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De la Declaración de Balfour a la derrota del movimiento obrero árabe-judío

Por Arlene Clemesha
Con la victoria de la Revolución de Octubre de 1917 el Partido Bolchevique lanzó un llamado a la paz democrática sin anexiones, basada en el derecho a la autodeterminación de todas las naciones, con la anulación de la diplomacia secreta de los países imperialistas. Durante las negociaciones con los alemanes, en el cuadro de la preparación de los Acuerdos de BrestLitovsk, la delegación bolchevique exigió que cualquier "paz general" estuviera basada en los siguientes principios: a) No habría anexión forzada de los territorios conquistados durante la guerra. Inmediata evacuación de las tropas de los territorios ocupados, b) Completa restauración de la independencia política de los pueblos privados de su independencia en el curso de la presente guerra, c) A los grupos de diferentes nacionalidades que no poseían independencia política antes de la guerra se les debería garantizar el derecho a decidir libremente a qué Estado querían pertenecer, o si por medio de un referéndum preferían la independencia nacional. En este referéndum tendrían total libertad para votar todos los habitantes del territorio en cuestión, incluyendo los refugiados.
 
El 7 de diciembre de 1917, el Consejo Soviético de Comisarios del Pueblo publicó una carta “A todos los trabajadores musulmanes de Rusia y del Este", en la cual llamaba a los persas, turcos, árabes e hindúes a derrocar a los imperialistas, usurpadores y esclavizadores de sus países. Pocos días después de la toma del poder, el gobierno soviético comenzó a hacer públicos los tratados secretos de la diplomacia mundial, particularmente los encontrados en los archivos del antiguo gobierno zarista de Rusia. El 23 de noviembre de 1917 publicaron íntegramente los documentos secretos del Acuerdo Sykes-Picot de 1916, que establecían los planes de los aliados para la futura partición de la Turquía asiática y la subordinación de Palestina al control británico. Se reveló así el esquema por el cual los gobiernos de Gran Bretaña, Francia y Rusia pretendían privar a los árabes de la independencia que les fuera prometida a cambio de su ayuda para combatir al Imperio Otomano -en acuerdos paralelos, especialmente en la Correspondencia McMahon-Hussein. Más aún, "en la visión de los bolcheviques, la ocupación de Palestina era parte de una estrategia británica para la división y el desmembramiento del Imperio Otomano, que sería seguido por la ‘destrucción de la Rusia Revolucionaria’” (1).
 
El apoyo bolchevique a la liberación de los pueblos colonizados por el yugo imperialista fue uno de los factores que distinguieron a la Tercera Internacional (comunista) de la Segunda Internacional socialdemócrata. Los socialdemócratas eran, en la mejor de las hipótesis, indiferentes (o recelosos) en cuanto a la lucha de liberación de los países coloniales, mientras que sus sectores más reformistas apoyaban abiertamente la “misión civilizadora" de sus propias burguesías.
 
En contrapartida, el Manifiesto del Primer Congreso de la Internacional Comunista (1919), escrito por Trotsky, denunciaba la utilización de los movimientos nacionales, en las colonias, por las potencias europeas en beneficio de su guerra imperialista:
 
“La última guerra, que fue en gran medida una guerra por la conquista colonial, fue al mismo tiempo una guerra hecha con la ayuda de las colonias; en proporciones hasta entonces nunca vistas, los pueblos coloniales fueron involucrados en la guerra europea. Los hindúes, indios, árabes, malgaches, combatieron entre sí en las tierras de Europa. ¿En nombre de qué? En nombre del derecho de continuar siendo esclavos de Inglaterra y Francia. Jamás el espectáculo de la deshonestidad del Estado capitalista en las colonias fue tan instructivo; jamás el problema de la esclavitud colonial fue planteado con tanta agudeza. El resultado fue una serie de revueltas de movimientos revolucionarios en las colonias (...) La cuestión colonial se encontró así planteada, en toda su amplitud, no sólo sobre el paño verde del congreso diplomático de París, sino en las propias colonias."(2)
 
En agosto del año siguiente (1920) se realizó el Segundo Congreso de la Internacional Comunista, cuyo Manifiesto, redactado por el propio León Trotsky, subrayaba el importante rol reservado a los movimientos de los pueblos oprimidos en los países coloniales:
 
“Los trabajadores de los países coloniales y semicoloniales despertaron. En las vastas regiones de la India, Egipto y Persia, sobre las cuales el pulpo gigantesco del imperialismo británico extiende sus tentáculos; en este océano indefinido, vastas fuerzas internas trabajan constantemente, levantando olas enormes que causan temblores en las acciones y bolsas de valores en el corazón de la City.
 
“En el movimiento de los pueblos coloniales, el elemento social bajo todas sus formas se mezcla al elemento nacional, pero los dos están dirigidos contra el imperialismo. De los primeros pasos tambaleantes a las formas maduras de lucha, las colonias y países atrasados en general están recorriendo el camino con una marcha forzada, bajo la presión del imperialismo moderno y bajo la dirección del proletariado revolucionario”.(3)
 
La resolución sobre la cuestión nacional y colonial aprobada por el Segundo Congreso de la Internacional Comunista enfatizaba, en relación a los Estados y países más atrasados, donde predominaban las instituciones feudales y patriarcales-rurales: 1) la necesidad de “combatir el panislamismo, el panasiatismo y otros movimientos similares que se esfuerzan por utilizar la lucha de emancipación contra el imperialismo europeo y norteamericano para fortalecer el poder de los imperialistas turcos y japoneses, de la nobleza, grandes propietarios de tierras, sacerdotes, etc."; 2) que los comunistas debían preservar la independencia del movimiento proletario incluso en su forma embrionaria”; 3) el papel del sionismo “que, bajo el pretexto de crear un Estado judío en Palestina, de hecho entrega a los trabajadores árabes de Palestina, donde los trabajadores judíos constituyen apenas una pequeña minoría, a la explotación de Inglaterra”(4).
 
La denuncia del sionismo en las resoluciones del Segundo Congreso refleja en gran medida la intervención de Frumkina, delegada del Bund Comunista (una escisión que se produjo a la izquierda del Bund judío, después de la Revolución de Octubre, cuando éste se alineó con los mencheviques y la contrarrevolución del Ejército Blanco contra el régimen soviético bolchevique). Sus intervenciones fueron dirigidas contra el representante del grupo sionista socialista Poale Sion, Cohn-Eber, que defendía “la oportunidad de inmigrar y colonizar este país” (Palestina), y su preferencia por las "formas económicas capitalistas modernas” de la burguesía judía sobre las "formas feudales” de los effendilis árabes. La denuncia del sionismo fue reiterada por Mereshin, delegado de la Sección Judía del Partido Comunista Ruso (la Yevsektsia), quien llegó a afirmar que la experiencia mostraba que en regiones de población mixta el orden burgués “democrático-republicano" jamás garantizaría los derechos democráticos de todos los pueblos. Sólo un gobierno proletario podría garantizar una igualdad real. (5) Al mismo tiempo, los países de la Entente procuraban fortalecer su dominio imperialista sobre Medio Oriente, regiones de África y Asia; y, en Europa, frenar el avance revolucionario. Tres días antes de que los soviets tomaran el poder en Rusia, Gran Bretaña publicó la Declaración de Balfour apoyando el proyecto sionista de establecer un “hogar nacional” judío en Palestina. Sus intereses se revelarían en: a) asegurar un punto vital de apoyo para los planes británicos de dominación imperialista en la posguerra en la región estratégica de Medio Oriente; b) ganar el apoyo de los judíos para la guerra y frenar el avance de las fuerzas revolucionarias y opuestas a la guerra.
 
La Declaración de Balfour fue denunciada por los bolcheviques, para quienes “la atribución de Palestina a los judíos" era una estratagema del imperialismo británico con el objetivo de enmascarar y justificar la “abolición del Imperio Otomano”, lo que se hace todavía más evidente si recordamos las palabras del propio Lord Balfour, que afirmó, en privado, durante la reunión del Gabinete de Guerra a fines de octubre de 1917, que Palestina “no era adecuada para formar un hogar para los judíos ni para ningún otro pueblo". El segundo objetivo británico fue admitido por el propio David Lloyd George, primer ministro de Gran Bretaña en el momento de la Declaración de Balfour. Este asentó en sus memorias que "en 1917 ya era evidente la gran participación de los judíos de Rusia en la preparación de aquella desintegración general de la sociedad rusa después conocida como Revolución. Creía que sí Gran Bretaña declaraba su apoyo a la realización de las aspiraciones sionistas en Palestina, uno de los efectos sería atraer a los judíos de Rusia a la causa de la Entente (...) Si la Declaración hubiese llegado un poco antes, posiblemente habría alterado el curso de la Revolución”. (6)
 
Del lado sionista, uno de los principales argumentos de Theodor Herzl, fun-dador de la Organización Sionista Mundial (OSM), en su búsqueda constante de apoyo imperialista, fue que el emprendimiento sionista y la fundación de un Estado judío en Medio Oriente debilitaría el movimiento por la revolución socialista. Es bien sabido también que Chaim Weizman, líder de la OSM y primer presidente del Estado de Israel, decía que “la fundación de un Estado judío disminuirá la influencia comunista", en primer lugar en Europa pero también, supuestamente, en todo el planeta. Hasta la Segunda Guerra Mundial, el sionismo constituyó una corriente minoritaria entre los judíos de todo el mundo. En la Europa occidental y Estados Unidos, a pesar de la discriminación antisemita, a población judía era en general asimilacionista y participaba activamente en la vida política nacional. En Europa del Este, donde los judíos vivían predominantemente en guetos y no se encontraban integrados a la población local y donde el antisemitismo era más acentuado y eran frecuentes los pogroms, las masacres y los juzgamientos antisemitas, había muchos militantes judíos ejerciendo papeles destacados y dirigentes en los partidos socialistas y comunistas.
 
Alexander Bryansky, a los 111 años de edad, concedió una entrevista en la cual, “con un hablar claro y memoria impresionante”, habló de la persecución a los judíos en la Rusia zarista y su adhesión al bolchevismo. En 1905, entonces con 23 años, presenció el pogrom de Odessa:
 
“Había rumores de que el zar publicaría un manifiesto sobre democracia e igualdad de derechos, y una multitud se reunió en el centro de la ciudad. De repente alguien gritó: ‘Están golpeando a los judíos en Moldovanka’ (el viejo barrio judío de Odessa). Fui a la casa de mis padres y subimos al tope del tejado. Desde allí pudimos ver la destrucción de los comercios de los judíos, y cientos de cosacos protegiendo a los agresores. Aquello duró varios días. Muchos judíos fueron asesinados."
 
Pero la experiencia llevó a Bryansky al bolchevismo, no al sionismo, otra ideología que competía en la época por la atención de los jóvenes judíos seculares como Bryansky. Preguntado sobre por qué abrazó el comunismo, respondía:
“Había sólo un partido que realmente luchaba por la revolución. Yo estaba encantado con su programa."
 
Habiendo participado en la toma del Palacio de Invierno como ayudante personal del oficial encargado, Bryansky conoció de cerca los planes de la operación y al propio líder, Lenin:
 
“Mis recuerdos más ricos y más queridos son los de mis encuentros con él." Pero Bryansky era aparentemente más cercano a Trotsky, al cual se refiere, en yiddish, como un coterráneo:
 
“En cierta ocasión, durante la guerra civil, estuve en una gira con Trotsky. Al regreso, nuestro auto se descompuso y tuvimos que pasar la noche en un granero (...) Resumiendo, nos volvimos muy amigos."
 
Sobre Stalin, decía:
 
“Lo odio. Era una gran figura, hasta un genio, pero muy traicionero (...) La perfidia de Stalin era obvia para todos durante los años 1930, pero no sabíamos los detalles."(7)
 
Si por un lado se puede comprender cómo la persecución y la propia dispersión de los judíos por el mundo atrajo a muchos intelectuales y trabajadores judíos al programa internacionalista del comunismo, por otro la denuncia del socialismo como una “conspiración de judíos”, apuntando a los orígenes judíos de Marx y a la posición destacada que alcanzaron muchos judíos en el movimiento revolucionario de Europa del Este y Rusia, fue una clara deformación e incluso una manipulación simplista e ideologizada. En 1920, Winston Churchill, entonces secretario de Guerra británico, denunció a Trotsky y “sus esquemas de un Estado comunista mundial bajo la dominación de los judíos".
Mencionando, al mismo tiempo, la "furia con que Trotsky atacó a los sionistas en general y al doctor Weizman en particular", Churchill proclamó: “La lucha entre los judíos sionistas y los bolcheviques es casi una lucha por el alma del pueblo judío”. (8)
 
Sin subestimar los efectos de la Declaración de Balfour y la esperanza de hecho significativa que ella despertó en el seno de la comunidad judía de Europa, de una construcción nacional en Palestina, en la primera mitad del siglo XX no se llegó a atraer masivamente a los judíos para el objetivo de colonización de la Palestina apartándolos, en el proceso, del ideal revolucionario -no obstante los esfuerzos de los británicos y de la dirección sionista. El movimiento que tal vez ha llegado más cerca de realizar semejante objetivo, es decir alejar a los judíos de la lucha revolucionaria atrayéndolos al sionismo, fue, paradojalmente, el sionismo socialista (recordando que gran parte de la colonización, y todo el movimiento de las colonias colectivas -kibutzim-, fueron realizados por la izquierda sionista con la promesa de crear una nación judía socialista en Palestina). Pero el incentivo para la inmigración y concentración de los judíos en Palestina, en el contexto de la persecución de los judíos europeos, llevó también a un número no insignificante de judíos revolucionarios y no sionistas a la región. Sumados a los sionistas socialistas que se desilusionaron con el sionismo después de conocer de cerca la realidad del emprendimiento colonizador (especialmente integrantes del Poalei Sion de izquierda y del Hashomer Hatzair), pasaron a formar partidos comunistas y luego los primeros núcleos trotskistas en toda la región, extendiéndose de Medio Oriente a África del Sur.
 
Más allá de las consideraciones generales y las condenas lapidarias al sionismo, encontramos, en artículos publicados en los órganos teóricos de la corriente política de la IV Internacional (fundada en 1938 por León Trotsky) y en los escritos de los principales integrantes del movimiento trotskista de Palestina, análisis detallados y profundos de los problemas locales, desde las inversiones imperialistas en Medio Oriente y los efectos económicos de la colonización judía de Palestina hasta el conflicto árabe-judío, el movimiento nacional árabe, y finalmente el movimiento obrero en el Oriente árabe. Analizamos aquí su visión de los primeros dos factores, los intereses imperialistas y los efectos de la colonización sionista de Palestina -y la relación que se establece entre ambos-, dejando los demás factores para los capítulos siguientes.
 
