La perestroika y América Latina


Se le ha dado el término de Perestroika, o mejor dicho, se ha elegido, la expresión mistificadora de Perestroika, a lo que, al cabo de muy pocos años, no ha resultado otra cosa que una política de restauración capitalista por parte de la burocracia de la Unión Soviética. Detrás del término Perestroika ha estado presente una capa parasitaria, expropiadora de las conquistas de la Revolución de Octubre, que habiendo llegado a un estadio determinado de desarrollo intenta convertirse en una clase explotadora de tipo tradicional. En la actualidad el poder político en la Unión Soviética, que desde el punto de vista del personal ha cambiado muy poco, se encuentra francamente en manos de una burocracia restauracionista. Las evidencias en este sentido son innumerables, tanto en el plano de la política internacional como en el plano de la política interna. Se encuentra muy avanzada, desde hace un cierto tiempo, la llamada política de desestatización, que ha convertido a los gerentes, administradores o burócratas económicos de los grandes grupos empresariales de la Unión Soviética en titulares formales de sus empresas, esperando un acuerdo con el gran capital, un desarrollo del mercado, un sistema de precios, para convertirse, en alianza con el capital extranjero, en una nueva clase explota dora. Este es el contenido social de la Perestroika. Este es el contenido que inevitablemente, quedó planteado desde un comienzo y que se ha desarrollado al cabo de los cinco o seis años que se encuentra en curso. Son numerosas las informaciones periodísticas que demuestran el papel excepcional de los grandes capitanes de la industria ‘soviética en la formulación de esta política. Un hecho muy interesante, es ver, por ejemplo, cómo el presidente de la Unión de Empresas Soviéticas, un señor llamado Volsky, se transforma en el curso de los primeros meses de este año en el principal abogado de una salida pinochetista dentro de la Unión Soviética, para poder concretar la política de economía de mercado y transferir las empresas a los gerentes y de ahí en más transformarlos en una clase capitalista; procesos de este tipo han tenido ya su banco de ensayo en Hungría y en Polonia, donde la vieja “nomeklatura” del Partido Comunista se ha quedado con las principales empresas del país en sus manos buscando una asociación con el capital extranjero. Esta misma política de desestatización, es decir,  convertir primero, a las empresas en propiedad de los gerente, de las empresas, y supuestamente también de los trabajadores para pasar a hacer una política luego de privatización directamente, es la política que aboga e FMI en su último y gran informe sobre la URSS, de enero de este año.


¿Cuál es la conclusión de este análisis? La conclusión es que como acertadamente lo señaló Trotsky, como lo señaló el trotskismo y como lo señaló la IV2 Internacional, en la Unión Soviética no existía de ningún modo un régimen socialista.


En su famoso libro “La Revolución Traicionada”, Trotsky explica con absoluta claridad que el carácter social de la URSS “aún no ha sido zanjado por la historia44: de un lado, se encuentra una burocracia que procura afirmar la desigualdad social y sus propios privilegios, y que está empeñada en producir la mayor derrota del proletariado, en el marco de una tendencia que eventualmente debe conducirla al capitalismo; del otro lado, están las masas proletarias, que no Vían perdido las grandes conquistas de la Revolución, que tienen la propiedad estatizada, y que se verán obligadas a enfrentar esta situación, dejando planteada la alternativa de la contrarrevolución burocrática en el campo de la propiedad (y en ese caso el régimen social se convertirá en capitalista); o, por el contrario, el proletariado derrocará a la burocracia y tomará el poder político, restableciendo los principios socialistas de gestión de la economía y las relaciones con el movimiento obrero internacional.


La Perestroika y el proceso de restauración capitalista en Europa Oriental y en la Unión Soviética, son una confirmación extraordinaria de esta tesis, lo cual nos permite decir a nosotros que en la persona del trotskismo, el marxismo ha nuevamente salido airoso de una experiencia histórica tremendamente importante. ¿Qué explicación encuentra cualquier otro sector ideológico para la circunstancia de ver a la burocracia rusa, siempre embanderada detrás del socialismo, hablando del comunismo todos los días, con las banderas rojas y los desfiles del Primero de Mayo … qué explicación le encuentra para este hecho de que se transforma en clase capitalista?


¿O de que procura seguir ese proceso de transformación en clase capitalista? Si el socialismo ha triunfado, si realmente la forma de propiedad y el régimen de distribución socialista se han afirmado históricamente y, por lo tanto, se ha demostrado como un régimen social superior al capitalismo, un proceso de reversión de este carácter no se puede dar … ¿cuál sería la base social para esta restauración, si no es la burocracia dominante que ha logrado el monopolio completo del poder político, la atomización de las masas y alejarse en un grado extremo de la presión de su propio medio social? Solamente la caracterización histórica dada por el trotskismo, sobre la naturaleza contradictoria de la URSS, sobre su carácter social indefinido, desde el punto de vista histórcom permite interpretar esta inmensa situación revolucionaria que se ha creado en la Unión Soviética en la actualidad y, como consecuencia de esto, en el conjunto de Europa Oriental. Y a la burocracia, que antes se la envolvía con las banderas del liberalismo, de la economía de mercado y hasta el anticomunismo… En realidad la burocracia soviética, ha destruido al Estado Obrero, el cual sólo permanece como tal en la conciencia política que aún deberán manifestar los trabajadores en esta lucha contra la burocracia.


En el curso de los últimos años, el movimiento obrero de la Unión Soviética se ha reconstituido en forma bastante acelerada. Se ha producido aquella famosa huelga minera del año 1989, que todas las investigaciones que se hicieron sobre ella revelan hasta qué punto adquirió la forma histórica, claro que no en el distorsionado lenguaje oficial sino en el revolucionario, la forma histórica de los soviets. En un relato muy interesante sobre las huelgas mineras en Ucrania y también en Siberia, se señalaba que la población de las zonas mineras concurría a los comités de huelga en búsqueda de solución de sus problemas cotidianos más elementales, incluso de las pendencias entre vecinos y hasta problemas de divorcio… una característica típica de una autoridad política que también conocieron los soviets en 1905 y en el curso de la revolución de 1917. Este es un hecho notable de la transformación política de la clase obrera que, negada como sujeto político y atomizada por el stalinismo a través de la estatización completa de sus organizaciones, y la persecusión de su vanguardia, es decir, la atomización completa como clase, ha llevado adelante un proceso extraordinario de reconstitución. Y, recientemente, hemos recibido testimonios a través, incluso, de la prensa argentina y de sus corresponsales internacionales, sobre el hecho llamativo de que en la Unión Soviética, luego de la última huelga minera de 1991, los comités de huelga no se han disuelto y que se han constituido comités de huelga en fábricas en las cuales no se han producido siquiera las huelgas! En una declaración muy importante de un conjunto de comités de huelga, éstos se arrogan para sí el derecho de veto sobre cualquier privatización. Asistimos realmente a una confrontación revolucionaria sin precedentes, en la que, evidentemente, los revolucionarios deben desarrollar la tendencia de las masas trabajadores a su constitución como clase y al derrocamiento de la burocracia.


Naturalmente que este proceso es un proceso complejo y extremadamente doloroso por varios motivos: el primero es que el stalinismo ha prostituido la idea del comunismo y del socialismo, ha procurado erradicar de una forma realmente sin precedentes la conciencia histórica de las propias masas; en segundo lugar, ante la desesperante situación económica, estos mismos trabajadores han sido inducidos a tomar el camino de la autogestión, es decir, a resolver sus problemas mediante el autogerenciamiento de sus fábricas. Así se ha visto en el caso del petróleo, que se ha inducido a los trabajadores a una política de autogestión de la empresa, a buscar la venta de los productos y a autofinanciarse, como una forma de dislocar la unidad del conjunto de la clase obrera de la Unión Soviética. En un reciente artículo de Le Monde Diploma-tique, se dice que el ala más reaccionaria de la burocracia (los conservadores o “duros”) impulsa esta política, en la certeza de que el fracaso de la experiencia de autogestión en una gran cantidad de industrias va a facilitar el cierre de las empresas y el despido de los trabajadores. Es decir, es un intento de producir una rápida desmoralización de las masas. La masas son inducidas a resolver sus problemas en términos de salvación individual, no en el marco de una acción colectiva. Se aprecia aquí, evidentemente, la ausencia de un partido revolucionario, de un partido bolchevique, de un partido que hubiera recogido a través de la resistencia a la burocracia las tradiciones de la Revolución de Octubre y el programa internacionalista. Pero muchas de estas experiencias de autogestión han quedado anuladas a poco de andar, (por ejemplo, es el caso de los mineros, obligados nuevamente, a emprender grandes acciones colectivas contra este régimen burocrático).


Entonces, es importante señalar que el intento de la burocracia a través de Gorbachov, de la reforma por arriba del Estado burocrático, ha fracasado en forma miserable y se ha revelado solamente como el período transitorio de una política de restauración capitalista que ahora es proclamada en forma abierta. ¿De dónde nace esto? Para eso hay que interpretar la formación social de la Unión Soviética a partir de la contrarrevolución stalinista, a partir de la destrucción de la dictadura del proletariado y de su reemplazo por una dictadura burocrática que se separa de las masas, que se aleja de ellas, que se independiza en un grado extremo, para caer simplemente bajo la influencia del capital mundial.


Como el tema de la charla de hoy es LA PERESTROIKA Y AMERICA LATINA, tenemos que decir que el primer problema que se ha enfrentado aquí en América Latina es que, ninguna corriente política, con excepción del trotskismo, ha podido hacer una caracterización adecuada de la Perestroika. Para la inmensa mayoría de las corrientes izquierdistas, pertenezcan al Partido Comunista, al partido Socialista, al Frente Sandinista, o cualquier otra variante democratizante, lo que simplemente había en la URSS era nada menos que el socialismo. Esto nos estaba diciendo que para todas estas corrientes, el régimen burocrático de la Unión Soviética era, como se dice ahora, “el paradigma del socialismo”, y no podían encontrar la explicación de cómo el socialismo se hubiera hundido sólo. Por ejemplo, algunos pretenden explicar este hundimiento por el carácter de la industrialización de Stalin, que al hacerla extensiva con privilegios en la industria pesada, condenó más o menos rápidamente a la Unión Soviética a un cierto límite en su desarrollo. Se olvidan sin embargo de que la dictadura stalinista y el régimen burocrático, el aplastamiento de las masas, la destrucción de toda forma de organización independiente, son muy anteriores a los primeros planes de industrialización. Aún así tampoco se entendería la preferencia por la industria pesada hasta hipertrofiar la economía, sino como resultado de la estrategia del “socialismo en un solo país”, la que respondía al interés de un statu-quo con el imperialismo y a empobrecer al proletariado en beneficio de la burocracia. Entonces no es en la industrialización staliniana que se encuentra la explicación para esta deformación histórica. De otro lado, quiero señalar que en la formación de esta burocracia stalinista y en la formación de un partido único se ponen de relieve dos cosas: en primer lugar, que si la existencia de la dictadura del proletariado ya está revelando que los antagonismos de clase no han sido eliminados, y por sobre todo no ha sido eliminada la necesidad de los individuos de luchar por la existencia, y por lo tanto la competencia entre ellos, y por lo tanto la necesidad de un Estado que regule esa lucha por la existencia; la existencia de un partido único es una señal segura, no sólo de la existencia de un régimen burocrático sino de que las contradicciones sociales han llegado al paroxismo y de que la clase obrera es semi-oprimida en su propio Estado. Ustedes eso lo pueden ver perfectamente en un sindicato: cuando ese sindicato tiene un desenvolvimiento progresivo, con grandes luchas y movilizaciones y se apoya en las masas, impera en ellos la más amplia libertad de tendencias. Cuando una burocracia se apodera de él y lo transforma en una base de privilegios, aparecen las elecciones con listas únicas, la burocracia ya no tolera ninguna clase de oposición y debe eliminarla. Ninguna corriente izquierdista logró dar una explicación científica del derrumbe de la burocracia y de la aparición de proletariado como clase en la lucha contra este régimen burocrático. Ninguna corriente de izquierda. ¿Por qué? Porque todas las corrientes de izquierda han sido tributarias del stalinismo, tanto desde el punto de vista ideológico como desde el punto de vista de su concepción de la revolución en general, que era concebida como una revolución en un país que sobreviviría por la importancia militar que tenía la Unión Soviética. Entonces, eran todos planteamientos revolucionarios que giraban no en la destrucción del orden mundial actual (idea leninista: la revolución en un país es un paso en el proceso de la revolución mundial, es decir, en la destrucción del orden mundial capitalista), sino que eran planteamientos, ustedes los pueden leer en las distintas corrientes, que por el contrario, veían en sus victorias incluso una afirmación de ese orden mundial, respaldándose en el llamado poderío militar de la Unión Soviética.


El tema éste de la crisis enorme de la burocracia y de su bancarrota ya fue objeto e estudios en América Latina. En un es u io académico que se haga, en una investigación, habrá que estudiar todos los pronunciarmen os, y posiciones que se fueron tomando en a izquierda latinoamericana, desde el debut de a Perestroika. Pero desde ya se puede señalar que han habido dos grandes reuniones internacionales, una en San Pablo y otra en Méjico, que tuvieron por eje obligado esta crisis, y en las cuales la izquierda no pudo ofrecer una explicación. Simplemente, habiéndose caído el paradigma” que defendían hasta el día anterior, de la noche a la mañana pasaron a negar ese “modelo” de socialismo y a discutir sobre la construcción de otro “modelo” que debería tener características “democráticas”, El planteamiento es desde ya profundamente idealista, uno no puede reemplazar una experiencia histórica y las consecuencias o resultados de gigantescas luchas nacionales e internacionales, por el descubrimiento de un “modelo”. La humanidad entera estaría obligada a plegarse a ese “modelo”, concebido por un conjunto de izquierdistas. En realidad, el socialismo no ha modificado su carácter desde la época en que Marx lo definió; no es otra cosa que el movimiento histórico real de la clase obrera en la lucha por su emancipación, es el producto de la lucha de clases y de la actividad creadora del proletariado en esa lucha de clases. A Marx se le reprocha no haber definido un modelo de socialismo; ¡el hombre ni siquiera lo había intentado! Iba en contra de su propia doctrina, que era la crítica al régimen capitalista, que era descubrir las leyes de su movimiento, es decir de nacimiento, desarrollo y muerte y, por lo tanto, la obligación para el proletariado de fundar sobre la base de su supremacía política, un nuevo régimen social que, para el marxismo, iba a ser en el curso de los años un régimen sin explotadores ni explotados. A Marx jamás se le hubiera ocurrido colectivizar a 80 millones de campesinos en un año a punta de bayoneta. Para Marx, que era un profundo conocedor de la formación histórica de las sociedades, el pasaje de la economía campesina a una economía socialista requería todo un proceso de transformación en el orden político, social e internacional de las fuerzas productivas. Para la burocracia esta colectivización fue un expediente para afirmar su dominación política, y condujo a la alienación por un larguísimo período de las masas agrarias de Rusia respecto al Estado soviético, y al estancamiento crónico de la agricultura soviética. Cuando las tropas hitlerianas ingresaron en la URSS, en su primera etapa, los campesinos de Ucrania saludaban a los hitlerianos como liberadores: esto es lo que había creado el monstruo de Stalin; solamente cuando vieron actuar al monstruo de Hitler, es que tomaron el camino de las armas, las guerrillas contra los alemanes y esa gigantesca lucha que fue la defensa de la Unión Soviética.


La izquierda latinoamericana ha llegado a la conclusión de que hay que construir un socialismo con democracia, que significa: llegar al socialismo por medio de la democracia, llegar al socialismo ahorrándose el camino del derrocamiento del Estado burgués, ahorrándose el camino de la revolución, y llegar al socialismo por una vía constitucional. Esta es la respuesta confusa, esta es la respuesta derechista, esta es una respuesta que en el campo de América Latina reproduce ideológicamente la política de restauración capitalista de la burocracia gorbachiana.


Por eso fue imposible, en estos encuentros, conseguir un principio de solidaridad internacional con la clase obrera de la Unión Soviética. ¿Y cómo se puede reconstituir en el plano político el internacionalismo proletario si no comienza por expresarse como la solidaridad con la lucha de la clase obrera en los distintos países? En el último Encuentro de Méjico, esta evolución de la izquierda frente a los acontecimientos mundiales, si se puede decir así, dio un paso más allá, al defender abiertamente la política de integración latinoamericana, que es la que en este momento está impulsando el imperialismo norteamericano.


Y entonces cuesta distinguir en los planteamientos de la inmensa mayoría de la izquierda latinoamericana qué es lo que la diferencia efectivamente del liberalismo o que és lo que la diferencia desde el punto de vista estratégico de la Iniciativa de Bush, como también cuesta distinguir qué diferencia a un Yeltsin y a un Gorbachov de los planteos del imperialismo norteamericano o del imperialismo alemán.


Esta es la consecuencia de un periodo histórico muy prolongado en que el movimiento obrero mundial, sus organizaciones y la propia izquierda, fueron colonizadas ideológica y políticamente por el stalinismo. Por eso, también en el plano latinoamericano, en el plano mundial, hay que poner en pie a la clase obrera, como se pone en pie en la Unión Soviética, reconstituir sus organizaciones, reconstituir el internacionalismo proletario, para unir al movimiento obrero mundial en una lucha común contra la burocracia stalinista en descomposición y procapitalista, y contra el imperialismo mundial en su conjunto.


 


 


Perspectivas de la Revolución Cubanas (*)


El medio apropiado para responder a eso hubiera sido que en esta mesa se hubiera desenvuelto un debate o un desarrollo amplio de las alternativas que se discuten en Cuba, de su situación social, porque de los contrario, extrapolar aquí un punto de vista sumario sobre una cosa que no se discutió, suena a una receta que es impropia de los trotskistas o de cualquier persona que considere seriamente el punto de vista de la Revolución. Pero, naturalmente, como no voy a rehuir a la pregunta, no está en el hábito nuestro, quería señalar simplemente lo siguiente: me llamó la atención la observación del compañero J. Valdez sobre el tema de la historia universal. Yo siempre había tenido la impresión de que Cuba era uno de los países que más había marchado bajo el látigo de la historia universal; porque siendo una isla, siendo un pequeño territorio, habiéndose emancipado de España con tanta demora con respecto al resto de América Latina, conoció con una rapidez extraordinaria, por la presión del imperialismo yanqui, un desarrollo capitalista deformado, dependiente, pero espectacular, y uno de los movimientos obreros más vigorosos y comunistas, y dió a (*) Respuesta de Jorge Altamira en el debate sobre “Perestroika y América Latina” a una pregunta sobre Cuba.


América Latina, por ejemplo, a uno de los tres grandes líderes marxistas que conoció el continente en el pasado: está el peruano Mariátegui, el chileno Recabarren y el cubano Mella. Y esa impresión también la tuve porque uno de los procesos históricos más impresionantes —y que es una pena, nosotros como latinoamericanos casi lo desconocemos— fue la revolución cubana contra Machado, y que en cierto modo es el verdadero origen histórico que marcó a la generación que luego haría la Revolución Cubana de 1959 y que para el New York Times de entonces era lo más parecido al Palacio de Invierno, es decir, constitución de comités obreros, grandes huelgas generales, una relativa destrucción del ejército, una insurrección popular de características inusitadas para América Latina.


Y ahora nuevamente, Cuba vive el impacto de la historia universal; porque de golpe, el destino de la isla aparece convulsionado por conmociones de alcance mundial. La impresión que yo tengo es la siguiente: si de los diseños que hizo el compañero cubano, sobre la rearticulación internacional, etc., surge algo es que Cuba va a enfrentar por un largo período una extraordinaria presión del medio capitalista. Y el compañero dejó insinuar, y eso se ve en otros textos, incluso cuando habló de las capacidades productivas, las reservas productivas del país, una política de rearticulación económica con el mercado mundial. Eso se aprecia en las grandes inversiones o en algunas inversiones que se realizan dentro de Cuba. Si esto es así, y hay una economía de escasez, el desarrollo social probable de Cuba será el de una agudización de la diferenciación social. Acá tengo por ejemplo, un estudio que presentó la chilena Marta Hannecker a un Congreso de partidos de izquierda en San Pablo —ella vive en Cuba y es conocedora del medio cubano— en donde ella establece con claridad el desarrollo importante de la burocracia en Cuba. Y es de Marta Hannecker, no es La Revolución Traicionada de Trotsky… que, naturalmente, no podría haber hablado nunca sobre Cuba.


Entonces, tenemos ya un marco de creciente diferenciación social. Aquí es donde aparece relevante el problema de si en Cuba se debe hablar o no se debe hablar del proletariado y de distintas clases sociales, porque como lo demuestra la experiencia rusa, marca los puntos de vista con que se abordan estas crisis. Los obreros industriales de las grandes fábricas soviéticas, por ejemplo, adoptaron resoluciones de veto a las privatizaciones. El punto de vista de otras capas sociales más ligadas a la burocracia, más ligadas al pequeño comercio, etc., no es ese: ¡es el de la vía libre a las privatizaciones! Entonces, nuevamente, el concepto o la categoría histórica del proletariado y la lucha de clases es relevante para apreciar esta situación. Si nos encontramos con una perspectiva de creciente diferenciación social, y por lo tanto de agudización de luchas internas como consecuencia de esta diferenciación social, sería fundamental que el proletariado cubano y los trabajadores en general tengan la posibilidad de organizar sindicatos independientes, que tengan sus instrumentos de lucha para defenderse en esa diferenciación social. Quiero recordarles que en una vieja polémica sobre los sindicatos soviéticos, en vísperas de la Nueva Política Económica y, precisamente, frente a la perspectiva de diferenciación social, Lenin defendió agudamente la posición de que los sindicatos soviéticos debían ser independientes del Estado y que debían ser un medio de defensa frente a su propio Estado por las presiones hostiles, capitalistas, internas y externas que sufría ese Estado. Pienso también que debe existir completa libertad política para todas las tendencias que defienden la Revolución.


Pregunta del público:¿Y la infiltración del imperialismo?


Jorge Altamira: La infiltración del imperialismo, los cubanos la han combatido todo este tiempo, no nace de las posibilidades de libertad política “para las tendencias que defienden la Revolución”; nace, sí, de las tendencias Violeta Chamorro o de las tendencias que defienden a la contrarrevolución.


Estamos hablando de la defensa de la Revolución Cubana y nos colocamos sólo y exclusivamente en el terreno de la defensa de la Revolución Cubana, no de los gusanos de Miami; nosotros no somos partidarios de la democracia en general, somos partidarios de la democracia proletaria como instrumento de la defensa de las conquistas de las masas contra el capitalismo. De lo contrario, en un proceso de diferenciación social, el papel de arbitraje del Estado va a tender a volcarse hacia los sectores más poderosos. Desde el punto de vista internacional, la izquierda democratizante nos debe todavía un balance del proceso de Nicaragua y de sus responsabilidades… No tenemos que olvidarnos que la orientación de la inmensa mayoría de la izquierda latinoamericana durante el proceso de la revolución sandinista, fue la defensa de la revolución. ¿Por medio de quién? Del grupo de Contadora, de la alianza con las burguesías nacionales de América Latina. Tal como lo previeron los trotskistas, eso se transformó en el estrangula-miento de la revolución nicaragüense.


Entonces, me pareció muy acertada la observación del compañero Valdez de que no es él quien tiene que decir, que no son los cubanos los que tienen que decir cómo América Latina defiende la Revolución Cubana … Como yo no soy cubano, quiero señalarlo siguiente: la política de seguidismo a las democracias burguesas de América Latina,» que son el pilar del imperialismo, debilita mortalmente las posibilidades de defensa de la Revolución Cubana contra el imperialismo yanqui. Realmente, sigue planteado aquel problema: hay que luchar por la independencia de las masas frente a esta burguesía democrática, señalar su carácter pérfido y contrarrevolucionario, y preparar a los-trabajadores para esa lucha decisiva que va a ser la defensa de la Revolución Cubana porque la derrota de la Revolución Cubana a manos del imperialismo, va a ser una derrota del conjunto de las masas de América Latina. Cuba es una revolución de los explotados cubanos que expropiaron al capital, es el único país que se ha mantenido independiente del imperialismo hasta la fecha. La condición para la defensa de Cuba es la separación completa de las masas latinoamericanas de sus burguesías democráticas, que en Nicaragua han demostrado que son los enterradores de la revolución. Eso es todo lo que puedo decir por ahora.


 


Notas:


(*) Exposicion efectuada en una mesa redonda sobre “La Perestroika y América Latina”, en la cual participan también J. Valdéz del PC Cubano, y Beba Balve, socióloga de la UBA, realizada en el marco del Simposio sobre “El pasado, presente y futuro del socialismo” patrocinado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y el Departamento de Historia –  FELCH de la Universidad de Sao Paulo, realizado en Buenos Aires entre el 30 de septiembre y el 3 de octubre de 1991.


(*) Respuesta de Jorge Altamira en el debate sobre “Perestroika y América Latina” a una pregunta sobre Cuba.

La realidad histórica de la descomposición capitalista y el escepticismo “de los “izquierdistas”


La debacle de la burocracia stalinista sirve de pretexto para volver a poner en circulación las creencias, mitos y supersticiones más vulgares de la economía capitalista. Los propios burócratas, que hasta hace poco tiempo jamás omitían el homenaje ritual a la “superioridad del socialismo” son ahora los principales promotores de una oleada de reivindicaciones completamente irracionales y obsoletas de la “economía de mercado”.


Asocian al capitalismo con imágenes ingenuas del siglo XVIII. Hablan de la “competencia” de los mercados como si los monopolios no existieran, aplauden la “soberanía de los consumidores”, olvidando la manipulación de los precios por un puñado de grandes empresas. Desprecian cualquier mención a la planificación y realzan la libre acción de la oferta y la demanda como si el intervencionismo generalizado y creciente de los Estados en la economía no fuera la norma en todos los países. Borrando la palabra imperialismo de su lenguaje, e ignorando el saqueo de tres cuartas partes de la humanidad por parte de un puñado de grandes corporaciones, proclaman que la carrera de ingreso al (íprimer mundo” será ganada por los campeones del sometimiento al FMI y a los bancos usureros. Es natural que Pinochet sea el ídolo de todos los burócratas que han desempolvado inconsistentes supercherías sobre las virtudes del capitalismo para justificar su acelerada reconversión en clase explotadora y propietaria.


Quienes durante décadas aseguraron que los “éxitos económicos, militares o espaciales de la URSS” y la triunfal “competencia del campo socialista” en el marco de la “coexistencia pacífica”, aseguraban la superación del capitalismo sin la necesidad de la victoria de la revolución proletaria en los principales países avanzados, ahora postulan la “economía de mercado” como la forma perfecta y última de la civilización humana. De la utopía reaccionaria del “socialismo en un sólo país” han pasado a la fantasía aún más reaccionaria de un “humanismo” al fin reencontrado, que se asentaría en el “libre derecho” de la explotación del hombre por el hombre. Se forjaron como burócratas que negaban el carácter mundial de la dominación capitalista y la necesidad de la revolución internacional, para transformarse en restauracionistas que a través de un proclamado “universalismo* escamotean la feroz explotación de las dos terceras partes de la humanidad por un puñado de pulpos y Estados imperialistas.


La negación de las crisis capitalistas y de la decadencia histórica del capitalismo, es el eje de la moda actual que “redescubre” las ventajas de la “libre empresa”. Se ha vuelto usual la negación de que un régimen basado en la anarquía de la producción, en la producción a ciegas, en la necesidad creciente de ganancias y en la explotación del trabajo asalariado, se ve periódicamente conmocionado por crisis violentas, brutales y terribles — y qué decir de la tesis de que el capitalismo es un régimen social históricamente condicionado, transitorio, que tiende a su disolución cuando agota su capacidad para desenvolver las fuerzas productivas.


Solamente una inmensa regresión ideológica puede borrar de la memoria que la historia del capitalismo se ha caracterizado por desequilibrios económicos cada vez más incontrolables. Cualquier repaso de la escala de destrucción de fuerzas productivas y desvalorizaciones de capital y de fuerza de trabajo ocurridos en el último siglo bastaría para ilustrar la magnitud de los descalabros que produce el funcionamiento intrínseco del capitalismo en la época de su declinación histórica. Los ex-stalinistas, que están muy lejos de haber superado su pasado y su complicidad con los peores crímenes que se hayan perpetrado contra la causa del socialismo, simplemente pasan por alto como lo hacen sus maestros (ineo-liberales” la abrumadora experiencia de atrocidades del capitalismo. Demostrar la existencia de una crisis económica en curso, generalizada, internacional y condicionada por el avanzado estado de descomposición histórica del capitalismo (por lo tanto describir sus rasgos novedosos y caracterizarlos teóricamente) es el objetivo de las siguientes páginas polémicas contra una amplia gama de argumentos apologéticos o justificatorios de la “economía de mercado”.


 


Recesión, desocupación y pobreza


Desde que la crisis en las economías imperialistas puso fin al“boom de post-guerra” a mediados de la década del ‘70, se han registrado dos recesiones profundas y generalizadas en la economía internacional (1975/76 y 1979/82), una recuperación muy débil entre ambas, y otra posterior más prolongada que concluyó en 1990 (1). Desde ese momento existen pruebas abrumadoras del comienzo de otra recaída. El conjunto de las economías desarrolladas —nucleadas en la OCDE— crecieron un 2,1% el año pasado y apenas llegaron al 1,2% en 1991, dos porcentuales muy inferiores al crecimiento vegetativo.


 


La economía norteamericana, que lideró la recuperación de los ‘80 al costo de un descomunal endeudamiento público y privado, encabeza ahora el ciclo descendente, arrastrando a su socio más directo que es Canadá. La depresión también es muy profunda en Gran Bretaña y Australia. Japón y Alemania, los dos países que actuaron en las últimas dos décadas como “locomotoras” del comercio mundial, contrarrestando el deterioro creciente de la economía estadounidense, soportan actualmente impresionantes desequilibrios, desconocidos durante ese período. Japón es el centro de una bancarrota financiera y bursátil, en tanto que las tradicionalmente ((pulcras” finanzas públicas alemanas sé han convertido en un agujero negro desde la anexión de la ex-RDA. Se puede naturalmente debatir sobre el alcance, la duración y los efectos de la actual depresión, pero no desconocer su existencia. Quienes niegan la crisis capitalista en curso, comienzan por no tomar en cuenta los indicadores básicos de la producción y el comercio internacional.


La característica distintiva de todo el ciclo de la última década y media es el incremento general de la desocupación no sólo en las fases de recesión, sino también en las de reactivación. Sólo en el curso de la recesión actual de 1990/91, perderán su empleo cuatro millones de personas en los países avanzados. En Europa Occidental el número de desocupados se ha estabilizado por encima de la escalofriante cifra de 40 millones de individuos, y en países como España el porcentual de parados supera el 20% de la población activa. Ya se puede observar que estas cifras van quedando cortas para Alemania Oriental o Polonia, donde la introducción de la “economía de mercado” viene invariablemente acompañada por una explosión del número de parados. Este desempleo adicional está desatando una oleada de emigrados sin empleo que se desplaza masivamente desde el Este hacia el Oeste del Viejo Continente.


Las bajas tasas de crecimiento del PBI son naturalmente insuficientes para absorber la masa de expulsados de la industria y también para dar empleo a la masa de nuevos trabajadores surgida del simple crecimiento demográfico. El desempleo es mucho más agudo entre los jóvenes, las mujeres y los inmigrantes, al extremo de que existe una generación juvenil íntegra que no ha podido acceder a un trabajo estable. Todas las promesas capitalistas de una mejora del empleo cuando “concluya el ajuste” han quedado en la nada. La crisis está estabilizando un impresionante ejército de desocupados, que ha llevado a algunos economistas a hablar de una “sociedad dual”dividida en ocupados y desocupados en los países imperialistas.


 


El desempleo creciente está potenciando una pauperización escandalosa en las naciones más opulentas del planeta. En Estados Unidos hay 35 millones de personas que se encuentran por debajo del nivel de subsistencia; 37 millones que carecen por completo de protección sanitaria; 5,5 millones de niños que pasan hambre y que se alimentan exclusivamente del almuerzo escolar. La deserción escolar promedia el 60% en varias regiones del país; más de 100.000 desamparados viven en las calles, mientras las cárceles no dan abasto para albergar al actual millón de prisioneros. En Europa, un 15% de la población vive en condiciones de pobreza y este porcentaje es muy superior en España, Portugal y el sur de Italia. En centros imperialistas poderosos como Gran Bretaña hay 10- millones de pobres y en Alemania Occidental casi 5 millones.


 


La pauperización creciente está asociada tanto a la desocupación como al atropello a los sistemas de seguridad social, que constituyen una de las conquistas históricas de la clase obrera de Europa Occidental. En la década de“reaganismo” y “thatcherisnio”, la clase capitalista ha buscado incrementar la tasa de plusvalía mediante el ensanchamiento del ejército de desocupados, la “flexibilización la-boi'al” y el avasallamientos los regímenes de seguro al parado, pensiones y leyes protectoras de la educación y la salud. Para recuperar la tasa de ganancia reducida por la crisis, la burguesía recurre en primer término al clásico expediente de reducir los salarios, a los cuales pretende bajar en proporciones “latinoamericanas”, es decir más allá de la declinación del 10/15% promedio que han bajado los salarios de los países avanzados desde el inicio de la depresión. Esta ofensiva transita por la creación de una masa de desocupados que existió durante la crisis del ‘30.


 


El desmoronamiento del gasto social de los Estados capitalistas no tiene nada que ver con el pasaje hacia una “economía de libre mercado”, sin “ingerencia estatal ¡lo prueba el incremento de las subvenciones a los capitalistas y la consecuente explosión del gasto público que afecta a todas las economías desarrolladas! El Estado burgués actúa simplemente como un agente activo del proceso de pauperización en curso. En Europa Occidental la mitad de los parados carecen de seguro de desempleo y viven gracias a la beneficencia. La debacle financiera de las principales veinte ciudades estadounidenses ilustra este atropello, ya que en un típico “ajuste fondomonetarista” el Estado federal norteamericano se desentiende de los gastos sociales. Día a día se multiplican los municipios que deben cortar la luz, clausurar parques, cerrar escuelas o anular caminos. Nada menos que la rica California y la todopoderosa Nueva York son epicentros de estos desastres.


Se ha vuelto muy común disociar estos atropellos de su carácter de clase y de su función en el restablecimiento de la rentabilidad capitalista. Se habla encubridoramente (¡y esto lo hacen los “izquierdistas”!) de políticas “neo-conservadoras” o del “fin del Estado benefactor” como si se tratara de una opción “ideológica”, de una “forma de vida” aceptada con todo conocimiento por el electorado, es decir, como si el ataque a las condiciones de vida de las masas estuviera desvinculado de la necesidad del capital de estrujar la fuerza de trabajo para ampliar la extracción del plusvalor. Prolongar — y sobre todo intensificar— la jornada de trabajo es el sentido (¡no puede ser otro!) de todos los cambios tecnológicos que se vienen implementando en los países avanzados. El significado social de la generalización de la microelectrónica es acentuar la intensidad de la explotación de los trabajadores, como consecuencia de que le quita al operario hasta el más mínimo control sobre el proceso de trabajo.


Se habla de un “nuevo desempleo” que sería el producto “sui generis” de una igualmente novedosa característica del capitalismo, la “reconversión”, como si el ensanchamiento periódico del ejército de desocupados no fuera una de las principales leyes de la acumulación que al igual que la “reconversión” es tan antigua como la aparición del maquinismo y la sobrepoblación relativa. Pero mientras el maquinismo revolucionó las formas sociales de producción y explotación, desenvolviendo las posibilidades históricas del capitalismo, la “reconversión” actual ha acentuado la crisis de sobreproducción y ha acentuado las formas parasitarias de obtención de beneficios, como la especulación financiera y la explotación de la deuda pública internacional.


Se insiste en la tesis de una “nueva pobreza” que sería ajena a la descomposición capitalista y debida a formas de “exclusión” creadas por los “modelos post-fordistas”, como si Marx no hubiera escrito hace 100 años que el funcionamiento del capitalismo requiere la permanente existencia de una capa de miserables que forman (textual) el “leprosario de la clase obrera”. Los desocupados soportan todas las desdichas de la “miseria creciente” como reservorio permanente de mano de obra para el capital. Los apologistas de la “economía de mercado” indudablemente no sufren en carne propia la atormentada existencia de los cien millones de pauperizados en los países avanzados.


Es un rasgo de la crisis actual el acrecentamiento de estas formas de pauperización absoluta, no ya a escala internacional como resultado de la polarización entre naciones opresoras y oprimidas, sino al interior mismo de los países imperialistas. Lo que las estadísticas reúnen muy restrictivamente bajo el término “pobreza” es apenas una muestra de un fenómeno de mucho mayor alcance, que los marxistas denominan “miseria”, ya que la “pobreza” sólo considera el nivel de satisfacción de un conjunto de necesidades básicas que excluyen la opresión creciente de los asalariados como el desgaste físico y moral. Los países imperialistas no sólo no han podido erradicar las formas infrahumanas de subsistencia al interior de sus economías al cabo de siglos de explotación colonial, sino que han agravado estas lacras en la década de mayor expoliación de Asia, África y América Latina de toda la historia reciente.


Los trabajadores europeos y norteamericanos que conservan sus empleos y cubren sus necesidades mínimas, soportan una inseguridad de su existencia muy superior a la de períodos anteriores. El fantasma de la pérdida del empleo y la imposibilidad de cancelar las enormes deudas hipotecarias y de consumo que oprimen su vida cotidiana están presentes en cada familia obrera. De conjunto, la degradación de las condiciones de vida de las masas en los países desarrollados no es sólo una prueba visible de la crisis capitalista, sino una evidencia de la decadencia de este régimen social y del límite histórico que ha alcanzado la alienación del trabajo humano (al privar de su fuerza de trabajo a los que sólo poseen su fuerza de trabajo).


 


Superproducción, bloques y guerra comercial


El abarrotamiento de mercancías invendibles es un rasgo clásico de las crisis capitalistas que se verifica fácilmente en la coyuntura económica internacional actual. Esta abundancia de productos sin compradores solventes ha conducido al empantanamiento de las negociaciones del GATT, el organismo que arbitra y regula todo el régimen de aranceles y subsidios vigentes en el comercio mundial. Funcionó desde la post-guerra bajo la hegemonía del imperialismo norteamericano, que impuso sus intereses en cada una de las tratativas periódicas que realizó esta institución. Pero la última serie de negociaciones, denominada “Ronda Uruguay”, que comenzó en 1986 y no pudo concluir, como estaba agendado, el año pasado.


Existe un violento choque entre Estados Unidos, Europa y Japón por los subsidios a las exportaciones y los impuestos a las importaciones que cada uno ha ido introduciendo para doblegar al competidor en la guerra comercial. Entre 1966 y 1986 la proporción de nuevos gravámenes (denominados “no arancelarios” porque guardan la apariencia de respetar las cláusulas del GATT) se elevó en un 20% en Estados Unidos, un 40% en Japón y un 160% en Europa. Este giro proteccionista expresa la saturación de mercancías invendibles y la amenaza de quiebras aún más amplias.


La superproducción actual tiene carácter generalizado porque afecta sin excepción a todas las ramas significativas de la economía, tanto a las que han sido desde los años ‘50 los puntales de cualquier reactivación (automotriz y construcción), como a las que corresponden a nuevas esferas de actividad, especialmente la electrónica.


La sobreproducción automotriz ha determinado enormes pérdidas de las compañías en 1990, y enfrenta particularmente a Estados Unidos con Japón. Para sortear las reacciones proteccionistas, las corporaciones niponas instalaron plantas armadoras en las propias economías nacionales de sus rivales y se asociaron con industriales extranjeros en la fabricación de “autos mundiales”. La construcción es otra manzana de la discordia porque cada Estado imperialista pretende favorecer exclusivamente a sus propios grupos monopólicos en las concesiones de obra pública. Por eso Estados Unidos amenaza a Japón con graves represalias si le continúa bloqueando el ingreso de sus empresas a las grandes contrataciones de ese país. En la siderurgia subsiste la sobreoferta al cabo de una década de reconversiones en la aeronáutica se desenvuelve un agudo proceso de concentración de capitales y una lucha despiadada por el acaparamiento de las rutas comerciales.


Finalmente, los grandes grupos de la electrónica como IBM, Siemens y Apple han registrado fuertes pérdidas como consecuencia de la sobreproducción y la caída de precios, y de la competencia de Japón. Las empresas europeas no lograron montar una industria propia integrada y se están fracturando en asociaciones con Japón o Estados Unidos. En todos los casos el trasfondo de estas batallas es la plétora de productos de una industria que choca con los infranqueables límites del mercado para llevar adelante la tan propagandizada “revolución electrónica”.


Está reiteradamente demostrado que la economía capitalista actual sólo incorpora efectivamente al proceso de trabajo un porcentual insignificante del progreso técnico potencialmente alcanzando en las últimas décadas. Una introducción masiva de las innovaciones logradas en el plano de la robotización y en los usos de la microelectrónica produciría inmediatamente una sobre-saturación de productos que los mercados no podrían digerir. Quienes argumentan que el “capitalismo superó la crisis” como consecuencia de la “revolución informática”, ciertamente no saben de qué están hablando. Suponen ingenuamente que la aparición de nuevas ramas de producción y la reestructuración consiguiente de la división del trabajo en la industria, son sinónimos de una nueva frontera de producción y beneficios. No pueden explicar, entonces, por qué el capitalismo no generaliza los procesos de automatización conocidos y probados que permiten las nuevas tecnologías, a saber, porque un reemplazo en gran escala, del trabajo vivo (obrero) por el trabajo muerto (maquinarias, técnicas e insumos) desplomaría la tasa de ganancia y acentuaría la sobreproducción. Es evidente que no se han dado por anoticiados de la sobreabundancia de mercancías que afecta directamente al sector de la electrónica. Son víctimas del “fetichismo tecnológico” que difunden los medios de comunicación y olvidan que en el capitalismo en descomposición el único campo de irrestricta aplicación de la informática es la industria militar, encargada de destruir las fuerzas productivas creadas con antelación. ¡Ninguna expectativa de negocios supera a la reconstrucción de Kuwait!


La sobreproducción se manifiesta también en forma escandalosa en la agricultura, que constituye el principal terreno de enfrentamiento dentro del GATT. En medio de la atroz sub-alimentación de mil millones de personas y de terribles hambrunas en África y Asia, los Estados Unidos y Europa almacenan toneladas de trigo, manteca y carne, que periódicamente las corporaciones del “agro-bussines” mandan destruir para evitar el desplome de los precios. El parasitismo del capitalismo actual se expresa crudamente en la duplicación de los subsidios a las exportaciones y en la NO PRODUCCION agrícola en Europa y Estados Unidos entre 1980 y 1985. Sólo la CEE gasta 300.000 millones de dólares al año (es decir las tres cuartas partes de toda la deuda externa de Latinoamérica) en subvenciones de este tipo, que de conjunto representan el 50% de toda la producción agrícola de 1990. Estados Unidos tiene el objetivo estratégico de doblegar a Europa en este campo, precipitando el quebranto de agricultores franceses, alemanes e italianos con la apertura a la importación para cereales yanquis. Los mismos cañones apuntan contra los arroceros japoneses.


El clima de beligerancia comercial se pone de manifiesto cada año con mayor virulencia en las reuniones cumbres del “Grupo de los 7”. Las controversias sobre el nivel de las paridades monetarias ocupan invariablemente un lugar privilegiado, esto porque a través de la aceptación del “dólar bat'ato”, Estados Unidos viene forzando a sus competidores a compartir la carga del impresionante déficit comercial norteamericano. Mediante este mecanismo Estados Unidos incrementó en 76% sus exportaciones a Europa en sólo cuatro años. Las rivalidades también se dirimen en la política a seguir frente a la URSS, Europa Oriental y China, porque Estados Unidos disputa especialmente con Alemania la captura de los dos primeros y con Japón el dominio del gigante asiático. La superproducción desata un enfrentamiento por el copamiento de las fuentes de aprovisionamiento de insumnos y de las plazas de colocaciones de productos semejante a la que describieron los teóricos clásicos del imperialismo a principio de siglo. La exacerbación de las rivalidades comerciales es el telón de fondo de campañas antijaponesas como la desatada por la ministro Edith Cresson en Francia, y fue también un factor determinante de la guerra del Golfo. Una de las causas de la arremetida de Estados Unidos contra Irak fue el intento yanqui de contrarrestar su retroceso económico a través


de la primacía militar. Muchos economistas destacan que la batalla por el dominio del mercado mundial está provocando la formación de tres grandes bloques económicos, que se afianzarían mediante procesos de “integración regional”. Las “mega-fusiones” de grupos monopólicos en curso consolidarían las tendencias proteccionistas recreando el choque entre “areas monetarias” que se registró luego de la crisis del ‘30. Sin embargo esta tendencia a la “regionalización” coexiste muchísimo más que en el pasado con la internacionalización de las fuerzas productivas y el entrelazamiento comercial, productivo y financiero de corporaciones de distinto origen nacional. La crisis conduce así contradictoriamente tanto a la integración como a la desintegración de los “bloques económicos”. Las “megafusiones” enlazan monopolios de países asociados, pero también de naciones económicamente enfrentadas. La enorme diseminación de filiales de sus propias corporaciones en países rivales es otro factor de gran contrapeso a las tendencias proteccionistas.


La CEE está particularmente sacudida por tendencias desintegradoras que reducen sus posibilidades de competencia con Estados Unidos y Japón. En su seno coexisten países como Gran Bretaña, que han anudado profundos vínculos con Japón, y naciones como Francia que ha declarado su “niponfobia”. Pero desde la anexión de Alemania Oriental todo el proceso de formación de un Banco Central Europeo —que resulta indispensable para la integración industrial— está amenazado de naufragar por dos tendencias contrapuestas. De un lado, la inflación, en el caso de que el marco se desbarranque con el “costo” de la “unificación” alemana y la pérdida de los créditos otorgados a la URSS y a Europa Oriental. Del otro lado la absorción de los imperialismos rivales, esto en el caso de que Alemania logre poner bajo su égida al mercado soviético y del este europeo.


Tampoco Japón ha consolidado un “bloque asiático”, solidado un “bloque asiático”, donde su relación con los denominados “tigres exportadores” (Corea del Sur, Taiwan, Singapur y Hong Kong) es cada vez más competitiva. Los “tigres” forman el único grupo de economías que ha ampliado significativamente su participación en el mercado mundial y que mantuvieron en las últimas dos décadas tasas de crecimiento equiparables al “boom de post-guerra”. Pero su dependencia de la exportación las convierte en las primeras víctimas de un reforzamiento de las tendencias proteccionistas y del agotamiento de su “ventaja comparativa”—la superexplotación obrera— como consecuencia de las gigantescas luchas obreras y estudiantiles de la última década. El resultante desplazamiento de las corporaciones hacia otros países se verifica ya con China, Malasia, Tailandia o Filipinas.


