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Ciclos largos y crisis económicas

Por Osvaldo Coggiola
Uno de los efectos más notables, en el campo de la teoría, de la crisis económica iniciada en los años ’70, fue la convergencia de economistas marxistas y no marxistas en una explicación basada en la “teoría de las ondas largas”. En la medida en que, después de la crisis, no se reconstituyeron los niveles de empleo ni la tasa de ganancia del período precedente, se convirtió casi en una convención afirmar que esto se debía al hecho de que, a comienzos de la década del ’70, se había iniciado una “onda larga depresiva” del desarrollo capitalista. O, como se dijo en una vulgarización: “el modelo de las ondas largas dice que el desarrollo industrial transcurrió, desde la Revolución Francesa, en períodos de larga duración, que comprenden entre 40 y 60 años. Cada uno de ellos es representado como una sucesión de auges y decadencias, de desarrollos acelerados y retardados, de flujos y reflujos, de modo que en cada período hay una época buena y otra mala, así como en los años de abundancia y escasez de la Biblia... Los autores más recientes tienden a considerar que el punto de viraje de la actual onda larga fue la recesión de 1967 y la primera crisis del petróleo de 1973” (1).
 
Todas las visiones cíclicas actuales son tributarias de la teoría de las ondas largas de la economía, elaborada en los años ’20 por el economista soviético Nicolai Kondratiev. La teoría dio lugar a un amplio debate, cerrado abruptamente alrededor de 1930 por Stalin: Kondratiev fue enviado a Siberia, muriendo poco después.
 
Marx había estudiado los ciclos de la producción capitalista, sacando la conclusión de que las crisis que se producían en períodos de siete a once años se debían a las contradicciones propias de ese modo de producción, que generaban sobre-acumulación de mercaderías y capitales. A estos ciclos “medios”, Kondratiev sobrepuso las “ondas largas”, vinculadas a las innovaciones tecnológicas en gran escala, a su vez dependientes del período de vida útil de los bienes de capital durables (aproximadamente 50 años). El capitalismo conocería así ciclos “largos” de expansión y contracción a largo plazo, con la duración señalada.
 
Kondratiev estudió las condiciones económicas para la realización de cambios de patrón tecnológico: “Las grandes inversiones requieren importantes sumas de capital para empréstitos. De allí que las siguientes condiciones se deban cumplir necesariamente antes de que se pueda iniciar el ascenso de una onda larga: 1) Una propensión al ahorro; 2) una oferta relativamente grande de capital para préstamos a baja tasa de interés” (2). Kondratiev llegó a teorizar que los inventos (condición para la renovación tecnológica) también se producían por “ondas”: el par innovación tecnológica-condiciones económicas, por lo tanto, condicionaría la totalidad del desarrollo social. Para comprobar tales tesis, Kondratiev elaboró largas series estadísticas (salarios, ahorro, precios, producción de materias primas, oro, comercio exterior, etc.) nacionales e internacionales, a las cuales juzgó suficientes para dar base científica a su teoría, identificando “ondas de crecimiento” en los períodos 1789-1823,1848-1873 y 1894-1914; los intervalos corresponderían a “ondas descendentes”.
 
La mayoría de los economistas soviéticos rechazó tanto la teoría como su base empírica. Oparin criticó los criterios matemáticos utilizados por Kondratiev, así como su selección arbitraria de las series estadísticas (que ignoraba deliberadamente otras series disponibles). Eventov insistió en la unidad del proceso económico y en la influencia recíproca entre fluctuaciones de diversa duración: cuestionó que se pudiese separar los “ciclos medios” de Marx y las “tendencias evolutivas” de Kondratiev (a las cuales se les atribuía un carácter cualitativamente diferente), considerando inadmisible determinar puntos de equilibrio en base a datos cuantitativos. Goberman concluyó que, a partir de las series de Kondratiev, “sólo queda a ser explicado como fenómeno independiente, el movimiento de los precios en los siglos XIX y XX”. Gorbotcin fue más lejos, demostrando que la fase "depresiva” de Kondratiev de 1815-1840 (caída tendencial de los precios) fue un período de desarrollo sin precedentes de las fuerzas productivas, el verdadero período de la revolución industrial. Oparin también encontró incompatible las mejoras técnicas propiciadas por las invenciones con el alza de precios típica de la onda ascendente.
 
Si ninguno de los críticos cuestionó la existencia de ondas largas para determinados procesos económicos, todos negaron la existencia de ondas largas con carácter general y periódico para el conjunto del capitalismo. Según Sujanov, el capitalismo cambió constantemente desde el feudalismo en crisis hasta la etapa monopolista (período cubierto por las “ondas” de Kondratiev). Las oscilaciones descubiertas por Kondratiev, como desvíos de una “normalidad teórica” del capitalismo, no eran sino el reflejo de las diversas fases capitalistas. La teoría de Kondratiev suponía un eterno ajuste del capitalismo en torno a sí mismo, lo que significa admitir su inmortalidad: “La fisiología de un organismo en evolución es distinta en cada una de sus etapas sucesivas. La evolución capitalista es un proceso orgánico con etapas bien definidas: juventud, madurez, decadencia... y muerte” (3). Para Bogdanov, las ondas largas tenían causas exógenas al sistema capitalista: “La evolución histórica del capitalismo está determinada por ciertos factores externos. Estos deben ser considerados accidentales e independientes hasta cierto punto del ritmo interno de la economía capitalista” (4).
 
