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"La industria que supimos conseguir"

Por Christian Rath

El libro de Jorge Schvarzer encierra una contradicción.

 
Es un testimonio documentado e implacable sobre el fracaso histórico de la burguesía argentina en consumar la industrialización del país y, en definitiva, construir una Nación independiente. Concluye, sin embargo, con la vieja expectativa de que esa clase asuma esa tarea.
 
El lector que se asome al texto de Schvarzer encontrará una recopilación rigurosa de las experiencias que, en casi 150 años, tipifican a la llamada clase empresarial como una clase parasitaria, antinacional y rabiosamente antiobrera, con una excepción: la experiencia que va del 68 al 75 y que continúa, hasta cierto punto, bajo la dictadura militar del 76. El autor se va a detener en el fracaso del proceso de colonización extranjera, y en particular yanqui, de la industria de todo el período anterior el decenio abierto por el gobierno de Frondizi, planteando que a fines de la década del setenta "una fracción de la élite argentina y latinoamericana comenzó a pensar nuevas vías frente a resultados que no había imaginado, pese a los antecedentes históricos; casi imperceptiblemente se fue volcando hacia políticas activas de control, al estilo de las que proponía Servan Schreiber para Europa" (pág. 264) (1).
 
Schvarzer analiza tres grandes líneas de acción de la burguesía, en función de este cambio de actitud: la negociación con las empresas extranjeras radicadas en el país para elevar la cuota de producción nacional, la reorientación hacia Europa para disminuir la dependencia de los Estados Unidos, y el apoyo a la creación o el fortalecimiento de una gran industria local. Todos estos puntos estuvieron contenidos en las pautas programáticas del FREJULI, el frente con el que el peronismo accedió al gobierno en 1973.
 
El imperialismo ya no es lo que era
 
El supuesto de un sector de la burguesía y del peronismo era que la política internacional había sufrido una mudanza profunda, pasando de la "bipolaridad" (EE.UU.-URSS) a la "multipolaridad", caracterizada por la presencia de otros centros de poder internacional (Europa, Japón). Esto suponía el fin de la supremacía del imperialismo norteamericano y abría la expectativa de un desarrollo autónomo de las naciones burguesas atrasadas, sin romper con el imperialismo como tal.
 
Era, además, la reproducción de otro mito que, al día de hoy, sigue presente en fracciones del centroizquierda: adjudicar un carácter perverso, salvaje, a una de las fracciones imperialistas, y concebir un desarrollo autónomo junto a otra, partidaria supuesta de un capitalismo humano.
 
La teoría de un desarrollo independiente de los países atrasados, a partir de la existencia de diversos imperialismos, no se sostiene a sí misma y no tiene un solo ejemplo histórico que ofrecer. La lucha interna dentro del imperialismo es por el reparto entre los monopolios del mercado mundial y, en particular, de las naciones atrasadas, y esa lucha reproduce en forma constante el sistema de explotación de las colonias y semicolonias, porque ésta es la esencia misma del imperialismo. Sin una política monopolista, el capital financiero no puede contrarrestar el descenso de la tasa de ganancia, lo que supone mantener y acrecentar las desigualdades de desarrollo dentro de las diversas ramas de la economía dentro de la Nación y, a escala internacional, entre las diversas economías nacionales. Así como un pulpo obtiene su superganancia impidiendo la difusión a toda la economía de los adelantos tecnológicos, el capital imperialista sólo puede existir explotando las diferencias de nivel que existen en el desarrollo de las fuerzas productivas de los distintos sectores de la economía mundial, con el fin de asegurar la totalidad de la ganancia monopolizada. En los países atrasados, precisamente por su atraso, se emplea un elevado porcentaje de trabajo vivo y una baja cantidad de trabajo elaborado (medios de producción). Como la ganancia capitalista brota exclusivamente del trabajo vivo, la tasa de ganancia en los países atrasados es elevada, lo que tiende a compensar la tendencia decreciente de la tasa de ganancia en los países imperialistas.
 
