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El MIR (Praxis) en la historia del movimiento obrero argentino

A propósito de un reportaje a Silvio Frondizi
Por Christian Rath
El libro Las izquierdas en el proceso político (Editorial Palestra, Buenos Aires, 1959) fue una compilación de reportajes a referentes políticos de la izquierda. Uno de ellos, reproducido en el número 43 de En defensa del marxismo (diciembre 2014), le fue hecho a Silvio Frondizi, en ese entonces dirigente del grupo Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Praxis), fundado por él en 1956 y disuelto de hecho antes de una década de existencia. Ese reportaje es el que motiva este comentario. Silvio fue asesinado por la Triple A hace más de cuarenta años, un 27 de septiembre de 1974.
 
Analizar las posiciones de Silvio Frondizi (y de su corriente, en tanto tuvo existencia) tiene una importancia que debe ser explicada. El MIR y su mentor constituyen un capítulo con peso propio en la historia del movimiento obrero y de la izquierda revolucionaria del país. Su aporte histórico fue el intento, absolutamente original para el período, de elaborar un programa revolucionario para nuestro país. Este quedó básicamente planteado en los dos tomos de La
 
Realidad
 
Argentina, aparecidos entre 1955 y 1956, luego reeditada en 1973, un análisis de la fase de desarrollo del capitalismo mundial y nacional y de las tareas democráticas, agrarias, nacionales que debía tomar en sus manos la revolución proletaria. Constituyen, por lejos, sus obras más ambiciosas y textos de referencia sobre la historia política del país y, en particular, de la izquierda. En una Argentina en la que este sector estaba dominado por un Partido Comunista rabiosamente estalinista y donde existían tres organizaciones trotskistas de cierto desarrollo, pero esencialmente sometidas al peronismo y la burocracia sindical, el MIR produjo una delimitación del peronismo, del estalinismo y del “desarrollismo” (nombre que tomaría luego la experiencia llevada adelante durante la presidencia de su hermano Arturo -1958/62), procuró elaborar un programa y, dentro de profundos límites, intentó construir una organización política revolucionaria. Tuvo el indisimulable mérito de trazar una delimitación respecto al nacionalismo burgués -peronismo- que estuvo por delante de la elaboración de la izquierda existente en el país y antes de cualquier otra expresión política.
 
El reportaje a Silvio Frondizi que vamos a comentar fue publicado en 1959. Presumiblemente, fue realizado antes del ingreso de las columnas guerrilleras en La Habana (enero de 1959), porque la Revolución Cubana no es mencionada ni una sola vez.
 
Peronismo: “ni fascista...
 
Silvio Frondizi fue el primero en caracterizar al peronismo como un bonapartismo, “esto es, una forma intermedia, especialísima de ordenamiento político, aplicable a un momento en que la tensión social no hace necesario aún el empleo de la violencia, que mediante el control del aparato estatal tiende a conciliar las clases antagónicas, a través de un gobierno de aparente equidistancia, pero siempre en beneficio de una de ellas -en nuestro caso, la burguesía”, reivindicará en el reportaje.
 
Había sido León Trotsky, veinte años antes, quien había formulado este colosal aporte teórico sobre los regímenes y métodos de gobierno de los países atrasados, analizando la experiencia en México de Lázaro Cárdenas, ejecutor de la expropiación del petróleo a los pulpos ingleses y norteamericanos. En los países industrialmente atrasados, “el gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista, sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases”, planteó entonces (Trotsky, 1974). Podía evolucionar hacia el sometimiento al capital extranjero, bajo la forma de una dictadura policial o representar, a su modo, las tendencias nacionales que entraban en choque con el imperialismo -una peculiaridad que atribuía al gobierno mexicano de entonces.
 
Esta caracterización de Silvio Frondizi lo colocó muy por delante del movimiento político y de la propia izquierda de su tiempo. Desmanteló la caracterización de fascismo hecha contra el régimen peronista por la Unión Democrática y la izquierda que militó en su seno -socialistas y comunistas. Ocurre que el peronismo no se correspondía con un régimen cuyo método no era el aplastamiento físico de las organizaciones obreras por las bandas de la pequeño burguesía como fuerza de choque del gran capital, sino el encierro de los trabajadores en un “flexible pero sólido y eficiente mecanismo de estatización sindical”, como reiterará en el reportaje.
 
Pero, a la vez, se colocó por delante de las corrientes del trotskismo de la época. La mayoría de los grupos que reconocían esta raíz caracterizaron al peronismo como un movimiento reaccionario (entre ellos Abelardo Ramos, antes de consumar el descubrimiento de las virtudes del nacionalismo burgués y pasarse con armas y bagajes a ese campo). Nahuel Moreno asimiló, hasta fines de 1951, a la burguesía nacional con el imperialismo, negando la peculiaridad de los movimientos nacionalistas de masas de contenido burgués. Para su corriente, los roces de la burguesía de los países atrasados con las metrópolis no sólo “no debilitan el frente único imperialismo-burguesía nacional [sino que] la crisis fortalece cada vez más ese frente único” (Moreno, 1951). Silvio Frondizi lo refutaría de modo simple y contundente: “es evidente que aquí se confunden dos cosas: la tendencia de los gobiernos de los países semicoloniales, con los límites de esa política” (Frondizi, 1956). Para Moreno, hasta este período, Perón era un agente inglés, una caracterización compartida por Milcíades Peña. No niega la diferenciación entre los países opresores y oprimidos, ni la progresividad que puede tener el nacionalismo en éstos últimos, pero es incapaz de llevar esta caracterización a un terreno concreto, al caracterizar a todo movimiento nacionalista de contenido burgués como reaccionario : “todo gobierno burgués argentino será el agente de Inglaterra” (Moreno, 1951).
Imposible disociar esta apreciación de otra: para esta corriente, la clase obrera bajo Perón estaba representada por los partidos comunista y socialista, protagonistas, a su vez, de la Unión Democrática, y el 17 de octubre había sido una algarada de lúmpenes, trabajadores confundidos y policías.
 
