Sobre la Gran Depresión del siglo XX, ¿en qué punto nos encontramos?

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Un informe oficial del Fondo Monetario acaba de señalar que la economía capitalista no superará las consecuencias de la actual crisis mundial hasta 2018. El pronóstico resume un punto de vista muy extendido entre los especialistas: asistimos a una bancarrota cuyas consecuencias y envergadura ha sido subestimada. De hecho, el planteo del FMI revela que, inclusive en la visión «oficial» de la época, la quiebra de la economía global se extendería por no menos de dos décadas.

El lapso que supera los veinte años parece, a primera vista exagerado, porque duplica el de los análisis convencionales, incluidos los del propio FMI, que ubican el inicio del actual proceso poco más de cinco años atrás, con la falencia emblemática de los principales bancos de inversión norteamericanos, encabezados por el Lehman Brothers en 2008. Corresponde, sin embargo, situar el principio de lo que cada vez más se conoce como la Gran Depresión, una década antes, cuando el derrumbe de los llamados tigres asiáticos alcanzó rápidamente una dimensión global, seguido por el defol ruso de 1998, el desplome subsiguiente de Wall Street y la cesación de pagos de varios monopolios capitalistas yanquis, y el «contagio» a América Latina, del cual el punto más alto fue precisamente el colapso económico social en nuestro propio país, cuyo signo emblemático fue el Argentinazo de 2001.

«Veinte años no es nada…”

En la vasta literatura sobre la cuestión no se considera este análisis sobre la extensión de la crisis porque no tomaría en cuenta el hiato que quedó planteado a partir de 2002, cuando los datos relativos a la actividad económica capitalista mundial mostraron un repunte que se prolongó durante algunos años y que parecía cancelar la caída iniciada en el final de los años noventa. Pero aún en esa misma literatura se reconoce que el rebote global tuvo características muy poco sólidas y que reposó en un gigantesco mecanismo financiero de especulación. Fue, en consecuencia, lo que los franceses llaman una «fuite en avant», un expediente que simplemente postergaba un desastre mayor que el que se pretendía evitar recalentando el proceso económico sobre bases ficticias. En lugar de revertir la dirección en que tendía a despeñarse la economía, el pseudo «boom» económico de los primeros años de la década pasada creó las condiciones del estallido ulterior en los años 20072008, cuando reventó la mayor «burbuja» de la economía capitalista de todos los tiempos, según la denominara uno de los voceros tradicionales del gran capital (la revista inglesa The Economist).

El detonante del estallido del «burbujón» fue la elevación de la tasa de interés de la Reserva Federal (el sucedáneo del Banco Central en Estados Unidos) que, sobre el final de 2007 superaba en más de un 400% el bajísimo nivel al cual el costo del crédito había sido reducido en 2003, en la tentativa de superar el bajón de la economía que se arrastraba desde finales de los ’90. La suba de la tasa de interés para evitar la sobreproducción crediticia y de moneda (y, en consecuencia la desvalorización del dólar y la inflación) provocó una mora en cadena de los endeudados, particularmente en el hiperinflado mercado inmobiliario y fue el principio de la quiebra en cadena de los activos financieros «apalancados» en hipotecas que se tornaron incobrables. Así comenzó el derrumbe, que a partir de entonces, se extendería como mancha de aceite en la economía mundial.

«…que febril la mirada»

Como la Gran Depresión se extiende ya por una larga década y media, el «caso argentino», en el cambio de siglo, está definitivamente inscripto como anticipatorio de lo que sucedería más tarde en el plano de la economía global. Lo confirma la infinidad de apelaciones a la experiencia argentina cuando las economías capitalistas comenzaron a alinearse en una serie de derrumbes seriales, cuya secuencia está ahora en pleno desarrollo. Entre 1998 y 2002, Argentina atravesó la mayor crisis de su historia, un vertebral quebranto económico y social, que tuviera su punto más alto en el insurgente «Argentinazo», que tumbó al gobierno encabezado entonces por el tándem De la Rúa-Cavallo. Claro que ya a fines de los ’90 era obvio para el que lo quisiera ver, que lo que se producía en nuestras latitudes era la manifestación específica y aguda de un fenómeno más general que, por eso mismo, denominamos en un nota de la época como «argentinización» de la economía mundial, algo que se endilgó a una suerte de catastrofismo atávico que profesaríamos, sin comprender que el caso nativo sería una suerte de «excepción a la regla». Por eso, entonces, los supuestos abanderados del «anticatastrofismo», en el cual se atrincheraba la mayoría abrumadora de la izquierda, oponían a la desintegración de nuestra sociedad ejemplo de la «integración» de las economías capitalistas, cuya manifestación más evidente era la conversión de la Unión Europea en una suerte de entidad supranacional con una moneda común. Ahora, que el euro estalla haciendo estragos y que la Unión Europea se desmorona, vale la pena recordar el hilo de polémicas y controversias sobre la realidad convulsiva de la crisis mundial y su significado.

