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Nuestra política en los sindicatos argentinos

Texto para el debate con los compañeros de L’Etincelle, Francia.
Por Néstor Pitrola

Nuestros sindicatos

Hace décadas que, para los trabajadores, los sindicatos en la Argentina están asociados al origen y vigencia de las principales conquistas y, al mismo tiempo, atravesados por el repudio a la burocracia sindical.

Como en todo el mundo, los sindicatos fueron la herramienta primera y elemental de la organización de los trabajadores para poner límites a la explotación capitalista. A fines del siglo XIX nacieron asociados al anarquismo y a la fundación del primer partido obrero argentino, el Partido Socialista.

El proceso de legalización se dio paso entre huelgas generales, movilizaciones, masacres obreras (Semana Trágica) y fue poniendo a prueba a distintas corrientes que enfrentaron o se adaptaron a la asimilación legal de la burguesía. La asimilación del socialismo al parlamentarismo de una democracia proscriptiva y represiva, así como el rápido copamiento estalinista del PC, contribuyeron al crecimiento de corrientes sindicalistas que divorciaron a los sindicatos de una perspectiva de poder de los trabajadores.

La bancarrota definitiva de la izquierda estalinista y el PS se produjo en masa ante el surgimiento del peronismo en 1945. La posición de comunistas y socialistas de apoyo a la Unión Democrática, dirigida por el embajador norteamericano (Braden o Perón), marcó históricamente al proletariado, que se fue alineando al nacionalismo burgués como fenómeno político y dejó la mesa servida para el entronamiento de una burocracia sindical de la que se valió Perón para regimentar a los trabajadores. El peronismo, que vino a instalar en la Argentina el bonapartismo que definió Trotsky en los países atrasados y semicoloniales, se valió de la burocracia sindical, prebendaria y amparada por el Estado desde su inicio, para su accionar “pendular”, hoy apoyado en el imperialismo contra las masas, mañana apoyado en el proletariado contra el imperialismo, para gobernar arbitrando entre las fracciones de la burguesía nacional y el resto de las clases.

El período revolucionario del Cordobazo y los sindicatos

Ese ADN de injerencia del Estado en los sindicatos, de cooptación de las distintas alas de la burocracia sindical peronista, solo se ha acentuado hasta hoy. Pero no sin pasar por etapas de crisis revolucionarias (Cordobazo en 1969, huelga general de 1975), que mostraron los rasgos más reaccionarios de la burocracia (asociación a la Triple A bajo Perón/Isabel Perón en 1973/1976) hasta incluso la colaboración directa de algunas alas en las comisiones normalizadoras de la dictadura genocida de Videla.

El proceso que llevó a la huelga general de 1975, años después del Cordobazo, cuya consigna central fue la lucha por el “gobierno obrero y popular”, estuvo marcado por un inmenso movimiento de cuerpos de delegados fabriles combativos que enfrentaron a la burocracia sindical central. Es la época de las ocupaciones de fábricas, de grandes huelgas contra el pacto social de Perón, la burguesía y la burocracia sindical, de las que nacieron las “coordinadoras”, que fueron las organizadoras de la huelga general de 1975 ante un golpe devaluatorio e inflacionario que se llamó Rodrigazo. Su derrota final es parte de un balance que trasciende el objetivo de este documento, pero está íntimamente ligado a la subordinación de la izquierda peronista a Perón.

De manera que, reconstituir el dominio del Estado sobre los sindicatos, en un sentido, necesitó del genocidio de la dictadura, que aniquiló físicamente a una vanguardia obrera, que instauró disposiciones legales, algunas de las cuales se conservan hasta hoy. El pasaje al régimen constitucional, lejos de desmantelar el Estado de la dictadura, lo prolongó en múltiples aspectos de su ordenamiento jurídico y legal. Entre ellos, fuertes ataduras de los sindicatos al arbitraje del Estado.

 

Los sindicatos a la salida de la dictadura

En la década del ’80, el desprestigiado peronismo, derrotado en las elecciones, libró en los sindicatos una denodada lucha política por recomponer la autoridad de la burocracia sindical, golpeada por el colaboracionismo con la dictadura misma. Un ala, el ubaldinismo, desplegó un programa de tipo nacionalista (moratoria de la deuda externa) y realizó trece paros generales para recomponer esa autoridad política perdida. La izquierda alcanzó posiciones sindicales muy importantes en la Sanidad, la construcción y otros grandes gremios. Pero su política democratizante, dictada por el morenismo (asociado al estalinismo local), se basó en el oportunismo y el coqueteo con el programa nacionalista, llevando a la postre a la frustración y la derrota el proceso de los ’80. En esos años, el PO alcanzó un desarrollo importante en el gremio gráfico, justamente, cuestionando la política de adaptación al peronismo y a la centroizquierda del morenismo (MAS).

El pacto social: herramienta para maniatar al movimiento obrero

El pacto social ha vuelto a la escena nacional en un replay del que impusiera Perón en 1973, pero no como farsa sino como tragedia agravada. Fue un planteo estratégico de Cristina Fernández de Kirchner, al consagrar como candidato a Presidente a Alberto Fernández, puntapié inicial de la alianza con el derechista Sergio Massa, que conformó la alianza gobernante.

Es una reedición de 1973 por la función reaccionaria que viene a cumplir: la regimentación del movimiento obrero a un Concejo Económico y Social. La importancia de esa política es lograr la contención del movimiento obrero ante la tarea de ajuste que inevitablemente llevará (y lleva ya mismo) adelante, de una u otra forma, el gobierno “nacional y popular” de los Fernández.

El carácter bonapartista del gobierno se asienta en varias patas, puesto que ha recabado los llamados “superpoderes” en el Congreso que, de entrada, le han servido para asestar un golpe a las jubilaciones de miles de millones para el ajuste fiscal requerido por los bonistas de la deuda, por el FMI y, de un modo general, por toda la clase capitalista.

Pero el pacto social es otra pieza clave y tal vez la más importante de todas. Porque en la agenda de la burguesía y el capital financiero resaltan la profundización de las reformas laboral y previsional que ya han tenido varios capítulos, durante el gobierno de Macri y antes también, mediante crisis y maniobras colaboracionistas de todas las alas de la burocracia sindical. De hecho, en la cuarentena, el pacto Unión Industrial-CGT-gobierno ha escrito la primera página del pacto social, acordando suspensiones con rebaja salariales y exención de aportes jubilatorios que golpean de lleno al sistema previsional y han abierto una variedad de violaciones de convenios colectivos.

