fbnoscript

Manifiesto Socialista de Bhaskar Sunkara: ¿Cuáles son las tareas de los revolucionarios en Estados Unidos?

Por Guillermo Kane

En abril de 2019, Bhaskar Sunkara, editor de la revista “Jacobin”, publicó un Manifiesto Socialista, de su autoría. La revista, lanzada en 2011, ha estado en el centro de los debates políticos que se han dado en el contexto del resurgir izquierdista en Estados Unidos de los últimos años. A través del manifiesto, el autor, militante de Demócratas Socialistas de América (DSA), quiere establecer un programa y una organización para la nueva generación militante que ha surgido.

 

La idea de un manifiesto, remitiendo expresamente al Manifiesto Comunista de Marx y Engels, es ambiciosa y poco habitual en estos tiempos. Quiere darle una épica fundacional y una base ideológica al crecimiento de su organización, que Jacobin considera una “nueva” DSA.

La obra, sin embargo, no se condice con los requerimientos de un manifiesto, que exponga sistemáticamente un cuerpo de ideas. La primera parte, de las tres en las que está dividida el libro, delinea su visión de un futuro socialista, logrado por un crecimiento electoral progresista desde la visión del trabajador de una fábrica de salsa de tomates. La sección es antojadiza, sin una base teórica o argumental sólida, y repleta de referencias culturales simpáticas. La fábrica es propiedad de la familia del rockero Bon Jovi y el movimiento progresista que da lugar a una nueva sociedad está liderado por su colega Bruce Springsteen. Los cambios sociales en este hipotético futuro de Estados Unidos tienen como referencia una versión, que el autor admite es idealizada, de las reformas instituidas por el gobierno socialdemócrata de Suecia de los años ’70. El grueso del libro, más de la mitad de sus 230 páginas, están dedicadas a hacer una historia del movimiento socialista, partiendo de Marx y Engels. Finalmente, desarrolla el programa político con el que pretende construir su organización en Estados Unidos.

El manifiesto adolece de un desarrollo sistemático del funcionamiento de la sociedad actual y sus propuestas de cambio. El grueso del esfuerzo está colocado en tratar de compatibilizar la realidad de la DSA como parte del ala izquierda del Partido Demócrata de Estados Unidos, uno de los pilares del régimen político de la principal potencia imperialista del mundo, con su pretensión de ser una fuerza marxista, revolucionaria, partidaria de la independencia de la clase obrera. Esta es la causa del gran esfuerzo en ubicar a la DSA como parte de una corriente que arranca en Marx y Engels y que es crítica de la adaptación de la socialdemocracia a los mandatos del gran capital.

 

La trayectoria de DSA

El desarrollo de los Demócratas Socialistas de América bajo el gobierno de Donald Trump se ha vuelto un fenómeno político verdaderamente significativo. Por sus características expresa la existencia de un proceso de radicalización y un fenómeno de militancia masiva que no se había visto en Estados Unidos en medio siglo.

Demócratas Socialistas de América no es, sin embargo, una organización nueva. La organización fue fundada en 1982 por sectores provenientes de los viejos partidos socialistas, comunista y el movimiento de la nueva izquierda de los sesenta. Su figura dirigente central de los primeros años, Michael Harrington, provenía de la International Socialist League, que lideraba Max Schachtman, y que había roto con León Trotsky y el SWP de Estados Unidos a principios de la Segunda Guerra Mundial. La polémica en el SWP entre la mayoría de la dirección nacional, liderado por James Cannon y la minoría nucleada alrededor de Schachtman y James Burnham, tuvo diversos ejes, que han constituido una verdadera escuela para generaciones de revolucionarios que leyeron la polémica magistral encarada por León Trotsky en una serie de cartas y artículos recopiladas en su En defensa del marxismo. En esas páginas se discute la necesidad del método filosófico del marxismo, el materialismo dialéctico, como base para una política revolucionaria. Se hace una defensa del carácter proletario, militante del partido y del régimen del centralismo democrático. El lugar central del debate lo ocupa la defensa de la caracterización de Trotsky de la Unión Soviética como un Estado obrero burocratizado, contra la posición de Schachtman de que esta se había constituido en una nueva potencia imperialista. Esta equiparación del estalinismo con el imperialismo capitalista fue el santo y seña de un pasaje de la organización de Schachtman, primero, a la socialdemocracia amarilla y, por esa vía, directamente al Partido Demócrata.

La International Socialist League ingresó al Partido Socialista en 1957 y desarrolló ahí la política de apoyar candidatos del Partido Demócrata, rehusándose a presentar candidatos independientes. Esta impronta predominó en la naciente DSA, constituida luego de una ruptura en varios sectores del viejo Partido Socialista, donde solo una minoría decidió seguir existiendo como organización fuera del Partido Demócrata.

Desde su fundación hasta 2017, la DSA fue la principal sección en Estados Unidos de la Internacional Socialista que vio en esos años en el poder a gobiernos profundamente antiobreros, como Tony Blair en el Reino Unido, Felipe González en España o François Hollande en Francia. En esos años, la DSA ha sido un elemento absolutamente integrado al establishment de los demócratas, apoyando a figuras “responsables” frente a las políticas del Estado imperialista como Barack Obama o John Kerry. El establishment demócrata los incorporó como miembro pleno. El funeral de Harrington, en 1989, tuvo como orador de fondo al senador Ted Kennedy, típico representante del ala “liberal”, insospechado como subversivo y aliado de la DSA, que lo recordó diciendo “Michael Harrington nunca creyó que no podíamos mejorar y nunca dejó de impulsarnos a esforzarnos más[1]”.

Han sido una parte, aunque marginal, del partido de gobierno de innumerables ofensivas imperialistas en los Balcanes, Medio Oriente, Latinoamérica y otros puntos del mundo.

Para 2016, DSA venía languideciendo como organización desde hacía varios años, con alrededor de 6 mil miembros y 40 organizaciones locales. Ese año, la campaña de Bernie Sanders para lograr la nominación presidencial demócrata tuvo un enorme impacto. Sanders se ha definido políticamente como demócrata socialista, aunque no es miembro de la DSA. Demócratas Socialistas de América fue parte de la coalición que lo apoyó en 2016 en la interna que, con fuertes maniobras de la dirigencia tradicional del Partido Demócrata, consagró como candidata a Hillary Clinton, la representante del establishment millonario y guerrerista que perdió frente a Donald Trump.

Esa campaña fue el comienzo del crecimiento vertiginoso de la DSA. Para la convención nacional de 2019 estaban llegando a los 60 mil miembros, con la salvedad de que se calcula que la mayoría de estos miembros solo acompañan de manera pasiva, y sólo entre un 10 o un 20% pueden considerarse militantes activos[2]. Han cosechado una parte significativa del activismo que despuntó en el país con el movimiento Occupy Wall Street, contra el rescate a los bancos a costa de las condiciones de vida de los trabajadores, y parcialmente también del movimiento Black Lives Matters, que se desarrolló bajo el gobierno de Barack Obama contra los asesinatos de la población negra en manos de la fuerza policial. Para gran parte de esos jóvenes, a quienes está dirigido centralmente este manifiesto, es su primera experiencia militante.

 

Un resurgir militante en las entrañas de la bestia

En las elecciones parlamentarias de medio términode 2018, la DSA y otros grupos de la izquierda que apoyaron a Sanders, como Justice Democrats y Working Families Party, desafiaron a legisladores demócratas que iban por la renovación de sus mandatos y tuvieron un importante éxito. De los diputados nacionales que ingresaron para componer la mayoría demócrata de la cámara baja, 37 de 57 eran considerados del campo progresista[3].

