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Informe internacional al 27° Congreso del Partido Obrero: De la crisis mundial a las guerras y rebeliones

Por Comité Nacional del Partido Obrero

1. Estamos ingresando en una nueva situación atravesada por grandes levantamientos populares y conflictos bélicos, con alcances internacionales.

El asesinato del general iraní Soleimani y el “plan de paz” de Trump y Netanyahu contra el pueblo palestino representan un salto de los conflictos bélicos en Medio Oriente. La onda expansiva se ha extendido a toda la región e involucra en forma directa a potencias locales y, de un modo general, a las grandes potencias mundiales.

Las sublevaciones recorren el planeta. En Medio Oriente y el norte de Africa, estamos frente a rebeliones en El Líbano, Argelia, Sudán y, un poco antes, en Irán, Jordania y Túnez. Esta onda ascendente tiene sus expresiones, aunque con sus particularidades, en Europa, con el enorme proceso huelguístico desatado en Francia, desafiando al gobierno de Macron, pero también en Asia, como las grandes movilizaciones en Hong Kong que ya se prolongan varios meses. América Latina no se sustrae a esta situación. Más aún, ha pasado a ser uno de los epicentros de este vuelco. El punto culminante han sido Ecuador y Chile, y más recientemente Colombia, que ha estremecido todo el continente y tiene como antecedente las irrupciones de Nicaragua, Haití, Honduras, Panamá y Puerto Rico. El golpe en Bolivia, a su turno, aunque logró abrirse paso, tropezó con una gran resistencia.

Este escenario es inseparable de la bancarrota capitalista que viene haciendo su trabajo implacable de topo. Por un lado, las tendencias bélicas son acicateadas por el agravamiento de la guerra comercial. Por el otro, los efectos devastadores se hacen sentir sobre las masas, que reaccionan y ganan las calles para enfrentar brutales planes de ajuste y austeridad.

2. ¿En qué estadio se encuentra actualmente la crisis que estalló en 2007/8?

El dato dominante es que la economía mundial avanza a una recesión, que es lo que se pretendió evitar, apelando al rescate del Estado.

Europa y Japón tienen un crecimiento nulo. Estados Unidos ha tenido en el tercer trimestre su registro más bajo desde la época Trump (1,9 por ciento) y ya se habla de que en 2020 se mantendría en esa tónica, en la visión más optimista. La recuperación norteamericana se ha pinchado. La industria ha caído en producción y en empleo. Sin embargo, otros sectores (servicios, comercio, construcción) han mantenido el empleo alto, aunque el ritmo de crecimiento ha ido cayendo. La situación de cuasi-pleno empleo es la que viene explotandoTrump y con la cual mantiene vivas lasposibilidades de su reelección. El dato más relevante es China, donde la desaceleración es cada vez más pronunciada. Hay quienes hablan de “aterrizaje abrupto” y que las verdaderas cifras de crecimiento son ocultados por el gobierno chino. Esto es clave por el lugar que ocupó China como locomotora de la economía mundial y factor contrarrestante de la crisis.

Los síntomas de una debacle financiera, como la que se precipitó en 2008, están a flor de piel: asistimos, en el año que acaba de finalizar, a tres caídas pronunciadas de las bolsas neoyorquinas cuya onda expansiva se hizo sentir a nivel global. Es cierto que la Bolsa retomó su ciclo ascendente y ha llegado a niveles récord. Pero eso, contradictoriamente, refuerza más el carácter explosivo de la situación, pues pone al descubierto el contraste entre las cotizaciones de las acciones y el magro desempeño de las empresas en el ámbito de la producción y la economía real. Las acciones vienen inflando sus valores como consecuencia de la recompra de las mismas por parte de las propias compañías, empezando por las líderes. Crece la deuda corporativa que ha llegado a la cifra récord de 10 billones de dólares, equivalente a la mitad del PBI norteamericano y es lo que explica que las tasas que pagan esos bonos corporativos pasen a ser semejantes a las que abonan los países emergentes.

El pobre resultado operativo de los balances se ve neutralizado por las crecientes inversiones financieras. La liquidez no se direcciona a la reinversión productiva sino a la esfera especulativa. De un modo general, asistimos a un auge de la deuda mundial a niveles sin precedentes. Según un reciente Informe del FMI, la deuda global asciende a 230 billones de dólares.

Esta fragilidad es la que provoca un stress permanente al que está sometido el sistema financiero y es el que explica episodios, como el ocurrido el año pasado, que obligó a la intervención de urgencia de la Reserva Federal, en el mercado interbancario, cuyo interés llegó a dispararse hasta el 9%. Recordemos que la crisis de liquidez de la banca yanqui precedió el crack de 2008, que estalló con el hundimiento de Lehman Brothers.

Los países emergentes son los eslabones más débiles de esta cadena, que se ve afectada por la fuga de capitales y el fantasma del default. Los inversores, de un modo general, huyen hacia inversiones con menos riesgo y buscan refugio en colocaciones financieras más seguras en las metrópolis. Esto es lo que está en la base de los rendimientos negativos de una franja creciente de colocaciones financieras (que han superado la friolera de los 15 billones de dólares) y la inversión de la curva de rendimientos, que ha sido, de un modo general, un antecedente en las grandes crisis y depresiones mundiales del pasado.

Como telón de fondo está la crisis de sobreproducción y sobreacumulación de capitales, que se extiende tanto en la producción industrial, incluida las industrias de punta, como en las que producen las materias primas. Las tendencias deflacionarias hoy reinantes traducen la declinación en los niveles de rentabilidad. Esta tendencia en la caída de la tasa de beneficio está en la base de la huelga de inversiones que se encuentra en un punto muy bajo y ni siquiera es suficiente para compensar la depreciación del capital fijo.

La huelga de inversiones ha llevado, contradictoria y paradojalmente, a un aumento del empleo. En lugar de invertir, la burguesía prefiere tomar trabajadores, aunque sobre la base de trabajo flexibilizado, lo que le asegura una fuente de mano de obra barata. La reactivación económica (que ya existía previamente a Trump pero que se reforzó en los primeros años de su mandato) se ha basado en un gran precarización. Inversamente a lo que sostienen sus apologistas, el capital se transforma en un bloqueo a la incorporación de las mejoras técnicas al proceso productivo y apela a los métodos tradicionales de superexplotación obrera reinantes en la primera etapa del capitalismo, destruyendo conquistas históricas la clase obrera. Estos ataques han dado lugar a movimientos de lucha defensivos, como el que ha desenvuelto el reclamo de un salario mínimo de 15 dólares la hora. Los avances de estos reclamos de los sectores más bajos de la escala salarial se vinculan a la mejora de los ingresos más bajos, que Trump reivindicó en su discurso del Estado de la Unión, en febrero de este año.

3. La capacidad de hacer frente a la perspectiva de una recesión es sensiblemente inferior a la de diez años atrás. Los recursos de los Estados para rescatar el capital se han ido agotando. Los Estados han sido arrastrados por la bancarrota capitalista. En lugar de ser una vía de solución, son parte del problema, más aún, un factor de su agravamiento.

La Reserva Federal ha dispuesto la tercera reducción de la tasa de interés en el año. Pero eso no logra reactivar la economía y es lo que está en la base de los reproches de Trump, que reclama que se baje a cero, aunque ello no asegura que pueda revertir el desinfle de la economía norteamericano. El Banco Central Europeo (BCE) ha establecido tasas negativas, con nuevos ajustes hacia abajo, pero no logra reanimar la economía europea en virtual recesión. Tanto la Reserva Federal como el BCE han resuelto iniciar su política de expansión monetaria cuantitativa -compra de activos financieros- que habían dado por concluida. La inyección de dinero, sin embargo, ya ha probado sus límites en esta década. Los fondos no son utilizados para una inversión productiva sino que engordan el circuito especulativo, alimentando burbujas que son el preludio de un nuevo estallido. Comparado con el ’29, tenemos no sólo burbujas bursátiles, sino también en el mercado de bonos e inmobiliario.

El uso de ese procedimiento va de la mano de una gran emisión monetaria y provoca un creciente debilitamiento de las monedas, empezando por el dólar. Un dólar débil no es una garantía que asegure una mayor competitividad de los productos estadounidenses, pero podría provocar, en cambio, un cataclismo internacional, si se concretara un abandono de la divisa norteamericana, que es el principal medio de pago en las transacciones mundiales. Ya algunos bancos centrales se vienen desprendiendo de sus reservas en dólares y comprando oro, que es lo que explica, entre otras razones, el aumento que viene teniendo en su precio. El refugio en el oro es una señal clásica e inconfundible en la historia de los momentos excepcionales de la crisis capitalista. Esto implicaría una fractura del comercio y de la economía mundial, y una aceleración, por lo tanto, de la recesión y de las rivalidades intercapitalistas.

Los choques en la implementación de esta política ya se están produciendo y uno de sus focos se registra en la Unión Europea, donde las decisiones del BCE despertaron el rechazo de Alemania, que no quiere utilizar los fondos para rescatar a sus socios más débiles, sino que apuesta a aprovecharse de sus penurias y aprietos financieros para avanzar en un copamiento de sus economías.

Guerra comercial

4. El impasse capitalista es lo que está en la base de la intensificación de las guerras comerciales. El acuerdo reciente entre China y Estados Unidos es superrestringido. Los aranceles siguen en pie. Lo único que Estados Unidos ha suspendido es el aumento del 25 al 30% de los mismos, que entraba en vigencia a finales de 2019. El acuerdo no cubre las acciones de Estados Unidos contra las empresas tecnológicas chinas ni tampoco da una vía de solución a los cuestionamientos principales de Trump, que se centran en su oposición a los subsidios estatales de las empresas chinas y la incursión del gigante asiático en las industrias de alta tecnología, que pone en tela de juicio la hegemonía económica y militar norteamericana. China acordó la compra 50.000 millones de dólares adicionales de productos agrícolas estadounidenses. Aún así, sigue estando por debajo de los niveles previos a que estallara el conflicto comercial. Se comprometió a abrir más su sistema financiero a la operatoria del capital extranjero y reforzar el control de la propiedad intelectual frente a las acusaciones de robo en Estados Unidos. Pero esto no pasa de compromisos anodinos que es lo que ha llevado al Financial Times a tildarlo de un acuerdo “cosmético”. No alteran el rumbo principal de los acontecimientos. Si la perspectiva es una nueva recesión, debemos prepararnos para nuevas crisis, rupturas y choques aún de orden superior. Un anticipo es la devaluación del yuan a la que ha apelado China. A la guerra comercial se le ha sumado la guerra monetaria. Estamos entrando en un escenario de devaluaciones competitivas, que ahondarían más las tendencias proteccionistas y conducirían a un dislocamiento de la economía mundial. Esto es lo que explica el fracaso de las devaluaciones ya realizadas en Argentina.

