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El debate sobre la industrialización en la Unión Soviética (1923-1928)

Problemas de la economía en transición
Por Nicolás Marrero
Durante los años ’20, en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se desenvolvió un debate fundamental en el ámbito de la economía y la política que enfrentó a dos bloques políticos al interior del Partido Bolchevique, la “Oposición de izquierda” y el “Bloque oficial”. El rescate del debate central sobre la industrialización o desarrollo económico, en el primer país donde los trabajadores tomaron el poder y se dieron la tarea de reorganizar el conjunto de la vida social y económica, constituye un valioso aporte para los problemas políticos y económicos actuales, en plena crisis capitalista internacional. El debate tiene una importancia complementaria en relación con los países dependientes en América Latina, cuyo atraso relativo se ha agravado en las últimas décadas y que han entrado, definitivamente, en el circuito de la crisis mundial. En este escenario, el debate sobre las alternativas para enfrentar esta crisis se reactualiza, no sólo en el terreno académico, sino como en un acuciante problema de reorganización práctica de las relaciones sociales, económicas y políticas.
 
Del “Comunismo de guerra” a la NEP
 
La primera revolución obrera triunfante no ocurrió en un país avanzado, sino en uno atrasado. Rusia había vivido un “desarrollo desigual y combinado”: un país en donde coexistían sectores atrasados y sectores de alta productividad, formas modernas de producción -establecidas en las ciudades- y relaciones de producción precapitalistas en el campo (Trotsky, 2007). Rusia tenía un proletariado numeroso y concentrado, aunque era una ínfima minoría en la población total y convivía con el predominio de la pequeña producción campesina. La Primera Guerra Mundial había provocado una enorme destrucción de fuerzas productivas, la producción de la industria y el campo habían retrocedido dramáticamente. En este marco, la revolución obrera de 1917 constituía -según sus protagonistas principales- el primer paso de un proceso revolucionario que debía extenderse por Europa, principalmente hacia Alemania, el país más industrializado. El Partido Bolchevique planteaba la extensión de la revolución, partiendo de la premisa que señalaba que la construcción del socialismo no podría completarse en un país atrasado, abstrayéndose de la economía mundial capitalista. La construcción del socialismo en los marcos nacionales no formaba parte de la orientación política de los bolcheviques ni de la tradición del marxismo.
 
En 1918, Lenin caracterizaba que en Rusia existía un ‘mosaico’ de formaciones sociales: patriarcal, en granjas campesinas; pequeña producción de mercancías; capitalismo privado; capitalismo de Estado y socialismo. Para desenvolver las formas socialistas, se debía alcanzar el nivel de los países capitalistas avanzados; es decir, decía Lenin, había que desarrollar las formas de la industrialización del capitalismo de Estado, pero con un Estado dirigido por los trabajadores. Eso implicaba el acuerdo con capitalistas para desarrollar grandes inversiones y explotaciones. Sin embargo, la apuesta de los capitalistas y el imperialismo fue la caída del Estado obrero. La emergencia de la guerra civil y la intervención de catorce fuerzas armadas extranjeras, apoyadas en las clases dominantes para quebrar la revolución, condujeron al denominado “Comunismo de guerra”, período en que se expropiaron los principales medios de producción, se eliminó el mercado y la circulación monetaria, se requisaron los excedentes agrícolas y se pagó en especies a los obreros. La economía colapsó: cayó la producción industrial y de alimentos, avanzó la hiperinflación y, como consecuencia de la guerra civil, los obreros industriales pasaron de tres millones a un millón y medio entre 1919 y 1921.1
 
La victoria del Ejército Rojo, en 1921, coincidió con una etapa en donde, como diría Trotsky, “la energía revolucionaria de la clase trabajadora (europea) se replegó sobre sí misma”, como resultado de la derrota de los levantamientos populares en los principales países europeos (especialmente Alemania). Una crisis económica y social se extendía por todo Rusia, provocando rebeliones campesinas y huelgas obreras. Como respuesta a esta crisis, el Partido Bolchevique aprueba la denominada Nueva Política Económica (NEP) con el fin aumentar la producción en el agro e industria. Se trataba de una vuelta al mercado, a través de la eliminación de las requisas a los campesinos y su reemplazo por impuestos en especie (en productos). Así, se esperaba que los campesinos tuviesen incentivos para aumentar su producción y generasen un mayor excedente para vender, facilitando el comercio entre campo y ciudad, de forma de aglutinar a las masas campesinas y desarrollar, junto con la industria, las bases económicas y sociales del nuevo régimen (Broué, 1973). De este modo, el impuesto en especie fue concebido como un elemento esencial para desarrollar las fuerzas productivas de la economía campesina:
 
“Una acertada política del proletariado, que realiza su dictadura en un país de pequeños campesinos, es el intercambio de trigo por los productos industriales necesarios al campesino. Únicamente tal política de aprovisionamiento responde a las tareas del proletariado; sólo esta política es capaz de consolidar las bases del socialismo. El impuesto en especie representa una transición hacia ello” (Lenin, 1970:613).
 
