Buscar
Close this search box.

El trotskismo y la lucha de las mujeres y diversidades, en clave histórica y de las luchas del presente

El trotskismo y la lucha de las mujeres y diversidades, en clave histórica y de las luchas del presente

Publicamos a continuación una ponencia presentada por la compañera Juliana Cabrera, del Partido Obrero, en el III Evento Internacional León Trotsky, realizado en Buenos Aires, en octubre de 2024.

Resumen: 

El movimiento de mujeres y diversidades ha protagonizado enormes luchas en el último período. La pelea contra el ascendente de corrientes de la burguesía representa el principal desafío para las socialistas que intervenimos en este terreno. Por un lado, frente al nacionalismo burgués y pequeñoburgués, librando una batalla política contra el embellecimiento del Estado detrás de “políticas de género” que abonan la ilusión de un progreso emancipatorio posible bajo el régimen social capitalista. Por otro, frente a las corrientes de ultra derecha y oscurantistas, que se alimentan del poder de las iglesias en las villas y barriadas populares, los sindicatos, el sistema educativo y los aparatos ideológicos del Estado, infectando a las familias proletarias, en particular las más empobrecidas, con prejuicios e ideas reaccionarias en defensa de un modelo familiar autoritario y jerarquizado -usina de regimentación y control social al servicio de las necesidades de reproducción del capital.

El trabajo político de organización de las mujeres piqueteras con una política de clase e independencia política, para disputar la influencia clerical reaccionaria, así como una delimitación sin concesiones frente al nacionalismo burgués en todos los frentes y sectores del movimiento, es un factor clave para desarrollar la potencia de un movimiento de lucha que, unido a la clase obrera, choca con la ideología del capital y puede poner en jaque los eslabones de su dominación y las instituciones que lo sostienen: el Estado. 

Luchas de la envergadura del Ni Una Menos o la Ola Verde por el aborto legal, dan testimonio de la potencia rebelde y transformadora, así como del lastre de la contención operada por la burguesía y sus mecanismos de cooptación y contención. El programa y los instrumentos políticos que planteamos los revolucionarios para enfrentar la situación deben ser puestos en discusión. Frente a la cooptación estatal y gubernamental: ¿emergencias en violencia de género o denuncia de las maniobras estatales, creación de ministerio mediante, y lucha por la puesta en pie de un organismo de doble poder de las mujeres en lucha, autónomo y de combate? ¿Frente a luchas democráticas de las mujeres, reivindicación de su carácter policlasista, o programa obrero y revolucionario para orientar la lucha de las mujeres de todos los sectores sociales hacia la revolución? Frente al crecimiento de la ultra derecha y su prédica en los sectores más empobrecidos: ¿cómo actuar?

Las mujeres y la revolución de Octubre

La experiencia de los movimientos revolucionarios a lo largo de la historia han tenido siempre a las mujeres como protagonistas. En el caso de la Revolución bolchevique la participación de las mujeres en el proceso revolucionario fue muy importante. En Historia de la Revolución Rusa, Trotsky destaca el papel de las obreras en dar inicio a la huelga general que “señalaría el principio de la ofensiva declarada contra el absolutismo”. Aquel 23 de febrero en el calendario juliano vigente en Rusia, 8 de marzo en nuestro calendario occidental, da origen al Día Internacional de la mujer trabajadora, declarado en homenaje a la gesta de las obreras de Rusia en la Segunda Conferencia Internacional de las mujeres socialistas en 1921.

Poco después, en abril de 1917, una movilización de 40.000 mujeres en Rusia reclama el derecho al voto (sufragio femenino). Rusia fue el primer país del mundo en otorgar, sin ningún tipo de restricciones, este derecho para las mujeres.

La integración plena de las mujeres a la producción social, para liberarlas del yugo de la esclavitud doméstica, de la doble opresión por su condición de clase y de género, fue un aspecto central de la acción de los revolucionarios luego de la toma del poder, un horizonte abierto por la expropiación del capital y la puesta en pie de una economía planificada. Fue también un trabajo inconcluso, sobre el cual Trotsky reflexionó en abundancia. El peso de las costumbres, los prejuicios religiosos y la superstición, están mucho más arraigados en el núcleo familiar individual que en cualquier otro frente de batalla, como el económico o el político. Terminar con la servidumbre familiar, la democratización dentro del hogar que es el fundamento último para una real incorporación en condiciones igualitarias de las mujeres a la vida política y económica, requiere un esfuerzo revolucionario enorme y muy consciente de toda la clase obrera. 

En la experiencia revolucionaria de Rusia este objetivo se encontró con poderosos obstáculos. En primer término por los efectos devastadores de la guerra imperialista primero, y la guerra civil después, que generaron tendencias a la desintegración familiar, pero no en la dirección de constituir relaciones personales y culturales más elevadas, sino la dinámica destructiva que generaban las separaciones forzosas entre los miembros familiares y sus hijos e hijas, la falta de recursos, la carestía, la falta del pan, la desnutrición infantil. Y luego, el termidor stalinista que, como veremos, buscó enaltecer nuevamente a la familia burguesa, y la reclusión de las mujeres en ella, como uno de los pilares, de los mecanismos por excelencia, de regimentación de la sociedad y la clase obrera toda. 

Cuando los bolcheviques toman el poder, en 1918 promulgan el “Código soviético del matrimonio, la familia y la tutela”, que barrió con siglos de leyes de defensa de la propiedad y los privilegios masculinos. Se instaura el casamiento civil, el matrimonio igualitario, el divorcio a pedido de cualquiera de las partes, pensiones para la viudez, los niños y niñas. Se termina con la división entre hijos legítimos e ilegítimos, se instaura el régimen de licencias por maternidad más progresivo para los parámetros de la época a nivel mundial. Se prohíbe la criminalización sobre las mujeres en situación de prostitución, y se promueve una intensa campaña de inclusión laboral de esas mujeres y una fuerte propaganda contra la explotación sexual y la prostitución. Se establece la separación de la iglesia del Estado. Y en 1920, la Rusia soviética se convierte en el primer país del mundo en avanzar en la legalización del derecho al aborto. 

El Código se basó en una premisa política: el Estado obrero va a ser un Estado de transición. Su carácter revolucionario radica precisamente en que las medidas que establece no apuntan a un robustecimiento del aparato del Estado, sino a su disolución. Pues la intervención del Estado obrero se guía por el principio de la eliminación de las relaciones de propiedad capitalista y las relaciones de sometimiento, de clase y de género, que éste necesita. La dictadura del proletariado va a tender a desaparecer en la medida en que desaparezcan las divisiones de clases en la sociedad. Este es el principio que rigió todo el andamiaje jurídico que los bolcheviques llevaron a cabo a partir de 1917 y en los años subsiguientes.

Stalinismo. El "termidor en el hogar"

El atraso económico que asediaba a Rusia en combinación con el confinamiento y aislamiento de la experiencia revolucionaria, sumado a los efectos devastadores de la guerra civil que golpearon a la vanguardia obrera, crearon las condiciones para el desarrollo del stalinismo: una corriente contrarrevolucionaria que abre un curso de eliminación de las principales conquistas de la revolución, entre ellos -y para ello-, los derechos consagrados para las mujeres. 

