Unidos y dominados

(Acuerdan inviolabilidad de fronteras con el gobierno del Plan Colombia)


América Latina asistió, el viernes 7 de marzo pasado, a una espectacular batida en retirada, cuando no a una capitulación abierta, de parte de los gobiernos de Ecuador y Venezuela frente al gobierno colombiano de Uribe (y de hecho frente al propio Bush), quien a principios de mes había perpetrado la masacre de Sucumbios, en territorio ecuatoriano, asesinando al líder de las FARC, Raúl Reyes. La base del acuerdo político al que se arribó en Santo Domingo, en la reunión del grupo de Río, había sido sentada 48 horas antes en Washington, en la reunión de la OEA para tratar el conflicto. La resolución limita el contenido y el alcance de la masacre a un caso de violación territorial y deja de lado su finalidad política de quebrar cualquier posibilidad en favor de una salida negociada al conflicto armado en Colombia. La resolución, confeccionada por los gobiernos de Colombia y de Ecuador, ni siquiera condena lo ocurrido como un crimen de lesa humanidad contra un campamento indefenso, ni tampoco explícitamente al gobierno de Uribe. El mismo hecho, con un par de kilómetros de diferencia, no habría suscitado la menor objeción por parte de los sacrosantos custodios de la democracia de América Latina. Con posterioridad, los defensores de la resolución alegaron que ella había detenido el peligro de guerra, el que nunca había existido ni podía existir, ni era el objetivo de los masacradores. En las actuales condiciones políticas de América Latina, una guerra impulsada por Uribe y Bush habría resultado en una movilización popular sin precedentes en la historia y se habría llevado puesto al imperialismo yanqui en Latinoamérica. Pensar que Bush quiere una guerra en este lado del mundo desconoce dos cosas fundamentales: 1) que está empantanado en Irak y en Afganistán, y que enfrenta una crisis financiera devastadora; 2) que le resulta mucho más barato y efectivo operar por medio de los Lula, en primer lugar, y de los Calderón, Alan García, Bachelet y Tabaré, e incluso Kirchner (como lo prueban sus andanzas contra la revolución boliviana).


 


La reunión de Santo Domingo tiene una importancia considerable porque luego de escenificar un choque de características irreversibles, culminó con un claro retroceso, incluso en relación con la de la OEA, que dejó completamente al desnudo el contenido político real de todo el operativo montado. La declaración que aprobó el grupo de Río, añadió a la resolución aprobada antes en la OEA el compromiso de "combatir las amenazas a la seguridad de todos los Estados provenientes de grupos irregulares (sic) o de organizaciones criminales (sic) vinculadas al narcotráfico".1 Como se ve, los países política y militarmente agredidos se avienen, a partir de este compromiso, a colaborar con el propósito estratégico fundamental del gobierno agresor y de su tutor del norte. So pretexto de rechazar el concepto de 'terrorismo' que fogonea Uribe, sus contrincantes nacionales y populares aceptaron combatir incluso a los 'grupos irregulares', sin respetar en absoluto la eventual o hipotética legitimidad de esos grupos para combatir una situación o un régimen de opresión. De la misma manera, Uribe se evita calificar de terroristas a los grupos paramilitares y se compromete con sus 'colegas' a reprimir solamente a aquellos que sean "criminales" o que manejen un negocio ilegal como el narcotráfico. Para reforzar este compromiso, los signatarios de Santo Domingo rechazan el carácter unilateral de la acción de Uribe, la misma 'doctrina' que usaron varios gobiernos de Europa para rechazar la invasión de Irak y respaldar la de Afganistán o la de la ex Yugoslavia. 


 


Ningún país puede violar la soberanía territorial de otro, dicen los demócratas que supimos conseguir, pero sí podemos hacerlo en el marco de la OEA o la ONU; o sea, cuando exprese una voluntad mayoritaria de los opresores del mundo. Los presentes en la Dominicana ni siquiera repararon que su multilateralismo incluye al mismísimo Bush, miembro pleno de la OEA, ni que se trata de un compromiso con el Plan Colombia, que no es solamente un programa de contrainsurgencia interno sino que se proyecta más allá de sus fronteras, hacia Ecuador, Brasil y Venezuela. 


 


Un acuerdo para no violar fronteras en el futuro con el gobierno que hace de cabeza del Plan Colombia es un contrasentido no registrado por ninguno de los ilustres diplomáticos que fatigaron los conciliábulos de la cumbre, ni menos por los centenares de columnistas oficiales que manejan los medios de comunicación de la región. El bochorno del progresismo latinoamericano quedó rotundamente al desnudo con la ausencia de Lula, que no se atrevió a poner la cara en una operación que piloteó su cancillería, y con el seguidismo de la mandataria argentina al libreto del multilateralismo imperial. 


 


Los términos de la declaración de Santo Domingo no representan solamente un artificio jurídico; son, antes que nada, la expresión de una decisión política. El asesinato de Reyes dejó en claro que para los llamados gobiernos progresistas la política de liberación unilateral de rehenes ha tocado un límite y que ella no tiene ninguna posibilidad de avanzar hacia el intercambio humanitario, menos hacia un arreglo negociado del conflicto armado. La masacre, respaldada por todos los candidatos a las próximas elecciones en Estados Unidos, lleva el sello de un veto político irreversible. La declaración de Santo Domingo establece que ese objetivo debe ser alcanzado por el desmantelamiento unilateral negociado de las FARC. Las ampulosas pretensiones de que el conflicto colombiano nunca tendrá una salida militar y hasta la fantasía de que esto podría servir para extorsionar a Uribe al apaciguamiento, ha dado lugar a un piadoso recule que transfiere esa tarea a una acción colectiva de los gobiernos de la región.


 


La longevidad de un grupo armado no depende de la topografía en la cual actúa ni de la capacidad que tenga para financiarse, ni tampoco incluso de la convicción de sus integrantes: depende de las condiciones políticas prevalecientes y de la orientación política de los insurgentes.


 


El agotamiento de las posibilidades de la guerrilla se manifiesta en su aislamiento y en los síntomas de su disgregación política, como se ve en su recurso a los secuestros prolongados o indefinidos, irremediablemente incompatibles con una organización o políticas revolucionarias. Si fuera cierto, además, que las FARC se encuentran complicadas con el narcotráfico, como lo denuncian numerosas organizaciones y personalidades de izquierda de Colombia y del Caribe, el cuadro de descomposición política sería irrefutable.


 


La declaración de Santo Domingo es producto de esta situación. Maquillar las cosas no lleva a ningún lado. La afirmación de que el arreglo del viernes 7 evitó una guerra, constituye al mismo tiempo la admisión de la necesidad de una política de desarme internacional de las FARC. Una representación antiimperialista en las reuniones de Washington y Santo Domingo habría reclamado la condena del gobierno de Colombia y de Bush por una masacre de lesa de humanidad que pretende poner fin al intercambio humanitario y a la salida negociada del conflicto armado, y por otro lado, hubiera llamado a las FARC a abandonar una política que no tiene vigencia y se encuentra en descomposición, y a adoptar una estrategia de lucha para el desarrollo político independiente de los obreros y campesinos de Colombia por los medios de la propaganda, de la agitación y de la organización.


 


El desenlace de la crisis suscitada por la masacre cierra una etapa en América Latina, y de ello son conscientes los gobiernos que se agrupan en el campo bolivariano. En Santo Domingo quedaron expuestos los límites insalvables de su política de unidad de América Latina. El proceso de la crisis ha sido, en este sentido, muy instructivo, pues partió de la convocatoria a Chávez para mediar en la liberación de rehenes y, de este modo, desactivar la presión internacional y poder agotar la experiencia mediadora.


 


En Santo Domingo, Uribe tocó la fibra estratégica de toda su política cuando dijo que hablaba como "combatiente", o sea sin consideración por formalidades jurídicas o apelaciones históricas. Uribe, sin embargo, no recibió la respuesta o la refutación de nacionalistas e izquierdistas; los derrotó sin atenuantes en el terreno de una discusión política abierta. Los progresistas que poblaban la reunión prefirieron, ostensiblemente, seguir oficiando de advenedizos a la función gubernamental y terminaron estrechando la mano del jefe de los paramilitares colombianos.


Los resultados de Santo Domingo refuerzan las tendencias al recule de los procesos bolivarianos que se iniciaron con anterioridad a la reciente crisis. En Bolivia, Evo Morales está buscando sin disimulos un pacto con la derecha oligárquica, ofreciéndole incluso modificar la reciente Constitución fundacional u originaria, sin consideración por la Asamblea que la aprobó. Hugo Chávez, por su lado, ha logrado montar a la llamada "derecha endógena" en la dirección del PSUV, el cual ha fracasado en todos los sentidos imaginables: es un aparato, no una fuerza movilizadora; no es único, reclama ahora la formación de un frente patriótico; no es democrático, pues la dirección política fue digitada por el Presidente.


 


Al mismo tiempo, el PSUV ha librado una ofensiva enérgica contra los trabajadores de Sidor, la siderúrgica de Techint, en la que el Estado venezolano tiene una participación minoritaria, apelando tanto a la represión contra la base obrera como a la cooptación sin disimulo de su dirección sindical.


 


Luego de haber sido el primero en reconocer en la masacre perpetrada por Uribe una amenaza objetiva a la estabilidad política de Venezuela, Chávez decidió hacer virtud de necesidad y defender esa estabilidad pactando con la reacción política continental. Para hacer frente al desafío de las elecciones regionales que tendrán lugar en noviembre próximo, Chávez ha optado por reforzar su aparato burocrático tradicional.


 


Pero en América Latina, más que en cualquier otro lado, "todo lo sólido se desvanece en el aire". Los regímenes de la región compiten en cuál de ellos ha hecho la mejor performance económica, pero todos enfrentan contradicciones insalvables, en especial de cara a la tempestuosa crisis internacional.


 


De la crisis reciente es necesario sacar las conclusiones adecuadas: el nacionalismo burgués o pequeño burgués es más inadecuado que nunca para resolver las tareas históricas pendientes de nuestras naciones. Cuanto más se 'aggiorna' más vetusto queda, porque la descomposición del capitalismo avanza con mayor rapidez y porque el abismo con las necesidades sociales de las masas es más hondo que nunca.

Otra capitulación de las burguesías nacionales de América Latina


Una política para que los Bush y los Uribe muerdan el polvo


 


La masacre perpetrada contra un campamento de las FARC al interior del territorio ecuatoriano, un verdadero crimen de guerra, por parte del gobierno de Uribe, y el asesinato del líder guerrillero Raúl Reyes, han tenido como objetivo fundamental liquidar las posibilidades de pasar de la liberación unilateral de rehenes a un intercambio humanitario de secuestrados y guerrilleros, y de aquí a un arreglo negociado del conflicto armado en Colombia. Raúl Reyes era el contacto excluyente de los numerosos gobiernos envueltos en estas negociaciones, desde Francia y España hasta Venezuela, pasando incluso por Estados Unidos. La masacre renueva la intención del gobierno de Uribe de liquidar el conflicto colombiano mediante una guerra sin cuartel, por medio del apoyo político, financiero y militar de Washington ("plan Colombia"). La operación criminal le fue prácticamente impuesta al gobierno de Colombia por parte de Bush, quien le entregó la ubicación del campamento guerrillero, obtenida por medios satelitales. Pero en el ajetreo diplomático internacional que provocó esta masacre no se escuchó todavía ningún reclamo de condena contra el gobierno de Bush. Objetivamente, sin embargo, la masacre de la semana pasada coloca a una parte decisiva del territorio latinoamericano en el área de la ‘guerra preventiva contra el terrorismo' que el imperialismo mundial libra en Irak, Afganistán, Palestina y los Balcanes. En Haití opera una fuerza de ocupación indefinida reclamada a la ONU por el gobierno norteamericano. Hace unas pocas semanas pasaron por Colombia la secretaria Condoleezza Rice y el jefe del Comando Sur del Pentágono para presionar ostensiblemente a Uribe, para que hostigue la liberación unilateral de rehenes que desde hace varios meses viene negociando con éxito el venezolano Hugo Chávez.


 


Asesinatos selectivos 


 


Como lo señaló, precisamente, desde un comienzo el mismo Chávez, la masacre de los guerrilleros es una clonación perfecta de los operativos que realiza el ejército sionista en Gaza. Se trata de los llamados asesinatos selectivos. Las imágenes de video muestran que el campamento arrasado no tenía ninguna clase de protección militar: su falta de infraestructura mínima delataba la improvisación. El gobierno de Uribe prefirió aniquilarlo a rendirlo por la fuerza, para dejar en claro su mensaje político de que libra una guerra de exterminio. Para las decenas de naciones latinoamericanas que sufrieron sus respectivas guerras de exterminio a manos de las dictaduras militares, financiadas por el mismo Comando Sur de los Estados Unidos, el planteo no podría ser más amenazante. Sin embargo, en la reunión de la OEA que se realizó el martes 4, los diplomáticos se agotaron en argucias jurídicas: a saber, si la soberanía de los Estados es un ‘bien jurídico' superior al de la ‘lucha contra el terrorismo'. 


 


Carácter del Estado colombiano


 


La orientación de conjunto del gobierno de Uribe está determinada por la estructura social y política que ha emergido luego de décadas de narcotráfico, paramilitarismo y resistencia guerrillera. A diferencia de sus predecesores, el gobierno de Uribe ha integrado al paramilitarismo y al narcotráfico a la estructura del Estado, los ha cooptado; es su expresión política. El Estado colombiano ha recuperado el ‘monopolio de la violencia' por medio de esta asimilación; los partidos tradicionales – el liberal y el conservador – han sido relegados por la fuerza política emergente que encabeza Uribe (él mismo organizador de unidades paramilitares durante su gobierno en la provincia de Antioquia). Del mismo modo, el gobierno norteamericano ha ‘puesto orden' en todas las operaciones políticas y militares en Colombia. La ‘paz americana' impuesta en ese país sigue cobrándose su cuota de sindicalistas asesinados, campesinos expulsados de sus tierras y poblaciones desplazadas. Esta nueva estructura estatal ha desarrollado, con el dinero y los asesores del Pentágono, un fuerte ejército ‘contrainsurgente' – de hecho el segundo más importante, luego de Brasil; sin embargo, la prensa gorila del continente arremete contra el ‘armamentismo venezolano'. La masacre de Putumayo es, como se decía antes, "la continuación de la política por otros medios". No hubo errores, no hubo excesos… 


 


¿Ecuador sí, Venezuela no?


 


La masacre desató una crisis internacional que igualmente habría estallado aunque no hubiera habido violación de fronteras nacionales. La atención que se pone en esta última es parte importante de un operativo distraccionista, pues viene a decir que Uribe puede masacrar a su gusto fronteras adentro, sin que importe el proceso político internacional que estaba en desarrollo. El tema de la soberanía de Ecuador sirve ahora para confinar el asunto a una pendencia entre dos países y a permitirle al peruano Alan García reclamar que ‘Venezuela no se meta', porque el conflicto se limitaría a Colombia y Ecuador. Pero Hugo Chávez tuvo la iniciativa y hasta el mérito de poner al descubierto la crisis internacional al denunciar la masacre el domingo pasado, con lo cual desbarató las tentativas de sofocarla y hasta obligó al retrasado Correa a una definición tajante. 


 


Una crisis sin final escrito


 


Es que toda la cuestión es Venezuela, por un lado, y Colombia, por el otro: lo demás es una cortina de humo. La masacre y la acción general del imperialismo yanqui y la mafia colombiana apuntan, por un lado, a desestabilizar al gobierno de Chávez, que se había jugado a la liberación de rehenes, al intercambio humanitario y a la solución negociada del conflicto armado colombiano; pero, por otro lado, a reforzar al Estado mafioso de Colombia, que tiene las fracturas crecientes propias de un régimen de esta naturaleza y enfrenta el descontento popular, como se manifiesta en las victorias electorales reiteradas de la oposición de centroizquierda en Bogotá. La oposición gorila (‘escuálidos') de Venezuela, por su lado, ya se apresuró a llamar a una movilización para el próximo sábado con la consigna de Bush: apoyar ‘la guerra contra el terrorismo'. Esta misma oposición apoyó, unos días antes, a Exxon, cuando el monopolio yanqui consiguió un embargo preventivo de 12.000 millones de dólares contra la venezolana PDVSA (en Colombia habrá, el jueves 6, una movilización por el intercambio humanitario). La crisis internacional que se ha abierto consiste, por sobre todo, en una internacionalización de las crisis políticas internas en los países andinos y de sus procesos revolucionarios y contrarrevolucionarios. Por eso no podrá ser contenida en los marcos de la OEA o de los compromisos de los gobiernos democratizantes o nacionalistas con Bush y con Uribe. Se ha iniciado una crisis internacional y política de características prolongadas.


 


Dejan todo como está, para ver cómo queda


 


La consigna de la "paz", que enarbolan los Kirchner y los Lula, es, a todos los efectos prácticos, la defensa de un ‘status quo' que se ha quebrado irrevocablemente, encubre los fines últimos de Bush y de Uribe, una reprimenda por el ‘exceso', y por eso deja la iniciativa en manos de la reacción política que encabeza el imperialismo yanqui, que seguirá llevando adelante el ‘plan Colombia' y la completa militarización de este país, hasta las últimas consecuencias. Es una consigna que apacigua a los pueblos al ofrecerles como garantía un compromiso diplomático, o sea un pedazo de papel; es decir, los adormece frente a los peligros de la situación concreta. La consigna realista para el campo popular es: abajo el gobierno masacrador, desmantelamiento del Estado paramilitar y narcotraficante de Colombia. Solamente así se podrá lograr el fin del conflicto armado y el cese de las acciones inhumanas (masacres y secuestros) en Colombia (y en Guatemala, México, Venezuela…). Estos objetivos están fuera de los intereses, la capacidad o el horizonte de los gobiernos capitalistas de América Latina, sean revolucionarios o contrarrevolucionarios, democratizantes o nacionalistas. Para alcanzarlos es necesaria la acción común de los obreros y campesinos de América Latina (en primer lugar de ¡la gran Colombia!: Venezuela, Colombia, Ecuador, Panamá), y su completa independencia política.


 


Hoy ni una condena, mañana una traición 


 


La reunión de la OEA, reclamada por Ecuador para tratar la violación de su territorio, fue incapaz de condenar a Colombia por este hecho; ni siquiera se lo propuso, porque el objetivo de sus participantes es obtener una resolución por acuerdo. Los gobiernos que condenaron, en sus discursos, la violación de la soberanía de Ecuador, pretenden obtener con ello un salvoconducto para actuar como mediadores entre Correa y Uribe,y con ello dejar afuera la solución al conflicto en Colombia y la polí- tica de desestabilización contra Venezuela, que lleva adelante el gobierno de Bush por vía directa o por intermediarios. Con esta línea cobarde y capituladora viajó Cristina Kirchner a Venezuela, como estaba previsto con anterioridad, pero introduciendo la novedad de un ‘paseo' por Haití, para recordarle a Bush su continua fidelidad a la intervención extranjera contra los llamados ‘Estados fallidos' o ‘víctimas del terrorismo'. Festejada en los días previos por piquetruchos y burócratas sindicales, la primera mandataria de Argentina no deja dudas de su vocación pro-imperialista. También aquí la política exterior es la continuación de la política interior, consistente en mandar matones contra los trabajadores del Subte, del Casino, de la construcción, los choferes y los docentes; o sea, como lo tradujo Van der Kooy, "mandar a los anárquicos a la banquina".1 


 


La CIA y el Mossad


 


Los diplomáticos de la OEA (¡reunidos en Washington!) omitieron cualquier referencia al papel del espionaje satelital de Bush en la violación de la soberanía ecuatoriana y en la masacre perpetrada, y también a la actividad del sionismo, tanto en lo que atañe a la presencia de los servicios secretos de Israel en Colombia,como a los convenios militares firmados por los dos países. Esto no debe sorprender cuando el Mercosur ha firmado un tratado de libre comercio con Israel, en los mismos momentos en que Israel destruye el comercio, la infraestructura y las vidas en Gaza y Cisjordania. Los diplomáticos fingen olvidar el papel de estos mismos servicios en el apoyo a Pinochet y a la contra centroamericana en los años '80, y en el armamento y entrenamiento de los paramilitares colombianos desde esos mismos años. Los regímenes políticos que se sentaron en la OEA están confabulados con el régimen sionista en la estructuración y en el reforzamiento de los aparatos de represión que asolan a los pueblos de América Latina. 


 


La variante de la contrarrevolución democrática


 


La enorme conspiración contrarrevolucionaria que ha puesto a luz la crisis en curso, ha dejado ver también sus limitaciones y contradicciones. Un periodista uribista advierte: "no nos conviene a los colombianos (¿son todos uribistas?) dejarnos llevar por el patrioterismo guerrerista… Para empezar, es peligroso creer que las FARC están acabadas….; (no hay que volver a); acudir a aventuras audaces que pueden costar al país tanto o más que lo obtenido con ellas".2 En definitiva, las ‘aventuras audaces' tienen sus beneficios, pero tampoco hay que engolosinarse. Mucho más serio, un estudioso argentino, el profesor Gabriel Tokatlian, advierte contra "la eventual consolidación de una ‘pax mafiosa' en distintos ámbitos territoriales"3 , o sea contra el peligro que entraña para el sistema latinoamericano en vigor (capitalista, burgués, dominado por el capital extranjero) un asentamiento del Estado uribeño en Colombia. "Estamos – concluye Toklatian – ‘ad portas' de una escalada violenta en las relaciones entre Bogotá y Caracas…El conflicto armado colombiano va camino de una internacionalización negativa". Tokatlian, entonces, propone una salida internacional por medio de la intervención de Cuba (!!), Brasil, Panamá, México, Chile y Argentina. Pero para el estudioso, esta salida requiere "ajustes internos muy delicados…; en especial en Colombia y en Venezuela"; es decir, neutralizar recíprocamente a los procesos revolucionarios y contrarrevolucionarios respectivos, por medio de una intervención extranjera de características múltiples y democratizantes. Tokatlian no se animó, quizás, a añadir que este plan depende de quién sea el futuro presidente de Estados Unidos o, mejor todavía, e los ‘ajustes' que también deberá sufrir Estados Unidos, que atraviesa por una crisis capitalista sin precedentes y por una enorme crisis internacional y de régimen político. Bush busca con la masacre derechizar la elección norteamericana y favorecer al partido Republicano. El respaldo que los candidatos a la presidencia de Estados Unidos le dieron a Uribe y a Bush disimula, sin embargo, el hecho de que el Congreso de Estados Unidos no ha ratificado el tratado de libre comercio con Colombia, precisamente por los reparos que produce otorgar esa ventaja a un régimen controlado por aparatos descontrolados. Como se puede ver, la masacre perpetrada por Uribe y por Bush no le ha dado ninguna salida a sus respectivos regímenes y ha convertido en más explosiva la crisis política e internacional en América Latina.


 


Venezuela, el ojo de la tormenta 


 


Objetivamente, el conjunto de la crisis abierta se focaliza en Venezuela, y subjetivamente en el régimen de Hugo Chávez. Los trabajadores de América Latina debemos concentrar nuestra atención en Venezuela y en la conducta de los regímenes de cada uno de nuestros países en relación con Venezuela. La reunión de la OEA, del martes pasado, demostró que la finalidad fundamental de sus protagonistas es aislar a Venezuela bajo la cobertura de una discusión limitada a un conflicto territorial entre Colombia y Ecuador.


 


Como ya fue dicho, Chávez advirtió que la mira de la acción colombonorteamericana es Venezuela, pero su reacción se limitó a enviar tropas a la frontera para defenderse de una guerra que no tiene ninguna probabilidad de producirse en las presentes condiciones. La movilización militar ha sido acompañada, en parte obligadamente, de trabas al comercio con Colombia, que conspiran contra la tarea número uno que plantean las circunstancias presentes, que es la unidad de los trabajadores de Venezuela y de Colombia contra las masacres y las guerras preventivas del uribismo y del imperialismo. Esta movilización militar representa una carga económica para los trabajadores de Venezuela y, desde el punto de vista político, constituye un golpe en el vacío, que distrae la atención del problema fundamental del régimen bolivariano, el cual es el completo impasse del proceso político y nacional que está encabezando. La carestía, el desabastecimiento, incluso la inseguridad y no hablemos de la corrupción, son la expresión de las limitaciones de un proceso nacionalista que se mantiene en el marco del Estado burgués y que se esfuerza por sobre todo por someter políticamente a la clase obrera y reforzar su explotación por el capital. La tarea más elemental para la defensa de Venezuela contra una agresión que no sería de Colombia, en sí misma, sino del imperialismo, es el armamento de los trabajadores y de las masas de Venezuela.


Toda la historia de los países rezagados enseña que el Estado venezolano no puede hacer frente a sus problemas estructurales si no es por medio de una vigorosa planificación, lo cual supone la gestión política y económica de la clase obrera y de los campesinos. Ni siquiera se trata de que el Estado acumule nacionalizaciones o expropiaciones, como se lo aconsejan los marxistas de palacio, porque dentro del marco de un régimen burgués obligadamente van al fracaso, como lo demuestra PDVSA o la electricidad nacional, o el aluminio. Se trata de qué clase dirige el país y de los métodos de los que ella se vale. Las fuerzas armadas no pueden cumplir esta función, ni menos aún las camarillas militares o de palacio. La cuestión fundamental que tiene planteada Venezuela y sus masas explotadas es la estructuración política del proletariado como clase independiente. Pero en la semana en que estalló la crisis que se había incubado durante meses, Chávez se encontraba amenazando a los obreros de Sidor con ilegalizarles la huelga contra Techint y enfrentaba una crisis al interior del nonato Partido Socialista Único, con expulsiones de diputados y denuncias de infiltración contra lo que él mismo ha comenzado a llamar la ‘ultraizquierda'. A diferencia de Lula o Tabaré Vázquez, Chávez no ha logrado estabilizar su régimen político, de cara a la oposición gorila y a las permanentes presiones populares. Por eso, a diferencia del brasileño o del uruguayo, se puede terminar creando una situación como la de Chile en 1973, algo que por otra parte ya ocurrió en ocasión del golpe gorila de abril de 2002 o del sabotaje patronal de finales de ese año, y de los cuales Chávez salió airoso, no por su capacidad de respuesta sino por la movilización popular. La crisis internacional desatada por Uribe y Bush pretende tantear la posibilidad de producir una nueva desestabilización política. Es precisamente contra lo que advierten, recordemos, aquellos que llaman al imperialismo a imponer ‘ajustes internos', pero en forma coordinada y ‘democrática'.


 


Jornada internacional contra Bush y Uribe


 


En función de esta caracterización, el Partido Obrero promueve una jornada internacional de condena a los gobiernos de Bush y de Uribe, y un llamado especial para que sea acompañada por los trabajadores y la juventud de los Estados Unidos; impulsa la confraternización y la unidad política de los obreros y campesinos de la región andina; levanta la consigna de desmantelar el Estado paramilitar y narcotraficante de Colombia y la expulsión del Comando Sur de América Latina; llama a los parlamentos del Mercosur a no ratificar el acuerdo de libre comercio con Israel; plantea el intercambio humanitario y la discusión pública y abierta del fin del conflicto armado en Colombia, con la presencia de las organizaciones populares; convoca a defender a Venezuela contra el imperialismo yanqui y mundial; plantea que la clase obrera se estructure políticamente en cada país del continente para luchar por un gobierno de trabajadores y la unidad socialista de América Latina.


 


5 de marzo de 2008


 


 


Notas:


1. Clarín, 5 de marzo de 2008. 


2. Idem anterior. 


3. La Nación, 5 de marzo de 2008.

La crisis capitalista mundial es imparable


A mediados de febrero pasado, un profesor universitario norteamericano, Nouriel Roubini, muy seguido en los medios especializados y en la prensa diaria, desarrolló las doce razones que justificaban su pronóstico de “una creciente probabilidad de un desenlace financiero y económico ‘catastrófico’ a la crisis bancaria en curso” en los Estados Unidos. Además, explicó, más contundente, su “pesimismo acerca de la habilidad de las políticas y autoridades financieras para administrar y contener una crisis de esta magnitud”. Según Roubini, “hay que prepararse para lo peor, es decir, para una crisis financiera sistémica”.1 Como el sistema financiero representa el coronamiento del sistema capitalista, porque es allí donde todo el producto del trabajo adquiere la forma universal del valor, la advertencia de Roubini explicita la tendencia a la disolución de las relaciones sociales capitalistas y la incapacidad del presente régimen político para hacerle frente. Es obvio, por otra parte, que “una (‘incontenible’) crisis financiera sistémica” no encontrará sus límites en las fronteras norteamericanas.


 


La de Roubini no habría pasado de ser una posición más en las discusiones que ha desatado la presente crisis, si no hubiera recibido el aval desde el lugar menos esperado: el editor del Financial Times2 , vocero del capital financiero internacional. “¿Es al menos plausible esta clase de escenario?”, le pregunta Martín Wolf a sus lectores. “Lo es”, responde, “y podemos estar seguros que, de ocurrir, pondrá fin a todas las historias de ‘desacople’” en referencia a la relación entre la economía de Estados Unidos y la del resto de los principales países. Para Wolf, sin embargo, la crisis no solamente tiene una salida sino que ella se impondrá como una “ley de hierro”: el capital acabará siendo forzosamente rescatado por el Estado, sea por medio de la estatización de la deuda insolvente o de la inflación, o de ambas a la vez. Es una pena que el editor del FT haya detenido su argumento aquí, porque una estatización en masa del capital financiero equivaldría a una quiebra financiera del Estado que lo rescata; la inflación a una ruina social generalizada; y ambas a una dislocación sin precedentes de las relaciones sociales.


 


El primer punto que expone Roubini es el hundimiento que está ocurriendo con los precios de las viviendas, que podría barrer, si llega al orden del 20 al 30 por ciento, con 4 a 6 billones de riqueza inmobiliaria y poner en valor negativo a diez millones de propiedades – o sea cuando el valor de la propiedad cae por debajo del valor del préstamo recibido para comprar esa propiedad. A principios de marzo, efectivamente, las estadísticas dejaron ver que el valor patrimonial de los hogares había entrado en terreno negativo por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. Este fenómeno precipita el incumplimiento de los pagos hipotecarios, incluso por parte de los deudores solventes, pues el remate de la propiedad representa un costo inferior a la deuda. Suponiendo un stock de deudas hipotecarias de 50 billones de dólares, el default afecta ya a un segmento que va del 10 al 20% del total; aunque aún se encuentra distante del 50% de cesación de pagos que fue la tasa de bancarrota en la crisis de los años ’30, la velocidad con que está aumentando supera a cualquier crisis hipotecaria previa. El número de propiedades vacías o vacantes es de cerca de dos millones.


 


A la desvalorización que están sufriendo los precios de las propiedades hay que agregar las pérdidas que está ocasionando a los bancos acreedores el incumplimiento de los pagos de los préstamos hipotecarios ajustables, llamados ‘subprime’, que ya es de unos 400.000 millones de dólares pero que podría llegar al billón si prosigue la tendencia actual. Este desplome afectará a otras formas de crédito que tienen como garantía a estos préstamos hipotecarios – lo cual representa un mercado (créditos estructurados) de 8 billones de dólares, que se encuentra en la actualidad completamente congelado, o sea que no hay transacciones.3 La mitad del mercado internacional de crédito está formado por bonos con diversas clases de garantía (la otra mitad son préstamos bancarios), que en mayor o menor proporción incluyen créditos hipotecarios incobrables de diferentes características. Hay un escenario de derrumbe del mercado de deuda, que mueve unos 50 billones de dólares. El sistema de protección de estos títulos por parte de compañías especializadas de seguros o por fondos de cobertura, se encuentra en ruinas, debido a la escasa base de capital de las aseguradoras. Si se asume una tasa de incumplimiento del 1,3%,“unos 500.000 millones de dólares explotarían en la cara de los negociantes”.4 Las cosas se presentan bastante peores a lo descripto por Roubini. Esa suma potencial de pérdidas equivale al 25% de la capitalización bancaria total de los Estados Unidos – de 2 billones de dólares– o a un poco menos respecto a la capitalización bancaria internacional – de 2,7 billones. Si consideramos el total de transacciones especulativas que tienen por base los mercados de bonos y acciones (derivados), de más de 500 billones de dólares, un default del 2% representa pérdidas por 10 billones.


 


En la descripción de la ‘catástrofe’ en curso entra también el incumplimiento en el pago de las diversas formas de crédito al consumo, al punto que la tasa de interés de las tarjetas de crédito ya supera cómodamente los dos dígitos. A esto hay que agregar la extensión de la crisis al mercado hipotecario comercial y el impacto que está ocasionando en los bancos regionales. De acuerdo con un informe reciente, “existe una tremenda sobre oferta de espacio comercial minorista”.


Otros 500.000 millones de dólares se encuentran atascados en los bancos por préstamos para compras de empresas, cuyos títulos no pueden ser vendidos en el mercado al valor original. Aunque, según el editor del FT, Martin Wolf, “las compañías norteamericanas se encuentran en buena forma, una ‘parte obesa’ tiene bajos rendimientos y una deuda elevada”.5 Los ‘defaults’ que resultarían de la desvalorización de esta clase de bonos en poder de los bancos provocarían pérdidas por 250.000 millones de dólares.


 


A estos sinsabores Roubini añade la desintegración del “sistema financiero en las sombras”, o sea de todas las empresas financieras desreguladas, como fondos comunes, fideicomisos o fondos de cobertura, que no tienen acceso a fondos de los bancos centrales.


 


La consecuencia final de toda esta cascada de derrumbes sería el crash de las Bolsas y el hundimiento de los mercados de capitales, donde los activos financieros acabarían siendo vendidos a precios de remate.


 


La nacionalización encubierta


 


La “ley de hierro” a la que alude Wolf se encuentra en plena operación, como lo atestiguan la nacionalización del banco Northern Rock por parte de los laboristas ingleses y del alemán IKB por parte la coalición conservadora-socialista germana. Pero estas nacionalizaciones no ponen remedio a la situación que se ha creado, más bien aproximan el momento de la catástrofe sistémica a la que se refiere Roubini. Ocurre que estas nacionalizaciones no pretenden simplemente salvar, con indemnizaciones, el pellejo de los accionistas sino, por sobre todo, evitar el remate de sus activos (créditos, bonos) y el consiguiente incumplimiento de las deudas contraídas para comprar esos activos. El gobierno británico lleva comprometidas unas 50.000 millones de libras esterlinas en el NR y ha asegurado en forma ilimitada los depósitos en el banco (mientras en el resto de los bancos la garantía alcanza sólo a 30.000 libras). Las pérdidas que asume el Estado al nacionalizar al banco son, potencialmente, ilimitadas, porque no interviene para proceder a su liquidación (lo cual derrumbaría el mercado de bonos) sino para revitalizar su posibilidad de negocios, para lo cual deberá renovar las deudas pendientes y asumir nuevas deudas con garantía pública. El Estado se hace cargo, de este modo, de una parte del mercado de capitales, la que gestionaba el NR, lo cual es mucho más que la nacionalización de un capital privado. Por otro lado, el Banco de Inglaterra ya ha inyectado más de 100.000 millones de libras esterlinas en beneficio del resto de los bancos bajo su jurisdicción, contra la garantía de títulos de dudosa realización. Como acreedor cada vez más prominente, el Estado se convierte en el propietario de los títulos de crédito y de capital que no encuentran mercado y en el garante de los acreedores bancarios. O sea que suplanta el "riesgo bancario" por el "riesgo del Estado", como si fuera invulnerable a la desvalorización de sus activos y escapara a las leyes del capital. Un fracaso del rescate de los bancos por parte del sistema financiero estatal (FED) dejaría como último recurso la intervención fiscal o presupuestaria, lo cual entrañaría una crisis financiera del Estado.


La nacionalización encubierta es, por lejos, mucho más acentuada en los Estados Unidos. La Reserva Federal norteamericana ha extendido a 200 mil millones de dólares las facilidades otorgadas a los bancos para financiar el stock de activos invendibles.A través de dos programas, uno de subasta de fondos y otro de préstamos de recompra, el banco central de Estados Unidos acepta como garantía los títulos que los bancos no pueden vender en el mercado abierto, en especial los que ya se encuentran en ‘default’.Aunque formalmente transitorios, estos préstamos se han convertido en una suerte de aporte de capital, ya que se renuevan indefinidamente; la ‘contribución’ de la Reserva Federal a los bancos privados supera la que se atribuye a los fondos de inversión de las naciones petroleras o asiáticas, que se han paralizado, entre otras cosas debido a continuos "descubrimientos" de nuevas pérdidas por parte de los bancos, lo que licua los aportes realizados.Al igual que en el caso inglés, el Estado no interviene para liquidar los activos irrealizables de los bancos sino para gestionar su giro, o sea que será forzado a comprometer cada vez más fondos o a tolerar mayores deudas. Como dice un ‘blog’ (The Ninja Report), la Reserva Federal ha modificado radicalmente sus funciones, porque en lugar de inyectar dinero en el mercado mediante la compra de títulos públicos, se hace cargo de los activos desvalorizados de los bancos. Como la Reserva Federal no está en condiciones de gestionar – es decir, fundamentalmente, vender– esa cartera de títulos, tampoco puede regular la circulación de moneda que ha emitido como contrapartida. En los hechos abandona la función de un banco central para convertirse en una casa de empeños o en un banco residual que acumula los créditos incobrables, que sin embargo no puede salir a vender. Aunque el monto total en juego hasta ahora, 436 mil millones de dólares, representa el 20% del capital bancario norteamericano, la participación se eleva considerablemente cuando se tiene en cuenta al puñado de bancos que ha recibido la mayor parte de este aporte, entre los que se encuentran los de mayor porte – como el Citibank. Los aportes de liquidez de la FED suman – entre préstamos (TAF), 100.000 millones; préstamos de 28 días a los bancos generadores de mercado, 100.000 millones; seguros de cambio a bancos europeos, 36.000 millones y las facilidades financieras de canje de por avales de hipotecas, 200.000 millones– un total de 436.000 millones. En el canje de bonos del Tesoro por deuda avalada por hipotecas, ingresan los bonos de las inversoras inmobiliarias estatales, Freddie Mac y Fannie Mae, para frenar la continua desvalorización de sus carteras.


 


En virtud de las limitaciones que plantea esta nacionalización de los bancos, un columnista del Financial Times aboga por el rescate directo del mercado de capitales, saltando la inyección de fondos a los bancos.6 Plantea la compra en el mercado de los activos de las empresas de mayor calificación en forma directa, o mediante entidades que serían financiadas para hacerlo. Pero tampoco aquí tendríamos una reconstrucción del mercado de capitales, porque para ello sería necesaria la aparición de capitales privados dispuestos a reanudar el circuito del crédito; lo que tendríamos es un rescate con fondos públicos de los capitalistas perjudicados. Nadie ingresará en el mercado hasta que éste haya tocado fondo, algo que nadie, incluida la FED, prevé en el corto plazo.


 


El sol con un harnero 


 


Pero el mercado de capitales que la Reserva Federal se empeña en congelar en su balance, a la espera de un giro de los acontecimientos, se sigue moviendo a pesar de ella, aunque siempre hacia abajo. A mediados del mes pasado, el Citigroup armó un ‘corralito’ en su fondo CSO Partners, al negarse a permitir el retiro de dinero de sus inversores. Lo mismo ocurrió con otros dos fondos del Citi – Falcon Strategies y el Old Lane Partners.7 En la primera semana de marzo los principales bancos del mundo le quitaron el apoyo a uno de los principales fondos especulativos, el Carlyle Capital, cuando la caída del valor de los activos en su poder dejó sin cobertura los préstamos bancarios que había recibido para comprarlos. El fondo está vinculado al Carlyle Group, un pulpo financiero envuelto en toda clase de operaciones, incluida la guerra de Irak. La quiebra de estos fondos y el consiguiente remate de sus títulos, acentúa la desvalorización que ya vienen sufriendo en el mercado y provoca una mayor desvalorización a la cartera en poder de esos mismos bancos. Las nacionalizaciones subrepticias de los bancos, como los de la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra, no pueden impedir este despeñe de los títulos cuyo valor se pretende congelar. Con fondos propios de inversores por apenas 700 millones de dólares, Carlyle había hecho inversiones, tomando préstamos bancarios, por 22.000 millones – 32 veces su capital. Muchos otros fondos, que operan fuera de los bancos, pasan por una situación similar.


Mucho más grave es la situación de las compañías que, con un capital extremadamente reducido, se dedican a asegurar los títulos que se negocian en el mercado de capitales, incluido el de títulos públicos, como los bonos municipales y estaduales, que financian la educación, la salud o las inversiones en infraestructura. Estas compañías aseguradoras no tienen ahora la capacidad de cubrir las pérdidas potenciales o el cese de pagos que se asoma para los títulos bajo su protección; esta circunstancia ha provocado una caída en la cotización de esos títulos. Las recomendaciones para reflotar a estas aseguradoras mediante préstamos o una ampliación de su base de accionistas, han fracasado miserablemente; una propuesta para emitir acciones nuevas por 1.500 millones de dólares para la aseguradora AMBAC fue bochada por sus accionistas para impedir que se diluya el capital actual. El gobernador de Nueva York ha amenazado con cancelar los contratos de seguros de las entidades públicas de su Estado, para evitar que caiga su cotización y se dificulte su refinanciamiento (A Elliot Spitzer esto le ha costado el ‘oportuno’ descubrimiento de sus relaciones con una red de prostitución). Como los bonos públicos no corren riesgo de cesar sus pagos, privar a las aseguradoras de su cobertura las dejaría con la parte más vulnerable del negocio, los títulos privados. El gobierno del estado de California vendió deuda en el mercado sin contrato de seguro. Pero esto no pueden hacerlo los gobiernos locales, que "absorben 2 billones de dólares del mercado de deuda".8 La incapacidad de las medidas de intervención estatal o de nacionalización encubierta para detener la hemorragia del mercado de capitales, explica el implacable derrumbe de las Bolsas en todo el mundo, en especial en Asia.


 


El oro o la crisis monetaria internacional


 


El oro se acerca a los mil dólares la onza cuando la crisis aún se encuentra en pañales. Se trata del refugio universal del valor, que pone al desnudo la desvalorización de todas las formas nacionales de la riqueza capitalista. Pero la economía mundial no puede volver a basar el crédito en el oro; a saber, no puede retroceder del crédito virtual y electrónico, y de la especulación financiera (con sus bonos, swaps, opciones, coberturas).


 


De la crisis bancaria y financiera pasamos así, sin tránsito, a una crisis monetaria, que para el caso de la devaluación del dólar es por demás clara. Esta devaluación se ha transformado en la razón principal para el aumento extraordinario que registran los precios de las materias primas, con el consiguiente incremento de precios en la mayor parte de los países. Para contrarrestar esta tendencia se revalúan las principales monedas, aumentando las deudas internas en dólares y desvalorizando las reservas y créditos internacionales en moneda norteamericana. Sin embargo, el oportuno derrumbe de la especulación en el mercado de materias primas debería conducir a un colapso monetario internacional, por medio de las llamadas devaluaciones competitivas. Las naciones de Europa Oriental y Turquía, con elevados déficits comerciales y una enorme deuda externa de corto plazo, podrían convertirse en los disparadores de ese colapso monetario.


Como los países que han adoptado el euro no pueden recurrir a la devaluación para disminuir el peso de sus deudas y rebajar el costo de su producción, corren el peligro de una recesión gigantesca. Por eso es llamativa la tendencia que ha despuntado a una devaluación de la libra esterlina, lo que no debería sorprender luego de la nacionalización del Northern Rock. Una devaluación de la libra mete presión al euro, que se supervaloriza. O sea que la crisis monetaria está planteando ya, potencialmente, una dislocación del comercio internacional – y de esa creación adorada del imperialismo, la moneda común europea.


 


Desacople… en el espacio


 


En los comienzos de la presente crisis se decía, sin el menor empacho, que la demanda de los países emergentes evitaría una recesión en Estados Unidos.


 


Pero si las ideas acerca del ‘desacople’ – es decir, que los países atrasados no sufrirían los golpes de la crisis en los países centrales– se demostraran correctas, entonces la crisis sería mucho mayor todavía. Es que al mantenerse por un tiempo prolongado el alza de los precios de las materias primas, se estaría bloqueando el mecanismo esencial de salida a la crisis, que es la masiva desvalorización de mercancías y capitales excedentes. Cuanto más demore esta desvalorización, más aguda será la crisis en los países centrales y, luego, más brutal la desvalorización de las mercancías en los países atrasados.


 


Ahora que la recesión norteamericana está en marcha, la tesis del ‘desacople’ ha perdido partidarios. Las principales caídas bursátiles han tenido lugar en Asia. El economista jefe de Merril Lynch señaló, respecto a la exposición de los bancos chinos a la crisis hipotecaria estadounidense que “no he observado que los bancos chinos estuvieran comprando papeles ‘subprime’ pero es razonable pensar que el déficit de cuenta corriente de Estados Unidos, en años recientes, fue financiado desproporcionadamente por la vía de productos que rendían mucho margen”.9 Es una forma elegante de decir que los bancos chinos están metidos hasta el pescuezo en la crisis norteamericana.


 


En el caso de Brasil, una firma de análisis señala que el crecimiento de la Bolsa “ha sido alimentado por bancos locales que han recurrido a la liquidez internacional”10, o sea al endeudamiento externo. Con tasas de interés extravagantes y una moneda en constante apreciación, Brasil ha atraído en forma masiva capital especulativo, que deberá emprender la retirada con el agravamiento de la crisis internacional. Un bono brasileño, que vence en 2045, ofrece un 7,5% de interés por encima de la inflación, pero una deuda con Japón paga solamente el 1%; tomar prestado en Tokio para invertir en Sao Paulo se ha convertido en un verdadero negociado para los bancos que operan en Brasil. Las caídas extraordinarias que, episódicamente, protagonizara el mercado de Sao Paulo en los últimos meses, en reacción a los derrumbes internacionales, son una manifestación de su vulnerabilidad financiera. La revaluación del yen, en los últimos meses, encarece los préstamos que apalancan las inversiones en Brasil. Para valorar la importancia protectora de los 150 mil millones que Brasil tiene en reservas bancarias, habría que conocer el endeudamiento internacional de sus bancos y de sus entidades financieras. En enero, Brasil tuvo una salida de fondos de cerca de 3 mil millones de dólares, “la cifra más alta desde 2000”.11 En lo que va del año, unas quince colocaciones financieras han debido mantenerse en suspenso debido a la incertidumbre sobre el resultado. Una crisis en Argentina vendrá, en primer lugar, como consecuencia de una desestabilización financiera en Brasil, que compra el 35% de sus exportaciones. La garantía que sustenta los negocios financieros en Brasil es el crecimiento de los precios de las materias primas, que se ha acentuado desde inicio de 2008. Sin embargo, existe un consenso internacional en que más de un 30% de estos precios responde a operaciones especulativas alentadas por la devaluación del dólar.


 


La revaluación del yen no sólo tendrá efectos desastrosos para Brasil; el principal perjudicado será el propio Japón. El retorno de los capitales especulativos producirá un retorno de la depresión y la deflación, de la cual Japón no ha podido librarse desde el estallido de la crisis de mediados de los ’80.


 


En el caso de China, la inflación, que ya llega al 9% anual a pesar de que su moneda nacional se revalúa, está indicando la inminencia de un derrumbe financiero, lo cual anticipa la enorme caída que ha tenido la Bolsa de Hong Kong y en poco menor medida Shangai. Es cierto que China tiene suficientes reservas para respaldar a sus principales bancos, pero valerse de ellas sería una variante de la nacionalización encubierta de la Reserva Federal, o sea que no serviría para darle aire, si hiciera falta, al mercado de créditos. En los últimos tres meses se ha desarrollado también en China una suerte de crisis inmobiliaria: las acciones de varios desarrolladores inmobiliarios cayeron más de un 50% desde sus picos en 2007 y algunos de ellos podrían declararse en bancarrota.12 China, más que nadie, se ve afectada por la devaluación del dólar, por un lado porque desvaloriza sus reservas, y por el otro porque alimenta la inflación. La revalorización de la moneda china, para contrarrestar la inflación, incrementa el valor en dólares de su deuda interna (y puede llevar a la quiebra a numerosas empresas y bancos) y, del mismo modo, desvaloriza sus activos. China está perdiendo 4 mil millones de dólares al mes entre lo que paga para absorber su emisión de moneda a cambio de dólares y lo que recibe cuando invierte estos dólares en el exterior.13 Según otro cálculo, esta sangría representaría un 5% del PBI de China, unos 70.000 millones de dólares al año.


 


Para compensar una caída de sus mercados de exportación, China debería modificar radicalmente su actual esquema económico, lo cual afectaría a los capitales internacionales que han convertido a China en una economía de exportación (arma componentes que luego exporta). Es decir que una crisis internacional no dejaría de lado a China; por el contrario, ella sería la más golpeada. En todas las crisis mundiales hasta ahora, al menos desde 1825, las naciones atrasadas o de desarrollo menor conocieron un salto de su industrialización y de su mercado interno debido a la interrupción de la exportación extranjera, pero esto sólo tuvo lugar luego de atravesar por una crisis severa; entre 1930 y 1932, el PBI argentino cayó un fenomenal 15%. Es precisamente esta experiencia histórica (y en especial la depresión de los años ’30) la que enseña: 1) que el desarrollo interno de los países atrasados tiene lugar después del estallido de la crisis, nunca con anterioridad a ella o con la posibilidad de prevenirla; 2) que cuando ese desarrollo tiene lugar, se agudiza la tendencia a proteger el nuevo marco de autonomía nacional creado por la crisis mundial, en perjuicio de una recomposición del comercio internacional; 3) que solamente cuando la crisis mundial se encuentra en vías de superación (algunas décadas más tarde) se reanuda la interconexión de la economía mundial en una escala superior. En el caso de la depresión del ’30, el retorno a la normalidad entrañó antes al nazismo, el holocausto, la guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial con sus cien millones de muertos, la revolución china, el avance del Ejército Rojo hasta las proximidades del Atlántico y varias revoluciones europeas y nacionales (en Asia,América Latina y Africa) traicionadas.


 


El impacto de la crisis en Europa no solamente se manifiesta en una tendencia a la recesión. La deuda pública italiana, por este motivo, se ha desvalorizado frente a las de otros países de la Unión Europea, lo que ha encarecido el financiamiento de su déficit público. La novedad política de una derecha que va a las elecciones de abril próximo con un programa de proteccionismo económico, en principio contra las exportaciones chinas, refleja el completo impasse del capitalismo de la península. Pero la suma de factores indica que Italia está a la cabeza de una incipiente disgregación de la Unión Europea; Sarkozy ya ha reclamado una política proteccionista a la El impacto de la crisis en Europa no solamente se manifiesta en una tendencia a la recesión. La deuda pública italiana, por este motivo, se ha desvalorizado frente a las de otros países de la Unión Europea, lo que ha encarecido el financiamiento de su déficit público. La novedad política de una derecha que va a las elecciones de abril próximo con un programa de proteccionismo económico, en principio contra las exportaciones chinas, refleja el completo impasse del capitalismo de la península. Pero la suma de factores indica que Italia está a la cabeza de una incipiente disgregación de la Unión Europea; Sarkozy ya ha reclamado una política proteccionista a la La devaluación del dólar, que impulsa Estados Unidos para desvalorizar sus deudas internas e internacionales y mejorar la posición comercial de la producción norteamericana, acentúa la dimensión internacional que la crisis ha tenido desde el inicio. Se trata de una crisis que culmina varios ciclos económicos. El primero, que se inicia a mediados de 2002 con la apertura en gran escala del mercado de China y la transformación de ese país en la correa de transmisión del financiamiento de los déficit norteamericanos (comercial y fiscal). Por medio de China los dólares emitidos por Estados Unidos retornaron para financiar los déficits norteamericanos. La Reserva Federal financió el superávit chino con deuda norteamericana, que ahora la devaluación del dólar se encargará de licuar. El fin de este ciclo plantea una crisis económica y social sin precedentes tanto en uno como en otro país, y especialmente pone en crisis la restauración capitalista. El otro ciclo que culmina es más largo, el que se inicia a fines de los ’70 con la emergencia de un modo de acumulación de capital centrado en el capital financiero. Este modo tiene su propia patología: “Cuando se observa cuánta deuda agregó este ciclo al sistema en relación con el crecimiento económico, por encima y más allá de lo que ha sido normal en expansiones anteriores, el monto de creación excesiva de crédito suma 6 billones de dólares”14, un monto que es la mitad del producto bruto norteamericano. El dato pone de manifiesto el parasitismo fundamental de la llamada globalización capitalista.


 


La crisis plantea un principio de “desglobalización” de la economía mundial; la dispersión de los niveles de precios internos respecto de los internacionales es el más alto de la historia. La crisis monetaria en curso va a acentuar este dislocamiento. Lejos de nivelar las condiciones del mercado mundial, se ha acentuado la tendencia a un desarrollo desigual y divergente. El desacople de los niveles de precios deberá acentuar la tendencia al proteccionismo, incluido el sistema de retención de exportaciones de los países productores de alimentos para evitar el encarecimiento de sus mercados internos. Es evidente para cualquiera que los principales bancos centrales no han hecho siquiera una tentativa de coordinar su acción frente a la presente crisis – o sea que está a la orden del día la consigna de la salvación nacional. Se configura un replay de lo ocurrido luego de la primera guerra y, definitivamente, en la crisis del ’30 – claro que en una escala social y económica muy superior. En resumen, en lugar de un desacople de la crisis tenemos a la vista el desarrollo de una crisis que abarca a todos los países, en distinto grado y con distinto ritmo. Y en lugar de un acople del capital financiero para diseñar una salida global a la crisis, asistimos a un desacople de la economía mundial y a la recuperación de las tendencias nacionalistas.


