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Respuesta a Marcelo Ramal

Por Gabriel Solano

Quien haya leído la respuesta que el compañero Marcelo Ramal ha elaborado a Pablo Giachello habrá podido constatar su abuso de un recurso clásico de las polémicas, que ocurre cuando se quiere eludir el punto que dio origen al debate. En vez de centrarse en tratar de demostrar que el pronóstico establecido por Jorge Altamira en “Panorama mundial” se ajustó a los hechos posteriores, Marcelo nos cuenta una historia donde el punto de debate queda por completo ignorado. A este recurso, bastante común en las polémicas perdidosas, se le agrega otro: valerse del método de la amalgama, en el cual el crítico se auto-arroga una libertad interpretativa, adjudicándole al otro posiciones que no tiene, por medio de deducciones que no respetan el mínimo rigor analítico. Así, por ejemplo, Giachello dice que en relación con la CRCI “debemos indagarnos sobre nuestro desarrollo”. ¿Qué deduce de eso Marcelo? Que Giachello quiere un “partido único o amplio” del tipo PSOL de Brasil o NPA de Francia. O cuando Giachello plantea que el triunfo de Bolsonaro desmiente que la burguesía haya perdido la iniciativa, Marcelo le imputa que se pasó al terreno de Gramsci (!!!). En el colegio primario, ante a este tipo de razonamientos, las maestras suelen objetar con sabiduría “qué tienen que ver los melones con las manzanas”. De este tipo de arbitrariedades, el documento está plagado, lamentablemente. Hubiésemos preferido una polémica leal que persiga como único propósito esclarecer el punto en debate y elevar por esa vía la comprensión del partido. Pero no queremos ponernos en severos, después de todo, ya hemos señalado que este método polémico es más habitual de lo que querríamos. Irse por la tangente, a veces, es el único camino posible de quien no quiere retroceder y admitir equivocaciones. Lo que resulta inadmisible, sin embargo, es el alcance rupturista de su respuesta. Sucede que afirmar que “el método que nos propone Giachello para el desarrollo de una acción internacional debiera conducir a la incineración de todos los libros, folletos y periódicos de nuestros 55 años de lucha política como Partido Obrero…”; “la posición de Pablo, que no es solamente de él, es una regresión teórica y política en la historia de nuestro partido”; y hasta que “Giachello, con su método, cuestiona la oportunidad de la fundación de la Cuarta” (!!!) sientan las bases de una política rupturista. Por cuestionar correctamente que en el proceso electoral de Brasil no se verificó el pronóstico formulado por Altamira de que “la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica y que ha pasado potencialmente a la izquierda independiente de los bloques capitalistas”, Giachello es acusado de haberse opuesto a refundar la Cuarta Internacional en 1938 (¡pobre Pablo, no había nacido todavía!) y querer quemar los libros y periódicos del Partido Obrero de toda su historia. Es un poco mucho, ¿no?

Ah, claro… era sobre Brasil

El punto en cuestión de la polémica es, sin embargo, muy simple. El triunfo de Bolsonaro, un fascista que llega al gobierno por medio de una combinación de golpes y votos, haciendo alarde de un programa reaccionario ante las masas, entendiendo que incluso esa propaganda reaccionaria es un instrumento electoral eficaz, desmiente la especie formulada en “Panorama mundial” de que la “burguesía ha perdido la iniciativa estratégica y que ha pasado potencialmente a la izquierda independiente de los bloques capitalistas”. Si el triunfo de Bolsonaro no sirve como evidencia irrefutable de que este pronóstico no fue adecuado, entonces la polémica ha perdido el sentido mínimo de realidad. Se podría agregar, aunque no sea necesario, que la llamada “izquierda independiente de los bloques capitalistas” (el PSTU) obtuvo el 0,1% de los votos -se podría agregar que antes de ello se dividió y una parte se fue por derecha. Y si estiramos esa caracterización hasta el PSOL (lo cual lo podemos hacer con muchísimas reservas, dados sus compromisos y seguidismos al PT) no cambia el asunto, porque sacó sólo el 0,6% de los votos -o sea, no los votó nadie.