5. El agravamiento de la bancarrota capitalista plantea que la política agresiva y expansionista se intensifique. La guerra político-comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea refleja el propósito de Trump de someter a sus competidores “ex” aliados, trasladándoles los costos de la crisis sobre sus hombros. La decisión del Congreso de Estados Unidos de imponer sanciones a las empresas involucradas en la construcción del gasoducto Nord Stream 2 (que conectaría directamente a Rusia y Alemania a través del Mar Báltico) subraya las divisiones agudas que hay entre las potencias imperialistas. En el pasado, el corte del suministro de energía se consideraba un acto de guerra. Las sanciones de Estados Unidos han paralizado el proyecto casi completado de 10 mil millones de dólares luego del retiro de la firma suiza Allseas, que estaba proporcionando barcos especializados para tender el gasoducto. Las sanciones de Estados Unidos no solo apuntan a Rusia, que depende de los ingresos generados por las exportaciones de gas, sino también a Alemania, que ve el gasoducto como un proyecto estratégico que es esencial para su seguridad energética.

6. Pero el blanco fundamental de la guerra económica emprendida por Trump es China. Más que al desequilibrio en el intercambio comercial, la ofensiva yanqui apunta estratégicamente a colonizar el espacio ocupado por los ex Estados obreros. La intensificación de la guerra comercial no ha logrado, sin embargo, revertir el desequilibrio en la balanza comercial y de la economía norteamericana. Lejos de sus efectos benéficos, lo que ha primado son sus consecuencias negativas: aumentos de los precios al consumidor y de los costos industriales por el encarecimiento de los productos importados y el cierre de mercados, empezando por el agrícola. Esto ha despertado una tensión entre el gobierno y franjas crecientes de la clase capitalista que plantean poner un freno a la guerra comercial. El acuerdo de la Casa Blanca con China tiene que ver con estas presiones.

China

7. En China, a su turno, la devaluación del yuan es un arma de doble filo, pues encarece la deuda nominada en dólares de las empresas locales estatales y privadas, que ya se encuentran en serios aprietos financieros y podría disparar una nueva huida de capitales, como ya ocurrió en 2016, cuando la fuga alcanzó la friolera de 750.000 millones de dólares en un lapso muy corto de tiempo. Estas amenazas son seguidas con preocupación por los jerarcas chinos y divisiones en sus filas.

Así como en Estados Unidos, la crisis ha acentuado también las tensiones internas en China. Esto se expresa al interior del PCCh (Partido Comunista), pero trasciende ese ámbito y expresa una lucha crucial que envuelve a toda la elite dirigente sobre cuál es el rumbo estratégico que debe tomar el país.

Existen crecientes presiones por acelerar la apertura y la consolidación de leyes de mercado. En este sector está enrolada la clase capitalista nativa, que ha ido abriéndose paso a la sombra del régimen y que pretende afirmarse como clase dirigente. Esta burguesía en formación, o proto-burguesía, si bien conduce empresas que incluso han conquistado una posición destacada, su rol está mediatizado por la burocracia, alrededor del PCCh, que sigue teniendo una presencia determinante a la hora de las decisiones.

Esta tendencia pugna por poner fin al proteccionismo y la regulación que ejerce el Estado, de modo de abrir las puertas a un amplio proceso de privatización y a una consolidación de su liderazgo. Este sector no se priva de utilizar la guerra comercial como un factor de presión para acelerar esta desregulación, aunque no necesariamente sus aspiraciones son las mismas que las del gran capital internacional, que pretende abrir la economía china en su propio provecho, y eso tropieza con los apetitos de la burguesía local. Las relaciones que mantienen las corporaciones extranjeras y locales oscilan en un abanico contradictorio de asociaciones, rivalidades y choques.

8. Este panorama replantea la necesidad de volver sobre la naturaleza y el carácter de China. Hay quienes plantean, en el campo de la izquierda y hasta del trotskismo, que estamos frente a una potencia imperialista. Sin embargo, no se puede obviar la sensible penetración del capital extranjero en estas últimas décadas y el peso que tienen las empresas privadas foráneas en el PBI y la economía chinas. El crecimiento chino ha estado asociado a la importación de capital extranjero que llegó para explotar una mano de obra abundante y barata, y un nuevo mercado para sus productos. La presencia extranjera es directa o disimulada en asociaciones con operadores locales.

Estaríamos frente a una paradoja porque “según el razonamiento mecánico, según el cual, China estaría a la cabeza de los países imperialistas, entonces, también estaría a la cabeza de los países más penetrados por el imperialismo extranjero”. (¿Es China imperialista?”, Cercle Communiste Free, 18/1/19).

China aún hoy está a una distancia considerable en la tecnología de punta de las principales potencias, especialmente de Estados Unidos. El gigante asiático sigue siendo una ensambladora de insumos y piezas provenientes de las metrópolis en sectores clave, como telecomunicaciones, informática y otras áreas de alta tecnología. Un iPhone ensamblado en China que cuesta 179 dólares, consta de 172 de componentes importados desde fuera del país.

Una medida de la dependencia tecnológica lo da la decisión de la administración estadounidense de prohibir por siete años la exportación de componentes destinados a la corporación gigante china ZTE, como represalia por ventas de esa firma a Corea del Norte e Irán, países contra los cuales rigen sanciones comerciales por parte de Estados Unidos. El corte de suministros implicaba la virtual paralización de la empresa. Ambos gobiernos llegaron finalmente a un acuerdo para salvar la firma. Otro caso emblemático es el de los celulares Huawei, que ahora es una marca mundial, que es desarrollado no por los propios científicos chinos sino, sobre todo, por 400 científicos japoneses contratados por la empresa. Esto demuestra que China dependía y sigue dependiendo en gran medida de los recursos humanos extranjeros para la investigación y desarrollo. Su tecnología de semiconductores se halla dos o tres generaciones por detrás de la de Estados Unidos. Está tratando de superar este retraso con un aumento de la inversión en investigación y desarrollo, pero si observamos detenidamente el gran número de patentes chinas, en su mayoría aún no corresponden a la alta tecnología, sino a otros sectores. Donde está reduciendo distancias rápidamente es en inteligencia artificial y ésta es un área que a Estados Unidos le preocupa mucho, no solo en términos de competencia económica, sino también militar, donde la inteligencia artificial desempeña un papel cada vez más central. Por otra parte, importa señalar que si nos fijamos en su PBI, China es la segunda economía más grande del mundo. Pero si se mide el PBI per cápita, sigue siendo un país de renta media.

En la actualidad, la mitad de las exportaciones chinas provienen de compañías extranjeras que invierten en China. Este grado de integración a la cadena de productiva global determina que una guerra comercial como la que pretende Trump termine perjudicando a las compañías extranjeras que invierten en China, empezando por las norteamericanas.

Quienes sostienen el carácter imperialista de China vienen llamando la atención sobre la ascendente exportación de capitales del gigante asiático. Pero el defecto es tomar un rasgo en forma segmentada, divorciado de un abordaje de conjunto. Países como Brasil exportan capitales y hay corporaciones que han logrado penetrar en diferentes rincones del planeta, incluidas las metrópolis. En Argentina misma, tenemos empresas como Techint o Arcor, que han logrado instalar filiales en el exterior, incluido el mercado yanqui. Pero eso no es suficiente para caracterizar al país como imperialista. La inversión extranjera directa en China es muy superior a la que el gigante asiático invierte fuera de sus fronteras.

A la hora de caracterizar a China, no es menor la cuestión de Taiwán y Hong Kong. El ascenso de China sigue cargando con su legado colonial. Taiwán sigue siendo un protectorado yanqui y si bien la Casa Blanca reconoce que la isla forma parte de China, no se priva de utilizarla como punta de lanza en su disputa con Pekín. En Hong Kong sigue teniendo un peso fundamental el capital internacional y de las potencias occidentales, y es una plataforma y una cuña para la penetración del capital en China continental y avanzar en su restauración capitalista. La integración de Hong Kong al continente está llamada a tener un carácter convulsivo, como lo demuestra la crisis política y la rebelión popular que hoy sacude dicho enclave.

9. No alcanza con señalar que China no es un país imperialista. Lo que hay que destacar es que el proceso de restauración capitalista está inconcluso. En términos de porcentaje sobre el PBI, inversiones en activo fijo y pago de impuestos, el sector privado ronda hoy el 50 o 60% del total nacional. La burguesía, sin embargo, no se ha afirmado como clase dirigente sino que todavía opera como segundo violín. Esto tiene que ver con las características históricas específicas con que se ha dado este desarrollo. La restauración capitalista no llevó a la desintegración estatal o nacional, a pesar de que el alcance de esta penetración ha sido, en la actual etapa, de una escala infinitamente mayor. En China, después la masacre Plaza de Tiananmen, se instaló un régimen bonapartista. Es la burocracia estalinista en alianza con el imperialismo la que guio el proceso restauracionista.

A diferencia de Yugoslavia y de la Unión Soviética, que sufrieron un proceso de desintegración en el marco de la restauración capitalista (y que, en el último caso, provocó como respuesta el golpe bonapartista de Putin), China se mantuvo como un Estado nacional. En algunos terrenos ha logrado incluso una disputa de igual a igual con el imperialismo (5G), lo que explica la preocupación de Trump por bloquear su desarrollo tecnológico.

Pero el capital que ha crecido bajo el paraguas de la burocracia comunista pretende, ahora, con el desarrollo que ha alcanzado, emanciparse de esa tutela. El papel excepcional del Estado ha permitido, en China, que la restauración capitalista no se convierta en una restauración colonial. La burguesía china en formación alienta la presencia e intervención del Estado en su disputa y rivalidad con el capital foráneopero busca liberarse de ella y consagrar un régimen de mercado, para afianzarse definitivamente como clase dirigente. Hasta el día de hoy, el Estado sigue conservando un papel determinante en la economía del país y una injerencia muy fuerte, inclusive, en el sector privado, a pesar de que representa la mitad de la economía nacional. De conjunto, impera todavía un proteccionismo financiero e industrial, que el capital quiere perforar. En esto, hay una identidad de intereses entre la burguesía imperialista y la nativa, que apunta a poner fin a la competencia desleal que presuponen los subsidios oficiales, la manipulación de la divisa y, por supuesto, la intervención directa de las empresas y bancos estatales en el mercado. Lo que está en discusión es el desmantelamiento de un Estado que tiene su origen en una revolución social desvirtuada por una burocracia “sui géneris”.

10. El régimen chino dio señales de avanzar hacia una apertura, procurando contemporizar con estas tendencias, sobre todo, cuando su economía viene entrando en un impasse y el rescate estatal se viene haciendo insostenible. La noticia, sin embargo, que tomó estado público un mes atrás, ordenando la incorporación de funcionarios del régimen a cien empresas privadas, incluida Alibaba, indicaría un volantazo. “La medida podría percibirse también como un esfuerzo por controlar un sector no estatal que está ganando influencia como motor principal en la segunda economía del mundo” (Perfil, 19/9). La burocracia china mira con recelo a la elite empresarial que está tomando cada vez más vuelo propio. Sus aspiraciones en perspectiva son incompatibles con la permanencia del régimen híbrido burocrático actual, bajo la tutela del Partido Comunista.