 


La “ley de hierro” del capital 


 


Los comentaristas ya no hablan de la posibilidad de evitar una recesión internacional, sino que toman nota de una “crisis financiera sistémica”. Crisis sistémica significa deflación de mercancías y capitales y destrucción de riqueza capitalista acumulada. La intervención del Estado se convierte en el recurso último del capital ante la disolución de los mercados. Como lo señala el titular de un artículo del Wall Street Journal: “Entramos en la era de los rescates”.15


 


Lo cierto, sin embargo, es que ninguno de los rescates que fueron proyectados hasta ahora se han concretado, y las rebajas sucesivas de las tasas de interés interbancaria en Estados Unidos, han fracasado. Los propietarios se oponen a que se refinancien los préstamos por sus viviendas, porque no están dispuestos a reconocer una deuda hipotecaria considerablemente superior a los valores inmobiliarios de mercado. No lo quieren las asociaciones inmobiliarias, que estiman que los préstamos refinanciados tampoco serían pagados. La extensión de los márgenes que tienen las entidades inmobiliarias estatales de Estados Unidos para levantar el mercado comprando los títulos hipotecarios privados en default, choca con las pérdidas cada vez mayores que ellas mismas están sufriendo como consecuencia de la desvalorización de su propia cartera de créditos hipotecarios. El centroizquierdismo norteamericano ofrece como alternativa la puesta en marcha de un gigantesco programa de obras públicas, que al mismo tiempo daría una respuesta al descomunal deterioro de la infraestructura pública en Estados Unidos. Claro que antes habría que dar una salida al derrumbe inminente del mercado de capitales y a la quiebra económica internacional que esto produciría.


 


Las autoridades norteamericanas se han embarcado, como punto de partida para una salida, en la devaluación del dólar; o sea, en reducir los costos de un rescate interno y descargar la crisis sobre el mercado mundial. Es una aproximación a una crisis del ’30.


 


Pero aunque la crisis se presenta como un fenómeno financiero ligado al mercado hipotecario, la función del crédito en la economía capitalista es superar los límites que encuentra el capital para su realización y valorización. El crédito extiende el mercado de consumo personal y productivo, y también es una palanca para elevar la tasa de beneficio del capital invertido en la industria. En un determinado punto, esa expansión expresa, decididamente, una situación de sobreproducción. Sin el crecimiento explosivo del crédito inmobiliario norteamericano y sin la inflación de valores de los mercados de crédito y de capital no hubiera habido mercado para la producción de China, y sin esto China no hubiera podido convertirse en un mercado para las mercancías y para la inversión internacional de capital en China. La sobreproducción se ha manifestado en lo que el Banco de Basilea ha llamado una “huelga de inversiones”, con la excepción de China e India, que ahora sufren el impacto de esta sobreproducción, una vez que han agotado las posibilidades de sustituir a la competencia con menores precios. El crédito inmobiliario no solamente fue una enorme palanca para la demanda de consumo personal y productivo (construcción) sino que sirvió también para apoyar el desarrollo de otras formas de crédito que cebaron el mercado de consumo y permitieron la obtención de tasas de rendimiento más elevadas.


 


Recientemente, el ex secretario de Trabajo de Clinton, Robert Reich, señaló que aunque el poder adquisitivo del salario en Estados Unidos no ha crecido desde los ’70, el consumo lo ha hecho en más de un ciento por ciento. La solución de esta paradoja se encuentra en varios factores. Reich señala, primero, la incorporación de la mujer al trabajo, lo que explica un 35% de ese incremento, aunque Reich no dice que sirvió, por sobre todo, para congelar los salarios en un marco de mayor productividad. En segundo lugar figura la extensión de la jornada laboral, que se ha convertido en la más larga en los países desarrollados. El tercer factor es el endeudamiento de los hogares, que ha llegado a más del 200% de la remuneración del trabajo; el mercado de consumo norteamericano depende cada vez más menos del ingreso por salarios y cada vez más del crédito al consumo. En el plano financiero, una reducida camada de trabajadores se ha beneficiado de la inflación bursátil e incluso de la de los precios inmobiliarios para acrecentar lo que se denomina el ingreso disponible de los hogares. Sin embargo, con el derrumbe de la riqueza inmobiliaria, el corte del crédito al consumo, las cesantías provocadas por la recesión y el incremento del trabajo de tiempo parcial (peor remunerado), las condiciones económicas del consumo personal se están viniendo abajo y la situación de la clase obrera está sufriendo un cambio que será radical.


La fuerza de trabajo, que recibe ingresos bajo la forma de salarios o de remuneración de un trabajo autónomo, no acumula el valor que crea con su trabajo; lo acumula el capital. Como la fuerza de trabajo, a diferencia del capital, no se autovaloriza, a la larga su endeudamiento acaba con sus ingresos y salarios: el salario pasa a remunerar al capital (bancario), no a la fuerza de trabajo. La crisis bancaria disimula, entonces, una crisis de sobreproducción, que el crédito al consumo ha tratado infructuosamente de superar: las fuerzas productivas desbordan el marco capitalista en que fueron creadas. El estallido del crédito al consumo (incluido el hipotecario) potencia social e históricamente la recesión económica: socialmente, amenaza con generar una miseria mayor a las crisis precedentes; históricamente, tiene límites mucho mayores para encontrar una vía de salida o, dicho de otro modo, sus vías de salida son más destructivas y (¡sí!) catastróficas.


 


La siniestralidad urbana y social de Detroit, por ejemplo, la histórica capital de la industria norteamericana, donde la desocupación alcanza al 10% y el derrumbe de la infraestructura pública y edilicia es enorme, es una muestra de la perspectiva social que deja en pie la crisis que se ha abierto en Estados Unidos – donde ya hay 800.000 desalojos de viviendas. No es casual que también en Estados Unidos, hayan comenzado a aflorar de nuevo los planteos proteccionistas de parte de varias tendencias de la burguesía. 


 


Un cambio de condiciones y de percepciones


 


En el movimiento obrero mundial, lamentablemente, no se ha comenzado siquiera a discutir un programa para esta crisis; pero esto comenzará a ocurrir en breve tiempo. Las nacionalizaciones encubiertas son la oportunidad para plantear la nacionalización de la banca sin indemnización, pues está claro para toda la sociedad que el capital se ha caído como consecuencia de sus propias leyes, y de que no hay lugar para ningún resarcimiento social. Pero la catástrofe que se insinúa deja todavía más clara la necesidad de expropiar a todas las industrias armamentistas o vinculadas con la guerra, para reconvertirlas en beneficio popular. Sobre la base de la expropiación de la banca y de la industria ligada a la guerra, un programa de obras públicas y de reindustrialización puede ser una salida para las masas. La cuestión de los despidos y de los salarios pasará al orden del día, y ello deberá dar lugar, de nuevo, a una crisis en el esclerotizado movimiento sindical. De todos modos, lo importante es esto: la implosión de la economía de mercado, esa ficción que ha llevado a toda la izquierda mundial a entregarse al capitalismo. El mercado no sacará, no ya a los obreros, sino a los propios capitalistas, de la hecatombe en que se han metido. El cambio de percepción y de perspectiva para los explotados, en especial en los países económicamente más avanzados, será el fruto más rico de la presente crisis. Se impone, por lo tanto, que la vanguardia obrera inicie un enérgico esfuerzo de deliberación política.


 


 


Notas:


1. RGE Monitor, febrero 2008. 


2. Financial Times, 20 de febrero de 2008.


3. International Clearing House, 7 de marzo de 2008. 


4. The Economist, 2 de febrero de 2008.


5. Financial Times, 20 de febrero de 2008.


6. Financial Times, 4 de febrero de 2008.


7. The Wall Street Journal, 15 de febrero de 2008.


8. Financial Times, 3 de marzo de 2008.


9. Financial Times, 29 de enero de 2008. 


10. Financial Times, 26 de enero de 2008. 


11. Financial Times, 11 de febrero de 2008.


12. Financial Times, 14 de febrero de 2008. 


13. Financial Times, 31 de enero de 2008.


14. Financial Times, 28 de enero de 2008.


15. The Wall Street Journal, 19 de febrero de 2008.

Catastrofismo, forma y contenido

(Frente al derrumbe teórico de un chavista)


“El desenvolvimiento de las fuerzas productivas motivado por el capital mismo en su desarrollo histórico, una vez llegado a cierto punto, anula la autovaloración del capital… A partir de cierto momento el desenvolvimiento de las fuerzas productivas se vuelve un obstáculo para el capital; por tanto la relación del capital se torna en una barrera para el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo”.1 “La afirmación de que Marx no habría instaurado una ‘teoría del derrumbe’ debe remontarse ciertamente, ante todo, a la interpretación revisionista de su obra económica”.


 


En un artículo escrito algunos meses atrás reivindicamos la filiación marxista del “catastrofismo”3 ; es decir, que el capitalismo es un modo de producción históricamente condicionado y, por lo tanto, condenado a agotarse como consecuencia de sus propias contradicciones. Es lo esencial del planteamiento de Marx y la clave para comprender lo que él mismo llamó la “ley del movimiento” de la sociedad moderna, objeto de su obra más célebre (El Capital). “Marx concibe, pues, el desarrollo capitalista como un proceso plagado inevitablemente de movimientos catastróficos”, dice literalmente un estudio reciente muy meduloso que lleva por título ni más ni menos que “Rastros del Apocalipsis” (en Marx)4 y cuya lectura atenta es extremadamente enriquecedora porque pone de relieve la tensión última, extrema y definitiva en que el capital coloca a la civilización humana. O el hombre se emancipa de la explotación secular, llevada al paroxismo por un modo de producción que ha cumplido su misión histórica, o la sobrevida del capital, más allá de sus propios límites, entraña una destrucción abismal de las condiciones de existencia de la especie y de su medio ambiente como un todo.


 


La tendencia del capitalismo a enfrentar las circunstancias de su propio colapso es el contenido original del “catastrofismo” y la base rigurosa de una política revolucionaria de transformación social. El capitalismo revela una tendencia inevitable a su derrumbe, creando así las condiciones necesarias para su superación. En nuestro anterior artículo recordábamos que la conocida corriente revisionista, encabezada por Eduard Bernstein, en el movimiento socialista de fines del siglo XIX comenzó por delimitarse del “catastrofismo”, cuestionando precisamente la señalada tendencia al derrumbe del capital. El mismo cuestionamiento se ha reiterado en el tiempo y adquirido connotaciones más negativas en la misma medida en que el agotamiento histórico del capital como metabolismo social se pone “en acto” en la evolución de la historia reciente. En la nota de marras tomamos como ejemplo una nota de Claudio Katz, asumido como ideólogo de una “nueva izquierda” que aquí y en el mundo hace gala de “aggiornamiento”. La nota repetía en forma prácticamente literal a Bernstein e impugnaba la existencia de cualquier tendencia del capitalismo al colapso para concluir con la propuesta de sustituir al socialismo obrero por una democracia adaptada a nuestros tiempos. Nuestra crítica caracterizaba este planteamiento como propio de la “economía de izquierda” porque Katz pretendía reemplazar el análisis de la catástrofe capitalista contemporánea por una disciplina dedicada a comprender por qué “el capitalismo se mantiene en pie”, sin noticias de que alguna vez vaya a derrumbarse.


 


Renegar como método 


 


El propio Katz ha asumido el desafío de responder a aquel artículo con otros dos largos trabajos de su autoría.5


A pesar de su extensión, la respuesta del líder de los llamados “economistas de izquierda” (EDI) se caracteriza, en primer lugar, por evitar la consideración de los puntos más polémicos de la crítica que les formuláramos en nuestro trabajo anterior. Nada dice sobre la propuesta de los “economistas de izquierda” de defender una política de “distribución del ingreso”, en términos similares a la burocracia sindical afín a Duhalde y posteriormente a Kirchner. Nada sobre la propuesta de una suerte de “socialismo del trueque” cuando la catástrofe capitalista de principios de esta década obligó a millones de argentinos cambiar calcetines en desuso por un plato de fideos o viceversa. Nada dice tampoco sobre la presentación de subsidios al “empleo”, miserables y en negro como ejemplo de “cultura del trabajo” y “socialismo”. Nada sobre el oportunismo de lanzar una agrupación de “economistas” en el mismo momento en que Katz, reivindicando su pasaje del socialismo a la “democracia”, se presentó como “ministro de Economía” de un personaje hoy olvidado que cosechó votos repudiando a los partidos de izquierda. Sin examinar aún el contenido de los planteos de su nuevo trabajo hay que decir que Katz procede a lo que los franceses llaman la “fuite en avant”, o lo que en criollo sería el que calla otorga.


 


Otro déficit metodológico del texto de Katz es que se trata de un ataque al Partido Obrero con un criterio muy particular. Porque nunca se refiere a la enorme literatura política del PO, su textos, su prensa, sus documentos, sus folletos, libros y resoluciones. Tampoco menciona planteamientos de sus dirigentes más reconocidos. Y esto a pesar de que Katz no deja de considerar ningún asunto político relevante. Suponemos que en su tarea de profesor Katz no admitiría nunca un trabajo de estas características, que no cita a las fuentes y que, además, las distorsiona o falsifica con completa arbitrariedad. Al tratarse de una lucha política, nuestro autor estima que puede utilizar la impostura “a piaccere” para confundir al lector sobre las posiciones de quien dice criticar. Lo mismo vale para el cometido declarado de su texto, la crítica a “dos autores – Pablo Rieznik y Luis Oviedo– ”, cuyas formulaciones no expone nunca con rigor, abusando de la cita fuera de contexto y adjudicándoles planteos que nunca formularon. Aún con este procedimiento, impropio de quien ha adoptado los modos del trabajo académico, el artículo reciente de Katz tiene el mérito de aportar a una clarificación política. Katz, como ideólogo de la “nueva izquierda”, expone ampliamente sus propios puntos de vista. Los que, además, se encuentran en las antípodas de lo que Katz sostenía algunos años atrás y de lo cual ahora reniega aunque nunca se haya dado al trabajo de explicar la metamorfosis. Por eso la crítica a sus viejos compañeros tiene la forma de una catarsis con un autor que no se sabe si se ofusca con quien polemiza, con su propio pasado o con sus contradicciones de ayer y de hoy.


 


El “nuevo” Katz, entonces, es muy claro cuando, en “oposición” a los catastrofistas afirma que es imposible hablar de una tendencia al colapso del capitalismo, dado que la “dinámica” capitalista es “cíclica” y a cada crisis sucede una ulterior recuperación. Tampoco correspondería, según Katz, hablar del imperialismo como última etapa del capitalismo y como época de catástrofes y revoluciones, lo que sería un señalamiento de Lenin, puramente coyuntural, para los años 1914-1922. Las fuerzas productivas del capital – sostiene Katz – continúan creciendo y ya no corresponde hablar de gobierno obrero y expropiación del capital porque el nacionalismo latinoamericano nos ofrece un puente privilegiado al socialismo, del cual ni siquiera Kirchner estaría excluido: es la integración que, mediante un “acuerdo regional”, plantea el gobierno venezolano por medio del llamado Alba.


Concluye, curiosamente, con una crítica a lo que considera el monolitismo del PO, para celebrar la construcción de un partido regimentado desde arriba con los recursos del aparato estatal (capitalista), manejado por funcionarios públicos e intolerante con cualquier disidencia interna. Esto es exactamente lo que han señalado los militantes socialistas que rechazaron disolverse en el partido único de la revolución que puso en pie el presidente Chávez, a quien normalmente Katz menciona según su jerarquía constitucional. Admitamos que al menos Katz no se anda con chiquitas y, cuando ahora releemos artículos de su pluma de algunos años atrás, no puede menos que concluirse que la metamorfosis de Katz es verdaderamente copernicana. 


 


El catastrofismo conservador


 


Y comienza así: según nuestro crítico, “Marx nos legó una teoría del funcionamiento y de la crisis del sistema capitalista pero no de su catástrofe”. Al revés – dice Katz– tal funcionamiento del capital, descubierto por Marx, consistiría en que el capitalismo “no se degrada (hacia su) desmoronamiento, sino que subsiste a través de espirales de crecimiento y crisis convulsivas”. Marx, entonces, no sería el teórico que puso de relieve el carácter históricamente condicionado del capitalismo y la inevitabilidad de su superación como requisito para el progreso del hombre en cuanto especie, sino exactamente, al contrario, quien explica que las “convulsiones” del capital son sólo un medio para su… “subsistencia”. El “aggiornado” crítico vuelve así muy atrás porque la intuición de que el capitalismo encontraba barreras insuperables a su propio desarrollo y como consecuencia del mismo, es previa a Marx y muy clara en el caso de uno de los exponentes de la llamada escuela “clásica” de la economía política burguesa: David Ricardo.


 


Como señaláramos en el artículo al cual pretende responder Katz, la cuestión de la tendencia al colapso, catástrofe o derrumbe del capitalismo, términos que deben ser considerados sinónimos según su denominación original en alemán, fue el debate clave que siguió a las muertes de Marx en 1883 y de Engels en 1895.


Bernstein, que había sido estrecho colaborador de este último, fue quien colocó, al finalizar el siglo XIX, el problema de la “tendencia al derrumbe” en el centro de la discusión del movimiento obrero y socialista de la época. Cualquiera sea la crítica que se pueda formular a los revisionistas e inclusive a las limitaciones de sus contradictores de la época (Kautsky y Rosa Luxemburgo), lo que importa aquí es que la polémica partía de la admisión común de que el planteamiento original de Marx era inseparable de la mentada tendencia al derrumbe o al colapso del capitalismo. Esto era absolutamente indiscutible. Bernstein, al revisar a Marx, sostenía que nuevas circunstancias en el desarrollo capitalista eliminaban ciertos presupuestos sobre los cuales Marx había formulado sus análisis respecto del derrumbe del capital. Porque, entre otras cosas, el monopolio y el crédito permitirían contener y revertir el desarrollo anárquico de la libre competencia, que estimaba como el principal factor de destrucción de la economía capitalista y de sus crisis recurrentes. Katz se coloca muy por detrás de Bernstein, porque si éste criticó la teoría del derrumbe nunca cuestionó la marcha irreversible de la sociedad burguesa hacia una etapa superior, el socialismo. Sólo que en lugar de considerarla consecuencia de las contradicciones crecientes y explosivas del capital, postuló una suerte de desarrollo armónico y planificado que sería coronado, al mismo tiempo, por una eliminación gradual de las lacras del capitalismo y un ascenso progresivo al poder de la clase obrera, mediante reformas al modo de producción existente y a su régimen político.


 


Mientras Bernstein suponía que el capital poseía los atributos de una suerte de corrección para su rumbo catastrófico, Katz nos explica que el capitalismo “subsiste” por medio de crisis cada vez más “convulsivas”. No deja de ser “catastrofista”, pero no de un modo socialista y revolucionario, sino conservador y reaccionario. Katz afirma que jamás Marx “imaginó el estallido final del sistema capitalista”. Sin embargo, es exactamente lo que el autor de El Capital planteó al coronar todo el análisis que efectuara en su trabajo cumbre. Se trata además de los párrafos finales de uno de los últimos capítulos (XXIV del Tomo I) en cuyo apartado final, titulado “Tendencia de la acumulación capitalista”, Marx describe ni más ni menos que el momento en que “suena la hora postrera del capital” y se plantea su “negación”, es decir su liquidación histórica, “se hace saltar la corteza capitalista, los expropiadores son expropiados”, algo que se impone con “la necesidad de una ley natural”. Textualmente: “El monopolio ejercido por el capital se convierte en traba al modo de producción que floreció con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista. Ésta salta hecha añicos. Ha sonado la hora final de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados.” Semejante definición incomodó siempre, no sólo a Katz, sino a una pléyade de sus propios seguidores (los de Marx, claro). Se les antoja que el Marx “objetivista” y naturiforme excluye así la revolución y la acción “subjetiva” del hombre. Pero la distinción es esquemática y es lo que Marx se planteó superar. Lo subjetivo está preñado por la objetividad y viceversa. El autor del Manifiesto del Partido Comunista sabía que el proletariado tenía que acabar con el capitalismo porque éste se derrumbaba y, recíprocamente, que no se derrumbaría si la acción humana no procedía a la correspondiente ejecución. La incomprensión de esta relación recíproca siempre ha dado lugar al descubrimiento de “dos Marx”. El “subjetivista”, que plantea en el inicio del citado Manifiesto que “el motor de la historia es la lucha de clases”, y el “objetivista” que indica que son las “relaciones de producción en choque con las fuerzas productivas” las que determinan “la revolución” social. Una oposición completamente ficticia, sobre la cual se han derramado ríos de tinta durante años, olvidando que lo “objetivo” y lo “subjetivo” son dos aspectos íntimamente vinculados de un todo único: “Los hombres hacen su propia historia, pero la hacen en condiciones que no han elegido sino que han heredado del pasado”, según la conocida tesis del propio Carlos Marx.


 


A pesar de que Marx es como la madre, que hay una sola, Katz también tiene sus “dos Marx”. Así, no tiene ningún problema en reconocer los planteos de Marx sobre el derrumbe, porque luego los habría desmentido. Es decir, que convierte a Marx en Katz, que pasó del catastrofismo revolucionario a su opuesto exacto sin solución de continuidad. De modo que el Marx del Tomo I sería contrariado – dice Katz– por el del Tomo III, cuando pasa del “terreno de las contradicciones genéricas” a “la explicación de cómo las tendencias más explosivas del capital están morigeradas por la acción de fuerzas opuestas (contratendencias), y distingue el análisis puramente conceptual de sus manifestaciones concretas”. Así Marx pasaría de un catastrofismo de concepto, genérico, abstracto, a un realismo anticatastrofista, “concreto”, desmintiéndose a sí mismo. Una especie de empobrecido Kant, según el cual la “cosa en sí” catastrófica del capitalismo recuperaría el lugar de una vaga condena moral inasible, mientras el capitalismo real que los economistas como Katz pueden investigar y medir en sus vicisitudes más inmediatas sería eterno en su “dinámica cíclica”. Más dialéctico es el poeta que celebra al amor, “eterno mientras dure”, consciente quizá de que “todo lo que existe merece perecer”.


 


La tendencia decreciente de la tasa de ganancia


 


Marx, por supuesto, nunca habla de “contratendencias” en el Tomo III, cuya primera parte, al revés, remata en el análisis exhaustivo de la llamada tendencia decreciente de la tasa de ganancia, que Marx reputa la “ley fundamental de la economía política”, precisamente porque pone de relieve el mecanismo íntimo y esencial que conduce al declinio irreversible, irre-ver-si-ble, del modo de producción capitalista. La acumulación del capital implica el desarrollo de las fuerzas productivas que emerge de la competencia entre los muchos capitales para sobrevivir y cuyo resultado contradictorio es que crece constantemente la proporción de capital aplicado en máquinas, herramientas, materias primas, y disminuye la correspondiente a la aplicada en el pago de salarios. Como la plusvalía o ganancia que obtiene el capital surge de la diferencia entre el valor creado por los asalariados y lo que obtienen como ingreso para subsistir, esa plusvalía o ganancia medida en relación con la totalidad del capital tiende a caer. Por lo tanto, cuanto más se desarrolla el capital, más erosiona, mina, afecta, destruye, cuestiona, dificulta, restringe… las condiciones de su propio desarrollo. Al capital le pasa lo que le pasa a Katz y a todos nosotros: cuanto más vivimos nos acercamos a la muerte y como consecuencia de las leyes de nuestro propio desarrollo; nos guste o no. Basta el sentido común en este caso, para comprender que la mentada tendencia decreciente de la tasa de ganancia no sería la ley económica fundamental de la economía política si fuera negada por “contratendencias” que, con igual fuerza y en sentido contrario, la tornaran inocua.


 


De hecho Marx nunca habló de contratendencias sino de “factores contrarrestantes” que enlentecen, frenan en diversos períodos y evitan una evolución puramente lineal o mecánica de la tendencia inmanente de la tasa de ganancia a decrecer.Algo que, en el límite, la llevaría lisa y llanamente a la desaparición en el caso de una completa automatización del proceso productivo. Este sencillo ejemplo lo planteó Ernest Mandel, a quien lamentablemente Katz rescata cuando se trata de repetir sus peores defectos políticos y sus trabajos teóricos más pobres. El ejemplo es didáctico porque pone de relieve la paradoja básica del capital: cuanto mayor es la capacidad del trabajo humano acumulado de producir riqueza (teóricamente ilimitada en el caso imaginado de la competa automatización productiva), menor es la producción de nuevo valor, cuya confiscación es la razón de ser del capital (y que termina por ser nula en caso de ausencia de trabajo totalmente reemplazado por máquinas). El valor sólo puede crearse como resultado del trabajo vivo involucrado en la producción. Pero el desarrollo de la productividad del trabajo lo torna crecientemente superfluo y sustituible por procesos automáticos. En el capitalismo, cuanto mayor es la productividad del trabajo mayor es su capacidad de producir riqueza, pero menor es el valor unitario de los productos, al mismo tiempo que disminuye la cantidad de trabajo vivo incorporado a los mismos hasta desaparecer, como acabamos de señalar, en el caso de una producción automática.


 


El vínculo entre trabajo, producción de riqueza y valor, es histórico y contradictorio. La contradicción alcanza un nivel terminal e insuperable cuando el propio trabajo inmediato en la producción es crecientemente innecesario y cesa de servir a la valorización del capital, que ha desarrollado las fuerzas productivas a un punto en que chocan con relaciones de producción que deben ser superadas. El trabajo inmediato del hombre en la producción estuvo siempre colocado como fundamento de la creación de riqueza; hasta el momento en que, en una potencia muy elevada de su desarrollo histórico, se niega a sí mismo, se desplaza y retira del proceso productivo directo. Esto en la misma medida en que logra ser sustituido por el “monstruo mecánico”, como decía Marx. Los procesos automáticos conducirán entonces al hombre del reino de la necesidad al reino de la libertad, un reino en el cual el trabajo no producirá valor porque el trabajo se transformará en una actividad vital consciente del metabolismo productivo hipertecnificado y cambiará completamente de carácter. Algo imposible de comprender si no se comprende que, a diferencia de la riqueza, el valor no es algo tangible, no es una “cosa”, sino la expresión de una relación social mediante la cual los productores de mercancías se vinculan entre sí por intermedio de sus productos, que intercambian según el tiempo socialmente necesario para producirlos. El valor está obligado a desaparecer; la riqueza, a trascender más allá de la desaparición del trabajo aplicado inmediatamente a la producción.


 


La decadencia o tendencia decreciente de la tasa de ganancia es una manifestación inseparable de la decadencia de la ley del valor como principio regulador del movimiento capitalista. “A partir del momento en que el trabajo, bajo su forma inmediata, dejó de ser la fuente principal de riqueza, el tiempo de trabajo deja y debe dejar de ser la medida de valor de uso. El sobretrabajo de las grandes masas dejó de ser la condición de desarrollo de la riqueza general, tanto como el no trabajo de algunos dejó de ser la condición de desarrollo de las fuerzas generales del cerebro humano”.6 El desempleo crónico, de larga duración, que se perpetúa y crece en el último cuarto de siglo, no es el resultado necesario del progreso tecnológico en sí, sino el producto de la crisis de sobreproducción del capital; cualquier esfuerzo para salir de esta crisis de sobreproducción dentro del cuadro del capitalismo sólo puede agravar una situación ya de por sí insoportable. La salida del infierno de la desocupación perpetua no puede ser más que la ruptura del marco capitalista. A su manera, la desocupación es el índice negativo de que las condiciones están maduras, no para ‘el fin del trabajo’, anunciado por los nuevos ricos del parasitismo bursátil, sino para la abolición de la alienación del trabajo por medio de la abolición del capital. La desocupación crónica, anuncia, a su manera, la muerte de la ley del valor y del mercado.7 


 


Marx decía que la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia era un “enigma” muy simple de entender para quien resolviera el “enigma” del valor (y de la riqueza) que explicara en el Tomo I de El Capital. Como Katz no entendió el secreto del valor, lo desaprendió, no puede entender ahora la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia del capital, cuya esencia se resume, en definitiva, en la tendencia del capital a cuestionar con su propio desarrollo la ley del valor que constituye el motor mismo de su existencia, históricamente condicionada, históricamente limitada, condenada a desaparecer. Para decirlo en términos de la “reflexión teórica” a la que gusta apelar nuestro crítico: no habiendo comprendido el valor, el fetichismo de la mercancía (por el cual una relación social se manifiesta como cosa material), Katz se convierte en un adorador del “fetiche del capital”, eterno en su “dinámica cíclica”. Un economista al menos debería dominar el concepto elemental de valor que Marx sí nos legó para la comprensión de nuestra época capitalista.


 


Katz, que se jacta de su saber teórico contra la pobreza de sus críticos, nos imputa desconocer “medio siglo de discusiones sobre el tema” de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Pero parece que el supuesto seguimiento escrupuloso del tema, en su caso, terminó por perderlo en el laberinto de una enorme confusión sobre el punto. Por otra parte, no hace mucho tiempo En Defensa del Marxismo publicó un cuidado artículo que consideraba bastante más de medio siglo de discusiones, relevaba la bibliografía más reciente y explicitaba la crítica a Katz y a los autores que no entendían o distorsionaban la ley fundamental de la economía política, considerando las diversas aristas del debate contemporáneo sobre el punto.8 En ese mismo medio siglo de debates, lo que se ha destacado es una tentativa por convertir a la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia en lo opuesto a lo que Marx planteaba. De tal modo esa ley sería una especie de desafío perenne, de barrera esencial, de obstáculo inmanente, que una y otra vez el capital se vio obligado a superar y doblegar para asegurarse su existencia ilimitada como una especie de ave fénix, que siempre resurge de sus cenizas. Un cúmulo de lecturas sobre un mismo tema, en consecuencia, puede intoxicar el entendimiento; quizás es necesario leer menos y mejor, si nos permite nuestro crítico – que se solaza con páginas recorridas sin rumbo para criticar los principios y lo mejor del marxismo.


 


Sobre las herramientas


 


El razonamiento antidialéctico termina por nublarse cuando nuestro crí- tico afirma que, en definitiva, la tendencia al derrumbe carece de toda importancia porque, en la polémica original, quien la revisaba (Bernstein) llegaba a conclusiones no revolucionarias, reformistas, y quien la reivindicaba (Kautsky)… también. El mismo argumento utilizaron en la década del ’30 del siglo pasado los intelectuales norteamericanos que criticaron a Trotsky por su reivindicación de la dialéctica, en la medida en que uno y otro habían obtenido ciertos resultados políticos por caminos diversos: uno, reivindicando a la lógica hegeliana; el otro repudiándola. ¿Qué importancia tiene, entonces – insistían los Katz del momento, en la línea del empirismo anglosajón más rudimentario– , la teoría de la dialéctica, que Trotsky consideraba indispensable en la concepción materialista de la historia del hombre y de la política revolucionaria? ¿Qué importancia – dice ahora nuestro crítico– tiene la teoría del derrumbe si, apoyándola o rechazándola, se puede llegar a deducciones igualmente equivocadas? La respuesta clásica a este problema la olvidó Katz a pesar de haberla repetido hasta el cansancio, cuando ejercía una sana práctica docente como militante del Partido Obrero. ¿Qué respondería a un alumno que le cuestionara el valor de las herramientas porque un artesano hábil puede lograr un excelente producto con la peor de ellas, mientras que, con la mejor, otro colega menos dotado podría obtener un producto pésimo? ¿Que las herramientas carecen de toda importancia? La herramienta de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia es decisiva para comprender la dinámica histórica del capital… y su tendencia al colapso.


 


La ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y la tendencia al derrumbe del capital, como contribuciones definitivas a la comprensión de la dinámica del capitalismo, están indisolublemente ligadas entre sí. En lo que propios y extraños consideran uno de los mejores tratados sobre “La génesis y estructura de El Capital de Marx”, que es el título de un impresionante tratado de Roman Rosdolsky, se dedican numerosas páginas y un capítulo especial a este problema, bajo el título de “La ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y la tendencia al derrumbe del capital”. Allí leemos: “En agudas contradicciones, crisis, convulsiones, se expresa la creciente inadecuación del desarrollo productivo de la sociedad a sus relaciones de producción hasta hoy vigentes. La violenta aniquilación del capital, no por circunstancias ajenas al mismo, sino como condición de su autoconservación, es la forma más contundente en que se le da el consejo de que se vaya y deje lugar a un estadio superior de producción social”. La cita es de Marx y merece el siguiente comentario de Rosdolsky: “Con este pronóstico de derrumbe concluye, en el fondo, la tercera sección de los Grundrisse; la afirmación de que Marx no habría instaurado una “teoría del derrumbe” debe remontarse ciertamente, ante todo, a la interpretación revisionista de su obra económica”.9


 


Dinámica histórica (y cíclica)


 


La negación de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y de su vínculo con la tendencia al colapso impide a revisionistas como nuestro crítico, comprender la adecuada periodización de las diversas etapas del modo de producción capitalista que emergen de su peculiar dinámica histórica. En oposición a este concepto, plantean una “dinámica cíclica” que, al modo de una calesita, renueva las fases de crisis y ascensos que es propia de la economía del capital, girando siempre sobre un mismo eje. Toda la ciencia “anticatastrofista” se limita a identificar al capitalismo con el movimiento de ese otro simpático juego de plaza condenado perpetuamente a subir y bajar, en este caso en el pasaje sin fin de la economía capitalista de la estabilidad a la crisis, de la crisis a la expansión… y vuelta a empezar. La caracterización de las etapas del capitalismo que tienen que ver con su dinámica histórica abarca al período constitutivo original, al de su desarrollo y madurez y, finalmente, al de su descomposición y agotamiento. El análisis de esta última etapa fue un tema dominante en los análisis clásicos del marxismo de las primeras décadas del siglo pasado, con matices propios, en el caso de Rosa Luxemburgo, Nicolás Bujarin, Rudolf Hilferding, y del célebre trabajo de Lenin sobre el imperialismo. De un modo general, el catastrofismo de Marx tomó una nueva connotación que el mismo Lenin identificó con la de un capitalismo senil. Un capitalismo “agónico” que, con el monopolio y la producción a gran escala, con su asociación directa con el aparato estatal de la burguesía y con su extensión planetaria, abría una “etapa de transición” hacia un orden social superior. Era la fase terminal (“superior” y “última”) del modo de producción burgués. Lenin habla por eso del “lugar histórico” del imperialismo como el de la “reacción en toda la línea”, de catástrofes económicas y cataclismos sociales sin precedentes, etcétera, etc. Nos vemos obligados a recordar algo que es bien conocido en términos de la tradición marxista, porque Katz comete la torpeza de asignar a este planteamiento un valor meramente coyuntural que habría dejado de tener vigencia en el Tomo I de los primeros años de la década del ’20 del siglo pasado. La última etapa del capitalismo fue anticipada por Marx en el mencionado capítulo XXIV del Tomo I de El Capital, cuando explicó las tres dimensiones propias del ciclo histórico del capital: la de la acumulación primitiva, cuando al expropiar al productor precapitalista crea las premisas de su propia producción; la segunda fase, cuando procede con sus propios métodos a confiscar el valor producido por la clase obrera; la tercera, cuando esta confiscación se extiende al propio capital, revela su límite histórico y plantea que el desarrollo de las fuerzas productivas se hace incompatible con las relaciones de producción capitalistas.


 


En su tarea de revisar el pasado, Katz estigmatiza la caracterización marxista del imperialismo como etapa última o superior del modo de producción capitalista. Lo hace a su manera: “el contraste simplificado entre una época floreciente y otra decadente del capitalismo – dice – , pierde de vista los rasgos del sistema que han sido comunes a todas sus etapas”. No comprende de este modo, que los rasgos del sistema “inherentes al capitalismo” son los que conducen a su…decadencia, de la misma manera que los “rasgos comunes de la vida” (respirar, comer, defecar) conducen de la niñez a la senilidad… y siguen siendo “comunes” en ambos extremos.


¿Cómo va a ser imposible, entonces, distinguir la etapa floreciente o de decadencia de un ser vivo porque se perderían entonces los rasgos comunes de su vida? Katz supone que si el capitalismo tuvo crisis y recuperaciones ayer, hoy – como las podrá tener mañana– ¿de qué sirve detenerse en una precisión de las etapas históricas del capital? Siempre que llovió, paró; y así sucederá en “épocas” que se sucederán las unas a las otras sin que podamos hablar de una etapa final o terminal. Katz es un milenarista del capitalismo.


 


Nuestro crítico, entonces, nos brinda una visión alternativa: “El contraste entre una época de reformas sociales (1880-1914) y otra de atropellos capitalistas (1914-1940) fue establecida – dice– para distinguir la expansión de la socialdemocracia de la ascensión del fascismo”. Katz no nos informa quién “estableció” el contraste que desplaza el eje del problema a un plano político igualmente interesante, al diferenciar entre un período “socialdemócrata” hasta el ’14, y otro de ascenso del fascismo hasta 1940. En el medio desapareció octubre del ’17, el punto de partida de la era de la revolución socialista. No hay imperialismo, no hay “última etapa”, no hay etapa de transición, no hay revolución. Y no sólo eso, porque luego de la etapa del fascismo, nos indica que siguió “otra de avances sociales durante el Estado de Bienestar” (1950-1970). Socialdemocracia, fascismo, democracia, esta sería la periodización del siglo XX en términos que reproducen las banalidades de un manual de las agencias educativas de cualquier gobierno capitalista. ¡Estado de Bienestar! Nada de catástrofe, nada de revolución, nada de decadencia.


 


Repasemos con un mínimo de realismo la época del “bienestar”, los famosos “años gloriosos” del capitalismo de posguerra del siglo XX: la revolución china, la guerra de Corea, la revolución cubana, los levantamientos del ’60 en el mundo entero. El eufemismo “avances sociales en el capitalismo” es absolutamente engañoso: en la posguerra, con la revolución china, la mitad de territorio del planeta quedó bajo el dominio de los regímenes que expropiaron al capital; a partir de 1959, con Fidel y el Che, la ola revolucionaria debutó en América Latina. En 1962, con la crisis de los misiles, asistimos a la posibilidad cierta de una hecatombe nuclear. En el ’68, los levantamientos obreros, estudiantiles y populares recorrieron el globo, de París a Praga, de las luchas en el corazón del imperialismo yanqui al continente latinoamericano. La ofensiva del Vietcong iniciaba la cuenta regresiva para los invasores en el sudeste asiático. En las metrópolis, la clase obrera, merced a la colaboración contrarrevolucionaria de la burocracia moscovita, era integrada al régimen burgués a costa de importantes conquistas, luego de la carnicería espantosa de la Segunda Guerra en el medio del siglo. ¿Catástrofes y revoluciones? No, responde Katz,“avances sociales” que superaron el período de la descomposición capitalista y nos condujeron al Estado (burgués) del bienestar. Es la repetición de dogma y del discurso oficial urbi et orbi sobre nuestra época. Katz puede postularse al Ministerio de Educación.


 


Kondratieff y el perpetuo renacer 


 


En honor a la polémica digamos que el esquema-dogma de Katz reitera un antiguo planteamiento del economista ruso Kondratieff, que hace muchos años retomaran algunos “economistas de izquierda” anteriores a Katz. En el debate original, Kondratieff cuestionaba el punto de vista de los bolcheviques sobre la crisis planteada en el final de la Primera Guerra y en el debut de la Revolución Rusa. Kondratieff sostuvo entonces que no se trataba de una crisis única ni excepcional, y que su función histórica no era anunciar el colapso del capitalismo sino facilitar el reestablecimiento del equilibrio de su metabolismo productivo.


 


Según Kondratieff, las oscilaciones de largo plazo del capitalismo eran semejantes a las planteadas por Marx para períodos del orden de los siete a diez años en que la curva de la actividad capitalista desembocaba sistemáticamente en interrupciones violentas de todo el proceso económico. Estas crisis eran un resultado de las contradicciones del mecanismo propio de la economía capitalista y de la competencia entre los diversos capitales y, en ese contexto, también un mecanismo de salida para la continuidad de la acumulación capitalista. Esto último en la medida en que la quiebra y desvalorización de capitales, el desempleo y la baja de salarios creaban las condiciones para recuperar la tasa de ganancia, cuya tendencia a la caída se encuentra detrás de toda crisis. En consecuencia, estos ciclos obedecían a una regularidad impuesta por el propio movimiento del capital, cuyo motor es siempre la producción para obtener ganancias.


 


La misma regularidad, sin embargo, no puede extrapolarse para explicar los movimientos más amplios, en períodos más extensos, del propio desarrollo capitalista. Esto fue precisamente lo que Trotsky criticó de Kondratieff y de manera muy explícita: “Por lo que se refiere a las fases largas (de cincuenta años) en la tendencia de la evolución capitalista, para las cuales el profesor Kondratieff sugiere, infundadamente, el uso del término “ciclos”, debemos destacar que su carácter y duración está determinada, no por la dinámica interna de la economía capitalista, sino por las condiciones externas que constituyen la estructura de la evolución capitalista” (entre los cuales Trotsky cita textualmente el caso de las “guerras y revoluciones”)10. Por lo tanto, al indagar sobre el proceso de acumulación de capital en un sentido histórico general no se puede proceder con el enfoque propio de la regularidad de los ciclos determinados por factores recurrentes sino, de un modo más decisivo, por los elementos no periódicos que, como se señala en la crítica de Trotsky, no pertenecen a su “dinámica interna” sino que la condicionan en última instancia.


 


El énfasis polémico de Trotsky, en cambio, se vinculaba con la incapacidad del “modelo de Kondratieff” para dar cuenta del cambio operado en las condiciones generales de la evolución del capitalismo; es decir, no del ciclo del capital sino del momento histórico en que ese ciclo se desenvuelve. Los bolcheviques y Trotsky tenían precisamente en cuenta que el capitalismo había encontrado un límite histórico con la emergencia del imperialismo, una época de “guerras y revoluciones”, de catástrofes económicas y sociales y de reacción en toda la línea. Esta era la cuestión decisiva y la que Kondratieff cuestionaba.


 


Al desarrollar su punto de vista Trotsky recurrió en forma reiterada a la analogía de la vitalidad del capitalismo con la del propio corazón humano. Este último siempre late, como los latidos en el metabolismo de la economía capitalista que son los ciclos. Pero en la juventud y en la madurez el corazón late con vigor y regularidad mientas que, con la senilidad, el latido pierde fuerza, se hace irregular y está sometido a arritmias y accidentes diversos. Es lo que corresponde a la “última etapa” o “fase superior” de un metabolismo viviente. Y eso es el imperialismo respecto de las etapas de ascenso y plenitud del modo de producción capitalista. “En estos términos, la senilidad del capitalismo de posguerra – según el propio Trotsky– podría detectarse por la transformación de los ciclos regulares en “espasmos” convulsivos del tipo de los experimentados en 1920-21”.


 


La preocupación de Trotsky en la época consistía precisamente en indagar cómo se correlacionaban en los “espasmos” de aquel momento dos fenómenos de naturaleza diferente: una eventual recuperación coyuntural del ciclo económico (la revolución no se había extendido victoriosamente, había fracasado en Alemania) con la curva básica del capitalismo, que mostraba las evidencias de una decrepitud histórica. Trotsky se delimitaba entonces de las tendencias ultraizquierdistas de la III Internacional y del partido bolchevique, que se negaban a considerar los ritmos cambiantes de la agonía capitalista. Como ahora, no había que confundir una cosa con la otra. Por eso mismo, reaccionó vigorosamente cuando Kondratieff pasó de hecho a cuestionar la teoría del derrumbe y del agotamiento histórico del capital, para postular la reconstitución inevitable del “equilibrio” capitalista a partir de su “descubrimiento” de los ciclos largos.


 


Original y copia


 


“Trotsky – dice Richard Day en un extenso trabajo sobre este punto– rechazaba la idea de grandes ciclos porque Kondratieff había oscurecido la diferencia entre ciclos periódicos y períodos históricos independientes”. Eso es. Por eso mismo, cuando Kondratieff insistió con sus puntos de vista en 1926, “Sujanov intervino en el debate con los argumentos de Trotsky mostrando que Kondratieff había ignorado las diferentes etapas del capitalismo. De acuerdo con Sujanov, Kondratieff estudiaba la economía de la misma forma en que un astrónomo podía investigar las órbitas inmutables de los cuerpos celestes. Sería precisa una aproximación más racional para considerar la juventud, madurez y decrepitud del capitalismo, e incluso la proximidad de su muerte. Tomando prestada la analogía de Trotsky de los latidos del corazón, Sujanov clamaba que el capitalismo había perdido su fuerza creativa y se volvía senil”.11


 


En realidad, el asunto es tan sencillo que las tesis de Kondratieff no habrían trascendido luego del debate de la década del ’20 si no fuera por dos acontecimientos que tienen alcance y perspectiva distinta. Primero: quien rescató a Kondratieff del olvido fue el austríaco Joseph Schumpeter, un economista burgués relativamente heterodoxo, que se declaraba admirador de Marx y de los economistas “neoclásicos” y enemigo declarado del socialismo. Schumpeter, como muchos otros economistas burgueses, vio en Kondratieff la posibilidad de una teoría de los ciclos compatible con una visión del capitalismo como mecanismo inevitable de ascensos y caídas, que constituían la forma natural e ilimitada de su reproducción económica, “a lo Katz”. Como extravagancia digamos que, ahora, el ideó- logo del menemismo en Argentina – Jorge Castro– pronostica, a partir de esta misma apreciación, que ya se ha iniciado un ciclo largo de ascenso capitalista que durará décadas, impulsado por la restauración capitalista en China y por el imperialismo norteamericano.


 


El segundo acontecimiento que tiene que ver con el reflotamiento contemporáneo de Kondratieff fue la tentativa del citado Ernest Mandel, quien trató de conciliarlo con el marxismo. Una misión imposible porque, como dice Richard Clay, “o el capitalismo se desarrolla según una pauta evolutiva continua, en cuyo caso puede hablarse de ciclos, o esa teoría oculta el desarrollo irregular del capitalismo, tal como Trotsky sostenía. Toda la sutileza del mundo será incapaz de superar el hecho básico de que, en la opinión de Trotsky, las ondas largas – o los grandes ciclos– son incompatibles con una periodización marxista de la historia del capitalismo. Mandel, en cambio, está de acuerdo con Trotsky y con Kondratieff, algo que es lógicamente imposible”.12


 


Claro que el problema de Mandel no era “lógico” sino político, porque expresaba la adaptación a las presiones derivadas del imperialismo y el stalinismo luego de que contuvieran la revolución en el final de la Segunda Guerra Mundial. Sobre la misma base y confusión de Kondratieff, Mandel caracterizó que con la posguerra se iniciaba una “onda larga” de crecimiento capitalista o “neocapitalista”; así como identificó al stalinismo, en el nuevo contexto, como un factor objetivo de impulso a la revolución, primero, y a la renovación democrática más tarde (con Gorbachov y la denominada perestroika). 


 


Fuerzas productivas


 


Es también de Mandel que Katz copia la crítica a la afirmación muy conocida de Trotsky (en El Programa de Transición de 1938) cuando dice que “las fuerzas productivas han cesado de crecer”. Una caracterización, por otra parte, inseparable del análisis sobre el carácter de la etapa superior y última de la sociedad capitalista y la realidad catastrófica de su tiempo que es el tiempo, claro, que nos toca vivir. ¿Cómo va a frenarse el desarrollo de las fuerzas productivas, se interroga Katz, si las técnicas de producción siguen mejorando, aparecen nuevos inventos, progresa la ciencia aplicada en el mundo de los negocios, etcétera? Pero Trotsky no negaba esto sino que lo incluía en su propia caracterización: “La premisa económica de la revolución proletaria ha llegado hace mucho tiempo al punto más alto que le sea dado alcanzar bajo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer. Las nuevas invenciones y los nuevos progresos técnicos no conducen a un acrecentamiento de la riqueza material. Las crisis de coyuntura, en las condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista, aportan a las masas privaciones y sufrimientos siempre mayores”. Y agregaba, pensando en los Katz de la época, encandilados con la recuperación de las fuerzas productivas del capital luego de la catástrofe de 1929:“Las charlatanerías de toda especie según las cuales las condiciones históricas no estarían todavía “maduras” para el socialismo no son sino el producto de la ignorancia o de un engaño consciente”. No necesitamos señalar que Trotsky hablaba del socialismo revolucionario, no de la democracia “socializante” que pregona nuestro crítico.


 


No hay que ser Trotsky, de todos modos, para comprender que si, por ejemplo, los descubrimientos de la ciencia atómica se aplican a la elaboración limpia, consciente y adecuada de alternativas energéticas, no es lo mismo que si se utilizan para liquidar miles o millones de seres humanos en una guerra nuclear. La creación de una usina eléctrica, abastecida por uranio, puede hacer crecer el PBI como una fábrica de bombas de hidrógeno.


Pero la “medida” de la actividad económica del capital no permite deducir el significado cualitativo, el lugar que ocupa en la evolución del capital el predominio de una u otra cosa. Es la apología del capital y no su tendencia a revolucionar las técnicas de producción lo que enceguece a Katz, incapaz de comprender que es esa misma revolución la que lo condena a llevarnos a un retroceso civilizatorio o a dar paso a un orden social superior.


 


Marx afirmó que una “era de revolución social” queda abierta cuando las relaciones de producción se convierten en una traba al desarrollo de las fuerzas productivas. Una “era del socialismo”, entonces, era la que los revolucionarios de Octubre consideraron abierta con el imperialismo como manifestación de la época signada por el agotamiento histórico de la civilización capitalista. El planteo de que las fuerzas productivas han cesado de crecer es muy concreto: son las relaciones de producción las que deben ser revolucionadas para abrir una nueva época del progreso humano. El clásico señalamiento de Marx tiene un sentido muy preciso respecto de la etapa en la cual esas mismas relaciones de producción eran, al revés, un estímulo a la capacidad del hombre de transformar la naturaleza (fuerzas productivas) y planteaban un desarrollo histórico progresivo del capitalismo en relación con los modos de producción precapitalistas. La referencia al cese del crecimiento de las fuerzas productivas es muy específica e inequívoca para designar la época histórica cuyo debut está marcado por la guerra imperialista de la segunda década de siglo XX y la revolución rusa del ’17.


 


El “cese” del desarrollo de las fuerzas productivas toma una forma absoluta, por otra parte, cuando su carácter crecientemente destructivo (la expresión es de Marx) se manifiesta en una depredación humana y ambiental sin precedentes, con crisis cada vez más profundas, más extendidas y más duraderas, con el predominio de las formas más parasitarias del capital (mercados monopólicos y capital financiero) y una pauperización creciente de las masas de alcance planetario. Cuando la pauperización relativa y absoluta de las masas alcanza las dimensiones gigantescas que hoy conocemos, ¿cómo es posible insistir tozudamente con el cuento de que las fuerzas productivas no cesan de crecer porque la tendencia a la “autoexpansión” es la característica distintiva de su modo de producción? Olvidó Katz que “el desenvolvimiento de las fuerzas productivas motivado por el capital mismo en su desarrollo histórico, una vez llegado a cierto punto, anula la autovaloración del capital y a partir de cierto momento el desenvolvimiento de las fuerzas productivas se vuelve un obstáculo para el capital; por tanto la relación del capital se torna en una barrera para el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo”. Es lo que dice Marx en los Grundrisse, según reza el epígrafe de esta misma nota.


 


Katz ha hecho del crecimiento del PBI un fetiche y no importa si mide la expansión de la civilización mercantil y capitalista o el contrabando de armas, drogas y personas convertido en pilar del negocio capitalista en su etapa de descomposición más acentuada; si mide la expansión del capital industrial (históricamente progresivo) o la de las formas parasitarias del capital monopólico y financiero, sin cuya distinción es imposible dar cuenta del período de descomposición capitalista. Como para Katz todos los gatos son pardos no puede considerar la cuestión decisiva, que “ningún índice de producción industrial puede suplantar a las condiciones históricas en que se desenvuelve la acumulación del capital. La producción debe ser analizada a la luz del proceso de la acumulación capitalista, de ningún modo al revés; los ‘datos’ no pueden suplantar al análisis, tienen que ser explicados a la luz de éste. En realidad, la economía de los países desarrollados crece en el último cuarto de siglo, medida tanto en valores reales como ficticios (las armas que se destruyen en una guerra; las operaciones de limpieza de un derrame de petróleo, incluido el petróleo derramado; los gastos que corresponden a un déficit fiscal, etcétera, se computan como valor agregado en el sistema de contabilidad nacional) a una tasa del 2 por ciento anual, no solamente bien por debajo de la mitad de los 20 primeros años de la última posguerra sino fundamentalmente bien por debajo del potencial productivo existente”.13


 


Los dogmáticos, dice nuestro crítico, hemos modificado el concepto de fuerzas productivas desplazándolo del campo de la ciencia económica al de la filosofía. Esto porque habríamos inventado la especie de que el “hombre es la principal fuerza productiva”, algo que sería ajeno a la economía y al marxismo ya que no puede “medirse” como la producción, el consumo o el ahorro. Algunos años atrás Katz celebraba un artículo de un colega del EDI que en largas páginas había probado que nunca Marx había usado semejante concepto. Leyó mal: porque “de todos los instrumentos productivos el mayor poder productivo es la clase revolucionaria misma”, creyó conveniente aclarar el mismo Marx al concluir la que se considera su primera obra integral de crítica a la economía política.14 En lenguaje “katziano” se podría decir que Marx era sin duda un pésimo economista y un gran filósofo.