En 1923, en medio de la guerra civil, Trotsky escribe Problemas de la vida cotidiana, donde elabora reflexiones muy de fondo sobre este proceso - que años más tarde retomará y profundizará en La revolución traicionada. En este período, funda la Oposición de Izquierda para defender la Revolución de Octubre contra la burocratización y la lucha por el socialismo a escala internacional.

A comienzos de la década del 30, una de las medidas más ilustrativas del retroceso fue la eliminación del Zhenotdel, la organización femenina del comité central del Partido Bolchevique. En 1936 se dictamina el decreto que ilegaliza el aborto, estableciendo penas para las mujeres que se realizan la práctica y multas para quienes lo solicitan. Se introducen nuevas trabas burocráticas para poder acceder al derecho al divorcio. Desde el Estado, bajo la dirección del stalinismo, se promueve el culto a la maternidad y se lanzan campañas de propaganda realzando los “valores de la familia, la milicia y los tribunales”, como sostenedores del orden. De este modo, la unidad de la familia y el Estado se presentan como pilares para sostener la ofensiva contrarrevolucionaria que se abría curso en Rusia.

Como señalamos, en La revolución traicionada (1936), Trotsky retoma la reflexión y el análisis sobre los problemas de la vida cotidiana y denuncia todos estos retrocesos en materia de derechos para las mujeres, explicando el fenómeno de la exaltación de la familia por parte del stalinismo como un mecanismo de control social sobre la población obrera y campesina en toda Rusia. Aunque Stalin había proclamado el "triunfo del socialismo", Trotsky señala con claridad que las relaciones socialistas e igualitarias entre hombres y mujeres no habían sido alcanzadas.

Ilegalizar el aborto era parte de una política de regresión de la clase obrera que demandaba que la mujer volviera al hogar y el cerrado núcleo familiar fundado en relaciones de servidumbre. La política de Stalin era la contraria a los principios del Código soviético de 1918, pues su objetivo era la defensa del Estado. Fue muy marcado el retroceso en la socialización de la crianza de los niños. La iglesia ortodoxa fue recuperando su influencia a lo largo de los años subsiguientes.

Cuando Trotsky analiza la situación de la Unión Soviética, y pone en el centro el análisis la vida cotidiana, destaca que junto con la teoría del "socialismo en un solo país", las medidas adoptadas por la burocracia apuntaban a una reversión en las relaciones sociales de Rusia para poder concretar un rumbo político y económico que permitan dar sustento a su expectativa de dominio duradero en el tiempo. Para ello operó un giro de 180 grados en la  dirección política de la intervención del Estado, anulando el avance hacia su destrucción para avanzar en un proceso de burocratización. Para estos objetivos necesitó barrer con todo el pasado, y en esa política se inscriben también las purgas stalinistas, los juicios de Moscú, los asesinatos. 

El programa de transición y las mujeres hoy. Sus principios y su método político 

El afán por defender la Revolución de octubre y su programa, llevaron a Trotsky a denunciar y enfrentar a Stalin y las consecuencias nefastas de la burocratización stalinista, y a fundar la IV Internacional, con un programa para la clase obrera mundial que da un lugar importante a la mujer trabajadora. 

El ascenso del nazismo había provocado una gran divisoria de aguas en la estrategia política de los partidos comunistas y marca la caducidad de la III Internacional como arma de lucha de la clase obrera. Se hacía necesario poner en pie una nueva internacional revolucionaria. 

En 1933 Trotsky saca la conclusión de la bancarrota definitiva de la III Internacional y en 1938 publica El programa de transición, que en uno de sus capítulos reclama  abrir “paso a la mujer trabajadora”. Una definición de principios y compromiso con la lucha contra toda opresión que es el punto de partida para las trotskistas que intervenimos en los grandes movimientos de lucha por las mujeres y diversidades en nuestros tiempos. Tiempos en que se agrava la declinación histórica del capitalismo, en el que el colectivo femenino y de las diversidades somos víctimas de todo tipo de agravios. 

Porque el programa es un proceso vivo, de elaboración y de acción sistemática, requiere ser enriquecido a la luz del devenir y el desarrollo del movimiento feminista, las características que adquirió en el último período, las clases sociales que intervienen y el peso que adquieren sus planteos, la forma que adopta la intervención del Estado capitalista y las corrientes que le son tributarias en él, las polémicas que se desenvuelven, y la estrategia política de la lucha de clases en las condiciones actuales. Hacer del programa un arma de batalla para volver a poner en pie a las mujeres y diversidades frente a la contención y regimentación de las luchas, por un lado, y los violentos ataques de una corriente capitalista internacional que promueve la reacción contra lo que han sido las grandes gestas de este movimiento en todo el mundo. A la experiencia y el desarrollo de los Trump, los Bolsonaro, los Orban, Meloni, Vox, o los Fujimori en Latinoamérica -en una Perú que ha sido punta de lanza de una campaña muy fuerte a nivel regional contra la ESI y nuestros derechos-, se suma claramente el gobierno de Javier Milei en la Argentina. 

En base a los principios y el método político que Trotsky establece en El programa de Transición, a las corrientes del trotskismo se nos presenta la tarea de desarrollar un programa de reivindicaciones transitorias para las mujeres y diversidades de la clase trabajadora. Un pliego reivindicativo que responda a los objetivos de la IV Internacional que Trotsky define de manera contundente: "su misión consiste en aniquilar la dominación del capital, su objetivo es el socialismo. Su método, la revolución proletaria." Sobre esa base: luchar por poner en pie el partido mundial de los explotados para luchar por la revolución socialista.

Partimos, como Trotsky, de la agonía del capitalismo como premisa objetiva de la revolución socialista. La descomposición capitalista, y su incapacidad de un desarrollo progresivo y estable para la mayoría social que vive de su trabajo, se expresa en términos de barbarie en lo que hace a las mujeres y diversidades: tasa altísima de femicidios, los trans-travesticidios y crímenes de odio, la impunidad de redes de trata de mujeres y niños para la explotación sexual y laboral, la pedofilia o la compra-venta de niños y niñas para alimentar un negocio clandestino de adopción, los abusos, la feminización creciente de la pobreza y el recrudecimiento de la pobreza infantil, la falta de derechos laborales y el crecimiento de la informalidad y la extrema precarización laboral, la crisis de la vivienda y la masiva concentración de familias trabajadoras en las villas donde reinan los narcos y florecen y se multiplican todas las lacras sociales.

Las condiciones objetivas son entonces el punto de partida de una política revolucionaria, que desde hace mucho tiempo ya están más que maduras. Pero el gran problema político sigue siendo cómo superar la contradicción entre esa condición objetiva y el atraso en la conciencia de las masas, es decir, la inmadurez de las condiciones subjetivas. Como caracterizó Trotsky en 1938, en la actualidad el problema sigue siendo la crisis de dirección del proletariado. Y la elaboración de un programa de reivindicaciones transitorias, que guíe a las y los revolucionarios en el propósito de unir la conciencia política de los explotados en cada momento a la lucha por el poder de la clase obrera, tiene una vigencia y una importancia fenomenal en el frente de las mujeres y diversidades, y la pelea por explotar su enorme potencial revolucionario, su capacidad de sacudir estructuras políticas, barrer prejuicios, conmocionar conciencias, y de choque con el Estado.

