Tenemos un acuerdo fundamental en el Partido Obrero a la hora de caracterizar el proceso económico, social y político en China como de restauración de la propiedad privada capitalista. La República Popular China no es un Estado obrero. Las polémicas sobre China publicadas en la revista En Defensa del Marxismo son un aporte serio a la elaboración teórica, a la caracterización del Estado chino y a las tareas políticas de los revolucionarios a escala internacional. Constituyen un insumo de primer orden para la militancia del PO y para el debate con la izquierda teniendo en cuenta la centralidad que va adquiriendo China y el agravamiento de la crisis mundial, incluida la amenaza de una guerra a escala mundial.
Los artículos de Heller, Giachello y Brunetto dejan muy en claro que bajo la política, protección e impulso del PCCh – y como resultado del largo proceso de reformas y apertura capitalista que lleva casi cuatro décadas – surgió una clase burguesa y una gran burguesía promovida por el Estado “socialista” – como proclama a China su Constitución aún con las enmiendas posteriores a 1982. La propiedad capitalista privada es dominante en el área de servicios y fuerte en la construcción, las empresas privadas operan solas o asociadas a las empresas estatales nacionales, provinciales y municipales, grandes magnates chinos integran el listado de multimillonarios elaborado por la revista Forbes y en la economía doméstica la pequeña propiedad es generalizada. Desde las reformas de Deng Xiaoping en 1978, las Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) son enclaves de penetración del capital extranjero. La precariedad y explotación laboral de una enorme fuerza laboral y del proletariado industrial más grande del mundo contrasta con el lujo, las fortunas y los patrimonios de los milmillonarios acentuando las desigualdades sociales.
¿ Socialismo de mercado?
Deng Xiaoping inició las reformas capitalistas a fines de los setenta con la voz de orden que afirmaba que “enriquecerse es glorioso”, conformando lo que se iría conociendo como el socialismo con características chinas. Todo esto ha constituido una brutal presión social capitalista para desarmar la propiedad pública, privatizar las poderosas empresas del estado y para alinear al régimen con las formas de gobierno adecuadas que le permitan a la burguesía china tomar el control político y estatal pleno de la nación.
La emergencia de una gran burguesía en China plantea una combinación de tareas que unen el derrocamiento revolucionario de la burocracia del PCCh encabezada por Xi Jinping con la expropiación directa de los grandes capitalistas privados nacionales y extranjeros que operan en el gigante asiático. Luchamos por la dictadura proletaria en China como parte de la lucha por el socialismo a escala mundial. El gigante asiático no requiere de “más capitalismo” – al que el PCCh identifica con la “modernización tecnocrática del Siglo XXI” – sino de la reimplantación de una economía estatal centralizada y planificada, del monopolio del comercio exterior y de la banca, la propiedad colectiva de los medios de producción, la democracia obrera en las fábricas y empresas y de la gestión proletaria y soviética en un estado obrero. La coexistencia del capital privado con el gobierno de la burocracia del Partido Comunista Chino no puede ser sino un fenómeno transitorio cuyo desenlace deberá resolverse en la arena de la lucha de clases, ya sea con la revolución proletaria triunfante, o con la restauración completa del régimen capitalista y un sistema de gobierno burgués sin las mediaciones de la burocracia “comunista”.
Es una ingenuidad creer que los capitalistas chinos, por más beneficios, subsidios y garantías de explotación laboral que reciban del “socialismo de mercado” se hayan resignado a gobernar por “delegación” a través del PCCh. La consolidación de un régimen capitalista y con mayor razón de un imperialismo chino debe ser todavía completada con una clase social capitalista que se erija en clase dirigente y políticamente dominante del país. Como se dijo, los beneficios que reciben la burguesía nacional “patriótica” y las multinacionales extranjeras a las que el PCCh les reconoce “colaborar con la modernización socialista» son enormes y gigantescos. Estudiantes chinos son obligados a trabajar para Apple y Foxconn para completar su formación a cambio de un salario sustancialmente inferior al que cobran otros trabajadores bajo pena de no recibir sus títulos de egreso. El carácter híbrido, la forma “sui generis” o la caracterización del régimen chino como un capitalismo de Estado hacen a la peculiaridad de la transición capitalista donde el capitalismo avanzó de la mano de la burocracia del PCCh hasta hacer de China la segunda potencia mundial.