En el período de la creación del Estado de Israel, que fue de fuertes tensiones sociales en Medio Oriente -atentados terroristas de las organizaciones militares sionistas, huelgas de masas árabes en El Cairo, Alejandría, Damasco, Beirut, Bagdad y en diversas ciudades palestinas contra el sionismo, y la concentración de tropas británicas en Palestina-, integrantes del movimiento trotskista local se proponen develar las raíces socioeconómicas de este conflicto con especial atención por los intereses imperialistas en juego en la disputa por el control de la región.
Para Tony Cliff (9), la importancia de Medio Oriente para las potencias europeas y los Estados Unidos se explicaba por cuatro factores básicos interrelacionados: como una ruta hacia otras regiones (India, Australia, China, etc.); como fuente de materia prima; como un importante mercado para bienes manu-facturados, y como campo para la inversión de capitales.
 
La importancia de Medio Oriente como ruta comercial, como paso hacia Asia, podía ser extensamente ejemplificada: por el Canal de Suez pasaba gran parte de las importaciones británicas y europeas en general, venidas de Asia; las rutas aéreas de Londres a Bombay, Singapur, Hong Kong y Australia pasaban por Haífa, Palestina; el proyecto del Kaiser alemán de construir la vía férrea Berlín-Bagdad fue una de las causas de la Primera Guerra Mundial. Con la derrota de Alemania en la guerra, fue Inglaterra la que construyó una red ferroviaria interconectando y consolidando su dominio, a través de las líneas Cairo-Haifa, Haifa-Beirut-Tripoli, Haifa-Hedjaz y Haifa-Bagdad.
Pero, para tener una noción de la importancia de Medio Oriente como ruta, basta recordar que constituyó uno de los principales motivos para las batallas entre las potencias europeas durante el siglo XIX -la expedición de Napoleón a Egipto, la guerra contra Turquía en 1816, la Guerra de Crimea y la conquista de Egipto estuvieron relacionadas a esto- y también una de las principales causas inmediatas de la Primera y la Segunda guerras mundiales. Bajo el capitalismo, dice Tony Cliff:
 
"Las rutas de transporte que unen a los países no son medios para la cooperación internacional, para la paz, sino para la disputa imperialista, para la guerra. La construcción del Canal de Suez transformó Medio Oriente en un gran campo de batalla, pero el incremento del transporte aéreo lanzó y lanzará todavía más leña al fuego de la lucha entre las potencias". (10)
 
La importancia de Medio Oriente como proveedor de materias primas -petróleo en primer lugar, pero también magnesio, bromato y nitrato de potasio, entre otros minerales, y el algodón egipcio- todavía estaba por ser estimada en toda su medida. Pero el control sobre la producción existente ya era motivo de disputa entre las potencias, como lo demuestra la nota publicada en uno de los principales periódicos norteamericanos de la época:
“El Medio Oriente como un todo se asemeja hoy a un enorme tablero de ajedrez de maniobras políticas y económicas sin precedentes (...) La compleja lucha por el poder político y económico en la posguerra no tiene en ningún lugar un potencial tan destructivo como en esta parte del mundo.”(11)
 
Los países que emergen victoriosos de la Segunda Guerra Mundial -los Estados Unidos principalmente, pero también Rusia, Inglaterra y Francia-, volverán su atención y sus esfuerzos para controlar Medio Oriente con la vista puesta, en particular, en sus reservas petrolíferas. Todos los cálculos eran meras estimaciones, pero se sabía que las reservas de petróleo de Medio Oriente eran vastas y prácticamente no explotadas hasta aquel momento.
De acuerdo con los datos de la inmediata posguerra que constan en los informes del gobierno norteamericano (editados por la PAW, Petroleum Administration for War), Medio Oriente poseía el 30,7% de las reservas mundiales de petróleo constatadas, mientras que los EUA poseían el 39,6%, la URSS 11,3%, Venezuela 11%, Indonesia (holandesa) 1,8%, México 1,2%, Colombia 1% y Rumania 0,8%. Pero las previsiones apuntaban a la importancia creciente del petróleo de Medio Oriente, y la verdadera extensión de sus reservas comenzaría a ser descubierta recién a partir de la década de 1950. En 1943, Medio Oriente producía sólo el 5,7% del petróleo mundial, mientras que los EUA producían el 66,1%. Entre 1948 y 1972, la participación norteamericana en la producción mundial total de petróleo cayó de 64 a 22% (no obstante el hecho de que su producción casi se duplicó en términos absolutos). El motivo para esta declinación fue el extraordinario incremento de la producción de Medio Oriente, que pasó de 1,1 millón de barriles a 18,2 millones de barriles diarios -un aumento de 1.500%.(12)
 
En 1945, Inglaterra controlaba la mayor parte de la producción de petróleo en Medio Oriente, como muestra el cuadro siguiente, referente a los barriles de petróleo producidos en ese año. Pero la alteración en la correlación de fuerzas imperialistas en la región y el aumento de la producción en Arabia Saudita (donde la participación mayor era norteamericana, como demuestra el cuadro) pondrían en poco tiempo a los Estados Unidos en posición de ventaja sobre Inglaterra y Francia.
 
El aumento de la producción de petróleo en Medio Oriente requirió de grandes inversiones en refinerías y oleoductos. En 1947 había (exceptuando algunas pequeñas refinerías en Irak para el consumo local) cinco refinerías de petróleo en Medio Oriente: en Abadan (Irán), Haifa, Trípoli, Bahrein y Suez, con el 80% de su capacidad controlada por los británicos. En el mismo año, se contaba sólo con un oleoducto, de Kirkuk (Irak) a Haifa, con una extensión de casi 1.600 kilómetros. El gobierno y empresas privadas norteamericanas planeaban multiplicar las refinerías (además de la refinería norteamericana de Ras Tanura ya en construcción) y construir un oleoducto uniendo Arabia Saudita, Bahrein, Quatar y Kuwait con la costa mediterránea, en Haifa y Alejandría (el petróleo de Arabía Saudita era transportado por barco vía Canal de Suez).
 
La materialización de todos los planes norteamericanos de inversión en la extracción, transporte y refinación de petróleo en Medio Oriente, estimados a esta altura en 300 millones de libras esterlinas (pero que pasaría fácilmente esta suma en los años siguientes), significó un impacto económico, social y político sin precedentes en la región.
La explotación del petróleo de Medio Oriente, en particular del norte de Irán, también formaba parte de los planes de la Unión Soviética. Su producción interna de petróleo estaba muy por debajo de las metas establecidas en los planos quinquenales. El segundo plan quinquenal, por ejemplo, establecía el aumento de la producción de 23,3 millones de toneladas en 1932 a 47,5 millones en 1937, llegando de hecho a 30,5 millones. En 1940, la producción no pasaba de 35 millones de toneladas no obstante la meta establecida para ese año de 50 millones. Tantos errores de cálculo llevaron al establecimiento de una meta más moderada para 1950 (35,4 millones de toneladas) y a la tentativa de superar sus dificultades con el control sobre los nuevos campos de petróleo en Medio Oriente.
El papel del petróleo no fue menos importante en el establecimiento de la paz después de la II Guerra Mundial, como fue remarcado por Harold Ickes, secretario del Interior de Roosevelt que dominó la política norteamericana del petróleo por más de una década y también conocido como "el zar del petróleo" durante la II Guerra Mundial. Ickes había declarado, taxativamente, que “la estabilidad de la paz dependía de alcanzar un acuerdo sobre la división de los recursos petrolíferos y que, entre las cuestiones a ser planteadas en la Conferencia de Paz, no había nada más importante que el petróleo”. (13)
 
De hecho, desde la II Guerra Mundial, Medio Oriente se transformó en una de las principales cuestiones de disputa inter-imperialista:
 
“Antes de la guerra, Medio Oriente constituía la región del mundo donde la influencia predominante de Gran Bretaña estaba menos amenazada. Desde entonces, la marcha de Rommel hasta El Alamein, la instalación de ‘observadores’ norteamericanos en el reino de Ibn Saud, el inicio de la disputa angloamericana por el petróleo de Arabia Saudita, la disputa anglo-ruso-norteameri- cana por el petróleo iraní, la penetración rusa en el Azerbaiján iraní, las tentativas rusas de amenazar la integridad del territorio turco, la organización de la Iglesia Ortodoxa en todo Medio Oriente como una poderosa agencia de la diplomacia del Kremlin; todo esto (...) transformó esta parte del mundo en una arena de constantes conflictos entre las grandes potencias. Y en la medida en que Medio Oriente poseía la mayor y menos explotada reserva de petróleo del mundo, se volvía ahora la principal región en la disputa mundial por esta materia prima estratégica, cuyas reservas en Estados Unidos y la URSS se encontraban bastante reducidas. Las diversas maniobras ‘tácticas’ de la diplomacia norteamericana y soviética en dirección del sionismo deben ser vistas como elementos en sus intrigas para suplantar la dominación británica en el mundo árabe”.(14)
Los datos, inclusive aquellos referentes a la URSS, revelaban lo que, según los trotskistas palestinos, todos los trabajadores de Medio Oriente debían saber: la importancia que tiene para todas las potencias imperialistas dominar las vastas reservas de petróleo de la región, siendo que ni siquiera la URSS podía ser vista como aliada, en la medida en que también ella defendería en primer lugar sus intereses imperialistas. Intereses incompatible con la liberación nacional y la emancipación de los trabajadores.
 
Pero Medio Oriente constituía también un vasto campo para la inversión de capital. Durante la primera mitad del siglo XX, los sectores más importantes de la economía de Medio Oriente estaban en manos de capitalistas extranjeros. Principalmente después de la Primera Guerra Mundial, las inversiones imperialistas se hicieron cada vez más directas en la región, pasando de los empréstitos a los Estados, a las inversiones directas en ferrocarriles, generación y distribución de energía, iluminación, agua, bancos e industria. En Palestina, un censo industrial realizado en 1939 reveló que cerca de 75% del capital industrial del país era extranjero. La interrelación entre estos factores -la importancia que tiene para países como Inglaterra, Estados Unidos, la URSS, controlar la producción de petróleo y otras materias primas, controlar las rutas, vías de comunicación y la producción industrial- explica el cuadro de la presencia imperialista en Medio Oriente, sus alianzas con segmentos locales y el peso que ejerce sobre su población, particularmente los trabajadores, rurales y urbanos. Las clases gobernantes en Medio Oriente estaban compuestas por sectores feudales y burgueses, estando éstos divididos en burguesía comercial por un lado, y banqueros por el otro.
 
El peso del sector feudal en Palestina podía ser medido por la propia extensión de su dominación sobre la masa de campesinos pobres. Además de la alta concentración de tierras en sus manos (en Palestina la mitad de las tierras pertenecía a apenas 250 familias feudales), los mismos señores feudales eran también los usureros y recaudadores de impuestos de los campesinos. Durante la primera mitad del siglo XX, el nivel de vida principalmente de los campesinos, pero también de los trabajadores urbanos, fue mantenido extremamente bajo. Reinaban el hambre, las epidemias (malaria, tuberculosis, tifus etc.), la baja expectativa de vida (31 años para el hombre y 36 para la mujer -datos referentes a Egipto-, la alta tasa de mortalidad infantil... todo esto acompañado por el analfabetismo y la ignorancia, al mismo tiempo producto y uno de los pilares del sistema social en vigor. Ahora bien, mantener el campo en la condición más atrasada, para que constituyera una reserva inagotable de fuerza de trabajo y materias primas baratas, era de interés del imperialismo, y la manera más inmediata de alcanzar tal objetivo era apoyarse en la clase propietaria feudal árabe cuyo propio interés era justamente mantener la situación vigente en el campo.
 
La burguesía comercial y los banqueros estaban directamente conectados, por un lado, al sistema de producción feudal, y por el otro, a las empresas de capital extranjero, a la importación; por lo tanto estaban plenamente identificados con el imperialismo. La burguesía industrial (la fracción menor de la burguesía árabe), surgida en la primera mitad del siglo, es decir, en un período de declinación de la economía mundial gobernada por el capital financiero, dependía no sólo de la superexplotación de la mano de obra y las materias primas baratas, garantizadas por la conjunción de un sistema económico local feudal y por la influencia del imperialismo, sino también de los propios empréstitos del capital extranjero:
 
"La existencia de la burguesía colonial, incluida la burguesía industrial, está por lo tanto condicionada por la superexplotación de trabajadores y campesinos -que es el resultado y sine qua non del imperialismo- y por la dependencia económica directa del capital extranjero y el imperialismo. La burguesía colonial no es la antípoda del imperialismo y el feudalismo, sino de los trabajadores y campesinos. La ligazón de la burguesía colonial con el capital extranjero y el feudalismo por un lado, y la lucha de clases del proletariado y los campesinos por el otro (...) determina los límites de la lucha de la burguesía colonial por concesiones del imperialismo."(15)
 
La presencia de la burguesía sionista en Palestina y el hecho de que ella, y no la burguesía árabe, ocupara la mayor parte de las posiciones relegadas por el mandato británico a la burguesía colonial, agravaron la situación de la burguesía árabe pero no la colocaron en una posición de enfrentamiento y oposición al imperialismo. El censo de 1939 revela una burguesía industrial árabe muy inferior en relación a la sionista, en términos de inversión de capital y productividad.
 
Considerando que no todas las empresas de capital extranjero están incluidas en las "concesiones" y que en el primer ítem se incluyen empresas pertenecientes a “no-judíos" además de los árabes, se llega a la conclusión de que:
“El capital extranjero posee por el menos tres cuartos del capital invertido en la industria; el capital judío, un quinto, y el árabe apenas 2 a 3% (...) (lo que) incita a hacer los mayores esfuerzos para vencer a la burguesía sionista y volverse él mismo el agente del imperialismo (...) A pesar de su lucha con el imperialismo por algunas concesiones para ella misma, está claro que el destino de la burguesía (árabe) está estrechamente ligado al del propio imperialismo-"06) ...
 
En esos análisis se resalta que ni la clase feudal ni los sectores de la burguesía nacional árabe podían constituir un polo de resistencia a la explotación de Palestina por el capital extranjero.
 
Durante la II Guerra Mundial, tanto la burguesía árabe en Medio Oriente como la burguesía sionista en Palestina se enriquecieron con el abastecimiento a los países imperialistas en guerra. Pero la prosperidad estaba condicionada a la situación específica surgida durante la guerra y, al final de ésta, las posiciones económicas conquistadas por la burguesía local fueron amenazadas por el cierre de fábricas y la reanudación de las importaciones. También creció durante la guerra la polarización social y el nivel de explotación de los trabajadores en las industrias y en los campos. A fines de la guerra lo que pesaba sobre los trabajadores, ya no era sólo la superexplotación por los industriales locales, sino también el propio desempleo. Enormes contingentes de trabajadores perdieron sus empleos por el fin del papel de las empresas en Medio Oriente como proveedoras de todo tipo de bienes para los ejércitos de Europa, volviéndose la situación social explosiva en toda la región.
 