No exenta de profundos debates y cuestionamientos, la NEP dio sus primeros resultados, impulsando la producción agrícola y la industria (ligera). Sin embargo, el desarrollo de las relaciones sociales capitalistas potenció sus contradicciones inherentes: al amparo de la NEP se procesó una diferenciación social entre campesinos pobres y acomodados (kulaks). Al mismo tiempo, el desarrollo mercantil -sin planificación y estímulo específico por parte del Estado- generó una desproporción entre la producción agrícola e industrial, de manera que el desarrollo industrial se encontraba retrasado con respecto a la gran recuperación de la agricultura. En 1923, en el XII Congreso el Partido Comunista ruso, Trotsky, en su informe Sobre la Industria, planteó que la evolución de los precios relativos entre industria y agricultura se caracterizaban por un alza ininterrumpida de los precios industriales respectos de los precios agrarios, anunciando una crisis inminente, que se conocería como “la crisis de las tijeras”. En torno de la caracterización de esta crisis y las salidas que de ella se derivan se abrió un debate en el terreno de la política económica entre dos bloques políticos bien diferenciados.
 
La “Oposición de izquierda” y el “Bloque oficial”
 
En este contexto, durante 1923 se conforma la Oposición de Izquierda en torno de la “Plataforma de los 46” (entre cuyos miembros más destacados se encontraban Trotsky y Preobrazhensky), que plantea una serie de propuestas políticas y económicas. Para la Oposición, los problemas económicos están imbricados a los políticos. En el terreno económico, los principales nudos problemáticos eran: la desigual distribución de la renta; el vínculo entre la ciudad y el campo (equilibrio entre la industria y agricultura); la relación entre acumulación y consumo; entre el capital destinado a la producción de bienes de capital y el destinado a salarios; la regulación de salarios y, finalmente, la distribución de la renta entre los distintos sectores del campesinado. La resolución de estas cuestiones no admitían salidas a priori o puramente económicas, debían realizarse mediante la intervención de millones de obreros y campesinos, lo que exigía la más plena democracia soviética. Para ese entonces se había comenzado a cristalizar una capa burocrática que había tomado el control del Estado y el Partido Bolchevique. “Asistimos a una progresiva división, prácticamente pública en la actualidad, del Partido, sometido a un régimen dictatorial, entre la jerarquía del secretariado y el ‘pueblo apacible’, entre los funcionarios y profesionales del Partido nombrados y seleccionados desde arriba, y la masa del Partido que no participa en su vida de grupo” señalaba la Oposición (Broué, 1973). Como la política no es más que economía concentrada, la salida a la crisis exigía la democratización de los soviets, los sindicatos, las cooperativas y el Partido.
 
La Oposición caracterizaba que el origen de la crisis se encontraba en la incapacidad de la industria para producir valores de uso que satisficieran las necesidades campesinas. Se trataba, por lo tanto, de una crisis de desproporción entre sectores de la economía. Por este motivo, “(...) eran partidarios de concentrar el esfuerzo en canalizar recursos hacia la industria estatal, organizando su desarrollo mediante las técnicas de la planificación, lo que habría de repercutir en una racionalización de la producción, mejoras de productividad y abaratamiento de costos. Para tal objetivo proponían la canalización de recursos agrarios a la industria mediante un sistema de imposición progresiva; también, que se dedicara la mayor parte de los ingresos de exportación, una vez que las necesidades básicas de subsistencia estuvieran cubiertas, a la adquisición de maquinaria y tecnología occidental. Era, por tanto, un planteamiento que ponía el acento en el cambio estructural y el desarrollo a medio y largo plazo” (Blas, 1994).
 
El bloque oficialista -entre quienes se encontraban Bujarin, Stalin, Kámenev y Zinóviev- caracterizaba el origen de la “crisis de las tijeras” en una crisis de sobreproducción: el campesinado no era capaz de adquirir los productos industriales por sus altos precios y escasa renta para consumir. En función de esta caracterización, eran contrarios a transferir recursos hacia la industria, lo que implicaría un recorte en la renta agraria, pues si se les quitaba aún más la posibilidad de consumir, esto no haría más que profundizar la crisis.
 
“[Los representantes del bloque oficialista] ponían énfasis en la mejora de la renta agraria y en el abaratamiento de los precios industriales, considerados por ellos ‘auténticos precios de monopolio impuestos por los trusts’. Eran también partidarios de restringir los créditos bancarios para presionar a las empresas a bajar los precios, obligándolas a dar salida a los productos para poder obtener liquidez. Por su parte, la ‘oposición’ señalaba que la disminución de los precios al por mayor de la industria, en una situación en la que la economía privada controlaba la mayor parte del volumen de negocios al por menor, no iba a significar, dada la escasez crónica de productos industriales, más que un aumento de los márgenes de ganancia privada sin que repercutiera en un abaratamiento para los consumidores finales” (Blas, 1994).
 
