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“¿Por quién doblan las campanas griegas?”

Por Osvaldo Coggiola
La crisis económica y la revuelta social y política en Grecia expresan la bancarrota de la unión capitalista de Europa en su eslabón circunstancialmente más débil, y la profundidad de la crisis capitalista mundial. Las formas de la revuelta griega, el rotundo (61,3 %) No a la Troika (Unión Europea, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional) en el referéndum del 5 de julio de 2015 y sus consecuencias políticas, hunden sus raíces en la historia contemporánea de Grecia, y tienen una proyección no sólo europea, sino mundial. Las belles âmes1 que proponen, como solución para la “tragedia griega”, un sustancial descuento en su impagable deuda, como también lo hace el FMI -en nombre del débito que el mundo contrajo históricamente con la filosofía y la ciencia experimental de la Grecia Antigua, supuesta “madre de Occidente”- en la mejor de las hipótesis, y aun en la mejor de las intenciones, no saben de lo que están hablando.
 
Guerras Mundiales
 
En el siglo XIX, la rebelión griega por la independencia del país inició la cuenta regresiva del Imperio Otomano y fue la señal de inicio de un proceso revolucionario de alcance europeo, concretizado en las revoluciones de 1848. Una onda revolucionaria sacudió Europa en la década de 1820, y luego otra vez en 1830. Los países más afectados fueron los del sur de Europa: España, Nápoles y Grecia (fue llamado, por eso, “ciclo revolucionario mediterráneo”). En Grecia, en 1821, se inició el movimiento por la independencia del Imperio Otomano, obtenida y proclamada en 1822, después de una violenta lucha que costó, entre otras, la vida de Lord Byron, poeta romántico y representante parlamentario inglés (demócratas de toda Europa se presentaron como voluntarios para combatir por la independencia griega). La griega fue la única de las revoluciones nacionales y democráticas del siglo XIX que contó con el apoyo de las potencias europeas (Hobsbawm, 2005).
 
En el siglo XX, Grecia estuvo en el centro neurálgico de los dos conflictos bélicos mundiales. Entre 1912 y 1913, la “primera guerra balcánica” entre la naciente Liga Balcánica y el fragmentado Imperio otomano. El Tratado de Londres, resultante de esa guerra, redujo al Imperio Otomano, con la creación del Estado independiente albanés, y amplió territorialmente a Bulgaria, Serbia, Montenegro y Grecia. Cuando Bulgaria atacó a Serbia y a Grecia, en junio de 1913, terminó perdiendo la mayor parte de Macedonia en manos de los países atacados, y Dobruja del Sur con Rumania, en la “segunda guerra balcánica”, desestabilizando aun más la región. La década de 1910 vio agravarse la situación internacional, que concluyó en la conflagración mundial desencadenada en agosto de 1914, a partir de los dominios balcánicos del Imperio austrohúngaro. Durante las guerras balcánicas (1912-1913) Grecia incorporó los territorios de Epiro, de Macedonia, y las islas del Mar Egeo; consolidada su posición geopolítica, Grecia se mantuvo neutral en la Primera Guerra Mundial.
 
La carnicería internacional se desencadenó a finales de 1914, con la colaboración cómplice de la Internacional Socialista, que votó favorablemente a los créditos de guerra solicitados por los gobiernos beligerantes en los principales países europeos. Fue a partir de los Balcanes que se esbozó una reacción internacionalista contra la guerra imperialista cuando, en julio de 1915, “en Bucarest se realizó la conferencia (convocada por Christian Rakovsky) de los partidos socialdemócratas de Serbia, Rumania, Grecia y del partido de los tesnjaki [estrechos] búlgaros. Rakovsky lideró la conferencia, haciendo votar un manifiesto contra la guerra, una posición de principios contra ‘la colaboración de clases, el socialpatriotismo, el socialimperialismo y el oportunismo’, consiguió que la conferencia enviase una expresión de su apoyo a Rosa Luxembur- go y a Karl Liebknecht, y a los socialistas de los países beligerantes que se mantuvieron leales a la Internacional. La constitución de esa Federación de los Balcanes fue una manera espectacular de ‘restablecer la Internacional’, en la expresión de Rakovsky” (Broué, 1997: 28).
 
La conferencia de Bucarest fue, de hecho, uno de los primeros pasos en dirección de la recomposición del internacionalismo proletario organizado, antes de las conferencias internacionales de Kienthal y Zimmerwald, en las cuales estuvo presente el bolchevismo ruso. La revolución victoriosa que dio origen, en 1922, a la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), convocó a la fundación de la Internacional Comunista, en un congreso celebrado en Moscú en 1919. La Internacional creó un Buró para los países balcánicos, encabezado por Rakovsky, que definió programáticamente el objetivo de una “Federación Socialista de los Balcanes”. En la crisis que siguió a la Primera Guerra Mundial, durante la guerra greco-turca de 1919-1922, también llamada “Guerra de Asia Menor”, hubo fuertes enfrentamientos militares durante la división del Imperio otomano. La guerra se libró entre Grecia y el movimiento nacional turco (los “jóvenes turcos”), que posteriormente fundaría la República de Turquía. La campaña griega fue iniciada después de que los aliados victoriosos en la guerra mundial, especialmente el primer ministro británico David Lloyd George, prometieran a Grecia territorios que pertenecían al Imperio otomano.
 
La guerra concluyó con la derrota griega; el país tuvo 24.240 muertos, 48.880 heridos, y 18.085 desaparecidos. Del lado turco, hubo 20.540 muertos y 10.000 heridos. Al fin de la guerra, Grecia fue forzada a devolver todos los territorios conquistados durante el enfrentamiento, e inició un proceso de intercambio de poblaciones con la recién fundada República de Turquía, de acuerdo con el Tratado de Lausanne,2 proceso que intensificó las rivalidades nacionales ya existentes. El joven Partido Comunista griego (EEK) conquistó una audiencia importante en el ejército, que creció con los desastres militares. el trabajo antimilitarista fue centralizado por el abogado comunista Pantelis Poliopoulos, que se transformó en uno de los principales dirigentes del EKK. En 1923, una huelga general sacudió Grecia, y se transformó en insurrección obrera en el barrio de Pireo, donde una parte de las tropas confraternizó con los huelguistas. La fuerte represión de la policía y del ejército derrotaron finalmente al movimiento.
 
Con la burocratización stalinista de la Internacional Comunista, el Buró balcánico fue liquidado, y cualquier autonomía crítica de los partidos comunistas de la región fue eliminada. El PC griego fue “limpiado” en 1927, en su III Congreso, cuando fueron excluidos Pantelis Polio- poulos, partidario de la Oposición de Izquierda Internacional dirigida por León Trotsky, y el principal dirigente obrero del partido, Serafim Maximos. El mismo Christian Rakovsky, quien también integró la Oposición de Izquierda, fue enviado a un campo de trabajos forzosos donde, después de una breve rehabilitación (luego de su capitulación) política, en la década de 1930, fue fusilado en el inicio de la Segunda Guerra Mundial (Broué, 1994). Sin embargo, quedó como herencia política para las futuras generaciones toda una tradición política y un programa.
 
El EKK adoptó la línea de los “Frentes Populares” en 1935, cuando experimentó un importante crecimiento electoral (6% de los votos). La represión violenta contra las luchas obreras provocó una nueva huelga general, en mayo de 1936. Los llamados a la calma de los dirigentes obreros y del EKK coincidieron con la movilización de este último por un cambio de gobierno, en el cual el liberal Sophoulis asumiría el Poder Ejecutivo. La retirada obrera fue aprovechada para un golpe promovido desde el interior del propio Estado, que llevó el general Ioannis Metá- xas al poder. Una violenta represión fue desencadenada, llenando las prisiones de dirigentes obreros y del EKK (algunos dirigentes de este adhirieron al nuevo régimen), incluido su principal dirigente, Nikos Zachiarides, preso en 1936, quien no recobraría su libertad hasta 1945.
 
Los Balcanes y Grecia estuvieron nuevamente en el centro del escenario de la segunda conflagración mundial, iniciada en setiembre.
 
Grecia vivía bajo la dictadura encabezada por Metáxas, después del fracaso de contragolpe encabezado por Venizélos. En octubre de la Italia fascista invadió Grecia (para gran enojo de Hitler, quien no fue comunicado de la intención de Mussolini), pero, la fuerte resistencia popular griega en pocos días repelió a los italianos y los forzó a volver a Albania, además de obligar a Hitler, con disgusto, a enviar fuerzas militares a la región para sustentar a su aliado peninsular. La forzada invasión alemana a Yugoslavia y Grecia, países ocupados por las tropas nazis en abril de 1941, atrasó el ataque alemán a URSS, pérdida de tiempo y desperdicio de fuerzas que tuvo consecuencias fatales para la máquina de guerra nazi (Shirer, 1960). La batalla por la isla de Creta, por ejemplo, causó grandes bajas a los alemanes.
 
Grecia vivió a fondo el horror de la ocupación nazi. 500.000 griegos perdieron la vida durante la Segunda Guerra Mundial, más del 7% de su población. 54.000 de los 70.000 judíos que habitaban Grecia fueron exterminados en el Holocausto. En los “cercos” urbanos, multitudes eran acorraladas en las calles; informantes apuntaban a los que apoyaban a la organización armada de resistencia, el Ejército de Liberación del Pueblo griego (Elas, por su sigla en inglés) y al Frente de Liberación Nacional (el EAM, el frente político controlado por el PC griego), para que la Gestapo y los “Batallones de Seguridad” creados por el gobierno colaboracionista los ejecutasen. Desnudar públicamente y violentar mujeres eran medios comunes para asegurar confesiones. Ejecuciones tuvieron lugar en público, para intimidar los resistentes; los cadáveres eran dejados colgados de los árboles, vigilados por colaboradores del Batallón de Seguridad, para impedir a su remoción (Mazower, 2001). Elas, la resistencia, llevaba a cabo contraataques contra las tropas alemanas y sus esbirros.
 
El comandante en jefe del ejército griego, Alexander Papagos, permaneció prisionero de los nazis durante toda la guerra, formando parte de un extraño grupo. El líder nazi Heinrich Himmler, en el final de la guerra, coqueteó seriamente con la idea de recomponer su imagen y operar como intermediario entre la Alemania derrotada y los aliados occidentales. Mantuvo un grupo de más de 130 “prisioneros excelentes” (altos oficiales enemigos, altos dirigentes alemanes destituidos, nobles de toda Europa, hasta el líder político judío francés León Blum), “una operación en la que la sed de venganza y el cálculo formaban una mezcla opaca basada en el antiguo plan de Himmler de hacer rehenes para usarlos como moneda de cambio, con la absurda idea de que en el último momento podría negociar con las potencias vencedoras a espaldas de Hitler, y sacar algún provecho (...) En este plan desempeñó un papel importante la idea delirante de contar con un reducto en las montañas, la llamada ‘fortaleza alpina’” situada junto a un lago idílico, a donde Himmler llevó sus prisioneros privados, Papagos incluido, de donde fueron liberados por la dispersión de las fuerzas nazis y la llegada del ejército norteamericano (Enzensberger, 2013: 290-291). Papagos volvió a Grecia, donde su ejército ya no existía: la resistencia griega había quedado en otras manos.
 
El movimiento partisano de resistencia nació en Atenas, pero fijó bases en las aldeas y zonas rurales; durante la guerra antinazi, Grecia fue progresivamente liberada a partir del interior por los partisanos (andartes, en griego). Los primeros grupos guerrilleros de resistencia se constituyeron en mayo de 1942. En junio, Athanasios Klaras (“Aris Ve- louchiotis”) ya comandaba 500 andartes. Desde 1942, también, huelgas obreras estallaron en la Grecia ocupada por los nazis. Los obreros griegos se negaban a cooperar con el esfuerzo de guerra del Tercer Reich: “las resistencias balcánicas pasaron por una etapa decisiva en otoño en ocasión de la capitulación italiana, por el hecho de que los alemanes no podían sustituir inmediatamente al aliado debilitado. Los partisanos griegos consiguieron, entonces, ocupar nuevas zonas y apoderarse de un armamento importante, que se incrementó al que era tirado con paracaídas o suministrado por los británicos. A finales de en el momento de la evacuación de los Balcanes por parte de los alemanes, los movimientos de resistencia ocupaban, tanto en Yugoslavia como en Grecia o en Albania, un lugar determinante en el plano militar y político” (Masson, 2010: 248).
 
El Edes (Ejército Nacional Republicano), competidor de Elas, fundado con un programa de “democracia socialista” por el general Napoleón Zervas, fue rápidamente manipulado por agentes ingleses y monárquicos, entrando en conflicto militar con la resistencia de Elas incluso antes de la derrota nazi. Elas había liberado decenas de aldeas y se volvió un gobierno paralelo, administrando diversas partes del país, donde el Estado literalmente desaparecía. A comienzos de 1943, su dirigente, el comunista Aris Velouchiotis, fue convocado por el Comité Central (CC) del PC griego, donde fue acusado de “llevar adelante una guerra de clases” (y no una guerra nacional) y de “exterminar a los propietarios feudales”, así como de provocar el enfrentamiento militar con el Edes del general Zervas: Velouchiotis fue “puesto bajo control” del CC. En el mismo año, la agonizante Internacional Comunista (disuelta por Stalin en 1943) criticaba al líder comunista yugoslavo Tito por “conferir un carácter comunista al movimiento de resistencia”.
 
El movimiento popular de lucha antinazi ganó su propio impulso y dinámica. En Atenas, el 20-21 de diciembre de 1942, los obreros en huelga eran 40.000 y participaron, al día siguiente, de una movilización callejera convocada por el EAM. En febrero del año siguiente, huelgas y manifestaciones urbanas consiguieron impedir el desplazamiento de mano de obra griega hacia Alemania; los empleados públicos llegaron a obtener un aumento de salarios. Las fuerzas ocupantes alemanas y los colaboracionistas quedaron rodeadas en las ciudades por las “fortalezas rojas” de las periferias, donde las tropas y milicias nazis sólo conseguían realizar pequeñas operaciones, retirándose de inmediato: “las acciones (de los obreros griegos) fueron una inmensa gesta, la más bella de las luchas de los trabajadores europeos durante la ocupación nazi. Frente a esa resistencia inquebrantable, el gobierno del Reich fue obligado a renunciar en Grecia al STO (Servicio de Trabajo Obligatorio), un hecho único (en Europa)” (Broué, 1994: 767).
 
Ya había 40.000 andartes en las montañas y en las zonas rurales. El prestigioso coronel Sophoulis, escogido por los ingleses para unificar la “resistencia nacional antinazi” en competencia con EAM-Elas, fue capturado por Aris Velouchiotis y convencido por este, pasándose al EAM con 700 oficiales griegos, armas y equipos. La EAM, controlada por el KKE, contaba con aproximadamente dos millones de miembros en 1944. El Elas, su brazo militar, fue fundado en febrero de 1942. El 18 de abril de 1944, en las montañas, el PC griego (EKK) constituyó un “Comité Político de Liberación Nacional” (PEEA) con carácter de gobierno provisorio, bajo el control del PC. Entre 1941 y 1944, durante la ocupación nazi en Grecia, habían surgido vários grupos de resistencia de diferentes filiaciones políticas -desde monárquicoss hasta comunistas- con predominio del ya mencionado Frente de Liberación Nacional (EAM), organizado por el KKE (Partido Comunista de Grecia). La burguesía griega se agrupaba en torno del rey Geórgios II, quien se encontraba en el exilio; mientras, las organizaciones de izquierda habían formado un gobierno clandestino, apoyándose en la exitosa organización Elas, que tenía el mayor peso militar en la resistencia antifascista.
 
Debido a esto, “a principios de setiembre de 1943, Churchill visualizó la posibilidad de una intervención de las tropas británicas para imponer un gobierno que tuviese que ver con los deseos e intereses ingleses. Pero, para realizar este plan, Churchill precisaba del acuerdo de sus dos compañeros en la guerra, Roosevelt y Stalin. Ofreciendo concesiones a Stalin en otras partes de los Balcanes, particularmente en Rumania, Churchill intentaba manejar a Grecia libremente” (Catephores, 1973). Grecia, llave y puerta de acceso al Mediterráneo oriental, era estratégicamente más importante para los ingleses y para el imperialismo en general. En abril de 1944, los partidos monárquicos formaron, tardíamente, un gobierno griego en el exilio en El Cairo, bajo los auspicios de los aliados occidentales. Este gobierno no fue reconocido por la resistencia griega, “más eficaz que los movimientos de resistencia existentes en Francia y en Italia (que a su vez eran más conocidos que el movimiento griego) -sólo en 1943-1944 la resistencia griega mató o hirió a más de soldados alemanes” (Judt, 2008: 49).
 
Hacia otoño de 1944, Grecia estaba devastada por la ocupación y por el hambre. En mayo del mismo año, representantes de los otros partidos políticos griegos y de los grupos de resistencia se habían reunido en Líbano, para llegar a un acuerdo sobre un gobierno de “unidad nacional”. A pesar de que EAM acusó a las otras fuerzas griegas de colaborar con el enemigo nazi, y a pesar de las acusaciones contra EAM-Elas de cometer asesinatos, robos y vandalismo, se alcanzó un acuerdo formando un gobierno de unión nacional. De los 24 ministros designados, seis eran afiliados al EAM. El acuerdo fue posible gracias a las instrucciones dadas por la URSS al KKE para que evitase amenazar la “unión de los aliados” defendiendo un programa de revolución social, la cual ya estaba aconteciendo en las zonas rurales: “bajo la dirección de los hombres de Aris Velouchiotis, asambleas generales designaban a las autoridades municipales, verdaderos soviets que ejercían el poder local, incluida la ‘justicia popular’. Para movilizar al campesino contra el ocupante, aquel era movilizado en primer lugar contra su enemigo natural, el gran propietario, el burgués, la policía” (Broué, 1994: 767).
 
En el verano de 1944, ya era evidente que los alemanes pronto estarían fuera de Grecia, pues las fuerzas militares soviéticas ya avanzaban por Rumania en dirección a Yugoslavia. El gobierno griego en el exilio, liderado por Yorgos Papandréu, se fue a Caserta, en Italia, preparándose para volver a Grecia. Conforme al “Acuerdo de Caserta”, firmado en setiembre de 1944, todas las fuerzas de resistencia griega quedaron bajo el comando del general Ronald Scobie, comandante de las tropas inglesas. En Bélgica, en Noruega y en Grecia, los “gobiernos reales”, las monarquías, exiliados en Londres, retornaron a sus países junto con las tropas aliadas.
Despues de la retirada alemana, mientras tanto, el Elas mantuvo sus guerrilleros armados fuera de la capital y, en mayo de 1944, aceptó la llegada de tropas británicas y la sumisión de sus hombres al comando del general inglés Ronald Scobie. En el país vecino del norte, ante la inminencia de la derrota nazi en Europa, la Liga Comunista de Yugoslavia, liderada por Josip Broz- Tito, volvió a colocar en el tapete político internacional la cuestión de la unidad política de los países balcánicos. La URSS se interpuso en ese objetivo, contrario a los acuerdos celebrados por el Kremlin con Estados Unidos e Inglaterra en Yalta y Potsdam, preanunciando el conflicto y la ruptura Stalin-Tito de 1948. En general, la colaboración de la burocracia del Kremlin con los imperialismos “aliados” fue decisiva para desarmar a los elementos de guerra civil con que el segundo conflicto mundial culminó en varios países de Europa, los cuales poseían un potencial probable de expandirse a todo el continente.3 Fue la intervención política del Kremlin, a través de las direcciones de los partidos comunistas, la que permitió el desarme de los partigiani italianos, que habían participado decisivamente en el derrumbe de la dictadura de Mussolini, así como la desmovilización y desarme de las fuerzas guerrilleras (maquis) de la resistencia antinazista francesa.
 
Guerra civil
 
En Grecia, de manera diversa, la resistencia antinazi llegó a desplegarse como guerra civil revolucionaria: “La revolución griega de diciembre de 1944, a pesar del control total del país por las tropas del Elas, fue aplastada por la intervención de las tropas británicas, después de la capitulación de sus dirigentes stalinistas, quienes devolvieron las armas aplicando las directivas de Stalin de unificación de las fuerzas patrióticas en un Frente Nacional” (Secretariado Europeo de la IV Internacional, 1944). La medida fue parte de un acuerdo internacional de la URSS con las potencias occidentales: “Las decisiones de Yalta sobre la organización interna de los países de Europa oriental se inspiraban en la fórmula de Frentes Nacionales (Frentes Patrióticos, Frentes Populares) lanzada por la URSS y aprobada por los occidentales durante la guerra (...) La alianza anglo-americana-soviética debía desplegarse, en cada nación europea, en una alianza de las fuerzas políticas, desde los comunistas hasta la derecha nacional antialemana” (Fejto, 1972: 31-32). Poco antes de la entrada de las fuerzas inglesas en Atenas, el PEEA se reunió con los representantes del gobierno monárquico en el exilio; pese al descontento de los jefes andartes y del mismo CC del KKE, bajo la presión de los enviados ingleses y de la misión soviética encabezada por el coronel Popov, el PEEA capituló frente a las exigencias hegemónicas del gobierno griego en el exilio.
 
En Grecia, el acuerdo aliado reveló su carácter completamente reaccionario: “En Atenas, el Ejército Británico, aún en guerra con Alemania, abrió fuego (y dio armas a los elementos locales que habían colaborado con los nazis para que también lo hiciesen) sobre una multitud de civiles que manifestaba a favor de los partisanos. Para colocar de nuevo el rey griego en el poder y mantener el comunismo a distancia, Churchill cambió las alianzas para pasar a estar del lado de los colaboradores de Hitler, contra aquellos que habían sido sus aliados contra él. Cuando 28 civiles fueron asesinados en Atenas, la responsabilidad no fue de los nazis, sino de los ingleses (...) ‘Todavía consigo ver muy claramente, no me olvidé’, afirma Titos Patríkios. ‘La Policía de Atenas disparó sobre la multitud, desde el tejado del Parlamento, en la Plaza Syntagma. Jóvenes, hombres y mujeres yacían en charcos de sangre, toda la gente corría escalera abajo, tomada de golpe, en pánico total’. ‘Yo estaba profundamente convencido de que venceríamos (a los nazis)’. La victoria no llegó en ese día: Grecia, liberada del Reich de Hitler hacía sólo unas seis semanas, estaba ahora camino a una sangrienta guerra civil...
 
“El poeta recuerda cada escena, cada disparo, lo que sucedió en la plaza principal de la vida política griega en la mañana del 3 de diciembre de 1944. La multitud llevaba banderas griegas, norteamericanas, inglesas y soviéticas, y gritaba ‘Viva Churchill, Viva Roosevelt, Viva Stalin’. Veintiocho civiles, en su mayoría jóvenes, fueron asesinados, y centenares fueron heridos. ‘Pensábamos que sería una manifestación como cualquier otra. Nuestro trabajo de costumbre. Nadie esperaba un baño de sangre’. La lógica de los ingleses era pérfida y brutal: el primer ministro Winston Churchill consideraba que la influencia del Partido Comunista en el movimiento de resistencia, que el mismo había apoyado durante la guerra (el Frente de Liberación Nacional, EAM) se había fortalecido más de lo que había calculado, lo suficiente como para perjudicar su plan de colocar de nuevo al rey griego en el poder y mantener al comunismo lejos. Por lo tanto, cambió las alianzas para pasar a estar al lado de los que habían apoyado a Hitler” (Vulliamy y Smith, 2014).
 
Los acuerdos de Yalta y Potsdam tuvieron por objetivo fundamental proporcionar un cuadro legal para la política contrarrevolucionaria de las potencias capitalistas y de la burocracia de la Unión Soviética: “después del ataque nazi a la URSS, el problema de las esferas de influencia fue puesto sobre la mesa, desde el primer momento, en las negociaciones entre los ‘tres grandes’ y, también desde el primer momento, fue acompañado de la intensificación propagandística acerca de los objetivos reales perseguidos por los ‘tres’” (Claudín, 2013: 471). Los acuerdos preveían las siguientes “tasas de influencia” por país para los aliados occidentales y para la URSS, respectivamente: Hungría: 50%-50%; Yugoslavia: 50%-50%; Rumania: 10%-90%; Bulgaria: 25%-75%; Grecia: 90%-10%. Grecia quedaba reservada para el imperialismo inglés, como potencial plataforma de ataque militar al Medio Oriente -el cual estaba dividido aún en mandatos británico y francés, obtenidos después de la Primera Guerra Mundial. Las pretensiones del imperialismo norteamericano, al aceptar Europa Oriental como una zona de influencia soviética, aún no eran claras. Y tampoco las de Stalin. Los objetivos y las certezas se fueron desenvolviendo lentamente y, seguramente, el aplastamiento de la revolución en Grecia fue un momento clave, pues ocurrió precisamente cuando EEUU decidió retornar a Europa. Fue en ese momento cuando Harry Truman expuso la teoría de contención (containment) de la Unión Soviética, que dio inicio a la “guerra fría”.
 
Después de la evacuación alemana de Atenas del 12 de octubre de el Elasse apoderó del país en nombre del gobierno de Papandréu, quien llegó el día 18 siguiendo al ejército británico de Scobie. En diciembre de 1944, después del fin de la ocupación nazi en Grecia (en algunos casos, como en Creta y otras islas del Mar Egeo, permanecieron guarniciones alemanas control hasta mayo y hasta junio de 1945, cuando Alemania ya había firmado la capitulación en Berlín), el gobierno monárquico en el exilio retornó. A pesar de la fuerte inserción del EAM en Grecia, los monárquicos, con la ayuda de Reino Unido, consiguieron mantener bajo su control las ciudades de Atenas y Salónica.
 
