Las elecciones del 22 de octubre

La victoria electoral del macrismo ha puesto de manifiesto, por un lado, el férreo respaldo de la clase capitalista al proceso económico y político puesto en marcha en diciembre de 2015 y, del otro, un aval al mismo por parte de un sector importante del electorado. El gobierno se alzó con la victoria en trece provincias, incluidas en ellas a los cinco distritos cruciales de Buenos Aires, Capital, Mendoza, Santa Fe y Córdoba. En Salta, el macrismo venció a Urtubey, un aliado al gobierno y aspirante presidencial de una renovación pejotista. En la Rioja derrotó al propio Menem. En los dos distritos donde aspiraba a una victoria, Buenos Aires y Santa Fe, el kirchnerismo fue derrotado. Al voto al gobierno, que supera el 40% del padrón nacional, hay que sumarle los que recibieron las opciones pejotistas filomacristas, por lo que la victoria del campo del ajuste es contundente. La burguesía saludó con una suba en la bolsa este aval a un proceso de rescate capitalista de la mano del capital internacional, que ha sumado casi 100.000 millones de dólares de deuda en dos años y enormes ganancias al capital financiero.

Semanas atrás, en el Coloquio de Idea, los voceros del gran capital saludaron el rumbo económico y, sobre todo, la agenda de “reformas” antiobreras planteada de aquí en adelante. Es necesario, sin embargo, caracterizar el apoyo que cosechó esta salida en una vasta porción del electorado. El gobierno presentó a su planteamiento económico como el único plan de salida a la crisis que dejó el kirchnerismo, incluso con los agravios que conlleva contra los trabajadores y la población explotada. La salida del cepo y el retorno del financiamiento internacional ha dado lugar a un reendeudamiento potencialmente explosivo, que en lo sustancial recicla la deuda anterior, por un lado, y, por el otro, financia un déficit fiscal que es resultado de un régimen acentuado de incentivos al capital -reducción de impuestos a las exportaciones, exenciones a grupos capitalistas, subsidios a la ‘nueva’ producción gasífera.

En una porción menor, sin embargo, el endeudamiento ha reactivado parcialmente la obra pública y también el crédito privado, incluyendo en esto a un sector de los trabajadores. Este endeudamiento también se produce en condiciones usurarias y potencialmente confiscatorias, como ocurre con el crédito de consumo, donde los trabajadores compensan con deudas la caída de sus salarios, o con las nuevas líneas hipotecarias -UVA, cuyo repago se indexa sin tener en cuenta la evolución de los ingresos del deudor. En otro orden, el macrismo redobló la explotación política de la corrupción kirchnerista, de cuyas causas se pretende valer para envolver en una pátina “moral” la escalada de medidas ajustadoras. Del mismo modo, tomó el eje de las “mafias sindicales” y encarceló al “Pata” Medina, pero sólo para forzar a los otros mafiosos a sentarse a discutir -y entregar- la reforma laboral.

Crisis de dirección

Pero ninguna determinación puramente económica explica esta aceptación electoral. La cuestión central pasa por la crisis de dirección del movimiento obrero. En estos casi dos años de macrismo, la clase obrera desplegó enormes esfuerzos para rechazar la política de cierres fabriles, despidos y paritarias con cepo. En ese derrotero se encuentra la lucha de AGR, de Pepsico y de un importante conjunto de fábricas. Estas luchas, o fueron aisladas por las burocracias de sus gremios en el propio conflicto -como Banghó- o soportaron luego el bloqueo de las centrales obreras. Después del paro del 6 de abril, la CGT no sólo dejó librados a su suerte a los conflictos sino que terminó sumándose abiertamente a la negociación de la reforma laboral con el gobierno. El kirchnerismo jugó un papel crucial en ese proceso: la Corriente Federal de los K no levantó nunca los pies del plato respecto del pacto entre Macri y la CGT. La propia Cristina, incluso, desalentó cualquier tentativa siquiera de movilización de los gremios kirchneristas -ello, en nombre de que “había que asestarle al gobierno un golpe en las urnas” que, finalmente, tampoco pudo concretar. Lo mismo puede decirse de la gran huelga docente, que el yaskismo nunca preparó en la perspectiva de infligirle una derrota al gobierno.

En este balance ocupa un capítulo especial el caso Maldonado y su desenlace sólo provisorio -la aparición e identificación del cuerpo del joven, en las vísperas mismas de las elecciones. Esta desaparición, ocurrida en medio de una represión ordenada desde el mismo Ministerio de Seguridad, provocó una fuerte conmoción popular, que dio lugar a movilizaciones masivas. Esa intervención popular terminó colocando en crisis a las maniobras de encubrimiento del gobierno, que sembró versiones falsas sobre el paradero de Maldonado para proteger a la Gendarmería. La crisis se coló directamente en la campaña electoral, incluso con una directa intervención nuestra: ello ocurrió en el debate de Capital, cuando Ramal emplazó a Carrió a pronunciarse sobre el tema, desatando un desbarranque de provocaciones verbales que obligaron al gobierno a retirarla de la campaña. En un diario oficialista como La Nación, varios columnistas expresaron preocupación sobre una posible caída importante de votos de la candidata oficial. Pero en las horas decisivas, cuando el cuerpo de Maldonado aparece y es identificado, el gobierno logra retomar la iniciativa en base a una furiosa campaña mediática que busca desacreditar al movimiento que luchó por la aparición de Santiago. Cuando el juez de la causa se apresura a anunciar que el cuerpo de Maldonado “no tiene heridas”, apuntando así a una muerte accidental, se imponía una fuerte respuesta popular para rechazar esta operación política y sostener la responsabilidad de fondo del Estado y el gobierno en la desaparición forzada. El kirchnerismo boicoteó la movilización popular y facilitó las manipulaciones oficiales.

Para que una parte del voto popular fuera capturado por el macrismo, debió mediar previamente este trabajo implacable, de la burocracia y de la oposición patronal, contra las reservas de lucha de la clase obrera y, en general, del movimiento popular.

Vuelta de tuerca en el ajuste

El gobierno se valdrá del aval electoral para tentar una vuelta de tuerca drástica en el ajuste, lo cual había sido planteado claramente por los voceros del capital financiero -Morgan Stanley- en el curso de la campaña. El ajustazo es, en primer lugar, una exigencia de los usureros para que la deuda -que ya supera las dos terceras partes del producto- cuente con una garantía de repago. El Coloquio de Idea, en este sentido, operó como un apoyo y, a la vez, como un emplazamiento al gobierno, en la línea de las reformas “en serio”. Este viraje, que fue disimulado durante la campaña electoral, fue el corazón de los anuncios de Macri en la conferencia de prensa de este lunes. La agenda plantea, en primer lugar, la reforma impositiva, que es el corazón del ‘nuevo’ pacto federal con los gobernadores. Se trata de una reducción de los impuestos que gravan a los capitalistas y, como contraparte de ello, un progresivo plan de ajustes en los gastos de las administraciones provinciales, con despidos incluidos y con la modificación de sus regímenes previsionales. En torno de este acuerdo deberá articularse la “gobernabilidad” entre el macrismo y los senadores o gobernadores del Pejota. La agenda oficial incluye, por supuesto, a la reforma laboral, que avanza en los acuerdos gremio por gremio, pero que exigirá también medidas legales de alcance general, a ser debatidas en el Congreso. Es el caso de la nueva reducción de aportes patronales que se discute como contrapartida de un blanqueo laboral. A su turno, esa caída de los ingresos previsionales empujará a la reforma del régimen jubilatorio, con el aumento de la edad para el retiro. El paquete oficial se completa con una reforma educativa que subordine definitivamente a la enseñanza media a las necesidades del capital (en la línea de lo que se implementa en Ciudad de Buenos Aires), con un régimen de “cobertura única de salud”, que comporta un principio de privatización del hospital público y una nueva escalada de tarifazos.

Esta declaración de guerra será fuente de choques y luchas en todos los terrenos del movimiento de las masas, que tendrán que ser preparadas a través de una intensa tarea de propaganda, agitación y organización. Por otra parte, el plan oficial enfrenta los límites más generales que plantea la marcha de la crisis capitalista. La sobreabundancia de liquidez internacional -que ha facilitado la financiación de la bicicleta “macrista”- podría continuar durante todo un período y darle aliento al plan de endeudamiento oficial. Pero no puede excluirse una reversión brusca en el flujo de capitales, como consecuencia de un agravamiento de la crisis mundial. Ello podría conducir a una brusca eclosión del planteamiento económico del gobierno.

Peronismo y kirchnerismo

La elección ha marcado un punto muy alto en la desintegración del peronismo, y, como parte de él, del kirchnerismo. Apenas pasados los comicios, parte de los intendentes que apoyaron a Cristina ya han comenzado a desfilar por el despacho de Vidal, como antes lo habían hecho con Pichetto. En la propia campaña electoral, el kirchnerismo reveló su impotencia para actuar como referencia opositora al macrismo. CFK cuestionó genéricamente al ajuste y al endeudamiento, pero nunca planteó el repudio de la hipoteca usuraria que su propio gobierno contribuyó a consolidar. Después de las Paso, Cristina acentuó un perfil pejotista, en la expectativa de blindar el apoyo de los intendentes del conurbano. Un capítulo especial del desbarranque K han sido las críticas al régimen venezolano, como señal indudable de un alineamiento continental estratégico en torno de una salida de recolonización económica y política de la mano del imperialismo. La decadencia del kirchnerismo plantea el fracaso de una tentativa tardía de rescate del nacionalismo burgués en la Argentina, y le plantea al Partido Obrero una enorme batalla política en el movimiento obrero y la juventud.

El Frente de Izquierda

El Frente de Izquierda obtuvo 1.150.000 votos, lo que implica un crecimiento del 25% respecto de la votación en las Paso y un registro similar al que alcanzamos en 2013. En Buenos Aires, la tentativa de polarización entre las candidaturas de Bullrich y Cristina, que golpearon fuertemente al massismo y al PJ de Randazzo, no afectaron al FIT, que logró 500.000 votos en una votación homogénea entre las candidaturas de senador y diputado. En este cuadro, estamos consiguiendo el ingreso de dos diputados y un legislador provincial. En la Ciudad de Buenos Aires hicimos nuestra mayor votación, quedando a pocas décimas del ingreso del diputado pero conquistando por primera vez dos legisladores. Este progreso en Ciudad y Buenos Aires debe confrontarse con retrocesos en otros distritos donde el FIT había alcanzado grandes votaciones en 2013 y ahora retrocedimos. Es el caso de Salta, Mendoza y Córdoba. Estamos peleando el legislador provincial en Catamarca y, un poco más lejos, en Santiago del Estero, en tanto conquistamos la concejalía de la capital neuquina. La enorme votación alcanzada en Jujuy, con el ingreso de cinco legisladores y una votación a diputado nacional que supera al Pejota en la capital de la provincia, ha tenido lugar en medio de una aguda crisis del PJ. Hemos obtenido casi el 10% en Santa Cruz y crecimos fuertemente en Tucumán, pasando del 3% en elecciones anteriores a casi el 5%.

La campaña electoral ha demostrado, de un modo todavía más agudo que en el pasado, que el Frente de Izquierda, siendo una indudable referencia electoral, está lejos de constituir un polo político capaz de vertebrar cotidianamente a la clase obrera en la lucha contra el Estado y los partidos capitalistas. Pasadas las Paso, el Partido Obrero le propuso al FIT un plan de acción, dirigido principalmente a una acción resuelta para la conquista del voto en la clase obrera y sus sectores más activos. Este planteo, y otras iniciativas de frente único -comenzando por los elementales spots comunes-, fueron rechazados por el PTS. Sin perjuicio de ello, organizamos con IS el plenario obrero en apoyo al FIT en la cancha de Lanús, que agrupó y atrajo a un importante abanico de activistas y dirigentes obreros en torno de la lucha electoral planteada y de iniciativas de lucha contra el ajuste y la reforma laboral. Nuestra campaña levantó con fuerza la denuncia del pacto Macri-CGT, golpeando a todas las alas del PJ que sostienen a la burocracia y al sector de la izquierda que mantiene ilusiones en el moyanismo o en la Corriente Federal.

Nos esforzamos en asociar la campaña del PO a los grandes episodios de la crisis política y de la lucha de las masas, al punto que fuimos acusados de ello en varias oportunidades por los voceros mediáticos de la burguesía. Los voceros del Partido Obrero asumieron un lugar protagónico en la lucha electoral, como resultado de una orientación definida de delimitación y lucha contra el gobierno ajustador y la impotente oposición patronal.

Lo que viene

Para el Partido Obrero, la votación alcanzada es una importante plataforma para el desarrollo de una oposición política al macrismo sobre bases obreras y socialistas, que deberá concentrarse ahora en los sindicatos y en todas los terrenos donde tendrá lugar la deliberación y las luchas respecto de las iniciativas reaccionarias del gobierno. La agenda que el gobierno anunciará en su “gran acuerdo” con los gobernadores, la burocracia sindical y las centrales empresarias debe ser enfrentada con un programa y un plan de acción, que debe desenvolverse en las organizaciones obreras, en la juventud y también en los parlamentos -ese debe ser el contenido de una política de frente único. El balance y las conclusiones de la gigantesca batalla política que dimos en estos meses es la premisa ineludible para conquistar y agrupar a los centenares de compañeros que hemos sumado.

La actualidad de la Revolución de Octubre

Introducción

Defender la vigencia de la Revolución Rusa cuando estamos en la conmemoración de sus cien años aparece como una tarea de improbable éxito ¿Quién defiende hoy, como un fenómeno vivo de nuestro tiempo, la primera revolución obrera triunfante que se pensó a sí misma como el inicio de una revolución internacional, que debía parir una sociedad sin explotadores ni explotados?

Entre las imágenes que recorrieron el mundo sobre la insurrección obrera de Hungría (1956), hace 61 años, una de ellas remite a un hecho conmovedor. Obreros metalúrgicos de Budapest han terminado su faena y una monumental estatua de Stalin yace tirada entre rostros satisfechos. En esa imagen, expresiva de la revolución política que se extendió por casi 35 años, se concentra una de las claves de la evolución política que barrió con los Estados obreros. La contrarrevolución burocrática encabezada por Stalin modificó profundamente el lugar político y programático de la Revolución Rusa para una gran parte del movimiento obrero y de la juventud. La burocracia destruyó las conquistas de octubre, reprimió a los revolucionarios, aniquiló a la generación bolchevique de 1917. La Internacional Comunista desplegó en todo el mundo, a las órdenes de Stalin, una política aventurera de derrota, de sometimiento a la burguesía en los frentes populares, de sometimiento a la burguesía nacional en los países atrasados, de acomodamiento con el imperialismo mientras se salvara el poder burocrático en la URSS. Provocó la derrota histórica del proletariado alemán en 1933 que abrió el paso al período más bárbaro de la historia del siglo XX; el hitlerismo y la II Guerra Mundial.

Esta contrarrevolución se presentó en nombre de la “teoría” de la construcción del socialismo en un solo país, de la defensa y la continuidad de Octubre. Prostituyó al movimiento obrero.

La identificación entre estalinismo y leninismo se volvió un clásico de los críticos de derecha y de izquierda de la revolución. La insurrección proletaria de Octubre se transformó en un “golpe de Estado” y el gobierno de los trabajadores en una “dictadura totalitaria”.

El estalinismo y los “demócratas” fueron y son las dos caras de la misma moneda: la negación de la revolución, del poder proletario, de la acción independiente de la clase obrera, de la rebelión de las masas como motor de la historia.

La clase obrera resistió, en la URSS, en Berlín, en Hungría, en Checoeslovaquia. Los núcleos militantes, minoritarios pero consecuentes, de la Oposición de Izquierda y de otros sectores combativos enfrentaron al estalinismo, a pesar de los asesinatos. La burocracia, sin embargo, en colaboración con el imperialismo, impuso su dominio. Su acto postrero fue emprender el camino de la contrarrevolución política para liquidar las conquistas sociales creadas por la Revolución de Octubre, adoptando un rumbo de preservación frente a la intervención de la clase obrera.

La restauración y un pronóstico

La restauración capitalista fue parte de un pronóstico alternativo que León Trotsky planteó desde el año 1932: “Los jefes y las masas no podían ver en el levantamiento de Octubre más que la primera etapa de la revolución mundial. El pensamiento de una edificación independiente del socialismo en una Rusia aislada no fue ni defendido ni mantenido, ni formulado firmemente por nadie en el año 1917”. “De un modo general -se interrogó Trotsky-, ¿las contradicciones de la edificación socialista pueden adquirir tal tensión que quebranten las bases de dicha edificación…? Sí, esto es posible”.

¿De qué modo? “El régimen actual, en tanto que régimen de transición del capitalismo al socialismo, puede… ser reemplazado sólo por el capitalismo”. En tal caso, todas las contradicciones que habrían llevado al hundimiento del régimen soviético “se transformarían inmediatamente en contradicciones interiores del capitalismo y adquirirían muy pronto extrema agudeza. Lo cual quiere decir que la contrarrevolución capitalista contiene las bases de una nueva Revolución de Octubre”.1

Este pronóstico extraordinario ¡planteado a quince años de la Revolución Rusa! parece retratar al actual escenario político mundial.

El progreso de la restauración en Rusia y China abrió la expectativa de un relanzamiento capitalista, al integrar a la producción de plusvalía a dos de los proletariados más grandes del planeta. Pero esa integración, en la etapa histórica de declinación del capitalismo, terminó acentuando todas las contracciones. No dio lugar a un desarrollo armonioso del dominio del capital, sino al estallido sucesivo de crisis. La respuesta obrera y militante a la crisis plantea la apertura de una nueva etapa en el proceso revolucionario.

Corresponde volver sobre el pronóstico de León Trotsky. Si la Revolución Rusa estaba concebida como un capítulo de la revolución mundial; si el estalinismo no fue el resultado del bolchevismo, sino su antítesis; si una generación obrera y socialista pagó con la vida de decenas de miles la defensa genuina de la revolución socialista; si la barbarie estalinista fracasó, revelando que no era ninguna tercera vía entre el socialismo y el capitalismo; si la historia confirmó que la burocracia fue un accidente histórico en un minuto de existencia de la humanidad, si todo esto es hoy una constatación histórica, hay que concluir que el ciclo de la Revolución de Octubre sigue abierto.

No fue con la Revolución Rusa que la humanidad colocó en la agenda cotidiana la respuesta obrera y socialista a la lucha de clases. Estuvo planteada desde mucho antes, con la acción de la clase obrera durante cincuenta años bajo la bandera del socialismo, con la experiencia heroica de la Comuna, con la Revolución de 1905 y la originalidad histórica de los soviets. Llegamos aquí a un punto importante: la vigencia de la Revolución Rusa es la vigencia de la lucha de la clase obrera frente a la descomposición mundial del capitalismo y, un proceso que alcanza un primer punto de paroxismo con la Primera Guerra Mundial, y la necesidad de que la clase obrera tome y ejerza el poder, insurrección de Octubre.

La Revolución Rusa deriva de la declinación mundial del régimen social y de sus formas de dominio político, un régimen social que había emergido con toda su fuerza en la Revolución Francesa. Su inmensa actualidad deriva de que las condiciones sociales e históricas de 1917 siguen presentes y se han hecho mucho más agudas: la contraposición entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el marco estrecho de las fronteras nacionales, la socialización de la producción y la apropiación privada cada vez más concentrada en el sistema capitalista, la barbarie a la que nos condena el desarrollo de la acumulación capitalista y, en oposición, el programa del gobierno obrero y la movilización revolucionaria de las masas como respuesta a la crisis.

Por la misma razón, para sus líderes, la Revolución de Octubre debía ser el comienzo de la revolución socialista mundial. ¿Por qué en Rusia? Como recordó Trotsky en 1932, en su último discurso público en Dinamarca, “La primera explicación es la más general: Rusia era un país atrasado pero no era simple y solamente una parte de la economía mundial, una parte del sistema capitalista mundial. En este sentido, Lenin resolvió el enigma de la Revolución Rusa a través de una fórmula lapidaria: la cadena se ha roto en su eslabón más débil”.2

Revolución y partido

La gran presencia en el escenario histórico de la Revolución es la del proletariado ruso y su vanguardia militante. El Partido Bolchevique no hubiera podido jugar el papel que cumplió en 1917 sin una clase obrera con la energía, la radicalización y la experiencia de la rusa -1905 y los soviets, resistencia frente a la represión, lucha contra la guerra, Febrero y los soviets, derrota del golpe reaccionario, apoyo decidido a la revolución agraria. Todo este activo de la clase obrera se habría disipado si el Partido Bolchevique no hubiera podido darle un cauce político y de lucha por el poder (como el gran mérito histórico, en su origen, de haber planteado la vigencia de una organización conspirativa fuertemente centralizada, en oposición a la existente en la socialdemocracia alemana); pero es insoslayable que encontró un terreno inmensamente fértil en ese proletariado.

Para allanar el camino hacia la toma del poder, el proletariado y su partido (el crecimiento del partido socialdemócrata ruso luego de la Revolución de 1905 atestigua que ese enraizamiento era profundo ya en ese momento) debieron abordar dos temas absolutamente clave. Por un lado, la guerra, defendida por el Gobierno Provisional en nombre del interés nacional. El gobierno, en nombre de la democracia, planteó continuarla. La clase obrera estuvo en contra, se movilizó contra la guerra, incluido el reclamo de la caída de los ministros y del gobierno. El bolchevismo fue la corriente que se erigió como alternativa: un gobierno de trabajadores era el único que podía concretar la paz. Por otro lado, la tierra. El gobierno, en nombre de la democracia, derivó el tema a una Asamblea Constituyente sin fecha. Sin repudiar la Constituyente, el bolcheviquismo llamó a ocupar las tierras y poner en pie un frente común del 90% de las clases sociales del campo, sin el cual la revolución no hubiera sido posible.

La democracia formal se desnudó en el período que va del Febrero al Octubre ruso tal cual es, amagó pero no estuvo dispuesta a violentar el régimen social. Las organizaciones y tendencias socialistas no bolcheviques se sometieron sistemáticamente a la alianza con la burguesía, en el campo de oposición y rechazo del gobierno obrero y el poder de los soviets. El bolcheviquismo llamó a actuar, a apoderarse de las tierras, a implantar el control obrero en las fábricas y a organizar un paso trascendental: la toma del poder, sin el cual continuaría la guerra, la inaccesibilidad de la tierra, la opresión de las nacionalidades, la especulación con los alimentos.

Una revolución mundial

La Revolución Rusa fue concebida como un capítulo del proceso de la revolución internacional. Dio lugar a la creación de la Internacional Comunista, planteada como partido mundial de la revolución. El capitalismo ascendente había cedido paso al imperialismo, poniendo de relieve que el régimen social capitalista había dado de sí todos sus componentes progresivos. Había avanzado cualitativamente en la formación de un mercado mundial, expandiendo el dominio del capital hasta las zonas más alejadas de la tierra. Concretó esta expansión con sus métodos -“lodo y sangre” había dicho Marx- sojuzgando y repartiendo al mundo entre el puñado de Estados imperialistas, expresiones concentradas de los monopolios, del capital financiero, del gran capital usurero.

La expansión capitalista fue también, y ante todo, la expansión y el fortalecimiento del proletariado, la clase social que para luchar por su emancipación tiene que emancipar al conjunto de la humanidad. En una carta a su amigo Weydemeyer, Carlos Marx explicó que “mucho antes que yo, los historiadores burgueses habían descripto el desarrollo histórico de esta lucha de clases y los economistas burgueses la anatomía económica de las clases. Lo nuevo que aporté fue demostrar: 1) que la existencia de las clases está vinculada únicamente a fases particulares, históricas, del desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura sólo constituye la transición a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases” (subrayados de Marx).3

La Revolución Francesa también fue universal, desde el momento que materializó el ascenso de la burguesía al poder político, la ruptura de las trabas feudales, la conversión del campesino siervo en hombre libre -en muchos casos propietario libre de su finca y de su campo- la expulsión del poder de los nobles y el fin de los privilegios gremiales, como expresión de una nueva época histórica de colosal desarrollo de las fuerzas productivas. Este carácter universal explica el eco inmenso que despertó entre los pueblos, pero su contenido fue, a la vez, nacional y, en ese sentido, particular, local. Abrió un nuevo desarrollo histórico, pero para desenvolver una nueva forma de explotación, esta vez como expresión de los intereses sociales de la burguesía actuante en cada Estado.

La Revolución Rusa fue universal en forma y contenido, porque planteó, tomando aquel aporte de Marx, la abolición de los intereses de las clases a cargo de una acción común de las clases trabajadoras del mundo. Vino a proclamar, por primera vez en la historia del hombre, la abolición de todo interés particular, la eliminación de la explotación del hombre por el hombre y, en definitiva, la construcción de una sociedad de plenitud para la humanidad.

La Revolución Rusa encarnó un fenómeno históricamente nuevo por constituir un movimiento de millones, liderados por un partido de la clase obrera -pequeñísima pero muy concentrada- forjado en la lucha de clases, en la lucha por el socialismo y en la búsqueda del poder para un gobierno de trabajadores como caudillo de la masa campesina. Subrayamos esta última parte, porque “un partido particular, y un partido de la clase de vanguardia, no tendría derecho a existir, sería indigno de considerarse como un partido y representaría en todos los aspectos un triste cero a la izquierda, si renunciase al poder en momentos en que tiene la posibilidad de conquistarlo”.4 Pero, dicho esto, la Revolución Rusa no se concibió en nombre de un interés nacional, sino como el comienzo de la revolución europea e internacional. Digresión necesaria: ¿en qué tiempos? Kautsky, en su etapa revolucionaria, escribió, tanto en La Revolución Social (1902) como en El Camino del Poder (1909), la inminencia de un era de revoluciones a partir de la guerra mundial que se avecinaba. Pero, producida la Revolución de Octubre, impugnó la toma del poder por basarse en la hipótesis de que sería el punto de partida para la revolución europea, lo que levantaría las trabas que el atraso de Rusia oponía a un sistema de producción socialista. Volviendo sobre sus pasos, Kaustky se preguntó en 1918, en La dictadura del proletariado, que pasaría si la revolución rusa no se convertía en el desencadenante inmediato de la revolución europea, como ocurrió. Lenin contestó entonces que sería “una tontería indiscutible por parte de los bolcheviques el fundar su táctica en la espera de la revolución a fecha fija en otros países”, pero remarcó, en primer lugar, que todo marxista debía apuntar a la revolución en Europa si es que existía una situación revolucionaria y ésta era una verdad a puño no sólo para los bolcheviques sino para todos los marxistas. La refutación a Kautsky se produjo con la inmensa ola revolucionaria que conmovió Europa (y el mundo), en particular desde 1917 a 1923, y de la que Alemania fue sólo su escenario privilegiado. De la hondura de esta situación revolucionaria informa el surgimiento de una nueva dirección internacionalista, nacida de la ruptura de los descompuestos partidos socialistas, furgones de cola de sus burguesías a partir de la guerra. El planteo bolchevique de concebir la Revolución Rusa como el punto de partida de la revolución europea y mundial fue probada “por un éxito enorme” -dirá Lenin al cumplirse sólo un año de la toma del poder- “porque el bolchevismo (y no debido a los méritos de los bolcheviques rusos, sino en virtud de la profundísima simpatía que por doquier sienten las masas hacia una táctica verdaderamente revolucionaria) se ha hecho mundial, ha dado una idea, una teoría, un programa y una táctica que… tiene en cuenta tanto las conquistas de la paz como la experiencia de la era de revoluciones que ha comenzado” (subrayados de Lenin)5. Lenin admitió, incluso, que el enorme esfuerzo hecho por la Rusia revolucionaria podía no bastar para el triunfo completo del socialismo. “Un solo país no puede hacer más”, escribió (ídem anterior), pero aún en caso de una derrota a manos del imperialismo mundial, la revolución bolchevique habría dado un impulso extraordinario al desarrollo de la revolución mundial.

La conmoción política provocada por la Revolución Rusa, del Atlántico al Pacífico, encuentra difícilmente las palabras que pueden expresarla. El mundo fue escenario, en particular de 1917-1923, de una explosión revolucionaria, obrera e internacionalista, reconocida por las propios cabezas de la contrarrevolución.

La Revolución Rusa alteró todas las caracterizaciones previas porque se produjo en una etapa histórica diferente de aquella en que se produjeron las revoluciones democráticas pasadas. Tuvo lugar en un marco histórico de unificación del mercado mundial y transformación del capitalismo de libre competencia en capitalismo imperialista, lo que supone apreciar, por primera vez, la descomposición del modo capitalista de producción. Irrumpió un período histórico en que el mundo, de conjunto, ha madurado para la revolución socialista y altera la hoja de ruta de la revolución en los países atrasados, desde el momento que el “eslabón débil” del capitalismo europeo -Rusia- puede no estar preparada para el socialismo, pero sí lo están la economía y la política mundiales. La atrasada Rusia podía comenzar su revolución nacional y democrática, y enlazar, a través de la revolución mundial, con el socialismo, inconcebible sin la gran técnica capitalista, estructurada según la última palabra de la ciencia moderna. Es la columna vertebral del análisis de Lenin en El imperialismo… al demostrar que con la guerra el sistema capitalista había llegado a una etapa superior de desarrollo y que ésta planteaba necesariamente la revolución socialista internacional. ¿Estas condiciones históricas están presentes hoy? La globalización ha terminado siendo una entelequia, desde el momento que la tendencia del imperialismo es hacia la nacionalización del capital y no su mundialización. La Unión Europea es el escenario -no el único- de un desenvolvimiento de luchas nacionales, lo que confirma una etapa de internacionalización de las fuerzas productivas del capital y nacionalización de la propiedad capitalista. La crisis del capital está creando una masacre social sin parangón en la propia historia del régimen social. Con independencia del calendario, estamos en “el siglo” de la Revolución de Octubre.

La pasión internacionalista de la Revolución Rusa estuvo presente aún en los momentos más aciagos, en su período revolucionario. Un capítulo fundamental de este curso internacional fue la política bolchevique de liquidar toda forma de opresión nacional (y toda forma de opresión de cualquier tipo). Las nacionalidades oprimidas del imperio ruso fueron respetadas en todos sus derechos -incluida las minorías musulmanas que podían aplicar sus leyes ancestrales mientras no dieran lugar a nuevas formas de opresión. El antisemitismo fue combatido sin ninguna concesión, incluido el antisemitismo de sectores populares. La minoría nacional judía por primera vez en su historia dispuso también de todos sus derechos.

La originalidad de la Revolución Rusa

¿Cuál es la originalidad de la Revolución Rusa? Como dice León Trotsky en el prefacio a la Historia de la Revolución Rusa, el rasgo característico e indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen.

Fue Trotsky quien llegó más lejos que otros en la comprensión de las revoluciones burguesas lo que le permitió internarse en la naturaleza de la Revolución Rusa. En 1905, Resultados y Perspectivas, estableció que la rusa sería una revolución burguesa que se diferenciaría sustancialmente tanto de la Revolución Francesa como de las revoluciones europeas de 1848. El jacobinismo fue la tendencia política más radical de aquellas revoluciones y ejerció el poder a través del terror, para imponer el nuevo orden y combatir a la reacción europea. Sin embargo, la acción de la vanguardia obrera se diferencia del jacobinismo. “Todo el movimiento proletario internacional de la actualidad ha nacido y se ha fortalecido en disputa con las tradiciones del jacobinismo… hemos mostrado su estrechez, hemos desenmascarado su contradicción social, su tendencia a la utopía, su fraseología y hemos roto con sus tradiciones que, durante décadas, pasaban por herencia sagrada de la revolución”6. En Rusia, planteó Trotsky, la situación sería diferente, porque la embestida revolucionaria surgiría de la propia clase obrera y ésta se vería obligada a enfrentar no sólo al zarismo sino a la burguesía liberal. Se erigiría en caudillo de los campesinos para llegar al poder como clase y en tal función, ejecutar no sólo las tareas democráticas que no estuvieran cumplidas -la tierra a los campesinos, la emancipación nacional, la liquidación de la autocracia, la emancipación de las naciones sojuzgadas…-, sino también las tareas propias de una revolución socialista, a un ritmo determinado por el curso de la revolución mundial.

Estableció de este modo el planteo cardinal de que la Rusia soviética podría ser la vanguardia de la revolución socialista internacional. Fue la enunciación, doce años antes de 1917, de la Revolución Permanente.

Los apremios de la revolución

“Sin revolución en Europa -planteó tempranamente Lenin- pereceremos”. La historia confirmó, por la negativa, la veracidad de este pronóstico: el Estado de los obreros armados y de la planificación económica mostró una notable capacidad de supervivencia a los ataques externos de la burguesía mundial, a la guerra civil; a la coalición entre reaccionarios, chauvinistas, socialistas renegados al servicio del imperialismo.

Aún manteniéndose en pie, el Estado obrero -y el propio partido gobernante- sufrieron una profunda sangría, primero, y una degeneración burocrática, después. El peso terrible del atraso, de la barbarie, de la ignorancia, delinearon las formas del nuevo aparato estatal y del ejercicio del poder. Las derrotas de la revolución (de modo eminente en Alemania, 1919/23, y en China, 1927), condenaron la revolución al aislamiento.

El bolchevismo había establecido el punto de unión entre una revolución obrera que ejecuta tareas democráticas y el proceso de la revolución internacional. Lanzó la iniciativa de la creación de la III Internacional mucho antes de la Revolución de Octubre, en las diferentes conferencias de las pocas organizaciones y militantes de izquierda que condenaron abiertamente el socialpatriotismo de la Segunda Internacional. El congreso de fundación tuvo lugar en marzo de 1919. Fue una novedad histórica: por referencia a las Internacionales anteriores, se puso en pie un partido mundial centralizado de la revolución socialista. La traición de la socialdemocracia ante el imperialismo y la guerra reveló que el reformismo había dejado de constituir una opción histórica y ya no jugaba ningún rol progresivo. Quedaban en pie, como alternativas, la revolución o la contrarrevolución. La III Internacional nació bajo esta premisa y la necesidad de crear una organización a la medida de un período histórico de guerras y revoluciones, y de un nuevo estadio de la lucha mundial entre las clases. Sus cuatro primeros congresos, de 1919 a 1923, son una escuela de estrategia revolucionaria, con sus orientaciones y reorientaciones, sus debates, sus resoluciones.

Nuestra historia de la Revolución Rusa

Toda historia se escribe desde el presente, desde un hoy concreto y original. La historia del Octubre ruso, cien años después, es nuestra propia historia y es desde la construcción del Partido Obrero que interrogamos la lucha del bolcheviquismo para sacar las mejores lecciones de la experiencia de los bolcheviques, a la luz de la experiencia recorrida en un siglo. Nos reconocemos herederos de la Revolución de Octubre y protagonistas de un período histórico que no ha concluido y que es el mismo que vivieron los revolucionarios de las dos primeras décadas del siglo, un proceso de convulsiones sociales, guerras y revoluciones que son expresión del agotamiento de una sociedad y de una exasperante crisis de dirección del proletariado. La historia que recorre las páginas de Prensa Obrera y, en este caso, de En Defensa del Marxismo, es una historia viva y palpitante de los problemas políticos que debieron afrontar los revolucionarios rusos y va necesariamente unida a la delimitación política con los enterradores del legado de Octubre, que consideran que el período histórico de guerras y revoluciones inaugurado por la victoria de los bolcheviques en 1917 ha concluido definitivamente. En esa fila de sepultureros se encuentran la “revolución bolivariana”, el “capitalismo andino”, Podemos, el PT de Brasil y sus herederos, el Secretariado Unificado de la IV Internacional -que culminó una trayectoria de revisionismo en el trotskismo planteando la renuncia formal a la dictadura del proletariado y el fin del ciclo abierto en el Octubre ruso. En la introducción a La Revolución Rusa en el Siglo XXI 7 que hemos vuelto a editar en este año, planteamos: “Los despreocupados profetas del fin de la época histórica abierta por la revolución de Octubre no nos proponen nada nuevo, sólo que nos saquemos de encima esa ‘pesada’ herencia histórica y la perspectiva de la dictadura del proletariado y retornemos al camino que jamás habría que haber abandonado: el parlamentarismo de los delincuentes capitalistas. En definitiva, son absolutamente incapaces de negar (criticar) la tentativa de Octubre, o sea de ofrecer un punto de partida revolucionario renovado, se limitan a adorar, como lo han hecho siempre, los hechos consumados, como lo hacen ahora con la restauración capitalista y nos proponen volver al siglo XIX (todas estas tendencias fueron adoradoras, en su momento, de la burocracia estalinista)”. Las experiencias que se cubrieron con el manto del “socialismo del siglo XXI” no expresaron nuevas posibilidades de transición histórica sino el agotamiento del nacionalismo, sea laico o clerical, en la época de la economía mundializada.

“Nuestra” historia constata que los Estados obreros degenerados no han sido más que un accidente histórico y que no existe otra alternativa que el socialismo internacional. El fracaso del estalinismo prueba la vitalidad del método marxista y el acierto gigantesco de haber fundado la IV Internacional.

“Nuestra” historia revaloriza al partido, por su capacidad de intervención en todas las formas de organización del movimiento obrero y de los oprimidos, y el esfuerzo, a la vez, por conjugar el debate más intenso con la disciplina más militante, replantearse la cuestión de las consignas y de las consignas de poder, en particular, frente a los cambiantes estados de espíritu de las masas y de su vanguardia. Finalmente, todos los que hoy proclaman la superioridad del movimiento en relación al partido no reparan que la primera revolución obrera victoriosa en la historia fue guiada por un partido fogueado en todas las instancias de la lucha de clases y capaz de alterar su propio programa original en el curso de la revolución. El bolcheviquismo fue capaz de producir un giro en los siete meses que van de febrero a octubre del 17, patentizado en las Tesis de Abril y en El Estado y la Revolución, el “librito” tan caro a Lenin que planteó una revolución teórica. Reveló que el partido bolchevique no en una fuerza inmutable en una revolución o en cualquiera otra circunstancia, sino una creación que estaba interrogándose permanentemente sobre la calidad de su programa y de su táctica.

Así nos internamos en la historia de la Revolución Rusa, desde Febrero hasta las vísperas de la victoria de Octubre.

La formación del Partido Bolchevique

El 21 de diciembre del 1900 salió a la calle el primer número de Iskra (La Chispa), semanario popular que, junto a la revista teórica Zariá (La Aurora), fueron los instrumentos más poderosos de los emigrados socialistas rusos (1900) para lograr la supremacía en la labor de formar el partido obrero en Rusia.

“El bolchevismo existe como corriente de pensamiento político y como partido político desde 1903”. La afirmación es de Lenin, veinte años después.8 En ese año, en el segundo congreso de la socialdemocracia rusa -denominación que en ese entonces utilizaban los marxistas- se produjo la escisión entre esa ala y los mencheviques. Si bien el partido había sido formalmente fundado en 1898 en el I Congreso, la represión destruyó rápidamente cualquier posibilidad de transformar sus resoluciones en pasos organizativos concretos y el trabajo tomó nuevamente la forma de círculos aislados y dispersos. Sin embargo, la proclama de aquel congreso tuvo una virtud: señalar por primera vez la incapacidad de la burguesía rusa para consumar la revolución democrática-burguesa y el consiguiente traspaso de esta tarea a la clase obrera.

El populismo

El debate teórico entre marxistas y populistas fue el debate sobre la naturaleza de la revolución rusa y las fuerzas que debían dirigirla. El imperio zarista se incorporó en forma tardía al proceso de desarrollo capitalista. Era un país enormemente atrasado en relación con el occidente europeo, donde el capitalismo había desenvuelto hacia la segunda mitad del siglo XIX todas sus potencialidades y contaba con una enorme y concentrada clase obrera. Rusia era un país fundamentalmente agrario y recién emergía de las relaciones propias de la servidumbre feudal.

Los populistas sostenían que el régimen comunitario de la aldea rusa era el antecedente inmediato del socialismo. Marx mismo había dejado abierta esta posibilidad, en un fenomenal acto de anticipación, en lo que fue el último prólogo con su firma a una edición del “Manifiesto Comunista”: “Si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se complementen, la actual propiedad de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida para el desarrollo comunista”. Los populistas veían en esta propiedad comunal la originalidad del caso ruso y rechazaban al capitalismo como una fuerza reaccionaria, que venía a disolverla.

Hasta alrededor de 1890 esta fuerza política encabezó la lucha contra la autocracia zarista partiendo de la base de que el campesinado era la clase revolucionaria, por su defensa del principio de la propiedad comunal, que era para ellos un principio socialista. Esta exaltación del campesinado era la base de la actividad política de la intelectualidad populista, que desenvolvió en su momento una verdadera cruzada propagandística en las aldeas y se volcó luego, ante su fracaso y en su fase más audaz, a la conspiración terrorista para asesinar al zar. Supuestamente, para despertar la insurrección del campesinado.

A finales de los ’70, Georgi Pléjanov rompió con los populistas en desacuerdo con el terrorismo individual y fundó en su exilio el grupo Emancipación del Trabajo (1883), el primer grupo marxista. El joven Lenin, que se hizo marxista alrededor de 1892/3, se incorporó a estos círculos, de temprana acción de propaganda sobre la naciente clase obrera, y comenzó a participar de su trabajo teórico y práctico.

El marxismo, en polémica con el populismo, sostuvo el carácter progresivo del desarrollo del capitalismo en Rusia porque era el único régimen capaz de dar un carácter nacional y social al avance de las fuerzas productivas, lo que daba lugar a la formación de la clase obrera. Esta oponía a la dispersión campesina su propia concentración y unidad, constituyendo una fuerza social y política infinitamente superior contra la autocracia zarista.

Para los marxistas, la propiedad comunal era un residuo en la propiedad de la tierra, sometiendo a aquéllos al yugo del atraso y la barbarie. La rebelión campesina sólo podía tomar la forma de una jacquerie, una insurrección elemental y violenta contra la nobleza, pero la propia evolución del capitalismo relegaba esta posibilidad al escindir al campesinado entre ricos (kulaks), asimilados a la burguesía, pobres y proletarios.

El caudillo de la revolución

El marxismo identificó al proletariado como dirección de la revolución democrática en Rusia, única fuerza social capaz de liquidar el atraso y derrocar a la nobleza. Unió a este planteo la crítica al terrorismo y al foco, planteando la organización de la clase obrera y la movilización de masas. Este era el punto de vista teórico común, previo a la escisión entre bolcheviques y mencheviques, unidad que dejaba sin resolver cuál iba a ser el programa que el proletariado iba a impulsar en su lucha política y la forma de poder a la que debía asimilarse.

Los primeros trabajos de Lenin aportaron a este gran debate: su obra fundamental en este sentido sería El desarrollo del capitalismo en Rusia (1899). Los jóvenes socialdemócratas, al tiempo que estudiaban a Marx y Engels y libraban una lucha teórica y política contra el populismo, se lanzaron a un trabajo de organización práctica de la clase obrera. Fue un trabajo artesanal y disperso, librado por pequeños círculos carentes de conexión y programa común, pero indispensables en este período de crecimiento.

En 1896 se produjo en San Petersburgo una huelga general espontánea y se inició una década de acciones directas sistemáticas de las masas, que habrían de culminar en la Revolución de 1905. Es decir, en los hechos se fue zanjando el debate con los populistas: el proletariado ruso, minoritario en relación con el campesinado, reveló una energía, consistencia y fuerza en la lucha contra el zarismo tremendamente superior al de los explotados del campo. Este proletariado nació a la lucha política y sindical sin arrastrar detrás una tradición política burguesa o pequeño burguesa y lo hizo enfrentando tempranamente a una burguesía hostil a toda agitación democrática. El único programa de esta burguesía era la negociación y el acuerdo con la reacción para lograr algunas migajas dentro del régimen, grageas de constitucionalismo y legalidad.

Los marxistas legales

Radicalmente opuestos a los populistas, los marxistas legales planteaban sin matiz alguno la teoría marxista de que el desarrollo del capitalismo era una etapa previa obligada para la realización final del socialismo. La insistencia en este punto los llevó a considerar ese estadio como un fin en sí mismo y a reemplazar la revolución por la reforma, anticipando las posiciones que luego enarbolarían Bernstein y el ala revisionista de los marxistas alemanes. Los marxistas legales, como los caracterizaría Lenin años más tarde: “eran demócratas burgueses para quienes la ruptura con los populistas significaba una transición desde el socialismo pequeño burgués (o campesino), no al socialismo proletario… sino al liberalismo burgués”.10

En estas luchas políticas y teóricas jugó un papel importante Iskra, el semanario que comenzó a publicarse en 1900 en el exilio, bajo la dirección inicial de Pléjanov y el protagonismo creciente de Lenin. Iskra se proponía, según el documento que anunciaba su aparición, constituirse en la columna vertebral del disgregado movimiento socialdemócrata ruso sobre la base de la delimitación política. “Antes de unificarse -decía- y para unificarse, hay que empezar por deslindar los campos de manera resuelta y definida. De otra forma, nuestra unificación sería sólo una ficción que enmascararía la actual confusión e impediría su radical eliminación”11. Iskra no sería, por lo tanto, “una simple recopilación abigarrada de diferentes opiniones”, sino un órgano portador de “una política estrictamente definida”. En Iskra y Zariá se desplegarían los fundamentos teóricos y organizativos que desembocarían en la formación de un partido nacional.

1905: el gran laboratorio

El 9 de enero de 1905 (22 según nuestro calendario) fue domingo en Rusia. Ese día, una movilización obrera masiva -140.000 trabajadores, en su gran mayoría creyentes y súbditos de la Iglesia Ortodoxa, dirigidos por el cura Gapón, confluyó en el Palacio de Invierno de San Petersburgo, donde se alojaba el zar. Una movilización pacífica, enarbolando íconos y rogando al zar que apareciera ante ellos y escuchara sus reclamos: amnistía, libertades sociales, salario normal, entrega gradual de la tierra al pueblo, Asamblea Constituyente en base al sufragio universal e igual para todos. Ferozmente reprimida, no menos de mil obreros fueron asesinados y otros dos mil quedaron heridos, aunque las cifras exactas fueron ocultadas. Fue el llamado “Domingo sangriento”, inicio de la Revolución Rusa. Fue la primera revolución obrera del siglo XX, partera de los soviets e inmenso laboratorio de la experiencia victoriosa de 1917.

Desde varios años antes se habían sucedido huelgas y movilizaciones. Para canalizarlas, un agente de la policía se lanzó a organizar a los obreros en sindicatos, planteando que el zar era su protector contra los patrones y el propio Estado. En 1903 estallaron huelgas masivas en la Rusia del sur. En febrero de 1904, el provocador, junto al cura Gapón, constituirá la Asociación de Trabajadores de Fábricas y Talleres. Es cuando el ministro del Interior del zar plantea la necesidad de “una pequeña guerra victoriosa para parar la revolución”12, preámbulo de la guerra con Japón para disputar Corea y Manchuria. La guerra interrumpió las huelgas, pero las derrotas en cadena del ejército ruso frente al japonés las reabrieron, multiplicándolas. En un artículo publicado en el periódico de los bolcheviques Vperiod (Adelante), el primer día de 1905, Lenin fijará una posición que adelanta la del derrotismo revolucionario frente a la guerra. Refiriéndose a la derrota en Port Arthur, dirá: “No es el pueblo ruso, sino el absolutismo, quien ha sufrido una vergonzosa derrota. El pueblo ha salido ganando…” y anunciará la inminente “guerra del pueblo contra el absolutismo”13. La guerra imperialista y su cruel descarga contra las masas fue, finalmente, el detonante del levantamiento popular.

Situación revolucionaria

El “Domingo sangriento” produjo un enorme abismo político: millones de obreros y campesinos disiparon su confusión política en relación con el zar, adquirieron una primera conciencia política y se convirtieron en protagonistas de una situación revolucionaria, Un reguero de huelgas se extendió a lo largo de toda Rusia, aunque concentradas en tres “capitales” -Petersburgo, Riga y Varsovia.

Frente a la revolución hubo una divisoria entre mencheviques y bolcheviques. Aquellos consideraron que el partido no debía proponerse el objetivo la conquista del poder. El congreso convocado por los bolcheviques ese año emitió una resolución según la cual correspondía “organizar al proletariado para la inmediata lucha contra la autocracia por medio de la insurrección armada” y por la constitución de un gobierno provisional revolucionario.

La Revolución Rusa de 1905 fue un inmenso laboratorio político.

Fue la primera revolución en la historia mundial cuyo instrumento fue la huelga política de masas, con una potencia jamás vista: en un solo mes, enero de 1905, el número de huelguistas llegó a 440.000, más que en toda la década anterior. La clase obrera desplegó su experiencia y el aprendizaje de la propia lucha en una escala creciente. Hubo un entrelazamiento de huelgas políticas y económicas que jugó un papel determinante en la consistencia del movimiento: “Si las amplias masas de explotados no hubieran visto ante sí ejemplos diarios de cómo los obreros asalariados de las diferentes ramas de la industria obligaban a los capitalistas a mejorar de un modo directo e inmediato su situación, no habría sido posible… atraer… a dichas masas al movimiento revolucionario”14. La acelerada experiencia política que vivió la clase obrera rusa en ese año crucial fusionó al movimiento obrero con la izquierda revolucionaria (la socialdemocracia pasó de 10.000 en 1903 a 150.000 en 1906) y a los cuadros obreros con los militantes políticos.

En abril, en la ciudad “textil” de Ivanovo Voznesensk, los obreros, con el auxilio de bolcheviques y mencheviques, constituyeron el primer consejo obrero -soviet- de la Revolución, que organizó una huelga de 72 horas y pasó a dirigir la ciudad. Los soviets se extendieron al resto de Rusia. Lenin planteó, con dudas -“quizá me equivoco”- la propuesta de que los soviets se declaren gobierno revolucionario provisional de toda Rusia, pero no consideró razonable exigirles que adoptasen el programa del Partido Socialdemócrata ni que los bolcheviques entren en tal gobierno. El Partido debía impulsar una actividad de propaganda y agitación a favor del marxismo dentro del soviet” (ídem anterior).

La huelga general de octubre

En agosto, el zar planteó la constitución de una Duma (Parlamento) en base a un número insignificante de electores y con carácter consultivo. La llamada Duma de Bulygin no llegó a ser convocada, fue barrida por la huelga general de octubre, en la que fue determinante la paralización de los trenes y el papel del Soviet de Petersburgo. Este reunió a 226 representantes de 96 fábricas y cinco sindicatos, y nombró un comité de huelga que llamó a elegir delegados en todas las fábricas, a razón de uno cada 500 trabajadores. Los bolcheviques lanzaron las consignas de “Abajo la Duma consultiva”, “Boicot a la Duma”, “Continuidad de la lucha revolucionaria para derrocar al gobierno”, “No es el zar sino un gobierno provisional revolucionario quien debe convocar a la Duma”.

El zar retrocedió emitiendo una nueva ley electoral, que ampliaba el número de electores y reconocía el carácter legislativo de la Duma.

Octubre y diciembre son los meses que marcan el clímax de la revolución. Para una masa creciente de obreros estaba planteado conquistar la jornada de ocho horas por vía revolucionaria. Su grito de guerra en Petersburgo era “Jornada de ocho horas y armas”. Rusia era el escenario de un reguero de levantamientos campesinos, militares, nacionales -Rusia era una nación opresora de casi el 60% de su población- y estudiantiles.

En ese período se conquistó la libertad de prensa, se abrieron las puertas de las universidades y circuló sin trabas la prensa revolucionaria. Una pequeña anécdota ilustra el momento: alumnos polacos quemaron todos los libros rusos y retratos del zar, expulsaron a los maestros y escolares rusos y, en el caso de los secundarios, reclamaron que todas las escuelas pasaran a depender del soviet de diputados obreros, que obreros y estudiantes tuvieran reuniones conjuntas y que los estudiantes pudieran llevar blusas rojas en los liceos como señal de adhesión a la futura república proletaria.

La Revolución de 1905 alcanzó su punto culminante con la insurrección obrera en Moscú, que se convirtió en una prueba de fuerza y fue finalmente derrotada, con más de 1.000 muertos. “Al ser aplastada la insurrección de diciembre se inicia el descenso de la revolución” en la que, dirá Lenin: “Faltó la organización de los obreros revolucionarios socialdemócratas que se hallaban bajo las armas; no supieron tomar la dirección en sus manos, ponerse a la cabeza del ejército revolucionario y pasar a la ofensiva contra el poder gubernamental” (ídem anterior). Pesaron, además, los límites de la intervención campesina. La revolución proletaria fue derrotada -dirá Trotsky- “por las bayonetas del ejército campesino”15.

Las tres concepciones

La experiencia de 1905 reabrió el debate sobre el propósito, la naturaleza, las tareas objetivas y el sujeto de la revolución.

Dos cuestiones habían quedado rotundamente en claro. Una, que la fuerza motriz de la revolución estaba en la clase obrera y sólo de modo intermitente en los campesinos (que también eran la base social del ejército). Dos, que el fracaso de sus logros provisionales -la Duma, la formación de partidos políticos, el reconocimiento de hecho de los sindicatos- se debía a la incapacidad de la burguesía, impotente no sólo para hacer la revolución sino para conservar los frutos de una revolución hecha por otros.

De aquí surgían un conjunto de preguntas: ¿cómo resolver el vacío creado por la incapacidad de la burguesía, lo que determinaba, a la luz de los hechos, que la Revolución Rusa no iba a ser una repetición de las revoluciones burguesas de la Europa occidental, concebidas bajo la dirección de la burguesía liberal?, ¿cuál era el nuevo sujeto de la revolución, a la luz de esta constatación histórica?, ¿cuál era la relación entre su contenido social, democrático burgués si se considera que sus objetivos inmediatos eran la república democrática, la jornada de 8 horas y la confiscación de los latifundios -llevada a cabo por la revolución burguesa de Francia entre 1792 y 1793- o proletaria, según su protagonista y sus medios de lucha?

Allí se planteó la colisión teórica entre la concepción de la Revolución Rusa como repetición de las revoluciones burguesas de Europa (mencheviques, Plejánov), la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” para hacerse cargo de las tareas democráticas hasta el final (Lenin) y la “dictadura del proletariado apoyada en el campesinado” para consumar la revolución democrática que, una vez en el poder, estaría obligada a introducir medidas socialistas dando impulso a la revolución socialista mundial, única garantía de victoria completa para el socialismo. Una batalla teórica que continúa al día de hoy y que está concentrada en el texto de Trotsky “Tres concepciones sobre la Revolución Rusa”, escrita en 1939 como capítulo del libro sobre Stalin, que Trotsky jamás podría completar16.

1905 y su balance

El lugar histórico de 1905 fue presentado por Trotsky en 1939 de este modo: “La revolución de 1905 no fue solamente el ensayo general de 1917 sino que fue también el laboratorio en el cual se constituyeron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso y se formaron y dibujaron todas las tendencias y matices al interior del marxismo ruso. En el centro de las disputas estaba… la cuestión del carácter histórico de la Revolución Rusa y de las vías ulteriores de su desarrollo” (ídem anterior).

Sin duda que la cuestión central que planteó 1905 fue la de la naturaleza de la revolución y, por la misma razón, su fuerza motriz.

Había un acuerdo general en la II Internacional y en los pensadores marxistas, incluidos los rusos, de que la revolución en un país atrasado como Rusia iba a ser burguesa y que su conquista política era una república democrática, que iba a ser el escenario de una prolongada lucha de clases nacional e internacional.

Este acuerdo general ocultaba una divergencia profunda sobre la intervención de la clase obrera y los socialistas, su actitud ante la burguesía, las consignas democráticas y el rol del campesinado. La versión conservadora, identificada con Pléjanov y compartida por muchos mencheviques, era que la clase obrera tenía que cederle toda la iniciativa a la burguesía, no hacer nada que pudiera atemorizarla, plantear un programa agrario lo más conciliador posible y no rebelarse con sus propios métodos contra el atraso.

En su curso, la revolución de 1905 mostró que el comportamiento de la burguesía no se correspondía de ninguna manera con este esquema, pues no estaba dispuesta a ninguna lucha efectiva contra el régimen político y el atraso ni por la movilización del campesinado. Sin embargo, contradictoriamente, las concesiones del zarismo durante 1905 fueron hechas ante la movilización de la clase obrera, las huelgas, la huelga política de masas, la formación de los soviets.

La primera revolución del siglo XX, que se producía en un país atrasado, no iba a repetir el esquema de la gran revolución francesa.

Lenin y los bolcheviques extraían política y prácticamente conclusiones muy diferentes a partir de la caracterización de la revolución como burguesa. El proletariado, lejos de someterse al programa y la dominación política de la burguesía, debía llevar adelante una lucha democrática consecuente y sobre todo movilizar en forma revolucionaria a los campesinos. La burguesía, en cambio, conciliaba y claudicaba. Por lo tanto, la lucha contra el absolutismo y el atraso tenía que imponer un régimen político democrático bajo la forma de una “dictadura revolucionaria de obreros y campesinos”, que iba a imponer un sendero democrático en el campo.

Los acontecimientos de 1905 confirmaron la cobardía de la burguesía y su oposición a llevar adelante toda movilización contra el régimen absolutista.

En cambio, dieron lugar a una novedad: la irrupción de la clase obrera en un país atrasado con sus propios métodos y reivindicaciones, la huelga general. En octubre de 1905 se formó el Soviet de San Petersburgo y se asistió a la paradoja notable de que la primera institución democrática en Rusia fue una organización insurreccional de la clase obrera.

Lo que cambió

La irrupción del proletariado fue el cambio radical de la revolución de 1905. El dirigente del POSDR que juega el rol más destacado es Trotsky, que termina por presidir y dirigir aquel soviet. En 1906, en la cárcel, escribe su balance de la revolución, un ensayo de cien páginas titulado Resultados y perspectivas. La policía secuestró la edición y la circulación fue restringida. Llegó a pocos militantes y Trotsky afirmó que Lenin no conoció el texto en ese momento.

Se trató de la primera formulación precisa de la revolución permanente. ¿Por qué la clase obrera rusa había jugado un rol revolucionario que casi nadie predecía y cuáles eran las consecuencias sobre el desarrollo de la revolución en Rusia y en Europa? El rasgo fundamental del desarrollo económico y social en Rusia era el atraso. El Estado y el capital extranjero habían tenido un rol preponderante en el crecimiento de la industria; la burguesía era una clase débil y el campo estaba dominado por la gran propiedad y la dispersión de los campesinos. La clase obrera, en cambio, estaba fuertemente concentrada en grandes fábricas y jugó un rol central en las ciudades.

Trotsky extrajo las consecuencias políticas de este análisis concreto de la sociedad rusa y del comportamiento de sus clases sociales. Planteó que la clase obrera iba a ser la clase dominante de la revolución. Tenía que dirigir la revolución burguesa y luchar por el poder, con el apoyo de la masa campesina. Una vez en el poder, no se limitaría a las tareas democráticas, comenzaría también a avanzar en las tareas de expropiación de los capitalistas, de organización de la producción -es decir, transformaciones socialistas. El ritmo de avance dependería, a su vez, del curso de la revolución en los países avanzados de Europa; la revolución debía considerarse permanente en sus tareas y en su carácter internacional.

Trotsky rompió así con la concepción estrecha y conservadora de la II Internacional. Para sus dirigentes, la revolución debía ser el fruto maduro del desarrollo capitalista y sus crisis, así como del crecimiento de la clase obrera y sus organizaciones. El revolucionario ruso ubicó el resorte de la revolución en el desarrollo revolucionario de la clase obrera y no en el crecimiento del capitalismo; en la movilización revolucionaria y no en la rutina de las relaciones entre sindicatos y patrones. La experiencia de 1905, las huelgas contra el zarismo y los soviets fueron el terreno fértil que le permitió pasar de un análisis agudo de la sociedad rusa a la formulación de un programa revolucionario.

Corresponde agregar que la otra figura dirigente que extrajo lecciones de 1905 fue Rosa Luxemburgo. Formuló entonces su llamado a la huelga política de masas, para enfrentar al reformismo y el conservadorismo de las direcciones sindicales y de la socialdemocracia alemana.

El reagrupamiento del ala revolucionaria de la socialdemocracia se produjo recién casi diez años después, luego de la bancarrota de la II Internacional en 1914.

La cuestión del partido

El folleto “Resultados y perspectivas -balance de la Revolución de 1905-” fue publicado nuevamente en 1919, con un prólogo de Trotsky. En este texto analizó su lugar en relación a bolcheviques y mencheviques, una cita larga pero necesaria: “El autor ha defendido, durante una década y media, el punto de vista de la revolución permanente, pero al evaluar las fracciones en lucha mutua dentro de la socialdemocracia cometió un error. Como entonces, ambas partían de las perspectivas de una revolución burguesa, el autor creía que las divergencias de opiniones no eran tan profundas como para justificar una escisión. Al mismo tiempo, esperaba que el transcurso posterior de los acontecimientos demostraría claramente a todos, por un lado, la falta de fuerzas y la impotencia de la democracia burguesa rusa, y por otro, el hecho de que al proletariado le sería objetivamente imposible mantenerse en el poder dentro del marco de un programa democrático; y que, en suma, ello haría desaparecer el terreno de las divergencias de opinión entre las fracciones. Sin pertenecer a ninguna de las dos fracciones durante la emigración, el autor subestimaba el hecho cardinal de que en las divergencias de opiniones entre los bolcheviques y los mencheviques figuraban, de hecho, un grupo de revolucionarios inflexibles, por un lado, y por el otro, una agrupación de elementos cada vez más disgregados por el oportunismo y la falta de principios”.

Estas divergencias se manifestaron claramente durante 1905. Luego de la escisión de 1903, los bolcheviques organizaron en Londres su propio congreso, conocido como Tercer Congreso del POSDR, en abril y mayo de 1905. Sin embargo, en Rusia el movimiento de los militantes y comités bolcheviques y mencheviques tendió a la unidad. Lenin escribió al respecto hacia fines de 1905: “Las disputas anteriores del período prerrevolucionario fueron reemplazadas por la solidaridad en las cuestiones prácticas”17. Más aún, la conferencia bolchevique de Tammerfors (Finlandia) de diciembre de 1905, aprobó la conformación de un Comité Central unitario de las dos fracciones para organizar un congreso conjunto. El congreso tuvo lugar en Estocolmo en abril de 1906. Las idas y vueltas en torno de la unidad se mantuvieron muy conflictivamente entre 1906 y 1911.

El primer impulso que provocó la revolución de 1905 fue hacia la unidad de las dos fracciones del partido, a pesar de sus divergencias políticas y organizativas. Cabe recordar que muchos militantes mencheviques fueron más activos que los bolcheviques en los soviets. Comités bolcheviques desconfiaban de los soviets y exigían que la nueva organización reconociera el rol dirigente del partido.

En 1917, el movimiento hacia la unidad de bolcheviques y mencheviques se reprodujo en círculos dirigentes del bolchevismo. Pero el laboratorio de 1905 no había pasado en vano.

Los bolcheviques y la Primera Guerra Mundial

Lenin se enteró que el 4 de agosto de 1914 el grupo parlamentario socialdemócrata alemán había votado el presupuesto de guerra. Estupefacto, creyó por un momento que la edición del periódico del PSD alemán que lo anunciaba -Vorwärts (Adelante)- había sido falsificada por el Estado Mayor alemán, pero debió rendirse ante la evidencia. El partido que era referencia de la socialdemocracia europea participaba de la unión sagrada de la burguesía alemana para la guerra.

Es difícil apreciar hoy la conmoción política que la bancarrota del PSD y de la II Internacional significó para los trabajadores de la época. El movimiento obrero en Europa (y en Rusia) identificaba el socialismo y su lucha por la emancipación con la II Internacional. El centro del movimiento obrero moderno por su conciencia de clase y su extraordinaria organización, era Alemania. En las vísperas de la guerra tenía un millón de miembros, más de 40 diarios, una centena de publicaciones, una universidad obrera, bibliotecas, sindicatos con ocho millones de trabajadores, cuatro millones de votos (34% del electorado).

La enorme presión del imperialismo llevó a la guerra no sólo a la nave insignia de la socialdemocracia. Todos los partidos socialistas de los países beligerantes, salvo el italiano, el serbio y el ruso, se alinearon en la unión nacional con sus burguesías (la mayoría de los mencheviques rusos se hizo social patriota, Pléjanov, entre ellos).

La primera reacción provino del PSD Alemán: Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron detenidos por su agitación contra la guerra. Liebknecht, en agosto, votó en el grupo parlamentario del PSD contra los créditos de guerra, junto a otros 13, pero finalmente aceptó someterse a la disciplina partidaria. Rosa Luxemburgo y una fracción del PSD criticaron este sometimiento. En diciembre de 1914, Liebknecht votará en contra y hará famosa una consigna: “El enemigo principal está en nuestro propio país”.

En septiembre, apenas instalado en Berna, Lenin se empeñó en definir una posición sobre la guerra y agrupar a los escasos militantes opuestos a ella. Contaba con una herramienta poderosa, aún en la adversidad: el Partido Bolchevique. Constituido en partido independiente en 1912, era un colectivo militante que pasó la prueba inicial de la guerra: los diputados bolcheviques habían votado contra el presupuesto de guerra, lo que les valió el destierro a Siberia. En septiembre de 1914, Lenin, en nombre del CC en el exilio, definió la política de los bolcheviques, que pasará a llamarse “derrotismo revolucionario”. Definió al gobierno de cada país como el enemigo de su propio pueblo y planteó la necesidad de crear una nueva Internacional y transformar la guerra en guerra civil.

Zimmerwald

Convocados por sectores del Partido Socialista italiano y suizo los llamados internacionalistas se reunieron en setiembre de 1915 en la Conferencia de Zimmerwald (Suiza).

La minoritaria ala izquierda, liderada por los bolcheviques, llamó al derrotismo revolucionario, a denunciar a los socialpatriotas, a delimitarse de los centristas que los criticaban pero convivían en el mismo partido y a romper con la Segunda Internacional. El Manifiesto de la Conferencia, elaborado por el sector mayoritario y redactado por Trotsky, criticaba a la derecha socialpatriota, pero no al centro socialista dirigido por Kautsky ni llamaba a romper con la Internacional en bancarrota y construir la III. Rechazaba el derrotismo revolucionario y abogaba por una “paz sin anexiones ni indemnizaciones”. Lenin lo consideró “contradictorio y timorato”, pero llamó a votarlo por ser un paso adelante y constituyó de inmediato la “izquierda de Zimmerwald” que publicó la resolución votada y la crítica a sus limitaciones.

En 1919, Trotsky reeditará sus artículos de la época de la guerra. En el prólogo enumerará sus tres desacuerdos de entonces con Lenin: ‘el derrotismo… el combate por la paz -al que Lenin oponía la guerra civil -y el carácter de la revolución que crecía en Rusia’ que Lenin concebía como sólo democrática. Trostky olvida un cuarto punto, fundamental, la disyuntiva entre la unidad, entonces deseada por él, de todas las corrientes hostiles a la guerra; o la ruptura, reclamada por Lenin, con el centro pacifista de Kaustky-Longet que invitaba a los gobiernos a hacer la paz en vez de movilizar al pueblo contra ellos para derribarlos”18.

La negativa de los zimmerwaldistas a romper con las ruinas de la II Internacional llevará a Lenin a concluir que ni esta conferencia ni la posterior de Kienthal fueron la simiente de la III Internacional.

¿Por qué la catástrofe de la Gran Guerra?

La Gran Guerra (como se llamó originariamente a la Primera Guerra Mundial) fue la expresión inequívoca de que el capitalismo había llegado a su etapa de decadencia.

El pasaje a la fase imperialista, con el predominio del capital financiero, su entrelazamiento con los Estados y la finalización del reparto del mundo entre las grandes potencias, prepararon las condiciones de una guerra total.

El crecimiento de la industria alemana y su penetración en todos los mercados amenazaba con destronar el liderazgo británico en el mercado mundial y esto empujaba al capital inglés a la confrontación. Alemania, por su parte, llegada tarde a la ocupación de colonias, pugnaba por un nuevo reparto del mundo.

Ambas potencias (Inglaterra y Alemania) se encaminaban a la carnicería anticipando que ésta sería una guerra distinta a las anteriores, donde no sólo se pondría en juego la potencia militar e industrial de cada una sino la cohesión de su frente interno. Durante toda la contienda, los gabinetes y estados mayores siguieron la evolución de la tensión social al interior de cada uno de los Estados en guerra.

Los círculos dirigentes ingleses comenzaron desde principios del siglo XX una sistemática política de preparación de la guerra total en tres planos. El reforzamiento de su poderío naval, un reordenamiento de todas sus alianzas y una política dedicada a prevenir su frente interno. En relación con sus alianzas, cesaron (concesiones mediantes) los enfrentamientos con Francia por los repartos coloniales en Asia y Africa hasta conformar la Entente en 1904, a la cual sumaron a Rusia en 1907 (reparto de Persia mediante). En el frente interno atemperaron ciertas presiones coloniales, llevaron adelante una limitada reforma agraria en Irlanda, indemnizando generosamente a los terratenientes y establecieron concesiones al movimiento obrero (seguro al desocupado, prestaciones a la vejez y pagos por enfermedad y ampliación de los derechos de los sindicatos). “El peligro potencial de estas cuestiones (colonial, Irlanda y la cuestión obrera) había resultado algo disminuido, su filo revolucionario parcialmente mellado y embotado temporariamente. Desde este punto de vista (los gabinetes conservadores y liberales desde 1905 a 1914), hicieron mucho para dar a la diplomacia inglesa la posibilidad de enfrentar la tormenta del año 1914, sin temer alguna explosión más o menos poderosa en el interior del país”19.

Alemania, por su parte, preparó sus propias alianzas, con Austria e Italia primero, con Turquía después. Y también operó en su frente interno. El impetuoso crecimiento de su industria le dio una creciente importancia a los sindicatos alemanes cuyos afiliados pasaron de 260 mil en 1895 a 2,25 millones en 1912. Las cúpulas sindicales se vincularon con el ala derecha del Partido Socialdemócrata (revisionista) que fue adquiriendo mayor presencia en las cúpulas partidarias y en las bancadas parlamentarias. Un mayoritario centro declamaba contra el militarismo y sólo un ala izquierda minoritaria mantenía fidelidad a los principios marxistas.

La guerra y la revolución

La guerra sirvió a la autocracia para bloquear las tendencias del movimiento obrero y popular que, desde 1912, protagonizaba un ascenso de características revolucionarias. Es decir, la autocracia rusa buscó la guerra para escapar de esta situación. Procuró desviarlo por medio de una campaña chauvinista.

Dos años después, la oposición a la guerra había crecido de un modo notorio en todos los países beligerantes. Las derrotas, la pérdida de millones de vidas, la hambruna, la desorganización económica, fueron creando las condiciones para la revolución de 1917. La preparación política determinante fue, sin embargo, la adopción del derrotismo revolucionario, que armó a los bolcheviques para orientar la lucha contra el régimen zarista, sin el freno de social patriotas ni centristas.

Un pronóstico revelador

Durnovo, un destacado dirigente del ala de extrema derecha, ex ministro del Interior del gabinete de Witte (1905-1906), elevó un memorial al zar Nicolás II en febrero de 1914, seis meses antes del estallido de la guerra.

Para el ex funcionario, Rusia no debía en ningún caso tomar parte activa en ese choque. “El peso principal de la guerra, sin duda alguna, recaerá sobre nuestras espaldas… Rusia está demasiado falta de preparación… insuficientes los materiales en reserva, débil la industria, en pésimo estado las instalaciones y equipos ferroviarios, escasa la artillería y las ametralladoras”.

“Rusia ofrece un terreno especialmente favorable para las conmociones revolucionarias… el hombre simple de pueblo, el campesino y el obrero, no busca derechos políticos, no le son necesarios ni comprensibles. El campesino sueña con recibir gratuitamente la tierra ajena, el obrero quiere apoderarse de todo el capital… Y basta difundir ampliamente estas consignas… y Rusia será inevitablemente precipitada a los brazos de la anarquía… todo nuevo movimiento revolucionario degenerará inevitablemente en un movimiento socialista”20.

