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Respuesta a Jorge Altamira y Marcelo Ramal

Por Pablo Heller

Cuando entramos en la recta final hacia el congreso partidario, el debate sobre el régimen interno viene ocupado un lugar relevante en los debates. La discusión no es nueva.

En los últimos congresos, hemos abordado la cuestión del régimen interno. En estas instancias, hemos reflexionado sobre diferentes facetas de la vida partidaria y hemos apuntado a la necesidad de revitalizar el funcionamiento de los círculos, del trabajo con la prensa, la rendición de las cotizaciones, el reclutamiento. Una apuesta dirigida a apuntalar nuestra organización como un partido de combate, a la altura de los desafíos que tenemos por delante.

No se nos puede escapar, sin embargo, que esta batalla se concentra en la propia dirección. La quiebra del régimen partidario, al que nos referimos ya en el XXIII Congreso, se expresó, por sobre todas las cosas, en el funcionamiento de la dirección. El documento de Gabriel Solano hace una detallada radiografía de ese proceso. Los organismos de dirección habían dejado de funcionar y traza una explicación y un diagnóstico, llamando la atención de la existencia de una organización dirigida con una impronta acentuadamente personalista. Ese manejo individual se fue tornando un obstáculo cada vez mayor, insostenible, y está en la base de la crisis del régimen partidario.

La respuesta de Altamira y Ramal tira la pelota afuera. Se escabulle, como se suele decir, el bulto. Y se trata de invocar la trayectoria histórica del partido para no abordar las cuestiones que Solano pone en el tapete.

¿Es cierto o no que el Comité Nacional tuvo un funcionamiento errático, del mismo modo que sus comisiones? ¿Que el propio Comité Ejecutivo Nacional (CEN) dejó de funcionar en el local y las reuniones se hacían en bares, incluso en forma parcializada, con algunos de los miembros que eran citados, alternativamente de acuerdo con la ocasión y las circunstancias? ¿O que terminó estructurándose un suerte de “doble comando” en las reuniones de CEN, que concluían sin tomar una decisión a la espera de la consulta que se terminaba haciendo con Altamira por cuerda separada? Con ese mecanismo, distintos compañeros del CEN terminaban actuando, alternativamente, de “emisarios”, trayendo las instrucciones. Este doble comando se acentuó cuando Altamira dejó por primera vez de formar parte del Comité Nacional. De esto, no se dice una sola palabra y tampoco del hecho de que resoluciones sensibles y claves, se adoptaron sin consultar al Comité Nacional ni siquiera al CEN? ¿Quién resolvió la candidatura presidencial de Altamira de 2015 antes de ir a las Paso en el FIT? Los miembros de la dirección nos enteramos, repetidas veces, de iniciativas, consignas y planteos cuando Altamira los lanzaba en los actos o por los medios de comunicación.

Son indiscutibles los pasos que hemos dado históricamente en la puesta en pie del Partido Obrero pero, contradictoriamente, ese desarrollo ha ido exponiendo, cada vez en forma más descarnada, defectos metodológicos que se han convertido en una traba para nuestro desenvolvimiento. Pero, con Altamira y Ramal estamos en el mundo del revés: se lava la cara a un régimen individual, totalmente reñido con la democracia interna y, en cambio, se denostan los esfuerzos que estamos dando por revertirlo.

No nos va a llevar a buen puerto oponer la historia del partido cuando se señalan escollos. La historia, por otra parte, la tenemos que asumir críticamente, con sus luces y con sus sombras. La historia, como marxistas, sabemos que avanza por su lado negativo, poniendo en evidencia no sólo lo que tenemos en la mano y hemos alcanzado, sino lo que tenemos que recorrer y los obstáculos que tenemos que superar. Nadie, además, es dueño de la historia del Partido Obrero porque, si admitimos como lo destacan Altamira y Ramal, que el Partido Obrero es una construcción colectiva, nos referimos a un proceso que se fue forjando sobre la base del trabajo mancomunado de varias generaciones, que incluye a nuestra generación, la generación que integramos el llamado núcleo “histórico” del partido. En lugar de sacar a relucir pergaminos, en particular los compañeros más veteranos, tenemos que estar abiertos y predispuestos a las críticas. Esto no es una disputa “intergeneracional”, donde la nueva generación se estaría enfrentando a la generación más antigua, histórica del partido, y menos aún que esta “minoría” sería un custodio de la ortodoxia partidaria frente a un supuesto desabarranque democratizarte y una descomposición burocrática. Muchos de los que somos parte de esta dirección histórica del partido hemos saludado estos cambios y estamos colaborando activamente en su ejecución.

