1492-1992: El capitalismo festeja su senilidad

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En las ex-colonias españolas de América, la llegada de los europeos siempre fue celebrada (12 de octubre) bajo el nombre de “Día de la Raza”: no existe mejor símbolo de servilismo histórico de la burguesía latinoamericana, capaz de endosar hasta los argumentos racistas con que fue justificado el saqueo secular de nuestro continente. Compárese con los EEUU, donde la misma fecha “honra, con su ‘ColumbusDay', el mito político de un Nuevo Mundo que, desde 1492, legitimaría su Manifest Destiny y sus ambiciones mundiales” (1).


 


En la víspera del Quinto Centenario, la monarquía española decidió adaptarse a la ideología democratizante en boga en las propias entrañas del imperialismo capitalista, bautizando a la celebración como “Encuentro de las Civilizaciones”. Prudencia evitada por la Iglesia Católica que, al no poseer un Estado propio, consigue expresar con más claridad la ideología de la cristiandad capitalista. Así, Juan Pablo II saludó en Santo Domingo a la conquista del Nuevo Mundo como “el surgimiento vigoroso del universalismo requerido por Cristo para su mensaje”.


 


El novelista paraguayo Augusto Roa Bastos no tuvo dificultades en denunciar en el llamado “encuentro de culturas o encuentro de dos mundos, dos fórmulas aún más equivocadas, por complacientes y ambiguas, para nombrar aquello que ocurrió a partir de la llegada de Colón. Una manera vergonzosa de camuflar, fuera de tiempo — bastante tardíamente, hay que decirlo el tremendo choque de civilizaciones y culturas, las luchas terribles en las cuales las culturas autóctonas acabaron devastadas y sus portadores sometidos o aniquilados, como ocurre siempre en las guerras de conquista con sus inevitables ciclos de opresión colonial. La conquista y la colonización del llamado Nuevo Mundo también están llenas de sombras, de horrores y de crímenes. Y, de hecho, no son el etnicidio, la esclavitud y la explotación los que honran esta empresa. No se puede maquillar tan fácilmente la verdad histórica con medias verdades o contraverdades puramente verbales. Encuentro de dos mundos, encuentro de culturas, son apenas subterfugios retóricos de una mala conciencia colectiva o de una todavía peor memoria histórica que ciertos gobiernos excesivamente contemporizadores se empeñan en manipular a fin de obtener el equilibrio celebratorio o conmemorativo, sacándole la carga de sus elementos polémicos, en lo histórico, en lo político, en lo cultural. Empeño, para decir verdad, bastante desaprovechado, pues deja intacto el fondo real del problema. Conocemos el origen de estas fórmulas de buena voluntad, pero poco verosímiles, puestas al servicio de la causa de la conciliación, del olvido, del perdón de la historia” (2).


 


No sabemos dónde Roa Bastos consigue hallar “buena voluntad” al servicio de objetivos tan reaccionarios. Como veremos, la matanza de indios tampoco se entiende sustituyendo “encuentro” por “choque” de culturas. Pero, en cualquier hipótesis lo notable de este Quinto Centenario es el hecho de la reivindicación del saqueoy del genocidio colonialista ocurridos, no por la clase dominante española (que trata púdicamente de ocultarlo) sino por la “democracia” latinoamericana. Asi, el ex-presiden-te de la democracia uruguaya (Sanguinetti) responsabiliza a la “unificación microbiana” por el exterminio indígena, comparándola con las pestes que asolaron a Europa entre 1360 y 1460* declara sin avergonzarse, que “la población indígena se recuperó, al punto que tres siglos después logra una cifra parecida a la existente a la llegada de Colón”, concluyendo que “no se puede hablar de genocidio porque nadie tuvo voluntad de matar” (3). Para el alfonsinista Ernesto Sábato “si la Leyenda Negra fuese verdadera, los descendientes de esos indígenas sometidos deberían mantener resentimientos atávicos respecto a España(lo que) no es el caso” (4). Como se puede apreciar, los razonamientos que condujeron al “punto final” en la Argentina y al Pacto Club Naval en Uruguay, verdaderos modelos de olvido criminal, poseen profundas raíces “históricas”. De la absolución de los militares a la absolución de los genocidas de un continente hay un solo paso…


 


La extrapolación racista correspondió, como viene siendo habitual, al paladín iterario del liberalismo latinoamericano, el novelista peruano Mario Vargas Llosa, que se pregunta “¡cómo fue posible que culturas tan poderosas y tan refinadas como las de los antiguos mejicanos y peruanos se desmoronasen tan fácilmente ante el primer choque con las pequeñas huestes de aventureros europeos? En esta respuesta puede estar a clave del ‘subdesarrollo’ de América Latina, ese continente que gasta ahora fue incapaz de materializar todas las esperanzas y los sueños que acompañaron su historia” (5). Ayer, como hoy, la justificación de imperialismo reposa, en última instancia, sobre las bases de una supuesta “superioridad racial”.


 


Puede parecer sorprendente que se digan semejantes cosas sobre lo que fue considerado como la mayor empresa de “des-civilización” de la historia (6), con la destrucción no sólo de “culturas” sino también de las propias poblaciones que las sustentaban, en lo que fue, sin duda, no sólo el mayor genocidio sino también la mayor catástrofe demográfica de la historia humana: la población indo-americana, calculada en 80 millones de personas en 1500, había caído a… ¡10 millones en 1550! Una empresa frente a cuyo horror la propia Iglesia Católica (que debe a la “conquista” su expansión mundial) reculó de su intención de canonizar a Isabel de Castilla y Cristóbal Colón. Sorprendente sólo si no se tiene en cuenta la función de la conquista y de la colonización en la historia del capitalismo mundial.


 


Descubrimiento, conquista y acumulación


 


“Los franceses reclaman que la suerte no les dio América. Están equivocados. En realidad, España desempeña el papel de las Indias para Francia” (Baltazar Gracián, El Criticón, 1651).


 


“La esclavitud asalariada de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la esclavitud sansphrase en el Nuevo Mundo" (Karl Marx, El Capital).


 


Como es sabido, el llamado “descubrimiento”de América se debe mucho a la casualidad, y no merece siquiera ese nombre. Es posible que los fenicios y los libios hubieran llegado al continente americano y es seguro que los vikingos desembarcaron en él cuatro siglos antes que Colón. Este, a su vez, pensaba poder alcanzar, navegando en dirección al Oeste, el extremo oriental de Asia (la “India”) — lo que creyó haber alcanzado. Aún en 1493, en la bula Intercaetera, se hablaba de las “islas y tierras firmes, situadas en las partes occidentales del Mar Océano, en dirección de las Indias” (7), circunstancia a la que deben su nombre genérico los antiguos habitantes del continente. Progresivamente descartada la “hipótesis asiática”, Colón llegó a sustentar seriamente haber hallado el Paraíso Terrenal.


 


Fue así que la epopeya colombina fue olvidada durante la primera mitad del siglo XVI (Colón no es mencionado en las primeras grandes obras que hacen referencia al Nuevo Mundo: la “Utopía” de TomásMoro—1516—y “De revolutionibus orbium coelestium” de Copérnico —1543). El nombre del continente se debe al hombre que supuestamente llegó primero, a él (no a las islas), caracterizándolo como un nuevo continente, hecho reconocido en 1507 por el cartógrafo M. H. Waltzemuller: “La cuarta parte del mundo que, desde que la descubrió Américo (Vespucio), merece llamarse América” (8). A partir de 1520-1530, la conquista revela la extensión del nuevo continente, y “un nuevo saber cosmográfico (que produjo) una primera unificación del mundo” (9).


 


Pero la unificación carto-geográfica del mundo, entonces definitivamente lograda, es reflejo del proceso histórico que Jean Chesneaux denomina “la historia mundial, transformada en historia de la dominación europea del mundo”. En verdad, se trata del comienzo de la historia mundial propiamente dicha, englobando a todos los pueblos del planeta. Las civilizaciones americanas, algunas de las cuales (incas, mayas, aztecas) habían logrado un alto grado de desarrollo antes del “contacto” con Europa, se desarrollaban hasta entonces fuera de la historia mundial, a la cual fueron conpulsiva-mente incorporadas por la conquista, a través de su destrucción: los mexicas (mal llamados aztecas) 25 millones en 1517, 2,6 millones en 1568; los incas de Perú, 9 millones en 1532, 1,3 millones en 1570 (10).


 


Los viajes de Colón fueron considerados el “descubrimiento” porque precedieron y abrieron el camino a la conquista y colonización de América, lo que no sucedió en contactos anteriores. El motivo es que los viajes de Colón tuvieron desde el vamos, un propósito económico definido. “¿Colón buscaba oro? Se puede responder que sí con toda tranquilidad. Las páginas de su diario, entre el 12 de octubre de 1492, cuando él toma la primera isla, y el 17 de enero de 1493, cuando inicia su regreso, contienen por lo menos 65 relatos sobre oro” (11). O como explicó Federico Engels: “El descubrimiento de América se debió a la sed de oro que anteriormente había lanzado a los portugueses al África, porque la industria europea, enormemente desarrollada en los siglos XIV y XV, y el comercio correspondiente, reclamaban más medios de cambio de lo que podía abastecer Alemania, la gran productora de plata entre 1450 y 1550 (12).


 


El descubrimiento y conquista de América se produjeron con el trasfondo de: 1) La crisis del sistema feudal imperante en Europa: el hambre, la peste, el desabastecimiento y las guerras sanguinarias habían reducido, en el siglo XIV, a la población europea a un tercio de lo que era, y nunca debemos olvidar que “el crecimiento (o retroceso) de la población resume el desarrollo (o crisis) de las fuerzas productivas de la sociedad” (Marx); 2) La aparición de nuevas fuerzas productivas sociales, que preparaban el advenimiento del modo capitalista de producción (la manufactura y la industria), fuerzas que chocan con las trabas puestas por las relaciones feudales de producción, cuya crisis estaba evidenciada, en el plano económico, por la creciente monetización de las prestaciones feudales, y en el plano político, por el surgimiento de las monarquías (Estados) absolutistas, que debilitaban a la nobleza feudal, de las cuales la monarquía de los Reyes Católicos de España era el ejemplo más acabado.


 


La monetización de las obligaciones feudales y el surgimiento de una producción artesanal para el mercado dinamizaron considerablemente la economía urbana en el siglo XV. La monetización ya tenía latentes posibilidades en el sistema económico de las ciudades y se podía desarrollar aún más en vista de la recuperación de la explotación minera en Europa Oriental. En este contexto de expansión comercial y urbana es que ocurrieron las expediciones navales. Estas, a su vez, se transformaron en un poderoso impulso a las nuevas fuerzas productivas sociales. Como dice Marx en el Manifiesto Comunista, “El descubrimiento de América y la circunnavegación de Africa ofrecieron a la burguesía ascendente un nuevo campo de actividad. Los mercados de las Indias y de China, la colonización de América, el comercio colonial, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías, imprimieron un impulso hasta entonces desconocido al comercio, a la industria, a la navegación, y desarrollaron rápidamente al elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición. La antigua organización feudal de la industria, que la circunscribía a corporaciones cerradas, ya no podía satisfacer la demanda que crecía con la apertura de nuevos mercados. La manufactura la sustituyó. La pequeña burguesía industrial suplantó a los maestros de las corporaciones: la división del trabajo entre las diferentes corporaciones desapareció frente a la división del trabajo en el seno del propio taller (…) La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial aceleró prodigiosamente el desarrollo del comercio, de la navegación, de los medios de comunicación. Este desarrollo influyó a su vez en el auge de la industria y a medida que la industria, el comercio, la navegación, las vías férreas se desarrollaban, crecía la burguesía, multiplicando sus capitales y relegando a segundo plano a las clases legadas por la Edad Media”.


 


La unificación mundial a la que asistimos a través del descubrimiento es producto de la crisis del feudalismo y de la emergencia de la producción mercantil, y prepara, a su vez, la forma específica de expansión del sistema económico del capitalismo: el mercado mundial. En ese contexto histórico, el “descubrimiento” se transformó en “conquista y colonización”, las cuales tuvieron una función específica en el surgimiento del nuevo modo de producción.