Para 2019, casi un centenar de miembros de la DSA ocupan cargos electivos, desde Alexandria Ocasio-Cortez (conocida por sus iniciales AOC) y Rashida Tlaib en el Congreso, que junto a otras dos diputadas progresistas y de color fueron conocidas mediáticamente como “el escuadrón”, en las legislaturas estatales, concejos municipales y educativos. Estas diputadas nacionales han sido objeto de ataques racistas y macartistas de parte de Trump, los republicanos e incluso del establishment demócrata. Sus posiciones contrarias a la persecución a inmigrantes o por las causas ambientales las han hecho muy populares, en particular a Ocasio-Cortez. Sin embargo, no han convocado a movilizarse ni se han salido de la estrategia de la dirección demócrata en ningún punto esencial. Recordemos que el impeachment a Trump promovido por la bancada demócrata, solo ha avanzado en relación con la defensa de la agenda de colonización a escala internacional y la necesidad de una ofensiva contra Rusia, no por las incontables razones que los oprimidos de Estados Unidos y el mundo tienen para avanzar contra el magnate derechista[4].

En octubre de 2019, AOC presentó un paquete de leyes colectivamente denominadas “por una Sociedad Justa”. Son reformas parlamentarias tímidas, mucho más limitadas que el New Deal de Roosevelt que se rememora en su presentación, e incluso más limitadas que las medidas asistencialistas de los gobiernos nacionalistas o centroizquierdistas latinoamericanos. El contenido de las leyes se limita a modificar los criterios para recibir subsidios o beneficios estatales existentes en cuatro de los proyectos y en el quinto plantea que el estado federal privilegie la contratación de empresas que no violen la legislación laboral existente[5]. El paquete de leyes, que oficiaría como una declaración programática de la diputada, es de una tibieza que ni siquiera podría considerarse reformista.

Demócratas Socialistas de América se ha transformado en una maquinaria electoral que puede lograr una movilización militante de voluntarios para hacer campaña electoral. Esto les da un potencial disruptivo ya que en las peleas de primarias enfrentan a políticos democrátas tradicionales que dependen estrictamente de las donaciones capitalistas y de planteles de colaboradores pagos para montar sus campañas. También han logrado una movilización de votantes importante en muchos distritos, lo cual logró asegurar victorias en un sistema electoral que está apoyado en gran medida en la bajísima proporción de electores respecto de la población. Su trabajo en una zona incluye la recorrida puerta a puerta con diversas campañas, la formación de extensos listados de contactos para enviar mails de propaganda y el seguimiento de datos de interacción por redes[6]. La DSA ofrece este apoyo electoral militante a candidatos que estén dispuestos a reivindicarse como “socialistas” y declararse a favor de un programa de reformas que promueven, como la extensión universal de la cobertura de salud estatal (“Medicare for all”) o el reemplazo de los hidrocarburos por energías renovables (“Green New Deal”).

El carácter militante, plebeyo e incluso obrero de la izquierda del Partido Demócrata es un revulsivo en la situación política de Estados Unidos. Expresa evidentemente tendencias profundas de radicalización y disconformidad con el régimen imperante, aunque estas estén canalizadas hacia uno de los partidos sostenes de ese régimen. En enero se anunció que la recaudación de la campaña de Sanders, en el último trimestre de 2019, batió los record de donaciones a cualquier campaña presidencial, 34,5 millones de dólares. Sin embargo, esto no se logró con las grandes sumas de corporaciones capitalistas que respaldan a los otros candidatos demócratas y republicanos, sino mediante casi dos millones de donaciones, que tienen como promedio de valor 18,53 dólares[7]. Desde que la campaña fue lanzada, Sanders declara haber recibido 5 millones de donaciones individuales. Los datos estadísticos arrojan que los principales empleadores de los donantes son los ultraprecarizadores Starbucks, Walmart y Amazon. La ocupación más común entre ellos es docente. Sanders ha sido el candidato más apoyado en aportes por enfermeras, estudiantes, camioneros, empleados de comercio, electricistas, granjeros, programadoresy albañiles[8].

Aunque este trabajo electoral dentro del Partido Demócrata es el eje del trabajo político de la DSA, a diferencia de las otras organizaciones dedicadas a dirigir las fuerzas del activismo hacia la maquinaria electoral, se declara como el núcleo de un futuro partido independiente y pretende tener un alcance más consistente en términos ideológicos y de disciplina militante.

La Convención de Demócratas Socialistas de América, que se reunió el 2 de agosto de 2019 en Atlanta, debió resolver una lucha interna de tendencias respecto de ese carácter más partidario de su formación. No se realizó un debate político sobre la situación política nacional, su relación con los demócratas y otros puntos. La convención mostró un dominio del bloque “Pan y Rosas”, vinculado con Jacobin, defensor de la política electoral detrás de Sanders y los demócratas, así como de la construcción de una organización centralizada. Fueron derrotados sectores que proponían un eje en peleas locales y restaban importancia a las campañas centralizadas. Junto a la dedicación exclusiva a la campaña electoral demócrata se votó el objetivo, para un futuro incierto, de romper con el Partido Demócrata cuando se pueda lograr una “ruptura sucia” (dirty break) -o sea, una ruptura que sea significativa a nivel de masas, arrastrando una parte importante de la base y los recursos demócratas.

Al mismo tiempo votaron dedicar fuerzas de la DSA a desarrollar un trabajo en el movimiento obrero y una serie de planteos muy izquierdistas contra la acción colonial de Estados Unidos, contra el Estado de Israel.

Las políticas que vienen desarrollando junto a los demócratas, sin embargo, están lejos de reflejar estas posiciones. Las diputadas de la DSA votaron, junto a toda la bancada demócrata, el Presupuesto de Trump, que incluyó un enorme aumento al Pentágono, que llega a manejar para todo el complejo militar yanqui 1,5 billones de dólares, lo cual supera todo el presupuesto federal de Estados Unidos para el resto de los rubros, sumados. La DSA acompañó esta votación incluso frente a un presupuesto en crisis, donde la mayoría de la bancada republicana se opuso al acuerdo Trump-Pelosi, por el aumento en el endeudamiento nacional que acompañaba la ampliación del gasto interior y exterior[9].

Sanders, el candidato de la DSA, ha votado reiteradamente por el refuerzo de la “seguridad” en la frontera contra los inmigrantes, diciendo que el ingreso de estos recorta la posibilidad de atender las necesidades de los estadounidenses pobres y desocupados, un planteo tomado directamente del libreto xenófobo de Trump[10]. En el debate de candidatos demócratas de julio se volvió a pronunciar por “fronteras fuertes” -o sea, sostener la frontera amurallada y militarizada.

Un informe señala que una gran cantidad de los oradores en los paneles internacionales de la conferencia Socialism, tradicionalmente convocada por la desaparecida Organización Socialista Internacional (ISO por sus siglas en inglés) y hoy convocada en el marco de la DSA, son parte de ONGs u otros grupos financiados por la National Endowment for Democracy (Fondo Nacional por la Democracia). Este fondo, promovido en su momento por el presidente derechista Ronald Reagan, tiene una composición bipartidaria demócrata-republicana y se encarga de financiar organizaciones que promueven la agenda del imperialismo de Estados Unidos en los países en los que promueve un cambio de régimen[11]. Ocasio-Cortez ha declarado, al ser consultada sobre Venezuela, que “sobre ese punto se refiere a la posición establecida por la bancada” demócrata[12], que no es otra que el reconocimiento del gobierno fantasma de Juan Guaidó, nombrado por el Pentágono para intentar armar un golpe fallido. En febrero, Sanders había tuiteado en apoyo a la campaña que quería forzar el ingreso de una intervención imperialista con la excusa de “ayuda humanitaria”.