Recordemos también que en el debut de esta Gran Depresión también se presentaba la desintegración hasta el hueso de la economía argentina como supuesta excepcionalidad frente a la reconstitución del mercado mundial en escala ampliada, indicando inclusive una nueva era histórica. Una nueva época que habría quedado abierta con la restauración capitalista en la antigua Unión Soviética y en China, y que, por eso mismo, planteaba la integración en un plano superior de una economía «global», de una economía capitalista mundializada que postergaba «sine die» cualquier ilusión de una transformación revolucionaria. Algo que, por fin, limitaba la agenda «progresista» a la propuesta de alternativas en el cuadro insuperable del capital; no alternativas al capitalismo (que fueron remitidas al limbo de una utopía moral), sino supuestas alternativas del propio capitalismo. Es con este programa, supuestamente realista, que la izquierda latinoamericana se preparó para acceder al poder en el umbral del nuevo siglo.

En esta pretendida «integración» en un plano superior del capital, que quedaba habilitada por el desmoronamiento de los viejos Estados de «economía centralmente planificada», aparecía el supuesto circuito virtuoso de la reconvertida economía china y del «hegemón» norteamericano, mediante la cual el superávit comercial de la potencia «emergente» financiaba el monstruoso déficit yanqui (comprando títulos del Tesoro norteamericano y acumulando reservas en moneda estadounidense) y expandía el comercio mundial, una también supuesta evidencia del dinamismo de las renovadas fuerzas productivas del capital.

El signo de la historia

Lo cierto es que el financiamiento «chino», asegurando la convertibilidad del dólar (que de otra manera quedaba sujeto a una inevitable devaluación), fue la fuente del ya mencionado ciclo especulativo sin precedentes en el pasado y que acabó, como no podía ser de otra manera, con el estallido brutal un lustro atrás. La Gran Depresión, considerada de conjunto, es la expresión terminal de la dificultad del capital para alimentar negocios «productivos» en un mundo saturado de capital (sobreproducción). El «acople» Estados Unidos-China fracasó como intento de darle una salida original que abortara el desbarranque. Fue el fracaso de la tentativa que intentó mitigar los males del desarrollo capitalista, exacerbado en las metrópolis mediante una combinación que reproducía un mecanismo primitivo de formación originaria del capital, hundiendo en la barbarie a una enorme masa campesina, desplazándola como tropa superexplotada a las ciudades, en las cuales el capital extranjero hacía su agosto con trabajadores en condiciones de semi-esclavitud. Un nuevo proletariado chino se formó así en las condiciones bárbaras propias del pasado, asegurando una competencia degradante para las conquistas del proletariado en los países más desarrollados. Pero, en lugar de abrir una nueva época para el capital, mostró los límites irreversibles de una civilización capitalista en descomposición.