Si bien surgía un cierto antagonismo entre las potencias europeas y la burguesía industrial local, debido a la necesidad de ésta de defender las posiciones conquistadas durante la guerra, mucho mayor era el foso abierto entre la burguesía industrial y los trabajadores, sin hablar del miedo a su rebelión, llevando a que, en última instancia, los intereses de la burguesía local se mantuvieran ligados a los del propio imperialismo, que podría no ser el británico (que en este momento ya perdía su influencia a favor de los Estados Unidos). Como vimos, la mayor parte de la clase dominante árabe (propietarios feudales, burguesía compradora, comerciantes y usureros) se identificaba plenamente con el imperialismo. Si bien la burguesía industrial podía llegar a usar la rebelión de las masas para conquistar algunas concesiones del imperialismo, no se oponía fundamentalmente a él. Por el contrario, se unía al imperialismo en el esfuerzo para desviar el movimiento de las masas de la lucha de liberación nacional y social a una vía secundaría y expiatoria: una lucha “racial" y chauvinista.
 
La guerra de 1948 y el nuevo equilibrio de poder en Medio Oriente no sólo desviar a las masas árabes de Medio Oriente de la lucha contra la dominación de las potencias europeas hacia la lucha contra el nuevo Estado de Israel, sino que también ayudaron a agotar los recursos y las reservas de prácticamente todos los Estados árabes de Medio Oriente. La guerra de 1948/1949 fue la reversión final del proceso de enriquecimiento de las burguesías árabes y de los propios gobiernos árabes de Medio Oriente, ocurrido durante la II Guerra Mundial. Como consecuencia, el incremento de los principales canales de inversión externa en Medio Oriente: las inversiones en la explotación de petróleo en condiciones muy favorables a las empresas extranjeras, aceptadas por los gobiernos locales que necesitaban de los royalties pagados por esta explotación, y los préstamos gubernamentales realizados principalmente a través del Banco Internacional y del Banco de Importación-Exportación de los Estados Unidos:
Una misión especial visitó Medio Oriente en nombre del Banco Internacional para explorar las posibilidades para el capital norteamericano en esta región que, según fuentes norteamericanas, se volvió el principal mercado, junto con África, para la inversión de capital norteamericano.’’.(17)
 
Al agotar las reservas de los países árabes y aumentar su dependencia en relación a las potencias europeas, la guerra en Palestina representó un paso más en la balcanización (o fragmentación) de Medio Oriente y creó las condiciones para la supresión del movimiento obrero. Se creó un estado de tensión permanente y de crecimiento del chauvinismo. Según Munier:
 
“Una cosa quedó probada por la guerra palestina: la completa dependencia de la burguesía de Medio Oriente y de los jefes feudales en relación al imperialismo; su impotencia para liderar una lucha, por menor que sea, contra el imperialismo, y su completo fracaso en superar el particularismo y el parroquialismo (...) además, la derrota militar y su responsabilidad en la creación de más de medio millón de refugiados árabes (compartida por supuesto con el imperialismo británico y las masacres sionistas como las de Deir Yassin, Lydda y Galilea, entre otras) socavaron en gran medida el prestigio y la influencia política de la dirección árabe feudal y burguesa."(18)
 
En un artículo publicado en Fourth International en octubre de 1949, se constata que:
 
"Israel no puede vivir por sus propios medios. Fondos recogidos en ultramar cubren los costos del ejército con sus equipamientos, de los inmigrantes y su subsistencia. Pero como se dijo anteriormente, el joven Estado carga el peso de una gran burocracia, sustentada por los impuestos y tasas aduaneras ya que los fondos recogidos son insuficientes. La burguesía sabe cuidarse, pero las masas están empobrecidas.”(19)
 
Una de las grandes ilusiones de la época sobre el Estado de Israel, según el autor, se refería al crecimiento y expansión de su industria. Las únicas ramas industriales que demostraban algún crecimiento eran metalúrgicas y de energía eléctrica, debido en gran parte a la producción para la guerra,. La agricultura presentaba un crecimiento mayor comparado con la industria pero sufría la falta de mano de obra ya que pocos de los inmigrantes más recientes estaban dispuestos a convertirse en agricultores en los kibutzim (asentamientos cooperativos). Había un vasto desempleo y poca oferta de puestos en la industria. La desmovilización de las tropas debido al fin de la II Guerra agravaba el (cuadro de desempleo en Israel. Según, Eshkol, uno de los jefes del departamento de colonización de la Agencia judía, los dos problemas enfrentados en este campo eran el financiamiento y los recursos humanos: “La mayoría de los nuevos inmigrantes abandonan los asentamientos después de un breve período y muchos asentamientos directamente se niegan a integrarlos”. El mismo Eshkol, respondiendo a un grupo de críticos del Mapam (partido obrero sionista simpatizante de la Unión Soviética y de la Internacional Comunista), declaró que “el reclutamiento era la única forma de poner en pie los nuevos asentamientos, así como lo fue con el ejército". (20) El desenvolvimiento de la agricultura, así como el ejército, dependía del financiamiento externo, proveniente principalmente de los Estados Unidos.
 
A pesar de que la política económica del gobierno estaba dirigida al mayor desarrollo posible de la agricultura, la producción y el consumo locales de pro-ductos agrícolas registraron una caída en 1949 (entre 10% y 30/40% para los productos de consumo básico como leche, huevos, verduras y cereales), debido al crecimiento de la inmigración y a la liquidación de la agricultura árabe. Del total de las importaciones, los productos agrícolas representan el 31% de julio a diciembre de 1947, 38% de julio a diciembre de 1948 y 40% en julio-diciembre de 1949.
 
Las exportaciones también cayeron en el mismo período: la exportación de cítricos, que correspondía al 45,3% del total de las exportaciones israelíes, disminuyó de 1947-48 a 1948-1949 en más de 1,5 millones de cajas. La inflación transformó el precio de los cítricos en poco atractivo para los principales países importadores, como Inglaterra y demás países de Europa. La exportación de diamantes lapidados, que ocupaba el segundo lugar en las exportaciones israelíes (17,3% en el segundo semestre de 1948), también cayó. El 37,4% restante de las exportaciones israelíes consistían en bebidas alcohólicas, tejidos, pieles, metales, crudos y objetos religiosos, entre otros productos.
No obstante una reducción forzada de las importaciones, determinada por las autoridades sionistas con la intención de disminuir el déficit en la balanza comercial, en 1949 las importaciones representaban cinco veces el valor exportado, y el saldo negativo estimado era de 400 millones de libras. Como consecuencia de esta tendencia a la autarquía, se constataba el achatamiento del nivel de vida de las masas: “El establecimiento de condiciones de ‘austeridad’ es uno de los principales objetivos del recién creado Consejo de Planeamiento Económico, cuyos miembros, Hoofien, Alaftali y Shapiro son directores del Banco Anglo Palestino y del Banco de los Trabajadores. Su programa se resume a una limitación sobre la importación de bienes esenciales en detrimento de los sectores más pobres de la población. Esta es también la esencia del plan ‘Zena’ del ministro de Abastecimiento, Dr. Dov Joseph. Después de ordenar la completa cesación de la importación de huevos, que no podía ser sustituida por la producción doméstica, los productores locales fueron aconsejados a reducir la producción porque dependía de la ración importada que se tenía que pagar en moneda extranjera. La realidad revela cada vez más la ceguera y la utopia de la ideología de Jalutzvith (colonización) del Mapam. Soñando con la expansión de las islas ‘socialistas’ (kibutzim), estos ‘socialistas’ depositan sus esperanzas en que los kibutzim se transformen en las instituciones decisivas para la integración de la inmigración en masa y los órganos ‘de lucha’ por la construcción ‘socialista’ de lsrael.” (21)
Si el plan económico del gobierno era la austeridad, el fardo, como se ve, caía sobre las masas, que además de enfrentar la escasez de los productos básicos no dejaban de pagar, aparte de las tasas de la Histadrut (central sindical) y demás instituciones sionistas (que consumían cerca del 10% del salario), los impuestos directos e indirectos (tarifas aduaneras altísimas, etc.), que componían un sistema de pago de impuestos múltiple y discriminatoria. Por ejemplo, si la tasa de cambio era de 250 mil por dólar, los importadores estaban obligados a comprar del Estado el dólar a 333 mil. El importador recuperaba la diferencia en el precio de la reventa y el Estado se enriquecía con una cantidad que no constaba en el presupuesto pero salía del bolsillo del consumidor. Otro ejemplo de cómo el gobierno utilizaba toda oportunidad para extraer tasas del trabajador era el caso (probablemente único en el mundo) de los trabajadores portuarios de Haifa: para tener acceso al puerto, tenían que presentar los papeles de identificación renovados mensualmente. Este sistema prevaleció bajo el gobierno del mandato como una medida de seguridad. Creado el Estado de Israel, el sistema fue mantenido, pero cobrando 160 mil por documento emitido, lo que fue aumentado enseguida a 250 mil (¡!).
 
Con excepción de un pequeño grupo privilegiado, el salario real del trabajador era bajo (los salarios eran nominalmente altos comparados con los de Inglaterra y Estados Unidos, pero representaban en realidad el mínimo para la subsistencia debido a impuestos y precios elevados) y los gastos de servicios sociales representaban apenas una pequeña parte del presupuesto del Estado. Los ítems de salud, pensiones para veteranos inválidos, subsidios para contener el aumento del precio del pan, seguridad social, educación, cultura y deportes, juntos e incluyendo los gastos administrativos de los respectivos departamentos, representaban el 23% del presupuesto total. Pero la guerra israelí y a e evada inmigración no eran las causas de la pequeña proporción destinada a los gastos sociales, ya que estos ítems de elevado costo eran cubiertos por fondos recolectados en el exterior. La mayor parte del presupuesto era consumido por la burocracia gubernamental y el sobredimensionado cuerpo diplomático.
 
Por lo tanto, prevalecía en el recién creado Estado de Israel un sistema de impuestos discriminatorios contra los trabajadores, un plan económico de austeridad en detrimento de las masas y no de la máquina gubernamental e instituciones sionistas, salarios reales bajos, escasez de productos básicos, alto costo de vida (especialmente alimentos y alquileres), inmigración mayor que la capacidad de absorción (en 1949 los 60.000 inmigrantes en los campamentos provisorios vivían en condiciones muy difíciles, sin atención médica adecuada, sin asistencia a los huérfanos, etc. La Agencia judía declaraba que le faltaba dinero para atender estos a inmigrantes pero por motivos de poder político rechazaba la ayuda ofrecida por la Joint) (22). También faltaban empleos en la ciudad y los inmigrantes inexpertos eran sistemáticamente robados por las autoridades, la industria estaba virtualmente estancada, la agricultura crecía por debajo de las expectativas y necesidades de la inmigración masiva (asimismo, crecía sólo gracias a una política de reclutamiento de trabajadores para los asentamientos, inversiones externas y expulsión de los árabes de sus tierras), gastos sociales mínimos, una central sindical que asumía muchas funciones sociales del Estado pero cobraba sus propias tasas, y finalmente una burocracia y un cuerpo diplomático inflados y onerosos para la sociedad.
 
Los datos económicos disponibles en 1948-49 (había una retención de las estadísticas, justificada por el Estado como una "medida de seguridad”) comprobaban la completa dependencia del nuevo Estado con relación al imperialismo -al cual debía su propia existencia-, así como la importancia de los Magbioth, fondos recolectados en el exterior, principalmente en EE.UU. La salida para Israel sería también la solución para Medio Oriente como un todo, sea cual fuere su unificación política y económica:
 
“Incluso una visión superficial de la situación lo deja claro: hay petróleo en Irak que está siendo transportado por el oleoducto que atraviesa Jordania para las refinerías en el Líbano y Palestina. Hay reservas grandes e intactas en otras regiones. El Mar Muerto, en la frontera Israel-Jordania, contiene cantidades fabulosas de sustancias químicas y minerales que pueden ser extraídas a bajo costo laboral y de equipos. El puerto de Haifa, en Palestina, es extremadamente importante para el interior árabe, que no tiene ninguna salida al Mediterráneo. Palestina constituye un nexo geográfico vital para el norte y el sur de Medio Oriente, sus rutas ligan tres continentes (...) Estos son algunos ejemplos pero el futuro dirá cuán grande son sus potencialidades. Una política revolucionaria basada en la ruptura con la actual estructura de Medio Oriente, en la remoción de sus fronteras políticas, su sistema social y en la eliminación de la esclavitud imperialista, es el prerequisíto para el bienestar económico y político de Medio Oriente". (23)
 
Para los trotskistas de Palestina, el sionismo ocupaba una posición especial en la dominación británica de Palestina. No sólo la apoyaba activamente (en la medida en que su sobrevivencia en Medio Oriente dependía del apoyo de una potencia mundial) y ayudaba a reprimir la lucha por la emancipación nacional árabe, sino que se configuraba como un apoyo pasivo detrás del cual la potencia mandataria podía ocultarse y contra el cual dirigía la revuelta de las masas árabes. En ese sentido, se constituía en un intermediario entre el imperialismo y la opresión de la población árabe. En diversas ocasiones Gran Bretaña encontró maneras de defender sus intereses y ocultar su responsabilidad en los actos de expoliación y opresión de las masas, actuando bajo la cobertura de la “defensa de los intereses de los judíos y su derecho a un hogar nacional”:
 
“Si el ejército británico asesinó a millares de insurgentes árabes entre 1936- 1939 (así como los italianos mataron abisinios, y los japoneses, holandeses y británicos lo hicieron con javaneses) no fue -¡por el amor de Dios!- para mantener su posición sino ¡para proteger a los judíos! (...) Si en Palestina hay un régimen completamente autocrático sin ningún parlamento o cuerpo representativo electo, el imperialismo nuevamente se libra de toda responsabilidad: los sionistas se oponen al establecimiento de una institución democrática que heriría los intereses de la expansión sionista."(24)
 
De la misma forma, cuando el gobierno del mandato gastaba el 27% de su presupuesto en fuerzas policiales (1941-42), siendo que los gastos juntos de salud y educación representaba menos que el 65% del presupuesto de la policía, no era para defender los intereses imperialistas sino, supuestamente, ¡para atender las demandas sionistas de protección contra la revuelta árabe!
 