Los procesos de integración y desintegración regional, las marchas y contramarchas proteccionistas demuestran que la “inminente mundialización” de la economía capitalista, en un todo armónico, constituye otro juicio impresionista de quienes han reemplazado a la categoría histórico-social de la ley del valor, que gobierna y desgobierna la producción anárquica del capitalismo, por el subjetivismo de sus protagonistas mercantiles. El capitalismo se fundamenta en la competencia y todos los acuerdos de distribución de mercados entre trusts son apenas la antesala de nuevos y mayores enfrentamientos. La decadencia del capitalismo se manifiesta en el carácter creciente y necesariamente destructivo que asume la neutralización de los competidores (en primer lugar de los Estados obreros). La política de “tierra arrasada” que desarrollan los monopolios alemanes en la ex-RDA es la mayor ilustración de cómo opera el capital frente a la crisis.


 


Quebranto bancario, criminalización de las finanzas, “guerra de tasas”


Los quebrantos financieros en gran escala conforman el rasgo más saliente de la crisis actual. Como la “reconversión” de la década pasada en lugar de eliminar al capital “sobrante”, lo aumentó, por medio de créditos de “reestructuración” y inflación de activos, deuda pública y “financiación” del consumo (por definición inflacionaria, porque el consumo no produce nuevo valor), se sostuvo en el endeudamiento y no en la recuperación de la rentabilidad capitalista. La evidencia de que la reactivación así promovida era fundamentalmente especulativa planteó un crack financiero internacional. La reestructuración social del trabajo no produjo un incremento de la tasa de plusvalía capaz de compensar a la masa del capital existente. El espectacular crack bursátil de 1987 y sus dos secuelas en 1989 y principios de 1990, reflejan el pánico desatado por la enorme incobrabilidad de los créditos otorgados tanto a países latinoamericanos como a empresas que realizaron vaciamientos y “ventas forzadas”, o que invirtieron en la especulación inmobiliaria o en títulos de alto riesgo, denominados “bono basura”.


Todos estos fenómenos fueron apenas los casos más resonantes de la nueva vuelta de tuerca que tuvo en los últimos años la “economía mundial del endeudamiento” Al constatar esta impresionante desproporción entre los créditos otorgados y las posibilidades de cobro, los negadores de la crisis afirman que la morosidad de los préstamos se ha vuelto un rasgo “estructuralmente incorporado” por el capitalismo, es decir “asumido”, por lo tanto inocuo, incapaz de alterar su funcionamiento corriente. El psicoanálisis ha ganado una nueva clientela entre los teóricos de la economía y por supuesto entre los ejecutivos, como lo puede probar la agenda de consultas de cualquier profesional discípulo de Freud, Jung o… Lacan. Pero semejante fantasía es tranquilizadora sólo en el diván. Los capitales ficticios (inscriptos en los libros contables pero sin posibilidad de ser convertidos en valores equivalentes en el mercado) encubren una circulación del capital que no tiene contrapartida real, lo que torna cada vez más inestable al proceso de reproducción, ya que se potencian las perspectivas de quebranto en cadena. Es ridículo pensar que porque hay muchas deudas nadie se presentará en la ventanilla de cobro. La competencia de capitales impide este tipo de concertación ideal y los procesos de depuración y desvalorización son tan intrínsecos a este régimen económico como las operaciones de compra y venta. Cuando se posponen desenlaces con medios extra-económicos como la intervención del Estado, se pone de relieve que lo que “está definitivamente incorporado”, o “asumido” es el agotamiento del capitalismo y de los diversos capitalistas para impulsar las fuerzas productivas del capital y para enfrentar sus propios desequilibrios. Cuando el socorro de los Estados evitó que el crack bursátil del ‘87 se trasformara en una bancarrota general como la ocurrida en 1930, no se resolvió absolutamente nada: solo se creó una ilusión inflacionaria que estalló precisamente con las recesiones anglo-yanqui-cana-dienses de mayo/junio de 1990. Estas recesiones han planteado una crisis bancaria y fiscal sin precedentes. Sólo en concepto de rescate de las Sociedades de Ahorro y Préstamo y de pago de garantía de los depósitos de los bancos que quebraron, el presupuesto norteamericano ha quedado hipotecado en 500.000 millones de dólares en el próximo quinquenio.


 


Estados Unidos se ha convertido en un “Vietnam financiero”


El indicador más directo del grado de descalabro de los bancos norteamericanos es el proceso de fusiones que los grandes grupos desarrollan a un ritmo vertiginoso. En 1991 quebraron 450 bancos y Bush le dió prioridad a la aprobación de una reforma bancaria que concentrará en poco tiempo todo el sistema financiero en un 15% de las entidades actualmente existentes, pero que el Congreso probablemente modifique en defensa del mercado de los grupos que serán afectados por la reforma (compañías de seguro, por ejemplo). Esta “desregulación” super-monopólica levanta las restricciones vigentes desde los años 30 que impedían a los grandes bancos tragarse a entidades provinciales. El objetivo ahora es reforzar, vía conglomerados, la batalla con los competidores internacionales. El sistema financiero japonés también fue sacudido por el colapso de la Bolsa de Tokio de principios de 1990 y el desplome de los precios de las propiedades, cuya manipulación dio lugar a una especulación inmobiliaria sin precedentes. El costo de estos rescates se mide en billones de dólares.


Los últimos dos años han estado dominados por una sucesión de escándalos financieros que la prensa atribuye a la corrupción personal o a la “irresponsabilidad de los banqueros, pero cuyo trasfondo leal es la insolvencia de los bancos. Las estafas son el pan de cada día en el mundo de la Bolsa, esto porque ningún centro bancario podría sobrevivir sin recurrir a la ilegalidad y al crimen. En Estados Unidos los balances se tiuchan con el Visto bueno de las autoridades para disimular las pérdidas. Los principales agentes de Bolsa violan todas las reglas del mercado utilizando información confidencial cuando no manipulan los precios de los títulos públicos como acaba de hacer Salomon Brothers. La Bolsa de Japón es un escándalo cotidiano por la falsificación de depósitos, el uso de certificados inexistentes, las compensaciones ilegales por pérdidas de clientes con fondos garantizados por el Estado, y fraudes a los pequeños ahorris-tas con el manejo de los fondos de pensión. En Suiza y Francia se han destapado negociados similares.


La generalizada criminalización de las altas finanzas mundiales desmiente que se trate de meros episodios policiales, como pretenden los creyentes en la “economía de mercado”. Para los negadores de la crisis “siempre hubo fraudes” bajo el capitalismo. Pero la escala de las estafas actuales es un indicador de que el capitalismo sólo puede subsistir violando sus propias leyes; pero no sólo las del código sino las del capital —porque su valorización ficticia bloquea el proceso ulterior de la acumulación. ¡La valorización “ficticia” de los capitales de unos significa la expropiación directa de los capitalistas perjudicados. Por eso los i<fraudes” pueden salir a luz! Los fraudes actúan como un mecanismo de socorro creciente de bancos que se desploman, pero por eso mismo dejan en pie un mecanismo de destrucción de ahorros reales y hacen más dificil y en última instancia imposible, la generación y ampliación del crédito. En Estados Unidos se asiste desde hace un año a un “credit crunch” (estrangulamiento del crédito) que bloquea la producción, esto a pesar de las inyecciones de liquidez de la Reserva Federal, y a una destrucción de la acumulación privada como consecuencia de las altas tasas de intereses activos que están entre 5 y 15 puntos por encima de las pasivas.


Los impugnadores de la crisis también consideran “normal” el peso gravitante que tiene en la actualidad el lavado de dinero proveniente del narcotráfico en el sostenimiento general del sistema financiero. Pero la “economía del crimen” es el sinónimo exacto de la descomposición social. El movimiento anual del narcotráfico supera los 500.000 millones de dólares, una cifra superior a las transacciones petroleras y sólo superado por el tráfico de armas. No es un negocio marginal, todos los bancos (empezando por el Boston y el Crédito Suisse) lavan dinero en sus paraísos fiscales. Utilizando el sacrosanto “secreto bancario” y apoderándose de la parte más lucrativa de la “marcoeconomía” intentan así contrarrestar las pérdidas sufridas en transacciones legales y corrientes.


Los apologistas del capitalismo, en especial los reconvertidos del stalinismo, pueden “asumir” los fraudes y el narcotráfico, pero de ningún modo explicarlos. Sin embargo, son tendencias que procuran, no revertir la tendencia descendente de la tasa de ganancia, sino redistribuir la masa de los beneficios en favor del capital financiero monopolista (en el caso del fraude mediante la sustracción directa a otros capitales y en el caso del narcotráfico por una elevación artificial, debida a la ilegalidad, de la tasa de beneficio). En estos casos no se plantea la posibilidad de revertir el descenso de la tasa de beneficio media, salvo a través de la degradación del trabajador en una economía narcotizada.


El ingreso masivo de los mafiosos al circuito bancario ha creado un factor adicional de “inestabilidad” en el sistema financiero. El quebranto del banco Ambrosiano hace una década fue el primer episodio de una secuela internacional que está alcanzando en Japón su máxima expresión. Los principales agentes de la Bolsa de Tokio —Nomura y Nikko— y los grandes bancos están sometidos al chantaje de los clanes mafiosos, al rivalizar a escala mundial con otros banqueros “lavadores” y chocar en forma cada vez más violenta con los especuladores norteamericanos que tienen restringido el acceso a los negocios más jugosos del mercado financiero nipón.


Los que desprecian las implicancias económicas de estos hechos, pues consideran a la criminalidad financiera como un dato secundario, se han debido enfrentar al derrumbe del BCCI —el sexto banco del mundo — con pérdidas de 15.000 a 20.000 millones de dólares, entre los que figuran los depósitos del Banco de Inglaterra, las reservas de países latinoamericanos, y los ahorros de más de un millón de personas. La principal actividad de este banco (que ascendió reciclando petrodólares) era justamente el lavado de dinero y fue barrido por los competidores de este disputado negocio. El BCCI era una muestra concentrada de las transacciones turbias que realizan actualmente todos los grandes bancos: tráfico de armas, préstamos falsos, fraudes fiscales, balances inflados, estructuras clandestinas de financiación, contabilidades irregulares, controles monopólicos de otras empresas y bancos, auditorías truchas, redes internacionales ocultas de contrabando de divisas. Intentó escapar de la quiebra con  operaciones cada vez más riesgosas y terminó destapando un universo de fraudes que resonaran como otra cachetada para los propagandistas del “nuevo capitalismo sano de los “90” y para todos los que creen en la capacidad de los bancos para “gestionar” desequilibrios evitando su estallido.


Si el proteccionismo comercial ha derivado en una guerra de subvenciones y tarifas, el salvataje de bancos insolventes ha conducido a una guerra internacional de tasas de interés. Cada potencia financia el quebranto de sus finanzas públicas —producida principalmente por el auxilio a sus banqueros— mediante el capital especulativo que atrae con los altos rendimientos financieros (intereses) o especulativos (fluctuación de las cotizaciones) de sus títulos públicos. Los Estados que deben recurrir a este gravoso mecanismo —que encarece el crédito interno y asfixia los procesos de reactivación— se han multiplicado a un punto en que se ha puesto en cuestión todo el sistema monetario internacional.


 


El financiamiento del déficit presupuestario norteamericano por parte del capital japonés que adquiría Bonos del Tesoro yanqui con altas tasas parecía un modelo de armonía y de ‘‘regulación” económica pues de este modo volvía al mercado norteamericano el creciente déficit comercial de Estados Unidos con Japón. Pero en los últimos años el imparable déficit fiscal estadounidense y la necesidad de Japón de repatriar capitales para hacer frente a sus propios agujeros financieros, ha puesto en crisis esta “asociación” de absorción de excedentes comerciales mediante el endeudamiento o de financiamiento de una moneda (el yen) mediante la emisión sin respaldo de otra (el dólar). Japón y Estados Unidos se disputan la captación del mismo capital internacional y algo muy semejante ocurre con Alemania, que necesita tentar a banqueros propios y ajenos con los empréstitos que sostienen el operativo de anexión.


Las negociaciones para evitar una guerra declarada de tasas que terminaría hundiendo la industria de todos los contrincantes, figura en el primer renglón de la agenda de las reuniones del “Grupo de los 7”. Estados Unidos presiona a Japón y Alemania para que bajen sus tasas y permitan así que la Reserva Federal haga lo mismo sin precipitar una fuga de capitales. Pero japoneses y alemanes no sólo temen soportar en ese caso ellos la huida de divisas, sino también cargar con el shock inflacionario que produciría la retracción del crédito y la consiguiente necesidad de financiar con emisión monetaria la crisis fiscal.


Aunque los protagonistas centrales de estos choques son las tres economías imperialistas más poderosas, la guerra de tasas de interés también se ha extendido al interior del Viejo Continente. Alemania, Francia y Gran Bretaña libran por las mismas razones su propia batalla europea por la captación de capitales golondrinas. Últimamente se verifica un problema adicional —especialmente en Estados Unidos— que es la negativa de los bancos a acompañar la política financiera de la Reserva Federal. Aunque el gobierno induzca una baja de las tasas de interés, el temor al quebranto de los clientes y la irrecuperabilidad de los préstamos, impulsa a los banqueros a mantener elevado el costo del crédito.


Cuando una economía capitalista está empantanada en el irresoluble dilema de subir tasas de Interés y sofocar la recuperación o bajar las tasas de interés y soportar una fuga de capitales, es evidente que atraviesa por una crisis. En las épocas de prosperidad, el crédito es barato, el endeudamiento no desata el pánico de los acreedores y el déficit fiscal no deriva en una batalla internacional por la colocación de empréstitos. De todos estos hechos no han tomado nota los intelectuales deslumbrados por el capitalismo, que hablan el mismo lenguaje de los usureros cuando presentan como un rasgo de vitalidad a la valorización ficticia del capital que se realiza por medio de la especulación financiera y las quiebras fraudulentas.


Las mismas contradicciones que obstruyen la “coordinación mundial de tasas de interés” bloquean la concertación de los tipos de cambio, especialmente entre el dólar, el marco y el yen. En este terreno Estados Unidos, Japón y Alemania buscan la cuadratura del círculo, cuando pretenden que sus monedas tengan simultáneamente una baja cotización para alentar las exportaciones y una alta cotización para absorber capitales internacionales.


 


La dialéctica de estos conflictos es completamente inaprehensible para los stalinistas reconvertidos. Ellos sólo reconocen la *seriedad de las interpretaciones del FMI o de los graduados en Harvard. Adoran los laberintos y códigos de la “ingeniería financiera , hablan de la “sobre” o “sub-liquidez , opinan sobre “arbitrajes”, ostentan sugerencias de “política monetaria activa o pasiva”, categorías tan vacías como es ficticio el capital social que


pretenden crearon estos procedimientos. Quienes han descartado a priori el límite histórico del capital, la existencia de la crisis, naturalmente no tienen la menor idea de cómo empezar a interpretar sus contradicciones. Es inútil buscar alfo más que datos y descripciones entre estos economistas.


 


América Latina en la crisis


Negar la existencia de la crisis en América Latina resulta directamente ridículo. En este caso los apologistas juzgan que “lo peor ya pasó” y, al igual que el FMI y el Banco Mundial, pronostican que el ‘90 será la “década de Latinoamérica”. Los mismos que hasta hace pocos años cantaban loas al “industrialismo” de Brasil y a la “política nacionalista frente a la duda” de Perú, y criticaban el “monetarismo neoliberal” de Chile, ahora ensalzan el “modelo” pinochetiano y no “asumen” ninguna responsabilidad teórica por el derrumbe de los dos primeros. Ninguno de estos pequeños burgueses políticamente se detiene a releer lo que escribió con anterioridad. Hoy dicen blanco, mañana negro y no dudan jamás del status científico de su cambalache teórico.


La realidad es muy distinta. El PBI latinoamericano en su conjunto crecería un irrisorio 2,4$? 9n 1991, luego de los insignificantes 1,3% en 1.989 y 0,3% en 1990. Nadie puede presentar estas magnitudes como pruebas de la “recuperación económica” sin ponerse colorado, especialmente si se tiene en cuenta que se necesitaría in crecimiento espectacular sólo para volver a les niveles del inicio de la “década perdida”. Se requeriría un “boom” muy superior al “miagro” europeo de la postguerra para compensar la desinversión, descapitalización, retracción del consumo, destrucción de ramas industriales y desmoronamiento agrícola sufrida desde 1981. Pero incluso una recuperación del producto y la inversión en los próximos años apenas constituiría una reedición de lo ocurrido en 1976-81, cuando América Latina parecía escapar de la depresión mundial sólo para soportar más adelante una catástrofe sin precedentes. Hay dos factores que potencian la posibilidad de una recaída en la recesión generalizada: el desmantelamiento de las protecciones aduaneras frente a la super- producción mundial y el nuevo ciclo de endeudamiento externo.


América latina es hoy un campo de batalla inter-imperialista por h colocación de los excedentes de mercancías. Con la “Iniciativa de las Américas”, Estados Unidos intenta asegurarse un mercado cautivo para atenuar su déficit comercial. Cualquier otra interpretación de la “integración regional” es pura fantasía. No existe ninguna “globalización” equitativa de los mercados. Hay que delirar mucho para suponer que se está plasmando el “ideal de Bolívar” cuando cada pedazo de la región queda reducido a una plataforma de exportación, importación, fabricación o consumo de alguna corporación extranjera. Tampoco es cierto que América Latina “accede” al mercado norteamericano, como suponen al sur del Rio Grande. La reducción de aranceles en algunos sectores de la economía norteamericana sirve a los procesos de reorganización monopólica del capital norteamericano (no es una concesión mercantil al capital sureño), y en especial para abaratar la fuerza de trabajo de ese país.


El embellecimiento de la “integración” por parte de la izquierda democratizante se sostiene en argumentos completamente artificiales.


El Mercosur ilustra este reforzamiento de la dependencia latinoamericana. Estados Unidos está arrancando un conjunto de objetivos comerciales prioritarios en otra contrapartida que la obtención del financiamiento de esa penetración y la asociación (¿por cuánto tiempo?) con los “capitanes de h industria” de la región. Ha conseguido eliminar la “reserva de mercado” de la informática m Brasil y del petróleo y telecomunicaciones Argentina, y realinear las prioridades industriales de estos países en función de los interesas norteamericanos (complementación automotriz). Sin que mediaran acuerdos ni concesiones en el GATT, ya ha arrancado el reconocimiento del monopolio de la “propiedad intelectual” (patentes) para los capitales internacionales.


El reconocimiento del pago de las patentes no es ninguna retribución a la investigación, sino una simple renta de monopolio (la inversión en investigación es irrelevante en proporción al despilfarro en gastos publicitarios). El espantoso encarecimiento de los remedios ya ha comenzado a extenderse a América Latina.


Con el Mercosur, los norteamericanos apuntan a la destrucción de la competencia europea y del propio desenvolvimiento independiente de una industria nacional en dos rubros muy vinculados al armamentismo como son la informática brasileña y lo que queda del plan nuclear argentino. Los cambios en la Constitución de Brasil para levantar todo tipo de restricción al capital extranjero (¡en contradicción con la legislación que rige en Estados Unidos!) y la transformación del embajador Todman en un vierrey de la Argentina, descubren la naturaleza colonial de la empresa integradora”.


En el Merconorte, la economía mexicana se ha convertido en una simple prolongación de algunas corporaciones yanquis. Las grandes empresas compensan con la explotación de la mano de obra super-barata el decaimiento de su competitividad. Pagando salarios de 3 dólares al día por labores que en Estados Unidos se cotizan a 15 dólares la hora presionan por una violenta desvalorización de la fuerza de trabajo. El enorme peso que tienen IBM, ‘Ford, Nissan, Chrysler y General Motors en las armadurías mexicanas demuestra la ausencia de cualquier finalidad de industrialización de parte del gran capital. El traslado masivo de ciertas industrias, convierte a México en un desecho de residuos químicos que destrozan la ecología del país y agravan la intoxicación masiva de la población.


La “Iniciativa de las Américas” está erigiendo en Centroamérica el CARICOM, y recreando el “Pacto Andino”. Pero dar por consumada la formación de todos estos “sub-blo-ques” sería pretender que el imperialismo podría poner fin al desarrollo desigual y a la singularidad estatal de los países latinoamericanos, o que el aislamiento de América Latina de la economía mundial no daría lugar a una feroz crisis internacional con Europa y Japón.


 


Estados Unidos quiere desenvolver en su beneficio el mercado sureño sin quitarle previamente la carga de la deuda externa —un límite insuperable para cualquier proyecto comercial. Pero las hipotecas financieras de cada Estado provocan descalabros monetarios, cambiarios e inflacionarios incompatibles con una “integración”. Argentina y Brasil son el ejemplo más visible. Su intercambio bilateral no se está desarrollando de acuerdo a las productividades de cada rama, sino en relación a las ventajas cambiarías producidas por las devaluaciones de cada país, que cambian de dirección año a año. A través de toda una serie de crisis terribles, la vía abierta por Argentina y que algunos recomiendan a Brasil es “dolarizar” su moneda, una utopía que exigiría anexar a los bancos centrales a la Reserva Federal norteamericana, lo que convertiría a ésta en garante de la deuda externa de América Latina, es decir matando a la gallina de los huevos de oro. O supondría la disolución de los Estados nacionales, ¡algo que tampoco sería económicamente rentable vista su quiebra!


En la medida que el principal objetivo de la integración” latinoamericana es ayudar al desagote de la superproducción norteamericana, el operativo enfrenta el límite del propio estrangulamiento comercial que se produce en un mercado cautivo. Tarde o temprano estallará la dificultad para pagar el “boom, de importaciones”. En el último año ya el superávit comercial de Latinoamérica se redujo de 30.000 a 12.000 millones de dólares. México tuvo un déficit de 3.000 millones en 1990 y lo duplicará en 1991. Brasil pasó de un excedente de 15.000 millones a otro de 10,000 millones y la Argentina de 8.000 a 3.000 millones. Es evidente que a este ritmo se pulverizarán las reservas y el intento de forzar una ampliación del consumo morirá por la falta de compradores solventes. Hay países pequeños además como Paraguay y Uruguay, que directamente pueden ser barridos en el proceso de “integración”.


Esta acumulación de contradicciones induce a importantes sectores de las burguesías latinoamericanas a rechazar los Mercosur y Merconortes y postular —como predomina en Chile— la concertación de acuerdos comerciales directos con Estados Unidos. El teórico pequeño burgués no vé ningún conflicto ni prevé crisis catastróficas. El sólo glorifica la “integración”, ignorando sus efectos destructivos y omitiendo todos los atropellos a la clase obrera latinoamericana y norteamericana. Su cambiante impresionismo le impide captar hasta las propias prevenciones que señalan las clases dominantes.


 


Deuda externa, rescate de los bancos, privatizaciones explosivas


Al comenzar la década del ‘90 se ha vuelto común escuchar que la “crisis de la deuda externa está superada”.


Se citan habitualmente distintas cifras de “reducción de la deuda” de México, Chile o Venezuela. Pero no se dice que para acceder a esta disminución sobre los viejos compromisos financieros, los tres países fueron obligados a tomar nuevas deudas en condiciones más duras. Las privatizaciones tampoco están reduciendo la deuda, ya que los Estados deben primero asumir sus pérdidas y subvaluarlas. Como resultado de esto la deuda externa total se mantiene en volúmenes impagables para Chile, Venezuela y México, y no cesa de aumentar para el conjunto de Latinoamérica. En 1990, en pleno “boom privatizador”, la deuda total de la región subió en un 3% situándose en 432.000 millones de dólares.


Se presenta a Chile, México y Venezuela como “ejemplos” de “reformas económicas exitosas”. Pero lo cierto es que se asiste a un nuevo ciclo de endeudamiento, que abarca indiscriminadamente a países que ya ingresaron en el “Plan Brady”, que renegociaron ¿u deuda al margen de este plan, que empezaron a pagar sus intereses atrasados sin llegar a un arreglo final o que aún no acordaron nada. La renegociación de la deuda es por lo tanto una necesidad de los bancos que cada ministro de economía se atribuye como mérito propio.


La causa real de la nueva oleada de préstamos forzados que toman los países de América Latina es el excedente internacional de capitales que ha creado el actual agotamiento de intoxicación masiva de la población.


Cuando se afirma que se “superó la crisis” se presenta como un problema de la economía latinoamericana lo que constituye una preocupación de los banqueros. El llamado “Plan Brady” (reducción parcial de la deuda externa a cambio de garantías efectivas para el pago del resto y de su conversión en títulos de libre negociación) es un plan de auto-socorro de los bancos, que obliga a un pago anual de intereses mayor que el efectivamente realizado en la década del ‘80.


Lo que se presenta como una contribución de los bancos hacia la región es una medida de rescate de los usureros, que están transformando viejas deudas en otras nuevas, mediante acuerdos que gozan de renovadas garantías estatales. Estas “recompras” y “reconversiones” de la deuda facilitan a los bancos la revalorización artificial de los créditos morosos y la consiguiente postergación de la contabilización de sus pérdidas.


El autor del “Plan Brady” suele afirmar que con estos artilugios se “supera la crisis”, pero no explica por qué a partir de ahora los deudores latinoamericanos podrán cumplir con compromisos financieros que en la última década los llevaron al colapso. En Chile o México viene subiendo de nuevo la deuda interna. A los “beneficiarios” del Brady se les exige un “superávit fiscal” corriente para mantener al día los pagos de intereses, con lo que se han institucionalizado definitivamente los “tarifazos”, “impuestazos”, y los atropellos a la salud y la educación.


Los “flujos financieros” que están recibiendo países de América Latina no son donaciones, sino nuevos préstamos, cuyo costo de devolución es muy superior al pasado. Los capitales golondrinas levantan vuelo de retorno a la menor alteración de las condiciones económicas o políticas.


La “afluencia de capitales” sirve a la financiación del gran aumento de las importaciones que está soportando América Latina. El *plan Brady” no puede superar la contradicción general de fomentar mayores ventas a países que ya están ahorcados por sus deudas.


Si las privatizaciones sólo sirven para aportarle al Tesoro los fondos de urgencia que necesita para pagar los intereses de la deuda, sin reducir su acervo total —como viene ocurriendo en la Argentina—, se tiende a una situación en la cual el país pierde los patrimonios que podrían respaldar su hipoteca. Si ya en la actualidad el valor de los bienes que lo avalan es muy inferior al monto nominal de la deuda, a medida que se agoten las privatizaciones esta desproporción se tornará más explosiva. La crisis se vuelve aún más incontrolable una vez consumadas las transferencias de servicios, que los nuevos propietarios invariablemente encarecen.


La suposición que la deuda es un recuerdo del pasado se contradice con situaciones como la de Brasil, donde el reinicio de los pagos desató una vertiginosa pérdida de reservas y la devaluación monetaria, la fuga de capitales y la estampida inflacionaria. Es común presumir, sin ningún argumento serio, que la situación argentina es diferente, pero ocurrirá lo mismo si los bancos no compensan con un crédito especial la fuerte erogación de divisas que impondrá el ingreso al “Brady”.


Como ya es habitual quienes aseguran que “lo peor ya pasó” desmentirán mañana lo que afirman hoy. La hipoteca latinoamericana es un aspecto central de la crisis actual del capitalismo y se volverá más sofocante para las masas latinoamericanas con el agravamiento de la insolvencia de los bancos acreedores.


El significado teórico de la crisis


La presencia de altos índices de recesión-desocupación, sobreproducción, insolvencia financiera, tanto en los países imperialistas como en Latinoamérica, caracterizan la existencia de una crisis capitalista, generalizada e internacional. Apelando a las categorías de la economía marxista es posible comprender el significado teórico de este proceso. La pobreza es una manifestación de las leyes de la acumulación: cada capitalista individual, al maximizar la extracción de plusvalor, sofoca al mismo tiempo el poder adquisitivo relativo del trabajador. Este obstáculo a la realización del valor de las mercancías ya producidas es intrínseco al sistema capitalista, que se supera gracias al crecimiento relativo del consumo productivo, es decir en bienes intermedios y de capital. En el desarrollo de esta base productiva consiste la tarea económica específica del capitalismo. Bajo la crisis, la sobreproducción de mercancías finales con relación al consumo personal, desata la sobreproducción de medios de producción con relación al consumo productivo y la sobreproducción de capital con relación a las posibilidades lucrativas de inversión.


 


La sobreproducción generalizada simplemente manifiesta el “exceso” de capital producido y el límite alcanzado por el propio capital en su posibilidad de valorización en las condiciones de explotación prevalecientes. En los períodos de sobreproducción general estallan los desequilibrios acumulados en las fases de auge de la actividad, durante las cuales el desenvolvimiento desproporcionado de las distintas ramas de la economía fue compensado con desequilibrios equivalente en el crédito y en la circulación del capital. Pero regulando todo el ciclo está presente la ley del beneficio capitalista, el que tiende históricamente a declinar como consecuencia de las innovaciones tecnológicas que reducen la proporción de trabajo vivo con relación al capital en forma de maquinarias, equipos y materias primas.


La insolvencia financiera generalizada revela precisamente que las mercancías no se logran vender; que la demanda de inversiones se ha reducido; y que el capital no puede completar su ciclo de circulación. Cuanto más fue disimulada esta situación con medidas inflacionarias que expandieron artificialmente la demanda, mayor es la amplitud de la crisis subsiguiente. La bancarrota de los bancos es un efecto de la generalización de créditos incobrables multiplicados por la disminución de la rentabilidad capitalista usual. El endeudamiento público y privado son mecanismos que dilatan o demoran la manifestación de la desvalorización de los capitales, pero a través de la crisis bancaria y fiscal, la expresión de la crisis tiende luego a tomar características más amplias.


 


La crisis económica de los últimos quince años aparenta responder a desproporcionalidades (alza del petróleo), sobreproducción (recesión de 1974/5 y 1980/2) y nuevamente desproporción (crisis bursátil 1987). Pero en realidad responde a la rápida reversión de la tendencia a ganancias crecientes, que caracterizó al período entre 1950 y mediados de la década del ‘60 como consecuencia de la reconstrucción de posguerra. La expansión económica de este período fue espectacular, pero sólo duró realmente 15 años y aun así debió valerse de políticas inflacionarias dictadas por la necesidad de superar la rápida tendencia a la sobre producción. En estas condiciones la llamada “tasa de retomo” del capital industrial cayó del 18% al 7% anual entre 1950/70 y 1970/85.


 


Tradicionalmente, los economistas burgueses oscilaron entre el rechazo total a la existencia de crisis perturbadoras del desenvolvimiento capitalista, la aceptación como desequilibrios extraños al propio funcionamiento de este régimen social (determinados por imponderables tecnológicos, monetarios) o su reconocimiento como fenómenos naturales y cíclicos semejantes a los cambios de temperatura o estación. A estos apologistas simplones se la ha sumado en los últimos años una generación de economistas “post-marxistas” y “ex-progresistas”, que estiman que el capitalismo está dotado de una ilimitada capacidad para sobreponerse a sus desequilibrios. Por eso declaran que “el capitalismo es un sistema poco igualitario, pero funciona”, tiene un “horizonte despejado para rato”, habría logrado “salir de la crisis”, sería “históricamente prematuro” intentar superar-lo, y sus crisis no serían “catástrofes”, sino “reestructuraciones y relanzamientos de fuerzas contenidas”(2).


 


Muchas de las descripciones que estos mismos intelectuales hacen de la coyuntura económica internacional se contradicen entre sí. Es un Contrasentido hablar de “horizonte despejado” y al mismo tiempo del estancamiento de la producción y la inversión y del predominio de mercancías sobreproducidas y capitales sobreacumulados. No tiene sentido señalar la aparición de una “nueva regulación mundial” y al mismo tiempo la ausencia de una hegemonía industrial, comercial, tecnológica y monetaria equiparable a la que tuvieron Gran Bretaña o Estados Unidos otrora. Tampoco se entiende cómo puede prosperar un “nuevo modo de acumulación” entre cracks bursátiles y guerras comerciales, o un “nuevo patrón de consumo” en medio de la pobreza creciente. Menos viabilidad tendría un “nuevo paradigma tecnológico” en la actual situación de sobreoferta general de bienes. Afirmar que el capitalismo igualmente “funciona” es una tautología, ya que mientras exista toda la creación de riqueza debe permanecer necesariamente sometida a la acción de sus leyes. En vez de valorizarse, soporta la caída de la tasa de ganancia; en vez de realizar su producción, multiplica las masas invendibles de mercancías; en vez de ampliar, estrecha la capacidad de consumo; en vez de ensanchar la competencia refuerza el peso de los monopolios, desocupa la fuerza de trabajo que necesita explotar, recurre a estatizaciones para socorrer la propiedad privada y destruye con la inflación el único instrumento que posee para el intercambio.


 


Los ex-marxistas han perdido toda capacidad para detectar estas contradicciones en la marcha corriente del capitalismo y prefieren simplemente mirar para otro lado con el comodín de que es prematuro” sustituir a este régimen aunque esté corroído por su agotamiento histórico. No pueden ver que en las crisis aparece nítidamente la tendencia a la disolución del capital y la maduración del pasaje a una economía basada en la planificación democrática y la emancipación del hombre de la tiranía de la ley del valor.


Únicamente quien se ha ubicado socialmente en el campo de los explotadores puede interpretar a las crisis como “reestructuraciones”, pues lo que es una desgracia para el trabajador es una “racionalización” para el patrón, y el sufrimiento del menor salario un simple abaratamiento de costos. Sólo el capitalista beneficiario de la crisis puede visualizarla como una “destrucción creadora”. Para los trabajadores es un punto culminante del padecimiento y la esclavización. Pero sólo las crisis económicas “resueltas” (es decir, que culminaron el “trabajo sucio” de destrucción y desvalorización del capital y de personas como ocurrió entre 1930 y 1945) pueden dar lugar a un “relanzamiento de fuerzas contenidas”. Pero proclamar ahora el “fin de las crisis” es dar por cerrado un proceso que está lejos de haber concluido. Repitiendo un libreto de otros afirman que “América Latina inevitablemente debe reinsertarse en el mercado internacional”, en la forma activa e industrialista de una “reconversión”.


 


Esta perspectiva tan fatalmente definida es en realidad tan “inevitable” como la miseria, los despidos y la desocupación. El economista pequeñoburgués acusa a los marxistas de “deterministas” y “fundamentalistas” pero él acepta ciegamente las opciones establecidas por la dominación imperialista.


 


En realidad todos estos términos carecen de contenido y sirven para el malabarismo verborrágico. Desde la época de la colonización, América Latina nunca dejó de estar inserta” como colonia o semicolonia en el mercado mundial. El endeudamiento externo prueba que esta atadura aún no fue reemplazada. Denominar “reinserción” a cada cambio en los productos es un abuso de lenguaje, como el que pretende distinguir entre “reconversión” y “ajuste”. El capitalista utiliza indistintamente uno u otro término para atropellar a los trabajadores. Cuando reduce los salarios habla de un “ajuste” necesario para la “reconversión”, cuando despide argumenta que se trata de una “reconversión” para evitar el “ajuste” o para darle perspectiva. Los economistas burgueses se confunden con estas piruetas. La única función que cumple la sustitución de categorías rigurosas —como plusvalía, explotación, o desvalorización del capital— es ocultar el carácter de clase de la agresión capitalista.


 


Para los promotores de la “reconversión”, la “ausencia de una política industrial” es el gran defecto de los “modelos” que se limitan “exclusivamente al ajuste”. La Argentina sería un caso típico de esta falencia en contraposición a México. Seguramente en México los creyentes de estas teorías también comparan su “ajuste” con alguna otra “reconversión” que estiman más exitosa. Mirarse en el espejo cambiante de otros países oprimidos es ejercicio frecuente y estéril del economista pequeñoburgués. Ayer fue Brasil, hoy México, mañana Chile. No se le ocurre que algunas economías tienen un mayor “redespliegue industrial” que otras que aumentan su “reprimarización” por la lógica acción del desarrollo desigual y combinado en la época del imperialismo. No es la aplicación de tal o cual modelo, sino las cambiantes condiciones políticas, económicas y sociales lo que impulsa la redistribución de las corrientes imperialistas de inversión. Como lo prueba taxativamente el caso de Brasil, la envergadura de su crisis es proporcional a la del “milagro” que protagonizó anteriormente. Los elogios de ese momento se truecan en estas circunstancias por un diplomático silencio.


 


Todos los Estados medianamente desarrollados en América Latina tienen una política industrial acorde al grado de influencia de la burguesía nativa y las corporaciones imperialistas instaladas en el lugar. Es ridículo por lo tanto reclamar algo que naturalmente existe. Lo que el economista pequeñoburgués peticiona pomposamente son las subvenciones, ventajas cambiarías o impositivas que los lobbys capitalistas exigen sin tantos disfraces. Todo el arsenal de argumentos de los intelectuales que en el pasado coquetearon con las causas populares son simples reformulaciones de las exigencias de tal o cual grupo empresario.


 


Los propagandistas de la “reconversión” no olvidan mencionar la necesidad de un “complemento social”. En este sentido contrastan el capitalismo “civilizado” y “consensuado” de Europa con el “capitalismo neo-conservador39 y “salvaje” de Latinoamérica pretendiendo desconocer, nuevamente, que la crisis y su terrible secuela de empobrecimiento y desocupación son internacionales.


El economista pequeñoburgués se encuentra tan mimetizado a la clase capitalista que interpreta como una decisión voluntaria de ‘política social” lo que en todos los casos es un resultado concreto de la lucha de clases y de la capacidad de resistencia del proletariado. Naturalmente lo que piensen y hagan los trabajadores no le: preocupa mucho a aquéllos para los cuales e capitalismo no es la pesadilla regresiva que suponían.


 


Intervencionismo confiscatorio de Estado


 


Un rasgo de la crisis capitalista actual es el reforzamiento, y no la atenuación de la intervención estatal en la economía. La función de esta injerencia es contrarrestar por medios extra-económicos las tendencias a la represión.


 


Para contrabalancear la sobreproducción, los Estados recurren a los créditos de inversión y consumo, a los subsidios al comercio exterior, o a los mecanismos de ensanchamiento de los mercados. Este es el objetivo de la duplicación de las subvenciones al agro en los países imperialistas en los años ‘80 y del incremento también al doble de los auxilios del sector público a la industria en el mismo período. Entre 1981 y 1988 los subsidios industriales explícitos alcanzaron el 7,5% del PBI en la Comunidad Económica Europea, el 6,2% en Alemania, el 7,8% en Francia y el 11,8% en Italia. Cada programa específico de “reconversión” automotriz, siderúrgico, aeronáutico o textil viene acompañado del correspondiente aporte estatal. La cuantiosa dimensión de estos auxilios son el tema corriente de las negociaciones del GATT.


 


Para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia el Estado apela al rescate de los bancos. Esta es la principal esfera de salvataje oficial, porque evitando la desvalorización de las carteras sobrevive la masa de capitalistas endeudados. Esta subvención es inconmensurable en la medida que toda la estructura financiera de los Estados ha sido puesta a su servicio.


 


Los Estados imperialistas han intervenido activamente en el saqueo de los recursos naturales y energéticos de los países semicoloniales para contrarrestar el encarecimiento de las materias primas y para rehabilitar así la tasa de beneficio abaratando el capital constante. Destruir a la OPEP por ejemplo, fue uno de los propósitos estratégicos de la guerra del Golfo. Por medio de la presión política, financiera y militar, el imperialismo impuso el cobro de deudas fraudulentas y la extracción de ganancias extraordinarias en América Latina, Asia y África que contrapesaron la contracción del lucro en los países avanzados. La intervención del Estado ha sido el mecanismo principal para la obtención de un aumento en la tasa de plusvalía. Ningún capitalista individual podría haber impuesto las nuevas normas de “flexibilización”. La fuerza organizada del Estado, mediante la regimentación y el debilitamiento de los sindicatos pretende lograr la reinstauración de la competencia entre obreros frente al monopolio patronal.


 


El intervencionsimo del Estado ya no es ocasional y puntualmente anticíclico se ha transformado en un pulmotor. Frente a estas tendencias, la propaganda “neo-liberal” en favor de la “desregulación” es el mayor disparate en la historia de la economía burguesa. Sin subsidios, regulaciones, rescates y confiscaciones el sistema capitalista no podría subsistir ni un solo minuto. Para restaurar la tasa de ganancia, limitar la sobreproducción, atenuar las desproporcionalidades, contrarrestar la caída del consumo, arbitrar la competencia intermonopólica, redoblar la tasa de explotación, frenar la bancarrota industrial, las corridas bancarias, el desplome de precios agrícolas, el Estado se agiganta e hipertrofia en todos los ámbitos y países. No existe un solo ejemplo de genuina “desregulación” en los últimos años. Los “neo-liberales” sencillamente presentan las distintas modificaciones del intervencionismo estatal como una retirada general que sólo existe en su imaginación.


 


La concentración de la propiedad y multiplicación de las funciones del Estado han estrechado como nunca el entrelazamiento de la alta burocracia con los magnates de los carteles. Este vínculo no es “desregulable”.


 


Habitualmente las medidas “desregulatorias” son la pantalla de una nueva fase de concentración del capital. El principal servidor de los trusts no podría jamás “desmonopolizar” la actividad económica, el agente de los grandes bancos no va a “descentralizar” el manejo cartelizado de las finanzas, el sostén de un orden social perimido no puede civilizar los procesos de creación y distribución de riqueza.


Aunque choquen con el sentido común, todas estas tonterías “neo-liberales” han alcanzado una notable difusión porque sirven de justificación a los atropellos capitalistas y porque son aceptadas y repetidas por los intelectuales pequeñoburgueses. Los mismos economistas que han incorporado el “ajuste” y la “reconversión” a su vocabulario cotidiano, consideran que se está produciendo un “desguace” del Estado y exigen una “reformulación” de su rol que no conduzca a su “desmantelamiento”. “No dejar todo librado a las fuerzas del mercado”, es el grito de oposición contra el adversario “neoliberal”.


 


Al desconocer el carácter de clase de la sociedad y del Estado, los “antiliberales” omiten que el Estado es un instrumento irremplazable de dominación capitalista. Con juegos de palabras que oponen el Estado “participativo” al “elitista”, la “reformulación” al “desguace”, los economistas pequeñoburgueses terminan generalmente aprobando las mismas políticas privatizadores, hambreadores y fondomonetaristas que cuestionan del liberalismo.


 


El intervencionismo del Estado es la causa directa del incremento geométrico de la deuda pública. La denominada “crisis fiscal” es un fenómeno internacional, que desmiente también las utopías desestatizadoras. Esta crisis está determinada por el acrecentamiento del gasto en subsidios al capital en desmedro de los presupuestos sociales, algo que los “antiliberales” presentan como el aumento de las “funciones de acumulación” en reemplazo de las “funciones de legitimación”.


 


El explosivo incremento del gasto público fue el único motor de la recuperación económica de 1982/90 y actuó como gran colchón de contrapeso a un crack general luego del derrumbe bursátil de 1987. En los países imperialistas nucleados en la OCDE el gasto público se duplicó entre 1972 y 1985. Representa el 50% del PBI en Bélgica, el 40% en Suecia, el 42% en Francia, el 47% en Italia (aquí la deuda pública es el 100% del PBI) y el 34% en España. En el “grupo de los siete” más poderosos, el déficit fiscal saltó del 1% del PBI en 1989 al 4,9% en 1991. En Estados Unidos se incrementó en un 65% en ese período, en Japón en un 8%, en Alemania, pasó de un superávit del 0,2% a un déficit del 5,2%. La deuda pública norteamericana es un gigante fuera de control, que ya equivale a 2,5 veces el producto bruto de ese país.


 


El desmoronamiento de las finanzas públicas está determinado a su vez por la evasión fiscal, que es otro rasgo estructural del capitalismo actual. La burguesía necesita su Estado, pero la crisis la impulsa a desentenderse de su funcionamiento. El fraude fiscal se ha convertido en la principal ocupación de juristas y contables de las grandes auditorías, y a través de la expansión de los “paraísos fiscales” (Bahamas, Granada, Panamá) los bancos lideran la estafa organizada. Todos los grandes escándalos financieros (BCCI, Bolsa de Tokio) destapan fraudes impositivos que revelan una faceta más de la criminalización general de los negocios que tipifica al capitalismo en descomposición. La dominación monopólica se ejercita mediante una conspiración permanente.


 


En la deuda pública se resume toda la crisis capitalista actual. No es un “problema económico más”. Impone un refinanciamiento usurario que encarece el crédito y bloquea los procesos de reactivación, alimenta permanentemente la inflación, impidiendo la estabilización monetaria, condiciona los tipos de cambio y las tendencias del comercio mundial, es el principal campo de enfrentamiento entre las potencias imperialistas. El capitalismo en declinación no puede emanciparse de las contradicciones que desata el déficit fiscal y la supervivencia de la burguesía depende por completo del sector público contra el que despotrica. El ajuste de cuentas en este campo, que pasa por el quebranto de deudores y acreedores y la desvalorización de los títulos públicos, es un aspecto central de un desenlace de la crisis.


 


Crisis económica y conciencia de clase


 


Frente a la evidente generalización de síntomas objetivos de la crisis capitalista, el economista pequeñoburgués declara (¿último recurso!) que la vitalidad de este régimen social está igualmente asegurada por la “desaparición del bloque socialista” (lo que revela su stalinismo renegado). El argumento es puramente ideológico; hasta ahora ningún teórico burgués se atrevió a conjeturar acerca de las posibilidades que ofrecería una colonización de los ex Estados obreros para la sobrevivencia del capital. Lo único que temen, por ahora, es la “catástrofe” en la URSS.


 


Pero la debacle del stalinismo no está desvinculada de la crisis mundial. Los intelectuales que durante décadas concibieron al mundo fracturado en dos sistemas opuestos y confiaron en la exitosa competencia del “campo socialista”, ahora no ven que el desmoronamiento del totalitarismo burocrático es otra expresión de la crisis económica internacional. La internacionalización de la sobreproducción y de la sobreacumulación de capital por medio de la colocación forzada de préstamos, el endeudamiento externo y el sometimiento de las burocracias al FMI precipitó en la última década la pulverización definitiva de la utopía stalinista de “construir el socialismo en un solo país”, surgida en los años ‘30 al calor de la fractura del comercio mundial. Lejos de desmentir la existencia de una crisis capitalista, el derrumbe de la burocracia confirma el carácter generalizado e internacional de esta depresión.


