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1 de agosto de 2018

Las teorías clásicas del imperialismo: una introducción a su historia (Primera parte)*

Por Daniel Gaido y Richard B. Day
En su libro, El marxismo occidental y la Unión Soviética (que está lejos de ser marxista), Marcel van der Linden comentó que “en la historia de las ideas las teorías marxistas no han recibido la atención que merecen”. En un volumen anterior hemos demostrado que esto era cierto en cuanto a la historia temprana de la teoría de Marx acerca de “la revolución permanente”, que renació y fue elaborada como resultado de la Revolución Rusa de 1905. También es cierto sobre el otro de los desarrollos más importantes de la teoría marxista, luego de la muerte de Marx, la teoría del imperialismo, que se originó durante la Guerra hispano-estadounidense y la Guerra Bóer (1898-1902), y alcanzó la madurez con la Primera Guerra Mundial, una década y media marcada por la acelerada carrera armamentista y un creciente temor ante el desastre que se avecinaba. Discovering Imperialism es la historia del “descubrimiento” del imperialismo, seguido por una notable presciencia por parte de los socialdemócratas europeos, que advirtieron en incontables oportunidades sobre sus implicancias sangrientas.
 
La historiografía corriente sobre el imperialismo, como por ejemplo el libro de Brewer, descansa exclusivamente en los libros canónicos de Hobson, Hilferding, Luxemburg y Lenin, y es, por lo tanto, insatisfactoria sobre los estadios tempranos de la teoría. Los primeros análisis alemanes sobre las teorías marxistas del imperialismo, de Kurt Mandelbaum y Hans-Christoph Schröder, han sido desplazados por el libro mucho más informado de Franco Andreucci, que versa exclusivamente sobre la socialdemocracia alemana hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. El libro de R. Craig Nation sobre Lenin y la izquierda de Zimmerwald contiene un excelente capítulo sobre el contexto intelectual inmediato, previo a la publicación en 1916 de la obra de Lenin, Imperialismo, fase superior del capitalismo, pero su principal interés reside en otra parte, en los “orígenes del internacionalismo comunista”. Finalmente, se deben mencionar dos colecciones de fuentes primarias que incluyen varios documentos relacionados con el debate sobre el imperialismo: la antología de John Riddell, que cubre el período 1907-16 (una obra importante y valiosa que tiende, sin embargo, a exagerar el rol internacional de Lenin antes de 1914), y una antología más antigua de Olga Gankin y Harold Fisher sobre los orígenes de la Tercera Internacional, titulada Los Bolcheviques y la Guerra Mundial.
 
Nuestro libro, Discovering Imperialism: Social Democracy to World War I, incluye, por primera vez, versiones en inglés de los principales artículos y críticas sobre la teoría del imperialismo, escritos antes de la publicación del libro de Lenin. Los documentos provienen principalmente de órganos teóricos como Die neue Zeit y Der Kampf, a los cuales hemos añadido material de Vorwärts, de periódicos socialdemócratas de izquierda como Leipziger Volkszeitung y Bremer Burger-Zeitung, y de publicaciones más efímeras editadas por la izquierda de Zimmerwald luego del estallido de la Primera Guerra Mundial, como Lichtstrahlen, Neues Leben y Vorbote. Dado el período cubierto por Discovering Imperialism, no puede ser un trabajo exhaustivo. Por obvias razones, no pudimos incluir los textos exhaustivos más famosos -El capital financiero, de Hilferding; La acumulación del capital, de Luxemburg, e Imperialismo, fase superior del capitalismo, de Lenin-, todos los cuales están disponibles en castellano. Estamos convencidos, sin embargo, de que los documentos que hemos traducido darán a los lectores una visión precisa sobre los orígenes desconocidos y el contexto histórico y político en el que surgieron estas teorías marxistas clásicas. 
 
Hegel y Marx: el Estado y la economía mundial
 
En la usanza de la política moderna, las teorías del imperialismo son típicamente marxistas o están sustancialmente influenciadas por el marxismo, a pesar de que Marx mismo nunca esbozó dicha teoría. En respuesta a la visión de Hegel sobre Rechststaat (“estado de derecho”) como “el fin de la historia”, Marx señaló que, más allá de los Estados individuales, yacía la totalidad del mercado mundial, reglada por la “ley de valor” mundial. Pero las implicancias sólo comenzaron a ser clarificadas en los años del expansionismo imperialista que culminó con la Primera Guerra Mundial. No es exagerado decir que esas mismas implicancias -diferentes en forma pero temáticamente conectadas- continúan siendo centrales para los debates de hoy, sólo que ahora se habla de “globalización”. En ese sentido, los documentos aquí traducidos representan una especie de “pre-historia” de la globalización o el primer capítulo de una historia continua. 
 
Una diferencia fundamental en las circunstancias de hoy y aquellas previas a la Primera Guerra Mundial es que hoy la forma del Estado capitalista, que se originó en Europa occidental, se ha vuelto universal. Es sobre estas bases que algunos escritores han revivido la visión de Hegel del Estado moderno como el fin (y propósito) de la Historia. Pero, mientras que para Hegel, el Estado era la forma política final, el propósito de los Estados era también hacer historia, y la historia del mundo era “el tribunal de Justicia del mundo”. 
 
Hegel creía que algunas naciones y Estados en particular, en diferentes períodos, se vuelven “histórico-mundiales”, porque contribuyen a nuevas formas de civilización. En su Filosofía de la Historia, Hegel explica el significado de la Inglaterra del siglo XIX en términos comerciales: “La existencia material de Inglaterra está basada en el comercio y la industria, y los ingleses han tomado la pesada tarea de ser los misioneros de la civilización al mundo...”. La misión de Inglaterra era “crear conexiones con los pueblos bárbaros, crear necesidades y estimular la industria, y primero y principal, establecer entre ellos las condiciones necesarias para el comercio”, lo cual significaba extender la forma europea de Estado y así establecer legalmente “el respeto por la propiedad” y “la civilidad para con los extraños”.
 
Hegel alababa al Estado moderno por especificar los “derechos” y “obligaciones” legales de todos sus elementos constituyentes. Marx, sin embargo, tenía una visión diferente. En el Manifiesto Comunista hace su famosa declaración de que el gobierno del Estado moderno no es más que “una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. La “única y desalmada libertad de comercio” produjo su opuesto universal: “una explotación abierta, descarada, directa y brutal”. 
 
En su Filosofía del Derecho, Hegel escribió que “la nación civilizada es consciente de que los derechos de los bárbaros no son iguales a los suyos y considera su autonomía sólo como una formalidad”. Marx amplificó ese comentario, también, al declarar que la burguesía “obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización -es decir, a hacerse burgueses. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza”. Para Marx, la misión de la burguesía era crear un mercado capitalista mundial como preparación para la civilización universal que esperaba más allá de todos y cada uno de los Estados: el comunismo, en el cual el fenómeno inconsciente de las transacciones de mercado sería reemplazado por un planeamiento deliberado como ejercicio de la razón social. 
 
En su plan original para la crítica de la economía política, Marx proyectó seis volúmenes, el último de los cuales iba a lidiar con el mercado mundial y las crisis. El primer libro iba a ser El capital, del cual Marx terminó sólo un volumen en vida; los volúmenes II y III fueron compilados por Engels a partir de las notas de Marx. Como Marx nunca terminó su obra, sus sucesores tuvieron que interpretar el imperialismo en términos de sus propias experiencias y de las proyecciones contenidas en el Manifiesto Comunista. Pero el Manifiesto Comunista contenía dos temas: por un lado, la misión “civilizadora” del capitalismo para con “las naciones bárbaras” y, por otro lado, los medios económicos por los cuales el capitalismo llevaría adelante su proyecto de transformación mundial.
 
En el Manifiesto Comunista, Marx habló de “los bajos precios de sus mercancías” como la “artillería pesada” con la cual el capitalismo derrumbaría “todas las murallas chinas”. Para el fin de siglo, los Estados capitalistas rivales se estaban volcando hacia un tipo diferente de “artillería pesada”, el expansionismo militarizado, en la lucha por mercados, materias primas y esferas de inversión. En los rincones institucionalmente “vacantes” del mundo -la periferia precapitalista que todavía podía ser considerada “bárbara”-, el acceso a los mercados y recursos parecía presuponer la conquista de territorio, porque sólo el poder armado podía garantizar la seguridad de las inversiones, tanto frente a los capitalistas rivales como ante los pueblos originarios. En ese contexto, el imperialismo era frecuentemente racionalizado en términos de superioridad racial y cultural. Hasta que los marxistas pudieron elaborar teorías más profundas, la primera inclinación de muchos fue recaer en la visión de que la expansión capitalista mundial llevaría la “civilización” a los pueblos atrasados. En Discovering Imperialism seguimos el desarrollo de la literatura de la socialdemocracia sobre el imperialismo con referencia a dos temas: las convicciones eurocéntricas con respecto a la superioridad cultural, seguidas por la emergencia gradual de teorías económicas más sofisticadas en línea con El capital de Marx.
 
Los orígenes del término “imperialismo”
 
La historia temprana de la palabra “imperialismo” fue estudiada por Richard Koebner y Helmut Dan Schmidt, quienes concluyeron que la palabra “imperialismo” fue introducida al inglés como una glosa a un régimen que había sido establecido en Francia-a saber, el Segundo Imperio Francés de Louis Napoléon (1852-70). La palabra impérialisme entró en uso como un neologismo junto con bonapartisme, indicando las varias maneras por las cuales el Segundo Imperio Francés de Louis Napoléon mantuvo su dominio sobre Francia. La palabra fue dos veces usada como sinónimo de bonapartismo en El 18 brumario de Louis Bonaparte (1852), donde Marx argumentó que “la parodia del imperio (des Imperialismus) era necesaria para liberar a la masa de la nación francesa del peso de la tradición y hacer que se destacase nítidamente la contraposición entre el Estado y la sociedad”.
 
El término “imperialismo” comenzó a ser utilizado más ampliamente en Gran Bretaña con la aprobación de la Ley de Títulos Nobiliarios de abril de 1876, la cual oficialmente reconocía a la reina Victoria como “emperadora de la India”. Ella asumió este título a instancias del primer ministro Benjamin Disraeli. A su vez, Victoria elevó a Disraeli al grado de noble en agosto de 1876, convirtiéndolo en el conde de Beaconsfield. Pero Koebner y Schmidt notan que “el término imperialismo estaba asociado en la mente británica con el detestado régimen de Napoleón III... el término ocasionalmente aparecía para denunciar una forma de gobierno extranjera que hacía uso de la apelación directa a las multitudes, el falso esplendor militar, las aventuras en el extranjero... y …el gobierno arbitrario y despótico; todo encajaba perfectamente con lo que los liberales sentían que Disraeli representaba, el fraude, el charlatán, como lo llamó la revista Punch. Para 1878, Punch retrataba la palabra imperialismo como un zumbido irritante: 
 
¡Imperialismo! ¡Cuelguen la palabra! Zumba en mi cabeza
Como abejorros en tiempos de trébol. La charla sobre el tema es mayormente boberías;
Pero uno quisiera liquidar esta cosa, así como los granjeros terminan con las plagas,
Muchas grandes palabras colapsan, como gotas espesas, si se determina su sentido.
Casi dos décadas después de la gestión de Disraeli como primer ministro, un autor remarcaba que “por mucho que el imperialismo de Lord Beaconsfield pueda ser criticado en relación con los detalles, poca duda cabe ahora que él ha delineado la política general que debe seguir la raza británica, si va a sostener su lugar predominante en el mundo”. Los escritores marxistas, cuyos trabajos hemos recopilado en Discovering Imperialism, asociaban los cambios en las actitudes británicas no sólo con la raza y las personalidades, sino también con el hecho de que los rivales de Gran Bretaña estaban adoptando crecientemente el proteccionismo. Abraham Lincoln había introducido una tarifa del 44 por ciento en Estados Unidos durante la Guerra Civil para financiar los ejércitos de la Unión, subsidiar a los ferrocarriles y proteger la manufactura doméstica. Francia aplicó impuestos prohibitivos en 1860 sobre el hierro, la maquinaria y los derivados de la lana provenientes de Inglaterra. En 1878-9, Bismarck impuso tarifas sobre el hierro y los granos para pacificar, tanto a la burguesía industrial emergente como a la aristocracia Junker. El interés británico en un imperio económico más coherente creció a medida que otros países buscaron salvaguardar sus mercados de los productos británicos.
 
Las principales manifestaciones del nuevo imperialismo británico fueron la ocupación de Egipto bajo Gladstone en 1882, que anunció la partición de Africa en la década de 1880, y el establecimiento de la Liga de la Federación Imperial en Londres en 1884. La Liga esperaba compartir los costos de la defensa del imperio mediante el establecimiento de un Estado federal de todas las colonias del Imperio Británico. Ya en febrero de 1885, el marxista británico Ernest Belfort Bax publicó un artículo titulado “Imperialismo y socialismo” en The Commonweal, la revista de la Socialist League, en el que argumentaba que el imperialismo era el resultado de la búsqueda de mercados externos en los que deshacerse del excedente creado por la superproducción en los viejos países capitalistas.
 
La celebración del aniversario de diamante de la reina Victoria en 1897 condujo a un estallido de sentimiento imperialista, pero la verdadera apoteosis del imperialismo británico tuvo lugar con el inicio de la Guerra Bóer en 1899. Ese evento inspiró al “nuevo liberal”, John Hobson, a escribir su famoso libro Imperialismo y también tuvo como resultado la publicación de varios artículos y panfletos sobre el tema en la prensa socialista inglesa, asociando al imperialismo con los imperativos emergentes de la competencia capitalista.
 
El término fue similarmente dotado del más amplio significado económico cuando fue usado para describir el nuevo giro expansionis-ta en la política internacional norteamericana, iniciado en 1898 con la Guerra hispano-estadounidense. Un periodista financiero y experto en la banca de Estados Unidos, Charles Arthur Conant (1861-1915), luego editor de la revista neoyorquina Bankers, saludó el nuevo rumbo de la política norteamericana con un artículo, en septiembre de 1898 en el North American Review, titulado “Las bases económicas del imperialismo”. Conant atribuía la guerra al imperativo de expandir los mercados y las exportaciones de capital en respuesta al sobre-ahorro (surplus savings), la acumulación de bienes que no encontraban mercado y la caída de los márgenes de ganancia:
 
El exceso de ahorro, con la resultante acumulación de mercancías sin consumir, en los grandes países industriales es uno de los grandes problemas de la situación económica de hoy. Es la raíz de gran parte del descontento industrial, y explica más lógicamente que los cambios en el mero mecanismo del intercambio [Conant está haciendo referencia a los aumentos de tarifas aduaneras y a las manipulaciones monetarias] las condiciones que se establecieron alrededor de 1870, cuando los grandes países industrializados parecen por primera vez haberse vuelto completamente capitalizados para satisfacer todas las demandas que los consumidores estaban dispuestos a realizar con sus ingresos. La historia económica mundial desde ese momento -la intensa actividad industrial en la producción de máquinas y la construcción de vías férreas hasta 1873; el largo período de estancamiento que siguió, interrumpido sólo por breves períodos de actividad, luego de que las mercancías excedentes habían sido consumidas; la gran acumulación de capital y dinero, las convulsiones que sufrieron los grandes países capitalistas, más allá de sus respectivas políticas tarifarias y estándares monetarios, y la caída continua de la tasa de ganancia del capital -todas estas tendencias indican un exceso de capital ahorrado por sobre la demanda efectiva de la comunidad como la causa subyacente... Bajo el presente orden social se está volviendo imposible encontrar en casa, en los grandes países capitalistas, un uso para el capital acumulado que sea, a su vez, seguro y remunerativo.
 