Tony Cliff denuncia que el propio “sionismo socialista" entra en el juego de la disputa por los "favores" imperialistas, y cita algunos ejemplos: en lugar de protestar contra las magras inversiones en salud y educación, que exigían los sionistas, inclusive aquellos que se dicen socialistas, reclamaron que la población judía recibiera una porción mayor de ese presupuesto ya que siendo más ricos pagaban más impuestos que los árabes, contribuyendo así a "librar al imperialismo de la responsabilidad por el analfabetismo y las malas condiciones de salud prevalecientes en el país”.
Mientras que en Siria y en el Líbano hubo manifestaciones inclusive sangrientas, que fueron coronadas con la victoria, contra el establecimiento de la compañía de camiones Steel Bros; en Palestina, los sionistas “socialistas" (la Federación de los Trabajadores judíos, Histadrut), se colocaron a cambio de alguna pequeña recompensa, al servicio de la Steel Bros y le aseguraron su firme implantación en el país... Al término de la II Guerra Mundial hubo una escalada de atentados terroristas sionistas contra el gobierno del mandato británico en Palestina. Sin reducir el significado de los atentados a su mera apariencia antiimperialista y antibritánica, Tony Cliff los analiza desde el punto de vista de la desesperación sionista por consolidar a su favor la política imperialista en Medio Oriente y forzar el fin de las restricciones a la inmigración y demás medidas británicas que procuraban contemplar las exigencias árabes:
 
Ben Gurion y Weizman pueden ser agentes americanos con el mismo entusiasmo con que han sido agentes británicos durante casi 30 años. El terror sionista reciente tenía la intención de amenazar a Gran Bretaña con la posibilidad de un cambio sionista a favor de los americano y al mismo tiempo facilitar a los políticos británicos, si así lo deseaban, permitir la construcción de un Estado judío no obstante la oposición árabe."(25)
 
Los atentados, en última instancia, incitaban aún más la revuelta antisionista y antijudía de los árabes de Palestina y de los países árabes a su alrededor. El atentado contra las vías férreas realizado en la víspera del aniversario de la Declaración de Balfour (2 de noviembre de 1917), con la total colaboración de todas las organizaciones militares sionistas (Haganah, Organización Militar na-cional y Grupo Stern), fue un excelente instrumento en manos de los agentes británicos para la organización de pogroms en El Cairo, Alejandría y Trípoli.
 
Tanto el sionismo como el imperialismo británico demostraron habilidad en el uso de los respectivos intereses en maniobras para obtener concesiones, por un lado, y mayor dominación y explotación, por el otro.
Después la II Guerra Mundial, cuando la decadencia del imperio británico y la revelación del potencial de explotación de las reservas petrolíferas de Medio Oriente transformaron la región en un inmenso tablero de disputa entre las mayores potencias mundiales, los EE.UU y la Unión Soviética pasaron a disputar inclusive el apoyo del sionismo. La profundización de la crisis sociopolítica, el crecimiento de las tensiones sociales y nacionales, después de la II Guerra Mundial, en Palestina, y el surgimiento de la que posiblemente se podría llamar una situación pre revolucionaria en Medio Oriente como un todo -tal fue la importancia de las huelgas de los trabajadores y manifestaciones populares en este período- hacía imprescindible para la sobrevivencia de la dominación imperialista en la región, el incitamiento al odio intercomunitario, chauvinismo y pogroms; en fin, la aplicación enfática de la política del divide et impera.
 
El núcleo del futuro Partido Comunista de Palestina surgió entre inmigrantes y trabajadores judíos del Poalei Sion, que se distanciaron del programa sionista, fundando en 1920 el Partido Socialista de los Trabajadores (MOPS). Durante las conmemoraciones del 1 ° de Mayo del año siguiente, el MOPS sufrió una dura represión y tuvo 15 de sus líderes deportados al organizar, en Jaffa, una manifestación conjunta de trabajadores árabes y judíos por una Palestina Soviética. Poco después, en 1922, fundaron clandestinamente el Partido Co-munista de Palestina (PCP), que después de diez meses de discusiones sobre la posición a adoptar con relación al sionismo, acabó por aprobar un programa antisionista. Durante las décadas de 1920 y 1930 el PCP operó en la ilegalidad y bajo severa represión de las autoridades británicas y la hostilidad del Ischuv (comunidad judía). Sus filas eran continuamente vaciadas por las deportaciones y la simple emigración de los comunistas judíos (muchos de los cuales ejercieron posteriormente papeles importantes en la Internacional Comunista y tuvieron actuaciones heroicas en la lucha contra el fascismo, solo para ser muchos de ellos eliminados en las purgas stalinistas). Con el objetivo de aproximarse al movimiento de los trabajadores árabes, el PCP, por un lado, apoyó activamente sus manifestaciones y revueltas y, por otro, intentó organizar una Unión sindical árabe y judía. Para citar apenas algunos ejemplos, en 1924 el PCP apoyó la resistencia de los fellahin (campesinos) contra su expulsión por la Haganah (la milicia sionista formada por la Histadrut, la Confederación General de los Trabajadores judíos) de la aldea de Al Fula, comprada por la Agencia Judía. En 1925-26 el PCP concedió apoyo internacionalista a la revuelta de los árabes druzos en el Líbano y en Siria.
 
Al mismo tiempo, los comunistas expulsados de la Histadrut en 1924, por su oposición al sionismo, organizaron una liga sindical conjunta de trabajadores árabes y judíos, el Ichud. La filial de Tel Aviv del Ichud fue liderada por Leopold Domb-Trepper, posteriormente líder de la Orquesta Roja (Rote Kapelle), la red del servicio de información soviético que heroicamente proveyó al Ejército Rojo informaciones vitales de Europa bajo la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Durante el mandato británico, la gran mayoría de la fuerza de trabajo aún era árabe; en muchos casos los árabes ejercían el trabajo manual más pesado mientras que los trabajadores judíos ocupaban los puestos más elevados y mejor remunerados. En algunos casos, árabes y judíos trabajaban juntos lado a lado, y entonces la organización y las reivindicaciones laborales conjuntas eran inevitables, por más que la Histadrut intentara Impedirlas, siempre atenta al surgimiento de sindicatos árabes, principalmente aquellos bajo la dirección comunista. Para dificultar la organización de los trabajadores árabes, se llegó a crear, bajo la supervisión y el control de oficiales judíos, un frente obrero árabe fantoche.
 
Por lo tanto, mientras la izquierda laborista y sionista se oponía a la unión de trabajadores árabes y judíos (a pesar de ser el deseo de los trabajadores, expresado enfáticamente en diversas ocasiones), el Partido Comunista sería una de las pocas organizaciones, y seguramente la más importante, en luchar por esta unión, apoyando huelgas y manifestaciones conjuntas y, ante la imposibilidad de abrir la Histadrut a los trabajadores árabes, formando sus propios sindicatos conjuntos. La importancia de este trabajo se revelaría en el curso del ascenso de las luchas obreras y alcanzaría su ápice en el periodo más crítico del mandato británico, de la II Guerra Mundial a la formación del Estado de Israel. Pero al final de este período, se revelaría también la derrota del movimiento conjunto de los trabajadores y del Partido Comunista de Palestina.
 
Contribuyeron a esta derrota, como veremos, tanto la dirección sionista como la dirección comunista que implemento, en Palestina, la política de la Internacional Comunista formulada en Rusia y revelando no raramente intereses estratégicos soviéticos.
 
La ciudad de Haifa reunía la mayor concentración de obreros industriales árabes de toda Palestina. Constituía también un polo de trabajadores judíos sindicalizados y combativos. Los dos segmentos venían estableciendo contactos y realizando manifestaciones conjuntas desde el inicio de la década de 1920. En 1922 la Histadrut rechazó la demanda de los trabajadores árabes y judios de los ferrocarriles de organizar una huelga conjunta. Al año siguiente, la Unión de los Trabajadores de los Ferrocarriles, Correos y Telégrafos (URPTW, Union of Railway, Post and Telegraph Workers), afiliada a la Histadrut, exigió su reestructuración, separando las demás funciones (sociales, asistenciales e inclusive patronales) de los sindicatos y organizándolos sobre una base "internacional" (permitiendo el ingreso de no judíos). En ese momento los trabajadores árabes y los comunistas aumentaron su presión sobre la URPTW para que rompiese definitivamente los lazos con el sionismo, pero el resultado fue la expulsión de los comunistas de la Histadrut, de la dirección y de las propias filas de la URPTW, y la Declaración del PCP como enemigo del pueblo judío. No obstante, el estado de radicalización de los trabajadores de Haifa se reveló en que, por un lado, no cesaron las exigencias por la representación conjunta de árabes y judíos en los sindicatos, y por otro, dentro de la Histadrut la expulsión de los comunistas abrió el campo para el crecimiento del Poalei Sion de Izquierda.
 
La reunión del Consejo de los Ferroviarios en enero de 1925 lanzó una pro-vocación abierta al líder del Mapai, David Ben Gurion, presente en la reunión, al votar por la apertura de la URPTW a todos los trabajadores independientemente de su raza, religión y nacionalidad, y eligiendo un ejecutivo con un número igual de árabes y judíos. A fines de 1925, de los casi 1.000 integrantes del URPTW un poco más de la mitad eran árabes, siendo que en la sección de Haifa la gran mayoría era árabe. La Histadrut reaccionó rápidamente con la amenaza de cerrar el URPTW. Los trabajadores árabes, por su parte, crearon su propio sindicato y el núcleo de la Sociedad de Trabajadores Arabes de Palestina (PAWS, Palestine Arab Workers Society). Los años siguientes, marcados por la crisis económica y por una relativa parálisis del movimiento obrero en Palestina, devolvieron la mayoría judía al URPTW (ya era realidad en 1927) pero no eliminaron los esfuerzos por una lucha conjunta de trabajadores árabes y judíos, reflejados entre otras cosas en la propuesta de los ferroviarios de la PAWSS al URPTW de formar un Comité conjunto con igual representación de árabes y judíos, que se realizó a fines de 1927.
 
La inmigración judía en Palestina crecía rápidamente, el número de judíos allí pasó de 20.000 en 1880 a 85.000 en 1914, cayendo a 60.000 durante la Primera Guerra Mundial pero creciendo a un ritmo acelerado a partir de la década de 1920 y la inclusión de la Declaración Balfour en el documento de la Liga de las Naciones que establecía el mandato británico en Palestina. Las cotas de inmigración para los judíos fueron establecidas en 16.500 al año, desde el final de la Primera Guerra Mundial.
 
Hasta 1931 llegaron a Palestina más de 117.000 inmigrantes judíos -no obstante la paralización de las inmigraciones en 1927 debido a la crisis económica mundial, que afectó severamente a Palestina y provocó inclusive el retorno de muchos inmigrantes recientes que no habían conseguido adaptarse a las duras condiciones de vida. No cesaron de crecer los temores de los palestinos frente a esta inmigración y a la perspectiva de transformarse en minoría en su propio país. En agosto de 1929, siguiendo justamente la llegada de una nueva ola de inmigrantes judíos, explotó la revuelta árabe. El detonante fueron las manifestaciones y provocaciones de los “revisionistas” seguidores de Zeev Jabotinsky que deseaban aumentar el espacio reservado a los judíos en el Muro de los Lamentos. (26)
 
A mediados de agosto, centenas de jóvenes del grupo paramilitar revisionista, Betar, marcharon por el barrio árabe de Jerusalén portando banderas sionistas azules y blancas, armas y explosivos escondidos, y cantando “el Muro, nos pertenece”, “Judá sucumbió sangre y fuego, a sangre y fuego volverá a erguirse". EL Mufti (jefe de la comunidad musulmana) de Jerusalén respondió a las provocaciones insuflando más fervor religioso entre sus seguidores y acusando a los judíos de intentar tomar posesión de la Explanda arriba del Muro, el Haram al-Sharif (o Santuario Noble, el Monte del Templo para los judíos), uno de los lugares más sagrados para los musulmanes. A la semana de la manifestación del Betar, respondiendo al llamado del Mufti por una jihad (guerra santa) contra los judíos, grupos de campesinos árabes salieron de las oraciones del viernes en la mezquita de Al-Aqsa y atacaron el barrio judío de Jerusalén, así como a los judíos de Hebron y Safed. Cerca de 133 judíos fueron muertos en el pogrom.
Posteriormente murieron 116 árabes a manos de las autoridades británicas y en ataques sionistas.
 
El temor de las masas árabes ante el crecimiento de la inmigración y la compra de tierras por los judíos fue manipulado por la dirección feudal palestina, representada por el Mutfi de Jerusalén, para transformarla en una revuelta de carácter étnico-religioso. Puede decirse que a pesar de la presencia de elementos de revuelta social, de los trabajadores y oprimidos árabes, y de revuelta antiimperialista, contra la dominación británica, el factor primordial de los disturbios de 1929 fue su carácter antijudío: escribiendo "En 1938, Cliff, como otros trotskistas de la época, se opuso al sionismo” y a la idea de un Estado judío, pero se opuso con el mismo vigor a la naturaleza ‘antijudía’ del ‘movimiento nacionalista árabe’ destacando en particular los “pogroms" de 1929.
 
"La condena del asesinato de los estudiantes rabinos en Hebron en 1929 y de las conexiones en las listas de Al-Hajj Amin al- Hussayni, del gran Mufti de Jerusalén, durante la década de 1930, acompañaban regularmente las denuncias trotskistas del sionismo en este período (...) En 1946, inmediatamente después la Segunda Guerra Mundial, Tony Cliff escribió otro panfleto, ahora con su nuevo nombre (Tony Cliff, n.a.), para el Partido Comunista Revolucionario de Gran Bretaña. Criticó todos los poderes terrenos del Medio Oriente: las organizaciones sionistas ‘terroristas’, ‘imperialismo británico’ y otros ‘capitalistas extranjeros’, ‘grandes terratenientes árabes', la 'burguesía árabe en Palestina, el Partido Comunista de Palestina siguiendo la política de Moscú, etc. (...) en otra publicación del mismo año, Cliff fue aún más específico: ‘¿Quién es el Mutfi?... Fue el organizador de los ataques contra los judíos de 1920, 1921, 1929 y 1936-39’."(27)
 
El PCP intentó liderar, en julio e inicio de agosto de 1929 un movimiento contra la adquisición de tierras de los sionistas y la expulsión de los campesinos árabes. No obstante, a pesar de los esfuerzos por reclutar militantes árabes, en 1929 el PCP aún era un partido predominantemente judío y poco efecto podía producir su intento de liderar a las masas árabes. Su primera reacción frente a la revuelta fue denunciarla por lo que era: un pogrom contra los judíos. Pero su acción siguiente sobrepasó la defensa de los judíos y caracterizó un apoyo al sionismo: en un ómnibus de la Haganah, su dirección huyó de la aldea, en las proximidades de Jerusalén, donde funcionaba su sede clandestina, y después se unió a la organización militar sionista en el patrullaje de los barrios judíos, cediendo así sus modestos arsenales a la misma milicia judía que acostumbraba reprimir los fellahin y que, algunos años antes, atacó el PCP. Una defensa conjunta de trabajadores árabes y judíos contra los pogroms seguramente era necesaria, pero no la colaboración con el aparato militar sionista que trabajaba en conjunto con los gobernantes coloniales británicos y atacaba indiscriminadamente a los árabes.
 
