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El fascismo sin clases: respuesta a Marcelo Ramal

Por Juan García

En el transcurso de la polémica desenvuelta con Pablo Giachello, Marcelo Ramal produjo un texto notable, que tiene que llamar la atención de todo el partido. En primer lugar, por la caracterización del fascismo.

Dice Ramal: “El fascismo es un producto de la catástrofe capitalista, y no la ‘sagaz estrategia’ del capital para derrotar a las masas”. Luego ahonda el punto sosteniendo que “Salas retrocede en el tiempo hasta el nazismo y el fascismo, señalando que ‘fue estimulado por los países imperialistas para frenar a la URSS’. Es una frase ambigua, porque no dice si promovió su ascenso o buscó aprovechar su consolidación. Lo único cierto, fundamental y seguro, Salas no lo dice, a saber: 1) el hundimiento social de la pequeña burguesía y 2) la traición de los partidos comunista y socialista y de la Internacional estaliniana”.

Tenemos: 1) que el fascismo no es una estrategia de la burguesía; 2) que la burguesía imperialista no promovió el ascenso del fascismo para enfrentar la URSS, y 3) que el fascismo implica el hundimiento de la pequeña burguesía y la traición estalinista. El fascismo sería: 1) un producto de “la crisis” y 2) un movimiento autónomo de la pequeña burguesía arruinada, aunque luego la burguesía “aprovechó su consolidación”. De ninguna manera una “estrategia de la burguesía”.

Este análisis no resiste los hechos. Las tendencias fascistas fueron alimentadas conscientemente por la burguesía europea contra el avance de la revolución. Primero, sosteniendo los ejércitos blancos en Rusia; luego en Hungría, como revanchismo a la revolución fracasada bajo el liderazgo de Bela Kun; en Italia, utilizando incluso a elementos provenientes del Partido Socialista; posteriormente en España, cuando los gobiernos liberales le negaron todo apoyo a la república, alimentando el triunfo de Franco y, en Alemania, cuando la gran burguesía, luego del fracaso republicano, se decidió por el apoyo a Hitler. Cuando la burguesía alemana apoyó a Hitler, el imperialismo ya venía hacía década y media apoyando la carta del fascismo contra el bolchevismo en diferentes países de Europa. No la tomó por sorpresa.

Veamos cómo definía Trotsky el fenómeno, en la década del ’30 (¿Adónde va Francia?): “El fascismo encuentra su material humano sobre todo en el seno de la pequeña burguesía. Esta es totalmente arruinada por el gran capital. Con la actual estructura social, no tiene salvación. Pero no conoce otra salida. Su descontento, su indignación, su desesperación, son desviados por los fascistas del gran capital y dirigidos contra los obreros. Del fascismo puede decirse que es una operación de dislocación de los cerebros de la pequeña burguesía en interés de sus peores enemigos. Así, el gran capital arruina primero a las clases medias y enseguida, con ayuda de sus agentes, los mercenarios, los demagogos fascistas, dirige contra el proletariado a la pequeña-burguesía sumida en la desesperación. No es sino por medio de tales procedimientos que el régimen burgués es capaz de mantenerse. ¿Hasta cuándo? Hasta que sea derrocado por la revolución proletaria”.

La caracterización del fascismo como una iniciativa del gran capital en una fase de bancarrota de alcance histórico, para dirigir a las masas de la pequeña burguesía arruinadas contra la clase obrera, es un punto central en el acervo teórico del marxismo. Esta caracterización muestra hasta qué punto está dispuesta a llegar la burguesía, ahogando en sangre de campos de concentración a media Europa, para resguardar su dominio social. Es cierto que la burguesía solamente abraza al fascismo frente al fracaso de los métodos de dominación “clásicos” -el parlamentarismo-, pero no se puede, en nombre de eso, negar que se trata de un método de clase para aplastar al movimiento obrero.

En contra de esta posición, los liberales presentan al fascismo como un resultado político ajeno a los métodos y objetivos del gran capital. Para ellos, la democracia y la burguesía liberal fueron atenazadas entre dos fuegos cruzados de “totalitarismos” simétricos, causados por la bancarrota económica y la crisis de la democracia: el comunismo y el fascismo. El fascismo no sería entonces un arma de clase (una “sagaz estrategia”…) sino un fenómeno de confusión de masas “autónomo” de la burguesía, la cual sería “de naturaleza liberal”. Ramal se acerca a la caracterización liberal.

¿Y Bolsonaro? A Bolsonaro lo apoyó, primero, la burguesía agraria, los evangélicos, el ejército y el imperialismo norteamericano y, finalmente, se ganó el apoyo de la burguesía en su conjunto.

