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La crisis mundial

Por Jorge Altamira
Método político
 
Cuando se debaten los problemas de la situación internacional, normalmente, se hace referencia a la coyuntura política del momento internacional, que se desenvuelve en un cuadro histórico determinado. De un modo general, se busca apreciar cómo ha evolucionado la lucha de clases, la crisis económica y política de los distintos regímenes políticos dentro de ese cuadro histórico determinado.
 
La situación internacional presente, indudablemente tiene un determinado cuadro histórico, no se desarrolla en el vacío y hay, por lo tanto, un conjunto de modificaciones; pero su característica principal no es la coyuntura sino la ruptura del orden mundial, del cuadro histórico pre-existente. Para el conjunto de las fuerzas que intervienen en la política mundial, la principal preocupación es la apreciación del “período político”, debido al giro que han tomado los acontecimientos internacionales como consecuencia de una serie de hechos de importancia capital: el derrumbe de la burocracia stalinista, la crisis económica más seria del capitalismo, y la llamada “unidad” de Alemania, algo que para el 99 % de la humanidad resultó completamente inesperado. Hoy son muchos los que dicen que el orden internacional” fue seriamente afectado por estos acontecimientos; son muchos también los que dicen que hay que estructurar un nuevo orden internacional. Indudablemente, cuando se habla en tales términos no estamos, al menos en lo fundamental, frente a un problema de coyuntura ni frente a una alteración de las relaciones de fuerzas entre las clases en un cuadro histórico determinado, sino ante la ruptura de ese cuadro; frente a una crisis mundial. El método del informe internacional, en consecuencia, debe variar con relación a lo que habitualmente se entendía que eran las discusiones sobre el carácter de la situación internacional.
 
A diferencia del stalinismo, de muchas corrientes nacionalistas e incluso del liberalismo burgués, el marxismo parte, como método, de la economía y de la política mundiales; no establece barreras entre los distintos países que integran la economía mundial, sean cuales fueren sus distintos estadios de desarrollo y sus distintas características sociales. Para los marxistas no han existido cosas tales como el “campo socialista y el “campo capitalista” como dos entidades absolutamente separadas, cuando desde el punto de vista histórico, el mundo se constituyó hace ya mucho tiempo como una unidad, e incluso cuando el surgimiento de Estados que tuvieron por base la expropiación del capital se debió a la madurez alcanzada por esa unidad. Aunque no se aprecien los vínculos y las presiones de la economía mundial sobre el conjunto de las partes componentes, aquélla hace un trabajo lento pero implacable que en un determinado momento alcanza proporciones gigantescas. Este ángulo metodológico ya nos está diciendo que la crisis en Europa del Este y el derrumbe de la burocracia soviética y de sus estructuras políticas totalitarias, independientemente de sus características particulares, son una expresión de una crisis de alcance mundial.
 
Ya a partir de ciertos fenómenos y movimientos de luchas en Europa, de movimientos de lucha en Brasil, del análisis de la crisis en la URSS y en China, de la crisis económica en los EE.UU., el PO empezó a hacer la caracterización del desarrollo de una crisis mundial (1). Hoy, a la hora de tener que explicar la crisis de la Unión Soviética y cuando se pretende salir de una explicación puramente nacional de esa crisis, hay gente que afirma que estamos ante una crisis mundial. Pero es importante señalar que nuestro Partido formuló esa apreciación de conjunto mucho antes de que comenzara a desbarrancarse la política de Gorbachov y a fundirse la bi^ocracia de Europa Oriental. Muchos tratan de encontrar en la caracterización de crisis mundial, una justificación, posterior a los acontecimientos; para nosotros, en cambio, fue una guía que nos ayudó a interpretarlos.
 
La crisis mundial
 
La crisis mundial es una categoría histórica precisa que se refiere al momento en que la descomposición del conjunto del capitalismo (sistema mundial) adquiere la forma de crisis políticas y revoluciones, y que integra a los Estados obreros burocratizados, ya vinculados a la circulación económica mundial, y a la burocracia como un agente de la burguesía mundial en el seno de los Estados obreros. El desarrollo de la crisis mundial es el desarrollo de la crisis conjunta del imperialismo y la burocracia. El PO actuó a principios de la década del '70 en el CORCI —e importa señalarlo para establecer los elementos de continuidad de nuestras caracterizaciones— que planteaba la existencia de una crisis conjunta del imperialismo y de la burocracia.
 
La burocracia stalinista es, desde el punto de vista internacional, una agencia de la burguesía mundial en el seno del Estado obrero. Incluso su pretensión de explotar las conquistas de la revolución en su propio beneficio, debe ser vinculada al conjunto de la economía y de la política mundiales. Por referencia al conjunto de la sociedad mundial, la burocracia es un sujeto de la contrarrevolución, no de la revolución. Trotsky no señaló que la restauración capitalista fuera sólo una de las tendencias de la burocracia (como si la burocracia estuviera cruzada por muchas tendencias divergentes), sino que aseguró que si la burocracia lograba estabilizar su dominación, al mismo tiempo, prepararía las condiciones de la restauración capitalista. Todo el problema estaba en si lograba estabilizar las condiciones de su dominación.
 
En el curso del proceso histórico, el entrelazamiento entre la burocracia y el capitalismo se fue haciendo cada vez más intenso, desde el respaldo al presupuesto de Defensa de Francia (1934), el ingreso a la Sociedad de las Naciones (1935) (2) y los frentes populares, hasta los acuerdos de Yalta y Postdam (1944/45) (3), la firma de la Carta de las Naciones Unidas (1945) (4) y la integración de su Consejo de Seguridad y la firma de los tratados de Helsinki (5), que establecieron, con carácter de ley internacional, los principios básicos del derecho burgués.
 
Trotsky no dejó de apreciar la creciente integración de la burocracia con el orden imperialista mundial. Inicialmente, caracterizó a la burocracia stalinista como centrista, es decir que su estrechez nacional y la defensa de sus intereses privilegiados y parasitarios la llevaban a subordinar al movimiento obrero mundial a su política y a conducirlo a la derrota. Más tarde, después de que la Internacional Comunista entregó sin lucha al proletariado alemán a las garras de Hitler, Trotsky la re-caracterizó como contrarrevolucionaria, es decir, que era una capa social tan consciente de sus intereses sociales —y de la necesidad de su integración al orden mundial para defender a esos intereses— que sacrificaba impune y abiertamente a la revolución mundial y a los trabajadores de todo el mundo en defensa del orden capitalista.
 
Los acuerdos de Helsinki fueron, a escala mundial, lo que fue el acuerdo de Esquilpulas (6) para América Central, por el cual el sandinismo se comprometía a integrar el Parlamento Centroamericano, es decir una estructura estatal supranacional burguesa. A tal punto estos acuerdos tenían el carácter de un derecho internacional, vigente para los Estados nacionales signatarios, que en todos los países de Europa del Este se formaron los “grupos de defensa de los acuerdos de Helsinki” en el entendimiento de que estaban defendiendo una ley internacional, lo cual no impidió que la burocracia los reprimiera (y que el imperialismo mundial guardara un silencio cómplice, porque la función de los acuerdos de Helsinki no era garantizar la vigencia de los derechos democráticos para los ciudadanos de los países de Europa del este y la URSS en contra de la burocracia sino, por el contrario, reforzar la integración —política y económica— de la burocracia al orden mundial). A través de este acuerdo internacional, la burocracia del Estado obrero soviético estaba estableciendo el derecho al libre comercio, un principio capitalista, que luego sirvió de base y de valioso “antecedente” a los "reformistas perestroikos”. Aún en los momentos de mayor enfrentamiento entre la burocracia y el imperialismo (guerra de Corea, 1950/53; “crisis de los misiles”, 1962; invasión de Afganistán, revolución en Irán, 1979; etc), estos acuerdos nunca perdieron vigencia.
 
La burocracia soviética formaba parte del orden mundial capitalista (que iba mucho más allá de Yalta y de Postdam, que eran en cierto modo acuerdos de características provisorias, sobre cómo resolver una situación internacional). En este marco político se montó en los últimos años un proceso de integración económica que tiende a revertir el rechazo al Plan Marshall y al ingreso al FMI y al Banco Mundial por parte de Stalin, en 1946. Lo testimonian el acuerdo de abastecimiento de gas de la Unión Soviética a Europa Occidental; el ingreso de Hungría, de Polonia, de Rumania y de Yugoslavia al Fondo Monetario Internacional y las reformas económicas” consiguientes; el avance fenomenal de los acuerdos entre Alemania Oriental y Alemania Occidental en materia de créditos y el "protectorado” comercial de la RFA sobre la RDA (los productos orientales ingresaban al Mercado Común Europeo como “productos intentos” a través de empresas occidentales); y, finalmente, el propio endeudamiento de la Unión Soviética que llega a setenta mil millones de dólares.
 
A Hungría, a Polonia, etc. las hunde la deuda externa, al igual que a Argentina, a Brasil o a cualquier otro país latinoamericano; ésta es la relación. El capitalismo mundial le prestó dinero a todos esos países; cuando llegó la hora de pagar la deuda a través de una ampliación del comercio mundial, no hay tal comercio mundial. La burocracia de la URSS pensó que podía endeudarse sin límites porque la Unión Soviética es uno de los principales productores mundiales de petróleo. El precio del petróleo estaba a 40 dólares cuando la URSS se endeudó y cayó a 20 dólares a la hora de pagar. ¡Las leyes de la economía mundial valen para todos sus componentes! ¿Por qué se endeudó la burocracia soviética? En primer lugar, porque así podía robar, como en cualquier país de América Latina. Pero además, y por sobretodo, porque el sentimiento de la rebelión latente en las masas era tan agudo que, por medio del endeudamiento, Brezhnev pretendió resolver los agudos problemas de abastecimiento del consumo que sufría la economía soviética; fue la época de las grandes importaciones de cereales de EE.UU. y de la Argentina. Inversamente, el cierre del mercado soviético al cereal norteamericano, como consecuencia de esta crisis, tiende a agudizar la crisis de sobreproducción de alimentos.
 
Cuando, por ejemplo, bajo el gobierno de Gierek, naufragó la política fondomonetarista en Polonia y el presidente de Francia Giscard DTSstaing viajó a Var-sovia a respaldar al gobierno de la burocracia; o cuando hoy algunos economistas franceses se preguntan cómo es posible pedirle a Polonia que haga el ajuste y al mismo tiempo cerrar los mercados europeos occidentales a las exportaciones polacas, entonces, cuando eso ocurre, estamos en presencia de una crisis mundial. Polonia tendría que especializarse en la exportación de algunos cereales y de carbón. Históricamente el carbón polaco fue a Alemania, pero hoy Alemania tiene exceso de carbón (o, por lo menos, tiene sobreproducción de acero y, por lo tanto, no necesita más carbón) y hay una sobreproducción alimentaria europea occidental y mundial y nadie quiere la producción polaca. La revuelta de los trabajadores polacos y el fracaso de las reformas económicas, entonces, denuncian no crisis nacionales específicas sino una crisis de orden mundial. Si no se considera la integración económica ya operada entre los Estados obreros y el imperialismo, y en particular, la implementación de la política fondomonetarista por la burocracia y la rebelión de las masas contra esas políticas y contra las burocracias que las llevan adelante, no se puede entender el carácter histórico de la crisis ni, mucho menos, sus alcances revolucionarios de conjunto.
 
¿“Victoria del capitalismo” o crisis mundial?
 
Estamos en presencia de una crisis mundial porque cada vez se fusionaron más el imperialismo y la burocracia. Pero, en cambio, para los apologistas del capitalismo, entre los que se encuentra la burocracia stalinista, existiría nada menos que una “victoria del capitalismo sobre el socialismo”.
 
Esta última es, en realidad, una hipótesis perfectamente prevista por los marxistas, como consecuencia de la superioridad del régimen capitalista mundial sobre las naciones donde triunfó la revolución, superioridad que le es dada no por ser capitalista —es decir, por la superioridad de la anarquía (mercado) sobre la planificación— sino porque el capitalismo, como sistema mundial, representa aún al conjunto histórico más avanzado de la sociedad mientras que la revolución ha triunfado en los países más atrasados del mundo desde el punto de vista de la economía y de la cultura. Los marxistas fueron los primeros en pronosticar que no sólo era probable y hasta posible, sino que en definitiva, o en última instancia, era inevitable que si la revolución no lograba triunfar en la mayor parte de los principales países capitalistas, la presión del capitalismo terminaría revirtiendo por completo las victorias o los alcances de la revolución y se produciría entonces la restauración del capitalismo.
 
Existe toda una corriente, mayoritaria o por lo menos la más difundida, que señala que efectivamente se trata de una victoria del capitalismo sobre el socialismo como consecuencia del hecho de que el capitalismo, a diferencia de la economía planificada, ha sido capaz de revolucionar las fuerzas productivas y de elevar la productividad del trabajo humano en forma constante ("revolución científico-tecnológica”), lo que, en definitiva, le habría dado al capitalismo la victoria en la competencia entablada. Este punto de vista se infiltra, incluso, entre sectores que no son ellos mismos representantes del imperialismo, como el castrismo o el PT de Brasil. Por ejemplo, Fidel Castro, para explicar el carácter socialista de la Revolución cubana, afirmó que “la mayor parte de las fábricas cubanas son obsoletas y que resultaría más económico mandar a sus trabajadores a sus casas y pagarles los sueldos antes que hacerlos trabajar. Pero, como Cuba es socialista, señaló Castro, y lo que primero nos importa es el ser humano, se mantienen las fábricas funcionando y se pagan los salarios como si estuvieran realizando un verdadero trabajo productivo ...”. Es evidente que Ningún régimen social puede sobrevivir sobre la base de semejante despilfarro de las fuerzas productivas. Trotsky ya había señalado que con el monopolio del comercio exterior se puede hacer frente, hasta cierto punto y hasta cierto grado, a la presión económica del imperialismo, se puede evitar el dislocamiento industrial de un Estado obrero, se puede proteger su desarrollo industrial y permitir que se desenvuelva hasta adquirir una determinada madurez, puede servir para que la nación atrasada que ha hecho la revolución aprenda el manejo de la técnica moderna; pero no puede servir nunca para reproducir constantemente un atraso que la distancia cada vez más del capitalismo más avanzado. La afirmación de Castro es la condena más brutal de la teoría del socialismo en un solo país y de la relación económica que Cuba mantenía con la Unión Soviética (cuya ruptura Fidel Castro caracteriza como la causa de todos los problemas de Cuba). En estas declaraciones de Castro, evidentemente, se ha infiltrado el punto de vista del imperialismo, según el cual mientras el capitalismo se moderniza constantemente, la economía estatizada sólo es capaz de “hacer obsolescencia”.
La afirmación de que las empresas soviéticas o cubanas son obsoletas, sin embargo, vale sólo desde el punto de vista de la circulación mundial de mercancías y de capitales, es decir, que son empresas que están sobrando en el mercado mundial. Pero al caracterizarlas como obsoletas, Castro asume el punto de vista de Jeffrey Sachs, que pretende justamente desmantelar la mayor parte de la industria de la URSS y de Europa del Este... con el argumento de que es “obsoleta”. Sin embargo, la ventaja del régimen de planificación, la gran ventaja histórica del régimen proletario, es justamente que puede procesar las transformaciones tecnológicas sin proceder, de tiempo en tiempo, a una destrucción masiva de fuerzas productivas. Una empresa puede ser obsoleta, desde el punto de vista del mercado mundial, pero lo que importa ver es qué aporte puede significar para el desarrollo económico de Cuba, de China o de la URSS y, en caso de que ese aporte ya esté cuestionado, ver cómo se la reconvierte, sin pasar por una destrucción masiva de fuerzas productivas (que no es consecuencia de la “obsolescencia” sino de la anarquía capitalista). La caracterización de Fidel Castro, en cambio, lleva a una política restauradonista, a una política de destrucción de fuerzas productivas, aunque diga que quiere defender al trabajador.
 
