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Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa

Por Osvaldo Coggiola
Historia de la crítica
 
La crítica de Rosa Luxemburgo a la Revolución Rusa, redactada en prisión en 1918, tiene una historia singular. En la fase más reciente, viene siendo utilizada como argumento en favor de la tesis de que el stalinismo ya estaba contenido en la propia revolución: “Los bolcheviques decían que la Constituyente, elegida antes de Octubre, no representaba más al pueblo. Pero si eso era cierto, por qué no convocar a elecciones para una nueva Constituyente? No lo hicieron. Y resultó lo que resultó o sea, la supresión de la democracia representativa y el vaciamiento de la democracia directa. Rosa Luxemburgo criticó todo esto a su debido tiempo” (1).
 
Rosa Luxemburgo no criticó nada de eso, por la simple razón de que la Constituyente fue convocada después de octubre de 1917 (toma del poder por los bolcheviques). Lo que no impide a otro autor reciente citar “la polémica entre Rosa Luxemburgo, de un lado, y Lenin y Trotsky, del otro, acerca de la conservación de ciertas instituciones democráticas bajo el gobierno obrero” (2). Tal “polémica” sólo existe en la imaginación del autor, una vez que el escrito de Rosa sólo fue publicado tres años después de su muerte (3), siendo bien probable que Lenin y Trotsky lo desconociesen en vida de ella. Trotsky sólo se refirió, de pasada, diecisiete años después, al “manuscrito (de Rosa) sobre la revolución soviética, muy débil desde el punto de vista teórico, escrito en la prisión, que ella nunca publicó” (4). El filósofo húngaro Georg Lukacs, vinculado en esa época al PC alemán, afirmó que “Rosa modificó posteriormente sus puntos de vista, alteración constatada por los camaradas Warski y (Clara) Zektin” (5). Trotsky sostuvo que, después de la revolución de noviembre de 1918 (en Alemania), “Rosa se aproximaba día a día a las ideas de Lenin sobre la dirección consciente y la espontaneidad: fue ciertamente esta circunstancia la que le impidió publicar su trabajo, del cual más tarde se hizo un uso vergonzosamente abusivo contra la política bolchevista”.
 
El trabajo fue publicado por primera vez en 1922, por Paul Levi, quien “decidió publicar un texto inédito explosivo, cuyo manuscrito conservara, prudentemente, desde setiembre de 1918”(6). Levi, discípulo de Rosa, fue uno de los principales dirigentes en los primeros años del PC alemán y de la propia Internacional Comunista. En abril de 1921, fue excluido de ambas por romper la disciplina, debido a la publicación de un folleto crítico de la “acción de marzo” (tentativa insurreccional fracasada del PC alemán, en marzo de 1921) (7). El motivo de la exclusión no era el contenido de la crítica (cuyos términos fueron retomados por el propio Lenin en su folleto El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo) sino el hecho de que hubiera sido publicada antes de cualquier debate interno, quebrando la solidaridad partidaria. Expulsado, Levi se volvió hacia la socialdemocracia. Fue en este cuadro que publicó el manuscrito de Rosa, como una arma política contra el PC alemán. En su obra sobre la revolución alemana, Pierre Broué, que consagra un capítulo entero sobre Paul Levi, no se refiere a este importante episodio, ni deja claros los motivos de la expulsión-ruptura de Levi con el PCA (8).
 