La cuestión de las nacionalizaciones burguesas

La cuestión de las nacionalizaciones en los países atrasados o semicoloniales no escapa a la caracterización que Trotsky hiciera hace casi un siglo del bonapartismo de Lázaro Cárdenas en México. El kirchernismo agita en la Argentina la nacionalización de las AFJP (fondos de pensión privatizados en los ’90); la adquisición de una mayoría estatal en la petrolera YPF, aunque bajo la forma “lulista” de una sociedad anónima de bolsa con mayoría estatal que opera como la principal compañía petrolera en el marco de la explotación privada de los hidrocarburos; la formación de “Trenes Argentinos”, una sociedad que maneja el negocio mixto estatal-privado de los ferrocarriles; la estatizada Aerolíneas Argentinas tras su quiebra en manos españolas (y en los finales asociadas a un grupo local del capital amigo del kirchnerismo) o el Correo Argentino, que “cayó” en manos estatales luego de la quiebra de su administración por la familia del ex presidente Macri.

El nacionalismo burgués hace de ellas una bandera “nacional y popular”, aunque se trata de aquellas empresas que dieron pérdidas en distintos períodos. Otras, como las telefónicas o las energéticas de la electricidad, han facturado pingües ganancias también bajo la forma de subsidios del Estado y siguen absolutamente privatizadas, al igual que numerosos bancos provinciales.

Esta denuncia, de un modo general, es común a distintas izquierdas en el mundo y en nuestro país. Por caso, Angela Merkel está nacionalizando parcialmente a Lufthansa, con un descomunal aporte de 9.000 millones de euros, en un caso clásico de rescate capitalista de los “neoliberales” que repudian al Estado, del que se valen sistemáticamente para expoliar a las masas y a los países. Pero lo que nos interesa resaltar es cuál es la política de la izquierda revolucionaria frente al tema.

El Partido Obrero y el Frente de Izquierda levantan la nacionalización bajo control obrero y sin indemnización de esas empresas y en general de todos los recursos estratégicos de la economía: la banca, el comercio exterior, la gran propiedad agraria, las energéticas y mineras, la gran industria, para poner proa a un plan económico y social de salida de los trabajadores a la crisis.

Este planteo se enlaza a la lucha popular contra los tarifazos (apertura de libros y nacionalización de las energéticas), contra la fuga de capitales y las devaluaciones (banca y comercio exterior, control de cambios) y a la lucha contra la pandemia (centralización del sistema de salud y nacionalización de los laboratorios). Por la soberanía nacional en materia petrolera, cuando el chavismo o Evo Morales han evolucionado hacia explotaciones mixtas de sus enormes recursos petroleros.

Integrando ya el Parlamento, hemos hecho una enorme denuncia política de la indemnización kirchnerista a Repsol, la española vaciadora de YPF. Pero opusimos a ella una ley integral de nacionalización de hidrocarburos bajo control obrero.

El fracaso de los nacionalismos petroleros le confiere a nuestros planteos una potencia excepcional, porque plantea a los trabajadores, justamente, la superación de las nacionalizaciones de contenido capitalista. Este es también un tema de debate con la izquierda criolla, algunas de cuyas alas plantean la “reestatización” de las empresas privatizadas, lo que equivale a un planteo estrecho de capitalismo de Estado. Así como hemos sido tenaces opositores a la privatización previsional, cuando se produjo la estatización de las AFJP, marcamos que sería para pagar la deuda externa, lo que está ocurriendo ahora mismo mediante un verdadero saqueo a los fondos jubilatorios de la Anses, el instituto que los administra. La cuestión de las nacionalizaciones bajo control obrero forma parte de nuestra agitación política cotidiana, para elevar la vanguardia de los sindicatos a la cuestión de qué clase paga la crisis y qué clase podría reorganizar la sociedad para que la crisis la paguen los capitalistas.

En ese lugar hay que ubicar, también, la fuerte campaña que estamos realizando ahora mismo en todos los sindicatos y organizaciones populares en apoyo al proyecto de impuestos progresivos a las grandes rentas, fortunas, bancos, etc., que comentamos en el capítulo final de la lucha de hoy contra la pandemia.

La burocracia sindical en la base del régimen político

De un modo general, ningún gobierno ha podido gobernar sin asentarse en la burocracia sindical. Lo que demuestra el potencial de los sindicatos, que conservan el poder de paralizar el país cuando se dispone un paro general, algo que ocurrió en repetidas oportunidades durante el último gobierno de Macri, pero también en el segundo mandato de Cristina Kirchner, a partir de escisiones en el seno de la burocracia sindical tradicional (moyanismo). Lo propio hicieron los gobiernos radicales, no solo los gobiernos peronistas. Incluso el gobierno de Macri tuvo un aliado fundamental en la burocracia central de la CGT para varios de sus emprendimientos antilaborales (Riesgos del Trabajo, Impuesto a las Ganancias en los salarios, convenios flexibles, paritarias a la baja).

En los ’90, la llamada CGT de los “gordos” jugó un papel fundamental en la traición de grandes huelgas (telefónicos, petroleros, ferroviarios) para imponer la flexibilización laboral de Menem y Cavallo. Pero también dio un salto en calidad en su desprestigio histórico, asociada como quedó a la privatización jubilatoria, la desocupación masiva y la liquidación de conquistas históricas que no se volvieron a obtener. En los años finales del gobierno menemista, con el telón de fondo de grandes luchas del movimiento de desocupados, la burocracia se divide y toma relevancia la centroizquierda de la CTA como central alternativa. Un fenómeno del que nos ocuparemos por separado.

Pero todos los gobiernos se enfrentaron a grandes huelgas, que tuvieron en muchos casos a fracciones sindicales como canal de esos grandes movimientos de lucha: las huelgas generales de la universidad, de la docencia, de los petroleros en la Patagonia, en los cordones industriales de Santa Fe, en la gran planta de aluminio de Aluar, en el Neumático, mineros, en los subterráneos, recientemente en la provincia de Chubut, entre otras. En otros muchos casos, las huelgas y ocupaciones de fábrica han sacudido a las burocracias de sus sindicatos a partir de sus seccionales más combativas, a partir de cuerpos de delegados fabriles o de autoconvocatorias que desafían abiertamente a las direcciones formales (docentes de Salta, por ejemplo).

En los últimos años, las grandes ocupaciones de fábrica han sido protagonizadas por el clasismo o sectores antiburocráticos: AGR-Clarín, Interpack, Kimberly, Télam, Inti, BedTime, etc., a partir de sus cuerpos de delegados. Fueron tenazmente aisladas por las burocracias de sus respectivos sindicatos, aunque en algunos casos arrancaron paros generales de todo el sindicato, sacudido por la repercusión pública y política de esos movimientos.

 

Argentinazo y movimiento piquetero

Llegado este punto importa caracterizar el proceso del Argentinazo que derrocó al gobierno de De la Rúa y Cavallo mediante una rebelión popular, por su influencia en el movimiento obrero y en la izquierda. Sus raíces hay que buscarlas en las revueltas obreras y populares de la segunda mitad de los’90, que comenzaron a finales del ’93 con el Santiagueñazo, una rebelión que acabó con el gobierno de esa provincia a partir de los trabajadores estatales y docentes.