La percepción política de Silvio Frondizi estuvo a kilómetros luz de estas posiciones. Ya en un texto de 1946 sostenía que el peronismo había llegado de la mano de “la primera rebelión de las masas argentinas (...) de incalculables proyecciones históricas”, y que su advenimiento era revelador del lugar que había adquirido la cuestión social en el país. En el mismo texto va a denunciar a quienes habían sostenido que el 17 de octubre era una creación de la “chusma vomitada por las barriadas fangosas de Avellaneda, Berisso y Alta Córdoba” y que “desde el punto de vista de las fuerzas de izquierda, el saldo de la Unión Democrática es sencillamente desastroso” (Frondizi, 1946).
 
En el reportaje de 1959, Frondizi volverá sobre un punto que reivindicó tempranamente en el peronismo, el desarrollo de la conciencia de clase política del obrero, la incorporación de la masa a la vida política activo. El nacionalismo está obligado, por su naturaleza y su lugar entre las clases, a impulsar el despertar político de las masas y el peronismo no fue la excepción. Abrevó ideológicamente del nacionalismo de derecha y opuso al liberalismo oligárquico -el liberalismo burgués jamás levantó vuelo en la historia del país- el planteo de integrar a los trabajadores al régimen político y al Estado, lo que sin embargo, fue de la mano de la regimentación de las clases sociales por el Estado burgués -allí está el empeño de Perón por disciplinar a los sindicatos y montar una burocracia adicta. Una integración que Silvio Frondizi analiza rigurosamente en la parte final del capítulo dedicado al peronismo en el primer tomo de La Realidad Argentina.
 
...ni movimiento de liberación nacional”
 
“La acusación de fascismo lanzada contra el régimen peronista carece de tanto fundamento como la posición que consideró a este un movimiento de liberación nacional”, dirá Frondizi en el reportaje, desde ya que no por primera vez. Una crítica a la disolución en el peronismo de la llamada izquierda nacional (Abelardo Ramos) y de la corriente orientada por Nahuel Moreno, que dejó atrás su experiencia contra el peronismo, consumando un viraje de 180 grados en 1954, disolviéndose en el Partido Socialista de la Revolución Nacional, sin hacer ascos al hecho de que éste se definía como “una tendencia del movimiento peronista”.
 
Silvio Frondizi no caracteriza al peronismo como un movimiento de liberación nacional ni tampoco como un movimiento nacionalista burgués. En este punto, atribuye al peronismo un carácter bonapartista, lo cual es riguroso, pero esta caracterización se refiere sólo al régimen político y no al movimiento o partido político. ¿Qué es el peronismo?: “la tentativa más importante -y la última- de realización de la revolución democrático-burguesa en la Argentina”, dice en el reportaje, antes de afirmar que “a través de su desarrollo (...) ha llegado a representar a la burguesía argentina en general”. Dicha representación, dice, ha sido ejercida a través de una burocracia que lo independizó parcial y momentáneamente de esa burguesía. En otro texto, intentará definirlo como un movimiento que está determinado por el aumento de la presión popular y se caracteriza por “la acción demagógica directa del propio capitalismo” que conserva la dirección política, juntamente con el poder económico (Frondizi, 1948).
 
Por esta razón, en La crisis política argentina. Ensayo de interpretación ideológica, dirá que un elemento negativo del peronismo es “la falta absoluta de ideología que caracteriza la personalidad política del coronel Perón”, cuya consecuencia es “el lógico temor a las izquierdas” (Frondizi, 1946). Capta aquí que el peronismo es un movimiento sumido en el caos, consecuencia de la falta de programa y de contener a clanes rivales, lo que explica a su vez la necesidad de un caudillo que actúe como árbitro. Sin embargo, los movimientos nacionalistas constituyen un fenómeno político común a las naciones atrasadas, en las que se plantea la resolución de las tareas democráticas y la independencia nacional. El peronismo tiene similitudes con el resto de movimientos nacionalistas -Gandhi, Nasser, Chávez o cualquier otro- con diferencias que no responden a una doctrina particular, sino a las correlaciones diferentes entre las clases sociales que constituyen la nación y su distinto lugar en la economía y la política mundiales. ¿“Lógico temor a las izquierdas”? La experiencia histórica revela que, cuando el movimiento de las masas intenta ir más allá de los tímidos planteamientos de la burguesía nacional, los movimientos nacionalistas burgueses tienden a abandonar su coqueteo con las masas para mutar en instrumentos incondicionales del conjunto de las clases explotadoras y, en particular, del imperialismo.
 