El mayor biógrafo de Rosa Luxemburgo, J.P. Nettl, es mucho más preciso, sin llegar a señalar razones esencialmente diferentes para la no publicación del manuscrito de Rosa en vida de ésta. De hecho, las líneas esenciales del manuscrito fueron esbozadas previamente en dos artículos que Rosa escribió para la prensa espartaquista, de los cuales sólo el primero fue publicado: en cuanto al segundo, ¡quien convenció a Rosa de no publicarlo fue... Paul Levi! En el primero, Rosa atacaba el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades oprimidas por el imperio zarista, concedida por el gobierno bolchevique (en lo que no hacía sino continuar la polémica que, a este respecto, la había opuesto con Lenin antes de la Primera Guerra Mundial) y, sobretodo, a la paz de Brest-Litovsk, celebrada entre el nuevo gobierno soviético y el Estado Mayor alemán: “La paz de Brest-Litvosk es una capitulación del proletariado revolucionario ruso frente al imperialismo alemán. Lenin y sus amigos no se engañan y no pré-tenden engañar a otros: ellos reconocieron que fue una capitulación. Pero se ilusionaron con la esperanza de huir realmente de la guerra mundial a través de una paz separada. No percibieron que la capitulación rusa tendría por resultado el fortalecimiento de la política imperialista pangermánica, debilitando las posibilidades de una sublevación revolucionaria en Alemania”. Curiosamente, Rosa no veía en esto la consecuencia de un error bolchevique sino de la situación objetiva: “He aquí la falsa lógica de la situación objetiva: todo partido socialista que llegue al poder en Rusia estará condenado a adoptar una táctica errónea en cuanto le falte el auxilio del ejército proletario internacional, del cual forma parte” (9). Como señala Nettl, Rosa no proponía ninguna alternativa a la política bolchevique sino el levantamiento revolucionario alemán. En tanto éste no existiera, el bolchevismo estaría frente a una impasse.
 
Crítica de la historia
 
Rosa escribió su crítica de la Revolución Rusa después de esos artículos y, según Paul Levi, consciente de su no publicación: “Escribo este folleto para usted, y si consigo convencerlo, el trabajo no habrá sido en vano”. El trabajo es, en primer lugar, una defensa apasionada de la Revolución Rusa, del bolchevismo y de la revolución en general, contra la socialdemocracia alemana: “La Revolución en Rusia —fruto del desenvolvimiento internacional y de la cuestión agraria—no puede tener solución en los límites de la sociedad burguesa (...) La guerra y la revolución demostraron, no la inmadurez de Rusia sino la inmadurez del proletariado alemán para cumplir su misión histórica (...) Contando con la revolución mundial del proletariado, los bolcheviques dieron precisamente la prueba más brillante de su perspicacia política, de su fidelidad a los principios, de la audacia de su política” (10).
La crítica de Rosa Luxemburgo al bolchevismo consiste en un rechazo a toda política de compromisos, realizada con vistas a la defensa del nuevo poder obrero, como contraria al libre desenvolvimiento revolucionario de las masas: 1) la cuestión de la paz, ya mencionada; 2) la política agraria (“la tierra a los campesinos”), táctica excelente para consolidar al gobierno, pero que crea dificultades insuperables para la posterior transformación socialista de la agricultura; 3) la cuestión nacional: el derecho de las naciones a la autodeterminación no sería sino una frase vacía en el cuadro de la sociedad burguesa. En la práctica, Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania y los países bálticos, el Caucaso, usaron este derecho para aliarse al imperialismo alemán contra los soviets.
 
La cuestión del compromiso como componente de toda política revolucionaria madura será desarrollada por Lenin en su folleto sobre el “izquierdismo”. De hecho, no parece haber en la estructura teórica de Rosa lugar para las consecuencias del desenvolvimiento desigual del capitalismo y de la conciencia de las masas y, por tanto, para las consignas de transición, que serían el eje metodológico del programa que los bolcheviques se esforzaron por transmitir a los partidos obreros revolucionarios de todo el mundo. El proletariado no es impermeable a las ideas nacionalistas: los bolcheviques harán la amarga experiencia con la derrota del Ejército Rojo en Polonia...
 
La famosa crítica a la política democrática del gobierno obrero se sitúa en la misma línea: Rosa rechaza todo compromiso que, en nombre de las necesidades inmediatas, bloquee el pleno desarrollo de la vida y de la acción política de las masas. Lo que no tiene nada que ver con la defensa de las instituciones de la democracia representativa como complemento necesario, o incluso superior, de la democracia soviética. Rosa escribe que “ahogando la vida política en todo el país, es fatal que la vida del propio Soviet se paralice cada vez más. Sin elecciones generales, sin libertad ilimitada de prensa y de reunión, sin libertad de lucha entre las opiniones, la vida muere en todas las instituciones públicas, se vuelve una vida aparente, donde la burocracia permanece como el único elemento activo”.
 