Según la Oposición, estas propuestas tendían a mejorar la posición de la clase campesina acomodada, los kulaks, por lo que se oponían a mejorar y reforzar las condiciones de la clase obrera (principalmente industrial). La tesis del bloque oficial fue finalmente la que se impuso entre 1923-24. Durante 1925-26, la crisis económica no se apaciguaba y debió reconocerse que el problema no radicaba en una sobreproducción industrial, sino en que la industria tenía una bajísima productividad y se encontraba tremendamente atrasada, quedaba de manifiesto una crisis de desproporción entre sectores cuya solución era estructural: la industrialización del país.
 
El problema central, sin embargo, consistía en la cuestión de dónde sacar los recursos para llevarla adelante. El bloque oficial no pretendía tocar la renta agraria de los kulaks y rechazaba las propuestas de industrialización de la Oposición. Por tanto, se decantaba por una emisión monetaria y crediticia -la cual vio pronto sus críticos límites inflacionarios- para financiar una industrialización “a paso de tortuga”.
 
En 1927, la Oposición (que en ese entonces había sumado a Zinóviev y Kámenev, conformando la Oposición Unificada) planteó en su plataforma un plan de conjunto que señalaba cuáles eran los medios para la industrialización, entre cuyos elementos centrales se destacaba la redistribución de la renta nacional, usando apropiadamente el presupuesto estatal para gravar más al kulak (y asignar recursos para la industria); la disminución de los precios de consumo obreros y campesinos, ampliando la producción de artículos de bienes de consumo, rebajando los costos y disminuyendo el aparato burocrático; el manejo del crédito, con el fin de redireccionar los ahorros del país y garantizar el monopolio del comercio exterior. Además, señalaba un curso de acción para la transformación socialista de la propiedad de la tierra y sus formas de producción:
 
Debemos poner en práctica efectivamente una redistribución de la carga tributaria entre las clases, cargando más al kulak y al nepman, y descargando a los obreros y los pobres. Debemos aminorar la importancia relativa de los impuestos indirectos (...) Debemos oponer una resistencia decisiva a todo intento de entrometerse en el monopolio del comercio exterior. Debemos adoptar una firme actitud hacia la industrialización, la electrificación y la racionalización basada en el aumento de la capacidad técnica y en la mejora de las condiciones materiales de las masas (...) A la importancia creciente de las granjas individuales en el campo se opondrá el crecimiento más rápido de las explotaciones colectivas. Se pueden asignar sistemáticamente, cada año, sumas importantes destinadas al sostenimiento de los campesinos pobres organizados en explotaciones colectivas (...). Toda la acción de las cooperativas debe estar penetrada de la necesidad de transformar la pequeña producción en gran producción colectiva (Oposición Unificada, 1926).
 
Uno de los economistas de la Oposición, Yevgueni Preobrazhensky, señaló que la construcción socialista comienza con la nacionalización de las principales empresas e industrias, el comercio exterior y los bancos, y que sólo a partir de allí se puede desarrollar un proceso de acumulación socialista. Además, esta acumulación socialista debe absorber recursos de las formas de producción precapitalistas y capitalistas. El socialismo necesitará su propia “acumulación socialista originaria”, que se diferencia de la “acumulación socialista” -una acumulación sobre la base productiva de la economía estatal.
 
Oponiéndose a una “redistribución de la carga tributaria entre las clases”, Nicolái Bujarin, el exponente más brillante del sector oficial, sostenía su “tesis agrarista” de apoyo al kulak:
 
“Las capas acomodadas de campesinos, e incluso aquéllos grupos que tienden a hacerse acomodados, tienen miedo de acumular. Existe una situación en la que el campesino teme construirse un techo de chapa porque tiene miedo de ser calificado de kulak; si compra una máquina trata de hacerlo de forma que los comunistas no se den cuenta. La técnica avanzada se ha hecho clandestina. De esto se desprende que el campesino rico está descontento porque le impedimos acumular, reclutar fuerza de trabajo (...) A todos los campesinos globalmente, a todas las capas de campesinos debemos decirles: enriqueceos, acumulad, desarrollad vuestras haciendas (...) ¿Qué es lo que tenemos como consecuencia de la acumulación en la economía campesina? Acumulación en la agricultura significa demanda creciente de productos de nuestra industria. Lo que, a su vez, estimula un fuerte desarrollo de nuestra industria, lo cual produce un efecto positivo sobre la agricultura” (Bujarin, 1971:221, citado por Blas, 1994).
 