 


Dogmatismo, ciencia, axiomas


 


La crítica al “dogmatismo”, título del largo texto de Katz que aquí consideramos, es, por lo tanto, engañosa. Su función es presentar como un supuesto “marxismo abierto” lo que no es otra cosa que el cuestionamiento de los fundamentos del socialismo revolucionario y de las lecciones de un siglo y medio de desarrollo político del movimiento obrero y su vanguardia. En este terreno la crítica al dogmatismo es completamente improcedente.


Porque no se trata de cuestionar el desarrollo eventualmente unilateral y cristalizado de una herencia y un patrimonio común, sino de revisarlo por completo. No por casualidad el artículo de nuestra autoría que Katz critica, comenzaba señalando que Katz copiaba de manera literal el planteo de Bernstein muy tardíamente, sin la altura del original y en un período histórico distinto. Su crítica, entonces, no es una crítica al “dogmatismo marxista” sino al marxismo. “La dialéctica de la historia es tal – señaló Lenin en su oportunidad– que el triunfo teórico del marxismo obliga a sus enemigos a disfrazarse de marxistas”. Como sabemos, la historia, cuando se repite, se presenta como farsa.


 


El marxismo, como toda ciencia, nació y se desarrolló en oposición a las verdades absolutas y eternas propias de todo dogma. Pero, como en cualquier ciencia, el marxismo encuentra en ciertos principios y axiomas su fundamento distintivo, exactamente lo que Katz tira por la borda. El carácter histórico (y por eso relativo) del hombre y del mundo no autoriza a un “relativismo” gnoseológico, según la cual “todo vale” y la provisoriedad o la incertidumbre pueden ser generalizadas sin ton ni son. Katz llega a afirmar que es inútil hacer “pronósticos” porque el futuro es “impredecible”, con lo cual liquida de un plumazo un atributo clave de todo conocimiento científico, que consiste en demostrar su terrenalidad práctica en la capacidad predictiva que surge de la “ley del movimiento” del fenómeno que busca indagar. Nuestro crítico pasa así del embellecimiento del capitalismo que nunca se derrumba al oscurantismo anticientífico, lo cual no deja de tener su propia lógica.


 


Es posible que la palabra axioma suene fuerte al intelectual sensible; porque axioma equivale al planteo de algunas formulaciones que se toman como pilares incuestionables de un edificio teórico más elevado sin que tales puntos de partida necesiten demostración. Esto no significa que no sean verdaderos y/o que no puedan ser cuestionados porque, en definitiva, todo axioma o principio es siempre el resultado de una experiencia humana en el desarrollo de la especie. Pero los principios y axiomas no pueden ser “demostrados” porque ellos mismos constituyen el punto de partida, la base, el inicio de toda disciplina. El caso más conocido y paradigmático es el de la geometría, cuyos axiomas sobre el punto, la recta y el plano constituyeron la base de un perdurable edificio milenario.


 


¿Es posible trazar una analogía entre este concepto de principio o axioma en la ciencia matemática y el marxismo considerado como ciencia? Absolutamente. Es Marx mismo quien en La Ideología Alemana afirma textualmente que en su análisis “la premisa no precisa ser demostrada”, porque su concepción de la historia no parte del ser humano “pensado, predicado o representado” sino del hombre de carne y hueso, viviente y real. Ya la realidad es un axioma, “no puede ser demostrada”, existe en cuanto tal. Marx recurre a un axioma también cuando indica que su materialismo reposa en la “prioridad de la naturaleza” o en el momento en que cita los descubrimientos de Darwin como “fundamento histórico natural” de su propia concepción. Los axiomas pueden ser muy sencillos y muy simples aunque no por eso el recurso a ellos deja de ser revolucionario. Es lo que señaló Engels, ni más ni menos que en su oración fúnebre en ocasión de la muerte de Marx, cuando indicó que el abordaje científico de la historia de la sociedad humana a partir de indagar las condiciones de producción de la vida del propio hombre es un principio extremadamente sencillo; en definitiva, entender al hombre no por lo que dice sino por lo que hace. Un planteamiento – agregó el compañero de Marx– que, oculto por siglos de prejuicios y mistificaciones, permitió fundar un pensamiento riguroso, teórico y práctico, para la transformación del mundo en que vivimos. No pretendemos el rigor metodológico en este breve comentario para distinguir entre los axiomas y los postulados básicos o reglas que siguen aquéllos, en orden a formular enunciados o teorías científicas. Pero todo estudiante sabe que entre los planteos fundantes del marxismo se encuentran precisamente los que Claudio Katz impugna, como veremos enseguida.


 


Juicios de valor 


 


En la primera línea de su crítica a los “dogmáticos” Katz sostiene que “defienden el catastrofismo sin registrar el carácter valorativo que hacen de esa noción”. Se equivoca desde un principio: lo registramos absolutamente. Katz excluye los “valores” del tratamiento riguroso o científico de la realidad porque retoma una vieja concepción del pensamiento positivista, en su versión más primitiva y grotesca. Nuestro “economista” repite así los manuales de su materia más vulgares, que distinguen entre, primero, una economía de “valores” (normativa) y, luego, otra positiva (reglas, técnica, cálculo, etcétera), y que excluyen a la primera del terreno de la ciencia para relegarla al terreno supuesto de la metafísica o del pensamiento especulativo. Según este criterio, un científico de la economía no podría establecer con criterio propio si corresponde producir, por ejemplo, cañones o caramelos (es una controversia de “valores”): lo único que puede hacer es explicar mediante qué procedimientos es más eficiente su producción. Claro que esta división arbitraria entre “valores” y ciencia tenía y tiene como función santificar el orden existente… o la producción de cañones, para decirlo metafóricamente. El economista Katz se cocina en su propia salsa.


 


Toda la obra de Marx comienza con una enorme cantidad de planteamientos de “carácter valorativo” y es difícil encontrar otro punto de arranque para cualquier ciencia, a condición, claro está, de que “los valores” hundan sus raíces en la realidad y en una intuición profunda sobre la estructura del universo que aborda. Los positivistas más sofisticados – no es el caso de nuestro crítico– , no desconocen el status difícil de precisar de lo intuitivo y de la inducción, pero buscan integrarlo y no apartarlo del campo de la ciencia. La intuición del joven Marx sobre el carácter “catastrófico” del capitalismo como fuente de enajenación y explotación humana no queda en absoluto disminuida por su posterior y metódica investigación sobre las leyes del capital, en la cual abundan asimismo las consideraciones “valorativas” que Katz excluye del campo del conocimiento más elevado, pero a las cuales apela sistemáticamente para polemizar con los “dogmáticos”. Katz no respeta el “valor” de la coherencia, que es un principio insoslayable de toda ciencia.


 


El punto de partida de Marx fue la consideración “valorativa” sobre la alienación y la miseria existencial, que dominaba al trabajador o productor asalariado en la sociedad capitalista, en la cual, contradictoriamente, la potencia del trabajo humano se revelaba, como nunca en la historia, en la creación de un mundo de riquezas y desarrollo de fuerzas productivas sin precedentes. Mucho antes de descubrir la plusvalía y las leyes específicas de la explotación capitalista, en una investigación rigurosa sobre el surgimiento, funcionamiento y posibilidades del modo de producción correspondiente a la sociedad burguesa; antes, entonces, de proceder a su trabajo científico más conocido, Marx intuyó la contradicción básica que marca la historia contemporánea. Cuando escribió sus Manuscritos – tenía algo más de veinte años– su visión sobre el “trabajo alienado” moderno brilla todavía con alcance profético. Un trabajo preñado de contenidos “valorativos” donde late, sin embargo, la génesis de toda su labor posterior, que ganó en profundidad, método y sistematicidad. ¿Cómo se “miden”, en la ciencia “positiva” de Katz, las caracterizaciones de aquellos Manuscritos sobre la negación del hombre en el trabajo, sobre la devaluación del mundo humano mientras más se valoriza el mundo de las cosas, los aforismos de estilo hegeliano sobre el hombre convertido en animal por la explotación capitalista y la mutilación del alcance universal de su trabajo como especie consciente? Pero inclusive el elemento “valorativo” que Katz desprecia es una constante en toda obra de Marx y, por supuesto, en su texto científico más elevado. Al concluir El Capital, Marx dirá que el capitalismo ha venido al mundo chorreando lodo y sangre por todos sus poros.


Los “valores” que Katz desprecia no son de modo alguno ajenos al escrutinio científico. La propia ciencia y aún los metodólogos más creativos han eliminado la barrera absoluta que distinguía los “juicios de valor” de los “juicios de hecho”. Un interesante trabajo reciente de Hillary Putnam retoma esta controversia para señalar que la verdad o la falsedad de los juicios es un campo que remite tanto a los juicios de “hechos” como de “valor”.Y agrega que, por eso mismo, valores como simplicidad y coherencia son presupuestos del conocimiento científico. Putnam impugna que se pueda hablar de “objetividad” en los términos de lo que sería una mera descripción de objetos y dice que así como es una dura tarea establecer la verdad o falsedad de juicios de hecho, no puede dejar de serlo respecto de los juicios de valor. Los propios juicios de valor, que ciertos “objetivistas” dejan al margen de la ciencia, pueden, entonces, también ser objetivos. Precisamente porque existen diversos tipos de afirmaciones que, aunque no sean descripciones de objetos, están bajo el control de la racionalidad. Por ejemplo, “cruel”, “elegante”, “vulgar”, etcétera, no son conceptos susceptibles de encasillarse con la etiqueta de lo descriptivo o de lo valorativo de un modo excluyente, del modo que pretenden ciertos epistemólogos positivistas. El título del trabajo que citamos es de por sí una definición: “El colapso de la distinción entre hechos y valores” y fue publicado por Oxford University Press.15


 


Principios y valores en Marx 


 


En los estudios básicos respecto de la estructura del pensamiento científico, los mentados valores y/o axiomas se plantean una y otra vez como principios fundantes de toda arquitectura teórica posterior. Valores o axiomas son normalmente entendidos en la teoría del conocimiento como sinónimos. Inclusive en las variantes más especulativas y no científicas (en este sentido, filosóficas) la cuestión ha dado lugar a una disciplina particular: la “axiología”. Los ya citados axiomas o “valores” de Euclides han dado lugar a uno de los planteamientos más perdurables de la aventura humana del pensamiento racional. Tuvieron que pasar prácticamente dos milenios para que uno de esos axiomas fuera cuestionado (el propio Euclides dudaba de su eficacia como tal) y esto dio lugar a las geometrías no euclidianas, tan fértiles en la exploración científica del siglo XX, si se tiene en cuenta que la célebre teoría de la relatividad de Einstein se funda en esta suerte de redespliegue de la matemática moderna. Ni siquiera los axiomas son verdades eternas. Tampoco los de Marx porque son atinentes a la historia humana, que siempre – no sólo la del hombre sino también la de la naturaleza– es una historia creadora y cambiante, de continuidad y ruptura. Marx tomó en ese sentido el planteo hegeliano. El filósofo alemán consideró a la “razón”, que desde Descartes se había convertido en un axioma o valor atemporal y demiurgo del pensamiento científico, en un hecho precisamente histórico. No hay una y sola “razón” sino un desenvolvimiento de lo “racional” histórico y contradictorio. Por eso, según la célebre aseveración de Hegel, todo lo real es racional y todo lo racional es real. Pero es claro que cualquiera sean los límites de los axiomas y valores, estos se “validan” en contextos determinados y sobre esta base son absolutos, hasta que se demuestre lo contrario. Como puede ver nuestro crítico, y contra lo que supone, somos plenamente conscientes del carácter “valorativo” de nuestros juicios.


 


Como valores y axiomas, los principios de la investigación marxiana están presentes, en primer lugar, en el Prefacio de la Contribución a la crítica de la economía política. Allí Marx establece de qué se trata el “hilo conductor” de toda su obra ulterior: que para estudiar al hombre importa estudiar las condiciones en que se produce y reproduce su vida, que la existencia determina la consciencia, que las relaciones de producción condicionan las fuerzas productivas de modo tal que siendo originalmente un impulso a su desarrollo se transforman con el tiempo en un obstáculo insalvable para su ulterior evolución, que cuando esto último sucede se abre un período de revolución social, etc. La relatividad de los axiomas en el marxismo y en toda ciencia (ya vimos el caso de la más abstracta y “perfecta”, la matemática) no consiste en postularla de un modo genérico en nombre de que los valores o principios fundantes del conocimiento son siempre transitorios. Es preciso demostrar la inviabilidad de uno de los fundamentos de cualquier teoría de un modo concreto. Katz puede cuestionar y cuestiona a Marx. Lo que no corresponde es que lo haga en nombre de Marx y de su oposición a los “dogmas”. El marxismo no es un dogma pero sí una doctrina en los términos en que puede ser concebida cualquier teoría científica: su capacidad de develar la estructura contradictoria y autodestructiva del capital, en relación con los mecanismos de su propio desarrollo, ha soportado la prueba de la práctica y de su fecundidad en el pensamiento y en la acción, a condición, claro está, de entenderla correctamente y de respetar los procedimientos correspondientes a la crítica ¿O pretende Katz, como algunos críticos que retoman su método, que discutamos si “colapso” implica una suerte de “fecha de vencimiento” como la de un cartón de leche en el supermercado, como día hipotético de un “estallido final”, o acaso la especie de que el mismo “colapso” implica automáticamente la inminencia de un revolución “a la vuelta de la esquina”? 


 


Valor en la economía


 


Tanto desprecio por el “contenido valorativo”, es decir, cualitativo y no cuantitativo de los conceptos y categorías del análisis revela, además, la “miseria del economista”; es decir, la ausencia de todo abordaje crítico de la economía política burguesa. Fue Hegel antes de Marx quien advirtió el aspecto “cualitativo” del valor en la economía clásica. Designaba así la “cualidad” de los productos del trabajo de mediar la satisfacción de una necesidad del hombre por la vía de su vínculo con la naturaleza. La dimensión cualitativa era para el gran filósofo alemán indisociable de la cuantitativa, que permitía intercambiar esos mismos productos del trabajo como valores para dar a esa capacidad de satisfacer necesidades humanas un alcance universal. Para Hegel, dice el muy interesante trabajo de un joven economista soviético de la década del ’20, rescatado recientemente del olvido, el valor era la “unidad dialéctica” de sus dimensiones cualitativas y cuantitativas.16


 


Marx fue aún más allá porque vio en el “aspecto cualitativo” del valor –en lo que llamó la forma valor– la alienación del carácter social del trabajo, que los propietarios privados independientes negaban al momento de producir y que sólo se expresaba de un modo indirecto a posteriori, mediante el intercambio “cuantitativo” de los resultados de su trabajo. Los productos del trabajo humano se transforman en mercancías, en valores, como resultado de la ausencia de toda regulación social de la división del trabajo. Si esta última existiera, si la producción fuera inmediatamente social, no habría necesidad de mercancías, valores y precios para asignar el trabajo a las distintas ramas de la producción.17 Donde la economía clásica veía en el valor apenas una “medición” – diría Katz– de la riqueza, Marx puso de relieve el carácter contradictorio de la sociedad capitalista que universaliza la circulación de valores, es decir, de mercancías. A punto tal que la crisis y el derrumbe del capital se expresa en un conflicto que se torna recurrente y crecientemente insoluble porque chocan, se enfrentan y se oponen, de modo irreconciliable, la capacidad de los productos de satisfacer necesidades y la definitiva incapacidad de los consumidores humanos por realizar su dimensión cuantitativa; es decir, comprarlos. ¿No dijo Marx, en definitiva, que “la razón última” de todas las crisis es la pobreza provocada por el mismo capital?


 


La cuestión decisiva del valor, la forma social específica del producto del trabajo en una sociedad mercantil, es la que Marx tuvo en cuenta cuando tuvo que responder a la crítica sobre la dificultad que presentaba la lectura de El Capital, particularmente en su inicio, cuando se tratan los “enigmas” del valor y las apariencias nebulosas y hasta místicas de la mercancía. Marx respondió entonces que era imposible abordar científicamente el movimiento del capital sin comprender los problemas clave del valor. Nuestro crítico supone, sin embargo, que la evaluación del destino histórico del capital, la producción del valor y los límites de la universalización de la circulación mercantil, se resumen en medir el PBI, el consumo, el ahorro, con los métodos, además, de la contabilidad mistificada de la economía burguesa, que suma, como si fuera la misma cosa, la producción de valor y aquella que no lo es. En el citado texto del economista soviético se revela al menos que casi cien años atrás este problema ya había sido destacado frente a los Katz del momento: “La economía burguesa se caracteriza por un empirismo superficial que intenta formular leyes económicas abstractas con relación a lo que aparecen como datos concretos, tales como el volumen de producción, el nivel del empleo, las tasas de interés, los precios de las acciones, etcétera. Para Maksakovsky, sin embargo, tales indicadores superficiales no son sino la manifestación fenoménica de un movimiento dialéctico esencial que no puede ser captado por la simple observación y medición… Las leyes que gobiernan el capitalismo como un todo no pueden ser encontradas simplemente por la abstracción de lo empírico; al revés, lo empírico tiene que ser primero conceptualmente aprehendido, comenzando por la lógica interna que determina y forma la superficie del fenómeno económico”.18 


 


Final provisorio


 


Katz ha abandonado la teoría y la práctica revolucionaria para seguir empíricamente las visicitudes del “capitalismo que se mantiene en pie a pesar de los pronósticos de los catastrofistas dogmáticos”. Confirma aquello de que sin teoría revolucionaria no hay política revolucionaria y el teorema recíproco: una teoría anticatastrofista del capitalismo culmina en una apología del capital: “ni las guerras, ni los genocidios, la explotación y la destrucción del medio ambiente, que se han multiplicado, ni el creciente auxilio estatal para asegurar la continuidad de su reproducción…, ninguna de estas modificaciones (sic) eliminan el sustento objetivo del capital en la competencia por la ganancia, que se dirime en crecimiento, innovación y ampliación de los mercados”. Este es el capitalismo para Katz, la sociedad que no se derrumba, “crecimiento, innovación y ampliación de los mercados”, antes, ahora y siempre. ¿Qué catástrofe?: “La crisis nunca es una fase perdurable, porque sólo existe en función de su par simétrico que es la estabilidad”, “la propia reproducción del capital requiere una expansión significativa del consumo”, etcétera.


 


En resumen: Katz y la “nueva izquierda” que representa, se caracterizan, en primer lugar, por entregar las posiciones conquistadas en un siglo y medio de experiencia socialista consciente y revolucionaria. Llegado este punto correspondería abordar los planteamientos políticos de nuestro crítico. Se diría inclusive que para Katz el socialismo ha sido realizado en Venezuela o al menos que está “a la vuelta de la esquina” si mejora la distribución de la renta petrolera, como afirma, palabras más, palabras menos, en la segunda parte de su texto de respuesta “al dogmatismo”. Un cuasi-socialismo que además se completaría, como lo señaláramos al principio de este mismo artículo, con un acuerdo de “integración” con los gobiernos y las economías capitalistas y fondomonetaristas del Cono Sur. Queda pendiente, entonces, analizar los meandros que conducen a nuestro crítico de la catástrofe teórica al derrumbe político de quien supo ser militante socialista. Las cosas, finalmente, tienen su propia lógica. 


 


A modo de cierre corresponde ahora un pequeño apéndice referido a unos insospechados seguidores de Katz. 


Apéndice sobre la catástrofe teórica (o el PTS)


 


“El capitalismo no se caracteriza por una decadencia crónica e irresoluble” dice una nota reciente dedicada a criticar el “catastrofismo” del PO, en la línea de Katz. Pero lo notable, en este caso, es que la afirmación pertenece a dos jóvenes que se jactan de dominar la “teoría marxista” desde una revista que publica el Partido de Trabajadores por el Socialismo.19 La nota respectiva está concebida con una evidente mala fe. Desde el propio título, en el cual señala que su objeto es la crítica del catastrofismo…“inminente”. Algo que no se plantea en ningún lugar del artículo que pretenden criticar, el citado “En defensa del catastrofismo”. Hubieran acertado los noveles petesistas si hablaran del catastrofismo “inmanente” (no sólo hay que saber algo de marxismo, también hace falta conocer la lengua española), algo que es propio del capitalismo. Inclusive podrían haber hecho un aporte al artículo original. Porque el signo catastrófico del capitalismo no es apenas un atributo de su época de decadencia sino inclusive una propiedad genética de todo su desarrollo.


 


Los teóricos nos adjudican de manera fraudulenta el concepto de “catastrofismo inminente” y lo convierten, además, en sinónimo de “revolución a la vuelta de la esquina”; algo explícitamente negado en el texto que impugnan que dice textualmente: “No existe automatismo entre la descomposición capitalista y la revolución llamada a superarla… se trata de la caracterización de una época y negar la primera significa formalmente tornar innecesaria la segunda, en términos del proceso histórico contemporáneo”.20 La cita vale para nuestros críticos del PTS, precisamente porque su negación de la época capitalista como catastrófica revela que, detrás de su fraseología revolucionaria, campea la misma versión del momento histórico de Katz. El capitalismo, según el PTS, sería un fenómeno “complejo” y “contradictorio” en la medida en que “la mecánica interna del desarrollo capitalista (se da) a través de la incesante alternancia de crisis y boom”. Por lo tanto, se preguntan, si luego de la depresión económica sigue la recuperación “porque ninguna crisis se extiende de forma indefinida”, ¿cómo hablar de “catástrofe”?


 


Ni inminente ni inmanente – dice el PTS– , el catastrofismo es extra- ño a toda caracterización del capital, simplemente porque su ciclo económico se caracterizaría por altas y bajas de la actividad económica. En un alarde de aparente sutileza nos imputan desconocer la diferencia entre “las crisis parciales que acompañan permanentemente el devenir del capital” y “las crisis generalizadas que desnudan todas las miserias del capitalismo” las cuales aun así, “no son más que un momento dentro del movimiento de la economía capitalista”. En resumen: se podría hablar de catástrofe capitalista cuando se produce una crisis, y no cualquiera sino una generalizada, pero, como aun así se trata de un fenómeno pasajero, “momentáneo”, la asociación entre catástrofe y capitalismo sería inadecuada.


 


Para el PTS, en cambio, la teoría de la tendencia al derrumbe no es de Marx sino que se trata de una versión posterior del asunto que adjudican a Rosa Luxemburgo o a Kautsky y que no respondería, otra vez, al “complejo” y “contradictorio” análisis de Marx. Además, objetan que el autor que critican no diga a cuál de las dos versiones del “derrumbe” se refiere, suponiendo que ignora de lo que habla. Es al revés, porque resulta propio de ignorantes proclamarse marxista y desconocer o negar la teoría del colapso o el derrumbe formulada por el autor del Manifiesto Comunista. Para el PTS la teoría del derrumbe debe ser desechada como una “teoría unilateral desmentida por los acontecimientos históricos”. Es decir el PTS es una expresión de lo que podemos llamar el revisionismo tardío, una versión francamente empeorada del original.


 


Para nuestros críticos, como para una serie de corrientes revisionistas modernas, la señalada “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia” es un gran descubrimiento de Marx si se le quita precisamente su carácter catastrofista y se la entiende apenas como el hilo conductor para comprender el carácter cíclico que reviste la economía capitalista en su desarrollo, pasando de la crisis a la euforia y viceversa. La teoría del derrumbe sería “unilateral” por señalar la marcha al colapso sin entender que cada caída es seguida por un ascenso ulterior. Lo cierto es que, en su movimiento cíclico, el capitalismo se encuentra con límites absolutos que no puede superar y en esto consiste su tendencia inevitable a la descomposición. Ambas dimensiones – la que explica la sinuosa dinámica de la economía capitalista y la que revela su “irresoluble” agotamiento– deben ser integradas. Entenderlas como fenómenos antagónicos es propio del revisionismo que asegura, como el PTS, que el movimiento “complejo”, “contradictorio” y “cíclico” del capitalismo desautoriza cualquier conclusión respecto de su irreversible marcha al colapso o al derrumbe.


 


Para que no haya dudas sobre nuestra interpretación, agreguemos que el PTS afirma literalmente que “en las crisis no se expresan las tendencias del capitalismo a su disolución”, exactamente lo opuesto a los planteos más elementales de Marx. Hasta en el Manifiesto se dice que “las crisis plantean de forma cada vez más amenazante la existencia de la burguesía”; es decir, las tendencias autodestructivas del capital. Si las crisis, cuando la sociedad capitalista se hunde porque produce demasiado para la capacidad del propio capital de acumular ganancias, y mata de hambre porque sobran mercancías que no pueden consumir los millones de explotados; si estas crisis de sobreproducción no expresan las tendencias del capitalismo a su disolución, ¿qué es lo que expresan? Para el PTS lo único que se puede decir es que “las crisis son producto de las contradicciones del sistema y que por ello son inevitables”; una vulgaridad que no tendría problema en sostener cualquier economista, no necesariamente de izquierda. 


 


A la derecha de Bernstein


 


La tesis de que el capitalismo marcha a un agotamiento inevitable para dar paso a un orden social superior es patrimonio común de todas las corrientes del movimiento obrero, incluso de las revisionistas de finales del sigo XIX. Estos últimos sostenían que, en lugar de un derrumbe y del agravamiento de sus contradicciones, la evolución del capital permitiría superar de manera pacífica y en forma relativamente armoniosa los antagonismos propios de su desarrollo y abrir paso a una sociedad socialista. Tal era el planteo de Bernstein.


Para el revisionismo moderno, en cambio, el capitalismo no acarrea las condiciones de su superación. Al negar la tendencia al colapso, niegan también el socialismo. Pero en este caso, se quita a la clase obrera todo fundamento objetivo para su acción. No es extraño que la mayoría de estas corrientes revisionistas hayan concluido por proponer, apenas, una corrección de rumbo al capitalismo con la pretensión de darle un carácter más “social”; por ejemplo, en la vana y reiterada empresa de “distribuir la riqueza”, que es el dogma de Katz y los “economistas de izquierda”. Al negar la tendencia al colapso, el PTS se coloca a la derecha de Bernstein. El revisionista alemán de fines del siglo XIX pretendía entonces avanzar al socialismo mediante “reformas”, en una época en la que no pudo reconocer la catástrofe capitalista en el momento histórico de su máximo desarrollo; el PTS desconoce la catástrofe del capital en su período de agonía y descomposición.


 


En una manifestación de macaneo y barbarie, que no deja de provocar alguna sonrisa por su sencillez pueril, el PTS se anima a oponer a Trotsky a… Marx: el primero no habla, dicen, de catástrofe capitalista, sino de “declinación” del capital, de “momentos” de crisis y, de conjunto, de un “equilibrio inestable”. Un verdadero brulote que concluye con la afirmación de que en el artículo “Rieznik revela su miseria de método frente a la noción (trotskista) de equilibrio inestable”. La “riqueza de método” sería, entonces, sustituir la apreciación sobre el destino histórico del capital al derrumbe, por la pavada de que el capitalismo no flota ni se hunde porque sube y baja y lo que hoy se encuentra arriba mañana estará abajo y viceversa, ciertamente un “equilibrio inestable”. Y esto se lo adjudican a Trotsky, transformado en una versión degradada de Keynes que ellos mismos han adoptado.


 


De conjunto, la crítica del PTS es un verdadero despropósito. Adjudica a quien critica sus propias limitaciones y de un modo burdo. Como no puede entender de qué se trata la “defensa del catastrofismo” y la identifica con una suerte de “inminencia de la revolución”, adjudica al PO la supuesta tesis de que nos encontramos ante una situación revolucionaria desde… 1848. Cuando los autores del escrito seguramente tenían dientes de leche, el PO publicó una larga serie de artículos criticando la puerilidad de semejante tesis y negando la existencia de una situación revolucionaria en la Argentina que entonces sostenía el MAS, cuando lo integraban los actuales dirigentes del PTS. No hay tiempo ni espacio para entrar ahora en materia, pero vale la pena apuntar que conviene siempre saber de qué se está hablando y que la confusión deliberada como “método”, eso sí es una “miseria”. No es posible ahora detenernos en este tema con el cuidado que merece. Mientras tanto, éstos, nuestros nuevos críticos, pueden muy bien recorrer las páginas indicadas, publicadas en un extenso y profundo trabajo de Jorge Altamira.21 Finalmente, el valor de toda la polémica es aportar a la formación política y teórica de la nueva generación.


 


NOTAS


 


1. Marx, Karl: Grundrisse, citado en el capítulo “La ley de la baja de la tasa de ganancia y la tendencia del capitalismo al derrumbe”, de Roman Rosdolsky; Génesis y Estructura de El Capital de Marx, Siglo XXI, México, 1978, pág. 422. 


2. Rosdolsky, Roman: Op. cit., pág. 423. 


3. Rieznik, Pablo: “En defensa del catastrofismo; miseria de la economía política de izquierda”, En defensa del marxismo N° 34, Buenos Aires, diciembre 2006. 


4. Mesa, Ciro: Emancipación frustrada – La concepción de la Historia en Marx, Biblioteca Nueva, Madrid, 2004.


5. Katz, Claudio: “Los efectos del dogmatismo” (paper).


6. Marx, Karl: Grundrisse, citado por Rosdolsky, Op. cit. 


7. Michael Savas-Matsas: “La mundialización como espectro del capitalismo”, En Defensa del Marxismo N° 21, Buenos Aires, octubre 1998.


8. Pablo Heller: “Sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”, En Defensa del Marxismo N° 30, Buenos Aires, mayo de 2003.


9. Rosdolski, Roman: Op. cit., pág. 423.


10. Trotsky, León: Una escuela de estrategia revolucionaria, Ed. Del Siglo, Buenos Aires, 1973.


11. Day, Richard: Teoría de los grandes ciclos, Akal, Madrid, 1979.


12. Day, Richard: Op. cit.


13. Altamira, Jorge: “El alcance de la actual crisis mundial”, En Defensa del Marxismo Nº 23, Buenos Aires, marzo 1999. 


14. Marx, Karl: Miseria de la Filosofía, Global, San Pablo, 1989.


15. Citado por Marina Rieznik en “Sobre la objetividad científica y su historia en el siglo XX”; en Rieznik, Pablo: El mundo no empezó en el 4004 antes de Cristo – Marx, Darwin y la ciencia moderna, Biblos, Buenos Aires, 2005.


16. Day, Richard: Pavel V. Maksakovsky: The Capitalist Cycle. An Essay on the Marxist Theory of the Cycle, Leiden, Boston, 2006. 


17. Rieznik, Pablo: Las formas del trabajo y la historia – Una Introducción a la economía política, Biblos, Buenos Aires, 2007, capítulo 3.


18. Day, Richard: Pavel Maksakovsky…, Op. cit. 


19. Mercatante, Esteban y Noda, Martín: “Entre el escepticismo y la catástrofe inminente”, Lucha de Clases N° 7, Buenos Aires, Segunda época, junio de 2007.


20. Rieznik, Pablo: “En defensa del catastrofismo…”, Op. cit.


21. Altamira, Jorge: La estrategia de la izquierda en la Argentina, Ediciones del Partido Obrero, Buenos Aires, 1990.


 

Marx, las crisis económicas y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia


La base del capitalismo es la producción de plusvalía para valorizar el capital, entendido como valor capaz de producir plusvalía, que, a su vez, es la "materialización del tiempo de trabajo no-pago", el rendimiento de trabajo ajeno acumulado. El proceso de producción capitalista es, por lo tanto, el proceso de producción de plusvalía. El motor de la producción capitalista es la obtención permanente de plusvalía y el origen de la plusvalía es la explotación de la fuerza de trabajo humana como consecuencia de la división de clases, fruto de la forma de apropiación de los medios de producción; que genera la relación antitética entre propietarios y no-propietarios de los medios de producción; esto es, capitalistas y trabajadores. La relación de negatividad que caracteriza a la sociedad capitalista hace que el trabajador tenga que vender su fuerza de trabajo al capitalista y recibir de él un salario, fruto de un contrato aparentemente libre pero esencialmente opresor: el contrato determina cómo y cuánto tiempo el obrero debe trabajar. El despotismo en la fábrica proviene de una necesidad del capital: la división del trabajo que, por medio de los avances técnicos y de los grados de especialización del trabajo, hace aumentar la productividad acumulando más capital.


 


Según Marx, uno de los aspectos esenciales del capital es que tiene que ser acumuladoindependientemente de las preferencias subjetivas de los capitalistas. Por lo tanto, el capitalista no tiene necesariamente conciencia de lo que hace: sigue las determinaciones del capital que exige la competencia. Como el capital es valor que se expande a sí mismo, su valor debe al menos ser preservado pero, a causa de la competencia, la sola preservación no es posible: ella exige que el capital se expanda. En el capítulo XXIII de El Capital, Marx analiza los efectos de la acumulación capitalista sobre la clase obrera. Con la introducción de la maquinaria y de la producción mecanizada, otros métodos de producción utilizan formas extremas de explotación a fin de continuar siendo competitivos. Es la propia producción mecanizada la que crea un ejército industrial de reserva y, con él, la Ley de la Acumulación Capitalista: "El mecanismo de producción capitalista y de acumulación adapta continuamente ese número [de trabajadores] y esas necesidades [de expansión del capital]. El comienzo de ese ajuste es la creación de una superpoblación relativa o de un ejército industrial de reserva, y su fin, la miseria de capas cada vez mayores del ejército activo y el peso muerto del pauperismo".


 


En el Volumen III, Sección 3 de El Capital, Marx habla de la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia. Definida como la "ley fundamental de la economía moderna", es la que determina el límite de la propia acumulación capitalista. Veamos más de cerca. La determinación de la organicidad de la crisis en la dinámica económica capitalista, en la visión marxista, exige una reconstitución teórica. En un primer momento –que comprende los esquemas de la reproducción del capital tal como aparecen en el Libro II de El Capital– se hacen numerosas hipótesis simplificadoras de la realidad: la oferta y la demanda coinciden, las mercancías se cambian por sus equivalentes, se anula la competencia, la lucha de clases, etc. Marx atendió de modo exclusivo al "proceso directo de la producción", para observar el comportamiento de las categorías de valor y plusvalor en toda su pureza. Hizo abstracción de las contingencias que determinan su distribución entre los distintos agentes sociales; dejó a un lado los eventos de la esfera de la circulación, que operan sobre esas categorías globales, y las dividen en fenómenos o formas concretas como salario, beneficio industrial y comercial, intereses bancarios y renta de la tierra. Los esquemas de reproducción de Marx estaban instalados en la ficción teórica de que las mercancías producidas por los distintos sectores se cambiaban según sus valores respectivos, manteniéndose en cada sector una composición orgánica del capital constante, con la acumulación progresando por medio de una simple adición de capital productivo sobre una base técnica invariable. Marx era consciente de esa irrealidad. La forma absoluta en que se presenta la posibilidad formal o abstracta de las crisis capitalistas es la fórmula general desarrollada del capital:


 


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Donde D representa el dinero, M la mercancía [factores de la producción: FT (fuerza de trabajo) y MP (medios de producción)], y P el momento de la producción. La posibilidad general de las crisis es la metamorfosis formal del capital, la disociación en el tiempo y en el espacio de la compra y de la venta. Pero esto no es nunca la causa de la crisis. No es otra cosa que la forma más general de la crisis y, por lo tanto, la crisis en su expresión más general. No se puede decir, sin embargo, que la forma abstracta de la crisis (abstraída de todas las mediaciones concretas o fenómenos que ocurren en el proceso de producción y circulación de la plusvalía en su conjunto) sea su causa: "Cuando preguntamos por su causa, tratamos precisamente de saber por qué su forma abstracta, la forma de su posibilidad, se transforma de posibilidad en realidad".(1)


 


El momento de la metamorfosis formal no es propio del capitalismo, sino de la producción mercantil simple, como aparece en M' – D'. Para presentar la realidad del capitalismo como un concreto pensado es necesario incorporar y considerar todas las mediaciones desechadas en el tratamiento que Marx hace del valor y la plusvalía en los Libros I y II de El Capital, en especial la transformación de los valores en precios de producción, y de éstos en precios de mercado, por la interacción de las distintas fracciones del capital en la esfera de la circulación: "En el primer libro se investigaron los fenómenos presentados por el proceso de producción capitalista, considerado para sí como proceso de producción directa, y se prescindió de todas las influencias secundarias de circunstancias que le son ajenas. Pero este proceso directo de producción no agota la trayectoria vital del capital. En el mundo real, el proceso de circulación lo complementa, y éste constituye el objeto de las investigaciones del segundo libro.Allí se reveló, principalmente en la tercera sección, al examinar el proceso de circulación como mediación del proceso de reproducción social (capitalista), que el proceso capitalista de producción, considerado en su conjunto, es una unidad de los procesos de producción y circulación."


 


"Por esto, no puede ser nuestro objetivo en este tercer libro formular reflexiones generales sobre esta unidad. Se trata de descubrir y describir las formas concretas que surgen del proceso de movimiento del capital considerado en su conjunto. En su movimiento real (en cuanto unidad de esencia y apariencia), los capitales se enfrentan en formas concretas tales (ganancia industrial, tasa de interés, ganancia comercial, renta territorial) para las que la figura del capital en el proceso directo de producción, así como su figura en el proceso de circulación, solamente aparecen como fases particulares. Las configuraciones del capital, tales como las que desarrollamos en este libro, se aproximan por lo tanto paulatinamente a la forma con que se manifiestan en la superficie de la sociedad, en la acción recíproca de los diversos capitales entre sí, en la competencia y en la conciencia habitual de los propios agentes de la producción".(2)


 


Supongamos un esquema de reproducción simple donde la escala de la producción y la relación de valor entre los componentes constante y variable del capital en los dos sectores no cambia, porque toda la plusvalía obtenida se consume improductivamente.


 


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Para que se mantenga la situación de equilibrio entre los dos sectores, la suma del valor y de la plusvalía del sector I (producción de bienes de consumo productivo) debe ser igual al valor del capital constante empleado por el sector II (producción de bienes de consumo final o individual).Todo cambia cuando pasamos a la reproducción ampliada, donde los capitalistas destinan parte de la plusvalía obtenida a ser capitalizada. El problema se traslada al sector II, donde los capitalistas productores de bienes de consumo deben realizar (vender) la plusvalía contenida en sus respectivos productos, o sea, convertirla en dinero antes de poder ampliar cada uno de ellos la escala de su producción. Con el supuesto ficticio o irreal de que las mercancías se venden por sus valores, y cada sector realiza su beneficio individual, la cuestión no tiene solución. Pero Marx demuestra que, a instancias de la competencia inter-capitalista y del movimiento de capitales de un sector de la producción hacia otro, según las diversas tasas de ganancia individuales o sectoriales, los valores se transforman en precios de producción a instancias de una tasa de ganancia media, que determina distintas masas de ganancia según la magnitud del capital comprometido.


 


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Este esquema demuestra que la reproducción del capital se realiza según las exigencias de la ley del valor. En este caso, en la sociedad había demasiada plusvalía producida en el sector I y, por lo tanto, demasiados bienes de consumo final, no porque la demanda solvente fuese insuficiente sino porque la masa de ganancia en ese sector excedía las magnitudes del capital comprometido. El precio de producción de las mercancías producidas por el sector II deberá descender por debajo de su valor individual en 250 unidades monetarias, y en 250 por encima de su valor en las industrias del sector I. Todo para que la parte de la plusvalía producida en exceso por la industria del sector II pueda transferirse al sector I que, de ese modo, acumulará más capital y crecerá desigualmente respecto del sector II. La diferencia de plusvalía capitalizada por cada sector traduce las diferentes magnitudes de capital invertidas en uno y otro, en virtud de la tasa de ganancia media común a los dos, lo que se opera por medio del mercado, a costa de los agentes de la producción capitalista: "Si las mercancías son vendidas por sus valores, se originan, tal como fue expuesto, tasas de ganancia muy diferentes en las diversas esferas de la producción, según la diferente composición orgánica de las diversas cantidades de capital invertidas en ellas. Pero el capital se retira de una esfera de baja tasa de ganancia y se lanza a otra con mayores ganancias. En virtud de esta constante emigración e inmigración, en una palabra, mediante su distribución entre las diversas esferas, en la medida en que en una diminuya la tasa de ganancia y en la otra aumente, el capital origina una relación entre la oferta y la demanda de tal naturaleza que (como ocurre en la física con la experiencia de los vasos interligados) la tasa de ganancia media se vuelve la misma en las diversas esferas de producción, consecuentemente los valores se transforman en precios de producción (precio de costo + ganancia media). El capital alcanza esta nivelación en mayor o menor grado cuanto más elevado sea el desarrollo capitalista en una sociedad nacional dada, o sea, cuanto más adecuados al modo capitalista de producción sean las condiciones del país en cuestión".(3)


 


El movimiento del capital productivo determina los precios de producción que permiten distribuir los beneficios entre los capitalistas según el monto del capital invertido por cada uno de ellos, resultado que depende de tres factores: 1) la masa de plusvalía producida por el capital global; 2) la tasa general o media de ganancia, esto es, la relación entre esa masa total de plusvalía y el capital global; 3) la competencia entre los capitales particulares por la obtención del máximo beneficio. La tasa de ganancia media fija los precios de producción y la composición orgánica media, o sea, el tiempo de trabajo socialmente necesario, concepto que, de ese modo, aparece en su determinación plena de significado económico. El grado de desarrollo específico de la fuerza social productiva del trabajo es diferente en cada esfera particular de la producción, siendo mayor o menor en la misma proporción en que sea mayor o menor la cantidad de medios de producción o "trabajo muerto" (máquinas, materias primas, etc.) puesta en movimiento por determinada cantidad de trabajo vivo, por determinado número de asalariados con una jornada de trabajo dada. Los capitales de composición orgánica media son aquellos cuya masa de plusvalía producida coincide con la realizada según la cuota de ganancia media, con precios de producción que no difieren de sus valores, como se ve en el siguiente cuadro:


 


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Marx dice que la tasa general de ganancia es la fuerza impulsora de la producción capitalista, y constituye la ley reguladora de la sociedad capitalista. Por la misma razón, para Marx, la ley fundamental de la competencia capitalista no es la ley de la oferta y la demanda entre mercancías (los precios de mercado) sino la ley que rige la competencia entre capitalistas (la tasa de ganancia media), que regula la distribución de la plusvalía entre ellos según la masa de capital con que cada uno participa en el negocio común de explotar trabajo asalariado.


 


En una situación con tendencia al aumento de la tasa de ganancia, la inversión en capital fijo y variable aumenta, y el desempleo cae ante la consecuente mayor oferta de empleo. El capital está en condiciones económicas de conceder mejoras a los trabajadores. En el punto más alto de la fase expansiva, e inmediatamente después de la crisis, cuando la economía capitalista entra en una fase de crecimiento lento, parte del capital adicional comienza a ser expulsado de la producción porque la tasa de ganancia no compensa su inversión y el desempleo aumenta en la misma proporción en que el crecimiento de la inversión cae. Es el momento en que los capitalistas inician su ofensiva sobre las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados.


 


En la primera exposición pública de su nueva teoría (el Manifiesto Comunista) Marx concedió a las crisis del capital un lugar central como manifestación concentrada de todo el carácter contradictorio y temporal del modo de producción capitalista: "La sociedad burguesa, con sus relaciones de producción y de cambio, el régimen burgués de propiedad, la sociedad burguesa moderna, que conjuró gigantescos medios de producción y de cambio, se asemeja al hechicero que ya no puede controlar los poderes infernales que invocó. Desde hace decenas de años, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las modernas fuerzas productivas contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominio. Basta mencionar las crisis comerciales, que al repetirse periódicamente, amenazan cada vez más la existencia de la sociedad burguesa. Cada crisis destruye regularmente no sólo una gran masa de productos fabricados, sino también una gran parte de las propias fuerzas productivas ya creadas. Una epidemia, que en cualquier época habría parecido una inconcebible, se desata sobre la sociedad: la epidemia de la sobreproducción. La sociedad se ve súbitamente reconducida a un estado de barbarie momentánea (…) El sistema burgués se volvió demasiado estrecho para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Y de qué manera consigue la burguesía vencer esas crisis? De un lado, por la destrucción violenta de gran cantidad de fuerzas productivas; de otro, por la conquista de nuevos mercados y por la explotación más intensa de los antiguos. ¿A qué lleva eso? A la preparación de crisis más extensas y más destructivas y a la disminución de los medios para evitarlas".


 


La cuestión de la sobreproducción ya está ahí indicada como motivo fundamental de la crisis de un régimen que, en El Capital, una década y media más tarde, será definido como el de la producción de valores, o sea, como el de la auto-valorización del capital (que el capitalista representa como "la obtención del beneficio"). La sobreproducción capitalista es, por lo tanto, una sobreproducción de valor. Sin embargo, más de un siglo después, Ernest Mandel va a afirmar que "es bien sabido que los cuatro libros de El Capital que Marx dejó, no contienen un análisis sistemático de ese aspecto clave del modo capitalista de producción: la aparición periódica inevitable de tales crisis. En su plan original, Marx había reservado el tratamiento completo de este problema para un sexto libro".(4)


 


Es un hecho que en su Introducción general a la crítica de la economía política de 1857, Marx tenía por objetivo estudiar: "1) Las determinaciones abstractas generales que corresponden en mayor o menor medida a todas las formas de sociedad; 2) Las categorías que constituyen la articulación interna de la sociedad burguesa y sobre las cuales reposan las clases fundamentales. Capital, trabajo asalariado, propiedad territorial. Sus relaciones recíprocas. Ciudad y campo. Las tres grandes clases sociales. Comercio entre ellas. Circulación. Crédito (privado). 3) Síntesis de la sociedad burguesa bajo la forma del Estado, considerado en relación consigo mismo. Las clases ‘improductivas'. Impuestos. Deuda nacional. Crédito público. La población. Las colonias. Emigración. 4) Relaciones internacionales de producción. División internacional del trabajo. Comercio internacional. Exportación e importación. Curso del comercio. 5) El mercado mundial y la crisis".


 


Corresponde, por otro lado, dudar de que una "teoría de la crisis" separada de la teoría de la acumulación capitalista fuese necesaria. Como sostiene Fritz Sternberg, "en el capitalismo, el problema de la reproducción en escala ampliada no puede separarse del fenómeno de la crisis. Es evidente que la crisis reciente hizo su aparición como consecuencia de la reproducción ampliada. Cuando tiene lugar la reproducción simple – como ocurrió durante siglos en estamentos económicos pre-capitalistas (tanto en Egipto como en la India, en China como en Europa y en la Edad Media)– quiere decir, cuando el plus-trabajo es absorbido por el consumo personal de la clase de los señores, la crisis, que es específica del capitalismo, resulta imposible. Cuando se producían desequilibrios en el proceso económico, éstos se originaban en factores extra económicos".(5) Roman Rosdolsky explicó cómo la evolución teórica de Marx lo llevó a abandonar el plan original, lo que dejaría sin fundamento la explicación de Mandel vinculada con la supuesta falta de tiempo de Marx para realizar su proyecto original.


 


Para salir de esta impasse, es preciso colocar la obra de Marx en su contexto histórico general y específico. El primer momento importante para el descubrimiento de los componentes de las crisis llegó con la Revolución Industrial que, con sus aspectos originales, introdujo una serie de alteraciones en el capitalismo, volviéndolo, de cierta forma, inédito e imprevisto. Los primeros que se ocuparon de ellas fueron los economistas clásicos, cuyo campo de observación fue, específicamente, Inglaterra y Francia. Para la mayoría de los economistas clásicos que dominaron el pensamiento económico durante toda la primera mitad del siglo XIX, las primeras crisis industriales observadas aparecían como accidentes de naturaleza coyuntural en el curso de la acumulación de capital.(6)


 


En la obra de Adam Smith, por ejemplo, "no está presente el problema de las reservas necesarias para que la producción se amplíe. Smith no enfrenta el problema de cómo la demanda se forma para enfrentar una producción aumentada, consecuencia de una ulterior acumulación de capital. En su concepción, todo el producto bruto anual es igual a la suma de los salarios, ganancias y renta. El ahorro está destinado a transformarse, en el mismo período (un año) en que se forma, en una demanda de bienes de inversión. En suma, no hay substracción de renta a ser usada en el futuro".(7) En esas condiciones, la sobreproducción no encontraba un lugar teórico específico.


Bajo la perspectiva de la economía política clásica, en la "Ley de Say", el equilibrio es el estado natural de la economía. Habría un equilibrio natural (o automático) entre producción y demanda; o sea, la producción crearía su propia demanda, de manera que cualquier desequilibrio sólo podría llegar desde afuera del sistema, de la misma forma que, de acuerdo con la mecánica clásica, los cuerpos se encontrarían en equilibrio (primera ley de Newton) hasta que una fuerza exterior los sacase de ese estado. Pero el retorno a la condición anterior sucedería sin interferencia de ninguna fuerza externa. A través del libre juego del mercado, de la competencia en tanto mecanismo regulador de la oferta y de la demanda, naturalmente el sistema tendría capacidad de recuperar su equilibrio. Es preciso notar, sin embargo, que la "Ley de Say" sólo se aplica a un sistema de oferta y demanda perfecto, sin la posibilidad de ahorro individual por parte de los capitalistas.


 


Entre tanto, los efectos más notables de las innovaciones técnicas fueron la reducción de los costos y el aumento del volumen de la producción, pero no necesariamente el aumento de la tasa de ganancia. Considerando la ganancia como la renta de la clase dominante, los factores que lo propiciaban adquirieron relevancia. Cualquier alteración en los beneficios podría ejercer una gran influencia sobre los acontecimientos. En esa perspectiva, el problema de la tasa de ganancia surgió como el primer elemento teóricamente causante de las crisis modernas.


 


David Ricardo, representante de los intereses de los industriales en oposición a los propietarios rurales de Inglaterra durante la Revolución Industrial, intentó explicar el problema a partir de factores externos al sistema industrial, a través de la "ley de los rendimientos decrecientes": el ganancia dependería de la proporción de trabajo social requerido para obtener la subsistencia de los trabajadores (diferencia entre los salarios y el valor del producto) y del costo de la producción de los productos en general. La tasa de ganancia dependería de estas dos cantidades. Cualquier alteración en el ganancia sólo podría tener lugar si se alterara la proporción entre los salarios y el valor del producto bruto.


 


Como las innovaciones técnicas reducen los costos de producción, cualquier perturbación sólo podría provenir del aumento del costo de los bienes de subsistencia. Para aumentar las ganancias era preciso rebajar los salarios, lo que sólo podría hacerse si los productos de subsistencia también fueran rebajados (principalmente por medio de las importaciones, lo que golpeaba los intereses de los propietarios de tierras). También sostenía que la producción crea por sí misma su propia demanda; esto es, el valor total de los productos debería corresponder con el valor de la renta distribuida; siendo por lo tanto imposible cualquier desequilibrio causado por factores intrínsecos al sistema capitalista. No entendía la tendencia decreciente en la tasa de ganancia como un factor capaz de provocar perturbaciones.


 


Además de eso, para Ricardo la riqueza consistía sólo en valores de uso, "convirtiendo la producción burguesa en mera producción para el valor de uso (…). Considera la forma específica de la riqueza burguesa algo puramente formal que no alcanza el contenido del modo de producción. Por eso niega también las contradicciones de la producción burguesa, las cuales se vuelven evidentes en las crisis".(8)


 


Si durante cierto período las crisis aparecían como fenómenos anormales e inexplicables, la concepción cíclica las integraba en un movimiento pendular que afectaba los ritmos económicos. La crisis pasaba a ser "normal", integrada al ciclo: era éste el que debía ser estudiado, bajo la forma del trade cycle o business cycle. Sismondi y Malthus fueron los primeros en señalar las crisis como algo más que un fenómeno coyuntural, o sea, en considerarlas como un fenómeno ligado a la naturaleza del capitalismo. Sismondi advirtió, sobre todo, la contradicción fundamental del capitalismo entre valor de uso y valor de cambio: la creciente acumulación "restringe cada vez más el mercado interno, en virtud de la concentración de las riquezas en las manos de un pequeño número de propietarios (…) la industria es, cada vez más, forzada a buscar salida para sus productos en los mercados extranjeros, donde los esperan perturbaciones aún mayores".


Malthus criticó a Ricardo y aceptó, como Sismondi, que las crisis pudiesen ser causadas por factores intrínsecos al capitalismo. De la misma forma, entendía que la producción, creciente con la acumulación, no crearía automáticamente su propia demanda, y analizó el problema desde el punto de vista del principio de la población, de lo cual dedujo que la clase trabajadora sería siempre excesiva en relación con los medios de subsistencia. Malthus sostiene, en An Esay on the Principle of Population de 1798, que la población tiende a crecer más rápidamente que la oferta de alimentos disponible para atender sus necesidades. Toda vez que ocurren ganancias relativas en la producción de alimentos respecto del crecimiento poblacional, se estimula un alto crecimiento proporcional de la población; por otro lado, si la población crece más rápido que la producción de alimentos, este crecimiento acaba por generar hambre, dificultades y guerras.