El viejo funcionario ruso no fue escuchado. La ilusión del zarismo de frenar la revolución a través de la fiebre social patriótica pudo más.

La Revolución de Febrero

La Revolución de Febrero fue un fruto maduro y una sorpresa. Un mes antes, en su exilio suizo, Lenin dio una conferencia sobre la Revolución de 1905 ante jóvenes socialistas y afirmó, como conclusión: “Nosotros, los viejos, no veremos quizá las luchas decisivas de la revolución inminente. Pero creo poder expresar con mucha seguridad la esperanza que los jóvenes, que militan tan admirablemente en el movimiento socialista suizo y del mundo entero, tendrán la felicidad no solamente de combatir por la revolución proletaria de mañana, sino también de triunfar” (Carta de adiós a los obreros suizos)21.

Un mes después, caía el zarismo, el régimen más odiado de Europa, que Marx consideraba la columna vertebral de la contrarrevolución, y se abría un período revolucionario mundial. El zarismo cayó en cinco días y la onda expansiva que provocó este derrumbe nos sigue conmoviendo.

El estallido de la revolución

La revolución comenzó el 23 de febrero (calendario juliano), Día Internacional de la Mujer (8 de marzo, según el gregoriano). Según relató Trotsky, ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día, lo que incluía a su organización -el Comité Interdistrital- y a los bolcheviques. Pero dando la espalda a esta orientación hubo un llamado de parte de las obreras textiles, que enviaron delegadas a los metalúrgicos. La huelga se expandió. Las colas de las mujeres en las panaderías le dieron el empujón necesario para ganar a toda la ciudad. La población se lanzó a las calles contra el zarismo y su política. La huelga se transformó en un levantamiento de masas contra el régimen. Los regimientos acampados en la ciudad adhirieron al levantamiento, en lugar de reprimirlo. Cinco días después el zarismo no existía más.

¿Quien dirigió la Revolución de Febrero? Después de relatar el curso del levantamiento, Trotsky concluyó: “Es evidente que la Revolución de Febrero empezó desde abajo, venciendo la resistencia de las propias organizaciones revolucionarias… esta espontánea iniciativa corrió a cargo de la parte más oprimida y cohibida del proletariado: las obreras del ramo textil”. Sobre la relación entre las masas y sus organizaciones agregó: “A principios de 1917, las organizaciones clandestinas no se habían rehecho aún del estado de abatimiento y de disgregación, mientras que en las masas el contagio patriótico había sido ya suplantado radicalmente por la indignación revolucionaria”22.

Febrero fue sorpresivo y espontáneo y por lo mismo, el resultado de un largo proceso histórico. En el primer texto exhaustivo que escribió Lenin sobre la revolución (Primera Carta desde lejos, redactada el 7 de marzo) señaló que la revolución fue posible gracias a tres condiciones: las batallas de clase que el proletariado ruso libró entre 1905 y 1907; la contrarrevolución de 1907-1914, que pudrió hasta la médula la monarquía zarista y las clases propietarias, y la guerra imperialista mundial, un escenario en el que se agudizaron todas las contradicciones. “Era natural que la crisis revolucionaria estallara en primer lugar en la Rusia zarista, donde la desorganización era en extremo aterradora y el proletariado en extremo revolucionario (no en virtud de las cualidades especiales, sino debido a las tradiciones, aún vivas, de 1905)”23.

Una revolución que prepara la revolución

Febrero creó una dualidad de poder. Los soviets reaparecieron. ¿Qué era el soviet?: “El soviet de diputados obreros, organización de los obreros, embrión del gobierno obrero, representante de los intereses del conjunto de las masas pobres, es decir, de las nueve décimas de la población, lucha por la paz, el pan, la libertad”.

No obstante, en febrero, el llamado Comité Ejecutivo de los Soviets y el primer soviet de San Petersburgo se arrogó la etiqueta soviética más por la herencia de 1905 que por ser una creación de las masas. El CE estaba decidido a coronar al Gobierno Provisorio y la primera asamblea del soviet fue caótica y desordenada. Es el desarrollo inmediato posterior del movimiento de masas el que da lugar a la generalización de soviets de soldados y obreros y a su mutación acelerada en organismos de lucha.

La gran paradoja de febrero es que las masas derribaron al zarismo y el poder terminó en manos de la burguesía liberal. Un grupo de diputados de la Duma (el parlamento espurio convocado por el zar) constituyó un Comité gubernamental provisorio. El CE de los soviets le encargó la tarea de terminar con la guerra y asegurar las libertades democráticas, a la espera de la convocatoria de una futura Asamblea Constituyente. Pero los soviets no se disolvieron: se extendieron en días y semanas y el doble poder fue tomando forma.

Los soviets serán el motor de la revolución, a condición de dotarse de un programa que satisfaga las reivindicaciones populares y aspirar al poder. Hasta el otoño estuvieron dominados por los mencheviques y los socialistas revolucionarios. Se subordinaron al poder burgués y no se movilizaron por la paz y las reivindicaciones obreras. Los bolcheviques, inicialmente una minoría, crecieron con su oposición a la política conciliadora de la mayoría y gracias a las movilizaciones por las reivindicaciones.

El rol que estaban llamados a jugar los soviets requería de “más partido revolucionario”, insistirá Lenin, y no de una apología a la organización de masas. En el soviet se enfrentaron todas las tendencias del movimiento obrero. La experiencia de Febrero y los meses iniciales revelaron que los soviets podían ser parte de la subordinación al poder burgués. La experiencia de lucha de las masas expresada en programa político gracias a la intervención del partido; sin embargo, podía cambiar el rol de los soviets y hacerles jugar efectivamente su papel de organismos de doble poder.

Las primeras semanas y meses posteriores a Febrero estuvieron: marcados por la necesidad de que el partido se delimitara y diferenciara de las tendencias conciliadoras y de apoyo y adaptación al gobierno burgués: la caracterización del carácter de clase de este gobierno por los bolcheviques se convirtió en una viga maestra de su política.

El desarrollo del Partido Bolchevique

San Petersburgo era el centro político, militar y social de Rusia. En 1917 registraba 390.000 obreros de fábrica, con una gran concentración y un tercio de mujeres. La guarnición reunía de 200 a 300.000 soldados (con una abrumadora mayoría de campesinos) y la de Kronstadt, 30.000 marinos y soldados. Esta masa fue el terreno fértil del trabajo militante de los bolcheviques y de extensión de los soviets.

San Petersburgo era, a su vez, el cuartel general nacional del partido. En provincias, muchos comités eran unitarios entre bolcheviques y mencheviques, en la capital, el panorama era distinto. En vísperas de 1914, los bolcheviques habían conseguido superar a los mencheviques gracias a su energía, pero retrocedieron después por la partida de obreros calificados al frente y por la represión. Luego de Febrero, el partido hizo un esfuerzo por ampliar su inserción entre los obreros y los soldados con los comités de barrio, los soviets de distrito, el movimiento sindical, los comités de fábrica y otras organizaciones de masas sin partido. En febrero, los bolcheviques habían llegado a ser aproximadamente 2.000, en abril eran 16.000 y a fines de junio habían llegado a 32.000.

Lenin volvió rápidamente a San Petersburgo. Quería evitar el error de llegar tarde, como en 1905, por lo que tuvo que negociar con el Estado Mayor alemán, con el riesgo de la calumnia (que se desataría en julio) y se encontró con una situación que no había previsto; sus planteos eran minoritarios en la dirección de los organismos del partido y la influencia del partido en el movimiento obrero no era determinante.

Llegó el 3 de abril a Rusia y fue recibido a los sones de “La Marsellesa” por Tchkéidze, el presidente del soviet con un discurso soporífico. Lenin contestó con una arenga y un “Viva la revolución socialista mundial”.

En la recepción no se cantó “La Internacional”. A la noche, en reunión con la delegación bolchevique en el soviet, reiteró su programa de enfrentamiento con el gobierno, por una nueva mayoría en los soviets y un gobierno obrero, pero fue fríamente recibido. Propuso que el partido cambiara de nombre y pasara a llamarse Partido Comunista. No tuvo ningún apoyo.

La batalla escrita había comenzado con las Cartas desde Lejos, enviadas desde Zurich, y que se sitúan claramente en el cuadro de la Revolución Permanente. Los redactores en jefe de la Pravda, el órgano bolchevique en Petrogrado, eran Stalin y Kamenev, y las proposiciones de las Cartas desde lejos les resultaban inaceptables. Censuraron los textos de Lenin. Publicaron la primera carta recortada y mandaron a los archivos las otras tres, que terminarán siendo publicadas sólo en 1924. La quinta quedó inconclusa. Se pronunciaron el 1° de abril por la fusión con los mencheviques y el apoyo al Gobierno Provisional; según la dirección bolchevique la función del soviet era controlar al gobierno y no preparar su caída.

El 7 de abril Lenin publicó en Pravda su documento “Las Tesis de Abril”. Preparó al partido para un viraje profundo que iba a cambiar el curso de la revolución.

El itinerario de Trotsky era diferente. En febrero se encontraba en Nueva York, una nueva etapa de su exilio. Desarrolló allí junto a los jóvenes socialistas una campaña contra la entrada de Estados Unidos en la guerra. Publicó en Novy Mir (periódico editado por Bujarin y Kollontai) sus reacciones ante la revolución, se trataba, planteó, del primer acto de la revolución europea y alemana “la lucha de la socialdemocracia rusa por la paz está dirigida contra la burguesía liberal y su poder”. Retomaba el programa de la Revolución Permanente. Confluía con las Tesis de Abril.

¡Vamos por las 8 horas y el control obrero!

El 27 de febrero de 1917, luego del triunfo de la insurrección, se constituyó, en San Petersburgo, el Soviet de Diputados Obreros y Soldados, con delegados electos hasta ese momento en las fábricas y los cuarteles más dos delegados por cada partido socialista. Desde el momento que el movimiento de lucha adquirió cierta amplitud, la clase obrera rusa tendió a la formación de los soviets, retomando el punto más alto de la revolución de 1905. Existió, sin embargo, una diferencia apreciable que revela que la Revolución Rusa tuvo como factor esencial la crisis mundial y su expresión trágica -la Gran Guerra. En los soviets del ’17 fueron protagonistas los soldados campesinos que habían disparado contra los huelguistas en 1905 y aquí se alinearon en el campo de la revolución.

Días después, el 2 de marzo se constituyó un Gobierno Provisional, presidido por el príncipe Lvov, gran latifundista y partidario de una monarquía constitucional y que tuvo el apoyo inmediato de la Iglesia Ortodoxa, la burguesía y la nobleza.

Lenin llamará a “corregir las viejas fórmulas del bolchevismo, pues si bien… estas fórmulas eran… acertadas, su realización concreta resultó ser diferente. Nadie pensaba ni podía pensar antes en la dualidad de poder”. Precisará sobre el carácter político del poder concentrado en los soviets: “Es una dictadura revolucionaria… un poder que se apoya directamente en la conquista del mismo por la vía revolucionaria, en la iniciativa directa de la masas del pueblo desde abajo y no en la ley promulgada por el poder centralizado del Estado”. Advierte que no se medita lo suficiente sobre este hecho siendo que es “la esencia del problema. Este poder es un poder del mismo tipo que la Comuna de París de 1871”. “En la medida en que -subrayará Lenin- ejerza ese poder. Porque ese poder, a minutos de haber nacido, pactó con el Gobierno Provisional y abandonó posiciones a manos de la burguesía”24.

Paradoja

Casi al mismo tiempo de la instalación del Gobierno Provisional, el Soviet de San Petersburgo condenó la agitación que exigía toda la tierra para los campesinos25. Desde el momento que la revolución democrática debía tener por único propósito liquidar los vestigios del feudalismo en Rusia para abonar un desarrollo acabado del capitalismo, no sería necesario tocar la propiedad privada. El poder debía ser puesto en manos de la burguesía y a esta política se aferraron los partidos mayoritarios en el soviet (mencheviques y socialistas revolucionarios).

Esta es la paradoja que nació en Febrero. De un lado, las masas irrumpían en los soviets como la puerta obligada de la revolución, al punto que el 9 de marzo, “el Gobierno Provisional no existe más que en la medida que lo permite el soviet”(24). Del otro, el gobierno de la burguesía, para el que, una vez derribada la monarquía, la revolución burguesa apenas iniciada había terminado y todos los problemas debían ser zanjados por una lejana Constituyente. En marzo, Kerensky, próximo a los social-revolucionarios y miembro del soviet, otorgó al gobierno el aval público del soviet, declarando que su única función era controlarlo.

Para los trabajadores, los objetivos políticos de conjunto planteados a la Revolución de Febrero -república democrática, oposición a la guerra y paz sin anexiones, reforma agraria- debían ser encadenados al conjunto de reclamos planteados en las fábricas, contra el despotismo atroz de las patronales y el zarismo. Allí estaban las ocho horas, un salario “propio de un ciudadano libre” y un régimen “constitucional” en las fábricas. En palabras de un delegado soviético: “Los trabajadores no pueden ganar la libertad y no usarla para sacarse las cargas de su trabajo, para luchar contra el capital”26. La expresión que llama a imponer el “régimen constitucional” en las fábricas resume este afán y esta lucha, que encarna la disputa obrera por el dominio del lugar de trabajo frente al despotismo del régimen.

El Soviet de San Petersburgo llamó a retornar al trabajo el 7 de marzo sin la promulgación legislativa de las 8 horas de jornada. Por esta razón, la gran mayoría de trabajadores desoyó el llamado del soviet. Las asambleas votaron finalizar las huelgas sólo luego de haberse implantado las 8 horas. Sólo 28 fábricas de las 111 sobre las cuales tenía información la cámara patronal de Petersburgo habían retornado al trabajo el 7 de marzo y la mayoría fue introduciendo la jornada de ocho horas “sin permiso preliminar”.

Después de la caída del zar, los trabajadores retornaron a una gran mayoría de plantas sólo para formular sus reclamos y quedar a la espera de que éstos se cumpliesen. Se plantearon reclamos ante los directores y ante el soviet, como el de un salario mínimo. Una parte de esta rabiosa revolución en las fábricas fue la purga de los administradores y capataces. Con una importante advertencia. No todos ellos fueron expulsados o castigados por conductas violentas o denigrantes para con los trabajadores. Luego de una inicial explosión violenta, el desplazamiento de administradores se fue produciendo en base a un protocolo no escrito en el que aparecieron otras razones para la baja. Desde ya que pesó de entrada si el administrador había sido un instrumento de la autocracia o había actuado de modo despótico frente a los trabajadores, pero luego se consideró también si ese personaje estaba calificado para manejar el puesto que detentaba, desde el punto de vista económico y técnico. Un cambio en la conciencia atribuible a la propia revolución en curso.

Comités de fábrica

En una vasta cantidad de empresas, como expresión de este proceso, se eligieron comités de fábrica, cuya función era representar a los trabajadores frente a las administraciones patronales y otros organismos externos. Los trabajadores, por breves períodos, habían logrado imponer estos organismos durante 1905 y el ascenso de 1912-14. La iniciativa expresaba una tendencia a manejar el orden interno en la fábrica. David Mandel, un investigador del período, aportó el ejemplo del comité de fábrica de Radiotelegraph Factory, sólo uno entre tantos, que logró hacerse cargo de tareas tan vastas como la determinación de la jornada de trabajo, el salario mínimo, el servicio médico, los contratos y los despidos, la disciplina laboral y la comida, entre otras27.

Estas actividades no llegaron al punto de cambiar el manejo de la administración capitalista en el manejo técnico y económico, pero dieron vuelta el régimen despótico y de feroz explotación del período prerrevolucionario.

El cuadro fue distinto en las empresas del Estado, en la que los trabajadores asumieron en muchos casos tareas de administración, frente a la deserción o expulsión de funcionarios del viejo régimen caído. Existió, luego de la Revolución de Febrero, la conciencia de que con la revolución democrática esas empresas pasaban al dominio del pueblo. Si el Estado se había democratizado, todas las empresas y fábricas pertenecientes a este Estado y debían ser parte de un mismo proceso.

El movimiento por el control de las empresas privadas surgiría desde abajo y con mayor profundidad cuando la amenaza a la continuidad de las fábricas fuese ostensible. Frente a una serie de reclamos de los comités de fábrica sobre la necesidad del control obrero, el comité de Petersburgo del Partido Bolchevique decidió recién en mayo, recomendar a los trabajadores la creación de comisiones de control en las empresas.

Frente a la paradoja de la Revolución de Febrero la acción de los trabajadores irrumpió frente a la parálisis del Gobierno Provisional y del propio soviet, colocándose a la izquierda de ambos. Fue el movimiento anticipatorio del viraje revolucionario que se operaría en abril. Además, en el mismo momento en que los obreros reprimían y echaban a los capataces y tenían el ojo puesto en el director liberal, los campesinos ocupaban tierras y abandonaban las aldeas con destino a Petersburgo, los soldados (campesinos) ingresaban a los soviets. Una situación inmensamente revolucionaria y un partido, el bolchevique, que había estado a la rastra de los acontecimientos por la política de Stalin Kámenev de apoyo al Gobierno Provisional. Lenin, apenas desembarcado en Rusia, se interrogaba: ¿se debe derrocar ya al Gobierno Provisional? Y se respondía: “No se lo puede derribar inmediatamente, pues se sostiene gracias a un pacto directo e indirecto, formal y efectivo con los soviets de diputados obreros y, sobre todo, con el principal de ellos, el Soviet de Petersburgo… el único gobierno (nuestro) posible, que expresa directamente la conciencia y la voluntad de la mayoría de obreros y campesinos”28. Para convertirse en poder los obreros conscientes estaban obligados a ganarse a la mayoría, porque como marxistas, los bolcheviques eran enemigos de la toma del poder por una minoría.

Estamos en las vísperas de las Jornadas de Abril en las que, por primera vez, se expresará en el terreno práctico la lucha entre los soviets y el gobierno capitalista.

Las Tesis de Abril

“Apenas instalados en el tren, Lenin increpa secamente a Kámenev: “¿Qué cosas escribís en Pravda? Hemos visto algunos números y os hemos maldecido no poco”. Según Shliápnikov, que es quien lo narra… con su voz paternal y gruñona, de la que nadie podía ofenderse”29.

En los primeros meses posteriores a la Revolución de Febrero de 1917, el Partido Bolchevique atravesaba un período crítico. Lenin y una masa importante de militantes en el extranjero, un país insurreccionado y una pequeña burguesía que había levantado la cabeza luego de la liquidación del zar y de la formación del Gobierno Provisional, de un lado, y de la instauración de los soviets obreros, por el otro. La pequeña burguesía apoyaba fervorosamente al Gobierno Provisional liberal burgués y llamaba a defenderlo y la propia dirección del Partido Bolchevique en Rusia (Stalin y Kámenev) apoyaba esta posición defensista y admitía incluso la posibilidad de una nueva unidad con los mencheviques.

En este escenario, el retorno de Lenin y sus nuevas tesis provocaron una verdadera conmoción. A diferencia de la posición defensista, que sostenía que se había abierto en Rusia un largo período de libertades democráticas que habría de tomar su forma definitiva en una república constitucional -asumiendo de este modo las viejas tesis del menchevismo-, Lenin caracterizó al nuevo período como de “dualidad de poder” entre el Gobierno Provincial y los soviets. Los límites de esta dualidad estaban dados por “el insuficiente grado de consciencia y organización de los proletarios y los campesinos”. La tarea era, entonces, ganar a los trabajadores para imponer “el poder exclusivo de los soviets de diputados obreros, obreros agrícolas, campesinos y soldados”30.

“Una tarea distinta, nueva”

Las tesis obligaron a Lenin a revisar su vieja concepción de la dictadura democrática de obreros y campesinos como alternativa de poder. Después de la Revolución de Febrero, el poder se encuentra en manos de otra clase, una clase nueva: la burguesía. En la medida que el pasaje del poder de una clase a otra es el síntoma más importante de la revolución: “La revolución burguesa o democrático burguesa -planteará Lenin- ha terminado”.

La conclusión chocaba frontalmente con el planteo bolchevique según el cual la revolución democrática burguesa debía terminar con la dictadura democrática y revolucionaria del proletariado y el campesinado. 

“En la vida misma”, los hechos habían ocurrido de otra manera: “Ha resultado un entrelazamiento de lo uno y de lo otro, un entrelazamiento extraordinariamente original, nuevo, nunca visto. Existen una al lado de la otra, juntas, al mismo tiempo, tanto la dominación de la burguesía (encarnada en el Gobierno Provisional) como la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado (encarnada en los soviets), que entrega voluntariamente el poder a la burguesía, que se convierte voluntariamente en apéndice suyo”31.

Al momento de cumplirse tres meses en el poder el Gobierno Provisional no había producido nada: la propiedad agraria de los terratenientes seguía intacta, no existía siquiera una investigación sobre los manejos de bancos y organizaciones del capital financiero y la Asamblea Constituyente, horizonte ilusorio de todos los reclamos, no tenía fecha de convocatoria. El inmovilismo político de la burguesía nacía de una contradicción insoluble. El retraso histórico de Rusia no significaba que el país iba a reproducir las etapas propias del desarrollo clásico del capitalismo. Por el contrario, las formas sociales propias del capitalismo desarrollado se combinaban con aquellas propias de la servidumbre feudal en una formación social específica donde el capitalismo avanzado, lejos de liquidar el atraso lo recreaba, en función de un superbeneficio.

Había sido la teoría de la Revolución Permanente de León Trotsky la que había previsto, ya en 1905, el carácter de este desarrollo.

Una revolución diferente

En la Rusia de inicios del siglo, analizaría Trotsky, el impulso revolucionario, a diferencia de la Revolución Francesa de 1789 o las europeas de 1848, surgiría de la propia clase obrera. Esta clase enfrentaría no sólo al zarismo sino a la burguesía liberal, buscaría la alianza con los campesinos y podría llegar al poder, como una instancia de la revolución democrática. El proletariado en el poder desenvolvería las tareas democráticas -la tierra a los campesinos, la abolición de la autocracia, la emancipación de los países sometidos- e iniciaría las tareas socialistas en una combinación concreta que es imposible de prever teóricamente porque depende por completo del desarrollo de la revolución mundial. Este análisis permitió a Trotsky pronosticar que Rusia podía ser la vanguardia de la revolución socialista internacional, lo que se confirmaría doce años después.

La previsión de Trotsky se cumplió paso a paso. En definitiva, la dictadura democrática de obreros y campesinos se realizó como poder dual en el período que va de febrero a octubre y planteaba ineludiblemente la insurrección obrera y la dictadura proletaria como forma estatal, en oposición a la restauración burguesa. El ritmo de este proceso dependía por completo de la organización y consciencia de las masas y de la actuación del partido revolucionario. El proletariado ruso, educado en quince años de agitación política y sindical, y con el activo que suponía el Partido Bolchevique, consumó en menos de un año quebrar el Estado burgués y dar inicio a la revolución socialista -recordar que Lenin había hecho alusión al escaso grado de conciencia y organización de las masas en febrero del ’17.

Este rumbo habría sido imposible sin el viraje que supuso el rearme del partido en base a las Tesis de Abril. Nada que ver con una apreciación esquemática en la que cada paso estaba prefigurado. La teoría y la acción política fueron variando en base al propio impulso revolucionario, los cambios en las relaciones entre las clases, la acción del proletariado. Los esfuerzos para dotar al partido de una nueva perspectiva, luego del período de subordinación al Gobierno Provisional son una prueba de esta historia viva. El triunfo de las “Tesis de Abril” dentro mismo del Partido Bolchevique fue difícil. Lenin tuvo que desplegar toda su autoridad política y apoyarse en la actividad misma de las masas para ganarse a todo el partido a su posición. El lento ascenso de la influencia bolchevique en los soviets hasta alcanzar la mayoría fue el punto de viraje decisivo que permitió la liquidación de las vacilaciones. Las masas fueron haciendo suyas las ideas del partido, se apoderaron de él y lo empujaron hacia la insurrección. “Cuanto más amplia y profunda era la influencia de las consignas bolcheviques, tanto más difícil era para los hombres del Comité captar el movimiento. A medida que los soviets iban cayendo bajo la influencia del partido, la máquina iba quedándose más falta de sitio. Esa es una de las paradojas de la revolución”32.

Lenin, en un principio, no logró que aprobaran sus Tesis ni la Conferencia Bolchevique, ni el Comité Central (6 de abril). Stalin las consideró un esquema no fundado en hechos. Lenin las debió presentar con su sola firma en Pravda (7 de abril) y hasta llegó a amenazar con crear un nuevo partido comunista proletario, es decir con romper el partido que él había fundado, si no se adoptaba su orientación. El escenario comenzó a cambiar hacia la segunda quincena de abril con la Conferencia de San Petersburgo y la Conferencia Nacional del Partido Bolchevique, que adoptaron las Tesis. Lenin destacó entonces que “el principal error que pueden cometer los revolucionarios es mirar hacia atrás, hacia las revoluciones del pasado, cuando la vida aporta tantos elementos nuevos que hay que incorporar a la cadena general de los acontecimientos”. En su discurso de clausura llamó a abandonar “el viejo bolchevismo”, es decir la revolución por etapas, separadas en el tiempo o por capítulos -una primera etapa democrática burguesa seguida de una lejana etapa socialista.

La guerra y la tierra

En abril reinaba todavía la euforia de la victoria de febrero y la ilusión de que era suficiente “exigir” que el gobierno satisfaga las necesidades de las masas para obtener nuevos triunfos. Esta euforia se vivía en el Partido Bolchevique, sobre todo en los círculos dirigentes de San Petersburgo.

A finales del mes, la situación había cambiado. Se produjo un giro en la revolución, en el estado de ánimo de las masas. La incapacidad del gobierno de satisfacer mínimamente las consignas de paz, pan y tierra, llevó a un choque violento de las masas sobre el tema de la guerra, con las jornadas del 20 y del 21 de abril.

La ruptura con el centrismo y la orientación por una III Internacional fue un rasgo distintivo de la evolución de Lenin, sobre todo a partir de la Conferencia de Zimmerwald. Las Tesis de abril plantearon esta ruptura y denunciaron desde el primer párrafo la “guerra imperialista” a la que había que oponerse sin ninguna concesión.

Lenin enfrentó así todas las ilusiones patrióticas. Tuvo la profunda intuición revolucionaria de que la guerra sería el primer punto de ruptura de las masas con el gobierno, lo que les debía permitir a los revolucionarios pasar de ser una minoría reducida a ser la dirección de los soviets y de las masas, gracias a un paciente trabajo de explicación, agitación y organización.

La guerra concentró a su vez la cuestión de la tierra. El soldado ruso era un campesino en uniforme, habitualmente aislado y ahora agrupado por decenas de miles en las guarniciones de San Petersburgo y organizado en soviets. Lo que ansiaba era terminar con la guerra y volver a su aldea como propietario de la tierra que trabajaba. El Gobierno Provisional resolvió dejar el tema de la expropiación de la propiedad agraria para una Asamblea Constituyente convocada en un futuro indeterminado. En la cuestión fundamental de la tierra, los partidos democráticos y populistas mostraron toda su miseria, adaptándose al gobierno burgués.

El viraje sobre la guerra

El gobierno había decidido, a fines de marzo, relanzar la intervención rusa en la guerra en acuerdo con los Aliados, porque Rusia era ahora un “país democrático” y merecía la anexión de nuevos territorios, como los Dardanelos. Suponía que podía apoyarse en el patriotismo de la población y que tenía la fuerza suficiente para lanzar una nueva ofensiva.

El fiasco fue total. La declaración, bien recibida por los partidos, con el beneplácito incluso de Pravda, dirigida por Stalin-Kamenev, tuvo el rechazo masivo de la población. La esperanza de una paz inmediata se derrumbó y el pueblo se sintió traicionado por el gobierno. La agitación contra la guerra se extendió desde las barriadas obreras hasta las guarniciones y al conjunto de la ciudad. En pocos días se abrió una crisis política.

El Comité Ejecutivo de los Soviets trató de mantener una posición intermedia: no quiso hacerse cargo de las protestas contra el militarismo ni tampoco aparecer como un apoyo del gobierno. El 20 de abril, sin iniciativa central, las masas armadas irrumpieron en el centro político de San Petersburgo con la consigna de “Abajo Miliukov”, el firmante de la declaración de guerra. Por primera vez se observaron pancartas con el reclamo “Abajo el gobierno”. Durante dos días, la calle estuvo ocupada por una rebelión abierta contra el gobierno. La orden de Kornilov, comandante de la guarnición de la ciudad, de reprimir las manifestaciones no fue obedecida por los regimientos. Una parte de la burguesía salió a la calle -es el único momento de la revolución en que esto sucede- y se produjeron enfrentamientos armados con víctimas mortales.

Como señaló Trotsky, hubo un doble poder ilusorio: el Gobierno Provisional no podía continuar y los dirigentes de los soviets no querían tomar el poder. Las masas intervinieron en este vacío sin un planteo de poder. “La contradicción entre la decisión del ataque de las masas y las indecisiones de su representación política no es casual. En las épocas revolucionarias, las masas oprimidas se ven arrastradas a la acción directa con gran facilidad y mucho antes que aprendan a dar a sus deseos y reivindicaciones una expresión política”33.

Luego de múltiples conciliábulos entre el gobierno y el CE de los Soviets, la crisis se resolvió momentáneamente con la entrada de ministros mencheviques y social-revolucionarios. Se constituyó el primer gobierno de coalición. El 4 de mayo se constituyó un nuevo gobierno con diez ministros “burgueses” y seis ministros “socialistas”. Estuvo presidido por Kerensky, que paso a encarnar la política militarista, con la colaboración de mencheviques y socialistas revolucionarios.

La defensa de la guerra imperialista y la reacción del movimiento de masas dieron lugar a esta primera crisis abierta de poder. No se había producido aún un cambio radical en el estado de ánimo político de la población como para reclamar “todo el poder a los soviets”, la consigna era aún minoritaria, pero las Jornadas de Abril revelaron que una parte de la vanguardia militante la había hecho suya. Lenin condenó la consigna de “Abajo el Gobierno Provisional” lanzada por dirigentes bolcheviques del Comité de San Petersburgo porque significaba impulsar su caída cuando contaba todavía con el apoyo de la mayoría. El partido tenía que conquistar el apoyo de esa mayoría.

Según el relato de Trotsky: “Fue en los soviets de barrio, los que más cerca se hallaban de las fábricas, donde se inició con más rapidez el viraje. A fines de abril, en los soviets de los barrios de Viborg, de Narva y de la Vasili-Ostrov, los bolcheviques se encontraron súbita e inesperadamente con que tenían mayoría. Era éste un hecho de gran importancia, pero los jefes del CE, absorbidos por la alta política, miraban con desprecio el trabajo de los bolcheviques en los barrios obreros… Sin que interviniese para nada el Comité de San Petersburgo, se inició en las fábricas una campaña enérgica y fructífera por la renovación de representantes al soviet…” (ídem anterior).

En el movimiento fabril, el desarrollo fue más contradictorio. Por la fuerza de los hechos, una parte de la energía militante de los comités de fábrica estuvo destinada a asegurar la producción y la defensa de los salarios. En este cuadro hubo cambios significativos. Las Jornadas de Abril catalizaron la tendencia al armamento. La asamblea general de la fábrica de calzado Skorokhod decidió formar una Guardia Roja de 1.000 miembros y solicitar 500 rifles al soviet. El día 28 se reunió la conferencia de Guardias Rojas de la ciudad con delegados de 90 empresas y 170.000 trabajadores. Los dirigentes del soviet se pronunciaron contra el armamento masivo, pero el movimiento continuó en las fábricas.

El rearme del Partido Bolchevique

El rearme del partido se produjo al mismo tiempo que esas jornadas, de manera desigual y hasta convulsiva.

En el balance de Trotsky, la conducta de los bolcheviques en abril no fue homogénea y los acontecimientos lo tomaron por sorpresa. Pero el partido ya había reconquistado su militancia obrera, en febrero tenía 2.000 militantes sólo en la ciudad. En el momento de la apertura de la Conferencia de abril, los militantes eran 16.000 y en junio 32.000. Dos mil soldados de la guarnición de San Petersburgo se incorporaron a la organización militar bolchevique y 4.000 al “Club Pravda”, una organización controlada de hecho por el partido. La Conferencia de la ciudad se reunió del 14 al 22 de abril. Por una mayoría de 37 votos contra tres, se adoptó la resolución presentada por Lenin condenando al gobierno y reclamando que en última instancia el poder sea transferido a los soviets. La Conferencia Nacional se reunió el 24 de abril, con 149 delegados por 70.000 adherentes. Lenin impuso sus Tesis más claramente que en la Conferencia local, con mayorías variables y fuertes debates con la dirección. La resolución de “comprometer un trabajo prolongado para transferir el poder del Estado a los soviets” obtuvo 122 votos -tres en contra y ocho abstenciones. La resolución contra la guerra obtuvo casi la unanimidad. Estos triunfos políticos se contrapusieron con las derrotas sobre el partido: la conferencia aprobó la creación de una comisión mixta de bolcheviques y mencheviques para el análisis de una posible unificación y, de los nueve miembros electos del Comité Central, cuatro eran “viejos bolcheviques” opuestos a las Tesis. La mayoría de Lenin era muy endeble 34.

Las Tesis de Abril y la Internacional Revolucionaria

En la décima y última tesis presentada por Lenin apenas llegado a San Petersburgo, el dirigente bolchevique formuló la necesidad de una “iniciativa para crear una Internacional Revolucionaria, contra los socialchovinistas y contra el centro…”.

Los intentos de reagrupar a las corrientes que se reconocían como “internacionalistas” y que se oponían a la guerra dieron lugar a las conferencias de Zimmerwald (1915) y Khiental (1916), ambas en Suiza. En estas reuniones se puso de relieve que aún dentro de los que se oponían a la guerra la mayoría profesaba una posición centrista y más cercana al pacifismo que a la postura bolchevique de transformar a la guerra mundial en guerra civil contra el capital mediante el derrotismo revolucionario, postulando que la guerra mundial debía ser la oportunidad de enfrentar la carnicería imperialista para dar comienzo a la revolución socialista internacional. Los bolcheviques constituyeron el núcleo principal de la minoría de Zimmerwald.

En un artículo escrito, pocos días después de las Tesis de Abril, titulado “Hay que fundar ahora mismo la III Internacional”, Lenin explica que lo que llevó al colapso a la Internacional de Zimmerwald fue su actitud vacilante, centrista, “kautskista”, frente al socialchovinismo. La clave que explica la negativa a romper con él por parte del centrismo es que “no está convencido de la necesidad de una revolución contra el propio gobierno”35.

Para Lenin había un vínculo indisoluble entre la posición de las Tesis de Abril referidas al Gobierno Provisional, a la necesidad de una nueva revolución y de una diferenciación tajante respecto a los socialchovinistas rusos (los mencheviques y socialistas revolucionarios) que apoyaban la continuidad de la guerra imperialista, ahora en nombre de la “defensa de la revolución”.

No podía haber para él una política para el país divorciada de una política en el campo de la Internacional y el abismo que separaba a los internacionalistas de los socialchovinistas en el campo de la internacional era el mismo que separaba a los bolcheviques de las corrientes “socialistas” rusas que apoyaban al Gobierno Provisional. Esta comprensión lo llevó -en la tesis 9- a proponer el cambio en el nombre del partido para dejar de llamarse socialdemócrata, ya que ese nombre desde el 4 de agosto de 1914 había quedado asociado a quienes Lenin caracteriza en el texto citado como “nuestros enemigos de clase, que se han pasado al campo de la burguesía”.

En su momento, las posiciones referidas al cambio del nombre del partido y al llamado a fundar una nueva internacional no consiguieron otro voto que el del propio Lenin. Si algo pone de relieve las dificultades con las que el Partido Bolchevique fue asimilando el viraje que significaron las Tesis de Abril, esta votación lo retrata categóricamente. La aprobación a la orientación política para actuar en la lucha contra el Gobierno Provisional y frente a la guerra y el rechazo al llamado a formar una nueva internacional muestran la hondura de esas dificultades.

La Revolución de Octubre y la fundación de la III Internacional

Uno de los tantos mitos que rodean y dificultan la comprensión de la Revolución de Octubre es la que considera que la fundación de la III Internacional en marzo de 1919 fue una consecuencia de la victoria de la revolución y hasta para algunos historiadores, como el francés François Furet, fue un mero instrumento de la política exterior del Estado soviético.

Nada más alejado a la realidad. El llamado a fundar “ya mismo” una nueva internacional revolucionaria fue planteado por Lenin en abril de 1917, seis meses antes de la revolución y dos años antes de su efectiva concreción. Pero hay más. En el artículo citado del 10 de abril, Lenin sostiene que no sólo “estamos obligados” a fundar una nueva Internacional sino que va más lejos y sostiene que “debemos proclamar sin temor que esa Internacional ya ha sido fundada y actúa. Esta es la Internacional de los ‘internacionalistas de hecho’”.

Por esto, la III Internacional no debe considerarse un resultado del triunfo de la Revolución Rusa, sino que, por el contrario y hasta cierto punto, el triunfo de la Revolución de Octubre fue el resultado de esa Internacional que ya actuaba según Lenin y que estaba representada por el Partido Bolchevique, una vez que tomó el rumbo estratégico diseñado en las Tesis de Abril, y esto a pesar de no haberse votado la necesidad de llamar a constituirla.

La fundación de la IV Internacional fue muchas veces cuestionada, por ejemplo por Isaac Deutscher. Uno de los argumentos utilizados fue que no “nació” de una revolución triunfante como la III. Como vimos, esto no es cierto. Si bien la fundación de la III Internacional sólo pudo llevarse a cabo más de un año después de Octubre de 1917, ésta no fue su condición, hasta cierto punto fue su consecuencia. La Revolución de Octubre fue el resultado de una acción de un partido profundamente consustanciado con el internacionalismo revolucionario y que había procesado una delimitación tajante de las corrientes socialchovinistas y centristas en el campo del socialismo internacional, y fue esta delimitación tajante, que comenzó por lo menos desde el estallido de la guerra en 1914 y paso por las experiencias de Zimmerwald y Khiental fue lo que permitió el Partido Bolchevique liderar la revolución proletaria en Rusia.

Por el contrario, la demora en esta delimitación, su carácter tardío, fue uno de los factores que explican la derrota del espartaquismo alemán en la revolución alemana de 1918-19. El Partido Comunista alemán fue fundado a toda prisa en diciembre de 1918. Justamente, la primera reunión de la III Internacional se realizó en Moscú, en marzo de 1919, poco después de la derrota de esa revolución y del asesinato en enero de ese año de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, los principales dirigentes de ese partido.

Otra crítica a la creación de la III Internacional la formuló Eric Hobsbawm, para quien el “error fundamental que los bolcheviques cometieron (al fundarla) es el de dividir al movimiento obrero internacional… al estructurar un cuerpo de activistas totalmente comprometido y disciplinado, una especie de fuerza de asalto para la conquista revolucionaria. A los partidos que se negaron a aceptar la estructura leninista se les impidió incorporarse a la nueva internacional o fueron expulsados, porque resultaría debilitada si aceptaba esas quintas columnas de oportunismo y reformismo”36.

Más allá del tono despectivo con que es presentado por el historiador y ex comunista inglés, lo que él critica, bien entendido, fue en realidad una de sus mayores virtudes. A diferencia justamente de la II Internacional que actuaba como una asociación laxa de partidos nacionales y que no contaba con una dirección internacional centralizada, la III se planteó la tarea de conformar un estado mayor de la revolución socialista mundial. Por lo menos ese fue el cometido de sus primeros cuatro congresos (uno por año) que llevó a cabo antes de su vaciamiento por la burocracia estalinista. La delimitación del socialchovinismo y del centrismo fue una de las fortalezas de los bolcheviques rusos y una de las debilidades de otros partidos recién formados, como el alemán o el italiano, por ejemplo. Los congresos de la Internacional discutieron y aprobaron tesis de conjunto y resoluciones sobre numerosos países, actuando como un verdadero partido mundial.

La necesidad de un estado mayor de la revolución surge de toda la caracterización de la época histórica de guerras y revoluciones. Pero tampoco debe entenderse lo del estado mayor en clave putchista. Cuando Hobsbawm caracterizó a la III Internacional como una “fuerza de asalto”, desconoció el significado histórico del tercer congreso de la III Internacional, que adecuó la táctica de los partidos comunistas a las condiciones del fin de la ola revolucionaria de la primera posguerra. Identificar a un partido centralizado que actúa como fuerza consciente del proletariado mundial en las condiciones de declinación capitalista no es sinónimo de putchismo sino todo lo contrario: la conformación de una herramienta capaz de adecuarse a las cambiantes condiciones de la lucha de clases. Lo que ocurre es que para Hobsbawm las condiciones que permitieron la Revolución de Octubre fueron excepcionales, sólo para Rusia y por un corto período de tiempo. Con esta perspectiva no hay necesidad de ninguna Internacional, ni centralizada ni de ningún tipo. Otra cosa fue su degeneración a partir del dominio estalinista que efectivamente la terminó transformando en un apéndice de las necesidades de la burocracia rusa para finalmente disolverla durante la Segunda Guerra Mundial como una ofrenda a los imperialistas aliados.

Lenin y la cuestión del Estado

Cuenta J.J. Marie que el 9 de agosto de 1917, partiendo hacia un exilio forzoso en Finlandia que culminaría en las vísperas de la Revolución de Octubre, Lenin, con la incertidumbre de que pasaría con su vida al día siguiente, entregó un pequeño cuaderno azul a uno de sus compañeros con esa orden: “Si me matan, le pido que publiquen este cuadernito sobre el marxismo y el Estado”37.

Sin embargo, los conceptos de El Estado y la Revolución -a ese texto nos referimos (que en las Obras Completas aparece escrito “entre agosto y septiembre de 1917”)- son los que Lenin adelanta, en forma concentrada, y como plan de acción, en las Tesis de Abril.

Es más, en su discurso ante el Congreso de los Soviets, en las vísperas de la enorme movilización del 18 de junio, por primera vez dominada por las consignas bolcheviques -Abajo la Duma zarista, abajo los diez ministros capitalistas (del Gobierno Provisional), Todo el poder al Soviet- Lenin interrogará a los delegados: “¿Pero es que hay algún país de Europa, pregunto yo, algún país burgués, democrático, republicano, en el cual exista algo parecido a los soviets? Necesariamente tendréis que contestar que no… En ningún país existe, ni podía existir una institución semejante, pues sólo cabe: o un gobierno burgués con esos ‘planes’ de reforma que aquí se esbozan y han sido propuestos decenas de veces en todos los países, quedando siempre en el papel, o esa institución que ahora se invoca, ese “gobierno” de nuevo tipo que ha creado la revolución y del que sólo hay ejemplos en la historia de los más grandes ascensos revolucionarios, como en Francia en 1792 y en Rusia en 1905”38.

Habitualmente se destaca en las Tesis de Abril de Lenin la cuestión de su posición frente a la revolución democrática y su mecánica de clases, es decir el rol del proletariado como líder de la revolución y la necesidad de una segunda revolución que coloque en el poder al proletariado instaurando la dictadura del proletariado. Pero no se tiene en cuenta en la mayoría de los casos cómo llegó Lenin a esas conclusiones y muchas veces se las considera como un resultado (agudo por cierto) de su apreciación de la mecánica con la que se desenvolvió la Revolución de Febrero.

Un nuevo tipo de Estado

Pero esto es sólo una parte de la historia. La calificación de los soviets como un nuevo “tipo de Estado” y su oposición frontal con la “república democrática parlamentaria” que aparecía como la máxima aspiración de los socialistas conciliadores (mencheviques y socialistas revolucionarios) no fue una improvisación ni el resultado exclusivo de una apreciación de los resultados contradictorios y “paradójicos” de la Revolución de Febrero. Además de eso, fue el resultado de una intensa investigación llevada a cabo por Lenin en su exilio suizo durante los meses de enero y febrero de ese año 1917.

Esta investigación, plasmada en aquel “cuadernito azul”, fue en respuesta, en cierta medida, al impulso que le produjeron dos trabajos de Nicolái Bujarin, de 1915 y 1916, sobre los cambios que experimentaba el Estado bajo el imperialismo. Estos trabajos contenían una fuerte crítica a las posiciones de Karl Kautsky, líder teórico de la socialdemocracia alemana que había mantenido una polémica unos años antes (1912) con el dirigente del ala izquierda de ese partido, Anton Pannekoek, justamente sobre la actitud frente al Estado. Pannekoek sostuvo entonces que “el socialismo no podía emerger de la obtención gradual de una mayoría parlamentaria, sino de la creciente erosión del Estado burgués y de la simultánea creación de un contra Estado proletario a través de la acción de masas”, tomando como ejemplo la experiencia de los soviets en la Revolución Rusa de 1905.

Kautsky le respondió que “el objetivo de nuestra lucha política sigue siendo el mismo: conquistar el poder estatal ganando una mayoría parlamentaria y convertir al Parlamento en el centro del gobierno. Y no destruir el poder estatal”.

Bujarin adoptó una postura crítica frente a la postura de Kautsky y mucho más cercana a la de Pannekoek. Analizando los cambios operados en el Estado bajo el imperialismo lo denunciaba como la “organización de hierro que aprisiona el cuerpo vital de la sociedad” y concluía que la tarea de los revolucionarios, ante un Estado que había cobrado esas características, era “destruir la organización estatal de la burguesía”.

Lenin inicialmente criticó la posición de Bujarin como semianarquista y le recomendó en una carta de agosto-setiembre de 1916 que dejara “madurar” sus ideas sobre el punto.

Pero el que realmente se puso a “madurar” sus ideas sobre la polémica en relación con el Estado fue el propio Lenin, en esos cruciales meses de enero y febrero de 1917. Se concentró en la biblioteca de Zurich, donde vivía, para investigar exhaustivamente los textos de Marx y Engels sobre la cuestión del Estado llegando a conclusiones que aunque no eran idénticas a las de Bujarin, lo apartaron decisivamente de la posición de Kautsky y de la mayoría de la socialdemocracia alemana (y mundial) y lo colocaron claramente en el camino que va a sintetizar en las Tesis de Abril. La conclusión fundamental a la que llegó es que mientras Marx y Engels llamaban a la “destrucción” y “demolición” del aparato estatal burgués, los oportunistas y los kautskistas “lo ignoraron sistemáticamente”.

Fue más allá de lo que Bujarin y la izquierda alemana habían planteado al llamar a “identificar a los soviets creados en la revolución de 1905 como la nueva forma de Estado que el proletariado debería introducir”, soviets que consideró “estructuralmente afines a la Comuna (de París de 1871)”. Lo sintetizó a su modo: “Reemplazar la vieja máquina estatal y los parlamentos por soviets de diputados obreros y sus delegados. ¡Esta es la verdadera esencia del asunto!”39.

Imperialismo y el nuevo tipo de Estado

Aunque El Estado y la Revolución fue finalmente escrito por Lenin durante su retiro clandestino de julio-octubre (y sería publicado recién en enero de 1918) lo hizo a partir del “cuaderno azul”, donde ya estaban plasmadas las ideas principales que son además fácilmente reconocibles en las Tesis de Abril.

Para entender las conclusiones de este texto fundamental, debemos tener en cuenta los dos desarrollos sucesivos y complementarios que Lenin fue planteando durante el transcurso de la guerra. El primero fue su caracterización del imperialismo, íntimamente asociada a su postura frente la guerra mundial y a la bancarrota de la II Internacional, al alinearse detrás de las burguesías imperialistas. El segundo fue el cambio y ajuste de su postura sobre la actitud de los revolucionarios ante el Estado, piedra de toque que va a diferenciar de allí en adelante a los revolucionarios de los socialistas conciliadores. La ruptura de Lenin con Kautsky ya era evidente en el primer punto (la actitud ante la guerra), al punto que Lenin denunciaba a la derecha de la Conferencia de Zimmerwald por su actitud conciliadora hacia el centro liderado por Kautsky. Pero si tenemos en cuenta sus conclusiones de los primeros meses de 1917 y el “cuaderno azul” las diferencias con Kautsky frente a la cuestión del Estado se vuelven irreversibles. Un año después, en 1918 escribirá su célebre folleto contra “el renegado Kautsky”.

Sobre la caracterización de los soviets como un nuevo tipo de Estado (tipo Comuna) es llamativo comprobar que Lenin llegó a esa conclusión tomando en cuenta la experiencia de 1905 y antes de que se produjera la Revolución de Febrero. No fueron los soviets de 1917 los que lo llevaron a formular esa caracterización. De allí que podamos afirmar que esa comprensión por parte de Lenin del significado de los soviets lo llevó a anticipar (a su manera) el rol de los soviets en 1917 (más allá de sus vaivenes en el curso de la revolución).

La contraposición que formula Lenin entre un Estado tipo Comuna de París, basado en los soviets y la república democrática, tal cual está formulada en las Tesis de Abril, va a ser material de la propaganda bolchevique durante los meses siguientes. Un primer elemento sobre el que Lenin insiste es la capacidad de renovación interna de los soviets, cuya composición, de hecho, cambiará notoriamente entre febrero y octubre. Otra de las características de este Estado nuevo es el reemplazo de una fuerza armada especial por el armamento del pueblo. La milicia obrera no sólo impedía el retorno de la policía y el ejército del zar, sino debía “conjugar funciones militares con funciones generales del Estado y con el control de la producción social y la distribución”. Sostendrá: “No a una república parlamentaria -volver a ella desde los soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás sino una república de los soviets… en todo el país, de abajo arriba. Supresión de la policía, del ejército y de la burocracia”. Lenin denunciará que la consigna “el poder a los soviets” es frecuentemente mal entendida, como “un ministerio formado con los partidos mayoritarios de los soviets”, siendo que esto es sólo un cambio de personas en todo el viejo aparato del poder gubernamental. “El poder a los soviets” significa la eliminación de ese aparato y “su reemplazo por otro nuevo, popular, o sea auténticamente democrático, el de los soviets, que implica una mayoría organizada y armada del pueblo”.

Las Jornadas de Julio

La enorme movilización del 18 de junio constituyó una sorpresa aún para los bolcheviques. Cientos de miles de manifestantes marcharon enarbolando mayoritariamente las consignas: Todo el poder a los soviets, Abajo los conciliadores, Paz en las chozas, guerra a los palacios, Abajo la guerra, Abajo los ministros capitalistas, Toda la tierra para los campesinos, Nacionalización del capital, es decir el planteo de quienes, hasta ese momento, eran minoría en los soviets en relación con los mencheviques y socialistas revolucionarios. Marcaba un viraje en la situación política aunque, por el momento, confinado a San Petersburgo. Dos días antes, el 16, el Gobierno Provisional había ordenado la ofensiva general en todos los frentes, reiniciando la guerra de conquista sobre la base de los tratados del zar con los capitalistas ingleses y franceses, frente a un pueblo que deseaba rabiosamente a paz. Cada día de guerra costaba 50 millones de rublos y la especulación de los capitalistas por los suministros al ejército agravó la carestía y aproximó el hambre. En el mismo tiempo, el Gobierno Provisional comenzó a entregar a los tribunales a los campesinos que se adueñaban de las tierras. La voz de orden de la burguesía era “esperar a la Constituyente”, de la boca para afuera, mientras los capitalistas continuaban postergando su convocatoria. “La Asamblea Constituyente -dirá Lenin- en la Rusia actual, daría la mayoría a los campesinos ubicados a la izquierda de los socialistas revolucionarios. La burguesía lo sabe. Y sabiéndolo, no puede dejar de ponerse resueltamente en contra de una pronta convocatoria… Conducir la guerra imperialista…, defender la propiedad de los terratenientes o la tesis de su indemnización, sería imposible o tremendamente difícil en caso de reunirse la Asamblea Constituyente40. Los mencheviques y socialistas revolucionarios, miembros del Gobierno Provisional, confiaban ciegamente en la mentirosa convocatoria a la Constituyente planteada por los ministros capitalistas. Para los bolcheviques, la convocatoria de la Constituyente y su éxito, en cambio, sólo estarían asegurados por la fuerza y el poder de los soviets. Aquellos desenvolvían hasta el paroxismo las ilusiones democráticas, los bolcheviques colocaban el centro en la lucha de clases. Sólo si triunfaban los soviets, la Asamblea Constituyente estaría asegurada.

A fines de junio, una conmoción atravesó Rusia. La ofensiva militar resuelta por el gobierno había sido destrozada por las tropas alemanas, con un saldo de más de 70.000 muertos. El odio en San Petersburgo, acicateado por la agitación bolchevique, rompió todos los equilibrios existentes. “La fábrica Putilov se ha puesto decisivamente de nuestro lado”, planteaba un informe al comité bolchevique, señalando que las demandas salariales no habían sido satisfechas. “Ustedes nos han decepcionado”, rezaban sus pancartas41. La ola de militancia entre los trabajadores alcanzó su clímax al comienzo de julio. El día 2 renunciaron al gobierno los cuatro ministros del partido kadete, con el propósito avieso de que sus aliados socialistas carguen con la responsabilidad del fracaso que se olía en las calles, pero socialistas revolucionarios y mencheviques reafirmaron la necesidad de un gobierno de coalición con los “partidos burgueses”. El día 3, cerca de cinco mil personas acudieron a despedir al “último” regimiento que partiría hacia el frente, en un clima de oposición al gobierno y radicalización total. Ese mismo día 3 un regimiento salió a la calle y envió sus emisarios a la conferencia bolchevique que se realizaba en la ciudad planteando que el partido organizara la manifestación. La conferencia se negó. En tanto, columnas obreras comenzaron a bajar de Víborg, ciudadela bolchevique. La decisión se revirtió rápidamente: los bolcheviques decidieron tomar la dirección de la movilización, que se dirigía hacia el Palacio de Táurida, sede del poder. La enorme movilización armada exigió la entrega de todo el poder a los soviets.

Para el 4 de julio fue anunciada una nueva manifestación, a la que los bolcheviques plantearon sumarse. Pero al comenzar el nuevo día, un enorme recuadro en blanco sustituyó al editorial de Pravda. La convocatoria a la movilización fue suprimida y no hubo texto ni llamado que la sustituyera. Los bolcheviques asumieron la responsabilidad por ella, pero no quisieron llamar públicamente a una acción que consideraban prematura. La línea pasó a ser “levantamiento armado no, demostración armada sí”, una posición que homogenizó al partido y fue decisiva para la victoria de la revolución, tres meses más tarde. Mientras los soldados y varios comités obreros desenvolvían los aprestos para una insurrección armada, el Comité Central bolchevique llamó a contener la movilización, poniéndose al frente y orientándola hacia la retirada. Corrían el riesgo de ser superados por las masas, pecando de conservadurismo -una visión que sostenían distintos sectores del partido. “Agitadores bolcheviques acuden a las fábricas y a los cuarteles a convencer a los obreros y a los soldados que no se muevan. En muchos casos son abucheados y algunos militantes, aquí o allá, rompen el carné del partido y se vuelven hacia los anarquistas”. El mismo 4, miles de marineros armados de Cronstadt -la ciudad portuaria revolucionaria- habían desembarcado en San Petersburgo y se detuvieron a escuchar a Lenin, que planteó que la consigna “Todo el poder a los Soviets” terminaría por imponerse, al tiempo de exigir contención y vigilancia. Recalaron finalmente en el Palacio de Táurida. “El socialista revolucionario Chernov sale a su encuentro -relata Marie- un marino le apostrofa: “¡Toma pues el poder, hijo de perra, que te lo damos!’”42.

Los bolcheviques habían dejado de ser una minoría, pero todavía no contaban con el apoyo necesario. En palabras de Lenin: “Cualquier movimiento errado de nuestra parte puede arruinar todo. Si fuésemos capaces de tomar el poder ahora es ingenuo pensar que pudiéramos retenerlo. Dijimos muchas veces que la única forma posible de gobierno revolucionario es la del soviet de los diputados soldados obreros y campesinos. ¿Cuál es el peso exacto de nuestra fracción dentro del soviet? (…) La mayoría de las masas está protestando pero todavía cree en los mencheviques y los social revolucionarios”.

Las ilusiones constitucionalistas

¿Cuáles eran los propósitos de los miles y miles de trabajadores y soldados que salieron a manifestarse? Forzar la renuncia de los “diez ministros capitalistas” y obligar al Comité Ejecutivo Central de los Soviets a formar un gobierno. Los acontecimientos, más allá del esfuerzo de los bolcheviques por orientar un repliegue en orden, derivaron en choques entre los manifestantes y las tropas del gobierno, en los que murieron o fueron heridas al menos 400 personas. Del 4 al 5 de julio, el Gobierno Provisional retomó la iniciativa, convocó a tropas contrarrevolucionarias, arrestó a importantes dirigentes bolcheviques, como Trotsky y Lunacharsky, obligó a ocultarse a Lenin y Zinoviev, allanó y saqueó la sede central del Partido Bolchevique, cerró Pravda, hizo requisar las armas en poder de los trabajadores, reinstauró la pena de muerte en el frente y se propuso reimplantar la disciplina en las fuerzas armadas.

Las Jornadas de Julio no terminaron en un gobierno soviético sino en un profundo giro a la derecha del Gobierno Provisional.

Trazando un balance sobre lo ocurrido, Lenin planteará que al carecer Rusia de un orden jurídico, legal, constitucional, podría pensarse que no había lugar para las ilusiones democráticas de las masas. Sin embargo, “la clave de toda la actual situación política de Rusia reside en que muy amplias masas de la población están impregnadas de ilusiones constitucionalistas”. Por lo tanto, era imposible dar el menor paso en relación con las tareas planteadas, “sin colocar, como piedra angular, el desenmascaramiento implacable y sistemático de las ilusiones constitucionalistas, la revelación de todas sus raíces y el restablecimiento de una perspectiva política justa”43. En este punto, Lenin puntualizará que se ha abierto una nueva etapa, desde el momento que el 4 de julio se había producido un cambio en calidad. Mencheviques y socialrrevolucionarios no aparecían ante las masas, antes del 4 de julio, abiertamente comprometidos con el retome de la guerra imperialista, con el sabotaje del gobierno de coalición a los reclamos de tierra, paz y pan, con su colaboración con la represión. Unos y otros “cayeron definitivamente en la cloaca de la contrarrevolución” porque en un proceso que se inicia en mayo y culmina en las Jornadas, se hacen cargo del conjunto de la política burguesa del Gobierno Provisional, incluyendo el delegar el poder hacia el ejército ruso. La represión y la ofensiva reaccionaria no emanaban a esta altura del gobierno o el soviet, sino de la camarilla militar contrarrevolucionaria concentrada en el Estado Mayor. Mencheviques y social-revolucionarios aceptan el llamado a las tropas que van a reprimir a las masas, participan en la manifestación de homenaje a los cosacos muertos en los enfrentamientos, tendiendo la mano a los contrarrevolucionarios.

El poder estatal ha pasado a manos del Ejército del zar. El Gobierno Provisional le sirve de biombo, para legalizar sus acciones luego de consumadas.

Definitivamente, había comenzado una nueva etapa. La victoria momentánea de la contrarrevolución significó la decepción de las masas con respecto de mencheviques y socialistas revolucionarios y despejó el camino hacia el apoyo al partido bolchevique.

A inicios de año se formó un grupo de trabajo con la coordinación de Christian Rath y la participación de Andrés Roldán y Roberto Gramar, para llevar adelante la publicación de una serie de artículos sobre el centenario de la Revolución Rusa. Diversos compañero(a)s contribuyeron y contribuyen a esta tarea. Lo que va a leerse es una reelaboración sobre esos textos, con una introducción y la marcha de la revolución hasta agosto. La serie continuará en el siguiente número de En Defensa del Marxismo y más allá, para incorporar la Asamblea Constituyente, la paz de Brest Litvosk y la revolución en Alemania. 

NOTAS

1. León Trotsky, Thermidor y Bonapartismo y ¡Quince años¡ Revista Comunismo, mayo 1931 y noviembre 1932, Editorial Fontamara, Barcelona 1978.

2. León Trotsky, Lecciones de Octubre ¿Qué fue la Revolución Rusa?, Biblioteca Proletaria, Ediciones Compañero, 1971.

3. Marx Engels: Obras Escogidas, Tomo VIII, Editorial Ciencias del Hombre, Buenos Aires, 1973.

4. V.I. Lenin: Obras Completas, “Se sostendrán los bolcheviques en el poder?”, T. XXVI, Cartago, Buenos Aires, 1958.

5. V.I. Lenin: Obras Completas, “La revolución proletaria y el renegado Kaustky”, T. XXVIII, Cartago, Buenos Aires, 1973.

6. León Trotsky: 1905. Resultados y perspectivas. Ruedo Ibérico, Madrid, 1971.

7. Varios autores, La Revolución Rusa en el Siglo XXI, Editorial Rumbos, Buenos Aires, 2017.

8. V.I. Lenin: La enfermedad infantil del izquierdismo, Obras Completas, T. XXXI (1920), Editorial Cartago, Buenos Aires, 1960.

9. Carlos Marx y Federico Engels, prefacio a la segunda edición rusa del “Manifiesto Comunista” (1882), Obras Escogidas, Editorial Ciencias del Hombre, Buenos Aires, 1973.

10. V.I. Lenin: Obras Completas, “¿Qué hacer?”, ídem anterior, T.V.

11. “Declaración de la redacción de Iskra”, setiembre 1900, en V. II, Lenin: Obras Completas, Tomo IV, pág. 362, Editorial Akal, Madrid, 1975.

12. Jean Jacques Marie: Lenin, ediciones POSI, Madrid, 2008.

13. S. y G. Walter: Lenin, Grijalbo, Barcelona, 1972.

14. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXIII, Cartago, Buenos Aires, 1958.

15. León Trotsky: 1905: Resultados y perspectivas, Ruedo Ibérico, Madrid, 1971.

16. León Trotsky: Writings 1939-49, Pathfinder Press, New York, 1970.

17. E.H. Carr: La Revolución Bolchevique (1917-1923), Alianza, Madrid, 1985.

18. J.J. Marie: Lenin, POSI, Madrid, 2008.

19. E. Tarlé: Historia de Europa, Futuro, Buenos Aires, 1960.

20. G. Sokoloff: La Puissance pauvre, Fayard, París, 1993.

21. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXXIII, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1960.

22. León Trotsky: Historia de la Revolución Rusa, T. I. Editorial Indoamérica, Buenos Aires, 1954.

23. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXV, Cartago, Buenos Aires, 1958.

24. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXIV, Cartago, 1958.

25. J. J. Marie: Lenin, POSI, Madrid, 2008.

26. Revolyutsyonnoedvizhenie…, citado por David Mandel, Factory Committees and Workers’ Control in Petrograd in 191, Notebooks.

27. Idem anterior.

28. V.I. Lenin: Obras Completas, “Acerca de la dualidad de poder”, T. XXIV, Cartago, Buenos Aires, 1952.

29. J.J. Marie: Lenin, Ediciones POSI, Madrid, 2008.

30. V.I. Lenin: Obras Completas, “Acerca de la dualidad de poder”, T. XXIV, Cartago, Buenos Aires, 1957.

31. V.I. Lenin: Obras Completas, “Cartas sobre táctica, apreciación del momento”, Cartago, Buenos Aires, 1957.

32. León Trotsky: Stalin, Ediciones El Yunque, Buenos Aires, 1975.

33. León Trotsky: Historia de la Revolución Rusa, Editorial Galerna, Buenos Aires, 1972.

34. Alexander Rabinovitch: Los bolcheviques toman el poder, La Fabrique, París, 2017.

35. Lenin: texto citado en La Revolución Rusa en el Siglo XXI, Rumbos, Buenos Aires, 2008.

36. Eric H. Hobsbawm: Historia del Siglo XX, “La era de las catástrofes”, Crítica Mondadori Grijalbo, Buenos Aires, 1994.

37. J.J. Marie: Lenin, Ediciones POSI, Madrid, 2008.

38. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXV, Editorial Cartago, 1958.

39. Lucas Poy: “Cuándo y por qué Lenin escribió El Estado y la Revolución”, en Un mundo maravilloso, Biblos, Buenos Aires, 2009.
40. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXV, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1958.

41. Steve Smith: “Petrogrado en 1917: el panorama desde abajo”, EDM N° 10/ 1995.

42. J.J. Marie: Lenin, POSI, Madrid, 2008.

43. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXV, Cartago, Buenos Aires, 1958.

*El tramo de este texto, referido a las Jornadas de Julio, contó con la colaboración de Guido Lapa.


Octubre de 1917: un evento mundial

1° de febrero de 2017

 

¿Se ha cerrado el ciclo histórico abierto por la Revolución de Octubre de 1917?

Sí, de acuerdo con la doxa (opinión) dominante. La respuesta, incluso, es considerada auto-evidente, definitiva e irrevocable luego de la caída de la Unión Soviética en 1991. Este evento fue aclamado por las clases dominantes del mundo como “la victoria final y completa del capitalismo liberal”, “como el final irrevocable del comunismo”, “como el final definitivo de la era de las revoluciones”, incluso como el “fin de la Historia”.

Sin embargo, veinticinco años después, nada es auto-evidente, definitivo e irrevocable. Todas las certezas anteriores son ahora barridas por un huracán sin precedentes de la Historia, la cual se suponía que había terminado cuando la bandera roja fue arriada del Kremlin.

El triunfo temporario del capitalismo global ha sido sucedido por la peor -y aún irresuelta luego de diez años- crisis sistémica global en la historia del capitalismo. El predominio de la globalización capitalista fue seguido por su implosión en 2007/8, el retorno del proteccionismo y el nacionalismo económico, y ahora por el anuncio belicoso de su liquidación desde el centro mismo del capital globalizado, la Norteamérica de Trump. El intento de la Unión Europea y el euro de expandirse a Europa del este y colonizar el territorio de la ex Unión Soviética en una batalla por la hegemonía global en el mundo de la posguerra fría ha fracasado miserablemente, como lo demuestra el estancamiento económico, la crisis de deuda, la crisis de la zona euro, la agudización de los antagonismos nacionales e imperialistas entre Alemania, Francia, Italia, el norte y el sur de Europa; este proceso de ruptura de conjunto se extiende desde el siempre inminente Grexit al Brexit y sus implicancias internacionales.

La democracia liberal burguesa, que era la reina dominante en 1991, está siendo destronada ahora producto de su disolución interna y del retorno de la derecha extrema y abiertamente fascista. La promesa de una “paz eterna” luego del fin de la guerra fría fue seguida por una interminable serie de guerras imperialistas, desde Yugoslavia, Afganistán e Irak, al nuevo y espeluznante ciclo que siguió a la erupción de la crisis global y las movilizaciones de masas en Medio Oriente, las intervenciones imperialistas en Libia y Siria, la “guerra hibrida” en Ucrania, y las indignantes amenazas de la Otan contra Rusia y de los Estados Unidos de Trump contra China. Al final “el fin de la guerra fría” fomenta el peligro de una extensión de los conflictos y un incendio internacional a la distancia de un piedrazo.

Al final del “fin de la historia” nada puede tomarse como fait accompli (hecho consumado). El culto de los faits accomplis ha sido siempre la quintaescencia de la ideología burguesa, así como la del oportunismo entre los movimientos populares y revolucionarios de los trabajadores.

Esto no quiere decir que las consecuencias de 1991 hayan sido superadas. La afirmación del “fin de la historia” puede haberse convertido en un hazmerreír, abandonada hasta por su autor, Fukuyama, pero la caída de la Unión Soviética señaló para la vasta mayoría, tanto de enemigos como de amigos, la pérdida, para mejor o para peor, del punto de referencia y la brújula histórica del siglo pasado. Ahora, es obvio que la historia no ha terminado, pero orientarse en la historia es más difícil que nunca antes. Esto es verdad no sólo para las clases dominantes, históricamente en decadencia, sino también para la clase obrera (cuyo “final” también fue anunciado hace largo tiempo), su vanguardia militante y todas las fuerzas revolucionarias por la emancipación humana universal. Es decir, el comunismo.

No hay duda que la historia se mueve, e incluso acelera su paso, sacudiéndose y girando febrilmente. ¿Qué vendrá después? El mundo está en transición. Aún hay mucha oscuridad entre nosotros, en está mañana de un nuevo día.

Sin embargo, algo continúa asomando entre toda está oscuridad. Con la reemergencia de las masas populares en el escenario de las luchas en Europa, Medio Oriente, e incluso Estados Unidos, uno puede escuchar nuevamente el sonido de las palabras prohibidas: resistencia, revuelta, emancipación, e incluso comunismo, aunque con su eco distante como una “hipótesis” o una “idea” platónica. Sin embargo, es raro escuchar la palabra revolución -un anhelo para los desposeídos, un miedo íntimo para los gobernantes-, perdida en algún lugar del pasado o en un indeterminado futuro. Aún más raro es escuchar sobre algo casi inconcebible: la revolución mundial. Cuando no es una repetición mecánica y un leit motiv ritual, pronunciado por dogmáticos que no creen realmente en sus propias palabras, suena como un eco del distante octubre de 1917. Y el ciclo histórico abierto por Octubre se ha cerrado de una vez y para siempre -nos dicen ellos.

Además, incluso antes de 1991, se dieron varias fechas para la muerte de la revolución socialista de Octubre. El “eurocomunismo” de Berlinguer anunció en los ’70 que la revolución había “agotado su fuerza impulsora”. Otros ubicaron su muerte antes, en 1956, 1927 ó 1919-21. Y algunos otros consideran que nació muerta en 1917. En este punto, los últimos coinciden, aunque desde distintos ángulos, con los capitalistas que siempre han afirmado que lo que sucedió en Octubre de 1917 no fue una revolución sino un “golpe bolchevique”, el cual estableció “un régimen totalitario y cruel” antes de su eventual caída en 1991.

Todas estas “interpretaciones” no contestan la mayoría de las preguntas cruciales: ¿por qué, luego de la desaparición de su “archienemigo”, el capitalismo “triunfante” no ganó nuevo vigor y fuerza juvenil, hundiéndose en cambio en una nueva crisis mucho peor desde 2007? ¿Qué era exactamente este “archienemigo”, y cómo colapsó en 1991?

La completa confusión, tanto entre los exultantes como los temerosos, fue elocuentemente expresada por el filósofo Alain Badiou, en el corto ensayo que publicó poco después de la caída de la Unión Soviética, usando un verso de Mallarmé como título: D’un désastre obscure, “Sobre un desastre oscuro”.1

La Unión Soviética es el Estado que emergió de la Revolución de Octubre, y el curso y destino de aquélla está ciertamente conectado con el curso y destino de ésta. Sin embargo, la Revolución, aunque orgánicamente conectada, no es idéntica al Estado que emergió de ella. Su origen, la dinámica histórica de sus contradicciones, su perspectiva, trascienden a la Unión Soviética como una formación Estatal-nacional. Badiou nuevamente, en su antes mencionado ensayo, escribe: “Octubre de 1917 como evento consigue, seguramente, muchas prácticas leales, pero el pensamiento que las mantiene juntas y las hace coherentes depende del evento como tal, no de su proyección estatal”.2  El filósofo francés del “evento” (événément) va todavía más lejos. El contrasta 1917, que, como cualquier otro evento, “es una propuesta infinita, en la forma radical de una singularidad y un excedente“, con las “desarticulaciones” de 1989-91, las cuales “no nos proponen nada (…) un cambio repentino y completo en la situación no significa de ninguna manera que también ha recibido la gracia de ser un evento (…) cualquier cambio no es un evento, y la sorpresa, la rapidez, el desorden pueden ser nada más que eventos simulados, no la promesa de una verdad”.3

Desde nuestra mirada, sólo un acercamiento basado en la dialéctica materialista histórica puede sacar a relucir las relaciones y diferencias entre 1991 y 1917; primero que nada, contestando la pregunta que todos los viejos y nuevos burgueses e “izquierdistas” sepultureros de la Revolución de Octubre no son capaces de responder: ¿qué pasó exactamente en 1917?