En efecto, según Marx, “la acumulación de capital presupone plusvalía, la producción capitalista, y ésta, la existencia de grandes cantidades de capital y de fuerza de trabajo en las manos de productores de mercancías. Todo este movimiento tiene asila apariencia de un círculo vicioso, del cual sólo podemos escapar admitiendo una acumulación primitiva, que no deviene del modo capitalista de producción, pero es su punto de partida… Cierta acumulación de capital en manos de productores particulares de mercancías constituye la condición preliminar del modo de producción específicamente capitalista. Puede ser llamada acumulación primitiva, pues en lugar de resultado es fundamento histórico de la producción específicamente capitalista” (13).


 


En Europa, las vías de esta acumulación fueron la ruina y la expropiación compulsiva de campesinos y artesanos (separación del productor directo de los medios de producción, condición previa del capitalismo). La explotación de América (y de Asia y Africa) proporcionó la otra condición esencial: la posesión de “grandes cantidades de capital”. “El sistema colonial tiró de una sola vez por la ventana todos los viejos ídolos. Proclamó la producción de plusvalía como la finalidad última y única de la humanidad” (Marx).


 


La explotación de América fue condición esencial para el nacimiento del capitalismo e índice de su victoria a escala mundial. “Los descubrimientos de oro y de plata en América, el exterminio, la esclavización de las poblaciones indígenas, forzadas a trabajar en el interior de las minas, el inicio de la conquista y pillaje de las Indias Orientales y la transformación de Africa en un vasto campo de caza lucrativa, son los acontecimientos que marcan los albores de la era de la producción capitalista. Esos proceso idílicos son factores fundamentales de la acumulación primitiva… (los) métodos (de la acumulación primitiva) se basaban en parte en la violencia más brutal, como es el caso del sistema colonial. Pero todos ellos utilizaban el poder del Estado, la fuerza concentrada y organizada de la sociedad para activar artificialmente el proceso de transformación del modo feudal de producción en el modo capitalista, abreviando así las etapas de transición (…) El sistema colonial hizo prosperar el comercio y la navegación. Las sociedades dotadas de monopolio eran poderosas palancas de concentración de capital. Las colonias aseguraban mercado a las manufacturas en expansión y, gracias al monopolio, una acumulación acelerada. Las riquezas apresadas fuera de Europa por el pillaje, la esclavización y la masacre refluían hacia la metrópolis donde se transformaban en capital” (14).


 


El mismo autor no vaciló en concluir que “si el dinero nace con manchas naturales de sangre en el rostro, el capital viene al mundo chorreando sangre y barro por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza”.


 


El principal estudioso de la historia de la moneda y de los metales preciosos confirma no sólo el carácter compulsivo de la acumulación del capital-dinero venido de América, sino también su función no marginal en la revolución comercial de los siglos XVI y XVII: “El oro ( de las Américas) siempre fue obtenido: 1) por el pillaje y el desatesoramiento forzados; 2) por simple trueque y sin auténtico mercado económico; 3) por la búsqueda de pepitas en arenas auríferas… La llegada, primero a Lisboa, después a Sevilla, del oro africano y más tarde del oro americano (es) el comienzo de una atracción, de una vivificación comercial y de un alza de los precios fomentando la iniciativa. ¿Por qué será el oro necesario para el comercio internacional? Porque, aunque todas las transacciones se realicen por compensaciones escritúrales, en un momento dado queda un saldo que el país beneficiario insiste en cobrar en forma de moneda válida internacionalmente” (15).


 


España primero, y Portugal después, iniciaron con casi un siglo de anticipación, en relación a las otras potencias colonizadoras (Inglaterra, Holanda, Francia) la conquista de nuevas tierras americanas. El primer objetivo de los conquistadores fue la obtención de metales preciosos, atendiendo a las necesidades de las monarquías europeas, que necesitaban de ellos para financiar sus gastos. Estos habían crecido mucho desde que se transformaron en monarquías nacionales superando las muchas divisiones territoriales propias de la Edad Media; la organización de los ejércitos reales, para someter a la nobleza feudal y emprender las continuas guerras por la supremacía en Europa, implicaban gastos desconocidos hasta entonces.


 


Así, según cálculos oficiales, España recibió de sus colonias americanas, en el periodo 1503-1660, 181.133kg. de oroy 16.886.815kg. de plata. Pierre Chaunu calcula de 85 a 90 mil toneladas en valor plata la producción de metales preciosos de la América colonial de 1500 a 1800, esto es, el equivalente al 80-85% de la producción mundial en ese mismo período.


 


Dígase, de paso, que esta enorme entrada de metales preciosos en Europa constituyó uno de los episodios más importantes de la Historia. Según el autor citado, “fue ese hecho el que desencadenó la crisis de los precios del siglo XVI y salvó a Europa de una nueva Edad Media, permitiendo la reconstitución de su reserva metálica”. Pero esa crisis, llamada la “revolución de los precios” (los cuales se multiplicarán por cuatro a lo largo de un siglo) contribuyó — como la inflación de hoy— a la ruina de innumerables artesanos y pequeños propietarios, creando una de las condiciones del pasaje al capitalismo: la aparición de trabajadores libres, desposeídos de cualquier propiedad salvo de su fuerza de trabajo. En esa época los señores feudales ya recibían las contribuciones anuales de los siervos en moneda, una tasa fija por persona. Al doblarse la cantidad de oro, permaneciendo poco alterada la producción de bienes, los precios se duplicaron igualmente, reduciendo a la mitad los rendimientos de los señores feudales. Así, la “revolución de los precios” llevó a una transferencia de renta de los señores feudales a favor de la clase capitalista comercial emergente, debilitando a los primeros y fortaleciendo a los segundos.


 


Pero si la conquista de América impulsó decisivamente ese proceso, éste a su vez, reactivó a aquélla, transformándola en colonización. Por ejemplo, la colonización de Brasil no comenzó antes de mediados del siglo XVI. Antes, Portugal se preocupó poco por Brasil, debido a las rutas orientales de especias y artículos de lujo. El descubrimiento de Brasil era una cuestión de importancia secundaria. Los esfuerzos portugueses por controlar la costa brasileña fueron una acción de defensa, que apuntaba a impedir el establecimiento de enclaves costeros de Francia e Inglaterra. Estos países no aceptaban la división del Nuevo Mundo entre los países ibéricos (España y Portugal, entre los cuales el Papado tenía dividida a América Central y del Sur a través del tratado de Tordesillas) y estaban interesados en la extracción del palo-brasil, utilizado en la fabricación de lanas en Inglaterra y en los Países Bajos (Holanda y Bélgica), típica producción capitalista. Si la conquista ayudó a reemplazar al feudalismo por el capitalismo, el desarrollo de éste impulsó la colonización de América por los países europeos.


 


Pero si “España, junto a Portugal, fue la impulsora de la revolución comercial que aceleró la crisis general del feudalismo europeo” (16), si esos países fueron los primeros, en Europa, en conquistar la unidad nacional y debilitar a la nobleza y las primeras potencias colonizadoras de América, no fueron las principales beneficiarías de ésta, entendida como aspecto central de la acumulación primitiva capitalista, porque carecían de una burguesía industrial capaz de derribar definitivamente al antiguo régimen. La conquista y la colonización fortalecen decisivamente al capital (burguesía) comercial y la “ley según la cual el desarrollo autónomo del capital comercial es inversamente proporcional al desarrollo de la producción capitalista se verifica más claramente en los pueblos en los cuales el comercio es un comercio de intermediarios” (17). En el caso portugués, “el oro brasileño iba para Portugal y de allí—para pagar el excedente de las importaciones por sobre las exportaciones— para Inglaterra… Brasil y Portugal no sólo fueron un cliente muy importante para las manufacturas inglesas, cuyo crecimiento estimularon en la época en que el mercado europeo tendía a rechazarlas, sino apoyaron también su desarrollo… ese oro, además de lubricar los engranajes de la riqueza británica durante las precondiciones para la largada, en el siglo XVIII, rumbo a la Revolución Industrial, financió gran parte del renacimiento británico en el comercio de Oriente, a través del cual importó tejidos de algodón más ligeros para reexportarlos a los climas más calurosos de Europa, África, América, y para los cuales no tenía otros medios de pago que no sea el oro brasileño” (18).


 


Debido a esa estructura interna de los países ibéricos, la conquista y la colonización de América se transformó en un factor de su atraso económico y político. “La debilidad congénita de España, que se origina en su estructura económica exportadora de materias primas (lana) e importadora de productos manufacturados, se agrava con la conquista de América. España pasa a contar con recursos monetarios suficientes sin poder, con todo, abastecer a sus colonias de los productos manufacturados que necesitaban. A partir del siglo XVI, España se convierte cada vez más en simple intermediaria entre las colonias americanas y la Europa comercial y manufacturera”(19).


 


A través de este proceso, el financiamiento de la destrucción capitalista del orden feudal, que ya hemos descrito, se daría de modo indirecto, con las riquezas de las Américas ibéricas llenando el cofre … de la industria inglesa, que conquistaría el mundo. Engels hizo notar en 1854 que si después del reinado de Carlos I la decadencia de España en el campo político y social exhibió todos los síntomas de esta vergonzosa y lenta descomposición que tanto nos repele, por lo menos bajo el emperador las antiguas libertades fueron enterradas fastuosamente. Era la época en que Vasco Nuñez de Balboa alzaba la bandera de Castilla en las costas de Darién, Cortés en Méjico y Pizarro en Perú, los tiempos en que la influencia española preponderaba en toda Europa y la imaginación meridional de las íberos hacía reflejar ante sus ojos visiones de Eldorado, de aventuras de caballería y de una monarquía universal. La libertad española se eclipsó entonces entre el estrépito de las armas, bajo una verdadera lluvia de oro en medio del esplendor siniestro de los autos de fe.”


 


Hubo diferencia entre las colonizaciones inglesa e ibérica en América (en razón del desarrollo capitalista de Inglaterra y la ausencia de éste en España y Portugal) que tendría incidencia decisiva en los destinos diversos de los países que emergerían de esas colonizaciones. En Inglaterra el capitalismo penetró las relaciones agrarias determinando el cercamiento de los campos que creó las grandes propiedades individuales capitalistas, proceso que no se produjo en los países ibéricos. En tanto que en éstos la población, demográficamente alta, se quedaba aferrada a la tierra y sólo aceptaba participar de la colonización en la medida en que ésta le proveyera riquezas y dominios territoriales, en Inglaterra se liberó a una parte de la población, expulsada de las tierras, y que no encontró ocupación en la industria naciente.


 


Marx distinguió diversas etapas del sistema colonial y de acumulación primitiva entendiendo que sólo en la última el colonialismo se configura definitivamente como cimiento del capitalismo. “Las diversas etapas de la acumulación originaria tienen su centro, por orden cronológico, en España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. Es ahí, en Inglaterra adonde a fines del siglo XVII se resumen y sintetizan sistemáticamente en el sistema colonial, el sistema de deuda pública, el moderno sistema tributario y el sistema proteccionista” (20).


 


Fue el desarrollo del capitalismo industrial inglés, el que permitió a Inglaterra transformarse en la principal potencia marítima, la “reina de los mares” “El poder naval es la plataforma de lanzamiento del propio imperio colonial de Inglaterra y, al mismo tiempo, el elemento que le permitirá desagregarlos sistemas coloniales de sus adversarios. Pero la superioridad fundamental de Inglaterra reside en las transformaciones que se están operando simultáneamente en su estructura productiva, articulando su expansión internacional con el proceso de acumulación originaria. El sistema colonial no sólo es importante como forma de acumulación de capital-dinero, sino también como periferia orgánica del crecimiento industrial (y ésta es una diferencia radical entre Inglaterra y sus predecesores coloniales). Durante los siglos XVI y XVII la expansión comercial holandesa tenía todavía las características clásicas de la expansión mercantil (comprar barato para vender caro) y por esa causa se especializaba en los exóticos productos tropicales. La expansión inglesa incorporaba a sus colonias como apéndice proveedor de materias primas (algodón) y después como mercado protegido para su producción manufacturada. A medida que la industria inglesa va echando raíces, el monopolio colonial perdía importancia como vía de acumulación originaria y se transformaba progresivamente en un obstáculo. De allí que Adam Smith, reconociendo las ventajas que significaban posesiones coloniales, se pronunciara contra el monopolio colonial” (21).