El seguidismo al Partido Demócrata también incide en el carácter de la actividad de la DSA en el movimiento sindical. En la huelga docente de West Virginia, de 2018, donde hubo una amplia acción por encima de los sindicatos, la DSA y Jacobin reivindican a las direcciones burocráticas y dieron por levantada la huelga cuando el gobierno anunció un 2% de aumento, que fue repudiado por la base manteniendo un paro salvaje, desafiando la orden del sindicato. El balance de Jacobin fue que el proceso “hacía más democrático el funcionamiento de los sindicatos”, cuando lo que sucedía era una rebelión contra su dirección, vinculada con el Partido Demócrata. Frente al levantamiento apresurado de la huelga de docentes de Los Angeles, en enero de 2019, por parte del sindicato influido por la ISO, la DSA declaró que, “de todas maneras es muy caro garantizar aulas con menos de 39 alumnos”, como le reclamaron los huelguistas al gobernador demócrata de California GavinNewson, que recibió el apoyo electoral de la DSA[13]. Los militantes de la DSA en las huelgas docentes se declaran “orgánicos” de las direcciones actuantes, a diferencia de los miles que organizaron acciones por encima de estas.

De conjunto, la DSA no caracteriza que exista una burocracia sindical que deba ser enfrentada para dotar de una nueva dirección al movimiento obrero. La pretensión declarada de querer llevar más democracia y activismo a los sindicatos sin partir de la expulsión de esta burocracia es una receta para la derrota o la cooptación. La tendencia a la estatización de los sindicatos, que Trotsky caracterizó como una característica general de la época imperialista[14], es particularmente fuerte en la principal potencia, donde la existencia de una corriente independiente dentro del movimiento obrero ha sido episódica y discontinua.

 

Una reivindicación derechista de la Segunda Internacional

Este carácter contradictorio de la vida política de la DSA explica los objetivos del raro texto de Sunkara. La “nueva” DSA, surgida de la canalización de una radicalización juvenil y obrera hacia el ala progresista de los demócratas, quiere mostrar sus credenciales de organización marxista y revolucionaria, así como su linaje en un movimiento socialista de más de un siglo y medio de desarrollo.

El relato de Sunkara trata de mostrar a quienes han quedado divididos por opciones estratégicas como respuestas o intentos dentro de un mismo movimiento socialista. Aunque Sunkara de ninguna manera rescata a Lenin o Trotsky, no se quiere abstener de recibir el apoyo de quienes reivindiquen su legado revolucionario. Entonces, va armando una amplia galería de luminarias socialistas, a las que va incorporando más o menos críticamente.

Marx y Engels son falsamente presentados en este relato como un ala moderada y democrática del movimiento socialista de la época. “Marx y Engels permanentemente abogaron por políticas democráticas, que fueran conducidas por la masa de los mismos trabajadores, al punto que los insurreccionalistas de la época podían llamarlos moderados[15]”, dice Sunkara.

Los que el autor quiere vender como moderados fueron justamente los que propusieron que la Liga de los Justos se transforme en la Liga de los Comunistas, una denominación que marcaba el extremo revolucionario de las fuerzas existentes. Fueron los autores del concepto de dictadura del proletariado y de la revolución permanente, no de la promoción de una democracia abstracta y sin clase. La verdadera democracia se conquistará, para Marx y Engels, con la supresión revolucionaria del Estado burgués pretendidamente democrático.

Lejos de un concepto basista sobre la organización revolucionaria, los autores del Manifesto Comunista defendieron siempre la necesidad de la existencia de un partido propio de la clase obrera con un programa claramente definido. Las durísimas luchas políticas con los anarquistas dentro de la Primera Internacional, representados por Proudhon o Bakunin, llevaron a una escisión durísima. Para evitar que la Internacional fuese capturada por quienes pretendían disolver la responsabilidad de una dirección revolucionaria, Marx promovió que la sede de la Internacional se mudara a Nueva York y finalmente se disolviera.

Eso no quiere decir que Marx y Engels no fueran partidarios de una plena democracia hacia el interior de las organizaciones obreras. Concebían que el ejercicio de la dictadura revolucionaria contra la burguesía tiene el objeto final de la supresión del Estado y de toda opresión social. Un ideal profundamente democrático, desde ya. Todo esto no tiene nada que ver con el rescate de dos socialistas moderados y basistas que relata Sunkara.

Reivindica una línea que va trazando de Karl Kautsky dentro de la socialdemocracia alemana y al menchevique Martov entre los rusos, y también los socialdemócratas suecos y la dirección mayoritaria (reformista y electoralista) del Partido Socialista de Estados Unidos de principio del siglo XX, nucleada alrededor de Eugene Debs y Morris Hilquist. De esa manera, Sunkara quiere establecer un camino intermedio entre los revisionistas que promovieron la integración de la socialdemocracia al régimen burgués sin atenuantes, apoyando a sus respectivas burguesías en la Primera Guerra Mundial, los Bernstein, Ebert y Scheidemann, los Plejanov y los Dan; y quienes llamaron a levantar a los trabajadores contra el régimen que llevó (y lleva) a millones a morir en las guerras, los Lenin, Trotsky, Liebknecht o Rosa Luxemburgo.

Sin embargo, la historia no es un menú a la carta de la cual uno puede tomar las piezas que le interesan y disponerlas en una vitrina de una forma que resulte atractiva. Martovy Kautskyle dieron la espalda a los trabajadores cuando fueron por la toma del poder. No fueron las figuras que tuvieron la colaboración directa con la reacción armada de la burguesía. Pero sí dirigieron sus plumas a la condena de la osadía de que la clase obrera tome el poder. La Segunda Internacional, con la que se mantuvieron agrupados, se transformó en una organización de la reacción. Una clave esencial de la historia de las revoluciones en el siglo XX es la sucesión permanente de traiciones de las direcciones socialdemócratas y estalinistas.

Por otra parte, todos estos dirigentes socialdemócratas, reformistas, partidarios del seguidismo de la clase obrera a la burguesía liberal (entre quienes podríamos ubicar perfectamente, por ejemplo, a Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista Argentino) tenían sin embargo, un rasgo político profundamente progresivo, que Sunkara no puede adjudicarse a sí mismo ni a su organización. En un momento donde la política burguesa todavía tenía un componente popular o lo había tenido en un pasado cercano,esta generación organizó a miles de trabajadores bajo las banderas de su propio partido, nacional e internacional. Ese paso fue enormemente progresivo. Fue con la guerra y el ciclo de revoluciones y ascensos obreros que arranca con el Octubre ruso, que los reformistas mostraron que eran incapaces de pelear por el poder para la clase obrera. Sunkara recuerda la sentencia de Trotsky respecto de Martov y los mencheviques, condenándolos al “basurero de la historia” por oponerse a la toma del poder por parte de los trabajadores. Efectivamente, Sunkara se ha dedicado a una operación de reciclaje de desechos históricos, para lograr hacer atractiva a la socialdemocracia reformista para las nuevas generaciones, luego de que largos años de servicio al imperialismo y al capital la han transformado en una serie de aparatos desprestigiados, alejados del interés de los trabajadores y la juventud.

Sunkara y la DSA se adjudican la continuidad de la corriente socialista que aportó a la organización política independiente de multitudes de trabajadores, pero su intervención tiene un signo contrario. Trump pudo aprovechar, para hacerse de la presidencia, una profunda crisis política de todo el establishment político yanqui, y en particular del “liberal-progresista” Partido Demócrata y sus voceros como Hillary Clinton. Cuando una parte importante de los trabajadores repudian a los demócratas por llevar a un retroceso a sus condiciones de vida, la DSA y otros grupos de izquierda y activistas están llamando a sumarse a sus filas porque la crisis puede ser aprovechada para conquistar espacios y obtener cargos parlamentarios.