Estos límites no le impiden a Silvio Frondizi delimitarse del peronismo. En el reportaje volverá a reafirmar que “la estructura tradicional de la economía argentina no sufrió cambios esenciales (bajo el peronismo): las raíces de su dependencia y de su deformación no fueron destruidas. Al agro no llegó la revolución, ni siquiera una tibia reforma.
Fueron respetados los intereses imperialistas, a los cuales incluso se llamó a colaborar, a través de las empresas mixtas. Tampoco se hicieron costear las obras de desarrollo económico al gran capital nacional e internacional”. Esta delimitación sobre los límites insalvables del peronismo en cuanto a la realización de las tareas democráticas y nacionales, que apareció en el tomo I de La Realidad Argentina en octubre de 1955, conserva toda su lozanía y su solo cotejo con las posiciones de la izquierda estalinista y trotskista de la época, sometida políticamente al nacionalismo, revela en Frondizi y en el MIR (Praxis) como una tercera fuerza política en ese espectro.
 
Cualquier investigación histórica debe evitar, antes que nada, el anacronismo. Corresponde analizar, no sólo los
niveles de justeza de un pensamiento, sino el escenario histórico preciso en que se desenvolvieron los hechos y la lucha política. Pasado este rasero, la contribución de Silvio Frondizi a la formulación de un programa y una política frente al nacionalismo burgués es indiscutible.
 
En este contexto deben analizarse sus límites. En el reportaje reitera que “durante su primer período de expansión y euforia, el peronismo tuvo también realizaciones en los distintos aspectos de la economía. En materia de transportes, se nacionalizaron los ferrocarriles y se incorporó nuevo material; la marina mercante argentina fue aumentada en sus efectivos (...) Hacia la misma época se fue dando gran impulso a la aviación, se completó la nacionalización de puertos (...) Otra realización recuperadora del peronismo en su período de auge ha sido la repatriación de la deuda pública externa”.
 
Frondizi exaltaba la operación “desendeudamiento” -producida sesenta años antes del matrimonio K- una operación cuya verdadera naturaleza se descubre leyendo el pacto Easy Miranda, suscripto en 1946, entre el gobierno peronista y el de su majestad británica. Allí se establece que los fondos en libras pertenecientes a la Argentina seguirían bloqueados en Londres en igual situación que antes, percibiendo un interés -0,52% anual- para el que la palabra insignificante es poco expresiva. Argentina sólo podía disponer esas libras, decía el acuerdo, para repatriar la deuda pública con los ingleses y rescatar inversiones, como en el caso de los ferrocarriles y otros servicios. Sobre el monto pagado por estos “hierros viejos” hay literatura abundante (lo hemos desarrollado en otro lado: Rath, 2011), por lo que las “realizaciones” quedan al nivel de fuego de artificio respecto a las tareas nodales de la revolución democrática.
 
Frente a otro gobierno “nacional y popular”
 
Cuando Silvio Frondizi responde a este reportaje, el MIR puede jactarse de ser la única corriente de la izquierda no peronista que había llamado al voto en blanco en las elecciones de 1958 que consagran a Arturo Frondizi, hermano de Silvio, como presidente de la Nación. Acompañó, de este modo, el aluvión de más de 600.000 votos en blanco (unos 860.000 si se suman los nulos) en un padrón de poco más de seis millones.
 
En el reportaje, Frondizi impugnará, aludiendo a la concepción que guía la presidencia de su hermano, “la teoría del gobierno nacional y popular, que, a falta de una burguesía nacional que industrialice el país, pretende que Estados Unidos le haga ese servicio gratuitamente”.
 
Arturo Frondizi asumió el gobierno en mayo de 1958, con banderas de resistencia al imperialismo y con el apoyo (negociado) de Perón. Debutó con una contrarreforma universitaria favorable a la creación de universidades privadas (impulsada por la Iglesia Católica), que fue respondida con una gigantesca movilización estudiantil universitaria -y hasta de secundarios- durante dos meses. A pesar de que las movilizaciones fueron derrotadas, dieron lugar a un viraje político en la conducción universitaria: por primera vez en la historia, la Federación Juvenil Comunista asumió la conducción de la Federación Universitaria Argentina (uno de sus puntales era la Fuba, la federación de centros de estudiantes de la UBA), fenómeno que va a perdurar hasta el final de la década (tras la escisión de 1967 que dio lugar a la formación del PCR, que “heredará” de la FJC la conducción universitaria nacional). Tempranamente, Arturo Frondizi encabezó un profundo giro proimperialista -devaluación, acuerdo con el FMI, contratos petroleros e inversiones extranjeras a la medida de los pulpos, privatizaciones. La resistencia obrera y popular, que tuvo su punto culminante en la huelga general de enero de 1959 en apoyo a la ocupación del Frigorífico Lisandro de la Torre contra el intento de privatizarlo, fue derrotada. Pero la derrota abrió también un cuestionamiento a las condiciones que la hicieron posible.
 