 


A pesar de su debilidad relativa, los reinos ibéricos protegieron celosamente sus posesiones americanas contra las embestidas de las más dinámicas Holanda e Inglaterra. Esta se quedó con las principales posesiones coloniales francesas — Canadá, el valle del Alto Mississipi (en los Estados Unidos) y parte de las Antillas— después de la Guerra de los Siete Años, concluida con la Paz de París (1763). En las colonias ibéricas, Holanda e Inglaterra promovieron activamente el contrabando, introduciendo sus manufacturas y comprando materias primas a pesar del monopolio de España y Portugal. No conformes con esto, atacaron e intentaron apropiarse repetidas veces de territorios coloniales ibéricos en América Central, en Brasil (los holandeses en el siglo XVII) e incluso en América del Sur: el corsario inglés Drake atacó el Perú en el siglo XVI en tanto que la flota inglesa invadió el Río de la Plata a comienzos del siglo XIX.


 


Lo que Inglaterra no consiguió a través del comercio ilegal o de la invasión territorial intentó conseguirlo promoviendo oficialmente la piratería. Sir (título nobiliario) Walter Raleigh y Sir William Walker se destacaron en esta actividad ennoblecida (por la Corona inglesa), pero el principal honor corresponde a Sir Francis Drake, el pirata que hizo legendaria la isla de Tortuga (en el Caribe), su cuartel general para los pillajes que lo llevaron por los cuatro rincones de América. Cometería un grave error quien considerase esa actividad como marginal, pues no fue esa la opinión del principal ideólogo del capitalismo moderno, John Maynard Keynes, en su “Treatise on Money”: “Sin duda, el pillaje obtenido por Drake puede ser considerado con justicia como la fuente y el origen de la inversión externa británica. Con él, Isabel pagó la totalidad de su deuda externa e invirtió una parte del remanente en la Compañía del Levante; con los beneficios extraídos de esa Compañía se formó la Compañía de las Indias Orientales, cuyos beneficios representaron, durante los siglos XVII y XVIII, la principal base de las ligazones externas de Inglaterra … Jamáshubo una oportunidad tan prolongada y tan rica para el hombre de negocios, el especulador y el aprovechador. En esos años de oro, nació el capitalismo moderno.”


 


El sistema colonial fue, por lo tanto, la base tanto de la acumulación originaria (infancia del capitalismo) como del moderno imperialismo capitalista (expresión de su pasaje de la madurez a la senilidad). La función orgánica del colonialismo en el capitalismo fue, por eso, reconocida por el primer estudioso del imperialismo y del “capitalismo de los monopolios”, el inglés J. A. Hobson: “La Economía Colonial debe ser considerada como una de las condiciones necesarias del capitalismo moderno. Su comercio, en gran parte compulsivo, fue en buena medida poco más que un sistema de robo velado y en ningún sentido un intercambio de mercancías” (22).


 


Iglesia y exterminio


 


“Un cronista, reconstituyendo la batalla de Rosebud, en el transcurso de la cual las tropas del general Cook fueron derrotadas por los Sioux de Caballo Loco, preguntó a los guerreros de éste por qué no habían perseguido a las tropas cuando se retiraban, lo que las habría dispersado. La respuesta: Estaban cansados y tenían hambre, entonces volvieron a su casa" (H. H. Jackson, Un siglo de deshonra).


 


“Consagrado a la memoria de Lynn S. Love, quien, en el transcurso de su vida mató a 98 indios que le fueron dados por el Señor. El esperaba elevar esa cifra a 100 antes de fin de año, cuando, en su casa, se durmió en los brazos de Jesús” (Epitafio en la tumba de un puritano del siglo XVII).


 


Los primeros embarques de oro americano fueron obtenidos a través del saqueo y del exterminio de las altas culturas indígenas americanas (incas, mayas, aztecas), localizadas en los actuales Perú, América Central y México. Se trate del saqueo de las altas culturas o del sometimiento de las tribus más atrasadas … la conquista de América fue, proporcionalmente, uno de los episodios más sangrientos de la Historia. Dobyns estima que, en las principales regiones, el 95% de la población indígena fue exterminada. En los treinta años posteriores al primer viaje de Colón, los españoles ocuparon las Grandes Antillas. Se calcula que apenas la isla de Santo Domingo debía tener 500.000 habitantes indígenas. El trabajo forzado impuesto por los españoles hizo que, en 1510, estuviesen reducidos a 50.000y en la década de 1530 a apenas 16.000. En la época del descubrimiento, la población indígena de América Latina según estimaciones sería de 80 millones de habitantes. En 1800 la población total era de 15 millones, incluyendo también a los blancos, negros y mestizos. La destrucción de los indígenas alcanzó, por lo tanto, de 2/3 a 3/4 de la población.


 


Después del sometimiento de poblaciones autóctonas, los colonizadores las obligaron a trabajar forzadamente para ellos bajo un régimen de semi-esclavitud, para lo cual obtuvieron de la Corona la creación de diversas instituciones, como la mita, la encomienda, el yanaconazgo, por los cuales las comunidades debían proveer mano de obra, durante un cierto período del año, para los emprendimientos de la colonización (las minas en primer lugar). Este régimen, con sus constantes dislocamientos de población y con las condiciones horrorosas de trabajo, fue también un factor de exterminio de los indígenas. Las cosas llegaron al punto de que la propia Corona se alarmó por la rápida disminución de la población indígena. A la Corona no le convenía el exterminio, que sólo producía enormes ganancias de corto plazo a sus ejecutores, sino la implantación de un sistema tributario sobre las comunidades, viable a largo plazo. La Corona aprobó una serie de leyes buscando contener la voracidad asesina de los colonizadores (en España fueron conocidas como “compilación de Leyes de Indias”, pues ése era el nombre dado a las posesiones americanas). La Iglesia, en particular los jesuítas, contribuyó con ese esfuerzo, enviando contingentes evangelizadores que, al mismo tiempo procuraban el cumplimiento de aquellas leyes: se destacaron las “misionesjesuíticas” de Paraguay, que preservó buena parte de la población indígena (los guaraníes) de la furia explotadora de los colonizadores, y los esfuerzos de Fray Bartolomé de Las Casas, el “protector de los indios”. Se debe, con todo, señalar que la acción de la Iglesia no cuestionaba las instituciones de trabajo forzado. Al contrario, en su versión más *radical”, el padre dominico Las Casas proponía la sustitución del trabajo indígena por esclavos importados de Africa(!) y consideraba la acción evangelizadora como el objetivo de la colonización. Podemos decir, con Dillon Soares, que “el aval religioso a una política esclavista con fundamentos racistas fue una condición importante para que las relaciones de trabajo entre las razas fueran lo que fueron” pues “dados los parámetros religiosos de la época, esa imposición sería difícil de aceptar en caso de que las poblaciones en cuestión fueran étnicamente semejantes.” El mismo autor resalta las consecuencias de largo plazo de la catástrofe demográfica de los siglos XVI y XVII. La despoblación posibilitó la formación de extensos latifundios, con propietarios blancos, españoles o criollos, pero casi nunca indios o negros. La escasez de mano de obra, juntamente con la abundancia de tierra, generó la utilización de esta última como forma de asegurar la primera. Se expandieron las múltiples formas de aparcería, inquilinato, colonato, agregaduría, yanaconazgo. etc…. Se institucionalizó el minifundio en el interior del latifundio, instrumento sagaz de éste para asegurar mano de obra barata y constante … La irrelevancia demográfica, combinada con el bajo poder adquisitivo de la población, hizo que América Latina participase de la expansión del capitalismo internacional como exportador de materias primas y no como mercado” (23).


 


Más allá de las excepciones, queda el hecho central de que la conquista, el exterminio y el sometimiento a trabajos forzados fueron hechos en nombre de la cruz, con lo que la Iglesia Católica (y luego después el protestantismo en América del Norte) carga con la responsabilidad por el primer y mayor genocidio de los tiempos modernos. En cuanto a las leyes “humanistas” de la Corona, “la fórmula de los colonos era: ‘se obedece, no se cumple’. El argumento era que el futuro económico de todo el sistema estaría comprometido por la aplicación de leyes de protección del indio, y que lo importante era proteger la obra colonizadora (particularmente la evangelización) contra las visiones no realistas de la metrópoli. Muchos teólogos y predicadores apoyaban este punto de vista” (24)- . . *


 


La opinión de una testigo cristiana (Hewitt) contemporánea de los hechos no deja dudas: “Los actos de barbarie y los perversos ultrajes perpetrados por las llamadas razas cristianas en todas las regiones del mundo y contra todos los pueblos que pudieron subyugar no encuentran paralelo en ninguna época de la historia universal ni en ninguna raza, por más salvaje e inculta, impiadosa e impúdica que fuese.”


 


El descubrimiento de pueblos “completamente diferentes” (“otros”), el inédito fenómeno de la “alteridad”, es considerado el hecho decisivo para el nacimiento del llamado “espíritu moderno”, sea en su versión religiosa (Bartolomé de Las Casas) o laica (Rousseau y el mito del buen salvaje): es un hecho que el espíritu de las Luces, que preparó la revolución burguesa, se alimentó de esa vertiente. Asi, se dice que “Las Casas trasciende a su época, porque admite plenamente que los indios fuesen ‘otros9, distintos de los europeos, teniendo el derecho de conservar su originalidad; (inquietud) que se tornó laica en el mito del buen salvaje, que aparece en Montaigne y Rabelais, desarrollado en los siglos XVII y XVIII” (25).


 


Pero es falsa esa pretendida universalidad del catolicismo “modernizado” o del racionalismo burgués. En primer lugar, “la debilidad de los indios tiene una dimensión descomunal en la interpretación lacasiana… en su propósito de convencer que el indio es un ser desarmado y anodino. Las Casas llega a pintarlo simplemente como un imbécil” (26). La función del “humanismo católico” fue, en última instancia, complementaria y no contradictoria con “la cruz y la espada”.


 


En cuanto a las Luces, “el europocentrismo estaba constantemente presente y no era sino a través de la propia cultura que el europeo percibía la realidad del mundo salvaje, que en sí mismo continuaba extraño e inaccesible (lo que estaba en juego era menos la condición de salvaje y más el status de civilizado) y el sentido de la historia humana. De allí la metamorfosis del hombre salvaje en hombre primitivo, como una manera de hacer de él un ser histórico en un estadio primitivo de evolución, pero apto para ser civilizado, a través de lo cual el hombre europeo podría reconocerse y aprender q conocerse. El hombre primitivo fue siempre el objeto y el civilizado el sujeto… Cuando se denunciaba (en las Luces) al hombre civilizado como corrompido e infeliz, lejos de proponerse la descivilización, lo que se defendía era una sociedad civil digna de ese nombre” (27).


 


El pensamiento burgués emergente, tanto en su versión laica como religiosa, fue incapaz de pensar la unidad concreta de la especie humana, esto es, su unidad contradictoria (la unidad que no elimina la diversidad, y la diversidad que no elimina la unidad) pues le faltaban los atributos de un verdadero pensamiento dialéctico capaz de disolver todas las relaciones de opresión, para oponérseles en la práctica, lo cual sólo tendrá proyección histórica en otra etapa de la historia, con la aparición del proletariado como clase. Por eso fue incapaz de criticar la esclavitud, el otro gran pilar de la explotación de América Latina: en los siglos XVI y XVII 7,5 millones de esclavos fueron “importados” a América (28) (contra 2,5 millones de europeos, a veces sometidos a trabajos forzados). Los filósofos preconizaron el fin de la esclavitud al mismo tiempo que los propios administradores coloniales.