Un programa que no sea un enunciado ideológico abstracto, sino que es la herramienta de lucha por una nueva cultura que solo es posible con la construcción de otro tipo de relaciones sociales, libres de explotación, sobre la base de nuevas condiciones materiales de existencia creadas a instancias de la expropiación del capital, la abolición de la propiedad privada de la tierra y de la industria, la socialización de las tareas domésticas o reproductivas. Y con ello, la destrucción de la familia burguesa como ámbito de servidumbre basado en jerarquías que dividen a los adultos de los niños y a las mujeres y diversidades de los varones. 

Ese programa, y las consignas que en cada momento son más adecuadas, se elabora en conexión con la práctica de la lucha diaria, las preocupaciones y la conciencia de las trabajadoras y las activistas del movimiento de mujeres y diversidades en este caso, y el objetivo de conducirlas a una ruptura con todos los partidos de la burguesía. 

La propia dinámica de nuestro movimiento nos plantea a cada paso ese desafío, dominado por aspiraciones reformistas que disocian cualquier lucha reivindicativa de una perspectiva de emancipación social. La lucha de la “ola verde” por el aborto legal nos deja grandes lecciones a ese respecto y un resultado contradictorio: una pelea ejemplar, con conquistas muy valiosas no sólo por el derecho arrancado a un Estado de fuerte entrelazamiento clerical, sino también en materia de métodos de organización y acción directa, de choque con las burocracias sindicales, de lucha política y elevación de conciencias. Pero que al mismo tiempo pudo ser encorsetado en expectativas de un recambio electoral patronal y hoy atraviesa un reflujo relativo (el último 8 de marzo fue masivo e importante en distintos rincones del país).

Una lucha contra el Estado capitalista

Otro aspecto fundamental que distingue la lucha política del Plenario de Trabajadoras, también hacia el interior de las organizaciones del trotskismo, es la centralidad de la lucha contra el Estado y la cooptación política. Ello requiere de una delimitación política y programática sistemática.

Las consignas democratizantes son muy potentes en el movimiento feminista que por definición es policlasista, y que en las últimas décadas ha sido objeto de un notable esfuerzo y una política de integración al régimen por parte de la burguesía. No nos referimos con el término "democratizante" a las demandas democráticas, que sólo serán cabalmente realizadas bajo un gobierno obrero, y que deben ser parte de nuestras consignas y batallas programáticas, como lo fue el derecho al aborto legal -cuyo acceso no es, pese a la ley, de igual alcance para las mujeres en todo el país, con un sistema de salud inficionado por agentes de las iglesias bajo el amparo de todas las fracciones políticas de la burguesía que gobiernan las provincias. El término "democratizante" como lo entendemos aquí alude al reforzamiento de las instituciones de la democracia burguesa, o a la capitulación ante ellas, sin contraponer una política orientada a sublevar al pueblo, a las mujeres y diversidades, contra el poder del Estado.

En el proceso posterior a la muerte de Trotsky, el derrotero contrarrevolucionario de la URSS y del Partido Comunista va a signar fuertemente el desarrollo posterior del movimiento de mujeres y diversidades. Y se va a producir un quiebre que no va a permitir que el feminismo de la segunda ola se identifique con una salida socialista.

Precisamente, la segunda ola del feminismo fue una reacción al desprestigio de la URSS tras la burocratización y el pasaje del stalinismo al campo de la restauración capitalista. La teoría reaccionaria del "socialismo en un sólo país", el frente popular de colaboración de clases, la entrega del proletariado de numerosos países y la capitulación final ante el nazismo, causaron una profunda desmoralización y desconfianza en el socialismo. Junto con ello, el "termidor en el hogar" y el proceso de regresión en el terreno de las relaciones entre los géneros, buscó dormir al gigante que se había despertado con la revolución de octubre: los hombres y mujeres de la clase obrera. 

El imperialismo toma nota de esta realidad. Entre las décadas del ´70 y del ´90, a través de la ONU y los Estados capitalistas, el imperialismo organizó cuatro conferencias de mujeres, en nombre de la "inclusión" y la "perspectiva de género". Toda su política es mostrarle a ese movimiento que el capitalismo se podía adaptar a las reivindicaciones de las mujeres, y da una orientación de cooptación, incluyendo a referentes en estamentos y posiciones de poder dentro de la estructura estatal. Se abre curso el fenómeno de las mujeres defendiendo el programa del Estado capitalista, que dejó a las mujeres en las peores condiciones sociales y materiales. 

Se trata entonces de aportar a que el movimiento de mujeres pueda procesar conclusiones, habiendo sido un factor muy dinámico en Argentina y en el mundo en los últimos años. 

Hubo en todo este período importantes avances en el plano legal, muy tardío si lo comparamos con la revolución bolchevique, que convivieron con una precarización y empobrecimiento masivo cada vez más pronunciado. Hoy nuestro movimiento de mujeres está atravesado por esta disyuntiva. El capitalismo busca metabolizar al movimiento feminista, para limitar y bloquear su potencial revolucionario.

La lucha contra la tutela y la cooptación por parte del Estado y sus fuerzas políticas resulta por lo tanto fundamental. ¿Qué consignas, qué reivindicaciones contraponemos al programa capitalista de la "inclusión de género"? Las conquistas en materia de igualdad jurídica y de derechos han sido presentadas como bandera y logros de sectores de la clase capitalista. Conquistas que no son igualitarias para todas las mujeres y diversidades, porque ninguna ley derriba la estructura opresiva del capital, que en el mundo del trabajo, la salud, la educación, y de las relaciones interpersonales dentro del hogar, siguen discriminando y violentando a las trabajadoras. Han proliferado organismos estatales, como fue en nuestro caso bajo el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, la creación por primera vez de un "Ministerio de mujeres y diversidades", que ni bien asumió Milei cerró. ¿Cómo actuamos las revolucionarias frente a esto, con qué instrumentos políticos damos batalla, para promover como decía Clara Zetkin, una “separación tajante” de las mujeres proletarias de la tutela y la influencia del feminismo burgués y pequeñoburgués? Claramente hoy no sería concebible pedir que se reabra un ministerio bajo la conducción de algún funcionario/funcionaria de La Libertad Avanza. 

Cuando la lucha del movimiento de mujeres y diversidades adquirió características realmente masivas con las movilizaciones por Ni Una Menos en 2015, el debate sobre los ministerios empezó a crecer. Un sector de las periodistas convocantes quería incluirlo como uno de los principales reclamos de la movilización. Y en el debate, finalmente se abrió curso una consigna que militamos fuertemente desde el Plenario de Trabajadoras, orientando la lucha contra toda la maquinaria de dominación capitalista: "el Estado es responsable". Si el Estado es el problema, no se trata de reforzarlo y empoderar a las mujeres dentro de su aparato burocrático, sino de luchar por destruirlo. Levantamos asimismo la consigna de luchar por un Consejo autónomo de mujeres y diversidades, electo por las propias mujeres y diversidades desde los 13 años de edad, con un directorio con mandatos revocables. Elaboramos un planteo y una consigna de choque con el Estado para alternativizar a sus ministerios y organismos gubernamentales. 