Sería posible que la producción sobrepasara el consumo causando una reducción de precios y ganancias, generando sobreabundancia y depresión en el comercio si los equipamientos productivos fuesen aumentados a costa del consumo; esto es, los capitalistas instalarían máquinas que aumentarían la producción, con lo cual cortarían puestos de servicio y sacrificarían el consumo. Los salarios de la clase trabajadora no representarían más que una parte del valor que el asalariado produce: no podrían, por lo tanto, adquirir la producción adicional resultante de un proceso de acumulación creciente, pues tendrían capacidad de consumo pero no los medios (poder adquisitivo) para realizarlo.


 


Los capitalistas, en virtud de la ausencia de consumo, tendrían que vender los productos a los trabajadores a precios que serían apenas suficientes para su propia supervivencia, lo que llevaría a una situación de desproporción entre la oferta y la demanda. La forma de evitar esta desproporción sería estimular el superconsumo de los segmentos localizados fuera del proceso productivo industrial, como los propietarios de tierra, mediante la distribución, por diversos medios (renta de la tierra, por ejemplo), de la riqueza de los capitalistas.(9) Con esos argumentos, tanto Malthus como Sismondi introdujeron el problema del subconsumo, atribuyendo el énfasis a la limitación de la demanda efectiva causada por la rigidez de la masa salarial resultante de la explotación económica de los asalariados.


 


El segundo momento crucial para las teorías sobre las crisis se estableció con el trabajo de Marx, que tuvo en cuenta el hecho de que los economistas clásicos pusieron en evidencia una cuestión fundamental: el carácter aleatorio del equilibrio de un sistema económico dinámico en crecimiento, dotado de un modo de distribución de renta que no coordina ni con el crecimiento de la producción ni con su composición. Marx fue testigo directo de la crisis de 1846/1848: predominantemente agraria, su epicentro se localizó en las dificultades que la agricultura europea sufría a partir de 1844, comenzando con la cosecha de papas en Irlanda e Inglaterra arruinada por las plagas, a lo que siguieron dos años de pésimas cosechas de cereales, con el consiguiente aumento de los precios de los bienes de subsistencia y, finalmente, con la caída brutal de los precios de los tejidos. Los precios de los bienes alimenticios se elevaron, lo que hizo que las clases populares destinasen una parte cada vez mayor de sus ingresos a la alimentación, lo que causó convulsiones sociales por toda Europa.(10)


 


Ya el Manifiesto Comunista presenta una comprensión madura de las crisis: Marx sacó el foco de la interpretación de los economistas clásicos de la esfera del consumo (la economía política clásica entendía la producción como creación de valores de uso) para llevarlo a la esfera de las condiciones de inversión y producción (creación de valores). En el Tomo III de El Capital dirá que "el volumen de las masas de mercancías creadas por la producción capitalista es establecido por la escala de esa producción y por el imperativo de su expansión continua, y no por una órbita predeterminada de la oferta y de la demanda, de las necesidades a satisfacer". Con eso, Marx rompió con la noción de equilibrio económico estático resultante de la "Ley de Say" que hacía imposible las crisis de carácter endógeno y principalmente las de sobreproducción, para él la forma natural de las crisis capitalistas. No sólo eso: Marx también estableció la vinculación de la crisis económica con la revolución política o, en palabras de Engels (en su introducción a la reedición de 1895 de La lucha de clases en Francia, escrito por Marx en 1850): "De ese modo, él (Marx) extrajo, con toda claridad, de los propios hechos, lo que hasta entonces no hiciera sino deducir, semi-apriorísticamente de materiales insuficientes; esto es, que la crisis del comercio mundial, ocurrida en 1847, fue la verdadera madre de las revoluciones de febrero y de marzo (de 1848)".


 


La comprensión de Marx se asoció precozmente con un nuevo tipo de crisis que surgía en el horizonte histórico. En el período pre-capitalista, catástrofes naturales como heladas, inundaciones, sequías, plagas y epidemias, o la participación de los pueblos en guerras, provocaban caídas en la producción, creando escasez y privaciones generalizadas. Eran las llamadas "crisis de subproducción". La amplitud de los efectos de esas crisis, con todo, dependía del modo en que estaban estructuradas las relaciones sociales, y resultaban tanto más graves cuanto más desigual era la distribución de la producción social.


 


Ejemplos clásicos de crisis históricamente conocidas en sociedades mercantiles simples, en las cuales la producción de mercancías destinadas fundamentalmente al cambio no dominaba el conjunto de la vida social, son las crisis del Antiguo Régimen. Las crisis que asolaron a los países europeos en los siglos XVII y XVIII eran más localizadas, en general directamente relacionadas con el sector agrícola, y desde allí se irradiaban a otros planos de la estructura socio-económica. La Revolución Francesa, como demostró Ernest Labrouse,(11) estuvo vinculada con una gran crisis que en 1789 asoló ese país, desencadenada por las malas cosechas, que desató carestía alimentaria, hambre, desempleo en las manufacturas, caída en la renta feudal y extorsión fiscal. Entre la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XIX, los países manufactureros europeos, en los que dominaba la producción textil -Francia e Inglaterra especialmente- vieron surgir otro tipo de crisis: las denominadas "crisis mixtas". Se distinguían de las primeras por no estar enteramente determinadas por la coyuntura agrícola, aunque el "mercado de los cereales" todavía ejercía fuerte influencia sobre los rumbos y ritmos de la actividad económica como un todo, y de la industria liviana de modo particular.


 


Algunos autores consideraron la crisis de 1848 como la última del género antes referido y la de más graves consecuencias sociales y políticas. El propio Marx, al analizar la Revolución de 1848 en Francia, asoció la deflagración del movimiento con la crisis del comercio mundial en 1847 y la crisis económica que asoló aquel país en los años inmediatamente anteriores al conflicto, provocada por la recesión y agravada por las malas cosechas de 1845 y 1846. Otros historiadores, que se dedicaron al estudio de las crisis en la economía francesa del siglo XIX, mostraron la persistencia de cierta relación entre el alza de los precios del trigo y las dificultades en la venta de tejidos durante la crisis de 1861. Después de esa fecha, sin embargo, conforme demostraron, ese vínculo ya no existía y la crisis textil pasó a presentar cierta autonomía en relación con la coyuntura agrícola.


 


De cualquier modo, a partir de 1870 los mecanismos de vinculación entre precios agrícolas y crisis textiles desaparecieron definitivamente. Las penurias alimentarias fueron sustituidas por las sobreproducciones relativas. Comenzaron entonces las "crisis modernas", ordenadas por un ritmo cíclico interno propio. Aunque cada crisis presentara características propias, correspondientes a las coyunturas particulares en las cuales se inscribía, de una manera general se hacían notar por la contracción brutal de la economía, dificultad de desagote de la producción industrial, caída de los precios, quiebra de numerosas empresas, quiebra de la bolsa, desempleo y reducción de los salarios y tensiones sociales. Las primeras tentativas de explicación de la ocurrencia de crisis y depresiones profundas y periódicas en las modernas sociedades industriales provinieron de la escuela clásica, fundadora de la economía política, cuyos representantes fueron los primeros teóricos de la economía.


 


La economía clásica, en parte, se basaba en las ideas de los fisiócratas franceses, para quienes, por su propia naturaleza, la economía funcionaba perfectamente bien. El mercado tendía naturalmente al equilibrio, siempre que nada extraño perturbase el orden natural de las cosas. De acuerdo con ese razonamiento, las crisis eran consideradas accidentes coyunturales que ocurrían en el curso del fenómeno esencial: la acumulación de capital por los capitalistas o "el aumento de la riqueza nacional". Sus investigaciones recayeron fundamentalmente sobre las causas o factores que estimulaban o, al contrario, dificultaban la acumulación. La búsqueda del máximo beneficio hacía crecer la economía y la expandía por medio de la reinversión. Además de esto, la ganancia era considerada premisa para la mejora de las condiciones de vida por medio del crecimiento de la producción y de la productividad, sirviendo, por lo tanto, a toda la colectividad. El mercado de libre competencia, según pensaban, debería mantener los intereses individuales en equilibrio por intermedio del intercambio de valores equivalentes, el cual era determinado por la cantidad de trabajo contenido en las mercancías.


 


Con todo, en las primeras décadas del siglo XIX, las perspectivas económicas se mostraban sombrías, tanto para los economistas como para los hombres de negocios. Aunque en las fases iniciales de la era industrial, aproximadamente entre 1780 y 1815, las nuevas actividades no exigieran inversiones de capital muy voluminosas, los productores de algodón y los industriales incipientes encontraban dificultades para reinvertir y promover el progreso social. Aquellas clases o sectores que poseían condiciones de invertir – grandes propietarios de tierra, grupos mercantiles y financieros– no se interesaban en hacerlo. Así, las inversiones tenían por presupuesto el mantenimiento de los salarios en un nivel extremamente bajo, lo que tenía por consecuencia la reducción de la masa de ganancia. De hecho, terminadas las guerras napoleónicas, los beneficios de la actividad algodonera en Inglaterra cayeron a un nivel tal que parecía justificar el temor de los economistas de que la sociedad podría llegar a un "estado estacionario".(12)


 


El pesimismo marcaba el pensamiento de los economistas clásicos. Para Ricardo – quien publicó los Principios de economía política y tributación en 1817– la productividad decreciente del cultivo de la tierra, asociada con el crecimiento de la población, elevaba de una sola vez los costos y los precios de los alimentos, con la correspondiente elevación de los salarios en términos monetarios y dificultando o impidiendo la liquidez de capital. En otras palabras, la tendencia a la desnivelación entre rendimientos del trabajo industrial y agrícola causaría la elevación de los salarios y la disminución de las ganancias. La renta de la tierra sería favorecida y, consecuentemente, resultarían beneficiados los propietarios de tierra en detrimento de la acumulación de capital.


 


Malthus, como ya se dijo, exacerbó la carga pesimista de los clásicos al mostrar que la población crecía, según él, en una progresión geométrica y los medios de subsistencia en una progresión aritmética. Considerado por muchos como "heterodoxo", para él no había equilibrio automático y la "ley del mercado" de Say era un mito. Para Marx, los estudiosos ingleses demostraban profunda intuición en relación con el desarrollo de la producción capitalista, al advertir en la caída de la ganancia un gravísimo obstáculo a la acumulación. Sin embargo, la comprensión de la realidad social esbozada por ellos estaba limitada no sólo por las condiciones históricas; sino también lo estaba por el hecho de que sus principales representantes se declaraban favorables a la expansión de la economía burguesa.


 


La producción social poseía todavía un carácter marcadamente agrario, y era igualmente de gran importancia económica el comercio ultramarino. El capitalismo no había desenvuelto su forma económica plena, caracterizada por la producción industrial en gran escala y por la lucha de clases cada vez más acentuada entre capitalistas y trabajadores. Así, a pesar de dedicar atención al antagonismo de los intereses de clase, como lo hizo concientemente Ricardo, veían en el conflicto de intereses entre capitalistas y propietarios de tierra la contradicción central de la economía capitalista. Además, los antagonismos de intereses de clase -como también la división del trabajo, las clases sociales, el mercado y la acumulación- eran vistos como una ley natural de la sociedad, no sujeta a determinaciones históricas.


 


Del mismo modo que la expansión del capitalismo y la agudización del conflicto entre el capital y el trabajo dieron origen a los apologistas de la economía burguesa, también hicieron surgir a los críticos o reformadores del sistema y a sus opositores radicales. Ya en las primeras décadas del siglo XIX, cuando persistían las crisis de sobreproducción para las cuales la teoría clásica no tenía respuestas satisfactorias, Sismondi fue uno de los primeros economistas en observar un nuevo tipo de crisis – industrial–, fenómeno ligado a la naturaleza del sistema económico capitalista.


 


Ese autor, en los Nuevos Principios de Economía Política, de 1819, se alejaba de los clásicos, que la veían como un fenómeno coyuntural, y criticaba abiertamente el laissez-faire y la "ley de Say", según la cual la producción creaba su propio consumo. La anarquía de la producción y la búsqueda desenfrenada de valores de cambio, sin tener en cuenta las necesidades sociales, provocaba las crisis de sobreproducción. En otras palabras, el poder de consumo no crecía necesariamente de acuerdo con el aumento de la producción. El consumo dependía del modo de distribución de la renta entre las clases sociales. El subconsumo era, en verdad, causa de las crisis modernas del capitalismo. El problema del "excedente" de producción no fue esclarecido por esos autores. Hicieron, mientras tanto, una gran contribución a los estudios de las crisis modernas al señalar el carácter aleatorio del equilibrio en una economía dinámica y en crecimiento, en la cual el reparto de la renta no era coordinado con el crecimiento de la producción ni con su composición.


 


A partir de las décadas de 1830/1840, el temor de la economía política clásica se mostró, aparentemente, infundado. En ese período, la industrialización entró en una nueva fase, dominada por los ferrocarriles, el carbón, el hierro y la producción de acero. El ritmo de la acumulación de capital no disminuyó; al contrario, aumentó. En los países desarrollados, el capital extendió su dominio sobre toda la sociedad y la burguesía conquistó el poder político en las dos grandes potencias industriales de la época: Inglaterra y Francia. El conflicto de clases entre capitalistas y trabajadores asumió un carácter cada vez más agudo y amenazador, cuyos reflejos se hicieron notar también en la esfera del pensamiento económico.


 


La economía burguesa se distanció más y más del mínimo de imparcialidad y objetividad que se esperaba de estudios científicos, para transformarse, según la aguda crítica de Marx, en una ideología de la clase dominante. Los apologistas del sistema partían de la convicción de que el capitalismo era la única economía posible, las categorías económicas válidas para esta economía eran extensivas a todas las demás formas pretéritas de sociedad humana.


 


La teoría del valor-trabajo, desarrollada por los clásicos y que había servido como arma de la burguesía contra los antiguos privilegios de la nobleza y del clero, fue prontamente abandonada. Fueron surgiendo una serie de teorías, destacándose la de los costos de producción y la de la utilidad marginal. La ley del valor-trabajo no poseía ningún interés práctico para la burguesía victoriosa. Su atención se volcaba enteramente al mercado. La producción no les preocupaba como objeto de conocimiento teórico y sí los precios establecidos por la libre competencia, por el juego entre la oferta y la demanda; en fin, por el "mercado". El problema de las crisis no se planteaba y cualquier oscilación en la economía era atribuida a un desequilibrio pasajero del mercado, provocado casi siempre por factores externos o subjetivos.


 


De cierta forma, la crisis de 1848, la primera en influenciar los trabajos de Marx y Engels, fue la última y tal vez la peor catástrofe económica del Antiguo Régimen. En ella se encontraban presentes, simultáneamente, elementos del moderno capitalismo, causando la onda revolucionaria que alcanzó al continente en 1848, y terminó poco después. La siguiente crisis ocurrió en 1857 y estuvo ligada al incremento de la cantidad de oro en circulación en el mercado mundial, elevada en cerca de un tercio entre 1848 y 1856 debido al descubrimiento de yacimientos de este mineral en California (Estados Unidos) y Australia. Las tasas de interés sufrieron una fuerte caída, condicionando el movimiento internacional de capitales y mercancías.


 


Esa crisis comenzó en Estados Unidos, que había recibido gran cantidad de población inmigrante y gran cantidad de capitales, utilizados en especulación de tierras y ferrocarriles. El primer síntoma de la crisis aparece con la quiebra, en julio de 1857, del banco The Ohio Life Insurance and Trust Company, empeñado en la especulación ferroviaria, que provocó un pánico financiero en las bolsas norteamericanas, que se extendió a las bolsas de valores de Europa, afectando las industrias textiles y siderúrgicas, y causando desempleo. En 1859 sus efectos se redujeron, el desempleo dejó de crecer y los precios comenzaron a elevarse nuevamente.


 


En función de los pasados acontecimientos de 1848, esta crisis fue seguida con gran interés por Marx y Engels. Según Eric Hobsbawm, "la revolución europea, tan próxima en un gran año de esperanza y decepción, desapareció de la vista. Marx y Engels tenían depositadas esperanzas en su reaparición en los años inmediatamente subsecuentes. Ellos barajaron seriamente una nueva explosión general en secuencia a (y en consecuencia de) la gran depresión global económica de 1857. Cuando esto no sucedió, ellos no la esperaron más en un futuro previsible".(13)


 


Después de veintidós años de prosperidad (con algunas interrupciones) entre 1851 y 1873, el capitalismo conoció una crisis de grandes proporciones, su primera crisis mundial moderna, que duró hasta 1895. Para Maurice Dobb, "la que se volvió conocida como la Gran Depresión, iniciada en 1873, interrumpida por intentos de recuperación en 1880 y 1888, y continuada hasta mediados de la década de 1890, pasó a ser encarada como una divisoria de aguas entre dos etapas del capitalismo: la inicial y vigorosa, próspera y llena de optimismo aventurero, y la posterior, más complicada, vacilante y, dirían algunos, mostrando ya las marcas de senilidad y decadencia".(14) 


La crisis se originó en Austria y Alemania, países que experimentaban un intenso desarrollo industrial debido, en parte, a las indemnizaciones pagadas por Francia en virtud de la guerra de 1871.También Estados Unidos sufrió más violentamente su impacto. Los altos dividendos de la industria alemana incrementaron la especulación, que se extendió a los ferrocarriles y a los inmuebles beneficiados por la gran oferta de crédito. Súbitamente, en consecuencia, los costos aumentaron y la rentabilidad comenzó a caer.


 


Inicialmente la crisis fue financiera y estalló en Viena, con la quiebra de la bolsa de valores, seguida de quiebras de bancos de financiamiento austríacos, alemanes y norteamericanos. En Estados Unidos, la depresión estuvo ligada a la crisis de la especulación ferroviaria. La simultaneidad en la aparición de dificultades, tanto de un lado como del otro del Canal de la Mancha y del Atlántico, ilustra la integración de las economías industriales en materia comercial y más todavía en materia de movimientos de capitales.(15)


 


Durante este período el sistema capitalista registró un notable aumento de su capacidad de producción, resultante de las nuevas tecnologías desarrolladas a partir de nuevas fuentes de energía como el petróleo y la electricidad. Según Hobsbawm, "la producción mundial, lejos de estancarse, continuó aumentando acentuadamente entre 1870 y 1890, la producción de hierro de los cinco principales países productores más que se duplicó (de 11 a 23 millones de toneladas); la producción de acero (…) se multiplicó por veinte (de 500 mil a once millones de toneladas). El crecimiento del comercio internacional continuó siendo impresionante, aunque a tasas reconocidamente menos vertiginosas que antes".(16) La crisis abrió espacio para la creciente monopolización de las economías nacionales y permitió la intensificación de la expansión imperialista, agudizando la tensión entre las grandes potencias capitalistas.


 


La teoría del laissez-faire triunfó mientras perduraron las condiciones históricas favorables a la adopción de una política y economía liberales. En la Gran Bretaña de mediados del siglo XIX, más que en cualquier otro país del mundo, esas condiciones se hicieron presentes hasta que la alcanzó la "Gran Depresión" de los años 1873/1896, como había alcanzado a todos los demás países o colonias integrantes de la economía capitalista mundial. La expansión geográfica del capitalismo y la explotación de los mercados externos, que dio comienzo al moderno imperialismo capitalista, fue la solución encontrada por Europa para salir de la crisis.


 


El economista liberal "fabiano" John Hobson, entonces, aplicó la teoría de Sismondi a la naciente cuestión del imperialismo. La demanda de bienes de consumo caía en función de la distribución desigual y de la acumulación creciente de capital. Parte de la ganancia acumulada no podía ser reinvertida, quedaba improductiva y hacía caer la tasa de expansión del capital. Para hacer frente a la sobreproducción derivada del consumo insuficiente, resultaba necesaria la conquista de mercados externos, lo que explicaba la expansión imperialista. Hobson era también favorable a la intervención estatal, sobre todo en lo concerniente a la adopción de medidas que buscaran estimular el consumo.


 


La insistencia en el subconsumo, tesis que será retomada más adelante por algunos economistas marxistas, llevó a que vulgarmente se considerase la existencia de dos teorías de la crisis: "La primera de ellas pone énfasis en la limitación de la demanda efectiva (rigidez de la masa salarial resultante de la explotación económica de los asalariados). La segunda encuentra la mayor causa de la crisis en la existencia de una propensión a la sobreproducción, propensión que refleja la lucha entre productores que se oponen a la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, procurando ganar en las cantidades vendidas lo que pierden por unidad: de donde se deriva la hipertrofia del aparato de producción y también la superabundancia de mercancías."17


 


Marx, en verdad, ya había resuelto este problema aparente. Para él, "es mera tautología decir que las crisis son la consecuencia de la carencia de consumo solvente o de consumidores capaces de pagar. El sistema capitalista no conoce otra especie de consumo además del solvente, exceptuándose los casos del indigente y del ladrón. Que las mercancías se vuelvan invendibles significa sólo que no encontraron compradores capaces de pagar; esto es, consumidores. Pero, si para dar a esa tautología una aparente justificación más profunda, se dice que la clase trabajadora recibe una parte demasiado pequeña del propio producto y que el mal sería remediado si recibiese una parte mayor con el aumento de salarios -bastará entonces observar que las crisis son siempre preparadas justamente en un período en que los salarios generalmente suben y la clase trabajadora tiene de manera efectiva una participación mayor en la fracción del producto anual destinado al consumo. Ese período, desde el punto de vista de estos caballeros del ‘mero' sentido común debería, al contrario, alejar las crisis. La producción capitalista se manifiesta por lo tanto, independientemente de la buena o mala voluntad de los hombres, implicando condiciones que permiten aquella relativa prosperidad de la clase trabajadora apenas momentáneamente y como señal que preanuncia una crisis".(18)


 


El período en el cual se produce el debate marxista sobre las crisis económicas es precedido por una crisis de dimensiones inéditas, marcando un punto de viraje en la historia del capitalismo, cuyas consecuencias serán la emergencia del imperialismo capitalista, el redimensionamiento del mapa industrial y económico del mundo, la consecuente redistribución del poder político y militar y la redefinición del sistema monetario internacional en el cuadro del surgimiento del capital financiero como figura dominante del capital en general.


 


El sistema económico mundial testimonia, en ese período, la marcha acelerada hacia una etapa de tensiones sin precedentes: "La ventaja comparativa en la construcción de industrias nuevas (acero, química, energía y máquinas eléctricas) pasó de Inglaterra a Estados Unidos y Alemania, que podrán disfrutar de una economía externa, ya utilizada por Inglaterra en el siglo XIX: una enorme ampliación del mercado interno. Los elementos decisivos fueron la unificación alemana y el gran crecimiento de su población y la emigración en masa a los Estados Unidos (…) Inglaterra no consigue, en 1890/1914, responder al desafío de la segunda revolución industrial: su industria continúa ligada a los productos viejos, no a los nuevos (…) En el mismo período, el sistema financiero se desarrolla de modo semejante al industrial y comercial. Inglaterra pierde importancia en relación con el período 1870/90, en que Londres dominaba absolutamente los mercados financieros: debido a su derrota (militar), París había desaparecido y Berlín aún no era candidata a centro financiero internacional. Nueva York, capital financiera de los países deudores, estaba todavía poco desarrollada en ese sentido. Contrariamente, en los veinte años siguientes, grandes instituciones se desarrollaron en los principales países europeos y en los Estados Unidos. El patrón oro se extiende a las naciones ‘civilizadas'… En esos años, asistimos a la transformación de un sistema monetario internacional basado en la certeza de la paz, en otro que expresa la espera de la explosión de una guerra de dimensiones mundiales".(19)


 


El propio debate sobre las crisis comenzó a reflejar la espera y el temor en referencia a ese conflicto y, en verdad, muchas de las posiciones expresadas reflejan la radicalidad de las opciones mundiales formuladas por la propia historia. Los marxistas de la "segunda generación", "influidos por la aceleración de todo un ritmo histórico a partir del cambio de siglo, estaban encaminados en dos direcciones: en primer lugar, las evidentes transformaciones del modo de producción capitalista, que habían generado la monopolización y el imperialismo, y exigían continuo análisis y explicación económicas. Además de eso, el trabajo de Marx comenzaba, por primera vez, a ser objeto de crítica profesional".(20)


 


Volvemos, por lo tanto, a Marx y a su elaboración del estatuto teórico de la crisis. En La lucha de clases en Francia, 1848-1850, la revolución de 1848 en París es explicada por el precario equilibrio de fuerzas del que dependía la monarquía de julio (Luis Felipe): una parte de la burguesía (especuladores de la Bolsa, particularmente) llevaba al Estado a sucesivos déficit presupuestarios que aumentaban la deuda interna mediante altas tasas de interés en el mercado financiero. Eso perjudicaba tanto a los obreros y campesinos (víctimas de pesadas exacciones fiscales) como a la burguesía industrial que invertía productivamente. Francia cayó en recesión en 1847, agravada por las malas cosechas de 1845 y 1846. En París, una crisis industrial y el reflujo del comercio exterior lanzaron a la masa de fabricantes y comerciantes al mercado interno con gran voracidad: la competencia repentina los arruinó y este sector de la burguesía parisina ingresó en las agitaciones revolucionarias de febrero de 1848.


 


Marx, aunque con pocos materiales estadísticos, vinculó todas las explosiones revolucionarias de 1848 a la crisis del comercio mundial en 1847; a su vez, la consolidación de los regímenes conservadores posteriores a 1850 es atribuida al fin de esa crisis cíclica: "Bajo esta prosperidad general, en que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan (tan) exuberantemente como pueden desarrollarse dentro de las condiciones burguesas, no se puede ni hablar de una verdadera revolución. Semejante revolución sólo puede darse en aquellos períodos en que estos dos factores, las modernas fuerzas productivas y las formas burguesas de producción, incurren en mutua contradicción. (…). Una nueva revolución sólo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es tan segura como ésta".(21)


 


Como se ve, Marx ya reconoce la crisis cíclica como una manifestación de las contradicciones inherentes a la estructura económica, al modo de producción, y vincula las crisis sociales con las políticas. Esto no significa reducir la acción política al mero epifenómeno de las condiciones de producción; al contrario, ya que la reproducción económica es inseparable de la reproducción de las relaciones sociales. Pero el análisis profundo de todo esto sólo se hace en El Capital. De esa forma, el propio carácter capitalista de la producción engendra crisis. Ellas ya están potenciadas antes de la existencia de la formación social capitalista, en la circulación simple de mercancías (M-D-M, o Mercancía-Dinero-Mercancía).


 


En la crisis, una parte de las fuerzas productivas es destruida y, de forma violenta, se recompone la unidad perdida entre la producción material (proceso de trabajo) y su carácter capitalista (proceso de valorización). La definición más general de la crisis en la sociedad capitalista (como forma desarrollada y cualitativamente diferenciada de la sociedad mercantil) es que consiste en la recomposición violenta de la unidad entre proceso de trabajo y proceso de valorización, o entre la producción y la circulación (de la plusvalía), separadas contradictoriamente y reunificadas por la propia ley de movimiento económico del capital.


 


La estructura lógica de las crisis fue definida por Karl Marx en El Capital, como vimos, desde su forma más simple, vinculada con los aspectos más elementales del modo de producción capitalista que le anteceden históricamente (por ejemplo, la forma mercancía y la forma dinero) hasta las crisis "desarrolladas", vinculadas con la ley de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia. Corresponde aquí volver a la distinción hecha por Gianfranco Pala entre crisis potencial y crisis real del capital, retomando la idea del propio Marx en Teoría sobre la plusvalía: "La posibilidad general de las crisis es la propia metamorfosis formal del capital, la separación, en el tiempo y en el espacio, de la compra y de la venta. Pero eso no es, nunca, una causa de las crisis. No es, con efecto, más que la forma más general de las crisis; consecuentemente, la crisis en su expresión más general".


 


En su forma más desarrollada, "las crisis del mercado mundial deben ser concebidas como la condensación real y la violenta nivelación de todas las contradicciones de la economía burguesa. Los aspectos distintos que se condensan en estas crisis deberán, por lo tanto, manifestarse y desarrollarse en todas las esferas de la economía burguesa y, cuanto más nos internemos en ella, más tendremos que investigar, por un lado, nuevos aspectos de esta contradicción y, por otro, manifestar sus formas más abstractas como formas que reaparecen y están contenidas en otras más concretas".


 


Para Marx, las diversas modalidades de la crisis responden a un patrón común: "Donde el proceso de reproducción se estanca y el proceso de trabajo se restringe o, en parte, se detiene, se destruye un capital efectivo. La maquinaria que no se utiliza no es capital. El trabajo que no se explota equivale a una producción perdida. Las materias-primas que permanecen inútiles no son capital. Los valores de uso (así como la maquinaria recién construida) que no son empleados o que quedan por terminar, las mercancías que se pudren en los almacenes: todo eso es destrucción de capital. Todo eso se traduce en un estancamiento del proceso de reproducción y en el hecho de que los medios de producción no entran en juego con este carácter. Tanto su valor de uso como su valor de cambio se pierden, por lo tanto. En segundo lugar, existe destrucción de capital en las crisis, por la depreciación de masas de valor, que les impide volver a renovarse más tarde, en la misma escala, en su proceso de reproducción como capital. Es la caída ruinosa de los precios de las mercancías. No se destruyen valores de uso. Lo que pierden algunos, lo ganan otros. Pero, consideradas como masas de valor que actúan como capitales, se ven imposibilitadas de renovarse en las mismas manos como capital. Los antiguos capitalistas se arruinan".(22)


 


La distinción metodológica entre génesis histórica y categorías lógicas de la economía ya fue realizada por Marx en su Introducción de 1857 (que permaneció inédita hasta comienzos del siglo XX): "Sería impracticable y erróneo alinear las categorías económicas en el orden en que fueron históricamente determinantes. Su orden de sucesión está, por otro lado, determinado por las relaciones que existen entre ellas en la sociedad burguesa moderna y es exactamente el inverso del que parecería su orden natural o del que correspondería a su orden de sucesión en el curso del desarrollo histórico. No se trata de la posición que las relaciones económicas asumen históricamente en la sucesión de las distintas formas de sociedad. Mucho menos de su orden de sucesión "en la Idea" (Proudhon) (una representación nebulosa del movimiento histórico). Se trata de su articulación en el interior de la sociedad burguesa moderna".


 


En sus esquemas de reproducción, Marx estableció las relaciones entre los sectores (o departamentos) básicos de la producción capitalista, el de bienes de consumo y el de bienes de producción, así como su punto de equilibrio. Allí él localiza el mecanismo generador de la sobreproducción, a partir de la cual ciertos autores entienden que son posibles crisis de desproporción. Para Marx, "la realidad de la acumulación capitalista excluye la igualdad entre IIC y I (V+p)".(23) Entre tanto, incluso en la acumulación capitalista puede ocurrir que, en virtud de la marcha de los procesos de acumulación efectuados en el curso de períodos de producción anteriores, IIC sea igual o incluso superior la I (V+p). Así, habrá en II sobreproducción que sólo podría ser liquidada por un gran crack, en virtud del cual se transfiriese capital de II a I. Visto desde otro ángulo, esta propensión a la sobreproducción reflejaría la lucha entre los productores que, oponiéndose a la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, procurarían ganar en las cantidades vendidas lo que perderían por unidad, de donde provendría la hipertrofia del aparato de producción y la superabundancia de mercancías.


 


Marx plantea el problema de la siguiente forma: "La producción en masa sólo puede tener por comprador inmediato, además de otro capitalista industrial, al comerciante mayorista. Hasta cierto punto, puede darse el proceso de reproducción en la misma escala o en escala ampliada, aunque las mercancías originadas en él no entren realmente en el consumo individual o productivo. El consumo de las mercancías no está incluido en el ciclo del capital del cual sale. (…) Desde el punto de vista del productor capitalista, todo sigue su curso normal mientras se venda el producto. No se interrumpe el ciclo del valor-capital que él representa. Si ese proceso es ampliado, lo que implica un consumo ampliado en los medios de producción, puede acompañar esa reproducción del capital mayor consumo (de naturaleza individual), y consecuentemente demanda, de la parte de los trabajadores, una vez que el consumo productivo instaura y posibilita el proceso. (…)


 


"Así, puede aumentar la producción de la plusvalía y con ella el consumo individual del capitalista, encontrarse en pleno progreso todo el proceso de reproducción y, a pesar de eso, gran parte de las mercancías haber entrado en la esfera de la circulación apenas en apariencia, continuando en realidad almacenada en las manos de los revendedores sin ser vendida, retenida por lo tanto en el mercado. (…)


"Una remesa de mercancías sucede a otra, para verificarse al fin que la remesa anterior apenas aparentemente fue absorbida por el consumo. Los capitales-mercancías disputan entre sí un lugar en el mercado. Los retardatarios, para vender, venden por debajo del precio. Las remesas anteriores de mercancías no fueron todavía liquidadas, pero ya vencieron los plazos para pagarlas. Quien tiene las mercancías invendibles tiene que declararse insolvente o venderlas a cualquier precio, para pagarlas. Esa venta nada tiene que ver con la verdadera situación de la demanda, está relacionada sólo con la demanda de medios de pago, con la necesidad absoluta de convertir mercancía en dinero. Estalla entonces la crisis. Se vuelve visible en la caída inmediata de la demanda de mercancías de consumo, de la demanda relacionada con el consumo individual, y en la disminución del cambio entre los capitales, del proceso de reproducción del capital." Las crisis serían entonces el límite a la expansión de la acumulación, el punto donde esta expansión no se da más en forma lucrativa, o tan lucrativa como antes.(24) Es la contradicción entre la expansión de la producción y la creación de valor, que se expresa en la imposibilidad del mercado de asimilar la producción excedente.


 


La periodicidad de las crisis sería determinada por el propio movimiento de rotación del capital, cada vez más intenso conforme a las necesidades del ritmo de la acumulación: "En la misma medida en que se amplía, con el desarrollo del modo de producción capitalista, la magnitud y la duración de la vida del capital fijo aplicado se prolonga por muchos años, digamos 10 años en promedio, para cada inversión particular, la vida de la industria y del capital industrial. Si el desarrollo del capital fijo, por un lado, prolonga esta vida, por otro la acorta por medio de la revolución constante de los medios de producción, siempre intensificada con el desarrollo del modo de producción capitalista. De allí la mutación de los medios de producción y la necesidad de su constante sustitución en virtud del desgaste moral, antes de que se agoten físicamente. (…) Desde ya está claro que, en virtud de ese ciclo de rotaciones conexas, que abarca una serie de años y en el cual el capital está preso por una parte fija, se vuelve una base material para las crisis periódicas en que los negocios pasan por fases sucesivas de depresión, animación media, auge, crisis. Son bien diversos y dispares los períodos en que se aplica capital. Entre tanto, la crisis constituye siempre el punto de partida de grandes inversiones nuevas y forma así, desde el punto de vista de toda la sociedad, con mayor o menor amplitud, una nueva base material para el nuevo ciclo de rotaciones."


 


Para Marx las crisis eran la regla y no la excepción dentro del capitalismo, no un accidente sino su elemento determinante. Es a partir de la definición más general de la producción capitalista como producción de valor, que Marx determina el carácter orgánico de las crisis en la misma: "De un lado, desarrollo irrestricto de la productividad y aumento de la riqueza que, al mismo tiempo, consiste en mercancías y tiene que convertirse en dinero; del otro, la base económica restringe la masa de productores a los medios de subsistencia. Por eso, las crisis, en vez de accidentes, como pensaba Ricardo, son erupciones esenciales, en gran escala y en períodos determinados, de las contradicciones inmanentes".


 


La potencialización de las crisis en la circulación simple se explica del siguiente modo: la compra y venta de mercancías completa una unidad interna, pues si uno vende otro compra, lo que es una banalidad. Entre tanto, la circulación de mercancías rompe paulatina e históricamente las amarras del cambio natural y abarca espacios económicos mayores, suscitando tiempos de realización de las mercancías dispares e imprevisibles para cada unidad productora. Este hecho implica que la unidad interna de la "compra-y-venta" sólo se hace valer en antítesis externas, porque se elimina la identidad inmediata entre compra y venta, la cual existe en el acto puro del cambio natural, directo, sin la mediación de la forma de apariencia que es el valor de cambio. Ipso facto la propia contradicción inmanente de la producción capitalista se expresa en la aparente paradoja de que un trabajo concreto, específico, privado, precise ser representado como trabajo abstracto, general y social, o sea, la creciente disociación del valor de cambio (esa representación o signo de valor) de la materialidad sensible del producto, orienta la producción exclusivamente en términos monetarios y cualquier imposibilidad circunstancial de realización de las mercancías se resuelve por medio de una crisis que destruye las fuerzas productivas.


 


Ahora, como se sabe, el sentido común fija los valores de uso como valores puramente de cambio en el cálculo contable que orienta las actividades prácticas, en aquello que los economistas modernos denominan "agentes económicos". En esos valores de cambio, se apagan las cualidades sensoriales de los productos en una "jalea indiferenciada de trabajo abstracto" (Marx). Pero el valor es una relación social idealmente autónoma en el pensamiento frente a los elementos relacionados. En el intercambio concreto, sin embargo, la contradicción entre el carácter específico de valor de uso de la mercancía y su carácter genérico de valor de cambio exige la mediación de una abstracción (valor) objetivada. El valor es una relación social que precisa ser representada, simbolizada en un signo de valor, concreto, que la realice: el valor de cambio.


 


La escisión que vuelve autónomo al valor de cambio, dándole existencia propia y separada, es simbolizada por el dinero como potencia autónoma, poder externo y extraño a los productores de mercancías: la forma natural y la forma social de los productos son contrapuestas: "El valor de cambio escindido de las propias mercancías y existente él mismo junto a ellas es el dinero. Todas las propiedades de la mercancía en cuanto valor de cambio se presentan en el dinero como un objeto distinto de ella, como una forma de existencia social escindida de su forma de existencia natural".(25)


 


En el primer libro de El Capital (capítulo XXI) Marx demuestra el carácter social de la reproducción: "El proceso de producción capitalista reproduce, mediante su propio procedimiento, la separación entre fuerza de trabajo y condiciones de trabajo. Reproduce y perpetúa, con eso, las condiciones de explotación del trabajador". Y, en el capítulo XX del segundo libro, igualmente destinado a la investigación de la reproducción simple, Marx dice en cuanto a la composición del producto social: "Abarca, al mismo tiempo, la reproducción (esto es, mantenimiento) de la clase capitalista y de la clase trabajadora y, por lo tanto, también la reproducción del carácter capitalista del proceso de producción global"


 


La reproducción de los factores inmediatos de la producción (medios de producción y fuerza de trabajo) y la reproducción de las relaciones sociales de producción capitalistas (separación entre productor y medios de producción, apropiación privada del producto social, etc.) son dos caras de la misma moneda. La reproducción abarca y es determinada por la materialidad de los elementos del capital productivo, pero es inseparable de la reproducción de las relaciones jurídicas, de los valores culturales, de la ideología, etc. La reproducción de la fuerza de trabajo, por lo tanto, incluye la reconstitución perenne de los motores expresivos de su sumisión al capital, tales como: la ideología de la sumisión, jerarquía, dirección, comando, disciplina, etc. La reproducción del capital individual puede ser entendida exclusivamente en términos de valor y por esta razón las crisis sólo aparecen potencializadas en el proceso de circulación en virtud de factores apenas indirectamente vinculados con la producción. Cuando se considera la reproducción del capital social, en la cual se explicita la multi-diversificada división social del trabajo en el capitalismo, la reproducción debe ser vista no sólo a partir del ciclo del capital monetario (D – D'), sino también en el ciclo del capital-mercancía (M' – M'), donde M' ya aparece preñada de plusvalía y presupone la valorización del capital. Esto implica demostrar cómo se equilibran los diversos capitales individuales y los dos departamentos de la producción social, a saber: el departamento I que produce bienes de capital, y el departamento II que produce bienes de consumo.


La comprobación explícita de la superación conscientemente obtenida por Marx de una visión empirista y circulacionista de las crisis está en el postfacio a la segunda edición de El Capital: "El movimiento, repleto de contradicciones, de la sociedad capitalista se hace sentir al burgués práctico de modo más contundente en los vaivenes del ciclo periódico que la industria moderna recorre y en su punto culminante, la crisis general". Allí se revelan las dos visiones: la primera, que no supera la mera constatación de los "vaivenes del ciclo periódico" industrial, se identifica con la "ideología del burgués práctico"; la segunda abarca el movimiento real, pleno de contradicciones, cuyas manifestaciones fenoménicas son las crisis. En este abordaje totalizante, las crisis aparecen por primera vez ligadas orgánicamente a una estructura, comprendida en su auto-movimiento de producción y reproducción y en su lógica interna, que permite ver las crisis en toda su potencialidad de injerencia en otros niveles de la vida social.


 


Antes de Marx, nadie consiguió deducir los límites de la producción capitalista como algo que le fuese inmanente y denunciase su historicidad y transitoriedad: la auto-expansión del capital posee contradicciones insuperables. En palabras de Marx, en el libro III de El Capital: "El verdadero límite de la producción capitalista es el propio capital, esto significa que el capital y el aumento de su valor surgen como el punto de partida y de llegada, la causa y la finalidad de la producción. La producción no pasa de una producción para el capital y no al contrario; los medios de producción no son sólo medios para alargar constantemente el proceso vital de la sociedad de los productores, los límites fuera de los cuales no se puede realizar la conservación y el aumento del capital -valor- asentado en la expropiación y en el empobrecimiento de vastas masas de productores entra constantemente en conflicto con los métodos de producción a los cuales el capital recurre para alcanzar sus fines, métodos que continúan el alargamiento ilimitado de la producción que, de cierto modo, reducen esta última a ser su propia finalidad y que también tienden al desarrollo absoluto de la productividad social del trabajo. El medio – desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas– entra en conflicto permanente con la finalidad – crecimiento del valor del capital existente".


 


Cuando se trata de la rotación del capital variable, Marx propone la comparación, bajo diversos ángulos, de dos modelos teóricos de inversión de capital productivo, distintos en virtud del número de rotaciones realizadas por el capital adelantado en un año. Bajo la misma tasa de plusvalía e igual valor desembolsado a cada determinado número de semanas, un capital "A" que gira diez veces más que un capital "B", puede movilizar la misma masa de trabajo obteniendo una tasa anual de plusvalía diez veces mayor. Imagínese que "A" adelanta 500 libras esterlinas a un plazo de 5 semanas cuando su capital retorna acrecentado con 500 libras esterlinas de plusvalía; el capital "B", que gira sólo una vez al año y no diez veces como "A", precisa reinvertir 500 libras siempre nuevas después de 5 semanas y que no provengan del empleo productivo de la fuerza de trabajo. Sólo después de 50 semanas (un año) refluirán 5.000 libras esterlinas que son lo adelantado por el capital "B" (500 x 10, siendo 10 el número de rotaciones de "A").


 


Nótese que, en tanto "A" obtiene en un año las mismas 5.000 libras repuestas, necesita adelantar inicialmente para todo el año apenas 500 libras (estamos siempre abstrayendo el capital constante y considerando las tasas de plusvalía en "A" y "B" idénticas, de 100%). Para el capital "A", la tasa anual de plusvalía (p'/año) es igual al cociente obtenido de la división de la masa anual de plusvalía (P/año=5.000) por el capital variable adelantado (v =500), o sea, igual a 1.000% (¡mil por ciento!). Para "B" tenemos (considerándose p'/año =100%): p'/año = p'/v = 5.000/5.000 = 100%. La diferencia proviene de los diferentes números de rotaciones de los capitales "A" y "B" en un año; luego, la tasa de plusvalía es mayor de acuerdo con el número de rotaciones del capital variable en un año. La exposición sucinta de ambos modelos permite comprender la posibilidad de la crisis generada por la irracionalidad del modo de producción capitalista cuando la rotación del capital variable es considerada socialmente (no se considera aquí la parte constante del capital por no agregar valor nuevo al capital, siendo irrelevante para el cálculo de la plusvalía y de la tasa de plusvalía; además de eso, la parte fija del capital constante – la cual perdura por diversos procesos productivos– no es renovada en plazos menores como la fuerza de trabajo).


 


Obsérvese ahora, desde el punto de vista de la sociedad, los capitales "A" y "B" (se debe recordar que es imprescindible para la continuidad de la acumulación capitalista la reproducción del capital variable en plazos no muy dilatados): después de 5 semanas los trabajadores bajo el capital "A" no sólo reponen en mercancías el valor de su fuerza de trabajo (esto es, pueden comprar un valor en mercancías necesarias igual al valor de su salario); sino también una plusvalía del 100% de ese valor. Lo mismo ocurre al final de las otras nueve rotaciones del capital "A" en un año. Por otro lado, "B" también paga los salarios de sus trabajadores después de 5 semanas, por ejemplo, y ellos lanzarán sus salarios al mercado para la compra de sus medios de subsistencia; o sea, retiran del producto social lo que aún no dieron en la forma concreta de mercancías que puedan ser consumidas productivamente, sea por otros trabajadores, sea por procesos productivos específicos de las unidades empresarias capitalistas (en el caso de "A", los trabajadores compraron mercancías ya repuestas por ellos en el mercado – obviamente, desde el punto de vista de la división social del trabajo, poco importa si producen bienes de capital que ellos mismos no consumen, o un único bien de consumo). Los trabajadores bajo el capital "B" ciertamente repusieron en 5 semanas el valor de su fuerza de trabajo, pero como las mercancías sólo estarán disponibles y vendibles después de 50 semanas, su forma de valor aún no fue realizada: reciben dinero que sólo tendrá equivalente en mercancías, desde el punto de vista de la reproducción del capital social, después de 50 semanas (abstrayéndose el tiempo de circulación): "Su valor ciertamente está repuesto por nuevo valor, por lo tanto renovado, pero su forma de valor (aquí la forma de valor absoluta, su forma-dinero) no está renovada".


 


Los trabajadores bajo el capital "B" pueden, de acuerdo con el mayor tiempo de rotación de este capital, retirar del producto social más de lo que la sociedad puede proveer como reserva para esto: "La cosa se reduce simplemente al hecho de que la sociedad precisa calcular de antemano cuanto trabajo, medios de producción y medios de subsistencia puede, sin ninguna quiebra, aplicar en ramas de actividades que, como la construcción de ferrovías, no provee por un tiempo más largo, un año o incluso más, medios de producción ni medios de subsistencia , ni efecto útil, pero retiran trabajo, medios de producción y medios de subsistencia del producto total anual. En la sociedad capitalista, al contrario, donde la racionalidad social sólo se hace valer post festum, pueden y tienen que ocurrir constantemente grandes perturbaciones. Por un lado, la presión sobre el mercado de dinero en tanto, inversamente, la holgura en el mercado de dinero provoca, a su vez, el surgimiento en masa de tales emprendimientos, por lo tanto, exactamente, las circunstancias que más tarde provocan la presión sobre el mercado de dinero. El mercado de dinero es presionado porque el adelantamiento de capital monetario en gran escala aquí se vuelve constantemente necesario por largos períodos. Abstrayéndose completamente de qué industriales y comerciantes juegan en especulaciones con ferrovías, etc., el capital monetario necesario para la operación de su negocio y lo reponen mediante préstamos tomados en el mercado de dinero. Por otro lado, está la presión sobre el capital productivo disponible de la sociedad. Como elementos del capital productivo son retirados constantemente del mercado y sólo un equivalente monetario es allí lanzado por los mismos, sube la demanda solvente sin prever por sí misma ningún elemento de oferta. Suben los precios, por lo tanto, tanto de los medios de subsistencia como de los materiales de producción".


 


Evidentemente, esa alza general de los precios afecta a todos los trabajadores, reduciendo los salarios relativamente, de manera que las perturbaciones originadas por las contradicciones inmanentes a la producción capitalista tienen sus efectos visibles en el deterioro del valor de la fuerza de trabajo – se trata aquí además de un caso de contradicción fundamental entre la lógica de acumulación del capital individual y la propia acumulación del capital social.


 


El estudio de la reproducción simple también tiene relevancia metodológica para el análisis de las crisis. Cuando Marx la analiza en el primer tomo de El Capital (capítulos XXI y XXII) todavía no presenta la comprensión del proceso de circulación del capital (Tomo II) siendo innecesario desarrollar el análisis de la reproducción del capital desde un punto de vista social e investigar el presupuesto teórico de la acumulación, la reproducción simple, en todas sus potencialidades, incluyendo las crisis de desproporción entre los dos departamentos de la producción social. Sólo en la reproducción simple es posible solucionar previamente los presupuestos teóricos del estudio de la acumulación pues, en ella, la "renta líquida" (Adam Smith) aparece nítidamente diferenciada de la parte solamente reproducida del capital inicial.


 


Por otro lado, en la acumulación, la renta líquida no es consumida improductivamente como en la reproducción simple, sino invertida en conjunto con el resto del capital reproducido: "Las dificultades principales, (…) aparecen en el examen de la acumulación, pero no en la reproducción simple. Por eso tanto Adam Smith (libro segundo) como anteriormente Quesnay (Tableau Économique) parten de la reproducción simple, cuando se trata del movimiento del producto anual de la sociedad y de su reproducción mediada por la circulación".


La reproducción del capital individual puede ser entendida exclusivamente en términos de valor y por eso las crisis sólo aparecen virtualmente en el proceso de circulación debido a factores exógenos (como la demora en la realización). Es preciso aquí demostrar cómo se equilibran los intercambios entre los diversos capitales individuales y entre los dos departamentos de la producción social, a saber: departamento I (produce medios de producción) y departamento II (produce medios de subsistencia). Marx asume como presupuesto la ausencia de perturbaciones (crisis) en la circulación, abstrayendo el desgaste de los medios de trabajo (elementos constitutivos del capital fijo) y elabora el siguiente esquema:


 


I: 4.000 c + 1.000 v + 1.000 p = 6.000 (valor de los medios de producción)


II: 2.000 c + 500 v + 500 p = 3.000 (valor de los bienes de consumo)


 


Sea c el capital constante invertido en medios de producción; v, el capital variable adelantado en la contratación de la fuerza de trabajo; p, la plusvalía (la tasa de plusvalía, constante, es p'= 100% en los dos departamentos). En el departamento II, el valor agregado 1.000 II (v+p), o sea, 500v + 500p, debe ser repuesto por medios de consumo para mantener vivos a los obreros IIv y a los capitalistas IIp (en la reproducción simple, la plusvalía es consumida improductivamente por la clase capitalista). Resultado: salarios IIv y plusvalía IIp son cambiados por el producto del propio departamento II y se "evaporan".


 


El departamento I, sin embargo, precisa realizar 1.000v + 1.000p o 2.000 I(v+p) en medios de consumo del departamento II. Éste posee bienes de consumo corporificando un capital constante de 2.000 IIc, los cuales son cedidos para realizar los 2.000 I(v+p). En contrapartida, II recibe elementos de capital constante (medios de producción) de I en los cuales se materializaban 2.000 I(v+p) antes del cambio. Los 4.000 Ic apenas reponen el capital constante de I y se liquidan en cambios mutuos entre los capitales individuales del departamento I. He aquí el "equilibrio del sistema en la reproducción simple": I (v+p)=IIc, el que "no es la expresión, desde el punto de vista económico, de un estado de equilibrio, sino de una crisis", porque implicaría una paralización de la acumulación si fuesen transcendidos los límites de la reproducción simple.


 


Pero, sin extrapolar el ámbito del análisis, resaltemos los resultados: 1) Marx establece igualdades en el intercambio social; 2) la reproducción simple es el presupuesto de la acumulación; 3) en la acumulación, ella es un momento particular de crisis. La reproducción ampliada, por otro lado, presupone I(v+p) > IIc, variando las formas en que se divide "p" en "v" y "c" y la tasa de acumulación. A pesar de eso, IIc podría ser igual o mayor que I(v+p) momentáneamente (crisis de sobreproducción en II): "Eso sería una sobreproducción en II y sólo podría ser compensada por una crisis, como consecuencia de la cual se transfiriera capital de II a I".


 


De los esquemas de reproducción, sólo podemos deducir crisis cíclicas que periódicamente perturban la acumulación de capital, aunque tengan una influencia en la crisis estructural, de efectos lentos y graduales. La crisis estructural del capital, la que se refiere al colapso del sistema, surge en el análisis teórico cuando se observan las potencialidades de los resultados del progreso técnico y su influencia sobre la caída tendencial de la tasa de ganancia. La incomprensión de esta ley está generalmente vinculada con su discusión sobre la base de las categorías vulgares de "precio" y "ganancia" que es, según Marx, "una forma transmutada derivada de la plusvalía… una forma burguesa, en la cual se apagaron las marcas de su origen". Bajo esas formas, la ley del valor continúa imperando pero desaparece de la superficie de los acontecimientos, donde la plusvalía y el valor quedan ocultos por la ganancia y por los precios.


 


En el funcionamiento del capitalismo desempeña un papel central la llamada "ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia". Esta ley – la más importante de la economía política, según Marx– era de hecho compartida por todas las escuelas del pensamiento económico, desde Adam Smith hasta Paul Samuelson, pero su explicación y su papel en el sistema teórico de cada autor son muy diferentes. En Marx, la insistencia en esta ley tenía por objeto descartar otras explicaciones alternativas de la crisis, muy populares en su época: la crisis de subconsumo, criticada en el socialista Sismondi, o en el conservador Malthus. Para Marx, el subconsumo es característico de toda sociedad de clases, no específico de la sociedad capitalista. La explicación de la crisis como un exceso (relativo) de oferta, o como insuficiencia (relativa) de demanda, sólo puede ser reivindicada por aquellos que reducen todo a la oferta y la demanda, pero no por los que pretenden demostrar que la oferta y la demanda no explican nada en sí mismas; tienen que ser explicadas por algo distinto, la acumulación del capital.