La penetración del capitalismo en China, por ejemplo, está transformando en obsoletas a todas las empresas estatales, pero ya no sólo como una categoría de la economía mundial sino realmente, desde el punto de vista productivo. Es muy frecuente leer que el sector estatal chino tiene un déficit enorme y que su nivel de productividad es considerablemente inferior al de las empresas capitalistas que están ingresando en China. Pero lo que ingenua, o interesadamente, se presenta como “la victoria del capitalismo sobre el socialismo” no es más que la preparación de la guerra civil en China. Esto porque desde el punto de vista de la lógica capitalista que se ha establecido, van a tener que cerrar todas las empresas estatales y se van a producir millones de despidos y una todavía más violenta polarización social. El régimen de la planificación, por el contrario, puede ejecutar una política dirigida a la reconversión industrial; asignar un fondo dirigido, por ejemplo a suplantar industrias extremadamente intensivas en combustibles y electricidad —que hoy son caras con relación a 1970— y hacer al país menos dependiente de esas materias primas, sin pasar por el proceso destructivo del capitalismo, que significa —como lo que importa es el interés privado— una destrucción masiva de recursos, liquidación de industrias enteras, millones de trabajadores en la calle.
 
En el primer período de la industrialización china, por ejemplo, aunque una producción pudiera hacerse con una tecnología avanzada, se prefería hacerla con una tecnología más atrasada, que estaba disponible (mientras que la otra, más avanzada, aún había que crearla) y, además, porque había una mano de obra extraordinariamente disponible que podía ser usada con esa tecnología más atrasada. Desde el punto de vista de la economía mundial, en abstracto, esas empresas son inferiores en términos de rendimiento del trabajo y productividad, pero no cabe la menor duda que permitieron la acumulación y el desarrollo económico y que sirvieron de base para etapas ulteriores del desarrollo industrial chino. Ya los economistas de los países que llegaron tarde al desarrollo económico capitalista —y que, por lo tanto, se vieron obligados a acometer la tarea en forma acelerada— (Alemania, Italia, Japón y, hasta cierto punto los Estados Unidos) sabían que era mejor producir caro en el propio país que comprarle barato al extranjero. El propio Marx, por ejemplo, también, era partidario —una vez hecha la revolución agraria en Irlanda— de establecer barreras aduaneras proteccionistas para una primera etapa del desarrollo industrial irlandés.
 
Las categorías capitalistas tienen que ser examinadas con un criterio crítico. ¿Qué se entiende por esa llamada “obsolescencia”? Es indudable que la ex-URSS tiene un elemento fantástico para una reconversión: la mano de obra más calificada del mundo, superior incluso, científica y tecnológicamente, a la norteamericana. ¡Que los trabajadores soviéticos tengan libertad y veremos como terminan en un santiamén con todas las porquerías que hay en la ex-URSS! Pero quien caracteriza que la industria soviética o cubana es “obsoleta” ya está haciendo un planteamiento de restauración capitalista. Esto porque reconvertir, no con criterio de competencia internacional sino en base a un equilibrio de fuerzas internas, presupone una estrategia mundial de lucha contra el capitalismo. Más tarde o más temprano, esa reconversión se tiene que conjugar con la economía mundial y entrar en contradicción con ella.
 
Pero la supuesta “revolución tecnológica” no sólo ha dejado en “obsolescencia” a las fuerzas productivas de la Unión Soviética o de Cuba (su retraso relativo respecto del capitalismo es muy antiguo y hasta de El capitalismo utilizó a fondo las posibilidades del gasto armamentista, del desarrollo parasitario, de la formación de capitales ficticios, del desarrollo incluso artificial de las naciones más atrasadas con vistas a crear de cualquier modo mercados para exportar sus capitales y sus mercancías. Lo hizo en forma absolutamente sistemática y en ese proceso agotó sus recursos.
 
En la crisis actual, la producción mundial cae por primera vez desde 1945, pero los teóricos capitalistas no logran encontrar medidas para reactivar la economía porque su uso sistemático, en los últimos treinta o cuarenta años, las ha agotado. La principal de ellas, señalada ya por Marx en “El Capital”, es la continua expansión del crédito, es decir la expansión del mercado más allá de sus límites; la extensión del consumo más allá de la posibilidad de consumo, hipotecando la capacidad de consumo futura. Pero hoy la deuda general de los EE.UU. es de catorce billones de dólares: no hay ningún régimen monetario que pueda seguir sosteniéndola sin amenazar con un derrumbe monetario general, una caída del valor de las monedas, de los patrimonios, de los capitales, de los salarios, y la perspectiva de una hambruna generalizada en medio de la abundancia general.
 
La tasa de interés de corto plazo en los Estados Unidos ha caído, en etapas sucesivas, del 8% al 3,5%, y aún puede seguir bajando, sin por ello lograr la expansión del crédito. No se puede expandir el crédito, pese a la baja de las tasas de corto plazo, porque ni los bancos quieren prestar (porque los deudores son insolventes), ni las empresas quieren tomarlos (porque no tienen a quién venderle su producción) ni tampoco quieren tomarlos los consumidores (porque el aumento del desempleo les impide devolver los créditos ya tomados). Pero la reducción de las tasas de interés a corto plazo está en contradicción con las altísimas tasas de interés real a largo plazo, lo que bloquea la reactivación ya que los bancos dirigen el dinero “barato” a la especulación con la deuda pública y bursátil —donde se producen beneficios imposibles de conseguir en cualquier proceso productivo corriente— en tanto que el crédito de largo plazo, más caro, es incompatible con las actuales tasas de beneficio capitalista. Más aún, la rebaja de las tasas de descuento de corto plazo ha otorgado un subsidio a los bancos que prestan a los consumidores al 18% los fondos que reciben de la Reserva Federal (banco central norteamericano) al 3,5%, un spread” (diferencia entre las tasas activas y pasivas) descomunal. Mediante este “mecanismo” los bancos obtienen los beneficios que les permiten enjugar sus pérdidas y superar sus quiebras.
 
En este marco general (el endeudamiento de las familias equivale al 110% de sus ingresos), el sistema económico en su conjunto se encuentra formalmente en quiebra. Algunos comentaristas económicos de alto copete (The Economist, The Wall Street Journal) llegan a señalar que con el crecimiento (especulativo) de los activos financieros, el endeudamiento neto de la industria y de los consumidores sería igual a cero; el único con una deuda neta sería el Estado. Para estos “comentaristas”, en consecuencia, no habría posibilidad de una quiebra generalizada, como si la desvalorización de las deudas estatales y de la moneda no fueran el equivalente de una quiebra. Por otra parte el endeudamiento nacional no es recíproco; los que no paguen sus deudas van a mandar a la bancarrota al iniciar una cadena de quiebras. Aun cuando se pudiera hacer un “clearing” general (compensación de créditos y deudas), no existe el Estado que sepa en qué proporciones cada capitalista y cada consumidor tiene deudas con los demás, para cancelarles simultáneamente sin provocar un cambio de patrimonios y la quiebra de cada uno de ellos (ni existe el “super-Estado capaz de cancelar recíprocamente las deudas de los capitalistas de los distintos países entre sí sin crear un colapso económico mundial). Pero aún si lo consiguiera, una liquidación general de créditos y deudas crearía una situación de “economía al contado”, iniciando un largo período de declinación económica, caída de las inversiones y crecimiento explosivo de la desocupación.
 
En un informe reciente se detallaba un dato que retrata el parasitismo capitalista: el 98% del uso de los medios de la informática se aplica a las transacciones financieras entre los distintos mercados. El capitalismo ha hecho una revolución tecnológica de magnitud creando las computadoras y las comunicaciones digitales para aplicarlas en un 98% a la especulación en as Bolsas (cuando normalmente se piensa que haría creado las computadoras para producir, por ejemplo, una colada de acero a mayor velocidad, para hacer más leves las tareas de los metalúrgicos o, incluso, para reducir el número de sus tareas). El proceso económico como se puede ver, le da su contenido al proceso tecnológico.
 
Frente a una crisis de tales dimensiones, los teóricos el capitalismo, por primera vez en un período de crisis, afirman que la solución no sería aumentar el gas o público para incentivar la producción sino que, por el contrario, la solución sería la “austeridad”, es decir, llevar la crisis hasta las últimas consecuencias; cortar el déficit fiscal, para lo cual hay que destruir los sistemas de salud, los sistemas de educación, el seguro de desempleo y – en el caso de las empresas endeudadas – bajar los salarios, incrementar la explotación y crear una masa de desocupados. La burguesía imperialista, su prensa, sus teóricos y sus políticos, sin embargo, oscilan a diario por temor a las consecuencias, no sólo económicas, sino sobre todo sociales y políticas del “ajuste”, “Es necesario el gran ajuste” afirman, pero cuando estalla la rebelión de Los Angeles, el mismo diario que pedía el ajuste recuerda que “se ha descuidado la atención de los problemas sociales”. ¿Y cómo podían atenderlos si estaban llevando adelante el “ajuste” que ellos pedían? “The New York Times” publicó un editorial – notable en su descripción de la hondura de la crisis – en el que, en resumen, se afirma  que “si hacemos el ajuste nos hundimos; pero si gastamos más, nos hundimos también”. ¿Qué propone “The New York Times”? “Durante un período, digamos ocho meses, gastemos más para enfriar los ánimos y, apenas hayamos logrado  enfriar los ánimos, hacemos el ajuste”. El imperialismo tiene que cortar deudas, hacer quebrar a una serie de sectores pero, por ahora, los impulsa a que se endeuden más.
La crisis tiene un carácter estructural; puede haber subas o bajas en la producción pero no hay ninguna posibilidad de nueva expansión económica, más aún, si se considera que la llamada expansión económica del período de Reagan fue la primera en la cual los países avanzados, tomados en su conjunto, prácticamente no absorbieron desocupados. Hoy, en muchos países de Europa occidental, la desocupación supera el 15% de la población activa, con tendencia a aumentar. Está planteada, en consecuencia, la descomposición de naciones enteras.
 
La crisis económica capitalista, como un todo, no niega el desarrollo de alguno de sus componentes. Los artículos de Trotsky de la década del ‘30 señalaban que China tenía extraordinarias posibilidades de desarrollo económico precisamente por la crisis mundial, porque tenía un mercado interno completamente inexplotado, y la unidad nacional podría provocar un extraordinario desenvolvimiento de las fuerzas productivas capitalistas. En la década del ‘30 fue cuando Argentina y Brasil más se desenvolvieron en términos industriales, en contradicción con la crisis mundial pero como resultado de la crisis mundial y, en consecuencia, dando lugar a un desarrollo deformado. Pero el capitalismo mundial había entrado en crisis y no se iba a regenerar por el desarrollo industrial argentino o brasileño (como tampoco la crisis actual va a ser superada por los llamados tigres asiáticos”). Al revés, estas tentativas encontraron su límite en la crisis del capitalismo mundial. (Esto, de paso, demuestra el error de la respuesta de Mílcíades Peña a Ramos, porque si bien es cierto que la burguesía nacional —al igual que el imperialismo— procura obtener la mayor tasa de ganancia, una y otro ocupan posiciones diferentes en la economía mundial: la política que puede servir para aumentar la tasa de ganancia de uno bien puede significar la quiebra para el otro. Las burguesías nacionales se ven entonces obligadas a defender los Estados nacionales para asegurar su tasa de ganancia frente a los imperialistas. Ya Trotsky planteaba que en defensa de su tasa de beneficio la burguesía está dispuesta a entregar a la Nación y en defensa de esa misma tasa de beneficio, la burguesía, más de una vez se ve obligada a recordar sus ‘deberes nacionales’. Otra cosa es decir que vaya a liberar al mundo o vaya a emprender una cruzada mundial en contra del imperialismo).
 
Crisis políticas y luchas interimperialistas
 
La agudeza de la crisis económica, los sucesivos fracasos de los “remedios” destinados a superarla y la insoportable tensión social consiguiente, han puesto en crisis al conjunto de los regímenes políticos imperialistas desde Tokyo a Washington. En pocos meses han rodado cabezas de varios gobiernos (Cresson, Thatcher, la coalición “pentapartido” italiana); se han producido gruesas crisis —como la ocasionada en Alemania por la renuncia del ministro Hans Dieter Gens-cher— y los partidos oficialistas han sufrido significativas derrotas electorales en todos lados (Canadá, Italia, Francia, Alemania). Un cronista de “Los Ángeles Times” acaba de definir la reciente reunión del “G-7” realizada en Munich como “una reunión de perdedores"]. Flora Lewis, periodista norteamericana y editora de la sección internacional de “The New York Times”, afirma que habiendo frecuentado por algún tiempo los círculos oficiales en Europa nunca había visto tanta confusión. Señala que los gobernantes saben exactamente lo que van a hacer las siguientes 24 horas, pero que no se les pregunte más allá porque no tienen la menor idea. ¡Y está hablando de Alemania, de Francia, de Inglaterra, de las grandes potencias del planeta, no de la Argentina de Muñir Menem y Amira Yoma o del Brasil de Collor y “PC”1.
 
La crisis también ha alcanzado de lleno al régimen político norteamericano, lo que se expresa deformada-mente en las desventuras pre-electorales de Bush y fundamentalmente en la impotencia del conjunto de las instituciones del Estado frente a la crisis económica (fracaso de los acuerdos entre el Ejecutivo y el Parlamento —dominado por la oposición— para reducir el déficit fiscal) y frente a las agudísimas contradicciones sociales (el conjunto de las instituciones “democráticas” del Estado y sus partidos e incluso una parte del aparato represivo quedaron paralizadas frente a la rebelión de Los Angeles). Cuando más necesita el imperialismo una mano fuerte y segura para enfrentar la crisis mundial, la revolución política en el Este, el agotamiento de los regímenes democratizantes latinoamericanos y el ascenso huelguístico en sus propios países, la crisis política golpea el corazón de los regímenes políticos imperialistas.
 