Este último punto constituyó el eje de la crítica hecha por Trotsky a Kondratiev: “En lo que dice respecto a las fases largas (50 años) de la tendencia de la evolución capitalista, para las cuales Kondratiev sugiere, sin fundamento, el nombre de ciclos (u ondas), cabe destacar que su carácter y duración están determinados, no por la dinámica interna de la economía capitalista, sino por las condiciones externas que constituyen la estructura de la evolución capitalista”. Trotsky propuso elaborar la curva del desarrollo capitalista (con un inicio, medio y fin) “incorporando sus elementos no periódicos (tendencias básicas) y periódicos (recurrentes). Tenemos que hacer eso para los países que nos interesan y para el conjunto de la economía mundial”. Para Trotsky “si se intentase establecer un ciclo largo para cada país separadamente, todo el asunto se haría añicos. El ciclo de Marx, por el contrario, puede ser confirmado para cada país separadamente”. Esto porque Marx tuvo éxito en discernir la regularidad en el patrón de los ciclos cortos, toda vez que ellos eran consecuencia de las contradicciones internas del capitalismo. Antes de hablar de ciclos largos regulares se debía recordar la existencia de un regulador interno: sin esto los “ciclos largos” oscurecerían la diferencia entre ciclos periódicos y períodos históricos separados, negando la entrada del capitalismo en un período de decadencia histórica y planteando su infinitud a través de una supuesta (pero no demostrada) tendencia a la autorregulación a largo plazo (que es el eje de la escuela francesa contemporánea de la regulación, Aglietta-Boyer-Coriat). Para Trotsky, la tarea teórica (la curva) permitiría entender más profundamente “los saltos más críticos de la historia: las guerras y las revoluciones. Pero ningún intento en ese sentido puede asemejarse a una anticipación ingenua de los resultados que deben surgir de una completa y dolorosa investigación, aún no realizada”. En cualquier hipótesis “esa aproximación a la historia moderna promete enriquecer la teoría del materialismo histórico, con conquistas más preciosas que los extremadamente dudosos malabarismos especulativos que, para pena de algunos de nuestros marxistas, usan los conceptos y los términos del método materialista, trasplantando el método formalista al dominio del materialismo dialéctico” (5). Trotsky fue a fondo en la crítica al método de Kondratiev, y en eso se distinguió de los otros críticos.
 
Kondratiev había presentado su teoría de manera prudente, hasta tímida: “Creemos que los datos disponibles son suficientes para hacer muy probable ese carácter cíclico”. Frente a las críticas, no se defendió ni profundizó su tesis inicial: escribió apenas dos artículos contra eventuales interpretaciones equivocadas. Como quiera que sea, el debate se terminó brutalmente, con el exilio y la muerte de sus dos participantes (Kondratiev y sus críticos, principalmente Trotsky) por la dictadura stalinista. El programa de investigaciones propuesto por el dirigente de la Revolución de Octubre fue sustituido por una vulgarización idealista-esquemática a gusto de las limitaciones intelectuales del burócrata mayor, nada podía ser escrito sin citar (y alabar) a Stalin.
 
En plena Segunda Guerra, el debate fue retomado en Inglaterra por el economista George Garvy, quien realizó un balance desprovisto de prejuicios, así como un riguroso examen de la teoría y de las estadísticas de Kondratiev, afirmando que “el análisis del trabajo estadístico de Kondratiev nos lleva a la conclusión de que no consigue demostrar la existencia de ciclos largos en la vida económica” (6).
 
Paradojal, pero no casualmente, en la posguerra asistimos a un renacer casi furioso de las teorías de Kondratiev, desde todos los ángulos político-ideológicos y para todos los procesos históricos posibles. Lo que en los años ’20 había sido un debate marginal en la URSS se convirtió en un debate mundial. Desarrollado en el Occidente capitalista, este debate espectacular y abarcador (coincidió, por ejemplo, con las teorías de “larga duración” de Fernand Braudel y la Escuela de los Anales) ya fue objeto de un excelente trabajo de parte de Joshua S. Goldstein (7). Este comete, sin embargo, el notable error de alinear como representantes de la vertiente marxista de la teoría de los ciclos largos al economista Ernest Mandel y a Trotsky (lo que sólo puede explicarse por el hecho de que Mandel se reivindica trotskista). Ya nos referimos a las críticas de Trotsky a la teoría. Es verdad que Mandel adoptó acríticamente las tesis de Kondratiev, a pesar de las críticas de Trotsky (e ignorándolas), en completa contradicción con su supuesta filiación ideológica, lo cual escandalizó a un economista marxista inglés: “Mandel habla de distintas etapas de desigualdades en el desarrollo del capitalismo, tal como sugiere Trotsky con la noción de una línea tendencial discontinua. Simultáneamente, sin embargo, habla de ondas largas de acuerdo con la noción de Kondratiev de un equilibrio a largo plazo que evoluciona sin traumas. Concuerda con Kondratiev y con Trotsky, lo cual es lógicamente imposible. O el capitalismo se desarrolla de acuerdo con un patrón evolutivo, sin traumas, caso en el cual es posible hablar de ondas largas; o, por el contrario, la teoría de las ondas sólo mistifica el desarrollo desigual del capitalismo, como sostenía Trotsky. Ninguna cantidad de sutileza puede superar el hecho básico de que, para Trotsky, las ondas o ciclos prolongados eran incompatibles con una periodización marxista del capitalismo” (8).
 