El análisis debe servir para dar cuenta de la realidad, no para negarla y menos aún para presentarla patas para arriba. Si a semejante derrota de la izquierda y al triunfo de la derecha militarista lo vamos a explicar diciendo que “la burguesía perdió la iniciativa estratégica y que ha pasado potencialmente a manos de la izquierda”, entonces no queda otra que levantar ambos hombros y llamarse a un decoroso silencio. ¿Pero no es claro como el agua que en Brasil no fue la izquierda la que tuvo la iniciativa sino el Alto Mando militar, que se valió de la crisis para explotar en su beneficio una salida política en la que queda colocado con un protagonismo superior al del pasado? Sí, es obvio. Otra vez, negarlo no va cambiar esta realidad, por más que no nos guste. Ramal acusa de pesimista a Giachello en varias oportunidades, pero el análisis revolucionario no es el que niega la realidad sino el que mejor da cuenta de ella para preparar a los trabajadores para luchar contra el capitalismo, sus partidos y su Estado.

Alguien podrá objetar que Giachello abusa de lo que se llama “hacer el Prode el lunes”. Esto es, formular pronósticos con el resultado puesto. Pero, en política, el Prode del lunes es fundamental, sobre todo en política marxista, que parte de afirmar que el capitalismo y la lucha de clases se rige por leyes que permiten deducir su curso ulterior. Del mismo modo que un científico corrobora sus hipótesis en un laboratorio, los marxistas deben corroborar sus pronósticos en el laboratorio de la lucha de clases. Si al realizar ese análisis, al final concluimos que las cosas no se dieron del modo previsto, entonces debemos reanalizar la hipótesis inicial para ver dónde estuvo el error. En vez de proceder de este modo, Ramal sigue insistiendo no sólo en “que la burguesía perdió la iniciativa estratégica y que ha pasado potencialmente a manos de la izquierda…”, sino que vuelve con su sentencia del Congreso de que “Brasil es ingobernable”, agregando que en la misma condición de ingobernabilidad estaría toda América Latina. ¿Cuál sería la prueba que Brasil es ingobernable? Según “Panorama mundial”, que no tenía en cuenta la posibilidad de un triunfo de Bolsonaro, la “ingobernabilidad” sería el resultado del fracaso de los golpistas que daría origen al triunfo de un PT debilitado. Esta hipótesis no se verificó, pero Ramal sale a su rescate, contra los hechos. Según Ramal, el triunfo de Bolsonaro sería ahora la muestra de “ingobernabilidad”. Lo dice con todas las palabras: “Bolsonaro es el resultado de un gigantesco vacío político o, dicho de otro modo, de la ‘ingobernabilidad’ de Brasil…”. Resulta difícil ver en tan pocas palabras tanta confusión. Es que la política, como la naturaleza, no tolera el vacío, que es “llenado” por la capacidad de las clases o de sectores de ella por medio de la acción y la iniciativa que logren desarrollar. En Brasil, transitoriamente, ese “vacío” fue llenado ahora por Bolsonaro. Seguir hablando de “ingobernabilidad” carece de sustento, o peor aún, demuestra un instinto suicida poco recomendable. La caracterización de la “ingobernabilidad”, para Ramal, sirve para todo, a lo que entonces agregamos nosotros, no sirve para nada: si gana Bolsonaro, decimos ingobernabilidad; si perdía, también; si ganaba el PT, lo mismo. Más que una caracterización, estamos ante un concepto “chicle”, susceptible de ser utilizado más allá de los resultados parciales de la lucha de clases. Las ingobernabilidades son categorías históricas concretas que, por definición, deben ser superadas o, al menos, las clases ensayan respuestas para superarlas. En determinado momento histórico el Imperio austro-húngaro se transformó en ingobernable; la respuesta fue su desmembramiento y el surgimiento de nuevos Estados. Ocurrió otro tanto con el Imperio otomano a fines de la Primera Guerra Mundial. ¿Qué quiere decir que América Latina y Brasil son ingobernables? ¿Se transformarán en protectorados de potencias imperialistas? ¿Los Estados nacionales actuales serán desmembrados y en su lugar surgirán nuevos Estados? La respuesta no está presente, ni siquiera esbozada en sus líneas generales.

