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¿Qué está en juego en el debate que atraviesa el Partido Obrero hacia su XXVI Congreso?

Por Guillermo Kane

A la hora de preguntarnos qué función política especial, específica, le cabe a este Congreso del Partido Obrero, conviene repasar la oportunidad política que tenemos por delante. El país atraviesa una crisis profunda, que preanuncia una verdadera bancarrota nacional. Se profundiza un repudio al gobierno y un sentimiento opositor, aunque esto no se traduzca, por ahora, en una tendencia a la acción directa más general de los trabajadores y los explotados en general. Hoy prima una contención que está atada a la expectativa de amplios sectores de las masas, que no han agotado sus ilusiones parlamentarias, de poder morigerar la ofensiva capitalista con un recambio opositor patronal. Esto es una contradicción en sus propios términos, en las condiciones de crisis capitalista en curso, que atizan la necesidad de las patronales de avanzar con la ofensiva contra las condiciones de vida y laborales de la clase obrera. La propia crisis capitalista en curso puede provocar un colapso definitivo del gobierno antes de las elecciones o provocar un salto en los choques con las masas, o la burguesía puede lograr canalizar la crisis en lo inmediato vía las elecciones, para ver reaparecer todas las contradicciones luego de las elecciones, en condiciones más explosivas. El ascenso de puebladas y piquetes contra el régimen hambreador de Menem conoció un compás de espera vinculado con las elecciones de 1999, facilitado por una acción de direcciones burocráticas como la CTA y el MTA, y los choques reaparecieron en forma exponencialmente mayor en el primer año de gobierno de De la Rúa. El rápido agotamiento de esa experiencia dio lugar no sólo a retomar la tendencia a la acción directa si no a una ruptura de masas con el régimen político, el famoso “que se vayan todos”.

La conducta del partido no se hace más revolucionaria por pronosticar un colapso más inmediato del gobierno o por describir al gobierno como más incapaz de llevar adelante iniciativa alguna, si no cuando puede combinar el impulso y la organización de las luchas con una agitación política que prepare los choques que vienen y vaya sacando conclusiones de cada etapa, para separar a los trabajadores de las direcciones patronales y sus aliados, y acercarlos a nuestra política. Un acertado trabajo de preparación para los choques que pronosticamos que se vienen es la política más revolucionaria que puede tener el PO.

El Partido Obrero y su agitación,  una necesidad de la clase obrera en este momento histórico

El partido ocupa un lugar importante en la vanguardia, siendo animador de algunas de las luchas sindicales más importantes del período (Inti, Interpack, Fate), de las movilizaciones muy importantes de desocupados, de la mujer. El Plenario Sindical Combativo y el Plenario Piquetero, que se reunió por segunda vez en el Parque Lezama, desenvuelven una política de frente único, concreto, para agrupar en acciones de lucha a quienes rompen con la tregua, fortaleciendo el contraste con los bomberos de la lucha, cómplices de Macri, de la burocracia sindical, el peronismo, las organizaciones sociales vinculadas con el Vaticano y la centroizquierda que gravita alrededor de ellos.

La agitación política del partido va en un mismo sentido, el llamado a la acción contra el gobierno. Los planteos de “Que la crisis la paguen los capitalistas”, “Derrotemos el plan de guerra de Macri, el FMI y los gobernadores”, “Paro activo de 36 horas y plan de lucha progresivo”, “Congreso de delegados de base del movimiento obrero” tienen este contenido. Nuestra agitación toma diversas formas. Adaptadas a la lucha fabril y sindical, a los frentes juveniles, barriales y de la mujer, a las redes sociales o a los medios de comunicación. “Que la crisis la paguen los capitalistas” es una consigna muy importante en este momento porque logra resumir: 1) la caracterización de una crisis capitalista en curso que lleva a una nueva bancarrota; 2) que la “grieta” es entre los obreros y burgueses, no entre los sectores patronales que se disputan los topes de las encuestas; 3) nos plantea el desarrollo de todo nuestro programa transicional frente a la bancarrota, y 4) es un llamado a la acción, a luchar contra la ofensiva patronal que se desarrolla mediante suspensiones, despidos, vaciamientos de empresa, etc. Como se ve, esta consigna, que es parte de un repertorio histórico del partido, es particularmente atinada a nuestros desafíos actuales.