En síntesis, mientras que para la Oposición era necesario que la industrialización se llevara a cabo de una forma planificada, obteniendo recursos de diversas vías, pero especialmente cargando más impuestos al kulak -y, de paso, debilitando su creciente poder económico y político-, para el Bloque oficial el mantenimiento de la renta del kulak y de las relaciones mercantiles en el campo eran el elemento fundamental junto con una política monetaria expansiva. La industrialización se convertía en un aspecto secundario para superar la crisis.
 
Esta polémica se trasladará al diseño del primer plan quinquenal de 1927, donde los coeficientes de inversiones para la industrialización del sector oficial (Gosplan) eran marcadamente más moderados que en el plan de la oposición (Vensenja).
 
La industrialización y colectivización forzosa
 
En 1927 una nueva crisis se hizo presente y las hojas de la “tijera” de los precios industriales y agrícolas comenzaron a abrirse. El crecimiento a “paso de tortuga” de la industria no lograba satisfacer la demanda de los campesinos acomodados. En estas circunstancias, los kulaks realizaron una enorme huelga de entregas de alimentos. La dirección del Partido Comunista Ruso (ya monopolizada por Stalin) entró en pánico y viró su política de forma radical. Se abandonó bruscamente el incentivo a la acumulación del campesinado y la lenta industrialización. Las propuestas de la Oposición de Izquierda de industrialización eran ahora aplicadas, y en este viraje se desplazó al sector “pro kulak” de la dirección (Bujarin, Rykov, Tomsky).
 
Se adoptó, entonces, una política de industrialización acelerada con tasas de crecimiento del 20 al 30 por ciento (la propuesta de la Oposición, rechazada por alocada, implicaba un incremento de entre el 15 y 18 por ciento); junto con ella, se decidió acabar con el kulak como clase, colectivizando en forma forzosa la propiedad agraria -se pasó de un 3,9 por ciento de granjas colectivas, en 1929, a un 93 por ciento, en 1937 (Mandel, 1969:21).
 
En 1929, se estableció la dirección unipersonal de las empresas y se comenzó a estructurar una legislación laboral represiva y opresiva, que incluyó el desarrollo de un trabajo forzado a gran escala -once millones de trabajadores esclavos se movilizarían hasta principios del 50 (Rieznik, 1996). En el marco de la colectivización, los campesinos sacrificaron ganado masivamente, siendo reprimidos por el gobierno, con deportaciones en masa, con un saldo de centenares de miles de muertos. En este contexto, se refuerza la concepción estalinista del “socialismo en un solo país” bajo la orientación de autarquía y autosuficiencia, que prescinde del mercado mundial (y su influencia mediante la ley del valor).
 
La industrialización, realizada de este modo, se oponía a las propuestas de la Oposición: El sector ‘estalinista’, erigido finalmente en controlador único del aparato del partido y el Estado, acaba adoptado una premisa de la oposición, la industrialización, pero de una manera deformada y en las peores condiciones imaginables: la masiva destrucción de fuerzas productivas que se produjo en la agricultura y la agudización del aislamiento económico internacional (De Blas, 1994:219).
 
La naturaleza de la economía soviética
 
El debate sobre la política económica tuvo de fondo una contraposición teórica, cuyos máximos exponentes fueron Bujarin y Preobrazhensky. Bujarin, con su obra “La teoría económica del período de transición” y Preobrazhensky en “La Nueva Economía” fueron los primeros en abordar las cuestiones teóricas y metodológicas que se le presentaron a la economía soviética, luego de la revolución de octubre de 1917.
 
El escrito de Bujarin fue publicado en 1920, en pleno comunismo de guerra, bajo la pretensión de otorgar una elaboración teórica de los principios fundamentales de la transición de la sociedad capitalista a la socialista. Este libro fue el centro de debate teórico y político acerca de los caminos y problemas del gobierno obrero en la etapa inicial de la revolución.
 
En un pasaje central sobre esta transición Bujarin señala:
 