El MIR (Praxis), una pequeña organización, descolló en este período. Frente al impasse de las principales corrientes de la izquierda de la época, tuvo una virtud que explica que éste haya sido su momento de mayor influencia. Supo delimitarse de las ilusiones que despertó el frondicismo, en particular en la pequeño burguesía, y enfrentar el apoyo del resto de la izquierda (PC y Palabra Obrera -Nahuel Moreno- habían llamado a votar por el presidente “desarrollista” en función de la “orden” de Perón), en 1958. Silvio Frondizi denunciará esta política: “no creemos que haya sido acertado el apoyo de la extrema izquierda a la candidatura de Arturo Frondizi. Por lo que hace al MIR (Praxis), fue el primero en alertar sobre el peligro que entrañaba este gobierno para el proletariado y para el país. Si algún partido de izquierda apoyó esta candidatura, lo hizo en abandono de las posiciones revolucionarias, cosa que bien caro le estará costando ahora”. La izquierda de la época, con la excepción del MIR (Praxis), apoyó a “un gobierno de la burguesía nacional (que) no tenía otro camino que entregarse al amo yanqui, hegemónico socio” (Frondizi, 1959).
 
.y frente a Cuba
 
Este período coincide con la Revolución Cubana, que es, a su vez, una respuesta al ciclo revolucionario frustrado por las direcciones nacionalistas burguesas y pequeño burguesas en todo el período anterior (derrota de la revolución obrera en Bolivia, en 1952; impotencia del gobierno nacionalista en Guatemala frente al golpe de Estado de la CIA, en 1954; caída sin resistencia del gobierno peronista frente al golpe proimperialista en Argentina, en 1955). En el cuadro internacional, la Revolución Cubana fue el factor dominante y que mayor influencia tuvo sobre la radicalización de la generación de la época. En Argentina abrió una de las décadas más revolucionarias en la historia política del país -si no la más- continuada por el Cordobazo en el escenario histórico del Mayo del ’68 francés y de las derrotas yanquis en Vietnam. En enero de 1959, una guerrilla liderada por jóvenes treintañeros entró victoriosamente en La Habana, incluyendo al argentino Che Guevara, y pocos meses después enfrentaba al imperialismo norteamericano y producía la mayor expropiación de propiedades imperialistas y de la burguesía nacional en la historia de Latinoamérica. En 1960, el gobierno de la Revolución asumía públicamente un rumbo socialista. Las Declaraciones de La Habana no sólo fueron seguidas por millones de cubanos, sino por otros tantos en América Latina. Se trataba de la primera revolución socialista de nuestro continente, liderada por jóvenes que, además, hablaban español. El impacto en la Argentina y en el mundo fue mayúsculo.
 
Silvio Frondizi salió tempranamente en defensa de Fidel y los revolucionarios cubanos, se pronunció por el socialismo y acrecentó la influencia política del MIR (Praxis). La posición contrastó aún más frente al resto de la izquierda: el Partido Comunista había caracterizado a las guerrillas castristas como aventureras y en la isla era un factor contrarrevolucionario (mucho antes había sido aliado del dictador Fulgencio Batista y miembro de su gobierno durante la Segunda Guerra Mundial). Ocho meses antes de la victoria de la revolución, el periódico de Palabra Obrera (Nahuel Moreno) celebraba “dos hechos no decisivos pero sí interesantes: el fracaso del gorila Fidel en lograr la huelga general en Cuba y la resolución de Trujillo (dictador de la República Dominicana, nota nuestra) de conceder permiso de residencia al líder”, esto en referencia al exilio de Perón (las citas han sido extraídas del semanario publicado el 17 de abril de 1958). La caracterización de Fidel Castro como gorila y el dictador Batista como hermano gemelo del peronismo fue rectificada recién a fines de 1959 -o sea que durante dos años la organización liderada por Moreno abordó a la revolución cubana desde la contrarrevolución.
 
Los límites: la “integración mundial capitalista”
 
En el reportaje, Silvio Frondizi vuelve sobre lo que consideraba un aporte teórico suyo de relieve, planteado por primera vez en 1946: la teoría de la integración mundial capitalista. Considera una primera etapa histórica, abordada por Marx, caracterizada por el desarrollo primario del sistema capitalista, basado en la libre competencia, y una segunda, imperialista, desenvuelta por Lenin y expresada en la acentuación de la oposición de clases dentro de los países capitalistas, la oposición de las potencias imperialistas entre sí y la oposición entre éstas y las naciones de tipo colonial. Una etapa “a cuyo fin asistimos”.
 
Su aporte consistiría en advertir sobre una tercera etapa, “cualitativamente diferente del imperialismo”, caracterizada por la tendencia a una integración en el plano internacional, pero en la cual, lo distintivo, lo nuevo, está dado por condiciones históricas que permiten llevar a una potencia -Estados Unidos- al dominio del mundo capitalista y establecen un cambio en la forma de ese dominio. Este cambio, en su mirada, en las condiciones de dominio del país opresor, está caracterizado por la inversión industrial en oposición a lo que era la sujeción a través del intercambio comercial o el financiamiento. Frondizi caracteriza que el capital extranjero ha invertido históricamente en la industria nacional en diversas formas y establece una diferencia tajante entre el modo de actuar del capital británico y el norteamericano. “Por ser gran exportadora de artículos industriales de consumo y el paulatino retraso que fue sufriendo en su capacidad técnica general (...) Gran Bretaña no desarrolló industrias coloniales competitivas, y sí solamente aquellas típicamente coloniales o complementarias de otras inversiones coloniales, por ejemplo, frigoríficos, petróleo, talleres para ferrocarriles y tranvías” (Frondizi, 1955). En cambio, el dominio de Estados Unidos, sin dejar de lado instrumentos tradicionales de explotación -a través de empréstitos, concesiones en servicios públicos, minas, petróleo- habría manifestado una tendencia creciente a implantarse en la industria manufacturera a través de la exportación de industrias, con fábricas que son prolongaciones de grandes establecimientos industriales de las metrópolis. Para Frondizi, “a diferencia de Gran Bretaña, para quien un desarrollo industrial de Argentina -o, en general, de un país dependiente- implicaba la disminución de la demanda de los bienes de consumo, que ocupan un lugar primordial en sus exportaciones, el capital norteamericano (...) mucho podía ganar en un desarrollo industrial que controlaba, que le entregaba mercados dificultosos, que aumentaba la demanda de maquinaria, materiales de construcción, patentes y técnicos norteamericanos.” (Ídem).
 