Pero el gran protagonista fue el movimiento piquetero, que resultó de la organización de los desocupados en masa en las localidades petroleras del extremo norte y de la Patagonia, donde fue privatizada y desmantelada la compañía estatal YPF. Los ex delegados obreros de pronto se transformaron en organizadores de uno de los fenómenos más ricos mundialmente en cuanto a movimiento de desocupados se refiere. Su rasgo más notable fue la acción directa (el corte de ruta), la asamblea de despedidos o de barrios que desbordaron por completo las estructuras sindicales, pero también las estructuras políticas de regimentación territorial del peronismo sobre los trabajadores (punteros).

El Partido Obrero sentó una posición teórica muy clara sobre el fenómeno: no estábamos ante un nuevo sujeto histórico distinto a la clase obrera, sino ante una fracción de la clase obrera que ocupaba un lugar de vanguardia en la lucha de clases. A partir de esta concepción organizamos el Polo Obrero, que plantea política y metodológicamente la unidad de clase entre ocupados y desocupados. El movimiento piquetero vino a organizar a los trabajadores abandonados por la burocracia de los sindicatos.

La centroizquierda y la izquierda maoísta vieron el fenómeno y canalizaron a través de organizaciones ligadas al sindicalismo de centroizquierda gran parte de este movimiento de lucha. Luego de la caída del gobierno radical, el centroizquierda sindical y piquetero se asimila a la cooptación del gobierno provisional del peronismo de la mano de la Iglesia, integrando un organismo de contención del tipo que hoy se ha montado en la emergencia de la pandemia por parte del gobierno de los Fernández. Señalemos que las mismas corrientes maoístas y de centroizquierda se han vuelto a asimilar al organismo de colaboración de clases, pero integrando directamente al gobierno a través de sus cuadros políticos, absolutamente golpeados por el ascenso del Frente de Izquierda, que los ha borrado como referencias políticas independientes del peronismo y el resto de los partidos capitalistas.

Centroizquierda y paralelismo sindical

Con la crisis de la centroizquierda se ha procesado el destino del paralelismo sindical. La CTA se planteó la idea de eludir la lucha interior por la recuperación de los sindicatos a partir de una central alternativa que escindió algunos sindicatos (docentes, estatales y otros menores) de la CGT central. Lo hizo desafiando la legislación vigente de sindicato único con personería gremial (exclusividad en la firma de convenios colectivos) y de central única que sigue vigente hasta hoy. Con esa línea y con una relación también alternativa con el Estado llegaron a inscribir más de mil proyectos de sindicatos paralelos en todo tipo de actividades que se han ido agotando en el tiempo, transformados en carpetas archivadas. Fue (y es) un “modelo” sindical alternativo en los términos de la “libertad sindical” de la OIT, en un intento de réplica del sindicalismo francés.

El núcleo de su fracaso político hay que encontrarlo en varios aspectos centrales. En primer lugar, su desarrollo estuvo ligado a una nueva forma de integración al Estado, no en un sindicalismo contrario a la integración al Estado. Así es que se integraron a la Alianza del centroizquierda con el radicalismo que llevó al poder a De la Rúa y, desde ese lugar, la rebelión popular de 2001 los encontró llamando a boicotear la movilización piquetera “en defensa de la democracia”, aún cuando su relación con ese gobierno estaba en completa crisis. Luego se integraron junto a la Iglesia, a la que están profundamente ligados, al colaboracionismo con el gobierno de Duhalde y quedaron de espaldas al crimen de Kosteki y Santillán, que marcó el período político, poniendo en fuga al gobierno a partir de masivas movilizaciones piqueteras en las que el Polo Obrero fue protagonista en primera fila, junto al proceso de Asambleas Populares en las que también tuvimos fuerte militancia.

Por otro lado, fueron impulsores del frente de colaboración de clases con un planteo “pluriclasista” de unidad con las Pymes (pequeñas y medianas empresas), que los caracteriza. Esta posición presentada al mismo tiempo como redistribucionista, los ha llevado a apoyar los mismos gobiernos que no necesitan de ellos, porque se sirven de la burocracia sindical peronista tradicional. Es así como toda esta concepción ha reproducido sus métodos prebendarios, proscriptivos, burocráticos y hasta patoteros en un símil de la burocracia tradicional.

Justamente, a partir de la confluencia de “piquetes y cacerolas”, nuestro partido fue impulsor con el método del frente único de siete Asambleas de Trabajadores, que agruparon a miles de delegados piqueteros, de asambleas populares y de un incipiente clasismo sindical de la época. Nunca, nunca, este vasto movimiento se planteó desconocer a los sindicatos, sino expulsar de ellos a la burocracia sindical, a la que sistemáticamente se le exigió intervenir, convocar asambleas, recabar mandatos y llamar a la huelga para acompañar las luchas que se sucedieron con el movimiento de desocupados a la cabeza. A la vez, este movimiento intervino en cada paro aislado o maniobra de movilización de los sindicatos contralados por la burocracia.

Durante el kirchnerismo, la CTA se divide, con una fracción mayoritaria cooptada directamente por ese ala del peronismo. Hoy, ambas CTA, debilitadas las dos, se han integrado al gobierno, con cargos de parlamentarios y funcionarios en la administración, dando un salto en su pérdida de independencia política.

Este derrotero de la centroizquierda sindical ha venido a confirmar el planteamiento de Trotsky: los sindicatos en la época del imperialismo sufren una presión extrema que polariza su condición. O son puestos por la clase obrera al servicio de una construcción y orientación revolucionaria o se integran al Estado en sus distintas variantes. El morenismo tiene corrientes en la Argentina que hasta hace poco estuvieron directamente integradas a las corrientes de la CTA.

Los “nuevos sindicatos” que han protagonizado procesos de ruptura son la excepción y el Partido Obrero acompañó y acompaña esos procesos incondicionalmente: el Sindicato de Subterráneos en su origen, la Asociación Gremial Docente Universitaria, el Sindicato de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires, entre esos casos.

La evolución de algunas expresiones de estas corrientes centroizquierdistas es esclarecedora, como el caso del sindicato telefónico, de gran tradición de lucha, donde un ala del peronismo y otra de la centroizquierda de la CTA, aliadas en la dirección del sindicato, se han transformado en los perros falderos de las poderosas compañías telefónicas, controladas por monopolios mundiales. Entregan sistemáticamente sus convenios colectivos y aceptan la precarización vía tercerizaciones y todas las variantes de la flexibilidad laboral. Solo aceptaron una minoría formal, que ocupamos a través de un frente del clasismo, formado por las corrientes del FIT, que juega un importante papel al igual que en el sindicato de subterráneos.