Pero si las tesis iluministas tenían, en la época, un contenido progresivo (contra el clericalismo) que expresaba la emergencia histórica de la burguesía, no sucede lo mismo cuando tesis semejantes son defendidas hoy. Sin mencionar respetables “scholars” para los que “cualquiera que hayan sido los defectos de los colonizadores, el gobierno español en la metrópoli, apoyado por la Iglesia Católica, hizo lo mejor que pudo para proteger los intereses de sus nuevos súbditos, si bien sus decretos (no eran respetados) por los criollos” (29). Esto significa absolver a los responsables y a los propios ejecutores, concibiendo al genocidio indígena como producto natural de la lamentable “naturaleza humana”. Es sobre mentiras criminales de este género que se apoya el mito de América Latina como el continente de la “armonía racial” que redimiría a las clases dominantes del genocidio indígena y de la esclavitud africana, presentes en cuatro de los cinco siglos de nuestra historia: “¿Cuántos brasileños saben que, según datos oficiales del IBGE, los brasileños no blancos ganan en promedio menos de la mitad del salario de sus equivalentes blancos? ¿O que los niños no blancos sufren un índice de mortalidad igual al existente entre los blancos de dos décadas atrás?” (30).


 


La argumentación de moda, de Tzvetan Todorov, es que la superioridad de comunicación de los europeos permitió la conquista de América (Todorov es lingüista…). El indio era incapaz de concebir al otro” esto porque “debido a los viajes marítimos hacia Asia y África, los conquistadores europeos estaban más preparados para la diversidad y tenían mayor apertura de espíritu que los indios americanos. Al percibir que los extranjeros no eran inferiores y que no podían ser sometidos, los indios pasaron a divinizarlos”. Con una conclusión fundamental: ”Esto es tan importante que se vuelve sin sentido conmemorar el descubrimiento o condenar el genocidio que lo siguió. Este es el inicio de los tiempos modernos, de nuestra historia moderna” (31).


 


Una expresión radical de este punto de vista se encuentra en el Premio Nobel mexicano Octavio Paz, para quien no cabría hablar de genocidio, dado que en la conquista “la circunstancia más significativa (es) el suicidio del pueblo azteca. (Todos los pueblos indígenas ) están presos del mismo horror, que se expresa casi siempre con una fascinada aceptación de la muerte” (32).


 


Además de ser una generalización indebida (e ideológica), que oculta la impresionante y secular resistencia de los diversos pueblos indígenas (particularmente en los extremos meridional y septentrional de América), tampoco parece correcta la afirmación de que el indio no entendía lo que sucedía por incapacidad de asimilar la “alteridad”. Según el antropólogo Claude Lévy-Strauss “En el nordeste americano y desde el comienzo del siglo XIX, los indígenas estaban en contacto con los viajantes franco-canadienses, para el comercio de pieles. Son gente pobre, pequeños traficantes, pero que tienen con los indígenas un contacto muy íntimo. Es muy sorprendente ver cuanto el pensamiento amerindio se alimentó por la boca de esos viajantes, transformó e integró una parte de sus narrativas en su propia mitología” (33).


 


El discurso académico ahora dominante no hace más que reproducir reaccionariamente (y sin más novedad que la terminología) el raciocinio ya expuesto por Las Casas. Pues debería ser obvio, como dice Héctor Bruit, que “el indio no era tan pacífico, obediente y desganado como lo pintó Las Casas. En realidad, la destrucción y el asesinato fueron producto, entre otras causas bastante conocidas, de una relación de guerra que se desenvuelve porque existen combatientes de unoy otro lado. El conquistador mata porque el indio opone diversas formas de resistencia desde la militar hasta las subrepticias como la ruptura de la comunicación verbal” (34).


 


La derrota de los pueblos indígenas frente a ejércitos inferiores en número, pero venidos de sociedades con un grado mucho mayor de desarrollo de las fuerzas productivas (y, por lo tanto, de la ciencia y del arte militares) se debe a diversos factores, de los cuales uno es el decisivo. Como constata Ruggiero Romano, “las victorias más extraordinarias son exactamente aquéllas que opusieron un pequeño número de españoles a un gran número de indios organizados en ejércitos regulares… la victoria más fácil contra ejércitos más poderosos, Estados más sólidos y mucho más difícil contra tribus no organizadas, dispersas, frecuentemente nómades… los antiguos imperios dominaban rigurosamente numerosas poblaciones. Para éstas, era aceptar con ingenuidad y hasta con demasiada prisa, sustituir al antiguo amo por otro. Era la oportunidad de vengarse de los antiguos opresores”. En el sur argentino y chileno, en el norte de los actuales Estados Unidos y Canadá, mientras tanto, la resistencia es feroz (la corona española, “humanitaria” según algunos autorizó la esclavitud de los indios “bravos” o ”de guerra”', la propia Iglesia poseyó numerosos esclavos) y “estas zonas de resistencia nos revelan la extraordinaria capacidad de asimilación del mundo indígena en el plano militar para apropiarse de los medios de defensa… del aprendizaje a montar a caballo al de las armas de fuego; de la construcción de defensas fijas a la adquisición de una movilidad extrema, toda la ciencia militar española es asimilada con perfección e incluso superada (35).


 


Para el autor, la gran conclusión es que la conquista, efectuada por las armas, debía ser mantenida por otros medios”: el papel de la Iglesia fue esencial para mantener la dominación, inclusive a través de la política de exterminio, cuando fue necesario (las excepciones —Las Casas y los jesuítas— confirman la regla).


 


Pero hay más aún. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, ¿cuáles eran las políticas en disputa? Para las potencias colonizadoras, se trataba de someter a cualquier costo el continente y sus poblaciones, en virtud de la lógica de expansión de la producción mercantil en vías de transformarse en capitalista a través de la acumulación originaria. Para los indios, nada de eso se planteaba. Lévy-Strauss da el ejemplo de las belicosas tribus de Cañada: “En los conflictos que siempre los oponen a los canadienses venidos de Europa, no paran de decir que ellos nunca rechazaron la llegada de los blancos, que nunca fueron sus enemigos. Ellos jamás se lamentaron de la presencia de los blancos sino apenas del hecho de que éstos los habían excluido”.


 


Esta es la cuestión capital: “Para el indio la guerra es un ritual que no se lleva hasta el extremo. Una vez derrotado el enemigo, éste es abandonado, puesto que los guerreros que demostraron su superioridad están satisfechos. Los indios no poseen el concepto de adquisición territorial, no pudiendo, por lo tanto, apropiarse de la idea de guerra metó¬dica al estilo europeo”(36).


 


La rebelión, que tendrá un episodio gigantesco con el levantamiento de Tupac Amara y los Kataris a finales del siglo XVIII cambiará de contenido al calor de las nuevas configuraciones nacionales y de clase, a lo largo del siglo XIX y especialmente en el siglo XX con el desarrollo de la clase obrera latinoa¬mericana.


 


El parasitismo colonial


 


Sobre la larga polémica que agitó al marxismo académico acerca de lcvs modos de producción en la colonia (feudalismo vs. capitalismo) ya fue dicho que “analizado el cuadro más general del período y teniendo en cuenta que su trazo fundamental es la inauguración de una economía mercantil de di¬mensiones geográficas mundiales, constatamos configuraciones sui-generis e irreductibles, tanto al feudalismo, como al capitalismo. Se trata del período de acumulación primitiva del capital, cuando la economía mercantil ganaba espacio y se diseminaba, sin embargo la producción no se regía por el capital en tanto relación social, sino apenas como riqueza acumulada en el circuito mercantil” (37). El dominio relativo del capital mercantil sig¬nifica que el capital aún no penetró decisivamente en el esfera de la producción.


 


Definir a la empresa colonial como “capitalista” y a la sociedad emergente como “capitalismo colo¬nial”, como hicieron algunos “trotskistas” (38), sig¬nifica no sólo olvidar lo dicho más arriba sino sobre todo hacer tabla rasa del sistema de esclavitud y trabajos forzados en que se basó el saqueo europeo en América.


 


En relación al feudalismo, ya fue dicho que “a di¬ferencia de los señores feudales, que extraían un excedente de la población sometida a su control para utilizarlo de una u otra forma en la misma región, el objetivo principal del español que em¬prendía la conquista o recibía una encomienda era la extracción de un excedente que pudiera ser transferido a Europa”.


 


Toda esta polémica olvidó el carácter eminente¬mente parasitario (saqueador) del sistema colonial implantado por el capital comercial, que carecía de las características progresivas, sea del feudalismo o del capitalismo.


 


La sociedad capitalista se caracteriza por el trabajo libre o asalariado: el trabajador es coaccio¬nado económicamente a vender su fuerza de trabajo al capitalista (porque si no se muere de hambre). No se trataba, tampoco, de una sociedad feudal, donde impera la servidumbre consentida en relación al “señor” y una producción principalmente volcada a satisfacer las necesidades del feudo; en América, el trabajo forzado de indígenas o esclavos apuntaba a la producción en gran escala para el mercado mundial.


 


América no es una excepción dentro de las regiones colonizadas por las grandes potencias: la acumulación originaria del capital, y la primera fase del capitalismo (cuya cuna es Europa), se hacen notorias por la imposición violenta del trabajo forzado en los países económicamente atrasados (esclavitud en Africa y América, trabajo forzado en Asia y América), donde no se desarrollaron las premisas del modo de producción capitalista. Para esos países, con todo, esa imposición significó un retroceso social y económico, hecho en beneficio del avance económico de Europa. Esto fue comprendido por el peruano Mariategui, en los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana: “La destrucción de la economía incaica —y de la cultura que se alimentaba de ella— es una de las responsabilidades menos discutibles de la colonización, no por haber significado la destrucción de las formas autóctonas, sino por no haberlas sustituido por formas superiores. El régimen colonial desorganizó y aniquiló la economía agraria incaica sin instalar una economía de mayores rendimientos. Bajo la aristocracia indígena, los nativos componían una nación de 10 millones de habitantes, con un Estado eficiente y orgánico cuya acción llegaba a todos los ámbitos de su soberanía. Bajo la aristocracia extranjera los nativos fueron reducidos a una masa dispersa y anarquizada de un millón de personas, en una situación de servidumbre y fella-hismo”.


 


Después de los saqueos de los colonizadores, la explotación minera fue el eje de la colonización. Su éxito, testimoniado por las cifras citadas, no tenía secretos: “Humboldt calculó los costos comparativos y las ganancias de la producción de plata en una mina mexicana y en una mina alemana: con cuatro veces y media más de trabajadores, aunque con salarios seis veces más elevados, en la mina mexicana el capital extrajo cincuenta veces más mineral, refinó treinta y seis veces más plata y obtuvo treinta y tres veces más beneficio líquido. No obstante, los propietarios de minas en América estaban con mucha frecuencia al borde de la bancarrota y permanentemente en deuda de capital de giro con los comerciantes u otros financistas” (39).


 


Los primeros grandes asentamientos humanos de la Colonia (Potosí, en la actual Bolivia, por ejemplo) fueron producto de la economía minera. ¿Por qué, sin embargo, los propietarios de minas se encontraban frecuentemente al borde la bancarrota? Las causas son varias, pero distinguimos entre ellas las que se relacionan con el conjunto de la estructura colonial: el producto de las minas estaba sometido al quinto real ( 1/5 de la producción era considerada automáticamente propiedad de la Corona). Esta condición formaba parte de lo que se llamaba el “Pacto Colonial”. El “exclusivo metropolitano”, que también formaba parte de esos pactos, significaba que la Corona'(española y portuguesa en América del Sur, española en América Central, inglesa y francesa en América del Norte) reservaba para las compañías por ella designadas el monopolio del comercio colonial, tanto para las manufacturas y productos que la Colonia compraba (importaciones) como para las materias primas que ésta suministraba a Europa (exportaciones). La imposición de otras condiciones (por ejemplo la prohibición del comercio de las colonias entre sí, aún las que dependían del mismo país, en el caso de las colonias españolas) completaba el “Pacto Colonial”, que se resumía en:


 


—Imposición por parte de la Corona de pesados tributos e impuestos a todas las actividades económicas de las colonias, llegando hasta la prohibición de las industrias coloniales.


 


—Monopolio privado del comercio colonial, tanto interno como externo, imponiendo altos precios a los productos de importación y bajos a los de exportación.