Asimismo, el PCP era prácticamente la única organización conjunta de árabes y judíos existente en Palestina. Una resolución del Comité Central del PCP de septiembre de 1929 decía: "El partido se posicionó sólo por los intereses de la clase trabajadora como tal. Buscó incesantemente, a través de panfletos, volantes, asambleas clandestinas y hasta manifestaciones (desafiando el terrorismo oficial el 1 de agosto) hacer llegar su mensaje a los trabajadores, tanto árabes como judíos: no luchen uno contra el otro, únanse en la lucha contra el imperialismo británico y sus aliados sionistas y de la burguesía árabe feudal (...) El último llamado del PCP, en el mismo día del inicio de la revuelta, fue aprobado por el 99% de los trabajadores en los talleres ferroviarios de Haifa, incluyendo muchos trabajadores judíos y hasta socialistas".(28)
 
La resolución citó casos de trabajadores judíos salvados por árabes y viceversa, pero también la ausencia de una confraternización en masa y de una lucha común contra el imperialismo británico. Pero en Moscú las autoridades stalinistas clasificaron los acontecimientos como una revuelta campesina contra el imperialismo. Una resolución del Ejecutivo del Comintern "Sobre el movimiento insurreccional en Arabistán”, del 29 de octubre de 1929, declaró: "A pesar de la dirección reaccionaria de la fase inicial de la revuelta, aun así fue un movimiento de liberación nacional, un movimiento árabe antiimperialista, y mayoritariamente, por su composición social, un movimiento campesino... No hay dudas de que esta revolución democrático-burguesa se transformará en una revolución socialista”. (29)
Al mismo tiempo, el Kremlin denunció "la tesis planteada por algunos de que el carácter proletario de la Revolución" en Medio Oriente “estaba totalmente en desacuerdo con la realidad histórica", que reflejaría la ideología trotskista de la Revolución Permanente”. Pero el principal objetivo de su resolución era condenar la “desviación de derecha del PC de Palestina" declarando: “El partido falló al no percibir que el conflicto nacional religioso estaba transformándose en una revuelta general nacional antiimperialista". Si por un lado la colaboración del PCP con la Haganah se explica posiblemente por la falta de inserción efectiva del partido en el medio obrero árabe, por la imposibilidad de organizar la autodefensa obrera conjunta de árabes y judíos; por otro, se deben esclarecer los errores de la crítica de la Internacional Comunista y sus reales objetivos. Detrás de la clasificación de la revuelta árabe como “antiimperialista y antibritánica" se escondían los objetivos de liquidar a la dirección del PCP acusándola de “bukjharinista” de derecha y substituirla por jóvenes comunistas árabes recién “adoctrinados” en Moscú.
Una comisión oficial de investigación británica (la Comisión Shaw) apuntó al hecho de que por detrás del fanatismo religioso, la revuelta árabe fue motivada por el apoyo del gobierno del mandato a los sionistas, sus adquisiciones de tierras y la expulsión de los campesinos árabes. Pero la constatación del verdadero descontento de los árabes no podía alterar el carácter religioso y antijudío de la revuelta, la manipulación de los sentimientos de las masas por el gran Mufti. De hecho, durante la revuelta de 1929 fueron raros los ataques de los campesinos contra el poder colonial, y la dirección árabe llegó a ordenarles que evitaran a británicos y cristianos. Las masas musulmanas revoltosas cantaban: “el gobierno está de nuestro lado”, y lo más impresionante de todo es que el peor ataque fue contra los judíos ortodoxos antisionistas establecidos hace mucho tiempo en la ciudad de Hebron, en la margen occidental, aislados de Jerusalén y de los sionistas concentrados en las márgenes del Mediterráneo. Según los informes del PCP, 60 judíos de esta comunidad fueron muertos por bandas árabes “cantando en éxtasis religioso mientras abrían los abdómenes y decapitaban a los niños”.(30)
 
Ni bien la dirección del PCP fue sustituida por Moscú, todos los miembros del partido fueron registrados nuevamente bajo la condición de que concuerden con declaraciones del tipo: "acepto que la revuelta de agosto fue el resultado de la radicalización de las masas árabes, con apenas algunos trazos de elementos nacionalistas como consecuencia de factores externos (los británicos, sionistas...)”. La purga en el partido y la imposición burocrática de miembros árabes tenía la intención de conferir una nueva imagen al partido apartándolo del sionismo de izquierda y atribuyéndole la apariencia de un partido árabe.
 
En 1933 ya era posible notar el crecimiento de la oposición árabe al colonialismo británico. Para impedir un levantamiento popular, Gran Bretaña propuso la creación de una “asamblea legislativa" compuesta por 11 musulmanes, 7 judíos, 3 cristianos y 5 funcionarios del gobierno. La propuesta fue rechazada por los sionistas, no por oposición al gobierno británico sino porque querían la creación de una asamblea legislativa cien por ciento judía (la llamada Knesset Israel). La revuelta de 1936, que comenzó espontáneamente como una ola de huelgas y manifestaciones, era parte de un levantamiento más general contra el colonialismo europeo que alcanzaba a Siria y Egipto, además de Palestina. Las clases gobernantes árabes, grandes propietarios rurales feudalitas y direcciones religiosas, crearon rápidamente un Alto Comité Árabe (ACA) para controlar la revuelta. El Comité, que comenzó a operar el 25 de abril de 1936, convocó a una huelga general que duró hasta octubre de ese año, cuando fue desmovilizada por temor, por parte de los altos círculos en Palestina y demás países árabes, de que se transformara en una revolución social y se volviera contra el ACA.
 
Gran Bretaña creó una comisión de sumario para averiguar las causas de , la revuelta, que concluyó sus trabajos con la publicación de un informe el 7 de julio de 1937. La llamada Comisión Peel recomendó especialmente la partición del país con la transferencia de la población árabe que viviera dentro de la región que debería transformarse en un Estado judío. El programa de la Comisión Peel fue bien recibido por los sionistas, pero rechazado por los árabes.
Poco después de la publicación del informe Peel, comenzó la segunda etapa de la revuelta en Medio Oriente. En Palestina hubo una amplia revuelta de los campesinos, especialmente en Galilea y en la actual Margen Occidental. En la medida en que la revuelta se desarrollaba, se dirigía no sólo contra británicos y sionistas sino cada vez más contra las clases dirigentes árabes. Pero los límites de la revuelta establecieron que no llegara a crear una dirección nacional, y quedó confinada a una serie de levantamientos locales dirigido por grupos de guerrilla.
 
Las acciones incluyeron el bloqueo de rutas y el boicot económico de las comunidades británicas y judías. Pero la huelga tuvo el efecto inesperado de impulsar la autonomía del “ischuv”. Los sionistas construyeron rutas estratégicas, acabaron con el remanente trabajo árabe en las plantaciones de cítricos, extendieron su propia red comercial y aumentaron sus fuerzas militares, que ahora estaban oficialmente alistadas como tropas auxiliares de la policía británica. La revuelta continuó hasta marzo de 1939, convenciendo al gobierno británico de la inviabilidad de la propuesta de partición -posición asumida oficialmente en el Libro Blanco de 1939 y nuevamente revertida después del inicio de la Segunda Guerra Mundial. La Histadrut se opuso en la práctica a la huelga general, empleando los medios a su alcance para romperla, y el movimiento sionista estableció 55 nuevos asentamientos. La supresión de la revuelta contó con la cooperación entre Haganah y el ejército y la policía británicos, incluyendo la formación de escuadrones de la muerte que aterrorizaban a la población árabe. Data de este período también la creación de la organización para- militar del ala revisionista del sionismo, la llamada Etzel. Los combates de 1936-1939 dejaron un saldo de muertos de 2.287 árabes, 430 judíos y 140 británicos, miles de heridos y la paralización de la economía.(31)
 
La revuelta árabe de 1936-39 es frecuentemente descripta como "fanatismo religioso” y “xenofobia generalizada". De hecho, la religión ejerció un papel mucho menor aquí que en 1929. Las masas en las calles estaban constituidas solamente por campesinos, sino también, jóvenes urbanos, los shebab, liderados por el partido Istaqlal (de la Independencia), un nuevo grupo nacionalista compuesto por árabes musulmanes, cristianos y judíos de las ciudades. Las principales demandas de la revuelta (fin de la inmigración judía, prohibición de la venta de tierras árabes a los judíos y establecimiento de un “gobierno de representación nacional palestino”) dirigían la lucha contra los colonialistas británicos y el sionismo. El PCP, en vez de movilizar a la clase trabajadora contra la represión británica y de sus aliados sionistas, adoptó el programa nacionalista del ACA. Tanto durante la huelga de seis meses en 1936 como durante las luchas de guerrilla que siguieron a la publicación de la exposición de la Comisión Peel a mediados de 1937 (que defendía la partición de Palestina en los Estados árabe y judío) la política del PCP fue de total apoyo al Alto Comité Arabe (ACA), liderado por el Mufti Husseini.
 
Mientras que formalmente llamaban a los trabajadores judíos a unirse a la huelga, los stalinistas no llamaban a los trabajadores agrícolas y campesinos a levantarse en una revolución campesina contra los effendi y sionistas cultivadores de cítricos, ni llamaban a los trabajadores (árabes y judíos) a cerrar todos los medios de transporte, refinerías de petróleo, fábricas y departamentos de) gobierno, en una lucha por la independencia de Palestina y por la Revolución proletaria. Estos objetivos no eran inalcanzables, como lo habían demostrado los acontecimientos de los años precedentes. La solidaridad obrera árabe-judía de mediados de la década de 1920 fue ofuscada por los conflictos intercomunitarios de 1928-29.
 
Pero luego reapareció: en noviembre de 1931, huelgas conjuntas de choferes de taxi, ómnibus y camiones paralizaron los transportes en Palestina por nueve días. En abril de 1932, marineros árabes de Haifa entraron en huelga y fueron seguidos por los portuarios judíos, pertenecientes mayoritariamente al grupo sionista de izquierda Hashomer Hatzair, que se negaron a frustrar la huelga. Se formó un consejo de huelga común, a pesar de las resistencias de la Histadrut y de la Ejecutiva árabe (tanto los sionistas como los nacionalistas árabes eran contrarios a la lucha conjunta de los trabajadores, por la que culpaban a los comunistas). A partir de 1934 se produjeron asambleas masivas con centenas de trabajadores árabes y judíos de los ferrocarriles, que desembocaron en una huelga de un día en Haifa (mayo de 1935). Los huelguistas formaron un consejo de todos los trabajadores de los ferrocarriles y una delegación de cuatro trabajadores árabes y cuatro judíos para negociar con los patrones (del gobierno) y llegó a vencer en algunos puntos de sus demandas. Algunos meses antes, en febrero-marzo de 1935, centenas de trabajadores árabes y judíos realizaron una huelga de tres semanas, parcialmente victoriosa, en la refinería de Haifa y en la terminal del oleoducto de la Compañía de Petróleo de Irak.
 
En el VII Congreso del Comintern, en 1935, cuando Georgi Dimitrov anunció formalmente la nueva política de “frente popular” un delegado del PCP declaró que su principal tarea era "crear un frente popular nacional árabe contra el imperialismo y el sionismo", y además que “el partido debería trabajar activamente entre las masas trabajadoras judías para sacarlas de la influencia del partido contrarrevolucionario de los capitalistas sionistas". Pero sin mención alguna a la revolución proletaria; llamaban apenas a la "incorporación de los trabajadores (judíos) en la lucha de emancipación nacional de las masas árabes". En el mismo congreso, el líder del PCP, Musa (Ridwan al Hilu), describió a la minoría judía como el principal enemigo: "La minoría nacional judía es, en suma, la avanzada de la acción colonizadora y dominante, apoyada por el imperialismo británico”. Poniendo en práctica el programa del frente popular, el PCP se ponía al servicio del Alto Comité Arabe. Los militantes del PCP se unieron a los cuadros del ACA y direcciones regionales de la revuelta. La prensa del PCP reprodujo las apelaciones islámicas, elogió las propuestas “muy razonables del (Mufti) Hadj Amin al Husseini” y su llamado “muy sensato” por un “gobierno representativo”, o sea, por una representación nacional árabe dentro del imperio británico y no por la independencia de Palestina.
 
Por lo tanto, al contrario de 1929, cuando el descontento popular de las masas árabes fue canalizado por los conflictos intercomunitarios, y de 1933, año de rápidas protestas nacionalistas, entre 1936 y 1939 se produjo una revuelta antibritánica de amplia escala en Palestina que careció, no obstante, de una dirección propia: “El Partido Comunista de Palestina podría haber ejercido un papel crucial, liderando la revuelta a la victoria, pero estaba paralizado por la política de ‘frente popular’ de Stalin, y apoyó el traicionero ‘Alto Comité Árabe’. Los stalinistas cerraron el círculo de la traición cuando la Unión Soviética y los partidos comunistas apoyaron a los sionistas en la guerra de 1948, que llevó a la limpieza étnica de más de 800.000 palestinos”.(32)
 
La subordinación política del PCP al nacionalismo árabe burgués tuvo con-secuencias desastrosas en su actuación durante la revuelta. Si en el inicio de la huelga los comunistas llegaron a realizar un acto del 1° de Mayo conjunto en Haifa (sufriendo duras persecuciones, prisiones y torturas), en el curso de la revuelta no llamaron a una acción conjunta de los trabajadores. Por el contrario, ¡llamaban a los trabajadores judíos a infundir pánico, colocando bombas en los clubs obreros judíos! Sin una dirección comunista, la huelga de los ferroviarios árabes (80% del total de los trabajadores de los ferrocarriles) terminó en diez días, por el temor a que los judíos tomaran sus puestos de trabajo. La huelga de los portuarios de Jaffa quedó aislada... entre tantas otras acciones fracasadas. Después de reforzar considerablemente sus tropas, los británicos quebraron el levantamiento a fines de 1938. Pero el descontento persistía entre los árabes palestinos. Por el temor a perder el apoyo árabe en las vísperas de la II Guerra Mundial, Londres emitió en 1939 un Libro Blanco restringiendo la inmigración y prometiendo la independencia de Palestina luego de diez años. Pero, como resultado de la crisis económica mundial y del ascenso de Hitler en Alemania, los refugiados judíos llegaban en gran número a Palestina; en 1939, el ischuv, ahora con 500.000 almas, estaba altamente militarizado y organizado económicamente como una unidad separada.
 