Los prerrequisitos propios de la sociedad capitalista están ampliamente presentes desde hace cuarenta años pero no son suficientes para afirmar que la restauración capitalista en China esté concluida en tanto y cuanto la clase burguesa no monopoliza los medios de producción ni gobierna directamente. Los súper millonarios chinos retratan la dimensión que alcanzó la restauración capitalista y el fraude del “socialismo con características chinas”. El crecimiento de la propiedad privada – China tiene tantos millonarios como EEUU- exacerba el apetito insatisfecho del capital nacional y extranjero, y con éste las presiones por el desmantelamiento de la grandes y estratégicas empresas estatales que siguen siendo propiedad pública y operan en el mercado con las reglas del mercado. Varios de estos grandes conglomerados estatales, que actúan en todo el mundo, ocupan los primeros puestos en el listado de Forbes 500 por el volumen de negocios que manejan. China no es socialista sino un país capitalista con las contradicciones de una transición cruzada por agudas tensiones sociales internas y choques con los Estados Unidos y las potencias imperialistas en el escenario internacional. Para la burguesía china el Estado capitalista burocrático dirigido por el PCCh es una traba para sus aspiraciones de clase dirigente y con ambiciones imperiales a partir del extraordinario crecimiento económico que ha tenido desde la apertura hacia el mercado y las reformas capitalistas. Está en juego también el usufructo de la Nueva Ruta de la Seda, la “supercarretera” comercial y de inversiones en infraestructura donde intervienen la banca y las empresas estatales junto a los capitalistas privados s bajo las reglas establecidas por el gobierno chino.
Una de las peculiaridades del régimen capitalista chino radica en la falta de garantías jurídicas plenas para la libertad del capital a pesar de las enmiendas constitucionales que protegen el derecho de propiedad y a la herencia. Lenin decía que fuera del poder todo es ilusión, esto vale también para una burguesía que se ha enriquecido de la mano de la burocracia “comunista” y que crece al compás de la restauración pero que no ejerce el poder ni gobierna a pesar de que prominentes capitalistas como el dueño de Alibaba integran las filas y puestos de dirección en el Partido Comunista.
¿Derrotismo revolucionario en China?
Una política revolucionaria e internacionalista para China no puede soslayar las amenazas cada vez más belicosas de Trump y el imperialismo norteamericano contra el gigante asiático. Los gobiernos demócratas y republicanos de la Casa Blanca escalaron de la guerra arancelaria a las maniobras intimidatorias y de agresión en el Mar Meridional de la China. En sus textos, el compañero Pablo Giachello se diferencia del compañero Luis Brunetto cuando caracteriza a la República Popular China como un “imperialismo en formación” y por lo tanto no consumado, posicionamiento que comparte parcialmente con el activista de izquierda hongkonés Au Loong Yu. Después de definir al régimen chino como un capitalismo de Estado bajo control burocrático, Pablo G. agrega que la superación del estadio actual – suponemos que se refiere al tránsito de China hacia un imperialismo acabado- plantea un choque de fondo con el imperialismo norteamericano. Aunque Giachello no se detiene en las tareas políticas internacionalistas que corresponden a China, se desprende de su texto que el Partido Obrero debería promover el derrotismo revolucionario de la clase obrera china en una conflagración con los EEUU.
La defensa de China contra el “hegemón” yanqui – es tildada por Au Loong Yu como “campismo”, y alineamiento con el imperialismo chino en formación, despótico y opresor de nacionalidades. El propio Au Loong Yu matiza su caracterización de imperialismo no acabado cuando cita a Lenin para afirmar que todas las precondiciones propias de esta fase superior del capitalismo (capital financiero) se encuentran ya desarrolladas en la República Popular China. Los compañeros Pablo G. y Luis B. deberían ser más claros en abordar las conclusiones políticas de sus plantean y si propugnan el derrotismo revolucionario para la clase obrera china en caso de una guerra mundial o amenazas militares por parte de Donald Trump. Sería un error. Los trotskistas tenemos que actuar en el campo de la defensa de China contra el imperialismo norteamericano, la OTAN e Israel con nuestro programa, que no es el “socialismo de mercado” sino la revolución proletaria y el socialismo.