No hay que olvidar que el régimen chino no se ha privado de apelar a detenciones y encarcelamiento de empresarios acusados de corrupción. La ley de extradición, alentada por el PCCh, que pretendió imponerse en Hong Kong, iba en esa dirección. Además de ser un arma de persecución contra la protesta social, apuntaba contra los capitalistas de la isla, que podían quedar expuestos a represalias económicas, incluida la pérdida de su patrimonio, como ya le ocurre a sus pares en el continente. Por otra parte, la autonomía a la que aspira la burguesía de Hong Kong coincide -o, al menos, tiene importantes puntos de contacto- con la que fogonea la clase capitalista en China continental.

La presencia de agentes gubernamentales apunta a actuar, asimismo, en forma preventiva y poner un freno, si hiciera falta, a la emergencia de despidos masivos, a medida que las empresas intentan proteger sus beneficios. Un temor fundado que anida en las autoridades chinas es que el parate provoque un retroceso importante del PBI y, junto con esto, una pérdida marcada de puestos de trabajo, lo cual podría conducir a una reacción social incontrolable.

Esto explica los bandazos de Pekín. Este nuevo volantazo da cuenta de las vacilaciones del gobierno. El régimen bonapartista de Xi Jinping, al cual se le han conferido facultades excepcionales al habilitársele la reelección indefinida, está obligado a conciliar la tendencia a la autonomía de sus protocapitalistas con la necesidad de contener la desintegración del Estado. Las ex economías estatizadas han incorporado a sus contradicciones autárquicas las más violentas aún de la economía mundial.

11. La burocracia restauracionista de China y la clase capitalista que se ha desenvuelto con esa restauración no tienen los medios para construir un imperialismo nuevo -“en un solo país”. El gigante asiático enfrenta el estallido de una crisis financiera, que ya tuvo su primera explosión entre 2014 y 2015. Esa crisis sobrevuela como consecuencia de una gigantesca especulación inmobiliaria; su financiamiento por bancos “desregulados” en las sombras, que se encuentran en estado de insolvencia; un exceso de capacidad instalada en industrias saturadas; una inmovilización gigantesca de capital en bonos del Tesoro norteamericano y de otros países.

La tesis que sostiene un sector de la izquierda que se reclama marxista, sobre la transformación de China en imperialista no tiene asidero. No hay margen, bajo la égida del imperialismo, en esta etapa histórica de decadencia y descomposición capitalista, para que un país semicolonial pueda convertirse en un país capitalista avanzado. El avance vendrá de la mano de la revolución social, como un eslabón de la revolución socialista internacional, no de la contrarrevolución. Una tesis de este tipo, por otra parte, habla de una ilusión infundada sobre la vitalidad que aún conservaría el capitalismo para hacer semejante tránsito, sacando a una nación de su atraso ancestral y, más aún, logrando que se convierta en la nueva potencia hegemónica, en sustitución de Estados Unidos, como ocurrió cuando esta última sustituyó a Gran Bretaña en el liderazgo del mundo.

La existencia de un capitalismo nacional independiente es una hipótesis inconsistente. China no pasa de ser un régimen híbrido, que es lo que estamos viendo en la actualidad, en medio de una transición incompleta que todavía espera un desenlace, que se dirimirá en la arena de la lucha de clases nacional e internacional. El futuro de China oscila entre dos perspectivas enfrentadas: entre llevar hasta el final la restauración capitalista, confinándola a un status subordinado de características semicoloniales o una nueva revolución social, que apunte a una reorganización integral del país y del planeta sobre nuevas bases sociales. China ingresa a una fase más convulsiva de la restauración capitalista, lo que prepara el terreno para una intervención de mayor amplitud de la clase obrera.

La guerra

12. Este escenario de agudización de las disputas interimperialistas y de las ofensivas comerciales es el caldo de cultivo para la intensificación de las escaladas y conflictos bélicos. La expulsión del Estado Islámico, como anticipamos, no trajo la paz en el Medio Oriente, sino que ha dado pie a nuevas y más extendidas guerras.

Turquía viene de invadir territorio sirio y ha anunciado sus intenciones de ingresar en Libia, atravesada por una guerra civil. Rusia anunció lo mismo, pero apoyando al bando contrario de los turcos. Yemen enfrenta también una guerra civil, con la injerencia de Irán, por un lado, y de Arabia Saudita, por el otro. El asesinato del militar iraní se inscribe en una escalada imperialista que viene creciendo en intensidad precedida por las sanciones económicas y provocaciones diplomáticas y militares de Estados Unidos contra Irán, luego de la decisión yanqui de retirarse del pacto nuclear firmado en 2015 con Teherán. El reciente anuncio del “Acuerdo de paz”, por parte de Trump y Netanyahu, representa una nueva escalada contra el pueblo palestino. El proyecto coloca el reconocimiento de un Estado palestino bajo la condición de una rendición total a las demandas del Estado de Israel, pues establece la cesión de una mayor cantidad de territorios palestinos a manos del sionismo y el desarme de las organizaciones palestinas.

13. El imperialismo yanqui, que supo relevar al Reino Unido como superpotencia global a comienzos del siglo XX, viene sufriendo en las últimas décadas un agudo retroceso. Una de las manifestaciones de esto es su empantanamiento en Afganistán. La expectativa de Trump está puesta en recuperar la iniciativa política y militar en Medio Oriente, que ha perdido en manos de Rusia e Irán, que han afianzado su protagonismo. Los aliados tradicionales de Estados Unidos, como el régimen saudita y el israelí, han perdido terreno, condicionados por la crisis en su frente interno. Esto no impide que articulen estrategias contrarrevolucionarias. La decisión de desescalar las hostilidades, por la que habría optado Trump y el régimen iraní, está lejos de disipar el escenario de guerra en Medio Oriente. Estamos frente a un compromiso prendido con alfileres.

La región sigue siendo un polvorín. Y esta precaria distensión puede ser el preludio de choques mayores. Por lo pronto, Irán abandonó la última de las restricciones al enriquecimiento de uranio, que habían sido fijadas por el acuerdo nuclear de 2015, firmado con Obama. El sentimiento anti-imperialista se afianzó en toda región, y el régimen iraquí, que venía guardando un delicado equilibrio en sus relaciones con Washington, no tuvo más remedio que reclamar el retiro de las tropas estadounidenses del país.

Pero más allá de los avatares más inmediatos, el auge belicista responde a una razón de fondo. Por un lado, hunde sus raíces en las rivalidades y tensiones crecientes interimperialistas, potenciadas ahora por la recesión mundial. Por el otro, la tentativa por superar el impasse capitalista sobre la base de avanzar en una colonización de los Estados obreros y completar en su provecho, el proceso de restauración capitalista. El principal destinatario es el ex espacio soviético y el gigante asiático. La hegemonía política, económica y militar en Medio Oriente es parte del cerco tendido contra ambas naciones. Esto, en el contexto del rearme general de las potencias capitalistas, en primer lugar, la norteamericana. El armamentismo, lejos de atenuarse, ha crecido sensiblemente.

14. ¿Esto significa la inminencia de una guerra mundial? Hay que tratar de evitar las simplificaciones. La Segunda Guerra no fue una copia de la Primera y el nuevo escenario no va ser una copia de las otras dos. No hay por ahora un realineamiento de fuerzas y bloques constituidos como los que emergieron en las conflagraciones mundiales pasadas. Los regímenes ruso y chino no constituyen un bloque anti-imperialista. En el asesinato del militar iraní, para tomar un ejemplo, lo que ha primado, como lo resalta la prensa internacional, es la cautela y la mesura de Putin y Xi Jinping. Ni siquiera hay una alianza entre ellos. En muchos casos actúan en veredas opuestas, en coalición con potencias capitalistas, incluso en forma cambiante. La política de la burocracia en esos países es llegar a un compromiso con el imperialismo, con el fin de proceder de común acuerdo a la restauración capitalista, y no en forma unilateral.

Pero el hecho de que no sea inminente, no desmiente que estemos ante guerras que parecen localizadas pero tienen un hilo conductor de alcance internacional. Esto desmiente la tesis de quienes hablan de la supuesta inviabilidad de la guerra de alcance mundial por el excepcional poder de destrucción de las armas nucleares. En las guerras regionales actuales ya está presente, en perspectiva, la amenaza de la guerra mundial. Finalmente, grandes guerras surgieron de conflictos aparentemente más acotados y se desataron cuando sus principales contendientes buscaron evitarla o cuando incluso esa posibilidad no estaba en sus planes. La guerra no es un accidente del proceso político actual. La guerra, por un lado, y la revolución, por el otro, son dos manifestaciones extremas del estallido de la sociedad capitalista, un síntoma inconfundible del agotamiento y descomposición del régimen vigente, del antagonismo insalvable entre las fuerzas productivas y su apropiación privada.

Esto se constata también en el conflicto con Corea del Norte, que está en una precaria situación. La puja Trump/Kim Jong-un está inscripta en el cerco estratégico que el Pentágono y el imperialismo están impulsando sobre China, para que esta abra su economía a la penetración del capital extranjero. Y, por supuesto, la amenaza latente de una intervención militar en Venezuela.

Giro político

15. En el documento internacional del 26° Congreso del Partido Obrero caracterizamos un escenario de extrema volatilidad. Salimos al cruce del impresionismo de quienes, incluso en el campo de la izquierda, estaban encandilados por un auge de la derecha. “Desde el punto de vista político, debemos hablar, no de una consolidación de la derecha, sino de una situación de alta volatilidad. El ascenso del ultraderechista Bolsonaro en Brasil va acompañado por el del centroizquierdista López Obrador en México”. Bolsonaro mismo aparece empantanado por el ahondamiento de las divergencias dentro de su coalición de gobierno, que ya tempranamente ha planteado una crisis de gabinete y una erosión progresiva de su base popular de apoyo.Lo que prevalece es una polarización creciente. Las tendencias a la rebelión conviven con los esfuerzos por articular un polo contrarrevolucionario, alentado por el imperialismo y la derecha vernácula.

Los regímenes ultraderechistas y fascistoides tropiezan con las tendencias disolventes de la bancarrota capitalista en curso, la envergadura de la misma los excede, potenciado los desequilibrios acumulados previamente. ‘Obligados’ a continuar el camino de los ‘ajustes’ contra las masas, alimentan el descontento y las tendencias a la movilización popular. Es aleccionador lo que aconteció en Hungría, donde los intentos del gobierno ultraderechista de Viktor Orban, de imponer una reforma laboral antiobrera, eclosionaron una fuerte movilización de los trabajadores. Lo mismo vale para Jair Bolsonaro, que ya desató una rebelión educativa el año pasado: su gobierno ha atravesado sucesivas crisis y oscila entre pretensiones nacionalistas de parte de su base militar y su rol de avanzada del imperialismo yanqui en la región.