El planteo del Consejo Autónomo apunta a promover un organismo de doble poder frente a un movimiento de lucha en auge. Un instrumento para disputar con las ilusiones democratizantes en organismos propios dentro del Estado burgués. Planteamos un consejo autónomo que sirva en primer término para combatir las violencias que promueve ese mismo Estado, cuando refuerza a las iglesias y el oscurantismo como ideología oficial de sometimiento y subordinación de las mujeres y diversidades, cuando fomenta el trabajo informal y precarizado junto con la brecha salarial, cuando ataca a los comedores populares y a las mujeres más golpeadas por el ajuste, cuando somete a una mayoría de la población trabajadora a vivir en "guetos de pobres" que son las villas en nuestro país, copadas por los narcos que reclutan a nuestros pibes y pibas como soldaditos, cuando destruye la salud y la educación públicas. 

Abran paso a las piqueteras

Trotsky se basa en las caracterizaciones del marxismo desde mediados del siglo XIX: a la mujer hay que integrarla plenamente a la vida social, sacarla del yugo y la esclavitud doméstica. Lo primero es postular qué tiene que hacer el partido revolucionario con relación a las mujeres, a esas masas embrutecidas por la realidad económica, alejadas de la producción social o insertas en ella en una condición subordinada e hiper precarizada. La tarea es batallar por influirlas fuertemente en la organización revolucionaria para que el movimiento obrero pueda avanzar en sus objetivos estratégicos. Buscar la manera de incorporarlas plenamente a la lucha revolucionaria, con un programa pensado para intervenir en un proceso de caducidad del capitalismo, elevando a las mujeres de la lucha por las reivindicaciones democráticas a la lucha por el poder. 

El brutal crecimiento de la desocupación en la actual etapa es un fenómeno que responde a una ofensiva del capital a nivel mundial que busca pegar un salto en las relaciones sociales de explotación. Las principales víctimas son las mujeres y los niños. El postulado de dirigirse y luchar por organizar a los sectores más relegados, más explotados, los más degradados es recurrente en Trotsky, y particularmente en el Programa de la IV Internacional. Y las mujeres somos una mayoría entre los sectores más precarizados y expoliados por el capital. Ese protagonismo es muy notorio hacia el interior del movimiento piquetero en la Argentina, que ha sido uno de los más dinámicos en la lucha de clases del último período. El trabajo político tendiente a organizarlas y elevarlas de lo reivindicativo hacia lo político, luchando contra el embrutecimiento del capital, es, por lo tanto, fundamental. 

Para luchar por organizar a la mujer trabajadora y a las masas más empobrecidas con una política revolucionaria, el Partido Obrero y el Plenario de Trabajadoras se dieron la política de organización del Polo Obrero desde hace más de dos décadas. Una organización que precisamente lo que hizo es cumplir con el postulado de Trotsky en el Programa de Transición de dirigirse a los sectores más explotados, más relegados, buscar elevarlos desde el plano de lo reivindicativo a lo político, para no permitir que el capital los siguiera embruteciendo, los alejara de la intervención política y de la lucha contra la explotación y la opresión. En el Polo Obrero se agrupan mayoritariamente mujeres trabajadoras de los rubros más precarizados que son los más feminizados, como ocurre con las cosecheras del campo, la docencia y la enfermería, el comercio y la venta ambulante, entre otros. De su seno nació una organización muy importante de trabajadoras de casas particulares, que pelea por poner en pie un sindicato clasista y combativo a escala nacional.

El trabajo en el Polo Obrero se funda en esas premisas, desde hace más de 20 años. No se trata únicamente de organizar a los y las compañeras en la lucha por trabajo genuino, contra el hambre, por el sostenimiento de comedores populares, basado en asambleas democráticas, con un cuerpo de delegados electo y revocable. Sino en los sesudos esfuerzos de politización contra las peores lacras de la ideología capitalista que penetran especialmente en los sectores más explotados y precarizados de la clase obrera, como el machismo, el racismo, la xenofobia. La lucha política contra la influencia de las iglesias en los barrios más empobrecidos debe ser tomada como una tarea de primer orden para cualquier partido que se precie de revolucionario y pelee por la separación de las iglesias del Estado. 

La organización de las compañeras por las demandas específicas de las mujeres actúa como un factor de elevación política y cultural de enorme importancia. La lucha por formar cuadros femeninos que militen por la ruptura con los prejuicios religiosos, contra el atraso de la naturalización de la violencia y la discriminación, contra los abusos en las infancias y la completa degradación de la clase obrera, contra los “punteros” que son la burocracia proburguesa de los barrios para aplastar la lucha obrera.  

El planteo de la socialización de las tareas domésticas debe asumir su propia fisonomía en la lucha que libran las piqueteras en los barrios y las villas. Las conferencias de las charlatanas de la burguesía, que predican sobre las "tareas de cuidado" desde sus acomodados escritorios, mientras gobiernan hambreando al pueblo, debe tener un contrapunto desde el campo de las socialistas. La reivindicación por la urbanización de los barrios, por el agua potable, contra las “zonas liberadas” a la criminalidad y el copamiento narco, por una red de transporte adecuada y accesible, por jardines infantiles y centros recreativos para la juventud y la tercera edad, por centros de rehabilitación para las pibas y los pibes. Estas son las reivindicaciones que movilizan a una porción enorme de nuestra clase obrera, de las mujeres que mayoritariamente enfrentan estas penurias, para orientarlas a una lucha por el poder. 

Las trotskistas que nos proponemos organizar a las mujeres y diversidades de nuestra clase con un programa revolucionario no podemos darle la espalda a esta tarea, ni abordarla administrativamente. Las mujeres desocupadas son las que irrumpieron masivamente en los Encuentros de Mujeres a principios de los 2000, para batallar con el programa votado por la Asamblea Nacional de Trabajadores Ocupados y Desocupados en mano, siendo un factor fundamental de lucha política contra las corrientes feministas de la pequeño burguesía y un refuerzo muy vigoroso para el movimiento de las mujeres y diversidades. 

El Plenario de Trabajadoras se empeña y se ha empeñado desde su fundación en la elaboración de un programa de reivindicaciones transitorias para intervenir en el movimiento de mujeres y diversidades con una política de ruptura con el capital y sus partidos. Especialmente, en la batalla por organizar a las mujeres y diversidades de la juventud, en los barrios y en los lugares de trabajo. Por la separación de las iglesias del Estado, enfrentar a las burocracias sindicales y barriales aliadas del oscurantismo clerical. La agitación política contra toda forma de discriminación y de violencia, por la igualdad salarial, por el pase a planta de todas las precarizadas y el fin del trabajo informal y no registrado, Para luchar por convenios colectivos de trabajo que incluyan licencias especiales y políticas de cuidados, por el ascenso escalafonario para las mujeres, entre otros puntos. Elaborar un programa obrero para las mujeres trabajadoras. Un programa que sirva de puente a la lucha por el socialismo, y de unidad de las mujeres con el movimiento obrero para una estrategia de poder para la clase trabajadora. Ese es y debe ser siempre nuestro norte.

Conclusiones

La revolución de octubre unió la causa de la emancipación femenina con la lucha de la clase obrera contra toda opresión y explotación. Luego vinieron los enormes esfuerzos por parte del stalinismo primero, y el imperialismo después, para barrer de la conciencia histórica esta experiencia. Tenemos la tarea de volver a unir la pelea por los derechos y reivindicaciones de las mujeres a la lucha por una transformación social de raíz, el derrocamiento del régimen capitalista bajo la dirección de la clase obrera.  Podemos militar codo a codo en un movimiento policlasista por demandas democráticas como el derecho al aborto legal, pero nuestra tarea estratégica es la lucha política por ganar a las mujeres a un programa obrero y socialista.

