1910: El proletariado argentino en el Centenario

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Una época histórica -con su proyecto fastuoso de dominación social, económica y política- hizo eclosión en los festejos del Centenario de Mayo, que se conmemoró bajo estado de sitio, en huelga general, con centenares de activistas obreros presos, locales sindicales y periódicos anarquistas y socialistas asaltados por la policía y por turbas de la derecha.


 


La Argentina, en 1910, ocupaba el sexto lugar en la economía mundial. A cien años de la instalación de la Primera Junta en el viejo Cabildo, ni París ni Nueva York ni ninguna de las grandes capitales del mundo podían mostrar, por ejemplo, una iluminación como la que se instaló en la Avenida de Mayo para aquellas fiestas. Hasta la infanta Isabel -enorme como un navío- había desembarcado en Buenos Aires, en representación de la corona española, para darle un toque real a la celebración.


 


A pocas cuadras del centro, de las poltronas del Jockey Club -cuyo edificio, según Carlos Pellegrini, debía ser tan imponente que al entrar en él "hasta el indio más guarango se sienta obligado a quitarse el sombrero"- y de las luces de la Avenida, se amontonaban los conventillos hacinados, "alumbraos a querosén", con una bomba de agua por patio, sin nada que se pareciera a un servicio sanitario. En ellos subsistían como podían las familias obreras, sometidas a jornadas de trabajo de 12 ó 14 horas, con transportes malos o inexistentes que obligaban a larguísimas caminatas para llegar a la fábrica y para volver a casa, de modo que la obrera o el obrero salían del conventillo a las 5 de la mañana y no regresaban hasta las 8 ó 9 de la noche, al mediodía comían de apuro una tortilla en el almacén. No había vacaciones y el único descanso era el domingo, con sus bailes en los patios. Tampoco había jubilación, ni seguros de salud: el que se enfermaba no trabajaba y el que no trabajaba no cobraba. La discapacidad o la incapacidad por accidentes de trabajo no tenían indemnización y condenaban a quien las padeciera a la miseria perpetua.


 


Eso sucedía en la franja privilegiada del movimiento obrero, la que encontraba un lugar frente a las máquinas; la que no lo encontraba o los inmigrantes sin ocupación tenían que buscar su plato de sopa en ollas populares, como las instaladas en la zona portuaria, mientras los smokings y los vestidos de gala festejaban el Centenario y los señoritos tiraban manteca al techo entre el humo de los puros y el champán de Armenonville.


 


En esa Argentina del Centenario, un sindicato equivalía a subversión; una jornada normal de trabajo, a simple holganza; y cualquier manifestación de protesta a un atentado inadmisible contra la seguridad del Estado. La relación de aquella oligarquía con el proletariado era básicamente represiva y la "cuestión obrera" -así se la llamaba- constituía, ante todo, un asunto policial.


 


En su novela Soy Roca, Félix Luna pone en boca de Ataliva Roca una frase notable, dirigida en la ficción a su hermano presidente: "Julio, los ganaderos somos ricos; inventaron una máquina que fabrica frío".


 


Esa frase, que posiblemente nunca fue dicha, resume el acontecimiento clave del siglo XIX argentino que determinaría toda su historia ulterior: los mercados del mundo golpeaban las puertas del puerto de Buenos Aires con su demanda de carnes y cereales. Toda la tecnología de la época, aplicada al desarrollo económico del país, estaría subordinada a ese fenómeno. La invención de la "máquina que fabrica frío" era la partera de la industria de carnes congeladas, permitía la exportación masiva y multiplicaba exponencialmente la producción ganadera. Los señorones del Centenario, socios del Jockey Club y del Club del Progreso, ya podían engordar gracias a la parición de las vacas y reír en sus salones con un chiste de la época: "En la Argentina nunca habrá crisis mientras los toros no se vuelvan maricones". Ya verían cómo la crisis los quebraría en astillas aunque no cambiara la predisposición sexual de sus toros.


 


Los ferrocarriles habían hecho perder sentido a las montoneras federales; es decir, a la guerra que sostenían con Buenos Aires los hacendados del interior, cuyas tropas eran su propia peonada. Las vías del tren fueron prolongaciones del puerto hacia las provincias, de modo que los "caudillos federales" podían ahora venderle a Londres, también ellos, sus granos y sus vacas. Cuando Roca hablaba de la supresión del "espíritu de las montoneras" se refería a esa nueva realidad, no a un exterminio militar como, por ejemplo, el que él mismo y su enemigo Juan Manuel de Rosas habían cometido contra los indios del sur.


 


Hasta 1880, el declarar a Buenos Aires territorio federal había sido razón de guerra, porque el interior procuraba, por esa vía, "federalizar" las rentas portuarias. En 1880, el ferrocarril había eliminado ese casus belli: ahora, el Congreso podía declarar capital federal a Buenos Aires y a su puerto -demanda histórica de los hacendados provincianos- sin que nadie tomara las armas contra esa disposición. Los ferrocarriles, junto con la incorporación de los estancieros del interior al comercio internacional, hicieron posible otro fenómeno: el de llevar a la práctica la consigna "gobernar es poblar", proclamada por Juan Bautista Alberdi. Así, el mercado mundial, como había creado a la clase terrateniente, creaba al proletariado argentino: un proletariado de inmigrantes que traería el bagaje de sus luchas en Europa y la influencia poderosa de las ideas socialistas y anarquistas que allá se desenvolvían.


 


La huelga del Centenario, el estado de sitio, los encarcelamientos y la represión policial y parapolicial de aquellos días habían tenido un antecedente inmediato y sangriento: la Semana Roja de 1909, en la que vale la pena detenerse.


 


La Semana Roja 1° de Mayo de 1909.