Hemos desarrollado fuertes agrupaciones en los sindicatos dirigidos por la centroizquierda a partir de estas caracterizaciones y la lucha política que de ellas deriva. En la provincia de Mendoza llegó el caso que sectores dirigentes de la CTA, del sindicato estatal ATE, muy poderoso en la provincia, se pasaron a las filas del Partido Obrero a partir de un balance político de todo el proceso de adaptación al sistema y abandonos y traiciones a las luchas obreras del centroizquierda. Pero, claro, esto es posible porque construimos el partido como una corriente al interior de los sindicatos, no fuera de ellos.

 

Oportunismo de izquierda: “cavar trincheras con la burocracia”

El oportunismo de la izquierda respecto de la burocracia sindical peronista ha transitado diversos andariveles. Pero no pretendemos aquí realizar una reseña histórica exhaustiva, sino marcar cuestiones vitales de la política revolucionaria. Un debate que marcó el período post Argentinazo fue la creación del Movimiento Intersindical Clasista, constituido en su fundación por activistas independientes, sin partido, provenientes de la crisis del morenismo, que jugaron un papel en las grandes luchas del subterráneo de Buenos Aires. En ese reagrupamiento, que resultó efímero por las contradicciones de las organizaciones participantes, militaron distintas vertientes de la diáspora morenista, algunas de las cuales están hoy en el Frente de Izquierda y los Trabajadores y en el Plenario del Sindicalismo Combativo.

La idea estratégica que los unió -y a la postre los llevó a la explosión como a otros intentos de estos sectores- fue la máxima de “cavar trincheras con la burocracia”. Es decir, reconocer la existencia de la burocracia sindical, pero aliarse a ella desde los agrupamientos de izquierda para progresar a la sombra de las organizaciones que ella domina. Desde ese lugar se pretendió asimilar a la podrida burocracia de la Unión Tranviarios Automotor -sindicato que agrupa a los choferes del transporte urbano e interprovincial colectivo de pasajeros-; al combativo cuerpo de delegados del Subterráneo que, mediante la acción directa de huelga, arrancó la conquista de la seis horas en conexión con una lucha parlamentaria del Partido Obrero (y el apoyo movilizador del Polo Obrero) en 2002/2003. El intento de formar parte de la burocracia peronista fue rechazado por la propia burocracia. De ese fracasó surgió la formación del nuevo sindicato de la actividad (AGTSyP), que hoy agrupa a la mayoría de los combativos trabajadores del sector.

Su máxima está acompañada por el concepto que “no se dan las luchas que se pierden”, una idea que ha llevado sistemáticamente a estos sectores a adaptarse a la flexibilización laboral, a los topes salariales, a la precarización y aún al despido de activistas en distintos sectores. Semejante derrotero inevitablemente conduce al abandono de las prácticas de la democracia sindical, para defender una variante de integración al Estado. La deriva de la dirección que propuso “cavar trincheras con la burocracia” fue la progresiva integración al centroizquierda de la CTA y al kirchnerismo, del cual hoy son parte. Y por intermedio del kirchnerismo son parte del gobierno fondomonetarista de Alberto Fernández en un verdadero juego de muñecas rusas.

El maoísmo, desde que existe como resultado de las escisiones del PC en los ’70, cava trincheras con la burocracia como política central. El ascenso del Argentinazo y el crecimiento de la izquierda en la última década lo obligó a integrar algunos frentes antiburocráticos. Pero la formación del “frente anti-Macri” los inclinó también a la integración al gobierno de Fernández, del que hoy son parte. Los “frentes antineoliberales” conducen invariablemente a transformar a la izquierda en furgón de cola de la burguesía. Porque en un frente de colaboración de clases predomina aquella que tiene el poder y el control de los medios de producción.

El oportunismo ha transitado las más variadas expresiones. En el caso del PTS ha sorprendido recientemente un llamado “a la CGT y la CTA a que se unan”, reproduciendo una política conservadora del morenismo de los ’60, que planteaba la unidad de las dos CGT de la época, como si la unidad de las alas de la burocracia fuera a reforzar al movimiento obrero. En realidad, refuerza a la burocracia contra la clase obrera como agente patronal interior de los sindicatos. El Plenario del Sindicalismo Combativo que desarrollamos en otro capítulo, constituye una clara superación de esta política en favor de la independencia política de la clase obrera.

Por la derogación de la ley de Asociaciones Sindicales

La ley de Asociaciones Sindicales es la columna vertebral en el plano jurídico de la integración de los sindicatos al Estado. Tiene una larga historia asociada a la regimentación del peronismo en los sindicatos desde 1945, año en que se redactó la primera ley de asociaciones abarcativa de todos los sindicatos. Luego fue reformada también por el peronismo en 1973, a la medida del pacto social y reforzando la burocracia golpeada por el proceso del Cordobazo. Y la que rige hoy, data del gobierno radical de Raúl Alfonsín, primer gobierno constitucional después de la dictadura, pero fue redactada por Oraldo Britos, un representante de la burocracia peronista en el Congreso de la época. Resumiendo, el peronismo es el autor político del edificio de regimentación de los sindicatos al Estado, del que se valen los gobiernos de todos los signos.

Nuestra lucha es por la derogación de la ley sindical y la más amplia libertad de organización de los trabajadores, donde el Estado no sea el árbitro de las elecciones sindicales, no maneje el régimen de “personerías gremiales” que aseguran el monopolio por actividad de la burocracia sindical, donde no se consagren con fuerza de ley estatutos sindicales proscriptivos, que llamamos “estatutos cárcel”, donde el control de cuentas no pase por los ministerios del Estado capitalista sino por el control obrero, donde las obras sociales que brindan salud a 11 millones de trabajadores no sean un coto de la corrupción y el poder de la burocracia sindical, sino que estén manejadas por direcciones electas por los trabajadores. Y donde los fueros o estabilidad gremial de los delegados y dirigentes sindicales estén asegurados sin que sea la burocracia sindical quién decida sobre la estabilidad o el despido de los delegados y activistas que organizan el movimiento fabril y en todos los lugares de trabajo. Otro enorme tema es la ausencia de representación proporcional en los sindicatos y centrales que asegure la intervención de las minorías en ellos.

En resumen, la derogación de la ley sindical es un aspecto de la lucha por la independencia política de los sindicatos y, con ella, de la lucha por la independencia política de la clase obrera de la tutela de los gobiernos y partidos capitalistas.

