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“La caldera de las brujas”

Por Luciano Ávila
Herminio Saccheta, “La caldera de las brujas y otros escritos políticos”, Campiñas. Pontes- Editora da UNICAMP, 1992,161 páginas.
 
Por primera vez, reparando una larga injusticia, son compilados en un libro diversos trabajo de Herminio Saccheta, una de las figuras más significativas de la historia de la izquierda brasileña. Muerto en 1982, fue dirigente del PCB en la década del ‘30, rompiendo con él para adherir al trotkismo, habiendo sido el principal dirigente de la primera sección brasileña de la IV Internacional, el PSR, Partido Socialista Revolucionario (1938-1952), sin duda el principal dirigente trotskista brasileño del período (más después de que Mario Pedrosa, miembro de su Comité Ejecutivo Internacional, rompió con la IV Internacional en 1940, junto a la fracción liderada por el norteamericano Max Schachtman), fundador y dirigente de otros grupos de izquierda activos en la década del ‘60 (la LSI y, después, el MCI), e importante periodista a lo largo de casi medio siglo.
 
La selección de los textos incluidos en el volumen, aunque muy representativa, se resiste por la penumbra en que fue mantenido el autor, no sólo para los académicos, sino inclusive para la propia izquierda. No hay, sin duda, cómo negar la importancia de su principal dirigente paulista del Partido, cooptado para el Buró Político), de 1937, en el cual rechaza la etiqueta de “trotkista” (que asumiría al año siguiente, en la prisión, víctima de la persecución del régimen varguista), atribuyendo los errores del partido al “banguizmo” (de “Bangu”, seudónimo del secretario general del PCB) y no el stalinismo, que en 1937 Saccheta aun defendía. En nada esclarece la polémica la presentación del texto que hace Heitor Ferreira Lima, un “histórico” del PCB (posteriormente asesor de la FIESP) quien dice, respecto de los hechos que llevaron a la proscripción del Comité San Pablo del PCB, que “(Saccheta) fue el responsable por los acontecimientos ocurridos entonces porque, creo, nunca los había comprendido” (p.12). Ferreira Lima, que nunca comprendió esos hechos (ni al propio stalinismo) no menciona que Sacchetta fue el único miembro del comité de San Pablo, que rompió con el partido stalinista (después de un período en que intentó disputar con la fracción stalinista la representación de la Internacional Comunista, que le fue negada por la propia Radio Moscú), el único en adherir al trotkismo, lo que retrata la independencia de su personalidad.
 
También es muy importante el artículo “Jorge Amado e os poroes da decencia”, en el cual Sacchetta se defiende de las calumnias del escritor bahiano en su obra "Los subterráneos de la libertad”, en que aparece como personaje “traidor, cínico, corrupto y... trotskista”. Amado, en esa época (años ‘40) estaba al servicio de Stalin-Zdanov y su “realismo socialista” (más recientemente se puso al servicio de los gobiernos brasileños de turno, como el de José Sarney). Sacchetta lo gratifica, con un coraje que hoy le falta a más de un crítico literario, con el calificativo de “analfabeto semi-letrado”.
 
Lo mejor del libro es, sin duda, el artículo Trotskismo” (pág. 83), texto de una conferencia de 1946, en que son expuestas con raro brillo las bases del pensamiento político del líder de la Revolución de Octubre, su filiación marxista, su coincidencia objetiva y subjetiva con Lenin, y su aptitud única para comprender y transformar e mundo contemporáneo. Sólo ese texto ya sitúa a Sacchetta en un plano teórico superior, a nuestro entender, a más indiscreto ex trotskista Mario Pedrosa (que debe su fama más a sus cualidades de crítico de arte que a su actuación política, llena de altibajos) cuyos textos de os años ‘30 fueron recogidos en el volumen de Dainis Kayepovs e Fulvio Abramo,“La contra corriente de la Historia (Editora Brasiliense).
 
Se incluye también un texto inconcluso que da su título al volumen (La caldera de las brujas), intento de novelar la ruptura de Sacchetta con el PCB, que demuestra al máximo que Sacchetta carecía de virtudes de novelista. Así como testimonios acerca de Sacchetta de figuras intelectuales y políticas (como el ya citado, e inconcluso, de Heitor Ferreira Lima; Florestan Fernandez, Machael Lowy, Claudio Abramo, Jaco Gorender – éste, de lejos, el más interesante -, y Mauricio Tragtenber). Nada habría para objetar en la inclusión de esos textos, si no fuese notable la exclusión de cualquier texto de Sacchetta entre 1938 y 1952, o sea, cuando era el dirigente brasileño de la IV Internaciona (a excepción del  ya citado “Trotkismo”).  No se han incluido por lo tanto, textos esenciales para la comprensión de su trayectoria política, como los publicados en “Orientación Socialista” (en especial la serie de artículos “Prestes y el problema agrario”, crítica a las posiciones del PCB sobre la cuestión agraria), órgano del PSR, en la década del ’40; o las discusiones contra Mario Pedrosa y Arnaldo Pedroso d’Horta publicadas en “Vanguardia Socialista” (dirigida por Pedrosa) en la misma época, en defensa de la independencia de clase y contra el voto a Eduardo Gomez, el sandidato “burgués progresista” en la “redemocratización”, defendido por los extrorkistas transformados en “socialistas”.
 