Au Loong Yu sí saca conclusiones de su caracterización de China como un imperialismo emergente y se pronuncia por la autodeterminación de Taiwán, planteo que extiende a Hong Kong y que justificaría -incluso- un enfrentamiento armado con China en nombre de estas “causas nacionales”. Sin vueltas reivindica la compra de armas de Taiwán a EEUU desconociendo que la isla pertenece históricamente a China y que ésta fue el refugio de los anticomunistas fugados después de la Revolución de Mao. Taiwán es la cabecera de puente del imperialismo yanqui contra China. Donde sí hay una guerra interimperialista como ocurre en suelo ucraniano, Au Loong Yu elige el campo de EEUU y la OTAN y Zelensky contra Rusia. No se trata de deslices o posiciones erróneas en el marco de una caracterización esencialmente correcta como sería la de atribuirle a China el estatus de un imperialismo en formación, sino de la forma concreta reaccionaria que adopta esta posición política. Para quien afirma ser un defensor de la autonomía de Hong Kong y Taiwán, la presencia de China en el Mar Meridional es la confirmación de una politica agresiva e imperialista contra los pueblos. Minimiza las provocaciones norteamericanas, el despliegues de la flota naval yanki en las aguas del Mar de China y como Trump acusa a la República Popular China de potencia agresora.
Las acciones de China en el Mar Meridional son de legitima defensa y no pueden ser condenadas por imperialistas. Tampoco lo serían si estalla una guerra mundial y el Ejército Popular chino se viera obligado a trasponer sus fronteras nacionales por necesidades políticas o militares. La caracterización de China como un imperialismo emergente encierra apenas una diferencia de grado con la tesis que le adjudica a la República Popular China ser un país imperialista a secas. Si así fuere una politica defensista sería chauvinismo reaccionario y no escaparía a las generales de la ley de una guerra interimperialista donde la agitación revolucionaria debe concentrarse en la denuncia del enemigo que está en el propio país. Pero no es el caso de China. El derrotismo revolucionario no corresponde como política para el proletariado chino ni para los cuartointernacionalistas. Defendemos a China frente a una escalada militar imperialista y ocupamos ese campo con el programa de la Revolución Proletaria y el Socialismo contra la restauración capitalista.
Uno de los puntos débiles del texto de Pablo Giachello es que condiciona el carácter acabado del imperialismo chino al agravamiento de las disputas con los EEUU por ser el “hegemón”. Pero una guerra interimperialista no puede ser sino la consecuencia directa de la competencia -previa- entre países imperialistas. Si la guerra estallase como resultado de una ofensiva recolonizadora imperialista y de conquista de China llevada hasta sus últimas consecuencias por EEUU la calificación de guerra interimperialista seria completamente equivocada. El punto común radica en la lucha por la dictadura proletaria y el programa de la Cuarta Internacional pero claramente en condiciones y escenarios diferentes. No es lo mismo una guerra de conquista que una guerra nacional contra una potencia imperialista.
Para Au Loong Yu la defensa de las semicolonias es válida “en ciertas condiciones” y reivindica el legado colonial inglés en Hong Kong que permite una jurisprudencia legal “menos opresiva” que la del régimen jurídico y político chino de partido único y su falta de libertades democráticas. Giachello se desmarca de Au Loong Yu en relación a la autonomía o independencia de Taiwán pero no comprende que el derecho a la autonomía “kelper” de Taiwán y Hong Kong- que sostiene el activista hongkonés – es el corazón de su caracterización sobre China como imperialista. Rechazamos de pleno estos planteos “autonómicos” por proimperialistas.
La cuestión de la guerra mundial tiene la importancia que le ha reconocido el PO y que recobra una enorme actualidad para América Latina a la luz de la invasión de Trump a Venezuela. Nos referimos concretamente al agravamiento de la crisis capitalista internacional y a las necesidades del decadente imperialismo norteamericano para afirmarse como potencia dominante mediante el uso de la fuerza militar en un proceso de fascistizacion creciente. Esto es lo que tipifica a Trump como matón del mundo, las persecuciones brutales contra los migrantes y los defensores de la causa Palestina, contra los luchadores contra el racismo y las organizaciones feministas en el propio suelo norteamericano. Donald Trump anunció que va a administrar la transición venezolana y defenestró a la “premio Nobel” María Corina Machado a pesar de no ser otra cosa que un títere de EEUU mientras confirma su interés estratégico por la anexión de Groenlandia. EEUU juega un papel central en la “reconstrucción” imperialista de Palestina junto al estado sionista y genocida de Israel. En la mira está no solo el petróleo de Venezuela sino Nicaragua, Cuba (próximo a caer como amenazó Trump) y México, país al que acusa de tener un gobierno de complacencia con los cárteles de la droga. Todo esto debe integrarse en un análisis sobre China.