¿Fue una “anomalía” rusa local, nacional, que fue “corregida” luego de unas pocas décadas trágicas con el retorno a la “normalidad” global capitalista? ¿O fue un evento mundial, mediado a través de las particularidades de la formación socio-económica rusa, un quiebre de la continuidad histórica de esta alegada “normalidad” que ha prevalecido mundialmente y el comienzo de una nueva, aún incompleta, época histórica de transición?

 

¿Puede ser que la actual crisis capitalista sistémica histórica y la del conjunto de la cultura humana también, en una escala global, revelen, de un modo contradictorio, que es imposible retornar a un estadio de la humanidad previo a 1917? ¿Qué el ciclo abierto por la Revolución de Octubre permanece abierto tanto al presente como al futuro?

Los diez días que conmovieron al mundo, no sólo a un país

Nadie puede dudar seriamente que la Revolución en Rusia en 1917 estuvo entretejida con los desarrollos globales de su tiempo, el contexto internacional de la Primera Guerra Mundial, ni nadie puede negar sus implicancias globales, tanto para el futuro inmediato como para el siglo siguiente. Pocos, sin embargo, aún entre los autoproclamados comunistas, son los que la ven hoy como el comienzo de una revolución global. No es por accidente que el historiador marxista húngaro Tamás Krausz, en su nueva y excepcional biografía de Lenin, premiada con el Premio Deutscher Memorial 20154, responde a las objeciones contemporáneas ampliamente compartidas en un capítulo, el penúltimo de su libro, titulado “Revolución mundial: método y mito”.5

Con todo, hace un siglo, el annus mirabilis (año asombroso) de 1917 no era reconocido sólo por Lenin, Trotsky y los bolcheviques como el comienzo de la revolución socialista global. El mundo entero fue conmovido por los legendarios Diez Días recopilados por el revolucionario norteamericano y testigo ocular John Reed. Toda la humanidad, tanto opresores como oprimidos, electrificados u horrorizados, llenos de esperanza o en pánico total, estaban mirando y reconociendo al estallido revolucionario en Rusia como el comienzo de una revolución socialista global destinada a cambiar el mundo. Y todos actuaron en función de ello. Formaron, por toda Europa y a escala global, dos clases opuestas en conflicto violento e irreconciliable.

Desde la Revolución Europea de 1848, Europa no había sido testigo de una marea revolucionaria de tal magnitud como en 1917-1921, aunque socialmente más profunda y superior en su dinámica, expectativas e implicancias. La revolución social se expandió desde Rusia hacia Europa central y oriental. Las revoluciones alemana, austríaca y húngara barrieron con las dinastías de los Hollenzollerns y los habsburgos en 1918, y en 1919 amenazaban con derrocar al capitalismo. Repúblicas Soviéticas transitorias se establecieron en Hungría, Bavaria y Eslovaquia. Huelgas generales masivas y revolucionarias, con ocupaciones de fábrica y choques con las fuerzas de represión estatales, se extendieron desde Noruega a Francia, España e Italia. Consejos obreros -soviets se formaron desde el Norte de Italia a Escocia.6

En 1919, en Inglaterra, la mismísima metrópoli del entonces mundialmente dominante Imperio Británico, el fuego revolucionario alcanzó a las minas de carbón. El movimiento revolucionario cartista del siglo XIX fue revivido y trascendido. La militancia en acciones huelguísticas masivas, la lucha por la Carta de derechos obreros y la violencia de los conflictos con el Estado hicieron ver a la posterior e histórica huelga general británica de 1926 como un pálido reflejo.7

La misma “Primavera de los Pueblos” de 1848 ahora parpadea, porque en la nueva era inaugurada por el soviet de obreros, campesinos y soldados de Rusia, la revolución cruza los océanos y abraza todos los continentes del planeta.

En el otoño de 1918, las “Revuelas del Arroz” estallan en Japón, abarcando al 25% de la población y enfrentando una represión feroz por parte del gobierno imperial.8 Por todo Asia, desde China e India hasta Persia, Armenia, Egipto y el Oriente Árabe, los pueblos oprimidos y colonizados están agitados y giran sus ojos, corazón y mente hacía los bolcheviques y la bandera roja de la liberación que flamea en la tierra de los soviets.

Cruzando el Atlántico, los Estados Unidos de América son sacudidos por huelgas insurreccionales de los trabajadores norteamericanos. Dirigidos por los anarco-sindicalistas de los Obreros Industriales del Mundo (IWW en Inglés) los legendarios wobblies, y superando las fronteras ideológicas entre anarquismo y marxismo, cantaban la canción de Joe Hill sobre el poder que reside completamente en manos de los trabajadores.

¡Ese es un poder, ése es un poder

Que debe gobernar en todos los países!

El fuego de la revolución mundial se esparció también en América Latina, donde sus expresiones más elevadas fueron las huelgas generales en San Pablo, Brasil, en 1917, y la semana trágica y épica de enero de 1919 en Buenos Aires, Argentina, que fue debidamente nombrada y escrita en la historia y en la memoria de la clase obrera como la Semana Trágica. Comenzó con una huelga militante de trabajadores metalúrgicos de la fábrica inglesa de Vasena; el 7 de enero se extendió a los obreros del puerto de Buenos Aires y escaló a una huelga general y una insurrección armada proletaria dirigida por una coalición de anarquistas y comunistas: ambos aliados fueron masacrados salvajemente por el Ejército argentino, la Armada y la Infantería de Marina. Al mismo tiempo, la fascista Liga Patriótica Argentina provocó sangrientos pogromos en los populosos barrios judíos, donde fueron arrestados cuarenta obreros judíos rusos, la asamblea de “el primer soviet de la Republica Federal de los Soviets Argentinos”.9El pánico de las clases gobernantes se esparció del sur al norte de América. La prensa burguesa norteamericana de aquel entonces, horrorizada, escribió en sus portadas: Los bolcheviques invaden Argentina”.10

Es de destacar que tanto los proletarios, los mundialmente perseguidos, y los capitalistas reconocieron las dimensiones e implicancias internacionales de la Revolución de Octubre de 1917 como el comienzo de la revolución social global que supuso una amenaza inmediata a la dominación del capitalismo global.

Posteriormente, Adolfo Hitler, como Führer del Tercer Reich, recordará permanentemente la experiencia de la ola internacional revolucionaria posterior a 1917, en sus discursos como una “conspiración judía para la dominación global”. De acuerdo con Adam Tooze, “Hitler volvió incesantemente a las revoluciones que barrieron Europa en 1917/19. El anticomunismo era una constante de sus políticas, en estrecha interrelación con una forma particularmente venenosa de la teoría de conspiración antisemita”.11

El mito del “judeo-bolchevismo” como instigador de la revolución socialista global fue usado después de 1917 por todas las burguesías. Las democracias burguesas precedieron a los nazis en eso. Los infames Protocolos de los Ancianos de Sión, que fue fabricado por la Ojrana zarista, como lo muestra Dimitris Psarras en su libro sobre la materia, que había sido marginado entonces en la Rusia zarista, fue promovido luego de la Revolución de Octubre por todos los cuarteles generales político-militares de las clases dominantes por toda Europa, los Estados Unidos y todo el mundo. Manuscritos del documento fueron distribuidos a los participantes de la Conferencia de Paz de Versalles (!), y cientos de miles de copias fueron impresas en pocos meses. En Estados Unidos eran difundidos por las agencias secretas del ejército norteamericano. Las copias llegaron a Alemania en 1919 y no tardó mucho hasta que los fundadores del nazismo los hicieran instrumentales para sus propósitos, de 1920 en adelante.12 En Gran Bretaña fueron publicados en febrero de 1920 por la editorial oficial de la Corona…

La comprensión del carácter global, no nacional, del proceso revolucionario abierto por la Revolución de 1917 se extendió mucho más allá de los voceros de la burguesía, sus propagandistas y los aparatos ideológicos de engaño masivo. La importancia universal, el quiebre histórico y el giro global de lo que ocurría después de Octubre de 1917, también se trasformó en una verdad común para los más inteligentes y perceptivos representantes de los intereses capitalistas.

El líder político de la burguesía alemana, Gustav Stresemann (canciller de la República Alemana de Weimar en 1923 y ministro de Asuntos Exteriores de 1923 a 1929) declaró explícitamente su creencia de que probablemente sería el último líder de un gobierno burgués en su país.

El principal economista burgués del siglo XX, John Maynard Keynes, quien asistió a la Conferencia de Versalles como consejero por la delegación británica, trató (en vano) de convencer a Winston Churchill que la mayor amenaza internacional para Gran Bretaña y el capitalismo no era la derrotada Alemania sino la tierra de los Soviets, Octubre del ’17 y su expansión global. En su trabajo Las Consecuencias Económicas de la Paz (1919) advirtió que el bolchevismo y la Revolución de Octubre planteaban una amenaza al orden general capitalista global.13

La estrategia económica de conjunto que tomó su nombre, “keynesianismo”, y que terminó internacionalizada en el Acuerdo de Bretton Woods de 1944, y que establecía un conjunto de disposiciones para los trabajadores y el estado de bienestar, tenía como fin explícito prevenir la internacionalización de la revolución y, por sobre todo, demorarla en los centros metropolitanos del capitalismo. Keynes era bien consciente de que el sistema económico que ayudó a sobrevivir, con nuevas medidas de política económica, estaba envejeciendo y declinando.

Keynes no compartió el alivio burgués luego de contener la primera ola de la revolución mundial; sus derrotas fueron producto tanto de razones objetivas como subjetivas que aún se discuten, pero un factor principal fue, sin duda, la postura contrarrevolucionaria de los socialdemócratas alemanes y europeos, quienes se alinearon con el imperialismo. La euforia de los capitalistas y sus colaboradores “predispuestos” luego del reflujo de la amenaza revolucionaria inmediata, así como el escepticismo de sus adversarios revolucionarios luego de las derrotas, ofuscaron en la conciencia social la naturaleza de la era abierta en Octubre de 1917. El reflujo de la ola internacional revolucionaria afectó a la propia Unión Soviética, aislada y cercada, fomentó a la burocracia que fue alimentada por las heridas del país y, junto con ella, la doctrina del “socialismo en un solo país” -la cual eventualmente llegó a su amargo final en 1991… En cierto sentido, su caída fue el precio pagado por la demora de la revolución global, por el incumplimiento de las demandas nacidas en 1917 de la nueva era.

En el campo de la burguesía y el imperialismo británico, Keynes comprendió que con la Revolución de Octubre, y a pesar de su aislamiento, la humanidad había entrado a una era histórica diferente. Es por esto que durante la Conferencia de Bretton Woods, en la que se estableció, luego de terminar la guerra, el marco para una expansión capitalista a largo plazo, hizo su conocida declaración, pesimista y cínica: “A largo plazo estamos todos muertos”.

Para Stresemann, el político burgués de la República de Weimar, su citada declaración pesimista no era sólo la expresión de un pánico temporario debido a la crisis revolucionaria en su país. Stresemann había reconocido en su momento que los fundamentos histórico-materiales de los desarrollos políticos habían adquirido un carácter y dinámica globales. Como joven vocero del Partido Nacional Liberal, sostuvo en el Reichstag (Parlamento) del Káiser que “la política hoy es ante todo la política de la economía global” (subrayado nuestro).14

Este cambio en los mismos fundamentos histórico-materiales del capitalismo internacionalizado, que fue percibido por los más agudos pensadores y políticos burgueses como un virtual terremoto, fue entendido, a través del materialismo dialéctico marxista, por los líderes revolucionarios marxistas de la revolución proletaria de 1917 como esencialmente un cambio de época histórica. Sobre esta base, contra las doctrinas del “marxismo ortodoxo” de la Segunda Internacional, fueron capaces de configurar, dentro y junto con las masas insurrectas, una política revolucionaria “no ortodoxa” que fue la expresión consciente de las tendencias más profundas de la época, y lograron literalmente conmover fundamentalmente el mundo no sólo por diez días, sino por los siguientes cien años, hasta hoy. Octubre de 1917 causó un desgarramiento irremediable en los cimientos históricos globales del capitalismo, haciendo de la nueva época una época de transición más allá del capitalismo.

Octubre debe verse desde el punto de vista de la época y la época debe verse desde el punto de vista de Octubre.

Octubre de 1917 desde el punto de vista de la época

Concebir la naturaleza de una etapa histórica requiere romper con la concepción lineal de la historia y la evolucionista “teoría de las etapas” de su desarrollo. En cambio, la “ortodoxia marxista” de la Segunda Internacional y de Kautsky, la social-democracia internacional, el menchevismo ruso, prisioneros del materialismo mecanicista y el economismo, estaban únicamente interesados, como destaca correctamente Michael Löwy, “en reducir las posibilidades revolucionarias directamente al potencial económico a escala nacional” (subrayado en el original).15

En consecuencia, tenemos un doble reduccionismo: la posibilidad revolucionaria es primeramente reducida a nivel nacional y luego a su nivel económico, el cual es clasificado formalmente de acuerdo con ciertas reglas generales, abstractas (y, en última instancia, ahistóricas y metafísicas) de desarrollo “histórico” que permite, o imposibilita, una u otra formación social.

De acuerdo con estas metafísicas burdas, sería un escándalo inaceptable comenzar una revolución socialista en un país económicamente atrasado como la Rusia zarista. Entonces, desde este punto de vista, ahora como entonces, Octubre de 1917 es considerado una expresión de “voluntarismo político arbitrario”, contrario a los requerimientos nacional-económicos de una revolución social, un “golpe bolchevique” que sólo podría sobrevivir temporariamente a través del más extremo absolutismo, hasta su colapso fatal, en 1991.

La restricción sofocante de las posibilidades revolucionarias al “potencial económico a nivel nacional” postula como primarias y absolutas las particularidades y desigualdades nacionales en relación con la interconexión e interacción internacional. Entonces, las nivela hacia abajo y las elimina en una generalidad abstracta de un determinismo teleológico de etapas de desarrollo social separadas y consecutivas. Lo que se pierde de este modo es la universalidad concreta, el desigual y, al mismo tiempo, combinado desarrollo en el no lineal curso de la historia.

La desigualdad caracteriza cada nivel (no sólo la economía, sino también las clases sociales, las instituciones, la cultura, etc.) y cada paso diferente, momentos no-homogéneos en el proceso histórico. “Las particularidades nacionales representan una combinación original de las características básicas del proceso global. Esta combinación original puede ser crucial para la estrategia revolucionaria, por muchos años (…) La particularidad de un tipo social nacional no es más que la cristalización de la desigualdad de su formación”.16

Las desigualdades y particularidades no se excluyen, más bien al revés, se interconectan con sus otras interacciones, relaciones contradictorias, trasformaciones en su opuesto, complejas combinaciones de contradicciones estructurales y elementos heterogéneos y multirítmicos. “de esta ley universal de la desigualdad sigue otra ley, que por falta de nombre más apropiado, puede ser llamada la ley de desarrollo combinado, en el sentido que etapas diferentes se juntan, fases separadas se combinan, formas arcaicas son amalgamadas con otras más nuevas.”17

El desarrollo desigual y combinado del proceso histórico lo define y constituye en lo que la dialéctica llama “universalidad concreta”. De acuerdo con la frase de Hegel, que Lenin encontró hermosa y la citó aprobándola en sus Cuadernos filosóficos, la universalidad concreta es “no meramente un universal abstracto, sino un universal que comprende en sí mismo la riqueza de lo particular, lo individual, lo singular”.18

En este sentido dialéctico, la ley de desarrollo desigual y combinado se convierte en la base de la teoría de la revolución permanente, la cual fue elaborada nuevamente, luego de Marx en 1848-50, por Trotsky en 1905-6, a la luz de la primer Revolución Rusa -el “ensayo general” de la Revolución de Octubre-, al amanecer de una nueva etapa histórica.

En junio de 1905, León Trotsky escribió las siguientes y muy perspicaces palabras, que la inminente Gran Guerra, Octubre de 1917 y la primera ola de la revolución mundial iban a demostrar, lo cual las hace aún más relevantes hoy: “Uniendo a los países a través de su modo de producción y su comercio, el capitalismo ha trasformado al mundo entero en un organismo política y económicamente unitario. Exactamente como las finanzas modernas reúnen miles de empresas con cadenas invisibles y da al capital una movilidad increíble, que previene muchas pequeñas bancarrotas pero, al mismo tiempo, se convierte en la causa de profundas crisis económicas sin precedentes, todo el edificio económico y político del capitalismo, su comercio global, su sistema de monstruosas deudas soberanas y los agrupamientos políticos de naciones que conducen todas las fuerzas de la reacción en una suerte de compañía mixta globalizada, no sólo ha resistido crisis políticas particulares, sino que también han preparado las bases para una crisis social de dimensiones sin precedente. Al ocultar todo el proceso de malas condiciones detrás de la superficie, al evitar todas las dificultades, al poner a un costado todos los temas profundos de la política doméstica e internacional y al cubrir todas las contradicciones, la burguesía se ha dado maña para demorar la culminación de la crisis, y por esta misma razón, ha preparado la caída radical de su dominación en una escala global”.19

El carácter mundial de las fuerzas de producción modernas, las que están bajo control de los centros metropolitanos del imperialismo y respiran con dificultad dentro de los límites de los Estados-nación y las relaciones de producción capitalistas, el carácter mundial de la división del trabajo, la cada vez más estrecha y profunda interconexión de la vida económica, política y cultural -éstas son las fuerzas motrices que dan carácter mundial a la lucha de clase de los trabajadores y a la lucha antiimperialista de los pueblos oprimidos, haciendo así a la revolución permanente.

“La revolución permanente, en el sentido de Marx -escribió Trotsky- significa una revolución que no se compromete con ninguna forma de dominación de clase, que no se queda en la etapa democrática, que procede a medidas socialistas y a la guerra a la reacción externa -esto es, una revolución en la que cada etapa siguiente se enraíza en la anterior, y sólo puede terminar con la completa abolición de la sociedad de clases.” 3

Entonces, luego de destacar, sobre la base de la experiencia rusa, tres aspectos de la revolución permanente -la transición de las tareas democráticas a las socialistas de la revolución, la revolución dentro de la revolución después del ascenso de la clase obrera al poder, y su dimensión internacional-, concluye con un último aspecto, que conecta y define a todos ellos: “La revolución socialista comienza sobre una base nacional, pero no se puede completar sobre esta base (…) Una revolución nacional no es un conjunto autosuficiente, no es más que un eslabón en la cadena internacional. La revolución mundial es un proceso internacional, a pesar de todos los retrocesos temporarios y reflujos”.21

A pesar de todos sus conflictos políticos con Trotsky antes de 1917, Lenin nunca separó la revolución rusa de la revolución europea e internacional. Ya en 1905, vio a la primera como una “chispa” que dispararía la segunda, de la cual dependió su propia victoria final.

Con el estallido de la primera guerra imperialista mundial en 1914 y la bancarrota política de la Segunda Internacional que se hundió en la alcantarilla del social-patriotismo, un salto cualitativo mayúsculo tuvo lugar en el pensamiento teórico marxista: la política y acción internacional revolucionaria de Lenin. Con su giro de 1914-15 hacia la dialéctica y la filosofía recopilada en sus Cuadernos filosóficos, Lenin rompe en el nivel más fundamental y metodológico con la social-democracia, el marxismo “esquemático” y la concepción lineal de la historia que dominó la Segunda Internacional. Esta ruptura alimentaría su análisis que marca una ruptura de caminos sobre el imperialismo y la naturaleza de la era del imperialismo, el crucial y estratégico giro de sus Tesis de abril, la orientación tácticamente flexible pero estratégicamente consistente a través de las corrientes de la lucha por el poder soviético, su trabajo inconcluso marxista-libertario sobre el Estado y la revolución -un legado virtual para el futuro.

El núcleo del pensamiento y práctica de Lenin era su análisis del imperialismo como “la etapa superior del capitalismo”, 22 la etapa final de desarrollo económico del capitalismo que se “descompone” en su decadencia y parasitismo históricos. Lo más esencial en el análisis de Lenin, contra los apologistas liberales del capitalismo y los teoréticos de la social-democracia tales como Kautsky, en su definición del imperialismo no como una política sino como una época, la época de decadencia capitalista, y entonces como una época histórica de transición más allá del capitalismo, hacía el comunismo mundial.23

Las fuerzas motrices de esta época de transición, sus contradicciones, forman las bases históricas materiales e impulsan la revolución socialista mundial. No, seguramente, como una subversión momentánea y concurrente, un episodio singular, sino como un proceso permanente que se desenvuelve a nivel internacional de una manera desigual y combinada, con diferentes ritmos y formas en diferentes países y lugares, con flujos y reflujos, a través de zigzags, saltos y retrocesos durante una época histórica, hasta su predominio global.

Como destaca T. Krausz: “La organización internacional del capital no puede ser desafiada o quebrada sobre una base nacional, por los carriles divergentes de los movimientos obreros nacionales -un entendimiento que Marx y Lenin tenían en común. (…) Lenin nunca podría abandonar la hipótesis de que la revolución tenía un carácter internacional, que es el por qué la guerra mundial significaría el comienzo de la revolución mundial”.24

Esta también era la línea de fondo del internacionalismo práctico de Lenin durante la Gran Guerra, su política de derrotismo revolucionario para la “transformación de la guerra imperialista en guerra civil” de los oprimidos contra sus opresores.

Como escribe Alexander Rabinovitch en su importante libro Los bolcheviques toman el poder: “Lenin difería agudamente de la mayoría de sus camaradas en que rechazaba cualquier apoyo al esfuerzo de guerra y propuso como una consigna inmediata para los social-demócratas buscar la revolución social en todos los países en guerra. Más tarde elaboró una atrevida teoría -que no fue bien recibida al principio- para mostrar que con el estallido de la guerra el sistema capitalista había llegado a su etapa superior de desarrollo, “imperialismo”, una etapa crucial de la situación económica internacional, la cual, según él, traería necesariamente una revolución socialista internacional”.25

Este es el porqué, cuando la revolución estalla en Rusia, y Lenin estaba dejando Suiza para retornar a su país, en su carta de despedida a los obreros suizos, 26 resaltó que la consigna para convertir la guerra imperialista en una guerra civil estaba confirmada por los hechos, concluyendo con la frase: “¡Larga vida a la revolución proletaria que está comenzando en Europa!”.

Como es sabido, en su primer discurso en una asamblea desbordada de representantes de los soviets en el Smolny, justo después de la toma del Palacio de Invierno, el 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917, Lenin también terminó gritando: ¡Larga vida a la revolución socialista mundial!”.

La época desde el punto de vista de octubre de 1917

Además de la asustada burguesía, los social-demócratas, junto con el papa del “marxismo ortodoxo”, Kart Kaustsky, también protestaron horrorizados: una revolución socialista no era posible en una Rusia económicamente atrasada, con tan débiles fuerzas productivas, especialmente antes que un evento similar suceda en los países desarrollados del oeste, “como debe suceder”. Incluso en los ambientes revolucionarios, es bien sabido que en uno de sus primeros textos, Antonio Gramsci escribió que la Revolución de Octubre “prevaleció contra El capital de Marx”

Nada puede estar más lejos de la verdad. La Revolución de Octubre es la confirmación más grande en la praxis social de los análisis teóricos, la prognosis histórica, el nuevo horizonte abierto para la humanidad oprimida y luchadora por el trabajo de Marx -y en particular, su magnum opus (obra maestra), no terminada, El capital, al cual dedicó sus interminables esfuerzos la mayor parte de su vida; “el proyectil más grande antes lanzado contra capitalistas y terratenientes”, como él mismo dijo alguna vez orgullosamente, con justa razón.

Para qué otra cosa sería este trabajo sino como una crítica justificada teóricamente y una demostración dialéctica de la naturaleza transicional y, en consecuencia, el carácter históricamente temporario del capitalismo, 27 los límites de su “misión histórica”, 28 la “perspectiva de una ‘expropiación de los expropiadores’”? 29

Ya en las notas preparatorias para El capital, los Manuscritos de 1857-9, también conocidos como los Grundrisse, Marx señala y destaca la “tendencia universalizadora” hacía el desarrollo infinito y la goblalización nacida del modo de producción capitalista, la cual lo separa de todos los modos de producción anteriores. Es esta tendencia determinante la que lo impulsa “hacía el desarrollo universal de las fuerzas productivas, y así se convierte en el presupuesto de un nuevo modo de producción (…). Esta tendencia -que posee el capital, pero que al mismo tiempo, dado que el capital es una forma de producción limitada, la contradice y entonces lo lleva a la disolución– distingue al capital de todos los modos de producción anteriores y, al mismo tiempo, contiene este elemento, que el capital es colocado como un mero punto de transición (sin énfasis). 30

La tendencia universalizante dio a las fuerzas productivas y a la división del trabajo su carácter global ya hacia finales del siglo XIX, principios del siglo XX, elevando así al extremo la tendencia concomitante de disolución mucho más allá de los límites de una crisis periódica del capital. Esta lleva a un estallido de contradicciones globales, a una crisis histórico-estructural sin precedentes, a la primera guerra imperialista global y, así, a la ruptura de la cadena internacional imperialista en su eslabón más débil, Rusia, y gracias a la intervención bolchevique liderada por Lenin y Trotsky, el resultado fue la Revolución Soviética de Octubre de 1917.

Las contradicciones mundiales que llevaron a la revolución, las condiciones materiales históricas que se reunieron a escala internacional y llevaron a quebrar la particular formación socio-económica rusa; en última instancia, las tendencias más profundas y requisitos de las fuerzas productivas sociales mundiales, y no el nivel que hayan llegado en Rusia, es el factor determinante que hace a la Revolución de Octubre el comienzo de una revolución mundial, no simplemente una subversión a escala nacional, un “accidente” ruso que, pretendidamente, dejo la “normalidad” de la historia mundial intacta.

En este sentido, las condiciones para la revolución estaban maduras. Octubre de 1917 no fue un intento revolucionario “prematuro”, como los viejos y nuevos mencheviques pretenden, ni fue un “golpe bolchevique” arbitrario. Incluso, el término empleado por algunos marxistas, “revolución socialista temprana”, puede desorientarnos en dirección de las premisas nacional-reformistas adoptadas por la clásica social-democracia o la doctrina stalinista del “socialismo en un solo país”. Una revolución temprana se puede llamar, por ejemplo, la guerra campesina dirigida por Thomas Münzer en el siglo XVI, porque las condiciones materiales sociales para el logro de sus objetivos comunistas estaban recién naciendo y no estaban formados. Más de tres siglos después, Engels, al analizar la guerra revolucionaria librada por los campesinos sin tierra de Münzer para extraer las lecciones de la revolución de 1848 en Alemania y Europa, habló sobre la perspectiva de una guerra campesina renaciente combinada con la revolución proletaria. Tal combinación, que se probó imposible a mediados del siglo XIX, en el apogeo del capitalismo, se volvió verdadera en la etapa de decadencia capitalista, en el siglo XX, empezando desde Rusia en 1917. El factor crucial que la hizo posible no fueron principalmente las condiciones del barbarismo semi-asiático zarista, sino las condiciones de crisis global de un capitalismo maduro, globalizado y, por ende, decadente.

La contradicción entre el carácter mundial de las modernas fuerzas productivas bajo control imperialista y el carácter nacional del edificio socialista que comenzó en un país económicamente débil sólo podría ser resuelta en definitiva con la expansión y profundización de la revolución socialista y su victoria en los centros metropolitanos capitalistas de la economía global. En el corto y largo plazo existió la posibilidad y la necesidad de tomar medidas que fortalecieran y protegieran las trasformaciones transicionales contra las presiones del imperialismo y las tendencias generales del capitalismo, tanto domésticas como externas. La burocracia se convirtió en un obstáculo para estas medidas de corto -y largo- plazo (especialmente cuando la economía soviética de transición tuvo que pasar de la fase extensiva a la intensiva de su crecimiento), así como para la expansión de la revolución internacional, la cual fue sacrificada por los intereses del Estado-nacional y la “coexistencia pacífica” con el imperialismo. Más temprano que tarde, la pregunta ¿qué quién?, sólo podría ser juzgada en la arena internacional del conflicto entre las fuerzas sociales vivas de la revolución y la contra-revolución.

La contradicción irresuelta entre lo global y lo nacional llevó a los colapsos de 1989-91. Pero las que también permanecieron irresueltas fueron las contradicciones globales que estallaron cien años atrás y fueron reproducidas en una escala crecientemente más amplia y más destructiva que durante el siglo pasado. Y en la primera década del siglo XXI, la culminación de la globalización capitalista fue seguida por la crisis más grande e irresoluble, cuyo impacto total aún deberá ser percibido.

Ahora podemos ver más claro y responder la pregunta sobre la diferencia entre 1917 y 1991 formulada por Alain Badiou, poco después de la caída de la Unión Soviética, la pregunta que fue nuestro punto de partida en este texto.

Octubre de 1917 fue un evento histórico mundial porque abrió una época enteramente nueva para la humanidad. Fue el inesperado primogénito de esta época y, al mismo tiempo, la evidencia práctica de la naturaleza de la era. Fue la demostración histórica de que la época de las tendencias conflictivas de universalidad y disolución sistémica previstas por Marx en los Grundrisse y El capital, la época de transición, había comenzado.

1991 no fue un evento, sino un “evento simulado”, en términos de Badiou, porque ésta no abrió ninguna época para la humanidad. Por el contrario, fue la promesa de una regresión imposible para el conjunto de la humanidad previo al mojón de 1917, a un impensable atraso, a un sistema profundamente decadente que enfrenta la revolución permanente de una nueva Primavera de los Pueblos con un declive permanente, el mausoleo kitsch de la Torre Trump.

El ciclo no se ha cerrado; siempre estuvo abierto, y procede como un espiral. Vivimos en la época de Octubre. Y la tarea de todo comunista revolucionario permanece inconclusa: ¡hacer la Revolución de Octubre permanente en el siglo XXI!

Traducción: Rubén Tussedu

Notas

1. Alain Badiou: D’un desastre obscur. Droit, Etat, Politique, Aube 1191 (2da. edición 2012).

2. Ibíd., p. 26.

3. Ibíd., p. 16-17.

4. Támas Krausz: Reconstructing Lenin: An intellectual biography, Monthly Review Press 2016.

5. Ibíd., p. 281-309.

6. Cf. Krausz, ibíd., y León Trotsky, The Five First Years of the Communist International, New Park Publications 1973, p. 226-227, 290-291.

7. Ver Martyn Ives: Reform, Revolution and Direct Action among British Miners. The Struggle for the Charter in 1919, Brill 2016.

8. L. Trotsky, op. cit., p. 227.

9. Ver Julio Godio: La Semana Trágica de enero de 1919, Hyspamérica 1985.

10. The Los Angeles Times, 11 de enero de 1919.

11. Adam Tooze: Le salarie de la Destrucción. Formation et Ruine de l’économie Nazie, Les Belles Lettres 2012, p. 626.

12. Dimitris Psarras: To Best Seller tou Misous: “Ta Protokolla ton Sofon tis Sion” stin Ellada, 1920-2013, Polis Publications 2013m p. 48-49.

13. Ver T. Krausz, op. cit., p. 284.

14. Citado de Adam Tooze, op. cit., p. 27.

15. Michael Löwy: The Politics of Combined and Uneven Development: The Theory of Permanent Revolution, Haymarket Books 2010, p. 2.

16. León Trotsky: H Diarkis Epanastasi, Allagi Publications 1982, p. 29-30 (N del A: nuestra traducción).

17. León Trotsky: Historia tis Rosikis Epanastasis, Vol. I, Allagi Publications 1984, p. 17 (N del A: nuestra traducción).

18. V. I. Lenin: Philosophical Notebooks, Collected Works, Vol. 38, Progress 1980, p. 99.

19. León Trotsky: Apotelesmata kai Prooptikes, en Trotsky-Serge-Radek, I Rosiki Epanastasi tou 1905, Leon Publications 2005, p. 128-129 (N del A: nuestra traducción).

20. Trotsky: I Diarkis Epanastasi, op. cit., p. 14 (N del A: nuestra traducción).

21. Ibíd., p. 16 (N del A: nuestra traducción).

22. Ver V.I. Lenin: “I imperialismos, anotato stadio tou kapitalismou”, Apanta, Vol. 27, 5ta. ed., Synchroni Epochi Publications 1977; y V.I. Lenin: “Tetradia gia ton imperialismo”, Apanta, Vol. 28, 5ta. ed., Synchroni Epochi Publications 1977.

23. Cf. Savas Michael-Matsas: A Hundred Years After the 1917 October Revolution: Imperilism, War, and Revolution Today, Critique, Vol. 44, Nº 4, p. 419-434.

24. T. Krausz, op.cit., p. 284.

25. Alexander Rabinowitch: Les Bolcheviks prennent le pouvoir. L révolution de 1917 à Petrograd, La Fabrique 2016, p. 27-28.

26. V.I. Lenin: Collected Works, Vol. 23, Progress 1964, pp. 367-374.

27. Cf. The Epilogue in the 2nd German Edition of Capital, volume I.

28. Karl Marx, El capital, Vol. III, Progress 1977, pp. 266 y 441.

29. El capital, Vol. I, Progress 1986, p. 715.

30. Karl Marx: Grundrisse, Pelican 1973, p. 540.

Antonio Gramsci y la Revolución Rusa

El 27 de abril de 1937, hace ochenta años y después de once de prisión, moría víctima de una apoplejía Antonio Gramsci. Expiró en una clínica de Roma a la que el gobierno fascista se había visto obligado a transferirlo hacía dos años, para evitar que el fundador y dirigente del Partido Comunista Italiano terminara muriendo en el fondo de su celda. A esa altura era un proscripto en la URSS, en la Internacional Comunista y dentro de su propio partido, a partir de su rechazo a “medidas excesivas” de sanción a la Oposición Unificada de parte de la mayoría del CC de la URSS orientada por Stalin. “Zinoviev, Trotsky y Kámenev han… sido nuestros maestros (…) creemos estar seguros de que la mayoría del CC de la URSS no desea aniquilar, más allá de la victoria en esta lucha, sino que está dispuesta a evitar medidas excesivas”, decía la carta del Buró Político del PC de Italia con su firma en octubre de 1926.1

La carta planteaba un acuerdo pleno con aquella mayoría, pero Gramsci y sus autores consideraban lesivo, en un momento de retroceso de la revolución en Europa, la quiebra del grupo dirigente de la Revolución Rusa. La carta del BP del PCI no fue publicada en su momento por decisión de Palmiro Togliatti, de la dirección del PCI en Moscú, en acuerdo con Nicolás Bujarin (el texto recién sería conocido parcialmente en 1929 por una revelación de Angelo Tasca, dirigente del partido italiano expulsado ese año y publicada íntegramente por el PCI sólo en 1957). Sea por estas críticas o las que habría planteado, según testimonios, en la cárcel contra el giro ultraizquierdista del tercer período proclamado por la burocracia de la URSS (1928) lo concreto es que las campañas internacionales por la libertad de Gramsci cesaron entre 1930 y 1934, y la orden sólo pudo provenir del Kremlin. Lo que va a leerse es una apreciación de la intervención teórica y política del dirigente italiano sobre la Revolución Rusa. Partimos de la base de que historiadores y analistas políticos han construido una continuidad de Antonio Gramsci que, para nosotros, no existe y que cada capítulo de su existencia debe apreciarse en relación con su propia elaboración sobre los temas en debate, con la intervención de la clase obrera y el periodo de la lucha de clases. 

Gramsci nació en la isla de Cerdeña, una de las regiones más pobres y atrasadas de la península, y su infancia transcurrió en la miseria. Hijo de un funcionario condenado a prisión por no poder pagar sus deudas, debió trabajar desde los 11 años para contribuir al sostenimiento de una familia numerosa.

A fin del siglo XIX, la vida de un trabajador sardo era una pesadilla. La región formaba parte del atrasado sur de Italia, sobre el que se desplegaban todas las consecuencias del desarrollo del capitalismo tardío y de la ausencia de una revolución democrática y agraria. Italia se había unificado como nación en 1870 a través de un proceso impuesto desde arriba por la monarquía piamontesa del norte con la complicidad de algunas potencias europeas. No fue tocada la propiedad latifundista y sólo hasta cierto punto la feudalidad vaticana: el reino del Papa desapareció como Estado independiente y quedó circunscripto a unas pocas edificaciones; ese Estado reaparecería en 1929 con los acuerdos de Letrán, firmados entre el papado y el gobierno fascista. Se constituyó una burguesía industrial en el norte que compartió con los latifundistas la explotación de los campesinos. Los agricultores fueron expropiados en masa y, ante una hambruna sistemática, emigraron al exterior o fueron mano de obra barata para las fábricas del norte. Gramsci logró completar su educación secundaria, comenzó a trabajar como periodista e inició su vida política sumándose al nacionalismo sardo, que atribuía la opresión de Cerdeña al resto de los italianos sin ninguna distinción de clases. “Echar a los continentales al mar” era su consigna. En 1913 fue conquistado en todo el país el sufragio universal y el temor a una radicalización política de los oprimidos sardos llevó a los grandes propietarios de la isla a abandonar la demagogia nacionalista y reprimir a mansalva las movilizaciones populares. Gramsci abandonó entonces el nacionalismo e ingresó en el Partido Socialista Italiano (PSI).

El PSI atravesaba un período de importante crecimiento -veinte diputados, centenares de miles de afiliados y el liderazgo de la central sindical. La masa obrera protagonizaba grandes luchas pero la enriquecida burguesía industrial había logrado integrar a su régimen de dominación a una corrompida aristocracia obrera. La actuación de Gramsci coincidió con un giro a la izquierda de la masa obrera y el desplazamiento dentro del PSI de los sectores más derechistas, en consonancia con la división y vacilaciones de la burguesía italiana, que se sumaría a la guerra nueve meses después de su inicio. En concreto, al inicio de la Primera Guerra, el Partido Socialista no apoyó la contienda inter-imperialista, a diferencia de las restantes secciones de la II Internacional. Una situación peculiar que Trotsky resumiría ante el Congreso de la III Internacional años más tarde: “Una lucha interior y una escisión tuvieron lugar en el Partido Socialista Italiano antes de la guerra imperialista. Así se desembarazó de los peores patrioteros. Además, Italia entró en la guerra nueve meses después que los otros países. Este hecho facilitó al PSI su política contra la guerra. El partido no se dejó arrastrar por el patriotismo y conservó la actitud crítica respecto de la guerra y del gobierno, gracias a lo cual fue posible que tomara parte en la Conferencia antimilitarista de Zimmerwald, aun cuando su antimilitarismo tuviese un aspecto amorfo”.2

Gramsci y la Revolución Rusa

El estallido de la Revolución Rusa produjo un extraordinario impacto en el socialismo italiano. Gramsci se convirtió en su defensor entusiasta a través de aproximaciones empíricas en las que advertía que los bolcheviques saltarían las etapas preconcebidas en el mecanicismo marxista, según el cual no habría revolución en Rusia sin un desarrollo previo y pleno del capitalismo y de la clase obrera -posición de los marxistas “legales”, del propio Plejánov y de Kaustky. En un texto de julio de 1917 denunciará a Kerenski, Tseretelli, Chernov y otros como protagonistas del “estancamiento de la revolución” en oposición a los “maximalistas” que “encarnan la idea límite del socialismo: quieren todo el socialismo”. A éstos atribuye la posibilidad de concretar la realización del socialismo en cualquier momento, un planteo nacido de la voluntad de acción y la convicción de ideas que rescataba del liberalismo italiano. Para el Gramsci de ese tiempo, Lenin y sus compañeros “son revolucionarios, no evolucionistas. Y el pensamiento revolucionario niega que el tiempo sea factor de progreso. Niega que todas las experiencias pasadas entre la concepción del socialismo y su realización deban tener una comprobación absoluta e integral en el tiempo y en el espacio”.3

Un año después se aprecia una maduración en su pensamiento. Denuncia a los “filisteos” que no pueden concebir el desarrollo social por fuera de los esquemas establecidos y según los cuales a la economía patriarcal y feudal siempre debe suceder la economía y el orden político de la burguesía. “¿Dónde estaba en Rusia -exclama- la burguesía capaz de realizar esa tarea?”. Si su dominio es una ley natural “¿cómo es que esa ley natural no ha funcionado?”. En definitiva, “la burguesía ha intentado imponer su dominio y ha fracasado”. Este salto de etapas habría sido el fruto, en su concepción, de la libre afirmación de las energías individuales y colectivas que ha llevado a la dictadura del proletariado y al “orden” de esta clase social. Este “orden” no sería el socialismo, al que “éste” Gramsci definió como un limbo producto de una evolución de “momentos sociales cada vez más ricos en valores colectivos”.4

En su elaboración sobre la dictadura del proletariado, Gramsci parece alejarse del planteamiento marxista: ésta tendría por función garantizar la libertad, a través de órganos permanentes -los soviets, los partidos populares en los que debería disolverse luego de haber cumplido su función el Estado obrero, pero está soslayada la función esencial de la dictadura, que es el aplastamiento de la contrarrevolución. ¿Hay un punto de conexión entre este planteo y la aseveración del dirigente italiano sobre el jacobinismo? Gramsci se solaza de que la Revolución Rusa haya “ignorado el jacobinismo” y caracterice a éste como “fenómeno puramente burgués”.5 Si fuese así, hubo una respuesta dada por el propio Lenin casi al mismo tiempo: “Los historiadores de la burguesía ven en él (el jacobinismo) una caída. Los historiadores del proletariado, por el contrario, ven en el jacobinismo uno de los puntos culminantes de la lucha de emancipación de la nación oprimida. Los jacobinos dieron a Francia los mejores ejemplos de revolución democrática y de resistencia frente a la coalición monárquica contra la república… Los obreros y trabajadores conscientes creen en el paso del poder a la clase revolucionaria, oprimida, pues esa es la esencia del jacobinismo” (destacado de Lenin)6. No es, de todos modos, una “brecha” entre Lenin y Gramsci, sino una elaboración del pensador italiano con los datos del momento que no llegaría a cristalizar y sería retomada más tarde por otros autores, sin su participación.

Si se escarba en este debate se puede obtener otra conclusión. Gramsci escribió en abril de 1917 que la Revolución Rusa no había conocido el jacobinismo porque, según él, debía transitar por un gobierno de la mayoría revolucionaria, sancionado incluso electoralmente por la Asamblea Constituyente a la que se había comprometido el Gobierno Provisional. No sería necesaria una dictadura jacobina, propia de la revolución burguesa. Gramsci se equivocó pero en su defensa puede decirse que, en abril de 1917, su punto de vista era compartido por una parte importante de los dirigentes bolcheviques y, por otra parte, no conocía los debates en el seno del partido revolucionario ni las Tesis de Abril, de Lenin.

Más de un año después de sus primeras elaboraciones sobre la Revolución Rusa y a raíz del atentado de 1918, que sería, finalmente, mortal para Lenin, Gramsci hizo una exposición mucho más elaborada del proceso de la Revolución Rusa, que lo acercó al concepto de la Revolución Permanente: “Basándose en el estudio crítico profundo de las condiciones económicas y políticas de Rusia, de los caracteres de la burguesía rusa y de la misión histórica del proletariado ruso, Lenin había llegado ya en 1905 a la conclusión de que, por el alto grado de conciencia del proletariado y dado el desarrollo de la lucha de clases, toda lucha política en Rusia se transformaría necesariamente en lucha social contra el orden burgués… la burguesía tuvo miedo de todo movimiento político en el que participara el proletariado y se hizo sustancialmente contrarrevolucionaria por necesidad histórica de conservación”.7

¿Revolución mundial?

Lo más importante es que en su razonamiento frente a la Revolución Rusa está ausente la perspectiva de la revolución mundial. La Revolución de Octubre, sin embargo, alteró todas las caracterizaciones previas desde el momento que se produjo en un marco histórico totalmente diferente al de las revoluciones democráticas pasadas. La unificación de la economía mundial y la transformación del capitalismo de libre competencia en capitalismo imperialista crearon el escenario histórico en el que se operó, por primera vez, la descomposición del modo capitalista de producción y el ingreso a una fase de transición hacia la organización socialista. Un país atrasado considerado aisladamente puede no estar preparado para el socialismo, pero sí lo están la economía y política mundiales, en las cuales la revolución nacional y democrática puede insertarse y actuar de palanca de la revolución socialista internacional. No es la perspectiva que Gramsci avizoraba para la Revolución Rusa en ese entonces.

Si respondiera a una pregunta imaginaria: “¿cuál es la perspectiva de la Revolución Rusa?”, escribiría: “El proletariado ruso, educado de modo socialista, empezará su historia partiendo del estadio máximo de producción al que ha llegado la Inglaterra de hoy porque, puesto que tiene que empezar, empezará por lo que en otros países ya está consumado, y de esa consumación recibirá el impulso para conseguir la madurez económica que, según Marx, es la condición necesaria del colectivismo. Los revolucionarios mismos crearán las condiciones necesarias para la realización completa y plena de su ideal” (ídem anterior). El análisis no está fundado metodológicamente en la evolución de la economía mundial en su conjunto en este período histórico, sino en un país capitalista tomado como modelo, algo cada vez menos posible de concebir en la medida que el desarrollo capitalista alcanza a todos los países, al margen de su evolución anterior y su nivel económico.

Respondiendo a una pregunta similar: ¿cómo se presentaba el partido a sí mismo el desarrollo ulterior de la revolución y que esperaba de ella? León Trotsky se respondía, años más tarde: “La política oficial de la Unión Soviética parte de la teoría del ‘socialismo en un solo país’… la realidad histórica no tiene nada que ver con este mito”. Con una extrema simplicidad, Lenin explicaba el sentido de la estrategia bolchevique al final del quinto año siguiente a la toma del poder. “Cuando, en nuestros tiempos, inauguramos la revolución internacional (destacado C.R.) actuamos así no porque estuviésemos convencidos de poder determinar de antemano el movimiento, sino porque numerosas circunstancias nos empujaban a comenzar esta revolución. Pensábamos: o bien la revolución internacional vendría en nuestra ayuda, y entonces nuestras victorias estarían completamente aseguradas, o bien cumpliremos nuestro modesto trabajo revolucionario, comprendiendo que en caso de derrota habríamos servido a la causa de la revolución, y que nuestra experiencia sería de determinada utilidad para otras revoluciones. Teníamos claro que sin el apoyo de una revolución internacional, mundial, la victoria de la revolución proletaria era imposible… pensábamos: enseguida, o al menos muy pronto, estallará la revolución en el resto de los países, en aquellos que están más desarrollados en el plano capitalista, o en caso contrario pereceremos”.8

¿Una revolución contra El capital?

Una gran parte de los investigadores de la elaboración del pensador italiano concentraron la mirada sobre la provocadora nota que, con este título, dio a conocer después de la Revolución de Octubre y no en la vasta y sucesiva producción que dedicó al tema. Efectivamente, Gramsci interpretó la Revolución Rusa como una refutación de los pronósticos de Marx. “La Revolución Rusa es una revolución contra El capital”, escribió, atribuyéndole a Marx el evolucionismo de los reformistas de la II Internacional y de los mencheviques, ubicándose en un campo anti-evolucionista y anti-positivista. Dirá Gramsci: “…si los bolcheviques reniegan de algunas afirmaciones de El capital, no reniegan, en cambio de su pensamiento inmanente vivificador. No son ´marxistas’ y eso es todo: no han levantado sobre las obras del maestro una exterior doctrina de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista, el que nunca muere, que es la continuación del pensamiento idealista italiano y alemán, y que en Marx se había contaminado con incrustaciones positivistas y naturalistas. Y ese pensamiento no sitúa nunca como factor máximo de la historia los hechos económicos en bruto, sino siempre el hombre, la sociedad de los hombres, de los hombres que se reúnen, se comprenden, desarrollan a través de esos contactos (cultura) una voluntad social, colectiva, y entienden los hechos económicos, los juzgan y los adaptan a su voluntad hasta que ésta (la voluntad) se convierta en motor de la economía…”.9

Al asignar un valor superlativo a la propaganda, dirá: “La predicación socialista ha creado la voluntad social del pueblo ruso. ¿Por qué había de esperar que se renovase en Rusia la historia de Inglaterra, que se formase en Rusia una burguesía, que se suscitara la lucha de clases y que llegara finalmente la catástrofe del mundo capitalista?”. La propaganda socialista tendría así la virtud de suscitar la voluntad revolucionaria, capaz de actuar con independencia de las etapas del desenvolvimiento económico y social, e incluso aunque no ésta no sea mayoritaria: “El pueblo ruso ha pasado por todas estas experiencias, aunque haya sido con el pensamiento de una minoría”. Se puede debatir el concepto que Gramsci pretendió desenvolver al hablar de una “voluntad social, colectiva” que juzga y adapta los hechos económicos hasta dominarlos: ¿No permite acaso una interpretación de otro tipo, referida a la intervención de una vanguardia y de la propia clase obrera?

Gramsci afirmará, en relación con la revolución soviética, que “El capital de Marx era en Rusia el libro de los burgueses más que de los proletarios. Era la demostración crítica de la fatal necesidad de que en Rusia se formara una burguesía, empezara una era capitalista, se instaurase una sociedad de tipo occidental, antes de que el proletariado pudiera siquiera pensar en su ofensiva, en sus reivindicaciones de clase, en su revolución”.

Llegado a este punto, nadie puede pretender que el líder italiano conociera las elaboraciones del propio Marx o de Engels, desmintiendo estas caracterizaciones.

En el final de una respuesta a Vera Zasúlich (8/3/1881)10 sobre la comuna rural rusa, que sería conocida recién en 1924, Marx había escrito, retomando su análisis de la génesis de la producción capitalista en El capital:

“En el fondo del sistema capitalista está, pues, la separación radical entre productor y medios de producción… la base de toda esta evolución es la expropiación de los campesinos. Todavía no se ha realizado de una manera radical más que en Inglaterra… Pero todos los demás países de Europa Occidental van por el mismo camino” (subrayado de Marx).

“La fatalidad histórica de este movimiento -proseguirá Marx- está pues, expresamente restringida a los países de Europa Occidental (ídem). El por qué de esta restricción está indicado en este pasaje del capítulo XXXII: ‘La propiedad privada, fundada en el trabajo personal… va a ser suplantada por la propiedad capitalista fundada en la explotación del trabajo de otros, en el sistema asalariado. En este movimiento occidental se trata, pues, de la transformación de una forma de propiedad privada en otra forma de propiedad privada. Entre los campesinos rusos, por el contrario, habría que transformar la propiedad común en propiedad privada (…) El análisis presentado en El capital -concluirá Marx en su carta- no da, pues, razones en pro ni en contra de la vitalidad de la comuna rural, pero el estudio especial que de ella he hecho… me ha convencido de que esta comuna es el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia (a condición de) asegurarle las condiciones para un desarrollo espontáneo”.11

En 1882, en el prefacio a la traducción rusa de Plejánov del Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels plantearon lo siguiente: “En Rusia encontramos que, en contraste con el creciente sistema capitalista y con el flamante sistema burgués de propiedad rural, más de la mitad de la tierra es de propiedad común de los campesinos. La cuestión crucial es ésta: ¿puede la obstchina (comunidad aldeana) rusa, una forma ya seriamente minada de la antigua propiedad comunal, transformarse directamente en la forma superior de propiedad comunista de la tierra o tendrá que pasar por el mismo proceso de descomposición que exhibió el curso de la evolución histórica de Occidente? Hoy sólo existe una única respuesta posible a esta pregunta. Si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria de Occidente, de manera que la una complemente a la otra, la forma prevaleciente de la propiedad de la tierra en Rusia puede ser el punto de partida para una evolución comunista”. 12

Es decir, el propio Marx elaboró aportes y formuló interrogantes que la II Internacional primero, y el estalinismo, después, censuraron deliberadamente, incluso en vida de Gramsci. David Riazánov exhumó recién en 1924 los borradores de la carta que Marx le escribió en ruso a Vera Zasúlich, pero los textos volvieron a ser enterrados como parte de la reescritura de la historia rusa consumada por el estalinismo, una falsificación que empalidece cualquier objetivo. El análisis de Marx sobre la política y la diplomacia rusa desde Iván el Terrible hasta los Romanov fue reemplazado por la historiografía de la burocracia de la URSS, orientada a la glorificación de la política anexionista y expansionista del zarismo, un sendero por el que hoy transita el régimen encabezado por Putin. En esa mutilación monstruosa cayó la última elaboración de Marx sobre Rusia, aquella que advirtiera sobre la posibilidad de que la revolución en el imperio de los zares se convirtiera en el punto de partida de la revolución obrera en Occidente. 13

Un año después de la Revolución de Octubre comenzará a abrirse paso la revolución en Italia, se desenvolverán los consejos de fábrica y la lucha interna en el Partido Socialista. Será sin duda el período más rico, militante y revolucionario de Gramsci. Nos debemos, por lo tanto, una segunda parte de esta historia.

* Agradezco los aportes de Roberto Gramar y Andrés Roldán.

Jens Christian Rath es dirigente del Partido Obrero. Colaborador habitual de Prensa Obrera y En defensa del marxismo, es autor también de El convenio Fiat-Smata (1996, junto a Julio Magri), Trabajadores, tercerización y burocracia sindical. El Caso Mariano Ferreyra (2011) y La revolución clausurada, Mayo de 1810-Julio de 1816 (2013, junto a Andrés Roldán).

NOTAS:

1.Antología Antonio Gramsci, a cargo de Manuel Sacristán, Siglo XXI, Buenos Aires, 2004.

2. León Trotsky: “Una escuela de estrategia revolucionaria”, discurso de cierre en el III Congreso de la III Internacional (1921). El Yunque editora, Buenos Aires, 1973.

3. Il Grido del Popolo, “Los maximalistas rusos son la misma revolución rusa”, 28 de julio de 1917, www.gramsci.org.ar

4. Avanti¡, órgano del PSI, Utopía, 25/7/1918, en Antología… ídem anterior.

5. Il Grido del Popolo, “Los maximalistas…”, ya citado.

6. V.I. Lenin: Obras Completas, T. XXV, “¿Puede asustarse a la clase obrera con el jacobinismo?”, Cartago, Buenos Aires, 1960.

7. Il Grido del Popolo,” La obra de Lenin”, 14/9/1918 en Antología… ídem anterior.

8. León Trotsky: ¿Socialismo en un solo país?, redactado en 1934 y publicado como anexo a Historia de la Revolución Rusa en ese año. Extraído de “Le socialismo dans un seulpays?”, en L’Intenationale communiste aprés Lénine, T. II, León Trotsky, Presses Universitaires de France, Paris, 1969.

9. Il Grido del Popolo, “Los maximalistas…”, ya citado.

10. Marx y Engels: Obras Escogidas, T. III, Editorial Progreso, Moscú, 1974.

11. Carlos Marx: El capital, Tomo I, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1956.

12. Marx y Engels contra Rusia, Ediciones Libera, Buenos Aires, 1965.

13. El plan para una edición histórica y crítica de las obras de Marx y Engels (MEGA, por sus siglas en alemán) presentado por David Riazanov fue aprobado por el gobierno soviético en 1922 e iba a comprender cuarenta volúmenes. De ellos, Riazanov no pudo publicar más de cinco, porque fue defenestrado en 1931 por la burocracia estalinista, que impugnó su escrupulosidad en la elaboración de la historia del partido. Esta burocracia ordenó su fusilamiento en 1938, luego de negarse a “confesar”. Entre los documentos inéditos de la edición nunca consumada estaba la primera parte de un manuscrito de La Ideología alemana y la correspondencia entre Marx y Vera Zasúlitch en torno a Rusia, que aquí comentamos.

La Revolución Finlandesa de 1917

Durante el siglo pasado, los trabajos históricos de la revolución de 1917 se han centrado normalmente en Petrogrado y en los socialistas rusos. Pero el Imperio ruso estaba compuesto predominantemente por no-rusos, y las convulsiones en la periferia del imperio eran habitualmente tan explosivas como las del centro.

El derrocamiento del zarismo en febrero de 1917 desencadenó una ola revolucionaria que inmediatamente inundó toda Rusia. Quizá la más excepcional de estas insurrecciones fuera la revolución finlandesa que un académico llamó “la guerra de clases más claramente definida del siglo XX”.

La excepción finlandesa

Los finlandeses eran distintos a cualquier otra nación bajo el mando zarista. Anexado su tercio oriental por Suecia en 1809, a Finlandia se le permitía gozar de autonomía gubernamental, libertad política y, llegado el momento, incluso de su propio parlamento democráticamente elegido. Aunque el zar trataba de limitar su autonomía, la vida política en Helsinki se parecía más a Berlín que a Petrogrado.

En un período en que los socialistas del resto de la Rusia imperial estaban obligados a organizarse en partidos clandestinos y eran perseguidos por la policía secreta, el Partido Socialdemócrata de Finlandia (SDP) operaba abierta y legalmente. Como la socialdemocracia alemana, los finlandeses construyeron, de 1899 en adelante, un partido obrero de masas y una densa cultura socialista con sus propias salas de reuniones, grupos de mujeres obreras, coros y ligas deportivas.

Políticamente, el movimiento obrero finlandés estaba embarcado en una estrategia de orientación parlamentaria y de paciente educación y organización de los obreros. Su política era en principio moderada: era raro hablar de la revolución, y la colaboración con los liberales era habitual.

Pero el SDP se distinguía de los partidos socialistas de masas legales en Europa en que se volvió más combativo en los años previos a la I Guerra Mundial. Si Finlandia no hubiera formado parte del Imperio ruso es probable que se hubiera desarrollado por el camino de moderación de la mayoría de partidos socialistas de Europa occidental, en el cual los radicales fueron cada vez más marginados por la integración parlamentaria y la burocratización.

Pero la participación de Finlandia en la revolución de 1905 escoró el partido a la izquierda. En la huelga general de noviembre de 1905, un líder socialista finlandés se maravillaba ante el levantamiento popular: “Vivimos en una época maravillosa […] Gente humilde y satisfecha de cargar con el peso de la esclavitud se ha sacudido de repente su yugo. Grupos que hasta ahora comían cortezas de pino piden ahora pan”.

Tras la revolución de 1905, los diputados parlamentarios moderados, los líderes sindicales y los funcionarios se encontraron en minoría en el SDP. Tratando de aplicar la orientación elaborada por el teórico marxista alemán Karl Kautsky, desde 1906 en adelante la mayoría del partido dotó a la táctica de la legalidad y al enfoque parlamentario una política nítida de lucha de clases. “El odio de clase ha de ser bienvenido, pues es una virtud”, decía una publicación del partido.

El partido anunció que sólo un movimiento obrero independiente podría promover los intereses de los obreros, defender y aumentar la autonomía finlandesa de Rusia y conquistar una democracia política completa. La revolución socialista se convertiría con el tiempo en la tarea principal, pero hasta entonces el partido debería acumular pacientemente sus fuerzas y evitar cualquier choque prematuro con la clase dominante.

Esta estrategia de la socialdemocracia revolucionaria -con su mensaje militante y métodos “sin prisa pero sin pausa”- fue espectacularmente exitosa en Finlandia. Para 1907 se habían unido al partido cerca de 100.000 obreros, convirtiéndolo en la mayor organización socialista per capita del mundo. Y, en julio de 1916, la socialdemocracia finlandesa hizo historia al convertirse en el primer partido socialista de cualquier país en alcanzar una mayoría parlamentaria. Sin embargo, debido a la rusificación zarista de los últimos años, la mayor parte del poder estatal finlandés estaba para entonces bajo administración rusa. Sólo en 1917 pudo el SDP afrontar los desafíos de ostentar una mayoría parlamentaria socialista en una sociedad capitalista.

Los primeros meses

Las noticias de la insurrección de febrero en la cercana Petrogrado llegaron como una sorpresa a Finlandia. Pero una vez confirmados los rumores, los soldados rusos emplazados en Helsinki se amotinaron contra sus oficiales, como describió un testigo: “Por la mañana, los soldados y marineros marcharon con banderas rojas por las calles, en parte desfilando cantando ‘La Marsellesa’, en parte en grupos separados, repartiendo lazos y trozos de tela rojos. Patrullas armadas de marinos de tropa deambulaban por toda la ciudad desarmando a los oficiales que a la menor resistencia o al no aceptar el distintivo rojo eran fusilados y abandonados ahí mismo”.

Los gobernantes rusos fueron expulsados, los soldados rusos emplazados en Finlandia declararon su fidelidad al Soviet de Petrogrado y la policía finlandesa fue destruida desde abajo. La narración de primera mano, en 1918, del escritor conservador Henning Söderhjelm -expresión inmejorable del punto de vista de las élites finlandesas- lloraba la pérdida del monopolio de la violencia del Estado: “Era política expresa del SDP finlandés destruir completamente la policía. La fuerza policial, que había sido disuelta por los soldados rusos al comienzo mismo de la revolución, no volvió a existir jamás. El pueblo no tenía confianza en esta institución y en su lugar se estableció una milicia en unidades locales para el mantenimiento del orden, cuyos hombres pertenecían al Partido Obrero”.

¿Qué debería reemplazar el viejo gobierno local ruso? Algunos radicales impulsaron un gobierno rojo, pero estaban en minoría. Como en el resto del imperio, Finlandia se encontraba en marzo envuelta en la llamada “unidad nacional”. Esperando ganar mayor autonomía del nuevo gobierno provisional ruso, un ala de líderes moderados del SDP rompió con la inveterada posición del partido y se unió a un gobierno de coalición con los liberales finlandeses. Varios socialistas radicales denunciaron esta maniobra como una “traición” y una flagrante violación de los principios marxistas del SDP. Otros líderes del partido, sin embargo, aceptaron la entrada en el gobierno para evitar una división en el partido.

La luna de miel política de Finlandia duró poco. El nuevo gobierno de coalición se vio rápidamente atrapado en el fuego cruzado de la lucha de clases, cuando se desplegó una combatividad sin precedentes desde los centros de trabajo, las calles y las áreas rurales de Finlandia. Algunos socialistas finlandeses centraron sus esfuerzos en construir milicias armadas de obreros. Otros impulsaron huelgas, el sindicalismo militante y el activismo fabril. Söderhjelm describía la dinámica: “El proletariado ya no rogaba ni rezaba, sino que exigía y reclamaba. Nunca, supongo, ha estado el obrero, pero especialmente el bruto, tan hinchado de poder como en el año 1917 en Finlandia”.

La élite de Finlandia esperaba al principio que la entrada de los socialistas moderados en el gobierno de coalición obligara al SDP a abandonar su línea de lucha de clases. Söderhjelm se lamentaba de que estas esperanzas se desvanecieran: “Se desarrolló el puro mando de la turba a una velocidad inesperada. […] Antes que nada, [hay que culpar] a la táctica del Partido Obrero. […] Incluso si el Partido Obrero actuaba con una cierta dignidad en su conducta más oficial, proseguía su política de agitación contra la burguesía con incansable celo”.

Mientras que los socialistas moderados del nuevo gobierno, así como sus líderes obreros aliados, trataban de atenuar la insurgencia popular, la extrema izquierda del partido llamaba sistemáticamente a una ruptura con la burguesía. Oscilando entre estos polos socialistas se situaba una tendencia centrista amorfa que daba un apoyo limitado al nuevo gobierno. Y aunque la mayoría de líderes del SDP, por lo general, seguían dando prioridad a la esfera parlamentaria, la mayoría apoyaba -o al menos aceptaba- el levantamiento desde abajo.

A la luz de la imprevista oleada de resistencia, la burguesía finlandesa se volvió cada vez más beligerante e intransigente. El historiador Maurice Carrez señala que las clases altas finlandesas nunca aceptaron ni se resignaron a “compartir el poder con una formación política a la que veían como la encarnación del demonio”.

Polarización de clase

El derrumbe del gobierno de coalición finlandés comenzó en el verano. Para agosto, el avituallamiento del imperio había colapsado y la expectativa de la hambruna aterrorizaba a los obreros finlandeses. Las revueltas por la comida estallaron a principios de mes y la organización de Helsinki del SDP denunció el rechazo del gobierno a adoptar medidas tajantes para afrontar la crisis. “La hambrienta clase obrera pronto perdió toda la confianza en el gobierno de coalición”, señalaba Otto Kuusinen, principal teórico de izquierda del SDP, que fundaría el movimiento comunista finlandés al año siguiente.

La intransigencia socialista en la lucha por la liberación nacional aumentó aún más la polarización de clase. Los socialistas finlandeses lucharon con tenacidad para acabar con la continua injerencia del gobierno ruso en la vida nacional interna. Al lograr la independencia esperaban utilizar la mayoría parlamentaria -y su control de las milicias obreras- para impulsar un ambicioso programa de reformas políticas y sociales.

Un líder socialista explicaba en julio que “hasta ahora hemos sido obligados a luchar en dos frentes: contra nuestra propia burguesía y contra el gobierno ruso. Para que triunfe nuestra guerra de clase, para ser capaces de concentrar toda nuestra fuerza en un frente contra nuestra propia burguesía, necesitamos independencia, para lo cual Finlandia está preparada”.

Los conservadores y liberales finlandeses también querían, por sus propias razones, fortalecer la autonomía de Finlandia. Pero no estaban dispuestos a usar métodos revolucionarios para alcanzar este objetivo ni apoyaban por lo general los intentos del SDP de lograr una independencia completa.

El choque llegó finalmente en julio. En el Parlamento finlandés, la mayoría socialista propuso el histórico proyecto de ley valtalaki (del poder) que proclamaba unilateralmente la completa soberanía finlandesa. Con la dura oposición de la minoría parlamentaria conservadora, la valtalaki fue aprobada el 18 de julio. Pero el gobierno provisional ruso, dirigido por Alexandr Kerensky, rechazó inmediatamente la validez de la valtalaki y amenazó con ocupar Finlandia si no se respetaba el veredicto.

Cuando los socialistas finlandeses se negaron a ceder o a renunciar a la valtalaki, los liberales y conservadores de Finlandia aprovecharon el momento. Esperando aislar al SDP y poner fin a su mayoría parlamentaria, apoyaron y legitimaron cínicamente la decisión de Kerensky de disolver el Parlamento, democráticamente elegido, de Finlandia. Se convocaron nuevas elecciones parlamentarias, en las que los no-socialistas obtuvieron una estrecha mayoría.

La disolución del Parlamento de Finlandia marcó un punto de viraje decisivo. Hasta ese momento, los obreros y sus representantes tenían muy altas expectativas en que el Parlamento pudiera ser usado como vehículo de la emancipación social. Kuusinen explicaba que “nuestra burguesía carecía de ejército, ni siquiera podían contar con una fuerza policial. (…). Por eso había muchas razones para mantenerse en el transitado camino de la legalidad parlamentaria, en el que, al parecer, la socialdemocracia podía obtener una victoria tras otra”.

Pero se hacía evidente para cada vez más obreros y líderes del partido que el Parlamento había llegado al límite de su utilidad.

Los socialistas denunciaron el golpe antidemocrático y atacaron a la burguesía por conspirar con el Estado ruso contra los derechos nacionales de Finlandia y sus instituciones democráticas. Según el SDP, las elecciones al nuevo Parlamento eran ilegales y se habían desarrollado por medio de un amplio fraude electoral. A mediados de agosto, el partido ordenó a todos sus miembros que dimitieran del gobierno. No menos importante, los socialistas finlandeses se aliaron cada vez más estrechamente con los bolcheviques, el único partido ruso que apoyó su intento de independencia. Todas las partes habían arrojado el guante y la hasta entonces pacífica Finlandia se precipitaba hacia la explosión revolucionaria.

La lucha por el poder

Para octubre, la crisis a lo largo de todo el imperio ruso había llegado a su punto de ebullición. Los obreros finlandeses en la ciudad y el campo exigían furiosamente que sus líderes tomaran el poder. Empezaron a estallar violentos choques a lo largo de Finlandia. Sin embargo, muchos en la dirección del SDP continuaban creyendo que el momento de la revolución podría ser postergado hasta que la clase obrera estuviera mejor organizada y armada. A otros les atemorizaba abandonar la esfera parlamentaria. En palabras del líder socialista Kullervo Manner a finales de octubre: “No podemos evitar la revolución por mucho tiempo (…). Se ha perdido la fe en el valor de la actividad pacífica y la clase obrera comienza a creer sólo en su propia fuerza (…). Si nos equivocamos respecto de la rápida llegada de la revolución, estaremos encantados”.

Después de que los bolcheviques conquistaran el poder a finales de octubre, parecía que Finlandia sería la siguiente en la lista. Sin el apoyo militar del gobierno provisional ruso, la élite de Finlandia quedó peligrosamente aislada. Los soldados rusos -estacionados en Finlandia por cientos de miles- apoyaban en general a los bolcheviques y sus llamamientos a la paz. “La ola del bolchevismo victorioso llevará agua al molino de los socialistas y son ciertamente capaces de hacerlo girar”, observaba un liberal finlandés.

Las bases del SDP y los bolcheviques en Petrogrado imploraron a los líderes socialistas que tomaran inmediatamente el poder. Pero la dirección del partido daba rodeos. Nadie tenía claro que el gobierno bolchevique pudiera mantenerse más allá de unos pocos días. Los socialistas moderados se agarraban a la esperanza de encontrar una solución parlamentaria pacífica. Algunos radicales planteaban que la toma del poder era posible y urgentemente necesaria. La mayoría de los líderes vacilaban entre estas dos opciones.

Kuusinen recordaba la indecisión del partido en este momento crítico: “Nosotros los socialdemócratas, ‘unidos sobre la base de la guerra de clases’, oscilábamos a un lado y luego al otro, dirigiéndonos decididamente hacia la revolución para luego retirarnos de nuevo”.

Incapaz de llegar a un acuerdo sobre la insurrección armada, en vez de eso el partido convocó a una huelga general el 14 de noviembre en defensa de la democracia contra la burguesía, por las urgentes necesidades económicas de los obreros y por la soberanía finlandesa. La respuesta desde abajo fue abrumadora. De hecho, fue mucho más allá del cauto llamamiento a la huelga.

Finlandia quedó paralizada. En varias ciudades, las organizaciones locales del SDP y Guardias Rojas tomaron el poder, ocuparon edificios estratégicos y arrestaron a los políticos burgueses.

Parecía que este patrón revolucionario se repetiría pronto en Helsinki. El 16 de noviembre, el Consejo de la huelga general en la capital votó a favor de la toma del poder. Pero cuando los líderes moderados sindicales y socialistas condenaron la decisión y dimitieron de la institución, el Consejo dio marcha atrás ese mismo día. Resolvió que “puesto que una minoría tan amplia disentía, el Consejo no puede, en esta ocasión, empezar a tomar el poder para los obreros, sino que continuará ejerciendo presión sobre la burguesía”. La huelga se levantó poco después.

El historiador finlandés Hannu Soikkanen ha enfatizado que la huelga de noviembre fue una gran oportunidad perdida: “Caben pocas dudas de que ése fue el mejor momento para que las organizaciones obreras tomaran el poder. La presión desde abajo era enorme y la voluntad de lucha estaba al máximo (…). Sin embargo, la huelga general convenció a la burguesía, con pocas excepciones, del grave peligro que representaban los socialistas. Invirtieron el tiempo hasta que estalló la guerra civil para organizarse bajo una dirección firme”.

Fijándose en la indecisión del SDP para las acciones de masas, Anthony Upton ha dicho que “los revolucionarios finlandeses fueron en general los revolucionarios más miserables de la historia”. Tal afirmación podría sostenerse si nuestra historia terminara en noviembre, pero los siguientes sucesos mostraron que el espíritu revolucionario de la socialdemocracia finlandesa se mantuvo.

Tras la huelga general, los frustrados obreros, cada vez más, buscaron armas y se encaminaron hacia la acción directa. La burguesía se preparaba, de igual modo, para la guerra civil, formando a su “Guardia Blanca” y pidiendo al gobierno alemán ayuda militar.