Recientemente, en un balance de las investigaciones tendientes a probar los “ciclos largos”, un equipo de economistas favorables a esa teoría reconoció honestamente: “no creemos que la existencia de ondas largas haya sido demostrada, a partir del hecho de que la interpretación de los datos supone la intervención de juicios de valor, y no la aplicación de una norma de comprobación universalmente aceptada” (9). El famoso “ciclo de los negocios” de Schumpeter no escapa a esa caracterización, a pesar de que la trilogía propuesta por este autor para caracterizar los ciclos económicos se haya vuelto famosa, para muchos casi un artículo de fe (10): los ciclos Kitchner (40 meses), Juglar (10 años) y Kondratiev (50 años).
 
La principal derivación de la teoría de las ondas largas en el campo de las ciencias sociales fue la llamada “historia de larga duración”, desarrollada en la inmediata posguerra por la ya mencionada “Ecole des Annales”, cuyo principal representante, Fernand Braudel, admitió que era tributaria de las teorías económicas, reconociendo, con todo, que éstas no pasaban de ser “hipótesis”, es decir, que toda una escuela histórica se desarrolló no basada en teorías comprobadas, sino en conjeturas: “Pero además de los ciclos e interciclos, existe lo que los economistas llaman la tendencia secular, sin estudiarla sin embargo. Pero ella sólo interesa a raros economistas, y sus consideraciones sobre las crisis estructurales, no habiendo pasado por la prueba de las verificaciones históricas, se presentan como esbozos o hipótesis, apenas enterradas en un pasado reciente, hasta 1929, cuanto mucho hasta los años de 1870. Ofrece, todavía, una útil introducción a la historia de larga duración. Ellas son como una primera clave” (11).
 
La reutilización acrítica por parte del mundo académico de la teoría económica de las ondas largas, es decir, sin discusión previa de sus propias bases metodológicas (a diferencia de lo que había ocurrido en el debate marxista, en la URSS, en los años ’20), tuvo una motivación histórica muy precisa: la crisis general del sistema capitalista mundial iniciada en 1929: “La crisis de 1929 resaltó brutalmente el papel de las fluctuaciones largas y muy largas en el cambio de las estructuras. Muchas veces, en el pasado, la economía norteamericana, había sufrido "crisis", pero ninguna fue tan violenta como ésta y tan preñada de consecuencias desastrosas para la sociedad norteamericana y para el propio sistema capitalista. La masa de trabajadores desempleados era un problema social que parecía insoluble. Los pronósticos de pronta recuperación económica de los especialistas de Harvard, no se realizaban. De allí la necesidad de controlar los ciclos económicos que generan las crisis. Pero este control solamente sería accesible en términos de un análisis histórico del proceso económico, que permitiese captar las causas de los fenómenos de ascenso y descenso de los precios, en cuya intersección se da la crisis” (12).
 
El objetivo de esta nueva discusión fue perfectamente enunciado por el ya mencionado Schumpeter: “Cualquier tentativa seria de control analítico y aun práctico del ciclo económico debe ser realizado en un ámbito histórico, en el sentido de que la clave para la solución de sus problemas fundamentales solamente puede ser encontrada en los hechos de la historia industrial y comercial” (13).
 
Las consecuencias de esta reutilización fueron múltiples en todos los campos de la ciencia académica. Cabe destacar la llamada “teoría de los ciclos de guerra” que, rejuveneciendo las más reaccionarias concepciones cíclicas de la historia, postula la regularidad de las guerras como parte orgánica del acontecer humano (desde la esclavitud hasta el capitalismo) con independencia de la naturaleza de los diversos regímenes sociales (y lógicamente, de los propios objetivos sociales y políticos de cada guerra) (14).
 
Pero si la economía política burguesa se subió, en los años ’40, a un debate marxista de los años ’20 (mutilándolo y desvinculándolo de sus orígenes) para intentar explicar y dar solución a una catástrofe que no encontraba explicación en la teoría económica hasta entonces existente (la teoría económica keynesiana, “teoría del ahorro y la inversión, o principio del acelerador y multiplicador, que atribuía a la inversión un papel preponderante”(15) surgió en ese cuadro como victoriosa, por ser la generalización más abarcadora de las políticas puestas empíricamente en práctica para combatir la crisis), por los años ’60 fueron marxistas los que se subieron al debate de los años 30-40 para explicar, por el contrario, el ciclo de prosperidad capitalista iniciado después de la Segunda Guerra Mundial. Ernest Mandel se destacó como re introductor de la teoría de las “ondas largas” en el marxismo, “teoría (que) no despierta mayor interés en relación a los ciclos marxistas, aunque Trotsky haya usado una noción similar en el famoso informe presentado al III Congreso Mundial de la Internacional Comunista” (16).
 
Mandel no se tomó el trabajo de explicar esa “similitud”, pero sí el de ignorar la crítica explícita dirigida por Trotsky a la teoría de las “ondas largas” de Kondratiev: “Es posible rechazar de antemano las tentativas del Profesor Kondratiev de atribuir a las épocas que él llama ciclos prolongados el mismo ritmo estricto que se observa en los ciclos cortos. Eso constituye claramente una generalización equivocada sobre la base de una analogía formal. La periodicidad de los ciclos cortos está condicionada por la dinámica interna de las fuerzas capitalistas, lo que se manifiesta en todo lugar y tiempo en que haya un mercado... La absorción por parte del capitalismo de nuevos países y continentes, el descubrimiento de nuevos recursos naturales, y factores significativos de orden superestructural, como guerras y revoluciones, determinan el carácter y la alteración de las épocas de expansión, de estancamiento o de declinación del desarrollo capitalista” (17).
 