Cuando afirmamos que Bolsonaro cierra transitoriamente ese “vacío de poder” no queremos ni por un instante reducir su importancia. Después de todo, no hay ningún fenómeno político ni natural que no sea transitorio. La dialéctica es la ciencia del movimiento, lo estático no existe. La crisis mundial, con su impacto peculiar en América Latina, ha tenido en Brasil este saldo transitorio. ¿Eso le asegura a Bolsonaro de antemano la capacidad de éxito en su política de ataque general a las masas? De ningún modo. Pero, en sentido inverso, no hay ninguna “ingobernabilidad” que la condene fatalmente al fracaso. Será la arena de la lucha de clases la que termine resolviendo el pleito.

La pregunta que corresponde a la polémica planteada por Giachello y que Marcelo elude incluso formulársela es si el resultado arrojado en las elecciones estaba inscripto en la situación de Brasil y de América Latina al momento de escribirse el “Panorama mundial”. Una lectura atenta del texto mostrará que la palabra “Bolsonaro” no aparece ni una sola vez. Se podrá decir que tampoco aparecía en los textos de otros analistas políticos, y sería por completo cierto. También se podría agregar que en los textos posteriores de Prensa Obrera se caracterizaba en las semanas previas de la primera vuelta que en un balotaje entre Haddad y Bolsonaro ganaría finalmente el candidato del PT. Bueno, no fue lo que ocurrió. El triunfo de Bolsonaro en primera vuelta superó todo lo previsto, al punto que estuvo cerca de ganar sin pasar por la instancia del balotaje. Luego ganó en los distritos obreros más importantes donde surgió el PT, como Porto Alegre y San Pablo. Visto retrospectivamente (el llamado Prode del lunes), debemos concluir que los elementos para este triunfo estaban presentes en la situación política.

Cuando la clase obrera, o sectores muy importantes de ella, terminan votando por un Bolsonaro es porque en el proceso político previo no pudo estructurarse como clase ni oponer una resistencia adecuada a los problemas políticos que se le presentaron. En el caso de Brasil fue exactamente lo que ocurrió. Fue Bolsonaro quien explotó más a fondo la huelga camionera, en principio pronunciándose en apoyo y luego criticando la desorganización económica producto de la misma.

La burguesía, que supuestamente perdió la “iniciativa estratégica”, logró, primero, terminar con el gobierno de Dilma, luego encarcelar a Lula y finalmente proscribir su candidatura. Todo esto sin generar una huelga general ni una lucha de alcance general. El golpista Temer anduvo a los tumbos, impuso parte de su plan y otra parte no pudo. Su candidato nunca levantó en las encuestas y otro grupo capitalista, el de Bolsonaro, aprovechó ese impasse para crecer como alternativa y llegar al poder con el apoyo decisivo de las Fuerzas Armadas, los sectores capitalistas del agro, la burguesía paulista y la iglesia evangélica. Así, mientras se proclama genéricamente “vacío de poder” e “ingobernabilidades”, en el proceso político concreto, las fuerzas en presencia dieron una lección de acción política.

Ahora bien, ¿este triunfo de Bolsonaro niega las tendencias más generales de la bancarrota capitalista internacional y su impacto en América Latina? Obviamente que no. Pero, por otro lado, ¿la bancarrota capitalista niega el triunfo de Bolsonaro? Tampoco. El análisis concreto debe unir todas las determinaciones de la situación presente. El gobierno de Bolsonaro nace condicionado por el alcance de la crisis (fuga de capitales a las metrópolis, guerra comercial y no sólo comercial especialmente entre Estados Unidos y China, que afecta duramente a Brasil, endeudamiento gigantesco de su Estado, retroceso industrial, criminalización de la sociedad y crecimiento del peso del narcotráfico, impacto ambiental de los planes de arrasamiento del Amazonas, etc.) y buscará ser también una respuesta a dicha crisis, por medio de una acción contra las masas. Contra lo que afirma Ramal, por ahora, la iniciativa la tiene la burguesía, no la izquierda ni los trabajadores. Es demasiado obvio eso para negarlo.