Un rol importante en la expansión del uso del término imperialismo, con sus connotaciones negativas modernas, fue jugado por la Liga Anti-Imperialista, establecida en Estados Unidos en junio de 1898, para luchar contra la anexión de las Filipinas. La Liga contaba entre sus miembros a personalidades destacadas como Carl Schurz y Mark Twain, así como al candidato presidencial demócrata William Jennings Bryan, quien en su discurso de aceptación a la nominación para la presidencia, del 8 de agosto de 1900, desaprobó fuertemente “la doctrina arrogante, abusiva, brutal del imperialismo”. La plataforma electoral del Partido Demócrata establecía que “el tema candente del imperialismo que surgió de la Guerra Española involucra la existencia misma de la República y la destrucción de nuestras instituciones libres”. Los demócratas consideraban la nueva política imperialista de Estados Unidos como “el tema principal de la campaña” y advertían que “el imperialismo en el extranjero llevará rápida e inevitablemente al despotismo en casa”.
 
Debates marxistas tempranos sobre la cuestión colonial
 
En Alemania, los primeros comentarios sobre el imperialismo también fueron influenciados por preocupaciones domésticas. El Partido Socialdemócrata (PSD), que emergió en 1875 no tenía nada en común con las nociones bismarckianas de la grandeza alemana. El historiador Carl Schorske remarca que el Partido se mantuvo comprometido con las tradiciones de la revolución democrática burguesa en favor de la unidad nacional de Alemania, al mismo tiempo que se oponía, tanto al militarismo prusiano como a las intervenciones militares zaristas, en apoyo a la reacción occidental europea. La “rusofobia” estaba combinada con un compromiso con la defensa nacional, pero la socialdemocracia pensaba que la responsabilidad sobre esta última debía reposar sobre el pueblo armado en un ejército democrático de ciudadanos o milicia. Sólo gradualmente las nuevas realidades económicas y diplomáticas introdujeron cambios mayores en las convicciones del ala izquierda de la socialdemocracia sobre política exterior, incluyendo el abandono del slogan de la defensa nacional, el cual Friedrich Engels había apoyado para Alemania hasta entrado el año 1892.
 
La prehistoria de las teorías marxistas del imperialismo en Alemania cubre el período desde 1884 hasta 1898, comenzando con un debate acalorado sobre los subsidios a la flota [Dampfersubventionsstreit] en 1884-5. El 23 de mayo de 1884, un proyecto de ley fue remitido al Reichstag proponiendo subsidios a las compañías navieras para expandir el comercio alemán, mediante el establecimiento de líneas marítimas desde Hamburgo o Bremen hacia diferentes puntos de Asia, Australia y Africa. Una violenta confrontación estalló entre los socialdemócratas sobre su actitud frente a este proyecto de subsidio; es decir, si los subsidios propuestos debían ser tratados puramente como una cuestión de transporte, digna de apoyo en términos de creación de empleo en tiempos de dificultades económicas, o como una iniciativa de política extranjera que debía ser rechazada por principio. La primera postura era defendida por una mayoría de la fracción del Reichstag (18 de 24), mientras que la segunda era apoyada por una minoría liderada por August Bebel y Willhelm Liebknecht, quienes apelaron a los miembros del Partido en las páginas del periódico partidario Der Sozialdemokrat. La mayoría del grupo del Reichstag negó el derecho del periódico oficial a criticar su actitud y demandó el control sobre el periódico, pero fue derrotada en este punto. Sin embargo, su visión prevaleció en el parlamento el 23 de marzo de 1885, cuando el Reichstag aprobó los subsidios a las compañías navieras.
 
En el curso de la disputa hacia adentro del Partido, Wilhelm Lieb-knecht pronunció un discurso, el 4 de marzo de 1885, que encuadró la cuestión del colonialismo en términos político-económicos y argumentó que era meramente un vano intento de exportar la “cuestión social”:
 
Preguntémonos con calma: ¿cuál es el actual propósito de la llamada política colonial? Si llegamos a la raíz de la misma, se proclama que su propósito es controlar la superproducción y superpoblación. Pero ¿qué es la superproducción y qué es la superpoblación? Estos son términos muy relativos... La superpoblación existe porque tenemos malas instituciones sociales y económicas, y lo mismo sucede con la superproducción. Los fabricantes se quejan de que no pueden vender sus productos. Sí, señores, ¿por qué no los pueden vender? Porque la gente no los puede comprar... la riqueza nacional va de la mano con la pobreza masiva... ¿La política colonial logrará algo en esta dirección? No, caballeros, ustedes sólo exportan la cuestión social y conjuran frente a los ojos de la gente una especie de espejismo en los desiertos y pantanos de Africa.
 
El rechazo al colonialismo era característico no sólo del PSD. Por ejemplo, una resolución sobre política colonial, adoptada en el XIII Congreso del Partido Obrero Francés, llevado a cabo en Romilly en septiembre de 1895, decía:
 
Considerando que la política colonial es una de las peores formas de la explotación capitalista, que tiende exclusivamente a engrandecer el campo de ganancias de la clase propietaria a expensas de la sangre y el dinero del proletariado productivo, considerando que sus expediciones, llevadas adelante bajo el pretexto de la civilización y el honor nacional, llevan a la corrupción y a la destrucción de poblaciones primitivas y desatan sobre la misma nación colonizadora todo tipo de flagelos...; considerando que la única forma realmente humana de asegurar salidas a la producción mecánica moderna es abolir las diferencias de clase y permitir a los productores, dueños de las formas sociales de los medios de producción, consumir ellos mismos la riqueza producida por su trabajo manual e intelectual, el décimotercer congreso del Partido Obrero Francés protesta con todas sus fuerzas contra las filibusteras expediciones coloniales para las cuales ningún socialista consciente jamás votaría ni un hombre ni un centavo.
 
La cuestión colonial en la controversia revisionista
 
Poco después, la cuestión de la expansión colonial jugó un rol prominente en la famosa controversia revisionista. El largo período de reacción que siguió al aplastamiento de la Comuna de París, en 1871, había llevado a un renacer de las ilusiones democrático-burguesas en los partidos socialistas de la Segunda Internacional y a un intento de revisar las doctrinas de Marx desde una perspectiva reformista-parlamentarista. Eduard Bernstein personificó esta tendencia, a la que defendió en una serie de artículos publicados en Die neue Zeit a fines de 1896 y seguidamente en su libro Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia. Bernstein había sido originalmente un amigo cercano de Engels, pero luego de la muerte de éste permaneció en Londres y cayó bajo el hechizo de la reformista Sociedad Fabiana. No es sorprendente, por lo tanto, que su primer choque haya sido con un marxista inglés, Ernest Belfort Bax, miembro de la Federación Social Democrática británica. En ese tiempo, la posición de Bax con respecto al colonialismo era extrema, no sólo por rechazar cualquier tipo de colonialismo sino también por abogar por una lucha armada conjunta con los pueblos colonizados contra los opresores europeos.
 
El 14 de octubre de 1896, Bernstein publicó en Die neue Zeit, el periódico teórico de la socialdemocracia alemana, un artículo sobre Turquía advocando un punto de vista diametralmente opuesto. Mientras algunos socialdemócratas ya estaban enmarcando la discusión del colonialismo en términos económicos, Bernstein -y ciertamente no era el único- pensaba que el tema no podía ser separado de cuestiones de raza y de la superioridad cultural de la civilización europea:
 
Las razas hostiles o incapaces de civilización no pueden ser objeto de nuestra simpatía cuando se rebelan contra la civilización. Nosotros no reconocemos ningún derecho al robo, ningún derecho de los cazadores contra los agricultores. En resumen, por más crítica que pueda ser nuestra visión de la civilización contemporánea, así y todo reconocemos sus logros relativos y los tomamos como criterio de nuestra simpatía. Condenaremos y nos opondremos a ciertos métodos de subyugar a los salvajes. Pero no condenaremos la idea de que los salvajes deben ser subyugados y obligados a adaptarse a las reglas de la civilización más alta.
 
Los comentarios de Bernstein refieren a la retórica de Marx en el Manifiesto Comunista con respecto a la misión de la burguesía de civilizar pueblos “bárbaros”.
 
Los puntos de vista de Bax desde esta perspectiva parecen extraordinarios, y Bernstein los desecha del siguiente modo: “Hace algún tiempo, fue... sugerido en el campo socialista que los salvajes y los bárbaros fueran asistidos en sus luchas contra la avanzada de la civilización capitalista, pero ése fue el resultado de un romanticismo que necesitó ser seguido hasta su conclusión lógica para ser probado insostenible”. Bernstein concluía: “Incluso entre pueblos capaces de civilización no podemos tratar cada revuelta con igual simpatía. La libertad de un pueblo insignificante en una región no europea o semi-europea no tiene el mismo peso que el libre desarrollo de las grandes y altamente civilizadas naciones de Europa”.
 
El debate entre Bernstein y Bax continuó en el periódico inglés Justice y en Die neue Zeit. Bax replicó que las afirmaciones de Bernstein sobre “una propuesta hecha por mí mismo para apoyar a las comunidades salvajes y bárbaras contra los avances hostiles del capitalismo agresivo”, significaban ¡afirmar que sólo los levantamientos que son factibles de resultar en la expansión de la civilización capitalista merecen la simpatía de los socialistas! Por otra parte, aquellos pueblos que no demuestran disposición a ser arrastrados a la vorágine del mercado mundial moderno, que resisten ser acallados por unos pantalones de algodón de segunda de Lancashire, bebidas alcohólicas adulteradas y otros productos excitantes de la ‘cultura más alta’ con la ayuda de una ametralladora Maxim -se nos dice- son hostiles a la cultura, o incapaces de desarrollo cultural, y como tales no tienen derecho a recibir nuestra simpatía.
 
Bax introdujo otra cuestión, incluso más controversial, cuando cuestionó la visión marxista generalmente aceptada de que todos los países deben pasar por el capitalismo. En el Manifiesto Comunista, Marx había escrito que la burguesía “arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta las más bárbaras”. Bax, por el contrario, explicó que este deseo “de limitar, lo más posible, el área de la explotación capitalista” provenía no sólo de su oposición al intento del capitalismo de asegurarse “un nuevo lapso de vida de algunas décadas”, sino también de su convicción de que en el pasaje histórico “del capitalismo al socialismo no es de ningún modo esencial que todos los pueblos bárbaros y salvajes y todos los rincones alejados del mundo deben caer bajo el dominio del capitalismo, con la miseria humana que éste implica”. En palabras que parecen la antítesis del Manifiesto Comunista de Marx, Bax concluyó que: “Nuestra tarea como socialistas es pelear con uñas y dientes contra todos los avances de la civilización en los países salvajes y bárbaros”. Esto también se aplicaba a las comunidades del Africa sobre las cuales la maldición de la civilización todavía no ha caído. Su lucha contra el hombre blanco, los misioneros, los comerciantes y los usurpadores es nuestra lucha. No reconocemos el ‘derecho’ de una potencia civilizada, bajo ninguna circunstancia, a subyugar razas que viven en un nivel más bajo de desarrollo social y a imponer la ‘civilización’ sobre éstas. La cháchara humanitaria en la prensa y en las tribunas para arrojar polvo sobre nuestros ojos y cubrir la agresión desenfrenada no nos impresiona en lo más mínimo.
 
John A. Hobson, Imperialism: A Study (Estudio del imperialismo) (1902)
 
El demócrata radical británico John A. Hobson, mejor conocido hoy por su libro Estudio del imperialismo, también jugó inintencionadamente un rol en la controversia revisionista. El primer artículo de Bernstein en su serie Problemas del socialismo, que inició el debate, contenía largas citas de un ensayo de Hobson, y el segundo artículo era de hecho una traducción de un trabajo de Hobson que apareció en el primer número de Progressive Review. Dicha revista, que duró sólo dos años (1896-8), fue publicada por el Rainbow Circle, un grupo de “nuevos liberales” del cual Hobson era miembro fundador. Luego del estallido de la Guerra Bóer, los miembros del círculo se dividieron entre aquéllos que favorecían el imperialismo y los “anti-imperialistas” o “pro Bóer”. Estos últimos sostenían las tradiciones radicales del norte industrial de Gran Bretaña y consideraban a los financistas de Londres como apéndices de la aristocracia y los principales arquitectos del imperialismo. Hobson asociaba al imperialismo con una mala distribución del ingreso y de la riqueza, la cual generaba la necesidad de exportar los ahorros “excesivos”. Mientras que los intereses financieros y comerciales apoyaban el uso de la fuerza para abrir países como China, Hobson objetaba, en 1898, que esto sería meramente “meter allí la cuña del Imperio, como lo testifican India, Egipto y Africa”. El comercio libre era un ideal meritorio, pero no debía ser extendido a las “patadas y golpeando a otros”. La alternativa práctica a la expansión imperialista era el sindicalismo, para aumentar los salarios locales, y la redistribución del ingreso mediante impuestos progresivos sobre la renta.
 
El estallido de la guerra sudafricana o Segunda Guerra Bóer ofreció a Hobson la oportunidad de estudiar los manejos del sistema colonial de primera mano. En el veranos de 1899 viajó a Sudáfrica como corresponsal especial del Manchester Guardian. Luego del viaje, publicó un libro llamado La Guerra en Sudáfrica, que incluía una nueva variante del racismo. Hobson describía el conflicto en Sudáfrica como un “diseño judeo-imperialista”. Pero la judeofobia no era una parte integral de la visión del mundo de Hobson, y una mayor reflexión lo llevó a “revisar su descripción demasiado simplificada del factor judío en Sudáfrica. Cuando publicó su estudio completo del imperialismo en 1902, la referencia a una conspiración judía había desaparecido en gran parte”. Sin embargo, el daño había sido hecho por su anterior adopción de “la cómoda tradición de buscar al judío: tan persuasivo había sido que su visión original de la Guerra Bóer como un complot judío se volvió por un tiempo la creencia popular en los círculos anti-imperialistas”.
 
En octubre de 1902, Hobson publicó su obra más importante, Estudio del imperialismo, y atribuyó la nueva política exterior imperialista ya no a una conspiración judía, sino a la urgencia de invertir capital en el extranjero. “No es el progreso industrial lo que demanda la apertura de nuevos mercados y áreas de inversión -escribió-, sino la mala distribución del poder adquisitivo que impide la absorción de las mercancías y del capital dentro del país”. Hobson creía que la única forma de eliminar el exceso de ahorro era “incrementar el estándar general del consumo local y abatir la presión por los mercados extranjeros”.
 
No es inherente a la naturaleza de las cosas que debamos gastar nuestros recursos naturales en el militarismo, la guerra y una riesgosa diplomacia inescrupulosa con el fin de encontrar mercados para nuestros productos y nuestro capital excedente. Una comunidad progresiva inteligente, basada en una sustancial igualdad de oportunidades económicas y educacionales, acrecentará sus estándares de consumo para que se correspondan con cada incremento del poder productivo y pueda encontrar pleno empleo para una ilimitada cantidad de capital y de mano de obra dentro de los límites del país que ocupa. Donde la distribución del ingreso es tal que permite a todas las clases de la nación convertir sus necesidades en una demanda efectiva de mercancías, no puede haber sobreproducción ni subempleo del capital y de la mano de obra ni necesidad de pelear por mercados extranjeros.
 
Las raíces intelectuales del programa reformista de Hobson estaban en los economistas ingleses clásicos tardíos, quienes, influenciados por la creciente fuerza del movimiento obrero, trataron de armonizar los postulados de la economía política con los reclamos de los trabajadores. El más famoso entre estos escritores, John Stuart Mill, argumentó que, mientras la producción está regulada por “leyes físicas”, la distribución de la riqueza es “una cuestión de costumbres humanas” y podía ser alterada políticamente.
 