Juegan y van a jugar un rol central en la lucha política planteada las formas de agitación política vinculadas con la lucha electoral y parlamentaria. La innegable división y desprestigio de los partidos patronales no redunda automáticamente en un descarte del sistema representativo como tal. Un fenómeno de radicalización masivo, como fue la lucha por el aborto, no dejó de tener la forma de un seguimiento masivo del debate parlamentario. Quizá haya sido la oportunidad en la historia argentina reciente que se haya seguido con más pasión y detalle el funcionamiento del Congreso. Todos los detalles del trámite parlamentario, hasta el giro de comisiones que se le daba al proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE), eran temas de debate más o menos masivo en el activismo, en redes, medios, etc. El recurso a movilizaciones de masas, a pronunciamientos políticos de todo tipo (pañuelazos, tomas de colegio, festivales, pronunciamientos de figuras culturales) es enormemente progresivo, pero perdió fuerza (quizá por el momento) en cuanto se perdió la votación en el Senado. Los trabajadores, el movimiento de mujeres, los que denuncian los tarifazos y otros ataques del gobierno, son llevados a ver en las elecciones un terreno para abordar sus reclamos y problemas, aunque fuera de manera parcial o indirecta. Nuestra denuncia de los programas de la oposición patronal como enemigos de las reivindicaciones de masas, no es sólo por su política de desmovilización sino por el contenido de su programa: respetar el pago de la deuda, aplicar la reforma laboral que demanda la Unión Industrial Argentina, defender las ganancias de las empresas privatizadas de servicios y petroleras, que la Iglesia juegue un rol político central, defendiendo sus privilegios en el Estado, etc.

En sus distintas formas, toda nuestra agitación tiene el eje común del llamado a la acción contra el gobierno sin someterse al frente de recambio patronal que intentan organizar el PJ, la UIA y el Vaticano.

Es claro que las consignas que Jorge Altamira y el grupo de compañeros que lo apoya proponen para reemplazar la campaña en curso, “Fuera Macri” y “Asamblea Constituyente” no cumplen, planteadas de manera aislada, con las necesidades políticas de nuestra agitación. Como ya han señalado muchos compañeros, el kirchnerismo y la centroizquierda que lo apoya han propuesto como consigna “Fuera Macri” en las reuniones preparatorias de la marcha del 8 de Marzo justamente para no denunciar a los gobernadores peronistas (¡Manzur!, ¡Urtubey!) y postergar los reclamos del movimiento de lucha, empezando por el aborto. El “Chau Macri” o “Fuera Macri”, sin ligarlos a la acción de las masas es hoy el santo y seña de un recambio electoral patronal con el que el Partido Obrero no sólo no puede asociarse, sino que debe denunciar. Este ha sido nuestro método histórico, preparar en nuestra agitación la comprensión entre los trabajadores de los cambios de frentes de la burguesía o sectores de ésta. Este es el único “remedio” contra la tendencia imperante a la adaptación de la izquierda y el activismo al frente opositor pejotista-clerical.

La forma específicamente electoral de nuestra agitación, sin embargo, se tiene que desarrollar según las reglas y condiciones de ese terreno. Ahí debemos ver, para poder ocupar con más claridad un lugar en la lucha político-electoral en desarrollo, qué forma va a tomar nuestra presentación. Con qué candidatos. Cómo se da el acuerdo con el FIT y la posibilidad de sumar a otros sectores de izquierda. La demora en este sentido nos hace perder tiempo para encarar una forma vital de la lucha política en este año. El partido no puede seguir esperando para enfrentar este problema. Esto sólo se puede enfrentar, como lo hicimos en 2017, con una agitación en toda la vanguardia de la izquierda sobre la necesidad de un acuerdo del FIT y una lista única de la izquierda para enfrentar las variantes patronales. Es clave en este sentido el trabajo con la Carta Abierta lanzada al FIT. Rehuir de esta pelea detrás de consideraciones pseudo-anarquistas, como las que levanta en los boletines internos y en las redes el grupo liderado por Altamira (“habemus 2019”, “electorerismo”, “elecciones, las pelotas”) y asegurando que va a llegar el colapso del gobierno y un ascenso de masas antes de las elecciones es el equivalente de no preocuparse por cómo vas a pagar las deudas que ha contraído tu familia este mes porque quizá vas a ganar la lotería.