Las sanciones y prohibiciones a empresas chinas que operaban en EEUU acusándolas de espionaje militar, contribuyen a esta escalada. Si bien la condena del Ministerio de Relaciones Exteriores chino a la agresión de Trump no ha pasado por ahora de las palabras, resta ver cómo impactar esto en la formación de un bloque internacional contra la República Popular China liderado por Trump. En Venezuela el escenario sigue abierto después de la invasión yanqui mientras crecen las movilizaciones en ese país y en el mundo repudiando la intervención.
Como hemos denunciado, la piratería imperialista tiene en la mira a todas las naciones latinoamericanas a las que EEUU considera su patio trasero. La dependencia económica que promueve China a través del BRIC y las políticas crediticias de endeudamiento trazadas por la Nueva Ruta de la Seda responden sin lugar a dudas a una lógica capitalista. Vale aquí el discurso del Che Guevara en la Conferencia de Argel de 1965 cuando denunció que “cuando se establecen este tipo de relación – venta a precios del mercado mundial- debemos convenir que los países socialistas son en cierta forma cómplices de la explotación imperialista”. Una denuncia implacable de la burocracia rusa.
La agresión a Venezuela, el bombardeo de Caracas y otras ciudades y el secuestro de Nicolás Maduro exacerban las tendencias belicistas del imperialismo hegemónico norteamericano. Trump tendrá que vérselas con la crisis que abre la invasión en los propios EEUU, uno de los países del mundo con mayores movimientos de solidaridad juvenil y militante con Palestina. Todo esto debe – insistimos- integrarse a la hora de definir qué campo que debería ocupar el PO si estalla una guerra internacional. ¿Defendemos a China o agitamos contra la guerra denunciando a EEUU y a China por igual como enemigos de los pueblos del mundo?
La cuestión de la guerra es mucho más compleja que una definición apresurada de “campismo”. Entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial hubo diferencias que determinaron políticas específicas. La Segunda Guerra (1939 – 1945) fue una confrontación interimperialista que enfrentó a la Alemania nazi y los “ imperialismos democráticos”, y a la vez fue una guerra de defensa nacional de la URSS a partir de la invasión hitleriana a Rusia en 1941. Los trotskistas franceses fueron parte de la Resistencia contra la ocupación nazi de Francia, Mao libró una guerra nacional de liberación contra Japón hasta 1945, y en las colonias y semicolonias el enfrentamiento interimperialista avivó las rebeliones indígenas contra los imperialismos dominantes en las colonias y semicolonias como ocurriera en la India y otros países. Trotsky se dio una política especifica para intervenir en los EEUU frente al entusiasmo que despertaba la lucha contra el fascismo. Así de compleja son las cosas como para esquivarle el bulto a las amenazas cada vez más abiertas de EEUU contra China. Omitir – siquiera como hipótesis- la defensa de China, equivale a una capitulación anticipada frente a la potencia dominante del planeta y menosprecia el movimiento de masas que pudiese provocar una guerra o invasión de EEUU. Una política defensista de China no implica el apoyo o la solidaridad política con la burocracia restauracionista del capital. El derrotismo revolucionario no es la política que corresponde al internacionalismo proletario porque China no es imperialista.
La restauración capitalista muy avanzada no agotó todavía la transición hacia un régimen social y político donde la burguesía china tenga el poder y actúe como clase dominante. Vale la pena recordar que el burocratizado PC chino tiene células del partido en todas las empresas y esto es también un punto de fricción con los capitalistas privados y con los funcionarios que gestionan las empresas estatales con métodos capitalistas. La afirmación de que el PCCh es un partido que representa enteramente a la burguesía china se corresponde con la afirmación de que el capitalismo de estado chino ha devenido en imperialista, sea en tránsito o acabado. La construcción de un partido cuartainternacionalista en China es una tarea ineludible de los revolucionarios,mal haríamos en dirigirnos al proletariado chino agitando el derrotismo en su propio país.