El libro Estudio del imperialismo, de Hobson, fue subsecuentemente tenido en alta estima por Lenin, pero debe ser notado también que Hobson no tuvo mucho impacto inmediato sobre la prensa socialista continental. Investigando los periódicos del Partido Socialdemócrata alemán, Hans-Christoph Schröder encontró sólo una referencia al libro de Hobson: una crítica en Vorwärts, escrita por el marxista austro-británico Max Beer en 1906. La influencia de Hobson sobre Lenin probablemente no estuvo, por lo tanto, mediada por la prensa del Partido Socialdemócrata alemán sino que fue más bien un resultado del propio exilio de Lenin en Londres. Krupskaya anota en sus memorias que Lenin llegó a Londres en abril de 1902, poco tiempo después de que Hobson publicara su libro. En sus notas de 1915-16 para su propio trabajo sobre el tema, Lenin comentó que “el libro de Hobson sobre el imperialismo es útil en general, y especialmente útil porque ayuda a revelar la falsedad básica del kautskismo sobre este punto”. Es bien sabido que, para 1915, Karl Kautsky descartaba los intentos de explicar el imperialismo en términos de necesidad económica, creyendo, en cambio, que los conflictos se resolverían mediante el desarme, el libre comercio y el arbitraje pacífico de las disputas internacionales. Lenin pensaba que los datos estadísticos de Hobson mostraban el desarrollo desigual de los respectivos dominios imperiales y, por lo tanto, probaban la imposibilidad de “extender los métodos de los cartels al terreno de la política exterior”, de este modo también excluyendo cualquier posibilidad de un desarme estable y general.
 
Los primeros análisis marxistas del imperialismo
 
Los análisis pioneros del imperialismo en la prensa socialista continental provinieron de dos escritores que permanecen virtualmente anónimos para la mayoría de los historiadores: Max Beer (1864-1943), un austríaco que emigró a Londres, y Paul Louis, un francés cuyo nombre real era Paul Levi (1872-1955). Hemos dedicado amplio espacio a ambos autores en Discovering Imperialism, con información apropiada sobre su biografía adjunta a los documentos traducidos. Sólo señalaremos que ambos utilizaron inicialmente el término “imperialismo” en su sentido habitual de la época; es decir, para hacer referencia a la defensa de una federación imperial británica, al repudio al libre comercio y a la creación de una unión aduanera proteccionista. Luego extendieron su análisis a otros países europeos y a Estados Unidos, en un esfuerzo por explorar las bases económicas del imperialismo. Sus trabajos exploratorios parecen tentativos e inconclusos en vista de los libros posteriores de Hilferding, Luxemburg y Lenin pero, no obstante, contribuyeron a iniciar el debate que abrió camino a esos textos más exhaustivos. Otro analista temprano del imperialismo, cuyo trabajo hemos rescatado del olvido, es el socialista alemán Heinrich Cunow (1862-1936), quien fue el primero en usar el concepto de capital financiero. En su artículo “La política expansionista norteamericana en Asia Oriental” (incluido en Discovering Imperialism), Cunow también refirió a sus lectores al trabajo mencionado más arriba de Charles Conant sobre las bases económicas del imperialismo norteamericano.
 
A pesar de que Karl Kautsky nunca escribió un estudio exhaustivo del imperialismo, su nombre fue frecuentemente invocado y casi tan frecuentemente denunciado en la literatura, particularmente a medida que se acercaba la Primera Guerra Mundial. Sus contribuciones abarcan más de cuarenta años e incluyen varios cambios de énfasis e incluso de dirección. De acuerdo con su propia descripción autocongratulatoria, en su folleto “Socialismo y política colonial” (1907): “En el primer volumen de Die neue Zeit, publicado en 1883, apareció un extenso ensayo mío sobre ‘Emigración y colonización’, en el cual ya formulaba el punto de vista que ha determinado la postura de nuestro partido sobre política colonial desde entonces al presente”. Si bien el artículo de Kautsky de 1883 tenía la intención de incentivar la oposición a la política colonial alemana, contrastando favorablemente las instituciones políticas democráticas de las colonias de asentamiento inglesas con el sistema político aristocrático y militarista alemán, su indiferencia hacia el genocidio practicado en las colonias de asentamiento es sorprendente para un lector moderno. Kautsky contrastaba los logros de las “colonias de trabajo” asentamiento europeo (Estados Unidos, Canadá y Australia) con el nefasto registro de las “colonias de explotación” (como India y las colonias alemanas en Africa), donde las masas nativas eran explotadas por un pequeño grupo de comerciantes europeos, funcionarios y oficiales militares. El eurocentrismo de muchos de los adherentes de la Segunda Internacional era particularmente evidente en un artículo subsiguiente de Kautsky sobre “Las vías férreas china y el proletariado europeo”, publicado en 1886, en el cual advertía que más poderoso que los ejércitos de Jerjes y Gengis Kan sería “aquel ejército que, como consecuencia de la construcción de las vías férreas chinas, amenazará nuestra civilización. ¡Una nueva invasión mongol nos amenaza! Y somos nosotros mismos los que estamos forzando a los chinos a caer sobre nosotros, quienes estamos allanando el camino para ellos”.
 
Para el fin de siglo, Kautsky retornó a los problemas de la política colonial en respuesta a las preparaciones navales alemanas. En ese contexto escribió varios artículos: “Vieja y nueva política colonial” (1898), “Jiaozhou”(1898), “La guerra en Sudáfrica” (1899), “Schippel, Brentano y los proyectos de ley naval” (1900) y “Las consecuencias de la victoria japonesa y la socialdemocracia” (1905). El artículo “Vieja y nueva política colonial” fue también parte del debate revisionista. En ese contexto, Kautsky rechazó la posición pro-colonialista de Bernstein mediante la afirmación de que, en vez de promover el progreso histórico, la política colonial moderna era llevada adelante por un estrato precapitalista reaccionario, principalmente junkers (nobles prusianos), oficiales militares, burócratas, especuladores y comerciantes, pasando por alto el rol de los bancos y de la industria pesada alemana.
 
En Discovering Imperialism hemos incluido varios artículos de Kautsky, los primeros dos fueron escritos bajo la influencia inmediata de la Guerra Bóer. En uno de ellos, “Alemania, Inglaterra y la política mundial” (1900), Kautsky mencionó el concepto de capital financiero, pero no en el sentido que le dio Rudolf Hilferding de una fusión entre el capital bancario e industrial. Para Kautsky, el capital financiero significaba el capital monetario y su política proteccionista, militarista e imperialista, que él contrastaba con el libre comercio pacifista y las inclinaciones supuestamente democráticas del capital industrial.
 
El congreso del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) en Mainz (17-21 de septiembre de 1900)
 
Entre los socialdemócratas alemanes, el primer debate a gran escala sobre el imperialismo se dio en un congreso partidario llevado adelante en Maguncia (Mainz) del 17 al 21 de septiembre de 1900. El tópico era “política mundial”, incluyendo las implicancias de la Guerra Bóer y de la política colonial alemana en China. Temas específicos eran la creación del protectorado alemán en Kiautschou (Jiaozhou), la represión al Levantamiento de los bóxers por los poderes occidentales y el discurso a los soldados del kaiser Wilhelm II en Bremerhaven (27 de julio de 1900). En dicho congreso, Rosa Luxemburg emergió como la crítica más perceptiva del imperialismo y su potencial catastrófico, describiendo la disputa por las colonias en términos históricos. Rosa caracterizó los eventos en China como “una guerra sangrienta de la Europa capitalista unida contra Asia” y como nada menos que “un punto de inflexión” en la historia mundial. Urgió a sus camaradas a llevar la agitación contra la guerra a las calles: “La guerra en China es el primer evento en la era de la política mundial en el cual todos los Estados desarrollados se han involucrado, y este primer golpe de la reacción internacional, de la Santa Alianza, debe ser respondido inmediatamente por una protesta de los partidos obreros unidos de Europa”. Una visión similar expresó Georg Ledebour, quien asimismo describió al imperialismo no en términos de eventos contingentes sino como un fenómeno mundial, que podía variar en sus especificidades de país en país, “pero que esencialmente es el mismo en todas partes, en la Rusia absolutista y en la Inglaterra constitucional, en las repúblicas de Francia y Norteamérica, y en Alemania”.
 
La resolución adoptada por el congreso declaraba que los desarrollos recientes “abarcaban a todo el mundo”, y eran impulsados solamente “con el propósito de fomentar la explotación capitalista y el desarrollo del poder militar”. Las causas principales del imperialismo se dividían en dos: en el caso específico de Alemania, había una sed de gloria militar y una pasión chauvinista de crear una “Alemania más grande”, pero, en términos generales, la resolución también hablaba de las contradicciones inherentes al capitalismo y del imperativo resultante de “encontrar nuevas oportunidades de inversión” y de “abrir nuevos mercados para la venta”. El imperialismo era condenado como “una política exterior de conquista y robo” que violentaba a los pueblos originarios y amenazaba con nuevos conflictos internacionales a través de una carrera armamentista “intolerable” por tierra y mar. Los delegados en Maguncia repudiaron la intervención alemana en China y declararon que la conquista militar nunca podía ser considerada como un instrumento de civilización:
 
La socialdemocracia, enemiga de cualquier tipo de opresión y explotación del hombre por el hombre, protesta enfáticamente contra esta política de robo y conquista. Demanda que las deseables y necesarias relaciones culturales y comerciales entre los pueblos del mundo sean llevadas adelante de tal modo que los derechos, libertades e independencia de estos pueblos sean respetados y protegidos, y que ellos sean ganados para las tareas de la cultura moderna y la civilización sólo mediante la educación y el ejemplo. Los métodos empleados en el presente por la burguesía y los dirigentes militares de todas las naciones son una burla sangrienta de la cultura y de la civilización.
 
El Congreso Internacional Socialista de París (23-7 de septiembre de 1900) 
 
Sólo días después del congreso partidario del SPD en Maguncia, los mismos temas reaparecieron en el V Congreso Internacional Socialista, llevado adelante en París del 23 al 7 de septiembre de 1900. De acuerdo con el registro oficial del congreso, Rosa Luxemburg expuso sobre la cuestión de “la paz internacional, el militarismo y la supresión de los ejércitos permanentes. La ciudadana Luxemburg condenó el militarismo y el imperialismo”. En dicha ocasión, Luxemburg también advirtió que los trabajadores enfrentaban “un nuevo fenómeno de la política mundial”, que “en los últimos seis años ha causado cuatro guerras sangrientas”. Sus síntomas eran idénticos en todas partes: “El mismo militarismo, las mismas políticas navales, la misma cacería de colonias, la misma reacción en todas partes y, sobre todo, un permanente peligro de guerra internacional o, por lo menos, un estado de animosidad permanente, en el cual todos los Estados desarrollados están igualmente envueltos”. El proletariado debía “oponer a la alianza de la reacción imperialista un movimiento de protesta internacional”, no sólo para luchar contra el militarismo, sino también porque “parece altamente probable que el colapso del orden capitalista será el resultado, no de una crisis económica, sino de una crisis política, de la política mundial”. La resolución de Luxemburg, aclamada por el Congreso de París, describía al imperialismo como una consecuencia necesaria de las más recientes contradicciones del capital, que violentaba a los habitantes de tierras extranjeras y debía ser resistido en todas las formas por los trabajadores organizados: 
 
Considerando que el desarrollo del capitalismo necesariamente lleva a la expansión colonial, el cual causa conflictos entre los gobiernos; 
Que el imperialismo, que es su consecuencia necesaria, excita el chauvinismo en todos los países y los fuerza a realizar gastos militares siempre crecientes;
Que la política colonial de la burguesía no tiene otro objetivo que incrementar las ganancias de la clase capitalista y mantener el sistema capitalista, malgastando la sangre y el producto del trabajo del proletariado, perpetrando incontables crímenes y crueldades contra los nativos de las colonias conquistadas por la fuerza de las armas;
El Congreso Internacional Socialista de París declara:
Que el proletariado organizado debe usar todos los medios disponibles para luchar contra la expansión colonialista de la burguesía y debe condenar, bajo toda circunstancia y con todas sus fuerzas, las injusticias y crueldades que necesariamente tienen lugar en todas las partes del mundo dejadas a merced del capitalismo rapaz, despiadado y desvergonzado.
Con este objetivo, el congreso recomienda en particular las siguientes medidas:
 
1. Que los diferentes partidos socialistas, donde las condiciones económicas lo permitan, se aboquen urgentemente al estudio de la cuestión colonial.
2. Que se haga todo lo posible para incrementar la formación de partidos socialistas en las colonias, afiliados a las organizaciones metropolitanas.
3. El establecimiento de lazos y estrecha colaboración entre los partidos socialistas de las diferentes colonias.
Analizando el Congreso de París para el periódico De Nieuwe Tijd, la socialista holandesa Henriette Roland Holst comentó que esta resolución finalmente probaba que “no hay, y no puede haber, una minoría imperialista en la socialdemocracia”. Su comentario estaba claramente dirigido contra Bernstein, cuyas conclusiones eran ciertamente opuestas. En un artículo que criticaba las resoluciones adoptadas, tanto en Maguncia como en París, Bernstein remarcaba que el tono de las mismas le recordaba a su intercambio precedente con Belfort Bax. También citó favorablemente al reciente panfleto de George Bernard Shaw sobre “fabianismo e imperio”, en el cual afirmaba que el imperio británico no podía ser manejado en base a “ideales de frontera fija”. Shaw agregaba que “si los mismos chinos no pueden establecer el orden como lo entendemos nosotros, los poderes deben establecerlo por ellos”. La preocupación número uno de Shaw era que “si nos entrometemos en China, y nuestra interferencia no alivia la pobreza que produce la emigración, nos encontraremos en un embrollo amarillo que podría traer la guerra china a nuestras propias calles.”
 
El siguiente gran foro de debate acerca de la cuestión del colonialismo fue el Congreso de Dresden del SPD, llevado a cabo del 13 al 20 de septiembre de 1903, en el cual el Partido oficialmente condenó el revisionismo de Bernstein y acordó “llevar adelante más vigorosamente que nunca la lucha contra el militarismo, contra la política colonial e imperialista, contra la injusticia, opresión y explotación de todo tipo”. El Sexto Congreso Internacional Socialista, llevado a cabo en Amsterdam del 14 al 20 de agosto de 1904, también adoptó una resolución que condenaba el colonialismo y tomaba como modelo la resolución del SPD en Dresden. Pero la expansión colonialista se volvió una cuestión política más inmediata, tanto para el SPD como para el socialismo internacional, luego de la “elección de los hotentotes” en Alemania en 1907, la cual resultó en un revés desastroso para la socialdemocracia. 
 
“La elección de los hotentotes” en Alemania (13 de enero de 1907)
 
Las elecciones al Reichstag de enero de 1907 tuvieron lugar en un marco de guerra colonial y genocidio en el suroeste de Africa, entonces bajo dominio alemán (Namibia en el presente); alrededor de 65.000 hereros fueron masacrados por tropas alemanas desde 1904 a 1908. Rosa Luxemburg habló de un “paroxismo del entusiasmo imperialista” y de una “atmósfera de pogromo espiritual” que produjo un terremoto en la vida otrora plácida del partido alemán. A pesar de que el SPD recibió 3.259.029 votos -casi un cuarto de millón más que el total de la elección anterior de 1903-, el gobierno movilizó un gran número de ciudadanos anteriormente indiferentes al despertar el entusiasmo nacionalista en apoyo a la apropiación colonial. El número de votantes se incrementó dramáticamente del 76,1% de aquellos con derecho a voto en 1903 al 84,7% cuatro años más tarde. De acuerdo con Nicholas Stargardt, “el levantamiento herero en Africa occidental en 1906 jugó un rol polarizador en Alemania, similar al de la Guerra Bóer en Gran Bretaña”. El SPD sufrió severamente este surgimiento de sentimiento patriótico, perdiendo casi la mitad de sus representantes en el Reichstag (cayendo de 81 a 43 bancas). 
 