Más que nunca, un partido de combate para intervenir en una oportunidad excepcional

La situación excepcional que estamos viviendo necesita de revisar no sólo la línea política del partido, sino todos nuestros métodos de intervención. Las contradicciones de los sectores de lucha con el frente papal pueden redundar en un crecimiento nuestro, dependiendo de que nos demos los métodos e iniciativas para transformarla en reclutamiento. Eso tiene distintas formas y métodos, implica luchas políticas precisas en el movimiento obrero, estudiantil, en desocupados, en las mujeres. Para poder combinar la agitación de masas, la lucha política en la vanguardia, la presencia en huelgas y piquetes, la pelea electoral, la formación de cuadros, la elaboración política colectiva, necesitamos concentrar toda nuestra energía y pegar un salto en el funcionamiento del Partido Obrero como un partido de combate. O sea un partido que pueda concentrar toda su energía en las campañas que vota, golpear como un solo puño, procesar críticamente y reelaborar una intervención más compleja que en cualquier etapa precedente por el propio rol público conquistado, por las posiciones parlamentarias, sindicales que desempeñamos y que son puntos de partida para la intervención revolucionaria en la crisis que viene, muy superiores a los que el Partido Obrero tuvo en oportunidades anteriores como 1969, 1975 o 2001.

Esto, que sería un desafío en cualquier circunstancia, nos encuentra atravesando una crisis partidaria que ya lleva por lo menos tres años de desarrollo. La dirección nacional se encuentra dividida en una sucesión de debates. El grupo que los promueve ha ido modificando su libreto, de forma incluso contradictoria, pero sin cesar en ningún momento el embate. Se ha constituido una “minoría”, según la han reivindicado los compañeros desde el congreso pasado, de carácter permanente y de composición más o menos estable, que ha rehuido proclamarse fracción o tendencia, lo cual la obligaría a hacer una declaración coherente y explícita de su programa y en qué consiste su impugnación a la orientación del partido y no a agruparse detrás de una suma de cuestionamientos y polémicas parciales. A pesar de rehuir la proclamación formal de la fracción y a pesar de que en los últimos congresos han retirado sus documentos “alternativos” y votado documentos comunes, después de cada aproximación han vuelto a lanzar sistemáticamente una oposición generalizada a la orientación del partido, a cada campaña que se ha votado, a cada consigna, incluso a la organización de cada instancia de debate del partido (conferencias electorales, conferencias provinciales, debates congresales). Las características de la polémica en curso hacen que la actividad del partido, que necesita poder ser balanceada finamente, para ver los problemas, debe ser defendida o condenada en bloque. El trabajo parlamentario es impugnado bajo la inferencia, no explícita, de que tiene una orientación reformista; la principal iniciativa sindical de la etapa, el PSC (Plenario Sindical Combativo), sería un fracaso; el Polo Obrero, el frente del partido que más ha crecido, ha pasado de ser para el grupo de la minoría un candidato a clausurarse (“evaluar, seguir con un trabajo asistencial”, “considerar si tiene sentido dedicarse a defender gente con planes”) a ser directamente ignorado en los escritos de Altamira y sus compañeros de grupo.

La variedad y sistematicidad de los cuestionamientos, lanzados tanto en documentos internos como en las redes, modalidad preconizada por Altamira desde los textos de su Facebook y ahora desde un “Altamira responde” auto-organizado, fuera de cualquier plan de actividad partidaria, han buscado aglutinar descontentos dentro del partido por causas diversas y contradictorias, y hasta cierto punto fuera del partido, ya que la crítica liquidacionista fue llevando a su conclusión natural por varios de los primeros promotores de las posiciones de Altamira, como Laura Kohn, de la provincia de Buenos Aires o Maximiliano Jozami, de Santiago del Estero, y otros, que pasaron de considerar ruinosa la actividad del partido a retirarse de sus filas y llamar a seguir sus pasos, sin dejar de reivindicar públicamente las posiciones de Altamira. Jorge Altamira y los compañeros que lo apoyan y siguen en el partido no han, por su parte, caracterizado estas rupturas ni condenado su llamado público a romper con el partido.

La confusión y el impresionismo desarman políticamente al partido

¿Qué saldo político ha tenido el debate? Altamira ha terminado, en reiteradas ocasiones, sumándose a posiciones de la mayoría para luego abrir nuevos ángulos de impugnación. Ha pasado de plantear la preparación de las internas del FIT como paso a preparar su escisión a la defensa del FIT; de plantear la huelga general inminente a deducir una derrota de la clase obrera de las masas por la victoria electoral de Macri y que, en diciembre de 2017, no se preveía respuesta alguna de las masas; de proponer una lista única de la izquierda en diciembre de 2018 a denunciar la posibilidad de diluir el FIT en febrero de 2019; de la necesidad de una conferencia electoral para mediados de 2018 para anticipar un año la campaña electoral al rechazo a la intervención electoral cuando ya ha empezado a correr el año electoral en curso. No se deduce de las cambiantes posiciones de estos compañeros una línea alternativa coherente, ni mucho menos superadora de las resoluciones con las que el partido viene trabajando.