Oskar Negt dice que cuando Rosa “afirma que la libertad es siempre sólo la libertad para quien piensa de un modo diferente, su aserción no es un retorno al liberalismo, sino un elemento, una parte constitutiva vital de una opinión pública proletaria, que no puede reducirse a reproducir y aclamar decisiones, programas dados, orientaciones de pensamiento establecidas” (11). La supresión de la Constituyente, la ilegalización de los partidos opositores que pregonasen la caída del gobierno bolchevique —en el cuadro de la guerra civil— no eran puntos programáticos del bolchevismo sino medidas prácticas adoptadas en las condiciones de aislamiento internacional en los marcos de un país atrasado (con mayoría campesina). Rosa no podía conocer, en la época (1918) y en la prisión, los escritos de Lenin en los cuales la pluralidad de partidos obreros y campesinos en los soviets era enfatizada como “la vía más rica” para el pleno desenvolvimiento de la dictadura del proletariado. Y mucho menos las advertencias de Lenin, posteriores a la muerte de Rosa, contra el peligro de la burocratización, así como el debate de 1923 sobre el “Nuevo Curso”.
 
Fue Georg Lukacs quien vió en las críticas de Rosa Luxemburgo la expresión de un pensamiento orgánicamente antibolchevique y, en última instancia, ajeno al marxismo en puntos cruciales. Rosa criticó la disolución de la Constituyente, no como una defensa de principios de esa institución sino como una demostración de la falta de confianza de los bolcheviques en las masas, capaces, a través de su presión (como sucediera en las revoluciones francesa e inglesa), de cambiar el rumbo y el contenido de esa asamblea (“Los soviets, como columna vertebral, más la Constituyente y el sufragio universal”, era la fórmula de Rosa): “Rosa no destaca que esos cambios de orientación se parecían diabólicamente, en su esencia, con la disolución de la Constituyente. Las organizaciones revolucionarias de los elementos más nítidamente progresistas de la revolución (los consejos de soldados del ejército inglés, las secciones parisinas) proscribieron siempre por medio de la violencia a los elementos retrógados, transformando a esos cuerpos parlamentarios en conformidad con el nivel de la revolución. En la Revolución Rusa se da el pasaje de esos refuerzos cuantitativos al cambio cualitativo. Los soviets, organizaciones de los elementos más progresistas de la revolución, no se contentaron con depurar a la Constituyente de todos los elementos que se encontraban más allá de los bolcheviques y de los socialistas-revolucionarios de izquierda, los sustituyeron. Los órganos proletarios (o semi-proletarios) de control y de presión de la revolución burguesa se volvieron órganos de lucha y gobierno del proletariado victorioso. Es eso lo que Rosa ignora en su crítica de la sustitución de la Constituyente por los soviets: ve la revolución proletaria bajo las formas estructurales de la revolución burguesa” (12).
 
Aun suponiendo que fuera así, cabría creer que Rosa superó rápidamente esa visión pues, poco tiempo después, polemizando contra el ala izquierdista del PC alemán, partidaria del boicot a las elecciones para la Constituyente alemana, defendió implícitamente la disolución de la Constituyente en la URSS: “¿Olvidáis que antes de la disolución de la asamblea nacional ocurrió algo diferente, la toma del poder por el proletariado revolucionario? ¿Ya teneis hoy, por ventura, un gobierno revolucionario, un gobierno Lenin-Trotsky? Rusia ya poseía antes una larga historia revolucionaria que Alemania no tiene” (13).
 
