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Cuatro millones de desocupados

Por Luis Oviedo
La encuesta oficial sobre la desocupación muestra la dimensión de la catástrofe que se abate sobre la clase obrera argentina: en apenas seis meses, el desempleo creció del 12,2% al 18,6%, un salto superior al 50%.
 
Si se agrega que la tasa de subocupación (aquellos que han trabajado por lo menos 1 hora en el último mes, es decir, virtuales desocupados) es del 11 4% la conclusión es que cuatro millones y medio de trabajadores se encuentran sin empleo, de los cuales apenas 110.000 (menos del 5%) cobran el seguro al desempleo Estas cifras catastróficas, sin embargo, son sólo "la punta del iceberg”, ya que la encuesta (oficial) está superada por subregistros que oficialmente no se computan (1): los que sobreviven con changas, los trabajadores en negro o precarizados y los ocupados que buscan otro empleo.
 
La velocidad con que está creciendo la desocupación es pavorosa: según el cavallista Miguel Angel Borda, más de 283.000 trabajadores perdieron sy empleo en el último año. Sólo en junio, según el ministro Caro Figueroa, se duplicaron los despidos, se triplicaron las suspensiones y aumentó en un 40% ek número de solicitantes del subsidio a los desocupados. En el gremio bancario se produjeron más de 5000 despidos desde enero y entre los gremios industriales, la UOM – ella sola – contabiliza más de 4700 despidos, 8500 suspensiones y 61 cierres de establecimientos entre enero y marzo.
 
Esta catarata va a continuar porque se ha duplicado el número de quiebras y el de las empresas que pretenden acogerse al “procedimiento de crisis” (2), que es la antesala de despidos y suspensiones masivas y de cierres de plantas. Son varios los especialistas que pronostican que en diciembre la tasa de desempleo alcanzaría el 20%, es decir, más de tres millones de desocupados plenos…
 
Cuatro años
 
En el debut del “plan” Cavallo, la desocupación era del 6,6%. Creció un 50% durante los dos años y medio iniciales del “plan” –que todos califican como “expansivos”; entre octubre de 1993 – cuando se agotó la “reactivación” – y octubre de 1994, creció más aceleradamente (otro 30%, pero en un solo año), y ahora, con el comienzo de la recesión, pegó un salto del 50% en apenas seis meses. El “enfriamiento” productivo aceleró el ritmo del desempleo pero no su dirección fundamental: la desocupación creció sistemáticamente, con independencia de las alternativas del ciclo económico.
 
Entre 1991 y 1993, se crearon 715000 empleos nuevos… pero desde octubre de 1993 – un año antes de que comenzara la recesión – hasta fines de 1994, se perdieron 283000 puestos de trabajo. La desocupación entre los bancarios y los empleados de comercio creció más del 150% desde 1991. En una escala apenas menor, sucedió lo mismo en la industria: en “el segmento textil entre octubre, de 1991 y octubre de 1994 se perdieron más de 100000 empleos”, al tiempo que “en todas las demás industrias… con excepción de los productos químicos… se registró destrucción del empleo” (3). Entre las industrias “destructoras de empleo” se cuentan la automotriz y la de electrodomésticos, “caballitos de batalla” del “plan” Si junto con el alimento sostenido y sustancial de la desocupación, se considera la caída —también sostenida y sustancial—ele los salarios reales, la caída del salario indirecto (por la transferencia de la carga impositiva a los impuestos al consumo, la disminución de los aportes patronales y la destrucción de los servicios sociales, como la educación o la salud) y del salario diferido (por la privatización previsional), tenemos entonces que el “plan* Cavallo ha provocado un aumento de la explotación del trabajo asalariado que no tiene parangón en los últimos cincuenta años.
 
Mentiras y justificaciones (I)
 
¿Cómo justifica la burguesía semejante masacre social? Según la tesis oficial, “la desocupación es un problema mundial” y sería “el costo” de la “reconversión económica”. Esta “reconversión”, repiten los menemo-cavallistas, habría permitido un crecimiento del 34% del PBI argentino en los últimos cuatro años. Para los menemo-cavallistas, la desocupación sería tan sólo un fenómeno “transitorio”, ya que la ampliación productiva provocada por la "reconversión”—trasladando a los trabajadores de los sectores menos productivos de la economía a los más productivos— terminaría por absorber a los desocupados.
 