Ingresamos aquí a una cuestión política y metodológica importante, que obliga a detenernos con algún detalle. El triunfo de Bolsonaro es el resultado del impasse en las organizaciones obreras y su colosal crisis de dirección. Esta crisis permitió avanzar en las políticas golpistas y una ofensiva redoblada contra las condiciones de vida de las masas. Por lo tanto, es un error afirmar que el resultado podría haber sido el contrario, porque el desenlace transitorio estaba condicionado por este impasse de la clase obrera. A la luz de lo expuesto, no corresponde señalar que si “Macri y CFK no polarizan, el Bolsonaro de 2019 será la izquierda”, ya que se trata de un análisis simplista y fuera del proceso político real. Este tipo de afirmaciones desarma al activismo clasista detrás de una ilusión electoral, pues pasa por alto las dificultades que impone el rol desmoralizador del nacionalismo burgués en los lugares de trabajo. El proceso que prepara un ascenso de la izquierda es el opuesto al del ascenso de la derecha. No estamos ante una moneda en el aire, que puede caer aleatoriamente para un lado o el otro. Un ascenso, incluso electoral de la izquierda, debe tener su correlato en la lucha de clases con mayor iniciativa por parte de la clase obrera y los explotados. Si esto no sucediera así, ese ascenso electoral tendría limitaciones importantes (tenemos nuestra propia experiencia en Salta como para verificarlo). En cambio, el ascenso de la derecha sigue un curso contrario. Los trabajadores terminan votando por alternativas derechistas como resultado de un impasse de sus organizaciones y direcciones.

Sistema de consignas

En su texto, Ramal cuestiona el sistema de consignas que rige la actividad del Partido Obrero y que él mismo votó en el Comité Nacional. Dejemos de lado que nos enteramos de ello por una polémica en relación con Brasil y no a la Argentina. ¿Qué hubiese pasado si Giachello no escribía su texto? Imposible responder. Pero vamos a lo importante. Su oposición es concreta. Las consignas votadas por el Comité Nacional plantean “que la crisis la paguen los capitalistas”, “Abajo el plan de guerra de Macri, los gobernadores y el FMI”, “paro activo nacional y congreso de bases”, “fuera Macri y el régimen corrupto de kirchneristas y pejotistas”, “Asamblea Constituyente soberana”, “gobierno de los trabajadores”. De la minuta de Ramal, se desprende que, según su comprensión, las primeras consignas serían exclusivamente “sindicales”. Obviamente no es así, pero a él le sirve para imputarle a Giachello un pensamiento previo al Qué Hacer, de Lenin, de 1903. Detrás de la imputación infundada se deja traslucir una posición metodológicamente equivocada, a saber: presentar la agitación política al margen del análisis real de la lucha de clases. Para Ramal, tener en cuenta ese factor sería sindicalista y desmoralizante, además de innecesario. ¿O después de todo no podemos ser nosotros Bolsonaro sin que medie un ascenso de las masas en su lucha? Como se ve, hay que reconocer una coherencia en este enfoque equivocado. Ya en los últimos congresos tuvimos estos debates, por ejemplo, con las consignas de la huelga general o de las coordinadoras. La polémica, desde ya, no se desarrolló sobre las ventajas en abstracto de esos planteos, sino sobre la oportunidad política o, para decirlo de otro modo, si se correspondía con las tendencias subjetivas del momento. La ventaja que nos permite la mirada retrospectiva demuestra que esas consignas, efectivamente, no se correspondían con la situación del momento. Salvo, claro, que algunos consideren que si el partido las hubiese planteado entonces sí hubiésemos tenido una huelga general y coordinadoras. Pero no creo que nadie se anime a tanto. Somos aún un pequeño partido, que no puede atribuirse que los hechos ocurrirán o no según sean sus planteos. Si la tendencia a la formación de coordinadoras hubiese existido, entonces debieran haberse formado, al menos en algún nivel. Otro tanto debiera haber sucedido con la huelga general.

Brasil demuestra que no es así, y le da la razón al sistema de consignas votado por el Comité Nacional del Partido Obrero con el apoyo del propio Ramal, aunque ahora se retracte. Sucede que nuestras consignas apuntan a una intervención de las masas en la lucha de clases, sin la cual las consignas de poder en la coyuntura pierden su efectividad. Esas consignas tienen un valor político fenomenal y operan como un terreno de delimitación con las demás tendencias y partidos, en especial con el kirchnerismo. ¿O no es claro que el kirchnerismo no quiere derrotar la ofensiva contra las masas sino esperar al proceso electoral de 2019? La intervención de las masas es lo que puede modificar la situación presente y condiciona finalmente nuestro propio desarrollo. Trotsky, por ejemplo, en su Historia de la Revolución Rusa, hace un análisis detallado de las huelgas, de la cantidad de obreros que participan de ellas, de sus programas y tendencias. Nunca se lo hubiese ocurrido formular las consignas de poder con independencia de ello.