Esta explicación concluye en que el imperialismo tiene interés en mantener el atraso y en cerrar el paso a la industrialización del país (lo que se mide, no por la instalación de una o diez fábricas, sino en la productividad de la economía nacional en su conjunto).
 
De todos modos, el "planteamiento internacional" del peronismo encajaba con la necesidad política de desviar a la juventud de una comprensión cabal del imperialismo, y crear la ilusión de un desarrollo nacional independiente, ahorrándose los costos de abolirlo. No bien subió el peronismo, toda esta caracterización se vino abajo y la crisis capitalista internacional (shock petrolero, inundación de "capital sobrante") reveló el status dominante del dólar y los Estados Unidos.
 
¿Una nueva oportunidad histórica?
 
Schvarzer no cuestiona el "planteo internacional" del peronismo en este período, sino la forma de actuar del gobierno de ese entonces, aferrado "(al) país vendedor de carne como (a) la resignada visión de que esa actividad debía seguir bajo control extranjero" (269). Schvarzer, en realidad, tiene un acuerdo conceptual con quienes sostienen que los países atrasados pueden tener un desarrollo capitalista independiente y es más, que esta transición puede hacerse en un tiempo vertiginoso. Todo sería un problema de oportunidad y de apropiación. "El intento dinámico de copiar (máquinas, métodos, tecnologías) desembocó, siempre que fue exitoso, en la reforma de todo el sistema productivo de cada una de las naciones que emprendieron ese camino...", plantea Schvarzer, que pone el ejemplo de las naciones del Sudeste asiático como paradigma de las posibilidades abiertas: "ese salto (de las exportaciones textiles a otras producciones) fue tan rápido que ya casi se ha olvidado que Corea, igual que Japón, inició su industrialización exportando tejidos hace tres décadas".
 
Schvarzer va a ir audazmente en esta dirección: los países atrasados tendrían ahora la oportunidad histórica de lograr un desarrollo capitalista acabado y en tiempos cada vez más breves: "se necesitó un siglo desde que se inició la Revolución Industrial para que Gran Bretaña duplicara su producto per cápita ... Los Estados Unidos... medio siglo. Luego de la Segunda Guerra Mundial, el Japón tardó más de dos décadas y Corea sólo una para lograr los mismos resultados". ¿La clave?: "copiar resulta más rentable que inventar cuando se copia y se adapta con ingenio" (36).
 
Peña contra Schvarzer
 
No es cierto que Japón se haya sumado al puñado de países históricamente privilegiados, en los que la industria moderna modeló a su manera las relaciones de propiedad, "luego de la Segunda Guerra Mundial y en algo más de dos décadas". Japón comenzó suRevolución Industrial en 1868, bajo la Restauración Meiji, que impulsó desde el Estado la organización de conglomerados fabriles (zaibatsus) y, una década o más después de su lanzamiento, los vendió a precios simbólicos a familias de ex samurais o mercaderes de probada obediencia a la clique imperial. La acumulación de capital que posibilitó el financiamiento de la gran industria, se basó en una feroz explotación del proletariado japonés y en el carácter fuertemente oligopólico de la estructura industrial, que le permitió operar con escalas de producción gigantescas y, por lo tanto, más eficientes. Luego de la Segunda Guerra Mundial, la ocupación norteamericana disolvió los grandes monopolios y lanzó una reforma agraria, pero volvió sobre sus pasos en función de una reconstrucción del Estado capitalista japonés.
 
Nada autoriza a considerar a Corea, como a otros enclaves del Sudeste asiático, como países que han cruzado la frontera de la relación semicolonial con las metrópolis. Lo que se rotula como "nuevas economías industriales" son, en realidad, enclaves de inversiones imperialistas con el doble objetivo de monopolizar ciertas ramas y utilizar el menor salario de los trabajadores para mejor competir con otros imperialismos. No existe desarrollo autónomo alguno desde el punto de vista tecnológico o financiero. The Economist acaba de plantear el vaciamiento (hollowing out) de la industria coreana, la inviabilidad de sus conglomerados económicos y la inevitabilidad de que sus capitales accionarios se "internacionalicen", como consecuencia de la apertura forzada de la Bolsa de Seúl.
 