La derrota de la revuelta dispersó el liderazgo árabe-palestino. El Mufti se refugió en Berlín, transformándose en instrumento del régimen nazi. Centenares de comunistas y simpatizantes fueron presos en un campo de concentración cerca de Bersheba. Pese a su trabajo pionero en la construcción de la unión y solidaridad entre trabajadores árabes y judíos a mediados de la década de 1920, la política inconstante del PCP y su alianza con fuerzas nacionalistas árabes burguesas en 1929 y en 1936-39 significaron que no pudiera ejercer un papel independiente como vanguardia de la clase obrera. La política stalinista de frente popular asociaba a los PC en todo el mundo a “sus propias" burguesías. En Palestina, donde había dos nacionalismos compitiendo entre sí, el PCP se unió primero a uno, después al otro, y fue eventualmente derruido, fragmentándose en sus componentes nacionales. El PCP se dividió en 1939, con una minoría judía aproximándose al sionismo mientras que el partido oficial se tornaba cada vez más nacionalista árabe. Poco después del inicio de la revuelta palestina de 1936, el PC clandestino creó una sección judía, ya que la comunicación normal entre las dos comunidades bajo condiciones de ley marcial probó ser imposible. La propaganda de las dos secciones luego comenzó a divergir -en hebreo el PCP pedía el fin del derramamiento de sangre, en árabe llamaba a unirse al movimiento de liberación árabe.
 
La sección judía no demoró en tomar la decisión de ingresar en las organizaciones sionistas, incluyendo el Mapai (el partido “sionista laborista” de Ben Gurion), los sindicatos de la Histadrut e inclusive el ejército clandestino de la Haganah. Justificó su adhesión al sionismo como "trabajo legal" en “organizaciones de masa" y con una “adaptación de las formas de lucha en el sector judío al nivel de la madurez política del ischuv”. Los "sionistas socialistas" del Hs- homer Hatzair y Poalei Sion de Izquierda, antes llamados "social fascistas", fueron reclasificados como la "fracción revolucionaria de los trabajadores y la juventud con la cual se podría hacer un "frente contra la partición". Pero algunos militantes judíos se negaron a apoyar la alié (inmigración judía) y la consigna de seguridad para el ischuv", alegando que apoyar a la Haganah mientras asesinaba árabes para el colonialismo británico era "negativo” e “inmoral”. Cuando la dirección advirtió a la sección judía contra la línea política asumida, ésta simplemente convocó a su propio congreso y se designó a sí misma como PCP.
 
La Segunda Guerra Mundial representó la apertura de una nueva fase para el movimiento obrero de Medio Oriente. Palestina se transformó en un escenario importante de la guerra entre las fuerzas fascistas del eje y los aliados. Miles de tropas francesas y británicas desembocaron en la región de Siria-Líbano-Palestina. Palestina, una región predominantemente agraria, vio crecer rápidamente una industria de guerra. Miles de trabajadores árabes y judíos fueron empleados en los ferrocarriles, en las refinerías de petróleo, en las fábricas metalúrgicas y como trabajadores civiles en los campos militares. Mientras que en Egipto -donde crecía rápidamente la industria textil, del petróleo y los ferrocarriles - las direcciones nacionalistas tradicionales perdieron mucho de su respaldo popular después del tratado anglo-egipcio de 1936, en Palestina fueron dispersas después de la derrota de la revuelta de 1936-39.
 
La firma del pacto Molotov-Ribbentrop en agosto de 1939, socavó a los PC en todo el mundo, principalmente porque venía después del período de frente popular, en que se abandonó toda pretensión de una política de clase, supuestamente para poder aliarse políticamente con los sectores “antifascistas" de las burguesías imperialistas. Habiendo proclamado el 1o de agosto de 1939 que el “fascismo internacional quiere ocupar Medio Oriente y Palestina... todos los patriotas defenderán su país", el Ejecutivo del PCP declaró, algunas semanas después, simplemente que “el Hitler contra quien (el primer ministro británico) Chamberlain está luchando no es más el mismo Hitler que quería invadir a la URSS". Como la Agencia judía ordenó a los judíos palestinos alistarse en el ejército británico (casi 120.000 lo hicieron), el PCP llamó a una “oposición activa al alistamiento”. Pero el viraje "antiimperialista" del PCP era apenas un interludio. El cambio fue nuevamente brusco y repentino cuando la Wehrmacht de Hitler lanzó la campaña Barbarroja contra la URSS, el 22 de junio de 1941. Si en junio de 1941 el PCP declaraba su oposición al slogan de “defensa de la patria", algunos meses después su órgano central, Kol Haam (Voz de los Trabajadores) publicaba la consigna: “alistamiento en masa en el Ejército británico, compañero de armas del Ejército Rojo", y abandonaba la demanda por la "independencia de Palestina”. La ruptura de 1940 entre el Ejecutivo del PCP y su sección judía (que se oponía al llamado a la independencia de Palestina) fue enterrada en agosto de 1942, bajo las instrucciones del Kremlin, mientras que un PCP “reunificado" se lanzaba al esfuerzo de guerra.
 
El espectáculo era completo: mientras que los comunistas árabes y judíos hacían campaña por el alistamiento en el ejército colonial británico, al igual que los sionistas de todas las tendencias, los nacionalistas árabes se alistaban en la Legión Árabe del coronel británico Glubb. Los sionistas de izquierda del Hashomer Hatzair y Poalei Sion izquierda se unieron al PCP para organizar un Comité Palestino de auxilio a la URSS, conocido como Liga V (de "victoria"). Todas las principales fuerzas políticas de Palestina se unieron en apoyo al imperio británico, excepto los seguidores del Mufti pro nazi. Las masas árabes, tanto en Palestina, como en Egipto e Irak, no apoyaban a la potencia británica ni contra los regímenes nazi-fascistas del Eje. En El Cairo, no obstante, el ingreso de los principales intelectuales pro comunistas (muchos de ellos judíos) en la "Unión Democrática” creada en 1939 para formar una “alianza antifascista, las masas -miles de trabajadores y pobres- tomaron las calles gritando “¡Come on Rommel!”. Los nacionalistas del ejército egipcio, el embrión del futuro "Free Officers” que se sublevó contra el Rey Farouk en 1952, buscaban establecer contactos con el régimen pro nazi de Rashid Ali en Irak, y el propio gobierno egipcio declaró la guerra a Alemania e Italia recién en febreio de 1945.
 
La situación altamente explosiva y potencialmente revolucionaria demostraba que había espacio para una campaña comunista contra ambos bloques imperialistas, siguiendo el ejemplo de los bolcheviques durante la Primera Guerra Mundial'. Durante la II Guerra Mundial creció enormemente el potencial de una lucha obrera conjunta árabe-judía. Por primera vez en la historia de Palestina
el trabajo compartimentado comenzó a ceder lugar a un gran número de árabes y judíos trabajando codo a codo. La fuerza de trabajo urbano árabe aumentó aproximadamente de 40.000 a 130.000 trabajadores, 100.000 de los cuales eran obreros manuales. Como anteriormente, los trabajadores ferroviarios ocupaban la vanguardia.
"La guerra y el período inmediatamente posterior será testigo no solamente de un grado de colaboración sin precedentes entre los sindicatos ferroviarios árabes y judíos, sino también de una militancia inédita", escribe Zachary Lockman.(33) Trabajadores ferroviarios árabes y judíos de Haifa, lanzaron reivindicaciones conjuntas en 1940 y protestaron juntos en diciembre de 1942, con una huelga de tres días de todos los talleres de Haifa, desafiando una prohibición oficial contra las huelgas en sectores esenciales de la industria. Los campamentos militares británicos constituían un foco propicio para la lucha obrera conjunta. Los 15.000 judíos y 35.000 árabes contratados para construirlos y mantenerlos tenían salarios bajos, comidos por la inflación de tiempos de guerra, alimentando su descontento. Además, la Histadrut tenía una base de apoyo muy débil en los campamentos: la mayoría de esos trabajadores judíos eran mizrahim (originarios del Medio Oriente), mientras que el establishment sionista era conducido por judíos ashkenazim (originarios de Europa central y oriental). Las organizaciones activas en los campamentos eran principalmente el PCP, el Hashomer Hatzair y el PAWS, sindicato nacionalista árabe.
Presionado por su ala izquierda, la Histadrut llamó, unilateralmente, a una huelga de un día en mayo de 1943. Miles de trabajadores árabes se unieron a los huelguistas judíos ignorando a la propia dirección de la huelga. La ocasión exigía la intervención del PCP, históricamente favorable a la unión de los trabajadores árabes y judíos, con la posibilidad inclusive de quebrar el control de los laboristas y de la Histadrut sobre el movimiento. Pero la dirección del PCP (Musa), por el contrario ¡denunció la huelga de los trabajadores por boicotear el esfuerzo de guerra!
El PCP estaba simplemente siguiendo la línea de Moscú: los simpatizantes del Partido Comunista en EE.UU., por ejemplo, defendían la suspensión de todas las huelgas durante el periodo de la guerra y denunciaban a los huelguistas de las minas de carbón de EE.UU. como “traidores" y "quinta columna pro nazi”. Al mismo tiempo, el PCP se alineaba con los árabes nacionalistas conservadores de Palestina, ya que la Sociedad de los Trabajadores Árabes de Palestina también se oponía a la huelga de los trabajadores de los campamentos. Pero los comunistas judíos eran presionados por la Histadrut a apoyar la huelga. Así, la “huelga relámpago" de los campamentos militares se transformó en el pretexto para una nueva ruptura del PCP sobre bases nacionales. Una camada de comunistas árabes jóvenes (incluyendo a Emile Habibi, Bulus Farah y TawfikTubi), de origen cristiano principalmente, fundaron la Liga de Liberación nacional (LLNN), mientras que los comunistas judíos se dividieron en dos campos: los remanentes del PCP, que mantuvieron el mismo nombre, dirigidos por Shmuel Mikunis y Meir Wilner, y la anterior sección judía, que a partir de ahora se llamaría Asociación Educativa Comunista.
 
En mayo de 1943 Stalin disolvió la Internacional Comunista declarando que era “deber sagrado” de los trabajadores “apoyar por todos los medios los esfuerzos militares de los gobiernos” de la "coalición anti Hitler” (en otras palabras, unirse a los imperialistas “democráticos”). En Palestina, ambos lados de la ruptura del PCP vistieron sus respectivos colores nacionales. Los jóvenes intelectuales árabes publicaron un folleto diciendo: “El Partido Comunista de Palestina es un partido nacional árabe que incluye en sus filas a los judíos que aceptan su programa nacional... La disolución de la Internacional Comunista y la expulsión de las filas de los partidos de los sionistas locales llevará al refuerzo del partido y facilitará su lucha por la liberación de nuestra patria palestina". (34)
 
La formación de la LLN reflejaba la táctica stalinista vigente en varios países coloniales durante la II Guerra Mundial, de rebautizarse como frentes de liberación nacional -por ejemplo, la Viet Minh (Liga por la Independencia de Vietnam). En respuesta, las direcciones judías del partido, encabezadadas por Mikunis, publicaron un manifiesto que, primero, declaraba que el PCP era un “partido intemacionalista, árabe y judío", para enseguida decir que luchaba “por los intereses vitales de las masas del ischuv". A mediados de 1944 el PCP pidió su ingreso en la Histadrut. Un año después, en un congreso en septiembre de 1945, el partido declaró: “El PCP apoya el establecimiento de un hogar nacional judío en Eretz Israel". El partido declaraba ahora su apoyo a un Estado binacional: "Un pequeño grupo de intelectuales liberales llamado Liga de la Paz defendía la creación de un Estado bi-nacional, en el cual los judíos tendrían una representación igual a la de los árabes, a pesar de su inferioridad numérica, en nombre de la “igualdad": su líder era Yehuda Magnes, y entre sus miembros estaba el conocido filósofo Martin Buber. Hasta el momento de la decisión de la Onu apoyando la partición del país, tanto el Hashomer Hatzair como el Partido Comunista de Palestina apoyaban este programa, que era (estuvieran o no conscientes del hecho) el programa del colonialismo sionista ‘liberal”'.(35)
 
Así como el Hshomer Hatzair y otros grupos sionistas de izquierda que también defendían una federación de comunidades nacionales árabes y judías, los comunistas cedieron en seguida, sin oposición, sin restricciones, a la partición de Palestina y a la creación del Estado de Israel. Después de la votación de las Naciones Unidas en noviembre de 1947 a favor de la partición, apoyada por la URSS, el PCP cambió su nombre por Partido Comunista de Eretz Israel (Makei), adoptando la designación sionista para Palestina. Después eliminó el "eretz", quedando Maki, para ablandar la connotación sionista de su nombre. Como diría un pequeño grupo palestino de oposición al Partido Comunista: “Así, fue eliminado el último vestigio de contacto con la población árabe. El puente que aún los separaba del sionismo fue finalmente atravesado. En vez de constituir la vanguardia de la lucha antiimperialista de las masas árabes y judías, el Partido Comunista de Palestina se transformó en el resto ‘comunista’ de los sionistas de 'izquierda'".(36)
 
La invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941, junto con el sabotaje stalinista del Ejército Rojo (liquidación de sus generales, negación a prepararse para el ataque alemán y el bloqueo de la resistencia en los primeros días de la invasión), prácticamente llevaron a la destrucción de la URSS entre 1941 y 1942. El programa del internacionalismo comunista era sistemáticamente descartado mientras Stalin liquidaba (asesinaba) a miles de comunistas y re-vivía los símbolos zaristas. Después de una secuencia de derrotas, y la muerte de 27 millones de rusos, la batalla de Kursk (1943) marcó la marcha de la URSS rumbo a la victoria sobre Hitler. En la medida en que la II Guerra Mundial llegaba a su fin, las victorias del ejército soviético confirieron prestigio a los PC en todo el mundo, inclusive en Palestina. Mientras que el PCP atraía a sectores de la izquierda judía, los militantes de la clase obrera árabe eran atraídos por la comunista Liga de Liberación Nacional. Si durante el período de guerra la clase obrera creció en Medio Oriente debido al crecimiento de la industria de abastecimiento para la guerra y para el mercado local (que dejó de recibir el anterior flujo de importaciones), en la inmediata posguerra el potencial de esta clase obrera se tornó explosivo debido a la amenaza creciente de desempleo entre los trabajadores árabes y judíos, causada por el cierre de las industrias armamentistas.
 