“La nueva sociedad no puede surgir como un deus ex machina. Sus elementos nacen de la vieja sociedad. Y puesto que aquí se trata de fenómenos de naturaleza económica, es decir que se tocan cuestiones de la estructura económica, de las relaciones de producción, hay que buscar los elementos de la nueva sociedad en las relaciones de producción de la vieja. En otras palabras, hay que plantear el problema así: ¿Qué forma de relación de producción de la sociedad capitalista puede, en general, colocarse en la base de la nueva estructura productiva?” (Bujarin, 1920)
Para abordar este problema, Bujarin parte del hecho de que el desarrollo de la acumulación capitalista provoca dos elementos fundamentales para la edificación socialista: la centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo. Los monopolios llevan adelante esta tarea, concentrando y centralizando enormes masas de medios de producción, ampliando a escala histórica la división social y la productividad del trabajo, que culmina en la conformación un obrero colectivo con millones de brazos, esto es: un sistema de cooperación mundial que se corporiza en las relaciones de producción entre los obreros. Esta ‘misión histórica’ del capital se desarrolla en una época de descomposición del capitalismo: anarquía de la producción y crisis económicas profundas, como producto de la apropiación privada de la socialización de la producción. Frente a este derrumbe del capitalismo, la revolución bolchevique opuso la transición a una forma superior de organización social que requirió la reorganización de la sociedad sobre nuevas bases: la planificación centralizada de la producción de una economía socializada. De este modo, para Bujarin, la edificación del comunismo es un proceso consciente en alto grado, es decir un proceso donde el trabajo es planificado y organizado al servicio de la satisfacción de las necesidades sociales y no del lucro capitalista. Este período de transición de socialización del trabajo, con la clase obrera constituida como poder de Estado, tiene como elemento central la estatización o nacionalización de la producción. Sin embargo, Bujarin realiza una distinción de clase de esta cuestión:
 
“Es notorio que la estatización (nacionalización) tiene un contenido material de clase enteramente distinto ‘particularmente’, según la caracterización de clase del propio Estado. Si no se considera -como lo hacen los representantes de la ciencia burguesa- el aparato del Estado como una organización de naturaleza neutralmente mística, tiene que comprenderse igualmente que, también, todas las funciones del Estado revisten carácter de clase. Por ende, hay que distinguir rigurosamente entre la nacionalización burguesa y la nacionalización proletaria. La nacionalización burguesa lleva a un sistema de capitalismo de Estado. La nacionalización proletaria lleva a una conformación estatal del socialismo (...), la nacionalización proletaria es la negación, enteramente lo contrario de la nacionalización burguesa” (Bujarin, 1920:128).
 
Ahora bien, una vez conquistado el poder estatal por la clase obrera y desarrollada la nacionalización proletaria de las principales ramas de producción, ¿cómo proceder a determinar la naturaleza económica de las nuevas relaciones sociales establecidas? Esta pregunta, que planteó Bujarin -y que luego fue retomada por Preobrazhensky- se refería a si el método de estudio de las relaciones sociales capitalistas desarrollado por Marx -en El capital- continuaba siendo pertinente en el caso concreto de la economía soviética en transición, la cual presentaba un principio de planificación centralizada junto a relaciones mercantiles. El problema resultaba de extrema relevancia, pues el método de la economía política y las categorías de El capital eran útiles para comprender el capitalismo, pero ¿lo seguían siendo para una economía cuyos rasgos no eran definidamente capitalistas?
 
Mercado, plan y democracia soviética
 
Como apuntamos más arriba, en el período 1923-28 se desenvolvió el debate en el terreno económico-político, cuyos exponentes más sobresalientes fueron Bujarin y Preobrazhensky. Detrás de esta polémica existían distintas concepciones teóricas sobre las leyes que dominaban la economía soviética, las cuales tenían diversas consecuencias prácticas.
 
El libro La nueva economía de Preobrazhensky (1926) se inscribe en el debate planteado por la Oposición de cómo ir de la NEP al socialismo. Su núcleo trata sobre los caminos de la industrialización. Cómo se mencionó, la NEP había reinstalado la economía mercantil y posibilitado un crecimiento, pero también había mostrado rápidamente sus límites: polarización social y crisis de las ‘tijeras’. La Oposición de Izquierda sostenía la necesidad de forzar la marcha hacia la industrialización como única salida, y los recursos para este proceso debían salir del sector agrario.
 
Para explicar la realidad que era necesario transformar, Preobrazhensky vuelve sobre la cuestión del método de estudio de la economía soviética, caracterizada como un sistema de economía socialista-mercantil dominado sucesivamente por la ley del valor y la “ley de acumulación socialista primitiva”. Según Preobrazhensky, las categorías teóricas corresponden a abstracciones del desenvolvimiento histórico concreto. Es decir, no son eternas. Por ello plantea que, ante la transformación de una economía basada en la anarquía de la producción en otra que sienta sus bases en el principio de planificación democrática de los productores, deben existir otras categorías que expresen teóricamente la nueva realidad histórica. El valor, como ley o regulador del movimiento del sistema capitalista, es crecientemente remplazado por una regulación conciente. Las viejas categorías: mercancía, salario, precio y ganancia dejarían de ser categorías útiles en una sociedad de “productores libremente asociados” bajo un desarrollo de las fuerzas productivas sin precedentes en la historia; es decir, en el comunismo. Sin embargo, no era ésta la situación de la realidad soviética en los primeros años ’20, marcada por la guerra civil, el hambre y la escasez general. Si bajo la economía mercantil, los capitalistas se subordinan ciegamente a la ley del valor; en la economía socialista planificada, las leyes se ‘abren camino’ de un modo diferente. En el sistema de economía socialista-mercantil soviético de los años ’20 “(...) actúa un principio de planificación, en los límites que resultan del grado de organización alcanzado por la economía y en el cual existe al mismo tiempo la ley del valor con su fuerza de acción exteriormente coercitiva. El estudio de una economía de este tipo es, sobre todo, difícil porque ni una ni otra forma de producción se presentan en su aspecto puro (...) el gobierno proletario dirige simultáneamente la economía estatal y la política interior y exterior, esforzándose en conservar un sistema dado, reforzarlo y asegurar en su seno la victoria de los principios socialistas. Al hacerlo, encuentra en el exterior la oposición del capitalismo mundial y en el interior la de la economía privada” (Preobrazhensky, 1926:71).
 