En síntesis, Schvarzer adopta el criterio de la evolución del producto per cápita, un criterio unilateral que fue refutado por Milcíades Peña hace tiempo y que obliga a una cita algo extensa: "la industrialización significa, en sentido estrictamente económico, mucho más que el simple crecimiento cuantitativo de la industria manufacturera, proceso que constituye sólo una parte de la industrialización. Esta implica un cambio fundamental en toda la estructura económica y la instalación de algunas fábricas, en un país que carecía de ellas, no significa que ese país se industrialice ... Pero hay algo más importante. No es posible comprender la industrialización ateniéndose exclusivamente a su contenido económico (destacado de Peña). Industrialización significa sí, desarrollo de la composición técnica del capital (proporción en que se halla el número de obreros y de horas que éstos trabajan con respecto a la cantidad de máquinas y demás medios de producción, Ch.R.), sí, incremento y preponderancia en la producción de los medios de producción, etc. Pero implica y supone mucho más. Implica modificaciones de la estructura de la sociedad, ante todo modificaciones de las relaciones de propiedad. Vale decir, expropiación de las viejas clases propietarias y ascenso de nuevas clases al poder ... "Industrialización, Pseudo industrialización y Desarrollo combinado" (Fichas, abril 1964).
 
La verdadera historia
 
Fruto de este enfoque, Schvarzer va a caracterizar unilateral o erróneamente cada una de las políticas "industrialistas" adoptadas por sucesivos gobiernos en las décadas del 70 y 80. ¿Cuáles son las herramientas con las que se pudo lograr que la industria, según Schvarzer, entrara en la crisis mundial de 1975-76 "en las mejores condiciones de su historia?"(288):
 
La ley "Compre nacional"(1971), que privilegió a las empresas radicadas en el país en las compras del Estado, tratando de disminuir al mismo tiempo la salida de divisas frente a la crisis de la balanza de pagos y el déficit de las empresas estatales. Pero esta ley consagró un colosal mecanismo de confiscación del Estado por los grandes grupos económicos nativos, que surgieron y se consolidaron, en su inmensa mayoría, a través del monopolio y la sobrefacturación de las compras y contratos del Estado.
 
El aporte estatal directo o el endeudamiento con aval del Estado para la creación de las nuevas empresas proveedoras de insumos básicos hierro primario, acero, aluminio, petroquímica, celulosa y papel para diarios, que dieron lugar a Aluar, Papel Prensa, al Polo Petroquímico, Celulosa o el "programa siderúrgico". Gran parte de estos proyectos nacieron a partir del giro nacionalista de la burguesía en la década del 70 y terminaron de instalarse muchos años después. El polo petroquímico de Bahía Blanca, por ejemplo, quedó completo en 1988, a veinte años de su lanzamiento. "No es posible saber cuánto costaron estos proyectos", comenta Schvarzer, "pero se estima que los subsidios de todo tipo representaron entre el 80 y el 100% de la inversión real", una cifra que el propio autor, que está a favor de estos emprendimientos, reconoce como "fantástica" (279). Esta mera intermediación, a través de la cual grupos de la burguesía obtuvieron llave en mano plantas consideradas estratégicas de manos del Estado, casi sin aportar tecnología ni recursos propios, es lo que estuvo detrás de las "empresas estratégicas".
 
La política arancelaria, que protegió a gran parte de la industria afincada en el país y explica por sí sola el fortalecimiento de grupos nativos (Laboratorios Bagó, en virtud de la antigua Ley de Patentes, Fate, etc.).
¿Esta confiscación abrió alguna perspectiva a la industria?
 
Los inmensos recursos volcados a los grandes pulpos nativos provinieron del congelamiento salarial de los trabajadores (en varios períodos de este ciclo), de una redistribución de los ingresos del agro en favor de la industria (a través de impuestos), y del endeudamiento externo.
 