La emergencia de regímenes de excepción, de poder personal, ha sido un fenómeno generalizado no sólo en países europeos, sino tanto en Rusia y China como en los países ‘emergentes’: Bolsonaro en Brasil, Erdogan en Turquía. Boris Johnson logró un triunfo contundente que llevó a la implosión del laborismo “izquierdista” de Corbyn. En el centro de este fenómeno se encuentra Estados Unidos, con la tendencia de Trump a potenciarse como un régimen personalista, quien pretendió erigir un Ejecutivo fuerte, por encima de las instituciones republicanas.

16. Está a la vista la endeblez del gobierno Trump, cuya situación es precaria tanto en el plano interno como en el internacional. Un aviso fueron las elecciones de medio término en que Trump perdió la mayoría en Diputados. La recuperación económica se viene pinchando y la guerra comercial, como ya señalamos, ha terminado provocando más perjuicios que ventajas. El magnate tampoco puede exhibir éxitos en la política exterior, en la que Estados Unidos ha tenido que ceder posiciones.

La burguesía norteamericana está profundamente dividida, y sus partidos tradicionales enfrentan una crisis mayúscula, que tiene como componente el desprestigio de todo el régimen político frente a los trabajadores y la juventud.

Trump está en una carrera nerviosa, dirigida a remontar esta pendiente negativa. Su apuesta en el plano económico es que la desaceleración no se trasforme en una recesión, tratando de recoger los réditos de la reactivación en los años iniciales de su mandato. Este hecho le permitió al magnate remontar en las encuestas presidenciales -e inclusive dar por cerrado el juicio político en su contra. Trump explota en su favor la imposibilidad del centro del Partido Demócrata por hacer avanzar cualquiera de sus candidatos en la interna demócrata frente a Sanders, exponente del ala izquierda del partido.

El asesinato de Soleimani es una tentativa por recuperar la iniciativa, con la mira puesta en primer lugar en la reelección, aunque los réditos del magnicidio son vidriosos. Pero no hay que olvidar que del otro lado del mostrador, los demócratas tampoco son inmunes a la crisis y al desprestigio que abraza a todo el sistema político yanqui, como se evidenció en la última elección con la reacción adversa que provocó una figura del establishment como Hilary Clinton. En ese momento, el izquierdista Bernie Sanders le pisó los talones. Ahora ninguno de los candidatos del establishment demócrata logra levantar vuelo en las primarias, a pesar de aportes millonarios de grandes capitalistas, el uso de los medios e incluso maniobras fraudulentas, como se vio en las primarias de Iowa. Sanders ha arrancado a la cabeza de las primarias, aunque no logra reunir por ahora una mayoría propia. El senador socialdemócrata es el que ha cosechado holgadamente mayores aportes económicos, que en la actualidad ya totalizan los 5 millones de aportantes (a un promedio de 18 dólares cada uno), lo cual comprueba que la adhesión proviene de la población trabajadora y de los sectores de más bajos ingresos. En estos días, Sanders habría conquistado más adhesiones por su condena a la provocación de Trump contra Irán (en contraste con las declaraciones tibias o el apoyo de sus competidores en el Partido Demócrata), empalmando con las movilizaciones callejeras que se replicaron en todo Estados Unidos en repudio al asesinato. Si se confirmara esta tendencia, las elecciones presidenciales estarían siendo el escenario de una polarización, en cierto modo inédita, expresado en una confrontación entre un candidato de ultraderecha y un representante “izquierdista”, lo que podría disparar un salto en la intervención popular.

17. La crisis política que atraviesa Estados Unidos es patrimonio común de las democracias de Occidente. No hay país en Europa cuyo régimen no esté en terapia intensiva (Gran Bretaña, Francia, Italia España). Tampoco se salva Alemania, donde el gobierno de Merkel se encuentra debilitado. Giros a la derecha, como el reciente triunfo del conservador Boris Johnson en Gran Bretaña, coexisten con la formación de gobiernos de centroizquierda, como la coalición PSOE-Podemos-Izquierda Unida en España o la emergencia del gobierno centroizquierdista en Italia, cerrando el paso al derechista Matteo Salvini (quien, de todos modos, aparece como el mejor posicionado en caso de nuevas elecciones). Ni qué hablar del vuelco en Francia, donde las masas han ganado la iniciativa. La crisis mundial viene haciendo trizas todos los equilibrios y el orden imperialista. La precipitación del Brexit acentúa las tendencias a la desintegración de la Unión Europea, e incluso de los Estados nación europeos, como se ve en el Reino Unido, España e Italia. El divorcio puede tener consecuencias traumáticas y hasta catastróficas de uno y otro lado del mostrador. Por lo pronto, hay quienes señalan el golpe que puede representar para la economía del Reino Unido las restricciones y barreras para su acceso a Europa, a lo que hay que agregar las consecuencias sociales que esto podría deparar. Boris Johnson ha explotado el repudio popular al ajuste de la “troika” de la Unión Europea para consumar el Brexit y llevar el alineamiento internacional del Reino Unido a girar alrededor de Estados Unidos y conformarse como un paraíso fiscal. Lejos de atenuar el ajuste que ya soporta la población inglesa, el Brexit puede terminar incrementándolo, además de provocar el desmembramiento del Reino Unido, con el abandono de Escocia y la reapertura del conflicto histórico en Irlanda del Norte. Las victorias electorales de Sinn Fein (la ex IRA), tanto en el Norte de Irlanda como en la República de Irlanda reavivan la perspectiva de una unificación de la isla, otra perspectiva de extrema polarización y choques. La victoria conservadora podría concluir a lo Pirro.

Lejos de un proceso rectilíneo, las oscilaciones y giros en el tablero político a escala internacional tienen como hilo conductor la crisis del sistema de dominación política tradicional de la burguesía.

Clase obrera, movimientos de masas y rebeliones

18. El Informe internacional, aprobado por el 26° Congreso del Partido Obrero, caracterizaba que “la bancarrota capitalista y su consecuencia en la ruptura profunda de los equilibrios y la estructura política mundial abre brechas para la irrupción de las masas y la creación de situaciones revolucionarias”. El informe daba cuenta de rebeliones como los “chalecos amarillos” en Francia, los levantamientos en Centroamérica y el resurgimiento de la Primavera árabe. Y concluía que “estos procesos de la lucha de clases hablan de una inflexión en la tendencia mundial hacia la irrupción de las luchas de masas”. Pero el informe advertía en estas explosiones un gran ausente: la clase obrera. “El proletariado de la gran industria no se moviliza decisivamente como clase (…) Aquí es donde se ve que actúan como un bloqueo las burocracias obreras de los sindicatos y centrales obreras, crecientemente entrelazadas con el Estado…”.

Esta situación está cambiando. La gran huelga de los obreros de General Motors en Estados Unidos, la huelga minera en Perú, la huelga nacional de los trabajadores del Correo en Brasil, y ahora la de los petroleros, indica que la crisis está incentivando la puesta en marcha de los grandes batallones del proletariado mundial. Hay que destacar también la enorme huelga metalúrgica en Turquía y los paros nacionales en Colombia (se prevé un nuevo paro para marzo). Obviamente, el caso más emblemático es la huelga del transporte en Francia, que ha semiparalizado al país a lo largo de 40 días. Por el lugar que ocupa el país galo en el escenario mundial, en el corazón del capitalismo, la irrupción de la clase obrera francesa debe ser tomada como un punto de giro. Ni qué hablar que el resultado de la pulseada en Francia va a ser determinante no solo para Europa, sino a escala global y despeja el terreno para la aparición en escena de la clase obrera en otras naciones. El bloqueo, que aún existe, es, efectivamente, el de las burocracias de los sindicatos propatronales y/o partidarias de la conciliación de clases.

19 Precediendo al alza de la intervención obrera, hay que destacar a algunos movimientos de escala internacional, que si bien tienen un carácter pluriclasista se caracterizan por una dinámica fuertemente combativa, empleando incluso métodos históricos de la clase obrera. El movimiento de lucha de la mujer sigue siendo uno de los más dinámicos dentro del movimiento de masas a escala mundial. En Chile, la movilización del 8 de Marzo de 2019 fue la más grande de toda América Latina y anticipó, en gran medida, el levantamiento popular de octubre. En la rebelión chilena, el movimiento femenino sigue jugando un papel destacado (la performance “el violador eres tú” se ha replicado a escala internacional) y se proyectan dos nuevos paros nacionales de mujeres para marzo de este año. En los últimos años, el movimiento de mujeres y disidencias se ha destacado como ningún otro, por su confrontación con los gobiernos derechistas, que tienen a la misoginia y la discriminación de las disidencias como una característica en común. Tanto el “Ele Não” contra Bolsonaro como el “Me too” en Estados Unidos protagonizaron movilizaciones de masas. Del mismo modo hay que destacar la enorme lucha librada en la Argentina por el derecho al aborto.

En el último año, la lucha contra la depredación ambiental ha significado un cimbronazo a escala mundial. El movimiento, protagonizado especialmente por la juventud, tiene un fuerte sesgo de denuncia al capitalismo como un régimen social de depredación y destrucción del planeta. La huelga general por el medio ambiente y la rebelión mendocina contra la minería contaminante, por tomar tan sólo dos ejemplos, han demostrado la potencialidad del movimiento, en momentos donde la continuidad de las relaciones de producción capitalista pone en jaque la supervivencia del planeta (incendios de la Amazonia y de Australia).

Así como en el movimiento de lucha de la mujer intervienen partidos y fuerzas del capital, con el objetivo de encuadrar a esos movimientos en los marcos del régimen y perpetuar las relaciones capitalistas de producción -que representan el edificio social sobre el cual se monta la cultura machista y patriarcal-, lo mismo sucede en el movimiento ambientalista. Todo un sector del capital acicatea este movimiento en aras de su propio beneficio (capitalismo verde) y en detrimento de otros sectores del capital. En estas condiciones es más valioso que nunca la intervención de un partido obrero revolucionario, para luchar por la conquista de las direcciones de esos movimientos, dotándolos de un programa de clase. Lo contrario, supone un sectarismo que inhibe al partido revolucionario en su lucha por abrirse paso en el movimiento de masas, lo que, a su turno, lo inhabilita para disputar la dirección política del proletariado.

20. Como parte de este cuadro de alza de la lucha de las masas en todo el mundo, es necesario destacar los procesos desenvueltos en los países árabes. La persistencia en las movilizaciones en Argelia dio lugar a la caída del gobierno despótico de Abdelaziz Bouteflika (FLN). Las movilizaciones continuaron contra el gobierno de transición que lo sucedió. El régimen, dominado por las Fuerzas Armadas, impulsó una salida electoral trucha. Fue boicoteada por el movimiento de protesta (Hirak) y solo votó el 39% del padrón. El estado actual del proceso es que se ha impuesto un nuevo gobierno, surgido de esos comicios, pero persiste la movilización popular. En Sudán, la rebelión se desató como resultado de la quita de subsidios al pan y a los combustibles, en un contexto de contracción económica. La lucha barrió al gobierno de Omar al Bashir, en el poder desde 1989. Fue relevado por un Consejo Militar de Transición, contra el cual continuaron las movilizaciones. Pero las fuerzas que encabezaban las protestas llegaron a un acuerdo con los militares y se integraron al gobierno. Sin embargo, la carestía y el odio a los militares, que condujeron a la rebelión, siguen presentes.Otros dos puntos relevantes de las rebeliones en Medio Oriente son Líbano e Irak. Allí, los levantamientos populares han puesto en tela de juicio el sistema de reparto de poder entre los distintos grupos confesionales. Los levantamientos no han dejado indemne ni siquiera a Irán, donde el aumento en los combustibles también desató revueltas, que en noviembre incluyeron la quema de bancos por parte de los manifestantes.