En su momento no se quiso ver, sin embargo, el horizonte catastrófico que incubaba la mentada «globalización» capitalista abierta con la restauración. El telón de fondo de toda la confusión prevaleciente sobre el estado de la economía capitalista de fin de siglo no era otro que el de la liquidación definitiva de la muy larga historia de degeneración de los viejos Estados obreros, bajo el mando de una burocracia que pavimentó el camino hacia la restauración lisa y llana. Al revés, entre la izquierda radical e inclusive entre las corrientes que se reclamaban trotskistas, el ascenso de Gorbachov en la URSS en los ochenta, la llamada «perestroika» y la «glasnost» fueron presentados como un avance hacia una conjunción superior de socialismo y libertad; no como anticipo de una restauración en regla. La izquierda mundial sucumbió en esta experiencia, cuya expresión definitiva fue la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. No entendió el significado de la deriva contrarrevolucionaria del estalinismo. Buena parte de esa misma izquierda y del llamado «progresismo» supuso, además, que el fracaso de la URSS inoculaba una savia revitalizadora al capital y a la democracia capitalista. El socialismo debía quedar entonces reducido a una utopía y la vigencia de la revolución social postergada para una indefinible etapa ulterior de la historia. Quedará para el registro de esa misma historia que, entonces, aún antes del comienzo de esta Gran Depresión, un puñado de organizaciones de la izquierda revolucionaria propugnaron «contra la corriente», desmitificar la ilusión de un cambio de signo de la época contemporánea y plantearon que, por el contrario, la vigencia histórica de la revolución socialista no había sido revertida, que la decadencia del capital era una tendencia irreversible y que condicionaba, con sus enormes contradicciones, las vicisitudes del proceso de restauración capitalista en curso. Nos referimos a las organizaciones que, junto al Partido Obrero, proclamaron la necesidad de refundar sobre este principio básico los fundamentos de una internacional obrera y revolucionaria (la IV Internacional).

En síntesis, la enorme victoria para el capital, que supuso la posibilidad de penetrar los viejos Estados en los cuales había sido confiscado, no pudo sobreponerse a la tendencia a la descomposición capitalista. Por eso, la Gran Depresión acabó por estallar poco después de que supuestamente el capital proclamara algo así como su triunfo en una batalla final. Es el signo específico del lugar histórico que caracteriza a la presente crisis.

Grandes depresiones y agotamiento capitalista

No está mal que se denomine a la actual la Gran Depresión, que es como también se conoce en la historiografía a la primera gran crisis capitalista «global», que se produjo en el final del siglo XIX y se extendió por más de dos décadas, a partir de 1873. Permite, además, una metáfora pedagógica. A aquella Gran Depresión, el capital no le encontró otra salida que la que correspondió a una conquista brutal del mundo colonial (en pocos años, los territorios del planeta quedaron bajo el dominio de un puñado de potencias que podían contarse con los dedos de una mano) y, cuando esta repartija culminó, el broche de oro fue una carnicería universal, la Primera Guerra Mundial, que inauguró la matanza en masa en la retaguardia, es decir de la población civil, gracias a la novedosa aplicación de la aviación y sus bombas letales.

Más tarde, la Segunda Gran Depresión -la de 1929- tuvo su salida en la todavía más letal y masiva carnicería de una nueva guerra mundial. No se trata, por lo tanto, de ver si el capital encuentra una salida a sus propias catástrofes «económicas», sino de considerar las catástrofes civilizatorias necesarias para superar aquéllas, creando siempre una suerte de espiral en virtud de la cual el capital busca superar sus obstáculos, creando las condiciones para nuevos obstáculos que traducen sus límites históricamente insuperables.

En todas estas recuperaciones, el Producto Bruto creció, lo que algunos economistas -inclusive de izquierda- consideran como prueba irrefutable que el capitalismo no ha culminado aún de desarrollar fuerzas productivas, un hecho que convertiría la empresa de pretender liquidarlo en una mera quimera. Pero ninguna medida de crecimiento de la producción puede sustituir el análisis de los antagonismos económicos y sociales sobre los cuales reposa y se procesa. Por eso, los revolucionarios de cien años atrás, cuando el Producto Bruto crecía bajo el látigo de la guerra y el militarismo mundial, se comprometieron en la tarea de oponer el socialismo o la barbarie, considerando que la descomposición capitalista transformaba las fuerzas productivas en fuerzas destructivas (el concepto original es de Carlos Marx).

Las grandes depresiones de fines de siglo XIX y la de finales de la tercera década del siglo siguiente marcaron un desplazamiento del centro de gravedad de la economía capitalista que, en cada etapa histórica tuvo un liderazgo propio. En su etapa original, sobre el final de la Edad Media, fueron los Países Bajos quienes encarnaron ese liderazgo que luego, con el capital marchando sobre sus propios pies, se trasladó a Inglaterra, la cuna de la revolución industrial. Cuando los límites de la civilización capitalista dieron paso a la depredación humana y ambiental de la época de las grandes depresiones, el viejo territorio de la civilización capitalista se consumió en la barbarie de la guerra y la cabeza del orden capitalista se trasladó al norte del nuevo continente. Estados Unidos se transformó así en la principal potencia no ya de la «Era de la Revolución» ni de la «Era del Capital», sino de la «Era del Imperialismo», utilizando como metáfora la trilogía con la cual el recientemente fallecido, Eric Hobsbawn, trazó la historia del capitalismo y, por supuesto, aludiendo a la época de su definitivo agotamiento histórico.