Esta polémica se planteó en oportunidad de la elaboración del documento para la Conferencia Latinoamericana. En la versión original del texto, presentado por Altamira, se planteaba la consigna de Asamblea Constituyente para América Latina. Un debate en el Comité Ejecutivo cuestionó ese planteo, considerándolo equivocado. ¿Corresponde, por ejemplo, la consigna de la Constituyente en Brasil? Luego del reciente triunfo de Bolsonaro, la Asamblea Constituyente soberana sólo puede ser la soberanía de Bolsonaro y del Alto Mando militar. Formular una consigna de poder democrática (la Constituyente) cuando el Alto Mando militar se impuso en las urnas es un error. Pero es un error que responde a una lógica: la de formular las consignas con independencia de estadio de la lucha de clases y/o sobre la base de una caracterización incorrecta. El triunfo de Bolsonaro no es la consecuencia de la “ingobernabilidad de Brasil” sino del impasse de las organizaciones de clase obrera y sus direcciones para enfrentar una crisis de fondo, que llevó a que un facho, en acuerdo con el Alto Mando militar, aproveche la situación.

A lo largo de la Historia, ha ocurrido que golpes muy duros contra la clase obrera dieron origen, posteriormente, a levantamientos populares y situaciones revolucionarias. Por ejemplo, la derrota del golpe del ’66, precedida por la claudicación de los “planes de lucha” de la CGT y la entregada del sindicalismo peronista y el mismo Perón (“desensillar hasta que aclare”), fue sucedida por un proceso de luchas obreras que culminó en el Cordobazo y los “azos” de fines de los sesenta. La clase obrera rusa sufrió una derrota en el ’14, se levantó del golpe e inició luego el proceso de luchas que llevarían a la revolución de febrero. La revolución china estuvo precedida por las derrotas más sangrientas que haya vivido el proletariado en su historia. Pero una cosa es trabajar políticamente con la mira en reorganizar al movimiento obrero, dotarlo de una perspectiva política para enfrentar los golpes de la burguesía sobre la base de un programa y una organización revolucionaria, y otra muy distinta es negar estos golpes en nombre de la precariedad más general que impone la bancarrota capitalista.

Para defender su punto de vista, Marcelo comete errores que no son propios de él. Nos dice, por ejemplo: “Todo el poder a los soviets, ¿no era propaganda?”. Sí, claro, pero tenía que haber soviets para justificar esa consigna. ¿Pequeño detalle, no? Antes había habido revolución de febrero, que había dejado al Estado burgués herido de muerte. El Gobierno Provisional sólo se sostenía por la falta de conciencia de la clase obrera en que debía hacerse del poder con los órganos de doble poder que había creado. El famoso “explicar, explicar, explicar” de Lenin tenía que ver con que lo que trababa el acceso al poder de la clase obrera era meramente subjetivo, porque el Estado burgués estaba en ruinas. En varias oportunidades hemos acusado de democratizantes a quienes repiten el famoso “explicar, explicar, explicar”, sin percatarse que sólo es lícito en condiciones que el Estado burgués ha sido seriamente golpeado en su capacidad de contener y en particular de reprimir al proletariado y las masas explotadas.

Decadencia capitalista y sentencia histórica

Para evitar embarrar el debate con subjetividades, nos limitamos a señalar aquí que las imputaciones de Ramal a Giachello, adjudicándole negar el alcance de la decadencia capitalista o, peor aún, negándole a esta ser una categoría histórica precisa que determina y condiciona la lucha de clases y los procesos políticos, son equivocadas. Es claro que en toda polémica es importante saber qué es lo que se debate. Y aquí el punto de partida fue la situación actual de Brasil y de América Latina. Giachello criticó el señalamiento de Altamira sobre la pérdida de iniciativa estratégica de la burguesía y que dicha iniciativa pasase a la izquierda (potencialmente), y afirmó con razón que no puede invocarse la decadencia capitalista como causa suficiente para negar la iniciativa política de la burguesía en los procesos concretos. En un caso, la decadencia capitalista refiere a una etapa histórica y, en el otro, la iniciativa política de la burguesía, a una coyuntura política precisa. Confundir en un debate un plano y otro sólo puede conducir a la confusión.