En estas circunstancias se agravan las llamadas luchas interimperialistas, un fenómeno que pareció olvidado y atenuado hasta hace cerca de diez años y que ahora se está desarrollando abiertamente. Por primera vez, los países más importantes del mundo desde el punto de vista económico no logran hacer un acuerdo de libre comercio (la famosa ronda Uruguay del GATT está al borde del fracaso). Nadie quiere bajar sus propias defensas ni su propia protección, no sólo respecto al comercio agrícola sino también respecto a la industria, a los servicios, a las patentes.
Un ejemplo verdaderamente instructivo es la lucha sin cuartel que se libra en la industria siderúrgica entre Estados Unidos, Japón y Europa. Estados Unidos, por ejemplo, mantenía un acuerdo con los europeos y los japoneses para restringir voluntariamente la exportación de acero de esos países a los EE.UU., es decir un acuerdo atentatorio al libre comercio, de manera que los europeos y los japoneses no exportaban a EE.UU. más que cierta cantidad de acero, no porque hubiera una barrera sino por un acuerdo voluntario. Recientemente, el gobierno de los Estados Unidos — que se beneficiaba con la limitación de la competencia extranjera— tomó la medida “liberal” de anular el acuerdo voluntario y proclamar el retomo al “libre comercio”. Los europeos y los japoneses, sin embargo, rechazaron la medida y reclamaron la vigencia del acuerdo de restricción voluntaria. ¿Absurdo? No, en absoluto. Porque sabían que ante la primera exportación de acero llegada a los Estados Unidos, los industriales siderúrgicos estadounidenses denunciarían la existencia de “dumping” y el gobierno norteamericano inmediatamente cerraría la exportación de acero, ^sí sucedió. Un diario dio la noticia bajo un título que decía “la libertad de comercio del acero: duró 48 horas”. Antes había un cupo, ahora hay libre comercio; antes había exportaciones de acero a los EE.UU., ahora no. Se ha pasado de un acuerdo voluntario a algo infinitamente más grave, la posibilidad de una restricción total de la exportación de acero.
 
La lucha comercial, que va tomando dimensiones gigantescas, va a tener alcances muy grandes en la política mundial, en las relaciones entre los distintos Estados. Con relación a los países del Este y de la ex-URSS, se va a desarrollar una lucha feroz entre los distintos Estados capitalistas para copar esos mercados. Así, antes de poder conquistar económicamente a la ex-URSS, los Estados imperialistas van a tener que sacarse los ojos entre ellos, para ganarse el derecho a esa conquista.
 
El fracaso del utópico socialismo en un solo país
 
La economía mundial no es la suma de sus partes componentes; entre la economía mundial como un todo, y los distintos países y naciones y mercados nacionales, existe una relación contradictoria. El derrumbe de los regímenes burocráticos (sus fuerzas productivas dejaron de crecer) es la consecuencia del carácter general de la política de esos Estados —no de la política de un gobierno o de una fracción determinada— que se desprende necesariamente de la estructura estatal burocrática de esos países. Esta política debía conducir inevitablemente al derrumbe porque pretendía desarrollar en un marco autárquico las fuerzas productivas que mucho antes habían adquirido una dimensión internacional, o alcanzar los estadios modernos del desarrollo económico al margen de la división internacional del trabajo. En tanto que naciones que expropiaron al capital, esos Estados sólo podían integrarse a la economía mundial por medio de la victoria de la revolución en los principales países avanzados. Al contrario, la política de la burocracia en el campo económico ha sido la autarquía (socialismo en un solo país) y en el campo político, la coexistencia con el imperialismo, en calidad de nueva casta parasitaria que intermedia entre el imperialismo mundial y las masas de su propio país. Por lo tanto, no se trata, simplemente, de la superioridad de la economía mundial sobre las naciones atrasadas, incluso sobre aquéllas que han expropiado al capital, sino que se trata de la impasse general a la que han llevado a esas sociedades los regímenes burocráticos.
 
El derrumbe de los regímenes burocráticos revela la agudeza de los análisis de Trotsky y la magnitud de la barbarie ideológica del stalinismo. A fines de la década del '20, Stalin y Bujarin afirmaban que la URSS, si no se viera sometida a una intervención militar externa o a una guerra, lograría “alcanzar y superar" al capitalismo mundial en términos de organización económica, desarrollo de las fuerzas productivas y rendimiento del trabajo humano en un plazo de veinte o treinta años. Trotsky (7), por el contrario, señaló que el problema no era el tiempo porque era imposible plantear un desarrollo económico aislado; en el marco de la autarquía —advertía Trotsky— el desarrollo económico incipiente de la URSS y la presión del capitalismo mundial generarían tales contradicciones que estrangularían la posibilidad de ese desenvolvimiento y llevarían las conquistas sociales de la revolución a una completa impasse. Como explicaba el propio Trotsky, la inviabilidad del desarrollo autárquico en una época en que las fuerzas productivas han alcanzado una dimensión mundial se desprende casi elementalmente de los fundamentos de la concepción marxista de la historia. El valor de su análisis consistió en haber resguardado la tradición marxista —pronosticando el fracaso de la utopía reaccionaria del socialismo en un solo país— cuando, al menos desde el punto de vista estadístico, la Unión Soviética registraba gigantescos progresos económicos.
 
El régimen burocrático significa una traba natural al desarrollo económico, ya que cuando una nación empieza a alcanzar estadios más evolucionados en el campo económico, la ausencia de libertad política para las masas (¡Un país donde no se podía tener un mimeógrafo, donde no se podía acumular información, donde el desarrollo de la computación masiva estaba bloqueado por “razones de Estado” y estaba confinado a las esferas militares!); la falta de libertad inviabiliza en términos absolutos cualquier desenvolvimiento económico. Los progresos gigantescos de la URSS en el campo militar y espacial demuestran el contenido social parasitario de la dominación de la burocracia, que ha sacrificado el porvenir de los Estados obreros —ya que ninguna sociedad ha logrado acrecentar sus fuerzas productivas con vistas a resolver las necesidades más elementales del ser humano en base al desarrollo mi itar— en beneficio de “su” seguridad. El desarrollo militar y aeroespacial soviético, al mismo tiempo, refuta las tonterías descomunales de los centroizquierdístas argentinos que escriben la revista “Realidad económica , donde se afirma que la planificación sería un actor de bloqueo del desarrollo moderno, y que, en ausencia de mercado, no podría haber tal desarrollo. (Estos centroizquierdistas, sin embargo, se cuidan muy bien de explicar cómo la URSS habría logrado salir del atraso semi-bárbaro de principios de siglo y convertirse en la segunda potencia industrial del planeta sin la planificación –aún desfigurada por la burocracia).
 
Cuando la burocracia intentó por enésima vez, a través de Gorbachov, llegar a un acuerdo con el capitalismo mundial en función de recibir apoyo crediticio, integrarse pacíficamente a la economía mundial, etc., se puso de manifiesto: a) que las naciones que han expropiado al capital, y en donde el proletariado ha sido expropiado por la burocracia, no puede autoreformarse sin crear una situación revolucionaria, y b) que la burocracia no puede desarrollar ninguna política de acuerdo con el capitalismo mundial, sin desarrollar al mismo tiempo las bases de la restauración del capitalismo. Este fue el punto de vista que tuvo el PO frente a la política de Gorbachov y éste es el punto de vista que se ha confirmado plenamente contra las principales corrientes del “trotskismo”, que afirmaban que Gorbachov era el Bismarck o el Roosveelt de la Unión Soviética, el hombre que pretendía salvar al régimen burocrático aplicando medidas que el conjunto de la burocracia rechazaba. Esa pudo haber sido, subjetivamente, la pretensión de Gorbachov, pero objetivamente, como lo demostraron experiencias anteriores que no fueron llevadas tan lejos, una política de este tipo lleva a un impasse y a una crisis general del Estado que no puede evolucionar sino en el sentido de una restauración capitalista.
 
Desde el punto de vista del conjunto de la economía mundial, este proceso forma parte de la crisis mundial porque la producción de fuerzas productivas, capital y mercancías sobrantes (que no encuentran salida en el mercado y que, desde el punto de vista económico, significan declarar en obsolescencia a la mayor parte de la industria mundial), ya había comenzado a manifestarse en forma absolutamente declarada desde fines de la década del ’60. Incluso, luego de que en los países del Este se derrumbó la burocracia y los sectores restauracionistas tomaron el poder (y cuando todo el mundo afirmaba que el capitalismo mundial se fortalecería), la consecuencia general es que, simultáneamente con ese proceso, asistimos a una crisis mundial capitalista de enorme envergadura.
 
La URSS, la crisis de 1929 y la crisis actual
 
La situación de la URSS y de la burocracia soviética frente a la crisis actual es notoriamente diferente a la que enfrentaba a fines de la década del '20, cuando se desató una crisis mundial de tal envergadura que el capitalismo no se recuperaría de ella sino con la Segunda Guerra Mundial. Amigos y enemigos de la burocracia coinciden en afirmar que mientras en plena crisis de 1929 la burocracia llevaba adelante la colectivización del campo y la nacionalización de toda la industria de la URSS, hoy marcha a la restauración. Pero, en realidad, aunque esas diferencias puedan ser muy grandes, importa ver las similitudes de la política mundial y de la política de la burocracia frente a una y otra crisis.
 
Ya en 1925-27 la burocracia de Stalin, trató de sacar a la URSS del marasmo económico que la agobiaba a través de la inyección de grandes créditos internacionales. Pero el régimen de Stalin no daba garantías ni económicas ni políticas sobre el uso (primero) y la devolución (después) de cualquiera de esos créditos, porque a los ojos del capitalismo mundial todavía era la encarnación de la Revolución de Octubre y del bolchevismo. Se produjo entonces una violenta disputa en el seno de la burocracia acerca de hasta qué punto ir en las concesiones al imperialismo, algo que no podía ser determinado por cálculos previos y que, en determinado plano, podía conducir a la desintegración del país. (No hay que olvidar que Trotsky había advertido que si no se encaraba la industrialización, el parque industrial del país quedaría fuera de funcionamiento).
 
En esta disputa en el seno de la burocracia, el imperialismo mundial —aunque a primera vista pueda parecer contradictorio con sus intereses— no apoyó a la fracción de Bujarin (partidaria el endeudamiento y de las concesiones al capital externo, al punto de propagandizar la abolición del monopolio estatal del comercio exterior y la des-nacionalización —privatización— de las tierras) sino que, de hecho (por omisión) apoyó a la fracción de Stalin y la tomó casi como su aliado político. La razón es que, para el imperialismo, Stalin era el único capaz de garantizar el “orden” en la URSS (aún cuando estuviera obligado a resolver la estabilidad política del país mediante la colectivización del campo para abastecer de alimentos a las ciudades hambrientas). ¿Qué diferencia hay entre la política imperialista de la década del '30 de sostener, de hecho, a Stalin, y sus esfuerzos de ayer para mantener a Gorbachov en el poder y los de hoy para evitar la desintegración de la URSS, para que el rublo sea la moneda aceptada por todas las repúblicas y para que el pago de la deuda externa esté garantizada por todas ellas a través de un Banco Central único?
 
La política del imperialismo puede confundir a aquéllos que piensen que lo que quiere el imperialismo es la privatización. Pero el imperialismo, que actúa por motivaciones de clase y que va descubriendo también su camino como clase de una forma empírica, en todos los casos tiene como primerísimo objetivo el “orden” “orden y progreso” como reza la frase que está inscripta en la bandera brasileña, y no “progreso y orden” ). Para el imperialismo, la condición del “progreso” (es decir, de la restauración capitalista) no son los planes de privatización sino la existencia un poder político estatal fuerte capaz de aplicarlos. El “orden” es la obsesión de los explotadores (Rosa de Luxemburgo escribía “el orden reina en Berlín” cuando triunfó la contrarrevolución); lo demás no dejan de ser negocios “privados”. (|Por eso, los ataques de la prensa imperialista a las mafias que se van apoderando de distintas parcelas de la propiedad en la ex- URSS, acelerando la dislocación del Estado, son todavía mayores que los ataques que dirigen contra el clan Yoma!) El imperialismo defiende, en primer lugar, el “orden”, lo que explica no sólo su apoyo al golpe de Jaruzelski contra Solidaridad en Polonia sino también su tardío repudio al golpe de agosto en la URSS, del que sólo se “despegó” cuando se convenció de que éste no tenía ninguna base sólida.
 
Se afirma también que, a diferencia de la hora actual, a fines de la década del '20 y a principios de la del '30 la burocracia stalinista estaba consolidada. En la década del '30 en la URSS hubo un proceso de reacción política y se produjeron victorias de la burocracia contra las masas pero que, sin embargo, no llegaron a consolidar su dominación. Por eso Trotsky caracterizó al régimen burocrático en esa década como un régimen en crisis, y su manifestación más palpable es que Stalin se vió obligado a asesinar a la plana mayor del Partido Comunista y del Ejército Rojo en los “Procesos de Moscú” y las purgas posteriores y marchar a una colectivización del campo al costo de millones de víctimas para garantizar el abastecimiento de las ciudades.
 
¿Puede afirmarse que la crisis soviética de fines de la década del '20 era ya la manifestación de una crisis mundial? La URSS, evidentemente, no escapaba a la influencia de la economía mundial pero la integración de la economía soviética a la economía mundial y la integración política de la burocracia al orden imperialista no estaban tan avanzadas y, por lo tanto, esa crisis no tema las características de la presente. Entonces, la Unión Soviética —como un país atrasado que tenía enormes reservas económicas a explotar y donde la planificación hacía sus primeras armas— podía encontrar un marco de desenvolvimiento económico aun en el estadio de esa crisis mundial.
 
Revolución política
 
Hemos señalado las contradicciones de los regímenes burocráticos: la inviabilidad de la autarquía, la política de saqueo de la propiedad estatal por parte de la burocracia, que se apropia en su beneficio de la economía del país y que va destruyendo sus bases sociales, la presión del capitalismo mundial. Pero el desarrollo histórico concreto tiene que ser precisado; no fueron las categorías abstractas de la presión económica o de la insuficiencia de desarrollo autárquico las que hicieron estallar la crisis. La inviabilidad histórica de los regímenes burocráticos se materializó en la forma de una lucha de clases determinada y concreta. La primera manifestación, el primer fenómeno serio, profundo y de gran alcance que determinó el origen y las consecuencias de esta crisis es la huelga general polaca de 1980, la ocupación de los astilleros y el surgimiento de Solidaridad. A quienes niegan el fenómeno de la revolución política y disuelven la crisis en términos de “tecnología”, “presión” o “modelos de acumulación”, hay que recordarles que fueron las luchas tenaces y persistentes de las masas en Polonia, en Hungría, en Checoeslovaquia, en Alemania Oriental las que determinaron la inviabilidad política concreta de los regímenes burocráticos. La burocracia lanzó la perestroika y el glasnost, antes que para resolver sus problemas económicos, como una medida de defensa contra la revolución proletaria y como un reclamo de apoyo al imperialismo contra esa revolución.
 
La revista norteamericana ‘Time” publicó recientemente un larguísimo artículo acerca de los acuerdos tejidos entre Reagan y el Papa para apoyar a Solidaridad. Resulta extraño que Echegaray no haya tomado esa información para demostrar que fueron Reagan y el Papa, y no las masas, los responsables de la crisis en la Unión Soviética. ¿Por qué no lo hizo? Porque como dice la revista “Time”, esa “santa alianza” para apoyar a Solidaridad comenzó a partir de 1982, cuando ya Solidaridad no era una fuerza política relevante y sus dirigentes estaban encarcelados, cuando ya se había producido el golpe de Estado y ya regía la ley marcial, es decir, cuando ya había triunfado la contrarrevolución burocrática: mientras las masas estuvieron en ascenso no hubo ningún acuerdo entre el Papa y Reagan para apoyar a Solidaridad sino todo lo contrario. El ministro de Defensa de Polonia, por ejemplo, se escapó a los EE.UU. y puso sobre aviso a Reagan de que en diciembre del ’81 Jaruselski pensaba dar un golpe de Estado; ningún servicio de informaciones del mundo informó a Solidaridad de que en diciembre de 1981 Jaruselski iba a dar un golpe de Estado contra ella! Luego, Reagan y Wojtila trataron de usar al muerto para ejercer una presión política sobre la burocracia, pero después de algunas maniobras Jaruselski consiguió renovar los créditos de Polonia con la banca internacional. En consecuencia, cualquiera haya sido el complot que armaron el Papa con Reagan, el FMI y el Banco Mundial seguían sosteniendo a Jaruselski frente a la revolución política y frente a la evidencia de que fenómenos de la misma envergadura se estaban planteando en Europa del Este.
 