China es una novedad histórica en tanto ha pasado de ser una nación atrasada – hasta 1980 el 80 % de la población vivía en el campo- a una potencia económica mundial, de un país agrario a una nación industrial, de la China rural a la China urbana. El PCCh es un instrumento para la gestión capitalista del Estado pero para el capital chino hay un amplísimo campo de negocios en disputa y una lucha no resuelta por el poder político. El capitalismo burocrático o sui generis es una aproximación a la caracterización del Estado chino actual que no es ni puede ser la estación terminal para la clase capitalista. La clase capitalista china no se resigna a ser el segundo violín de un gobierno por delegación con el PC chino en el poder. Las marchas y contramarchas de la restauración en estas casi cuatro décadas desde Deng Xiaoping a Xi Jinping – incluidas las purgas de grandes capitalistas llamadas por los chinos “la lista de matanzas de los cerdos” signan este periodo turbulento, marcado además por grandes huelgas obreras por salario, condiciones de trabajo y sindicalización libre en las ciudades, y por las protestas masivas en el campo contra los desalojos de la población rural.
Estamos frente a una transición capitalista virulenta de un régimen responsable de la masacre de Tianamen en 1989. La dirección del PCCh y Xi Jinping fueron y vinieron – no sin crisis- espantados por las protestas y la fuga de capitales de los nuevos millonarios. La decapitación de los “rinocerontes grises” y la campaña anticorrupción de Xi Jinping a partir del 2013 se inscriben en la política bonapartista de la burocracia.
Transición capitalista y restauración
En vida, el “Gran Timonel” dio un paso decidido en la dirección que adoptaría más tarde su rival Deng Ziaoping y que convertiría en la política de reforma y apertura. Mao Zedong firmó los acuerdos de 1974 con Nixon. Después del fracaso de la Revolución Cultural Proletaria, el maoísmo orientó su política internacional hacia mayores acuerdos y acercamientos con los EEUU. Mao justificó esta convergencia en la necesidad de combatir al llamado social-imperialismo ruso al que definió como el imperialismo más agresivo del mundo y una amenaza directa para China. Antes, en 1973, la República Popular China había reconocido a la dictadura de Pinochet a poco de consumarse el golpe de estado orquestado por la CIA, estableciendo acuerdos económicos y diplomáticos con el régimen pinochetista.
El maoísmo actual está dividido en torno a la caracterización de China, mientras que el PCR califica a la República Popular China de social-imperialista, otras fracciones maoístas han hecho suyas la teoría del “ socialismo con características chinas” como la vía para la construcción de una sociedad comunista. Para éstos el aporte de Deng y de Xi Jinping radicaría en la capacidad del PCCh para “utilizar” a la burguesía china y al capital extranjero en provecho de la construcción de la modernización de la economía y el acceso a las conquistas tecnológicas necesarias para desarrollar la producción industrial masiva de bienes bajo la dirección del Partido Comunista.
¿Qué socialismo es este que lejos de tender a la eliminación de las desigualdades y las clases sociales promueve a la gran burguesía china como compañera de ruta? No se trata aquí de los compromisos o repliegues obligados propios de un Estado obrero aislado en un orden mundial capitalista e imperialista sino de un revisionismo antimarxista que reduce al capitalismo a una cuestión “ técnica” encubriendo que se trata de una relación social de explotación. Los apologéticos del socialismo de mercado le asignan a los capitalistas el ser los portadores del progreso, de la revolución tecnocrática, las comunicaciones de última generación, la inteligencia artificial, y la modernización de la sociedad. Para el neomaoísmo del PCCh el capitalismo seguiría siendo el instrumento histórico útil para el progreso de la sociedad.
La crisis capitalista mundial, la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, la sobreproducción de mercancías y el crecimiento del capital especulativo – que se manifestó y manifiesta en China entre otras crisis con la burbuja inmobiliaria y la dilapidación de recursos en la construcción de ciudades vacías y no habitadas – son un recordatorio de la agonía de un régimen social que es un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas. Las primeras líneas del Programa de Transiciónde León Trotsky ponen el acento en esta cuestión cuando destacan que las condiciones objetivas para la revolución socialista están más que maduras, y la tarea de los revolucionarios es la de liberar el desarrollo de las fuerzas productivas por medio de la revolución socialista en interés de toda la humanidad. Al capitalismo en su etapa de putrefacción lo define la contradicción histórica insalvable entre un sistema de producción social a escala planetaria y la apropiación individual de la riqueza a manos de una clase capitalista parasitaria. Esta contradicción se resume en las dicotomías históricas “socialismo o barbarie” y “revolución socialista o caricatura de revolución”.