La pregunta es: ¿esta verdadera cruzada nacional en favor de los Techint, Acindar, Macri, Pérez Companc, Astra, Fortabat, Roggio, y las plantas automotrices extranjeras, significó el reforzamiento, la eficiencia y la penetración internacional de estos pulpos industriales?.
 
Dicho de otro modo, ¿la burguesía industrial argentina, a través de este capitalismo de Estado, abrió una nueva perspectiva en relación al atraso, el parasitismo y la dependencia de la economía nacional?
 
Tomemos el caso de Acindar. Esta planta, considerada una de las piezas claves del programa siderúrgico junto a Somisa y Siderca (Techint), fue instruida y apoyada por el Estado para producir acero con el sistema de reducción directa. Por esta vía, las plantas privadas se independizaron de la provisión de acero de Somisa y ésta se vio obligada a encontrar nuevos clientes para su producción, vía exportaciones o integración hacia abajo. El proyecto de un hólding integrado (que incluía Hipasam y Altos Hornos Zapla) no se concretó nunca, la protección estatal permitió un proceso de concentración en favor de Acevedo (Acindar) y Rocca (dueños de Siderca y hoy de Somisa), y la industria siderúrgica, al día de hoy, depende de un arancel del 22% para sobrevivir, en el cuadro de una crónica sobreproducción internacional. Acindar no tiene penetración propia en el mercado mundial, y su desenvolvimiento está condicionado a las presiones que ejercen sobre ella capitales norteamericanos y japoneses, que quieren monopolizar la producción de acero de la Argentina y Brasil.
 
El proyecto de fabricar localmente celulosa y otros tipos de papel tuvo una suerte parecida. Una de las plantas previstas aún está en construcción, y "antes de inaugurada ... es ya un ejemplo de obsolescencia" como reconoce Schvarzer; la otra, en manos de un grupo de empresas que se aseguraban el aprovisionamiento de materia prima, no ha pasado de fabricar para este mercado cautivo o directamente importar. En el caso del Polo Petroquímico, uno de los pulpos más involucrados en su gestación Garovaglio está prácticamente liquidado, la deuda acumulada por el Estado es gigantesca y el alto precio del crudo ha bloqueado el negocio petroquímico.
 
Ninguno de los "hóldings" concebidos como estratégicos ha abierto una penetración independiente en el mercado mundial. Esto se expresa, deformadamente (porque gran parte de lo que aparece como comercio entre países son operaciones entre matrices y sucursales de una misma empresa), en las cifras y la composición de las exportaciones argentinas en el comercio mundial. Estas se mantuvieron estancadas en torno a los 15.000 millones de dólares (un 0,5% del total del comercio durante los últimos veinticinco años, con un salto en el último período por las ventas a Brasil), y están constituidas abrumadoramente por productos primarios. Otro indicador es el nivel de productividad de la economía, en el que la Argentina está a distancias siderales de los países imperialistas por los inmensos "costos", no de su mano de obra, sino de su condición semicolonial y atrasada (en primer lugar, la deuda externa).
 
Para Schvarzer, sin embargo, aunque la decisión de construir grandes emporios industriales de capital local no fue llevada adelante en forma sistemática y careció de una planificación expresa, permitió "avances efectivos". Más precisamente, "el país instaló un conjunto de industrias básicas (y) logró ciertos objetivos ... ciertas economías de escala y cierto grado de eficiencia que modificó el contexto productivo...". La política "industrialista" de este período, según el autor, abrió una oportunidad histórica, con frutos que "podrían haber resultado muy distintos si esa política hubiera continuado" (280). ¿Por qué no continuó? Por tres razones: el shock petrolero de 1973, que coincidió con una suba de los precios de todas las materias primas, incluidos los bienes pampeanos, y abrió una falsa expectativa en un "agro power"; el vuelco en el mercado financiero, "con excedente de liquidez y dispuesto a prestar el dinero sobrante", y "el avance de la ideología monetarista", desinteresada de la "producción". No plantea lo que importa: el fracaso de la experiencia "nacionalista" y del gobierno peronista, que cayó en cesación de pagos y pulverizado por el imperialismo y el capital, incapaz de reconstruir el Estado y disciplinar a los trabajadores.
 