 


A las dos y media de la tarde, eran algo más de 3 mil los trabajadores reunidos en la plaza Lorea, convocados por la anarquista Federación Obrera Regional Argentina (Fora). Esa plaza estaba entonces partida al medio por la Avenida de Mayo, que llegaba hasta el actual Palacio Legislativo. Todavía no se habían demolido las casas de cuatro manzanas para dejar espacio a otra plaza, la del Congreso, y al "monumento a la Revolución" que se levantaría en ella. Así, las victorias y los tranvías circulaban entre la estatua de Moreno y la de Estrada, pero aquella tarde no.


Según se había decidido, la manifestación de la Fora partiría de Lorea para marchar por la Avenida hasta Entre Ríos y proseguir por Callao, Córdoba, Libertad, Paraguay y Paseo de Julio (hoy Leandro N. Alem) hasta la plaza Mazzini, donde en 1905 una columna obrera había sido baleada por la policía.


 


Aquel 1° de Mayo había conocido vísperas agitadas. El gremio de los transportistas iría a la huelga por tiempo indefinido a partir del lunes 3 por la derogación del nuevo Código de Penalidades que el intendente, Ricardo Güiraldes, había dictado contra los trabajadores del sector. Durante toda la semana hubo asambleas tensas y masivas, y el jefe de policía, Ramón L. Falcón, recibía informes del comisario Vieyra, jefe de la seccional 1a, sobre la actividad de "agitadores". El 30 de abril, Falcón ordenó una treintena de detenciones de dirigentes obreros, lo cual -aunque los liberó casi de inmediato -sirvió para caldear la atmósfera.


 


Ese 1° de Mayo, como era su costumbre, Falcón organizó una provocación en regla. Cuando la columna anarquista estaba a punto de ponerse en marcha, el jefe policial pasó por la plaza a bordo de su carruaje. Los insultos, los gritos airados contra el gran matón, se atropellaron entre los manifestantes. Entonces, el coche se detiene y Falcón baja, custodiado por un centenar de cosacos. Resuenan los mueras al presidente, José Figueroa Alcorta, a Güiraldes y, por supuesto, al propio Falcón, parado ahí, desafiante, en la Avenida de Mayo entre Lorea (hoy Luis Sáenz Peña) y Virrey Ceballos.


 


A todo esto, una columna llega tarde por Entre Ríos. Son unos 300 trabajadores del centro anarquista Luz, que han partido de Río de Janeiro y Triunvirato. Por el camino, tuvieron un par de encontronazos con la policía y eso los ha demorado. Ahora doblan por la Avenida, en sentido contrario a la manifestación que parte de la plaza Lorea.


Cuando los recién llegados ya están en la esquina de Avenida de Mayo y Solís, los policías que los perseguían, al verse reforzados por los custodios de Falcón, cargan contra la columna y tratan de detener a los dirigentes. Justo en ese momento llega la cabeza de la marcha que ha salido de Lorea. Se produce el tumulto, sobrevienen los toques de clarín y la primera carga a sablazos de la policía montada.


 


En ese momento, un hombre corpulento, moreno, a quien nadie había visto hasta entonces, se mezcla entre los manifestantes y dispara un tiro de revólver al aire. Luego, Falcón dirá que se trataba de un anarquista correntino; los obreros, que era un provocador enviado por el jefe de policía. Por supuesto, después del disparo el hombre se esfumó. No fue detenido ni se lo volvió a ver.


 


Ese balazo fue una señal, una orden general de masacre.


 


En apenas un par de minutos, más de 300 tiros de máuser se descargaron contra la columna obrera, que se desintegró en desbandada. Cuando cesó el fuego, unas cincuenta personas habían quedado tiradas en la calle. El primer recuento de víctimas indicó cinco muertos y 45 heridos de bala. No fue peor porque un grupo de seguridad de la Fora se reagrupó como pudo y contestó el fuego, cosa que obligó a la soldadesca a desmontar y cubrirse detrás de sus propios caballos. Cinco agentes recibieron heridas de proyectiles de poco calibre resultaron muertos algunos animales.


 


"Hubo agentes que llegaron hasta a perseguir a los manifestantes en los refugios que buscaron en su huida, y descargaron sobre ellos sus revólveres y agitaron sus machetes. Algunas de las víctimas cayeron en lugares cerrados…".1


 


Hubo más de 200 detenidos y se allanaron varios domicilios particulares y comercios que habían dado refugio a manifestantes.


 


"…encontramos una coincidencia unánime en la opinión pública para condenar la actitud de la policía (…) Según se desprende de los propios partes policiales, la descarga de las armas contra el grupo de revoltosos se produjo sin transición alguna, y los mismos efectos del choque demuestran que no había peligro capaz de dar motivo a semejante violencia (…) (Se) ha dado a Buenos Aires el espectáculo de un ametrallamiento callejero (…) (de) un atropello inmotivado y homicida".2


 


Una hora después de la masacre, a las tres y media de la tarde, parte de Plaza Constitución la columna del Partido Socialista. Las noticias de lo ocurrido en la plaza Lorea llegan por medio de Luis Bernard, que ha estado en la refriega. Los manifestantes colocan crespones negros en las banderas rojas y el furor crece a cada cuadra. En el punto de destino de la marcha, la plaza Colón, habla Enrique Dickmann y propone declarar la huelga general. Lo mismo hace Alejandro Mantecón y, de inmediato, Alfredo Palacios arenga contra Falcón, respalda la convocatoria a la huelga y hace prometer a los manifestantes que "no quedará impune el crimen que acaba de cometer la policía".


 


Esa misma tarde, Falcón hace cerrar los locales obreros, clausura las imprentas donde se editan La Vanguardia y La Protesta, y ordena impedir toda reunión, aun en domicilios particulares.