Karl Kautsky temía, con razón, que la clase dirigente había contrarrestado el atractivo del socialismo con “el efecto fascinante del Estado colonial del futuro”. En su prefacio a Militarismo y anti-militarismo, escrito diecisiete días luego de las elecciones, Karl Liebknecht similarmente remarcaba que las “ridículas elecciones” de 1907 habían sido discutidas en términos de “palabrería nacionalista, palabrería colonialista, chauvinismo e imperialismo”, revelando “cuán miserablemente débil” era “la resistencia del pueblo alemán a las trampas pseudo-patrióticas” dispuestas por los “despreciables patriotas de negocios (Geschäftspatrioten)”. Siete años después, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, las implicancias de estos comentarios se volverían dramáticamente obvias cuando los trabajadores en todas partes corrieran a enlistarse en nombre de la defensa nacional. 
 
En términos de la literatura en desarrollo sobre el imperialismo, las elecciones de 1907 también llevaron a un
importante estudio de Parvus, Política colonial y el colapso, dos capítulos que hemos incluido en Discovering Imperialism. A pesar del gran retroceso, Parvus sostenía con certeza que el sistema mundial del imperialismo colapsaría por sus propias contradicciones. El Kaiser y la burguesía habían presentado sus ambiciones imperialistas como una cuestión de “honor nacional”. Parvus contestaba que “si hay algún tipo de honor nacional involucrado, entonces en nuestra opinión sólo puede ser el de mantenernos al margen de estos procedimientos vergonzosos”.
 
El debate sobre colonialismo en el Congreso de Stuttgart (18-24 de agosto de 1907) 
 
Parvus publicó su libro con vistas al Congreso Internacional Socialista, que estaba agendado para agosto de 1907 en Stuttgart. Luego del revés sufrido en Alemania, los delegados estaban profundamente divididos en Stuttgart, y la mayoría de los representantes alemanes rápidamente se olvidó de la resolución contra el colonialismo adoptada en París hacía sólo siete años atrás. La mayoría de ellos ahora sostuvo una moción del revisionista holandés Henri van Kol, quien pensaba que la política colonial no debía ser condenada en principio, porque todavía podía jugar un rol civilizatorio -sino hoy bajo el capitalismo, entonces mañana bajo el socialismo. Una minoría en la comisión del congreso, liderada por Georg Ledebour y que incluía a los delegados polacos y rusos, replicó que “una política colonial socialista” no era más que una contradicción en los términos, a lo cual los miembros del ala derechista respondieron que Ledebour tenía “una actitud infructuosa y negativa” y carecía de un programa “práctico”. 
 
Una resolución en borrador, apoyada por la mayoría de la comisión, propuso revisar la decisión anti-imperialista tomada en París, en 1900, por iniciativa de Rosa Luxemburg. Ese mitin había declarado que “el proletariado organizado debe usar todos los medios a su disposición para luchar contra la expansión colonialista de la burguesía y debe condenar, bajo toda circunstancia y con todas sus fuerzas, las injusticias y crueldades que necesariamente tienen lugar en todas las partes del mundo, libradas a la merced del capitalismo rapaz, despiadado y desvergonzado”. Esta formulación iba a ser ahora reemplazada por la afirmación: “El socialismo se esfuerza por desarrollar las fuerzas productivas del globo entero y de elevar a los pueblos a la más alta forma de civilización. El congreso, por lo tanto, no rechaza en principio toda la política colonial. Bajo un régimen socialista, la colonización podría ser una fuerza civilizatoria”. 
 
En el debate sobre esta nueva propuesta, Henri van Kol posó de político maduro, quien, como Bernstein, ya “no creía en la teoría del colapso capitalista”. Tomando esta visión a largo plazo -es decir, asumiendo que el fin del capitalismo no estaba para nada a la vista- anunció que las colonias eran necesarias para aliviar a Europa de la sobrepoblación y la sobreproducción (a pesar de que también remarcó que la política colonial ya había originado dos guerras y que, por lo tanto, “la primera tarea de la socialdemocracia es enfrentarse al imperialismo, como los trabajadores ingleses lucharon contra el imperialismo de Chamberlain”). Su camarada revisionista, Bernstein, coincidió (al grito de ¡Bravo!) con que no deberíamos adoptar una posición puramente negativa frente a la política colonial, sino practicar una política colonial positiva y socialista. Debemos renunciar a la idea utópica de simplemente abandonar las colonias. La consecuencia última de tal visión sería darle los Estados Unidos de vuelta a los indios. [Conmoción]
Las colonias están aquí. Cierto tutelaje de los pueblos incivilizados por parte de los civilizados es una necesidad que también los socialistas deberían reconocer.
 
Hablando por la minoría, Georg Ledebour se opuso “sobre todo, a la primera afirmación de la resolución de la mayoría, que reconoce, en principio, la necesidad de las colonias”. Con respecto a Bernstein, Ledebour remarcó:
 
Recuerdo que Bernstein, junto con algunos fabianos y socialistas ingleses, tomó partido por los jingoístas ingleses durante la Guerra Bóer [¡Escuchen! ¡Escuchen!]. El era incluso más imperialista que los liberales ingleses. Estaba a favor de la subyugación de Transvaal por Inglaterra, como ese camarada [Robert] Blatchford, quien todas las tardes durante la Guerra Bóer quería que su hija tocara en el piano Rule Britannia [risas].
 
Karski (Julian Marchlewski), un delegado del polaco Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania, y autor de varios artículos sobre imperialismo, algunos de los cuales han sido incluidos en Discovering Imperialism, coincidía con Ledebour en que una política colonial socialista era una contradicción en los términos: “Es tan imposible hablar de una política colonial socialista como de un Estado socialista. [El revisionista Eduard] David ha afirmado el derecho de una nación a ejercer tutelaje sobre otra. Pero, nosotros, los polacos, sabemos el significado real de este tutelaje, ya que tanto el zar ruso como el gobierno prusiano han actuado como nuestros guardianes [¡Muy bien!].” Era notable que Karski-Marchlewski también rechazara, poco tiempo después del debate sobre la revolución permanente durante la Revolución Rusa de 1905, la afirmación de que “toda nación debe pasar por el capitalismo... Lo que dijo Marx fue que los países que ya habían comenzado su desarrollo capitalista tendrían que continuar el proceso hasta su compleción. Pero nunca dijo que ésta era una precondición absoluta para todas las naciones”. Respondiendo a Bernstein, agregó: “Nosotros, los socialistas, entendemos que hay otras civilizaciones además de las de la Europa capitalista. No tenemos fundamentos para ser engreídos sobre nuestra tan mentada civilización o para imponerla sobre los pueblos asiáticos y sus antiguas civilizaciones”.
 
Durante los debates en Stuttgart, Karl Kautsky también se opuso a la mayoría de los delegados de su propio partido, preguntándose cómo “la completa contradicción lógica” de una política colonial socialista podía tener tantos seguidores: 
 
Hasta ahora nunca habíamos oído nada sobre una política colonial socialista... La política colonial significa la conquista y saqueo por la fuerza de tierras extranjeras. Refuto la noción de que la democracia y la política social tengan algo que ver con la conquista y el dominio en el extranjero... [¡Bravo!] Bernstein quiere persuadirnos que la política de conquista es una necesidad natural. Estoy bastante sorprendido de que defendiera aquí la teoría según la cual hay dos grupos de pueblos, uno destinado a gobernar y el otro a ser gobernado; que hay personas que son como niños e incapaces de gobernarse a sí mismos. Esta es sólo una variante del viejo refrán, que es el fundamento de todo despotismo, de que algunas personas nacen en este mundo para ser jinetes, con espuelas en sus pies, y otros con monturas en sus espaldas para llevarlos. Esa ha sido siempre la argumentación de toda aristocracia, también fue el argumento de los poseedores de esclavos en Sudamérica, quienes afirmaban que la cultura descansaba sobre el trabajo forzado de los esclavos, y que el país recaería en el barbarismo si la esclavitud era abolida. No podemos adoptar semejante argumentación.
 
Algie Simons, representante del Partido Socialista de Norteamérica, adoptó el mismo punto de vista a la luz de la experiencia norteamericana en Filipinas: “Para nosotros, los norteamericanos, la cuestión colonial es extremadamente importante, porque nosotros nos enfrentamos a una nueva política colonial norteamericana”. Simons denunció la brutal represión de la rebelión filipina, en la cual decenas y quizá hasta centenares de miles filipinos habían sido asesinados: “Ciertamente, Norteamérica ha enviado un ejército de maestros de escuela a Filipinas, pero también [muchos] más soldados y cañones. Ha provocado un baño de sangre en Filipinas al servicio de la civilización... [¡Escuchen! ¡Escuchen!]. La resolución de la mayoría es, desde nuestro punto de vista, nada más que un voto en favor de [Theodore] Roosevelt”.
 
Cuando Henri van Kol retornó al podio, nuevamente habló en favor de la política colonial socialista y criticó a Kautsky por sostener la tesis de que la política colonial es conquista, es “imperialismo”. Esta fórmula es completamente falsa. ¡Debería aprender mejor su gramática! Hoy, ciertamente, la política colonial es imperialista, pero no tiene que ser así, puede ser democrática también. En cualquier caso, es un grave error por parte de Kautsky equiparar conceptualmente la política colonial con el imperialismo... Si nosotros, los europeos, vamos allí [a Africa] con herramientas y maquinaria, seríamos víctimas indefensas de los nativos. Por lo tanto, debemos ir allí con armas en la mano, incluso si Kautsky llama a eso imperialismo.
 
Luego de un largo debate, Kautsky y sus seguidores prevalecieron. En su resolución final, el congreso entero resolvió tachar la oración original del borrador y reemplazarla con los siguientes cuatro párrafos:
 
El congreso considera, que por su naturaleza inherente, la política colonial capitalista debe conducir al esclavizamiento, al trabajo forzado o la exterminación de la población nativa de las regiones colonizadas. 
La misión civilizadora que la sociedad capitalista dice servir no es más que un velo para su apetito de conquista y explotación. Sólo una sociedad socialista ofrecerá la posibilidad a todos los pueblos de desarrollar plenamente la civilización.
 
La política colonial capitalista, en vez de incrementar las fuerzas productivas mundiales, destruye la riqueza de aquellos países donde sus políticas son aplicadas, mediante la esclavización y el empobrecimiento de los pueblos nativos, así como también financiando guerras asesinas y devastadoras. De este modo, ralentiza e incluso impide el desarrollo del intercambio y la exportación de productos industriales de los Estados civilizados. 
El congreso condena los métodos barbáricos de la colonización capitalista. A fin de desarrollar las fuerzas productivas, demanda una política que garantice el desarrollo cultural pacífico y que ponga los recursos naturales de la tierra al servicio del desarrollo ulterior de toda la humanidad.
 
Reflexionando sobre “el extremadamente acalorado debate” de Stuttgart, en octubre de 1907, Lenin resumió los hechos de la siguiente manera para los lectores del periódico ruso Proletario, en su artículo “El Congreso Socialista Internacional de Stuttgart”:
 
Los oportunistas se agruparon en torno de Van Kol. En nombre de la mayoría de la delegación alemana, Bernstein y David propusieron que se reconociera la “política colonial socialista” y vapulearon a los radicales, acusándoles de estéril negación, incomprensión del significado de las reformas, falta de un programa colonial práctico, etc. Por cierto que Kautsky les objetó, viéndose precisado a pedir al congreso que se pronunciara contra la mayoría de la delegación alemana. Señaló con razón que no se trataba en modo alguno de negar la lucha por las reformas, pues en otras partes de la resolución que no habían suscitado ninguna discusión se hablaba de ello bien claramente. De lo que se trataba era de saber si debemos hacer concesiones al actual régimen burgués de expoliación y violencia. La actual política colonial debe ser discutida por el congreso, y esa política descansa en un sometimiento sin tapujos de los salvajes. La burguesía establece en las colonias un régimen de auténtica esclavitud, somete a los indígenas a escarnios y violencias sin precedentes y los “civiliza” difundiendo el alcohol y la sífilis. ¡Y se propone que, en tales condiciones, los socialistas se dediquen a pronunciar frases evasivas sobre la posibilidad de reconocer en principio la política colonial! Ello equivaldría a adoptar abiertamente el punto de vista burgués. Ello significaría dar un paso decisivo hacia la supeditación del proletariado a la ideología burguesa, al imperialismo burgués, que ahora levanta la cabeza con particular altivez.
 
A pesar de que el congreso derrotó la moción original de la comisión por 128 votos contra 108 (con diez abstenciones), presumiblemente poniendo fin a la noción de la misión civilizadora del capitalismo, Lenin remarcó que el resultado fue posible sólo por la combinación de los votos de los delegados de las naciones pequeñas. En otros Estados, el “afán de conquistas” había llegado “a contaminar un poco incluso incluso al proletariado”. En un comentario que anticipaba su posterior descripción de la “aristocracia obrera” en Imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin expresaba preocupación porque Stuttgart “había revelado un rasgo negativo del movimiento obrero europeo”, que él atribuyó al “oportunismo socialista” y a la posición privilegiada de los trabajadores europeos debida al “trabajo de los indígenas casi totalmente sojuzgados de las colonias”.
 
Militarismo y defensa nacional en el Congreso de Stuttgart (agosto de 1907)
 
El Congreso de Stuttgart debatió un número de otras cuestiones en agosto de 1907, incluyendo el voto femenino, la emigración y las relaciones de los partidos socialistas con los sindicatos. Aparte de la cuestión del colonialismo, sin embargo, la resolución más importante para los propósitos del presente estudio versaba sobre el anti-militarismo. Si el imperialismo estaba ahora relacionado inseparablemente con la agresión y la conquista en interés de la explotación capitalista, parecía obvio que el uso del poder militar debía ser condenado con igual fuerza. El problema era que Marx y Engels nunca habían sido pacifistas; ellos apoyaron, por ejemplo, de manera entusiasta la lucha defensiva de los comuneros de París contra el gobierno de Thiers, luego de la derrota de Francia en 1871 bajo la Alemania de Bismarck. Apoyándose en las tradiciones revolucionarias que se remontaban al siglo XVIII, habían llamado al reemplazo de los ejércitos permanentes por “el pueblo armado” en la forma de una milicia permanente de ciudadanos. 
 
En el Congreso de Stuttgart, estas calificaciones escaparon a la atención de Gustave Hervé, un francés que presentó una de las cuatro resoluciones sobre el tema del militarismo. Lenin reportó a sus lectores rusos que: “El célebre Hervé, que tanto ha dado que hablar en Francia y Europa, defendió a este respecto un punto de vista semi-anarquista, proponiendo ingenuamente que se ‘responda’ a toda guerra con la huelga y la insurrección”.
Hervé era una figura curiosa, incluso bizarra. De su semianarquismo en Stuttgart hizo un giro violento a la defensa de “la patria amenazada” en 1914, y, finalmente, a la admiración por Hitler y Mussolini en la década de 1930. Este fue el primer encuentro de Hervé con el liderazgo socialista internacional, y su resolución parece haber sido deliberadamente dirigida a molestar a los alemanes. Consideraba al reformismo un vicio peculiarmente alemán y asociaba al SPD con “el autoritarismo, una mentalidad burocrática, el conformismo y una falta de fervor revolucionario”.
 
El SPD, sacudido por su reciente revés electoral, no tenía intención de comprometerse con una huelga general en caso de una guerra. Como lo expresara August Bebel, “no debemos permitirnos ser presionados para utilizar métodos de lucha que podrían amenazar seriamente la actividad y, bajo ciertas circunstancias, la mismísima existencia del Partido”. En su choque con Hervé, Bebel invocó la noción de autodefensa patriótica: “Hervé dice: ‘La madre patria es la madre patria de las clases dominantes. No es una preocupación del proletariado’. Una idea similar es expresada en el Manifiesto Comunista: ‘El proletariado no tiene patria’. Pero los estudiantes de Marx y Engels han declarado que ya no comparten los puntos de vista del Manifiesto”.
 