¿Por qué lo apoyan? Porque fue capaz de ganar el apoyo de las masas de la pequeña burguesía e incluso de un sector de los trabajadores, golpeados por la crisis, a una salida ajustadora, del “orden” militar frente a la descomposición social, de “resguardo de la familia” contra el movimiento de mujeres y los colectivos LGTB, de defensa del ejército como herramienta represiva, etc. Una “sagaz estrategia” para llevar adelante las tareas en las que fracasaron los golpistas “liberales” como Temer: bajar el salario mínimo, instalar un virtual estado de sitio, dar rienda libre al “ajusticiamiento” de activistas como Marielle Franco, hacer pasar la reforma jubilatoria o una nueva reforma laboral regresiva. Con este apoyo, la “sagaz estrategia” ha ganado con el 55% de los votos, instalando el gobierno más antiobrero desde la dictadura militar. Ramal señala que la burguesía ha debido apelar a un gobierno que delata su contenido de clase. Esto es cierto, pero a diferencia del pasado, en que lo hacía con golpes de Estado, ahora lo ha hecho recurriendo al mecanismo electoral. O sea que luego de imponer un golpe de Estado, primero contra Dilma y luego proscribiendo a Lula, la burguesía logró que el candidato de extrema derecha sea votado por un sector amplísimo del electorado. No fue lo que ocurrió luego del golpe que lo destituyó a Perón, cuando la clase capitalista debió esperar tres años para convocar a elecciones.

La burguesía brasileña deberá hacerse cargo políticamente de todos los crímenes de este aventurero al que impulsó a la presidencia. La concesión política de Ramal a la burguesía, negando su responsabilidad en el fascismo, no podría ser mayor.

Catastrofismo e iniciativa

Hay que reflexionar sobre el método de análisis que lleva a Marcelo Ramal a hacer este tipo de afirmaciones, que dan por la borda con décadas de lucha política del trotskismo contra el fascismo y contra su interpretación liberal. El debate arrancó con la defensa de la frase sobre que la burguesía había perdido la iniciativa estratégica, que habría pasado potencialmente a la izquierda independiente de los bloques capitalistas. La impugnación de esta frase, por parte de Pablo Giachello, motivó las respuestas de Ramal. La afirmación de que el fascismo es el resultado de la crisis mundial y no de una iniciativa de la burguesía frente a ella para derrotar a las masas parte de un objetivismo que anula el motor de la historia de la humanidad: a saber, la lucha de clases -según Marx y Engels. La crisis mundial, o para ser más preciso, la fase imperialista del capitalismo no anula la acción de la burguesía, sino que, por el contrario, la hacen más agresiva reforzando todos los elementos de la reacción política. La burguesía se ha servido del fascismo contra las masas, pero también ha moldeado a la democracia y ha cooptado a la inmensísima mayoría de la izquierda mundial a la defensa de su régimen social. Si eso no es tener iniciativa, entonces las palabras han perdido sentido.

Por eso, en vez de negar de antemano la capacidad de iniciativa de su enemigo estratégico, lo que corresponde a un partido revolucionario serio es mostrar en la práctica una mayor capacidad del proletariado y la suya propia como organización política. En su respuesta a Ramal, Solano caracterizó que esta posición es típica del fatalismo, que se diferencia del planteamiento revolucionario en negar la lucha de clases como motor de la historia. La importancia de la crítica al fatalismo debe ser desarrollada aún más, porque se enlaza con cuestiones vitales del desarrollo de un partido.

En el texto de Ramal, la negación de la lucha de clases llega a niveles de paroxismo cuando afirma que “Macri perdió la iniciativa política enseguida, después de dos victorias electorales, como consecuencia de una crisis mundial que se desarrolla en un marco de decadencia del capital”. ¡Extraordinario! Se olvidó de las jornadas de diciembre. Deberíamos reescribir todos los documentos del último congreso a la luz de esta novedosa revisión política. La repetición del mismo patrón de “olvidos” muestra que se trata de un retroceso metodológico de fondo.

Ramal responde a quienes sostienen que el triunfo de Bolsonaro muestra una iniciativa de la burguesía, tildándolos de anticatastrofistas. Pero se trata de una maniobra para tratar de colocarse formalmente a la izquierda, algo que no sirve para hacer avanzar un centímetro la comprensión del partido sobre el debate en curso. No se puede citar ni una frase del debate que cuestione el catastrofismo. Lo que han hecho correctamente los compañeros es poner al partido en guardia ante una tendencia a negar la importancia determinante de la lucha de clases.