Publicamos a continuación una ponencia presentada por la compañera Juliana Cabrera, del Partido Obrero, en el III Evento Internacional León Trotsky, realizado en Buenos Aires, en octubre de 2024.

Resumen: 

El movimiento de mujeres y diversidades ha protagonizado enormes luchas en el último período. La pelea contra el ascendente de corrientes de la burguesía representa el principal desafío para las socialistas que intervenimos en este terreno. Por un lado, frente al nacionalismo burgués y pequeñoburgués, librando una batalla política contra el embellecimiento del Estado detrás de “políticas de género” que abonan la ilusión de un progreso emancipatorio posible bajo el régimen social capitalista. Por otro, frente a las corrientes de ultra derecha y oscurantistas, que se alimentan del poder de las iglesias en las villas y barriadas populares, los sindicatos, el sistema educativo y los aparatos ideológicos del Estado, infectando a las familias proletarias, en particular las más empobrecidas, con prejuicios e ideas reaccionarias en defensa de un modelo familiar autoritario y jerarquizado -usina de regimentación y control social al servicio de las necesidades de reproducción del capital.

El trabajo político de organización de las mujeres piqueteras con una política de clase e independencia política, para disputar la influencia clerical reaccionaria, así como una delimitación sin concesiones frente al nacionalismo burgués en todos los frentes y sectores del movimiento, es un factor clave para desarrollar la potencia de un movimiento de lucha que, unido a la clase obrera, choca con la ideología del capital y puede poner en jaque los eslabones de su dominación y las instituciones que lo sostienen: el Estado. 

Luchas de la envergadura del Ni Una Menos o la Ola Verde por el aborto legal, dan testimonio de la potencia rebelde y transformadora, así como del lastre de la contención operada por la burguesía y sus mecanismos de cooptación y contención. El programa y los instrumentos políticos que planteamos los revolucionarios para enfrentar la situación deben ser puestos en discusión. Frente a la cooptación estatal y gubernamental: ¿emergencias en violencia de género o denuncia de las maniobras estatales, creación de ministerio mediante, y lucha por la puesta en pie de un organismo de doble poder de las mujeres en lucha, autónomo y de combate? ¿Frente a luchas democráticas de las mujeres, reivindicación de su carácter policlasista, o programa obrero y revolucionario para orientar la lucha de las mujeres de todos los sectores sociales hacia la revolución? Frente al crecimiento de la ultra derecha y su prédica en los sectores más empobrecidos: ¿cómo actuar?

Las mujeres y la revolución de Octubre

La experiencia de los movimientos revolucionarios a lo largo de la historia han tenido siempre a las mujeres como protagonistas. En el caso de la Revolución bolchevique la participación de las mujeres en el proceso revolucionario fue muy importante. En Historia de la Revolución Rusa, Trotsky destaca el papel de las obreras en dar inicio a la huelga general que “señalaría el principio de la ofensiva declarada contra el absolutismo”. Aquel 23 de febrero en el calendario juliano vigente en Rusia, 8 de marzo en nuestro calendario occidental, da origen al Día Internacional de la mujer trabajadora, declarado en homenaje a la gesta de las obreras de Rusia en la Segunda Conferencia Internacional de las mujeres socialistas en 1921.

Poco después, en abril de 1917, una movilización de 40.000 mujeres en Rusia reclama el derecho al voto (sufragio femenino). Rusia fue el primer país del mundo en otorgar, sin ningún tipo de restricciones, este derecho para las mujeres.

La integración plena de las mujeres a la producción social, para liberarlas del yugo de la esclavitud doméstica, de la doble opresión por su condición de clase y de género, fue un aspecto central de la acción de los revolucionarios luego de la toma del poder, un horizonte abierto por la expropiación del capital y la puesta en pie de una economía planificada. Fue también un trabajo inconcluso, sobre el cual Trotsky reflexionó en abundancia. El peso de las costumbres, los prejuicios religiosos y la superstición, están mucho más arraigados en el núcleo familiar individual que en cualquier otro frente de batalla, como el económico o el político. Terminar con la servidumbre familiar, la democratización dentro del hogar que es el fundamento último para una real incorporación en condiciones igualitarias de las mujeres a la vida política y económica, requiere un esfuerzo revolucionario enorme y muy consciente de toda la clase obrera. 

En la experiencia revolucionaria de Rusia este objetivo se encontró con poderosos obstáculos. En primer término por los efectos devastadores de la guerra imperialista primero, y la guerra civil después, que generaron tendencias a la desintegración familiar, pero no en la dirección de constituir relaciones personales y culturales más elevadas, sino la dinámica destructiva que generaban las separaciones forzosas entre los miembros familiares y sus hijos e hijas, la falta de recursos, la carestía, la falta del pan, la desnutrición infantil. Y luego, el termidor stalinista que, como veremos, buscó enaltecer nuevamente a la familia burguesa, y la reclusión de las mujeres en ella, como uno de los pilares, de los mecanismos por excelencia, de regimentación de la sociedad y la clase obrera toda. 

Cuando los bolcheviques toman el poder, en 1918 promulgan el “Código soviético del matrimonio, la familia y la tutela”, que barrió con siglos de leyes de defensa de la propiedad y los privilegios masculinos. Se instaura el casamiento civil, el matrimonio igualitario, el divorcio a pedido de cualquiera de las partes, pensiones para la viudez, los niños y niñas. Se termina con la división entre hijos legítimos e ilegítimos, se instaura el régimen de licencias por maternidad más progresivo para los parámetros de la época a nivel mundial. Se prohíbe la criminalización sobre las mujeres en situación de prostitución, y se promueve una intensa campaña de inclusión laboral de esas mujeres y una fuerte propaganda contra la explotación sexual y la prostitución. Se establece la separación de la iglesia del Estado. Y en 1920, la Rusia soviética se convierte en el primer país del mundo en avanzar en la legalización del derecho al aborto. 

El Código se basó en una premisa política: el Estado obrero va a ser un Estado de transición. Su carácter revolucionario radica precisamente en que las medidas que establece no apuntan a un robustecimiento del aparato del Estado, sino a su disolución. Pues la intervención del Estado obrero se guía por el principio de la eliminación de las relaciones de propiedad capitalista y las relaciones de sometimiento, de clase y de género, que éste necesita. La dictadura del proletariado va a tender a desaparecer en la medida en que desaparezcan las divisiones de clases en la sociedad. Este es el principio que rigió todo el andamiaje jurídico que los bolcheviques llevaron a cabo a partir de 1917 y en los años subsiguientes.

Stalinismo. El «termidor en el hogar»

El atraso económico que asediaba a Rusia en combinación con el confinamiento y aislamiento de la experiencia revolucionaria, sumado a los efectos devastadores de la guerra civil que golpearon a la vanguardia obrera, crearon las condiciones para el desarrollo del stalinismo: una corriente contrarrevolucionaria que abre un curso de eliminación de las principales conquistas de la revolución, entre ellos -y para ello-, los derechos consagrados para las mujeres. 

En 1923, en medio de la guerra civil, Trotsky escribe Problemas de la vida cotidiana, donde elabora reflexiones muy de fondo sobre este proceso – que años más tarde retomará y profundizará en La revolución traicionada. En este período, funda la Oposición de Izquierda para defender la Revolución de Octubre contra la burocratización y la lucha por el socialismo a escala internacional.