Mientras Hervé se refería a la cuestión de la guerra en términos de clase, Bebel insistía en que la socialdemocracia debía determinar su actitud frente a cualquier guerra futura sobre la base de si ésta era ofensiva o defensiva: “Sostengo que es fácil ahora determinar en cualquier caso si una guerra es defensiva o si es de carácter ofensivo. Mientras que anteriormente las causas que llevaban a la catástrofe de la guerra permanecían oscuras, incluso para el político atento y entrenado, hoy éste ya no es más el caso. La guerra ha dejado de ser un secreto de los políticos de los gabinetes”. Además, en términos puramente prácticos la agitación antimilitarista de Hervé y sus tácticas eran “no sólo imposibles pero totalmente fuera de discusión” para el SPD. “El caso de Karl Liebknecht muestra cómo están las cosas hoy en Alemania. A pesar de que él claramente expresó sus diferencias con Hervé en su libro [Militarismo y antimilitarismo] y afirmó que los métodos de Hervé son impracticables, Liebknecht ha sido acusado de alta traición”.
 
Hervé replicó que el apoyo de Bebel a la defensa nacional en caso de una guerra contra Alemania permitiría al gobierno alemán manipular al SPD hacia una posición patriótica en el caso de un conflicto de toda Europa: 
 
Bebel traza una fina distinción entre las guerras ofensivas y defensivas. Cuando el pequeño Marruecos es desguazado, esto es fácilmente reconocido como una guerra ofensiva de brutalidad inocultable. Pero si estallara la guerra entre dos grandes potencias, la poderosa prensa capitalista desataría tal tormenta de nacionalismo que no tendríamos la fuerza para contrarrestarla. Entonces, sería demasiado tarde para sus finas distinciones.
 
Con desprecio hacia la dirección del SPD, Hervé explícitamente atribuyó su debilidad -dramatizada por “la elección de los hotentotes”- a su compromiso creciente con el parlamentarismo más que con la lucha revolucionaria:
 
Ustedes se han vuelto ahora una máquina electoral y contable, un partido de cajas registradoras y bancas parlamentarias. Quieren conquistar el mundo mediante votaciones. Pero les pregunto: cuando los soldados alemanes sean enviados a restablecer el trono del zar en Rusia, cuando Prusia y Francia ataquen a los proletarios, ¿qué harán? Por favor, no contesten con metafísica y dialéctica, sino abierta y claramente, prácticamente y tácticamente, ¿qué harán?
 
La resistencia del SPD a la agitación antimilitarista, declaraba Hervé, lo llevaría eventualmente a “ir a la guerra por su Kaiser, sin ofrecer resistencia”: “Hoy, Bebel se pasó del lado de los revisionistas cuando nos dijo: ‘¡Proletarios de todos los países, mátense unos a otros!’ [Gran conmoción].” En un florido final, Hervé le gritó a un enfurecido August Bebel: “Sigue la bandera de tu emperador, sí, síguela. Pero si entras a Francia, verás flotar sobre nuestras comunas insurrectas la bandera roja de la Internacional que has traicionado”.
 
Hervé contribuyó con una retórica ostentosa al Congreso de Stuttgart, pero la resolución final del congreso fue más moderada. Comenzó adhiriendo a “las resoluciones adoptadas por los congresos internacionales anteriores contra el militarismo y el imperialismo”. Entre otras cosas, reiteró el llamado a “sustituir al ejército permanente por una milicia popular”, un tema que el ala izquierda luego defendería al oponerse a las propuestas de Kautsky sobre el desarme y las cortes de arbitraje internacionales. La unánime resolución final también ignoraba sutilmente la distinción de Bebel entre guerras “ofensivas” y “defensivas”, declarando que “en caso de que estalle la guerra”, los socialistas estaban obligados “a intervenir por su rápida culminación y a luchar con todas sus fuerzas para utilizar la crisis económica y política creada por la guerra para incitar al levantamiento de las masas y así acelerar la caída de la clase capitalista dirigente”. En su informe a los lectores rusos, Lenin enfatizó la última disposición, comentando que Hervé había olvidado la obligación del proletariado de tomar las armas en el evento de una guerra revolucionaria: “No se trata de impedir únicamente el desencadenamiento de la guerra, sino de aprovechar la crisis por ella provocada para acelerar el derrocamiento de la burguesía”.
 
En su libro Socialdemocracia alemana, 1905-1917, el historiador Carl Schorske resumió el rol de los representantes del SPD en el Congreso de Stuttgart, haciendo notar que en dos temas fundamentales -imperialismo y militarismo- la experiencia devastadora de “la elección de los hotentotes” fue un factor decisivo que proveyó “el ímpetu externo que dio lugar a la reconciliación de la socialdemocracia con los hechos de la vida en la era del imperialismo”. Los poderosos sindicatos alemanes eran “el principal agente” que presionaba para la moderación y la reforma social pacífica, lo cual implicaba evitar cualquier provocación a los poderes imperantes. Detrás de las deliberaciones de Stuttgart estaba “la triple alianza de sindicalistas, revisionistas partidarios y ejecutivos partidarios que hicieron retroceder a los radicales alemanes en las cuestiones de la guerra y el colonialismo, así como anteriormente los habían derrotado en la táctica a seguir en el plano doméstico”.
 
El debate sobre militarismo y defensa nacional en Essen (septiembre de 1907)
 
A pesar de las decisiones tomadas en Stuttgart, la disputa sobre el militarismo y la defensa nacional reapareció poco tiempo después en el Congreso del SPD llevado a cabo en Essen, del 15 al 21 de septiembre de 1907. El Parteitag tuvo lugar en el contexto del juicio inminente contra Liebknecht por las afirmaciones contenidas en su folleto “Militarismo y antimilitarismo”. El foco de la renovada disputa fue el discurso que Gustav Noske había pronunciado en el Reichstag, el 25 de abril de 1907, cuando se debatía el presupuesto militar de Alemania. Noske, quien en 1919, como autoproclamado “perro de presa” contra los revolucionarios alemanes, sería responsable de los asesinatos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg a manos de los “cuerpos libres” paramilitares de la derecha (Freikorps, una suerte de Triple A alemana), había argumentado que los representantes del SPD no eran “vagabundos sin patria”, agregando: “Deseamos que Alemania sea tan capaz de defenderse [de estar armada, wehrhaft] como sea posible, deseamos que el pueblo alemán tenga interés en la institución militar, que es necesaria para la defensa de nuestra patria”. En el Congreso de Essen, Noske repitió esta postura patriótica y citó un discurso anterior, pero todavía famoso de Bebel. El 7 de marzo de 1904, Bebel había declarado en el Reichstag que en una “guerra ofensiva”, en la cual la existencia de Alemania podía estar en peligro, “nosotros, todos, hasta el último hombre, incluso los más viejos entre nosotros, estaremos listos para defender nuestro suelo alemán, no por vuestro bien sino por el nuestro y, si es necesario, a pesar de ustedes. Vivimos y luchamos en este suelo, por esta patria, que es tan nuestra, incluso más, que de ustedes”.
El ala izquierda del Partido enfáticamente rechazó la actitud patriótica de Noske y Bebel. Paul Lensch, editor del periódico Leipziger Volkszeitung, argumentó que la premura de Bebel para “cargarse un rifle al hombro” por la defensa nacional era “correcta cincuenta años atrás, pero hoy es absolutamente falsa”, porque la situación política internacional había cambiado completamente: 
 
Mientras tanto, un evento ha ocurrido que Noske no parece haber notado -es decir, la Revolución Rusa [de 1905]. Como resultado de la misma, el zarismo ruso ha sido eliminado como archienemigo, como un enemigo real; yace hecho trizas en el suelo. El militarismo ruso ya no es capaz de llevar adelante una gran guerra europea... Dada esta situación diferente, la protesta más aguda debe ser dirigida contra estos puntos de vista, que son hoy tan reaccionarios como antes fueron revolucionarios.
 
Karl Liebknecht también atribuyó los puntos de vista de Noske y Bebel al “efecto depresivo de los resultados electorales”, argumentando que “Noske ha sido fuertemente arrastrado por el alboroto nacionalista de la campaña electoral”. Liebknecht se maravillaba por el hecho de que el discurso de Noske no contuviera “una sola sílaba sobre la solidaridad internacional, ¡como si las tareas de la socialdemocracia acabaran en las fronteras alemanas!”.
 
En su propio discurso en Essen, Bebel respaldó a Noske y reafirmó que
(…) debemos defender la patria si es atacada. En relación a esto, me han preguntado -y el camarada Kautsky, también, ha insistido con esta perorata- “¿qué es una guerra ofensiva?” Bueno, sería muy triste si hoy, cuando más y más grandes círculos de personas están interesadas en la política de todos los días, no pudiéramos juzgar en cada caso en particular si estamos enfrentando una guerra de agresión o no. Un engaño sobre tal punto podía ser posible en los 1870, pero ya no es posible hoy. 
 
Bebel repitió que él estaba listo para “ponerse el fusil al hombro” si estallaba una guerra con Rusia, “el enemigo de toda la cultura y de todos los oprimidos, no sólo en su propio país, sino también el enemigo más peligroso de Europa, y especialmente de nosotros, los alemanes”.
 
El principal crítico de Bebel en Essen fue Karl Kautsky, cuyo discurso Trotsky citó favorablemente, luego del estallido de la Segunda Guerra Mundial, en su obra La guerra y la Internacional. Kautsky hábilmente desechó la cuestión de guerra ofensiva y defensiva al argumentar que los trabajadores no tenían la responsabilidad de defender la madre patria si no “estaban en peligro los intereses proletarios y democráticos”:
 
Pensemos en Marruecos, por ejemplo. Ayer, el gobierno alemán fue ofensivo, mañana lo será el gobierno francés, y no podemos saber si pasado mañana lo será el gobierno inglés. Eso cambia constantemente. Marruecos, sin embargo, no vale la sangre de un solo proletario. Si estallara la guerra en Marruecos, deberíamos rechazarla de plano, incluso si fuéramos atacados. De hecho, una guerra no sería una cuestión nacional para nosotros sino internacional, porque una guerra entre grandes potencias se volvería una guerra mundial, implicaría a toda Europa y no sólo a dos países. Algún día, el gobierno alemán podría hacer creer a los proletarios alemanes que están siendo atacados; el gobierno francés podría hacer lo mismo con los proletarios franceses, y tendríamos entonces una guerra en la cual los trabajadores franceses y alemanes seguirían a sus respectivos gobiernos con igual entusiasmo y se matarían unos a otros y se cortarían la yugular unos a otros. Eso debe ser evitado, y será evitado sino adoptamos el criterio de la guerra ofensiva, sino el de los intereses del proletariado, que al mismo tiempo son intereses internacionales... Los trabajadores alemanes están unidos con los trabajadores franceses, y no con los belicistas alemanes y junker [aristócratas terratenientes prusianos].
A pesar de que Kautsky esperaba haber resuelto el asunto reemplazando la cuestión de quién comenzó la guerra por el principio más importante del “interés proletario y democrático”, años más tarde, el debate sobre la guerra y la defensa de la patria todavía continuaba en las páginas de los periódicos del ala izquierda del SPD.
Para representar esa disputa continua, hemos incluido en Discovering Imperialism un artículo titulado “Socialdemocracia y política exterior”, publicado anónimamente en el Leipziger Volkszeitung, en diciembre de 1912, cuya autoría hemos atribuido tentativamente al editor de dicho periódico, Paul Lensch. El artículo argumentaba que la principal tarea de los trabajadores alemanes era luchar contra el imperialismo alemán y no contra cualquier país extranjero. Lensch rechazaba el carácter vinculante de todas las alianzas y tratados entre los Estados capitalistas, particularmente la Triple Alianza, así como también la distinción de Bebel entre guerras ofensivas y defensivas. La única garantía de paz, afirmaba, era el miedo de la burguesía de que la guerra trajera la revolución. Lensch también advertía que los socialdemócratas alemanes jamás podían llamar a los trabajadores alemanes a tomar las armas contra Rusia porque “la Internacional sería destrozada de ese modo”.
 
Debate sobre el colonialismo en el Congreso de Essen  (septiembre de 1907)
 
El Congreso de Essen del Partido Socialdemócrata alemán mostró que la resolución adoptada unánimemente en Stuttgart sobre el militarismo había dejado muchos asuntos por resolver. Esto era igualmente cierto sobre otro de los grandes temas debatidos en Stuttgart, la cuestión del colonialismo y su relación, tanto con el socialismo como con el imperialismo. En Essen, Paul Singer informó sobre el Congreso Internacional de Stuttgart y trató de minimizar las diferencias expresadas allí sobre la política colonial socialista como meramente “una disputa verbal”. August Bebel también intentó cubrir el rastro de la mayoría de la delegación alemana en Stuttgart, afirmando que “sobre esta cuestión no puede haber diferencias serias” y rechazando todo el debate como “bizantino” [ein Streitum des Kaisers Bart]: “Considero que la lucha sobre si es posible una política colonial socialista es una lucha totalmente improductiva que no vale el tiempo y el papel gastados en ella”. Bebel pensaba que la perspectiva de una política colonial socialista no ameritaba más discusión porque era meramente “música del futuro”.
 
El ala izquierda no tenía intención de abandonar el tema tan fácilmente. Heinrich Laufenberg señaló que “la posición de la mayoría en Stuttgart”, en apoyo a una política colonial socialista, era “incompatible con la resolución de Maguncia”, adoptada por el partido alemán tan tempranamente como en 1900, y que había “una clara contradicción entre la resolución de la mayoría en Stuttgart y la resolución finalmente adoptada”. Cuando Georg Ledebour había objetado en Stuttgart contra el colonialismo socialista, había sido criticado por sostener “un punto de vista negativo que llevaba a la idea de abandonar las colonias”. Emanuel Wurm, un diputado del Reichstag desde 1890, ahora declaraba irónicamente que los cargos contra Ledebour habían sido absolutamente correctos. Lo clarificaba añadiendo: “Queremos abandonar nuestras propias colonias también”. Karl Liebknecht también demandó una explicación sobre por qué los socialistas debían “combinar la sucia y sangrienta expresión ‘política colonial’ con la sagrada palabra ‘socialdemocracia’”. Liebknecht continuó: 
 
Queremos llevar adelante una política de civilización, ¡de cultura! El lema “política colonial socialista” es una contradicción en los términos, porque la palabra “colonia” ya incluye el concepto de “tutelaje”, “dominación” y “dependencia”. 
 
Que la cuestión en discusión no es un debate filológico, que la expresión “política colonial” fue expresada en ese sentido por el mayor defensor de la resolución, van Kol, queda demostrado por el énfasis en la necesidad de tratar a los pueblos en un estadio más bajo de desarrollo como niños de ser necesario, de hecho confrontarlos con la fuerza armada. Por lo tanto, no fue sólo un forcejeo de palabras, sino un serio y sincero debate.
 
Cuando Karl Kautsky se sumó al debate, reiteró su oposición a una política colonial socialista: la idea de que era “necesario que los pueblos con una cultura más avanzada ejercieran control sobre los menos avanzados” contradecía la resolución del SPD de 1900 en Maguncia, que “exigía la independencia de los pueblos”. Es notable que Kautsky también negó la aseveración del revisionista Eduard David de que “las colonias deben pasar por el capitalismo”. León Trotsky y Parvus ya habían adquirido fama y notoriedad en Rusia por la teoría de la revolución permanente. Habiendo colaborado a iniciar el debate ruso sobre este tema, Kautsky estaba convencido que las sociedades atrasadas podían saltearse etapas históricas y arribar al socialismo sin la necesidad de tener que soportar primero las tribulaciones del capitalismo.
 