Para Mandel, por el contrario, la supuesta “onda larga” posterior a 1945 obedecía a la existencia de un regulador interno del sistema capitalista, pues en ella, “como en otros ciclos expansivos que conocemos en la historia del capitalismo encontramos aún y siempre una constante, a saber, revoluciones tecnológicas” (18), es decir, un factor situado en el campo de la indeterminación absoluta, toda vez que sabemos, desde el Manifiesto Comunista, que “la revolución constante de los medios de producción” es una condición sine quae non del desarrollo capitalista y, simultáneamente, fuente de su crisis (pues implica un aumento de la composición orgánica del capital y consecuentemente, de una caída tendencial de la tasa de ganancia) (19). La cosa empeora cuando sabemos que, para Mandel, la “tercera revolución industrial” de posguerra sería “un subproducto de la competencia permanente por los armamentos de la guerra fría” (20), lo que nos deja a oscuras en cuanto a cuál sería la causa de las “revoluciones tecnológicas” anteriores: Kondratiev, más científicamente, vinculó las ondas largas “al período de vida de ciertos bienes de capital duraderos” (21) calculado por él, justamente, en aproximadamente 50 años (y más consecuentemente intentó en vano elaborar una teoría de las ondas largas de la innovación científica y tecnológica).
 
Mandel debe su celebridad académica al hecho de haber formulado en forma abarcadora el punto de vista según el cual el boom, económico de la posguerra tenía por fundamento una onda larga expansiva del capitalismo, comandada por elementos superestructurales (la guerra fría y la competencia armamentista consecuente, generadora de la "revolución tecnológica”), bautizada como “neocapitalismo”, y definida como cualitativamente diferente del capitalismo monopolista (sin que a Mandel le importase que esto implicase la completa negación de la teoría leninista del imperialismo). La consecuencia de esta postura fue el análisis de la crisis como el inicio de una onda larga depresiva, donde se distinguen: “a) pérdida de productividad industrial, particularmente debido a los problemas en la generación de energía, a los materiales y a los altos gastos improductivos (bélicos sobre todo); b) crisis en la división internacional del trabajo, basada en la hegemonía de los EE.UU.; c) crisis del sistema monetario internacional y d) crisis del ‘Estado benefactor‘" (22), esto es, elementos estructurales y superestructurales, no mutuamente jerarquizados, en verdad indicando la prevalencia de estos últimos, y que remite a una concepción liberal de la crisis económica, para la cual no pasa de un reajuste de los mecanismos naturales para volver al equilibrio, fase en la que se eliminan las empresas mal organizadas. Para el marxismo, por el contrario, la crisis indica la tendencia al agotamiento, descomposición y muerte del modo de producción capitalista, consecuencia de sus propias leyes, lo que implica una base metodológica diametralmente opuesta para el análisis de la crisis (23). Es sintomático que cuando se afirma la existencia de una “dinámica larga recesiva”, se caracterice como elementos centrales de la crisis “las innovaciones en ciertas ramas industriales, los cambios en el proceso productivo, en el sistema de trabajo y en la división internacional del trabajo”, lo que implica una “periodización del capitalismo (que) acepta indirectamente un futuro para el mismo” (24).
 
Dejando de lado las consecuencias políticas que se derivan de este planteo, su error metodológico fundamental consiste en sobreponer un hipotético “ciclo” a las leyes científicamente comprobadas del desarrollo capitalista: las leyes científicamente determinadas estarían sobre determinadas por una hipótesis. No sólo eso: aunque el “ciclo largo” fuese científicamente comprobado, no sería un elemento decisivo sino subordinado de la dinámica capitalista. O, como dice Trotsky, “No podemos decir que esos ciclos explican todo, eso está excluido por la simple razón de que los propios ciclos no son fenómenos económicos fundamentales, sino derivados. Ocurren sobre la base del desarrollo de las fuerzas productivas a través de los mecanismos de las relaciones de mercado” (25). Aunque los ciclos (cortos o largos) sean fenómenos derivados, es decir, subordinados a las leyes del movimiento de la producción mercantil y de la producción capitalista, nos proveen indicaciones decisivas sobre el período histórico del capitalismo. Según el mismo autor: “Los ciclos comerciales e industriales son de distinto carácter en diferentes períodos. La principal diferencia está determinada por las interrelaciones cuantitativas entre el período de crisis y de auge de cada ciclo considerado. Si el auge restaura con un excedente la destrucción o la austeridad del período precedente, el desarrollo capitalista está en ascenso. Si la crisis, que significa destrucción, o por lo menos contracción de las fuerzas productivas, sobrepasa en intensidad el auge correspondiente, tenemos como resultado una contracción en la economía. Finalmente si la crisis y el auge son de magnitudes aproximadas, tenemos un equilibrio temporario, un estancamiento de la economía. Este es el esquema, en lo fundamental” (26).
 
La reversión exacta del análisis marxista de los ciclos y de las crisis económicas fue realizada por la llamada “escuela de la regulación”, que puso al mundo patas para arriba al caracterizar que la base de los ciclos económicos es “institucional” (y no productiva) y también la tendencia a largo plazo hacia el equilibrio (regulación) del capitalismo (27).
 