¿Por qué Sacchetta rompió con la IV Internacional y disolvió el PSR? Michael Lowy, evocando su relación personal, se refiere a la ausencia de manifestaciones de Sacchetta sobre el asunto (pág. 81). Alberto Luis da Rocha Barros, hijo de su compañero de la década del ‘30 (el abogado laboralista Alberto da Rocha Barros) y su propio camarada de militancia en las décadas del ‘50 y ‘60, nos confiesa la desilusión de Sacchetta con las resoluciones del III Congreso Mundial de la IV Internacional en 1951, cuando se adoptó la línea “pablista” de apoyo crítico a la burocracia soviéticay de “entrismo sui-géneris” en los partidos comunistas. Es probable que Sacchetta haya visto en esa línea, no lo que realmente fue (un revisionismo total del trotskismo y del propio marxismo) sino una manifestación inesperada del trotskismo. Sólo Jacó Gorender se refiere a un texto de Sacchetta (no incluido en el volumen), “Relatos sobre cuestiones de la política organizativa en el campo socialista”, escrito “probablemente en aquella época (en que) se desalienta al analizar el fracaso del trotskismo” (pág. 154).
 
Desilusionado, Saccheta pasaría hacia el "luxem-burguismo” (ideología que presidiría la LSI y el MCI, en la década del ‘60). En cualquier hipótesis, ese “luxemburguismo” era políticamente más progresivo Qos textos lo demuestran) que el pseudo-trotskismopablista defendido por el grupo del Buró Latinoamericano de la IV Internacional (liderado por J. Posadas), el POR, pues la LSI defendía intransigentemente la independencia de clase contra los restos del varguismo y contraía orientación del PCB, en tanto el POR llamaba al PCB a hacer la revolución, habiendo llegado a apoyar (llamó a votar) a Janio Quadros...“por su programa nacionalista” (correctamente desmenuzado por Sacchetta, en el artículo “Ni Lott, ni Janio: por una política de clase”, pag. 109).
 
¿Cuáles eran las limitaciones de la LSI (Liga Socialista Independiente, que nunca traspasó algunas decenas de militantes) y, después, del MCI (Movimiento Comunista Intemacionalista)? Los textos de los volúmenes de los años ‘60 permiten apreciarlas.
 
Desde el punto de vista de los principios generales, no hay nada que criticar: defensa de la independencia de clase, crítica a la revolución por etapas y del apoyo a la “burguesía progresista”, la lucha contra el imperialismo (y contra la dictadura militar) y una lucha anticapitalista, que solo podrá ser victoriosa con la instauración de un gobierno obrero y campesino.
 
El problema es la traducción de estos principios a una política correspondiente a ellos, lo que demuestra que no basta con formulaciones generales, y que toda la ciencia del marxismo (el “análisis concreto de una situación concreta”, según Lenin) consiste justamente en el pasaje o la transición de los principios hacia la realidad inmediata, considerada como una combinación concreta y específica de las diversas determinaciones teóricas (abstractas): es por eso que el marxismo es “una guía para la acción”.
 
La propuesta política central era la de “frente único proletario dirigida a las “organizaciones marxistas” y a los “socialistas de diversas doctrinas”.
 
Las organizaciones "socialistas” y “¡marxistas" que surgían en los años ‘60 eran menos la expresión de la radicalización proletaria (a la cual expresaban de modo muy deformado) que la expresión de la paulatina descomposición del stalinismo brasileño, primero, y los remanentes de las fracasadas tentativas de organizar un partido socialdemoócrata después. La ruptura con stalinismo fue, en general, totalmente empírica, como demuestra que buena parte de ellas se encaminara hacia el foquismo, haciendo de la “lucha armada”, elevada nivel de estrategia, el eje de diferenciación con el PCB (< cual, frente de sus crisis, llegó a coquetear literalmente con el foquismo). Sacchetta, como marxista, teñí elementos de sobra para criticar al terrorismo aislado d la evolución de las masas (y lo hizo), pero sus posicione: a veces, no dejaban de reflejar la presión ejercida por  foquismo, la búsqueda de un “terreno común” con la organizaciones que lo practicaban: “Preparémonos para la lucha armada, desde ahora, pero con un proceso dialéctico que encare la realidad como ella se presenta (pág. 140).
 