A pesar de la acelerada ruptura de la cohesión social, muchos líderes socialistas continuaron dedicados a estériles negociaciones parlamentarias. Pero, esta vez, el ala izquierda del SDP se plantó y declaró que cualquier otro retraso en la acción revolucionaria sólo conduciría al desastre. Por medio de una larga serie de batallas internas, en diciembre y principios de enero, los radicales vencieron finalmente.

En enero, las palabras revolucionarias del SDP se tradujeron por fin en hechos. Para marcar el inicio de la insurrección, en la tarde del 26 de enero, los líderes del partido encendieron una lámpara roja en la torre de la Sala Obrera de Helsinki. Los días sucesivos, los socialdemócratas y sus organizaciones obreras afiliadas tomaron fácilmente el poder en todas las grandes ciudades de Finlandia; el norte rural quedó, por el contrario, en manos de las clases dominantes.

Los insurgentes de Finlandia redactaron una proclamación histórica anunciando que la revolución era necesaria puesto que la burguesía finlandesa, unida al imperialismo extranjero, había dado un golpe contrarrevolucionario contra las conquistas obreras y la democracia: “El poder revolucionario en Finlandia pertenece desde este momento a la clase obrera y sus organizaciones. (…) La revolución proletaria es noble y severa (…) severa para los insolentes enemigos del pueblo, pero preparada para dar su apoyo a los oprimidos y marginados”.

Aunque el recién instaurado gobierno rojo trató al principio de seguir un cauto camino político, Finlandia ingresó con rapidez en una sangrienta guerra civil. La clase obrera finlandesa pagó muy caro el retraso en la toma del poder, puesto que desde enero la mayoría de las tropas rusas habían regresado a sus hogares. La burguesía aprovechó los tres meses desde la huelga de noviembre para reclutar sus tropas en Finlandia y en Alemania. Al final, casi 27.000 finlandeses rojos perdieron sus vidas en la guerra. Y después de que la derecha aplastara la República Socialista de los Trabajadores de Finlandia, en abril de 1918, otros 80.000 obreros y socialistas fueron recluidos en campos de concentración.

Los historiadores están divididos en torno de si la revolución finlandesa pudo haber triunfado de haberse iniciado antes y si hubiera tomado un enfoque político y militar más ofensivo. Algunos afirman que, en último extremo, el factor decisivo fue la intervención imperialista de Alemania en marzo y abril de 1918. Kuusinen hace un balance similar: “El imperialismo alemán escuchó los lamentos de nuestra burguesía y pronto se dedicó a engullir nuestra recién conquistada independencia, que a petición de los socialdemócratas finlandeses fue reconocida por la República Soviética de Rusia. El sentimiento nacional de la burguesía no sufrió daño alguno por este asunto y el yugo de un imperialismo extranjero no le causó terror cuando parecía que la patria estaba a punto de convertirse en la patria de los obreros. Estaban dispuestos a sacrificar todo el pueblo al gran bandido alemán si éste les mantenía en el deshonroso puesto de conductores esclavizados”.

Lecciones aprendidas

¿Qué podemos pensar de la revolución finlandesa? Lo más obvio es que la revolución obrera no fue sólo un fenómeno de la Rusia central. Incluso en la pacífica y parlamentaria Finlandia, el pueblo trabajador se fue convenciendo de que sólo un gobierno socialista podía ofrecer una salida a la crisis social y a la opresión nacional.

Tampoco los bolcheviques fueron el único partido en el imperio capaz de dirigir a los obreros al poder. En muchos sentidos, la experiencia del SDP finlandés confirma la perspectiva tradicional de la revolución planteada otrora por Karl Kautsky: por medio de una paciente organización y educación con conciencia de clase, los socialistas obtuvieron una mayoría parlamentaria, obligando a la derecha a disolver la institución, lo que, a su vez, hizo estallar una revolución de orientación socialista.

La preferencia del partido por una estrategia parlamentaria defensiva no le evitó, al final, tener que derrocar al poder capitalista y dar pasos hacia el socialismo. En contraste, el burocratizado Partido Socialdemócrata de Alemania -que había abandonado hacía tiempo la estrategia de Kautsky (el propio Kautsky lo había hecho)- sostuvo activamente el poder capitalista en 1918-19 y aplastó violentamente los esfuerzos por derribarlo.

Pero Finlandia no sólo mostró la fuerza sino también los límites potenciales de la socialdemocracia revolucionaria: vacilación en abandonar la esfera parlamentaria, subestimación de la acción masas y una tendencia a inclinarse hacia los socialistas moderados para mantener la unidad del partido.


Traducción: Viento Sur

Las lecciones de Finlandia

Julio 7/2017

 

El artículo de Eric Blanc “Las lecciones de la revolución de 1917 en Finlandia” plantea una serie de razonamientos políticos basados en la experiencia finlandesa, que serían extremadamente perjudiciales para la izquierda actual en caso de ser adoptados. Fundamentalmente, la revolución reivindica la estrategia política de la socialdemocracia de Kautsky. Jacobin, que publicó primero el artículo de Blanc, rechazó publicar mi respuesta y por esta razón la estoy posteando aquí de forma tal que al menos algunos camaradas puedan leerla.

La revolución finlandesa de 1917-1918 merece más atención de la que ha recibido de parte de la izquierda. Suministra el ejemplo de una sociedad relativamente desarrollada, tanto política como económicamente, en donde una revolución social de la clase obrera progresó en mayor medida que en cualquier otra sociedad, excepto Rusia.


Espero por estas razones que el reciente artículo de Blanc pueda ser el comienzo de un intento más profundo de abordar las cuestiones políticas planteadas por la experiencia de esta revolución.

Con este prefacio, me gustaría plantear desacuerdos con las conclusiones políticas que extrae Blanc de la revolución finlandesa.

El mayor error de Blanc es sugerir que la revolución “confirma la perspectiva tradicional planteada por Karl Kautsky, según la cual por medio de una paciente organización y educación con conciencia de clase, los socialistas obtuvieron una mayoría parlamentaria, obligando a la derecha a disolver la institución, lo que, a su vez, hizo estallar una revolución de orientación socialista”.

Blanc concluye su artículo con un pequeño párrafo subrayando algunas de las “limitaciones” de la “socialdemocracia revolucionaria”, representada por el Partido Socialdemócrata de Finlandia (SDP), pero sobre todo afirma que la revolución finlandesa prueba que “los bolcheviques no eran el único partido en el imperio capaz de liderar a los obreros al poder”.

Lejos de ser una reivindicación de la estrategia del SDP, la horrible masacre y la represión política que siguió es una denuncia crítica de la mejor forma que podría tomar la socialdemocracia. La tragedia finlandesa constituye, sin dudas, un argumento en favor del marxismo revolucionario intervencionista de los bolcheviques.

Para este artículo me apoyaré fuertemente en el panfleto de Otto Wille Kuusinen, “La revolución finlandesa: una autocrítica”, escrito en agosto de 1918. Kuusinen fue un líder teórico del SDP, presidente del partido desde 1911 a 1917, y delegado del Pueblo para Educación en el gobierno revolucionario. Con muchos otros dirigentes socialdemócratas, formó el Partido Comunista de Finlandia durante su exilio en la Rusia soviética. Se puede encontrar una versión en PDF de este panfleto.

La “izquierda” y la derecha dentro del SDP

En su descripción de la revolución, Blanc da la impresión de que los socialdemócratas estaban divididos en un ala moderada y una revolucionaria. En realidad, el partido estaba dividido entre el “centro”, que era mayoría en la dirección, y una derecha abiertamente revisionista que predominaba en la fracción parlamentaria. El centro, como lo describe Kuusinen, “no creía en la revolución, no creíamos en ella, no la reclamábamos”. El rasgo que definía esta tendencia política era:

1) una guerra de clases pacífica, continua pero no revolucionaria y, al mismo tiempo,

2) una guerra de clases independiente, que no buscaba una alianza con la burguesía.

Esta no era una actitud intransigente de “a través de medios pacíficos si fuera posible, pero a través de medios violentos si fuera necesario” parafraseando a James Cannon1, sino la adopción de una actitud pasiva y fatalista para llevar adelante la lucha de clases. Citando nuevamente a Kuusinen: “Las relaciones de una socialdemocracia consistente con la revolución son tan pacíficas como las de un historiador tolerante respecto de los revolucionarios de tiempos pasados. ‘La revolución nace, no se hace’ es la expresión favorita de la socialdemocracia”.

El centro y la derecha del Partido Socialdemócrata estaban limitados por ilusiones en las posibilidades de un cambio gradual y democrático a través del Parlamento.

Esto no significa que una izquierda revolucionaria no se haya formado durante la propia revolución, pero era débil organizativamente, con poco liderazgo coordinado. Se hizo claro durante la huelga general de noviembre, una revolución abortada, que los sentimientos revolucionarios prevalecieron entre el liderazgo de los Guardias Rojos y el Consejo de Obreros de Helsinki. Ambas fueron nuevas instituciones revolucionarias que respondían a los trabajadores radicalizados. Cuando la dirección del SDP llamó a levantar la huelga, el Consejo de Obreros de Helsinki convocó a Oskari Tokoi (el primer ministro socialista durante el gobierno de coalición) y le dijo que “golpearan duro a la burguesía, instituyeran la censura, transfirieran la industria a la propiedad estatal, la tierra y sus anexos… ahora, más que nunca, se nos requiere energía y poder… no podemos retroceder, debemos luchar hacia adelante”.

En forma similar, los trabajadores ferroviarios invadieron las oficinas del presidente del SDP (y de otro líder centrista), Kullervo Manner, y lo increparon por haber cancelado la huelga. Tal era el apoyo popular entre las secciones avanzadas de la clase a la revolución que el Consejo de Obreros de Helsinki incluso pudo mantener la huelga general, al menos en la capital, por otros dos días luego de la finalización oficial decidida por el SDP. La tragedia de estos acontecimientos fue que la dirección política de la clase obrera estaba hegemonizada por el SDP. Sin dirigencia revolucionaria independiente, el impulso no podía mantenerse.

El grupo capaz de jugar el papel más importante como una facción revolucionaria desde fuera del SDP estaba constituido en realidad por aquellos pocos finlandeses que se habían unido a los bolcheviques, como Adolf Taimi y los hermanos Rahja. Estos bolcheviques fueron elegidos líderes en la Guardia Roja de Helsinki, que se convirtió en una presión de la izquierda radical sobre el SDP. Luego de la terminación de la huelga general de noviembre y con anterioridad a la insurrección de enero, la Guardia Roja abogó con fuerza por la revolución e incluso amenazó con liderarla si la dirigencia del SDP demostraba ser demasiado cobarde.

El rechazo del SDP a tomar el poder condenó la Revolución al fracaso

En los preparativos de la insurrección de octubre de 1917 en Petrogrado, Lenin advirtió a los líderes bolcheviques que en ciertos momentos, la cuestión del liderazgo político y la voluntad de tomar la iniciativa se hacen imperiosos para que la revolución triunfe.

“Refrenarse de tomar el poder ahora, ‘esperar’, permitirse charlas en el Comité Central Ejecutivo… es condenar la revolución al fracaso”.

El fracaso de los socialdemócratas en impulsar el potencial revolucionario de la huelga general de noviembre de 1917 fue lo que selló el destino de la revolución de 1918. Blanc hace la observación correcta de que “los historiadores están divididos” en cuanto a si la Revolución podría haber triunfado en noviembre, dada la invasión del avasallante ejército alemán en marzo de 1918. Sin embargo, podemos decir con seguridad que en noviembre la situación era mucho más favorable para la clase obrera. En retrospectiva, Kuusinen vio que con el rechazo a instalar el poder obrero en noviembre de 1917 sólo se había pospuesto la guerra civil.

“¿Podríamos haber evitado un conflicto armado? ¡No! Sólo se lo postergó, el momento en el cual la burguesía estuvo mejor preparada para él…”.

Como dice Blanc, en enero, la mayoría de los soldados rusos, que simpatizaban con los trabajadores finlandeses y a quienes los bolcheviques habían comprometido para la insurrección, habían dejado Finlandia. Muchos soldados rusos y oficiales revolucionarios, como Georgy Bulatsel y Mikhail Svechnikov 2 lucharon del lado de la Revolución; en noviembre, los soldados revolucionarios habrían sido un poderoso baluarte contra los finlandeses blancos. Lo que es más importante, la burguesía estaba totalmente a la defensiva, mientras en enero de 1918 ya había establecido un campo de entrenamiento de la Guardia Blanca en el norte de Finlandia bajo el mando del barón Mannerheim y estaban más preparados para la guerra civil que los rojos.

El imperialismo alemán, en marzo de 1918, estaba libre para extender su influencia en Finlandia apoyándose en el rapaz tratado de Brest-Litovsk con Rusia (firmado el 3 de marzo). En noviembre, Alemania todavía estaba enredada en las negociaciones de paz con Rusia y estado muy presionada para intervenir.

A la vez que se que reconoce que la intervención alemana en marzo de 1918 fue un golpe mortal para la revolución, todas las señales apuntaban hacia la posibilidad de un éxito revolucionario en noviembre de 1917. Esta posibilidad fue dejada pasar por la inacción de los líderes del SDP.

Las actitudes de los bolcheviques y de los socialdemócratas respecto de la insurrección

Si como Kuusinen (y todos los líderes del SDP en esa época expresaban abiertamente), el SDP era hostil a la revolución, queda abierta la pregunta de por qué lideraron un levantamiento el 26 de enero.

Los líderes del SDP tomaron las armas sólo como un último recurso y bajo la presión de una sección revolucionaria de trabajadores incipiente y muy desorganizada políticamente. Lo que hizo al SDP “revolucionario” fue su falta de inclusión en las instituciones del Estado y el ardiente deseo de la burguesía de “estabilizar” el país luego de la huelga general. La agenda de la burguesía requería desarmar las Guardias Rojas y aplastar violentamente las aspiraciones de los trabajadores, y a la vez amenazar las instituciones establecidas del SDP. El 9 de enero de 1918, el gobierno burgués votó formar una nueva “fuerza de seguridad” para reemplazar la milicia dominada por el SDP, que había rechazado aplastar las acciones de los trabajadores. En realidad, esto era la legitimación estatal de las ya existentes “Guardias Civiles” (o “guardias carniceras”, como las llamaban los obreros) que los propietarios de la tierra y la burguesía habían creado de entre sus propias filas para romper las huelgas. Las “guardias carniceras” fueron nombradas milicias oficiales del Estado el 26 de enero, en lo que se consideró una declaración de guerra contra la Guardia Roja y los trabajadores en general. En esta instancia, incluso figuras de la derecha del SDP como Tokoi y Wiik prosiguieron con la insurrección a la cual veían simplemente necesaria para “defender la democracia”. Citando a Kuusinen: “De este modo, la bandera de la revolución fue en realidad levantada a fin de que la revolución pudiera ser evitada”.

Esto se ve claramente en la Constitución propuesta para la “República Socialista de los Trabajadores de Finlandia”3, presentada por el nuevo gobierno del SDP. No habla de la necesidad de la dictadura del proletariado sobre la sociedad, sino de acrecentar la democracia para facilitar el mejor terreno posible para avanzar en la lucha de clases. Incluso en una guerra civil, el SDP sólo hablaba en términos de retornar a las “condiciones normales”.

La necesidad de la revolución para la autopreservación contrastaba fuertemente con el enfoque de los bolcheviques. La urgencia de los razonamientos de Lenin desde fines de septiembre de 1917 en adelante acerca de la insurrección se basaba en reconocer que una mayoría de los trabajadores había sido ganada para la necesidad de un gobierno soviético. En forma crítica entendió la importancia de suministrar un liderazgo a los trabajadores, antes que ser llevado a los empujones por los sucesos externos y la importancia de la acción en las coyunturas decisivas. Era una concepción activista del liderazgo.

Incluso, durante la huelga general en Finlandia, fueron los bolcheviques los que urgieron al SDP para que rompiera con su pasividad y aprovechara el momento. Lenin envió telegramas a los líderes del SDP y los urgió a que “se levantaran, se levantaran de una vez y tomaran el poder en manos de los trabajadores organizados”. Dybenko, que fue comandante de los marineros de la Flota del Báltico estacionados en Helsinki, de forma similar urgió a la insurrección y los bolcheviques publicaron una carta en los periódicos obreros finlandeses invitándolos a seguir su ejemplo.

Luego de que concluyera la huelga general, los bolcheviques continuaron ejerciendo presión sobre el SDP. Stalin, entonces comisario de las Nacionalidades, habló en la conferencia nacional del SDP el 27 de noviembre y les aconsejó que dejaran de lado las dudas acerca de la revolución, implorándoles que adoptaran “las tácticas de Danton -¡audacia, audacia y nuevamente audacia!”. Es emblemático que incluso la fecha de la propia insurrección, sobre la cual los líderes del SDP no podían ponerse de acuerdo, fue fijada por tiempo necesario para efectivizar un embarque de 15.000 rifles y 2 millones de cartuchos que los bolcheviques acordaron enviarles por tren desde Petrogrado.

Blanc tiene razón al subrayar que Finlandia en 1917-1918 representaba una sociedad capitalista más avanzada que Rusia. Políticamente, Finlandia tenía mucho más en común con las sociedades occidentales de la época que con el imperio ruso del que formaba parte. Por esta razón vale la pena examinarla. Pero sería totalmente equivocado sostener que la “socialdemocracia revolucionaria” de Kautsky, de la cual Blanc considera al SDP como un ejemplo, debería ser emulada.

El SDP, a diferencia de sus primos socialdemócratas occidentales, fue colocado en una situación singular que la proyectó hacia la acción revolucionaria. El hecho de que el Parlamento finlandés no tuviera poder bajo el gobierno del zar, le dio al SDP una oportunidad de construir una mayoría en el Parlamento sin asumir responsabilidad por el Estado capitalista. En el contexto del colapso de los ejércitos represivos del Estado zarista, el aumento de la militancia en Finlandia y de la revolución obrera en Rusia, la burguesía vio en el SDP una amenaza mortal a sus propios intereses. El SDP demostró que no estaba a la altura de la tarea de la revolución cuando la burguesía le arrojó el guante.

Para los socialistas actuales, que también están operando en las democracias occidentales, haríamos bien en prestar atención a las lecciones que extrajo Kuusinen de la terrible derrota sufrida por los trabajadores finlandeses hace casi cien años atrás. La necesidad de un liderazgo revolucionario y de organización para extraer todas las ventajas de una crisis revolucionaria -tal como la que se presentó en noviembre de 1917-, pero también para asumir el liderazgo en la guerra civil y llevar adelante las enérgicas medidas necesarias para alcanzar la victoria. Había claramente un deseo entre los trabajadores finlandeses de empujar la huelga general hacia una insurrección. Pero sin un liderazgo revolucionario que pudiera desafiar al SDP sus heroicos esfuerzos fueron llevados a un callejón sin salida. Con posterioridad a la derrota, Kuusinen concluyó que una perspectiva revolucionaria debe rechazar las ilusiones en una democracia burguesa: “En una sociedad de clases solamente pueden existir dos clases de relaciones entre las clases. Una, con un estado de opresión mantenido mediante la violencia (armas, leyes, tribunales, etc.), en el cual la lucha por la liberación de las clases oprimidas está confinada a medios relativamente pacíficos (…) mientras que la otra es un estado de lucha abierta entre las clases, la Revolución, en la cual un conflicto violento decide cuál de las dos clases en el futuro será el opresor y cuál el oprimido”.

La claridad política sobre esta cuestión se consiguió al costo de las vidas de decenas de miles de trabajadores y la criminalización de los revolucionarios finlandeses durante décadas. La ironía de sugerir que los socialdemócratas finlandeses representaban una política capaz de liderar a los trabajadores al poder como lo hicieron los bolcheviques en Rusia es que Kuusinen y sus camaradas terminaron acordando con los bolcheviques, contra lo que había sido su propia práctica.


Tradujo Olga Stutz

* Duncan Hart es un activista socialista y miembro de Alternativa Socialista en Australia. 

NOTAS

1. James Cannon (1890-1974): dirigente obrero, uno de los organizadores de la Industrial Workers of the World (IWW), central sindicalista revolucionaria fundada en 1905). Fundador del PC norteamericano, se unió a la Oposición de Izquierda en 1928. Expulsado del PC, fundó la Liga Comunista de América. Fue dirigente del SWP y de la IV Internacional, en la que protagonizó la ruptura de 1952 con el pablismo, constituyendo el Comité Internacional y luego la reunificación que diera lugar al Secretariado Unificado.

2. El teniente coronel Bulatsel, como miles de rusos en Finlandia, fue fusilado luego de ser capturado por los Guardias Blancos. Sus dos hijos fueron asesinados en Viipuri en abril de 1918, de igual manera. Sirvió como concejero militar al comandante en Jefe del frente norte, Hugo Salmela, quien lideró la defensa de Tampere.

3. Este título “República Socialista de los Trabajadores” no fue la elección de los socialistas finlandeses. Lenin insistió en que fuera la descripción del Estado finlandés cuando la República Soviética de Rusia firmó un tratado de amistad con los finlandeses el 1° de marzo. Los bolcheviques deseaban que los trabajadores de ambos Estados tuvieran totales derechos políticos y civiles en forma recíproca, pero los socialistas finlandeses se opusieron, los rusos suministraron a los trabajadores finlandeses derechos políticos en Rusia sin reciprocidad.

Evaluación de la socialdemocracia revolucionaria

Ante todo, me gustaría agradecer al compañero Duncan Hart por su contribución “Las lecciones de Finlandia: respuesta a Eric Blanc”. Si bien no comparto el análisis, acuerdo en que un debate serio acerca de la Revolución Finlandesa es útil para los marxistas hoy en día. A pesar de que algunas de las críticas de Hart al Partido Socialdemócrata de Finlandia (SDP) están bien fundadas, más abajo estableceré que su texto caracteriza en forma equivocada la postura política del SDP y la de los líderes revolucionarios de la socialdemocracia.

De esta forma, el artículo de Hart no nos ayuda a lograr un análisis más claro del marxismo “ortodoxo” finlandés (y alemán), de la revolución finlandesa de 1917-1918 o de las lecciones que podemos aprender de esta historia. Mi libro, de próxima aparición, aborda en detalle estas cuestiones; aquí unos pocos comentarios tendrán que ser suficientes.

  1. Contrariamente a lo que Hart afirma, nunca sostuve que el enfoque de la dirección del SDP -o la estrategia política de Karl Kautsky- debiera ser “emulada” en la actualidad. De hecho, mi artículo “Las lecciones de la revolución de Finlandia en 1917” (publicada primero en Jacobin), en forma consciente y explícita destaca no sólo los puntos fuertes sino también las limitaciones reales de la socialdemocracia revolucionaria, como ser una subvaloración de la acción de masas, una tendencia a inclinarse hacia los socialistas moderados y un enfoque excesivo en el terreno parlamentario.

Desde mi punto de vista, no existe contradicción entre hacer una equilibrada y matizada evaluación del marxismo “ortodoxo” de la II Internacional y sostener las mejores tradiciones políticas del bolchevismo. Mi esperanza es que una vez que los camaradas como Hart y otros se muevan más allá de los mitos prevalecientes y examinen críticamente la real postura de la primera socialdemocracia revolucionaria puedan ver que las diferencias entre esta estrategia y la de Lenin, Trotsky y la Internacional Comunista pre-estalinista son mucho menores que lo que inicialmente suponen.

  1. El trabajo del camarada Hart contiene varias afirmaciones infundadas acerca de la política de los socialdemócratas revolucionarios finlandeses (a quienes él etiqueta como ala de “centro” del partido de una forma un poco engañosa) y su estrategia política. En ningún punto nos presenta ninguna cita real de los escritos o discursos de los líderes del SDP durante la revolución. En cambio, como enfatiza el propio Hart, reitera el análisis de una corta obra polémica de agosto de 1918 de Otto Kuusinen, el ex líder de la izquierda “ortodoxa” del SDP, que posteriormente se convertiría en fundador del comunismo finlandés.

Si bien se pueden extraer algunos conceptos profundos de la pieza de Kuusinen de 1918, es fundamental tener en cuenta que ésta era una mirada polémica publicada para ganar cuadros para el nuevo Partido Comunista. Más aún, fue escrita en un momento en el cual Kuusinen adhería al Comunismo de Izquierda (que erróneamente igualaba al bolchevismo). En agosto de 1918, Kuusinen rechazaba la actividad parlamentaria, el trabajo sindical, las reivindicaciones inmediatas y democráticas y los compromisos tácticos -en cambio, insistía que todo el trabajo marxista debía concentrarse en la lucha armada por la dictadura del proletariado.

Respecto del programa de fundación del Partido Comunista de Finlandia -también escrito por Kuusinen en agosto de 1918-, el historiador Anthony Upton hace notar que “el observador marxista también advertirá que este documento está atravesado por lo que Lenin más tarde definiría como ‘infantilismo de izquierda’”. Upton explica que el Partido Comunista de Finlandia más tarde reconoció que “fue un error haber condenado la democracia en esos términos y haber rechazado todas las formas de actividad no revolucionaria; considera el error como una sobrerreacción a la experiencia de la derrota y a la todavía imperfecta comprensión de la ideología bolchevique por parte de sus miembros1. Así, no es necesario para los socialistas en la actualidad basar su crítica a la revolución en Finlandia en la obra polémica ultraizquierdista de Kuunisen de agosto de 1918.

  1. Ni Hart ni Kuusinen citan ningún documento de primera fuente para justificar sus afirmaciones de que la izquierda del SDP propiciaba una estrategia reformista, fatalista y gradualista de transformación socialista. Lo cual no constituye una sorpresa, dado que los registros históricos no apoyan tales reclamos. La posición de los primeros marxistas “ortodoxos” sobre el Estado era mucho más radical y más cercana en letra y espíritu a El Estado y la Revolución, de Lenin, de lo que generalmente se ha considerado. En un artículo escrito en octubre de 2016 para el blog de John Riddell, demostré en detalle que la verdadera posición sobre El Estado y la Revolución compartida por los socialdemócratas revolucionarios finlandeses y la del primer Karl Kautsky, es decir antes de su violento giro a la derecha posterior a 1910. (Por razones de espacio, no he podido en “Las lecciones de Finlandia” ahondar en la distinción crítica entre la política de Kautsky antes y después de 1910, pero debe subrayarse que lo que defendía la izquierda del SDP era la temprana “ortodoxia” revolucionaria más que el posterior enfoque moderado.)

Más que reiterar las consideraciones establecidas en mi anterior artículo, me limitaré aquí a puntualizar algunos de los más importantes errores fácticos cometidos por el compañero Hart. Siguiendo a Kuusinen, Hart afirma que el SDP solamente apoyaba tácticas estrictamente pacíficas y se oponía al axioma “a través de medios pacíficos si fuera posible, pero violentos si fuera necesario”. En los hechos, esta última posición fue literalmente la posición explícita y por largo tiempo de la izquierda del SDP. De muchas posibles citas, considerar la siguiente publicada en el principal periódico del SDP, Kansan Lehti, el 11 de noviembre de 1917: “Los trabajadores socialdemócratas conscientes nunca han admirado los acontecimientos violentos. Para nosotros, la guerra civil es particularmente terrible. Pero la socialdemocracia no puede prohibir a sus miembros la actividad armada cuando las cosas no se pueden solucionar de otra manera”.2

Que el SDP no estaba comprometido con los medios estrictamente pacíficos se hizo obvio no sólo por su impulso hacia la insurrección armada en enero de 1918, sino también por su temprana y exitosa iniciativa en octubre de 1917 de establecer una organización nacional de Guardias Rojos. Al citar la radicalización de los Guardias Rojos, Hart omite mencionar que esos cuerpos estaban afiliados al SDP y a los sindicatos, y compuestos principalmente por miembros y cuadros (a pesar de algunas diferencias políticas y organizativas reales con los guardias), y éstos eran defendidos activamente por los líderes “ortodoxos” del SDP contra la derecha del SDP y la burguesía finlandesa.

  1. El compañero Hart sostiene que “el SDP era hostil a la revolución”. En realidad, los líderes de la izquierda del SDP durante el período 1917-1918 sostuvieron que una revolución en Finlandia se convertiría en una posibilidad inmediata y una necesidad una vez que los medios pacíficos y parlamentarios no fueran más adecuados. Incluso el líder del SDP, Oskar Tokoi (que pertenecía al vacilante centro del partido, antes que a la izquierda “ortodoxa”), declaró en un discurso, a mediados de octubre, que los trabajadores tenían “otros medios de poder, además de las elecciones, para conseguir sus reclamos. Era necesario mantenerse firmes y luchar por la victoria de la revolución cuando llegase el momento adecuado”3.

Una de las razones por las cuales el SDP estaba particularmente focalizado en la labor parlamentaria durante gran parte de 1917 era que la Revolución de Febrero había destruido completamente todo el aparato armado burgués de la elite finlandesa. A causa de este contexto más bien excepcional, combinado con la mayoría parlamentaria del SDP, parecía posible utilizar la legitimidad y el poder del Parlamento existente para impulsar ardientes reformas democráticas y económicas.

Así, mientras el liderazgo del SDP estaba prácticamente orientado al Parlamento, simultáneamente desde febrero de 1917 en adelante luchó con fuerza contra todos los intentos de la clase alta finlandesa de rearmarse. El propio Kuusinen observó esta dinámica excepcional en su escrito de 1918: “En ese momento, el sendero de la democracia parlamentaria parecía despejado en una medida extraordinaria, y se abría por delante de nuestro movimiento de la clase obrera un amplio panorama”4. Precisamente, para salir de esta situación peligrosa, en el verano la burguesía finlandesa convenció exitosamente al Gobierno Provisional Ruso de que disolviera el Parlamento de Finlandia elegido democráticamente, con el apoyo de los socialistas moderados en Rusia.

El compañero Hart afirma que el SDP adhería a “una actitud pasiva y fatalista para impulsar hacia adelante la lucha de clases”. Pero, en realidad, el fatalismo político fue explícitamente rechazado por los líderes del SDP y también por Kautsky. La socialdemocracia finlandesa adhirió a la estrategia “ya probada” de la “ortodoxia” marxista por la cual el partido acumularía fuerza para la batalla final, primeramente difundiendo el mensaje socialista y construyendo organizaciones proletarias. Como observé en “Las lecciones de Finlandia”, esta estrategia llevaba problemáticamente a priorizar la educación y la organización por sobre la acción de masas. Pero difícilmente era un enfoque “pasivo”.

Más aún, el SDP finlandés -a diferencia de la burocratizada socialdemocracia alemana- inició y apoyó acciones de masas en las coyunturas críticas durante 1917-1918. Además de llevar adelante varias movilizaciones de masas, los líderes del SDP llamaron a la huelga general de noviembre que llevó a los trabajadores al borde de conquistar el poder. El llamado a la huelga enunciaba que era necesario que los trabajadores tomaran “la ruta de la acción de masas” para conquistar sus reivindicaciones5. Como Rosa Luxemburgo había afirmado con razón desde 1905, un acercamiento del partido socialista a las huelgas masivas era una prueba crítica para sus credenciales revolucionarias. No veo cómo se puede conciliar en forma creíble que el SDP lanzara una huelga general en noviembre y una insurrección armada en enero de 1918 (se discute más abajo) con afirmaciones acerca del supuesto fatalismo del partido.

  1. La única y más sólida evidencia que Hart expone para sustanciar su crítica es que el SDP no tomó el poder en noviembre de 1917. En mi artículo también subrayo que ésa fue una oportunidad perdida. Pero, como siempre, se necesita un sentido del contexto y un balance crítico. Dado que “Las lecciones de Finlandia” y la contribución de Hart explican por qué noviembre era probablemente el mejor momento para la revolución, aquí es muy útil exponer algunas de las razones por las cuales la izquierda del SDP no intentó tomar el poder durante la huelga general6.

Es difícil estimar con precisión en qué grado la indecisión de los líderes “ortodoxos” del SDP en noviembre estaba enraizada en sus concepciones estratégicas. El foco de la izquierda del SDP en el Parlamento y su relativa falta de tradición de acción de masas ciertamente contribuyó a la tendencia a aferrarse al terreno parlamentario en un momento en el que ya se lo podía considerar políticamente anacrónico. Pero existían otros factores contextuales y coyunturales clave que tenían igual peso.

Mucha de la indecisión del ala izquierda de Kuusinen reflejaba un deseo de evitar una división del partido que potencialmente lo debilitara. Contrariamente a las afirmaciones de Hart, los socialdemócratas revolucionarios no tenían una mayoría decisiva entre los líderes del partido. Entre la izquierda ortodoxa y la intransigente minoría de derecha había un amplio y vacilante centro. A fines de octubre y principios de noviembre, Kuusinen había planteado la posibilidad de tomar el poder, pero se retractó en vista a la estridente oposición de más de la mitad de los principales líderes a esta propuesta. Por esta razón, Kuusinen sintió durante la huelga general de noviembre que era prematuro intentar tomar el poder, dado que podría llevar a la división del partido. En su mirada, una ruptura de la organización sería potencialmente fatal para la insurrección proletaria, llevando al ala más radicalizada de los trabajadores a confrontar con la burguesía sin el apoyo del resto del movimiento organizado de los trabajadores.

En su mayor parte, pienso que la tendencia de Kuusinen al compromiso político con los socialistas moderados para preservar la unidad organizativa fue un error. Dicho esto, se debe reconocer que una división en mitades del SDP en un momento de insurrección podía efectivamente haber evitado que los trabajadores finlandeses tomaran y/o se mantuvieran en el poder. Nunca lo sabremos. Y a pesar de que está lejos de ser evidente que los beneficios de evitar una ruptura del partido pesaron más que los costos de demorar la revolución, la verosimilitud del enfoque de la izquierda del SDP se manifestó, sin embargo, durante los dos meses que siguieron a la huelga general. En un contexto político de rápida polarización, el ala de Kuusinen había aislado a la derecha del SDP, ganado al centro hacia fines de enero de 1918 y cimentado una alianza con los Guardias Rojos. Al hacerlo, la izquierda “ortodoxa” estaba en condiciones de ganar el partido y a los sindicatos en su conjunto para luchar por el poder.

Más aún, es importante destacar que muchas de las indecisiones del centro y la izquierda del SDP en noviembre tenían sus raíces en las incertidumbres del mundo real acerca de la rápida evolución de la situación política. Un debate análogo, vale la pena mencionarlo, había recorrido a los bolcheviques en el otoño de 1917 en Petrogrado. Los bolcheviques habían tratado de evitar, en varios momentos de 1917, lo que ellos consideraban una prematura toma del poder. Y en muchas partes del imperio los bolcheviques no intentaron una acción revolucionaria en octubre dado que veían condiciones todavía no maduras en el terreno -en Bakú, por ejemplo, el partido esperó hasta marzo de 1918 para tomar el poder. La ideología, en este sentido, fue necesariamente sólo un factor en determinar las prácticas marxistas en un momento dado. No importa cuán revolucionaria sea nuestra política, apostar al momento más oportuno para la insurrección era una tarea extremadamente desafiante.

Además de los temas antes mencionados de unidad partidaria, de las cuestiones que pesaban en las mentes de todos los cuadros del partido finlandés que seriamente consideraban las perspectivas de la revolución, los siguientes eran las más destacadas: ¿cómo reaccionarían los soldados rusos estacionados en Finlandia ante un levantamiento obrero finlandés?, ¿tendrían los trabajadores finlandeses suficientes armas para tomar el poder y sostenerlo?, ¿si Finlandia emprendía el camino revolucionario, el gobierno alemán intervendría o invadiría?, ¿podría el nuevo gobierno soviético en Petrogrado durar más que unos pocos días o semanas?, ¿y podría suministrar apoyo armado a los trabajadores finlandeses? Por supuesto, las respuestas que los líderes del SDP dieron a estas preguntas fueron modeladas por sus perspectivas políticas particulares. Más aún, la dificultad de leer -y decidir sobre- la situación empírica concreta ciertamente no era menos importante. El sangriento curso de la guerra civil finlandesa demostraría que muchas de estas preguntas correspondían a desafíos sociales y políticos muy reales, que no eran tan fáciles de superar.

A pesar de que concuerdo en que (en retrospectiva) noviembre de 1917 era el momento más favorable para la insurrección en Finlandia, Hart exagera en qué medida éste era el punto en cuestión. Algunos temas a tener en cuenta: tanto en noviembre como en los meses sucesivos, la abrumadora mayoría de los soldados rusos se oponía a participar directamente en la revolución finlandesa, su presencia de una forma u otra nunca fue un factor decisivo. A su vez, la primera derrota importante de los finlandeses rojos (la “Batalla de Tampere”, en marzo de 1918), un punto de inflexión crítico en la guerra civil, ocurrió antes de la invasión alemana de abril de 1918.

Es una exageración sostener que “la burguesía estaba completamente a la defensiva” en noviembre de 1917 -la propia huelga general se inició en respuesta a las intensas actividades de la burguesía finlandesas tendientes a la construcción de un nuevo aparato militar. En enero de 1918, sin duda, la clase alta había tenido más tiempo para cohesionar sus fuerzas armadas, pero también lo tuvieron los trabajadores (cuyos Guardias Rojos en noviembre estaban más pobremente organizados). A diferencia de noviembre, el partido y las organizaciones obreras de masas en enero de 1918 estaban abrumadoramente a favor de la revolución. En el ínterin, sin embargo, los trabajadores ciertamente perdieron algún impulso significativo y la burguesía ganó alguno (así como más armas y cohesión organizativa).

De conjunto, mientras que noviembre era probablemente el momento más favorable para la revolución, esto no debería ser exagerado. En todo caso, esos desarrollos políticos están mucho más claros desde la ventaja que ofrece el análisis actual de lo que eran en aquel momento. No había manera de saber durante la huelga general de noviembre si posteriormente se presentaría un momento más favorable para tomar el poder.

Que los Rojos hayan perdido la guerra civil en Finlandia como tal no constituye “una dura acusación” a los socialdemócratas finlandeses “ortodoxos” o a la socialdemocracia revolucionaria en general. Con este criterio también deberíamos condenar el bolchevismo, dado que sus gobiernos de 1917-18 en Letonia, Estonia y Bakú fueron derrotados en forma similar. Más aún, los bolcheviques en su totalidad fueron vencidos por la contrarrevolución estalinista. Adherir a políticas revolucionarias, desafortunadamente, no garantiza automáticamente la victoria política.

Un punto final: es erróneo que el compañero Hart afirme que el supuestamente no revolucionario SDP fue “impulsado” por las circunstancias a hacer una revolución como medida de “autopreservación”. La “situación excepcional” de la “falta de inclusión en las instituciones del Estado” no fue un accidente de la historia, sino el resultado directo de años de intransigencia de clase de los marxistas “ortodoxos” contra el proyecto corporativista del nacionalismo finlandés. En 1917 esto tomó la forma de iniciativas revolucionarias específicas: en el verano de 1917, la izquierda del SDP puso en movimiento la ruptura del gobierno del Frente Popular Finlandés, dando el paso revolucionario de declarar unilateralmente la soberanía de Finlandia contra el régimen ruso. En las vísperas de este conflicto (y la subsiguiente disolución del Parlamento por parte del bloque fino-ruso), el SDP ordenó a sus ministros de centro y derecha dejar el gobierno finlandés. A continuación, el SDP y los sindicatos asociados comenzaron a formar las Guardias Rojos para contener la ofensiva burguesa. Sin estas acciones, la situación a fines de 1917 hubiera sido completamente diferente.

Durante todo el otoño de 1917 y principios de 1918 hubo todavía numerosas oportunidades para el liderazgo del SDP de revertir el curso y retroceder de la revolución. La “autopreservación”, en este sentido, es precisamente lo que la derecha del SDP estridentemente demandó del partido desde noviembre en adelante: condenar la violencia/anarquía de los Guardias Rojos y restablecer un bloque socialista-liberal, de forma tal de evitar una ruptura anticapitalista. Los socialdemócratas revolucionarios finlandeses, no sin alguna vacilación importante en el camino, rechazaron conscientemente esta posición y, en cambio, libraron una difícil batalla fraccional en diciembre y enero para aislar el ala parlamentaria moderada del SDP, haciendo una alianza con los radicales Guardias Rojos (a quienes habían incorporado con éxito a la más alta dirigencia partidaria en enero) y tomar el poder. Nada era inevitable acerca de estas consecuencias.

Si bien no hay necesidad de colocar un signo de igualdad entre las dos revoluciones y sus líderes políticos, la Revolución de Octubre también fue en gran parte un acto defensivo ante la contrarrevolución; en realidad, fue presentada de esta manera por los bolcheviques y en gran medida apoyada desde abajo por este motivo7. En la lucha de clases, al igual que en la guerra, la línea divisoria entre las acciones defensivas y ofensivas, si es que existen, fue a menudo extremadamente borrosa. Echar la culpa a la burguesía por el comienzo de la guerra civil fue una táctica suficientemente precisa y astuta para ganar a aquellos trabajadores (y cuadros vacilantes) para apoyar una insurrección revolucionaria. Adherir a semejante perspectiva no significa que el SDP finlandés fuera de alguna manera inconscientemente llevado por las circunstancias a hacer una revolución contra su voluntad.

Dada la crítica de Hart hacia el “fatalismo”, es irónico que exprese que un SDP “pasivo” pudiera ser “impulsado” por el contexto objetivo al derrocamiento del Estado capitalista. Un análisis tan profundamente fatalista ignora la importancia decisiva del liderazgo revolucionario, del factor subjetivo de la intervención del partido, en hacer posible una toma del poder por los trabajadores. Históricamente, el papel general de los socialdemócratas colaboracionistas de clases y las burocracias laboristas ha sido evitar activamente las rupturas anticapitalistas, no liderarlas pasivamente. En Alemania, el SPD aplastó la revolución obrera; en Finlandia, los socialdemócratas revolucionarios la lideraron.

Explicar cómo y por qué el SDP finlandés guió a los trabajadores al poder en 1917-1918 requiere que entendamos la verdadera política de la II Internacional, marxista “ortodoxa” con todas sus fortalezas y debilidades. Me parece que ha pasado el tiempo suficiente para reconocer que la socialdemocracia revolucionaria estaba políticamente mucho más cerca de la posición del bolchevismo y del primer Comintern que el colaboracionismo de clase de los funcionarios de la socialdemocracia alemana y sus contrapartes burocráticos en toda Europa. En otras palabras, los “primos” políticos de los socialdemócratas finlandeses eran los bolcheviques y no, como sostiene Hart, los reformistas occidentales.


Traducción Olga Stutz

 

NOTAS

1. Anthony F. Upton: The Communist Parties of Scandinavia and Finland (London, Weidenfeld& Nicolson, 1973), 116.

2. Citado en Sami Suodenjoki yJarmo Peltola, Köyhä Suomen kansa katkoo kahleitansa: luokka, like ja yhteiskunta 1880-1918 (Tampere: Tampere University Press, 2007), 244.

3. Citado en Henning Söderhjelm: The Red Insurrection in Finland in 1918, traducido por A.I. Fausbøll (Harrison & Sons: London, 1919), 30.

4. Otto Kuusinen: The Finnish Revolution: A Self-Criticism (London: Workers’ Socialist Federation, 1919), 2.

5. Citado en Suodenjoki y Jarmo Peltola, 246.

6. Lectores interesados en un desarrollo crítico y extremadamente detallado de la izquierda socialdemócrata durante la huelga de noviembre y de la revolución en general, pueden consultar: Maurice Carrez, La fabrique d’un révolutionnaire, Otto Wilhelm Kuusinen: 1881-1918: réflexions sur l’engagement politique d’un dirigeant social-démocrate finlandais (Toulouse: Université de Toulouse le Mirail, 2008).

7. Ver, por ejemplo, Rex A. Wade: “‘All Power to the Soviets’: The Bolsheviks Take Power,” in Revolutionary Russia: New Approaches (New York: Routledge, 2004).

La próxima etapa en la lucha por una nueva dirección del movimiento obrero

El ajuste contra el salario real y la crisis industrial, y su secuela de cierres y despidos del primer semestre el año, colocaron en la escena al movimiento obrero. En un año marcado por luchas obreras, por la irrupción de movilizaciones de masas de los trabajadores, la política de concertación de la burocracia sindical con el gobierno Macri y su ajuste, apuntó a ahogar el proceso de luchas. Pero por ello mismo abrió un nuevo capítulo en la descomposición de la burocracia sindical y, por ende, en la lucha por una nueva dirección del movimiento obrero.

Por otro lado, la descarga de la crisis capitalista sobre las masas que administra el gobierno Macri ha tomado por eje en el último período una ofensiva en regla contra el movimiento obrero y sus conquistas: el ataque al mal llamado “costo laboral”; a las garantías jurídicas laborales nominadas como “industria del juicio”; a los convenios colectivos “obsoletos” en función de “nuevos convenios adaptados al siglo XXI” -un eufemismo para disimular cláusulas de descalificación, polivalencia y superexplotación obrera-; la rebaja de aportes sociales y previsionales patronales, capciosamente llamados “impuestos al trabajo”; la agudización de la precarización laboral mediante pasantías y refuerzo de la tercerización laboral, entre otras iniciativas. Por ello en la campaña electoral hemos denunciado la Reforma Laboral y el pacto Macri-CGT como ejes políticos para preparar a la vanguardia obrera para la etapa que viene.

Las agudas contradicciones de las medidas económicas, y sus resultados y fracasos, plantean una segunda fase del ajuste. La política de hiperendeudamiento agota sus posibilidades, no se han producido las inversiones previstas y como consecuencia de ello el capital exige ir más a fondo, para recuperar tasas de rentabilidad incrementando la tasa de explotación de los trabajadores. Reclaman un ajuste más vasto del gasto público. Se trata de una ofensiva que ha recorrido un camino, pero que se pretende pegue un enorme salto a través de una reforma laboral en regla, que puede afectar también el edificio legal que reglamenta las relaciones laborales. Dos aspectos de la ofensiva, asociados, son la reforma jubilatoria e impositiva.

La ofensiva tiene dimensiones continentales como lo demuestra que el golpista Temer en Brasil ha hecho un eje del ajuste en una reforma laboral que retrotrae las condiciones de trabajo a las del siglo XIX. Por la magnitud del ataque a los convenios colectivos, a la jornada laboral, a las indemnizaciones y la estabilidad laboral, habilitando el trabajo precario y aún intermitente, anulando la insalubridad y atropellando los derechos de la mujer, mientras preparan una segunda reforma jubilatoria. Todo lo cual inevitablemente va acompañado de una ofensiva de desarticulación sindical, en particular en los lugares de trabajo.

El apoyo en masa de las centrales patronales argentinas a este rumbo, desde la UIA hasta el total de las asociaciones rurales, pasando por bancos y monopolios extranjeros y aún por asociaciones de Pymes, se ha reforzado luego de las Paso de agosto. El gobierno Macri aparece como el más apto para llevar adelante los ataques al movimiento obrero. Por su parte, las distintas alas de un peronismo fracturado y derrotado en la mayoría de las elecciones provinciales, compiten por el favor de la burguesía y por demostrar su capacidad de contención frente a las tareas planteadas por los mandantes capitalistas.

El pacto con la burocracia sindical ha sido central, incluso se transformó en el salvavidas del gobierno frente a la crisis de las alianzas parlamentarias cuando se trató la perpetuación del impuesto al salario y la nefasta ley de ART. Pero no ha sido el único amortiguador social. Al lado del pacto de gobernabilidad del ajuste con el Triunvirato cegetista, se montó otro pacto similar con el triunvirato de organizaciones sociales alrededor de una ley de cooptación de esos movimientos (Evita, CCC y Barrios de Pie) mediante una política de tercerización del asistencialismo que otrora aplicara el kirchnerismo. Por lo tanto, corresponde integrar al análisis y las tareas del movimiento obrero, la lucha del movimiento de trabajadores precarizados y desocupados, y las tareas y programa que plantea romper la cooptación al Estado en esa fracción de la clase obrera.

Para definir las perspectivas del clasismo y sus tareas conviene examinar las tendencias combativas que se han manifestado entre los trabajadores, el derrotero de sus luchas, el papel de sus direcciones, el papel de la CGT unificada y la evolución de la crisis de la CTA y, de conjunto, la evolución de la crisis de la burocracia sindical y su conexión con la crisis del peronismo en general y del kirchnerismo en particular.

La responsabilidad de la izquierda obrera y socialista y del clasismo radica en preparar a los trabajadores para la etapa, para los choques que vienen, capitalizando las lecciones de las luchas y batallas políticas libradas, caracterizando el papel de las fuerzas en pugna y brindando el programa y los métodos de intervención que permitan al activismo unir la experiencia de lucha a la construcción de una alternativa política de los trabajadores. Un hito en esa lucha lo constituyó el Plenario Sindical en el Estadio de Lanús, que reunió a tres mil delegados y activistas obreros en apoyo al FIT, convocado por dos de las corrientes del Frente de Izquierda (PO e IS), que estableció un programa y tareas para la etapa, y preparó una movilización de sindicatos combativos, encabezada por el Sutna, la UF Oeste, AGD-UBA, el Sitraic, los Suteba combativos, Ademys y otras organizaciones el 12 de octubre, contra la reforma laboral, diez días antes de las elecciones. La movilización se reprodujo en Mendoza, con fuerza, y participaron de ellas luchas del momento como la carpa de Pepsico, que votó su participación en asamblea.

El plenario de Lanús fue la oposición política antagónica no sólo al ajuste de Macri y los gobernadores, sino al PJ y a Cristina Kirchner que se colocó el gorro de la Uocra en su acto de cierre de campaña electoral, simbolizando la continuidad estratégica con la burocracia sindical más colaboracionista y criminal que la apoyó hasta el final de su gobierno. Ocupó, sin dudas, un lugar en la lucha por la independencia política de la clase obrera y en la batalla contra el fraude político de la polarización montada por la burguesía, especialmente en la provincia de Buenos Aires.

Ascenso de luchas

Este año, con desigualdades provinciales, el proceso político entero ha sido marcado por las tensiones sociales y la irrupción en el escenario nacional de grandes movilizaciones de trabajadores contra el ajuste, tanto de Macri como del conjunto de los gobernadores. Las grandes organizaciones sindicales han sido sacudidas por las tendencias de lucha a pesar del cuidado operativo de cooptación y contención montado y bordado durante 2016.

En la previa de las Paso, la CGT reforzó la desmovilización del movimiento obrero, para que “hablen las urnas”. Cristina se sumó a la estrategia pidiendo el levantamiento de una marcha que el kirchnerismo sindical planificaba para el 7 de agosto. Pero Pepsico, con la ocupación de la planta y la posterior represión, puso en la agenda nacional la cuestión de los despidos y cierres de fábrica a repetición que se sucedieron durante todo 2017. La reacción del Triunvirato fue convocar una movilización con fecha lejana, desprendida de cualquier papel de refuerzo respecto de la lucha de Pepsico o de cualquier otra.

Como resultado de ese cuadro se produjo la fallida movilización del 22 de agosto pasado, donde se expuso la fractura del triunvirato cegetista. Y como consecuencia del carácter raquítico y sin continuidad de la movilización, un reforzamiento del gobierno Macri que expulsó funcionarios de la burocracia que cogobernaron hasta el presente, planteando un nuevo escenario para la ofensiva contra las conquistas de los trabajadores. A pesar que los resultados electorales de Macri apenas si le dieron un tercio del electorado nacional, la política de contención de la burocracia, el vaciamiento de cualquier reacción de lucha del movimiento obrero, potenciaron ese resultado y animaron a Macri al despido de altos funcionarios de la burocracia sindical, el viceministro de Trabajo y el jefe de la Superintendencia de Salud (que maneja los cuantiosos fondos de las Obras Sociales que administra el Estado). Esto mostró un Macri barajando para dar de nuevo desde una posición de fuerza donde más le duele a la burocracia que es en los fondos de las Obras Sociales. Pero mostró a los trabajadores también que, hasta el momento, la CGT y Macri constituyeron un co-gobierno, con altos funcionarios integrados al gobierno gorila y antiobrero de Macri.

El pasaje de la burocracia a una postura semi-opositora, incluso con pretensiones (fallidas) de jugar en la interna peronista, es el claro resultado de un 2017 que arrancó con cierres de fábricas, suspensiones, despidos masivos y con una temprana crisis de paritarias como resultado de la inflación pasada y presente en el caso de La Bancaria. La amenaza de un paro general de cinco días que paralizaría las finanzas del país rompieron un techo en bancarios y una disposición despótica del Ministerio de Trabajo, que sin embargo se intenta aislar procurando la derrota al enorme proceso de las huelgas docentes.

Es decir que los mecanismos de contención de la burocracia sindical han sido puestos a prueba prácticamente en cada semana de este año. Bien mirado, el proceso que deriva en la convocatoria del 7 de marzo, con su desenlace de revuelta de las bases del propio aparato contra la cúpula de la CGT (palco en fuga), empieza el 16 de enero con la ocupación de AGR-Clarín y aún antes con la ocupación del Conicet, dos luchas en las que tuvimos y tenemos una enorme responsabilidad. Una triunfante, la otra, una ocupación de 80 días que no pudo ser desalojada hasta después del paro y que fue un punto de referencia y revulsión de todo el proceso en el movimiento obrero de la etapa: Banghó, Baradero, huelgas docentes, San Lorenzo.

La CGT y las CTA se vieron obligadas a coquetear con la ocupación de AGR-Clarín y la conservadora y pro-patronal Federación Gráfica Bonaerense (FGB) tuvo que convocar un paro general, que no organizó pero que fue el primero de este tipo en 30 años. Nuestra orientación fue, en todo el proceso, desarrollar el movimiento a través de las grandes organizaciones sindicales. Lo caracterizamos así y así fue: que el proceso pasaría por allí.

El reagrupamiento de la vanguardia alrededor de la ocupación de AGR y sus medidas de lucha permanentes, sus plenarios unitarios de la izquierda y el clasismo, miraron siempre al movimiento obrero en su conjunto. Y aún en el desalojo, el acampe se hizo bajo la consigna de paro activo nacional de todo el movimiento obrero.

La burocracia tomó nota y cuando movilizó fue para evitar la propalación de las ocupaciones de fábrica a partir de AGR, cuando se produjeron cierres de laboratorios (Roux), de Atanor (Baradero y Chacabuco), de Ingredion, despidos masivos en Sierra Grande, en Cerámica San Lorenzo, en Caravell (Mercedes); más tarde en VW Pacheco y en GM, Rosario donde las suspensiones masivas son despidos a plazo fijo.

No obstante, en el período se destaca la huelga general de Ingredion que conmovió durante 35 días a Baradero y Chacabuco, las localidades de sus dos plantas. A la cabeza de esas huelgas estuvo un pequeño sindicato de actividad que escapó a los operativos de contención de los grandes aparatos como la UOM, el Smata o la Alimentación. La resistencia obrera, con gran apoyo de nuestro partido, mantuvo piquetes y movilizaciones, pero fue aislada por los sindicatos locales y la CGT nacional. La tenaz huelga apenas pudo reincorporar una docena de trabajadores entre doscientos despedidos, pero su activismo fue desmantelado para hacer pasar la ofensiva contra salarios y condiciones laborales que superan con creces al convenio de la Alimentación.

La burocracia, en todos los casos, movilizando o no, evitó con maniobras las ocupaciones; es más, en medio de la toma de AGR se produjo en Merlo el desalojo de Pettinari, una recuperada que escapó al control del Smata y buscaba su lugar en el mundo. La Justicia pretendió, el 17 de abril, desalojar también el Bauen, aunque el movimiento de solidaridad los hizo retroceder.

La ocupación de AGR no pudo extenderse y su desalojo es resultado de ese límite encontrado en esta heroica lucha de los gráficos de la Naranja contra uno de los principales monopolios, y su asociación incondicional y estratégica con el gobierno y con todos los pliegues del Estado.

Las ocupaciones de fábrica, el kirchnerismo y la izquierda

Al momento de escribir estas líneas, en la primera semana de septiembre, está ocupada la planta II de Cresta Roja y la mina de Río Turbio, por deudas y no reincorporaciones en la pollera y por despidos y amenaza de cierre de la mina en el Turbio. Estos nuevos hechos retoman una tendencia que empezó desde el primer día del año con la toma del Conicet a impulso de los Jóvenes Científicos Precarizados y la AGD (arrastrando a ATE), siguió con la toma de AGR-Clarín con su cuerpo de delegados clasista de la Naranja Gráfica a la cabeza y, más recientemente, con Pepsico, a partir de su cuerpo de delegados clasista.

Cresta Roja retoma sus métodos de lucha de clase a partir de una nueva dirección de lucha en la planta II y el Turbio retoma sus mejores tradiciones históricas, recordemos las enormes ocupaciones de la mina con la que los obreros defendieron su continuidad luego del accidente que se llevó la vida de 14 trabajadores.

Los golpes recibidos no han cancelado esta tendencia combativa en el movimiento obrero. La perspectiva de ocupación de toda fábrica que cierre o despida masivamente es una consigna probada en su factibilidad, especialmente cuando el clasismo prepara organizativa y políticamente a los trabajadores.

El Partido Obrero y la Naranja Gráfica libraron, durante el conflicto de AGR, una lucha política contra la orientación del kirchnerismo de la dirección de la FGB que en ningún momento garantizaron la no impresión de las revistas de AGR. Eso hubiera significado organizar a los trabajadores en función de clase, en cada taller, enfrentar a todas las patronales, y no sólo a Clarín, algo que está fuera del radar del sindicalismo K, que es apenas una variante de la burocracia sindical. Por otro, la CI de Clarín-Zepita, integrante de la lista Verde ongarista, fue ariete de la patronal contra sus compañeros de Pompeya.

En ese período, luchas parciales del clasismo de la Coordinadora Sindical Clasista (CSC), como la de Prodalsa y Mascardi, pudieron enfrentar ofensivas patronales. El Sutna recuperado, con menos ruido, a partir de sus métodos de asamblea fabril y unidad obrera, ha tenido logros excepcionales para el movimiento obrero en las grandes plantas -Pirelli, Fate- porque ha logrado que las suspensiones, cuando fueron inevitables en ciertas líneas de producción, fueran con el total del salario -es decir una aplicación parcial de nuestra consigna de conjunto, de reparto de horas sin afectar salarios.

Lógicamente, esa realidad no pudo ser sostenida en fábricas menores del interior que han sufrido despidos en un marco de aislamiento y débil organización en sus localidades. En otros casos, como la ex Ecotrans, el clasismo ha sufrido golpes y retrocesos. Pero, de conjunto, la ocupación de AGR ha sido un punto de reagrupamiento y oportunidad para sumar nuevos activistas y compañeros, con quienes nos jugamos por su desarrollo durante toda una etapa del año.

La ocupación de AGR-Clarín desató debate en las organizaciones sindicales y en la vanguardia obrera. Daniel Catalano, de ATE Capital, perteneciente a la Verde-Blanca kirchnerista, en tiempo real a la ocupación de los gráficos de Pompeya, se opuso a las ocupaciones de fábrica en un plenario de delegados estatales, planteando que la tarea no era (no es) ocupar los lugares de trabajo ante los despidos masivos, sino cuestionar el “modelo” y preparar el “volveremos”.

En esa orientación hay dos trampas mortales. La primera y más evidente es que en tanto se prepara un “volveremos” que tiene por estación terminal o al menos como próxima estación el año 2019, la burguesía habrá ejecutado la tarea sucia de eliminación de ramas enteras de ciertas industrias, de flexibilización laboral y desarticulación sindical fabril (claro caso de AGR, Ingredion y más recientemente Pepsico), la precarización laboral y rebaja histórica de salarios reales y aún una reforma laboral de conjunto. En lugar de las ocupaciones de fábricas, que son el método histórico y extremo para enfrentar el también extremo ataque capitalista que es el cierre de la planta o despidos masivos, se promueven movilizaciones de desgaste para “acumular” hacia tres años vista, una clara estrategia de derrota del movimiento obrero. La segunda trampa es que el kirchnerismo gobernó con la burguesía que ejecuta el ajuste y empezó a aplicarlo él mismo en los últimos años de Cristina, por eso mismo se opone a poner en pie a la clase obrera para quebrarlo ahora mismo.

El debate atravesó a la izquierda. En el acto del 1º de Mayo no hubo acuerdo entre las corrientes del FIT para incluir la consigna de ocupación de toda fábrica que cierra, con el argumento que los métodos de lucha obrera son muchos. Es cierto, pero como lo probó AGR, todos los demás métodos acompañan también a la ocupación de fábrica. El punto es preparar a los trabajadores para una lucha en regla porque una ola de ocupaciones de fábrica ante los cierres y despidos habría colocado un punto de apoyo a una rebelión obrera de conjunto.

El debate tuvo también su arista política. El PTS planteó en el momento “el acierto de practicar una política de frente único con la burocracia sindical kirchnerista”. Polemizamos en su momento con esta postura. No se trata de un frente único con la burocracia ni con los K, sino de promover la intervención de la clase obrera y sus organizaciones que tienen las direcciones que tienen, por eso el reclamo de plenarios de delegados, de asambleas fabriles, etc.

Este debate político en el seno de la vanguardia obrera volvió en oportunidad de la lucha de Pepsico. Gratuitamente, la dirección de Pepsico regaló a Cristina una foto en sus términos, con un grupo de obreras en lucha, ni siquiera con su comisión interna, cuando la propia Cristina está garantizando la tregua electoral para que las elecciones transcurran en la disputa de las corrientes de la burguesía, con el movimiento obrero inmovilizado. Una verdadera puñalada al Frente de Izquierda y al clasismo en su conjunto, que no tiene nada que ver con la exigencia a las organizaciones obreras para que brinden apoyo y movilización a la lucha.

De la huelga docente a la paritaria del Sutna

Nos ocuparemos especialmente de la huelga docente, su alcance y conclusiones, pero indudablemente ha marcado políticamente la situación del movimiento obrero. El gobierno jugó a suerte y verdad la anulación de la paritaria nacional, lo que consiguió al costo de fuertes paros y de la colosal movilización del 22 de marzo. En lo esencial, con el levantamiento de la huelga en la provincia de Buenos Aires, y tras el paro del 6 de abril, el gobierno y todas las alas de la burocracia sindical se juegan a garantizar la gobernabilidad del ajuste conjurando las tendencias a la huelga general que se plantearon. Que esas tendencias estuvieron presentes lo demostró la propia convocatoria al paro nacional dominguero del 6 de abril para descomprimirlas. De allí la importancia de todas las iniciativas para darle un carácter activo (piquetes, movilización al Obelisco) en las que el clasismo con la CSC en primera línea destacó la necesidad de su continuidad.

La huelga docente expresó de la manera más aguda, por su desarrollo y por sus límites, las tendencias en el movimiento obrero a la huelga general, especialmente en la provincia de Buenos Aires. No obstante, la frustración del movimiento, por el apoyo recibido de gran parte de la población a pesar de la furiosa campaña mediática derechista, por la profundidad que tuvo, por su desarrollo en provincias gobernadas por el kirchnerismo como Santa Cruz, por el paro nacional contra la represión a la carpa cuando Ctera había tirado la toalla, su derrota no tuvo el valor estratégico de las derrotas de los ’90 (“ramal que para ramal que cierra”). Por otro lado, finalmente, la paritaria cerró seis puntos arriba del tope del 18% fijado por Vidal con UPCN.

Esto con el agregado de un reforzamiento sin precedentes de la lista opositora Multicolor, que encabezó Romina Del Plá, que se ha transformado en una referencia nacional del clasismo y del PO. La consigna “por una nueva dirección para ganar” dio cuenta que la burocracia sindical no estuvo a la altura de los requerimientos para enfrentar la ofensiva de Macri y los gobernadores con los métodos de la huelga general.

Docentes universitarios, que protagonizó la gran huelga de 2016, no alcanzó aquella magnitud, pero su paritaria obligó al gobierno a echar lastre para cerrarla (26,45%), lo que luego de las medidas de lucha reforzó las filas de las alas combativas de Conadu Histórica.

Entre los procesos huelguísticos provinciales, Santa Cruz es un caso líder. Macri apuntó a un ajuste en regla que incluye un golpe al régimen kirchnerista en su conjunto y Alicia Kirchner buscó sobrevivir aplicando el ajuste y una política “a lo Vidal” de desgaste del movimiento de lucha. El movimiento agotó sus posibilidades de lucha sin poder quebrar los ataques materiales, pero al mismo tiempo la gobernadora perdió por amplio margen las elecciones, lo cual creó un nuevo escenario político para las luchas obreras de la provincia.

La agitación política en torno de un planteamiento de conjunto basado en el control obrero de los recursos económicos y financieros acompañó los reclamos de nuestra parte en Santa Cruz. Es insoslayable el planteo de Congreso del Movimiento Obrero para discutir esa perspectiva, es decir que actuemos como alternativa política y de poder, y no confinados a una corriente sindical combativa consecuente.

La huelga general de las y los choferes de UTA Córdoba, nacida de los cuerpos de delegados, contra una seccional intervenida, que duró nueve días y enfrentó una de las campañas antiobreras del Estado, los medios y el conjunto del régimen político más feroces, es parte de los enormes esfuerzos de los trabajadores por defender el poder adquisitivo de los salarios. La huelga cuestionó una de las peores paritarias, la del burócrata Fernández, de UTA, que obliga a los trabajadores a afrontar la inflación 2017 con una cuota de 8% hasta diciembre. Su derrota en el marco de despidos masivos y persecución a los delegados combativos, sin embargo, no ha cancelado completamente la lucha, porque trescientos compañeros siguen reclamando su reincorporación. Antes de eso, tras veinte años de lucha antiburocrática, Ecotrans fue desguazada golpeando al activismo y sus conquistas. Pero, por otro lado, ha surgido un proceso de auto-convocatoria de delegados de UTA que protagonizaron movilizaciones en Buenos Aires, también contra la paritaria que llevó a la rebelión cordobesa.

En procesos diferentes, aceiteros pero especialmente el Sutna, cerraron paritarias que rompieron los topes y promedios impuestos por la burocracia sindical. Aceiteros (31%) explotó una tradición de lucha ganada con la gran huelga de 2015 y particularmente el carácter reactivado de la industria al calor de la devaluación, una rama si se quiere excepcional en el contexto de caída de veinte meses continuos de la industria que al día de hoy está al 65% de utilización de la capacidad instalada, lo cual es un inhibidor natural de los movimientos de lucha de los trabajadores.

Justamente, el Neumático atravesó su segunda paritaria desde la recuperación clasista en condiciones difíciles por el freno relativo de la industria y la competencia de las importaciones, aunque se ha evitado todo despido en las grandes plantas que deciden la paritaria. El Sutna logró un 27% final que luce entre los trabajadores como una conquista basada en masivas asambleas generales que nuclearon miles de compañeros, en una gran movilización al ministerio, en piquetes y movilizaciones ante cada fábrica. Es decir, que sin llegar al paro y la huelga, la dirección clasista mostró una ruta al conjunto del movimiento obrero, aún en el cuadro de aislamiento, para llevar adelante sus objetivos de recuperación del salario y equivalencia a la canasta familiar.

En resumen, las paritarias por segundo año consecutivo a la baja, han sido un aspecto de la ofensiva por un aumento absoluto de la tasa de explotación de los trabajadores, pagando su fuerza de trabajo por debajo de su verdadero valor de reposición, la canasta familiar. De hecho, el salario promedio argentino no supera los 13.000 pesos -es decir que su promedio está debajo de la línea de pobreza reconocida por el Indec.

También en este terreno hay marcadas tendencias de lucha. La consigna transicional de salario mínimo equivalente a la canasta familiar forma parte de un programa de poder que requiere poner en pie a la clase obrera con los métodos de la huelga general para imponer una reorganización económica dirigida por los trabajadores.

El valor de la acción independiente del clasismo

Las tendencias combativas del movimiento obrero se expresaron en la génesis del paro nacional y se volvieron a expresar en el paro mismo con las movilizaciones de sindicatos y centrales en el interior, con los piquetes y especialmente con la movilización al Obelisco en la Capital. El Sutna, AGD, Suteba-La Matanza y otros agrupamientos del clasismo “plantaron bandera” y ofrecieron una perspectiva de paro activo y plan de lucha por un programa de reivindicaciones consecuentes frente a la ofensiva antiobrera.

El papel de nuestras posiciones sindicales y políticas en el paro del 6 es resultado de un trabajo de todo un año encabezando las columnas e intervenciones independientes frente a las movidas de la burocracia sindical y delimitando permanentemente con el kirchnerismo y sus expresiones en el movimiento obrero. Recordemos las columnas independientes el 20 de abril de 2016, la columna y acto clasista encabezado por el Sutna en la Marcha Federal, un canal que se brindó también el 7 de marzo de la rebelión contra el palco cegetista, en el paro nacional y el último 22 de agosto.

La Coordinadora Sindical Clasista, en 2016, le dio programa, perspectiva y consignas de agitación a esos movimientos en Racing, donde reforzamos la campaña por el paro nacional de 36 horas y un Congreso de Bases del Movimiento Obrero ante los despidos y el despojo paritario.

En Racing consideramos un aspecto vital del trabajo del clasismo de plena vigencia hasta hoy. La agitación en el movimiento obrero pasa por los grandes sindicatos, no hay un movimiento alternativo de importancia que plantee realidades organizativas y de lucha por afuera de ellos.

Allí marcamos claramente que la tarea del clasismo y de la construcción obrera y socialista en el movimiento obrero, no pasa por constituirnos en una nueva central, sino en la disputa de las organizaciones sindicales existentes en función de una reorganización sobre bases de independencia política de clase y de democracia sindical. Dicho de otro de modo, la victoria de la clase obrera pasa por la lucha por una nueva dirección que la unirá sobre bases clasistas.

El Plenario Sindical de Lanús al que hicimos referencia, en medio de la campaña electoral, dio otro paso en la estrategia de la fusión de la vanguardia obrera con la izquierda revolucionaria. El 90% de su concurrencia fue aportada por la Coordinadora Sindical Clasista-Partido Obrero. Su desarrollo contribuyó a la formación de nuevas agrupaciones clasistas en nuevos gremios y sindicatos seccionales.

La CTA, el kirchnerismo sindical y el moyanismo

Si el proceso de desintegración del kichnerismo que domina en el escenario político nacional vuelve a poner de relieve la inviabilidad del reciclaje con pretensiones progresistas del peronismo, la crisis de la CTA, primero adherida a la Alianza y luego al kirchnerismo, ha puesto de relieve la inviabilidad de un sindicalismo combativo, de nuevo tipo, de la mano de la burguesía nacional. Lo cual vale por dos, por supuesto, para el moyanismo que acumuló un enorme poder en la primera etapa kirchnerista.

En la dividida CTA, en un contexto de retroceso general de la “central alternativa”, se ha reforzado relativamente la de Hugo Yasky, ligada al kirchnerismo, de la mano del derrumbe del centroizquierda degennarista. El triunfo clasista en el Sutna, el desarrollo de la multicolor del Suteba y otras conquistas en el interior, como Aten, al igual que nuestro trabajo en el Subte, tienen que desembocar en un trabajo político importante como corriente interna de recuperación sindical de la CTA, mediante una lucha política contra la subordinación a la estrategia del “volveremos” y la confrontación y denuncia de la asimilación del kirchnerismo al pejotismo que atraviesa a la propia dirección de Yasky.

Por un lado, hay que oponer -en un sentido propagandístico- el Congreso de Bases, los plenarios con mandato, el impulso del paro activo nacional y plan de lucha de conjunto, contra una burocracia sindical desprestigiada y en proceso de desintegración. Por otro lado, apuntar a la conquista de cuerpos de delegados, al desarrollo de agrupaciones donde las posiciones conquistadas crean las condiciones para listas fundamentales como las de Suteba, telefónicos, AGD, Ctera, etc.

La elección del Suteba mostró la potencialidad del proceso. El liderazgo de Tribuna Docente está cimentado en su desarrollo, expresado en el Congreso de 600 compañeros de febrero, y en la táctica del frente único de clase. Al igual que el desarrollo de la CSC del PO en la zona norte del Gran Buenos Aires, un centro del proletariado y de nuestro desarrollo actual.