Ya Ernest Mandel intentó combinar el análisis trotskista (según el cual los ciclos económicos están determinados por las fuerzas internas del capitalismo, mientras que los períodos históricos lo están por la interacción entre aquéllas y las condiciones estructurales de desarrollo capitalista) con otra que sobrepusiese a los ciclos marxistas los “ciclos largos” como una especie de eslabón intermedio entre los ciclos del capital analizados en El Capital y los períodos históricos (auge, estancamiento y declinación) del sistema capitalista: “La tesis de que en 1914 se produjo un punto de inflexión fundamental en la historia del capitalismo es muy importante desde el punto de vista económico y político ... pero el hecho de que el capitalismo haya entrado en 1914 en un período de crisis estructural y declinación histórica no excluye nuevos desarrollos periódicos de las fuerzas productivas en una nueva onda larga expansiva como la presenciada entre 1940-48 y 1968” (28). La teoría de las “ondas largas” explicaría este auge de las fuerzas productivas en un período de declinación histórica de éstas. Veamos cómo.
 
Según Mandel, las ondas largas “son de duración irregular. Su explicación marxista confiere a la realidad histórica de la onda larga un carácter integrado total, a través de una combinación peculiar de los factores económicos endógenos, de los cambios 'ambientales’ exógenos y a la forma en que son mediatizados por los procesos socio-económicos” (29). Esta, que es la formulación teórica más abstracta que Mandel ofrece de su "teoría”, refleja toda su debilidad: se trataría de una “irregularidad” que tendría se explicación en todas las fuentes posibles, o sea, absolutamente nada.
 
En su explicación fundamental de la onda expansiva de posguerra, Mandel argumentó que “dos factores decisivos explican la ‘onda larga con tonalidad básica expansiva‘ desarrollada desde 1940-45 hasta 1966: 1) las derrotas históricas de los trabajadores que permitieron al fascismo y a la guerra elevar la tasa de plusvalía; 2) el incremento resultante en la acumulación de capital (inversiones) conjuntamente con el ritmo acelerado de innovaciones tecnológicas y la reducción del tiempo de rotación del capital fijo, que llevaron en la tercera revolución industrial a una expansión a largo plazo del mercado para la extensión de la reproducción del capital en una escala internacional” (30). Hay aquí una consideración unilateral de la lucha de clases y de lo que serían “victorias” y “derrotas” de los trabajadores y sus consecuencias sobre los salarios y la economía (Mandel olvida el precio pagado por la burguesía para evitar la expansión de la Revolución de Octubre, y las concesiones en materia de “salario indirecto” —previsión social, seguro de desempleo— hechas para contener la ola revolucionaria de posguerra en Europa occidental y en otros países). En cuanto a la vinculación entre los ciclos y el tiempo de rotación del capital fijo, fue una tentativa abandonada por Marx “por el hecho de que el período de vida útil de los diversos capitales no son coincidentes y porque no se renuevan al mismo tiempo, sino en correspondencia con su punto de partida individual, mientras que el ciclo es un movimiento que afecta al mismo tiempo a la sociedad en su conjunto” (31).
 
En estas condiciones, no fue difícil para diversos economistas criticar la teoría de Mandel por su base empírica muy flaca (no hay expresión estadística del “ciclo largo”, cosa que Kondratiev sí intentó) y por su confusión y eclecticismo teórico, que la vuelven una teoría “insuficiente, especialmente en lo que dice respecto a la explicación de la salida de las depresiones largas: los factores exógenos planteados están en verdad fuertemente vinculados a las contradicciones del sistema económico. Por otro lado, la génesis de las revoluciones tecnológicas está poco explicitada” (32). Es claro entonces que una teoría de “ciclos largos”, diferentes de los períodos históricos del capital, solamente podría apoyarse en factores internos de la dinámica capitalista, con lo que Mandel se aleja decisivamente de Trotsky, “quien naturalmente no dice que el capitalismo se mueva en el vacío sino en el mundo real. Trotsky sometió a crítica toda explicación mono-causal, esto es, puramente económico del desenvolvimiento capitalista. En Mandel, las “ondas largas” vuelven a ser consideradas como fenómenos mono-causales, puramente económicos, ya que si la tasa de beneficio debe ser interpretada por la mediación de una serie de transformaciones sociales,  continúa claro que es el movimiento de la tasa de beneficio el que determina tanto las ondas largas como las cortas. Como toda la cuestión gira en torno de un seudo-problema, es natural que el hecho de que las ondas largas no sean verificables en el plano estadístico no tenga importancia para Mandel” (33).
 
Pretendiendo defender a Mandel de esa flaqueza, un discípulo suyo brasileño llegó hasta preguntarse: ¿Sería ese abordaje mono-causal? Evidentemente que no, pues vimos (en la cuestión de la caída de la tasa de beneficio los innúmeros factores... que interactúan en su determinación” (34). En ese caso, las explicaciones mono-causales no existirían, pues toda causa, cuando es considerada como resultado, remite a diversas causas anteriores a ella.
 
Resulta, por lo tanto, más que dudoso el hecho de que “Mandel considera que su contribución específica para el análisis de los problemas de las ondas largas es relacionar las diversas combinaciones de factores que pueden influir en la tasa de beneficio... con la lógica interna del proceso de acumulación y valorización del capital a largo plazo” (35). Lo principal es que para justificar un esquema teórico preconcebido, Mandel se vio obligado a considerar unilateralmente los factores de expansión capitalista de pos-guerra (la corrida armamentista y la inflación mundial) como factores de desenvolvimiento de las fuerzas productivas, y no como factores que, evidenciando el profundo anacronismo y parasitismo del modo de producción capitalista, preparaban en la fase expansiva de los negocios las bases para una crisis sin precedentes en la historia del capitalismo, por su extensión y profundidad. El método de Mandel culmina “en la exacta inversión del método marxista: si éste demostraba que todos los factores del desenvolvimiento del capitalismo se transforman, por su propia dialéctica interna, en factores de crisis, Mandel va a intentar mostrar como todos los factores de crisis se transforman en factores de desenvolvimiento” (36).
 