¿Y ahora?

La pretensión de moda de que asistimos ahora a un nuevo desplazamiento del centro hegemónico del capital, esta vez hacia el continente asiático, no considera el hecho de que, si aún de un modo unilateral es una hipótesis que podría ser considerada, omite lo fundamental. Porque semejante posibilidad no podría concretarse sino mediante el desarrollo de las contradicciones del propio capital; esto es, mediante una exacerbación de la propia crisis. Un crisis que ya hace tiempo combina los términos propios del caos creciente de la economía con la hecatombe de regímenes políticos, cataclismos sociales, resistencia de masas e insurgencia revolucionaria, que es lo que hoy domina la «cuenca mediterránea», cuando se considera el proceso de la revolución árabe, de un lado, y los levantamientos, huelgas y manifestaciones que se extienden en la parte sur del continente europeo desde Portugal a Grecia, pasando naturalmente por España e Italia.

Es un cuadro del cual, de ninguna manera, debería excluirse la variante de una guerra abierta, sea en la dimensión más próxima de un estallido en el Medio Oriente, sea en la dimensión menos visible de un enfrentamiento entre las grandes potencias en torno de disputar las condiciones de su lugar en la eventual salida del derrumbe actual. Finalmente, también en el pasado, las dos guerras mundiales irrumpieron cuando el mundo «civilizado» estimaba como absolutamente improbable un conflicto bélico, que pusiera en acción un potencial destructivo sin ningún tipo de antecedentes en el pasado. Si apelar al «sentido común» tiene algún sentido, recordemos que en el caso de la Segunda Guerra Mundial, el choque entre las potencias capitalistas fue tan brutal que en lugar de mancomunarse para terminar con la expropiación del capital en el vasto territorio de la ex URSS, acabaron por desangrarse en la infamia bélica que se cargó con sesenta millones de almas en unos pocos años.

En la actualidad están presentes los elementos para un nuevo episodio sísmico de la crisis mundial. Su estallido fue apenas postergado a mitad del presente año, cuando la situación griega mantuvo en vilo al mundo capitalista, luego de que las elecciones de mayo casi consagraran el triunfo de un partido de centroizquierda que pregonaba el desconocimiento del «memorándum» que la «troika» (Unión Europea, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional) había pactado con el gobierno griego para arrasar con las condiciones de vida la población, en nombre del rescate de la desquiciada economía capitalista griega. De un modo muy concreto, la cúpula del capital discutió qué «medidas desesperadas» podían dar respuesta a una «situación desesperada», según las palabras de un artículo de entonces, del más reconocido diario del capital financiero mundial (Financial Times).

La negación del capital

De hecho, algunas de tales «medidas desesperadas» fueron ensayadas ya en el pasado reciente. El capitalismo yanqui, por ejemplo, apeló a la emisión monetaria y al endeudamiento en proporciones homéricas y a la semiestatización de hecho de algunas corporaciones para evitar el hundimiento del capital financiero (bancario e industrial) en estado liso y llano de colapso. De tal manera que en la primera potencia del mundo hemos asistido a una suerte de negación del capital privado como recurso último para salvar al capital privado: las más grandes corporaciones emblemáticas del capitalismo norteamericano, si consideramos a las automotrices por un lado y a los bancos más poderosos del otro, sólo se mantuvieron en pie por la vía de subsidios y transferencias de fondos extraordinarios por parte del gobierno, a costa, por supuesto, de la finanza pública -es decir, de una exacción a la población trabajadora y de una hipoteca descomunal sobre su futuro.

En estas condiciones, Estados Unidos exhibe ahora los registros propios de una economía que los manuales convencionales adscribirían a países periféricos: una deuda descontrolada, un intervencionismo oficial desbordado, un déficit público enorme. El resultado negativo de las cuentas públicas es hoy equivalente al 9% del Producto Bruto Interno y se ha duplicado en los últimos tres años. La deuda pública equivale al 100% de ese mismo PBI y subió 50% en los últimos cuatro años.