El debate sobre el carácter del Estado chino recorre a toda la izquierda mundial y y también a los partidos integrantes del Frente de Izquierda en nuestro país. El maoísta PCR argentino ubica el comienzo de la restauración capitalista con la muerte de Mao y el copamiento de la camarilla de Deng Xiaoping que había sido desplazada y enviada al campo durante la Revolución Cultural. De esta forma, el PCR establece un paralelo con la restauración capitalista en la Unión Soviética y la irrupción de la camarilla de Kruschev en el XX Congreso del PCUS.
Estamos frente a un indisimulado rescate del estalinismo que va de la mano de la subordinación política a las burguesías nacionales que ven en la importación de las abaratadas mercancías chinas un ataque a la industria nacional. Desde Pichetto a Guillermo Moreno toda una fracción del peronismo ha asumido públicamente la adhesión al campo “geopolítico” definido por los EEUU abandonando toda pretensión nacionalista burguesa. En esta misma dirección se mueven aquellos que decían que “Trump es peronista” para diferenciarlo del Milei liberal y saludaban el nacionalismo reaccionario del imperialismo norteamericano.
El estudio de la restauración capitalista forma parte de la tradición teórica del Partido Obrero retomando la Revolución Traicionada y otros escritos de Trotsky. La lucha política contra las burocracias contrarrevolucionarias – ayer identificadas con un supuesto “socialismo real” y hoy “socialismo de mercado”- es un pilar de la política internacionalista del PO para la refundación de la Cuarta Internacional como partido mundial de la revolución socialista. Un mérito de la caracterización del Partido Obrero fue el haber anticipado las contradicciones agudas y las crisis que provocaría la restauración de la propiedad capitalista en los ex Estados obreros y su impacto en el mercado mundial. Atrás quedaron los tiempos del acople norteamericano-chino y del entusiasmo por la locomotora china. La restauración no es un proceso exógeno sino una consecuencia de la degeneración de la burocracia “comunista” y del fracaso de las utopías reaccionarias basadas en el “socialismo en un solo país” y la coexistencia y competencia pacifica con las potencias imperialistas.
La restauración del capitalismo en China adquirió estatus legal con las enmiendas a la constitución de 1982 que establecen el derecho a la propiedad privada y a la herencia bajo el control político del PCCh. Como se señaló, el Estado chino. está dirigido por la burocracia “comunista” y no de manera directa por la clase burguesa. La consolidación de China como Estado capitalista está muy avanzada pero en esta transición los capitalistas están todavía obligados a convivir pacifica y no pacíficamente con un Estado que controla empresas estratégicas lideres en el mercado mundial.
El gobierno bonapartista chino interviene en la conformación de los directorios de las empresas privadas con porcentajes accionarios de mucho peso en la toma de decisiones y regula el funcionamientos de las empresas privadas mediante condicionamiento jurídicos y apelando a formas coercitivas y purgas que llevaron a la cárcel y a la confiscación de bienes a titulares de importantes empresas y financieras chinas. Es unilateral el señalamiento de que la burocracia china del PC “decapitó” a poderosos burgueses chinos solo para favorecer a otros competidores en el mercado si se omite que esta “inseguridad jurídica” de los capitalistas es una muestra del poder de arbitraje bonapartista de la burocracia entre el capital y los trabajadores chinos.
El PCCh continúa con los planes quinquenales que fijan objetivos orientativos y áreas de inversión estatal y privadas. La forzada asociación estatal-privada es lo que la derecha mundial califica como un estrangulamiento del libre mercado y que otros llaman la “transición atrapada”. Los impresionantes logros en algunos rubros y el crecimiento de la economía china tampoco son ajenos a los restos de la planificación estatal -brutalmente mutilada por la burocracia- que le permitieron a China pasar de ser una nación atrasada a convertirse en una potencia industrial, la segunda del planeta.
Para que la burguesía china se convierta en clase dirigente la restauración debe imponer todavía una nueva y mayor ola privatizadora de las empresas del Estado con su secuela de quiebras, crisis, cierres y despidos masivos junto a la afirmación jurídica de la propiedad privada. El usufructo del suelo urbano y rural -venta de uso – está reconocido por ley pero no así la tenencia directa de la tierra lo que habilita desalojos forzosos. Los capitalistas chinos tienen todavía que asegurarse la “seguridad jurídica” es decir la libertad completa de movimiento de sus inversiones y capitales y eso les exige liberarse de la tutela y o asociación obligada con la burocracia. Están muy frescas las purgas de los “rinocerontes grises”. Un desarrollo capitalista – imperialista exige el acceso del gran capital chino al mercado mundial sin la mediatización del PCCh.