El moyanismo describió, por su parte, la parábola más extrema. De “columna vertebral del kirchnerismo” (con Néstor Kirchner) a sector más allegado a Macri en la previa de la elección presidencial, en la que fue una de sus patas de apoyo. Mediante la integración de Facundo Moyano al massimo, distribuyó sus fichas entre las dos variantes que constituyeron la alianza más estable de ataque al movimiento obrero.

La integración al triunvirato de un moyanismo debilitado, representado por Juan Carlos Schmid, representante de una Confederación del Transporte que tampoco le responde, porque UTA y UF han seguido su propio derrotero, diluyó la capacidad de maniobras de Camioneros, que hoy es sólo un jugador más en la interna de la burocracia sindical, tratando de salvar su imperio de negocios y asociación a las concesiones de servicios públicos, por un lado, y a OCA, por otro, lo que ha hecho estallar disidencias internas hasta en el clan familiar.

La CGT unificada, un emprendimiento colaboracionista

Esta fue la caracterización de la CSC-PO ante el proceso de unificación: “tendrá un carácter reaccionario, será para acompañar los tiempos de ajuste”.

Conviene refrescar una constante histórica en la Argentina. Ningún gobierno ha dejado de apoyarse en la burocracia sindical como factor de contención. Incluso lo hizo Alfonsín, que negoció la ley del unicato sindical que rige hasta hoy y entregó su Ministerio de Trabajo a un representante de Luz y Fuerza (y del Opus Dei), Carlos Elvio Alderete. Los famosos 13 paros sirvieron para evitar la huelga general y neutralizar las enormes tendencias combativas y aún las direcciones de la izquierda de la década del ’80: Sanidad, Ford, Naranja Gráfica, etc.

Con la derrota kirchnerista y el ascenso de Macri se abrió una nueva etapa en la relación del Estado con la burocracia sindical. Un gobierno no peronista que tenía, tiene, que enhebrar una nueva forma de integración de los sindicatos al Estado, particularmente en tiempos de una colosal ofensiva contra los trabajadores.

Las crisis y fracturas del triunvirato son el resultado del agotamiento de las maniobras de distracción y desvío para disimular la garantía que dio la CGT al ajuste. El apoyo a sus leyes centrales, pacto con los buitres, presupuesto de ajuste, rebajas de aportes a Pymes, incluso las más antiobreras como ART y Ganancias, que se abrieron paso por su apoyo expreso y, por sobre todo, a los despidos que dejaron pasar cada día, y mediante la “parlamentarización” del reclamo de prohibición de despidos y la pasividad ante el veto a la ley.

Sin embargo, la burguesía y sus fracciones más conscientes observan con preocupación las tendencias a la fractura y aún a la atomización de la CGT y de la burocracia sindical en su conjunto: gordos, independientes, moyanistas, corriente federal, Movimiento de Acción Sindical (Sergio Massa), 62 Organizaciones.

Tras la expulsión de los funcionarios ligados a la burocracia, en el ministerio y en particular en el manejo de los fondos que el Estado usurpa a las obras sociales (violando incluso la ley menemista con el formato kirchnerista de quedarse con los fondos de alta complejidad y redistribución), el gobierno Macri se dispone a barajar y dar de nuevo.

La vieja máxima vandorista, golpear y negociar, se archivó para siempre. La versión empresarial, corrupta y barrabrava de la burocracia sindical del peronismo, ahora pos-kirchnerista, sólo discutirá su rol y prebendas de casta en la entrega de los convenios colectivos y en la negociación de las nuevas leyes antiobreras. Consideran inevitable el curso a la chilena, a la brasileña o la francesa; es decir, una vuelta más profunda y vasta de flexibilización laboral en el altar de la “competitividad” y de las “nuevas tecnologías”.

La propia Cristina empezó ese curso con su ley de ART prohibiendo la doble vía, y con su enorme herencia de trabajo en negro y tercerización laboral. El peronismo de estos días sólo aspira a tener su propio “modelo” de aplicación de las políticas que dominan el escenario mundial capitalista. Finalmente, el socialdemócrata francés Hollande, como Felipe González en otra etapa o Zapatero más recientemente, han sido las puntas de lanza en sus países para el ataque a las conquistas del movimiento obrero. Tabaré Vásquez hace lo propio en Uruguay.

El derrotero de choques internos y fracturas tendrá un nuevo capítulo en el Confederal prometido para fines de septiembre en Plaza de Mayo por Schmid. No hay condiciones para superar el triunvirato mediante una conducción única, como reclaman muchos, y los triunviros ni siquiera subieron todos al palco de la última movilización, en lo que fue un principio de disolución.

La crisis de la burocracia sindical tiene su propia dinámica, pero replica la crisis del peronismo que emergerá de las elecciones de octubre más atomizado que antes. Este escenario de debilitamiento y atomización buscará ser explotado por la burguesía y, al mismo tiempo, por los trabajadores que pugnan por abrir paso a sus reivindicaciones y enfrentar el ajuste.

La corrupción y los diputados sindicales piantavotos

En simultáneo a estos debates continúan los estallidos de la corrupción de la burocracia sindical. El último ha ocurrido desde el riñón de la Federación Petrolera, donde el secretario general de Río Gallegos -parte del secretariado nacional de la Federación- ha denunciado malversación de su secretario general por 400/500 millones de pesos. Alberto Roberti. El hombre en cuestión es presidente de la Comisión de Trabajo, diputado por el massismo, ahora del PJ de disidente de Diego Bossio y uno de los entregadores de los convenios a la baja y de los despidos en la industria. Los fondos habrían ido a las costosísimas campañas de Mónica López, su esposa, en la provincia de Buenos Aires. El caso sigue al del “Caballo” Suárez, al de Juan Zanola, al de José Pedraza, jefe de la red de negocios de la tercerización ferroviaria y preso por el asesinato de Mariano Ferreyra, y expresa la descomposición y negociados de la burocracia empresarial que tomó ese carácter especialmente desde los ’90.

Esta burocracia empresarial y corrupta fue la socia de la gobernabilidad del kirchnerismo y su política de acompañar la reactivación capitalista con flexibilidad laboral y un tercio de los trabajadores en negro. Los gordos con Antonio Caló de la UOM a la cabeza, acompañaron a Cristina hasta el fin de su segundo mandato, caracterizado por el comienzo del ajuste que profundizaría el macrismo. De allí pasaron a distribuirse en las distintas alas del massismo y del PJ, pero con eje en los acuerdos con Macri.

Esta burocracia, otrora “columna vertebral del peronismo”, mendiga su participación en las listas políticas por el desprestigio que sus miembros arrastran. Y aún así han terminado como Héctor Daer, el notorio Triunviro, que llegó a Diputados de la mano de Massa, luego constituyó un monobloque, al igual que Omar Plaini, para terminar llamando a votar a Cristina y faltando a sesiones para evitar el escarnio.

Los llamados “diputados sindicales” resultan piantavotos. Por lo tanto, están crecientemente condenados a apoyar “desde afuera” a las distintas listas de la burguesía. Aunque siempre puedan colar alguno, como Hugo Yasky en la lista de Unidad Ciudadana, luego de romper la CTA a favor del kirchnerismo y acompañar, con 12 años de tregua, la experiencia oficialista, lo que le costó no pocos retrocesos en Ctera y la deslegitimación de su adjunto, Pedro Wasiejko, que perdió el Sindicato del Neumático a manos del clasismo, el único sindicato industrial nacional de la central.

La máxima vale para el otro sector del centroizquierda sindical, que ha perdido todos sus diputados, perteneciente al degennarismo. Entraron como furgones de cola de listas de la burguesía, por caso Hermes Binner o Aníbal Ibarra, y cuando encararon solos el desafío del voto popular se derrumbaron, tras apoyar primero a la Alianza y al kirchnerismo hasta la partición de la CTA.

Los diputados obreros han resultado los del Frente de Izquierda, colocados al servicio de las luchas de la clase obrera y de un desarrollo basado en la democracia sindical y la independencia política de los trabajadores del Estado y de la patronal. Lo cual ha sido puesto de relieve no sólo con los de origen sindical, como Soledad Sosa, quien esto escribe y ahora Natalia González, sino con todos los diputados del FIT. El ingreso de Romina Del Plá, la líder del Suteba Matanza y de la Multicolor provincial, como diputada nacional por la provincia de Buenos Aires por el PO en el FIT, sigue esa línea.

Escalones en la lucha por la expulsión de la burocracia sindical

En los congresos de la Coordinadora Sindical Clasista-PO hemos caracterizado una transición hacia una nueva dirección del movimiento obrero que reconoce el antecedente del Argentinazo y el surgimiento del movimiento piquetero, y está asociada al desarrollo de la izquierda en general y del Frente de Izquierda y el Partido Obrero en particular.

El reciente triunfo de una dirección de izquierdas en el Sute Mendoza, el sindicato docente de 25 mil afiliados, puso en el tapete que la tendencia a la expulsión de la burocracia sindical está plenamente vigente. En este caso, como la gran victoria del Sutna del año pasado, un sindicato industrial nacional, se trata de una conquista contra la burocracia kirchnerista en gremios de la CTA. Otro antecedente de importancia ha sido el pasaje de una fracción importante de ATE Mendoza al clasismo, hoy nucleado en la Agrupación Naranja.

La gran elección de la Multicolor, con sus 21.000 votos en el Suteba de la provincia de Buenos Aires, fue otro antecedente importante. Habría que agregar la gran elección en AGD-UBA, con el 74% de los votos en el marco de un fortalecimiento del clasismo en Conadu Histórica en distintas seccionales, entre las que se destaca Tucumán. La izquierda también revalidó títulos en Ademys, reconquistó Aten-Capital en Neuquén y se desarrolla con grandes posibilidades en la docencia de Santa Cruz. Por otro lado, hay que destacar la constitución del Sipreba, un sindicato originado en los cuerpos de delegados de los trabajadores de prensa, tras largo proceso de maduración y lucha en las redacciones. El proceso combativo en los sindicatos azucareros o la seccional tucumana de Uatre deben ser seguidos con atención, porque también forman parte de estas tendencias.

Las elecciones mencionadas marcan la reafirmación de una etapa en la que no sólo están planteadas las recuperaciones de cuerpos de delegados fabriles y la formación de agrupamientos combativos, sino la de seccionales y aún sindicatos.

En ese camino se han abierto nuevos agrupamientos masivos del clasismo en Alimentación, municipales, plásticos, seccionales de ATE, cuerpos de delegados metalúrgicos y en decenas de gremios que conquistan posiciones fabriles. En telefónicos, el clasismo se ha reforzado y extendido a otras provincias más allá de Foetra Buenos Aires. Los golpes recibidos, como resultado de la ofensiva capitalista, han sido grandes en muchos casos (AGR, Pepsico, UTA Córdoba), pero no cancelan una tendencia de tipo general que estará en la base del desenlace de los choques que inevitablemente sobrevendrán antes y después de las elecciones de octubre.

Un programa del clasismo es imprescindible

La confrontación con las distintas alas de la burocracia sindical debe tener lugar alrededor de un programa definido que no se refiere sólo a reivindicaciones, sino a su conexión con los métodos para alcanzarlas y con un programa de conjunto de reorganización social y económica del país bajo la batuta de los trabajadores.

La clase capitalista, antes de la derrota del kirchnerismo, que ha marcado el agotamiento de la experiencia “nacional y popular”, ha producido un cambio de frente, un claro cambio de rumbo. Un ajuste contra las masas, que empezaron Cristina y el kirchnerismo, pretendió continuar a través de Daniel Scioli, un hombre afín al gran capital (pacto YPF Chevron, Club de París, indemnización a Repsol, convenios salariales a la baja, ley de ART eliminando la doble vía, etc.). Con Macri se puso directamente proa “hacia los mercados de deuda”, viabilizando la devaluación y la libertad de movimiento de los capitales, de importaciones y exportaciones, la baja de retenciones e impuestos al capital y la transferencia de los subsidios del Estado al capital a los consumidores vía tarifazos y con ellos de una caída vertical del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones.

Este rumbo ha sido acompañado por el Presupuesto de ajuste al salario estatal y a la educación pública, por un parate total de la obra pública en el primer año del gobierno de Cambiemos, por la perpetuación del impuesto al salario por ley y por una nueva ley de ART que bloquea el acceso del trabajador a la Justicia, agravando el régimen del negociado financiero de las “ART de la Muerte”.

Las distintas alas del PJ y, por lo tanto, de la burocracia sindical acompañan el cambio de rumbo y pretenden “negociar” en las nuevas condiciones que considera inevitables, especialmente cuando se trata de una ofensiva continental. Lo hemos visto en los convenios de Vaca Muerta y de Atilra.

Como el conjunto de las medidas aplicadas no han resuelto las contradicciones económicas y han fracasado en producir la pretendida “lluvia de inversiones” y la reactivación económica (la industria tiene un 65% de uso de la capacidad instalada), el gran capital viene por más endeudamiento y un ataque a fondo a los trabajadores.

Sin embargo, la reforma laboral sería “a la criolla”. Es decir con el concurso de la burocracia sindical, mediante convenios a la baja por actividad y por empresa para introducir lineamientos de flexibilidad laboral y arrasar con conquistas que costaron décadas de lucha. Esto incluye un ataque decidido al Estatuto Docente, fuertemente bombardeado por los corifeos mediáticos del poder. Por supuesto, a todos los estatutos especiales como el del periodista, pisoteado en la práctica por las empresas de la actividad. Así se pretende rever los llamados “convenios del ’75” que arrancaron conquistas al calor del período de ascenso obrero posterior al Cordobazo.

La “actualización al siglo XXI” de los convenios colectivos es la coartada para remover sus cláusulas de especialización y categorías, sus definiciones de tareas, en función de introducir la polivalencia y la multifunción. Al mismo tiempo, los descansos (en Brasil han sido arrasados), las conquistas de la mujer como el día femenino y las guarderías obligatorias. Por supuesto, entra en debate la propia jornada laboral de 8 horas, ya violentada por numerosos convenios de empresa que la han perforado desde los ’90 hasta aquí.

Se pretende remover toda limitación a los ritmos de producción e introducir el salario por premios y por piezas. Uno de los convenios más atacados, por ejemplo, ha sido el Convenio ’75 de los fileteros del puerto de Mar del Plata, para dar paso a un convenio pyme que consagra al blanco las condiciones de trabajo de las falsas cooperativas de fraude laboral de trabajo en negro. El reciente ataque a las cláusulas de antigüedad por parte del presidente de Mercedes Benz (“pagamos un 40% más por calentar la silla 20 ó 30 años”) es indicativo. La empresa se lleva la vida y la salud del trabajador, quedándose con su plusvalía y, en este caso, girando las ganancias al exterior y el modesto costo laboral por remunerar la antigüedad es atacado como un “privilegio”, la línea argumental que conocimos ya en los ’90 y en tiempos de la dictadura. En torno de la tercerización, una vía para desconocer los convenios vigentes, debemos defender la vigencia del convenio principal, y no solamente el carácter solidario de la empresa principal en caso de diferendos judiciales. La lucha por el convenio principal fue la gran lucha de los tercerizados ferroviarios que cobró la vida de Mariano Ferreyra, a manos de una patota armada por la dirección empresarial de la UF, asociada al poder kirchnerista (“sindicalismo que construye”) y viabilizada por un territorio liberado de las fuerzas de seguridad a cargo de Aníbal Fernández.

De la conciencia de los objetivos de la burguesía tenemos que deducir las líneas de un programa de la clase obrera. La defensa incondicional de los convenios colectivos y de los estatutos conquistados, pasa a ser un punto de apoyo estratégico para quebrar la ofensiva. Esto supone remover la potestad de la burocracia sindical de negociarlos. Sólo por mandato de asambleas generales y por medio de paritarios electos, con mandato y revocables pueden ser discutidos los convenios colectivos. La reciente paritaria del Sutna recuperado para el clasismo ha mostrado un camino, incorporando premios al básico en la principal fábrica y discutiendo la paritaria con mandato inicial y final de la asamblea general del gremio, convocada con abandono de tareas para la concurrencia masiva de los trabajadores. Es decir que la defensa de los convenios colectivos se conecta de manera indivisible con la lucha contra la burocracia sindical y su monopolio en la discusión colectiva.

En punto al salario valen consideraciones similares. En etapas de enorme inflación, corresponde plantear su indexación. Pero el movimiento obrero argentino hoy parte de más atrás porque la verdadera canasta familiar, que debe cubrir el valor de la fuerza de trabajo, ha quedado en el baúl de los recuerdos para la burocracia sindical. Ese debe ser, sin embargo, el punto de referencia, de manera tal que el salario cubra el costo de la canasta familiar, y de carácter móvil de acuerdo con la inflación debe ser el principio de una reorganización económica integral y no al revés. La consecuencia de que el trabajador sea la variable de ajuste, y que hoy mismo se apunte a aumentar la tasa de explotación del trabajo ha llevado a que el salario promedio argentino (12.000 pesos) sea un 40% de la canasta familiar.

En punto al régimen jubilatorio estamos viendo su destrucción y su transformación en un sistema de “pensión estatal a la tercera edad”. Se ha aniquilado el concepto de la jubilación como salario diferido, por el cual el trabajador tras una vida de aportes propios y patronales, goza de un salario del 82% neto de su ingreso bruto en actividad. El clasismo, como parte de la lucha por una alternativa política de los trabajadores, no debe abandonar jamás este planteo. La crisis capitalista ha llevado a todas las burguesías del mundo a echar mano a los fondos de pensión para solventar a los capitalistas con el patrimonio jubilatorio de los trabajadores. Nuestro programa es la reposición de los aportes patronales rebajados por Menem y Cavallo, la liquidación del trabajo en negro mediante blanqueo con estabilidad laboral garantizada de los afectados, 82% móvil y aumento de emergencia para llevar la mínima a la canasta básica de la tercera edad. Reivindicamos todos los regímenes de jubilación adelantada por insalubridad de la tarea. Rechazamos el aumento de la edad jubilatoria y planteamos la movilidad automática con el cargo testigo del jubilado.

En torno de la desocupación, los despidos masivos y cierres de fábrica seguimos la mejor tradición del movimiento obrero argentino planteando la ocupación de toda empresa que cierre, por la estatización bajo gestión de los trabajadores y el reparto de horas de trabajo disponible entre todos los trabajadores para poner fin a la desocupación, de manera tal que la crisis la paguen los capitalistas y el pleno empleo sea el punto de partida de un plan económico discutido y votado en un Congreso de Trabajadores con delegados electos en asamblea. La reducción de la jornada como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas jamás puede ser un logro parlamentario, sino el resultado de una reorganización económica socialista de la sociedad bajo la dirección de la clase obrera.

Sin duda alguna, las reivindicaciones de los trabajadores en su desarrollo plantean la cuestión del poder y, por lo tanto, su formulación por parte de los sindicatos clasistas tiene un carácter transicional.

Por la fusión del movimiento obrero y la izquierda

El Partido Obrero ha realizado este año una importante campaña política por un Congreso del Movimiento Obrero y la Izquierda, planteo que fue votado también en el XXIV Congreso de la Semana Santa pasada.

Lo hemos empleado como instrumento para potenciar la intervención de la izquierda revolucionaria en las grandes luchas e irrupción obrera de los primeros meses del año. Al mismo tiempo, lo asociamos al planteo de frente único para enfrentar las listas de la burguesía en la batalla electoral y, en general, para potenciar la intervención política del Frente de Izquierda en conexión con las batallas de la clase obrera.

Se trató de una campaña política y de reclutamiento, antagónica al internismo democratizante al interior del FIT. Logradas las listas comunes y el desempeño en las Paso de agosto, lo hemos replanteado como instrumento de reagrupamiento del movimiento obrero junto al FIT, ante el default de la burocracia sindical que, tras la movilización del 22 de agosto, abandonó toda perspectiva de paro y plan de lucha, por un lado; por otro lado, un congreso o plenario de este tipo confronta con las distintas alas del PJ, el FR de Massa y especialmente con el kirchnerismo, que ha llamado a la “unidad de la oposición y del peronismo” para el voto, excluyendo toda intervención de la clase obrera en la crisis. Al contrario, CFK se ha mostrado hostil a ella y llamó a levantar toda movilización aún restringida para concentrar toda la energía popular en el voto a Unidad Ciudadana, apuntando conscientemente a la desmovilización obrera y popular. El kirchnerismo tiene por eje el “volveremos” en 2019, que significa la tumba de la defensa de las reivindicaciones del movimiento obrero, porque deja las manos libres a Macri por dos años más, para que sea el ejecutor del mandato del conjunto de la clase capitalista. No es casual que dos de los triunviros de la “CGT de Macri”, Daer y Schmid, se han volcado al voto a Cristina en la provincia.

En las filas de la izquierda se ha planteado por parte de distintas corrientes, la formación de un “frente antimacrista” para enfrentar el ajuste. Esto es la liquidación del movimiento obrero y de toda perspectiva para el clasismo, porque pone al activismo como furgón de cola del kirchnerismo. Todo oportunismo sindical, político o electoral ante el kirchnerismo contribuye a una estrategia de derrota y confusión para la vanguardia obrera que se va destacando en cada lucha. Nuestra perspectiva, como lo planteamos en el XXII Congreso del PO de 2014 -que nos llevó al Luna Park-, es la fusión del movimiento obrero y la izquierda, que significa la independencia política de la clase obrera y su conciencia y organización como alternativa de poder.

El plenario del 30 de septiembre está orientado a superar toda neutralidad del activismo en la batalla electoral de octubre, volcar nuevas camadas a la lucha política socialista y preparar las grandes batallas que vendrán con toda seguridad contra la ofensiva capitalista por parte de la combativa clase obrera argentina.

* Néstor Pitrola es dirigente del Partido Obrero (PO) y de la Coordinadora Sindical Clasista, fue electo diputado nacional por la provincia de Buenos Aires en 2013 y 2015. Desde la banca presentó muchos proyectos entre los que se destacan: el pedido de juicio político a los jueces del 2×1 a los genocidas, el rechazo al “dietazo” para los diputados y el 82% móvil para los jubilados. Escribió el libro La fuerza de la izquierda en el Congreso, donde aborda la lucha política dada por el bloque del FIT-PO en la Cámara de Diputados.

 

Orígenes sociales del atraso y la miseria en el NEA

La crisis económica y social que viven el Chaco y el resto de las provincias del Noreste argentino no necesita demasiada presentación. Esta crisis tiene su manifestación más aguda en el desempleo estructural masivo consolidado entre la población provincial. En noviembre de 2015, en el Chaco, se contabilizaron en el Sistema Previsional Integrado Argentino 87.995 trabajadores en blanco en el sector privado1. Desde entonces hasta a junio de 2016 se perdieron 7.000 puestos de trabajo, fundamentalmente a causa de la parálisis de la construcción. A esta cifra de trabajo en blanco se le debe agregar unos 65.000 empleados públicos2. La cifra total, de menos de 150.000 trabajadores en blanco en la provincia -sobre una población de más de un millón cien mil habitantes- da la pauta de la crisis de empleo mucho mejor que los índices de desempleo.

En torno de estos índices se ha montado un verdadero fraude. El Indec mide “desempleo cero” en el Gran Resistencia, una ciudad donde en todas las capas sociales la crisis laboral es palpable. No se consideran desempleados a quienes no buscan trabajo, que son la mayoría. En cambio sí se incluye entre los empleados a quienes contraprestan en miserables planes provinciales: las denominadas “becas” de 1.000 pesos o el Argentina Trabaja (de 4.000 en 2017). En la provincia se cobran 500.000 planes sociales, para un total de población de algo más de un millón de habitantes3. El maquillaje estadístico sirve para tapar un verdadero drama social: la enorme mayoría de las familias de la provincia sobrevive como puede en un escenario de desocupación estructural masiva, que el pulmotor del empleo público y los planes sociales, financiados sobre la base de la coparticipación, no puede resolver4.

Esto explica que la tasa de actividad5 en la provincia sea del 29% frente a una tasa nacional del 45%, que la tasa de empleo sea del 29% contra un 42% de la Nación, pero que el desempleo sea contabilizado como casi cero cuando, bien contado, debería superar el 20%. De acuerdo con la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) de 2010, un 20% de los hogares tenía sus necesidades básicas insatisfechas. La crisis social que reflejan los indicadores de empleo se constatan luego de ocho años de gobierno de Capitanich, que contó con niveles récord de coparticipación federal, administrada por un gobierno autocalificado de “desarrollo con inclusión”, que dice haber producido una “reindustrialización” y una “revolución en el empleo”.

Otros indicadores muestran la misma realidad: por ejemplo, los saldos migratorios. Entre las cuatro provincias del NEA, de acuerdo con el censo 2001, había 30.000 emigrantes netos a otras provincias, una tendencia emigratoria de largo plazo que se mantiene año tras año6. Otro campo es el de la vivienda: el censo 2010 ubicó el déficit habitacional en 100.000 viviendas en el Chaco. La tasa de analfabetismo provincial en 2010 era del 5,5% -uno de cada 20 habitantes, sin contar el analfabetismo funcional. Los índices de desnutrición infantil fueron denunciados en casos resonantes en los medios de comunicación. La crisis del sistema de salud se cobra víctimas en forma cotidiana.

La desocupación masiva por un tiempo prolongado es la manifestación más aguda del grado en el cual las relaciones de producción capitalistas, en un marco histórico de declinación y en el cuadro de la bancarrota capitalista mundial, constituyen un lastre para el desarrollo de las fuerzas productivas. Es un fenómeno característico de nuestra época. En una provincia en la cual el acceso al agua, la obra pública fundamental, el desarrollo de los caminos y las redes ferroviarias, así como el acceso a la salud y la educación, son ampliamente deficitarios, la población trabajadora pulula viviendo de planes miserables sin poder aplicar su energía creativa a la resolución de los grandes problemas que plantea el desarrollo social y condenada a una vida de miseria. Mientras tanto, se desarrolla a fondo el monocultivo sojero y se expande la frontera agrícola a costa de un desmonte que genera una aguda crisis ambiental: una expansión a fondo de la producción alimenticia al servicio de los exportadores, el capital financiero y los Monsanto, mientras la desnutrición infantil, la droga y la descomposición social hacen estragos en las barriadas.

La situación actual del Chaco, y de las provincias del Noreste en general, no es particular sino una expresión particularmente extrema de las tendencias sociales propias del desarrollo semicolonial de la Argentina en su conjunto. Como veremos, cada una de las etapas del desarrollo social y económico del Chaco se corresponde, a grandes rasgos, con las fases de acumulación de capital en el país.

Los orígenes: acumulación originaria a cargo del Estado en beneficio del capital imperialista

El Gran Chaco argentino comienza su incorporación al desarrollo capitalista a partir de la finalización de la guerra del Paraguay, bajo la presidencia de Sarmiento. Es a partir de la derrota paraguaya -y en el marco de la negociación de límites que precedió al laudo Hayes (que estableció los actuales límites entre la Argentina y Paraguay7)- que Sarmiento crea la Gobernación del Chaco, con capital en Villa del Oeste (actual Paraguay). Se trataba de una zona de frontera en disputa a dos bandas; de un lado, con el derrotado Paraguay, pero además con Brasil, que buscaba imponer un orden post bélico que hiciera pesar fuertemente sus intereses. Las zonas de la Gobernación (actuales provincias del Chaco y Formosa, y una porción del Chaco paraguayo) estaban bajo control indígena.

Las tierras fueron ocupadas por la Argentina en una guerra criminal y desigual contra el único proyecto nacional independiente en América Latina: el Paraguay del presidente Francisco Solano López (1822-1870). El objetivo de esta ocupación estuvo lejos de vincularse con un desarrollo en función de los intereses nacionales o populares del Gran Chaco. Por el contrario, la ocupación implicó la expropiación masiva de las tierras de los indígenas y luego la entrega de esos territorios, en remate, al capital extranjero.

La creación de la Gobernación fue uno de los puntales del avance militar del Estado Nacional, que realizó en varias fases la ocupación del territorio del Gran Chaco, el sometimiento de los pueblos originarios y el establecimiento de la soberanía efectiva sobre la región. Este avance implicó la destrucción del modo de producción nativo (basado en términos generales en la caza y la recolección, a la que se había incorporado el comercio con el hombre blanco) para incorporar masivamente a esa población, como asalariada, al desarrollo capitalista y poner en producción, también para el capitalismo, las tierras de la zona.

Esto implicó el uso de una violencia intensa, masiva y sistemática contra la población nativa, que fue reducida en campañas militares, pero impuso el terror a efectos de controlar el territorio. Por ejemplo, cuenta el general Fotheringham el episodio de la captura y muerte del cacique Cambá (1884): fue abatido a tiros en una matanza de indígenas, su cabeza arrancada y puesta en una pica para exhibirla en forma de trofeo “para que quede bien probado si es Cambá o no el que ha muerto”. Como resultado de la matanza: “Muchos muertos y heridos tuvieron los salvajes y la sangrienta lección les fue de tan terrorífico efecto que muchos años después a la mera vista de una partida de quince soldados, huían centenares de indios (…) Un hermoso fin de campaña. Todos los indios desfilaron frente a la cabeza de Cambá y todos lo reconocieron”. La violencia llegaba a la extirpación de testículos u orejas como trofeos, las torturas y violaciones de mujeres indígenas: la soldadesca de los ejércitos de Roca había de poner en marcha toda la artillería aprendida en la reducción violenta de la población civil del Paraguay o en la campaña del desierto patagónica, contra los indígenas del Chaco.

El paso siguiente fue la proletarización forzosa de los indígenas, en obrajes, cultivos o ingenios, que se llevó delante de forma sistemática en las décadas siguientes. La creación de una clase obrera explotable en condiciones inhumanas, para asegurar el “progreso” capitalista, requirió la militarización masiva del territorio chaqueño. Un caso singular de este proceso de proletarización fueron las reducciones: la matanza de 1924 en la reducción de Napalpí fue un punto culminante en este proceso, del cual nos ocuparemos más adelante. La clase obrera se formó con este importante aporte de la población indígena y se completó con la migración del campesinado arruinado y proletarizado de las provincias lindantes: Santiago del Estero y Corrientes, tanto en forma permanente como temporal (cosecheros u obrajeros).

El recurso natural más importante obtenido por el Estado durante la conquista del Chaco fue una enorme extensión de tierras fiscales boscosas. El Estado retuvo para sí la llave para acceder al recurso fundamental de la acumulación de capital en la zona: la tierra y el agua y, con ellas, las riquezas forestales que pronto serían la gallina de los huevos de oro del desarrollo capitalista regional.

¿Cómo se organizó la explotación de estos gigantescos lotes? La primera característica fue la debilidad inicial del proceso de colonización agrícola, que comenzó a fines de la década de 1870 y fue tempranamente abortado. Los colonos “friulanos”, fundadores de Resistencia, fueron un caso totalmente aislado, porque luego de su llegada y hasta principios del siglo XX, la colonización agrícola prácticamente se detuvo9.

Paralelamente (antes incluso de la conquista), comenzó la expansión del obraje. Obrajeros nativos o migrantes que operaban en terrenos fiscales comenzaron la explotación de madera para abastecer la enorme expansión capitalista en el país, que requería de durmientes, postes, la materia para la industria de la construcción, para buques, etc. Con el tiempo se fueron especializando en la flora del lugar y las maderas duras del territorio (el quebracho, el algarrobo, el urunday, etc.) eran las que mejor se adaptaban a estos usos.

Este fracaso de la colonización agrícola tuvo su origen y, a la vez, alimentó un régimen de verdadera timba de tierras: el otorgamiento de enormes concesiones de tierras a particulares con conexiones con el poder político o a grandes empresas del capital imperialista, como La Forestal o el ingenio Las Palmas. En virtud de la ley Avellaneda, se establecían lotes de colonización familiar y lotes concedidos a empresas que deberían asegurar esa colonización. Los terrenos concedidos a empresas o particulares que se comprometían a organizar la colonización promediaban las 80.000 hectáreas. Esta importante concesión a los intereses terratenientes permitió, desde fechas muy tempranas, la consolidación de enormes latifundios. El acceso a las tierras tuvo un origen fraudulento desde el comienzo: se adaptó la legalidad -e incluso se la violó en forma recurrente- para alimentar un proceso de remate en favor de capitalistas-, muchas veces con las relaciones apropiadas con el poder político y dejando de lado la necesidad efectiva de la colonización del territorio.

En un principio, muchos latifundios entregados fueron dejados en reserva para futuras explotaciones. En muchos casos se carecía del capital o de la disposición a movilizarlo para poner en producción las enormes extensiones concedidas. Esto llevó, incluso, a que algunas concesiones originales fueran finalmente anuladas.

El factor que alteró fundamentalmente esta situación fue el surgimiento de la industria taninera. La explotación maderera dio un vuelco con la explotación masiva del quebracho colorado, que comenzó a partir del descubrimiento de las propiedades del tanino para las curtiembres. El hallazgo de los usos del tanino colocó el bosque chaqueño como un monopolio natural en todo el mundo de un producto clave para el cuero, la industria armamentista y otros usos. La primera taninera fue puesta en producción en Corrientes y pronto se avanzó en la explotación del quebracho colorado chaqueño (con 33% de tanino sobre la materia prima) en todo el actual norte de Santa Fe,  el Chaco y Formosa. Llegó a haber más de veinte plantas tanineras en el noreste y solamente La Forestal ocupó 25.000 obreros. Hoy quedan tres plantas (Unitan, en Puerto Tirol y Formosa, e Inudunor, en La Escondida), una explotación residual golpeada por el surgimiento de la mimosa en Africa -que permite producir tanino-, la decadencia del uso del cuero y otras causas10.

La explotación taninera fue el puntal para la penetración imperialista en el Gran Chaco. La cesión de tierras a los grandes consorcios asumió características escandalosas. En el caso de La Forestal, el origen de la mayor parte del latifundio, que llegó a contar con más de tres millones de hectáreas en Santa Fe y Chaco, fue el pago en tierras de una deuda por un empréstito contraído por la provincia de Santa Fe con la casa de crédito inglesa Murrieta and Co. -un verdadero acto de “desendeudamiento” o “pago soberano” de las deudas provinciales.

Este pago en tierras fue negociado por la provincia de Santa Fe, cuyo representante, Lucas González, además de representar a la provincia, era abogado de la firma Murrieta and Co., empresa a la cual debía pagarse. El resultado de esta disposición servil por parte de la provincia fue la venta a precio de remate de 664 leguas -1.800.000 hectáreas- a un precio de 1.500 pesos la legua cuadrada, el mínimo que permitía la ley de Colonización de la época. La casa vendió en 1884 esta extensión a la Compañía de Tierras de Santa Fe -antecesora de La Forestal-, por 5.292 pesos la legua, embolsando una ganancia de 2.402 pesos por hectárea en pocos años.

El episodio de la venta de tierras fue solamente el primero de una serie de estafas contra el presupuesto del Estado que han sido cuidadosamente retratadas por Gastón Gori11 y que aquí no podemos más que resumir someramente. Basten algunos datos: por ejemplo, que en el año 1905 la empresa entabló un juicio contra la provincia para reclamar la devolución del pago del impuesto inmobiliario sobre 22 leguas que la provincia finalmente vendió del lote original. Por el reclamo, la provincia de Santa Fe pagó a La Forestal 2.500.000 pesos en efectivo, el doble de la suma original que la empresa había pagado para alzarse con el millón ochocientas mil hectáreas.

Otro latifundio representativo fue el ingenio Las Palmas, de más de 80.000 hectáreas, que explotó azúcar, tanino y, posteriormente, la industria textil sobre la base del abastecimiento algodonero. La empresa pertenecía a Carlos Hardy, que se apropió de esta enorme extensión de tierras mediante concesiones.

El latifundio se extendió por todo el territorio. Por ejemplo, la llamada “concesión Zuberbühller”, en el sudoeste, abarcaba la totalidad de Campo del Cielo, una enorme extensión que el propietario llegó a explorar años después de que le fuera otorgada. Muchas concesiones tenían la obligación de colonizar y fueron revocadas al incumplirse este objetivo. Otras fueron transformándose progresivamente en propiedades efectivas.

Las condiciones de trabajo en la industria taninera y en el ingenio Las Palmas eran brutales. El pago se realizaba en bonos. El comercio dentro de las fronteras de las empresas estaba controlado por éstas o por comisionistas. Los salarios eran de hambre y brutales las condiciones de explotación. La vivienda era propiedad de las empresas, lo cual implicaba el desalojo automático en caso de despido. Los pueblos eran de la compañía. Los comisarios y jueces de paz eran pagados por ésta. La soberanía y legislación del Estado, en estas condiciones, eran papel mojado. La ley era la ley de la compañía12.

Las condiciones de la explotación de La Forestal son una expresión extrema del peso del imperialismo en la economía nacional en la etapa del modelo agroexportador. El directorio de la compañía estaba copado por banqueros y empresarios ingleses y alemanes. La compañía actuaba en el marco de la economía mundial: cuando la productividad de la tala de quebracho comenzó a ralear, por el agotamiento de los especímenes más accesibles, la compañía apostó a desarrollar la explotación alternativa, la mimosa en África.

El cierre de gran cantidad de fábricas en la Argentina, fundamentalmente durante los años ’50, tiene que ver con esta reestructuración global. Las ganancias de La Forestal, producto del saqueo del monte y la fuerza de trabajo en condiciones de explotación de un monopolio sobre los recursos naturales obtenido por monedas, fueron a capitalizar al imperialismo inglés y bloquearon cualquier perspectiva de utilizar estos recursos para el desarrollo local.

La cuestión fiscal refleja la misma situación. Como explica Gastón Gori en su libro, la empresa resistió con éxito los intentos de gravar la exportación de quebracho, tanto por parte de la provincia como por parte de la Nación13. Como resultado de ello, en 1921, el total de impuestos pagados por La Forestal a la provincia de Santa Fe (donde se ubicaba la mayor parte de su territorio) fue de 300.000 pesos fuertes. En cambio, en el mismo año, la empresa pagó en Inglaterra el equivalente a 8.797.503 pesos de impuestos.

Las condiciones de severa explotación en La Forestal y el Ingenio Las Palmas provocaron grandes revueltas obreras en los años ‘20, bajo el influjo de trabajadores de ideas anarquistas y sindicalistas. El vector que ligaba a los trabajadores de La Forestal con la clase obrera argentina fue la combativa Federación Obrera Marítima, protagonista de grandes huelgas en la etapa del gobierno de Yrigoyen, cuyos obreros  se encargaban del traslado del quebracho por vía fluvial que salía de los puertos de la compañía. Así fue madurando la organización sindical clandestina que organizó grandes huelgas en los años 1919-1921 en La Forestal, y durante los años ’20 en Las Palmas. Las revueltas consiguieron arrancar a las empresas algunas mejoras, pero posteriormente fueron brutalmente reprimidas. En el caso de La Forestal, los gobiernos radicales permitieron la formación de una policía privada destinada a militarizar las poblaciones para controlar por la fuerza los levantamientos obreros.

La década del ’20 fue importante en convulsiones sociales. Además de las huelgas de La Forestal y Las Palmas, ocurrió la masacre de Napalpí, de la población indígena. Este levantamiento es generalmente catalogado como un levantamiento indígena, sin negarlo -porque lo fue- y en este hecho se destaca la importancia capital que las reivindicaciones obreras tuvieron en él. Los reclamos fueron variados. Los indígenas que habitaban la reducción sufrieron la imposición de un impuesto del 15% sobre su producción algodonera por parte del gobernador del territorio. Los indígenas trabajaban sus tierras temporariamente y se empleaban en la cosecha de algodón en chacras vecinas. El reclamo de mejores condiciones de trabajo y paga en las chacras fue otro de los reclamos del levantamiento. En tercer lugar, el gobernador, en el año 1924, prohibió la salida de trabajadores temporarios a los ingenios de Salta y Jujuy, donde recibían mejor paga, con el objetivo de asegurar la abundancia de mano de obra para la cosecha local de algodón.

En este caso, sin embargo, y a diferencia de los obreros del ingenio, los obrajes o el tanino, los indígenas recurrieron para su organización, no a la puesta en pie de organizaciones sindicales, sino a los recursos propios de su organización social tradicional. Numerosas fuentes mencionan como organizador a un mago o “dios”, llamado Gómez, que encabezó la sublevación, y los reclamos que tuvieron como interlocutor directo a la Gobernación. Luego de varios intentos de acallar la protesta sin ceder a ninguna de las demandas, el gobernador Centeno decidió llevar adelante una matanza que derivó en el asesinato, según se estima hoy, unos 200 indígenas desarmados, que fueron pasados a cuchillo, degollados, en ciertos casos cortados sus testículos u orejas y utilizados como trofeos. La brutalidad policial impune muestra los niveles de violencia extremos que constituyeron el recurso político central para desarrollar el capitalismo en la Gobernación del Chaco15.

El desarrollo algodonero: el turno de la pequeña burguesía

Si los comienzos del desarrollo capitalista en el noreste fueron dominados por el capital financiero internacional, su etapa algodonera está marcada, primordialmente, por el peso de la pequeña burguesía.

El auge del algodón tuvo un enorme impulso, fundamentalmente a partir de la década del ’20. El alza de los precios, las condiciones de cultivo de la zona, generaron el mito del “oro blanco” en el Chaco, que fue el origen de una intensa inmigración, en muchos casos europea, que se asentó en el centro-oeste de la provincia para cultivar algodón. El prerrequisito para el cultivo -el desmonte de una pequeña parcela- requería una fuerza de trabajo intensiva que aportaron los colonos. El acceso a la tierra tenía varias vías. Por un lado, los planes de colonización a cargo del Estado, como el llevado adelante durante los años ’20 por el ministro de Agricultura y Ganadería de la Nación, Tomás A. Le Breton.

En menor medida hubo planes de colonización a cargo de empresas privadas o cooperativas, como la Compañía Colonizadora Popular, fundadora del pueblo del mismo nombre (Colonia Popular). Por otro lado, una gran cantidad de explotaciones se asentaron directamente en tierras fiscales o privadas, desarrollando los cultivos en ocupaciones que luego dieron lugar a frecuentes conflictos por la tierra.

El desarrollo del cultivo del algodón tuvo un nuevo impulso en los años ’30 de la mano de la industrialización por sustitución de importaciones, que tuvo en la industria textil uno de sus puntales. La población del territorio nacional del Chaco se multiplicó aceleradamente a partir de la expansión algodonera. Entre 1914 y 1947, la provincia pasó de 46.000 a 430.000 habitantes. El impulso del algodón trajo aparejada una limitada industrialización, con el desarrollo de desmontadoras, aceiteras e incluso pequeños talleres metalúrgicos asociados que se agregaron a la predominante industria taninera.

El desarrollo algodonero generó entre la intelectualidad la expectativa de un desarrollo económico e incluso industrial. Decía, por ejemplo, un representante del Ateneo Chaco16, Horacio Riveros Sosa, en 1945: “Este pueblo, que marcha a la vanguardia del progreso de la patria, sería un páramo desolador si no florecieran afanes de cultura en todos sus estratos sociales. Se salva de ser la gran Fenicia del norte argentino porque no ha perdido el sentido de lo espiritual”. El maestro rural Yebrail Matta, en una fecha incluso más avanzada (1975), describía a la provincia como una tierra “sólo vista a través del potencial económico que representa, y respondiendo a la siguiente ecuación: Producción = Riqueza, Riqueza = Bienestar y Poder”, un dinero y poder que, finalmente, serían fuente de desdichas y arbitrariedades17.

Más realista, Guido Mirandao18, en las conclusiones de su libro marcaba ya que la senda económica ascendente, producto de la explotación algodonera, comenzaba a agotarse, y que la dependencia del monocultivo algodonero condenaba a la provincia a una creciente estrechez económica. Remarcaba, entonces, la necesidad de un desarrollo industrial para darle continuidad a un desarrollo económico cuyo impulso comenzaba a agotarse.

En efecto, especialmente a partir de los años ’60, el desarrollo algodonero empezó a ingresar en una crisis que se fue agudizando en la década del ’70. Sobre la base de esta crisis estaba la estructura social que le daba sustento a la producción algodonera. Un campesinado con escasos medios técnicos y financieros y, en principio, atomizado, debía colocar su producción en un mercado controlado por grandes monopolios de la comercialización, vinculados con la industria textil: Anderson Clayton, Bunge y Born o Dreyfus. La cadena se completaba con una miríada de financistas, bolicheros, acaparadores, que tiraban abajo los precios de la cosecha, condicionaban al productor por medio del crédito y recortaban permanentemente la tasa de ganancia y la posibilidad de reinversión con el consecuente desarrollo del sector algodonero.

Esta crisis dio origen a un creciente proceso de organización que fue un intento de superar los límites de la pequeña producción algodonera. En principio se caracterizó por el surgimiento de cooperativas (Unión de Cooperativas Agrícolas Limitadas -Ucal- y otras) para manejar la comercialización y el desmonte, consorcios rurales para mejorar la accesibilidad y otras entidades intermedias. Pero el desarrollo de la crisis algodonera a partir de los ’60, sobre fines de la década, en un cuadro de movilización política de los trabajadores y los estudiantes contra la dictadura de Onganía a partir del Cordobazo, dio origen al surgimiento de las ligas agrarias: organizaciones campesinas que se extendieron por toda la región y que en el Chaco nucleaban fundamentalmente a los productores algodoneros19.

El desarrollo de las ligas agrarias fue un proceso extendido, que obedeció a factores políticos (el alza de la lucha de clases posterior al Cordobazo) combinados con la crisis de la pequeña producción en regiones enteras. En el Chaco y Formosa, con peculiaridades, agruparon a la pequeña producción algodonera; en Corrientes, a los productores tabacaleros; en Misiones, al campesinado productor del té o la yerba mate. En el caso específico del Chaco, las ligas agrarias agrupaban a los pequeños campesinos en conjunto con productores capitalizados, un estrato que había logrado despegar de la masa de pequeños campesinos e invertir para comenzar un lento proceso de tecnificación de la producción y ampliación de sus escalas. Se trataba de productores con alrededor de 200 hectáreas o más de tierras. Las ligas agrarias chaqueñas contaron también, durante un período, con la alianza de Ucal y el resto de las cooperativas algodoneras.

Entre los reclamos tenían un peso predominante la fijación de precios sostén y el acceso al crédito (o la condonación de deudas). Reclamaban, además, títulos de tierras, leyes contra los desalojos, precios de insumos, respuestas para los productores inundados, etc. Los reclamos de los obreros rurales, en contraposición, ocupaban un lugar totalmente subordinado; incluso, cuando los propios campesinos no podían subsistir sólo con su propia tierra, se empleaban como obreros rurales temporarios y las ligas agrarias movilizaban tras de sí a un importante contingente de trabajadores rurales. Los métodos de lucha incluyeron desde actos y movilizaciones masivas hasta paros o quemas de cosechas en reclamo contra los bajos precios pagados por las multinacionales.

Las ligas agrarias desarrollaron una posición de confianza en el retorno del peronismo al poder. Sin embargo, el tercer gobierno peronista estuvo a años luz de satisfacer sus reclamos. La fijación de precios se llevó adelante con el objetivo de beneficiar a la industria y el argumento de no aumentar la carestía de la vida de los trabajadores urbanos. La baja de precios dio origen a un nuevo proceso de movilizaciones, respondido en los años ’74 y ’75 con la represión estatal y paraestatal dirigida desde los gobiernos de Perón y Bittel. En este marco, en el año ’75 fue encarcelado el secretario general de las ligas agrarias y declarados prófugos otros dirigentes, acusados de tener vínculos con Montoneros. En estas condiciones, la Federación Agraria tomó parcialmente el relevo frente a la crisis y la virtual ilegalización de las ligas agrarias. El golpe del ’76 termina de cerrar la etapa de movilización popular en torno de las ligas agrarias20.

Por sus métodos, por la etapa histórica en la que se desenvolvió, y hasta cierto punto por el carácter del cuestionamiento al capital monopólico -en gran medida vinculado con el imperialismo- que acaparaba la industria textil, el desarrollo de las ligas agrarias se vinculó con el desarrollo de un movimiento popular que, con centro en la clase obrera y desde el Cordobazo, cuestionó los fundamentos mismos del régimen social vigente. Pero las ligas agrarias nunca rebasaron, incluso programáticamente, los límites de clase de la pequeña burguesía. Las reivindicaciones de los trabajadores rurales estuvieron en general ausentes del planteo de las ligas agrarias. Sin un punto de apoyo entre los trabajadores, la capacidad de las ligas agrarias para cuestionar el peso de los monopolios textiles en la definición de las condiciones de explotación tenía límites insalvables -ni qué hablar en la defensa de una reorganización general de la industria textil, que hubiera requerido una orientación de alianza con los trabajadores de la rama.

La historia posterior, durante la dictadura militar, mostró los límites insalvables de la alianza que dio sustento a las ligas agrarias: Ucal y muchas cooperativas algodoneras, que agrupaban a los productores más capitalizados, terminaron por darle un apoyo importante a la dictadura a través del gobierno del general Serrano. El fenómeno de movilización de las ligas agrarias no tuvo, como tal, una continuidad histórica. En estas condiciones, el campesinado algodonero fue condenado a un lento desangre hasta su virtual extinción actual21.

La dictadura: la reorganización de la rama algodonera  y sus consecuencias

El gobierno de la dictadura militar partía, en relación con el Chaco, de la hipótesis de que, por su geografía y por el peso de la movilización de las ligas agrarias, la provincia se prestaba para el desarrollo guerrillero en un futuro próximo. El gobierno local, encabezado por el general Serrano, militarizó todo el interior de la provincia y desarrolló una intensa represión que derivó en desapariciones, torturas y masacres, como en todo el país. Además, el gobierno militar puso en marcha un plan de desarrollo capitalista que impactó seriamente en la estructura social y productiva de la provincia.

Los ejes de este plan fueron, en primer lugar, una expansión de la producción materializada en la llamada “Marcha hacia el oeste”: un plan de privatización de tierras y desmontes en el interior provincial, apuntado a colonizar una porción del monte nativo todavía virgen; en segundo lugar, la dictadura procuró consolidar, a partir de los productores algodoneros, una burguesía agraria con capacidad de desarrollo propio, apuntalada por el Estado provincial. Para llevar adelante este objetivo, los militares buscaron una alianza con la Ucal y las restantes cooperativas algodoneras que agrupaban al sector más capitalizado de los productores locales.

El punto de partida de esta política fue la combinación entre una agresiva política de créditos del Banco del Chaco y la internacionalización del mercado algodonero. En efecto, hasta el último gobierno militar, el precio interno del algodón se hallaba regulado por el Estado y era, por lo tanto, materia de disputa entre los productores nacionales y la industria textil, en negociaciones en las cuales el gobierno nacional jugaba un rol de arbitraje. La dictadura, por el contrario, habilitó la exportación de algodón (lo cual trajo aparejado incluso una crisis con la industria algodonera) y la desregulación del mercado estableciendo asimismo un impuesto del 10% a la importación de algodón, que iría a un fondo de fomento de los productores locales.

En la campaña ’76 -’77 esto generó un alza de los precios recibidos por los productores, en la medida que empalmó con un período internacional de incremento de precios. Sin embargo, muy prontamente, a partir de fines de la década del ’70, los precios comenzaron a caer encorsetando a una porción amplia de los productores que quedaron atrapados en créditos, cuyo costo tendía a aumentar con precios a la baja. Esto produjo una crisis agraria de magnitud. La respuesta de la dictadura apuntó a consolidar la fracción más capitalizada de los productores algodoneros con acceso a mayor tecnificación, y a la posibilidad de diversificar cultivos. Se estableció incluso un límite “de productividad” de 300 hectáreas por productor. Para los productores más pequeños, directamente se estimulaba la venta de las tierras y el abandono de la producción. En la época, el 70% de los productores contaba con menos de 100 hectáreas.

La política de tierras de la dictadura fue de la mano con todas estas medidas. Apuntó a una entrega masiva de tierras fiscales en favor de los intereses beneficiados por la política de la dictadura en su conjunto. Se financiaron desmontes a partir del Banco del Chaco. La ya mencionada “Marcha hacia el oeste”, sin embargo, consiguió resultados limitados, en la medida que las condiciones económicas todavía no habilitaban los rindes necesarios para hacer del desmonte el gran negocio que significaría entre los ’90 y principios del siglo XXI.

El Banco del Chaco acompañó el auge y la crisis de esta política agraria. En consonancia con la expansión de todo el sistema financiero nacional, se expandió tomando créditos, incluso créditos externos, con el objetivo de desarrollar líneas de financiación en amplia escala de los productores. En 1976, la masa prestable del banco era de 11 millones de dólares y en 1978 había ascendido a 78 millones, de los cuales un 50% iba a financiar la producción primaria provincial. Mediante las tasas de interés positivas, el banco captó una buena parte de los beneficios que, en la primera etapa de la política de la dictadura, se generaron a partir de la apertura de exportaciones22.

Con la crisis que implicó, a partir del ’78, la caída de los precios del algodón, el banco contribuyó al ahogo de los productores más pequeños y a subsidiar la expansión productiva del sector más capitalizado. La expansión de la masa de préstamos del banco fue la base, asimismo, para un terreno de negociados en gran escala en favor de capitalistas locales y amigos del poder político. Esta situación, sumada a la crisis agraria -que dejó una cartera de créditos incobrables- llevaron al Banco del Chaco a la quiebra, lo que motivó una intervención y rescate por parte del Banco Central en 1980-1981.

De esta forma, la creación de una “pujante burguesía agraria” terminó en una secuela de negociados, en la quiebra generalizada de los pequeños productores, en la acentuación del éxodo rural y la quiebra del Banco Provincial que financió el proceso y, a la vez, afectó también a las cooperativas. El algodón pasó de ser proyectado como “motor de la economía provincial” a ser nuevamente subsidiado, beneficiando adicionalmente a un pequeño sector que logró ampliar la escala de la producción. El proceso de tecnificación redujo considerablemente la necesidad de trabajadores temporarios (braceros), un proceso que culminará a fines de los años ’90 y 2000, y que acentuaría notablemente el éxodo rural.

Una situación similar se dio en otros sectores agropecuarios, como el sector ganadero, en el cual la consolidación de un estrato de medianos o grandes productores capitalistas fue de la mano con la liquidación de las explotaciones familiares.

A mediano plazo, la idea de conformar una “burguesía agraria local” a partir de la producción algodonera se reveló un fracaso. Los factores de crisis y endeudamiento que afectaron a los pequeños productores terminaron arrastrando a las cooperativas, en un proceso de largo plazo. La Ucal, en emblema del cooperativismo algodonero, cerró sus puertas a fines de los ’90. Los cadáveres de las viejas desmontadoras algodoneras se amontonaron en los pueblos del interior de la provincia, el endeudamiento crónico de los productores se perpetuó con los bajos precios, motivando el continuo pedido de subsidios estatales. La tecnificación prácticamente terminó con el trabajo temporario en la rama. La expulsión de trabajadores, entre temporarios y pequeños productores, se cuenta por miles en las últimas décadas y es uno de los factores fundamentales que ha alimentado la crisis económica y social de la provincia.

Bittel: la democracia al rescate del régimen militar

Lejos de ser una “revolución democrática”, la transición orquestada en 1983, por medio de la cual el peronismo volvió al poder en la provincia, en realidad, fue el rescate de los intereses beneficiados por el régimen militar e incluso de los propios genocidas involucrados. El régimen democrático fue un punto de apoyo de los mismos factores de poder local que habían lucrado con la dictadura.

El peronismo triunfante en 1983 fue el partido aglutinado en torno de la figura de Bittel, quien comenzó su carrera política como vicegobernador del primer gobierno provincial: el de Felipe Gallardo (1953-55). Este gobierno tuvo origen en la primera Constitución del Chaco, que establecía un fuerte peso del movimiento obrero en el régimen político provincial. Los obreros sindicalizados bajo la primera Constitución provincial tenían doble voto, dado que un tercio de la Cámara de Diputados era electa solamente por trabajadores afiliados a los sindicatos. Este régimen fue el producto de un gran impulso de la organización de los trabajadores bajo el gobierno de Perón. Se produjo, contradictoriamente, en el momento de ocaso del peronismo, cuando Perón enfrentó los conflictos obreros más duros de su gestión, por llevar adelante la agenda patronal de la “productividad”.

El movimiento obrero chaqueño, frente a la inminencia del golpe del ’55, reclamó al gobierno nacional armas para enfrentar a los golpistas y defender lo que consideraban un gobierno popular. La atadura al peronismo, que no quiso resistir el golpe de Estado, resultó el final del régimen de la Constitución del ’51. La Revolución Libertadora la derogó y estableció las bases de la Constitución actual del Chaco23. Posteriormente al golpe, el peronismo chaqueño se reorganizó bajo el liderazgo de Bittel sobre la base de acuerdos con los diferentes gobiernos proscriptivos. En esas condiciones, éste fue gobernador en el período 1963-1966.

Con el retorno del peronismo, Bittel tuvo su segunda gobernación en el período 1973-1976. Fue el gobierno de la Triple A y la represión paraestatal a las ligas agrarias. Fue el gobernador que encabezó abiertamente la fracción del peronismo más vinculada con el Comando de Organización y a la Triple A, el arma de exterminio de los obreros, intelectuales, estudiantes y dirigentes barriales combativos bajo el gobierno de Perón. En 1983 fue candidato a vicepresidente, encabezando la gobernación Florencio Tenev, un hombre de su riñón. Los cuadros políticos del peronismo del “retorno democrático” provenían entonces de la Triple A, de la derecha peronista de los años ’70 y luego, en gran cantidad de casos, habían mantenido una relación de colaboración en diferentes áreas con la dictadura militar.

Bajo estas condiciones, el Chaco se destacó por el reciclaje “civil” de muchos de los personajes de la dictadura: el gobernador militar Ruiz Palacios, colaborador de Harguindeguy, fundó el partido Acción Chaqueña, que llegó a gobernar la provincia entre 1991 y 1995, y que nutrió de personajes tanto al PJ (con Elda Pértile) como a la UCR (con Aída Ayala) local24.

La universidad fue un ejemplo paradigmático de este continuismo, con la permanencia en la cátedra, con carácter de vitalicios, de sectores abiertamente prodictatoriales como Ernesto Maeder, director del Instituto de Investigaciones Geohistóricas y abiertamente defensor de la dictadura25. Las fuerzas represivas y el aparato de seguridad fueron conservados prácticamente intactos.

En relación con los sectores de poder local, un área en la cual el rescate “democrático” del entramado de intereses de la dictadura resulta especialmente significativo es en la gestión del Instituto de Vivienda. Durante la dictadura militar, los fondos del Fondo Nacional de la Vivienda (Fonavi) se ampliaron en una escala nunca antes vista. Estos fondos fueron manejados por uno de los responsables de la masacre de Margarita Belén26: el coronel Alcidez Larrateguy.

Larrateguy manejó los fondos millonarios del Fonavi hasta el día del triunfo del peronismo. La dictadura admitió un recambio de autoridades del Instituto de Vivienda dos meses antes de dejar el poder, con el objeto de garantizar una “transición ordenada” y dejar sin investigar las numerosísimas denuncias por el manejo de los fondos del instituto.

¿Quiénes eran los beneficiarios de esta política? Los fondos del Fonavi ayudaron a consolidar una “patria contratista” con enorme peso en la provincia. Una cuestión notable fue el lugar que ocuparon dirigentes peronistas, entre los beneficiarios de la “patria contratista” de la dictadura (y luego de la democracia). El futuro intendente de Resistencia, Rafael González, fue beneficiado a través de su empresa Chaco Construcciones. Otro dirigente, Cammarasa, fue gerente de Supercemento, la empresa que encabezó la lista de adjudicatarios de construcción de viviendas en este período. La voladura de los techos del barrio España (del Fonavi) por una tormenta no alcanzó para que se investigaran los curros de la dictadura con las constructoras que la democracia naciente retomó y profundizó.

La historia posterior mostraría el peso enorme del sector de la patria contratista durante todo el período democrático. El retroceso social y productivo de la provincia fue consolidando la dependencia económica del presupuesto del Estado y, por su intermedio, de toda la economía provincial, de la coparticipación federal. En este contexto, el botín de las adjudicaciones de viviendas e infraestructura se transformó en una de las vías de negocios centrales para la clase de poder de la provincia -lo cual pinta por entero el carácter parasitario, corrupto y dependiente del poder político de esta clase social. Domingo Peppo, actual gobernador del Chaco, es la expresión viva de este fenómeno, dado que armó su plafond para la gobernación a partir del sus manejos cuando fue presidente de la caja del Instituto Provincial de Desarrollo Urbano y Vivienda (IPDUV) bajo la gobernación de Capitanich.

La característica de hacer del presupuesto del Estado un botín para grupos empresariales afines al poder político se acentuó durante la democracia en diversos terrenos. El primer gobernador en democracia (Florencio Tenev) era propietario de una de las empresas acusadas de realizar una maniobra de vaciamiento escandalosa en desmedro del Banco del Chaco, por medio de la cual se desviaron millones para supuestamente financiar la venta de durmientes de ferrocarril a Suiza. Estos millones nunca fueron devueltos porque la operación no se concretó.

De la crisis algodonera a la soja

A mediados de los ’90, el auge sojero comenzó a sacudir las relaciones sociales en el agro chaqueño, marcadas por el largo epílogo de decadencia del cultivo algodonero. En cifras actuales, el resultado de este proceso puede ser medido mediante el análisis de la superficie de hectáreas sembradas: para la campaña 2017 se proyecta cultivar 650.000 hectáreas de soja, 450.000 de girasol y solamente 80.000 de algodón. Si en 1999 se podían contabilizar 16.000 productores algodoneros, dentro de los cuales el 78% era minifundista, para 2016 había tan sólo 689 productores registrados.

A principios de la década del ’90, el cultivo algodonero tuvo un breve respiro, determinado por el alza de los precios internacionales. Sin embargo, para fines de la década, la caída de precios, combinada con las condiciones de endeudamiento de los productores, configuraron un panorama de crisis que incluso recordó algunas de las postales de movilización de los años ’70: remates de campos, exigencia masiva de rescate por parte de las cooperativas, movilizaciones de productores minifundistas, etc. Este proceso se combinó, por un lado, con modificaciones en el paquete tecnológico del algodón y, por otro, con el cultivo de soja, que cambiarían definitivamente el paisaje del agro chaqueño.

En cuanto al algodón, los ’90 fueron la etapa de la introducción en gran escala, por un lado, de las semillas genéticamente modificadas y, por otro, de la mecanización de la cosecha. Este conjunto de cambios produjo una masiva expulsión de la mano de obra temporaria, por ejemplo, los braceros, que año a año habían participado del circuito algodonero; por otro lado, le asignaron a Monsanto, a través de Genética Mandiyú, un rol central en su desarrollo. Genética Mandiyú se constituyó con técnicos y científicos retirados o despedidos por el Inta y, por medio de ellos, consiguió los paquetes tecnológicos desarrollados por el Estado Nacional28.

La crisis y la baja de precios de fin de siglo, producto de la sobreoferta mundial de algodón (gran parte de los principales productores a nivel mundial subsidian la oferta algodonera), determinó condiciones de crisis que fueron aniquilando a los resistentes pequeños productores. A esto se sumó la persistente plaga del picudo, factor influyente en la crisis algodonera, que se expandió producto de la falta de planificación y recursos del Estado para combatirla.

El fin de siglo fue el momento de remate del viejo cooperativismo algodonero. El remate de Ucal, su nave insignia, dejó a casi 200 trabajadores en la calle solamente en su planta de Barranqueras. Los numerosos rescates a costa del patrimonio público sirvieron para desarrollar negociados de todo tipo con Ucal, su gerencia y sus acreedores, pero no para darle una salida a la crisis de la cooperativa. La faz “social” de la cooperativa fue una mascarada para estos negociados. El cooperativismo chaqueño, que aspiró a jugar en las grandes ligas de la burguesía argentina -siguiendo, por ejemplo, el caso de Sancor-, terminó confinado a la quiebra.

Este contexto se combinó con el alza de la soja, que comenzó a fines de los ’90 y se desarrolló a fondo a partir del año 2000, de la mano del alza de los precios internacionales. Las características del cultivo sojero en el Chaco no fueron distintas de las de otras áreas: grandes jugadores que arriendan masivamente terrenos, una bajísima ocupación de mano de obra por hectárea y tonelada producida, paquetes de semillas genéticamente modificadas y un enorme negocio que amplió a escala multiplicada la polarización social de la provincia.

El desarrollo sojero produjo una nueva oleada de desmontes masivos. Durante el gobierno de Rozas se remataron tres millones de hectáreas de tierras fiscales. El alza de los precios de la soja derribó todos los límites económicos que habían tenido hasta entonces los desmontes. Al arrasamiento directo, producto de la soja, hay que agregarle el indirecto, por la expansión de la frontera agrícola y el traslado hacia el norte y el oeste de la ganadería, o de cultivos realizados hasta entonces en las áreas sojeras.

Los desmontes agudizaron la crisis ambiental. El monte nativo es un amortiguador de inundaciones, por su capacidad de retención. Su eliminación agiganta, de un lado, la sequía propia del oeste del Chaco; del otro, las inundaciones recurrentes. De la mano de la eliminación del monte fueron reducidas a su mínima expresión o eliminadas especies autóctonas de flora y fauna. Los desmontes masivos, sumados a la explotación forestal (del algarrobo especialmente, que es una fuente de alimento vital), van reduciendo año a año las fuentes de sustento de la población indígena.

Así las cosas, el desarrollo sojero y la crisis terminal del algodón condujeron a ampliar el proceso de larga data de despoblamiento rural y explosión urbana, con su secuela de crisis habitacional, laboral y humana en todas las grandes ciudades de la provincia. Mientras tanto, el campo chaqueño se colocó como un pilar (secundario, pero pilar al fin) de las pingües ganancias del agronegocio en todo el país.

Los subsidios y negociados: el caso del Banco del Chaco

En la cuenta de los subsidios y negociados de la burguesía local a costa del presupuesto del Estado deben ponerse las sucesivas quiebras y rescates del Banco del Chaco. Ya vimos que el Banco Provincial (entonces Banco del Chaco – Sociedad de Economía Mixta) fue fundado a partir del viejo Banco del Chaco por la dictadura militar. Bajo la política de ésta, y de la mano de la crisis agraria y los negociados que financió, el banco tuvo un primer rescate por parte del Banco Central entre 1980 y 1981, y otro en 1984. Vimos también que fue el epicentro de un negociado con la financiación de una operatoria trucha de exportación de durmientes, dando un crédito de 4 millones de dólares nunca saldado a una empresa vinculada con el gobernador Florencio Tenev.

Estos vaciamientos y negociados llevaron al Banco del Chaco a la quiebra y privatización. En 1990, un conjunto de directivos del banco fue llevado a juicio por el vaciamiento, debido a la transgresión de la ley de Subversión económica. Durante el juicio quedaron de manifiesto los manejos que habían llevado al banco a la quiebra: el favoritismo sistemático en créditos millonarios a grandes deudores, que luego de sucesivas refinanciaciones se declaraban insolventes. Dentro de los mismos se encontraban prominentes empresas de los grupos de poder local.

Como salida a la quiebra del banco, el gobernador Tauguinas (Acción Chaqueña), junto con Cavallo, armaron un esquema de privatización, en el cual los Estados provincial y el nacional operaron como garantes de los depósitos del Banco del Chaco – SEM, declarado insolvente. La operatoria del recién creado “Nuevo Banco del Chaco” pasó a un conjunto de entidades bancarias encabezadas por el Banco de Patricios, en sociedad con La Bancaria y la comisión interna del banco.

Como el lector se imaginará, el “Nuevo Banco del Chaco” terminó de manera similar al anterior. Una operatoria sistemática de créditos fraudulentos en favor de grupos económicos locales (sucesores de Biancalani, Casinos y Hoteles Gala, entre otros) y extranjeros lo llevó a la quiebra, en 1999. Nuevamente fue el gobierno provincial, con el auxilio de la Nación, el que debió salir al rescate, respondiendo en principio con 20 millones y luego 32 millones de dólares del patrimonio público para garantizar que pudiera seguir operando. Señala Jorge Rozé: “El Estado, para tener un banco de 16 millones de pesos de capital positivo, a fin de año, debía terminar aportando la suma de 52 millones”. Posteriormente, el banco fue rescatado mediante la pesificación de los ahorros, como el conjunto del sistema financiero argentino.

La cuestión industrial

La bancarrota económica nacional y provincial, el retroceso del cultivo de algodón y, el de más larga data, de la industria taninera produjeron un fuerte retroceso industrial en la provincia. Las cáscaras de las viejas fábricas pueden verse por doquier, tanto en el Gran Resistencia como en el interior. La quiebra de Ucal y de las cooperativas algodoneras produjeron el cierre de prácticamente la totalidad de las 80 desmontadoras de algodón que operaban en la provincia. Como ya hemos señalado, quedan en funcionamiento tres tanineras de las más de veinte que hubo (en Tirol, La Escondida y Formosa). De las doce grandes fábricas que se habían instalado en el cordón industrial de Barranqueras-Vilelas prácticamente no queda nada. Los huesos de la ex metalúrgica Plomo fueron vendidos como chatarra. El Ingenio Las Palmas fue cerrado en la década del ’90, con la venta de la totalidad de su maquinaria activa al gobierno del Paraguay, condenando a Las Palmas y La Leonesa a la condición de pueblos fantasma, sin fuentes de trabajo.

El kirchnerismo, con Capitanich, presentó una ficción de reindustrialización de la provincia. Detrás de la propaganda, las bases de este proceso fueron dos: 1) los subsidios estatales, reducciones impositivas, créditos a tasas regaladas, predios fiscales puestos a disposición, etc., de los nuevos emprendimientos fabriles, y 2) los bajísimos salarios pagados a los obreros industriales del Chaco, por debajo incluso de los exiguos salarios nacionales.

Vistos a la luz de estas facilidades y del proceso de reactivación económica posterior a la crisis de 2001, los avances de la mentada “reindustrialización” son mínimos. En Puerto Tirol, el emblema de la “nueva industria” chaqueña, a principios de 2016, había cuatro fábricas medianas (además de varios pequeños talleres): la textil Santana (600 obreros), la textil Platex (170 obreros), la taninera (300 obreros) y la cerámica, de unos 100 trabajadores. En agosto de 2016 cerró Platex, dejando sus 170 trabajadores en la calle. En el mismo parque industrial, en el mismo año, fueron desvinculados definitivamente casi 200 obreros del Frigorífico Toba, cuya planta fue cerrada por el Estado en 2013, terminando con una larga y tenaz lucha de sus trabajadores por la reapertura.

La textil Platex es un ejemplo de esta nueva “industrialización”. Platex se asentó en 2003 en la vieja planta de la textil Mides, que había cerrado sus puertas en 1996, dejando a todos sus trabajadores en la calle sin pagar siquiera la indemnización. En sus comienzos, los trabajadores cobraban planes “trabajar” de 150 pesos, más un subsidio de la empresa. Poco a poco, fueron ganando el acceso a las condiciones del convenio textil, aunque con salarios por debajo de lo debido por la subcategorización generalizada. Durante los años de actividad nunca se modernizó tecnológicamente la planta.

En 2014, debido a la baja de ventas, la empresa adoptó un nuevo sistema de turnos, con 12 horas de trabajo durante dos días por dos de descanso, que además de liquidar cualquier perspectiva de estudio o incluso de vida familiar de los trabajadores, mitigaba los salarios por la reducción de las horas efectivamente trabajadas. La empresa pudo implementar este sistema luego de quebrar una huelga de 40 días, con una firme permanencia de los trabajadores frente a la planta. El auxilio de la burocracia de la Asociación Obrera Textil (Escobar), el Ministerio de Trabajo y el gobierno provincial fueron fundamentales para quebrar la medida.