 


Para el capitalista, el cálculo de precios es el único que le parece válido y deja los otros para los que quieran perder tiempo con lo que él considera especulaciones teóricas, tal como las nociones de "fuente de valor", "origen de la plusvalía", etc. El y los "economistas" sólo están preocupados por la ganancia. Pero el hecho de no saber dónde se origina esta ganancia le reserva las mayores sorpresas. Para el capitalista existe una manera muy simple de burlar la tasa media de ganancia y obtener un beneficio superior (lo que es forzado a hacer antes que otro lo haga en su lugar y lo saque del mercado): reducir los costos de producción y continuar vendiendo conforme a los precios determinados por la tasa media de ganancia. Para eso, deberá aumentar la productividad del trabajo, con lo que reducirá el costo de cada mercancía producida. Pero, para conseguir eso es necesario invertir en nuevas máquinas, más perfeccionadas, etc. y con esto no hará más que aumentar la proporción del capital constante en relación con el capital variable.


 


Los otros capitalistas, alarmados por la audacia de su adversario, harán lo mismo, eso si no se retiran, vencidos, del mercado. El resultado final del movimiento será que en el conjunto de una rama de producción, o en el conjunto de la economía, se habrá alterado la relación entre capital variable y capital constante a favor de este último. Sabemos que la plusvalía proviene del trabajo vivo, equivalente a la parte variable del capital (salarios) y eso no deja de tener consecuencias para el dios del capitalismo, la tasa media de ganancia. Ésta es igual a g' = p / (c + v) o, lo que es lo mismo, p / K, donde K es la totalidad de los capitales invertidos (c + v). Imaginemos varias situaciones en las cuales aumentó c (capital constante) y una tasa de plusvalía (de explotación) igual al 100%:


 


Si c = 50, v = 100, p = 100, entonces g' = 100 / 150 = 67% 


Si c = 100, v = 100, p = 100, entonces g' = 100 / 200 = 50% 


Si c = 200, v = 100, p = 100, entonces g' = 100 / 300 = 33% 


Si c = 300, v = 100, p = 100, entonces g' = 100 / 400 = 25%


 


Con igual capital variable e idéntico grado de explotación, el aumento de capital constante (o, lo que es lo mismo, el desarrollo de las fuerzas productivas) produjo una caída de la tasa media de ganancia. Nótese que el capital variable (o sea, el número de obreros empleados) y la plusvalía podrían ser aumentados, sin que eso impidiera que la tasa de ganancia bajara. Con los mismos números del ejemplo anterior:


 


Si c = 50, v = 100, p = 100, entonces g' = 100 / 150 = 67% 


Si c = 100, v = 150, p = 150, entonces g' = 150 / 250 = 60% 


 


O sea, habría aumentado la masa de ganancia, pero bajado la tasa de ganancia; esto es, el beneficio por unidad de capital invertido. "La masa absoluta de ganancia… puede aumentar entonces, y lo hace de forma progresiva, a pesar de la baja también progresiva de ganancia. Este no sólo puede ser el caso. Debe serlo sobre la base de la producción capitalista" (El Capital, vol. III). Eso no impide que el objetivo del capitalista (el rendimiento del capital invertido) sea cada vez menor.


 


Como el aumento del capital constante – el aumento de la productividad del trabajo– es el único medio que cada capitalista dispone para aumentar sus ganancias y vencer en la competencia con otros capitalistas (antes de ser vencido por éstos) todo esto significa que el interés de cada capitalista se encuentra en contradicción con el interés del capitalismo en su conjunto, ya que el aumento de la ganancia individual provoca una caída del beneficio del conjunto del capital. Al incrementar la productividad del trabajo, el capitalista se beneficia con un aumento de la plusvalía relativa. Pero, para eso, debe aumentar el capital constante en relación con el variable y en virtud de la ley que acabamos de ver: "la tasa de ganancia… está en proporción inversa al aumento de la plusvalía relativa o del sobre-trabajo relativo, al desarrollo de las fuerzas productivas y, al mismo tiempo, a la magnitud del capital empleado en la producción como capital constante (…) cuanto más crece la plusvalía relativa – la fuerza creadora del valor, propia del capital– tanto más caerá la tasa de ganancia", dice Marx en la Contribución a la crítica de la economía política.


 


El dios del capital tiende a la autodestrucción: la ganancia tiende a cero, el capital tiende a abolirse a sí mismo. La ley que así lo prueba "es, desde el punto de vista histórico, la ley más importante (de la economía). De esa forma, se vuelve evidente que la fuerza productiva material ya disponible y elaborada, existente bajo la forma de capital fijo, tal como la ciencia, la población, etc., en suma, las condiciones para la reproducción de la riqueza, o sea, el rico desenvolvimiento del individuo social; que el progreso de las fuerzas productivas, motivado por el capital en su desarrollo histórico, una vez que llega a determinado punto, anula la autovalorización del capital en lugar de impulsarla".


 


La ley que acabamos de analizar, así como las demás leyes del capitalismo, no se cumplen de modo absoluto, sino "tendencialmente" como todas las leyes económicas: "en la teoría se presupone que las leyes del modo capitalista de producción se desenvuelven de manera pura. En la realidad, siempre hay sólo una aproximación; pero esa aproximación es tanto mayor cuanto más desarrollado sea el modo capitalista de producción y cuanto más haya eliminado su contaminación y amalgama con restos de situaciones económicas anteriores" (El Capital, vol. III). Por este y por otros motivos, Marx enumera una serie de causas que contrabalancean la ley principal:


 


1. Aumento del grado de explotación del trabajo: en nuestro caso, eso ocurriría si pasáramos de la primera situación (c = 50, v = 100, p = 150, entonces g' = 67%) a otra, en la cual: c = 100, v = 100, p = 150 y, por lo tanto, g' = 75%. Aumentó el capital constante; sin embargo, la plusvalía aumentó en una proporción tal que compensó el aumento de capital constante y, más aún, la tasa de ganancia creció. Sabemos, sin embargo, que el aumento de la plusvalía tiene un límite (el de la propia jornada de trabajo, una parte de la cual será consagrada a la reproducción del obrero) y, además, "puesto que las mismas causas que elevan la tasa de plusvalía (el grado de explotación del trabajo) tienden a reducir la fuerza de trabajo empleada por un capital dado, así tienden esas mismas causas a disminuir la tasa de ganancia".


2. Reducción del salario por debajo de su valor: ocurre de la misma forma que la anterior, también con límites precisos: los obreros no pueden morir de hambre y se organizan para que el capital no los condene a tal suerte.


 


3. Abaratamiento de los elementos del capital constante: aunque este aumente en volumen, puede ser que su valor se mantenga constante y también su proporción en relación con el capital variable (por ejemplo, cuando una rama productiva de un país metropolitano comienza a importar materias primas más baratas de un país atrasado y colonial).


 


4. Sobrepoblación relativa: permite abrir nuevas ramas productivas con menor composición orgánica de capital, o sea, con mayor proporción de capital variable que constante, lo que eleva la tasa de ganancia media en todas las ramas.


 


5. Comercio exterior: el comercio entre países industriales, sobre todo entre éstos y las colonias y semi-colonias, tiende a abaratar tanto el capital constante (por ejemplo, las materias primas) como el capital variable (los alimentos de los obreros). En esa medida, baja el valor del capital constante y aumenta la tasa de plusvalía.


 


El conjunto de las causas enumeradas tiene límites precisos y opera como una barrera a la expansión del capital. En la medida en que es superada, la ley tiende a actuar más vigorosamente, pero, en tanto lo haga así, mejor actúa como una tendencia que no tiene otro límite más allá de la propia abolición del capital, con lo que finalmente se acaba imponiendo. Los problemas encontrados por la discusión de la ley se remontan al propio Marx. Uno de los problemas que emanan de sus esquemas de reproducción (la desproporción entre los dos departamentos) puede ser descripto así: si los capitalistas del departamento I deciden disminuir el propio consumo improductivo de su plusvalía con el objetivo de incrementar la parte destinada a la acumulación, decrecerá su demanda por bienes de consumo producidos en el departamento II, el cual tendrá que disminuir su producción haciendo, simultáneamente, reducir su demanda por los medios de producción generados en el departamento I: una crisis paraliza la acumulación. Una de las salidas provisorias imaginadas por Marx fue el cambio directo de bienes de consumo por oro, mientras otros pensaron en la conquista de mercados externos, lo que permitiría realizar la plusvalía acumulada pero no resolvería el problema de los bienes de consumo invendibles.


 


Otro elemento contradictorio en el proceso de acumulación es el aumento de la composición orgánica, directamente vinculado con el fenómeno antes descripto. Ciertamente, la acumulación no puede proseguir con una expansión indefinida del nivel relativo de empleo; si el ejército industrial de reserva se contrae, crece el salario real y, ceteris paribus, cae la tasa de ganancia. Por ejemplo, el siguiente capital-patrón: 200c + 50v + 50p; p' = 100%; G' = 20%, donde G' es la tasa de ganancia.


 


Con un aumento salarial ceteris paribus y aumento del capital global adelantado de 250 a 275, tenemos:A = 200c + 75v + 25p; p' = 33,3%; G' = 9,09% (aproximación). Pero, de hecho, lo que ocurre es un aumento del capital invertido, el que también reduce la tasa de ganancia en relación al capital inicial: B = 300c + 50v + 50p; p'=100%; G'=14,3%


 


Pero, si esto fuera compensado por el aumento de la productividad, sin reducción de la jornada de trabajo o del número de trabajadores, el valor creado por la fuerza de trabajo permanece constante y la tasa de ganancia puede subir: C = 250c +25v +75p; p'=300%; G'=27,2%.


Aunque el capital constante adelantado subiera a 300 tanto en B como en C, la tasa de ganancia subiría, ahora, sin embargo, al 23%. Como decimos anteriormente, eso significa que hay contra-tendencias a la caída de la tasa de ganancia, tales con el aumento de la plusvalía relativa, el abaratamiento del capital constante, la superpoblación relativa (que deprime los salarios) y el comercio exterior, la depresión de los salarios reales: si v cae, según el capital-patrón, de 50v a 25v con el mismo número de trabajadores, eso es caída salarial, todavía la masa de plusvalía producida por estos trabajadores aumenta absolutamente porque cae el tiempo de trabajo necesario o, de otro modo, cae el precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor


 


Supongamos que la jornada de trabajo en el ejemplo-patrón sea de 10 horas. Si los salarios (v) diminuyen como definimos, de 50 a 25, a tal hecho corresponde una nueva división entre el tiempo de trabajo necesario para la reproducción del valor de la fuerza de trabajo y el tiempo de trabajo no pagado, así: v = 5 horas y p = 5 horas (antes) y v = 2:30 horas y p = 7:30 horas (después). El producto-valor engendrado por la fuerza de trabajo antes y después es el mismo, igual la 100 (v+p) o 10 horas, pero hay una elevación brutal de la tasa de plusvalía y de la tasa de ganancia porque los trabajadores producen excedentes para el capitalista durante 7 horas y media de su jornada de trabajo contra las 5 horas anteriores: D = 200c + 25v + 75p; p'=300%; G'=33,3%.


 


Para que todo permaneciera constante con la reducción a la mitad de v, sería preciso que también la jornada de trabajo y el producto valor se redujeran a la mitad, presuponiendo siempre la misma intensidad de trabajo. Hay, sin embargo, en el ejemplo D, una elevación de la tasa de ganancia por un expediente antediluviano, usado a menudo en los países capitalistas periféricos, los cuales desvalorizan el cambio y generan inflación como forma de corroer los salarios (por una manera escamoteada y menos conflictiva políticamente) y de disminuir el impacto de los mismos en la formación de los precios de sus productos destinados a la exportación. Se trata de la producción con predominancia de la plusvalía absoluta.


 


Pensemos ahora, a partir de un ejemplo del propio Marx, sobre una pieza cuyo valor (vp) sea constituido por: capital constante o consumido productivamente (c) y valor agregado por la fuerza de trabajo (va) – esta es la suma del capital variable y de la plusvalía; luego, vp = c + va o, por ejemplo, vp = 1/2c+1/2va. Con una productividad n subiendo de 1 a 2, el mismo valor agregado en un tiempo dado sería dividido por 2, repartiéndose en 2 piezas,así caería el valor unitario de cada una: vp = 1/2c + 1/4va; con n = 3, se tendría: vp = 1/2c + 1/8va y así sucesivamente.(26)


 


Con el avance técnico y el aumento de la productividad de la fuerza de trabajo diminuye ceteris paribus el valor unitario de cada mercancía, tendencialmente hasta el límite matemático de 100% de capital constante, cuando la productividad tiende al infinito o hasta la simple producción de valores de uso destituidos de cualquier valor de cambio, pues desaparece la escasez de productos y, con eso, la ley del valor; considerándose que el capital constante agregado a una unidad de mercancía también se reduce progresivamente(27) cesarían la valorización del capital y el sistema capitalista. Pero tal tendencia no se realiza plenamente o de forma "pura" porque la crisis estructural destruye las fuerzas productivas, a través de guerras principalmente, o recrea formas antediluvianas de extracción de la plusvalía absoluta. Es preciso arrastrar una desilusión: el capital posee contradicciones insuperables, trayendo en sí sus propios límites, pero no desaparece en sí y por sí mismo, pues estas contradicciones pueden condicionar tanto el recrudecimiento bárbaro de la dominación burguesa como la victoria de la revolución proletaria.


 


Las leyes del capitalismo hacen que sus medios (la búsqueda de la ganancia) se vuelvan contradictorios con su fin (el mantenimiento de la tasa de ganancia). En la ley que acabamos de exponer se expresa la contradicción de la forma más simple de la riqueza capitalista (la mercancía, valor de uso y valor) pues, creando la riqueza material (valores de uso) el capital va minando las condiciones de creación de la riqueza social (los valores, cuya fuente es el trabajo vivo, que es una proporción cada vez menor del capital).


 


Esa contradicción se va desarrollando en una tendencia al colapso, que se va realizando a través de las crisis periódicas cada vez más profundas del capitalismo. Esas crisis expresan los límites del capitalismo: "primero, en el hecho de que el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo produce, en la reducción de la tasa de ganancia, una ley que se opone a este desarrollo y necesariamente provoca crisis; segundo, en el hecho de que el elemento decisivo para la expansión o reducción de la producción no es la relación entre la producción y las necesidades sociales (…) sino la apropiación del trabajo no pago y la relación entre ese trabajo no pago y el trabajo materializado, o mejor, para emplear el lenguaje capitalista, la ganancia y la relación entre esa ganancia y el capital empleado; por fin, un cierto monto de la tasa de ganancia. La producción encuentra límites, mientras que desde otro punto de vista, ella parecería insuficiente. Se detiene en el punto que fija la satisfacción de las necesidades, pero en producción y en la realización de la ganancia".


 


Mientras para la gran mayoría de la sociedad se produce una brusca caída del poder adquisitivo que empuja a la miseria a millones de personas, para los capitalistas el problema consiste en haber producido mercancías en exceso que no pueden ser vendidas, dejando un beneficio razonable: "periódicamente la producción de medios de trabajo y de subsistencia es tal que no se puede hacerlos funcionar como medios de explotación de los obreros bajo una cierta tasa de ganancia. Se producen mercancías en exceso para que puedan realizarse y convertirse en nuevo capital, en las condiciones de reparto y consumo dadas por la producción capitalista, el valor y la plusvalía que ellas contienen. No es que se hayan producido riquezas en demasía. Pero, periódicamente, se produce riqueza en demasía bajo su forma capitalista, opuesta una a la otra".


 


El exceso de riqueza para los capitalistas -el exceso de capitales que pueden operar bajo una cierta tasa de ganancia- se expresa para los obreros como un exceso de pobreza que les impide participar de la riqueza. Son las crisis de superproducción que manifiestan la existencia de un capital excedente para una tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Las crisis son el modo convulsivo por el cual el capital intenta poner un freno a esa tendencia y reconstituir una situación de equilibrio (una tasa de ganancia "aceptable").


 


Depreciado el capital, liquidada una parte de éste bajo la forma de mercancías invendibles (máquinas o artículos de consumo) que se arruinan o son destruidas, es posible encontrar una nueva relación entre el capital constante y el variable y reconstituir la tasa de ganancia. El proceso recomienza, pero para dar lugar más adelante a una crisis todavía más profunda, por la mayor magnitud (en volumen y valor) del capital existente. "La depreciación periódica del capital existente, uno de los medios especiales del modo de producción capitalista para detener la caída de la tasa de ganancia y para acelerar la acumulación de valor-capital mediante la formación de nuevo capital, desordena las condiciones en las cuales se cumple el proceso de circulación y reproducción del capital y es acompañada entonces de bruscas caídas y crisis del proceso de producción".


 


¿Qué expresa la crisis? "A partir de cierto momento, el desarrollo de las fuerzas productivas se vuelve un obstáculo para el capital; por lo tanto, la relación del capital se vuelve una barrera para el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo (…) En agudas contracciones, crisis, convulsiones, se expresa la creciente inadecuación del desarrollo productivo de la sociedad y sus relaciones de producción hasta hoy vigentes. La violenta aniquilación del capital, no por circunstancias ajenas a él mismo, sino como condición de su auto-conservación, es la forma más contundente en la cual se le da el consejo de que se retire y deje lugar para uno estadio superior de producción social".(28)


 


Por lo tanto, es una forma ideológica (burguesa) presentar a Marx como el "pionero" del análisis del "ciclo económico" (el cual encontraría su expresión más desarrollada en Keynes): "El primer análisis sistemático del ciclo económico se vincula al nombre de Marx. Ricardo y la escuela clásica no habían enfrentado, más allá de observaciones marginales, el problema de las fluctuaciones de la acumulación capitalista: los consideraban un fenómeno secundario, irregular y accidental, y debido a factores externos al proceso capitalista".(29) Aunque esa forma sea todavía un mérito frente a la definición de la teoría marxista que hace el Premio Nobel de Economía, Paul A. Samuelson: "Marx, el economista, no Marx el filósofo de la historia y de la revolución (fue) un pos-ricardiano de grandeza, secundaria, autodidacta, alejado durante toda su vida de una crítica y un incentivo válidos".(30)


 


Al contrario, el alcance histórico del descubrimiento de Marx está perfectamente claro en la conclusión de Gianfranco Pala: "Lo que falta no son condiciones sociales para absorber los productos, para satisfacer las necesidades de la población: estamos bien lejos todavía de la satisfacción real de todas las necesidades de las masas. Lo que falta son condiciones capitalistas para que los productos-mercancías sean vendidos a precios que garanticen ganancia a los capitalistas que los hicieron producir. De allí la mayor paradoja de la historia: la subproducción de objetos comunes para la humanidad se presenta, en el capitalismo, como sobreproducción generalizada de mercancías".(31)


 


Lo que se encontraba esbozado en los Grundrisse de 1857 ("El aumento de la productividad del trabajo es sinónimo de: a) Aumento de la plusvalía relativa,o del tiempo de plusvalor relativo que el obrero cede al capital, b) Disminución de la parte del capital que en general se cambia por trabajo vivo, en relación con la parte que participa en el proceso de producción como trabajo objetivado y valor presupuesto. La tasa de ganancia es, por eso, inversamente proporcional al aumento de la plusvalía relativa, al desarrollo de las fuerzas productivas y a la magnitud del capital empleado en la producción bajo la forma de capital constante… En la misma relación en la cual, en el proceso de producción, el capital como capital ocupa un espacio mayor en relación al trabajo inmediato, cuanto más crece la plusvalía relativa – esto es, la fuerza creadora del valor del capital– más cae la tasa de ganancia)", se encuentra reafirmado en Teorías sobre la plusvalía: "La tasa de ganancia cae – aunque la tasa de plusvalía permanezca invariable o crezca– porque, con el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, el capital variable disminuye en relación al capital constante. Aquél cae, no porque el trabajo es menos productivo sino porque es más productivo. No porque el obrero sea menos explotado, sino porque es más explotado, sea porque la plusvalía absoluta crece o, si el Estado lo impide, porque el valor relativo del trabajo disminuye, creciendo la plusvalía relativa, lo que es idéntico en la producción capitalista".


 


El mismo motivo provoca la sobreproducción: "Todo el proceso de la acumulación desemboca así en sobreproducción, que corresponde, por un lado, al natural aumento de la población, y, por el otro, constituye la base inmanente de los fenómenos que se manifiestan en la crisis. La medida de la sobreproducción es el propio capital, el nivel de las condiciones de la producción y el desmedido impulso al enriquecimiento y a la capitalización de los capitalistas, no el consumo, que a priori es limitado, porque la mayoría de la población "obrera" no puede aumentar su consumo sino dentro de límites muy estrechos, y por otro lado, en la medida en que el capitalismo se desarrolla, la demanda de trabajo diminuye relativamente, aunque crezca absolutamente."


 


Según la expresión del propio Marx, en el libro III de El Capital, acumulación-sobreproducción y caída tendencial de la tasa de ganancia son dos caras de la misma moneda o "caída de la tasa de ganancia y aceleración de la acumulación son sólo expresiones diversas de un mismo proceso, que indican, ambos, el desarrollo de la fuerza productiva. La acumulación acelera la caída de la tasa de ganancia, al causar la concentración del trabajo en gran escala y, en consecuencia, una composición superior del capital. Por otro lado, la disminución de la tasa de ganancia acelera la concentración de capital, su centralización vía expropiación de los pequeños capitalistas, de los productores directos sobrevivientes que conserven alguna cosa a ser expropiada. La acumulación como masa se acelera, mientras la tasa de acumulación disminuye junto a la tasa de ganancia".


 


La vinculación orgánica de la caída tendencial de la tasa de ganancia, la sobreproducción ("sobre-acumulación") y crisis, se encuentra expuesta de manera más clara y desarrollada en el propio El Capital, y derivada de la ley general de la acumulación del capital: "La disminución del capital variable en relación al capital constante, determina una composición orgánica creciente del capital total, resultando de allí que, sea que el grado de explotación del trabajo permanezca inalterable, sea que aumente, la tasa de la plusvalía se expresa en una tasa general de ganancia siempre decreciente (se manifiesta de una forma tendencial y no absoluta). La tendencia permanente a la disminución de la tasa general del ganancia es sólo la expresión del desarrollo progresivo de la productividad social del trabajo, expresión que corresponde al modo de producción capitalista…


 


"Una misma tasa de plusvalía, manteniéndose constante el grado de explotación del trabajo, se manifiesta en una tasa de ganancia decreciente, porque el aumento de las dimensiones materiales del capital constante es acompañado por un aumento del valor de este último y, por consiguiente, aunque no en las mismas proporciones, también del capital social. Si admitimos que esta modificación gradual en la composición del capital se efectúa no sólo en algunas ramas de la producción sino en casi todas, o por lo menos en las esferas determinantes de la producción, que de este modo equivale a una modificación de la composición orgánica media del capital total perteneciente a una determinada sociedad, un semejante crecimiento progresivo del capital constante con relación al capital variable, tiene, como consecuencia inevitable, una disminución gradual de la tasa general del ganancia, si la tasa de plusvalía o el grado de explotación del trabajo por el capital se mantuviera invariable. (…)


 


"Las crisis nos presentan siempre una solución temporaria y violenta de las condiciones existentes, de las explosiones violentas que restablecen por un instante el equilibrio perturbado… La contradicción puede expresarse bajo su forma más general de la siguiente manera: el modo de producción capitalista tiene tendencias a desarrollar de una forma absoluta las fuerzas productivas, independientemente del valor de la plusvalía que este último contiene, independientemente de las relaciones sociales dentro de las cuales la producción capitalista se efectúa. Mientras, por un lado, pone como finalidad la conservación del valor capital existente y su máximo crecimiento posible (esto es, el aumento cada vez más rápido de ese valor). La característica específica de este modo de producción es el hecho de servirse del valor capital existente como de un medio para aumentar ese valor al máximo. Los métodos gracias a los cuales llega a este resultado acarrean la disminución de la tasa de ganancia, la depreciación del capital existente y el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo a costa de las fuerzas productivas ya producidas".


 


La exposición de Marx sobre la realización de esa ley de modo tendencial; esto es, a través de ciclos en que, a pesar de las tendencias compensadoras, la tendencia general se impone por medio de crisis, cuya única vía de salida es la preparación (ciclos mediante) de crisis cada vez mayores. Esa tendencia es evidente en toda la historia del capitalismo, sirve como "medida de valor" de las críticas más recientes a la teoría marxista: "La superposición era sólo apariencia: traducía un profundo subconsumo obrero. Esta tesis, seductora de las multitudes, tuvo, bajo diversas fórmulas, gran suceso, pero no resistía un examen objetivo. La historia del capitalismo en los países desarrollados la desmintió: los trabajadores no sufren pauperización absoluta o relativa. Y aunque fuese parcialmente verdadera, no retrataría el ritmo cíclico: la crisis de subconsumo sería permanente y de gravedad creciente, lo que estaría en la lógica catastrófica del marxismo. No habría habido posibilidades de ninguna fase de expansión".(32) Como se ve, la teoría de la crisis vía "subconsumo" sólo puede basarse en la transformación de Marx en un "Sismondi II".


 


El locus histórico de la realización de la crisis es el mercado mundial, que es la base de la existencia del capitalismo aunque éste lo haya precedido históricamente. La lógica del capital es el desarrollo dialéctico (contradictorio) de su génesis histórica, como ya explicó Marx en El Capital: "No hay duda de que las grandes revoluciones del siglo XVI y XVII, así como los descubrimientos geográficos y sus consecuencias en el comercio y en el desarrollo del capital mercantil, constituyen un factor que aceleró el pasaje del modo de producción feudal al capitalista (…) La base de este último es el propio mercado mundial. Por otro lado, la necesidad inmanente del capitalismo de producir en una escala cada vez mayor incita una extensión permanente del mercado mundial, de manera que no es más el comercio el que revoluciona la industria, sino al contrario".


 


La constitución del mercado mundial es la misión histórica progresiva del capital; la crisis en el mercado mundial indica la madurez de las condiciones para la sustitución de aquél: "El mercado mundial constituye simultáneamente la premisa y la sustentación de todo. Las crisis representan entonces el síntoma general de la superación de la premisa, y el impulso para el nacimiento de una nueva forma histórica". En el postscriptum a la segunda edición de El Capital, Marx evidenció la validez histórica de sus descubrimientos, anticipando la "Gran Depresión" inmediatamente ulterior: "El movimiento contradictorio de la sociedad capitalista se manifiesta en la burguesía práctica, de forma más notable, en las modificaciones del ciclo periódico a que está sujeta la industria moderna, y cuyo punto culminante será la crisis general. La crisis se aproxima nuevamente, aunque todavía en fase preliminar; y por la universalidad de su teatro y por la intensidad de su acción, conseguirá meter la dialéctica incluso hasta en la cabeza de los miedosos carreristas del nuevo y santo imperio pruso-germánico".


El significado teórico de la constitución del mercado mundial sobrepasa sus características histórico-geográficas concretas, "es la extensión mundial del capital, como realización de un proceso que lo vuelve adecuado a su concepto: como referencia universal de la relación capitalista en tanto relación de clase (cualitativa) y no como simple dominación espacial (cuantitativa). En el mercado mundial, la producción es puesta como totalidad, así como cada uno de sus momentos, en el cual al mismo tiempo todas sus contradicciones se ponen en movimiento… El comercio y el mercado mundial constituyen el presupuesto histórico y abren, en el siglo XVI, la historia moderna de la vida del capital, iniciada sin embargo sólo donde las condiciones generales para su existencia estaban siendo creadas en el interior de las formas precedentes… El significado del mercado mundial – como categoría lógica del razonamiento– es iluminado por la dominación que el capital ejerce sobre todos los otros modos de producción. De esta circunstancia, ni siquiera los más autorizados defensores de la posibilidad de fuga de la llamada periferia del centro imperialista, no consiguen huir. Cuando no caen en la banalidad del sistema-mundo, levantan la hipótesis de la salida del área de la producción de mercancías".(33) En su plan original, como vimos inicialmente, Marx preveía la exposición de las crisis conjuntamente con el mercado mundial.


 


El desarrollo del capitalismo es cíclico exactamente por su tendencia permanente a la crisis: contrariamente al pensamiento burgués, en Marx es la crisis la que explica el ciclo, y no el contrario. Por eso, la crisis repone las condiciones necesarias para la instalación de un nuevo período de expansión capitalista. Esto sucede, de un lado, por la destrucción de parte de las fuerzas productivas, desvalorizándolas. Como resultado, ocurre una mayor concentración industrial, una vez que las empresas que operaban en desventaja fueron sancionadas por el mercado, y ocurre también la reducción de la tasa del salario, comprimido, por un lado, por la depresión, y por otro lado, por el incremento de la tasa de la plusvalía a un nivel tal que sea suficiente para compensar la caída de la tasa de ganancia.


 


Se inicia, entonces, un nuevo ciclo de acumulación. En cada nuevo ciclo, las contradicciones son mayores, el ciclo del capital, a través de las crisis periódicas, se decompone y recompone por etapas. La primera crisis internacional, 1873, fue el resultado de un proceso contradictorio que llevó, en el París de 1870, a la momentánea capitulación de la burguesía (la Comuna), pero esa etapa dejó abierta, para la última década del siglo XIX, las primeras contradicciones financieras (bancarias) interimperialistas, marcando el inicio de la declinación inglesa. La segunda crisis, la bélica de 1914, fue precedida por la fase irresuelta del dominio colonial, pero todavía esa etapa dejó abierto el problema de una sobreproducción latente.


 


La posibilidad de salir del capitalismo por medio del crédito (utopía pequeño-burguesa ya criticada por Marx en 1847, en Miseria de la Filosofía) es tan realizable como la mucho más reciente tentativa de salir de la crisis mediante la expansión artificial (financiera) del mercado mundial, que olvida que el capital-dinero nunca puede emanciparse totalmente del capital-mercancía o, como ya explicaba Marx, "en la fase de crisis del ciclo industrial, la caída general de los precios de las mercancías se expresa como aumento del valor relativo del dinero, y en la fase de prosperidad, el aumento general de los precios de las mercancías se expresa como caída del valor relativo del dinero". Ya en los Grundrisse se afirmaba que los máximos resultados que "el capital consigue, en esa línea, son de un lado el capital ficticio, y de otro el crédito sólo como nuevo elemento de concentración, de disolución de los capitales en capitales aislados y centralizadores". El crédito, en verdad, "es también la forma en la cual el capital procura diferenciarse de los capitales aislados", y en la cual el carácter social de la producción capitalista encuentra su expresión más decidida.


 


En Teorías sobre la plusvalía se esclarece que "el capital puramente ficticio, títulos de Estado, acciones, etc. – siempre y cuando no lleve a la bancarrota del Estado o de las sociedades anónimas, o no entorpezca en términos generales la reproducción, minando el crédito de los capitalistas industriales que retienen estos valores– no es más que una simple transferencia de riqueza de unas manos a otras y, en conjunto, se traducirá en resultados favorables en lo que se refiere a la producción, ya que los parvenus que adquieren por precio bajo estas acciones o títulos son, en general, más activos y emprendedores que aquellos que anteriormente los poseían".


 


¿En qué medida pueden ciclos y crisis ser expresados cuantitativamente (matemáticamente) y en qué medida se puede establecer correlaciones entre crisis económica y crisis política (de la cual la crisis revolucionaria es un caso extremo)? Según muchos autores, la primera tarea sería imposible e implicaría, para la segunda, la caída en un determinismo economicista. Si el economicismo debe ser evitado, sólo puede serlo tomando en cuenta que los cambios sociales y las representaciones políticas e ideológicas nunca pueden volverse totalmente independientes de la evolución económica.


 


Para Marx, la primera tarea era posible, según se lee en una carta a Engels, de mayo de 1875: "El problema es el siguiente: usted conoce las tablas que representan precios, tasas de descuento, etc., bajo la forma de zigzag que fluctúan hacia arriba y hacia abajo. Intenté repetidamente computar esos up and downs (alzas y bajas) con el objetivo de hacer un análisis de los ciclos económicos – como curvas irregulares– y, así, calcular matemáticamente las principales leyes de las crisis económicas. Creo que la tarea todavía puede realizarse con base en material estadístico críticamente seleccionado".


 


En cuanto a la segunda tarea, es más difícil todavía, y de esa dificultad dejó testimonio Engels en un texto que escribió poco antes de su muerte, en el que reconoce que "en la historia contemporánea corriente, seremos forzados con mucha frecuencia a considerar este factor, el más decisivo, como un factor constante, a considerar como dada para todo el período y como invariable la situación económica en la cual nos encontramos al inicio del período en cuestión, o a no considerar más que aquellos cambios operados en esta situación, que por derivar de acontecimientos patentes sean también patentes y claros. Por esa razón, aquí el método materialista tenderá, con mucha frecuencia, a limitarse a reducir los conflictos políticos a las luchas de intereses de las clases sociales y fracciones de clases existentes, determinadas por el desarrollo económico, y a manifestar que los partidos políticos son la expresión política más o menos adecuada de estas mismas clases y fracciones de clases. Falta decir que esta subestimación inevitable de los cambios que operan al mismo tiempo en la situación económica – verdadera base de todos los acontecimientos que se investigan– tiene que ser necesariamente una fuente de errores".(34)


 


De todo lo que antecede se desprenden algunas conclusiones básicas. La obra de Marx y Engels no está "incompleta", entre otras cosas, por la ausencia de una "teoría de las crisis". Al contrario, El Capital, y el conjunto de su obra "económica" (que incluye Teorías sobre la plusvalía, los Grundrisse, la Contribución de 1859, la Introducción de 1857, los diversos prefacios, etc.) dan más la impresión de pecar por exceso que por sus lagunas. El hecho de que sólo el libro I de El Capital haya sido publicado en vida de Marx; o sea, sólo una parte del plan original, no debe confundir, pues "en el primer libro de El Capital, Marx solo limitó formalmente su investigación al proceso de producción del capital. En verdad, seleccionó y presentó como totalidad, en esta parte, también el todo del modo de producción capitalista y de la sociedad burguesa derivada de él, con todas sus manifestaciones económicas, jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en suma, ideológicas. Esta es una consecuencia necesaria del método dialéctico de exposición".(35)


 


Además, Marx fue el pionero del análisis de las crisis del capitalismo, que, en cuanto tales, siquiera fueron objeto de análisis de sus "predecesores" smith-ricardianos, pues "por lo que se refiere a la escuela ricardiana y a sus herederos, se puede decir que las crisis no ocuparon virtualmente lugar alguno dentro de su sistema: las depresiones debían ser atribuidas a las interferencias del exterior que impedían el libre juego de las fuerzas económicas o el proceso de la acumulación de capital, más que a los efectos de un mal crónico interno de la sociedad capitalista. Los sucesores de esta escuela estaban suficientemente obcecados con esta idea para buscar otra explicación fundada en causas naturales (como las fluctuaciones de las cosechas) o en el "velo monetario". Para Marx, por el contrario, era evidente que las crisis estaban asociadas a las características esenciales de la economía capitalista en sí misma".(36)


 


En el sistema marxista carecería de sentido cualquier exposición de una "teoría de las crisis" (y de cómo evitarlas) separada de la teoría general de la acumulación capitalista. En el plan original de Marx (1857), la exposición de las crisis estaba directamente vinculada con el mercado mundial, locus específico de la acumulación de capital, pues su mutua relación, en palabras de Marx, "salta a los ojos". Marx y Engels fueron extremadamente cuidadosos y prudentes en el estudio de las mediaciones entre crisis económica y crisis política, estableciendo, de un lado, la existencia de un vínculo entre ambas y, de otro, la no automaticidad de ese vínculo y, hasta cierto punto, la imposibilidad de conocerlo inmediatamente en toda su magnitud.


 


La pretensión de hacer de Marx un teórico del "subconsumo" (que podría ser resuelto mediante "políticas sociales" o, como se dice hoy, "compensatorias") o de la "desproporcionalidad" (que podría ser resuelta por el "planeamiento indicativo") se apoya en lecturas parciales, cuando no interesadas, de la obra de Marx. Es lo que sucede cuando se afirma que Marx "había elaborado su teoría de la tasa decreciente de ganancias, basada en el principio de la creciente composición orgánica del capital. En el Tomo III de El Capital esta teoría está indisolublemente mezclada con la teoría del subconsumo, y ambos órdenes de ideas no son planteados en una relación clara"(37), lo que sólo significa que Marx no escribió aquello que el autor deseaba que escribiese. La "desproporcionalidad" es consustancial a todo sistema económico (inclusive a un sistema imaginariamente socialista), pues no existe posibilidad de transmisión instantánea de las informaciones de la "demanda efectiva" (mercantil o no) e, incluso si existiese, no existiría la posibilidad de la recolocación instantánea de los factores de producción. En el régimen capitalista esto se agrava porque las inversiones son realizadas por cada capitalista individual, de acuerdo con sus intereses particulares y más inmediatos, apostando a la rama de producción que más le asegure un retorno positivo; o sea, una más elevada tasa de ganancia. Invierten sin que, al mismo tiempo, una demanda efectiva sea asegurada para las mercancías producidas.


 


Si la venta de las mercancías por su valor no se verifica, o apenas lo hace en parte, los capitalistas no podrán recomenzar inmediatamente el proceso de producción en escala ampliada. La reproducción del capital es momentáneamente interrumpida, posibilitando la erupción de la crisis. Para que la producción ampliada se efectúe sin interrupción, es preciso que sean constantemente reproducidas ciertas condiciones de equilibrio; es preciso que la oferta y la demanda recíproca de mercancías sean iguales entre los dos sectores de la producción capitalista (bienes de consumo y bienes de producción). Esta condición de equilibrio, con todo, jamás se verifica en la práctica, precisamente por tropezar con la contradicción antes señalada: el carácter de la producción es social, aunque las decisiones de invertir son tomadas individualmente sin que haya coordinación o planeamiento central entre la producción y la demanda efectiva. Esto agrava un problema que, en mayor o menor medida, existió en los sistemas de producción del pasado y existirá en los del futuro.


 


De acuerdo con Korsch, "sería un achatamiento inimaginable de la teoría marxista atribuirle la derivación de las leyes de movimiento y desarrollo de la sociedad burguesa sólo del sector de la producción y de sus contradicciones y luchas, prescindiendo del proceso de circulación y de las formaciones que resultan de la síntesis de los dos sectores en el proceso completo".(38) No sólo eso: también se debe tener en cuenta la multiplicidad de los capitales, la forma concreta de existencia del capital, bajo pena de eliminar las contradicciones reales del capital con una "robinsonada" (la elaboración de una teoría económica partiendo de la existencia de un único capital, imposibilidad real de la cual parte toda la teoría económica pos-marxista).


 


Marx fue muy claro al afirmar que la tendencia decreciente de la tasa de ganancia "alimenta la sobreproducción, la especulación, las crisis, la existencia de capital excedente junto a una población excedente". Además, revela "que el régimen de producción capitalista tropieza en el desarrollo de las fuerzas productivas con un obstáculo que no guarda la menor relación con la producción de la riqueza en tanto tal. Este peculiar obstáculo señala precisamente la limitación y el carácter puramente histórico, transitorio, del régimen capitalista de producción…" Cualquier análisis reconoce que, "aunque varios factores puedan, temporariamente, neutralizar esa tendencia, operan dentro de límites estrechos, de modo que la caída, a lo largo del siglo, de la tasa de ganancia surge como la tendencia dominante".(39)


 


Una crisis económica es una caída de la expansión de la producción, una interrupción de la acumulación de capital o, en otras palabras, una caída de las inversiones debido a su baja rentabilidad. "La crisis desnuda la discrepancia entre la producción material y la producción de valor: su proximidad se anuncia con una debilidad en la tasa de acumulación, una sobreproducción de mercancías y un aumento de desempleo. Así, el camino para salir de la depresión consiste en cerrar la brecha entre expansión y rentabilidad, por medio de nuevas inversiones, y la "normalización" de los mercados de bienes y mercancías. La crisis no comienza simplemente.


 


Comienza en industrias específicas, por más que haya sido causada por la situación global. Como la crisis, también el ascenso comienza en industrias específicas y afecta acumulativamente a toda la economía. Como la acumulación de capital es la reproducción ampliada de los medios de producción, el ascenso y la caída, aunque generales, son observables primero y antes de todo en la manufactura de bienes de producción".(40)


 


La competencia toma una forma despiadada y, en algunos negocios, los precios bajan forzosamente hasta un punto ruinoso. Los valores de capital se deprecian rápidamente, se pierden fortunas y las utilidades desaparecen. La demanda social decrece progresivamente según aumenta el número de desocupados: el exceso de mercancías es controlado únicamente por la caída todavía más rápida de la producción. La crisis se extiende a todas las esferas y ramas de la producción. Su forma general revela la interdependencia social del modo de producción capitalista, a pesar de las relaciones de propiedad privada que lo dominan.


 


Fue precisamente Engels quien vinculó la expansión de la conquista colonial con la especulación financiera y el nuevo papel de la Bolsa de Valores ("la Bolsa modifica la distribución en el sentido de la centralización, acelera enormemente la concentración de capitales y, en ese sentido, es tan revolucionaria como la máquina la vapor"): "La ausencia de crisis a partir de 1868 se basa en la extensión del mercado mundial, que redistribuyó el capital superfluo inglés y europeo en inversiones y circulación en todo el mundo en diversas ramas de inversión. Por eso una crisis por superespeculación en los ferrocarriles, bancos, o en inversiones especiales en América o en los negocios de la India sería imposible, mientras crisis pequeñas, como la de la Argentina de tres años a esta parte, se volvieron posibles. Pero todo esto demuestra que se prepara una crisis gigantesca".


 


En una carta crítica a Kautsky, Engels subraya la necesidad de "identificar en la conquista colonial el interés de la especulación en la Bolsa". Todo con una conclusión central que, bien interpretada, ya anticipa en la década de 1890 la etapa de tensión mundial que conduciría a la Primera Guerra Mundial (y su consecuencia más importante, la Revolución de Octubre): "Es todavía la magnífica ironía de la Historia: a la producción capitalista sólo le resta ahora conquistar China, y cuando finalmente lo hace, se le vuelve imposible hacerlo en su propia patria".(41)


 


Mundial por su propia naturaleza histórica, la crisis capitalista es la base de crisis políticas sistemáticas y de crisis internacionales. Por su propia base teórica, y por todas sus implicaciones, a causa de este significado decisivo de la crisis, la teoría marxista es, en su núcleo, como fue señalado acertadamente, una teoría de la crisis, mientras las teorías burguesas son en general teorías coyunturales o del ciclo.(42) En la base de todo el proceso se encuentra la tendencia fundamental de la producción capitalista, que fue resumida de modo muy claro en El Capital: "La creación de… plusvalía es el objeto del proceso de producción directa.


 


Apenas una cantidad de plusvalía se materializa en las mercancías, la plusvalía fue producida…Viene entonces el segundo acto del proceso. Toda la masa de mercancías… debe ser vendida. Si eso no se hiciera, o se hiciera sólo parcialmente, o sólo a precios por debajo de los precios de producción, el trabajador no habrá sido menos explotado, pero su explotación no se consubstanciará como tal para el capitalista. Podrá no proporcionarle ninguna plusvalía, o realizar apenas una parte de la plusvalía producida, o significar incluso una pérdida parcial o total de su capital. Las condiciones de la explotación directa y las de la realización de la plusvalía no son idénticas. Son preparadas lógicamente, tanto por el tiempo como por el espacio. Las primeras son limitadas sólo por la capacidad productiva de la sociedad, las últimas por las reacciones proporcionales de las varias líneas de producción y por la capacidad de consumo de la sociedad. Esa última capacidad no es determinada por la capacidad productiva absoluta o por la capacidad consumidora absoluta, sino por la capacidad de consumo basada en condiciones antagónicas de distribución, que reducen el consumo de la gran masa de la población a un mínimo variable dentro de límites más o menos estrechos.


 


"La capacidad de consumo está todavía más restringida por la tendencia a acumular, por la ambición de una expansión del capital y una producción de la plusvalía en escala ampliada. Esa ley de la producción capitalista es impuesta por las revoluciones incesantes en los métodos de producción… por la resultante depreciación del capital existente, la lucha general de la competición y la necesidad de mejorar el producto y expandir la escala de producción para la auto-preservación y bajo pena de quiebra. El mercado debe, por lo tanto, ampliarse continuamente, de forma que sus interrelaciones y las condiciones que las regulan asumen más y más la forma de ley natural independiente de los productores y se vuelven cada vez más incontrolables. Esa contradicción interna busca su equilibrio en una expansión de los campos externos de producción. Pero, a medida que la capacidad productiva se desarrolla, se encuentra en desacuerdo con la estrecha base en la cual la condición de consumo reposa. En esa base contradictoria, no será una contradicción la existencia de un exceso de capital simultáneamente con un exceso de población. Pues, aunque una combinación de ambos aumente realmente la masa de la plusvalía producida, al mismo tiempo intensifica la contradicción entre las condiciones bajo las cuales esa plusvalía es producida y las condiciones en que es realizada."


 


Marx no subrayó, pues le parecía obvio, que todos los elementos fenoménicos de la crisis se vinculaban con la "ley fundamental de la economía moderna" (la tendencia decreciente de la tasa de ganancia), lo que dio lugar a las mistificaciones posteriores, incluyendo el "aburguesamiento" de la teoría marxista, realizado, por ejemplo, por Schumpeter ("Encontramos [en Marx] prácticamente todos los elementos que caben en un análisis serio de los ciclos coyunturales"). El panorama general del debate justifica la opinión de Haberler y Holesovsky: "La mayoría de los intérpretes de Marx descuidan, en sus análisis, el papel central de la tasa de ganancias declinante. Tienden más a un resumen libre de los elementos de una teoría de las crisis encontradas en Marx, y con esto llegan en escasa medida a profundas conclusiones teóricas".(43) Algunos pocos, como Maurice Dobb, hallan que la escasez de la mano de obra es el factor fundamental que reduce periódicamente la tasa de ganancia. De acuerdo con esto, la escasez de la mano de obra durante la expansión produce inversiones que economizan trabajo, las cuales reducen, a su vez, la tasa de ganancia por medio del aumento de la relación entre capital constante y variable (c : v).


 


La crítica de los esquemas de reproducción ampliada, propuestos por Marx para una economía capitalista "pura", fue realizada por Rosa Luxemburgo. El error de Rosa Luxemburgo consiste en haber considerado los esquemas de la reproducción del Libro II de El Capital, como expresión de la realidad concreta y acabada del capitalismo. Así, Mitchell presenta la simple posibilidad abstracta de las crisis del capitalismo, aisladas del proceso de reproducción en su conjunto, como una de sus causas, la "posibilidad primera". La caída tendencial de la tasa de ganancia sólo explicaría las crisis periódicas como simples interrupciones en la marcha hacia el derrumbe del proceso de acumulación. Según Marx, "al desarrollarse la producción capitalista, la escala de producción se determina en grado cada vez menor por la demanda directa del producto, y en grado cada vez mayor por el volumen de capital de que dispone el capitalista individual, por la tendencia a la valorización de su capital y la necesidad de que su proceso de producción sea continuo y se extienda. Con eso crece necesariamente, en cada rama particular de la producción, la masa de productos que se encuentran como mercancías en el mercado o que buscan salida. Crece la masa de capital fijada durante más o menos tiempo bajo la forma de capital mercantil. Aumenta entonces la acumulación de mercancías". Por lo tanto, pensar que las crisis capitalistas se producen por la sobreproducción de mercancías respecto de la demanda solvente de los trabajadores, lleva lógicamente a concluir que el estado normal del capitalismo es de crisis permanente, lo que nada tiene que ver con la evidencia histórica.


 


Las crisis se producen, no porque haya medios de consumo en demasía sin realizar en el mercado capitalista, sino porque la plusvalía se produce bajo condiciones de rentabilidad que no justifican que se continúe produciendo: "Lo que en realidad producen los trabajadores es plusvalía. Mientras la producen (en condiciones en que permite la tasa de ganancia) tendrán [algo] para comer. Apenas dejan [de producir] termina su consumo al terminar su producción (…) Cabe, en efecto, preguntarse si el capital en tanto tal es también el límite con el que tropieza el consumo. Lo es ciertamente en un sentido negativo, ya que no se puede consumir más de lo que se produce. Pero el problema [está en saber] si lo [es] también en sentido positivo, [esto es], si – tomando como base la producción capitalista– se puede y se debe consumir tanto como se produce. Si analizamos acertadamente, (…) no se produce con vistas a los límites del consumo existente, sino que la producción sólo se encuentra limitada por el propio capital. Y no cabe duda de que esto es característico del modo de producción capitalista".(44)


 


La supuesta necesidad orgánica para el capital de sectores no capitalistas para expandirse, fue objeto de la crítica de Grosman: "Si los partidarios de la teoría de Rosa Luxemburgo quieren reforzar esta teoría mediante la alusión a la creciente importancia de los mercados coloniales de salida; si ellos se remiten al hecho de que la participación colonial en el valor global de las exportaciones de Inglaterra representaba en 1904 poco más de un tercio, mientras que en 1913 esta participación se aproximaba al 40%, entonces esta argumentación que sustentan a favor de aquella concepción carece de valor y, más que esto, con ella consiguen lo contrario de lo que pretenden obtener, pues estos territorios coloniales tienen realmente cada vez más importancia como áreas de colocación; pero sólo en la medida en que se industrializan; en la medida en que abandonan su carácter no capitalista".(45)


 


Marx definió a la competencia como contradicción del capital consigo mismo. Viceversa, cuando la economía política discurre sobre competencia y competitividad presupone el recíproco concurso no conflictivo entre las múltiples, hipotéticamente infinitas, unidades decisionales contempladas. Se postula, por lo tanto, que esa multiplicidad funcione lógicamente siempre y sólo como unidad. Según la ideología burguesa, la mano del capital, invisible o visible, conduce fatalmente al equilibrio y la armonía. La teoría keynesiana es parte de esa ideología. En su Teoría General no se encuentra un lugar donde la competencia, junto a la multiplicidad de los capitales, tenga un rol lógicamente necesario. Y cuando atribuye a la competencia la función específica de ajustar el equilibrio real de la demanda efectiva, para cualquier nivel definido neutral de ocupación, confirma plenamente la función armónica indistinta dentro de un capital homogéneo. Son obvias las consecuencias. La lucha entre los diversos capitales para acaparar el máximo ganancia individual es suprimida. En su lugar, se supone que la "competencia" armónica consiga conducir la tasa de ganancia al equilibrio ideal. De la misma manera desaparece la disputa incesante entre ganancia bancaria (interés monetario) y ganancia industrial, supuestas en perenne condición de igualdad.


 


Con la unicidad del capital en lugar de su multiplicidad, se esconde el recíproco tenersi lontani de los capitales individuales, su no operar uno por el otro, su real enfrentamiento. Se ignora que, en las varias fases del ciclo, "la calma es sólo un caso límite del conflicto" – para decirlo con Bertolt Brecht– por la alternante supremacía ora de uno, ora del otro. Ideológicamente, la excepción se transforma en la norma, el conflicto se transforma en colusión. El antagonismo es sustituido por la armonía, la crisis cede paso al equilibrio, el múltiplo se convierte en uno. Cada contradicción es suprimida. Se considera sólo una parte de la realidad de la relación interna del capital – cuando las cosas van bien. Se ocultan las razones por las cuales los capitalistas, en competencia mutua, se comportan como falsos hermanos – hermanos enemigos.


 


 


NOTAS


 


1. Marx, Karl: Teorias sobre a mais-valia, San Pablo, DIFEL, 1985, cap. XVII, Ap. 11. 


 


2. Marx, Karl: O Capital, Livro III, seción I, capitulo I.


 


3. Marx, Karl: O Capital, Livro III, capitulo X


 


4. Mandel, Ernest: A formação do pensamento econômico de Marx, Río de Janeiro, Zahar, 1976, p. 151.


 


5. Sternberg, Fritz: El imperialismo, México, Siglo XXI, 1979 (1a ed. 1926), p. 606. 


 


6. Rosier, Bernard: Les théories des crisis économiques, París, La Découverte, 1988, p. 28. 


 


7. Barucci, Piero: Adam Smith e la nascita della scienza económica, Florencia, Sansoni, 1977, p. 17.


 


8. Marx, Karl: Teorías sobre a mais-valia, San Pablo, Difel, 1985, vol. 3, p. 1109. Para hacer tales afirmaciones, Marx citó el siguiente extracto de On the Principles of Political Economy, de Ricardo: "La riqueza no depende del valor. Un hombre es rico o pobre de acuerdo con la abundancia de los medios de subsistencia y bienes de lujo de que puede disponer. Fue la confusión entre la idea de valor y la de abundancia o riqueza que llevó a la afirmación de que se puede aumentar la riqueza, reduciéndose la cantidad de mercancías, esto es, las cosas necesarias, útiles y agradables a la vida. Eso sería incontestable si el valor fuese la medida de la riqueza, porque el valor de las mercancías aumenta con la escasez; pero… si la riqueza consiste en medios de subsistencia y de lujo, no puede ser acrecentada por medio de reducción de la cantidad."


