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La responsabilidad del Partido Comunista Alemán

Por León Trotsky

(21 de junio de 1924)

¿Hemos crecido como Internacional en el período pasado? Todas las secciones han crecido y han ganado en influencia. ¿Significa esto que su fuerza creció y va a continuar creciendo indefinidamente? No. Su fuerza creció a través de los zig-zags, de las olas y de las convulsiones: aquí también prevalece la dialéctica del desarrollo y el Comintern no está exento de esto.

De esta manera, en la segunda mitad del año pasado, el KPD era incontrastablemente más fuerte que hoy. En esa época, el KPD marchaba directamente a la conquista del poder y la convulsión de toda la vida social en Alemania era tan grande, que no solamente las masas más atrasadas de los obreros, sino también de las capas importantes del campesinado, de la pequeño burguesía y de la intelligentsia tenían todas confianza en que los comunistas iban rápidamente a tomar el poder y a reorganizar la sociedad. Tales disposiciones se encuentran entre los síntomas más seguros de la madurez de una situación revolucionaria. Pero se demostró que los comunistas no podían todavía tomar el poder. No porque la situación objetiva lo volviera imposible. No, pues no se podría imaginar condiciones mejor preparadas o más maduras para la toma del poder. Si se necesitara describirlas con precisión, ellas podrían representar un ejemplo clásico en los manuales de la revolución proletaria. Pero el partido no supo utilizarlas. Tendríamos que detenernos para estudiar esta cuestión.
 
El primer período de la historia de la Internacional va de 1917 hasta los levantamientos revolucionarios de 1921 en Alemania.
 
Todo estaba determinado por la guerra y sus consecuencias inmediatas.
 
Nosotros esperábamos la sublevación del proletariado europeo y que éste tomara el poder en un futuro próximo. ¿Cuál ha sido nuestro error? Hemos subestimado el papel del partido.
 
Después del IIIº Congreso Mundial, comenzó un nuevo período. La consigna "hacia las masas" quería decir sustancialmente "construya(n) el partido". Esta política ha sido llevada a cabo plenamente y con más éxito en Alemania que en cualquier otro lugar. Pero en Alemania sucedió que fue en contradicción con la situación creada en 1923 por la ocupación de la cuenca del Ruhr, lo que hizo saltar de golpe el equilibrio ficticio de Europa.
 
Al finalizar 1923, nosotros sufrimos en Alemania una derrota importante no menos seria que la del año 1905. ¿Pero, cuál es la diferencia? En 1905 nosotros no teníamos las fuerzas suficientes, como luego se vio en la lucha. En otros términos, la causa de la derrota residía en la relación de fuerzas objetiva.
 
En 1923, en Alemania, nosotros sufrimos una derrota en el momento en que los acontecimientos no habían llegado a la etapa de choque, sin que nuestras fuerzas hayan estado movilizadas y utilizadas.
 
La causa inmediata de la derrota en ese caso habría que buscarla en la dirección del partido. Es verdad que podríamos decir que, aunque el partido hubiera tenido una política justa, no habría sido capaz de movilizar grandes masas y habría sido vencido. Es ésta una opinión moderada, completamente coyuntural. En cuanto a la situación objetiva, la relación de las fuerzas de clases, la confianza en sí misma de la clase dirigente y de las masas del pueblo, es decir, en cuanto a las precondiciones de la revolución, nosotros teníamos la situación más favorable de las que ustedes se podrían representar: una crisis de existencia para la Nación y el Estado, llevada a su más alto grado por la ocupación; una crisis de la economía y particularmente de las finanzas del país; una crisis parlamentaria, una caída total de la confianza de la clase dirigente en sí misma; una desintegración de la socialdemocracia y de los sindicatos; un crecimiento espontáneo de la influencia del Partido Comunista; un cambio importante de orientación de la pequeño burguesía hacia el comunismo; una brutal caída de la moral de los fascistas.
 
Tales eran las precondiciones políticas. ¿Cuál era la situación en el campo militar?
 
Un minúsculo ejército permanente de 1 a 200.000 hombres, es decir, una fuerza policial calcada del modelo militar.
La fuerzas de los fascistas estaban monstruosamente exageradas y, en gran medida, estaban paralizadas.
 
En todo caso, después de julio-agosto, los fascistas estaban seriamente desmoralizados.
 