El folleto “Socialismo y política colonial”, de Kautsky, y la crítica de Bernstein
 
Los capítulos finales de la disputa de Essen sobre el colonialismo fueron escritos en un nuevo choque entre Kautsky y Bernstein. Kautsky desencadenó el intercambio con su panfleto “Socialismo y política colonial”, publicado en septiembre de 1907 en una gran edición de 11.000 copias. El folleto fue escrito inmediatamente luego de Stuttgart, con la intención de que apareciera antes de que el SPD retornara a las discusiones en Essen. Kautsky utilizó este ensayo para explicar en mayor detalle la posibilidad de que los pueblos coloniales se saltearan etapas históricas. Planteaba la cuestión de la siguiente manera: “¿Desean van Kol y David asegurar que todos los pueblos arribaron a su estadio de desarrollo presente por el mismo camino y que tuvieron que pasar por todos los mismos estadios tempranos de desarrollo que otras naciones igualmente desarrolladas o más altamente desarrolladas?”. Respondía que una mirada a la política colonial bastaba para refutar semejante argumento: 
 
La política colonial actual, que depende de la exportación de capital, se distingue por el hecho de que lleva la explotación capitalista y la producción capitalista a todas las colonias sin importar su nivel de desarrollo. Por lo tanto, puede afirmarse que no hay una colonia que no se saltee uno o más estadios de desarrollo.
 
Kautsky añadía que las naciones atrasadas siempre habían aprendido de las más avanzadas, y que usualmente habían “sido capaces de saltearse de golpe varios estadios de desarrollo que habían sido escalados con cansancio por sus predecesores”. De ese modo, con infinitas variaciones se erigía el desarrollo en las diferentes naciones, “y estas variaciones se acrecientan aún más a medida que disminuye el aislamiento entre las naciones individuales, a medida que se desarrolla el comercio mundial, y que nos acercamos así a la era moderna”. Se desprendía de esto que “extender el capitalismo en los países atrasados definitivamente no es un requerimiento para la expansión y la victoria del socialismo”. Argumentar lo contrario era meramente suscribir al tipo de “orgullo y megalomanía europeo”, que dividía “a la humanidad en razas inferiores y superiores”.
Luego de explicar su problemática distinción entre colonialismo de asentamiento progresivo (“colonias de trabajo”) en áreas templadas y la mera ocupación (“colonias de explotación”) en áreas tropicales y subtropicales, Kautsky atacó explícitamente a la “idea imperialista” de “crear un imperio, autosuficiente económicamente, suficientemente amplio para ser capaz de producir todas sus materias primas y vender todos sus productos industriales en sus propios mercados, de modo de ser absolutamente independiente”. Esta ambición “había surgido simultáneamente con la aparición de los cartels, las nuevas tarifas proteccionistas, la combinación de militarismo y carrera armamentista naval, y la nueva era colonial desde 1880”. También era el fruto de la misma situación económica que ha transformado crecientemente al capitalismo de un medio de desarrollar la mayor productividad del trabajo en un medio de limitar este desarrollo. Mientras más crecen las barreras tarifarias entre los Estados capitalistas individuales, más siente cada uno de ellos la necesidad de asegurarse un mercado del cual nadie lo pueda excluir, y de obtener suministros de materia prima que nadie pueda suspender.
 
De allí la incesante “ansia de expansión colonial de los grandes Estados”, la acelerada carrera armamentista y “el peligro de una guerra mundial”.
 
La explicación del imperialismo de Kautsky apareció al poco tiempo de un artículo anterior, escrito por Parvus en junio de 1907, “Las colonias y el capitalismo en el siglo XX”, el cual hemos incluido en Discovering Imperialism. Como Parvus, Kautsky rastreó la cruzada por las colonias hasta el subconsumo de la clase obrera, comenzando en los 1880, cuando el modo capitalista de producción “parecía haber alcanzado su límite de capacidad de expansión y, por lo tanto, haber alcanzado su fin”. Pero los capitalistas habían encontrado nuevos recursos para prolongar su dominio. El primero era limitar la competencia extranjera mediante tarifas proteccionistas y la eliminación de la competencia interna mediante el establecimiento de cartels y de los trusts (conglomerados). El segundo era deshacerse de la producción excedente mediante el consumo improductivo del Estado -la carrera armamentista y el militarismo. El tercero era exportar capital a países agrícolas atrasados, particularmente a las colonias. “En otras palabras, los capitalistas no exportan sus productos como mercancías a la venta en países extranjeros, sino como capital para la explotación de los países extranjeros”.
 
El principal vehículo de exportación de capital, explicaba Kautsky, era la construcción de vías férreas, transformando los modernos medios de comunicación en “medios de extraer más productos que antes de los países más pobres”. Pero eran tan grandes estos gastos, incluyendo los costos improductivos de defensa contra los levantamientos en las colonias y los competidores capitalistas, que el efecto total no era más que “un método de malgastar recursos y causar empobrecimiento”. La expansión colonialista comenzó “como un medio de prolongar la existencia del capitalismo”, pero sus consecuencias negativas significaban que, en última instancia, no beneficiaba a nadie más que a la industria pesada y a los banqueros. Sobre esta base, los socialistas “deben apoyar con igual entusiasmo todos los movimientos independentistas de los nativos de las colonias. Nuestro objetivo debe ser: la emancipación de las colonias, la independencia de las naciones que las habitan”.
 
Pero Kautsky se equivocaba, señalando que el objetivo podría no ser inmediatamente práctico, ya que en muchos casos los levantamientos en las colonias resultarían inútiles. Esto dejaba una “principal implicancia práctica”: rechazar toda extensión de las posesiones coloniales y trabajar celosamente para incrementar el autogobierno de los nativos. Los levantamientos de los nativos para expulsar a la dominación extranjera siempre contarán con la simpatía de los luchadores proletarios. Pero el poderío armamentista de las naciones capitalistas es tan inmenso que no puede esperarse que ninguno de estos levantamientos llegue ni cerca de su objetivo. Aunque comprendemos tales rebeliones, y por más profundamente que simpaticemos con los rebeldes, la socialdemocracia no puede incentivarlas, así como no apoya golpes de Estado proletarios sin sentido en la Europa misma.
 
Así como Bebel temía confrontar el poderío armado del Estado, Kautsky también creía que la fuerza militar limitaba casi totalmente la posibilidad de resistir al imperialismo y restringía a los partidos obreros a iniciativas tradicionales en el parlamento.
 
La conclusión a la que arribó Kautsky era que las colonias debían ser consideradas un hecho: no iban a ser abandonadas en breve por los capitalistas, no podían ser respaldadas por los proletarios, y era improbable que lograran la independencia por sus propios medios. El cambio gradual era lo más razonable que se podía esperar. 
 
Cuando Kautsky reiteró estos puntos de vista en otro artículo en Vorwärts, el 5 de octubre de 1907, Eduard Bernstein recogió el guante con su artículo “La cuestión colonial y la lucha de clases”. En Stuttgart, Bernstein había dicho similarmente “las colonias están aquí” y serían evidentemente heredadas por el socialismo. Ahora repetía su apoyo al colonialismo, refiriéndose una vez más al “derecho de los pueblos a una cultura más elevada sobre aquellos de una cultura más baja”. El corolario era que “una cierta custodia de los pueblos cultos sobre los incultos” seguía siendo un deber de la humanidad que los socialistas debían abrazar positivamente: 
 
la cuestión colonial es una cuestión humana y cultural de primer orden. Es la cuestión de la extensión de la cultura y, mientras existan grandes diferencias culturales, es una cuestión de la propagación, o más bien la afirmación, de la cultura más elevada. Porque tarde o temprano, inevitablemente sucederá que las culturas altas y bajas chocarán, y con respecto a este choque, a esta lucha por la existencia entre culturas, la política colonial de los pueblos civilizados debe ser considerada un proceso histórico. El hecho de que usualmente se lleve adelante por otros motivos, con medios y en formas que nosotros, los socialdemócratas, condenamos, puede llevarnos a rechazarla y pelear en contra de ella en casos específicos, pero esto no puede ser motivo para cambiar nuestra opinión sobre la necesidad histórica del colonialismo.
 
El austromarxismo y la cuestión nacional
 
Los intentos por conceptualizar el imperialismo se mantuvieron divididos entre aquellos que argumentaban en términos “culturales” y aquellos que querían que el imperialismo sea visto como un sistema mundial emergente con sus propios imperativos político-económicos. Estos dos temas estaban fuertemente conectados en la literatura del “austromarxismo”, la cual eventualmente produjo las primeras obras coherentes sobre el imperialismo, escritos por Otto Bauer y Rudolf Hilferding. Los marxistas austríacos veían que los debates sobre Weltpolitik articulaban prejuicios culturales que ya eran bastante familiares en discusiones sobre “la cuestión de la nacionalidad” en Europa Central. Esto era especialmente cierto en el Estado plurinacional de Austria-Hungría, con sus alemanes, húngaros, polacos, checos, rutenos, eslovacos, eslovenos, croatas, italianos y otras minorías, muchos de los cuales se consideraban “nativos” del dominio de Habsburgo. Por otra parte, los partidos de la burguesía usualmente hablaban del imperio de los Habsburgo como un puesto de avanzada de la cultura y un pilar del orden ante los resabios balcánicos belicosos del Imperio Otomano. Dado este conjunto de intereses “nacionales” rivales, los socialdemócratas austríacos se sintieron llamados a encarar la relación entre nacionalidad y clase social. Mientras que sus camaradas del SPD alemán estaban ocasionalmente tentados por las ambiciones de una “Gran Alemania”, los austromarxistas luchaban con el problema más inmediato de mantener simplemente intacto al Estado austrohúngaro. 
 
El Partido Socialdemócrata de los Trabajadores de Austria (Sozialdemokratische Arbeiterpartei, SDAP) fue establecido en 1889 bajo el liderazgo de Víctor Adler. En su congreso de Viena de 1897, el Partido se transformó en una federación -una “pequeña internacional” como la llamó Adler- que incluía a partidos alemanes, checos, polacos, italianos y eslavos del sur. En su programa de Brunner, de septiembre de 1899, el SDAP rechazó el derecho de las minorías oprimidas a escindirse de Austria-Hungría, pero respaldó los reclamos por una autonomía nacional-cultural (que involucraba entidades nacionales auto-administradas, pero no necesariamente contiguas con sus propios parlamentos nacionales, secretarios de Estado, escuelas, etc.). Luego de que el sufragio general para los varones fuera obtenido en 1907, los socialdemócratas lograron un éxito electoral significativo como derivado de una huelga general inspirada en la Revolución Rusa de 1905. En las elecciones para el Reichsrat, el SDAP ganó 87 de 516 bancas, convirtiéndose en la segunda fracción más fuerte en el parlamento. Sólo tres años después, sin embargo, el Partido comenzó a desmembrarse cuando los socialistas checos proclamaron su independencia del partido federal. 
 
El imperio plurinacional de la Rusia zarista enfrentaba los mismos problemas nacionales que Austria-Hungría, sólo que multiplicados varias veces. Dentro de la socialdemocracia rusa, el programa nacional austromarxista era abogado por el Bund, una organización judía que se oponía a la asimilación y al territorialismo sionista -aunque, irónicamente, Otto Bauer, el padre de la idea, dedicó un capítulo entero de La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia a argumentar que la demanda por la “autonomía cultural-nacional” no podía ser aplicada a los judíos. Lenin también se opuso al reclamo del Bund de ser el representante exclusivo de los judíos rusos, mientras simultáneamente denunció a los socialdemócratas austríacos por dos cuestiones: primero, por abogar por una transformación de Austria-Hungría en una federación de nacionalidades, en vez de apoyar el derecho de las naciones oprimidas asepararse del Estado austrohúngaro y, en segundo lugar, por adoptar una estructura partidaria federal en vez de unificada.
 
Los socialdemócratas austríacos fueron incapaces de dar una respuesta a la cuestión nacional, pero su experiencia única de lo que muchos consideraban una “colonización doméstica” conformó una perspectiva “austromarxista” particular sobre la cuestión más amplia del imperialismo. En el dominio de los Habsburgo, el imperialismo ya era un hecho de la vida política local. Poco tiempo después del estallido de la Primera Guerra Mundial, Karl Renner, líder del ala derecha del Partido, escribió en Der Kampf: “No es coincidencia que los llamados austromarxistas -Otto Bauer, Rudolf Hilferding y Karl Kautsky- reconocieran primero y analizaran con mayor agudeza la más reciente fase del desarrollo capitalista, el imperialismo nacionalista”. Los austromarxistas fueron de los primeros en reconocer que los métodos utilizados para “proteger” al mercado local, que incluían la subordinación de áreas de las minorías nacionales, eran una réplica en miniatura de los métodos a escala mundial del imperialismo. El austromarxismo se convirtió en una tendencia identificable con el lanzamiento, en 1904, de la serie Marx-Studien, en la cual los libros, tanto de Bauer como de Hilferding, fueron publicados más tarde, y con la aparición del periódico teórico Der Kampfen 1907.
 
Marx sobre las crisis capitalistas y los mercados extranjeros
 
La nacionalidad y la cultura, clase y civilización, militarismo y autodefensa, subconsumo y exportaciones de capital -todos estos temas reaparecían continuamente en los primeros intentos de la socialdemocracia por conceptualizar las causas y consecuencias del imperialismo. Para complicar aún más estas cuestiones, estaba presente la preocupación última de los aparatos partidarios de adaptar las resoluciones a la medida de un contexto electoral en el cual el imperio era asociado por muchos votantes, no meramente con una ventaja económica sino más aún con el orgullo nacional y con creencias arraigadas acerca del destino histórico. Como con cualquier gran debate, la clarificación dependía, en última instancia, del retorno a los primeros principios, y, para los marxistas, esto significaba reinterpretar las cuestiones inmediatas con referencia a la teoría económica de El capital. Marx nunca escribió su proyectado volumen sobre la economía mundial, pero El capital tenía mucho que decir sobre las crisis económicas cíclicas. Lo que es más, en el Volumen III, Marx explícitamente relacionó la tendencia decreciente de la tasa de ganancia con las tendencias compensatorias surgidas del mercado extranjero y de la exportación de capital a las colonias. La dificultad estaba en que El capital en sí mismo dejaba lugar a interpretaciones rivales. Antes de continuar nuestra exposición sobre los debates en la socialdemocracia acerca del imperialismo, será necesario, por lo tanto, revisar brevemente algunos de los pensamientos del propio Marx sobre la reproducción del capital, que se volvió en poco tiempo el tema principal de los sofisticados trabajos teóricos de Otto Bauer, Rudolf Hilferding y Rosa Luxemburg.
 
Desde el inicio, la cuestión del imperialismo había sido relacionada periódicamente con las convicciones acerca de la imposibilidad del capitalismo de crear suficientes mercados para absorber el total de la producción. Este era el punto de vista de Wilhelm Liebknecht en 1885, cuando denunció los intentos capitalistas de exportar la “cuestión social”; del banquero norteamericano Conant en 1898, cuando festejó el expansionismo norteamericano; de John Hobson, en su alegato en favor del sindicalismo para redistribuir el ingreso nacional; así como de Karl Kautsky, Parvus y varios otros que hemos discutido. Para muchos lectores de El capital, parecía que también Marx asociaba las crisis periódicas del capitalismo con el subconsumo de la clase obrera. De hecho, Marx le dio cierta credibilidad a este pensamiento. En el Volumen III de El capital escribió que “la razón última de toda crisis real siempre es la pobreza y el consumo restringido de las masas”. Sin embargo, en el Volumen II, explícitamente desechaba las teorías del subconsumo de la siguiente manera:
 
Decir que las crisis provienen de la falta de un consumo en condiciones de pagar, de la carencia de consumidores solventes, es incurrir en una tautología cabal (...) Pero si se quiere dar a esta tautología una apariencia de fundamentación profunda, diciendo que la clase obrera recibe una parte demasiado exigua de su propio producto y que, por ende, el mal se remediaría no bien recibiera aquélla una fracción mayor de dicho producto, no bien aumentara su salario, pues, bastará con observar que invariablemente las crisis son preparadas por un período en que el salario sube de manera general y la clase obrera obtiene realmente una porción mayor de la parte del producto anual destinada al consumo. Desde el punto de vista de estos caballeros del “sencillo”(!) sentido común, esos períodos, a la inversa, deberían conjurar las crisis. Parece, pues, que la producción capitalista implica condiciones que no dependen de la buena o mala voluntad, condiciones que sólo toleran momentáneamente esa prosperidad relativa de la clase obrera, y siempre en calidad de ave de las tormentas, anunciadora de la crisis.
 