En la URSS y en Europa del Este se ha abierto un proceso de revolución política porque los regímenes han sido quebrados por sus propias contradicciones; no han sido sustituidos por una contrarrevolución triunfante; y 39) han caído porque ya no podían contener más a las propias masas. Se ha abierto un proceso revolucionario, una situación revolucionaria: o el régimen restablece, por vías democráticas o contrarrevolucionarias directas, un nuevo equilibrio o vamos a una revolución.
 
Existe una revolución política en la URSS y en toda Europa Oriental, en el sentido de que hay un período de acciones, movimientos y hasta una insurrección e las masas, y de que se ha creado una situación revolucionaria. El reflujo actual de las masas importa pero de ningún modo para negar el carácter del conjunto de la etapa (de la misma manera que el grado de participación, conciencia y organización de las masas españolas en 1931 no impidió a Trotsky caracterizar que abia comenzado la revolución española” cuando os partidos monárquicos perdieron una elección municipal y, como consecuencia de esa derrota, se produjo una crisis en la cúpula y en 24 horas el rey abdicó ... sin que fuera derribado por las masas).
 
La rebelión de los obreros polacos, rusos, etc., forma parte de la revolución mundial, y es otra expresión e carácter mundial de la crisis. Al defender sus conquistas sociales y sus nuevas conquistas de organización y de acción, la lucha de las masas del Este genera iza, apuntala y ayuda a la defensa de esas mismas conquistas en cualquier país capitalista. Esto explica a en la tendencia ascendente que empieza a manifestarse en*S masas de Occidente, luego del derrumbe de los regímenes burocráticos. El imperialismo ha tenido que contemporizar con la clase obrera de los diferentes países y defender las superestructuras democratizantes que las masas le impusieron cuando cayeron las dictaduras militares, en contraste con el cuadro político ideal para el imperialismo frente a una crisis como la de la URSS, que sería tener bien sujetas a las masas en Occidente. El imperialismo frente a una crisis como la de la URSS, que sería tener bien sujetas a las masas en Occidente. El imperialismo no puede ir a la contrarrevolución en la URSS en un cuadro de libertades democráticas y huelgas en ascenso en su propia ciudadela. No hay que olvidar que cuando Trotsky escribió “La Revolución Traicionada”, el nazismo y el fascismo habían triunfado en Alemania y en Italia y había un período de reacción política mundial. La posibilidad de la victoria de la contrarrevolución en la URSS, punto de partida de la restauración capitalista, se apoyaba en la reacción mundial y formaba parte de ella.
Hoy en los altos círculos imperialistas se discute si es necesario lanzar, o no, un “plan Marsliall” para la URSS. Algunos “teóricos” imperialistas sostienen que, cualquiera fuera la decisión, el capitalismo mundial no tiene los fondos necesarios para embarcarse en una empresa de tamaña magnitud como consecuencia de la acumulación de déficits fiscales, de deudas públicas monumentales, de las perspectivas de quiebras banca-rias en sus propios países. Es un dato importante, porque revela que el imperialismo está históricamente debilitado para asumir la tarea de la restauración en la URSS. Lo que interesa destacar, sin embargo, es que cuando discuten el problema, los imperialistas señalan que la gran diferencia entre la situación de Europa y Japón de la posguerra y la situación actual de la URSS es que cuando lanzaron el “plan Marshall” original (créditos para Europa y para Japón), el ejército norteamericano ocupaba Alemania y Japón, es decir que eran créditos y apoyo económico a naciones ocupadas militarmente. Efectivamente, ésa no sólo es la gran diferencia sino que, además, el imperialismo es consciente de ello.
 
Las discusiones alrededor del “Plan Marshall” soviético vienen a confirmar, cincuenta y cinco años después, los pronósticos fundamentales de Trotsky. Cuando Trotsky señaló la perspectiva de una contrarrevolución afirmó que si el partido burgués tomaba el poder, aplastaría a las masas y organizaría entonces la restauración capitalista; como consecuencia de la contrarrevolución, el Estado se potenciaría en su capacidad de acción contrarrevolucionaria. Una manifestación del proceso de revolución política que estamos viviendo es que estos Estados se han quebrado como consecuencia de la crisis y de los movimientos de las masas, de ningún modo se han potenciado. En Rusia, Yeltsin, presidente y primer ministro, no controla ni las localidades ni los municipios ni las empresas, que no llevan adelante muchas de las medidas que él ordena. ¿Qué capitalista va a exportar su capital a un lugar dónde no se sabe quién decide? (Más aún cuando hay un “hambre” mundial de capitales y fondos frescos por la envergadura de la crisis capitalista y cuando el negocio para el capitalista no es meter capital en la URSS y crear sus propias empresas, sino expropiar en su beneficio el capital productivo de la nación, es decir privatizar las empresas soviéticas).
 
Algunas corrientes “trotskistas”, como la revista que dirige Pierre Broué, sostienen que en la URSS hay una revolución política, pero no una revolución política “socialista” sino una revolución política democrática”. El único sentido que tiene la expresión 'revolución política democrática” es abogar por el reemplazo de la dictadura burocrática por un sistema parlamentarista; sólo en ese sentido se puede hablar de una “revolución política democrática’’ como una cosa diferente de la revolución política, que teniendo un carácter democrático (porque derroca la dictadura de la burocracia) es socialista por las bases sociales del Estado. Naturalmente, los que sostienen esta tesis la encubren afirmando que en la Unión Soviética la revolución política significa la conquista de la democracia, porque el contenido social del régimen, de un modo general, no va a ser modificado; no tendría sentido, entonces, hablar de una revolución política socialista. ¡Pero si la revolución es política, el contenido socialista le está dado de antemano! El único sentido de la tesis de la “revolución política democrática” es plantear la vigencia del “Estado de derecho”, que en los países burocráticos significa el respeto de los derechos adquiridos por la burocracia. En este sentido, la revolución democrática, es un principio de contrarrevolución democrática, que se enfrenta a la dictadura del proletariado y configura un intento de restauración por la vía de la demagogia democratizante; postular el parlamentarismo, el retomo a Kerensky, no es un punto de vista revolucionario frente al desenvolvimiento histórico de la Unión Soviética. La revista que dirige Pierre Broué no identifica a la revolución política con la dictadura del proletariado, lo cual sólo puede significar, de un lado, un camuflaje de la burocracia —que conserva su dominación económica—y, del otro, un camuflaje de la restauración capitalista. El contenido histórico del parlamentarismo es contrarrevolucionario.
 
El intríngulis teórico de la “revolución política democrática” tiene como única función encubrir al ala de la burocracia que afirma estar encabezando una revolución democrática (¡Yeltsin!) cuando está actuando en función de la restauración capitalista. En consonancia con esta tesis, sostienen que “en la lucha contra el monopolio del PC, es necesario hacer un frente único con Yeltsin”. El PO —partidario de la revolución política, es decir, la dictadura del proletariado— lucha, por el contrario, independientemente contra el monopolio del poder político de los stalinistas; jamás en un frente único con Yeltsin. Si hay un golpe de Estado, podemos estar en la calle al igual que Yeltsin, pero naturalmente por motivos completamente diferentes a los suyos (como hemos estado en la calle en Semana Santa sin ser alfonsinistas y como ha estado el Partido Bolchevique en la calle contra el golpe de Kornilov sin ser kerenskysta). Estos “trotskistas” llegan a afirmar que hay una “revolución política democrática” porque “las masas no han madurado para el socialismo”, es decir que las masas quieren la democracia parlamentaria con mercado y “libre iniciativa”. Exactamente eso es la restauración capitalista y ésos son los únicos términos en que son capaces de defender la idea que ellos se hacen de que hay una “revolución” en la URSS. Sin Yeltsin y cía., son incapaces de comprender que hay una revolución en curso, es decir, una descomposición del viejo aparato estatal y un despertar de las masas.
 
El Mas, por su parte, plantea que se desarrolla una “revolución política antiburocrática”, una redundancia. Quiere decir que se limita a desalojar a la burocracia del poder, por la vía de una democratización de las instituciones del Estado. Es decir que no plantea la expropiación de los derechos políticos de la burocracia como categoría social ni de los medios económicos que ha acumulado. El Mas se coloca entonces también en el campo de la revolución democrática, algo natural ya que ha reemplazado la consigna estratégica cardinal del marxismo, la dictadura del proletariado, por el “socialismo con democracia.
 
La unilateralidad más vulgar domina las posiciones de la izquierda y de los “trotskistas”. En una polémica reciente, el PC argentino criticó al Mas por no ver que las masas en la URSS hoy están en una situación infinitamente peor que en el pasado reciente; esto porque sus condiciones de vida se han derrumbado. El Mas responde que la afirmación del PC es crimimal, porque ahora las masas tienen libertad de organización. Naturalmente que sólo un stalinista puede repudiar las conquistas democráticas de las masas (en nombre de su salario o de cualquier otra cosa). Pero sólo un democratizante puede desconocer que hoy los trabajadores en la URSS ganan un salario equivalente al 1% de la canasta familiar en nombre de la conquista de libertades democráticas. Conquistas democráticas y derrumbe de las condiciones de vida de las masas son expresiones de dos tendencias contradictorias y excluyentes de la situación soviética: las primeras son la expresión del desarrollo de una revolución política; el último es expresión del proceso de restauración en curso. Los derechos de organización y lucha que han conquistado las masas no son “la revolución democrática” sino la base de su lucha por la expropiación política y económica de la burocracia y la liquidación de la tendencia restauradora.
 
El Mas, en su momento, afirmó que había una revolución política antiburocrática, un enorme movimiento de masas y activistas de vanguardia pero que el imperialismo había logrado lanzar una “contraofensiva” por la falta de un partido revolucionario. Pero esto no pasa de ser un esquema. Para tener un partido revolucionario, los grandes movimientos revolucionarios tuvieron que pasar, antes, por diversas etapas de maduración revolucionaria. La Revolución francesa de 1789 no se produjo porque un día los franceses se cansaron de la monarquía, hicieron la revolución y le cortaron la cabeza al rey. La monarquía estaba condenada por el pueblo, en los bares, en los cafés, en las calles, en su conciencia, mucho antes de que una determinada conjunción de fuerzas políticas, en una coyuntura determinada, llevara al triunfo a la Revolución Francesa. Lo mismo con el zarismo: el Partido Obrero Social demócrata de Rusia se fundó en 1896, año que se consideró un año de gran auge de huelgas; hubo grandes huelgas, movilizaciones y luchas en 1902; el “ensayo general” de 1905; la lucha de los estratos inferiores de la nobleza por derrocar a la monarquía venía desde diciembre de 1825. Hoy estamos ante los primeros pasos (que son diferentes en cada país) de un movimiento de enorme alcance; no se puede negar la revolución política y condenar los esfuerzos de las masas con el pretexto de que falta (por ahora) un partido revolucionario.
 
El carácter del Estado en la ex-URSS
 
La crisis actual ha demostrado que la burocracia es efectivamente una casta parasitaria que expropia económicamente las conquistas de la Revolución y el patrimonio del país y expropia políticamente al proletariado, y que solamente puede afirmar sus privilegios si se transforma en una clase propietaria. En este proceso se manifiestan en forma extraordinaria las tendencias restauracionistas de la burocracia. Un artículo reciente en “The New York Times” informa que el directorio de una gran empresa le alquila una parte de su proceso de producción al presidente del directorio: éste se hace cargo del proceso de producción con los obreros de la misma empresa, la vende a la empresa, y se queda con el beneficio una vez deducido el alquiler. En Prensa Obrera (8) señalábamos que en la ex-URSS no existe un código civil que garantice el derecho de propiedad ni que determine las características de los contratos pero que se han establecido un conjunto de normas jurídicas de hecho para garantizar los contratos entre las distintas empresas. Apenas Gorbachov, por ejemplo, dio libertad comercial con el exterior y abolió parcialmente el control del comercio exterior, los burócratas fugaron casi 3000 millones de dólares de las reservas de divisas y oro del Banco Central a las cuentas que tenían en los bancos extranjeros. En dos años las reservas del Banco Central cayeron de tres mil millones de dólares, a 20 millones. Está claramente en desarrollo un proceso abierto y declarado de acumulación privada de capital.
 
Algunas corrientes “trotskistas”, los posadistas y especialmente Mandel, sostenían que esto era imposible porque, como la burocracia depende de la propiedad estatal, estaría “condenada” a defenderla ante la presión del imperialismo, es decir, a ser revolucionaria. Mandel afirmó que como la burocracia está constituida como por dieciocho millones de personas, divididas en numerosos estratos, y como la inmensa mayoría de estos estratos no tiene ningún recurso para transformarse en capitalista, estaría “condenada” a defender la propiedad estatal. Esto no es más que un encubrimiento ideológico para justificar su respaldo a la burocracia; los burócratas no necesitan recursos para convertirse en capitalistas; lo que necesitan es el poder político para simplemente expropiar la propiedad estatal sin poner un peso, y esto depende de su alianza con el capital mundial. Pero el error fundamental es que entre el millón de burócratas superiores que dominan las palancas del Estado y los otros diecisiete millones existe la misma relación que entre la gran burguesía y la pequeñoburguesía en el proceso de polarización social capitalista: una vez que el millón de grandes burócratas” se lanza a una política de restauración capitalista, los diecisiete millones de “pequeños burócratas” o se someten a sus dictados y se asocian a ellos, o se verán obligados a proletarizarse.
 
El proceso de disolución del Estado Obrero y la tendencia restauracionista de la burocracia ya estaba presente, como tendencia, con anterioridad a la perestroika. Estaba presente en Polonia (que con una deuda externa de 40.000 millones de dólares se había convertido en una semicolonia del FMI —al igual que Rumania, Hungría, Checoslovaquia o Yugoslavia— mientras los burócratas fugaban fondos al exterior); estaba presente en China (en Prensa Obrera (9) mostramos cómo poco antes de la masacre de Tienanmen, cuando las movilizaciones estaban en ascenso, se producía una fuga de capitales hacia Occidente porque los burócratas no estaban seguros de poder dominar la rebelión y, ante la posibilidad de que ésta triunfara, sacaban sus “ahorros” a Europa para preparar su exilio); estaba presente en la URSS con la areforma económica” en la época de Liberman y Kruschov (Kruschov fue el primero que discutió la posibilidad de que Alemania Occidental se anexara a Alemania Oriental y ésa fue, probablemente, la causa de su caída). En consecuencia, cuando Gorbachov adoptó la política exterior de “desmantelamiento de las defensas exteriores” —la expresión es de su ex-canciller Sheverdnadze (10)—y no lo voltearon, cuando el Soviet Supremo y el Alto Mando militar votaron los tratados de la anexión de la RDA a la RFA y los tratados de armamentos que consagraban la superioridad militar estratégica norteamericana, entonces, cuando todo esto ocurría, la única conclusión posible era caracterizar que la burocracia soviética marchaba abiertamente a la restauración y que actuaba en el terreno de la política internacional conforme a esta orientación.
 
