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Arte y subjetividad

Por Hernán Díaz
La aparición de un artículo que reflexiona sobre el arte y el realismo, a la luz de las posiciones marxistas ("Marxismo y realismo”, por Jorge Figueroa, En defensa del marxismo N9 3), me lleva a hacer una serie de reflexiones que espero sean consideradas como un aporte, estrictamente individual, a las ideas revolucionarias y como una defensa más de las ideas del marxismo.
 
A lo largo del artículo, se deslizan algunos conceptos confusos que dan lugar a malinterpretaciones acerca de lo que la dialéctica puede decir sobre el arte. Por momentos, en especial hacia el final del artículo, se asiste a una especie de “eclecticismo”, y uno saca la conclusión de que en arte “todo es posible” y debe ser estudiado “desde muchos ángulos a la vez”, pues hay que tener en cuenta tanto lo “objetivo” como lo “subjetivo”, tanto la forma como el contenido, es realista pero también puede no ser realista... Más que erróneas, estas afirmaciones no dicen gran cosa y no hacen avanzar en la reflexión acerca del fenómeno. Por otra parte, se deslizan algunos principios que, seguramente, son cuestionables como pertenecientes a una tradición marxista y dialéctica.
 
El arte como fuente de conocimiento
 
Entre esos principios se encuentra, a mi entender, la afirmación de Lukacs de que “el arte es la autoconciencia de la evolución de la humanidad”. En la formulación de Lukács, el arte representa algo así como la coronación consciente de la evolución de la humanidad, el arte como remate lógico y conciencia de sí de esa evolución, la concreción y corporización del progreso humano que resume, incorpora y asimila todos los momentos pasados y los expresa en una idea consciente.
 
Esta expresión se contradice con otros pasajes de Lukács en los que declara que en definitiva esa conciencia, es conciencia del aspecto subjetivo de la evolución del hombre. Pero en esto se pueden ver algunas incoherencias que luego analizaremos. En definitiva, para Lukács el arte es igualado a la ciencia. Pero la conciencia de la evolución de la humanidad sólo puede estar en la ciencia y, especialmente, en las ciencias humanas. Ciencia es, precisamente, conocimiento de los procesos evolutivos. Quien busca comprender los fenómenos sociales en su mismo movimiento, quien busca reproducir, en un vaivén de acercamiento y distanciamiento, el nacimiento, desarrollo y muerte de todo proceso social, está haciendo ciencia, está buscando arribar al conocimiento de ese fenómeno.
El problema radica en la función que la escuela stalinista (cuyo principal representante teórico es Lukács) le asigna al arte. Para ellos el arte es conocimiento, y esta afirmación debe ser combatida en dos aspectos.
 
El primero debe cuestionar la afirmación circunstancial de que se conocía más a Francia leyendo a Balzac que leyendo a los historiadores. Pero la frase es engañosa al tomar el ejemplo de un escritor cercano a nuestro tiempo, pues con el mismo criterio conoceríamos más a la Edad Media leyendo la Divina Comedia que la Historia social y económica de la Edad Media de Henri Pirenne. ¿Qué quiere decir “conocer más”? La afirmación tiene otra trampa y consiste en que para que sea verdadera, antes de leer a Balzac tenemos que tener una idea relativamente cercana de qué época se está retratando y cuál es su relevancia histórica. Es decir, tenemos que haber recurrido a esos historiadores cuestionados.
 
Una época histórica, un país, un proceso político, es un mar de elementos y factores que no tienen término fijo. La lectura “directa” de esos factores, inclusive Jos erróneos, los subjetivos, los circunstanciales, nos podrá dar un “conocimiento” del fenómeno. Pero la médula de ese proceso, el carácter objetivo que asume, las tendencias fundamentales que determinan su evolución futura y que inciden sobre las generaciones posteriores, eso sólo lo podremos “conocer” racionalizando, es decir, haciendo ciencia. Lo que hacía Balzac, e hicieron muchos otros escritores, es reflejar una parte de ese mar inagotable y multifacético de la Francia que asistía al nacimiento del capitalismo triunfante. Lo reflejó tal cual lo vio y por ese “realismo” es que nos formamos una idea relativa del proceso vivo social que anidaba bajo la fachada de los sucesivos gobiernos, que conformaban quizás la cáscara de esta evolución. Si comparamos a Balzac con un mal historiador, seguramente terminaremos diciendo que el novelista nos hace conocer mucho más de Francia que un historiador mediocre, pero eso no quiere decir que el arte sea conocimiento, y mucho menos autoconciencia de la evolución de la humanidad. Para que esa novela nos aporte conocimiento, tenemos que poseer un conocimiento previo, histórico, gracias al cual contextualiza-remos con precisión todo lo que la novela nos aporta. Entonces, ¿cuál es el conocimiento que aporta?
 