 


De esta manera, la Corona conseguía su parte del botín colonial. Para garantizarla se reservaba la nominación de las máximas autoridades de los territorios coloniales (Virreinatos y Capitanías Generales en la América española, Capitanías en la América portuguesa, Colonias Reales en la América inglesa). No es preciso decir que el “Pacto Colonial” creaba una contradicción potencial entre los que lo usufructuaban —las autoridades de la nación colonizadoray la burguesía mercantil de las Compañías metropolitanas—y los que pagaban los tributos y las manufacturas encarecidas por el monopolio: los colonizadores ya asentados. Por otra parte, necesidades elementales de gobierno obligaban a la Corona a tolerar, junto a las autoridades nombradas directamente (Virrey o Gobernador General), órganos de representación, si bien restringidos, de los colonizadores (Cabildos, Audiencia — en la América española—, Consejos Municipales) con lo que se creaban las condiciones para una expresión política de aquella contradicción. El sistema de Capitanías hereditarias, implantado en el Brasil por la Corona portuguesa, hubiera tal vez actuado en el mismo sentido, si no hubiese fracasado por la falta de capitales (la nobleza empobrecida, receptora de las Capitanías, carecía de recursos para colonizar sus posesiones).


 


Fue sobre estas bases que se desarrolló la economía Colonial durante tres siglos (XVI al XVIII). “Alrededor de 1700, esos elementos eran los siguientes: 1) una serie de enclaves mineros en México y Perú; 2) áreas de agricultura y ganadería situadas en la periferia de los enclaves mineros y volcados al suministro de productos alimenticios y materias primas; 3) un sistema comercial planificado para permitir el flujo de la plata y el oro a España que, en posesión de esa riqueza adquiriría los artículos producidos en Europa occidental y enviados a través de puertos españoles a las colonias americanas” (40). El colonialismo peninsular configuraba así un sistema de freno al desarrollo de las fuerzas productivas de las colonias, y de fortalecimiento del sector comercial de la burguesía metropolitana, en detrimento del sector industrial (o sea, capitalista) que se transformará en un impedimento histórico para revolucionar las relaciones de producción en la metrópoli hispano-portuguesa. De allí que fuese correcta la afirmación de Baltasar Gracián de que la península era “las Indias” de Inglaterra y Francia (los países que realizarán la revolución industrial y la revolución 


democrática burguesa).


 


De acuerdo con Ruggiero Romano, ‘la sistematización económica del inmenso espacio conquistado por los españoles puede ser resumida así: distribución de tierras en cantidad casi ilimitada a los conquistadores y atribución a los mismos de un gran número de indios adscriptos al trabajo forzado en esas tierras. Terminado el momento violento de la conquista, no se puede decir que la colonización se haya desarrollado sobre principios diferentes” (41).


 


No se trata entonces, de lo que los apologistas del capitalismo llamaron “moderna colonización”, o sea ocupación de tierras libres por inmigrantes igualmente libres.


 


El “absolutismo ilustrado” de los Borbones, que sustituyeron a la casa de Austria en España, apenas racionaliza y perfecciona el sistema —sin cambiar sus bases— que se torna cada vez más insoportable: “la segunda mitad del siglo XVIII conoce una fuerte expansión de la producción y de la exportación de bienes de origen americano (…) movimientos que no dan lugar a fenómenos de desarrollo, sino apenas de crecimiento (…) no hay ningún cambio en la estructura social (de las colonias)”^).


 


La larga duración de la explotación colonial se explica por la función cumplida en favor del desarrollo económico con centro en las naciones europeas colonizadoras o, como ya se dijo “el monopolio de las colonias por la metrópoli define al sistema colonial porque a través de él las colonias desempeñan su función histórica, esto es, responden a los estímulos que les dieron origen y que forman su razón de ser”. La principal beneficiaría de esa función no es su mandante —la Corona— ni sus ejecutores —los colonizadores— sino su intermediaria, la burguesía mercantil europea, que organiza la colonización y se queda con la mayor parte de sus frutos, acelerando asila acumulación de capital comercial.


 


Si ésa es la lógica del sistema colonial, ella no está desprovista de contradicciones, que ya hemos mencionado. Durante la primera etapa del sistema colonial, las contradicciones entre el monopolio de la Corona y los intereses de los colonizadores se resolvieron a través de un activo contrabando entre éstos y las potencias excluidas por el “Pacto Colonial” (Inglaterra fue particularmente activa en la América española y en el Brasil) y también, como veremos, de la piratería, además del contrabando en el comercio intercolonial. Las contradicciones del sistema colonial no se reducían a las que oponían a dos sectores privilegiados —los colonizadores y la monarquía. En el interior de las colonias, se profundizó también una contradicción entre la masa de los oprimidos —los indios y los esclavos negros sometidos al trabajo forzado—y los explotadores blancos. Las frecuentes revueltas indígenas y campesinas en Hispanoamérica, la resistencia y las guerras indias en América del Norte, fueron su expresión. En el Brasil, tenemos la famosa revuelta de los esclavos fugitivos que crearon el “Quilombo de Palmares (s.XVII) que duró casi un siglo.


 


Según Celso Furtado, podemos considerar los primeros ciento cincuenta años de la colonización española como los del predominio de la producción minera (en Brasil la primera fundición de oro es de 1694, la caña de azúcar, entretanto, fue introducida desdel530). Ese siglo y medio fue “marcado por grandes éxitos económicos para la Corona y para la minoría española que participó directamente de la Conquista”.


 


En los siguientes ciento cincuenta años asistimos a la declinación de la producción minera y a la reducción de la interdependencia de las regiones. Pero el camino abierto por la minería sería recorrido por otros tipos de producción primaria. Así, el poblamiento de Chile, basado inicialmente en la producción de oro, encontró una base permanente en la agricultura de exportación, cuyo mercado era el polo peruano. Recordemos que la América española comprendía cuatro Virreinatos: Nueva España (Méjico), Nueva Granada (Colombia), Perú y el Río de la Plata (Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia).


 


Ahora, la producción agropecuaria implica una ocupación efectiva del territorio, un asentamiento de población. Una leyenda tan persistente como absurda pretende que, debido al diferente “espíritu” de Inglaterra, la colonización inglesa de América habría tenido una naturaleza y objetivos diferentes de la ibérica. En verdad, la única diferencia consiste en que la colonización inglesa, además de tardía, fue al comienzo, un fracaso.


 


“La Compañía de Comercio y Colonización fue el medio a través del cual se implantó la primera colonia inglesa exitosa en el continente norteamericano. Tales Compañías disponían de amplios poderes y otras ventajas (…) para el Gobierno era más fácil regular las actividades de una sociedad que las de los comerciantes dispersos. Por eso daba a las Compañías poderes y oportunidades que él no asumía por temor o morosidad (…) Virginia, la primera colonia exitosa de América comenzó como una hacienda de una Compañía mercantil. Las suscripciones de los accionistas se invertían en mercaderías, en el reclutamiento de colonos y en el pago de los barcos para el transporte. Los productos obtenidos por los colonos eran transportados a Inglaterra, y su venta engrosaba las utilidades de los accionistas. Los productos con los que la Compañía pensaba hacer fortuna eran los mismos que los mercantilistas apreciaban. El descubrimiento de oro y plata podría transformarlos en un segundo Perú. Los bosques sumistraban el material naval que liberaría a Gran Bretaña de las importaciones extranjeras, y los campos le darían los productos tropicales. Georgia, los establecimientos de los “peregrinos” en Plymouth y de los puritanos en Massachusetts fueron otras colonias implantadas bajo el sistema de Compañías (…) (Ellas) fueron un rotundo fracaso financiero. No dieron utilidades a sus accionistas. La empresa de Virginia disipó los fondos recogidos, y en 1621, tres años antes de que perdiese la concesión, había arriesgado en la empresa más de 100 mil libras (cantidad fabulosa para la época) sin haber devuelto la menor suma en intereses o en capital. No tuvo mayor éxito el accionista de las comunidades de “peregrinos” (…) Hasta el establecimiento de Georgia la colonización es llevada adelante bajo el sistema de dominios. La Corona concede tierras, no a una Compañía, sino a individuos o grupos de individuos, conocidos como propietarios. Maryland fue la primera aplicación valiosa de ese sistema (…) (pero) las rentas que los propietarios extraían de sus tierras eran tan modestas como las ganancias de las compañías colonizadoras” (43).


 


Las mismas limitaciones existentes en el “Pacto Colonial” de los países peninsulares incidían en las colonias inglesas, por lo menos desde que Inglaterra empieza a ocuparse seriamente de ellas, con las Actas de Navegación (1651). “Un Informe del Comisario de Comercio y Plantaciones declaraba en 1699 que 7a intención de crear nuestras plantaciones en América es la de que el pueblo de allí se ocupe con cosas que no se produzcan en Inglaterra, a la cual pertenecen’. Fueron tomadas medidas prohibiendo la manufactura colonial de mercaderías que compitiesen con los productos exportables de la industria inglesa y para impedir la exportación de determinados productos coloniales a otros mercados fuera de Inglaterra. Con esto se esperaba que Inglaterra se quedase con la crema del comercio colonial. Una ley de 1699, por ejemplo, prohibió a las colonias americanas exportar artículos de lana, en tanto que el tabaco y el azúcar eran “relacionadas” y sólo se podían exportar a Inglaterra u otras colonias inglesas” (44).


 


Las colonias inglesas no demoraron en perforar el monopolio real, a través del contrabando, especialmente con el África y las Antillas francesas. Un trazo característico de las trece colonias inglesas era su diversidad, debida a las vicisitudes de su proceso de formación. Eran de tres tipos: autónomas, de propietarios y reales. En las autónomas, los gobernadores eran electos, por un año, con menos poderes que en las de propietarios (los gobernadores eran nombrados por los propietarios) y que en las reales (nombrados por el rey). La autonomía relativamente mayor de que gozaban las colonias inglesas era debida a la política de “Negligencia Saludable” adoptada por Inglaterra —que pasaba por graves crisis internas— durante el siglo XVH.


 


Esa política sería abandonada al siglo siguiente, pero las tradiciones de autogobierno junto a las características excepcionales de las colonias inglesas del norte, que analizaremos más adelante, tendrán una gran importancia en el proceso de su independencia.


 


La imposibilidad de reducir a los indios del norte a la condición de esclavos, hizo que la gran característica de las colonias inglesas fuese la importación de esclavos africanos en gran escala (Inglaterra poseía el monopolio del tráfico negrero a partir del Tratado de Utrecht, 1713).


 


El tipo de producción correspondiente a una economía de exportación de materias primas es el cultivo extensivo de la tierra (plantaciones). El tipo de propiedad correspondiente a esos cultivos es el latifundio. En una situación de escasez de mano de obra, debida a la hecatombe demográfica, el latifundio está inseparablemente unido a las diversas formas de trabajo forzado.


 


“La esclavitud del negro fue la fórmula encontrada por los colonizadores europeos para el aprovechamiento de las tierras descubiertas. En la franja tropical, la gran propiedad monocultora y esclavista se convirtió en la base de la economía, que giró en torno a la exportación de productos tropicales para las metrópolis de donde provenían los productos manufacturados necesarios para la vida de la Colonia. En las haciendas de algodón, en los EEUU, en los ingenios y cañaverales de las Antillas y del Brasil, el esclavo representó la principal fuerza de trabajo. El sistema esclavista estuvo desde los orígenes de la colonización vinculado a la labranza. Esclavitud y labranza constituyeron en muchas áreas la base sobre la cual se irguió el sistema colonial que se consolidó por más de tres siglos” (45).


 


De allí que haya sido incorrecto afirmar que “la oposición entre los orígenes y las tendencias de los pioneros de la colonización en América es la raíz profunda y remota de las diferencias actuales entre los EEUU y la América Central y del Sur, la América Latina”(46).


 


Las tierras americanas recibidas por Portugal (Brasil) carecían de metales preciosos y de culturas lo suficientemente desarrolladas para suministrar mano de obra. El problema para la Corona consistió en encontrar el tipo de explotación que contribuyera para financiar los gastos resultantes de la posesión de tierras tan extensas y distantes. Factores muy especiales ocasionaron el establecimiento en base a la producción de azúcar: el dominio de su técnica de producción, aprendido de los italianos y que ya había sido aplicado en las Azores, la ruptura del monopolio comercial del azúcar, detentado por Venecia, en colaboración con los holandeses, lo cual abre a los portugueses los mercados del Atlántico Norte. La esclavización del indígena permite el establecimiento de los primeros ingenios; según Passos Guimaraes, “bajo el signo de la violencia contra las poblaciones nativas, cuyo derecho congénito a la propiedad de la tierra nunca fue respetado y mucho menos ejercido es que nace y se desarrolla el latifundio en Brasil. De ese estigma de ilegitimidad que es su pecado original, Brasil jamás se redimiría”. Adquirida una mayor rentabilidad, esa mano de obra fue sustituida por el negro africano. La plantación azucarera, utilizando el trabajo esclavo, constituyó la base de la primera colonización del Nordeste del Brasil, llegando a su auge a fines del siglo XVI y comienzos del siguiente. Con ella quedaron fijadas las bases del latifundio brasilero.