¿Qué significaba si no que una nación como Polonia tuviera un endeudamiento externo de 40.000 millones de dólares y aplicara planes fondomonetaristas? Su propiedad todavía podía estar estatizada pero ya Polonia era una semicolonia del FMI y de la banca internacional y ya la explotación social de los trabajadores en beneficio de la burocracia polaca era una parcela ínfima en comparación con esa misma explotación dirigida a satisfacer el pago de los intereses de la banca mundial.
 
Asistimos a un giro muy importante de la situación mundial. Los procesos de restauración capitalista que se iniciaron tímidamente bajo el período gorbachiano adquieren, de golpe, características muy acentuadas con posterioridad a la toma del poder por Yeltsin. ¿Se trata solamente de que subió al poder la fracción restauracionista de la burocracia? No sólo es eso sino que, además, hay un fenómeno más complejo y profundo. Yeltsin, en realidad, no tiene una sola idea clara sobre cómo reintroducir el capitalismo en la URSS porque la restauración capitalista que no arranca con la victoria de la contrarrevolución y con la militarización de las masas es un proceso absolutamente caótico de descomposición económica. Es a partir del Estado que se puede cambiar la naturaleza social de las sociedades intermedias; al revés, sería un proceso extremadamente largo y convulsivo (en cuyo transcurso deberían ocurrir golpes, contrarrevoluciones y ocupaciones militares que definirían en qué sentido se desarrolla el proceso). Cuando Yeltsin se lanza con mayor vigor a la restauración capitalista es porque la crisis del Estado llegó a un punto tan extremo que sin el sostén abierto y descarado del FMI y de la banca mundial la burocracia no puede hacer frente a las masas ni un instante. Tiene que dar un salto desesperadamente hacia el vacío para presentar un frente común con el imperialismo contra las masas. De lo contrario es imposible explicar el giro tan acentuado que se produce a partir de que Yeltsin-que era un burócrata como cualquier otro— llega al poder: este giro es una manifestación de un proceso político, no del “programa” de Yeltsin. En Prensa Obrera (11) —comentando los problemas que enfrentaba la restauración capitalista en la URSS— pronosticamos que los planes “reformistas” nunca iban a salir del papel y que sólo se iban a poner en marcha como consecuencia de grandes colisiones de clases, sobre el fuego mismo de los acontecimientos, improvisadamente. Mientras discutan uno u otro plan, nunca van a aplicar ninguno. Pero cuando el Estado se hunda y desesperadamente haya que ir en una dirección, a través de la lucha, del choque de fuerzas sociales, se va a definir el curso de los acontecimientos. Así ocurrió luego del golpe de Estado de agosto: frente al vacío de poder y la crisis de Estado, Yeltsin salió a buscar desesperadamente una apoyatura en el imperialismo mundial. Esa apoyatura, sin embargo, está en duda. ¿Dónde están los veintiséis mil millones de dólares prometidos por la banca mundial? Todavía lo están discutiendo, pero mientras tanto los burócratas y toda una serie de sectores siguen acumulando capital y, en la medida de lo posible, mandándolo al exterior.
 
El Partido Obrero define el carácter del Estado en la ex-Unión Soviética como un Estado obrero en descomposición, Estado obrero en disolución, cuyos elementos dinámicos son, de un lado, la negación del Estado obrero a través de una política de restauración capitalista (y en esa medida, el Estado obrero, como protección de las relaciones sociales de la Revolución, ha dejado de existir); y, de otro lado, la revolución política de las masas que potencial mente tiende a la expropiación de la burocracia. Ese es el elemento contradictorio de la situación donde no hay una expresión políticamente consciente de los trabajadores en defensa de sus propias conquistas.
 
No se puede encasillar un proceso de restauración capitalista como éste en términos que son apenas sus variantes. Por ejemplo, que un Estado obrero no sería capitalista hasta que no esté el “sujeto histórico”, es decir, hasta que no haya capitalistas. Si esa fuera la condición, nunca va a haber capitalismo en la Unión Soviética porque es muy difícil que aparezcan como clase dominante los “sujetos” capitalistas si antes no se apoderan del poder del Estado. El capitalismo se desarrolló en los intersticios de la sociedad feudal a través del capital comercial; en la URSS no va a ocurrir una cosa de este tipo, o por lo menos es una variante extremadamente remota. Primero hay que resolver el problema del poder político; luego, el problema de las relaciones sociales. Esto no significa que el poder político invente las relaciones sociales, porque ese poder político, que fue capturado por fuerzas res-tauracionistas, va a impulsar el capitalismo apoyándose en toda las relaciones económicas internacionales gestadas bajo el régimen burocrático. Trotsky señaló que si triunfara la contrarrevolución y tomara el poder, la Unión Soviética dejaría de ser un Estado Obrero “inclusive aunque toda la propiedad sea estatal” y hasta llegó a afirmar que la contrarrevolución no iba a privatizar inmediatamente las empresas, esto para aprovechar las ventajas del monopolio estatal que produciría plusvalía, beneficios, que por los distintos canales del presupuesto del Estado, del comercio exterior, etc., alimentarían la acumulación privada del capital mundial. Cuando se estabilizara, el poder contrarrevolucionario podría entonces comenzar un proceso de privatización en beneficio de los grandes pulpos monopólicos internacionales. ¿Dónde está entonces el “sujeto” capitalista? En la fuerza política que tomó el poder del Estado, que es la representante del capitalismo, de Estados capitalistas y, por lo tanto, el imperialismo mundial es el “sujeto” de este Estado.
 
Hay que distinguir entre Estado, gobierno y régimen y, una vez hecha la distinción, relacionarlos; es un principio de la dialéctica. En la ex-URSS no hay gobiernos capitalistas, no hay ninguna clase capitalista que sea la base social de Yeltsin y de los dirigentes de las repúblicas, así como tampoco hay ninguna clase capitalista que sea la base social de Walesa. Son gobiernos restauracionistas, por su política, que reflejan los intereses de la burocracia que quiere la restauración. En Polonia, por ejemplo, con el objeto de aplacar a las masas —que sufren un desempleo del 15%, viven en una situación desesperante y que responsabilizan a Walesa por permitir que los burócratas stalinistas sigan en sus puestos y enriqueciéndose—, un ala del walesismo quiere montar una campaña contra los viejos burócratas stalinistas. Se trata, evidentemente, de una campaña reaccionaria para fortalecer al gobierno contra las masas y proseguir el proceso capitalista. Pero, por otra parte, la campaña atacaría las bases sociales del gobierno, porque tendría que comenzar por depurar al propio Ejército, cuyos mandos siguen siendo los stalinistas. Católico y restauracionista, el gobierno de Walesa no es, sin embargo, un gobierno capitalista en el sentido de que haya capitalistas de carne y hueso que sean su base; sigue sosteniéndose con el concurso de la burocracia stalinista.
 
¿Qué significa Estado obrero en descomposición?
 
El PO, naturalmente, no plantea que la URSS sea un tipo intermedio de Estado entre el Estado obrero y el Estado burgués sino que señala un proceso (contradictorio) de disolución de las bases sociales del Estado obrero. No se puede determinar la fecha exacta en que un Estado se transforma exactamente en el otro; hay cambios cualitativos y elementos de conservación; cuando hay un movimiento revolucionario determinado, ayuda a clarificar que hay un giro político en un determinado instante. Pero ¿en qué momento el Estado francés se convirtió de feudal en capitalista? Algunos historiadores dicen que fue con la declaración del 4 de agosto de 1789, cuando la Convención Constituyente declaró abolidos los derechos feudales; pero otros dicen que no fue el 4 de agosto de 1789 —porque la Convención Constituyente abolió los derechos feudales autorizando a los campesinos a rescatarlos en dinero, lo que equivale a un reconocimiento de ese derecho feudal— sino cuando Robespierre abolió el rescate monetario de los derechos feudales.
 
Un Estado capitalista con un gobierno obrero, por ejemplo, es un Estado capitalista en disolución (naturalmente, si el partido obrero que está en el gobierno es un partido revolucionario). Un gobierno laborista en Gran Bretaña no significaría, ciertamente, que Gran Bretaña fuera un Estado capitalista en disolución porque, como ya lo señaló la III Internacional, un gobierno obrero de estas características, por su política, por representar los intereses de la aristocracia obrera, sería un gobierno obrero burgués y, por lo tanto, el Estado capitalista no estaría en disolución. Pero si el que toma el poder o el que sube al gobierno es un partido revolucionario y es un gobierno anticapitalista que arma a las masas, hay un principio de disolución del Estado capitalista, porque una de las palancas de Estado ha dejado de estar en manos de los capitalistas, algo de lo cual son muy celosos custodios. Los capitalistas en EE.UU. prefieren a los republicanos que a los demócratas (a pesar de que son tan capitalistas como los republicanos); prefieren los conservadores a los laboristas; Collor al PT (pese a que los laboristas y el PT están dirigidos por burocracias sólidamente integradas al Estado y al orden capitalista). En consecuencia, si sube un gobierno obrero, en el sentido leninista, es decir, revolucionario, hay un principio de solución del Estado. Lo que importa destacar es que los Estados ruso, ucraniano, etc., con estos gobiernos (que no son todavía capitalistas sino burocráticos, es decir, restauracionistas) no defienden las relaciones de propiedad frente a la presión imperialista; las defienden sólo como un instrumento de subsistencia e propio régimen con vistas a esa transformación capitalista, para evitar que un dislocamiento conduzca simplemente a la revolución.
 
En la Unión Soviética, hay una crisis y un disloca miento colosal del Estado pero, aun bajo esa dislocación, el Estado existe y, por lo tanto, tiene los instrumentos represivos propios de todo Estado. El ejército existe y la burocracia ha hecho un esfuerzo descomunal para preservarlo de la descomposición. El ejército, sin embargo, no ha podido sustraerse de este proceso general y atraviesa una fase de desintegración enorme en todos los niveles, pero tiene su Estado Mayor, actúa, y —muy importante— en el curso del golpe e agosto, en lo fundamental, no se rompió la cadena de mandos, algo que, por ejemplo, ocurrió en la Argentina, durante los acontecimientos de Semana Santa (que son irrelevantes como expresión de la crisis de Estado en comparación con el golpe de agosto).
 
La URSS es un Estado obrero en disolución. Pero, entonces, si es un Estado en disolución, todavía sería, por lo tanto, un Estado obrero, ¿desde qué ángulo es un Estado Obrero? Desde un ángulo que no tiene que ver, principalmente, con la estructura formal del Estado. Las empresas soviéticas no están aún en manos de los capitalistas, no tienen las características de una fábrica de cualquier país capitalista donde la autoridad sobre el obrero tiene una base histórica y está fundada en una relación de propiedad. En Argentina, por ejemplo, los trabajadores de ENTel, y hasta cierto punto los usuarios, estaban en contra de la privatización de los teléfonos pero nadie cuestionó el derecho del gobierno a privatizar los teléfonos porque en Argentina existe la propiedad capitalista y el Estado es propietario, no en nombre del pueblo, sino como un capitalista más. En la ex-Unión Soviética, los obreros han formado comités de fábrica que se arrogan el derecho a decidir cómo, por qué y quién va a decidir la privatización; los obreros todavía se consideran dueños de las fábricas. Entonces, no se trata de un problema de propiedad sino de que el principio estatal está en contradicción, o está en crisis, en la sociedad. Esto tiene una expresión tan aguda que en todas las privatizaciones se discute si hay que darle las fábricas a los obreros bajo la forma de entrega de acciones gratuitas (si no en el cien por ciento, en el cincuenta por ciento u otra proporción significativa). Quienes lo proponen sostienen que, de otra manera, los obreros impedirían la privatización; por el contrario, si recibieran gratuitamente una fracción sustancial de las acciones de la empresa, estarían obligados a interesarse en aumentar la producción y el rendimiento, en someterse a las leyes del mercado, en tomar medidas de despidos y, de esa manera, se iría produciendo la transición. En Checoslovaquia, por ejemplo, hay largas colas de personas para que se les entregue un cupón, no de una fábrica en particular sino de todo el aparato productivo checoslovaco en general; se ha dividido la propiedad entre toda la población entregando cupones y las fábricas van a ser manejadas por “fondos de inversión” que van a ser la “gerencia del pueblo” y después cada habitante recibirá los beneficios correspondientes a las acciones que tenga en su poder. Es exactamente lo que Trotsky definía como un “capitalismo de Estado”.
 
Pero para los capitalistas, esta “solución” plantea un enorme problema porque los trabajadores siguen viendo a las relaciones jurídicas de propiedad no como una categoría capitalista. “The Economist” de Londres ataca furiosamente esta “solución” y plantea que si en la URSS se llegan a repartir las acciones de las empresas entre sus obreros no habrá ningún “apoyo” del capitalismo occidental. ¿Los capitalistas van a inyectar capitales en una empresa cuyas acciones están en manos de los obreros? El Estado obrero todavía existe como realidad en la dominación intangible de los trabajadores sobre los medios de producción, en el poder de veto de los trabajadores sobre los medios de producción, que aún debe ser quebrado; en la conciencia de las masas; en la revolución política.
 
La caracterización del PO de la URSS como un Estado obrero en descomposición o en disolución se atiene estrictamente a lo señalado por Trotsky en “La Revolución Traicionada” cuando explicaba que “la revolución social, traicionada por el partido gobernante (no sólo) vive todavía en las relaciones de propiedad, (sino también) en la conciencia de los trabajadores y en las condiciones de la crisis capitalista”. Las relaciones de propiedad están en completa destrucción; la conciencia de los trabajadores va redescubriendo el programa revolucionario; la crisis capitalista es mayor que nunca, y por lo tanto las condiciones de la revolución mundial.
 
Lo que importa de una caracterización es definir exactamente cuál es el choque de las fuerzas sociales y determinar una política; la caracterización de la URSS como un Estado obrero en disolución, precisamente, define con exactitud el cuadro del enfrentamiento entre la burocracia y las masas. El Mas, por ejemplo, levanta una consigna aparentemente inobjetable, “no a las privatizaciones” y aunque no lo plantea, si hubiera un lugar ya privatizado, la consigna que estaría en la misma línea de razonamiento sería “por la renacionalización”. Sin embargo, la consigna de mantener la propiedad estatal es una consigna vacía de contenido si hay un gobierno restauracionista y, por lo tanto, hay que plantear el derrocamiento del gobierno restauracionista. En Argentina, por ejemplo, lo planteamos como una consigna de transición cuando nosotros planteamos: “expropiación bajo control obrero” y sostenemos que es incompatible con el gobierno existente. Es necesario retomar los elementos de descomposición pro-capitalista que ha introducido el régimen al levantar consignas frente al problema de la propiedad (que no estaba planteado cuando Trotsky levantaba la consigna de la revolución política; entonces estaba planteado el problema del Estado pero no el de la propiedad). La consigna “no a las privatizaciones” en sí misma es abstracta; debe ser entendida claramente como una lucha por el derrocamiento' de este gobierno. Tomemos, por ejemplo, otro aspecto práctico. Ni la ex-URSS ni la CEI ni ninguna de las repúblicas tiene un carácter constitucional; se basan en la acción de facto de la burocracia que tiene el poder. Entonces ahora, cuando Yeltsin quiere instaurar la propiedad privada a través de la aprobación de una Constitución por el Parlamento, levantamos la consigna “no a la restauración capitalista”, “no a la Constitución antidemocrática, de fachada, ficticia”, “por una Asamblea Constituyente soberana y democrática”. Que el pueblo delibere, vote y elija a sus representantes y los mande a una Constituyente para que discutan cómo reorganizar el país.
 