Todo suceso que podamos “leer” o “conocer” (tanto una novela como una vasija de barro de una comunidad tribal) nos aportará datos, muchos o pocos, para conocer una realidad. Pero la vasija de barro no es autoconciencia de nada.
 
Este es entonces el primer aspecto por el cual el arte no debe ser considerado conocimiento. Es decir, no puede ser considerado conocimiento para el lector, porque esto depende de la actitud subjetiva con la que el lector aborde el testimonio en cuestión. Resta aún pensar si entonces el arte es, en sí mismo y como función principal, conocimiento.
 
El arte como conocimiento
 
Para los stalinistas, definir que la función principal del arte era el conocimiento fue fundamental. Si el arte era conocimiento, debía conocer y reflejar las tendencias fundamentales y centrales de su época. A partir de ello, el arte podía ser analizado y juzgado (en el sentido judicial del término) de la misma manera que la política, la filosofía, la economía. Los personajes debían ser típicos (es decir, reflejar a las principales clases sociales en acción) y el obrero siempre debía ser bueno, sano, fuerte, bello y además triunfar en la lucha que entablaba contra el vil burgués. Toda esta teoría simplista lo único que logró fue destruir el arte y envenenar las mentes de varias generaciones de militantes de izquierda.
 
Un gran problema de esta teoría consistía en distinguir, en precisar la diferencia básica entre arte y ciencia. Si ambas eran lo mismo, ¿por qué no hacer un poema sobre la fotosíntesis de la hoja del árbol ante la luz -del sol? Lamentablemente para nosotros, todavía algunos poetas franceses lo están intentando. La solución, totalmente precaria, consistió en decir que el arte tomaba sólo aquellas cosas que involucraban directamente al hombre y, más precisamente, al espíritu del hombre. Xa solución, además de idealista, llevaba a nuevos dilemas: ¿cuál era entonces la diferencia entre el arte y la historia de las ideas, el ensayo filosófico, la psicología, etc.? Además, y esto jamás se lo pudieron haber planteado los stalinistas, ¿cuál era la posición del sujeto del conocimiento, es decir del autor, por la cual él podía conocer el espíritu del hombre y no los demás individuos? ¿Era que acaso él encarnaba objetivamente las tendencias espirituales de los hombres de su época como para conocerlas y ofrecerlas a los lectores? Otro además: ¿qué sucedía con la música y la pintura? ¿También eran “conocimiento” de las tendencias fundamentales de la época? ¿De qué manera? No se sabía nada de esto, pero por las dudas se les ordenaba a los músicos que hicieran música optimista y a los pintores que pintaran paisajes insulsos.
 
En cierta manera, los stalinistas tienen razón... “si como define Lukács” el arte es conocimiento. Si es conocimiento, el autor debe, a través de su escrito, conocer la realidad. Pero la realidad no es arbitraria: hay niveles y aspectos que son más relevantes, más determinantes que otros. A partir de allí, sólo podemos reflejar esos determinantes principales, que constituyen el fundamento y la esencia de lo social, pues de otra manera no estaremos “conociendo” la evolución de la humanidad. Y lo fundamental en esta sociedad es la lucha del proletariado contra la burguesía, lucha encabezada por el Partido Comunista y la santa madre Rusia. Si pretendemos “conocer” la realidad a través del arte, el héroe de nuestro texto debe ser el obrero luchador. Como se ve, de aquel principio inicial al asesinato en masa de artistas no había más que algunos pasos lógicos.
 
El arte y la subjetividad
 
En una de esas frases brillantes que dejaba desperdigadas en sus escritos, Roland Barthes dijo que lo que llamamos arte no es más que la inscripción de la subjetividad. La palabra inscripción no es aquí arbitraria: se habla de un mostrar, no de un conocer. Y quizás esa frase puede ser relacionada con Hegel, cuando decía que la verdad está conformada por un sinfín de momentos parciales, falsos, subjetivos. La subjetividad puede ser uno de los caminos hacia la verdad, pero no es la verdad misma. Los conceptos subjetivos, los que son así para mí a partir de mi experiencia directa, no se han transformado aún en conceptos objetivos, es decir para los demás. A través de la subjetividad es que la verdad se va abriendo paso, pero aquélla no es aún la verdad.
 