El trabajo en el movimiento obrero argentino por parte del clasismo, como un aspecto de la construcción del partido, está obligado a combinar todos los métodos de intervención, desde los abiertamente legales hasta los métodos clandestinos para eludir la represión patronal y de la burocracia sindical. En función de ese trabajo es que hemos elaborado un “manual del delegado clasista”, que arma a los activistas para ese trabajo y comienza su educación socialista acerca del papel de los sindicatos, de la burocracia sindical y del Estado. Caracterizando claramente que la burocracia sindical, no solo los “dirigentes ricos o millonarios”, como los llama el morenismo, sino todas sus variantes son agentes del régimen capitalista al interior de las organizaciones obreras. La expulsión de la burocracia y la recuperación para direcciones de lucha, combativas, antiburocráticas es fundamental para poner en pie una vanguardia clasista, ligada a la construcción de la izquierda revolucionaria.

Unidad de ocupados y desocupados

La cuestión de la organización de masas de los desocupados ha vuelto al primer plano de la escena nacional. Y con ella la cuestión de la unidad de ocupados y desocupados. Durante los años del gobierno Macri, el avance de la crisis capitalista produjo un salto en la pobreza y en la desocupación, en particular desde 2018. Ya el XXV Congreso del Partido Obrero caracterizó, entre sus resoluciones, esta cuestión y relanzó al Polo Obrero, contra la opinión de Altamira, que caracterizó que el movimiento de desocupados ya no era un movimiento de lucha sino asistencial, lo cual es un restringido punto de vista sobre las organizaciones sociales ligadas al Estado, pero no al ancho campo de lucha de millones de desocupados.

El Polo Obrero retomó así su senda basada en los principios clasistas desarrollados en la etapa del Argentinazo: unidad de ocupados y desocupados, acción directa, independencia del Estado, organización asamblearia, programa político contra el uso de los desocupados como masa de maniobra para precarizar y rebajar los salarios con mano de obra a precio basura, pasaje a planta del Estado, participación en la medidas de lucha del conjunto de la clase obrera, frente único de organizaciones independientes del gobierno, construcción del partido obrero entre los elementos de vanguardia. Ese trabajo tomó carácter explosivo en 2018/19 y ligó todo su accionar a la lucha política contra el planteo de contención de las organizaciones sindicales y piqueteras con el “hay 2019”, para canalizar en el recambio capitalista todas las tendencias de lucha. En esos años se operó un salto organizativo, que ha continuado en los primeros meses del gobierno Fernández y especialmente desde la pandemia, porque el Polo Obrero es un canal masivo de lucha contra el hambre.

 

Por delegados paritarios electos por las bases y pliegos votados en asamblea

En la Argentina, las paritarias en las que se discuten salarios y convenciones colectivas de trabajo, pero fundamentalmente salarios, son muy valoradas por los trabajadores a lo largo de toda la historia de lucha del movimiento obrero. Pero, claro está, al calor de la inflación creciente en los últimos diez años adquirieron un papel fundamental. Por medio de paritarias a la baja, la burguesía, en acuerdo con la burocracia sindical, buscó rebajar los salarios y tanto el gobierno kirchnerista del último mandato como Macri, trataron de ir produciendo rebajas históricas en el poder adquisitivo. El objetivo fue bajar los costos laborales para incrementar la tasa de beneficio o atenuar su caída a costa de la superexplotación de los trabajadores.

Las paritarias han sido un terreno de desarrollo de nuestras agrupaciones clasistas y cuerpo de delegados combativos, exigiendo delegados paritarios electos por la asamblea para quitar el monopolio de la negociación a la burocracia, al igual que el debate y votación de los pliegos en asambleas. Por otro lado, la intervención permanente del Estado para condicionar las paritarias a topes de aumentos salariales, las transformaron sistemáticamente en una lucha política. En todos los planos, la lucha antipatronal es rápidamente una lucha contra el Estado. Vale para las paritarias, pero vale en todos los planos de las luchas obreras: despidos, precarización, cierre de plantas, fusiones y flexibilización, como la que ahora mismo intenta el gobierno peronista con Aerolíneas, solo por mencionar un ejemplo.

Dedicamos un párrafo a una cuestión, que fue gravitante en el pasado del nacionalismo burgués en la Argentina, y que analiza pormenorizadamente León Trotsky en sus análisis de las tendencias en los países semicoloniales y atrasados: los directores obreros en empresas nacionalizadas del capitalismo de Estado. Hoy no es un fenómeno dominante, pero recientemente ha sido nombrado un directo “obrero” de la burocracia sindical petrolera en YPF, sociedad anónima de mayoría estatal, que es un agente de la política de conjunto del sindicato, subordinada a la política privatista del gobierno y del conjunto de los monopolios que operan en la actividad. A esta política que solo ata aún más al sindicato al Estado y las patronales, oponemos el control obrero de la producción, la apertura de libros, las paritarias libres, la más completa independencia del sindicato de la administración patronal. Pero su accionar lo criticamos también desde el punto de vista de su función en ese directorio y de la falta de mandato de los trabajadores. En el caso del director obrero del Teatro Colón, su designación y objetivos es motivo de fuertes disputas políticas entre la poderosa burocracia del sindicato municipal de casi cien mil trabajadores y el clasismo en el que nosotros militamos con nuestra agrupación municipal.

Mujer y sindicatos

Las mujeres de la clase obrera, particularmente dentro de su activismo, también han sido, en distintas escalas, protagonistas de la ola verde de lucha por los derechos de la mujer y disidencias, el mayor eje de movilización de masas de 2018. También de enfrentamiento con el Estado, el Parlamento y, como demostró toda la batalla por el aborto legal, con las iglesias católica y evangélica, instituciones de fuerte arraigo dentro de la clase obrera.

La defensa del aborto legal en los sindicatos llevó a la vanguardia a confrontar por este derecho democrático con la posición de las direcciones de las centrales y de sindicatos burocráticas, todas tributarias del PJ y la Iglesia. Desde el pañuelazo en la CGT o en la CTA-A, hasta la virgen en escenarios de actos K, pasando por la negativa en bancarios a dar asueto a las trabajadoras para concurrir el 8M, y sin olvidarnos de la marcha a Luján (basílica icónica de la Iglesia) de todo el espacio del Fresimona (frente sindical moyano- kirchnerista), todas han sido situaciones que hemos podido explotar desde la Coordinadora Sindical Clasista, para confrontar con las burocracias y su posicionamiento estratégico de parálisis o freno a la lucha de la clase trabajadora. Han sido experiencias concretas que aportaron a la batalla desde el clasismo para la delimitación y ruptura del activismo con dirigencias burocráticas y, por lo tanto, para el reclutamiento a nuestras agrupaciones. 