La explicación oficial es una pobre justificación de la política que le ha permitido a la burguesía acumular una masa excepcional de superbeneficios en los últimos cuatro años y, al mismo tiempo, una muestra de la falta de escrúpulos y de la abundancia de ignorancia de toda su “ciencia económica”.
 
La desocupación es, ciertamente, un problema mundial: en Europa y en los Estados Unidos existen decenas de millones de desempleados crónicos, que carecen de la más remota esperanza de conseguir un empleo. Esto, sin embargo, no le resuelve el problema a Cavallo... en la medida que la “desocupación mundial” es el resultado de políticas de "reducción de los costos laborales”... como las que se aplican en la Argentina.
 
El aumento de la desocupación en los países imperialistas obedece a la crisis económica y a la tendencia a la depresión. Entre 1950 y 1970, la economía capitalista mundial creció a una tasa promedio del 5% anual; desde entonces no logra superar el 2,5%. En consecuencia, la tasa de desocupación se ha duplicado y hasta triplicado en los países desarrollados. Según la OIT (4), “la situación del empleo empeoró en 1992/93 en la mayoría de los países del mundo, cualquiera fuera su grado de desarrollo... la indigencia de los resultados de años recientes en el campo del empleo coincide con el estancamiento general del producto mundial” (entre 1991 y 1993, el producto mundial creció apenas un 0,8% anual; el de los países desarrollados creció un 0,9% anual). “El crecimiento del empleo —dice la OIT— está ligado al crecimiento del PBI”, y cita como ejemplo a Europa, donde el nivel de empleo “perdió mucho terreno desde 1991, luego de que el PBI decreció entre 1989 y 1992 y tuvo un signo negativo en 1993”. La conclusión es que “es impropio describir el fenómeno europeo como si lo caracterizara un ‘crecimiento a costas del empleo, dado que la aceleración del crecimiento nunca ha dejado de generar empleo”.
 
La destrucción de empleos provocada por el estancamiento de la producción se ve potenciada por la política de "racionalizar0 que induce la propia recesión. La caída de la producción provoca la desvalorización de las mercancías y los capitales y obliga a una radical reducción de costos. Pero esta “racionalización” aumenta la masa de mercancías, capitales y trabajadores “excedentes”, como consecuencia de la desocupación y de la caída de salarios que genera. Esto explica el aumento del gasto y de la deuda públicos, como factor contrarrestante de la sobreproducción.
 
Ahora, después de una "recuperación” “muy lenta” (OIT), que no permitió el crecimiento del empleo (ya que “la evolución del empleo fue mucho menos favorable que la del PBI”), “la economía mundial (va) rumbo a una nueva recesión”, advierte The Economist (26/6).
 
La existencia de una masa creciente de desocupados a escala mundial es la consecuencia inevitable de la incapacidad del capitalismo para dar una salida a la sobreproducción de mercancías (y de capitales) que se arrastra ya por más de una década.
 
Mentiras y justificaciones (II)
 
Tampoco en la Argentina se registra una explosión productiva bastaría con considerar la sobre-valuación del peso respecto del dólar en los últimos cuatro años para que el tan cacareado 34% de aumento del PBI quedara reducido a una cifra insignificante. La producción industrial, en realidad, no logra superar los registros de una década atrás y hasta cayó en términos per cápita. Según la consultora Fiel, la producción industrial creció tan sólo un 13,5% entre diciembre de 1984 y diciembre de 1994, una cifra que no llega siquiera a compensar el crecimiento vegetativo de la población en ese período (más del 15%). iY esto antes de que comenzara la recesión!
 
El Indec informa que, sólo entre mayo de 1994 y mayo de 1995, se produjo el cierre neto (cierres menos apertura de nuevas empresas) de 20.000 empresas de más de cinco trabajadores y de casi 9.000 de menos de cinco. En ramas enteras — textiles, tractores, bienes de capital— el retroceso productivo es catastrófico. Incluso en aquellas ramas que registran un crecimiento de la producción —partiendo de los bajísimos niveles de 1989— es dudoso que se haya producido un incremento del valor agregado por la industria nacional como consecuencia de la creciente utilización de insumos y piezas importadas (en la rama automotriz, la utilización de componentes nacionales cayó del 90 al 50%). Las terminales se han convertido en simples “armadurías”, lo que explica que las industrias automotriz y de electrodomésticos tomadas en su conjunto —terminales y proveedores— hayan reducido el número de sus trabajadores en los últimos cuatro años.
 
