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¿Corresponde una escisión en el PO?

Por Alejandro Lipcovich

La historia del movimiento revolucionario tiene, entre sus elementos destacados, las rupturas y quiebres. Nada en la lucha de clases asume un recorrido puramente lineal; las distintas respuestas a sus resultados provisorios engendraron caminos divergentes -agrupamientos y programas- de envergadura histórica. En algunos casos, la conmoción estratégica fue “transparente”, como la quiebra de la Segunda Internacional: el nivel de la traición, con la capitulación abierta ante sus burguesías imperialistas, fue mayúsculo. La escisión, por tanto, preparó las condiciones para el surgimiento de una nueva Internacional -que, en última instancia, fue la Tercera- y, por tanto, para la revolución de Octubre. Otras rupturas tuvieron un alcance también estratégico, pero posiblemente no tan claro en “lo inmediato” -bolcheviques y mencheviques. A la luz del desarrollo histórico posterior se advirtió que una ruptura, cuya manifestación superficial aparentaba ser limitada, contenía divergencias de fondo. También la IV internacional es una escisión, tras una larga lucha política contra la burocratización del Estado soviético y los partidos de la III. Este repaso superficial permite recordar, por si hiciera falta, que las rupturas han sido decisivas para el progreso y la persistencia del programa revolucionario en los últimos 150 años.

Sin embargo, cometeríamos un grave error si consideráramos únicamente esa faceta. Las escisiones también se han reiterado en el movimiento socialista como farsa. Cuando esto ocurre, en vez de constituirse en un escalón para dar saltos más profundos, funcionan como un factor de desorganización y desmoralización del sector de vanguardia implicado en ellas. Dentro del movimiento que se reclama cuartainternacionalista, las rupturas de este tipo tuvieron una frecuencia excesiva. Me refiero a aquéllas que falsamente proclamaban referirse a principios estratégicos en juego. En un marco de confusión y faccionalismo, muchas de estas rupturas no clarificaban ninguno de los problemas de fondo que la organización en cuestión podía tener y se limitaban a alumbrar nuevas sectas sin ningún propósito en el mundo más que reproducir los defectos del grupo previo en forma amplificada. Así pasó con el morenismo, que se partió en decenas de pequeños grupos, cada uno a gusto y piacere de algún dirigente del CC del MAS. Nunca hubo un balance del viejo MAS. Las rupturas sin propósitos de principios también tienen su reflejo en el movimiento obrero, donde es demasiado habitual que otros grupos dinamiten listas de frente único, ya sea por compromisos con la burocracia como por apetitos faccionales. Estas experiencias suelen desprestigiar a la izquierda ante los ojos de los activistas que aún no sacaron conclusiones políticas de fondo.

¿Por qué toda esta introducción? Porque creo que nuestro partido se enfrenta abiertamente al peligro de una escisión de las del “segundo tipo”. Es decir, debemos clarificar las discusiones en curso, para poder ver que no hay ni hubo principios revolucionarios en juego. El peligro es que la dinámica faccional, por definición, termina encontrando puntos “programáticos”. Los agrupamientos políticos, aunque su origen sea faccional (donde importa más “quién” que “qué”), siempre terminarán desarrollando una teoría respecto de su razón de ser. El partido tiene la responsabilidad de clarificar lo que está en juego.