El “frente único proletario”, por lo tanto, solamente podría tener expresión como frente de las viudas de stalinismo en descomposición (y secundariamente, de socialismo reformista), y no como frente de los trabajado res de vanguardia que, rompiendo con el nacionalismo y el stalinismo, enfrentaban la impasse de la “democracia populista” y, luego, la represión antiobrera de la dictadura militar. Solamente la lucha por un partido obrero independiente podría haber dado expresión poli tica a aquella tendencia, que explotó a cielo abierto con el proceso huelguístico del ABC en 1979/80.
 
El “frente único”, por otro lado, era planteado (antes del golpe de abril de 1964) como perspectiva política de “ampliación, en sus límites máximos, de las actuales instituciones democráticas” (pág. 106). Ya bajo el gobierno militar, el “frente único” será planteado bajo un programa de “objetivos inmediatos” (tácticos) agregado de otro de “objetivos estratégicos” (pág.133). Esto significa colocar al “frente único” como ala de extrema izquierda de la democracia burguesa, no como agente de le organización independiente del proletariado (que en le medida en que se concreta, tiende objetivamente a oponerse al Estado burgués y sus instituciones).
 
Para el trotskismo (el marxismo) los “objetivos tácticos” no se agotan en sí mismos: a medida que las reivindicaciones inmediatas son planteadas como palanca de la constitución del proletariado como clase independiente, se transforman en una preparación para la lucha por los objetivos estratégicos (esto es, por el poder obrero) en un proceso permanente, o sea, no separado por dos etapas históricas diferenciadas. El gran ausente, en el pensamiento político de Sacchetta (inclusive en su excelente artículo sobre “Trotskismo”) es el Programa de Transición, justamente uno de los últimos grandes documentos políticos de Trotsky, sobre como armar la vanguardia revolucionaria nucleada en la IV Internacional. Esta incomprensión política de Sacchetta, manifestada a lo largo de su trayectoria política, fue la base de su errónea interpretación de la emergencia del pablismo como sinónimo del fracaso del trotskismo.
 
En el último documento del volumen, uno de los últimos de la vida de Sacchetta, producido en medio de una crisis de la dictadura militar y del ascenso proletario (1979), esta concepción es reafirmada con relación a la reivindicación de Asamblea Constituyente: “Cabe a las fuerzas populares organizadas, con el proletariado al frente, conquistar los segmentos de la población menos conscientes de sus prerrogativas políticas para el trabajo de inserción en la futura ley básica, vale decir en la Constitución, de los derechos fundamentales de los trabajadores, en especial en el ámbito político. Y a los trabajadores corresponde hacerlos cumplir, por presión continua, con todos los recursos de que disponen... Por ese camino, el pueblo deberá participar, a través de sus representantes, de la promulgación de las leyes y por consecuencia, de la conducción de los asuntos públicos” (pag. 148). Es la Constitución colocada como cimiento de un régimen burgués democratizante, en el cual el proletariado organizado será confinado al papel de presionar las instituciones (o sea, castrado de la perspectiva de candidatearse al poder), y no como consigna de transición, en la lucha por la cual, las consignas del programa trotskista, “los soviets (esto es, los órganos de poder obrero) pueden y deben surgir”.
 
Aislado del movimiento revolucionario internacional (esto es, de la lucha por la IV Internacional) la trayectoria política de Sachetta concluye como una variante de izquierda de la política democratizante, que sería ampliamente desarrollada por la izquierda brasileña en los años siguientes, sobre todo a través del PT. De esta manera expresó hasta sus últimas consecuencias las contradicciones que pusieron en tensión toda su trayectoria intelectual y política, las cuales ilustran concentradamente las dificultades para construir la sección brasileña de la IV Internacional a lo largo de cuatro décadas.
 
Con todas esas contradicciones, el volumen que comentamos rescata una de las páginas más importantes y vitales de la historia de la izquierda brasileña, por eso pasada en silencio por el stalinismo y por sus herederos democratizantes, que ven en Sacchetta, como máximo, uno de los dos principales periodistas brasileños de este siglo. Con errores o sin ellos, Sacchetta murió como un combatiente por la independencia clasista y por la revolución. De allí que fue totalmente justo hacerlo presidente honorario del Simposio Internacional en homenaje a León Trotsky, realizado en la USP (Departamento de Historia) en setiembre de 1990, ocho años después de la muerte de Sacchetta.

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