Finalmente, en 2016, frente a la crisis económica nacional y poniendo como fundamento la apertura importadora de Macri, la empresa cerró sus puertas. Pagó el 70% de las indemnizaciones y en cuotas, con el auxilio del sindicato textil y de la Secretaría de Trabajo, que fueron fundamentales para quebrar cualquier atisbo de resistencia obrera. Trece años de subsidios, facilidades y salarios por debajo de la media terminaron con la liquidación de 170 fuentes de trabajo, para salvar las ganancias de uno de los consorcios textiles más grandes del país.

Los establecimientos más grandes de la industria provincial son parte de grandes empresas nacionales o incluso transnacionales (Santana, Indunor y Unitan). Las plantas chaqueñas tienen su viabilidad condicionada por el esquema de negocios de estos grandes consorcios, lo cual, como se vio en el caso de Platex, puede condenar a un establecimiento viable al cierre. Lo mismo ocurrió con el Frigorífico Toba, que fue cerrado por la empresa Friar, del grupo Vicentín, para concentrar la producción y la exportación en el frigorífico de Reconquista. En el caso del Toba, el trabajo sucio del cierre lo realizó el gobierno, que se hizo cargo de la planta frente al reclamo de los trabajadores, despidió a los activistas y luego de no reactivar jamás la fábrica, procedió en 2013 a cerrarla y en 2016 a despedir a los viejos obreros que todavía cobraban la garantía horaria del gremio de la carne.

Otro emprendimiento, de similares características, muestra todavía más agudamente el parasitismo de los sectores beneficiarios de las promociones industriales. Es el caso de Pampero, que se estableció bajo el gobierno de Capitanich en la vieja taninera de Fontana. La empresa compró, en el marco del convenio de promoción industrial, el galpón de la vieja fábrica, pagando la suma irrisoria de 41.000 pesos. Luego colocó el terreno como garantía para comprar las máquinas por medio de un préstamo. El Estado pagó los salarios por todo el período de capacitación de los trabajadores. Finalmente, en 2016, cuando la planta contaba con 37 obreros, la empresa la declaró inviable y procedió a cerrarla. Nuevamente el Estado, por medio de la Subsecretaría de Trabajo y la burocracia sindical, en este caso del Sindicato Obrero de la Industria del Vestido y Afines (Soiva), trabajaron activamente para liquidar todo atisbo de resistencia obrera al cierre y para lograr “un acuerdo” consistente en el pago de las indemnizaciones en tres cuotas.

Infraestructura

En materia industrial, en términos de infraestructura de transporte hay aspectos en los cuales se ha consolidado un enorme retroceso. La burguesía del siglo XXI no llega a los logros del siglo XX. El ferrocarril Barranqueras-Metán (actual Belgrano Cargas) fue construido a partir de 1907, hace cien años. El puerto de Barranqueras, vinculado con el ferrocarril, era la salida lógica de la producción. La línea naviera del Paraná llegó a ser una de las joyas de la corona de la empresa Mihanovich, que tenía el monopolio del transporte marítimo. Al mismo tiempo se desarrolló desde fin del siglo XIX el Puerto Bermejo (en el actual cruce entre la Ruta Nacional 11 y el río del mismo nombre) como proyecto alternativo de salida de mercancías. En Formosa se desarrolló la línea ferroviaria que unía la capital con el este salteño, que fue una de las columnas vertebrales del poblamiento “blanco” (no aborigen) del oeste formoseño.

El gobierno de Peppo reclama hoy con desesperación financiamiento nacional para la obra de reconstitución del Belgrano Cargas, la misma que se terminó en poco tiempo hace cien años. Junto a la obra para reactivar el puerto, ambas se encuentran estancadas. El retroceso ferroviario alcanza a las líneas de pasajeros que se salvaron del desguace menemista: al momento de escritura de estas líneas está al borde del cierre y sin funcionamiento la línea urbana Tirol-Vilelas, con 300 empleados que cumplen horario sin funciones y temen por su probable despido.

La Argentina no tiene una flota naviera de bandera. Podría pensarse que el retroceso del ferrocarril fue compensado por el transporte automotor, pero eso es cierto a medias: las comunicaciones en gran parte del interior provincial se realizan por caminos de ripio, los accesos se empantanan con las lluvias, y decenas de comunidades quedan incomunicadas con las inundaciones.

Conclusión

¿Qué características tiene, entonces, la burguesía que actúa en el territorio provincial? Se trata de un conglomerado fuertemente parasitario, dependiente del gobierno provincial que subsidia los negocios a través de diferentes vías. Incluso el auge sojero y del girasol tiene estas características: el Estado garantizó el acceso a la tierra habilitando millones de hectáreas de tierras fiscales, garantiza con el presupuesto público las obras públicas necesarias para poner en marcha la producción y exportación, y mantiene un subsidio impositivo implícito, subvaluando la propiedad rural para evitar el cobro del impuesto inmobiliario sobre la base de los valores reales.

La expansión sojera, por otro lado, está vinculada con características del mercado mundial que están mostrando su carácter transitorio: lejos estamos de los precios de 2011, que hicieron rentable el cultivo de más de un millón de hectáreas de soja en la provincia.

Cada fase del desarrollo capitalista de la provincia, indisolublemente ligada al desarrollo capitalista nacional, acentuó las características de atraso y miseria del Chaco. Primero, la exacción pura y dura del capital imperialista a través de La Forestal. Luego, el desarrollo en seguida ahogado de una pequeña burguesía rural, que se demostró inviable bajo dos esquemas económicos distintos: primero, con precios atados al mercado nacional del algodón, por su incapacidad de imponer a la industria textil monopólica las condiciones de venta requeridas; luego, a partir de la dictadura y especialmente el menemismo; la internacionalización del mercado algodonero, en un cuadro de fuerte endeudamiento y sobreoferta mundial resultó la condena definitiva, arrastrando al despoblamiento rural y a una verdadera catástrofe social en los pueblos. Por último, la expansión sojera, que destina sus ganancias a la especulación con ladrillos o la fuga de capitales acentuaron la polarización social, la concentración de la producción, los desmontes y la crisis ambiental.

Este cuello de botella ha conducido a que una gran parte de los intereses de los grupos de poder locales pasen por los negociados con el Estado. Esta característica quedó de manifiesto en las sucesivas quiebras del Banco del Chaco, y luego fue perfeccionada bajo Capitanich, con las promociones industriales, los negociados de la obra pública e incluso la creación de la Fiduciaria del Norte, una caja negra de los negocios empresariales.

La expresión más extrema de esta dependencia del Estado provincial son los negocios con la obra pública, la gran gallina de los huevos de oro de la década kirchnerista, con su marca indeleble de sobreprecios, facturas truchas y negociados espurios, surgidos de la asociación entre viejos grupos locales y la camarilla de gobierno: Báez actuó en la provincia por medio del tradicional consorcio chaqueño Sucesores de Biancalani. Los 37 kilómetros entre Colonias Unidas y Presidencia de la Plaza, por los cuales se les pagaron 200 millones de pesos, nunca se hicieron30.

La dependencia de todos los grupos empresariales de la caja del Estado, a través de la coparticipación federal le otorga al gobierno provincial un rol de arbitraje entre los diferentes sectores de negocios locales.

No existe ninguna posibilidad de que este consorcio parasitario de contratistas, pooles de siembra o “industriales”, colgados del Estado provincial, desarrolle la provincia para resolver los agudísimos problemas económicos y sociales del Chaco. Lo mismo vale para un Estado forjado para favorecer a estos sectores, que se agiganta como resultado de la crisis social y acentúa bajo el peso de esta misma crisis su absoluta incapacidad para resolver cualquier problema de las grandes masas de la provincia.

El régimen político chaqueño está moldeado por estos factores sociales. El PJ y la UCR manejan la Legislatura provincial sobre la base de pactos e intercambios de votos, mostrando que responden ambos a los mismos intereses sociales. Bajo condiciones de crisis social aguda, el PJ interviene creando un aparato de contención por medio de planes, cooperativas, empleo público municipal con salarios de miseria, aparato que sirve a los fines de sostener la regimentación política, pero no para resolver la situación de miseria que tiene, como vimos, causas estructurales.

La permanencia de este estado de cosas condena a las masas populares de la provincia a la emigración o la miseria a la dependencia de planes sociales, la precarización laboral, los salarios miserables y la convivencia con una crisis social en vías de profundizarse bajo el impacto de la crisis capitalista mundial y el ajuste macrista. La única posibilidad de un desarrollo genuino de las fuerzas productivas para superar esta situación pasa por la formación de una alternativa basada en el interés de clase de las mayorías trabajadoras en función de resolver sus necesidades, a partir de colocar los recursos naturales y el producto del trabajo de la provincia -que históricamente ha servido para alimentar el saqueo capitalista- al servicio de resolver los grandes problemas de la población trabajadora.

Un programa

Trabajo y condiciones de vida. Nuestra provincia vive una crisis social de largo alcance. La falta de empleo se ha transformado en un problema permanente, impulsada, en el campo, por los desalojos a los campesinos; y en las ciudades por la falta de industrialización. Un enorme porcentaje de la población depende de la asistencia del Estado, con planes que arrancan desde los 800 pesos. A eso se ha sumado la crisis económica, que ha terminado con cientos de fuentes de trabajo.

Impulsamos la prohibición de los despidos y suspensiones y la expropiación sin pago bajo control obrero de toda empresa que despida o cierre. Reapertura del Frigorífico Toba, TN Platex, Pampero y toda fábrica que despida o cierre con todo su personal. Reparto de las horas de trabajo sin afectar el salario, y un plan de desarrollo de infraestructura y vivienda bajo control de los trabajadores, financiado con impuestos confiscatorios al gran capital de la provincia, para terminar con el desempleo.

Salario y precarización laboral. El desempleo masivo ha sido el caldo de cultivo para la precarización laboral y el trabajo en negro, en el Estado y también en el sector privado. Las luchas por el pase a planta vuelven una y otra vez a colocar al Estado en el banquillo de los acusados como primer precarizador del trabajo. Los salarios de inicio de planta están en 9.000 pesos, menos de la mitad de la canasta familiar.

Impulsamos el pase a planta del conjunto de los trabajadores del Estado, el blanqueo bajo convenio de los privados, el pase a planta bajo el convenio correspondiente de los programas Argentina Trabaja y el final de la precarización laboral. Salario igual a la canasta familiar. 82% móvil para las jubilaciones. Abajo el impuesto al salario.

Soberanía popular. El poder político se encuentra monopolizado por camarillas del PJ y la UCR que se reparten los cargos a espaldas del pueblo por medio de canjes y acuerdos. El Estado provincial está organizado para asegurar la dominación política de una oligarquía. El presupuesto se maneja de forma arbitraria para provecho propio y sus empresas contratistas amigas. El voto popular está armado para refrendar decisiones que se toman con anterioridad a las elecciones.

Impulsamos la revocabilidad de todos los cargos electivos. Que ningún funcionario gane más que un trabajador calificado. Abajo los salariazos que se autoaplican los funcionarios del Ejecutivo y la Legislatura. Apertura al control popular de todos los contratos de la obra pública y anulación de todos los mal habidos. Disolución de la Fiduciaria del Norte e integración de su presupuesto y activos al presupuesto y patrimonio del Estado. Apertura de las cuentas de todas las instituciones del Estado y empresas públicas (Sameep y Secheep), publicación del listado de todo su personal, tareas y salarios. Elección de los jueces y fiscales por voto popular. Asamblea Constituyente para reorganizar social y políticamente la provincia. Disolución de los aparatos represivos que actúan contra el pueblo.

Tierra. El PJ y la UCR en el gobierno han impulsado un remate fenomenal de tierras públicas en beneficio de los grandes terratenientes y pools sojeros y ganaderos. El resultado ha sido la confiscación de miles de familias campesinas, el abandono de pueblos enteros, una brutal concentración de la riqueza y la pauperización generalizada de la población rural. Además, han avanzado los desmontes legales y los  ilegales, a la vista de todos: vamos camino a una crisis ambiental.

Proponemos la revisión de todas las asignaciones fraudulentas de tierras a empresarios privados por parte del Instituto de Colonización y de los Municipios; que comisiones electas de campesinos y trabajadores agrarios de la provincia queden a cargo de esa revisión con el objetivo de anular las privatizaciones fraudulentas y colocar la tierra, principal factor productivo, bajo control de trabajadores y campesinos que viven de su trabajo. Impulsamos la prohibición de los desalojos de los campesinos. La prohibición de los desmontes para terminar con los negociados que destruyen el bosque nativo. Reservar el conjunto de las tierras urbanas ociosas a la vivienda popular, con sus servicios educativos y sanitarios y espacios verdes. Impuesto sobre el valor de mercado y progresivos a los grandes propietarios de tierras. Eliminación del impuesto a la vivienda única.

Educación. La educación pública vive un deterioro creciente. Alta deserción, el salario docente que no llega a cubrir la canasta familiar, cierre de comedores escolares, desmantelamiento de escuelas rurales, planes y programas precarizadores para los docentes. Todos estos factores tienen como consecuencia una brutal descalificación (y, por lo tanto, desvalorización) de la fuerza de trabajo.

Reclamamos salario igual a la canasta familiar, indexado mensualmente por inflación para todos los docentes. Pasantías de cuatro horas de trabajo por cuatro de estudio bajo convenio para los estudiantes secundarios. Comedores escolares en todos los establecimientos que lo requieran. Construcción de jardines, jardines maternales y escuelas de jornada completa para albergar toda la demanda de los trabajadores. Eliminación de los planes que precarizan el trabajo docente, transformación de los mismos en establecimientos educativos formales a cargo del Estado y pase a planta de todo su personal. Triplicación del presupuesto educativo.

Salud. La lucha de los trabajadores de la salud mostró a toda la población las condiciones críticas del sistema. Falta de insumos básicos, camas, ambulancias e incluso consultorios o unidades de traslado. Las enfermedades endémicas de la pobreza, la desnutrición, el Chagas y la tuberculosis avanzan sin freno en el interior y también en el Gran Resistencia. En el interior no se cubren los cargos médicos por la paga insuficiente y las condiciones de trabajo.

Proponemos la triplicación del presupuesto de salud, para garantizar el equipamiento completo y los salarios tal cual lo reclaman los trabajadores del sector. Seis horas de trabajo para los enfermeros. Estímulo salarial para cubrir todos los cargos médicos. Un plan de vivienda y sanitario completo en El Impenetrable para terminar con el Chagas, la tuberculosis y todas las enfermedades endémicas. Salitas con equipamiento y atención primaria de la salud en todos los pueblos y parajes.

Recuperación de las organizaciones sindicales y populares para los trabajadores. El deterioro de las condiciones de vida de las masas de la provincia no podría haberse realizado sin la cooptación de la burocracia sindical, que ha llevado a la impotencia a las organizaciones obreras y de las organizaciones sociales que actúan como una base a apoyo del gobierno. ¡Fuera la burocracia sindical! Impulsamos la recuperación de los sindicatos como herramientas de lucha de los trabajadores. Proponemos la independencia política de las organizaciones populares y la expulsión de los punteros que lucran a costa del trabajo precario o de los planes de vivienda. Somos partidarios de un congreso obrero y campesino para que el movimiento popular del Chaco pueda elaborar e impulsar un programa de transformación política y social de la provincia.

Mujer. Las enormes movilizaciones de mujeres en el Chaco y todo el país parten de un ascenso internacional de lucha de la mujer, colocan más que nunca la necesidad de terminar con la violencia contra las mujeres, la discriminación. Por cada femicidio que sale a la luz hay cientos de mujeres golpeadas día a día. Otras tantas mueren por abortos clandestinos, muchos de ellos producto de violaciones. Las redes de trata utilizan a la provincia para captar mujeres jóvenes. Los prostíbulos y las redes también han crecido en la provincia, de la mano de los negocios del juego y el tráfico de drogas.

Llamamos a las mujeres a organizarse contra estos atropellos en un movimiento de mujeres independiente del Estado. Por un consejo autónomo de las mujeres electo por el voto femenino, con presupuesto y atribuciones para encarar todos los problemas planteados por la violencia de género. Basta de impunidad para golpeadores, asesinos y violadores. Destitución de los jueces y fiscales que amparan a golpeadores y violadores. Asistencia económica a las víctimas. Disolución de las redes de trata, terminando con la complicidad del poder político y las fuerzas de seguridad. Educación sexual y anticonceptivos, por el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo.

Juan García es historiador (UBA) y dirigente nacional del Partido Obrero.

NOTAS

1. http://www.diarionorte.com/article/139264/desde-octubre-se-perdieron-7000-puestos-de-empleo-en-el-sector-privado-chaqueno

2. http://www.diarionorte.com/article/101342/el-numero-de-trabajadores-estatales-trepo-a-63000

3. Diario Norte, 3/7/2016, editorial de Alejandro Schneider.

4. Baste como ejemplo la masiva desocupación docente, que se manifiesta en los años que debe pasar un docente recién recibido para conseguir un cargo. La docencia, como el ingreso en la Policía, aparece como una de las únicas salidas posibles para conseguir una situación laboral estable.

5. El porcentaje de población adulta que trabaja o busca trabajo.

6. http://www.depeco.econo.unlp.edu.ar/maestria/tesis/046-tesis-pizzolitto.pdf

7. El laudo del presidente norteamericano Rutherford Hayes entregó todos los territorios al norte del río Pilcomayo al Paraguay. Detalles en el libro de Ernesto Maeder, Historia del Chaco, Editorial Plus Ultra, 1996.

8. Ignacio Fotheringham: Vida de un soldado, tomo I, página 574 y siguientes, citado por N. Iñigo Carrera: Campañas militares y clase obrera, Chaco – 1870-1930, Buenos Aires, CEAL, 1984. Este libro muestra fuentes valiosas que permiten fundamentar la perspectiva de proletarización masiva de los indígenas que sostuvieron los conquistadores.

9. Guido Miranda: Tres ciclos chaqueños, Ediciones La Paz, Resistencia 2007.

10. Para saber más sobre este proceso, véase el estudio de José V. Derewicki: Quebracho, árbol de hierro, Resistencia, AG Print, S/F.

11. Gastón Gori: La Forestal, tragedia del quebracho colorado, Proyección, Buenos Aires, Argentina, 1974.

12. Una buena descripción cinematográfica de la época y de las huelgas de los años ’20 en la película “Quebracho”.

13. Gastón Gori: “Un impuesto y un secreto” en op. cit. Durante todo este período, la burguesía argentina bloqueó con éxito cualquier gravamen serio de las exportaciones de origen agropecuario.

14. Iñigo Carrera: Campañas militares y clase obrera, Chaco – 1870-1930, Capítulo 3. Presenta fuentes concluyente, sobre este punto, generalmente obviado.

15. En 2008, el Estado “pidió perdón” por la masacre de Napalpí, y año a año rinde, desde entonces, homenaje a las víctimas. Se trata, sin embargo, del mismo Estado que perpetúa la masacre cotidiana a los pueblos indígenas desprovistos de sus tierras, condenados a la miseria y la explotación, y hoy se agolpan en la periferia de las ciudades del Chaco o Formosa.

16. Silvia Leoni: La conformación del campo cultural chaqueño, Corrientes, Moglia Ediciones, 2008.

17. Yebrail Matta: “Vuestro Chaco y el mío”.

18. Guido Miranda: Tres ciclos chaqueños (1955). Edición Librería La Paz, Resistencia, 2006.

18. Silvia Leoni: La conformación del campo cultural chaqueño, Corrientes, Moglia Ediciones, 2008.

19. Roze, Jorge: Las ligas agrarias. Buenos Aires, Ediciones Razón y Revolución, 2011.

20. Rozé, Jorge: Las ligas agrarias, op. cit.

21. Utilizamos el término campesino en un sentido amplio, incluyendo en él a la pequeña burguesía vinculada con un cultivo industrial, para facilitar la comprensión del texto. Obviamente, el desarrollo explicita que las características de este “campesinado” son muy distintas al campesinado de autoconsumo de origen histórico en modos de producción precapitalistas.

22. Rozé, Jorge: Lucha de clases en el Chaco contemporáneo, Resistencia, Librería La Paz, 2007.

23. Como bien explicita Julián Herrera (Hombres y mujeres de la Revolución Libertadora), los protagonistas del proceso político que comenzó con el golpe del ’55 siguen activos en la política provincial. La más renombrada es la jueza Lucas, del Superior Tribunal de Justicia.

24. Aída Ayala (UCR) y Elda Pértile (PJ) provienen de Acción Chaqueña.

25. El profesor Ernesto Maeder, exponente de este sector, es la contracara de la persecución sistemática que sufrieron los docentes de ideas de izquierda, como Jorge P. Roze, en la UNNE.

26. La masacre de Margarita Belén fue el asesinato, por parte del régimen militar, de un grupo de presos políticos en un intento de fuga simulado, el 13 de diciembre de 1976, en cercanías al pueblo del mismo nombre.

27. Diario Norte, 11/1/2017.

28. Roze, Jorge: Lucha de clases en el Chaco contemporáneo.

29. Datos del intendente en reunión con los obreros.

30. Télam, 11/4/2016.

Ante la crisis venezolana: derrotemos a la derecha sin dar ningún apoyo al chavismo oficial

La derecha venezolana viene de realizar un referéndum ‘de facto’ contra el gobierno de Maduro y ahora ha convocado a una jornada de “paro cívico”, es decir a un lock-out patronal. Reclama un golpe militar para, alega, “proteger la Constitución Nacional, y un gobierno de ‘unión nacional’, que debería tener por eje institucional a la Asamblea Nacional en funciones.

La movida derechista cuenta con el apoyo de Estados Unidos, la Unión Europea y los gobiernos latinoamericanos de cuño neoliberal. El gobierno de Trump ha desechado por el momento un bloqueo a las exportaciones petroleras de Venezuela. La derecha plantea recurrir a una “ayuda humanitaria” internacional, desarrollar un ‘ajuste’ social, con el apoyo del FMI y del capital internacional, abolir el monopolio operacional de la estatal PDVSA en las asociaciones que ha establecido con el capital extranjero e incluso privatizar la petrolera estatal PDVSA, y avanzar en la privatización minera que ha iniciado el gobierno de Maduro. La acción de la derecha empalma con la tendencia antiobrera y privatista que encarnan los gobiernos como Temer y Macri.

El golpismo y el recurso al lock-out fueron utilizados por esta misma derecha en abril de 2002 y diciembre/enero de 2002/3.

El gobierno de Maduro, por su parte, ha convocado para el 30 de julio a elecciones a una Asamblea Constituyente amañada, para obtener una mayoría digitada. Su objetivo: eliminar, por un lado, el actual Congreso Nacional y cancelar el calendario de elecciones para estados y municipios y, por otro, establecer una suerte de “estado comunal” que haría de pantalla a un gobierno dominado por la cúpula de las fuerzas armadas. Con esta nueva ‘legalidad’ pretende firmar acuerdos de privatización de áreas de PDVSA, como el que intentó con la rusa Rosneft – bloqueado por la Asamblea Nacional y la fiscalía. La Constituyente que se ‘elige’ el 30 de julio pretende institucionalizar un régimen de facto.

La base económica del gobierno en funciones es el cumplimiento riguroso del pago de la deuda externa y el apoyo internacional a mayores refinanciaciones. El chavismo oficial ha bloqueado todas las iniciativas conducentes al establecimiento del control obrero de la producción y de la distribución, y a la nacionalización del comercio exterior. La camarilla en el poder utiliza el control de cambios para especular en su propio beneficio. Durante más de tres años demostró que no constituye ninguna salida a la bancarrota de la economía y a las necesidades del pueblo.

El boicot conjunto a las iniciativas reaccionarias de la derecha y del chavismo oficial servirá para mostrar la disposición y la voluntad de los explotados y masas pobres de Venezuela para pelear contra una alternativa de la derecha con métodos políticos y sociales independientes.

En esta fase de la crisis política hemos planteado el boicot al referéndum y a los lock-out patronales convocados por la derecha proimperialista. Ahora planteamos boicotear las elecciones truchas de la Constituyente de Maduro. La única salida a la catástrofe económica y social debe partir de una acción obrera independiente. Es necesario un plan de emergencia, que salga de un congreso de trabajadores. El nacionalismo militar bolivariano ha entrado en un callejón sin salida irreversible.

La lucha contra la reacción derechista solamente puede triunfar con los métodos de la lucha de clases de los trabajadores, con total independencia política de la camarilla de facto gubernamental.

La catástrofe venezolana es, por un lado, una manifestación extrema de la crisis capitalista mundial y, por el otro, de la incapacidad de la pequeña burguesía nacionalista y militar para desarrollar las fuerzas productivas de las naciones rezagadas y hacer frente a la declinación histórica del capitalismo.

Una salida a la crisis capital venezolana y latinoamericana, que defienda sus condiciones de vida y la de todas las masas trabajadoras y abra el camino a un desarrollo nacional plantea: nacionalización integral de toda la industria petrolera, no pago de la deuda externa, nacionalización de la banca y del comercio exterior. Defender las condiciones de vida de las masas: salario mínimo igual al costo de la canasta familiar, ocupar las fábricas que cierran o despiden masivamente, colocar todos los recursos del Estado -bajo control obrero- al servicio del abastecimiento alimentario de la población trabajadora. Impulsar la Unidad Socialista de América Latina.

A casi tres semanas de las elecciones Paso en nuestro país, advertimos a los trabajadores y a la juventud de los ataques desesperados de la derecha contra las condiciones de vida de las masas, fundamentalmente las obreras y trabajadoras. Venezuela es el caso extremo de una lucha de clases que se está desarrollando en toda América Latina. En Brasil, un gobierno en crisis hizo aprobar a espaldas del pueblo una reforma laboral antiobrera que retrotrae las conquistas obreras al siglo XIX. Y los funcionarios de Macri han señalado, a pedido de las Cámaras Empresarias, que después de la elección imitarán esta reforma laboral antiobrera.

El Partido Obrero (en el FIT) sus candidatos y militantes pondrán todo su empeño en defender a los trabajadores, SIEMPRE.

Repudiamos las amenazas de sanciones que han planteado Trump, Macri y otros líderes derechistas contra el pueblo venezolano.

Fuera el imperialismo. Por una salida de los trabajadores en toda América Latina.

Publicado en Prensa Obrera el 21 de julio de 2017.

Adónde va Venezuela

La crisis política en Venezuela ha adquirido un definitivo carácter internacional. De un lado, es significativa la decisión de Colombia de romper relaciones con Venezuela en rechazo a su convocatoria constituyente. Es que proviene de un gobierno que contó con el apoyo de Venezuela para desarrollar el ‘plan de paz’ con las Farc y porque el anuncio tiene lugar luego del fracaso de la gestión del presidente de Colombia ante el gobierno de La Habana para concertar una mediación entre oficialismo y oposición en Venezuela. Es claro que la oposición de Cuba a una mediación obedece a la negativa de Trump a ampliar el campo comercial entre los dos países abierto por Obama. De otro lado, arrecian las versiones de que Trump podría establecer alguna suerte de embargo petrolero sobre Venezuela, si no afectando directamente la importación de crudo venezolano, sí bloqueando las transacciones financieras de la estatal PDVSA -lo que sería lo mismo. Hasta la semana pasada, el panorama era otro: Trump habbía, para satisfacción de los fondos buitre, de 0,34 dólares, en febrero pasado, a 0,53 dólar -“y podría subir aún más”, de acuerdo con el experto financiero del Financial Times (Lex, 18/7). “Un cambio de régimen, agrega, parece improbable por ahora”, pero incluso si ocurriera, concluye, “no necesariamente gatillaría un defol”. La explicación que ofrece es “la historia de Venezuela de priorizar a los bonistas sobre su propio pueblo”. La explicación adicional es que el capital financiero confía en una salida mediadora a la crisis política de Venezuela.

Rusia también se ha metido en la crisis. La petrolera rusa, Rosfnet, que es poseedora de un 50% de los activos de la refinadora de PDVSA en Estados Unidos, Citgo, en garantía de préstamos otorgados por Rusia a Venezuela, ha planteado un canje de esa garantía por inversiones en la explotación en la cuenca del Orinoco, con derecho a exportación. La privatización completa de la explotación de la cuenca y la abolición del monopolio estatal de la exportación, liberaría a Venezuela de las consecuencias de un embargo a las ventas de PDVSA (Financial Times, 25/7).

La operación de Rosfnet, el rechazo de Cuba a acoger una mediación y el apoyo que China brinda a Maduro, muestra un eje internacional de respaldo al gobierno de Venezuela. Demuestra, asimismo, que la Constituyente ‘nacional y popular’ que ha convocado el oficialismo es un canal para la privatización de las riquezas mineras en gran escala. Maduro se encuentra al día con el pago a los fondos buitre gracias al apoyo financiero de Rusia y China, contra la garantía de las reservas petroleras y las concesiones mineras. La Constituyente oficial ha sido convocada no solamente como un recurso para evitar una derrota en elecciones generales, sino también para puentear a la Asamblea Nacional gorila, que se ha opuesto -por supuesto que por ahora- a las privatizaciones en curso. La Constituyente, sin embargo, ha sido rechazada a nivel internacional como sustituto legal válido de la Asamblea Nacional.

Constituyente reaccionaria

Como se ve, la Constituyente no ha sido convocada para defender los intereses nacionales contra la derecha proimperialista, sino solamente para asegurar el poder de una camarilla corrupta, que está dispuesta a rematar el país para seguir a la cabeza del Estado. La hostilidad con la que ha sido recibida por los Estados imperialistas y sus lacayos, obedece a que cerraría las vías a una mediación que facilite un tránsito ‘pacífico’.

El ex primer ministro de España, Rodríguez Zapatero, mediador crónico, ofreció al preso domiciliario Leopoldo López desactivar la Constituyente ‘emancipadora, en nombre del mismo gobierno, a cambio de una reanudación de los ‘diálogos’. La oferta fue rechazada de plano, con el reclamo de elecciones presidenciales inmediatas.

La posición de López ha abierto una crisis en la oposición de derecha, la MUD. Uno de los principales mentores de la derecha, el presidente de la consultora Datanálisis, Luis Vicente León, denuncia la convocatoria a una “hora cero”, por parte de la oposición (Perfil, 29/7), como un camino ciego que escalaría en una violencia sin final evidente. Toda la orientación de la presión internacional está dirigida a imponer una salida negociada. La dirección política de la derecha se encuentra de nuevo dividida -con más intensidad, incluso, que en el pasado. Lo demuestra el planteo que hizo votar, en fecha reciente, en un referendo privado: intervención militar y gobierno de unidad nacional. El primero supone una escisión en el ejército y la posibilidad de choques entre fracciones de las fuerzas armadas, y lo segundo un co-gobierno con el bando vencedor.

El oficialismo no reconoció todavía una intención de cambiar el régimen político -deja las puertas abiertas. Una de sus voceras aseguró a Telesur que la Constituyente podría convivir con la Asamblea Nacional en funciones. Es que la Constituyente tiene lugar en medio de una etapa de disgregación del oficialismo. Por un lado, crece el llamado ‘chavismo crítico’, al que se acaba de incorporar un general -ex jefe de Inteligencia de Chávez- que se encuentra sancionado por parte de Estados Unidos, sin muchas evidencias, por narcotráfico. Desde CNN llamó “a evitar una guerra civil”. El apoyo de Cuba a la convocatoria es condicionado: la fracción del número dos del régimen, Diosdado Cabello, es hostil al castrismo (Stratfor, 28/7). El chavismo gubernamental se encuentra dividido en cuatro o cinco fracciones, con hojas de ruta diferentes y precarias. La “revolución bolivariana” ha pasado de un régimen político plebiscitario y bonapartista, a un régimen bonapartista minoritario de facto, sostenido por una cúpula militar. El programa “antiimperialista” se ha desvanecido. Se ha convertido de relativa o limitadamente progresista, en reaccionario. La Constituyente en danza, es reaccionaria.

Guerra civil

La posibilidad de una guerra civil, como consecuencia del impasse aparente, supone el enfrentamiento de dos grandes sectores de masas. No es lo que ocurre en Venezuela. Lo que sí podría ocurrir es un enfrentamiento entre fracciones militares. Es lo que estuvo a punto de ocurrir en abril de 2002, cuando los comandos de paracaidistas rescataron a Chávez de un golpe militar. Es probable que vuelva a ocurrir, claro que en mayor escala. Podría ser el pretexto para una intervención internacional. América Latina sería sacudida hasta sus cimientos. Es lo que tiene que tener presente la izquierda revolucionaria del continente, abandonado sus fantasías acerca de desarrollos electorales y democratizantes.

Más allá de las movidas callejeras de la oposición de derecha e incluso de movilizaciones masivas, la oposición al gobierno viene creciendo, en forma lenta pero firme, en los barrios y masas pobres e incluso en los bastiones territoriales del ex chavismo. Esto no es una señal de guerra civil, es lo contrario: una unión objetiva de clases enfrentadas, que se oponen al gobierno. La incorporación de sectores populares, sin embargo, difiere de la derecha en método y en orientación -no constituye un frente único. No tiene objetivos políticos de algún tipo y está lejos de apoyar el ascenso de un gobierno macrista. La izquierda debe separar a esas masas de la derecha, que ejerce la batuta opositora, y ofrecer una estrategia independiente, no sumarla a esa derecha, y de ninguna manera mantenerlas en el corralito de los verdugos oficiales. Esta diferenciación política entre la oposición derechista y burguesa, de un lado, y la obrera y popular, del otro, tendrá lugar, sin ninguna duda, no importa los rodeos que dé, en el curso de la crisis. Abreviar el proceso evitará mayores sufrimientos y alejará el peligro de una victoria derechista estratégica.

El gobierno utilizará todos los medios para disimular el fracaso de la convocatoria a la Constituyente que ha puesto a votación. Habrá un boicot enorme. Su instalación la convertirá en un centro de ataque de la oposición que maneja la calle y, eventualmente, de las masas populares que se hunden cada vez más en la miseria. Será, con certeza, el escenario donde aflorarán las divisiones del oficialismo; las riñas dentro del ámbito cerrado de las camarillas, se harán públicas. El propósito de cambiar el régimen chavista pluripartidario, por otro de partido único estatal, puede convertirse en un búmeran.

La bancarrota capitalista mundial está sacudiendo los cimientos de las sociedades capitalistas de América Latina.

Publicado en Prensa Obrera el 30 de Julio de 2017.

Venezuela: la Constituyente, una hoja de parra

En vista de la severidad de la crisis social y política en Venezuela y del derrumbe, según todas las encuestas, de la popularidad de Maduro, la realización ayer de la elección constituyente parecería demostrar que el oficialismo aún conserva una capacidad de gobierno mayor a la que se le adjudicaba, con independencia de la veracidad del informe oficial acerca del número de los asistentes a los comicios (más de ocho millones) y de la transparencia de la votación.

Para el referente de la agrupación chavista ‘crítica’ Marea Socialista, Nicmer Evans, el anuncio es un embuste: “Maduro -dice- logrará más votos que Chávez sin gente en los centros votando. ¡Estafa Electoral del siglo XXI!”. El rector de la Comisión Nacional Electoral, Luis Rendon, tuiteó: “Decidí no estar presente en divulgación de resultados por inconstitucionalidad del proceso”. La derecha, de su parte, denuncia que sólo concurrieron a votar dos millones y medio de personas; en la zona este de Caracas (clase media) los centros de votación ni siquiera abrieron. Algunas consultoras que gozan de cierta reputación ponen el número de la concurrencia en tres millones.

Martín Granovsky, en Página/12, no cuestiona estos datos -más bien los admite-, cuando señala “que un gobierno desgastado por méritos ajenos y propios logró diseñar una estrategia, llevarla a cabo e introducir una nueva realidad política”. Se trata de un ‘diseño’ que contó con un despliegue descomunal de la guardia nacional y de las fuerzas armadas. La elección de ayer no ha servido para reconvertir al régimen de Maduro-Cabello en plebiscitario, sino que ha confirmado que es un régimen de facto en disolución.

Truchaje

Sea como fuere, no alcanza con llevar a cabo una elección constituyente -además es necesario dotarla de un objetivo. En la breve campaña que la precedió, el gobierno no adelantó ninguna medida distinta de las que ha tomado durante tres años, frente al hundimiento económico y social de Venezuela. Venezuela asiste a un derrumbe económico del 20% del PBI y a una hiperinflación que el gobierno no tiene la intención de enfrentar, porque necesita emitir billetes sin cesar para atender los subsidios sociales. Lo que podría detener la emisión es el cese de la importación papel moneda, debido a los retrasos de su pago por el Estado.

No ha anunciado que dejará de comprimir el consumo y la atención sanitaria, que es el recurso del que se vale para pagar la deuda externa, ni tampoco que dejará de refinanciar pagos de intereses y vencimientos de deuda a costos enormes en términos financieros, o que tenga la intención de detener, para pagar esa deuda, la privatización petrolera y minera -incluida la abolición del monopolio estatal del comercio exterior de combustibles.

Una Constituyente careta, que no se propone abordar la crisis alimentaria y de salud, ni revertir el defol financiero del Estado y de PDVSA, no tiene condiciones de introducir “una nueva realidad política” -salvo que se entienda por ‘novedad’, el agravamiento.

La Constituyente se instala, en oposición a la Asamblea Nacional que controla la derecha, por las peores razones: por la oposición de ésta a permitir una ‘oxigenación’ del gobierno mediante la privatización petrolera y la contratación de una mayor deuda externa. Maduro y compañía necesitan crear un marco legal que les permita seguir con estas operaciones -en primer lugar, el contrato de explotación directa de la cuenca del Orinoco en beneficio de la rusa Rosfnet, incluido el derecho a exportación. Con estos mismos métodos aspira a conservar el financiamiento de parte de China, con la cual tiene una deuda de 40 mil millones de dólares.

El problema que enfrenta para alcanzar estos objetivos es que la mayoría de los Estados capitalistas han rechazado la legalidad de la Constituyente y, por lo tanto, la viabilidad del operativo financiero que está detrás de su convocatoria. El capital financiero internacional procura imponer una ‘salida macrista’ a la crisis venezolana -apertura comercial y financiera, ajuste social, privatización integral de PDVSA-, mientras hace negociados con el defol bolivariano.

Las sanciones votadas por el Congreso norteamericano contra Rusia y la expulsión, por parte de Rusia, de tres centenares de funcionarios norteamericanos acreditados en Moscú, no parecen alimentar expectativas en un acuerdo Putin-Trump que permita un rescate del régimen de Maduro.

Todas estas contradicciones explican que el gobierno de Maduro no haya explicitado siquiera si va a disolver la Asamblea Nacional de inmediato o si lo hará cuando haya confeccionado la organización constitucional de un “Estado comunal”. Este Estado, en realidad municipal, no significa el desmantelamiento del actual Estado nacional ni el reemplazo de las fuerzas armadas por el armamento de los trabajadores; sería un Estado vertical, muy por atrás, históricamente, a la democracia parlamentaria burguesa. Estamos ante un planteo que viene ejerciendo el chavismo desde sus primeras derrotas electorales en los estados venezolanos, para privar de poder a los gobernadores que habían sido electos.

Una demora en disolver la Asamblea Nacional debería interpretarse como el intento de crear un nuevo marco de negociación con la derecha -que no ha prosperado ni tiene visos de prosperar. En resumen, la Constituyente servirá para perder tiempo hasta un estallido final. No se ve “el diseño de una estrategia”, como pretende Granovsky.

No hay situación sin salida

Establecer, en el marco de una crisis social que empeora, un organismo deliberativo oficialista, significa instalar una caja de Pandora; fuerza a explicitar las divergencias que hasta ahora se debatían a puertas cerradas.

Aunque la información es aún precaria, los candidatos que han recibido mayor número de votos pertenecen al ala llamada ‘cubana’, entre ellos Cilia Flores, la mujer de Maduro, y Elías Jaua, ex vicepresidente (La Nación). En términos políticos, representan al ala que aún admite una solución mediadora con la derecha, en oposición al de Diosdado Cabello, partidario de la disolución inmediata de la Asamblea Nacional y de la destitución de la fiscal disidente, Luisa Ortega. La cuestión es ahora si esta divergencia se hará púbica en la Constituyente.

Más allá de esto, la cuestión es si emergerán disidencias de mayor alcance de parte de constituyentes más cercanos a la presión de la crisis social y los sectores más golpeados. El inmovilismo, a término, de la Constituyente, dejaría como única salida un golpe militar.

La inusitada prolongación de esta crisis no significa que no tiene salida; pone solamente de manifiesto el desenvolvimiento complejo de sus contradicciones, entre ellas el atraso relativo de su comprensión por parte de las masas. Es sobre ese desenvolvimiento que debe construirse una alternativa revolucionaria, que pasa, en primer lugar, por una ruptura política completa de los trabajadores con el chavismo, única forma de derrotar una salida ‘macrista’.

En Venezuela hay numerosos dirigentes sindicales clasistas, que podrían convertirse en la referencia de un polo de la clase obrera, pero están bloqueados hace mucho por los partidos de izquierda a los que pertenecen, que practicaron el seguidismo explícito al chavismo, en una primera etapa, y se han pasado ahora a un frente práctico con la derecha. Esto expresa el empirismo de la izquierda democratizante -o sea, la falta de estrategia, método, principios y programa.

Es el caso del Partido Socialismo y Libertad (integrado al FIT con Izquierda Socialista). De otro lado se encuentra Marea Socialista, una variante del “chavismo crítico”, entre el gobierno y la derecha, que aboga por un entendimiento ‘inter-partes’ que neutralice un peligro de guerra civil, sin plantear en absoluto un régimen de nacionalizaciones estratégicas y control y gestión obreras para salir de la hecatombe económica y, por lo tanto, sin un gobierno de trabajadores.

El desarrollo de la Constituyente ficticia y la inevitabilidad de que caiga en el inmovilismo y en el fracaso debe servir para una crítica implacable del gobierno y del conjunto de su política, y para una crítica del conjunto de la situación política, al servicio de la construcción de una alternativa obrera y socialista y de un partido obrero revolucionario.

Publicado en www.facebok.com/jorge.altamira.ok el 31 de julio de 2017.

Venezuela, luego de las elecciones regionales

En las recientes elecciones venezolanas, el chavismo ganó 18 de las gobernaciones en juego, incluido el Estado de Bolívar -cuyo resultado final, por tratarse de una elección muy reñida, se conoció días después-; mientras la oposición sólo se quedó con cinco. La victoria oficialista comprende los principales distritos, incluidos los de la capital.

El gobierno se envalentonó con el resultado hasta el punto de dejar en el limbo a los gobernadores opositores triunfantes, de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), prohibiéndoles que presten juramento ante las asambleas legislativas regionales y amenazándolos con destituirlos y encarcelarlos si no juraban previamente ante la Asamblea Constituyente chavista. Esto precipitó la fractura de la oposición: cuatro gobernadores, ligados a Acción Democrática (la fuerza de Henry Ramos Allup), aceptaron jurar ante aquella institución, lo que fue calificado por Voluntad Popular, partido de Leopoldo López, como un acto de “traición y engaño”. El ex candidato presidencial, Henrique Capriles, anunció su salida de la coalición opositora.

Las denuncias de fraude por parte de la oposición no alcanzan a encubrir la contundente derrota que sufrió en los comicios. A medida que pasan los días se suman nuevas voces de la oposición reconociendo dicho revés y admitiendo que no hubo fraude o que fue secundario. La oposición obtuvo 11 puntos porcentuales menos en comparación con el 56% de respaldo que logró en las elecciones parlamentarias de 2015. Una de las razones de este retroceso obedece al crecimiento de la abstención: entre aquellos y estos comicios, la participación electoral se redujo del 74 al 61%, y la coalición opositora (MUD) -como lo admitió uno de sus referentes- “no fue capaz de movilizar a sus simpatizantes para emitir su voto”.

Según los resultados oficiales, el chavismo conquistó 5,5 millones de votos. Este número dista de los 8 millones que, según el gobierno, dieron su apoyo a la Asamblea Constituyente en los comicios del pasado 30 de julio, pero fue suficiente para superar a la oposición, que no llegó a 5 millones y perdió más de 2 millones de apoyos respecto del triunfo obtenido en las elecciones legislativas de 2015.

A esto hay que agregar la creciente división del arco opositor, que en diversos estados se presentó en varias listas, favoreciendo el triunfo oficialista.

Más que por la vitalidad del gobierno -que no la tiene-, la derecha ha sucumbido a sus propias contradicciones. “Nadie puede apoyar a un liderazgo que no sabe lo que quiere”, afirmó en forma crítica Torrealba, uno de los líderes opositores. Este desenlace no debería sorprender si tenemos presente el golpe que representó la Constituyente para la oposición. La MUD demostró su impotencia para impedir la elección de dicho organismo. La estrategia llevada adelante de “la lucha en la calle” no dio el resultado esperado y eso acentuó la desmoralización y disgregación de sus filas. A partir de ese momento, las convocatorias de la derecha para ganar la calle fueron perdiendo fuerza y reduciéndose progresivamente en número de manifestantes. En medio de este recule, la oposición, después de muchos cabildeos, decidió presentarse a elecciones regionales, lo cual no impidió que sectores de ella rechazaran esa propuesta y optaran por no presentarse a los comicios.

El chavismo

Maduro retomó la iniciativa con la Constituyente y el resultado electoral de las elecciones regionales representa un nuevo aliento en ese sentido. Aprovechando este escenario, Maduro estaría estudiando adelantar las elecciones municipales e incluso las presidenciales.

Pero cualquiera sea el entusiasmo oficial, no puede disimular el hundimiento económico del país. Las estimaciones hablan de un 2.300% de inflación para 2018 y una caída del PBI del 12% este año y al menos un 6% el año próximo. La Asamblea Constituyente ha ratificado el rumbo que venía desarrollando el gobierno -empezando por el pago de la deuda externa, que se sigue haciendo puntualmente, aunque haya que sacrificar, dada la escasez de divisas, la importación de medicamentos, alimentos y productos básicos imprescindibles para la población. La Asamblea Constituyente, que concentra en sus manos el poder, acaba de aprobar un aumento de los salarios del 40% que ni siquiera termina de ser un paliativo, si nos atenemos a la hiperinflación existente. Esto alimenta el disconformismo reinante en las filas de los trabajadores, de la que ha dado muestras la huelga de Sidor.

Entretanto, el gobierno pretende avanzar en la privatización petrolera y minera -incluida la abolición del monopolio estatal del comercio exterior de hidrocarburos. El propósito es tratar de lograr un alivio al ahogo financiero y económico, entregando la cuenca del Orinoco a la explotación directa de las corporaciones internacionales, incluido el derecho a la exportación. Esto tiene como principal destinatario a la petrolera rusa Rosneft y también incluye a China. La operación, de todos modos, sigue trabada, desde el momento que la Constituyente -que es la que está llamada a darle luz verde a estos acuerdos- no ha logrado reconocimiento internacional. Las tratativas con rusos y chinos, por ahora, sigue en el freezer y el régimen ruso ha declarado que no va a otorgar nuevos préstamos, más allá de los 6.000 millones de dólares que ya había desembolsado en el pasado como adelanto a cuenta de la entrega de combustible. Del mismo modo, China ha desechado ampliar el financiamiento al país caribeño.

Aunque no se llegó al extremo de un embargo petrolero, la Casa Blanca viene aumentando su presión económica, prohibiendo que los bancos estadounidenses operen con nuevos bonos venezolanos más allá de los que están en circulación, así como su negociación en el mercado de valores. Esto implica quitarle al gobierno venezolano una de sus pocas fuentes de financiación. En medio de las amenazas de Trump de dar por concluido el acuerdo con Irán y el deshielo con Cuba, las tendencias a una salida consensuada a través de una mediación internacional tienden a esfumarse. La creación de un nuevo marco de negociación con la derecha no tiene por el momento perspectivas de prosperar, con más razón luego del naufragio de la oposición en las elecciones.

Perspectivas

El chavismo ha revelado una capacidad mayor de sobrevivir de lo que muchos analistas habían pronosticado, teniendo en cuenta su descenso en la popularidad y la descomposición económica y social reinante. De todos modos, estos recursos tienen límites precisos. La situación económica y social es insostenible en el tiempo y el chavismo lo único que ha hecho es continuar con el rumbo que condujo al actual desastre. Lejos de ser una fuente para promover una transformación y crear una nueva realidad, la Constituyente prolonga una agonía, que agrava el empantanamiento y la crisis social vigente y pavimenta el camino para un estallido. A término, el inmovilismo del régimen chavista dejaría como única salida un golpe militar.

El FMI tiene elaborado un plan de rescate financiero de Venezuela que arrojaría unos 30.000 millones de dólares -pero que reserva para una transición, previo relevo del gobierno actual. El capital internacional aboga por una salida política que apunte a una privatización completa de PDVSA y una apertura sin restricciones de la explotación minera y petrolera al capital extranjero, que iría de la mano de un ajuste social en regla.

El hecho de que la oposición haya perdido poder de fuego, contradictoriamente, puede estimular la iniciativa de lucha y movilización independiente de los trabajadores, reprimida o inhibida hasta ahora por la amenaza derechista. Por otro lado, la concentración del poder en manos del chavismo puede terminar oficiando de disipador de los choques y disidencias internas, que pueden empezar a filtrarse en un organismo deliberativo copado integralmente por el oficialismo, como lo es la Asamblea Constituyente.

Izquierda y clase obrera

Un capítulo especial lo merece la izquierda, que ha oscilado entre un seguidísimo “crítico” al chavismo hasta actuar como furgón de cola de la oposición. El partido Socialismo y Libertad (afín a Izquierda Socialista en la Argentina) caracteriza que una rebelión popular está en curso y llamó a no participar en las elecciones: no hay que votar sino movilizarse para voltear a Maduro “en la perspectiva de retomar la rebelión popular contra el gobierno hambreador y represivo” y lograr su continuidad hacia una salida “política independiente del PSUV y la MUD”. Se trata de un contrasentido, pues a nadie se le escapa que esa rebelión estaría comandada por la derecha y lo único que podría parir es una salida política a la medida del gran capital. Concretamente, el planteamiento político del PSL, por más que se lo pretenda vestir como una alternativa independiente, coincide con el planteo del ala golpista-radical de la MUD.

En la vereda opuesta, Marea Socialista (que integra la corriente internacional del MST argentino) participó de las elecciones e hizo campaña contra la abstención, instando a la gente a votar. Su intervención en la elección fue a través de un rejunte de partidos que se reivindican “bolivarianos y revolucionarios”, que se dieron en llamar UPP 89, cuyas candidaturas principales fueron ocupadas por ex funcionarios recientemente desplazados del aparato oficial. Este nucleamiento se define como una “tercera posición”, una suerte de “chavismo crítico”, que llama a volver al chavismo de los orígenes y cuyo programa es una amalgama de posiciones nacionalistas y democrático-liberales, que toma prestadas y hace propias algunas de las críticas al régimen bolivariano que viene enarbolando la oposición derechista.

La clase obrera está ausente como factor político independiente. La condición para revertir esta situación es la completa independencia política de los trabajadores, lo cual supone una ruptura política tajante con el nacionalismo burgués y la oposición derechista. Esto plantea una superación política de la estrategia de la izquierda, que mayoritariamente viene siendo tributaria de una u otra coalición capitalista.

Cataluña: el derecho a la autodeterminación nacional

El miércoles 6, el Parlamento de Cataluña fijó para el 1° de octubre la realización de un plebiscito que debe decidir acerca del establecimiento de una república independiente en su territorio mediante la aprobación o el rechazo a la separación de Cataluña del Estado español. El gobierno de España, que encabeza Mariano Rajoy, del Partido Popular -la derecha- no perdió un segundo en movilizar a la Corte Constitucional de España, que enseguida declaró ilegal la ley catalana; también movilizó a instancias judiciales inferiores y a la Guardia Civil. Seguramente ha puesto en alerta a las Fuerzas Armadas, aunque no lo haya hecho público. El Partido Socialista Obrero Español y Ciudadanos, una formación política relativamente reciente, oriunda de Cataluña pero incondicional del Estado español, se precipitaron en dar su apoyo al gobierno central sin el registro de la menor fisura. Abandonaron el Parlamento cuando no pudieron dilatar la sesión para facilitar una intervención anticipada del Tribunal Constitucional. Hubo once abstenciones, de variantes locales de Podemos. El conflicto nacional puso de manifiesto el conflicto político al interior de Cataluña.

No hubo que esperar demasiado para que se requisaran establecimientos vinculados con la impresión de boletas o almacenamiento de urnas, e incluso se iniciará una acción judicial contra jueces que han legitimado la ley que convoca al plebiscito -por incumplimiento de deberes de funcionario judicial (“prevaricato”). A esta ‘guerra relámpago” se sumó el presidente del Parlamento Europeo -un colega italiano del Partido Popular. El 12 de septiembre, varias centenas de miles de personas se lanzaron a las calles de Barcelona, para celebrar el día nacional catalán, la Diada. Aunque gran parte de los medios internacionales, hostiles al derecho de autodeterminación y a la separación, destacaron una disminución, que no definieron, del número de asistentes en relación con conmemoraciones anteriores, olvidaron señalar que esta vez manifestaron para apoyar un desacato, y eventualmente una rebelión, contra el Estado español.

El interés político internacional por la envergadura que está cobrando el antagonismo nacional en España es obvio. No impacta solamente en el régimen político español que fue establecido luego de la muerte de Francisco Franco (1975), sino en el conjunto de la Unión Europea, que se encuentra envuelta en varias crisis interestatales -desde el Brexit, el separatismo escocés, una reapertura del conflicto en Irlanda del Norte, nuevas crisis nacionales en los Balcanes, el enfrentamiento entre Turquía y Alemania (que cuenta con una numerosa población de origen turco) y la represión tremenda a los migrantes y a descendientes de inmigrantes de numerosas nacionalidades.

Para España, la separación representa una amenaza al “régimen político de autonomías estatales”, que contó, hace cuatro décadas, con el apoyo de la propia Cataluña. Podría llevar a España, además, a una nueva bancarrota, toda vez que Cataluña es el centro industrial del Estado español y, junto con el País Vasco, uno de sus polos financieros. La determinación de la carga respectiva de la deuda externa entre España y Cataluña, como consecuencia de una separación, sería suficiente para provocar el defol de España, para desatar una crisis financiera internacional superior a la de 2007/8 y para determinar, como resultado, una ocupación militar del territorio catalán. Este escenario plantea la cuestión de la perspectiva general de este conflicto.

Bancarrota capitalista

Contra lo que afirma la versión u omisiones del nacionalismo, la gran burguesía de las principales nacionalidades del Estado español fue la clave de la bóveda de la construcción del “pacto de transición’ que se tejió para sortear una salida revolucionaria a la agonía del franquismo. La motivación de esa burguesía era obvia: “la transición” era la vía para integrar al conjunto del Estado español, pero en especial al capital residente en Cataluña y Vascongada al Mercado Común Europeo y, eventualmente, a la Unión Europea, en especial en alianza con la burguesía de Alemania. La ‘europeización’ del Estado español fue también el puente de plata de la ola de inversiones de España hacia América Latina, financiada en la Bolsa de Madrid y en las Bolsas extranjeras por fondos norteamericanos e ingleses. Bajo la dirección inconmovible del partido Convergencia e Unió, el nacionalismo catalán fue la piedra basal de un doble unitarismo: con el Estado español y con los Estados imperialistas de Europa y Estados Unidos. La bancarrota mundial reforzó la adhesión europea de los grandes bancos de toda España, porque sólo gracias al rescate del Banco de España y del Banco Central Europeo salvaron el pellejo e incluso acentuaron un proceso de concentración de capitales a costa de Cajas, Cooperativas y depositantes. El Banco de España acaba de declarar que solamente ha recuperado 3 mil de los 60 mil millones de euros que le costó el salvataje.

¡Quién no se inclina ante semejante regalo!

El agotamiento de la estrategia se dejó ver en toda Europa ya en los años ’90 del siglo pasado, cuando comenzaron los rechazos populares a los distintos ‘reforzamientos de la unidad europea”, que fueron puestos a votación. Hacia finales de siglo y con la bancarrota de 2007/8, el partido de la gran burguesía de Cataluña tuvo que comenzar a compartir el gobierno con otras corrientes nacionalistas e incluso partidos de izquierda españolistas, como el partido Socialista de Cataluña. En el cenit de la crisis capitalista internacional, Convergencia e Unió se rompió, al tiempo que se desarrollaba un desplazamiento mayor hacia el nacionalismo, en especial en la pequeña burguesía pauperizada por la crisis.

Este nuevo bloque se encuentra hoy representado por Junts pel si, con la Izquierda Republicana y el apoyo de la ‘anarquista’ Cup. Un corrimiento semejante se ha verificado en el conjunto de España con la aparición de Podemos (y variantes autónomas de Podemos en Cataluña) y la jefatura de Pedro Sánchez, del ala izquierda del PSOE. De otro lado, aparece la derecha liberal, Ciudadanos, en gran parte para ocupar la representación de la gran burguesía que rechaza cualquier forma de separación. O sea que se desenvuelve una polarización política en la propia Cataluña entre dos bloques de un sistema que se desintegra, y al mismo tiempo, una diferenciación de clases al interior de Cataluña, que se superpone al enfrentamiento nacional y entrará, en algún momento, en contradicción con él.

El nacionalismo ha venido reclamando una mayor porción de los ingresos públicos, pues denuncia que Cataluña ha transferido 300 mil millones de euros en dos décadas al Estado español. El ataque enorme que la burguesía y el gobierno de Cataluña ha descargado sobre la clase obrera no ha sido suficiente para revitalizar las ganancias e inversiones. El nacionalismo estuvo planteando, en consecuencia, hasta ahora una recaudación propia de impuestos, su propia política de subsidios, manejo de los contratos de obras públicas y gestión de los servicios, mayor margen de las relaciones internacionales, es decir un cambio institucional que, potencialmente, derivaba, como se está discutiendo ahora, en un Estado autónomo.

La perspectiva de independencia de estos planteos explica el inmovilismo político de Rajoy y de la monarquía frente a la cuestión nacional, y el temor de una demolición del Estado central. Por eso rechaza conceder una modificación de la Constitución de España, que amplíe la autonomía política de las naciones del Estado. La catalana y la española son dos respuestas confrontativas a una crisis capitalista internacional de conjunto -no una crisis institucional en sí misma. El nacionalismo plantea la ‘balcanización’ de España; el Estado español, la sujeción de las nacionalidades, sin la cual se desmoronaría como un castillo de naipes. Es lo que también advierte la Unión Europea y el Banco Central Europeo.

Autodeterminación

El gobierno de Junts pel sí se las ha ingeniado para cercenar fuertemente el plebiscito de autodeterminación. Reclama el Sí para “una república de derecho, democrática y social… que respetará el derecho europeo e internacional”. O sea que condiciona el plebiscito al establecimiento de una república capitalista, incluidos todos los compromisos que sujetan a Cataluña al orden capitalista internacional. Los términos de la convocatoria definen un orden constitucional que solamente debería establecer una Asamblea especial posterior al plebiscito. La Asamblea, condicionada desde la partida, deberá pasar por varios trámites ‘participativos’ antes de su reunión, y la nueva Constitución ratificada por un referendo final. Este largo proceso queda bajo la supervisión del gobierno actual.

Cualquiera que pueda ser el impacto político del plebiscito, en función de la crisis en curso, los términos de la convocatoria desnaturalizan la autodeterminación y la futura o remota Constituyente. En todo esto hay que ver un intento final de llegar a un compromiso con el Estado central en función de la concurrencia o resultado del plebiscito.

La convocatoria no define a la mayoría que se requiere para aprobar la separación -si un porcentaje de votantes o del padrón-; si fuera sólo de los votantes, el resultado quedaría asegurado si la oposición boicotea la asistencia a las urnas. Una decisión minoritaria, en el marco de una inasistencia elevada de votantes, quedaría cuestionada. Cataluña ingresaría en un impasse político colosal. Los partidos nacionalistas no han reunido una mayoría electoral absoluta en los últimos comicios parlamentarios.

Una victoria nacionalista, en las condiciones descriptas, y de crisis económicas como políticas, reforzaría el pretexto para profundizar la política reaccionaria de ‘ajuste social’ en curso, ahora en nombre de la defensa de la independencia nacional. Lejos de constituir un arma para quebrar a la monarquía y establecer la República, sería una soga al cuello del proletariado catalán y una balcanización de la clase obrera del conjunto del Estado español.

Ningún socialista verdadero puede pretender semejante salida. La clase obrera de Cataluña está ausente de este conflicto político, lo cual la obliga a escoger en forma atomizada, a dividirse entre el Sí y el No, o a asumir una posición de neutralidad. Los sindicatos siguen a la burocracia sindical del Estado, que es mayoritariamente monárquica ‘constitucional’ y opuesta a la autodeterminación.

Esta crisis política creciente ha dejado al flamante Podemos en el limbo, pues apoya “el derecho a decidir”, pero no una decisión de separación e independencia nacionales. Tampoco plantea ese “derecho a decidir” en la perspectiva de una República. Estamos ante un caso típico de fraseología que se remite a la defensa del orden existente, quizá con algunas modificaciones constitucionales. El republicanismo de Pablo Iglesias se limita a concurrir a las convocatorias del monarca sin ponerse corbata.

Táctica y política

La fluidez de la crisis política obliga a determinar los planteos y consignas cuartainternacionalistas en estrecha relación con el desarrollo de los acontecimientos, que de aquí a octubre aún va a enfrentar alternativas diversas. En el marco general, hay que defender el derecho a la autodeterminación, en oposición a una salida nacionalista que balcaniza socialmente el territorio español y a los trabajadores. Planteamos, sí, la defensa del derecho a la autodeterminación, o sea el derecho a la libertad nacional, no para establecer una república burguesa regional sino una República Socialista Ibérica. Atacamos al nacionalismo en nombre de la lucha por la unidad de los trabajadores del Estado español y por la unidad socialista de Europa.

En este contexto se plantean dos alternativas. De un lado, que el nacionalismo llegue a un compromiso con la monarquía y el Estado español, sea mediante una dilación del plebiscito o en el curso ulterior, ni qué decir si el oficialismo es derrotado en las urnas. La configuración del plebiscito y el condicionamiento de la Constituyente apuntan a la negociación de un compromiso. En el mismo sentido va la política de aparato del nacionalismo, en oposición a la movilización o su retaceo. El nacionalismo opone a una movilización la movilización policlasista, o sea sin huelgas, sin ocupaciones de lugares de trabajo, ni siquiera de propiedad de la burguesía que defiende a la monarquía del Estado español. Es decir, con una política férrea de conciliación de clases en ‘el campo nacional’. La estrategia debe ser la denuncia de la tendencia al compromiso y a desnaturalizar el plebiscito y la Constituyente, y convertir la demanda de autodeterminación para desarrollar una lucha de clases al interior de Cataluña y de España entera.

Mientras este compromiso se negocia entre órdenes judiciales y envío de la Guardia Civil para cancelar el plebiscito, es absolutamente necesario defender, contra esta represión y contra el conjunto del régimen monárquico y centralista burgués, el derecho a la autodeterminación, incluso retaceada. Si el compromiso sucumbe y se produce un choque abierto, defenderemos el derecho a la autodeterminación de Cataluña, incluida la independencia o separación, contra el ataque del aparato represivo de la monarquía del Estado español.

Llamamos a los trabajadores de toda España a defender el derecho a la autodeterminación nacional, incluido el derecho a la separación, y a utilizar esta lucha como una palanca al servicio estratégico de la revolución socialista. El camino al gobierno de la clase obrera de todo el territorio ibérico, la República federativa socialista, pasa ineluctablemente por la defensa de las libertades nacionales.

Publicado el 14 de septiembre de 2017 en https://facebook.com/jorge.altamira.ok/

Cataluña, del referéndum a la huelga general

La huelga general que se acaba de realizar en Cataluña 48 horas después del referéndum se convirtió en una gran demostración de fuerza.

Piquetes con tractores en una cincuentena de rutas, avenidas cortadas en las ciudades, comercios con persianas bajas, bancos cerrados, puertos paralizados, manifestaciones multitudinarias en Barcelona que se replicaron en otras localidades de la región. Incluso se cerraron los pasos internacionales a Francia y Andorra.

La huelga general también se sintió en las aulas -muchas escuelas cerraron ante la falta de alumnos- y en los hospitales: el 75% de los trabajadores de la sanidad pública no fue a trabajar, según las autoridades de Salud.

Una señal de apoyo a la huelga fue la reducción de los servicios mínimos previstos en el transporte, que hizo casi imposible moverse por el área urbana de Barcelona.

Uno de los blancos de la protesta han sido la Guardia Civil y la Policía nacional, hostigadas no sólo en la sede donde funcionan en Barcelona, sino también en sus lugares de alojamiento, donde fueron rodeados por los manifestantes.

Balance

En la huelga y movilización del 3 de octubre se han puesto de relieve las diferentes tendencias y contradicciones que atraviesan el conflicto. Por un lado, la huelga y la marcha fue convocada por sindicatos menos representativos, entre ellos la anarquista CNT, y tuvo que enfrentar la hostilidad de las centrales obreras más poderosas: la UGT (vinculada con el PSOE) y Comisiones Obreras (PC).

Ambas centrales están ubicadas políticamente en la vereda de enfrente del pueblo catalán y respaldan al gobierno español contra los reclamos de autodeterminación catalanes. Desautorizaron el llamado a la huelga y cuando vieron que era inevitable e iba a tener un alto acatamiento, sus seccionales pretendieron circunscribirla a una protesta contra la represión. Este boicot a la huelga repercutió en industrias como las automotrices, que no pararon. Aquí se ve la presión de la gran burguesía y del Estado español contra el separatismo catalán.

Por otro lado, hubo un esfuerzo especial por parte de la burguesía y del nacionalismo de Cataluña, empezando por la Generalitat, por darle a la jornada un carácter policlasista, obrero-patronal de protesta cívica, disolviendo tras el paraguas de la cuestión nacional cualquier distinción de clase. “La patronal catalana de Pymes anunció que el 90% de sus miembro hacían la huelga; 70% por decisión patronal, 20% por acuerdos entre empleados y dirección y 10 por ciento por acción sindical” (Confidencial, 4/10). Esto pone en evidencia la tutela política que ejerce la burguesía catalana sobre el movimiento. La clase obrera interviene como segundo violín.

Un dato que no se puede soslayar es que las muestras de solidaridad en el resto de la península fueron aisladas y reducidas en número. En esta conducta tienen una responsabilidad fundamental los partidos de izquierda, así como las direcciones sindicales, asociadas a esa formación política.

El PSOE hace causa común con Rajoy y con la monarquía contra los derechos nacionales de Cataluña; Podemos reivindica “el derecho a decidir” pero excluye el derecho a la separación -o sea que plantea un ‘derecho’ condicionado. Es la conclusión de una estrategia política que defiende la integración de España a la UE y la pertenencia a la Otan.

Aún con estas limitaciones y contradicciones, la huelga representa un mazazo al Estado español. Los últimos acontecimientos, incluida la huelga, han acentuado el abismo existente entre el gobierno de Rajoy y la monarquía y el pueblo catalán. La brutal represión el día del referéndum ha desplazado al campo de la protesta y la oposición al gobierno de Rajoy a sectores de la población contrarios a la independencia.

Alternativas en danza

La tensión política y social aumenta y esto está en la base de la reacción negativa de los mercados. La bolsa española cayó y lo mismo sucedió con los bonos. Existe un temor fundado por parte de la burguesía española y mundial de que un fractura del Estado español pueda disparar un crisis y corrida financiera de gran alcance, que ponga en jaque los diques de contención que se vinieron ensayando hasta el momento para frenar esa posibilidad.

Esto es lo que explica la exhortación de una parte de la dirigencia de la Unión Europea a buscar un “diálogo” y un entendimiento.

Las tendencias al compromiso también están presentes en el campo nacionalista. No se puede escapar el hecho de que la gran burguesía catalana (en principio los bancos y las corporaciones) son contrarias a una ruptura e impulsan una salida negociada que preserve la unidad de la península. El jefe de gobierno de Cataluña, Carles Puigdemont, acaba de pedir una mediación internacional y está procurando dilatar una declaración de la independencia. La “mediación” podría servir para dar largas a una definición, lo que iría acompañado del llamado a un nuevo referéndum pactado con el Estado español y de elecciones anticipadas, en los cuales el bloque de gobierno confía que podría revalidar títulos y conquistar un mayor respaldo popular. “Los sondeos muestran que los catalanes están divididos sobre la independencia: 41,1% a favor y 49,4% en contra, según la última encuesta del gobierno catalán publicada en julio” (ídem).

Los sectores del nacionalismo pequeño-burgués, entre ellos la CUP (izquierda nacionalista) presionan en favor de una declaración unilateral de independencia en el curso de los próximos días. Es decir, se ha abierto una división y un enfrentamiento más pronunciado en el nacionalismo catalán.

Por su parte, el gobierno de Rajoy no ha salido bien parado de la crisis. Luego del desacato de la Generalitat con la convocatoria al referéndum, el paso siguiente era la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que permite suspender de sus cargos a las autoridades catalanas y permite la intervención del Estado. Rajoy dio marcha atrás en esa decisión, con lo cual admite que no tiene espaldas suficientes para disponer una medida semejante. Una salida de fuerza ha quedado como recurso de última instancia. El discurso del rey fue una advertencia en esa dirección.

Lo más probable es que en este escenario prevalezca, por conveniencia mutua, tirar la pelota hacia adelante. Pero una negociación, mediación mediante, en estas condiciones, será un capítulo más de la crisis, un agravamiento de ella más que una solución. Las bases económicas y políticas para un arreglo son muy endebles y se han debilitado más con la bancarrota capitalista mundial. El nacionalismo ha reclamado una mayor porción de los ingresos públicos y plantea una recaudación propia de impuestos, su propia política de subsidios, el manejo de los contratos de las obras públicas, la gestión de los servicios y mayor margen de relaciones internacionales; es decir un cambio institucional que potencialmente derivaría, como se discute ahora, en un Estado autónomo. Esto choca con las necesidades del Estado español, que ha ido estos años al rescate de los bancos y de los grandes conglomerados empresarios en crisis, y para eso aplica un ajuste brutal contra los trabajadores y los Estados autónomos. El temor a una demolición político- financiera del Estado central es lo que explica este empantanamiento que se prolonga en el tiempo. “La catalana y la española son dos respuestas confrontativas a una crisis capitalista internacional de conjunto -no una crisis institucional en sí misma. El nacionalismo plantea la ‘balcanización’ de España; el Estado español, la sujeción de las nacionalidades, sin la cual se desmoronaría como un castillo de naipes. Es lo que también advierte la UE y el Banco Central Europeo” (PO N° 1.476).

Clase obrera y programa

Mientras tiran al ruedo fórmulas de compromiso de resultado incierto, lo concreto es que se desenvuelve, de un lado, una polarización política en la propia Cataluña, que se refracta también en el seno del movimiento nacionalista y, del otro, una diferenciación de clases que empieza a asomar y que se superpone al enfrentamiento nacional y entrará, en algún momento, en contradicción con ella. Por lo pronto, la huelga ha instalado el conflicto en el movimiento obrero y estimula su intervención política y, en esa medida, da pie para que vaya ganando una mayor injerencia y protagonismo en la crisis nacional.

La clave, en definitiva, reside en este último punto: la aparición en escena de la clase obrera catalana y de toda España.

No se puede obviar que si el atropello a Cataluña prospera, será un golpe no sólo al pueblo catalán sino al conjunto de los trabajadores de España. Reforzará la capacidad de acción política y represiva del gobierno de Rajoy para llevar adelante el ajuste y doblegar los derechos y la resistencia de los trabajadores de toda la península. Con esta conciencia, los trabajadores de España necesitan quebrar esta política de maridaje con el Estado español y la monarquía por parte de las direcciones sindicales y multiplicar los pronunciamientos en los lugares de trabajo e iniciativas de lucha, movilización y huelga en apoyo a los derechos del pueblo catalán en todos los rincones del país. La clase obrera catalana y española debe unirse en un solo bloque e infligir una derrota al gobierno represivo y ajustador, y enemigo principal de los derechos de los trabajadores y de la autonomía.