Estamos en presencia de una suerte de «capitalismo de Estado», según admitiera uno de los órganos históricos del «neoliberalismo», al cual se ha debido apelar para tratar de contener el colapso general. Lo más importante, sin embargo, es que, a pesar del carácter excepcional de todas las disposiciones adoptadas para intentar poner un límite a la caída, los resultados han sido completamente precarios. En la actualidad, la inversión en activos fijos de largo plazo es la más baja en los últimos 80 años, el desempleo supera la tasa del 11%, los trabajadores en la industria manufacturera son el 30% menos que en 2007. Lo que se ha producido es una acentuación enorme de la superexplotación del trabajo y, por lo tanto, un incremento de la plusvalía absoluta que denota el carácter parasitario de todo el proceso. Más importante todavía: los desequilibrios económicos y sociales han alcanzado un extremo desconocido en la historia. Entre 1979 y 2007, el 1% de la población cuadruplicó sus ingresos; el 25% de la base de la pirámide subió apenas 40%. Los analistas hablan de «dos sociedades» al referirse a esta polarización. En el pasado, el término «Belindia» se utilizaba para caracterizar economías como las de Brasil, cuyo desarrollo desigual combinaba en un solo territorio la realidad de una pequeña Bélgica desarrollada y de una inmensa India atrasada. Estados Unidos es ahora Belindia: casi 50 millones de norteamericanos comen con «cupones» de alimentación que distribuye el gobierno.

Es el «capitalismo de Estado» de un capitalismo en descomposición, una «economía vudú», según la expresión del economista Joseph Stiglitz: los bancos quebrados han pasado parte de sus activos incobrables al Estado, que ha emitido títulos que compran esos mismos bancos… para financiar una deuda pública que se encuentra en el límite del default. De forma tal que el capital financiero se rescata a costa de una finanza pública que es «rescatada» con la compra de su deuda por los bancos en situación de bancarrota. Se trata de una bomba de tiempo condenada a estallar. Y estamos hablando de la mayor economía capitalista de todos los tiempos.

El abismo y el borde

No por casualidad domina ahora el debate económico la cuestión del «precipicio fiscal» en Estados Unidos. Un ala del imperialismo niega que deuda y déficit constituyan un problema serio; no es una novedad y en su momento, en el pasado, pudo ser superado, como afirmó Paul Krugman en numerosos artículos recientes. El economista aludió, como ejemplo, a lo sucedido en la mitad del siglo pasado cuando, luego del New Deal y de las exigencias de la economía de guerra, las finanzas públicas pudieron licuar su enorme pasivo. Pero, entonces, Estados Unidos había quedado en una posición extraordinariamente dominante en el mercado mundial y ahora lo que está presente es la enorme erosión de esa posición en la economía global. La brutal preponderancia de los yanquis en el universo capitalista permitió entonces, en la postguerra, compatibilizar durante un cierto tiempo la conversión de la moneda norteamericana en dinero mundial (Bretton Woods; abandono del patrón oro), planteando una contradicción que nunca dejó de manifestarse críticamente en el período subsiguiente.

Sucede que la inundación de dólares que fluyó al planeta entero implicaba una devaluación potencial o un vaciamiento de las reservas en oro yanquis, que perturbaría, temprano o tarde, todo el equilibrio del comercio mundial y las propias posiciones conquistadas en ese mercado por la burguesía norteamericana. Es precisamente lo que estalló con la declaración de la inconvertibilidad del dólar, cuatro décadas atrás y que numerosos especialistas toman como referencia de la larguísima inestabilidad y decadencia de la economía capitalista como un todo, que se arrastra, desde entonces, como tendencia secular y que remata en la hecatombe presente.

Ahora mismo, la resolución del «precipicio fiscal», que supondría una aumento de las tasas de interés y un «ajuste» recesivo, implicaría también una revaluación del dólar que debilitaría las posiciones de la industria americana en el mercado mundial, afectando su «competitividad». A diferencia de la situación de la posguerra, la posición acreedora de Estados Unidos se ha transformado en su opuesto, con una gigantesca deuda con el resto del mundo, que requeriría ser licuada por una devaluación, no por una revaluación. El equilibrio interno de la economía yanqui ha entrado en violenta contradicción con las necesidades de su devaluado papel como gendarme mundial. Dos años atrás, la irrupción de una «guerra monetaria» puso de relieve lo que sería el punto culminante de la actual crisis con un eventual dislocamiento del mercado mundial en un juego de maniobras explosivas del capital especulativo, en el marco de «devaluaciones competitivas» y de agravamiento al extremo de las rivalidades de las diversas economías capitalistas.