"El Medio Oriente de hoy no es el Medio Oriente de veinte años atrás, con su población de fedayin atrasados, explotados y oprimidos por los príncipes feudales reaccionarios. Estos países experimentaron una industrialización considerable en los años recientes, y este proceso recibió un gran ímpetu durante la guerra. Con el crecimiento de la industria, vino el crecimiento de la clase trabajadora, la emergencia de sindicatos, de organizaciones socialistas, de diarios de la clase obrera. Los viejos príncipes feudales temían ante el espectro de esta nueva clase trabajadora, y se lanzaron a los brazos de los "protectores" británicos."(37)
 
Las huelgas y las manifestaciones de los trabajadores se propagaron por Medio Oriente. En Egipto, el delta del Nilo fue tomado por un levantamiento explosivo de luchas obreras de diversos sectores -ferroviarios, telefónicos, etc-. En El Cairo, una huelga general en 1946 de obreros y estudiantes exigió la retirada de Gran Bretaña del país. También en 1946, en Irak, hubo una importante huelga de los trabajadores del ramo petrolífero de Kirkuk; mientras que en 1948, protestas contra el gobierno fantoche que permitía la permanencia de las bases militares británicas llevaron a una revuelta en amplia escala en el país.
 
En Irán, una huelga en el recién instalado campo petrolífero de Agha Pañi, en mayo de 1946, fue seguida por una huelga general en los campos de la Compañía Anglo-lraní de Petróleo. Aún en 1946, se produjeron grandes huelgas en los ferrocarriles...
 
Crecía igualmente la influencia de los sindicatos y partidos de la clase trabajadora. En Irak comenzaron a circular cuatro diarios comunistas y un diario comunista kurdo, mientras el partido ganaba seguidores entre los ferroviarios, profesores e inclusive en el ejército. En Palestina, el éxito del diario árabe El Hurrieh se explicaba por su enfoque de las cuestiones sociales y ataques contra todos los partidos y direcciones tradicionales. La situación arriba delineada se reflejaba entre los trabajadores judíos en su unión sin precedentes con los trabajadores árabes de Palestina.
Como dice Zachary Lockman: “En los últimos tres años del gobierno británico en Palestina los trabajadores ferroviarios y de correos tuvieron un papel de dirección en la movilización de otros trabajadores árabes y judíos a pesar de las diferencias de origen comunitario, en defensa de sus intereses económicos comunes". (38)
 
Casi inmediatamente después del fin de la guerra, estalló el conflicto en el interior de los campos militares británicos, donde 30.000 obreros eran amenazados con el despido. Los campos no fueron cerrados y continuaron abrigando a 250.000 tropas en Palestina. Como en 1943, el sindicato nacionalista conservador árabe PAWS, liderado por Sami Taha, inicialmente boicoteó la lucha. Pero en agosto de 1945 simpatizantes y miembros de la Liga de Liberación nacional formaron el Congreso de los Trabajadores Arabes (CTA). Las ramas del PAWS de Jaffa, Jerusalén y Gaza fueron ganadas por la LLN (abandonando la dirección de Taha) y enseguida se fundieron en la liga sindical de la LLN en Haifa. Al mes siguiente, el CTA (pro comunista) y la Histadrut lideraron una huelga de 7 días en un campo en las proximidades de Tel Aviv. Trabajadores árabes y judíos se unieron en piquetes conjuntos en los portones del campamento y marcharon por las calles centrales de Tel Aviv cantando, en árabe y hebreo, "larga vida a la unidad entre los trabajadores árabes y judíos", “los trabajadores árabes y judíos son hermanos”, etc. El diario Ha’aretz, en su edición del 25 de septiembre de 1945, anunció: “Las masas se agolpaban a ambos lados de las calles para apreciar la visión extraordinaria de trabajadores árabes y judíos marchando juntos por el corazón de Tel Aviv".
En abril de 1946 la Histadrut y el CTA lideraron en todo el país una huelga de los trabajadores de la compañía petrolera Socony Vacuum, que duró 12 días y resistió el intento de boicot de la PAWS.
 
Simultáneamente se inició la manifestación de los trabajadores del correo, telégrafos y compañía telefónica, que se transformó en una gran huelga general de los empleados públicos. La manifestación comenzó el 9 de abril con la acción de los trabajadores árabes y judíos del correo de Tel Aviv. El espíritu combativo de este núcleo corría como fuego en pólvora. Al día siguiente entraron en huelga los trabajadores de correo de toda Palestina. Ni las concesiones rápidamente anunciadas por el gobierno, ni el llamado de la Histadrut a poner fin a la huelga, fueron escuchados. El 14 de abril los trabajadores ferroviarios se adhirieron, paralizando la principal vía de transporte en todo el país. Luego entraron en huelga los miles de empleados públicos (en su mayoría árabes) que ya venían manifestando su descontento (especialmente con una serie de pequeñas huelgas en el año anterior), seguidos por los trabajadores portuarios.
 
A mediados de abril había 23.000 empleados públicos en huelga y fuertes indicios de la adhesión inminente de otros sectores. El PCP y la LLN en un folleto conjunto llamaron a los trabajadores de las refinerías, bases militares y municipales a unirse a la huelga general contra el gobierno imperialista. Pero tanto la Histadrut como la PAWS -tanto sionistas como nacionalistas árabes- se opusieron a la expansión de la huelga: la primera porque no quería poner en riesgo su campaña para obtener del gobierno británico el aumento de la cuota de inmigración; la segunda porque seguía la orientación del Mufti de Jerusalén que se oponía a extender la cooperación entre los trabajadores árabes y judíos.
 
La huelga fue levantada a fin de mes con la victoria de la mayoría de sus reivindicaciones económicas, incluyendo el aumento de salarios y beneficios (bonus). El diario hebreo de derecha Ma’ariv denunció la huelga por supuestamente herir la causa sionista, y el diario árabe nacionalista conservador Filastin criticó a la PAWS por su “colaboración con los sionistas". Entre las organización de izquierda, el Hashomer Hatzair (sionista de izquierda) destacó el potencial de cooperación árabe-judía revelado por la huelga, y la LLN-PCP declaró que la huelga fue una envestida contra la política de "dividir y reinar* del imperialismo, contra todos aquellos que apoyan al chauvinismo y propagan la división nacional. Pero la efectiva derrota del imperialismo dependía de la profundización de esta lucha. De hecho, continuaron las acciones conjuntas.
 
En enero de 1947 el CTA, juntamente con un comité de trabajadores judíos, lideró la huelga de centenares de trabajadores de la refinería de Haifa. En marzo, cerca de 1.600 trabajadores de la Compañía de Petróleo de Irak entraron en huelga bajo la dirección del CTA, a pesar de la resistencia y la oposición de PAWS. De forma prácticamente espontánea estalló una huelga de 40.000 trabajadores de los campos militares en toda Palestina, que duró apenas un día y no se extendió conforme al deseo de los trabajadores árabes debido al bloqueo del Ejecutivo de la Histadrut que, en las palabras de un funcionario, “temía una huelga de trabajadores árabes y judíos, una huelga que sería antijudía por su carácter político y de seguridad'’. En otras palabras, sería una amenaza al sionismo. La lucha conjunta de los trabajadores árabes y judíos era una amenaza a los sionistas, y en la medida en que crecía la batalla por toda Palestina, los chauvinistas escenificaron una provocación sangrienta para quebrar la solidaridad de la clase obrera en un mar de histeria nacionalista.
 
En 1946-47 las fuerzas militares judías comenzaron a prepararse para la partición. La Haganah, ligada a la Histadrut y a la dirección oficial “laborista’’ del yishuv, se concentró principalmente en la construcción de una fuerza militar regular con tropas que habían integrado la Brigada judía del ejército británico y en el desvió de armas hecho por los trabajadores judíos de los campamentos militares británicos. El brazo militar de los “revisionistas" (extrema derecha sionista), el Irgun (Itzel), participó en ataques terroristas cada vez más frecuentes, como el atentado con una bomba en el Hotel King David de Jerusalén en julio de 1946, que mató a varios oficiales del ejército británico.
 
A nivel local, los sionistas concentraban sus esfuerzos en la separación de árabes y judíos en todas las ciudades de población mixta. La dirección árabe fiel al Mufti, por su parte lanzó un llamado al boicot del comercio y negocios judíos. A medida que aumentaba la tensión, los choques intercomunitarios se volvieron prácticamente diarios en todas las ciudades de población mixta. Si por un lado las direcciones sionistas se oponían enfáticamente a la organización obrera conjunta árabe-judía, a la que velan como una amenaza a su programa de “conquista del trabajo”, los nacionalistas burgueses árabes también se sentían amenazados por la unión obrera intercomunitaria.
A fines de noviembre de 1947 las Naciones Unidas votaron a favor de la partición de Palestina, atribuyendo a los judíos el 55% del territorio a pesar de constituir apenas un tercio de la población, que vivía principalmente en las ciudades y ocupando apenas el 6% de la tierra. La revuelta de la población árabe fue generalizada. Estallaron conflictos y una huelga general árabe en Jerusalén. Por otro lado, el Irgun lanzó una serie de ataques de “represalia” y un terror indiscriminado contra la población civil árabe. La Haganah también ejecutó “contraataques" -no provocados- contra, por ejemplo, la estación de ómnibus de Ramallah y la aldea de Khisas en Galilea, en la que fueron asesinados una docena de habitantes. El 29 de diciembre el Irgun lanzó bombas sobre la ciudad vieja de Jerusalén matando e ¡riendo un total de 44 personas. A la mañana siguiente, terroristas del Irgun realizaron un ataque con bombas lanzadas desde un coche, contra una multitud de centenares de obreros árabes reunidos en el portón principal, antes de entrar a trabajar, de la refinería de petróleo de Haifa; seis murieron y decenas fueron heridos. Minutos después, trabajadores árabes enfurecidos invadieron la refinería y con algunos de los obreros de la empresa comenzaron a atacar a los judíos. Cuando la policía llegó ya habla 41 trabajadores judíos muertos y 49 heridos.
 
Pero la solidaridad árabe-judía de los trabajadores no fue automáticamente liquidada por el nuevo clima de odio intercomunitario. Cuando las noticias del atentado contra los trabajadores árabes llegaron a los talleres ferroviarios, el clima de venganza amenazaba producir un nuevo baño de sangre. Sindicalistas árabes arriesgaron sus vidas para defender a sus compañeros judíos, el dirigente del sindicato de los ferroviarios judíos, miembro del Hashomer Hatzair, redactó un mensaje diciendo; “Vimos con nuestros propios ojos cómo los activistas y diligentes del CTA y PAWS están poniendo en riesgo sus propias vidas para enfrentar a una multitud enfurecida (...) Muchos trabajadores veteranos -árabes- hicieron un inmenso esfuerzo para impedir la violencia. Sin lugar a dudas debemos reconocer, con toda gratitud, que fue su inmenso coraje el que ese día nos salvó del destino de los trabajadores de la refinería”.(39)
 
La masacre de la refinería de Haifa fue el mayor y más brutal asesinato de civiles hasta aquel momento. Un comité de investigación organizado por la comunidad judía de Haifa concluyó que la muerte de los trabajadores judíos no fue premeditada, sino precipitada por el atentado del Irgun. La Agencia judía calificó al atentado como un “acto de locura”, pero secretamente autorizó represalias por la muerte de los judíos. Al día siguiente, la Palmajh (fuerza militar de élite dominada por los trabajadores sionistas “de izquierda") invadió la aldea de Balad al Shaikh, cerca de Haifa, destruyó las casas de los trabajadores árabes de las refinerías y asesinó a sangre fría a 60 hombres, mujeres y niños. No se podía esconder el propósito del ataque: aumentar la división y el odio entre árabes y judíos. Tanto el atentado del Irgun como “las represalias” de los laboristas fueron dirigidos contra un ambiente de trabajo conocido por poseer una tradición de cooperación y solidaridad de clase entre los trabajadores árabes y judíos: muchos de los trabajadores judíos de la refinería pertenecían al Hashomer Hatzair, organización que en diversas ocasiones demostró su solidaridad con los obreros árabes; muchos de los trabajadores árabes pertenecían al CTA, órgano liderado por la LLN comunista. Bajo el impacto de los ataques de la Haganah, cerca de 20.000 árabes huyeron de Haifa a fines de enero de 1948. En el mes de abril la Haganah lanzó la “Operación tijera”, parte del “Plan D" (o “Dalet) sionista, que llamaba a la expulsión de los árabes de los distritos mixtos y barrios árabes de Haifa. La conquista sionista de Haifa el 21-22 de abril de 1948 terminó de expulsar a los 50.000 árabes que quedaban en la ciudad. En otras localidades, dice Lockman:
 
“Activistas del CTA se alistaron en la formación de unidades de autodefensa en Jaffa y Gaza para proteger los barrios pobres, pero fueron barridos por el caos que asoló a la Palestina árabe. Con sus líderes y activistas dispersos y gran parte de su base transformada en refugiados, la LLN y el CTA prácticamente dejaron de funcionar (...) La nueva izquierda árabe, surgida durante los años de guerra (II Guerra Mundial) y que tanto contribuyó para el desarrollo de un movimiento sindical, fue arrasada por la marea creciente de tensiones inter- comunitarias."(40)
Mientras Gran Bretaña preparaba su retirada de Palestina, hizo su parte en el combate a los comunistas árabes, prohibiendo la circulación del diario de la LLN-CTA, Al-lttihad. Cuando estalló la guerra entre Israel y los Estados árabes en mayo de 1948, los comunistas palestinos de Hebron, Gaza y otras regiones del ex mandato británico ahora controladas por ejércitos árabes, fueron apresados en la villa egipcia de Abu Ageila. Cuando las fuerzas militares israelíes tomaron la ciudad simplemente transfirieron a los militantes del PCP a un campo de concentración israelí, donde permanecieron por más de un año. (41)
 
Simultáneamente, se encontraban en otro campo de concentración, en el desierto del Sinaí, comunistas egipcios, muchos de ellos judíos. En Irak, se ejecutó a toda la dirección del Partido Comunista. Se puede decir que la represión a los partidos comunistas y la caza a sus integrantes fue un objetivo compartido por todos los regímenes de Medio Oriente, tanto árabes como sionistas. Para los árabes de Palestina, 1948 fue el año de la Al Naqba (o desastre). Los historiadores que buscan en las fuentes y registros históricos los numerosos ejemplos de solidaridad entre obreros árabes y judíos en la Palestina del mandato, encontraron, para el año 1948, una situación “rumbo a la locura”, para usar el término de Lockman. Deborah Bernstein declara categóricamente. “Los intereses de clase no podían trascender y de hecho lo hacían los intereses nacionales". (42)
 
La historia muestra que no trascendieron, pero los motivos para este fracaso no son de orden metafísico y su análisis muestra que la lucha conjunta y la solidaridad de clase árabe-judía podrían haberse sobrepuesto y vencido a los intereses de las burguesías nacionales.
 