Seamos claros: la catástrofe de nuestra época es que la burguesía ha preservado su dominio político estirando las posibilidades de supervivencia de un régimen social agotado. Sin “iniciativa” política de la burguesía, llevando al mundo a la catástrofe para defender un capitalismo agotado, no habría capitalismo. ¿O qué otra cosa son las guerras, las masacres, el fascismo sino las iniciativas bárbaras de la burguesía para defender su propia hegemonía? El agotamiento del régimen se manifiesta en bancarrotas económicas y crisis políticas, pero también en la naturaleza decadente y catastrófica de las iniciativas de la burguesía. Como decía Trotsky en la cita previa. “¿Hasta cuándo? Hasta que sea derrocado por la revolución proletaria”.

Este punto metodológico fue desarrollado a fondo por Trotsky en su texto Una escuela de estrategia revolucionaria, que los interesados en el debate deberían leer. En él, al contrario de lo que sostenían los críticos del catastrofismo, analiza los desequilibrios de fondo del capitalismo de posguerra, pero muestra la variedad de recursos políticos de la burguesía para enfrentar, contener y, en última instancia (como se mostró luego), derrotar un movimiento revolucionario que venía de un enorme ascenso. Trotsky llamaba a los partidos comunistas a intervenir con los recursos políticos adecuados para enfrentar la “estrategia contrarrevolucionaria” de la burguesía. Lo contrario al fatalismo.

El propio Bolsonaro muestra la bancarrota ineludible del capital. Si la burguesía brasileña necesita, para sostenerse, de un régimen bonapartista, oscurantista, apoyado en los evangélicos, anticientífico y contrario a todo progreso del movimiento de mujeres, este hecho por sí sólo muestra la decadencia de dicha burguesía como factor de cualquier progreso democrático o nacional mínimos. Otra cosa es decir, como afirma Ramal, que Bolsonaro es el resultado de la crisis capitalista y no de una iniciativa de clase. Volvemos a lo mismo: las crisis no niegan las iniciativas de clase, las requieren de manera más urgente. ¡Justamente el hecho de ser el resultado de una iniciativa de clase pinta a esa clase de cuerpo entero!

Más fatalismo: “Las crisis que desatará el plan de ajuste de Bolsonaro serán más severas que las de Macri; la incapacidad del régimen para enfrentarlas o simplemente la derrota de sus planes dejaría al país a las puertas de una situación prerrevolucionaria”, Bolsonaro quiere aplastar las organizaciones obreras, una situación prerrevolucionaria dependerá del éxito o fracaso de esta tentativa. Sin una acción histórica de las masas, no habrá situación prerrevolucionaria ni iniciativa estratégica de la izquierda revolucionaria (ni siquiera potencial). Y las masas entran golpeadas a esta etapa histórica.

Más de Ramal: “La resistencia popular, cuyas reservas se encuentran intactas”. ¿El triunfo de Bolsonaro no tiene consecuencias para las “reservas” del movimiento popular? O dicho de otro modo: ¿el impasse en la lucha de clases en Brasil, por la crisis de dirección del proletariado que siguió al PT, no está ligado al triunfo de Bolsonaro?

La clase obrera ha sufrido golpes duros, por la reacción de la burguesía y por su subordinación al PT. Deberá atravesar una experiencia, explotar los límites y contradicciones de Bolsonaro en el marco de la crisis mundial, para desarrollar una oposición y una movilización política contra el gobierno, sacando un balance a fondo de la política del PT. La bancarrota capitalista es un escenario de virajes políticos y crisis, nada asegura la estabilidad del régimen. Pero los trabajadores deberán atravesar una prueba dura frente a un gobierno que viene dispuesto a modificar la relación de fuerzas en favor de la burguesía.

Metodológicamente, es preciso sacar la conclusión de que no diferenciar en el análisis la bancarrota capitalista de las tendencias de la lucha de clases conduce a una confusión teórica y política monumental. En la parte final de su texto, Ramal sostiene que el texto de Salas se enmarca en una presión democratizante que sufre el partido a través del FIT. Nada de eso. Lo que hay, en realidad, es una afirmación temeraria sobre la pérdida de iniciativa de la burguesía, que habría pasado potencialmente a la izquierda, que un grupo de compañeros ha puesto en discusión correctamente, porque el que ganó fue Bolsonaro, mientras la izquierda obtuvo una votación marginal.