Lo propio fue extensivo al debate con el “frente anti-Macri” y con los bloques políticos que lo integran -incluidas las izquierdas y centroizquierda, y comenzando por su cabeza, el kirchnerismo. Ya en las asambleas de mujeres hacia el 8M fue uno de los puntos de choque, donde los sectores K y pro-K sostenían que para lograr aborto legal primero había que ganar las elecciones, intentando borrar de la memoria a los doce años de cajoneo del proyecto durante las presidencias K. Hoy, el feminismo ligado al kirchnerismo se ha pronunciado en favor de la reestructuración de la deuda, lo que lleva al punto muerto de la subordinación al FMI y al ajuste, enemigo jurado de todas las reivindicaciones de la mujer trabajadora. La campaña por el aborto legal como un derecho elemental va de la mano de la separación de la Iglesia del Estado, otro punto determinante de clarificación política y avance político.

Esta política la llevamos adelante mediante la organización clasista y socialista de las propias mujeres revolucionarias, organizadas en el Plenario de Trabajadoras, organización de la mujer fundada y dirigida por el Partido Obrero.

Esta política es llevada en las comisiones de género de todos los sindicatos, pero especialmente a través de nuestras agrupaciones. Y, desde ese lugar, participamos con miles de compañeras en los Encuentros de la Mujer que se realizan anualmente.

El otro gran eje de nuestro trabajo en los sindicatos tiene que ponernos a la cabeza de la denuncia de la situación de la mujer trabajadora y la organización para defender sus reclamos. Como parte de la ofensiva capitalista sobre el movimiento obrero, la mujer trabajadora y sus derechos es uno de los blancos del ajuste. A la desigualdad de salarios, en función de ser las que ocupan los puestos más descalificados o más bajos del escalafón, se suman el incumplimiento y vulneración de obligaciones legales por parte de las patronales, sean privadas o estatales, y la arremetida contra conquistas en los distintos convenios de trabajo. A los bajos salarios, se suma el aumento de la flexibilidad laboral lo que hace, en muchos casos, imposible a las trabajadoras con hijos o con mayores a cargo (situaciones que recaen sobre la mujer dada la doble opresión que sufren) mantener su puesto en la producción, profundizando así la sumisión y dependencia que padecen la mayoría de las ellas.

En este momento de ofensiva patronal, aspectos de la reforma laboral potencian la flexibilidad en perjuicio de las trabajadoras. Al aumento de las horas de trabajo se agregan los turnos rotativos o el banco de horas (sistemas existentes en importantes convenios industriales). La posibilidad de fraccionamiento de vacaciones o su otorgamiento en períodos que no coinciden con el receso escolar, el no respeto a las licencias o la ausencia de ellas (licencias por violencia de género, enfermedad de familiar, día femenino) hacen imposible en muchos casos el cuidado de los niños o la atención de problemas familiares elementales. Al incumplimiento de las patronales de brindar salas o jardines materno- parentales en los lugares de trabajo se agrega el incumplimiento del Estado en brindar establecimientos educativos públicos y gratuitos, donde los niños puedan permanecer y formarse durante la jornada laboral de sus padres y madres. 

Desde la CSC transformamos estos problemas en un centro de nuestra militancia. No es un problema sólo de la mujer trabajadora. Si como socialistas luchamos contra la doble opresión, la batalla por todo el pliego de las obreras, tiene que ser tomado de conjunto. Nuestras agrupaciones son abanderadas de estos reclamos, que son, como otras conquistas de los trabajadores, ninguneadas o entregadas por las burocracias sindicales. Tenemos el magnífico ejemplo de la huelga de Textilana y sus reclamos, como una muestra de la situación de terrible opresión y explotación de las trabajadoras y de la fortaleza de su lucha, donde nuestras compañeras han jugado un gran papel desde el cuerpo de delegados.

En la Argentina se sucedieron cinco paros nacionales, impulsados por las mujeres en torno del 8 de Marzo y en torno de un femicidio que generó un escándalo social, el de Lucía Pérez. Ante cada una de estas instancias batallamos contra la política de la burocracia sindical de todo pelaje de adjudicar a la jornada un perfil ideologicista, materializado en el armado de paros solo de mujeres, intentado separar estas acciones de los reclamos concretos a las propias burocracias sindicales, al Estado y a las patronales.

 Los paros en defensa de las mujeres intentaron ser desviados para justamente borrar la huella de los reclamos concretos, como licencias especiales para las mujeres, espacios de cuidados de los niños, acceso a todos los niveles de los escalafones. Muchos de estos derechos fueron perdidos por la propia acción de esas direcciones, que dejaron pasar desde los ’90 convenios flexibilizadores y multifuncionales.

Nuestra intervención en el movimiento de mujeres con una posición socialista y de clase nos ha permitido ensanchar el campo de acción del conjunto del movimiento obrero, incrementando los reclamos, visibilizando las demandas particulares de las mujeres trabajadoras, poniendo al desnudo los lazos de las iglesias y los sindicatos como pilares de la contención social en nuestro país; en definitiva, otorgando fuertes elementos de delimitación a la acción clasista en los gremios y desarmando así el intento de utilizar la demanda de las mujeres como una fuente de división al interior de la clase obrera, excusa utilizada por muchos sectores que se reclaman trotskistas para eximirse de participar en un movimiento de masas.

 

Recuperación de los sindicatos, expulsión de la burocracia y agrupaciones clasistas

Los sindicatos argentinos están dominados en su abrumadora mayoría por las distintas alas de la burocracia sindical. Pero frente a esa circunstancia, nuestra política no es ignorarlos o militar fuera de ellos, sino luchar por su recuperación con el método del frente único antiburocrático. Esa lucha estratégica por una nueva dirección del movimiento obrero, de clase, independiente del Estado y de las patronales, basada en la democracia sindical empieza por los cuerpos de delegados fabriles y aún de cada sección fabril y así en todos los ámbitos del movimiento sindical, en bancos, escuelas, universidades, etc.

Somos ajenos al basismo, que ha formado parte en distintas etapas de la política del morenismo y de sectores independientistas filo-nacionalistas. No luchamos contra toda dirección del movimiento obrero, sino por una nueva dirección clasista, ligada a la lucha por un gobierno de trabajadores. El basismo llevó al morenismo a la política sintetizada en la consigna “que las bases decidan”. Con ella llegó al extremo de carnerear paros de las centrales obreras en los ’80, explotando el repudio a la burocracia, mezclado con la presión patronal contra las medidas de acción gremial de los trabajadores, justamente en oportunidad de un paro general, que siempre es político y siempre es una expresión de conjunto, clase contra clase, aunque limitada y destinada a liberar tensiones de la lucha de clases. Cuando criticamos las limitaciones de la burocracia, lo hacemos desde la trinchera de la lucha, nunca contra ella.

La herramienta por excelencia de esta política es la agrupación sindical, que proyecta la política revolucionaria del partido en los sindicatos. Aunque en ocasiones la vanguardia obrera de un gremio puede constituir agrupaciones que reúnen al activismo combativo, corresponde integrarlas para desenvolver una experiencia de frente único, y a través de ellas conquistar a los mejores activistas para la construcción obrera y socialista del partido.