 


En un plazo inmediato, el colapso de las economías burocráticas y despilfarradoras no representa ninguna salida a la crisis capitalista. Por el contrario, añade nuevos componentes explosivos a los desequilibrios financieros y comerciales prevalecientes. La cesación de pagos de la URSS, Yugoslavia o varios países del Este agrava la bancarrota de los acreedores imperialistas; la desintegración del orden político, el caos social, los enfrentamientos nacionales, la ausencia de garantías jurídicas bloquean tanto las inversiones como la creación de mercados para la colocación de excedentes mercantiles. El desenvolvimiento de procesos de acumulación primitiva —es decir, de saqueos y depredaciones— en el ex “bloque socialista”, en un cuadro general de declinación histórica del capitalismo, representa una contradicción que da lugar en la actualidad a una destrucción de fuerzas productivas en gran escala. Sólo a largo plazo, si el capitalismo lograra restaurarse plenamente en los países donde fue expropiado y encontrara así un campo para ensanchar mercados y recuperar ganancias, podría abrirse un nuevo ciclo de expansión. Pero esta eventualidad —que los economistas pequeñoburgueses dan por presupuesta— requeriría una derrota general de la clase obrera mundial, es decir, un triunfo pleno de la contrarrevolución y el totalitarismo, equivalentes al fascismo.


 


Los ex-izquierdistas “reconvertidos” declaran también que la confusión política del proletariado, la ausencia — e incluso retroceso de su conciencia de clase— rejuvenecen al capitalismo, le otorgan una nueva oportunidad. Proclaman que “no aparecerá por mucho tiempo una alternativa superadora del capitalismo”. En su horizonte la clase obrera ya no existe, no juega ningún papel, será inexorablemente derrotada o permanecerá política e ideológicamente subordinada a la burguesía. Frente a los escépticos de este tipo, cualquier argumento se enfrenta con la barrera infranqueable de la resignación y la desmoralización. Se vuelve completamente estéril la polémica. Pero incluso aceptando este fatalismo es falso que el capitalismo recobra su pujanza por la sola persistencia de las dificultades de los trabajadores para abrirse una vía de emancipación. Una sociedad históricamente declinante no renace de su “impasse” por falta de “adversarios”; se degrada y descompone. Si la madurez objetiva para el socialismo no tiene correlato subjetivo en la conciencia de las masas, existe una crisis de dirección y una contradicción que deberá encontrar su resolución. El escéptico desconoce que la vida cotidiana bajo el despotismo capitalista es un estímulo permanente al despertar político de los trabajadores y al desenvolvimiento de su conciencia revolucionaria. El capitalismo no es la antesala del bienestar, sino una tortura que empuja a los oprimidos a la lucha y la organización política independiente de los explotadores.


 


 


Notas:


 


(1) Todos los datos que se citan a continuación están extraídos de los diarios “Ámbito Financiero”, “El Cronista”, “Clarín”, “La Nación”, “Página 12” en los ejemplares de enero-octubre 1991.


2) Ver por ejemplo los siguientes artículos como muestras del tipo de argumentos que se cuestionan a continuación.


 


– Abalo, Carlos “La Argentina que viene” (Realidad Económica N9 98, 1er. bimestre 1991).


-“Postguerra del Golfo ¿Hacia una salida a la recesión”(Realidad Económica n9 99, 2do. bimestre 1991).


-“Tasa de ganancia: una crisis y ajuste en el capitalismo central” (Realidad Económica N9 91, 6to bimestre 1989)


– López, Andrés. “La reestructuración global de la economía internacional y el papel de los nuevos espacios económicos integrados” (Realidad Económica N- 98, 1er. bimestre 1991).


– “Tristeza y melancolía del capitalismo (Realidad Económica, n9 92/93, 1ro y 2do. bimestre 1990).


– Graziano, Ricardo. “Agotamiento, crisis y reestructuración del régimen de acumulación soviético” (Realidad Económica, n- 96, 5to. bimestre 1990).


-Thwaites Rey, Mabel. “¿El fin de los espacios estatales nacionales? (Realidad Económica N9 90, 5to. bimestre 1989).


“Modernización capitalista y reforma del Estado” (Realidad Económica N9 96, 5to. bimestre 1990).


– Castillo, José. “Crisis del Estado: ¿Crisis de legitimidad de lo público?” (Realidad Económica n9 98, ler. bimestre 1991).

Compañero Director de “EN DEFENSA DEL MARXISMO”


La revista que Ud. dirige es realmente muy buena; en alguno de los próximos números ¿podrán considerar la posibilidad de que se elabore alguna nota referida a la polémica sostenida entre Rosa Luxemburgo y Lenin? ¿o lo que fue la obra de Rosa? ¿se podrá? También me gustaría saber cuál es la postura del PO con respecto a la fe religiosa.


Desde ya, gracias por el tiempo dispensado. 


 


Un abrazo.


María Laura Passols La Plata, jueves 7 de noviembre de 1991

Caracterización del I° Congreso del PT de Brasil


En las vísperas de su I° Congreso, la parálisis y la crisis interna y externa del PT ha alcanzado su límite. En el cuadro de una crisis política que pone en jaque al propio gobierno, el PT se limita a indicar una vaga preferencia por el parlamentarismo. En el cuadro de una hiperinflación galopante, la bancada petista votó por el congelamiento salarial “de oposición” (que además de ser una miseria en sí era también completamente impotente para oponerse al congelamiento “oficial”). Ni soñar con llamar a los trabajadores a ganar las calles para frenar los despidos, combatir el congelamiento y poner fin al gobierno antiobrero de Collor, por cuya sobrevivencia ni siquiera apuesta el vicepresidente Itamar Franco. En las condiciones de la crisis general de Brasil, la política petista es claramente un factor de orden y sustentación del régimen político vigente: toda la teoría de buena parte de la izquierda petista según la cual, puesto en condiciones límites, el PT se vería forzado a enderezarse en el camino combativo y revolucionario (un dirigente de Convergencia Socialista llegó a comparar, en este sentido, a Lula con Fidel Castro) está haciendo agua. En el I2 Congreso del PT están en juego todas las conquistas políticas y organizativas conquistadas por los trabajadores brasileños en la última década y media.


 


El Manifiesto de Lula


 


En los encuentros anteriores, Lula intentaba hacer valer su carácter de máxima figura del PT, poniéndose al margen de los debates entre las tendencias y concluyendo, con su discurso final en la afirmación de la línea crecientemente derechista de la “Articulación” dirigente, pero dando también una palmada en el hombro a la mayoría de las tendencias opositoras. Si este comportamiento no tenía, en sí, nada de revolucionario (ni siquiera puede ser considerado democrático) hay que hacer notar que ahora se está tomando casi nulo el margen de maniobra de Lula para mantener la “unidad” en torno de su “carisma”.


 


Así, Lula se vio obligado esta vez, a poner las cartas en la mesa, antes del Congreso. Lo hizo a través de un Manifiesto que es, antes que nada, una verdadera confesión de la quiebra política de una dirección.


 


Si no, ¿qué significa afirmar que “el PT no existe hoy con el mismo ímpetu (de 1982)… el trabajador de manera general está hoy fuera de la estructura del PT … el PT está dejando de caracterizarse como un partido de lucha… Los directorios tienen una vida apenas administrativa. Sólo se reúnen para cumplir con los rituales de la vida interna del partido, para elegir delegados y disputar cargos… Varios directorios se convirtieron en clubes de amigos… Después de once años, el PT toda-vía no tiene mecanismos democráticos para elegir sus candidatos. Los encuentros del PT se limitan a homologar una lista ya confeccionada… entramos en la intendencia para cambiar la máquina y, en cierta medida, la máquina nos cambió a nosotros… nuestros métodos de trabajo fueron determinados por la máquina, no por nosotros — ¿qué puede significar este listado (no exhaustivo) sino la negación de los objetivos proclamados por el PT desde su fundación (sin discutir, siquiera, el carácter de esos objetivos)?


 


Lo peor es que se reafirman los objetivos políticos que condujeron a tan desastrosos resultados (y hay otros mucho peores, que Lula púdicamente calla: la utilización por las intendencias petistas del aparato estatal y de las fuerzas represivas para reprimir a los trabajadores, por ejemplo…): “amplia unidad de las fuerzas progresistas … una política de alianzas clara con las entidades y los sectores democráticos … gobernar para toda la ciudad’, etc. Una política de alianzas con la burguesía, sus instituciones y sus partidos: una política de conciliación de clases. Con un objetivo estratégico: “el trabajador tiene que ser pagado de acuerdo con la importancia de su actividad y de su capacidad profesional” (¿y el patrón también? ¿Inclusive cuando es un inútil que sólo sabe cobrar sus dividendos? ¿O un provocador profesional como Maric Amato (1), con quien Lula se sienta para discutir “una salida estratégica para la crisis”?). “El Estado debe mantener en sus manos sólo los sectores estratégicos para el desenvolvimiento nacional” (el resto puede quedar en manos de los patrones), “sectores” que el PT nunca definió, y de los cuales sólo se sabe que son muy pequeños cuando se trata de definir la política de privatización y de entrega al capital extranjero (el PT votó el fin de la reserva de mercado para la informática: ¿acaso no es estratégica?),y sin embargo muy amplios cuando se propone limitar o prohibir el derecho de huelga.


 


Frente a la enormidad de la crisis capitalista brasileña, las propuesta; del PT de “redistribución de la renta” parecen la tentativa de combatir el cáncer con aspirinas — como el “impuesto a la renta negativa” del inefable senador San Eduardo Suplicy (quien parece creer que la burguesía moderna es como los mercaderes del Templo de Jerusalem) que olvida sólo el “detalle” del desempleo de millones y de la hiperinflación.


 


Todo el discurso tiene sólo un objetivo que es la única propuesta concreta del Manifiesto de Lula: “se terminó el ciclo del partido organizado en tendencias”. Fin de las tendencias, por lo tanto, y manos libres para que la tendencia dirigente aplique la política desde arriba con las únicas “tendencias” que cuentan: Amato, Brizóla (2), Covas (3) y ¿por qué no? … Collor.


 


Basta de especulaciones. Lo que significa el “fin de las tendencias” lo dijo, no Lula sino el portavoz de la “comunidad de los negocios”, con una satisfacción tan grande como inocultable: “las doce tendencias ultra-radicales abrigadas en el PT tienen los días contados” (Gazeta Mercantil, 27/8). “Con los días contados”, o sea, agonizantes como expresión organizada de cualquier política opuesta a la conciliación de clases.


 


Un proyecto para el FMI


 


La derecha partidaria (particularmente la “NuevaIzquierda ”y la “Vertiente Socialista”, cuyo dirigente Augusto de Franco es también coordinador del Congreso) también publicó su manifiesto, “dejando a salvo su libertad para apoyar otras tesis” (o sea, las de Articulación). El “Proyecto para Brasil” no es ningún proyecto sino un rejunte de lugares comunes sacados del arsenal teórico de la burguesía y de los apologistas del imperialismo “democrático” (“internacionalización de la economía, de la política, de la información y de la comunicación por la revolución científico-tecnológica que abre una nueva época histórica en el mundo”). No es, tampoco, para Brasil, porque su eje es la “apertura externa de la sociedad brasileña, en todos sus dominios” (¡sic!), “poder real para la ONU” (¿para declarar otra guerra del Golfo y negarse a votar contra el bloqueo norteamericano contra Cuba?), “renegociación de la deuda externa” (¿y el gobierno de Collor qué está haciendo?), etc. Demagógico hasta la médula, se declara “profundamente anticapitalista”, sin que esto le impida defender “la presencia del capital extranjero o de empresas internacionales” (respetando, claro está, la “legislación anti-mono-polista”; visto el resultado de eso en los Estados Unidos). Defiende con todo las privatizaciones (nuevamente, ¿y Collor qué es lo que está haciendo?) con fuerza comparable a la empleada para condenar el “clasismo” y el “comunismo” El espíritu privatizante (económico), no le impide defender con todas las fuerzas al Estado (reducido entonces a sus funciones represivas) contra “la utopía comunista”.


 


Es necesaria una gran dosis de cretinismo para decir que esta derecha petista “trabaja las reformas democratizantes dentro del orden” como hace Democracia Socialista(4): en verdad, sólo defiende el orden, con democracia o sin ella (a menos que se considere a la ONU o al FMI como modelos de la “democracia”).


Se trata de un manifiesto cuyo objetivo es eliminar todo vestigio clasista del PT, transformarlo en una versión empeorada del “trabalhismo” var-guista (5) y que consigue, bajo el pretexto del “humanismo socialista”, formular las ideas centrales de los defensores del capitalismo salvaje.


 


La izquierda petista


 


El hecho más notable es que, a pesar de este claro reagrupamiento derechista de la derecha, la izquierda petista se coloque en una posición defensiva, reivindicando “la unidad dentro de la diversidad” (Florestan Fernandes, Folha de Sao Paulo, 14/10), sin denunciar el contenido ni los objetivos reaccionarios de la derechización del PT. Esto es más notable cuando es la propia izquierda la que caracteriza que la derechización tropieza con enormes dificultades y que las propias tendencias derechistas no consiguen movilizarse para imponer su programa en el partido (innumerables directorios no alcanzaron el quórum y las instancias dirigentes decidieron prorrogar los plazos de elección de delegados, esto en oposición al propio reglamento, para evitar que el Congreso del PT reedite las dificultades del IV° Concut (6).


 


Así, Democracia Socialista defiende el derecho (restringido) de tendencia, con argumentos pragmáticos: “El PT no se sostiene por la contribución financiera de sus afiliados sino por los parlamentarios; no dispone de una red de instrumentos de comunicación y prensa; los directorios se vacían, cada año tienen mayores dificultades para reactivarse; no dispone de una estructura nacional de formación; y, principalmente, no organiza partidariamente a su base militante” (Em Tempo, setiembre de 1991).


 


En cuanto a la tendencia considerada más radical (entre las reconocidas), Convergencia Socialista, afirma que “una tendencia sin un programa, como quiere Lula, no pasa de ser un club de amigos. Y sin tener condiciones para divulgar sus pasiones es un club de amigos inútiles” (Convergencia Socialista, 11/ 10).


 


Muy bien. ¿Pero cuáles son los objetivos de Lula y de Articulación al proponer la disolución de las tendencias? (Nos referimos a los objetivos políticos y sociales, no al obvio de mantener la hegemonía dentro del PT). ¿Y por qué esos objetivos necesitan imponerse por una vía antidemocrática?


 


Con esta política de presión, las tendencias de izquierda se ubican en la perspectiva de reformar la orientación mayoritaria —en la versión extrema, CS propone una mítica “vuelta al PT de los orígenes” (7)— y manifiestan, de entrada, su disposición para un acuerdo sobre la base de una limitación mayor del derecho de tendencia, o sea, sobre la base de la preservación mutilada de su propio aparato (o aparatito). Esto es posible porque estas tendencias comparten, con matices, una misma base programática con Articulación, la “alternativa democrática popular” (DS), o todavía, “el socialismo es la democracia lleva-da a sus últimas consecuencias” (CS-ídem). O sea, que carecen de una alternativa estratégica (gobierno obrero y campesino – dictadura del proletariado – crítica de la orientación frentepopulista democratizante) a la de Articulación. Sobre esa base programática, todo “frente de la izquierda petista” que puede sembrar ilusiones entre los activistas de izquierda del PTy la CUT, en realidad, prepara una capitulación mayor ante el curso derechista de la dirección, (como ya ocurriera en el IV2 Concut) justificada con concesiones de segundo orden en relación al derecho de tendencia.


 


Por un partido revolucionario de los trabajadores


 


La evolución de la lucha política en el PT habla a las claras de todas las organizaciones del movimiento obrero brasileño. El directorio nacional del PT aprobó un “documento de alerta” a la CUT, criticando su ”parálisis” y reivindicando, en las palabras de su secretario general, José Dirceu, “la necesidad de que la CUT vuelva a ser lo que era antes, la interlocutora de la sociedad” (Folha de Sao Paulo, 15/10). Esto significa reivindicar que la CUT se alinee claramente con la política del PT de sustentación “crítica” del régimen, dentro de la institucionalidad burguesa. Para hacerla corta: después del fin de las tendencias en el PT, será el fin de las tendencias (contrarias a la conciliación clasista) en la CUT.


 


Si a eso le sumamos las arbitrariedades usadas por Articulación para mantener su hegemonía en el PT, y su manifiesta disposición (evidenciada en el congreso de la CUT) para imponer sus objetivos apelando a métodos dignos de los pelegos (8) (chantaje y violencia física) tenemos claro (y la mayoría de los activistas ya lo percibe) que no estamos frente a un “enfrentamiento de ideas” sino a la traducción dentro del PT de la lucha de clases general de la sociedad brasileña.


 


Pretender, en estas condiciones, la “vuelta al de los orígenes“ es una perfecta y nociva utopía porque: 1) Es claramente una política de presión sobre una dirección profundamente integrada a la política burguesa, que expresa intereses ajenos a los del proletariado, y no vacila en utilizar los recursos de la sociedad burguesa contra las tendencias clasistas; 2) Ignora que “el PT de los orígenes” tenía un programa tan democratizante como el actual, sólo que apenas más abstracto: los aspectos reaccionarios de ese programa (que la izquierda petista pretendía eliminar a través de la “presión de los hechos” y no a través de la lucha política, haciéndose ilusiones en base a declaraciones genéricas “socialistas ”, que se revelan ahora claramente como un engañabobos) esos aspectos se desplegaron ahora abiertamente; 3) Los principal es que el PT fué dirigido desde el principio por una alianza (inestable) entre la burocracia sindical “auténtica” (surgida de la ruptura del sindicalismo pelego) y la intelectualidad pequeño burguesa “progresista” — cuyos representantes más importantes, otrora ligados al stalinismo, fueron ingresando al PT después de haberlo combatido en defensa del MDB (9). Esta alianza, con intereses ajenos y crecientemente hostiles a los de la clase obrera (cuya miseria es usada hipócritamente a la hora de negociar posiciones en la llamada “lucha institucional” con los representantes de la burguesía) fue avanzando en su consciencia y en su organización de clase, en la medida que avanzaba en su integración y su conquista de posiciones en el interior del Estado burgués (intendencias, representaciones parlamentarias federales y estaduales y municipales; direcciones administrativas de todo tipo y tamaño) y ahora plantea su hegemonía incontestable en el PT y la CUT, contra todos los sedimentos dejados por la demagogia “clasista” inicial, con vista a dar un salto cualitativo en su integración a la institucionalidad burguesa; 4) Ignora que la cristalización referida fue contradictoria (y no complementaria, como pretenden DS, CS, OT (10) y otros) con el ascenso clasista del movimiento obrero en los años "80, con la expulsión de los pelegos de los principales sindicatos del país (que no fue hegemonizada, ni siquiera impulsada, por Articulación) y que dejó direcciones clasistas en importantes organizaciones, así como una vasta organización de lucha independiente en la ciudad y en el campo, organización que tiende a castrarse si permanece encor-setada en un partido donde carece hasta de los medios para intervenir en las decisiones de lucha cotidianas, para no hablar de las estratégicas (pues, según el propio Lula, núcleos y directorios de todo tipo están vaciados, lo que deja claro que todas las decisiones importantes son adoptadas por media docena de caciques, fuera de toda instancia orgánica).


Para la vanguardia obrera está planteado el agotamiento del PT democratizante como cuadro político para su desenvolvimiento. Levantar un programa revolucionario significa chocar no sólo con la orientación política de la dirección sino también con su organización cada vez más integrada al Estado. El papel de la política “reformista” de las tendencias de izquierda, revela así todo su carácter anti-revolucionario. Un frente de tendencias que se oponga a la dirección solamente tendrá futuro si levanta una alternativa política (programática) y organizativa, o sea, la lucha por un auténtico partido de los trabajadores, que deberá ser revolucionario.


 


 


 


NOTAS:


 


(1) Presidente de la Federación de Industrias de San Pablo (FIESP).


(2) Jefe del PDT, gobernador de Rio de Janeiro.


 (3) Dirigente del PSDB y ex intendente de San Pablo.


(4) Corriente del PT que responde al mandelismo. E. Mandel, dirigente histórico del Secretariado Unificado de la IV- Internacional (revisionista).


(5) Getulio Vargas, presidente de Brasil entre 1930 y 1945 (nacionalista).


(6) IV- Congreso de la CUT, setiembre de 1991, en el que la dirección proscribió los mandatos de numerosos delegados para obtener una mayoría que luego resultó precaria.


(7) Ver artículo en esta misma edición de Rui Costa Pimenta. 


(8) burócratas sindicales que dependen del Estado.


(9) principal partido patronal de Brasil, hoy PMDB. Lambert 


(10) OT, O Trabalho, corriente que responde a Pierre, del Centro de Reconstrucción de la IV9 Internacional, declaradamente democratizante.


 

Convergencia Socialista y su “defensa del socialismo”


I. El carácter de la discusión


Convergencia Socialista, considerada como una de las principales corrientes de izquierda del PT, presentó para los debates preparatorios del primer congreso del partido, una pre-tesis titulada “Socialismo o barbarie” la cual, según su introducción se propone hacer “la defensa teórica e ideológica de la aguda necesidad y actualidad del socialismo” y “la defensa del marxismo”.


Pretende ser, por lo tanto una exposición de la base teórica de esta corriente y no una formulación coyuntural. Según esta tesis la defensa del socialismo y del marxismo se volvió necesaria debido a que “en el último año, con el derrocamiento de los regímenes burocráticos de los Estados obreros, ganó peso un campaña mundial de los apologistas del imperialismo proclamando la victoria histórica del capitalismo, que habría enterrado definitivamente los ideales socialistas, y afirmando la vigencia, la “modernidad” y la estabilidad del sistema capitalista por toda la eternidad”. A continuación, CS hace una caracterización de lo que considera es la importancia del debate para el PT: “Portavoces importantes de nuestro propio partido se hicieron eco de esa campaña con frases rimbombantes sobre la “legitimidad del lucro y el fracaso del sistema de economía planificada”.


La pre-tesis de CS presenta, por lo tanto, la discusión sobre él socialismo al interior del PT como un debate entre socialistas en torno a las mejores opciones de lucha por el socialismo y consecuentemente señala lo que entiende como una distorsión o desvío de “algunos portavoces” del partido. Se trata de un punto de partida que revela una completa inconciencia sobre lo que realmente está en juego en el actual debate del PT.


En primer lugar, no se trata de que “portavoces importantes del partido” se hayan hecho eco de la campaña del imperialismo. Un conjunto de tendencias del PT, justamente las que lo dirigen, como Articulación, Vertiente Socialista y Nueva Izquierda vienen elaborando desde hace ya un tiempo un conjunto de concepciones articuladas y sistemáticas sobre lo que llaman “nueva utopía socialista”, en “sustitución del marxismo”, de la “ortodoxia”, de los ”dogmas” del leninismo y de la izquierda tradicional. Se trata, en realidad, de una operación política antes que ideológica. Desde antes del VII2 Encuentro Nacional se viene estructurando claramente una amplia ala derecha, conscientemente antimarxista y en particular antitrotskista, como sus dirigentes no tratan de ningún modo de esconder. La operación política de Vertiente Socialista, Nueva Izquierda, Articulación y otros agrupamientos ligados a intendentes procura consolidar una dirección política que ha multiplicado en los últimos años sus ligazones con el Estado burgués.


Estas ideas, a su vez, no son el resultado de una confusión política o de un debilitamiento ideológico en función de los acontecimientos de los tres últimos años en el Este europeo. La derecha del partido utiliza los acontecimientos del Este europeo como un pretexto, y esto se ve en que desde el primer momento fue solidaria con la “perestroika” y con sus alcances restauracionistas. La defensa de la democracia burguesa por parte de estas corrientes precede a los acontecimientos del Este. La convocatoria del I Congreso, aprobada por la Ejecutiva Nacional del partido, de la cual CS forma parte, explica que después de las elecciones del '89 “el PT se ve hoy confrontado con la necesidad de afirmar su vocación hegemónica, de mostrarse a sí mismo y a toda la sociedad que es capaz de gobernar elpaís y realizar el gran proyecto de transformación social en los umbrales del año 2.000 (del manifiesto La reorganización del partido será el gran desafío del Congreso, en el Jornal do Congreso NQ1, Marzo de 1991- subrayado nuestro). Queda claro que la política de la dirección está determinada por las elecciones presidenciales que deben tener lugar en 1994.


Estamos ante una política del partido que es anterior al Este europeo: la defensa de la democracia burguesa como estrategia no necesitó del fracaso de la “dictadura del proletariado” en el Este. La estrategia democratizante, establecida en los documentos originales del partido por los intelectuales pequeñoburgueses, se profundiza como expresión creciente de la adaptación del PT al régimen burgués a medida que el partido se fue incorporando a las instituciones del Estado (parlamento, administraciones municipales). La estrategia de la “conquista de la hegemonía de la sociedad civil” es sostenida desde hace años y fue la base “teórica” de la política de frente popular llevada adelante por el PT en las elecciones presidenciales (de forma más clara, porque ya se había manifestado en las elecciones municipales del '88).-., Las afirmaciones más recientes sobre la “legitimidad del lucro” son la expresión de una culminación de esta evolución. El “balance”del Este europeo ya está predeterminado por esta posición de clase vigorosamente antiinternacionalista. Es pre-


ciso recordar que mucho antes de la caída del Muro de Berlín, los partidos comunistas y socialistas, de donde provienen los “intelectuales” del partido, ya habían descubierto la vía pacífica al socialismo, el valor universal de la democracia y la legitimitad del lucro, es decir que la tendencia restauracionista de los stalinistas no necesitó de la caída del Muro de Berlín para ponerse de manifiesto, y tuvo una expresión internacional que tampoco esperó la declaración oficial de Moscú sobre la “economía de mercado”, aunque estaba dictada indudablemente desde el Kremlin.


Lo que está planteado para el PT y para este I9 Congreso es una lucha que expresa antagonismos sociales entre la pequeña burguesía y la burocracia sindical y estatal, de un lado, y la vanguardia obrera que lucha por la independencia de clase, del otro. Es una lucha donde la pequeña burguesía democratizante, que se volvió conservadora en relación al régimen político que ha pasado a integrar, ataca resueltamente toda perspectiva de independencia política del movimiento obrero. La oposición a toda movilización independiente del proletariado contra la burguesía (Villa Socialista, Choferes de San Pablo, etc.); la oposición a un salario mínimo del DIEESE (instituto sindical que calcula el costo de la canasta de “emergencia”) — que ya está muy por debajo de suplir las reales necesidades de una familia obrera; la propuesta de reglamentación del derecho de huelga defendida por Lula en el debate con Collor; la represión a los choferes por la intendencia de San Pablo; la votación del fin de la ley de reserva de mercado, de acuerdo a los intereses del imperialismo; el respeto a la constitución del Estado burgués, etc. demuestran que los sectores dirigentes del partido consideran al actual régimen político no como un (obstáculo, sino como un medio para la defensa de sus intereses.


No se trata, por lo tanto, de establecer cuál es la mejor concepción de socialismo sino de poner en claro la tentativa de liquidar la independencia política de la clase obrera a través del aparato pequeñoburgués y burocrático instalado en el PT.


La exclusión de Causa Operaría en función de sus posiciones y de su lucha revolucionaria es una expresión aguda de esta situación. CS ha atribuido la persecusión a CO a la “inhabilidad táctica” o “al no cumplimiento de esta o aquella formalidad”, es decir que la ha justificado. Quienes hoy declaran que van a defender al marxismo contra los que “se hacen eco” de la campaña imperialista, ya han hecho un frente con aquéllos (y no por primera vez, si se tiene en cuenta que apoyaron la política de frente popular con el PC do B, el PV y el PSB, en 1988), contra los trotskystas de CO y contra la democracia obrera interna del PT.


II. La dictadura del proletariado


Según la tesis de CS, “destruir el Estado burgués no significa sustituirlo por otro de tipo totalitario” con lo que procura esquivar la acusación de la derecha acerca del carácter intrínsecamente autoritario del marxismo. Así, afirma que “el Estado obrero es por definición más democrático que el más democrático de los Estados burgueses porque está al servicio de la mayoría de la población y no de una minoría de explotadores”.


Con toda evidencia, CS esquiva el bulto a lo fundamental, a saber, que el régimen proletario consiste en el derrocamiento político de la burguesía, en la quiebra de su monopolio político y social, en definitiva, en la expropiación de los expropiado-res, por “la conquista de la supremacía política por parte del proletariado”, por “la destrucción del Estado burgués” (ejército permanente, burocracia política, armamento de las masas). Que esta dictadura proletaria tenga características más o menos democráticas; gobierne con procedimientos legales o excepcionales, asuma la forma del régimen de un solo partido, hombre o pluripartidista; todo esto depende de un conjunto de factores históricos y de circunstancias internas del país en cuestión o internacionales, y marca seguramente el grado de intensidad de las contradicciones por los cuales atraviesa. Pero sin expropiación del monopolio capitalista y destrucción de su Estado no hay dictadura del proletariado. Una “democracia popular99 en ausencia de las mencionadas características históricas es simplemente el viejo y conocido Estado burgués, que atraviesa la primera fase de un gobierno de frente popular. A esto arriba la posición de CS, democratizante, que en nada se diferencia por esto del ala antimarxista del PT; más bien pone de relieve en qué consiste su acuerdo de principios con ésta.


Al explicar el problema desde un punto de vista histórico, el del Estado obrero de la URSS bajo la dirección de Lenin y Trotsky, CS incurre en una completa falsificación cuando dice que: “Es el socialismo de la autodeterminación de las masas, en donde son ellas mismas, en su creatividad y organización las que dan vida a la democracia. Es el socialismo de las más amplias libertades de prensa, de organización, de libertad de pensamiento, de libertad absoluta para el arte, la cultura y la investigación científica. Un régimen así no es utópico. Existió en forma pionera y embrionaria durante un corto período después de la revolución rusa de 1917. Fue el régimen de Lenin y Trotsky, antes de ser destruido por la contrarrevolución stalinista”.


La tesis agrega más adelante que “el Estado obrero democrático es aquél basado en los organismos que las friasas hayan creado para tomar el poder, sean ellos consejos, sindicatos, o cualquier otro. En estos organismos reina la más amplia democracia, derecho de intervención de todos los partidos, grupos o tendencias”.


Lo que tenemos aquí no es el régimen de Lenin y Trotsky, tal como existió en la vida real, sino una idealización democratizante o sea pequeño burguesa. Las “amplias libertades de prensa*9 de la dictadura bolchevique de la primera época son una fantasía: los bolcheviques confiscaron y colocaron en la ilegalidad, además de las publicaciones abiertamente contrarrevolucionarias, como las del partido burgués Kadete, las del ala derecha de los Socialistas Revolucionarios ya en 1917 y la de los mencheviques de varias fracciones (Tcheidze, Ple-janov, Martov) al año siguiente, y después la de los socialistas revolucionarios de izquierda. Prácticamente todas las publicaciones de la izquierda “socialista99 fueron declaradas ilegales. Lo mismo vale naturalmente para la “amplia democracia99 en los soviets y el “derecho de intervención de todos los partidos, grupos y tendencias99. En realidad, “todos99 los partidos, grupos y tendencias sin excepción fueron colocados en la ilegalidad. Buena parte de la dirección de los partidos “socialistas99 fue llevada a prisión y algunos inclusive fueron fusilados. No es menos fantasiosa la idea de que en los primeros años de la revolución regía una libertad “absoluta de pensamiento, para la cultura, el arte y la investigación científica99. Según Trotsky, los bolcheviques fueron obligados “a limitar la actividad creadora basándose en consideraciones políticas” (La Revolución Traicionada). Aun así, este régimen era, por su función histórica, por las tareas que ejecutaba y por su dirección, una dictadura proletaria.


El año 1918 fue marcado por la consigna “contra el terror blanco, el terror rojo”. La imagen que la tesis de CS pinta del régimen bolchevique no tiene, como se puede ver, el menor punto de contacto con la realidad. Lo que nos brinda no es el régimen de la clase obrera sino la trasposición de la democracia parlamentaria ideal, no la revolución y la contrarrevolución sino una ceremonia de transición constitucional del poder. Se trata de una concepción de la lucha de clases y del Estado completamente ajena al marxismo y aún a los revolucionarios burgueses de los siglos anteriores.


El régimen proletario creado por los bolcheviques se enfrentó desde el comienzo con una feroz resistencia de la burguesía, la cual, como señaló el propio Trotsky, no creía que el régimen pudiese durar y contaba con la certeza de la victoria. Esta resistencia, la guerra civil y el bloqueo económico que la sucedieron determinaron las características del Estado obrero que colocó en primer plano no la garantía de determinadas formalidades democráticas sino la defensa de la revolución amenazada contra sus enemigos. El principio fundamental del Estado surgido de la revolución proletaria no fue la defensa abstracta y formal de la democracia sino la defensa de los intereses de clase del proletariado.


Trotsky explicó clara y rudamente este concepto fundamental: “para mí, la dictadura revolucionaria de un partido proletario no es algo que se pueda aceptar o rechazar libremente: es una necesidad objetiva que nos impone la realidad social—la lucha de clases, la heterogeniedad de la clase revolucionaria, la necesidad de una vanguardia revolucionaria seleccionada para asegurar la victoria. La dictadura de un partido, como el propio Estado, pertenece a la prehistoria bárbara, pero no podemos saltar este capítulo que puede abrir (no de un solo golpe) el camino a la auténtica historia humana. (…) El partido revolucionario (vanguardia) que renuncia a su propia dictadura entrega a las masas a la contrarrevolución. Hablando en términos abstractos, sería muy bueno que la dictadura del partido pudiese ser sustituida por la *dictadura9 del pueblo trabajador en su conjunto, pero eso implica un nivel de desarrollo político de las masas tan elevado que no podrá jamás ser alcanzado bajo las condiciones creadas por el capitalismo. La razón de la existencia de la revolución proviene del hecho de que el capitalismo no permite el desarrollo moral y material de las masas” {Dictadura y Revolución, en Escritos, tomo VII, volumen III, 1937). Es obvio que incluso la dictadura proletaria más democrática, con numerosas organizaciones representadas en los soviets y la posibilidad de relevo constitucional del gobierno, tampoco sería esa “dictadura del pueblo trabajador en su conjunto”, ya que esto no depende de las formas políticas o constitucionales, sino del desarrollo social y cultural, y porque logrado ese nivel ya no tiene sentido ninguna clase de dictadura.


Las promesas anticipadas que CS hace sobre las formas superestructurales del futuro régimen obrero significan “la renuncia a la dictadura99 y “entregar a las masas a la contrarrevolución”, además de mostrar el grado de demagogia de CS y de su adaptación a la opinión pública democratizante en el PT.


La idea clave de esta concepción es la de la “autodeterminación99 de las masas, o sea que éstas no son movidas por una determinación exterior sino por su propia voluntad, que ellas deciden libremente su destino. Esta idea confusa está en boga en este momento en el PT y ha sido utilizada por la derecha del partido para combatir al “determinismo”, o sea, como dice Marx, que los hombres aunque hacen su propia historia, no la hacen como quieren, sino bajo las condiciones heredadas del pasado. La derecha condena la idea de que la acción de los hombres esté determinada por la condiciones materiales, sociales y culturales heredadas y que su “autodeterminación99 (su libertad de elección) es relativa, o mejor, que esa libertad consiste precisamente en la comprensión de esa situación, en la conciencia de las determinaciones, es decir, en la conciencia de clase. Según las creencias de la derecha del partido, que descarta explícitamente la idea de revolución, “sólo hay revolución profunda allí donde se desenvuelve la capacidad de autonomía de cada uno frente a todas las determinaciones externas que esclavizan las voluntades. Inclusive aquellas determinaciones alienantes producidas por una cierta izquierda bien conocida por nosotros” (de la pre-tesis de Nueva Izquierda al congreso del PT). ¡Para esta gente la libertad consiste en alienar al hombre de su medio, en perpetuar la contradicción entre el uno y el otro, en asegurar (de este modo) la eternidad de la explotación del hombre por el hombre!


La adhesión de CS a la teoría de la “autodeterminación” tiene una implicancia obligada, pues significa renunciar a la necesidad del partido obrero. ¿O éste no actúa como “una imposición exterior”, a través de la propaganda, agitación y organización? No esclavicemos a las masas en un partido que sea realmente tal, es decir que actúe, perturbe y presione, dice la derecha; dejemos que eso sólo lo hagan los partidos patronales y el Estado. CS responde: ¡Ókey! que “las masas se autodeterminen”.


El régimen proletario, sin duda se apoya en la voluntad de las masas. Este fue el caso del primer Estado obrero, el cual puede contar con ejemplos de sacrificio, abnegación de la clase obrera y de un alto nivel de conciencia política. Sin embargo, esta voluntad de las masas no fue en ningún momento una trasposición de la democracia parlamentaria al terreno de la revolución. Ella se manifestó en el agrupamiento de las masas en torno a la dirección del partido bolchevique, en la aceptación y en el sostenimiento activo de la dirección por una vanguardia revolucionaria y, finalmente, en la acción de la propia dictadura proletaria. La propia conquista del poder político no fue decidida plebiscitariamente a través de una votación en los soviets; fue decidida por el partido bolchevique y la demostración de que correspondía a la voluntad de las masas es que fue acompañada, apoyada y sostenida por ellas mismas a través de los sacrificios más extremos. El proceso revolucionario no tiene nada que ver con el proceso parlamentario de consulta de opiniones y voto individual sino que opera por la síntesis y por la acción política y, principalmente,’ por la demarcación de las cuestiones fundamentales y de las opiniones a través de la lucha.


En ningún régimen político hay una manifestación directa de “autodeterminación” de las clases sociales, toda vez que ellas son heterogéneas y se desarrollan desde el punto de vista de su conciencia política, con ritmos desiguales y en forma contradictoria.


En el régimen democrático creado por la burguesía, esta noción es formal e ilusoria y sirve para encubrir la dominación de vina burocracia profesional, estatal, o partidaria sobre el conjunto de la población. La democracia burguesa supone individuos con igual capacidad de decisión y de “autodeterminación” y utiliza el mecanismo plebiscitario y el voto para manipular las profundas desigualdades individuales. El mejor ejemplo de eso es la defensa sistemática que hace la burguesía de la necesidad de imponer los mecanismos de la democracia formal, como el voto secreto en las asambleas obreras, o como la necesidad de un quórum mínimo para tomar decisiones sobre las huelgas. Este mecanismo es sistemáticamente rechazado por el movimiento sindical combativo porque aún sin analizar el diferente contenido de la democracia obrera y de la democracia burguesa, los trabajadores saben que en una huelga hay sectores vacilantes, que una votación nominal puede inducir una gran inseguridad entre los obreros, etc. La decisión de una asamblea obrera es una decisión colectiva, una síntesis práctica y concreta de voluntades que se manifiestan, se modifican y se funden frente a los acontecimientos.


III. Socialismo con democracia


CS levanta la reivindicación del “socialismo con democracia”, a la cual procura hacer pasar por una versión popular de la estrategia revolucionaria, que es la dictadura del proletariado, concepto que en ningún momento siquiera menciona en un texto cuyo objetivo central sería hacer la defensa del marxismo.


La primera cosa que llama la atención es que el concepto de socialismo precise de adjetivos en una corriente que se proclama marxista. El socialismo es, según la concepción de Marx, en primer lugar, un fenómeno histórico, de ninguna manera el recetario, adjetivado o no, de la felicidad humana. Es posible en aquella etapa en que el desarrollo de las fuerzas productivas, las relaciones sociales fundadas en ellas y la conciencia colectiva de los productores sociales permiten la abolición de la explotación del hombre por el hombre y la desalienación del trabajo humano (lucha por la existencia). El socialismo implica la abolición del Estado, instrumento de coerción social. La desaparición del Estado implica la desaparición del régimen político de la democracia, sea ella obrera o burguesa. Desde el punto de vista de la teoría marxista, “socialismo con democracia” es una contradicción en sus términos, es decir no dialéctica sino una incoherencia. El socialismo y la democracia son históricamente incompatibles, esto porque el primero es la gestión colectiva de las cosas, en tanto que la segunda es una variante de la “administración de los hombres”, la que está a cargo de otros hombres (Estado, burocracia). El texto que se propone defender al marxismo, se caracteriza espectacularmente por una completa ignorancia del marxismo.


Se nos podría objetar que la expresión “socialismo con democracia” se refiere al período inmediatamente posterior a la revolución, cosa que de ninguna manera se deduce de la tesis presentada. De todos modos Marx es claro: “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista hay un período de transformación revolucionaria de una en la otra. Durante este período de transición política, el Estado no puede ser sino la dictadura revolucionaria del proletariado” (Crítica al programa de Gotlia). En la tesis de CS no hay ninguna mención a esta cuestión fundamental. Esta omisión es la demostración cabal de que CS no es una corriente marxista. El propio Marx definió su contribución a la teoría del socialismo en haber demostrado que la “lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado (ya que) ésta misma dictadura sólo constituye la transición hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases” (Calia a Joseph Weide-meyer, 1852).


La expresión “socialismo con democracia”, sustitución de la estrategia marxista de dictadura del proletariado, revela claramente que CS comparte con el conjunto de las corrientes democratizantes del PT que la dictadura del proletariado es una fórmula constitucional, es decir, que caracteriza una forma de gobierno y no el carácter de clase del Estado. Para CS “el gobierno de los trabajadores , su consigna política central, equivale al régimen proletario o al Estado obrero porque exprésala autodeterminación de los trabajadores” concretando el socialismo con democracia”, esto independientemente de que haya habido una revolución proletaria, de que se haya destruido el Estado burgués o derrocado el poder político y el monopolio económico de la burguesía. CS no podría ser más clara en sus designios aunque busque enredarlos en la mayor confusión: propone un gobierno obrero en un Estado capitalista, es decir, un “gobierno obrero liberal”.


En sus tesis, CS señala, en defensa del “socialismo con democracia” que “el Estado obrero será la primera república de la mayoría para la mayoría” — algo muy democrático, y por sobre todo muy vacío (¿para quién iría a gobernar la mayoría si no es para ella misma2), que omite señalar la destrucción del Estado burgués y el aplastamiento de la resistencia de clase de la burguesía. Para Engels, al revés “el proletariado, mientras necesita todavía el Estado, no lo necesita en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como sea posible hablar de libertad, el Estado como tal dejará de existir” (Carta a Augusto Bebel, 1875).


Lenin deja absolutamente en claro esta idea cuando explica que “la dictadura del proletariado, esto es la organización de la vanguardia de los oprimidos en clase dominante para reprimir a los opresores, no se puede limitar pura y simplemente a una extensión de la democracia. Al mismo tiempo que se produce una considerable ampliación de la democracia, que se convierte por primera vez en la democracia de los pobres, en la del pueblo, y no sólo en la de los ricos, la dictadura del proletariado trae una serie de restricciones a la libertad de los opresores, de los explotadores, de los capitalistas. Debemos reprimir su actividad para liberar a la humanidad de la esclavitud asalariada, debemos quebrar su resistencia por la fuerza; ahora, es claro, que donde hay represión, donde hay violencia, no hay libertad no hay democracia”. (El Estado y la revolución).


El “socialismo con democracia” defendido por CS es, en realidad, la democracia pura transportada al escenario de la revolución, es decir, el estrangulamiento de la revolución por medio de la democracia.


La pre-tesis presentada por CS llega al extremo de afirmar que en el Estado surgido de la revolución regiría “el derecho de intervención de todos los partidos, grupos y tendencias” lo que significa dar una garantía anticipada a los enemigos de la revolución y adherir a la tesis de la derecha del partido que defiende el “pluripartidismo” como principio. Los marxistas al defender la dictadura del proletariado no establecen como principio ni el pluripartidismo ni el régimen de partido único. El Estado no surgió, históricamente, para garantizar la libertad y la democracia, sino como un instrumento de una clase para reprimir a otra por la fuerza. Las garantías dadas por CS de libertad para todos los partidos son una renuncia a la dominación de la clase obrera, y por lo tanto, al socialismo.


IV. Stalinismo y Este europeo


La idea del “socialismo con democracia” tío está planteada simplemente como una abstracción teórica en las tesis de CS sino como una orientación política concreta en lo que se refiere a los acontecimientos de la URSS y del Este europeo: “La caída de los regímenes burocráticos del Este europeo no demostró el fracaso del socialismo sino el de su deformación stalinista. El monstruoso Estado burocrático erigido por los PCs acabó llevando a esos países al estancamiento y a la crisis. Las masas, con sus acciones revolucionarias conquistaron la democracia”. ¡Ahora resulta que el stalinismo es una “deformación del socialismo”! Para esto hubiera sido necesario que en los países mencionados hubiese habido algún tipo de socialismo. Trotsky explicó que “es bastante más exacto llamar al actual régimen soviético, con todas sus contradicciones, no como socialista, sino como transitorio entre el capitalismo y el socialismo, o preparatorio para el socialismo”, y agregó “este deseo de una terminología justa, no implica ninguna especie de pedantería. La fuerza y la estabilidad de los regímenes se definen en último análisis por el rendimiento relativo del trabajo. Una economía socializada, que supere técnicamente al capitalismo, tendría realmente asegurado un desarrollo socialista en cierto modo automático, lo que por desgracia no puede afirmarse de ninguna manera de la economía soviética” (La Revolución Traicionada).


En 1921, cuatro años después de la victoria de los bolcheviques, Lenin afirmaba que “aún no hubo, me parece, ninguna persona que al ocuparse de la cuestión de la economía de Rusia haya negado el carácter de transición de esta economía. Ningún comunista negó, me parece, que la expresión República Socialista Soviética' signifique la decisión del poder soviético de realizar la transición al socialismo, pero de ninguna manera el reconocimiento del actual orden económico como socialista” (Sobre el impuesto en especie).


Desde el comienzo, el marxismo estableció que el socialismo no puede ser implantado en un terreno puramente nacional, pues tiene como punto de Partida un desarrollo de las fuerzas productivas Que está planteado sobre el terreno del mercado mundial y de la división internacional del trabajo.


El stalinismo no es una “deformación” del socialismo sino de un Estado obrero aislado y atrasado, traicionado por las direcciones “democráticas” de la clase obrera mundial (social-democracia ¡como lo señaló Rosa Luxemburgo!). Trotsky caracterizó a la URSS como un “Estado Obrero degenerado” pero no exclusivamente como abstracción sociológica, sino para hacer referencia a la victoria de la burocracia sobre la clase obrera. La burocracia stalinista es una fuerza política consciente de carácter contrarrevolucionario, no una deformación del socialismo. Es un agente de la burguesía mundial en el interior del Estado obrero, que trabaja por su degeneración y desintegración.


Dominados por la burocracia contrarrevolucionaria de la URSS, los partidos stalinistas, los PCs, se constituyeron en un aparato político orientado a impedir la revolución proletaria, o sea, una fuerza antiobrera y antisocialista.