Para continuar con Hegel, la expresión artística está más cerca de la certeza sensible y de la percepción, que del entendimiento y del conocimiento. Los fenómenos expuestos (así sea en la pintura, en la música o en la narrativa) no son más que exposiciones de la cosa particular observada y transmitida por el artista. Para llegar al entendimiento, debemos pensar la cosa en su ley, es decir en su movimiento, y esa ley debe ser explicada a través de una exposición. Esto quiere decir que el fenómeno debe ser entendido como una fuerza en movimiento, en devenir, y ya no como una cosa particular en sí misma, sin relación con todo aquello que no constituye el fenómeno. A la percepción artística se le escapan las determinaciones de la cosa como particular de un universal (es decir, se abstraen las similitudes y diferencias con otros fenómenos de la misma naturaleza) y se le escapan las circunstancias de la cosa en su devenir, cuyo conocimiento puede hacernos entender la ley de ese movimiento. La percepción artística a duras penas busca en el aquí y ahora de las percepciones, expresa con una patencia y una inmediatez enorme (mayor cuanto mayor es la calidad del artista) la profunda e irrepetible experiencia del sujeto observando la cosa, utilizando para ello los instrumentos que la tradición le ha dejado, es decir las leyes que cada arte posee y que se transmiten a través del tiempo.
 
La habilidad del artista consiste en expresar ese momento irrepetible (contenido de la obra) sacando el mayor partido del instrumento elegido, materia efectiva de su trabajo. Es lo que Heidegger, con palabras más vagas, llamaba “hacer patente un Mundo a través de una Tierra”.
 
Por eso dijimos más arriba que aunque Lukács declarara que el arte es autoconciencia del aspecto subjetivo humano se estaba contradiciendo en forma deliberada y el aconto lo ponía en la autoconciencia y no en el aspecto subjetivo. Autoconciencia de la subjetividad puede ser la psicología (conciencia de las vivencias personales), pero jamás el arte. Para nosotros la subjetividad del arte no llega a transformarse en autoconciencia, pues esa subjetividad se expresa en un estado puro, no queriendo y no buscando llegar a la objetividad y a la verdad. El arte, al menos en nuestra cultura, busca expresar la multiplicidad de momentos del proceso de la vida, el camino de la oscuridad y el error en busca de la verdad, pero nunca expresados como un hallazgo final de la verdad, sino en todo momento como esa búsqueda de valores no degradados. Y también como expresión directa de esos momentos subjetivos (en la música, la pintura y la poesía esto es evidente), irrepetibles e individualizables, que son a la vez subjetivos y universales, como decía Kant. Es decir, los vivimos como subjetivos, pues no llegan a ser más que uno de los momentos parciales, particulares y abstractos de la verdad, y a la vez son universales, pues son vividos de esa manera por toda la humanidad o al menos circulan con fluidez en un determinado grupo social. De aquí ese “plus” que siempre se le asignó al arte, ese valor superior e inasible, que no es más que el “plus” inasible que tiene todo proceso vivo concreto, que ninguna objetividad puede apresar y absorber en sus detalles.
 
El arte, entonces, está mucho más cerca de la moral y de la religión que de la política y las ciencias. Por más que en algún texto narrativo se incorporen párrafos (o aun si fuera su tesis central, como en el arte panfletario) referidos a la realidad política o científica, no es más que uno de los aspectos que participan de la obra artística. Y al ser uno más de los aspectos, es sometido por el lector a una percepción subjetiva más. Es así que nosotros podemos disfrutar de obras como El gran dictador, de Chaplin, que no es más que una película de propaganda de uno de los sectores (el democratizante) de la Guerra Imperialista de 1939. O podemos gozar artísticamente (y no científicamente) del teatro de tesis, desde Ibsen hasta Sartre. Toda obra artística contiene un sinfín de elementos y niveles que podemos percibir como expresivos de una subjetividad determinada. Nadie va a ver una obra para que le “demuestre” una determinada tesis, para “conocer” con exhaustividad un determinado período de la historia, ni nada parecido. Lo único que le pedimos al autor es que nos “muestre” su visión del momento, lo que él “percibió” y cómo vivió subjetivamente esa situación. En la percepción subjetiva podemos coincidir mucho más que en las conclusiones políticas o históricas a las que él arribe.
 