 


Empero, a la noche la ciudad hierve de encuentros clandestinos. De un modo u otro, logran reunirse el consejo federal de la Federación Obrera, la junta de la Unión General de Trabajadores y el comité ejecutivo del Partido Socialista. El domingo se encuentran las conducciones de la Fora y de la UGT (sindicalista-socialista) y producen la siguiente declaración conjunta:


 


1°) Declarar la huelga general por tiempo indeterminado a partir del lunes 3, hasta que se consiga la libertad de los compañeros detenidos y la apertura de los locales obreros;


 


2°) Aconsejar muy insistentemente a todos los obreros para que, con el fin de garantizar el éxito del movimiento, se preocupen por vigilar los talleres y fábricas respectivas, impidiendo de cualquier manera la concurrencia al trabajo de un solo operario.


 


Había empezado la que pasó a la historia con el nombre de Semana Roja, y la huelga general más larga de la historia del movimiento obrero argentino hasta ese momento.


 


El lunes 3, la ciudad era un desierto. En los barrios más acomodados, el miedo hacía que la gente se encerrara. En Barracas y en la Boca, en cambio, hormigueaban los corrillos de huelguistas. Los diarios hablaban de 200 mil trabajadores en paro, mientras 5 mil soldados del ejército de línea ocupaban Buenos Aires.


 


Al mediodía, en Barracas, frente a los talleres Peuser, una multitud detiene los tranvías que circulan, rompiendo el paro, por la calle Patricios, entre Alegría (hoy Wenceslao Villafañe) y Aristóbulo del Valle. Varios coches son destruidos, hay heridos y el servicio queda interrumpido. Lo mismo sucede con la Línea 102, que va a Lomas y a Lanús. En Santos Lugares, los ferroviarios abandonan en masa los talleres Alianza en cuanto se les comunica que hay huelga.


 


A las dos de la tarde, la caballería carga a sablazos contra un acto socialista en la Plaza de Mayo. Los manifestantes se reagrupan sobre la calle Bolívar, donde todavía no había diagonal. Palacios, encerrado por soldados contra un pórtico, arroja bastonazos a sus atacantes, "mientras un forajido a caballo -diría después- me apuntaba con una carabina". Un grupo nutrido de obreros advierte la situación y acude al rescate. Una lluvia de piedras -y hasta algún balazo- cae sobre los cosacos, que se retiran en desorden. Los manifestantes escoltan a Palacios hasta su estudio, en la calle Victoria (hoy Yrigoyen), y el caudillo socialista habla allí desde un balcón. El discurso termina con una convocatoria:


 


— ¡Todos a Plaza Constitución!


 


Después de la represión en la Plaza de Mayo, Falcón había hecho saber a la dirección del PS que "por razones de tráfico" no podía permitir una concentración allí, pero, añadía, la libertad de reunión estaba asegurada y los socialistas podían hacer su acto en Constitución. Cuando Palacios llegó a la nueva cita, en la plaza ya había más de dos mil obreros -convocados momentos antes en la calle, a voces-, a quienes rodeaba la policía. Eran las cuatro de la tarde.


 


Al ver llegar a los miembros del comité ejecutivo del PS, el cosaco a cargo de la tropa les advierte:


Hagan los discursos que quieran, pero que nadie trate de formar columnas ni hacer desfiles, porque tengo orden de proceder de cualquier forma para disolverlos.


 


Alrededor de ellos estalla la gritería:


 


¡Viva la huelga!


¡Viva el socialismo!


 


Mario Bravo, desencajado, ha perdido el sombrero en la revuelta y el pelo le cae sobre la frente sudada, pero se las arregla para mantener la elegancia de su traje y la compostura retórica a la hora del discurso. Habla parado sobre un banco:


 


"El jefe de policía, interpretando los deseos de la oligarquía, nos impide manifestar. La clase trabajadora de Buenos Aires, en huelga general, ha demostrado poseer fuerza y solidaridad para llevar el miedo a las esferas del gobierno. El gobierno, no sabiendo qué hacer, clausura locales, encarcela ciudadanos, prohíbe reuniones, asesina al pueblo, destroza todas las libertades y llega hasta a amenazar con el estado de sitio ¡En buena hora! ¡Que venga el estado de sitio! El proletariado seguirá desenvolviendo sus energías.


 


Con estado de sitio o sin él, la huelga general proclamada por los sindicatos gremiales y por el Partido Socialista, se mantendrá con todo su vigor.


 


¡Ciudadanos! En nombre de mi partido, os exhorto a cumplir con vuestro deber.


 


¡Abajo los asesinos del pueblo!


 


¡Viva la huelga general!".3


 


Después de Bravo, hablaron dos anarquistas y la multitud empezó a desconcentrarse.


 


En ese momento, un agente, chapa 2621, muestra su revólver a los obreros, los insulta y les dirige amenazas de bárbaro. En las calles, la policía detiene a los canillitas que vocean La Vanguardia y La Protesta. Se confiscan periódicos y volantes. Los muertos por el choque del 1° ya son siete y treinta y cuatro los heridos de bala que siguen internados.


 


El martes 4, el paro es total en Rosario, La Plata, Junín, Lomas de Zamora, San Fernando y Tigre. La huelga se extiende y más gremios se incorporan a ella. A las dos de la tarde, unas 80 mil personas se concentran en torno de la morgue, ese edificio enorme y oscuro en la manzana de Junín, Viamonte, Andes (hoy Uriburu) y Córdoba. Ahí han depositado los cadáveres de los obreros asesinados, y ese día se los enterrará. Pero los muertos, al igual que los periódicos, están interdictos: 200 soldados del escuadrón de seguridad y de los regimientos 2 y 8 de caballería les impiden salir.


 


De improviso, parten del edificio tres carros con otros tantos féretros. Marchan al galope, escoltados por cien cosacos. La multitud advierte que la tropa intenta robarse los cadáveres para impedir el entierro público y cierra el paso a la caravana. En Lavalle y Azcuénaga se produce una batalla campal, con varios detenidos. De un modo u otro, unas 20 mil personas han logrado concentrarse en el cementerio cuando llega el cortejo. También ahí hay corridas y Palacios habla en medio del tumulto.