Frondizi denunciará que la radicación de industrias de los países imperialistas en los países coloniales y semicoloniales -es el tiempo de la instalación en masa de fábricas automotrices en el país, bajo la presidencia de su hermano, Arturo- se produce de acuerdo con un plan riguroso de división del trabajo, con productos que no suponen una competencia seria con el país inversor y que excluye, en todos los casos, como ejemplo, la industria pesada.
 
También caracteriza un mundo polar, con Estados Unidos como potencia directora, y asigna una importancia peculiar a esta inversión industrial. Reiteradamente, va a invocar el giro político que encarna Roosevelt, y su polémica con Churchill, denunciando sus ideas de imperio “arcaicas y medievales” en relación a las colonias, en oposición a su pensamiento: “los métodos del siglo veinte comprenden la introducción de la industria en tales colonias” (Roosevelt, 1948).
 
Esta división tajante, entre las características de la inversión británica y norteamericana, es forzada. Uno y otro país actuaron en todos los órdenes de explotación del capital extranjero, con los límites que impusieron las guerras mundiales, las crisis capitalistas -1890, 1929- y la disputa interimperialista. Como es sabido, Gran Bretaña fue eliminada del podio de naciones avanzadas y su lugar tendió a ser ocupado por los Estados Unidos, aún antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero antes de este desplazamiento, el capital británico había disputado al norteamericano el liderazgo en la poderosísima, entonces, industria de la carne y luego en la textil. La crisis iniciada en 1929 hizo variar todo el escenario, desde el momento que el crecimiento industrial en la Argentina fue limitado al reemplazo de los productos industriales que ya no podían ser comprados en el mercado mundial, fruto de la caída del poder adquisitivo de las exportaciones primarias. Lo que Frondizi atribuye a una peculiaridad de la penetración norteamericana, en realidad comenzó a producirse con la industrialización bastarda de la década del treinta, en la que los países imperialistas, imposibilitados de enviar equipos completos a la Argentina por el derrumbe de los precios de sus exportaciones, optaron por instalar plantas de armado final para asegurar el negocio de la venta de partes (cuando la industria automotriz afincó sus 22 plantas, bajo la presidencia “desarrollista”, la cantidad de piezas importadas era del 70%... como ahora).
 
Lenin, en su obra clásica sobre el imperialismo, ya había refutado, treinta años antes, la caracterización y las conclusiones de lo que Frondizi considera la tercera etapa de “integración mundial capitalista”. El período imperialista no está caracterizado por la implantación de activos industriales en los países oprimidos (capital dinero), sino por el dominio del capital financiero, que expande su dominio en todos los órdenes. Lenin advierte sobre “la tendencia inevitable del capital financiero a ampliar su territorio económico y su territorio en general” (Lenin, 1971). Es decir, el capital que se halla a disposición de los bancos, y que utilizan los industriales, en el período en el que la concentración de la producción y del capital, se ha producido a un nivel tan elevado que ha conducido al monopolio.
 
No estamos en presencia de un período en el que el dominio imperialista mute de naturaleza.
En cualquier caso, Silvio Frondizi denunció las limitaciones insalvables de este tipo de inversiones, destructivas de una genuina industrialización en el país oprimido y, en principio, las va a caracterizar como pseudo (falsas) industrializaciones. Por la misma época, Jorge Abelardo Ramos caracterizaba a estas inversiones como una “contradicción con la política imperialista como tal” e incluso “el fin del imperialismo” en el país (Ramos, 1953).
 
Los límites: ¿atenuación de las contradicciones entre el capital nativo y el imperialismo?
 
De esta supuesta nueva fase de integración mundial, el dirigente del MIR va a extraer dos conclusiones que considera estratégicas.
 
Una, que está planteada la modificación del sistema colonial vigente hasta entonces y su reemplazo por otro en el que el país dominante cede en el aspecto político para arrancar un dominio económico mucho más completo.
 
Dos, que la nueva etapa plantea una atenuación de la contradicción entre el capital imperialista y el capital nacional, en la medida que tiende a conformarse un frente mundial capitalista. En sus palabras: “se atenúan las diferencias nacionales, se universaliza la situación política”.
 
No es cierto que una nueva fase en el desarrollo capitalista “atenúe las contradicciones entre el capital imperialista y el capital nativo, por el domino del primero por el segundo”. La naturaleza del imperialismo implica todo lo contrario. Lenin va a combatir “la idea profundamente errónea, que lleva el agua al molino de los apologistas del imperialismo, según la cual la dominación del capital financiero atenúa la desigualdad y las contradicciones de la economía mundial, cuando en realidad lo que hace es acentuarlas” (Lenin, 1971).
 