La reivindicación de los Kautsky y Martov pretende dar una base teórica socialista y marxista a la adaptación política a la democracia burguesa. Con la misma tesis de Sunkara de que el socialismo sólo puede encararse en los países que culminaron su desarrollo capitalista, so pena de un fracaso o una deformación totalitaria, Kautsky y Martov defendieron la opresión del capital contra la revolución proletaria en los primeros años de la etapa imperialista del capitalismo.

Sunkara vuelve, cien años después, a querer revivir esa fe en la democracia burguesa como vía al socialismo, abandonada por los viejos partidos socialdemócratas, que han dejado hace mucho tiempo de pretender representar una transformación social de cualquier tipo. En este siglo, los Estados burgueses “democráticos”, en especial los imperialistas, se han vuelto el eje de los sistemas de persecución policial, exterminio físico, espionaje y encarcelamiento más complejos de la historia de la humanidad.Las crisis y la descomposición de las repúblicas de recambio democrático y de sus partidos políticos han llevado, en forma creciente, al pasaje de los gobiernos de la burguesía a formas autoritarias, personalistas, bonapartistas.

Al calor de los choques comerciales y militares acicateados por la crisis capitalista, los regímenes políticos de excepción van dominando el panorama, de Rusia a Turquía, de Brasil a Estados Unidos. Pretender que la burguesía en su etapa de descomposición pueda volver a las características de su primera etapa histórica al frente del Estado es tan absurdo como pensar que el capital va a dejar de lado su concentración monopólica y volver a regirse por el libre mercado. Ni en la historia ni en la vida se puede volver a meter al huevo en la cáscara. Y menos, con el omelette ya cocinado.

Aunque Sunkara reivindica a Marx en su manifiesto, se escuda en las “particularidades nacionales” de Estados Unidos para ignorar la principal conclusión que este teórico revolucionario sacó del ciclo de revoluciones en Europa de 1848 y 1849: la necesidad de que los obreros promuevan una organización política completamente separada de las de la burguesía y pequeño burguesía en todos los niveles prácticos[16]. La pretensión de Sunkara de compatibilizar al marxismo con el parlamentarismo más anodino no logra ser fundamentada en el propio texto.

 

El imperialismo y el reformismo socialdemócrata

Una constante en todo el libro de Sunkara es la nula reflexión sobre el fenómeno de la explotación imperialista, que marca nuestra época histórica y domina todos los problemas políticos, históricos o cotidianos que el libro pretende abordar.

La explicación de la claudicación de la socialdemocracia frente a la Primera Guerra Mundial sin explicar la nueva etapa del capitalismo, la mayor vinculación de los Estados con los grupos monopólicos y la disputa por los mercados del mundo en la que intervienen los Estados nacionales, que estudiaron Lenin y otros socialistas a principios del siglo XX, peca de una superficialidad total. Explica el alineamiento por la generación de una burocracia conservadora de rentados del partido y los sindicatos, por la acumulación de privilegios entre los obreros que no estaban dispuestos a perder[17].

Aunque estas observaciones en sí mismas puedan ser ciertas, carecen de alcance como explicación si no se relacionan el lugar de explotación económica y colonial que logran las potencias capitalistas en esta etapa, con la capacidad de dar mayores concesiones a una capa de los trabajadores. Lenin desarrolló la caracterización de una aristocracia obrera en los países imperialistas y lo relacionó directamente con los intereses materiales que pasó a defender la socialdemocracia, dominada por la corriente revisionista y reformista[18].

La adhesión de Sunkara al evolucionismo de la socialdemocracia amarilla lo lleva a considerar que el “mundo subdesarrollado no puede hacer la revolución[19]”. Esto no solo constituye un paternalismo absurdo hacia los países que sufren la explotación imperial, reservando el asunto del socialismo para los pueblos imperiales. Constituye, sobre todo, una apología de la propia opresión imperial, considerando que lo que deben lograr los pueblos subdesarrollados es un mejor desarrollo capitalista. Como si la acción del endeudamiento usurero permanente, de la dominación mediante los organismos internacionales, del saqueo de los recursos naturales y el comercio desigual no fuese justamente la herramienta para mantener a dos tercios del planeta en el atraso.

Sunkara, a pesar de las revoluciones de China y Cuba, sostiene que en los países atrasados “impulsar el desarrollo capitalista, mientras se mitigan sus peores efectos y se redistribuyen sus ganancias -como han hecho recientemente el Partido de Trabajadores de Brasil y otros gobiernos de la marea rosa latinoamericana- es lo mejor que podemos esperar para el mundo en vías de desarrollo”. Los habitantes del sur global tendríamos que resignarnos al saqueo imperialista con algún atenuante asistencial.

A pesar de que hace ya más de 170 años Marx y Engels mostraron en el Manifiesto Comunista que el capitalismo había constituido un mundo a su imagen y semejanza que llevaba a los oprimidos de nuestra sociedad a buscar una salida internacional a nuestra opresión, Sunkara analiza los problemas del Estado y la revolución bajo fronteras estrechamente nacionales. La supuesta falta de condiciones para la revolución en Rusia o en los países “en desarrollo”. El supuesto carácter socialista del estado de bienestar en países europeos de la posguerra. Todo es juzgado por Sunkara fuera del tablero internacional de la lucha de clases, la revolución y la contrarrevolución. El desarrollo de una burocracia desclasada en la Unión Soviética no es para Sunkara un accidente histórico, fruto del aislamiento que impusieron los avatares de la revolución en Occidente, sino un destino totalitario que está impuesto a quienes osan saltar las reglas de la evolución histórica precipitándose al socialismo.

La realidad es que en nuestra época histórica, las relaciones sociales capitalistas son las que dominan en todo el planeta. Los países dominados solo podrán avanzar en su desarrollo industrial y de infraestructura rompiendo con la dominación imperial e invirtiendo la riqueza nacional libremente en sus tierras. Con todas sus deformaciones burocráticas, heredadas del estalinismo, los innegables avances económicos y sociales en China y Cuba responden a esta realidad. Las tareas democráticas y de desarrollo nacional en el mundo semicolonial dependen de la revolución socialista, no de los créditos del BID.

El deber de los revolucionarios en los países imperialistas es el derrotismo revolucionario, como lo desarrolló brillantemente Lenin -o sea, trabajar por la derrota militar de la propia nación como base para un avance de los explotados contra el Estado. Es la estrategia que llevó a la victoria de la Revolución Rusa. Sunkara le contrapone la posibilidad de que gobiernos progresistas de los países centrales sean “solidarios”, realizando una especie de caridad internacional, condonando deudas y apoyando el desarrollo. La historia muestra que ninguna clase dominante, como lo es la burguesía imperialista, que está al frente de un sistema de dominación mundial, renuncia a sus privilegios sin pelear. Sunkara, de una organización socialista de Estados Unidos, menciona al pasar la guerra de Vietnam para referirse a los pronunciamientos pacifistas de la socialdemocracia sueca, que no jugaron ningún rol. El imperialismo yanqui sufrió una derrota decisiva en Vietnam por dos factores centrales: la movilización revolucionaria del pueblo vietnamita en armas y la enorme movilización derrotista de una parte significativa de la juventud, la clase obrera e incluso los soldados norteamericanos. Esa derrota colocó en crisis el sistema de conscripción militar, lo cual constituye un fuerte límite político y militar, del cual Estados Unidos no se han repuesto 45 años después, dependiendo exclusivamente para su intervención directa de ejércitos profesionales y mercenarios. Un revolucionario norteamericano tendría que poder sacar conclusiones valiosas de esto.

Sunkara podrá oponerse al concepto de imperialismo de Lenin y la forma en que éste vincula el problema a la quiebra de la socialdemocracia como fuerza revolucionaria. Pero ni siquiera considera el problema, lo cual es muy grave en lo que pretende ser un manifiesto de una organización revolucionaria que milita en la principal potencia imperialista de nuestra época.