Luciano Amodio sostiene que “es verdad que Rosa opone los consejos (soviets) a la Constituyente. ¿Pero hasta qué punto se puede admitir que es ella quien habla, y no el espartaquismo, sus amigos reencontrados en medio de una efervescencia pro-rusa y pro-soviética? (...) Fue a la salida de la prisión, bajo la presión de los hechos, los que la llevaron a retractarse en pocas semanas, a comenzar a comprender que algo nuevo había aparecido, una especie de nueva lógica y de nueva idea sobre la revolución, mejor, centrada sobre el partido y no sobre las masas” (14). Para defender, contemporáneamente, la idea de una Rosa antibolchevique, se apela a argumentos sicológico-sentimentales (los “amigos”) y a la presión de las circunstancias: ¿es posible pensar que una teórica con el rigor, una mujer con la personalidad, una dirigente con la responsabilidad de Rosa Luxemburgo podría cambiar radicalmente sus puntos de Vista bajo el efecto de esas presiones?
 
Nosotros preferimos quedamos con la conclusión del estudioso más riguroso de la obra de Rosa: “El ensayo de Rosa sobre la Revolución Rusa, celebrado hoy como una acusación profética contra los bolcheviques (es más) una exposición de la revolución ideal, redactado —como ocurría frecuentemente con Rosa— bajo la forma de diálogo crítico, en esta ocasión con la revolución de octubre. Los que procuran en ella una crítica de los fundamentos de la revolución bolchevique, deben buscar en otro lugar” (15).
 
La oposición de Rosa al bolchevismo fue circunstancial. Por el contrario, no parece circunstancial sino estratégica, la conclusión con que Rosa terminó su ensayo (todo buen autor deja lo más importante para decir al final): “Lo esencial y duradero en la política de los bolcheviques (...) lo que permanece, su mérito histórico imperecedero, es que conquistando el poder político y colocando el problema práctico de la realización del socialismo abrieron el camino al proletariado internacional e hicieron progresar considerablemente la lucha entre el capital y el trabajo en el mundo entero. En Rusia, el problema sólo podía plantearse, no podía ser resuelto, pues sólo puede resolverse a escala internacional. Y, en ese sentido, el futuro pertenece en todos lados al bolchevismo” (16).
 
El pensamiento de Rosa tenía la misma matriz histórica del bolchevismo: su ensayo debe leerse como un documento excepcional sobre la revolución, producido por una de las cabezas más geniales del siglo, o sea, como un texto todavía capaz de iluminar nuestro presente.
 
 
NOTAS:
(1) Francisco C. Weffort, ¿Por que democracia? (Sao Paulo: Brasiliense, 1984), pp. 125-126.
(2) Carlos N. Coutinho,A democracia como valor uni-vei'sal (Sao Paulo: Ciencias Humanas, 1980), p. 20.
(3) Rosa Luxemburgo, Die Russische Revolution. Ei-ne kritische, Wurdigung, Berlín, 1922 (pref. Paul Levi).
(4) León Trotsky, “Rosa Luxemburgo y la Cuarta Internacional”, Escritos, tomo VII, vol. 1 (1935-1936) (Bogotá: Pluma), p. 42.
(5) Georg Lukacs, Historia y conciencia de clase (Porto: Escorpión, 1974), p. 281.
(6) Daniel G uQT\x\,RosaLuxemburgo y la espontaneidad revolucionaria, (Sao Paulo: Perspectiva, 1982), p. 108.
(7) Paul Levi, Unser Weg. Wider den Putschismus (Berlín, 1921); (en anexo: KarlRadek, Die Lekreneines Pustchversuckes).
(8) Pierre Bryué, Revolution en Allemagne (1917- 1969), pp. 46-52.
 (9) Rosa Luxemburgo, Oeuvres, v. II (París: Maspero, Vozes, 1991), p. 63.
(10) Rosa Luxemburgo, A Revolucia Rusa, (Petrópilis: 1923), (París: Minuit, 1971).
13) Apud Isabel Loureiro, “Introducción” en Rosa Luxemburgo, op. cit., p. 28.
(14) Luciano Amodio, “La revolutión bolchevique: la interpretatión de JRo$a Luxemburgo”, in Histoira du marxisme contemporaim, v. 2 (París: UGE), pp. 251-253.
(15) J.P. Nettl, La vie et le oeuvre de Rosa Luxenu bmrg, t. II (París: Maspero, 1972), p. 685.
(16) Rosa Luxemburgo, op. cit., p. 98
 

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