 


9. Cf.: Bouvier, Jean: “As crises econômicas”. En Le Goff, J. & Nora, P.: História: novas abordagens, Río de Janeiro, Francisco Alves, 1988.


 


10. Flamant, M & Singer-Kerel. J: Les crises économiques, París. PUF, 1993, p. 18. 


 


11. Labrousse, Ernest: Fluctuaciones económicas e historia social, Madrid, Tecnos, 1962.


 


12. Hobsbawm, Eric J.: Da revolución industrial inglesa ao imperialismo, Río de Janeiro, Forense Universitária, 1978; Mauro, Frédéric: História econômica mundial, 1790-1970, Río de Janeiro, Zahar, 1976.


 


13. Hobsbawm, Eric J.: A era do capital, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1988, p. 174. 


 


14. Dobb, Maurice: A evolução do capitalismo, Río de Janeiro, Zahar, 1974, p. 300. 


 


15. Marcel, B & Taïeb, J.: Crises d'hier, crise d'aujourd'hui, París, Nathan, 1996, p. 191.


 


16. Hobsbawm, Eric J.: A era dos impérios. 1875-1914, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1989, p. 58. 


 


17. Bouvier, Jean: Op. cit., p. 24.


 


18. Marx, Karl: O Capital, San Pablo, Difel, 1987, vol. III, p. 439. 


 


19. De Cecco, Marcello: Economia e finanza internazionale del 1890 al 1914, Bari, Laterza, 1971, pp. 41, 63, 145 e 172. 


 


20. Anderson, Perry: Considerações sobre o marxismo ocidental, San Pablo, Brasiliense, 1989, p. 24.


 


21. Marx, Karl: As lutas de classe na França, 1848-1850. Moscú, Progresso, 1979, p. 34.


 


22. Marx, Karl: “Teoria sobre a mais-valia”. En: Coggiola, Osvaldo (ed.). Karl Marx: As crises econômicas do capitalismo. San Pablo, Populares, 1982, pp. 8-14.


 


23. Condición de equilibrio entre los dos sectores en el esquema de reproducción simple, en un sistema cerrado, sin variaciones. IIc es el capital constante del sector de bienes de consumo; Iv es el capital variable del sector de bienes de producción e Ip es la plusvalía en el sector de bienes de producción.


 


24. Mattick, Paul: Crítica de la teoría económica contemporánea, México, ERA, 1980.


 


25. Marx, Karl: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), México, Siglo XXI, 1987, p. 70.


 


26. Marx, Karl: O Capital, ed. cit., v. I, t. 1, p. 252. Obviamente, la matematización simple de ese ejemplo no expresa la realidad, pero sirve para demostrar los efectos del aumento de la productividad ceteris paribus o sea, dejando fuera del análisis una disminución progresiva del capital constante a cada unidad producida con mayor productividad. Es claro que se trata de un ejemplo individual, pero el valor de una mercancía no es su valor individual sino su valor social, medido no por el tiempo gastado en la producción de una determinada unidad empresarial, sino por el tiempo socialmente necesario para producción de la mercancía, es decir, una media social. 


 


27. "Si, con la mayor productividad, hubiera aumentado la masa de mercancías, lo mismo ocurrirá con su número, al tiempo que el precio de la mercancía singular habrá bajado" (Marx, Karl: Capítulo inédito d'O Capital, Porto, Escorpião, 1975, pp. 144-145).


 


28. Marx, Karl: Contribuição à crítica da economia política, San Pablo, Populares, sdp., p.122. 


 


29. Guerrieri, Paolo: “Flutuazioni”. En: Carmagnani, M. & Vercelli, A. (eds.). Economia e storia, Florencia, La Nuova Italia, 1978, p. 222.


 


30. Samuelson, P. A.: “Una moderna analisi critica dei moddeli economici marxiani”. En: Sweezy, P. et. al. La teoria dello sviluppo capitalistico, Turín, Boringhieri, 1970, p. 584. 


 


31. Pala, Gianfranco: L'ultima crisi, Milán, Franco Angeli, 1982, p. 119.


 


32. Flamant, Maurice: Les fluctuations économiques, París, PUF, 1986, p. 55.


 


33. Pala, Gianfranco: Economia nazionale e mercato mondiale, Nápoles, Manes, 1995, pp. 44-45.


 


34. Marx, K. & Engels, F.: Obras escogidas, Moscú, Lenguas Extranjeras, s.d.p., vol. I, p. 114.


 


35. Korsch, Karl: “Introduzione al 'Capital'”. En: Dialettica e scienza nel marxismo, Bari, Laterza, 1974, p. 52. 


 


36. Dobb, Maurice: Economía política y capitalismo, México, FCE, 1961, p. 59. 


 


37. Robinson, Joan: Ensayo sobre la economía marxista, México, Fondo de Cultura Económica, 1942, p. 60.


 


38. Korsch, Karl: Op. cit. 


 


39. Bottomore, Tom: Dicionário do pensamento marxista. Río de Janeiro, Zahar, 1988, p. 88. (Destacado del autor)


 


40. Mattick, Paul: Marx y Keynes. Los límites de la economía mixta, México, ERA, 1975, pp. 86-87. 


 


41. Citado en Andreucci, Franco: Socialdemocrazia e imperialismo, I marxisti tedeschi e la política mondiale 1884-1914, Roma, Riuniti, 1988, pp. 105-108. Marx ya había afirmado que "los ferrocarriles nacieron inicialmente como el coronamiento de la obra en los países en que la industria moderna estaba más desarrollada: Inglaterra, Estados Unidos, Bélgica, Francia etc. Y así lo llamo no tanto en el sentido de que (los ferrocarriles) fueran (junto a los navíos transoceánicos a vapor y al telégrafo) los medios de comunicación adecuados al moderno modo de producción, sino, sobre todo, en el sentido en que fueron la base de inmensas sociedades por acciones, puntos de partida de otras sociedades, en primer lugar la banca. En resumen, dieron impulso a la concentración de capital y, por lo tanto, a la aceleración y ampliación en enorme escala de la actividad cosmopolita del capital de crédito". 


 


42. Altvater, Elmar: “1929: O debate marxista sobre a crise econômica”. En: Hobsbawm, Eric J. História do marxismo, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1982, vol. X, p. 329.


 


43. Haberler, G & Holesovsky, V.: “Coyuntura y crisis”. En: Kiernig, C.D. Marxismo y Democracia. Economía 3, Madrid, Rioduero, 1975, p. 38.


 


44. Marx, Karl: Teorias sobre a mais-valia, Libro II, cap. XVII, Ap. 12.


 


45. Grossmann, Henryk: Las leyes de la acumulación y el derrumbe del capital. México, Siglo XXI, 1977, Cap. XIV, Ap. B.


 

Crisis capitalista y perspectivas revolucionarias


Documento Internacional del Congreso fundacional del Partito Comunista del Lavorator


En los primeros días de enero, se realizó en Rimini el Congreso fundacional del Partito Comunista del Lavoratori (Partido Comunista de los Trabajdores) de Italia. El proceso de creación del nuevo partido fue impulsado por los militantes de la AMR Progetto Comunista luego de su ruptura con Rifondazione Comunista, como consecuencia del ingreso de este partido en el gobierno de centroizquierda encabezado por Romano Prodi. Publicamos a continuación el Documento Internacional presentado al debate del Congreso. Debido a su extensión, no se publica el capítulo referido al análisis de la situación en los diversos continentes y regiones.


 


La situación mundial está dominada por la crisis del sistema capitalista.


 


Las contradicciones políticas y económicas persisten más allá de la voluntad de la gran burguesía capitalista y de las grandes potencias imperialistas de controlarla. 


 


La caída del sistema stalinista en la URSS no ha provocado "el fin de la historia" ni el nacimiento de un "nuevo orden mundial". En las calles de las ciudades y en los desiertos de Irak, los soldados de la principal potencia mundial están demostrando cuál es el "orden" que el imperialismo ha conseguido crear.


 


Mientras tanto los marxistas no pueden contentarse con este cuadro de situación para determinar su análisis de la situación global. 


 


Crisis capitalista y perspectivas revolucionarias


 


Los teóricos del marxismo, particularmente Lenin y Trotsky, nos han enseñado a evaluar con exactitud las características de cada situación concreta, también a nivel internacional, más allá de toda simplificación, recordando que el capitalismo es por su naturaleza un sistema "anárquico", en cierta medida siempre golpeado por las contradicciones, pero con una gran capacidad de recuperación.


 


Como afirmaba Trotsky en su "Informe sobre la crisis económica mundial y sobre las nuevas tareas de la Internacional Comunista" al tercer congreso de la Internacional Comunista (junio de 1921): "El equilibrio capitalista es un fenómeno extremadamente complejo. El capitalismo produce este equilibrio, lo quiebra, lo restablece para quebrarlo de nuevo, extendiendo al mismo tiempo el ámbito de su dominación. En la esfera económica estas continuas rupturas y estos continuos restablecimientos del equilibrio asumen la forma de crisis y de boom. En la esfera de las relaciones entre los Estados, la ruptura del equilibrio significa guerra; en forma más moderada, guerras aduaneras, guerras económicas o bloqueos. Así, el capitalismo está caracterizado por un equilibrio dinámico, un equilibrio que está siempre en fase de ruptura o en fase de restablecimiento, pero contemporáneamente este equilibrio posee una gran capacidad de resistencia: la mejor prueba consiste en el hecho de que hasta el presente el mundo capitalista no ha sido derrotado".


 


Se trata entonces de analizar con atención las fases de desarrollo de la crisis capitalista.


Luego de la segunda guerra mundial, contrariamente a las previsiones de la casi totalidad de los economistas, de todas las tendencias políticas, e incluso de los marxistas, se abre – luego de un período de inestabilidad general y sustancial estancamiento, como el vivido por el mundo en el período entre las dos guerras mundiales– una fase de crecimiento sin precedentes del capitalismo mundial. Fueron los llamados "treinta años gloriosos" del capitalismo, entre 1945 y 1974.


Añadimos, para evitar un equívoco, que ninguna de las características fundamentales del capitalismo, en particular la ley del valor y por consiguiente la explotación del proletariado y la realidad de la guerra (basta pensar en Argelia o Vietnam) y la opresión imperialista sobre los países dependientes se vio modificada en lo más mínimo.Y además, para introducir correctamente la relación entre crisis económica y procesos revolucionarios (sobre la cual volveremos) recordemos que justamente en la cumbre del boom post-bélico (1968/69) se abrió a escala mundial una fase de ascenso proletario, con características generales pre-revolucionarias y en algunos países revolucionaria que, desde Europa hasta Asia y desde América Latina hasta África sacudió el dominio político del capital.


 


Las contradicciones de la fase precedente y la reducción de las posibilidades de inversión de capital en condiciones de rentabilidad, ligadas a lo que Marx define como "la ley fundamental del capitalismo", o sea "la tendencia a la caída de la tasa de ganancia", han provocado, a mediados de los años ’70, una crisis recesiva internacional (1974/75) que abrió una fase de estancamiento tendencial de la economía a nivel mundial.


 


En su importante escrito "El tercer período de errores de la Internacional Comunista" (1939), en el cual examina la cuestión de la relación entre crisis y radicalización de las masas, polemizando contra las simplificaciones "radicales", Trotsky afirma: "Es falso que una crisis, siempre y en cualquier situación, radicalice las masas… Es falso que la radicalización de la clase obrera corresponda indefectiblemente a un período de declinación del capitalismo". Al mismo tiempo agrega: "Dos o tres años de lucha, incluso un año de lucha económica amplia y victoriosa, rejuvenecerían al proletariado. Y luego de una correcta utilización del impulso económico, la crisis de coyuntura puede dar un serio envión a una real radicalización de las masas".


 


Efectivamente este cuadro de desarrollo y profundización era plausible en diversos países y, es más, comenzó a manifestarse. Fue el papel contrarrevolucionario de las direcciones del movimiento de masas, socialdemócratas, stalinistas, nacionalistas burguesas o pequeño burguesas, lo que determinó la derrota del proletariado. En algunas situaciones centrales, como en Uruguay y Chile, tal derrota, debida en primer lugar a los partidos comunistas stalinistas, fue precedente a la fase de la que estamos hablando. En otros, como la Argentina, fue exactamente al inicio de la nueva fase que el papel criminal del peronismo llevó a la victoria de la reacción militar con la dictadura sanguinaria de Videla.


 


Pero el mejor ejemplo de lo que estamos indicando está dado por la experiencia italiana.Aquí, el largo período abierto en 1968 culminaba en 1969/71 en una situación de carácter prerrevolucionario. Siguió a este cuadro de continua radicalidad un período más estable (1972/73). Pero entre 1974 y 1976 tuvo lugar una nueva fase de impetuoso ascenso de masas, que puso en tela de juicio los equilibrios del dominio de la burguesía. La cuestión del poder era objetivamente puesta en discusión. Frente al desarrollo de la crisis, el proletariado – fuerte, a pesar del rol de "bomberos" de las direcciones políticas y sindicales, con éxitos reivindicativos importantes– la relanzaba sobre la burguesía capitalista. El instrumento con el cual se doblegó a la fuerza del proletariado fue el "compromiso histórico". Es decir el instrumento con el cual la burocracia stalinista del PCI (Berlinguer y Cossutta en particular tuvieron un papel central en la elaboración del concepto) buscó resolver su apetito histórico de reingreso en el gobierno de la burguesía italiana, que su posición internacional hacía imposible o muy difícil desde 1947.


Aunque la inserción del PCI en el gobierno fuese solamente parcial y se bloquease luego, una vez que la burocracia realizara el "trabajo sucio" por cuenta de la burguesía, su política fue esencial para derrotar el ascenso proletario.


 


La política de los "sacrificios", tan exaltada como el primer paso para que la clase obrera "formara parte del Estado", la consiguiente "moderación" (en realidad traición) salarial y contractual, fueron inicialmente aceptadas por una clase todavía no conscientemente revolucionaria y presa, en su mayoría, de una ingenua confianza en el grupo dirigente del PCI. Esto llevó rápidamente a una inversión de la fase, a una desmoralización y retroceso de la clase obrera.


 


En distintas formas, y no sin contradicciones, se desarrollaron fenómenos análogos en muchos países. El desarrollo de la crisis capitalista, en este cuadro, lejos de reforzar de manera generalizada la acción del proletariado, fue un elemento de freno del proletariado, golpeado, sin instrumentos de conciencia y organización adecuados, ante fenómenos como la reestructuración industrial, la desocupación masiva, las deslocalizaciones, las tercerizaciones.


 


Otra vez el brillante método marxista de Trotsky (que es el de la mayoría de Lenin-Trotsky en el congreso de 1921 contra las simplificaciones de los sectores "ultraizquierdistas" de la Internacional Comunista) nos ayuda a demostrar la lógica de lo sucedido. Siempre en su texto "El tercer período de errores de la Internacional Comunista", afirma: "el aumento de la explotación no lleva en cualquier circunstancia a una mayor combatividad del proletariado. Así, en una coyuntura decreciente, en un período de crecimiento de la desocupación, sobre todo luego de haber perdido las batallas anteriores, el aumento de la explotación provoca no la radicalización de las masas sino, al contrario, el abatimiento, la desbandada, la disgregación".


 


Esto explica, entonces, la falta de reacción de la masa proletaria ante la coyuntura de crisis capitalista y la intensificación de la explotación y del ataque a las conquistas obreras que ella ha conllevado.


 


Esto no quiere decir que, incluso en esta fase, no haya habido momentos de lucha radicales por parte del proletariado, al menos en algunos países. Así ha ocurrido en Francia con algunas luchas de mineros y metalúrgicos contra los planes de reestructuración masiva de esos sectores por parte del gobierno de la ‘izquierda plural' (presidencia de Mitterrand); en Dinamarca, en 1984, con una huelga general que llevó a cien mil trabajadores a cercar el parlamento; en Italia, en 1983, con un vasto movimiento espontáneo que llevó a una huelga general contra las medidas de ataque a los derechos adquiridos (el pago por enfermedad desde el primer día) puestos en tela de juicio por un gobierno dirigido por el demócrata cristiano Fanfani. Pero estas luchas fueron derrotadas (en Italia gracias al papel de la burocracia; Política Operaria, el periódico de la ahora Lega Operaria Rivoluzionaria, tituló "Una gran lucha traicionada por las direcciones del PCI y CGIL", atrayendo las críticas de un todavía relativamente joven Turigliatto); no sedimentaron conciencia ni memoria de masa, y por lo tanto no revertieron, ni siquiera en aquellos momentos, el curso general negativo.


 


Al mismo tiempo, las burocracias stalinistas dominantes en la URSS y en los Estados obreros deformados iniciaron el proceso de restauración del capitalismo (en los modos y en los tiempos diferenciados que han marcado respectivamente la burocracia rusa y la china). Estos procesos y, en particular la quiebra de la URSS, constituyeron posteriores y terribles golpes al proletariado mundial, ya sea en el terreno de la fuerza estructural de las conquistas adquiridas o en los niveles de conciencia.


 


El proceso de crisis capitalista prolongado parecía destinado a desplegarse en una crisis mayor, al estilo de 1929/33. El momento pareció alcanzarse con la caída de la bolsa de Wall Street en octubre de 1987, en un porcentaje superior al de octubre de 1929. Pero ocurrió exactamente aquello que ya la Tercera Internacional señalaba con una claridad marxista innegable, visto que hablaba, apenas terminada la guerra mundial, la Revolución Rusa y el "bienio rojo", de la gran capacidad del capitalismo para restablecer su equilibrio.


 


The Economist, punto de referencia para el análisis político y económico del capitalismo, iniciaba de esta forma su editorial del 11 de junio de 1988, no por casualidad titulado "El milagro económico de 1988": "El derrumbe accionario de octubre pasado habría podido arruinar la economía. Hasta el momento, milagrosamente, esto no ha sucedido. Entonces incluso las previsiones más ‘rosadas' hablaban de una desaceleración del crecimiento: las más negras daban por sentada la depresión". Esto, en cambio, no se verificó; la economía continuó creciendo por algunos años y luego sí hubo una recesión, de alcance limitado, en 1991/92. Desde fines de esa crisis, el crecimiento económico ha conocido una escalada positiva (con la breve excepción de la fase recesiva del 2000/2001), con la duplicación del producto total mundial, poniendo fin al período de semi-estancamiento de 1974/92.


 


¿Cuáles son las causas de esta inversión del rumbo?


 


Naturalmente son múltiples. Como siempre, es difícil para todos los análisis, incluso los marxistas, señalarlas completamente. Pero existe un elemento ciertamente central: la restauración del capitalismo en los ex Estados obreros burocratizados y en particular en China.


 


Por mucho tiempo (y todavía hoy para muchos), los marxistas revolucionarios han considerado de manera prioritaria la situación en la ex URSS.En un cierto sentido era lógico.Era el primer Estado obrero,la cuna del impulso propulsor en el mundo del siglo pasado, la "superpotencia" contrapuesta a los Estados Unidos. Lo que aparecía era la dificultad del proceso de restauración en Rusia, no desde el punto de su rapidez (las privatizaciones salvajes de la mitad de los años ’90, bajo Yeltsin, han concluido tal proceso) sino desde el punto de vista de la importancia respecto a la posibilidad de re-equilibrio para el capitalismo mundial. Ciertamente las inversiones de capital en Rusia, al menos hasta los últimos años, han sido relativamente modestas. Parecía, justamente, que el propio concepto de los marxistas revolucionarios, en el primer período de la crisis, según el cual "El capitalismo podría reencontrar un equilibrio y una expansión solamente a través de una reapropiación de los mercados de la URSS y de los otros Estados obreros deformados, en particular en la Europa del este", no se llegaba a realizar completamente y que esto fuera uno de los elementos de la continuidad de la crisis. En realidad, exactamente, aquel reequilibrio se realizaba, pero en otro escenario, el chino (y en un nivel menor, pero importante en Vietnam y la mayoría de los Estados de la Europa centro-oriental).


 


China se ha transformado en una reserva para las inversiones extranjeras y, en este sentido, para la contención de la crisis de sobreproducción del capitalismo mundial. La tasa de crecimiento de la economía china ha estado, en los últimos 15 años, cercana al 10 por ciento anual (superando las tasas de crecimiento de los países imperialistas de la época del boom post-bélico); China se ha convertido en el mayor acreedor de los Estados Unidos y se ha creado un mercado interno totalmente nuevo en enorme expansión que incluye alrededor de 150 a 200 millones de personas, una minoría en China de cerca del 15 por ciento de la población (la nueva gran y pequeña burguesía) pero enorme por su entidad numérica.


 


¡En este sentido podemos afirmar que la naturaleza contrarrevolucionaria del stalinismo se ha afirmado no solamente en su dominio totalitario antiobrero, no solamente en la restauración del capitalismo, sino también en haber sido el instrumento de reequilibrio del capitalismo mundial, que realmente se ha salvado recuperando para sus inversiones – y también para sus mercancías– los mercados de los ex Estados obreros degenerados/deformados!


Frente al ascenso económico del capitalismo mundial en los últimos quince años, es obvio que nos preguntemos si tiene sentido continuar hablando de crisis del capitalismo mundial. La respuesta es sí. Tiene pleno sentido continuar hablando de crisis del capitalismo mundial.


 


Para los marxistas no existen los esquemas preconcebidos: Declive o estancamiento del producto mundial = crisis. Ascenso del producto = estabilidad o ausencia de crisis.


 


Cierto aumento o disminución de la producción y del producto es un elemento central en la evaluación de la situación general. Sin embargo, va correlacionado a otros elementos que, coordinados dialécticamente entre sí, llevan a una evaluación general de toda la situación económicosocial.


 


Podemos señalar en forma resumida alguno de los elementos contradictorios que caracterizan la situación mundial.


 


El desarrollo de capitales ficticios, carentes de una relación con los medios de producción y bienes reales, ha alcanzado niveles exponenciales y constituye un elemento de perturbación grave de la economía mundial.


 


Las recurrentes crisis bursátiles, entre las cuales se encuentra la que está desarrollándose hoy en día, son un ejemplo de dichas situaciones de inestabilidad. No obstante, las sucesivas crisis bursátiles internacionales han tenido también el resultado, hasta hoy, no de preparar una crisis mayor, sino más bien de reducir el riesgo de la misma. Si la burbuja especulativa no hubiese explotado en 2002, el riesgo de una crisis mayor hubiese sido mucho más amplio. Cuando se controlan dichas explosiones, el mismo sistema bursátil, incluso gracias al desarrollo de la economía real, ha podido volver a crecer (en los hechos, Wall Street está a niveles muy superiores a los anteriores a la explosión de la burbuja).


 


El endeudamiento de la economía más importante del mundo, Estados Unidos, está en un nivel excepcional. En la época del boom post-bélico, la economía estadounidense, dominante gracias al papel jugado en la guerra mundial, era la reserva de la reactivación, al mismo tiempo su impulso y su principal fuente de financiación. Sin dejar de lado las contradicciones fundamentales del capitalismo, este hecho tenía visos de racionalidad. El país más desarrollado económicamente era al mismo tiempo el mayor acreedor. En la actualidad el papel se ha invertido. Estados Unidos tiene una enorme deuda que para colmo crece de manera exponencial pasando, en los últimos diez años, de 140 (1997) a 856.000 millones de dólares (2006). Hasta hoy, esto ha sido un elemento de contención de la crisis porque significa que Estados Unidos consume capital y bienes en exceso, garantizando en parte el desarrollo económico de los otros países del mundo. Pero este crecimiento no puede continuar sin límites y, antes o después, como para cualquier deudor, puede llegar la necesidad de saldar las deudas o de declararse en bancarrota, con efectos devastadores para la economía no solamente de los Estados Unidos sino de todo el mundo.


 


El principal acreedor de Estados Unidos, con una modificación de la situación mundial inconcebible hace veinte años, es China, que posee cerca de 900.000 millones de dólares en bonos del Tesoro norteamericano. La liquidación de este "enorme tesoro" por parte de los chinos, mediante su venta en el mercado internacional (hipótesis que muchos han definido como "la bomba de tiempo" de la economía mundial), podría ser una catástrofe para los Estados Unidos. Pero por el momento no existen indicios de una decisión de tal género, que representaría un grave riesgo incluso para la economía china.


 


El desarrollo económico de esta fase se basa en el ataque constante y necesario a las conquistas del proletariado y su superexplotación. En las fases precedentes del largo ascenso capitalista y del boom prolongado (la llamada "belle époque" a caballo entre 1800 y 1900 y las tres décadas 1945-1975), el proceso de desarrollo implicaba concesiones reformistas incluso en la confrontación con el proletariado. Naturalmente jamás se ha tratado de "gentiles regalos" sino de conquistas obtenidas con las luchas o con el miedo de parte de los capitalistas de los desarrollos revolucionarios (también con referencia, de un cierto momento en más, a la existencia de países fuera del control capitalista que mostraban, más allá de todas sus deformaciones, la posibilidad de una alternativa al sistema capitalista). En este sentido, la concepción de Lenin de que "las reformas progresivas son el subproducto de la lucha de clases revolucionaria" es plenamente válida (si se piensa en el subsidio a la desocupación por tiempo indeterminado obtenido en Alemania en 1919, incluso en una época que no era de desarrollo sostenido). Pero los márgenes reformistas, amplios, existían objetivamente en tales períodos de ascenso. Es más, desde el mismo punto de vista de la acumulación capitalista, el desarrollo salarial del proletariado se transformaba, dentro de ciertos límites, en un elemento positivo del desarrollo. Para aclarar: que el proletariado de los países imperialistas se haya transformado en los años ’50 y ’60 de simple productor también en consumidor de bienes durables (autos, televisores, heladeras, lavadoras, etcétera) ha sido uno de los elementos importante del boom de esta fase.


 


Hoy, en cambio, una característica objetiva imposible de eliminar del capitalismo es el aumento de la tasa de explotación, con el ataque al salario en sus tres formas: directo, indirecto ("Estado de bienestar") y de retiro (pensiones) en todo el mundo; con el ataque mundial a conquistas de muchas décadas – si no de un siglo– , de la clase obrera, como el desarrollo sin precedentes de la flexibilidad salvaje y la relativa precariedad de masas; con una intensificación masiva de los niveles de productividad. Esta alcanza niveles inconcebibles en los ex Estados obreros burocráticamente deformados, y en particular en China, donde gracias al régimen totalitario del stalinismo restauracionista, el nuevo proletariado se encuentra trabajando y viviendo en condiciones peores que las del proletariado de la época de la "revolución industrial". La lucha del capital por recuperar la tasa de ganancia, frente al pleno despliegue de la ya recordada “ley de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia", se traduce en este proceso mundial, constante e irrenunciable. A pesar de que hoy el proletariado es un importante consumidor de bienes durables de nueva generación (computadoras, celulares, etcétera), ésta es la realidad. Los márgenes reformistas se cierran. De un lado, está el enriquecimiento de la burguesía, ya sea de la gran burguesía capitalista o de vastos sectores de la pequeña burguesía, en particular urbana, pero en los países imperialistas también rural (gracias a los subsidios estatales) y, del otro, un empobrecimiento del proletariado, del semiproletariado y de estratos proletarizados (o subproletarizados) de la pequeña burguesía, en particular por la migración del campo a la ciudad en los países dependientes. Ninguna hipótesis keynesiana podría cambiar tal realidad objetiva que implica la imposibilidad para el capital de una política redistributiva. El "neoliberalismo" es la cobertura ideológica de esta situación objetiva y no su causa. Y esto es tan cierto que un gobierno como el de Chávez en Venezuela, que no realiza ni siquiera una política redistributiva como los gobiernos "progresistas" de la época de post-guerra, sino que se limita a utilizar el superávit proveniente del petróleo para no empeorar las desigualdades sociales (e incluso… desde 1998 a 2005 la ganancia del 20% más rico ha pasado del 50,2 del total al 52,5%, mientras que la del 20% del sector más pobre de 4,7 al 3,7%) le parece a muchos en la izquierda como "radical", si no como revolucionario.


 


En cambio, no constituye novedad la expansión de los gastos bélicos. Este elemento, y las guerras que provoca, han sido propios de todo el período que parte de la segunda guerra mundial, incluso el boom postbélico (del que fue uno de los componentes "favorables", pensemos en la guerra de Vietnam). El keynesianismo real siempre se ha manifestado de este modo.


 


Sintetizando, el actual período de desarrollo capitalista se caracteriza por contradicciones más agudas que en cualquier fase precedente análoga y por un necesario ataque a las conquistas de los trabajadores y se basa en una superexplotación de la clase obrera, en particular en los ex Estados obreros y en los países dependientes.


 


En este cuadro se inserta también la crisis ambiental a nivel mundial. 


 


Toda sociedad dividida en clases, como ya nos han recordado Marx y Engels, tiene una relación de explotación de la naturaleza que tiende, en nombre de los resultados máximos inmediatos, a ser destructiva de un correcto equilibrio ecológico. Esto siembre ha sido verdad, en particular para el capitalismo. Pero hoy día los desarrollos tecnológicos, al mismo tiempo grandiosos y limitados, utilizados en función de la maximización de las ganancias tienden a convertir en potencialmente catastrófica la evolución de la situación ambiental a nivel planetario. Sobre este terreno deberemos profundizar en la próxima fase, tanto de nuestro partido como en las organizaciones internacionales (CRCI), a la que formalizaremos nuestra adhesión en este Congreso, desarrollar un debate más profundo tanto de la situación concreta como del programa político.


 


Se incluye en ese ámbito la explotación de las principales fuentes de energía (petróleo, gas) pero también del agua (fuente de energía, de vida económico-social en general y necesidad primaria). En este terreno, la competencia entre los diversos intereses de las varias potencias capitalistas, no sólo imperialistas, sino también ex Estados obreros degenerados/deformados, se está agudizando. Como es obvio, el control de las fuentes energéticas ha sido uno de los factores principales (si no el único) de las guerras de la última fase y también, como en África, de los "conflictos por procuración" (guerras civiles locales cuyos oponentes están respaldados por potencias imperialistas en lucha) y las contradicciones en este terreno y sobre el control del agua tenderán a agudizarse cada vez más, constituyendo un ulterior elemento de inestabilidad del cuadro mundial.


 


¿Las contradicciones de la actual situación mundial desembocarán en una crisis mayor, del tipo de la de 1929?


 


El marxismo permite analizar las situaciones concretas, ver la dinámica y los desarrollos potenciales, no conocer la realización concreta en términos de tiempo y de modalidad. Si fuera necesario, la historia de más de un siglo y medio de movimiento comunista marxista confirma este concepto. Toda vez que los grandes del marxismo se han aventurado (es cierto que sin pretender la certeza) a expresar valoraciones sobre el futuro, la historia concreta ha demostrado ser más compleja.


 


Dicho esto, es claro que esta posibilidad (no certeza) existe.


 


¿La actual "crisis de los préstamos norteamericanos" puede, por consiguiente, representar el detonante? Parece improbable.


 


Pero lo que es más importante no es la previsión. El marxismo revolucionario no es una simple teoría de análisis económico; es una teoría política científica revolucionaria de conjunto, que tiene como fin "la caída de la sociedad burguesa y de las instituciones estatales creadas por ésta" (Engels, "Oración fúnebre por Marx"). En este sentido, es importante analizar la relación entre la actual situación económica y social, su evolución concreta y potencial y la lucha de clases.


Ya hemos visto como el marxismo revolucionario "ortodoxo" enfrenta de manera dialéctica la relación entre la crisis y el ascenso de las masas. Se trata de relacionar tal método con la situación actual.


 


El proletariado ha sufrido en la fase precedente grandes derrotas. Su fuerza estructural, como organización y composición, en los centros de fuerza de la fase precedente, ha sido duramente golpeada. Pero el proletariado no sólo no se ha reducido sino que incluso ha aumentado, desde un punto de vista cuantitativo e incluso porcentual, en una escala sin precedentes. No sólo el proletariado en general (incluidos sectores de capas medias cada vez más proletarizadas, como los maestros) sino la propia clase obrera industrial. Aunque se ha reducido, aunque no en términos drásticos, en los viejos países imperialistas, se ha mantenido en términos sustancialmente constantes en la ex URSS y Europa centro-oriental y ha aumentado grandemente en China, Indochina, India y la mayoría de los otros países del llamado "Tercer Mundo".


 


Las teorías sobre el "fin de la clase obrera", la "sociedad post-industrial", etc. no son más que imágenes estupidizantes, frecuentemente de mala fe, que forman parte del armamento antiproletario y antirevolucionario del capitalismo, sea, como es obvio, cuando vienen de la derecha, de los ideólogos reaccionarios o "progresistas" de la burguesía, sea que vengan de la izquierda, como en Italia, de Toni Negri o defensores análogos de las "multitudes" que tienen en realidad una matriz social pequeño burguesa.


 


Estas teorías han sido usadas concientemente por la burguesía y sus agentes políticos y sindicales en el movimiento obrero para golpear los niveles de conciencia de la clase obrera y favorecer la ofensiva contra ella.


 


Como se ha dicho, el proletariado experimentó de manera pesada la contraofensiva capitalista y de la crisis económica, y en los ex Estados obreros, la realidad de la restauración política (y en China de la derrota del movimiento antiburocrático de 1979).


 


A partir de mediados de los ’90 ha habido movimientos importantes que han vuelto a proponer una iniciativa de la clase obrera. De Corea en 1994 e Italia el mismo año (lucha contra el proyecto de reforma jubilatoria del gobierno Berlusconi) a Francia a fines del ’95. Estos movimientos han obtenido incluso éxitos parciales, pero no han podido ni sabido, en las condiciones dadas, abrir una duradera inversión de la tendencia, ni sobre el plano global, ni en sus propios países. En la fase sucesiva asistimos incluso a importantes movimientos de radicalización de las masas, pero en los cuales, en general, el proletariado industrial no ha tenido el rol central.


 


El gran movimiento contra la "globalización neoliberal" ha sido fundamentalmente un movimiento de la juventud precarizada, desocupada o semiocupada, que precisamente se rebelaba contra las consecuencias más evidentes, en especial en los países imperialistas, de la presente crisis capitalista, con la ilusión de la mayor parte del movimiento (ilusión alimentada por sus direcciones) de poder hacer caer al "neoliberalismo" sin hacer caer al capitalismo. En la propia América Latina, que ha visto el desarrollo de la situación de mayor radicalización, la dificultad (con la importante excepción de Bolivia) de la clase obrera de tomar la dirección del movimiento de masas ha limitado los desarrollos revolucionarios (así ha ocurrido, en particular, con el ascenso revolucionario argentino de 2001/2002, donde el proletariado industrial no ha sabido tomar la antorcha que le ofrecían los desocupados e incluso sectores de la pequeña burguesía).


 


Sin embargo, cualesquiera sean los tiempos precisos, la tendencia es a un retome del rol central de la clase obrera industrial. Incluso acontecimientos recientes, como en Chile, son síntomas de esta realidad. Ninguna "multitud" genérica podrá sustituirla nunca. Ya en otras épocas su rol fue puesto en cuestión al interior de la izquierda. A mediados de los años ’60, dos figuras diferentes, como el revolucionario Che Guevara en América Latina y el teórico reformista de izquierda Andrè Gorz en Francia, hablaban del aburguesamiento y de la pérdida de la centralidad de la clase obrera industrial. El primero miraba hacia los campesinos y al "foco guerrillero"; el segundo a los técnicos y a una versión del control de los trabajadores sobre las empresas en forma intermedia entre el conflicto y la colaboración de clases (y será una concesión con la cual coqueteó por un momento incluso Ernest Mandel). La realidad del gran ascenso obrero de 1968/69 de Francia a Argentina, de Italia a Chile, hizo desechar estas concepciones que, sin embargo, tienden constantemente a reproducirse, en formas diversas, en sectores de la izquierda, carente de teoría marxista e impresionada de las debilidades, algunas reales, otras aparentes, de la clase obrera industrial, incluso por largos períodos.


 


Al mismo tiempo, es importante subrayar un fenómeno contradictorio. La crisis de dirección del proletariado que se expresa con la disolución o el redimensionamiento de los viejos partidos obreros, y en particular del stalinismo (el ejemplo más clamoroso es el del PC italiano), se ha dado en una etapa de la fase de retroceso político del proletariado; tiene, sin embargo, un carácter contradictorio. En verdad, la vieja relación de confianza, a veces religiosa, en las direcciones tradicionales ha dejado el lugar, incluso entre quienes continúan siguiéndolas, a un sentimiento de duda y desconfianza, que si tiene un aspecto negativo, tiene también un aspecto positivo, en la medida en que hace que la base de masas de las direcciones tradicionales sea, efectiva o potencialmente, más receptiva a las posiciones alternativas de los marxistas revolucionarios.


Si este es el cuadro general de reflexión, ¿qué relación existe, pues, entre esto y la posible precipitación de una crisis capitalista de tipo depresivo?


 


Hemos esclarecido el concepto con anterioridad. La posición según la cual el desarrollo de una crisis global devastadora llevaría necesariamente a una reacción radical o revolucionaria del proletariado no tiene nada que ver con la teoría marxista consecuente. Ciertamente, una crisis mayor del capitalismo lo debilitaría ideológicamente, mostrando ulteriormente sus límites. Por otra parte, en una primera fase, una crisis mayor podría tener sobre un proletariado en el cual la recuperación es todavía frágil y débil, los efectos desmoralizantes que ya Trotsky, como hemos visto, recordaba.


 


El problema, por lo tanto, para los marxistas revolucionarios, no es apostar a la crisis general, declararla inevitable e inminente, sino analizar la evolución concreta de la situación, la evolución de la conciencia de las masas proletarias, su capacidad de remontar la pendiente de las derrotas pasadas frente a las contradicciones, aunque sólo o principalmente en el terreno superestructural del enemigo de clase. 


 


La ofensiva del capitalismo en las décadas pasadas ha sido, en los hechos, globalmente victoriosa, pero ha dejado enormes contradicciones, envueltas en algunos elementos inflamables que abonan largamente la vía que puede, en condiciones favorables, prender fuego. Es la historia de las explosiones principales de lucha obrera en las últimas décadas. Imprevistas, radicales, pero dado el cuadro del período, destinadas a agotarse rápidamente. A menos que una vanguardia revolucionaria suficientemente fuerte sepa darle, en el marco de la lucha, conciencia de lo que está en juego y de las perspectivas.


 


Los partidos revolucionarios no crean la radicalización y las explosiones revolucionarias (los marxistas revolucionarios rusos, Lenin y Trotsky incluidos, fueron sorprendidos, tanto en enero de 1905 como en febrero de 1917,por el estallido de la revolución), pero pueden y deben utilizarlas de la mejor manera desde el punto de vista de la perspectiva anticapitalista. Huyendo de todo esquematismo, de tipo catastrofista por cierto, pero también de otro signo. Por ejemplo, es el propio Trotsky quien, frente a otras hipótesis esquemáticas, sobre las relaciones entre el retome de las luchas económicas victoriosas como premisa necesaria de toda radicalización política de masas (concepto hoy bien presente en Italia con muchos que eternizan el esquema de los años ’68 y posteriores), afirma: "En ciertos períodos, las masas pueden ser absorbidas por la lucha económica y manifestar poco interés por las cuestiones políticas. Al contrario, luego de haber sufrido varias derrotas importantes sobre el terreno de la lucha económica, las masas pueden imprevistamente volver su atención al campo político".


 


En este sentido, el análisis y la propuesta aquí señalada están lejos de ser "pesimistas". O si deseamos, combina, en la mejor tradición marxista, "el pesimismo de la razón con el optimismo de la voluntad". Entendiendo como voluntad no el puro deseo de una vanguardia revolucionaria, sino la comprensión por parte de esta vanguardia de la potencialidad existente y de la necesidad de intervención conciente, como partido marxista revolucionario, para explotarla al máximo, precisamente con su propio rol subjetivo voluntario.


 


Resumiendo. La recuperación económica del capitalismo mundial por la modalidad en la cual se ha desarrollado no ha eliminado la crisis social y económica en la cual hoy vive el mundo. La clase obrera ha sufrido importantes derrotas en las últimas décadas, pero existe una tendencia, todavía en sus inicios, a una recuperación de su rol antagonista. Las contradicciones económicas del capitalismo tienden a una crisis mayor que, sin embargo, no es segura. Los marxistas revolucionarios no deben apuntar sus esperanzas sobre esa crisis, sobre la base del esquema, extraño al marxismo e históricamente combatido por Trotsky – y por Lenin– según el cual la crisis capitalista provoca una reacción de radicalización del proletariado. El potencial de recuperación y, en particular, de explosiones radicales de la lucha de clases está dado, más allá de la obvia existencia de los antagonismos sociales propios del modo de producción capitalista, de las particulares y agudas contradicciones de la presente situación del capitalismo. En este cuadro, los marxistas revolucionarios deben valorar con atención, a la escala mundial de varios continentes, de regiones homogéneas en ellos y en cada país, el estado de la dominación capitalista, de la conciencia de las masas, de las contradicciones, positivas y negativas de la situación, sobre el terreno económico, social y político. Concientes de que su intervención organizada puede ser un elemento determinante, no en provocar la radicalización de los conflictos de clase sino para desarrollarlos en términos más positivos.


 


La construcción de una nueva dirección revolucionaria es el objetivo central y el instrumento esencial para tal finalidad. Hoy como ayer, el objetivo central de los comunistas revolucionarios es construir, en cada país, partidos de vanguardia, basados sobre una clara teoría marxista, centrados sobre el proletariado – especialmente sobre la clase obrera industrial– , democráticamente centralizados, dispuestos a intervenir en cada lucha y en primer lugar en las fases de radicalización de masas, para plantear la perspectiva del poder de los trabajadores y del socialismo como única solución a la crisis capitalista y a sus consecuencias destructivas sobre el proletariado y sobre otros estratos y sectores sociales explotados.


 


La situación internacional en general Dos son los elementos fundamentales del cuadro político internacional en el último período que adquieren una validez general central a escala mundial. El primero es el proceso de restauración del capitalismo en los Estados obreros degenerados/deformados; el segundo es el fracaso de la tentativa norteamericana de regimentar al mundo por medio de una rápida victoria sobre el tablero meso-oriental y particularmente en Irak.


 


La situación internacional en general 


 


Dos son los elementos fundamentales del cuadro político internacional en el último período que adquieren una validez general central a escala mundial. El primero es el proceso de restauración del capitalismo en los Estados obreros degenerados/deformados; el segundo es el fracaso de la tentativa norteamericana de regimentar al mundo por medio de una rápida victoria sobre el tablero meso-oriental y particularmente en Irak.


 


La caída de la URSS y de los otros Estados de su bloque y el proceso de restauración del capitalismo en China e Indochina, se desarrollan paralelamente, de manera algo inesperada en los tiempos, con rapidez respecto de la fase precedente que aparecía de estabilidad burocrática, pero ciertamente esto no debería ser históricamente sorprendente para los marxistas revolucionarios consecuentes, al contrario.


 


La teoría trotskista original sobre este terreno es clara; sobre el rol históricamente restauracionista de la burocracia stalinista. Basta ver "La revolución traicionada" y aún más el "Programa de transición" y "En defensa del marxismo".


 


Para resumir el pensamiento trotskista basta citar lo que afirma el "Programa de transición": "El pronóstico político tiene un carácter alternativo: o la burocracia se transforma cada vez más en órgano de la burguesía mundial dentro del Estado obrero, destruye las nuevas formas de propiedad y vuelve el país al capitalismo; o la clase obrera aplasta a la burocracia y abre el camino hacia el socialismo".


 


Es verdad que la mayoría de los epígonos de Trotsky fueron sorprendidos por lo que sucedió. En los hechos, habían olvidado el sentido real de la teoría trotskista e incluso, a causa de la prolongación histórica del dominio stalinista y de su capacidad de expansión en la posguerra, habían absolutizado su existencia, no atribuyéndole ya una naturaleza históricamente transitoria. Y esto sea que lo hayan hecho desde una vertiente de adaptación política, sea de una vertiente de stalinofobia, sea considerando que la restauración del capitalismo habría constituido un éxito del capitalismo tal que resultaba incompatible con su crisis.


 


Pero la realidad ha confirmado la validez general de la teoría trotskista. Es cierto que desde el ángulo negativo de la alternativa planteada en el "Programa de transición" y por lo tanto con una derrota de alcance histórico del proletariado.


 


El proceso de restauración del capitalismo se ha desarrollado en forma diversa en varios países del ex bloque soviético, pero ciertamente en términos relativamente rápidos. En Alemania del Este hubo una rápida asimilación a la Alemania Occidental desde el punto de vista económico-social; aunque en una forma de subdesarrollo respecto del resto de la Alemania imperialista.


En el lado opuesto, la restauración del capitalismo en Rusia ha visto inicialmente un rol muy limitado del capital extranjero (lo que ha llevado al engaño a muchos comentaristas marxistas, incluidos inicialmente nosotros, respecto del rol central de la restauración en los Estados obreros degenerados/deformados en el re-equilibrio económico del capitalismo mundial). El mecanismo principal, funcional a los intereses de la burocracia, ha sido la estafa de la "privatización popular", es decir de la distribución de títulos de propiedad de las acciones de las empresas a sus empleados, en cantidad obviamente diferente según el nivel jerárquico (desde ya privilegiando a los gerentes), libremente comerciables. Así, obreros y empleados, reducidos a la miseria por la recesión y la caída de los salarios y de los servicios sociales, han vendido en masa, a bajo valor, sus títulos de propiedad a quien tenía el dinero para comprarlos, es decir a los gerentes y a los dirigentes de la vieja burocracia, que lograron convertirse en propietarios de las empresas que en un tiempo dirigían. Junto a esto, como es sabido, estuvo el papel de sectores gansteriles-mafiosos, en las condiciones económicas de lanzarse a la constitución de sociedades financieras y otras. 


El proceso ha sido análogo en las otras repúblicas de la ex URSS, aunque con una intervención mayor del capital extranjero.


 


En los Estados de la Europa centro-oriental, el proceso ha combinado elementos diversos: "privatizaciones populares" con adquisición por parte de la vieja burocracia como en Rusia; intervención importante de capitales extranjeros; restitución de los bienes a los antiguos propietarios expropiados a fines de los años ’40; con un amplio papel, por ejemplo, del primer elemento en Polonia y del último en la República Checa; mientras, en Rumania se conoce, por ejemplo, el papel masivo de las inversiones de capitales italianos (al punto de mudar la sede de la asamblea anual de la Confidustria – la central empresaria italiana– de Treviso… a Timisoara).


De este modo, con la destrucción del viejo aparato estatal stalinista (en gran medida, en particular en la URSS, por parte de la propia burocracia dominante), y el proceso de privatización salvaje, a mediados de los años '90, la restauración del capitalismo quedó completamente realizada.


El proceso de la restauración del capitalismo en China es un desafío a la teoría marxista.


Que este proceso se ha desarrollado enormemente es una evidencia fáctica e incluso hemos subrayado su importancia central en la situación mundial.


 


A pesar de eso, hasta hoy hemos considerado que el proceso de la restauración no estaba completado y hablábamos de China como de un Estado obrero deformado en disolución. Varios factores, tanto estructurales como superestructurales, empujaban a mantener tal caracterización. Si en gran medida la economía china ya estaba en manos privadas (cerca del 50% del producto, de cualquier modo inferior al 80/85% de la economía rusa), la gran industria pesada era todavía principalmente de propiedad estatal, en términos escasamente modificados respecto de la situación anterior. En este cuadro, el hecho de que Hong Kong haya vuelto a manos de la República Popular, no integrándose completamente al Estado sino manteniéndose como una suerte de entidad distinta, un rico "protectorado", indicaba ciertamente la situación todavía no completamente resuelta de la economía y de la sociedad china. Finalmente, cuestión fundamental, existía y existe el mantenimiento de la estructura de poder totalitaria burocrático-stalinista centrada sobre el Partido Comunista. Una estructura que ha sido históricamente la expresión superestructural de la naturaleza social característica de un Estado obrero burocráticamente degenerado/deformado. Por esto, en otras experiencias de restauración capitalista (URSS, etcétera), un pasaje fundamental, preliminar al pleno desarrollo del propio proceso, ha sido la destrucción de ese aparato estatal en favor de formas políticas análogas a las de la sociedad burguesa.


 


Hoy, sin embargo, el proceso de restauración del capitalismo alcanzó, en la situación china, un nivel tal que se hace difícil afirmar que no nos encontramos frente a un Estado capitalista, aunque con un fuerte sector estatal, cuya preservación es exactamente necesaria al desarrollo del capitalismo chino, tanto en el plano interno como en el internacional. El desarrollo de inversiones públicas y privadas chinas en el mundo, como por ejemplo en algunas zonas de África, en conflicto directo con multinacionales occidentales, es un índice de la transformación de la economía china.


Es evidente que el proceso de transición de la sociedad china, a diferencia de la rusa, no está completamente realizado. Pero si esto es verdad, el proceso ha avanzado de tal manera que mantener para China el concepto de Estado obrero degenerado, aunque en disolución, no parece adecuado a la realidad. Los próximos años serán decisivos para ver si tal transición se completa también con la superación de la precedente estructura estatal (y con una ulterior reducción del sector público de la economía) o si deberemos enfrentar una necesaria actualización y desarrollo de la teoría marxista, obviamente siempre sobre sus propias bases. Como afirmaba Gramsci, y con la claridad de un Lenin, marxista ortodoxo, como se definía, que no tenía temor a recordarle a sus compañeros anclados a las formas de viejas teorías superadas, la frase del Fausto de Goethe: "Gris es la teoría, pero verde es el eterno árbol de la vida".


 


El otro elemento central de la situación mundial es el fracaso norteamericano en Irak y sus consecuencias mundiales. Bush padre buscó crear el "nuevo orden mundial" con la guerra de 1991, con Estados Unidos a la cabeza de una coalición mundial. El resultado, como es evidente, ha sido muy diferente a sus esperanzas y el mundo se ha desarrollado, en presencia de un ascenso puramente económico, en un cuadro de desorden político social.


 


Bush hijo buscaba recuperar la situación con el pretexto de la "guerra contra el terrorismo". También él ha fracasado. Este hecho, independientemente de la modalidad concreta del fracaso, de las fuerzas actuantes contra el imperialismo norteamericano y sus aliados (sobre lo que volveremos), es el dato fundamental de la situación. Naturalmente, la característica reaccionaria de las fuerzas que dirigen el movimiento de resistencia no deja de impactar negativamente sobre el desarrollo de conjunto de la situación mundial, en tanto limita en gran medida el impacto positivo que tal resistencia puede tener sobre las masas proletarias y juveniles.


 


Si el fracaso norteamericano sobre el tablero no sólo de Irak, sino también de Afganistán, no ha sido todavía más neto es debido al hecho de que ha encontrado aliados que lo han ayudado. No sólo Gran Bretaña sino también, más allá de algunos momentos de diferenciación, el resto de las potencias imperialistas europeas. 


 


Este último elemento es un dato significativo de la situación mundial en el sentido que, frente a la caída del "bloque soviético", Europa no se ha plantado en oposición al rol preeminente del imperialismo norteamericano, sino que ha continuado ubicándose como su aliado, en un papel común de gendarme contrarrevolucionario e imperialista del mundo. No, para ser precisos, en términos de subordinación (el imperialismo norteamericano no es el patrón de Europa), sino de aceptación del mantenimiento por parte de Estados Unidos del papel de principal potencia imperialista, sin desarrollar una contraposición que la situación objetiva posterior a 1989 habría hecho posible.


 


El fracaso de la acción militar imperialista en Irak es ciertamente, como se ha dicho, un hecho que ha debilitado al imperialismo internacional, pero esto no significa que haya hecho imposible el desarrollo de nuevas guerras, incluso de manera inmediata. El conflicto abierto con Irán sobre la cuestión nuclear puede constituir el pretexto para una nueva aventura norteamericana. No podríamos, en el momento actual, dar por cierta la decisión del gobierno de Bush aquí también, precisamente por el fracaso iraquí (sin él, probablemente, el ataque a Irán ya habría ocurrido). Las propias declaraciones belicistas más agudas, como las del "socialreaccionario" ministro de Relaciones Exteriores francés Kouchner, pueden entrar en el juego de presiones. El gobierno republicano de Estados Unidos está, con toda probabilidad, internamente dividido. Por otra parte, recientes acontecimientos, como la guerra de baja intensidad en las fronteras del Kurdistán iraquí e iraní y, sobre todo, la incursión militar israelí en Siria para destruir, por tierra y por mar, un pretendido sitio nuclear en construcción, muestran que Estados Unidos y sus más estrechos aliados están dispuestos a todas las alternativas que consideren practicables. Si las acciones de guerra se desencadenan, los marxistas revolucionarios se pondrán, a pesar de carácter reaccionario del régimen de Teherán, incondicionalmente de parte de Irán, por la derrota de la agresión imperialista.


 


En el cuadro mundial así delineado, también en relación con la situación económica general, ¿qué tendencias fundamentales podemos señalar para la próxima fase histórica?


 


La gran mayoría de los comentaristas subraya el cuadro creciente de contraste entre el imperialismo norteamericano y la Rusia de Putin sobre el plano geopolítico y con China en pleno desarrollo económico.