Minimizar estas cuestiones conduce a posiciones ultraizquierdistas que confunden al bonapartismo burocrático-capitalista del PCCh con el dominio directo de la clase capitalista. La transición capitalista trazada por el PCCh no está terminada y su definición dependerá de la lucha viva de clases fronteras adentro de China y del curso que siga la crisis mundial capitalista y el agravamiento de las tendencias guerreristas del imperialismo yanqui. Los prolegómenos de esta política belicista están presentes en la violencia extraeconómica para desplazar a las empresas competidoras chinas y en el plano militar en las maniobras intimidatorias y despliegues de la armada norteamericana en el Mar de la China. En Venezuela la captura de los barcos petroleros anticipó la invasión del 3 de enero.
A diferencia de la URSS, el PC Chino mantiene la unidad política y estatal de China que incluye el reclamo nacional legítimo sobre Taiwán. Hong Kong funciona como un polo de primer orden del capital financiero y de la restauración capitalista bajo la forma de un “país y dos sistemas”. El reclamo de la soberanía china sobre Taiwán debe ser apoyado en la medida que se integra a la lucha por una China obrera y socialista. La restauración capitalista en la ex Unión Soviética, acelerada por las reformas capitalistas de Gorbachov, llevaron a la caída del Partido Comunista y dieron lugar a las privatizaciones masivas que consolidaron a una oligarquía rusa -proveniente del PC ruso- como clase propietaria directa de las empresas y los medios de producción. China se jacta de seguir un camino diferente con el “socialismo de mercado” pero la potenciación del capital empuja a una definición y cambio de régimen político.
El PC chino se atribuye el haber alcanzado la “pobreza cero” con las reformas y apertura de mercado, sacando a 800 millones de la pobreza absoluta. Los estándares que se toman de ingreso son bajísimos y China sigue siendo uno de los países más desiguales del planeta. En el 2024 se contabilizaron unos 823 súper ricos con fortunas superiores a los 137 millones de dólares. Shanghai es hoy la capital de los magnates chinos con 92 grandes capitalistas que poseen más de mil millones de dólares de patrimonio. En este ranking revisten el propietario de ByteDance con una fortuna de casi 60 mil millones de dólares, el “rey del agua mineral” con una patrimonio de 55.000 millones y el dueño de Tencent con 44.000 millones de dólares, entre otros multimillonarios propietarios de empresas de tecnología avanzada, teléfonos celulares, construcción, baterías para autos eléctricos y empresas especializadas en diseños de inteligencia artificial.
Como contraste, la pobreza en China y la precarización del trabajo son enormes. Las reformas capitalistas se miden también por la profundidad antiobrera de la Reforma Laboral china. Se calculan en 200 millones los trabajadores temporarios, contratados y de las aplicaciones para una fuerza laboral de 900 millones (500 millones son asalariados y más de la mitad de éstos son proletarios industriales). La pérdida de cobertura social de los migrantes que abandonaron sus pueblos rurales de origen encareció el costo de vida de los trabajadores que se desplazaron a la ciudad para incorporarse a las fábricas, revirtiendo un flujo migratorio interno que había caracterizado al salto industrial de China. La diferenciación salarial es muy grande por regiones y por ramas de la industria.
Conclusiones
1) La peculiaridad de China radica en el desarrollo capitalista promovido por el Estado y dirigido por la burocracia del Partido Comunista Chino. Este gobierno burgués por “delegación” caracteriza el carácter híbrido y los limites del proceso de restauración capitalista. La consolidación del proceso de restauración implica para la burguesía china retomar el control del Estado que perdió en 1949, garantizándose un sistema político, jurídico y económico que la libre de los “cepos” del PCCh.
2) ¿ Es el extraordinario crecimiento de un país que viene de una economía agraria y atrasada solo atribuible a la explotación capitalista, a la apertura y liberación del mercado, al fomento de la propiedad privada y al desarrollo de una clase media consumista? De ser así la excepcionalidad de China tendría un contenido histórico especifico en la época del imperialismo. El intervencionista estatal y los planes quinquenales indicativos son remanentes del ex Estado obrero que le permiten a burocracia del PCCh arbitrar y fijar las metas y objetivos del desarrollo económico así como las reglas para la asociación de las empresas privadas con el Estado.