 


Falcón ya no necesita consultar con nadie sus medidas. La burguesía está al borde del pánico y sólo el gran matón le trasmite seguridad. En esos días, el jefe de policía gobierna el país. Palacios declara:


 


"Cuando el presidente de la República delega las funciones de gobierno en un esbirro, lo demás viene por sí".4


En la avenida Corrientes, cuando el entierro ha pasado, policías borrachos cometen desmanes y saquean comercios. En Hernandarias y Diamante (hoy Arzobispo Espinosa), agentes ebrios beben en un almacén; después, arrojan el agua de unos vasos a la cara del almacenero. Al salir se burlan de un joven que va de luto y, más adelante, detienen por diversión a un vendedor ambulante y lo llevan a la comisaría entre golpes y risotadas. El jefe de esos facinerosos es un comisario, hermano de Figueroa Alcorta, de la 5a. Ese mismo día, el Presidente felicita a Falcón y le pide que "con entereza continúe ejerciendo su autoridad para reprimir las complicaciones que se procurasen producir en el asunto".5


 


A todo esto, la policía reprime actos socialistas aun en locales cerrados. Ni qué decir de los anarquistas. En Córdoba 1315, Enrique Del Valle Iberlucea -quien propondría en su momento que el Partido Socialista se afiliara a la III Internacional- consigue hablar antes de que llegue la policía. En Barracas, Juan B. Justo rompe por la fuerza un cordón policial que pretendía impedir su ingreso en un local partidario, entra y habla desde la azotea. Al salir lo detienen y el tumulto es formidable. En La Boca -la policía llamaba a ese barrio "la Barcelona argentina", en alusión a la extraordinaria organización del proletariado catalán-, los obreros atacan a la policía para exigir la libertad de Justo, sin saber que el director de La Vanguardia estaba otra vez en la calle.


 


En el puerto hay lucha. Rompehuelgas organizados en una "unión protectora del trabajo libre" son apaleados por los estibadores. En los mataderos, un crumiro, el capataz Pablo Cuello, es muerto a puñaladas en duelo criollo por un huelguista. Ahora circulan algunos tranvías custodiados por soldados, pero son sistemáticamente apedreados. En esas horas, viajan a Montevideo enviados de los patrones a buscar esquiroles: ofrecen salarios extraordinarios, pero nadie viene.


 


El miércoles 5, la Avenida de Mayo amanece ocupada militarmente. Después de una refriega, un obrero equivoca el rumbo y entra en el edificio del diario La Prensa a denunciar que los cosacos le pegaron dos sablazos:


Lástima que no te pegaron cuatro— le contestan los escribas de la familia Paz.


 


Ese día, los socialistas hacen otro acto en Constitución. Hablan Palacios y Del Valle Iberlucea, entre otros. Cuando el mitin se desconcentra, un grupo de trabajadores insulta a los soldados que custodian un tranvía de la compañía Gran Nacional. Los soldados disparan, matan a un obrero y dejan herido a otro. De inmediato, la policía carga contra los que quedan vivos.


 


En La Boca y en Barracas hay barricadas, atacadas por las tropas a punta de bayoneta. Los combates son duros, pero las barricadas aguantan. En medio de las refriegas, el telégrafo trae grandes noticias: la Federación Obrera de San Pablo y la de Santos han declarado la huelga en solidaridad con sus compañeros argentinos. En Río de Janeiro hay asambleas en casi todas las fábricas y talleres. Los portuarios de Montevideo no descargan buques argentinos y los tipógrafos uruguayos van a la huelga por tiempo indeterminado, hasta que termine el paro al otro lado del río.


 


Ese mismo día, Falcón se hace preparar una parodia de aplausos en la Bolsa de Comercio y otra frente al Departamento de Policía, que estaba en el viejo Palacio Legislativo, en la esquina de Balcarce y Victoria. Esa última farsa había sido preparada por el diputado Juan Balestra, una mezcolanza de liberal, masón, católico, mangoneador político y caudillo de arrabal, de donde había traído ahora a un centenar de borrachines para que vivaran a Falcón junto a un grupo de policías de civil.


 


Balestra agradece "la obra benéfica de la policía, que ha sabido imponer el principio de autoridad contra los desmanes de la turba. Este hombre (por Falcón) es el salvador de la patria. El general Falcón… ¡porque debe ser general, señores!"


 


Un morochazo sin dientes, feo como él solo, desharrapado, a quien el vino apenas deja sostenerse en pie, grita:


¡Viva el general Falcón! ¡Yo lo hago general! ¡Viva!


 


Falcón ya está incómodo. Mira fastidiado a Balestra, quiere fingir una sonrisa y le sale una mueca dura, da media vuelta y se pierde en los pasillos del edificio policial. Los borrachines van detrás de él, aunque Balestra quiere pararlos. Finalmente, los guardias los sacan a palos.6


 


En dependencias policiales, cuando se hablaba de obreros se decía "los gringos" o "los rusos". Como quedó dicho, el desarrollo industrial argentino había sido sostenido, desde la década de 1860, por fuerza de trabajo extranjera y la inmigración se hizo masiva en las dos últimas décadas del siglo XIX. En 1909, todavía entre el 60 y el 70 por ciento del proletariado industrial estaba compuesto por extranjeros; el otro 30 ó 40 por ciento, casi en su totalidad, por hijos de inmigrantes. Los trabajadores nativos sólo predominaban en el interior -no en el Litoral- y en tareas rurales. En Buenos Aires, la migración interna no se incorporó a las fábricas sino lentamente y con dificultades severas. Una franja de los llegados a la urbe desde las provincias cayó en la marginalidad y se transformó en elemento lumpen: delincuentes, guapos o compadritos, matones del caudillo o policías (Palacios llamaba a la policía "chusma sin oficio"). Por eso, Falcón pudo inculcar en su tropa -más miserable que los propios obreros- un concepto por entonces novedoso: el odio xenófobo al extranjero, la idea de que reprimir al proletariado constituía una suerte de cruzada patriótica contra una invasión foránea.