Alguien podría salir al cruce de esta advertencia, afirmando “lo que se desarrolla es un debate de posiciones y tratar de cercenarlo es pretender un partido monolítico”. Pero no es ése el problema, ya que es evidente que hay diferencias de enfoque político sobre los temas más diversos, y eso está perfecto. El punto consiste en el carácter que progresivamente se le atribuye a debates sistemáticos pero cambiantes. Es evidente que la autodefinida “minoría” ha desarrollado una seguidilla de polémicas cuyo trasfondo es: “la ‘mayoría’ ha tomado el control del partido en forma burocrática y se adapta al régimen capitalista, al parlamentarismo, al PTS. Las posiciones que defendemos apuntan a salvar los principios revolucionarios del PO”. Este es el a priori falso y forzado que no debemos aceptar, pues el peligro que encierra es retroalimentarse ciegamente y conducir a una ruptura carente de principios -y sobre todo, de sentido. Que no se trata de una preocupación antojadiza lo demuestran al menos dos cosas. En primer lugar, basta con observar algunos de los calificativos proferidos por Marcelo Ramal en sus últimos textos -“incineración de todos los libros, folletos y periódicos de nuestros 55 años de lucha política como Partido Obrero” sobre Pablo Giachello; o, peor aún, plantear que en este debate “hemos buscado una delimitación de principios” (respuesta a Salas). Marcelo Ramal, ¿realmente te parece que en todos estos debates hubo una “delimitación de principios”? Esta ubicación del debate es lo que francamente me parece absurdo y debemos echar por la borda más pronto que tarde, porque es la condición para que, ahí sí, podamos discutir seriamente todos los problemas que tenemos por delante.

Tomando sólo algunos de los temas en juego, creo que es fácil ilustrar que nunca hubo principios encontrados. Veamos, por caso, “Panorama mundial”: el tema es tan sencillo de resolver que basta con transcribir el primer minuto del “Altamira responde”, dedicado a López Obrador. Ahí Jorge Altamira dice literalmente: “el concepto de iniciativa estratégica, cuando se refiere al capitalismo, no puede referirse a la burguesía de un país, de una región. Tiene que ver con el capitalismo mundial, con el capitalismo como sistema. Cuando uno dice que ha perdido la iniciativa estratégica, quiere decir que es un sistema en decadencia, donde las contradicciones del sistema voltean la capacidad de iniciativa de la burguesía, y donde la burguesía no es capaz de implementar soluciones más o menos progresistas, sino que tiene avanzar sobre conquistas de los trabajadores, que fueron conseguidas cuando sí tenía la iniciativa estratégica, cuando era un sistema en ascenso. Por lo tanto, en este sistema se agudiza la lucha de clases, y la burguesía está obligada a acentuarla y a hacer de la lucha de clases un fenómeno de una actualidad permanente, que sólo puede ser resuelto por la victoria del proletariado. La historia está desplazando la iniciativa estratégica a la clase obrera. Decir un caso en particular, López Obrador, Macri, etc., no tiene que ver con esto”. Comparemos esta transcripción del “Altamira responde” con el texto original de Giachello criticando “Panorama mundial”: “Sólo es cierto que ‘la burguesía ha perdido la iniciativa estratégica’ en tanto y en cuanto la afirmación se eleva a refutar las posibilidades del capitalismo de revertir su decadencia histórica. El chaleco que representan las relaciones capitalistas de producción para el libre desarrollo de las fuerzas productivas confirman el agotamiento histórico del capitalismo (...) ‘la pérdida de iniciativa estratégica de la burguesía’ representaría un fenómeno de alcance universal y no sólo latinoamericano”. ¿Alguien puede afirmar que entre estas concepciones hay “un abismo”? Luego se pueden tener apreciaciones distintas sobre la situación latinoamericana, pero ubicarlas en el terreno de los principios revolucionarios es un despropósito.