3) El capitalismo burocrático es propio de un régimen político bonapartista donde la planificación- aún en términos burocráticos y de apertura a los capitalistas- limita en cierto grado la libertad de movimiento del capital y su acceso al mercado interno e internacional. Las empresas estatales que se encuentran en los primeros lugares en el ranking de Forbes por el volumen de negocios despiertan el apetito privatizador de los capitalistas privados en un proceso de reformas capitalistas que no está concluido. Incluso en las Zonas Económicas Especiales el Estado chino interviene no solo subsidiando sino aprobando o rechazando directores de empresa y es dueño de parte los paquetes accionarios de las empresas privadas. Importa ver el grado de acceso independiente de las empresas privadas chinas al mercado mundial a la hora de hablar de imperialismo.
4) Si bien el mercado domina en la transacción de bienes y servicios de consumo urbano, en el comercio minorista y en las Zonas Económicas Especiales (ZEE) costeras con inversión extranjera, la propiedad estatal y la planificación aún imperan. La burguesía nacional posee importantes medios de producción pero no detenta el monopolio de la industria y la banca que es una condición para la conformación del capital financiero. La banca en manos del estado es absolutamente dominante. El crecimiento del consumo y el capital ocioso dieron lugar al boom inmobiliario y con éste al estallido de la burbuja especulativa. Las clases medias y burguesas enriquecidas pueden comprar sus condominios, pero no son propietarias del terreno donde estos se encuentran. Aquí también opera la inseguridad jurídica que los capitalistas consideren una traba que hay que erradicar. Otro tanto ocurre con la instalación de fábricas sujetas a la aprobación o rechazo del estado y a las políticas fijadas por el PCCh en los planes quiquenales.
5) La Constitución “socialista” es en el plano de la superestructura la representación política y jurídica que adopta el capitalismo híbrido propio del estado chino. Un fenómeno que, insistimos, no puede ser sino transitorio porque la burocracia no es una clase social sino una capa parasitaria
6) La explotación asalariada y la “ reforma laboral” china son incompatibles con un Estado obrero y propias de un estado gendarme que utiliza la violencia y la coacción estatal para imponer condiciones de trabajo precarias, largas jornadas de trabajo, bancos de hora flexibles y horas extras forzadas que no siempre son retribuidas. La represión policial-militar a los huelguistas se combina con el accionar de una burocracia sindical completamente integrada al Estado. En los textos publicados en la revista En Defensa del Marxismo y en Prensa Obrera se da cuenta de grandes huelgas por el salario y otras reivindicaciones que han tenido que enfrentar la represión estatal y que obligan al activismo a una organización de base y clandestina. Las reformas capitalistas han introducido cambios en el proletariado chino con el surgimiento de una clase obrera joven y otra “migrante” provenientes de la expulsión de la mano de obra campesina. La libertad sindical, la lucha contra el totalitarismo en los sindicatos, el derecho pleno de huelga y de organización son banderas democráticas y obreras fundamentales. A su turno lo será también la recuperación de los sindicatos y la creación de nuevas organizaciones obreras.
7) La lucha contra la estatización de los sindicatos es un componente esencial de la lucha para echar a la camarilla pro-capitalista del poder para instaurar un gobierno de la clase obrera basado en la democracia soviética. La formidable fuerza que representa el mayor proletariado industrial del mundo y que se ha expresado en huelgas salvajes realza la importancia estratégica de la organización independiente de la clase obrera en las fábricas y concentraciones proletarias. Al régimen de partido único, que ha hecho del PCCh un instrumento de la restauración capitalista le oponemos la democracia obrera, la libre elegibilidad en todos los estamentos del estado incluidas las direcciones de los conglomerados estatales y un programa transicional que una la lucha por la conquista de las libertades públicas, políticas, de organización y movilización de los trabajadores con la lucha por el poder obrero y el socialismo. El derrocamiento revolucionario de la camarilla del PCCh es una tarea central de la revolución en China
8) Rechazamos los planteos autonomistas para Taiwán y Hong Kong. La escalada bélica de Trump y la Otán contra China apunta a una guerra de conquista y saqueo. Adelantar una política de derrotismo revolucionario en caso de estallar una guerra abierta entre EEUU y China es cuánto menos aventurero.