La idea del “socialismo con democracia” presupone que estos países son socialistas totalitarios, que es necesario corregirlos a través de la democracia. Con esto, queda claro también, que la condena del stalinismo se restringe a su carácter antidemocrático y no a su carácter contrarrevolucionario. El stalinismo sería una variante antidemocrática, autoritaria, del “socialismo”. La explicación de que “el monstruoso Estado burocrático erigido por los PCs llevó en esos países al estancamiento y a la crisis”, es una abstracción que pretende oponer las ventajas de la gestión democrática a la totalitaria. (En la década del 30 la intelectualidad pequeñoburguesa justificaba el totalitarismo stalinista porque había permitido independizar a la URSS y garantizar el pleno empleo en un mundo en completa crisis). De acuerdo a la tesis de CS, el “estancamiento y la crisis” no tienen un contenido social, el aprovechamiento de la burocracia, sino que responden a defectos de método. Los corrige, entonces, con la “democracia”, no con la revolución y la dictadura del proletariado (expropiación económica y política de los dieciocho millones de burócratas soviéticos ). La revolución política vuelve a colocar el tema universal de la revolución proletaria: la dictadura del proletariado. CS, al omitir que la bandera del democratismo formal es el intento del imperialismo para restaurar el capitalismo, concluye como un agente ideológico de la restauración capitalista.


Para CS precisamente, “las masas, con sus acciones revolucionarias, derrumbaron los regímenes burocráticos y conquistaron la democracia”. Ni una cosa ni la otra; la burocracia sigue en pie, transformada en acaparadora privada de la propiedad del Estado y en todos lados los gobiernos recurren a poderes excepcionales o de emergencia. De todos los casos, el más relevante es el alemán, porque ahí Gorbachov, Bush y Kohl pactaron la absorción del Este a espaldas de los pueblos, que en ningún momento fueron consultados sobre los términos político-constitucionales de la “unificación” y absorbieron a la mayor parte del aparato o del personal del stalinismo del Este.


La posición del CS sobre la crisis revolucionaria en el Este europeo y en la URSS es mistificadora en la caracterización y contrarrevolucionaria (“democratizante”) en términos de política.


En ninguno de esos países, las masas conquistaron la “democracia”, ni siquiera en el sentido más estrecho de la palabra: continúan intactas las estructuras fundamentales del régimen político, recubiertas con frágiles fachadas de parlamentarismo. La democracia, o sea la soberanía popular, pasa necesariamente por el desmantelamiento del aparato represivo, o sea de las fuerzas armadas, de la policía política y de la burocracia civil del Estado, en resumen por la destrucción del Estado burocrático. Los actuales regímenes políticos del Este son el producto de un acuerdo entre la burocracia stalinista y los representantes políticos de la burguesía mundial en esos países. Se trata de una confiscación política de la acción potencial o embrionariamente revolucionaria de las masas y no de la expresión de esa acción. En lugar de tener un carácter revolucionario, esa “democracia” encubre la tentativa contrarrevolucionaria para proceder a la destrucción de todas las conquistas obreras, de la economía estatal y reprimir el ascenso de las masas. El levantamiento de las masas está orientado contra los planes de hambre y miseria que estas “democracias” pretenden justamente profundizar. CS confunde íntegramente las conquistas democráticas de las masas (derecho de huelga, de manifestación etc.), que solamente pueden surgir y mantenerse por la acción de las propias masas, con el régimen político sustentado por la burocracia y el imperialismo y por eso acaban colocándose en una posición de apoyo a los regímenes reaccionarios que se yerguen en el Este europeo, lo cual es una posición claramente antirrevolucionaria.


V. Estrategia política


Sobre la cuestión cardinal del Estado no existen diferencias de principios entre CS y el ala derecha y de centro del PT, aunque la idea de la revolución se encuentra repetida varías veces en el texto, pero sin ningún contenido concreto.


Para CS “la estrategia del PT tiene que tener un norte: la toma del poder por la clase obrera” y agrega “eso es muy diferente de la toma del poder por el PT. Quien toma el poder es la clase, democráticamente autodeterminada en sus organismos, y no el partido”. La derecha del PT ya estableció que “el poder no es una cosa que pueda ser tomado” (Vertiente Socialista y Nueva Izquierda). Ahora, CS defiende la “toma del poder” por la clase, pero no por el partido, convirtiendo a la idea de la “toma del poder” en una cosa abstracta y hasta etérea. El problema consiste justamente, en saber como una clase social, compuesta de millones de hombres y mujeres, puede tomar el poder si no es a través de un partido, y para que diablos serviría un partido que no tiene por objetivo la toma del poder. Siguiendo esta teoría de CS, la clase no concentra su acción por medio del partido, sino que éste se diluye en las diversas determinaciones sociales heterogéneas de la clase.


La explicación de CS es que “de los organismos de la clase forman parte muchos partidos y tendencias obreras. Nuestro partido luchará para tener sus posiciones mayoritaria-mente aprobadas por los organismos de la clase, pero eso es muy diferente de que el partido tome el poder”. La toma del poder se daría por lo tanto a través de los “organismos de la clase”, pero no por el partido, de lo que se deduce que el partido no es un “organismo de clase”, y mucho menos la principal organización de la clase, como clase consciente. El partido revolucionario no sería como dice Marx, “la constitución del proletariado como clase, o sea como partido político”. La “toma del poder” sería, para CS, la obra de otras organizaciones que carecen del atributo esencial del partido: el programa, la conciencia de clase y toda la acción de combate enderezada a realizar ese programa a través de la experiencia de las masas.


Convergencia Socialista lleva la ilusión del parlamentarismo a un plano al que ninguna otra corriente burguesa o pequeño burguesa osó llevarlo hasta el momento. Las votaciones en los soviets o consejos obreros, así como su renovación por medio de las elecciones, resolverían pacifica y amigablemente los problemas de la revolución. La historia habría llegado así al punto más alto, final, de su racionalidad, toda vez que los “costos” de la anárquica lucha de clases serían eliminados por la acción parlamentaria. El parlamento sería un espejo no común de la lucha de clases, a la cual no sólo reflejaría (lo cual supone un retraso respecto a la realidad cambiante) sino que tendría la capacidad de anticiparla (lo que no deja de ser una descomunal idealización, ¡no de la capacidad de autodeterminación de las masas sino de la omnisciencia de los partidos, que para el caso podrían prescindir, entonces, de la “autodeterminación de quien sea”. En nombre de la “democracia” CS nos presenta una hipertrofia de los organismos representantivos y de los partidos, es decir la burocracia. La explicación de la contradicción en que entran, necesariamente, las premisas democráticas de CS con sus conclusiones burocráticas y hasta totalitarias (manipulación de las masas por el parlamento “obrero” y los partidos, que dígase de paso tienen el poder); la explicación de eso es que CS sustituye la realidad contradictoria (lucha de clases) y la consciencia de la realidad (praxis de un partido, es decir basada en su programa), por un artificio institucional.


¡Pero la toma del poder por la clase obrera a través de sus organizaciones está en contradicción con la “autodeterminación de los trabajadores” —quienes pertenecen a distintas clases, en especial a la, a veces, numerosa clase de los propietarios privados campesinos!. Una de dos: o la toma del poder por la clase obrera significa la dictadura del proletariado, consagrando para éste un privilegio político especial, como por ejemplo mayor representación en el nuevo parlamento y monopolio político del ejército (como se empeñaron consecuentemente los “demócratas Lenin y Trotsky”); o las “organizaciones de la clase”, de CS, son el viejo o remozado parlamentarismo burgués. En este último caso, el partido no toma el poder porque en eso consiste su colaboración con la burguesía.


Las caracterizaciones puramente sociológicas (clase obrera, pueblo trabajador) no pueden ser  trasladadas en forma directa a la política sin caer en monstruosas abstracciones. Entre la sociología y la política existe una mediación, una contradicción que debe ser reconciliada. La sociedad es heterogénea y en ella están presentes no solamente los intereses contradictorios sino también antagonismos históricos. Algo similar ocurre, hasta cierto punto, claro, en cada clase social, pues ninguna puede escapar a la presión de las otras (una parte del proletariado es atraída hacia la burguesía, una parte de ésta se arruina y se proletariza como consecuencia del desenvolvimiento anárquico del capital). Solamente a través de sus partidos pueden las clases tomar conciencia de su lugar e intereses históricos, o mejor, éstos conducen obligadamente a la formación de partidos. La democracia burguesa es la forma más desarrollada de este fenómeno. La sola pretensión de negar este rol explica una atrasada posición política y una completa falta de conciencia de clase. Ningún obrero puede confiar en la política que ofrece un partido sin conciencia de clase como Convergencia Socialista. La ilusión extrema de CS en el parlamentarismo le impide ver simplemente la crisis de éste y su agotamiento en cada situación extrema o crucial de la lucha de clases.


“La toma del poder —dice CS— nada tiene que ver con un golpe de Estado y mucho menos se retringe a la mítica toma del Palacio de Invierno. Es un movimiento de conjunto de la clase obrera, que comprende que no se puede esperar más nada de las diferentes variantes burguesas y que sólo ella misma, en tanto clase, se puede colocar al frente de la sociedad y resolver los problemas del país. La toma del poder es la culminación de un profundo movimiento social y no de una maniobra militar”. Precisamente lo que condena la derecha, ex-foquista y ex-militarista del PT, la “maniobra militar”, la “lucha armada” el “arte de la insurrección”. En Argentina el Mas anunciaba la insurrección pata un determinado día de 1989, en Brasil Convergencia la anuncia para nunca. ¿Contradicción? No, total coherencia, pues la fecha concreta para el Mas era tan abstracta y demagógica como la negación abstracta de la “maniobra militar” de Convergencia, es concreta.


La derecha del partido juega con la confusión intencional y maliciosa, entre lo que los bolcheviques llamaron “el arte de la insurección” y el foquismo. El foquismo, movimiento militar voluntarista, pregonaba la necesidad de tomar las armas contra el régimen burgués dictatorial, como resultado de la decisión arbitraria de pequeños grupos y no como el resultado de la evolución de la conciencia de las masas, de su organización y de las condiciones políticas generales. Todos los elementos de la derecha del PT son ex-foquistas (oriundos del PC do B, como Genoino y la Nueva Izquierda, de las APML, VAR-Palmares, PCBR, etc.) y ahora hacen una verdadera expiación de culpa del fracaso de esta política ostentando un pacifismo meloso e hipócrita. El foquismo es la expresión política desesperada de la pequeña burguesía democrática. “(La Socialdemocracia) —dice Trotsky— no niega la revolución en general, como catástrofe social así como no niega los temblores de tierra, las erupciones de los volcanes, los eclipses de sol, las epidemias de peste. Lo que ella niega por ser 'blanquismo', o peor aún, bolchevismo, es la preparación consciente de la insurrección, el plan, la conspiración. En otras palabras, la socialdemocracia está dispuesta a sancionar, con atraso es verdad, los golpes de Estado que hacen pasar el poder a la burguesía, condenando los métodos indispensables para transmitir el poder al proletariado” (Historia de la Revolución Rusa, Volumen III, capítulo 6 “El arte de la insurrección”).


¿Qué significa entonces decir que la toma del poder no se “limita a una maniobra militar”? Bajo la cobertura de que se trata de un “movimiento consciente del conjunto de la clase” tenemos aquí el retorno a las posiciones de la social-democracia.


Trotsky continúa: “De sus observaciones y reflexiones sobre el fracaso de numerosos levantamientos en los cuales participó o de los cuales fue testigo, Augusto Blanqui dedujo cierto número de reglas tácticas, sin las cuales la victoria de la insurrección es extremadamente difícil, si no imposible. Blanqui encarecía la organización con tiempo de destacamentos revolucionarios regulares, su dirección centralizada, buena provisión de municiones, distribución bien calculada de barricadas, cuya construcción sería prevista y que había que defender sistemáticamente, y no episódicamente. Como es lógico, todas esas reglas, concernientes a los problemas militares de la insurrección se modifican de acuerdo con las condiciones sociales y la técnica militar; pero de ningún modo hay que considerarlas4 blanquismo’ en el sentido que los alemanes dan al{putchismo1 o al (aventu-rerismo9 revolucionario” (ídem, ibídem).


Queda claro, por lo tanto, que la “toma del poder”, la insurrección, consiste también en que la “maniobra militar” es un aspecto supremo de la revolución, es decir de la evolución de las masas; un salto en calidad, concreto, en la evolución que se ha operado “en el profundo movimiento social”, Al declarar, por ejemplo, que “la toma del poder no tiene nada que ver con golpe de Estado”, CS elimina justamente cualquier posibilidad de que el concepto de “toma del poder” tenga un contenido concreto, o sea, que no pase de una mera frase. Trotsky se refiere así, de forma concreta, a la toma del poder: “Privado de teléfono, de telégrafo, de un Banco, de un Estado Mayor, el Comité Militar Revolucionario no podía gobernar. Disponía de casi todas las premisas reales y de los elementos de poder, no del poder mismo” (ídem, cap. IX. “La insurrección de octubre,T) y agregaba, “en febrero, los obreros pensaban en quebrar las resistencias del Ejército pero no en tomar el Banco o el Palacio de Invierno. Lucharon para atraerse el alma del soldado, no para conquistar ciertos puestos de comando” (ídem, ibídem). Tomar el poder, por lo tanto, no consiste simplemente en poner a las masas en las calles y conquistar una mayoría en los soviets sino que tiene que completarse por la toma de los puestos de comando, los telégrafos, los teléfonos, los medios de comunicación, transportes y finanzas; si no se transforma en una idea abstracta y absurda, pero fundamentalmente en una renuncia al “poder”. Cuando la derecha dice “el poder es una cosa que no puede ser conquistada”, simplemente confiesa que no sabría qué hacer con él, es decir, que no pretende expropiar a la burguesía. Aunque la insurrección revolucionaria sea bastante distinta de un golpe militar, tiene, desde el punto de vista práctico, una semejanza con él, en particular en lo que se refiere a los objetivos técnicos: apoderarse de los mecanismo de comando del Estado. La diferencia entre ambos consiste en que los golpes militares, tan conocidos nuestros, son realizados a espaldas y contra las masas en tanto la insurrección proletaria es un aspecto decisivo del levantamiento del conjunto de las masas.


Veamos como Trotsky describe la insurrección de Octubre: “Casi no hubo manifestaciones, combates en las calles, barricadas, todo lo que es común entender por insurrección; la Revolución no tenía necesidad de resolver un problema que ya había sido resuelto. La toma del aparato gubernamental podría emprenderse con un plan, con el auxilio de destacamentos armados relativamente poco numerosos, a partir de un centro único. Los cuarteles, las fortalezas, los depósitos, todos los destacamentos donde actuaban los obreros y los soldados podrían ser tomados por intermedio de fuerzas internas. No pasaba lo mismo con el Palacio de Invierno, el Pre-Parlamento, el Estado Mayor de la región, los ministerios, las escuelas de junkers. Tampoco los teléfonos, los telégrafos, el correo, el Banco del Estado: los empleados de esos establecimientos, aunque pesasen poco en la correlación general de fuerzas, eran los dueños detrás de aquellos muros, que estaban, además, fuertemente defendidos. Había que forzar desde afuera estos altos reductos burocráticos. Aquí la violencia sustituía la ocupación con recursos políticos” (ídem, ibídem).


Este “detalle” hace toda la diferencia entre la política revolucionaria del bolchevismo y las diferentes variantes políticas del oportunismo que, hablando de revolución, se oponen a una medida de fuerza consciente, planeada, destinada a arrancar de las manos de la burguesía los mecanismos del poder y colocar en su lugar otro poder, el de la clase obrera. La diferencia entre el blanquismo y el marxismo es concreta y no reside en la maniobra militar en sí. “La insurrección es un arte y como cualquier arte tiene sus leyes. Las reglas de Blanqui respondían a una visión realista de la guerra revolucionaria. El error de Blanqui no estaba en su teorema directo, sino en su recíproca. Del hecho de que la incapacidad táctica condenaba a la insurrección al fracaso, Blanqui deducía que la observancia de las reglas de la táctica de la insurrección era capaz, por sí misma, de asegurar la victoria. Sólo desde este punto es legítimo oponer el blanquismo al marxismo. La conspiración no sustituye la insurrección. Por mejor organizada que esté, la minoría activa del proletariado, no puede apoderarse del poder independientemente de la situación general del país. En esto el blanquismo está condenado por la Historia. Pero sólo en esto. El teorema directo conserva toda su fuerza. Para conquistar el poder, al proletariado no le alcanza un levantamiento de las fuerzas elementales. Precisa de la organización correspondiente, el plan, la conspiración, y es de esa forma que Lenin plantea la cuestión” (ídem, cap. VI, “El arte de la insurrección”).


CS sustituye, por lo tanto, el mecanismo real de la revolución, por una abstracción democrática. La toma del poder es un movimiento del conjunto de la clase, es un movimiento consciente, pero al colocar este movimiento en oposición a la “maniobra militar”, a la “mítica toma del Palacio de Invierno”, al “golpe de estado”, se transforma en una abstracción, lo que significa que para CS la toma del poder debe ser un movimiento parlamentario en el interior de los soviets. Pura ficción.


Según Trotsky, “Los soviets son los órganos que preparan a las masas para la insurrección, los órganos de la insurrección, y, después de la victoria, los órganos del poder. Pero los soviets no resuelven, por sí mismos, la cuestión. Según sea su programa y su dirección pueden servir a fines diversos. Es el partido el que da a los soviets un programa. Estos últimos, cuya existencia es menos que imposible fuera de épocas revolucionarias, engloban al conjunto de la clase, excluidas sus capas más retrógradas, primitivas o desmoralizadas; el Partido, en cambio, está a la cabeza de la clase. El problema de la conquista del poder sólo puede resolverse mediante la combinación del Partido con los Soviets o con otras organizaciones de masas que de un modo u otro les equivalgan” (ídem, ibídem).


La toma del poder resulta, por lo tanto, de una combinación entre los soviets y el partido, lo que ya quiere decir que la idea de que no es el partido el que toma el poder, es falsa. Resulta, sin embargo, de una combinación concreta, o sea de una combinación donde el partido cumple un papel dirigente en el interior (¡y fuera!) de los soviets, de un agente que toma la iniciativa y no de una combinación de tipo parlamentaria, donde “entre todas las tendencias” el partido va a luchar por sus “posiciones mayoritariamente aprobadas en el organismo de clase”. De acuerdo con Trotsky “si por azar, respecto de la insurrección se hubiese organizado previamente un referéndum, habría dado resultados contradictorios e indecisos. No es posible identificar la disposición íntima de sostener una insurrección con la conciencia anticipada de su necesidad. Además, en gran medida, las respuestas dependerían de la manera de formular la pregunta, del órgano encargado de la consulta o, hablando simplemente, de la clase que ocupara el poder. Los métodos de la democracia tienen sus límites. Se puede preguntar a todos los pasajeros de un tren cuál es el tipo de vagón que más les conviene, pero no puede preguntárseles a todos si hace falta frenar en plena marcha un tren que va a descarrilar. No obstante, si la operación se realiza correctamente y en el momento exacto, estamos seguros de la aprobación de los pasajeros” (ídem, ibídem).


La derecha del PT pretende explotar al máximo todo el respeto supersticioso que sectores del partido, en particular los de tipo pequeño burgués, tienen con relación a la democracia formal. No faltan propuestas que pretendan introducir en el PT, junto a varios otros instrumentos ficticiamente democráticos, la elección directa de la dirección, el respeto a la representación parlamentaria a los efectos de la representatividad en el interior del partido, etc. Uno de los grandes mitos en el interior del PT es el de su “democracia interna”: delegados electos para encuentros donde se decide por el voto, etc. Sin embargo, la manipulación de estos mecanismos supuestamente democráticos es una de las armas fundamentales para el fraude sistemático contra las bases del partido. Hay delegados electos y decisiones por el voto, pero no hay preparación, no hay discusión política de las tesis en los encuentros zonales, no hay formación de los militantes sobre la base de un programa revolucionario y, lo más importante, el PT no es un partido de combate, donde las decisiones son tomadas en función de las necesidades de lucha de las masas sino un partido electoral. Que haya una tentativa permanente de revocar incluso este tipo de mecanismo extremadamente limitado es una demostración de la fragilidad política de la dirección que no es capaz de convivir con los más limitados mecanismos de deliberación, pero no de su virtud en cuanto método de organización de masas.


La izquierda pequeño burguesa radical entiende muchas veces que la esencia de la crítica marxista a la democracia formal es que ella no funciona en la práctica debido al abuso del poder económico, a los fraudes de la clase dominante, etc. Que se trataría entonces de suprimir éstos “excesos” para dar vida al ideal democrático. Su lenguaje se adorna, entonces, con diatribas antiburguesas, pero siempre para salvar el edificio político formal cuando, sin la demolición de éste, no es posible la emancipación política primero, y social, después del proletariado. Sin embargo, el marxismo condena a la democracia formal por su limitación histórica, por el hecho de que ella constituye una ficción jurídica de hombres iguales, con igual poder de decisión y voluntad, en un mundo y en una sociedad profundamente desiguales, contradictorias, donde se torna imposible una decisión democrática real.


VI. ¿Internacionalismo o “nacional-trotskismo”?


La estrategia fundamental del marxismo es la revolución proletaria mundial. Sobre este problema, la tesis de CS también se coloca en un terreno de profunda confusión: “Finalmente el PT precisa tener claro que la lucha de los trabajadores brasileños no se resuelve simplemente a escala nacional. Mientras el imperialismo domine el mercado y la política mundiales, nuestra lucha no puede parar porque las conquistas alcanzadas estarán permanentemente en peligro. Mientras el imperialismo no sea derrotada, cualquier victoria social estará amenazada de aplastamiento militar o de aislamiento y burocratizáción. La única forma de evitarlo es la construcción de una organización internacional de los trabajadores, una nueva internacional, capaz de movilizarlos en su conjunto contra la internacional de los patrones —las empresas trasnacionales, los gobiernos imperialistas y sus organismos multinacionales”.


Para CS, el internacionalismo se resume en una política defensiva frente al imperialismo. La justificación principal para una nueva organización internacional de los trabajadores es que “las conquistas alcanzadas”, en el terreno nacional, “estarán permanentemente en peligro”. No se trata de liquidar a la burguesía internacional, sino de defenderse de los “peligros” de ella. Esta manera de abordar el problema del internacionalismo y de la Internacional no es nueva. Ya en 1927 Trotsky criticaba este enfoque del programa aprobado por el VI9 Congreso de la III° Internacional, redactado por Bujarin.


“La nueva doctrina dice: el socialismo puede ser construido en un Estado nacional, a condición de que no hubiera intervención armada. De ahí puede y debe desprenderse, a despecho de todas las declaraciones solemnes del proyecto del programa, una política de colaboración con la burguesía del exterior. El objetivo es evitar la intervención: en efecto, esto garantizará la organización del socialismo, y así el problema histórico fundamental estará resuelto. La tarea de los partidos de la Internacional Comunista asume ahora un carácter secundario: preservar a la URSS de las intervenciones, y no luchar por la conquista del poder. No se trata de intenciones subjetivas, sino de la lógica objetiva del pensamiento político” (La III- Internacional después de Lenin).


La cuestión de la revolución mundial como estrategia política está ausente del texto. Se habla de “derrotar” al imperialismo, una flagrante abstracción. En el texto se habla también de “aislamiento” pero no se explica de qué aislamiento se trata. La nueva Internacional debería movilizarse conjuntamente contra los gobiernos imperialistas y sus organismos pero no se plantea la tarea de tomar el poder. Pero ya en 1847, poco antes de la redacción del Manifiesto Comunista, Engels planteaba la cuestión de la siguiente forma: “¿Esta revolución será hecha en un sólo país? No. La gran industria, creando un mercado mundial, aproximó ya tan estrechamente a unos pueblos de la tierra de otros, y principalmente a los más civilizados, que cada pueblo depende estrechamente de lo que pasa con los otros. (…) La revolución socialista no será por lo tanto un fenómeno puramente nacional. Se producirá al mismo tiempo en todos los países civilizados, o sea, por lo menos en América, en Francia y en Alemania. Se desenvolverá en cada uno de estos países más rápido o más lento según si exista, en cada uno de ellos, una industria más desarrollada, una mayor riqueza nacional y una masa más considerable de fuerzas productivas” (Principios del Comunismo).


 


Durante todo el texto, CS habla del socialismo como un fenómeno nacional. Habla de socialismo al referirse a los países del este europeo, defiende la construcción de un socialismo sobre la base de la revolución en el Brasil, y ahora, al hablar directamente de internacionalismo, lo coloca como una cuestión de “solidaridad internacional”.


 


El “internacionalismo” de CS, sin ningún fundamento teórico, es en realidad una política nacionalista. Y, como tal, en la medida en que coloca en primer plano los intereses del Estado nacional “socialista”, conduce a una política internacional de colaboración con la burguesía.


 


VIL ¿Qué socialismo?


 


Uno de los ejes del programa “socialista” de la derecha del PT es la negación de la reivindicación fundamental del socialismo de expropiación de la propiedad privada de los medios de producción. Según la “nueva” teoría, el partido “debe asumir la idea de la diversificación de las formas de propiedad, incluso para que allí también se materialice el pluralismo. En la línea sugerida por Alee Nove —dice la tesis presentada por la Nueva Izquierda— podrán ser estimuladas, por ejemplo, entre otras las siguientes formas de propiedad: propiedad autogestionaria, propiedad cooperativa, propiedad estatal en sectores bien delimitados, empresas privadas en pequeña escala, actividades autónomas no empresariales”, etc. etc. Esta “diversificación” en realidad, esconde justamente el carácter esencial del modo de producción, que continuará siendo capitalista, apoyado en la vigencia de la ley del valor, en la explotación del trabajo asalariado, en la acumulación de plusvalía y de capital. Todas esas formas de propiedad existen ya bajo el capitalismo, sin que por eso, el capitalismo deje de ser capitalismo. Bajo la máscara del “nuevo socialismo”, la derecha pretende conducir al PT a colocarse integralmente, en el terreno de la defensa de la propiedad privada.


 


En este terreno, la tesis de CS propone como una de las dos ideas centrales de su propuesta, “la defensa teórica e ideológica de la aguda necesidad y actualidad del socialismo, la propuesta de una forma superior de civilización humana, que comprenda la defensa de la propiedad social (y por tanto de la expropiación de los monopolios y del control de los grandes medios de producción por los trabajadores) y de la planificación democrática de la economía”. Pero la expropiación de los monopolios no es una reivindicación socialista aunque constituye una medida preparatoria hacia el socialismo, si es ejecutada por un régimen de dictadura proletaria.


Convergencia Socialista pretende “defender el marxismo” pero confunde al capital con una de sus formas —la “privada” en oposición a la “pública”. El “socialismo” de CS se confunde con el “estatismo”, y su marxismo es sólo “populismo”. Para éste no hay capital versus trabajo, sino ricos versus pobres, y en algunos casos “judíos” ricos versus “cristianos” pobres.


 


El capital es una relación social, que engloba diversas formas jurídicas de propiedad y diferentes formas de organización — el monopolio es una de ellas, no un nuevo régimen de explotación social. El capital existe potencialmente en todo régimen de producción de mercancías, es decir, cuando los medios de producción se separan de sus productores directos. El régimen de la producción de mercancías engendra a partir de aquí, a partir de la compra-venta de la mercancía fuerza de trabajo y de su explotación, la producción y reproducción del capital —se encuentre éste en manos de monopolios o de mútliples capitalistas, del Estado o de personas jurídicamente privadas. La reivindicación del socialismo es, por lo tanto, la abolición no de los monopolios sino del trabajo asalariado.


 


Pero si bien el régimen de mercancías engendra el capital y éste al Estado capitalista, la conquista del socialismo es, al revés, primero la conquista del poder político por parte del proletariado, luego el comienzo de la expropiación del capital, finalmente la superación del régimen mercantil. Las características de esta etapa de transición son determinadas por la evolución de la lucha de clases y de los progresos y retrocesos de la revolución en el plano nacional e internacional, y de ninguna manera por un calendario de expropiaciones que identifica al socialismo con la nacionalización del monopolio o con el estatismo. En la lucha contra los grandes monopolios y los Estados imperialistas, los marxistas no defienden al pequeño o mediano capital ni a los Estados nacionales relativamente atrasados, todos los cuales están condenados de antemano por la gran explotación capitalista internacional y la internacionalización de las fuerzas productivas del capital. Los marxistas defienden el socialismo, es decir, la supresión mundial de la esclavitud asalariada.


 


La expropiación de los monopolios como tales no será nunca la expresión de “una forma superior de civilización humana”. Exactamente lo mismo ocurre con el control de los grandes medios de producción por los trabajadores, que puede nacer, en los marcos de la sociedad burguesa en una etapa de crisis aguda, sin por eso transformar el capitalismo en crisis en (cuna forma superior de civilización humana”. La planificación democrática” es fundamental (¡como el monopolio del comercio exterior!) como introducción a un futuro socialismo, si lo ejecuta un régimen de dictadura proletaria, pero tampoco es el “estadio superior de la civilización”. ¿En qué se diferencia la “planificación democrática” del “papel regulador del Estado” de la Nueva Izquierda? ¿En qué se diferencia la “propiedad social” del “carácter social de la propiedad” propuesto por la Nueva Izquierda y otros?


 


En la famosa “Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado”, redactada por Lenin, el nuevo poder soviético después de la revolución declara sin rodeos que su “tarea fundamental (es) liquidar toda la explotación del hombre por el hombre, suprimir por completo la división de la sociedad en clases, aplastar implacablemente la resistencia de los explotadores, establecer la organización socialista de la sociedad, la victoria del socialismo en todos los países”. Esta declaración sí expresa con claridad el propósito de construir “una forma superior de sociedad”. La confusión que hace CS entre algunas medidas de estatización y el socialismo es característica de todas las alas dentro del PT y esta confusión está siendo utilizada en este momento para presentar sin rodeos un programa de defensa pura y simple del capitalismo.


 


VIII. Socialismo o barbarie


 


La pre-tesis de CS afirma en forma contundente que “la alternativa socialismo o barbarie está cada vez más a la orden del día” y que “el capitalismo, en su fase imperialista, sólo es capaz de conducir a la humanidad a la barbarie (o sea, a una regresión histórica de la civilización)”. Sin embargo, más adelante, leemos una tesis completamente distinta: “la tesis, muy popular entre los marxistas de principios de siglo, de que el socialismo vendría inevitablemente como consecuencia de la crisis mortal del capitalismo, no se demostró verdadera”. Lo mismo piensa la derecha, uno de cuyos caballitos de batalla “teóricos” es que “el socialismo no es una necesidad histórica” sino “un proyecto” y hasta una “exigencia ética”. La derecha “supera” a Marx volviendo a los “imperativos categóricos” con los que Kant procuró eliminar las conclusiones revolucionarias de su “Crítica a la Razón Pura”. Hay que hacer, con todo, la salvedad que para gran parte de la Nueva Izquierda el “imperativo categórico” debería ser, al revés, condenar al socialismo como una tentativa moral totalitaria y lo mismo hacer con toda clase de “imperativos categóricos”, porque éstos cometen el error de deducir los deberes morales del hombre de la razón.


 


Es necesario dejar en claro que la tesis de la “inevitabilidad”, de cualquier  “inevitabilidad”, sea del socialismo o de lo que fuere, es extraña al marxismo, dialéctico por definición. Lo inevitable no es el socialismo, sino el “socialismo o barbarie”.


Pero los “marxistas” de principios de siglo (revisionistas) no creían en modo alguno en la inevitabilidad del socialismo ni siquiera en la decadencia del capitalismo.


 


Según Bernstein, “el materialista viene a ser un calvinista sin Dios. Si no cree en una predestinación ordenada por una divinidad, cree y debe creer que, partiendo de un punto cualquiera en el tiempo, todos los acontecimientos están previamente determinados a través de la materia existente y de los designios de la fuerza.


 


“La aplicación del materialismo a la interpretación de la Historia significa, por consiguiente, antes que nada, que los acontecimientos y desenvolvimientos históricos son inevitables” (Socialismo práctico y teórico). Para Bernestein, (así como hoy para la derecha del PT), determinismo histórico y necesidad histórica equivalen a fatalismo histórico, con lo que construyen una caricatura del marxismo para poder atacarlo. Es que para Bernstein, la derecha del PT y CS, una determinación es una determinación, en tanto que para Heráclito, Hegel y Marx, “determinatio es negatio”.


 


La tesis de CS se propone defender el marxismo teóricamente pero adopta la categoría revisionista y no marxista de la inevitabilidad. Para los marxistas, el socialismo sólo, o inevitablemente, puede surgir de la declinación capitalista, pero de ésta decadencia puede surgir, contradictoriamente, la barbarie capitalista.


 


Respondiendo a Bemrntein, Rosa Luxemburgo destacó que en realidad, para Bernstein, existía, sí, una predeterminación: la eternidad del capitalismo: “Según el socialismo científico, la necesidad histórica de la revolución socialista se revela sobre todo en la anarquía creciente del capitalismo, que provoca la impasse del sistema. Pero, si acordamos con Bernstein en que el desenvolvimiento del capitalismo no se dirige a su propia ruina, entonces el socialismo deja de ser una necesidad objetiva” (Reforma o revolución).


El socialismo es una consecuencia necesaria del capitalismo, o, más precisamente, de su proceso de desenvolvimiento y crisis inevitable. Sin esta tesis, queda la “utopía9* socialista, o sea, un “proyecto” que se realizaría impulsado por el “hombre” a partir de su carácter metafísicamente ético, moral, de su rechazo a la injusticia, etc. Cuando CS habla de “socialismo o barbarie” sumado a su crítica a la “inevitabilidad” del socialismo, lo que queda retratado es un socialismo moral, o sea, el socialismo como necesidad moral.


 


El socialismo no es una opción, sino una necesidad del desenvolvimiento de la sociedad moderna. En su informe al congreso de fundación del Partido Comunista de Alemania, Rosa Luxemburgo pudo decir que “las cosas llegaron a un punto tal que ante la humanidad se plantean hoy dos alternativas: perecer en el caos o encontrar su salvación en el socialismo. El resultado de la guerra mundial es que para las clases capitalistas es imposible salir de sus dificultades mientras continúen en el poder. Comprendemos ahora la verdad que encerraba la frase que formularan por primera vez Marx y Engels como base del socialismo en la gran carta de nuestro movimiento, el Manifiesto Comunista. El socialismo, decían, se volverá una necesidad histórica. El socialismo es inevitable no sólo porque los proletarios ya no están dispuestos a vivir bajo las condiciones que les impone la clase capitalista sino también porque si el proletariado no cumple sus deberes de dase, si no construye el socialismo, nos hundiremos todos juntos”.


 


En su “defensa del marxismo” CS rechaza ¡el materialismo histórico! Es que todo está encadenado: no se puede hacer la apología constitucional de la “libre autodeterminación (sic) de los trabajadores”  y seguir defendiendo la doctrina que explica la conciencia de los hombres, no por una tautológica libre determinación, es decir, por su indeterminación, es decir por la imposibilidad de una conciencia; sino que la explica por la existencia social.


 


IX. CS y el PT


 


La pre-tesis de CS prácticamente no se pronuncia sobre una de las cuestiones fundamentales del 1° Congreso que es el balance del PT y la cuestión de la reorganización partidaria, pero lo poco que dice es muy significativo para comprender su concepción del PT y su conducta sobre él y su evolución política. Según la pre-tesis, “fue de las luchas obreras del ABC, primero y de todo el país después, que surgió nuestro Partido de los Trabajadores y la CUT. Fue de la clase obrera que surgió Lula, que en 1989 aglutinó en torno suyo a una gran franja de los explotados en una candidatura presidencial que casi salió vencedora. El PT y Lula son la mejor demostración de que los trabajadores pueden, y, más que eso, deben gobernar”.


 


CS repite aquí la mistificación común a todas las corrientes de la izquierda del PT de que éste surgió como resultado de las huelgas del ABC y de las huelgas en general, pretendiendo ignorar las determinaciones y articulaciones políticas que dieron lugar al PT (¡incluida la articulación del CS en favor de un "partido socialista”!); ver En Defensa del Marxismo, N°1, “Las tendencias trotskistas en los orígenes del PT”). De esta manera queda completamente oscurecido el hecho fundamental de que el PT surgió de una articulación política de sectores de la burocracia sindical e intelectuales y parlamentarios pequeño burgueses salidos del antiguo MDB y de las filas del stalinismo.


 


Sus primeros documentos políticos plantean como objetivo la “democratización del Estado” y la “participación de los trabajadores” en este Estado, que es el Estado burgués. En ningún momento, los dirigentes del PT, incluido evidentemente Lula, se propusieron organizar al PT como expresión del movimiento huelguístico, en cuyo caso hubiera surgido, no un partido parlamentario sino anarco-sindicalista, con la consigna de la huelga general y la asociación de los productores al margen del Estado.


 


Desde el inicio propusieron la adaptación de la estructura partidaria, con algunas modificaciones, a la legislación vigente de la dictadura, se colocaron totalmente contra la idea de un partido de clase, estigmatizado como “de mono” y no sólo no lanzaron sino que bloquearon cualquier posibilidad de que se llamase a los obreros del ABC, en particular y a las demás trabajadores en general a construir el PT a partir de sus lugares de trabajo. Una de las principales teorías al inicio del PT fue la defensa de la “autonomía de los movimientos nacionales y populares”, típica del partido parlamentario que procura la “autonomía” de la bancada del Congreso. La utilización de la campaña del 139 como ejemplo de que los trabajadores pueden gobernar es otro ocultamiento de la realidad. La campaña del '89 fue realizada contra la perspectiva de un gobierno propio de los trabajadores, pues comenzó con un programa burgués de administración del Estado, con un vicepresidente latifundista y en un frente con partidos burgueses como el PSB y Verde o pequeñoburgueses oriundos de la oposición burguesa como el PCB y el PC do B (ex miembros del PMDB). Tales planteos dejan claro que para CS, el PT es un partido obrero con una política independiente o de clase. Las posiciones de CS sobre el socialismo y la democracia, por otro lado, evidencian que hay una amplia base de acuerdo entre esta organización y las demás corrientes que componen la dirección del PT. En este sentido, CS es incapaz de estructurar una oposición de principios, revolucionaria, en resumen diferenciarse de la actual dirección del PT y señalar claramente que la política de ésta es incompatible con un partido obrero y con la independencia de clase. Esta limitación se puso en evidencia en diversas oportunidades, como en el caso de la campaña electoral —-donde la dirección del partido condujo el PT a un frente con los partidos burgueses, un frente popular en la denominación trotskista, lo que constituye un completo abandono de cualquier perspectiva de independencia de clase y una traición a los principios fundamentales de la lucha del proletaria-0 y CS consideró que la “candidatura de Lula se sobrepone” a estas cuestiones.


 


Más recientemente, el diputado federal Ernesto Gradella, militante de CS, estableció en el interior de la bancada del PT un acuerdo con todas las alas del partido para votar la propuesta de un salario mínimo en la Comisión de Trabajo de la Cámara, conforme él mismo relata al periódico Convergencia Socialista, lo que significaba dar su apoyo a un proyecto de reducción salarial en conjunto con la oposición burguesa, abandonando el principio más elemental de la lucha obrera que es la sobrevivencia física del proletariado y sólo reculó cuando la bancada del PT decidió votar un proyecto que no se diferenciaba prácticamente en nada del proyecto del propio gobierno de Collor. En ningún momento CS hizo una campaña en defensa de un salario mínimo que correspondiese a las necesidades elementales de la clase obrera, una reivindicación central de la lucha de clases del proletariado.


 


Lo más importante, en tanto, fue la posición a optada por CS durante el proceso promovido por a dirección del PT contra Causa Operaría, el cual tomó cuerpo después de un choque en tomo a la cuestión del frente popular. Ante la persecución política a una corriente revolucionaría por un conjunto de corrientes frentepopulistas, que pregonan abiertamente la conciliación con la burguesía, CS se mostró completamente incapaz de defender una posición de principios, de la misma manera que lo hizo el Mas en La Tablada, valiéndose en todo momento de evasivas. El silencio de CS sobre esta cuestión fue tan flagrante que ni siquiera se menciona el asunto en ningún número de su periódico, a pesar de haber sido objeto de varias resoluciones del directorio nacional y de su ejecutiva (de los cuales CS forma parte) distribuidas nacionalmente e impresas en las publicaciones oficiales del partido. Al extremo, CS llegó a votar, en coryunto con el directorio nacional, sin emitir siquiera una protesta, una resolución que autorizaba a proceder a la exclusión de los militantes de Causa Operaría y, en algunos lugares, apoyaron las sanciones contra militantes de Causa Operaría, votando por su suspensión por dos años en Porto Alegre y absteniéndose frente a un reclamo para que sus delegados en el Encuentro Municipal de Volta Redonda fueran acreditados.


 


Esta conducta dé CS tiene un carácter concreto. Se realiza en el PT un proceso de expulsiones de todos los sectores que se oponen a la política mayoritaria de alianza con la burguesía, de apoyo a los gobiernos burgueses, de persecución a los trabajadores en las intendencias y de encaminar al partido hacia posiciones clara y definidamente burguesas y procapitalistas. La exclusión de los militantes de Causa Operaría no es una cuestión de reglamentos (que no fueron respetados por la propia dirección nacional del partido), sino de lucha contra las posiciones de clase. En este ataque, CS, sea por omisión sistemática, sea por abierta concordancia eventual con las posiciones de la derecha, mostró que se coloca en un terreno de principios con las posiciones oficiales del PT y que su oposición tiene un carácter circunstancial, coyuntural o específico.


 


 


Anexo Correcciones que profundizan los errores 


Nuevos errores


 


En su tesis definitiva al I° Congreso del PT, publicada en su segundo cuaderno de tesis, Convergencia Socialista presenta nuevas cuestiones que sirven para ilustrar su posición sobre el socialismo expuesta en la pre-tesis anterior, exponer sus puntos de vista sobre la cuestión partidaria y modificar algunas de las posiciones presentadas anteriormente. En su conjunto, las tesis definitivas no modifican ninguna de las cuestiones fundamentales anteriormente criticadas.


 


Las modificaciones comienzan por el cambio del propio título de la tesis que pasó de "Socialismo o barbarie”. “En defensa del PT de los orígenes, por un PT socialista”. Esto deja claro, por un lado, lo que decimos sobre la concepción de la CS sobre el PT, toda vez que defiende sus “orígenes9 (democratizantes) sin explicar realmente cuál sería el “desvío” ulterior y, por otro lado, plantea una consigna característica de los movimientos nacionalistas burgueses o pequeño burgueses, el socialismo, nacional.


 


II. ¿Qué es el stalinismo?


 


En su pre-tesis, la CS presentaba al stalinismo como una “deformación9* del socialismo (“la caída de los regímenes burocráticos del Este europeo no demostró el fracaso del socialismo, sino de su deformación stalinista”). La tesis definitiva presenta un viraje al menos aparente.


 


“Lo que fue derrotado en el Este europeo fue la burocracia stalinista, un régimen político de una casta social basada en la opresión y la tiranía sobre los propios trabajadores para mantener sus enormes privilegios”.  Para eso, usurpó las banderas del comunismo y del socialismo. El stalinismo no es, y tampoco nunca lo fue, una variante, incluso perversa, del socialismo o el marxismo. El stalinismo fue una contrarrevolución política que usurpó el poder en la Unión Soviética sobre una montaña de millones de cadáveres de trabajadores y sobre la propia liquidación física del partido bolchevique”.


 


La transformación del stalinismo de “deformación" del socialismo en “contrarrevolución política” no encuentra ninguna explicación en la nueva tesis de la CS. En realidad se trata de una corrección puramente verbal pues líneas más adelante, como conclusión fundamental del capítulo sobre el Este europeo y el stalinismo podemos leer que “hay que extraer una gran lección de todos estos acontecimientos: el socialismo sólo existe, se desenvuelve y se profundiza si es acompañado de la más amplia democracia de los trabajadores, infinitamente superior a la falsa democracia que la burguesía afirma que existe bajo el capitalismo”.


Al procurar extraer la “gran lección” de los acontecimientos del Este, la CS reduce la burocracia al stalinismo y éste a uno de sus aspectos, el antidemocrático.


 


La burocracia, y aún la burocracia stalinista, ha tenido, sin embargo, un ala no stalinista o renovadora que, aunque justificó todos los crímenes contra el trotskismo, planteaba un “Estado de derecho”, es decir la progresiva institucionalización de sus privilegios en derechos de propiedad. Esto es lo que está imponiendo la burocracia hoy con el “derrumbe del stalinismo”. CS festeja esto último pero oculta lo primero. Esta “casta” (todavía) no fue derrotada. El stalinismo, por otra parte, es una expresión política consciente de la burocracia privilegiada gobernante, sí, y no solamente una forma de gobierno. Instrumento de la contrarrevolución, sí, su acción destruye las bases sociales de la revolución, una caracterización que no puede ser reemplazada, en su contenido histórico, por la constatación de los millones de cadáver se que produjo, porque no menos cadáveres produjeron las democracias capitalistas en las dos guerras mundiales y centenares “locales”. La insistencia en lo “democrático” vela el carácter de la burocracia y su condición de agente de la burguesía mundial. Por último, el stalinismo fue el sometimiento del movimiento obrero mundial a los intereses de un Estado obrero burocrático o contrarrevolucionario. Si CS no dice esto, no puede caracterizar a los partidos comunistas.


 


La esencia del stalinismo es su defensa de los intereses de la burocracia soviética, de sus privilegios, contra el movimiento obrero tanto en el terreno nacional como internacional. El stalinismo no es una fuerza contrarrevolucionaria porque esté dirigido contra la democracia en general (¡en diversas oportunidades, los partidos stalinistas defendieron de manera intransigente la democracia burguesa!). La gran lección, por lo tanto, que se debe extraer de los acontecimientos del Este no es el reconocimiento de la necesidad de luchar por la democracia sino por la dictadura del proletariado.


 


Tanto en la tesis como en la pre-tesis, CS presenta la democracia como un correctivo para el stalinismo, como un antídoto. Lo que significa que, a pesar de haber abandonado la especie de que el stalinismo es una “deformación” del socialismo, esta posición sigue en pie. La democracia en general, aunque reciba el nombre de “democracia obrera” o “socialista”, no transforma el régimen burocrático en revolucionario socialista. Solamente la defensa de la revolución proletaria mundial puede ofrecer una alternativa a la crisis de los países del Este y también para el conjunto de la humanidad en la actual situación.


 


II. Socialismo


 


En nuestra crítica a la pre-tesis de CS señalábamos que su internacionalismo tenía un carácter puramente verbal que, en realidad, correspondía a una política nacionalista. En la tesis, CS defiende la propiedad estatal señalando que “es verdad que, en los últimos años, las economías de los Estados obreros venían en un proceso de estancamiento y retroceso. Pero eso no puede acreditarse a la socialización de sus economías, y sí a las deformaciones (sic) del planeamiento burocrático, que se transformaron en un obstáculo insuperable para el crecimiento. (…) El problema estuvo y está en los regímenes políticos de estos países, controlados por la burocracia stalinista, con la cual las masas ya comenzaron a ajustar sus cuentas”.


 


Es por lo menos difícil considerar el desastre económico de la gestión burocrática como meras “deformaciones” en la planificacióno, o incluso “en los últimos años" (¿y la crítica de La Revolución Traicionada?). Así planteado, se trata de “corregir” la “deformación”y no de derrocar a la burocracia.