Altamira y Ramal deberían interrogarse por qué sus planteos vienen despertando un rechazo mayoritario. La militancia partidaria ha percibido la improvisación, los bandazos, la inconsistencia de sus planteos y caracterizaciones. Ha advertido, incluso, como se procura exagerar y forzar divergencias, hasta el punto de señalar que estamos ante una confrontación en la que se habría puesto en tela de juicio lo que hemos escrito durante 50 años.

Es curioso, pero se intenta encubrir este hecho señalando que hay una vulneración de la democracia interna. Quienes se rasgan las vestiduras planteando la necesidad de respetar los puntos de vistas de los militantes, empiezan, sin embargo, faltándole el respeto a la militancia que mayoritariamente viene expresándose en la deliberación precongresal y antes de ella. El pronunciamiento mayoritario de la militancia, en favor de los documentos aprobados por el Comité Nacional, según su óptica, sería una manipulación de la dirección, serían chirolitas. Quienes votan en contra, en cambio, serían víctimas de una persecución. Se trata de un insulto a la militancia.

Altamira señala que no fue invitado a ningún plenario precongresal previo a la Conferencia Electoral (del 16/3), que es exhibido como una prueba de una suerte de proscripción. Si fuera así, podría considerarme “proscripto” porque, hasta ese momento, había participado en un solo plenario. Pero lo cierto es que tanto Altamira como yo estuvimos en la reunión de la CRCI en Estambul y luego, ambos, nos tomamos vacaciones. Incluso, Altamira estuvo más desconectado que yo, porque estuvo ausente de las reuniones de la Comisión Internacional (del Comité Nacional) y, ni siquiera emitió opinión o comentario sobre dicho informe internacional, que terminó aprobándose sin su presencia. Por otra parte, semejante juicio debe ser considerado un exabrupto si tenemos presente que miembros del Comité Nacional, u otros dirigentes que no lo eran, de la llamada “minoría”, participaron en cuatro o cinco plenarios en diferentes comités.

Con ese método, se pretende denostar la Conferencia Electoral en la que, según Altamira y Ramal, los insultos y las descalificaciones habrían sustituido la deliberación política. En ella hicieron uso de la palabra 56 compañeros, además del informe central que estuvo a mi cargo, seguido de un informe de 25 minutos de Ramal. Hubo documentos por la mayoría del Comité Nacional y por la minoría que se pusieron a consideración, a lo que se agregaron dos propuestas de declaración, una de ellas presentada el mismo día por Altamira, que fue girada, igualmente, a todos los delegados. Hubo una polémica abierta, donde cada uno de los oradores expuso su punto de vista, donde se pasó revista a una gran variedad de problemas políticos, incluido el balance de las elecciones neuquinas y los problemas políticos que estábamos enfrentando en Santa Fe en relación con la contienda electoral.

Lo agraviante no es la conferencia sino esta descalificación infundada, que debe ser rechazada. Constituye una puñalada a la iniciativa y movilización partidarias, porque a nadie se le puede escapar que una descalificación como la que Altamira y Ramal hacen de la conferencia, socava la moral partidaria en vistas a las tareas y desafíos que nos plantea la campaña electoral.

En los últimos años, estamos ante un tránsito hacia un régimen de trabajo colectivo de la dirección. Funcionan regularmente los organismos de dirección, empezando por el CEN y siguiendo por las comisiones del Comité Nacional Sale regularmente el Boletín Interno. De ningún modo es una panacea, ni mucho menos, pero es un salto importante respecto al pasado.