 


Muchos teóricos o comentaristas que se reclaman del marxismo revolucionario tienden en cambio a negar esta visión. Parten de diversos argumentos: de la subvaloración del proceso de la restauración del capitalismo en los dos gigantes del ex "mundo socialista"; del papel de equilibrio de la economía china respecto de Estados Unidos, que lo harían una suerte de país dependiente; alguno observa la "amistad" personal proclamada entre Bush y Putin; se habla de la "recolonización" del Este de Europa incluyendo también a Rusia; se afirma que el proceso de lucha por el control de los mercados debería desarrollarse lógicamente entre Estados Unidos y la Unión Europea, etc.


 


Pensamos que a la luz de los hechos y en la situación actual, estas posiciones se mantienen en una falsa ortodoxia (aunque sea de buena fe).


 


Esto se puede poner en evidencia tomando como ejemplo la cuestión de la relación entre Estados Unidos y Europa. Nosotros mismos, en el pasado, habíamos hecho algunas concesiones (véanse los documentos de los años '90 de la minoría congresal del PRC) a un cierto, aunque limitado, esquematismo sobre esta cuestión, señalando un creciente antagonismo. Se trata, en cambio, de sacar las lecciones de la historia, utilizando a pleno el método dialéctico del marxismo. Por ejemplo, luego de la Primera Guerra Mundial parecía lógico que el conflicto fundamental a escala planetaria se hubiera desarrollado, una vez derrotada Alemania, entre la vieja potencia imperialista principal, es decir Gran Bretaña, y el nuevo imperialismo principal, Estados Unidos. Toda la Internacional Comunista estaba convencida de esto en los años ’20 y tenía como hipó- tesis la posibilidad de un nuevo conflicto mundial entre las dos riveras del Atlántico. La historia ha sido muy diferente y a fines de los años ’30 se ha consolidado la alianza que, salvo breves conflictos particulares (Medio Oriente en los años ’40 y ’50) ha perdurado hasta hoy.


 


Como ya se ha dicho, los hechos demuestran que más allá de conflictos marginales y de breves veleidades rápidamente abandonadas (eje Chirac-Schröeder), la Unión Europea no desarrolla una conflictividad, ni siquiera, por el momento, en términos de guerra comercial con Estados Unidos (lo que obviamente no significa que episodios particulares, más que nada con alguno de los imperialismos europeos pero no con el imperialismo europeo de conjunto, no estén destinados a repetirse, incluso en breve).


 


Al contrario, la tendencia a la conflictividad, en términos de fase histórica futura, entre Rusia y China de un lado, y el imperialismo norteamericano (con el europeo y Japón) del otro, aparece hoy en desarrollo. Naturalmente, es necesario no absolutizar la cosa y no anticipar los tiempos. Hablar hoy de imperialismo chino o ruso, en sentido propio, es un absurdo.


 


Pero la tendencia a un desarrollo en tal sentido existe. En los hechos, las neo-burguesías de estos Estados y la burocracia estatal que es su expresión o que la expresa, por la dinámica concreta del proceso de restauración en el contradictorio cuadro actual, tiene una evidente tendencia a colocarse bajo una perspectiva de ese tipo. El propio rol desarrollado por el Estado en el control del proceso de restauración en China y la batalla de Putin contra los "oligarcas" en Rusia tienen la finalidad de evitar procesos de subordinación económica al imperialismo y de crear una fuerte economía capitalista independiente. La propia conflictividad sobre el escudo estelar o respecto de las sanciones contra Irán debe interpretarse bajo esta luz.


 


Es claro que el proceso de transformación de Rusia y China en nuevas potencias imperialistas no es fácil ni está descontado. Pero sería un error negar a priori la posibilidad. Hoy China aparece económicamente como una especie de gran Corea (con un papel mayor de la propiedad pública) más que como un gran Japón. Nada impide, sin embargo, un desarrollo ulterior y una consolidación.


 


Los años futuros dirán precisamente si China se convertirá en el Japón del siglo XXI, repitiendo así el milagro por el cual el aislado y relativamente atrasado país feudal de la mitad del siglo XIX, abierto con la fuerza de la flota norteamericana al comercio mundial, se convirtió a mitad del siglo, en lugar de una colonia o semicolonia (como India o China), en una potencia imperialista.


 


Siempre recordando, como enseñan la experiencia antigua y la moderna de China, que el marxismo real es ajeno a los esquemas absolutos y está atento a la evolución real de los fenómenos históricos.


 


La construcción de la organización revolucionaria internacional de los comunistas


 


El PCL está empeñado en la acción de solidaridad incondicional con las luchas de los trabajadores y de los pueblos oprimidos de todo el mundo. En particular, defiende a todo país dependiente agredido por el imperialismo, independientemente de la naturaleza de su gobierno o de su régimen, y a todo movimiento de liberación, cualquiera sea su dirección actual. Defiende incondicionalmente, con independencia del juicio sobre el régimen castrista, a Cuba y a las conquistas de la revolución contra toda intimidación del imperialismo y contra toda amenaza de restauración capitalista. Y en esta acción de solidaridad y movilización internacionalista busca naturalmente el frente único más amplio con todas las fuerzas disponibles del movimiento obrero y antiimperialista.


 


Pero nuestro internacionalismo no se reduce a la solidaridad. Concierne a la propia naturaleza del programa socialista como programa de la revolución internacional.


 


Como en el plano nacional no nos limitamos a una acción de apoyo a las luchas de los trabajadores y de los sectores oprimidos, sino que nos empeñamos a llevarla hacia una perspectiva de alternativa de poder, asimismo en el plano internacional trabajamos por llevar toda instancia de emancipación social, nacional o de género hacia la ruptura con el orden capitalista e imperialista que hoy domina el mundo. Del mismo modo, como en el plano nacional trabajamos por construir el Partido Comunista de los Trabajadores como instrumento indispensable para unir las luchas inmediatas en una perspectiva socialista; así también estamos empeñados en construir, por las mismas razones y sobre las mismas bases, un partido comunista internacional; que trabaje para unir, más allá de las fronteras, a las fuerzas de vanguardia de la clase obrera y de las masas oprimidas del mundo entero en torno al mismo programa de fondo: el poder de los consejos de trabajadores, de las trabajadoras, de las clases oprimidas, basado en su auto-organización democrática de masas.


 


Un programa que se basa, en todas partes, en la autonomía de los comunistas y en su papel de oposición frente a todo gobierno burgués o régimen burocrático. Como afirmaban Marx y Engels: "El objetivo inmediato de los comunistas es (…) la transformación del proletariado en clase, el derrocamiento de la burguesía, la conquista del poder político por el proletariado (…) En este sentido, los comunistas pueden resumir su teoría en la frase: abolición de la propiedad privada".


 


Lo decían en el manifiesto programático de aquella Liga de los Comunistas que quería ser el origen de un partido internacional: "Ya es tiempo de que los comunistas expongan abiertamente ante todo el mundo su modo de ver, sus fines, sus tendencias y que contrapongan a la fábula del espectro del comunismo un manifiesto del propio partido.”


 


"Con este objetivo se han reunido en Londres comunistas de las nacionalidades más diversas y han redactado el siguiente manifiesto, que será publicado en inglés, francés, alemán, italiano, flamenco y danés" (Manifiesto del Partido Comunista, Introducción).


Desde entonces, el movimiento marxista ha sido siempre un movimiento internacional.


 


De la Primera Internacional como estructura de reagrupamiento de la vanguardia de clase sobre bases programáticas revolucionarias y en la cual los marxistas desarrollaron aquello que hoy llamaríamos una lucha de fracción, con el objeto de depurarla de posiciones de tipo oportunista, confusas (hoy diríamos centristas), pequeño burguesas; a la Segunda, formada por partidos obreros de masas al menos formalmente basados en un programa marxista; a la Tercera, nacida –en respuesta a la traición oportunista de la Segunda y bajo el impulso de la Revolución Rusa– por el ala izquierda de la anterior Internacional, consecuentemente marxista revolucionaria; a la Cuarta, fundada –contra la degeneración burocrática de la Tercera– por una pequeña vanguardia que reunía a los mejores cuadros de la Tercera Internacional y sectores de jóvenes militantes.


 


Una estructuración internacional del análisis, del programa y de la organización del partido es hoy tanto o más actual y urgente cuanto más se confirma el análisis de la crisis y de las contradicciones del modo de producción capitalista; frente a la confusión que reina en la clase obrera y en su vanguardia; frente a las posibilidades reales de momentos de radicalización de masas y de explosiones de la lucha de clases; frente al riesgo de que sectores importantes del proletariado sean absorbidos por movimientos populistas, sean reaccionarios o "progresistas"; frente a la necesidad hoy imperiosa de realizar aquello que Lenin y Trotsky señalaban como la tarea de base de los partidos marxistas: "modificar la conciencia de la clase obrera".


 


Frente a estas tareas inmensas, la construcción de una perspectiva, de una acción y de una organización internacional es el mejor y más necesario instrumento a nuestra disposición.


 


El problema concreto que la vanguardia revolucionaria vive dramáticamente hoy es la ausencia de una Internacional consolidada. Sea porque en los años ’50 la IV Internacional, ya organización de vanguardia, no logró consolidar una base de masas y entró en crisis. Sea por el giro revisionista –en particular frente al peso de la dificultad derivada de la expansión del stalinismo en el período posterior a la guerra y su reforzamiento entre las masas en casi todo el mundo– de la mayoría de su grupo dirigente (comenzando por su secretario internacional, M. Pablo, de allí el término "pablismo" con el cual se ha caracterizado a los continuadores, en verdad empeorados, de esta corriente, es decir, el Secretariado Unificado).


 


Giro que implicaba la liquidación de la perspectiva de construir verdaderos partidos marxistas revolucionarios, en nombre de la transformación de la IV Internacional en una suerte de grupo de presión sobre los dirigentes "más radicales" de los partidos de masas (entonces Tito, Ben Bella o Castro; en tiempos más recientes… Lula y Bertinotti, con los correspondientes continuos fracasos).


La crisis provocada por este giro revisionista (que naturalmente se configuraba también en el abandono progresivo de los puntos fundamentales del programa marxista revolucionario) repercutió también en el ámbito de sectores importantes que se opusieron al revisionismo. Así la IV Internacional fue dislocada y dividida y no pudo jugar en las décadas siguientes el papel que le hubiera correspondido. 


 


Es difícil decir, aunque no se puede excluir, si una Internacional unida y firme sobre la base de una política consecuente hubiera podido permitir una victoria revolucionaria en una o más situaciones particulares. Ciertamente es del todo improbable pensar que habría podido alterar el curso de la historia de las últimas décadas. Pero al mismo tiempo, es absolutamente probable que, fortalecida por la intervención consecuente en la lucha de clases (en la cual, por otra parte, se han reforzado prácticamente todas las fuerzas que se reclaman del trotskismo, a pesar de sus límites políticos y la división organizativa), la IV Internacional habría podido aparecer –frente a la quiebra del stalinismo y la crisis de todas las viejas direcciones– ante una amplia vanguardia, si no frente al conjunto del proletariado y de los oprimidos, tanto en Oriente como en Occidente, en los países dominados y en los países imperialistas, como el punto de referencia para combatir la barbarie capitalista y realizar la revolución socialista.


 


Esto no ha sucedido. Pero esta, como tantas otras derrotas del movimiento obrero, no elimina el hecho de que sólo la revolución socialista mundial sigue siendo la única alternativa a la barbarie capitalista y que para desarrollar esta perspectiva es necesario refundar la Internacional revolucionaria del proletariado.


 


Tal Internacional no puede construirse, de manera realista, más que sobre la base del marxismo revolucionario y de su historia.


Un nuevo inicio político-organizativo es obviamente necesario, un nuevo inicio político-programático estaría privado de base sobre el terreno de la realidad objetiva y sería una acción de sectarismo extremo o de oportunismo fracasado.


 


En realidad, si es vista como reelaboración en términos autónomos – una nueva teoría de la lucha de clases– tendería en los hechos a determinarse como un nuevo centro del movimiento obrero mundial y no creemos que haya necesidad ni espacio para nuevos Marx y Engels.


 


Si en cambio, es considerada, y este es el caso más frecuente, como una tentativa de disminuir la importancia de la claridad programática y de encontrar denominadores mínimos comunes a la baja, eso reduciría la claridad necesaria para el desarrollo de una perspectiva revolucionaria y llevaría en el tiempo a un fracaso, incluso organizativo. Es la historia constante del centrismo clásico en el pasado. En Italia, la historia de las organizaciones de extrema izquierda de los años ’70, que aparecieron durante un breve período como importantes y que luego se desvanecieron, lo demuestra.


 


Efectivamente, como afirmaba Lenin, "no hay movimiento revolucionario sin teoría revolucionaria".


 


Para el PCL es fundamental una relación con las organizaciones, los movimientos y los partidos que, más allá de su propia experiencia, de su propia historia, compartimos y practicamos los elementos programáticos para nosotros básicos para la reconstrucción de la Internacional: la independencia y la autonomía del movimiento obrero (oposición a cualquier gobierno de alianza con fuerzas burguesas), la perspectiva de la revolución (derrocamiento del modo de producción capitalista mediante la toma del poder político y su organización democrática en un régimen de consejos), una práctica política capaz de conjugar las reivindicaciones de los trabajadores y de otros sectores oprimidos con los objetivos de la revolución, la necesidad de reconstruir la Internacional.


 


Pero sobre estas bases programáticas, tal relación por la reconstrucción de la Internacional revolucionaria del proletariado no podría más que configurarse como batalla por la refundación de la IV Internacional.


 


En la Coordinadora por la Refundación de la IV Internacional (CRCI) hemos registrado un empeño real de avanzar en esta dirección. La CRCI no es, ni se considera, "la IV Internacional" (como hacen algunas sectas internacionales encerradas sobre sí mismas o de las organizaciones a las que les sirve mantener la "etiqueta", pero que están tan alejadas del marxismo revolucionario consecuente como para tener incluso ministros en el gobierno de Lula o… votar veintiún veces la confianza al gobierno de Prodi antes de concluir, sin extraer alguna conclusión teórica, que un gobierno burgués aliado a la Confindustria no es susceptible de reaccionar positivamente a las "presiones de las masas").


 


La CRCI es, al contrario, un instrumento abierto de lucha por reconstruir la IV Internacional como real partido mundial de la vanguardia social y política del proletariado.


 


Nacida con un reagrupamiento de fuerzas a escala internacional sobre bases programáticas (“Declaración de Génova”, de 1997), y caracterizada por una discusión abierta, la CRCI ha lanzado la perspectiva de reconstruir la Internacional revolucionaria del proletariado, intentando reunir, sobre una base de principios, fuerzas de diversa procedencia: ciertamente, lo mejor del movimiento trotskista pero también sujetos políticos que han roto con la experiencia centrista, stalinista o del nacionalismo revolucionario, más allá, naturalmente, de la vanguardia actual del proletariado y del movimiento de masas. Asumiendo siempre como único criterio de reagrupamiento no una procedencia común sino una comunidad de programa. Es el propio método con el cual nació el McPCL en Italia. No por casualidad sólo la CRCI ha sostenido plenamente a nuestro partido en su construcción y su proyecto.


 


Son relaciones que tienen más de diez años de vigencia, a través de lo que era la relación con "Progetto Comunista", no sólo como Associazione Marxista Rivoluzionaria sino también como corriente general, y que la mayoría de los/las compañeros/as han conocido directa o indirectamente en los textos publicados en nuestra prensa, en varios congresos del PRC, en el momento de nuestra constitución en junio de 2006 en el cine Barberini o en nuestra asamblea nacional como McPCL de abril de 2007.


 


La constitución de la CRCI, con el Congreso realizado en Buenos Aires en abril de 2004, ha representado efectivamente un paso adelante en el largo, difícil y tortuoso camino hacia la revolución socialista y la liberación del proletariado y de la humanidad oprimida por la realidad de la sociedad capitalista.


 


Naturalmente, desde el punto de vista de las dimensiones del camino a recorrer en esa dirección, ese salto es muy modesto y nos equivocaríamos si los consideráramos o lo presentáramos de otro modo. Pero respecto de la crisis histórica, no sólo de las direcciones revolucionarias, sino también de la IV Internacional, tal constitución representa una primera inversión de tendencia, un primer giro para retomar el camino hacia la resolución del "problema de los problemas" al cual hoy se enfrenta el proletariado: la crisis de la dirección revolucionaria.


 


Naturalmente, estamos bien concientes de sus límites. En relación con las tareas de la lucha de clases, la CRCI es una organización muy pequeña. La multiplicación cuantitativa y el desarrollo cualitativo en los últimos años en países con situaciones tan diversas, como Argentina, Uruguay, Italia, Grecia y Turquía, representan la expresión de una intervención global correcta en la lucha de clases.


Esto puede ser subrayado en particular en referencia a los acontecimientos revolucionarios que han ocurrido en Argentina y el papel de vanguardia que ha jugado el Partido Obrero, pero vale también para otras situaciones.


 


Sin embargo, comprendemos que la extensión a escala mundial de la CRCI es todavía limitada, estando sustancialmente ausente de regiones importantes del globo e incluso de países importantes para la lucha de clases, incluso por la presencia de sectores de vanguardia con influencia significativa que se reclaman, aunque contradictoriamente con su política concreta, del trotskismo.


 


Estas tareas de construcción y de reagrupamiento revolucionario son todavía muy difíciles. Pero, a pesar de esto, el desarrollo y la transformación de aquello que fue el Movimiento por la Refundación de la IV Internacional en organización centralista democrática con su nuevo nombre, representan un paso adelante significativo en la lucha por la refundación de la IV Internacional.


 


La seriedad del método de la CRCI se evidencia en el hecho de que representa el primer y significativo reagrupamiento revolucionario trotskista desde la crisis de la Internacional a fines de los años '50. En efecto, es el producto del reagrupamiento de tres experiencias diferentes. La del Partido Obrero de Argentina y de otras organizaciones latinoamericanas ligadas a él; la de la Oposición Trotskista Internacional (ITO, que incluía a la AMR italiana, el grupo de los Estados Unidos, y la mayor parte de pequeños grupos partidarios de la CRCI en varios países del mundo); y la del Partido Obrero Revolucionario (EEK) de Grecia. Aunque con algún momento de contacto en el pasado, y situándose todos en el terreno de la lucha contra el revisionismo pablista, su historia fue diferente por muchos años.


 


Es el método trotskista de reagrupamiento sobre la base de principios lo que ha permitido realizar esta unión. Posteriores operaciones de reagrupamiento, como la de la organización turca (Movimiento por un Partido Obrero Revolucionario) que también tiene su historia política particular o con el todavía pequeño Partido Obrero Revolucionario de Chile, que nace del reagrupamiento sobre bases trotskistas consecuentes de militantes que provienen, salvo los más jóvenes, de la experiencia de la extrema izquierda centrista tradicional de las décadas pasadas, en particular del famoso Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).


 


En particular, estos procesos de reagrupamiento se han realizado sobre la base de cuatro puntos programáticos centrales, establecidos en la reunión fundacional del Movimiento, realizada en Génova en 1997, que reproducimos aquí:


 


"Los cambios que se desarrollan en la situación política internacional, especialmente la profundización de la crisis económica del capitalismo mundial y los levantamientos populares en diversas partes del globo, obligan a todas las organizaciones que se reivindican trotskistas a plantear la refundación de la IV Internacional, para ofrecer a la vanguardia de los trabajadores de todo el mundo una orientación y una organización marxistas revolucionarias.


 


"El Secretariado Unificado de la IV Internacional (SU), que se reivindica como la continuidad de la IV Internacional, no es la IV Internacional ni puede ser reformado para serlo. La refundación de la IV Internacional requiere la derrota política del SU.


 


"En nuestra opinión, las bases de discusión para refundar la IV Internacional deben incluir: 


 


"1) La actualidad de la lucha por la revolución socialista mundial y la dictadura del proletariado; 


 


"2) la reafirmación de la caracterización de la IV Internacional de los Frentes Populares como un bloque con la burguesía ‘democrática', que condena al partido del proletariado a ser un apéndice del capital; 


 


"3) la necesidad de la revolución social y política en la antigua Unión Soviética, Este europeo, China, Indochina, Corea del Norte y Cuba; 


4) la elaboración de una estrategia anticapitalista basada en el método y en las reivindicaciones de transición".


 


Estas son las bases sobre las cuales todavía hoy la CRCI quiere avanzar en la lucha por la refundación de la IV Internacional. Es por esto que en estos años buscamos aproximar a otras corrientes del movimiento trotskista con una perspectiva de verificar las condiciones para un reagrupamiento más amplio (de sectores de la minoría de izquierda del Secretariado Unificado, de la Liga Internacional de Trabajadores, el Comité por una Internacional Obrera, la minoría de Lutte Ouvrière en Francia, luego de una tentativa con la propia organización como tal).


 


El espíritu de fracción ha prevalecido por el momento y organizaciones que de palabra critican el "sectarismo" de la CRCI han demostrado no desear poner en discusión un proceso de reagrupamiento hacia la refundación de la IV Internacional. Pero la batalla de la CRCI continúa, sabiendo que los desarrollos de la lucha de clases y de la batalla política pondrán a todos frente a las propias responsabilidades e iniciativas que hoy no tienen éxito pueden tenerlo en el futuro.


 


Porque el reagrupamiento es, para una organización revolucionaria, una aspecto más de la intervención general sobre la base del marxismo revolucionario en la lucha de clases para conquistar los sectores de vanguardia del movimiento obrero y de los otros movimientos de masas.


 


Porque la organización que debemos construir no es un club de discusiones, una secta o un cuadro testimonial, incluso si fuera principista. Es, en cambio, una organización de lucha, por lo cual la batalla por la refundación de la Internacional se confunde con la lucha por la revolución proletaria.


 


Es en este cuadro que se ubica también el debate interno en la CRCI, con la confrontación incluso sobre aspectos no secundarios, como el juicio preciso sobre la crisis capitalista, sus perspectivas, las consecuencias en la lucha de clases. 


 


Debate lógico no sólo porque el reagrupamiento que la CRCI representa de conjunto, apunta a un reagrupamiento marxista revolucionario de experiencias diversas, sino porque la confrontación política, sobre la base del programa común y de la acción común, es una constante de toda verdadera organización marxista revolucionaria (si se piensa en las confrontaciones, sobre varios temas entre Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo, no sólo antes sino después de la victoria de la revolución rusa).


 


La condición para que tal debate sea fructífero está no sólo en el hecho de que tenga como finalidad una mejor acción internacional de los marxistas revolucionarios, sino que también alcance al conjunto de sus militantes. Es un compromiso que como PCL debemos asumir y llevar a la práctica en concreto.


 


Por todo lo dicho en el capítulo final de este texto, la lógica y natural consecuencia política de nuestras posiciones programáticas y de nuestro proyecto revolucionario internacionalista no puede ser más que una: la formalización de las relaciones existentes con la CRCI con la constitución del PCL como su sección italiana.


 


 


Rimini, 5 de enero de 2008


 

Notas críticas al documento internacional


Introducción


 


El Congreso de fundación del Partido Comunista del Lavoratori (PCL), desarrollado en enero de 2008, ha completado el ciclo histórico abierto por la salida de la AMR Progetto Comunista, sección italiana del CRCI, de Refundación Comunista, producido inmediatamente después de que el partido de Fausto Bertinotti se integrara al gobierno capitalista de centroizquierda de Romano Prodi en mayo de 2006.


 


En junio de aquel año, los compañeros italianos anunciaron, en una reunión en el teatro Barberini, en Roma, la "constitución de un movimiento por un Partido Comunista de los Trabajadores". Transcurrido un año y medio, el nuevo partido ha sido fundado en Rimini y, entre sus resoluciones, algunas señalan la casi unánime decisión de que el PCL se constituya en la sección italiana del CRCI.


 


Indudablemente, la fundación del PCL es el mayor acontecimiento político en la lucha por reagrupar a la vanguardia obrera e internacionalista del país. Al defender la herencia del trotskismo e integrarse a la CRCI, el partido italiano toma una dirección claramente opuesta a la elegida por la LCR francesa, que ahora propone formar un "gran partido de unidad anticapitalista y revolucionaria" sin mayores vínculos políticos, ideológicos, programáticos y organizativos con el trotskismo y la IV Internacional.


 


Sin embargo, la perspectiva internacional adoptada por el PCL, expuesta en su documento internacional, manifiesta divergencias sustanciales respecto a la desarrollada por la CRCI a partir de su congreso fundacional en 2004. Aunque algunas de esas divergencias estuvieron presentes también en las discusiones previas entre la ex ITO (Oposición Trotskista Internacional del SU, con la cual la organización italiana estuvo conectada históricamente) y la mayoría de los partidos que constituyeron la CRCI en 2004, ahora, en el Congreso de fundación de un nuevo partido, adquieren un nuevo contenido político vinculado con las nuevas condiciones históricas de la situación mundial objetiva.


 


En mi intervención en la discusión del documento internacional en Rimini, resumí los puntos principales de la nota crítica que sigue.Aparte de unos pocos puntos (relacionados con la forma final tomada por el documento italiano después de la votación,y con el rápido deterioro de la crisis mundial durante el Congreso y en los días que le siguieron), la crítica es presentada aquí tal como fue formulada inicialmente.


 


Crisis 


 


1. Hay un agudo conflicto entre la perspectiva señalada en el documento del PCL y la de la CRCI, que no puede minimizarse o caricaturizarse como un choque entre "catastrofistas" y "realistas"; involucra no sólo un análisis diferente de la crisis capitalista mundial sino los propios fundamentos del marxismo. La perspectiva señalada por el PCL está enraizada en conceptos y prácticas profundamente arraigados, no limitados sólo a Italia, que pueden impedir que el movimiento trotskista internacional aproveche, mediante una lucha consciente en el movimiento de masas, las oportunidades revolucionarias presentadas por las convulsiones del declinante mundo capitalista en crisis.


 


La preparación del documento internacional del Congreso de fundación, y el Congreso en sí, transcurrieron durante el explosivo período de convulsión financiera provocada por el derrumbe del mercado de créditos hipotecarios "subprime" (de alto riesgo) en Estados Unidos. En su informe internacional, el compañero Franco Grisolia, expositor del documento del Congreso de Rimini, no hizo ninguna referencia al hecho, ni siquiera las palabras "mercado de hipotecas subprime" o "crisis crediticia", que pesan como una pesadilla sobre los capitalistas (y cubren las primeras planas de toda su prensa) en todo el mundo, fueron dichas en el Congreso ni una sola vez. En las veintiocho páginas del largo documento no hay una sola línea de análisis concreto de este hecho concreto, el más importante desarrollo de la situación económica en 2007, sino sólo un corto comentario respondiendo esta pregunta retórica: "¿Las contradicciones de la actual situación mundial desembocarán en una crisis mayor, del tipo de la de 1929? (…) ¿La actual ‘crisis de los préstamos norteamericanos' puede, por consiguiente, representar el detonante? Parece improbable". En este punto, el documento y sus autores expresan un optimismo mucho más pronunciado acerca del futuro capitalista que el que tienen los principales analistas de los más poderosos círculos capitalistas internacionales.


 


Durante el desarrollo del Congreso en Rimini, un informe oficial de la Oficina Nacional de Investigación Económica de los Estados Unidos (NBER, sus siglas en inglés), reveló un agudo aumento en el índice de desempleo junto con un incremento de la pobreza en diciembre de 2007, lo cual provocó una nueva caída en los mercados financieros. Una serie de nuevas declaraciones de destacados economistas acerca de la recesión en el centro de la economía capitalista mundial, en los propios Estados Unidos, expresaron su profundo y bien fundado pesimismo. David Rosenberg, economista principal de Merrill Lynch, y Jan Hatzius, economista de Goldman Sachs, dijeron que "la recesión probablemente ya está aquí".1 Nouriel Roubini, otro economista de primera línea, conocido por sus análisis y advertencias acerca de la reciente crisis, hizo el 15 de enero declaraciones para nada ambiguas: "Los Estados Unidos han entrado ahora, efectivamente, en una recesión seria y dolorosa. El debate ya no es si la economía experimentará un aterrizaje suave o uno duro, sino cuán dura será la recesión. Los factores que la hacen inevitable incluyen la peor recesión nacional en materia de viviendas, que empeorará más aún; una severa falta de liquidez y de crédito en los mercados financieros, que está peor ahora que cuando empezó en el verano (boreal) pasado; altos precios del petróleo y de la gasolina; caída de la inversión del sector empresario; un mercado laboral saturado, que crea pocos empleos y una tasa de desempleo que crece abruptamente; consumidores que no compran, sin ahorros y altamente endeudados que, gracias a la caída del precio de las viviendas, ya no pueden usar sus casas como un ‘cajero automático' que les permite gastar más que sus ingresos. Como el consumo privado representa en los Estados Unidos más del 70 por ciento del consumo general, la restricción y el recorte de gastos aseguran que la recesión está en marcha". Roubini enfatizó el hecho de que la "tormenta recesiva" en los Estados Unidos golpeará a toda la economía mundial y, de manera particularmente dura, a Europa: "Estados Unidos todavía es responsable del 25 por ciento del producto mundial. Por lo tanto, cuando Estados Unidos estornuda, el resto del mundo se resfría. Pero ahora Estados Unidos no sufre un resfriado común, sino un doloroso caso de neumonía. Por lo tanto, el resto del mundo, incluida Europa, no podrá evitar el contagio financiero y real del virus de la recesión norteamericana".


 


El catastrófico derrumbe de los mercados de acciones del 15 de enero y la semana subsiguiente confirmaron los temores acerca de los devastadores efectos de una recesión norteamericana y mundial. Era una rotunda desmentida, en la realidad de los hechos y en tiempo real, a la negación de esos acontecimientos en el documento y en el congreso del PCL.


 


Después de mostrar una completa ceguera frente a la crisis actual, resulta absolutamente extraño que el documento reconozca que la crisis capitalista existe e incluso "domina la situación mundial". Más adelante, el texto busca evidencias de esta crisis en: a) el "desarrollo exponencial" del capital ficticio; b) la recurrencia de las crisis de los mercados bursátiles (las cuales sin embargo, de acuerdo con el documento, juegan un papel de válvula de escape y hacen evitable el riesgo de una crisis peor; c) el sobre-endeudamiento de Estados Unidos; d) "el constante y necesario ataque a las conquistas del proletariado y su superexplotación".


 


¡Pero ninguno de esos fenómenos da evidencias de esta crisis específica!


 


a) La expansión del capital ficticio podría ser, bajo ciertas condiciones, no una manifestación de la crisis sino del poderoso nivel logrado por el desarrollo capitalista, incluida la expansión industrial. Corporiza una contradicción: por un lado funciona como un acelerador del desarrollo de las fuerzas productivas y de la internacionalización de la economía, que preparan las condiciones materiales de un nuevo modo de producción, el socialismo mundial; al mismo tiempo, "acelera las violentas erupciones de sus contradicciones y crisis, y de tal modo los elementos de la desintegración del viejo modo de producción".2 La sobre-expansión del capital ficticio y la globalización de los mercados internacionales después de 1980 fueron inicialmente una salida temporaria a la crisis de sobreproducción del capital, que estalló en 1968/1973 poniendo fin al boom de la posguerra; al mismo tiempo preparó el terreno de nuevas, y cada vez más violentas, erupciones de las contradicciones globalizadas del sistema capitalista (1987, 1997/2001, 2007).


b) Las crisis de los mercados bursátiles podrían estar relacionadas solamente con una fluctuación cíclica, y en otros casos, como en 1987, 1997 ó 2007, relacionadas profundamente con los factores y tendencias de la crisis sistémica.


c) El sobre-endeudamiento de Estados Unidos no es algo nuevo. Hace ya un cuarto de siglo, bajo el gobierno de Ronald Reagan, Estados Unidos pasó de ser el mayor exportador a constituirse en el mayor importador de capitales.


 


d) Los ataques del capital contra el proletariado y las tendencias a aumentar la tasa de explotación son características constantes del sistema y se manifiestan, de diferentes maneras y formas, tanto en condiciones de auge económico como de crisis.


 


¡Así, el documento del PCL busca evidencias de una crisis abstracta donde podrían no existir, mientras permanece completamente ciego ante una crisis mundial concreta, real, que se desarrolla rápidamente y que explota en su cara!


 


Crisis y revolución


 


2. La actitud descuidada, incluso la indiferencia, del documento del PCL hacia un análisis marxista del real desarrollo de la crisis capitalista, no se basa sólo en una tradicional negación de este análisis como "catastrofismo ultraizquierdista, del tercer período", sino también en su irrelevancia, falta de utilidad para la revolución socialista y para su preparación.


 


Bajo el pretexto de que obviamente no existe una relación lineal entre la crisis económica, la radicalización revolucionaria y la movilización de las masas, se suprime toda conexión, incluso la dialéctica, mediante contradicciones y mediaciones. Dos clases de "argumentos" se esgrimen para demostrar esa pretensión absurda.


 


Primero, dos citas de Trotsky, de 1921 y 1930, son sacadas de contexto y presentadas como "pruebas". Segundo, las agitaciones revolucionarias (por ejemplo, mayo de 1968) son presentadas como ocurridas durante los booms económicos y no en momentos de crisis. En general, la conexión entre crisis y revolución es revertida por otra entre el alza del ciclo y radicalización de las masas.


 


Trotsky, en el primer Congreso de la III Internacional, incluido el discurso de junio de 1921 al cual se refiere el documento del PCL, no intenta de ninguna manera desconectar crisis y revolución sino luchar contra una concepción lineal de la historia, sostenida tanto por los ultra-izquierdistas partidarios de la teoría de la "ofensiva permanente" como por los auto-denominados "marxistas ortodoxos" de la II Internacional. Interpretando las causas de los retrocesos y las derrotas que siguieron a la primera onda revolucionaria después del fin de la Gran Guerra, por medio de un detallado estudio de los acontecimientos y de sus más profundas tendencias contradictorias económicas y políticas, Trotsky desarrolla una concepción no lineal de la historia y de la naturaleza de la época imperialista, de la declinación capitalista, basada en la dialéctica materialista de la crisis y la revolución. Trotsky desarrolla la teoría marxista como una guía para los nuevos e inmaduros partidos revolucionarios y la nueva Internacional para entrenarlos, como él decía, en "el arte de la lucha revolucionaria por el poder".3


 


En su discurso de junio de 1921,Trotsky no separa la crisis de la revolución, sino que muestra que la "compleja interdependencia dialéctica entre la coyuntura económica y el carácter de la lucha de clases" sólo podía entenderse en el contexto de todo el proceso histórico.4 En algunos casos, la crisis capitalista impulsa la radicalización y la actividad revolucionaria de las masas; en otro contexto histórico, las paraliza: "Bajo determinadas condiciones, la crisis puede dar un poderoso impulso a la actividad revolucionaria de las masas obreras; bajo circunstancias diferentes, puede paralizar por completo la ofensiva del proletariado y – si la crisis se prolongara demasiado y los trabajadores sufrieran muchas derrotas– podría debilitar en extremo no sólo la ofensiva sino también el potencial defensivo de la clase obrera".5


 


En su texto de 1930, Trotsky critica a la Internacional Comunista stalinizada porque ella consideraba el impacto de la crisis con independencia de "la situación política de conjunto y de los acontecimientos que han precedido y que acompañan la crisis". Los efectos políticos del crash de 1929 y de la Gran Depresión no podían ser aislados de las derrotas históricas que los habían precedido (en Alemania, en Europa en general, en China, el Termidor soviético y la consolidación de la burocracia stalinista, etcétera) y que la acompañaban (por el ejemplo, la desastrosa política del stalinismo en Alemania).


 


Pero todo eso nunca significó que Trotsky desatendiera la importancia política de las crisis económicas del capitalismo. Por el contrario, siempre insistió en la necesidad de darle la mayor importancia y atenderla cuidadosamente, con detallados estudios de la compleja curva del desarrollo capitalista, como algo fundamental para desarrollar una estrategia y una táctica revolucionarias (no como sustituto de ellas).


 


En su balance del III Congreso de la Internacional Comunista, Trotsky volvió a señalar la importancia de estudiar los fundamentos económicos de la dominación burguesa: "De haber tenido éxito la burguesía en restaurar los verdaderos fundamentos de su dominación, o de haber dado incluso un simple paso en esa dirección, estaríamos obligados a decir: ‘sí, la burguesía ha tenido éxito en restaurar las bases principales de su dominación de clase. La perspectiva del desarrollo futuro de la revolución podría ser en este caso extremadamente lúgubre'. Pero sucede que ése no es el caso; que, por el contrario, todos los esfuerzos de la burguesía, todas las energías empeñadas para sostener los equilibrios de clase, se manifiestan invariablemente a expensas del sustrato económico en el cual la burguesía reposa, a expensas de su base económica".6


 


El hecho de que los fundamentos económicos de la dominación burguesa están enredados en contradicciones indisolubles en nuestra época, determina el carácter de esta época imperialista como una época de declinación histórica que proporciona las bases necesarias de la futura (no automática) victoria del proletariado y del nuevo modo de producción. Ese concepto acerca de la naturaleza de nuestra época, tan fundamental para Lenin y Trotsky, está, y no accidentalmente, del todo ausente en el documento internacional del PCL italiano.


 


La CRCI nunca fue economicista ni proclamó que habría un colapso automático del capitalismo por sus crisis. Una lectura imparcial, no prejuiciosa, de todos sus documentos así lo muestra (la observación de Peter Johnson durante su intervención durante el Congreso del PCL, acerca de que en 1997, después de la crisis asiática, el PO y el EEK declararon el inminente colapso del sistema, sólo es una demagogia barata). El problema no es el inexistente "economicismo catastrofista" de la CRCI sino la completa indiferencia de los autores del documento del PCL hacia el análisis marxista de la crisis capitalista, basado en el método de la crítica a la economía política desarrollado por Marx en El Capital.


 


¿Un documento contra El Capital?


 


3. El documento del PCL, en su formulación inicial, llega a proclamar: "el marxismo revolucionario no es una teoría económica; es una teoría política científica, que tiene como fin ‘el derrumbe de la sociedad burguesa y de las instituciones estatales creadas por ésta'…" He criticado ese punto durante el Congreso del PCL, como un rechazo al marxismo. El compa- ñero Franco propuso incluir un agregado, finalmente aprobado: "El marxismo revolucionario no es una simple teoría de análisis económico, es una teoría política científica revolucionaria de conjunto." Pero agregar dos adjetivos no corrige el error metodológico. 


 


Lenin tenía una visión totalmente diferente acerca del marxismo: "La aplicación del materialismo dialéctico a la reformulación de toda la economía política desde sus mismos fundamentos, su aplicación a la historia, a la ciencia natural, a la filosofía y a la política y a las tácticas de la clase obrera, eso era lo que interesaba a Marx y a Engels por sobre todas las cosas; lo que ellos dieron como contribución en este punto es lo más esencial y novedoso, y esto fue el magistral avance que realizaron en la historia del pensamiento revolucionario."7 Solamente siguiendo los pasos de ese avance de Marx, Engels, Lenin y Trotsky, un partido revolucionario puede construirse y la IV Internacional puede ser refundada.


 


Pero al desestimar un "simple análisis económico", el documento del PCL rechaza el gigantesco trabajo al cual Marx dedicó su vida: la Crítica de la Economía Política formulada en su magna obra El Capital, considerada por él mismo como "el más espantoso proyectil que haya sido jamás disparado a la cabeza de la burguesía (incluidos los terratenientes)".8


 


Marx criticó agudamente la ideología burguesa de rechazar la necesidad fundamental del estudio crítico de la economía política: "Una vez que se ha logrado penetrar en sus interconexiones, toda creencia teórica en la permanente necesidad de las condiciones existentes colapsa antes del colapso práctico. Por lo tanto, es de absoluto interés de las clases dominantes eternizar la confusión irreflexiva. Y para eso se les paga a sus chismosos y aduladores, cuando no tienen otro triunfo que jugar excepto decir que nadie debería dedicar un solo pensamiento a la economía política".9


 


Gramsci, una vez, en su entusiasmo por la Revolución Rusa y su hostilidad hacia la "ortodoxia" marxista de la II Internacional, cometió el completo error de declarar que "la Revolución de Octubre le ha ganado a El Capital". El documento del PCL repite el rechazo idealista de Gramsci por El Capital, luchando, en nombre de un "marxismo revolucionario ortodoxo", contra la insistencia de la CRCI sobre la necesidad del análisis de la economía política y su pretendido "catastrofismo".


 


De acuerdo con esta ortodoxia,Marx fue el peor de los catastrofistas. En el primer bosquejo de El Capital, los “Grundisse”, enfatiza con letras mayúsculas la importancia de un estudio continuo de las contradicciones de la economía capitalista: "Esas contradicciones conducen a explosiones, cataclismos, crisis, en las cuales mediante la momentánea suspensión del trabajo y la aniquilación de una gran porción de capital, éste se ve violentamente reducido, al punto que puede emplear todos sus poderes productivos sin cometer suicidio. Pero estas catástrofes regularmente recurrentes llevan a su repetición en una escala mayor, y finalmente a su derrocamiento violento."10


 


Boom de posguerra y crisis


 


4. Solamente mediante un cuidadoso estudioy análisis de cada una de esas "catástrofes recurrentes", se establece su especificidad así como sus interconexiones con los momentos previos del desarrollo capitalista. Al negar las catástrofes (su recurrencia, por ejemplo en 1987, 1997 ó 2007, es considerada una prueba de que tal cosa como una catástrofe no puede existir) el documento del PCL presenta un panorama por completo esquemático y distorsionado del desarrollo capitalista en el período de la segunda posguerra, de su prolongada expansión y luego de su prolongada crisis. Se reconocen dos períodos principales: un largo periodo de treinta años boom, entre 1945 y 1975,y un luego periodo de "tendencia al estancamiento" entre 1975 y 1992. Este último período terminó en 1992 gracias a la restauración capitalista, particularmente el rápido crecimiento de China; entonces siguió un nuevo movimiento ascendente y se restableció un nuevo equilibrio mundial para el sistema capitalista.


 


No se intenta un análisis real de los fundamentos materiales del boom de la posguerra (¿qué representó el acuerdo de Bretton Woods y su relación con la división europea establecida en Yalta? ¿Cuál es la relación entre la convertibilidad fija entre el oro y el dólar y el funcionamiento de la ley del valor? ¿Cuál fue la política económica de la Guerra Fría?, etcétera). Por el contrario, el documento corre a sacar la conclusión de que las agitaciones revolucionarias internacionales ligadas al Mayo Francés en 1968, al "Otoño caliente" en Italia, al Cordobazo, etcétera, tuvieron lugar en "el punto culminante del boom de la posguerra en 1968/1969"… ¡probando la conexión entre el boom y la radicalización!


 


Pero Mayo de 1968 se produjo precisamente porque el marco de posguerra de Bretton Woods,que sostenía el boom de posguerra,había comenzado a romperse: en noviembre de 1967 la crisis golpeó la libra británica, y sobre todo la crisis de marzo de 1968 y el establecimiento de un "mercado de dos niveles" en el cambio del oro, eran síntomas ineludibles del agotamiento del período de estabilización y expansión capitalistas de la posguerra basadas en el marco de Bretton Woods, que colapsó definitivamente en agosto de 1971 cuando Richard Nixon puso fin a la convertibilidad fija orodólar, inaugurando la crisis mundial. Estas contradicciones emergentes, manifestación de una crisis de sobreproducción de capital sin precedentes a la cual había llevado el prolongado boom, entre otras cosas, empujaron a De Gaulle a tomar una serie de urgentes medidas económicas y políticas, incluida la Reforma Fouchet de la educación, que precipitó los acontecimientos de Nanterre y en el movimiento estudiantil.


 


La crisis no se desarrolló linealmente sino a través de varios momentos, zigzags y fases; entre ellas debe mencionarse el punto de viraje de 1979/1980, marcado por la liberalización y globalización de los mercados financieros y el comienzo del llamado (erróneamente) "neoliberalismo" bajo los gobiernos de Thatcher y Reagan. La globalización de las finanzas, como una salida temporaria para la sobre-acumulación de capital, llevó a una sobreexpansión del capital ficticio. Una serie de shocks financieros, como "ataques cardíacos" (en 1987, en 1997/2001 y en 2007/2008), demostraron que las contradicciones no sólo no se han resuelto, sino que se han reproducido en una escala cada vez mayor; ellas realmente se han "globalizado".


 


La esquemática y a la vez arbitraria división en dos períodos – de ascenso entre 1945/1975 y de "tendencia al estancamiento" entre 1975/1992– suena como un eco de las discusiones dentro del Secretariado Unificado, que trató de explicar la, para ellos, inesperada crisis aplicando la versión mandeliana de la teoría de las "ondas largas del desarrollo capitalista", elaborada por el economista soviético Nicolai Kondratieff (y agudamente criticada por Trotsky como un "tipo de astrología"). Desde ese punto de vista, el Secretariado Unificado habló de un "largo ciclo ascendente" hasta los años ’70 y de un "largo ciclo descendente" en los años posteriores. En los ’90, continuaban discutiendo si el "largo ciclo descendente" había finalizado o no.


 


Según el documento del PCL, esa "onda larga" ha finalizado en 1992 gracias a China y al proceso de restauración capitalista, que impulsarían el crecimiento de la economía mundial. Pero, otra vez: ¿por qué 1992? ¿Por qué particularmente ese año? Es verdad que después de la masacre de la plaza de Tienanmen en 1989, en los años siguientes hubo una aceleración del proceso de restauración capitalista, particularmente con el desarrollo de las Zonas Especiales Costeras. Pero incluso los economistas burgueses oficiales coinciden en que el papel relativamente estabilizador de China respecto de la economía mundial se hace sentir sólo diez años más tarde, entre 2002 y 2006, después del huracán financiero internacional de 1997/2001 (desde Asia y Rusia a América Latina, desde el crash de la economía de las "punto.com" en Estados Unidos al derrumbe de la Enron y al default argentino, entre otros) y la recesión de 2001/2002.


 


La relativa re-estabilización en 2002/2006 se sustentó en el eje Estados Unidos-China, cuando las reservas de Pekín, producto del enorme superávit de su intercambio comercial, fueron un instrumento para financiar el gigantesco déficit norteamericano. La drástica reducción de la tasa de interés en el mismo período y la expansión del crédito sostuvieron un relativo ascenso, y condujeron a la formación de una serie de nuevas burbujas financieras, incluida la ahora despreciada burbuja del mercado hipotecario norteamericano y su "securitización" en toda clase de instrumentos financieros ficticios.


 


La explosión de la burbuja hipotecaria y del mercado de hipotecas "subprime" coincidió con la crisis en la Bolsa de Shangai en febrero y mayo de 2007, señalando una crisis de sobre-inversión en la híbrida economía china. El eje chino-norteamericano de 2002/2006 comenzó a romperse disparando la crisis internacional del crédito en el verano (boreal) de 2007, las gigantescas pero ineficaces inyecciones de liquidez por los bancos centrales de Europa, Estados Unidos y Japón para enfrentar la restricción del crédito y ahora la inevitable recesión.


 


Esos desarrollos de la situación fueron oportunamente analizados por el Secretariado Internacional de la CRCI durante su reunión en Estambul, en junio de 2007.


Desafortunadamente,el contenido de esa discusión nunca fue debatido en la organización italiana, y la declaración del SI de Estambul, "De un mundo convulsionado a la revolución mundial", sólo fue traducida al italiano para el Congreso en Rimini (y solamente después de que la cuestión fuera planteada por el compañero Altamira)…


 


¿Regresión histórica o transición a la revolución mundial?


 


5. La divergencia esencial entre el documento del PCL y la mayoría del CRCI no es sobre uno u otro punto de apreciación de la situación mundial sino sobre la naturaleza de todo el período histórico abierto con el colapso del stalinismo, la implosión de la URSS y el giro abierto hacia la restauración capitalista en los ex Estados obreros del ex bloque soviético y en China.


La posición central del documento del Congreso del PCL está sintetizada en el siguiente párrafo:


"Parecía, justamente, que el propio concepto de los marxistas revolucionarios, en el primer período de la crisis, según el cual ‘El capitalismo podría reencontrar un equilibrio y una expansión solamente a través de una reapropiación de los mercados de la URSS y de los otros Estados obreros deformados, en particular en la Europa del este', no se llegaba a realizar completamente y que esto fuera uno de los elementos de la continuidad de la crisis. En realidad, exactamente, aquel reequilibrio se realizaba, pero en otro escenario, el chino (y en un nivel menor, pero importante en Vietnam y la mayoría de los estados de la Europa centro-oriental) (…) En este sentido podemos afirmar que la naturaleza contrarrevolucionaria del stalinismo se ha afirmado no solamente en su dominio totalitario antiobrero, no solamente en la restauración del capitalismo, sino también en haber sido el instrumento de reequilibrio del capitalismo mundial, que realmente se ha salvado recuperando para sus inversiones y también para sus mercancías los mercados de los ex Estados obreros degenerados/deformados" (destacados de Savas Matsas).


 


Así, el capitalismo mundial fue "salvado" por ese "re-equilibrio" logrado, desde 1992 en adelante, gracias al stalinismo y a la restauración capitalista, si no donde ella se ha "completado" (de acuerdo con el documento del PCL), como en Rusia y, al menos, en China, donde todavía quizás está incompleto (siempre de acuerdo con el documento).


 


Nuestra visión histórica es la opuesta: el colapso irreversible del stalinismo, incluyendo el orden surgido de Yalta – uno de los pilares del equilibrio de posguerra junto con el acuerdo de Bretton Woods– y el proceso de restauración capitalista, se enredan en enormes contradicciones, en las particulares condiciones históricas de la avanzada declinación del capitalismo en crisis y han abierto internacionalmente un período de tremendas convulsiones, zigzags, conflictos de clase, guerras y crisis, donde la confrontación entre revolución y contrarrevolución en una escala mundial decidirá el destino de la humanidad y la propia herencia de la Revolución de Octubre.


Diecisiete años después de la implosión de la Unión Soviética en 1991, treinta años después del comienzo de la restauración por Deng Siao Ping en China en 1978, el capitalismo mundial no la logrado ni una "salvación" ni un "re-equilibrio". Una imparable serie cada vez más graves de shocks financieros (1987, 1997/2001, 2007-…?), de ataques al corazón en los centros vitales del sistema mundial, no ponen de manifiesto fluctuantes coyunturales menores sino agitaciones sistémicas y "riesgos sistémicos", como admiten los principales capitalistas y sus economistas. La globalización del capital financiero no abrió una salida a la crisis que siguió al colapso de la expansión de posguerra sino que demuestra, frente a toda la humanidad, que se "aceleran las violentas erupciones de esas contradicciones y crisis, y de tal modo los elementos de desintegración del viejo modo de producción".11 Para usar las antes mencionadas palabras de Trotsky en 1921, "todos los esfuerzos de la burguesía, todas las energías empeñadas para sostener los equilibrios de clase, se manifiestan invariablemente a expensas del sustrato económico en el cual la burguesía reposa, a expensas de su base económica". El cadáver apestoso del stalinismo – incluso con "características chinas"– no ha tenido éxito en restaurar los fundamentos materiales de la dominación internacional de la burguesía. Los acontecimientos actuales lo prueban.


 


La sobre-estimación de la capacidad de la economía china y las especulaciones del documento del PCL sobre una posibilidad abierta de ver a China (o a Rusia) transformarse en "nuevos imperialismos", son el eco de similares expectativas impresionistas formuladas por Giovanni Arrighi o por David Harvey, quienes profetizaron que China podría convertirse en la potencia hegemónica mundial del siglo XXI. No debemos olvidar que hasta de junio de 1997, un mes antes del estallido de la crisis asiática, los llamados "tigres" del sudeste de Asia eran considerados candidatos a la supremacía mundial. Los desarrollos de la actual crisis mundial darán su respuesta también a todos aquellos que ven al "dragón" chino reemplazar a los Estados Unidos, de la misma manera en que Estados Unidos reemplazó a Gran Bretaña.


 


Las especulaciones acerca de que China pueda repetir la transformación capitalista y el ascenso imperialista de Japón después de la restauración Meiji son a-históricas; olvidan que la transición japonesa ocurrió durante la transición entre la etapa histórica ascendente y la declinante del desarrollo del capitalismo mundial. Ahora, después de más de un siglo, el imperialismo, es decir "la etapa superior y última del capitalismo" (Lenin), se encuentra en un estado de declinación mucho más avanzado. Otra vez, esas especulaciones demuestran la falta de comprensión de la naturaleza de la época.


 


La implosión de la Unión Soviética y el giro hacia la restauración capitalista en el ex espacio soviético y en China están evolucionando en un cuadro histórico mundial dominado por la declinación del capitalismo, lo que exacerba las contradicciones internas de una transición que vuelve a un modo de producción predominantemente capitalista.


 


La fuerza impulsora de la "guerra permanente" lanzada por el imperialismo, de los Balcanes al Medio Oriente y Asia Central, es, precisamente, que la cuestión histórica del control de los vastos territorios de la ex URSS y de China, planteada por el colapso de la Unión Soviética, no está resuelta; el imperialismo norteamericano aún está luchando para reafirmar y reformular su supremacía mundial de una nueva forma en el mundo caótico de la posguerra fría.


Los reveses en ese campo, también, como lo manifiestan los fiascos en Irak y en Afganistán, exacerban todas las contradicciones, internas y externas, y generan crisis de régimen en los propios Estados Unidos y toda clase de tensiones geopolíticas, desde los Balcanes al subcontinente indio. 