 


CS omite que la crisis de los países del Este está ligada a la política de colaboración de la burocracia contrarrevolucionaria con el imperialismo a un nivel mundial. La sustitución de una política internacionalista por la coexistencia pacífica produjo el obligado super-armamentismo de la URSS que fue, al mismo tiempo que la carga intolerable para la economía, la fuente de grandes privilegios para la burocracia de la industria militar. El “socialismo en un solo país” fracasó en su premisa original — la seguridad militar del país. Esa misma política internacional se expresó en el endeudamiento externo, que ya había llevado a la bancarrota a Hungría o Polonia por lo menos quince años antes del “Muro de Berlín”.


 


En resumen, la reivindicación de la democracia no resuelve nada; escamotea que es la bandera de la restauración.


 


III. ¿Cuál fue el “error” en Nicaragua?


 


La tesis definitiva presenta un capítulo que no estaba presente en su tesis anterior, titulado “Nicaragua, las lecciones de la derrota de los sandinistas no pueden ser ignoradas”. Según CS, la tesis oficial del PT es que la derrota sandinista se debió a la presión y al sabotaje norteamericano, pero en realidad la dirección del PT responsabiliza de la derrota a las masas nicaragüenses que, según ella, votando a Violeta Chamorro “no supieron defender las conquistas revolucionarias”


 


Según CS, el problema central habría sido la “política adoptada por la dirección del FSLN”, no expropiar a la burguesía, lo cual “hubiera sido un duro golpe al imperialismo y sus guerrilleros, además de permitir disminuir los costos sociales de la guerra”. El hecho de que “los sandinistas aplicaran una política económica con grandes sacrificios para las masas (…) y con concesiones económicas a la burguesía” y, finalmente, hicieron “varios pactos con el imperialismo”. La conclusión es que “el conjunto de la política de la dirección del FSLN fracasó, llevó a la Revolución a un pantano, está en la raíz de la derrota electoral”.


 


CS no cuestiona, sin embargo, el derecho político que el FSLN otorgó a la contrarrevolución de disputarle el poder, permitiendo incluso la participación del imperialismo. El FSLN consagró de este modo todos los acuerdos y garantías pactados con el imperialismo desde la formación del co-gobierno con la burguesía en 1979. En una palabra, ¡al FSLN no se le puede reprochar el “vicio” antidemocrático del stalinismo, ni la posibilidad dada a los diferentes partidos de actuar en el marco de la “autodeterminación libre de los trabajadores”! ¡El FSLN realizó el programa de CS y de la LIT!


 


El hecho de que los sandinistas hayan colocado el poder en juego en una disputa electoral con la contarrevolución, con el imperialismo, expresa el reconocimiento de un terreno común con ellos y la conclusión de que los sandinistas entregaron el poder a la burguesía contrarrevolucionaria voluntariamente. ¡O bien de otro modo hubieran sido “totalitarios”! ¿De qué se queja CS?


¿De la política de “austeridad” del FSLN? ¿De los subsidios a la burguesía? Pero en el marco de una estrategia democrática, ¿cómo hubiera evitado, sin esos subsidios y sin esa “austeridad”, una guerra civil incontenible a la escala de América Central y la propia dictadura del proletariado? Es meridianamente claro que una política revolucionaria, nacional e internacional, era incompatible con la democracria que reivindica Convergencia Socialista junto a todas las tendencias democratizantes del PT.


 


En el discurso de clausura del Encuentro de San Pablo de partidos de izquierda, Lula se extrañó de que el FSLN hubiera convocado a elecciones en medio de una hiperinflación. El metalúrgico que Lula aún guarda en su inconsciente le jugó una mala pasada al Lula democratizante, pues la sola propuesta de postergar las elecciones indefinidamente hasta el arreglo de la situación económica es propia de un “dictador” y de un “sectario de Causa Operaría”.


 


Al dejar de criticar esta cuestión fundamental —en realidad, la única cuestión realmente fundamental— CS plantea a las claras que su “socialismo con democracia” se encuentra en frontal oposición a la estrategia marxista de la dictadura del proletariado. La posición de CS sobre la liquidación de la revolución nicaragüense es una demostración práctica de su carácter democratizante. En este punto, todas las corrientes del PT están de acuerdo en no criticar el hecho de que la dirección sandinista, en lugar de aplastar a la contrarrevolución con métodos dictatoriales, le entregara el poder por vía electoral, supuestamente democrática (la democracia consiste en que primero el imperialismo destruyó el país y después lo corrompe electoralmente). Este procedimiento “democrático” constituye una completa e integral traición a la revolución y al sacrificio de millares de nicaragüenses que dieron la vida por el triunfo de la causa popular.


 


IV. PT de los orígenes


 


En la versión definitiva de su tesis, CS hace una verdadera apología de la creación del PT, señal de que se encamina a un entendimiento con la derecha y Articulación. sí, para CS “el PT nació de cara a las huelgas obreras y por eso se hizo de lucha (el PT tuvo, ergo tiene, una dirección combativa). Nació independiente de cualquier partido patronal, lo que expresaba un alto grado de conciencia política de los trabajadores en un momento en que el PMDB gozaba de gran prestigio como oposición a los militares (tuvo, ergo tiene, una dirección con conciencia de clase) atrayendo a varios sectores de la izquierda tradicional (que fue, ergo es, revolucionaria). Por eso se hizo clasista. Más que eso, la historia del PT es la historia del debate y de la diversidad de ideas, visiones y opiniones políticas del movimiento obrero y socialista que confluyeron en la tarea de construir el PT. Por eso, nuestro partido es democrático desde su origen (es decir, tiene todas las características de una tendencia políticamente homogénea, dirigida por el centralismo democrático)”.


 


La mayoría de los sectores que estuvieron presentes en la construcción del partido, rechazaron explícitamente construir el PT como un partido obrero (“<clasista”), así como también vincularlo con las luchas obreras. Lula y varios de los sectores pequeñoburgueses que participaron de la fundación del PT solamente lo hicieron después de una tentativa frustrada de acuerdo con el MDB a través del ala auténtica, a la cual apoyó en las elecciones del '78. La mayoría de las corrientes de izquierda del PT, incluida CS, militaban en el partido burgués de oposición. ¿La idea de que el PT “se hizo de lucha” corresponde a la política seguida por la principal dirección del partido que enterró las huelgas del 79 y el '80 en el ABC, llegando al extremo de negociar la suspensión de la intervención en el sindicato por la suspensión de la huelga? Lo mismo vale para la noción de que el PT “es democrático desde su origen”, un partido donde, desde el primer momento, su dirección se levantó contra que los núcleos tuvieran cualquier poder deliberativo o incluso que existiesen (proponían la completa adaptación del partido a la estructura legal), donde se realizaba sistemáticamente campaña contra los supuestos “grupos clandestinos” y los militantes con “dos camisetas”, que privilegió desde el inicio el poder económico a través de campañas electorales individuales con finanzas propias.


 


Para CS, la política de la derecha va en el sentido de “refundar”, “descaracterizar el partido, renegando de su pasado . Contra eso, presenta siguiente proposición, el PT no necesita convertirse en otro partido. Tiene que ser el mismo PT que los trabajadores construyeron al mismo tiempo en que construían su conciencia de clase, su independencia y su organización, su militancia”. Esta es la propuesta de acuerdo que CS ofrece para la negociación interna.


 


En lo esencial, no hay ningún cambio programático o estratégico de la dirección del PT. El cambio principal consiste en el cambio de la situación de conjunto. Con el advenimiento del régimen constitucional (en realidad, una ficción de régimen constitucional), la pequeña burguesía y la burocracia sindical que antes buscaban un espacio político propio para la defensa de sus intereses, que se expresaban a través de la reivindicación de la democratización del Estado, hoy se sienten contempladas por el actual régimen político que permite su ascenso a la administración de importantes intendencias, al parlamento e, inclusive, a la presidencia de la República. Pero, por otro lado, el “desvío democrático” de 1979-80 no logró disipar por mucho tiempo la situación pre-revolucionaria en el país. Un “PT de lucha”, un “PT clasista”, significaría un partido de acción revolucionaria. El Estado exige al aparato del PT que se defina; lo hace abiertamente por medio de los grandes medios de comunicación. Esta es la situación que se ha creado; los sectores democratizantes han cobrado una conciencia clara en su política. Es lo que no ocurre, y para nada, con CS, Democracia Socialista u O Trabalho. La política del PT apunta abiertamente a la colaboración de clases y a la integración al Estado — e incluso ¡a la religión! (enseñanza confesional en el municipio de San Pablo).


Convergencia Socialista pretende, en lugar de ofrecer una salida a esta crisis irreversible, que la gallina vuelva al huevo. De ahí su seguidismo y rastrerismo, y su inevitable fracaso.


 


En el momento en que el Estado se organiza como un régimen de relativa participación política, relativa en función de las características esencialmente antidemocráticas de este régimen, la pequeño burguesía se vuelve conservadora y propone simplemente la defensa del status quo. La defensa del pacto social, del entendimiento nacional, votación del salario de 42.000 cruceiros, la votación del fin de la Ley de Reserva de Informática, ^ apoyo a las privatizaciones, la defensa de la legitimidad de Collor, etc., son la expresión de esta situación concreta.


 


La vanguardia solamente puede ser independiente rompiendo completamente con esta estrategia democratizante y con sus voceros y sus representantes políticos, lo único que permitirá un reagrupamiento de fuerzas para desarrollar la posibilidad de un partido obrero realmente independiente y realmente socialista.


 


El conjunto de la izquierda del PT, incluida naturalmente CS se colocaron desde los “orígenes” e n contra de defender un programa revolucionario para el PT y su estructuración como partido de clase en nombre de que “no era el partido revolucionario” (como si ser el partido revolucionario fuera una característica inmanente de algún partido), de que “era un partido legal” (como si para conquistar la legalidad un partido precisara ser obligatoriamente oportunista) y que “estrecharía al PT” (como si el programa revolucionario y no el programa democratizante contrariase las tendencias objetivas de la lucha de clases y de la evolución de las masas).


No hay más lugar para un “PT de los orígenes”. Ahora entramos en una nueva etapa política.


 


La política de CS, de defensa del “PT de los orígenes” es un callejón sin salida. Y como decía Hegel, una política que no es real; existe, sí, pero no tiene perspectivas; es, entonces, un freno; no una brújula, sino un espejismo.


 


V. Tendencias


 


Según la tesis presentada por CS, “el llamado régimen de tendencias que existe en el partido es inherente a su carácter democrático”.


Nuevamente, CS recae en su ilusión parlamentarista —ahora pretendiendo que un partido no tenga una línea política homogénea y que se transforme en un club de discusión.


 


La homogeneidad del PT en estos diez años, estuvo dada, precisamente, por el carácter democratizante del 99% de sus tendencias, lo que permitió tolerar a los revolucionarios como una no molesta minoría. La crisis del Estado y la lucha de masas han puesto esta homogeneidad en crisis (además, claro está, de los apetitos contradictorios de sus protagonistas con relación al presupuesto del Estado). Hasta el PS francés sufre esta misma crisis — allá las tendencias se llaman “sensibilidades”. ¿El PS francés es democrático? Solo si se logra un acuerdo con la derecha y Articulación, las tendencias, meras “capillas internas”, podrían subsistir. Pero es natural que todos los partidos de régimen interno parlamentarista sufran el hundimiento del parlamentarismo.


 


Los “trotskistas” de CS se lanzan a rescatar este régimen sin comprender sus limitaciones, dejando que se agote sin usarlo para luchar por una política revolucionaria.


 


El supuesto carácter  “pluralista" del PT es señalado como un gran mérito por todas las corrientes, las que al mismo tiempo son favorables a duras restricciones a la actividad de las tendencias divergentes y concuerdan con la expulsión de Causa Operaría. Sin embargo, esta seudo-pluralidad está lejos de ser una fuerza. Un partido fuerte es aquel que consigue un alto grado de homogeneidad política, de cohesión interna, donde los intereses de clase permiten superar los intereses particularistas de grupo. El PT surgió como un partido de diversas tendencias. Sin embargo, su progreso como partido obrero debería reflejarse en su absorción, no en forma organizativa, sino de una evolución política y de clarificación de las divergencias a través de la prueba de la acción política. Lo que ocurre hoy es lo opuesto: las tendencias se cristalizan cada vez más como agrupamientos independientes y, lo que es peor, en la forma de tamarillas cuyos propósitos políticos son completamente desconocidos por la militancia partidaria. No hay unidad política, no hay superación de las tendencias, sino su preservación detrás de una unidad administrativa.


 


Un partido obrero no puede basarse en un régimen de tendencias; debe buscar la unidad política para transformarse en expresión de los intereses de la clase y de su conciencia de estos intereses. En este sentido, debe prever, entre los métodos de funcionamiento y organización, el derecho de tendencia y el derecho de fracción, no como un objetivo estratégico, sino como un recurso necesario para que el partido pueda obtener su unidad a través de la libre discusión de las divergencias.


 


El PT, por el contrario, funciona a través de un régimen de tendencias, pero no permite el derecho de tendencia. En el V9 Encuentro Nacional del PT, su dirección, con el apoyo de todas las corrientes, inclusive CS, aprobó una reglamentación de tendencias que fue saludada como un gran avance. La reglamentación de un derecho es siempre la restricción de este derecho. La reglamentación del derecho de huelga, por ejemplo, significa imponer límites a la utilización de este derecho por los trabajadores. Un derecho reglamentado no es sino un derecho limitado y restringido. La reglamentación del derecho de tendencias en el interior del PT es uno de los mejores ejemplos en este sentido: el PT nació ya con varias tendencias en su interior; en ealidad, fue formado por estas tendencias. El derecho de tendencia no preciso ser reglamentado en el inicio y ni siquiera establecido, porque fue impuesto naturalmente por los hechos y porque hubiera sido imposible prohibirlo. Este derecho fue ejercido sin restricciones legales (a pesar de que la dirección del partido intentase siempre imponer restricciones políticas) hasta que la reglamentación de este derecho prohibió prácticamente toda sus características básicas: derecho de publicar sus opiniones en un periódico, de recolectar fondos, de tener sedes, de expresar sus divergencias “fuera” del partido (en realidad dentro, porque la mayoría de los militantes y afiliados está “fuera” del partido) etc.


 


Estas restricciones formales fueron apenas la cobertura para establecer un régimen de Estado de Sitio político dentro del partido. Escudándose en esta reglamentación, la dirección del partido se otorgó el derecho de vigilar el pensamiento de toda la izquierda del PT. El proceso contra Causa Operaría, que es el principal ejemplo de este hecho, tiene como base las divergencias políticas con la dirección y un pedido de retractación de posiciones políticas, un procedimiento inquisitorial y de caza de brujas.


 


En el pasado reciente, CS —que ya se había pronunciado a favor de la reglamentación del derecho de tendencias como principio— acordó en someterse sin ninguna crítica a las restricciones impuestas por la dirección del partido, realizando incluso una conferencia nacional, bajo la fiscalización de la dirección del partido, para aprobar resoluciones políticas del agrado de esta dirección, aceptando asila interferencia administrativa en la formulación de sus ideas políticas. Este procedimiento equivale a una capitulación frente a la dictadura de la dirección del PT y del régimen de Estado de Sitio.


 


Lo más grave, sin embargo, es que en una tesis que tiene un capítulo sobre la cuestión del derecho de tendencia, CS se limite a generalidades y no sea capaz de denunciar abiertamente las brutales violaciones ya cometidas contra el partido. CS no dice una sola palabra sobre el proceso contra Causa Operaría (el que calla, otorga) lo que por sí solo ya revela un completo abandono de la lucha por este derecho. Si la CS no va a luchar por los derechos de una tendencia revolucionaria perseguida, en un foro de tamaña importancia como el I- Congreso del Partido, y no es capaz de mencionar siquiera este hecho en sus tesis, ¿cuándo, dónde y cómo irá a defender un régimen democrático para el partido? Esta es una lucha a la cual CS renunció completamente y, con eso, se transformó en un rehén de la política stalinista de la derecha del partido.


 


Este hecho es todavía más notable porque la propia CS ha sido sistemáticamente amenazada con las mismas sanciones que Causa Operaría. Esto quiere decir que CS escogió el camino de un acuerdo, que cree posible, para permanecer en el PT. Sin embargo, tal acuerdo solamente puede hacerse a través del completo abandono de cualquier oposición de principios al actual curso derechista y burgués del PT.


 


VI. El programa de las intendencias


 


Las intendencias administradas por el PT se caracterizan como administraciones capitalistas: privilegios a los empresarios locales (transportes), congelamiento salarial, despido de empleados públicos, persecución política, planes económicos de saneamiento financiero, subordinación a la constitución del Estado burgués y no se apoyan en la movilización de las masas en lucha sino en la burguesía y los partidos burgueses. La explicación de este hecho, que CS no caracteriza de conjunto (sería necesario responder: ¿cuál es el carácter de las administraciones petistas?) es la siguiente: “la presión de este aparato (del Estado burgués, NR) fue más fuerte que el programa, constantemente pisoteado por las intendencias”. Esta conclusión evidencia, primero, el acuerdo de CS con el programa del PT (un programa burgués, de administración y “democratización” del Estado) y, segundo, que CS es incapaz de combatir programáticamente a la derecha del partido porque ni siquiera sabe reconocer qué es un programa político. Las intendencias no pisotearon el programa del PT sino que lo adaptaron a las condiciones de administración del Estado burgués, lo que puso en evidencia todas sus limitaciones intrínsecas. La columna vertebral de un programa es su estrategia política. El programa con el cual el PT ganó las elecciones para las intendencias preveía el respeto al Estado burgués, ya que proponía un gobierno democrático popular y la democratización de este Estado. Los demás planteos del programa solamente pueden caracterizarse por referencia a esta estrategia. CS es incapaz de distinguir lo fundamental de lo accesorio. Una vez que un partido acepta lo fundamental, o sea, el respeto al Estado burgués y se coloca en la perspectiva de su defensa, lo demás es una consecuencia de esta estrategia. CS señala que las intendencias archivaron la propuesta de consejas populares, lo que es apenas una confusión. El PT nunca defendió consejos populares soberanos y que se estableciesen como organismos de soberanía de las masas; sólo dejó esta cuestión como una ambigüedad dentro del programa. Las intendencias crearon consejos populares ficticios, un simulacro de organización popular con carácter consultivo, una completa inutilidad y una pantalla para su administración burguesa. Es evidente que es necesario denunciar esta manipulación de la opinión pública dentro y fuera del partido, pero eso no tiene nada que ver con reclamar que las intendencias cumplan su programa, que es un programa de defensa del Estado burgués.


 


VII. Pacto social


 


En el IV° Concut, CS presentó como crítica principal a la dirección de la CUT su participación en las negociaciones del pacto social propuesto por el gobierno de Collory propuso la estructuración de un frente, que se concretó en tomo a esta cuestión. En este documento, CS lanza la consigna de “ningún pacto social”, caracterizado como “una tregua social, con el aval de las direcciones del movimiento de masas para continuar saqueándonos con tranquilidad”.


 


CS demuestra una vez más que tiene una comprensión formal del pacto social, al cual concibe como un acuerdo firmado que eliminaría las huelgas y todas las luchas de los trabajadores para entregarlos con las manos atadas a la burguesía. Esta es sólo la versión más extrema del pacto social, cuya inviabilidad en este momento está dada no por la política de la dirección de la CUT sino por la resistencia del movimiento obrero contra la política de la burguesía que se transforma permanentemente en una resistencia a la política de la dirección de la CUT que es, independientemente de cualquier acuerdo formal con el gobierno y la burguesía, una política de pacto social. Este hecho que es infinitamente más importante que la denuncia de un posible pacto social firmado entre la CUT y el gobierno, no es mencionado siquiera por CS. La huelga general de protesta, la sistemática negativa de la dirección de la CUT a unificar las luchas, el inmovilismo frente al congelamiento y a los despidos, el desvío de todas las expectativas hacia el congreso nacional sin ninguna política para movilizar a los trabajadores, la política sistemática de derrotas en las huelgas en todos lados, el “apoyo crítico” a los planes del gobierno, la defensa de la “gobemábilidad”, esto es el pacto social. Esta política tiene su raíz en la estrategia política del PT, que dirige la CUT, y que hace un frente con los partidos y gobiernos burgueses, que propone la defensa de la democracia, etc. En estas condiciones, la caracterización de que “correctamente, la dirección del partido rechazó el pacto con el gobierno el año pasado, lo que no fue seguido por los petistas que dirigen la CUT”, es una verdadera política de complicidad. La política de pacto social es estratégica para la dirección del PT que lo rechazó con Collor porque percibió que éste no estaba dispuesto a negociar un “verdadero” pacto social, sino apenas un simulacro de negociación. A esto se refiere la crítica común, de parte de los dirigentes del PT y de la CUT, de que el gobierno “no es serio”.


La demostración fundamental de que el pacte social es una línea estratégica del PT puede verse en el debate de la cuestión salarial en el congreso nacional. El PT adoptó —con el apoyo de la dirección nacional— la política de conseguir lo “posible”, o sea, de conseguir aquello que podría acordarse con la burguesía. Es importante resaltar que no se trataba de una cuestión menor, sino de la cuestión de interés más vital para la clase trabajadora, su sobrevivencia material. En este punto, la política inicial del PT fue la de defender —no las necesidades vitales de los trabajadores— sino la propuesta de la Comisión de Trabajo de la Cámara, de 62.000 cruceiros, en torno de la cual se formó un amplio acuerdo con la “oposición” burguesa. (PMDB, PSDB, PDT, etc.), propuesta ésta que era nada más, como se verificó un poco después, que una propuesta de negociación con el gobierno. |Qué otro nombre se puede dar a esto sino el de pacto social! Nadie firmó un documento que tampoco era necesario. No se hizo ninguna campaña de denuncia de los acuerdos en marcha en el Congreso nacional; durante la llamada huelga general de abril, la reivindicación de un salario mínimo vital (o de cualquier salario), ni siquiera estuvo entre las reivindicaciones de la movilización y, finalmente, salario de 42.000 cruceiros fue considerado como una “victoria”. Frente a esto, ¿cuál es la necesidad de firmar un pacto social?


 


La política de CS frente a este episodio crucial fue de participación en la política del PT. CS, que cuenta con un diputado federal en la bancada del PT, no hizo ninguna campaña contra el acuerdo que se estaba armando a costa de los trabajadores; no luchó para que la huelga general fuese una huelga de lucha por las reivindicaciones vitales de las masas (lo que comprendería un salario mínimo equivalente a las necesidades básicas de una familia trabajadora), sino, al contrario, apoyó esta política, absteniéndose apenas de sus consecuencias últimas, o sea, de la capitulación total frente al gobierno de Collor en la votación del salario de 42.000 cruceiros, lo que, sin embargo, no transforma su política anterior en una política de clase, pues llegar a un acuerdo con los partidos patronales para aprobar un salario de hambre de 62.000 cruceiros puede ser todo, menos una política de clase. Así su rechazo al pacto social no va más allá de un rechazo formal.


 


Se debe decir una palabra adicional, también, de la defensa que hace CS del salario mínimo de la DIESSE. La tarea de un partido revolucionario es defender los intereses inmediatos e históricos del proletariado. En este sentido, la cuestión salarial es un aspecto absolutamente central. La reivindicación histórica del movimiento obrero es de un salario mínimo que satisfaga las necesidades fundamentales de una familia trabajadora (alimentación, vestimenta, salud, vivienda, educación, transporte, esparcimiento, etc.), o sea, que la fuerza de trabajo sea vendida, por lo menos, por su valor — que como enseñó Marx es el mínimo necesario para la producción y la reproducción de la fuerza de trabajo. Esta es una reivindicación elemental. El salario mínimo de la DIESSE ya hace bastante que no cumple con este requisito fundamental porque se apoya en criterios técnicos que no tienen nada que ver con este criterio fundamental, como por ejemplo, el de que el alquiler debe corresponder al 36% del salario total, con lo que la parte destinada a la vivienda no es suficiente para pagar el alquiler de una casa de dos ambientes en ningún lugar del país.


 


El rechazo del pacto social no puede ser una política declamatoria; solamente será una lucha real si es una acción política que rompe con los marcos de la colaboración de clases. No basta oponerse a que la CUT se siente a una mesa con el gobierno y la FIESP para firmar un acuerdo. Lo fundamental es oponer a la política de colaboración, de inmovilismo, de quiebra de las huelgas, etc., una política de movilización independiente de los trabajadores por sus reivindicaciones fundamentales. Esto es lo que CS efectivamente no hace, constituyéndose así en el ala izquierda de la misma política seguida por la dirección de la CUT y del PT.


 


VIII. La CS en la encrucijada


 


CS —y el conjunto de la izquierda del PT— se encuentra en este momento en una encrucijada política. Tanto la pre-tesis como la tesis definitiva presentadas por CS ponen claramente en evidencia que esta corriente no es una alternativa a las corrientes oficiales del PT, que es incapaz de romper efectivamente con ellas, tanto desde el punto de vista teórico como desde el político. Hasta hoy, CS viene practicando el arte de diferenciarse de Articulación y de la derecha del PT en cuestiones prácticas u ocasionales, sin establecer nunca una oposición de principios. Esta vía está, sin embargo, completamente agotada en función de la evolución de la situación política y del propio PT.


 


CS refleja este agotamiento en la medida en que se adapta a los planteamientos más reaccionarios de la dirección del PT y de la CUT como en la cuestión de las tendencias, del salario mínimo, del pacto social, etc.


 


El entrelazamiento de CS con esta política conduce a una enorme crisis política en su interior y a su liquidación integral como corriente independiente.

Las “tradiciones nacionales” del PC de Uruguay


La crisis del Partido Comunista uruguayo ha adquirido un carácter explosivo. El desmoronamiento de este partido hace ya tiempo es evidente: miles de afiliados abandonaron sus filas, las finanzas se encuentran en bancarrota, cierran los locales partidarios, desapareció su prensa diaria, no logra presentarse unido en las elecciones sindicales, la UJC está virtualmente disuelta, diariamente la prensa recoge críticas y denuncias de militantes y ex-militantes contra la dirección.


 


Esta crisis es de una importancia evidente, si tenemos en cuenta que el PC ha controlado al movimiento obrero uruguayo en el último medio siglo y que su peso en la “izquierda” llegó en 1989 a casi el 50% de los votos (hoy las encuestas le otorgan una “intención de voto” del 20% de los frenteamplistas —una caída de más del 50% en un sólo año). Hace apenas unos días se realizó en Uruguay un Congreso de la central obrera (PIT-CNT) que tenía por finalidad consagrar la “autorregulación del derecho de huelga” y una mayor burocratización: este operativo político fracasó fundamentalmente por la crisis del PC y el FA, ya que la burocracia sindical no logró reunir el número de votos necesarios para consagrar la reforma estatutaria.


 


En los últimos tres años, la dirección del PCU ha intentado desesperadamente contener esta crisis a través de la llamada “renovación”, que no “renovó” nada: el Comité Central sigue siendo básicamente el mismo que existía antes del golpe de 1973; los planteamientos políticos de la “renovación” resaltan el carácter “democrático” y “frenteamplista” del PC, lo que no es más que la repetición de los planteamientos clásicos del stalinismo.


Una semana después del fallido golpe de Estado en la URSS, el Secretario General del PCU (Jaime Pérez) en una acción desesperada propuso formar “un nuevo partido socialista y democrático con otras fuerzas de izquierda”. Hace apenas un año el mismo Pérez declaraba que “todo está en discusión, excepto el nombre”. La pretensión de que el llamado a conformar un nuevo partido sería una simple continuación de la llamada “renovación” del PCU constituye una maniobra para preservar la “infalibilidad” de la dirección, que se ha visto superada por la crisis.


Ya a mediados de este año la descomposición del PCU había quedado expuesta a través de un documento “suprapartidario” firmado por veinticuatro dirigentes del FA (liderados por la fracción “renovadora” del PC). El “documento de los 24” llama al abandono del planteamiento antiimperialista limitado del FA, para incorporarse a la “revolución científico-técnica”, que pasaría por la “reconversión industrial” y la “integración” (Mercosur más la “Iniciativa para las Américas”). Los “renovadores” del FA y del PC se pasan con armas y bagajes a las posiciones del imperialismo yanqui, tirando por la borda el planteo —propio de los movimientos nacionalistas y los frentes populares— de la autonomía nacional. Abrazando la llamada “reconversión productiva”, plantean la destrucción de las fuerzas productivas y las conquistas laborales.


 


En el PIT-CNT, la “renovación” agrupa a dirigentes de los más variados orígenes políticos (stalinistas, socialistas, ex-foquistas, del partido blanco, socialcristianos) y todos confluyen en la conclusión acerca de la “incapacidad del movimiento sindical en mantener el papel histórico de mediación entre los intereses populares, fundamentalmente de los asalariados, y la clase política y el sector empresarial”. Esto significa que la burocracia se integra a la política del gran capital proimperialista contra las masas. La aceptación de la “reconversión”, del ataque a la fuente de trabajo, de la reducción de personal en el sector público, de las privatizaciones, del pago del salario de acuerdo a la “productividad”, y el boicot a las luchas obreras, revelan este abandono de la burocracia de su rol clásico de arbitraje en la lucha de clases.


 


La propuesta de Pérez de conformar un nuevo partido “socialista y democrático” apunta al “reciclaje” del aparato burocrático del PC para pasar a cumplir una función directamente burguesa. El stalinismo abandona de este modo toda referencia histórica, organizativa e internacional a la clase obrera organizada. En su pasaje a posiciones proimperialistas, los “renovadores” no hacen más que imitar a los Gorbachov y los Yeltsin. La pretensión de disolver al PCU en un nuevo partido y al FA en u-na alianza “más amplia” con otros partidos de la burguesía (“gobierno de mayorías”), abandonando las consignas y planteamientos “nacionales y populares” y asumiendo el punto de vista de la “reconversión industrial” y la “flexibilización laboral”, significa la inserción de la “izquierda” en el Plan Bush.


 


Esto no hace más que confirmar la caracterización marxista de que el stalinismo es la negación de la revolución proletaria. El operativo de “reciclaje” del aparato del PC para ponerlo al servicio de la pequeña burguesía proimperialista es la culminación de una evolución histórica de creciente entrelazamiento de la burocracia con la burguesía mundial. La dirección del PCU “reconoce” su pasado “servilismo ideológico” respecto al PCUS, pero afirma que en lo “nacional” ellos actuaron con independencia y a partir de un análisis de la realidad uruguaya y del carácter de la revolución en nuestro país. La finalidad de este artículo es demostrar que la historia del PCU impugna la pretensión de una trayectoria independiente de este partido respecto de la burocracia del Kremlin. Dicho de otro modo, la historia del PCU demuestra que siempre fue stalinista y contrarrevolucionario.


 


Nacimiento y “stalinización” del PCU


 


El PC uruguayo nació en 1920 cuando el VIII9 Congreso del Partido Socialista resolvió la adhesión a la IIIa Internacional por 1927 votos a favor, 175 en contra y 257 abstenciones. Esto fue un hecho profundamente progresivo, en función del impacto de la revolución rusa en nuestro país y de la lucha de tendencias que existía en el viejo PS (entre el ala reformista y el ala intemacionalista). Sin embargo, el PC surge con grandes limitaciones políticas. La dirección fundadora del PS (Frugoni), abiertamente reformista, declara que respetará la resolución del Congreso y permanecerá en el partido, lo que le es permitido, al punto que el propio Frugoni permaneció en la dirección del diario “Justicia”.


 


La escisión fue el resultado de la votación de las “21 condiciones” para el ingreso a la IC, que se votaron el año siguiente en el VI2 Congreso Extraordinario (1007 votos a favor, 110 votos por la aceptación de las condiciones con reservas). Los frugonianos abandonaron el partido (que pasó a llamarse “Comunista”) y re-fundaron el Partido Socialista.


 


La debilidad política del nuevo partido será, sin embargo, fatal. Nacido antes que nada como expresión de la adhesión a la revolución soviética, la joven dirección será fácilmente sometida por la burocracia emergente en la URSS a la stalinización de la IC. El estrangulamiento de la vida interna del partido, la prohibición de formar fracciones, la depuración de los cuadros más críticos, permitieron la rápida transformación del PC en una agencia de la burocracia soviética.


 


A influjo de la política del Kremlin para China (revolución democrático-burguesa bajo dirección del partido nacionalista —Kuomin-tang—, disolución del PCCh en dicho partido burgués) el PC uruguayo definirá a fines de la década del "20 ¿jue la revolución debería ser “a-graria y antiimperialista, una revolución a' puntada a demoler las relaciones de propiedad semifeudales en el campo» basadas en el gran latifundio, y liquidar la dominación del imperialismo que deforma (…) la (…) economía nacional, reduciendo (al) país a la dependencia semicolonial”. Del carácter “dependiente” y “semifeudal” del país se deducía la necesidad de un período de desarrollo capitalista: esta tarea exigía realizar la revolución democrático-burguesa donde la burguesía nacional estaba llamada a cumplir un rol dirigente y donde la clase obrera debería actuar en su apoyo durante toda una etapa histórica sin plantearse sus propios fines estratégicos como clase (es decir, la revolución socialista).


 


Salvo el breve período de ultraizquierdismo (1929-1934) conocido como el “tercer período”, éste será el soporte “teórico” de la política del PC de seguidismo a la burguesía. Luego del aplastamiento de la clase obrera china por los “aliados progresistas” del Kuomintang, Stalin lanzará a la IC a una política histérica de ultraizquierdismo en función de que se habría inaugurado el “tercer período” revolucionario y estaría planteada la construcción de soviets y la toma del poder en todos lados. El PC uruguayo no fue la excepción en esta política, solamente digamos que como “peculiaridad criolla” se responsabilizó de esta política ultra-izquierdista… ¡¡“a los trotskistas”!! Según el entonces Secretario General del PCU, Eugenio Gómez, todavía en 1934 “seguía predominando en la dirección la orientación del grupo trotskista (!!), que golpeaba indistintamente a la dictadura (de Terra) y a los partidos de oposición cuyos militantes eran apresados y sometidos a la tortura”. “En vez de una lucha centrada contra el imperialismo y el gran latifundio, sobre la base de un programa capaz de unir tras el proletariado a los campesinos, a las capas medias, a las grandes masas populares, impusieron una fraseología extremista acerca de la revolución proletaria. Se repudiaba toda alianza con aquellas clases y capas sociales que por toda una etapa o en torno a determinados problemas, pudieran marchar junto al proletariado. En vez de la lucha de masas en defensa de las libertades democráticas y de las reivindicaciones de los trabajadores atacados por la oligarquía y el imperialismo, formulaban declaraciones señalando que los principales enemigos eran los sectores de la burguesía liberal y de la pequeña burguesía que se o-ponían al golpe de Estado reaccionario”.


 


El “Frente Popular Antifacista”


 


En enero de 1935 se produce un levantamiento de sectores batllistas y blancos frente al que el PC permaneció neutral. Gómez, que regresaba de uno de sus frecuentes viajes a Europa con la línea “actualizada”, urgió a la dirección del PCU a lanzar un manifiesto en apoyo a esa intentona que fue rápidamente sofocada. La burocracia stalinista se pasaba ahora a la política de frentes con la burguesía democrática (“frentes populares”). La URSS ingresaba a la Sociedad de las Naciones (1934) y firmaba con Francia un pacto de no agresión y apoyo recíproco en caso de guerra, frente a lo cual el PC francés votaba los créditos de guerra al imperialismo galo.


 


Lo que había sucedido en el medio era la derrota de la clase obrera alemana (ascenso del nazismo) como consecuencia de la política ultra-izquierdista del PCA (que caracterizaba a la socialdemocracia como “socialfascismo” y se negaba a hacer frente común con ésta contra los nazis). El ascenso de Hitler sin que el PC y la socialdemocracia le opusieran resistencia significaba la derrota de la clase obrera más numerosa y politizada de Europa y la amenaza militar contra la URSS. Ante las consecuencias de esta política criminal, Stalin girará a un acercamiento con las potencias “democráticas” e instará a los PC a conformar “frentes populares” (de colaboración de clases).


 


El viraje provocó una crisis en el PC, al punto que uno de sus dirigentes (Rizzo) declaró en el CC. “Hasta 1935 me consideraba un teórico de la revolución democrático-burguesa, pero llegó el VII9 Congreso (de la IC), no comprendí más nada, tiré los libros y dejé por cuenta de otros la responsabilidad de la dirección del Partido”. El informe del búlgaro Dimitrov al VII" Congreso de la IC caracterizaba al fascismo no como expresión de la descomposición capitalista sino como expresión de la fracción “más reaccionaria”, “más chauvinista” del capital financiero internacional, por lo que se planteaba unir en su contra a “todo el pueblo”, incluidos sectores burgueses “democráticos”. Los partidos de oposición a Terra que horas antes eran caracterizados como los “principales enemigos” pasaban a ser considerados los “aliados” del “Frente Popular de Liberación”.


 


En junio de 1936, el PC por intermedio de Gómez planteará que el fascismo recorre el mundo “como una ola sangrienta” y que ‘la tarea fundamental de los pueblos es la de reunir a todas las fuerzas contra ese enemigo, para vencerlo y establecer un régimen de libertad”. En nuestro país, afirma Gómez, “el Frente Popular es el camino para restablecer la democracia y derrotar al gobierno dictatorial de Terra que en alianza con Herrera, abre el país a la penetración imperialista, aplica una política de miseria y retrogradación económica y que, tras un manto institucional y legalista, pone en práctica medidas de corte fascista contra las libertades y derechos de la mayoría de la población”. La “terrible explotación del imperialismo”, “los efectos regresivos del latifundio” y la “acción reaccionaria del gobierno” son, según el PC, las causas de la miseria del pueblo. El PC levanta un programa que no plantea sin embargo la expropiación del imperialismo y que sólo propone la “expropiación de los latifundios de los reaccionarios y sostenedores de la dictadura”. A continuación afirma que “si bien creemos que ese programa es justo, como algunos partidos afirman que es demasiado amplio, el Partido declara que está dispuesto a realizar el Frente Popular por un punto central, la lucha por un gobierno democrático”.


 


Dicho “programa” estaba destinado a unir en el FP a todas las clases sociales: “En el frente popular deben entrar las fuerzas obreras, el estudiantado, el artesanado, los pequeños capitalistas, todo el campesinado, capas de la burguesía y mismo capas de los ganaderos. Estas dos últimas capas pueden marchar un trecho junto a todo el pueblo, en defensa de la independencia de nuestro país del imperialismo, que impone también terribles cargas contra la burguesía nacional y contra ciertos ganaderos”. En aras de esta “concertación” el PC llegó a plantear en 1937 que aceptaría apocar “cualquier candidato de la oposición, sin programa y sin participación de los comunistas”. Más adelante se “autocriticó” de estos extremos, proponiéndose “un programa para sostenerlo con un solo candidato a la presidencia de las fuerzas democráticas” en las elecciones de 1938. Ante el fracaso de las gestiones por el candidato único a la Presidencia por la posición abstencionista de los partidos opositores (boicot), el PC decidirá “apoyar la candidatura presidencial de Frugoni, en vista de la ausencia de un candidato único de las fuerzas democráticas”.


 


Apoyo al gobierno del General Baldomir


 


En las elecciones de 1938 triunfó el General Baldomir, según el propio PC, “surgido del propio campo de la dictadura terrista”. Sin embargo se caracteriza a la candidatura de Baldomir como la “menos obsecuente” con la dictadura y “más servible (…) al anhelo creciente de las masas en forma del restablecimiento de las libertades públicas”, por lo que se consideró que el triunfo del general terrista expresaba el “descontento con la situación”.


Inmediatamente el CC del PC caracteriza que existen “posibilidades de producir cambios en el gobierno, rompiendo el bloque reaccionario del 31 de marzo (de 1933, fecha del golpe de Terra), mediante el aprovechamiento táctico de las contradicciones que lo minaban” El PC previene sin embargo que el “éxito descansa en la movilización del pueblo, de todas las fuerzas democráticas unidas, en las que el gobernante encontrará apoyo para cada obra que se proponga por el restablecimiento de la democracia y el bien del pueblo”.


La oposición política lanza un movimiento por la “normaización democrática”, que se concreta en un “Movimiento por Nueva Constitución y Leyes Democráticas” que el PC apoya aportando “un programa de reforma de la Constitución en sus aspectos político, económico y social”, declarando “estar dispuesto a entenderse con otras fuerzas a condición de que se liquidaran las leyes reaccionarias de la dictadura y la traba antidemocrática del Senado “medio y medio”. La consigna del momento era “democracia sí, fascismo no” y se reclamaba a Baldomir que cumpliera su promesa de reformar la Constitución.


 


En 1940, el PC caracteriza al gobierno Baldomir como “el fruto de un bloque más amplio que el de 1983 entre  la gran burguesía  y el gran latifundio, con intervención abierta de los imperialistas anglo-yanqui-germanos, a la sazón entregados a pactos y compromisos orientados fundamentalmente a la guerra antisoviética”, pero que “por su origen de compromiso, representa intereses profundamente contradictorios, que la presión de los imperialistas rivales y sus agentes traidores quieren liquidar reclamando el golpe de Estado. De esta situación y de la falta de apoyo popular surgen as vacilaciones del gobierno”. Se realizará una nueva “autocrítica” describiendo la actitud del PC como “de mera expectativa, con críticas aisladas, declarando en general que los comunistas apoyábamos al gobierno para que realizara sus promesas”, pero que “apoyar al gobierno fue y sigue siendo justo”. “Pero apoyarlo con las masas (!!!), reclamando el cumplimiento de las promesas progresistas formuladas”. “En lugar de la crítica aislada ante cada actitud negativa o contraria al pueblo, debe reclamarse directamente al presidente una política de independencia nacional y que sancione las mejoras económicas que reclaman los obreros, los campesinos y toda la masa laboriosa del país”.


 


Se reclamaba al gobierno de la gran burguesía y el latifundio, y de los imperialistas an-glo-yanqui-germanos, una política de independencia nacional. Dicha “independencia” pasaba según el PC por la “neutralidad” en la guerra imperialista que se estaba desarrollando (Stalin ya había firmado un pacto con Hitler en 1939), como analizaremos más adelante.


 


En 1940 se insiste en la política de frentes populares “contra el imperialismo y la reacción”, la que debía “orientarse hacia la conquista de un gobierno popular. Este gobierno, llamado a realizar el programa del proletariado para toda la nación, debe ser un poder representativo de la clase obrera, del campesinado, de la pequeña burguesía y de la burguesía democrática, bajo la dirección política del proletariado” (?!).


 


El PC ante la guerra


 


El pacto Hitler-Stalin en 1939 puso fin temporariamente al idilio de la burocracia con los imperialismos “democráticos”. Del frente antifascista, se pasa a defender el pacto con el nazismo. Gómez caracteriza a ese pacto como un “triunfo” de la URSS. “En vez de avanzar sobre la URSS, Hitler debió firmar el pacto germano-soviético, que significó la quiebra de los planes de cruzada mundial antisoviética”.


 


La pirueta dejó al PC muy mal parado frente a los aliados” del PS y la oposición burguesa, particularmente luego del reparto de Polonia entre Hitler y Stalin, y el inicio de la guerra entre Alemania y Francia e Inglaterra. Muchos militantes abandonarán las filas del PC avergonzados.


 


La consigna de “democracia o fascismo” que había conducido a plantear incluso una política de colaboración con el presidente norteamericano Roosevelt, da paso a una verborragia “antiimperialista”. Roosevelt pasa a ser el “campeón del anticomunismo”.


 


La consigna de “neutralidad” ante la guerra imperialista, estaba en la línea del pacto Hitler-Stalin. Frente a una guerra inter-imperialista por el reparto del mundo la clase obrera mundial no puede permanecer en una actitud de pasividad y neutralidad. Los trabajadores de las naciones imperialistas beligerantes tienen por objetivo transformar la guerra imperialista en guerra civil del proletariado contra la burguesía: esa fue la política del marxismo revolucionario —y en primer lugar de los bolcheviques durante la primera guerra imperialista. En las colonias o semicolonias que no participan directamente de la guerra, la “neutralidad” es la política de un sector de la burguesía nativa para negociar una parte mayor en el reparto de 1? renta internacional. La línea de “neutralidad es por ello una línea de presión sobre gobierno; y coloca a la clase obrera a la zaga de la burguesía. De lo que se trata es de desenvolver una acción audaz de lucha antimperialista, justamente cuando la lucha inter-imperialista plantea amplias posibilidades para la lucha por la emancipación nacional.


 


La invasión de la URSS por el ejército alemán provocará un viraje en la posición del PCU, que pasará a reclamar la unidad con los EEUU contra el “fascismo” y hasta la entrada del Uruguay en la guerra. Evidentemente el ataque a la URSS planteaba a la clase obrera mundial su defensa incondicional frente al imperialismo, es decir, la defensa de las conquistas de la revolución que se mantenían pese al dominio burocrático, y que eran atacadas por el imperialismo alemán. La posición del stalinismo, de unidad estratégica con los imperialismos “aliados” significó utilizar el tema de la defensa de la URSS para asegurarle al imperialismo aliado su posición frente a la clase obrera y a las colonias.


 


La opción volvió a ser “democracia o fascismo”. Se confundía a sabiendas el derecho de la URSS a entrar en acuerdos “militares” con los aliados, con la colaboración con el imperialismo en el patio trasero en éste. La burocracia de Stalin seguía una política de colaboración histórica con el imperialismo que todos los PCs, incluidos los de los países víctimas del imperialismo, siguieron al pie de la letra. Entre ellos el PCU. El PC propugnaba la unidad con los agentes “democráticos” del imperialismo en el país, los que pugnaban justamente por pasar de la órbita inglesa a la yanqui, y que eran los peores enemigos de la clase obrera, de la revolución y del Estado Obrero.


El PC planteó que “en nuestro país, debemos crear el gran frente democrático nacional que una a todo el pueblo y conseguir que el Uruguay entre sin tardanza en el frente de los pueblos que luchan contra la barbarie nazi”. El herrerismo, que pugnaba la neutralidad, pasó a ser considerado el “principal enemigo” al igual que el peronismo argentino, contra el cual el PC llegó a reclamar la intervención militar yanqui.


 


Cuando en diciembre de 1941 los EEUU ingresan a la guerra (luego del ataque japonés a Pearl Harbour) el gobierno proyanqui de Baldomir rompe relaciones diplomáticas con Alemania y Japón. El PC caracteriza que la medida responde al “reclamo popular”.


 


El PC apoyó el golpe de Estado de Baldomir (1942), quien postergó las elecciones, previstas para marzo, hasta noviembre y convocó a una reforma constitucional. Ante las nuevas elecciones “planteó a los demás sectores una candidatura única a la presidencia, en torno a un programa de lucha contra el nazismo y sus agentes”. El triunfo de Amézaga (colorado, proyanqui) fue caracterizado como un “triunfo de las fuerzas antifascistas”.