Unión Europea…

En este contexto es que toma su verdadera dimensión la liquidación definitiva de ese cadáver político y económico que se llama Unión Europea (UE), el eslabón más débil en la cadena de la actual crisis mundial. ¿Por qué? Porque a lo largo de todo el siglo XX Europa fue rescatada del pozo por la potencia económica de los Estados Unidos, que en el siglo que pasó asumió el liderazgo del capitalismo mundial, desplazando al viejo y decadente imperio inglés. La política, se ha dicho siempre, es «economía concentrada» y, por eso mismo, es en la dimensión política propiamente dicha en donde importa registrar el alcance de la actual desintegración de la Unión Europea. En definitiva, la Unión fue siempre una construcción política para enfrentar las tendencias a la revolución social. En su punto de partida para encarar la reconstrucción del viejo continente, devastado por la guerra y por la amenaza disolvente de resurgimiento de un vigoroso movimiento obrero que amenazara la imprescindible reconstrucción capitalista. Más tarde, para encuadrar las disputas en un cuadro de colaboración que conciliara los intereses contradictorios de las potencias capitalistas y las amenazas de un resurgimiento revolucionario en el período marcado por la huelga general francesa, la primavera de Praga, la derrota del imperialismo en Vietnam y la revolución portuguesa, entre los finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. Finalmente, la UE se articuló como instrumento de colonización del Este europeo y de salida a un impasse más general del capital continental, sumido en lo que se conoció como «euroesclerosis» y, por sobre todas las cosas, como mecanismo para financiar la unificación capitalista de Alemania, evitando una devaluación del marco y una eventual inflación explosiva. Este fue el propósito de la «convertibilidad» de las monedas europeas, que confluyeron posteriormente en el «euro», a partir de los años ’90 del siglo pasado. La Unión Europea nunca constituyó una superación de las fronteras nacionales, sino, más bien, una entente contradictoria de rescate de los estados nacionales que concluye ahora en un completo dislocamiento que establece una reversión del proceso abierto con la desintegración de Europa Oriental y la antigua URSS.

La desintegración de la Unión Europea, cuyo desarrollo tiene manifestaciones innegables en el campo monetario, financiero y político, plantea la alternativa de su disolución o, dialécticamente, su conversión en un régimen de protectorados bajo la dirección de una potencia dominante o bajo la asociación desigual de un par de ellas. La primera alternativa desencadenará situaciones revolucionarias y revoluciones sociales; la segunda solamente podrá imponerse en el caso de una derrota histórica del proletariado por parte del capital mundial. Este recorrido contradictorio de la etapa en curso implicará crisis políticas e internacionales enormes y, por otro lado, una tendencia imparable de luchas y sublevaciones populares. De esta manera queda planteado un contrapunto histórico con la etapa iniciada por disolución de la Unión Soviética y la restauración (transicional) del capitalismo en China. La bancarrota capitalista mundial es la categoría central del desarrollo histórico presente.

…Big Bang

La más reciente tentativa de doblegar al gobierno alemán para que habilitara un salvataje del Banco Central Europeo para evitar la cesación de pagos de las economías más afectadas por la bancarrota, terminó en un impasse. Luego de que meses atrás se celebrara haber vencido la resistencia de la teutona Merkel al respecto, la «condicionalidad» de los eventuales rescates del BCE a nuevos planes de ajuste, a un cronograma indefinido y a supervisiones extranacionales dejó todo como estaba. La parálisis revela contradicciones insuperables: la propia burguesía alemana se divide en torno de la cuestión. El empantanamiento se revela en reciente estudio que estableció que la bancarrota griega le costaría al capital financiero alemán unos 82.000 millones de euros si Grecia se retira de la eurozona y, más todavía -casi 90.000 millones-, si Grecia… se mantiene como miembro de la misma.