La afirmación de que se habría producido — como consecuencia de la “reconversión”— un aumento de la inversión a la tasa del 20% del PBI es simplemente falsa: el gobierno computa como "inversiones” las privatizaciones y la compra de empresas privadas por multinacionales, es decir, el simple cambio de manos del capital ya existente.
También es falso que en la industria se haya producido un “salto tecnológico” generalizado. Las maquinarias incorporadas a la producción —en su totalidad importadas—han creado una dependencia extrema de toda la industria de los insumos y las tecnologías importados. La causa del desempleo no es la escasa calificación de los trabajadores, como lo demuestra un estudio de la Universidad de Lomas de Zamora que describe la formación profesional de los despedidos en los últimos doce meses: “el 15,2% de los desempleados sólo terminaron la primaria; el 18,2% concluyó la secundaria y el 15,2% cursó estudios universitarios o terciarios” (5).
 
No es cierto tampoco que el desempleo sea la consecuencia, apenas temporal, del traspaso de trabajadores de las actividades menos productivas a las más productivas. Al contrario, bajo Cavallo ha crecido el empleo en los sectores menos productivos en detrimento de los más productivos. Según la OIT (6), en Argentina, entre 1990 y 1993, el número de empleados en la industria, la construcción, los bancos y las grandes empresas comerciales cayó en un 2,4%, mientras que el empleo de los “trabajadores independientes” y “microemprendimientos” creció en un 7%. En consecuencia, “hay menos ocupados en puestos de alta productividad, adecuadamente remunerados y con posibilidades de acceder a la seguridad social” (OIT), mientras miles de trabajadores han sido obligados a "independizarse" como kioskeros, remiseros, vendedores ambulantes o plomeros, por la falta de empleo. Según la misma OIT, se trata de empleos “de baja calidad (por) los efectos negativos sobre la productividad promedio y los (bggos) ingresos de los ocupados”.
 
Finalmente, también es falsa la afirmación oficial de que el desempleo es la consecuencia de que la economía no logra absorber a todos los que se han volcado al mercado de trabajo en los últimos años, como consecuencia, dicen, de la “mejora en las perspectivas económicas”: el 86% de los actuales desocupados son despedidos recientes y tan sólo el 14% está a la búsqueda de su primer empleo (7).
 
De cabo a rabo, las explicaciones oficiales sobre la desocupación son falsas. El desempleo masivo es el costo de los inmensos superbeneficios que amasó la clase capitalista bajo el "plan” Cavallo.
 
Un resultado buscado
 
El aumento persistente de la desocupación es la consecuencia inevitable —y buscada— de la política cavalliana de "reducción de los costos laborales” y "aumento de la productividad”.
 
El fenomenal aumento de la productividad del trabajo asalariado (un 22% según la OIT) es el resultado de la aplicación —legal y, la mayoría de las veces, ilegal— de la "flexibilización laboral* es decir, de la superexplotación. La productividad creada por la polivalencia de funciones, el aumento desenfrenado de los ritmos de producción y de las jornadas laborales, la extensión de las horas extras y el desconocimiento de los convenios, convirtió en "excedentes” a miles de trabajadores. El sustancial abaratamiento de las indemnizaciones por despido y accidentes de trabajo —mediante el establecimiento del “procedimiento preventivo de crisis” (que permite despedir sin pagar indemnización alguna), de la ley de flexibilización de las Pymes y aun, por la llamada "vía judicial”— les permitió a los capitalistas desprenderse, casi sin costo, de esos trabajadores "excedentes”.
 
El "abaratamiento” de los despidos por la avía judicial” pone al desnudo el carácter clasista de las "instituciones” de la "democracia”: según denuncia Héctor Polino, de la Unidad Socialista, las modificaciones a las leyes laborales redujeron a la tercera parte los juicios laborales entre 1991 y 1994 (de 18.000 a 6.000 por año); aun así, el 50% de los trabajadores que gana un juicio no puede cobrar sin ejecución judicial y aun en un 30% de los casos no cobra a pesar de la ejecución (8), 21/6). ¡Sólo el 20% de los trabajadores que van a juicio logra cobrar sus indemnizaciones!... lo que equivale a un abaratamiento del 80% de las indemnizaciones.
 
Al mismo tiempo, la "Ley de Empleo” creó los llamados “contratos de promoción de empleo” que abarcan prácticamente a todos los trabajadores (las mujeres, los menores de 25, los mayores de 40, los ex combatientes de Malvinas, etc.) y permiten al capitalista no pagar aportes previsionales por los trabajadores "promovidos” y despedirlos sin indemnización. Estos “contratos..." crearon el “aliciente” para reemplazar en masa a los trabajadores por “promovidos”. En la misma dirección operan las “pasantías", mediante las cuales las patronales pueden tomar estudiantes secundarios y universitarios sin pagar cargas sociales o indemnizaciones por despido y a un costo salarial mínimo.
 
