la elaboración de una estrategia revolucionaria.
 
 
* Pablo Heller es economista, docente en las carreras de Historia y Sociología de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Instituto Gino Germani. Dirigente del Partido Obrero, fue asesor en numerosos colectivos de trabajadores, como Sasetru Gestión Obrera, Hospital Francés, Parmalat y Transporte del Oeste-Ecotrans. Es autor de Fábricas Ocupadas (Argentina 2000-2004) y Capitalismo Zombi y coautor de otros libros tales como Contra la cultura del trabajo y Un mundo maravilloso (capitalismo y socialismo en la escena contemporánea). Sus artículos aparecen regularmente en Prensa Obrera y En defensa del Marxismo.
 
 
NOTAS
 
1. Reproducimos para conocimiento de los lectores la síntesis de las conclusiones de la Conferencia de la FT-CI: “La crisis económica, la polarización política y social que se expresa a nivel internacional y la creciente deslegitimación de los partidos tradicionales -en particular en Europa y Estados Unidos- están gestando fenómenos políticos de todo tipo a nivel mundial. Estos elementos (crisis económica, política y social) son los que nos permiten definir que, en algunos países donde se combinan de manera más aguda, hay tendencias a la ‘crisis orgánica’, un concepto enunciado por Antonio Gramsci para explicar momentos o situaciones donde lo que prima no es el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución, pero sí una ‘crisis de conjunto’, que va mucho más allá de lo coyuntural”.
 
2. Pablo Heller: Capitalismo zombi. Editorial Biblos, mayo 2016, pág. 41.
 
3. Pablo Rieznik: Catastrofismo, forma y contenido. En defensa del Marxismo Nº 35, marzo 2008. 
 
4. Idem. 
 
5. Idem.
 
6. Leon Trotsky: ¿A dónde va Francia? Ediciones Pluma, enero 1974, págs., 53 y 62. 
 
7. Leon Trotsky, ídem, pág. 62.
 
8. Tesis programáticas de la CRCI. “Programas del movimiento obrero y socialista”. Editorial Rumbos 
 
9. Idem.
 
10. Perry Anderson: Antinomias de Gramsci. Editorial Era, Cuadernos Políticos, juliosept. 1977, págs. 70-71.
 
11. Idem, págs. 74-75. 
 
12. Perry Anderson entre otros conceptos, destaca que “en el caso de Gramsci, las insuficiencias de la fórmula de una ‘guerra de posición’ tenían una clara relación con las ambigüedades de su análisis del poder de clase burgués. Gramsci equiparó ‘guerra de posición’ con ‘hegemonía civil’, como se recordará. Del mismo modo, precisamente, que su empleo de la hegemonía tendía a menudo a implicar que la estructura del poder capitalista en Occidente descansaba esencialmente en la cultura y el consenso, así la idea de una guerra de posición tendía a implicar que la labor revolucionaria de un partido marxista era esencialmente la de conversión ideológica de la clase obrera -de ahí su identificación con el frente único, cuyo objetivo era ganar a la mayoría del proletariado occidental para la Tercera Internacional. En ambos casos, el papel de la coerción -represión por el Estado burgués, insurrección por la clase obrera- tiende a desaparecer. La debilidad de la estrategia de Gramsci es simétrica a la de su sociología” (obra citada, págs. 87-88).
 

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