Los comunistas controlaban prácticamente todo el resto del país. Después de la derrota y de la evacuación (expulsión) nazi del país, la contradicción entre las decisiones tomadas por los aliados y las tomadas por el Elas fue enorme. En vez de integrar el Elas en el nuevo ejército, Papandréu y Scobie exigieron el desarme de las fuerzas de guerrilla “irregulares”. Los seis miembros del EAM del nuevo gabinete renunciaron en protesta. En Atenas hubo choques violentos después de que 200.000 personas marchasen contra esas exigencias. La Ley Marcial fue declarada el 5 de diciembre, dos días después de la masacre de Syntagma. El general Scobie, en superioridad militar, aceptó un cese del fuego a cambio de la retirada del Elas de Atenas.
 
Finalmente, se llegó a un acuerdo: el “Pacto de Varkiza”, firmado por los partidos políticos griegos, en febrero de 1945, bajo la presión británica y de la URSS. El acuerdo preveía la completa desmovilización del Elas y de todos los grupos armados resistentes, la amnistía para crímenes políticos, la realización de un referendo para decidir el futuro de la monarquía y elecciones legislativas: “La resistencia griega tuvo el mismo carácter revolucionario que la de Yugoslavia y adquirió un vigor comparable al de esta. A finales de 1944, era prácticamente la dueña del país. La dirección del PC griego, sin embargo, no supo tener la misma firmeza de los yugoslavos frente a las presiones de Moscú. Hizo graves concesiones a la política de ‘unión nacional’ y aceptó compromisos con los aliados que facilitaron el éxito de la intervención armada inglesa contra la revolución griega. El acuerdo Churchill-Stalin, de octubre de 1944, se encargó del resto” (Claudín, 2013: 553-554). Mientras los aviones ingleses todavía ametrallaban a la población ateniense, “el gobierno soviético nombraba un embajador junto al gobierno monárquico griego. Y, en la Conferencia de Yalta, no habiendo terminado aún el combate entre los intervencionistas y los resistentes, Stalin declaraba: ‘confío en la política del gobierno británico en Grecia’. El acuerdo de Varkiza fue utilizado por los imperialistas ingleses y la reacción griega para restablecer el poder monárquico y desencadenar una represión terrorista contra las fuerzas obreras y democráticas” (Kedros, 1967).
 
El regente de Grecia, el arzobispo Damaskinos, y los monárquicos, acordaron realizar las elecciones legislativas bajo la supervisión de las tropas aliadas. El PC (KKE) continuaría legal. En abril de 1945 su líder histórico, Nikos Zachariadis, retornó del campo de concentración de Dachau, en Alemania, y declaró que el objetivo del KKE era una “democracia popular” a ser obtenida por medios pacíficos. El Pacto de Varkiza, impuesto por Stalin, significó una gran derrota política, más que militar, para el KKE. Según el pacto, sólo los crímenes políticos serían amnistiados.
Muchos actos de resistencia cometidos durante la ocupación alemana fueron considerados crímenes comunes y, por lo tanto, excluidos de la amnistía. En consecuencia, 40.000 comunistas o antiguos miembros del Elas fueron presos: muchos partisanos veteranos escondieron sus armas en las montañas y 5.000 escaparon a Yugoslavia.
 
El premier inglés Winston Churchill viajó personalmente a Atenas, cuando obtuvo garantías de seguridad, a fin de coordinar personalmente la represión británica contra la izquierda y los sectores que resistiesen el “nuevo orden”. El embajador de la URSS dejó testimonio de sus reuniones con las autoridades griegas. Pandillas de derecha mataron a más de 1.100 civiles en las calles, desencadenando la guerra civil; fuerzas militares del gobierno comenzaron a combatir al Ejército Democrático de Grecia (DSE), organizado por el KKE y compuesto mayoritaria- mente por antiguos soldados del Elas. El descontento social y político se propagó: la economía capitalista griega se encontraba en situación terminal, el gobierno protegía a los colaboradores del nazismo y conservaba los siniestros “Batallones de Seguridad” de las antiguas autoridades colaboracionistas. Previendo un inminente choque militar, una guerra civil, Churchill envió desde Egipto a la Brigada de Montaña, una tropa inglesa de contrainsurgencia.4 Grecia se vio envuelta así en una larga y sangrienta guerra civil interna, que culminó con la derrota de las fuerzas irregulares alrededor de 1949 (Etchegoyen, 1973), fuerzas que enfrentaron una coalición político-militar de todos los vencedores de la guerra mundial (URSSincluida), lo que llevó al premier inglés Winston Churchill a declarar en la Cámara de los Comunes, refiriéndose a los resistentes: “creo que ‘trotskistas’ es una mejor definición de esa gente y de ciertas otras sectas, antes que la palabra usual, y tiene la ventaja de ser también odiada en Rusia” (Churchill, 1945).
 
El Kapetanios (comandante) Aris Velouchiotis, jefe militar del Elas, quien condenaba los acuerdos patrocinados por los aliados como una capitulación política, fue expulsado del PC griego y denunciado como traidor; luego, fue cazado por los “blancos” protegidos por los británicos y asesinado el 16 de junio de 1945; su cabeza fue expuesta en la plaza pública. La guerra civil griega, mientras tanto, comenzaba. El 28 de noviembre, Papandréu anunció la disolución de todos los grupos armados da resistencia antinazi. Los comunistas aceptaron la decisión, pero exigieron la retirada de la Brigada de Montaña, y en seguida pidieron la dimisión del gobierno. En diciembre, el PC griego y el EAM organizaron una huelga general y manifestaciones que el ejército británico y la policía reprimieron violentamente. Comenzaron entonces los combates entre el Elas y las tropas británicas, asistidas por los cuerpos griegos regulares y los antiguos “colaboradores”.
 
En su discurso a la Cámara de los Comunes, Churchill anunció: “se trata de un combate de tres o cuatro días destinado a prevenir una masacre horrenda en el centro de Atenas, ciudad donde todas las formas de gobierno fueron barridas, y donde hay riesgo de la instalación de un trotskismo desnudo y triunfante” (énfasis nuestro). La obsesión de Churchill con el trotskismo (un gobierno obrero y de las masas) era perfectamente consciente, no un recurso retórico. Después de 33 días de combate, el Elas, derrotado sólo en Atenas, firmó un armisticio bajo la presión del Partido Comunista, el 12 de febrero de 1946, fijando las modalidades de su desarme, el aplazamiento de las elecciones y la no participación del EAM en el gobierno; los acuerdos fueron firmados con el gobierno de Nikolaos Plastiras. El 31 de marzo de 1946 se realizaron elecciones para el parlamento -boicoteadas por el PC (KKE)- formándose un nuevo gobierno, de centro-derecha. En seguida, un referendo, realizado el 1° de setiembre, permitió la restauración de la monarquía, y el rey Geórgios II volvió a Atenas. El EAM, que controlaba la mayor parte de Grecia, intentó tomar el control de la capital, pero fue derrotada. La derrota de las fuerzas del EAM significó el fin de su primacía política. El Elas fue desarmado, el EAM continuó como una organización multipartidaria.
 
Finalmente, a finales de 1946, a pesar de las reticencias del PC griego, como reacción defensiva al “terror blanco” y, sin duda, bajo la presión del PC yugoslavo, un ejército de partisanos griegos fue reconstituido en las montañas bajo el comando del general Markos, beneficiado de ayuda yugoslava. La guerra civil griega duró entre 1946 y 1949, envolviendo a las fuerzas armadas del gobierno monárquico griego, apoyadas por Reino Unido y Estados Unidos, contra el PC griego y su nuevo brazo armado, el Ejército Democrático de Grecia (DSE), que contaban con el apoyo de Bulgaria, Yugoslavia y Albania. El mortífero gas napalm fue usado por primera vez en la posguerra por las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en la guerra civil griega; aldeas enteras fueron destruidas y quemadas junto con sus habitantes. En total, durante el conflicto hubo 158.000 muertos y un millón de personas fueron “relocalizadas” (O’Ballance, 1966; Woodhouse (2002).5
 
La situación griega configuraba una crisis internacional: “en la reunión soviético-búlgaro-yugoslava de Moscú, el problema de la federación balcánica y danubiana apareció ligado a la cuestión griega. Poco antes de la reunión de Moscú, el gobierno albanés había solicitado del gobierno yugoslavo el envío de dos divisiones de la frontera greco-alba- nesa. Belgrado dio una respuesta favorable, pero Molotov comunicó a los yugoslavos que el gobierno soviético se oponía decididamente, amenazando en volver pública su actitud si los gobiernos de Tirana y Belgrado no anulaban las medidas previstas. En la reunión del 10 de febrero, Stalin afirmó enérgicamente que la lucha armada en Grecia no tenía el menor futuro y que los yugoslavos debían interrumpir la ayuda a los comunistas griegos.
Evidentemente, dados los medios militares que el imperialismo americano estaba usando en Grecia, las fuerzas revolucionarias no podían vencer sin una asistencia militar soviética adecuada, y Stalin no quería comprometerse en ese terreno. El informe de Zdanov en la reunión del Kominform fue suficientemente significativo respecto a eso. La indecisión de Grecia en el proyecto de federación balcánica equivalía a proclamar públicamente que el movimiento comunista estaba dispuesto a intensificar la ayuda a los combatientes griegos. Era un desafío para Washington inconciliable con la estrategia stalinista” (Claudín, 2013: 447).
 
El Partido Comunista griego, habiendo rechazado el resultado de las elecciones de 1946, se levantó en las montañas de Macedonia y en la región de Epiro, donde estableció un gobierno paralelo en la ciudad de Konitsa. El gobierno monárquico pidió ayuda a los británicos, quienes, a su vez, pidieron refuerzos al presidente de EEUU, Harry Truman. Los comunistas tenían apoyo político y logístico de los recién fundados Estados “democrático-populares” del Norte (Albania, Yugoslavia, Bulgaria). A pesar del fracaso militar de las fuerzas del gobierno desde 1946 hasta 1948, el aumento de ayuda norteamericana al gobierno monárquico griego, la diminución del reclutamiento de voluntarios para el DSE y los efectos de la ruptura Tito-Stalin llevaron a la derrota de los insurgentes; los monárquicos consiguieron imponerse militarmente.
 
El proyecto de la Federación de los Balcanes naufragó junto con los andartes (partisanos) griegos en su guerra contra la alianza monárquico- burguesa-inglesa-americana. En enero de 1948, el veterano dirigente de la Internacional Comunista, el búlgaro Georges Dimitrov dio a conocer un proyecto de Confederación balcánico-danubiana, incluyendo a Polonia, Checoslovaquia y Grecia. Algunas semanas después, Pravda de Moscú se manifestó contraria a ese proyecto. En febrero, la prensa de Belgrado reprodujo el comunicado de Pravda, sin comentarios. Dimitrov se retractó públicamente (Fejto, 1972: 202). En Grecia, a su vez, el DSE sufrió una derrota militar catastrófica en el verano de 1948, con casi 20.000 bajas. Y, en julio de 1949, Tito cerró la frontera yugoslava con Grecia, negando protección al DSE. Un cese el fuego en Grecia fue finalmente firmado el 16 de octubre de 1949. Era el fin de la guerra civil y la derrota de la revolución.
 
Posguerra, Otan, CEE y Unión Europea
 
Durante el conflicto mundial, varios países vecinos aprovecharon la ocasión para defender reivindicaciones territoriales sobre Grecia. Muchos miembros del Elas eran macedonios étnicos, que habían establecido el SNOF (Frente de Liberación de Macedonia) en 1944, con la ayuda del líder yugoslavo Tito, que pretendía anexar la Macedonia griega. El KKE planteaba la creación de una República Socialista de Macedonia, unificando la parte griega y la eslava: el Elas y el SNOF finalmente rompieron su alianza político-militar. La guerra civil dejó al país en peor estado del que se encontraba en el final de la ocupación nazi, en 1944. Millares de griegos fueron obligados a emigrar, dirigiéndose a países como Estados Unidos, Australia, Argentina y Alemania. La derrota popular en la guerra civil originó un gobierno derechista y represivo, con los comunistas (reales o supuestos) sistemáticamente torturados en el presidio de la isla de Makronisos, y los antiguos miembros (o sospechados de haberlo sido) del Elas prohibidos de ejercer funciones públicas, hasta del más bajo nivel, durante más de tres décadas. Ese régimen represivo fue sucedido (y continuado) en 1967 por la “dictadura de los coroneles”. La victoria monárquico-imperialista en la guerra civil llevó a la adhesión de Grecia a la Otan, en 1952, y ayudó a definir el equilibrio de poder en el Mar Egeo a lo largo de la “guerra fría”.
 
El capitalismo griego, de ese modo, fue salvado por la alianza de la burguesía del país con el imperialismo anglo-americano, con la omisión cómplice de la burocracia de la URSS. El “Plan Marshall” benefició a Grecia con casi 400 millones de dólares, 3% del total de la “ayuda” concedida a Europa. El desenvolvimiento capitalista de posguerra, favorecido por el boom económico mundial, unió en Grecia la miseria social, la represión política y la acumulación insolente de riqueza de los capitalistas helénicos, en especial los armadores de navíos, cuyo hombre-símbolo, Aristóteles Onassis, se dio el lujo de comprar (literalmente) a la mujer más cara del planeta, la viuda del presidente de los Estados Unidos, Jacqueline Kennedy, a través de un contrato nupcial que preveía, además de los obligados y centrales aspectos financieros, la frecuencia y características de los accesos del marido a la cama de la señora Kennedy-Onassis (y se acusa a Marx de haber exagerado cuando afirmó, en el Manifiesto Comunista, que el matrimónio burgués no pasa de prostitución legalizada). Nunca los Domingos (el film de Jules Dassin) y Zorba el Griego (film de Michel Cacoyannis, basado en libro de Nikos Kazantzákis) mostraban al mundo de la década de 1960 una Grecia pobre, revelada por la visita y por la mirada de personajes extranjeros, al son de las maravillosas músicas de Mikis Theodorakis y Manos Hadjidakis. En la década de 1970, los salarios griegos eran los peores de Europa, excluyendo a Portugal.
 
La “democracia” de la posguerra civil se basó en la represión y la proscripción de la izquierda, en el fraude electoral que benefició al partido de Konstantinos Karamanlis, la Unión Helénica (después Unión Nacional Radical), victoriosa en las urnas en 1956, 1958 y 1961, y en la alianza del ejército griego con la Otan comandada por EE.UU., un ejército que, en las palabras de Tony Judt, “a semejanza del tradicional cuerpo de oficiales español, se veía a sí mismo, y no a los efímeros documentos constitucionales que juraba defender, como el guardián de la nación y de su integridad”. Un ejército “latinoamericano”. La alianza con Grecia era geopolíticamente estratégica para Estados Unidos en las condiciones de la “guerra fría”. A partir de 1962, Grecia fue considerada “asociada” de la CEE (Comunidad Económica Europea), nacida de la antigua Comunidad Europea del Carbón y del Acero, y antecesora de la Unión Europea (UE). En 1963, Grigoris Lambrakis, uno de los escasos parlamentarios de izquierda tolerados, y opositor a Karamanlis, fue asesinado por grupos paraestatales en un acto público en Tesalónica, un hecho evocado por Vassilis Vassilikos en la novela política Z: el título representa la primera letra de la palabra griega “Zei” (“¡El vive!”), un slogan popular que comenzó a aparecer en los muros de varias ciudades griegas en la década de 1960, ilustrando el creciente descontento contra las condiciones que llevaron al asesinato de Lambrakis. La novela dio lugar al film de Costa-Gavras Z (de 1969), con Yves Montand interpretando el papel de Lambrakis, que fue un éxito mundial.
 
Los alevosos fraudes electorales y el escándalo internacional por el asesinato de Lambrakis contribuyeron a la victoria electoral de la Unión de Centro de George Papandréu. Pese al éxito económico del país -6% de crecimiento medio anual del PIB, favorecido por la situación económica mundial-, la inestabilidad política se tornó crónica, con un rey envuelto en los chanchullos del Estado y un ejército que presionaba y condicionaba a los políticos burgueses.
En marzo de 1967, 21 oficiales considerados “liberales” (o sea, no suficientemente anticomunistas y pro-EEUU) fueron llevados a la corte marcial, con apoyo de todo el régimen. Un mes después, encabezados por el coronel Geórgios Papadópoulos, los militares derrocaron, en medio de la indiferencia popular, la podrida “democracia griega”: “Violentos y siempre represores, Papadópoulos y sus colegas despidieron mil funcionarios públicos, de izquierda y de centro, y aislaron a Grecia durante siete años de opresión. Con actitudes antimodernas que parecían más una parodia, los coroneles censuraron la prensa, declararon la ilegalidad de cualquier huelga y prohibieron la música moderna y las minifaldas. También prohibieron el estudio de sociología, del ruso y del búlgaro, y hasta de Sófocles, Eurípides y Aristófanes... Estaba prohibido tener el cabello largo. Los uniformes de la guardia palaciega y de los funcionarios de ceremonial fueron sustituidos por vistosos trajes tradicionales griegos” (Judt, 2008: 509).
La dictadura oscurantista y reaccionaria de los coroneles griegos garantizó la estabilidad política en Grecia en el período revolucionario europeo iniciado en 1968 por el Mayo Francés y por la Primavera de Praga. El poder era ejercido por una junta de oficiales, dirigida por Geórgios Papadópoulos. El rey Constantino II, quien ascendiera al trono en 1964, fue obligado a huir del país el 13 de diciembre de 1967, después de una fracasada tentativa de contragolpe, aunque permaneció como jefe de estado de derecho (sustituido por un regente) hasta el 1° de junio de 1973, cuando la Junta Militar abolió a la monarquía y proclamó la República. En 1969, el Consejo de Europa expulsó a Grecia; en el año siguiente, la misma CEE se desvinculó de Grecia gobernada por la Junta Militar.
 
El régimen de los coroneles terminó en julio de 1974, como consecuencia de los efectos políticos internos de la crisis económica mundial (manifestada por el shock petrolero de 1973) y por la resistencia popular. Un episodio central en esa caída fue la ocupación, por parte de los estudiantes, de la Facultad de Derecho y de la Escuela Politécnica de Atenas, acción en la que tuvieron un papel central los militantes trotskistas hoy organizados en el EEK (Partido Revolucionario de los Trabajadores). La tentativa de salir de la crisis interna activando al nacionalismo griego en relación con Chipre, favoreciendo un golpe de Estado que derrocó al gobierno de la isla (el arzobispo cristiano ortodoxo Makarios) y se “re-unió” a Grecia, terminó en un desastre (exitosa invasión de la isla por parte de Turquía, que ocupó 20% de su territorio “en defensa de los ciudadanos turcos”) que aceleró, en estilo Guerra de las Malvinas, la caída de la Junta Militar griega. Las nuevas elecciones crearon una especie de sistema bipartidario, con un partido de derecha, la Nueva Democracia (Karamanlis) y otro de “izquierda”, el Movimiento Socialista Pan-Helénico, Pasok, liderado por Andreas, hijo de Georges Papandréu.
 
El 8 de diciembre de 1974 se instituyó a Tercer República Helénica; el arzobispo Makarios volvió al mismo tiempo al gobierno de Chipre. En el mismo período ocurría la Revolución de los Claveles en Portugal y se iniciaba la “transición democrática” en España, en medio de inmensas movilizaciones populares y a una fuerte radicalización obrera. Europa del Sur, la Europa de las dictaduras, se descomponía en medio de situaciones revolucionarias; la Comunidad Económica Europea (CEE) buscaba, en esas condiciones, consolidarse como entidad política continental. Gobiernos y partidos de Francia y Alemania intervinieron directamente para arbitrar la colaboración de los partidos políticos locales, especialmente los socialistas y los comunistas (estos últimos embarcados en la aventura “eurocomunista”) para garantizar la reconstitución de Estado en los países “periféricos” de Europa, Grecia incluida. Consolidada la “democratización”, Grecia fue readmitida y se volvió miembro pleno de la CEE el 1° de enero de 1981. Los Pactos de la Moncloa, en España, en que el PCE y el PSOE renunciaron a la histórica reivindicación de la República, fueron el símbolo continental de esa política.
 
Sin tomar en cuenta el carácter contrarrevolucionario de las direcciones mayoritarias de izquierda (y de las direcciones nacionalistas en España) el marxista griego Nicos Poulantzas osó, en 1975, hacer una previsión que no se revelaría correcta: “dada, sobre todo, la fuerza del movimiento popular, desencadenado por la caída de los regímenes y desarrollado durante este proceso, en un plazo más o menos corto la cuestión de la transición hacia el socialismo se planteará en toda su intensidad y en las condiciones de dependencia específicas de cada país. O sea, es dudoso que, en esta situación eminentemente inestable, la etapa de democratización pueda consolidarse como tal en el largo plazo y que la burguesía consiga, como hizo en otros países europeos, bloquear, durante un largo período, el surgimiento de coyunturas revolucionarias. Observación que vale especialmente para Portugal” (Poulantzas, 1976: 99).
 
La desactivación de la bomba revolucionaria en España, Portugal y Grecia, fue la base política indispensable sobre la cual se prosiguió, en la década de 1980, en dirección de la constitución de la Unión Europea (UE), de un lado, y del desmantelamiento de la Unión Soviética y el llamado “bloque socialista”, del otro. La URSS, en plena crisis económica interna, presionada para la búsqueda de un acuerdo con el imperialismo mundial, se comprometió formalmente con la defensa y manutención de la “orden europeo” en los Acuerdos de Helsinki y de Belgrado, celebrados a mediados de la década de 1970 con los representantes de EEUU y la Europa capitalista. En 1990, después de la caída del Muro de Berlín, y en la víspera de la disolución de URSS, la UE fue finalmente constituida y proclamada para establecer el marco definitivo de contención de la revolución social en la posguerra; un marco que permitiese restablecer los viejos Estados nacionales, agotados por dos guerras mundiales, como formas de dominación política del capital, y resolviese la crisis mundial de sobreproducción mediante una eliminación parcial de las barreras al comercio europeo y mundial.
 
La UE también proporcionaba un método político para unificar la ofensiva contra los trabajadores, luego del fin del boom económico de posguerra y el comienzo de la etapa de crisis, así como una plataforma para competir en el mercado mundial con el capital norte-americano, en el cuadro de esa crisis. Era, finalmente, una tentativa de los Estados más poderosos, especialmente de Alemania, para anexar los nuevos mercados capitalistas del este europeo y de Rusia. El imperialismo europeo montó, luego, un conjunto de “corredores” (transportes de variado tipo, caminos y ductos) para enlazar el oeste de Europa con el Cáucaso y Ásia Central, pasando por los países de la península de los Balcanes.
 
La guerra y división de Yugoslavia, en 1994, marcó el límite en que esos objetivos podían ser llevados adelante de manera “pacífica”. La guerra imperialista en los Balcanes dio inicio a un nuevo período mundial de crisis internacionales, guerras y revoluciones. La formación y consolidación de la Unión Europea se revelaron imposibles a través de un proceso histórico pacífico y lineal, pues representaron, en diferentes etapas, los intentos de adaptación y de sobrevivencia de la burguesía imperialista europea en las condiciones mutantes de la crisis mundial. Bajo la presión de la crisis económica mundial y de las luchas de los trabajadores, las tendencias centrífugas tendieron a imponerse sobre las centrípetas. La utilización de las rivalidades nacionales por parte del capital financiero norteamericano, en competencia con la UE, tendió a fracturarla. El crecimiento de la lucha interimperialista condicionó la crisis política mundial. Desde los Balcanes, Rusia y el Cáucaso, hasta el lejano Oriente, Irak y Palestina, las crisis, los enfrentamientos nacionales y las guerras expresaron, cada vez más, la creciente oposición entre los capitales y los Estados europeos, también divididos entre ellos, y el imperialismo norteamericano. Las manifestaciones de la tendencia a la fragmentación de la Unión Europea se acentuaron, al mismo tiempo en que ella se extendía hasta incluir 27 Estados, desmintiendo a aquellos que la consideraban irreversible y portadora de un progreso económico infinito.
 
Crisis mundial y crisis de la Unión Europea
 
A comienzos del siglo XXI, la crisis económica en Estados Unidos (la crisis de la bolsa de las “nuevas tecnologías”, o Nasdaq) pareció fortalecer, momentáneamente, la posición internacional de la UE. El flujo de capitales europeos hacia EEUU, “reactivados” por el impulso artificial dado por la Federal Reserve a través de la caída de la tasas de interés, en especial en el mercado inmobiliario, además de oficiar como uno de los factores de contención de la crisis en EEUU, integró aun más esos capitales con los capitales norteamericanos. Cuando el mercado inmobiliario de los EEUU explotó, en 2007-2008, la crisis “norteamericana” reveló rápidamente su base mundial, transmitiéndose con extraordinaria rapidez hacia la Europa ya “unificada” y parcialmente detentora de una moneda única, una moneda (o euro) que había llegado a ser vista como probable competidora, y hasta sustituta, del dólar en el mercado mundial.
La eclosión de la crisis financiera fue seguida por una depresión económica de alcances igualmente planetarios. Las economías más desarrolladas registraron una caída superior al 3% en 2009, después del estancamiento del año anterior. En los primeros meses de la crisis, el estallido de los mercados bursátiles y el retroceso de la producción industrial alcanzaron registros superiores a aquellos de la hasta entonces peor depresión de la economía capitalista, la de la década de 1930. A diferencia de aquella, sin embargo, los analistas económicos consideraron que el curso de derrumbe (que en la década de 1930 se prolongó en un tobogán ininterrumpido por muchos años) sería limitado por un masivo rescate financiero que había sido evitado setenta años atrás. Al final de 2009 se declaraba oficialmente el fin de la recesión.
 