A la masa de despidos que provocó la aplicación en la industria, el comercio y los bancos de la “flexibilización de hecho y de derecho de las condiciones de trabajo” —según la gráfica expresión del abogado de la UIA, Funes de Rioja— hay que agregarle la enorme masa de desocupados que provocaron las privatizaciones en las telefónicas, en los ferrocarriles, en el gas, en la energía eléctrica y la “reforma del Estado".
 
La abismal caída de los salarios reales —un 18% entre 1991 y 1995— también empujó el aumento de la desocupación: la sistemática caída de los ingresos de las familias trabajadoras obligó a muchas esposas e hijos —que anteriormente no trabajaban— a buscar un empleo para paliar la situación. Con el comienzo de los despidos en octubre de 1993 —que dejó en la calle a muchos jefes de familia—, creció todavía más la masa de miembros de esos grupos familiares que se vieron obligados a salir a buscar empleo.
 
La privatización de las jubilaciones —al elevar la edad jubilatoria en cinco años— amplió, todavía más, la oferta laboral. Como se ve, toda la política oficial conduce al incremento de la desocupación... incluso hasta el nuevo “servicio militar optativo como consecuencia de que “una gran cantidad de chicos ya no tienen que destinar ese año de vida, que va de los 18 a los 19 años, a hacer el servicio militar” (ídem), decenas de miles de jóvenes se han sumado a la búsqueda de empleo.
 
La ampliación sustancial de la oferta de trabajo, ya sea como consecuencia de la presión de la miseria social o de las imposiciones despóticas del Estado, es un fenómeno de tal envergadura, que Página/12 (12/7) no duda en afirmar que “el dato más sorprendente de la última encuesta de desocupación es el aumento vertical de la tasa de actividad, es decir de la gente que trabaja o busca trabajo”.
 
Mentiras y justificaciones (III)
 
Todo lo dicho refuta una de las más infames “explicaciones” burguesas, según la cual la desocupación sería la consecuencia del “alto costo relativo del trabajo” (9).
 
También aquí, si descontáramos la sobrevaluación del peso respecto del dólar, los salarios directos e indirectos (que los capitalistas llaman “costos laborales”) caerían inmediatamente a cifras irrisorias. Un ejemplo práctico es Brasil: ahora Argentina puede exportarle, porque la sobrevaluación del real “empareja” la sobrevaluación del peso y deja los “costos laborales” argentinos en el mismo nivel de los brasileños.
 
La comparación que hace Broda es artificial por otro motivo: compara fuerzas laborales de muy diferentes calificaciones, que incorporan un muy distinto valor agregado a la producción. Mientras en la mayoría de los países latinoamericanos, las tareas rurales (y aun estacionales) y de baja calificación tienen un peso muy importante en la fuerza de trabajo, el “costo laboral” argentino promedio incluye trabajadores altamente calificados como los metalúrgicos, los mecánicos, los químicos o los obreros de los astilleros.
 
Más aún, si como dice Broda, el problema fuera el “costo laboral”, Japón, Estados Unidos, Europa o los “tigres” asiáticos como Corea, estarían “fuera del mercado”, porque sus salarios son varias veces superiores a los argentinos. Como señala la OIT — y el sentido común-, no tiene sentido comparar, como hace Broda, los “costos laborales” al margen de la productividad. En este sentido, “el costo relativo del trabajo” ha caído brutalmente en Argentina, como consecuencia de la caída de los salarios, las indemnizaciones y las cargas patronales, de un lado; y del fantástico aumento de la productividad del trabajo, por el otro: con una “inversión” menor en salarios, el capitalista obtiene hoy una producción muy superior a la de cinco años atrás. Por lo tanto, si el problema fuera el “costo relativo del trabajo", la baja sustancial de estos años debería haber ocasionado una caída de la desocupación y no un aumento tan dramático como el actual.
 
La burguesía ha inventado esta “teoría” absurda para ocultar que el "costo laboral” argentino está entre los más bajos del mundo y, sobre todo, para ocultar que la causa de la desocupación son los “costos patronales”: el pago de la deuda externa y los superbeneficios capitalistas.
 