Como dice Susan Sontag, lo que se busca es conocer la “sensibilidad de una época”, eso es todo lo que el arte expresa. Solamente que, debemos acotar, las “épocas” no tienen una sensibilidad única, sino que la sensibilidad está fragmentada en miles de partes, tantas como sectores sociales se encuentran. La “sensibilidad” subjetiva del obrero no será la misma que la del burgués, y la de éste no coincidirá necesariamente con la del intelectual pequeño burgués. El arte, en definitiva, en la mayoría de los casos está expresando justamente la subjetividad del intelectual pequeño burgués, poseedor del oficio del artista. El arte de vanguardia, experimentador y abstracto, disonante y distorsionante, expresa justamente la desubicación del intelectual (y de la intelectualidad) en una época de mercantilismo, su falta de perspectiva política, su incomprensión del drama social.
 
Lo subjetivo y lo objetivo en arte
 
El artículo de Figueroa mezcla todo al afirmar que “en el arte conviven los dos términos: objetividad y subjetividad, siendo el segundo casi siempre prevalente por la propia dirección y característica artística”. Si tengo un pensamiento en mi mente y logro plasmarlo en un papel (hoy alguien diría en una computadora) he pasado de lo abstracto a lo concreto: el lenguaje es la primera y necesaria concreción del pensamiento. Y también he pasado de lo subjetivo Qa idea que era para mí solo) a lo objetivo: la idea se me ha hecho objeto, se ha concretado, se ha congelado, es decir que ha perdido algo (la vitalidad) pero ha ganado mucho más (es útil, ya es un instrumento). La sola plasmación de esa idea ha hecho que esa idea se objetive, en tanto que era idea para mí. A partir de ahora, como es objeto, puede ser observada y medida por cualquier otro. Pero éste no es el único plano en que se mueve el fenómeno (como todo fenómeno para la dialéctica): si la idea que yo plasmé es una ley física, habré expresado un pensamiento objetivo; si la idea que yo plasmé fue un poema de amor, habré expresado mi subjetividad, es decir le habré otorgado un carácter objetivo (para los demás y para mí) a mi subjetividad. El arte expresa la subjetividad. Si seguimos en esa línea, aunque yo haga una obra panfletaria o una canción “con mensaje” estaré de todas formas expresando mi subjetividad con referencia a algunos procesos de la realidad tomados como objetivos, pero la objetividad como tal no tendrá lugar en mi obra artística. El pensamiento político en todas sus variantes está más cerca de la ley física que de la más politizada de las obras artísticas. El pensamiento político y teórico es conocimiento, el arte no pretende serlo nunca.
 
Es necesario insistir. La objetividad forma necesariamente parte del arte. Una sola palabra (“hombre”) es ya un concepto y como tal ya expresa un grado del conocimiento. Pero la función principal del arte no será la inscripción del conocimiento objetivo sino de la subjetividad del autor, que buscará depositarse en el corazón (si se me permite la expresión) de la subjetividad de los receptores. Por eso no existe el arte anónimo ni colectivo, aún cuando pueda haber ejemplos marginales de ello. El arte en nuestra sociedad es necesariamente individual. En cambio, una investigación científica, un panfleto, un diario, puede no llevar firma y, de todas formas, expresará una verdad objetiva, la misma que si estuviera firmado.
 
Lo que estamos discutiendo entonces es el fundamento del arte, la unidad que conforma su esencia, o al menos a la que ha llegado luego de siglos de evolución. No solamente el arte ha devenido en lo que es hoy, sino que a partir de él preconcebimos y modificamos nuestra concepción de lo que fue arte en las épocas pasadas. Pocos siglos atrás no existía diferencia notoria entre literatura, historia y filosofía; la música y la pintura eran consideradas oficios al igual que la carpintería o la relojería. El capitalismo consumó la división de las artes respecto a otras prácticas, y su agrupamiento en el concepto general de “arte”. Se rescató del pasado, entonces, lo que fue literatura y se lo separó de la historia o del pensamiento político (véase a ese respecto todas las discusiones en torno del Facundo de Sarmiento). La intención de realizar un arte ideológico o panfletario, igualado al pensamiento científico, contiene la ilusión de unir lo que la misma historia ha separado, y en cierto sentido comporta un programa reaccionario, pues pretende dar vuelta la rueda del tiempo. Su estrepitoso fracaso demostró que la separación entre arte y conocimiento era, también, un hecho objetivo.
 