De nuevo, sobre el sistema de consignas

Luego de un río de tinta en la polémica, es útil tener presente que el Comité Nacional votó a mediados de 2008, por unanimidad, las siguientes consignas para la etapa: “Que la crisis la paguen los capitalistas”, “derrotemos el plan de guerra de Macri, el FMI y los gobernadores” y “Fuera Macri y el régimen corrupto de macristas, pejotistas y kirchneristas, por un Asamblea Constituyente soberana y con poder”.

En otras palabras, se votó un sistema de consignas. Nuestros críticos, en cambio, reniegan de lo que votaron. Se impugna el sistema de consignas, en nombre de una centralidad de una de ellas, que no es lo que fue aprobado. Si no estaban de acuerdo, entonces, ¿para qué lo aprobaron? No tiene nada exagerado cuando advertimos sobre los bandazos y que eso es percibido crecientemente por la militancia.

El orden que aprobamos no fue arbitrario, sino que respondía a la etapa política que atravesamos. La crisis por arriba es el factor dinámico de la situación y ha puesto en jaque al gobierno, incluyendo sus planes reeleccionistas, pero eso se combina con la ausencia de una respuesta generalizada de los trabajadores. El texto de Altamira y Ramal, en cambio, señala, que estamos frente a “una crisis de conjunto excepcional, incluida la caída del gobierno, con un manejo precario de esta situación por el conjunto del régimen político y con una tendencia a la intervención histórica de los trabajadores todavía incipiente”. Pero, justamente, eso es lo que no se verifica. Los autores del texto se cuidan señalando que es “incipiente”, que es el lenguaje que vienen utilizando en otros textos (incipiente, potencial, etc.) para tener una coartada frente a las críticas que puedan recibir y caer siempre bien parados. Si fuera cierto lo que dicen, la situación sería prerrevolucionaria pero vemos, a continuación, en el mismo texto que no es “ni revolucionaria”, “ni prerrevolucionaria”… aunque “en tránsito” a esta última.

Estamos frente a luchas aguerridas pero aisladas, gran parte de las cuales fueron derrotadas. La ofensiva capitalista ha logrado, a los tumbos, abrirse paso. Hemos asistido en 2018 a una enorme confiscación salarial con paritarias a la baja, con ajustes inferiores a la inflación. Los salarios han perdido el 15 por ciento de su poder adquisitivo. Por mucho menos, hemos tenido en el pasado reacciones colectivas de la clase obrera, huelgas generales y rebeliones populares. No es lo que ocurre ahora, donde a la ofensiva contra los salarios se le agrega la ola de despidos, suspensiones y cierres que vienen pasando, derivados de la crisis industrial en desarrollo. Las movilizaciones de diciembre de 2017 contra la reforma jubilatoria fueron el punto más alto de la movilización de conjunto de los trabajadores por enfrentar la ofensiva. La iniciativa obrera tropezó con sus límites, que tienen que ver, entre otras cosas, con la aún débil estructuración de la vanguardia, tanto en el campo sindical como político. Basta ver el mapa sindical nacional y hacer un recuento de sindicatos, comisiones internas y delegados independientes para corroborar este cuadro de situación.

El texto de Altamira y Ramal, en cambio, invierte las cosas. Nuevamente, el mundo del revés. Se rechaza la existencia de un punto de inflexión al menos en un grado de tentativa, en diciembre de 2017 y, en cambio, se habla de punto de inflexión cuando esta irrupción más general fue abortada y se abrió paso un proceso de contención. No nos debe sorprender, porque Altamira, a finales de 2017, planteaba a través de su Facebook que estábamos ante una crisis por arriba, en medio de una disputa fiscal, divorciada totalmente de la efervescencia que se estaba viviendo en los lugares de trabajo.

No tiene un gramo de exageración cuando señalamos sobre la importancia de tener el oído pegado a las masas y eso es advertido por la militancia en este debate. El estado en que se encuentran las masas es un factor fundamental, insustituible a la hora de trazar una orientación y definir las consignas. El sistema de consignas atiende a ese escenario apuntando a impulsar y alentar la irrupción popular.

Es muy útil el balance de las elecciones neuquinas, que los propios compañeros de la provincia enriquecieron con sus intervenciones en el curso del debate en la Conferencia Electoral (¡y luego se dice que no hubo deliberación política!).