Las posiciones de Altamira en el último tiempo son frecuentemente contradictorias con las que levantaba años atrás, caracterizándose por abandonar puntos programáticos y metodológicos muy importantes del partido y en general de nuestra corriente histórica sin mayores explicaciones ni preocupación por mantener una coherencia interna. No es malo, claro, cambiar de posición. Pero no reconocer las razones que lo llevan a virar de posición priva de una mejor comprensión política al partido y falta a la honestidad intelectual. En el debate sobre la revolución cubana, Altamira sostuvo que no se había confirmado la teoría de la revolución permanente para el análisis de Cuba y que ni ésta ni China habían sido Estados obreros burocratizados, sino una suerte de Estados burgueses burocráticos por su relación con la URSS estalinizada. En todos los documentos internacionales posteriores de congresos y conferencias, incluidos en los que el propio Altamira ha colaborado, se ha caracterizado el proceso de restauración capitalista en desarrollo, en relación con las formas sociales de Estados obreros burocratizados que hubo en Rusia, China y Cuba.

Se ha pasado también a lo que compañeros llamaron “objetivismo”, una variante vulgar, distorsionada del planteo marxista del catastrofismo, sacando conclusiones de la imposibilidad de acción política de la burguesía por la dinámica de la crisis capitalista, ignorando o distorsionando un balance concreto de la lucha de clases, en América Latina y Argentina.

Y, quizá lo más preocupante de todo, Altamira ha ido avanzando en sus últimos textos a una posición francamente kirchnerizante. Primero, planteando que la delimitación con el kirchnerismo es innecesaria, secundaria, porque este ya habría muerto políticamente, así como el movimiento de mujeres de conjunto habría roto irremediablemente con la Iglesia católica. Limitó la consigna política a “Fuera Macri, Asamblea Constituyente”, a sabiendas de que esto es indiferenciable de las consignas que plantea parte del propio kirchnerismo. Altamira ha usado el curioso argumento para defender su formulación de Asamblea Constituyente de que sectores del kirchnerismo lo levantan, por ende, es claro que es un tema candente. Pero Diana Conti y Luis D’Elía plantean un problema muy distinto al del Partido Obrero: que si el kirchnerismo vuelve al gobierno, promueva una estatización mayor de las organizaciones populares y reformas constitucionales que permitan a la camarilla K controlar el Estado, incluso si sufren reveses electorales. Las ganas de estos kirchneristas de contar con los recursos para ser los Maduros argentinos no refuerzan el argumento de Altamira.

En su último documento, Altamira da un salto en calidad y critica que el partido no haya hecho llamados a movilizarse contra las prisiones preventivas a ex funcionarios K. Llama la atención esta crítica porque no se corresponde, que yo sepa, con ningún tipo de propuesta práctica que Altamira u otros compañeros hayan hecho al partido. Pero más allá de que sea improcedente que un dirigente del partido se coloque como un crítico externo y no quien promueva un plan de acción en tiempo real, la propuesta de salir a reclamar la libertad de los José López y Julio De Vido es de una desorientación llamativa. Nuestro voto contra el retiro de fueros en el Congreso a De Vido en la oportunidad en que no existía siquiera el pedido de un juez, fue defendido por todo el partido en una dura lucha política contra el aparato mediático que hizo eje en el ataque al FIT, denunciando las maniobras macristas con la Justicia. Esto no puede confundirse ni por un minuto con la defensa política de uno de los responsables de la trama que llevó al asesinato de Mariano Ferreyra y a la Masacre de Once. El programa de reivindicaciones transitorias que efectivamente desarrolló el partido en toda la crisis de corruptela se ajusta sí a un punto de vista de clase y a nuestra trayectoria de lucha: fuera el régimen corrupto macrista-pejotista-kirchnerista, cárcel a todos los empresarios y funcionarios corruptos, que se abran los libros, nacionalización de la obra pública y los servicios bajo control obrero. Existe la posibilidad de que la manipulación de las causas judiciales que pueda ser usado por el macrismo para sacar de la elección a Cristina Fernández de Kichner, mientras todos los empresarios involucrados en las denuncias están libres. Si llega esta medida, la repudiaremos, reclamando que paguen los corruptos de ambos lados de la “grieta”. Querer anticiparse a esta posibilidad con una campaña preventiva de “no la toquen a Cristina” es proponerle al partido una disolución atrás del kirchnerismo, borroneando una delimitación construida mediante un largo y sacrificado proceso de lucha contra el nacionalismo burgués.