Los datos que se mostraban para probar que la marcha al abismo había sido detenida e, inclusive, revertida, eran engañosos. La situación de debilidad de los bancos fue disimulada por manipulaciones de “contabilidad creativa”, destinados a sobrestimar el valor de activos desvalorizados, un método que, en Grecia, se extendió para las cuentas nacionales. Los indicadores de la actividad económica se encontraban también distorsionados, del mismo modo que las ganancias de las empresas que se presentaban en las cuentas nacionales. Cifras como el nivel de empleo, el volumen de crédito o de inversión, mostraban a quien quisiese ver que las economías capitalistas no se habían recuperado del porrazo de 2007-2008.
 
La supuesta recuperación de la recesión a partir de la segunda mitad del año 2009 reposaba en el relanzamiento de una actividad especulativa. Esta, por sobre todas las cosas, reproducía el mismo mecanismo que había conducido al colapso de la “burbuja” inmobiliaria de 2007-2008, cuando los precios de las casas comenzaron a bajar, las tasas de interés a subir y los deudores privados a ingresar en masa en la fila de suspensión de pagos de sus hipotecas, arrastrando así los fondos de inversión montados sobre ellas. Fue una bola de nieve que barrió todo a su alrededor, liquidando un negocio ficticio que se apoyaba en una hipertrofia del endeudamiento para sustentar la superproducción de edificios y urbanizaciones.
 
La crisis económica en la Unión Europea, motivada por esos “mecanismos de contagio”, pasó a ser el epicentro de la crisis mundial iniciada en Estados Unidos. La crisis originada en EEUU pasó a Europa, cuyos bancos estaban empantanados por los “activos tóxicos” de EEUU y por sus propias toxinas europeas -centradas en los Balcanes y en el este. La crisis económica se transformó en crisis social (con la elevación espectacular de las tasas de desempleo y pobreza y la eliminación creciente de antiguos derechos laborales), crisis política (con la desestabilización de varios gobiernos y el surgimiento de nuevas fuerzas de izquierda, como Syriza en Grecia,6 Podemos en España, y también de extrema derecha o neonazis), y hasta en crisis humanitaria, con fenómenos de descomposición social, xenofobia interna y muerte de millares de inmigrantes clandestinos africanos en las costas europeas del Mediterráneo: más que una crisis de la UE, se reveló una crisis euro-mediterránea, que tuvo ramificaciones políticas en la “primavera árabe”.
 
Después de considerar precipitadamente a la crisis como “superada”, la crisis de crédito privado (bancos) se transformó en crisis de crédito público (Estado). La crisis, que comenzara en el mercado inmobiliario yanqui, luego derrumbó los bancos y sepultó los Tesoros nacionales en montañas de deudas, sin mayores condiciones de colocar en marcha programas anticíclicos. El desenvolvimiento de la crisis financiera y económica internacional fue la insolvencia de los Estados de las naciones “desarrolladas”. Por primera vez después de la Segunda Guerra Mundial, la deuda pública superó en promedio el 100% del PBI en los países avanzados, alcanzando un promedio del 88% en Europa, 103% en EEUU, y 230% en Japón. El problema no era nuevo: en los países de la OCDE, las deudas públicas ya pasaban los 13 billones de dólares en 1995, casi el valor del PBI de Estados Unidos. Solamente en EEUU la deuda pública creció cinco veces (alcanzando 5 billones de dólares en 1996) durante el período republicano Reagan-Bush (padre). Después de la crisis de 2007-2008, la gran acumulación de deuda gubernamental hizo explotar la capacidad de endeudamiento de esas naciones, provocando el temor general de que no pudiesen “honrar sus compromisos” y decretasen el default de la deuda.
 
La quiebra de la pequeña Islandia fue la señal de la crisis de los Estados europeos, y de la propia UE. La crisis financiera de 2008 en Islandia involucró a los tres principales bancos del país. En setiembre de ese año, se anunció que el banco Glitnir sería nacionalizado. En la semana siguiente el gobierno asumió el control de Landsbanki y de Glitnir, y poco después del mayor banco de Islandia, el Kaupthing. El gobierno islandés terminó emitiendo un decreto para nacionalizar las instituciones financieras privadas. Después de la explosión de su propia burbuja inmobiliaria y de una crisis financiera, Letonia, otro Estado pequeño “europeo”, firmó, en diciembre de 2008, un acuerdo de rescate con la Unión Europea y el FMI. A cambio de recibir créditos de 7.500 millones de euros, el gobierno letón lanzó el mayor de sus ajustes presupuestarios, equivalente al recorte del 17% del PBI en apenas dos años.
 
Letonia pasó por la peor recesión económica registrada en Europa, igualándose (proporcionalmente) a la “Gran Depresión” estadounidense de la década de 1930. El PBI cayó 23% en dos años. Los salarios se desplomaron entre 25% y 30%. Mientas tanto, el desempleo aumentaba de 5% al 20%, el subsidio al desempleo fue reducido a 40 latís (57 euros) por mes. La pobreza alcanzó cuatro de cada diez familias, pero la alicuota única de impuesto sobre la renta fue elevada al 25%, pasando a incidir hasta sobre rendimentos mensuales de 60 euros. Al mismo tiempo, se operó la liquidación masiva de bonos del Estado griego (más de millones de dólares en los últimos diez días de octubre de 2008); la deuda pública griega inició un ascenso galopante.
 
En Grecia, así como en el Báltico, planes de “ajuste” comenzaron a ser aplicados, con ataques a los salarios, a los derechos sociales y a las jubilaciones de los empleados públicos. En el sector privado, el aspecto central fueron los despidos. Grecia fue puesta en el centro de la crisis europea, con la revelación de una deuda pública de alrededor de millones de euros (400.000 millones de dólares). Para minimizar la situación precisó refinanciar 50.000 millones de euros en deudas. La caída de Grecia trazó un nuevo paso en el proceso situado entre la crisis del banco de inversiones Bear Stearn en 2007 y la quiebra del Lehman Brothers, en los EEUU, al final de 2008. La crisis global dejaba de ser el estallido de la burbuja de las hipotecas (subprime) financiadas por bancos privados, evolucionando hacia una crisis de endeudamiento público. Los únicos proveedores de liquidez pasaron a ser los bancos centrales. La situación de la Unión Europea quedó más complicada, en relación con EEUU y Japón, porque el Banco Central Europeo tenía más restricciones para operar con recompra de títulos públicos de los países del área del euro -emitir moneda para dar cobertura a los gastos corrientes.
 
La operación estatal europea relativa a títulos públicos es ilegal, porque viola el artículo 123 del Tratado de la Unión Europea. Teniendo en cuenta la creación de un “Vehículo de Propósito Especial”, una compañía con base en Luxemburgo, fue una medida adoptada para transferir “activos tóxicos desmaterializados” (humo con valor aparente) de los bancos privados para el sector público. Varios países europeos se transformaron en socios de la compañía privada, una sociedad anónima llamada Facilidad para la Estabilidad Financiera Europea (EFSF).7 Los países se comprometieron con multimillonarias garantías, inicialmente con el monto de 440.000 millones de euros, que en 2011 subieron a 779.780 millones. El propósito de la compañía fue encubierto por los anuncios de que proveería de “préstamos” a países con problemas de caja, basados en “instrumentos financieros”, no en dinero efectivo. La creación de la EFSF fue una imposición del FMI, que ofreció una contribución de 250.000 millones de euros. En ese pilar, Grecia fue sometida a paquetes con severas medidas incluidas en los planes de ajuste anual, y un acuerdo bilateral seguido por “préstamos” de EFSF respaldados en instrumentos financieros de riesgo.
 
La crisis de las deudas
 
Aparentemente “europea”, la crisis de las deudas soberanas tuvo su origen, sin embargo, en la “desconfianza de los mercados” en la capacidad de Estados Unidos para pagar sus deudas internas y externas. La crisis por el límite de endeudamiento norteamericano, que llevó a un largo proceso de negociaciones y debates en el Congreso de EEUU sobre la extensión de ese límite, hizo crecer la especulación internacional sobre la real solvencia norteamericana. La agencia de clasificaciones Standard & Poor’s (S&P) rebajó, por primera vez en la historia, la nota de la deuda pública de los Estados Unidos. De inmediato, las bolsas de valores mundiales sufrieron altísimas pérdidas.
 
Las economías de la eurozona, por su lado, habían crecido menos de lo previsto, con algunas ya en recesión. La crisis mundial se centró en Europa. La quiebra griega (y las perspectivas de quiebra de Irlanda, Portugal, España -los PIGS-), fue presentada como el motivo principal de esa crisis, cuando en verdad fue sólo su fusible. El colapso económico europeo dejó en evidencia que las instituciones construidas a lo largo de más de medio siglo no consiguieron resolver la cuestión de la desigualdad económica entre los países componentes (agravada con la adhesión de los países bálticos y los del Este europeo), ni crear un sistema supranacional capaz de regir de forma unificada las crisis nacionales o regionales.
 
La “crisis de las deudas soberanas”, en verdad, fue una secuencia de un proceso estructural comenzado a mediados de la década de 1970. Las desigualdades económicas y sociales dentro de la Unión Europea se profundizaron desde la introducción del euro. El ingreso promedio de un trabajador de una compañía grande variaba hasta veinte veces, de 43.000 euros en Dinamarca a 1.900 en Bulgaria. La UE no tenía mecanismos institucionales que pudieran socorrer a socios que enfrentaran graves problemas de caja. Europa seguía siendo el “gigante económico y pigmeo político”, con sus casi 500 millones de consumidores (el mayor “mercado interno” del planeta), pero incapaz de tener una política unificada frente a problemas internos o externos graves.
 
La deuda griega, relativamente pequeña en comparación con la de España o Italia, representaba, sin embargo, un porcentaje muy superior de su PBI, o sea de su capacidad real o potencial de pago. Los grandes medios de comunicación martillaron sobre la irresponsabilidad fiscal de los “Estados periféricos”, y de Estados Unidos y sus políticas “populistas”. Pero esa deuda tenía otras raíces, anteriores a la crisis. 
En 2002, Alemania sufrió un estallido de su burbuja accionaria (después de la euforia de la reunificación, comenzada en 1990), con una recesión que tuvo alcance continental, mientras el sur de Europa se entusiasmaba con la adopción del euro en sustitución de sus monedas crónicamente desvalorizadas. El Banco Central Europeo (BCE) adoptó una política de “intereses alemanes” (antirrecesivos), casi iguales a cero, que alimentó el endeudamiento de la “periferia” europea, la cual sufría la inflación precedente a la adopción del euro. Las nuevas deudas de esos países eran contraídas, por lo tanto, con intereses negativos, un festival que concluyó con un endeudamiento monumental.
 
El BCE prestó dinero a bancos privados a intereses bajos, dinero con el cual estos bancos compraron títulos públicos a intereses elevados (6 a por ciento anual en Italia y en España). Fueron más de 3 billones de euros prestados a esas instituciones, supuestamente para salvarlas y asegurar la oferta de crédito a pequeñas y medianas empresas, y a familias endeudadas. Después del estallido, en mayo de 2010, la OCDE constató que las deudas públicas de los treinta países más industrializadas sobrepasaban los 43 billones (65 por ciento del PBI mundial), y habían aumentado siete veces desde 2007. En ese proceso, los déficit de cuenta corriente llegaron al 15 por ciento en Grecia, 13 por ciento en Portugal y 10 por ciento en España. El déficit público en esos países nunca se adaptó a las normas europeas, y fue financiado con empréstitos banca- rios privados de los países del “núcleo duro” de la UE. La creación de la eurozona colocaba en la misma arena a economías completamente desiguales. Cuando existían monedas diferentes, la tasa de cambio ayudaba a los países más débiles a sostener algún grado de competitividad. Cuando se hablaba de “salvar” a Grecia, se hablaba, en verdad, de salvar a los bancos franceses y alemanes expuestos en aquel país.
 
Esos bancos continuaban llenos de “activos tóxicos” (importados o locales) herencia de una fase anterior de la crisis mundial. Así, después del estallido económico (y social) en Grecia, uno de los bancos expuestos en ella, el belga Dexia, tenedor de títulos griegos por un valor nominal de 4.800 millones de euros (y valor de mercado casi cero), hizo público un pasivo de 420.000 millones de euros (150 por ciento del PIB de Bélgica), o sea 50 veces la deuda griega de corto plazo ¿Quién estaba quebrado, al final? El problema dermatológico (“periférico”) de Europa resultó ser un problema coronario de la Unión Europea. En 2008, el Dexia sólo se salvó de la quiebra gracias a un préstamo franco- belga-luxemburgués de 6.800 millones de euros, y otro del Tesoro norteamericano por 37.000 millones de dólares.
 
La crisis de la UE fue la manifestación de un problema estructural de la unión capitalista de Europa, presente desde su comienzo. En 2010, “la potencial insolvencia del Estado griego fue un pretexto para estimular la rebaja de sus títulos de Estado (junk bonds, bonos basura), con una quita de su valor, una drástica reducción de la riqueza ficticia de los poseedores de esos títulos, principalmente los bancos europeos, lo que desencadenó el pánico en todos los mercados. Gran parte de los empréstitos que en los últimos años hicieron levitar el endeudamiento del Estado griego provenían de bancos alemanes vinculados con el gobierno de ese país y “garantizados” por el eje Merkel-Karamanlis (primer ministro griego hasta 2009). El primer paquete de empréstitos proporcionados por la UE tuvo la finalidad de permitir a los acreedores “amigos” la restitución de por lo menos una parte del crédito ofrecido. El mecanismo de garantía de los débitos soberanos recorrió un camino perverso; “después de la quiebra de Lehmann Brothers, los Estados in- tervenieron para salvar muchos bancos europeos y norteamericanos, y fueron financiados, ¡por los bancos que estaban al borde del abismo!” (Schettino: 2010).
 
¿Quiebra europea?
 
José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, llegó a anunciar “la muerte de Europa”, y The New York Tímes vio “por los suelos el sueño de una Europa cada vez más unida (con) su moneda única condenada al fracaso”. Si eso sucediera, sólo quedaría una institución con fuerza gravitacional unificadora en el continente: la Otan. La unidad europea fue concebida como respuesta a las realidades económicas de la posguerra, a la competencia exacerbada entre los grandes monopolios y bloques económicos en el mercado mundial. Cuando la crisis se agravó, los gobiernos europeos intervinieron para evitar el colapso de los principales bancos y compañías: los gobiernos de Bélgica, Holanda y Luxemburgo nacionalizaron el banco Fortis, el mayor empleador privado de Bélgica; fue nacionalizada la británica Bradford & Bingley, que tenía la mayor porción del mercado de hipotecas inmobiliarias del Reino Unido, mientras el gobierno alemán rescataba al gigante de los empréstitos comerciales Hypo Real Estate, y anunciaba que garantizaría los depósitos de todos los depositantes (aunque había criticado al gobierno irlandés por hacer exactamente lo mismo). El gobierno británico nacionalizó y recapitalizó los ocho mayores bancos del país mediante la compra de acciones preferenciales de esas instituciones.
 
Con esas medidas, los Estados europeos reaccionaban frente a la crisis con políticas nacionales, no continentales. Se hacía evidente la ausencia, en la Unión Europea, de un organismo equivalente a la Reserva Federal norteamericana, capaz de imponer un plan para todo el bloque de la eurozona. La UE no es un “super Estado”: tiene una moneda común entre 15 de sus 27 miembros, pero carece de un sistema de impuestos o de un presupuesto único. El Banco Central Europeo tenía la tarea exclusiva de mantener la inflación por debajo de la tasa estipulada por el Tratado de Maastricht (2 por ciento), pero debía lidiar con una inflación superior al 3,6 por ciento. Otro límite establecido por Maastricht, el de mantener el déficit público por debajo del 2 por ciento, también fue abandonado. Los líderes europeos reclamaron la imposición de nuevas regulaciones internacionales (un nuevo “acuerdo de Bretton Woods”) al mismo tiempo que ignoraban completamente sus propias regulaciones internas, europeas.
 
El proceso estaba potencialmente inscripto en el nacimiento de la UE. El Tratado de Maastricht, de 1991, base de la Unión Europea y del lanzamiento del euro y, después, de su expansión hasta las fronteras de Rusia, se vio acompañado por un auge del crédito y por la relocalización de industrias en Europa central y los Balcanes.
 
La introducción del euro les dio a los países más frágiles, como vimos, acceso a préstamos a intereses favorables. Eso hizo disparar burbujas de especulación en la industria de la construcción en España y en Irlanda. Antes de la creación del euro, la periferia de Europa se defendía de la competencia comercial de los países más productivos (Alemania y Francia) desvalorizando sus monedas, lo cual les permitía sostener precariamente su tejido productivo y el equilibrio de sus balanzas comerciales. Con la moneda única esa posibilidad quedó cortada, la potencia exportadora alemana no tuvo más barreras en Europa y se debilitó cada vez más la producción de la periferia europea. Se llevó a esos países a un proceso de desindustrialización o de instalación de fábricas extranjeras.
 
Entre 2002 y 2010, ese proceso generó un excedente comercial de 64 billónes de euros en Alemania, de los cuales solo 554.000 millones fueron aplicados en su propio mercado interno. El resto (1,07 billón de euros) fue colocado fuera de Alemania y, de esa parte, 356.000 millones fueron a empréstitos y créditos para financiar inversiones. Las deudas crecientes de los países de la “periferia europea” fueron una forma de “llenar” el vacío existente (y creciente) entre el valor de la producción interna y una moneda desvinculada de la capacidad productiva del país. O sea, una crísís del propio proceso de producción capitalista en las condiciones creadas por el proyecto imperialista de la UE, donde la tendencia a la caída de la tasa de ganancia fUe compensada por la dislocación industrial y, sobre todo, por la especulación financiera. La UE comprende 27 países, pero, en virtud de la competencia interna, las restricciones del Tratado de Maastricht no fueron respetadas y el euro sufrió enormes presiones. La bonanza económica de los países del Este bajo los nuevos regímenes pos-comunistas se convirtió en una pesadilla para los bancos europeos. A pesar de la avalancha de créditos dirigidos al Este de Europa -y de una guerra devastadora de la Otan que destruyó a la ex Yugoslavia- la restauración capitalista en Europa central y en los Balcanes mostró su fragilidad, y puso de manifiesto que dependía más de la obtención de capitales extranjeros que de las estructuras económicas capitalistas enraizadas localmente.
 
Así, en Europa, la crisis comenzada en Estados Unidos se profundizó y mostró una doble faz: los bancos europeos estaban doblemente abarrotados, por los “activos tóxicos” de Estados Unidos y por su exposición en el Este europeo. El costo de los swaps de default de créditos (CDS, su sigla en inglés) de los bancos (operaciones por las cuales el mercado compra un seguro contra la defección de un título) se disparó. La salida a la crisis por la inyección de fondos públicos en sectores financieros fallidos, en Estados Unidos y en Europa, aplazó por poco tiempo su reaparición, ahora como explosión de la deuda pública. Los nuevos episodios de crisis pusieron fin a las afirmaciones de su superación a partir de la segunda mitad de 2009. El espectro de los defaults soberanos, desde Grecia hasta Irlanda, sacudió a toda la eurozona y reveló el impacto catastrófico de las montañas de deudas estatales en todo el planeta, comenzando por Estados Unidos. A comienzos de 2010, los bancos franceses y alemanes alertaron a la UE y al BCE que el déficit público griego y de otros países los ponía en riesgo grave de quebranto.
 
La condición impuesta por el BCE y por el FMI para “salvar” los países endeudados fue la aplicación de drásticos planes de austeridad, que provocaron revueltas sociales (explosión social en Atenas que llegó a la huelga general del 5 de mayo de 2010, los “indignados” españoles, las huelgas generales en Portugal e Irlanda), como ya aconteciera en la “periferia de la periferia” europea (los países bálticos y balcánicos). 
Se le impusieron medidas draconianas a Irlanda, y un programa más duro, como el anteriormente aplicado en Letonia, fue presentado por la UE como un ultimátum a Grecia. El resultado fue una mayor crisis financiera y más fuga de capitales (los “mercados” huyen de los países “contaminados”) y nuevas explosiones sociales. Los principales bancos europeos fueron sometidos a “test de estrés”, en los cuales el quebrado Dexia ocupó un honroso 12° lugar entre 91 instituciones testeadas (o sea que había ochenta bancos en situación aun peor).
 
Los bancos europeos estaban sobrecargados de títulos de deuda soberana (de los tesoros nacionales). La agencia Moodys rebajó la clasificación de crédito de doce instituciones financieras del Reino Unido, y de nueve de Portugal. En el Reino Unido, la reclasificación incluyó a entidades de peso, como el Lloyds o el RBS (Royal Bank of Scotland), el banco hipotecario Nationwide y el Cooperative, además del Santander. El BCE pasó a hacer lo que antes había negado: recomprarle a los bancos de Europa los títulos de deuda pública, recomprando en el mercado secundario títulos de Grecia, Portugal e Irlanda que la red bancaria no había conseguido mantener en cartera. Problemas semejantes comenzaron a presentarse en Italia y España, países con deudas tres o cuatro veces mayores que la de Grecia, Portugal e Irlanda. Estos tres últimos son responsables sólo del 6 por ciento del PBI de la zona euro, mientras que España e Italia son responsables del 30 por ciento.
 
Reformas y rescates
 
En 2008, en el inicio de la crisis, la deuda pública española equivalía al 40 por ciento de su PBI. En 2011 ya equivalía al 68 por ciento. Por otra parte, la deuda pública era parte de un endeudamiento total (de bancos, empresas y familias) que llegaba a cuatro veces el PBI español, la mitad del cual era deuda externa. En Italia, la deuda pública era equivalente a diez veces la deuda griega. Cada mes en Italia iban a subasta 25.000 millones de euros en títulos, equivalentes a lo que Grecia subastaba en todo un año. Los países “pequeños” solo habían dado el puntapié inicial de la crisis. La Unión Europea no tenía mecanismos institucionales para contener crisis de esa envergadura, y carecía de un sistema único de deuda pública. El proyecto de Constitución Europea fracasó cuando fue rechazado en varios plebiscitos nacionales y por eso fue abandonado.
 
A partir de marzo de 2010, la eurozona y el FMI debatieron conjuntamente un paquete de medidas destinadas a rescatar la economía griega. El proyectado paquete fue bloqueado durante semanas debido a divergencias entre Alemania y los otros países miembros de la zona. Durante esas negociaciones, la “desconfianza” aumentó en los mercados financieros, mientras el euro tenía una caída periódica y las plazas accionarias presentaban fuertes pérdidas. Finalmente, en mayo de 2010, la Unión Europea y el FMI acordaron un plan de rescate para evitar que la crisis griega se extendiera a toda la zona euro. Al mismo tiempo, los mayores países europeos tuvieron que adoptar sus propios planes de ajuste de las finanzas públicas, inaugurando una “era de austeridad” general. Ese primer paquete de ayuda a Grecia tenía un valor de 110.000 millones de euros, 80.000 aportados por la UE y 30.000 por el FMI. En contrapartida, el país asumió el compromiso de realizar un fuerte ajuste fiscal y reducir su déficit público de 13,6 por ciento al 3,0 por ciento en 2014.
 
El 10 de mayo de 2010 fue creado un fondo de estabilización colectiva de Europa, cuya función fue definida como la de dar coberturas de liquidez a países miembro del bloque europeo. Ese fondo disponía de 440.000 millones de euros (equivalentes al pasivo de un solo banco privado) y, sin embargo, sus estatutos debían ser previamente aprobados por los parlamentos de cada país. Mientras eso ocurría, las noticias respecto de una rebaja de la calificación de la deuda francesa por las agencias calificadoras de riesgo fueron suficientes para derrumbar las cotizaciones de los bancos: las acciones de Société Générale, por ejemplo, se desplomaron en un 21 por ciento y sufrieron una fortísima baja del 14 por ciento en una sola ronda de la Bolsa.
 
La posibilidad de una quiebra en cadena de los bancos entró en la agenda política internacional, y fue verificada en los ataques al Bank of America (EEUU), el Crédit Agricole, el BNP Paribas y Socité Générale (Francia). El economista Nouriel Roubini consideró que “a menos que se triplique el monto del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera -a lo que Alemania se opondrá- solo restará, como opción, una reestructuración ordenada, más coercitiva, de las deudas de Italia y Espala, como sucedió en Grecia”. El año 2009 había sido un punto de inflexión, no un pico pasajero de una crisis también pasajera.
 
Francia y Alemania defendieron en ese momento la implantación de una “regla de oro”, con metas de control de déficit público, para ser incluida en las Constituciones de los países miembros de la eurozona.8
 
Las reformas propuestas serían un paso en dirección a la unidad fiscal de Europa, lo que significaría su absorción por Alemania ¿Cómo hacer que las aceptaran los parlamentos nacionales? En su intervención en el parlamento para defender el paquete de austeridad, el ministro de Hacienda italiano, Giulio Tremonti, compraró la situación de Italia con la del Titanic. El “plan de ajuste reforzado” de Italia tenía el objetivo de aumentar las ganancias financieras en hasta un 20 por ciento.
 