El método de Preobrazhensky parte de la abstracción de una economía socialista de base industrial -que era aún lejana en el tiempo- para proponer el reemplazo de las categorías valor, plusvalor, dinero, mercancía, por nuevas categorías más ajustadas a una ciencia de la ‘producción socialmente organizada’. Este cambio, lo hace teniendo en cuenta que la economía política de Marx no estudia las relaciones de producción en general, sino específicamente las de la sociedad mercantil capitalista. Es decir, las categorías de la economía política marxista no podían operar de igual manera en la economía soviética. De manera que el problema estaba centrado en cómo abordar la naturaleza de la economía soviética mediante categorías teóricas que den cuenta de una realidad en donde se presentan de forma ‘dual’ dos reguladores: la ley del valor y la planificación económica socialista. Es en estas circunstancias en que operaba la ley de la acumulación socialista -sobre la base productiva estatal- y la acumulación socialista primitiva -sobre la base de extraer recursos de las formas precapitalistas y capitalistas de la economía. El centro de su análisis estaba en el planteamiento de desarrollar las fuerzas productivas y la industrialización, impulsando la planificación socialista como el regulador económico de la transición, avanzando sobre las relaciones sociales capitalistas -es decir, sobre la ley del valor.
 
En tanto, las posiciones políticas de Bujarin viraron de la extrema izquierda -durante el comunismo de guerra- a la derecha -en su defensa al campesinado acomodado a partir de 1923. Mientras en el primer período defendía la planificación económica, se convirtió luego en un teórico férreo de la NEP y de lo que se puede denominar “socialismo de mercado”. Bajo esta noción, el giro del comunismo de guerra a la NEP no fue una “retirada táctica”, producto de las circunstancias de la guerra civil y el fracaso de la revolución socialista en Europa, sino la vía de transición hacia el socialismo.
 
En términos generales, podemos señalar que, para Bujarin, la ley del valor era el centro en torno al cual giraban las relaciones sociales en la Unión Soviética y, por tanto, consideraba al mercado como el regulador e impulsor de las fuerzas productivas, tanto en el campo como en la industria estatal. Su llamado a que el kulak se enriquezca tenía su base en esta visión. Como contrapartida, la planificación resultaba un obstáculo del cual debería liberarse para permitir la ampliación del mercado. Para Bujarin, se trataba de ampliar y desarrollar la NEP mediante concesiones al campesinado. Este paso era central para soldar la alianza entre el campo y la ciudad, entre obreros y campesinos. En su propuesta, señalaba que “(...) nuestra producción debe tomar la dirección siguiente: aceleración de los cambios, ampliación del mercado, consiguiente expansión de la producción y, por lo tanto, posibilidad de bajar los precios, de ampliar los mercados, etc. Esta política es indispensable, pues nos es preciso realizar a toda costa la alianza con los campesinos. Es realizable, porque tiene la ventaja de poder liberarse de la relativa planificación de nuestra economía estatal” (Bujarin, 1974: 323).
 
La ampliación del mercado y la acumulación de la economía campesina, significaba -para Bujarin- una demanda creciente de productos de la industria, que terminaba beneficiando el desarrollo industrial y a la agricultura. El objetivo era que, a través de la cooperación y el control estatal del sistema bancario y financiero, el campesinado (incluso el kulak) sea integrado “gradualmente” al socialismo. Preobrazhensky (y la Oposición) criticó que, al no diferenciar las capas sociales en el campo, el apoyo al campesinado -tratándolo como bloque social homogéneo- terminaba beneficiando a sus capas superiores que subordinaban al campesinado medio y pobre.
 