 


“Cuando Don Juan III dividió sistemáticamente nuestro territorio en latifundios denominados Capitanías, ya existían aquí Capitanes nombrados para ellas. Lo que se hizo entonces fue demarcar el suelo, atribuirles o declararles los respectivos derechos y deberes que tenían los colonos que pagar al rey y a los donatorios (…) con la suma de los poderes conferidos por la Corona portuguesa autorizándolos a expedir fueros, que era una especie de contrato en virtud del cual los “sesmeiros” o colonos se constituían en perpetuos tributarios de la Corona y de sus donatarios o Capitanes. La tierra dividida en señoríos, dentro del señorío del Estado, éste es el esbozo general del sistema administrativo en la primera fase de nuestra historia” dijo Max Fleviss en su Historia Administrativa de Brasil.


 


Como complemento necesario de la producción de azúcar se desarrolla la ganadería, fuente principal de alimentos y que utiliza poca mano de obra, en este caso indígena. No requiere, al contrario de los ingenios, grandes capitales iniciales. Se convierte así en la actividad predilecta de los colonos recién llegados, y consolida la estructura latifundista de propiedad de la tierra.


 


“Los depredadores de ganado , como Cristovao Pereira y tantos otros que, en el inicio del ciclo depredador, son apenas cazadores nómades de rebaños alzados, sienten necesidad, para el mayor éxito de sus empresas, de crear puntos permanentes de fijación donde pudiesen acorralar al ganado” (Oliveira Viana, Poblaciones Meridionales de Brasil).


 


“Los estancieros de la ‘Frontera de Río Grande’ recibirán “sesmarías” o parte de “sesmarías” desde 1738. Es una concesión de tierra por la cual se da al sesmeiro el dominio sobre un área que varía entre tres leguas en un sentido por otra de largo. Resulta una superficie total entre 10 y 13 mil hectáreas. La “sesmaría era la estancia, y nacía la propiedad privada, entonces revestida de las características jurídicas de donación oficial y gubernamental. El latifundio, la fazenda, estaba creada” (Dante de Laitano).


 


El descubrimiento del oro, a fines del siglo XVII inaugura un ciclo nuevo, el de la colonización minera (la exportación de azúcar estaba en crisis por la competencia de las Antillas anglo francesas). A diferencia de la colonización española del Alto Perú (Potosí, en la actual Bolivia) no se explotan minas a través de una técnica compleja y abundante mano de obra. Se trata de un trabajo artesanal: retirar el metal aluvional, depositado en el cauce de los ríos, y se utilizan pocos esclavos (no obstante llegan muchos colonos blancos, cuya población supera por primera vez a la africana). Este nuevo ciclo colonizador amplía el área colonizada al penetrar el interior en la búsqueda de ríos auríferos.


 


El latifundio, como vasta extensión de tierra adquirida a la espera de su valorización, y cuya principal función es la especulación inmobiliaria y no la producción agrícola, también es característica de la América española. La despoblación posibilitó la formación de extensas propiedades del grupo étnico dominante. Nació el extenso latifundio, con propietarios blancos, españoles o criollos (blancos nacidos en América), pero casi nunca indios o negros. La escasez de mano de obra, junto a la abundancia de tierra, generó la utilización de esta última como forma de garantizar la primera.


 


Se institucionalizó el minfundio (posesión de minúsculas extensiones de tierra) en el interior del latifundio, para asegurar mano de obra barata y constante. A la par de ese proceso, se vió la minifundización de la periferia de la formación social, derivada de la tentativa de los indígenas de escapar a las relaciones sociales de sumisión a un grupo étnico diferente. Estos patrones sobreviven hasta hoy.


 


“La consecuencia fundamental de la despoblación, es que el trabajo —y no la tierra— pasó a ser el factor de producción más escaso. Las instituciones claves de la Colonia fueron aquéllas que garantizaban trabajo, la mita, el repartimiento, y no las que garantizaran tierra, como las mercedes de tierra. La principal función de la encomienda fue la de proveer mano de obra y no territorio físico. En esa situación el trabajo libre tendría que ser necesariamente bien remunerado. Dada la condición histórica de que el trabajo manual era poco aceptable para los peninsulares y dada la desigualdad fundamental en el sistema de fuerzas, debida a las diferencias de armamento y entrenamiento, la esclavitud se impuso como la solución lógica. Las instituciones de la Colonia obedecieron a esa lógica, que no derivó de las características intrínsecas del tipo de actividad económica—minería de plata aquí, plantación de azúcar allá, obrajes textiles acullá— sino del hecho de que el trabajo era el factor escaso de la producción (…) El área cultivada fue tremendamente reducida, dándose origen al latifundio improductivo y, en las regiones más apartadas de los centros consumidores y de las rutas de transporte, las tierras fueron simplemente abandonadas, ya que su valor como bien de producción  o bien de inversión era cero” (47).


 


Latifundio, tierras improductivas o desérticas, trabajo forzado o servil, opresión étnica están unidos por el mismo vínculo en el sistema colonial americano.


 


En las colonias inglesas, por lo menos en aquéllas que cumplían plenamente el papel que les fue adjudicado en el sistema colonial por la Corona, el proceso no siguió patrones diferentes. Nos estamos refiriendo a las colonias del Sur de América del Norte (Virginia, Maryland, Georgia, las Carolinas) que conocieron, con la producción y exportación de tabaco una prosperidad enorme, que casi hizo olvidar la existencia de otras colonias inglesas en el norte.


 


Prósperos, los hacendados sureños mandaban raer casi todas las manufacturas que consumían c e Inglaterra: los barcos llegaban a penetrar el continente hasta sus haciendas por los ríos interiores. La realización del sistema colonial, especializando a las colonias en la producción y exportación primarias, generaba en todas partes efectos equivalentes.


 


“El hacendado sureño descubrió que para producir el mejor tabaco tendría que devastar más montes y comenzar de nuevo en el suelo virgen. La tierra era barata, era necesario tener más tierra, y asilas plantaciones continuaron creciendo (…) Una de la dificultades del hacendado era hacer frente a la falta de brazos (…) El primer cargamento de negros llegó a Jamestown en 1619 y, en 1690 había cerca de veinte mil esparcidos por todas las colonias. Habían sido probados como trabajadores en el norte, pero a no ser como domésticos, no se adaptaron al trabajo allí. Pero sí eran adecuados para el trabajo en las plantaciones del sur y durante el siglo XVIII fueron traídos por millares (…) Ya no era tan fácil, para el pequeño hacendado o para el trabajador libre ganarse la vida. Las tierras aumentaron de precio y fueron acaparadas por los plantadores ricos” (48).


 


Pasado más de un siglo del inicio de la colonización americana, las persecuciones políticas y sociales que coincidieron con el surgimiento de las primeras manufacturas y precedieron al período de las “grandes revoluciones” burguesas (1640yl688) en Inglaterra hicieron que fuesen deportados opositores políticos y disidentes religiosos (puritanos, presbiterianos, cuáqueros, católicos) generalmente burgueses o nobles. La población sin ocupación o perseguida fue encaminada hacia los colonias, donde, a partir del inicio del siglo XVII (1620) crearon las primeras colon las de poblamiento diferentes de las “colonias de explotación” de la población nativa de los ibéricos— en el norte de América, los actuales Estados Unidos, configurando a partir de entonces un amplio fenómeno de colonización moderna”.


 


“La colonización de poblamiento que se inicia en América en el siglo XVII constituyó ya sea una operación con fines políticos, ya sea una forma de explotación de mano de obra europea que un conjunto de circunstancias tornara relativamente barata en las Islas Británicas. Al contrario de lo que ocurriera con España y Portugal, que se habían visto afligidas por una permanente escasez de mano de obra cuando iniciaron la ocupación de América, Inglaterra en el siglo XVII presentaba un considerable excedente de población gracias a las profundas modificaciones de su agricultura iniciadas en el siglo anterior. Esta población sobrante (…) vivía en condiciones suficientemente precarias como para someterse a un régimen de servidumbre por tiempo limitado, con el fin de acumular un pequeño patrimonio. La persona interesada firmaba un contrato en Inglaterra, por el cual se comprometía a trabajar para otra por un plazo de cinco a siete años, recibiendo en compensación el pago del pasaje, manutención y al final del contrato, un pedazo de tierra. Todo indica que esa gente recibía un trato igual o peor al dado a los esclavos africanos. El inicio de esa colonización de poblamiento abre una nueva etapa en la historia americana”).


 


¿Por qué una nueva etapa? Las colonias de poblamiento fueron una excepción, no sólo en relación al conjunto de la colonización americana, sino también dentro de la colonización inglesa (y mucho más si consideramos las colonias africanas y asiáticas de ese país). Fueron las condiciones naturales las que determinaron que las colonias del Norte (la llamada Nueva Inglaterra) se desarrollasen de manera totalmente diferente a las colonias inglesas del sur, y al resto de las colonias americanas.


 


“Era la geografía la que determinaba la gran diferencia entre los cultivos de Nueva Inglaterra y los del sur. No había haciendas enormes, ni brazos negros, ni cosechas básicas en Nueva Inglaterra; las plantaciones eran pequeñas, trabajadas por el propietario y producían gran variedad de cosechas. El habitante obtenía el sustento de la tierra con un trabajo exhaustivo y ese trabajo agotaba todas sus fuerzas, por eso buscó una ocupación más adecuada, y la encontró. Algunas millas al este de esta región quedaba la costa de Terra Nova, tal vez el mejor lugar de pesca del mundo. Los futuros hacendados se volcaron al mar. Luego las aguas costeras se llenaron de barcos pesqueros que volvían cargados de bacalao, salmones, arenques y caballas. Los países católicos de Europa eran un mercado permanente para los peces de mejor calidad, y los plantadores de las Indias Occidentales compraban los de peor calidad, para alimentar a sus esclavos, (…) Los habitantes de Nueva Inglaterra no dependían de la tierra natal para conseguir sus barcos. Todo lo que era necesario para su construcción estaba allí a mano (…) los hombres de Nueva Inglaterra conseguían fabricar más barato que cualquier otro país constructor de barcos del mundo (…) Al contrario de los sureños, ellos no disponían de cultivos básicos que fuesen ávidamente buscados en el Viejo Mundo, pero podían transportar el producto de esos cultivos en sus navíos, pues en el sur se dedicaban exclusivamente a la plantación de tabaco y arroz, sin preocuparse por el acarreo.”


 


“El Atlántico quedó cubierto de embarcaciones de estos yanquis emprendedores, que olfateban el comercio en cualquier lugar (…) El escenario de Nueva Inglaterra hasta 1760: suelo inhóspito y pedregoso, pequeñas granjas trabajadas por los propietarios y sus hijos, produciendo cultivos diversos, muchos pequeños poblados, diversas ciudades grandes a lo largo de la costa, el sonido del martillo constructor de navíos, trabajadores especializados, artesanado doméstico, algunos telares y forjas industriales, pocos esclavos negros, en primer lugar el trabajo del hombre blanco libre, la naturaleza forzando a los pioneros a trabajar duro, embarcaciones resistentes fabricadas por los propios habitantes, hombres que buscaban negocios rentables en todos los mercados del mundo”(50).


 


Esto explica que no llegara a Nueva Inglaterra ni el trabajo servil ni el trabajo esclavo, a pesar de no existir en los futuros "'yanquis” ninguna oposición de principios a esas formas de trabajo. Lo más importante, sin embargo, es que el medio greográfico y el tipo de producción determinaron en Nueva Inglaterra un tipo diferente de estructura de propiedad de la tierra, que era, en la economía colonial, el principal medio de producción.