¿El resultado de todo esto? Un año después de su primer “rescate”, Grecia, brutalmente golpeada, no podía garantizar los pagos de julio y sólo le faltaba declararse en quiebra. Todos los créditos del primer “rescate” habían sido utilizados para pagar empréstitos anteriores, y cuanto más se pagaba más dinero se debía, con intereses encima de más intereses, una situación típica de préstamos usurarios. En su senilidad, el capitalismo vuelve a los métodos de su acumulación primitiva, esta vez, sin embargo, no para nacer, crecer y desarrollarse, sino para salvarse de la muerte.
 
Un nuevo rescate europeo se hizo necesario. Esta vez, a diferencia del primero, el “contagio” (expresado en la “prima de riesgo” o “riesgo país”: la diferencia entre la tasa de interés pagada por la deuda de un país y la que paga Alemania) no solo afectó a Portugal e Irlanda; también lo hizo con España y, por primera vez, con Italia. El “paquete de austeridad” griego incluyó 6.400 millones de euros en reducciones de costos en el Presupuesto de 2011, con una “tasa de solidaridad” (reducción salarial) para los desempleados del sector privado y del público. Ese plan era condición para recibir nuevos préstamos de la “troika” (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional). A cambio de la liberación de un nuevo tramo de 12.000 millones de euros, Grecia debía reducir su déficit fiscal en 28.000 millones, con recortes de gastos y aumento de impuestos, además de un vasto plan de privatizaciones por 50.000 millones de euros.
 
Finalmente, el gasto griego fue aparentemente “encaminado”. Después de que los bancos ganaran dinero pagando préstamos baratos al Banco Central Europeo, para obtener intereses elevados prestando a Grecia y a otros países, esos mismos bancos acordaron una reducción de la deuda griega. Al mismo tiempo, los bancos serían “capitalizados” (o sea, salvados) para enfrentar esas pérdidas. Europa aumentaría el “fondo de rescate” (es decir, los recursos para países endeudados) a condición de que se implementaran políticas de ajuste antipopulares. Ante la violencia (social y de clase) de los ajustes propuestos, hubo propuestas de nuevas moratorias de la deuda pública, de creación de “eurobonos” (títulos públicos europeos con los que los países “centrales” de la UE asumirían parte de la deuda de los “periféricos”) e incluso de retirada (de la UE o de la eurozona: 12 de los 27 países de la UE no adoptaron el euro) de los países más endeudados, que de esa manera podrían devaluar sus monedas, vueltas nuevamente “nacionales”, y recuperar posiciones en el mercado internacional. Analistas de la UBS (Unión de Bancos de Suiza) calcularon que la ruptura con el euro le costaría a un país periférico entre el 40 y el 50 por ciento de su PIB (desvalorizado), y a un país central entre el 20 y el 25 por ciento sólo en el primer año. Índices dignos de una catástrofe bélica. Después de los “periféricos” (Europa del Este) y de los “pequeños” (Grecia, Irlanda, Portugal), eran los “latinos” (España e Italia, con sus títulos de deuda “rebajados”) los próximos candidatos en la fila de la quiebra.
 
En España, dos años de recesión habían dejado al país con una tasa oficial de desempleo del 21,3 por ciento, la más alta entre las naciones de la zona euro, y con una deuda soberana enorme. El desempleo llegaba al 35 por ciento en la franja etaria de entre los 16 y los 29 años de edad. Los “mercados emergentes” de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) anunciaron que aumentarían sus carteras de títulos en euros, “en una tentativa de ayudar a los países europeos que sufren una crisis de deuda soberana”. Los pobres ayudando a los ricos, los colonizados prestando a los colonizadores. En Europa, en los países en los que la deuda y el desempleo eran mayores, y los salarios más bajos, el índice de horas trabajadas (o el grado de la tasa de explotación del trabajo asalariado) era también mayor ¿Populismo? Bien.
 
Países como Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España quedaron con sus economías en un grado insoportable de endeudamiento. La “crisis griega”, en verdad, fue tan anunciada como la crisis de los subprime de los Estados Unidos: con una economía débil, un déficit público de aproximadamente un 3,5 por ciento del PBI, un déficit de pagos superior al 15 por ciento y una deuda total, pública y privada, de medio billón de dólares, tenía su sistema bancario superexpuesto en los Balcanes, particularmente en Bulgaria y Rumania. La crisis había comenzado con la difusión de rumores sobre el verdadero nivel de la deuda pública de Grecia y el riesgo de suspensión de pagos del gobierno. La crisis de su deuda se hizo pública en 2010: era resultado tanto de la crisis económica mundial como de factores internos del país, de su fuerte endeudamiento (cerca del 120 por ciento del PBI) y un déficit presupuestario superior al 13 por ciento del PBI. Cuando esos datos fueron reconocidos, detonaron la crisis. La situación se agravó por la “falta de transparencia” (cuentas nacionales maquilladas) en la divulgación de los números de su deuda y de su déficit público. La diferencia media entre el déficit presupuestario real y las cifras notificadas por Grecia a la Comisión Europea era del 2,2 por ciento del PBI.
 
El Consejo Europeo también declaró que la UE realizaría una operación de bail-out.9, en el país, si fuera necesario, por la amenaza de que la crisis se extendiera a otros países, a saber Portugal y España. En última instancia, esa crisis podría significar la reducción de las deudas de todos los países de Europa. Los ataques especulativos contra Grecia fueron considerados por algunos, incluso por el gobierno griego, como ataques a la eurozona a través de su país más débil. Todos los países de la zona euro fueron afectados, por el impacto que tuvo la crisis sobre la moneda común europea. Hubo temores de que los problemas griegos en los mercados financieros internacionales generaran un efecto de contagio que sacudiera a los países más débiles, como Portugal, Irlanda, Italia y España, que, tal como hiciera Grecia, debieron adoptar planes de austeridad para reajustar sus cuentas públicas. Pero las políticas europeas no se sobrepusieron a las políticas nacionales. Según Jürgen Habermas, el filósofo alemán y mayor teórico de la “Constitución Europea”, el momento clave fue en 2010, cuando la canciller alemana, Ángela Merkel, tomó una decisión sobre el primer rescate para Grecia después de las elecciones regionales en Alemania: “Fue cuando por primera vez me di cuenta de que el fracaso del proyecto europeo era, sí, un riesgo real”. La deuda de Grecia era la más elevada en la historia de un país responsable de sólo el 2 por ciento del PBI de la eurozona, y de poco más del 1 por ciento del PBI de la UE, capaz, sin embargo, de provocar una crisis continental. El país fue intimado por el Banco Central Europeo para que tomara medidas de reducción del déficit presupuestario, cuyos valores equivalían a cuatro veces el porcentaje permitido por la Unión Europea, el 3 por ciento del PBI.
 
Fue impuesto un nuevo paquete de medidas de austeridad, economizando 4.800 millones de euros (menos del 2 por ciento de la deuda pública) como condición para recibir una ayuda de 140.000 millones de euros de 15 países europeos: congelamiento e incluso rebajas salariales de los empleados públicos, recortes en los fondos de pensión y aumento de impuestos y del precio de los combustibles. 
Diputados alemanes llegaron a sugerir que Grecia vendiera sus islas del mar Egeo. El gobierno griego aumentó la edad jubilatoria, “ahorrando” dinero en el sistema de pensiones. Bastó que se conociera el rescate de Grecia para que fuera evidente que su default sería inevitable: el aumento del monto previsto para el rescate de 60.000 a 140.000 millones de euros, demostraba la insolvencia del Estado griego. Grecia entró en recesión aguda. La repercusión internacional fue inmediata. El paquete de austeridad provocó una recesión económica que solo agravó la incapacidad del Estado para pagar la deuda pública, que estaba lejos de ser la peor de Europa.
En el país hubo protestas masivas a causa de las medidas de austeridad, en las cuales se registraron muertes de jóvenes manifestantes. Se produjeron los primeros suicidios de jubilados dejados en situación de miseria. El objetivo del paquete gubernamental era reducir el presupuesto griego en 30.000 millones de euros. Ahora, Grecia no era el único país de la zona euro que violaba la regla de que el déficit presupuestario no debía sobrepasar el 3 por ciento del PIB. En Gran Bretaña, no incluida en la eurozona, ese déficit llegaba al 13 por ciento; en España al 2 por ciento, en Irlanda al 14,3 y en Italia al 5,3 por ciento. Grecia, más allá del pequeño tamaño de su economía, no era el país con peor desempeño en ese aspecto dentro de la UE ¿Por qué penalizarla más que a otros? Esa simple constatación echó leña al fuego de la movilización popular: a finales de año, un gigantesco árbol de Navidad en la plaza Syntagma ardió, quemado por los manifestantes.
 
La crisis provocó una nueva discusión sobre la coordinación económica y la integración fiscal en la zona euro. El 16 de mayo de 2011, los ministros de Finanzas de la eurozona aprobaron también un empréstito de 78.000 millones de euros a Portugal, dividido igualmente entre el “Mecanismo Europeo de Estabilización Financiera”, el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera y el Fondo Monetario Internacional, una asociación público-privada. Portugal se convertía así en el tercer país de la zona, después de Irlanda y Grecia, en recibir apoyo financiero internacional. Pero, en agosto de 2011, nuevamente las bolsas de valores del mundo cayeron debido a la degradación de los títulos públicos norteamericanos (considerados el refugio de valor más seguro del mundo) y las repetidas crisis europeas por los sacudones políticos y sociales provocados por los planes de austeridad. Al retirarse de las bolsas, los inversores expresaban su pánico ante el hecho, ahora comprobado, de que la crisis de 2007-2008, que provocara una catástrofe en el sector financiero del “primer mundo”, no sólo no había concluido; además, se había profundizado. Paradojalmente, la seguridad fue buscada justamente en los títulos del Tesoro norteamericano, rebajados por la agencia Standard & Poor’s (S&P): no había más a dónde huir.
 
En 2008, se dijo que era la última vez que dinero público era usado para salvar bancos privados. En octubre de 2011, sin embargo, el gobierno belga aportó 4.000 millones de euros para mantener al banco Dexia en funcionamiento. La crisis financiera en Europa no era más un problema restringido a las economías pequeñas, periféricas, como Grecia, sino una corrida bancaria en gran escala en las economías mucho mayores de España y de Italia.
 
Los países en crisis producían cerca de un tercio del PBI de la zona euro, dejando a la moneda europea ante una “amenaza existencial”. Pero el euro no es solo un “símbolo” de la UE. Una “soberanía compartida” entre los Estados nacionales de la Unión Europea, consagrada en el Tratado de Lisboa, implicaba que los gobiernos nacionales rindieran cuentas de sus políticas domésticas, al mismo tiempo que las cuestiones más amplias debían ser tratadas en nivel europeo.
 
En 2012, Habermas cuestionó la estructura política de la Unión Europea que, creada para gobernar esa soberanía compartida, estaba “cargada de fallas”. No había una relación simétrica de funciones y competencias de sus tres principales cuerpos: el Parlamento Europeo, la Comisión de la Unión Europea y el Consejo de Ministros. No hay una ley electoral unificada para el Parlamento Europeo -en algunos países, los diputados a ese Parlamento son elegidos en comicios directos; en otros, se eligen a partir de listas partidarias. El Consejo Europeo, el segundo en la lista de órganos de integración continental (sólo debajo del Parlamento en los términos del Tratado de Lisboa), era, según Habermas, una completa anomalía institucional.10
 
La “supranacionalidad” europea no conseguía superar las nacionalidades anteriores ni sus contradicciones mutuas. En vez de homogeneizarse, las desigualdades económicas en Europa se acentuaron con la “integración europea”, exactamente por ser una integración capitalista, o sea con base en la competencia entre capitales de diversas nacionalidades, competencia que, históricamente, condujo a la formación de los monopolios y al imperialismo capitalista. La economía alemana fue la que sacó mejor partido, revitalizando al imperialismo teutónico.
 
La “construcción europea” se sustentó en una potencia hegemóni- ca, capaz de imponer condiciones a los otros miembros. El euro como moneda común fue, desde el comienzo, un proyecto propuesto por Francia, que Alemania aceptó con reservas y sobre la base de su propia reunificación, para sacar provecho de una zona de libre comercio para su economía fundamentalmente exportadora. “Un entendimiento tácito confería la primacía política a Francia, aunque la fuerza económica mayor fuese de Alemania (pero) el euro fue un cáliz envenenado”. Concebido para amarrar a Alemania a Europa, en cambio amarró a los países europeos mucho más débiles a Alemania”. Eso impuso “una camisa de fuerza insustentable” (Cohen, 2015). Gracias a eso, la tasa de ganancia de la economía alemana registró una fuerte recuperación y crecimiento (aunque lejos de sus niveles históricos del boom económico de la posguerra) con la conformación de la Unión Europea y la adopción del euro, hasta la crisis de 2007-2008, cuando comenzó un movimiento descendente.
 
Según Rob Johnson: “Se construyó en Europa un sistema que puede definirse como una burbuja política. Todos negocian sobre el supuesto de que Alemania garantiza todos los negocios. La idea dominante es que Alemania manda. Que está sólida. Que garantiza todo. Todos los precios se establecen a partir de la calidad del crédito alemán. Y Alemania, porque juega dentro del sistema europeo, como que se firma un contrato de seguro, como empresa aseguradora. Todos sabemos cómo son las empresas aseguradoras. En cuanto reciben los pagos por las pólizas que venden, está todo bien. Pero cuando los accidentes suceden y llega la hora de pagar, hacen todo lo posible para no pagar. Desde comienzos de 2009 Ángela Merkel dice que no garantizará todos los pagos a todos los bancos de Europa. Cada empresa, cada país, que se defienda. Así, Merkel dividió a Europa. En cuanto Irlanda fue vista como parte del sistema europeo, se asumieron riegos bancarios descomunales respecto de su PBI. Ahora fueron dejados solos, obligados a responder solos por sus propias pérdidas. Se decía que Irlanda era demasiado grande para quebrar. De pronto, pasó a ser demasiado grande para ser salvada”. Durante el pico de la crisis, las económicas padecen oscilaciones violentas; después, algunas levantan (un poco) cabeza, mientras otras literalmente se funden.
 
La Unión Europea aprobó, finalmente, un paquete económico anticrisis de alcance continental, lanzado el 27 de octubre de 2011, que preveía una mayor participación del FMI y del BCE para enfrentar la crisis; una ayuda financiera (condicionada) a los países con más dificultades económicas; la definición de un Pacto Fiscal, a ser ratificado en 2012, cuyos objetivos serían garantizar el equilibrio de las cuentas públicas de las naciones de la Unión Europea y crear sistemas punitivos para los países que incumplieran el pacto. El Reino Unido no aceptó el acuerdo. Por su parte, los círculos dirigentes de Francia y Alemania expresaron abiertamente su preocupación por la posibilidad de que la indignación popular en Grecia se transformase en revolución social, con consecuencias directas en toda Europa. El programa de refinan- ciamiento de largo plazo (LTRO)11 de la UE fue puesto en marcha en diciembre de 2011; su objetivo era inyectar liquidez en el sistema bancario. Los bancos podrían tomar recursos durante tres años a una tasa muy baja (1 por ciento) para reinvertirlos como mejor les pareciera. A esa altura, un gigantesco fondo soberano chino, la Corporación de Inversiones de China, cortaba gran parte de su cartera de acciones y de su deuda en euros.
 
En julio de 2011 fue aprobado un nuevo paquete multilateral de socorro financiero para Grecia por 159.000 millones de euros, con empréstitos de la Unión Europea y del FMI, promesas de privatizaciones y de renegociación de los préstamos de Grecia, Irlanda y Portugal y reducción de las tasas de intereses para aliviar el servicio de sus deudas. Los meses siguientes se encargarían de echar leña a la hoguera que se pretendía extinguir. Hubo rebajas de calificaciones de riesgo de los papeles de las deudas española e italiana, y la amenaza de hacer lo mismo con los papeles de Francia y de los principales bancos franceses y alemanes. El monto de recursos aprobado para el Fondo de Estabilidad (440.000 millones de euros) resultó pequeño. No solo la deuda griega era insustentable y en constante crecimiento; además, Portugal e Irlanda seguían los pasos de Grecia. Italia y España, la tercera y la cuarta mayores economías de la eurozona, se desmoronaban bajo montañas de deudas. El BCE finalmente aceptó recomprar títulos de Italia y España, cuyas deudas estaban bajo amenaza de colapso. Francia, país del núcleo duro de la Unión Europea, perdió su calificación de crédito AAA, en cuanto el conjunto de la UE, comienzan por su motor alemán, comenzó a caer en recesión. El círculo vicioso de la austeridad, que agrava la recesión sin interrumpir el endeudamiento, apretó la cuerda que estrangulaba a la llamada “economía real”, la producción, achatada por una crisis de sobreproducción de capital, sin mercados suficientemente rentables.
 
Al colocar a Grecia en terapia intensiva como un segundo rescate (garantía) se pretendió evitar las consecuencias catastróficas de un segundo Lehmann Brothers, que causaría una avalancha de quiebras de países y bancos. La economía griega se había encogido un 16 por ciento en cinco años, con un desempleo que llegaba a la estratósfera. El peso de la deuda, en vez de disminuir, no hacía más que aumentar. En la UE no solo no hubo reactivación económica; además, tampoco hubo recapitalización de los bancos. Europa quedó bajo el potente freno de la austeridad y, por otro lado, con un supuesto motor de liquidez en aumento por las operaciones del BCE. La receta de la austeridad fue puesta en el orden de día en toda Europa.
 
Los planes de ayuda a Grecia, Irlanda y Portugal, la ayuda financiera condicionada a la adopción de medidas de austeridad fiscal; ahora, los fondos de rescate de la zona euro, ya involucrados con Grecia, Portugal, Irlanda y España, podrían ser insuficientes para lidiar también con Italia. Una parte del sistema bancario francés estaba y está enterrada en Grecia, mientras Italia acumulaba una parte enorme de su deuda pública en el Este europeo y en los Balcanes.
 
Los bancos de Europa y de Japón, y la Reserva Federal de los Estados Unidos, presionaron a Alemania para que aceptara integrar un Fondo de Financiamiento, que pudiese ser suscripto (vía emisión de acciones para captar recursos) en el mercado internacional, y que superara largamente el billón y medio de dólares. La posición del gobierno y de las autoridades monetarias alemanas fue: nada de títulos unificados de la zona euro; ningún aumento en los recursos destinados al Mecanismo de Estabilización Europeo (500.000 millones de euros); ningún esquema común de sustento del sistema bancario; austeridad fiscal a todo costo, incluso en Alemania; nada de financiamiento a gobiernos vía política monetaria; ningún relajamiento de la política monetaria de la zona euro, y nada de “boom de crédito fuerte” en Alemania. El país acreedor, en cuyas manos se concentra el poder en un momento de crisis, declaraba su intención de transformar a la UE en su propia plataforma económica en el mercado mundial.
 
En 1998, cuando los alemanes aún usaban el marco, su superávit comercial respecto de las naciones que más tarde adoptarían el euro, era de 29.000 millones de dólares. En 2008, ya con la divisa común, el saldo favorable alemán es de 177.000 millones de dólares, un monto siete veces mayor. Más de 1 billón de dólares entró en Alemania desde la creación de la moneda única (en 1999) hasta 2010, por medio del comercio de bienes con sus países colegas del euro y el segundo de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desenvolvimiento Económico). La escalada de las exportaciones alemanas ocurrió principalmente en el grupo de países que luego se convirtieron en el foco de la crisis europea. De 1998 a 2008, el superávit comercial de Alemania con España aumentó once veces; con Italia, 8,6 veces; con Portugal, siete veces, y con Grecia 3,5 veces. Solamente en España, Alemania ganó 277.000 millones de dólares en el comercio de bienes entre 1999 y 2010. En Francia, los alemanes acumularon un saldo de 328.000 millones de dólares. Alemania, sin embargo, no tiene medios militares, políticos o económicos para imponer una anexión. Tampoco podía proceder de manera administrativa: debía negociar su hegemonía con Francia, y una división de influencias en Europa con Estados Unidos y con China.
 
En 2012, Martin Wolf resumía así la situación: “con los bancos debilitados, la demanda privada enflaquecida, la demanda gubernamental en contracción y la externa débil, las economías frágiles probablemente sufrirán una caída de la producción y un desempleo más altos que los actuales dentro de dos o tres años. La recompensa por el sufrimiento actual será más sufrimiento en el futuro. Que Grecia se “salve”, o no, en este momento es difícil creer que la actual zona euro podría sobrevivir a esto, especialmente cuando el principal argumento en su favor -la integración económica y financiera- está siendo destruido. Las empresas, especialmente las instituciones financieras, intentan cada vez más equiparar sus activos y sus pasivos de país en país. De la misma forma, sólo las compañías más audaces planean producir confiando en que los riesgos cambiarios se habrán eliminado. Puesto que la creciente cuota de riesgo trasnacional ahora cae sobre el Banco Central Europeo, el camino para una disolución está más abierto que nunca”.12
 
Un límite histórico fue alcanzado. Una enorme acumulación de capital, real (o “productivo”) y ficticio, propiciada por la formación de la zona del euro, vinculada inicialmente por la separación de Europa oriental y de los Balcanes de la Unión Soviética, llegaba a un estado terminal. La suma de los títulos del sector financiero, tanto en Alemania como en Francia, era tres veces mayor que sus PBO. Los bancos europeos eran importantes inversores en papeles gubernamentales, y tenían un tercio del total. Y, aunque comenzaron a deshacerse de ellos, su exposición a la deuda de los gobiernos siguió siendo enorme, por un total de 2,6 billones de euros, o el 7,5 por ciento de sus activos totales. En los Estados Unidos, la exposición de los bancos a los títulos públicos equivale al 1,25 por ciento de sus activos, seis veces menos. Alemania no dio la menor señal apoyar ninguna de las dos propuestas que los otros miembros de la UE consideraban indispensables para evitar el cataclismo de Europa: la monetización de la deuda soberana por el Banco Central Europeo y la creación de dos eurobonos para reducir el peso de los intereses de los países más vulnerables en los mercados financieros. La unidad bancaria de Europa, que colocaría al sistema bancario europeo bajo una protección y supervisión únicas, haría que el rescate de un banco fallido corriese por cuenta de las instituciones europeas con independencia de la nacionalidad de la entidad fallida. Alemania, Austria, Finlandia y Holanda se opusieron porque serían las que deberían entrar con la mayor parte de una factura ajena. Así, la quiebra de la economía mundial noqueó a la Europa unificada, cuya implosión retroalimentaba esa misma quiebra.
 
La creciente desintegración de la Unión Europea presentaba dos alternativas: su disolución o su conversión en un régimen de protectorados bajo la dirección de una potencia dominante, o bajo la asociación desigual de un par de esas mismas potencias (Francia y Alemania). La tendencia a la desintegración de la UE pasó a ocupar un lugar estratégico en la crisis mundial, pues el bloque había parecido operar como una superación de las contradicciones entre el desarrollo internacional de las fuerzas productivas y la sobrevivencia de las fronteras nacionales. En realidad, había rescatado a sus Estados nacionales miembros de la descomposición provocada por la crisis mundial en la década de 1970. En esas condiciones, en 1989 Alemania anexó la parte oriental del país (la ex RDA), anexión financiada con una confiscación general de los Estados capitalistas de Europa. Entonces tuvo su punto de partida la colonización económica de Europa oriental y de los Balcanes. Ahora, la desintegración de la UE se cristalizó en la explosión de la tendencia capitalista a convertir a Europa continental en un sistema de protectorados. La oposición de Ángela Merkel a financiar el rescate de los bancos rivales de la zona euro busca proteger la expansión alemana hacia el Este.
 
No era que Alemania viviese un momento de gloria económica. El Deutsche Bank, por su lado, y la industria automovilística, uno de los puntos de referencia de la “identidad colectiva” alemana, se arrastraron por un camino de amargura, de pérdida de beneficios. En el segundo trimestre de 2012, las ganancias de su cartera de inversiones cayeron en un 63 por ciento, a 357 millones de euros, un desempeño ridículo para un banco de ese tamaño. El boom del automóvil en Alemania no tenía sustento: sus ventas en Europa caían. La imposición de los planes de austeridad, el surgimiento de tendencias nacionalistas (que recorren todas las tendencias políticas europeas) demuestran que la Unión Europea es una construcción desigual y precaria. La crisis mundial ha dejado expuestas las enormes rivalidades que se desenvuelven dentro de la zona del euro, en torno de la división de los mercados en el interior y en el exterior de Europa. La cuestión del rescate de los bancos sigue caminos opuestos en los diversos países. Inglaterra se lanzó por la vía de separar a Gran Bretaña de la UE, ante la evidencia de que Alemania busca convertir a la zona del euro en una rival financiera de la City de Londres.
 