 


El documento del PCL niega la existencia de una crisis de régimen en los Estados Unidos a pesar de las profundas fracturas dentro de la clase dominante norteamericana, particularmente en relación con el desastre en Irak y la preparación de la guerra contra Irán, que quedaron reflejadas en diciembre de 2007 en el informe del NIE, el "CIAgate",etcétera; a pesar de los continuos choques entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Por eso, el Partido Demócrata aparece como la respuesta a la cuestión de una crisis de régimen que nunca se ha planteado.


 


Las divisiones dentro del capitalismo y los antagonismos dentro y entre las clases dominantes están generalmente subestimadas en el documento del PCL. El conflicto entre Europa y América se encuentra minimizado, como si las insolubles contradicciones internas del capital no exacerbaran los antagonismos externos entre capitales a niveles nacional e internacional, afectando las relaciones entre Estados. El documento desecha la hipótesis formulada en 1920 por la Internacional Comunista acerca de una posible confrontación militar por la supremacía mundial entre los ascendentes Estados Unidos y la declinante Europa, particularmente con la anterior potencia hegemónica: Gran Bretaña. Pero la cuestión central no está en variantes hipotéticas; en su brillante y profético folleto "Europa y América", Trotsky prevé, contra los stalinistas, que la relativa supremacía de los Estados Unidos, y su constante presión sobre una Europa que estaba en una etapa de declinación mucho más avanzada, se convertiría en una fuente de desarrollos revolucionarios en el Viejo Continente.


 


Desarrollos revolucionarios de tal escala, particularmente en Europa, son negados para un futuro próximo por el documento del PCL. Por el contrario, el texto pone énfasis repetidamente en el peso de las "derrotas de la clase obrera" y en los devastadores efectos de la desindustrialización con la relativa disminución del número y del papel de los obreros industriales respecto del conjunto del proletariado.


 


Pero aunque hay, de hecho, derrotas y reveses en el movimiento obrero, no hay derrotas históricas como las que sufrió el proletariado entre las dos guerras mundiales. A pesar de la ofensiva neoliberal, no hay un retorno a los años ’30 en Europa. El ejemplo obvio es Gran Bretaña: aunque los mineros sufrieron una derrota aplastante en 1985, muy pronto el movimiento de rechazo al "impuesto electoral" provocó tal crisis a los conservadores que Thatcher debió ser reemplazada en la dirección del partido. Mientras en algunos países europeos hay partidos y movimientos de extrema derecha, en ninguna parte hay un crecimiento del fascismo – no digamos ya un fascismo victorioso– como lo reconocen los propios compañeros italianos. El combate potencial de la clase obrera en las metrópolis capitalistas no está derrotado como antes de la II Guerra Mundial, lo cual señala una enorme diferencia estratégica para las perspectivas revolucionarias actuales.


 


En general, el documento sistemáticamente subestima las contradicciones del capital y sobre-estima las contradicciones del movimiento obrero, distorsionando la realidad de la contradicción de conjunto entre el capital y el trabajo. Esto es claro en el erróneo análisis de la naturaleza del movimiento piquetero y el Argentinazo. El documento repite el putrefacto argumento de centristas y revisionistas como Alan Woods acerca del carácter "no proletario" de los piqueteros y la ausencia de un papel dirigente del proletariado industrial sindicalizado. Por nuestra parte, en nuestras "Notas teóricas en los márgenes de la revolución argentina" (presentada en marzo de 2002 en la Conferencia Crítica de Londres y publicada luego en español en Prensa Obrera) 12,vimos en el papel de los piqueteros un reflejo de la declinante capacidad del doble carácter del trabajo bajo el capitalismo, de la propia ley del trabajo para funcionar como un principio regulador de la vida económica en esta avanzada etapa de declinación capitalista. Si aplicamos el enfoque sociológico del documento a otros acontecimientos – como la rebelión de los suburbios de París– entonces terminaremos con la posición negativa de Lutte Ouvrière sobre "una explosión no proletaria" porque "no estaba involucrada la clase obrera industrial"… En la práctica, una nueva recomposición de clase de la clase productora de plusvalía, el proletariado, está teniendo lugar a escala mundial en formas complejas, con una fuerza de trabajo que continuamente fluctúa entre una situación de "flexibilidad" laboral y el limbo de la exclusión social.


 


En el Manifiesto del PCL lanzado por el Congreso fundacional del partido en Italia, las palabras de apertura, el título del capítulo de apertura que se dirige a los trabajadores es: "La regresión histórica que atraviesa el mundo". No podría ser más pronunciado el contraste con la caracterización de la situación mundial actual realizada por la CRCI, la cual, de acuerdo con el título de la última declaración del Secretariado Internacional en junio de 2007, es una transición "De un mundo convulsionado a la revolución mundial".


 


Pero hay también un contraste con el método del Programa de Transición de la IV Internacional, de 1938. En medio del período más oscuro de derrotas a manos del fascismo, de la Gran Depresión, de los juicios de Moscú, cuando el stalinismo dominaba el movimiento comunista mundial y asesinaba en masa a revolucionarios y a revoluciones, cuando era "la medianoche del siglo", de acuerdo con la famosa frase de Víctor Serge, y el mundo se hundía en una segunda masacre mundial mucho peor que la de la Gran Guerra de 1914/1918, las primeras palabras del Programa de la nueva Internacional recién fundada, perseguida y numéricamente débil – cuyo título era "La agonía mortal del capitalismo y las tareas de la IV Internacional"– se referían a la declinación histórica del capitalismo, no a la "regresión histórica del mundo". Esto último era el punto de partida del IKD alemán, en ese período, y de los llamados "regresionistas". El subtítulo del Programa hablaba de la lucha por una movilización sistemática de las masas alrededor de demandas transicionales y la preparación de la conquista del poder. ¡Qué reivindicación para una minoría perseguida en aquellos días oscuros! Y no era un super-optimismo ultraizquierdista. Con un razonamiento materialista dialéctico, no con el "pesimismo del intelecto", con confianza histórica, no con un falso "optimismo de la voluntad" (de acuerdo con la declaración engañosa de Romain Rolland, repetida por Gramsci), Trotsky, audazmente, formulaba las tareas de la IV Internacional.


 


Mientras los capitalistas en nuestros días expresan su miedo por una nueva depresión similar a la de los años ’30, la presente situación mundial a comienzos del siglo XXI es la opuesta; no sólo la crisis económica es más profunda y las contradicciones que la producen son más agudas, sino que, además, en términos de lucha de clases, la situación no tiene nada que ver con la existente después del triunfo de Hitler y durante el terror stalinista. ¡En 2008 podemos celebrar el 70° aniversario de la fundación de la IV Internacional con victorias en la lucha de clases, así como en la construcción de partidos revolucionarios y de la Internacional! 


 


Enero de 2008


 


 


 


Notas:


 


1. Chris Isidore en CNNMoney.com, 10 de enero de 2008. 


2. Marx, Karl: The Capital, vol. III, Progress, Moscú, 1977, p. 441.


3. Trotsky, L.: The School of Revolutionary Strategy, julio 1921, en The First Five Years of the Communist International, vol. II, Pionner Publishers, 1953, p. 10). 


4. Trotsky, L.: Op. cit., p. 83. 


5. Trotsky, L.: The Economic Conjuncture and the World Labor Movement; Op. cit., p. 76. 


6. Trotsky, L.: Op. cit., vol. I, p. 351.


7. Lenin, V.: Collected Works, Progress, Moscú, vol 19, p. 554. 


8. Marx, K.: Carta a Becker, 17 de abril de 1867. 


9. Marx, K.: Carta a Kugelmann, 11 de julio de 1868.


10. Marx, Karl: “Grundisse”, en Marx-Engels Collected Works, Progress, Moscú, vol. 29, p. 134). (Destacados de Savas Matsas).


11. Marx, Karl: El Capital, III.


12. Michael Savas Matsas, “Notas teóricas en los márgenes de la revolución argentina”, en Prensa Obrera Nº 752, 2 de mayo de 2002.

POR de Bolivia: “No hay tercera vía al socialismo”


Masas, periódico del Partido Obrero Revolucionario (POR), de Bolivia, ha publicado un artículo para criticar las posiciones presentadas por Cristian Rath en Prensa Obrera sobre la situación en Bolivia.1 El artículo de Rath, criticado por el POR, puede verse en www.po.org.ar/node/12638.


PO (Política Obrera, N.R.) dedica toda su contratapa a hacer un análisis sobre las dificultades de la revolución boliviana. Decidimos polemizar con este artículo porque contribuye al gran daño que permanentemente han hecho los morenistas y los revisionistas del trotskismo atacando a la única referencia revolucionaria en Bolivia y, de esa manera, pretender aislarlo de la vanguardia militante. Contribuye a ocultar y deformar las posiciones revolucionarias para inyectar su veneno democratizante del que tanto conocemos acá en la Argentina.


 


Este artículo critica al MAS,y caracteriza al POR boliviano de “ultimatista”.


 


En primer lugar, el artículo nada dice de que PO llamó a votar por Evo Morales y saludó calurosamente su triunfo (aunque no tengan influencia alguna en la lucha de clases en Bolivia son responsables de haber apoyado al gobierno de Evo Morales). Hacemos esta aclaración porque tal vez un lector desprevenido puede pensar que PO siempre ha criticado y ha mantenido una posición de independencia de clase frente a Evo.


 


En segundo lugar invitamos a los compañeros de PO, y en este caso a Christian Rath, a conocer, revisar, discutir y criticar toda la intervención del POR sobre bases ciertas, sobre sus documentos, su prensa, sus intervenciones. Sólo así se puede debatir seria y profundamente. De lo contrario podemos suponer que no está obrando de buena fe o ignora de qué está hablando.


 


Es mentira que el POR boliviano no haya analizado las expectativas que generaba en las masas la asunción de Evo Morales. Ha dedicado por eso gran parte de su prensa a combatir las ilusiones democráticas, como le cabe a cualquier organización revolucionaria.


 


Desde mucho antes que se presentara a elecciones, desde que apareciera en el escenario político como representante de los campesinos cocaleros, sus imposturas han sido combatidas duramente; desde el principio.


 


Rath afirma falsamente que el POR “… ignora la situación política dominada por el protagonismo de las masas campesinas e indígenas”, muy por el contrario el POR ha puesto de relieve esta situación y da una dura batalla en todos los terrenos para arrancar ese movimiento de la dirección burguesa del MAS (las masas campesinas e indígenas, en realidad inseparables, son expresión del atraso y, en tanto no se subordinen a la política proletaria, no pueden protagonizar ningún proceso revolucionario, N.R. Masas). No hacerlo en nombre de que las masas tienen ilusiones en ese partido (el MAS en realidad no es partido, es una montonera de indigenistas e “izquierdistas” oportunistas, sin programa, N.R. Masas) y en esa dirección, es capitular abiertamente, renunciar a la política obrera.


 


Rath omite decir que al momento de las elecciones de Constituyentes, las ilusiones estaban limadas porque se veía cómo negociaban las concesiones a la derecha para darle todas las garantías. La escasa presencia de masistas en las presentaciones de sus candidatos a Constituyentes ya anticipaba la pérdida de entusiasmo, como reconocieron Evo y García Linera en ese momento. La abstención, el voto en blanco y nulo en las elecciones fue una clara muestra del acierto de la política porista (32,2%).


 


Miente Rath cuando afirma que “nadie en Bolivia discutió el problema de la organización, del derrocamiento y la toma del poder”. Basta mirar algunas decenas de periódicos del POR de antes, mientras y después de Octubre, para ver cómo se planteaba la lucha por el poder y cómo quedó reflejado en la propia prensa burguesa. Pero dice algo muy interesante sobre Evo: “Evo Morales se mantuvo ausente de la rebelión de Octubre para no asumir la responsabilidad política por un desenlace revolucionario, y planteó antes que ninguno el apoyo al relevo constitucional y “la revolución en democracia”… Pese a que Evo planteaba claramente un desvío del proceso revolucionario para encauzarlo democráticamente, como bien dice Rath, PO llamó a votar por él.


Rath habla un poco descorazonado y despechado contra un Evo al que llamó a apoyar y del que ahora parece que quiere despegarse. Para el POR no hay ningún cambio en la política de Evo y el MAS. No se podía esperar nada distinto de esta dirección.


 


En tercer lugar, Rath tampoco admite que la caracterización política de que la vida de la Constituyente sería corta también era correcta. Justamente lo que demuestra la lucha abierta en Bolivia es que esto era sólo una farsa y un entretenimiento para las masas.


 


Rath considera que “la clase obrera puede jugar un papel dirigente si orienta a los campesinos e indígenas en torno a dos planteos: la expulsión de la oligarquía fascista de la Constituyente y la expropiación de los latifundios y la nacionalización sin pago de los hidrocarburos”. Revelando que quien en verdad tiene muchas ilusiones en que la Constituyente juegue algún papel es el propio Rath. Ilusiones también en que los diputados del MAS puedan resolver positivamente para las masas la Constitución, sin la presencia de la oligarquía fascista…


 


Evo, en su desesperación ante el fracaso, ha seguido el consejo de Rath: ha hecho sesionar a la Plenaria de la Asamblea Constituyente en un cuartel sin los representantes de la “oligarquía fascista” para poder aprobar el Proyecto de Constitución Política que reafirma la vigencia de la propiedad privada de los medios de producción. Esta jugada transformó la desesperación en un rotundo fracaso que empujó a un sector de las masas detrás de la derecha racista. …Evo…hace todo lo posible por encausar “institucionalmente” los reclamos (de las masas). Nada distinto esperábamos ya que el POR boliviano caracterizó, antes de que ganara, qué plan llevaría adelante. El “capitalismo andino” es eso: capitalismo, es decir, respeto a la propiedad privada de los medios de producción.


 


Rath se espanta por la caracterización del POR de Bolivia de que el gobierno del MAS es un “gobierno burgués (…) lacayo del capitalismo mundial, del imperialismo” ¿Cómo lo caracteriza Ud.?, ¿es un gobierno de qué clase?, ¿sobre qué bases los marxistas definimos el carácter de clase de un gobierno? Rath no lo dice pero por su enojo debemos entender que considera al gobierno del MAS como de otra clase, ¿será tal vez un gobierno obrero-campesino?, no lo dice, pero a renglón seguido sugestivamente afirma “… el campesinado de las comunidades (…) y los obreros que se han reconvertido a la actividad agraria (…) ocupan el centro del proceso político.”


 


Rath dice que el “POR enarboló hace mucho tiempo la ‘tesis’ de la ‘inviabilidad de la democracia burguesa’ en Bolivia, dando la espalda a los procesos políticos electorales en cualquier circunstancia en nombre de la inmediata ‘dictadura del proletariado’”. Puede entenderse de este párrafo que Rath no concuerda con esta tesis, considerando que sí es viable la democracia burguesa en un país atrasado, revisando así otro concepto esencial. Es cierto que el POR como partido marxista-leninista-trotskysta propagandiza todo el tiempo la estrategia de la dictadura del proletariado (lo de la inmediatez es un agregado grotesco de Rath). En cambio, PO no hace propaganda por la estrategia proletaria nunca, menos en campaña electoral, una actividad eminentemente de propaganda política, otro concepto esencial perdido por PO. 


 


El POR boliviano no tiene un planteo ultimatista, el POR boliviano sostiene que no hay terceras vías al socialismo, lucha por la revolución proletaria.

El POR tiene una oportunidad


En la crítica del POR de Bolivia al Partido Obrero1 (en respuesta a un artículo nuestro2 ), el articulista enuncia una palabra prohibida en el léxico porista: “ultimatismo”. Aunque parezca mentira, se trata de un término tabú: precisamente porque caracteriza, por lo menos, los últimos cuarenta años del POR. Un psicólogo podría decir que al admitir la palabra, la nueva generación del POR está intentando encontrar una salida.


 


Desde el inicio de la etapa actual (las rebeliones del agua de fines de los ’90 y la insurrección de octubre de 2003), el POR ha sido incapaz de levantar un programa de transición y se ha limitado a contraponer un objetivo estratégico – la dictadura del proletariado– a las acciones de las masas y a las circunstancias políticas en su conjunto. En realidad, en las últimas cuatro décadas ha embadurnado las paredes de Bolivia, día tras día, con una consigna invariable: “insurrección y dictadura proletarias”. Semejante conducta constituye no ya ‘ultimatismo’ sino la caricatura del ‘ultimatismo’.


 


A partir de 2005, cuando el MAS desplazó a las impotentes corrientes de izquierda y a la dirección de la central obrera de la atención y el interés populares, se fueron desarrollando fuertes ilusiones en Evo Morales de parte de las masas campesinas e indígenas urbanas, cuya culminación fue la victoria del MAS a principios de 2006. En estas condiciones, nuestro partido planteó un conjunto de reivindicaciones transicionales, como “Fuera la oligarquía fascista de la Constituyente, expropiación de los latifundios, nacionalización sin pago de los hidrocarburos, Asambleas Populares”, mientras el POR recurría a su eufemismo apolillado: “las masas superarán sus ilusiones y se ‘elevarán’ (¡!) al programa revolucionario”. El POR, por medio de la propaganda, debía esperar dulcemente a que se produjera esa ‘elevación’. En realidad, las masas no tienen que ascender a ningún lado, deben progresar por medio de la lucha; la acción política del partido revolucionario debe consistir en intervenir con consignas concretas en cada etapa de la lucha para conquistarlas para la dictadura del proletariado. Una de las mayores lecciones que dejó Trotsky fue la siguiente: “La historia puede saltar etapas, pero el partido no puede saltar las diversas etapas de la evolución de la consciencia obrera”.3


 


Desde hace cincuenta y nueve años, con una sola interrupción el POR ha llamado a votar nulo, en blanco o abstenerse en nombre de la “inviabilidad de la democracia burguesa” o de la “caducidad histórica del parlamentarismo”4 . Lenin advertía brutalmente sobre estas posiciones: “El parlamentarismo ‘ha caducado históricamente’. Esto es cierto desde el punto de vista de la propaganda. Pero nadie ignora que de ahí a su superación práctica hay una distancia inmensa… En efecto, ¿cómo se puede decir que el parlamentarismo ‘ha caducado políticamente’ si millones y legiones de proletarios son todavía, no sólo partidarios del parlamentarismo en general, sino incluso francamente ‘contrarrevolucionarios’?…”.5


 


El ultimátum como política es la negación de lo que León Trotsky consideró la tarea estratégica de este período, consistente en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia, caracterizada por “la confusión y descorazonamiento de la vieja dirección (y la) falta de experiencia de la joven”. Para superar esta contradicción, para tender un puente entre los reclamos de la lucha cotidiana y el programa de la revolución socialista, se plantea “un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera y conduciendo invariablemente a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado”.6


 


Por este mismo análisis, “es imposible rechazar pura y simplemente el programa democrático”; consignas como la de Asamblea Nacional Constituyente deben ir indisolublemente ligadas “a las tareas de la emancipación nacional y la reforma agraria”, oponiendo a los obreros a la burguesía ‘nacional’ y en la comprensión de que “a una cierta etapa de la movilización de las masas bajo las consignas de la democracia revolucionaria, los soviets pueden y deben surgir”.7


 


El POR y Lenin


 


En lugar de aguardar la “elevación” de las masas al programa revolucionario, un partido revolucionario participa en todas las fases de la lucha y de desarrollo de la consciencia de clase con un sistema de consignas transitorias que correspondan a cada etapa del desarrollo político.


Plantear – frente a las características diversas que asume la confrontación política contra el Estado y los partidos patronales, de acuerdo con las particularidades concretas que esta lucha adquiere en cada caso– el ultimátum de “nuestro programa o nada” es descender al nivel de una secta propagandística.


 


“¿No convendría que las aclamaciones entusiastas al poder de los soviets y a los bolcheviques fueran acompañadas con mayor frecuencia por un serio análisis de las causas que permitieron a los bolcheviques forjar la disciplina que necesita el proletariado revolucionario?”, se preguntaba Lenin en 1920.8 Su respuesta es un mazazo contra el ultimatismo: sostendrá que la verdadera originalidad del bolchevismo es que en un período relativamente breve, “sin parangón en el mundo por su riqueza de experiencias” intervino en todas las fases del movimiento de lucha: legal e ilegal, clandestino y abierto, de propaganda en los círculos y entre las masas, parlamentario y terrorista. Es decir: tuvo en cuenta (y agotó) todas las etapas que el proletariado tuvo que recorrer, entroncando su intervención con las características del Estado y el gobierno y las propias peculiaridades de la clase obrera rusa. El bolchevismo construyó un partido obrero defendiendo una organización conspirativa fuertemente centralizada, en un período de legalidad y libertades del movimiento obrero de Europa, no sometido al zarismo (“innovó” en este aspecto) y aunque refutó (en la práctica) la tesis de que el partido obrero sólo se construye en la legalidad, planteó siempre la conquista de la libertad política como un factor fundamental y aún decisivo para la educación en gran escala de los obreros y los explotados.


 


Las ilusiones democráticas


 


Dice el POR: “es mentira que el POR boliviano no haya analizado las expectativas que generaba en las masas la asunción de Evo Morales. Ha dedicado gran parte de su prensa a combatir las ilusiones democráticas, como le cabe a cualquier organización revolucionaria”.9


 


Efectivamente, quien lea el periódico Masas (www.por-bolivia. galeon.com) podrá encontrar una serie de denuncias, muchas de ellas correctas, sobre los límites insalvables del nacionalismo pequeño burgués indigenista. Pero se trata sólo de una política propagandística que contrapone abstractamente al periódico Masas con la actividad de las masas. El ‘ultimatismo’, precisamente.


Pero no sólo esto.


 


Las ilusiones democráticas tienen un carácter contradictorio: algunas son paralizantes, otras son un factor de impulso. Es necesario distinguir siempre lo que esas ilusiones tienen de progresivo para que puedan ser agotadas, no desde la contemplación sino por medio de la acción práctica. Las reivindicaciones de transición tienen precisamente la función de plantear una base programática firme para la intervención del partido en cada etapa de la lucha, o sea de la situación política y del estadio de conciencia de las masas. En ciertas circunstancias, la Asamblea Constituyente tiene este carácter y ni qué decir la intervención en ella. El programa de transición dice claramente que sobre la base de la reivindicación constitucional los soviets pueden y deben surgir. El POR es inmune a esta elaboración dialéctica: lucha por la dictadura del proletariado.


Pero hay más.


 


“Esto tendrá por de pronto una importancia decisiva en lo que concierne al campesinado – dice León Trotsky. Éste no puede acordar al proletariado su confianza a priori, aceptando como fianza verbal la dictadura del proletariado. Siendo el campesinado una clase numerosa y oprimida ve inevitablemente, en una cierta etapa, en la consigna democrática la posibilidad de dar preponderancia a los oprimidos sobre los opresores. El campesinado unirá inevitablemente la consigna de la democracia política al reparto radical de las tierras. El proletariado asume abiertamente el apoyo de esas dos reivindicaciones. En el momento oportuno los comunistas explicarán a la vanguardia proletaria por qué camino esas reivindicaciones pueden ser realizadas echando la simiente del sistema soviético futuro”.10


 


¿España 1930 o Bolivia 2003?


 


Las masas en Bolivia creyeron en su momento que podían expulsar a la oligarquía y concretar sus aspiraciones a la tierra mediante la Asamblea Constituyente. ¿Cuál es entonces la conducta a seguir? ¿Pontificar que la Asamblea culminaría en un fiasco para estas aspiraciones y esperar a que agotaran su experiencia por sí solas, y “se elevaran” hacia el programa de la dictadura del proletariado? ¿O actuar, para que las masas luchen en función de sus aspiraciones, choquen con la Constituyente y aprendan que lograrán la tierra sólo con los “soviets” o las Asambleas Populares?


Esta última política fue la que planteó el PO: “Evo Morales ya ha dicho que convocaría a la Asamblea Constituyente para resolver la cuestión de la soberanía energética y de las autonomías. Sin embargo, para que esta Constituyente pueda convocarse en una perspectiva revolucionaria sería necesario, en primer lugar, que el gobierno que la convoca tome de inmediato medidas revolucionarias – como nacionalizar realmente el petróleo, reestatizar la previsión social (‘capitalización’), aumentar salarios y jubilaciones, establecer un salario mínimo igual al costo de la canasta familiar, recuperar el servicio de agua. Como el MAS no tiene la menor intención de ejercer su mandato de este modo, la Constituyente podría servir para estrangular el proceso revolucionario. En cualquier caso, debemos criticar que se espere a la Constituyente para tomar medidas de confiscación de los pulpos y el control obrero, y sobre esta base preparar a las masas, mediante la agitación y organización, para actuar frente a una próxima Constituyente”.11


 


Es interesante apreciar la absoluta ausencia política del POR frente a los sucesivos desgarramientos que se procesaron en torno a la Constituyente, y de los cuales Masas fungió solamente como un cronista que además no entiende lo que relata. Veamos. “Una última reunión de ayllus y markas de las zonas altas del Departamento de Cochabamba han resuelto condenar a la Constituyente por su incapacidad para responder a las aspiraciones de los pueblos originarios, han exigido a sus constituyentes hacerse presentes en las bases para rendir cuenta de su trabajo en Sucre…”12 ¡Que los constituyentes bajen a rendir cuenta no es la dictadura del proletariado, es el proceso práctico de superación de la experiencia de la Constituyente pactada entre el MAS y la derecha! La consigna de los indígenas cochabambinos no es la del POR; la primera, “que bajen” es revolucionaria; la dictadura del POR es un saludo a la bandera.


 


Otra, relata Masas: “la tendencia a hacer concesiones, cada vez más francas, empieza a provocar fisuras entre los aliados del MAS. Los representantes del Cidob y del Conamac (Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia y Consejo Nacional de Ayllus y Markas de Qollasus y, ambas organizaciones campesinas) han expresado públicamente su decisión de alejarse del MAS porque se sienten engañados y traicionados por su aliado principal… sobre todo cuando se trata del problema de la tierra y de su representación política”.13 Pero “la tierra” y “la representación” política no son ni socialistas (tierra) ni dictadura del proletariado (representación en la Constituyente). Pero lo fundamental es que Masas no puede decir una palabra de que los campesinos hubieran llegado a esas conclusiones como consecuencia de las consignas o políticas del POR.


 


El propósito de los revolucionarios no es “torcer a la izquierda” a la Constituyente, sino desenmascararla frente a los campesinos, a los indígenas y a los trabajadores, abreviando el aprendizaje político de éstos y afirmando el liderazgo de la clase obrera. Pero no hay liderazgo posible de las más amplias masas sin desenvolver audazmente y hasta el fin, junto a las reivindicaciones de clase, las reivindicaciones democráticas.


 


El POR considera a la Asamblea Constituyente en Bolivia como el producto de una maniobra, eslabón de una política consciente de desvío de las masas.“Recordamos que en las jornadas de mayo/junio de 2005 la consigna del MAS de 50 por ciento de regalías había sido rechazada por las masas y su caudillo Evo Morales rechiflado por su posición timorata. Sin embargo el poder burgués logró salir del atolladero con el adelantamiento de las elecciones y el compromiso de convocar a la Constituyente y el referéndum autonómico vinculante”.14 Es la mitad de la verdad. La política de maniobras de la burguesía incluyó la convocatoria a una Asamblea Constituyente, pero ésta era reclamada por vastos sectores oprimidos que querían ver inscriptas en la estructura del Estado reivindicaciones de características indigenistas, agrarias o antiimperialistas, desde mucho antes que Evo Morales y el MAS se convirtieran en grandes protagonistas de la situación política: en 1996 la Marcha por la Dignidad y el Territorio tuvo tres reclamos principales: tierra y derechos culturales para los pueblos indígenas de las tierras bajas, Asamblea Constituyente; en 2000, con el inicio de las grandes movilizaciones por la “Guerra del Agua” y los bloqueos campesinos, estos reclamos se extendieron al movimiento indígena de las tierras altas y a los sectores afincados en las ciudades. Fueron, finalmente, junto al reclamo contra el saqueo del gas, las consignas motoras de la insurrección de 2003 y parte de la agenda pendiente que dejó el proceso revolucionario.


 


Por estas razones, la convocatoria a la Asamblea Constituyente fue un capítulo de la crisis política y abrió una situación peculiar. “Aunque la Asamblea sería convocada dentro del cuadro legal vigente, la consagración plebiscitaria de Evo Morales en la elección de diciembre pasado (2005) dejaba la posibilidad de que la Constituyente fuera efectivamente soberana en su capacidad de decisión política, con referencia a la oposición de la oligarquía de Santa Cruz y de los monopolios internacionales de los hidrocarburos. Admitidas todas sus limitaciones, esta Constituyente apuntaba a convertirse en un foro nacional obligado, en el cual confrontarían los planteos de los mas diversas clases y partidos”.15 No es que la Asamblea Constituyente dio “todo lo que podía dar”. El MAS y la derecha se dieron a la tarea de vaciar sistemáticamente a la Asamblea y quitarle todo rasgo de soberanía política, y tuvieron para esta faena sucia el auxilio del POR, que se limitó a proclamar las “verdades reveladas”.


 


En el inicio de la Asamblea, la única política del POR frente a la Constituyente fue denunciar su carácter reaccionario y llamar a “destruir la gran propiedad privada burguesa nativa e imperialista e instaurar la propiedad social sobre los medios de producción”. Un año y medio después, en agosto de 2007, sin variar un ápice sus consignas, dio por cancelado el proceso político de la Constituyente – “Réquiem para la Constituyente”, se llama el artículo– que, sostuvo,“nació como una farsa montada por los burgueses derechistas y reformistas y no podía ser otra cosa que un circo de comediantes politiqueros”.16


 


Qué gobierno es el MAS 


 


“Rath se espanta por la caracterización del POR de Bolivia de que el gobierno del MAS es ‘gobierno burgués… lacayo del capitalismo mundial, del imperialismo’, dice Masas. “¿Será tal vez un gobierno obrero y campesino?…”. 17 Sorprende la mediocridad del planteo: ¿entre los gobiernos lacayos y el gobierno obrero no existen variedades infinitas de gobiernos burgueses y pequeño burgueses? ¿Entre los gobiernos de la Rosca boliviana hasta mediados de los ’30 o entre el ’46 y el ’52, no hubo ninguna otra variedad de gobiernos burgueses y pequeño burgueses – por ejemplo el de los generales Ovando y Torres, este último apoyado por Asamblea Popular y el POR?


 


Caracterizar al gobierno del MAS como un gobierno burgués ‘a la Sánchez de Losada’ raya en la estupidez. Revela una monumental ignorancia del marxismo renunciar a explicar los choques entre la Media Luna y el MAS con términos de un conflicto de clases. ¿O acaso se pelean por el puesto de Miss Universo?


 


El gobierno del MAS es un gobierno pequeño burgués indígena nacionalista, su régimen político combina rasgos de parlamentarismo y bonapartismo; el Estado que conduce tiene también características transitorias – entre la nueva burocracia del Altiplano y las clases terratenientes y los monopolios internacionales en el Oriente. Bolivia se encuentra en una transición histórica entre el imperialismo, de un lado; y la revolución obrera-campesina, del otro. Los definiciones sumarias del POR son incapaces de recoger la convulsión política sin precedentes de Bolivia en la última década y media.


 


Pero hay más. El gobierno del MAS es un producto deformado (contrarrevolucionario) de la insurrección de 2003. El MAS llegó al poder porque canalizó a las masas hacia una salida electoral, pactando con Mesa (y Kirchner, Lula y Bush) desde 2003 a 2005, y desbaratando el complot de Mesa y la derecha, en Sucre, a mediados de 2005.Todo esto mientras la izquierda y el POR estaban papando moscas en una competencia de radicalismo verbal.


 


El gobierno del MAS es el resultado de un compromiso con el imperialismo: el MAS mostró capacidad para domesticar la insurrección popular y el imperialismo fracasó en dictar su propia salida a la crisis revolucionaria. No es necesario esperar a la apertura de los archivos del Departamento de Estado, dentro de veinte años, para apreciar que las elecciones del 18 de diciembre de 2005 fueron expresión, por un lado, del desvío de la tendencia insurreccional del pueblo; y por otro, de la impotencia del imperialismo para imponer una salida propia.


 


“Votemos a Evo Morales y al MAS” 


 


Las elecciones de 2005, en cuanto tales, fueron una confrontación deformada entre la pequeña burguesía campesino-indígena y la oligarquía. Las masas pusieron sus ilusiones en dos cosas: 1) derrotar a la oligarquía y 2) refundar Bolivia. La primera ilusión era altamente progresista; la segunda, no, y hasta podía convertirse en reaccionaria. En estas circunstancias de choque social y político, el Partido Obrero llamó a derrotar a la oligarquía, denunciando los límites insalvables de la Constituyente fundacional y el carácter conscientemente contrarrevolucionario (contener a las masas) de la dirección del MAS, y proponiendo un programa de reivindicaciones agrarias, democráticas y socialistas, y llamando a formar Asambleas Populares. El POR hizo lo de siempre, dijo: “no fumo”, “voto en blanco”. Si las masas no ‘se elevan’ al ‘programa’, que se jodan.


Señalamos entonces: “En el choque (…) entre la candidatura del MAS y el imperialismo y la oligarquía local, la única posición revolucionaria admisible es del lado del MAS contra el imperialismo, pero no con la política o la estrategia del MAS sino con una política y una estrategia realmente antiimperialistas (…) Ante la amenaza de que esta victoria sea desconocida por medio de fraudes o golpes, llamamos al armamento de los trabajadores para defender el resultado electoral”. 18


 


Al mismo tiempo, denunciamos el programa y los objetivos del MAS: “García Linera postula un capitalismo ‘andino’, lo cual es un contrasentido, porque anticipa que no pretende alcanzar al capitalismo desarrollado, pero tampoco escapar a la presión que éste ejerce por su monopolio mundial (…) Todo sumado, la arquitectura teórica de García Linera (o sea, el programa del MAS) apunta a justificar el abandono de la nacionalización del petróleo por una renegociación de los contratos con los pulpos petroleros (…) El confuso programa del MAS es la expresión de su impasse política, o sea de la pretensión de amalgamar las violentas contradicciones sociales del país”.19


 


Planteamos votar a Morales con un programa de movilización antiimperialista independiente: “Al ‘capitalismo andino’ del MAS hay que oponerle la confiscación de los pulpos petroleros y la gestión obrera de la industria; no la articulación del precapitalismo con el capital extranjero sino la asociación de las economías precapitalistas a través de un plan único articulado por un gobierno de trabajadores. En oposición al autonomismo, que en las presentes circunstancias sirve incluso a las pretensiones de las oligarquías petroleras, debería reivindicarse la formación de gobiernos locales y departamentales de obreros y campesinos”.20


 


de la industria; no la articulación del precapitalismo con el capital extranjero sino la asociación de las economías precapitalistas a través de un plan único articulado por un gobierno de trabajadores. En oposición al autonomismo, que en las presentes circunstancias sirve incluso a las pretensiones de las oligarquías petroleras, debería reivindicarse la formación de gobiernos locales y departamentales de obreros y campesinos”.20


 


¿Qué hizo el POR? Llamó a votar en blanco en nombre de la “dictadura del proletariado”.


 


La política de desvío de la insurrección popular llevada adelante por el MAS fue posible por la política de la izquierda, incluido el POR, que fue absolutamente incapaz de plantear la organización del derrocamiento del gobierno de Sánchez de Losada y la toma del poder. Con las masas insurrectas, el ejército fracturado y la política del Departamento de Estado (sostener al presidente “gringo” a cualquier costo) en ruinas, el POR (y el resto de la izquierda) fue un cero a la izquierda. Es notable que a la hora de defender su política en estos momentos cruciales el POR señale que “basta mirar algunas decenas de periódicos del POR… para ver cómo se planteaba la lucha por el poder”… en el periódico.


 


La revolución boliviana no fue un episodio que se gestó en 48 horas, tuvo un largo período de preparación y de intervenciones recurrentes y excepcionales de las masas – como la “guerra del agua”, hasta un punto que alcanza un nivel sin precedentes en octubre de 2003 y plantea la cuestión de la toma del poder como un problema inmediato y práctico. “Nuestro” Argentinazo estuvo varios pasos atrás del proceso político boliviano que coloca en un momento en debate quién gobierna, si las masas insurrectas o el poder oficial.


 


En Bolivia, debe volver a insistirse, uno de los polos del actual escenario político está conformado por el campesinado de las comunidades, el campesinado que ha emigrado a las ciudades y los obreros que se han reconvertido a la actividad agraria. Una situación original, que no es frecuente en la historia y que ha colocado a esta masa campesino indígena como protagonista político principal de las ciudades, desplazando al proletariado y a la pequeña burguesía.


 


¿Tiene importancia esta caracterización? El reconocimiento de que el nacionalismo campesino indígena es uno de los polos de la situación histórica (el más importante, desde el momento que agrupa a la mayoría del pueblo y, además, se encuentra en el gobierno) es el punto de partida insoslayable para los socialistas que se identifican con la estrategia de la revolución permanente, que plantea que las tareas agrarias, democráticas y nacionales sólo pueden se resueltas por la dictadura del proletariado. Más en concreto: en Bolivia se está desenvolviendo una rebelión agraria y nacional que crea la oportunidad histórica para que el proletariado minoritario de la nación atrasada se ponga a la cabeza de la revolución democrática y la convierta en socialista.


Nada de esto conmueve al POR.


 


El pez por la boca muere


 


En un reportaje a Guillermo Lora, el periodista pregunta: “El MAS es fruto de octubre de 2003, ¿usted, como bolchevique, no advirtió entonces una etapa prerrevolucionaria?”. El dirigente del POR responde: “No, no fue una etapa prerrevolucionaria. La etapa prerrevolucionaria tuvo su punto culminante aquí cuando los mineros dictaron la Tesis de Pulacayo”.21 Esa Tesis la escribió Lora en 1946; desde entonces, el mundo paró. Lora ni siquiera reconoce como prerrevolucionarias las situaciones de doble poder en 1971, con la Asamblea Popular, o en 2003.


 La “política” es, una vez más, la espera profesoral de que las masas construyan el escenario ideal y se “eleven” al programa revolucionario. “Esperar” hasta que la historia se “normalice”.


 


Admítase una comparación. ¿Qué fue el Febrero ruso? Una enorme rebelión popular provocada por el hambre que se convirtió en huelga general y luego en insurrección, en la que el pasaje de los soldados (campesinos movilizados por la guerra) al campo de la revolución fue determinante. Se creó una situación política excepcional en la que las masas obreras y campesinas confiaban en la dirección conciliadora de los Soviets, que transfirió el poder al gobierno burgués provisional; la perspectiva de una segunda revolución estaba condicionada a un vuelco en la consciencia de las masas obreras y campesinas. Los líderes de la Revolución Rusa no se sentaron a “esperar” una nueva situación. Fueron un factor activo en su gestación, no sólo delimitándose del gobierno y de las corrientes obreras que lo apoyaban, sino desenvolviendo los consejos obreros para concretar los reclamos de las masas, planteando en su momento “fuera los ministros capitalistas”, llamando a los socialistas revolucionarios y a los mencheviques a tomar el poder para desenmascarar su política colaboracionista y convirtiendo, en definitiva, al partido bolchevique en el gran laboratorio de intervención política que llevaría a la Revolución de Octubre.


 


Lenin llamaba a “explicar” pacientemente a las masas los límites insalvables del gobierno provisional para impulsar a fondo la acción directa y la organización política independiente del proletariado, jamás a adormecerse en un propagandismo estéril. 


 


Si realmente…


 


Si realmente el POR cree, como dice, que el ultimatismo es sífilis para un partido revolucionario estamos ante un caso de esquizofrenia, porque es el más ultimatista del mundo (de palabra), luego de Sendero Luminoso. Debe probar que no es ultimatista con el análisis concreto de situaciones concretas y con un programa; no pontificando las “diez verdades” del porismo. Mucho menos, adormecer la conciencia de los militantes con gestos grandilocuentes que resultan patéticos, como cuando se refieren a la experiencia de la izquierda latinoamericana: “La ausencia de partidos obreros revolucionarios políticamente fuertes en estos países (Bolivia es la excepción) no ayuda al proceso de diferenciación de las masas explotadas…”.22


 


Pero como solían decir nuestros abuelos, no se puede tapar el cielo con la mano. En una confesión brutal del resultado de su falta de política, el último periódico Masas que registra su sitio en Internet, dice: “Lo lamentable es que no se vislumbre el fortalecimiento político y organizativo de la dirección revolucionaria capaz de conducir a las masas hacia la victoria.”23


 


El ultimátum y el propagandismo han dado lo que podían dar.


 


 


 


Notas:


1. “POR de Bolivia: ‘No hay tercera vía al socialismo’ (Aunque le pese a PO)”; publicado en Prensa Obrera, 31 de enero de 2008. 


2. Rath, Christian; "Gira en Bolivia: Los problemas de la revolución", en Prensa Obrera, 14 de noviembre de 2007.


3. Trotsky, L.: “Discusión sobre América Latina” (4 de noviembre de 1938), en L. Trotsky: Escritos Latinoamericanos, CEIP Ediciones, Buenos Aires, 1999, pp.112-113. 


4. El POR se presentó a elecciones por última vez en 1985, hace 23 años, con Guillermo Lora como candidato; sacó poco más del 1 por ciento de los votos. Treinta y seis años antes, en 1949 había tenido su anterior presentación electoral, cuando el POR consiguió dos senadores (uno de ellos Juan Lechín, en ese momento militante encubierto) y 10 diputados (uno de ellos fue Lora). 


5. Lenin, V.: La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’, Editorial Anteo, 1964, página 43. 


6. Trotsky, L.: El Programa de Transición, Ediciones El Yunque, página 19. 


7. Trotsky, L.: ídem anterior, página 52.


8. Lenin, V.: Op. Cit., página 9. 


9. “POR de Bolivia: ‘No hay tercera vía al socialismo’ (Aunque le pese a PO)”; publicado en Prensa Obrera, 31 de enero de 2008.


10. Trotsky, L.: Las tareas de los comunistas en España; La Verité (La Verdad) 13/6/1930. 


11. “Llamamos a votar a Evo Morales y al MAS”; en El Obrero Internacional, diciembre de 2005.


12. Masas, 6 de julio de 2007. 


13. Masas, 17 de agosto de 2007. 


14. Masas, 10 de marzo de 2006.


15. “Bolivia: qué es la Constituyente”, en El Obrero Internacional, marzo de 2006. 


16. Masas, 8 de diciembre de 2006. 


17. “POR de Bolivia: ‘No hay tercera vía al socialismo’ (Aunque le pese a PO)”; publicado en Prensa Obrera, 31 de enero de 2008.


18. “Llamamos a votar a Evo Morales y al MAS”; en El Obrero Internacional, diciembre de 2005. 


19. Idem anterior.


20. Idem anterior.


21. Los Tiempos, Cochabamba, 21 de enero de 2008.


22. Masas, 8 de diciembre de 2006. 


23. Masas, 17 de agosto de 2007.

Punto de viraje para la lucha nacional kurda en Turquía


El bombardeo de los campos del PKK (Partido de los Trabajadores de Kurdistán) en el norte de Irak por parte de la fuerza aérea turca, 16 de diciembre de 2007), fue el primer gran resultado de la alianza turco-norteamericana contra el movimiento nacional kurdo, sellada (en la Casa Blanca el 5 de noviembre de 2007) entre George Bush y el primer ministro Tayyip Erdogan. El ataque destruye una multitud de mitos referidos a la política norteamericana frente a Turquía y la cuestión kurda, muy extendidos en la izquierda turca y en el movimiento kurdo. Pero también simboliza la apertura de un nuevo período para el movimiento nacional kurdo.


 


Mucha histeria ha provocado en los últimos cuatro años en Turquía la supuesta alianza entre Estados Unidos y el PKK – el movimiento guerrillero que ha estado luchando por los derechos nacionales kurdos desde 1984–, al punto que el propio primer ministro, un firme aliado de Estados Unidos, amenazó en octubre con poner fin a la alianza establecida hace ya mucho tiempo entre Turquía y Estados Unidos. El mito ha sido propagado por el movimiento fascista, que pretendía posar como una fuerza anti-norteamericana en nombre de los intereses nacionales turcos, y por la llamada "izquierda nacionalista", una muy amplia formación de fuerzas políticas, intelectuales y organizaciones que posan de antiimperialistas mientras, en los hechos, desarrollan una política decididamente chovinista ante la cuestión nacional kurda. Las negociaciones del 5 de noviembre en la Casa Blanca pusieron fin a esta hipocresía. Bush declaró que el PKK era un enemigo de Estados Unidos, prometió proveer a Turquía inteligencia "en tiempo real" para ayudar en sus planeados ataques en el norte de Irak, y refrenó la vehemente reacción de los dirigentes kurdos del norte de Irak (Barzani y Talabani) ante la perspectiva de operaciones turcas más allá de las fronteras. El bombardeo de las bases y aldeas que supuestamente escondían guerrilleros del PKK en el norte de Irak, el 16 de diciembre, fue la primera aplicación seria de este nuevo acuerdo. El jefe del Estado Mayor del ejército turco (TSK) se empeñó en enfatizar la contribución de Estados Unidos a la operación, puntualizando que Washington no sólo había provisto inteligencia, sino también dado autorización a Turquía para entrar en el espacio aéreo iraquí. Más simbólicamente, entre los aviones utilizados por Turquía para bombardear los blancos del PKK, se contaban los F-4 modernizados por Israel. Uno encuentra aquí, casi en su expresión pura, un frente de las fuerzas más reaccionarias que actúan en el Medio Oriente.


 


Este desarrollo destruye totalmente los cuidadosamente detallados mitos construidos desde la guerra de Irak de 2003 por la izquierda nacionalista, y revela su hipocresía. Después de todo, la fuerza que ellos continuamente suponen antiimperialista y anti-norteamericana, y a la que apoyaron contra el gobierno semi-islámico, el TSK, ahora está colaborando en el campo de batalla con Estados Unidos. Por lo tanto, esta izquierda nacionalista se encuentra ahora del mismo lado de la barricada que el imperialismo.


 


Desafortunadamente, la izquierda nacionalista y los fascistas no estuvieron solos pintando este cuadro irreal en el período que se extiende desde la guerra de Irak al acuerdo de la Casa Blanca. El propio movimiento nacional kurdo construyó castillos en el aire intentando hacer creer que Estados Unidos había optado definitivamente por sus nuevos aliados kurdos en todos los países del Medio Oriente; es decir, no sólo en Irak, Irán y Siria, sino también en Turquía. La idea era que, a menos que Turquía dejara de oprimir a su población kurda, sufriría la misma suerte que los tres países en cuestión. Este planteo era el eco, del otro lado de la barricada, de las ideas de la izquierda nacionalista y de los fascistas. Los otros tres países en cuestión han sido calificados como el "Eje del Mal" por Bush en los días que siguieron al 11 de septiembre, mientras Turquía es quizás el aliado más importante de Estados Unidos en Medio Oriente después de Israel. Con un ejército cuyo tamaño es el segundo más grande de la Otan (después del norteamericano), con la economía capitalista más avanzada de la región con la excepción de Israel, con un régimen secular moldeado según el modelo occidental, integrada a todas las instituciones supranacionales del mundo occidental y empeñada en negociaciones para integrarse a la Unión Europea, por lo tanto presentada como un modelo en el mundo islámico, Turquía es un aliado indispensable para Estados Unidos, especialmente en estos tiempos de guerras y conflictos en los Balcanes, Medio Oriente, el Cáucaso y Asia Central.


 


Nosotros, Lucha Obrera, durante todos estos años hemos hecho el mayor esfuerzo para explicar este simple hecho al movimiento kurdo y al movimiento obrero y socialista. El reciente giro de los acontecimientos es una clara confirmación de los análisis que hemos realizado. El movimiento kurdo y todos los demás deberán sacar sus deducciones de este estado de cosas y, de acuerdo con ellos, realinear rápidamente su política. 


 


El movimiento nacional kurdo entre el martillo y el yunque


 


El acuerdo de la Casa Blanca no fue, por supuesto, unidireccional. A cambio del extendido apoyo a su lucha contra el PKK, Turquía fue convencida de cambiar su orientación frente a los aliados kurdo-iraquíes de Estados Unidos (todavía no sabemos a qué clase de acuerdo sucio llevaron en referencia a Irán).Desde comienzos de la década del ’90,cuando Estados Unidos dejó en claro, al calor de la Guerra del Golfo, que estaba inclinándose hacia el movimiento kurdo de Irak como un nuevo aliado, la de otra manera sólida alianza entre Estados Unidos y Turquía fue dañada por el desagrado de esta última al ver nacer una entidad política kurda independiente en el sur turco.


Como insistimos a comienzos de los ’90, la solución norteamericana a este espinoso problema de las contradicciones entre sus dos aliados, Turquía y los kurdos de Irak, fue un nuevo arreglo acerca de las bases sobre las cuales Turquía sería el protector de la nueva entidad a cambio de ventajas políticas y económicas y la asistencia de la dirección kurda iraquí a su reclamo de aplastar al PKK.


 


Había muchos en el "establishment" turco que ya habían sido ganados a esta idea. Pero todavía el TSK, el más poderoso actor de la política turca, parecía alejado y distante.El acuerdo de la Casa Blanca parece haber sido un punto de viraje en la completa conversión del "establishment" turco a esta solución norteamericana. Un signo revelador es el sorprendente giro del líder de los llamados socialdemócratas del CHP (el Partido Republicano del Pueblo) inmediatamente después de las negociaciones en la Casa Blanca, que súbitamente descubrió la necesidad de relaciones de buena vecindad con la entidad kurda en Irak, cuando hasta el día anterior se desbordaba en insultos a Barzani y compañía. Aunque todavía es temprano para decir que los dados están definitivamente echados, Turquía parece encaminarse a ser una suerte de "hermano mayor" para el Kurdistán iraquí.


 


Una extensión de este cambio en la política turca hacia el Kurdistán iraquí parece ser una actitud más sutil hacia los militantes de base y la gran base de simpatizantes del PKK. El gobierno turco parece haberse asegurado el apoyo del TSK para seguir una estrategia a dos puntas. Junto con el recurso a las operaciones a través de la frontera y el crecimiento de la histeria militarista, el gobierno ha expuesto gradualmente una medida que puede terminar en una amnistía para miles de guerrilleros. Esto ha sido llamado "proyecto de fraternidad" por el viceprimer ministro, un término sorprendente que implícitamente concede que lo que está en cuestión no es "terrorismo", como siempre ha sostenido la línea oficial, sino la vital cuestión del futuro de la relación entre los pueblos turco y kurdo. En esta clase de apertura tiene su base el éxito electoral del AKP, el partido del gobierno, en las provincias kurdas en las elecciones de julio de 2007. El AKP ha puesto ahora sus ojos en la recuperación de los municipios de las grandes ciudades kurdas, empezando con Diyarbakir, de las manos del DTP, el "Herri Batasuna kurdo", y está reclamando explícitamente el apoyo del resto del "establishment" para esta apuesta. De esta manera, la cuestión kurda parece haber calmado temporalmente los nervios en la guerra civil política de las dos alas de la burguesía, la laica-occidental y la semi-islámica, que llevó a Turquía al umbral de un golpe militar en la primavera (boreal) de 2007 sobre la elección del presidente. Pero esto tiene que ser necesariamente temporal, porque las contradicciones se siguen cocinando a fuego lento, especialmente sobre la nueva constitución propuesta por el gobierno y la cuestión de la vestimenta del velo islámico en las universidades.


 


De todos modos, el movimiento nacional kurdo está bajo ataque desde todos los ángulos. La Unión Europea, durante años hipócrita defensora de los derechos de los kurdos en Turquía, respalda el ataque turco-norteamericano. Habiéndose alineado con una impresionante lista de aliados, tales como Estados Unidos, la Unión Europea y la dirección kurda iraquí, el Estado turco está atacando al movimiento nacional kurdo, para así decirlo, por arriba y por abajo. Mientras intenta debilitar militarmente al PKK, también está intentando debilitar la moral de sus bases e intenta convencerlas, por medio de medidas como la amnistía, de abandonar la lucha y "volver a casa". También está atacando al DTP, dejando al movimiento sin terreno para maniobrar. El presidente del partido fue arrestado al volver a Ankara luego de un viaje a Europa bajo los cargos de fraude para evitar el servicio militar y fue encarcelado como medida preventiva, un escándalo incluso en un país donde se abusa de manera habitual de la detención preventiva.


 


Todo un período ha terminado para el movimiento nacional kurdo. Durante años, le ha extendido la mano a toda clase de fuerzas reaccionarias – a Estados Unidos, a la Unión Europea, a la llamada burguesía "liberal" turca, al AKP, y a la propia burguesía kurda. Todas esas fuerzas le han dado la espalda a la causa kurda, incluso la burguesía kurda, que se distancia gradualmente del movimiento. Lucha Obrera ha venido machacando sobre la idea de que el único aliado confiable de los oprimidos kurdos en Turquía es la clase obrera. Si los diputados del DTP se vuelven hacia la clase obrera y la población trabajadora y comienzan a usar sus posiciones parlamentarias para defender radicalmente a la clase obrera del incesante asalto de la burguesía, toda la química del país podría cambiar. Hasta entonces, a la causa kurda y al movimiento socialista kurdo le esperan días difíciles.


 


19 de enero de 2007