21. La crisis de los regímenes políticos y las rebeliones en curso, sin embargo, no pueden hacernos perder de vista la capacidad y los reflejos de la burguesía para articular una estrategia contrarrevolucionaria. Esto incluye ofensivas contra los trabajadores a las que se aferra cuando su situación se encuentra más comprometida. Como había advertido Trotsky en el Tercer Congreso Mundial de la Internacional Comunista en 1921, contra todo economicismo reduccionista y determinismo mecanicista, es precisamente en momentos de peligro mortal para la clase capitalista y la desintegración de la sociedad capitalista que existe también “el florecimiento más elevado de la estrategia contrarrevolucionaria de la burguesía”. Hoy mismo, vemos las maniobras a las que apela la burguesía frente a las rebeliones en curso, para desactivar la lucha, dividir e integrar al Estado a las organizaciones y movimientos de lucha que encabezan dichos procesos. Somos testigos del golpe en Bolivia, que revela la iniciativa y reflejos del imperialismo, quien orquestó junto a Bolsonaro una réplica dirigida a neutralizar y revertir el ciclo de rebeliones que sacuden al continente. En Chile, el gobierno de Piñera, con el concurso de toda la ‘oposición’, puso en pie el “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”, como una maniobra institucional reaccionaria, de rescate del régimen y contra la rebelión. Las estrategias contrarrevolucionarias de la burguesía de ningún modo pueden ser subestimadas.

Así como no existe una relación automática entre la bancarrota capitalista y la lucha de clases y la iniciativa de las masas, tampoco hay un automatismo entre esta iniciativa de los trabajadores y la izquierda. Esto depende del lugar en que esté parada la izquierda y la calidad de su política. Una irrupción de masas, lejos de catapultar a la izquierda, puede terminar siendo su acta de defunción, si está atada y es tributaria del régimen cuestionado. O confinarla a la intrascendencia, como ocurre con fracciones de la izquierda que son autorreferenciales y que se refugian en el propagandismo. Estamos enfrentando contradicciones explosivas que afectan severamente el sistema de dominación política de la burguesía pero, al mismo tiempo, coexiste con una enorme crisis de dirección de la clase obrera y una bancarrota política y teórica de la izquierda.

La subjetividad popular modificada por la crisis debe ser desarrollada en un sentido revolucionario. Esto requiere tener en cuenta todos los factores que intervienen en esta evolución subjetiva de los trabajadores, incluidos los bloqueos y diques de contención (que no pueden ser menospreciados, insistimos, y catalogados como simples manotazos de ahogado o tigres de papel), para traducirlo en un programa, consignas y organización que permitan transformar a la clase obrera en alternativa de poder.

América Latina

22. Según los pronósticos de la Cepal y el FMI, el crecimiento de Latinoamérica será del 0,3%. Esto es consecuencia directa de la caída de los precios de las materias primas (soja, petróleo, minerales y otros), que constituye el grueso de las exportaciones latinoamericanas; de la recesión y del freno del comercio mundial, agravado por las guerras económicas entre Estados Unidos y la Unión Europea y China; y las fugas de capitales hacia las metrópolis imperialistas. Y sobre ello, el peso agobiante de las deudas externas, que constituyen un mecanismo de opresión nacional, confiscación popular y de salvataje de la banca mediante intereses usurarios.

Tal cual lo señalamos en el llamamiento “Por una Conferencia latinoamericana de la izquierda y el movimiento obrero”, es claro que “los ajustes de cuño fondomonetaristas, ya sea con el acuerdo formal o no del FMI, no solo han sido llevados adelante por gobiernos que se reclaman derechistas -como los de Piñera en Chile, Duque en Colombia, Macri en Argentina o Bolsonaro en Brasil-, sino también por los provenientes del campo “nacional y popular” o frentepopulistas, como los de Lenín Moreno en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, el Frente Amplio en Uruguay y el sandinista Daniel Ortega en Nicaragua. Esto habla de las limitaciones insalvables del nacionalismo burgués y del progresismo centroizquierdista para proceder a una emancipación nacional y social de los países latinoamericanos. Sus ataduras de clase los vuelve impotentes para dar una respuesta y una salida frente a las tendencias dislocadoras de la bancarrota capitalista, y terminan cediendo a las presiones y a la extorsión del capital financiero. Esto conduce a una desorganización y descalabro económicos, a penurias inauditas para las masas, y abre paso o pavimenta el camino a la reacción derechista.” Lo mismo vale para el nuevo gobierno de Argentina, encabezado por Alberto Fernández, quien en aras de lograr el acuerdo con el FMI y con los bonistas, ha procedido a la modificación de la movilidad jubilatoria, a eliminar las cláusulas de actualización salarial y a fijar topes para los aumentos paritarios.

23. De la mano de la inestabilidad económica -fruto de la orientación capitalista de los gobiernos latinoamericanos en el marco de la profundización de la crisis mundial- se ha instaurado en el subcontinente un cuadro de enorme inestabilidad política y una profunda crisis social. En América Latina asolan las rebeliones populares, los golpes de Estado, los autogolpes y la disgregación política.

En Nicaragua se desarrolló una rebelión popular a lo largo de un año, desde abril de 2018 hasta abril de 2019, contra los planes antio-breros del gobierno “nacional y popular” de Ortega. Se desarrollaron también, durante 2019, las grandes rebeliones populares de Haití, Honduras, Puerto Rico y la rebelión educativa en Costa Rica. En octubre tuvieron inicio los grandes procesos de Ecuador y Chile, a los que se les sumaron, en noviembre y diciembre, las grandes movilizaciones obreras y juveniles en Colombia. El hilo conductor de todos estos alzamientos es el rechazo a las medidas de austeridad y a las llamadas “reformas estructurales” (reformas laborales, previsionales y educativas) impulsadas por el FMI y los respectivos gobiernos de cada país. Centroamérica es el epicentro de una catástrofe humanitaria, que continúa dando lugar a masivas olas de migraciones desde los países caribeños hacia México y Estados Unidos, así como a países del cono sur. Por el momento, ninguna de estas rebeliones logró forzar la caída de sus respectivos gobiernos ni mucho menos forzar un cambio de régimen. La excepción fue la gigantesca rebelión popular en Puerto Rico, en las barbas del imperialismo yanqui, que logró la caída del entonces gobernador Ricardo Roselló, constituyéndose en un extraordinario ejemplo para los pueblos latinoamericanos, pero dejando en pie todo un régimen colonial y de sumisión al imperialismo yanqui.

En paralelo a todos estos procesos se desenvolvió una ofensiva golpista en Venezuela, con la autoproclamación de Juan Guaidó, con el apoyo de Trump, como presidente de la República Bolivariana. Recientemente, Nicolás Maduro impuso su propio autogolpe, copando la Asamblea Nacional donde tenía mayoría la derecha. En Bolivia se consolidó el golpe reaccionario de Jeanine Añez, perpetrado por la burguesía cruceña, Bolsonaro y el imperialismo yanqui. En Uruguay ganó las elecciones, luego de 15 años de gobierno de la centroizquierda frenteamplista, la coalición derechista liderada por el Partido Nacional, que ha debutado anunciando una fuerte ofensiva capitalista contra conquistas históricas de los trabajadores uruguayos. En El Salvador, el gobierno de Nayib Bukele acaba de imponer un autogolpe y se perfila para un alineamiento con el imperialismo norteamericano. En Perú, el cuadro de disgregación política y derrumbe de los partidos tradicionales que arrojan las recientes elecciones parlamentarias ofrece un campo de maniobras para el presidente Martín Vizcarra, que había dado su propio autogolpe y viene avanzando contra los convenios colectivos de trabajo.

Las rebeliones populares pusieron a prueba a todas las direcciones de las masas y ponen de manifiesto, agudamente, la falta de una dirección revolucionaria. Tal es así que, en consonancia con numerosos ejemplos históricos, el golpe de Estado en Bolivia despertó una gigantesca resistencia popular que, de no haber sido por el papel capitulador de la dirección del MAS, podría haber derrotado el golpe, dándole un revés extraordinario al imperialismo, a Bolsonaro y a toda la reacción latinoamericana. En Ecuador, los acuerdos entre la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) y el gobierno para levantar la rebelión han dado lugar a un descomunal aumento de la represión y persecución política de parte del gobierno de Lenín Moreno contra la oposición popular. Es necesario precisar el estadio concreto de cada proceso, para delinear una orientación política revolucionaria y de esa manera aprovechar las enormes posibilidades abiertas. Sin embargo, en términos generales, la izquierda latinoamericana ha tenido, en lo fundamental, una política de rescate del régimen. Sea por tener una política tributaria de variantes golpistas o por colocarse como furgón de cola de variantes nacionalistas o frentepopulistas.