 


“En Nueva Inglaterra las tierras que habían sido concedidas inicialmente a un grupo de colonos, para permitir allí el establecimiento de una nueva ciudad, fueron divididas, después de 1635, por las propias ciudades en lotes residenciales. Algunos de esos lotes no pasaban de medio acre en tanto que otros llegaban a los 22 acres. Nueva Inglaterra era un territorio de pequeñas propiedades y de haciendas familiares, y en ninguna parte se veían los extensos dominios o latifundios de las colonias del centro y del sur. En esas últimas colonias los pequeños lotes se alternaban con las grandes propiedades, como consecuencia del sistema de transmisión de la tierra mediante ventas, lo cual preparó el terreno para la difusión de la especulación y el acaparamiento” (51).


 


El precoz desarrollo industrial fue determinado por dos factores principales: 1) la existencia de mano de obra calificada y abundante y 2) la concentración urbana y la sociedad de pequeños granjeros formaban un mercado local sin poder adquisitivo para comprar los productos ingleses, pero que podían comprar los productos locales más baratos, además del mercado de las Antillas. La industria de exportación (navíos) se desenvolvió, al punto que al final del período colonial, un tercio de la marina mercante británica (la mayor del mundo) estaba constituida por navíos construidos en América. Por otra parte, la escasa atención que Inglaterra prestó a las colonias durante la mayor parte del siglo XVII, hizo que se crease en Nueva Inglaterra una tradición de autogobierno, incluyendo luchas políticas internas contra el totalitarismo religioso de los puritanos, que llevaron a la creación en 1636 de la colonia de Rhode Island, bajo la divisa: “Dios no exige que se decrete ni se imponga en cualquier sociedad civil una uniformidad religiosa”. Todo esto convergió para que en Nueva Inglaterra se estableciesen bases para un desarrollo radicalmente diferente, en relación a las colonias americanas de los países ibéricos.


 


La crisis del sistema colonial


 


¿Es posible, entonces, decir que “una gran diferencia que particulariza a los EEUU y a las otras ex-colonias inglesas es su dominación colonial: al constituir espacios relativamente vacíos frente al capital, y surbordinados a una metrópoli que es la vanguardia del capitalismo, esos países realizan su acumulación originaria durante el período colonial. Esto es, nacen para la independencia política como capitalistas ya constituidos, y ésa es su gran diferencia con la América ex-ibérica” (52)? ¿Fue el trabajo servil de buena parte de los primeros colonos fuente de acumulación originaria en el norte de los EEUU?¿Fue el “intercambio desigual”{transferencia de valor) de los productos manufacturados del Norte con el Sur y las Antillas esclavistas? En cualquier caso, la tesis que explica el nacimiento del capitalismo en Nueva Inglaterra por el “determinismo geográfico” {defendida entre otros por Leo Huberman y Milcíades Peña) deja oscuro el punto de saber el período y los mecanismos de su acumulación primitiva. Lo esencial para el desarrollo del futuro capitalismo norteamericano no fue la “colonización libre”(que producía una economía basada en la pequeña producción mercantil) sino los excedentes creados por el trabajo esclavo, cualesquiera hayan sido los mecanismos de su capitalización. El desarrollo del capitalismo es lo contrario de la colonización libre, o sea, de la propiedad fundada en el propio trabajo. Marx apuntó, en El Capital, que en el conflicto que los oponía, en los EEUU (cuando éstos eran todavía “una colonia económica de Inglaterra”) la clase capitalista inglesa, a pesar de formales declaraciones en contrario (ya había sido prohibido el tráfico negrero) apoyó a los esclavistas contra los partidarios de la abolición.


 


Para Stanley y Barbara Stein “la existencia de una tierra virgen, de grandes dimensiones y subha-Ditada, poseedora de extraordinarios recursos, situada geográficamente en posición favorable respecto de Europa y disfrutando de condiciones climáticas comparables a aquéllas encontradas en suelos europeos representaba, en realidad, condiciones fuertemente potenciales para el desarrollo, inexistentes en cualquier otra área del Nuevo Mundo (…) las colonias inglesas del norte desarrollarán la construcción náutica y las actividades mercantiles, estas últimas particularmente después de 1763, en la región del Caribe; a su vez, las colonias del sur establecerán las bases para una agricultura de exportación con utilización de mano de obra esclava” (53).


 


Para otros autores, los EEUU “ya antes de la emancipación ejercían un próspero comercio con base en sus materias primas y contaban con una importante flota. De hecho, el avance técnico de los EEUU era evidente gracias a inventos tales como el molino automático de Evans (1785); las máquinas de hilar de Slater (1790); las técnicas de Whitney para separar la fibra de algodón de las semillas (1794) y la construcción de armas (1800). La prohibición comercial de 1807 y la guerra anglo-americana de 1812 arruinaron el comercio ultramarino, lo que a su vez, en contrapartida, posibilitará el despegue de la incipiente industria del Norte, y así, en 1813, Francis Lowell funda la primera gran fábrica estadounidense. La ola de productos británicos después de la paz de Gante, fue contenida progresivamente por las tarifas aduaneras de 1816,1818,1824,1828,1832 que elevaron los derechos de 25% al 45% en el caso de los productos más gravados. Paralelamente se fue desarrollando una fuerte industria nacional. Así, a partir de 1840 la importación textil se hizo innecesaria. El país ya contaba en esa época con más de 1.200 fábricas de tela de algodón” (54).


 


En América Latina la “colonización moderna (de población)” fue débil y excepcional (región del Río de la Plata y Costa Rica).


 


¿Pero cómo entró en crisis el sistema colonial?


 


Durante tres siglos el sistema colonial americano funcionó, resolviendo sus contradicciones a través del contrabando y de la piratería, de las ocupaciones de tierra, y de la masacre cíclica de poblaciones nativas o de esclavos.


 


¿De qué manera el sistema colonial americano trababa el desarrollo de las fuerzas productivas en las colonias? El monopolio comercial ejercido por las metrópolis implicaba un sistema de puerto único”, tanto para la recepción como para la expedición de mercaderías. Esto, además de hacerlas artificialmente más caras, fue determinando una creciente escasez. Por ejemplo, para la América Española —que por su tamaño y peso económico constituía la fracción más importante de la América colonial— la Corona creó la Casa de Contratación, situada en Sevilla. Al comienzo, ella organizó y agilizó el comercio entre las colonias y la metrópoli. Pero “al cabo de unas pocas décadas, se convirtió prácticamente en una corporación cerrada, limitada a unas pocas casas comerciales que ejercían el monopolio del tráfico. Por su intermedio, los comerciantes de Sevilla llegaron a controlar la naturaleza y el volumen de las cargas que salían, y establecían a su criterio los precios de su venta a la Corona, frecuentemente bajo la compulsión o para garantizar favores especiales. Gremios comerciales similares fueron establecidos más tarde en Nueva España (1594) y en Perú (1613), constituyendo asociaciones de los principales importadores cuyos intereses coincidían con los de la oligarquía comercial andaluza. El resultado fue la disminución del abastecimiento de mercaderías europeas a América y de productos americanos a Europa. Las colonias eran abastecidas por debajo de lo normal y tenían que pagar precios exhorbitantes por las mercaderías europeas. Constituyó uno de los más serios obstáculos para el crecimiento de su industria, su población y su bienestar” (Clarence Ha-ring).


 


A partir del siglo XVIII tanto la América española como la portuguesa protagonizan un crecimiento tanto de su población como de su producción. La producción y el comercio se expanden particularmente en las áreas periféricas: norte de México, Florida, Río de la Plata, Santiago de Chile, Nueva Granada y Venezuela. En Brasil, el auge de la economía minera da lugar a un conjunto de actividades subsidiarias (cría de ganado, agricultura, artesanías). Según Cardoso y Perez Brignoli “el dinamismo de algunos rubros de exportación, cueros del Río de la Plata, cacao de Venezuela, plata de México, no puede ocultar la reactivación de muchas industrias artesanales que abastecen a las regiones exportadoras y a los núcleos urbanos en expansión. Entre el monopolio del comercio legal existen intersticios para esas primitivas actividades industriales”.


 


Si, por un lado, el contrabando no puede canalizar toda la expansión potencial del comercio, por otro, la Corona no puede permitir su crecimiento indefinido. El crecimiento del potencial productivo y comercial de las colonias choca con la “exclusividad metropolitana” y para remediar esta situación se producen los reajustes imperiales conocidos como reformas borbónicas (de la dinastía de los Borbones de España), y pombalinas (del marqués de Pombal, regente de Portugal) que buscan la diversificación del comercio colonial.


Colonias, tratando de reducir el contrabando a través de la ampliación de la oferta, y elevando el porcentaje de manufacturas españolas en el comercio con las colonias” (55).


 


Como toda reforma en un período de crisis, ésta sólo consiguió agravar la causa que le dio origen, sin solucionarla. Porque la “liberalización del Comercio dentro del cuadro imperial” chocaba con un obstáculo insuperable: la débil industrialización de los países ibéricos, su incapacidad de suministrar manufacturas en cantidad suficiente a las colonias.


 


“Concebido únicamente en interés de la Metrópoli, el sistema colonial del antiguo régimen económico es tanto más difícil de aplicar dado que después de más de dos siglos las metrópolis ibéricas son incapaces de satisfacer las necesidades reales de sus colonias americanas. El monopolio de Sevilla y después el de Cádiz, que cede en 1765 lugar a un monopolio más amplio de España, así como el monopolio de Lisboa no son, en tales condiciones, más que un medio de exacción fiscal, es decir un pesado aparato de fiscalización castellana y portuguesa que sin beneficio alguno para la economía de los países productores, drena para una Europa parasitaria los metales preciosos que la técnica criolla y la sangre del indio arrancan de las Rocallosas a los Andes” (56).


 


A las contradicciones derivadas del monopolio del comercio metrópoli-colonias debemos agregar las surgidas de las prohibiciones y monopolio del comercio intercolonial. Estas chocan a su vez con la incipiente expansión de un mercado interno colonial.


Ya en el siglo XVI, Potosí, uno de los polos económicos de la América española, tiene veinte mil habitantes, cifra que será superada en el siglo siguiente por Lima (Perú). La formación de una sociedad en las colonias con un cierto tejido social y orden internos (creación de escuelas y universidades) comienza a entrar en conflicto con lo que era la prolongación lógica del monopolio comercial: el monopolio político en manos de la administración colonial. Ya en 1640, en el actual Paraguay, el movimiento de los “comuneros” cuestiona ese monopolio político. La creación de los “cabildos” en la América española, buscando dar una cierta representación a los sectores privilegiados de la sociedad colonial (el primer cabildo es de 1729) será, con las reformas comerciales, un factor de complicación del problema político.


 


Las contradicciones “externas” tienen, en las colonias, una expresión "interna de acuerdo con la posición ocupada por los diversos sectores y clases sociales dentro del sistema colonial. Ya a fines del siglo XVII explotan revueltas contra el monopolio


“Cautelosamente, se operó una reforma en la estructura del comercio colonial, inicialmente en la zona del Caribe (1765), con la apertura de diversos puertos españoles al contacto directo con los puertos caribeños sin parada obligatoria en Cádiz; posteriormente, se autorizó que trece puertos españoles comerciaran directamente con los mayores puertos coloniales (1778), a excepción de Veracruz y La Guayra, recién incluidos en 1789. Esos reducidos ajustes, a los que se denominó política de “libre comercio”, representaban apenas una liberalización del comercio dentro del cuadro imperial. Se permitía un limitado comercio inter-colonial, y aún así restringido únicamente a los productos coloniales, no admitiéndose la reexportación de importaciones europeas. El objetivo de estos cambios era el mejoramiento del contacto entre la metrópoli y las comercial (la revuelta de Bekman, en Maranhao, en 1684). La abolición de las flotas de convoy reales, de carácter bianual (transporte obligatorio del comercio colonial) en 1735 (España) y en 1756 (Portugal) forman parte de las reformas ya referidas. Los sectores que basaban sus ganancias en la explotación de la población nativa, luchan y consiguen la expulsión de los jesuítas (protectores de los indígenas) y la incorporación de las misiones jesuíticas al dominio del Imperio Español. En la América española, en Brasil, la sociedad colonial se va escindiendo en intereses —en clases— contrapuestos.