El programa de la burguesía: más de lo mismo
 
La política oficial frente a la desocupación está definida por sus objetivos generales, que el cavallista Broda definió claramente: “Lo que el gobierno está haciendo es pagar primero los intereses y la amortización de la deuda, y con lo que sobra paga salarios, jubilaciones y proveedores: es una extraordinaria y correcta política económica” (10).
Menem y Cavallo anunciaron que van a continuar —y aun a agudizar— la política que ha llevado a la catástrofe: reducirlos salarios, incluso en términos nominales; bajar todavía más el “costo laboral directo e indirecto" (mediante la sanción de la ley de quiebras, que suspende la vigencia de los convenios y elimina las indemnizaciones, la eliminación de los aportes patronales, la liquidación de las obras sociales); imponer una “flexibilización” aún más violenta; proceder a despidos masivos en las administraciones provinciales y municipales; mayor reducción de los “gastos sociales”. Las consecuencias de esta, política están cantadas: más recesión, más desempleo y menores salarios. Pero ésta no sólo es la política que ha triplicado la desocupación en cuatro años; es también la política que históricamente ha fracasado en todos lados y que hundió sin remedio a los gobiernos que intentaron valerse de ella para salir de la recesión.
 
La desocupación masiva pone al desnudo el fardo de la organización social capitalista y la bárbara sangría que significan el pago de la deuda externa, la extrema dependencia de la burguesía argentina respecto del gran capital financiero internacional y la condición semicolonial del país y de su régimen político.
 
Una lucha anticapitalista
 
La burguesía es incapaz de explicar las causas de la desocupación —no digamos ya de formular una política para acabar con ella—, porque el desempleo masivo pone al desnudo la contradicción insuperable del capitalismo: su necesidad de incrementar constantemente la explotación del trabajo asalariado, lo cual requiere de una masa creciente de desocupados que reduzca los salarios, de un lado; y la tendencia a la sobreproducción de mercancías (y de capitales), que no pueden ser adquiridos por los consumidores finales. Esta contradicción explica también porque la burocracia sindical —entregada a las patronales— no sólo abandona a los desocupados a su suerte, sino que incluso culpa de la catástrofe a sus víctimas.
 
La existencia de una masa de desocupados que no tienen esperanzas de volver a trabajar es un estado típicamente final del capitalismo, porque pone en evidencia su incapacidad de dar de comer a los explotados — y de reproducir, mediante la explotación del trabajo, su sistema de explotación. En todo régimen de explotación, la incapacidad de los explotadores de alimentar a los explotados significó la apertura de un período de revolución social. La lucha consecuente contra la desocupación, por lo tanto, sólo es posible con una estrategia anticapitalista y revolucionaria.
 
Los desempleados y sus familias deben ser organizados para reclamar por su “derecho al trabajo” mediante movilizaciones políticas masivas.
 
Por un inmediato subsidio a todos los desocupados y por un plan de obras públicas para dar trabajo a todos; suspensión del pago de los impuestos, servicios públicos y alquileres; reducción de la jomada laboral para repartir el trabajo entre todos; reducción de la edad jubilatoria y becas para que la juventud trabajadora pueda seguir estudiando; aumento de los salarios y eliminación de los impuestos al consumo, para que el consumo obrero y popular reactive la economía; expropiación sin pago de toda fábrica que cierre y su funcionamiento bajo control de los trabajadores. Los fondos para la ejecución de este programa están a la mano: desconocimiento de la deuda externa, impuestos al gran capital.
 
La miseria que agobia al pueblo trabajador revela que la producción falta, no sobra. Control obrero de la producción, de las finanzas y del comercio exterior para poner la economía al servicio de las necesidades de los trabajadores y la nación.
 
La burguesía es incapaz de acabar con la desocupación masiva. Sólo la clase obrera—mediante el establecimiento de su propio poder político, el Estado Obrero— podrá poner en marcha un plan político, económico y social que elimine la desocupación y la miseria crónicas.
 
Los trabajadores deben esforzarse por comprender el carácter general del fenómeno de la desocupación y prepararse para enfrentarlo mediante una lucha revolucionaria organizada.
 
 
Notas:
 
(1) La Nación, 12/7.
(2) Clarín, 14/7.
(3) El Economista, 7/7.
(4) El trabajo en el mundo. 1994.
(5) Página/12, 11/7.
(6) Panorama Laboral 94. América Latina y Caribe.
(7) La Nación, 11/7.
(8) Página 112
(9) Miguel Angel Broda en El Economista, 2/6.
(10) Página/12, 25/6.

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