24. El hecho de que sea en Chile donde se desarrolla la más profunda rebelión popular de América Latina es emblemático, pues era considerado por la burguesía latinoamericana como el “modelo” a imitar. Chile es donde más lejos fue la economía de mercado, impuesta a partir de la dictadura de Pinochet y profundizada por todos los gobiernos democráticos posteriores. Las privatizaciones se han abierto paso en todas las esferas: desde las jubilaciones, la salud, la educación y los recursos naturales, como el agua y el cobre. Esto fue de la mano de la flexibilización y atomización del movimiento obrero, con los convenios por empresa y la des-sindicalización. Es lo que ha dado lugar a las reivindicaciones motoras de la rebelión popular (“No son 30 pesos, son 30 años”). La crisis mundial impactó en Chile a través de la caída del precio del cobre, que dieron lugar a las tendencias recesivas de la economía nacional y un enorme proceso de endeudamiento externo. La crisis económica agudizó la polarización social, abriendo paso a la rebelión popular. Sin embargo, el levantamiento actual está lejos de ser espontáneo, viene anunciándose por las grandes luchas contra los diferentes gobiernos post-pinochetistas, tanto de centroizquierda como de derecha (manifestaciones de los estudiantes ‘pingüinos’ contra el arancelamiento, por la educación gratuita; gigantescas marchas de las familias trabajadoras contra la jubilación privada, huelgas de mineros, de portuarios, de Walmart, de docentes, movilizaciones mapuches contra las expulsiones de tierras y otras). Rápidamente, la rebelión chilena puso en el tope de sus demandas el reclamo de que se vaya Piñera y se convoque a una Asamblea Constituyente libre y soberana. El “Acuerdo por la Paz Social” no solo fue acompañado por la ex Nueva Mayoría, sino también por el Frente Amplio, la fuerza que surgió como la expresión política de las grandes luchas estudiantiles, y, desde afuera, por el Partido Comunista. El “Acuerdo” deforma un genuino y revolucionario planteo de las masas chilenas -el reclamo de una Constituyente- para utilizarlo como un instrumento de la reacción política. Con el “Acuerdo”, todo el régimen pactó darle impulso a una Constituyente amañada y tutelada por el propio Piñera, con el objetivo de preservar los intereses capitalistas, que las masas han puesto en jaque al levantar su más elemental pliego de reivindicaciones. Sin embargo, un eventual progreso de las maniobras institucionales emanadas del “Acuerdo por la Paz Social”, como el plebiscito de abril y la Constituyente amañada, no cancelarían el proceso revolucionario abierto en Chile, pues el régimen se muestra incapaz de dar una salida a las reivindicaciones motoras de la rebelión popular. En Chile, el reclamo de la Constituyente mantiene un rol revolucionario siempre y cuando se mantenga acompañado de la consigna “Fuera Piñera” y “Abajo el ‘Acuerdo por la Paz’”, pues solo podrá existir una Constituyente libre y soberana en tanto y en cuanto sea convocada por las organizaciones de las masas en lucha. La función de una Constituyente libre y soberana sería remover y poner fin a la herencia dejada por el último dictador chileno y tomar todas las medidas que apunten a una transformación integral del país sobre nuevas bases sociales. Esta tarea solo puede ser obra de los trabajadores y deberá ser impuesta mediante la huelga y la movilización popular. Esta concepción separa las aguas entre la izquierda adaptada y tributaria del orden burgués y la izquierda revolucionaria.

25. La rebelión popular en Ecuador enfrentó al gobierno de Lenín Moreno -que surgió como la continuidad del gobierno “nacional y popular” de Rafael Correa-, quien al poco tiempo de asumir se orientó como un gobierno de corte “neoliberal” y fondomonetarista. La eliminación de los subsidios a los combustibles, luego de una saga de tarifazos desde la asunción de Lenín Moreno, y el anuncio de las reformas laboral y previsional, desataron una extraordinaria rebelión popular. El paquete de austeridad fue impuesto por el FMI, para que Ecuador llegue al déficit cero y cumpla con sus compromisos de deuda. Tras diez días de paros, movilizaciones, ocupaciones de empresas, barricadas y combates callejeros, la rebelión ecuatoriana logró derogar el decreto que estableció el aumento a la gasolina y al diésel. La magnitud de la rebelión había obligado al gobierno de Lenín Moreno a mudar la capital del país. El levantamiento tuvo como principales protagonistas a los indígenas, que representan el 25% de la población ecuatoriana, agrupados en la Conaie. En forma subordinada, se sumó el movimiento estudiantil y las centrales sindicales. A pesar de que la consigna “Fuera Lenín Moreno” fue una consigna coreada por las masas sublevadas, la Conaie se encargó de circunscribir el pliego de la rebelión a la pelea por la caída del decreto y contra el FMI. Luego de las jornadas de octubre pasado, el gobierno de Lenín Moreno ha desarrollado aún más su política represiva, impulsando causas penales contra dirigentes de la Conaie, persiguiendo a los medios alternativos que lograron romper el cerco mediático en el proceso de la rebelión y al ex presidente Rafael Correa y su partido, a quienes acusa de promover las jornadas de octubre, cuando, en realidad, Correa se circunscribió a pedir elecciones anticipadas. Ocho dirigentes del partido de Correa se encuentran presos y ha comenzado el juicio contra el ex presidente, acusado de ofrecer sobornos bajo su mandato. El operativo apunta impedir que Correa se postule a las elecciones presidenciales de 2021.

Aunque el decreto cayó, toda la orientación fondomonetarista del gobierno de Lenín Moreno sigue en pie, incluida la tentativa de proceder a recortes parciales de subsidios a los combustibles, y de avanzar en las “reformas estructurales”. El cuadro de quebranto del Estado ecuatoriano y la presión del imperialismo y el capital financiero empujan a Lenín Moreno a insistir en las medidas que dieron lugar al estallido de octubre. Este factor, junto a la victoria que las masas se anotaron con la derogación del decreto, deja planteada la posibilidad de nuevos estallidos populares en 2020. La Conaie pareciera haber prolongado la tregua y su dirigente, Jaime Vargas, perfilarse para el proceso electoral. La izquierda ecuatoriana, como el PCML, careció de un planteo de poder en el marco de la rebelión. Un planteo revolucionario para Ecuador debe partir de levantar la consigna “Fuera Lenín Moreno”, así como la necesidad de un congreso obrero, indígena y campesino, que elabore un programa de transformación social de fondo, partiendo de la ruptura con el FMI y el imperialismo, y, sobre esa base, impulsar la lucha por un Asamblea Constituyente libre y soberana. Es necesario un balance crítico de la Constituyente de 2008, que lideró el gobierno de Correa y fue apoyada por la Conaie. En ella se declaró a Ecuador como un Estado plurinacional, pero al estar tutelada por un gobierno capitalista, fue incapaz de dar salida a las grandes reivindicaciones del pueblo ecuatoriano.

26. En Puerto Rico, la movilización popular y la caída de Roselló han replanteado la cuestión del estatus colonial de la isla. Mientras las fuerzas tradicionales impulsan el planteo de la estatidad -o sea, la transformación en el estado 51 de Puerto Rico-, Estados Unidos se niega y mantiene un estatus colonial, cuya expresión es la Junta de Supervisión Fiscal, para el pago de la deuda. La rebelión popular cuestionó con firmeza a esa junta y dejó planteada la consigna del no pago de la deuda y la ruptura con el imperialismo, una consigna que fue levantada con mucha fuerza por el movimiento de mujeres (“Nosotras contra la deuda”). En la medida que Wanda Vázquez, su actual gobernadora, sigue sometida a la Junta, su política de arbitraje no puede dar respuesta a los reclamos populares urgentes, lo cual replantea un escenario de rebeliones populares. La consigna de la Constituyente también se discute en Puerto Rico. Históricamente, las ilusiones de las masas sobre una integración como Estado a Estados Unidos fueron un gran límite al planteo de una Constituyente soberana, que implicaría partir de una ruptura con la Junta y el imperialismo. Al respecto, la rebelión constituye un nuevo punto de partida, la lucha por los reclamos urgentes de Puerto Rico se conecta indisolublemente con la lucha por la unidad socialista de América Latina y la expulsión del imperialismo. La clase obrera de Puerto Rico, mucha de la cual reside en Estados Unidos, se conecta por esta vía con los trabajadores norteamericanos y con todo el volcán social de Centroamérica.

27. Un escenario privilegiado de la lucha de masas en América Latina es la situación en Bolivia. La reacción de las masas contra el golpe contrastó con la política capituladora del MAS, que pactó la convocatoria a nuevas elecciones y el reconocimiento de Añez. Las nuevas elecciones se darán en un cuadro de represión y amedrentamiento del movimiento popular, marcado por las masacres como las de Sacaba y Senkata, el encarcelamiento de luchadores populares, la persecución a figuras prominentes del MAS, la acusación por sedición contra Evo Morales, la persecución a su apoderada y el intento de Añez de perpetuarse en el poder. La denuncia de la continuidad del golpismo bajo un ropaje electoral es importante, porque las medidas represivas se derrotan con las movilizaciones masivas, una política que el MAS abandonó. El MAS confía en un triunfo electoral, apalancado por la división de la derecha, pero aceptando las condiciones del proceso electoral. Corre el riesgo de terminar como el PT brasileño luego del golpe contra Dilma. Añez, por su lado, mostró su intención de ir a fondo en explotar la nueva relación de fuerzas en función de barrer al MAS y desarrollar la agenda derechista, lo que preanuncia nuevos golpes, incluso contra el proceso electoral si fuera necesario. Los intereses empresariales tras el golpismo son muy fuertes: están en juego el control del litio, las reservas petroleras, el desarrollo minero, etc. La división de la derecha es un resultado de su propia crisis: el sector de Luis Camacho rechaza a los “políticos tradicionales” como Carlos Mesa y Añez, y promueve una división “federalista” de Bolivia que beneficiaría a Santa Cruz. Añez, por su lado, aparece respaldada por Bolsonaro. Mesa agrupa a la derecha liberal de los partidos tradicionales. Habrá que observar si alguna de las variantes derechistas es capaz de desarrollar una polarización electoral que permita aglutinar al voto antimasista.

Desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores, el principal problema hoy es retomar y organizar la resistencia contra el golpe, defender las libertades democráticas e impulsar todos los reclamos de los trabajadores, campesinos e indígenas, denunciando implacablemente la salida electoral pactada entre los golpistas y el MAS. Esta denuncia no quita la necesidad de mantener una posición principista de rechazo a la persecución contra el MAS y defender el derecho democrático de que Evo Morales y el resto de los funcionarios y dirigentes de su partido puedan regresar a Bolivia con plenos derechos políticos. El reacomodo de la burocracia sindical de la COB con el gobierno de turno y los golpistas replantea la importancia de la lucha por la independencia política de los trabajadores. Como otras experiencias nacionalistas de América Latina, Evo Morales y el MAS prefieren negociar con la oligarquía golpista a impulsar la organización y la movilización de las masas. Temen que un desarrollo independiente del movimiento de masas termine por cuestionar al propio Morales y al MAS. La izquierda que, desorientada, se sumó a la asonada golpista (POR), ha firmado su propia acta de defunción. En Bolivia, al igual que en la revolución del ’52”, en el proceso del ’69 al ’71, que dio lugar a la Asamblea Popular, y en la rebelión de 2003, la necesidad de una estructuración independiente de la vanguardia obrera y de los sectores explotados (campesinos, indígenas, etc.) en un partido revolucionario, delimitado del nacionalismo burgués o pequeño-burgués, es la clave para luchar por el gobierno obrero y campesino, que consume una ruptura definitiva con el imperialismo y se proceda a una verdadera emancipación nacional y social.

28. En Venezuela, la conspiración golpista promovida por el imperialismo y la derecha no puede hacer perder de vista el creciente impasse del régimen bolivariano. Quien supo ser la expresión más radical del nacionalismo latinoamericano, arrogándose incluso la bandera del “socialismo del siglo XXI”, carga con la encerrona que ha sometido al pueblo venezolano. Las nacionalizaciones pagas y sin control obrero agigantaron una deuda externa incontenible. El régimen cambiario de administración de divisas, sin nacionalizar la banca, fue una fuente de ganancias para la boliburguesía y terminó en la destrucción de la moneda y la hiperinflación. El chavismo ha pasado de ser un régimen plebiscitario, con gran respaldo de masas, a un régimen de facto, con apoyo económico de Rusia y en menor medida de China. Lejos del “anti-imperialismo”, Rusia persigue nuevos pactos de naturaleza colonial. El régimen de Maduro y el embargo norteamericano han llevado a las masas a una situación crítica. Con el embargo, Estados Unidos busca avanzar en una salida derechista y forzar una recolonización de Venezuela, algo que está planteado también en los numerosos pleitos judiciales que tienen hipotecados los activos venezolanos.