El PO ha planteado en su prensa que, simultáneamente, “el Estado obrero ha dejado dn existir, es decir, que se encuentra en disolución” (12) para subrayar que la dinámica del Estado formal no es la defensa de las relaciones de propiedad, sino su negación. Pero, en un momento determinado de la crisis, puede llegar a resurgir el estatismo, una repetición, pero como farsa, del año '30, en un intento de la burocracia de recuperar parcialmente el control de la situación, de restablecer un conjunto de relaciones y de frenar la “restauración salvaje” que va despedazando las empresas.
 
Entre los trabajadores soviéticos, ciertamente, también hay tendencias pro-capitalistas (como las hay entre los trabajadores argentinos, que muchas veces quieren agarrar una indemnización e irse): es la lucha por la existencia individual exacerbada por la crisis. Muchos imaginan que si se les entrega la fábrica, lograrían arreglárselas para sobrevivir. Esto —que “The Economista rechaza— no deja de mostrar una tendencia privada por parte del obrero, que se manifiesta más abiertamente en aquellas ramas de la producción que tendrían posibilidades en el mercado mundial (petróleo, extracción de oro). Se han firmado acuerdos comerciales entre empresas japonesas y soviéticas por los cuales las empresas soviéticas les entregan petróleo a cambio de videocasetteras, comida, etc. Entonces, mientras hay un desabastecimiento generalizado, los obreros de esa empresa están abastecidos de sobra. El destino de todo este movimiento depende de la marcha de la crisis mundial y del papel que juegue la clase obrera occidental en la lucha contra el capitalismo, que va a ejercer una influencia enorme en potenciar, o no, la conducta de los trabajadores de la ex-Unión Soviética, con referencia al dominio de la propiedad.
 
Un proceso de restauración capitalista diferente es el de China, donde la burocracia masacró a los trabajadores y estudiantes, reforzó el poder contrarrevolucionario del Estado, y a partir de un poder consolidado, la penetración del capital en China es infinitamente superior a la de la URSS: hay regiones donde el capital privado supera al capital estatal, algo que no sucede en ninguna región de la ex-URSS; es decir, que donde rige el “comunismo” (Castro dixit), el capitalismo está avanzando más que donde rige el “capitalismo”. El objetivo de Yeltsin, en realidad, es aproximarse todo lo que pueda a China, en el sentido de un régimen políticamente fuerte, con un control general de los recursos, de la propiedad estatal, es decir, un Estado sólido que pueda negociar, con garantías efectivas, con el capital extranjero, crear zonas francas, etc., y, hasta cierto punto, impedir la llamada “restauración capitalista salvaje” en donde van despedazando propiedades, etc. Pero la crisis social en China tiende a crear la misma crisis que se ha producido en la URSS y abrir una nueva etapa revolucionaria.
 
En la izquierda mundial hay posiciones de todos tipo sobre la cuestión de la URSS. Hay corrientes que consideran que no hay un proceso de restauración capitalista y, más aún, que no puede haber restauración capitalista; que sigue la vieja burocracia y que caracterizan al PO como “desmoralizado” porque muestra el proceso de descomposición del Estado obrero y de sus bases sociales y la política restauracionista de la burocracia. Estos “trotskistas” desconocen la idea profunda que planteó Trotsky en “La Revolución Traicionada” y que ya se ha señalado más arriba: que en caso de producirse una contrarrevolución en la Unión Soviética, el gobierno contrarrevolucionario, no privatizaría sino que explotaría el conjunto de la propiedad estatal como una única empresa capitalista. Luego, progresivamente, una vez reintroducido por la fuerza y bajo control, en el marco de la economía mundial, comenzaría a privatizar. Pero Trotsky tenía perfectamente claro que nadie iba a comenzar el capitalismo privatizando sino al revés, defendiendo la estatización.
Este planteamiento es interesante para explicar a enorme confusión teórica e ideológica que campea entre las tendencias “trotkistas” que critican que el PO hable de desintegración del Estado obrero porque la inmensa mayoría de la propiedad aún sigue estatizada. Afirman que “Polonia es un Estado Obrero porque en Polonia la mayor parte de la propiedad está estatizada”. Con ese argumento, la Unión Soviética habría continuado siendo un Estado obrero  porque en Polonia la mayor parte de la propiedad está estatizada”. Con ese argumento, la Unión Soviética habría continuado siendo un Estado obrero – en el pronóstico de Trotsky – una vez que hubiera triunfado la contrarrevolución burguesa. Las formas de propiedad no nos deben ocultar el contenido del proceso económico, porque la política económica de Walesa – armada con el Fondo Monetario Internacional, dirigida a destruir algunas empresas del Estado, a rentabilizar otras, a asumir créditos, e ir preparando el proceso de privatización – tiene un contenido económico capitalista y sirve al proceso de acumulación mundial del capital y no al fortalecimiento de la propiedad estatal. Cuando se están formando todas las categorías económicas  de la restauración capitalista, seguir diciendo que nada ha pasado es completamente ridículo. Argumentan que si hubiera una revolución proletaria en Rusia o en Polonia, casi no habría nada que estatizar, porque ya está todo estatizado. Pero con el mismo argumento (la preeminencia de la propiedad estatal) podría decirse que Argentina, en 1950, era un Estado obrero porque si entonces hubiera habido una revolución proletaria, tampoco habría sido necesario estatizar nada porque ya estaba todo estatizado. Pero en Argentina en 1950 había un Estado capitalista y un gobierno capitalista (aunque precisamente, la oligarquía acusaba a Perón de haber creado todas las premisas del socialismo).
 
Las posiciones de los diversos agrupamientos trotskistas frente a la desintegración de la URSS, traducen – en las condiciones de esta enorme crisis – las mismas diferencias que nos han separado en el pasado. Los mandelianos apoyaron a la burocracia en todas las revoluciones políticas que hubo en Europa del Este y ahora, una vez más en todos lados procuran hacer acuerdos políticos con la llamada “fracción comunista dura” o con alguna variante surgida de ella, con los escombros del viejo partido comunista. La tendencia democratizante de Lambert apoyó en el pasado cualquier expresión liberal hasta encontrarse con que hoy sus viejos amigos en la URSS terminaron transformándose en agentes del Departamento de Estado norteamericano.
 
El derrumbe de los Estados obreros abre para el capitalismo la gran posibilidad de tomar el control de esas vastas naciones de millones de personas, de expropiar la propiedad estatal y tomarla bajo su control, y de abrir fenomenales posibilidades de acumulación capitalista. Pero esta empresa va a tener que pasar por revoluciones y contrarrevoluciones gigantescas, porque en tanto que una revolución política colocaría en el escenario mundial a ochenta millones de proletarios, la contrarrevolución va a aniquilar a cien millones de trabajadores; los va a someter a la esclavitud, y va a reducir en proporciones catastróficas la economía ex-soviética. En las condiciones de la crisis del capitalismo, la expropiación de los Estados obreros por parte del capitalismo va a significar al mismo tiempo la destrucción generalizada de fuerzas productivas, las que están en demasía en el mercado mundial, que son sobrantes para el mercado mundial.
 
Por la independencia de las repúblicas de la ex-URSS
 
Es preciso distinguir entre la desintegración de la URSS (en tanto que “federación") y la descomposición del Estado Obrero (como estructura social no capitalista). Detrás de la fachada de la URSS existía una descomunal opresión de las nacionalidades, no sólo de las naciones periféricas, sino de la propia nación rusa. Ya en la “Revolución Traicionada”, Trotsky mostró el enorme perjuicio que el régimen burocrático había significado para el desarrollo nacional de Rusia. En la centralización que ejerció la burocracia se elaboró la tesis del “pueblo soviético”; se pretendió hacer de la categoría política de los soviets una categoría nacional; no una unión libre de naciones sino la supresión burocrática de éstas; no la dictadura proletaria en la forma de Consejos sino la liquidación de éstos en una entidad supra-clasista, nacionalista. Los soviets son el régimen político de la dictadura del proletariado, que une a diversas naciones. En nombre del “pueblo soviético”, las repúblicas tenían que colocarse al ras de la cultura de la burocracia y eran vaciadas de su tradición histórica. Pero ningún pueblo puede contribuir a la creación de la humanidad futura sin desenvolverse libremente, sin partir de lo mejor de su producción histórica.
 
Hoy, sin embargo, después de la “desintegración”, ninguna república de la ex-URSS es independiente. La CEI —que es presentada como una “ficción”— tiene la concreta función de seguir negando la independencia efectiva y real de las repúblicas; aparece como un deshilachado político completo que no tiene de ningún modo la eficacia de un aparato estatal, pero si mañana hay realmente un movimiento revolucionario de masas en cualquiera de las repúblicas, el ejército ruso va a intervenir porque la burocracia de Rusia no ha renunciado, de ninguna manera, a mantener a todas las repúblicas bajo su propia férula. Ucrania, por ejemplo, no puede emitir su propia moneda porque el FMI la ha obligado a seguir aceptando los rublos. ¿Cómo va a ser soberano un país que no puede emitir su propia moneda y que, además, se comporta como colonia del FMI?
 
La independencia nacional de las repúblicas sigue siendo una tarea revolucionaria. Si un partido internacionalista tomara el poder en cada una de las repúblicas naturalmente plantearía la unidad de todas, de la misma manera que si tomara el poder en Alemania, plantearía la unidad socialista con Francia, con Inglaterra, con toda Europa. Pero hoy la consigna de la independencia de esas naciones es un ariete de la revolución porque no se puede ir a la revolución sin la lucha por la independencia de esas naciones. ¿Cómo se podrá ganar, de otro modo, a los ucranianos, a los rusos, a los armenios para la revolución, después que les pasaron el cepillo de la opresión más nefasta durante setenta años? ¡Independencia nacional! ¡Libertad!
 
No puede haber independencia efectiva de las repúblicas sin la expulsión de la burocracia stalinista, ni tampoco habrá revolución sin darle un contenido antiburocrático y anti-restauracionista a los reclamos independentistas de las masas de las repúblicas. Los derechos nacionales de los pueblos son la condición para su desenvolvimiento político y su libertad. Como demócratas consecuentes —es decir, como partidarios del derrocamiento revolucionario de la burocracia— defendemos la vigencia irrestricta para las masas de todos los derechos políticos, el derecho a la independencia nacional (separación) en primer lugar. Como Lenin, no comprometemos el prestigio de la revolución y la causa del socialismo reteniendo a ninguna nación por la fuerza, porque la revolución depende, no de un metro de territorio, sino de la conciencia internacionalista de los trabajadores.
 
Se trata de un gran diferencia con el Mas que, mientras está a favor de la desintegración de Yugoslavia, es partidario de la unión de la URSS, esto en función de la necesidad de mantener la “integración económica” (obviamente, no le importaría, entonces, la “economía” de Yugoslavia). El Mas afirma que las repúblicas no deben independizarse porque son económicamente interdependientes e integradas; porque, por ejemplo, las fábricas de acero de Rusia dependen del carbón ucraniano, etc. Pero no se puede colocar la interdependencia económica de las repúblicas —gobernadas por una burocracia que utiliza esta “interdependencia” en función de la restauración— por encima de los derechos nacionales y culturales de los pueblos, porque esos derechos son la condición para su desenvolvimiento político y su libertad; la cuestión del abastecimiento es una mera cuestión práctica; si una república necesita hierro y la otra necesita acero, cuando se independicen las dos, sin lugar a dudas, van a llegar a un acuerdo comercial de intercambio. El Mas, en cambio, enfatiza “esta interdependencia profunda del espacio económico que condiciona a Bielorrusia con Kasajastan... etc.”, es decir que los condena a una unión estatal contra su voluntad. Por más profunda que sea, y en verdad lo es, la “interdependencia económica” no puede ser usada para justificar la negación de la independencia nacional. El PO, por el contrario, está por la “desintegración” de la Unión Soviética y por la unión socialista de Yugoslavia, porque para el PO la cuestión nacional no es un problema económico (en este caso de violencia económica) —que puede resolverse simplemente mediante la cooperación entre repúblicas libres— ni étnico —que es un planteo feudal que nos llevaría, directamente, al fascismo— sino histórico, que plantea las tareas propias de la democracia y que en el caso de los países donde se ha expropiado el capital son parte de la revolución política (dictadura del proletariado). ¡Que las masas de las diferentes naciones deliberen colectivamente y decidan sus destinos! Reivindicamos así la tradición política del bolchevismo que, bajo el zarismo, luchó por el derecho de todas las naciones a separarse libremente del imperio (y que luego, en el poder, otorgó efectivamente ese derecho) mientras que en los Balcanes luchaba por una “Federación Socialista de los Balcanes”.
 
Entre febrero y octubre de 1917, en medio del caos que era Rusia, muchas naciones declararon su separación de la república burguesa, pero no terminaban de romper efectivamente con Rusia, ni los “demócratas” rusos estaban dispuestos a reconocer su independencia. Lenin escribía artículo planteado “¿Ucrania independiente? Mentiras que se independiente, lo que parece pero no lo es porque sigue bajo el dominio de Rusia. ¡Por la independencia de Ucrania! ¡Que se separe!”.
 
Un historiador inglés, Carr, viene a coincidir con Trotsky cuando afirma, con toda claridad, que lo que le permitió a los bolcheviques ganar la guerra civil y consolidarse en el poder fue la política leninista de las nacionalidades, la defensa a muerte del derecho a la independencia nacional de las repúblicas, en tanto que los blancos, siguiendo la política centralizadora del zarismo y de la burguesía, en caso de triunfar hubieran liquidado la independencia nacional de las repúblicas. Con su política rabiosamente chovinista, los blancos le permitieron a Lenin ganar la guerra civil y volcar a todas las naciones hacia el campo bolchevique y, recién a partir de allí, plantear una unión de naciones soberanas, una unión de naciones libres.
 
Esa es hoy nuestra política; nosotros defendemos la independencia nacional. ¿Y si las repúblicas se van con un jeque? ¡Que se vayan! Si las masas tienen que hacer la experiencia de sufrir a opresión de un jeque para después volver al socialismo, es necesario que la hagan. Las masas tienen que madurar por su propia experiencia; no va a ser por la fuerza que se les va a impedir que se vayan con un jeque ni se les va a imponer que se hagan socialistas. Somos el único partido en el mundo que sostiene esta posición; somos los rabiosos de la independencia nacional de todas las repúblicas. Luchamos por la independencia de las repúblicas y por derribar a la burocracia, por la dictadura del proletariado y, madurando ese proceso, por la unión socialista de todas las repúblicas. ¿Esa unión socialista de repúblicas se va a confinar al ámbito de la vieja Unión Soviética o va a envolver también a otros países de Europa? A partir de ciertos desenvolvimientos políticos que se pueden dar con la crisis en Europa Occidental, la gran consigna de Trotsky de los Estados Unidos Socialistas de Europa, desde el Atlántico hasta los Urales, pueden salir nuevamente a la superficie.
 
Una cosa es la llamada “desintegración” del aparato estatal centralizado de la URSS, otra cosa diferente es la desintegración del Estado obrero, es decir, la restauración del capitalismo. El PO lucha contra la restauración capitalista, contra la desintegración de la base del Estado obrero; por la nacionalización de la propiedad, el control obrero de la producción y la dictadura del proletariado.
 