Los planes de rescate no tuvieron la capacidad de salvar al capital en quiebra. La bancarrota de los bancos europeos no sólo obedeció a su exposición a las deudas hipotecarias y comerciales, sino a las deudas públicas y al endeudamiento dentro del sistema bancario y con los bancos norteamericanos. La fuga del euro destruyó el mito de que serviría como parte de un nuevo estándar monetario junto con el dólar, y cuestionó al conjunto del sistema monetario capitalista, porque el euro es una moneda de reserva de valor de enormes capitales y patrimonios, y unidad de medida de un enorme sistema de pagos. La crisis del euro expone el conflicto abierto entre los Estados con finanzas fallidas, por un lado, y la defensa del valor del capital. El otro pilar del capital, el dólar, se encuentra aplastado por una deuda pública de 20 billones de dólares (140 por ciento el PIB de los Estados Unidos), y por una deuda internacional inconmensurable. Una retirada del financiamiento de China, Japón y Alemania del mercado de la deuda norteamericana, convertiría al dólar en una moneda sin valor.
 
El torbellino griego
 
En diciembre de 2008, en Grecia, hubo una extraordinaria ola de revueltas provocada por el asesinato de un joven estudiante de 15 años a manos de la policía en Exarchia, barrio de Atenas. En ese momento aún estaba en el poder el corrupto gobierno derechista de Kostas Karaman- lis. Las movilizaciones de la juventud enfrentaban la violencia policial, el desempleo, la degradación de la enseñanza, la precariedad, el “rescate” a los bancos. Una insurrección civil duró varias semanas y creó un clima de cuestionamiento de todo el régimen político griego. Las elecciones general fueron anticipadas para, dando la victoria al Movimiento Socialista Pan-Helénico (Pasok), encabezado por Georgios Papandreu. Así en el timón el gobierno griego, al sobrino de Konstantinos Karamanlis, fundador del partido Nueva Democracia, le sucedió el hijo de Andreas Papandréu, fundador del Pasok. La oligarquía política griega no es muy extensa ni diversificada...
 
En 2010 se realizó el “contrato bilateral” de “ayuda” a Grecia, sin decir el valor del préstamo ni la fecha de pago del reembolso. Se decía que el aporte sería de hasta 80.000 millones de euros, en una fecha que determinaría la Comisión Europea. Los préstamos coincidían con el vencimiento de un volumen dado de títulos. El dinero no iba a Grecia, sino a una cuenta en el Banco Central Europeo, destinado a pagar títulos anteriores, que venían siendo negociados al 16 por ciento de su valor nominal; el contrato garantizo que los bancos recibiesen el 100 por ciento del valor de los títulos, incluso después de que aquellos habían ganado mucho dinero por encima de estos títulos desvalorizados. El “contrato bilateral” sirvió para reciclar estas deudas anteriores. Grecia no recibió el aporte y fue obligada a pagar intereses y a reembolsar el dinero: “Eran deudas del sector privado, transformadas en deudas públicas, un déficit inflado por una serie de elementos que no formaban parte de la deuda griega, como déficits de sectores privados” (Fattorelli, 2015).
 
Porque, de hecho, lo que ocurrió fue que “desde septiembre de 2009 hasta hoy, prácticamente todos los títulos de deuda pública griega (junkbonds, bonos basura) fueron sacados de los balances del capital privado y comprados por el sector público. Los capitales más expuestos eran los franceses (79.000 millones), seguidos por los alemanes (45.000 millones), seguidos de lejos por los holandeses (12.000 millones) y los italianos (7.000 millones), pero eran todos privados. En pocos años, la suma de esos títulos [alrededor de 150.000 millones de euros, OC] fue redistribuido en los presupuestos públicos de los cuatro países con el mayor PBI [de Europa], violentando de facto, las proporciones precedentes: los alemanes mantienen actualmente la mayor cuota (62.000 millones de euros en el sector público, 14.000 millones de euros en el sector privado), seguidos por Francia (47.000 millones de euros sólo en el sector público), Italia (41.000 millones de euros en el sector público), España (27.000 millones de euros en el sector público). Se confirma la ley de la privatización de las ganancias y socialización de las pérdidas, en especial en épocas de crisis. El fondo de rescate estatal, que está en la base de esta maniobra, descargó sobre los dos pigs más importantes (Italia y España), especialmente en su sector público, el mayor peso de esos títulos basura” (Schettino, 2015).13
 
Todo este rescate de los agujeros financieros de los bancos europeos y norteamericanos fue a parar a la cuenta del contribuyente (sector público) y fue inicialmente pagado por los trabajadores y jubilados griegos, pero estos son sólo los primeros de la fila. El rescate griego comenzó por el aumento de la edad mínima de jubilación; la recesión dejó al 24 por ciento de la población desocupada (53 por ciento de los jóvenes) y más de un cuarto de su población abajo de la línea de pobreza. Los ingresos de los trabajadores fueron reducidos hasta un 50 por ciento. Después de 17 jornadas de paro general, Grecia hizo una huelga general de 48 horas en los días 28 y 29 de junio de 2011, fecha de votación del nuevo plan de austeridad, con las escuelas y los museos cerrados, con los vuelos cancelados y los hospitales atendiendo sólo casos de emergencia. El gobierno griego pretendía reducir a los empleados públicos de 750.000 personas a 150.000 hasta 2015, suspendiendo, de inmediato, a 30.000, con una reducción de salario del 40 por ciento.
 
El gobierno griego debería cumplir todas las imposiciones presupuestas impuestos por la troika como condición para recibir nuevos aportes financieros, destinados únicamente a la quita de cuotas de la deuda soberana griega. O sea, ninguna perspectiva de mejora social (salarios, empleo, seguridad social, salud pública). El 26 de septiembre de 2012 fue realizado uno de los mayores paros generales desde el inicio de la crisis. Fue el primero contra el gobierno de Antonis Samarás, de la Nueva Democracia, elegido en las elecciones de junio por un estrecho margen de distancia sobre la coalición de izquierda Syriza (29,7% contra 26,9%). Samarás triunfó en las elecciones prometiendo “flexibilizar” los planes de austeridad. La huelga, que afectó tanto al sector público como al privado, fue desencadenada contra el plan de recortes negociado por Nueva Democracia y Pasok, partidos integrantes del gobierno de coalición derechista. Cerca de 100.000 personas marcharon en Atenas, confluyendo en una gran protesta en la plaza Syntagma frente al Parlamento griego. Las consignas y los carteles denunciaban a la Troika, los recortes en el presupuesto y el abismo social cada vez mayor.
 
La huelga fue convocada por la Adedy (central sindical de los trabajadores públicos) y la GSEE, representante de los trabajadores del sector privado.14 En la Plaza Syntagma, la policía reprimió violentamente a los manifestantes con bombas de gas lacrimógeno, arrestando por lo menos cien activistas e hiriendo decenas de personas. El paquete de austeridad de Grecia preveía recortes del orden de 11.500 millones de euros (además de más de 2.000 mil millones en aumento de impuestos), condición para que el país acceda a una línea de crédito de 31.500 millones, parte del rescate de 173.000 millones. Para alcanzar esa meta, el gobierno debía recortar jubilaciones y salarios, además del ya mencionado compromiso de despedir a 150.000 empleados públicos hasta 2015. El ministro de financias de Grecia, Yannis Stournaras, soltó ante el representante europeo del FMI: “¿Ustedes se dan cuenta de lo que están pidiendo? ¿Ustedes quieren derrocar mi gobierno?”.
 
El movimiento obrero y la juventud protagonizaron una cuasi insurrección el 29 de julio de 2011, en el final de la huelga general de 48 horas, mientras el parlamento votaba el paquete de austeridad impuesto por la troika. Así, en 2011-2012, Europa del Sur (Grecia, España, Italia) se proyectó como un puente entre la “primavera árabe” y los trabajadores, los desocupados y las masas empobrecidas de Europa. 
Europa comenzó a mostrar una fuerte polarización política, inclusive en el terreno electoral, con el avance de la izquierda en casi todas las elecciones de 2011 y 2012, así como una nueva presencia de la extrema derecha nacionalista, en su versión tradicional (el Frente Nacional de Marine Le Pen) o neonazi (Amanecer Dorado). Fue en Grecia donde se produjo el más espectacular avance de la izquierda con una enorme votación (27%), en 2012, de Syriza, transformado en el árbitro de la política nacional, al punto de conseguir impedir la formación de un gobierno de los partidos favorables a los acuerdos y al “Memorando” de la Troika.15
 
La elección de 2012 fue ganada por Nueva Democracia, el viejo partido de la Derecha griega, con el 29,7% de los votos. En respuesta a la invitación a participar en un gobierno de unidad nacional, Syriza, anunció su decisión de quedarse en la oposición, enfatizando las bases de su “plan de reconstrucción nacional” contra al memorando de “rescate” que preveía recortes presupuestarios de todo tipo. El programa de Syriza por “salarios decentes y una vida decente”, y por “una Grecia realmente europea” (en la UE), era el de una “izquierda radical” con un programa dentro el marco político-institucional e internacional vigente: “Encontraremos nuestra propia justicia. Propondremos obstáculos a las medidas [de austeridad] y al rescate [de la Troika]. Es la única opción viable para Europa”: en la elección, Syriza consiguió casi el 27% de los votos, un aumento del 60% en relación a la elección previa del 6 de mayo, obteniendo 1,6 millón de votos y 72 escaños en el Parlamento, de un total de 300.
 
La filosofía pro Unión Europea de Syriza fue explicada por uno de sus principales intelectuales, quien después asumió como ministro de Finanzas y se transformó en la tos ferina de la izquierda europea:
 
“Europa está pasando por una recesión que difiere sustancialmente de una recesión capitalista normal, del tipo que es superada a través de una compresión salarial que ayuda a restablecer la rentabilidad. El presente deslizamiento a largo plazo en dirección a una depresión asimétrica y a la desintegración monetaria coloca a los radicales ante un terrible dilema: ¿Debemos utilizar esta crisis capitalista de rara profundidad como una oportunidad para hacer campaña por el desmantelamiento de la Unión Europea, dada su aquiescencia entusiasta para el credo y las políticas neoliberales? ¿O debemos aceptar que la izquierda no está preparada aún para un cambio radical y hacer campaña por la estabilización del capitalismo europeo? Por poco seductora que la última propuesta puede sonar en los oídos del pensador radical, es el deber histórico de la Izquierda, en esta coyuntura particular, estabilizar al capitalismo, rescatar al capitalismo europeo de sí mismo y de los ineptos manipuladores de la inevitable crisis de la Zona Euro [...] Un análisis marxista, tanto del capitalismo europeo como del estado actual de la izquierda, nos obliga a trabajar en pro de una amplia coalición, incluso con los derechistas, cuyo objetivo deberá ser la resolución de la crisis en la Zona Euro y la estabilización de la Unión Europea. Los radicales deberán, en el contexto de la presente calamidad europea, trabajar para minimizar el sufrimiento humano, reforzando las instituciones públicas de Europa, y, de este modo, ganar tiempo y espacio para desenvolver una alternativa verdaderamente humanista.” (Varoufakis, 2014)
 
El raciocinio político expuesto es circular: “la izquierda no está preparada aún para un cambio radical”, motivo por el cual sólo podría “rescatar al capitalismo de sí mismo”, pues este no podría hacerlo, ni tendría esa intención. No obstante, ¿qué sucedería si la izquierda tuviera éxito en rescatar al capitalismo? Éste pasaría a funcionar bien, lo que tornaría innecesario cualquier “cambio radical”, y a la propia izquierda. No se trata, por lo tanto, de una reedición anacrónica de la teoría menchevique o stalinista de la “revolución por etapas”, sino de un ejemplo de lógica circular: el capitalismo está en crisis, pero la izquierda es incapaz de una alternativa propia (“cambio radical”), por lo tanto se debe enfocar en rescatarlo, si así lo consigue, se torna ella misma, junto con su “cambio”, innecesaria. Es una versión política de “Trampa-22”, formulada esta vez por un especialista académico en teoría de juegos.16
 
Syriza, no obstante, con su segundo lugar conquistado en las elecciones de junio del 2012, no admitió ningún tipo de acuerdo político que no contemplase la anulación del “Memorando de Ajuste” firmado por Grecia con la Comisión Europea y el FMI. Este memorando, que acompañó el refinanciamiento de la deuda griega, imponía decenas de miles de despidos en la administración pública, mayores recortes en las jubilaciones y en los gastos sociales, y una serie de ajustes y privatizaciones. Syriza propuso también un condicionamiento para el pago de la deuda externa: que una auditoría internacional determinase su legitimidad, y propuso incluso una nacionalización parcial de los bancos. Syriza, en realidad, no podía hacer un acuerdo gubernamental con la derecha sin perder su base popular. Después de su congreso de 2013, Syriza fue cambiando su programa, pasando de la “nacionalización de los bancos” a una propuesta de “renegociación de la deuda.” Cuando el gobierno de Samaras propuso una ley de renovación de la exención fiscal de tipo ortodoxo, Syriza se abstuvo (como el KKE.), y la ley fue aprobada. Yanis Varoufakis escribió, con Staurt Holanda y James Galbraith, “Una modesta propuesta para superar la crisis del euro”, proponiendo que las deudas soberanas fuesen garantizadas hasta 60 por ciento del PBI de cada país mediante una reserva federal europea. Renegociación, ampliación, disminución, garantía europea, los eurobonos, todas estas propuestas parten de la legitimidad (total o parcial) de la deuda, y de una supuesta posición de fuerza de los acreedores públicos y, especialmente, privados.
 
La crisis puso objetivamente en la agenda política el retiro de Grecia de la zona monetaria del euro y de la Unión Europea, pero Syriza se manifestó a favor de mantener a Grecia dentro de aquellas, aunque la Comisión Europea insistía en que la negativa al “Memorando de Ajuste” era incompatible con la continuidad de Grecia en la zona del euro y en la Unión Europea. Un cálculo del Financial Times estimó en millones de dólares -para Francia- y en 110.000 millones de dólares -para Alemania- la pérdida financiera que la salida de Grecia provocaría en esos países. Comenzó a circular la expresión Grexit, un acrónimo anglo-sajón (Greek Exit) inventado por analistas financieros del Citigroup para referirse a una salida impuesta a Grecia de la Zona Euro. Grexident (Grexit by accident), por su parte, fue utilizado para referirse a la hipótesis de una salida de Grecia provocada por una serie de eventos “accidentales”: el enfoque europeo se desplazó hacia una operación velada de impulso a Grecia para la salida, cuidando las forma de atribuir el desenlace a la incompetencia o a la obstinación ideológica de las autoridades griegas. El ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schauble, admitió esa posibilidad, diciéndose contrario a ella, un indicador claro de preparación de la “opinión pública europea” para esa eventualidad.
 
A partir de 2010, los planes de “rescate” rescatarán a los bancos, europeos y norteamericanos, expuestos en Grecia. El precio de la Grecia “europea”, no obstante, fue enorme para los griegos. En mediados de 2012, las industrias farmacéuticas dejaron de entregar medicamentos en los hospitales públicos. Las cirugías fueron aplazadas en gran medida, por falta de elementos básicos como jeringas y gasas. El Tesoro griego anunció que, sin recursos, podría ser incapaz de pagar los salarios de los empleados públicos. La Troika ofreció destrabar el equivalente a 9.600 millones de dólares para Grecia, pero los dirigentes griegos deberían recordar más de 14.500 millones de presupuesto de 2012, o sea 5.000 millones más de lo ofrecido, en un país con índices sociales insoportables y en recesión aguda.
 
La única manera de que Grecia no pagase ese precio, e impusiese los costos de la crisis a los especuladores financieros que lucraron con su deuda pública, sería salir de la Unión Europea, pero Syriza se definió a favor de mantenerse dentro de la UE y no pagar toda la deuda, sino sólo lo que una auditoría determinase.17 Al mismo tiempo, Syriza propuso un “gobierno de izquierda”, una propuesta que fue rechazada de manera sectaria por la otra fuerza expresiva de la izquierda, el KKE. En las elecciones europeas de junio de 2014, Syriza ganó, nuevamente con el 27% de los votos, sumergiendo en la marginalidad política al histórico Pasok, aunque su victoria no fue tan categórica como algunos preveían. El bloque democratizante del “Partido de Izquierda Europea” (del que forma parte Syriza) registró también progresos en España (Izquierda Unida, IU), donde avanzaron también varias otras fuerzas de filiación izquierdista. No consiguió crecer, sin embargo, en Alemania (La Izquierda, Die Linke), ni en Francia (Frente de Izquierda, Front de Gauche;) y colapso en Portugal (Bloque de Izquierda, Bloco de Esquerda). A la Izquierda Unida española le afectó el gran resultado de Podemos, una nueva fuerza con raíces en el movimiento de los indignados, que concentró sus críticas en el bipartidismo. Podemos ganó varios diputados y desplazó (con más del 10% de los votos) a IU del tercer lugar en Madrid.
 
La composición (corrientes o tendencias internas) de Syriza comprende: Synaspismos, Akoa-Izquierda Comunista Ecológica y Renovadora, KOE-Organización Comunista de Grecia (Conferencia de los Comunistas y Partidos Obreros de los Balcanes), DEA-Izquierda Internacionalista de los Trabajadores, Kokkino, APO-Grupo Político Anticapitalista (Izquierda Anticapitalista Europea, ex Secretariado Unificado de la IV Internacional), Rosa, Keda-Movimiento por la Unidad en la Acción de la Izquierda, Energoi Polites-Ciudadanos Activos, Rizospastis, Eco-socialistas Grecia, DIKKI-Movimiento Democrático Social. El KKE (Partido Comunista) permaneció fuera de Syriza; tradicional detentor de algo como 10% del electorado, perdió mucho terreno, electoral inclusive, con el ascenso de Syriza. También está presente la pequeña coalición de izquierda Antarsya, con la presencia de un antiguo sector disidente del KKE (el NAR), y el EEK (Partido Revolucionario de los Trabajadores).18 Sin contar con las diversas corrientes autonomistas y anarquistas.
 
En noviembre de 2014, Alexis Tsipras, su principal dirigente, volvió a asegurar que Syriza, en el gobierno, reclamaría la anulación de parte de la deuda griega, tal como sucediera con Alemania en 1953. El parlamento griego debía elegir un nuevo presidente de la República en diciembre de 2014. El diputado Stavros Dimas, apoyado por la Nueva Democracia, no consiguió obtener en tres votaciones sucesivas el mínimo de 200 votos parlamentarios estipulado por la ley; el presidente Karolos Papoulias se vio obligado a disolver el parlamento y convocar elecciones legislativas. Ellas se realizaron el 25 de enero de 2015, con resultados que provocaron un terremoto político perfectamente mesurable. Syriza consiguió un 36,34 por ciento de los votos, progresando diez puntos (o casi 40 por ciento con relación a la elección precedente) y consiguiendo casi nueve puntos de distancia por sobre Nueva Democracia (27,81 por ciento). Syriza obtuvo 149 de los 300 escaños del parlamento, apenas dos escaños menos de la mayoría absoluta. Iniciadas las conversaciones con otros partidos, el partido conservador de derecha “Griegos Independientes” (anti-europeo) aceptó coaligarse en el gobierno con Syriza. El gobierno de Tsipras tomó posesión dos días después, con Yanis Varoufakis en la cartera de Finanzas y la cartera de Defensa concedida a los Griegos Independientes.
 
Syriza multiplicó por diez su votación a lo largo de una década. El crecimiento de los fascistas de Amanecer Dorado no se puede comparar con este desempeño. La llegada de Syriza al gobierno fue recibida en Bruselas (sede de la Unión Europea) con cínicos aplausos de compromiso. El pago de la última cuota de 7.200 millones de euros del segundo rescate (1.900 millones de euros eran los beneficios obtenidos por los acreedores con títulos de la deuda griega de ese rescate) ya había sido suspendido, antes de las elecciones, por el gobierno de Samaras. Inmediatamente después de las elecciones, en una votación apretada, el Consejo de Gobernadores del BCE decidió que no era posible prever la conclusión exitosa del programa en curso de asistencia a Grecia, cortando el acceso de los bancos griegos al crédito bancario europeo, dejando de aceptar títulos de la deuda pública como garantía de los préstamos, provocando una fuga masiva de capitales, corrida bancaria y el colapso financiero súbito del país. Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, aumentó la presión, apretando los términos de provisión de liquidez: los depositantes retiraron más fondos; en el final de las negociaciones, los bancos griegos estaban perdiendo un mil millones de euros de liquidez por día.
 
El Estado griego precisaba urgentemente dinero para el pago de deudas y salarios. Mientras las negociaciones continuaban, los fondos se tornaron más exigentes. La UE, liderada por Alemania, esperó a que la presión sobre los bancos griegos llegase a su auge. El país fue forzado a declarar que satisfacería todas las obligaciones para con sus acreedores. El 4 de febrero, el BCE anunció la suspensión de la principal fuente de liquidez para los bancos griegos. La salida de capitales, que ya había comenzado, tomó dimensiones incontrolables, mientras las autoridades griegas no tomaron ni una medida (como la imposición de controles de capitales). En esas condiciones, Grecia firmó con el Eurogrupo un acuerdo para el financiamiento, que prolongó el contrato de préstamo, dando a Grecia cuatro meses de financiamiento garantizado, sujeto a revisiones periódicas por las ahora llamadas “instituciones” -la Comisión Europea, el BCE y el FMI.
 
Algunos observadores de izquierda hablaron de un retiro sólo parcial de Syriza: “a lo que el gobierno griego se comprometió es a gestionar un superávit presupuestario primario, por oposición a un déficit. Esto por sí solo no es austeridad. Austeridad es la práctica de equilibrar presupuestos a través de recortes en el gasto público. Ahora, el acuerdo, como dijo Tsipras, canceló los recortes previstos por el gobierno anterior en las jubilaciones, así como alejó los aumentos del IVA en los alimentos y medicamentos. Las reformas que Syriza va a presentar como su parte en este acuerdo incluyen una enorme persecución a la fuga al fisco y a la corrupción (lo que significa una desviación de los recortes de gastos a través del aumento del ingreso con impuestos” (Walker, 2015). Para Paul Krugman, también, “Grecia salió bien [en febrero], no sucedió nada que justificase la retórica del fracaso”. Sucede que el control externo del presupuesto es exactamente la vía para imponer la austeridad, más allá de ser una renuncia a la soberanía estatal-nacional. Para la fracción mayoritaria de la izquierda europea, otra política, anticapitalista y de ruptura con la UE, basada en un llamado a la movilización del pueblo y de los trabajadores europeos (hubo grandes movilizaciones pro-Grecia en diversos países, incluso en Francia y Alemania) está descartada.
 
El dirigente de la fracción de izquierda y antiguo portavoz de Syri- za, el greco-argentino Costas Lapavitsas, caracterizó:
 
El acuerdo firmado entre Grecia y la Unión Europea, después de tres semanas de animadas negociaciones, es un compromiso alcanzado bajo coacción económica. Su único mérito para Grecia es que mantuvo a Syriza vivo en el gobierno y capaz de luchar otro día. Ese día no está demasiado lejos. Grecia tendría que negociar un acuerdo de financiamiento de largo plazo en junio, y tiene pagos de deuda sustanciales para hacer en julio y agosto. En los próximos cuatro meses, el gobierno tendría que montar su estrategia para abordar esos obstáculos e implementar su programa radical.
 
La izquierda europea tiene mucho en juego en el éxito de los griegos, si pretende efectivamente derrotar a las fuerzas de la austeridad que están a punto de estrangular al continente. En febrero, el equipo de negociación griego cayó en una trampa en dos partes. La primera fue la dependencia de los bancos griegos con relación al Banco Central Europeo para su liquidez, sin la cual tendrían que parar de funcionar. Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, aumentó la presión, agravando los términos.
 
La segunda fue la necesidad permanente del Estado Griego de dinero para el pago de deuda y de salarios. Mientras tanto las negociaciones proseguían, los fondos se tornaron más exigentes. En la noche del viernes 20 de febrero, el gobierno de Syriza tuvo que aceptar un acuerdo o enfrentar condiciones financieras caóticas en la semana siguiente, para las cuales no estaba preparado del todo (Lapavitsas, 2015).
 
¿Estaba preparado sólo en parte?
 
Stathis Kouvelakis fue más realista:
 
“El acuerdo del Eurogrupo al que el gobierno griego fue arrastrado, el viernes, equivale a una retirada precipitada. El régimen del memorando deberá ser prorrogado, el contrato de préstamo y la totalidad de la deuda reconocida, la “supervisión”, otra palabra para el dominio de la troika, deberá mantenerse bajo otro nombre, habiendo ahora pocas hipótesis de que el programa de Syriza pueda ser implementado. Una bancarrota tan completa no es, no puede ser, una cuestión de suerte, o el producto de una maniobra táctica mal concebida. Ella representa la derrota de una línea política específica, en la que está apoyado el enfoque actual del gobierno.” (Kouvelakis, 2015).19
 
El Referendo y el No
 
Simultáneamente, el parlamento griego, presidido por Zoe Kons- tantopoulou, juró la “Comisión de Auditoría de la Deuda Pública Griega” (coordinada por Eric Toussaint, del CADTM, Comité por la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo), con treinta especialistas, que debería determinar, hasta junio de 2015, qué parte de la deuda podría ser considerada ilegítima. En la mira de la comisión: la parte de la deuda contraída por la dictadura de los coroneles (1967-1974), los costos sobrefacturados de los Juegos Olímpicos de 2004, la compra de seis submarinos alemanes defectuosos, todos los contrataron con la Siemens alemana, comprobadamente obtenidos con propinas, y el maquillaje de las cuentas públicas griegas hechas por la Goldman Sachs. Finalmente, está la cuestión de la deuda y las indemnizaciones por crímenes de guerra relacionados con la ocupación nazi de 1941/44, pues una parte de las requisas de la Alemania ocupante fue formalizada como préstamos forzados, a pagar por Alemania al final de la guerra, lo que nunca sucedió.
 