El resultado electoral refleja más que una contención, un dominio político de la burguesía -es decir, estamos frente a una bloqueo político de mayor alcance y no meramente una contención, que estría indicando que los trabajadores están intentando desbordar el cuadro actual. El 5 por ciento obtenido por el FIT en la elección provincial de Neuquén no deja de ser valioso pero no mueve el amperímetro, apenas establece una línea de resistencia a la tendencia preponderante. El activismo de gremios combativos, como los municipales y docentes, volcó su preferencia por el candidato kirchnerista Ramón Rioseco. Pero quizá, lo más relevante ha sido el vuelco masivo de los petroleros en favor del Movimiento Popular Neuquino (MPN). Guillermo Pereyra, el burócrata del gremio, se dio el lujo de llamar a asamblea general para explicar por qué había que respaldar la reelección del gobernador. Planteó, a su modo, el “fuera Macri”, pero asociado a una salida junto a los capitalistas y no contra ellos. Sostuvo que tanto los trabajadores como las empresas se veían perjudicados por la política económica del gobierno nacional que pretendía recortar los subsidios de las petroleras, en función de los acuerdos con el FMI. El recorte de subsidios, según el burócrata, ponía en peligro de la continuidad del proyecto y, con ello, los puestos de trabajo. Esta misma alianza obrero-patronal es la que promueve la dirección de la CGT, que se expresó en la marcha que tuvo lugar el pasado 4 de abril y que abraza a la burocracia de todos los pelajes, tanto los gordos como los moyanistas y kirchneristas.

“Que la crisis la paguen los capitalistas”, unido a un programa de reivindicaciones mínimas y transicionales apunta a establecer un contrapunto con estas salidas y polemizar con sus propuestas y planteos. En el documento que envía el Comité de Berazategui, en la que se vuelcan las conclusiones sobre el debate del Informe de Actividades en la regional, se pone énfasis en la necesidad de establecer un “diálogo” con los trabajadores y no imposiciones (de ese plenario participó Altamira, así que entiendo que esa conclusiones fueron patrimonio común de todos los presentes, él incluido). De eso precisamente se trata y a eso responde el sistema de consignas, que no puede ser sustituido unilateralmente con el “fuera Macri y la Constituyente”. Lo que ocupa un lugar clave en la deliberación política nacional es quién paga la crisis. El “fuera Macri” es un terreno de disputa con una fracción de la burguesía que fogonea un relevo capitalista, que apunta a un rescate de la burguesía en crisis y una renegociación de la deuda -y que busca asociar a los trabajadores a esta perspectiva- al cual debemos oponerle la premisa inversa, o sea, que la crisis deben recaer en el capital y no en la fuerza de trabajo.

Por otro lado, viene al caso señalar que la consigna aprobada en común por el Comité Nacional no fue “fuera Macri” a secas sino que iba unida al “fuera el régimen corrupto de macristas, pejotistas y kirchneristas”. La consigna incluye la denuncia de la complicidad de la oposición patronal, lo cual adquiere más importancia en momentos en que se potencian las maniobras de recambio, en forma proporcional al derrumbe del macrismo.

No nos debemos olvidar que en el juego de consignas que aprobamos incluimos la necesidad de no esperar a octubre y derrotar los planes de guerra (“la lucha es ahora”). En este operativo dilatorio está embarcado el gobierno junto a la oposición y la burocracia de todos los colores, que es tributaria de esta última. Se quiere evitar a toda costa que la situación se desmadre. La actualidad del tema es que la CGT tuvo que atender esta situación, aunque como válvula de escape, del mismo modo que el anuncio de un plenario sindical fogoneado por moyanistas y CTA, donde se amaga con la realización de un paro nacional. Esta cuestión es crucial, pues el escenario político general, y el electoral en particular, está condicionado, a cuál va a ser la respuesta de los trabajadores frente a la ofensiva en curso. No hay que olvidar que, en Brasil, la parálisis y la desactivación de la lucha promovida por la CUT tuvo un peso determinante en el resultado electoral, provocando una desmoralización de los trabajadores afectados por los golpes originados en la ofensiva capitalista. El “chau Macri y el hola Cristina”, en la actualidad, juega el mismo papel que en Brasil jugó el “hay 2018” con la candidatura de Lula, con los resultados ya conocidos.