Desde el punto de vista económico, el dominio imperialista supone la agudización de las diferencias de nivel en el desarrollo de la economía en las distintas regiones y naturalmente la perpetuación del atraso en la mayoría de los países, lisa y llanamente porque es el origen de los superbeneficios de los monopolios. La opresión imperialista, lejos de unificar a la nación (a sus clases sociales) la escinde. Tiende a quebrar el supuesto “frente nacional” que proclama el nacionalismo burgués entre la burguesía nativa y el proletariado, desde el momento que éste sufre la explotación combinada del capital extranjero y el nacional, en una lucha constante por un mayor plusvalor.
 
En ningún momento Frondizi va a caracterizar que estamos en presencia de una fase de decadencia y descomposición capitalista, habla del capitalismo “en esta etapa de su evolución” (Frondizi, 1948). Cuando Lenin identifica la época del imperialismo como “época de guerras y revoluciones” expresa claramente tanto el fenómeno de la descomposición económica y la tendencia a la opresión (cuyo resultado es la guerra imperialista), como el hecho de que crea las condiciones objetivas para la revolución proletaria como defensa frente a la barbarie. “De todo lo que llevamos dicho más arriba sobre la esencia económica del imperialismo, se desprende que hay que calificarlo como capitalismo de transición o, más apropiadamente, agonizante” (Lenin, 1971).
 
Los límites: el peronismo y la revolución democrática
 
“El peronismo ha sido la tentativa más importante y la última de realización de la revolución democrático-burguesa en la Argentina, cuyo fracaso se debe a la incapacidad de la burguesía nacional para cumplir con dicha tarea”, dirá Silvio Frondizi en el reportaje.
 
Caracterizará que la floreciente situación económica que vivía el país al finalizar la Segunda Guerra fue la base objetiva para la existencia y actuación del peronismo y que éste confió en su continuidad, por las necesidades de los países afectados por la guerra y la creencia en una nueva guerra, que creía inminente. Pero, una nota original en el esfuerzo de Frondizi por caracterizar el peronismo es que éste habría sido posible por una coyuntura internacional propicia: un “interregno”, dirá, en el que un imperialismo -el inglés- se encuentra en retirada y otro, el yanqui, aún no ha podido desplegar todo su dominio. “Una circunstancia excepcional y transitoria”, vale remarcar lo de transitoria, que “posibilitó cierto bonapartismo internacional -correlativo al que se practicó en el orden nacional” (Frondizi, 1959).
 
En esta circunstancia excepcional se aminoró la presión del imperialismo, “haciendo creer al general Perón en la posibilidad de una resonante victoria: la revolución nacional democrático-burguesa sería realizada por primera vez” (Frondizi, 1955). Una circunstancia excepcional y transitoria habría engendrado en casi todas las corrientes políticas del país enormes ilusiones sobre las posibilidades de una revolución que arrancase la autonomía nacional.
 
El razonamiento deja planteado dos contradicciones de importancia.
 
Una: Frondizi caracterizó correctamente la incapacidad de la burguesía nacional y la pequeña burguesía para dirigir la lucha por la liberación nacional y la revolución democrática. Sin embargo, al definir al peronismo como “la última tentativa de revolución democrático- burguesa” le atribuyó la representación de una burguesía interesada en esa revolución.
 
Dos: Frondizi caracteriza correctamente al peronismo como bonapartista. Pero un régimen bonapartista neutraliza la pelea entre las clases en pugna y establece, vía regimentación de las masas, un arbitraje capaz de imponer la estabilidad política para preservar los intereses de las clases dominantes. Es un régimen de excepción, que viene a actuar frente a la completa crisis del régimen político y los partidos tradiciones. La pregunta es: ¿cómo un gobierno bonapartista podía ser capaz de consumar una revolución democrática?
 
Los límites: la revolución política, el trotskismo, la IV Internacional
 
En el reportaje, Silvio Frondizi define, quizá con una claridad que no aparece en otros textos, su caracterización de los Estados obreros degenerados de la época y la entonces burocracia del Kremlin. “Cualquiera sea la falla que presenten los países socialistas, representan una avanzada hacia elprogreso; a la fuerza de éstos -Unión Soviética, Yugoeslavia, las democracias populares, China- debe agregarse la tremenda fuerza que representa el proletariado mundial” (Frondizi, 1959). Critica a la burocracia estalinista, no como una capa expropiadora de la revolución, agente de la contrarrevolución y de la restauración capitalista en los Estados obreros, sino como una dirección que ha errado el rumbo, en la medida que actúa “de acuerdo a su definida política de no llevar adelante el proceso revolucionario mundial, porque es necesario desintegrar el frente capitalista, tratando de abrir una brecha entre Estados Unidos, Inglaterra, Francia” o adopta la teoría del socialismo en un solo país y la coexistencia pacífica (Frondizi, 1956). Reivindica a la burocracia estalinista china, “que marca la terminación de lo que podríamos llamar la era estalinista”, desde el momento que ha roto el monolitismo soviético. Por estas razones no se encontrará una sola línea escrita por Frondizi que postule o defienda la revolución política en los llamados países socialistas.
 