Se descubrió que el único elemento “innegociable” para la Troika era mantener los memorandos y su supervisión sobre la economía griega. La subsecretaria de Estado norteamericana para los asuntos euro-asiáticos, Victoria Nuland -famosa por la expresión fUck the EU captada en una conversación telefónica sobre Ucrania- entró en el campo, visitando (y vigilando) Atenas, Roma y Bruselas entre el 16 y el 20 de marzo. Ningún país europeo apoyó las posiciones griegas, más allá de algunas cortesías diplomáticas de los que querían que el gobierno griego pudiese, a pesar de todo, salvar su rostro. Las condiciones impuestas por la troika se transformaron, mientras tanto, en el motto de un vasto movimiento popular, exigiendo que los términos del acuerdo fuesen sometidos a referendo popular. La movilización por el referendo, y por el No (oxi), mantuvo en tensión a Grecia, a Europa y al mundo durante el mes de junio e inicios de julio de 2015.20 La crisis griega asumió abiertamente un carácter político, no sólo para Grecia, sino para el conjunto de la UE. Los términos del rescate financiero pasaron a segundo plano. Independientemente de la fórmula sometida al voto, el referendo quemó las etapas, constituyéndose en un desafío político a la UE y al conjunto del sistema político imperialista.
 
El propósito del gobierno de Syriza de mantener las posibilidades de un compromiso con la UE -revelado por los términos del No que se propusieron en la votación del referendo- fue superado por los acontecimientos. Para salvar un acuerdo con la UE, Grecia tendría que cambiar de gobierno: un gobierno que respondiese al movimiento de masas debería romper con ella y tomar la dirección de una revolución social. El referendo fue una salida improvisada que inventó Syriza, con sus aliados de la derecha clerical (Anel, los “Griegos Independientes”), cuando comprobó que el pedido de aprobación de los paquetes de la troika en el parlamento griego la llevaría a una división de la coalición gobernante: la izquierda de Syriza tendría que votar en contra, la derecha a favor y, por fuera de la alianza oficialista, el acuerdo contaría con el apoyo de los partidos de la burguesía favorables al ajuste. Syriza no asumió la responsabilidad que le dio el mandato popular electoral de febrero de rechazar el ajuste, porque tendría que romper su alianza con la derecha. Arriesgó, de este modo, la posibilidad de una victoria del Sí, bajo la urgencia del cierre de los bancos y cajeros automáticos y de la vacilación del gobierno, que aún probaba acuerdos con la troika después de haber convocado el referendo. Un voto a favor del paquete de austeridad en el parlamento habría llevado a una coalición de gobierno con los partidarios del ajuste y a nuevas elecciones. El riesgo de una fragmentación de Syriza era muy elevado. El referendo funcionó como una tentativa de arbitraje gubernamental entre los partidos y fracciones en disputa.
 
La falsa alternativa propuesta fue entre el ajuste (Sí), que debería servir para atenuar el peso de la deuda en el largo plazo, o la reestructuración de esa deuda (No), que ya había sido reestructurada hacía cuatro años, sin resultados. En los últimos años, esta deuda creció de manera desproporcional y casi exponencial, porque los Estados asumieron el rescate de los bancos y del capital privado. La crisis de deuda, en realidad, no tiene que ver sólo con las finanzas públicas, sino con el capital en su conjunto. A pesar de todos los planes de ajuste que se implementaron, el desendeudamiento del sector privado apenas avanzó. El endeudamiento internacional de numerosos países sirvió para que los especuladores pudiesen enfrentar su crisis de superproducción por medio de ventas altamente financiadas. Pero esos mismos especuladores tuvieron que incrementar su deuda para poder prestar y financiar su capital de giro.
 
Los “préstamos” de la MEEF resultaron en la recapitalización de bancos privados griegos, más allá de los intercambios y el reciclaje de los instrumentos de deuda. Grecia no recibió ningún préstamo verdadero (dinero en caja) de la MEEF. A través de los mecanismos insertos en los acuerdos con la MEEF, nunca llegó dinero efectivo al Banco de Grecia, sino apenas “activos tóxicos desmaterializados”. El país fue forzado a recortar gastos sociales esenciales para pagar, en dinero, las altas tasas de interés y los costos abusivos, y también reembolsar el capital que nunca recibió. Los acuerdos ya realizados suponían que tal pago podría ser hecho también por medio de privatizaciones del patrimonio estatal. La deuda contraída a través del contrato bilateral benefició principalmente a los bancos detentores de títulos.
 
En ese proceso, Grecia se convirtió en el eslabón más débil de la crisis capitalista mundial. La crisis de sobreproducción mundial se mide en algunos datos: La Reserva Federal es el principal acreedor del Tesoro norteamericano (4,5 billones de dólares); los bancos de ese país tienen depósitos en la Reserva Federal por cerca de 2,5 billones de dólares, por no encontrar oportunidades de inversión productiva. La deuda mundial bajo todas sus formas alcanza 213 billones de dólares, el 313 por ciento del PBI mundial; entre 2007 y 2013, el capital total en acciones retrocedió 3,86 billones, llegando a 53,8 billones de dólares, el 25 por ciento del valor de la deuda total, proporción entre capital accionario y deuda sin precedentes en toda la historia del capitalismo. En los últimos años, el endeudamiento internacional neto (estatal y privado) se redujo de 29 al 26 por ciento del total; el crecimiento mayor de la deuda se produjo en los mercados locales, un índice de retroceso de la integración financiera global (Altamira, 2015), anunciadora de una marcha en dirección de la autarquía económica (disminución relativa del comercio mundial). En los años anteriores a 2008, a cada aumento del 1 por ciento en el PBI global, correspondía un aumento del 2 por ciento en el comercio; hoy es de menos del 1. En enero y febrero de 2015, sumados, el comercio mundial tuvo una disminución del 2,5 por ciento.
 
En Europa, el principal promotor del endeudamiento fue Alemania, que lleva la cachiporra del ajuste contra Grecia. No se trata solamente del endeudamiento público; Alemania es el acreedor por excelencia de los bancos privados. De ahí el empeño del Banco Central Europeo por rescatar a los bancos griegos que usaron el financiamiento para expandirse en los Balcanes. En caso de default, el BCE confiscaría las agencias bancarias de Grecia. El fondo creado por la Comisión Europea para hacer frente a eventuales bancarrotas se financió con los Tesoros nacionales, pero también en el mercado internacional de deuda: el default griego, por lo tanto, arrastraría a muchos jugadores, tanto públicos como privados. El Bundesbank, por ejemplo, tiene una voluminosa cartera de créditos podridos contra el Banco Central de Grecia, por los préstamos concedidos a la industria alemana que exporta para Grecia, cerca de millones de euros. Grecia, Islandia, Portugal, Irlanda y Chipre poseen deudas públicas y privadas mucho mayores a su capacidad de pago y, sus bancos, volúmenes enormes de financiamiento. Esos pequeños países funcionaron como plataformas de operaciones especulativas internacionales, que después se pretendió que pagasen sus ciudadanos. El ajuste, por eso, no resolvería la crisis de deuda griega. Joseph Stiglitz constató lo obvio al afirmar que “la troika exige que Grecia llegue un excedente presupuestario primario (excluyendo los pagos de intereses) del 3,5 por ciento del PBI hasta 2018. Economistas en todo el mundo ya condenaron esa meta como punitiva, porque intentar lograrla llevará, inevitablemente, a una recesión aún mayor. En realidad, incluso si la deuda griega es reestructurada más allá de todo lo que es imaginable, el país permanecerá en depresión si los electores se comprometen con una meta de la Troika... Casi nada de la enorme cantidad de dinero prestado a Grecia llegó. Desapareció para pagar a los acreedores del sector privado, incluidos los bancos alemanes y franceses. Grecia sólo consiguió una minucia, pero pagó un elevado precio para preservar los sistemas bancarios de esos países” (Stiglitz, 2015).
 
En el medio de este impasse, el FMI propuso un descuento y un alargamiento importantes de la deuda griega: Grecia necesitaría al menos 50.000 millones de euros en un nuevo financiamiento por más de tres años para conseguir cerrar las cuentas.21 De ese monto, por lo menos 36.000 millones deberían venir de la UE: “dada la dinámica frágil de la deuda, son necesarias concesiones futuras para traer de vuelta la sustentabilidad de la deuda”, decía el documento del FMI -que propuso una moratoria de veinte años para su pago, más diez años de alargamiento: los pagos finales sólo serían realizados en 2055 (FMI, 2015).22 El FMI dejó en claro que, aunque fuesen cumplidas las exigencias del Eurogrupo (crecimiento del 4 por ciento y superávit fiscal del 3,5 por ciento, durante 15 años, casi objetivos de guerra) la deuda griega continuaría estando, en 2022, por arriba del 140 por ciento del PBI del país.
 
Este análisis fue realizado antes de que el gobierno griego entrara en default técnico al no pagar la parte de la deuda de 1.600 millones el 30 de junio. Alemania se opuso al descuento y alargamiento propuestos por no querer pagar la cuenta: propuso una reprogramación de la deuda, lo que prueba el peso de las deudas europeas (Italia, Portugal, España, inclusive Francia) en el sistema bancario alemán. Todo condicionado a un severo ajuste, que, por un lado, salvase a los bancos de la quiebra y, por el otro, devolviese a las finanzas públicas capacidad para financiar la economía. Las propuestas de reducción y alargue de la deuda refuerzan, en realidad, las salidas capitalistas de explotación y de empobrecimiento. Ninguna de ellas provee una salida a la crisis mundial tomada en su conjunto. La cuestión del rescate de los bancos pasó a ser el eje de la política de la Troika: se llegó a proponer que el BCE asumiese el control de los bancos griegos, depurase la posesión de activos del Tesoro griego y cortase el financiamiento estatal. La condición principal de eso sería un fuerte ajuste contra los trabajadores. Cualesquiera sean los medios financieros puestos en práctica, se trataba de aprovechar la crisis para imponer una supremacía férrea del capital sobre el trabajo.
 
La Comisión Europea estableció un mecanismo de “resolución” de crisis bancarias, que consiste en que los bancos pasen al control supra- nacional del BCE; los bancos centrales y los bancos estatales perderían sus funciones principales. Una ruptura griega con el imperialismo europeo y norteamericano y con el capital financiero internacional supone una revolución social, con una perspectiva internacional. El rechazo a seguir pagando la deuda capitalista, la nacionalización de los bancos, el monopolio del comercio exterior y una planificación colectiva serían el punto de partida de cualquier salida popular a la crisis. El retorno a las monedas nacionales (el dracma, en el caso griego) es una propaganda nacionalista extorsiva: la moneda refleja los intereses y las perspectivas sociales del Estado que la emite. La desvalorización monetaria provocaría una carestía enorme para las masas populares, en condiciones de enorme desempleo y de una economía en caída libre.23 La salida del euro y de la UE sólo no sería aventurera, y se situaría en una perspectiva de superación de la crisis, como parte de un horizonte internacionalista y socialista: la alianza de todos los trabajadores europeos en la lucha por la unidad socialista de Europa, Rusia incluida.
 
El referendo provocó una polarización y una clarificación políticas. En 2012, los sectarios, en primer lugar el Partido Comunista de Grecia (KKE), rechazaron la lucha por un “gobierno de izquierda” cuando el pueblo griego dio un viraje político mayor al romper con los partidos y burocracias tradicionales. En esas condiciones, un gobierno de Syriza y otros partidos reformistas aceleraría el proceso político en Grecia. 
En junio de 2015, el Partido Comunista nuevamente llamó a la abstención en el referendo, puesto que sus términos autorizarían a Syriza y a su aliado derechista en el gobierno a retomar las negociaciones con la Troika, lo que era un hecho. ¿Pero, cómo desenvolver la experiencia del pueblo hasta el final con relación a Syriza sin impulsar la movilización de masas, con su eje en el referendo y en el No?
 
El KKE celebró una reunión en la Plaza Syntagma. Su secretario general, Dimitris Koutsoumbas, abogó por el voto nulo en el referendo, mediante el uso de una papeleta especial impresa y distribuida por el KKE, que serviría como manifestación de protesta: “No, tanto al gobierno de Syriza como a los memorandos de la UE”. “La enajenación de la realidad de una burocracia esclerótica, que pone su propia conservación por encima de los intereses de clase de los trabajadores y al servicio del sistema capitalista en crisis. En condiciones en las que los orquestadores de la histérica campaña a favor de la UE reviven las viejas consignas de los anticomunistas y la propaganda imperialista durante la guerra civil griega de la década de 1940, los burócratas a la cabeza del KKE desacreditan el comunismo. Hoy también Aantarsya, la coalición de unas 20 organizaciones centristas, junto con un pequeño frente de los nacionalistas llamados MAS, tenía su mitin central frente al antiguo edificio de la Universidad de Atenas (en el mismo lugar donde el EEK celebró su propia manifestación independiente ayer). Piden votar No el próximo domingo, criticando, al mismo tiempo, a Syriza con una retórica como la del KKE, exigiendo romper con la UE y el euro y el retorno a dracma, pero sin romper con el capitalismo” (Matsas, 2015).
 
Si el No ganase en el referendo, Grecia “no tendría lugar en la zona del euro”, amenazaron los portavoces del Eurogrupo. El No confrontó abierta y frontalmente esa perspectiva. Grecia había sufrido dos “rescates” de la Troika, siete paquetes de austeridad y de “reformas”, de febrero de 2010 a julio de 2013, 24 trimestres consecutivos de crecimiento negativo, totalizando un retroceso económico del 26 por ciento. Los efectos sociales fueron catastróficos, inauditos en tiempos de paz. La tasa de desempleo llegó a 22,5 por ciento; entre los jóvenes bajó sólo un poco de su pico de 65 por ciento debido a una ligera reanudación en el sector turístico. 3,9 millones de personas, más de un tercio de la población, vive debajo de la línea de pobreza. El rendimiento nacional per cápita bajó de 25.474 dólares en 2008 a 20.770 dólares en 2013.
 
Los salarios fueron recortados un 27,4 por ciento en promedio, de una forma regresiva, siendo más severos los recortes en la mitad inferior de la tabla. El gasto en educación y en salud bajaron en 25 por ciento. Tres millones de personas, un cuarto de la población, no tiene ningún derecho a la asistencia médica. Mientras tanto, la deuda pública griega -a pesar de su cancelación parcial en marzo de 2012, en el segundo “rescate”- aumentó en términos absolutos de 263.280 millones de euros en 2008 a 316.970 millones de euros en 2014, pasando del 105,4 al 174,9 por ciento del PIB. La distribución del presupuesto de Grecia muestra la predominancia del gasto en deuda sobre todos los demás gastos estatales. Los gastos en el pago de préstamos, otras obligaciones de deuda, intereses y otros costos absorbieron el 56 por ciento del presupuesto estatal. La caída de los rendimientos (ingresos) en todos los niveles fue, en Grecia, brutal.
 
En el medio de la movilización por el referendo, el gobierno de Alexis Tsipras decretó la restricción de extracciones en cajeros automáticos, un corralito que afectó la vida cotidiana de los trabajadores y jubilados, limitando la retirada de dinero a 60 euros, y ordenó el cierre de bancos y mercados hasta el 7 de julio. Hubo una feroz campaña del campo político del Sí, con casi todos los medios de comunicación a su disposición, y respaldado por los líderes de la zona del euro, quienes utilizaron toda su fuerza política y financiera para ejercer presión sobre el electorado. Diarios, revistas y canales de televisión se posicionaron casi todos a favor del Sí, de la aceptación del paquete de ajuste de la troika. Los líderes de las instituciones europeas y del FMI emprendieron una campaña de amenazas y chantajes, abogando abiertamente por el cambio de régimen y por el Sí. El BCE obligó a los bancos a cerrar durante la campaña del referendo.24 Financial Times publicó un artículo falso según el cual los bancos griegos reducirían el 30% en los depósitos de más de 8.000 euros. Los patrones griegos usaron todo tipo de tácticas, incluyendo la intimidación directa a los trabajadores, para que votasen por el Sí, amenazando con retener salarios, despidos, etc. De hecho, fue una tentativa de golpe institucional. Los líderes de la zona del euro no se molestaron en ocultar el hecho de que su objetivo era el de utilizar lo que esperaban sería un voto por el Sí para forzar la dimisión del gobierno de Syriza substituyéndolo por un “gobierno de unidad nacional” sumiso a las ellos y compuesto por tecnócratas.
 
En estas condiciones, contra (y a pesar) de la propaganda de la derecha, que unió la apertura de los cajeros automáticos con el Sí, el domingo 5 de julio de 2015 la población griega mostró su indignación contra la política de la Unión Europea, del FMI y del Banco Central Europeo, el privilegio dado a los beneficios de los grandes bancos, los ajustes que recortaron los salarios, las jubilaciones y los empleos, en detrimento de las condiciones de vida de la población y de la clase trabajadora: el No obtuvo el 61,3%. El EEK hizo campaña por el No durante todo el referendo, a pesar de no ser parte del gobierno, sabiendo que el No abriría una nueva fase en la lucha de las masas contra la opresión de la Unión Europea. El resultado del referendo fue una derrota de los banqueros y de los capitalistas de la zona del euro. Las previsiones de que el sí tendría una base en las zonas rurales se mostraron equivocadas. Entre los jóvenes, la votación por el No fue abrumadora.
 
El 70,9 por ciento de los trabajadores del sector público y el 71,3 por ciento de los trabajadores del sector privado, así como el 72,9 por ciento de los desocupados, votaron No; médicos, abogados e ingenieros votaron mayoritariamente por el Sí, aunque por un margen pequeño. También votaron No el 85,2 por ciento de los estudiantes. La votación fue claramente de izquierda, con un apoyo del No del 91 por ciento de los que se declaran de Izquierda y del 73,6 de los que se consideran de centro-izquierda. Entre los que votaron por Syriza el 25 de enero, 87,3 por votaron No, casi tanto como los votantes del Partido Comunista, el KKE (86,9 por ciento) a pesar de la línea del partido de votar nulo. En todos los distritos electorales del país ganó el No, pero esta victoria fue más fuerte en zonas obreras, como El Pireo, donde más del 72 por ciento votaron por el No, y solamente un 27 por ciento por el Sí. En ese mismo distrito, el KKE había conseguido un 8,19 por ciento de los votos en las elecciones de enero; el número de votos nulos, sin embargo, fue de solamente del 5,15 por ciento. De las 56 circunscripciones electorales del país, el No ganó en todas, y en todas, menos en siete, el margen sobre el Sí fue de más de diez puntos. En treinta de las circunscripciones, el margen de victoria del No fue de más de veinte puntos.
 
El diario Efymeridaton Syntakton realizó un análisis de la composición de clase del voto en Atenas, mostrando claramente que el No ganó abrumadoramente en los barrios pobres y obreros, en tanto que solamente tuvo éxito el Sí en los suburbios de clase media más rica: “las urnas enviaron un fuerte mensaje desde los barrios obreros de Atenas, donde el No ganó con una diferencia abrumadora. En los suburbios ricos, el resultado fue exactamente el contrario. Es revelador que El No haya conseguido el 79,20% en el municipio de Agropyrgou; 77,22% en Phyli; 76,64 en Perama; 75,25, en Acharnes; en el municipio de Ke- ratsiniou-Drapetsonas consiguió 72,84% en Nikaias-Agia IoanniRenti, 72,61%; en Agia Varvara, 72,75%; en Elefsina, 71.88%; en Lafreotiki, 71,81%; en Tafro, 71,28%; en Aigaleo, 70,68%; y en Peristeri, 70,31% [todas estas áreas obreras, muchas de ellas bastiones tradicionales de KKE]. En los suburbios del norte y del sur [las zonas más burguesas] triunfó el Sí: en Ekali, con 84,62%; en Dionyso, con 69,78%; en Vou- liagmeni, con 66,2%; en Kifisia, con 64,59%; en Drosia, con 65,42%; y en Voula, con 63,88%”.
 
El referendo transformó el estado de ánimo en las fábricas y en las calles. Levantó la moral de los trabajadores y fortaleció su autoestima.
 
Hubieron manifestaciones de masas antes del referendo y después de que el resultado fue divulgado. Millares de electores del No inundaron la Plaza Syntagma, frente al parlamento, para celebrar los resultados; cuando la magnitud de la victoria estuvo clara, banderas griegas fueron agitadas al canto de “no, no”. El referendo movilizó una ola de solidaridad por toda Europa y más allá. Millares marcharon en Barcelona, Madrid, Lisboa, Dublín, París, Bruselas y otros lugares donde el referendo fue visto como un voto contra la austeridad en toda Europa. Particularmente notable fue la manifestación en la capital irlandesa. Los manifestantes marcharon en Dublín, desde el Banco Central hasta el parlamento, bajo el lema de “por una batalla contra la austeridad en ambos países”. El centro de las movilizaciones fue, claro: Atenas. La represión contra las protestas populares contra el plan de ajuste del jueves 29 de junio dejó 100 heridos. Videos mostraron la acción violenta de personas encapuchadas, grupos parapoliciales, contra los manifestantes.
 
Capitulación y crisis política
 
Con la victoria abrumadora del No, el gobierno de Tsipras negoció un nuevo acuerdo con el Eurogrupo, pero lo hizo sin utilizar la enorme fuerza política creada por el referendo. Euclidis Tsakalotos sustituyó a Yanis Varoufakis en el Ministerio de Finanzas en la mañana del 6 de julio. Fue coordinador del equipo griego en las negociaciones con los acreedores europeos. A pesar de ser miembro del Comité Central de Syriza desde 2004, el nombramiento de Tsakalotos fue una tentativa de agradar a los acreedores, por ser públicamente favorable la permanencia de Grecia en la zona del euro. Visto como una figura “moderada y diplomática” dentro de Syriza, Tsakalotos ya había sustituido a Varoufakis al frente de la primera línea de diálogo con las instituciones en Bruselas. Varoufakis explicó que, luego del anuncio de la victoria del No, supo que algunos participantes del Eurogrupo tenían “cierta preferencia” por su ausencia en las reuniones. Su deber era, entonces, “facilitar” esas negociaciones.25 Varoufakis había llegado a planear un sistema basado en la piratería de los datos para relanzar el dracma (salir del euro) en el curso de las negociaciones griegas con el Eurogrupo, plan que fue presentado junto con su mentor.
 
En las negociaciones pos-referendo, el paquete económico impuesto a Grecia fue simplemente colonial, además de económicamente inviable y fomentador de una nueva explosión social. Jacques Sapir comentó: “en la mañana de lunes 13 de julio, el primer ministro griego, Alexis Tsipras, capituló. Capituló ante las presiones insensatas de Alemania, pero también de Francia, de la Comisión Europea y del Eurogrupo. Pero capituló, no existe otra palabra para designar el acuerdo impuesto por el Eurogrupo y los diversos dirigentes europeos, con su revólver -o, más precisamente, la amenaza de la expulsión de Grecia de la Zona Euro- apuntado a la cabeza [de Grecia]” (Sapir, 2015). El nuevo “programa de rescate” fue impuesto a Grecia por la troika dirigida por el gobierno alemán CDU/SPD de Merkel/Schau- ble/Gabriel, con la complicidad de los restantes de los gobiernos capitalistas europeos.
Alexis Tsipras explicó así su actitud:
 
Yo sabía, durante las 17 horas en que tuve que dar esta batalla solo, bajo condiciones adversas, que si yo hacía lo que realmente quería -levantarme, dar un golpe en la mesa e irme- las filiales extranjeras de bancos griegos entrarían en colapso en ese mismo día. Dentro de 48 horas, la liquidez que permitía extracciones diarias de 60 euros dejaría de existir y, peor aún, el Banco Central Europeo decidiría reducir la garantía de los bancos griegos y exigiría reembolsos, lo que llevaría al colapso de todo el sistema bancario. En este caso, el colapso significaría no sólo una reducción en el ahorro de costes, sino su desaparición. A pesar de todo esto, yo resistí, intentando reconciliar razón y emoción. Yo sabía que, si me levantase y me fuese, probablemente tendría que retornar en condiciones aún más desventajosas. Yo estaba enfrentando un dilema... De un lado, había lógica; del otro lado, la sensibilidad política. Reflexionando sobre esto, continúo convencido de que la decisión correcta era la de optar por la protección de las clases populares. De lo contrario, represalias severas podrían destruir el país. Hice una elección responsable (...) Creo, y  dije eso al parlamento, que lo que nuestros socios y acreedores europeos consiguieron fue una victoria pírrica, obtenida a alto precio, pero que esto representa, al mismo tiempo, una gran victoria moral para Grecia y su gobierno izquierdista. Es una concesión dolorosa, tanto en el ámbito económico como político. Pero sabemos que las concesiones son un elemento de la realidad política y también un elemento de las tácticas revolucionarias. Lenin fue el primero en hablar de este tipo de concesiones en su ensayo Izquierdismo: enfermedad infantil del comunismo, en el que dedica varias páginas a la explicación de que las concesiones son parte de las tácticas revolucionarias. En cierto pasaje, el da el ejemplo de un bandido que apunta con su pistola y dice: “Su dinero o su vida”. ¿Qué debe hacer el revolucionario? ¿Dar a vida? No, debe dar el dinero, para que pueda exigir su derecho a vivir y continuar luchando” (Arvanitis, 2015).
 