Kautsky justamente no calificaba al imperialismo como una época del desarrollo capitalista sino como una política que podían adoptar o no los distintos gobiernos capitalistas. O sea que se podría abogar por la posibilidad de que Alemania o Estados Unidos tengan un gobierno más progresista para que abandonen la explotación de otras naciones, como si esto no fuera un rasgo estructural del desarrollo de su nación y sus clases dominantes. Kautsky, por otra parte, planteó la posibilidad de que se desarrollara un “ultraimperialismo”, en el cual la concentración capitalista abriera la posibilidad de la superación de los enfrentamientos nacionales, dando lugar a una humanidad unificada bajo la propia sociedad burguesa.

Un siglo después, las guerras permanentes de rapiña imperialista, sean directas o mediante la acción de fuerzas tercerizadas; el fracaso de los procesos de integración capitalista, como la Unión Europea o la Otan, e incluso las avanzadas tendencias a la disolución nacional en el Reino Unido, España e Italia, bajo el impacto de la crisis capitalista, han desmentido todo el análisis de Kautsky. Sunkara reivindica a Kautsky sin sacar las conclusiones elementales de sus planteos centrales.

 

Anticomunismo de manual

Las críticas de Sunkara al devenir de la revolución rusa repiten todos los lugares comunes del discurso anticomunista yanqui. En dos generaciones de representantes intelectuales que se pasaron del socialismo al establishment político norteamericano, han ido absorbiendo todas las mañas de la propaganda de guerra fría. Dicen que los bolcheviques fueron autoritarios porque mantuvieron la “formación militar” que debieron adoptar en la clandestinidad contra el zarismo, igualando los rasgos del estalinismo con los del bolchevismo revolucionario contra toda evidencia política. A esto Sunkara agrega de su cosecha que “no previeron” cómo sería el ejercicio del poder; o sea, que les faltó una previsión de la necesidad de órganos democráticos, tal como lo prevé su manifiesto[20]. Se limita a una típica denuncia del “totalitarismo”, como ha repetido la academia occidental y la socialdemocracia amarilla, sin tratar de analizar el contenido de clase concreto del Estado obrero burocratizado, tal como Trotsky y la Oposición de Izquierda lo denunciaron, en tiempo real, en la Unión Soviética. No se trata de “falta de previsiones” sino de una casta que pudo desarrollarse en el Estado obrero cuando se limitó la revolución a un país atrasado y el desarrollo de intereses materiales en cuya defensa colocó toda la fuerza del Estado. Sin embargo, los antecesores ideológicos de Sunkara tomaron partido por el imperialismo yanqui, que trabajó para la recolonización capitalista de los Estados obreros, no por la revolución política contra la burocracia.

Tampoco Sunkara trata de entender cuál es la dinámica de la restauración capitalista desenvuelta las últimas décadas en China y Rusia. Se limita a concluir que no hay socialismo, por la falta de democracia, y que en China hay una expansión capitalista con intervención del Estado. No puede relacionar el fracaso del pronóstico de fin de la historia de Fukuyama, que cita, con las contradicciones que ha acumulado la restauración capitalista en curso en los Estados obreros burocratizados en el sistema capitalista mundial, agravando la sobreproducción y las rivalidades capitalistas. El marxismo no es un cuadrito para incluir en una serie de próceres partidarios, es una clave para entender el mundo donde debemos actuar.

 

El “socialismo” escandinavo

El “modelo” sueco de estado de bienestar que Sunkara quiere pasar por una aproximación al socialismo merece ser revisado. Sunkara hace dos afirmaciones que no tenemos por qué aceptar en bloque. Por un lado, dice que a mediados de los ’70 Suecia logró los mejores indicadores de condiciones sociales de su población. Por otro, que es donde más se limitó el alcance del dominio del capital sobre la producción y la sociedad[21].

Suecia pudo explotar particularmente bien el boom económico de la segunda posguerra, que duró hasta principios de los setenta. Al no haber participado en ninguna de las dos grandes guerras, tenía sus recursos y su desarrollo industrial intactos, y pudo aprovechar la enorme demanda que fue empujada por la reconstrucción del continente.

El estado de bienestar fue una tendencia internacional muy marcada en la posguerra en todos los países imperialistas. Tenía una razón histórica central: impedir la extensión de la revolución socialista. A la supervivencia de la Unión Soviética a sucesivas invasiones y ataques del mundo capitalista se sumó, en la inmediata posguerra, un nuevo ciclo revolucionario, que donde rompió el libreto estalinista, como en Yugoeslavia y China, redundó en triunfos. El método de análisis estrictamente nacional que emplea Sunkara le impide reconocer que las medidas de los estados de bienestar eran, en importante medida, fruto de la lucha revolucionaria, que él considera condenada al fracaso, y a la simpatía y apoyo que esta despertaba en todo el mundo.

Cuando el fin del ciclo económico y el recrudecimiento de la lucha de clases a nivel internacional promovieron una radicalización de la lucha de clases en Suecia y una enorme preocupación en las patronales y el gobierno socialdemócrata, un ascenso huelguístico por fuera de las direcciones tradicionales de los sindicatos logró imponer condiciones excepcionales de pleno empleo y subsidios estatales[22].

Como relata Sunkara, los grandes empresarios lograron desenvolver una resistencia que llevó a archivar el plan de los sindicatos reformistas para instituir un mecanismo de reparto de ganancias entre los empresarios con sus empleados, que dista mucho de un cambio del control de los medios de producción. El “comité Meidner”(el comité socialdemócrata de procedencia sindical que impulsó este proyecto) anticipó una fuerte resistencia empresarial y destacó que no se estaba expropiando a los patrones. No perdían nada de su riqueza, solo tenían que renunciar a una parte de sus ganancias futuras. Y esa parte de la ganancia no tendría que pagar impuestos, así que el Estado mismo estaba subsidiando los fondos (de reparto de ganancia)[23]”.

Sunkara cita a un diputado comunista de la época, C.H. Hermansson, quien destacó que luego de casi 40 años de gobierno socialdemócrata ininterrumpido en Suecia, quince familias dominaban la mayoría de la industria en Suecia[24]. Importantes capitales automotrices, farmacéuticos, de armamentos, entre otros rubros, se desarrollaron en el país destinados al mercado europeo e internacional. Resumiendo, para el gobierno socialdemócrata, “lo que era bueno para Volvo era bueno para Suecia[25]”.

Los años posteriores dieron lugar a un desmantelamiento progresivo del estado de bienestar, que tuvo un salto con la crisis bancaria y la recesión del país en los ’90, que culminó con un gran rescate de los bancos por el Estado. La integración a la Unión Europea reforzó las políticas de austeridad. El 1% de la población controla el 40% de la riqueza[26]. La desocupación en Suecia oscila entre un 6 y un 7%[27], aunque entre los jóvenes llega al 20%[28]. La economía ha tenido como uno de sus motores a la industria armamentística, convirtiendo al país de 10 millones de habitantes en el tercer exportador de armas per cápita del mundo, luego de Israel y Rusia. Este lugar ha sido conquistado con una progresiva integración militar a la Otan y abasteciendo a países satélites de Estados Unidos profundamente antidemocráticos yrepresivos, como Arabia Saudita y los Emiratos Arabes Unidos. Un estudioso de la industria de armas sueca comentó que “Nuestra participación en la campaña de Libia (de la Otan en 2011) fue muy beneficiosa para el Gripen (avión caza de la empresa Saab). Es algo que ningún político aceptaría pero es cierto. La gente lo vio participando en campañas aéreas. Es bueno para los negocios”.[29] Esta participación de carne y hueso en el aparato militar imperialista mundial no es compensada por los pronunciamientos o gestiones que algunos mandatarios suecos han hecho contra el apartheid sudafricano y que Sunkara cita con entusiasmo. Un político capitalista puede darse el lujo de ser progresista, incluso puede sacarle un rédito importante, siempre y cuando no afecte los negocios de la clase que representa.