En verdad, con la crisis capitalista iniciada en los años '70, se ponen en evidencia, no sólo todos los elementos de crisis acumulados durante la fase expansiva anterior, sino también la tendencia histórica del capitalismo en dirección a su agotamiento como modo de producción: “Hay un dato histórico-económico de una importancia excepcional, que todas las escuelas económicas modernas olvidan de un modo llamativo: el día 15 de agosto de 1971, el gobierno norteamericano declaró la in-convertibilidad del dólar. Esto es fundamental, pues si las monedas no tienen respaldo, o sea, si no son convertibles, ¿cómo se regula la economía? A partir de la declaración de inconvertibilidad de las monedas, no entre ellas mismas, sino de ellas en conjunto en relación a una mercancía de valor universal (por ejemplo, el oro), el valor de los patrimonios y de los capitales queda en la inseguridad. Cualquier medida gubernamental puede acabar con la mitad del patrimonio de un capitalista. El proceso de regulación del capitalismo pasa a ser por primera vez en la Historia, un hecho exclusivamente político. En las reuniones del “Grupo de los 7”, que se realizan dos veces por año, los presidentes de las principales potencias capitalistas tienen que determinar, subjetivamente, cuál va a ser la relación cuantitativa entre las monedas en el período de seis meses subsiguientes. Pero, en general, las monedas se comportan de manera diferente, inversa, a la que ellos definieron, lo que es un dato casi constante en los procesos de crisis mundial.” (37)
 
Muchos autores consideran la teoría de los ciclos largos incompatible con el “dogmatismo stalinista” (de hecho, Stalin mató a Kondratiev, como intentó matar a todos los que pretendieron pensar con su propia cabeza). Pero los fundamentos de esa teoría sólo eran incompatibles con uno, fase de la política del stalinismo, el ‘tercer período’ (o ‘crisis general del capitalismo‘). Desarrollada la política de la ‘coexistencia pacífica’ la “teoría stalinista correspondiente (el ‘capitalismo monopolista de Estado‘) tomó por base (en semejanza a la teoría de los ciclos largos) la 'innovación tecnológica’ para caracterizar un nuevo desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, bautizado como devolución científico-tecnológica’, lo que fue el recurso ideológico para una convergencia con el imperialismo en la pos-guerra, pasando al nivel de apología del capitalismo con la perestroika gorbachoviana, hasta la declaración abierta de la burocracia como agente de la restauración capitalista con Yeltsin. De paso, se atribuye a Trotsky una apócrifa y absurda teoría del ‘estancamiento general del capitalismo’, en todo semejante a la teoría staliniana del ‘tercer período’ ” (38).
 
La teoría stalinista y la teoría de los ciclos largos tienen en común considerar que la esencia de las crisis está dada por la renovación tecnológica, o sea, que las depresiones no tendrían otra función sino preparar las condiciones (tecnológicas e institucionales) de la nueva fase ascendente, la cual evidenciaría, a fin de cuentas, el modo de existencia normal del capitalismo (con la crisis cumpliendo la función progresiva de acomodarlo a las condiciones creadas por su propio desenvolvimiento).
 
Muchos analistas ponen en segundo plano la crisis, prefiriendo ver un proceso de reestructuración tecnológica. Pero el capitalismo no produce sólo valores de uso (tecnología) sino, sobre todo, valores de cambio, cuya no realización en el mercado condena a la inutilidad a los primeros. La caída de la tasa de beneficio, el incremento de los lucros ficticios, la súper-expansión del crédito y el super-endeudamiento, la inflación y la declaración de quiebra de Estados enteros, el hundimiento de los valores bursátiles testimonian un cuadro de crisis y agotamiento que creó la perspectiva de situaciones revolucionarias generalizadas en los países capitalistas y crisis políticas internacionales agudas.
 
La crisis actual no se reduce, ni siquiera tiene como característica central, la llamada crisis de hegemonía del imperialismo norteamericano. No existe tal crisis de hegemonía en la medida en que la moneda norteamericana, el dólar, continúa siendo la moneda de reserva, esto en una situación en que el déficit público de los Estados Unidos alcanza a la cifra de 250.000 millones anuales. El déficit comercial de los Estados Unidos es, además, de 150.000 millones de dólares anuales, pero la moneda de reserva en las transacciones internacionales continúa siendo el dólar: ninguna otra moneda ha intentado siquiera sustituirlo en esa función.
 
Lo que en verdad está ocurriendo es una crisis del modo de producción capitalista de un nivel jamás alcanzado en la Historia, ni siquiera durante la década del '30, porque el actual volumen de quiebra potencial del capital ficticio no existía en aquella época. Actualmente, el movimiento de capital especulativo de tres días equivale al volumen del comercio mundial de un año entero. Esto evidencia un nivel de crisis económica que no se transforma en catástrofe directa debido a la situación política en el contexto mundial, de los Estados imperialistas, y las medidas que esa situación les permite adoptar, medidas que se sitúan, no en el plano de la economía sino en el de la política.
 
Si se considera la dimensión del ataque contra las conquistas del movimiento obrero, el tamaño de la confiscación efectuada para sustentar la salida de la crisis de 1973, lo que llama la atención es el carácter tremendamente precario de esa salida.
 