Yugoslavia
 
Mientras es partidario de la independencia de las repúblicas de la URSS, el Partido Obrero es partidario y lucha por “la unión libre y socialista de los distintos componentes en Yugoslavia”. Esto porque la cuestión nacional no es un problema étnico sino democrático, algo que ya reconocía la I Internacional (13). Plantear la cuestión nacional en el plano étnico significaría estar por la independencia de las fracciones más milimétricas del planeta, es decir, ¡por el retorno al feudalismo! Se trata de un planteo reaccionario cuando el Estado burgués moderno ya ha logrado establecer un principio de centralización nacional, superando en la mayoría de los casos las divisiones étnicas, lingüísticas o religiosas. Argentina o EEUU, por ejemplo, son estados nacionales con diferentes componentes nacionales en todo un período de su historia – y en cierta medida, lo son todavía – sin que nadie haya planteado que los italianos u otras “etnias” debían tener un Estado propio dentro de Argentina o de los EEUU. Cuando la burguesía plantea hoy el tema nacional desde el punto de vista étnico, está demostrando su declinación histórica irreversible porque está levantando un planteo propio del fascismo (las “razas”) o del oscurantismo religioso (que es la base, no de Estados democráticos sino teocráticos).
 
Nuestro punto de vista respecto de la cuestión nacional es la democracia y las vías para el desarrollo de la conciencia de las masas. Por este motivo, los marxistas y la III Internacional, levantaron la consigna de “por una federación socialista de los Balcanes”; es decir, una política de unidad estatal-nacional de los distintos componentes de los Balcanes y, al mismo tiempo, el derecho de autodeterminación de los componentes del Imperio Zarista. Esta política de autodeterminación la siguió levantando Trotsky en a década del ’30, en particular con referencia a Ucrania.
 
A diferencia de la URSS bajo de Stalin, en Yugolavia, en todo el período del gobierno titista, nunca se planteó un problema nacional. En Prensa Obrera (14) reprodujimos encuestas que mostraban que ¡los yugoslavos preferían no separarse si podían derrocar a todos los sectores podridos que estaban arriba! En la guerra que se está desarrollando, la burocracia serbia quiere anexarse una parte de Croacia y una parte de Bosnia con el argumento de que hay serbios en esas repúblicas; pero esos serbios están fuera de Serbia ya se habían fusionado con las otras nacionalidades. Había sido relativamente superada la política de oposición de los distintos pueblos (serbios, croatas, eslovenos, albanos, etc) que vivían dentro del Imperio Autrohúngaro, de crear rivalidades nacionales para mejor asentar la dominación imperial sobre todos esos pueblos. Yugoslavia estuvo dirigida durante cuarenta y cinco años por Tito, que intentó nivelar burocráticamente a los diversos componentes históricos de Yugoslavia.
 
Pero las presiones del imperialismo desbarataron el esquema burocrático y generaron un extraordinario desarrollo desigual entre los distintos componentes nacionales de Yugoslavia, y en particular, a partir de la quiebra económica de la burocracia, empezó una lucha por la desintegración de Yugoslavia. El sector más importante de la burocracia yugoslava, después de saquear el patrimonio del Estado, empezó a saquear el dinero de los bancos, para enjugar los fraudes que había cometido contra una serie de empresas del Estado. Eso llevó al país a una crisis política enorme y Yugoslavia entró en un período de hiperinflación. Para encubrir sus propias fechorías, esta fracción de la burocracia pretendió tener un monopolio completo del poder político en detrimento de las demás tendencias, que la acusaban de robar el dinero y que pretendían abrir el comercio con Alemania y con Europa Occidental. Así empezó la disputa que hoy desangra a Yugoslavia.
 
No hay un enfrentamiento nacional en Yugoslavia sino una guerra de aparatos armados, de diques armadas, de fracciones burocráticas, casi todas originadas en el partido comunista y en el ejército, tanto en Croacia, como en Serbia y en las demás repúblicas. El conflicto en Croacia lo montó la burocracia serbia. No había problemas en Bosnia, pero una vez que logró resolver la crisis con Croacia (quedándose con un pedazo del territorio croata), la burocracia serbia armó la guerra en Bosnia.
 
La clase obrera yugoslava era una unidad política que protagonizaba huelgas muy importantes de conjunto. La acción chovinista del conjunto de las fracciones burocráticas enfrentadas la divide. Estamos contra todas las fracciones burocráticas, denunciamos su chovinismo y luchamos por la unidad libre y socialista del pueblo yugoslavo. De la misma manera, si empezara, por ejemplo, una guerra entre Rusia y Ucrania por Crimea, denunciaríamos que esa güera no tiene nada que ver con la independencia, ni con la autodeterminación, ni con el desarrollo progresivo de las naciones sino que es la consecuencia del chovinismo nacional de ambas burocracia y plantearíamos el derrocamiento de las burocracias de Rusia y de Ucrania que ensagrentan a sus pueblos.
 
Alemania
 
Para todas las corrientes internacionales del trotskismo, con excepción del lambertismo, con el cual en una época el PO integró el CORCI, Alemania estaba constituida por un Estado Obrero y un Estado capitalista. El PO siempre negó el carácter de Estado nacional a Alemania Oriental porque era una dependencia de la burocracia rusa y del Ejército Rojo para dividir al proletariado alemán. La revolución alemana era imposible sin la unión de la clase obrera alemana, por eso nunca levantamos la consigna *por la revolución política en Alemania Oriental. Cualquier acción del proletariado alemán, en el este o el oeste, planteaba su unidad, y la revolución sólo podía triunfar a través de la unidad. Para nosotros la consigna siempre fue "por la Revolución Socialista en Alemania”, la unidad, la destrucción del Muro.
 
La destrucción del Muro tiene un alcance revolucionario independientemente de sus consecuencias inmediatas y aparentes, porque sin ella no había ninguna posibilidad de revolución socialista en Alemania. Al contrario, era con el Muro que Alemania Oriental volvía al capitalismo porque sus bases sociales se descomponían aceleradamente frente a la presión capitalista. La caída del Muro ha abierto la posibilidad de que las masas tomen el problema político de conjunto del país como una unidad de clase. La clase obrera alemana tiene una tradición histórica, es, objetivamente, una unidad clasista. Restaurar esta unidad en la práctica es la clave del porvenir de la revolución europea. Las últimas huelgas marcan el resurgimiento del proletariado alemán. Hoy la clase obrera alemana comienza a transformarse realmente en un factor político y este hecho completamente novedoso el PO lo pronosticó. Dijimos que como consecuencia de la caída del Muro, la tendencia del capitalismo a reducir el nivel de vida y aumentar la explotación de los obreros de Alemania Occidental se iba a acentuar. La liquidación de las conquistas sociales por parte del capitalismo en Alemania Occidental forma parte de la tendencia del capitalismo a liquidar las conquistas sociales en todos lados. ¿Cómo podría entonces sostener los derechos y las conquistas sociales de los obreros orientales, mejorar sus perspectivas?
 
En Alemania estuvo ausente una dirección revolucionaria, pero tampoco existió la menor posibilidad de que hubiera esa dirección, porque ninguna corriente política de la izquierda planteaba la unidad socialista de Alemania. El valor de la consigna de la unidad alemana era tomar la gran tendencia histórica de las masas y darle un contenido anticapitalista y revolucionario, empezando por reclamar que la unidad se hiciera por medio de la deliberación popular, y no por la anexión de Alemania Oriental por parte de Alemania Occidental. Esto no era nada artificial, al contrario. ¡Apelamos al sentimiento democrático del pueblo y no podría entonces venir ninguna Adelina de Viola a contestarnos “sentimiento democrático, las pelotas”! En Alemania Oriental, por ejemplo, había una ley de aborto extremadamente progresista, con la seria limitación de que no había hospitales, ni médicos, ni medios para aplicar esa legislación progresista; en Alemania Occidental, por el contrario, hay una ley de aborto extremadamente reaccionaria porque gobiernan los cristianos demócratas. Hasta el día de hoy, en Alemania Oriental rige una ley y en la Occidental la otra, es decir que no han podido hacer la unidad alemana porque con la ley de aborto no ha habido un solo alemán oriental que se bajara del caballo... y mucho menos las mujeres! Entonces, ¡que el pueblo delibere y resuelva democráticamente cuál es la ley de aborto que debe regir en toda Alemania! Lo mismo con los salarios: los obreros de Alemania Occidental tienen un salario, los de Alemania Oriental tienen uno inferior por la misma actividad, (por eso se vienen las huelgas en Alemania Oriental por el reclamo del 80 % del salario de Alemania Occidental). ¡Nada de imposiciones!
¡Que el pueblo delibere y resuelva colectivamente!
 
La posición de la izquierda, por el contrario, fue “democraticemos Alemania Oriental”, “no a la unidad”. Resultado: las corrientes de izquierda que lideraron los movimientos de masas se “fundieron” unas semanas después de la caída del Muro, cuando se produjo la votación por la Alemania unida. En cambio, el jefe del partido demócrata cristiano de Alemania Oriental, que integraba desde hacía cuarenta años la coalición con el partido comunista, se pasó al partido Demócrata Cristiano de Kohl y sesenta días después ganó las elecciones. Alemania y el proletariado alemán se han transformado en factores políticos internacionales, lo que significa un cambio profundo en todo el mapa político mundial. ¿Alemania va a mantener una postura de unidad con el capitalismo europeo para competir con Japón y EE.UU. —y además para tomar la delantera en relación a la colonización de los Estados obreros— o romperá el acuerdo con Francia y el resto de Europa para marchar a un acuerdo con EE.UU. con vistas a la colonización conjunta de Europa del Este? Existe una pugna abierta para ver cómo se distribuyen las piezas en el tablero imperialista y hacia qué lado se inclinará Alemania y esta pugna se ha expresado en la crisis desatada por la reciente renuncia del ministro de Relaciones Exteriores Hans Dieter Genscher.
 
Cuba
 
Detrás de una fachada de slogans socialistas, Cuba está en un proceso de acercamiento al capital internacional absolutamente descomunal.
 
Para confirmarlo, importa ver la caracterización que hace Castro de la situación mundial —y no su afirmación de que “defenderá el socialismo hasta la última gota de sangre”. Cuando Fidel Castro dijo, en 1986, que “no había posibilidad de Revolución Socialista en América Latina, por cincuenta años” ya estaba señalando una orientación, porque de ahí se desprendía que había que ir a una política de concordancia con el imperialismo, algo que se reafirma cuando señala que “ha caído el socialismo” es decir, que se ha producido un retroceso irreversible, lo que se desprende de confundir a la burocracia, negación del socialismo, con el socialismo. En “Le Monde Diplomatique”, reproducido por “Página 12”, un artículo de un alto miembro de la burocracia cubana, Lisandro Otero, vicepresidente de la Unión de Escritores, plantea la reforma vía el mercado, la libertad de propiedad, se opone a la libertad de partidos y hasta reclama la renuncia de Fidel Castro. En el plano de la política internacional, el castrismo apoya al PT, a los sandinistas, a Felipe González, etc., lo que tiende a reforzar el aislamiento de Cuba respecto al cerco capitalista, aunque de otro lado refuerza la confianza del capital internacional en Fidel Castro. Echegaray reclama defender a del Castro y a su política, como antes reclamaban hacerlo con el FSLN y los hermanos Ortega. Los resultados están a la vista.
 
El bloqueo norteamericano ha sido un factor histórico de estrangulamiento para la Revolución cubana y sigue existiendo como factor político. Pero hay un cambio de tendencias: una reciente estadística del “New York Times” mostraba que el comercio Cuba-EE. UU.
ha pegado un gran salto desde 1989. Cargill, que pretende dominar el mercado mundial, el mercado de exportación del azúcar cubano, ya tiene contratos de venta del azúcar cubano a cambio de darle a Cuba los productos que necesite. No hace falta decir hacia dónde va este tipo de política. El monopolio francés, Den-rée et Sucres, está pugnando por alcanzar el mismo objetivo que, en Miami, Cargill.
La particularidad de Cuba es la existencia de una colonia cubana capitalista, económicamente poderosa (reclama la devolución de todas las propiedades que tenía en 1959). La presión de la colonia gusana, en la eventualidad de un derrumbe del régimen castrista, llevaría a una guerra civil implacable. Por eso, la política de Castro de mantener el Estado firmemente en sus manos mientras llega a acuerdos de distinto tipo con el capitalismo, no es mal vista por grandes círculos del capitalismo mundial.
 
Reconocemos a Cuba el derecho a recurrir a maniobras económicas. Pero en este caso, es todavía más imprescindible la libertad completa de organización y derechos políticos de las masas, para que los obreros tengan toda la capacidad para defenderse de la presión capitalista y de la burocracia. Cuba puede hacer concesiones a los capitalistas, firmar acuerdos de Estado a Estado pero si mañana los obreros de cualquier empresa capitalista instalada en Cuba hacen una huelga por aumento de salarios, la obligación del Estado cubano, como Estado, debería ser defender a los trabajadores. Al revés, junto a las concesiones al capital, el castrismo acentúa el ataque a estos derechos. La reforma de la constitución pretende poner una cáscara parlamentaria al régimen burocrático y establecer un compromiso con los representantes “democráticos” del imperialismo.
 
FSLN, PT
 
No debería extrañar a nadie que, junto con el derrumbe de la burocracia stalinista y su pasaje abierto al campo de la restauración capitalista, los ex-stalinistas o ex-“amigos de la URSS” en América Latina se hayan convertido en férreos defensores del orden capitalista y aun de las “buenas relaciones” con el imperialismo norteamericano. Sobre eso no puede existir ninguna duda.
 
Brecha” de Montevideo, un diario pro-castrista, pro-sandinista, acaba de informar que frente al hecho de que la policía sandinista no pudo desalojar las fábricas ocupadas por los trabajadores nicaragüenses que pedían aumentos de salarios, el gobierno recurrió al ejército sandinista que, efectivamente, logró desalojarlos. La información de “Brecha” confirma la caracterización y el pronóstico formulado por el PO a horas de la derrota electoral del sandinismo de que “el ejército (sandinista) se transformaría en el instrumento del “nuevo régimen” (15). Pero ya no hace falta citar al PO; Eduardo Galeano, sandinista de siempre, acusa a la dirección sandinista de que en la guerrilla entregaba su vida por la causa de la revolución mientras que ahora ¡no quieren entregar las mansiones! La derecha norteamericana ve en el hecho de que el ejército sandinista expulse a los obreros nicaragüenses de las fábricas ocupadas, una demostración de que el sandinismo va a volver al poder. Pero lo que les interesa a los capitalistas norteamericanos es saber quién mantiene el “orden”. En Nicaragua, hay un plan de convertibilidad (dólar que entra, córdoba nicaragüense que se emite; está prohibida la indexación); ¡es el único país de América Latina que tiene exactamente en funcionamiento el plan Cavallo! Como además los nicaragüenses usan el “che”, prácticamente se podría hacer la unión entre los dos países... sólo que para resguardar el “orden” capitalista en Nicaragua, en lugar de tener a un Osés o a un Balza, está el sandinista Humberto Ortega.
 