 


El gobierno alentaba esa tesis y subrayaba en sus informes que la mayoría de las víctimas del 1° de Mayo eran extranjeras. El Partido Socialista contestó el 6 de mayo con un manifiesto:


 


"El patriotismo de los oligarcas les permite pedir a los patrones extranjeros que manden a sus peones argentinos a votar por las facciones de la política criolla; les permite vender el país entero a empresas extranjeras, cuyos abogados son altos personajes políticos y de cuyos directorios salen ministros y presidentes; les permite también valerse de extranjeros para la obra nefanda de la corrupción y anulación del voto argentino. Pero les hace mirar con odio a toda altiva reclamación obrera, a toda tendencia política genuinamente popular, y en su incapacidad para comprender al movimiento obrero (…) no encuentran mejor argumento que acusarlo de extranjero.


 


(…) la tierra argentina, fuera de sus trigos y sus lanas, nada podrá presentar que la acerque tanto a los pueblos cultos como su agitación proletaria. Pese a la clase gobernante, ha de formarse en este país un pueblo trabajador de los más inteligentes y libres del mundo".7


 


Por el comité ejecutivo del partido, firmaron esa declaración Mario Bravo, Juan B. Justo, Nicolás Repetto, Basilio Vidal, Alfredo Palacios, Vicente Rosaenz, Eugenio Albaniz, Iñigo Carreras, Enrique Dickmann, Eduardo Porrini, José Lemos y Domingo de Armas.


 


El jueves 6 hubo otro muerto. Un soldado de custodia en un tranvía de la Línea 96 mató a tiros a Juan Romero, argentino, de 19 años, empleado de comercio. La policía dijo que el vehículo había sido atacado por francotiradores. Durante la mañana de ese día, Palacios fue preso por algunas horas al tratar de forzar el paso en un local socialista clausurado por la policía, en la calle Del Crucero 1162.


 


A esas mismas horas, estaban reunidas las comisiones directivas del Jockey Club y del Club del Progreso. De ese cónclave salió una declaración que era una elegía a Falcón. El escrito aplaudía "las medidas decretadas con motivo de la huelga, incitándolo (al jefe de policía) a que mantenga, resuelta y firmemente, el prestigio de las autoridades constituidas y el orden en la Capital".8 Firmaban esa nota Antonio Pirán, Federico Gómez Molina, José Capdevilla, Arturo Vatteone, Ignacio Gómez, César Gondra, Delfín Vieyra, Carlos Urien y Manuel Beltrán. Aquellos dueños de vacas, asustados, se dirigían a quien en esos días era el verdadero jefe de gobierno, su gran protector y también su cancerbero: el coronel Falcón.


 


El viernes 7, la huelga mostraba algunas fisuras, pero aún era masiva y prometía ir para largo. A esa altura, organizaciones patronales ya sugerían al gobierno en público, y lo presionaban en privado, para que buscara alguna vía de acuerdo. Incluso Ramón Falcón pidió a la municipalidad que derogara el Código de Penalidades, según dijo "para quitar argumentos a la subversión".


 


En la mañana de ese día, cuando la huelga empezaba a vislumbrar una victoria, un hombre de buen aspecto, con sombrero hongo y corbatín rojo, subió a un tranvía en la calle Corrientes. Llevaba un paquete en la mano y pidió al conductor que se lo tuviera, para no molestar a los demás pasajeros.


 


Cómo no… póngalo ahí atrás.


 


Un par de cuadras más adelante, el hombre bajó rápida, casi inadvertidamente. El paquete quedó donde él lo había puesto. Segundos después, la explosión arrancó al tranvía de los rieles. Un chico de 14 años murió. A otro pasajero, un médico, debieron amputarle una pierna.


 


Por la tarde, la indignación por el atentado se había extendido y era feroz. El gobierno supuso que, ahora sí, la huelga quedaría aislada y se la podría doblegar en cuestión de horas. Sin embargo, las cosas resultaron al revés: nadie creyó la versión oficial y el ejecutivo socialista, en un comunicado, puso en términos políticos lo que la calle gritaba con furia:


 


"…la bomba no ha podido salir de los locales obreros, cerrados y custodiados ahora por la policía, y dadas la mendacidad y la falsía con que su jefe, el coronel Falcón, niega ahora al señor juez federal Rodríguez Larreta el haber cerrado esos locales (…), este comité ejecutivo se ve asaltado por la dolorosa sospecha de que el horrible crimen sea obra de la misma policía, para justificar en apariencia su actitud brutal para con la clase obrera".9


 


Según los diarios, los huelguistas ya eran 250 mil.


 


El sábado 8, el presidente del Senado, Benito Villanueva -uno de los "elegantes" más notables de la aristocracia porteña- se reunió con seis representantes obreros: uno de la Fora, otro de la UGT, un tercero por los sindicatos independientes y tres por la Federación de Obreros del Rodado. Villanueva tenía mandato del Presidente para negociar con los huelguistas y llegó con ellos al siguiente acuerdo:


 


Queda abolido el Código de Penalidades;


 


Se dispone la libertad de todos los presos por causa de la huelga;


 


Se reabren los locales obreros.


 


En su edición del domingo 9, El Diario titulaba en tapa:


 


"La clase obrera ha tenido la virtud de doblegar al gobierno".


 


La huelga general más larga de la historia argentina terminaba en victoria, y la victoria tenía detrás de sí una historia abundante.