El problema consiste en que el epicentro de la crisis es toda la Zona Euro, no Grecia individualmente; el “rescate” de Grecia por parte de Europa se orienta a la salvación de la Eurozona, no (ni principalmente) de Grecia: “la derrota de Tsipras es la derrota de la izquierda europea, que confió en la locomotora griega como farol y guía, asumiendo su cultura y mitos (la Conferencia Europea sobre la Deuda), amplificándolos en escala continental. En torno de eso probó relanzar su fortuna política en nombre de un nuevo compromiso posible entre el capital y el trabajo en Europa” (Ferrando, 2015). En vez de eso, los buitres financieros exigieron que Grecia elevase más los impuestos al consumo y ampliase la base impositiva; que redujese los gastos de asistencia de seguridad social; que activase los desalojos, en un país donde centenas de millares de familias ya fueron dejadas sin vivienda. Los acreedores declararon su intención de tomar posesión de la totalidad del patrimonio público, con excepción (por ahora) de los monumentos de la Grecia Antigua, para transformarla en garantía de pago de la deuda o para proceder a su privatización.
 
Es una política para expropiar los escasos recursos que todavía les quedan a los griegos y para apoderarse de millares de casas en compensación por el no pago de hipotecas bancarias, creando un fondo financiero para recapitalizar los bancos quebrados de Grecia. El paquete acordado con la Troika comprometió, además, al gobierno y al parlamento helenos en un proceso de liquidación de las negociaciones salariales colectivas y de los sindicatos. El gobierno griego se comprometió en consultar y acordar con las “instituciones” toda legislación preliminar en áreas relevantes, en tiempo adecuado antes de su presentación para consulta pública u parlamentaria. El acuerdo afirma que esos son requisitos mínimos, pero ellos se entrometen en la soberanía nacional y atropellan los principios de la democracia: las leyes griegas serán debatidas primero en Bruselas y, después del ajuste, serán enviadas para su aprobación en el parlamento griego.
 
Se trata de un operativo político extremo de rescate del capital europeo e internacional. Grecia tiene una deuda pública de 315.000 millones de euros, 180 por ciento del PIB.26 Sus bancos deben 180.000 millones de euros al sistema de bancos centrales de la zona euro; cerca de 100.000 millones de euros al BCE y otros 100.000 millones a sus clientes: en total, casi 700.000 millones de euros, una deuda impagable. En Europa, un 90 por ciento de la deuda con los bancos externos fue transferido a los Estados, los cuales financian el 100 por ciento del rescate mediante la emisión de deuda pública propia. Los fondos de bancos europeos están seriamente afectados por la crisis griega, es por eso que los buitres acordaron un nuevo rescate por 85.000 millones de euros, que el FMI considera insuficiente, para pagar a esos acreedores -en primer lugar, los acreedores de los bancos griegos. El rescate del Estado y de la banca de Grecia será pagado por los trabajadores de Grecia y de toda la Eurozona (Altamira, 2015b).
 
El nuevo plan impuesto a los griegos repite casi todas las cláusulas fracasadas de los dos planes anteriores, aprobados en 2010 y 2012: “confrontado con la posibilidad de salir de la zona del euro en pocas horas, la Grecia de Alexis Tsipras aceptó hacer, en un par de meses, lo que no se hizo en cinco años” (Baumgarten de Bolle, 2015). Pero el nuevo acuerdo también incluyó una nueva cláusula, creando un fondo gestionado por los acreedores, para administrar los 50.000 millones de euros obtenidos con la venta de activos nacionales griegos. Con esas garantías, fue acordado el préstamo de hasta 86.000 millones de euros a Grecia para los próximos tres años, euros de los cuales Grecia no verá el color ni sentirá el olor, pues irán derecho a los bancos acreedores del país. Como constató Joseph Stiglitz: “la exigencia (por parte de los acreedores) de que Grecia llegue a un superávit fiscal de 3,5 por ciento antes de 2018 es una garantía de que el país seguirá viviendo bajo una depresión (...) No consigo pensar en una depresión, en altura alguna, que haya sido tan deliberada y haya tenido consecuencias tan catastróficas. La tasa de desempleo juvenil en Grecia, por ejemplo, es hoy superior al 60 por ciento” (Stiglitz, 2015).
 
El parlamento griego aprobó el nuevo acuerdo con 229 votos a favor -incluyendo el apoyo de los partidos de derecha que defendieron el
Sí-, y 64 votos en contra -incluyendo 32 diputados del Syriza. Hubo también seis abstenciones. El acuerdo fue igualmente aprobado en los parlamentos francés y alemán. Después de que el parlamento de Grecia aprobó el acuerdo, el Eurogrupo liberó, el 26 de julio, 7.000 millones; y el BCE aumentó los créditos de emergencia para los bancos griegos: “el Eurogrupo celebra la adopción por el parlamento griego de todos los compromisos especificados en la cumbre del 12 de julio”, declaró el grupo de los 19 ministros del bloque europeo. 
Poco después, la agencia anunció que concordaba en dar inicio a las negociaciones para el tercer programa de rescate financiero a Grecia hasta 2018, con dinero desembolsado por el Mecanismo Europeo de Estabilización Financiera. El presidente del BCE, Mario Draghi, anunció un aumento, de hasta 900 millones de euros, del límite de préstamos de emergencia para los bancos griegos durante una semana, afirmando que “un alivio de la deuda griega es necesario, eso es indiscutible”. Según los ministros de la zona del euro, el gobierno de Atenas implementó el primer conjunto de medidas “a tiempo y de modo satisfactorio”.
 
A pesar de que Tsipras consiguió apoyo de 229 diputados a favor del acuerdo con la troika, la votación parlamentaria evidenció una grieta dentro de Syriza, pues 32 de sus diputados votaron en contra. Su juventud emitió un pronunciamiento: “La ineficacia del aparato partidario (Partido y Juventud) fue decisiva. La no convocatoria del Comité Central de Syriza antes de que las medidas pasen por el voto parlamentario transfirió todo el peso de decisión a instituciones desautorizadas, como el Grupo Parlamentario [de Syriza] y la consciencia y responsabilidad individual de cada representante parlamentario. La atrofia de los cuerpos dirigentes del Partido y las decisiones no adoptadas de modo colectivo son dos aspectos de una misma relación” (Syriza Youth, 2015). Entre los líderes de Syriza que se posicionaron contra el acuerdo se encuentra la presidente del parlamento, Zoe Konstantopoulou; así como los ministros de Seguridad Social, Dimitris Stratoulis; el vice ministro de Defensa, Kostas Isijos y el ministro de Energía y de Ambiente, Panayotis Lafazanis.
La firma del acuerdo del primer ministro con los acreedores europeos generó una revuelta popular. El miércoles 15 de julio los manifestantes volvieron a las calles de Atenas para protestar contra la austeridad. Con gritos de “oxi, oxi, oxi”(no, no, no), millares de personas volvieron a recordar la victoria del referendo realizado el 5 de julio. En una brutal crisis política, Alexis Tsipras remodeló su gabinete, en medio del quiebre dentro de su partido después de la firma del nuevo acuerdo de austeridad, excluyendo del gobierno a los representantes que se posicionaron contra ella. El antiguo ministro de Trabajo, Panos Skurtis, sustituyó a Panagiotis Lafazanis al frente de la cartera de Energía (Panagiotis fue uno de los 32 diputados de Syriza que votó contra las reformas). El ministro de Reformas Administrativas, George Ka- trougalos, pasó a ocupar la jefatura del Ministerio de Trabajo. Tryfon Alexiadis, especialista en impuestos de la Unión, tomó el cargo de viceministro de las Finanzas de Nadia Valavani, que presentó la renuncia. Euclidis Tsakalotos permaneció en el puesto de Finanzas, después de sustituir a Yanis Varoufakis, quien también renunció. Christoforos Vernardakis fue nombrado viceministro de Defensa y la legisladora Olga Gerovassili fue indicada como la nueva vocera del gobierno. El ministro del Interior, Nikos Voutsis, afirmó que Grecia podría realizar elecciones legislativas anticipadas en “septiembre u octubre”.
 
La remodelación gubernamental expresó el fuerte viraje político del gobierno griego, que pasó de promover el No en el referendo a defender la aceptación de otro plan de rescate mucho más confisca- torio para Grecia, en menos de una semana. El gobierno de coalición griego y Syriza estarán bajo una presión que los conduce a la crisis y la explosión. El pase de un parlamentarismo a un sistema de gobierno plebiscitario, en el camino del bonapartismo, se agotó en poco más de un mes. La troika europea sabe que no existe salida económica para la crisis, por eso no vaciló en librar una guerra relámpago para intentar producir un cambio de régimen político. Del lado del movimiento popular griego, los partidos revolucionarios comenzaron a salir de su relativa marginalidad política y a ganar autoridad para actuar con mayor destaque y evidencia en los acontecimientos futuros: la clarificación programática en torno de la cuestión de la Unión Europea y del euro, el terremoto político que significó la capitulación de Syriza y el inicio de una rebelión en el interior del partido, son la base política objetiva para una recomposición de la izquierda griega. Y no sólo griega: ya existe un quiebre en la izquierda europea sobre la cuestión griega, evidente y público, por ejemplo, en el Partido Comunista Francés.
 
Europa enfrenta ahora la posibilidad de una crisis revolucionaria en el sur del continente, que podría ser un puente para las crisis de Oriente Medio. China y Rusia ven la crisis griega desde el balcón porque no tienen los recursos ni los intereses de obstaculizar al Eurogrupo. China, sin embargo, sería la mayor beneficiaria de la privatización de los puertos de Grecia y, por lo tanto, la primera contribuyente al fondo de rescate que busca crear Alemania con las privatizaciones. Rusia, a su vez, está paralizada por su decline económico. Las fantasías sobre la mediación financiera de los Bric duraron un suspiro. Grecia, actualmente, no es un caso aislado, sino el centro geográfico de una crisis geopolítica internacional integral: Ucrania al norte, Siria e Irak (ya parcialmente controlados por el Estado Islámico) en el sureste, Libia en el sur. Una crisis incrementada por el descubrimiento de depósitos de petróleo y gas en el este del Mediterráneo, que vuelve más agudos los antagonismos locales e internacionales, con la esbozada reaproximación entre Atenas, Nicosia (Chipre), Tel-Aviv y El Cairo contra las ambiciones “neo-otomanas” del régimen turco. Un verdadero barril de pólvora (inclusive nuclear) en una región en que ya existe un infierno bélico y humanitario, en Siria, Irak, Libia y Yemen.
 
Dos manifestaciones sobre la crisis griega
 
A principios de julio, 109 (sobre un total de 201) miembros del Comité Central de Syriza firmaron la siguiente declaración:
El 12 de julio, en Bruselas, tuvo lugar un golpe que demuestra que el objetivo de los dirigentes europeos era aplicar un castigo ejemplar a un pueblo que osara aspirar a otro camino, diferente del modelo neoliberal de austeridad extrema. Es un golpe dirigido contra cualquier noción de democracia y de soberanía popular. El acuerdo firmado con las ‘instituciones’ es el resultado de amenazas de estrangulamiento económico inmediato, y representa un nuevo Memorando que impone condiciones humillantes y odiosas de tutela, destructivas para nuestro país y nuestro pueblo.
 
Somos conscientes de las presiones asfixiantes que se ejercieron sobre la representación griega, pero consideramos que el orgulloso No del pueblo trabajador griego en el referendo no permite al gobierno ceder ante la presión de los acreedores. Ese acuerdo no es compatible con las ideas y los principios de la izquierda y, por encima de todo, no es compatible con las necesidades de las clases trabajadoras. Esta propuesta no es aceptable por parte de los miembros y cuadros de Syriza. Llamamos a la convocatoria inmediata del Comité Central y hacemos un llamado a los militantes, cuadros y diputados de Syriza a preservar la unidad del partido sobre la base de nuestras decisiones congresales y nuestros compromisos programáticos. Atenas, 15 de julio de 2015
 
Quince días después, el 30 de julio, se reunió el Comité Central de Syriza. Alexis Tsipras lanzó una ofensiva contra los parlamentarios opuestos al acuerdo del 13 de julio, dirigida también contra la Plataforma de Izquierda y Red Roja, buscando neutralizar el “centro” de Syriza, el grupo llamado “53 más”. Tsipras amenazó con realizar un referendo en las bases del partido, propuesta abandonada cuando Tsipras constató tener el apoyo de la mayoría en el CC, a pesar de la declaración anterior. La dirección se propone controlar el próximo congreso extraordinario de Syriza, marginalizando al ala izquierda y controlando las listas electorales para las próximas elecciones.
En la misma época, un conjunto de revolucionarios firmaba la siguiente Declaración de solidaridad con un pueblo griego contra el nuevo tercer paquete de austeridad impuesto por la troika:
 
Denunciamos el nuevo y bárbaro “programa de rescate” de canibalismo social impuesto a Grecia por la troika de la UE, el Banco Central Europeo y el FMI. Después de cinco años de “austeridad” draconiana para salvar a los bancos con la sangre y las lágrimas del pueblo griego, los dos anteriores “programas de rescate” fracasaron totalmente en resolver la crisis, tornándola mucho peor. El pueblo de Grecia está condenado a la miseria permanente, con un 40% del mismo sobreviviendo bajo la línea de pobreza. El 12 de julio de 2015, una nueva “lista de horrores” (en la expresión de la revista alemana Der Spiegel) exigida por la troika27 fue finalmente aceptada por el gobierno Tsipras.
 
El pueblo griego no puede ni podrá aceptar los dictámenes de Bruselas, Berlín y Washington. Saludamos la continua resistencia heroica de los trabajadores griegos y de los sectores empobrecidos, especialmente de la generación joven, manifestada poderosamente en la masiva movilización del 3 de julio y en la victoria del No con 62% de los votos en el referendo del 5 de julio contra el chantaje de las “instituciones” imperialistas, continuadas ahora con las movilizaciones populares del 15 y 22 de julio contra el nuevo memorando. Condenamos sin equívocos la traición a la voluntad popular expresada democráticamente en la victoria del No. La honestidad intelectual y política demanda llamar al pan, pan, y a la capitulación, capitulación. La coalición del gobierno Tsipras, Syriza y Anel, capituló al firmar un “programa de austeridad” peor que el rechazado en el referendo. Entra ahora en un curso de colisión con los sectores populares más perjudicados, que tenían invertidas sus esperanzas en Syriza para terminar con la tortura eterna de la austeridad. Estamos con la clase obrera y las fuerzas populares, dentro y fuera de Syriza, en su rechazo de la entrega pacto vergonzoso los mafiosos del capital global, que convierte a Grecia en un protectorado de la Unión Europea, con un gobierno de “buena voluntad” que expurgado de toda oposición de izquierda, antidemocrático y rehén de las fuerzas de la reacción burguesa, en el interior y en el exterior del país. Convocamos internacionalmente a aquellos que sienten en la propia carne la vergüenza del tercer paquete de austeridad impuesto al pueblo griego, a sus trabajadores y a su juventud precarizada, a sumarse en solidaridad a esta declaración difundiéndola por todos los medios. Sólo una masiva respuesta internacional de los explotados, manifestada militante y públicamente en las calles, en los lugares de trabajo, en los medios alternativos y redes sociales, puede derrotar la pretensión imperial europea de transformar a Grecia en su colonia. Hacer eso hoy por Grecia, buscando la victoria, significa impedir que los planes imperiales de canibalismo social sean implementados en el resto del mundo”.
 
Firman: Savas Michael-Matsas, médico y escritor, dirigente del EEK, Grecia; Jorge Altamira, dirigente del Partido Obrero, Argentina; Néstor Pitrola, diputado nacional por el FIT (Frente de Izquierda y de los Trabajadores), Argentina; Pablo López, Diputado Federal por el FIT, Argentina; Hillel Ticktin, Profesor Emeritus de la Glasgow University, Escocia, editor de la revista marxista Critique'; Bertell Ollman, Profesor de Ciencia Política, New York University, Estados Unidos; Robert Brenner, Professor de la Universidad de California; Susan Weissman, Profesora de Política, Saint Mary’s College of California; Mitchel Cohen, Brooklyn Greens/ Green Partyof New York, EUA; Alex Steiner, filósofo, Nueva York; Paresh Chattopadhyay, Profesor, Toronto University, Canadá; Mikhail Konasev, filósofo y académico, San Petersburgo, Federación Rusa; David Epshtein, economista académico, San Petersburgo; Tatiana Filimonova, Directora de la Casa Plejanov, San Petersburgo; Alexander Buzgalin, Profesor, Universidad de Moscú; Ludmila Bulavka, socióloga, teórica del arte; movimiento Alternativo, Moscú; Daria Mitina, Secretaria Internacional del Partido Comunista Unificado (OKP), Federación Rusa; Said Gafourov, economista y periodista (Pravda), Moscú; Marco Ferrando, Partito Comunista dei Lavoratori (PCL), Italia; Franco Grisolia, PCL; Gemma Borriello, Italia; Silvia Giardini, Italia; Giorgia Lizzano, Italia; Alessandro Bevilacqua, Italia; Jeremy Lester, filósofo político, editor de Counter-Hegemony, Profesor de la Reading University, Inglaterra; Fanny Cohen Herlem, psiquiatra CIR/SSI, Francia; Patrick Lefran^ois, publicista, Paris, Francia; Tamas Krausz, historiador, Eotvos Lorand University, Budapest, Hungría; Matyas Benyik, ATTAC, Director de la Sociedad Karl Marx de Budapest, Hungría; Ana Bazac, Profesora de la Universidad de Bucarest, Rumania; Ovidiu Tichin- deleanu, profesor universitario, Kisinev, Moldavia; Monika Karbowska, Izquierda Anticapitalista, Polonia; Manolis Seras, ingeniero, Tirana, Albania; Katerina Matsa, psiquiatra, Atenas, Grecia; Theodoros Megalooi- konomou, psiquiatra, Atenas; Vicky Skoumbi, editor de la revista teórica 0&nth£ia, Atenas; Dimitris Vergetis, psicoanalista, Atenas; Sungur Savran, DIP (Partido Revolucionario de los Trabajadores), Estambul, Turquía; Osvaldo Coggiola, Profesor de la Universidad de Sao Paulo, USP Brasil; Betto della Santa, Profesor de Universidad Federal Fluminense, UFF; Rafael Fernandez, Partido de los Trabajadores, Uruguay; Roberto Yépez, Opción Obrera, Venezuela; Jack Heyman, Chair ofTransport Workers Solidarity
Committee, EUA; y siguen las firmas...
 
Mediante la imposición de un ajuste salvaje a Grecia, la burguesía imperialista alemana, apoyada por la poderosa social democracia de su país, consiguió volver más agudas las rivalidades interimperialistas dentro y fuera de Europa. Esto se expresó en el conflicto entre el FMI y la Unión Europea -entre Estados Unidos y Alemania- sobre la sustentabi- lidad de la deuda griega y la necesidad de su reducción. Los “reductores” (o FMI) reclaman, sin embargo, inclusive con más fuerza que Estados Unidos, la más draconiana austeridad en Grecia. El gobierno de Obama no ocultó su temor de que el Grexit implicase la creación de un “riesgo sistèmico global”, como lo manifestó Jack Lew, Secretario del Tesoro de Estados Unidos, preocupado con la situación precaria de la economía norteamericana, que se prepara para un aumento de las tasas de interés.
 
El eje franco-germano de la integración capitalista europea se rompió progresivamente; Francia está hundida en el endeudamiento, en la desindustrialización y en el descontento social. François Hollande y su gobierno “socialista”, que alimentaron las ilusiones de Syriza, fueron un instrumento más de la presión y chantaje sobre Grecia, pero fueron obligados a tomar alguna distancia de la literal tortura de la delegación negociadora griega impuesta por Schäuble, y llegaron a pedir un “Grexit temporal”: “la maratón de negociaciones que mantuvo a Grecia en la zona del euro, con enorme costo para la soberanía política del país, definió un nuevo escenario político para el continente. Al forzar al gobierno Tsipras a una rendición abyecta -ignorando los pedidos de algunos de sus vecinos, en particular Francia- Alemania ejerció con estruendo, tal vez por la primera vez después la reunificación, su poder en el palco europeo” (Cassidy, 2015). Dos crisis estaban abiertas: la de la UE, que puede conducirla a su explosión (Troianovski, 2015; Waryn, et al, 2015),28 y la de las relaciones UE/Alemania con Estados Unidos, y todo a partir de un eslabón menor de la cadena, Grecia. En el capitalismo “global”, el rabo mueve al perro.
 
La estrategia política (largamente improvisada) de Syriza, a su vez, llegó a un punto final, lo que pone sobre el tapete la cuestión del programa y de la dirección política en Grecia. Como constató Stathis Kouvelakis: “el escenario del ‘buen euro’ presupone la existencia de aliados de algún significado al nivel de los gobiernos y/o instituciones (la referencia aquí no es el apoyo de los movimientos sociales u otras fuerzas de izquierda). Los gobiernos de Francia y de Italia, los social- demócratas alemanes, y, finalmente, en un verdadero frenesí de fantasía, el propio Mario Draghi, eran de vez en cuando invocados como potenciales aliados. Todo eso se fue por el desagüe en pocos días. 
Las expresiones ‘reducción’ de la deuda y hasta el mismo infame ‘corte de cabello’ fueron rechazadas de la forma más categórica posible, por acreedores que se enfurecen sólo de oírlas... Raramente una estrategia fue refutada tan inequívoca y rápidamente”.29
 
El economista Eric Toussaint habló de “una verdadera capitulación, con efectos destructivos, porque el gobierno Tsipras se transforma en cómplice de los acreedores en la violación de los derechos humanos (...) Una de las leyes votadas la noche del 22 al 23 de julio permite a los bancos organizar la expulsión de sus domicilios de las familias con una deuda hipotecaria que no tenga condiciones de reembolsar... (El gobierno) no está dispuesto a desobedecer a los acreedores, pero la única manera de construir una relación de fuerzas favorables al pueblo y al gobierno griego hubiera sido suspender el pago de la deuda y tomar el control de los bancos frente a los accionistas privados, minoritarios, pero que continúan dictando su política (...) Los tres partidos de derecha que perdieron en el referendo del 5 de julio son los que dictan, junto a los acreedores, las leyes al parlamento. El gobierno Tsipras es prisionero de la derecha. Adoptó una reforma del Código Civil escrita durante el gobierno de Samarás, adoptada por la nueva mayoría de los diputados de Syriza, con los Griegos Independientes (Anel), Pasok, To Potami y Nueva Democracia. La situación política está en total contradicción con la orientación mayoritaria del 5 de julio” (Toussaint, 2015).
 
Perry Anderson evocó “las memorias populares calientes con relación al euro, que no conectaban las subsiguientes miserias a él. Syriza no intentó explicar la conexión. Tspiras y sus colegas garantizaron a todos los que podían oír que, por el contrario, no se plantearía abandonar el euro. Con eso, abandonaron cualquier esperanza seria de tratar con la Europa real -no su tierra de sueños. En 2015, el peligro de una salida de Grecia era económicamente mucho menor de lo que había sido en 2010, porque ahora los bancos alemanes y franceses ya cobraron con el rescate nominalmente enviado a Grecia. A pesar de la conversación alarmista residual de aquí y allá, el ministro de Finanzas alemán, hace algún tiempo, y con buenas razones, negó cualquier consecuencia material dramática de un default griego. Pero, para la ideología europea, a la cual los gobiernos de la zona del euro suscriben, el golpe simbólico a la moneda única -en el lenguaje ordinario típico, al propio “proyecto europeo”- sería doloroso, un revés que era necesario evitar. Si Syriza hubiese colocado, desde que fue electo, planes de contingencia para un default programado -preparando los controles del capital, la cuestión de una moneda alternativa y otras medidas de transición que precisarían ser impuestas de la noche a la mañana para no generar un desorden- y amenazado a la UE con ella, hubiera tenido una arma de negociación en sus manos. Si hubiese incluso dejado en claro que, en el caso de un default, podría sacar a Grecia de la Otan, hasta Berlín hubiera pensado dos veces un tercer paquete de austeridad, encarando el pavor norteamericano a tal prospecto. Pero, para los Candidatos de Syriza, eso era naturalmente todavía más tabú que la idea de una salida de Grecia. Entonces, confrontados con un peticionario que alternaba entre suplicar y abusar de ellos sin una carta en la manga, ¿por qué los poderes europeos habrían de hacer alguna concesión, sabiendo de antemano que cualquier decisión que tomasen seria aceptada?” (Anderson, 2015).
 