Veamos aquellos temas supuestamente “más profundos”, por caso la Asamblea Constituyente. No quiero meterme en la consideración sobre la pertinencia o no de su agitación en la crisis actual, porque no es el propósito de este texto. Lo que quiero refutar es la consideración de que para una crisis de régimen su adopción como consigna central implique “tener un planteo de poder a la altura de un partido revolucionario”, mientras su falta de centralidad sería “una adaptación al régimen, ir a remolque, abandonar la perspectiva” y demás etcéteras que se han dicho o sugerido. Basta simplemente con repasar los planteos del partido: ¿no han notado, acaso, que durante todo el kirchnerismo jamás fue consigna central del partido? ¿Esto significa que estuvimos “adaptados”? ¿O que no hubo crisis de régimen? Es evidente que no, pues alcanza con repasar las tapas de Prensa Obrera. Por ejemplo, tras la crisis del campo en marzo de 2008 caracterizamos “una crisis completa del régimen” y postulamos una “salida obrera y socialista” (PO N° 1.030). No hubo referencia a la Asamblea Constituyente. Para junio, planteamos un deterioro significativo de la situación, pues el título fue “se está creando una crisis de poder” (PO N° 1.040); en la editorial de la PO N° 1.042 sostuvimos que “estamos frente a una crisis política, o sea de poder”. Es decir que advertimos una situación muy profunda, desde luego vinculada con la bancarrota capitalista. Pero la Asamblea Constituyente no formó parte de ningún planteo de salida al respecto. En el informe político al XIX Congreso (2010), titulado “La etapa final de los Kirchner”, se llegó a sostener que “en el marco de semejante crisis se escucharán voces a favor de convocar a una Asamblea Constituyente que, en el marco de una transición, rediseñe el régimen político y reconstruya la solvencia de la Nación y de las provincias. La clase obrera debe ponerse en contra de estos objetivos estratégicos de la crisis constitucional que se está tejiendo, pues corresponden a prioridades de la burguesía, no de los trabajadores. La posibilidad de que las prioridades de los trabajadores ganen la escena está determinada por la propia envergadura de la crisis. Por eso planteamos que, en oposición a toda forma de golpismo, parlamentario o bonapartista (del Ejecutivo), la lucha debe ser por un gobierno de trabajadores”. Es decir, la apreciación de la crisis era profundísima (“etapa final”), pero la Asamblea Constituyente no sólo no figuró, sino que advertimos que había que ponerse en contra. ¿Esto significa que nunca corresponde su uso? ¡Obviamente que no! Es una consigna que puede formar parte de la lucha revolucionaria, y lo ha sido en numerosas oportunidades. Lo que quiero rechazar en forma tajante es que debatir respecto de su conveniencia o no sea catalogado como un debate “de principios”, cuando en crisis profundas hemos dicho otras cosas, lo cual demuestra que está lejos de ser “el único planteo de poder posible”.

Algo parecido pasa con el “juicio político” o las “consultas populares”. Desde luego que es legítimo debatir su pertinencia o no. Se trata de consignas complicadas para un partido revolucionario, pues su filo de choque con el régimen, según cuál sea la situación, puede neutralizarse por ser, ellas mismas, variantes propias del sistema. Pero, nuevamente, es un abuso contra el partido considerarlas “en sí” como fruto de una adaptación, cuando las hemos tratado de utilizar con propósitos revolucionarios toda la vida. Cuando Amado Boudou fue procesado, por ejemplo, Clarín publicó, en su edición del 28/6/2014, que “el líder del Partido Obrero, Jorge Altamira, fue el más original. ‘Si no se va, que se convoque a una consulta popular vinculante, para que el pueblo decida’, señaló el referente del Frente de Izquierda”. No recuerdo que hayamos hecho campaña sobre eso, ni que lo haya debatido el partido o el CC. Seguramente, Jorge Altamira fue interrogado por un periodista y respondió eso en el momento. Es evidente para cualquiera que si una respuesta de ese tenor fuera dicha por otro compañero en el cuadro actual del partido, tendríamos textos kilométricos en el Boletín Interno. A eso llamo adjudicar carácter de principios a aquello que no lo tiene.

El intento de apropiarse del “catastrofismo” lleva este método de la polémica arbitraria a niveles extremos. Es preciso recordar el sentido concreto y su historia en la tradición del marxismo y del Partido Obrero. El catastrofismo que reivindicamos refuta cualquier ilusión respecto de un progreso social sostenido en el marco de un capitalismo en decadencia. Cuestionamos la teoría de los “ciclos”, según la cual la economía capitalista “cada tanto sube y cada tanto baja”, mostrando que lo “normal” son los desequilibrios y no los equilibrios. Especialmente, el catastrofismo muestra que las fachadas de progreso con que la burguesía busca embaucar a las masas encubren un agravamiento catastrófico de las condiciones de la vida social -miseria, guerras, etc. En resumen, o socialismo o más barbarie.