¿Los comunistas contaban con la mayoría de las masas obreras? Es una cuestión a la cual no podemos responder con estadísticas. Es una cuestión que está resaltada por la dinámica de la revolución. Las masas avanzaban regularmente hacia los comunistas y sus adversarios se debilitaban no menos regularmente.
 
Las masas que se habían quedado con la socialdemocracia no mostraban disposición a oponerse activamente a los comunistas, como ellos lo habían hecho en marzo de 1921. Por el contrario, la mayoría de los obreros socialdemócratas esperaban la revolución con esperanza. Es esto también una exigencia de la revolución.
 
¿Las masas estaban dispuestas para el combate? Toda la historia del año 1923 no deja ninguna duda en este sentido. Es verdad que al finalizar el año, ese sentimiento se había vuelto más reservado, más concentrado, había perdido su espontaneidad, es decir, su tendencia a explosiones elementales constantes.
 
¿Pero cómo podía ser de otra manera?
 
En la segunda mitad del año, las masas adquirieron una enorme experiencia y sentían o comprendían que se iba a toda marcha hacia el choque decisivo.
 
En tales condiciones, las masas podían solamente avanzar si existía una dirección firme, llena de confianza en sí misma y que gozara de la confianza de las masas.
 
Las discusiones acerca de saber si las masas estaban listas para la lucha o no, tienen una carácter muy subjetivo y expresan sustancialmente una falta de confianza en los dirigentes del partido mismo.
Las afirmaciones según las cuales no había voluntad de luchar en las masas, han sido hechas aquí más de una vez. También el día anterior a Octubre.
 
Lenin respondía a estas afirmaciones casi siempre de esta manera: "Aun si se admitiera que ustedes dicen la verdad, esto no haría más que demostrar que hemos dejado pasar el momento más favorable. Pero esto no significaría para nada que la conquista del poder es hoy imposible. Después de todo, nadie osará afirmar que la mayoría, o aun una minoría sustancial de la masa de los obreros, se opondrá a la revolución. Pero basta con que una minoría participe incluso con un sentimiento de simpatía, o de expectativa pasiva prevalezca en la mayoría".
 
Finalmente, desde el punto de vista internacional, también, no se puede decir que la situación de la revolución alemana estuviera sin esperanza.
 
Es verdad que el imperialismo francés está a la puerta de la Alemania revolucionaria.
Pero del otro lado, Rusia soviética existe; en el mundo, el comunismo se afianzó en todos los países, incluso en Francia.
 
¿Cuál fue la causa fundamental de la derrota del Partido Comunista alemán?
 
No se ha apreciado a tiempo la aparición de una crisis revolucionaria a partir de la ocupación de la cuenca del Ruhr y, especialmente, del fin de la resistencia pasiva (enero-junio de 1923).
 
Faltó el momento crucial.
 
Es muy difícil para un partido revolucionario pasar de un período de agitación y de propaganda prolongada durante años, a una lucha directa por el poder a través de la organización de la insurrección armada. Este giro provoca, invariablemente, una crisis en el interior del partido. Todo comunista responsable debe prepararse para esto. Una de las maneras de hacerlo es estudiar profundamente la historia de la Revolución de Octubre. Se ha hecho muy poco hasta el presente en este sentido, y la experiencia de Octubre ha sido mal utilizada por el partido alemán... Continuó así, aun después del comienzo de la crisis de la cuenca del Ruhr, dirigiendo su trabajo de agitación y de propaganda sobre la base de la fórmula del frente único al mismo ritmo y en las mismas formas que antes de la crisis.
Pero esta táctica se había vuelto algunas veces muy insuficiente.
 
La influencia del partido crecía automáticamente. Hacía falta un giro táctico agudo. Había que mostrarle a las masas, y antes que nada al partido mismo, que se trataba ahora de la preparación inmediata de la toma del poder. Era necesario consolidar la influencia organizativa creciente del partido y establecer las bases de apoyo para un asalto directo contra el Estado. Había que girar toda la organización del partido sobre la base de células de fábrica. Había que instalar de manera neta la cuestión del trabajo en el ejército. Había que organizar las células en los ferrocarriles. Era necesario, sobre todo, adaptar plena y completamente la táctica del frente único a esas tareas, darles un ritmo más firme y más decidido y un carácter más revolucionario. Sobre esta base, deberíamos haber dirigido un trabajo técnico-militar.
 
La cuestión de la fijación de una fecha para la insurrección no puede tener sentido más que en relación y con esta perspectiva.
 