A comienzos de la década del 30, una de las medidas más ilustrativas del retroceso fue la eliminación del Zhenotdel, la organización femenina del comité central del Partido Bolchevique. En 1936 se dictamina el decreto que ilegaliza el aborto, estableciendo penas para las mujeres que se realizan la práctica y multas para quienes lo solicitan. Se introducen nuevas trabas burocráticas para poder acceder al derecho al divorcio. Desde el Estado, bajo la dirección del stalinismo, se promueve el culto a la maternidad y se lanzan campañas de propaganda realzando los “valores de la familia, la milicia y los tribunales”, como sostenedores del orden. De este modo, la unidad de la familia y el Estado se presentan como pilares para sostener la ofensiva contrarrevolucionaria que se abría curso en Rusia.

Como señalamos, en La revolución traicionada (1936), Trotsky retoma la reflexión y el análisis sobre los problemas de la vida cotidiana y denuncia todos estos retrocesos en materia de derechos para las mujeres, explicando el fenómeno de la exaltación de la familia por parte del stalinismo como un mecanismo de control social sobre la población obrera y campesina en toda Rusia. Aunque Stalin había proclamado el «triunfo del socialismo», Trotsky señala con claridad que las relaciones socialistas e igualitarias entre hombres y mujeres no habían sido alcanzadas.

Ilegalizar el aborto era parte de una política de regresión de la clase obrera que demandaba que la mujer volviera al hogar y el cerrado núcleo familiar fundado en relaciones de servidumbre. La política de Stalin era la contraria a los principios del Código soviético de 1918, pues su objetivo era la defensa del Estado. Fue muy marcado el retroceso en la socialización de la crianza de los niños. La iglesia ortodoxa fue recuperando su influencia a lo largo de los años subsiguientes.

Cuando Trotsky analiza la situación de la Unión Soviética, y pone en el centro el análisis la vida cotidiana, destaca que junto con la teoría del «socialismo en un solo país», las medidas adoptadas por la burocracia apuntaban a una reversión en las relaciones sociales de Rusia para poder concretar un rumbo político y económico que permitan dar sustento a su expectativa de dominio duradero en el tiempo. Para ello operó un giro de 180 grados en la  dirección política de la intervención del Estado, anulando el avance hacia su destrucción para avanzar en un proceso de burocratización. Para estos objetivos necesitó barrer con todo el pasado, y en esa política se inscriben también las purgas stalinistas, los juicios de Moscú, los asesinatos. 

El programa de transición y las mujeres hoy. Sus principios y su método político 

El afán por defender la Revolución de octubre y su programa, llevaron a Trotsky a denunciar y enfrentar a Stalin y las consecuencias nefastas de la burocratización stalinista, y a fundar la IV Internacional, con un programa para la clase obrera mundial que da un lugar importante a la mujer trabajadora. 

El ascenso del nazismo había provocado una gran divisoria de aguas en la estrategia política de los partidos comunistas y marca la caducidad de la III Internacional como arma de lucha de la clase obrera. Se hacía necesario poner en pie una nueva internacional revolucionaria. 

En 1933 Trotsky saca la conclusión de la bancarrota definitiva de la III Internacional y en 1938 publica El programa de transición, que en uno de sus capítulos reclama  abrir “paso a la mujer trabajadora”. Una definición de principios y compromiso con la lucha contra toda opresión que es el punto de partida para las trotskistas que intervenimos en los grandes movimientos de lucha por las mujeres y diversidades en nuestros tiempos. Tiempos en que se agrava la declinación histórica del capitalismo, en el que el colectivo femenino y de las diversidades somos víctimas de todo tipo de agravios. 

Porque el programa es un proceso vivo, de elaboración y de acción sistemática, requiere ser enriquecido a la luz del devenir y el desarrollo del movimiento feminista, las características que adquirió en el último período, las clases sociales que intervienen y el peso que adquieren sus planteos, la forma que adopta la intervención del Estado capitalista y las corrientes que le son tributarias en él, las polémicas que se desenvuelven, y la estrategia política de la lucha de clases en las condiciones actuales. Hacer del programa un arma de batalla para volver a poner en pie a las mujeres y diversidades frente a la contención y regimentación de las luchas, por un lado, y los violentos ataques de una corriente capitalista internacional que promueve la reacción contra lo que han sido las grandes gestas de este movimiento en todo el mundo. A la experiencia y el desarrollo de los Trump, los Bolsonaro, los Orban, Meloni, Vox, o los Fujimori en Latinoamérica -en una Perú que ha sido punta de lanza de una campaña muy fuerte a nivel regional contra la ESI y nuestros derechos-, se suma claramente el gobierno de Javier Milei en la Argentina. 

En base a los principios y el método político que Trotsky establece en El programa de Transición, a las corrientes del trotskismo se nos presenta la tarea de desarrollar un programa de reivindicaciones transitorias para las mujeres y diversidades de la clase trabajadora. Un pliego reivindicativo que responda a los objetivos de la IV Internacional que Trotsky define de manera contundente: «su misión consiste en aniquilar la dominación del capital, su objetivo es el socialismo. Su método, la revolución proletaria.» Sobre esa base: luchar por poner en pie el partido mundial de los explotados para luchar por la revolución socialista.

Partimos, como Trotsky, de la agonía del capitalismo como premisa objetiva de la revolución socialista. La descomposición capitalista, y su incapacidad de un desarrollo progresivo y estable para la mayoría social que vive de su trabajo, se expresa en términos de barbarie en lo que hace a las mujeres y diversidades: tasa altísima de femicidios, los trans-travesticidios y crímenes de odio, la impunidad de redes de trata de mujeres y niños para la explotación sexual y laboral, la pedofilia o la compra-venta de niños y niñas para alimentar un negocio clandestino de adopción, los abusos, la feminización creciente de la pobreza y el recrudecimiento de la pobreza infantil, la falta de derechos laborales y el crecimiento de la informalidad y la extrema precarización laboral, la crisis de la vivienda y la masiva concentración de familias trabajadoras en las villas donde reinan los narcos y florecen y se multiplican todas las lacras sociales.

Las condiciones objetivas son entonces el punto de partida de una política revolucionaria, que desde hace mucho tiempo ya están más que maduras. Pero el gran problema político sigue siendo cómo superar la contradicción entre esa condición objetiva y el atraso en la conciencia de las masas, es decir, la inmadurez de las condiciones subjetivas. Como caracterizó Trotsky en 1938, en la actualidad el problema sigue siendo la crisis de dirección del proletariado. Y la elaboración de un programa de reivindicaciones transitorias, que guíe a las y los revolucionarios en el propósito de unir la conciencia política de los explotados en cada momento a la lucha por el poder de la clase obrera, tiene una vigencia y una importancia fenomenal en el frente de las mujeres y diversidades, y la pelea por explotar su enorme potencial revolucionario, su capacidad de sacudir estructuras políticas, barrer prejuicios, conmocionar conciencias, y de choque con el Estado.