¿Cómo pudo Marx argumentar que un achicamiento de los mercados era “la razón última” de las crisis y simultáneamente afirmar que las teorías del subconsumo eran tautológicas? La aparente inconsistencia surgía del hecho de que “la razón última” -la contradicción entre producción y consumo- era expresión de un problema más general de “desproporciones” en la reproducción expandida del capital. Marx vio variar en el tiempo la capacidad absorbente de los mercados: los capitalistas achicaban el mercado cuando despedían trabajadores y reducían salarios en una crisis cíclica; creaban un mercado cuando retomaban la inversión, expandían la producción y empleaban más trabajadores. La creación de mercados y la destrucción de mercados eran tendencias dialécticamente opuestas en el peculiar proceso del ciclo económico capitalista.
 
En el pico de una expansión cíclica, la falta de mano de obra creaba lo que Marx llamó “una desproporción entre el capital y la fuerza de trabajo explotable”. Salarios temporalmente altos significaban que los obreros de hecho recibían “una porción mayor de la parte del producto anual destinada al consumo”, pero esto ocurría justamente en el momento en que la caída de la inversión iba a precipitar otra crisis. El resultado final debía ser el desempleo masivo y el consecuente consumo restringido de las masas. Marx creía que en una sociedad capitalista, donde la inversión no puede ser coordinada de antemano y en la cual “la racionalidad social se hace valer única e invariablemente post festum, pueden y tienen que producirse sin cesar grandes perturbaciones”. La regulación espontánea mediante “la ley del valor” significaba que “dentro de la producción capitalista, la proporcionalidad entre los diversos ramos de la producción se establece como un proceso constante a partir de la desproporcionalidad”.
 
Marx consideraba al ciclo económico como la característica distintiva del capitalismo comparado con todos los modos de producción anteriores. Para rastrear los requerimientos de proporcionalidad y, por ende, los orígenes de la desproporción, en el Volumen II de El capital, Marx dividió el total de la producción en dos sectores, uno que produce los medios de producción, el otro, bienes de consumo. Mediante la coherente colocación de inversión en ambos sectores, los “esquemas de reproducción” mostraban la posibilidad abstracta de continuar la acumulación capitalista sin crisis cíclicas.
 
Los esquemas de reproducción eran un modelo abstracto de capitalismo puro, que omitían cualquier referencia a la producción no capitalista y a los mercados extranjeros. La preocupación de Marx era establecer las condiciones necesarias para la expansión capitalista libre de crisis a fin de, por inferencia, ver más claramente las causas potenciales de las crisis periódicas. Para algunos lectores, como Eduard Bernstein, la explicación de Marx de las leyes del capitalismo parecía haber demostrado la posibilidad de superar las contradicciones inherentes del sistema. “En la sociedad moderna -declaraba Bernstein-, nuestra comprensión de las leyes del desarrollo, y particularmente del desarrollo económico, está creciendo. Este conocimiento está acompañado... por una habilidad creciente para dirigir el desarrollo económico”. Bernstein nunca intentó dar una explicación económica del imperialismo porque estaba convencido de que el imperialismo no tenía causas económicas infranqueables: sólo un subjetivo “antagonismo de intereses” se interponía a la paz entre las clases, y con instituciones parlamentarias totalmente desarrolladas las clases rivales de la sociedad moderna podían moderar sus demandas y acordar, en última instancia, sobre la superioridad moral del socialismo.
 
Los lectores más atentos de Marx eran menos optimistas, y desde 1905 hasta 1913, en los trabajos de Otto Bauer y luego de Hilferding y Luxemburg, los esquemas de reproducción aparecieron de forma destacada en los debates económicos cada vez más complejos que trataban el rol del imperialismo como una respuesta a la tendencia del capitalismo a las crisis. En los documentos que hemos traducido, esto se aplica particularmente a La acumulación del capital, de Luxemburg. Las grandes disputas en torno del trabajo de Luxemburg surgieron de sus diferencias con respecto a la explicación de Marx de las crisis periódicas en términos de crecimiento económico desproporcionado. Luxemburg creía, al contrario, que el capitalismo sufría de un problema crónico de mercados que sólo podía ser mitigado mediante la conquista continua de nuevos mercados en regiones precapitalistas. Bauer y Hilferding, por el contrario, relacionaban las exportaciones de mercancías y de capital “excedente” con intentos por moderar el ciclo económico y rectificar la tendencia secular hacia una tasa decreciente de ganancia. El peso del argumento de Marx claramente respaldaba a Bauer y Hilferding, no a Rosa Luxemburg. Cuando Marx desarrolló el rol de los mercados extranjeros, se refirió a la prevención temporal de la declinación de la tasa de ganancia mediante la inversión en negocios más lucrativos fuera del país y a través de la importación de alimentos y materias primas a bajo costo.
 
 
*Dada la extensión de la nota, transcribimos la misma en dos partes. La segunda se publicará en el próximo número de nuestra revista.
 
** Daniel Gaido ([email protected]) es historiador y profesor en la Universidad Nacional de Córdoba, e investigador del Conicet. Autor de The Formative Period of American Capitalism (Routledge, 2006) y co-editor, junto con Richard B. Day, de Witnesses to Permanent Revolution: The Documentary Record (Brill, 2009), Discovering Imperialism: Social Democracy to World War I (Brill, 2011) y Responses to Marx’s Capital: From Rudolf Hilferding to IsaakIllich Rubin (Brill, 2017).
 