Sería un error imperdonable subestimar al kirchnerismo. Es necesario desenmascararlo en todos los terrenos, por sus propuestas y sus alianzas con los ajustadores, y también por su política de tregua, dirigida a no levantar olas y colaborar en una transición controlada. Ese es el mérito del sistema de consignas, que no es una aglomeración de consignas, como si se tratara de compartimientos estancos, sino que tiene una articulación interna y en ese carácter procura dar una respuesta al escenario político que enfrentamos de conjunto.

No estamos inventando nada sino siguiendo escrupulosamente el método del Programa de Transición, que consiste en un sistema de consignas que procura trazar un puente entre el estadío en que se encuentran las masas, sus condiciones subjetivas y la lucha por el poder.

Hay quienes pretendieron ver un bandazo en los planteos del Comité Nacional con la nota que sacó Pitrola planteando “Fuera Macri”, lo cual es una prueba más de la incomprensión de los detractores y no de un giro de la orientación que venimos defendiendo. El sistema de consignas es para ser enarbolado en la situación política que atravesamos, destacando uno u otro eje, según el momento, que es, precisamente, lo que venimos haciendo. Quienes nos acusan de “etapistas”, lo que revelan sonque sus propias limitaciones y no las de la postura mayoritaria del Comité Nacional. Es falso oponer la consiga del “Fuera Macri” a “que la crisis la paguen los capitalistas”, del mismo modo que sería falso oponer la consigna de “pan, paz y tierra” en la Revolución Rusa a la de “todo el poder en los soviets”. Más aún, Lenin destaca el alto voltaje político de esta consigna, que jugó un papel clave para separar políticamente a los obreros de la burguesía. ¡Que distancia con el razonamiento de quienes pretenden confinar el “derrotemos los planes de guerra” y que “la crisis la paguen los capitalistas” a un planteo meramente sindical o reivindicativo!

Otra vez más sobre las elecciones

En la Conferencia Electoral se constató también la improvisación y los bandazos.

La discusión no estriba sobre si la elección es o no es un episodio de la crisis. Esto está fuera de discusión.

Lo que sí está en discusión es cuál es la intervención que le cabe al partido en esta coyuntura. La propuesta de la minoría fue que había que postergar la discusión de las elecciones hasta el congreso partidario e incluso la nominación de candidatos. No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta que con 17 elecciones adelantadas, y ya varias de ellas en curso, era desarmar al partido. Estamos frente a una posición abstencionista y antielectoral, aunque, como siempre ocurre, quienes la fogonean han intentado darle un contenido ortodoxo.

La contienda electoral es confinada a un lugar secundario frente a la perspectiva de la rebelión popular. En estos casos vale la máxima de Trotsky, que decía que frente a una elección es posible participar, boicotearla, pero lo que no podemos hacer es ignorarla. No se puede ser indiferente a los ritmos, porque si fuera inminente una rebelión popular sería pertinente considerar la opción de boicotearla. Y aún en este caso, debería ser puesta en la balanza para estar seguros de que es la mejor alternativa.

¿Pero cuál es nuestro pronóstico? Resulta evidente que vamos a transitar por la disputa electoral y, en ese marco, es imperioso que nos preparemos de la mejor forma para intervenir en ella. El mejor testimonio de que estamos en el abstencionismo fue lo ocurrido en Santa Fe, en la que el comité estaba en una parálisis, cuando restaban cuarenta días para las Paso. Se vuelve a corroborar que quien expresa la verdadera orientación es el militante menos experimentado, porque lo hace en su forma más descarnada -en cambio, aparece maquillada o edulcorada cuando es expuesta por compañeros o dirigentes con más oficio. La campaña electoral en Santa Fe estaba en fojas cero y lo más terrible es que se sostenía que eso era acertado, pues lo central era que el partido venía impulsando la rebelión popular.