 


Nuevamente el PC plantea el apoyo al gobierno, previniendo que está sometido “al juego de dos fuerzas”: los latifundistas y sectores de la gran burguesía (el imperialismo ahora no existe) y de otro lado el “movimiento de masas, en un gran ascenso, lo que imprimió a su gobierno un rumbo en general progresista”. La política general del PC pasa por el “movimiento de ayuda a las naciones aliadas”.


 


Esta política llevó al PC a boicotear la huelga de los frigoríficos en 1943, porque ésta le restaba alimentos a los “aliados” británicos. Los dirigentes de la huelga fueron acusados de ‘nazis, lo cual provocó la escisión de la UGT (central dominada por el PC).


 


La “dependencia” frente al imperialismo había desaparecido en las caracterizaciones del PC. En febrero de 1943 Gómez realizó un informe ante el CC, en el que señala que la miseria de las masas “se debe al nazismo que desencadenó la guerra y al mantenimiento del gran latifundio, de la estructura semifeudal del campo, lo que determina la falta de desarrollo agrario e industrial y la miseria de las masas”. La euforia es total cuando Amézaga reinicia relaciones diplomáticas con la URSS.


 


La “unidad nacional”


 


Como prueba de “buena voluntad” ante los imperialismos “aliados” Stalin decretó la disolución de la IC, la que hacía tiempo no tenía nada que ver con el partido de la revolución socialista mundial fundado por Lenin y Trotsky en 1919. El búlgaro Dimitrov comunicó en mayo de 1943 a todas las secciones que la “Internacional” quedaba disuelta.


 


El PC uruguayo saludó la medida: “La Internacional Comunista se disuelve victoriosa después de derrotar a los que querían desviar al proletariado de la senda de marxismo, después de organizar las fuerzas y formar los cuadros dirigentes en la clase obrera. La Internacional Comunista se disuelve victoriosa luego e cumplir su objetivo histórico en el campo de la teoría, de la acción social y de la práctica histórica de millones de hombres. Según el PC esta medida ‘‘facilitaba (…) el trabajo de todos los patriotas de los países que conservaban sus libertades democráticas, en el sentido de unir a todas las fuerzas democráticas en un frente único antifascista. Facilitaba asimismo la creación del frente mundial único contra el fascismo”, con lo cual se reconocía que la disolución estaba destinada a facilitar el acercamiento al imperialismo yanqui.


 


La política del PCU pasó a ser la “Unidad Nacional” con la burguesía “democrática”, “para contribuir eficazmente a la derrota definitiva del nazi-fascismo, combatir a sus quintacolumnas en el orden interno y resolver, indisolublemente ligado a ello, los agudos problemas económicos de las masas laboriosas, por la movilización y la lucha de esas mismas masas, decidiendo el cambio de la estructura en crisis del país”. Como programa de este movimiento de “Unidad Nacional” para la “política internacional” se planteaba entre otros puntos “bregar para que el gobierno promueva un amplio movimiento para que todos los países de América declaren la guerra a la Alemania hitleriana y actúen de acuerdo, para la destrucción total de las quintacolumnas”, “desarrollo de un amplio movimiento de ayuda a las Naciones Aliadas, particularmente a la URSS”, “RUPTURA CON LA ARGENTINA MIENTRAS EXISTA UN GOBIERNO PRO-NAZI”. “Por un vasto intercambio americano (sic) para facilitar el desarrollo industrial de estos países”. Como se ve, la “Iniciativa de las Américas” tiene sus antecedentes.


 


El PC plantea, por consiguiente, “afianzar al gobierno del Dr. Amézaga, consolidar la democracia, asegurar y desarrollar la defensa nacional, bregar por el progreso, salvaguardar las libertades y realizar una o-bra de efectivo bienestar popular”. También se plantea conformar un “bloque parlamentario integrado por todas las fuerzas antifascistas” y aún más la constitución de un “gobierno de unidad nacional”. El le de mayo de 1944, el acto se realizó con la consigna de fondo de “UNIDAD NACIONAL” y de “GABINETE DE UNIDAD NACIONAL”.


En 1945, con la caída de Berlín en manos del ejército rojo, la campaña por la “Unidad Nacional” continuó. El 2 de junio el PC envió una carta a Amézaga “proponiéndole que convocara a todos los sectores políticos para estructurar un programa que contemplara las aspiraciones de las masas, y la formación de un gobierno de unidad nacional” Al PS se le envió una nota similar proponiendo entre otras cosas el “apoyo al gobierno del Dr. Amézaga a los fines de reorganizar la economía nacional, para continuar manteniendo la solidaridad con las naciones aliadas en la guerra contra el nazismo, y por la consolidación de la democracia”. Hitler no existía más, la conveniencia de los acuerdos militares con los aliados estaba superada por la finalización de la guerra, sin embargo el stalinismo y el PCU plantean proseguir la alianza con el imperialismo, delatando sin ambigüedades su alcance estratégico.


 


El PC plantea la “defensa de la unidad de las tres grandes potencias” como una consigna fundamental (!). En ese sentido, denuncia la posición del canciller Serrato en una reunión de cancilleres en San Francisco, de “hacer el juego a la acción de división y perturbación de la unidad de las grandes potencias” y de “tratar de sabotear la dirección en la vigilancia de la paz de las grandes naciones que habían ganado la guerra”. El imperialismo yanqui, el opresor de América Latina, era proclamado ¡¡como garante de la paz!!


 


“Alianza de liberación nacional y justicia social”


 


El inicio de la llamada “guerra fría” desvirtuó las últimas ilusiones sembradas por el stalinismo en el imperialismo. Obligado a pesar suyo a un viraje más, el PC pasó a plantear “la lucha contra los provocadores de una nueva guerra; impedir que América se transforme en una plaza de armas para una tercera guerra mundial y para la agresión contra la URSS”. La brega por una “política exterior independiente” que pasaría por la “defensa de la paz”, la “colaboración con la ONU”, “contra las fuerzas imperialistas que incitan a la agresión contra la URSS”, por el “estrechamiento de relaciones con la Unión Soviética y con las nuevas democracias”.


 


En junio de 1946 se explícita el viraje: “Levantamos hasta hace poco la fórmula de la Unidad Nacional que fue primeramente el camino de unir a todos los antifascistas para contribuir a la victoria, requisito indispensable de la lucha liberadora nacional”… “Levantamos en las nuevas condiciones internacionales de postguerra, la fórmula de unir a todas las fuerzas progresistas en una alianza de liberación nacional y justicia social, es decir, en el esfuerzo por avanzar rápidamente en la ruta revolucionaria de liberación nacional —indisoluble de los objetivos económicos de la revolución democrático-burguesa— con el proletariado, la fuerza emancipadora de este siglo, a su frente”. Consecuentemente se plantea como consigna un “gabinete de coalición de las fuerzas progresistas”. Se plantea como aliados: “l9) Los campesinos, como punto central de la lucha que debemos desarrollar por la división de la tierra, contra los desalojos, por semillas, contra la carestía de la vida. 29) 


 


Las capas pequeño-burguesas, y aquí colocamos un gran acento, pues tienen una importante fuerza en nuestro país. 39) Parte de la burguesía progresista: aquellos industriales que poseen posibilidades de desarrollo de su industria y que sin embargo encuentran numerosas dificultades por la penetración imperialista y el latifundio, huérfanos de cualquier clase de ayuda del Estado. La burguesía marchará un trecho por el camino de la revolución democrático-burguesa; será un aliado que intentará aminorarla, que temblará ante el desarrollo de las luchas de las masas, pero un aliado con cuyas fuerzas debe contarse en este período”.


 


Este planteamiento no significará que el PC “haya descartado la posibilidad de apoyar, en determinadas condiciones, otro gobierno que no fuese todavía un gobierno popular revolucionario”. En 1951 se declara que “el Partido participará en cualquier coalición que signifique trabar la política de guerra del imperialismo o enfrentar cualquiera de sus actos de colonización del país. El Partido apoyará cualquier gobierno que realice una política de paz”.


 


El “frente democrático” con la burguesía nacional fue la política sistemática del stalinismo en el período de Eugenio Gómez —con excepción del período ultraizquierdista entre 1929 y 1934.


 


La crisis de 1955


 


En julio de 1955 la dirección del PCU —encabezada por Rodney Arismendi— da un “golpe” interno contra Eugenio Gómez. En rapidísimo proceso, el ex-secretario general y su hijo son expulsados del partido y condenados como dirigentes de una “conspiración fraccional antisoviética y anticomunista”, “al servicio del imperialismo yanqui” y que pretendían sustituir “el sagrado principio político del internacionalismo proletario por una ideología nacionalista-burguesa”. Gómez, por su parte, caracterizará a sus adversarios como “trotskistas-oportunistas”. La crisis del PCU reflejaba, evidentemente, la lucha de distintas fracciones burocráticas en la URSS, la que había comenzado incluso antes de la muerte de Stalin (1953). Gómez representaba al ala “dura”, “sectaria”, afectada por la “guerra fría”, en cambio Arismendi representa la burocracia “kruschevista”, demo-burguesa y “pacifista”. El ascenso de Arismendi de ninguna manera expresó la “uruguayización” del PCU.


 


La pretensión de que esta depuración de 1955 habría convertido al PCU en un “adelantado” del “antiestalinismo” que en forma reiterada difunden los actuales dirigentes del PC, no resiste el menor análisis. El XVI2 Congreso (1955) que siguió a la expulsión de los Gómez, estaba presidido por los retratos de Lenin y Stalin. En el informe del CC, Arismendi planteó que “bajo la ruta de Marx, Engels, Lenin y Stalin el partido sabrá encontrar los caminos de la unión de la clase obrera y el pueblo (…)”. En 1952, Arismendi había sido el delegado del PC uruguayo al XIX2 Congreso del PCUS, donde expresó: “Saludo particularmente con la más profunda y acendrada emoción al camarada Stalin, maestro y guía de los trabajadores del mundo, el teórico, creador y el sabio renovador de la ciencia, el constructor, el artífice del comunismo”.


 


Arismendi tenía desde hace tiempo grandes responsabilidades en la dirección del PCU, la cual por otra parte se alineó unánimemente contra Gómez y detrás de Arismendi. Arismendi había “debutado” políticamente con una defensa de 4os i(proceso8 de Moscú”, con los cuales Stalin masacró a toda la generación de revolucionarios que protagonizó la Revolución Rusa, y en particular a todo el Comité Central bolchevique de 1917 —con la excepción de Lenin, muerto en 1924, y de Trotsky que había sido expulsado de la URSS y sería asesinado en México en 1940. En el folleto “La justicia soviética, defiende al mundo” (1938), el “joven” Arismendi defendía también el asesinato de revolucionarios en España por la policía política de Stalin: “Todavía no extinguido el alboroto de la prensa burguesa tejido en torno a los Procesos de Moscú, el cable transmitió la noticia del Proceso realizado en España contra los trotskistas. La misma prensa que condenara, calumniara y deformara la verdad sobre los procesos de Moscú, ha guardado cuidadoso silencio sobre los Procesos de Barcelona. ¿Por qué ante situaciones idénticas se adoptan actitudes tan diferentes? ¿Es que acaso, en Barcelona, como en Moscú, no se han procesado, condenado y fusilado a conocidos trotskistas? ¿Entonces? Se ha guardado silencio sobre los procesos españoles porque difundir su verdad significaba admitir que se había calumniado a la Unión Soviética. Que se había mentido sobre sus ‘Procesos’. Que en España, como en la URSS, los trotskistas se revelaban como a-gentes del fascismo internacional”. “Todos saben —continúa— que en España se fusila únicamente a los agentes de Franco, Hitler y Mussolini. Tal ha sido la razón del fusilamiento, después de un proceso público, de los trotskistas españoles”. Un año después Stalin firmaba un pacto con Hitler y “Herr Trotsky”, agente de Hitler y Mussolini, pasaba a ser “Mr. Trotsky”, agente del imperialismo anglo-francés. Este es el Arismendi “democrático”, que sería el testimonio de un PCU incontaminado por el stalinismo contrarrevolucionario. ¡En Uruguay también hay que reclamar la verdad histórica!


 


La “Declaración Programática” de 1958


 


El XVII2 Congreso (1958) aprobó un nuevo estatuto y la “Declaración Programática”. La misma no hace más que continuar y desarrollar los planteamientos clásicos del stalinismo: “revolución democrático-burguesa”, “alianza con la burguesía progresista”, “gobierno de coalición”, etc.


 


La “Declaración” comienza afirmando que con sus “riquezas naturales, el Uruguay podría construir una economía independiente y desarrollada y asegurar una vida feliz, de bienestar material y cultural, incluso a una población varias veces mayor que la que actualmente lo habita”. Si Stalin planteaba que el extenso territorio de la URSS tenía “todas las condiciones” para la “construcción del socialismo integral” en el país, al margen de la economía mundial y de la re-volu-ción mundial, el PC uruguayo repetía ese “mesianismo nacional” staliniano pero sin plantear el socialismo: su meta era un “gobierno democrático de liberación nacional” en el marco del capitalismo.


La causa del “atraso de la economía” y de los “sufrimientos de los trabajadores y el pueblo” es, según la “Declaración Programática”, la “apropiación de los medios principales de producción por los monopolios extranjeros y una minoría privilegiada de grandes explotadores: latifundistas y grandes capitalistas; ello les permite apoderarse de los frutos del trabajo nacional, trabar el progreso, condenar a los obreros a una dura explotación y hacer vegetar a las masas populares en una vida sin horizontes”. A partir de esta caracterización, se afirmaba que la crisis económica y la política del imperialismo “provocan una diferenciación en la gran burguesía: la gran burguesía entreguista (y la) gran burguesía conciliadora”. Por supuesto que la estrategia del PC pasaba por “ganarse” a la gran burguesía conciliadora.


 


“La contradicción principal de la estructura económico-social del Uruguay —afirma la “Declaración”— es la contradicción entre las fuerzas productivas que pugnan por desarrollarse y las relaciones de producción, basadas en la dependencia del imperialismo y el monopolio de la tierra, que frenan ese desarrollo. Ella se expresa también en la contradicción entre el imperialismo, los latifundistas y los grandes capitalistas antinacionales, y todo el pueblo u-ruguayo, los obreros, agricultores y ganaderos pequeños y medios, los intelectuales y estudiantes, los empleados del Estado y privados, los jubilados y pensionistas, los artesanos y pequeños comerciantes, y la burguesía nacional, constituida, en lo fundamental, por la burguesía media”. Este es el fundamento para el planteo “e-tapista” de la revolución; primero una revolución “agraria y antiimperialista” que abriría paso a un amplio desarrollo de las fuerzas productivas en el marco capitalista, recién después la revolución socialista que expropia al capital.


 


El “gobierno democrático de liberación nacional” que llevaría adelante la “revolución agraria y antiimperialista” garantizaría la propiedad capitalista: “la propiedad de los industriales y comerciantes nacionales y de los campesinos y arrendatarios no latifundistas que no conspiren contra el poder popular, será respetada y defendida por la ley”, es decir, a palos y tiros. Un aspecto fundamental de este nuevo gobierno sería su política exterior, la que “tendrá como norte la defensa de la paz mundial y de la soberanía y los intereses nacionales, y el desarrollo de las relaciones amistosas y de los intercambios comerciales y culturales con todos los países del mundo, particularmente con la Unión Soviética y demás países socialistas y con los pueblos hermanos de América Latina”. El objetivo del crecimiento del comercio con la URSS será una constante en la política del PC, al punto que entre 1985 y 1989, la política exterior del gobierno colorado proimperialista de Sanguinetti recibió el apoyo del Frente Amplio justamente por su política de ampliar las relaciones comerciales con la URSS.


 


La “Declaración Programática” establece también la “vía uruguaya” de la revolución: tras afirmar que una “revolución social” no puede hacerse “de manera gradual, evolucionista, reformista”, se aclara “ello no significa, sin embargo, que sea obligatoria la vía de la guerra civil”, sino que “es posible conquistar el poder político por vías pacíficas y convertir al parlamento en un auténtico órgano ejecutor de la voluntad popular”. Esta es la orientación que se profundizará en el período siguiente.


 


El freno de las masas en aras de la “salida electoral”


 


La década del ’60 fue para Uruguay —como para toda América Latina— una década de grandes luchas de masas. El triunfo de la revolución cubana empalmó con la radicalización de la juventud y del movimiento obrero.


En un marco de radicalización y ascenso de la lucha de las masas, la política del PC buscó permanentemente desviar a la clase obrera hacia la “vía electoral y parlamentaria” y la alianza con la burguesía. En 1962 conformará el Fidel junto a grupos escindidos de los partidos tradicionales, ante la negativa del PS y un sector escindido del Partido Nacional —que había conformado la Unión Popular— de conformar un frente común. En 1966 el PC buscará nuevamente la conformación de un “frente democrático” e impulsará una reforma constitucional alternativa a la “reforma naranja” impulsada por las principales fracciones burguesas y que consagraba el fortalecimiento del Poder Ejecutivo contra las masas y en detrimento del Parlamento.


 


La participación del PC en la “Organización Latinoamericana de Solidaridad” — Arismendi fue vicepresidente de la OLAS— no significó en ningún sentido un abandono de la “vía pacífica” y “democrática” consagrada en el XVII9 Congreso. Mientras declaraba su apoyo a la revolución cubana y hasta al “foquismo” en el resto de América Latina, en Uruguay la política del PC era el freno de la lucha de las masas y su desvío al camino electoral y parlamentario. El propagandeado “apoyo” del PCU a la guerrilla del “Che” en Bolivia no pasó de los proyectos (no mandó ni un hombre ni un arma al país del altiplano), por lo que hay que concluir que esta


actitud del PCU frente a la OLAS y el foquismo tenía que ver con la necesidad de mantener cierta influencia en las masas y en particular en la juventud, que tenía enormes simpatías hacia los grupos foquistas. Según los propios dirigentes del PC, Arismendi jugó un papel fundamental para evitar una ruptura entre el castrismo y la burocracia rusa, lo que por otra parte hubiera conducido a la fractura de los PC latinoamericanos y probablemente del uruguayo.


 


En el período 1968-1969, frente a las “medidas prontas de seguridad” (virtual Estado de Sitio) y la “militarización” de los sindicatos (bancarios, electricidad, frigoríficos) se produce un inmenso ascenso de masas. Las luchas estudiantiles se profundizan y cientos de miles de ciudadanos marchan en los entierros de estudiantes asesinados; en el movimiento obrero varios sindicatos van a la huelga, existe toda una tendencia a la huelga general contra las medidas de seguridad, en apoyo a los bancarios y a los obreros de UTE (electricidad).


El PC —que controlaba la CNT— bloquea esta tendencia, y aísla las grandes huelgas obreras provocando un reflujo relativo del movimiento obrero. El senador del PC, Enrique Rodríguez, defendería en enero de 1971 esa “táctica”, afirmando que ella no condujo a una “confrontación total prematura, sino a lograr el desgaste del enemigo (…) mientras el pueblo mantiene, en lo esencial, su prestancia combativa, el resultado de esa táctica debe expresarse con cierta claridad ahora cuando se abre lo que llamaríamos la “salida política”. Dicho de otro modo: ¿la táctica empleada cumplió el papel de crear unas mejores condiciones para que el pueblo actúe en el período político que a-hora se acerca? De alguna manera ése era uno de los fundamentos de la conducta a-sumida ante las ‘medidas´ Y bien: ¿puede dudarse que también en ese terreno —el estrictamente político-electoral— los resultados de la táctica empleada rendirán, sin falta, frutos maduros?”. Mario Acosta, burócrata sindical de la construcción, defendía esta política afirmando que “la aplicación del programa de la CNT” requiere “desplazar al gobierno de la oligarquía”, “una revolución en la estructura de poder”, por lo que pretender la conquista de las reivindicaciones populares a través de la huelga general sería “economismo”: dichas reivindicaciones pasarían por la “salida política” (elecciones de 1971).


 


Esta argumentación parlamentarista “sistemáticamente” utilizada antes por el “PC de Gómez” y más adelante por el PC “arismendista”— ha conducido a la derrota de miles de huelgas obreras y al estrangulamiento de las tendencias a la huelga general. La negativa a la huelga general por parte de la burocracia del PC equivale potencialmente a condenar a la derrota toda lucha obrera, en tanto toda acción consecuente de las masas está planteando, al menos potencialmente, la perspectiva de la huelga general.


 


El Frente Amplio


 


Desde el año 1968 diversos grupos burgueses y pequeño-burgueses comenzaron a señalar que la agudización de la lucha de clases ponía en riesgo al régimen político. El PDC, por intermedio de Juan Pablo Terra, hizo un llamado a conformar un “frente” con todos los opositores al gobierno pachequista, para que las masas vieran una perspectiva electoral por fuera de los partidos tradicionales que ya estaban enormemente desprestigiados.


En los años siguientes distintas fracciones de los partidos tradicionales fueron rompiendo con estos partidos y sumándose al planteo de un frente. El sector de Rodríguez Camusso desde el Partido Nacional y los de Michelini y Roballo desde el Partido Colorado, se sumaron al PDC, el FideL, al PS y a la UP, junto a otros sectores de intelectuales (“Marcha”), en la conformación del FA. Pese a los intentos por diluir a los partidos de base obrera (PC, PS) a través de todo un operativo que llevó a conformar primero el “Frente del Pueblo” entre el PDC y la 99 (Michelini), el que llamó a la conformación del frente y hasta lo bautizó (“Frente Amplio”), era evidente que los grupos burgueses y pequeñoburgueses tenían escasísimo respaldo electoral, reposando la organización y la capacidad de movilización del frente en los partidos de izquierda. Esto es característico de los “frentes populares”: la alianza con la burguesía no agrega ningún respaldo de masas y sí la limitación de la estrategia del frente en los marcos capitalistas. En realidad, la burguesía no se alineaba detrás de los Seregni, los Michelini, los Terra y los Rodríguez Camusso, sino que permanecía mayoritariamente en los partidos tradicionales. El PC y el PS se aliaban no con la burguesía sino con abogados y generales que no eran más que la “sombra” de la clase capitalista.


 


La conformación del FA reforzaba la política de contención del movimiento de masas por el PC en aras de la pretendida “vía democrática” al socialismo. Este cretinismo parlamentario se produce en el período de más descarada militarización del Estado: “medidas prontas de seguridad”, “Estado de guerra interno”, “comunicados 4 y 7 de las FFAA”, creación del “Consejo de Seguridad Nacional”, y luego golpe del 27 de junio de 1973. Frente a todo este proceso la política del PC y del FA fue de evitar una “confrontación total prematura” y así se pavimentó el camino de las derrotas obreras. En 1972, la política de “pacificación” del Frente Amplio y el PC —mientras el pachecato arrestaba, torturaba y asesinaba militantes populares— permitió el reforzamiento de la militarización del Estado sin oponerle resistencia.


 


En febrero de 1973 este proceso llega a un punto culminante cuando los mandos militares reclaman la remoción del Ministro de Defensa, y lanzan los famosos “comunicados 4 y 7” donde exponen un programa que el PC caracterizaba de “progresista”. El PC planteará la “unión de los orientales honestos”, y que la contradicción no es “militares-civiles”, sino “oligarquía-pueblo”, y llamará a las FFAA a converger con el “pueblo” contra la “oligarquía” Esta política estaba fundamentada en la existencia de una supuesta corriente (peruanista en el ejército. Ante ello, el PC (y Seregni) plantearán la renuncia de Bordaberry y coquetearán con las FFAA. La crisis del régimen se resuelve transitoriamente con un acuerdo entre Bordaberry y las FFAA que da origen al COSENAy el recambio del ministro cuestionado, lo que no merece la más mínima respuesta de parte del FA y la CNT.


 


Las ilusiones en los “militares progresistas” durarán en el PC por varios años. Todavía en 1974 pintaban consignas que aludían a una convergencia cívico-militar. Héctor Rodríguez afirma que “Todavía en 1975 los militantes del PC escribían en las paredes: *Gobierno popular como en Portugal”* (algunas de esas pintadas todavía pueden leerse). Marina Arismendi (hija del ex-secretario general del PC) va más lejos y afirma que “Nosotros sufrimos un revolcón, con respecto a ciertos preconceptos que teníamos, ya en diciembre de 1975 cuando los comunistas empezaron a caer en masa en manos de la dictadura y nos encontramos con que aquella idea de que no nos iba a pasar nada era errónea, y había compañeros que hablaban en la tortura, y había una nueva realidad que nos encontraba mal parados y que dejó profundas cicatrices”. ¡Todavía en diciembre de 1975 los militantes del PC tenían la idea” de que “no les iba a pasar nada”!


 


No es nada casual que enl973, después de los «comunicados 4 y 7” y la creación del COSE-NA, el PC planteara realizar un 1- de mayo “festivo”, con trajes típicos y desfile de gauchos, una verdadera “fiesta del trabajo”. En las concentraciones obreras los militantes del PC silenciaban la consigna “liberar a los presos por luchar” con la aplanadora “CNT, unidad”.


 


Frente al golpe de junio, la clase obrera se lanza a la huelga general cuando espontáneamente las fábricas son ocupadas. La dirección de la CNT convoca en primera instancia a un paro de 24 horas, que se prorrogaría eventualmente, según declaró el dirigente bancario V. Semproni (que en esa época era vicepresidente de la CNT). El programa de la huelga no contemplaba la caída de la dictadura, sino que se planteaba una plataforma de negociación con los mandos golpistas: renuncia de Bordaberry, asunción de Sapelli (vicepresidente), “consulta popular”. Las negociaciones de la dirección de la CNT con la cúpula militar en función de una “salida” constitucional a la crisis política condujeron al desangre y el desflecamiento de la huelga general. Tras 15 días de huelga y ocupación de los lugares de trabajo —que en muchos casos fueron desocupados por los milicos y re-ocupados hasta seis y siete veces — la dirección de la CNT declaró el levantamiento de la huelga y el pasaje a nuevas formas de lucha”.


 


La “Convergencia Democrática”


 


Bajo la dictadura, particularmente a partir de 1975 y 1976, el PC lanza la consigna de la “Convergencia Democrática” contra la dictadura. Arismendi caracteriza las dictaduras del continente como “fascistas” lo cual implicaba que estaban sostenidas exclusivamente en la fracción “más reaccionaria” del imperialismo y el gran capital, y que existía todo un sector “democrático” de la burguesía que era “aliado” de la clase obrera en la lucha antidictatorial.


 


En realidad ya en 1976 el imperialismo comenzaba a plantear la “institucionalización” de la dictadura uruguaya: Bordaberry —quien pretendía instaurar un régimen corporativista prohibiendo incluso a los partidos tradicionales— fue derrocado por los mandos militares, los que se dieron un “cronograma” de institucionalización, que contemplaba la votación de una “constitución” reaccionaria en 1980, y elecciones más adelante. En la caída de Bordaberry jugó un papel importante el ministro de Economía Vegh Villegas, hombre del imperialismo ligado a la 15 de Jorge Batlle (Partido Colorado).


 


Los sectores burgueses “opositores” buscaban un acuerdo con la dictadura militar para establecer un “cronograma” de “institucionalización”. Reclamaban la desproscripción de los candidatos de los partidos tradicionales y convocatoria a elecciones de acuerdo a la Constitución del ’67, sin la izquierda o a lo sumo legalizando al PDC y al PS. Este era el reclamo en particular de los colorados, quienes temían que la ilegalización de la izquierda provocará el voto de ésta por los sectores del Partido Nacional que lideraba Wilson Ferreira Aldunate.


 


La dictadura siguió adelante con su cronograma y en 1980 convocó al plebiscito de “reforma constitucional” recibiendo una derrota estrepitosa. En el movimiento obrero y estudiantil había comenzado todo un proceso de recomposición, que incluso en 1980 se había expresado en paros parciales en numerosas empresas ante el traslado del feriado del l2 de mayo. Este proceso de construcción de las organizaciones de masas continuará desarrollándose a partir de la derrota del plebiscito nacional.


 


En 1981 comienzan las negociaciones formales entre la cúpula militar y los representantes de los dos partidos tradicionales. Estos partidos comenzaron a reorganizarse con vistas a las elecciones internas de 1982 que acordaron convocar con la dictadura, con vistas a elecciones nacionales en 1984.


 


En todo ese período, el PC había formalizado una alianza con el terrerismo (la “Convergencia Democrática en Uruguay”), al punto que en las elecciones internas de 1982 planteará el voto de la izquierda hacia los “sectores progresistas” de los partidos tradicionales (y en particular, hacia el sector liderado por Wilson Ferreira). Esta posición chocó con la posición a-sumida por el PDC y Seregni, quienes convocaron a votar en blanco para “marcar” la presencia de la izquierda y negociar su legalización para 1984. Seregni y el PDC apoyaban las negociaciones con los militares y de hecho se integraban a la estrategia colorada que cubría la posibilidad de una desproscripción de la izquierda.


 


En el movimiento de masas el PC intentaba bloquear toda esa tendencia a la recomposición del activismo obrero y estudiantil, pretendiendo disciplinar a esa nueva generación de luchadores a las direcciones de la CNT y de la FEUU en el exilio. El surgimiento del PIT y de ASCEEP y su desarrollo masivo a través de actos gigantescos (l2 de Mayo y 25 de setiembre de 1983) eran el resultado de la descomposición de la dictadura y de la recomposición de las masas, y planteba en perspectiva el derrocamiento del régimen militar. Desde 1983 comienza a gestarse un ascenso muy importante de las masas —con manifestaciones callejeras que enfrentaban abiertamente la represión— y de autoorganización de las masas en sus sindicatos por empresa y por rama de la producción. El PC intenta bloquear este proceso de reconstrucción de las organizaciones de masas lanzando a través de su aparato en el exterior (CNT, FEUU), un paro general prematuro y tratando de “amarilla” a la joven dirección del PIT y de ASCEEP que apostaba al fortalecimiento de los sindicatos a través de luchas parciales en cada lugar. Cuando en enero de 1984 la tendencia a la huelga general irrumpa abiertamente a través de la ocupación de diversas fábricas (ILDU, TEM, huelga de la pesca, transporte, etc.), el PC se o-pondrá a la huelga general e incluso intentará obstaculizar el paro del 18 de enero —al que la “oposición” burguesa salió a atacar por la televisión.


 


La “concertación”


 


El PC lanza una campaña descomunal en torno a la “concertación” con los partidos tradicionales, que se encaminaban abiertamente a pactar con la dictadura. Esta orientación logró imponerse, no sin una intensa lucha con todo un sector de activistas que pugnaban por colocar al movimiento obrero a la cabeza de la lucha antidictatorial.


 


En ese período los “aliados” de la “Convergencia Democrática”, viendo que la estrategia colorada era la que se imponía, plantearon a la cúpula militar un acuerdo que proscribía a la izquierda y postergaba las elecciones por un año. Este acuerdo fue rechazado por la dictadura— por influencia de los colorados y del propio imperialismo.


 


La liberación de Seregni fue un aspecto fundamental para la viabilización de la llamada “concertación” y la negociación con los mandos militares. El mismo día de su liberación, el general frenteamplista llamó a los manifestantes que lo aplaudían a no lanzar “ni una consigna negativa”: era su respuesta al reclamo popular que se expresaba en el “se va a acabar la dictadura militar”. El PC, luego de la muerte de la “Convergencia Democrática”, se puso a la cabeza de esta orientación seregnista de alianza con el coloradismo.


 


En junio, el líder blanco Wilson Ferreira intenta una acción desesperada para evitar la consumación del acuerdo FFAA-Partido Colorado. El 16 de junio se embarca hacia Montevideo, intentando una reacción de sectores militares blancos que permitiera su legalización. Ferreira fue detenido y “procesado” frente a lo cual el FA y el PC no lanzaron ninguna movilización, abandonando a su ex-“aliado”.


El 27 de junio la “multipartidaria” y el PIT convocan a un “paro cívico” concebido como presión para la negociación con los militares. Escasas horas antes de que el paro comenzara, el Partido Colorado y el Frente Amplio declaran estar dispuestos a negociar con la dictadura: el Partido Nacional rechaza esta negociación reclamando la libración previa de Ferreira. Comienzan así las negociaciones que llevarán al famoso “pacto del Club Naval” que consagró la continuidad jurídica, económica y política del Estado, es decir, que los mismos sectores del gran capital estaban detrás de la dictadura y de la “democracia”, además la intocabilidad de los mandos “fascistas” y un régimen de “autodesignación” de los mandos militares (los ascensos se harían en base a propuestas de la oficialidad). En el “Club Naval” se acuerda la convocatoria a elecciones con presos y con proscriptos (los principales candidatos del Partido Nacional y el Frente Amplio no podían participar de la elección: Ferreira continuaba preso y Seregni estaba proscripto). El “pacto” creó un enorme descontento en las bases del FA.


 


“Consolidar la democracia”


 


En 1985 el PC lanza la consigna “consolidar la democracia” y “avanzar en democracia ’.


 


La tesis del stalinismo sostenía que era posible transitar desde la “democracia del Club Naval hacia una “democracia avanzada” que era una etapa previa al “gobierno democrático de liberación nacional” y por supuesto al socialismo. Como antes los gobieinos de Baldomir y Amézaga, el PC sostiene que el gobierno de Sanguinetti responde a la “gran burguesía conciliadora” y que está sometido a la presión de “dos fuerzas” (el imperialismo de un lado, las masas del otro) y que de lo que se trata es de “presionarlo” para que adopte un programa progresista”.


 


Resucita toda la orientación de “Unidad Nacional” esta vez bajo la forma de la “Concertación Nacional Programática”. La CONAPRO fue el intento de un gran “pacto social” que estableciera “consensualmente” un programa económico que postergaba el salario a la “reactivación económica” y al pago de la deuda externa, regimentando al movimiento obrero. La CONAPRO fracasó en sus aspiraciones “estratégicas”, pero el PC aseguró la regimentación de las masas desde la dirección del PIT-CNT.


 


En 1984 y 1985 se había producido toda una burocratización de las organizaciones de masas, particularmente con el retorno de los viejos burócratas de la CNT que venían del exilio o salían de prisión. Estos viejos dirigentes cayeron como “paracaidistas” en las direcciones de los sindicatos y del PIT, en un proceso de “cenetización” de la central obrera. El propio nombre de la central (PIT-CNT) vino a consagrar la burocratización del PIT. A la cabeza de todo este proceso de copamiento y regimentación estuvo el PC.


Desde la dirección del PIT-CNT, el PC bloqueó todas las tendencias a la huelga general que se produjeron desde 1985, repitiendo su actuación de los años ’68 y *69. Cientos de huelgas y ocupaciones obreras derrotadas fueron el saldo de esta política de “concertación” con el régimen sanguinetista.


 


El Frente Amplio había avanzado en el proceso de integración al Estado. Si en el período 1971-1973 quedó colocado como ala izquierda de la crisis por la tremenda polarización política existente, desde 1984 el FA pugnará justamente por evitar toda polarización y pasar a “jugar en la cancha grande” (Seregni). El FA integró los directorios de los Entes autónomos (empresas estatales) y participó en las comitivas oficiales en los viajes al exterior, apoyando la política exterior de Sanguinetti ya que la misma coincidía con la política internacional de la burocracia rusa (Contadora, reintegro de Cuba a la familia de Estados americanos”, etc.). El FA también participó en todas las negociaciones tendientes a consagrar la impunidad “legal de la camarilla militar, e incluso redactó algún proyecto en ese sentido. Cuando colorados y blancos llegai on a un acuerdo sobre el punto, el FA permaneció al margen del mismo pero no convocó ni siquiera a un miserable paro general contra la amnistía a los torturadores. El movimiento contra la ley de impunidad que comenzó a gestarse contó al principio con el vacío del PC y del FA, los que finalmente decidieron coparlo conformando una “comisión de notables” con sectores de los partidos tradicionales y el FA.


 


El PC utilizó al referéndum contra la impunidad como un instrumento para lograr la “paz social”. Con el argumento de que las huelgas perjudicaban el movimiento contra la impunidad, y que el centro de la lucha pasaba por la recolección de firmas contra la ley, el PC logró aislar las grandes luchas que se produjeron (Onda, Cutcsa) y reforzar la burocratización del movimiento sindical (I2 Congreso Extraordinario del PIT-CNT en 1987), culminando el proceso de copamiento y regimentación del PIT.


 


La “renovación”


 


Ya en el XXI9 Congreso (1988) la dirección del PC comenzó a plantear la necesidad de la “renovación”. En ese congreso se reafirmó la posición de que “defender y profundizar la democracia” es la “tarea permanente, de alcance histórico, que trasciende la simple consolidación en un período de salida de la dictadura, para transformarse en una gran definición táctica y estratégica y en una responsabilidad de principios de la izquierda”. El “descubrimiento” del “valor universal de la democracia” es la gran “adquisición” del XXI9 Congreso… ¡en lo que no hace más que repetir la monserga tradicional del stalinismo! En el XXI9 Congreso se establece como “vía uruguaya al socialismo”… el “avance en democracia” y el Frente Amplio. “El gobierno del FA (que en ese momento incluía al “centroizquierdista” Nuevo Espacio) y sus posibles aliados (que provendrían de los partidos tradicionales) permitirá construir una democracia avanzada mediante la profundización democrática y transformaciones radicales. La concebimos como nuestra vía de aproximación a la revolución agraria y antiimperialista, en tránsito al socialismo”. Se llegaba así al cretinismo parlamentario más depurado, y la negación más abierta de la revolución proletaria y el gobierno obrero (dictadura proletaria). Poco después del Congreso, Pérez provocaría gran revuelo entre los militantes comunistas al anunciar por televisión que el PC rechazaba “toda dictadura, incluso la del proletariado”. No hacía más que llevar hasta sus últimas consecuencias el planteamiento del congreso: “Los comunistas uruguayos consideramos la democracia como una conquista estratégica, de profundo valor histórico, que debemos defender y profundizar, en la perspectiva de su realización más plena y profunda en el socialismo”.


 


Reflejo del acercamiento entre la burocracia y el imperialismo, el planteamiento del XXI-Congreso queda al desnudo cuando afirma que “hoy más que nunca es necesario el esfuerzo conjugado de todas las fuerzas y sectores que quieren salvaguardar la vida en la tierra, en un inmenso y activo pronunciamiento que abarque a comunistas, socialdemócratas, socialistas, cristianos, demócratas burgueses, hombres y mujeres de las más diversas creencias .y sectores sociales y condiciones sociales, incluyendo sectores de la burguesía imperialista; pueblos y gobiernos que quieran evitar la hecatombe bélica. Es decir, un gran movimiento que inclusive más allá de la lucha de clases aísle a los grupos más agresivos”. ¡No es más que la reedición del “gran frente único de los pueblos en defensa de la libertad” planteado por Stalin en 1941!


 


El XXII2 Congreso (1990) ratificará la misma línea, pero expresándose abiertamente una lucha de tendencias. La oposición —a la que la prensa califica de “ortodoxa”— señalaba el carácter “idílico” del planteamiento oficial del PCU (“vía consensual al socialismo”, “transformación del Estado burgués en un estado de nuevo tipo”, etc.) pero no lo caracteriza como una posición pequeño-burguesa ni como la continuación del stalinismo.


 


El FA es “partido de gobierno”


 


A partir de 1990, el Frente Amplio es “partido de gobierno” con la victoria en Montevideo (gobierno municipal). La dirección del FA afirma que de la gestión de la intendencia capitalina dependerá el posible triunfo electoral de 1994, por lo que hay que hacer “buena letra” y convivir con el gobierno de Lacalle. La apelación a la siguiente elección nacional como la “salida política” a todos los males de las masas es el recurso tradicional del FA y del PC, para contener las luchas obreras.


 


El FA gestiona la intendencia de Montevideo como parte del Estado burgués. Tabaré Vázquez no llega al gobierno departamental como un trabajador que va a utilizar ese puesto como punto de apoyo en la lucha de las masas contra el Estado burgués, sino justamente como un funcionario de ese Estado. Es así que asume una “política exterior” agasajando al presidente norteamericano George Bush en su visita a Montevideo (4/12/90) y recibe frecuentemente a mandatarios reaccionarios del continente (Salinas de Gortari de Méjico en 1990, Cristiani en 1991) y hasta a militares yanquis de la Operación Unitas (aun cuando el FA —con alguna excepción— vota “contra” la realización de dichas maniobras militares conjuntas). Vázquez ha rechazado las ocupaciones de tierras de cooperativistas de vivienda, y hasta ha llamado a la policía para desalojarlos de terrenos municipales. Más recientemente estableció una “reglamentación” de la venta callejera para satisfacer la demanda del gran comercio instalado de eliminar a los vendedores ambulantes. Frente a la resistencia de los “ambulantes” la intendencia frenteamplista apeló a los “granaderos” para apalear a los vendederes callejeros que se oponían a esta “reglamentación”, imponiendo una virtual “militarización” en la principal avenida de Montevideo.


 


En 1991 se realizó el II2 Congreso del FA en el que se puso de relieve la crisis del PC y del FA y se desató una lucha de tendencias. Siguiendo la evolución de la burocracia rusa, la dirección del PC se vuelca a posiciones abiertamente patronales y hasta proimperialistas, a través del llamado “documento de los 24”. En el Congreso —destinado en un 1007c a ser “opción de gobierno” en 1994— los “renovadores” no votaron un párrafo que establecía que dado que ningún partido lograría el 51% de los votos había que hacer alianzas con la derecha para dar apoyo parlamentario a su gobierno, porque “podría oscurecer la idea básica, de principios, de que la búsqueda de tales mayorías no está motivada ni exclusiva ni principalmente por la virtual imposibilidad de lograr más del 50% de los votos en 1994, sino porque el logro del más amplio consenso social y político seguirá siendo necesario aún en el caso de que el Frente se convirtiese en mayoría absoluta del Parlamento”. Para ios 24” —que defienden el “consenso social” incluso como vía al socialismo las alianzas no deberían tener ningún límite hacia la derecha, y más que alianzas deberían ser una completa convergencia política e ideológica con  los partidos del gran capital.


 


Notablemente, mientras afirman discutir una reforma constitucional para “parlamenta-rizar” el sistema, los “renovadores” del FA rechazan así el método del gobierno parlamentario (existencia de mayoría y minoría) y aún el régimen republicano —porque el “consenso más amplio” con el gran capital y los bancos supone un régimen político bonapartista, sigiloso y conspirativo. No es casual que en el documento preparatorio del Congreso del FA, se reprodujera una frase de Seregni de 1985 que afirmaba “que todo sistema multipartidista es inestable y tiende a la recomposición de un bipartidismo” y que en “el largo plazo el Frente Amplio amenaza la vida misma de uno de los dos partidos tradicionales”. El planteo del bipartidismo y hasta el unipartidis-mo revelan el carácter falso del “parlamentarismo” frenteamplista. El PC y el FA no se engañan: en una sociedad profundamente sacudida por los antagonismos de clase, se impone la tendencia al bonapartismo —es decir, al fortalecimiento del Estado y el régimen político contra las masas.


 


Perspectivas del PC y el FA


 


Los “renovadores” del PC y el FA expresan una tendencia común a toda la izquierda democratizante latinoamericana: el apoyo al Mercosur (e incluso la negativa a rechazar el acuerdo “4 + 1” en el marco de la “Iniciativa para las Américas”) revela la inserción de esta “izquierda” en la política de Bush. El abandono del programa de “reformas” y de “autonomía nacional” y el apoyo a la integración “americana” y a la “reconversión industrial” (privatizaciones, desmantelamiento de la industria nacional, desocupación masiva, superexplotación) expresa la evolución de la pequeña burguesía democratizante que —de disputar una porción de la renta nacional a la voracidad del imperialismo— ha pasado a sumarse a la política del imperialismo y a defender su participación en la renta nacional contra las masas.


 


Toda esta evolución implica crisis y desgarramientos. En el Congreso del FA se expresó toda una oposición que pretende mantenerse en el rol tradicional del nacionalismo o antiimperialismo de contenido burgués. Sin embargo, esta posición es partidaria también de “ampliar las alianzas” hacia la derecha —haciendo la reserva de que estas alianzas deben tener contenido “antiimperialista y antioligárquico”. Las limitaciones del ala “izquierda” se manifiestan antes que nada en que no caracteriza a la derecha como proimperialista y por lo tanto no comprende la incompatibilidad de peimanecer en un frente común.


 


En el movimiento obrero, la crisis del PC tiene ya un carácter explosivo. En sindicatos históricamente dominados monolíticamente por el stalinismo (construcción, metalúrgicos), el PC no pudo presentarse unido en las elecciones sindicales y apenas logró el 50% de los votos, registrándose el surgimiento de agrupaciones que nuclean activistas combativos y antiburocráticos que lograron una votación masiva. Es más, las propias listas “oficiales” del PC están en una aguda crisis: en el reciente congreso del PIT-CNT, el PC del SUNCA se abstuvo y el del UNTMRA votó en contra del estatuto con el cual los “renovadores” pretendía reforzar su dominio en el movimiento obrero.


El operativo de “autorreforma” del PC está terriblemente cuestionado. La propuesta de Pérez, que debía plebiscitarse en diciembre entre todos los afiliados, se someterá a plebiscito recién en abril del '92 y “suavizada” (no se nombra al partido del “socialismo democrático” sino que se señala la necesidad de acercarse a las corrientes que defienden este planteamiento). Los “ortodoxos” —oposición a Pérez— pretenden reunir 5.000 firmas para convocar a un Congreso antes de abril (ya llevan 4.200 firmas de afiliados) y de esa forma abortar el plebiscito. Al margen de la lucha entre “renovadores” y “ortodoxos” se encuentra una gran parte del partido, que rechaza a ambas fracciones y muchas veces opta por abandonar la militancia orgánica. Los “renovadores” consideran crucial la Conferencia departamental de Montevideo que se reunirá en noviembre, ya que una derrota en la misma significaría el hundimiento de toda la “renovación”. No es nada casual que primeras figuras de la “renovación” se presenten como candidatos a la departamental, como Federico Martínez —el más votado en la reciente elección del Comité Ejecutivo nacional— o Esteban Valenti —que en el XXII2 Congreso rechazó postularse al Comité Central y que encabezó a “los 24”.


 


La operación de “reciclaje” de la vieja dirección “arismendista” está condenada al fracaso. La “renovación” no ofrece ningún programa político, salvo la profundización de las tendencias burguesas del viejo stalinismo. Si la evolución actual de la burocracia soviética deja en claro que durante toda su existencia tanteó y buscó en el imperialismo mundial un punto de apoyo para derrocar las conquistas de la Revolución de Octubre y transformar sus privilegios malhabidos en derechos de propiedad, la crisis actual del PC revela que la vieja dirección stalinista busca transformar su aparato en un partido “democrático” burgués.


 


 

Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa


Historia de la crítica


 


La crítica de Rosa Luxemburgo a la Revolución Rusa, redactada en prisión en 1918, tiene una historia singular. En la fase más reciente, viene siendo utilizada como argumento en favor de la tesis de que el stalinismo ya estaba contenido en la propia revolución: “Los bolcheviques decían que la Constituyente, elegida antes de Octubre, no representaba más al pueblo. Pero si eso era cierto, por qué no convocar a elecciones para una nueva Constituyente? No lo hicieron. Y resultó lo que resultó o sea, la supresión de la democracia representativa y el vaciamiento de la democracia directa. Rosa Luxemburgo criticó todo esto a su debido tiempo” (1).