Convocamos a los trabajadores de todo el mundo, en primer lugar a los latinoamericanos, a una acción internacional contra este atropello. Defendemos el derecho a la autodeterminación de Cataluña, incluido el derecho a la separación o independencia, desde una perspectiva independiente del nacionalismo y la burguesía catalana.

Defendemos el derecho a la autodeterminación nacional con un programa para poner fin a la monarquía española impuesta por el franquismo, por la República, y por la unidad del proletariado de todo el Estado español en la lucha contra el capital, los ajustes antiobreros y el conjunto del Estado capitalista. En oposición a la segmentación o balcanización de la clase obrera de las diferentes nacionalidades, planteamos la unidad de clase en todo el territorio español para luchar por una República Socialista Federativa.

La cuestión española

Cada día que pasa queda más en evidencia que España atraviesa una crisis de conjunto de su régimen político, que no es, como dijo el rey Felipe VI, “una democracia parlamentaria” sino una monarquía disfrazada por una Constitución. Franco mantuvo en hibernación la monarquía durante cuatro décadas, que se había desplomado sola en 1931, como la herramienta para asegurar la centralización del Estado luego del agotamiento de la experiencia fascista. En la crisis actual, el monarca ha expuesto su condición de jefe de las fuerzas armadas y del Estado en dos discursos definitorios acerca del separatismo catalán. A esta altura se puede decir con certeza que Rajoy y su consejo de ministros, así como el parlamento español, son hojas de parra de la monarquía. La decisión de proceder a la intervención de Cataluña, mediante la aplicación del artículo 155 de la Constitución, supone en última instancia la intervención militar, resorte del monarca.

La aplicación de ese mentado artículo no constituye un acto administrativo. El gobierno español explicó con detalle que comenzaría la intervención con el reemplazo del gobierno autonómico y la limitación de facultades del parlamento regional, y que avanzaría en todas las escalas de la administración del Estado que resistieran a la intervención, hasta completar la sustitución completa del aparato de Estado actual. Destacó que intervendría a la fuerza policial catalana (los Mossos) y que quebraría la resistencia que se manifestara dentro de ella hasta su desplazamiento por la Policía del Estado español. Esta usurpación política enorme sería respaldada, en principio, por las fuerzas armadas instaladas en el territorio catalán. No menos importante, el Estado español asumiría el control y la dirección de todos los medios de comunicación pública.

Esta bravuconada fue caracterizada en sus términos reales por la corresponsal de La Nación (22/10). “(No) está claro que el Estado español (…) esté en condiciones de llevar a cabo y tomar el control real del gobierno autonómico y sus resortes”. Añade: “Para decirlo diplomáticamente”, se protege la periodista, “la ejecución del conjunto de medidas previsto (…) acarrearía, cuando menos, serias dificultades prácticas”. Eliminado el lenguaje diplomático, la intervención a Cataluña acarrearía una dislocación estatal en el principal territorio del Estado español. Esta perspectiva explica que los medios de comunicación de la monarquía se hayan unido en reprochar a Rajoy la demora en concretar esta intervención. Admiten, de hecho, las consecuencias dislocadoras de su ejecución y, a término, de su inviabilidad. La conclusión de la corresponsal de La Nación es más aguda todavía: “Una bomba que sólo Puigdemont puede desactivar” -o sea, el nacionalismo ‘español’ ha caído bajo la dependencia del nacionalismo catalán. Puigdemont parece conocer las cartas que maneja.

División de la burguesía

Este avanzado estadío de crisis no podría haber sido alcanzado, sin embargo, sin una división de la burguesía -incluso si la envergadura del reclamo nacional en Cataluña recae en un movimiento de masas muy activo. El gobierno de Rajoy procuró meter presión en esta crisis mediante un decreto que facilita en forma descarada el cambio de sede social de las compañías dentro de España. También lanzó una campaña acerca del retiro de dinero de los bancos, incluso de una fuga de capitales y hasta de un derrumbe de las cotizaciones de las principales empresas catalanas en la Bolsa. Resultó en pura patraña.

El primero en advertirlo fue el Financial Times, que graficó que las oscilaciones bursátiles se encontraban dentro de parámetros normales. El cambio de sede social no entraña que las empresas dejen de tributar en Cataluña -es solamente un registro de escribanía. El País (19/10), uno de los mayores grupos de presión del régimen español, admite que “el pasado martes, los bancos devolvieron 17.500 millones (de euros) que habían pedido, y dejan su saldo de crédito vivo en 3.812 millones, la cifra habitual de semanas anteriores. Goldman Sachs afirma que la situación se ha tranquilizado y recuerda que los seguros de impago de deuda (Cds) de Caixa Bank y Sabadell han empeorado ligeramente, pero que están dentro de la estabilidad”. De nuevo, Goldman Sachs afirma que “a pesar de la continua volatilidad política en España, el mercado de crédito bancario se ha mantenido estable”. ¿Continuará esta ‘estabilidad’ si la monarquía decide ejecutar una intervención político-militar en Cataluña? La banca internacional e incluso el Banco Central Europeo están advirtiendo a Rajoy, en primer lugar, y a Puigdemont enseguida, que es necesario evitar una intervención que, a un cierto plazo, entrañaría la dislocación del conjunto del régimen político.

Este desarrollo explica que en las vísperas del desenlace, Rajoy, en sus términos, y el gobierno catalán, en los suyos, busquen un acuerdo en base a la convocatoria de elecciones generales en Cataluña. Rajoy pone la condición de que Puigdemont renuncie a una declaración de independencia, en tanto el catalán quiere mantener la declaración en suspenso, aún sabiendo que si pierde esas elecciones, la mentada declaración habrá quedado muerta antes de nacer. Como dicen los españoles, asistimos a “un pulso” entre dos adversarios fragilizados. El presidente catalán se presentará a defender su posición ante el Senado español, que es el guardián del centralismo estatal y de la monarquía. Es claro que el nacionalismo catalán está buscando un compromiso.

El papel de Podemos

Estas últimas maniobras ‘reivindican’ la consigna de Podemos: “Parlem” (Hablemos). Los revolucionarios de la Universidad Complutense se han destacado como los bomberos de la crisis -‘salvemos a Cataluña, a España y a la monarquía de la autodestrucción’. Es la consigna del Banco Central Europeo y de la Unión Europea. Precisamente porque la cuestión catalana ha desatado una crisis de conjunto, es la oportunidad para plantear el fin a un régimen político de carácter monárquico que, como ningún otro (incluido el gobierno nacionalista catalán y la burguesía de Cataluña), ha descargado la crisis capitalista contra los trabajadores mediante una guerra de clase sistemática. A estos pichones de contrarrevolucionarios no les han salido de la boca planteos como República o Asamblea Constituyente libre y soberana.

Un nacionalismo que declara de antemano su adhesión a la Unión Europea y a su estado mayor, el BCE, es un fraude en sus propios términos. La sujeción política de Cataluña al Estado español es de orden inferior al colonialismo financiero del Banco Central Europeo y al colonialismo político-militar de la Unión Europea. Una autonomía nacional verdadera solamente es posible en un marco antagónico -una República Federativa Socialista de los pueblos Ibéricos. La ley de transición que aprobó el referendo del 1° de octubre pasado no es más que un aval al status quo de Cataluña -o sea, el status quo de los banqueros y el ‘ajuste’.

En cualquier hipótesis -compromiso o ruptura-, emerge el desarrollo de una crisis política de conjunto del Estado español. No estamos ante “una cuestión catalana” sino ante la “cuestión española”, que no ha cerrado, históricamente, la etapa del franquismo ni las grandes cuestiones planteadas por la revolución española y la guerra civil.

Esta crisis tiene lugar en el marco de una crisis fenomenal del movimiento obrero, escindido entre dos nacionalismos, por un lado, o la pasividad, por el otro, y lo mismo ocurre con la izquierda en sus diversas variantes. Con esta comprensión de conjunto, reforzamos el planteo de una República, en primer lugar, Federativa y Socialista, y en oposición a Unión Europea del capital financiero, los Estados Unidos Socialistas de Europea.

Publicado el 25 de octubre de 2017 en https://www.facebook.com/jorge.altamira.ok/

Fases, lecciones y el futuro de la guerra civil en Siria

El mundo está siendo arrastrado hacia una gran guerra. La posibilidad de una tercera guerra mundial acecha en el horizonte. La posibilidad de una gran guerra se acerca desde el Pacífico hasta el Medio Oriente, desde África hasta Europa del Este, con un florecer de trompetas. Siria es el preludio de esta gran guerra. Casi todas las potencias globales y regionales aparecen en la plataforma siria de una forma u otra. Este artículo apunta a examinar la guerra civil Siria, sus fases de desarrollo, que son muy importantes desde este punto de vista, y ubicarla al interior de un análisis sistémico específico. Al hacer esto, inevitablemente tenemos que concentrarnos más en el desarrollo interno del proceso en Siria. Tenemos que excluir de los alcances de este artículo la clase de relaciones que las potencias que confrontaron o se aliaron entre sí en Siria, tuvieron en otras plataformas, el desarrollo en esas áreas. El proceso experimentado en Irak, que ha sido casi anidado en Siria, también ha sido incluido en esta exclusión. Tampoco pudimos lidiar con los conflictos entre Irán y Arabia Saudita, que tienen el potencial de poder causar una guerra sectaria en Medio Oriente en cualquier momento.

Hemos caracterizado la intervención del imperialismo en Siria principalmente en relación con el imperialismo estadounidense. Esto es así debido al hecho de que Estados Unidos es la potencia que sigue siendo la más efectiva en Siria y la más determinante en el desarrollo del proceso. La política seguida en esta área por Francia, la anterior potencia colonial de Siria, donde también está presente militarmente, también es importante. Por ejemplo, que Francia sea el único país que apoya el plan de Turquía para formar una ‘zona de amortiguación’ desde el comienzo, en un intento de abrir un área propia en Siria, es otra cuestión que vale la pena examinar. Los sueños e intervenciones de Gran Bretaña en esta región, así como los de Estados Unidos, que Alemania se mantenga alejada de la zona siria mientras juega un rol dirigente en rodear a Rusia en Europa oriental, el análisis de estas políticas con respecto a la conformidad o al conflicto con la política estadounidense; todos estos elementos son necesarios, sin duda, para conseguir una imagen completa.

El sionismo israelí -que es otra potencia reaccionaria que está interviniendo directamente en Siria junto con los Estados Unidos- y sus políticas deben ser examinados más de cerca. La posición de Irán, sus políticas en relación con Siria, sus reflejos en la política interna de Irán y los desarrollos en Irak, que están inseparablemente ligados a aquéllos, también son muy importantes en relación con un análisis político completo. A pesar de que no hemos incluido tal análisis multidireccional dentro de los alcances de este artículo, sí lo hemos hecho parcialmente en el período Gerçek, en la página web de Gerçek (www.gercekgazetesi.net) y en documentos congresales y declaraciones del Partido Obrero Revolucionario (DIP). Los antecedentes de conjunto del análisis e ideas de este artículo están basados en dicho análisis. Por consiguiente, y basados en ello, nos hemos concentrado en un análisis que se enfoque más en Siria y que dirija la lupa directamente a Siria. Nuestro propósito en esto es poner el foco en las conclusiones políticas que tienen que ser derivadas en relación con los desafíos en las comunidades (principalmente Turquía) que se encuentran bajo la amenaza y el riesgo de convertirse en Siria. Al enfocarnos en Siria, donde el dolor de la próxima guerra mundial se está volviendo más denso, apuntamos a tener un acceso más fácil y definido a un diagnóstico que pueda ser extendido para cubrir el todo en general.

Una revolución nacida muerta en Siria

Para poder entender y explicar qué está sucediendo en Siria hoy, tenemos que remontarnos al comienzo de los acontecimientos. La conmoción civil, que se inició como una continuación, y una parte de la revolución árabe, y que se presentó como una rebelión contra la dictadura de Assad a la que identificaban con la corrupción, la desigualdad y la presión contra los desposeídos de Siria, tiene que ser caracterizada correctamente. Este movimiento no fue iniciado sobre una base sectaria. Las sectas no fueron un factor de base ni relevante para impulsar la rebelión de masas.

Antes que nada, el poder político liderado por Bashar al-Assad no tiene una estructura que pueda ser catalogada como “alauita”1. A pesar de que la familia al-Assad es alauita, el régimen estaba apoyado por la burguesía sunnita leal al Estado, debido a los privilegios adquiridos desde la era de Hafez al-Assad2. En Damasco y Aleppo, el comercio estaba mayoritariamente controlado por sectores sunnitas. Debido a que los alauitas constituían históricamente el sector que carecía de tierras y de capital en Siria, estaban más inclinados a tomar posiciones como funcionarios del Estado y del ejército. Durante la era de Hafez al-Assad, los alauitas adquirieron más posiciones en el ejército y, por lo menos, no sufrieron ninguna discriminación. Sin embargo, a pesar del interés alauita en el ejército, el 75% de los soldados era sunnita, y los alauitas eran una minoría en Siria en términos generales3. Incluso generales sunnitas dominaban el nivel de mando.

La familia Tlass es casi el símbolo de la relación de la burguesía sunnita con el régimen. El padre, Mustafa Tlass, de origen circasiano y sunnita, había servido como ministro de Defensa durante la era de Hafez al-Assad. Uno de sus hijos, Firas Tlass, es conocido como el rey del azúcar en Siria y ha monopolizado la industria azucarera. Su hermano, Manaf Tlass, había sido ascendido a brigadier general antes de la rebelión y fue llevado al comando de la Brigada 104 de la Guardia Republicana, un lugar estratégicamente importante para el régimen.

El alauismo no tiene una posición dominante en relación con la religión. En Siria existe una estructura similar a la Administración de Asuntos Religiosos de Turquía. A pesar de que la educación religiosa se dicta según la creencia sunnita, los niños alauitas también toman esas clases, mientras que los niños cristianos están exentos. Mientras que los días y noches sagradas sunnitas son oficialmente feriados, y el Estado proveía con fondos públicos las locaciones para las celebraciones de esos días, el Ghadir Khumi, muy importante en las creencias alauita y chiíta, ni siquiera está reconocido oficialmente.4

Mientras que el poder político en Siria no puede ser catalogado como alauita, las masas rebeladas tampoco pueden ser simplemente categorizadas como sunnitas. Antes que nada, también había alauitas entre los rebeldes. En esta etapa temprana, en la cual la rebelión en Siria tenía características similares a la revolución árabe que había comenzado en Túnez y Egipto, y se había expandido por toda la región, las protestas no eran encabezadas por ningún partido ni por ninguna organización. La espontaneidad era el factor prominente. El rol de los medios de comunicación, que es una de las formas de expresión de la espontaneidad, también fue generalmente aceptado.

En esta etapa, los islamistas también tomaron una posición importante, aunque no hegemónica, al interior del movimiento de masas. De todas formas, su existencia e influencia todavía no habían llegado a un nivel en el cual pudieran provocar una actitud autodefensiva por parte de los alauitas. El efecto empobrecedor de las políticas “neoliberales” aplicadas por Bashar al-Assad sobre las masas y el desempleo creciente fueron los factores básicos que activaron a las masas trabajadoras. La revolución árabe estaba mostrando a las masas empobrecidas que era posible una alternativa. Para la mayoría del pueblo sirio, Bashar al-Assad no era más apreciado que el dictador de Túnez, Ben Ali, o el dictador de Egipto, Mubarak.

Por consiguiente, la rebelión se expandió por todo el país, incluyendo Latakia, considerada un bastión de Assad. Entre las áreas donde la rebelión se intensificó, los centros agrícolas de Daraa e Izraa y las zonas industriales de Siria, Duma y Moadamyeh, fueron al frente, y son un importante indicador de la participación de la clase obrera. En consecuencia, la rebelión en Siria también tuvo la característica de estar basada en la clase obrera, como en Túnez y Egipto durante la Revolución Árabe. De todas formas, Siria difiere de Túnez y Egipto significativamente, y esta diferencia jugó un rol clave para que el conjunto del país sea arrastrado a una guerra civil reaccionaria.

La diferencia en Siria fue que, a pesar de que la clase obrera constituía la parte mayoritaria de las masas durante la rebelión, no pudo constituirse como columna vertebral de la rebelión a través de sus propias organizaciones y métodos de lucha como en Egipto y Túnez. La dictadura siria fue más exitosa en transformar al movimiento sindical en una extensión del Estado y en no darle a los movimientos alternativos la oportunidad para desarrollarse, cuando se la compara con sus equivalentes de Egipto y Túnez. Al contrario de Egipto y Túnez, ni movilizaciones sindicales ni huelgas generales se vieron en Siria. No existió en Siria una organización que juegue el rol jugado por la UGTT, la confederación de sindicatos de Túnez. No emergieron en Siria, en ninguna fase del proceso, sindicatos independientes como sucedió en Egipto, donde se masificaron prontamente. Finalmente, las formas de acción específicas de la clase, principalmente la huelga, nunca dejaron su marca en la rebelión.

Que la rebelión no hubiera formado una columna vertebral de clase en Siria fue muy costoso. La presencia de tal columna vertebral en Túnez y Egipto, aunque insuficiente, proveyó la manifestación de un poder que logró derrocar a las dictaduras, a pesar del hecho de que ese poder no fue suficiente para conseguir una victoria completa para el proletariado. Luego del derrocamiento de las dictaduras en Túnez y Egipto, la revolución se apoyó en esa columna vertebral y luchó contra la contrarrevolución. A pesar de que no se pudo evitar que la revolución fuera robada por Morsi en Egipto y por Al-Nahda en Túnez, el factor más importante que previno que estos países fueran arrastrados a una guerra sectaria fue esa columna vertebral clasista. La columna vertebral formada por la clase obrera también previno que el destino de Egipto y Túnez sea determinado por completo por los centros imperialistas. A pesar del golpe del general al-Sisi, apoyado por el imperialismo y Arabia Saudita, y a pesar de que el poder político haya sido completamente acosado por la Unión Europea en Túnez y que la oposición recibiera excesivamente su parte en este mismo asedio, la dinámica interna todavía preserva su fuerza de decisión, relativamente, en la lucha política de esos países. Si el futuro de Egipto y Túnez no está siendo discutido en las conferencias organizadas bajo el auspicio del imperialismo o de las potencias regionales en ciudades tales como Ginebra, Bruselas, Astana, etc., no es debido al bonapartismo del general al-Sisi en Egipto ni al gobierno de unidad nacional liderado por el partido Nidaa en Túnez. El único factor que previene que estos países se estén cayendo a pedazos es la clase obrera.

La clase obrera en Siria no tomó la dirección de la rebelión ni le proveyó una columna vertebral de clase. De todas formas, la rebelión se fue expandiendo en un proceso que gradualmente se fue endureciendo. El choque entre la rebelión pública y el poder político de Assad se fue arrastrando hacia un proceso en el cual el armamento militar fue decisivo en ambos bandos. El impacto del imperialismo, del sionismo y de las potencias regionales fue significativamente decisivo en este arrastre. De todas formas, la dinámica interna de la rebelión pública en Siria tampoco pudo tener la potencia para parar este arrastre.

La existencia de un canal que se opuso a la lucha armada en Siria durante un largo tiempo demuestra que la rebelión pública comenzó como parte de la revolución árabe. Los Comités Locales de Coordinación (CLC), que emergieron en la primera fase como el resultado del movimiento público espontáneo, incluyeron facciones de la oposición izquierdista y secular. Estos comités plantearon la continuidad de la rebelión con métodos pacíficos durante un largo tiempo. A pesar de que toda una serie de protestas fue reprimida con las armas, y a pesar de las muertes, los CLC insistieron en su postura. Al comienzo, esta postura significó que la forma de lucha que había emergido en la revolución árabe también era aceptada en Siria. Luego de un tiempo, la postura anti-armamentista de los CLC se transformó en el punto de delimitación con las estructuras sectarias e islamistas, que se orientaban hacia la lucha armada. De todas formas, era necesario que se hicieran presentes dos factores determinantes para que estas protestas masivas y pacíficas pudieran conseguir resultados. Era necesaria una columna vertebral de clase, organizaciones de clase y actividades para que las protestas pudieran conseguir un poder que tuviera la capacidad de lograr aprobación. El otro factor era el progreso de la revolución árabe fuera de Siria. En condiciones en que una columna vertebral no estaba presente ni formada, las indecisiones en la revolución árabe y su desaceleración anularon a las protestas desarmadas como una alternativa realista para las masas.

Protestar contra el armamento se convirtió, con el paso del tiempo, en una herramienta para algunos grupos izquierdistas surgidos de la rebelión para presentarse en Occidente como una alternativa democrática y secular. Sin embargo, estar desarmado ya no era una referencia positiva para los imperialistas occidentales. El máximo líder de los opositores que protestaban contra la lucha armada, el doctor parisino Haytham Manna reveló que un empresario sirio con pasaporte occidental le ofreció armar a los opositores. En otra oportunidad, el embajador estadounidense Robert Ford le dijo: “Nosotros te apoyaríamos si tuvieras dos batallones de soldados detrás tuyo”5. Haytham Manna, quien estaba en contra de la lucha armada, finalmente terminó siendo el copresidente del Consejo Democrático Sirio, y trabajará en cooperación con del Partido de la Unión Democrática kurdo (PUD – PYD en kurdo) y  las Unidades de Protección Popular (UPP – YPG en kurdo), que son los poderes armados más importantes de Siria, hasta su renuncia, debido a la declaración de autonomía de la PYD.

Los grupos de tendencia socialista, que son sólo unos pocos en Siria, también se opusieron al armamento y declararon que pugnarían por una tercera posición entre Assad y los grupos sectarios armados takfiris6. Desafortunadamente, estos grupos también señalan que mientras fue progresando el proceso y los choques armados fueron reemplazando completamente la lucha de masas pacífica, muchos miembros y simpatizantes suyos o bien se unieron a la lucha armada “individualmente” o bien migraron al extranjero7.

Cuando lo analizamos desde este punto vista, mientras apareció la guerra civil, la lucha armada se volvió dominante y los reagrupamientos sectarios se fueron volviendo cada vez más decisivos, la rebelión, que había comenzado como parte de la revolución árabe en Siria, desaparecía sin ser capaz de transformarse en una revolución. Fue reemplazada por una guerra civil sangrienta y reaccionaria.

La primera fase de la guerra civil en Siria: el ascenso del ELS

El ascenso del Ejército Libre Sirio (ELS) dejó su marca en la primera fase de la guerra civil en Siria. La supresión de las protestas masivas por las armas en algunos lugares causó el crecimiento de la tensión al interior del ejército y la profundización de las fracturas.

Los grupos opositores que se unieron en el acto organizado en Estambul el 26 de abril de 2011, denominado “Acto de Estambul por Siria”, y en la conferencia organizada en Antalya un mes después, el 31 de mayo, todavía estaban planteando el derrocamiento del régimen a través de métodos pacíficos, y afirmaban apoyar la lucha democrática del pueblo sirio. En las declaraciones finales de las reuniones no hubo llamados a la intervención externa, ni diplomática ni militar8. Sin embargo, los meses siguientes del verano fueron testigos de la intensificación de los enfrentamientos armados. A medida que los grupos de desertores del ejército se fueron reuniendo, el 29 de julio de 2011 fue creado el ELS por el ex general del ejército sirio, Riyad al-Assad.

El ELS había emergido desde el comienzo como un movimiento reaccionario. En la medida que carecía de un programa político, tampoco tenía una estrategia militar. Este vacío político fue llenado nuevamente en Estambul. Los miembros del así llamado Consejo Nacional Sirio (CNS), creado el 23 de agosto, estaban lejos de representar ni a los movimientos de masas de Siria ni a las fuerzas militares que constituían el ELS. Su director era un académico residente en Francia. El principal factor que construyó, recolectó y formó los elementos del Consejo ante al imperialismo fue Qatar y Arabia Saudita junto con Turquía. De esta manera, la columna vertebral requerida por la oposición siria fue creada externamente. Luego de la creación del CNS, las protestas de los viernes convocadas por la oposición pasaron a llamarse, a partir del 9 de septiembre, “Viernes por la Protección Internacional”. El ELS declaró oficialmente el 27 de septiembre que comenzaba la lucha armada. Más tarde, a principios de 2012, el CNS reconoció al ELS como su brazo armado oficial. En consecuencia, el proceso que había comenzado como parte de la revolución árabe el 15 de marzo se fue extinguiendo gradualmente y Siria fue arrastrada hacia una guerra civil en la cual iba a pagar los duros costos del fracaso de la revolución.

El 2012 fue el año del ascenso del ELS. El ELS unificó la lucha armada bajo su paraguas con el dinero de Arabia Saudita y Qatar, la protección de Turquía y el apoyo del imperialismo. El ELS logró que Assad retrocediera en una serie de frentes. Creó algunas zonas liberadas. Durante este proceso fueron rechazados los llamados al diálogo de Assad, sus discursos reformistas e incluso sus anuncios de amnistías. El ELS, que encontró apoyo externo en el imperialismo y en los Estados que colaboraban con él dentro de la región, y que adquirió un poderío militar considerable en Siria, vio estos llamados como un signo de debilidad y prefirió intensificar la guerra. Para los funcionarios carreristas del ELS y los políticos refugiados del CNS que ya habían huido a países imperialistas, los cargos ofrecidos para ellos a costa de la sangre del pueblo sirio eran más importantes que el futuro de ese pueblo.

Hacia agosto de 2012, el panorama se estaba clarificando. Y el futuro se estaba oscureciendo. En esa etapa habíamos analizado las condiciones en Siria de la siguiente manera:

El 15 de marzo de 2011, la rebelión que comenzó en la ciudad de Daraa en Siria y se expandió por todo el país, era parte de la ola de la revolución árabe, en otras palabras, era una revolución de los desposeídos. El imperialismo y sus aliados regionales reaccionarios primero trataron de forzar al régimen de Assad a hacer reformas como un primer método para extinguir esa revolución. Sin embargo, cuando el régimen probó que no quería o no podía avanzar en este sentido, los aliados imperialistas intentaron construir una oposición burguesa. Turquía tomó a su cargo el papel principal durante este proceso de “construcción”. Se estableció el Consejo Nacional Sirio para alimentar a la oposición. El Ejército Libre Sirio fue creado en Hatay con el dinero recibido de Arabia Saudita y Qatar. Además de esta oposición burguesa, que fue una creación internacional, cada elemento de la coalición otorgó apoyo a las potencias con las cuales estaba vinculada. En consecuencia, estas potencias gradualmente se volvieron los poderes dominantes del país.

La revolución no pudo derrotar al régimen. Tampoco el régimen pudo detener la revolución ni la revolución pudo derrocar al régimen. Fue en este estado de estancamiento que la oposición burguesa y sus variadas facciones parecieron ser una salida realista como tercera opción. No había una dirección revolucionaria en la cual pudiera confiar el pueblo. La revolución pudo progresar sobre estas organizaciones espontáneas y amplias llamadas “Comités Locales de Coordinación”. La gente, asesinada de a miles y decenas de miles, comenzó a acercarse a las soluciones “realistas” paso a paso. La estrategia aplicada por el imperialismo y la reacción árabe con el apoyo activo de Tayyip Erdoğan parece haber producido sus frutos: la revolución siria está abandonando la escena, y está siendo reemplazada por la oposición burguesa. O quizá por los señores de la guerra9.

La segunda fase: la era de los señores de la guerra y el ascenso del salafismo, del takfirismo y del sectarismo

En la primera fase, el imperialismo estadounidense siguió una orientación en la cual prestaba a la llamada “oposición” ayuda humanitaria, pero no armas. Sin embargo, en el estado al que se había llegado, la posibilidad de llegar a una solución en Siria sin armamento fracasó categóricamente. El 30 de junio de 2012, la primera reunión en Ginebra terminó sin que se haya discutido ninguna decisión concreta, más allá de las expresiones de buena voluntad y sin ningún efecto significativo en la región. De esa reunión habían participado el Consejo de Seguridad de la ONU (sus miembros permanentes Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China), los ministros de Relaciones Exteriores de Irak, Turquía y Qatar, y los representantes de la Unión Europea y la ONU.

Los que deseaban derrocar a Assad no tenían la oportunidad de intervenir en el proceso en Siria, excepto para armar a la oposición. No obstante, esta opción inevitable traía el riesgo, que Estados Unidos evitó desde el comienzo, de que la ayuda en armas fuera apropiada por al-Qaeda y organizaciones radicales similares de la zona.

Estados Unidos, que evitó insistentemente hacerse presente en la región con sus propias fuerzas militares, no tenía otra alternativa que armar a la oposición a través de sus aliados regionales. En este punto, a pesar de que Qatar y Arabia Saudita eran considerados aliados por Estados Unidos, Turquía, como miembro de la Otan, tomó la delantera como una alternativa más confiable y más estable. De todas formas, como Estados Unidos evitaba mancharse las manos, tenía que garantizarles a sus aliados regionales un área en el cual pudieran moverse autónomamente. Aunque los objetivos de Turquía y Estados Unidos parecían solaparse en términos generales, había diferencias significativas en el abordaje político y en las prioridades de ambos países desde el comienzo del proceso. Mientras que Estados Unidos prefirió que Siria se convirtiera -fuera o no realista- en una potencia alternativa de cara a Occidente, el AKP10 apostó todo a fortalecer a los Hermanos Musulmanes de Siria y convertirlos en la fuerza dominante en la estructura que se formara en el post-Assad.

Estados Unidos veían a una Siria dominada por los Hermanos Musulmanes o por grupos islamistas sunnitas más radicales, como una alternativa demasiado riesgosa en relación con sus propios objetivos y los de Israel. En este punto, la diferencia de orientación entre Turquía y los Estados Unidos provocó que la secretaria de Estado, Hillary Clinton, anunciara que habían retirado su apoyo al CNS11. El CNS se fue volviendo crecientemente un protegido de Turquía, y se fue transformado en un instrumento de los Hermanos Musulmanes. Los Estados Unidos no estaban conformes con esto, y Clinton lo expresó cuando cuestionó la capacidad como representante del CNS.

Posteriormente, se celebró una nueva cumbre en Doha, otra vez con la iniciativa de Estados Unidos, y se formó la Coalición Nacional para las Fuerzas de la Revolución y la Oposición Siria (CNFROS).

Aunque se la planteaba en nombre de establecer una cobertura más extensa, el significado real de la cumbre de Doha fue que Estados Unidos estaba intentando evitar poner todos los huevos en la canasta turca. Mientras que la sede del CNS se encontraba en Hatay (Turquía), la sede de la CNFROS estaba en El Cairo. Aunque la transferencia de la sede hacia Egipto, donde los Hermanos Musulmanes estaban en el poder con Morsi, parecía estar en conflicto con la actitud distante de Estados Unidos respecto de los Hermanos Musulmanes; en realidad, fue lo contrario. Mientras que el CNS era un producto directo de Turquía-Erdoğan, la CNFROS llevaba la marca de “made in USA”. Con la CNFROS, los Estados Unidos podían interceder directamente frente a los Hermanos Musulmanes, a los que consideraban peligrosos, sin la intermediación de Turquía.

Mientras los Estados Unidos estaban haciendo este movimiento, Israel presionó el botón para un ataque sangriento contra Gaza. Hamas, que era el blanco del ataque, estaba ubicado como la rama palestina de los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, Morsi tomó una posición frente al ataque sionista que ató de manos a Hamas, en lugar de colocarse junto a ellos. Morsi y Erdoğan intentaron mediar conjuntamente a favor del sionismo y evitaron que Hamas diera su propia respuesta12.

Los Estados Unidos lideraron la estrategia de alinear a los Hermanos Musulmanes a través de instrumentos políticos y diplomáticos, e Israel lo hizo con métodos militares, especialmente suavizando sus aspectos antisionistas. En este sentido, fue paradigmático el asesinato de Ahmed al-Jabari, líder del brazo armado de Hamas, mediante un cohete israelí el 14 de noviembre de 2012. Desde que Hamas combatió directamente contra Israel desde el seno del movimiento de los Hermanos Musulmanes, el brazo militar de Hamas -que tiene un vínculo de solidaridad militar con Irán- constituyó la estructura más distante de la guerra sectaria en Siria. El centro de operaciones político de Hamas estaba en Siria, pero Assad lo había evacuado a principios de año y expulsó a los líderes de Hamas de Siria, incluyendo al secretario general Khaled Mashal. Las relaciones de Hamas con Hezbollah, -uno de sus aliados más importantes contra Israel- también estaban empeorando. Cuando estos desarrollos eran vistos desde Gaza o Cisjordania, no resultaban iguales a cómo eran vistos desde El Cairo, Hatay o Doha. En esta etapa, el ascenso de la resistencia contra el enemigo común, Israel, pudo formar otro centro de atracción contra la guerra sectaria en Siria. El asesinato de al-Jabari fue un golpe muy duro contra esta orientación y un mensaje muy claro. Como resultado, el vínculo entre Hamas y Hezbollah fue debilitándose durante el siguiente período. Hamas publicó declaraciones llamando a Hezbollah a retirarse de Siria; y, posteriormente, Yusuf al-Qaradawi, líder religioso de los Hermanos Musulmanes, llamó a Hezbollah, que significa “el partido de Dios”, “Hezb al-Shaytan” que significa “el partido del diablo”, lo cual llevó el vínculo previo a un punto de ruptura13.

Mientras que Estados Unidos intentó salvar a la oposición en Siria del radicalismo islámico, y especialmente de la hegemonía de los Hermanos Musulmanes, con la creación de la CNFROS, también jugaron la carta del sectarismo para que el proceso en desarrollo de la guerra civil no terminara produciendo condiciones que fueran contrarias a sus intereses ni a los israelíes. La alternativa de una oposición burguesa secular y occidental que se volviera dominante en Siria continuó sin ser cubierta en el terreno. Por otro lado, el orden de los señores de la guerra creado sobre la derrota de la revolución en Siria constituyó una gran base para que el sectarismo creciera y fluyera.

La inclusión por parte de Estados Unidos del frente al-Nusra (ligado a al-Qaeda) en la lista de organizaciones terroristas recibió reacciones, tanto del lado de los Hermanos Musulmanes como del CNS. El líder del CNS, el ‘intelectual demócrata’ George Sabra, defendió que al-Nusra era parte de la Revolución Siria y explicó que Riyadh al-Shaqfeh, el líder de los Hermanos Musulmanes en Siria, que reside en Turquía, considera a al-Nusra como un grupo que lucha contra Assad y protege al pueblo. También se levantaron objeciones desde la CNFROS por la inclusión de al-Nusra en la lista de terroristas. Erdoğan se unió a este coro en nombre de Turquía, planteando que Occidente exageraba la presencia de al-Qaeda en Siria: “al-Qaeda se caerá del mapa en Siria. Cuando la oposición consiga resultados allí, no quedará nada de al-Qaeda”14.

De esta forma, a pesar de haber sido incluida en la lista de terroristas por parte de Estados Unidos, al-Nusra incrementó gradualmente su poder en el área utilizando la atmósfera creada por el sectarismo tolerado por el imperialismo y el sionismo. La CIA y el Servicio de Inteligencia de Turquía (MIT)15 llevaron a cabo el equipamiento militar de los grupos ligados al ELS en Siria, conjuntamente en la provincia turca de Gaziantep. Incluso se estableció un sistema de encuentros especiales para que el armamento enviado no cayera en manos de Nusra o sus derivados. Sin embargo, es sabido que esta estructura no hizo ninguna discriminación entre los grupos armados hasta que al-Nusra fuera incluida en la lista de terroristas, y que el armamento conseguido por muchos grupos que se presentaban como opositores moderados fue vendido en el mercado negro de la guerra civil. En consecuencia, una autoridad del ELS le reveló al periódico Daily Star que el ELS compartía municiones en las operaciones articuladas, realizadas junto con al-Nusra, y que el armamento anti-aéreo recibido por Arabia Saudita por un valor de cinco mil dólares había sido vendido a al-Nusra por quince mil16.

En estas condiciones, los takfiri y las organizaciones sectarias con creencias salafistas llegaron rápidamente al primer plano y comenzaron a convertirse en el color dominante de esta amplia paleta de colores conocida como “la oposición”. Al-Nusra que se hizo de una reputación a través de una serie de ataques suicidas en Aleppo, Hama y Damasco, comenzó a ascender rápidamente. El Estado Islámico de Irak se fortaleció como rama iraquí de al-Qaeda y cambió su nombre posteriormente por “Estado Islámico de Irak y el Levante” (EIIL o ISIL, por sus siglas en inglés). El Estado Islámico va a comenzar a aparecer con mayor fuerza en escena gracias a que forzó a todos los grupos salafistas, incluyendo al-Nusra, a subordinárseles. Entre esas organizaciones, Ahrar al-Sham, otra organización sectaria y salafista que había aparecido en la escena siria previamente y había ascendido al nivel de la “oposición moderada” de forma paralela al ascenso de al-Nusra y del Estado Islámico. Muchos fundadores y dirigentes de Ahrar al-Sham, que era el aliado más significativo de al-Nusra, también provenían de al-Qaeda. Luego de que el Estado Islámico rompiera sus lazos con al-Nusra, éste, debilitado considerablemente, recibió un enorme apoyo por parte de Ahrar al-Sham.

Como rama siria de al-Qaeda, al-Nusra era parte de una sangrienta “jihad global” contra Estados Unidos. El Estado Islámico, por otro lado, estaba en su propio camino para convertirse en un Estado en las regiones que dominaba y, además, estaba concretando este proyecto en las regiones petroleras de Irak y Siria. Con el tiempo, esta organización se convirtió en la principal representante de Turquía y Qatar en la región, y como correa de transmisión para el apoyo otorgado a al-Nusra17.

Como resultado, las organizaciones sectarias takfiris y salafistas habían ascendido paso a paso, todo lo contrario a las palabras de Erdoğan (“al-Qaeda se caería del mapa en Siria si la oposición consigue resultados”), y los grupos de la “oposición moderada”, especialmente los Hermanos Musulmanes, por los cuales Turquía había apostado, eran los que se habían caído del mapa.

Dos grandes hitos que cierran la segunda fase: la aparición de Hezbollah en el escenario y la masacre de Guta

A medida que la guerra civil siria fue adquiriendo un carácter más y más sectario, y a medida que fue creciendo el peso de las organizaciones sectarias salafistas y tafkiris, se generó un efecto de consolidación para otro partido. Hezbollah, del Líbano, que hasta ese entonces venía apoyando políticamente al poder de Assad, fue tomando crecientemente un lugar en la resistencia armada durante los primeros meses de 2013. Durante la primera fase del estallido de la rebelión pública en Siria, el líder de Hezbollah, Hasan Nasrallah, criticaba a la oposición por no tener una política para la cuestión palestina, pero no estaba alimentando expresamente una enemistad. Sin embargo, las ofensivas sectarias y takfiris que habían crecido le abrieron el camino a los árabes sunnitas y alauitas de Hezbollah para aparecer en el escenario sirio, amparándose en motivos de defensa legal. Hezbollah participaba en los enfrentamientos durante la primera fase de la guerra civil sólo en las fronteras del Líbano y, principalmente, en términos de defensa. Los primeros enfrentamientos en Siria entre los grupos salafistas, bajo la cobertura de Hezbollah, y el ELS fueron en febrero de 2013. Mientras que la participación de Hezbollah en la guerra civil siria se estaba discutiendo desde hacía un tiempo, Hasan Nasrallah pronunció un discurso el 30 de abril, y dijo que ellos “no iban a permitir que Siria cayera en manos de Estados Unidos, Israel y los takfiris”. Hezbollah, una guerrilla experimentada y bien armada, que había expulsado a Israel del Líbano en el año 2000 y que puso a Israel de rodillas en 2006, mostró su poder en la guerra civil siria cuando ‘limpió’ a los grupos sectarios y takfiris de la ciudad de Qusair en la frontera con Líbano. Hezbollah estaba aplastando a los takafiris con equipos de 15 a 50 miembros y estaba dejándole esas regiones al ejército sirio. Hezbollah evitó que la guerra ingresara al Líbano mediante el control de su frontera, así como interrumpiendo una significativa fuente de suministros de las organizaciones sectarias en Siria.

La principal razón para considerar la aparición de Hezbollah como un hito es que demolió la política que aparentemente había reemplazado la derrota del ELS en la primera etapa por organizaciones que actuaban con motivaciones sectarias. A pesar de que estas organizaciones parecieron haber atraído a los factores más activos de la oposición durante la primera fase, y haberse acelerado, ellas hicieron posible que el poder político de Siria recibiera un fuerte apoyo, tanto militar como político, gracias a que se gestó un contrafrente que los llevó a unirse, gracias a la aparición significativa de Hezbollah, que reacomodó varias cuestiones de las que carecía el ejército sirio. Hezbollah tomó un lugar en el escenario no sólo a través de la intervención de sus guerrillas sino también gracias a su prestigio, ganado por haber puesto a Israel de rodillas, hecho que no será olvidado en el mundo árabe por un largo tiempo.

Mientras que las organizaciones enemigas de Hezbollah y del ejército sirio avanzaban en Humus y Damasco, Israel entró en escena. Comenzó a reclamar que Siria estaba usando armas químicas y que Hezbollah estaba tomando posesión de estas armas. Con este ataque, Israel estaba tratando de aumentar la presión sobre Siria y Hezbollah, y estaba creando las condiciones para su intervención militar en el peor escenario. Basado en esto, Israel comenzó a aumentar la frecuencia de sus ataques aéreos sobre ciertos objetivos en Siria, cada tanto.

Sin embargo, las denuncias de ataques químicos no tuvieron la resonancia suficiente como para una intervención externa que involucrase a Estados Unidos. Por el contrario, los ataques con armas químicas y las masacres llevadas a cabo en agosto en el este de Guta empujaron a Siria al borde de una intervención imperialista. Estados Unidos entendió que con este ataque Al-Assad estaba cruzando la línea roja. El coro de Turquía, Qatar y Arabia Saudita estaban manteniendo el ritmo en favor de una intervención. La información referida a la masacre de Guta estuvo lejos de ser definitiva desde el comienzo. Más que reflejar la realidad, el total de muertes calculado era una suerte de cálculo en torno de la simpatía política por la intervención externa por parte de la autoridad que hacía el anuncio. El total de muertes declarado por la masacre química por parte de Francia fue 281, por Gran Bretaña 350, por Médicos sin Fronteras 355, por el Observatorio de Derechos Humanos 520, por la Comisión General de la Revolución 635, por la Coalición Nacional Revolucionaria de Siria 1300, por Estados Unidos 1429, por FSA 172918.

La opción para intervenir en Siria estaba disponible para Estados Unidos. Pero poner a sus soldados en escena, como dice la famosa expresión “con las botas en el terreno”, no estaba en su agenda todavía. De todos modos, las opciones de un ataque-castigo y un ataque extensivo para derrocar al régimen, fueron barajadas. A medida que la dosis de esos ataques fue decreciendo, así también lo hizo el riesgo, pero también lo hizo la expectativa de que el equilibrio virara en favor de Assad en Siria, que también estaba debilitándose.

Mientras la dimensión del ataque fue incrementándose, la regionalización de la guerra, la dirección de Assad en torno de los intereses de Israel y Estados Unidos, reacciones imprevisibles de Irán, y hasta cierto punto de Rusia, estaban en cuestión. Incluso si se hubiera encontrado una solución que no provocara semejantes reacciones, el ganador de las intervenciones en Siria en cada caso iba a ser al-Nusra y los demás grupos sectarios salafistas y takfiris (principalmente el ISIL), que hicieron una entrada rápida en escena. Pelear en el mismo frente con al-Qaeda era algo difícil de explicar a su pueblo para Estados Unidos. Además, no se podía anticipar que los resultados militares no les hubieran otorgado un poder descontrolado a tales organizaciones.

En esas condiciones, Obama prefirió contar con una decisión del Congreso, para obtener legalidad política frente a la opinión pública doméstica con respecto a los futuros ataques. Pero tuvo dificultades para convencer al Congreso estadounidense. Otras potencias imperialistas occidentales, incluida Gran Bretaña, empezaron a mostrar cierta reticencia frente a una posible intervención. De hecho, lo que yacía debajo era que, a pesar de que el imperialismo estadounidense había acusado explícitamente a Assad frente de la opinión pública mundial, no había mucha certeza sobre quién había ejecutado el ataque químico. En consecuencia, las inspecciones de los inspectores de Naciones Unidas aumentaron las sospechas. La tesis principal de Siria, y las potencias que la apoyaban, es que no era lógico que el ejército sirio hiciera tal ataque. Por supuesto, esta defensa aislada no podía ser efectiva. Sin embargo, estas tesis de repente consiguieron un enorme apoyo cuando los inspectores de Naciones Unidas revelaron que los misiles químicos lanzados sobre Guta fueron disparados en su mayoría a una distancia de dos kilómetros, y resultaba imposible que hayan sido disparados desde una zona bajo dominio del ejército sirio. Posteriormente, la información de que grupos de “oposición”, especialmente de al-Nusra, tenían acceso a armas químicas puso el foco de atención en los demás grupos sectarios y takfiris que obtenían beneficios en caso de desencadenarse una intervención externa.

De todas formas, Estados Unidos nunca confió plenamente en tales grupos. La duda de Estados Unidos en torno de que Turquía y Arabia Saudita, sus aliados cercanos en la guerra civil siria, estuvieran involucrados en el ataque químico de la masacre de Guta exigiría que Estados Unidos revisara seriamente su política seguida en Siria. La región del ataque estaba dominada por el grupo sectario salafista takfiri, llamado Liwa al-Islam, que estaba protegido por Arabia Saudita. Por otro lado, algunos meses atrás, un grupo de “opositores” fueron sorprendidos con dos kilos de gas sarín en Adana, Turquía, en mayo.

Un artículo publicado ocho meses después de la masacre por el periodista premiado con un Pulitzer, Seymour Hersh, mostró que el gobierno de Obama enfrentaba serios reclamos. Según Hersh, el ataque no sólo fue realizado por al-Nusra y sus aliados, sino que lo fue con el conocimiento de Tayyip Erdoğan y el apoyo del MIT y la gendarmería. Hersh tambien dice que, durante un encuentro entre Obama y Erdoğan, cuando éste dijo que (Siria) había cruzado la línea roja definida por Estados Unidos, Obama, refiriéndose a Hakan Fidan, subsecretario de MIT, respondió “sabemos lo que hiciste con los radicales en Siria”. En el mismo artículo, afirma que la inteligencia de Estados Unidos advirtió al gobierno de Obama que Turquía quería provocar una intervención externa y que había elementos tratando de llegar a los químicos usados en la producción de gas sarín, tanto en Turquía como en Arabia Saudita19.

El gobierno de Estados Unidos nunca verificó los reclamos de Hersh. De todos modos, cuando miramos los movimientos políticos que hizo Estados Unidos luego del ataque en Guta, su actitud en el manejo de la crisis química y los cambios de actitud en torno de la política en Siria parecen ser consistentes con los dichos de Hersh.

A pesar de que Estados Unidos planteó con claridad ante el público que Assad utilizó armas químicas, hizo un movimiento repentino cuando Kerry puso como condición que Siria descargara sus armas químicas en el plazo de dos semanas. Rusia respondió rápidamente a esta jugada, intervino e inició el proceso de descarga del stock de armas químicas sirias bajo la supervisión de las Naciones Unidas. Obama evitó entrar en un proceso indefinido, con las provocaciones de sus aliados y sus extensiones en escena, y también aparentemente protegió las líneas rojas de Estados Unidos al decir que una conclusión política conseguida gracias a un ataque potencial había sido conseguida a través de métodos diplomáticos.

Las líneas principales de la nueva política adoptada por el imperialismo pueden ser resumidas de la siguiente manera: desconfiar de los grupos sectarios salafistas takfiri, evitar una política para Siria basada en aliados regionales como Turquía, Qatar y Arabia Saudita, correrse de una línea que propicie el derrocamiento de Assad, promover un proceso de transición con Assad en el gobierno y preparar mayores condiciones de diálogo con Rusia, con relaciones diplomáticas más previsibles que puedan ser establecidas incluso si hay un conflicto estratégico de intereses… Luego del ataque a Guta, la política de Estados Unidos en la cuestión siria fue tomando forma con estos enfoques.

El evento simbólico que declaró el fin de la segunda fase de la guerra civil siria fue la segunda conferencia de Ginebra. Ginebra II no aportó ningún resultado concreto para una solución en Siria. Fue tan poco exitosa como la primera. De todos modos, el gobierno transicional, que anticipó el cambio del régimen de Assad en la primera conferencia, fue reemplazado en Ginebra II por un nuevo enfoque, anticipando la presencia de Assad durante el período transicional. Es claro que esto fue un logro para Assad. Ginebra II también involucró a Rusia en el proceso de manera más efectiva, tanto desde un punto de vista político como diplomático.

La tercera fase: guerra con el EIIL, transición con Assad, Siria dividida

La entrada del Estado Islámico de Iraq y el Levante (EIIL – ISIL en inglés) en el escenario de Siria y su fortalecimiento gradual constituyó un hito en el curso de la guerra civil. El EIIL, a diferencia de las otras organizaciones takfiristas y sectarias, determinó a Iraq y a la Gran Siria (una manera de incluir el Líbano) como su campo de acción. El objetivo de la organización era establecer un Estado Islámico en este territorio. La perspectiva de formar un Estado y la reivindicación del califato por parte del EIIL es una estrategia militar y política envuelta en un envoltorio ideológico20.

Con esta estrategia, el EIIL tomó las áreas petroleras y disminuyó la dependencia de los países del Golfo, de Arabia Saudita y de la ayuda imperialista, transformó un chantaje sistemático en recaudación de impuestos y logró ingresos fiscales de alrededor de 8 millones de dólares mensuales. A las armas recibidas como ayuda del exterior y a las adquiridas como botín en el territorio se suman las armas producidas por el EIIL usando la capacidad industrial de las regiones ocupadas; lo más importante de todo fue que reunió un número considerable de militantes de las organizaciones salafistas, takfiristas y sectarias por su estructura estatal y su reivindicación del califato, creó los fundamentos legales a su manera en las regiones que domina, en su guerra contra estas organizaciones, y tuvo también la oportunidad de orientar el flujo militante internacional hacia su propia región de una manera más intensa. Aumentó su influencia en Libia, Afganistán y Boko Haram, que controla un área amplia en el norte de Nigeria obedece el control del EIIL. Con el impacto que tuvo sobre los círculos salafistas de todo el mundo, adquirió la capacidad de efectuar protestas en muchas metrópolis imperialistas como Francia, Inglaterra, Bélgica y quedó por delante de al-Qaeda no sólo en Siria, sino también por esta capacidad. Esta estrategia permitió al EIIL desarrollar relaciones de alianzas pragmáticas con las tribus locales y los ex elementos del Baath, a pesar del rigor de la ideología religiosa y política que asumió. Este pragmatismo salafista tal vez jugó un rol clave en el progreso del EIIL en los territorios que ocupó en Iraq, especialmente en la ocupación de Mosul. Se enfatiza frecuentemente en la violencia que el EIIL aplicó en el terreno y en la propaganda de dicha violencia con métodos sofisticados y profesionales. No se puede negar el significado de esta guerra. Sin embargo, es la estrategia política y militar que mencionamos y no la propaganda, lo que coloca al EIIL un paso delante de las otras organizaciones.

El EIIL inició su movida estableciendo su dominación en las regiones que habían sido ocupadas por al-Nusra y sus aliados salafistas durante la segunda fase de la guerra civil. En primer lugar, adquirió dominio sobre Deirez-Zor, el área petrolera de Siria, y luego avanzó hacia Raqqa. Paso a paso, eliminó a las organizaciones rivales en estas áreas o las atrajo a ella. Más tarde, logró el dominio sobre Jarabulus, al-Rai y Tal Abyad en la frontera turca, de la misma manera. Después de tomar el control del petróleo de Deirez-Zor, el EIIL estaba logrando un centro político, una capital, con Raqqa, y la oportunidad de abrirse al mundo al alcanzar la frontera turca. Hasta esa etapa, el EIIL no recibió ninguna oposición seria de los imperialistas. Al menos no hasta que el EIIL se reorientó hacia Iraq y atacó Mosul. Aunque el EIIL comenzó su aventura como Estado Islámico de Iraq, en realidad adquirió sus posiciones dentro de los límites de Siria desde 2014. Fallujah, el castillo del sunní iraquí que tenía un significado estratégico en la ruta hacia Bagdad, fue ocupado por el EIIL a comienzos de 2014. El 10 de junio conquistó Mosul. Entonces, el control de Baiji fue fácilmente tomado por el EIIL.

De esta manera, a pesar de ser muy peligroso y estar fuera del control del imperialismo, el EIIL, como “enemigo de mi enemigo”, de pronto se convirtió en una estructura que sacudió el estatus de Iraq, que Estados Unidos trataba de proteger desde sus raíces. En consecuencia, después de esta etapa, Estados Unidos decidió luchar militarmente contra el EIIL, estableciendo una coalición contra él. La coalición contra el EIIL bajo hegemonía de Estados Unidos contaba inicialmente con alrededor de 40 países y creció hasta 60 miembros, y en agosto de 2014 comenzaron los ataques aéreos contra el EIIL. Rusia, Irán y Siria no participaron de esta coalición contra el EIIL. A pesar de esto, el presidente de Francia, Hollande, estuvo haciendo llamados a los opositores moderados en Siria en la primer reunión de la coalición llevada a cabo en París, y Qatar, Arabia Saudita y Turquía, que proporcionaron las bases para el crecimiento del EIIL y que le ofrecieron directa o indirectamente apoyo político y financiero, participaron de la coalición. En otras palabras, no hubo una verdadera coalición contra el EIIL. El poderío militar principal de esta estructura establecida era Estados Unidos. El propósito político fue primeramente interrumpir el apoyo proporcionado al EIIL por los aliados regionales de Estados Unidos, los países del eje sunní. Después de todo, la guerra contra el EIIL se convirtió en la agenda central de las potencias imperialistas en su política para Siria e Iraq, pero no así para Turquía, Arabia Saudita ni Qatar.

Los ataques aéreos de la coalición dirigidos por Estados Unidos nunca lograron el efecto deseado. Sin embargo, fue un hito muy significativo para empezar un proceso en el cual los jugadores originales se ubicaron en el escenario y donde quedó bloqueada una guerra ejecutada por representantes. Ahora, Siria estaba virando a una etapa en la cual comenzaban los primeros ensayos de una guerra mundial que asomaba en el horizonte: “Lo hecho, hecho está”, siguiendo a Estados Unidos, también Francia y Rusia se han involucrado militarmente casi simultáneamente en la guerra civil siria. Ahora, si nos expresamos con cierto sarcasmo, ¡unos 65 países entre los 200 del mundo están combatiendo en un territorio sirio de 185 mil kilómetros cuadrados! Sesenta y dos miembros de la coalición formada por Estados Unidos (en la cual también está incluida ahora Turquía), Siria, Irán, que proporciona apoyo a Siria detrás de la escena, y ahora, de hecho, Rusia. Ahora agreguemos a esto los jefes militares: la unidad política bárbara del líder del EIIL, Abu Baqr al-Baghdadi, presentándose como “califa”. También consideremos a una organización que cuenta con su propio ejército: Hezbollah del Líbano. Casi todo el mundo pululando en un país que tenía una población de 23 millones justo antes de la guerra”21.

Los hitos de la tercera fase: la guerra de Kobani

La ausencia estratégica de una fuerza terrestre combatiendo en el campo siguió siendo el punto débil de la política de Estados Unidos para Siria. Estados Unidos reactivó un proyecto de equipamiento y entrenamiento que se había intentado en las fases previas de la guerra civil, pero que no había sido exitoso. Obama destinó un fondo de 500 millones de dólares del Congreso para este proyecto. Sin embargo, la cuestión central era quiénes iban a ser entrenados y equipados con este fondo.

El Ejército Libre de Siria (ELS – FSA en inglés) ya había desaparecido, y lo más moderado que quedaba eran organizaciones que podían ser entrenadas y equipadas, pero no enviadas solas a Siria. Estas tropas “entrenadas y equipadas” ni bien entraron a Siria fueron destruidas o tomadas en cautiverio, o directamente se unieron a al-Nusra.

Turquía nunca quiso jugar un rol activo en la lucha contra el EIIL. Ni siquiera la ocupación de Mosul por el EIIL y el ataque repentino al consulado turco con toma de rehenes fueron suficiente motivación para el gobierno del Partido de la Justica y el Desarrollo (AKP) contra el EIIL. Cuando fueron tomados los rehenes en el consulado por el EIIL, Davutoğlu todavía identificaba al EIIL como un grupo “aterrorizado” (no terrorista) compuesto de jóvenes enojados. La revelación de Erdogan que Kobani “cayó o está a punto de caer”, que causó indignación pública, fue una indicación de que esta organización era vista por el gobierno turco como un aliado táctico contra la dominación del PUD en Rojava; la guerra contra el EIIL estaba lejos de ser una prioridad. Después de la ocupación de Tell Abyad por las UPP, el EIIL atacó inmediatamente a Kobani y hubo reclamos significativos de que las fronteras turcas fueron usadas también durante este ataque.

El PUD y las UPP estaban llevando a cabo una guerra defensiva en el área. La gente de Rojava vio a esta guerra como una autodefensa frente las masacres del EIIL, la apoyó y se unió a ella. No fue una motivación externa, apoyo monetario, expectativa política, etc., pero esta motivación permitió la conformación de un poder militar fuerte y efectivo. Una de las fuerzas estratégicas más importantes de las UPP eran las Unidades Femeninas de Protección (UFP – YPJ en kurdo), que fueron integradas por mujeres guerreras. Rojava fue el centro de un gran despertar de las mujeres en Siria, que se había convertido en un infierno en manos del takfirismo y de las estructuras sectarias. No hay dudas de que la práctica de lucha de las mujeres del movimiento kurdo a lo largo de los años fue determinante para este despertar. El rol de las mujeres fue uno de los factores más importantes que aumentaron el prestigio del PUD y las UPP en el mundo entero. La movilización de las mujeres fue también una ventaja desde el aspecto militar, que no poseía ninguna otra fuerza en el escenario sirio.

Todos estos desarrollos encaminaron a Estados Unidos a cooperar con las UPP, el brazo armado del PUD, que llevó adelante las batallas más efectivas contra el EIIL en el terreno. Sin embargo, este camino también generó muchos riesgos para Estados Unidos. Aunque la tradición de la cual emergió el PUD no tenía ninguna hostilidad hacia Estados Unidos desde hacía muchos años, no era una formación filo-estadounidense como Barzani. Más aún, el PUD había establecido relaciones con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PTK – PKK en kurdo), que estaba peleando con Turquía, la mayor potencia de la Otan en la región. Aún si el PUD pudiera ser llevado hacia la línea de Estados Unidos, las tensiones que aparecerían con Turquía podían causar problemas.

El hito para que Estados Unidos actuara junto al PUD y las UPP fue, por supuesto, el cerco del EIIL sobre Kobani. Estados Unidos esperó hasta que Kobani estuvo al punto de caer. Barzani, el “peshmerga” pro-yanqui, también esperó al debilitamiento de su rival PUD en Rojava. La población kurda comenzó una gran rebelión del lado turco de la frontera entre el 6 y el 12 de octubre, para evitar la caída de Kobani. Esta rebelión llevó a Turquía a suavizar su política. Estados Unidos también aprovechó esta oportunidad para aparecer como quien rescató a la población kurda. Kobani fue rescatada. Los kurdos lograron una victoria. Pero el precio de esta victoria lo iba a pagar el pueblo kurdo. La dirigencia del PUD, en lugar de ser cautelosa frente a Estados Unidos comenzó a percibir la relación con la coalición como estratégica e incluso la usó como material de propaganda política. En lugar de ganar independencia de los Estados Unidos, siguió una política que lo colocó aún más bajo sus alas.

Después de la liberación de Kobani, Estados Unidos desarrolló gradualmente sus relaciones con el PUD y las UPP. Hizo que los kurdos pagaran el precio por Kobani al someter al PUD a su dominación política. Todos los logros en Rojava fueron conseguidos como resultado de la política del PUD de procurar una tercera alternativa contra Assad y la oposición. Como resultado de que el PUD se colocó bajo la influencia política de Estados Unidos, también perdió su área de maniobras políticas, la cual le había proporcionado grandes logros.

Hubo un ejemplo sorprendente de esta situación, tras de un ataque de Estados Unidos al espacio aéreo sirio con misiles Tomahawk. Después del ataque, el líder del PUD, Salih Muslim, efectuó una declaración a la Voz de América: “Espero que esto no se limite sólo al régimen sirio y a los otros partidos, que tomaron como blanco a los civiles y usaron armas químicas, también deberán rendir cuentas. Creo que este ataque tendrá resultados positivos, porque aquéllos que no creen en las soluciones políticas encontrarán el lugar correcto y entenderán que continuar la guerra no les proporcionará ningún resultado. América participa directamente en esto y no puede permanecer callada”. Este cheque en blanco dado a Estados Unidos por Salih Muslim no tiene una explicación lógica en relación al PUD. Cuando una cooperación cercana fue establecida entre los soldados rusos y el ejército sirio en Manbij y Afrin, cuando los cantones de Afrin y Kobani se unieron en el área en la que el ejército sirio había logrado controlar, si el líder del PUD aplaude los ataques de Estados Unidos a Siria, esto daña seriamente las relaciones entre Rusia y Siria. Salih Muslim y el PUD no son ni tan estúpidos ni tan admiradores de Estados Unidos como para no entender esto. Sin embargo, la alianza establecida con Estados Unidos en Rojava llevó a ese país a establecerse estratégicamente en el área, lo cual impidió al PUD proseguir una política independiente. Salih Muslim se vio empujado a hacer esta ilógica declaración por este hecho.

Cuando la dirección del PUD y el movimiento kurdo en general pensaron que caminar lado a lado con Estados Unidos protegería y desarrollaría sus logros en Rojava, el objetivo para Estados Unidos era convertir a Rojava en un cuartel general estable en la tercera fase en la que derrocar al régimen sirio dejó de ser la prioridad.

Los hitos de la tercera fase: la movida de Rusia y la batalla de Aleppo

La tercera fase en la que la guerra contra el EIIL se volvió determinante, creó las condiciones apropiadas para la aparición militar de Rusia en el escenario sirio. Rusia usó las ventajas de estar en Siria desde siempre, basada en la convocatoria legal del gobierno sirio. Fortificó su poder militar abriendo nuevas bases militares, además de la base de Tartus de la época de la Unión Soviética. Después de alcanzar un cierto nivel en su fortalecimiento, Rusia apareció en el escenario el 7 de octubre de 2015, enviando 26 misiles guiados a once objetivos a una distancia de 1.500 kilómetros sobre el mar Caspio. Posteriormente, el ejército sirio continuó su avanzada contando con el apoyo aéreo provisto por Rusia. La mayoría de las operaciones aéreas de Rusia fueron intensificadas en las áreas en las cuales el ejército sirio había avanzado y el EIIL no era efectivo. Esto llevó a que Rusia fuera criticada seriamente por golpear al ELS y a la oposición moderada. Sin embargo, Rusia evitó fácilmente estas críticas. Rusia declaró a través de Lavrov que no veía al ELS como una organización terrorista, antes de poner en escena su show de misiles. Posteriormente, fue más lejos y dijo que podía proporcionar apoyo aéreo al ELS, que es apoyado por Estados Unidos, contra el EIIL22.

Después de todo, Rusia nunca aceptó que golpeó al ELS. De hecho, los ataques de Rusia tenían como objetivos principales a al-Nusra y a varios grupos salafistas, takfiristas y sectarios que eran sus aliados. Aunque estos grupos se mostraron como el ELS, los que criticaban a Rusia no pudieron insistir en sus reclamos de que “el ELS está siendo golpeado”, cuando las circunstancias eran evidentes. Al referirse a la legalidad de una organización que no estaba en el escenario, Rusia logró mantenerse dentro de los márgenes de la mesa de las soluciones políticas y también usar un intenso poder de fuego contra las fuerzas que enfrentaban al ejército sirio.

La única respuesta seria a esta movida de Rusia fue el derribamiento del avión de guerra ruso SU-24 sobre la fronteriza Hatay por Turquía. Aunque en estos días este evento está completamente prendido con alfileres, a los funcionarios miembros de la cofradía de Gülen, todo fue claramente percibido durante los días en los que el hecho ocurrió: “El gobierno turco asocia el derribamiento del avión de guerra a una violación de frontera. Sin embargo, cómo no saben usar la ‘d’ de diplomacia, justo después de eso, confiesan que éste no es el caso.

Tayyip Erdoğan dice: ‘…el área no es el área en la que hay una organización terrorista del EIIL. No dejen que nadie engañe a nadie. Sólo están los turcomanos de Bayirbucak, nuestros hermanos, nuestros familiares allí y, aunque digan que están golpeando a la organización terrorista del EIIL, están golpeando a los turcomanos de Bayirbucak allí’. Davutoğlu va más lejos y dice ‘Quien sea que dispare a los turcomanos de Bayirbucak, los árabes de Aleppo o a los árabes, kurdos y turcomanos en Azaz, ya sea el régimen sirio u organizaciones terroristas o factores intervinientes del exterior, nuestro mensaje para ellos es claro’. ¿Por qué ir más allá? ‘¡Los bajaremos otra vez!’.


En consecuencia, el problema no es la violación de las fronteras, sino la protección de los turcomanos. Bueno, ¿entonces el ejército sirio bombardea a nuestros ‘hermanos’ con el apoyo aéreo ruso sin ninguna razón? Por ejemplo, en Nusebin, ¿está ahí para matar a una madre que sale para echar las cenizas de su estufa? No, hay un objetivo militar ahí, porque Turquía armó a los turcomanos y estableció a una fuerza guerrera garantizada para eso. La guerra civil continúa. Eso es lo que está sucediendo. Primero creás una fuerza armada en el territorio de otros, luego la denominás con nombres que aspiran a ser otomanos como Brigada de Yavuz Sultan Selim o Brigada del Sultan Murat, luego decís que no pueden bombardear esa fuerza militar”.
23

Estas líneas publicadas en el sitio web del diario Gerçek revelan claramente el tema. El derribamiento del avión de guerra ruso fue la reacción de Turquía al riesgo del cierre final de la puerta, a través de la cual intervenía en Siria a través de sus representantes. Además, hubo también un intento de involucrar a la Otan con el fin de balancear el peso creciente de Rusia. Los políticos del AKP y los apodados especialistas en seguridad crearon un nuevo concepto y comenzaron a defender la rápida “otanificación” del evento. De todos modos, como la naturaleza de las estructuras activas en el área bajo el nombre clave de turcomanos de Bayirbucak era conocida por todo el mundo, el evento no pudo ser otanificado y el espacio aéreo sirio se transformó en zona prohibida para vuelos turcos, debido a los misiles de defensa aérea y aviones rusos.

El derribamiento del avión de guerra ruso, de esta forma, condujo indirectamente a la caída de Aleppo. El ejército sirio, que sitiaba Aleppo con el apoyo ruso, tomó el control de la ciudad, al costo de una destrucción extensiva de la ciudad y reacciones ante la masacre por parte de la opinión pública mundial. No fueron sólo las organizaciones las que estuvieron entre los perdedores de la batalla de Aleppo. La protectora de estas guerras, Turquía, Qatar y Arabia Saudita del eje sunní también sufrieron una pesada derrota.

Con la caída de Aleppo, las organizaciones salafistas, takfiristas y sectarias quedaron atascadas en Idlib. La iniciativa en esta área está completamente en las manos de Rusia y el ejército sirio. Sin embargo, no puede esperarse que Idlib caiga rápidamente y sin costos. Por eso, Rusia y Siria aspiran aumentar los conflictos entre las organizaciones en el área a nivel de choques incrementando su presión militar sobre Idlib.

Como resultado, Assad, que adquirió un cierto nivel de seguridad y estabilidad cuando Hezbollah ingresó al escenario al final de la segunda fase de la guerra civil, ha adquirido una nueva iniciativa al menos sobre el oeste de Siria y en una porción significativa de los centros estratégicos cuando apareció Rusia en el terreno.


Los hitos de la tercera fase: el escudo del Éufrates

Luego de derribar al avión ruso, Turquía tuvo que enfrentar la realidad de tener clausuradas todas las puertas en el área militar siria. La política siria aplicada por Davutoğlu había colapsado completamente. La tumba de Davutoğlu fue cavada por Erdoğan debido a esta fracasada política exterior, además de otros factores, y Turquía intentó superar el problema con una nueva movida política: consintiendo la transición con Assad y respaldando a Rusia.

El intento de golpe del 15 de julio, y el hecho de que este golpe fuera apoyado por Estados Unidos y la Otan creó una nueva situación. Turquía estaba intentando normalizar sus relaciones con Rusia. Rusia convirtió a ese fracasado intento de golpe en una oportunidad. Rusia logró minimizar la reacción de Turquía por el cerco de Aleppo, manteniendo la iniciativa en cada paso. El gobierno turco no levantó objeciones concretas ni efectivas por lo que pasó en Aleppo, salvo unas pocas protestas de bajo volumen.

Turquía se tuvo que adaptar a la realidad de la tercera fase. Era imposible tener alguna influencia sobre Siria sin participar en la guerra contra el EIIL. En estas condiciones estaba en la agenda la operación Escudo del Eufrates. El objetivo oficial de esta operación era la presencia del EIIL en la línea Jarabulus-Azaz. La razón para la operación fue tomada de la masacre ejecutada por un bombardeo suicida del EIIL durante un casamiento en Gaziantep. Para justificar esta operación en la política doméstica y proporcionar motivación a las Fuerzas Armadas Turcas (FAT – TAF en inglés), primero en forma extraoficial y, posteriormente, más explícitamente se subrayó que la operación fue hecha contra la presencia del PUD en el área y la unión de los cantones en Rojava, que fueron creados por el PUD.

El objetivo oficial del Escudo de Éufrates estaba en armonía con la tercera fase de la guerra civil. El EIIL era el objetivo. Aunque las formaciones salafistas, sectarias y takfiristas habían participado en la operación bajo la cubierta del ELS o las fuerzas turcomanas, Estados Unidos no confiaba en esas fuerzas, pero sí confiaba en el ejército turco de la Otan que las acompañaba. Rusia juzgó al Escudo de Éufrates como una oportunidad para arrastrar a Turquía a una trampa. Rusia estaba en condiciones de poder cerrar el espacio aéreo sirio a los aviones turcos cuando se lo propusiera. Después de derribar al SU-24, Rusia mantuvo a las Fuerzas Aéreas turcas lejos de Siria. Turquía no tenía alternativa de ejecutar la operación Escudo del Éufrates sin el consentimiento ruso. Después de lograr ese consentimiento, no tendría ninguna oportunidad de quedarse en la zona sin el consentimiento ruso. Mientras que el precio por no dejar a Turquía operar en el espacio aéreo sirio era limitado, si Rusia arrastraba a Turquía a una trampa, le iba a hacer pagar a Turquía precios mayores. Y eso fue exactamente lo que sucedió. Turquía no se excedió siquiera por un milímetro las fronteras definidas por Rusia. Cuando al final de la operación fue ocupada al-Bab por las fuerzas turcas y el ELS, las autoridades oficiales de Rusia declararon “las fronteras acordadas con Turquía fueron alcanzadas”. Así, nuestro anticipo formulado desde el comienzo de que el Escudo del Éufrates se transformaría en la trampa del Éufrates, se cumplió.

Las FAT y el ELS intentaron forzar las fronteras definidas por Rusia en dos puntos. La primera fue durante el cerco de al-Bab. Cuando las FAT y el ELS trataron de ampliar el cerco, Rusia atacó a las FAT “por error” y causó la muerte de tres soldados. Por supuesto que no fue una coincidencia que el presidente de la CIA estuviera en Turquía en el momento en que Rusia atacó a las FAT por error. Rusia no esperaba que Turquía saliera de la Otan en consideración al consentimiento que le había dado, pero estaba claro que quiso evitar que Turquía jugara totalmente el juego de Estados Unidos.