Arte y política
 
Será necesario, finalmente, señalar la forma que asume el problema subjetivo y objetivo en la política, para poder distinguir con claridad nuestro planteo del esquema stalinista.
 
Lo subjetivo y lo objetivo se presenta, generalmente en forma esquemática, como lo inherente a la conciencia obrera y a las condiciones económicas, respectivamente. Pero también es objetiva la idea marxista de que el capitalismo se descompone y da lugar a una nueva sociedad. Se puede cuestionar: aún no se ha demostrado “objetivamente” (es decir, en los hechos) que el capitalismo muera y dé a luz otra sociedad. No importa, igualmente es una afirmación “objetiva”, que nace del estudio científico de los hechos y cuyos pasos lógicos previos (la crisis del capital, la insurgencia obrera, etc.) se han ido verificando año a año. Objetividad, entonces, no es infalibilidad y menos predicción mágica.
 
Pero lo subjetivo también va mucho más allá y la hallamos incluso en la propia descripción científica. ¿Acaso cuál es la diferencia entre pueblo y clases sociales, diferencia que hoy en día en el ambiente de la historia se considera punto fundamental? La categoría de pueblo, o de sectores populares como les gusta a los historiadores, es una categoría subjetiva (los que se piensan a sí mismos como pueblo, o aquellos que nosotros pensamos como pueblo), mientras que la categoría clase obrera o clase social en general, es una categoría objetiva, medible estadísticamente y comprensible a partir del lugar que se ocupa en la producción. Pero como los marxistas somos, antes que otra cosa, objetivistas, no sólo defendemos el concepto de clase social sino que impugnamos la palabra pueblo porque jurídicamente (otra objetividad) refiere a cualquier persona que habite un país.
 
En realidad, el marxismo revolucionario (el que se defiende en esta revista) es el único movimiento no subjetivista de la política. Y si no, veámoslo en la realidad política. Fácil es verlo en la izquierda peronista, que hasta tiene una teoría de por qué ser subjetivista: “si el pueblo es peronista, nosotros somos peronistas”, sin advertir que en realidad terminan siendo un lastre de derecha cuando ese pueblo quiere evolucionar políticamente. Para ayudar políticamente a ese pueblo, sólo podemos quitarle de los ojos la venda de la ilusión en el nacionalismo y ofrecerles la verdad de sus objetivos históricos, el socialismo y el gobierno obrero. Como dijo Marx, la revolución proletaria, a diferencia de todas las revoluciones anteriores, se hará con conciencia.
 
Cuando el stalinismo se identifica con los movimientos nacionales o democráticos, o cuando ponen como lema de su frente “Todos unidos triunfaremos, también están corriendo detrás de un supuesto sentimiento subjetivo del pueblo. Dije “supuesto”, ¿pero acaso no es comprobable que el pueblo tiene el sentimiento peronista? Puede ser, pero como toda subjetividad es inestable, es inaprehensible y está fragmentada en un sinfín de sentimientos parecidos pero no idénticos. Como alguna vez dijo P.O., hay más peronismos que peronistas. Y esa categoría, ese sentimiento, no resistirá a los embates de las condiciones objetivas (que ya no es el socialismo, sino simplemente la impotencia burguesa para el desarrollo nacional y la miseria de ese pueblo peronista).
 
¿Y acaso el Mas, con toda su verborragia trotskista, no hace política subjetivista? Cuando propician el “socialismo con democracia” no hacen más que dejarse llevar por el palabrerío burgués de moda. Como a la gente ahora le gusta la democracia, ponemos socialismo con democracia y conformamos a todos. La política marxista debe ser la contraria: denunciar las modas discursivas que no hacen más que llevarle agua al molino de los democratizantes de turno.
 
Pero el centrismo, el stalinismo y el nacionalismo son así: cuando la moda viene con liberación nacional, todos “descubren” las bondades que “en última instancia” tendría la liberación nacional; cuando la moda viene con democracia, descubren las bondades de la democracia. Y así, de etapa en etapa, pretenden inscribirse en el discurso del momento, identificándose aunque sea parcialmente con las tendencias subjetivamente dominantes, pretendiendo que harán luego una presión hacia la izquierda, pero subidos al carro del pueblo.
 