Aclarado este punto, debiera ser superada la controversia. Sin embargo, no fue lo que sucedió, porque Ramal insiste en afirmar que, bajo la época del imperialismo, la burguesía no puede tener “iniciativas estratégicas”. Pero en un siglo, la burguesía ha retomado la iniciativa y la ha perdido en innumerables ocasiones, y a lo largo y ancho del planeta. La ha perdido con las revoluciones socialistas y la ha ganado con la recolonización capitalista de China y la ex URSS. La perdió al final de la Segunda Guerra Mundial al triunfar la revolución en Yugoslavia y la ganó con la creación de la Unión Europea, el euro y la disolución de Yugoslavia, guerra fraticida-imperialista mediante. Antes que ello, la había ganado el imperialismo yanqui con el Plan Marshall, que le permitió condicionar y subordinar a Estados Unidos al imperialismo europeo de manera decidida e imponer el reinado del dólar. Y antes, la burguesía alemana había recuperado la iniciativa que perdió luego de la Primera Guerra Mundial y con Hitler logró dominar buena parte de Europa hasta su derrota en 1945. El listado podría ser larguísimo y siempre llegaríamos a la misma conclusión: la época imperialista (de reinado de los monopolios y del capital financiero, de choques entre Estados en su defensa, de guerras y revoluciones) es el resultado de la decadencia capitalista, donde se acentúan sus tendencias más reaccionarias. En esta época, sin embargo, no se anula la acción de la burguesía ni mucho menos. Como lo señalara extraordinariamente Trotsky, la época imperialista une dialécticamente dos opuestos: por un lado, la decadencia capitalista afecta a la burguesía como clase, en tanto representa un sistema de producción en declinación histórica; por el otro, enfrenta esa situación negativa habiendo acumulado una larga experiencia histórica en la dominación de la sociedad y del Estado, otorgándole un arma importantísima para mantener su hegemonía. Desde que este señalamiento fue hecho, es claro que no ha dejado de confirmarse una y otra vez.

Volviendo a cómo desarrollar una polémica, la decadencia histórica del capitalismo puede ser invocada bien o mal, depende cómo se la utilice. Ante quienes luego de la restauración capitalista en la ex URSS y en China afirmaban que se había acabado la historia y que el capitalismo se encumbraba como un sistema eterno, nuestra caracterización de la decadencia capitalista (catastrofismo) fue absolutamente correcta, porque mostramos que las propias leyes de desenvolvimiento del capital conducen a crisis de mayor alcance, lo que la época imperialista se ve acentuado de mil modos. Así, pudimos anticipar que la incorporación de China y la ex URSS a la órbita capitalista produciría choques a una escala mayor, porque se incorporaban nuevos competidores en un mercado mundial saturado de capitales y mercancías. Pero esta caracterización absolutamente cierta hubiese sido utilizada equivocadamente, si basándonos en ella, hubiéramos negado que la restauración capitalista implicó un retroceso fenomenal de la clase obrera, porque implicó arrasar con los Estados que en su momento expropiaron al capital, abriendo una competencia enorme entre los trabajadores a nivel internacional, que le permitió al capital obtener beneficios enormes mediante la explotación de una fuerza de trabajo de los países de la periferia y agravar la condiciones de explotación de los trabajadores del centro imperialista.

En su texto, Ramal cae en la unilateralidad que aquí hemos criticado. Dice que el capital “ha impuesto la restauración capitalista para enfrentarse enseguida a un conflicto mortal con las potencias que emergieron de esa restauración…”. Esto es así, claro, pero a condición de admitir que el capital impuso la restauración -o sea, se anotó un triunfo- y que los nuevos choques son ahora entre Estados capitalistas y no ya con Estados obreros. Negar esa imposición del capital en nombre de que perdió su “iniciativa estratégica” es negar una realidad palpable. Ese triunfo tuvo su impacto en el plano subjetivo y le dio al capital la fuerza para cooptar a la izquierda de distintas tribus a la defensa del Estado burgués y del régimen capitalista. Al negar este hecho, Ramal presenta como explicación aquello que debe ser explicado. En chiquito, un ejemplo sucede con nuestro propio trabajo internacional (más adelante hablaremos un poco más del mismo) cuando afirma que Causa Operaria, fundada en buena medida por nosotros, se fue con el PT y con Lula. Pero lo de Causa Operaria sucede con el 99% de los grupos de izquierda, que se han pasado al bando capitalista. Si este hecho se dio en un cuadro donde la burguesía perdió la iniciativa estratégica y pasa a la izquierda, entonces ya no sabemos de qué estamos hablando o las palabras han perdido el sentido por nosotros conocido.