Nuestras agrupaciones a menudo unifican al trabajador bajo convenio con otros tercerizados, que son superexplotados mediante convenios basura. En esa batalla precisamente, la burocracia sindical ferroviaria mató a Mariano Ferreyra en 2010, un militante obrero y estudiantil del partido, que acompañaba junto al Polo Obrero y otras organizaciones de lucha a los tercerizados en el ferrocarril más numeroso del país. La lucha por la cárcel de sus asesinos materiales e intelectuales se transformó en una de las grandes batallas políticas del PO y del activismo de izquierda en la Argentina y fue, en un sentido, antecesora de la formación del Frente de Izquierda y los Trabajadores al año siguiente, encabezado por el PO por la autoridad ganada y por su desarrollo. Recientemente, la agrupación Lista Gris Mariano Ferreyra encabezó una lista antiburocrática que agrupó a toda la izquierda y que obtuvo el 33% de los votos entre los 5.000 trabajadores participantes. Estuvimos a la cabeza de la única experiencia en la que un secretario general de un gran gremio fue a parar a la cárcel por el crimen de un activista y murió preso.

 En resumen, somos constructores de los sindicatos a partir de agrupaciones clasistas que intervienen en las luchas, que son constructoras a su vez de los sindicatos, incluso afiliando a sus filas en los lugares desindicalizados, pero haciéndolo bajo el lema de la recuperación del sindicato para los trabajadores.

 

Por el Congreso de Bases de todo el movimiento obrero

Una consigna que ocupa un lugar de importancia política de conjunto en el movimiento obrero es el Congreso de Delegados de Bases -o sea, un congreso de todos los sindicatos y centrales, de ocupados y desocupados, basado en delegados electos por los trabajadores. Se trata de una aproximación a un planteo soviético a partir de la realidad del movimiento obrero y cuestionando la usurpación de la dirección de los sindicatos (y organizaciones de desocupados) por parte de la casta de la burocracia sindical, agente de la patronal en ellos.

Es una consigna que, siendo parte permanente de nuestro programa, debe ajustarse al momento político que vive el movimiento obrero. Al momento de sus luchas, de los debates planteados, de la relación de la burocracia con el gobierno de turno. En esta etapa del gobierno del nacionalismo burgués, que la burocracia integra maniatando a los sindicatos al carro directo del Estado, la acompañamos con el planteo “que la CGT rompa con el gobierno”, un planteo que tendrá vigencia mientras la cuestión del pacto social domine el escenario. Se trata en ambos casos de planteos destinados a separar a las masas del nacionalismo a partir de sus demandas, por intereses inmediatos que chocan con la política del gobierno que votaron y en el que tienen expectativas.

Por otro lado, y fundamental, el Congreso de Bases implica un método de intervención por aproximaciones. Sin que hayamos conseguido un congreso nacional de bases, que indudablemente correspondería a una etapa de ascenso prerrevolucionario o revolucionario, hemos logrado grandes plenarios de sindicatos, delegados y activistas, por ejemplo en las provincias de Santa Cruz o Mendoza, que fueron impulsos muy importantes a la lucha en su conjunto y al progreso y expresión en ellas del clasismo.

La idea de un plan económico de los trabajadores de salida a la crisis se asocia a un congreso de trabajadores que debata esa perspectiva, tendiendo un puente para ayudar a los trabajadores a transitar una experiencia respecto de su posible papel como clase dirigente en la salida a la crisis capitalista. Se trata de un planteo que lleva a tierra la cuestión de poner en pie una oposición obrera y popular al gobierno, que ocupe el lugar que hoy ocupa la derecha ante el gobierno de Alberto Fernández y que ayer ocupaba el peronismo respecto del gobierno de Macri.

Frente Unico e independencia de clase

El Plenario del Sindicalismo Combativo nace en 2018, a iniciativa de los sindicatos en cuya dirección participa la Coordinadora Sindical Clasista, que nuclea a todas nuestras agrupaciones. Se trató de una convocatoria de frente único hacia otras direcciones sindicales de izquierda y combativas, que maduró a través de un proceso preparatorio. Especialmente en la gestación e intervención en un gran plenario de 500 activistas sindicales en la provincia de Neuquén, en la etapa de una gran huelga general de la docencia de aquella provincia, que lograría imponer la indexación de los salarios. Dicho en las palabras del Programa de Transición, la escala móvil de salarios, para acompañar el costo de vida mediante aumentos equivalentes de los salarios. La huelga, de gran protagonismo de las seccionales clasistas recuperadas (en la capital provincial y otras) se proponía llevar el salario inicial al costo de una canasta familiar patagónica, puesto que en esa zona austral del país el costo de vida es superior al del resto del país. Ese objetivo no se alcanzó, pero se logró un aumento que se sostendría en el período posterior mediante esa cláusula de actualización por inflación.

Por supuesto, como siempre en esta etapa histórica del imperialismo de ofensiva contra las masas, toda conquista es provisional y estará sujeta a futuros ataques para desandar el terreno conquistado por los trabajadores. Pues así será hasta la reorganización de la sociedad sobre otras bases sociales, un objetivo que sólo puede conseguirse por medio del gobierno de los propios trabajadores.

Luego de aquella experiencia preparatoria en Neuquén y otras provincias, se convocó un plenario nacional en un estadio (Lanús), que reunió casi dos mil dirigentes sindicales, delegados y activistas. Su convocatoria y su existencia de frente único, nada sencilla en el marco de las distintas corrientes que lo integran, se hizo a partir de los sindicatos y seccionales sindicales recuperados.

La convocatoria se realizó desde el Sutna (Neumáticos), Unión Ferroviaria Oeste, AGD (docentes universitarios), Ademys (docentes), Sindicato de Ceramistas de Neuquén, Suteba combativos varios (docentes de la provincia de Buenos Aires), Aten capital de Neuquén (docentes), minoría de Cicop (médicos de la provincia de Buenos Aires), municipales de Coronel Suárez, Amsafe (docentes de Rosario), dirigentes de ATE (estatales) Mendoza, desde minorías clasistas en distintas comisiones directivas de Subte y telefónicos, entre otras, y decenas de cuerpos de delegados de grandes hospitales, fábricas gráficas, de la Alimentación, delegados siderúrgicos, entre otros. En el plenario participaron invitados importantes, delegaciones como de la Comisión Directiva de Adosac de Santa Cruz (sindicato docente de esa provincia).