 


La organización obrera de comienzos del siglo XX


 


"Así, en plena noche, bajo el estado de sitio, con clausuras, incendios y destrucciones de imprentas, diarios y locales sindicales; con centenares de sus militantes detenidos, confinados, deportados y una ley (la de Defensa Social) que sería un nuevo intento de coerción en manos del capitalismo, la clase obrera argentina asistía a la conmemoración del centenario de la liberación nacional".10


 


El proletariado argentino recibió el Centenario en huelga general, una huelga derrotada. La "plena noche" de la que habla Marotta era un producto de esa derrota. Sin embargo, aun así, aquellas luchas de 1910 y las de los años anteriores abrirían una nueva época en la política del país.


 


En 1910, la organización del movimiento obrero argentino estaba dividida en dos centrales y un amplio espectro de gremios independientes. Los sindicatos agrupaban a una minoría ínfima de la clase, pero eran para toda ella su punto de referencia insoslayable.


 


Por un lado, la Fora incorporaba a sus filas sólo a los partidarios del "comunismo anárquico", de modo que se negaba a sí misma la posibilidad de unificar a un proletariado relativamente incipiente y aún disperso.


 


Fundada en 1901 con el nombre de Federación Obrera Argentina (FOA), había reunido en sus orígenes a gráficos, constructores de carros y carruajes, ebanistas, hojalateros, mecánicos, marmoleros, picapedreros, zapateros, talabarteros y algunos más. El listado da una idea aproximada de los rubros que registraban entonces la mayor concentración obrera, sin contar, claro está, al núcleo industrial argentino de la época: los frigoríficos.


 


Todavía influida por el mutualismo, predominante en el siglo XIX, aquella FOA elaboró un programa de reivindicaciones que incluía salario mínimo, límites a la jornada de trabajo, prohibición del trabajo de menores y seguro de accidentes, entre otras.


 


Tres meses después de su congreso fundacional, comenzaron en la FOA sus disidencias internas, en este caso por la figura del arbitraje obligatorio en cuanto medio de resolución de conflictos entre obreros y patrones. El arbitraje era impulsado (no sólo aceptado) por la secretaría de la FOA, mientras otro sector lo rechazaba de plano.


 


Ese debate, más allá del problema en sí que lo originaba, ponía en evidencia, incipientemente, diferentes actitudes frente al Estado por parte de unos y otros. En torno de esa y otras cuestiones, en 1902 se produjo la escisión.


En 1904, en su IV Congreso, la FOA pasó a llamarse Fora. En el preámbulo de su nueva carta orgánica señalaba que se proponía constituir "con los explotados de todas las naciones, la gran confederación de todos los productores de la tierra", que marcharán, "firmes y decididos, a la conquista de la emancipación económica y social".


 


En un proletariado compuesto por inmigrantes en más de un 60 por ciento, el internacionalismo no estaba en discusión. Se desprendía de la naturaleza de las cosas.


 


La otra gran central obrera que operaba en la época del Centenario era la Unión General de Trabajadores (UGT), orientada por el Partido Socialista (PS).


 


La UGT se fundó a fines de 1902, un año especialmente intenso en grandes luchas obreras, huelgas, proliferación de nuevas organizaciones sindicales y, desde ya, de una represión feroz que culminó, como se verá, en un hito histórico en esa materia.


 


Entre muchos otros, en 1902 fueron a la huelga marineros y fogoneros de la Capital Federal, caldereros y mecánicos de la ribera, peluqueros, cocheros, panaderos, estibadores. En mayo se produjo una enorme huelga de los fundidores de Vasena, la metalúrgica cuyos obreros serían ametrallados en los comienzos de la Semana Trágica, en 1919. La mayoría de aquellos conflictos surgieron de demandas salariales, reducción de la jornada y mejores condiciones de trabajo.


 


Paralelamente, la proliferación de organizaciones sindicales se hizo explosiva. Se fundó, por ejemplo, una federación de estibadores después de una gran huelga. También carpinteros, obreros rurales, marineros, portuarios, albañiles, conductores de carros y cocheros, zapateros, bronceros y tantos otros. En su mayor parte, esas huelgas resultaron victoriosas. Esto es: la lucha obrera comenzaba a ponerle límites a la super-explotación aberrante de la época. Los trabajadores construían una línea defensiva eficaz frente al atropello patronal y las patronales buscarían destruirla a puro palo.


 


Noviembre de 1902 fue un mes decisivo, cuyas consecuencias persistirían muchos años.


 


En los primeros días del mes, la policía detuvo en Zárate a un grupo de dirigentes sindicales, la movilización que exigió su libertad fue reprimida con una violencia llamativa aun para la época. Fueron entonces a la huelga, en solidaridad con los reprimidos, los papeleros y una franja obrera determinante: la de los frigoríficos. Parar los frigoríficos equivalía, simplemente, a parar la Argentina tal como ella era. La burguesía no podía permitirlo.


 


El 10 de noviembre empezó la huelga en el otro riñón de la economía argentina: el puerto de Rosario. También en el de Bahía Blanca. El 17, pararon los peones del Mercado Central de Frutos y los conductores de carros. Al día siguiente, la Capital Federal, Bahía Blanca, Rosario y varias ciudades más estaban en huelga general.


 


El 18, en una sesión de pocas horas, el Poder Ejecutivo (era presidente el general Julio Argentino Roca) obtuvo de las cámaras de Diputados y de Senadores la aprobación de una ley propuesta en 1899 por el senador y escritor derechista Miguel Cané. Los dos primeros artículos de esa ley decían:


 


Art. 1°: El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida del territorio de la Nación Argentina a todo extranjero, por crímenes o delitos de derecho común.


 


Art. 2°: El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida de todo extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público.


 


Regía en la Argentina la Ley de Residencia.