 


Rosa Luxemburgo no criticó nada de eso, por la simple razón de que la Constituyente fue convocada después de octubre de 1917 (toma del poder por los bolcheviques). Lo que no impide a otro autor reciente citar “la polémica entre Rosa Luxemburgo, de un lado, y Lenin y Trotsky, del otro, acerca de la conservación de ciertas instituciones democráticas bajo el gobierno obrero” (2). Tal “polémica” sólo existe en la imaginación del autor, una vez que el escrito de Rosa sólo fue publicado tres años después de su muerte (3), siendo bien probable que Lenin y Trotsky lo desconociesen en vida de ella. Trotsky sólo se refirió, de pasada, diecisiete años después, al “manuscrito (de Rosa) sobre la revolución soviética, muy débil desde el punto de vista teórico, escrito en la prisión, que ella nunca publicó” (4). El filósofo húngaro Georg Lukacs, vinculado en esa época al PC alemán, afirmó que “Rosa modificó posteriormente sus puntos de vista, alteración constatada por los camaradas Warski y (Clara) Zektin” (5). Trotsky sostuvo que, después de la revolución de noviembre de 1918 (en Alemania), “Rosa se aproximaba día a día a las ideas de Lenin sobre la dirección consciente y la espontaneidad: fue ciertamente esta circunstancia la que le impidió publicar su trabajo, del cual más tarde se hizo un uso vergonzosamente abusivo contra la política bolchevista”.


 


El trabajo fue publicado por primera vez en 1922, por Paul Levi, quien “decidió publicar un texto inédito explosivo, cuyo manuscrito conservara, prudentemente, desde setiembre de 1918”(6). Levi, discípulo de Rosa, fue uno de los principales dirigentes en los primeros años del PC alemán y de la propia Internacional Comunista. En abril de 1921, fue excluido de ambas por romper la disciplina, debido a la publicación de un folleto crítico de la “acción de marzo” (tentativa insurreccional fracasada del PC alemán, en marzo de 1921) (7). El motivo de la exclusión no era el contenido de la crítica (cuyos términos fueron retomados por el propio Lenin en su folleto El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo) sino el hecho de que hubiera sido publicada antes de cualquier debate interno, quebrando la solidaridad partidaria. Expulsado, Levi se volvió hacia la socialdemocracia. Fue en este cuadro que publicó el manuscrito de Rosa, como una arma política contra el PC alemán. En su obra sobre la revolución alemana, Pierre Broué, que consagra un capítulo entero sobre Paul Levi, no se refiere a este importante episodio, ni deja claros los motivos de la expulsión-ruptura de Levi con el PCA (8).


 


El mayor biógrafo de Rosa Luxemburgo, J.P. Nettl, es mucho más preciso, sin llegar a señalar razones esencialmente diferentes para la no publicación del manuscrito de Rosa en vida de ésta. De hecho, las líneas esenciales del manuscrito fueron esbozadas previamente en dos artículos que Rosa escribió para la prensa espartaquista, de los cuales sólo el primero fue publicado: en cuanto al segundo, ¡quien convenció a Rosa de no publicarlo fue… Paul Levi! En el primero, Rosa atacaba el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades oprimidas por el imperio zarista, concedida por el gobierno bolchevique (en lo que no hacía sino continuar la polémica que, a este respecto, la había opuesto con Lenin antes de la Primera Guerra Mundial) y, sobretodo, a la paz de Brest-Litovsk, celebrada entre el nuevo gobierno soviético y el Estado Mayor alemán: “La paz de Brest-Litvosk es una capitulación del proletariado revolucionario ruso frente al imperialismo alemán. Lenin y sus amigos no se engañan y no pré-tenden engañar a otros: ellos reconocieron que fue una capitulación. Pero se ilusionaron con la esperanza de huir realmente de la guerra mundial a través de una paz separada. No percibieron que la capitulación rusa tendría por resultado el fortalecimiento de la política imperialista pangermánica, debilitando las posibilidades de una sublevación revolucionaria en Alemania”. Curiosamente, Rosa no veía en esto la consecuencia de un error bolchevique sino de la situación objetiva: “He aquí la falsa lógica de la situación objetiva: todo partido socialista que llegue al poder en Rusia estará condenado a adoptar una táctica errónea en cuanto le falte el auxilio del ejército proletario internacional, del cual forma parte” (9). Como señala Nettl, Rosa no proponía ninguna alternativa a la política bolchevique sino el levantamiento revolucionario alemán. En tanto éste no existiera, el bolchevismo estaría frente a una impasse.


 


Crítica de la historia


 


Rosa escribió su crítica de la Revolución Rusa después de esos artículos y, según Paul Levi, consciente de su no publicación: “Escribo este folleto para usted, y si consigo convencerlo, el trabajo no habrá sido en vano”. El trabajo es, en primer lugar, una defensa apasionada de la Revolución Rusa, del bolchevismo y de la revolución en general, contra la socialdemocracia alemana: “La Revolución en Rusia —fruto del desenvolvimiento internacional y de la cuestión agraria—no puede tener solución en los límites de la sociedad burguesa (…) La guerra y la revolución demostraron, no la inmadurez de Rusia sino la inmadurez del proletariado alemán para cumplir su misión histórica (…) Contando con la revolución mundial del proletariado, los bolcheviques dieron precisamente la prueba más brillante de su perspicacia política, de su fidelidad a los principios, de la audacia de su política” (10).


La crítica de Rosa Luxemburgo al bolchevismo consiste en un rechazo a toda política de compromisos, realizada con vistas a la defensa del nuevo poder obrero, como contraria al libre desenvolvimiento revolucionario de las masas: 1) la cuestión de la paz, ya mencionada; 2) la política agraria (“la tierra a los campesinos”), táctica excelente para consolidar al gobierno, pero que crea dificultades insuperables para la posterior transformación socialista de la agricultura; 3) la cuestión nacional: el derecho de las naciones a la autodeterminación no sería sino una frase vacía en el cuadro de la sociedad burguesa. En la práctica, Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania y los países bálticos, el Caucaso, usaron este derecho para aliarse al imperialismo alemán contra los soviets.


 


La cuestión del compromiso como componente de toda política revolucionaria madura será desarrollada por Lenin en su folleto sobre el “izquierdismo”. De hecho, no parece haber en la estructura teórica de Rosa lugar para las consecuencias del desenvolvimiento desigual del capitalismo y de la conciencia de las masas y, por tanto, para las consignas de transición, que serían el eje metodológico del programa que los bolcheviques se esforzaron por transmitir a los partidos obreros revolucionarios de todo el mundo. El proletariado no es impermeable a las ideas nacionalistas: los bolcheviques harán la amarga experiencia con la derrota del Ejército Rojo en Polonia…


 


La famosa crítica a la política democrática del gobierno obrero se sitúa en la misma línea: Rosa rechaza todo compromiso que, en nombre de las necesidades inmediatas, bloquee el pleno desarrollo de la vida y de la acción política de las masas. Lo que no tiene nada que ver con la defensa de las instituciones de la democracia representativa como complemento necesario, o incluso superior, de la democracia soviética. Rosa escribe que “ahogando la vida política en todo el país, es fatal que la vida del propio Soviet se paralice cada vez más. Sin elecciones generales, sin libertad ilimitada de prensa y de reunión, sin libertad de lucha entre las opiniones, la vida muere en todas las instituciones públicas, se vuelve una vida aparente, donde la burocracia permanece como el único elemento activo”.


 


Oskar Negt dice que cuando Rosa “afirma que la libertad es siempre sólo la libertad para quien piensa de un modo diferente, su aserción no es un retorno al liberalismo, sino un elemento, una parte constitutiva vital de una opinión pública proletaria, que no puede reducirse a reproducir y aclamar decisiones, programas dados, orientaciones de pensamiento establecidas” (11). La supresión de la Constituyente, la ilegalización de los partidos opositores que pregonasen la caída del gobierno bolchevique —en el cuadro de la guerra civil— no eran puntos programáticos del bolchevismo sino medidas prácticas adoptadas en las condiciones de aislamiento internacional en los marcos de un país atrasado (con mayoría campesina). Rosa no podía conocer, en la época (1918) y en la prisión, los escritos de Lenin en los cuales la pluralidad de partidos obreros y campesinos en los soviets era enfatizada como “la vía más rica” para el pleno desenvolvimiento de la dictadura del proletariado. Y mucho menos las advertencias de Lenin, posteriores a la muerte de Rosa, contra el peligro de la burocratización, así como el debate de 1923 sobre el “Nuevo Curso”.


 


Fue Georg Lukacs quien vió en las críticas de Rosa Luxemburgo la expresión de un pensamiento orgánicamente antibolchevique y, en última instancia, ajeno al marxismo en puntos cruciales. Rosa criticó la disolución de la Constituyente, no como una defensa de principios de esa institución sino como una demostración de la falta de confianza de los bolcheviques en las masas, capaces, a través de su presión (como sucediera en las revoluciones francesa e inglesa), de cambiar el rumbo y el contenido de esa asamblea (“Los soviets, como columna vertebral, más la Constituyente y el sufragio universal”, era la fórmula de Rosa): “Rosa no destaca que esos cambios de orientación se parecían diabólicamente, en su esencia, con la disolución de la Constituyente. Las organizaciones revolucionarias de los elementos más nítidamente progresistas de la revolución (los consejos de soldados del ejército inglés, las secciones parisinas) proscribieron siempre por medio de la violencia a los elementos retrógados, transformando a esos cuerpos parlamentarios en conformidad con el nivel de la revolución. En la Revolución Rusa se da el pasaje de esos refuerzos cuantitativos al cambio cualitativo. Los soviets, organizaciones de los elementos más progresistas de la revolución, no se contentaron con depurar a la Constituyente de todos los elementos que se encontraban más allá de los bolcheviques y de los socialistas-revolucionarios de izquierda, los sustituyeron. Los órganos proletarios (o semi-proletarios) de control y de presión de la revolución burguesa se volvieron órganos de lucha y gobierno del proletariado victorioso. Es eso lo que Rosa ignora en su crítica de la sustitución de la Constituyente por los soviets: ve la revolución proletaria bajo las formas estructurales de la revolución burguesa” (12).


 


Aun suponiendo que fuera así, cabría creer que Rosa superó rápidamente esa visión pues, poco tiempo después, polemizando contra el ala izquierdista del PC alemán, partidaria del boicot a las elecciones para la Constituyente alemana, defendió implícitamente la disolución de la Constituyente en la URSS: “¿Olvidáis que antes de la disolución de la asamblea nacional ocurrió algo diferente, la toma del poder por el proletariado revolucionario? ¿Ya teneis hoy, por ventura, un gobierno revolucionario, un gobierno Lenin-Trotsky? Rusia ya poseía antes una larga historia revolucionaria que Alemania no tiene” (13).


 


Luciano Amodio sostiene que “es verdad que Rosa opone los consejos (soviets) a la Constituyente. ¿Pero hasta qué punto se puede admitir que es ella quien habla, y no el espartaquismo, sus amigos reencontrados en medio de una efervescencia pro-rusa y pro-soviética? (…) Fue a la salida de la prisión, bajo la presión de los hechos, los que la llevaron a retractarse en pocas semanas, a comenzar a comprender que algo nuevo había aparecido, una especie de nueva lógica y de nueva idea sobre la revolución, mejor, centrada sobre el partido y no sobre las masas” (14). Para defender, contemporáneamente, la idea de una Rosa antibolchevique, se apela a argumentos sicológico-sentimentales (los “amigos”) y a la presión de las circunstancias: ¿es posible pensar que una teórica con el rigor, una mujer con la personalidad, una dirigente con la responsabilidad de Rosa Luxemburgo podría cambiar radicalmente sus puntos de Vista bajo el efecto de esas presiones?


 


Nosotros preferimos quedamos con la conclusión del estudioso más riguroso de la obra de Rosa: “El ensayo de Rosa sobre la Revolución Rusa, celebrado hoy como una acusación profética contra los bolcheviques (es más) una exposición de la revolución ideal, redactado —como ocurría frecuentemente con Rosa— bajo la forma de diálogo crítico, en esta ocasión con la revolución de octubre. Los que procuran en ella una crítica de los fundamentos de la revolución bolchevique, deben buscar en otro lugar” (15).


 


La oposición de Rosa al bolchevismo fue circunstancial. Por el contrario, no parece circunstancial sino estratégica, la conclusión con que Rosa terminó su ensayo (todo buen autor deja lo más importante para decir al final): “Lo esencial y duradero en la política de los bolcheviques (…) lo que permanece, su mérito histórico imperecedero, es que conquistando el poder político y colocando el problema práctico de la realización del socialismo abrieron el camino al proletariado internacional e hicieron progresar considerablemente la lucha entre el capital y el trabajo en el mundo entero. En Rusia, el problema sólo podía plantearse, no podía ser resuelto, pues sólo puede resolverse a escala internacional. Y, en ese sentido, el futuro pertenece en todos lados al bolchevismo” (16).


 


El pensamiento de Rosa tenía la misma matriz histórica del bolchevismo: su ensayo debe leerse como un documento excepcional sobre la revolución, producido por una de las cabezas más geniales del siglo, o sea, como un texto todavía capaz de iluminar nuestro presente.


 


 


NOTAS:


(1) Francisco C. Weffort, ¿Por que democracia? (Sao Paulo: Brasiliense, 1984), pp. 125-126.


(2) Carlos N. Coutinho,A democracia como valor uni-vei'sal (Sao Paulo: Ciencias Humanas, 1980), p. 20.


(3) Rosa Luxemburgo, Die Russische Revolution. Ei-ne kritische, Wurdigung, Berlín, 1922 (pref. Paul Levi).


(4) León Trotsky, “Rosa Luxemburgo y la Cuarta Internacional”, Escritos, tomo VII, vol. 1 (1935-1936) (Bogotá: Pluma), p. 42.


(5) Georg Lukacs, Historia y conciencia de clase (Porto: Escorpión, 1974), p. 281.


(6) Daniel G uQTx,RosaLuxemburgo y la espontaneidad revolucionaria, (Sao Paulo: Perspectiva, 1982), p. 108.


(7) Paul Levi, Unser Weg. Wider den Putschismus (Berlín, 1921); (en anexo: KarlRadek, Die Lekreneines Pustchversuckes).


(8) Pierre Bryué, Revolution en Allemagne (1917- 1969), pp. 46-52.


 (9) Rosa Luxemburgo, Oeuvres, v. II (París: Maspero, Vozes, 1991), p. 63.


(10) Rosa Luxemburgo, A Revolucia Rusa, (Petrópilis: 1923), (París: Minuit, 1971).


13) Apud Isabel Loureiro, “Introducción” en Rosa Luxemburgo, op. cit., p. 28.


(14) Luciano Amodio, “La revolutión bolchevique: la interpretatión de JRo$a Luxemburgo”, in Histoira du marxisme contemporaim, v. 2 (París: UGE), pp. 251-253.


(15) J.P. Nettl, La vie et le oeuvre de Rosa Luxenu bmrg, t. II (París: Maspero, 1972), p. 685.


(16) Rosa Luxemburgo, op. cit., p. 98


 

El POR en la Revolución Boliviana de 1952


Dos cuestiones decisivas hacen de la experiencia boliviana de 1952 un punto insoslayable en cualquier análisis sobre la revolución contemporánea. En primer lugar es una de las expresiones más altas, si no la mayor, de la insurgencia proletaria en nuestro continente. Los mineros del Altiplano protagonizaron entonces un levantamiento revolucionario de envergadura desconocida en América Latina: enfrentaron al Ejército, se lanzaron al asalto de los cuarteles, a dinamitazo puro quebraron a una fuerza armada completamente descompuesta, derrotaron a siete regimientos y concluyeron por disolver la corporación militar y por imponer con su victoria la vigencia de las milicias obreras. Lo que fue concebido como un golpe palaciego de un sector de la FFAA vinculado al nacionalista MNR, acabó dando paso a una revolución obrera. No fue el proletariado, sin embargo, el que tomó el poder. Su lugar fue ocupado por Paz Estenssoro y Siles Suazo, representantes de la pequeña burguesía nativa. La clase obrera no pudo coronar su obra colocando al frente de la nación a sus propios hombres y a sus propias organizaciones independientes, canal de la irrupción revolucionaria de las masas. La contradicción creada será resuelta ulteriormente por el equipo nacionalista en beneficio del Estado burgués, de la reconstrucción de sus instrumentos de dominio —el Ejército, en primer lugar—y de la burocratización de las organizaciones obreras. Paz Estenssoro es aun hoy una de las expresiones vivas más acabadas de la evolución del nacionalismo que debuta como antimperialista, con ropaje obrero y aun revolucionario y acaba como comisionista del imperialismo y de la reacción política más extrema.


 


 


 


El Partido Obrero Revolucionario


 


En segundo lugar la peculiaridad de la revolución boliviana consiste en que en el Altiplano los trotskistas ocupaban un lugar preponderante entre la vanguardia obrera. Algunos años atrás el POR había impuesto en el Congreso de la Federación Sindical Minera las llamadas “tesis de Pula-cayo”, un programa que por primera vez en nuestras latitudes planteaba abiertamente las limitaciones insalvables de la burguesía nacional y proclamaba la revolución social dirigida por el proletariado como la única vía para quebrar la opresión foránea. Las “tesis de Pulacayo” tradujeron en el plano de una organización de masas las consignas del “Programa de Transición” de la IV"2 Internacional y trazaron la ruta de lucha por el gobierno obrero-campesino. Pulacayo encarnó en su momento la perspectiva de la vanguardia minera que, pocos meses antes, en enero de 1946, había asistido a la completa bancarrota del stalinismo, transformado en tropa de choque de un golpe gorila de la oligarquía boliviana {“la rosca”) contra el gobierno nacionalista de Villaroel. La impotencia y la quiebra del nacionalismo burgués, por un lado; así como la traición del stalinismo por el otro, abrieron paso entre lo mejor del proletariado boliviano a una aguda conciencia sobre la necesidad de plantearse una estrategia propia y superar políticamente a las direcciones comprometidas con la contrarrevolución y la frustración de sus luchas históricas.


 


El POR no sólo impuso las “tesis de Pulacayo” sino que se transformó en el período inmediato posterior en el receptáculo de una nueva generación obrera y juvenil: “circunstancias excepcionalmente favorables nos habían colocado a la cabeza de las masas; aglutinamos la atención y la simpatía de los explotados en la política interna del país, nos convertimos en un poderoso partido… lo más inteligente de la juventud boliviana se entregó al POR, contamos con un magnifico equipo de agitadores” (1). En la misma época el POR “hacía un tiraje de 10.000 ejemplares de *Lucha Obrera’, periódico del partido que se vendía en número mayor al periódico burgués de circulación diaria, El Diario” (2). En 1947 el POR y la FSTMB foijan un bloque político electoral por el cual diez candidatos ingresan al Parlamento (2 senadores y 8 diputados).


 


 


 


Desintegración política


 


Durante todo el período previo al ' 52 se desarrollan grandes batallas entre el movimiento obrero, los explotados y el gobierno rosquero-stalinista. Se sucedieron las masacres en las minas y la represión fue brutal en las ciudades y el campo. El POR fue duramente golpeado, pero, por sobre todas las cosas, fue irremediablemente desintegrado por un proceso de descomposición política. Por un lado, “la extrema debilidad del partido se expresaba en su rudimentarismo organizativo y en una especie de desprecio pequeño burgués por el trabajo político diario” (3) lo que equivale a decir que no llegó realmente a estructurarse como partido, no se empeñó en transformarse en una organización consciente, militante, centralizada, de la vanguardia obrera. El POR aparecía como una suerte de usina ideológica del MNR, cuyo “equipo sindical entrenado y templado en la lucha diaria logró aglutinar a valiosos luchadores que supieron cumplir exitosamente su misión” (4).


 


En estas condiciones la propia dirigencia trotskista se fue desplazando a la idea de que la materialización de la revolución obrera consistía en llevar al poder al… MNR. En 1951 lá IV9 Internacional, que integra el POR, sostiene abiertamente este punto de vista: ante la inminencia de un estallido revolucionario “bajo la influencia del MNR, nuestra sección apoyará al movimiento con todas sus fuerzas, no se abstendrá sino que, por el contrario, intervendrá enérgicamente en él con el propósito de impulsarlo tanto como sea posible hasta la toma del poder por el MNR” (5). La consecuencia de este proceso será catastrófica: el POR estará completamente ausente en la revolución de abril de 1952 y el MNR conseguirá confiscar de un modo acabado el heroico levantamiento del proletariado boliviano.


 


 


 


Una verdadera catástrofe


 


No hablamos apenas de su intervención práctica, concreta en los acontecimientos, del hecho de que “el POR no estuviese físicamente presente en las jornadas de abril de 1952: no estuvo presente la línea política trotskista claramente diferenciada del MNR, como una otra alternativa para las masas, con la intención de irlas ganando a lo largo del desarrollo de los acontecimientos… su dirección se quebró… resultó anonadada por lo que ocurría..”. En los abundantes escritos de Guillermo Lora —secretario general del POR desde 1946— se plantean los elementos de un balance de esta terrible catástrofe pero puede afirmarse que todo es presentado de manera parcial, unilateral e inclusive deformada por lo cual una apreciación de conjunto de la cuestión queda aún por realizarse. Todavía diez años después de los sucesos del ’ 52 en un largo y clásico trabajo titulado “La Revolución Boliviana”, Lora dedica una página, sobre cuatrocientas, al análisis de los “errores del POR” en tales acontecimientos. Algunas otras observaciones críticas se suceden con carácter disperso en el resto de la obra sin que, no obstante, resulta un balance claro y de carácter integral.


 


Para apreciar como un todo la actuación del POR en 1952 debe puntualizarse lo siguiente:


 


a)            la consigna de “ocupación de las minas” fue omitida por el POR; “el que esta consigna no hubiese sido oportunamente lanzada en 1952, determinó que la nacionalización de las minas se convirtiera en un engaño al país y a la clase obrera” (6). Luego de desmoralizar a los trabajadores y nombrar una “comisión” para “estudiar” problema, el gobierno movimientista pactará una nacionalización “concertada” con la “rosca” y el imperialismo sobre la base de suculentas indemnizaciones.


 


b)           El POR no planteó “todo el poder a la COB”, la central obrera fundada pocos días des-púes de la revolución, con una notable influencia de dirigentes poristas y que constituía la base de un órgano de poder propio del proletariado insurgente. “En los primeros meses de la revolución solamente la COB contaba con fuerzas armadas, las milicias armadas de obreros y campesinos… Los obreros descontaban que las fábricas y las minas debían convertirse en trincheras de la revolución” (7).


 


c)            el POR sí planteó, en cambio, el cogobierno con el MNR, con lo cual de entrada se ubicó como ala izquierda de la democracia burguesa montada en la revolución proletaria y no como expresión de ésta en su enfrentamiento irreconciliable con el gobierno burgués que pretendía contener primero —y destruir después— los elementos autónomos del poder proletario. Exactamente lo contrario a la táctica de Lenin, a su combate por llevar “todo el poder a los soviets” a partir de la delimitación sistemática respecto al gobierno pequeño burgués que tendía la soga democrática al cuello de la revolución proletaria (el lugar del MNR era ocupado por los mencheviques y socialrrevolucionarios en el octubre ruso).


 


 


 


Menchevismo


 


El carácter inacabado del análisis de Lora se verifica en dos puntos fundamentales.


 


Primero. Luego de criticar como un “error” el haber evitado plantear “todo el poder a la COB”, Lora defenderá en su misma obra el punto de vista contrario: esta consigna sólo puede plantearse — dirá— cuando el partido revolucionario conquista la mayoría en los soviets (“La Revolución Boliviana”, págs. 364/6). El planteamiento es incorrecto y doblemente cuando se afirma que tal fue la táctica de los bolcheviques en 1917. La oportunidad del reclamo de “todo el poder a los soviets” es pertinente desde el momento en que son un canal de las masas insurrectas y se encuentran bajo su presión directa. En este caso son la materialización del poder obrero frente al poder burgués y al luchar por el gobierno soviético, gobierno obrero-campesino, el partido revolucionario se coloca en el terreno de su propio desarrollo en el seno de la organización de las masas para desplazar a los elementos conciliadores con la burguesía, imponer su propio liderazgo y la conquista de la dictadura del proletariado. Después de 1953 la consigna “todo el poder a la COB” no era correcta, no porque el POR no tuviera la mayoría, sino porque el MNR la había trasnsformado en una particular dependencia estatal en manos de la burocracia movimientista. En cualquier caso y luego de afirmaciones formalmente contradictorias, sobre esta consigna clave, el propio Lora reivindicará, aún un cuarto de siglo luego de 1952, el planteo del POR de exigir “más ministros obreros” en el gobierno del MNR.


 


Segundo. Todavía en 1953 el propio Lora sostuvo un punto de vista menchevique en las tesis de la “X9 Conferencia del POR”, las cuales aún hoy son consideradas como una petición de principios en favor del trotskismo ortodoxo contra lo que el dirigente boliviano considera desviaciones nacionalistas de otros sectores del partido. Pero es en estas tesis donde se plantea —una vez más— que ‘la tarea inmediata del POR no es gritar ‘abajo el gobierno' sino exigir que realice las reivindicaciones fundamentales de la revolución”. No es lo único: se formula aquí además, la hipótesis de una hegemonía del ala izquierda del MNR sobre el gobierno, en cuyo caso “se podría plantear la eventualidad de un gobierno de coalición del POR y del MNR, que sería una manera de realizar la formula “gobierno obrero-campesino’ que, a su turno, constituiría la etapa transitoria hacia la dictadura del proletariado”. Es decir, se postula la variante de una ejecución por parte del MNR, de las “reivindicaciones fundamentales de la revolución” y de la alternativa de un gobierno obrero-campesino que no sería la dictadura del proletariado, que no emergería como fruto de un desplazamiento del poder hacia las organizaciones soviéticas de las masas, sino como resultado de una combinación del POR y el MNR. De conjunto esto significa que el desarrollo concreto de la revolución se plantea en los marcos del Estado burgués, lo que constituye la esencia menchevique de la formulación.


 


En estas condiciones una parte entera del grupo de Lora sacó todas las conclusiones del caso y pocos meses después se pasó… al MNR. Si la tarea era exigir que el movimiento ejecutara la revolución y alimentar el desarrollo de su ala izquierda, altos dirigentes poristas juzgaron que la defensa de la construcción del partido revolucionario era abstracta y debían integrarse al movimientismo. Otro grupo del POR propugnó entonces también que “no había tiempo” para la construcción del partido revolucionario en Bolivia (la escisión de esta fracción se producirá, sin embargo, recién en 1956).


 


 


 


¿Podía el POR tomar el poder?


 


En este punto cabe considerar una de las posicionarlas tajantes y de carácter general que formula T 6ra en su obra de 1963. “¿Podía el POR—se pregunta – llegar al poder en el lapso comprendido entre 1946 y 1952? Tiene que responderse categóricamente que no. Dos de los factores que habían no viable tal perspectiva: los obstáculos insalvables que se oponían a los esfuerzos hechos para conquistar a las masas y la evidencia que el programa partidista no estaba acabadamente estructurado (añadiremos que las masas no habían madurado aún suficientemente para comprender este programa), este último factor tenía necesariamente que traducirse en una debilidad organizativa de la vanguardia proletaria” (9).


 


La apelación a los obstáculos insalvables no tiene ninguna importancia puesto que si éstos tienen una entidad propia, la mención sobre el programa “no acabadamente estructurado” es superflua y si esto último es cierto, lo primero es completamente secundario. Pero lo peligroso de esta última apreciación es la dilución en una generalidad autojustificadora de los desastres de 1952. No es verdad que la quiebra del POR tenga que ver con una “insuficiencia programática”. El POR se quebró bajo las presiones de la clase enemiga y se transformó en apéndice del MNR, es decir, del nacionalismo burgués. El trotskismo abandonó posiciones ya conquistadas, convirtió a las tesis de Pulacayo en una referencia literaria y las dejó de lado cuando podía basarse en las mismas como punto de partida de una acción revolucionaria. El programa “acabadamente estructurado” es una entelequia. Un partido que reniega precisamente de la acción revolucionaria —jen una revolución!— (ocupación de las minas), que se omite al momento de orientar a esta última hacia una forma de poder propio del proletariado (todo el poder a la COB) y siembra ilusiones en el cogobierno con la pequeña burguesía no debería siquiera insinuar que las masas “no han madurado”para comprender sus posiciones. En este caso el balance toma la forma de un procedimiento completamente fraudulento.


 


 


 


Balance


 


En 1952 se abandonaron de un modo integral las posiciones del bolcehvismo, lo que equivale a decir, del marxismo y la revolución. El trotskismo boliviano reveló particularmente una notable incapacidad para comprender que el partido revolucionario es una cabeza sin cuerpo si no concibe su construcción en estrecha vinculación con las organizaciones propias de las masas, de sus instrumentos de poder y de su estructuración autónoma. El análisis y el trabajo para Ja construcción de una organización soviética de las masas fue sustituido por las ilusiones en el MNR. La emancipación de los trabajadores es obra de los trabajadores mismos y los órganos de su emancipación son los consejos, los soviets, los canales de su estructuración revolucionaria de masas, sobre los cuales debe cabalgar el partido revolucionario. La revolución es el partido más los soviets, el cerebro y sus instrumentos de acción en un desarrollo común. El POR no asimiló esta cuestión y ha tendido a presentar de un modo unilateral y abstracto la construcción del partido. Todavía en 1971, en relación a la Asamblea Popular Lora se opondrá a levantar la consigna de “todo el poder a la Asamblea Popular”.


 


 


Notas:


 


(*) Pablo Rieznik es dirigente del Partido Obrero


 


(1) G. Lora — “La crisis del POR boliviano”, Buenos Aires, 1950 (citado por Liborio Justo).


(2) G. Lora—“Bosquejo de la historia del POR boliviano”, San Pablo, 1986 (en “Estudos” del Centro de Estudos do Terceiro Mundo)


(3) G.Lora — “La revolución boliviana”, La Paz, 1963


(4) ídem.


(5) “Fourth International”, New York, 1951 (citado por Liborio Justo)


(6) G. Lora — “La Revolución Boliviana”


(7) ídem


(8) G. Lora “Contribución a la historia política de Bolivia”, La Paz, 1978.

Nahuel Moreno y la revolución boliviana


Desde hace varios años, la corriente política que formó el Mas sostiene que fue la única que, inmediatamente después de la revolución de abril, denunció el apoyo “crítico” al MNR como una orientación contrarrevolucionaria y que planteó, en cambio, la consigna de “todo el poder a la COB”. “En 1952 y durante los años siguientes puede leerse en Solidaridad Socialista N° 93, 21/2/85— hubo una sola corriente política internacional que levantó para Bolivia la consigna de ‘la COB al poder’. Fue la corriente que en Argentina forma parte del Mas… ”


 


Lamentablemente, se trata de una grosera falsificación. El grupo ai 8entino liderado por Nahuel Moreno apoyó al gobierno del MNR. Más aún, dijo que había que rodearlo de “ministros obreros”, que fue precisamente lo que hizo el gobierno contrarrevolucionario.


 


En la prensa de Moreno de mayo de 1952 puede leerse: “Exigid la integración del gobierno de Paz Estenssoro con ministros obreros elegidos y controlados por la Federación de Mineros y la nueva Central Obrera. Exigid a vuestros ministros obreros el fiel y rápido cumplimiento de las resoluciones aprobadas por la FSTMB (Frente Proletario, 29/5/52). También se decía allí que “las dos alas existentes en el seno del MNR expresan actualmente los intereses del proletariado y la burguesía”, es decir que la burocracia colaboracionista de Lechín encarnaba los intereses del proletariado en la revolución.


 


Esto fue reconocido por Moreno en 1953. En un artículo publicado en “Revolución Permanente” (Revista del POR de Argentina) sostuvo que su comente ignoró “la existencia del poder dual en Bolivia, poder de la burguesía, MNR y Paz Estenssoro, por un lado, y poder el proletariado, con el poder de la COB, por el otro”, y que planteó el “desarrollo, apoyo y fortalecimiento de un ala izquierda en el MNR” (Reproducido en Estrategia, abril 1966). Como se ve, el mismo hombre que en los últimos 20 años viene sosteniendo haber tenido en 1952 una posición revolucionaria, reconocía en 1953 haber ignorado lo esencial de la revolución de abril y haberse orientado en la línea de la capitulación.


 


Fue en 1953 (pero no en 1952) que Moreno planteó: “queremos un gobierno de la COB con sus dirigentes para que cumplan inmediatamente el programa de la COB. Todo el poder a la COB”(En “Revolución Permanente”).


 


El subterfugio de Moreno, a partir de 1953, será presentar sus posiciones en este año como si las hubiera tenido en 1952.


 


Pero en 1953 y en los años siguientes la consigna “todo el poder a la COB” tenía el mismo contenido contrarrevolucionario que el apoyo al MNR en 1952. Lo que fue justo para las semanas siguientes a abril de 1952, se convirtió, por el cambio de la situación política, en reaccionario.


 


La consigna “todo el poder a la COB” debió haberse levantado en Bolivia en las semanas siguientes al triunfo de la revolución porque la Central Obrera no sólo agrupaba las masas revolucionarias, sino que era producto de ellas; con sus milicias armadas era un órgano de poder del proletariado.


 


La voz de orden de “’todo el poder a la COB’ — dice Lora podía haber llevado a la victoria a los trabajadores en dos oportunidades. La primera fue cuando la agitación alrededor de la inmediata nacionalización de las minas sin indemnización y bajo control obrero llegó a un punto culminante (primera mitad de 1952), La segunda se presentó con el fracaso del golpe de estado del 5 de enero de 1953. El no haber aprovechado debidamente estas oportunidades y el haberse conformado con marchar coreando las consignas de la izquierda movimientista, constituyen los mayores errores del P.O.R. y deben ser imputados a pablistas y ‘entristas’, que entonces monopolizaban la dirección” (La Revolución Boliviana, págs. 269/70).


 


Pero cuando Moreno planteó esta consigna (1953) se había entrado en el período de reflujo del movimiento de masas y luego que la dirección de la COB hubiera logrado desarticular las milicias y apartar a las masas obreras de los sindicatos. En estas condiciones, la consigna ya no tenía un carácter revolucionario, pues significaba una cuota de confianza en que la burocracia sindical pudiese encarnar una política revolucionario por sí misma.


 


Todo esto demuestra que, en 1952 y 1953, el morenismo actuó a la cola del lechinismo (algo que volvió a ocurrir en 1985).


 


No obstante, Moreno siguió reivindicando su posición de 1952 sosteniendo que su propuesta de co-gobierno era un “control revolucionario” sobre el gobierno de Paz una “forma concreta de aplicación del gobierno obrero y campesino del Programa de Transición” (ídem, revista “Revolución Permanente”).


 


¿Qué surge de aquí? Que el fundador del Mas tuvo, durante la revolución boliviana, las posiciones de los mencheviques en 1917, y las de Stalin antes de la llegada de Lenin, es decir hasta abril de ese año. Históricamente, estas posiciones son la expresión clásica de la estrategia contrarrevolucionaria en el seno de la clase obrera No en vano fue la estrategia política con la que se identificó el stalinismo, esto desde que surgió como tendencia política en 1924.


 


En lugar de superar sus posiciones capituladoras en la revolución boliviana, Nahuel Moreno ha montado toda una campaña de tergiversación, presentando como suyas posiciones que de ninguna manera tuvo. De modo que el morenismo se ha cristalizado políticamente como una variante del menchevismo, esto es lo que está en el debate sobre la revolución boliviana. Ahora, cuando el Mas se declara partidario de la institucionalización, de la defensa de la democracia (proimperialista) o del apoyo político a los patrones nacionales y a la burocracia sindical, puede percibirse que en todo esto existe un claro entronque político y teórico.

Apuntes a la historia del trotskismo argentino (1930/1951)


Trotsky sostuvo repetidas veces que un programa de partido no podía limitarse a señalar las líneas generales del desarrollo revolucionario sino que debía refractar esas líneas generales, resultantes del carácter mundial del capitalismo, en las peculiaridades de cada nación y aún tener en cuenta las condiciones específicas de la evolución de la conciencia del proletariado. Este es el camino obligado para que el programa revolucionario encarne en la clase obrera de cada país.


 


A la luz de esto es que la elaboración de una historia del trotskismo argentino no debe agotarse en la recopilación de textos y hechos olvidados o no debidamente apreciados, sino que debe servir para asimilar las experiencias frustradas que tuvieron por objetivo estructurar el partido revolucionario. Una historia del trotskismo debe sacar a luz cómo se abordaron en el pasado los problemas estratégicos y cuales fueron los aportes y las limitaciones en la estructuración del programa. El propósito del historiador no es canonizar a los grupos políticos que actuaron en nombre del trotskismo o más precisamente de la IV5 Internacional, sino caracterizar su actuación política a la luz de las condiciones imperantes de la lucha de clases del movimiento obrero internacional y del marco histórico de la nación en cuestión.


 


La importancia a este respecto de la “Historia del trotskismo argentino (1929/60) de Osvaldo Coggiola (Ed. CEAL-Centro Editor) está fuera de cuestión. La recopilación y ordenamiento de la vasta literatura y de las discusiones que enfrentaron a los grupos que se proclamaban trotskistas y sus relaciones con la IV5 Internacional, constituye un mérito indiscutido del autor. Coggiola evalúa a lo largo de su trabajo los problemas estratégicos que, conscientemente o no, estuvieron en la base de las crisis de esos grupos y de su fracaso para actuar en conformidad con una estrategia cuartainternacionalista.


El movimiento trotskista nace en Argentina a comienzos de la década del ‘30, pero durante sus primeros quince años tendrá una vida larvada y errática. No obstante, es el receptáculo de varias escisiones que se producen en el stalinismo.


 


El gran debate que recorre las filas trotskistas (y no sólo trotskistas) es la caracterización del país, el carácter de la revolución y las tareas a cumplir. En líneas generales, los primeros grupos trotskistas sostenían que Argentina era un país capitalista desarrollado, en el que no se planteaban las tareas de independencia nacional. Una minoría, no obstante, partía del^ carácter atrasado del capitalismo argentino y de su dependencia del imperialismo mundial, para señalar la vigencia de la liberación nacional. Una expresión de la debilidad teórica de la época es que esta minoría fue incapaz de sacar a la liberación nacional del plano de la abstracción y extraer las conclusiones políticas concretas, por ejemplo, con relación a las tentativas autónomas de la burguesía y a los movimientos nacionalistas.


 


Resulta notable que los primeros trotskistas argentinos no percibiesen la cuestión nacional en los años ‘30 cuando ésta se expresó con particular intensidad. La crisis mundial de 1929 puso al rojo vivo los vínculos semicoloniales de la Argentina con Inglaterra y abrió una colosal crisis política y social. La colonización financiera de Gran Bretaña produjo una temprana y extraordinaria integración de Argentina al mercado mundial pero, dialécticamente, aisló al país, al mismo tiempo, de la circulación general de la economía mundial por su carácter unilateral, por el bloqueo que ejercía contra la industrialización. La caída del comercio exterior, a partir de 1930, produjo una brutal expulsión de las masas agrarias y urbanas del interior del país y la ruina de la clase obrera. Otra consecuencia fue la quiebra del régimen político y el inicio de la era de los golpes militares.


 


En realidad, los trotskistas negaban la opresión imperialista por el hecho de que Argentina no estaba ocupada por una fuerza militar extranjera y porque contaba con una industria y u-na clase obrera con cierto desarrollo, al menos en relación a los demás países latinoamericanos. Consideraban al imperialismo en términos de fuerza militar o como explotación de las naciones exclusivamente agrarias. La semiindustrialización de las naciones semicoloniales aparecía, entonces, como sinónimo de autonomía nacional, que no podía ser compatible con la dominación del capital financiero internacional.


 


Esos grupos trostkistas no tenían en cuenta que “el capital financiero es una fuerza tan considerable, por así decirlo, tan decisiva en todas las relaciones económicas e internacionales, que es capaz de subordinar, y en efecto subordina, incluso a los Estados que gozan de una independencia política completa…” (El imperialismo, Lenin). Lenin colocaba a Argentina en la categoría de estos últimos.


En verdad, estos primeros grupos trotskistas establecían una continuidad, no con Lenin y Trotsky, sino con Juan B. Justo, uno de los fundadores del PS, quien, partiendo de que la colonización del agro y el establecimiento de los grandes medios de transporte habían integrado al país al sistema capitalista internacional, a-preciaba al imperialismo, unilateralmente, como factor de universalización del modo de producción capitalista. Por eso Justo sostenía que el capital extranjero “sano” era un progreso (la tarea del poder político debería ser impedir que se manifestara su lado enfermo o negativo, tesis que luego haría suya el nacionalismo burgués — APRA, UCR, etc.). Los trotskistas podían discutir sobre el grado del atraso o dependencia del capitalismo argentino, pero negaban que la opresión imperialista constituyera una valla insalvable al desarrollo burgués nacional independiente de las naciones atrasadas. Es decir, que negaban que Argentina sufría, al mismo tiempo, las consecuencias de un elevado desarrollo capitalista (ramas modernas controladas por el capital financiero) y de un insuficiente desarrollo del capitalismo (atraso agrario, industria artesanal, ausencia de integración autónoma al mercado mundial).


 


A fines de la década del ‘30 Quebracho (Liborio Justo) sostendrá, sin embargo, que “la Argentina es un país semicolonial sometido al imperialismo” y que está planteada la lucha por la liberación nacional (ver Coggiola, págs. 32 en adelante). Esto desatará una violenta polémica en las filas trotskistas. Se pondrán de relieve, entonces, las lagunas, debilidades y la inmadurez teórica de esos grupos.


Para un sector del trotskismo de esa época (Antonio Gallo, Jorge Lagos) el planteamiento de la liberación nacional significaba el abandono de la estrategia de la revolución socialista, la negación del carácter capitalista del país y conducía al “frente popular” (colaboración de clases con la burguesía nacional).


 


Para Gallo y Lagos, liberación nacional concluía con la independencia formal.


 


“La burguesía argentina, a diferencia de los demás Estados latinoamericanos — sostenía Gallo— se basa en una economía de cierto grado de desarrollo propio, tiene una gran experiencia, cuenta con un Estado bien organizado y un aparato de represión formidable. Ya ha hecho su revolución y está dispuesta a gozar de sus beneficios. No tiene el menor propósito de lanzarse a ninguna revolución ‘antiimperialista” (Coggiola, pág 34).


 


Como se puede apreciar, Gallo consideraba que el imperialismo no tenía vigencia allí donde la burguesía nacional contaba con un Estado propio, es decir, que la consideraba una clase dirigente y opresora plena. Gallo excluía como propio del imperialismo al conjunto de las relaciones, cadenas y trabas políticas y económicas que sujetan a las naciones atrasadas y que por ese motivo confieren al Estado nacional y a la burguesía nativa un carácter semi-dirigente y semi-oprimido (Trotsky). Lenin había advertido que “para el capital financiero la subordinación más beneficiosa y más cómoda es aquélla que trae aparejada consigo la pérdida de la independencia política de los países y de los pueblos sometidos. (Pero)… Los países semi-coloniales son típicos, en este sentido, como ‘caso intermedio Se comprende, pues que la lucha por esos países semidependientes haya tenido que exacerbarse particularmente en aquella época del capital financiero, cuando el resto del mundo se hallaba ya repartido” (El Imperialismo…).


 


Tanto Gallo como Lagos deducían la inactualidad de la cuestión nacional en Argentina de su apreciación de que la burguesía argentina no estaba interesada en la lucha antimperialista, lo que sí ocurriría en el caso de las demás burguesías latinoamericanas.


Pero la opresión nacional no se establece por la capacidad o disposición subjetiva de la burguesía nacional para librar una lucha antimperialista. Gallo, por ejemplo, le extendía una “certificado de lucha” a las burguesías latinoamericanas y se lo negaba a la burguesía argentina, cuando en realidad la burguesía argentina protagonizó mayores movimientos de resistencia al imperialismo que cualquier otra de América Latina.


 


El problema correctamente planteado sigue siendo otro. La vigencia de la lucha nacional está presente donde, aún si existe un Estado nacional, éste se encuentra bajo la dependencia (económica, política o militar) de un Estado extranjero, en virtud de un conjunto de relaciones históricas, en el caso argentino su temprana subordinación al capital comercial y financiero británico. La opresión nacional otorga un carácter progresivo a las tareas nacionales aunque no a la burguesía nacional. Esta tiende a la unión más completa con el imperialismo, por imperio de la fuerza de atracción del capital financiero (bien que esa tendencia nunca pueda transformarse en unión total), y teme, por otro lado, al proletariado y a los levantamientos agrarios. El yugo imperialista exacerba la diferenciación interna de la nación, por eso en lugar de armonizar los intereses de las clases nativas agudiza la lucha en el seno de la nación oprimida, es decir la lucha del proletariado contra la burguesía nacional.


 


Para Gallo la consigna de liberación nacional subordina al proletariado a las clases dominantes nativas razón por la que Lagos la califica de variante de “frente popular”. Pero si la burguesía puede encubrirse con las banderas del antimperialismo para reclamar el apoyo del proletariado y del conjunto de las masas ello se debe a que la opresión imperialista se manifiesta inevitablemente por todos los poros de la sociedad. No es posible acabar con la influencia de la burguesía entre la clase obrera y las capas pobres negando el yugo opresor. Si los trotskistas proclaman la abstención en la lucha contra el imperialismo, la burguesía nacional cuenta oon las manos libres para manipular a las masas, presentándose como la abanderada de los intereses nacionales. La vanguardia obrera, en este caso, lejos de preservar la independencia de clase del proletariado, queda aislada como un grupo antinacional, incapaz de distinguir el campo imperialista.


Para Gallo y Lagos la lucha por la liberación nacional significaba que el antagonismo entre la burguesía nacional y el proletariado quedaba abolido, tesis ésta propia del stalinismo. Este sostiene que el proletariado debe subordinarse a la burguesía en nombre del enemigo opresor común. Como Gallo y Lagos rechazaban esta conclusión, creían resolverla suprimiendo de sus cabezas la opresión imperialista y las reivindicaciones nacionales. “La teoría y la estrategia marxista rechazan terminantemente, en todos los casos, la estúpida idea de que el proletariado deba convertirse en abanderado de ideas y de movimientos burgueses de “liberación nacional”’ (Documento de la LOS, ver Coggiola, pág. 36). Lo que no se comprendía era que la realización revolucionaria de las tareas de la emancipación nacional superan el marco de la democracia burguesa, que la lucha antimperialista debe servir para desenmascarar las vacilaciones y cobardía de la burguesía nacional ante las tareas históricas de la nación y que todo esto sirve para potenciar al proletariado como abanderado de las masas oprimidas.