1. Van der Liden, 2007, pág. 2.
2. Day y Gaido (eds.), 2009.
3. Brewer, 1990.
4. Mandelbaum, 1926, Schröder, 1975, y Andreucci, 1988.
5. Craig Nation, 1989.
6. Riddell (de.), 1984, Gankin y Fisher (eds.), 1940.
7. Hegel, 2003.
8. Hegel, 2003.
9. Hegel, 2001.
10. Hegel, 2001.
11. Ibíd.
12. Hegel, 2003, pág. 376.
13. Marx, 1970, pág. 36.
14. Rosdolsky, 1989, pág. 56. En los Grundrisse, Marx escribió que “el método científico correcto” de la economía política debe ascender de los conceptos más simples, como “trabajo, división del trabajo, necesidad, valor de cambio -hasta el Estado, el cambio entre las naciones y el mercado mundial”. Marx, 1973, págs. 100-1. 
15. Marx, 1970, pág. 36.
16. Koebner y Schmidt, 1965, pág. 1.
17. Marx, 1978a, pág. 133: “Y esta misma burguesía clama ahora acerca de la estupidez de las masas, de la vilemultitude que la ha traicionado frente a Bonaparte. Fue ella misma la que consolidó con sus violencias las simpatías de la clase campesina por el Imperio (den Imperialismus der Bauernklasse), la que ha mantenido celosamente el estado de cosas que forman la cuna de esta religión campesina”. Marx, 1978a, pág. 128. 
18. Koebner y Schmidt, 1965, pág. 147-8.
19. Punch, 23 de noviembre de 1878, vol. 75, pág. 233. Citado en Koebner y Schmidt 1965, pág. 156. Los principales documentos sobre los inicios del debate alrededor del imperialismo en Gran Bretaña están disponibles en Cain (de.) 1999, incluyendo la reimpresiones de “Imperialismo inglés”, Spectator (8 de abril de 1876), págs. 158-62; Robert Lowe, “Imperialismo”, Fortnightly Review, Vol. 24 (1878), págs. 453-65, y Frederic Seebohm, “Imperialismo y socialismo”, Nineteenth Century (abril 1880), vol. 7, págs. 726-36.
20. Rose, 1898, pág. 199, citado en Koebner y Schmidt, 1965, pág. 212. 
21Ernest Belfort Bax: “Imperialism and socialism”, The Commonweal, February 1885, págs. 2-3. Otro analista socialista importante del imperialismo temprano residente en Gran Bretaña fue Theodore Rothstein, un judío de origen ruso que en la década de 1920 sirvió como embajador soviético. Ver su archivo en inglés en el Marxists Internet Archive, sus artículos para Die neue Zeit (disponibles online en la Bibliothek der Friedrich-Ebert-Stiftung) y, en particular, su libro Egypt’s Ruin: A Financial and Administrative Record (London: A.C. Fifield, 1910), disponible online en archive.org.
22. Ver los artículos en The Social Democrat (Federación Socialdemocrática 1900, 1901 y 1902).
23. Conant, 1898. 
24. Conant, 1898, pág. 330.
25. Bryan, 1900, pág. 44.
26. Plataforma del Partido Demócrata de 1900. Para análisis tempranos del imperialismo en autores socialistas norteamericanos, ver, por ejemplo, Boothman, 1900; Wilshire, 1901. 
27. Schorske, 1970, pág. 67.
28. Engels, 1892.
29. Sobre el Dampfersubventionsstreit, ver Mittmann, 1975, y Shwarz, 1884/85. 
30. Reichstag, 1871-1918, VI. Legislaturperiode. I. Sessionsabschnitt, 58. Sitzung. Mittwoch den 4. Marz 1885, pág. 1.540, énfasis en el original (para el texto completo del discurso de Liebknecht, ver págs. 1.539-44). En 1900, Liebknecht trató el tema del imperialismo en el periódico socialista inglés The Clarion, editado por Robert Blatchford, un partidario del gobierno británico durante la segunda Guerra Bóer. Sin embargo, Liebknecht utilizó la palabra en el sentido que le dio Marx: “El imperialismo es el padre del militarismo. Digo imperialismo en el único sentido de la palabra que conozco, es decir, en el sentido de la extensión violenta del poder, de subyugación de otros países y naciones al Imperio, al Imperium... El militarismo no reside en el combate. Reside en el sistema político y su objetivo. Su peligro está en el imperialismo. Si no tienen éxito en detener la marea del imperialismo, tendrán militarismo, y podrán enterrar la libertad”. Liebknecht, 1900c, énfasis en el original (ver también Liebknecht, 1900a y 1900b).  
31. Parti Ouvrier Français, 1897, págs. 47-8, énfasis en el original. Ver también Ageron, 1973. El uso original de “filibustero” refería a los intentos de Estados Unidos de tomar posesión de países formalmente en paz con Norteamérica mediante expediciones militares financiadas de forma privada. 
32. Ver, por ejemplo, Bax, 1896 (disponible en línea en el Marxists Internet Archive).
33. Bernstein, 1988a, págs. 52-3. 
34. Bernstein, 1988a, pág. 53.
35. Bax había dicho que estos pueblos eran “kulturfleindlich, oderkulturunfähig”.
36. Bax, 1988a, pág. 61.
37. Bax, 1988a, pág. 62.
38. Bax, 1988a, pág. 63. Bax resumió sus ideas en una contribución al Die neue Zeit que es particularmente importante porque enfatiza la posibilidad de saltearse etapas históricas que anticipa el debate posterior durante la Revolución Rusa de 1905 en torno de la teoría de la revolución permanente (ver Bax, 1988c). Esto motivó una respuesta de Bernstein censurando a Bax por proponer proveer “de armas a los salvajes para acrecentar su poder de resistencia” (Bernstein, 1988b, pág. 67). Bax respondió insistiendo nuevamente en la devastación causada por el capital en las áreas colonizadas (Bax, 1898. Ver también Kaarsholm, 1988). 
39. Hobson, 1902b.
40. Bernstein, 1896ª, y Bernstein, 1896b (una traducción de Hobson, 1896b).
41. El Rainbow Circle incluía al colega y amigo de Hobson, J.M. Robertson, quien de acuerdo con P.J. Cain, el principal estudioso de Hobson, escribió el “análisis radical más completo sobre el imperialismo en las vísperas de la Guerra Bóer”. Cain, 2002, pág. 89, en referencia a Robertson, 1899.  
42. Citado en Cain, 2002, pág. 68. 
43. Hobson, 1900c, pág. 226. “El énfasis que mi análisis pone sobre el judío hace referencia a la clase de capitalistas financieros, de los cuales los judíos extranjeros deben ser tomados como el tipo principal”. Hobson, 1900c, pág. 189.
44. Hirshfield, 1980, pág. 629. El “anti-imperialismo” antisemita se esparció entre los círculos socialistas ingleses y fue sostenido, por ejemplo, por el líder de la Federación Socialdemócrata, Henry Hyndman, y su sucesor y editor del órgano del SPD, Justice, Harry Quelch. Belfort Bax denunció esta combinación de anti-imperialismo y antisemitismo con fuertes palabras: “Coincido enérgicamente con nuestro amigo [Theodore] Rothstein que estos gritos pidiendo la cabeza del judío financista, tomándolo como si estuviera fuera de la categoría de capitalista o incluso de financista en general, y su señalamiento como digno de una especial mala reputación, es una desgracia para nuestro movimiento; de hecho, si continúa mucho tiempo más, me sentiré obligado a pedir prestada una clásica frase de Rothstein y decir que constituye una ‘mancha indeleble abrasadora’ para el socialismo inglés”. El editorial sin firma comentando este texto, claramente escrito por Hyndman, dice: “Con alegría publicamos este texto para demostrar que no debemos temer que el movimiento socialista se vuelque al antisemitismo... pero los judíos capitalistas han sido especialmente prominentes en este perverso negocio, y es la prensa amarilla perteneciente a judíos la que ha sido especialmente virulenta en excitar a la muchedumbre patriotera y en incitar a los camorristas a la violencia”. Bax, 1899, pág. 6.
45. Hobson, 1902a, pág. 85.
46. Hobson, 1902a, pág. 91.
47. Hobson, 1902a, pág. 92.
48. Mill, 1868, Vol I., págs. 258-9. Cf. la crítica de Kautsky sobre Hobson, 1896b: “La posición de los trabajadores está determinada por su interés como productores, no como consumidores, y la principal preocupación del socialismo es abolir la explotación de los trabajadores, no la de los consumidores. Esto significa que el colectivismo ciertamente no será definido como lo define Hobson”. Kaustky a Adler, 12 de noviembre de 1896, en Tudor y Tudor (eds.), 1988, págs. 81-2. 
49. Beer, 1906. Para una versión en inglés ver Discovering Imperialism, capítulo 16. Ver también Schröder, 1970, págs. 104-22. En un artículo anterior, Beer había analizado la base teórica del radicalismo de Hobson (particularmente su visión de la teoría del valor) y su intento por poner en pie “un partido reformista de los trabajadores y de los radicales -un partido del ‘socialismo sin doctrina’”. Beer, 1902a. Para una versión en inglés, ver Discovering Imperialism, capítulo 14. 
50. Krupskaya, 1959, Parte I: Vida en Londres, 1902-1903. Ver también Federación Socialdemócrata, 1902. Lenin había hecho una crítica de uno de los trabajos de Hobson traducidos al ruso en 1899 (Lenin, 1899a, crítica a Hobson, 1894). 
51. Lenin, 1939, anotador “P” (“Beta”): Nota sobre K. Kautsky versus imperialismo. 
52. El libro de Paul Louis sobre colonialismo (Louis, 1905) está disponible en francés en el Marxist Internet Archive. 
53. Ver los breves resúmenes biográficos de estos tres autores en las introducciones a los capítulos 1, 4 y 8 de Discovering Imperialism. 
54. Kautsky, 1907b, pág. 13.
55. Kautsky, 1883.
56. Kautsky, 1886, pág. 544.
57. Kautsky, 1907b, pág. 14, en referencia a Kautsky, 1898a, 1898b, 1899c, 1900b, 1905. Para una versión en inglés de “Las consecuencias de la victoria japonesa y la socialdemocracia”, ver Day y  Gaido (eds.) 2009, págs. 373-408.  
58. Kautsky, 1898a.
59. Kautsky, 1900c. 
60. Sozialdemokratische Partei Holanda, 1900, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 17, bis 21, Septiembre 1900, págs. 154-70:7. Die Weltpolitik. Berichterstatter: Paul Singer. 
61. Cuando un regimiento de tropas alemanas fue enviado a China luego del asesinato del embajador alemán, el emperador Wilhelm II, en un discurso del 27 de julio de 1900, exhortó a estas tropas: “Así como los hunos bajo su rey Etzel crearon para sí mismos mil años atrás un nombre que los hombres aún respetan, ustedes deberían darle al nombre alemán una causa para ser recordado en China por mil años”. Esta exhortación se volvió conocida como el “Hunnenrede” o “Discurso de los hunos”. 
62Luxemburg, 1972, Vol. I/1, págs. 800-1. “La era proteccionista está conectada con el imperialismo y la reacción” (Luxemburg, 1972, Vol. I/1, pág. 804). Durante los debates sobre una resolución acerca de la política mundial presentada por Paul Singer, emergieron diferencias sobre si el imperialismo era una política de “la reacción” o representaba “quizás el último estadio del desarrollo capitalista”, como el delegado de Karlsruhe, Anton Fendrich, expresó. Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1900, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 17, bis 21, Septiembre 1900, pág. 166.  
63. Sozialdemokratische Partei Deutschlands 1900, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 17, bis 21, Septiembre 1900, págs. 166-7. Ledebour caracterizaba a Bernstein, a Max Schippel y  a los otros escritores de Sozialistische Montschefte como simpatizantes “a medias de tal imperialismo entre nuestras filas”. Sozialdemokratische Partei Deutschlands 1900, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Mainz vom 17, bis 21, septiembre 1900, pág. 167.   
64. Sozialdemokratische Partei Deutschlands 1900, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 17, bis 21, Septiembre 1900,17, pág. 245: Resolution zum Referat über Weltpolitik.  
65. Congreso Internacional Socialista, 1901.
66. Congreso Internacional Socialista, 1901, pág. 94. 
67. Luxemburg, 1972, vol. I/1, págs. 807-9, énfasis en el original. En su posterior libro La acumulación del capital, Luxemburg invertiría este orden de causalidades enteramente para enfatizar, en cambio, las contradicciones económicas del imperialismo. En su reporte del Congreso de París, Belfort Bax remarcó que “el gran problema práctico de la socialdemocracia actualmente es combatir el imperialismo en todos los países en el interés de la solidaridad internacional” (Bax, 1900, pág. 4). 
68. Internationaler Sozialistenkongress vom 23, bi 27, Septiembre de 1900 en París, Resolution zur Kolonialpolitik, en Institut fur Marxismus-Leninismus 1975 (de.), Band IV: Marz 1898-Juli 1914, 1975, pág. 61. 
69. Henriette Roland Holst: “Het V de International Soc. de. Kongress”, Nieuwe Tijd, V (1900), págs. 290-1, citado en Hansen, 1973, pág. 88, nota 22. 
70. Bernstein, 1900c. 
71. Shaw (de.), 1900, pág. 3. 
72. Shaw (de.), 1900, págs. 47 y 49. 
73. De Leon, 1904, págs. 96-7. 
74. Congreso Internacional Socialista, 1976-85, tomos 14-15: VII. “Congrès socialiste international”, Amsterdam 14-20 août 1904 (ver el reporte y borrador de resolución del revisionista holandés Henri van Kol sobre política colonial en las págs. 36-63). Ver también la evaluación de van Kol del Congreso de Amsterdam en van Kol, 1904.  
75. Drechsler, 1980. 
76. Luxemburg, 1919, pág. 40. 
77. Stargardt, 1994, pág. 58. 
78. Kautsky, 1907, pág. 588, citado en Schorske, 1970, pág. 63. Para una evaluación revisionista de las elecciones, ver Calwer, 1907. 
79. Liebknecht, 1907, pág. VI. Sobre la elección de los hotentotes, ver más adelante la introducción al capítulo 21. 
80. Ver capítulo 21 en Discovering Imperialism. 
81. Congreso Internacional Socialista, 1907, págs. 27-8. Pasajes en inglés en Riddell (de.), 1984, págs. 10-14.
82. Congreso Internacional Socialista, 1907, págs. 28-29.
83. Congreso Internacional Socialista, 1907, págs. 29-30.
84. Congreso Internacional Socialista, 1907, págs. 32-3.
85. Una perífrasis de la frase de Thomas Jefferson: “Algunas personas creen que nacieron con espuelas y que otros nacen con una silla de montar en la espalda”.
86 . International Socialist Congress, 1907, págs. 34-5.
87. El Partido Socialista de Norteamérica, formado en 1901 mediante la fusión del Partido Socialdemócrata de América y de disidentes del Partido Obrero Socialista, presentó a Eugene Debs como su candidato presidencial contra Theodore Roosevelt en 1904. 
88. Congreso Internacional Socialista, 1907, pág. 35. 
89. Congreso Internacional Socialista, 1907, pág. 37. El Congreso presenció otras diatribas racistas, notablemente el argumento del delegado norteamericano Morris Hillquit en favor de la restricción legal de la inmigración asiática a Estados Unidos. Congreso Internacional Socialista, 1907, págs. 36-7. 
90. Internationaler Sozialisten kongress vom 18, bis 24, agosto 1907 en Stuttgart, Resolution zur Kolonialpolitik, en Institut fur Marxismus-Leninismus, 1975 (de.), págs. 212-13. 
91. Lenin, 1907, pág. 76. 
92. Lenin, 1907, págs. 76-7. 
93. Lenin, 1907, pág. 79.
94. Ver Loughlin, 2003. 
95. Loughlin, 2003, pág. 523. 
96. Congreso Internacional Socialista, 1907, pág. 83, Riddell (de.), 1984, pág. 26.
97. Congreso Internacional Socialista, 1907, pág. 82, Riddell (de.), 1984, pág. 24.
98. Congreso Internacional Socialista, 1907, pág. 82, Riddell (de.), 1984, pág. 25.
99. Congreso Internacional Socialista, 1907, pág. 84, Riddell (de.), 1984, pág. 25.
100. Congreso Internacional Socialista, 1907, pág. 84, Riddell (de.), 1984, pág. 27. 
101. Congreso Internacional Socialista, 1907, pág. 84, Riddell (de.), 1984, pág. 28. Sobre Hervé, ver más adelante el capítulo 51, nota 11.  
102. Hervé citado por Loughlin, 2003, pág. 522. Loughlin también reporta (pág. 523), que a continuación de este encuentro en Stuttgart, Hervé resumió su experiencia de la siguiente manera: “Estaba excitado de conocer personalmente a la socialdemocracia alemana a la cual por años había conocido y descartado como si nada, por sus puntillosas y sutiles disputas sobre la exégesis de Karl Marx. Ahora he visto a los proletarios alemanes en las calles de Stuttgart. Mis ingenuas ilusiones están destruidas; son todos buenos, conformes y satisfechos burgueses”.
103. Resolución de Stuttgart sobre “Militarismo y conflictos internacionales”, en Joll, 1974, págs. 206-8. 
104. Lenin, 1907, pág. 80.
105. Schorske, 1970, pág. 85.
106El juicio contra Liebknecht comenzó el 9 de octubre de 1907 y duró tres días: la Corte Suprema Imperial lo encontró culpable de abogar por la abolición del ejército permanente y lo sentenció a 18 meses de prisión por alta traición. 
107. Citado en Schorske, 1970, pág. 77. El ministro de Guerra prusiano, Conde Karl von Einem, se regocijó ante esta declaración de patriotismo: “Acepto la aseveración del anterior orador, que el Partido Socialdemócrata está decidido, en caso de una guerra de agresión contra el Reich alemán, a defenderlo con la misma lealtad y devoción que los otros partidos”. Vorwärts (26 de abril 1907), citado por Paul Lensch en Sozialdemokrati sche Partei Deutschlands, 1907, pág. 263.
108 Discurso de August Bebel en el Reichstag del 7 de marzo de 1904. Reichstag, 1904, Stenographische Berichte über die Verhandlungen des Reichstags. XI. Legislaturperiode. I. Session, erster Sessionsabschnitt, 1903/1904, Zweiter Band, pág. 1588C (para el discurso completo de Bebel, ver págs. 1583C-1592A). 
109. Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1907, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 15, bis 21, Septiembre 1907, pág. 233. 
110. Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1907, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 15, bis 21, Septiembre 1907, pág. 246-7. 
111. Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1907, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 15, bis 21, Septiembre 1907, pág. 254-5. De acuerdo con Karl Retzlaw, el comentario era constantemente citado por los trabajadores alemanes durante la guerra y causó “inestimable daño” al proveer “una cohartada” para el defensismo. Retzlaw, 1972, pág. 29, citado en Craig Nation, 1989, pág. 252, nota 44. 
112. Trotsky, 1918a, págs. 149-50. 
113. Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1907, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 15, bis 21,Septiembre 1907, pág. 261-2. En una carta escrita el 25 de septiembre de 1909 al escritor socialista americano Upton Sinclair en un inglés más bien torpe, Kautsky dijo más: “Puedes estar seguro que nunca llegará el día en que los socialistas alemanes pedirán a sus seguidores que tomen las armas por su madre patria... Si hubiera guerra hoy, no sería una guerra por la defensa de la patria, sería por propósitos imperialistas, y una guerra así encontrará al total del Partido Socialista de Alemania en vigorosa oposición. Eso podemos prometer. Pero no podemos ir demasiado lejos y prometer que esa oposición tomará la forma de una insurrección o de una huelga general, si es necesario, ni podemos prometer que nuestra oposición será tan fuerte como para prevenir la guerra”. Archiv des Vereins für Geschichte der Arbeiterbewegung, Wien. Citado en Steinberg, 1972, pág. 26.
114. Lensch, 1912c. Ver capítulo 41 de Discovering Imperialism.
115. Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1907, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 15, bis 21, Septiembre 1907, págs. 266-7.
116. Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1907, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 15, bis 21, Septiembre 1907, págs. 271-2.
117. Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1907, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 15, bis 21, Septiembre 1907, págs. 281-2.
118. Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1907, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 15, bis 21, Septiembre 1907, pág. 282-3.
119. Ibíd.
120. Sozialdemokratische Partei Deutschlands, 1907, Protokoll über die Verhandlungen des Parteitages abgehalten zu Essen vom. 15, bis 21,Septiembre 1907, pág. 290. Ver los artículos de Kautsky en Day y Gaido (eds.), Witnesses to Permanent Revolution: The Documentary Record (Brill, 2009).
121. Kautsky, 1907b, pág. 56.
122. Kautsky, 1907b, pág. 57.
123. Kautsky, 1907b, pág. 58.
124. Kautsky, 1907b, pág. 59.
125. Kautsky, 1907b, pág. 46.
126. Kautsky, 1907b, pág. 65.
127. Kautsky, 1907b, pág. 66.
128. Kautsky, 1907b, pág. 35.
129. Kautsky, 1907b, pág. 39.
130. Kautsky, 1907b, pág. 41.
131. Kautsky, 1907b, pág. 44.
132. Kautsky, 1907b, pág. 45.
133. Kautsky, 1907b, pág. 76.
134. Kautsky, 1907c.
135. Bernstein, 1907b. En esta ocasión, Bernstein agregó gratuitamente otro comentario racista, esta vez en referencia no a los nativos norteamericanos, como lo había hecho en Stuttgart, sino a los chinos: “Yo soy el último en exagerar el peligro mongol. Pero no por eso soy ciego a los avances del mongolismo [Mongolentums] y a los problemas que implica”. Bernstein, 1907b, pág. 996.   
136. Bernstein, 1907b, pág. 989.
137. Víctor Adler proclamó, en 1900 en el V Congreso Socialista Internacional en París, que “nosotros, en Austria, tenemos nuestra propia pequeña Internacional”. Joll, 1974, pág. 120.
138. La actitud de Lenin frente a la cuestión judía oscilaba entre apoyar la máxima de Kautsky: “Los judíos en Galicia y  Rusia son más una casta que una nación, y los intentos por constituir al judaísmo como una nación son los intentos por preservar una casta” y la propia definición de Lenin del judaísmo como “la única nación extra-territorial (que no tiene su propio territorio)”. Lenin, 1913c, pág. 248, y Lenin, 1913d, pág. 506.  
139. Lenin, 1914a, pág. 398. Trotsky también argumentó que “a pesar de todas las profundas investigaciones realizadas a principio de siglo, el partido [austríaco] nunca hizo la distinción entre naciones opresoras y oprimidas, que era la clave de las políticas bolcheviques sobre la nacionalidad” (Trostky, citado en Low, 1986, pág. 14 y Kuhn, 2007, pág. 28). Roman Rosdolsky señaló que la socialdemocracia austríaca “proclamó a grandes voces su compromiso con el internacionalismo y el derecho de los pueblos a la autodeterminación, pero en la práctica, apoyó una política que dejó las posiciones decisivas del poder del Estado en manos de la minoría alemana”. Rosdolsky, 1987, pág. 184, citado en Kuhn, 2007, págs. 27-8, énfasis en el original. 
140. Renner, 1915, pág. 10, citado en Lesser, 1968, pág. 174. A pesar de que Karl Kautsky pertenecía a una generación anterior, vivía en Alemania y trabajaba para el SPD, fue criado y educado en Viena, y luego de 1910 se volvió líder de la facción de centro de la socialdemocracia, cuyos principales teóricos eran austromarxistas.
141. En su estudio del austromarxismo, Norbert Leser escribió que el grupo “apareció como una variedad y una tendencia, en muchas maneras como la tendencia principal, del centro marxista, ese agrupamiento político que se ubicaba entre el reformismo y el bolchevismo, y cementaba teóricamente también esta postura media” (Leser, 1968, pág. 177). En 1927, Bauer describió el austromarxismo como una “tendencia intelectual internacional del centro marxista -no una particularidad austríaca sino una corriente dentro de la Internacional, que tiene sus representantes y seguidores en todo partido socialista” (Otto Bauer, 1927, pág. 550, citado en Leser, 1968, pág. 177). Ver también Bauer, 1978 y 1927b. Lenin condenaba a los austromarxistas por ocupar el “centro” de la socialdemocracia y tratar de “quedar bien con unos y otros”, simulando estar en desacuerdo con los oportunistas en teoría, pero acordando en todo con ellos en la práctica (Lenin, 1919). León Trotsky, quien vivió en Viena entre 1907 y 1914, fue aún más duro. Luego de la Revolución de 1917, llamó a Kautsky, quien se volvió el crítico más severo del bolchevismo, “el fundador y más consumado representante de la falsificación austríaca del marxismo”. En la opinión formada de Trotsky, el austromarxismo era “una teoría erudita y forzada de la pasividad y la capitulación”. Leo Trotzki, “Die Austromarxisten”, en Kommunistischen Partei Osterreichs (ed.), 1921, pág. 7, citado en Leser, 1968, págs. 177-9 (ver también la evaluación de Trotsky del austromarxismo en Trotsky, 1920, págs. 177-87 y en Trotsky, 1941, págs. 152-6).  
142.  Marx, 1992, pág. 615.
143. Marx, 1978b, págs. 486-7.
144. Marx, 1976, pág. 770.
145. Marx, 1978b, pág. 390.
146. Marx, 1992, pág. 365.
147. Bernstein, 1993, págs. 18-19.
148. Marx, 1992, págs. 344-5.
 
 
 
 
 
 

 

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