Mirando apenas el área diminuta de Palestina en el año 1948, vemos que el Estado sionista y las potencias imperialistas que lo apoyaron dominaron la resistencia árabe palestina y oprimieron a los sectores donde la lucha obrera trascendía las fronteras comunitarias. Al mismo tiempo, entre 1945-1948, se evidenció la posición de Palestina como el centro de una región -Medio Oriente- de grandes disputas imperialistas. Las huelgas y luchas obreras del otro lado del Canal de Suez, en Egipto, y la revuelta de los trabajadores y estudiantes en Irak, podrían haber establecido contacto con la lucha obrera árabe-judía en Palestina en el periodo del establecimiento del Estado de Israel.
 
No obstante, el potencial revolucionario de estas luchas fue bloqueado en gran medida por la política stalinista de alineamiento con los nacionalismos en disputa entre sí. Con un programa de colaboración de clase, el PC de Irak se opuso a la lucha por una revolución socialista no por la república, mientras que los comunistas egipcios se oponían a las demandas de los trabajadores de expropiación de las industrias textiles. Después, siguiendo las directivas de Moscú, todos apoyaron la creación del Estado de Israel en Palestina. La solidaridad obrera árabe-judía difícilmente sobreviviría a las atrocidades y deshumanización que fueron productos inevitables de la guerra intercomunitaria. El propio contacto entre los trabajadores árabes y judíos fue perjudicado por el traslado de gran parte de la población árabe de Palestina. Era imprescindible, para cualquier desarrollo armonioso que beneficiase a los pueblos árabes y judío de Palestina, romper con las divisiones comunitarias y derrotar a los nacionalismos burgueses en guerra entre sí. A pesar de que los sionistas y las direcciones feudales árabes fomentaron el odio entre las dos comunidades, en casi tres décadas de dominio colonial británico no faltaron ejemplos de unión espontánea entre trabajadores árabes y judíos en Palestina y serias tentativas de organizar esta unión clasista, emprendidas por la izquierda no sionista y apoyadas en cierta medida por el Hashomer Hatzair dentro de la perspectiva de creación de un Estado binacional.
Después de la Segunda Guerra Mundial hubo una ola de manifestaciones y luchas obreras. En Tel Aviv hubo una manifestación de los trabajadores de los ferrocarriles que en su marcha gritaban: “¡Los trabajadores árabes y judíos son hermanos!". Reprimidas brutalmente por los gobiernos de sus respectivos países, estas luchas obreras y los militantes comunistas que las dirigieron fueron aún condenados al fracaso por la intervención y la política del stalinismo, que favorecía su unión con reyes, jeques y coroneles árabes, y con los sionistas en Palestina en el período crucial del fin del mandato británico y la creación del Estado judío. Los comunistas, sometidos a la política externa dictada por el Kremlin, quebraron su propia estructura y todo el desarrollo autónomo creado en las décadas de lucha.
 
Para crear Israel fue necesario destruir la solidaridad entre los trabajadores árabes y judíos. Esto fue denunciado por el pequeño grupo trotskista de Palestina, la Liga Comunista Revolucionaria que, a pesar de ser mucho menor y menos influyente que los grupos stalinistas del PCP y de la Liga de Liberación Nacional, se mantuvo activa durante la Segunda Guerra Mundial y el período de creación del Estado de Israel.
 
 
Trostky y la cuestión judía, notas
 
1. En 1921, en un casi olvidado intercambio entre el Gran Rabino de Moscú y León Trotsky, el rabino había exclamado: “Los Trotsky hacen la revolución y los Bronstein pagan la cuenta". El contenido intencionado de esta frase es más rico que cualquier otra cosa que el Gran Rabino intentara decir. Trotsky- /Bronstein, como el Dybbuk del famoso cuento del Yiddishkeit, tiene una identidad dual: es la personificación tanto de la revolución socialista mundial, en teoría y práctica, como del predicamento judío de nuestra época. Los Bronstein hicieron la revolución, participaron en las primeras líneas de combate, y los Trotsky pagaron las facturas de las derrotas, de la demora y de la traición de esa revolución. El asesinato del gran líder bolchevique -el único que a ^ tiempo predijo Auschwitz 60 años atrás-, fue la señal de que “es medianoche en el siglo” y que millones de Bronstein morirían en los campos de concentración del imperialismo fascista.
 
2. Haciendo una re-evaluación de su posición, León Trotsky dijo en una entrevista con corresponsales judíos en México, el 18 de enero de 1937:
 
“Durante mi juventud me inclinaba más bien hacia el pronóstico de que los judíos de diferentes países serían asimilados y que la cuestión judía desaparecería así en forma casi automática. El desarrollo histórico del último cuarto de siglo no ha confirmado esta perspectiva. El capitalismo decadente ha virado en todos fados hacia un exacerbado nacionalismo, una parte del cual es antisemitismo. La cuestión judía ha aparecido en su mayor escala en el país capitalista más altamente desarrollado de Europa, en Alemania. ” (1)
 
El mito dominante de la "ortodoxia marxista” de la Segunda Internacional, cultivado por Karl Kaurtsky y en otra forma por Otto Bauer, era que el progreso del capitalismo coincide con el progreso de la asimilación de los judíos en sus respectivos entornos.
 
Trotsky rompió no sólo con este mito sino también con la total concepción lineal mecánica de la historia propia de la Segunda Internacional e hizo eso en un muy temprano período, como lo prueba la Teoría de la Revolución Permanente (reformulada por Trotsky en 1905 no sólo como un pronóstico de la Revolución Rusa sino como una comprensión teórica profunda de la cambiante naturaleza histórica de la época).
 
No es exacto, como dicen Enzo Traverso y otros, que Trotsky combinaba una "adhesión superficial al marxismo de la Segunda Internacional con una ruptura práctica, no sistematizada con cualquier forma de marxismo evolucionista y positivista”(2). Trotsky abandonó a los Narodnikis para unirse al marxismo, muy joven, y su iniciación al marxismo pasó a través de la tradición dialéctica hegeliana de Antonio Labriola. La reformulación del concepto teórico de la Revolución Permanente en 1905 no fue una ruptura “práctica” de un activista revolucionario sino un desafío teórico, un escándalo y una abominación al también llamado "Marxismo de la Segunda Internacional".
 
Este enfoque teórico era esencialmente, como dijimos, una profunda comprensión del cambio de naturaleza de la época, el amanecer de la era de la declinación capitalista, el imperialismo. Esta comprensión no es un dogma mecánico, metafísico: necesita de una continua profundización, a través de un análisis teórico continuo, cuantitativo y cualitativo, de la cambiante realidad objetiva, a una escala global, desde el punto de vista de clase de la acción revolucionaria de la clase trabajadora y su vanguardia.
 
Es en este contexto del continuo desarrollo de Trotsky de su teoría de la época, que sus puntos de vista sobre la cuestión judía han evolucionado, rompiendo con las ilusiones asimilacionistas de su juventud que él mismo reconociera.
 
3. La mayoría de los marxistas de ese período (y no solamente) compartían las ilusiones sobre la asimilación, junto con todo su adhesión a la democracia burguesa, al progreso gradual, una actitud acrítica hacia la Ilustración, una constante tendencia a ver al socialismo como una continuidad lineal de la Revolución Francesa de 1789.
 
Trotsky rompió con estas concepciones y al mismo tiempo restableció la continuidad, en un nivel más alto, con la concepción del joven Marx de que la cuestión judía no se resuelve con la emancipación política, con la concesión de iguales derechos democráticos bajo del capitalismo, sino con la total emancipación social humana, la abolición de la alienación y de sus manifestaciones en las relaciones monetarias, la abolición “del conflicto entre la existencia individual y el ser de la especie (Gattungswesen)”, el pleno potencial de creatividad y receptividad de la Humanidad (3).
 
4. De este concepto marxista esencial, Trotsky extrajo el nuevo contenido de la época. En contradicción con todos los marxistas anteriores a él, fue el primero en tomar el moderno antisemitismo no como un conjunto de “prejuicios pre-capitalistas" sino, antes que nada, como “la destilación químicamente pura de la cultura del imperialismo” (4), como “la civilización capitalista vomitando el barbarismo mal digerido” (5). Estas dos definiciones demuestran la afinidad entre las posiciones de Trotsky y Walter Benjamín (en sus “Tesis sobre el Concepto de la Historia", de 1940) acerca de la relación entre cultura y barbarie en la historia de la sociedad de clases en general y en el capitalismo en particular.
 
La sociedad capitalista en decadencia procura exprimir al pueblo judío desde todos sus poros.” (6)
 
Sobre esta base, Trotsky rechaza tanto la estrategia de asimilación como el sionismo, la "utopía reaccionaria” de que la cuestión judía sería resuelta sí los judíos encontraban “condiciones normales de desarrollo dentro de su propio Estado nacional”, bajo la tutela del imperialismo.
 
La cuestión judía, repito —decía Trotsky en 1937—, está indisolublemente ligada a la completa emancipación de la humanidad. Todo lo demás que se haga en este aspecto sólo puede ser un paliativo y también a menudo un arma de doble filo, como muestra el ejemplo de Palestina" (7).
 
Es totalmente errónea la visión de que Trotsky, al final de su vida, y frente a la pesadilla nazi, habría cambiado su posición antisionista o que se transformara en un "blando” acerca del sionismo. Es verdad que él dejó abierta la cuestión de una “base territorial" de un desarrollo cultural autónomo del pueblo judío, pero solamente después de la victoria de la revolución mundial y sobre las bases de una economía planificada mundial socialista, la cual aseguraría el destino de todos los pueblos dispersos, Incluyendo a los árabes.
 
6. Podemos tener, ahora, una visión crítica del trabajo pionero del joven trotskista Abraham León sobre La concepción materialista de la cuestión judía, escrito en 1942, poco antes de la exterminación del autor en las cámaras de gas de Auschwitz.
 
En un ensayo previo, habíamos adelantado esa crítica (8).
 
Para resumirla; Primero, la tesis de León sobre los judíos como un “pueblo-clase” es una elaboración adicional de la tesis de Kautsky sobre un “pueblo-casta" y sufre el mismo reduccionismo económico.
 
((En una crítica adicional sobre este punto, todo el tema sobre las diferencias y desarrollo en la historia entre orden (Stand), casta (Kaste), clase (Klass) como Marx las había analizado y relacionado con el dinero y las contradicciones históricas de clase, debe ser reexaminado. El enfoque de Kautsky es una distorsión todavía dominante en diferentes tendencias con una referencia marxista e incluso trotskista.))
 
Segundo; la idea integral de una estructura de monoclase de un “pueblo" o una nacionalidad es más que problemática.
 
Tercero: la base historiográfica del argumento de León es débil.
 
Cuarto: el judaismo no puede ser reducido a la ideología de un pueblo compuesto solamente o predominantemente por una clase mercantil; tiene todos los caracteres de una Ideología originada y basada sobre las aspiraciones de esclavos emancipados, en una época de transición de la ruptura de la sociedad tribal y de la propiedad comunal y de la emergencia de la propiedad privada y de la sociedad de clases.
 
Como decíamos antes, la cuestión judía no está conectada con una función económica de una casta o clase particular sino con la división de clases de la sociedad como tal. Se desarrolla con ella y encuentra su culminación con la última forma antagonista de la sociedad de clases, el capitalismo.
 
Por último pero no menos importante: de acuerdo con León, el pueblo-clase judío está conectado con las condiciones pre-capitalistas; su desintegración por el capitalismo plantea a los judíos la alternativa de asimilarse o desaparecer. De acuerdo con Trotsky, no es principalmente la desaparición de las condiciones pre-capitalistas, pre-modernas, ni la manipulación de la vieja judeofobia precapitalista por las clases dominantes lo que está detrás del antisemitismo del siglo XX sino el carácter insoluble de las contradicciones modernas del capitalismo en su declinación.
 
Por esta razón, anticipó el ascenso del antisemitismo no solamente en el país más avanzado de Europa, Alemania, sino también en el país más avanzado del mundo, los Estados Unidos.
 
7.  Esta última predicción produjo la reacción incluso de algunos de los propios seguidores de Trotsky en esa época, como el fallecido Albert Glotzer.
 
En forma similar, Max Schachtman se escandalizó cuando Trotsky habló acerca del antisemitismo "soviético" bajo el stalinismo. Esta visión desafió la creencia mecánica en que un cambio en las relaciones de propiedades es suficiente para abolir en forma casi automática un fenómeno de raíces profundamente históricas como el antisemitismo, particularmente en países donde el antisemitismo se había convertido en “religión de Estado" (como Trotsky escribió en 1913 sobre Rumania), un elemento indispensable en el crecimiento del Estado para confrontar los problemas de una sociedad estancada, en una crisis de transición, bajo enormes presiones de los países avanzados del Occidente capitalista. (Ver también el ejemplo de la Rusia post-soviética.)
 
Aún hoy los puntos de vista de Trotsky sobre la cuestión judía plantean una serie de preguntas no ortodoxas;
 
• ¿Es posible que ocurra un nuevo Holocausto?
 
• ¿O, dada la tasa de matrimonios mixtos y el ascenso social de los judíos, particularmente en los Estados Unidos y otros países capitalistas avanzados, la asimilación es la perspectiva más probable bajo el capitalismo?
 
• Cincuenta años después de la fundación del Estado de Israel, ¿el sionismo ha probado ser una estrategia exitosa para la supervivencia de los judíos bajo las condiciones capitalistas?
 
Siguiendo el enfoque y el método de Trotsky, las respuestas serian positiva para la primera pregunta (el Holocausto, en toda su monstruosidad, no es un evento bárbaro excepcional, que obedeció a las peculiaridades de los “alemanes”; su fuente son las contradicciones insolubles del capitalismo decadente) y negativas las dos restantes. ¿Cómo debemos ver los eventos actuales como el ascenso de Haider y el fascismo alpino en Austria y Suiza, o la trampa sangrienta tanto para los árabes palestinos como para los judíos en la Israel sionista y en Medio Oriente?
¿Cuál es el rol del antisemitismo post- soviético en el proceso contrarrevolucionario de restauración capitalista en la ex URSS?
 
Las respuestas a esta teoría pueden ser sintetizadas en las líneas de Trotsky: O la revolución mundial y el socialismo abrirá la única salida al capitalismo decadente, o la barbarie será el precio a ser pagado por los judíos y toda la humanidad.
 
¡Octubre o Auschwitz!
 
Atenas, 23/24 de mayo de 2000 Seminario Internacional en la Universidad de Buenos Aires, Argentina,
29 de mayo de 2000
 

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