 


Aunque Quebracho señalara la vigencia de la cuestión nacional y rechazara la asimilación de Argentina a las metrópois imperialistas, lejos estuvo de comprender el significado que esto tenía en la lucha de las naciones sometidas (surgimiento de movimientos nacionalistas de masas) y en el programa político del proletariado. En 1943, Quebracho rompe con el trotskismo. Quebracho lanzará la insólita y prostalinista acusación de que “el líder de la IV9 Internacional se puso al servicio del imperialismo yanqui en México”, ofreciendo como prueba, ni más ni menos, que el análisis y las posiciones políticas de Trotsky frente a la cuestión nacional. Es decir que no había entendido nada de su propio planteo.


 


Quebracho sostuvo que la nacionalización del petróleo por el general Cárdenas en México, en 1938, no era más que una “lucha interimperialista” sin el menor atisbo de reivindicación nacional. Quebracho pasó a suscribir las posiciones de ciertos grupos trotskistas ultra-izquierdistas mexicanos que atacaron a Trotsky por el apoyo que éste brindó a la medida de Cárdenas. Estos grupos sostenían que la nacionalización del petróleo “sirve al imperialismo norteamericano contra el imperialismo inglés” (L.C.I., julio 1938, citado por Quebracho en: “León Trotsky y Wall Street”, pág. 97). Esto no les impedía a esos grupos y a Quebracho decir, al mismo tiempo, “que la medida de Cárdenas era progresiva y debía ser apoyada por los militantes revolucionarios”( ídem, pág 92). Sin embargo, calificaban a la nacionalización de Cárdenas como una inspiración… del imperialismo norteamericano.


 


Es evidente que al asimilar la nacionalización del petróleo por Cárdenas al imperialismo yanqui, los llamados “trotskistas” mexicanos se cerraban el camino hacia las masas. Para Trotsky la ubicación correcta de la lucha nacional no era más que el punto de partida para que el proletariado no quedara entrampado en el campo burgués. La burguesía mexicana, para ganarse una base de apoyo en la clase obrera y para contar con un capital político para su regimentación, llegó inclusive a proponer la participación obrera en la industria nacionalizada. Para Trotsky estaba fuera de cuestión (“sería un error desastroso, una abierta impostura”) que las nacionalizaciones y la co-dirección obrera cambiaran el carácter de clase burgués, del gobierno y que, por lo tanto, eliminaran la necesidad de la revolución proletaria. El problema era otro. En la medida que disputaba una reivindicación nacional y buscaba interesar a los obreros en ella, el peligro era que la clase obrera fuese ganada a la política burguesa nacionalista. El esfuerzo de Trotsky estuvo destinado a establecer la correlación política y programática de la lucha nacional y proletaria, cómo y en qué medida la participación obrera podía permitir el desarrollo de la oposición política al régimen burgués, desnudar sus vacilaciones, cobardía e impotencia en la disputa antiimperialista.


Quebracho, por lo tanto, aunque planteó la “liberación nacional”, no salió de la abstracción, era incapaz de reconocerla en un enfrentamiento político concreto. Tenía una caracterización insuficiente del movimiento nacionalista de contenido burgués, ni que decir de la conducta que debía adoptar el proletariado revolucionario. Trotsky supo oponer el proletariado a la burguesía en la cuestión nacional, en el caso de México, Quebracho le dio simplemente la espalda. El señalamiento de la liberación nacional no agota la necesidad de determinar las peculiaridades nacionales de un país, es muy abstracta. Las posiciones de Quebracho sobre la liberación nacional, en lugar de ser el punto de partida para la elaboración del programa y la política del proletariado en la Argentina atrasada y semicolonial no pudieron hacer frente al surgimiento en Argentina de un movimiento nacionalista de masas, el peronismo, que logrará dirigir y regimentar a la clase obrera. Los trotskistas argentinos no estaban teóricamente preparados para lo que se venía.


 


1945: el peronismo


 


Estos problemas se manifestaron con total crudeza en 1945. Coggiola señala que, con excepción de algunos núcleos de grupos trotskistas que, más bien empíricamente, reconocieron el lado progresivo del peronismo en relación a la Unión Democrática, la mayoría lo calificó de “movimiento reaccionario”, de tintes policiales, asimilable al fascismo. Entre ellos se encontraba Jorge Abelardo Ramos, entonces defensor de “las posiciones anti-liberación nacional” (Coggiola, pág 96) pero que meses después descubrirá las virtudes peronistas pasándose abiertamente al campo burgués.


 


En esa época hace su debut en las filas trotskistas Nahuel Moreno, quien llevará al extremo las caracterizaciones y posiciones erróneas de sus predecesores y contemporáneos. '


 


Moreno reconocerá el carácter atrasado y semicolonial de Argentina, entroncando en el pensamiento de Quebracho, pero negará la peculiaridad de los movimientos nacionalistas de masas de contenido burgués, pues asimilará a la burguesía nacional con el imperialismo.


 


“La crisis general del imperialismo en todos los terrenos, político, social, económico, colonial, acelera la unidad general del mundo capitalista y no debilita esa unidad. La burguesía de los países atrasados que forman parte del mundo capitalista están cada vez más unidos al imperialismo por motivos económicos, sociales y políticos, a pesar de que no dejan de tener roces con los países metropolitanos por el reparto de la plusvalía, como consecuencia del fortalecimiento del poderío de sectores de la burguesía de los países atrasados, lo importante es que estos roces no debilitan el frente único imperialismo-burguesía nacional sino que la crisis fortalece cada vez más ese frente único” (Moreno, “GCI, agente ideológico del peronismo en el movimiento obrero”, noviembre 1951). Como dice Silvio Frondizi (“La realidad argentina”, tomo II): “Es evidente que aquí se confunden dos cosas: la tendencia de los gobiernos de los países semicoloniales, con los límites de esa política… ”.


 


La tendencia de la burguesía nacional hacia el entrelazamiento con el capital financiero en modo alguno puede darse de una manera armónica. El imperialismo extiende el parasitismo, es decir que agudiza las contradicciones nacionales.


 


La transformación del frente único imperialismo-burguesía nacional en bloque monolítico significa que el capital financiero sería capaz de resolver las contradicciones que oponen a las naciones oprimidas con el yugo imperialista. La tendencia a la alianza no elimina sus límites y contradicciones. Trotsky señaló magistralmente que “la llamada burguesía *nacional9 tolera todo tipo de degradación nacional mientras pueda mantener su existencia privilegiada. Pero cuando el capital foráneo se propone asumir la plena dominación de toda la riqueza del país, la burguesía colonial se ve obligada a recordar sus obligaciones ‘nacionales’” (“La revolución china”).


Hay que subrayar que las teorizaciones de Moreno se hicieron en relación al peronismo — movimiento de masas burgués— que debía enfrentar al bloque reaccionario del imperialismo yanqui y la burocracia del Kremlin. Tenemos aquí un ejemplo terrible de la relación entre la insuficiencia teórica y la más completa ceguera política.


 


Para Moreno, Perón era un agente inglés, y “la dependencia de la burguesía nacional, su falta de ‘nacionalismo’ su rol antinacional y ‘reaccionario’… (hace que) todo gobierno burgués argentino será el agente de Inglaterra”.


 


Moreno no niega la progresividad del nacionalismo de un país oprimido; denuncia su “falta99 en el peronismo. Pero es indudablemente incapaz de concretizar su caracterización, al calificar a todo movimiento nacionalista de contenido burgués como reaccionario. La falla de Moreno consiste en lo siguiente: no determina el peso específico de las contradicciones nacionales en la estructura social e histórica del país; no advierte la correlación entre esas tareas pendientes concretamente definidas y el peronismo.


 


El peronismo —dice— “… es francamente totalitario; ha tenido y ha logrado hacer controlar serios roces con el imperialismo yanqui, por seguir siendo Argentina el tradicional baluarte del capitalismo europeo, especialmente del inglés, y no por ser antimperialista o reflejar un sector burgués nacional antimperialista” (Moreno, citado por Coggiola, pág. 99).


 


Pero si para Moreno esto era el peronismo, ¿qué era para él la Unión Democrática? Moreno no caracterizaba a la Unión Democrática de bloque al servicio del imperialismo yanqui. Por el contrario, era al peronismo al que caracterizaba como ‘la vanguardia de la ofensiva capitalista contra las conquistas obreras”, es decir, como el bloque burgués proimperialista por excelencia, como “un movimiento dirigido y formado por militares y marinos, curas y profesores, conservadores y sindicalistas a granel, ex-socialistas y radicales, matones y caficios, industriales y comerciantes, ganaderos y terratenientes, curas y artistas de varieté o radioteatro, agentes del imperialismo y nacionalistas trasnochados” (citado por Coggiola, pág. 98/99).


 


El peronismo, en síntesis, era, según Moreno, “el más grande defensor de las relaciones burguesas tradicionales del país; dominio de los exportadores, sobre todo de los ganaderos y frigoríficos y estrechas relaciones con el imperialismo inglés”. La UD, en comparación, era progresiva. Tenemos, así, por primera vez, la determinación del carácter de un movimiento burgués en una nación oprimida por su demagogia democrática-formal (U.D.), sin tener en cuenta su contenido proimperialista, en oposición al “totalitarismo d^ los movimientos nacionales.


 


Hasta un ciego podía ver (y estas citas son de un texto de 1949) que los representantes históricos burgueses, como el imperialismo yanqui y los de la burocracia del Kremlin, estaban en la Unión Democrática, y que en 1949 Perón estaba girando a la órbita de los Estados Unidos.


 


Sin lugar a dudas es propio de los movimientos nacionalistas burgueses buscar apoyarse en un imperialismo contra otro. Más aun, Perón para asegurar el mercado inglés de carnes, compró a cambio los ferrocarriles y otras propiedades, a precio de oro, como lo reclamaba la Bolsa de Londres. Esto demuestra que la burguesía nacional actúa dentro de los límites que le impone su propio carácter de clase explotadora, como una fracción de la burguesía mundial. Por esto mismo, la oposición del imperialismo yanqui a Perón no llegó hasta la invasión militar como lo reclamaba el PC. Pero los intereses del imperialismo mundial estaban en la Unión Democrática. Aunque esta realidad no entraba en su esquema, Moreno llegó a explicarla del siguiente modo: “El imperialismo inglés, sin dejar de tener muchos de sus servidores y agentes nacionales en la oposición al gobierno (de Perón) tantos que hacen mayoría, apoya decididamente a este último, como mejor forma de defenderse de la penetración del imperialismo rival”. Como bien concluye Coggiola, “Perón es, pues, un agente inglés combatido por los agentes ingleses en la Argentina, y ya es difícil saber en qué mundo vivimos… ” (pág. 99).


 


Los movimientos nacionalistas burgueses procuran por definición la regimentación del movimiento obrero, con la finalidad de usarlo como factor de presión frente al imperialismo (para lo cual llega, incluso, a tomar iniciativas de organización de los trabajadores), y por sobre todo, para liquidarlo como clase independiente (esto con más razón por cuanto el proletariado tiende constantemente a superar los límites a que pretende confinarlo la burguesía). El peronismo se propuso y logró una amplia regimentación y estatización del movimiento obrero, al mismo tiempo apeló a formidables concesiones a los trabajadores. El peronismo se esforzó por regimentar al movimiento obrero, pero nunca hubiera sido- un fenómeno de masas si se hubiera limitado al sometimiento policial de los sindicatos.


Para Moreno, el peronismo, al revés, se limitó a estructurar un Estado policial, de reacción política, agente inglés, el más grande defensor de los estancieros y frigoríficos. Moreno ignora la democratización que impuso el peronismo al obligar totalitariamente a los patrones (muchas veces obligado él mismo por las huelgas) a aceptar una avanzada legislación laboral y una incuestionable re-distribución de la renta nacional.


 


Las citas de Moreno son ilustrativas del grado a que llegó su posición antiobrera y proimperialista.


 


“El 17 de octubre el movimiento obrero fue movilizado no sobre consignas antimperialistas o anticapitalistas sino para asegurar el orden burgués representando por la policía y el ejército y para liberar a Perón (poco importan los gritos, Viva Perón, Muera Braden)… No se trató por lo tanto de una movilización de clase ni de u-na movilización antimperialista sino de una movilización fabricada y dirigida por la policía y los militares, y nada más… No hubo ni iniciativa del proletariado ni oposición al régimen capitalista, ni lucha o conflicto con éste… No fue por lo tanto una movilización obrera… El 17 de octubre representó al mismo tiempo el punto culminante de esta ofensiva y el debut de otra… ”


 


( “¿Movilización antiimperialista o movilización de clase?” Nahuel Moreno en “Revolución Permanente”, N2 1, 21/7/1949).


“Los militares… incitaban al proletariado a ir contra la burguesía. Se produjo al calor de tal demagogia todo un movimiento obrero artificial que era alentado y apoyado por funcionarios estatales y policiales. Al decir artificial queremos decir que no fue consecuencia de la situación desesperada del proletariado o de su experiencia o conciencia” (“Frente Proletario”, N- 7, agosto 1947, pág 4.) Estas eran también las posiciones de la Sociedad Rural y la Unión Industrial para quienes las demandas obreras eran excesivas y artificiales, antojadizas, y el proletariado tenía lo que necesitaba.


 


Ciertamente, la movilización del 17 de octubre no fue una movilización de clase (aunque la inmensa mayoría de sus protagonistas y de las organizaciones que la impulsaron fueran obreras), esto porque estaba bajo la dirección de la burguesía nacional y de una parte del aparato estatal. No es la composición social sino la dirección política lo que determina, en última instancia, el carácter de una lucha. Pero claro que fue una movilización antimperialista, y hasta cierto punto antiburguesa, pues se reclamaba contra la anulación inminente de conquistas obreras fundamentales (aguinaldo, pago de feriados, vacaciones). Todo movimiento de masas dirigido por la burguesía desnaturaliza su contenido profundo. Pero la burguesía no puede nunca crear artificialmente un movimiento obrero, debe partir de las aspiraciones e iniciativas ya contenidas en él. Actúa, no artificialmente, sino preventivamente. El planteo abusivo, extremo y unilateral de Moreno mide, por cierto, la ceguera política de quien llegó a atribuirse la representación de un trotskismo consecuente.


Es oportuno aprovechar la ocasión para señalar que, más tarde, Moreno reivindicará para el partido laborista de Gay y Cipriano Reyes, que va a surgir como consecuencia del 17 de octubre, un carácter obrero independiente. Pero el Partido Laborista sí que fue “artificial” sin raíz ni contenido. Este último fue un aparato transitorio con base en la burocracia sindical, ciento por ciento sometido al nacionalismo burgués.


 


Moreno consideró al peronismo “un movimiento reaccionario de derecha” y a los sindicatos surgidos en 1945 del siguiente modo: “En cuanto a su esencia son sindicatos estatizados, es decir, los sindicatos oficialistas son sindicatos fascistas o semifascistas” (“Frente Proletario”, N3 7, pág 2). Moreno terminó coincidiendo con la caracterización típica del PS y del PC: que el peronismo era nazi-fascista, es decir el nacionalismo burgués de una nación opresora, no de una oprimida.


 


Ahora bien, ni el caracterizar a Perón como un agente inglés, ni el negar que la Unión Democrática fuera un bloque pro-yanqui, ni el no advertir al ascenso mundial del imperialismo yanqui (todos estos, factores que tienen que ver con el análisis concreto) explican que se identificara a Perón con el fascismo. Moreno reconocía que los agentes ingleses eran mayoría en la Unión Democrática y que la rivalidad anglo yanqui no era la cuestión decisiva. El embellecimiento de la Unión Democrática por parte de Moreno tenía que ver con que en el bloque proyanqui participaban los llamados partidos obreros (PC, PS) y los de la burguesía liberal o democratizante.


 


Para Moreno, el peronismo era un movimiento que venía a anular las conquistas obreras, en especial, la independencia y libertad sindicales. Pero en realidad el proletariado había perdido conquistas en la década del ‘30, en tanto, que la burocratización de los sindicatos había llegado a un nivel desconocido, con la burocracia dividida entre el frente popular y la corruptela directa del Estado.


Moreno presentaba a las direcciones obreras comprometidas con los regímenes de la década infame y, luego, integrados orgánicamente en la Unión Democrática, como portadores de la independencia obrera.


 


La regimentación obrera por parte del nacionalismo tiene un carácter reaccionario, no importa que sea el de un país oprimido, y debe ser combatida intransigentemente por el proletariado. Pero esto sólo es posible si la vanguardia del proletariado se coloca como abanderada de la lucha antimperialista y nunca sosteniendo al bloque de fuerzas proimperialistas.


 


Se llegó a plantear que los sindicatos, al ser dirigidos por una burocracia nacionalista vinculada al Estado, aunque sean mayoritarios y de masas, pierden su carácter obrero y se transforman en burgueses. En cambio, los sindicatos dirigidos por una burocracia stalinista o socialistas no sólo serían obreros, sino, además, independientes de la burguesía. Lógicamente esto es una fabulosa apología de los aparatos contrarrevolucionarios del stalinismo y de la socialdemocracia, en momentos, ni más ni menos, en que estaban metidos hasta el pescuezo en la coalición política dirigida por el embajador yanqui Braden. Es así, que la corriente morenista —el GOM— afirmaba que el PC y el PS eran permeables a la presión obrera y reflejaban su evolución y conciencia políticas, rasgo que los diferenciaba de las burocracias de origen nacionalista burgués. “En cambio, la burocracia reformista contrariamente a la anterior (a la nacionalista) depende fundamentalmente de los obreros. Refleja en cierta medida su presión y diferentes estados de ánimo por los que atraviesan aquéllos… Su sumisión ideológica a la burguesía, que no la exime de roces con ella, sobre todo en las cuestiones tácticas a adoptar frente al movimiento obrero, no indica para nada sumisión a los gobiernos, sectores o partidos dominantes” (I.Rios, “El GCI y el problema sindical”, págs. 52/53, subrayado nuestro).


 


El stalinismo y la socialdemocracia, defensores por excelencia del orden burgués, serían los reflejos de la conciencia e independencia o-breras. El “trotskismo” concluía, por la vía de la negación de las cuestiones nacionales, en el campo del imperialismo y en la más abyecta apología del stalinismo y la socialdemocracia.


 


Para Moreno, la CGT y los sindicatos peronistas habían dejado de ser sindicatos en el sentido más elemental de la palabra, o sea, un canal de lucha por el salario. A partir de aquí, la perspectiva que se va a trazar es la de la destrucción de la CGT y los sindicatos y no va a tener ningún planteo en favor de la democracia sindical, de la independencia de los sindicatos del Estado y por una nueva dirección del movimiento obrero. Las consignas del GOM eran: “Frente Único contra la CGT”, “Por la destrucción de la CGT” (Frente Proletario, N9 60, 18/8/51).


 


Durante todos esos años se produjeron luchas muy importantes contra la burocracia sindical y la estatización impulsada por Perón que ofrecían un terreno favorable para emancipar a las masas peronistas de su dirección. A espaldas de las enseñanzas de la II9 y III9 Internacional que planteaban el trabajo en los sindicatos reformistas, reaccionarios e inclusive fascistas, Moreno consideraba inadmisible realizar esa tarea en los sindicatos peronistas.


 


“Querer que proceda de otra forma (la CGT) es utópico. Lo reprochable no es que la CGT actúe de tal o cual forma, pues ello está consustanciado con su naturaleza misma: lo realmente peligroso es que compañeros que se dicen marxistas reprueben dicha actividad, con la ilusoria esperanza de que se puede modificar y entrar por el buen camino. La CGT como agente estatal-patronal está en todo su derecho de actuar así o peor si ello es posible; en cambio nosotros no tenemos el mismo derecho al lloriqueo blandengue o al reproche ofendido” (I. Rios, ídem).


 


En esta frase se resume el entierro de la posición morenista. La lucha en los sindicatos reaccionarios o burocráticos, para conquistas a las masas, es interpretada como una política para modificar la naturaleza de la burocracia o de los sindicatos burocráticos. El morenismo expresaba con esto un analfabetismo teórico descomunal. En su cabeza, la experiencia de cuatro internacionales había quedado reducida a un agujero negro.


 


Ramos


 


También el grupo nucleado en torno de la revista “Octubre” se había ubicado en el campo del antiperonismo. Uno de sus animadores era Jorge Abelardo Ramos, quien actuaba bajo el seudónimo de Victor Guerrero.


En el primer número de esta autodenomina-da “revista mensual del trotskismo”, que a-pareció en noviembre de 1945, Ramos sostenía con relación al desenlace político de la jornada del 17 de octubre:


 


“El coronel Perón explota en su provecho esa política traidora del stalinismo y consigue arrastrar a algunos sectores o-breros políticamente atrasados detrás de su aventura demagógica. Cuando finalmente es expulsado del poder por Campo de Mayo, cuya oficialidad comprende que la situación del Ejército se ha vuelto difícil, Perón moviliza a esos sectores obreros, incluidos los trabajadores de la carne (que dan la espalda al stalinismo por sus reiteradas traiciones) y con la ayuda de la burocracia estatal y la policía los lanza a la calle en una demostración de fuerza. El e-jército, impresionado por el gabinete oligárquico proyectado por el doctor Alvarez y por las demostraciones peronistas, teme represalias y un regreso directo al 3 de junio… Mientras las fracciones militares se tiran el poder entre ellas como una pelota, el proletariado permanece quieto y callado y, como quería el coronel, “va del trabajo a casa”…” (Octubre, N9 1, pág. 17).


 


Para Ramos el conflicto entre Perón y la Unión Democrática está vacío de contenido, no ve su carácter nacional, y por eso se limita a describir la crisis en la cúpula del Estado.


 


Ramos negaba por ese entonces hasta la posibilidad del surgimiento de movimientos nacionalistas de masas en los países semicoloniales e identificaba en forma absoluta a la burguesía nacional con el imperialismo. Luego de afirmar que “la burguesía desnuda crudamente su impotencia para luchar consecuentemente con el imperialismo”, lo que supone diferenciar a una del otro, Ramos ponía un signo igual entre ambos.


 


Para “Octubre”, ‘los sucesos del 17 y de octubre…’son) un forcejeo por el gobierno dentro de las clases poseedoras de nuestros país, forcejeo dentro del cual actuó dividido el proletariado” (N9 1, pág. 6). De ahí la conclusión de Ramos de que el proletariado debía ser prescindente, es decir que no debía tener una política propia en este conflicto, pues de lo contrario “continuará siendo girado por los distintos sectores de la burguesía nacional y del imperialismo para servir los intereses de las clases enemigas” (ídem, pág. 4).


Al proclamar su neutralidad, Ramos estaba llamando al proletariado a no explotar en su beneficio la crisis política del Estado. No se entiende entonces cómo pretendía evitar que la clase obrera dejara de girar en tomo a la burguesía. Ramos se hará luego peronista, cuando comprueba que es la única vía de una carrera política personal.


 


Ramos primero negó la lucha nacional y le contrapuso en abstracto la lucha de clases; inmediatamente después eliminó a la lucha de clases y proclamó la vigencia exclusiva de la lucha nacional. Era la posición clásica del menchevismo y del stalinismo. La lucha nacional no cancela la lucha de clases —¡no lo hizo, sino que la destacó, en las revoluciones inglesa y francesa de los siglos XVII y XVIII! La lucha de clases en el interior de la nación oprimida —entre el proletariado y la burguesía— se potencia con la lucha nacional: arranca al proletariado de su estrecho círculo corporativo y le plantea los grandes problemas políticos e incluso internacionales. La revista “Octubre” denunció al anti-yanquismo de Perón como demagogia, lo mismo que el PC y el PS, sin comprender que aún si esto era cierto, la cuestión de la lucha contra el imperialismo yanqui, contra la intervención de Braden y contra el “nuevo orden internacional” de Roosevelt, Churchill y Stalin, estaba de todos modos planteada. Al tomar como referencia las posiciones de Perón, y no las contradicciones nacionales de Argentina, Ramos ya era sin saberlo un seguidista, quizás ciego, de la burguesía.


 


“La secretaría de Trabajo y Previsión fue ideada como un mecanismo gigantesco de domesticación y control sobre el movimiento obrero independiente” —decía Ramos en “Octubre”. Perón afirmó constantemente que encabezaba un movimiento de renovación en los métodos de la lucha económica de la clase obrera. Hasta qué punto puede ser ello exacto lo demuestra el hecho de que su principal apoyo lo encontró en los sindicatos más infectados de reformismo, es decir, de colaboración con la burguesía (la Federación de Empleados de Comercio, por ejemplo) y en los líderes más corrompidos, como Borlenghi, Domenech y Almarza, o en viejos elementos desplazados, como Cipriano Reyes. Se adaptó a su servicio al ala derecha del movimiento sindical, pactó con algunos sindicatos más o menos neutros y persiguió despiadadamente al movimiento sindical que, por sus vinculaciones políticas (el caso de los sindicatos stalinistas) se pusieron abiertamente en contra suya”(ídem, pág.4). Al “nacional” Ramos se le escapaba que las “vinculaciones políticas” del stalinismo y del PS que “molestaban” a Perón eran el gobierno norteamericano y la Unión Industrial antiperonista. Cuando Ramos se pasa luego al peronismo presentará como progresiva la estatización de los sindicatos a través de “los líderes más corrompidos”, umás infectados de reformismos” y del “ala derecha del movimiento sindical”, etc., etc.


 


En un trabajo sobre la izquierda nacional (“Lo Izquierda Nacional y el FIP”, de Norberto Galasso) se reivindican los análisis políticos de “Octubre”, con la única salvedad — dice el autor— de que “no acierta aún en la caracterización correcta del 17 de octubre’' (pág 61). Como puede apreciarse, el historiador tiene poco apego al rigor histórico.]


 


Las posiciones de “Octubre” estaban sustentadas en una caracterización más amplia, histórica del país. Para Ramos, la acción del imperialismo universalizaba el modo de producción capitalista, y cualquier oposición a ello significaba pretender trabar la libre circulación del capital.


 


“La naciente burguesía criolla —decía— iba a entrar a partir de la emancipación política, en un largo período de guerras civiles, fruto directo del atraso feudal y bajo nivel productivo. Los caudillos se convertirían en los jefes de los distintos sectores-económicos regionales empeñados en predominar o simplemente subsistir”.


 


"El más fuerte de todos, Rosas, toma el poder en Buenos Aires en nombre de los ganaderos y lo retiene durante cerca de veinte años, aislando al país y acentuando su atraso…”


 


“La caída de Rosas implica la liquidación del caudillaje provincial, condición preliminar para la unificación nacional y la organización política del Estado burgués. La supresión de las aduanas interiores y las restricciones regionales caracterizan económicamente el período que se abre en Caseros. Desde un punto de vista más general, la victoria de Urquiza sobre Rosas, con todas sus consecuencias, cumple fines democrático-burgueses”


 


(Víctor Guerrero, Octubre N2 1, págs. 11 y 12). Burgueses, sí, ¿pero democráticos? El imperio esclavista de Brasil y el capital comercial británico, eran los introductores de la democracia, y Mitre, en definitiva, su despachante de aduana. La formación del Estado burgués “argentino” anunciará la próxima destrucción de Paraguay y la definitiva balcanización de América del Sur. Esta vía de universalización del capitalismo se adapta a los estrechos horizontes de la libre circulación del capital inglés, es decir, se opone a una amplia circulación libre de los capitales. El aislamiento de los estados del norte de Estados Unidos y la poderosa formación de un mercado interior en el espacio norteamericano, favorecieron infinitamente más la libre circulación de capital que la temprana integración en América del Sur.


El número 2 de “Octubre” recién salió al año siguiente, en noviembre de 1946, como vocero de la LCR (Liga Comunista Revolucionaria), ahora con la colaboración de Niceto Andrés, como resultado de un acuerdo político con el grupo nucleado en torno del periódico “Frente Obrero”.


 


Sin pestañar, Víctor Guerrero dice aquí que “nuestra posición antes de las elecciones” había consistido en “apoyar críticamente a la burguesía del país semicolonial; (un) apoyo condicional (que) no significaba en modo alguno sembrar ilusiones sobre el ‘antimperialismo’ de Perón, sino ayudar a las masas con el ritmo de su propia experiencia…” (Octubre n2 2, pág. 3). Justificaba estas mentiras en que “la inexistencia de un partido revolucionario y las medidas obreristas y ‘antimperialistas* de Perón habían movilizado a la clase obrera en su apoyo, despertándola de un letargo político de años; que en u-na lucha en la cual intervenían desnudamente el imperialismo yanqui y la burguesía nacional industrial de un país semicolonial, con el apoyo de amplias masas, era deber de los revolucionarios” ese “apoyo crítico.


Ramos descubría el “antimpenalismo de Perón cuando el choque más serio con el imperialismo yanqui había pasado — y no retornaría hasta 1954/55. Con el triunfo electoral de Perón el 24 de febrero de 1946 se había cerrado la cusís del régimen político y terminó el breve peí iodo movilizador del peronismo. Perón, de inmediato, se empeñó en recomponer sus relaciones con los explotadores nativos y foráneos y en regimentar a fondo al movimiento obrero. El 24 de febrero de 1946 no se inauguró una fase antiimperialista sino la recomposición política en la burguesía y la decidida estatización y totalitarización de los sindicatos.


 


Mientras existió una disputa con el imperialismo, Ramos se declaró prescindente, y cuando esta disputa amenguó se emblocó con el peronismo.


 


Ramos se “peronizó” con el argumento del apoyo crítico o condicional a la burguesía nacional cuando ésta emprende una disputa antimperialista y pretendió que esta posición era un gran aporte de Trotsky en sus escrito sobre América Latina. En verdad, Trotsky nunca planteó el apoyo “crítico” a la burguesía nacional. Lo que planteó fue que la clase obrera debe ocupar su lugar en el campo de lucha contra el imperialismo —y esto de manera incondicional, es decir, con independencia de la dirección de esa lucha nacional— no que debe apoyar a la conducción burguesa de la lucha nacional y que los revolucionarios deben criticar permanentemente sus vacilaciones e inevitables capitulaciones, en especial en el curso de la lucha antimperialista y desenmascararla, con el fin de independizar al proletariado de la burguesía y conquistar la dirección obrera de la revolución nacional, que se convierte así en permanente.


A partir de aquí, Ramos pasará a defender a rajatablas el liderazgo histórico de la burguesía nacional.


 


“Pero la historia traza originales caminos —dice Víctor Guerrero (RamosXen el número 3 de “Octubre”). El crecimiento industrial argentino, el surgimiento consiguiente de su proletariado, la estrechez de su mercado nacional la desnuda hostilidad del imperialismo yanqui, la madurez política de la burguesía nativa, fueron los cinco factores que transformaron a la Argentina en la conductora del movimiento nacional en América Latina. Perón ha realizado con métodos “plebeyos” el reajuste político necesario a la burguesía nacional. Pero las fronteras argentinas resultan demasiado estrechas para el desarrollo actual de las fuerzas productivas. La “conciencia continental” de la burguesía nace, como ya hemos afirmado, de la inexorable necesidad de un mercado…


 


“El Plan Quinquenal y la Unión Aduanera con Chile limpiarán el camino de la clase obrera de las escorias feudales (chau universalización del capital logrado en 1853, JM), harán retroceder al imperialismo de sus puestos de control de la economía argentina y continental restringiendo así sus mercados y agravando su crisis y proveerán una escena histórica más amplia para la futura gran lucha entre la propia burguesía latinoamericana y el proletariado del continente "(Octubre n9 3, enero/febrero 1947, pág. 5).


 


“Octubre” se dedica en los números siguientes a la tarea de revalorizar a la burguesía nacional y proclamar la vigencia del peronismo. “El triunfo de Estados Unidos sobre Inglaterra en su vieja lucha — sostenía Jacinto Almada (Ramos) en “Octubre” N9 5— coincide con otro acontecimiento no menos notable: el nacimiento de la burguesía industrial argentina (sic). Cuando Wall Street se disponía a tomar posesión de la herencia colonial inglesa en el continente, la nueva burguesía argentina se cruzó en su camino levantando a su paso un vasto movimiento nacional en América Latina (increíble, JM). Aunque su política es una amalgama de atrevimiento, doblez y cobardía, propios de la burguesía colonial contemporánea, conmovió a millones de hombres, despertándolos a una nueva vida política. Tal es el caso del proletariado argentino, brasileño, boliviano, venezolano, chileno. Recíprocamente, la clase obrera se transformó, en el curso de la lucha, en la protagonista del movimiento nacional”. Ramos no dejaba de ser pomposo para adornar la estatización de los sindicatos.


 


“La crisis del imperialismo —proseguía Ramos— creó para la Argentina la posibilidad de la industrialización. Las oleadas revolucionarias de la posguerra transformaron a nuestro proletariado, por la inexistencia de un poderoso partido obrero, en la fuerza combatiente del movimiento nacional conducido por la burguesía. Esos dos hechos ofrecieron a la burguesía argentina el singular privilegio de iniciar los primeros pasos de la unificación nacional, es decir, de liquidar el yugo imperialista mediante la fusión económica y política de los 20 Estados actuales en una gran nación…”


 


Evidentemente se trataba de una pura fantasía; Perón por esa época (1950) estaba buscando desesperado un préstamo del Eximbank.


La revista Octubre, estuvo siempre autocolocada “bajo la bandera de la IV9 Internacional” pero después de su número 5, dejó de aparecer. Ramos rompió con la IV9, se despojó de la calificación de trotskista y se convirtió en un funcionario del gobierno.


Coggiola sigue analizando las posiciones posteriores de Ramos en su historia del trotskismo pero éste ya no tiene nada que ver con el trotskismo.


 


U.O.R. (Unión Obrera Revolucionaria)


 


La UOR, dice Coggiola (pág. 92) “parece haber sido el grupo (trotskista) más numeroso, al menos entre 1943 y 1946”. La UOR sostenía que “Por su desarrollo económico, la existencia de un proletariado numeroso y concentrado (más de un millón de obreros urbanos y de medio millón de trabajadores rurales) y las formas de relaciones de propiedad existentes en el campo, la Argentina debe ser considerada como un país netamente capitalista” (“La burguesía, el imperialismo y la clase obrera”, Tesis de Oscar — UOR— en el Boletín interno de discusión del movimiento cuarta-internacionalista argentino N91, marzo de 1947).


 


Oscar negaba la existencia de una explotación económica imperialista y de una opresión nacional. Afirmaba que las tareas de la revolución planteada eran directamente socialistas. “Por el desarrollo del país, decía, por el peso del proletariado urbano y por la existencia de un fuerte proletariado rural, la clase obrera argentina subirá al poder en base a un programa fundamentalmente socialista. Esto no significa que no busque el apoyo del campesinado o de la pequeña burguesía urbana. En este sentido la lucha por la revolución agraria y contra el imperialismo deben ocupar la atención de todo partido que se proclame revolucionario (ídem).


 


El planteo de Oscar deja claro que no negaba al imperialismo, sino que otorgaba un peso específico reducido a la dominación que podía ejercer. En cierto modo, reflejaba la coyuntura estatizante del peronismo, que había disminuido enormemente el peso del capital extranjero. Oscar no se preguntaba sobre el porvenir de esta coyuntura y por lo tanto no tuvo en cuenta la posibilidad de una ofensiva del capital financiero para re-colonizar el país. Debemos suponer que dejaba de lado el carácter de la economía mundial en la época imperialista.


 


Para el dirigente de la UOR, en 1945 se había producido en el país un choque interburgués; existía una camarilla militar que, para perpetuarse en el poder apelaba a la demagogia; y no existían diferencias sustanciales entre el peronismo y la Unión Democrática. Así sostenía que “… los marxistas debemos insistir en la afirmación de que tanto la UD como el peronismo son los ejecutores —pese a sus diferencias secundarias— de una misma política burguesa, tanto en lo que se refiere al proletariado como en lo que atañe al imperialismo”(ídem), Por ello aseguraba que no había diferencia entre un triunfo del peronismo o la Unión Democrática —pues ambos hubieran sido gobiernos burgueses.


 


Oscar centraba, no obstante, el fuego contra el peronismo. “La movilización peronista del proletariado tuvo un sentido profundamente reaccionario. La dictadura llevó hasta lo último la corrupción del movimiento obrero al que dio como salida de sus problemas la supuesta acción bienhechora del estado burgués. Los marxistas rechazamos de plano todo intento de presentar al peronismo o a su ala izquierda, el laborismo, como un movimiento de avanzada. Sólo un cambio profundo, en programa, métodos de acción y objetivos, puede hacer que ciertas ramas del peronismo —y desprendidas de éste o que puedan desprenderse en el futuro— se constituyan en organismos más o menos revolucionarios” (ídem).


 


Dice Coggiola, que la UOR se negó a militar en los sindicatos peronistas hasta 1948 (Coggiola, pág 105). Tendrá una existencia errática y en 1951 se disolverá, “con la resolución del III9 Congreso Mundial de la IV9 Internacional sobre la sección argentina”(i-dem, pág 105), que reconoce a la organización dirigida por Posadas.


 


“Frente Obrero”


 


Como señala Coggiola, el grupo nucleado en torno al periódico “Frente Obrero” fue el único que “a contramano de la casi totalidad de la izquierda de la época” señaló “el papel del imperialismo como orquestador de la oposición ‘democrática’ al gobierno junia-no y el carácter progresivo de las movilizaciones contra el semigolpe de estado que derribó a Perón el 10 de octubre de ese año” (Pág. 95).


 


“Los que se engañaron —sostenía Frente Obrero— tomando la movilización de estudiantes, burgueses y damas perfumadas por los preludios de la ‘revolución’ (se refiere a la manifestación antiperonista del 19 de setiembre de 1945) juzgan a la huelga general del 17 y 18 de octubre como una especie de aberración, que echa al suelo todas sus teorías. La aberración estaría en todo caso, en que individuos que se denominan a sí mismos marxistas, se pongan del lado del imperialismo en sus escaramuzas (!) con sectores de nuestra burguesía semicolonial” (N- 2, 29 de octubre de 1945, pág. 3).


Como se puede apreciar, “Frente Obrero” caracterizó el carácter relativamente antimperialista del 17 de octubre, pero luego pretendió que el peronismo intervenía en los sindicatos para liberarlos de los agentes yanquis.


 


“Al proletariado argentino —decía “Frente Obrero” n2 2— la política peronista en los sindicatos le ofreció un inesperado apoyo para librarse, en parte, del abrazo asfixiante de los partidos socialista y comunista que querían utilizar las fuerzas de la clase obrera para remachar las cadenas de la explotación imperialista” (pág. 1)- El objetivo de la estatización de los sindicatos no fue éste, sino acabar con el proletariado como clase. Los objetivos “nacionales” de la burguesía son, al mismo tiempo, disminuir la presión del capitalismo extranjero y ampliar la explotación de la clase obrera — dos aspectos indisolubles del reforzamiento de la burguesía nacional como clase. Los trotskistas simplemente no conseguían caracterizar a la burguesía nacional y a los movimientos policlasistas que se derivan de la correlación de clases en un país dependiente.


 


“Frente Obrero” tuvo una vida efímera; salieron solamente dos números (setiembre y octubre de 1945). A fines de 1946 se unificó con Ramos en torno de la revista “Octubre”, sobre la base del apoyo “crítico” a Perón.


 


Grupo Cuarta Internacional


 


El “Grupo Cuarta Internacional” (GCI) hizo su irrupción política a fines de 1945 dirigido por Posadas. Después de editar unos boletines mimeografiados, publicó, a partir de junio de 1947, el periódico “Voz Proletaria”.


Este grupo reconoció el carácter semicolonial del país y la existencia de los movimientos nacionales de orden burgués en las colonias y semi-colonias.


 


“Estamos perfectamente de acuerdo con los compañeros que afirman que una burguesía nacional es impotente históricamente para liberarse de la coyunda imperialista. Bien. Pero el hecho de su impotencia histórica —que el proceso ulterior de los aconteciminetos irá a descubrir— no autoriza a afirmar de ninguna manera que una burguesía nacional no intente o promueva esa liberación, porque ello sería negar la existencia de los movimientos nacionalistas en las colonias y semicolonias” (Boletín N9 2, marzo 1946, GCI, pág. 3).


 


El GCI atribuía la condición semicolonial de Argentina, básicamente, al carácter a-gropecuario de la producción. “Argentina, a pesar del desarrollo de la economía y de la industria, es aún una semicolonia, porque depende en su base económica de la producción agrícola-ganadera y de la exportación de materias primas y porque está sometida a la gran industria y finanzas del mercado mundial imperialista” (Voz Proletaria, Ns 1, pág. 1, junio 1947).


 


Para el GCI la industrialización estaba en contradicción con la dominación del imperialismo, por lo cual la burguesía industrial tenía un carácter objetivamente antimperialista. “Lo que menos interés tiene el imperialismo anglo-yanqui es que se desarrolle la industria de estos países. Al contrario: el imperialismo yanqui como el inglés necesitan, más que nunca, que América Latina — Argentina entre ellas— sean mercados compradores para sus artículos industrializados y para invertir capitales —el inglés, en la medida que pueda invertirlos— en industrias accesorias a las suyas, manteniendo a América Latina como productora de materias primas” (Voz Proletaria, n2 4, agosto 1948, pág. 6). En este punto el GCI coincidía con  “Octubre”, ninguno de los dos veía que las necesidades de la reproducción ampliada del capital obligaba al capital financiero a industrializar parcialmente a la periferia. Los trotskistas parecían desconocer las leyes de la evolución y reproducción del capital, o en todo caso eran luxemburguistas, que precisamente caracterizaba que el esquema de reproducción de Marx “reo cerraba”


 


Para el GCI Argentina “es aún una semicolonia”, es decir que estaba dejando de serlo, debido al desarrollo industrial y a las nacionalizaciones.


 


Para el GCI, el golpe de junio de 1943 había producido una revolución antimperialista, en la que la burguesía industrial nacionalista había desalojado del poder a la oligarquía. “El gobierno se apoya, para su política de oposición al imperialismo, sobre ese movimiento de masas y no sobre la policía y el Ejército” (GCI, citado por Coggiola, pág. 102). La clase trabajadora apoyaba ese movimiento nacionalista “por su instinto de clase anticapitalista y antimperialista”.


 


Para el GCI Perón se apoyaba exclusivamente en los obreros y para nada en el Estado!


 


El GCI despliega una intensa labor en el movimiento obrero. Silvio Frondizi sostiene que el GCI se encontraba “bajo la influencia ideológica de Octubre”, pero que a diferencia de éste “no permanece en su posición de apoyo incondicional” (La Realidad Argentina, Tomo II, pág. 96).


 


En 1951, el GCI será reconocido como la sección argentina por el III- Congreso de la Internacional. El III2 Congreso plantea la unificación de las fuerzas trotskistas (el GCI y el POR dirigido por Nahuel Moreno), para lo cual se aprueba una resolución de compromiso que intenta amalgamar las posiciones. “En lo que concierne más particularmente a Argentina, nuestras fuerzas unificadas se empeñarán en desarrollar desde ahora su enraizamiento en la clase obrera del país, en plena evolución, y en crear una corriente de clase entre los obreros organizados influenciados por el peronismo, a fin de que ese gobierno reaccionario de la burguesía industrial que se opone a la dominación del imperialismo, sea aislado de su principal apoyo en las masas”( Revista Cuarta Internacional, Agosto/octubre 1951, pág 39).


 


La resolución revela dos cosas: la debilidad teórica de la dirección de la IV2 (“gobierno antimperialista reaccionario”) y su incapacidad para actuar como partido, al sustituir las caracterizaciones políticas por las maniobras.


 


La unificación no se produce por razones de aparato, ya que Moreno no quiere ingresar al GCI. Luego aprovechará en forma oportunista una escisión internacional para embanderarse, sin principios, con el sector antagónico al apoya-de por Posadas.


 


El P.O.R. (Nahuel Moreno)


 


El GOM de Moreno se transformó en POR, a partir de entender que había crecido en forma sustancial (nada cambia… ). En las elecciones de 1948 y 1951 llama a votar por el PC y el PS.


 


“El PC levanta un programa que exceptuando su concepción oportunista plantea una solución a los problemas del momento. Desde este punto de vista, en sus principales formulaciones coincide con el POR… La lucha antimperialista, la lucha por las libertades y contra la carestía están contenidas en su programa… El stalinismo es, de todos los partidos legales en la actualidad, el único partido obrero que se opone al imperialismo, que agita un programa que encara las soluciones del momento y el único que reflejando las necesidades de la clase obrera significa una garantía aunque momentánea” (Frente Proletario, n9 67„ 15/10/51, citado por Coggiola).


 


“Nuestro partido debe utilizar las elecciones para propugnar las soluciones clasistas contra la ofensiva gubernamental. La única salida que da satisfacción a todos los problemas planteados es el apoyar al PS y al PC…” (Resolución del POR ante las elecciones de marzo de 1950 en la Provincia de Buenos Aires).


 


Estas posiciones se fundamentan en la estrategia del “frente único proletario”.


 


El voto por el PC declara una coincidencia con el programa del stalinismo, en lo referente a la “oposición al imperialismo”, “programa que encara las soluciones del momento”, “único que refleja las necesidades de la clase obrera” (35 años después el Mas volvió a descubrir que lo une al PC un objetivo histórico al proponerse un “frente socialista”).


 


Se planteaba un frente “único” proletario dirigido al PC, que debía dejar afuera al 99% de la clase obrera que seguía al peronismo. Singular frente único. Pero el frente único con el PC tenía un definido carácter contrarrevolucionario porque, de conjunto, el PC era una oposición proimperialista al peronismo, ni que decir del PS.


 


El golpe de 1951 (quienes supieron luchar contra él)


 


El desarrrollo de la crisis económica comenzó a erosionar la estabilidad política del peronismo. Perón, como cualquier movimiento nacionalista burgués, comenzó a girar a la órbita del imperialismo yanqui y a acentuar la presión sobre el movimiento obrero (firma del tratado militar de Río de Janeiro, Misión Eisenhower, acuerdo con el Banco Mundial, plan de austeridad, Congreso de productividad, etc.)


 


La expectativa de un descontento popular como consecuencia de la crisis, hizo levantar cabeza al golpismo antiperonista .


Enl951 se produjo la primera intentona golpista, encabezada por el General Menéndez. El morenismo no llamó a luchar contra el golpe. “Contra el peronismo, el putsch, la oposición burguesa”, tituló el periódico morenista, Frente Proletario N2 66, 8/10/51). Moreno se levantaba contra todo el mundo, es decir contra nadie. Ni la conducta de Lenin frente al golpe de Kornilov, ni la de Trotsky frente al golpe de Sanjurjo, en 1932, contra la República española, le sirvieron de nada. Pero esta posición reflejaba indudablemente la expectativa de que la victoria de un golpe “liberal” democratizaría la situación política y a los sindicatos. El morenismo estaba empeñado, en este plano, en ganar al PC y al PS para organizar un paralelismo sindical.