Políticamente, los golpes y autogolpes han conducido al ejército a ser árbitro de la situación política. El golpismo de Guaidó se estrelló contra el apoyo del Ejército a Maduro, un hecho que objetivamente coloca al Ejército como árbitro de la situación. El Ejército podría, bajo la presión existente, eventualmente soltarle la mano a Maduro, para procesar un recambio. Mientras, la debilidad de Guaidó le dio espaldas a Maduro para llevar adelante el último golpe contra el Parlamento, buscando quebrar a la oposición parlamentaria para obtener el aval para su política privatista, en sociedad con Rusia.

La izquierda venezolana, que se integró masivamente al chavismo, hoy está en crisis, arrastrada por la crisis del régimen. En general, no ha hecho un balance de su intervención. Otro sector de la izquierda levanta la consigna “Fuera Maduro”, y aunque denuncia a Guaidó y al imperialismo, niega la existencia de un golpe de Estado y pone el centro de su política en el derrocamiento del gobierno.

Denunciamos y nos movilizamos contra el embargo norteamericano y el golpe sin ningún apoyo político a Maduro. Defendemos la necesidad de una intervención del movimiento obrero en la crisis con sus propias banderas: la necesidad de reconstruir los salarios, las jubilaciones y las condiciones de vida de las masas. Llamamos a movilizarnos por la libertad de los presos políticos. Reclamamos el control obrero de la industria nacionalizada y la nacionalización de la banca, bajo control obrero. Denunciamos la política privatista de Rusia/Rosneft, en consonancia con el gobierno de Maduro.

29. Brasil se encuentra asediado por la magnitud de su deuda pública. Esta, junto a su déficit fiscal y la “inestabilidad política” de la región, derivó en una devaluación del real, que ha llegado a su mayor depreciación desde 1994. Al gigante latinoamericano se le estrechan sus fuentes de financiamiento, lo cual, a su turno, abre las puertas para un salto en la fuga de capitales. En este escenario, el ministro de Economía, el ultraliberal Paulo Guedes, ha emprendido un masivo plan de privatizaciones (Electrobras, sectores de Petrobras) que tiene en carpeta, incluso al Instituto Nacional de Propiedad Industrial (responsable de avalar pedidos de marcas y patentes). Pero este plan está desatando la resistencia de los trabajadores. Más de 20.000 obreros petroleros de Brasil llevan catorce días realizando una extraordinaria huelga general contra el cierre de una fábrica de fertilizantes controlada por la estatal Petrobras, que amenaza con dejar a mil trabajadores en la calle. Al mismo tiempo, los empleados de Dataprev, la tecnológica estatal que está en la mira de los privatizadores, lograron detener temporalmente 500 despidos con una reciente huelga. Los trabajadores del Correo, que fueron a la huelga en septiembre pasado, han convocado a nuevas medidas de fuerza para marzo. Durante 2019 se desarrollaron gigantescas movilizaciones contra la política educativa del gobierno, donde la consigna “Fuera Bolsonaro” fue ampliamente coreada por la juventud. A la crisis económica, potenciada por la guerra comercial que atraviesa todos los poros de la vida del país y las tendencias a una recesión mundial, se agrega la sombra de la rebelión popular. En diciembre de 2019, el ex capitán del Ejército Bolsonaro ya había admitido su decisión de posponer algunos ajustes por el temor a un efecto contagio de la convulsión reinante en el continente. La suerte que corra el gobierno brasileño es fundamental porque, como lo revela el golpe en Bolivia, constituye uno de los baluartes de la reacción y una amenaza para todos los pueblos de América Latina.

El cuadro de reanimamiento del movimiento obrero brasileño, por un lado, y la ofensiva privatizadora y antiobrera de Bolsonaro-Guedes, por el otro, ponen en el orden del día la necesidad de un Congreso de delegados de base de todas las centrales obreras y sindicatos de Brasil para impulsar un plan de lucha hasta derrotar al gobierno y sus planes. El impulso de esta política está en las antípodas de la orientación de la dirección de la CUT y, más en general, del PT. Ambos dejaron pasar sin lucha la reforma previsional de Bolsonaro. Va a contramano también del PSOL y de la izquierda que lo integra, que no ha pasado de ser una colectora del Partido de los Trabajadores. En Brasil, la izquierda revolucionaria se debe estructurar impulsando una orientación de conjunto para el movimiento obrero (Congreso de bases, Fuera Bolsonaro-Guedes y su plan de guerra). Esa estructuración se debe desarrollar en forma delimitada del frente popular, responsable de pavimentar el camino al poder de Bolsonaro y contenedor de la lucha de los trabajadores.

Consignas y programa en América Latina

30. Esta nueva etapa en Latinoamérica coloca en el orden del día la consigna que venimos impulsando en Argentina: que la crisis capitalista la paguen los capitalistas. Esto plantea derrotar y poner fin a estos regímenes responsables de este calvario y abrir paso a una salida política, en la que los explotados sean los protagonistas: la lucha por gobiernos de trabajadores.

La batalla contra los gobiernos ajustadores debe ir unida a un programa integral de salida de la crisis: salario mínimo igual al costo de la canasta familiar, una jubilación equivalente y atada al salario del trabajador en actividad, poniendo fin a las reformas laborales y jubilatorias ya impuestas o en carpeta; derecho y vigencia de los convenios colectivos de trabajo; por el reparto de las horas de trabajo sin reducción salarial; ruptura con el FMI y no pago de la deuda, nacionalización de las empresas de servicios públicos y de las que generan las riquezas nacionales (petróleo, gas, minas, etc.); rechazo de las devaluaciones y la fuga de capitales, nacionalización de la banca y del comercio exterior.

La defensa de las jubilaciones es un aspecto crucial. En los últimos años han habido procesos de lucha en Argentina, Paraguay, Brasil, Costa Rica, Nicaragua, Francia y Rusia contra reformas previsionales reaccionarias.

El programa debe integrar una respuesta a la cuestión indígena, agraria y ambiental, que se ha vuelto más candente que nunca. El atropello, la violencia y la saña contra las comunidades indígenas refleja el odio y prejuicios ancestrales de las clases acomodadas contra los sectores más humildes y postergados. Pero el racismo actual tiene un contenido específico y está asociado a la concentración de la tierra y la expulsión de los campesinos y las poblaciones aborígenes que la habitan, al servicio de una depredación sin precedentes. Detrás del golpe de Bolivia están los sojeros de la Medialuna occidental, fuertemente entrelazados económicamente con los hacendados brasileños que vienen llevando adelante el desmonte y la desforestación de la región a niveles récord. Por la defensa del Amazonas brasileño, boliviano y venezolano, la Patagonia y los Andes de la depredación capitalista: defensa de los derechos de las comunidades indígenas, control obrero-popular de los emprendimientos mineros, petroleros y agropecuarios. Apoyo a las luchas campesinas contra la expulsión por parte de los latifundistas y el capital financiero. Por la expropiación del gran capital agrario y la nacionalización de la tierra, y su cesión y gestión a los trabajadores del campo, respetando los derechos de los campesinos pobres, pueblos originarios y pequeños chacareros. Bolivia desnuda como nunca al clericalismo, en sus diversas variantes (católico como evangélico), bastión de la reacción y enemigo número uno de los derechos de la mujer, encabezando en todos los rincones del continente las cruzadas contra el derecho al aborto, la educación sexual y cualquier otra reivindicación democrática. Frente a este escenario, llamamos a impulsar la movilización por la separación de la Iglesia del Estado; por el derecho a la educación sexual integral, la anticoncepción gratuita y la legalización del aborto; por el derecho a la maternidad, subsidios a la mujer embarazada hasta el tercer año de crianza; por la organización independiente de la mujer para luchar contra la violencia social y estatal.

No se nos puede escapar que los acontecimientos en desarrollo van a tener incidencia en los planes de militarización en marcha. Bolivia es el laboratorio de una escalada que va dirigida contra Venezuela, Nicaragua y Cuba. Un desenlace favorable de la pulseada que se viene dando entre las masas y los gobiernos responsables de los ajustes constituiría un golpe, en primer lugar contra Bolsonaro y sus ambiciones de armar un régimen fascista.Y sería también un golpe a todas las tendencias a la bolsonarización que existen al interior de los Estados latinoamericanos y, más de conjunto, al reforzamiento del aparato represivo y la criminalización de la protesta social que se viene constatando en el continente. Ante este escenario, planteamos: frente único de las organizaciones de trabajadores para luchar contra el fascismo y el desarme de los ‘grupos de tareas’ y ‘escuadrones de la muerte’, mediante la acción directa y la organización; juicio y castigo a todos los responsables políticos y materiales de los asesinatos de luchadores en Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia y Brasil; fuera las bases militares extranjeras de América Latina; abajo la militarización de la lucha contra el narcotráfico; derogación de todas las leyes represivas; fuera el ejército de Río de Janeiro y las favelas, así como de La Paz y de Bogotá; disolución de los escuadrones de la muerte y parapoliciales, esclarecimiento del asesinato de Marielle Franco. Rechazamos la proscripción de Lula y Evo Morales. Absolución de Daniel Ruiz y César Arakaki, luchadores obreros y militantes de la izquierda revolucionaria, enjuiciados por luchar contra la reforma jubilatoria en Argentina.

Los revolucionarios deben dar la pelea en todos los terrenos, inclusive el electoral, para desenvolver allí su programa y agotar las expectativas democráticas de las masas. Los revolucionarios no renuncian tampoco a la intervención en el Parlamento burgués, para levantar una tribuna de denuncia del régimen y ponerla al servicio de la lucha y organización de los trabajadores.

Otro capítulo es la integración latinoamericana, que tenía como abanderados al nacionalismo y progresismo latinoamericano, que ha terminado en un fracaso. El Mercosur no pasó de ser una integración de los monopolios radicados en la región, con intereses e inversiones en los países miembros. Hoy asistimos a su desmoronamiento, con tensiones comerciales y monetarias cada vez más intensas, y hasta la amenaza de su ruptura, en momentos en que se abren paso las tratativas por tratados de libre comercio con Estados Unidos y Europa. A los crecientes enfrentamientos y rivalidades entre las naciones latinoamericanas, le oponemos una acción común entre los pueblos del continente contra el imperialismo y sus agentes locales, la lucha por gobiernos de trabajadores y la unidad socialista de América Latina, para proceder a una reorganización integral de la región sobre nuevas bases sociales.