Otro de los cambios políticos introducidos por este grupo es el abandono del método del Programa de Transición de Trotsky. Han hecho un fetiche de repetir lo que entienden como una consigna de “poder”, relegando toda agitación de consignas transicionales que partan de las reivindicaciones parciales de las masas. En toda una etapa era la mención constante de “gobierno de trabajadores” y luego “Asamblea Constituyente”, reemplazando la función que se le daba antes al “gobierno de trabajadores” de producir un nuevo régimen social. Saltearse la intervención sobre los temas que plantean en sus luchas las masas de trabajadores e ir directo a la conclusión de que es necesaria una acción revolucionaria. Las consignas transicionales se elaboran a partir de las reivindicaciones inmediatas, en gran medida económicas de los trabajadores y les dan una forma que lleva a movilizar contra el Estado, a chocar con las fuerzas políticas patronales, a producir por esa vía una mayor conciencia de clase en el marco de los conflictos vivos de las masas. Esto es un método que plantea genuinamente la cuestión del poder, en la medida en que parte de la conciencia de las masas y de sus preocupaciones para llevarlas al problema del poder, del cuestionamiento del Estado burgués y sus fuerzas. El Partido Obrero preparó su intervención en el período del Argentinazo con importantes campañas por el seguro al desocupado y el salario mínimo. La repetición machacona de un planteo general de reorganización social es un paso atrás en la elaboración de un programa revolucionario. Es la consigna de “máxima”, con la que tantos reformistas hablan de socialismo para las tribunas en tanto no signifique un peligro real al orden establecido, mientras se dedican en lo cotidiano a las reformas “mínimas” compatibles con el sistema capitalista y sin establecer relación alguna entre ambos planos.

Se propone abandonar la idea de Trotsky de que “la historia puede saltarse etapas, pero la agitación revolucionaria no puede saltarse ninguna etapa de la conciencia de las masas” por la idea de anticiparse a la evolución de las masas con consignas de máxima. Se cree que anticipándose a las condiciones que corresponden a las consignas se va a poder adjudicar dentro y fuera del partido su paternidad, y que eso será una fuente de autoridad. Si repito “huelga general” hoy, aunque no se corresponda a las formas de lucha que adoptan los trabajadores, estaré educando a la gente para algún día entender la necesidad de la huelga general. Como dice el viejo dicho, hasta un reloj roto dice la hora correcta dos veces al día. El método que se propone recuerda al del Guillermo Lora, del POR boliviano (Partido Obrero Revolucionario) en sus últimas etapas, que tenía como única consigna inamovible “por la dictadura del proletariado” y no iba a modificarla ni siquiera en el curso de una rebelión popular, que terminó llevando al gobierno al indigenismo pequeño-burgués. Se confunde la agitación revolucionaria con hacer propaganda “marxista” y esperar que la clase obrera madure por esa vía hacia la toma del poder. En el terreno de consignas electorales, Altamira propuso “gobierno de trabajadores”, cuando antes apoyaba todo tipo de planteos que partiesen de las ilusiones democráticas de los trabajadores y otros sectores sociales (“la izquierda tiene que estar”), en tanto esto confluyera con un apoyo a nuestra organización, que tiene un programa revolucionario.

Este método ultimatista, ultraizquierdista, es llevado también al concepto del trabajo parlamentario. Las críticas realizadas por que este tenga un carácter “institucional” o se busquen firmas y apoyos de otros bloques, no pasan de un infantilismo sorprendente, del tipo que Lenin criticaba en su obra clásica Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo y que sorprende tener que discutir adentro del Partido Obrero. Todas las explicaciones sobre la necesidad de combinar un trabajo legal e ilegal, de intervenir en las instituciones reaccionarias, de la posibilidad de tomar compromisos diversos para hacer avanzar nuestras posiciones, está desarrollado allí y es, hace mucho, parte del acervo de nuestro partido, que siempre fue implacable contra el cretinismo votoblanquista.

El debate ha tomado muchísimas tangentes más, haciendo farragoso seguir la discusión para una gran parte de la militancia. Esto lleva a una situación contradictoria. Por un lado, la diversificación de debates parece distraccionista, ya que asume formas y temas que no hacen a las tareas del partido ni a nuestros desafíos actuales. Por otra parte, es muy importante el trabajo que distintos compañeros están haciendo, levantando casi todos los temas que van siendo tocados en la polémica, ya que, de lo contrario, se dejarían correr verdaderas distorsiones de nuestro programa y tradición revolucionaria, lo cual lesiona nuestra formación como partido. El debate se vuelve más y más abultado, y las tangentes se siguen abriendo. Cuando se escriben largos párrafos defendiendo la superficialidad en las opiniones de un dirigente del partido sobre el desarrollo de la lucha de clases en el país, mediante la reivindicación de la opinión de Hegel sobre la lectura de los diarios, uno siente que se está muy lejos de trabajar para las necesidades de un partido proletario, que se preocupe en expresarse sobre cómo luchan, viven, hablan y sienten los obreros.