Debemos consignar en este punto que el PTS no integró el PSC a través de sus activistas sindicales y, al contrario, lo ha boicoteado en su inicio, votando no constituirlo en las representaciones sindicales que integran, por ejemplo Ceramistas de Neuquén o los Suteba combativos. Se trata de una política sectaria y oportunista al mismo tiempo, de tipo electorera, que retrata una opción de los últimos años en esta organización, que los ha llevado a un sensible retroceso en el movimiento obrero. En cambio, la participación del MST en el PSC dio cuenta de su ruptura práctica con la centroizquierda de la CTA y fue un antecedente de su incorporación al FIT-Unidad. No obstante, esta política del PTS, se vio obligado a participar de numerosas iniciativas de lucha del Plenario, sin suscribir el programa de Lanús.

Los sindicatos y el clasismo en la pandemia

Como todos, y como en todos los lugares del mundo, el Partido Obrero, como parte de la izquierda revolucionaria, está escribiendo ahora mismo la página de la intervención en la pandemia y, desde luego, de la intervención clasista en los sindicatos en oportunidad de la cuarentena y de la pandemia.

Al momento de terminar estas líneas, el Plenario Sindical Combativo ha difundido una declaración al movimiento obrero, criticando el pacto Unión Industrial, CGT y gobierno de Alberto Fernández, mediante el cual habilitan la rebaja de salarios durante la próxima etapa, en unidades de producción en cuarentena, con cuarentenas parciales o aún sin ellas, por la simple caída en la ventas y facturación de las empresas, que es generalizada en el cuadro de recesión y depresión económica abierto.

El Plenario Sindical Combativo venía de denunciar toda la política del gobierno de Alberto Fernández, dictada por el rescate de la deuda externa en virtual default, mediante un canje que significa, como en Grecia o Portugal, un ajuste ahora mismo y por toda la etapa que viene, incluida la intervención del FMI en esos planes, puesto que uno de los grandes acreedores argentinos es el Fondo. También la del Club de París, compuesto directamente por distintos Estados imperialistas de la Unión Europea, que han condicionado cualquier replanteo de la deuda con el Club a un acuerdo con el FMI.

El Partido Obrero ha realizado una gran campaña contra el robo de la movilidad jubilatoria realizado por el gobierno peronista previamente a la pandemia y ahora otra vez. Esa ofensiva no se ha atenuado con la pandemia, todo lo contrario. El capital descarga la crisis capitalista, agravada por la pandemia, sobre las espaldas de los trabajadores mediante despidos, rebajas salariales, suspensiones, y ejecutando una reforma (anti)laboral de hecho, que se ejecuta explotando la debilidad de los explotados ante la caída económica, en ausencia de direcciones de clase para defender consecuentemente sus derechos.

Llevamos algunas semanas de experiencia. En los primeros tramos hemos defendido la cuarentena que violaban las patronales, ahora, ante la flexibilización de la cuarentena intervenimos defendiendo la integralidad del salario, la estabilidad laboral y los protocolos de salud para proteger a los trabajadores del contagio. Se han producido luchas en la carne, entre los mineros, ceramistas, gráficos, metalúrgicos, entre los propios docentes encuarentenados que, en un primer momento fueron convocados a ir a las escuelas en la provincia de Buenos Aires, aún sin clases. También en defensa de los derechos de docentes y estudiantes ante la virtualización educativa forzosa.

El movimiento en la salud se ha ido extendiendo entre los trabajadores del sector de todas las profesiones y especialidades en asambleas, movilizaciones y aún paros comunes. Recientemente hemos realizado una reunión on-line de Tribuna de Salud, nuestra agrupación, con casi doscientos participantes, que ha definido un programa y objetivos ante la lucha planteada: provisión de elementos y respeto de protocolos de protección, respeto de turnos, adicionales salariales, carrera profesional de enfermería, etc., a partir de comisiones de control de los propios trabajadores.

Desde luego, estos planteos de los trabajadores se asocian a la exigencia de una inversión masiva de recursos en la ampliación de la capacidad hospitalaria, adquisición de camas y respiradores, y a la centralización del sistema de salud en un sistema único del sector público, privado y de obras sociales. Este planteo ha sido central en la agitación política desde el primer momento por parte del Partido Obrero y del Frente de Izquierda.

En nuestras agrupaciones desarrollamos la agitación reivindicativa ligada al planteo de que la crisis la paguen los capitalistas y por una salida de los trabajadores, expresada en los puntos centrales desarrollados por el Partido Obrero: centralización del sistema de salud, comisiones electas por los trabajadores de control obrero en los establecimientos de salud y en todo el movimiento obrero, reparto de las horas de trabajo sin afectar los salarios, prohibición de despidos y suspensiones, actualización salarial por inflación, 30.000 pesos de seguro al desocupado, al trabajador en negro y cuentapropista, efectivización bajo convenio colectivo de los trabajadores precarizados, defensa de la movilidad jubilatoria y el 82% móvil, administración de los trabajadores y jubilados de la Anses, estatización bajo control obrero de toda empresa que cierre, no pago de la deuda externa, nacionalización de la banca, el comercio exterior y los recursos estratégicos, por un plan económico y social de los trabajadores de salida a la crisis.

Los trabajadores han empezado a intervenir con paros, movilizaciones y reclamos de todo tipo. El movimiento abarca a los más diversos gremios, pero interesa destacar que algunas direcciones clasistas han obtenido compromisos que desnudan a la burocracia sindical, por ejemplo en el Neumático, obteniendo el total del salario durante las suspensiones en las fábricas de la actividad; lo mismo en la gráfica Morvillo, una de las más importantes, luego de un paro de los trabajadores. Estas conquistas no han pasado desapercibidas en el mundo sindical. Otros sectores han impuesto también límites a las patronales, como la fábrica metalúrgica sueca SKF o los ceramistas de Olavarría, en importantes empresas de la zona industrial cementera de esa localidad. De inmediato sobrevino otra gran batalla en la que estamos inmersos ahora: la de los protocolos de protección sanitaria, donde impulsamos su elaboración y control obrero por parte de comisiones electas por los trabajadores o mandatando a los cuerpos de delegados existentes mediante asambleas, algo en los que también resalta el Sutna (neumáticos) y un vasto movimiento en los gremios de la salud. El Polo Obrero ha encabezado importantes movilizaciones que fueron el debut de la acción callejera de los trabajadores con la consigna “Con hambre no hay cuarentena”, levantando todas las reivindicaciones del sector. Sus ollas populares, el 1° de Mayo, en la previa del acto internacionalista del Frente de Izquierda, congregaron a miles y miles de trabajadores sin ingresos.

Esta historia empieza a escribirse. Pero, tal vez como nunca antes, la construcción revolucionaria en los sindicatos se asocia a una agitación política que pone en el tapete qué clase pagará la crisis y qué clase es capaz de ponerse al frente de una salida contra la catástrofe capitalista que ya nos inunda. Nuestro afiche en este momento, dice “La deuda o la vida”. Y nuestra consigna es “que la crisis la paguen los capitalistas, por una salida de los trabajadores”.

Sobre el Autor

Néstor Pitrola

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