El texto de Altamira y Ramal nos advierte sobre el peligro del electoralismo y de una adaptación al sistema. Llama la atención que se haga esa advertencia cuando venimos interviniendo hace décadas en las elecciones. El peligro mayor es, como siempre dijimos, el abstencionismo, porque significa regalarle el escenario político a la burguesía. Asimismo, el texto considera un sacrilegio la consigna de que “la izquierda tiene que estar”, que chocaría, según ellos, con la consigna de “Fuera Macri”. Se saca de la galera estos fantasmas justo cuando se está queriendo hacer pasar esta línea antielectoral. ¿Por qué ese rechazo a dicha consigna, que hemos enarbolado en el pasado y cuando tenemos el desafío de pasar las Paso, cuestión que no pudimos lograr en la elección anterior? ¿Por qué se hace una contraposición entre una y otra consigna cuando el pedido de respaldo a nuestra lista para superar el piso proscriptivo y entrar a las elecciones generales, está asociado a un programa y a una salida de los trabajadores y la izquierda? El golpe mayor para nuestra causa, la causa de la clase obrera y la rebelión popular sería no pasar las Paso.

Lo más sorprendente es que los autores del documento no se inmutan ante la flagrante contradicción entre el texto que presentaron a votación en y la declaración que presentó ese mismo día Altamira. Después de señalar que había que postergar el tratamiento de la cuestión electoral, que había tiempo, proponen una declaración que llama a votar al FIT, cuando el acuerdo no está consumado. Se plantea un acuerdo integral cuando antes se denostaba a la mayoría por reclamarlo. Lo más notable es que se viene abogando por privilegiar una discusión programática, que permita una delimitación de posiciones y la declaración empieza haciendo un embellecimiento del FIT, al cual se le atribuye una intervención pujante en la lucha de clases, cuando lo cierto es que se encuentra en una parálisis, cuestión que nuestro partido viene sistemáticamente denunciando. Se pasa del antielectoralismo a la vereda opuesta -encima con todos los defectos expuestos- sin dar una explicación y, lo que es peor, es que finalmente se llama a votar alegremente ambos textos, sin perturbarse que se contradicen entre sí. ¿No es una prueba irrefutable de bandazos, improvisación e incluso de enorme ligereza e irresponsabilidad? Todo esto debe ser materia de reflexión en la militancia del partido con vistas a las tareas y desafíos que tenemos por delante.

Un vez más, sobre la iniciativa estratégica

Es notable el esfuerzo en el texto de Altamira y Ramal por embarrar la cancha, en lugar de esclarecer los puntos en discusión. Solano ni nadie que defiende su mismo enfoque habla de “iniciativa histórica” de la burguesía. Desde el punto de vista histórico, enfrentamos la caducidad y el agotamiento del capitalismo, como régimen social. Pero, cuando se habla de “estrategia”, pasamos a otro plano, al plano del sujeto, de las clases sociales, de la política. El traslado mecánico del plano de la economía a la política se termina transformando en un catastrofismo vulgar.

No estamos inventando nada: es la advertencia que hace Trotsky contra la pretensión de establecer una correspondencia automática entre la decadencia histórica del capitalismo y la iniciativa de la burguesía como clase. Ya otros han hecho mención de esta cuestión, pero es útil refrescar nuevamente la memoria.

Trotsky destaca, partiendo de un análisis científico del procedo histórico, que “la burguesía se había sobrevivido a sí misma, haciendo demostración de una vitalidad colosal”. Léase bien, ¡vitalidad colosal! (Una escuela de estrategia revolucionaria, 1921).

El dirigente de la Revolución de Octubre subraya que en este punto “no hay contradicción. Esto es lo que en el marxismo se llama dialéctica. El hecho está en los lados distintos del proceso histórico: la economía, la política, el Estado, el restablecimiento de la clase obrera no se desenvuelven simultánea ni paralelamente. La clase obrera no progresa, en absoluto, paralela al crecimiento de las fuerzas de producción, y la burguesía no decae a medida que el proletariado crece y se afianza. No, la marcha de la historia es otra. Las fuerzas de producción se desarrollan por etapas: a veces avanzan mucho, a veces retroceden. La burguesía, a su vez, también se desarrolla a saltos; la clase obrera, lo mismo” (ídem).