Una sangría injustificada de la fuerza del partido

¿Cuál es el saldo de este debate en términos de la vida del partido? Objetivamente, se ha enrarecido y dificultado la elaboración política del partido y su funcionamiento interno. La línea de críticas internas no se ha guardado para un ámbito de debate interno, sino que se ha llevado a las redes sociales, a los corrillos y comentarios en los frentes, etc. Se ha blanqueado adrede una divergencia en el partido de cara a las otras corrientes y el Estado. Se ha trabajado sobre los militantes, ex militantes y relaciones del partido, con un rigor de padrón que sería loable si fuera en función de un provecho del partido (¡campaña financiera!, ¡pasaje de periódicos!) o en función de una lucha política contra los adversarios del partido. Varios compañeros han denunciado que en el reciente Congreso de Tribuna Docente, una docena de compañeros que apoyan las posiciones de la “minoría” organizaron una intervención en una de las comisiones del congreso, donde concentraron sus fuerzas para oponer sus planteos generales del Boletín Interno a las campañas propuestas para el desarrollo político-sindical de esta importante agrupación que impulsa el partido. No había interés alguno en que las deliberaciones sobre el problema del no inicio, la lucha contra la burocracia, etc., llegaran a buen puerto. No había cuidado alguno en introducir un clima de rencillas en una actividad proselitista con externos. El grupo de la minoría actuó así en una iniciativa partidaria como un cuerpo hostil, como si fuera una corriente rival. Las polémicas más cuidadas en los boletines internos son complementadas por abajo con difamaciones varias sin sustento: “burocracia”, “funcionarios privilegiados”, “elementos pequeño-burgueses”. La prolongación de esta situación de división permanente en la dirección ha dado lugar en una serie de zonas de la provincia de Buenos Aires a la existencia de una escisión en la actividad. Hay regionales donde, para propios y ajenos, hay dos Partido Obrero, no una sola organización.

El planteo liquidacionista y las críticas permanentes son defendidas con el santo y seña de la democracia interna y la libertad de crítica. La realidad es que esta distorsión consciente de la vida partidaria no ayuda a promover la crítica real de la actividad del partido, sino que en gran medida, objetivamente, la bloquea. Cualquiera que lea los planteos de Altamira y los compañeros de su grupo, rara vez parten de un balance de la actividad real del partido, incluso cuando la critican. Un ejemplo claro de esto fue la polémica dirigida por Daniel Blanco contra la actividad parlamentaria. Allí se afirmó que Romina del Plá no planteó la consigna de la Asamblea Constituyente, una mentira insostenible, al punto de que recientemente en un editorial de Clarín, este identificaba al Frente de Izquierda recordando las intervenciones sobre la Asamblea Constituyente de Romina en el marco del debate del presupuesto. Son raros los dirigentes del partido que desconocen lo que hasta los analistas burgueses registran de nuestra actividad. Otro tanto vale para la presentación distorsionada del juicio político a Vidal como una propuesta de bloque al PJ, cuando de hecho fue un planteo que permitió una denuncia en regla de su política de cogobierno. O para los proyectos de Educación Sexual Integral, que Altamira dice que podría apoyar a condición de desarrollar un planteo de separación de la Iglesia y el Estado, de separación de la Iglesia de la educación, etc., cuando no sólo ya lo hace, sino que lo hace con tal vehemencia que La Nación editorializó, alarmado, que tenía media sanción en la Legislatura bonaerense un proyecto de ley que llamaba a promover la lucha de clases desde el sistema educativo. El liquidacionismo, lejos de impulsar un sano impulso crítico, necesario, nos lleva todo el tiempo a un debate del ABC. ¿Es verdad que somos reformistas o seguimos siendo revolucionarios? La necesidad sana, real, de defender el partido frente al liquidacionismo, de no tirar el bebé con el agua sucia en la que se bañó, embota el debate en los organismos, impidiendo muchísimas veces avanzar en un debate más fino de los problemas que atravesamos en la intervención.