 


No fue suficiente, sin embargo, y el 24 de noviembre se declaró el estado de sitio. Entonces sí se sucedieron allanamientos, detenciones en masa, apaleamientos. A los extranjeros deportados no se les permitía ni despedirse de sus familiares y entre los expulsados hubo numerosos ciudadanos argentinos. Se cerraron las publicaciones obreras y se prohibió al resto de la prensa publicar cualquier información sobre la huelga. Fueron clausurados los locales proletarios.


 


Así cerró la burguesía argentina el primer gran proceso huelguístico del siglo XX. En cuanto al Partido Socialista, repudió aquella huelga y su Comité de Propaganda Gremial la atribuyó a la acción de "tenebrosos propagandistas de la violencia, incapacitados para la noción de la realidad". El diario La Nación decía que el PS debía elegir entre ser un "partido de barricadas" o "un partido de Estado".


 


Entre la Fora y la UGT se desenvolvía un espectro amplio de organizaciones sindicales que no adherían ni a los postulados anarquistas ni a los socialistas. Eran los gremios llamados "independientes" o "sindicalistas". Según ellos, el poder político era materia ajena a los intereses obreros.


 


Ya se vería hasta qué punto no era así.


 


La huelga del Centenario


 


Después de años de lucha bajo las condiciones de la Ley de Residencia y una represión implacable de un régimen que sólo veía en el sindicato un problema policial, en 1908 -después de una huelga general frustrada, en enero- volvió a tratarse la cuestión de la unidad obrera.


 


Finalmente, sólo después de la masacre del 1° de Mayo de 1909 y de la Semana Roja que la siguió, el 25 y 26 de setiembre de ese año sesionó un Congreso de Unificación Sindical en el viejo local de México 2070, en la Capital Federal. Allí quedó constituida la Confederación Obrera Regional Argentina (Cora), pero, a pesar del entusiasmo inicial, la unidad duraría muy poco. Apenas terminado el congreso, La Protesta, el histórico periódico anarquista, atacó la fusión y comenzó a impulsar a la Fora para que convocara a otro congreso por considerar inválido el de la calle México. A todo esto, el estado de sitio declarado por el gobierno durante la Semana Roja no se había levantado y proseguían las persecuciones, detenciones y deportaciones.


 


Pero, a pesar de la represión, el año del Centenario comenzó con un reguero de luchas, que nuevamente ponían en crisis esa política puramente represiva.


 


En enero de 1910, después de casi un mes de huelga, los aserradores de la Boca y Barracas lograron imponer la jornada de ocho horas. Ahora, la jefatura de policía actuaba de mediadora en los conflictos, lo cual indicaba un notable cambio en la situación (Ramón Falcón había sido muerto en noviembre de 1909, en un atentado con bomba cometido por el anarquista Simón Radowitzky). Casi enseguida comenzaron conflictos con ebanistas, carpinteros, madereros, torneros y otros. Casi todas esas huelgas resultaron victoriosas y obtuvieron, según los casos, mayores salarios, seguros de accidentes y hasta libertad de agremiación.


 


Entretanto, la Fora reiteraba su rechazo al congreso de unificación y ratificaba la resolución de su V Congreso, en el sentido de propagar la consigna del "comunismo anárquico" y afiliar sólo a quienes estuvieran de acuerdo con esa postura.


 


Sin embargo, un punto clave unía a todo el movimiento obrero: la demanda de derogar la Ley de Residencia. La idea de generar un movimiento huelguístico con ese propósito se hizo más fuerte después de los acontecimientos de mayo de 1909, tanto en la Fora como en la UGT y entre los "sindicalistas". La UGT, en una conferencia del 23 de mayo de 1909, había propuesto desarrollar "una fuerte agitación para promover una lucha en el Centenario de la independencia, con el fin de obtener la derogación de la Ley de Residencia y la vuelta al país de los expulsados".


Téngase en cuenta que algunos de los detenidos durante la Semana Roja seguían en la cárcel un año después, a pesar del compromiso gubernamental de liberarlos de inmediato.


 


Por su parte, la Fora decía: "La única celebración que podemos hacer en las fiestas centenarias es que ellas sean el motivo para que se consagre la conquista de una libertad ¡Será así que la libertad se conmemorará con la conquista de más libertad!".


 


La central anarquista añadía que si las demandas obreras no eran escuchadas, "la huelga general estallará en la víspera del 25 de Mayo, como un mentís a cuantas libertades quieran celebrarse y exhibirse ante el mundo civilizado".


 


El 8 de mayo pudo verse el grado de convulsión alcanzado por las luchas obreras. Ese día, convocadas por la Fora, casi 70 mil personas – la manifestación más grande que hubiera conocido Buenos Aires en su historia- se reunieron en la plaza Colón para protestar contra las autoridades de la Penitenciaría Nacional, acusadas reiteradamente de maltratar a los presos. En esa concentración, se anunció el comienzo de la huelga general para el 18 de mayo. El gobierno tendió puentes de diálogo con el consejo federal de la Fora, pero el intento fracasó. La reacción fue brutal.


El 13 de mayo fueron allanadas las redacciones de los periódicos obreros La Protesta, La Batalla y La Acción. En esas redadas, más de cien militantes fueron detenidos. Paralelamente, manifestaciones de estudiantes recorrían las calles contra los obreros levantiscos y exigían más represión. Ese día, la Cámara de Diputados declaró el estado de sitio.


 


El 14, todo empeoró. Ahora la derecha procuraba ganar abiertamente la calle y marchaba con una agresividad llamativa: obligaba a los transeúntes, aun a golpes, a descubrirse al paso de las manifestaciones y a corear estribillos fascistoides. En su mayor parte, los manifestantes eran estudiantes universitarios.