Un programa que no sea un enunciado ideológico abstracto, sino que es la herramienta de lucha por una nueva cultura que solo es posible con la construcción de otro tipo de relaciones sociales, libres de explotación, sobre la base de nuevas condiciones materiales de existencia creadas a instancias de la expropiación del capital, la abolición de la propiedad privada de la tierra y de la industria, la socialización de las tareas domésticas o reproductivas. Y con ello, la destrucción de la familia burguesa como ámbito de servidumbre basado en jerarquías que dividen a los adultos de los niños y a las mujeres y diversidades de los varones. 

Ese programa, y las consignas que en cada momento son más adecuadas, se elabora en conexión con la práctica de la lucha diaria, las preocupaciones y la conciencia de las trabajadoras y las activistas del movimiento de mujeres y diversidades en este caso, y el objetivo de conducirlas a una ruptura con todos los partidos de la burguesía. 

La propia dinámica de nuestro movimiento nos plantea a cada paso ese desafío, dominado por aspiraciones reformistas que disocian cualquier lucha reivindicativa de una perspectiva de emancipación social. La lucha de la “ola verde” por el aborto legal nos deja grandes lecciones a ese respecto y un resultado contradictorio: una pelea ejemplar, con conquistas muy valiosas no sólo por el derecho arrancado a un Estado de fuerte entrelazamiento clerical, sino también en materia de métodos de organización y acción directa, de choque con las burocracias sindicales, de lucha política y elevación de conciencias. Pero que al mismo tiempo pudo ser encorsetado en expectativas de un recambio electoral patronal y hoy atraviesa un reflujo relativo (el último 8 de marzo fue masivo e importante en distintos rincones del país).

Una lucha contra el Estado capitalista

Otro aspecto fundamental que distingue la lucha política del Plenario de Trabajadoras, también hacia el interior de las organizaciones del trotskismo, es la centralidad de la lucha contra el Estado y la cooptación política. Ello requiere de una delimitación política y programática sistemática.

Las consignas democratizantes son muy potentes en el movimiento feminista que por definición es policlasista, y que en las últimas décadas ha sido objeto de un notable esfuerzo y una política de integración al régimen por parte de la burguesía. No nos referimos con el término «democratizante» a las demandas democráticas, que sólo serán cabalmente realizadas bajo un gobierno obrero, y que deben ser parte de nuestras consignas y batallas programáticas, como lo fue el derecho al aborto legal -cuyo acceso no es, pese a la ley, de igual alcance para las mujeres en todo el país, con un sistema de salud inficionado por agentes de las iglesias bajo el amparo de todas las fracciones políticas de la burguesía que gobiernan las provincias. El término «democratizante» como lo entendemos aquí alude al reforzamiento de las instituciones de la democracia burguesa, o a la capitulación ante ellas, sin contraponer una política orientada a sublevar al pueblo, a las mujeres y diversidades, contra el poder del Estado.

En el proceso posterior a la muerte de Trotsky, el derrotero contrarrevolucionario de la URSS y del Partido Comunista va a signar fuertemente el desarrollo posterior del movimiento de mujeres y diversidades. Y se va a producir un quiebre que no va a permitir que el feminismo de la segunda ola se identifique con una salida socialista.

Precisamente, la segunda ola del feminismo fue una reacción al desprestigio de la URSS tras la burocratización y el pasaje del stalinismo al campo de la restauración capitalista. La teoría reaccionaria del «socialismo en un sólo país», el frente popular de colaboración de clases, la entrega del proletariado de numerosos países y la capitulación final ante el nazismo, causaron una profunda desmoralización y desconfianza en el socialismo. Junto con ello, el «termidor en el hogar» y el proceso de regresión en el terreno de las relaciones entre los géneros, buscó dormir al gigante que se había despertado con la revolución de octubre: los hombres y mujeres de la clase obrera. 

El imperialismo toma nota de esta realidad. Entre las décadas del ´70 y del ´90, a través de la ONU y los Estados capitalistas, el imperialismo organizó cuatro conferencias de mujeres, en nombre de la «inclusión» y la «perspectiva de género». Toda su política es mostrarle a ese movimiento que el capitalismo se podía adaptar a las reivindicaciones de las mujeres, y da una orientación de cooptación, incluyendo a referentes en estamentos y posiciones de poder dentro de la estructura estatal. Se abre curso el fenómeno de las mujeres defendiendo el programa del Estado capitalista, que dejó a las mujeres en las peores condiciones sociales y materiales. 

Se trata entonces de aportar a que el movimiento de mujeres pueda procesar conclusiones, habiendo sido un factor muy dinámico en Argentina y en el mundo en los últimos años. 

Hubo en todo este período importantes avances en el plano legal, muy tardío si lo comparamos con la revolución bolchevique, que convivieron con una precarización y empobrecimiento masivo cada vez más pronunciado. Hoy nuestro movimiento de mujeres está atravesado por esta disyuntiva. El capitalismo busca metabolizar al movimiento feminista, para limitar y bloquear su potencial revolucionario.

La lucha contra la tutela y la cooptación por parte del Estado y sus fuerzas políticas resulta por lo tanto fundamental. ¿Qué consignas, qué reivindicaciones contraponemos al programa capitalista de la «inclusión de género»? Las conquistas en materia de igualdad jurídica y de derechos han sido presentadas como bandera y logros de sectores de la clase capitalista. Conquistas que no son igualitarias para todas las mujeres y diversidades, porque ninguna ley derriba la estructura opresiva del capital, que en el mundo del trabajo, la salud, la educación, y de las relaciones interpersonales dentro del hogar, siguen discriminando y violentando a las trabajadoras. Han proliferado organismos estatales, como fue en nuestro caso bajo el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, la creación por primera vez de un «Ministerio de mujeres y diversidades», que ni bien asumió Milei cerró. ¿Cómo actuamos las revolucionarias frente a esto, con qué instrumentos políticos damos batalla, para promover como decía Clara Zetkin, una “separación tajante” de las mujeres proletarias de la tutela y la influencia del feminismo burgués y pequeñoburgués? Claramente hoy no sería concebible pedir que se reabra un ministerio bajo la conducción de algún funcionario/funcionaria de La Libertad Avanza. 

Cuando la lucha del movimiento de mujeres y diversidades adquirió características realmente masivas con las movilizaciones por Ni Una Menos en 2015, el debate sobre los ministerios empezó a crecer. Un sector de las periodistas convocantes quería incluirlo como uno de los principales reclamos de la movilización. Y en el debate, finalmente se abrió curso una consigna que militamos fuertemente desde el Plenario de Trabajadoras, orientando la lucha contra toda la maquinaria de dominación capitalista: «el Estado es responsable». Si el Estado es el problema, no se trata de reforzarlo y empoderar a las mujeres dentro de su aparato burocrático, sino de luchar por destruirlo. Levantamos asimismo la consigna de luchar por un Consejo autónomo de mujeres y diversidades, electo por las propias mujeres y diversidades desde los 13 años de edad, con un directorio con mandatos revocables. Elaboramos un planteo y una consigna de choque con el Estado para alternativizar a sus ministerios y organismos gubernamentales. 

El planteo del Consejo Autónomo apunta a promover un organismo de doble poder frente a un movimiento de lucha en auge. Un instrumento para disputar con las ilusiones democratizantes en organismos propios dentro del Estado burgués. Planteamos un consejo autónomo que sirva en primer término para combatir las violencias que promueve ese mismo Estado, cuando refuerza a las iglesias y el oscurantismo como ideología oficial de sometimiento y subordinación de las mujeres y diversidades, cuando fomenta el trabajo informal y precarizado junto con la brecha salarial, cuando ataca a los comedores populares y a las mujeres más golpeadas por el ajuste, cuando somete a una mayoría de la población trabajadora a vivir en «guetos de pobres» que son las villas en nuestro país, copadas por los narcos que reclutan a nuestros pibes y pibas como soldaditos, cuando destruye la salud y la educación públicas. 