El derrumbe de todas esas corrientes demuestra que lo único perdurable es ir al pueblo con la verdad, por cruda que ésta sea, explicar, como quería Lenin, ir al pueblo con conciencia, como decía Marx. Y esto no significa que el marxismo revolucionario deba tener una política “objetivista pura”. Debemos ser muy respetuosos del sentimiento democrático y nacional, como decía la III Internacional. Lo que no debemos hacer es ceder un milímetro en cuanto a la comprensión objetiva de la realidad. Desarrollar una política subjetivista (decirle “al pueblo” lo que éste “quiere” escuchar) es lo mismo que hablarle a un chico en media lengua: creemos que imitándolo nos va a comprender mejor y en realidad lo único que hacemos es retrasar su evolución lingüística.
 
(Es interesante observar que en los últimos años toda la izquierda intelectual, posmarxista o neostalinista, busca alejarse del viejo, y supuesto, marxismo “objetivista”. Se puede ver en un artículo del PCA-Regional Sur, reproducido en Prensa Obrera N9 358, del 3/6/92, donde se afirma que la dirección stalinista rechaza el “marxismo Objetivista, Economicista” y prefiere atender al plano “donde se conforma la subjetividad humana, el imaginario popular”. La dirección del PC, con esto, más que “lavarse la cara” se está “sacando la careta”. En toda su historia no han hecho más que creer, confiar, adular y construir el imaginario popular. Jamás han dado crédito a las tendencias objetivas de la lucha obrera. En cuanto al resto de la izquierda intelectual, quede para otra oportunidad un comentario sobre el rechazo a las tendencias objetivas por parte del conjunto de las ciencias sociales de hoy en día: Foucault, la semiología, McLuhan, el posmodernismo, etc.)
 
Conclusiones
 
Y así, vemos que el stalinismo construyó una enorme y monstruosa paradoja: mientras objetivizaba el arte (pues éste debía reflejar las tendencias típicas y objetivas de su época), subjetivizaba la política (que jamás reflejó las tendencias objetivas de la lucha obrera hacia el socialismo, sino que siempre asimiló los programas de la burguesía nacionalista o democratizante). Mientras mataba artistas por no poner en sus novelas un obrero bueno que derrote al vil burgués, apoyaba a los Batista y a los Videla, que mataban a los obreros por querer derrotar a los viles burgueses. En algo eran consecuentes: siempre estaban del lado del asesino.
 
No debemos cometer el mismo error, juzgando la obra artística como si fuera un “reflejo” (?) “directo” (??) de la conciencia política de su autor.
 
En estas líneas he tratado de discutir justamente aquellos conceptos fundantes que hicieron del stalinismo una máquina trituradora de arte, al punto que la literatura virtualmente desapareció de la Unión Soviética durante décadas (¿o quién puede afirmar sin sonrojarse que Cemento de Fedor Gladkov es literatura?). Igualmente, de los principios aquí esbozados se siguen una serie de conclusiones, que no he desarrollado, pero que están implícitas en todo lo expuesto.
 
Básicamente, pienso que el arte no es “reflejo” de la realidad (en rigor, tampoco la conciencia es un “reflejo” puro de la realidad), que el arte no puede ser juzgado entonces con las mismas premisas que la política. Lejos del conocimiento, el arte es esencialmente diversión: en el sentido brechtiano (di-versión, una versión diferente) y también en el sentido vulgar (di-vertimento). Descreo, igual que Trotsky en Literatura y revolución, de un supuesto arte proletario u obrero, pero no exalto el arte vanguardista e intelectual. Recuerdo, también con Trotsky, que el marxismo ha desarrollado un pensamiento político, filosófico y económico, pero no mucho más que eso, con lo cual la “subjetividad” cultural obrera o socialista es una abstracción utópica. La contradicción del artista de izquierda es que a su cerebro lo maneja Marx, pero a su sensibilidad la maneja el capitalismo.
 
Por último, no tenemos que caer en los errores del stalinismo, que significaron el mayor descrédito para las ideas del marxismo en todo el mundo, al punto que la visión que la mayoría de la gente tiene de él es la de un pensamiento anquilosado, mecanicista y fosilizado. Las posibilidades de desarrollar la teoría marxista no son muchas, pero al menos combatamos los monstruosos principios que dieron origen a la catastrófica parodia de marxismo de los últimos 70 años.

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