En fin, ignorar el rol internacional del imperialismo efectivamente equivale a romper la brújula que permite juzgar qué rol juega un Estado o un partido desde el punto de vista de la emancipación de los pueblos.

 

¿Entrismo guerrillero?

Sobre el tema de qué partido corresponde construir al planteo “socialista” que promueve el manifiesto, Sunkara nuevamente abre un cuadro de ambigüedad. Aunque reivindica el ascenso del ala izquierda dirigida por Jeremy Corbyn al frente del Partido Laborista, dice que “en general se debe descartar trabajar dentro de los desacreditados partidos socialdemócratas para privilegiar los partidos de izquierda que han surgido en años recientes”, como Podemos, Die Linke o el Bloco de Esquerda[30].

El manifiesto se abstiene de fijar una posición sobre la actuación política de estas formaciones, por las que indica un apoyo de tipo general y vago. El Bloco ha presidido en Portugal, junto al viejo Partido Socialista, con el resultado de un deterioro en las condiciones de vida de los trabajadores, manteniendo la reducción salarial de entre un 20 y 25% que se había instalado bajo el gobierno anterior, así como la brutal reforma laboral precarizadora[31]. Uno puede dar por hecho que si Sunkara hubiese escrito su manifiesto unos años antes, Syriza estaría en la misma lista, aunque el nivel de penurias que infligió a su pueblo lo lleva ahora a considerarlo negativamente (“empezó a recular inmediatamente luego de asumir”, dice Sunkara[32]).

Corbyn es considerado por Sunkara en su libro como un impulsor de la “lucha de clases mediante las elecciones”, incluso superior a Sanders. Sunkara, sin embargo, no arroja posición alguna sobre el Brexit y la Unión Europea, el problema político estratégico que debía enfrentar Corbyn en Gran Bretaña. Con el diario del lunes, luego de la reciente derrota laborista, Jacobin descubrió que la ausencia de una posición clara sobre el Brexit significó un retroceso y una división del electorado laborista[33]. Habría que decir con todas las letras que la versión más izquierdista del Partido Laborista regaló el repudio de amplios sectores de los trabajadores y las masas a la austeridad impuesta por la Unión Europea a los demagogos de derecha. La superficialidad y el desinterés por los problemas estratégicos llevan a este tipo de relación política oportunista, que ve los defectos con claridad cuando se enfrentan las dificultades. Los escribas de Jacobin tampoco sacan conclusiones del sabotaje sistemático de la derecha laborista a las presentaciones electorales de su propio partido bajo la dirección de Corbyn. Conclusiones como esas les permitirían anticiparse a lo que le espera a Sanders de lograr imponerse en el Partido Demócrata.

La participación en organizaciones de izquierda “amplias”, que valdría como regla general, sin embargo, estaría contraindicado para el país en el cual Jacobin y la DSA tienen un peso político significativo. Las particularidades de Estados Unidos explicarían la necesidad de actuar allí, no ya en un partido socialdemócrata, sino en un partido del régimen imperialista con casi doscientos años de servicio a la opresión capitalista, con incontables atrocidades en su haber, desde múltiples invasiones militares a la defensa del esclavismo.

Sunkara cita brevemente un artículo de su colega de Jacobin, Seth Ackerman, donde se desarrolla su justificación para presentarse en el marco del Partido Demócrata[34]. La denuncia de la democracia electoral yanqui como una estafa autoritaria a la voluntad popular para preservar a los dos grandes partidos del capital como resguardo del sistema es usada… para justificar la rendición contra la trampa.

Sunkara cita las condiciones leoninas para que puedan legalizarse terceros partidos y para que presenten candidatos. (Los demócratas y republicanos están por ley ya inscriptos.) También cita que la representación legislativa en Estados Unidos no es proporcional sino que sólo entra el ganador de cada circunscripción.

Se da por hecho que el camino a constituir un partido independiente lleva a la militancia dedicación casi permanente a mantener vigente su legalidad. Esto llevaría automáticamente a la conformación de un grupo político marginal. (Ackerman incluso explica que, por cuestiones psicológicas, tales grupos acercan a gente que se contentaría con la marginalidad, mientras los verdaderos organizadores y líderes políticos de masas solo se interesan por organizaciones “viables”. Por suerte, los socialistas, que desarrollaron sus organizaciones militando contra el régimen de Bismark, la dinastía de los Romanov o las dictaduras latinoamericanas no le pidieron consejos a Ackerman y Jacobin para medir la “viabilidad” de sus esfuerzos o si interesarían a individuos psicológicamente inclinados al éxito.)

Las otras dificultades que plantean, muestran su profunda adaptación al régimen político y a la lógica del mal menor. Se explica que, por la falta de representación proporcional, la presentación de cualquier tercer candidato arruina las posibilidades del candidato demócrata contra el republicano y que eso lleva a que sea repudiado. Esta presión a la elección del mal menor pesa en cualquier elección burguesa. El fenómeno de la polarización política que se produce en cualquier elección ejecutiva, bajo esta lógica, impediría la presentación de candidatos independientes. En esto se ve que, a pesar de todo lo que el manifiesto dice sobre la utilización de las campañas electorales para favorecer la organización de los trabajadores, rechaza de hecho una intervención electoral que se reduzca a la agitación y no se centre en la captura de cargos posibles.

La otra condición,deducida del fracaso de un intento de Partido Laborista en los ’90 es que para lanzar un partido independiente hace falta tener el apoyo de sindicatos nacionales, cuyas direcciones burocráticas están, en regla general, integradas al Partido Demócrata. Como sentenció León Trotsky, “quien se arrodilla frente al hecho consumado es incapaz de enfrentar el porvenir”. Quien opina que no existe nada fuera de las estructuras de los partidos y las direcciones sindicales existentes, se prepara para atarse a ellas. La necesidad de hacer un trabajo revolucionario en el movimiento obrero, entre trabajadores sindicalizados y no sindicalizados es una obligación para constituir una organización independiente. El fracaso del Partido Laborista lo único que muestra son los límites insalvables del ala progresista de la burocracia sindical que la impulsó, que no tenía en agenda ni por asomo romper con el Estado norteamericano y sus partidos, apoyándose en la organización masiva de los trabajadores y su movilización contra las patronales y sus políticos. Nació muerto porque era un engendro limitado a pelear un espacio político bajo el sol para algunos dirigentes marginados por los partidos burgueses existentes.

Sunkara y Ackerman presentan al Partido Demócrata como una especie de partido-Estado, sin programa, sin organismos que funcionen a nivel de la base y sin miembros en el sentido de que puedan pretender incidir sobre la actividad de la organización. Esto, que es relativamente cierto, en el sentido de que estos partidos existen en la relación entre quienes ya son funcionarios de Estado y los sectores capitalistas cuyos intereses representan, sin instancias intermedias de relación orgánica con quienes los apoyan, sin embargo, disfraza una impostura.

Los partidos burgueses tienen programas. Se puede asistir a luchas políticas entre distintas fracciones para modificar esos programas. Pero quienes ocupan los cargos decisivos en el poder Ejecutivo y Legislativo determinan en gran medida un programa político efectivo. Trump le ha impuesto un programa político proteccionista al Partido Republicano, que bajo Bush representaba otra línea, de intervencionismo militar activo para promover la influencia económica yanqui. Hay innegablemente un programa de continuidad de los gobiernos de Clinton a Obama, a la bancada parlamentaria que conduce Nancy Pelosi. Tanto es así que la crisis política con que lleva al impeachment de Trump está íntimamente ligada a la defensa de posiciones coloniales instaladas por el Partido Demócrata durante sus gestiones en Medio Oriente y en Ucrania, ligadas al programa de restauración capitalista de Rusia y China.