En primer lugar, por sus características especulativas; en segundo, porque no dió lugar, prácticamente en ningún momento, a una tasa de crecimiento capaz de reproducir la expansión del capital (tasa muy baja en este período) y, en tercer lugar, porque se basó en un estímulo al consumo, originando una inflación monumental, lo que lleva a un sobre-endeudamiento, tanto público como privado. El resultado es que este mecanismo que, después de la crisis de 1973, apenas consiguió apenas sacar a las economías del pozo, está completamente agotado. Los Estados Unidos están al borde de una quiebra del sistema financiero, según afirma la prensa especializada de ese país: en Japón hubo un crecimiento especulativo monstruoso; en suma, hay una situación muy crítica. Después de haber caído en la peor depresión de la pos-guerra, el mundo consiguió salir apenas precariamente de ella. Ahora, algunos años después, estamos al borde de una nueva situación de colapso económico mundial.
 
Las investigaciones acerca de los ciclos económicos (y de los ciclos largos en especial) han llegado a resultados interesantes, y hasta importantes, desde el punto de vista de la historia del capitalismo y de la historia económica en general. No consiguió, sin embargo, formular una teoría que le permitiese establecer leyes de desenvolvimiento económico y de desenvolvimiento capitalista, cuestión sujeta a controversias, aunque una mayoría de los investigadores se incline hacia la experiencia de las regularidades: “Los resultados alcanzados no son idénticos, pero las tesis que sustentan la existencia de una concordancia entre los movimientos de precios y los de la producción parecen ser más sólidos que aquellas que la niegan o las que afirman que ambos movimientos son divergentes”
(39).Pero esto no permite afirmar irresponsablemente que “el levantamiento empírico realizado por Kondratiev (fue) razonablemente conclusivo”(40).Los verdaderos estudiosos concluyeron, por el contrario, que las "series largas” “deben ser construidas de alguna manera para ser explicadas, y más aún deben ser explicadas para poder ser construidas” enfatizando que el factor decisivo unánimemente invocado, “el progreso técnico, no es un fenómeno unívoco, derivado de una lógica inmanente, independientemente del contexto histórico en que se produce, y universal” (41).
 
Incluso los que intentan seriamente explicar la crisis actual en el contexto de los ciclos largos deben reconocer que “el modelo teórico elaborado está todavía bien lejos de ser completo” (42). La popularidad de la teoría, desde los años ´30 (cuando Schumpeter elaboró la teoría de los “tres ciclos”, poniendo la llave del desenvolvimiento económico en el “empresario innovador"), debe menos a razones científicas que a su propio contexto histórico: “El punto de vista (de los ciclos largos) se hizo popular en ciertos medios como explicación de las profundidades alcanzadas por la crisis económica durante la Gran Depresión de la década del '30. Esas autoridades explicaron que la falta de una recuperación sostenida durante la década del '30 se explicaba por el hecho de que la economía se encontraba en el fondo de una depresión de Kondratiev. Aunque un movimiento de recuperación comenzara en 1933 hasta 1937, el pico alcanzado en ese año estaba muy por debajo de 1929, lo que parecía ilustrar aquel punto de vista” (43).
 
La teoría marxista supo formular, teórica y empíricamente, las leyes que presiden el ciclo y la crisis de la economía capitalista, derivadas de las propias leyes de movimiento del capital (basadas en la ley del valor) originadas en el aumento de la composición orgánica del capital en las condiciones de reproducción ampliada, de donde surge la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio, “la ley más importante de la moderna economía política”, en las palabras de Marx. Como toda ley histórica, esta es una ley tendencial, en un sentido doble: 1) que se verifica en condiciones económicas concretas, donde aparecen factores que la aceleran o la atenúan, sin cambiar su dirección fundamental; 2) que expresa la tendencia del capitalismo hacia su propia auto-disolución, en virtud de sus propias leyes (dialéctica) internas: “el límite para el capital es el propio capital”. Haciendo esto, el marxismo puso al servicio de la humanidad trabajadora el conocimiento de las leyes (y no de las hipótesis) que gobiernan su historia en una etapa determinada, con el objetivo de que la humanidad pasara a dominar conscientemente su propia historia. Esto es lo contrario de las concepciones cíclicas de la historia y de la sociedad (Toynbee, Spencer, etc.), tributarias todas de la idea del "eterno retorno”, según el cual el acontecer humano (inclusive el económico) está gobernado por ciclos que se cumplen de modo inexorable, frente a los cuales toda tentativa de dominio consiente está condenada de antemano al fracaso.
 
Es con base en ese método que es posible caracterizar la crisis actual, no como una “fase depresiva” posterior a una “expansiva”, que sería una “compensación” de la fase anterior y precedería a otra de nueva expansión, sino retomando el esquema propuesto por Trotsky (ver nota 26) como “una crisis que evidencia las limitaciones estructurales del capitalismo en su actual etapa histórica. Como régimen históricamente progresivo, el capitalismo llegó hace tiempo al límite de su desenvolvimiento, con la Primera Guerra Mundial, la crisis de 1930 y la Segunda Guerra Mundial. A través de los recursos políticos del Estado, de una enorme centralización económica, encontró en el pasado los medios para la crisis en términos cíclicos. Esos medios extra-económicos, sin embargo, desnudaban un régimen que se estaba sobreviviendo a sí mismo, no eran las fuerzas productivas del capital las que, desenvolviéndose libremente, superaban los obstáculos a su desenvolvimiento, sino la intervención de una fuerza exterior, del poder político del Estado, de las guerras. El capitalismo utilizó a fondo las posibilidades del gasto armamentista, de desenvolvimiento parasitario, de formación de capitales ficticios, de desenvolvimiento incluso artificial de las naciones atrasadas con vistas a crear mercados para exportar sus mercados y sus mercancías. Hizo esto de una manera absolutamente sistemática, agotando en este proceso todos sus recursos” (44). El marxismo permite comprender científicamente el mundo porque es la teoría de su transformación a través de la revolución proletaria.
 