1968-76: el ciclo nacionalista de la burguesía
 
A fines de la década del sesenta, la burguesía nacional va a girar hacia el estatismo y el proteccionismo, luego de un período de feroz asociación con el capital extranjero. Desde la Libertadora en adelante, existió un violento ataque a las conquistas de las masas (el salario real cayó un 30% y la productividad casi se duplicó en el período 1955-69), un proceso de superexplotación obrera que fue la base de una colosal penetración del gran capital imperialista. Quince años después del golpe gorila, la política de asociarse al capital financiero había fracasado en toda la línea y sus resultados abrieron una deliberación en las filas de la burguesía: en esos quince años, las empresas nacionales habían perdido posiciones en forma vertiginosa, la deuda externa se había quintuplicado y la inversión externa había sido irrisoria, a pesar de todas las concesiones (las empresas extranjeras lograron apoderarse de una parte sustancial del aparato productivo casi sin aportar dinero).
 
Ante este fracaso y el ascenso obrero iniciado con el Cordobazo, la burguesía argentina estuvo obligada "a recordarse a sí misma sus obligaciones nacionales".
 
De este giro surgirán el conjunto de medidas proteccionistas de la industria nativa y el impulso a un puñado de pulpos, sobre la base de un proceso de confiscación de las finanzas públicas y endeudamiento externo de características colosales. Esta dependencia parasitaria y delictiva significó, a término, la quiebra del Estado y la entrega de las empresas públicas a los mismos grupos que se beneficiaron con los contratos leoninos y la deuda pública.
 
¿Dónde está la burguesía industrial?
 
Schvarzer extrae una reflexión aguda de todo este período: el absoluto conservatismo de la burguesía industrial frente a toda política que planteara una alteración en su connivencia con el capital financiero y las empresas extranjeras. "Los numerosos estudios sociológicos de la época en busca de esos empresarios industriales que se suponía responsables del cambio histórico no imaginaron que el problema era crear esos empresarios", concluye Schvarzer (281).
 
No sólo el imperialismo necesita mantener el atraso relativo del país. La burguesía argentina terratenientes e industriales usufructúa este mismo atraso relativo (menores salarios, inversión paupérrima en tecnología, es decir, menores costos relativos, con precios de monopolio). Por esta razón, el nacionalismo de la burguesía industrial no ha pasado históricamente del reclamo de aranceles aduaneros. Marx se declaró tempranamente partidario del proteccionismo industrial contra las potencias colonizadoras, sólo como complemento de la revolución agraria: "lo que necesitan los irlandeses es: 1º, autonomía e independencia con respecto a Inglaterra, 2º, una revolución agraria ... 3º, tarifas proteccionistas contra Inglaterra" (Carta a Engels, 1867). Un programa de revolución agraria e industrialización en los países sometidos, que sólo puede ser llevado adelante por la clase obrera a la cabeza de las capas oprimidas, y que actúa como palanca de la revolución proletaria en las metrópolis.
 
¿Volver?
 
El libro de Schvarzer apareció en mayo, en las vísperas de la caída de Cavallo, y forma parte del coro más general que revela que la burguesía nacional pretende ahora acordarse de sus deberes patrióticos. Golpeada por la crisis y la recesión económica, desplazada de posiciones claves dentro de la industria por grandes corporaciones extranjeras, amenazada con la pérdida del Banco Nación y aun el Banco Provincia de Buenos Aires, la burguesía industrial amenaza con una vuelta a lo nacional y popular. En términos rigurosos, significa subsidios, protección aduanera, flexibilidad laboral, resortes financieros propios, la patria para una clase de patriotas.
 

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