El PT no sólo está integrado a fondo al Estado burgués brasileño (sus hombres actúan en carácter de funcionarios de ese Estado contra los trabajadores) sino, además, al “orden” imperialista continental, como lo revela más que suficientemente la invitación a asistir a su I Congreso efectuada al cónsul norteamericano en San Pablo. Recientemente se desarrolló una huelga de choferes en San Pablo. Los funcionarios municipales del PT afirmaron que la huelga se trataba de una maniobra del gobierno contra el PT (el viejo argumento stalinista de que “la huelga es el arma de los monopolios”)', “la prueba está —decían los funcionarios del PT— en que el gobierno no manda al ejército para reprimir a los huelguistas y forzarlos a volver al trabajo”. La intendente de San Pablo, Luiza Erundina, del PT, despidió a 500 choferes. En Brasil existe un tribunal de conciliación y arbitraje obligatorio —instaurado por la dictadura— que determina si los conflictos son ilegales o no y que establece los aumentos de salarios en caso de conflicto; los choferes pedían 104%, el Tribunal les fijó un aumento del 89% con la amenaza de declarar ilegal la continuidad de la huelga, pero Erundina continuó diciendo que no iba a aumentar más del 77%. La intendente del Partido dos Trabalhadores despidió quinientos trabajadores, pidió a la policía que los reprimiera afirmando que actuaba en defensa de los usuarios que no podían ir a trabajar, es decir de una masa de trabajadores tan hambreada como los choferes. El PT se ha hundido en un derrumbe político completo. La pequeña burguesía y la burocracia sindical que dirigen el PT se han integrado al Estado, es una minoría acomodada, que cobra sueldos estatales, entra en coimas, está corrompida, y ha liquidado al PT como una vía para el desarrollo de una vanguardia obrera en Brasil.
 
El Frente Contrarrevolucionario Mundial
 
El Mas quedó herido de muerte, desde el punto de vista de la teoría y del programa, cuando afirmó que existía un “frente contrarrevolucionario mundial”, que Gorbachov, Yeltsin, Thatcher, Castro, Bush, Alan García o Alfonsín eran lo mismo (¡mientras llamaba a apoyar las “moratorias” de Grinspun, Alan García, Sarney, etc.!). Pero las contradicciones entre aquéllos son muy grandes, ocupan posiciones diferentes en la sociedad, reflejan de distinto modo la situación, la evolución de cada uno de sus países tiene diferentes ritmos. Comprender el contenido de clase, la perspectiva, los límites de los distintos sectores, no significa alinearlos er\ un "frente contrarrevolucionario mundial”, algo ya superado por la Crítica de Marx a la afirmación del Programa de Gotha, en 1875 de que frente al proletariado el resto de las clases sociales era “una única masa reaccionaria”. No existe un bloque homogéneo del otro lado; del otro lado existe un bloque completamente heterogéneo que se divide, se rompe, se quiebra, lleno de contradicciones; por eso la revolución es posible.
 
El movimiento obrero y la IV Internacional
 
El Partido debe seguir con mucha atención las modificaciones de conjunto que se han comenzado a producir en el panorama mundial, las grandes crisis entre los grandes países imperialistas y las tendencias huelguísticas, las grandes modificaciones entre EE. UU., Europa, la evolución del movimiento obrero, etc.
 
¿Cómo prevemos el desarrollo del movimiento obrero mundial, de la vanguardia, de la IV Internacional? El conjunto de las corrientes trotskistas no tiene ya nada que ver con el marxismo, ha sufrido un proceso de degeneración política muy claro como consecuencia de su aislamiento, compromisos y burocratismo. El papel del lambertismo en el PT, por ejemplo, es abiertamente contrarrevolucionario; lo mismo vale para su posición neutral en la guerra del Golfo. La corriente de Mandel votó a favor de la expulsión del PT de nuestros compañeros de Causa Operaría y votó a favor de la expulsión del Mas (Convergencia Socialista). Son corrientes completamente podridas, dominadas por la pequeña burguesía de Europa Occidental, de los medios universitarios. Han perdido el filón revolucionario y han sido tragadas por la profunda descomposición de la sociedad imperialista. Hay un oportunismo, que es casi un acto de lucha por la existencia, de sobrevivencia personal, totalmente apartado del movimiento obrero mundial. El fenómeno tiene características mundiales.
 
El movimiento obrero no se va a recomponer en términos de perspectivas revolucionarias por un desarrollo independiente en cada país; se va a recomponer por el desenvolvimiento de la experiencia mundial como un todo. Las huelgas en Alemania se lanzaron con el voto del 96 y el 98 % de los obreros. Cuando la burocracia firmó el acuerdo, perdió las elecciones que debían ratificar el acuerdo. Este es un fenómeno político profundo, porque quiere decir que a nivel de las masas se ha impuesto la tendencia a luchar, lo que también se refleja en las tendencias huelguísticas que se desarrollan en Europa Occidental (España, Francia) y en América Latina.
 
El análisis de la situación internacional resuelve muchos debates sobre la situación argentina. La tendencia general explosiva del capitalismo está llevando a un proceso de huelgas en todos lados, que ha refutado a todos los “pesimistas”. Que las huelgas triunfen o no triunfen es otra cuestión; lo que estaba en discusión no es si triunfan o no triunfan sin un partido, sino si el partido tiene que tener en cuenta, como material de trabajo, a masas inertes, políticamente pasivas, frente a burgueses progresistas, o a masas que se rebelan contra capitalistas que tienen que liquidar sus conquistas sociales.
 
El trabajo internacional del Partido Obrero
 
A la luz de este análisis, es importante que el Partido Obrero realice una Conferencia especial sobre la cuestión internacional para que todo el Partido participe, elabore, discuta, se arme y se eduque en el conocimiento, en el manejo y en la comprensión de estos problemas y en el internacionalismo como método, es decir, en la compresión de los problemas de la política y de la revolución de conjunto y por país. Un partido es realmente internacionalista cuando, en su actividad teórica y en su actividad práctica, aborda todas las cuestiones políticas a partir de los problemas planteados por la economía y la política mundiales, por la lucha de clases a nivel mundial.
 
La clave del trabajo internacional del PO es la intervención del partido en su conjunto en la elaboración y la discusión, y no como ocurre con otros grupos trotskistas en el mundo donde hay cuatro o cinco dirigentes que conocen el planeta entero, viajan y dominan el tema internacional mientras que hay una base militante que yuga cotidianamente para levantar el partido en el país. Eso es ajeno a nuestra política y a nuestro método. El PO no tiene dirigentes viajeros ni una base que sea la “espalda nacional” del “internacionalismo” de la cúpula. Ahí está la experiencia del Mas-Lit, se hundió. El PO siempre caracterizó que la LIT no existía como una organización actuante en la lucha de clase a nivel mundial sino que era apenas una extensión del aparato nacional del Mas. Sus dirigentes viajan y sacan resoluciones internacionales que nunca van a poder llevar adelante porque no tienen condiciones de verificar su calidad política de ninguna manera. En una ‘'resolución sobre el trabajo sobre Rusia"} por ejemplo, se afirma que “tenemos que seguir apoyando a T. en las minas de ¡pero es obvio a los ojos de cualquiera, que “apoyando a T.” (un individuo) en una mina, la Lit no tiene ninguna política para Rusia!
 
El PO tiene que convocar a una Conferencia para abordar la situación internacional, conocer, producir caracterizaciones y documentos, es decir, intervenir en el proceso de clarificación política; como enseñaba Lenin, primero las ideas, después los cuadros, después la organización. Por eso es importante que el Congreso le ordene a la futura dirección, ese objetivo mínimo pero terrible de producir un documento internacional que aborde en profundidad los problemas y defina claramente una orientación; un material de estas características puede tener una gran influencia a nivel internacional.
 
Naturalmente, el PO invitará a otras organizaciones, estudiará sus posiciones, sacará materiales y los intercambiará y, en el futuro, nos hayamos puesto de acuerdo o no, podrá invitarlos a una Conferencia. Si llegáramos a un acuerdo, entonces sería posible fijar tareas de mayor envergadura. Esa es la tarea: fijar posiciones, debatirlas, caracterizar y a partir de una caracterización, intervenir en el debate internacional.
 
En el trabajo que el PO viene realizando con otras organizaciones (Causa Operaría de Brasil, Partido de los Trabajadores de Uruguay) se ha establecido una integración en el trabajo que tropieza, todavía, con una serie de problemas que nos impiden intervenir como un bloque real, político, en todos los procesos de la lucha de clases. En estas condiciones, sin superar estos problemas, hacer una Conferencia para fijar una posición internacional, significaría —en nombre de una posición internacional común— abrir la puerta al liberalismo organizativo propio de las distintas “internacionales”; el PO no quiere que su nombre o el de la Tendencia internacional que podamos llegar a formar, sea usado para justificar —si existiera— el centrismo de nadie, con el pretexto, por ejemplo, de que todas las organizaciones compartirían una posición común sobre el golpe del 19 de agosto en Moscú. Esta tendencia internacional tendrá que trabajar como un partido centralizado y para ello hay que tomar un conjunto de medidas, económicas y materiales, que permitan verificar el cumplimiento de tareas votadas y permitan destinar cuadros del PO y de los otros partidos a la tarea internacional. Entonces sí podremos tener una intervención política en común, por ejemplo, en la crisis del PT, con resoluciones efectivas, de trabajo político en los diversos países.
 
Los compañeros de Causa Operaría, por ejemplo, saben perfectamente bien, que las relaciones políticas entre el PO y CO atravesaron distintas etapas. En un determinado momento, esa relación política cambió ante la absoluta evidencia de que CO no era un grupo de estudiantes que hacían una actividad política ocasional, sino una auténtica organización que luchaba cotidianamente en la lucha de clases del Brasil. Por lo tanto, el Partido Obrero interviene junto a Causa Operaría como organizaciones iguales, realmente actuantes en la lucha de clases (a diferencia del Mas que envía dos militantes a un país, obtiene tres simpatizantes y ya está la “sección” de ese país). En el caso de los compañeros uruguayos nunca se planteó este problema porque tuvimos la ventaja inicial de que el primer grupo con el que nos relacionamos en la época de la dictadura militar, tanto aquí como allá, era un grupo activo en la lucha de clases de Uruguay. En el caso de los compañeros brasileños sí se planteó porque habiendo estado el PO en relación con las organizaciones del CORCI se produjo una escisión y un grupo de compañeros muy jóvenes tenía que reconstruir el trabajo. La tarea extraordinario de Causa Operaría es que ha reconstruido el trabajo y asiste al derrumbe de los que nos dividieron en 1979.
 
Este es el criterio del Partido Obrero para el trabajo internacional, el criterio de un partido común; no podemos trabajar sobre la base de declaraciones, porque eso conspira contra un principio revolucionario. No se trata de lo que declaremos sino de la actividad práctica que podemos hacer con lo que declaramos. Es la unidad de la propaganda, de la agitación y de la organización.
 
Derrumbe de los regímenes burocráticos y crisis política de los regímenes imperialistas, agotamiento de los regímenes democratizantes en América Latina; crisis económica, recesión, dislocación de ramas y regiones enteras, ataques brutales a las condiciones de vida de las masas en todo el planeta; revolución política en “Oriente”, ascenso huelguístico en “Occidente ; descalabro de las direcciones tradicionales del movimiento de masas y de las tendencias democratizantes, en primer lugar de las “trotskistas”. Estas son las condiciones en que tendrá que luchar el proletariado mundial y en que su vanguardia deberá desenvolverse hacia un reagrupamiento internacionalista y clasista.
 
La crisis mundial ha abierto una perspectiva revolucionaria de dimensiones planetarias.
 
24 de mayo de 1992
 
 
Notas:
(1) Prensa Obrera, N° 165, "Washington, Brasilia, Paria: viraje en la política mundial", 3/12/86
(2) Sociedad de las Naciones: organización de Estados formada al finalizar la Primera Guerra Mundial “para defender la paz” a iniciativa del “pacifista” Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos. Según Trotsky (“La Revolución Traicionada’'), "la SDN, según el programa bolchevique que ya conocemos,íconsagra sus esfuerzos inmediatos a reprimir los movimientos revolucionarios.
(3) Postdam y Yalta: acuerdos establecidos entre las potencias vencedoras al finalizar la Segunda Guerra Mundial por los que se dividió a Alemania y se establecieron “zonas de influencia” entre la burocracia soviética y el imperialismo. En función de estos acuerdos, el stalinismo hundió las revoluciones en Grecia, Italia y Francia, ubicadas en la “zona occidental
(4) Carta de la ONU: documento fundacional de las Naciones Unidas, de cuya matriz surgieron el FMI, el GATT, el Banco Mundial como instrumentos de penetración económica del imperialismo y que autorizaba la intervención política y militar mundial del imperialismo b*yo la bandera del derecho internacional” (guerras de Corea y del Golfo).
(5) Tratados de Seguridad y Cooperación Europea (de Helsinki): firmados por una treintena de países de Europa Occidental y Oriental, Canadá y Estados Unidos, que consagró la intangibilidad de las fronteras europeas de post-guerra (división de Alemania, ocupación del Báltico y de regiones polacas por la URSS) y loe derechos de libre comercio y de propiedad individual a los ciudadanos de todos los países signatarios.
(6) Tratado firmado en agosto de 1987 en Esquilpulas (Guatemala) por los gobiernos centroamericanos. Invoca loe principios de la OEA y de la ONU, y el apoyo de los gobiernos latinoamericanos, la CEE y el Vaticano. Por ese acuerdo, el sandinismo se comprometió a formar una “comisión de conciliación” con los agentes internos de la contra, a garantizar las libertades de prensa y agitación para ese sector, a amnistiar a los presos contrarrevolucionarios; a declarar un cese del fuego y a convocar a elecciones municipales y para el parlamento centroamericano...mientras la “contra” mantenía intactas sus bases militares. El Tratado de Esquilpulas fue “mucho más allá de un acuerdo de paz, como que definen el carácter social y político que deben tener los estados de la región, así como su correspondiente garantía internacional” (Prensa Obrera, N° 199, 23/9/87).
(7) León TrotBky, “carta al Vo Congreso de la Internacional Comunista” en "Stalin, el gran organizador de derrotas", Editorial El Yunque, Buenos Aires, 1974.
(8) Prensa Obrera. n° 350, “El carácter del Estado en la ex-URSS”, 29/1/92.
(9) Prensa Obrera, N° 272, “Un pequeño cable que denuncia una gran descomposición", 29/6/89.
(10) Edouard Shevardnadze, “El futuro pertenece a la libertad” Ediciones B.,Barcelona, 1991.
(11) Prensa Obrera, '‘Por qué fracasó el *Plan de los Quinientos días"1, 2/4/91.
(12) Prensa Obrera, nQ 339, “Revolución y contrarrevolución en la URSS”, 29/8/91.
(13) “Casi todas las grandes naciones deben separarse de una fracción de su propio cuerpo, desprendida de In vida nacional e incorporada a la vida nacional de otro pueblo, al punto de no pretender volver a su cuerpo original” (K. Maní y F. Éngel B, “The First International", Londres, Penguin Books, 1973. Citado por Osvaldo Coggiola en “Naciones y Nacionalismo”, “En Defensa del Marxismo, n° 3, abril de 1992).
(14) Prensa Obrera, nQ 335, “Por la unión libre y socialista do Yugoslavia”., 11/7/91.
(15) Prensa Obrera, n° 295, ^Balance de Nicaragua”, 8/3/92.

 

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