No inventamos nada. En los propios escritos de Pablo Rieznik y hasta en escritos del propio Altamira en el pasado, se advertía sobre lo mismo. No hay ninguna revisión de lo que escribimos durante 50 años. Si hay algo de eso, corresponde atribuirlo a nuestros detractores.

Sería un crimen desvalorizar los reflejos, la iniciativa y la capacidad de respuesta de nuestros enemigos de clase. Las ofensivas que impulsa la burguesía no son manotazos de ahogado. Puede ser que asuman este carácter algunas de ellas, pero no se puede establecer, ni mucho menos como regla. Más aún: las ofensivas son los recursos del que se suele valer la clase dirigente para salir de una crisis. La burguesía ha demostrado capacidad, que se nutre de 400 años de historia como clase dirigente, para enhebrar recursos para encausar y someter a los trabajadores. Experiencias como la del PT, en Brasil, el Frente Amplio en Uruguay o Evo Morales en Bolivia o el propio chavismo o el kirchnerismo han logrado disipar el ascenso obrero y se han revelado como recursos duraderos en el tiempo.

“El período que Europa y el mundo entero atraviesa en este momento, por un lado, es el de la descomposición de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, mientras que, por otra parte, es el del desarrollo más alto de la estrategia contrarrevolucionaria burguesa”. Léase bien; ¡el desarrollo más alto de la estrategia contrarrevolucionaria burguesa! No hay ninguna contradicción en este señalamiento. La contradicción proviene de la realidad y es lo que apunta a resolver el Programa de Transición, pugnando porque la clase obrera construya su estado mayor, una dirección a la altura de las circunstancias, capaz de hacer frente y derrotar la estrategia contrarrevolucionaria que articula la burguesía.

El texto de Altamira y Ramal señala “que el compañero Pablo Heller anuncia crisis cada vez más y más y más amplias a nivel mundial, y lo mismo repite el Informe al Congreso, se sigue alegando. Que la burguesía dirige la economía y la política mundial sin estar afectada en lo más mínimo por contradicciones cada vez más explosivas”.

¿De dónde se saca esta afirmación? ¿Por qué se embarra la cancha? En el informe político y en todos los textos aprobados por el Comité Nacional señalamos que estamos enfrentando contradicciones explosivas y que afectan severamente el sistema de dominación política de la burguesía. Pero, al mismo tiempo, coexiste con una enorme crisis de dirección de la clase obrera y una bancarrota política y teórica de la izquierda. Un proceso contradictorio. En otras palabras, un abordaje dialéctico. Devolviendo la pelota a nuestros críticos. ¿No es esto elemental?

La subjetividad popular, modificada por la crisis, debe ser desarrollada en un sentido revolucionario y manifestarse en un reclutamiento fuerte en el partido, como señala el texto de Altamira y Ramal. Pero para que sea fructífera debe tener en cuenta todos los factores que intervienen en esa evolución subjetiva de los trabajadores, incluidos los bloqueos, y traducirlo en un programa, consignas y organización que permitan transformar a la clase obrera en alternativa de poder.

Unidad de acción

Al culminar el informe de apertura en la Conferencia Electoral, hice un enfático llamado a la unidad de acción. Señalé que veníamos entablando una polémica, que cada uno de nosotros venía defendiendo su punto de vista, pero que, al final del debate, como corresponde, votamos.

Una vez hecha la votación y resueltos una orientación y un curso de acción, debíamos salir como un solo puño a enfrentar a la burguesía y a sus representes políticos y agentes. No cultivamos un deliberacionismo eterno. Somos un partido de combate y, como tal, la deliberación tiene como propósito organizar y orientar nuestra intervención en la lucha de clases. El faccionalismo se abre paso cuando se transgrede o desnaturaliza este principio, cuando se promueve o publicita otra orientación públicamente distinta a la aprobada, o se obstaculiza o no se llevan adelante las resoluciones votadas. Faccionalismo es también cuando se ventila la discusión interna por las redes sociales o se la encara fuera de los canales y órganos partidarios. La exhortación que Altamira y Ramal hacen en su texto a “erradicar el faccionalismo”, deberían haber comenzado por delimitarse de estas prácticas y no, como viene ocurriendo hasta ahora, a convalidarlas o justificarlas.

10/4/19

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