Silvio Frondizi reivindica la teoría de la Revolución Permanente, tal como la planteara León Trotsky, remitirá a él en todo lo que se refiere a la descomposición de la Unión Soviética luego de la muerte de Lenin, pero rechazará tajantemente considerarse trotskista y pretenderá polemizar contra él, sintetizando su posición en una frase repetida: “el esta- linismo es la tesis, el trotskismo la antítesis y no la síntesis superadora”.
 
El trotskismo se considera la continuación (y no la superación) del leninismo. Caracteriza al estalinismo como la negación del bolcheviquismo, por lo que no pretende integrarlo en síntesis superadora alguna, sino destruirlo políticamente.
 
Esta es la limitación fundamental de Silvio Frondizi. Incapaz de establecer una divisoria con el estalinismo -divisoria que es de sangre con la vanguardia obrera mundial-, rompe con una perspectiva revolucionaria en la época. Lo que, de paso, impugna sus pretendidas credenciales de marxista y lo coloca en el terreno del centrismo opuesto a la revolución.
 
Es enemigo de la reconstrucción de la IV Internacional, es decir de la continuidad histórica entre el leninismo y el trotskismo, y de la lucha por la revolución socialista -aunque la proclame- porque rechaza los instrumentos que deben ponerla en pie.
 
Los límites: el partido
 
“Creo que en Latinoamérica están dadas las condiciones para una revolución socialista, pero faltan todavía las condiciones objetivas”, había escrito Silvio Frondizi en La realidad argentina, en 1955. En el reportaje publicado en 1959 se pronunciará por un movimiento socialista revolucionario, con estructura y programa “auténticamente marxistas” y en coordinación con movimientos similares de Latinoamérica con vistas a “una especie de Internacional Latinoamericana”. Un año antes había planteado construir “una fuerza que agrupe a todos los elementos progresistas de los actuales partidos y que canalice las fuerzas obreras, particularmente la peronista” (Revolución, órgano del MIR, agosto de 1958).
 
En todas las variantes, la construcción de un partido obrero revolucionario, internacionalista, estuvo descartada. Por los límites de su experiencia, incluso aproximándose al marxismo no pudo sacar las conclusiones últimas de su aproximación, lo que hubiera significado pronunciarse y empeñarse por la reconstrucción revolucionaria de la IV Internacional. De aquí que sus esfuerzos no estuvieron dirigidos a construir un partido obrero revolucionario, sino a ganar a los elementos defraudados por la experiencia del peronismo y del “gobierno nacional y popular” presidido por su hermano.
 
En este punto encalló la trayectoria promisoria de Silvio Frondizi y el MIR (Praxis). Un grupo político que había elaborado un programa, analizando las tareas agrarias, industriales, nacionales de la revolución proletaria en un determinado estadio del desarrollo del capitalismo mundial y nacional, que había caracterizado correctamente al peronismo como un bonapartismo, que había criticado el seguidismo al peronismo y a la burocracia sindical de parte de los grupos trotskistas del período (orientados por Ramos, Posadas y Moreno), tuvo en este límite su punto de crisis y estallido.
 
A partir de esa disgregación, comenzó un proceso de discusión entre distintas corrientes sobre cómo estructurar una salida política y una clarificación de los problemas políticos principales que iba a enfrentar la Argentina en los veinte años siguientes: la lucha armada, la posición internacional ante el enfrentamiento entre las burocracias de la Unión Soviética y China, la construcción del partido. Un escenario en el que se fue corporizando una tendencia que dio pelea contra la lucha armada elitista, por el desarrollo de la lucha de clases, por la puesta en pie de un partido obrero que agote la experiencia del peronismo, desenvolviendo la conciencia de clase. Una tendencia que dio nacimiento al actual Partido Obrero.
 
El origen del PO
 
La dislocación de Praxis dejó sus huellas. Junto a fenómenos similares, diversos grupos se formaron, se unieron y se dividieron, alrededor de la influencia de la Revolución Cubana y de problemas estratégicos del período: ¿organizarse en función de las acciones inmediatas y el “foquismo” o luchar por un programa político, reivindicando el Programa de Transición?, ¿adaptarse al peronismo o trazar una caracterización sobre los límites insalvables del nacionalismo burgués y la necesidad de fundar un partido obrero revolucionario alineado en la perspectiva de un gobierno de trabajadores?, ¿reivindicar al trotskismo como continuidad histórica del marxismo leninismo y la necesidad de construir la IV Internacional?
Una noche (...) se produjo la última ruptura, donde catorce personas se dividieron en dos bandos de siete: un bando se fue al foquismo y nosotros nos fuimos a lo que es hoy el Partido Obrero”, recordó Jorge Altamira en la Mesa por los 50 años del PO, en el Picnic 2014. Era el plenario de una efímera organización conocida como Reagrupar.
 