La insurrección es un arte. Un arte supone un objetivo claro, un plan preciso y, en consecuencia, un horario.
A pesar de esto, lo más importante era asegurar a tiempo el giro táctico decisivo hacia la toma del poder. Y esto no fue hecho.
 
Fue la omisión principal y fatal. Por eso, la contradicción fundamental. Por un lado, el partido esperaba una revolución, mientras que por el otro lado, porque se había quemado los dedos en los acontecimientos de marzo (1921, N de la R), evitaba, hasta los últimos meses de 1923, la idea misma de organizar una revolución, es decir, de preparar una insurrección. La actividad del partido continuaba con un ritmo de tiempos de paz, en el momento en que el desenlace se aproximaba.
 
El momento de la insurrección fue fijado cuando, esencialmente, el enemigo ya había utilizado el tiempo perdido por el partido y reforzado sus posiciones. La preparación militar técnica del partido comenzó a una velocidad frenética, separada de la actividad del partido, que continuaba con el mismo ritmo que en tiempos de paz. Las masas no comprendían al partido y no marchaban a su paso. El partido sintió este corte de parte de las masas y se paralizó.
 
Por eso, el retiro sin combate de posiciones de primer orden, fue la más amarga de las derrotas posibles.
 
No podemos pensar que la historia crea mecánicamente las condiciones de la revolución y las presenta luego a pedido del partido, siempre en bandeja. "Aquí estamos, firmen el recibo, por favor". Eso no sucede jamás.
 
Una clase debe, en el curso de una lucha prolongada, forjar una vanguardia que pueda encontrar su camino en una situación dada, que reconozca a la revolución cuando ella golpea a su puerta.
 
Que sepa en el momento necesario tomar el problema de la insurrección como un arte, elaborar un plan, distribuir los papeles y dar el golpe de gracia feroz a la burguesía.
 
Y bien, el Partido Comunista alemán no encontró en sí mismo, en el momento decisivo, esta capacidad, esta habilidad, este carácter y esta energía.
 
Para comprenderlo mejor, imaginemos por un instante que en Octubre de 1917 nosotros hubiéramos comenzado a vacilar y a decir: "Esperemos un poco. La situación no es lo suficientemente clara". A simple vista, pareciera que la revolución no es un oso que desaparece en el bosque, si no se la hace en Octubre se la hará más adelante. Pero esta idea es radicalmente falsa. No tiene en cuenta las diferentes relaciones cambiantes entre todos los factores que hacen a una revolución. La condición más inmediata y más profunda para la revolución es que las masas estén listas para hacer la revolución. Pero esta disposición no puede ser preservada. Es necesario que sea utilizada cuando ella se manifiesta.
 
Antes de Octubre, los obreros, los soldados, los campesinos, marchaban detrás de los bolcheviques. Pero esto no significaba para nada que ellos mismos fueran bolcheviques, es decir, que fueran capaces de seguir al partido bajo todas las condiciones y en todas las circunstancias.
 
Habían sido cruelmente decepcionadas por los mencheviques y los SR y es por eso que seguían al partido bolchevique. Su decepción con respecto a los partidos conciliadores provocaba en ellos la esperanza de que los bolcheviques serían más duros y que demostrarían que no estaban hechos del mismo palo que los otros, y que no habría gran diferencia entre sus palabras y sus actos. Si en esas circunstancias, los bolcheviques hubieran manifestado dudas y tomado una posición dilatoria, entonces, en poco tiempo, ellos habrían sido asimilados por las masas a los mencheviques y a los SR, y se habrían alejado de ellos tan rápidamente como se habían acercado.
 
Es exactamente de esta manera como un cambio fundamental se habría producido en la relación de fuerzas.
 
Pues, qué es de hecho la relación de fuerzas. Es una concepción muy compleja hecha de elementos diferentes. Entre ellos, algunos que son muy estables, como la técnica y la economía, que determinan la estructura de clase; en la medida en que la relación de fuerzas está determinada por los efectivos del proletariado, del campesinado y de las otras clases, se trata también de factores verdaderamente estables. Pero con un efectivo dado por una clase, su fuerza depende de su grado de organización y de la actividad de su partido, de las interrelaciones entre el partido y las masas, etc. Estos factores son menos estables, particularmente en un período revolucionario. Y es precisamente de éstos de los que hablamos aquí. Si el partido revolucionario, que la lógica de los acontecimientos ha colocado en el centro de la atención de las masas trabajadoras, deja pasar el momento crucial, entonces la relación de fuerzas cambia completamente, porque las esperanzas de las masas, despertadas por el partido, son reemplazadas por la desilusión o por la pasividad y la profunda desesperanza, y el partido no cuenta a su alrededor más que con aquellos elementos que ganó sólidamente y por largo tiempo, a saber, la minoría.
 