En este punto, vale refrescar cómo se desarrolló la polémica sobre el catastrofismo que protagonizó nuestro compañero Pablo Rieznik. No es casual que el antagonista fuera Claudio Katz, pues él había renunciado abiertamente a la perspectiva revolucionaria, que en otro momento de su vida defendió. Claudio Katz representaba consciente y públicamente la adopción de “otra vía” frente al “fracaso del socialismo real” y la “exageración del catastrofismo, que pronostica derrumbes todo el tiempo y no organiza ninguna revolución”. Claudio Katz se había hecho chavista. Es decir, era un debate que surgía desde dentro de la izquierda, entre dos perspectivas claramente delimitadas, incluso cuando sus conclusiones tienen importantes ramificaciones -hay muchos grupos que se autoproclaman trotskistas pero reniegan del catastrofismo. En cualquier caso, ¿cómo es posible aplicar los mismos conceptos para un debate entre compañeros del mismo partido que no han dicho ni hecho nada que los aparte del catastrofismo? Pablo Giachello o Gabriel Solano, por ejemplo, ¡reivindican abiertamente esa perspectiva revolucionaria! ¿Por qué debemos admitir gratuitamente que en una polémica sobre un panorama, o sea sobre cómo mejor definir la coyuntura en curso, se acuse al otro de “abandonar el catastrofismo”, sin mayores argumentos que la pura arbitrariedad?

Llegado a este punto, es claro que de ningún modo hay un debate de principios en el partido, sino más bien una enorme confusión, que impide el desarrollo sano y necesario de las polémicas sobre cómo actuar. Pero hay una pregunta obligada: ¿por qué nos encontramos en esta situación? En mi opinión, ha habido un cambio en el funcionamiento de la dirección que se está procesando en forma traumática. Durante un largo período, el peso de Jorge Altamira en la dirección del partido y su funcionamiento cotidiano era casi total. En los últimos años, esa dinámica se modificó, con un funcionamiento que al menos desde afuera da la impresión de ser más regular y menos concentrado. Trazar una oposición formal entre ambos períodos sería incorrecto; finalmente, la mayor parte de las diversas generaciones de cuadros que integran el CC se formaron en el partido del cual, sin dudas, Jorge Altamira ejerció un liderazgo político y teórico. Además, porque la dirección es un órgano colectivo, donde Altamira sigue estando y aportando. Pero es evidente que las tensiones pasan por ahí, como lo demuestra el hecho de que la crítica a un texto (“Panorama mundial”) fue asimilada a la crítica integral a Jorge Altamira (¿por qué?) y, acto seguido, al programa revolucionario en forma integral. Este estado de cosas afecta al funcionamiento del partido en muchos aspectos. El primero, es que perdemos tiempo y energía en debates que son anodinos. En segundo lugar, esta conformación más o menos abierta de “minorías” debilita enormemente el sentido de partido -es decir, una organización de combate que lucha en forma unificada. Me “atajo” de antemano ante el eventual recordatorio sobre el derecho a tendencia y fracción como inherente al bolchevismo, mientras su negación representa una tendencia burocrática. Desde ya, pero esas medidas extremas para salvar la unidad del partido deben tener sólidos fundamentos políticos -lo contrario de lo que atravesamos.

Una manifestación de las consecuencias negativas de este estado de cosas se aprecia en las redes sociales, donde hay compañeros y compañeras que dedican tiempo y recursos a referencias veladas sobre debates internos. Se trata de algo propio de una secta, ya que la orientación no es influir o reclutar nuevos trabajadores/as, sino medrar hacia adentro. Se ha llegado a pontificar la condición de “minoría” (“no hay que adaptarse a las mayorías”). Esto es verdaderamente un absurdo: se trata de caracterizar de qué mayorías y minorías hablamos.

Esta crisis puede superarse, ya que tenemos muchas cosas a favor. En primer lugar, una trayectoria de más de 50 años de lucha consecuente, que enfrentó la represión bárbara de dictaduras, y las ondas democratizantes de todo tipo y color. Esa experiencia recorre a las distintas generaciones de revolucionarios y revolucionarias que conforman este partido. Tengamos un congreso de ricos debates, descartando lo accesorio y concentrándonos en lo importante.

¡Viva el PO y la IV internacional!

16/1/19

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