De fondo, la crítica de Bujarin a Preobrazhensky se centraba en el “regulador” de la economía soviética. Para Bujarin, la ley del valor en el socialismo se manifiesta como una ley conciente y planificada de política económica, como la “ley de la distribución racional de las fuerzas productivas”, pues el cambio de las condiciones históricas no puede abolir las leyes de la naturaleza, aunque sí puede cambiar la forma en que se manifiestan. La ley de acumulación socialista primitiva de Preobrazhensky se oponía a la ley del valor como distribución racional de las fuerzas productivas -es decir, a la planificación conciente de la proporcionalidad del gasto de trabajo social. Para Preobrazhensky, la ley de distribución racional (planificada) de las fuerzas productivas era aplicable a una sociedad perfectamente organizada (comunista), pero no a la sociedad soviética de esa etapa. La existencia de dos reguladores -ley de acumulación socialista primitiva y la ley del valor- partían del análisis concreto de la realidad de la economía de la Unión Soviética, y no de una sociedad futura.
 
De esta discusión teórica se derivaban propuestas divergentes de política económica. Para la Oposición, se trataba de impulsar la industrialización estatal -a partir de los recursos del agro- mediante el desarrollo de empresas que, de otra manera, libradas al imperio de la ley del valor, estarían obligadas a cerrar. En este sentido, se trataba de formar una estructura de distribución social del trabajo distinta a lo que se formaría como consecuencia de una acción no limitada del mercado. En cambio, la política defendida por Bujarin y el Bloque oficial tendía a reproducir una distribución favorable a la agricultura, retardándose el desarrollo industrial. Es decir, fomentando la economía privada en detrimento del sector estatal.
 
Uno de los dirigentes más destacados de la Oposición, Trotsky, compartió la formulación de Preobrazhensky respecto a la pugna entre los dos reguladores de la economía de transición. En un texto escrito unos años después (1932), señaló que este principio, que se aplicaba a la naturaleza económica de la Unión Soviética, no debía considerarse por fuera de la naturaleza del poder político. La contraposición entre planificación y mercado debía incorporar a la democracia soviética, el carácter de la dictadura del proletariado. La cuestión del poder estaba relacionada a las condiciones y métodos de la economía planificada: ¿qué organismos debían elaborar y aplicar el plan? En contra de una planificación burocratizada, postulaba la democracia soviética como sistema de regulación real, por las masas, de la estructura económica. La planificación para el desarrollo de la industrialización debía considerar la deliberación e intervención conciente de la clase obrera como sujeto político de la revolución, aspecto que el proceso de burocratización del partido y degeneración del Estado obrero iba socavando. Sólo se podría imprimir una orientación correcta a la economía en la etapa de transición por medio de la interrelación de la planificación estatal, el mercado y la democracia soviética.
 
En 1936, haciendo un balance de la planificación desarrollada hasta ese momento en la Unión Soviética, Trotsky afirmaba:
 
“La planificación administrativa ha demostrado suficientemente su poder y, al mismo tiempo, sus límites. Un plan económico concebido a priori, sobre todo en un país atrasado con 170 millones de habitantes, y con una contradicción profunda entre el campo y la ciudad, no es un dogma inmutable sino una hipótesis de trabajo que debe ser verificada y transformada durante su ejecución (...) Se necesitan dos palancas para reglamentar y aplicar planes: una palanca política, creada por la participación real de las masas en la dirección, lo que no se concibe sin democracia soviética; y una palanca financiera, resultante de la verificación efectiva de los cálculos a priori, por medio de un equivalente general, lo que es imposible sin un sistema monetario estable” (Trotsky, 2014:82)
Nuevamente, la política es economía concentrada.
 
Comentarios finales
 
El debate -en el terreno de la economía y la política- que enfrentó a dos sectores del Partido Comunista de la Unión Soviética, expresa las tensiones que existieron en la economía en transición. Luego del comunismo de guerra, y bajo el impulso de la NEP, la producción industrial y agrícola se recuperó notablemente. El restablecimiento del mecanismo de mercado y, especialmente, la política favorable al campesinado rico reveló un proceso de diferenciación social, y pronto también sus límites. La curva de desarrollo de la economía entre 1923-28 estuvo marcada por la llamada “crisis de las tijeras” en torno de la cual se abrió un debate entre dos perspectivas teóricas y políticas. Por una parte, un sector que impulsaba la industrialización mediante la planificación, los impuestos a los kulaks y el fortalecimiento de la clase obrera para salir de la crisis, y como vía para pasar de la NEP al socialismo (Oposición de izquierda); y otro sector, que se apoyaba en la clase campesina acomodada y el desarrollo de la NEP, incorporando gradualmente a los kulaks al socialismo (Bloque Oficial).
 