Es lo que pasó el año pasado en Alemania. Todo el mundo, inclusive los obreros socialdemócratas, esperaban del Partido Comunista que sacara al país del callejón sin salida en que se encontraba: el partido fue incapaz de transformar esta espera general en acciones revolucionarias decisivas y conducir al proletariado a la victoria.
Es por eso que, después de octubre-noviembre, comenzó el retroceso del espíritu revolucionario. Es también esto lo que ha dado la base del refuerzo temporario de la reacción burguesa, ya que ningún otro cambio más profundo (en la composición de clase de la sociedad, en la economía) habría sido capaz de provocar esto en ese momento.
 
En las últimas elecciones (4 de mayo de 1924), el KPD obtuvo 3.700.000 votos. Es seguramente un núcleo muy pequeño del proletariado. Pero hay que evaluar esa cifra de manera dinámica. Está fuera de duda que, de agosto a octubre del año pasado, el KPD, en las mismas condiciones, habría obtenido un número infinitamente más importante de votos. Por otra parte, muchos elementos sugieren que, si las elecciones habrían tenido lugar dos o tres meses más tarde, los votos del KPD habrían sido menos numerosos. Esto significa, en otros términos, que la influencia del partido está declinando. Sería absurdo cerrar los ojos ante esta situación: la política revolucionaria no es la política del avestruz. A pesar de esto, es necesario tener una comprensión clara del significado de este hecho.
Ya mencioné que los partidos comunistas no están exentos de la fuerza de las leyes de la dialéctica y que su desarrollo se realiza en las contradicciones, a través de los booms y de las crisis. En un período de alza del flujo revolucionario, la influencia del partido sobre las masas crece rápidamente; en un período de reflujo, esta influencia se debilita y el proceso de selección interno se intensifica en los partidos.
 
Todos los elementos que por casualidad se acercaron al partido se retiran; el núcleo del partido se concentra y se endurece. De esta manera, se prepara para un nuevo alza revolucionario. Una estimación correcta de la situación y un punto de vista claro del futuro, nos preservan de errores y de decepciones.
 
Ya hemos visto hasta qué punto esto es verdad en relación con la cuestión de los booms y de las crisis industriales de la posguerra. Nosotros lo constatamos nuevamente con la entrada de Europa en una fase neorreformista. Ahora nos hace falta comprender, con toda la claridad posible, la etapa que atraviesa Alemania, si queremos saber lo que el mañana nos va a deparar.
 
Después de la derrota de 1905, nos hicieron falta siete años antes de que el movimiento, estimulado por los acontecimientos de la guerra, comenzara a organizarse, y nos hicieron falta 12 años antes de que la Segunda Revolución diera el poder al proletariado. El proletariado alemán sufrió el año pasado una muy grande derrota. Necesitará un intervalo de tiempo verdaderamente considerable para digerir esta derrota, sacar partido de la experiencia, recuperarse, juntar sus fuerzas una vez más, y el KPD solamente estará en condiciones de asegurar la victoria del proletariado si él también aprovecha plena y totalmente las enseñanzas de la experiencia del año pasado.
 
¿Cuánto tiempo será necesario? ¿Cinco años? ¿Doce años? No podemos dar una respuesta precisa. Podemos solamente expresar que el ritmo de desarrollo, en el sentido de cambio radical de la situación, es hoy mucho más rápido que antes de la guerra.
 
En el campo económico, nosotros vemos que las fuerzas productivas se entrecruzan muy lentamente y, al mismo tiempo, alzas y bajas se suceden en la coyuntura mucho más a menudo que antes de la guerra. Se puede observar el mismo fenómeno en política también.
 
El fascismo y el mencheviquismo se suceden rápidamente; la situación de ayer era profundamente revolucionaria y hoy la burguesía parece triunfar en toda la línea. En esto consiste el carácter profundamente revolucionario de nuestra época. Y este carácter de nuestra época nos obliga a inferir que la victoria de la contrarrevolución en Alemania no puede durar mucho tiempo.
 
Pero hoy, nosotros observamos los fenómenos de reflujo y no de flujo (revolucionario), y naturalmente, nuestra táctica debe acomodarse a esta situación.
 

 

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