 
Notas:
 
(1) Joseph Huber, “Las largas olas del desarrollo industrial”, La inocencia perdida de la ecología. Buenos Aires, abril, 1986, pp. 11 y 26.
(2) Nicolai Kondratiev, “Las Ondas Largas de la Coyuntura”, Las Ondas Largas de la Economía. Madrid, Revista de Occidente, 1946, pág. 79.
(3) N. Sujanov, Planovoe Joziaistvo, n° 4, Moscú, 1926, pág. 161.
(4) V. Bogdanov, Pod Znamenem Marksizma. Moscú, junio 1928, pág. 88.
(5) León Trotsky, “La curva del desarrollo capitalista”, Una escuela de estrategia revolucionaria. Buenos Aires, Ediciones del Siglo, 1973, pp 155/158.
(6) George Garvy, “Los ciclos largos de Kondratiev”, Las Ondas Largas de la Economía. Madrid, Revista de Occidente, 1946, pág. 119.
(7) Joshua S. Goldstein, Long Cycles, Prosperity and war in the Modern Age. New Haven, Yale University Press, 1988.
(8) Richard B. Day, “La Teoría del Ciclo Prolongado de Kondratiev, Trotsky y Mandel”, Críticas de la Economía Política, n° 4. México, El Caballito, febrero de 1982, pág. 74.
(9) David M. Gordon et alli, “Ondas Largas y Etapas del Capitalismo”, Trabajo Segmentado. Trabajadores Divididos. Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1986, pág. 46.
(10) J. A. Schumpeter, “The analysis of the economic change”, Readings in business cycle theory. Filadelfia, 1944, V.II, pág. 15.
(11) F. Braudel, “Historia e Ciencias Sociais. A longa duracao”. Revista de Historia, V. XXXI, n° 62. Sao Paulo, 1965, pág. 268.
(20) E. Mandel, Idem ant.
(21) N. Kondratiev, Op. Cit., pág. 79.
(22) David M. Kotz, “Long waves and the social structure of acumulation”, Review of Radical Political Economics 19 (4), 1987, pág. 16/38.
(23) Cf. Claudio Katz, “La realidad histórica de la descomposición capitalista y el escepticismo de los izquierdistas”, En Defensa del Marxismo. Buenos Aires, diciembre de 1991.
(24) Carlos Abalo, a ciclos de largo plazo en el capitalismo”, Cuadernos de Sur n° 13, Buenos Aires, diciembre de 1991, pág. 12/13.
(25) León Trotsky, “La curva del desarrollo capitalista”, Op. Cit., pág. 152.
(26) Ibidem, pág. 153.
(27) Cf. Claudio Katz, “Crítica a la Teoría de la Regulación”, En Defensa del Marxismo, n° 3, Buenos Aires, abril de 1992.
(28) E. Mandel, Las ondas largas del desarrollo capitalista. La interpretación marxista. Madrid, Siglo XXI, 1986, pág. 158.
(29) Ibidem, pág. 85.
(30) E. Mandel, “The industrial cycle in the late capitalism”, New Left Review, n° 90. Londres, marzo, 1975, pág. 158.
(31) Paul Mattick, Crítica de los neomarxistas. Barcelona, Península, 1977, pág. 228.
(32) Bernard Rosier, Les theories des cribes economiques. París, La Decouverte, 1988, pág. 96.
(33) Paul Mattick, Op. Cit., pág. 231.
(34) Eduardo Albuquerque, A Foice e o Robo. As inovacoes tecnológicas e a luta operaría. Sao Paulo, Página 7, 1990, pág. 86.
(35) H. Guillén Romo, “La teoría mandeliana de las ondas largas”, Lecciones de economía marxista. México, FCE, 1986, pág. 360.
(36) Osvaldo Coggiola, Trotsky ontem e hoje. Belo Horizonte, Oficina de Livros, 1990, pág. 76.
(37) Pablo Rieznik, “O marxismo e a crisis económica mundial”, Estudos, n° 31. Sao Paulo, marzo, 1992, pág. 6/7.
(38) Cf. Alonso Aguilar. La crisis del capitalismo. México, Nuestro Tiempo, 1985, pág. 249/258.
(39) Maurice Niveau, Historia de los hechos económicos contemporáneos. Barcelona, Ariel, 1974, pág. 129
(40) Luiz Bresser Pereira, acumulacao e crise. Sao Paulo, Brasiliense, 1986, pág. 187.
(41) Bernard Rossier, Op. Cit., pág. 101 y 105.
(42) Andrew Tylecote, The long wave in the world economy. Londres, Routledge, 1992, pág.127.
(43) Maurice W. Lee, Fluctuaciones económicas. Buenos Aires, EUDEBA, 1967, pág. 56/57.
(44) Jorge Altamira, “La crisis mundial”, Prensa Obrera, n° 361. Buenos Aires, 16 de julio de 1992.

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