Lucha de clases y bancarrota capitalista

Ramal va muy a fondo en una concepción equivocada sobre la dialéctica de la lucha de clases y la bancarrota capitalista. Se enoja con Giachello señalando: “el compañero arremete, por último, contra lo que sería un abordaje objetivista de la crisis, despreciando el carácter concreto de la lucha de clases. Una cosa sería la ‘crisis capitalista’ -o sea, la deuda brasileña igualando el PBI, la bancarrota industrial, etc. Otra cosa, ‘la lucha de clases y las fuerzas políticas que intervienen’. Giachello borra de un plumazo, con esa acusación, otra de las luchas estratégicas del Partido Obrero, a saber, la de haber asumido como punto de nuestra acción ‘la tendencia del capital a su autodisolución’. Finalmente, la subjetividad revolucionaria se desarrolla como la conciencia de una cierta condición objetiva -o sea, la declinación capitalista”.

¡No podemos más que disentir con este párrafo! La relación dialéctica que existe entre la declinación capitalista y la lucha de clases no habilita a confundir a una con la otra. Tiene razón Giachello cuando dice que la lucha de clases no es lo mismo que la declinación capitalista. Esto incluso lo reconoce Ramal, cuando introduce la idea de la “conciencia” obrera de la declinación capitalista. ¡Pero el proletariado de San Pablo acaba de votar por Bolsonaro! Si la declinación capitalista y la lucha de clases fuesen lo mismo, claro, el socialismo debiera haber triunfado hace ya más de un siglo. Sin embargo, no fue lo que sucedió. Trotsky lo resume maravillosamente al comienzo del Programa de Transición, cuando señala que las condiciones objetivas están maduras y hasta se están comenzando a pudrir, haciendo alusión metafóricamente a la declinación capitalista. Pero la crisis de la humanidad se resume en la crisis de la dirección del proletariado, que le impide a la clase obrera traducir automáticamente la bancarrota capitalista en una ofensiva para terminar con el régimen de explotación y opresión. El Programa de Transición y la fundación de la IV Internacional fueron la respuesta de Trotsky para tratar de saldar esa diferencia entre el factor objetivo y el subjetivo. Esta falencia metodológica se conecta con otra. Las crisis capitalistas no deben presentarse como un acontecimiento indeterminado, ignorando los procesos políticos que sirven para darle un carácter concreto al análisis. Al revés, podemos afirmar que las crisis, por lo que tienen de excepcional y que ponen en juego de modo concentrado incluso la sobrevivencia de grupos económicos, de sectores nacionales y hasta de Estados, intensifican la lucha de clases y las salidas políticas.

Recogiendo la famosa alusión a los internacionalistas que cabían en un sillón al comenzar la Primera Guerra Mundial, Ramal echa mano a una analogía inadecuada para dar cuenta de la situación actual. Se enoja con Giachello por citar que nuestras convocatorias internacionales son “modestas” y le imputa por ello haberle dado “una puntada a la historia del bolchevismo”. ¿O acaso no era lo que sucedía en Zimmerwald, donde sólo acudieron unos pocos internacionalistas y un par de años después éstos encabezarían la Revolución Rusa? Ay, ay, ay, ay… ¿De qué estamos hablando? Los internacionalistas que “cabían en un sillón” eran parte de partidos obreros de masas, como el alemán, el francés, el austríaco, etc. Los propios bolcheviques habían protagonizado la revolución de 1905 y ganado las elecciones de la Duma obrera antes de que comenzara la Gran Guerra. La Segunda Internacional organizó partidos obreros de masas, como nunca más se vieron, y la Tercera Internacional comenzó como una ruptura de ella. Partidos enteros, como el ruso, la formaron de entrada y otros pidieron su ingreso después, como el italiano. Comparar esa situación con la actual ayuda a confundir, no a aclarar. También fue Trotsky quien advirtió que los partidos deben prepararse en las instancias previas al estallido revolucionario, porque una vez que éstos se producen su capacidad de recuperar el tiempo perdido se hace mucho más dificultoso. La derrota de la clase obrera rompió ese hilo histórico y el trabajo que debemos realizar consiste en buena parte en su reconstrucción. La etapa histórica, claro, ya no es la misma. La época de desarrollo capitalista en la que fue creada la Segunda Internacional ya dejó de existir y nunca más volverá. La Tercera fue hundida en la degeneración y traición estaliniana. Nuestra lucha por refundar la IV Internacional en las condiciones actuales parte de este balance histórico y se nutre de los triunfos y derrotas. Vivimos en la época de la Revolución de Octubre -o sea, donde la dialéctica del proceso histórico se debate entre la revolución y la barbarie.