 


“De un lado, brasileños propietarios que se consideraban la nobleza de la tierra, educados en un régimen de vida holgada y de grandes gastos… del otro, el “mascate”, el inmigrante enriquecido formado en la dura escuela del trabajo y que viene a hacer sombra con su dinero a la posición social de aquéllos. Se generaliza así una oposición al negociante “portugués-mascate”, ‘marinero los epítetos con los que se los trataba variaban, porque a través del monopolio del comercio colonial excluía de él al brasileño; que ve como se le reducen los medios de subsistencia; el conflicto así se profundiza y se extiende” (57).


 


Así, en la “guerra de los mascates” (1710), se enfrentan éstos con los naturales de la colonia. En la América española, las “reformas” también acentúan la escisión interna de la sociedad. En el Perú, los “indios forasteros”, escapados del trabajo y del tributo forzado a la administración colonial, entran en alianza con los españoles que ocupan tierras sin títulos y que no quieren pagar a la Corona para regularizar su situación. A través de las oposiciones internas de la sociedad colonial, se va procesando la crisis general del sistema, que tiene su causa en el monopolio económico y político de la metrópoli.


 


En las colonias inglesas, el monopolio comercial produce efectos semejantes, atenuados por el activo comercio intercolonial y por el contrabando con Francia. Pero el desarrollo de ese comercio estaba condicionado al crecimiento de las industrias, especialmente importantes en Nueva Inglaterra (Norte).


 


Cabe preguntarse por qué los gobiernos coloniales no aprobaban ellos mismos una legislación destinada a impulsar el desarrollo de las manufacturas. La respuesta es que eso es precisamente lo que hicieron. “Antes de 1750 las legislaturas provinciales concedieron frecuentemente el derecho al monopolio en el intento de incentivar el suministro seguro y regular de algunos artículos de gran consumo (sal, azúcar, papel). A veces también reducían las tarifas… Pero en 1724 una ordenanza del reino prohibió que las colonias colocasen impuestos sobre mercaderías británicas. Las leyes destinadas a incentivar industrias específicas fueron, al mismo tiempo, desautorizadas por el gobierno británico” (58).


 


El desmoronamiento del sistema colonial se produjo como consecuencia inmediata de las guerras europeas en que se vieron envueltas las metrópolis, empobreciéndose: la guerra de los Siete Años (1754-63) entre Inglaterra y Francia; la invasión de España por la Francia napoleónica (1808-1814).


 


Inglaterra salió victoriosa de la guerra contra Francia (conquistando, inclusive las colonias francesas de América). Pero la victoria dejó sus finanzas exhaustas. Este es el origen de los impuestos a los productos básicos y tributos (Ley de Sellos) al que sometió a sus colonias americanas a partir de 1754. Esas medidas políticas desnudaron el carácter insoportable y anacrónico del sistema económico y social. La resistencia de algunos sectores de la población provocó enfrentamientos y muertes en Boston (1770). Estaba desatado el proceso que llevaría a la caída del sistema colonial americano.


 


En los principales hechos del proceso que precede esa caída-reforzamiento y cambios en el Pacto Colonial, contrabando creciente, revueltas contra la Administración y revueltas sociales—se pusieron de relieve las trabas que el sistema colonial imponía al desarrollo de las fuerzas productivas, en las colonias y en Europa.


 


El monopolio hispano-portugués chocaba con la necesidad de expansión de mercados de Inglaterra (que lo perforaba sistemáticamente a través del contrabando) que vivía en plena Revolución Industrial, y consolidó definitivamente el modo de producción capitalista.


El monopolio metropolitano chocaba con la expansión del comercio de las colonias en todas direcciones (Europa y comercio inter-colonial).


 


La expansión del comercio y de la producción en las colonias exigía el pleno aprovechamiento de la renta comercial por los sectores propietarios (comerciantes, propietarios de tierras y minas, granjeros e industriales de Nueva Inglaterra) lo que chocaba con los tributos e impuestos de la corona y con la administración colonial.


 


Todos los factores de crisis del sistema colonial explotaron, mientras tanto, dentro de un^ crisis mundial, es decir, de una crisis del conjunto de las relaciones internacionales que tuvo por centro a sus propias metrópolis. No por casualidad la independencia americana (1776) precedió, en poco, a la revolución industrial inglesa (1780) y a la revolución política que inauguró la revolución social en Francia (1789). Marx consideró que “la guerra de independencia americana inauguró la nueva época de ascenso de las clases burguesas”.


Los procesos de independencia hispano-americanos (1808-1826), a su vez, son tributarios de las consecuencias de esos acontecimientos en el plano mundial. “En 1808 se explícita aquello que los síntomas ya advertían desde 1795, cuando se iniciaron las luchas franco-inglesas, transformando a Europa y al Atlántico en un interminable campo de batalla, lo que aisló casi completamente a América de los mercados europeos. Las ventajas económicas acumuladas durante la segunda mitad del Siglo XVIII comienzan a agotarse frente al predominio marítimo inglés, que va a encontrar su coronación en la batalla de Trafalgar, en 1805” (59).


 


Tres años después, el monarca portugués, instalado en Brasil, a causa de la invasión napoleónica a la península, decreta la apertura de los puertos, poniendo fin de hecho al monopolio colonial, al mismo tiempo en que explotan los movimientos de independencia en América española. El cambio de la estructura política de las colonias fue un aspecto de la crisis internacional provocada por el colapso definitivo del feudalismo europeo, y por la revolución económica, social y política de la burguesía.


 


 


Notas:


(1) Jean Chesnaux. Triomphalisme europeen, dechirure planetaire. Le Monde Diplomatique, París, diciembre 1991.


(2) Augusto Roa Bastos. El controvertido V° centenario. El País, Madrid, 24 de junio de 1991.


(3) Julio M. Sanguinetti. 500 años en los tiempos de cólera. El País, Madrid,, 10 de junio de 1991.


(4)Ernesto Sábato. Qu’est-ce que l’identité d’une nation. Le Monde Diplomatique, París, noviembre 1991.


(5) Mario Vargas Llosa. Ex – colonias nao cooperam com indios. Folha de S.Paulo, Sao Paulo, 12 de octubre de 1991.


(6) Jan Carew. Columbus and the origins of racism in América. Race and Class n9 4, Londres, 1988.


(7) Edmundo O’Gorman. La invención de América, México, FCE, p. 89.


(8) Marianne Man-Lot, La decouverte de l'Amerique. París, Flammarion, 1970, p. 124.


(9) Qui a decouvert Colomb? Le Monde, París, 17 de setiembre de 1991.


(10) C. Bernard e S. Gruzinski. Historie de Noveau Monde. París, Fayard. 1991.


(11) Pierre Vilar. Ouro e Moeda na Historia 1450- 1920. Río de Janiero, Paz e Terra, 1981, p. 80.


(12) Carta de F. Engels a C.Schmidt, 17 de octubre de 1890.


(13) Karl Marx. O Capital. Libro 1, Río de Janeiro, Civilizacao Brasileña, 1971, pp. 828 e 725.


(14) Karl Marx, Idem. cap. XXIV.


(15) Pierre Vilar, idem, pp. 93 y 139.


(16) Luis Vítale, España antes y después de la conquista de América, Barcelona, Rojas, 1977, p. 12.


(17) Karl Marx, idem III.


(18) André Gunder Frank. Acumula9ao mundial 1492/1789. Río de Janeiro, Zahar, 1977.


(19) Ignacio Sotelo, Sociología de América Latina, Río de Janeiro, Pallas, 1975.


(20) Karl Marx, ídem, Libro I. cap. XXIV.


(21) Héctor AJimonda. Acumulado originaria: una revisao. Estudos n° 4, San Paulo, FFLCH-USP, octubre 1986, p.10.


(22) In Maurice Dobb. A evolufao do capitalismo. Rio de Janeiro, Zahar, 1976.


(23) Glaucio A. Dillon Soares. A questao agraria na América Latina. Río de Janeiro, Zahar, 1976, pp. 38/39.


(24) Pierre Vilar, idem. p. 259.


(25) Marianne Mahn-Lott. idem pp. 91/93.


(26) Héctor H. Bruit. América latina: 500 anos entre a resistencia e a revolugao. Revista Brasileira de Historia n9 20, Sao Paulo, Marco Zero, marzo de 1990.


(27) Isabel Alexandre. A colonizado científica: algumas considerares. Estudos n° 4, Sao Paulo, FELCH-USP, octubre de


1986, p. 21.


(28) A. Zolberg. Descoberta da América abre era das grandes migra^oes. World Media. Sao Paulo, 18 de julio de 1991.


(29) J. Halcro Ferguson. El equilibrio racial en América Latina. Buenos Aires. EUDEBA, 1963, p. 45.


(30) Thomas Skidmore. Rela?oes raciais. O Estado de S.Paulo. Sao Paulo, 27 de diciembre de 1991.


(31) Folha de S. Paulo. Sao Paulo, 12 de octubre de 1991. CF Tzvetan Todorov. A conquista da America. A questao do outro. San Paulo, Martins Fontes, 1988.


(32) Octavio Paz. O labirinto da solidao. Río de Janeiro. Paz e Terra, 1984. p. 87.


(33) Folha de Sao Paulo, Sao Paulo, 5 de octubre de 1991. Cf. Claude Levy-Strauss, Historie de Lynx, París, Plon, 1991.


(34) Héctor H. Bruit. Visao ou simulayao dos vencidos? A historiografía sobre os indios na conquista da América. V5 Congreso ADHILAC, Sao Paulo, USP. 1990, p. 5.


(35) Ruggiero Romano. Mecanismos da conquista colonial. Sao Paulo. Perspectiva, 1973, pp. 15-17.


(36) Eric Veil, in Helen H. Jacksopn. Un siecle de deshonneur. París UGE, 1972. p. 17. Este es un extraordinario relato del exterminio de los indios norteamericanos, relatado por la esposa de un capitán del ejército de la Unión. Para el exterminio de los indios del sur argentino y chileno, ver Liborio Justo, Pampas y Lanzas. Buenos Aires, Palestra, 1962.


(37) Vera Lucia A. Ferlini. Terra, trabalho e poder. Sao Paulo. Brasiliense. 1988, p. 27.


(38) Cf. Nahuel Moreno. Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa. Estrategia nc 1, Buenos Aires, setiembre de 1957, y para un desarrollo más profundo consultar: Milcíades Peña. Antes de Mayo. Buenos Aires, Fichas, 1973.


(39) Andre Gunder Frank. obra citada.


(40) Stanley e Barbara Stein. A heran9a colonial da América Latina. Río de Janeiro. Paz e Terra, 1976, p.30.


(41) Ruggiero Romano. Le Rivoluzione del centro e sudamerica, in Le rivoluzioni borghesi. Milán. Fratelli Fabril, 1973, p. 162.


(42) Ruggiero Romano, idem p. 163.


(43) Edward C. Kirkland. Historia económica de los Estados Unidos. México, FCE, 1941.


(44) Maurice Dobb, Idem.


(45) Emilia Viotti da Costa. Da Senzala a Colonia. Sao Paulo. DIFEL. 1966.


(46) Proyecto de Tesis sobre el problema indígena en México y América Latina. Boletín de información del Buró Americano-Oriental de la IV5 Internacional, ne 6, Nueva York, setiembre de 1939.


(47) Glaucio A. Dillon Soares, idem.


(48) Leo Huberman. Historia da riqueza dos EUA, Sao 


(49) Celso Furtado. Formacao Económica do Brasil. Sao Paulo. 


(50) Leo Huberman. Idem.


(51) Stuart Bruchev, As origens do crecimiento económico americano. Río de Janeiro, Record, 1966.


(52) Hector Alimonda, ídem.


(53) Stanley e Barbara Stein, ídem. P. 100.


(54) Francisco A. Ramirez Esparza e Alfonso B. de Mendoza. Los Estados Unidos de América en el siglo XIX. in Demetrio R. Perez, Historia de America. IV Parte, Madrid, Najera, 1987, p.123.


(55) Stanley e Barbara Stein, idem.


(56) Pierre Chaunu, Historia da América Latina, San Paulo DIFEL, 1978.


(57) Caio Prado Jr. Formagao do Brasil Contemporáneo, Sao Paulo, Brasiliense. 1965.


(58) Stuart Bruchey. idem.


 

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