Sunkara se escuda en que es un “crítico” de los Clinton, Obama y Biden, y que el estatuto demócrata no permite que expulsen ni disciplinen a críticos como él para justificar su estrategia de entrismo. Sin embargo, se exime de hacer en este manifiesto una crítica real de la política de su partido a nivel doméstico e internacional.

Sunkara cita la presuntuosa definición de esta política hecha por Ackerman que significa “montar el equivalente electoral de una insurgencia guerrillera”.[35] Esta definición los muestra obnubilados porque el derecho electoral yanqui no permite al centro del Partido Demócrata impedir que se presenten candidatos de izquierda a desafiar a quienes hoy dominan la organización. Pero este mismo “agujero legal” es un enorme canal de cooptación de la izquierda, el movimiento obrero, los movimientos de lucha contra la opresión racial, a las mujeres y demás sectores del activismo que actúan hace décadas neutralizando el surgimiento de cualquier formación que le pueda disputar. Sunkara, que reconoce esto, dice que si la DSA forma una organización centralizada, con un programa y una militancia disciplinada, este entrismo será cualitativamente distinto y evitaría la dominación política de esta encarnación de la izquierda demócrata. Sin embargo, la presión sobre los parlamentarios de izquierda a acomodarse a una agenda política de reformas “realistas” es enorme. La posibilidad de conseguir que otros diputados acompañen estas propuestas, incluso las más moderadas, está subordinada a que “jueguen con el equipo” demócrata en sus definiciones políticas. Para la inmensa masa, Ocasio-Cortez, militante orgánica de la DSA, es una figura del Partido Demócrata y se mueve en ese sentido en los medios y en el Parlamento. Su organización no se presenta con sus banderas y su programa de cara a las masas.

El desarrollo de alas izquierdas de los partidos del régimen es defendido por Sunkara con el argumento de que campañas como las de Sanders o Corbyn promueven la lucha de clases y la organización de los trabajadores, realizando una enorme agitación. Pero una agitación sólo puede avanzar con la condición de trabajar sobre una tendencia que exista con fuerza en la realidad y en las masas. La agitación, sea reformista o revolucionaria, no genera la radicalización. Esta surge por las frustraciones de las masas por sus condiciones de vida, por las políticas llevadas desde el Estado. Los choques de masas surgen por las consecuencias de la crisis capitalista. La generación que está tomando un camino militante es la que vive un agravamiento de las condiciones de vida y la precarización laboral, luego de ver cómo un gobierno “progresista” del Partido Demócrata, como se esperaba que lo fuera el de Barack Obama, rescató a los bancos con fondos del Estado y reforzó las fuerzas represivas y el complejo carcelario, que son una condena para los jóvenes de color. La agitación política puede ligar la bronca y las acciones de las masas al desarrollo de una organización y a desenvolver un programa. En la famosa analogía de Trotsky, la acción de las masas es el vapor y la organización es la caldera que puede dirigir esa energía para lograr una acción política definida. La agitación no crea la acción de las masas, sino que la dirige a un objetivo.

Si el ascenso de las masas es aprovechado por una agitación “combativa”, que refuerza sus relaciones con el parlamentarismo y los partidos que defienden al Estado imperialista, lejos de mejorar las condiciones para un desarrollo revolucionario, se ha estado haciendo un fino trabajo para socavar el choque con los desprestigiados partidos del régimen. Esta función no se contradice con la mayor radicalización verbal que va tomando la campaña de Sanders, Ocasio-Cortez y la DSA cuanto mayor es la crisis política en Estados Unidos. Sanders habla de extender la lucha de clases, de la necesidad de una revolución política en la cual los trabajadores jueguen un rol crucial. Demócratas Socialistas de América dice, frente a los choques con Irán, que no quiere “ninguna guerra que no sea la guerra de clases”. Pero de las palabras a los hechos, los únicos avances contra Trump son jugadas parlamentarias. El impeachment difícilmente tenga otro resultado que el de un intento de incidir en el resultado electoral de 2020. Las calles, mientras tanto, están vacías y sin convocatorias a movilizarse de los “guerreros de clase” dedicados a las primarias demócratas.

 

La claudicación de la izquierda norteamericana

El movimiento de Sanders, la elección de parlamentarios progresistas y el desarrollo de la DSA efectivamente fueron la señal para ganar a gran parte de la izquierda norteamericana a ingresar al Partido Demócrata o a girar en torno de sus campañas.

La Organización Socialista Internacional era, hasta 2019, la organización más grande que se reivindicara leninista o trotskista en Estados Unidos. Tenía un desarrollo importante entre estudiantes universitarios y en varios sindicatos docentes. Tenía secciones en los cincuenta estados. Provenía de la misma corriente del SWP británica, dirigida por Tony Cliff y Alex Callinicos. La Organización Socialista Internacional y el SWP británico compartían las caracterizaciones de la Unión Soviética, China y Cuba como países donde existe un “capitalismo de Estado”. Al igual que el SWP británico, la ISO tuvo en años recientes una grave crisis partidaria que, ostensiblemente, tenía por eje el encubrimiento de casos de abuso sexual denunciados y la falta de democracia interna, que se había evidenciado frente a estos casos. Luego de una convención en marzo de 2019, que cambió drásticamente la composición de su dirección nacional, en abril la nueva dirección llegó a la conclusión de disolver la ISO y sus órganos partidarios. El problema de la relación con el Partido Demócrata, la campaña de Sanders, la DSA y la relación de dirigentes sindicales de ISO, por ejemplo en el sindicato docente de Chicago, estaban presentes en los debates previos a su convención nacional, pero aparentemente como elementos secundarios. Pocos meses luego de la disolución, parte de su dirección y su Editorial Haymarket son parte orgánica de la DSA y del bloque liderado por Jacobin. Solidarity, una organización de izquierda “amplia”, fundada en los ’80 entre escisiones de varios partidos, también ingresó a la DSA.

Socialist Alternative, una organización trotskista que proviene de la tendencia del Militant inglés y su grupo internacional CWI, se ha mantenido formalmente independiente del Partido Demócrata, aunque han apoyado las campañas de Sanders en 2016 y 2020. Tienen, desde 2013, una concejal municipal en Seattle, KshamaSawant, que fue elegida con boleta de su propio partido. Socialist Alternative apoya a Sanders en la interna demócrata, pero reclama que Sanders, AOC y la DSA proclamen un nuevo partido, separado de los demócratas, al que se integrarían[36]. Hacen campaña por las consignas de la izquierda demócrata, constituyendo un movimiento por el Green New Deal -o sea, una manera de hacer campaña orgánica por Sanders y AOC sin sumarse formalmente al Partido Demócrata. En la elección de 2019 recibió el apoyo del Partido Demócrata local, que se abstuvo de presentar candidatos contra Sawant[37]. Ella logró ser reelecta en sus circunscripción contra un oponente republicano con un apoyo económico récord del gigante Amazon, interesado en dominar el concejo municipal.

Los avances que estas corrientes han hecho, sin embargo, no están acumulando hacia una salida independiente sino volviendo a canalizarse en la expectativa de que se despegue un ala progresista del Partido Demócrata. ¿Saldría de un partido de Sanders y AOC una respuesta a los problemas de los trabajadores en Estados Unidos?

 

Un programa revolucionario para el “particularismo americano”

La elaboración de un programa revolucionario para la acción en Norteamérica es una tarea todavía pendiente, luego de la edición del “Manifesto Socialista” de Sunkara. Esta tarea deberá partir de hacer un estudio de las condiciones de explotación de los trabajadores en Estados Unidos. De cómo inciden en esas condiciones el uso de mano de obra precarizada y desvalorizada mediante el desplazamiento de fuerza de trabajo en migraciones y también del desplazamiento de la industria a países con una fuerza de trabajo más desvalorizada. Las Tesis de la CRCI, aprobadas en 2004, parten de las consecuencias de la competencia internacional entre los trabajadores, que ha sido profundizada luego del comienzo del proceso de restauración capitalista de la URSS y su bloque de influencia[38].