Abran paso a las piqueteras

Trotsky se basa en las caracterizaciones del marxismo desde mediados del siglo XIX: a la mujer hay que integrarla plenamente a la vida social, sacarla del yugo y la esclavitud doméstica. Lo primero es postular qué tiene que hacer el partido revolucionario con relación a las mujeres, a esas masas embrutecidas por la realidad económica, alejadas de la producción social o insertas en ella en una condición subordinada e hiper precarizada. La tarea es batallar por influirlas fuertemente en la organización revolucionaria para que el movimiento obrero pueda avanzar en sus objetivos estratégicos. Buscar la manera de incorporarlas plenamente a la lucha revolucionaria, con un programa pensado para intervenir en un proceso de caducidad del capitalismo, elevando a las mujeres de la lucha por las reivindicaciones democráticas a la lucha por el poder. 

El brutal crecimiento de la desocupación en la actual etapa es un fenómeno que responde a una ofensiva del capital a nivel mundial que busca pegar un salto en las relaciones sociales de explotación. Las principales víctimas son las mujeres y los niños. El postulado de dirigirse y luchar por organizar a los sectores más relegados, más explotados, los más degradados es recurrente en Trotsky, y particularmente en el Programa de la IV Internacional. Y las mujeres somos una mayoría entre los sectores más precarizados y expoliados por el capital. Ese protagonismo es muy notorio hacia el interior del movimiento piquetero en la Argentina, que ha sido uno de los más dinámicos en la lucha de clases del último período. El trabajo político tendiente a organizarlas y elevarlas de lo reivindicativo hacia lo político, luchando contra el embrutecimiento del capital, es, por lo tanto, fundamental. 

Para luchar por organizar a la mujer trabajadora y a las masas más empobrecidas con una política revolucionaria, el Partido Obrero y el Plenario de Trabajadoras se dieron la política de organización del Polo Obrero desde hace más de dos décadas. Una organización que precisamente lo que hizo es cumplir con el postulado de Trotsky en el Programa de Transición de dirigirse a los sectores más explotados, más relegados, buscar elevarlos desde el plano de lo reivindicativo a lo político, para no permitir que el capital los siguiera embruteciendo, los alejara de la intervención política y de la lucha contra la explotación y la opresión. En el Polo Obrero se agrupan mayoritariamente mujeres trabajadoras de los rubros más precarizados que son los más feminizados, como ocurre con las cosecheras del campo, la docencia y la enfermería, el comercio y la venta ambulante, entre otros. De su seno nació una organización muy importante de trabajadoras de casas particulares, que pelea por poner en pie un sindicato clasista y combativo a escala nacional.

El trabajo en el Polo Obrero se funda en esas premisas, desde hace más de 20 años. No se trata únicamente de organizar a los y las compañeras en la lucha por trabajo genuino, contra el hambre, por el sostenimiento de comedores populares, basado en asambleas democráticas, con un cuerpo de delegados electo y revocable. Sino en los sesudos esfuerzos de politización contra las peores lacras de la ideología capitalista que penetran especialmente en los sectores más explotados y precarizados de la clase obrera, como el machismo, el racismo, la xenofobia. La lucha política contra la influencia de las iglesias en los barrios más empobrecidos debe ser tomada como una tarea de primer orden para cualquier partido que se precie de revolucionario y pelee por la separación de las iglesias del Estado. 

La organización de las compañeras por las demandas específicas de las mujeres actúa como un factor de elevación política y cultural de enorme importancia. La lucha por formar cuadros femeninos que militen por la ruptura con los prejuicios religiosos, contra el atraso de la naturalización de la violencia y la discriminación, contra los abusos en las infancias y la completa degradación de la clase obrera, contra los “punteros” que son la burocracia proburguesa de los barrios para aplastar la lucha obrera.  

El planteo de la socialización de las tareas domésticas debe asumir su propia fisonomía en la lucha que libran las piqueteras en los barrios y las villas. Las conferencias de las charlatanas de la burguesía, que predican sobre las «tareas de cuidado» desde sus acomodados escritorios, mientras gobiernan hambreando al pueblo, debe tener un contrapunto desde el campo de las socialistas. La reivindicación por la urbanización de los barrios, por el agua potable, contra las “zonas liberadas” a la criminalidad y el copamiento narco, por una red de transporte adecuada y accesible, por jardines infantiles y centros recreativos para la juventud y la tercera edad, por centros de rehabilitación para las pibas y los pibes. Estas son las reivindicaciones que movilizan a una porción enorme de nuestra clase obrera, de las mujeres que mayoritariamente enfrentan estas penurias, para orientarlas a una lucha por el poder. 

Las trotskistas que nos proponemos organizar a las mujeres y diversidades de nuestra clase con un programa revolucionario no podemos darle la espalda a esta tarea, ni abordarla administrativamente. Las mujeres desocupadas son las que irrumpieron masivamente en los Encuentros de Mujeres a principios de los 2000, para batallar con el programa votado por la Asamblea Nacional de Trabajadores Ocupados y Desocupados en mano, siendo un factor fundamental de lucha política contra las corrientes feministas de la pequeño burguesía y un refuerzo muy vigoroso para el movimiento de las mujeres y diversidades. 

El Plenario de Trabajadoras se empeña y se ha empeñado desde su fundación en la elaboración de un programa de reivindicaciones transitorias para intervenir en el movimiento de mujeres y diversidades con una política de ruptura con el capital y sus partidos. Especialmente, en la batalla por organizar a las mujeres y diversidades de la juventud, en los barrios y en los lugares de trabajo. Por la separación de las iglesias del Estado, enfrentar a las burocracias sindicales y barriales aliadas del oscurantismo clerical. La agitación política contra toda forma de discriminación y de violencia, por la igualdad salarial, por el pase a planta de todas las precarizadas y el fin del trabajo informal y no registrado, Para luchar por convenios colectivos de trabajo que incluyan licencias especiales y políticas de cuidados, por el ascenso escalafonario para las mujeres, entre otros puntos. Elaborar un programa obrero para las mujeres trabajadoras. Un programa que sirva de puente a la lucha por el socialismo, y de unidad de las mujeres con el movimiento obrero para una estrategia de poder para la clase trabajadora. Ese es y debe ser siempre nuestro norte.

Conclusiones

La revolución de octubre unió la causa de la emancipación femenina con la lucha de la clase obrera contra toda opresión y explotación. Luego vinieron los enormes esfuerzos por parte del stalinismo primero, y el imperialismo después, para barrer de la conciencia histórica esta experiencia. Tenemos la tarea de volver a unir la pelea por los derechos y reivindicaciones de las mujeres a la lucha por una transformación social de raíz, el derrocamiento del régimen capitalista bajo la dirección de la clase obrera.  Podemos militar codo a codo en un movimiento policlasista por demandas democráticas como el derecho al aborto legal, pero nuestra tarea estratégica es la lucha política por ganar a las mujeres a un programa obrero y socialista.

Temas relacionados:

Artículos relacionados