El funcionamiento de este grupo cumple con todas las características de una fracción, cosa que el estatuto permite, bajo ciertas condiciones. Someterse a la disciplina común del partido -o sea, darle un carácter interno a la polémica y llevar adelante las acciones votadas por la mayoría- y presentar, para la aprobación de la constitución de la fracción, un programa. Eso obligaría a definir, a delimitar alrededor de una posición. Lo que deberá ser juzgado en todo caso es si la divergencia presentada es de principios o no. Y claro que los militantes podrán juzgar si tamaña disrupción de la vida partidaria ha estado justificada porque se plantea enderezar una desviación grave en la vida del partido. Si no estamos frente a una divergencia que amerite pedir el derecho a fracción, por no ser un problema de principios, entonces, estamos frente a un caso donde, incluso suspendiendo la consideración del mérito de las críticas, el remedio seguro que es peor que la enfermedad. Y el dudoso “remedio” de este grupo ya le ha costado al partido la pérdida de militantes y relaciones, y si se prolonga en el tiempo, necesariamente va a ir horadando la autoridad política del partido ganada de cara a la vanguardia.

La reivindicación de la “libertad de crítica” como la panacea para una organización revolucionaria, por encima de una disciplina común de lucha, fuertemente centralizada, es, como lo sabe cualquier militante que haya hecho el curso sobre el partido o leído el ¿Qué hacer?, un planteo propio de las corrientes democratizantes, revisionistas del marxismo, opuesto por el vértice al planteo de partido de tipo bolchevique. Claro que tiene que haber espacio para el debate y la crítica. Y en el Partido Obrero, las puertas han estado abiertas de par en par, en el Boletín Interno, en congresos, conferencias, plenarios, que han sido muy seguidos y numerosos para que todos los que quieran hacerse escuchar lo hagan. Pero promover un apasionamiento por la libertad de debates y rehuir al trabajo común de construcción revolucionaria es igual a generar un clima pequeño burgués venenoso para el reclutamiento de trabajadores, que quieren una organización que sea una herramienta para su lucha y no ingresar a una lucha de capillas o debates académicos.

Ahora, no se trata de pretender que en las organizaciones revolucionarias todos sea un lecho de rosas, ni el trato sea de carmelitas descalzas. Donde ha estado justificado políticamente, la organización de polémicas, fracciones e incluso escisiones ha sido una necesidad revolucionaria. No hay que tenerle miedo a eso en sí mismo. Si hay en juego principios revolucionarios no hay que escudarse en el miedo a un retroceso organizativo para no dar la pelea de clarificación revolucionaria. El problema es considerar si estamos frente a esa situación o no. Si no lo estamos, y hasta ahora la negativa de Altamira y su grupo de presentar la base política para su fracción indica que carecen de los elementos para plantear una diferencia de principios, se le está haciendo un enorme daño al partido por diferencias menores. Si, por el otro lado, el Partido Obrero cruza la barrera de clases, colabora políticamente con fuerzas patronales o se diluye detrás de ellas, cualquier militante revolucionario estaría obligado a dar una pelea a brazo partido para revertir esto. Pero no hay nada de esto, y la “minoría” no pasa de insinuaciones varias. Por otra parte, las desviaciones políticas, si existen, tienen consecuencias reales y graves. Por ejemplo, nuestra crítica al electoralismo de Izquierda Unida se relacionaba con el hecho de que boicoteara al movimiento piquetero y luego intentara impedir que las asambleas populares confluyan con él. La orientación que tanto critica la minoría, ¿ha llevado al Partido Obrero a dejar de animar o impulsar algún proceso de lucha o experiencia valiosa de los trabajadores o las masas explotadas? ¿Hemos moderado nuestra acción política, callejera, nuestro programa para adaptarlo a alguna finalidad electoral o parlamentaria? ¿No hemos estado al frente de los trabajadores en el choque contra el Estado en los momentos en que se dieron condiciones para que un sector masivo participe, como en diciembre de 2017?

Ahora, inversamente, el grupo de la “minoría” ¿ha roto definitivamente con los principios revolucionarios del Partido Obrero? No corresponde afirmar eso. Hay un agrupamiento de compañeros muy diversos. No son homogéneas las posiciones que tienen entre sí, ni las que los mismos compañeros de la minoría han sostenido a lo largo de la lucha partidaria que han desatado. Los compañeros de la minoría son críticos de la dirección, eso es lo único seguro. Todo lo otro va cambiando o se va acomodando cuando sus viejas posiciones no se pueden sostener. Por ende, van teniendo giros empíricos de posición. Este carácter confuso, no cristalizado, hace que podamos considerar que este grupo puede ser asimilado a una actividad sana, de construcción común del partido si hay una voluntad política de llegar a conclusiones comunes, de síntesis.