En octubre de 1963, siete militantes consumaron una delimitación que es la estación previa a la constitución de Política Obrera en ese entonces, del Partido Obrero después. Estos siete (Jorge Altamira, Marcelo Gramar, Julio Magri, Luis Torres, Alberto Anaya, Mario Dávila) no eran un grupo de advenedizos, sino el producto de una experiencia política. Fue la delimitación respecto de estos problemas estratégicos y al resto de la izquierda lo que va ocupar la atención de los jóvenes redactores -tenían 22 años en promedio, un signo de la renovación política y generacional de la época- de las primeras publicaciones de Política Obrera (revistas 1, marzo de 1964; 2/3, septiembre de 1964; 4, marzo de 1965). Allí se define que “la tarea capital que tenemos por delante es la construcción del partido revolucionario” en oposición a las sectas, a los que “jamás intentaron resolver los problemas concretos, ideológicos y políticos y organizativos que condujeran a su estructuración”, o a los que “resolvieron marchar del brazo de la burguesía mediante la sustitución del marxismo revolucionario”, en referencia “al POR (T) -posadista-, Praxis y a Palabra Obrera e Izquierda Nacional”. Se impugna el foco armado, no sólo por el supuesto rol “impulsador y excitador” que ejercería en la conciencia de las masas sino porque “sustituye y niega la naturaleza del partido” y, “en la medida que se concibe como independiente de toda organización partidaria (...) llega a implicar la negación del proletariado como única clase consecuentemente revolucionaria” (Política Obrera N° 1).
Se reivindican “las tesis fundamentales del bolcheviquismo, es decir del leninismo y del trotskismo” y se enfatiza su “continuidad” (Política Obrera N° 2/3) y se produce la delimitación respecto a la burocracia china, “incapaz de fundar una crítica radical a la burocracia y el Estado Obrero burocratizado, desde que su propia dirección es una dirección burocrática. Su apelación al estalinismo lo demuestra” (Política Obrera N° 4).
 
El grupo fundacional de PO enfrenta, como primera gran experiencia política, el regreso de Perón -noviembre de 1964. Será la organización que planteará que Perón no va a volver porque la burguesía no lo necesita: “la vuelta de Perón no encuentra su apoyo en la descomposición política inmediata del Estado burgués. La burguesía y el imperialismo no necesitan acudir a Madrid para apuntalar su propio poder” (Política Obrera frente al retorno de Perón, folleto, septiembre 1964). Ese año, Perón no volvió. Cuando efectivamente regrese, en 1972, PO va a ser la única organización que va a sostener que la función de este regreso es contrarrevolucionaria, para contener el ascenso abierto en el Cordo- bazo, una definición que tiene aquellos antecedentes y que no es menor en términos históricos. La expresión “¿Qué pasa, General, que está lleno de gorilas el gobierno popular?” sería, en la Juventud Peronista, expresión de incipiente ruptura pero también de impotencia, la huella en la que se asentó la dictadura genocida de 1976.
 
Las posiciones planteadas por Política Obrera sobre el regreso de Perón corren al mismo tiempo que el grupo original desarrolla el comienzo de una militancia sistemática en el movimiento obrero, en las grandes fábricas, y gana conjuntos de militantes de otras tendencias y organizaciones sobre la base de una lucha política clara y rigurosa por el trotskismo y el partido obrero -militantes de Vanguardia Revolucionaria (escisión del PC), de la Juventud Católica, de la escisión del PRT y del grupo El Combatiente, del socialismo de vanguardia. El núcleo original se convierte en una estructura política de trabajo revolucionario y socialista a escala nacional en el movimiento obrero, en la juventud estudiantil y en la militancia combativa.
 
El Partido Obrero, protagonista del Frente de Izquierda, es el resultado de un proceso político que incluye éstos y otros hechos de su historia de 51 años.
 
Pero ésa es otra historia... o la continuidad de ésta.
 
 
* Jens Christian Rath es militante del Partido Obrero. Colaborador habitual de Prensa Obrera y En defensa del Marxismo, es autor también de El convenio Fiat-Smata (1996, junto a Julio Magri), Trabajadores, tercerización y burocracia sindical. El Caso Mariano Ferreyra (2011) y La revolución clausurada, Mayo de 1810-Julio 1816 (2013, junto a Andrés Roldán)
 
 
Referencias bibliográficas
 
Frondizi, Silvio (1946): La crisis política argentina. Ensayo de interpretación ideológica, ADI, Buenos Aires.
 
—.— (1948): La crisis de la democracia. Reeditado en La integración mundial y otros escritos, Peña Lillo, Buenos Aires, 2014.
 
—.— (1955): La Realidad Argentina, Tomo I, Praxis, Buenos Aires. —.— (1956): La Realidad Argentina, Tomo II, Praxis,
Buenos Aires. Lenin, Vladimir Ilich (1971): Obras Escogidas, Tomo III, Editorial Car- tago, Buenos Aires.
 
Moreno, Nahuel (1951): GCI, agente ideológico del peronismo en el movimiento obrero, folleto de noviembre.
 
Política Obrera (folleto de septiembre de 1964): Política Obrera frente al retorno de Perón.
 
Política Obrera (revista): números 1°, marzo de 1964; 2/3, septiembre de 1964; 4, marzo de 1965).
 
Ramos, Jorge Abelardo (1953): entrevista en Democracia, 12 de agosto. Rath, Christian (2011): Tercerización, Trabajadores y burocracia sindical Editorial Biblos, Buenos Aires.
 
Revolución, órgano del MIR, edición del 1° de agosto de 1958. Roosevelt, Elliott (1946): Así lo veía mi padre, Buenos Aires, Sudamericana.
 
Trotsky, León (1974): “La industria nacionalizada y la administración obrera”, Writings 1938/39, Pathfinder, New York.
 

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