 


Por la tarde de ese 14 de mayo entraron en acción las bandas de la derecha, que organizaron pogromos contra las redacciones de La Vanguardia -órgano del Partido Socialista, aunque el PS se oponía a la huelga- y La Protesta, cuyos locales, clausurados por la policía durante la mañana, ahora fueron incendiados por la turba. Los atacantes estaban dirigidos por el barón Antonio Demarchi, presidente de la Sociedad Sportiva y yerno de Julio Roca. Con él estaban César Aubone -otro señorito- y los diputados Carlos Carlés -organizador más adelante de la Liga Patriótica, antecedente directo de la Triple A-, Juan Balestra y Pedro Luro, junto con el dirigente estudiantil Alonso Criado.


El local de La Vanguardia, además de incendiado fue saqueado. Antes de prenderlo fuego, los atacantes robaron máquinas de imprenta, máquinas de escribir y hasta la biblioteca entera. El líder socialista Juan B. Justo increpó por aquella barbarie a un comisario de apellido Reynoso, que miraba complacido las llamas y le contestó: "Y, bueno, doctor… los muchachos están entusiasmados", mientras la pequeña muchedumbre de emperifollados celebraba las llamas con gritos de "muera el anarquismo", "abajo la huelga", "mueran los obreros", alternados con vivas a la patria, a la Ley de Residencia y tiros al aire.


 


Todo eso ocurrió en pocos momentos y terminó rápidamente, cuando desde una azotea partieron hacia la chusma algunos disparos de revólver. Eso bastó para que la horda se dispersara velozmente, aunque dejó en el lugar tres heridos, uno de ellos de gravedad.


 


Los pogromos no se dirigieron sólo a los locales obreros. Esa misma noche, una columna de gente bien armada atacó barrios considerados "judíos": en la esquina de Lavalle y Andes (hoy José E. Uriburu) quemaron un almacén y violaron a dos muchachas. En Paseo de Julio, frente a la estación Retiro del ferrocarril Central Argentino, incendiaron la librería de Bautista Fueyo, quien solía editar obras consideradas "subversivas" por esa "oligarquía con olor a bosta de vaca", como la llamaba Sarmiento.


 


Entusiasmados por sus propias tropelías y por la abierta protección y colaboración policial, de la turba brotó un grito: "¡A la Boca! ¡A Barracas!", los grandes barrios obreros. Sin embargo, cuando hacia allá iban, Balestra informó agitadamente que los obreros los esperaban armados y, según añadió en su susto, hasta las mujeres habían preparado ollas con agua hir- viente para arrojárselas desde los techos. Ese informe de Balestra hizo que la euforia fascista se disipara y los facinerosos volvieron sobre sus pasos para ir a la más tranquila Pirámide de Mayo. La huelga convocada para el 18 de mayo, después de los pogromos del 14, se adelantó dos días y comenzó el 16, con tres consignas: derogación de la Ley de Residencia, libertad de los presos sindicales y políticos, y amnistía para los infractores a la ley de enrolamiento. En la Boca y Barracas, en el puerto y los corralones, la paralización fue total.


Fueron puntales de la huelga, además de los portuarios, los conductores de carros, los panaderos, los albañiles y


todos los obreros industriales. Incluso abandonaron sus tareas muchos trabajadores de las exposiciones del Centenario.


 


Sin embargo, antes que en la represión, la huelga tuvo su enemigo decisivo y declarado en el Partido Socialista, que se opuso a ella y la saboteó expresamente. El 21 de mayo, casi todos los dirigentes de la huelga estaban presos y el movimiento decaía a ojos vista. Ese día, en una reunión clandestina, la conducción de la Cora decidió levantarla. El movimiento obrero sufría otra derrota, impuesta por el estado de sitio, la prisión de medio millar de militantes, la destrucción de sus locales y órganos de prensa y el terrorismo de las bandas fascistas. En esas condiciones, la oligarquía argentina festejó el Centenario con una fastuosidad de la que aún se habla.


 


Pasado el Centenario, el 27 de junio, la Cámara de Diputados aprobó otra ley, complementaria a la de Residencia, llamada de Defensa Social, que añadía a las deportaciones la prohibición absoluta de ingreso en el país de cualquier extranjero sospechado de "anarquista" o de "preconizar ataques por la fuerza o violencia contra los funcionarios públicos, los gobiernos o las instituciones". También limitaba -y en algunos casos suprimía- el derecho de reunión. No obstante, aquellas huelgas harían introducir cambios determinantes en la vida política argentina. Ellas fueron decisivas para que el nuevo gobierno, presidido por Roque Sáenz Peña, estableciera el sufragio universal. Esto es: cuando la lucha obrera se volvió más peligrosa que la "democracia", la "democracia" llegó. Antes, no.


 


Aquel movimiento obrero de principios del siglo XX nos deja sus mejores tradiciones: la independencia de clase y el internacionalismo, los métodos de la acción directa, la huelga general, la movilización callejera, la lucha de barricadas. También sus limitaciones: las dificultades sectarias para consumar la unidad de la clase, el desprecio por los partidos políticos común a anarquistas y "sindicalistas", y el reformismo creciente del Partido Socialista, que empezaba a completar su integración al Estado de la burguesía, al régimen político.


 


He ahí el legado de la historia riquísima de aquel proletariado argentino.


 


 


Notas:


 


1. La Argentina, 2/5/1909. 


 


2. La Nación, 4/5/1909. 


 


3. La Vanguardia, 4/5/1909. 


 


4. La Vanguardia, 5/5/1909. 


 


5. La Nación, 6/5/1909. 


 


6. La Nación, 6/5/1909. 


 


7. La Vanguardia, 6/5/1909. 


 


8. La Nación, 7/5/1909. 


 


9. El Tiempo, 8/5/1909. 


 


10. Marotta, Sebastián: El movimiento sindical argentino, Libera, 1975, pps. 439/440.


 


 

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