Régimen partidario

Ahora, si las críticas del grupo de la “minoría” han sido heterogéneas y cambiantes, ¿cuál es la génesis de este debate, probablemente el más duro en la historia del Partido Obrero? Como se ha caracterizado ya en el XXIII Congreso, hemos asistido a una crisis de régimen de partido. Los métodos que eran utilizados para dirigir a un partido más pequeño, con menos inserción, se volvieron cada vez menos adecuados, fructíferos para dirigir un partido con presencia en las 24 provincias, dirección de numerosos sindicatos y cuerpos de delegados, numerosas posiciones parlamentarias, agrupaciones de masas como el Polo Obrero, el Plenario de Trabajadoras o Tribuna Docente, etc. Nuestra derrota en las internas presidenciales del FIT en 2015 develaron una crisis de funcionamiento de la dirección del partido que venía de más atrás, como fue caracterizado por el XXIII Congreso, que centró el objetivo de su debate en recomponer el funcionamiento colectivo de la dirección partidaria. El funcionamiento de una dirección colectiva logrado cuenta en su haber con el funcionamiento efectivo del Comité Central y todas sus comisiones, la edición regular del Boletín Interno y la actualización permanente de la “prensa obrera online” e, incluso, según los informes en boletines internos recientes, la detección y anulación de diferenciaciones internas, privilegios, entre algunos rentados del partido. Lo realizado en este tiempo es un piso de funcionamiento que debemos defender todos los militantes. El ataque a este proceso de hacer realmente colectiva la dirección del partido es llevado adelante con argumentos que ostentan un nivel de personalismo incompatible con el de una organización formada en la lucha contra el estalinismo.

La expresión más extrema, más explícita de esta deformación personalista que se haya puesto por escrito en un material partidario, es la idea de que Altamira es un “militante que encarna un programa”. La idea de un “hombre-programa” es verdaderamente un bochorno. Significa que o el partido se adapta a cada afirmación política que el “hombre-programa” lleva adelante o rompe con el programa revolucionario. Bajo esta lógica nos han cabido los peores epítetos a dirigentes del partido que hemos osado estar en desacuerdo con posiciones que el dirigente que porta naturalmente la verdad ha colocado. Es un método con el cual no se puede valorar el mérito de los debates, sino que el que osa criticar es un enemigo del hombre y del programa que sus exégetas dicen que encarna. Esto no es propio de un partido revolucionario, sino que define estrictamente la pretensión de estructurar una secta personalista alrededor de un jefe.

Tenemos que llevar al Partido Obrero a un nivel de inserción y liderazgo político superior al actual. Que estemos en un punto mayor a todo desarrollo anterior no nos puede volver complacientes, ya que somos muy pequeños todavía en relación con las tareas que nos proponemos. No sabemos cómo se hace, porque nunca lo hicimos (no se hizo nunca, en nuestro país ni en nuestra generación). No hay oráculos, no hay nadie que tenga la verdad revelada. No podemos depender de la erudición que algunos compañeros tengan. Debemos darnos los medios para formar la dirección que necesitamos. Para que esto triunfe, necesitamos a muchos compañeros, muchos más, asumiendo responsabilidades, estudiando, escribiendo, integrando direcciones colectivas de todos los niveles. Hay lugar para todos los militantes que lo tomen con seriedad. No hay que dar codazos, ni hay carrera para ser un dirigente revolucionario. Tenemos que relanzar un programa activo de formación de cuadros. Tenemos que organizar colectivamente el estudio, la elaboración política cotidiana y teórica que nos prepare una agenda de los temas que tenemos que profundizar para tener un conocimiento verdaderamente científico.

Necesitamos otra realidad partidaria para estar a la altura de la oportunidad histórica excepcional que vivimos, que hemos conquistado con largas décadas de aguerrida militancia. Todos quienes hemos dado años y décadas de nuestras vidas para construir el Partido Obrero, somos dueños de la trayectoria revolucionaria que significa y tenemos también la obligación moral de defender la construcción a la que hemos aportado.

El desafío del XXVI Congreso es avanzar en homogeneizar a nuestro partido, a todos sus equipos y organismos, en una comprensión común basada en las necesidades de nuestra intervención en la lucha de clases. Restablecer el pleno funcionamiento del centralismo democrático, entendido no sólo como la libertad de discusión interna sino como la más férrea disciplina en la lucha de clases, la más alta moral de combate, la que siempre ha sido la marca registrada del Partido Obrero reconocida por propios y ajenos.
 

6/3/19

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Guillermo Kane

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