Esto último explica por qué una parte del capital financiero alemán apuesta a que una ruptura de la eurozona e «in extremis» el retorno del propio marco. Su revaluación tendría como contrapartida una desvalorización de las viejas deuda en euros. Por la misma razón otra parte de la burguesía estima que esa misma revaluación de la moneda alemana (o del euro en caso de un retorno a las monedas nacionales en la periferia de la Unión Europea) hundiría las exportaciones alemanas, el motor del crecimiento económico en el último período, al mismo tiempo que hundiría toda la precaria estructura del comercio mundial. En el ínterin, la depresión económica en el continente ha alcanzado a la economía de Alemania tanto porque los acreedores de la quiebra financiera continental han visto afectados ya la cotización de sus propios activos, como por el hecho de que la locomotora de las exportaciones tiende a estancarse. De conjunto, los organizamos oficiales de la UE han hecho público que se ha acentuado el estancamiento económico de la «eurozona» como un todo. El derrumbe industrial es calamitoso. El próximo episodio será el derrumbe de la zona euro, eventualmente detonado por la largamente postergada declaración del default griego, en una fila en la cual sigue inmediatamente España.

El cuento chino

El proceso de disolución de la Unión Europea deja planteado, una vez más, el interrogante-problema que en este mismo artículo ha sido señalado más arriba: el de la emergencia de un nuevo ciclo capitalista que reposaría en el liderazgo de China. Ya señalamos que la ilusión de una transición pacífica, en este sentido, debía ser descartada y, que en el pasado, el pasaje de la hegemonía de una potencia a otra fue inseparable de episodios catastróficos, crisis, guerras y revoluciones. Pero esto nos mantiene aún en un nivel de análisis muy general. En un plano más concreto, las analogías históricas deben aún ser precisadas. En primer lugar, Estados Unidos desplazó a Inglaterra una vez alcanzado el status de una potencia industrial única, habiendo coronado su desarrollo capitalista «sui generis», es decir, que pudo sortear, dada su historia particular, el parto de la llamada «acumulación primitiva», por medio del cual el capitalismo original de carne y hueso, el europeo, tuvo que abrirse paso frente a la herencia consagrada de la vieja sociedad en un larguísimo medioevo. La peculiaridad del desarrollo yanqui – luego de la guerra civil en la segunda mitad del siglo XIX, que algunos historiadores consideran el punto final de tres siglos de revolución burguesa- dio lugar a una colonización capitalista del inmenso territorio norteamericano «a la americana» sin el peso de lidiar con una aristocracia terrateniente, lo que fue la base de un poderoso desarrollo del mercado interno.

La posición de China es sustancialmente distinta y el contexto histórico del capital absolutamente diferente. El 70% de la «industria china» es un gigantesco enclave de exportación en manos de propietarios extranjeros. Este desarrollo -a diferencia del que correspondió al capitalismo americano, que se basó en salarios altos que estimularon un aumento de la productividad del trabajo (plusvalía relativa del capital)- tuvo como fundamento una superexplotación descomunal del nuevo proletariado y el trabajo semiesclavo en masa, un recurso que tiende a agotarse como consecuencia del propio crecimiento y resistencia de la nueva clase obrera. En contrapartida, el fenomenal «ahorro» de los chinos fue centralizado por la burocracia en un desarrollo anárquico de infraestructura (carreteras, aeropuertos, obra pública) y una expansión inmobiliaria que ha creado una «burbuja» semejante a la que reventó en 2007/2008 en los países capitalistas desarrollados. En los manuales convencionales de economía se muestra cómo países atrasados pueden eventualmente tener un crecimiento exponencial de su economía cuando parten de un primitivismo productivo propio del precapitalismo, hasta alcanzar lo que denominan la «trampa del ingreso medio» que normalmente identifican, que con el registro de un promedio de 5.000/7.000 dólares por habitante (como máximo un 20% del que se contabiliza en los países capitalista desarrollados). China se encuentra actualmente en ese mismo umbral. Los informes de los analistas económicos ilustran ahora el horizonte de desaceleración «estructural» que evidencia la economía china.