Nuestra política en los ’90 estuvo marcada por el Santiagueñazo, es cierto, pero cuando en 1999 enfrentamos un retroceso electoral titulamos “El Partido Obrero, a prueba”, buscamos explicar los factores que nos habían llevado a caracterizar erróneamente la elección, e hicimos una indagación a fondo sobre las tendencias subjetivas de las masas en el cuadro de la situación política del momento. Ahora, se llama a aceptar acríticamente una frase que afirma que la iniciativa la perdió la burguesía y ha pasado a la izquierda revolucionaria, luego del triunfo electoral de Bolsonaro y una elección marginal de la izquierda. El retroceso es total. Un partido que no reflexiona sobre sus caracterizaciones a la luz de los hechos está condenado a ser una secta.

Ultimo, sobre el rol de Altamira

Simplemente para dejar las cosas en su lugar, el texto de Salas no descalifica las posiciones que Altamira defendió, sino que llama la atención del hecho de que Altamira defendió numerosas posiciones en minoría. Quien lea el texto de Salas se dará cuenta que él no busca entrar en el mérito de cada posición de Altamira, sino refutar la afirmación de Ramal de que ha sido Altamira quien orientó el partido en los últimos años -una defensa horrible del método de dirección personal que, además, no se condice con lo que sucedió. Lo que resulta ya sorprendente de la respuesta de Ramal a Salas es que defiende posiciones críticas de Altamira contra decisiones del Comité Nacional y/o Ejecutivo que el propio Ramal votó. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de posición pero, por el bien del debate, es necesario al menos que se lo aclare y en lo posible que se explique los motivos. Porque si no el culto a la personalidad alcanza dimensiones desconocidas.

La idea de que las ideas del Partido Obrero son las ideas de Altamira es un error personalista. Altamira es fundador de un partido que ha crecido, ha ganado una extensión nacional, ha formado cuadros en todo el país, y que tiene un régimen de dirección colectiva, con congresos anuales, en el cual el mismo Altamira participa, con posiciones que son adoptadas en algunos casos y en otros rechazadas o reformuladas, luego del debate. Por ejemplo, en su propuesta de resolución a la Conferencia Latinoamericana, Altamira incluía la propuesta de Asamblea Constituyente para Brasil, que fue abandonada luego de un debate. La identificación de un programa con una determinada persona (un hombre-programa) no sólo es erróneo sino también peligroso, porque de ahí se deriva que una crítica a posiciones de Altamira ya son per se una ruptura con la tradición teórica del partido y el pasaje a posiciones democratizantes. El Partido Obrero aborda hoy nuevas situaciones y desafíos que deben ser discutidos por su militancia y su dirección.

El personalismo conduce a tergiversaciones notables: Ramal sostiene que Altamira anticipó el triunfo de Bolsonaro, mientras “sus críticos [los de Altamira] en cambio, destacaban desde las páginas de Prensa Obrera que era Haddad quien gozaba de los favores del imperialismo de cara al balotaje”. Pero, 1) Ramal es el responsable de Prensa Obrera, por lo tanto, interviene en sus artículos internacionales, Prensa Obrera es un organismo de partido, no un foro de libre pensadores; 2) ninguno de los “críticos” de Altamira en este debate escribió sobre Bolsonaro (escribió Pablo Heller), por lo tanto, no se sabe de qué habla; 3) Altamira sostuvo en Página/12: “El carácter del balotaje, por último, dependerá del realineamiento de fuerzas, luego de la primera vuelta. The Economist ya advirtió que, para el capital europeo, Bolsonaro y un golpe militar serían los males mayores” (“Scioli, Correa, Lula y Bolsonaro”, 2/10); 4) el artículo en debate (“Panorama mundial”, de Jorge Altamira) no nombra a Bolsonaro.

La comparación de Altamira con Lenin está fuera de lugar, así como el Partido Obrero no se ha ganado el lugar de compararse con el partido bolchevique. Es una jactancia que nos ridiculiza, somos un partido pequeño que, además, enfrenta desafíos complejos. No nos hemos ganado el lugar que tuvo el bolchevismo en la consideración de las masas, ni el partido ni tampoco Altamira. Lenin por otro lado, no hace falta mencionarlo, fue un dirigente de partido, y los choques con Lenin de los Trotsky, Kamenev, Zinoviev u otros dirigentes no los apartaron del bolchevismo. Cuando Ramal acusa a Salas o Giachello de romper con el catastrofismo o con la tradición histórica del partido, o condenarlo a una vitrina decorativa por el debate y las posiciones que estos compañeros desarrollan respecto de posiciones de Altamira, está llevando el debate a un terreno rupturista.

Cuidemos al partido, una construcción colectiva de toda la militancia sobre la base de un programa revolucionario.

9/1/19

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