Partido

Las consideraciones de Ramal son equivocadas pero, así y todo, no constituyen una capitulación ni su defensa requiere quemar ningún libro de la historia del Partido Obrero. Son posiciones que entiendo incorrectas, pero que pueden ser superadas en el cuadro del trabajo colectivo de un partido. No son fundamento siquiera para una fracción o una tendencia. Lo que nos debe poner en alerta es que pueden servir para profundizar errores o, al menos, para no corregirlos a tiempo. La tendencia a no elaborar las consignas en relación íntima con la lucha de clases y el estadio de la conciencia de la clase obrera en nombre del papel excluyente que adquiere la bancarrota capitalista puede terminar atentando contra el propio partido.

Durante un período, hasta los organismos de dirección del Partido Obrero dejaron de funcionar, comenzando por su propio Comité Nacional. O tuvimos convocatoria de Congresos del Partido Obrero sin su respectivo informe de actividades. Aunque nunca fue expresado de ese modo, se puede entender la relación entre una cosa y la otra: para qué tanto informe de actividades y funcionamiento regular de los organismos, si alcanza con explicar el alcance de la bancarrota capitalista. Por suerte, el partido se puso en alerta ante este desvío que ponía en peligro su propia sobrevivencia.

El método revolucionario requiere desarrollar la acción del partido combinando en una misma acción las perspectivas generales de la época histórica en íntima relación con la lucha de clases. Esto vale para las consignas, para nuestra propaganda y los métodos de organización. Ramal, por ejemplo, en su texto sigue hablando de la misma manera de la Constituyente del mismo modo que hablábamos hace tres meses cuando lanzamos la campaña. ¿Sirvió para que tengamos la “ofensiva estratégica”? A priori, pareciera que no. Pasando revista de su aceptación en el movimiento de las masas y de las organizaciones más avanzadas de estas, debiéramos concluir que ha sido tomada con frialdad o incluso ignorada. La razón puede ser el peso del kirchnerismo entre los sectores más activos de los trabajadores y la juventud, que ha logrado imponer su punto de vista de esperar a las elecciones de 2019 desechando el “fuera Macri” y las medidas de fondo que van unidas a la consigna de la Constituyente. ¿Debiéramos retirar la consigna? Opino que no, ya que sigue siendo instructiva para formular un programa de reorganización general del país en oposición a todos los partidos capitalistas y su Estado. Esa utilidad para establecer una delimitación estratégica, en tanto sigue sin plantearse el gobierno de los trabajadores por el estado actual de conciencia de las masas, nos debe llevar a defender la consigna. Pero si la consigna tiene esta función, es claro que no puede ser ni la única ni siquiera la dominante, sino que debe ser incorporada a un planteo más amplio.

En el trabajo internacional el método debe ser el similar. Marcelo comete un error grosero cuando concluye en un elogio innecesario e inmerecido a nuestro trabajo. Acabamos de realizar una conferencia latinoamericana aún más modesta que las anteriores, con destellos bochornosos, como ser la presencia de una nicaragüense que apoyó a la OEA y una salvadoreña que, con ciertas reservas, puede ser calificada como de izquierda en un sentido amplio. Estuvieron ausentes los chilenos y bolivianos, y de Brasil sí estuvo la novedad de un grupo que rompió con Causa Operaria y que habrá que ver su evolución. Giachello tiene razón en que debemos indagar sobre nuestro propio desarrollo, también en el terreno internacional, y es falso que eso fuera hacernos preguntas sin respuestas, como le criticó Ramal. Todas las preguntas tienen respuestas, sólo que algunas no nos gustan. Pero eso es otro cantar. El avance en la construcción del Partido Obrero y de la IV Internacional nos obliga a indagar también en ellas.

21/11/18

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Gabriel Solano

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