Economía y política… china

Mientras el capitalismo en su origen y el imperialismo en su «fase superior» se constituyeron estrujando las posibilidades de un mercado mundial precapitalista, el «capitalismo» chino se encuentra frente a un planeta dominado por el capital que ha cumplido lo que Marx llamaba su «misión histórica», que no era otra cosa que la constitución de ese mercado mundial capitalista. Estados Unidos se transformó en imperialista a partir de una posición deudora y desfalcando a su vieja potencia colonial. China acumula acreencias parasitarias que se acercan ahora a la friolera de cuatro trillones de dólares, que no puede transformar en capital actuante, y cuyo vuelco al mercado hundiría a la moneda y a la economía norteamericana y mundial como un todo.

En lugar de cohesionar al régimen político único, al que ha dado lugar el proceso histórico que siguió a la revolución, las tasas «chinas» del portentoso crecimiento de su economía lo han llevado a una situación explosiva. Un nota en el Wall Street Journal de mediados de 2012 revelaba la precariedad en que reposaba la arquitectura política china al contabilizar los miles de millones de dólares que la cúpula dirigente acumulaba en el exterior, lo que con toda razón interpretaba como un índice de la «desconfianza» en su propio futuro, que sólo podría remediarse con su pasaje a la condición de «propietarios» privados, que no habían alcanzado. Este «pasaje» no es otra cosa que una promesa de completa desintegración: en el caso de la Unión Soviética dio lugar a una destrucción de fuerzas productivas comparable al de una guerra y a una atomización de la administración gubernamental, y a una pugna de camarillas y mafias que sólo encontró una precaria estabilización luego de varios años, mediante la entronización de un Bonaparte que hizo escuela en la vieja KGB.

Mientras los expertos especulan sobre el futuro, eluden elaborar los materiales del pasado reciente y no tan reciente sobre el largo proceso de degeneración de las principales revoluciones del siglo XX. Los antagonismos sociales que explotan en China -supuestamente llamada a tomar una revancha histórica (fue la civilización más desarrollada hasta el medioevo) para inaugurar una nueva era capitalista- son simplemente descomunales. Un reciente informe sobre el punto ponía de relieve que deben contabilizares en centenares los conflictos, movilizaciones, huelgas que recorren la extensa geografía china… por día (sí centenares por día). Redundemos: la explosión política y social latente en China es una categoría central de la bancarrota mundial que es la categoría central de la crisis histórica presente.

Economía y política… mundo

En esta Gran Depresión, el elemento más novedoso está determinado por el hecho de que las crisis políticas se han transformado en un factor determinante de la crisis mundial. Las estructuras de poder enfrentan una creciente inadecuación frente a la insurgencia de las masas y las divisiones de la propia burguesía. La crisis ha dado paso a una dislocación de las formas de dominación del capital en el plano nacional e internacional. Esto se expresa en el derrumbe serial de los más diversos regímenes políticos, que tiene su epicentro en el sur del continente europeo y en la rebelión generalizada que domina la situación en los países árabes, y que se extiende a diversas latitudes (un tema que excluimos del análisis en este texto). A modo de conclusión provisoria, vale la pena reiterar la conclusión del texto que publicáramos en el número anterior de En defensa del Marxismo.

«La crisis política mundial no es la suma de las crisis nacionales, que podrían resolverse en cómodas cuotas, mediante un lento y pacífico proceso de soluciones sectoriales. Con todas sus diferencias y especificidades, ella expresa la crisis capitalista mundial, una crisis sistémica, social, política. La salida a la crisis de la humanidad depende del síndico que preside la quiebra del capitalismo. Si el síndico de la quiebra son los gobiernos del capital, el desenlace lo pagarán los trabajadores, mientras los explotadores se arrancarán los ojos por los despojos, por medio de agresiones políticas y de guerras. El síndico de la quiebra tienen que ser los trabajadores, en cuyo caso se procederá a la confiscación de los grandes acreedores y de los accionistas, y los trabajadores ganarán en trabajo libre y bienestar. La puesta en marcha de la quiebra capitalista ya desató una cadena de explosión de contradicciones y crisis nacionales, crisis sociales y políticas.

A cinco años de iniciada la bancarrota capitalista mundial, el desafío de desarrollar una estrategia de poder independiente de las masas frente al derrumbe capitalista está más vigente que nunca. La crisis mundial tiende a poner en la agenda política la construcción de un partido revolucionario internacional, o sea, la lucha por la refundación inmediata de la IV Internacional» (Resolución Internacional del Congreso del Partido Obrero – julio de 2012).

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