Detrás de este debate existían perspectivas teóricas divergentes sobre la naturaleza de la economía soviética. Preobrazhensky, economista de la Oposición de Izquierda, sostuvo la existencia de dos reguladores de la economía, caracterizado como un sistema de economía socialista-mercanitl, donde se establecía una pugna entre la ley de la valor (que actuaba a partir de la economía privada al interior de la URSS y mediante el capitalismo mundial) y la ley de acumulación socialista (que actuaba en los marcos de la economía planificada). Trotsky, compartiendo esta visión, incorporó el problema de la naturaleza del poder político, es decir de la democracia soviética, como elemento central de la planificación socialista. Bujarin, teórico de la fracción oficial, consideraba a la ley del valor como único regulador de la economía, que podía ser utilizado por la planificación estatal -mediante estímulos que ampliaran el mercado- para impulsar las fuerzas productivas y sellar la alianza con los campesinos. Según Arrizabalo (2014), de este debate de los años ’20 no triunfó ninguna de las dos posiciones, sino que triunfó aquella capa social de funcionarios del aparato del Estado y del Partido al comando de Stalin. A partir de 1928, en el marco de una nueva crisis económica, los representantes de la Oposición de Izquierda eran encarcelados o enviados a Siberia, al tiempo que la política económica del Partido daba un viraje, aplicando las propuestas de industrialización de la Oposición (pero a tasas aceleradas) y lanzando una campaña para “eliminar al kulak como clase”, mediante la colectivización forzosa en el campo. En este cuadro, también fueron expulsados Bujarin y la fracción derechista. Con esto se cierra todo una capítulo de debates al interior del Partido Bolchevique y, en lo sucesivo, nunca más volverá a desarrollarse una discusión pública en su seno (Broué, 1973).
 
Posteriormente, resultó innegable que la expropiación de la burguesía y la planificación de la economía logró resultados asombrosos. Con la eliminación de la anarquía del mercado (al menos en los marcos nacionales) y su reemplazo por la asignación planificada de los recursos, permitió un crecimiento de las fuerzas productivas (en términos cuantitativos y cualitativos), en el mismo momento que el capitalismo vivía su peor crisis. Un país atrasado y agrario llegó a ser la segunda potencia industrial del mundo. Sin embargo, la gestión burocrática de la economía y la opresión reinante condenaría al país a un callejón sin salida.
 
La pertinencia de analizar este proceso se revela en momentos en que el capitalismo manifiesta su inevitable tendencia al derrumbe en la crisis de mayor alcance de su historia, planteando el desafío de desarrollar la planificación racional del metabolismo productivo bajo control y gestión de los productores -es decir, de los trabajadores.
 
 
*Nicolás Marrero es economista y militante del grupo La Clase de Uruguay.
 
 
NOTAS
 
1. Para un panorama de las primeras etapas de la construcción económica en la Unión Soviética, ver Rabey (2009).
 
Bibliografía
 
Arrizabalo, X. (2014): Capitalismo y Economía Mundial, Madrid, IME-ARCIS-UdeC.
 
Broué, P (1973): El partido bolchevique, Madrid, Ayuso.
 
Bujarin, N. (1920): Teoría económica del período de transición, Pasado y Presente, Buenos Aires, 1972.
 
De Blas, J. (1994): La formación del ‘mecanismo económico estalinista en la antigua URSS y su imposición en la Europa del Este: el caso de Hungría (crisis de la concepción estalinista autárquica ‘versus’ proceso de integración en la economía capitalista mundial). Tesis doctoral, UCM.
 
Carr, E. (1980): Historia de la Rusia Soviética. Vol. 2: El interregno (1923-1924), Madrid, Alianza.
 
Mandel, E. (1969): Tratado de economía marxista, T. 3, México, Era.
 
Lenin (1970); “Sobre el impuesto en especie”, Obras Escogidas, T. III, Progreso, Moscú.
 
Lenin, Trotsky L., Prebrazhensky, Bujarin (1974): Debate sobre la economía soviética y la ley del valor, Grijalbo, México.
 
Preobrazhensky, E. (1970): La Nueva Economía, Ariel, Barcelona.
 
Oposición Unificada (1927): “Plataforma de la Oposición Unificada”.
 
Rabey, P (2009): “Las primeras etapas de la economía soviética”, en Pablo Rieznik (ed.); Un mundo maravilloso.
 
Capitalismo y socialismo en la escena contemporánea, Biblos, Buenos Aires.
 
Rieznik, P (1996): “Genocidio y trabajo esclavo en la URSS stalinista”, En defensa del marxismo, N° 13, julio.
 
Shaikh, A. (2006): Valor, acumulación y crisis. Ensayos de economía política. Ediciones RyR, Buenos Aires.
 
Trotsky, L. (1932): “La economía soviética en peligro”. www.marxists.org
 
-.- (1999); “Tesis sobre la Industria”, en León Trotsky; Naturaleza y dinámica del capitalismo y de la economía de transición, CEIP Buenos Aires.
 
-.- (2007): Historia de la Revolución Rusa, Ediciones RyR, Buenos Aires.
 
-.- (2014): La revolución traicionada y otros escritos, CEIP, Buenos Aires.
 

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