A la consigna de la Constituyente no puede dársele un valor universal, sino que es necesario ver su oportunidad y pertinencia en cada caso. Las tesis programáticas que aprobamos en el Congreso de 2004, donde conformamos la Coordinadora por la Refundación de la Cuarta Internacional, desarrolla un apartado donde valora positivamente la agitación de la Asamblea Constituyente para casos donde una crisis de poder aparece bajo la forma de una “crisis de representación política”. En ese sentido es una consigna democrática que plantea el derrocamiento del gobierno y un puente hacia al gobierno obrero. Su repetición mecánica para cualquier situación, haya o no crisis de poder, en nombre de la preparación de situaciones futuras, es un planteo democratizante: implica sustituir la pelea estratégica por un gobierno de trabajadores por una salida democrática, en el marco del orden social vigente.

Métodos de acción, dirección y partido

31. Un aspecto fundamental que pone al rojo vivo las grandes rebeliones en curso es la cuestión decisiva de la dirección del movimiento obrero. Muchas de las rebeliones que han tenido lugar en el último período no han logrado extenderse más por la acción de bloqueo de las burocracias sindicales, entrelazadas con las patronales y los gobiernos. Como lo venimos reflejando en las páginas de Prensa Obrera, la CGT y otras centrales sindicales francesas vienen dosificando a cuentagotas el lanzamiento de medidas de fuerza nacionales cuando las circunstancias ponen en el orden del día la cuestión de la huelga general, lo que podría provocar un vuelco definitorio de la lucha que viene protagonizando el sector de transporte. Hay un esfuerzo por salvar la gobernabilidad, con la conciencia que una derrota de Macron podría llevárselo puesto y abrir una crisis revolucionaria. El esfuerzo de contención está bien presente también en nuestro continente. La CGT argentina contuvo a nuestro combativo movimiento obrero para que no derrotara la política ajustadora del macrismo. La CUT brasilera ha dejado pasar casi sin batalla las reformas laboral y previsional de Bolsonaro. Otro tanto ha ocurrido con la CUT chilena, dirigida por el estalinismo y la sindical Mesa de la Unidad Social.

32. La lucha por la recuperación de los sindicatos y las organizaciones de masas, expulsando a las burocracias colaboracionistas, reviste un carácter estratégico. El impulso de todo tipo de organismos (comités de huelga y otras) para coordinar las luchas y llevarlas al triunfo, es una tarea central en el propio curso de las irrupciones populares. Es altamente instructiva la experiencia francesa. Los obreros ferroviarios y del subte parisino sostuvieron una huelga indefinida durante 40 días, gracias al celo de la base de ambos gremios por tomar la huelga en sus manos, socavando el margen de maniobra de la burocracia. El activismo es el gran pilar de la lucha, que viene desafiando el chaleco de fuerza que representa la dirigencia sindical y apunta a romper el aislamiento, reclamando el lanzamiento de la huelga general de todo el movimiento obrero. Esto pone al rojo vivo la cuestión de reforzar aún más la articulación del activismo, impulsar coordinadoras, alentar la intervención activa de los trabajadores, la juventud y otros sectores que simpatizan con la lucha en curso. Un ejemplo que es necesario seguir con atención es el de los chilenos, con la aparición en escena de las asambleas territoriales, que nacen como iniciativa desde abajo y se estructuran como representación de la población en lucha. Esto no debe confundirse con los cabildos abiertos, que vienen articulados desde arriba y tienen como antecedente los órganos creados en su momento por el gobierno de Michelle Bachelet, para debatir las reformas impulsadas por el Ejecutivo. Las asambleas territoriales han ganado en extensión e incluso hay una tendencia a coordinarse regionalmente, y han sido una de las fuerzas motoras de las movilizaciones populares, en contraste con la contención que llevan adelante la oposición y las direcciones sindicales.

33. En el caso de Latinoamérica, el escenario convulsivo reinante le otorga especial vigencia a la lucha por Congresos de delegados de base de los sindicatos y de las masas que luchan, lo que va unido a la batalla por una nueva dirección clasista en el movimiento obrero. El Congreso de bases es una de las expresiones organizadas del frente único obrero, apunta a la construcción de un polo político, que puede revestir un carácter semisoviético, de modo tal que la clase obrera emerja como un factor independiente en la crisis y se catapulte como alternativa de poder. Esta orientación no debe confundirse con los planteos “sovietistas” o “basistas” que levantan numerosas fuerzas de izquierda e incluso partidos que se reclaman del trotskismo. El “basismo” (el famoso “que las bases decidan” del morenismo) pretende ser camuflado detrás del respeto de las resoluciones tomadas por las asambleas o congresos de trabajadores. Se confunde el respeto por la soberanía de las bases obreras con la orientación que debe ofrecer una fuerza que pretende erigirse como dirección política. Quienes desprecian el papel de la dirección revolucionaria en los órganos de auto-organización de la clase obrera y las masas, se declaran incompetentes en ayudar a las masas a superar los obstáculos que se le presentan en el desarrollo de la lucha contra el régimen y, a su turno, llevar una revolución a la victoria. Los órganos de auto-organización de las masas, que suelen emerger en todo proceso revolucionario, no aseguran de antemano la orientación revolucionaria del movimiento de lucha. Sin una dirección política revolucionaria, en determinado momento, los órganos de frente único de las masas pueden dejar de ser un factor de impulso de la lucha para pasar a ser un factor de freno. El partido revolucionario debe impulsar todos los procesos de auto-organización de las masas e intervenir en ellos siempre con una política independiente, para que el movimiento avance en un sentido revolucionario.

La lucha por esta orientación es inseparable de la lucha por la independencia política de los trabajadores y plantea agudamente romper y superar la tutela histórica de los partidos patronales -o sea, la cuestión estratégica de la construcción de partidos obreros revolucionarios y una internacional, la Cuarta Internacional. Porque en esos momentos es donde es más importante la experiencia y la orientación de una vanguardia obrera y de la izquierda para sortear los impresionantes problemas que se plantean y llevar al poder a los trabajadores. Al retorno que pregonan el nacionalismo burgués y la centroizquierda a un equilibrio y conciliaciones imposibles entre los intereses del capital y los acreedores de la deuda y los trabajadores, le oponemos una salida anticapitalista y llamamos a luchar por gobiernos de trabajadores y la unidad socialista de América Latina.

Conferencia Latinoamericana

34. Tomado de conjunto, en el escenario político latinoamericano distinguimos dos grandes bloques políticos. Por un lado, la ofensiva recolonizadora y derechista de Trump y Bolsonaro, que tiene como eje de reagrupamiento político el Grupo de Lima. Este actúa (en tándem con la OEA) para imponer planes de ataque a cualquier tipo de resistencia nacional o popular. Fue constituido para tirar abajo al régimen de Maduro en Venezuela. Mike Pompeo ha declarado la disposición yanqui de intervenir y apoyar a los gobiernos latinoamericanos atenazados por las rebeliones populares.

Por el otro, el Grupo de Puebla, que se presenta como un polo “nacional y popular”, de cierta autonomía frente a la ofensiva imperialista. Pero se ha debilitado considerablemente y su oposición es bastante pusilánime. Está encabezado por el México de López Obrador, quien actúa muy tímidamente, porque ha puesto el grueso de sus cartas en el tratado de libre comercio con Estados Unidos de Trump y Canadá (UMSCA, en inglés) y se ha visto debilitado por la renuncia de Evo Morales frente al golpe en Bolivia. El ascenso electoral de Alberto Fernández no ha dado nuevos bríos a este reagrupamiento internacional, incluso se evidenció en la pobreza de las delegaciones internacionales que acudieron al acto de asunción. Y también en lo estrecho de su política ‘soberanista’: no rompe con el Grupo de Lima, mantiene a Hezbollah dentro del listado de organizaciones terroristas, cediendo a la presión del sionismo, hace buena letra con Trump para gestionar los acuerdos con el FMI, etc. Y ahora se agrega su condena a Maduro (aunque evitó sumarse a la declaración común del Grupo Lima) y la ausencia de una denuncia o condena frente al asesinato del general iraní.

35. Lo que está ausente es un polo anti-imperialista de la izquierda, de los trabajadores, campesinos, indígenas, estudiantes y demás sectores explotados del continente. Pero la convulsión social y política que se está desarrollando plantea no solo esta necesidad, sino la oportunidad de ese tercer bloque. En esto se basa nuestro llamado a la realización de una Conferencia Latinoamericana de la izquierda y el movimiento obrero combativo, partiendo de la urgencia de establecer un reagrupamiento alternativo a la derecha, pero también al nacionalismo y el progresismo, que se interponen como un escollo para llevar a la victoria las luchas planteadas.

Los esfuerzos del Grupo de Puebla no están centrados en abrir un curso independiente -ni siquiera en retomar la experiencia chavista o del Foro de San Pablo-, sino en postularse como los socios más fiables para el imperialismo, en un contexto de gran volatilidad. El fracaso de la experiencia golpista de Guaidó en Venezuela, los límites para institucionalizar el golpe en Bolivia y los problemas crecientes de los derechistas Bolsonaro y Duque, sumados a las rebeliones en curso, alienta la expectativa en sus promotores de que un sector más pragmático de la burguesía y del imperialismo empiece a considerar el “plan B”: gobiernos que garanticen tanto una contención de las crecientes tendencias a rebeliones populares como los compromisos comerciales y de la deuda. Pero esa apuesta, por ahora, se mueve en un terreno arenoso. Todavía deben demostrar que pueden, efectivamente, imponer el orden en la región. El intento de proyección regional de Fernández y López Obrador ya está siendo acompañado de un relato posibilista y de mal menor, con el único fin de maniatar a los trabajadores y arrastrarlos, una vez más, detrás de las burguesías nacionales. Pero, como nunca, está corrido a la derecha.

36. Tal cual lo señalamos en el texto de convocatoria a la Conferencia Latinoamericana, “La política de colaboración de clases se ha revelado como un escollo central para conducir la lucha de los trabajadores y las masas a una victoria. La izquierda latinoamericana mayoritariamente ha terminado siendo arrastrada como furgón de cola de esta política. Ha hecho un seguidismo al PT brasileño, como es el caso del PSOL, al nacionalismo bolivariano o terminado haciendo causa común con la derecha en nombre de la democracia. Se ha venido dando aliento al movimientismo, promoviendo alianzas y nucleamientos con fronteras de clase amorfas y difusas, en lugar de la construcción de partidos obreros revolucionarios. Una de las pocas excepciones es la experiencia recorrida por el Frente de Izquierda en Argentina. Rescatamos al FIT, y ahora al FIT-U, como un campo de independencia de clase que contrasta con el escenario reinante. El punto de partida y la base de desarrollo del FIT ha sido una demarcación con el nacionalismo burgués y los partidos patronales, en especial con la gestión kirchnerista. No se nos escapan, sin embargo, las contradicciones y los límites del mismo: se ha circunscripto, prácticamente, a una intervención meramente electoral. Nuestro esfuerzo y nuestra política están dirigidos a ampliar el horizonte de acción del FIT-U a todos los terrenos de la lucha de clases”.

La nueva situación que atravesamos en América Latina y en el mundo vuelve más actual que nunca la cuestión de la estrategia de la izquierda.

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