En el acto público de la Plataforma de Izquierda de Syriza, el 27 de julio, “Panagiotis Lafazanis [dirigente de la Corriente de Izquierda y ex ministro de energía] marcó la pauta: el No del 5 de julio expresó un No de clase y ‘patriótico’; el gobierno de Tsipras no puede apagar ese No. Denunció la operación del Financial Times sobre un supuesto golpe de Estado que incluía la detención de Stournaras [gobernador del Banco de Grecia]. Es necesario rechazar la unidad nacional del gobierno con Nueva Democracia, Pasok y To Potami. El No del 5 de julio, y su expresión en el Parlamento, nos llevó a tener que optar por salir del gobierno (...) Nuestro No en el Parlamento es una expresión de la defensa del partido y sus principios. El Tina (there is no alternative) del gobierno de Tsipras recuerda al de Papandréu y su ministro Papakonstantinou en 2010. Nosotros denunciamos este Tina. La Plataforma de Izquierda denuncia que, frente a las instituciones de la UE, el gobierno renunció a cuestionar el status quo actual, la adhesión a la Eurozona. En la perspectiva de un programa transitorio, esa opción implica una ruptura con la subordinación nacional, el neoliberalismo y los intereses dominantes en Grecia. Llegó la hora de presentar un programa global: a) nacionalización y socialización de los bancos; b) control y gestión pública de las empresas e infraestructuras estratégicas; c) contra las privatizaciones y fondos creados para eso; contra la privatización de los puertos de Pireo y Tessalonica, de los aeropuertos y del sector energético; d) redistribución masiva de la riqueza sobre la base del incremento de los impuestos a las grandes rentas, al dinero negro y a los fondos depositados en el exterior, así como a los grandes propietarios inmobiliarios; e) implantar la transparencia sobre el control de la media sobre la oligarquía; f) la anulación fundamental de la deuda, sin lo cual el país no tiene futuro” (Ntavanellos, 2015).
 
Es necesario sacar las conclusiones políticas e históricas de esta crisis y de este impasse político. Si la izquierda de Syriza, puesta en minoría, busca ser consecuente y no cómplice de la entrega, debería encaminarse hacia la ruptura política y un frente de izquierda clasista. Esto tendría una proyección europea e internacional. A mediados de agosto, Pana- giotis Lafazanis finalmente convocó a un frente político antiausteridad, que resultaría en un nuevo partido político (Unidad Popular): “La experiencia de Syruza se agotó a una velocidad impresionante; apenas un mes después de formar su gobierno ya había abandonado todos los puntos de su programa para discutir la agenda de la Troika (...) El nuevo paquete está destinado al pago de la deuda externa y al rescate de los bancos (...) La Plataforma de Izquierda no debería engañar a nadie, esta corriente es un producto vencido. En su llamamiento a formar el ‘Frente del No’, previo a la convocatoria electoral, no se defendió ni siquiera la expropiación de los bancos o el no pago de la deuda, menos aun la formación de un gobierno de los trabajadores -está lleno, por el contrario, de invocaciones contra la austeridad y por la justicia social. No llega a la altura del programa de Syriza de 2012” (Altamira, 2015c). En el medio de la crisis política, Alexis Tripras renunció a su cargo. El 14 de agosto, 43 de 149 diputados de Syriza votaron en contra o se abstuvieron de votar diversas leyes solicitadas por los acreedores para liberar los fondos de rescate. De acuerdo con las normas griegas, un gobierno minoritario debe poseer por lo menos 120 votos en su coalición: Syriza estaba debajo de ese número; si Tsipras hubiese pedido un voto de confianza a los partidos opositores que votaron el acuerdo con la Troika (Nueva Democracia, Pasok y To Potami) se habría transformado en un rehén de estos partidos. La convocatoria a elecciones anticipadas fue la tentativa de estructurar un régimen de poder personal (bonapartista), buscando un apoyo plebiscitario (Heller, 2015).
Para las elecciones anticipadas, el EEK y Antarsya realizaron un acuerdo político electoral, sobre la siguiente base:
 
El colapso de Syriza demostró a las amplias masas que no puede haber otro camino para la mayoría trabajadora que el conflicto y la ruptura con el capital y su estrategia para superar la crisis a costa de los trabajadores, que existe una alternativa basada en medidas como la nacionalización de los bancos y las grandes empresas sin pago y bajo control obrero y popular; el no reconocimiento de la deuda y su suspensión y su perdón; la inmediata satisfacción ‘unilateral’ de las demandas y necesidades populares; la ruptura inmediata y la salida de la Eurozona y de la Unión Europea. Luchamos para que esta ruptura y salida tenga un carácter anticapitalista, internacionalista, antimperialista, basada en la cooperación de las clases trabajadoras y las masas populares de Europa y sus movimientos en una dirección socialista y comunista.
 
Un programa de este tipo sólo se puede implementar con el pueblo organizado, dirigido por un movimiento obrero clasista reconstituido, que derrote y rompa el poder burgués y el Estado para que la riqueza y el poder pasan a manos de los trabajadores, por una sociedad sin explotación. Sobre esta base, Antarsya y el EEK deciden trabajar juntos en las próximas elecciones del 20 de septiembre. No hace falta decir que cada fuerza conserva su autonomía, bajo la cooperación político-electoral, para proyectar su propio programa. Más allá de la comprensión de la necesidad de la profundización de la cooperación de las fuerzas anticapitalistas, antimperialistas, anti-UE y de orientación revolucionaria, Antar- sya y el EEK están de acuerdo en que la cooperación en las elecciones sea un primer paso en el curso de una acción política conjunta y de diálogo teórico-político e iniciativas, dentro de nuestro compromiso común para promover la causa de la clase obrera por la creación de otra izquierda que lleve hasta el final la lucha por la liberación social.
 
La de Grecia no es sólo una “crisis de la deuda”, o mejor, la deuda es la expresión de la crisis y del parasitismo extremo alcanzado por el sistema mundial de producción capitalista. En Grecia, las contradicciones actuales del capitalismo fueron llevadas hasta el paroxismo. Grecia no es una excepción o un caso particular aislado, es la expresión concentrada del abismo social y la descomposición económica a la que conduce el capitalismo “global”. El retorno a un ilusorio, e históricamente inexistente, “capitalismo nacional autárquico”, que sólo se podría se realizar en condiciones de barbarie, es defendido principalmente por corrientes políticas de extrema derecha y hasta neonazis. 
La crisis europea y sus consecuencias sociales y políticas reponen la revolución socialista en la agenda política continental y mundial. Se ha abierto una nueva situación política e histórica. Grecia es la punta avanzada de la crisis europea, el centro de la lucha de clases en el Viejo Continente. Europa, a su vez, está cada vez más en el centro de la lucha de clases mundial. El divisor de aguas está tomando forma. 
Todos los partidos, organizaciones y hasta simples militantes, de todo el mundo, serán obligados a tomar partido. No cabe responder la pregunta “por quién suenan las campanas en Grecia”, la respuesta es obvia.
 
 
* Osvaldo Coggiola es militante del Partido Obrero y activista del sindicalismo universitario de Brasil. Historiador y profesor de la Universidad de San Pablo; es autor, entre otros libros, de Historia del trotskismo argentino y latinoamericano, El capital contra la historia (génesis y estructura de la crisis contemporánea) y La revolución china.
 
 
NOTAS
 
1. “Bellas almas”, en francés en original.
 
2. El Tratado de Lausanne fue negociado después que las fuerzas aliadas presionaron por la renegociación del Tratado de Sèvres, después de que los revolucionarios turcos vencieron en tres campañas militares. El Tratado reconoció la independencia de la República Turca y su soberanía sobre Tracia Oriental y Anatolia.
 
3. En diciembre de 1944, el subsecretario de Estado de Estados Unidos, Dean Acheson, durante una visita a Grecia, advirtió a su gobierno que “este escenario ya se desarrollaba en Yugoslavia y Grecia; Acheson temía que la agitación social se multiplicase de un extremo a otro del continente, engendrando una guerra civil general en Europa. Algunas semanas después de la victoria aliada, el Papa Pio XII alertaba también sobre la fragilidad de la paz recientemente restaurada” (Lowe, 2013: 90).
 
4. La organización trotskista egipcia hizo campaña contra la participación de los soldados del ejército británico estacionado en Egipto en la represión de la revuelta de los trabajadores y grupos de la resistencia griega contra la restauración monárquica a mediados de 1945. El PC egipcio calló.
 
5. Muchos de los exiliados de la guerra civil griega sólo recibieron permiso para volver al país... en 1982.
 
6. Syriza tuvo su origen en el “Espacio para el Diálogo de la Unidad y Acción Común de la Izquierda”, lanzado en 2001. Synaspismos Rizospastikīs Aristerás (Syriza) o “Coalición de la Izquierda Radical” fue constituida en 2004, defendiendo el aumento de impuestos para los contribuyentes con más rendimientos, el aplazamiento o anulación del pago de deuda y recortes en los gastos de defensa, entre otras medidas. El “espacio” estaba compuesto por varias organizaciones políticas griegas de izquierda que habían iniciado una acción política común en temas como la guerra en Kosovo y la oposición a las privatizaciones. Las organizaciones adherentes a la coalición eran de lo más variadas, política e ideoló- gicamente. Durante casi una década, los resultados electorales de Syriza oscilaron entre 3% y 5%, nada diferente, en lo sustancial, de los resultados que su mayor componente, el partido Synaspismos, la variante “eurocomunista” del antiguo PC griego, obtenía habitualmente desde 1991.
 
7. Los países socios de la EFSF son: Bélgica, Alemania, Irlanda, España, Francia, Italia, Chipre, Luxemburgo, Malta, Holanda, Austria, Portugal, Eslovenia, Eslovaquia, Finlandia y Grecia. La EFSF fue creada como un instrumento de Mecanismo de Estabilización Financiera Europea (EFSM). En mayo de 2010, la reunión extraordinaria del Consejo de Asuntos Económicos y Sociales de la Comisión Europea, que discutió la creación de la compañía, dio especial importancia al “paquete de apoyo a Grecia”, haciendo parecer que la creación de aquella era para favorecer a Grecia y que, al hacerlo, garantizaría la estabilidad fiscal de la región. En secuencia, el informe anual del Banco de Grecia mostró un acentuado crecimiento en las cuentas “fuera de balance”, relacionadas a activos financieros. Las cuentas “fuera de balance” son una sección al margen de las cuentas “normales” de balance contable, donde son informados y contabilizados activos problemáticos, tales como títulos “desmaterializados” o no comercializables. Estos pasaron a aparecer en cantidades mucho mayores que el total de activos “normales” del Banco, a partir de 2009 y en los años siguientes. La transferencia de activos tóxicos de los bancos privados al sector público, a través de estos mecanismos, fue un éxito.
 
8. Lanzado por Alemania, el Pacto Presupuestario Europeo, o Tratado para la Estabilidad, Coordinación y Gobernabilidad al interior de la Unión Económica y Monetaria (TSCB) fue firmado el 2 de marzo de 2012 en Bruselas por 25 Estados de la Unión Europea (Reino Unido y República Checa no aceptaron suscribirlo). Ese pacto obligó a cada país signatario a inscribir en su Constitución un límite -la famosa “regla de oro”- al déficit público, fijado en el 0,5 por ciento del PBI. También preveía sanciones contra los países que sobrepasaran el 3 por ciento.
 
9. El “bail-out” es una operación por la cual se inyectan capitales externos en un país, y el conjunto de la ciudadanía, con sus impuestos, 
asume el costo de esa recapitalización. Por el contrario, en el “bail-in” las pérdidas son asumidas por acreedores, bonistas y depositantes 
(nota del traductor).
 
10. Los ministros del Interior de los países miembro de la Unión Europea llegaron a un acuerdo en junio de 2012 para reformar el Tratado de Schengen, que había instituido la libre circulación de personas en la región. La nueva medida, impulsada por los gobiernos de Francia y Alemania, consistió en autorizar el cierre de fronteras para contener flujos migratorios excepcionales. La medida, que excluyó al Parlamento Europeo del debate, anuló uno de los pilares de la constitución de la UE. En vigor desde 1996, el Tratado de Schengen abrió las fronteras de 26 países en el continente europeo, incluidos los miembros de la Unión Europea (excepto Reino Unido e Irlanda) y de tres países que no eran parte del bloque económico (Islandia, Noruega y Suiza). En ese espacio, las personas podían circular libremente, sin necesidad de presentar pasaporte. Bélgica expulsó a ciudadanos europeos que recibían ayuda social del gobierno, los que fueron notificados por carta de que debían dejar el país.
 
11. LTRO es la sigla de Long-Term Refinancing Operation (operaciones de refinanciamiento de largo plazo), un sistema de financiamiento iniciado por el Banco Central Europeo en diciembre de 2011, por la cual el BCE prestó dinero a los bancos europeos que lo solicitaran, a pagarse en tres años y a un interés del 1 por ciento. Al final de febrero de 2012, el BCE organizó una segunda oferta de empréstitos a bancos, conocida como “LTRO 2”. Sumadas ambas operaciones, el BCE les prestó a los bancos europeos cerca de un billón de euros. El objetivo fue ofrecer financiamiento a intereses bajos para evitar el colapso del sistema bancario europeo.
 
12. Yanis Varoufakis, el recientemente renunciado ministro de Finanzas del gobierno de Syriza, señaló que “se debe recordar que la idea de una moneda única en un mercado único era la de crear las condiciones para que los precios de bienes convergiesen homogé- neos (y la moneda debía ser el más homogéneo de todos los bienes). La diferencia de 210 puntos básicos entre empresas de rentabilidad comparable, localizadas en la misma zona económica, no sólo era un completo escándalo: también es manifiestamente insustentable. Si los mercados funcionan adecuadamente, el “precio del dinero” (la tasa de interés) debería ser igual en todas las partes de una misma zona monetaria, si los prestatarios resultan semejantes en cuanto a credibilidad, rentabilidad, expectativas, etc. Cuando se constata esa inmensa diferencia de 210 puntos básicos entre agentes comparables del sector privado, producto exclusivamente de la localización geográfica, se puede tener la certeza de que la unión monetaria dejó de funcionar”.
 
13. En la propuesta de rescate del FMI, la parte de la Unión Europea (36.000 millones de euros) sería distribuida así: Alemania, 9.700 millones de euros; Francia, 7.300 millones de euros; Italia, 6.400 millones de euros; España, 4.200 millones de euros, cifras que no guardan ninguna proporción con el tamaño de las respectivas economías, ni con la capacidad de pago de cada país.
 
14. La tasa de sindicalización de los trabajadores griegos es débil: a la GSEE (sector privado) y Adedy (servicio público) hay que añadir una tercera central, la Panergatiko Agonistiko Metopo -Pame (Frente Militante de Todos los Trabajadores), vinculada al Partido Comunista. Decenas de huelgas generales fueron convocadas en cinco años en Grecia por estas tres centrales sindicales, sin plan de lucha en conjunto, objetivos políticos claros ni continuidad; el instrumento de lucha fue banalizado, y los trabajadores debilitados y desmovilizados progresivamente.
 
15. Desde la caída de la dictadura militar, en 1974, Grecia era catalogada como uno de los dos países políticamente más estables de Europa. Nueva Democracia (derecha) y Pasok (de la Internacional Socialista) sumaban, tranquila y repetidamente, el 85% de los votos. En 2009, Pasok obtuvo una victoria histórica del 45 por ciento en las elecciones parlamentarias; Syriza tuvo apenas el 4,5. En la disputa realizada en mayo de 2012, Syriza quebró la monotonía pues cuadriplicó su porcentaje hasta el 17 por ciento, y luego hasta el 27, una multiplicación por seis en apenas un año.
 
16. Trampa-22 (Catch-22) es una expresión de Joseph Heller en su novela del mismo nombre, donde describe una situación paradójica, en la que una persona no puede evitar un problema por causa de restricciones o reglas contradictorias en su formulación: la solución de una parte del problema sólo crea otro problema, que acaba repitiendo el problema original. En la novela, John Yossarian (interpretado magistralmente por Alan Arkin en el film Catch 22, basado en la novela y dirigido por Mike Nichols), un piloto de bombardero de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos desea ser declarado exento para realizar combates aéreos, en la guerra de Corea. Para ser exento, él debe ser evaluado por el médico del escuadrón y ser declarado “no-apto para volar”, un diagnóstico automático de insanidad mental para cualquier piloto que deseara volar, pues sólo una persona insana aceptaría misiones, debido al peligro envuelto en ellas. Pero para conseguir el diagnóstico y evitar las misiones, el piloto debe solicitar un examen, y eso probaría su cordura. O sea, cualquier persona que quiera escapar del deber de combate no es realmente un loco; los pilotos que solicitan una evaluación de salud mental son saludables y por lo tanto deben volar en combate. Al mismo tiempo, si una evaluación no es solicitada por el piloto, él nunca pasará por una y, por lo tanto, nunca será considerado insano, lo que también termina en tener que volar en combate. La formulación lógica es: dado que una persona sólo puede ser exenta de volar por insania mental y por solicitar una evaluación, pero ninguna persona puede ser insana y también solicitar una evaluación, se concluye que ninguna persona puede ser exenta de volar por razones de insanidad mental.
 
17. El principal candidato de Syriza, Alexis Tsipras, escribió en ese momento, en el Financial Times: “Syriza es hoy, en Grecia, el único movimiento político que puede ofrecer estabilidad económica, social y política a nuestro país. Una Grecia renovada contribuirá para dar nuevas bases a una Europa más sólidamente unificada. La estabilización de Grecia, en el corto plazo, traerá beneficios para la eurozona, en un momento crítico en la evolución de la moneda única. Si no alteramos nuestro rumbo, la austeridad, ella sí, acabará por echarnos fuera del euro. [Queremos] reformar el régimen impositivo de modo de igualar la riqueza y el ingreso de todos los ciudadanos; y distribuir equitativamente la carga tributaria”. Para Slavoj Žižek, asesor de Syriza: “La coalición no trae la voz de la ‘locura’ de la extrema izquierda, sino la voz del hablar racional contra la locura de la ideología de los mercados… Al rescatar a Grecia de sus llamados ‘rescatistas’, rescataremos también a Europa”.
 
18. Organización trotskista, perteneciente a la Coordinadora por la Refundación de la Cuarta Internacional (CRCI).
 
19. Y agregó: “Ya no hay ninguna referencia explícita [en el acuerdo de febrero] a las medidas de austeridad, y los “cambios estructurales” citados (reformas administrativas y la represión a la evasión fiscal) no pertenecen a esta categoría… Pero, dado que el objetivo de los escandalosos excedentes presupuestarios fue mantenido, junto con la totalidad de la maquinaria de supervisión y evaluación de la Troika, cualquier noción de relajamiento de la austeridad parece fuera de contacto con la realidad. Nuevas medidas y, es claro, la estabilización de lo adquirido por el “memorando” son una vía de sentido único, en cuanto el régimen actual prevalezca y se perpetúe rebautizado. En el transcurso de la “negociaciones”, con el revólver del BCE apuntado a la cabeza y el pánico consiguiente en los bancos, las posiciones griegas sufrieron un colapso casi total. Eso ayuda a explicar las innovaciones verbales (“instituciones” en vez de “troika”, “disposiciones actuales” en lugar de “programa actual”, “Acuerdo guía facilitador de asistencia financiera” en vez de “Memorando”, etc.). Consolación simbólica del engaño, dependiendo de la manera en que tú lo quieras ver” (énfasis nuestro).
20. Para una crónica y análisis político detallado, ver: Savas Michael-Matsas. La Batalla por el Referendum en Grecia. Atenas, junio-julio 2015 (publicada también en Prensa Obrera)
 
21. El valor coincide con el plan de privatizaciones previsto: un fondo de privatizaciones que recoge 50.000 millones de euros, a ser gastado en un 50 por ciento para capitalizar los bancos griegos, un 25 por ciento para el pago de la deuda y un 25 por ciento para “el fomento de la economía”. Ese fondo sería administrado por Grecia, y no por la Comisión Europea, como era exigido originalmente. Los principales sectores a ser privatizados son los de la energía y transportes. 
 
22. El documento sostiene: “La deuda pública griega se tornó insustentable, esto es debido a las políticas del último año, como la deteriorización del marco macroeconómico y financiero doméstico, y con el cierre del sistema bancario incrementando esa dinámica adversa. Las necesidades financieras del país hasta el fin de 2018 son estimadas en 85.000 millones de euros; la expectativa es que la deuda llegue al 200 por ciento del PBI en los próximos dos años. La deuda griega sólo se puede volver sustentable a través de medidas que alteren su perfil, medidas que deberían ir mucho más allá de lo que Europa admitió considerar hasta el presente”. Descontar/alargar la deuda, ajustar violentamente la economía griega, derrumbar el gobierno incompetente (de Syriza), he aquí el programa del FMI.
 
23. Jacques Sapir, economista “disidente” del Partido Comunista Francés, defiende la salida griega de la Eurozona, la vuelta al dracma y la desvalorización monetaria con el argumento de que ellas sólo provocarían un incremento de 10 por ciento en el costo de vida de los más pobres (que consumen pocos productos importados, aunque no indique de dónde obtuvo ese dato) y, en venganza, provocarían una revitalización de la industria (en especial la construcción naval) y de la agricultura griegas, hoy sometidas a la competencia ruinosa con Turquía y los países balcánicos, que poseen monedas desvalorizadas (con relación al euro). Llega al detalle de entusiasmarse con un futuro boom de la industria turística, atraída por los precios baratos de bares y hoteles de una Grecia con un dracma desvalorizado. Alguien (de preferencia en la misma Francia) debería explicarle que un 10 por ciento menos, en un pueblo ya sometido a la miseria, y una economía próspera basada en bajos salarios, condiciones que estaban en vigor en Grecia en las largas décadas de posguerra (basadas en la masacre de la guerra civil, en gobiernos represivos y en una dictadura militar), sólo podría realizarse mediante un sistema de superexplotación del trabajo, basado en la represión social y política, lo que, por lo menos, debería preocupar un poco a alguien que se hace llamar comunista.
 
24. “No tenía alternativas. Tenemos que tomar en cuenta que lo que yo y el gobierno griego estábamos enfrentando, el 25 de junio, el acuerdo que nos estaba siendo ofrecido. Debo admitir que la decisión fue muy arriesgada. No sólo la voluntad del gobierno griego iba en contra de las demandas de los acreedores, sino que también chocaba con el sistema financiero internacional, con los sistemas políticos y mediáticos de Grecia. Todo esto estaba contra nosotros. La posibilidad de que perdiésemos en el referendo era tan grande que nuestros socios europeos apostaron por ella, decidiendo cerrar los bancos... La decisión de cerrar los bancos fue, creo, una venganza contra la elección del gobierno de consultar a su población”, declaró Tsipras.
 
25. En su carta de renuncia, Varoufakis afirmó: “Es esencial que el gran capital político que fue otorgado a nuestro gobierno por la espléndida votación que recibió el No, sea inmediatamente convertido en un Sí a los correspondientes coraje y decisión para un acuerdo que involucre la reestructuración de la deuda, menos austeridad, redistribución a favor de los más necesitados y reformas reales. Inmediatamente después del anuncio de los resultados del referéndum, fui informado de una preferencia, de algunos participantes del Eurogrupo y de varios “socios”, que apreciarían mi… “ausencia” de futuras reuniones; idea que el primer ministro consideró potencialmente útil para que se alcance algún acuerdo. Por esa razón, estoy dejando el Ministerio de Finanzas hoy. Considero que es mi deber ayudar a Alexis Tsipras a explorar, como mejor le parezca, el capital que el pueblo griego nos aseguró mediante el referéndum de ayer. La ira de los acreedores es un triunfo que ostento con orgullo. Los de izquierda sabemos cómo actuar colectivamente, sin interés por los privilegios del poder. Apoyaré firme e integralmente al primer ministro Tsipras, al nuevo ministro de Finanzas y a nuestro gobierno. El esfuerzo sobrehumano para honrar al bravo pueblo de Grecia y al famoso Oxi (No) que los griegos respaldaron para todos los demócratas en todo el mundo está solo comenzando”.
 
26. A título de comparación, la deuda italiana es de 2,07 billones de euros; la española, de 966.000 millones; la portuguesa, de 219.000 millones.
 
27. “Europa no será más la Europa de la paz, de la cohesión social y de la democracia. Será el epicentro de un nuevo despotismo occidental, rivalizando en crueldad con el despotismo oriental estudiado por Karl Marx y Max Weber” (De Sousa Santos, 2015).
 
28. Alemania se benefició con la crisis griega en más de 100.000 millones de euros. El valor representa el ahorro garantizado por Alemania por medio de bajas tasas de interés sobre sus obligaciones, resultantes de la atracción de su economía sobre ahorristas asustados con la inestabilidad griega. Cuando los inversores enfrentan “dificultades”, buscan un mercado seguro para su dinero. La economía alemana “se benefició desproporcionalmente” de ese hecho durante la crisis de la deuda en Grecia, dice un estudio al respecto, subrayando que los ahorros “exceden los costos de la crisis, incluso si Grecia no pagase todas sus deudas. En los años recientes, cada vez que los mercados financieros supieron noticias negativas sobre Grecia, las tasas de interés sobre las obligaciones del gobierno alemán cayeron y, cada vez que las noticias fueron buenas, subieron” (Dany, et al, 2015).
 
29. Yanis Varoufakis justificó esa estrategia con el viejo adagio de “de los males, el menor”, reedición de izquierda del menos viejo Tina (there is no alternative): “una salida de Grecia o de Portugal o de Italia de la Eurozona luego se desdoblará en una fragmentación del capitalismo europeo, lo que generará en la región la más grave superávit recesivo en el este del Rin y en el norte de los Alpes, mientras el resto de Europa se ve en las garras de una viciosa estanflación. ¿Ustedes imaginan quién se beneficiaría de ese desenvolvimiento? Alguna Izquierda progresista, que naciera como fénix de las cenizas de las instituciones públicas europeas? ¿O los nazis de Amanecer Dorado, los neofascistas de varios orígenes, los xenófobos, los especuladores? No tengo absolutamente duda alguna sobre cuál de esos dos grupos se beneficiaría de la desintegración de la Eurozona. De mi parte, no estoy interesado en soplar vientos nuevos en las velas de esa versión posmoderna de los años 1930”.
 
 
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