El segundo episodio ocurrió cuando las FAT y el ELS se dirigieron hacia Manbij. Mientras al-Bab estaba cercada, el ejército sirio, apoyado por Rusia, estaba llevando a cabo operaciones para bloquear toda la ruta del sur hacia el río Éufrates. Manbij era el único camino donde Erdoğan y el AKP podían realizar la fantasía de ir a Raqqa sin atravesar Rusia ni Siria. Sin embargo, esta fantasía no estaba dentro de los límites consentidos por Rusia. Rusia intervino para mantener a Turquía dentro de esos límites, no porque tuviera una alianza con el PUD y las UPP, sino porque no quería que el Escudo del Éufrates fuera roto en ningún punto. Los soldados rusos fueron enviados directamente a Manbij, en el ala este, y Afrin, en el ala oeste de la trampa. Cuando Turquía no cumplió con las fronteras acordadas verbalmente, Rusia rodeó esas fronteras con sus vehículos blindados y soldados. Con el recuerdos de Manbij, Turquía contaba con la promesa de Estados Unidos de que las “fuerzas de las UPP se retirarían al este del Éufrates”. Sin embargo, no pudo decirle nada a Rusia. La zona de amortiguamiento rusa entre las FAT-ELS y Manbij implicaba para Estados Unidos evitar la presión de enviar a las UPP al este del Éufrates y, como resultado de esto, no dijeron nada por la presencia rusa. Tampoco tuvieron la capacidad de prevenirlo militarmente.

Como resultado, se cerró la trampa, más aún, fue bloqueada por los soldados y las fuerzas blindadas rusas. La ceremonia de clausura se realizó con un baile folclórico de los rusos con los miembros de las UPP. Ante esta situación, el Consejo de Seguridad Nacional (MGK) no tuvo más opción que declarar el fin del Escudo del Éufrates. Por su parte, Erdoğan declaró que habrá nuevas etapas de la operación. Para desmenuzar esas declaraciones, que le hacen a uno pensar que Rojava será el objetivo en relación con Siria, es evidente que la guerra civil en Siria entra en una nueva fase24. Junto a esto, las indicaciones de que la guerra civil está progresando hacia una nueva fase están aumentando.

Los rasgos característicos de la tercera fase

El elemento más determinante de la tercera fase de la guerra civil siria es la aparición del EIIL en el escenario. El aumento del poder del EIIL y la falta de voluntad de los aliados de Estados Unidos (Turquía, Qatar y Arabia Saudita) de pelear con el EIIL, cancelaron la prioridad de derrocar a Assad. La prioridad norteamericana estaba ahora en lograr zonas de influencia en Siria y proporcionar seguridad a Israel, en lugar de derrocar a Assad.

En función de esto, Estados Unidos alcanzó un acuerdo político con Rusia que podría llamarse “transición con Assad, solución sin Assad”. En el área militar ignoró el bombardeo por parte de los ejércitos ruso y sirio sobre la oposición, mientras eso no interfiriera con las zonas potenciales de influencia que se fijó como objetivo. En este período, Estados Unidos le dio prioridad a convertir a Rojava en su propia zona de influencia y cuartel general militar. Aunque no hizo directamente ningún ataque militar contra Assad, logró fijar una línea roja invisible por la cual el ejército sirio no debería estar presente las fronteras con Israel ni Jordania, ni en la frontera con Iraq. Dentro de este marco, cada vez que el ejército sirio se acercaba a las alturas del Golán fue atacado por aviones de guerra y cohetes de Israel. Durante el avance del ejército sirio en Deirez-Zor, los aviones de guerra de Estados Unidos atacaron a los soldados sirios “por error”25.

En ambos frentes, los grupos takfiristas y sectarios y el EIIL recuperaron, después de los ataques de Estados Unidos e Israel, los sitios que habían perdido. En otras palabras, la guerra de Estados Unidos con el EIIL juega un rol clave en esta fase. De todos modos, también podemos ver que esta guerra está políticamente determinada de acuerdo con las prioridades de la tercera fase.

En la tercera fase, el abandono de Estados Unidos de la prioridad de derrocar a Assad, la toma del control de Aleppo por parte del ejército sirio y el siguiente cese de hostilidades causaron decepción a la Troika sunní de Turquía, Qatar y Arabia Saudita. La Troika sunní había preparado un ejercicio militar conjunto, llamado “Trueno del Norte”, para mostrar a Estados Unidos que podría aparecer en escena en caso de que éste abandonara las esperanzas de las organizaciones que la representan en el territorio sirio26. Sin embargo, la muestra de poder de la Troika sunní, si por un lado mostró la presencia de un poder militar fiel a Estados Unidos, que pudiera ser usada contra Irán y Rusia, también fue una indicación del riesgo que podría significar una guerra sectaria y no deseada en el Medio Oriente, por la cual no está preparada. Para Estados Unidos, correr tal riesgo no sería lógico en una etapa en la que se está posicionando estratégicamente en el Pacífico contra China y en la Europa oriental contra Rusia27.

En la tercera fase de la guerra siria, aunque Assad consiguió muchos logros cuando Hezbollah y Rusia aparecieron en escena, no se puede afirmar que los perdedores absolutos fueran Estados Unidos y la Troika sunní si se toma en cuenta el cuadro completo. Aunque Assad no fue derrocado en Siria y pudo sobrevivir, Estados Unidos y sus aliados, gracias a la guerra civil, pudieron establecer zonas de influencia en Siria, donde no habían podido influir directamente antes de 2011. Rojava se convirtió principalmente en la zona de influencia y cuartel militar del imperialismo norteamericano. Turquía, con su título de ejército de la Otan, también está en territorio sirio. Para Israel, el surgimiento de la guerra sectaria llevó a Hezbollah y Hamas a enfrentarse y consumirse en el terreno sirio. Además, el potencial de Siria para efectuar ataques militares contra Israel o llevar a cabo represalias efectivas contra los ataques militares de Israel fueron considerablemente eliminados. El gobierno de Obama en Estados Unidos verificó que está todavía del lado positivo en un balance y cambió la estrategia que había aplicado en la segunda fase al costo de la aparición de Rusia en el terreno y la protección del poder de Assad y su creciente fortalecimiento.

Sin embargo, Estados Unidos vio también que en la medida que retrasó a la Troika sunní, los costos de su política aumentaron. Turquía comenzó a desarrollar relaciones autónomas con Rusia, que encontraron sus bases durante las discusiones en Astana y en la operación Escudo del Éufrates28. Si estas relaciones fuesen a convertir a Turquía, miembro de la Otan, en más influyente en el terreno, Estados Unidos incluso esperaría beneficios específicos de tales relaciones autónomas. Sin embargo, Turquía tuvo que aceptar lo que fuera que Rusia le pedía durante el proceso de Astana, a lo que siguió el asesinato del embajador ruso. Además, si Estados Unidos estaba feliz de tener un ejército de la Otan en Siria con el Escudo del Éufrates, le perdió el sabor en la medida que el Escudo del Éufrates se transformó en una trampa y los soldados rusos se desplegaron en Manbij y Afrin, las alas de esta trampa.

En consecuencia, la tercera fase de la guerra civil siria está identificada por la desconfianza del imperialismo de Estados Unidos en las fuerzas por procuración en el terreno. Estados Unidos, que hizo entrar con el Escudo del Éufrates a las FAT al campo sirio como inspectoras de la Otan de esas fuerzas, comenzó a construir un nuevo poder representativo en Rojava bajo su propia supervisión y coordinación. Un resultado inevitable de este enfoque político fue abandonar la prioridad de derrocar a Assad y canalizarla adquiriendo zonas de influencia en Siria.

Signo de la cuarta fase: Trump, la segunda Guta y los Tomahawks

Después del final de la batalla de Aleppo a favor de Assad y de Rusia, habíamos anticipado en una etapa relativamente temprana que el curso de la guerra civil podría no continuar en la misma línea, que cambios significativos debían esperarse con la asunción de Trump a la presidencia de Estados Unidos. Las siguientes expresiones son tomadas de la evaluación que el periódico Gerçek formuló después de la batalla de Aleppo: “La política actual de Estados Unidos puede sufrir un cambio significativo muy pronto, de hecho, es muy posible que lo haga. El 20 de enero, para lo que falta tan sólo un mes, el nuevo presidente norteamericano, Donald Trump, tomará la presidencia del actual presidente, Obama. La política de Trump para Medio Oriente y más ampliamente, para Eurasia, tendrá efectos significativos, sin dudas, para el futuro del Medio Oriente y Siria.

“La política internacional de Trump tiene conflictos. Como se la ve en este momento, aislar a China y forzarla económica y políticamente se encuentra en el centro de esa política. La intención de acercarse a Rusia, con lo que se especula mucho, es más comprensible en este contexto. Sin embargo, el conflicto comienza también en este punto. Trump es hostil a Irán. Si, de una manera u otra, tiene éxito en impulsar una cuña entre Irán y Occidente, entonces, esto va a influir inevitablemente en sus relaciones con el gobierno ruso. Su política con respecto a Turquía y en general al campo sunní parece tener conflictos también. Por un lado, estos países son sus aliados naturales contra Irán. Por el otro, él desea comenzar una gran lucha contra los movimientos radicales islámicos sunníes, especialmente las organizaciones takfiristas como el EIIL. Es muy difícil tratar simultáneamente con Irán y con las organizaciones radicales sunníes con medidas duras. Una evidencia de esto es que Estados Unidos, al tratar de recuperar Mosul, requiere de la cooperación de Irán y los militantes shiítas.

“De este modo, los equilibrios cambiarán en Siria. Estados Unidos, gobernado por Trump, aplicará una política contra Assad más hostil que la de Obama. Y esto puede cambiar todos los equilibrios.”29

Por lo tanto, el 7 de abril de 2017, Trump, usando como excusa un ataque de armas químicas, que dicen fue hecho por el ejército sirio en Idlib (la ciudad de Khan Shaykhun), atacó con misiles guiados la Base Aérea de al-Shayrat, desde donde despegaron los aviones de guerra que bombardearon el área. Al compararlo con Guta, es claro que estamos ante una política más activamente hostil.

Antes de asumir la presidencia, Trump tuvo relaciones muy cálidas con Rusia. También se decía que Rusia intervino en las elecciones de Estados Unidos, en favor de Trump. También es sabido que Trump es más blando que Obama con respecto a Assad y el régimen en Siria. Sin embargo, después de la masacre de Khan Shaykhun, Trump declaró que su opinión de Siria y de Assad habían cambiado, que no podían llegar actualmente a un acuerdo con Rusia y que las relaciones Estados Unidos -Rusia se están reduciendo a un nivel mínimo. Estas declaraciones son indicadores muy claros de que el objetivo de Estados Unidos es ajustar más la correa sobre Rusia y Assad, que habían adquirido rápidos logros durante la tercera fase de la guerra civil.

Además, ¿cómo va a conseguirlo Estados Unidos? Cuando se trata de Siria, no hay poder que haya adquirido algún logro político o diplomático hasta ahora, en que el poder militar no está presente de un modo u otro. Por lo tanto, es evidente que estamos entrando en una fase en la que Estados Unidos usará su poder militar más intensamente.

Sin embargo, esto no significa que Estados Unidos invadirá inmediatamente Siria con infantes de marina. Tampoco es posible una rápida confrontación militar con Rusia. Se supone que el ataque de Tomahawk fue notificado en Rusia de antemano. Esto evitó a Rusia y a Estados Unidos un conflicto caliente, pero también aumentó bastante la temperatura. En el nuevo período, vimos que las fuerzas especiales de Estados Unidos participaron más en el terreno durante la operación aérea en Tabqa, que fue parte del cerco de Raqqa. Estados Unidos está considerando al este del Éufrates como su zona de influencia y Rusia no se opuso aún a esto. De todos modos, Estados Unidos no sólo cruzó al oeste del Éufrates (en la operación de Tabqa), sino que tampoco le quiso dejar a Idlib para Rusia sola. Estados Unidos, que observaba, desde una cierta distancia, las operaciones militares de Rusia en esta región durante la tercera fase de la guerra civil, comenzó a realizar demostraciones de poder militar en esta región en el nuevo período. Las fuerzas aéreas de Estados Unidos hicieron un ataque aéreo, en el cual demostró que tenía como objetivo a al-Qaeda en el área de Aleppo. Estados Unidos mostró que no abandonó la pelea con al-Qaeda y organizaciones similares en Aleppo y el oeste de Aleppo en la zona bajo la autoridad rusa. Es más, mostró que para aquéllos que quieren el apoyo de Estados Unidos no será suficiente solamente luchar en el terreno contra quienes combate Estados Unidos.  Estados Unidos no descuidó atacar una mezquita “por error” con el fin de demostrar que, además, tienen que arrodillarse frente a ellos.

Finalmente, la creación de zonas de no conflicto bajo iniciativa de Rusia e Irán en Astana se volvió un factor que aumentó la tensión a pesar de la expresión “no conflicto”. Rusia e Irán, junto a Turquía, declararon zonas de “no conflicto” en áreas dominadas por las fuerzas anti-Assad, excepto el EIIL. De todos modos, el no conflicto no cubrió a los grupos terroristas. Estos dominan casi toda el área debido a la amplia identificación de Rusia e Irán. Por lo tanto, Assad, junto con Rusia e Irán, mantuvo la iniciativa de atacar estas áreas basándose en la presencia de dichos grupos. Y está forzando a Turquía a separar a los grupos que ella apoya de aquéllos identificados como terroristas por Rusia e incluso combatir contra ellos.

No fue difícil convencer a Turquía de este acuerdo que fue hecho durante el período en el que Erdoğan se estaba preparando para ir a Estados Unidos y reunirse con Trump. Cuando estaba yendo a Estados Unidos, no quiso aparecer perdiendo la iniciativa en Siria. Cuando fue a Estados Unidos estaba enfocado en firmar el acuerdo, no en su contenido, para poder decir “tengo una alternativa, estoy llevando a cabo un proceso alternativo con Rusia e Irán”30.

Estados Unidos, que participó en Astana enviando solamente un representante, no escondió que fue perturbado por sus resultados. Sin embargo, su respuesta real no fue diplomática, sino militar. Estados Unidos respondió al avance del ejército sirio hacia la frontera jordano-iraquí, donde hay grupos entrenados y equipados por él, con un ataque aéreo. Esta vez no hubo errores. En las noticias realizadas en base a declaraciones de una autoridad de Estados Unidos, el ministro de Defensa, la razón de este ataque fue por la violación de la zona de no conflicto por parte del ejército sirio (con el apoyo de Hezbollah y los militantes shiítas iraquíes). Aunque este ataque aéreo fue de un alcance menor y a nivel táctico, debe ser interpretado como una marca importante de la política de Estados Unidos para Siria, que comenzó a cambiar con Trump.

Estados Unidos aún no ha priorizado derrocar a Assad, pero ha mostrado

que no consentirá la evolución de la fórmula de “transición con Assad, solución sin Assad”, acordada con Rusia en la tercera fase de la guerra civil siria, en una fórmula “solución con Assad”. No hay dudas de que esta orientación aumenta el riesgo de un conflicto caliente entre Rusia y Estados Unidos en los cielos de Siria, donde los misiles y el tráfico de aviones de guerra han aumentado, aún si las partes tratan de evitarlo. Es sabido, especialmente por estos Estados, que la posibilidad de un conflicto caliente entre Rusia y Estados Unidos podría desencadenar repentinamente un proceso que podría terminar en una guerra nuclear. Debido a esto, los pasos se están tomando muy atentamente. De todos modos, los escenarios en los cuales Estados Unidos y Rusia compiten sin tener un conflicto caliente, también empiezan a convertirse en alternativas más duras y más destructivas. En otras palabras, la probabilidad que aumenta es que Estados Unidos y Rusia pueden entrar en una batalla a través de los Estados que son sus aliados directos, no a través de organizaciones representativas en el terreno en el próximo período. Por lo tanto, esto influirá en las relaciones de Turquía con Estados Unidos, su posición junto a la Troika sunní, su posición respecto de Rojava, la política en Siria y su posicionamiento frente a Rusia e Irán en la cuarta fase.

Efecto de la cuarta fase en Turquía y Rojava

La ofensiva de Estados Unidos marcará la cuarta fase de la guerra civil en Siria. Será muy optimista que los resultados de esta ofensiva quedaran limitados a Siria. La nueva orientación llevada adelante por Trump tendrá resultados regionales y globales. El primer desarrollo importante para Turquía será realizado en el contexto de la operación de Raqqa y las relaciones de Estados Unidos con el PUD. De hecho, las partes de este asunto ya habían comenzado a tomar posiciones antes de que Trump asumiera. Es sabido que Erdoğan, el gobierno del AKP y las FAT en Turquía tenían expectativas en Trump. La expectativa era que Estados Unidos dejará de apoyar al PUD y a las UPP en el territorio de Siria y actuara junto con Turquía, y el grupo ELS protegido por Turquía.

Después de la asunción de Trump, la llamada telefónica hecha a Erdoğan en febrero fue anunciada como que Estados Unidos se preparaba para entrar en acción con Turquía en al-Bab y Raqqa. Sin embargo, lo único que fue acordada fue que la primera visita del director de la CIA, Mike Pompeo, iba a ser a Turquía. Cuando Mike Pompeo hizo esta visita, era comprensible que Rusia no iba a mirar este desarrollo con las manos y los pies atados, cuando atacó “por error” a soldados de las FAT en al-Bab31. Sin embargo, la visita realmente importante fue hecha por el senador derechista norteamericano, John McCain. McCain es de aquéllos que defienden actuar junto a Turquía. La visita de McCain elevó las esperanzas de Erdoğan y en las filas de poder del AKP en este sentido. Sin embargo, cuando McCain vino, no descuidó hacer la primera visita secreta a Rojava. En esta visita discutió si una solución conjunta podría ser encontrada con el PUD para que las FAT y las fuerzas del ELS usados en al-Bab pudieran ser usados en Raqqa. Se entendía que el plan de McCain era que los soldados americanos abrieran un corredor desde Tell Abyad hasta Raqqa y permitieran a las fuerzas del FAT-ELS acceder a Raqqa por ese corredor. El realismo de este plan era discutible, pero ésta era también la única alternativa para que Turquía accediera a Raqqa sin entrar en un conflicto caliente con Siria después que la trampa del Éufrates fuera cerrada. Por supuesto que estaba claro que esta alternativa requeriría, en definitiva, un cierto nivel de normalización entre Turquía y el PUD, aunque no como el renacimiento del “espíritu de Eshme”32.

Las discusiones sobre todas estas posibilidades habían sido finalizadas bastante antes de la vista de Erdoğan a Estados Unidos. Cuando la delegación turca compuesta por el jefe de Gabinete, el subsecretario del MIT y el portavoz del presidente arribó a Estados Unidos, precediendo a Erdoğan para establecer los contactos preliminares, Trump firmó la orden de gobierno para proporcionar armas pesadas a las UPP. Antes de que Erdoğan llegara a Estados Unidos, las armas ya se habían comenzado a distribuir a las UPP. Por supuesto, Turquía no estaba contenta con esto. Primero dio señales mixtas de su lado. Erdoğan expresaba determinación cuando decía que “nuestra reunión será un punto final, no una coma”, pero también formulaba afirmaciones de muy bajo perfil: “usar una organización terrorista contra otra organización terrorista no es una forma ideal de pensar”. El primer ministro Yildirim dijo: “No vamos a pelear con Estados Unidos” y confesó que se le pedía a Turquía que aceptara el hecho consumado. Cuando Erdoğan regresó de Estados Unidos, la única cosa a nivel de “punto final” era que la operación en Raqqa se iba a realizar con las UPP. Además, el punto final había sido puesto antes de que Erdoğan fuera a Estados Unidos. Ahora ya no era posible para Turquía bajar a Raqqa.

Después de los ataques aéreos de Turquía a Qarachok y Sinjar, la aparición de vehículos blindados de Estados Unidos en la frontera sirio-turca había demostrado que los conflictos con las UPP podrían significar enfrentar a Estados Unidos. Sin embargo, un choque entre las FAT y los soldados estadounidenses era una posibilidad que no sólo Turquía deseaba evitar, sino también Estados Unidos. En consecuencia, al dar armas pesadas incluyendo armas anti-tanque a las UPP, Estados Unidos intentó desalentar a Turquía de entrar a Rojava sin su propia intervención y expandió su aérea de maniobra política. De esta manera, Estados Unidos tenía la alternativa de intervenir en el proceso con el fin de esfumarse primero de la escena y después frenar tales choques violentos (por supuesto, para aumentar su propia influencia), además de la opción de intervenir y detener el ataque en caso de que las FAT hicieran alguna intervención unilateral (esto tenía el riesgo, aunque bajo, de tener un conflicto militar con las FAT).

Las autoridades militares de Estados Unidos revelaron que las armas pesadas entregadas por Estados Unidos al PUD en Rojava fueron entregadas de forma permanente. Por otro lado, Estados Unidos garantizaba que esas armas no serían usadas contra Turquía y que las UPP en general no harían ninguna operación contra Turquía. Es evidente que esta garantía podía ser realizada mediante el aumento de la presencia militar de Estados Unidos en el terreno, no con la influencia política de Estados Unidos sobre el PUD. Por otro lado, prevenir la intervención de Turquía sobre la región también será un medio para incrementar la presencia militar estadounidense. En cualquier caso, considerándolo desde la cuarta fase de la guerra civil en Siria, Rojava se estaba convirtiendo en la región donde los soldados de Estados Unidos tendrán sus “botas sobre el terreno” y lo construirán.

El aumento de la influencia política y la presencia militar de Estados Unidos en Rojava fortalece la tendencia a la “normalización” de las relaciones entre Turquía y el PUD. Los equilibrios políticos domésticos de Turquía pueden extender el proceso o pueden usar un tono más tenso en el discurso, pero la tendencia está en esa dirección. Por ejemplo, después de usar a las UPP en la operación de Raqqa, luego de la reunión con Trump, y de que el dominio del PUD en Rojava se volviera más claro “a nivel de un punto final”, Erdoğan declaró que ellos no estarían en Raqqa (como si fuera posible luego de esta etapa), y más tarde definió la nueva posición de Turquía en estos términos: “Si hubiera un ataque de las UPP, aplicaremos las reglas comprometidas sin preguntar a nadie”. El significado de estas palabras, expresado de una manera dura, puede ser leído de la forma opuesta. Mencionar las “reglas comprometidas” que sólo se aplican a Estados dominantes en un ambiente en el que Turquía identificó al PUD y a las UPP como “terroristas”, puede ser interpretado como una adaptación al nuevo estatus que se estaba conformando, más que simplemente como un acto fallido.

Sin embargo, esta situación no puede ser interpretada como una entrada de Estados Unidos en una relación de alianza estratégica con el movimiento kurdo en su conjunto. Aunque parecería que el PUD había adquirido una fuerza política significativa, especialmente por la insistente aplicación de la política del tercer frente por un tiempo en Siria, y que había obligado a Estados Unidos a cooperar con él en el terreno, ahora estaba claro que era el PUD el que necesitaba a Estados Unidos como un resultado inevitable de su danza con el imperialismo. Esto es tan claro que después que Trump ganara las elecciones en Estados Unidos, Cemil Bayik sintió la necesidad de decir: “Esperamos que los kurdos también estén considerados en las políticas estadounidenses para el Medio Oriente”, durante una declaración que dio a la Stark TV. Después del ataque a los cuarteles generales sirios por Estados Unidos con misiles Tomahawk, el líder del PUD Salih Muslin también tuvo que hacer una declaración de apoyo.

Lo único que Estados Unidos considera en sus relaciones con cualquiera y en cualquier región son sus propios intereses imperialistas y sigue siendo así. Esos intereses imperialistas requieren que Estados Unidos mantenga a Turquía en la Otan y que use al ejército de las FAT de la Otan en su propia ruta. El resultado de las UPP en relación con el imperialismo estadounidense está limitado aún en el terreno sirio. El rol que jugarán las UPP después de proveer el orden y de que Raqqa fuera salvada del EIIL es también cuestionable. Cuando fuera el caso, la elaboración de la estrategia de Estados Unidos hacia las UPP no puede ser racional de ninguna manera. De hecho, el vicesecretario de Estado de Estados Unidos, Jonathan Cohen, definió claramente las relaciones con las UPP como “temporarias y tácticas”.

Por lo tanto, la definición de la relación de Estados Unidos con las UPP como táctica y temporaria debe ser evaluada junto con la identificación del PTK como una organización terrorista y la promesa de un mayor apoyo de inteligencia contra el PTK, luego de la reunión Trump-Erdoğan; está claro que Estados Unidos considera a los kurdos en el Medio Oriente, pero no estará detrás de ellos hasta el final. La estrategia seguida por Estados Unidos es apoyar las operaciones de Turquía contra el PTK dentro de la frontera turca, aprobar la presión de Turquía sobre el PTK junto a Barzani en Iraq y, de esta manera, sostener a los kurdos sólo para que se centren en los intereses de Estados Unidos. Estos intereses están a favor de un nuevo proceso a iniciar en Turquía. Este comienzo tiene como objetivo la supresión de la influencia militar del PTK en el norte dentro de los límites de Turquía y el reemplazo de su influencia política por el barzanismo. Está claro que un ambiente en el cual Demirtas está en prisión y el rol de portavoz del Partido Democrático de los Pueblos (PDP – HDP en turco) es asumido por Baydemir, es beneficioso para Estados Unidos en ese sentido. Sin embargo, es muy difícil hacer un PTK pro-Barzani sin quebrar su fuerza militar. En este contexto, está claro que Estados Unidos continuará apoyando las operaciones de las FAT contra el PTK. La transformación de este apoyo en una aprobación para una presión militar, incluso una intervención sobre Sinjar, es una posibilidad que debería ser cuidadosamente evaluada. Por eso, Cohen, que identificó la relación de Estados Unidos con las UPP como “tácticas y temporarias”, dijo que los esfuerzos serán intensificados para que el PTK abandone Shengal/Sinjar, voluntariamente o de otra manera, después de la toma del control de Mosul de las manos del EIIL.

Por eso, es más correcto esperar un recalentamiento, más que un enfriamiento en las relaciones de Turquía con Estados Unidos. Turquía no había recibido lo que quería en relación con Raqqa y a los derechos de las UPP durante la reunión Erdoğan-Trump (el regreso de Gülen no era esperado y se mantuvo solamente como un argumento usado en la política doméstica). Mencionar los problemas que Trump enfrenta en Estados Unidos, quejarse continuamente del período de Obama por parte de Erdoğan, debe ser visto como un esfuerzo para preparar al público turco para este recalentamiento.

En este sentido, la cooperación creciente entre Estados Unidos y Turquía, no contra el PUD y  las UPP, sino contra el PTK en el próximo período, hará entrar a Turquía más bajo la influencia de Estados Unidos. La pertenencia de Turquía a la Otan, las actividades de Estados Unidos y su influencia en la base de Incirlik serán fortalecidas más que debilitadas. Como resultado probable de todo esto, se puede esperar que el acercamiento de Turquía a Rusia e Irán en un proceso similar a Astana disminuya su velocidad, e incluso que, poco a poco, la posición de Turquía pase a ser contra Rusia e Irán.

Una vez más, no importa que tan retóricamente se exprese, sea como antiimperialista o antiestadounidense, una política exterior basada en la hostilidad hacia el movimiento kurdo tiene como efecto un aumento de la influencia sobre Turquía del imperialismo en general y de Estados Unidos en particular. Con respecto al movimiento kurdo, en la medida en que la alianza con Estados Unidos se profundiza, la probabilidad de luz libre aumenta en lugar de la de libertad.

¿Cuál debería ser una política correcta en Siria?

Es evidente que las declaraciones de buena voluntad anhelando la paz y el bienestar en Siria y en el Medio Oriente en general no tienen ninguna aplicabilidad. La paz y el bienestar solamente pueden llegar al pueblo de Siria y al Medio Oriente con una guerra correcta. La hermandad del pueblo puede articularse con una hostilidad conjunta que esté dirigida hacia el blanco correcto.

Cuando Erdoğan y el PJD decían “mi hermano Assad”, el propósito de esta política era separar a Siria de Irán y armonizarla con los intereses de Estados Unidos e Israel. El objetivo del “Espíritu del Eshme”, que fue señalado durante el proceso en que las FAT y las UPP cooperaron implícitamente en el traslado de la Tumba de Suleiman Shah, fue cooperar sobre la base del islamismo sunní contra el movimiento kurdo y Assad, y otra vez en armonía con los intereses de Estados Unidos e Israel. Los resultados de ambas políticas fueron masacres del pueblo, no la hermandad.

No fue difícil ver el deseo de las masas en favor de la unidad árabe, el antiimperialismo y el antisionismo en el corazón de la revolución árabe que comenzó en Túnez y Egipto. Los dictadores derrocados Ben Ali y Mubarak fueron los líderes de regímenes que se volvieron esclavos del imperialismo y amigos del sionismo. La caída de estos dictadores brindó esperanza a millones del derrumbe de Israel y la expulsión del imperialismo, condición para la unidad árabe. El imperialismo y el sionismo, por su parte, direccionaron y sofocaron el enojo de las masas hacia canales sectarios. Mientras hacían esto, recibieron el apoyo de los regímenes árabes que cooperan con los sectarios y de la Turquía del AKP. No tuvieron ninguna dificultad en encontrar a los actores para su sucio juego.

Sin embargo, no existen sólo pandillas corruptas, colaboracionistas y asesinas en el Medio Oriente. Hay una fuerte tradición de lucha antimperialista y antisionista en el mundo árabe y Turquía. Hay una fuerte tradición revolucionaria kurda que combatió la estructura feudal en Kurdistán y marchó codo con codo con el socialismo. Irán es un país que también comenzó el siglo XX con una revolución y entró en el último cuarto con revolución. En estos países no importa cuántas veces los movimientos reformistas fueron derrotados, hay un fuego de la revolución profundamente arraigado que no muere. Sin embargo, existe también la realidad de que el ardor de este fuego no es posible ante identidades, pasividad, nacionalismo, búsqueda de democracia y derechos humanos en los centros imperialistas.

En Medio Oriente y Siria no es posible desenmascarar las dinámicas reformistas y construir la hermandad del pueblo sin centrarse en la lucha contra el imperialismo y el sionismo. Cuando el problema es percibido con esta claridad, es posible encontrar la solución. No hay manera de defender la dictadura burguesa de Assad. Lo mismo aplica también para las pandillas sectarias y takfiristas. Sin embargo, dado el nivel alcanzado, una actitud político-militar reformista, que no tenga como objetivo derrotar al imperialismo, al sionismo y a sus colaboradores en Siria, no puede ser el asunto, a partir del momento en que el ascenso de la rebelión popular, como parte de la revolución árabe contra la dictadura burguesa de Assad, murió y se corrompió, y el imperialismo y el sionismo claramente intervinieron en el proceso.

En Turquía, la hermandad popular no puede ser defendida sin defender la salida de Turquía de la Otan y el cierre de Incirlik. Una línea antiimperialista consistente no puede ser llevada adelante sin defender la hermandad popular y los derechos de los kurdos. De otro modo, como vimos muchas veces, el fin del pedido para la democracia de Estados Unidos y la Unión Europea es para quedar satisfechos con las limosnas de democracia del imperialismo. Es evidente que el imperialismo norteamericano ahoga fácilmente cualquier actividad en su contra en las aguas de la hostilidad kurda. Los kurdos son un pueblo que ya había tropezado con experiencias sangrientas como para ver y saber que la liberación no está en el imperialismo de Estados Unidos. Sin embargo, los ataques colonialistas nacionalistas siempre los empujan hacia el imperialismo norteamericano. El movimiento kurdo, que abrió sus filas y posiciones a Estados Unidos, aumenta la influencia del nacionalismo que envenena a los trabajadores árabes, turcos e iraníes, en lugar de reducirla.

Por lo tanto, el frente único antimperialista, que es la única solución en Siria, aparece como la única salida en Rojava y Turquía. En este contexto, los soldados de Estados Unidos deberían salir tanto de Incirlik como de Rojava. Turquía debería salir de la Otan y el movimiento kurdo debería terminar su política de cooperación con Estados Unidos.

No nos olvidemos que el EIIL y formaciones similares takfiristas y sectarias no tienen ninguna posibilidad de vivir en un ambiente en el cual ni Turquía ni Iraq, ni Siria ni Irán realicen actos hostiles los unos contra los otros ni contra los kurdos. Si Turquía apoyase la resistencia del pueblo kurdo contra el EIIL en Kobani, el EIIL sería derrotado y los imperialistas tampoco se podrían abrir un espacio para ellos.

El nacionalismo y el colonialismo verían privados sus fundamentos básicos en una Siria y Medio Oriente de la que el imperialismo y el sionismo fueran expulsados. El camino para que la Federación Socialista de Medio Oriente conduzca a la liberación conjunta para lograr la igualdad, la fraternidad y la libertad de los pueblos turco, árabe, kurdo e iraní será clarificado de esta manera.


Traducción: Iván Tsarévich y Marcos Solari Pozzo

NOTAS

1. El “alauismo” y el “chiísmo” son dos ramas diferenciadas al interior del Islam. El alauismo es, a su vez, una rama del chiísmo.

2. Gerçek: “Suriye: Arap Devrimi Kapımızda”, 12/5/11, http://gercekgazetesi.net/manset/suriye-arap-devrimi-kapimizda.

3. Droz-Vincent: “The Military amids Uprising and Transitions in the Arab World”, The New Middle East, Cambridge University Press, 2014, p. 194. Citado por Fehim Taştekin, p. 51.

4. Ömer Ödemiş: AKP’nin Suriye Yenilgisi ve Esad, Ankara, Nota Bene Yayınları, 2014, p. 32.

5. Fehim Taştekin: Suriye Yıkıl Git Diren Kal, Istanbul: İletişim Yayınları, 2015, p. 83.

6. Se utiliza este término para designar al extremismo purista islámico, ligado al oscurantismo [Nota del traductor].

7. Declaración de la Tendencia Revolucionaria de Izquierda a favor de establecer un “Frente Popular de Liberación”: https://syriafreedomforever.wordpress.com/2014/03/17/revolutionary-left-current-in-syria-establishment-of-the-peoples-liberation-faction-to-commemorate-the-third-anniversary-of-the-syrian-revolution/ (en inglés).

8. Taştekin, ibíd, p. 84.

9. Gerçek: “Suriye: Rejim Çöküyor Yerine Ne Gelecek?”, 18/8/12, https://gercekgazetesi.net/akdeniz-dunya-devriminin-yeni-havzasi/suriye-rejim-cokuyor-yerine-ne-gelecek.

10. El oficialismo, el partido del presidente Recep Tayyip Erdoğan [Nota del traductor].

11. Bipartisan Policy Center, US-Turkish Cooperation, Toward a Post Assad Syria, http://bipartisanpolicy.org/wp-content/uploads/sites/default/files/BPC%20US-Turkey-Syria.pdf.

12. Gerçek: “Suriye: ABD Erdoğan’a ‘sen yapamadın kenara çekil dedi”, 7/12/12, http://gercekgazetesi.net/uluslararasi/suriye-abd-erdogana-sen-yapamadin-kenara-cekil-dedi.

13. http://www.al-monitor.com/pulse/originals/2013/06/hamas-hezbollah-syria-iran-lebanon-palestinians.html.

14. Taştekin, ibíd, p. 219-220.

15. Los servicios de inteligencia turcos [Nota del traductor].

16. Ibíd., p. 141.

17. Fehim Taştekin: Karanlık Çöktüğünde, Estambul, Doğan Kitap, 2016, p. 164.

18. Taştekin: Suriye Yıkıl Git, Diren Kal, p. 262.

19. Seymour Hersh: “The Red Line the Rat Line”, https://www.lrb.co.uk/v36/n08/seymour-m-hersh/the-red-line-and-the-rat-line.

20. Gerçek newspaper: “Irak ve Şam İslam Devleti Nedir?”, http://gercekgazetesi.net/uluslararasi/irak-ve-sam-islam-devleti-isid-nedir.

21. Sungur Savran: “Putin’in Hamlesi Erdoğan’ın Önünü Kesmek İçin”, http://gercekgazetesi.net/gundemdekiler/putinin-hamlesi-erdoganin-onunu-kesmek-icin.

22. BBC, Syria War: Russia is ready to assist FSA rebels, http://www.bbc.com/news/world-europe-34627441.

23. Gerçek newspaper, “Dünya savaşı mı istiyorsunuz?” (25/11/15, http://gercekgazetesi.net/gundemdekiler/dunya-savasi-mi-istiyorsunuz.

24. Turkey’s probable military intervention scenarios for Syria and Iraq are explained in Gerçek newspaper’s 91. Issue in the article titled “Suriye ve Irak’ta kanlı sürprizlere hayır!”. http://gercekgazetesi.net/uluslararasi/suriye-ve-irakta-kanli-surprizlere-hayir.

25. Gerçek newspaper, “ABD Suriye’yi Sehven Değil Kasten Vuruyor”, http://gercekgazetesi.net/karsi-manset/abd-suriyeyi-sehven-degil-kasten-vuruyor.

26. Gerçek newspaper, “Suriye’de Ateşkes, Suudi Arabistan’da Savaş Provası”, http://gercekgazetesi.net/uluslararasi/suriyede-ateskes-suudi-arabistanda-savas-provasi.

27. ArmağanTulun: “Üçüncü Dünya Savaşı Davul Zurnaile Geliyor”, Gerçek newspaper, Issue 88 http://gercekgazetesi.net/uluslararasi/ucuncu-dunya-savasi-davul-zurnayla-geliyor.

28. Gerçek newspaper, “Fırat Kapanı: Halklarla barışmadan ve emperyalizme vurmadan çıkış zor”, http://gercekgazetesi.net/gundemdekiler/firat-kapani-halklarla-barismadan-ve-emperyalizme-vurmadan-cikis-zor.

29. Gerçek newspaper, “Halep Muharebesi Zafer mi İnsanlık Dramı mı?”, http://gercekgazetesi.net/uluslararasi/halep-muharebesi-zafer-mi-insanlik-drami-mi.

30. Con respecto al acuerdo concluido en Astana y sus potenciales reflejos en Siria, ver el Gerçek, ¿”Astana’daneoldu?”, http://gercekgazetesi.net/uluslararasi/asanada-ne-oldu.

31. Gerçek newspaper, “Amerikan Memuru Türkiye’yi Suriye’yle Savaşa mı Sokuyor?”, http://gercekgazetesi.net/karsi-manset/abdnin-memuru-turkiyeyi-suriyeyle-savasa-mi-sokuyor-0.

32. Cuando el período inicial no estaba acabado aún, aunque no es oficialmente aceptado, los poderes del TSK, el PUD y las UPP actuaron en coordinación durante la operación de la transferencia de la tumba de Suleiman Shah bajo el cerco del EIIL. Luego Öcalan dio esto como un evento ejemplo para el progreso del proceso inicial y lo nombró como el “Espíritu del Eshme” en su mensaje de Newrouz. Para este asunto, ver el periódico Gerçek newspaper, “Süleyman Şah Algı Operasyonu”, http://gercekgazetesi.net/karsi-manset/suleyman-sah-algi-operasyonu.

Gramsci: Una lectura crítica de su legado teórico y político

La contribución teórica fundamental de Gramsci es la que él elaboró en su Cuadernos de la cárcel, escritos en los años que pasó en prisión bajo el régimen fascista de Benito Mussolini (1883-1945). Las primeras notas son de 1929, casi tres años después de su detención y un año después de su condena. Desde entonces y hasta 1935, cuando sus precarias condiciones de salud le impidieron definitivamente trabajar, Gramsci escribe 29 cuadernos escolares y otros cuatro con ejercicio de traducción… La redacción de estos textos se hizo bajo las difíciles condiciones de su cautiverio, lo cual explica que, después de una primera redacción, el revolucionario italiano se haya tomado el trabajo de rehacer y agrupar temáticamente la primera de sus elaboraciones en sus llamados “Cuadernos especiales”. Gramsci tenía plena conciencia del carácter circunstancial de la obra que había compuesto hasta el momento, que de un modo general se integraba con artículos breves, informes políticos y notas periodísticas. Apenas llegado a prisión les escribió a sus familiares y les comunicó su propósito de desarrollar un trabajo más sistemático, que no pudo concluir: así, su obra conserva un carácter fragmentario pero, aun con esas limitaciones, se pruebe observar en ella, con claridad, el lineamiento fundamental de su cuerpo teórico.

Su obra permaneció durante varias décadas relativamente en el olvido. Su redescubrimiento coincidió con el auge del llamado “eurocomunismo” a mediados de los años ’70. Los grandes partidos comunistas de Occidente pretendieron encontrar en la obra de Gramsci un respaldo teórico a sus propias posiciones, que se abrían paso en el marco de la crisis del estalinismo y de las poderosas tendencias centrífugas que se desarrollaban en el movimiento comunista internacional. El hecho de que el revolucionario italiano hubiera sido uno de los fundadores y dirigentes del principal PC de Occidente fue un acicate adicional para tomarlo de punto de referencia, tratando de reivindicar “raíces autóctonas” en el movimiento eurocomunista.

El interés por Gramsci, de todos modos, no se circunscribió al campo estalinista. Otras vertientes, como la que tuvo su principal asiento en Inglaterra, se empeñaron por interpretar la obra de Gramsci con otras lentes. Hay textos valiosos en ese terreno, que dan cuenta de sus ambigüedades y contradicciones y que contribuyeron a una crítica a sus premisas políticas y teóricas.

A partir de ese momento, el cuerpo de ideas gramsciano fue recogido y reivindicado por corrientes disímiles y contradictorias, desde tendencias democratizantes hasta corrientes nacionalistas y autonomistas. La identificación con Gramsci ha llegado hasta la izquierda radical: actualmente hay corrientes que se declararan trotskistas y ensalzan los aportes de Gramsci, y destacan los puntos de contacto y la convergencia del pensamiento de Gramsci con el de Trotsky y Lenin.

 

El planteamiento de Gramsci

Gramsci se interroga sobre la derrota de la Revolución en Occidente (los estallidos revolucionarios que conmovieron a Europa habían terminado en frustraciones). El dirigente italiano sostuvo que ese desenlace tenía que ver con la ausencia de una comprensión de por parte de los partidos revolucionarios de la solidez con que la burguesía había logrado afirmar y consagrar su hegemonía en las sociedades capitalistas desarrolladas. Esta circunstancia imponía la necesidad de un cambio en la estrategia de la Internacional Comunista. La guerra de maniobras -que identifica con el asalto final al poder en Rusia era, según Gramsci, inapropiada para las naciones avanzadas (Occidente) y debía ser reemplazada por una guerra de posiciones. Una batalla escalonada y de más largo aliento para ocupar espacios “progresivamente”, idea que intentaba guardar alguna analogía con el arte militar: la guerra de maniobra o de movimiento equivale a un ofensiva expeditiva y directa para someter el adversario, mientras que la de posiciones está asociada con la lucha de trincheras, que fue el escenario que prevaleció en las batallas que enfrentaron a las potencias en pugna durante la Primera Guerra Mundial.

En los Estados avanzados -señala el autor de los Cuadernos…– “la ‘sociedad civil’ se ha convertido en una estructura muy compleja y que resiste las ‘incursiones’ catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.). Las superestructuras de la sociedad civil son como el sistema de trincheras de la guerra moderna. En la guerra puede tener lugar, a veces, un feroz ataque de artillería que parece haber destruido todo el sistema de defensa enemigo y sólo ha destruido de hecho la superficie externa del mismo; y, en el momento de su avance y ataque, los asaltantes se encuentran frente a una línea de defensa todavía efectiva. Lo mismo ocurre en política durante las grandes crisis económicas. Una crisis no puede dar a las fuerzas atacantes la capacidad de organizarse con fulgurante rapidez, en el tiempo y el espacio; aún menos puede dotarlas de espíritu de lucha. Similarmente, los defensores no están desmoralizados ni abandonan sus posiciones, ni siquiera entre escombros, ni pierden la fe en sus propias fuerzas o en su futuro. Las cosas, por supuesto, no permanecen como estaban; pero desde luego que no se encontrará el elemento de rapidez, de ritmo acelerado, de definitiva marcha hacia delante (…). El último acontecimiento de este tipo en la historia de la política fueron los acontecimientos de 1917. Estos marcaron un punto de inflexión en la historia del arte y la ciencia de la política”.1

Al seguir esa línea de razonamiento, Gramsci hace una distinción en las formas de dominación entre Oriente y Occidente. El revolucionario italiano le da un nuevo alcance a la categoría hegemonía, que hasta ese entonces había sido usada para identificar las relaciones entre la clase obrera y el campesinado, y que Gramsci va a extender a las relaciones entre la clase dirigente y dominante y la clase explotada y sometida. Mientras que la hegemonía es establecida a través de la coerción encarnada en el Estado, en las metrópolis occidentales lo que predomina es el consentimiento, asociado con la sociedad civil, su aparato e instituciones. El contraste en el peso del Estado y la sociedad civil en uno y otro fue sintetizado por Gramsci en su célebre sentencia en que subraya que en Oriente “el Estado es todo”, en tanto en Occidente lo que prevalece sería la sociedad civil.

Esta lectura que hace el autor de los Cuadernos… es errónea. Aquí vale traer a la memoria las reflexiones de Amadeo Bordiga, otro de los dirigentes del PC italiano, quien, en este punto (se debe tener en cuenta, entre otras cosas, la propia experiencia de Italia que asistía al advenimiento del fascismo), tuvo una visión más lúcida que la de Gramsci.

Bordiga capta el doble carácter esencial del Estado capitalista: era más fuerte que el Estado zarista porque descansaba no sólo en el consenso de las masas; también en un aparato represivo superior. “El aparato represivo de cualquier Estado capitalista moderno es superior al del zarismo por dos razones. En primer lugar, porque las formaciones sociales de Occidente están mucho más avanzadas industrialmente, y esta tecnología se refleja en el mismo aparato de violencia. En segundo lugar, porque las masas consienten típicamente este Estado con la creencia de que ellas lo gobiernan. Posee, por lo tanto, una legitimidad popular y un carácter mucho más fiable para el ejercicio de la represión que el del zarismo en su decadencia, reflejado en la mayor lealtad y disciplina de sus tropas y policía, servidores jurídicamente no de un autócrata irresponsable sino de una asamblea elegida. Las claves para el poder del Estado capitalista en Occidente se basan en esta superioridad conjunta”.

 

Economía y política 

Las reflexiones de Gramsci no pueden disociarse de las vicisitudes que vivía el movimiento comunista internacional. Gramsci reacciona contra la política del “tercer período” llevada adelante por la III Internacional. Impugna el ultraizquierdismo inspirado en la caracterización de que era la hora de la “ofensiva revolucionaria”, que condujo a los partidos comunistas al aventurerismo y una política irresponsable.

En contraposición a esa orientación, Gramsci advertía sobre la capacidad de resistencia del poder burgués en el capitalismo avanzado, apoyado en una poderosa superestructura ideológica. De este hecho, el dirigente italiano hacía hincapié en la necesidad de conquistar el apoyo de los trabajadores e impulsaba el frente único, como herramienta para obtener la adhesión de las masas.

Eso es válido cien por ciento. En este punto Gramsci se inspira y reproduce los planteos que ya había hecho el propio Lenin tempranamente, en 1921. El dirigente bolchevique sacó un balance de la oleada revolucionaria que había sido abortada e impulsaba la táctica de frente único, para lo cual convocaba a la unidad de clase a las direcciones socialdemócratas, que seguían gozando de la confianza de los trabajadores, para enfrentar a la burguesía.

Pero Gramsci, en su arremetida contra el ultraizquierdismo, termina por negar las tendencias al derrumbe del capitalismo. El líder italiano polemiza contra el “catastrofismo”, considerado por él como una desviación “economicista”. Ya en 1926, antes de su encarcelamiento, Gramsci observaba: “En los países de capitalismo avanzado, la clase dominante posee reservas políticas y organizativas que no poseía, por ejemplo, en Rusia. Es significativo que ni siquiera las gravísimas crisis económicas tienen repercusiones inmediatas en el campo político”.

Con esa línea de razonamiento, Gramsci tira el agua sucia con el bebé adentro. La tesis de ofensiva final y la “revolución a la vuelta de la esquina” es identificada por él con la teoría del derrumbe capitalista. Aunque Gramsci nunca negó que la base económica, en última instancia, gobernaba el metabolismo social y los procesos políticos, sus reflexiones van en sentido contrario, al colocar el acento unilateralmente en la superestructura política. “No se puede comparar -dice Gramsci- el papel determinante de los fenómenos económicos en una formación carente de sociedad civil (…) Con ese papel en una formación con una rica sociedad civil”.3

Con el argumento de combatir el economicismo, su análisis es incapaz de apreciar la centralidad y el carácter explosivo de las crisis capitalistas.

Al romperse la relación dialéctica entre economía y política, las crisis como tales pierden su potencial revolucionario. Se habla de la capacidad de atenuación de las contradicciones económicas por parte de la superestructura, olvidando el hecho que el proceso económico y político es una avenida con varios carriles y que no se puede dejar de tener presente el factor dislocador que proviene de la base económica capitalista y sus tendencias a la disolución de las relaciones sociales que se difunden a todo el cuerpo social y hacen su trabajo implacable de topo, provocando la erosión y el hundimiento de los regímenes políticos y transformándose en caldo de cultivo para la creación de situaciones revolucionarias.

El capitalismo en su fase decadente tiende a socavar las conquistas de la clase obrera logradas en su etapa ascendente, lo cual priva al reformismo de su base material que, en esa medida, ve agotarse sus posibilidades y su viabilidad en términos históricos. Incluso las concesiones surgidas en las metrópolis en los países imperialistas no son duraderas y procuran ser suprimidas por la burguesía, que pretende sobrevivir y sortear los obstáculos creados por el impasse económico mediante un ataque en regla a los trabajadores. Intentan restablecer la tasa de ganancia con una reducción de grandes proporciones de los llamados “costos laborales”. Esto lo vemos claramente en la actualidad, tanto en Europa como en Estados Unidos, donde se asiste, en el marco de la bancarrota capitalista actual, a un avance del trabajo precario, al recorte de los salarios y la pérdida de puestos laborales. Esto va de la mano con un cercenamiento del salario indirecto, con recortes en el gasto social, cobertura de salud y en materia jubilatoria. La bancarrota capitalista ocupa un lugar clave en todo el andamiaje del consenso, pues socava sus bases materiales, sus cimientos. La crisis económica mundial es una pata central de este fenómeno y, en cuanto tal, es uno de los factores dinámicos que promueve el estallido del sistema social en su conjunto. Esa dimensión del problema está ausente en el abordaje de Gramsci aunque en su tiempo el mundo estaba sacudido por la crisis de 1929-30, que habría de desembocar en la II Guerra mundial: todo eso va de la mano de la recreación de tendencias revolucionarias. Se reproducía un escenario de “guerras y revoluciones”, como había ocurrido en la I Guerra Mundial.

La noción de “crisis orgánica”, acuñada por Gramsci, ilustra estas inconsistencias. Se trata de situaciones en las que “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”, una fórmula anodina que más bien se remite a una crisis que se prolonga indefinidamente y no a una crisis terminal. Si el fenómeno económico reconocido como “determinante” puede ser neutralizado y piloteado por la acción de la superestructura política, no está en juego la cuestión del poder. La expresión “crisis orgánica” habría que dejarla a un lado, porque las crisis son orgánicas o no son crisis ¿De quién va a ser la crisis? Del organismo. Descartado el catastrofismo por “economicista”, la crisis capitalista queda reducida a una crisis crónica sin consecuencias revolucionarias.

Quienes actualmente reivindican la noción de “crisis orgánica” tienden a hablar de una crisis en todos los planos y van más lejos, incluso, que el teórico italiano. De todos modos, meter todos los ingredientes en el plato no asegura una comida deliciosa; más aún, esa acción presenta el peligro de transformarla en indigerible. Amontonar la crisis económica, social y política no esclarece una situación, más bien la termina de confundir ¿Cuál es el alcance y la naturaleza de la crisis económica? ¿Cómo se articula con la crisis en el plano político y social? Si la tendencia al colapso es neutralizada, eso pone un límite a la crisis política y social, pues el capital podría reconstruirse o, al menos, sobrevivir, quizá con muletas pero sobrevivir al fin. Tenemos reproducida, en clave gramsciana, la tesis sostenida por representantes conspicuos de la burguesía: el capitalismo habría entrado en un estancamiento de largo aliento. El establishment denomina “estancamiento secular” a este fenómeno, que presentaría la perspectiva de una declinación del capitalismo más serena que un derrumbe.

 

Objetividad y subjetividad

El autor de Cuadernos en la Cárcel recoge el punto de vista de los fundadores del socialismo y, más próximos a sus contemporáneos, los de Lenin y el teórico marxista húngaro Georg Lukács (1885-1971), quienes destacaron el papel activo del sujeto. La historia la hacen los hombres, aunque no en forma arbitraria sino de acuerdo con las condiciones materiales que heredan y en las cuales les toca actuar. El rescate de la subjetividad no se hace en detrimento ni a expensas de la objetividad. Sin embargo, a diferencia del equilibrio que tienen otros exponentes del marxismo, en este punto Gramsci se desbarranca.

Si bien rechaza, con razón, cualquier interpretación mecánica y determinista que niegue el papel del sujeto, termina por negar él mismo, en la práctica, un tipo específico de conocimiento: el conocimiento científico, cuya tarea esencial consiste en reflejar la realidad y sus alternativas del modo más objetivo posible.

El materialismo vulgar termina por suprimir el papel activo del sujeto en general en la construcción de la vida social, al sostener que el hombre se limita a reflejar y registrar una realidad que se procesa independientemente de su voluntad… Pero Gramsci -y la corriente “historicista” de la que él forma parte y que tiene sus mejores exponentes en el joven Lukács y en el alemán Karl Korsch (1886-1961)- tienden a caer en una unilateralidad opuesta: terminan por identificar conocimiento en general con ideología, y niegan así representación objetiva (científica) de lo real.

No hay, sin embargo, oposición entre objetividad y praxis ni entre ciencia e ideología. “El hecho de que los resultados teóricos obtenidos por Marx se conviertan posteriormente en ideología, en concepción del mundo, que asumen un rol determinante de la praxis de millones de hombres, este hecho no anula de modo alguno el carácter objetivo y científico de tales resultados y, por el otro, cuanto más científico y objetivo sea un conocimiento, tanto más amplia, universal y eficiente será la praxis social por él iluminada”.4

Según Gramsci, en definitiva, toda objetividad puede ser identificada (sin mediaciones) con la subjetividad humana. Su rechazo al positivismo materialista adquiere así un sesgo idealista.

Al no distinguir entre ciencia e ideología, entre conocimiento y falsa conciencia, Gramsci entra en colisión con los conceptos de verdad absoluta y de verdad relativa: todo conocimiento tiene una dimensión histórica relativa porque está condicionado por el contexto histórico en el que se desenvuelve, pero tiene también una dosis de verdad objetiva en la medida en que reproduce una realidad independiente de la conciencia del sujeto que conoce.

Aunque no se le ha asignado la relevancia que merece ni una conexión con el resto de su obra, esta concepción filosófica deja su marca en el cuerpo teórico gramsciano. Gramsci reacciona contra el economicismo vulgar y subraya el papel activo del sujeto. Pero en nombre ello se llega al efecto inverso. El proceso económico queda subsumido y relegado detrás del proceso político. Sin embargo, la ley decreciente de la tasa de ganancia y las tendencias al colapso del capitalismo constituyen realidades objetivas independientes del sujeto. Estamos frente a leyes que operan como un fenómeno objetivo del mismo modo que las leyes naturales, como la ley de gravedad. La subjetividad revolucionaría consiste en la asimilación de esas leyes y en la capacidad de transformarlas en programa y en línea de acción.

 

Sociedad civil y Estado

Gramsci establece, como ya hemos visto, dos dimensiones del poder de la clase dirigente: la coerción (dominación) y el consenso (hegemonía). La primera de ellas se ejerce a través del Estado, mientras que la segunda se implementa, principalmente, a través de la sociedad civil.

Las relaciones entre ambos términos fueron variando en sus escritos. En un primer momento, Gramsci plantea la preponderancia de la sociedad civil sobre el Estado en Occidente; en otras palabras, prevalece el consenso sobre la coerción.

En la medida en que la sociedad civil tiene preeminencia sobre el Estado, es la ascendencia cultural e ideológica de la clase dominante la que garantiza esencialmente la estabilidad del orden capitalista.

Esta concepción tiene un punto de contacto íntimo con la socialdemocracia y la izquierda democratizante. Los partidarios de Gramsci consideran que el Estado en Occidente no es una maquinaria violenta de represión, como lo fue la Rusia zarista: las masas pueden elegir a sus representantes, dice, y escoger a los candidatos y al gobierno que estimen más apropiado. La experiencia desmiente esa expectativa y demuestra que el Estado no es neutro en ninguna parte sino un traje a medida de la burguesía. No es posible reformarlo: hay que destruirlo. Esa fue la enseñanza de la Comuna de París, confirmada, en escala ampliada, por la revolución soviética.

Gramsci sostuvo a lo largo de su vida la necesidad de la destrucción del Estado burgués. Pero su aproximación teórica al problema del poder va en una dirección contraria, y por eso sus tesis le vinieron como anillo al dedo al reformismo y al oportunismo que proponen una transformación social sin faltarle el respeto al orden social imperante: léase “socialismo con democracia y justicia social”.

Gramsci mismo advirtió ese peligro y eso lo impulsó a reformular su abordaje original. En una segunda versión, ya no atribuye a la sociedad civil una preponderancia sobre el Estado ni una localización unilateral de la hegemonía. “Por el contrario, la sociedad civil se presenta como contrapesada o equilibrada con el Estado, y la hegemonía se reparte entre el Estado -o ‘sociedad política’- y la sociedad civil, al mismo tiempo que ésta se vuelve a definir para combinar coerción y consenso”.5

En esta formulación, bajo el rótulo de “sociedad civil”, engloba un espectro muy grande de instituciones, incluidos aparatos privados como la Iglesia, los sindicatos y la escuela. La atención de Gramsci se concentra en estas últimas instituciones, a las que reserva un lugar preponderante en el aparato de la hegemonía política y cultural cuando, en una escala, ocupan un lugar subordinado al rol central que juega el poder público y, en especial, el aparato político del Estado (Parlamento, Poder Ejecutivo). Un defecto de este enfoque es que omite el hecho de que una parte sustancial de la función ideológica es ejercida desde el propio Estado y no desde de la llamada sociedad civil. Bajo el Estado representativo y la democracia burguesa se crea la ficción de la soberanía popular -es decir, de que la población decide su destino, ocultando el hecho de que es una maquinaria de dominación clasista. Cuando el trabajador emite un voto, el poder pasa a ser ejercido por sus representantes. El sufragio se convierte en un acto de confiscación. Tras la igualdad formal se encierra una profunda desigualdad económica y social, que se traslada a la competencia electoral y a la capacidad de esa maquinaria de dominación para influir en el quehacer político, económico y social. La división de poderes que separa las funciones ejecutivas de las legislativas, o la existencia de una burocracia estatal no electiva y fuera del control popular, son otros de los tantos elementos típicos del Estado burgués, aun del más democrático, y permanecen encubiertos en la vida cotidiana. El Estado burgués “representa” por definición a la totalidad de la población, abstraída de su distribución en clases sociales, como si se tratara de ciudadanos individuales e iguales. En otras palabras, presenta las posiciones desiguales de hombres y mujeres en la sociedad civil como si fuesen iguales en el Estado.

En esta búsqueda suya de clarificar conceptos, Gramsci termina en algunos casos por confundirlos aún más. Al hablar de la coerción, la localiza tanto en el Estado como en la sociedad civil, cuando dicha función es privativa del primero. El uso de la fuerza y la represión es un monopolio legal del Estado capitalista. Por eso Engels y Marx, a la hora de caracterizar al Estado en forma sintética lo presentan como un “destacamento de hombres armados”.

Gramsci vuelve sobre sus reflexiones previas y en una última formulación elimina directamente las fronteras que separan la sociedad política y de la civil. El Estado, ahora, incluye ambos términos. En lugar de una distribución de la hegemonía -que, como vimos, era redefinida como una síntesis de coerción y consenso- el Estado y la sociedad civil mismos se confunden en una única entidad.

El concepto de sociedad civil como entidad diferente desaparece. “La sociedad civil es también parte del ‘Estado’, en realidad es el Estado mismo”. Pero esta definición, lejos de de clarificar el problema, lo enturbia más. Al borrar las fronteras, el Estado termina por ser una nebulosa sin contornos claros, lo cual compromete la posibilidad de determinar su naturaleza y atributos específicos.

El teórico francés de origen argelino Louis Althusser (1918-1990) llevó la fórmula final de Gramsci hasta el extremo. El resultado fue la tesis de que “las iglesias, los partidos, los sindicatos, las familias, las escuelas, los periódicos, las empresas culturales” constituían de hecho “los aparatos ideológicos del Estado”. Al explicar esa noción, Althusser declara: “Carece de importancia el que las instituciones en las cuales se realizan (las ideologías) sean ‘públicas’ o ‘privadas’, porque todas ellas forman indiferentemente sectores de un único Estado dominador, lo cual es ‘la condición previa para cualquier distinción entre lo público y lo privado”.8

Su tendencia a disolver las fronteras del Estado tiene una fuente de inspiración en la obra filosófica del historiador y filósofo liberal italiano Benedetto Croce (1866-1952). “Croce llega a afirmar que el verdadero ‘Estado’, que es la fuerza dirigente en el proceso histórico, puede hallarse a veces no donde realmente se cree que debe estar, en el Estado jurídicamente definido sino, con frecuencia, en las fuerzas ‘privadas’ y, algunas veces, en las llamadas revolucionarias”. Esta proposición de Croce es muy importante para comprender su concepción de la Historia y de la política”.9

Si el Estado está en todos lados, la conquista del poder pierde sentido en cuanto tarea y acción específica. Es necesario tener presente que cualquiera sea la versión que se escoja en lo que se refiere a la interrelación entre el Estado y la sociedad civil, todas ellas tienen como común denominador la necesidad de librar una “guerra de posición”, dirigida a minar las fortalezas que protegen y, en definitiva, sostienen el poder de la burguesía occidental.

A partir de esta premisa, la labor de los revolucionarios debía consistir, prioritariamente, en torno de una batalla cultural e ideológica contra el poder dominante. Si bien Gramsci, como vimos, hablaba de una combinación entre fuerza y consenso, sus formulaciones resultan vidriosas y hasta contradictorias. Sugiere a veces que el consentimiento pertenece principalmente a la sociedad civil, y la sociedad civil posee la primacía sobre el Estado, lo cual permite concluir que el poder de clase burgués resulta, ante todo, consensual. No es ocioso señalar que la batalla cultural debe ser tomada con pinzas, puesto que la clase obrera, bajo el capitalismo, no puede ser la clase culturalmente dominante, porque su existencia apenas le permite alcanzar la subsistencia y la lucha por subsistir la priva de la posibilidad de un acceso apropiado a la educación y la cultura -en contraste con la burguesía del Siglo de las Luces (se llamó así al siglo XVII, cuando alcanzó su cumbre el movimiento intelectual de la Ilustración), que podía generar su propia cultura dentro del marco del antiguo mundo medieval. Y no sólo esto, sino que incluso el fenómeno se extiende hasta después de la conquista del poder político por el proletariado, puesto que el primer escalón de la clase obrera es asimilar la cultura acumulada, heredada del régimen social capitalista. Esto es lo que explica el énfasis que pone el dirigente italiano en las ideas de Croce referidas al papel de la cultura. Gramsci llegó a comparar a Croce con Lenin, como autores conjuntos de la noción de hegemonía: “Contemporáneamente con Croce, el más grande teórico moderno del marxismo ha revalorizado, en el terreno de la organización política y de la lucha, y en la terminología política -en oposición a diversas tendencias ‘economistas’- la doctrina de la hegemonía como el complemento a la teoría del Estado como coerción”.10

 

Conclusiones

Gramsci nunca dejó de reivindicar la necesidad del derrocamiento de la burguesía y una toma violenta del poder del Estado, pero su construcción teórica y sus planteamientos centrales marcharon en sentido contrario. La estrategia revolucionaria se convierte en él en una prolongada guerra de trincheras en la que los dos campos en pugna libran una batalla cultural e ideológica por la hegemonía. La insurrección, que se expresa en la toma del poder y la destrucción del aparato estatal, queda relegada a un lugar subordinado. Es una revisión y a una quiebra de las premisas estratégicas del marxismo.

En ningún momento Gramsci concibe la “guerra de posiciones” como un peldaño preparatorio de la guerra de movimiento. Más bien, sus escritos van a contramano de ello: “Existe el Estado que es meramente ‘el foso exterior’ y la sociedad civil que es el ‘poderoso sistema de fortificaciones y terraplenes’ que yace tras él. En otras palabras: es la sociedad civil del capitalismo -descrita repetidamente como el terreno del consentimiento- la que se convierte en la última barrera para la victoria del movimiento socialista”.11

 

Gramsci relegó expresamente la “guerra de movimiento” a un papel simplemente preliminar o subsidiario en Occidente y elevó la “guerra de posición” a un lugar concluyente y decisivo en la lucha entre trabajo y capital: “Hemos entrado en una fase culminante de la situación histórico-política, ya que en política la ‘guerra de posición’, una vez ganada, es definitivamente decisiva. En otras palabras, en política, la guerra de maniobra subsiste en tanto que se trate de una cuestión de conquistar posiciones no decisivas”.12

Las inconsistencias de la tesis de una “guerra de posición” tenían una clara relación con las ambigüedades de su análisis del poder de clase burgués. La estructura del poder capitalista en Occidente descansaba esencialmente en la cultura y el consenso; así, la idea de una guerra de posición tendía a implicar que la labor revolucionaria de un partido marxista era esencialmente la de conversión ideológica de la clase obrera. En este caso, el papel de la coerción -represión por el Estado burgués, insurrección por la clase obrera- tiende a desaparecer.

Como destacan algunos autores, esa discusión tenía un antecedente, aunque Gramsci lo desconociera, en el debate entre Karl Kautsky y Rosa Luxemburgo, entre “guerra de desgaste” y “derrocamiento”. El meollo de la estrategia de desgaste fueron sucesivas campañas electorales que, según Kautsky, debían dar al PSD una mayoría numérica en el Reichstag. Al negar que las huelgas agresivas de masas tuvieran alguna relevancia en la coyuntura alemana del momento, Kautsky avanzó en la idea de una separación geopolítica entre Oriente y Occidente. “En la Rusia zarista -escribió Kautsky- no había sufragio universal ni derechos legales de reunión ni libertad de prensa. En 1906, el gobierno estaba aislado en el interior, el ejército derrotado en el extranjero y el campesinado sublevado por todo el vasto y disperso territorio imperial. En estas circunstancias todavía era posible una estrategia de derrocamiento (…) Las condiciones -sostenía- para una huelga en Europa occidental, y especialmente en Alemania, son, sin embargo, ‘muy distintas de las de la Rusia prerrevolucionaria y revolucionaria”.13

Rosa Luxemburgo denunció “toda la teoría de las dos estrategias” y su “crudo contraste entre la Rusia revolucionaria y la Europa occidental parlamentaria”, como una racionalización del rechazo de Kautsky de las huelgas de masas y su capitulación ante el electoralismo.14

No se puede obviar que Gramsci atacó la teoría de la revolución permanente, a la que identificó con el asalto final al poder, lo cual resulta paradójico pues era Trotsky el que enfrentaba la política criminal del “tercer período” proclamado por el estalinismo y pregonaba el frente único. Hay quienes atribuyen esa confusión al hecho de que el revolucionario italiano estaba confinado en la cárcel y carecía de información sobre las luchas en curso dentro del movimiento comunista. Pero con independencia de la interpretación del hecho, lo cierto es que Gramsci se coloca en la vereda opuesta a la de la revolución permanente. No se trata de un hecho menor, eso define un horizonte estratégico.

Si se pretende rescatar alguna faceta del legado de Gramsci, debería destacarse la importancia que él le asignaba a la necesidad de conquistar el favor popular y la hegemonía política, algo que otros revolucionarios ya habían señalado antes e incluso con más claridad por los dirigentes de la Revolución de Octubre, y quedó plasmado en los documentos de la III Internacional. En lo que pueda tener de genuina la distinción entre “guerra de posición” y de “movimiento”, la cuestión ya había sido resuelta por Lenin, quien señaló que la guerra de posición (de “desgaste”, para usar un concepto de Kautsky) debe ser tomada como preparatoria de la guerra de movimiento. Es decir: ganar a las masas es el paso preparatorio e ineludible de la toma del poder. En ese mismo sentido se refería Trotsky al tema, incluso en el plano de la táctica militar.

En ese punto, Gramsci no aporta nada original; en cambio, agrega confusión, pues varias de sus reflexiones válidas quedan integradas a un corpus teórico confuso y ambiguo; en definitiva, antirrevolucionario. “Formular una estrategia proletaria esencialmente como una guerra de posición es olvidar el carácter necesariamente repentino y volcánico de las situaciones revolucionarias, que por la naturaleza de estas formaciones sociales no se pueden estabilizar por largo tiempo y precisan, por lo tanto, de la mayor rapidez y movilidad en el ataque si no se quiere perder la oportunidad de conquistar el poder. La insurrección, como siempre enfatizaron Marx y Engels, depende del arte de la audacia”.15

Las nociones teóricas del marxista italiano, sus inconsistencias, sus fórmulas vagas y contradictorias, su confusión, podrían tener el atenuante -como lo destacan algunos autores- de su reclusión en la cárcel, pero en el caso de la izquierda actual que se identifica y reivindica sus premisas, es una señal de un desbarranque político y estratégico.

 

 

 

 

Pablo Heller es economista, docente en las carreras de Historia y Sociología de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Instituto Gino Germani. Dirigente del Partido Obrero, fue asesor en numerosos colectivos de trabajadores, como Sasetru Gestión Obrera, Hospital Francés, Parmalat y Transporte del Oeste-Ecotrans. Es autor de Fábricas Ocupadas (Argentina 2000-2004) y Capitalismo Zombi, y coautor de otros libros tales como Contra la cultura del trabajo y Un mundo maravilloso (capitalismo y socialismo en la escena contemporánea). Sus artículos aparecen regularmente en Prensa Obrera y En defensa del marxismo.

 

 

NOTAS

1. Gramsci: Notas sobre Maquiavelo, sobre política y estado moderno. E. Juan Pablo México, pp. 93-94.

2. Gramsci: Un examen de la situación italiana, pág. 212.

3. Carlo N. Coutinho: Introducción a Gramsci. Editorial Era, pág. 96.

4. Carlo N. Coutinho, obra citada, pág. 100.

5. Perry Anderson: Antinomias de Gramsci. Editorial Fontamara, 1981.

6. Gramsci: “Cuadernos de la cárcel”, tomo 3, pág. 164.

7. Althusser: Lenin, filosofía y otros ensayos. Londres, Edic. 1971, pág. 136/7.

8. Althusser, obra citada, pág. 138.

9. Gramsci, obra citada, tomo 3, pág. 1.302.

10. Gramsci, obra citada, tomo 2, pág. 1.235.

11. Gramsci, obra citada, tomo 2, pág. 973.

12. Gramsci, obra citada, tomo 2, pág. 802.

13. Perry Anderson: Antinomia de Gramsci. Editorial Era. Cuadernos Políticos, julio-septiembre 1977, pág. 70-71.

14. Perry Anderson, obra citada, págs. 74-75.

15. Perry Anderson, obra citada, págs. 87-88.