La construcción de la riqueza imperialista e incluso de la población de la metrópolis, tanto a nivel de la clase obrera como de la administración del Estado, es un metabolismo de escala mundial, no un fenómeno estrictamente nacional. Los problemas raciales internos, derivados del desarrollo del esclavismo y de posteriores olas de trabajo migrante, deben ser estudiados para desarrollar una política revolucionaria que ubique a la organización actuando profundamente junto a los oprimidos.

Las mejores tradiciones de luchadores durante el ascenso de fines de los sesenta, en el movimiento contra la guerra y en el movimiento por los derechos negros, partían de oponerse a la opresión del Estado militarista norteamericano en el país y en el exterior. La radicalización de la época incluso llevó al ala más pacifista e integrada al régimen del movimiento, como el Reverendo Martin Luther King, a afirmar una relación entre levantamientos urbanos de los negros, como el de Watts en 1968, y la invasión de Vietnam. La vanguardia del movimiento contra la guerra cantaba que “Ho Chi Minh va a ganar”, expresando una forma de derrotismo revolucionario. Un movimiento revolucionario en Estados Unidos debe tomar este legado como punto de partida.

Estados Unidos es la sede y el principal impulsor del FMI, del Banco Mundial y el eje central del movimiento financiero. El saqueo del mundo tiene un vértice en Washington y en Nueva York. Su vida económica no puede ser analizada ni comprendida separada de este rol.

Estados Unidos está embarcado en la época Trump en complicados choques económicos, comerciales y geopolíticos con la Unión Europea, China y Rusia. La crisis mundial capitalista y la caída de la tasa de ganancia son el acicate de esta pelea. No se puede entender la realidad política local norteamericana sin desarrollar este análisis. Del desarrollo de esta crisis y estos choques depende la tendencia a guerras más prolongadas y graves, que tendrían consecuencias políticas profundas en el país.

Sunkara no tiene nada para decir sobre todo esto. Subestima sistemáticamente el peso imperialista del Estado norteamericano. El aparato militar, policial y de inteligencia montado por el Estado, dominado a medias entre demócratas y republicanos, es el más monstruoso en la historia de la humanidad. Sin embargo, Sunkara piensa que Estados Unidos tiene más fácil el camino al socialismo por no tener que “vérsela con organizaciones supranacionales antidemocráticas como la eurozona.[39]” ¡Como si el peso de las imposiciones domésticas e internacionales de la burguesía yanqui fuesen menores al de las francoalemanas!

La posibilidad en Estados Unidos de que la radicalización en curso, en este contexto de crisis y choques internacionales, lleve a una victoria decisiva no depende en sí mismo de resultados electorales para los progresistas ni de tasas de sindicalización. Depende de que los oprimidos norteamericanos puedan golpear en el mismo sentido que quienes enfrentan el imperio en todos los rincones del mundo. Entonces se podrán dar golpes al poder, que afecten la capacidad de dominación del Estado imperialista.

Los miles y miles de jóvenes y obreros norteamericanos que desean el socialismo merecen un verdadero programa revolucionario.

 

[1]. The Socialist Manifesto: The case for radical politics in an era of extreme inequality, Bhaskar Sunkara, Verso, 2019, pág. 172.

 

[2]. “DSA Convention 2019”, New Politics, Dan La Botz, 5/8/2019.

 

[3]. The Atlantic, 13/11/2018.

 

[4]. “Crisis política en Estados Unidos: avanza el pedido del juicio político a Trump”, Guillermo Kane, Prensa Obrera, 3/10/2019.

 

[5]. WSWS, 11/10/2019.

 

[6]. In these times, 9/8/2018.

 

[7]. National Review, 2/1/2020.

 

[8]. Jacobin, 16/10/2019.

 

[9]. Left Voice, 31/7/2019.

 

[10]. Left Voice, 20/2/2019.

 

[11]. Black Agenda Report, 10/7/2019.

 

[12]. Telesur, 4/5/2019.

 

[13]. WSWS, 8/8/2019.

 

[14]. “Los sindicatos en la época del imperialismo”, León Trotsky, https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1940s/sindicat.htm

 

[15]. Socialist Manifesto, pág. 47.

 

[16]. Circular del Comité Central a la Liga de los Comunistas, Karl Marx, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/50_circ.htm

 

[17]. Socialist Manifesto, pág. 79.

 

[18]. “La burguesía de una ‘gran’ potencia imperialista puede económicamente sobornar a las capas superiores de ‘sus’ obreros, dedicando a ello alguno que otro centenar de millones de francos al año, ya que sus superganancias se elevan probablemente a cerca de mil millones. Y la cuestión de cómo se reparte esa pequeña migaja entre los ministros obreros, los ‘diputados obreros’ (recordad el espléndido análisis que de este concepto hace Engels), los obreros que forman parte de los comités de la industria armamentista, los funcionarios obreros, los obreros organizados en sindicatos de carácter estrechamente gremial, los empleados, etc., etc., es ya una cuestión secundaria.(…) Sobre la indicada base económica, las instituciones políticas del capitalismo moderno -prensa, parlamento, sindicatos, congresos, etc.- han creado privilegios y dádivas políticos, correspondientes a los económicos, para los empleados y obreros respetuosos, mansos, reformistas y patrioteros. La burguesía imperialista atrae y premia a los representantes y partidarios de los ‘partidos obreros burgueses’ con lucrativos y tranquilos cargos en el gobierno o en el comité de industrias de guerra, en el parlamento y en diversas comisiones, en las redacciones de periódicos legales ‘serios’ o en la dirección de sindicatos obreros no menos serios y ‘obedientes a la burguesía’”. V.I. Lenin: “El imperialismo y la escisión del socialismo”, https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/10-1916.htm

 

[19]. Socialist Manifesto, pág. 147.

 

[20]. Socialist Manifesto, pág. 97.

 

[21]. Socialist Manifesto, pág. 104.

 

[22]. “Sweden’s welfare state; myths and realities: a Marxist analysis of the ‘Nordic Model’”, Madeleine Johansson, Irish Marxist Review N° 3, 9/2012.               

 

[23]. Socialist Manifesto, pág. 117.

 

[24]. Socialist Manifesto, pág. 116.

 

[25]. Socialist Manifesto,pág. 113.

 

[26].“Sweden’s welfare state…”.

 

[27]. https://tradingeconomics.com/sweden/unemployment-rate

 

[28]. https://tradingeconomics.com/sweden/youth-unemployment-rate

 

[29]. Business Insider, 20/5/2014.

 

[30]. SocialistManifesto, pág. 209.

 

[31]. “Portugal: el reino de la precariedad laboral”, Pablo Heller, Prensa Obrera, 25/4/2019.

 

[32]. Socialist Manifesto,pág. 203.

 

[33]. “Bernie’s revolution needs to transform America’s political institutions”, Chris Maisano, Jacobin, 9/1/2020.

 

[34]. “The blueprint for a new party”, Seth Ackerman, Jacobin, 11/8/2016.

 

[35]. Socialist Manifesto, pág. 212.

 

[36]. “To win Bernie’s platform and defeat the right we need a new party”, Socialist Alternative, 11/7/2019.

 

[37]. “Seattle democrats endorse Sawant, resisting corporate pressure”, Socialist Alternative, 4/10/2019.

 

[38]. Tesis programáticas para la Cuarta internacional, En defensa del marxismo N° 33, abril de 2004.

 

[39]. Socialist Manifesto, pág. 202.          

 

Sobre el Autor

Guillermo Kane

Compartir

Comentarios